Jorge Luis Borges
A la memoria
de Howard P. Lovecraft
A
punto de rendir el último examen en la Universidad de Texas, en Austin, supe que
mi tío Edwin Arnett había muerto de un aneurisma, en el confín remoto del continente.
Sentí lo que sentimos cuando alguien muere: la congoja, ya inútil, de que nada nos
hubiera costado haber sido más buenos. El hombre olvida que es un muerto que conversa
con muertos. La materia que yo cursaba era filosofía; recordé que mi tío, sin invocar
un solo nombre propio, me había revelado sus hermosas perplejidades, allá en la
Casa Colorada, cerca de Lomas. Una de las naranjas del postre fue su instrumento
para iniciarme en el idealismo de Berkeley; el tablero de ajedrez le bastó para
las paradojas eleáticas. Años después me prestaría los tratados de Hinton, que quiere
demostrar la realidad de una cuarta dimensión del espacio, que el lector puede intuir
mediante complicados ejercicios con cubos de colores. No olvidaré los prismas y
pirámides que erigimos en el piso del escritorio.
Mi tío era ingeniero. Antes de jubilarse de
su cargo en el Ferrocarril decidió establecerse en Turdera, que le ofrecía las ventajas
de una soledad casi agreste y de la cercanía de Buenos Aires. Nada más previsible
que el arquitecto fuera su íntimo amigo Alexander Muir. Este hombre rígido profesaba
la rígida doctrina de Knox; mi tío, a la manera de casi todos los señores de su
época, era librepensador, o mejor dicho, agnóstico, pero le interesaba la teología,
como le interesaban los falaces cubos de Hinton o las bien concertadas pesadillas
del joven Wells. Le gustaban los perros; tenía un gran ovejero al que le había puesto
el apodo de Samuel Johnson en memoria de Lichfield, su lejano pueblo natal.
La Casa Colorada estaba en un alto, cercada
hacia el poniente por terrenos anegadizos. Del otro lado de la verja, las araucarias
no mitigaban su aire de pesadez. En lugar de azoteas había tejados de pizarra a
dos aguas y una torre cuadrada con un reloj, que parecían oprimir las paredes y
las parcas ventanas. De chico, yo aceptaba esas fealdades como se aceptan esas cosas
incompatibles que solo por razón de coexistir llevan el nombre de universo.
Regresé a la patria en 1921. Para evitar litigios
habían rematado la casa; la adquirió un forastero, Max Preetorius, que abonó el
doble de la suma ofrecida por el mejor postor. Firmada la escritura, llegó al atardecer
con dos asistentes y tiraron a un vaciadero, no lejos del camino de las Tropas,
todos los muebles, todos los libros y todos los enseres de la casa. (Recordé con
tristeza los diagramas de los volúmenes de Hinton y la gran esfera terráquea). Al
otro día, fue a conversar con Muir y le propuso ciertas refacciones, que éste rechazó
con indignación. Ulteriormente, una empresa de la capital se encargó de la obra.
Los carpinteros de la localidad se negaron a amueblar de nuevo la casa; un tal Mariani,
de Glew, aceptó al fin las condiciones que le impuso Preetorius. Durante una quincena,
tuvo que trabajar de noche, a puertas cerradas. Fue asimismo de noche que se instaló
en la Casa Colorada el nuevo habitante. Las ventanas ya no se abrieron, pero en
la oscuridad se divisaban grietas de luz. El lechero dio una mañana con el ovejero
muerto en la acera, decapitado y mutilado. En el invierno talaron las araucarias.
Nadie volvió a ver a Preetorius, que, según parece, no tardó en dejar el país.
Tales noticias, como es de suponer, me inquietaron.
Sé que mi rasgo más notorio es la curiosidad que me condujo alguna vez a la unión
con una mujer del todo ajena a mí, solo para saber quién era y cómo era, a practicar
(sin resultado apreciable) el uso del láudano, a explorar los números transfinitos
y a emprender la atroz aventura que voy a referir. Fatalmente decidí indagar el
asunto.
Mi primer trámite fue ver a Alexander Muir.
Lo recordaba erguido y moreno, de una flacura que no excluía la fuerza; ahora lo
habían encorvado los años y la renegrida barba era gris. Me recibió en su casa de
Temperley, que previsiblemente se parecía a la de mi tío, ya que las dos correspondían
a las sólidas normas del buen poeta y mal constructor William Morris.
El diálogo fue parco; no en vano el símbolo
de Escocia es el cardo. Intuí, no obstante, que el cargado té de Ceylán y la equitativa
fuente de scones (que mi huésped partía y enmantecaba como si yo aún fuera
un niño) eran, de hecho, un frugal festín calvinista, dedicado al sobrino de su
amigo. Sus controversias teológicas con mi tío habían sido un largo ajedrez, que
exigía de cada jugador la colaboración del contrario.
Pasaba el tiempo y yo no me acercaba a mi tema.
Hubo un silencio incómodo y Muir habló.
–Muchacho (Young man) –dijo–, usted no se ha
costeado hasta aquí para que hablemos de Edwin o de los Estados Unidos, país que
poco me interesa. Lo que le quita el sueño es la venta de la Casa Colorada y ese
curioso comprador. A mí, también. Francamente, la historia me desagrada, pero le
diré lo que pueda. No será mucho.
Al rato, prosiguió sin premura:
–Antes que Edwin muriera, el intendente me
citó en su despacho. Estaba con el cura párroco. Me propusieron que trazara los
planos para una capilla católica. Remunerarían bien mi trabajo. Les contesté en
el acto que no. Soy un servidor del Señor y no puedo cometer la abominación de erigir
altares para ídolos.
Aquí se detuvo.
–¿Eso es todo? –me atreví a preguntar.
–No. El judezno ese de Preetorius quería que
yo destruyera mi obra y que en su lugar pergeñara una cosa monstruosa. La abominación
tiene muchas formas.
Pronunció estas palabras con gravedad y se
puso de pie.
Al doblar la esquina se me acercó Daniel Iberra.
Nos conocíamos como la gente se conoce en los pueblos. Me propuso que volviéramos
caminando. Nunca me interesaron los malevos y preví una sórdida retahíla de cuentos
de almacén más o menos apócrifos y brutales, pero me resigné y acepté. Era casi
de noche. Al divisar desde unas cuadras la Casa Colorada en el alto, Iberra se desvió.
Le pregunté por qué. Su respuesta no fue la que yo esperaba.
–Soy el brazo derecho de don Felipe. Nadie
me ha dicho flojo. Te acordarás de aquel mozo Urgoiti que se costeó a buscarme de
Merlo y de cómo le fue. Mirá. Noches pasadas, yo venía de una farra. A unas cien
varas de la quinta, vi algo. El tubiano se me espantó y si no me le afirmo y lo
hago tomar por el callejón, tal vez no cuento el cuento. Lo que vi no era para menos.
Muy enojado, agregó una mala palabra.
Aquella noche no dormí. Hacia el alba soñé
con un grabado a la manera de Piranesi, que no había visto nunca o que había visto
y olvidado, y que representaba el laberinto. Era un anfiteatro de piedra, cercado
de cipreses y más alto que las copas de los cipreses. No había ni puertas ni ventanas,
pero sí una hilera infinita de hendijas verticales y angostas. Con un vidrio de
aumento yo trataba de ver el minotauro. Al fin lo percibí. Era el monstruo de un
monstruo; tenía menos de toro que de bisonte y, tendido en la tierra el cuerpo humano,
parecía dormir y soñar. ¿Soñar con qué o con quién?
Esa tarde pasé frente a la casa. El portón
de la verja estaba cerrado y unos barrotes retorcidos. Lo que antes fue jardín era
maleza. A la derecha había una zanja de escasa hondura y los bordes estaban pisoteados.
Una jugada me quedaba, que fui demorando durante
días, no solo por sentirla del todo vana sino porque me arrastraría a la inevitable,
a la última.
Sin mayores esperanzas fui a Glew. Mariani,
el carpintero, era un italiano obeso y rosado, ya entrado en años, de lo más vulgar
y cordial. Me bastó verlo para descartar las estratagemas que había urdido la víspera.
Le entregué mi tarjeta, que deletreó pomposamente en voz alta, con algún tropezón
reverencial al llegar a doctor. Le dije que me interesaba el moblaje fabricado por
él para la propiedad que fue de mi tío, en Turdera. El hombre habló y habló. No
trataré de transcribir sus muchas y gesticuladas palabras, pero me declaró que su
lema era satisfacer todas las exigencias del cliente, por estrafalarias que fueran,
y que él había ejecutado su trabajo al pie de la letra. Tras de hurgar en varios
cajones, me mostró unos papeles que no entendí, firmados por el elusivo Preetorius.
(Sin duda me tomó por un abogado). Al despedirnos, me confió que por todo el oro
del mundo no volvería a poner los pies en Turdera y menos en la casa. Agregó que
el cliente es sagrado, pero que en su humilde opinión, el señor Preetorius estaba
loco. Luego se calló, arrepentido. Nada más pude sonsacarle.
Yo había previsto ese fracaso, pero una cosa
es prever algo y otra que ocurra.
Repetidas veces me dije que no hay otro enigma
que el tiempo, esa infinita urdimbre del ayer, del hoy, del porvenir, del siempre
y del nunca. Esas profundas reflexiones resultaron inútiles; tras de consagrar la
tarde al estudio de Schopenhauer o de Royce, yo rondaba, noche tras noche, por los
caminos de tierra que cercan la Casa Colorada. Algunas veces divisé arriba una luz
muy blanca; otras creí oír un gemido. Así hasta el 19 de enero.
Fue uno de esos días de Buenos Aires en el
que el hombre se siente no solo maltratado y ultrajado por el verano sino hasta
envilecido. Serían las once de la noche cuando se desplomó la tormenta. Primero
el viento sur y después el agua a raudales. Erré buscando un árbol. A la brusca
luz de un relámpago me hallé a unos pasos de la verja. No sé si con temor o con
esperanza probé el portón. Inesperadamente, cedió. Avancé empujado por la tormenta.
El cielo y la tierra me conminaban. También la puerta de la casa estaba a medio
abrir. Una racha de lluvia me azotó la cara y entré.
Adentro habían levantado las baldosas y pisé
pasto desgreñado. Un olor dulce y nauseabundo penetraba la casa. A izquierda o a
derecha, no sé muy bien, tropecé con una rampa de piedra. Apresuradamente subí.
Casi sin proponérmelo hice girar la llave de la luz.
El comedor y la biblioteca de mis recuerdos
eran ahora, derribada la pared divisoria, una sola gran pieza desmantelada, con
uno que otro mueble. No trataré de describirlos, porque no estoy seguro de haberlos
visto, pese a la despiadada luz blanca. Me explicaré. Para ver una cosa hay que
comprenderla. El sillón presupone el cuerpo humano, sus articulaciones y partes;
las tijeras, el acto de cortar. ¿Qué decir de una lámpara o de un vehículo? El salvaje
no puede percibir la Biblia del misionero; el pasajero no ve el mismo cordaje que
los hombres de a bordo. Si viéramos realmente el universo, tal vez lo entenderíamos.
Ninguna de las formas insensatas que esa noche
me deparó correspondía a la figura humana o a un uso concebible. Sentí repulsión
y terror. En uno de los ángulos descubrí una escalera vertical, que daba al otro
piso. Entre los anchos tramos de hierro, que no pasarían de diez, había huecos irregulares.
Esa escalera, que postulaba manos y pies, era comprensible y de algún modo me alivió.
Apagué la luz y aguardé un tiempo en la oscuridad. No oí el menor sonido, pero la
presencia de las cosas incomprensibles me perturbaba. Al fin me decidí.
Ya arriba mi temerosa mano hizo girar por segunda
vez la llave de la luz. La pesadilla que prefiguraba el piso inferior se agitaba
y florecía en el último. Había muchos objetos o unos pocos objetos entretejidos.
Recupero ahora una suerte de larga mesa operatoria, muy alta, en forma de U, con
hoyos circulares en los extremos. Pensé que podía ser el lecho del habitante, cuya
monstruosa anatomía se revelaba así, oblicuamente, como la de un animal o un dios,
por su sombra. De alguna página de Lucano, leída hace años y olvidada, vino a mi
boca la palabra anfisbena, que sugería, pero que no agotaba por cierto lo que verían
luego mis ojos. Asimismo recuerdo una V de espejos que se perdía en la tiniebla
superior.
¿Cómo sería el habitante? ¿Qué podía buscar
en este planeta, no menos atroz para él que él para nosotros? ¿Desde qué secretas
regiones de la astronomía o del tiempo, desde qué antiguo y ahora incalculable crepúsculo,
habría alcanzado este arrabal sudamericano y esta precisa noche?
Me sentí un intruso en el caos. Afuera había
cesado la lluvia. Miré el reloj y vi con asombro que eran casi las dos. Dejé la
luz prendida y acometí cautelosamente el descenso. Bajar por donde había subido
no era imposible. Bajar antes que el habitante volviera. Conjeturé que no había
cerrado las dos puertas porque no sabía hacerlo.
Mis pies tocaban el penúltimo tramo de la escalera
cuando sentí que algo ascendía por la rampa, opresivo y lento y plural. La curiosidad
pudo más que el miedo y no cerré los ojos.
(Tomado
de www.lecturia.org)
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