Mostrando entradas con la etiqueta Sergio Pitol (México). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sergio Pitol (México). Mostrar todas las entradas

viernes, 30 de enero de 2026

Encuentro nupcial

Sergio Pitol

 

En Portinaitx, al norte de Ibiza, sobre un hormiguero de calas apenas vislumbradas, imaginadas, casi, revisa las notas de un proyecto de relato esbozado meses atrás sobre una experiencia también apenas entrevista, tan oscura como el paisaje que se extiende bajo su balcón: un manto espeso, cuyo seno se descubre a veces por iluminaciones instantáneas: el fulgor de un relámpago revela que la oscuridad detenida tras los cristales es sólo la última de muchas capas de la misma sustancia, espesa como emulsión de plomo, que se pierde en el horizonte. No hay mar azul sino un agua sucia, tan sucia como el cielo.

Un poco por hastío comienza a revisar las notas de un último proyecto de relato. La necesidad de escribirlo había sido tan apremiante que durante unos días le fue imposible disfrutar de cualquier película, libro, cena con amigos, encuentro en un bar. Lo único que deseaba era sentarse ante un cuaderno y trazar su arquitectura. Por eso dejó de lado aquella otra historia confusa con la que entonces se debatía: la de un hombrecito amedrentado que, vestido siempre con una camisa de terciopelo color violeta, recorrió la ciudad de un lado a otro, de la Barceloneta a las laderas del Tibidabo, de Sans a San Andrés, tratando de escapar de un hipotético perseguidor, intentando protegerse bajo el ala del par de viejas a las que alternativamente guiaba por la ciudad; dos fantasmas de visita en una vieja morada, dos mujeres del todo diferentes salvo en la necesidad, la obsesión de aferrarse a una porción del pasado con qué poder enfrentar a la vejez que se desploma sobre ellas. El hombrecito se convertirá en cicerone y a su lado encontrará algo de la protección que tan desesperadamente necesita. Una fue en otros tiempos corresponsal de guerra; volvió a España a consultar archivos y bibliotecas, más que nada a cotejar imágenes, a recordar, a cerciorarse de que no sólo ha perdido una –ésa– sino todas las batallas. El día de su despedida, el día en que el hombre de la camisa violeta va a volver a hundirse en su viscoso desamparo, lo lleva a una esquina de la Diagonal y le relata la salida de las brigadas:

–Estábamos seguros de que volveríamos dentro de poco. Parecía que toda la población nos acompañaba. Tenía que tratarse de una retirada estratégica, pensábamos. Era imposible, era demasiado cruel aceptar que hubiésemos perdido la guerra.

Ya para entonces la otra se había marchado. Había vivido en Barcelona de 1943 a 1945. Un día bebieron como locos. Ebria, comenzó a recordar a su marido. Se detuvieron en mil bares de medio pelo; al final pasaron a la parte severa de la ciudad, y en un momento, en una esquina, ante una puerta, exclamó extasiada:

–Aquí estaba la mejor casa de citas que he conocido en mi vida. No tienes idea del lujo con que la tenían montada. Por esta puerta entrábamos las mujeres; por aquélla, los hombres –luego, al advertir la sorpresa en los ojos de su protegido, estableció, apresuradamente–. Me citaba aquí con mi marido. Nos gustaba jugar; darnos ciertas sorpresas.

Pero ni las aventuras políticas de la una, ni las galantes de la otra lograrían liberarlo de su acoso.

Aquella historia, una novela corta, le había exigido demasiados esfuerzos, requería conocimientos mayores sobre la ciudad de los que poseía. De alguna manera la persecución debía fundirse con su visión arquitectónica de Barcelona con lo cual corría el riesgo de empantanarse en el folklore del Barrio Chino o en la parafernalia modernista, deslumbrado por las meras superficies. De cualquier manera, lo cierto fue que la historia del hombre perseguido y de las ancianas de cuyas faldas no osaba desasirse quedó arrumbada por la violencia de un nuevo sobresalto, una excitación que, por desgracia, corrió con la misma suerte que todos los proyectos de los tres o cuatro últimos años. Cuando en Portinaitx relee los esbozos de la historia que desplazó a la del hombrecito piensa en la necesidad de aceptar su destino y conformarse con el modesto papel de comentarista literario que viene desempeñando.

En esa ocasión, como siempre, ha viajado con una maleta llena casi exclusivamente con sus mentidos implementos de trabajo: unos cuantos cuadernos –en varias ocasiones se le ha ocurrido la idea de escribir una crónica de viaje–, varios libros que no leerá, salvo la rutinaria novela policial de vacaciones, esa vez una de Van Gulik, y la carpeta llena de cartas por responder (ya el mismo día de la llegada le escribió a Victoria para contarle la alucinante experiencia de su noche en el barco, un auténtico ship of fools, ahíto de una juventud ante la cual se sintió como una momia, rodeado de guitarras, melenas y vistosos ropajes multicolores, en el seno de una ensordecedora Cruzada de los Niños que, recorridos los caminos de Europa, aborda la nave rumbo a Ibiza, último ancoraje antes del arribo a la Tierra Prometida. Lo que quizá más le impresionó durante la travesía fue la discrepancia radical entre las posibilidades de placer disponibles en su adolescencia y las que goza el enjambre al que con envidia contempla, acodado en una barandilla. Pasea la mirada por los distintos grupos reunidos en cubierta. Una alemana, que hubiera podido ser su compañera en la escuela de Mascarones, se pasea con ademanes marciales e inquisitivos entre la multitud. Por la adustez del atuendo y del semblante le recuerda a cierto personaje jocoso de sus años universitarios. El horror que la escena le produce rebasa la infamia cronológica; la diferencia no se reduce a ni se explica por el solo transcurso de veinte años; se trata de algo más radical; la intrusión de un determinado elemento zoológico en la jaula de una especie distinta. Como si de repente, en el pabellón de las zancudas, entre flamencos, garzas blancas y rosadas, cigüeñas y grullas, en medio de un lujo de plumajes sedosos y aceitados se hubiera colado una hiena. Pero él necesita volver engullible esa experiencia pastosa y repulsiva; por eso, al escribirle a Victoria, prefiere comentar que tuvo la sensación de que un topo, un camello, o mejor, una liebre, había penetrado en la jaula de las garzas y, ¡qué se iba a hacer!, concluía, eran animales con el mismo derecho al paisaje, al mar, al sol). Escribe aquella primera carta poco después de instalarse en el pequeño hotel de un sitio descubierto al azar en una tarjeta comprada a los pocos minutos de desembarcar en Ibiza; en ella aparecía Portinaitx como un abigarramiento de bahías, calas y caletas. Su llegada coincide con el inicio de las lluvias. Tiene que permanecer la mayor parte del tiempo encerrado en su cuarto, igual, por lo visto, que los Rojas, la pareja de uruguayos a quienes conoció el día que llegó y a quienes le gustaría frecuentar un poco más, en el intento de evadirse de un grupo de holandeses cuya impertinencia no sólo lo obliga a escribir varias cartas a Victoria, sino también a Isabel que lo lanzó a ese viaje, a Carlos, varias tías, a muchos primos, a los Martinelli, a Miklos, sin detener ahí su actividad, ya que en los once días siguientes, dueño de una cantidad de tiempo como no había disfrutado en años, además de la novela de Van Gulik, lee varios de los libros apilados en la mesa de noche y hojea los cuadernos en que se suponía debía anotar sus impresiones de viaje, donde encuentra los apuntes, los distintos comienzos de aquel relato para el que tal vez un día logre encontrar la forma apropiada. Duda que llegue ese día. El tiempo de elegir ha pasado y él optó en un mal sentido. Además, en ese caso concreto, se ha esfumado la obsesión que durante unos días le impidió interesarse en todo lo que no fuera ese tema. En aquel entonces, obsesionado por las dos marcas que contempló en un pecho, trató de establecer una construcción literaria que no sólo lo librara de esa imagen, sino que se planteó, por mera curiosidad intelectual, ciertos problemas de técnica literaria. Hacer estallar la coherencia en los personajes, en el ritmo, en el desarrollo del tema, por ejemplo. Se le ocurría que los labios, los dientes, sobre todo, la risa del marinero eran elementos básicos en los que debía morosamente detenerse, hasta crear una gravedad que pesara en el resto de la historia.

Pero si su propósito había sido la eliminación de una tensión personal podía enorgullecerse de haberlo logrado. Aquélla se desvaneció al igual que las otras figuraciones que la circundaron. Y ahora sólo encuentra en algunos párrafos en vías de organización dos o tres elementos que le parecen sugestivos: la mujer que espera, el amante ausente, el amigo común que vive la experiencia, imágenes de barcos que viven encallados o hundidos. Una de las notas alude a tres moscas atrapadas en una telaraña, tres moscas capaces de convertirse por su propia voluntad en arañas, rodeadas de moscas condenadas a ser sólo moscas, a quienes las otras podían apresar y succionar cuando les viniera en gana. Y piensa con desánimo que trataron de enhebrarse en un tejido, cuando cada hilo debía trenzarse con los otros hasta crear una figura coherente, él se resquebrajó, vencido de antemano. Se había aplicado con furia a la tarea, pero a medida que el relato se aclaraba, cuando se requería un esfuerzo definitivo, lo neutralizó y apagó del modo más idiota, preparando unos desvaídos ensayitos sobre la novela italiana del XIX, que en verdad le interesaba muy poco, o, peor, metiéndose en un cine, lo que siempre logra distraerlo, sin necesidad de preocuparse demasiado por lo que ve; y así corrió el tiempo y los distintos inicios de la narración no pasaron de ser notas borrosas sobre moscas atrapadas, barcos y naufragios. En cambio proliferaron los apuntes sobre Manzoni, Cappuana, D’Anunzio y Verga.

Pero en el moho de Ibiza, por inercia, cae en la tentación de volver a trabajar en aquel cuento y con esa intención, interesado más que nada en el fenómeno de carga y descarga de una energía diferente a las demás, una noche en que charla con los Rojas en el restaurante del hotel, les cuenta que cuando se creía escritor, cuando –corrige inmediatamente– lo era en activo, se le presentaban aquellas tensiones acompañadas de una necesidad imperiosa de expresión, las que gradualmente se desvanecían de no encontrar una respuesta inmediata. Señala también que en los últimos tiempos, al producirse aquellas alteraciones, consciente o inconscientemente comenzó a oponerles resistencias, soportando en seco su presión. En vez de escribir y liberarse de ellas resistía unos cuantos días de neurastenia hasta que gracias a sus artículos, a los distintos trucos de que se componía su vida cotidiana, y, sobre todo, al cine, volvía a sentirse libre. ¿Habría alguna diferencia entre obsesión e inspiración? Recuerdan él o Rojas o la mujer de Rojas que cuando a alguien le preguntaron por la inspiración dijo no saber lo que eso significaba, que alguien más asentó que en literatura un noventa por ciento lo constituía la dedicación y la disciplina, un diez el talento y un cero la inspiración, pero tampoco recuerdan al autor de la frase ni las proporciones exactas; de lo único que se acuerdan es que la constancia se llevaba la mayor tajada y la inspiración ninguna, o una insignificante. En un intento por ejemplificar sus puntos de vista saca a colación la famosa visión de los calzones sucios de la niña que baja de un árbol, que indujo a Faulkner a escribir una obra maestra, y entonces Rojas, para su sorpresa, porque en las conversaciones anteriores no había revelado el menor interés por problemas de teoría literaria, esboza con voz tranquila y parsimoniosa, como si de golpe se hubiera convertido en su maestro, un desarrollo histórico del concepto de inspiración, partiendo del “¡Canta, oh Musa, la gloria del pélida Aquileo!”, donde el poeta, simple vocero de la Musa, es por ello un inspirado, un poseso, y salta al Renacimiento que vuelve a resucitar esa concepción y a los momentos del frenesí romántico en que dudar de la inspiración es cometer un sacrilegio de dimensiones sólo comparables a la torpe fatuidad de confiar a ciegas en la razón, y luego a los asertos de Darío y a las teorías de Huidobro, sin darle la menor oportunidad para exponer sus puntos de vista, ni siquiera para manifestar su acuerdo o disensión, pues apenas intenta decir algo, el otro le detiene con un seco:

–Sí, tal vez, no estoy seguro; debería conocer mejor eso para poder opinar.

Y advierte que él en verdad sabe muy poco, tan poco que ni siquiera logra precisar el concepto que intenta desarrollar. ¡La obsesión, la inspiración! Esa noche vuelve a su habitación con varios coñacs encima, convencido de que tanto la Musa como la deidad que procura la constancia le han vuelto la espalda, afligido como un viejo coleccionista obligado a desprenderse del último de sus cuadros, sabedor de que el momento en que la inspiración se produjo no volverá a repetirse, que la liberación se realizó por medios incorrectos, menos comprometedores, espurios del todo, sin exigirle ningún esfuerzo, fuera de crearle una vaga conciencia de culpa, de frustración, de traición personal; aunque debía precisar que a veces recordaba con nostalgia la armazón de esa historia abandonada para la que había ya establecido un trazo general, las situaciones determinantes que conducen a la protagonista a asumir la situación de su amigo, lo que, sin apenas advertirlo, la hace consciente de un anhelo personal, le descubre deseos no sospechados, comienza a trastornarla en aquel hotel parecido a un barco donde espera la carta de su amante. La locura debería producirse ya en el sueño, en el momento en el que se le revela la identidad del cuerpo que flagela.

Las notas del relato que encuentra en el cuaderno quedaron como una especie de escoleta ejecutada en el vacío, porque el concierto, por ausencia de director o, quizás de partitura, no llegó a ejecutarse jamás. Lee unas páginas, cuando comenzaba a integrar los elementos de la narración:

“La historia deberá ser relatada por la mujer o por un narrador impersonal que la tome como punto de mira, como un foco de conciencia. Todo comenzará realmente después de la conversación de ella con Javier. En un primer momento la protagonista se siente obsesionada por saber cómo es físicamente el marinero. ¿Cómo podría ser un nativo de Ufa? Localizar en el mapa la tal república de Bashkiria. Su amigo, el decorador que ha vivido la aventura comenta: ‘Por el cabello pude advertir que era un eslavo’. ¿Hasta dónde habría llegado Javier? ¿En qué punto se había detenido? Debió, por fuerza, haberlo golpeado. ¿De qué otra manera podía saber que se reía al ser azotado? ¿Cómo podría tratarlo ahora? Dejará de verlo durante algunos días hasta que pueda digerir la historia. Pero la historia no se deja digerir, sino que, por el contrario, la va poseyendo gradualmente, terminará por devorarla. Se le aparece hasta en sueños. Cuando Javier le cuenta el incidente del vaso de cerveza arrojado al suelo, ella comenta: ‘Claro, lo arroja para que lo golpeen’. Hay momentos en que querría salir hacia la zona del puerto a buscarlo. ¿Sería muy difícil localizarlo? Posee algunos datos: un barco alemán, matrícula de Hamburgo. Boris, nacido en Ufa, residencia en Hannover. Ufa, sí, como la empresa de las películas de Zarah Leander. ¿Cómo encontrarlo? ¿Quién es? ¿Qué profesión tiene? ¿Periodista? ¿Pero entonces, qué hace encerrada en ese hotel de Barcelona? Pudo haber sido periodista cuando conoció a Jimmy y haber renunciado al trabajo al marcharse con él. De vez en cuando envía algún reportaje a Caracas. Josefina y Javier son venezolanos. Ella detesta su nombre; prefiere que la llamen Fina. Desde hace meses espera el regreso de Jimmy en ese hotel que les parece una nave. Tal vez sólo ellos encuentran la semejanza. Pero no puede ser una espera de meses sino sólo de unas cuantas semanas. Desde que vive con Jimmy le ha sido infiel muy pocas veces. Ambos creen en la libertad sexual pero apenas la ejercen. El dato quizá no tenga ninguna importancia. En cambio es fundamental precisar desde el principio que ella ha sufrido siempre de algún mal nervioso”.

Al escribir aquellas notas, comenzó a saber cuál sería el cauce que seguiría la trama. Los personajes serían tres: la mujer que espera, el amante ausente, el amigo decorador. Al principio pensó en hacerlo pintor, pero la decoración, aunque sólo fuera por obviedad, resultaba más apropiada a las experiencias que debía vivir. Cuando tuvo a los protagonistas más o menos trazados advirtió que no importaban, que eran arquetipos que la vida repetiría cíclicamente, que, aunque le resultara doloroso aceptar la afirmación, lo único que contaba era la historia. Cualquier lucha contra la anécdota estaba de antemano perdida.

Otro apunte:

“La pasión de Jimmy, el ausente, por el mar, es desaforada. Fina sabe desde el comienzo que el mar es su único rival. El mar y los barcos. Es posible que también él sea un periodista ocasional. Tiene otros ingresos. Cuenta con rentas seguras. Ha escrito varios libros de viajes. Por lo general pasan medio año en cada lugar, a veces menos; luego emprenden otro largo recorrido. Siempre en barco. De la Guayra a Yokohama, de Yokohama a Vancouver, de Vancouver a Capetown, de Capetown a Barcelona. A Jimmy le gustaría que esas travesías no terminaran nunca. Han viajado en cargueros noruegos, griegos, yugoslavos, alemanes. El último viaje –para ella fatigosísimo– lo hicieron en un barco con patente de Liberia cuya tripulación parecía la resaca de la marina internacional, un racimo de adolescentes patibularios o de viejos ex-legionarios que la contemplaban con un raro fulgor en la mirada; ahora sabía que no era producto del deseo. ¿Habría en el mundo muchos hombres como Boris, el marinero de bovinos ojos azules que trabajaba en un barco alemán? Fue una lata de viaje. A momentos le resultó casi imposible ocultar el malhumor, disimular sobre todo el rencor que le producía ver a Jimmy renacer ante el solo contacto con el barco, a la primera bocanada de aire salino, ante el tufo característico de un camarote en un barco de carga.

Se lo había advertido desde el principio:

–Conmigo los únicos males te llegarán por el agua. No los esperes de mí ni de mi pobre mujer, incapaz hasta de matar a una mosca. Sólo del agua, hasta de los ríos. Cuídate de las estelas de los barcos. Cuídate, sobre todo, de los barcos.

Sweet old Jimmy!

Y mientras espera en aquel hotel en forma de barco, cuando logra olvidar a Boris, el desconocido marinero de Ufa, piensa

en una nave varada,

en una grieta que se ensancha cada vez más a un costado de la nave,

en dos grandes grietas que se ensanchan como dos ásperas cicatrices sobre un torso desnudo.

Y en torno a esa nave que se desgaja, un paisaje funesto: arrecifes, cayos, erizos.

¡El hundimiento del Titanic!

Ya no hay modo de que la nave se salve. Se contempla como un fantasma en medio de los largos pasillos de aquella crujiente fábrica de hierro que se precipita hacia el fondo. Toda la historia deberá girar en torno a la crisis del personaje femenino. El nombre de Josefina es tan arbitrario como los demás. La única razón por la que los eligió es que comienzan con J. Josefina, Javier, Jimmy. Boris es otra cosa, el elemento absurdo, contaminador: la lepra”.

Después se presentó el problema de ubicar a los personajes. La primera tentación fue comenzar con la escena en que Javier le refiere a su amiga la aventura con el marino de Ufa. Pero tal inicio resultaba poco convincente, una entrada en materia demasiado abrupta. Hasta que al fin contempla con toda nitidez la escena. Josefina sale del ascensor de aquel hotel situado en las faldas del Tibidabo, frente a una rotonda donde florecen los algarrobos que, igual que las lilas y las glicinas, son flores que aman el invierno. El hotel es un barco anclado, rodeado de un mar tranquilo, muerto, una tersa bahía de superficie aceitosa, cuyas aguas pueden resquebrajar la nave con la misma despreocupación con la que cascarían una avellana. Y en su interior Josefina ansía ver perecer a Jimmy, no por agua sino destazado por hierros retorcidos, triturado por compuertas deformes, ondulantes como láminas de papel estaño. Es la primera vez en tres días que sale de su cuarto. Ni siquiera se preocupa por pasar a la recepción a preguntar, como lo ha venido haciendo con perfecta ociosidad desde el día de la partida de Jimmy, si le ha llegado carta. Sabe que en el caso de haberla no sería de él. No se hace ilusiones absurdas (pero en el fondo alienta siempre la posibilidad de que se produzcan esos hechos maravillosos que le confirmen su vaga creencia en la imprevisibilidad de la conducta humana). Piensa en su última conversación con Jimmy sobre la necesidad de una separación, aprovechando el viaje para tramitar su divorcio en el pequeño pueblo inglés donde se había casado diez años atrás. Se encamina directamente hacia el bar del hotel. Observa al camarero, que a su vez la observa furtivamente. Siempre que se pone esa chaqueta encuentra las mismas miradas, aunque esa vez le parece que hay algo más, una especie de complicidad que se manifiesta en los guiños del hombre que le sirve una copa de jerez. En la barra dos muchachos la miran y cuchichean. ¿Habrán descubierto su secreto? ¿Sabrán que desde hace unos cuantos días, desde la conversación con Javier y la noche del sueño ya no es la misma? ¡Cómo pensar en recibir una carta de Jimmy! ¡La imprevisibilidad de la naturaleza humana…! ¡Bravo! Faltan por lo menos quince días para que llegue la primera carta. Sabe que le escribirá sin duda tan pronto como se divorcie. En el fondo también él es sumiso, tan sumiso como el marinero de Ufa. ¿Lo serían todos los hombres de mar? ¿Lo serían muchos? “Tu mayor enemigo será el mar…” Viajes interminables, horizontes sin fin, resplandores extraños en las miradas de los jóvenes tripulantes… ¿El paraíso? ¿El limbo?… Sabe qué frases leerá en esa primera carta, conoce el ritmo de los párrafos tan bien como su caligrafía. Le parecerá escuchar su voz cuando lea, una, dos, tres veces seguidas el breve pliego. Lo guardará en las páginas del libro que tendrá en las manos. ¿Qué leería en aquel momento? Habría que buscar un título apropiado para ocultar bajo sus tapas la carta del buen Jimmy. ¿Tal vez Los Sonámbulos? Se encerraría en el cuarto y volvería a leerla otras veces. Sabe que hará un esfuerzo de concentración moral y que después de meditar limpia y honestamente –todo lo que hace Jimmy adquiere al instante una intolerable pátina de pureza– emitirá un sí definitivo. Sí, seguirán viviendo juntos: sí, la necesitaba; sí, se casaría con ella ahora que estaba libre de cualquier compromiso. Pero eso ya lo sabía, igual que las palabras con que se expresaría, porque había manejado toda la situación, el apresuramiento del divorcio, la breve separación que les permitiría pensar con serenidad, “sin influirse ni presionarse”, en lo conveniente que resultaría casarse. Le había enseñado a añorar el matrimonio desde el principio, en las mismas ocasiones en que ensalzaba las ventajas de una unión libre. Y como en toda novela rosa, cuando el momento de la proposición llegara tendría que fingir sorpresa, pedir tiempo para reflexionar, y, finalmente, pronunciar un tímido, un trémulo sí, inspirado en el único propósito de hacerlo feliz. ¡El sumiso idiota lobo de mar! La carta llegaría dentro de dos semanas. Por principio, mientras el divorcio no estuviera legalizado, Jimmy no haría nada. Pero eso ya no importaba. No le hacía ninguna ilusión recibir esa carta, la carta por la que no preguntó al pasar a la recepción por miedo de encontrar una nota de Javier. Temía que Javier, ante su negativa a responder el teléfono –en el hotel seguían instrucciones precisas: la señora había salido de compras, bajado a la ciudad, no llegaría en todo el día–, hubiera comprendido que había llegado demasiado lejos y forzara un encuentro para aclarar la situación.

Y en Ibiza la lluvia continuaba.

–Desde hace años es así –se lamentaba el camarero–. Todo cambió con la llegada del turismo. Ya nunca deja de llover en estas fechas.

Tiene sobre la mesa los distintos cuadernos. Concentrarse en ellos le permite evadirse de la curiosidad que su presencia y su profesión despiertan en algunos miembros de ese rebaño forzado a un encierro exasperante. Un matrimonio danés lo atosiga hablándole a todas horas del voyage a Kathmandu. Están seguros, por encontrarlo en Ibiza, de que trabaja en algo sobre hippies y droga, y se han decidido cordialmente a auxiliarlo. La señora es más solícita. Podría contarle cosas terribles. Casos ocurridos en Fionia, su ciudad natal, entre gente de su propio círculo.

Ante el alud de mal francés, el cuaderno de notas resulta una salvación.

Recuerda que cuando todavía muy perplejo le contó a Fionia lo ocurrido en casa de Victoria, seguro de impresionarla, ella no mostró la menor sorpresa. Por el contrario, lo que la asombró fue su reacción. Opinó que lo absurdo de todas esas historias estribaba en que en la actualidad seguíamos sin saber nada al respecto, que ciertos tabúes pesaban tanto que teñían las consideraciones de los mismos científicos, lo que impedía que aun en el presente pudiésemos conocer nada de nada.

–Uno se entera de que alguien a quien trata con cierta frecuencia, a quien ve desempeñar normalmente sus funciones, corresponde a tal o cual categoría que ha considerado siempre como aberrante. Alguien tan agradable, estimulante o necio como cualquiera otra persona. Para nosotros fue normal hasta que una casualidad, una indiscreción o un descuido nos informó de la supuesta falla. Ahora –concluyó–, me río de tales simplificaciones.

Fue más que suficiente. Un cauterio sobre el tumor. El gran golpe al pathos con que recordaba la escena y del que deseaba impregnar el relato. A ello se debió, quizá, que la historia se quedara en esas notas sin otra utilidad, por lo pronto, que librarlo del chemin de Kathmandu y de los casos ocurridos entre las mejores familias de Fionia. ¿Cómo poder recuperar la palabra insistente, imperativa, la risa boba, el encuentro en el local en penumbra, la imagen del marinero ebrio, sentado en la mesa de al lado, cuya mano no logra sujetar siquiera la cocacola que cae al suelo, igual, más tarde, que una botella de cerveza y un vaso? Apenas repara en su existencia. Contempla entusiasmado a una negra que baila como un animal que husmeara a una serpiente; la ve olfatear el aire y tender los brazos hacia adelante, con movimientos que imprime sólo en las rodillas, en las caderas y que se reproducen en todo el cuerpo, se transmiten al cuello, que gira como animal acechado, a las manos que palmean en el vacío, a las fosas nasales que se contraen y se distienden, hasta convertir de pronto aquel ritmo de moda en un estruendo de tambores yorubas. En una tregua, se sienta a su mesa, bebe de su vaso, pide otra copa y le cuenta algo que no comprende mientras las manos torpes del marinero de la mesa de junto dejan caer al suelo la botella de cerveza; comenta que hace aquello a propósito para que alguien lo golpee, pero ya en ese instante la música también cambia de ritmo y la negra vuelve a levantarse y se lanza a la pista. Está por salir cuando irrumpe en el local un grupo de conocidos suyos; llegan en busca de alguien, le explica Rosa, un fotógrafo italiano que se les perdió y al que daban por descontado encontrar allí, y se desparraman en su mesa y en la de junto y el marinero rubio queda de golpe incorporado al grupo. En el instante en que Jordi con su voz aguardentosa propone ir a casa de Victoria a beber una última copa, encienden las luces del salón y los sudorosos asistentes saben que la noche ha terminado en tumulto, se mueven hacia la puerta, y el marinero sigue con ellos, lo que parece natural, pues todos están igualmente borrachos y nadie sabe que nadie lo conoce. Jordi lo sostiene por un brazo porque dos veces ha estado a punto de caer en el corredor, y él vuelve a aclararles que no es su amigo, que jamás lo ha visto, que será mejor dejarlo en una esquina, el muelle queda a un paso y cualquier otro marinero, de regreso, podría acompañarlo hasta su barco, pero Victoria lo ha tomado por el otro brazo y observa que sería importante verlo reaccionar en un ambiente distinto. (No, no fue esa noche, sino varios días después cuando tuvo una idea cabal de lo ocurrido). En casa de Victoria apenas reparó en él. Lo oyó hablar con Rosa, pero casi no entendía el alemán y los jadeantes monólogos del otro eran absurdos, confusos, asfixiados por el alcohol y el sueño. Lo único que logró comprender fue que sus zapatos eran franceses, los había comprado en Cherburgo y le habían costado mucho dinero, que su barco hacía regularmente el trayecto de Hamburgo a Barcelona, que había nacido en Ufa, Bashkiria, y señaló en el mapa de una agenda que Rosa extrajo de su bolso, un punto en la URSS al norte de Afganistán, que en 1944 cuando tenía sólo un año sus padres cruzaron la frontera y se instalaron luego en Alemania, en Hannover donde había vivido siempre. No hablaba el ruso, conocía sólo unas cuantas palabras. Se llamaba Boris. Luego entrecerró los ojos; durante un buen rato nadie le hizo caso. La misma Victoria pareció olvidar su interés en el tipo, y aunque él, a esa hora, lo único que deseaba era regresar a su casa, siguió bebiendo por inercia y manteniendo también por inercia una discusión cualquiera, hasta que de repente se encontró nuevamente sentado al lado del personaje, quien trataba de convencer de algo a Rosa y, como para demostrarle la veracidad de sus palabras, se levantó la camisa hasta el cuello. No sabía de qué conversaban. Por eso preguntó si las dos heridas burdamente cicatrizadas que corrían en líneas paralelas desde los hombros hasta un par de centímetros arriba de las tetillas eran resultado de un accidente o de una operación; el otro respondió con una carcajada entre burlona y estúpida y musitó unas cuantas palabras que no comprendió. Pero, en cambio, entendió a la perfección el ademán, cuando levantó la mano derecha y flexionó varias veces la muñeca, emitiendo un chasquido chirriante con la cabeza. Dijo unas cuantas palabras incoherentes y volvió a quedarse dormido. Cuando la reunión se deshizo casi no podían moverlo. Alguien le tomó el pulso, opinó que estaba demasiado borracho, que sería mejor acostarlo en un sofá. Victoria no lo permitió. Tuvieron que bajarlo casi a peso, lo metieron en un taxi y le dieron instrucciones al chofer para que lo acercara al puerto. Amanecía. Rosa lo llevó a su casa. En el trayecto no hablaron sino de la posibilidad de un próximo viaje a Cádiz donde unos amigos rodarían una película, y al llegar a la cama cayó como piedra y durmió hasta la tarde del día siguiente.

No recordó el episodio sino hasta varios días después; traducía un ensayo de De Santis sobre Manzoni, fue en uno de esos lapsos en que el trabajo se vuelve mecánico y una palabra, determinada frase, cierta cadencia, cualquier cosa, puede servir de disparadero mental. Nunca deja de divertirlo el modo en que la mente, fuera de vigilancia y de control, logra recapturar los momentos más inesperados: un paisaje perdido en un amanecer perdido, al lado de amigos, ¡ay!, para siempre perdidos, contemplando cerca de Tlaxcala, la tarde en que tomó una taza de café con una profesora alemana y apenas pudo atender a la conversación, deslumbrado como estaba por un Kirchner excelente que pendía de la pared, la cara atribulada de Antonieta cuando le informó que el tumor en el seno había resultado canceroso, el anochecer de un domingo del invierno pasado, en que muerto de frío caminaba por la calle semicircular de las Arolas que tanto le gusta, ante aparadores cerrados, pensando que en uno de esos edificios debía vivir el personaje de la novela que trataba entonces de escribir, el hombrecito de la camisa violeta siempre amedrentado y, en ese preciso instante, en sentido contrario, se aproximó tambaleante, un borracho que cantaba con voz quebrada: “miedo, tengo miedo, mucho miedo”, y, de pronto, entre esa ola de recuerdos que aparece cuando ya mentalmente ha traducido una frase larga y los dedos se mueven en el teclado por un impulso independiente, dejando un momentáneo hueco cerebral, vio las dos cicatrices trazadas en un pecho blancuzco, los dos gruesos bordes de color solferino que descienden de los hombros y frenan sobre las tetillas. Sintió un estremecimiento. Las manos se le detuvieron sobre la máquina. Volvió a ver la sala de la casa de Victoria, la camisa remangada, las dos marcas, la risa bobalicona, desafiante, complaciente. Y aquella imagen comenzó a repetirse, con mínimas variantes, a obsesionarlo, hasta que para librarse de ella pensó en transformarla en cuento, y, de pronto, apareció una trama más o menos coherente: la mujer que espera en el hotel la carta de su amante. El decorador que ha pasado la noche con un marinero de Ufa, la conversación con la protagonista, la pesadilla, el ulterior desarreglo mental.

El tercer personaje, Javier, el decorador, es amigo de ella desde hace muchos años; desde siempre. La amistad es muy íntima: fue él quien le presentó a Jimmy en una exposición en Caracas. Jimmy no se podía resentir por esa intimidad. ¿No el mismo Swan confiaba la custodia de Odette a Charlus? Javier los escalofriaba con el recuento de algunas experiencias en los recodos más alucinantes de la zona del puerto. O los hacía morir de risa con sus compilaciones de textos idiotas. Pero el día en que Javier le cuenta la experiencia que ha vivido (en la narración la experiencia tendría que ser completa) crea en ella una perturbación que aumenta de día en día. A eso se debe que al inicio sienta horror hasta de encontrar una nota suya en la recepción del hotel.

Hay momentos en que su ausencia, más que la de Jimmy, le produce un sentimiento intolerable de orfandad. Ya no podría decirle, por ejemplo, eres realmente un idiota, no podría decirle te estás matando, ya no podría decirle qué piensas, eres un bárbaro, debes traerme más a este lugar, te estás arruinando, ¿pero a qué horas trabajas? Tendría que prescindir de reprocharle tantas cosas. Dios mío, ya no podría decirle tráeme más a menudo, me gusta, no me gusta esta gente, este sitio, ya no podría pedirle que no le dijera a Jimmy en qué lugares habían estado, porque a Jimmy debían darle a menudo versiones relativamente expurgadas; ya no podría preguntarle de qué hablaba con esa muchedumbre, no podría conversar sobre temas escabrosos que en ellos adquirían un tono cotidiano, casi casto, como si hablaran de los libros que leían; ya no podría decirle prepárame otra ginebra, pero ya no bebas, vas a acabar mal, tendrás dificultades, no te prolongarán la residencia, ¿no te das cuenta?, no sabes quiénes son, ¿pero en qué mundo viven?, ¿dónde duermen?, un día te va a pasar algo, llévame sí, cuando quieras, no sé qué pensar, no habrá dinero que te rinda, sí, demasiada energía desperdiciada; no, por favor, no me digas eso, yo espero, sigo esperando, sé que no me queda sino esta posibilidad. Ya no podrían oír discos juntos, sino sólo hablarían, lo quisiera o no, del marinero de ojos azules que arrojaba vasos por el suelo, esperando a que lo golpearan…

Un día llega a recogerlo para comer en un pequeño restaurante al que asistían con cierta frecuencia. Comienzan a conversar sobre Ibsen. Javier prepara la escenografía para La dama del mar; está documentándose sobre el autor y la época. Saca una libretita y le muestra la perla que descubrió el día anterior en el prólogo a las obras completas. Una defensa del prologuista a las mujeres noruegas para hacer que el lector no vaya a confundirlas con las perversas heroínas de esos dramas: “Añadamos ahora, por nuestra parte –le lee– que no todas tienen los ojos azules. Las hay buenas y malas, conscientes e irresponsables y en su misma variedad radica su universalidad”. Y ella ríe encantada, pensando en el horror con que aquel prologuista consideraría la independencia y rebeldía de las escandinavas. ¿Qué si no un monstruo podía parecer Nora en la España de 1943? Pero Javier está nervioso, apenas ríe, y cuando le pregunta que qué ocurre, dice que se acaba de levantar, que no durmió casi, que es muy difícil contar lo que le ha sucedido; no, no puede decírselo, pero baja la voz y describe su encuentro en un bar, o, sería mejor, en la calle. (Le gustaría que el marinero, muy borracho, fuera encontrado en el punto en que Escudillers desemboca en las Ramblas, atónito al estrellarse de golpe contra tanta luz y espacio. Javier se le acerca y le pregunta algo, y, sin más, vuelven a Escudillers y se meten en un bar a seguir bebiendo).

–Por un momento llegué a creer que se trataba de un vampiro –le dice–. Pasé el susto de mi vida. Cuando se marchó corrí a la ventana y no lo vi salir. O fue muy rápido, o se deslizó por la pared o en realidad no existía. Me senté en un sillón y vi entonces la mancha de café que había derramado y, al lado, en la alfombra, una billetera vacía. Eso me reaseguró. Por terrible que hubiera sido todo, al menos se trataba de una persona de carne y hueso y no de una alucinación.

Le va contando en voz muy baja, entre pausas, la historia. Ella hace muchas preguntas: él responde y, luego, cuando terminan de comer, perciben el vacío formado entre ellos. Josefina sabe que por primera vez existen muchas otras cosas que él no se atreve a revelarle, que, como a Jimmy, le ha servido una versión censurada, “apta para todos los públicos”, o casi; intuye que su actuación no fue tan pasiva como quiere hacerle creer, que no se conformó con escuchar al marinero, que ha incurrido en suficientes contradicciones que indican una participación más activa en el acto. Pero Javier no podrá contarle lo ocurrido porque él mismo se halla muy perplejo y trata de volver al tema de Ibsen, a su escenografía, a hablarle de dos lámparas que le compró a una anciana empobrecida que se está desprendiendo de sus cosas, aunque nada logra crear el clima normal de conversación y así, cuando después del café, le propone hacer un paseo, ella antepone una excusa cualquiera; debe esperar una llamada telefónica, encontrarse luego con alguien en el hotel, y él ya no insiste; sabe que será mejor no verla durante unos días.

Después de despedirse, Josefina no volverá al hotel, caminará sin dirección precisa, le parecerá conocer al marinero, haber visto su pecho flagelado y sentirá una enorme curiosidad por saber dónde está Ufa, dónde Bashkira; saber por qué vive en Hannover, cómo son, qué hacen sus padres; imaginará rostros posibles para Boris, tendrá la sensación de que nunca podrá volver a sentirse segura junto a Javier; no lo puede imaginar ni aceptarlo en aquel papel; le parecerá verlo levantarse de la cama en busca de sus pantalones tirados junto con el resto de su ropa en un rincón del cuarto, sacar el cinto, volver a erguirse, alzar la mano y azotar con violencia, le parecerá oír la risa de Boris y su voz quejumbrosa que sólo sabe decir schlagen! Desearía besarle las heridas, lamerle las cicatrices, morderlo, sangrarlo, volver a besarlo, destrozarlo, y descubre que lo que no le perdona a Javier es haberla suplantado. De pronto advertirá que está muy lejos de su hotel, que ha sido una locura caminar tanto y tomará un taxi y durante horas, en su habitación, volverá una y otra vez a paladear la imagen. Aquella noche no puede dormir, trata de leer, pero no logra concentrarse, bebe un poco de coñac mientras tiende solitarios en la cama; luego se vuelve a acostar, piensa que se está convirtiendo en una señorita ridícula, quebradiza. Recuerda que Javier le ha hecho crónicas personales verdaderamente terroríficas, la de la noche, por ejemplo, en que durmió con el tipo que se desangraba, y tantas y tantas más. Y entonces, raramente tranquilizada, logra dormirse.

El sueño es denso, sofocante, abrasador…

Está en la misma habitación. Sin dejar de ser un cuarto de hotel, adquirirá un aire de clínica, de quirófano: en la cama yacen desnudos ella y el marinero alemán; bueno, un hombre que por fuerza supone debe ser el marinero alemán. Cuando el hombre le pide ser azotado se levanta y lo golpea con una fusta negra. Lo oye reír a cada golpe, como un niño agradecido; comienza a excitarse al descargar la fusta, aunque el placer es mayor en las pausas, cuando el otro le pide más azotes, cuando le suplica que golpee con más energía. En ese momento advierte que el hombre le habla en inglés, y que conoce perfectamente la voz; también conoce las espaldas, el lunar en la nuca y sin poder casi respirar se inclina sobre él, le levanta el mechón de pelo que le cubre la cara y comprueba que es Jimmy, un Jimmy sudoroso y sonriente que con voz y mirada implorantes le suplica que le pegue siempre más fuerte.

En los tres días transcurridos a partir de aquel sueño ha vuelto intermitentemente a pensar en la escena. Los sentimientos iniciales de sorpresa, de horror y rechazo han cedido a otro, mucho más violento, de placer. Ahora mismo, en el bar del hotel, mientras piensa en el libro que leerá dentro de dos semanas, en el que guardará la carta de Jimmy, no puede evitar pensar en sus anchas espaldas perfectamente doradas, salpicadas de pecas, cubiertas de vello en la parte próxima al cuello, y oír el chasquido del flagelo, la voz de Jimmy que se queja e implora, y sentir en sus puños la fuerza y el placer que transmite. Sonríe mientras una racha de calor invade el cuerpo, y es posible que su sonrisa trasluzca algo en verdad perverso, pues los dos jóvenes que la observan de reojo han apartado, cohibidos, la mirada.

–El mar es mi enemigo, mi rival –se oye decir, sin sorpresas, con muy poca emoción, como si la voz no procediera del todo de ella– y yo seré tu amiga, tu enemiga; cuando sea tu enemiga me amarás más aún: serás mi ovejita, yo seré tu lobo; gozarás y gozaré al ver sangrar tu cuerpo subrayado”.

Sería el final del cuento.

Las vacaciones están por terminar. El tiempo parece componerse. Ahora, sin embargo, tiene que regresar a Barcelona. Ha llegado la hora de abordar el ship of fools y observar con melancolía, con envidia, con irritación, a esa fauna a la que no pertenece. Todas las notas, a pesar de las correcciones realizadas, se quedarán en un proyecto más. Quizá sea mejor volver a su idea anterior, al tema del hombrecito de la camisa de terciopelo violeta que recorre Barcelona, muerto de miedo, con una mujer que reconoce veinticinco años después una casa de citas que frecuentaba en su juventud, y con otra que contempla con tristeza la Diagonal por la que desfiló treinta años atrás mientras musita, bajo una lluvia fina, que su historia ha sido muy larga, muy triste; una historia cinematográfica con demasiados episodios, pero sin un final feliz.

 

Barcelona, abril de 1970

 

(Tomado de Sainz, Gustavo, Los mejores cuentos mexicanos, Ediciones Océano, Barcelona, 1982)

 

sábado, 11 de octubre de 2025

Ícaro

Sergio Pitol

 

El narrador ha visto esa tarde, en una sesión del Festival Cinematográfico de Venecia, un film japonés que revela, de un modo en apariencia inequívoco, aunque la acción transcurra en Japón (y un episodio esté situado en Macao), la vida de un amigo muerto unos años atrás en condiciones extrañas en una pequeña ciudad de la costa de Montenegro. Ha caminado, conmovido, durante varias horas, ha vuelto a su hotel, ha telefoneado a México, ha conversado con su mujer, pero nada logra disipar la perturbación que la escena final le produjo.

Todo tiende a asegurarle la tranquilidad, el buen reposo. Manos competentes, ojos previsores, mentes exclusivamente destinadas a imaginar sus exigencias y deseos y a procurar satisfacérselos, se han esforzado en crear aquel ambiente, tan necesario en los momentos en que una reafirmación se vuelve indispensable. El teléfono a la mano; las cortinas de brocado espeso; la rugosa colcha de cretona con rayas de un verde suave que combina con otro aún más suave, imperceptible casi; una reproducción de Guardi, otra de Carpaccio. Algún broche de cromo o aluminio inteligentemente entreverado entre los muebles oscuros. Todo en la medida necesaria para recordarle al turista que no está solo, que no se ha derrumbado en otra época, que el Carpaccio y el Guardi y el falso brocado que cubre los muros son exclusivamente atmósfera, que continúa inmerso en su siglo, que una de las puertas conduce a un baño donde brilla el azulejo, el plástico, los metales cromados. Hacerle saber, en fin, que basta oprimir un botón para que surja un camarero y minutos después, sobre una mesa, aparezca el whisky, el hielo y también, si uno lo desea, un buen rizzotto de pesce, la cassatta, el café.

Carlos hablaba con frecuencia de las ventajas que podía proporcionar la vida en un hotel. En realidad, buena parte de su existencia transcurrió en ellos; conocía toda la gama, desde ese tipo de hoteles hasta las casas de huéspedes más inmundas, cuartos de alquiler de aspecto y hedor inenarrables. ¡A saber cómo sería aquel sitio en que pasó sus últimos días!

En la película aparecía un viejo caserón de madera de dos plantas. En el piso de arriba se hallaban los cuartos. Habitaciones rectangulares con seis o siete camastros. Abajo, una sala de té donde se reunía la localidad a comentar las noticias, a jugar a las cartas, a matar el tiempo. Llueve sin interrupción. La lluvia torrencial forma, como a Rashomón, cortinas sólidas, grises, densas, que no solo incomunican a las personas sino a los objetos mismos. El hotel está casi vacío. No es temporada. En su cuarto es el único huésped. La humedad y el frío lo torturan, lo hacen sentir permanentemente enfermo. Ha llamado varias veces a la encargada para mostrarle las dos goteras del techo, pero la vieja se conforma con gruñir y no tomar medida alguna. Termina por poner un recipiente de lámina bajo una y bajo la otra una toalla; cada cierto tiempo debe levantarse para exprimir la toalla por la ventana. Recoge las mantas de las otras camas para cubrirse. Sus días transcurren en una neurastenia casi intermitente. Se pasa horas enteras en la cama, acurrucado bajo la montaña de cobijas, pensando sólo en el frío que le atiere las manos. Su imagen es la de un animal enfermo, por momentos gime suavemente: un animal que se recoge para morir. Y sabe que apenas ha empezado el invierno, que deberá resistir esa canallada de la naturaleza durante largos meses y que los peores aún no se presentan.

Abre un bote; mastica unas galletas untadas con algo parecido a una pasta de pescado que humedece en un vaso. Hace movimientos de gimnasia para tratar de entrar en calor; a veces toma su libreta y baja a la sala de té. Los tres o cuatro campesinos que acuden al lugar apenas hablan; el frío y la penumbra los reconcentran, los aíslan. Tiene la preocupación de esquivar a la otra inquilina de la pensión y a su nieto; en días pasados se había sentado a tejer a su lado para espetarle un discurso nauseabundo sobre sus padecimientos: diarreas, resfriados, punciones, los nervios, el hígado, la pus que no cesa, inyecciones, lavativas, baños de azufre. Por la ventana se ve sólo el manto gris de la lluvia. La cámara hace prodigios para recrear ese mundo de oscuridad en que de golpe hay uno que otro destello luminoso: las gotas que rebotan en la acera como balas en una superficie metálica, el viejo desvencijado automóvil oscuro que cruza el pueblo en medio de un derrumbe de cielos. Tras el auto, el poeta menesteroso, envuelto en un abrigo harapiento que le llega a los pies, se abre paso a la carrera; agita los brazos como si luchara contra la misma sustancia espesa de la vida. En una mesa, cerca de una estufa de hierro, cuyo calor a nadie parece llegar a beneficiar, el obeso protagonista (¡qué lejos ya del atildado joven de las escenas de pasión de Macao!), intenta trazar, con desgana, algunos signos en su cuaderno. Las ideas no fluyen. Escribe unas frases, las tacha; el plumón comienza a bailar, a titubear, traza líneas, dibuja flores, perfiles de mujer, números, vuelve a detenerse; recomienza la tarea de esbozar aquel párrafo que con tantas dificultades parece avanzar. Arranca al fin la página, la estruja y la tira. Pide una botella de licor y llena un vaso. En ese momento irrumpe en el local, empapado, tembloroso, el viejo bardo.

Es evidente que el modo de manejar la luz entraña una intención simbólica. La atmósfera psicológica, al menos, se concentra o se distiende con su ayuda. En las primeras escenas, las de la juventud, la claridad es radiante y va en aumento hasta la parte de Macao donde la luminosidad se vuelve a momentos intolerable. Todo contribuye a ello, no sólo el sol siempre a plomo sobre los personajes; los trajes claros y vaporosos de la bellísima actriz que reproduce a Paz Naranjo, los sombreros de paja de los jóvenes, los toldos color crema de los cafés al aire libre.

–Ciega esta luz –dice en el momento de embarcarse.

Luego, la luz disminuye gradualmente hasta desaparecer casi del todo en las últimas escenas: la aldea de pescadores donde se ha terminado por refugiar el protagonista. El sol, las pocas veces que aparece, es como su triste parodia. No hay sino niebla, lluvia y frío: una grisura que cae del cielo, mancha los plafones, se filtra por las paredes. Aun en la sala de té parece flotar una nube húmeda que rodea a los escasos parroquianos.

Algo recuerda de la última carta. ¿La conservará todavía en México, entre sus papeles? Era una carta larga, quejumbrosa, irritante. Hablaba de la melancolía que se había apoderado de aquella diminuta ciudad tan pronto como el otoño comenzó a dar paso al invierno, de la oscuridad y la lluvia y la falta de incentivos, de la carencia de personas con quienes conversar. De su encuentro reciente con un viejo poeta desdentado de barba rala y larga que había preferido la soledad de un escondrijo en la montaña; su único compañero, no de paseos porque el tiempo ya no se los permitía (“el pinche frío ha sentado la garra en este, que hasta hace una semana parecía un inmutable paraíso solar al margen de las leyes climáticas. De repente una helazón bestial comenzó a bajar de la montaña a la hora del crepúsculo…”), sino de copas, de taberna.

Por más que ha intentado pasear, perderse, despotricar a sus compañeros, ser absorbido por la ciudad, leer un poco, dormir, pensar en la conversación telefónica con Emily, la película lo tiene por entero poseído; le ha avivado su mala conciencia. Piensa que él y otros amigos debieron haberlo obligado a volver a México, enviarle un pasaje, meterlo en una clínica de desintoxicación si era eso lo que necesitaba; en fin, algo seguramente se hubiera podido hacer, cualquier cosa, menos dejarlo morir en aquel pueblo perdido, olvidado por todos. Es imprescindible que concierte un encuentro con Hayashi, el director japonés, que le informe cómo pudo enterarse de aquellas circunstancias finales; decirle, a pesar de que no va a creerle (como buen oriental fingirá que sí, sonreirá cortésmente, pero sin ocultar del todo una expresión de tedio) hasta que él no comience a darle nombres y detalles, tendrá que decirle que no sólo fue amigo de Carlos, sino que es el original de ese muchacho un tanto absurdo, el joven ofuscado que aparece en un pasaje de la película, el que por una noche, por poquísimas horas de una noche, fue el amante real de una mujer real que vivía ahora, si es que aún vivía, decrépita, maniática, empecinada en su rencor por Carlos, recluida en una clínica de lujo de las proximidades de Londres. Que por favor le diga si la muerte de Charlie, de cuyas circunstancias nadie logró enterarse, fue tal como la describe en su película. Añadirá (¡si tuviere a la mano aquella carta para poder mostrársela!) que estaba enterado de la existencia del viejo harapiento que abandonó la gloria literaria para refugiarse en una choza en las montañas, que por favor le explique cómo fueron sus últimas semanas en las Bocas de Kotor.

Porque en la película, después del primer encuentro de los dos hombres de letras, las visitas se repiten, siempre en la taberna, junto a una ventana, no lejos de la chimenea, desde donde contemplan la lluvia. La primera vez el poeta se dirigió hacia la estufa, dejando a su paso un arroyo. Se sentó en la mesa de al lado del protagonista, el supuesto Carlos.

Cambian unas cuantas palabras; algo los lleva a identificarse como escritores; hablan un poco de literatura, muchos de los pros y contras del lugar, del paisaje y también de sus sueños, aspiraciones y proyectos. Parecen dos muchachos decididos a conquistar y transformar el mundo, el arte, la literatura, ¡la vida, nada menos! (non jef t’es pas tout seul!). Entrechocan los vasos con frecuencia; se saben hermanos, cofrades, aedas incomprendidos por los tiempos que corren; en un momento maldicen a su época y al siguiente la califican de extraordinaria, germinal, de algo que está por llegar. Una época grandiosa a pesar de la fatiga y el desaliento que sabía producir.

Y un día le confía que se encuentra en dificultades; le habla de su miseria, del cheque que no llega. La patrona lo ha amenazado con incautarle el equipaje y expulsarlo del hotel; no sabe qué hacer, no le queda dinero ni para poner un telegrama. Desearía vender algunas prendas de ropa, pero no conoce a nadie en el lugar. El poeta le asegura que no obtendrá gran cosa por los trajes; por el reloj, en cambio, podrían darle una buena suma. Pero él se resiste; se excusa diciendo que es un antiguo regalo; además, no saber la hora le hace sentir mal, le produce mareos, náuseas. El poeta insiste. Le asegura que conseguirá el dinero en menos de media hora. Por fin se desprende del reloj. Luego espera, víctima de la mayor postración nerviosa. Está seguro de que otra vez lo han timado, que esa noche lo echarán de la pensión; el reloj era lo único con lo que contaba para que algún chofer lo devolviera a la civilización; cuando regresa el otro con el dinero apenas lo puede creer. Llaman a la patrona, paga la cuenta; le sobran todavía unas monedas. Piden una botella de licor; luego otra. Se emborrachan. El protagonista escucha cómo aquel viejo desdentado, sucio, desaliñado hasta lo imposible, que no ha dejado, ni siquiera en los momentos de mayor fraternidad, de producirle cierta repulsión (pues en cierto modo es como verse reproducido en un espejo que le obsequia una imagen futura, una imagen que casi le pisa los talones), le confecciona con gran locuacidad y un enorme despliegue de muecas, de carcajadas que dejan al desnudo las encías, los restos de dientes putrefactos, con guiños que ponen todo el rostro en movimiento hasta formar un crucigrama de arrugas, suciedad y pelos, un porvenir despojado de preocupaciones económicas. Lo oye, al principio, con asombro, luego con un tembloroso deseo de participación, al final con entusiasmo, narrar sus experiencias en aquella cabaña donde escribe cuando le viene en gana, sin preocupaciones de ninguna especie, y de la que muy de tarde en tarde bajaba al pueblo para comprar algún periódico, aunque ahora lo hacía más a menudo para conversar con él, pues no era frecuente encontrarse en esos tiempos con gente de la ciudad, mucho menos de su categoría, y lo invita a compartir con él su casa. Allí conocerá la calma que buscaba y podrá terminar esa novela de la que en varias ocasiones le ha hablado.

Siguen bebiendo.

Luego, tambaleantes, con pasos inseguros, suben al cuarto. Con la ayuda del poeta recoge sus cosas y las guarda en la maleta. Meten la ropa revuelta, en desorden, las latas de alimentos, un par de zapatos de lona; ponen los libros, las carpetas y los papeles dispersos por el cuarto en una cesta que cubren con periódicos. Después, bajo una lluvia fina, en medio de la oscuridad, caminan por la larga y estrecha calle principal (la única) del pueblo, al lado del mar. Comienzan a ascender la montaña por una vereda empedrada. La lluvia los ciega a momentos; caen de cuando en cuando, maldicen estrepitosamente, se detienen a tomar aliento. La botella pasa de mano a mano con cierta regularidad. Ambos, él sobre todo, están del todo ebrios. Siguen caminando. Al final aparece el reducto de su amigo, unas grandes peñas mal arracimadas, como gajos desprendidos de la misma montaña, cubiertas con un techo de paja. El poeta empuja la puerta y lo invita a pasar. En ese momento, fulminado, se da cuenta de todo. Contempla el montón de paja húmeda que compartirán esa noche, los restos de una fogata, el suelo de tierra empapada. Advierte, con indecible horror, que la vida ha logrado aprehenderlo, que le ha dado cuerda durante varios años, reduciéndole cada vez más el cordel. Sabe que aquel vejete inmundo ha sido el cebo que lo condujo a la trampa, que el mundo ha logrado por fin desembarazarse de él, ponerle, ¡y con qué rigor!, los puntos sobre las íes, excluirlo definitivamente. Sabe que no podrá vivir en aquella pocilga, pero que tampoco le permitirán volver al hotel, que ha trascendido esa etapa. La modesta pensión es ya para él tan inaccesible como los restaurantes de Tokio, el hermoso jardín de su casa en Macao, sus cuadros, su buen sastre, el champaña. Sabe que a partir del día siguiente deberá buscar ramas secas para calentarse, que se ha convertido en el criado del poeta. De vez en cuando bajará al pueblo a mendigar y comprar víveres y alcohol. Para la gente del lugar no será sino un loco más. También a él se le pudrirán los dientes. Sale de la cabaña, comienza a correr, equivoca el sendero. La lluvia se ha vuelto, otra vez, torrencial. Corre al lado del acantilado, resbala, emite un grito breve, más bien un gemido. La cesta queda flotando sobre el agua. Ícaro ha vuelto a hundirse en el mar. En la cabaña, entretanto, el poeta hurga en la maleta. Se prueba con júbilo los pantalones, las camisas, un suéter; olfatea con deleite la bolsa de tabaco.

Por un momento el recuerdo de aquella escena le hace sentir la necesidad, la urgencia de volver a oír la voz de Emily. Está a punto de pedir otra llamada a México. Pero después de un momento de incertidumbre resuelve que sería insensato llamar por segunda vez, daría una falsa impresión. Lo mejor, pues, será acostarse, tratar de leer un poco, tomar un luminal, dormirse a buena hora. El día siguiente será, puede asegurarlo, atroz. Tiene la agenda copada de compromisos de la mañana a la noche. Ni siquiera podrá hablarle a Hayashi. Será mejor dejarlo para otro día. A fin de cuentas, ¿qué importancia podía tener el enterarse de algún nuevo detalle sobre la muerte de Carlos? Oprimió el botón de la lámpara. El paisaje de Guardi, las rameras de Carpaccio, los brocados, The Towers of Trebizond sobre la mesa de noche, el teléfono, fueron absorbidos por la oscuridad. Está exhausto. Mete una mano bajo la almohada y de inmediato se sume en un sueño que borra toda la fatiga, el estupor, la culpa o el rencor que aquel abigarrado día le había producido.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

martes, 21 de noviembre de 2023

Victorio Ferri cuenta un cuento

Sergio Pitol

 

Para Carlos Monsiváis

 

Sé que me llamo Victorio. Sé que creen que estoy loco (versión cuya insensatez a veces me enfurece, otras tan sólo me divierte). Sé que soy diferente a los demás, pero también mi padre, mi hermana, mi primo José y hasta Jesusa, son distintos, y a nadie se le ocurre pensar que están locos; cosas peores se dicen de ellos. Sé que en nada nos parecemos al resto de la gente y que tampoco entre nosotros existe la menor semejanza. He oído comentar que mi padre es el demonio y aunque hasta ahora jamás haya llegado a descubrirle un signo externo que lo identifique como tal, mi convicción de que es quien es se ha vuelto indestructible. No obstante que en ocasiones me enorgullece, en general ni me place ni me amedrenta el hecho de formar parte de la progenie del maligno.

Cuando un peón se atreve a hablar de mi familia dice que nuestra casa es el infierno. Antes de oír por primera vez esa aseveración yo imaginaba que la morada de los diablos debía ser distinta (pensaba, es claro, en las tradicionales llamas), pero cambié de opinión y di crédito a sus palabras, cuando luego de un arduo y doloroso meditar se me vino a la cabeza que ninguna de las casas que conozco se parece a la nuestra. No habita el mal en ellas y en esta sí.

La perversidad de mi padre de tanto prodigarse me fatiga; le he visto el placer en los ojos al ordenar el encierro de algún peón en los cuartos oscuros del fondo de la casa. Cuando los hace golpear y contempla la sangre que mana de sus espaldas laceradas muestra los dientes con expresión de júbilo. Es el único en la hacienda que sabe reír así, aunque también yo estoy aprendiendo a hacerlo. Mi risa se está volviendo de tal manera atroz que las mujeres al oírla se persignan. Ambos enseñamos los dientes y emitimos una especie de gozoso relincho cuando la satisfacción nos cubre. Ninguno de los peones, ni aun cuando están más trabajados por el alcohol, se atreve a reír como nosotros. La alegría, si la recuerdan, otorga a sus rostros una mueca temerosa que no se atreve a ser sonrisa.

El miedo se ha entronizado en nuestras propiedades. Mi padre ha seguido la obra de su padre, y cuando a su vez él desaparezca yo seré el señor de la comarca: me convertiré en el demonio: seré el Azote, el Fuego y el Castigo. Obligaré a mi primo José a que acepte en dinero la parte que le corresponde, y, pues prefiere la vida de la ciudad, se podrá ir a ese México del que tanto habla, que Dios sabe si existe o tan sólo lo imagina para causarnos envidia, y yo me quedaré con las tierras, las casas y los hombres, con el río donde mi padre ahogó a su hermano Jacobo y, para mi desgracia, con el cielo que nos cubre cada día con un color distinto, con nubes que lo son sólo un instante para transformarse en otras, que a su vez serán otras. Procuro levantar la mirada lo menos posible, pues me atemoriza que las cosas cambien, que no sean siempre idénticas, que se me escapen vertiginosamente de los ojos. En cambio, Carolina, para molestarme, no obstante que al ser yo su mayor debería guardarme algún respeto, pasa ratos muy largos en la contemplación del cielo y en la noche, mientras cenamos, cuenta, adornada por una estúpida mirada que no se atreve a ser de éxtasis, que en el atardecer las nubes tenían un color oro sobre un fondo lila, o que en el crepúsculo el color del agua sucumbía al del fuego y otras boberías por el estilo. De haber alguien verdaderamente poseído por la demencia en nuestra casa sería ella. Mi padre, complaciente, finge una excesiva atención y la alienta a proseguir, ¡como si las necedades que escucha pudieran guardar para él algún sentido! Conmigo jamás habla durante las comidas, pero sería tonto que me resintiera por ello, ya que por otra parte sólo a mí me concede disfrutar de su intimidad cada mañana, al amanecer, cuando apenas regreso a la casa y él, ya con una taza de café en la mano que sorbe apresuradamente, se dispone a lanzarse a los campos a embriagarse de sol y brutalmente aturdirse con las faenas más rudas. Porque el demonio (no me lo acabo de explicar, pero así es) se ve acuciado por la necesidad de olvidarse de su crimen. Estoy seguro de que si yo ahogara a Carolina en el río no sentiría el menor remordimiento. Tal vez un día, cuando pueda librarme de estas sucias sábanas que nadie, desde que caí enfermo, ha venido a cambiar, lo haga. Entonces podré sentirme dentro de la piel de mi padre, conocer por mí mismo lo que en él intuyo, aunque, desgraciada, incomprensiblemente, entre nosotros una diferencia se interpondrá siempre: él amaba a su hermano más que a la palma que sembró frente a la galería, y que a su yegua alazana y a la potranca que parió su yegua; en tanto que Carolina es para mí sólo un peso estorboso y una presencia nauseabunda.

En estos días, la enfermedad me ha llevado a rasgar más de un velo hasta hoy intocado. A pesar de haber dormido desde siempre en este cuarto, puedo decir que apenas ahora me entrega sus secretos. Nunca había, por ejemplo, reparado en que son diez las vigas que corren a través del techo, ni que en la pared frente a la cual yazgo hay dos grandes manchas producidas por la humedad, ni en que, y este descuido me resulta intolerable, bajo la pesada cómoda de caoba anidaran en tal profusión los ratones. El deseo de atraparlos y sentir en los labios el latir de su agonía me atenaza. Pero tal placer por ahora me está vedado.

No se crea que la multiplicidad de descubrimientos que día tras día voy logrando me reconcilia con la enfermedad, ¡nada de eso! La añoranza, a cada momento más intensa, de mis correrías nocturnas es constante. A veces me pregunto si alguien estará sustituyéndome, si alguien cuyo nombre desconozco usurpa mis funciones. Tal súbita inquietud se desvanece en el momento mismo de nacer; me regocija el pensar que no hay en la hacienda quien pueda llenar los requisitos que tan laboriosa y delicada ocupación exige. Sólo yo que soy conocido de los perros, de los caballos, de los animales domésticos, puedo acercarme a las chozas a escuchar lo que el peonaje murmura sin obtener el ladrido, el cacareo o el relincho con que tales animales denunciarían a cualquier otro.

Mi primer servicio lo hice sin darme cuenta. Averigüé que detrás de la casa de Lupe había fincado un topo. Tendido, absorto en la contemplación del agujero pasé varias horas en espera de que el animalejo apareciera. Me tocó ver, a mi pesar, cómo el sol era derrotado una vez más y con su aniquilamiento me fue ganando un denso sopor contra el que toda lucha era imposible. Cuando desperté, la noche había cerrado. Dentro de la choza se oía el suave ronroneo de voces presurosas y confiadas. Pegué el oído a una ranura y fue entonces cuando por primera vez me enteré de las consejas que sobre mi casa corrían. Cuando reproduje la conversación mi servicio fue premiado. Parece ser que mi padre se sintió halagado al revelársele que yo, contra todo lo que esperaba, podía llegar a serle útil. Me sentí feliz porque desde ese momento adquirí sobre Carolina una superioridad innegable.

Han pasado ya tres años desde que mi padre ordenó el castigo de la Lupe, por maledicente. El correr del tiempo me va convirtiendo en un hombre y gracias a mi trabajo he sumado conocimientos que no por serme naturales dejan de parecerme prodigiosos: he logrado ver a través de la noche más profunda; mi oído se ha vuelto tan fino como lo puede ser el de una nutria; camino tan sigilosa, tan, si se puede decir, aladamente, que una ardilla envidiaría mis pasos; puedo tenderme en los tejados de los jacales y permanecer allí durante larguísimos ratos hasta que escucho las frases que más tarde repetirá mi boca. He logrado oler a los que van a hablar. Puedo decir, con soberbia, que mis noches rara vez resultan baldías, pues por sus miradas, por la forma en que su boca se estremece, por un cierto temblor que percibo en sus músculos, por un aroma que emana de sus cuerpos, identifico a los que una última vergüenza, o un rescoldo de dignidad, de rencor, de desesperanza, arrastrarán por la noche a las confidencias, a las confesiones, a la murmuración.

He conseguido que nadie me descubra en estos tres años; que se atribuya a satánicos poderes la facultad que mi padre tiene de conocer sus palabras y castigarlas en la debida forma. En su ingenuidad llegan a creer que esa es una de las atribuciones del demonio. Yo me río. Mi certeza de que él es el diablo proviene de razones más profundas.

A veces, sólo por entretenerme, voy a espiar a la choza de Jesusa. Me ha sido dado contemplar cómo su duro cuerpecito se entreteje con la vejez de mi padre. La lubricidad de sus contorsiones me trastorna. Me digo, muy para mis adentros, que la ternura de Jesusa debía dirigirse a mí, que soy de su misma edad, y no al maligno, que hace mucho cumplió los setenta.

En varias ocasiones ha estado aquí el doctor. Me examina con pretenciosa inquietud. Se vuelve hacia mi padre y con voz grave y misericordioso declara que no tengo remedio, que no vale la pena intentar ningún tratamiento y que sólo hay que esperar con paciencia la llegada de la muerte. Observo cómo en esos momentos el verde se torna más claro en los ojos de mi padre. Una mirada de júbilo (de burla) campea en ellos y ya para esos momentos no puedo contener una estruendosa risotada que hace palidecer de incomprensión y de temor al médico. Cuando al fin se va éste, el siniestro suelta también la carcajada, me palmea la espalda y ambos reímos hasta la locura.

Está visto que de entre los muchos infortunios que pueden aquejar al hombre, los peores provienen de la soledad. Siento cómo esta trata de abatirme, de romperme, de introducirme pensamientos. Hasta hace un mes era totalmente feliz. Las mañanas las entregaba al sueño; por las tardes correteaba en el campo, iba al río o me tendía boca abajo en el pasto esperando que las horas sucedieran a las horas. Durante la noche oía. Me era siempre doloroso pensar y evitaba hacerlo. Ahora, con frecuencia se me ocurren cosas y eso me aterra. Aunque sé que no voy a morir, que el médico se equivoca, que en el Refugio necesita haber siempre un hombre, pues cuando muere el padre el hijo ha de asumir el mando: así ha sido desde siempre y las cosas no pueden ya ocurrir de otra manera (por eso mi padre y yo, cuando se afirma lo contrario, estallamos de risa). Pero cuando solo, triste, al final de un largo día comienzo a pensar, las dudas me acongojan. He comprobado que nada sucede fatalmente de una sola manera. En la repetición de los hechos más triviales se producen variantes, excepciones, matices. ¿Por qué, pues, no habría de quedarse la hacienda sin el hijo que sustituya al patrón? Una inquietud peor se me ha incrustado en los últimos días, al pensar que es posible que mi padre crea que voy a morir y su risa no sea, como he supuesto, de burla hacia la ciencia, sino producida por el gozo que la idea de mi desaparición le produce, la alegría de poder librarse al fin de mi voz y mi presencia. Es posible que los que me odian le hayan llevado al convencimiento de mi locura…

En la capilla que los Ferri poseen en la iglesia parroquial de San Rafael hay una pequeña lápida donde puede leerse:

 

Victorio Ferri.

Murió niño.

Su padre y hermana lo recuerdan con amor.