Mark Twain
No sin algún temor me encargué, temporalmente, de la dirección de aquel periódico
de agricultura. Casi lo mismo que le hubiera ocurrido a un labrador a quien encomendaran
de improviso el mando de un navío. Pero, en fin, yo me encontraba en una de esas
situaciones en que la cuestión económica se sobrepone a todas las demás.
El director habitual de la revista se marchaba con licencia;
acepté sus proposiciones y acepté el puesto.
Saboreé la exquisita sensación de tener empleo nuevo,
y trabajé aquella primera semana como un verdadero león. Entró en prensa el primer
número que yo dirigía. ¡Cuán impaciente estaba hasta que lo vi salir de máquinas!
Seguramente había llegado el momento de mi notoriedad.
Al salir de la redacción, poco después de anochecido,
observé agrupados al pie de la escalera hombres y muchachos, que se dispensaron
al aparecer yo, no sin haberme cedido el paso con la mayor cortesía.
Oí a uno o dos que se dijeron: “Es él”. ¡Qué halagüeño
incidente! Al otro día, un grupo parecido me esperaba en el mismo sitio; aquí y
allá, estacionadas en mi camino, gentes curiosas parecían disputarse el honor de
contemplarme.
Recuerdo que un transeúnte exclamó al verme: “¡Qué mirada
tan inteligente!” Y no he de añadir que, si bien mi amor propio disfrutó hasta un
punto indecible, y me prometí in petto dar cuenta del suceso a mi señora
tía, traté de disimular tan dulces impresiones, prosiguiendo indiferente mi marcha
triunfal.
Subí las escaleras de la redacción, extrañándome algo
las risotadas, un tanto intempestivas, que a través de la puerta se percibían. Penetré
en la sala de espera y noté que dos jovenzuelos allí parados palidecían intensamente
y, tras de hacerme una reverencia, saltaban por una ventana, con gran estrépito.
¿Qué diablos les había ocurrido?
Media hora más tarde, un caballero anciano, de barba
patriarcal y nobles facciones, entró en mi despacho y tomó asiento, previo un afable
saludo. El desconocido colocó su sombrero en el suelo, no sin haber sacado de las
profundidades del inmenso “cubre-cabeza” un pañuelo rojo, y de este un número de
nuestra revista, cuidadosamente doblado. Hecho lo cual, preguntó:
–¿Es usted el nuevo director?
–Para servirle –contesté.
–¿Ha tenido usted alguna vez a su cargo un periódico
de agricultura?
–No, señor. Este es mi primer ensayo.
–Así lo he creído. ¿Tiene usted alguna experiencia en
cosas de agricultura?
–Me parece que no, señor.
–El corazón me lo decía –repuso el atento caballero,
poniéndose sus gafas y lanzándome una mirada escrutadora por encima de ella, en
tanto que desdoblaba con pausa el periódico.
–Voy a leerle a usted –continuó– el artículo que ha
autorizado tales suposiciones. He aquí el trabajito a que me refiero. Escuche usted
y dígame si son suyas las siguientes apreciaciones.
“Es una torpeza arrancar los nabos. Semejante procedimiento
les es muy perjudicial. Debe preferirse hacerles caer de un árbol sacudiendo este
violentamente”.
–¿Qué tal? ¿Qué opina usted del párrafo anterior? –interrogó
el noble anciano.
–Pues –contesté–, que no puede ser más excelente ni
más juicioso. Estoy convencido de que todos los años se pierden millones y millones
de nabos sólo por no adoptar el sistema que preconizo. Créame usted, caballero,
el mejor método de escoger nabos es sacudirlos.
–¡Sacudirlos! ¡Como no sacuda usted a su abuela! Los
nabos no nacen en árboles.
–¿Ah, no? ¿He afirmado yo, quizá, que los nabos nazcan
en árboles? Ya se comprende que hablo metafóricamente. Es preciso ser un asno para
no adivinar que la sacudida de que hablo ha de darse a las cepas…
Mi amable interlocutor interrumpió el discurso con un
ademán. Se puso de pie, hizo añicos el periódico, rompió a bastonazos cuantos objetos
se hallaban a su alcance, y tomó el portante después de asegurarme que yo era más
ignorante que una vaca.
Insólita conducta que me hizo pensar si en el brillante
artículo debido a mi pluma, existiría alguna cosa que molestase al venerable patriarca…
le iba a dar explicaciones; pero, ¡cualquiera le echaba un galgo!…
Apenas había transcurrido un cuarto de hora, cuando
una criatura de faz cadavérica, cabellos largos que le caían sobre los hombros y
barba de ocho días, por lo menos, una barba amarillenta, que daba a aquella barba
terrosa el aspecto de cebadal después de la siega, se precipitó como una tromba
en mi tranquilo despacho.
Se detuvo en seco el extraño personaje, puso un dedo
sobre sus labios, e inclinó la cabeza a uno y otro lado, cual si quisiera escuchar
algo…
El silencio era completo. Mi inverosímil visitante continuaba
en la misma actitud. Nada; ni el menor ruido.
De improviso salió de su inmovilidad, fue a la puerta,
echó llave, avanzó hacia mí de puntillas, y quedó parado a poca distancia, mirándome
de hito en hito. Luego de haberme examinado a su gusto, con intenso interés, al
parecer, sacó del bolsillo de su gabán un mugriento ejemplar de mi periódico.
–He aquí lo que usted ha escrito –dijo–; ¡por piedad!,
hágame la merced de leerlo en voz alta. ¡Sufro horriblemente!
Accedí a sus ruegos. Conforme iba yo leyendo, observaba
que en las facciones del intruso renacía la calma; que sus músculos faciales se
distendían; que la paz y la serenidad iluminaban poco a poco su semblante como un
rayo de luna, un paisaje devastado…
–El guano –decía mi artículo– es una de las aves más
bellas que existen, si bien ha de advertirse que su cría requiere prolijos cuidados.
“Su aclimatación debe hacerse o bien antes de junio,
o bien pasado septiembre.
“Ha de procurársele habitación abrigada en invierno,
con objeto de que pueda empollar huevos.
“Es evidente que la estación se presenta muy retrasada
para los cereales. Razón por la cual aconsejamos a los labradores que se apresuren
a plantar el trigo y a injertar la cebada.
“Dediquemos ahora unas cuantas palabras a la calabaza.
“Esta gramínea es muy apreciada por los indígenas del
interior de Nueva Inglaterra, hasta el punto de preferirla a la grosella en la confección
de pasteles y en la alimentación de las vacas.
“La calabaza es la única variedad comestible de la familia
de los naranjos que puede ser cultivada en los países septentrionales. Desaparece
rápidamente la costumbre de sembrarla en los patios o frente a los edificios, con
objeto de formar emparrados.
“Se ha reconocido, en efecto, que la calabaza no sirve
para buena sombra.
“Se aproxima la estación estival, de modo que es preciso
disponer la recolección de la bellota”.
Al llegar aquí, me interrumpió mi oyente, diciendo entusiasmado,
mientras me apretaba convulsivamente las manos:
–¡Basta! No se moleste usted más. Ahora sé que estoy
en plena posesión de mi juicio. Ha leído usted eso, letra por letra, de igual modo
que yo. Pero créame usted, caballero; cuando esta mañana recorrí con la vista su
erudito trabajo, me dije:
“Estoy perdido, no tengo cura, son estériles los cuidados
que me prodiga mi familia, mi razón huyó para siempre”. Entonces lancé un grito
que debió oírse a dos leguas a la redonda y salí a la calle dispuesto a matar a
alguien, porque desde el momento en que ello tiene que suceder, vale más empezar
cuanto antes. Luego volví a leer el artículo con objeto de convencerme de mi desgracia.
No teniendo ya la menor duda, incendié mi casa y hui al campo. En el camino he herido
a varias personas y he arrojado tres o cuatro a una alcantarilla. Dueño más tarde
de mis acciones pensé que acaso fuera procedente venir a verlo a usted y precisar
con exactitud el verdadero estado de mis facultades intelectuales. Ahora ya sé que
no hay necesidad de meterme en un manicomio. Buenas tardes, señor director. ¡Qué
enorme peso acaba usted de quitarme de encima! Mi razón, esta razón que yo creía
fugitiva, ha resistido la lectura de su artículo. Es, pues, indudable, que nada
en el mundo podrá ya perturbarla. Que usted lo pase bien”.
Me quedé pensando con tristeza en las barbaridades cometidas
por aquel individuo, y he de declarar que me remordió bastante la conciencia, pues,
al fin y al cabo, yo había sido la causa determinante de ellas.
Un terrible bufido, acompañado de una serie de interjecciones,
vino a sacarme de mi meditación.
Levanté la cabeza y vi, lleno de espanto, que el director
del periódico se encontraba a mi lado en actitud nada tranquilizadora.
–Perfectamente –me decía– veo con gusto que se le puede
confiar a usted cualquier cosa.
“Las consecuencias no pueden ser más satisfactorias.
“Aquí, un frasco de goma hecho añicos; allí, dos candelabros
y un cesto reducido a partículas; más allá, cuatro cristales rotos y un espejo agujereado…
¡y no es esto lo peor, sino que la reputación del periódico se encuentra destruida
para siempre!…
“Ciertamente que hasta hoy se vendía muy poco, o casi
nada, y que después del malhadado artículo de usted no damos abasto al público.
Pero, ¿ha de satisfacernos un éxito debido a la locura y una prosperidad basada
en el desequilibrio de nuestro espíritu? Vea usted su obra, amigo mío: la calle
se encuentra intransitable. ¡Tal es el número de papanatas que espera la salida
de usted para contemplar de cerca a un loco!… Y tienen razón para creerle a usted
en tan deplorable estado. Porque, ¿quién sino un loco de atar escribe cosas como
las que usted ha escrito?
“¿A qué persona sensata se le ocurre afirmar, como usted
ha afirmado, que los parques de ostras son más olorosos que los parques de flores,
y que el crecimiento de los cereales se favorece mucho ejecutando el himno nacional
en un acordeón? No sabe usted una palabra, ¡qué, una palabra!, ni una coma de agricultura.
“Y siendo tan absoluto su desconocimiento de esa ciencia,
¡se ha atrevido usted a escribir, con tono doctoral, un artículo que hará época
en los anales de mi revista!… ¡Ha tenido usted la osadía de sustituirme en mi ausencia,
sin revelarme antes la espantosa verdad!… ¡Es usted un miserable y un desvergonzado!
¡Salga usted de aquí y no vuelva a acordarse de que existen periódicos de agricultura!”
–Pero –contesté amostazado ante la lluvia de improperios–;
¿es que usted cree, señor director, que voy a tragarme, sin protesta, cuanto le
haya venido en gana decirme? No, señor; no, señor, y no, señor. Sepa usted que esta
es la primera vez que llegan a mis oídos observaciones tan ridículas.
“¿Quién redacta las críticas teatrales en los periódicos
de segundo orden? Unos cuantos zapateros y otros tantos mancebos de botica, tan
ayunos de literatura dramática como yo de agricultura. ¿Quién hace las revistas
bibliográficas? Gente que jamás ha escrito un libro. ¿Quién se ocupa de las cuestiones
financieras? Individuos que tienen las mejores razones para no entender de esos
asuntos. ¿Quién diserta sobre valores morales y abomina de los vicios que corroen
a nuestra sociedad? Perdularios que no tienen por dónde les coja el demonio, y que
juegan y beben y hacen tantas malas acciones como minutos cuenta el día. ¿Quién,
por último, dirige las revistas de agricultura? ¡Usted, pedazo de atún, y con usted,
todos aquellos que han fracasado en la poesía, en la novela, en el teatro y en la
crónica, y que, desengañados al fin, caen sobre la agricultura, de paso para el
hospital: ¿Y es usted el que pretende enseñarme el oficio de periodista? ¿A mí,
que le conozco desde la alfa a la omega, y que sé por experiencia que cuanto más
ignorante es un hombre más probabilidades tiene de alcanzar fama y dinero? Bien
sabe Dios que si yo hubiera sido un ignaro en lugar de un periodista instruido,
impudente en lugar de modesto, hubiese, sin duda, conquistado una posición en este
mundo egoísta y frío… con su licencia voy a retirarme, señor director. La forma
en que usted acaba de tratarme me impide continuar prestándole mis servicios. He
cumplido mi deber, he llenado mis compromisos del modo más escrupuloso que me ha
sido dable. Aseguré a usted que haría de su periódico una publicación interesante,
y lo he conseguido. Prometí a usted que la tirada llegaría a ser de veinte mil ejemplares,
y quizá antes de dos semanas hubiéramos rebasado la cifra, atrayendo hacia esta
revista el mejor núcleo de lectores que puede desear un periódico de agricultura,
esto es, un conjunto enorme de bienaventurados incapaces de distinguir un melón
de un albaricoque… usted ha querido su pérdida, amigo mío; ahora aténgase a las
consecuencias. Beso a usted la mano”.
Saludé y me fui.
(Tomado
de www.ciudadseva.com)
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