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martes, 22 de julio de 2025

¡Exaltado!

Alberto Moravia

 

Una calurosa mañana de julio estaba adormilado en la plaza Melozzo da Forli, a la sombra de los eucaliptos, cerca de la fuente seca, cuando llegaron dos hombres y una mujer y me dijeron que los llevara al Lido de Lavinio. Los observé, mientras discutíamos el precio; uno era rubio, corpulento, con una cara descolorida, gris, ojos porcelana celeste en unas ojeras sombrías; parecía hombre de unos treinta y cinco años. El otro, más joven, era moreno, de pelo enmarañado y anteojos de carey, el cuerpo desarticulado, flaco; podía ser estudiante. En cuanto a la mujer, era flaca, tenía la cara afilada y larga, enmarcada por dos bandas de cabellos sueltos, el cuerpo delgado enfundado en un vestido verde que la asemejaba a una serpiente. Pero tenía la boca roja y carnosa, como una fruta, los ojos hermosos, negros y brillantes como el carbón mojado; y su manera de mirarme me indujo a aceptar el negocio. En efecto, acepté el precio que me proponían; subieron: el rubio a mi lado, los otros dos atrás; y emprendimos viaje.

Crucé toda Roma para salir a la carretera que empieza tras la Basílica de San Pablo, la más corta para Anzio. Ante la basílica llené el tanque de gasolina y enfilé a la carretera. Debía haber, calculé, unos cincuenta kilómetros; eran las nueve y media, llegaríamos antes de las once, con tiempo para una zambullida en el mar. La muchacha me gustaba, y confiaba en hacer amistad con ella; no era gente muy fina; por su acento, los hombres parecían extranjeros, acaso refugiados, de esos que viven en los campos de concentración, en los alrededores de Roma. La muchacha, en cambio, era italiana, y precisamente romana; tipo vulgar, también: supongamos que fuese mucama, planchadora o cosa por el estilo. Pensando esto, paraba la oreja y oía, en el interior del auto, hablar y reír a la muchacha y al moreno. Particularmente se reía la muchacha que, según ya había observado yo, era desmañada y resbalosa, justamente como una culebrita borracha. Al oír las risas, el rubio contraía y arrugaba la nariz debajo de sus antiparras ahumadas, pero no decía nada ni volteaba. Bien es verdad que le bastaba con levantar los ojos al espejito colocado sobre el parabrisas para ver perfectamente lo que ocurría a su espalda. Dejamos de lado los Trapistas, la E. 42, y de un tirón llegamos a la encrucijada de Anzio. Aquí reduje la velocidad y pregunté al rubio, mi vecino, a qué preciso lugar querían que los llevara. Me contestó:

A un lugar tranquilo, donde no haya nadie… queremos estar solos.

–Hay treinta kilómetros a Playa Desierta… ustedes deben decidir –dije.

Desde su asiento, la muchacha gritó, aludiendo a mí:

Que decida él.

¿Qué tengo yo que ver? –contesté.

–Que decida él –siguió gritando la muchacha; y entre tanto se reía como si la frase le pareciera muy cómica.

–El Lido de Lavinio es muy concurrido –dije yo entonces–. Pero los llevaré a un lugar que no está lejos, donde nunca hay un alma.

A estas palabras, la muchacha volvió a reírse y, palmeándome el hombro, desde atrás, dijo:

–Bravo… eres inteligente… comprendiste lo que queríamos.

Yo no sabía qué pensar ante semejantes modales, que por un lado me fastidiaban y por otro me infundían cierta esperanza. El rubio callaba hoscamente; al fin observó:

–Pina, me parece que no hay ningún motivo de risa.

Así reanudamos nuestra veloz marcha. Hacía un calor fuerte, sin viento, y la carretera enceguecía; los dos de atrás siguieron charlando y riendo, hasta que al fin callaron bruscamente; y esto fue peor, pues vi al rubio mirar por el espejito del parabrisas y contraer la nariz como si acabara de ver algo que le desagradara. Ahora, a un lado de la carretera se extendían campos pelados y resecos, y al otro, tupidos matorrales. Al llegar a un cartel que prohibía cazar, frené un poco y me metí por un caminito serpenteante. Había ido de caza por allí durante el invierno, era un lugar realmente solitario, había que conocerlo para llegar a él. Más allá de los matorrales empezaba el pinar; más allá del pinar estaban la playa y el mar. Yo sabía que en el pinar, durante el desembarco de Anzio, se habían fortificado los estadunidenses, y aún quedaban las trincheras llenas de latas herrumbradas y cartuchos vacíos, y la gente no iba allí por miedo a las minas.

El sol ardía con fuerza, y toda la superficie pululante de la zona de matorrales era luminosa, casi rubia por la fuerza de la luz. El camino seguía derecho un tramo, luego daba vuelta en un claro para volver a meterse entre los matorrales. Ahora ya veíamos los pinos que parecían navegar en el cielo, con sus sombreros verdes henchidos de viento, y el mar azul, duro y brillante, entre los rojos troncos. Yo manejaba despacio, porque no veía bien en medio de las matas, y es fácil reventar una llanta en un bandazo. De pronto, mientras yo tenía la atención en el camino, el rubio que estaba sentado a mi lado me dio un empujón violento con todo el cuerpo, de manera que casi me saca por la ventanilla.

¿Qué diablos…?exclamé, frenando de pronto, en tanto que a mi espalda sonaba un estallido seco; me quedé pasmado, mirando en el parabrisas un agujero redondo y una rosa de finas rajaduras. Se me heló la sangre y quise saltar del auto gritando: “¡Asesinos!; pero el moreno, que había disparado, apoyó la boca del revólver en mi espalda, diciéndome:

–¡No te muevas!

Me quedé quieto y pregunté:

–¿Qué quieren de mí?

–Si ese imbécil no te hubiera empujado –contestó el moreno–, no necesitaría ahora decírtelo… Queremos tu automóvil.

–No soy un imbécil –dijo el rubio entre dientes.

–Sí lo eres –contestó el otro–. ¿Acaso no estábamos de acuerdo en que yo le iba a disparar? ¿Por qué te moviste?

–También estábamos de acuerdo –replicó el rubio– en que dejarías tranquila a Pina… tú también te moviste.

La muchacha se rio y dijo:

–Ahora estamos jodidos.

–¿Por qué?

–Porque ahora él vuelve a Roma y nos denuncia.

No le faltará razón –dijo el rubio. Sacó un cigarro, lo encendió y se puso a fumar.

El moreno se volvió, indeciso, hacia la muchacha:

Bueno, ¿qué hacemos?

Yo levanté los ojos al espejito y vi que ella, que estaba acurrucada en su rincón, hacía, indicándome a mí, un gesto con el pulgar y el índice, como queriendo decir: mátalo.

Se me volvió a helar la sangre; pero respiré aliviado al oír al moreno que contestaba con un tono de profunda convicción:

No. Hay cosas que uno tiene el valor de hacer una sola vez… ahora perdí el impulso, ya no puedo.

Reanimado, dije:

–Pero, ¿qué pretenden hacer con mi taxi? ¿Quién les va a falsificar una placa? ¿Quién lo pinta de otro color?

Pude comprender, a cada una de estas preguntas, que no contaban con nadie y que ya no sabían qué hacer: habían decidido matarme, y habiendo fracasado, ya no les quedaba tampoco el valor de robarme el auto. Sin embargo, el moreno dijo:

–Tenemos todo lo necesario, no te preocupes.

–No tenemos nada –intervino el rubio, con sorna–. Sólo con veinte mil liras y un revólver que no dispara.

En ese momento levanté de nuevo los ojos al espejito y vi que la muchacha repetía aquel gesto suyo tan gracioso, señalándome a mí.

–Señorita –le dije–, cuando estemos de vuelta en Roma, ese gesto le va a costar unos añitos más de cárcel –y en seguida, volviéndome al moreno que seguía apuntándome a la espalda con el revólver, grité exasperado: –¿Qué esperas? ¡Dispara, cobarde, a ver si te atreves!

Mi voz sonó en un silencio profundo, y la muchacha, esta vez con simpatía, exclamó:

¿Saben quién es el único que tiene huevos aquí? Él me señaló a mí.

El moreno profirió algo como una blasfemia, escupió a un lado, luego abrió la portezuela, bajó y vino a colocarse a mi lado, junto a la ventanilla.

Buenodijo furioso, contéstame pronto: ¿cuánto quieres por llevarnos de regreso a Roma sin denunciarnos?

Comprendí que el peligro había pasado, y contesté lentamente:

No quiero nada… y los llevo a los tres derecho a la cárcel de Regina Coeli.

El moreno no se asustó, debo reconocerlo, estaba demasiado desesperado y exasperado. Se limitó a decir:

–Siendo así, te mato.

Quisiera verlo –le repliqué–. Yo te digo que no vas a matar a nadie… y también te digo que los veré a los tres, a ti, a esa… de tu amiga y a él, de trompa contra la reja.

Está bien profirió el moreno en voz baja, y comprendí que esta vez iba en serio, y en efecto retrocedió un paso y levantó el revólver. Por suerte para mí, en ese momento la muchacha gritó:

–¡Acaben de una vez! Y tú, en lugar de ofrecerle dinero, hazte obedecer con el revólver… verás cómo marcha y mientras así decía, se inclinaba hacia mí, y sentí que me hacía cosquillas con los dedos en una oreja, de manera que los otros no vieran.

Me turbé, porque, según dije, ella me agradaba, y estaba seguro, no sé por qué, de que yo no le disgustaba. Miré al moreno, que aún me apuntaba con el revólver, luego la miré de soslayo a ella, que tenía sus ojos de carbón, negros y sonrientes, clavados en mí, y al fin dije:

Guarden su dinero… no soy un bandido como ustedes… porque es mujer.

Creí que protestarían pero, no sin sorpresa mía, el rubio se apeó de un salto y dijo:

Buen viaje.

El moreno bajó el revólver. La muchacha, vivamente, vino a sentarse adelante, a mi lado. Yo dije:

Bien, hasta la vista, y que pronto los metan a la cárcel y di la vuelta manejando con una sola mano, porque la otra me la tenía ella apretada en la suya, y no me disgustaba que aquellos dos compinches comprendieran el motivo de mi docilidad.

Volví a la carretera y recorrí unos cinco kilómetros sin despegar los labios. La muchacha seguía apretándome la mano y esto me bastaba. Ahora yo también buscaba un lugar aislado, aunque por razones muy diferentes, Pero cuando paré para tomar por un sendero que se dirigía al mar, ella puso una mano en el volante y dijo:

–No. ¿Qué haces? Vámonos a Roma.

–A Roma iremos esta noche –le contesté, mirándola con intención.

–Comprendo. Eres igual que los otros –replicó.

Lloriqueaba, abatida y fría, falsa, pues era evidente que estaba haciendo la comedia, y cuando quise abrazarla empezó a escurrírseme y no hubo manera de que se dejara besar. Yo soy de sangre caliente y no tardo en encolerizarme. De pronto comprendí que me había engañado y que yo, en esa maldita excursión, salía perdiendo la gasolina, el tiempo y el dinero, sin contar el susto; y, lleno de rabia, la rechacé con violencia, diciéndole:

–¡Vete al infierno!

En seguida se acurrucó en su rincón, nada ofendida. Yo puse en marcha el auto y hasta llegar a Roma ya no volvimos a hablar.

En Roma, parando y abriendo la portezuela, le dije:

Y ahora bájate y vete lo más rápido que puedas.

Y ella, como asombrada:

¡Pero, ¿qué?! ¿Estás enojado conmigo?

Ya no pude aguantar y grité:

–Quisiste asesinarme, me hiciste perder el día, la gasolina y el dinero… ¿y pretendes que no esté enojado contigo? Da gracias al cielo que no te llevo a la policía.

¿Saben ustedes qué me contestó? Esto:

–¡Qué exaltado!

En seguida bajó y, muy digna, soberbia, altiva, meneándose con ese vestido suyo serpentino, se encaminó entre los automóviles y el tránsito de la Porta San Giovanni. Yo me quedé alelado, mirándola, hasta que desapareció. De pronto, alguien subió al taxi y ordenó:

–A la Piazza del Popolo.

 

sábado, 9 de diciembre de 2023

El supercuerpo

Alberto Moravia

 

Pudiera decirse que mi marido, desde hace algún tiempo, divide mi persona en dos partes muy distintas; una de ellas, irritante, superflua, negativa; la otra, lisonjera, necesaria, positiva. No me costó ningún trabajo comprender que la primera empieza del cuello para arriba; la segunda del cuello hacia abajo. Cuando hablo, mi marido me interrumpe, se burla de mí, me remeda, me trata como a una idiota. En cambio, cuando estoy tendida en la cama o camino frente a él, sin hablar, su mirada acaricia mi cuerpo con una extraña aprobación, totalmente mezclada con un sentimiento de lástima. Naturalmente, su actitud provoca en mí una análoga tendencia disociadora. Mientras le hablo, siento que mis ideas se confunden cada vez más, que mis palabras son siempre más tímidas, inciertas, embrolladas, siento que mi marido piensa sin cesar: “¡Pero qué idiota! No se puede ser más idiota”. Por lo contrario, cuando estoy acostada o camino sin que él deje de mirarme, me pongo en pose, para que me observe y me contemple mejor. Y siento que ahora mi marido no deja de pensar: “¡Pero qué cuerpo estupendo tiene la idiota de mi mujer!”

Para entender la actitud de mi marido, es necesario decir que es un productor cinematográfico, de esos que lo son de la noche a la mañana, absolutamente faltos de ambiciones artísticas, especializado en películas comerciales, un descocado. Lo conocí precisamente durante el rodaje de una película erótica, en la cual yo era la estrella. Y se enamoró de mí. Yo lo miraba objetivamente; más bien vulgar, si he de ser sincera, pero bueno y afectuoso. Acepté casarme con él, más que nada porque ya me había cansado de su insistencia. Pero tiempo después de habernos casado, harta ya de exhibir en la pantalla, en primeros planos gigantescos, las formas provocadoras de mi cuerpo, le expuse brutalmente mi ultimátum: o me hacía protagonista de un filme serio, de arte, o me quedaba en casa, simplemente como su mujer. De inmediato me prometió todo lo que yo quería. Pero luego, habiéndose apagado la pasión, volvió a pensar en mí como la protagonista ideal de sus acostumbradas películas eróticas. No me lo decía porque le faltaba el valor, pero me lo daba a entender con su modo de mirarme, como ya he dicho, con una mezcla de admiración y lástima.

Su admiración lastimera se ha acentuado últimamente, viendo el fracaso que ha sufrido una película suya que prometía ser todo un éxito. Se ha vuelto tratable, se diría que siempre está a punto de explotar en furores ciegos e incontrolables. Sus miradas, entre la contrariedad y la complacencia, se han vuelto tan frecuentes y tan pesadas, que me crean una embarazosa conciencia de mi cuerpo, y no dejo de pensar: “¿Qué está haciendo mi seno derecho? ¿Explota y se desborda fuera de la blusa o se está quietecito en la copa del portabustos? ¿Mi vientre asoma desnudo fuera de los pantalones o se esconde, calmado y serio, con el cinturón por encima del ombligo? ¿Qué le sucede a mi nalga derecha? ¿Se alza, se agacha, se mueve más que la izquierda?”

Una de estas noches, mientras estábamos los dos solos en la sala, sentados en el sofá, cada quien por su lado, viendo la televisión, me levanté de improviso, como empujada por un impulso irresistible y sin que me importara un comino lo que hiciera mi seno derecho, mi vientre o mi nalga izquierda, y me lancé a apagar el televisor. Y me senté de nuevo, enfrentando a mi marido:

–A ver, dime. Te está yendo muy mal con la última película, ¿no es cierto?

Rezongó inmediatamente:

–No digas tonterías. Va muy bien. ¡Es un gran éxito!

–¡Pero si en pleno estreno no ha durado siquiera una semana!

–Siempre hablas como idiota. ¿No sabes que los cines tienen otros compromisos? ¡Ya verás cómo se recupera cuando la vuelvan a pasar!

–Los críticos dicen que es una película no solamente fea y vulgar, sino también aburridísima. Yo creo que, por lo menos esta vez, los críticos tienen la razón.

–Los críticos no entienden nada. Es una película que va a ganar un montón de dinero.

Nos quedamos callados, mirándonos, como dos duelistas antes de atacar. Fui yo quien lancé el primer ataque:

–Soy tu mujer, te quiero bien, por eso me duele verte tan nervioso, tan desdichado. Contéstame ahora con sinceridad. Si yo te dijera: está bien, por amor a ti renuncio a la película seria, de autor; acepto ser la protagonista más o menos encuerada de una de esas películas eróticas en las que he logrado, mejor dicho, en las que mi cuerpo, mis senos, mi vientre y mi trasero han logrado tanto éxito, ¿qué dirías tú?

¡Ver para creer! A pesar de su gordura y de que le faltaba el aire por la rabia, se arrodilló a mis pies y, quitándome un zapato, me besó los dedos, gritando:

–¡Hurra, hurra, hurra! ¡Esta sí es mi querida, mi queridísima Lucila!

¡Conque esa era la pura verdad! En su cabeza solamente había una esperanza: reintegrarme al exhibicionismo que me hizo famosa. Y aquella mirada en que se mezclaba la complacencia y el desdén no era más que la del hombre de negocios que ve su “capital” amortizado. Estiré violentamente mi pie, que él, como un loco, seguía cubriendo de besos; le di una patada en pleno rostro y me incorporé rápidamente, diciéndole:

–Desde hace tiempo me miras como lo hacían los mercaderes de carne humana en tiempos de la esclavitud, calculando el precio de venta más conveniente. Pero no. No me vas a vender hoy ni mañana ni nunca. Para rabia tuya, para tu consternación, estos senos se alargarán, colgarán como dos bolsillos ajados; este vientre se deformará como una vieja bolsa del mandado; estas caderas se ensancharán como las amuras de un barco carguero, antes de que puedas sacarles siquiera un fotograma. Y ahora te digo adiós.

Estaba tendido en el suelo, de espaldas, viéndome, tocándose la boca con los dedos, sobándose. Vi cómo se dibujó en sus labios la palabra “idiota”, pero lo previne, gritando:

–¡No, no soy idiota! Recuerda y métete bien en la cabeza lo que voy a decirte: no soy idiota, no soy idiota para nada; y pronto, muy pronto voy a demostrártelo.

Dije estas palabras, le di la espalda y salí impetuosamente, casi corriendo. ¡Pero qué mal se mueve una mujer como yo, qué torpe es cuando no controla al milímetro los desplazamientos de su cuerpo!

Las frases de desafío que le dije a mi marido no eran casuales ni improvisadas. Hacía tiempo que me sentía más segura de mí misma porque dos meses antes Gildo, director de una firma productora, rival de la de mi marido, me había hecho una propuesta de trabajo de acuerdo con mis gustos. “¿Una película artística? ¿Una película de autor?”, exclamó ese jovencito culto, civilizado, moderno y al corriente, quitándose los lentes y clavándome una mirada penetrante, como queriendo escarbar dentro de la mía, como si quisiera establecer, desde un principio, una relación humana, íntima y cómplice.

–Pero mi querida Lucila, yo a usted sólo puedo imaginarla en una película artística, en una película de autor, y nada más. Piénselo bien, dese su tiempo. Venga a verme a mi oficina el mismo día en que usted se decida. Es más, si llegara a tomar tal decisión fuera de horas de trabajo, vaya a mi casa, a cualquier hora. Estaré esperándola.

Acepté, pero con reservas. Estaba consciente de que necesitaba un buen pretexto para abandonar a mi marido, el cual seguramente no hubiera tolerado que volviera a la pantalla en una producción que no fuese la suya. Mi marido me daba ahora el pretexto, y yo, así como estaba, en pantalón y con un suéter ligero, salí a la calle. Gildo vivía no muy lejos de casa; recorrí a pie dos o tres de esas callecitas solitarias y elegantes de nuestro barrio, a un lado de las filas de coches estacionados. Corría y no dejaba de pensar en que iba moviendo descaradamente mi cuerpo; maldecía a mi marido por haber suscitado en mí esta conciencia, pero al mismo tiempo me decía que esta vergüenza terminaría con mi debut en una película digna de mí, que me olvidaría de mi cuerpo, total y definitivamente. Llegué al portón, toqué el timbre y, al oír que preguntaba quién era con su voz bien educada, le contesté de corrido:

–Soy Lucila, ábreme, me escapé de la casa, dejé a mi marido, tengo que hablarte.

¿Qué había entre Gildo y yo para anunciarme de tal manera? Nada, ciertamente; nada, excepto la promesa de darme un papel en una película seria. Eso era todo, pero la esperanza de poder expresarme era ya lo más importante para mí.

El portón se abrió con un zumbido discreto, muy parecido al tono de su voz. Entro, subo a la carrera, meneando todo mi cuerpo desencadenado y violento; no espero a que se normalice mi respiración y toco. Gildo aparece y me arrojo a sus brazos, sollozando. ¿Han experimentado la impresión de imponer a alguien alguna cosa para la cual no estaba preparado? Así le pasó a Gildo. Mientras cerraba la puerta y me guiaba hacia la sala, estrechándome afectuosamente, tuve de pronto la clara impresión de que él no quería asumir la parte del amante. Su mano apenas me rozaba el hombro; su mentón oprimía mi cabeza, impidiendo con ello que mi boca subiera hasta la suya. Me llevó hacia un diván, luego se sentó frente a mí, a gran distancia. Entonces dejé de llorar y le dije:

–Perdóname, pero no todos los días abandona una a su marido.

Se quitó los lentes y, clavándome sus ojos magnéticos, me respondió:

–No te preocupes. Comprendo y respeto tu dolor.

Me le quedé mirando, con una atención especial, tratando de descubrir algo que me disgustaba de él, además de la voz demasiado educada. Entonces lo vi. Los ojos bellos, oscuros, hondos, inalterablemente fijos e intensos como los de un hipnotizador, contrastaban de manera desagradable con la nariz torcida, achatada y con la boca informe, aunque carnosa. Para decirlo de alguna manera, había nacido con esos ojos; en cambio, la nariz y la boca hacían pensar en que se los habían plasmado a la buena de Dios, como a quien ha sido víctima de un accidente grave. Gildo prosiguió sonriendo:

–Ahora voy a decirte cómo te veo en la película que vas a interpretar para nosotros. Pon atención, porque todavía no hay nada escrito, nada definido. Te veo simplemente como te vería en la pantalla, en la película terminada, sentado en una butaca en la sala de proyección de la productora.

Se quedó callado un momento, reflexionando, y continuó:

–Veo a una mujer muy hermosa, atormentada por un drama típicamente existencial. Esta mujer posee una mente, un alma; pero todos se obstinan en considerar solamente la importancia de su cuerpo. Entonces ella, para vengarse, decide ser como todos la quieren, nada más que un estupendo, maravilloso y fascinante trozo de carne. Obsedida por su afán de venganza, se propasa, se excede, se comporta, para decirlo pronto, como una ninfómana. La veo desencadenarse entre un sinnúmero de amantes; su cuerpo incansable, su desnudez no perdona. La veo subiendo escaleras, entrando a los cuartos, arrojándose a las camas, paseando en apartamentos, asomándose a las ventanas, saliendo a los balcones. Y vestida solamente con su propia belleza, en una continua exhibición de su cuerpo. Pero eso sí, óyeme bien, esta mujer no se comporta de esa manera porque le guste; ella sufre al hacer todo eso, y lo hace solamente para vengarse de la incomprensión de los hombres. Como si dijera: han querido hacer de mí nada más que un cuerpo. Muy bien. Seré como ustedes quieren. Es más, seré un supercuerpo. ¿Qué te parece? El título de la película podría ser precisamente: “El supercuerpo”.

Tuve todo el tiempo disponible para preparar mi respuesta, porque él había estado hablando con lentitud, casi al mismo ritmo de la película imaginaria en la cual decía verme. Y le contesté inmediatamente:

–Ahora te diré lo que yo veo. Veo a un productor bribón que, sabiendo muy bien lo que les da a ganar mi cuerpo, quiere hacer conmigo una película erótica más, otra película comercial, con el pretexto de querer hacer un drama existencial. Veo al mismo bribón diciendo una sarta de sandeces creyendo que soy una idiota que se deja llevar por las narices. Veo, en fin, que esta idiota lo manda al carajo y vuelve otra vez con su marido el cual, por lo menos, no sabe nada de dramas existenciales y sólo le interesa hacer dinero.

Así fue que salí de su apartamento y regresé a mi casa, a dormir junto a mi mercader de carne humana. Desde esa noche renuncié a ser la protagonista de una película seria. Por su parte, mi marido no ha vuelto a pedirme que regrese al cine.

 

viernes, 17 de noviembre de 2023

Dejar a Matilde

Alberto Moravia

 

Un amigo mío camionero ha escrito en el cristal del parabrisas: “Mujeres y motores, alegrías y dolores”. No digo yo que no tenga sus buenas razones para decir que los dolores y las alegrías que le procuran las mujeres tengan más o menos el mismo peso en la balanza de su vida. Digo que, al menos por lo que se refiere a Matilde y a mí, esa balanza andaba muy desequilibrada: por un lado, muy alto, el platillo de las alegrías; por el otro, muy bajo, el platazo de los dolores. De modo que, al final, tras un año de noviazgo de puras peleas, incumplimientos de palabra, bribonadas y traiciones, decidí dejarla a la primera oportunidad.

La oportunidad llegó pronto, una noche que la había citado en la plaza Campitelli, cerca de su casa: Esa noche Matilde, simplemente, no vino. Advertí entonces, tras una horita de espera, que sentía más alivio que disgusto, y comprendí que había llegado el momento de la separación. Incierto entre un dolor amargo y una satisfacción agraz, medio contento y medio desesperado, me fui a casa y me acosté en seguida. Pero antes de apagar la luz me santigüé, solemne, y dije en voz alta:

–Esta vez se acabó, vaya si se acabó.

Este juramento hay que decir que me calmó, porque dormí de corrido nueve horas y sólo me desperté por la mañana cuando mamá vino a avisarme que preguntaban por mí al teléfono.

Fui al teléfono, al apartamento de enfrente, de una modista amiga. De inmediato, la vocecita dulce de Matilde:

–¿Cómo estás?

–Estoy bien –contesté, duro.

–Perdóname por anoche…, pero no pude, de verdad.

–No importa –le dije–, así que adiós… Nos veremos mañana… Te diré una cosa…

–¿Qué cosa?

–Una importante.

–¿Una cosa buena?

–Según… Para mí sí.

–¿Y para mí?

Dije tras un momento de reflexión:

–Claro, también para ti.

–¿Y qué cosa es?

–Te la diré mañana.

–No, dímela hoy.

–No me mates…

–Está bien… ¿Sabes por qué te he telefoneado hoy? Porque hace un día precioso, es fiesta, y podríamos ir en moto al mar. ¿Qué te parece?

Me quedé incómodo porque no me esperaba esa propuesta tan cariñosa, hecha con una voz tan dulce. Después pensé que, en el fondo, tanto daba hoy como mañana: iríamos a la playa y yo, en lo mejor, le diría que la dejaba y así me vengaría también un poco. Dije:

–Está bien, dentro de media hora paso a buscarte.

Fui a recoger el ciclomotor y luego, a la hora fijada, me presenté en casa de Matilde y le silbé para llamarla, como de costumbre. Se precipitó en seguida abajo, lo noté; normalmente me hacía esperar Dios sabe cuánto. Mientras corría hacia mí atravesando la plaza, la miré y me di cuenta una vez más de que me gustaba: bajita, dura, morenísima, con la cara ancha por abajo como un gato, la boca sombreada de pelusilla, los ojos negros, astutos y vivos, el pelo muy cortito, tan espeso y tan bajo sobre la frente que evocaba el pelamen de un animal salvaje. Pero pensé: “Desde luego que me gusta, me gusta mucho, pero la dejo”, y advertí con alivio que la idea no me turbaba en absoluto. Cuando la tuve delante, todavía jadeando por la carrera, me preguntó en seguida con voz tierna:

–¿Qué? ¿Aún estás enfadado por lo de ayer?

Contesté huraño:

–Vamos, monta.

Y ella, sin más, subió al sillín de la moto agarrándose a mí con las dos manos. Salimos.

Una vez en la vía Cristoforo Colombo, entre los muchos automóviles y motos del día festivo, con el sol que ya quemaba, empecé a pensar sañudamente en lo que debía hacer. ¿Cuándo tenía que decirle que la dejaba? Al principio pensé que se lo diría en cuanto llegásemos a la playa, para estropearle la excursión y a lo mejor traerla inmediatamente después a Roma: una idea vengativa. Pero después, pensándolo mejor, me dije que, a fin de cuentas, también me estropearía la excursión a mí mismo. Mejor, pensé, disfrutar de la vida y –¿por qué no?– de Matilde hasta cierto momento, digamos que hasta las dos, después de comer. O bien, incluso, esperar al final de la excursión y decírselo mientras regresábamos, por esta misma vía Cristoforo Colombo, sin volverme, así, como por azar. O incluso también esperar a llegar a Roma y decírselo en la puerta de su casa: “Adiós, Matilde. Te digo adiós porque hoy ha sido la última vez que hemos estado juntos”. Entre tantas ideas no sabía cuál escoger; al final me dije que no debía hacer planes; en el momento oportuno, no sabía cuál, se lo diría. Entre tanto Matilde, como si hubiera adivinado mis reflexiones, se apretaba fuerte a mí, e incluso me había cogido con la mano la piel del brazo, como pellizcándome, con ese pellizco que se llama mordisco del asno, y que en ella era una demostración de afecto. La oí, después, decirme al oído con una voz alegre y tierna:

–¡Eh! ¿Sabes que tienes que ir al peluquero? Con tanto pelo ni hay sitio para un beso.

Digo la verdad, esas palabras y el pellizco me hicieron cierto efecto. Pero de todas formas pensé: “Sigue, sigue… Ya es demasiado tarde”.

Una vez en Castelfusano cogí hacia Torvaianica, donde sabía que no había balnearios, que sólo agradan a quienes van al mar a ponerse morenos, sino nada más que matorrales y la playa desierta. Al llegar a un sitio muy solitario, con un monte bajo que pululaba, verde e intrincado, por el declive hasta la tira blanca de la playa, dejé la moto en el borde del camino; y después corrimos juntos a más no poder por los senderos, rodeando los gruesos arbustos batidos por el viento, hasta el mar. La llevaba de la mano, pero este gesto cariñoso lo había impuesto ella; y yo la dejé hacer; así me sentí de nuevo enternecido, como en los buenos tiempos en que la quería. Pero me di cuenta de que seguía decidido a dejarla, y esto me devolvió la confianza.

–Voy a desnudarme detrás de aquella mata –dijo ella–. No mires.

Y yo me pregunté si no sería cosa de decírselo ahora; recibiría la ducha fría justo en el momento en que estaba desnuda, llena de la felicidad que le daba aquel sitio tan bonito y la excursión al mar. Pero cuando me volví hacia ella y vi asomar por la mata sus hombros delicados, con los brazos levantados, y quitarse la falda por la cabeza, se me fueron las ganas. Tanto más cuanto que ella decía, siempre con su voz cariñosa:

–Giulio, no te creas que no me doy cuenta; me estás mirando.

Así fuimos a tumbarnos en la arena, yo boca abajo y ella hacia arriba, con la cabeza en mi espalda como en un cojín. El sol quemaba mi espalda, la arena me quemaba el pecho y su cabeza me pesaba en la espalda, pero era un dulce peso. Ella dijo, tras un largo silencio:

–¿Por qué estás tan callado? ¿En qué piensas?

Y yo contesté espontáneamente:

–Pienso en lo que tengo que decirte.

–Pues dilo.

Estaba a punto de decirlo de veras cuando ella, voluble como las mariposas que vuelan de una flor a otra y nunca se dejan coger, dijo de pronto:

–Mira, mientras tanto úntame los hombros, que no quiero quemarme.

Renuncié una vez más a hablar y, cogiendo el frasquito de aceite, le unté la espalda desde el cuello a la cintura. Al final ella anunció:

–Me duermo. ¡No me molestes!

Y me quedé turulato de nuevo, pensando que, en el fondo, no le importaba nada saber lo que quería decirle.

Matilde durmió quizás una hora; después se despertó y propuso:

Caminemos a lo largo del mar. Es pronto para bañarse, pero al menos quiero mojarme los pies en el agua.

Volvió a cogerme de la mano y juntos corrimos a través de la playa hacia la orilla. Las olas eran grandes y ella, siempre de mi mano, empezó a dar carreritas hacia adelante y hacia atrás, según las olas avanzaran o refluyeran, entre un viento que soplaba con fuerza, gritando de alegría cada vez que una ola, más rápida que ella, la embestía y le subía hasta media pierna. No sé por qué, al verla tan feliz, me dieron unas ganas crueles de estropearle la felicidad y grité fuerte, para superar con la voz el estruendo de mar: “Ahora te digo esa cosa”. Pero ella, de forma imprevista, me abrazó repentinamente con fuerza, diciéndome: “Cógeme en brazos y llévame al medio del agua, inténtalo, pero no me dejes caer”. De modo que la cogí en brazos, que pesaba mucho aunque era pequeña, y avancé un poco entre toda aquella confusión de olas que se cruzaban, montaban unas sobre otras y refluían. Mientras tanto me preguntaba por qué ella había hecho este gesto; y concluí diciéndome que, con su intuición femenina, había adivinado que lo que quería decirle no le iba a gustar. Ahora, desvanecido el peligro de oírme decir aquella cosa, me invitaba a volver a la orilla. Volví y la dejé con delicadeza en la arena; me dio un beso en la mejilla, diciendo:

–Y ahora comemos.

Abrimos el paquete del almuerzo y comimos los bocadillos de ternera que mi madre me había preparado. Después, durante dos horas, siempre la misma canción. Yo tenía en la punta de la lengua lo que quería decirle, pensaba decírselo porque el momento me parecía favorable, estaba a punto de decirlo cuando ella, de pronto, me hablaba de forma cariñosa o hacía un gesto imprevisto, o incluso me quitaba la palabra de la boca. Varias veces me volvió la idea de una de esas mariposas blancas de la col, que en primavera son las primeras y las más inasibles, feliz de quien consigue echarles mano. Después, cuando ya desesperaba de llegar a mi declaración, me propuso de golpe y porrazo:

–Bueno, dime ahora esa cosa.

Estaba a punto de abrir la boca cuando ella gritó:

–No, no me la digas, espera, déjamela adivinar. Veamos: ¿quieres decirme que me quieres mucho?

–No –respondí.

–¿Entonces quieres decirme que soy muy mona y te gusto?

–No.

–Entonces, ¿que nos casaremos pronto?

–No.

–Estas son las tres únicas cosas que me interesan –dijo ella sacudiendo la cabeza–. Basta, no quiero saber nada.

–No, tengo que decirte que…

Pero ella, tapándome la boca con la mano:

–Chitón, si quieres que te dé un beso.

¿Qué podía hacer yo? Me quedé callado; y ella quitó la mano y puso sus labios, en un beso largo que me pareció sincero.

Al final habíamos hecho de todo: tomado el sol, dormido, un semibaño, habíamos hablado; pero no le había dicho aquella cosa y ya sólo nos quedaba irnos. De modo que nos vestimos cada uno detrás de su mata y yo una vez más, mientras me metía los pantalones, pensé que ese era el momento adecuado. Me levanté y dije con voz natural:

–Lo que quería decirte, Matilde, es esto: he decidido dejarte.

Pronunciadas estas palabras miré hacia la mata tras la que ella se ocultaba, pero no vi nada. El viento ahora soplaba más fuerte que nunca y sólo se oían, en aquel lugar desierto, la voz del viento, baja y modulada, y el estruendo del mar. Matilde parecía que no estaba, como si mis palabras la hubieran hecho desvanecerse en el aire, como los torbellinos de arena que el viento levantaba sin tregua de las dunas blancas y empujaba hacia arriba, hacia el monte bajo. Dije: “¿Matilde?”, pero no obtuve respuesta. Grité entonces: “¡Matilde!”, y tampoco contestó. Inquieto, incluso un poco asustado, pensando que, quién sabe, estuviera llorando de dolor, o quizá se hubiera desmayado, me puse a toda prisa la camisa y corrí hacia la mata detrás de la cual debería estar. No estaba: en la arena no vi más que su bolso y sus zapatitos rojos. Pero justo en el momento en que me volvía llamándola, la sentí que se me echaba encima, con violencia hasta el punto de que no pude aguantar en pie y caí boca arriba, con ella. Matilde ahora se sentaba a horcajadas en mi pecho y me decía:

–Repite lo que has dicho. Vamos, repítelo.

La arena me soplaba en la cara, punzante; ella reía sin parar y yo por fin contesté flojo:

–Bueno, no lo repito, pero déjame en paz.

Pero ella no se levantó en seguida y dijo:

–¿Y eso era todo? Te digo la verdad, creía que era algo más importante.

Después me soltó; me levanté yo también y, de repente, advertí que estaba contento de habérselo dicho y de que no lo hubiera tomado en serio y se lo tomara como una de las muchas bobadas que se pueden decir entre enamorados. En resumen, volvimos a subir la pendiente cogidos de la cintura. Y yo le dije que la quería mucho; y ella me contestó ya un poco reservada, porque no se temía que la dejara: “También yo”. Poco después corríamos de nuevo por la vía Cristoforo Colombo.

Pero al llegar a su casa me dijo, cogiéndome la mano:

–Giulio, ahora es mejor que no nos veamos unos días.

Me sentí casi desfallecer y consternado, exclamé:

–Pero, ¿por qué?

Y ella, con una buena carcajada:

–He querido hacer una prueba. Querías dejarme, ¿eh? Y luego, sólo ante la idea de no verme unos días, pones una cara así de triste. Está bien, nos vemos mañana.

Corrió hacia arriba y yo me quedé como un bobo, mirándola alejarse.