Mostrando entradas con la etiqueta Poli Délano (Chile). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Poli Délano (Chile). Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de septiembre de 2024

Pasando y pasando

Poli Délano

 

Jorgito Salas secó los sudores de frente y cuello con un pañuelo de hilo blanco y lanzó un silbido al detenerse frente a la reja.

–¡Qué bárbaro! –exclamó.

Paz Alicia dijo que le parecía como en las películas, y silbó también.

Unos cincuenta metros hacia el interior de un terreno generoso de árboles, se erguía la mansión de don Ricardo Taylor semejando un castillo, soberbia la casa, como consciente de su porte y donosura. Un San Bernardo de ojos legañosos y mirada tristona llegó hasta el portón y, sacando la lengua, empezó a mover la cola.

–El señor está tomando sol –dijo con sequedad el mayordomo, mientras los hacía pasar–. Síganme, por favor.

Jorgito Salas se ajustó la corbata y abotonó su vestón de lino crema. Rodearon la casa por el flanco izquierdo, entre rosales y madreselvas, hasta el fondo del patio trasero, donde al fin pudieron ver a don Ricardo leyendo el periódico, recostado sobre una colchoneta a orillas de una piscina irregular de diseño y con un puente arqueado al centro. Se levantó al verlos.

–Nada mal tu jefe –dijo Paz Alicia en voz susurrante mientras se acercaban–. Buen cuerpo, estupendo color. Un poquito de barriga, pero los años que debe cargar también… ¿Serán cincuenta?

–Amigo Jorge, señora, qué gusto el de tenerlos aquí. Asiento, por favor. Quítese el vestón, Jorgito. ¿Les resultó difícil llegar? ¿Qué les ofrezco? ¿Ha probado el Kir Royale, señora? Un aperitivo bastante bueno que aprendí a preparar en París.

–En París –repitió Paz Alicia, como ensoñada–. Usted viaja mucho, don Ricardo…

–Bueno, sí. A veces por placer, a veces por trabajo. Cómo es la vida, ¿verdad, Jorgito? Las cosas casi siempre se hacen por placer o por trabajo.

–Claro, don Ricardo, usted lo ha dicho: por placer o por trabajo.

–¿Y su esposa no nos va acompañar, don Ricardo? –preguntó Paz Alicia.

–Por favor, señora Salas, dejemos esto de don Ricardo. Me hacen sentir viejo. Dígame Ricardo a secas, y usted también, Jorge, recuerde que somos amigos. Bueno, a la pregunta: lo que ocurre, Paz Alicia, es que mi esposa ya no es mi esposa.

–¿Que su esposa no es su esposa?

–Es decir, sigue siendo legalmente mi esposa, pero estamos separados desde hace algún tiempo. Ella anda viajando –dijo como si la extrañara.

–Qué pena… ¿Y es definitivo?

–Creo que sin remedio.

–Lo siento.

–Los hijos crecieron y entre ella y yo no quedó mucho. Soledad, rencores. Personalidades antagónicas. La vida conyugal es difícil, Jorge, deteriora mucho el alma, ¿no cree?

–Claro que sí, don Ricardo, pero por otra parte es tan necesaria. Por eso es que hay que ceder, ambos, hacer algunos sacrificios en bien de la convivencia, en pos de la armonía. Fíjese, nosotros vamos a cumplir cinco años con la Pachita, y nos llevamos de lo más bien. Casi se puede decir que nunca peleamos. Cosas chicas, mínimas, ¿cierto, mi amor? Pero nada importante, ¿verdad, Pachita?

Paz Alicia trazó una inclinación de cabeza como aprobando lo dicho y miró a don Ricardo con un guiño de complicidad.

–Los felicito. Ojalá que los próximos cinco sean iguales, y todos los que vengan, naturalmente. No hay nada como la armonía, ¿eh, Jorge?

–Nada, don Ricardo. Nada como la armonía. Esa tiene que ser la meta de las metas: la armonía.

–Aquí viene el aperitivo. ¿No desean mojarse un poco? En aquellos camarines hay trajes de baño para todos los gustos, y de cualquier talla.

–Me encantaría, ¿vamos, Jorge?

–Pero hagamos antes el primer brindis de la tarde. Salud, Jorgito, salud, señora: por la felicidad de ustedes.

–Salud, salud.

–Los espero en el agua –gritó Ricardo, dejando la copa sobre la mesita de vidrio y zambulléndose de un buen clavado.

 

–Armonía…Armonía… Usted tiene un cuerpo muy armonioso, Paz Alicia –dijo Ricardo cuando los tres se encontraron en el centro de la piscina, bajo el puente–. Y a usted, amigo Jorge, puedo jurarle que tenemos el mismo gusto, aunque por desgracia no la misma suerte–. Se acercó a ella y la tomó de la cintura–. Un cuerpo de “Lola”. Armonía, eh, Jorgito –la apretó

–Nada como la armonía –dijo Jorge.

–Gracias, don Ricardo –dijo Paz Alicia–. Usted es un adulador.

–Pero si va en serio, Pachita, no es piropo–. Subió las manos hasta rozar levemente los pechos con sus pulgares. Luego la soltó. Jorge nadaba hacia otro lado de la piscina–. Y quíteme ese “don”, se lo ruego.

–Bueno –dijo ella–. Ricardo a secas, usted sí que sabe por dónde abordar a una mujer. Dicen que el camino más corto para seducir es la lisonja. Pero yo le voy a devolver el cumplido: usted está de lo más regio.

Paz Alicia echó a nadar hacia la parte honda, donde se hallaba su marido flotando cara al cielo, con expresión de felicidad.

 

Ya vestidos, antes de pasar al comedor, se festejaron con otro Kir, brindando por el gusto de estar ahí juntos, por los éxitos de la empresa en este nuevo año, y también por la armonía.

–Tengo buenos proyectos para usted, Jorge, pero ya hablaremos de eso. Asiento, por favor.

La mesa de vidrio grueso ocupaba su lugar frente a una gran pared de espejo y puertas corredizas hacia la veranda y la piscina. Ricardo quedó en la cabecera, de frente a una marina que ocupaba media pared. Paz Alicia a su diestra, mirando al patio. Y Jorge Salas a la izquierda, de cara a ese espejo que multiplicaba el ambiente. Triángulo cerrado.

Las ostras, luminosas y tersas, llamaban al beso enamorado, y en la sensual faena de comerlas, los dos hombres no pudieron evitar que sus dedos se dieran un baño de limón y jugos marinos. Paz Alicia alegó que el marisco le causaba alergia y no quiso probarlas.

Como si anduviera contra el tiempo, Ricardo apuró su ración y rápidamente se enjuagó los dedos en el aguamanil. Entonces sí que pudo posar su mano sobre la muñeca de Paz Alicia. Jorge clavó la vista en ese gesto y una sombrita pareció oscurecer su ya languideciente sonrisa.

–Jorgito es uno de mis mejores hombres, Paz Alicia…

–De los míos es el mejor –dijo ella, risueña.

–¡Pachita, por favor!– Jorge Salas se había puesto rojo.

–…Y quiero entregarle una responsabilidad de mayor envergadura.

–Muchas gracias, don Ricardo –dijo Jorge, sintiendo arder la cara y con una expresión como de que algo no iba bien.

–En los siete años que va a cumplir con nosotros, su desempeño ha sido óptimo… Y usted sabe que a mi empresa le gusta premiar la eficiencia. Y la lealtad, Paz Alicia –hablaba paseando la mirada entre ella y él–. Un caso de virtud recompensada, ¿no han leído al Marqués de Sade?

–No, don Ricardo –dijo ella.

–El autor de “Justine” –respondió riendo y posándole la mano sobre la rodilla–, un escritor francés del siglo dieciocho, un verdadero degenerado, un orgiasta sin límites.

–¿Un qué?

–Un demonio. Eso: un demonio.

A través del espejo, Jorge siguió con su vista el movimiento de esa mano, y se le aquietaron un poco los latidos al advertir en ella un gesto esquivo mientras Ricardo repetía: virtud recompensada.

–Quiero nombrarlo gerente de ventas, Jorgito –se le acercó al oído mientras Paz Alicia untaba mantequilla en un pan–; a pesar de la cagada que dejó en agosto –dijo en voz muy baja, escudriñando los ojos aturdidos de su huésped. Su mano seguía presionando la rodilla de Paz Alicia–. Es un cargo de mucha responsabilidad, y demanda una gran entrega.

Jorge Salas sabía muy bien que se trataba del cargo estrella, la meta de cuantos habían llegado a ocupar lugares de jefatura, y sabía lo que significaba también en materia de pesos: por lo menos el doble de lo que estaba ganando; es decir, quizás un auto, otro barrio, algún viaje. Era como la meta final y desde esa cima, sujetando entre los dedos la varilla mágica que cambia el color de todas las cosas, el mundo tendría que parecer distinto.

–Gracias, don Ricardo, agradezco su confianza y puedo asegurarle que si llega a honrarme con ese puesto, sabré estar a la altura de las circunstancias.

–Así me gusta, amigo –le palmoteó el lomo, y con la otra mano se acercó al muslo de Paz Alicia–. Seguridad y decisión, dos factores fundamentales para un ejecutivo. Brindemos. Salud –ella retiró la pierna con discreción y miró a su marido con orgullo.

Acompañando al salmón, iniciaron la segunda botella de blanco Doña Isidora y salieron luego al porche para quedar durante un rato mirándose adormilados y burbujeantes a la espera del postre, el café turco y un drambui que habría de coronar la jornada gastronómica.

–Así que gerente de ventas –dijo Paz Alicia asintiendo, con un matiz de ironía, mientras Ricardo se ausentaba unos momentos.

–¿No te parece fabuloso, mi amor?

–Claro que sí, pero, oye, tu jefe es medio larguirucho de manos, ¿te fijaste?

–No te preocupes, minucias, cosas de jefe. Sabes que se sienten los dueños del mundo. Ya me tocará el turno.

–¡Estúpido! Me habla al oído, me soba las piernas, ¿no te preocupes? Ah, ya, está bien, no me preocupo.

Eran las cuatro y el sol picaba fuerte cuando se les unió nuevamente Ricardo, ofreciendo un segundo drambui.

–Ay, Ricardo, yo ya estoy medio-medio –exclamó Paz Alicia riendo entre hipos–. Preferiría descansar un rato.

–Su casa es una maravilla –dijo Jorgito Salas–, ese bosque, las glorietas…

–Sí –asumió Ricardo abrazando a la pareja, uno a cada lado, sobajeando el hombro de ella, acercando cauteloso su mano al nacimiento del pecho–. Tiene buenos rincones, sombras, esquinas misteriosas, arroyos ocultos. ¿Les conté que al otro lado de esa loma hay unas viejas caballerizas del fundo que antes fue esto? Las mantengo, claro que sin caballos. También hay una capilla sin sacerdote. ¡Abel! –llamó– ¡Abel!

–¿Y por qué no tiene párroco? Me encantan los curas –dijo entre risas Paz Alicia–. Ay, qué vergüenza: parece que se me subieron los grados…

–Tal vez le convenga descansar un poco, Pachita.

Llegó el mozo con su chaqueta de algodón blanco.

–Por favor, Abel, conduce a don Jorge a las caballerizas y después muéstrale la capilla. Yo llevaré a la señora a los aposentos.

Jorge Salas miró a su mujer con un gesto de tristeza. Ella le devolvió la mirada: “Buena venta”, susurró, dejándose guiar.

 

jueves, 27 de junio de 2024

Amor a control remoto

Poli Délano

 

Quizás antes de sumergirme en las sinuosidades de mi acelerada pasión, debo confesar que pertenezco a la cofradía de personas que ven debajo del agua, una persona “rara”, para decir lo menos y no apartarme de la especie de título que desde niño me otorgaron mis padres y mis hermanos, los compañeros de escuela, el vendedor de helados, hasta la puta Lorenza que se paraba en la esquina de Lyon por las tardes. “Raro el muchacho”. Yo también –a fuerza de remache– llegué a sentirme raro, aunque ahora, ya entrado en años, tengo la absoluta convicción de que los raros son los otros, y yo el normal.

La revelación se dejó caer una tarde mientras hacíamos las tareas en la mesa del comedor y la lluvia parecía demoler el tejado. Le dije a Fabián que no fuera idiota, que le devolviera el trompo a Genaro. Él no me había contado nada sobre el robo, de manera que abrió los ojos muy grandes y me preguntó: “¿Cómo supiste?”.

En otra ocasión, caminando rumbo a Providencia por Avenida Suecia, le informé a un sujeto desorientado que la callecita que no podía encontrar estaba a dos cuadras hacia la derecha. Me miró como si no creyera lo que acababa de oír y se alejó asustado, porque en realidad se lo dije antes de que él me hiciera la pregunta. Y casos semejantes, podría contar por docenas.

Mi voluntad nada tiene que ver con esta condición. Se trata de una facultad impuesta y la verdad es que preferiría ser como cualquier cristiano, aunque debo admitir también que son estos poderes los que abrieron el camino hacia los laberintos de la intensa historia de amor que avasalló mi vida.

A lo largo de mis años, más tranquilos que agitados, nunca presté demasiada atención a los sueños que cada cierto tiempo se me repetían como películas obsesivas; ni tampoco a esas intuiciones que de pronto me permitían saber lo que mi hermano, mi amigo o mi profesora pudieran estar tramando. Ni siquiera me llegué a convertir en un fanático de la misteriosa teoría de la reencarnación. Pero mi espíritu fue incapaz de pasar por alto el hecho de haberme enamorado a control remoto, y transgrediendo no sólo las fronteras de la distancia, sino también las del tiempo.

La flecha asesina me perforó el corazón cuando en la semipenumbra de un pequeño museo en la ciudad de Aragón, mis ojos chocaron con la mirada entre plácida y risueña de doña Leonor de Santiago. Jamás había contemplado belleza más deslumbrante, intensidad mayor de sentimiento, concentración tal de antojos y locuras. Era como si toda ella ardiera de pasión por el pintor que a su frente sostenía paleta y pincel para ir estampándola en esa tela; como si la totalidad del amor se empozara en ese preciso punto del tiempo en que la felicidad de los sentidos y del alma parece rebasarlo todo; como si la suma final de las fuerzas cósmicas hubiera determinado sintetizarse en esa belleza indivisible y única.

Aun a riesgo de que se me atribuya locura, debo admitir con humildad que durante las tres semanas que por motivos de trabajo pasé en Aragón, me dediqué a visitar el museo cada vez que encontraba hasta el más mínimo rato libre, sin otra pretensión que la de extasiar mis sentidos aunque fuera unos brevísimos minutos ante los perturbadores encantos de doña Leonor.

Por las noches, amparado en la quietud provincial de la posada donde había tomado habitación, me desvelaba conversando con ella, contándole historias tristes o alegres, preguntándole una y otra vez cómo podía recaer en ella sola la propiedad absoluta y exclusiva de la gracia, asegurando que yo sería sin alternativa su único destino, jurándole amor más allá de la vida y del tiempo. Me agitaba sudoroso, abrazando las almohadas, revolcando entre las sábanas mi imbatible ansiedad.

Una de aquellas inquietantes tardes de museo, tuve la ocurrencia de preguntar si vendían reproducciones del cuadro que tanto me venía perturbando. Compré las doce que restaban y por la noche logré dormir más tranquilo.

Prefiero no detenerme en los detalles de tanta indagación que emprendí para obtener noticia acerca del pintor, así como datos de la historia personal de Leonor de Santiago; viejas crónicas de Indias, documentos ya perdidos en el polvo de las bibliotecas. Sólo diré que alrededor de 1580, en vísperas de su boda con Eduardo de Villaverde, la joven de tanto sueño fue condenada por la Santa Inquisición a morir en la hoguera, bajo la acusación de brujería que promovió la siniestra Laura Treviño –una verdadera encarnación del mal–, al parecer llena de ira por haber perdido el amor de don Eduardo, quien también habría de ser abrasado por las llamas mientras seguía jurándole a Leonor amarla hasta más allá de la muerte. Los desafortunados hechos tuvieron lugar en la ciudad de Zacatecas, México central.

Cuando regresé a Santiago, hice enmarcar las doce reproducciones para colocarlas estratégicamente en diversos puntos de la vieja casona familiar de Lyon. Empecé también a averiguar si algún pintor de cierta nota se mostraría dispuesto a convertir esa mínima imagen en un cuadro de tamaño natural.

Todos los días, todas las noches, a muchas distintas horas, pensaba en Leonor. La veía de pronto muy seria, entreabriendo la boca para decir que no me amaba, debido a que su amor estaba fatalmente ligado a don Eduardo, y la veía también escuchándome asombrada contradecir sus palabras al asegurarle que cometía un error, por supuesto que sí me quería, al que en realidad amaba era a mí, y la veía cediendo poco, primero un tanto dudosa, después más segura, cediendo, cediendo, entregándome tímida sus encantos, y la veía aceptando ya el beso que sellaba sus labios como un poderoso filtro de amor, y una vez hasta la vi ofreciéndome dócil su exquisita desnudez. Muchas tardes, al caminar de regreso a casa bajo la bóveda arbolada de mi calle, me sorprendía sonriendo por la dicha de saber que muy pronto vería su imagen.

No fue absoluta mi consternación la noche que encendí el televisor. Siempre intuí que algo semejante tendría que ocurrir alguna vez en la vida.

La imagen que desde la pantalla atacó mis sentidos fue la de doña Leonor, semisonriente, en el cuadro de mis devociones. Me sacudió un estremecimiento, aunque no tardé en comprender: se trataba de la segunda etapa de mi largo viaje en pos de su amor. La película trataba del “extraño retorno” de Diana Salazar desde el pasado y esa Diana era nada menos que la reencarnación de mi amada Leonor. Venía a nuestro mundo de hoy muy decidida a ajustar cuentas con los malvados que la inmolaron y a recuperar la felicidad y la pasión. Resulta lógico que la actriz que interpretó el papel, Lucía Méndez, sea de indescriptible hermosura. Cuando terminó, sentí alivio y ansiedad al descubrir que se trataba de una novela televisiva y que, por lo tanto, podría seguirla viendo cada noche.

La pasión por aquella Leonor de Santiago que siglos antes fue un ser de carne y hueso se había centrado ahora en Diana Salazar, su reencarnación. Pobre Diana, tanta intriga a su alrededor, tantas venganzas, tanto mal concentrándose para destruirla, tenía que defenderse de esas acusaciones y quién sino yo para salvarla, no, ella no era loca, no lo era, yo sabía, podía jurarlo, no era loca; y sabía también que sus poderes mentales no fueron responsables de la muerte de su padre (que la dejaran en paz) y que esos poderes tampoco se prestaron jamás al auxilio del mal.

Sin embargo, debido al carácter ficcional de Diana, mi loco sentimiento tuvo que volver a transferirse, centrándose en un ser real y, además, presente esta vez en la historia, verdadero, contemporáneo, si bien no a simple alcance de la mano, al menos ahí, cerca, posible. Lucía Méndez, la insuperable Lucía, que acaso también estuviera como Diana y antes Leonor, intentando angustiosamente desentrañar la complicada madeja de su pasado.

Busqué fotos y estampas de Lucía en cuanta revista de cine encontré. Encargué posters con su imagen y su nombre, escribí cartas confesándole mi amor sin remedio, suplicando que respondiera, que pensara en mí, que me enviara mensajes y asegurándole también que ella de veras estaba fundida con Diana y que, por lo tanto, tenía la identidad de doña Leonor, es decir, me pertenecía. La instaba a que comprendiera estos hechos y los aceptara como única verdad, jurándole que desde ya, ella poseía un ángel guardián capaz de entregar toda su devoción para evitar que esa nefasta suerte de otros tiempos volviera a repetirse. “Recuerda siempre que eres mi amor”, le decía, “que he venido a este mundo con la clara misión de interponerme entre tú y el cúmulo de siniestras garras que te acechan, para hacerlas retroceder y arrastrarse avergonzadas hasta los fuegos del infierno”.

Mi felicidad creció, creció, se fue haciendo a cada instante más intensa, y comencé de pronto a vender algunas antigüedades para financiar un viaje a México en su busca. Si la había encontrado, ahora tenía que atraparla con mi desbordante amor, retenerla para siempre, igual que don Eduardo, más allá de la muerte.

Pero llegó la tercera etapa del viaje cuando cierta noche encantada, en la fiesta de cumpleaños de mi hermano Fabián, la vi de lejos, al otro lado del salón lleno de gente. Once you have found her, never let her go es la letra de lo que cantaban. La saqué a bailar y empezamos a deslizarnos lenta, sensual y rítmicamente por el piso del salón, yo mirándola asombrado, ella siempre sonriente, a pesar de sus quemaduras.

–Hola Leonor –le dije.

Sonrió con poco entusiasmo y dijo:

–No soy Leonor. Me confundes.

–Sí eres. Claro que eres. Jamás te confundiría. Eres Leonor. Eres Diana.

–Tampoco soy Diana. Y tú deberías saber muy bien cuál es mi nombre, no juegues.

–Sí: antes, Leonor de Santiago. Hoy Diana Salazar. Eres Lucía, ¿verdad?

–No. Me llamo Marcela.

–¿Marcela? –me dije. ¿Qué tenía que ver Marcela? ¿Se trataba quizás de una impostora? Observé detenidamente sus cicatrices.

–Tu rostro… El fuego… Los malditos.

–Marcela Montoya –insistió Leonor.

Leonor, Diana, Lucía y Marcela. Cuatro nombres de una misma mujer, pensé, y supe con certeza que nunca la dejaría ir, que seríamos desde antes del diluvio hasta después del juicio final el uno para el otro, derrotando al tiempo, sobrepasando la historia, porque yo también era un retorno, también había vuelto desde más allá y estaba cobrando mis deudas.

 

domingo, 20 de marzo de 2022

El amor ideal

Poli Délano

 

Después de largos años de paciente y afanosa búsqueda, J. dio por fin con esa novia, esa mujer única a la que un hombre jamás debe dejar pasar.

Ella tenía los colmillos largos y agudos; él tenía la carne blanda y suave: estaban hechos el uno para el otro.