Mostrando entradas con la etiqueta H. G. Wells (Inglaterra). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta H. G. Wells (Inglaterra). Mostrar todas las entradas

lunes, 5 de enero de 2026

La estrella

H. G. Wells

 

El día de Año Nuevo tres observatorios distintos señalaron casi simultáneamente una perturbación en los movimientos del planeta Neptuno, el más lejano de los que giran en torno al Sol.

Ya en diciembre el astrónomo Ogilvy había llamado la atención del mundo científico sobre una sospechosa disminución de la velocidad del planeta, noticia que apenas conmovió a una docena de sabios de esos que se pasan la vida con el telescopio asestado al firmamento. Y es natural que así fuera, por cuanto a buena parte de los habitantes de la Tierra no les interesa gran cosa lo que ocurre en un planeta cuya existencia les es poco menos que desconocida.

La gente se preocupó aún menos de las nuevas observaciones de Ogilvy respecto a la aparición de un cuerpo celeste, animado y lejanísimo, que había podido descubrir el referido astrónomo poco tiempo después de comprobarse la disminución de velocidad del planeta Neptuno.

Los astrónomos dieron desde luego al asunto la importancia que merecía, aumentando su intranquilidad cuando advirtieron que la masa recientemente descubierta aumentaba cada día más de dimensiones, que se hacía más brillante, que sus movimientos eran por completo diferentes de la revolución normal de los planetas y que la desviación de Neptuno y de su satélite adquirían proporciones sin precedentes.

Sin tener cierto grado de cultura científica no puede uno darse exacta idea del enorme aislamiento del sistema solar. El Sol, con sus planetas, planetoides y cometas, flota en un vacío inmenso, que la imaginación concibe difícilmente. Más allá de la órbita de Neptuno está el vacío sin calor, luz ni sonido, el vacío incoloro y triste, prolongándose treinta millones de veces un millón de kilómetros. Y téngase presente que esa cifra abrumadora es la menor evaluación de la distancia que sería preciso atravesar antes de llegar a la más próxima de las estrellas.

Pues bien, excepto algunos cometas menos densos que la llama del alcohol, ningún cuerpo celeste había atravesado, de memoria de hombre, ese abismo espantoso. Júzguese ahora cuánta no sería al comenzar el siglo presente la zozobra de los sabios, viendo precipitarse inopinadamente en el sistema solar el extraño vagabundo señalado por Ogilvy, cuerpo sólido y enorme sin duda, a juzgar por las perturbaciones que originaba; temible intruso que llegaba del tenebroso misterio de los cielos con aviesas intenciones…

El día 2 de enero todos los telescopios de algún fuste pudieron ver al desconocido viajero sideral cerca de Régulo, en la constelación del León. Su aspecto era el de un punto, de diámetro apenas sensible. En pocas horas fue divisado con la ayuda de simples gemelos.

Aquellas personas amigas de leer periódicos en ambos hemisferios pudieron enterarse el día 3 de que, en realidad, tenía inmensa importancia la insólita aparición celeste. Un diario de Londres tituló la noticia: Una colisión de planetas, y publicó la opinión de Duchaine, según la cual este recién aparecido planeta chocaría probablemente con Neptuno.

Los escritores profesionales trataron el asunto con la extensión merecida; los cronistas y gacetilleros se encargaron luego de familiarizar a los más legos en materias astronómicas con las ideas vertidas por los sabios; la tinta de imprenta corrió a mares, y veinticuatro horas después la mayor parte de las grandes capitales del mundo se hallaban a la expectativa, aunque vaga, desagradable, de un inminente fenómeno astronómico.

Durante la noche del 5 de enero millones de ojos se fijaban en el cielo… para no ver otra cosa que las antiguas y familiares estrellas, tan brillantes y tranquilas como siempre lo habían estado.

El astro apareció en el cielo de Londres un poco antes, en esos momentos en que Pólux desaparece y las estrellas comienzan a palidecer. Fue aquélla una aurora tristísima de invierno londinense; aurora fría, sin arreboles, silenciosa, de luz malsana que luchaba desventajosamente con los mecheros de gas y los grandes focos eléctricos de los muelles del Támesis.

Los soñolientos policías distinguieron la estrella; las gentes de los mercados, a pesar de no impresionarles extraordinariamente las cosas de allá arriba, se pararon y permanecieron buen trecho mirando el astro; los obreros camino de la obra, los repartidores de leche, los cocheros de los furgones de correos, los trasnochadores que regresaban a sus casas fatigados y pálidos, los vagabundos sin hogar, los centinelas en sus garitas, el labrador en la campiña, los cazadores furtivos, los vigías marinos, todo el mundo, en fin, que vive de noche, pudo admirar la hermosa estrella que acababa de aparecer en el occidente.

La estrella era, sin duda, la más brillante del cielo, mucho más refulgente que la admirable Estrella del Sur. Una hora después de salir el Sol aún seguía despidiendo el maravilloso astro blanquísima luz.

Aquello fue considerado por el vulgo como anuncio de calamidades sin cuento. Los astrónomos, cada vez más preocupados, no abandonaban sus observaciones. En éstos se trocó pronto la primera sobreexcitación en verdadero terror, al advertir que los dos lejanos astros, en su vertiginosa carrera, parecían perseguirse. Se requirieron los aparatos fotográficos, los espectroscopios, todos los instrumentos necesarios para estudiar el nuevo y sorprendente fenómeno de la destrucción de un mundo. Porque era un mundo, un planeta hermano del nuestro, mucho mayor que la Tierra, ciertamente, el que de modo tan repentino se lanzaba hacia la muerte. Neptuno debía haber sido herido de lleno por el astro extraño llegado de las profundidades del espacio, y a consecuencia del choque, sus dos globos sólidos se habían convertido en una inmensa masa incandescente.

El día 6, dos horas antes del alba, la estrella blanca y pálida describió su órbita en el cielo y desapareció por el oeste.

Los más maravillados eran los marinos, esos habituales contempladores de las estrellas, a quienes no habían llegado aún las recientes observaciones de los sabios. En sus peregrinaciones a través del océano habían advertido la presencia del nuevo astro que, como una luna minúscula, subía, subía, hasta llegar al cénit, pasaba por encima de sus cabezas, e iba, por último, a hundirse en el mar por el oeste con las últimas sombras de la noche

Cuando la estrella hizo su aparición en la noche del 7, multitudes ansiosas espiaban su llegada en las pendientes de las colinas, en las llanuras, en los tejados de los edificios. El astro surgía precedido de un resplandor blanco parecido al brillo de un incendio. Los que lo habían visto aparecer la noche antes exclamaban: “¡Hoy es mayor! ¡Hoy es más deslumbrador!…” Efectivamente, la luna misma, próxima a desaparecer más allá del horizonte occidental, era mucho más pequeña que la nueva estrella, comparando sus dimensiones aparentes, y desde luego mucho menos brillante, a pesar de hallarse casi en plenilunio.

–¡Mírenla! –decía la gente aglomerada en las calles–. ¡Qué hermosa! ¡Qué brillante!

Entre tanto, en los oscuros observatorios, los sabios que seguían el curso del fenómeno contenían la respiración y se interrogaban con su mirada…

–¡Se aproxima! ¡Está más cerca! –tales eran las terribles palabras de la ciencia a cada nueva observación…

–Está más cerca –repetía el telégrafo, transmitiendo la alarmante nueva a millares de ciudades

–Está más cerca –decía la gente, sugestionada por la idea de una posible catástrofe. Los empleados en los escritorios suspendían e! trabajo para pensar en las fatídicas profecías de los astrónomos; los transeúntes se detenían en las calles para interrogarse sobre el significado inimaginable del amenazador “Está más cerca”… y esta intranquilidad, esta preocupación se extendía desde la ciudad a las aldeas, desde las aldeas a los campos. Los que habían leído la noticia sobre las azules cintas del telégrafo se apresuraban a comunicarla a todo el que encontraban al paso. Las damas aristocráticas supieron la nada tranquilizadora nueva entre un vals y un rigodón. Sus bellas boquitas sonrientes y frescas formularon, poco más o menos, esta pregunta:

–¿De veras se acerca? ¡Es curioso! ¡Esos astrónomos deben ser muy hábiles cuando descubren horrores semejantes!

Y las hermosas seguían sonriendo y bailando, sin importarles, después de todo, que la estrella se aproximara o se alejara.

La gente sin casa ni hogar, obligada a ir de un lado para otro durante la noche glacial, con objeto de no morir de frío, se consolaba mirando al cielo, y decía:

–¡Qué bien haces en acercarte! ¡La noche es tan fría como la caridad!… ¡Ven, si has de traer contigo calor bastante para reconfortar nuestros miembros ateridos!

Una pobre mujer, arrodillada al lado de un cadáver y deshecha en amarguísimo llanto, exclamaba:

–¡Y a mí qué puede ya importarme el que haya una estrella más!

El estudiante, levantado con la aurora para repasar el programa de exámenes, se distrajo de sus labores, y planteando un problema de física astronómica, empezó a hacer cálculos y más cálculos, mientras que la gran estrella blanca enviaba sobre la mesa de trabajo la pálida caricia de su luz azulada.

–¡Centrífuga!… ¡Centrípeta!… ¡Esto es!… –decía el estudiante, apoyando la cabeza en la palma de la mano–. Detenido un planeta en su camino y suprimida instantáneamente su fuerza centrífuga, ¿qué ocurriría? Sin duda, obedeciendo el planeta a su fuerza centrípeta, se precipitaría en el Sol… y en ese caso… pero ¿nos encontramos nosotros en su camino?…

El día siguiente fue como los anteriores. Con los últimos jirones de las tinieblas glaciales se elevó sobre el horizonte el extraño astro. Despedía tanto brillo, que la luna, en su cuarto creciente, parecía no ser sino un pálido y amarillento espectro de la nueva estrella flotando inmensa en su vaguedad del crepúsculo.

El matemático se hallaba delante de un pupitre atestado de papelotes. Acababa en aquel momento sus cálculos. En un diminuto frasco se veían aún algunos gramos de la droga que lo había tenido despierto cuatro eternas noches. Durante el día, el matemático daba sus clases reglamentarias con la misma paciencia, con la misma sabiduría que de costumbre. Luego, terminados los penosos deberes profesionales, volvía a sus cálculos y a sus trabajos de sabio solitario. Su grave fisonomía se veía fatigada y exangüe a consecuencia de la prolongadísima vigilia… aquella noche el matemático se levantó de su pupitre con aire de triunfo, llegó a la ventana y contempló la estrella como se mira a los ojos de un enemigo valeroso… “¡Puedes darme la muerte –dijo el sabio–, pero ya te tengo como a todo el universo dentro de estos estrechos límites de mi cerebro!… Y ahora –añadió dirigiendo una mirada desdeñosa al frasco de droga–, eres inútil, sustancia maldita. ¡En verdad que ya no es necesario dormir ni estar despierto!”

Al día siguiente, el matemático entró en su cátedra con la puntualidad acostumbrada. Colocó el sombrero encima de la mesa, según costumbre, y cogió un pedazo de gis. Era ésta una manía singularísima del maestro… ¡Imposible explicar sin aquel trocito de yeso entre los dedos!… Los muchachos se burlaban donosamente de la curiosísima chifladura. El matemático dirigió a sus discípulos una mirada tristísima… ¡pobres niños, tan frescos, tan sonrientes!… ¡Daba pena decirles nada!… Pero era su deber de maestro y de sabio…

–Hijos míos –murmuró–, circunstancias especiales, ajenas por completo a mi voluntad, van a impedirme acabar este curso… ¡Hablando claramente, voy a decirles que el hombre ha vivido en vano!…

Los muchachos empezaron a comprender…

Aquella noche la estrella hizo su aparición más tarde, porque su propio movimiento hacia el este la había arrastrado un poco, desde la constelación del León hacia la de la Virgen. Su brillo era tan intenso que el cielo, a medida que aquélla se elevaba, fue adquiriendo una coloración luminosa. Las estrellas, a excepción de Júpiter, Capella, Aldebarán, Sirio y los Canes de la Osa, palidecieron cada vez más borrándose del firmamento. En muchos países del mundo pudo observarse que el nuevo astro presentaba aquella noche un rabo grandísimo. A simple vista se notaba ya el aumento de volumen. Contemplando la estrella desde los puntos inmediatos a los trópicos, parecía tener la cuarta parte de las dimensiones de la Luna.

Lo más extraño era que, no obstante la pequeñez de aquella segunda Luna, su luz era tan viva que podía leerse, sin gran esfuerzo, en plena calle un periódico o un libro.

La noche del 10 de enero no durmió nadie en la Tierra. De las campiñas, como de las grandes ciudades, subía un sordo murmullo, semejante al zumbido de una colmena. El lento tañer de millares de campanas recordaba al hombre en toda la cristiandad que había llegado el momento de pedir a Dios misericordia. Ajena a estas angustias humanas, la estrella blanca y pálida seguía inmutable su carrera desesperada a través del espacio, inundando de claridad terrorífica este pobre mundo sublunar. Los mares que rodean a los países civilizados eran surcados por enjambres de barcos, llevando a bordo centenares de pasajeros. Los barcos huían hacia el norte. Porque el aviso del matemático famoso había sido ya telegrafiado a todo el mundo y traducido a todos los idiomas.

El nuevo planeta y Neptuno, confundidos en un abrazo de fuego, avanzaban vertiginosamente con dirección al Sol. A cada segundo, la enorme masa incandescente franqueaba centenas de kilómetros.

Acaso el peligro no debía ser tan inmediato como aseguraba la ciencia. Según los cálculos de los astrónomos, el nuevo planeta debía pasar a 150 millones de kilómetros de la Tierra; de modo que su influencia debía ser escasa. Pero cerca de su camino previsto, hasta entonces nada perturbado, se encontraban el enorme planeta Júpiter y sus lunas girando espléndidamente en torno del Sol La atracción entre la estrella deslumbradora y el mayor de los planetas crecía ya por momentos. ¿Y cuál iba a ser el resultado de esa atracción? Sin duda, Júpiter se desviaría de su órbita haciendo una curva elíptica, y la estrella ardiente, separada por atracción de su marcha hacia el Sol, describiría una curva y quizá chocaría con la Tierra o, al menos, pasaría muy cerca de ella.

En cuanto a las consecuencias de esta aproximación, ya nos había profetizado así el terrible matemático: “Terremotos, erupciones volcánicas, ciclones, altas mareas, ríos desbordados y una elevación constante y regular de la temperatura hasta límites imposibles de calcular”. La estrella seguía brillando con siniestros fulgores en la inmensidad del firmamento, como si tratara de confirmar los tristes vaticinios de la ciencia. Su luz fría y lívida era así como el anuncio inmutable del próximo cataclismo.

Muchas personas que hasta aquella noche no la habían mirado con atención, pararon mientes en ella y advirtieron que, en efecto, el fatídico astro se aproximaba a ojos vistas. Y aquella noche comenzaron ya a sentirse los efectos de la aproximación. El tiempo cambió bruscamente, convirtiéndose las ráfagas heladas de enero en brisas templadas de primavera. En toda la Europa central se inició el deshielo.

No vaya a imaginarse el lector que porque hayamos hablado antes de muchedumbres elevando al cielo sus plegarias durante la noche, o refugiándose a bordo de los buques o huyendo en dirección a las montañas, se encontraba ya el mundo presa del terror infundido por la estrella. Nada de eso. El uso y la costumbre seguían aún dirigiendo a los humanos. Aparte de que las conversaciones versaban casi siempre en los momentos de ocio sobre el amenazador fenómeno astronómico, el 90% de los hombres continuaba entregado a sus quehaceres habituales. Las tiendas y almacenes abrían y cerraban sus puertas a sus horas de costumbre, los médicos y las empresas funerarias proseguían su productiva industria, los obreros concurrían a las fábricas, los soldados hacían el ejercicio, los sabios estudiaban, los enamorados se buscaban, los ladrones realizaban sus fechorías, los políticos redactaban sus programas de gobierno, las rotativas de los grandes diarios funcionaban con febril actividad. Más de un párroco se negó obstinadamente a abrir las puertas de la casa de Dios a las gentes atemorizadas afirmando que el pánico de aquellos insensatos era absurdo e impío.

Los periódicos recordaban que en el año 1000 los pueblos habían sentido algo parecido, creyendo próximo el fin del mundo. No faltaba algún astrónomo que, con la autoridad de su saber, intentara tranquilizar a la humanidad, asegurando que, después de todo, la estrella no era acaso un cuerpo sólido, sino una masa de gases inflamados, y que su choque con la Tierra, de verificarse éste, no podía tener las consecuencias desastrosas que alguien había vaticinado.

Aquella noche, precisamente según los avisos del Observatorio de Greenwich, la estrella iba a encontrarse en el punto más próximo a Júpiter. Los habitantes de la Tierra sabían desde aquel momento el giro que debían tomar las cosas. Los cálculos y profecías del gran matemático eran calificados por muchos escépticos de hábil y laborioso reclamo. Por último, el buen sentido, algo acalorado por las discusiones, evidenció sus convicciones inalterables yéndose a acostar. Y esto no ocurrió sólo en los países civilizados; también en las regiones del planeta donde domina la barbarie, las multitudes, cansadas de mirar al cielo, se entregaron al descanso, o se diseminaron por las selvas para entregarse a la caza o a las dulzuras del amor…

Al comenzar la noche del día inmediato, los europeos que seguían con interés el fenómeno, vieron elevarse la estrella una hora más tarde que de costumbre, sin que, aparentemente, hubiera aumentado el tamaño. Huelga decir que los vaticinios fúnebres del gran matemático empezaron a servir de tema jocoso. Nadie tomaba ya la cosa en serio. Esta agradable incredulidad duró poco. La verdad era que la estrella crecía de nuevo, que crecía de hora en hora con una terrible persistencia, que cada minuto que pasaba eran más brillantes sus rayos, más inquietante su aspecto. Entonces dijo un periódico que si la estrella seguía su marcha hacia la Tierra en línea recta, si no ejercía sobre ella influencia la atracción de Júpiter, podría salvar la distancia intermedia en veinticuatro horas.

No fue así, sin embargo; la estrella empleó más de cinco días en acercarse a nuestro planeta. Durante la noche inmediata su volumen aparente era el de una tercera parte de la Luna, Cuando apareció sobre el horizonte en América tenía el mismo tamaño que nuestro satélite, despidiendo una claridad cegadora y, si vale la palabra, quemante.

A medida que ascendía la estrella en el firmamento aumentaba la violencia del aire, un aire caliente como el que precede a las tempestades de verano. En Virginia, en el Brasil y en el valle de San Lorenzo el astro brillaba de modo intermitente, a través de densas masas de nubes que corrían con velocidades y aspectos fantásticos, iluminadas a veces por relámpagos de color violeta oscuro, y que arrojaban de vez en cuando sobre la Tierra granizadas de una violencia desconocida. En Manitoba ocurrieron inundaciones terribles por la rápida fusión de los hielos. La nieve empezó a derretirse aquella noche en todas las montañas de la Tierra. Los grandes ríos que procedían del interior de los continentes empezaron a arrastrar en sus aguas enturbiadas cadáveres de personas y de animales, que quedaban luego depositados sobre las tierras bajas. Los desbordamientos se sucedían cada vez mayores, arrasando ciudades y devastando campiñas. Las muchedumbres huían del mortal abrazo de las aguas, escalando en confuso tropel las montañas.

En todo el litoral de la América del Sur y en el Atlántico austral llegaron las mareas a un nivel jamás conocido. Las tempestades empujaron las aguas tierra adentro cuarenta y cincuenta kilómetros; muchas ciudades enteras quedaron por completo sumergidas.

El calor se hizo insoportable aquella noche; como que la aparición del Sol a la mañana siguiente pareció llevar consigo la frescura de las sombras de la noche.

Los terremotos eran ya violentísimos y numerosos, especialmente en toda América, desde el Círculo Ártico al cabo de Hornos. Ante aquel incesante trepidar de la tierra se abrieron los flancos de las montañas, desaparecieron islas y promontorios, se desplomaron a millares edificios y muros, aplastando un número incalculable de gentes. Una vertiente del Cotopaxi se hundió tras rápida y vasta convulsión, dejando paso a un mar de lava tan alto, tan ancho, tan rápido y tan fluido que sólo tardó un día en llegar al océano.

La estrella, escoltada por la oscurecida Luna, atravesó el Pacífico, llevando en pos de sí, como si fueran los paños flotantes de una túnica, el huracán y la ola gigantesca, espumosa y destructora; el huracán y la ola, inconscientes trabajadores de la muerte, ejecutando su siniestra obra sobre las islas, hasta no dejar rastro humano sobre ellas…

Hubo ya un momento en que la ola creció hasta convertirse en muralla líquida de veinte metros de altura y que, rugiendo con intensidad espantosa, rebasó las extensas costas de Asia, precipitándose en las vastas llanuras de China. La estrella, cada vez más fulgurante, más enorme y más ardiente que el Sol en toda su fuerza, era contemplada por millones de hombres enloquecidos por el pánico, que huían, huían, sin derrotero fijo, mientras que la muralla de agua salobre avanzaba sobre los campos, penetraba en las ciudades y sembraba por doquier la destrucción y la muerte.

La gran estrella pasó como un globo de fuego por encima de Japón, de Java y de todas las islas del Asia oriental. Densas nubes producidas por el humo y la ceniza de los volcanes la ocultaban en ocasiones. Cuando reaparecía sobre el firmamento era para hacer brillar con más fuerza los torrentes de lava que surgían de las entrañas de la tierra y los inmensos espacios de terrenos anegados por el mar. Las inmemoriales nieves del Tíbet y del Himalaya, al fundirse, se precipitaron sobre las llanuras de Birmania y del Indostán a través de millones de canales. El rebaño humano huía a lo largo de los caminos, siguiendo las márgenes de los ríos, hacia el mar, última esperanza de salvación de los hombres en todos los grandes cataclismos terrestres.

El océano tropical había perdido su fosforescencia; torbellinos gaseosos se elevaban de la superficie de las aguas. Ocurrió entonces un prodigio. Los que esperaban en Europa la salida del astro creyeron que la Tierra había cesado de girar al advertir una noche la ausencia de la estrella. En medio de una incertidumbre espantosa transcurrieron horas y más horas sin que apareciera en el horizonte el astro amenazador. Por primera vez desde hacía mucho tiempo pudieron contemplar los hombres la magnificencia del cielo estrellado. Diez horas después surgió la estrella. El Sol salió a los pocos minutos; su masa incandescente parecía un disco sombrío, recostándose sobre el fondo luminoso y blanco de la estrella.

Calamidades sin cuento seguían afligiendo a la Tierra. En una noche se inundó toda la llanura del Indostán desde el Indo hasta las bocas del Ganges. De la extensa sábana líquida se elevaban los techos de los palacios y templos y las cumbres de las colinas, hormigueantes de seres humanos. Cada minarete era una masa confusa de gente que caía en racimos sobre el negro abismo de sus aguas a medida que el calor y el pánico aumentaban. Del país entero partía un lamento ininterrumpido y penetrante. De improviso, una masa oscura empezó a ascender sobre el horizonte y pasó por delante de la estrella con una rapidez aterradora. Aquella masa opaca y sombría era la Luna. Muy pronto pudo observarse en Europa que el Sol y la estrella salían simultáneamente. Ambos astros parecían perseguirse al principio con furia; luego disminuían su carrera y se detenían en el cénit confundidos en flamígero abrazo. La Luna no eclipsaba ya a la estrella, y parecía alejarse en el esplendor de los cielos. Aunque la mayoría de los humanos que quedaban con vida contemplaban este grandioso espectáculo con la estupidez que engendran el hambre, la fatiga, el calor y la desesperación, hubo alguien, sin embargo, que supo apreciar el significado de aquel aparente alejamiento de la Luna y aquella aparente persecución del Sol por el nuevo astro. Sí; la estrella y la Tierra, después de haberse encontrado cerca, comenzaban a separarse. El astro perturbador se alejaba con velocidad vertiginosa en la última fase de su caída hacia el Sol. Entonces se cubrió el cielo de nubes, el trueno y los relámpagos tejieron su malla terrorífica en torno del mundo, y un nuevo diluvio cayó sobre la Tierra. Allí donde los volcanes habían vomitado mares de lava, se extendían ahora mares de cieno. Muchos días transcurrieron así. El impetuoso desbordamiento de las aguas destruyó lo que había dejado en pie la reciente caricia hecha a la Tierra por la estrella. Algunos terremotos concluyeron la obra de destrucción. Pasaron semanas y meses. La estrella había pasado para siempre. Los hombres, impulsados por el hambre, recobraron sus energías, entraron en las ruinosas ciudades y en los graneros incendiados y medio sumergidos, y se extendieron por las pantanosas llanuras. Los pocos barcos que habían logrado escapar de las tempestades arribaron desmantelados y lastimosos, después de sondear con precaución las entradas de sus puertos, para no encallar en los recién aparecidos arrecifes que ahora obstruían los antes despejados y profundos canales de ingreso.

Cuando se calmaron las tempestades, advirtieron los hombres en toda la extensión de la Tierra que los días eran más cálidos, que el Sol era mayor y que la Luna, que había disminuido en dos terceras partes, presentaba sus fases en ochenta y cuatro días.

La presente historia nada dice de la nueva fraternidad nacida entre los humanos, ni de cómo lograron conservarse las leyes, los libros y las máquinas, ni del extraño cambio operado en Islandia, en Groenlandia y en el litoral del mar de Baffin, países desolados y yermos con anterioridad al cataclismo y ahora alegres y abundantes de vegetación, cual pudieran comprobar los marinos en sus nuevas expediciones. Tampoco dice nada la presente historia acerca de un fenómeno curioso determinado por la catástrofe, y que consistía en haberse trasladado toda la actividad humana hacia el norte y el sur de la Tierra, abandonando por inhospitalarias y abrasadas aquellas regiones que antes del cataclismo fueron su residencia habitual. Nuestro papel de historiadores se limita a esto; a dar cuenta de la aparición y desaparición de la terrible estrella.

Ahora bien; los astrónomos de Marte –porque es cosa averiguada que en Marte existen astrónomos, si bien difieren en su conformación física de sus colegas terrestres– siguieron con especial interés el admirable fenómeno, y consignaron así, según parece, sus observaciones:

“Teniendo en cuenta la masa y la temperatura del proyectil lanzado a través de nuestro sistema solar, es para causar sorpresa el poco daño que ha sufrido la Tierra, no obstante haberse encontrado a tan escasa distancia del viajero sideral. Puede observarse, en efecto, que siguen inalterables todas las antiguas demarcaciones de continentes y las masas oscuras de los mares. La única diferencia perceptible es una disminución de las grandes manchas blancas que en un tiempo circundaban los polos, y que, según todas las probabilidades, eran agua congelada”.

Estas palabras de los sabios marcianos demuestran sencillamente cuan poca cosa puede parecer la mayor de las catástrofes humanas contemplada a una distancia de algunos millones de kilómetros.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

jueves, 25 de diciembre de 2025

En el abismo

H. G. Wells

 

El teniente permanecía en pie frente a la esfera de acero y mordía un trozo de astilla de pino.

–¿Qué piensa de ello, Stevens? –preguntó.

–Es una idea –dijo Stevens con el tono del que se mantiene mentalmente abierto.

–Creo que se hará pedazos… completamente –dijo el teniente.

–Él parece haberlo calculado todo bastante bien –dijo Stevens, todavía desinteresado.

–Pero piense en la presión –dijo el teniente–. En la superficie del agua es de catorce libras por pulgada, a treinta pies de profundidad es el doble; a sesenta, el triple; a noventa pies, el cuádruple; a novecientos, cuarenta veces; a cinco mil, trescientas, esto es a una milla… es doscientas cuarenta veces catorce libras; o sea que… vamos a ver… treinta quintales… una tonelada y media Stevens; una tonelada y media por pulgada cuadrada. Y el océano al que va tiene cinco millas de profundidad. Es decir, siete y media…

–Suena a mucho –dijo Stevens–, pero es acero muy grueso.

El teniente no respondió, sino que volvió a su astilla de pino. El objeto de su conversación era una enorme bola de acero con un diámetro exterior de unos nueve pies. Parecía el obús de alguna pieza de artillería titánica Estaba cuidadosamente colocada en un monstruoso andamiaje montado dentro del armazón del buque y las gigantescas cabrias que pronto iban a echarla por la borda daban a la popa del barco una apariencia que hubiera despertado la curiosidad de cualquier modesto marino que la hubiera divisado, desde las aguas de Londres al Trópico de Capricornio. En dos puntos, el uno sobre el otro, en el acero se abrían dos ventanas circulares de vidrio enormemente espeso; una de ellas, colocada en un marco de acero de gran solidez, estaba en ese momento parcialmente desenroscada. Ambos, hombres habían visto el interior de aquel globo por primera vez aquella mañana Estaba cuidadosamente forrado de cojines de aire y dotado de pequeños pivotes hundidos entre protuberantes almohadones para manipular el simple mecanismo del artilugio. Todo estaba primorosamente forrado, incluso el equipo Myers que tenía que absorber el ácido carbónico y reponer el oxígeno inspirado por su inquilino, cuando se hubiera introducido por la boca de entrada y ésta hubiera sido atornillada. Estaba tan cuidadosamente forrado que un hombre podía ser disparado dentro del mismo por un cañón con total seguridad. Y así había de ser, pues pronto un hombre iba a meterse en él por aquella boca de entrada de vidrio y, herméticamente cerrado, seria arrojado por la borda para descender, descender y descender hasta cinco millas, como decía el teniente. Aquello había hecho presa fuertemente en su imaginación le había producido una ola de confusión, y encontró en Stevens, el recién llegado a bordo, un enviado del cielo con quien hablar de ello una y otra vez.

–Opino –dijo el teniente– que el vidrio se curvará, se combará y se hará pedazos bajo semejante presión. Bajo grandes presiones, Daubrée ha hecho que las rocas se vuelvan fluidas como el agua, y fíjese en lo que estoy diciendo…

–Si el cristal se rompiera –dijo Stevens–, ¿qué pasaría?

–El agua se introduciría como un chorro de hierro. ¿Ha sentido alguna vez un chorro directo de agua a alta presión? Golpea con la fuerza de una bala Simplemente lo destrozaría y lo aplastaría Le desharía la garganta y se le metería en los pulmones; se introduciría en sus oídos…

–¡Qué imaginación tan detallista tiene! –protestó Stevens, que veía estas cosas vívidamente.

–Es una sencilla explicación de lo inevitable –dijo el teniente.

–¿Y la esfera?

–Emitiría unas cuantas burbujitas y se posaría confortablemente hasta el día del juicio entre el cieno y el barro del fondo… con el pobre Elstead aplastado contra sus propios cojines como la mantequilla sobre el pan –y repitió esta frase como si le agradara mucho–. Como la mantequilla sobre el pan.

–¿Echando una mirada al aparato? –dijo una voz, y Elstead apareció junto a ellos, de blanco flamante, con un cigarrillo entre los dientes y una sonrisa en la mirada que asomaba bajo la sombra de la amplia ala de su sombrero– ¿Qué es eso de pan y mantequilla Weybridge? ¿Quejándose como de costumbre de la paga insuficiente de los oficiales navales? Falta menos de un día para que empiece. Hoy prepararemos las eslingas. Este cielo limpio y este mar apacible son lo más favorable para mecer una docena de toneladas de plomo y de hierro, ¿no es verdad?

–No te afectará mucho el tiempo que haga –dijo Weybridge.

–No. A setenta u ochenta pies de profundidad, y yo estaré allí en una docena de segundos, no se mueve ni una partícula aunque el viento se desgañe arriba y el agua salte a medio camino de las nubes. No. Lo que hay allí abajo es… –se fue hacia el costado del buque y los otros dos lo siguieron. Los tres se apoyaron en la borda y se quedaron mirando fijamente el agua verde-amarillenta.

–Paz –dijo Elstead terminando su pensamiento en voz alta.

–¿Estás completamente seguro de que el aparato de relojería funcionará? –preguntó Weybridge en seguida.

–Ha funcionado treinta y cinco veces –dice Elstead–. Está obligado a funcionar.

–¿Pero si no lo hace?

–¿Por qué no había de hacerlo?

–Yo no bajaría en ese maldito trasto –dijo Weybridge–, ni por veinte mil libras.

–Qué tipo más alegre eres –dijo Elstead, y escupió amistosamente hacia una burbuja del agua.

–Todavía no comprendo cómo vas a intentar que la cosa funcione –dijo Stevens.

–En primer lugar, yo quedaré atornillado dentro de la esfera –dijo Elstead–, y cuando haya encendido y apagado la luz eléctrica tres veces para indicar que estoy dispuesto, me lanzarán por popa mediante aquella grúa, con todas esas grandes plomadas colgadas debajo. El lastre de plomo tiene un carrete con unas cien brazas de cuerda fuerte enrollada y eso es lo que une las plomadas a la esfera, además de las eslingas, que serán cortadas cuando el artefacto sea bajado. Utilizamos cuerda en vez de cable porque es más fácil de cortar y más flotante; puntos ambos necesarios, como verán.

“En cada uno de estos lastres ven que hay un orificio que atravesará una varilla de hierro la cual sobresaldrá seis pies por la parte inferior. Al ser atacada esa varilla desde abajo, golpea una palanca que pone en marcha el mecanismo de relojería situado en la parte del cañete en que se enrolla la cuerda.

“Bien. Todo el aparato se introduce suavemente en el agua y se cortan las eslingas. La esfera flota pues con aire en su interior es más ligera que el agua, pero los lastres van rectos hacia abajo hasta que la cuerda se acaba. Cuando toda la cuerda esté desenrollada la esfera descenderá también, tirada por la cuerda”.

–¿Pero por qué la cuerda? –preguntó Stevens–. ¿Por qué no atar los pesos directamente a la esfera?

–Por el choque, allí abajo. Todo el artefacto se precipitaría hacia abajo, milla tras milla, a toda velocidad al final. Se haría pedazos en el fondo si no fuera por la cuerda. Pero los pesos chocaran con el fondo, y en cuanto lo hagan se pondrá en juego la flotación de la esfera. Continuará hundiéndose cada vez más lentamente; por último se parará y a continuación empezará a ascender de nuevo.

“Es entonces cuando entra en acción el mecanismo de relojería. Los pesos se estrellan directamente contra el fondo del mar; la varilla es golpeada, acciona el mecanismo de relojería y la cuerda se rebobina en el carrete. Así, seré arrastrado hacia el fondo del mar. Allí permaneceré una media hora, con la luz eléctrica encendida, observando a mi alrededor. Entonces el mecanismo de relojería disparará una cuchilla de resorte, la cuerda será cortada y yo me lanzaré de nuevo hacia arriba como una burbuja de agua carbónica. La propia cuerda contribuirá a la flotación”.

–¿Y si por casualidad choca con un barco? –dijo Weybridge.

–Subiré a tal velocidad que lo atravesaré –dijo Elstead–, como una bala de canoa. No te preocupes por eso.

–Suponte que un hábil crustáceo se enreda en tu mecanismo de relojería…

–Sería una apremiante invitación a detenerme –dijo Elstead, volviéndose de espaldas al agua y mirando fijamente la esfera.

 

Levantaron a Elstead sobre la borda a las once. El día estaba serenamente brillante y en calma, con el horizonte perdido en la niebla. El resplandor eléctrico del pequeño compartimento superior destelló jovialmente tres veces. Entonces lo posaron suavemente en la superficie del agua y un marinero se colgó de las cadenas de popa dispuesto a cortar el aparejo que mantenía unidos los lastres a la esfera. El globo, que parecía tan grande en cubierta, bajo la popa del barco parecía la cosa más pequeña que se pueda concebir. Giró un poco y sus dos oscuras ventanas, que estaban por encima de la línea de flotación, parecían ojos girando asombrados hacia las personas que se apiñaban en la borda. Una voz se maravillaba de que a Elstead le gustara el balanceo.

–¿Está listo? –preguntó el comandante.

–¡Sí, sí señor!

–¡Entonces séllenlo!

La cuerda del aparejo se presionó contra la cuchilla y se cortó; un remolino agitó al globo de forma grotesca y desmañada. Uno saludó con un pañuelo, otro intentó un ineficaz saludo y un guardiamarina contaba lentamente:

–¡Ocho, nueve, diez! –otro balanceo, y después, con una sacudida y un chapoteo, la esfera se enderezó.

Pareció quedar fija por un momento y hacerse rápidamente más pequeña; a continuación el agua se cerró sobre ella y por unos momentos aún fue visible, agrandada por la refracción y más oscura bajo la superficie. Antes de que se pudiera contar hasta tres había desaparecido. Hubo un centelleo de luz blanca bajo el agua hasta que se convirtió en un punto y desapareció. Después, nada excepto el abismo marino y la oscuridad de las profundidades en que nadaba un tiburón.

Bruscamente la hélice del barco empezó a girar, el agua se arremolinó, el tiburón desapareció en una rugosa confusión y un torrente de espuma se levantó de la claridad cristalina que había engullido a Elstead.

–Y ahora ¿qué pasa? –dijo un marinero a otro.

–Vamos a virar de borde un par de millas por temor a que choque con nosotros cuando suba –dijo su compañero.

El barco marchó lentamente hacia su nueva posición. A bordo casi todos los que estaban desocupados se quedaron observando el burbujeo en que se había hundido la esfera. Durante la siguiente media hora es dudoso que se hablara una palabra que no atañera directa o indirectamente a Elstead. El sol de diciembre estaba en su punto más alto y el calor era considerable.

–Tendrá bastante frío allá abajo –dijo Weybridge–. Dicen que por debajo de cierta profundidad el agua del mar está casi congelada.

–¿Por dónde subirá? –preguntó Stevens–. Perdí la orientación.

–Aquél es el lugar –dijo el comandante, que se enorgullecía de su omnisciencia Extendió un dedo seguro hacia el sureste –y éste, según calculo, es casi el momento preciso –dijo–. Ya lleva treinta y cinco minutos.

–¿Cuánto tiempo tarda en llegar al fondo del océano? –preguntó, Stevens.

–Para una profundidad de cinco millas y contando, como lo hemos hecho, una aceleración de dos pies por segundo, en ambos sentidos, viene a ser sobre unos tres cuartos de minuto.

–Entonces va retrasado –dijo Weybridge.

–Casi –dijo el capitán–. Supongo que hacen falta unos minutos para que la cuerda se enrolle.

–Lo había olvidado –dijo Weybridge, evidentemente aliviado.

Y entonces empezó el suspenso. Un minuto transcurrió lentamente y la esfera no salió del agua Siguió otro y nada rompía la tenue y oleaginosa marejada. Los marineros se explicaban unos a otros el detalle del enrollado de la cuerda. La arboladura estaba salpicada de rostros expectantes.

–¡Sube, Elstead! –llamó impacientemente un lobo de mar de pecho velludo; y los demás le instaron y gritaron como si esperaran a que se levantara el telón de un teatro.

El comandante los miró irritado.

–Por supuesto, si la aceleración era inferior a dos –dijo–, estará más rato. No estamos absolutamente seguros de que ésa fuera la cifra exacta No soy un creyente esclavo de los cálculos.

Stevens asintió concisamente. En el puente nadie habló durante un par de minutos. Entonces sonó el reloj de Stevens.

Cuando, veintiún minutos después de que el sol hubiera llegado al cénit seguían esperando que reapareciera la esfera, nadie a bordo se había atrevido a musitar que la esperanza estaba perdida. Fue Weybridge el que primero expresó esta evidencia. Habló mientras el sonido de las campanas todavía resonaba en el aire.

–Siempre desconfié de esa ventana –dijo de pronto a Stevens.

–¡Dios mío! –dijo Stevens–; no creerás…

–¡Bien! –dijo Weybridge, y dejó el resto a merced de la imaginación.

–No creo gran cosa en los cálculos –dijo el capitán dubitativamente–, de forma que todavía tengo esperanzas.

A medianoche la cañonera seguía moviéndose lentamente en espiral alrededor del lugar en que se había hundido el globo; un blanco rayo de luz eléctrica huía, se detenía y barría de mala gana una y otra vez la inmensidad de las aguas fosforescentes bajo las minúsculas estrellas.

–Si la ventana no ha estallado y ha quedado aplastado –dijo Weybridge–, entonces el panorama es condenadamente peor, pues el mecanismo de relojería se habrá estropeado y estará vivo, a cinco millas bajo nuestros pies, en el frío y la oscuridad, anclado en su pequeña burbuja donde nunca ha brillado un rayo de luz ni un ser humano ha vivido desde que las aguas se formaron. Estará allí sin alimentos, hambriento, sediento y asustado, pensando si se morirá de hambre o ahogado. ¿Qué pasará? El equipo Myers se está agotando, supongo. ¿Cuánto durará? ¡Cielo santo! –exclamó–, ¡Qué poca cosa somos! ¡Qué osados diablillos! Allá abajo, millas y millas de agua… sólo agua, y toda esta extensión de agua alrededor de nosotros, y este… –tendió sus manos, y mientras lo hacía, una pequeña raya blanca pasó silenciosamente por el cielo, como luego más lentamente, se detuvo y se convirtió en un punto inmóvil, como si una estrella nueva hubiera saltado al cielo. Después se fue deslizando de nuevo hacia abajo y se perdió entre los reflejos de las estrellas, la blanca niebla y la fosforescencia del mar.

Ante aquella escena se detuvo, con los brazos extendidos y la boca abierta. Cerró la boca, la volvió a abrir y agitó las manos con un gesto impaciente. Después se volvió hacia el primer vigía y gritó:

–¡Elstead, ah del buque! –y se fue corriendo. hacia Lindley y hacia el proyector–. ¡Lo vi! –dijo–. ¡Allí, a estribor! Su luz está encendida y salió disparado del agua. Gira el reflector. Lo veremos flotando cuando se eleve sobre las olas.

Pero no recogieron al explorador hasta el amanecer. Entonces casi lo echan a pique. La grúa giró y la tripulación de un bote enganchó la cadena a la esfera. Cuando abordaron la esfera, desatornillaron la entrada y se asomaron a la oscuridad del interior (pues la luz eléctrica estaba prevista para iluminar el agua de alrededor de la esfera y no alumbraba su interior).

El aire estaba muy caliente dentro de la cavidad y el caucho del borde de la entrada se había reblandecido. No hubo respuesta a sus ansiosas llamadas, ni movimiento alguno. Elstead parecía estar echado sin sentido, encogido en el fondo del globo. El médico de a bordo se introdujo y lo alzó hacia los hombres que estaban fuera. Durante un momento no supieron si Elstead estaba vivo o muerto. Su rostro, a la luz amarilla de las lámparas del barco, relucía de sudor. Lo llevaron a su propio camarote.

No estaba muerto, según comprobaron, pero sí en un estado de absoluto colapso nervioso y además cruelmente magullado. Durante algunos días tuvo que permanecer echado completamente inmóvil. Transcurrió una semana antes de que pudiera contar su experiencia.

Prácticamente sus primeras palabras fueron que pensaba descender de nuevo. La esfera tendría que ser modificada dijo, con el objeto de que se pudiera echar fuera la cuerda si fuera necesario, y eso fue todo. Había tenido la más maravillosa experiencia.

–Pensaron que no encontraría más que fango –dijo–. ¡Se rieron de mis exploraciones y yo descubrí un mundo nuevo! –Contó su historia en fragmentos deshilvanados y en desorden, de manera que es imposible repetirla con sus propias palabras. Pero lo que sigue es la narración de su experiencia.

Empezó atrozmente, dijo. Antes de que la cuerda se tensara, el artefacto seguía rodando. Se sentía como una rana en un balón de futbol. No podía ver nada excepto la grúa y el cielo por encima de su cabeza, con un panorama ocasional de la gente en la borda del barco. No tenía ni idea de cómo rodaría el objeto a continuación. De repente se encontró con los pies por alto, trataba de enderezarse y volvía a rodar, patas arriba y de cualquier modo, sobre el almohadillado. Cualquier otra forma que no fuera la estática hubiera sido más confortable, pero ninguna hubiera sido digna de confianza bajo la enorme presión del abismo submarino.

De pronto el vaivén cesó, el globo se enderezó y cuando se puso en pie vio el agua a su alrededor de un azul verdoso; una tenue luz se filtraba desde arriba y una muchedumbre de pequeñas cosas flotantes pasaban corriendo ante él, según le pareció, hacia la luz. Mientras miraba se hizo cada vez más oscuro, hasta que el agua se volvió tan oscura como el cielo a medianoche, si bien de un matiz más verde por arriba y por abajo, negra. Pequeños cuerpos transparentes formaban en el agua un débil destello de luminosidad y pasaban raudamente como lánguidas franjas verdosas.

¡Y la sensación de la caída! Fue como el arranque de un ascensor, sólo que se mantenía. Hay que imaginarse lo que significa esa sensación sostenida. Fue entonces el único momento en que Elstead se arrepintió de su aventura. Vio las probabilidades que tenía a una luz completamente nueva. Pensó en las jibias gigantes que se sabía existían en las aguas medias, en los cuerpos que se encontraban a veces medio digeridos en las ballenas o flotando muertos, descompuestos y medio comidos por los peces. Suponte que una se agarrara y no se soltara. ¿Y había sido el mecanismo de relojería en realidad suficientemente comprobado? Pero que deseara continuar o retroceder ahora no importaba lo más mínimo.

En cincuenta segundos todo se hizo tan oscuro como la noche, excepto donde el destello de su luz traspasaba las aguas y tocaba de vez en cuando algún pez o material en suspensión. Pasaban por delante de él demasiado deprisa para ver lo que eran. Una vez cree que pasó un tiburón Y entonces la esfera empezó a calentarse por la fricción contra el agua. Habían subestimado eso, al parecer.

Lo primero que notó fue que estaba sudando; después oyó un silbido cada vez más agudo bajo sus pies y vio una gran cantidad de burbujitas –eran muy pequeñas– abalanzándose hacia arriba, como un abanico, a través del agua exterior. ¡Vapor! Tocó la ventana y estaba caliente. Encendió la diminuta lámpara de incandescencia que iluminaba su propia cavidad, miró el reloj acolchado que había junto a los pivotes y vio que llevaba viajando dos minutos. Pensó que la ventana se quebrarla por el contraste de temperaturas, pues sabía que el agua del fondo está cercana a la congelación.

Entonces repentinamente el suelo de la esfera pareció presionar contra sus pies, la carrera de las burbujas exteriores se hizo cada vez más lenta y el silbido disminuyó. La esfera rodó un poco. La ventana no se había roto, nada había cedido y vio que los peligros de naufragio, por lo menos, habían pasado.

En otro minuto o así estaría sobre el lecho de las profundidades marinas. Pensó, dijo, en Stevens y Weybridge y en los demás que estaban a cinco millas por encima de su cabeza, a más altura que las nubes más altas que flotan sobre la tierra, navegando lentamente, mirando hacia abajo y preguntándose qué habría sido de él.

Escudriñó por la ventana Ya no había burbujas y el silbido se había parado. Fuera había una densa oscuridad, negra como el terciopelo negro, excepto donde la luz eléctrica perforaba el agua y mostraba su color, un verde amarillento. Entonces, tres cosas como formas de fuego se pusieron en su campo de visión nadando y siguiéndose unas a otras por el agua. No podía decir si eran pequeñas y cercanas o grandes y alejadas.

Cada una estaba contorneada por una luz azulada casi tan brillante como las luces de una lancha pesquera, una luz que parecía humear profusamente; a sus costados había nubes, como las troneras de iluminación de un buque. Su fosforescencia parecía apagarse a medida que entraban en el haz de su luz y entonces vio que eran pequeños peces de extraño aspecto, con enormes cabezas, grandes ojos y cuerpos y colas menguados. Sus ojos estaban dirigidos hacia él y entendió que lo estaban siguiendo en su descenso. Supuso que eran atraídos por su fulgor.

En seguida se unieron a ellos otros de la misma clase. Mientras continuaba descendiendo, notó que el agua se volvía de un color pálido y que las pequeñas motas centelleaban bajo su haz de luz como partículas en un rayo de sol. Esto era probablemente debido a las nubes de fango y cieno que el impacto de sus lastres había removido.

Cuando fue arrastrado hacia las plomadas estaba en una densa bruma blanquecina que su luz eléctrica no podía atravesar más de unas cuantas yardas, y transcurrieron muchos minutos antes de que se hundieran en parte las masas colgantes de sedimentos. Después, iluminado por su lámpara y por la pasajera fosforescencia de un distante banco de peces, pudo ver bajo la enorme negrura de las aguas una ondulante extensión, de cieno blanco-grisáceo, roto aquí y allá por enmarañadas malezas de una vegetación de lirios marinos que ondeaban hambrientos tentáculos.

Más lejos estaban los graciosos y translúcidos contornos de un grupo de gigantescas esponjas. Sobre este lecho se esparcía gran número de penachos erizados, aplanados y de rico color púrpura y negro, que determinó debían ser alguna especie de erizos de mar, así como pequeñas cosas de grandes ojos o ciegas que tenían un curioso parecido, algunas a cochinillas y otras a langostas, que se arrastraban perezosamente por el rastro de luz y se desvanecían en la oscuridad de nuevo, dejando surcos tras de sí.

Entonces, repentinamente un enjambre revoloteante de peces pequeños viró y se dirigió hacia él como una bandada de estorninos. Pasaron sobre él como una fosforescente nevada y entonces vio detrás de ellos una criatura más grande que avanzaba hacia la esfera.

Al principio podía verla sólo débilmente, era una figura moviéndose lánguidamente que parecía un caminante; después entró en la luz que la lámpara arrojaba Cuando el resplandor la hirió, cerró los ojos, deslumbrada Se quedó con la vista clavada en rígido asombro.

Era un extraño animal vertebrado. Su cabeza púrpura oscura sugería vagamente a un camaleón, pero tenía la frente tan alta y un cráneo como jamás ningún reptil había presentado; el perfil vertical de su cara le daba un extraordinario parecido con un ser humano.

Dos grandes y protuberantes ojos se proyectaban desde los huecos –como un camaleón– y tenían una ancha boca de reptil con labios córneos bajo sus pequeñas fosas nasales. En lugar de orejas tenía dos agallas enormes, de las que sobresalía flotando un árbol ramificado de filamentos coralinos, casi como las branquias en forma de árbol que poseen todas las jóvenes rayas y tiburones.

Pero la humanidad de su cara no era lo más extraordinario de la criatura Era un bípedo; su cuerpo casi esférico estaba posado sobre un trípode formado por dos patas como las de las ranas y una larga y gruesa cola; sus miembros delanteros, que caricaturizaban la mano humana, al igual que en la rana, portaban un largo eje óseo cobrizo. El color de la criatura era abigarrado; su cabeza, manos y patas eran púrpuras; pero su piel, que colgaba descuidadamente sobre ella, como si fueran ropajes, era de un gris fosforescente. Y allí permanecía, cegada por la luz.

Finalmente, esta ignota criatura del abismo entornó los ojos y, protegiéndolos con su mano libre, abrió la boca y dio escape a un sonido vociferante, articulado casi como pudiera ser el habla, que penetró incluso en la caja de acero acolchada de la esfera. Cómo pueda realizarse un sonido vociferante sin pulmones, Elstead no intenta explicárselo. Entonces se movió hacia un lado, fuera del resplandor, adentrándose en el misterio de las sombras que lo rodeaban y Elstead sintió más que vio que venía hacia él. Imaginando que la luz lo había atraído, desconectó el interruptor de la corriente. En ese momento algo suave frotó sobre el acero y el globo se inclinó.

Entonces el grito se repitió y le pareció que un eco distante le contestaba. La flotación volvió y todo el globo se inclinó y se ancló en la barra en que estaba enrollado el cable. Permaneció en la oscuridad y escudriñó la inacabable noche del abismo. Y en seguida vio, muy débil y remotamente, otras formas fosforescentes casi humanas apresurándose hacia él.

Casi sin saber lo que hada, tentó su tambaleante prisión buscando el pivote de la luz eléctrica exterior y dio por casualidad con su propia lamparita incandescente, que estaba en el hueco acolchado. La esfera giró y lo derribó; oyó gritos como de sorpresa y cuando se puso en pie vio dos pares de acechantes ojos que miraban por la ventana inferior y reflejaban su luz.

Al poco unas manos frotaron vigorosamente su caja de acero y se produjo un sonido, bastante horrible en su situación, de la protección metálica del mecanismo de relojería, que estaba siendo fuertemente golpeado. Esto, ciertamente, le puso el corazón en la boca pues si aquellas extrañas criaturas lograban detenerlo, no se produciría nunca su liberación. Apenas lo había pensado cuando sintió que la esfera se balanceaba violentamente y el suelo le presionaba firmemente los pies. Apagó la lamparita que iluminaba el interior y envió el rayo de la lámpara grande hacia el agua exterior. El lecho del mar y las criaturas en forma de hombre habían desaparecido y un par de peces persiguiéndose se dejaron ver por la ventana.

Pensó en seguida que los extraños habitantes de las profundidades habían roto la cuerda y que se había soltado. Ascendió cada vez más deprisa y entonces se detuvo con una sacudida que lo lanzó contra el techo acolchado de su prisión. Durante medio minuto, quizás, permaneció demasiado atónito para pensar.

Después sintió que la esfera giraba lentamente y se balanceaba y le pareció que era arrastrado por el agua. Agachándose junte a la ventana trató de hacer efectivo su peso y de girar aquella parte de la esfera hacia abajo, pero no pudo ver nada salvo el pálido rayo de su lámpara cortando ineficazmente la oscuridad. Se le ocurrió que podía ver más si apagaba la lámpara y hacía que sus ojos se acostumbraran a la profunda oscuridad.

En esto fue sensato. Al cabo de algunos minutos la oscuridad aterciopelada se convirtió en una oscuridad traslúcida; y entonces, allá a lo lejos, y tan débil como la luz de una tarde inglesa de verano, vio figuras moviéndose por abajo. Pensó que las criaturas habían desenganchado su cable y lo estaban remolcando por el lecho marino.

Y entonces vio algo vago y remoto a través de las ondulaciones de la planicie submarina, un amplio horizonte de pálida luminosidad que se extendía por aquí y por allá tan lejos como el campo de visión de su pequeña ventana le permitía apreciar. Era remolcado hacia allí como un globo desde el campo abierto a la ciudad. Se aproximaba muy lentamente, y muy lentamente el brillo indistinto se concentraba en formas más definidas.

Eran casi las cinco cuando llegó a esa zona luminosa, y para entonces pudo distinguir una distribución sugestiva de calles y casas agrupadas sobre una amplia elevación sin techo que sugería grotescamente una abadía en ruinas. Estaba desplegada como un mapa bajo él. Las casas eran recintos de muros sin techumbre y su material de huesos fosforescentes, como más tarde vio, daba al lugar la apariencia de estar construido a base de disparates sumergidos.

Entre las cuevas interiores del lugar, árboles liliáceos ondulantes extendían sus tentáculos, y altas, tenues y vidriosas esponjas brotaban como brillantes minaretes y lirios de luz membranosa del resplandor general de la ciudad. En los espacios abiertos del lugar pudo divisar un agitado movimiento de multitudes, pero él se hallaba a demasiadas brazas por encima de ellas como para distinguir a los individuos de aquella multitud.

Entonces lo arrastraron lentamente hacia abajo, y mientras lo hacían, los detalles del lugar se introdujeron lentamente en su conocimiento. Vio que los caminos entre los nebulosos edificios estaban señalados por líneas rebordeadas de objetos redondos, y entonces percibió que en diversos puntos por debajo de él, en amplios espacios abiertos, había formas como de barcos incrustados.

Lentamente y con seguridad fue arrastrado hacia abajo y las formas que había bajo él se hicieron más brillantes, más claras, más distintas. Era llevado, notó, hacia el gran edificio del centro de la ciudad, y pudo echar una ojeada de vez en cuando a las formas multitudinarias que tiraban de su cuerda. Se quedó asombrado al ver que la arboladura de uno de los barcos, que formaba la característica prominente del lugar, estaba repleta de una hueste de figuras gesticulantes que lo observaban y a continuación los muros del gran edificio se levantaron silenciosamente alrededor de él ocultando la ciudad a sus ojos.

Y cómo eran las paredes, de madera anegada en agua y cable retorcido, arboladuras de hierro y cobre, huesos y cráneos de hombres muertos. Los cráneos corrían en zigzag, en espirales y en curvas fantásticas sobre los edificios; y dentro y fuera de las cuencas de sus ojos, sobre toda la superficie del lugar, acechaban y jugaban una multitud de pequeños peces plateados.

De repente sus oídos se llenaron de un grave vocerío y de un ruido como un violento resoplido de cuerpos, que fue sucedido por un fantástico canto. Por debajo de la esfera se hundían, más abajo de las enormes ventanas ojivales, a través de las cuales las vio vagamente, gran número de aquellas gentes fantasmales que lo observaban, yendo finalmente a posarse en lo que parecía una especie de altar que se levantaba en el centro del lugar.

Ahora estaba en un nivel en el que podía ver a aquellas extrañas gentes del abismo distintamente una vez más. Para su asombro percibió que se postraban ante él, todos menos uno, vestido según parecía con una ropa de escamas en placas y coronado con una diadema luminosa, que se quedó abriendo y cerrando su boca de reptil, como si dirigiera el canto de los adoradores.

Un curioso impulso llevó a Elstead a encender de nuevo su pequeña lámpara para hacerse visible a aquellas criaturas del abismo, aunque el resplandor las hiciera desaparecer rápidamente en la oscuridad. Tras esta repentina visión de él, el cántico dio paso a un tumulto de alborozados gritos; y Elstead, ansioso por observarlos, apagó la luz de nuevo y desapareció de su vista Pero durante un rato quedó demasiado cegado para distinguir lo que estaban haciendo, y cuando al final pudo descubrirlos estaban arrodillándose de nuevo. Y así continuaron adorándole, sin descanso o interrupción, durante tres horas.

 

Muy minucioso fue el relato de Elstead de su asombrosa ciudad y de su gente, aquella gente de la perpetua oscuridad que nunca habían visto el sol, la luna o las estrellas, la verde vegetación ni ninguna criatura viviente de respiración aérea, que nada sabían del fuego ni de ninguna luz que no fuera la fosforescencia de los seres vivientes.

Con todo lo sobrecogedora que pueda ser su historia, todavía es más sobrecogedor saber que científicos tan eminentes como Adams y Jenkins no encuentran nada increíble en ella. Afirman que no ven ninguna razón por la que seres inteligentes, de respiración acuática, criaturas vertebradas habituadas a las bajas temperaturas y a una enorme presión y de tan pesada estructura que ni vivas ni muertas puedan flotar, no puedan vivir sobre el fondo del profundo mar enteramente insospechadas para nosotros, descendientes como nosotros de la gran Thenomorpha de la Nueva Era de Arenisca Roja.

Nosotros seríamos vistos por ellos, sin embargo, como criaturas extrañas, meteóricas, que habitualmente caemos de modo catastróficamente muertos de la misteriosa oscuridad de su cielo acuoso. Y no solamente nosotros, sino también nuestros barcos, nuestros metales, nuestras herramientas, llegarían lloviendo de la noche.

Algunas veces objetos de naufragios los golpean y aplastan, como si fueran el juicio de algún poder superior de las alturas, y algunas veces llegan cosas de la mayor rareza o utilidad o formas de sugestión estimulante. Cabe comprender, quizás, algo de su comportamiento ante el descenso de un hombre viviente, si se piensa qué gente bárbara podría parecer a quien se le presentara de súbito caído del cielo una resplandeciente criatura provista de un halo.

En un momento u otro probablemente, Elstead contó a los oficiales del Ptarmigan todos los detalles de sus extrañas doce horas en el abismo. Cierto que también intentara escribir, pero nunca lo hizo, y así, desgraciadamente, hemos tenido que reunir trozo a trozo los discrepantes fragmentos de su historia según los recuerdos del capitán Simmons; Weybridge, Stevens, Lindley y los demás.

Nosotros lo vemos oscuramente en ojeadas fragmentarias: el enorme edificio fantasmal, los cantores prosternados con sus cabezas oscuras de forma de camaleón y su vestimenta débilmente luminosa; y Elstead, con su luz nuevamente encendida, tratando vanamente de llevar a sus mentes la idea de que la cuerda a la que estaba sujeta la esfera iba a ser cortada. Minuto a minuto se soltaba y Elstead, mirando su reloj, se horrorizó al ver que sólo tenía oxígeno para cuatro horas más. Pero el canto en su honor continuó tan despiadadamente como si fuera la marcha fúnebre de su cercana muerte.

La forma de su liberación no la comprende, pero a juzgar por el extremo de la cuerda que colgaba de la esfera, había sido cortada por el roce contra el borde del altar. Bruscamente, la esfera giró y subió precipitadamente fuera de aquel mundo, como si una criatura etérea envuelta en el vacío volara por nuestra propia atmósfera de regreso a su éter nativo. Debió arrancarse de su vista como una burbuja de hidrógeno se precipita hacia arriba en nuestro aire. Debió parecerles una extraña ascensión.

La esfera se lanzó hacia arriba con mayor velocidad aún que cuando, cargada con las plomadas, se había precipitado hacia abajo. Notó un calor excesivo. Viajó hacia arriba con las ventanas por encima y recuerda el torrente de burbujas espumeantes contra el cristal. A cada momento esperaba que echase a volar. Entonces, repentinamente, algo parecido a una enorme rueda pareció desprenderse sobre su cabeza, el compartimento acolchado empezó a girar y se desmayó. Su recuerdo siguiente fue el de su camarote y la voz del médico.

Ésta es la esencia de la extraordinaria historia que Elstead relató fragmentariamente a los oficiales del Ptarmigan. Prometió dejarlo por escrito en fecha próxima Su mente estaba ocupada sobre todo por la mejora de su aparato, cosa que llevó a cabo en Río.

Queda solamente por decir que el 2 de febrero de 1896 realizó su segundo descenso al abismo del océano, con las mejoras que su primera experiencia le sugirió. Lo que sucedió probablemente nunca lo sabremos. Nunca volvió. El Ptarmigan batió todo el punto de su inmersión buscándolo en vano durante trece días. Luego regresó a Río y las noticias fueron telegrafiadas a sus amigos. De forma que hasta el presente así está el asunto. Pero es muy probable que se haga algún otro intento de verificar esta extraña historia sobre las hasta ahora insospechadas ciudades de las profundidades marinas.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)