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viernes, 24 de noviembre de 2023

El caballero Charles

Humberto Arenal

 

–Ah, aquellos eran tiempos mejores –dijo el hombre–, ¿verdad, doña Clarita? Entonces todo era distinto. Como decía la hermana del caballero Charles… ¿Cómo era aquello…? ¿Eh, doña Clarita?

–¿Eh…?

–Lo que decía la hermana del caballero Charles… Aquello de la opu… ¿Opu qué?

La mujer estaba tendida en la cama con los ojos cerrados, casi sin oír lo que el hombre decía. Los párpados le temblaban imperceptiblemente. Los entreabrió un poco.

–¡Qué opulencia y qué riqueza! –dijo y contrajo los ojos. Con una mano se aseguró que la bata de casa estaba bien cerrada y con la otra buscó un pañuelo. Después siguió oyendo la música del radio que tenía a su lado.

–Usted sabe lo que yo digo. ¿Eh, doña Clarita? El difunto Charles, que en paz descanse, sabía cómo vivir. ¡Qué trajes aquellos! Dril cien; sí señor, dril cien. ¿Se acuerda de La viuda alegre, de doña Esperanza Iris? Era toda una dama, una princesa doña Esperanza. ¿Verdad, doña Clarita?

–No tanto –dijo la mujer, abriendo los ojos por un instante. Volvió a cerrarlos y siguió escuchando la música. También sintió el gato de la vecina ronroneando por el pasillo. Había llegado a identificar todos los sonidos de la casa.

Hacía algunos años que Jacinto venía a verla todos los domingos por la mañana y decía las mismas cosas. Al principio le había servido de compañía, ahora le resultaba cargante. Después de un rato se marchaba. Había sido chofer de Charles durante 20 o 30 años; hasta su muerte.

–Yo apenas si salgo. Vengo a verla a usted. Y voy al cementerio a llevarle flores a mi madre, que en gloria esté y al caballero Charles, y más nada. ¿Para qué?

Se quedó en silencio un instante. La mujer sintió cuando la gata entró en el cuarto; siempre se echaba debajo de la mesa a esperar la comida que ella le daba todos los días.

–¿Se acuerda cuando Caruso cantó en La Habana?

La mujer asintió con la cabeza.

–Todavía me acuerdo. Lo veo clarito, clarito. Usted tenía aquel vestido rojo que tanto le gustaba al caballero Charles. Dicen que para entonces ya Caruso había perdido condiciones. ¿Qué cree usted, doña Clarita?

“Me lo ha preguntado tantas veces que no puedo recordarlas”. Le contestó que entonces Caruso conservaba sus facultades.

–Envidias de la gente… envidias de la gente. Había un jardinero gallego allá en la casa del caballero Charles, que decía que Lázaro era mejor cantante que Caruso. ¡Usted que los conoció a los dos; usted que estuvo en las tablas! ¿Qué cree usted, doña Clarita? –la mayoría de las preguntas no se las contestaba, así se marchaba más pronto.

–¿Eh, doña Clarita?

La mujer se incorporó. Se miró en el espejo. Estaba gorda y por debajo del tinte asomaban las canas. Ya casi nunca se miraba. Tampoco recordaba el día de su cumpleaños. En un tiempo vivía de recuerdos, de fechas, de momentos, del pasado. Ahora le importaba más el presente, el poco presente que le quedaba.

–¿Usted estuvo en México varias veces, verdad doña Clarita?

–Ocho veces –dijo, tomando el gato de debajo de la mesa.

–¿Y trabajó allí, verdad doña Clarita?

Él lo sabía, pero siempre se lo volvía a preguntar. Sabía detalles de su vida mejor que ella. Tenía álbumes de fotografías y recuerdos de toda su carrera teatral, que Charles había guardado y que al morir él había logrado sacar de la casa sin que la esposa del otro se diera cuenta.

–Sí, yo trabajé allí.

–¿Con doña Esperanza Iris?

–Con la Iris.

–Ay, que suerte la suya. Yo siempre lo he pensado: usted es una mujer de suerte, de mucha suerte.

Pensó decirle: “Qué sabe usted, Jacinto”.

En un tiempo ella también creía que era una mujer de mucha suerte. Miró al hombre un instante: observaba la fotografía de Charles que estaba sobre el escaparate. Después ella le pasó la mano por el lomo al gato, que ahora comía despacio lo que le había servido. El gato la miró y se relamió el hocico.

–Cuando usted y el caballero Charles se fueron a París y a Madrid y a todos esos lugares allá lejos, en la Europa, yo los llevé a los muelles. Lo recuerdo clarito. Usted parecía una reina allí en el Packard, y el caballero Charles, que era lo que se llama un gentleman, un gentleman de verdad, llevaba unos pantalones de franela blancos y un saco azul. Todo el mundo tenía que ver con ustedes. Doña Eusebia, la hermana del caballero Charles, decía que él se parecía al príncipe de Gales. Todavía tengo en casa la tarjeta que ustedes me mandaron desde París. Yo todo lo guardo… Yo pensaba el otro día…

“En París, Charles me prometió que cuando regresáramos se divorciaría y nos casábamos inmediatamente. Después no volvió a hablarme del asunto hasta que seis meses después del regreso de Europa se lo recordé.

“–Yo sé, yo sé que te lo prometí, pero ahora vas a tener que esperar. Las cosas en casa no están bien. Vas a tener que esperar –dijo entonces”.

También le explicó que su hija Alicia ya iba a cumplir 15 años y que él quería ahorrarle un disgusto ahora. Iba a tener que esperar un poco. “Yo no había pensado nunca tener un hijo con él pero desde entonces traté de convencerlo que me serviría de compañía, pero Charles siempre se opuso”.

–Usted llevaba una pamela rosa y unos impertinentes color nácar. Todo el mundo tenía que ver con ustedes.

–Ya hace mucho tiempo de eso, Jacinto.

–Para mí no –la miró por primera vez–; yo a veces pienso que no ha pasado ni un minuto –se llevó a la frente la mano y se puso a mirar por la ventana que estaba a su lado, por la que se veía el mar–; mi hermana Eloísa dice que yo sufro mucho por eso, pero yo creo que ella es la que sufre. Yo siempre tengo mis recuerdos. Ella dice que me olvide de todas esas cosas, que eso me hace daño, pero yo no quiero que me las quiten. A veces cierro los ojos y veo todo clarito. A veces oigo la voz del caballero Charles como si estuviera al lado mío. ¿Se acuerda cómo se reía, doña Clarita? Yo recuerdo todas las conversaciones de él y las cosas que me decía. Él me decía: Jacinto, tú eres un negro muy especial; tú eres un negro distinto; tú casi eres blanco… Qué gracioso… Eso me decía, doña Clarita. Yo todo lo recuerdo.

La mujer tomó un vestido del escaparate y entró en el baño.

Antes este hombre era parte de un esquema y ella jamás se fijó en él, ni lo analizó, ni lo juzgó. Era parte inevitable y eficiente de una serie de factores que hacían fácil su vida. Ahora le parecía otro hombre.

Salió del baño y fue al espejo. Mientras ella se empolvaba la cara, el hombre seguía mirando por la ventana.

–Yo empecé a trabajar con el caballero Charles en el gobierno del general Menocal –dijo sin volverse–. Cuando las famosas peleas de conservadores y liberales. Cómo ha llovido desde entonces; sí señor. Yo entonces jugaba pelota en el antiguo Almendares. Yo le batié una vez un jonrón al gran Adolfo Luque.

Hizo una pausa y sonrió. Después se volvió para sentarse de nuevo en la silla:

–Me acuerdo como si fuera ahoritica mismo. Había un negrito muy refistolero que jugaba la primera base y me dijo que le habían hablado de un puesto de chofer, que si yo lo quería. Él creo que trabajaba a medias un fotingo en la plaza del mercado con un primo suyo. Y además tenía delirio de jugar en las grandes ligas y todo eso. Decía que si Luque se lo iba a llevar para el Norte, que para aquí, que para allá.

La mujer se estaba peinando y lo miró por el espejo. Ahora parecía más interesada.

–Figúrese, yo estaba pasando una canina tremenda. En casa éramos doce para comer y prácticamente lo único que entraba era lo que hacía mi hermana Eulalia, que era modista y trabajaba para el modisto Bernabeu, y lo que ganaba mi madre, que no era mucho la pobre, lavando para afuera. Entonces este negrito amigo mío, Genovevo, Genovevo se llamaba, hace rato que tenía en la punta de la lengua el nombre. Genovevo me llevó a ver al caballero Charles.

La mujer había terminado de arreglarse y tomó un bolso que había encima de la cama.

Jacinto, yo tengo que salir a hacer unas compras; usted me va a perdonar, pero…

–Yo la acompaño, doña Clarita, yo la acompaño con mucho gusto. No faltaba más.

Ella lo miró un instante muy seria, como si fuera a decirle algo importante y por fin dijo:

–Bueno.

Salieron al pasillo.

El caballero Charles me recibió en su despacho en la Manzana de Gómez y yo le entregué el papelito que me había dado Genovevo, y él lo leyó así serio como acostumbraba él. Y yo en seguida me dije que me gustaba aquel hombre. Y él terminó de leer el papel y…

Pasaron frente a una puerta abierta y una mujer muy gorda vestida de blanco que estaba sentada en un sillón abanicándose lentamente los miró y dijo:

–Oiga vecina, ¿dónde va tan elegante?

–A unas compras –contestó la otra.

–…y después me dijo que empezara a trabajar el lunes. Era un sábado; un sábado o un viernes, no lo recuerdo bien.

–Oiga Fefa, yo le di a la gatica un poco de picadillo y un poco de arroz que me sobró del almuerzo.

–Gracias, vecina. ¿Y cómo ha seguido del reuma?

–Mejor, mejor. Creo que me voy a ir a dar unos baños sulfurosos a San Diego con una amiga mía, a ver si se me acaba de quitar. He pasado unos días muy adolorida, pero ya estoy mejor –comenzó a caminar–. Hasta luego, Fefa, hasta luego.

–Adiós, vecina, que se mejore. Si ve a Julito me lo echa para acá, que quiero mandar a buscar algo a la bodega.

El hombre se había separado un poco de ella y la observaba sonriente. Bajó la cabeza y dijo:

–Yo le contaba que fue un sábado o un viernes cuando conocí al caballero Charles…

–Fue un sábado, Jacinto; ya usted me lo ha contado otras veces.

El hombre pareció no oírla.

–Sacó diez pesos de la cartera y me dijo que me comprara una camisa blanca y una corbata negra y una gorra y que estuviera el lunes a las ocho de la mañana en su casa. Así empecé con el caballero Charles. Yo nunca me olvido.

La mujer caminaba delante, sin oírlo, sin apenas percatarse de él. Él se había puesto la gorra que hasta ahora había llevado en las manos y trataba de alcanzarla.

“El día que le dije a Charles que estaba preñada, se quedó un rato sin decir nada y después dijo:

“–Mira Divina, eso no puede ser. Yo conozco un médico que te puede hacer un curetaje. Es un amigo mío de toda la vida y es un buen médico. Vive aquí cerca, en la calle San Lázaro. Yo te voy a llevar esta misma semana. No te ocupes.

“Le pedí dos veces que me dejara tener el hijo, traté de explicarle que yo no tenía nada, que me dejara por lo menos el hijo.

“–Déjate de esas tonterías, Divina –dijo él–; tú sabes que eso no es posible. Tú me tienes a mí y tú tienes tu carrera. A ti no te falta nada. Eso hay que arreglarlo en seguida. Lo que se llama nada”.

Ella se fue a llorar a su cuarto y él le tocó varias veces la puerta y ella no le contestó y por fin él se marchó. Al día siguiente vino y le dijo que ya había arreglado todo con su amigo el médico y que al día siguiente por la tarde lo irían a ver.

–Yo al principio me ponía un poco nervioso con él. Era un hombre que inspiraba tanto respeto. Yo lo veía con los abogados y con toda aquella gente de dinero de los ingenios y veía con el respeto con que lo trataban. El caballero Charles era una persona de pocas palabras, pero cuando hablaba inspiraba mucho respeto. Todo el mundo lo oía.

Ella estaba mirando unas frutas y el vendedor se acercó.

–¿Cómo está, señora, cómo sigue de la reuma? –le preguntó.

–Mejorcita, gracias. Estos mameyes… ¿a cómo son?

–Éstos a 25 y estos otros a 40. También tengo aquí unos zapotes preciosos –se agachó y sacó un cesto de debajo del carro–. Están dulcecitos como almíbar, señora.

–El día que enterramos a mi pobre madre –dijo Jacinto– el caballero me llamó y me dijo que no me ocupara de nada, que él iba a correr con todos los gastos. Sin contar el dinero que me había dado para las medicinas por adelantado y que después no me quiso cobrar. Y la corona que mandó. Era la mejor de todas, doña Clarita. La mejor.

Ella tomó uno de los mameyes y se lo dio al vendedor y comenzó a tantear los zapotes.

–Él siempre me dio muy buenos consejos. A él le debo el no haberme enredado con aquella viuda que tuve. Un día yo le conté el asunto y él me oyó todo el cuento y me dijo: “Mira, Jacinto, ¿por qué te vas a buscar una viuda con hijos? Búscate una muchacha jovencita igual que tú, si quieres casarte, y no te compliques la vida. Además, tú estás bien así como estás. No te compliques la vida.” Eso me dijo el caballero Charles. Él era un hombre muy bueno. ¿Verdad, doña Clarita?

“Íbamos en la cubierta del Santa Rosa. Un amigo de Charles que era agente teatral me había conseguido un buen contrato para trabajar en Colombia. A Charles le gustaba que yo cantara. Yo creo que lo estimulaba, que lo ponía en contacto con un mundo que a él siempre le había atraído mucho: una vez me dijo que su gran ilusión hubiera sido ser actor. Habíamos planeado el viaje durante varios meses. Charles tenía unos negocios en Colombia y los había tomado como excusa para irse conmigo. Siempre que yo trabajaba fuera de La Habana le gustaba acompañarme, ver quiénes trabajaban conmigo, leer la música que iba a cantar y hasta aprobar el vestuario que iba a usar. Él decía que no me podía dejar sola porque a mí me faltaba malicia y sentido práctico para tratar con esa gente que él decía era muy inmoral y muy astuta. A mí me gustaba ver la aurora. Nos levantábamos muy temprano y nos íbamos a la proa del barco a ver salir el sol. Lo hacíamos casi a diario. Charles me tomaba del brazo y nos quedábamos allí casi sin hablar. Eran momentos de gran placer que nunca olvidaré. Una mañana mientras estábamos allí Charles vio un matrimonio amigo de él y de su mujer paseando por la cubierta. No nos vieron pero Charles, como medida de precaución, no se dejó ver más en público conmigo. Él siempre decía: lo más importante en la vida es guardar las apariencias”.

Doña Fefa había vivido durante veinte años al lado de doña Clarita. En verdad no eran amigas, pero siempre se habían respetado y sentido un afecto mutuo. Doña Fefa era viuda. Su marido había trabajado cuarenta años como tenedor de libros. Nunca tuvieron hijos. Una mañana amaneció muerto a su lado. Ahora sólo hablaba de él cuando iba al cementerio una vez al mes. Siempre lo llamaba “el pobre Faustino”. Doña Fefa tenía una gata y un canario a los que hablaba el día entero. Ella afirmaba que entendían todo lo que les decía. A veces doña Clarita llegó a pensar que esto era algo más que una locura, como afirmaban los otros vecinos de la casa.

Doña Fefa estaba preocupada por Doña Clarita. Últimamente la veía muy pálida y la sentía durante toda la noche caminando por el cuarto y ya no la oía cantar como antes, que siempre entonaba trozos de zarzuelas y operetas. Ella, que siempre se había conservado tan joven, de pronto había envejecido visiblemente. El rostro se le había endurecido. Hacía tiempo que quería decirle todas estas cosas, pero doña Clarita era una mujer tan hermética y tan fuerte que ella siempre tenía una respuesta intempestiva.

Doña Fefa estaba pensando todas estas cosas y pasándose un cepillo por su pelo largo y canoso, como hacía todos los domingos, cuando pasó doña Clarita con Jacinto.

–Oiga, vecina –le dijo–, he estado pensando en una medicina que tomaba el pobre Faustino para el reuma y que a usted seguramente le iba a sentar.

Doña Clarita se detuvo un instante y Jacinto le sonrió a la mujer.

–Yo estoy tomando unas píldoras y creo que si me voy a dar los baños a San Diego se me pasará.

–Yo le voy a buscar un pomito que tengo por ahí guardado para que las pruebe, vecina. A ver si le asienta.

Le dijo que estaba bien y siguió caminando para su habitación.

Mientras ella pelaba unas papas y después cuando se fue detrás del parabán a ponerse de nuevo la bata, Jacinto decía:

–Yo a veces me pongo a pensar… no sé… ¿Usted cree en el más allá, doña Clarita?

Ella encogió los hombros para decir que no sabía.

–Yo antes no creía en esas cosas porque pensaba que era cosa de brujería y esas cosas atrasan, pero un amigo mío muy inteligente me dio los libros de ese científico Alan Kardec y además conocí hace algún tiempo a la hermana Blanca Rosa, una médium que vive por allá por Mantilla, y la verdad que he tenido muy buenas pruebas. ¿Usted sabe que yo he hablado con mi madre, que en paz descanse?

Ella lo miró un instante y después le dijo que no.

–Mire, yo nunca hablo estas cosas con nadie, yo siempre he pensado que usted es como de mi familia, y usted perdone el atrevimiento, y yo le digo que yo he hablado con mi madre. Para mí ha sido un gran consuelo. Usted, ¿sabe una cosa, doña Clarita?, yo creo que usted debía ir a verla.

–Yo, ¿para qué?

–Pues a mí me parece que sería bueno para usted ver si se comunica con el caballero Charles… Usted está tan solita aquí todo el tiempo… Sería un gran consuelo, ¿no cree usted?

Ella estaba quitándose la bata detrás del parabán y se quedó un instante pensando lo que iba a contestarle.

–Yo no creo en esas cosas, Jacinto.

–Hay que tener una fe, doña Clarita, la fe salva.

No le contestó. Cuando salió, Jacinto se le quedó mirando y no le dijo nada. Parecía contrariado. Ella fue a la cama y se tendió con gran cuidado.

Jacinto –le dijo y él miró con atención–, el domingo que viene yo no voy a estar aquí, así que no venga. Voy a darme unos baños a San Diego.

–Entonces será el otro domingo, doña Clarita.

–No, el otro domingo todavía no estaré aquí. Mejor es que me llame por teléfono.

Jacinto se quedó mirando al suelo y haciendo unos guiños, como hacía siempre que estaba nervioso.

–Está bien, doña Clarita; yo la llamo. Está bien –se puso de pie–; yo creo que ahora me voy yendo. Mi hermana me pelea si no estoy para el almuerzo.

Ella sonrió.

–Bueno, hasta luego, doña Clarita. Que se mejore de sus males. Hasta luego.

–Adiós, Jacinto.

Lo vio irse y después cerró los ojos. Sintió a doña Fefa meciéndose lentamente en el sillón, el motor del tanque de agua, un radio lejano, una pila que goteaba, el burbujear del agua en que se cocían las papas, el aire batiendo las cortinas de la ventana. Abrió los ojos un instante y miró el retrato de Charles. Volvió a cerrarlos en seguida.

 

miércoles, 29 de junio de 2022

En lo alto de un hilo

Humberto Arenal

 

Creo que en parte yo lo sabía, pero no hubiera querido que aquello sucediera. Por lo menos en la forma en que sucedió. No sé. Cuando uno es niño tiene sus amores y sus ilusiones que hay que cuidar porque si no las cosas después no van bien en la vida. Mi madre aquel día se había levantado como siempre con sueño a hacer el desayuno, con sus ojos tristes y sus movimientos lentos. Por entonces yo soñaba con ser trapecista –esto creo que fue después que renuncié dramáticamente a ser aviador a ruegos de mi hermana menor– y me la pasaba descolgado de un trapecio todo el día mirando el mundo al revés, que después he descubierto no es una mala manera de ver lo que nos rodea. Allí estaba oyendo a la vecina de al lado peleando con su hijo, mi amigo Tito, porque se había levantado demasiado temprano a tocar la trompeta y el tambor, y se negaba a lavarse la cara. Igual que todos los días. Mi madre se acercó con una moneda en la mano y me dijo que trajera media libra de falda para la sopa, que le pidiera al carnicero un hueso grande para darle sabor y que me fijara que no tuviera pellejos. Siempre decía lo mismo. Igual que los mareos por la mañana y los dolores de cabeza por la tarde. La carnicería estaba a media cuadra de casa. Llena de moscas y de mujeres habladoras y gesticulantes. Una de las mujeres decía que “allá se despertaron desde las seis de la mañana y formaron un escándalo del diablo”.

–Me tienen hasta aquí –dijo y se tocó la frente.

Entonces entró Queco, una mulata gorda que olía muy raro y a Constante el carnicero se le achicaron los ojitos, y empezó a mover el tabaco de un lado a otro de la boca. Y después comenzó a afilar el cuchillo mientras se acercaba a Queco y le decía algo que no entendí porque pasaron dos muchachos amigos míos patinando y gritando. Después entró Juliana la amiga de mi tía Carmela, que había muerto tuberculosa un año antes, me tocó la cabeza como siempre lo hacía y me dijo que cómo estaba la gente por casa. Cuando yo dije que bien, se me quedó mirando a los ojos con esa compasión excesiva que tiene alguna gente cuando a uno se le muere un familiar. Ella también tenía un olor raro aunque distinto al de Queco.

–¿Qué quieres Machito? –me preguntó Constante el carnicero mientras seguía mirando a Queco, y continuaba afilando el cuchillo y los ojitos se le ponían más pequeños y en la boca le jugueteaba una sonrisita que le hacía morder el tabaco. Él siempre me llamaba Machito. Hace poco me lo encontré en una guagua y creo que no me reconoció, aunque se me quedó mirando un momento como si dudara. Todavía tenía la cadena de la virgen María colgada en el cuello, fumaba su inevitable tabaco y llevaba una guayabera blanca muy almidonada y zapatos de dos tonos. La gente del barrio siempre decía que Constante era un gallego chévere porque le gustaban mucho las mujeres, especialmente las mulatas, y no era tacaño y además iba a bailar danzones los domingos a los jardines de La Tropical. Yo creo que, como se dice ahora, era un gallego con personalidad. No sé, tenía una manera pausada y elegante de tratar a la gente que a mí me gustaba. Y me sigue gustando. Constante me tuvo que preguntar de nuevo qué quería porque yo estaba mirando a dos muchachos que pasaron con un bate, un guante y una pelota. Pero entonces Queco le dijo que se apurara, que ella no tenía ganas de pasarse la mañana así metida, que tenía que hacerle el almuerzo a su marido. Constante se quitó el tabaco de la boca y le dijo algo de su marido al oído, pero de todos modos yo no lo hubiera escuchado porque volvía a mirar los muchachos que llevaban el bate, el guante y la pelota. Cuando miré otra vez ella lo estaba empujando y ambos reían con malicia. Al fin Constante me atendió, siempre mirando de reojo a Queco, y yo me fui a casa, mirando el cielo azul, sin nubes. Mientras caminaba pensé que era un buen día para empinar un papalote pero recordé que dos días antes había perdido el mío al enredárseme en una antena de radio. Un aire suave y caliente movía las ropas blancas tendidas en las azoteas. Cuando pasé por casa de Chito me pegué a la pared para que no me vieran porque la verdad es que si me hubieran preguntado no hubiera sabido qué contestarles. Mi madre estaba barriendo la sala cuando llegué y no me miró cuando dijo que cuánto me habían dado de vuelto en la carnicería. Nunca me fijaba en estas cosas. Ni me volvió a mirar a la cara en toda la mañana. Mi hermana se había quedado en la cama con la cabeza metida debajo de la almohada y yo la había sentido llorar pero seguí casi toda la mañana en el patio colgado del trapecio pensando en una película que había visto unos días antes. Allí estaba cuando llegó mi tío y dijo:

–Ahora sí que la cosa se pone mala de verdad. La gente del ABC está dispuesta a todo. Martínez Sáenz se reunió con la gente de mi célula y dijo que hay que meterle mucha candela a Machado. Anoche pusieron tres bombas en la Habana Vieja, y dos en el Cerro, y tirotearon una máquina llena de porristas. Todo esto lo sé de buena tinta.

Mi tío todo lo sabía de buena tinta. Siempre tenía un nuevo cuento. Llegaba muy animado y soltaba sus cuentecitos mientras mi madre lo oía sonriente y después se marchaba. Pero esta mañana mi madre no se sonrió. Mi madre siguió todo el tiempo limpiando la casa y haciendo el almuerzo. En dos o tres ocasiones me dijo que me bajara del trapecio, pero sin mucha energía. Una de las veces me bajé y fui a ver a mi hermana y le dije:

–Mi hermanita, mi hermanita –mientras le tocaba los pies.

Y ella me dijo que la dejara sola, y sacudió los pies. Yo ya estaba cansado de todo aquello y de la trompeta y el tambor de mi amigo Tito y de los gritos de su madre para que la ayudara a cargar unos paquetes, y me fui a la azotea. Era agradable estar allí más cerca del sol y del cielo. Por encima de los demás. Viendo la gente pequeña allá abajo. Y las palomas blancas de mi amigo Miguel Ángel volando en semi círculos. La ropa blanca –casi azul por el reflejo del sol– que ponía a secar Mima la lavandera en la azotea de su casa. Y los papalotes a lo lejos, que hoy eran menos. Y los muchachos que oía corrían en patines, en bicicletas, en carriolas. Además, allí me sentía protegido. Allí estuve hasta que mi madre comenzó a llamarme y a dar gritos que bajara, que si quería romperme la crisma allá arriba. Siempre decía lo mismo.

Cuando bajé volví a tocarle los pies a mi hermana y me volvió a tirar una patada. Me dieron ganas de tirarme yo también en la cama boca abajo para ver qué decían los demás, pero entonces llegó mi tío Ramón que siempre me lanzaba un puñetazo cariñoso al vientre y me decía:

–¿Qué pasa Piruli?

No sé de dónde había sacado aquel nombre. Cuando él llegaba siempre me sentía más contento. Y menos solo. Se iba a hablar allá a la cocina con mi madre, en ese tono bajo e íntimo que tanto me gustaba. Ellos son posiblemente las únicas personas que recuerdo de esa época que no hablaran a gritos. Cuando la gente se entiende bien emplea ese tono callado y cordial porque se comunica con algo más que con la palabra. Mi tío tosía a cada rato, de una manera tan profunda y distinta que todavía llevo el recuerdo fijado en el oído. Él era uno de los pocos adultos que visitaba la casa que decía cosas inteligentes y sensibles. Dos veces observé, desde el trapecio a que había vuelto, que me miraron y hablaron. Yo sabía al igual que ellos por qué me miraban, pero no me di por enterado. ¿Para qué? Siempre me quedaba el recurso de la imaginación: los aplausos del público al gran trapecista que yo era; la caída fatal que sufría entre los gritos histéricos de las mujeres y el correr de mis compañeros que venían prestos a ayudarme; y las miradas de admiración de alguna espectadora linda y embrujada por mis proezas en el trapecio.

Cuando mi tío volvió a pasar por mi lado sacó una moneda:

–Vaya, un nickel, para que te compres algo –me dijo y volvió a lanzarme un puñetazo–. ¿Qué te vas a comprar?

Le dije que no sabía, aunque yo sí sabía.

Me quedé un rato con los brazos descolgados haciendo sonar en el suelo la moneda a cada oscilación del cuerpo. Entonces llegó mi padre, de prisa como siempre, y me dijo que me bajara del trapecio. ¿Por qué haría un esfuerzo tan consciente entonces por ser brusco? A menudo me he hecho esta pregunta y he llegado a la conclusión de que era su manera de mantener el principio de autoridad en la casa. Me quedé todavía un buen rato haciendo sonar la moneda en el suelo. Hasta que vino mi madre y me dijo tocándome una mano que fuera a almorzar, que la comida se iba a enfriar y después fue junto a mi hermana y le habló bajito hasta que la convenció. Cuando se levantó tenía los ojos rojos y arrastraba los pies al caminar. Todavía se quedó un rato en el baño y mi padre preguntó por qué no acababa de venir.

–Ya viene, ya viene –dijo mi madre y lo miró a los ojos.

Cuando estuvimos los cuatro en la mesa sólo se oían las mandíbulas y los dientes triturando los alimentos y el clic clic de los cuchillos y los tenedores. Y los pensamientos de todos nosotros, casi más audibles que lo demás. Dos veces pensé que mi padre iba a decir algo –quizás lo mismo que todos pensábamos– pero en cambio dijo elevando las cejas que tenía un trabajo del diablo. Que era lo mismo que decía todos los días a la hora del almuerzo, y que era verdad. En una ocasión, mientras mi madre traía el café, lo vi mirándonos a mí y a mi hermana con ojos un poco desconcertados, y cuando se topó con mi mirada volvió la cara y gritó que le trajeran el café que apenas le quedaban cinco minutos. Cuando se marchaba, él y mi madre se quedaron en la puerta hablando un rato y oí cuando dijo:

–¿Y qué quieres que haga, que lo robe?

Ella se apresuró a hacerlo callar. Siempre le decía que bajara la voz, especialmente cuando comenzaba a decir malas palabras, que en cambio era cuando a mí se me hacía más simpático.

La tarde transcurrió entre un sol vertical, el ruido de mi madre que lavaba silenciosa en el patio, el llanto de mi hermana que volvió a la cama y se puso la almohada sobre la cabeza, y el correr de los muchachos patinando y gritando, y creo que en una ocasión mi amigo Tito se puso a darme gritos por la ventana para que fuera a jugar con él, pero no quise contestarle. La verdad era que no tenía deseos de jugar, ni de hablar con nadie. Me había pasado la tarde pensando en qué iba a gastar los cinco centavos que me había dado mi tío Ramón. Además, mi madre me había dado desde temprano los dos centavos que me asignaba todas las tardes para merendar. En un momento en que no había ningún muchacho en la calle me fui a la bodega de Víctor el gallego y me compré un pedazo de guayaba y dos galletas de soda, igual que la mayoría de las veces. Entonces fue que vi el papalote colgado sobre las latas de aceite, junto a un racimo de ajos. Ya no dudé y lo compré con el níckel que mi tío Ramón me había regalado. No es que fuera tan lindo, ni estuviera tan bien hecho, sino que yo había estado pensando toda la tarde que era un papalote lo que iba a comprar.

Cuando entré en la casa Jorge, el hermano de mi amigo Tito, me preguntó algo mientras corría en patines por el portal de su casa, pero yo entré rápido y no quise prestarle atención.

Mientras preparaba el papalote en mi cuarto, y comía las galletas con guayaba que había comprado, percibí la llegada de mi padre y vi a mi madre que enseguida fue a verlo. Y también cuando ella pasaba por mi lado silenciosa y sentí su mano débil sobre mi pelo. Oí cuando llamaba a mi hermana y le hablaba bajito en la cocina y los sollozos ahogados de mi hermana. Pero ya no me importaba nada más que mi papalote. Mi hermana volvió a la cama y siguió con la cabeza metida debajo de la almohada.

Yo había oído la voz de mi padre llamándome pero no quise darme por enterado. ¿Para qué, si ya sabía lo que me iba a decir? Pero a la tercera vez sacó la cabeza por la puerta del baño y me gritó que fuera a verlo. Allí estaba, como todas las tardes, lavándose las uñas con un cepillo y un pedazo de piedra pómez para quitarse la grasa que se le acumulaba en el trabajo. Habló sin mirarme, sin dejar de limpiarse las uñas.

–Tú sabes que las cosas están muy malas –dijo–; que ya no trabajo más que tres días a la semana. Y este año los reyes están muy pobres, por eso esta mañana no te han traído nada. Tu madre tiene un peso que yo conseguí para ti y tu hermana.

Y no habló más. Como dije antes, yo creo que lo sabía pero no quería que esto sucediera así. Por eso terminé enseguida de arreglar mi papalote y me fui a la azotea. A veces allá arriba me ponía a observar el interior de las casas desde lo alto. La gente me lucía distinta. Pero aunque pensé en esto, cuando me acerqué al muro y comenzó a elevarse el papalote no pensé más que en el cielo azul y en lo bien que me sentía ahora de pronto por estar solo allí en la azotea. Mientras el papalote se elevaba el cielo fue cambiando de color: a veces era verde y otras rojo, en un momento se tornó amarillo y hasta negro, y después blanco, muy blanco. Entonces comencé a sentir la fuerza del hilo en el dedo índice. Mientras más altura ganaba el papalote más la sentía. Después el cielo volvió a ser azul, muy azul y me pareció que la mano comenzaba a subir y que el cuerpo se elevaba siguiendo la trayectoria ondulante del hilo. Miré hacia abajo y me vi allá lejos. Seguí ascendiendo, ahora con más velocidad. Miré de nuevo hacia abajo y ya casi no vi mi cuerpo. Llegué junto al papalote y mi cuerpo se movió hacia la izquierda y después hacia la derecha. Entonces miré de nuevo hacia abajo y ya había desaparecido. La tierra no era más que un punto impreciso en la distancia. Sentí una gran alegría y una gran tristeza. Mi cuerpo se movió hacia la derecha, hacia la izquierda, hacia arriba, hacia abajo. Igual que el papalote.

 

jueves, 23 de junio de 2022

El papagayo

Humberto Arenal

 

Antes, Maggie tuvo una secreta debilidad por Tony Restrepo. Hasta le perdonó que se casara con su hija Peggy, que entonces tenía 17 años, y que la hiciera abandonar sus estudios en la Universidad. Le gustaba, a pesar de su piel oscura, su cara de indio y su acento latino al hablar, que ella tanto odiaba en los otros estudiantes latinoamericanos que venían a la casa. Pero Tony era alto y tenía los hombros anchos y unos ojos muy negros y fríos que a ella la hacían sentir una rara ansiedad en las manos, que se le agitaban, y una comezón en el vientre y un temblor en la voz.

Aunque algunas veces había sentido un gran odio por él: por ejemplo, el día que se enteró de que se llevaba a Peggy al Perú. Y después cuando supo lo triste que se sentía ella en aquella casona de Lima, con toda la familia de él criticándola y vigilándola. La madre y las tías de Tony instándola a que fuera a misa todas las mañanas, a que se vistiera con más recato, a que no hablara fraternalmente con los hombres, especialmente con el indio Alfonso que se ocupaba del cuidado del jardín. Y su padre y sus hermanos que le informaban a Tony cada vez que ella salía sola a dar un paseo por la ciudad.

Lo que más le disgustaba era que Tony, según le contaba Peggy en sus cartas, iba a emborracharse con los amigos y a reunirse en los prostíbulos con otras mujeres, mientras ella se quedaba en la casa (10 dormitorios grandes y oscuros) leyendo y releyendo los mismos libros que había llevado de los Estados Unidos. Además, se sentía muy desgraciada porque no podía hablar más que con Tony que era el único que sabía inglés.

Cuando Peggy quedó encinta y después cuando perdió el niño, ella fue la primera que le dijo que volviera a Madison, donde había vivido en los últimos años. Pero entonces Tony y su familia la secuestraron en Lima. Por lo menos eso decía Peggy en sus cartas, donde siempre repetía: necesito algo nuevo, algo nuevo y excitante. En la enorme casa estuvo dos meses recluida, con los criados silenciosos y furtivos mirándola y sonriendo mientras ella tomaba, con los ojos cerrados, largos baños de sol con un minúsculo traje de baño y se llenaba de pecas el rosado cuerpo. Ella fue la que le indicó que se fingiera enferma de la piel –las prolongadas exposiciones al sol le producían quemaduras de segundo grado– y que le pidiera que la llevara a ver a un médico a los Estados Unidos. Y sobre todo que llorara mucho. El plan tuvo éxito, por supuesto, porque como aseguraba Maggie: los hombres son siempre sentimentales y no pueden ver a una mujer llorando. Sobre todo Tony Restrepo. Además, y a pesar de todo, él la amaba mucho. Antes de partir de Lima, Tony le regaló un hermoso papagayo a Peggy.

Peggy regresó sola a Madison, volvió a la universidad y se dedicó a vivir su vida, a recobrar el tiempo perdido. Había engordado visiblemente, ya no era la muchacha alta y flaca y llena de pecas de antes. Y sobre todo había ganado una gran confianza en sí misma. Además, había tantos hombres con los que ella no se había acostado nunca. Como por ejemplo Giuseppe, el fornido cantinero siciliano del bar donde su padre se emborrachaba todas las noches, y al que había admirado desde que era una adolescente. Joe, el negro exboxeador que era dueño de un billar. Y el profesor mejicano que la había iniciado en el estudio del castellano y que le había regalado un libro de versos de Antonio Machado. Además, ahora siempre la casa estaba llena de admiradores a los que atendía mientras le pedía al papagayo, que había colocado en una enorme jaula en medio de la sala, que repitiera las malas palabras que el indio Alfonso le había enseñado antes de que partiera de Lima.

Cuando mayor era su éxito llegó Tony, porque alguien le había escrito que era oportuno que regresara. Pero Peggy se había divorciado de él en ausencia, aconsejada por Maggie. Al principio montó en cólera y hasta llegó a amenazarla de que si la veía con algún hombre los mataría a los dos; pero Peggy, que lo conocía bien, no se inmutó y siguió en su largo recorrido por la interminable lista de aspirantes a compartir su necesidad de nuevos amantes. Tony terminó por irse a la cocina de la casa a beber cerveza con Maggie por las noches. A veces Peggy se lo encontraba dormido a las dos o las tres de la mañana sobre la mesa de la cocina y cuando lo despertaba repetía entre sollozos:

–Peggy, Peggy, amor mío. Mi pelirroja linda; yo te quiero Peggy –mientras trataba de abrazarla.

Mientras tomaba cerveza y le decía a Maggie cuánto quería a Peggy y cuánto sufría, ella lo miraba –secándose la cara gorda, roja y sudorosa– a aquellos ojos negros que seguían inquietándola. Las manos tenía que ponerlas debajo de la mesa pues era casi irrefrenable el deseo que tenía de pasárselas por el negro y fuerte pelo, y abrazarlo, como le había visto hacer alguna vez a Peggy en el jardín de la casa antes de que fueran a Lima.

En dos ocasiones fue Tony a la sala y se quedó mirando el papagayo, apretando con fuerza el vaso de cerveza lleno de espuma. Unos días después vino muy serio y con gran calma le dijo a Maggie que Peggy le había pedido en la universidad que se llevara el papagayo, que ya no quería tenerlo más en la casa. Ella se opuso al principio, pero Tony habló con tal calma y convicción que terminó por convencerla. Además ese día quien bebió cerveza fue ella –más que nunca– y Tony le permitió que le pasara las manos temblorosas y sudorosas por el pelo y por el cuello. Cuando él se fue con el papagayo la dejó echada sobre la mesa, con los ojos rojos y vidriosos y una extraña sonrisa en los labios. Después se durmió y soñó que lo tenía desnudo en sus brazos pero que él repetía constantemente el nombre de Peggy. Y que lentamente se iba desintegrando.

Peggy regresó ese día a las seis de la mañana y fue directamente, sin zapatos, a la jaula del papagayo. Antes de irse a acostar le gustaba ir a ver el papagayo. Al no verlo recorrió la casa y encontró a Maggie dormida con la cabeza apoyada sobre la mesa de la cocina. Mientras que la movía por los hombros repetía:

–¿Dónde está mi papagayo? ¿Dónde está mi papagayo?

A Maggie le costó trabajo recordar lo que había sucedido la noche anterior. Además, tenía que darle a su hija el cuento mutilado. Tony se había presentado –le dijo– con un papel que le pareció escrito por ella y en el que le decía que le entregara el papagayo, que no lo quería más en la casa. Aunque le pareció extraño no quiso interferir en los asuntos de ambos.

–El muy hijo de puta –repetía Maggie mientras tomaba un vaso de agua tras otro y el rostro se le ponía violáceo– el muy hijo de puta. Mira que ese indio hacerme eso a mí. Ah, pero él me la va a pagar. ¿Tú crees que esto se va a quedar así? Ah, no. Ahora mismo lo vamos a buscar y nos va a devolver el condenado pajarraco ese. Ya verás, ya verás.

Primero fueron a buscarlo a la casa de huéspedes donde vivía.

–Ya él no vive aquí –les informó la dueña de la casa–, anoche mismo recogió sus cosas, pagó y se marchó.

No, ella no sabía a dónde se había marchado.

Ninguno de sus amigos tampoco sabía de él. Pero en la universidad un conocido le informó a Peggy que estaba seguro de que se había ido a Chicago y que le había oído decir que se hospedaría en el hotel Statler. Creía que se había llevado el papagayo con él; la noche anterior lo había visto en la casa de huéspedes.

Después de dos o tres whiskies Maggie decidió que tenían que ir a Chicago. El profesor mejicano amigo de Peggy se ofreció para llevarlas en automóvil. Durante el trayecto Maggie daba manotazos sobre el asiento y gritaba improperios contra Tony; Peggy lloraba desconsolada en un rincón del asiento delantero y su amigo le pasaba la mano por el pelo y repetía en castellano:

–No te preocupes mi amor, todo se va a arreglar. No te preocupes. No llores más ¿eh?

Cuando llegaron al hotel Statler les informaron que Tony Restrepo había llegado tarde la noche anterior, pero que se había marchado esa misma mañana. Sí, llevaba un papagayo consigo y había dejado una dirección en caso de que alguien lo fuera a buscar. Cuando preguntaron que dónde se encontraba aquel lugar, todo el mundo frunció el ceño y les aconsejó que mejor no fueran por allí, el barrio no era nada recomendable. Además, ya estaba anocheciendo y era difícil encontrarlo. Pero Maggie insistió en que fueran a buscarlo. Ella quería decirle a ese hijo de puta todo lo que siempre había tenido ganas.

Para llegar a la dirección que buscaban recorrieron calles desiertas, con grandes depósitos de basura en las aceras cubiertas de una humedad fosforescente, con parejas furtivas hablando muy cerca el uno del otro. Hacía mucho frío y el aliento se convertía en una especie de humo nebuloso que los hacía aparecer como pequeños dragones en un mundo de asfalto y altas paredes oscuras.

Cuando el auto se detuvo, alguien miró furtivamente por una de las ventanas de una casa y se escondió enseguida. Peggy aseguró que era Tony. Maggie decidió que se bajaran enseguida, que había que encontrar a ese hijo de mala madre; y su hija volvió a decir sollozando que ella quería que le devolvieran su lindo papagayo y que Tony era un hombre muy malo. Su acompañante volvió a pasarle la mano por el pelo y le pidió de nuevo que no llorara.

Maggie llamó con fuerza a la puerta en tres ocasiones y nadie contestó. La cuarta vez alguien entreabrió la puerta y preguntó que qué querían. Maggie dijo de mala forma que querían ver a Tony Restrepo enseguida. La mujer los miró detenidamente y después dijo que esperaran un momento. Esperaron más de cinco minutos y nadie contestó. Hacía tanto frío que todos tenían la piel amoratada. Maggie comenzó a dar puñetazos en la puerta y a gritar:

–¡Tony, Tony! ¡Sal de ahí, hijo de puta!

El hombre que las acompañaba les pidió que tuvieran calma, que si la policía los veía en ese barrio, y a esa hora, formando un escándalo irían a parar a la cárcel.

Pero ella siguió tocando y por fin otra mujer abrió la puerta y les preguntó:

–¿Qué desean ustedes?

Peggy le dijo que deseaban ver a Tony Restrepo para que les devolviera el papagayo.

–¿Tony qué? –preguntó la mujer con cara de asombro.

Peggy le deletreó el apellido y la mujer entonces se echó a reír y le dijo que allí no vivía ningún Tony Restrepo y menos un papagayo. Entonces Maggie empujó la puerta y caminó dando fuertes taconazos por el pasillo. Otra mujer salió de una habitación y fue a su encuentro preguntándole qué deseaba y Maggie la miró un instante y le dijo amenazadora que la dejara pasar. La otra sonrió y se cerró la bata amarilla con grandes flores rojas en que estaba envuelta.

–Por supuesto, querida –dijo– y volvió a entrar en la habitación.

Al final del pasillo encontró dos mujeres muy rubias y muy maquilladas sentadas frente a un televisor, vestidas con unos pijamas blancos de seda muy ajustados al cuerpo. Ninguna de las dos miró ni respondió cuando Maggie preguntó:

–¿Dónde está ese cabrón de Tony?

Miró en todas las habitaciones de la casa repitiendo siempre lo mismo, hasta que volvió a la puerta del frente, por donde había entrado. Todavía estaba allí la mujer que les había abierto –alta, delgada, de pelo muy negro, de largas y finas cejas arqueadas, sonriente– que le dijo cuando salía:

–Dale recuerdos a Tony, no te olvides ¿eh?

Maggie le gritó que se fuera al diablo.

Peggy y su acompañante se habían quedado junto al auto y la siguieron cuando ella entró en él. Ninguno de los tres habló hasta que Peggy comenzó a sollozar y a pedir su lindo papagayo, y Maggie la previno que si no se callaba le iba a romper la boca de una bofetada. Después hicieron todo el camino en completo silencio.

Al llegar frente a la casa, Maggie se apresuró a bajarse mientras que Peggy y su acompañante se quedaban junto al auto hablando en voz baja. Entonces Maggie dio un grito y ellos corrieron hacia ella. Junto a la puerta, con el cuello degollado, estaba el papagayo.

Al verlo, el hombre contrajo la cara y dijo:

–Ay, qué lástima.