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viernes, 3 de octubre de 2025

Blandine y Pointu

Jules Renard

 

–¿Qué edad tiene usted, Blandine?

–Treinta y siete años, señor. No soy de la última nidada de agosto.

–¿Dónde nació usted?

–En Lormes, en la Nièvre.

–¿Pasó allí la infancia?

–Sí, señor. Primero guardé ocas. Luego guardé ovejas. Más tarde guardé vacas. Después una prima mía me colocó como criada en París. Tuve más de veinte patrones antes que usted. El señor Rollin no me pagaba. Si es cierto que hay malos criados, también hay malos patrones.

–¿Dónde están sus informes?

–Los tiro. De no hacerlo, tendría montones de esos papeles sucios que no sirven para nada. Sólo guardo mi partida de nacimiento y mi libreta de ahorros.

–¿Cuánto tiene en la Caja de ahorros?

–Novecientos francos, señor.

–¡Caray! Es usted más rica que yo. ¿Ha vuelto usted con frecuencia al pueblo?

–Una vez, señor.

–¿A casa de sus padres?

–No, señor. Mi madre murió al nacer yo.

–¿Y su padre?

–Mi padre debe estar muerto también.

–¡Cómo debe estar muerto también! ¿No lo sabe?

–Me temo que así sea. Cuando fui estaba ya muy viejo y muy enfermo. Debe estar muerto. Sí, seguramente está muerto.

–¿No le escribe usted nunca?

–Me molesta escribir a través de extraños.

–¿Y nadie le envía noticias del pueblo?

–Nadie tiene mi dirección. Como cambio con frecuencia de patrón…

–¿Tiene hermanos y hermanas?

–Tengo un hermano mayor y un montón de medio hermanos y medio hermanas, cinco o seis, hijos de la segunda esposa de mi padre. Todos trabajan en las granjas de los pueblos vecinos. Son aún más palurdos que yo y no han visto nunca el sol.

–¿Y no se preocupan por usted?

–No me conocen. Fue mi tío el que me crio.

–¿Y su tío se ocupa de usted?

–¡Oh, sí! Un día me envió cinco francos. No es gran cosa. Pero al menos es algo.

–Y su padre, si vive, ¿dónde trabaja?

–Debe trabajar con mi hermano mayor.

–¿Y no echa de menos a los unos o a los otros? ¿No tiene ganas de volver a verlos?

–Pues la verdad es que no, señor. A la única que me gustaría volver a ver es a una amiga de la primera comunión. Pero ya me ha olvidado. Está casada allí. Tiene dinero. Desprecia a los demás.

–¿Y a usted, ningún chico del pueblo la ha pedido en matrimonio?

–Sí, señor. Tenía entonces quince años, y lo rechacé. ¡Qué boba era! Entonces se casó con mi amiga de la primera comunión.

–Y ahora, ¿ya no piensa en el matrimonio?

–Para casarse hacen falta dos. Ya se me pasó el momento. Ya está lejos.

–¿Y no desea siquiera volver a ver su pueblo, sus árboles, su río, la casa en la que jugaba de niña? Normalmente uno ama su pueblo. ¿Es un sitio bonito?

–Como otro cualquiera; hay otros menos bonitos y otros menos feos.

–¿Qué diría usted si le ofreciera un permiso, si le pagara el viaje para que fuera usted a pasar una semana con su familia? Porque, no está bien olvidar a la familia.

–¡Ah, a ellos no les preocupa lo más mínimo! Respecto al permiso, prefiero que no. Me aburriría si pasara un solo día allí. Además, temo que me quiten mi puesto aquí.

–En fin, ¿desea usted algo, sea lo que sea? ¿Tiene algún deseo?

–Deseo tener siempre un puesto de trabajo, no enfermar y morirme antes de llegar a vieja, de repente.

–¿Está usted a gusto aquí?

–Sí, señor. Hay mucho trabajo, pero una come todo lo que quiere. Y la señora hace un café tan bueno… ¡Oh! perdería sin duda si me pusieran en la calle.

–¿Dónde iría usted?

–A una pensión que conozco. Pagaría por una habitación como un zapato un franco al día, mientras encontraba otro trabajo…¿Puedo volver a la cocina, señor?

–Una última cosa, Blandine. Usted no recibe ninguna visita. ¡Vive usted como un lobo!

–Sí, señor, también dicen a veces como un cerdo.

–Me extraña que no pida usted nunca salir por la noche.

–¿Para ir adónde, señor? A las nueve estoy bastante cansada y me voy a dormir.

–No se enfade, Blandine. ¿Saldría para ver a su amante?

–¿Un amante, señor? ¿Quién podría querer a un viejo jamelgo como yo?

–¿Entonces, no tiene a nadie querido en este mundo?

–Sí, señor, tengo a Pointu. Su perro.

 

***

Pero hasta Pointu la abandona. Pointu va a morir. Está enfermo desde hace tiempo. Su pelo se le iba cayendo de la piel escamosa. Hubo que llevarlo al veterinario que encontró el caso curioso y creyó poder curarlo.

Al cabo de un mes Pointu regresa casi curado. Pero ya no es nuestro perro. Lo han esquilado desde el hocico hasta la cola. Está constantemente temblando sobre una silla. Ha adelgazado. Está siempre muerto de hambre. Él, antes tan exquisito, se come hoy hasta el pan seco. Cuando oye su nombre, duda en levantar la cabeza. Nos mira con los ojos apagados. Y pronto su enfermedad vuelve con más violencia. Lo devora, tiene el cuello hinchado. Lo llevamos de nuevo al veterinario que empieza a dudar y que le pondrá un drenaje. Sólo queda esa solución.

Y esta tarde las noticias son desesperadas. El veterinario nos aconseja que nos hagamos a la idea de renunciar a Pointu. Personalmente, yo renunciaría.

Espera nuestras órdenes. Pregunta si debe administrarle la fatal píldora. ¿Qué me impide escribir «Sí» con una pluma normal? Escribo sólo para pedirle que me envíe la factura. Ya comprenderá.

Y suba la lámpara que ilumina poco. Atice el fuego que ya no calienta. Cambien de cara y que piensen en otra cosa.

Sólo los hombres mueren. Los perros revientan. Una vez muerto, Pointu ya no vendrá por la noche a arañar la puerta y a gemir por la rendija. No iré a abrirle con una vela vacilante en la mano. No saltará junto a mí, con la lengua fresca y la piel sana.

Eso no puede suceder. La vida sería demasiado divertida.

–Blandine, prepárenos unos ponches muy calientes. Blandine, no volverá usted a ver a Pointu.

Pone la bandeja sobre la mesa y se pone a llorar en su delantal.

–Blandine, Blandine, es usted una boba.

–Es más fuerte que yo, señor.

–Le compraré otro perro.

–No, señor, no lo quiero.

–Sí. Quiero comprar uno, la consolará.

–No lo querré jamás, a causa de Pointu.

–Pero lo cuidará como a Pointu.

–Lo cuidaré si usted me lo ordena.

–Y espero que lo saque cada noche antes de irse a dormir.

–Lo sacaré puesto que el señor así lo quiere. Lo pasearé. Le haré hacer pipí. Pero no lo miraré.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

lunes, 3 de marzo de 2025

El barco de vapor

Jules Renard

 

Retirados al pueblo, los Bornet son vecinos de los Navot y entre las dos parejas existe muy buena relación. Les gustan por igual la tranquilidad, el aire puro, la sombra y el agua. Simpatizan tanto que se imitan.

Por la mañana las señoras van juntas al mercado.

–Me dan ganas de preparar un pato –dice la señora Navot.

–¡Ah! A mí también, –dice la señora Bornet.

Los señores se consultan cuando proyectan embellecer uno su jardín ventajosamente orientado, y el otro su casa situada sobre una loma y nunca húmeda. Se llevan bien. Mejor es así. ¡Con tal de que dure!

Pero es al atardecer, cuando se pasean por el Marne, cuando los Navot y los Bornet desean estar siempre de acuerdo. Los dos barcos, de la misma forma y de color verde, se deslizan uno al lado del otro. El señor Navot y el señor Bornet reman acariciando el agua como si lo hicieran con sus manos prolongadas. A veces se excitan hasta que aparece una primera gota de sudor, pero sin envidia, tan fraternales que no pueden vencerse uno al otro y reman al unísono.

Una de las señoras sorbe discretamente y dice:

–¡Qué delicia!

–Sí –responde la otra– es delicioso.

Pero, una tarde, cuando los Bornet van a reunirse con los Navot para su habitual paseo, la señora Bornet mira un punto determinado del Marne y dice:

–¡Caray!

El señor Bornet, que está cerrando la puerta con llave, se da la vuelta:

–¿Qué ocurre?

–¡Caramba! –prosigue la señora Bornet– nuestros amigos no se privan de nada. Tienen un barco de vapor.

–¡Demonios! –dice el señor Bornet.

Es cierto. En la orilla, en el estrecho espacio reservado a los Navot, se divisa un pequeño barco de vapor, con su tubo negro que brilla al sol, y las nubes de humo que de él escapan. Ya instalados, el señor y la señora Navot esperan y agitan un pañuelo.

–¡Muy gracioso! –dice el señor Bornet, molesto.

–Quieren deslumbrarnos, –dice la señora Bornet con despecho.

–No sabía que actuaran con tantos tapujos –dice el señor Bornet–. Por lo que a mí respecta, yo no habría comprado jamás un barco de vapor sin que ellos lo supieran. ¡Fíese usted de los amigos! ¡En fin! Yo había observado estos últimos tiempos que estaban algo raros. ¡Caramba, era esto!

–¿Y si no fuéramos?

–Sería excesivo. Pero dado que ellos carecen de delicadeza, no les demos el gusto de sorprendernos. Permanezcamos indiferentes.

–Es muy pequeño su barco de vapor –dice la señora Bornet–. Es apenas un poco más grande que el otro. ¿Qué te parece?

–¡Oh! De lejos un barco de vapor causa más impresión. Además, ahora hacen verdaderas joyas.

Mientras tanto los Navot continúan haciendo gestos. Sin duda gritan:

–¡Dense prisa!

Los Bornet descienden hacia el Marne y se guardan mucho de apresurarse.

–Está bien, vamos allá, –dice el señor Bornet–. ¡Qué desagradable, Dios mío!

–Nosotros también podríamos tener un barco de vapor si nos apretáramos un poco –dice la señora Bornet.

Avanzan a pasos lentos, hacen como que bajan la cabeza, que la giran o que observan el cielo. Es verdad, su intención no es enemistarse con los Navot. Incluso están decididos a admirar adecuadamente, según es costumbre en sociedad, pero acaban de oír romperse, con un ruido seco, el primero de los finos hilos que unen los corazones, y la señora Bornet concluye:

–Sólo soy una mujer, pero no soy mujer para nada: no olvidaré en mi vida lo que han hecho. ¿Y tú?

Sin responder, el señor Bornet la toma de la mano.

–¡Alto ahí, amiga mía! ¡Estamos locos!

La señora Bornet obedece, lo mira, mira hacia los Navot y dice:

–Mi pobre amigo, ¡qué espejismo!

Se frotan los ojos, apartan las hilachas de bruma y se creen cegados. Luego se echan a reír, silenciosamente, como dos indios, hombro con hombro, buenos de nuevo, satisfechos, felices de vivir en este mundo en el que todo tiene una explicación.

Sentado entre el señor y la señora Navot, en su barco habitual, un extraño fuma, tal vez algún amigo de París, que, grave bajo su chistera negra que brilla al sol, expulsa naturalmente el humo por la boca.

 

jueves, 27 de febrero de 2025

El nido de jilgueros

Jules Renard

 

En una rama ahorquillada de nuestro cerezo había un nido de jilgueros bonito de ver, redondo, perfecto, de crines por fuera y de plumón por dentro, donde cuatro polluelos acababan de nacer. Le dije a mi padre:

–Me gustaría cogerlos para domesticarlos.

Mi padre me había explicado con frecuencia que es un crimen meter a los pájaros en una jaula. Pero, en esta ocasión, cansado sin duda de repetir lo mismo, no encontró nada que responderme.

Unos días más tarde le dije de nuevo:

–Si quiero, será fácil. En un primer momento pondré el nido en una jaula, colgaré la jaula en el cerezo y la madre alimentará a sus polluelos a través de los barrotes hasta que ya no la necesiten.

Mi padre no me dijo qué pensaba de este sistema.

Por lo tanto instalé el nido en una jaula, colgué la jaula en el cerezo, y lo que había previsto sucedió: los padres jilgueros, sin vacilar, traían a los pequeños sus picos llenos de orugas. Y mi padre, divertido como yo, observaba de lejos el ir y venir de los pájaros, su plumaje teñido de rojo sangre y de amarillo azufre.

Una tarde le dije:

–Los pequeños ya están bastante fuertes. Si estuvieran libres, volarían. Que pasen una última noche con su familia y mañana me los llevaré a la casa; los colgaré de mi ventana y no habrá en el mundo jilgueros mejor cuidados que éstos.

Mi padre no dijo lo contrario.

A la mañana siguiente, encontré la jaula vacía.

 

lunes, 24 de febrero de 2025

El picapedrero

Jules Renard

 

–Perdone, amigo, ¿cuánto tiempo se tarda en ir de Corbigny a Saint-Révérien?

El picapedrero levanta la cabeza y apoyándose en su maza, me observa a través de la rejilla de sus gafas, sin responder.

Repito la pregunta. No responde.

–Debe ser sordomudo –pensé y continué mi camino.

Había recorrido apenas un centenar de metros cuando oigo la voz del picapedrero. Me llama y agita su maza. Regreso y me dice:

–Necesitará dos horas.

–¿Por qué no me lo ha dicho usted antes?

–Señor –me explica el picapedrero– me ha preguntado cuánto tiempo se necesita para ir de Corbigny a Saint-Révérien. Tiene usted una mala forma de preguntar a la gente. Se necesita lo que se necesita. Eso depende del paso. ¿Conozco yo acaso a qué velocidad camina usted? Lo he dejado marcharse. Lo he visto caminar un trecho. Luego he echado cuentas y ahora ya lo sé; ya puedo informarle: necesitará dos horas.

 

domingo, 19 de enero de 2025

El ratón

Jules Renard

 

Cuando a la luz de un quinqué escribo mi página cotidiana, oigo un ruidito. Si me detengo, para. Y vuelve a comenzar en cuanto rasco el papel.

Es un ratón que se despierta.

Puedo adivinar sus idas y venidas junto al agujero oscuro en el que nuestra criada guarda sus cepillos y sus trapos.

Brinca por el suelo y trota sobre las baldosas de la cocina. Pasa junto a la chimenea, bajo el fregadero, se pierde entre la vajilla y gracias a una serie de reconocimientos que cada vez le llevan más lejos, se acerca a mí.

Cada vez que dejo descansar mi portaplumas, ese silencio lo inquieta. Cada vez que lo utilizo, cree que quizás haya otro ratón por los alrededores y se siente más tranquilo.

Luego no vuelvo a verlo. Está bajo la mesa, junto a mis piernas. Circula de una pata de la silla a otra. Roza mis zuecos, mordisquea la madera de estos o, con un alarde de valentía, ¡se encarama en ellos!

Y sobre todo no puedo mover la pierna, ni siquiera respirar con fuerza, pues huiría.

Debo, sin embargo, seguir escribiendo y, temeroso de que me abandone a mi aburrimiento de persona solitaria, escribo signos, naderías, muy pequeñito, menudo, menudito, como él roe.

 

viernes, 13 de diciembre de 2024

El sapo

Jules Renard

 

Nacido de una piedra, vive debajo de una y en ella se cavará la tumba.

Lo visito frecuentemente, y cada vez que levanto su piedra tengo miedo de encontrarlo y miedo de que ya no esté allí.

Pero está.

Escondido en aquella guarida seca, limpia, estrecha y propia, la ocupa plenamente, hinchado como una bolsa de avaro.

Si la lluvia lo hace salir, viene a mi encuentro. Unos cuantos saltos pesados, y luego me mira con ojos enrojecidos.

Si el mundo injusto lo trata como a un leproso, yo no temo agacharme junto a él y acercar al suyo mi rostro de hombre.

Luego reprimiré un resto de asco y te acariciaré con la mano, sapo.

En la vida se tragan otros sapos que repugnan más.

Ayer, no obstante, me faltó tacto. Fermentaba y sudaba, con todas sus verrugas reventadas.

–Mi pobre amigo –le dije– no quiero ofenderte pero, ¡Dios santo! ¡qué feo eres!

Abrió su boca pueril y sin dientes, de aliento caliente, y me respondió con un ligero acento inglés:

–¡Pues anda que tú!

 

domingo, 17 de noviembre de 2024

La llave

Jules Renard

 

La vieja es vieja y avara; el viejo es aún más viejo y más avaro. Pero ambos temen por igual a los ladrones. A cada instante del día se preguntan:

–¿Tienes tú la llave del armario?

–Sí.

Eso los tranquiliza un poco. Guardan la llave alternativamente y llegan a desconfiar el uno de la otra. La vieja la esconde principalmente en el pecho, entre la camisa y la piel. ¡Cuántas cosas no desata para poder introducirla en las fundas de sus senos inútiles!

El viejo la esconde unas veces en los bolsillos abotonados del pantalón y otras en los del chaleco, medio cosidos, que palpa con frecuencia. Pero al final, esos escondites que son siempre los mismos les han parecido cada vez menos seguros, y él acaba de encontrar un nuevo escondite del que se siente satisfecho.

La vieja le pregunta como de costumbre:

–¿Tienes tú la llave del armario?

El viejo no responde.

–¿Estás sordo?

El viejo hace gesto de que no está sordo.

–¿Se te ha perdido la lengua? –dice la vieja.

Lo mira inquieta. Tiene los labios cerrados y las mejillas hinchadas. Sin embargo, su expresión no es la de un hombre que se hubiera quedado mudo de repente, y sus ojos expresan más picardía que espanto.

–¿Dónde está la llave? –dice la vieja–; ahora me toca guardarla a mí.

El viejo sigue moviendo la cabeza con aire satisfecho, con las mejillas a punto de reventar.

La vieja comprende. Se lanza con agilidad, agarra por la nariz al viejo, le abre por la fuerza –con riesgo de que la muerda– la boca de par en par, introduce en ella los cinco dedos de su mano derecha y saca la llave del armario.

 

domingo, 1 de enero de 2023

La señorita Olympe

Jules Renard

 

Con la vida de la señorita Olympe Bardeau, podría escribirse una novela de costumbres provincianas, pero sería muy monótona. Lo que hace no es nada variado: pasa su tiempo sacrificándose.

Siempre la conocí como una vieja solterona. Hace diez años no lo era menos; dentro de diez años no lo será más; no cambia; es una solterona precoz que se mantiene. Cada uno le calcula la edad que quiere.

Podría haberse casado tiempo atrás si su hermano no le hubiera quitado su dote para perderla en el comercio. Ha renunciado a casarse, pero quiere mucho a su hermano. A quienes pretenden que no se lo merece, ella responde que lo admira.

Ahora se sacrifica por su madre arruinada también por los malos negocios de su hijo. Las dos viven de lo que gana Olympe y la solterona se les apaña tan mal que siempre parece ganar lo menos posible.

Experta en trabajos de aguja de todo tipo, como bordadora de provincias, tiene un talento auténtico del que no sabe sacar partido.

Una señora de buenas intenciones le trae un babero para que lo borde.

–Elija el modelo que más le guste, –le dice Olympe.

La señora, que no entiende mucho de eso, elige para su babero sin valor, un bordado complicado y costoso. Olympe no hace ninguna observación; borda y pide un precio acorde con el precio del babero.

–¿Cómo quiere que pida quince francos por el festón de un babero que vale uno y medio? –dice–. La señora tendría derecho a sentirse sorprendida.

–Tendría que haberle explicado que había elegido un dibujo demasiado recargado.

–No tengo valor para atribular a una persona que se interesa por mí.

Se le ha ocurrido dar lecciones de costura a las niñas del pueblo por 0’25 francos la hora.

–No es caro –le digo.

–Es bastante caro, –dice Olympe– pero podrán quedarse dos horas si quieren.

–¿Por el mismo precio?

–¡Sí, claro! –dice Olympe– ya que están aquí…

Y está en lo cierto. En realidad, ¿qué importa que las niñas estén dos horas en lugar de una en casa de la señorita Olympe? Lo difícil es que vayan.

–No me puedo quejar, –dice– todas las señoras son muy amables y me dan trabajo. La señora Gervais, la esposa del médico, me ha encargado el ajuar de su hija.

–¿Se va a casar su hija?

–¡Oh, no! Aún no, sólo tiene catorce años.

–¿Y ya le está usted preparando su ajuar?

–Sí, algún día se casará.

–De todas maneras, la señora Gervais no pierde el tiempo.

–Es cómodo para mí –dice Olympe–. Trabajo en ese ajuar cuando me apetece. Esta semana bordo una camisa y la semana siguiente un pañuelo. La señora Gervais no me exige que vaya rápido.

–Es muy amable.

–Sin duda, podría ordenar que le hicieran el ajuar de una vez en París cuando llegara el momento del matrimonio.

–Sí, pero le saldría mucho más caro.

–Es rica.

–Y ahorradora. Estoy seguro de que no le paga. Quiero decir que le paga poco.

–Me da el dinero que necesito. Tenemos un acuerdo.

–Y no echa cuentas nunca.

–Le ruego –dice la señorita Olympe– que no denigre a la señora Gervais que me ha confiado este trabajo por caridad.

Casi todas las señoras tienen mucho gusto de darle a la señorita Olympe la ropa que ya no se ponen. Ella lo acepta todo; no carece nunca de faldas ajadas y, si quisiera, podría salir cada mañana con una nueva blusa deslucida. Encuentra tiempo para dar las gracias con visitas de cumplido y cuando va a ver a alguna de sus benefactoras, tiene la delicadeza de ponerse las antiguallas que ella le dio. Y no se contenta con decir «Gracias», siempre lleva alguna cosilla, algo, un trozo de encaje que sólo le cuesta los ojos de la cara.

Es un placer ayudarla, pero hay que ser generoso con tino. La señora alcaldesa se equivoca: abona cada año a la señorita Olympe a una revista de modas; y cree hacerle un regalo útil y agradable. Pero para Olympe es desastroso porque se obstina en participar en los concursos de la revista. Es verdad que si obtuviera un primer premio conseguiría fortuna y éxito, pero Olympe no tiene gusto ni originalidad. No sabe que los visillos modernos son ligeros como las bailarinas; ella recarga los suyos con lithophanies y sólo consigue horrores muy pesados. Cuando ha pagado los gastos de envío y de manutención, tiene que pagar los de regreso y a veces duda en hacer volver su alfiletero o su receta de cocina. Sólo ha conseguido una cuarta mención por un cordón de llamador. No era elegante, pero era muy resistente: uno podía colgarse de él.

A veces descansa cultivando su huerto que tiene el tamaño de un pañuelo, y de vez en cuando saca un tazón de fresas.

En esta ciudad pequeña, todo el mundo, incluso las señoras que se aprovechan de ella, reconoce las virtudes de la señorita Olympe. Sólo la señora Bardeau, su madre, las ignora. Olympe le hace creer que ha salvado de la ruina de su hermano algunos ahorrillos. La señora Bardeau se lo cree y vive feliz. No se ocupa de nada. ¿Qué quieren que haga? Tiene un eccema y se lo rasca.

Olympe hace pequeñas trampas y le oculta su miserable situación. Se levanta todos los días a las cuatro, pero le dice que lo hace a las seis. Se cuida de emplear esas dos horas en hacer la limpieza, la madre la vería. Por lo que cose, borda, y sólo se permite hacer cosas que no producen ruido. A las seis, oye la voz de la señora Bardeau que se despierta.

–Olympe, ¿no piensas levantarte?

Olympe no responde.

–Levántate, hija –repite la señora Bardeau– llegarás tarde a misa.

Y Olympe responde como una persona a la que se saca a disgusto de la cama:

–Sí, mamá; ¡ya voy! ¡ya voy!

–¿A qué hora te acostaste anoche, hija mía?

–Como siempre, mamá, a las nueve.

–¡Qué perezosa! –dice la señora Bardeau indulgente.

¿Cómo podría adivinar que eran las doce de la noche?

–No eres razonable, Olympe – le dice otras veces– comes demasiado deprisa.

–No, eres tú la que no come suficientemente rápido. Tienes dientes viejos, los míos son más jóvenes, por eso termino la primera y quito la mesa. ¿Quieres que me quede ahí para mirarte?

–Como quieras; pero te advierto que estás jugando con tu salud.

La sorprendo cuando le digo que su hija es una santa.

–Se ve –dice sin maldad– que no vive usted con ella.

–Mamá tiene razón –dice Olympe– a veces soy insoportable.

–Vas demasiado lejos –dice la señora Bardeau–; no la escuche: en el fondo es una buena chica.