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sábado, 9 de marzo de 2024

Nuestra Señora de Nequetejé

Francisco Rojas González

 

El “test” de la psicoanalista nos interesó a todos. Ella había llevado a la expedición un álbum con reproducciones de obras maestras de la pintura. Ahí estaban, por ejemplo, la rolliza y saludable Lavinia de Ticiano; el Napoleón de David con el índice erecto, el gesto brioso y jinete en potro plateado; la Gioconda de Leonardo da Vinci, sonriente al arcano; la Isabel de Valois, a quien Pantoja de la Cruz colmó de prestigio y realeza en muecas y joyas; el “Hombre” visto por Theotocópuli; el “Sollozo” de Siqueiros, donde la mujer empuña el dolor en escalofriante actitud; el patético “Tata Jesucristo” de Goitia; el “Zapata” de Diego, santón bigotudo, baqueano de hambrientos y portaestandarte de causas albeantes como los calzones blancos y la blanca sonrisa de los indios; la “Trinchera”, encrucijada de tragedia y nidal de maldiciones, en que José Clemente Orozco vació la intención en forma y erigió la protesta en colores y, en fin…

Los indígenas de aquel lugarejo –Nequetejé–, de aquella aldehuela perdida en las rugosidades de la Sierra Madre, miraban y miraban con admiración callada las láminas que despertaban en ellos excelencias y calidades agazapadas entre el moho de sus afrentas y el humazo de sus recelos. La vista punzante sobre los cromos y en las pupilas dilatadas por el pasmo, las gamas, los tonos y las formas reflejadas con la misma saña, con la misma furia con que el impacto estético había lesionado más los corazones que los cerebros.

Después del asombro, una reacción nueva que ya no era el aturdimiento ni la maravilla, sino el estupor hierático, sordo, desconcertante.

Cuando la psicoanalista arrancaba de su arrobamiento a los sujetos, con preguntas tendientes a clarificar los enigmas, los indios no eran elocuentes: dos o tres monosílabos jalados con trabajo, que denotaban evidentemente una predilección hacia la forma sobre el color, al que hacían –en su valoración de la obra de arte– preceder a la composición y al significado, los que, en todo caso, tomaban un sitio menor en sus apreciaciones, quizás por lejanía o tal vez por armonía de concepto… Pero lo que resultaba inconcuso, era el interés que aquellas geniales máculas despertaban en los llamados “primitivos” por los antropólogos, “retrasados”, según el concepto de los etnólogos, o “prelógicos” en opinión de nuestra gentil compañera de investigación, la freudiana psicoanalista.

Era de ver cómo los padres llevaban en caravanas a sus hijos, cómo los ancianos dirigían sus trémulos pasos hacia la escuelita rural en donde habíamos instalado nuestro laboratorio, cómo todos se echaban sobre el pupitre en el que descansaba el álbum y cómo cada estampa era recibida con emoción general que hacía rumor y provocaba palpitaciones inocultables. Había en particular una lámina que incitaba la admiración colectiva:

“Esa es la más chula”… “La más galana”, solía escucharse cuando pasaba ante los ojos alucinados.

“Linda como ninguna”, decían voces ensordecidas de timidez… Y la Gioconda acentuaba su mueca absurda de esfinge sonriente, elocuentemente indescifrable; luminosamente oscura. “Es la más hermosa”.

Ante la clara tendencia, la psicoanalista hacía un alto y entregaba la emoción de los indios a nuestro estupor… Era cuando ella, igual que Mona Lisa, sonreía, pero con una sonrisa inocua y transparente, sonrisa de triunfo, porque, según su ciencia y su saber, había agarrado el cabo al complejo colectivo.

Ya en México visité un día a la psicoanalista; deseaba ardientemente conocer las conclusiones alcanzadas con el “test” de la pintura. Ella se mostró animosa y optimista, porque la prueba había resultado convincente; los indios pames admiraban la forma y gustaban del color, al tiempo que desdeñaban las excelencias de la composición y no advertían, tal vez, el fondo del concepto creador…

Pero había algo que positivamente significaba una diversificación curiosa, una peculiaridad que no cabía en las estadísticas, que era imposible transformarla en guarismos e incrustarla entre las austeras columnas que formaban en los cuadros y en los estados; era algo que escapaba al método, que huía de la técnica en la misma forma en que un pensamiento resbala ante un detector o una fragancia escurre frente al ojo de una cámara oscura. Era la admiración, el anonadamiento que la Gioconda produjo en el ánimo de los pames.

–Es positivamente extraño, porque ni es la más brillante en cuanto a color, ni es tampoco la más sugestiva en la forma. Lo que los ha impresionado de la obra maestra de Leonardo es quizás su equilibrio, su serenidad… –me atreví a conjeturar.

La psicoanalista sonrió ante mis empíricas estimaciones; había en su actitud un aire de compasión, un gesto de misericordia zaheridora, que me hicieron enmudecer. Entonces ella, frente a mi perplejidad, dio a luz su teoría.

–Se trata, amigo mío, de un estado neurótico colectivo… de una etapa bien definida dentro de la biogenética. Sí –reafirmó–: el primitivo, con su alma encapotada de misterio, ofrece sorpresas apasionantes… Su pensamiento es tenebroso para el resto de los demás, por contradictorio. El primitivo, como el niño, goza sufriendo, ama odiando y ríe gimiendo. Nuestros indios de Nequetejé no podrían escapar a la ley psicológica. El hombre bárbaro contemporáneo nuestro es un racimo de complejos; razona por simple análisis, porque carece del don de la síntesis, que es el patrimonio de las altas culturas. En este caso, han quedado hechizados –no es otra la palabra– por la imagen de la Gioconda. En ella se han visto como si el pueblo entero hubiese pasado, uno por uno, frente a un espejo. ¿No hay en el gesto indefinido, indeciso de Mona Lisa un soplo de arcano semejante al que palpita en una sonrisa de indio o en la mueca que antecede al llanto de un niño? ¿No advierte usted en la frente de la Gioconda la serenidad que campea en el rostro de los pames? ¿No le recuerda la amarillenta epidermis de ella el color de la carne de nuestros indios? ¿No es su tocado semejante al de las mujercitas de Nequetejé? ¿No son los paños que exornan la maravillosa creación semejantes al traje de gala que lucen las indias en días de fiesta? ¿No le recuerda el paisaje de fondo, roquerío bravío, al panorama yermo de la sierra pame?

–En verdad –contesté un poco desconcertado–, todo eso me parece muy sugestivo, pero…

–Va usted a verlo, busquemos la reproducción y usted mismo comprobará lo dicho por mí.

Y los dedos finos y acicalados de la mujer se dieron a hojear el álbum en busca de la Gioconda. Pasó ante nuestros ojos una vez, dos veces, toda la colección de láminas sin que entre ellas apareciera la buscada.

La joven técnica clavó en los míos sus ojos llenos de sorpresa, al tiempo que me decía casi con entusiasmo:

–¡Ha desaparecido…! ¡Se la han robado, ve usted!

–¿Pero está usted segura de que fueron los indios?

–Sí, absolutamente segura; nadie más que yo ha tocado el álbum desde nuestro regreso de Nequetejé. Yo misma no lo había hojeado después de la última prueba… No me cabe duda, ellos han sido… Mire, para no estropear el cromo, han tenido que remover los tornillos… Oh, sí, a este le falta una tuerquita, quizás no tuvieron tiempo de enroscarla…

–Es lamentable que se haya descompletado tan precioso “test” –dije muy neciamente.

–El hecho es elocuentísimo y, para alcanzarlo, daría yo una docena de álbumes como éste… ¿No se da usted cuenta de que el robo confirma plenamente mi deducción de psicología colectiva?

Después, ignorándome, ella abrió un cuaderno y se enfrascó en un mar de anotaciones.

Un año más tarde hubo necesidad de hacer algunas enmiendas y verificar ciertos informes vagos para publicar el fruto de nuestras investigaciones; entonces volví a Nequetejé. Esta vez recibí albergue en la sacristía de la capilla. Ahí se me improvisó una alcoba incómoda, sórdida y fría. El capellán, recién llegado también, era un viejecito amable y hospitalario, con el que desde el primer momento hice amistad. Me informó que hacía veinticinco años que los pames de la región no habían tenido párroco y que él se había echado a cuestas la tarea de reorganizar la iglesia a sus servicios.

–Qué triste ha de ser, señor, vivir en tan apartado y solitario lugar –le dije.

–El pastor, amigo mío –me contestó–, no mira al paisaje cuando el rebaño es grande y asustadizo.

Salí a la placita de la aldehuela para disfrutar unos instantes de la frescura bajo la sombra de los fresnos. Pronto mi presencia intranquilizó a la gente. Una anciana se llegó hasta mí y con voz plañidera me dijo:

–Todos sabemos a lo que vienes, cuídate…

Y sin esperar más, se marchó pasito a pasito. Sus pies, desnudos y entorpecidos, mejor que huellas hacían surcos sobre la faz arenal.

Luego fue un hombre adulto y mal encarado quien se acercó a mí; de su hombro izquierdo pendía un machete campero.

–Si te sales con la tuya, pagarás con el pellejo –dijo con un acento ronco e inhábil.

–¿Pero de qué se trata? –pregunté.

–Sólo eso te digo… Si te encaprichas, no saldrás con vida de Nequetejé –agregó en tono determinante.

Después escupió grueso y se marchó.

A poco, grupitos pavorosos de tres o cuatro hombres me rodearon; en las puertas de los jacales las mujeres me veían con ojos poco tranquilizadores. Me acerqué a una de ellas y, ante su insistencia en mirarme, le pregunté:

–¿Qué me ven?

–No más pa’ mirar, a qui’horas te lo mueres, ladrón –contestó con una sonrisa aguda como la espina de un maguey.

El crepúsculo irrumpía entre un bosque de gorjeos y de rumores. Sonó la primera llamada al rosario. Aproveché el instante en que la paz se cuajaba al conjuro de la esquila y me dirigí a la sacristía. En esos momentos, el capellán se calaba el sobrepelliz percudido y echaba sobre su nuca la estola trasudada y raída. Me sonrió al tiempo que comentaba:

–En estos andurriales, hasta los oficios eclesiásticos resultan una distracción… ¿No es verdad, hijo mío?

Yo no respondía. Fui hacia el templo. Fragancias de copal y mirra dieron contra mis narices; volutas de humo subían desde los incensarios y braseros hasta la bóveda, que cubría a una multitud prosternada y en actitud de fe inenarrable. Media centena de fieles de todas edades se asociaban en un culto común, categórico, contagioso. La iglesia era paupérrima; muros encalados, pisos de ladrillo poroso y revenido, ventanas apolilladas y vidrios estrellados; presbiterio estrecho y deslucido altar de yeso descascarado y tabernáculo humedecido y negro. Un cristo moreno, menudito e indiado, pendía de una cruz forrada con rosas de papel desteñido. El resto del templo desnudo, gélido, miserable… menos un retablo enclavado en el crucero, hacia la derecha. Ahí había un ascua parpadeante, solemne, que nacía de velas y candilejas: el altarcillo exornado con un mantel blanquísimo, bordado ricamente; esferas multicolores, ramos de verdura y florecillas montaraces, y arriba, una imagen enmarcada en un cuadro de recia madera de mezquite, del que pendían manojos de exvotos de plata…

¡Pero qué veían mis ojos…! Sí, era ella, nuestra Gioconda, la imagen robada del “test” de la psicoanalista. Sí, no cabía duda, ahí estaba, deificada y otorgando mercedes a su grey, como lo demostraba la argentina milagrería que colgaba del ancho marco y el fervor con que aquella gente se postraba a sus plantas.

Los fieles habían dado la espalda al cristo indiano para entregar el rostro a la estampa florentina, de la que la mística se había prendido con increíble fortaleza. Contemplé breves instantes aquel hecho, mas pronto me di cuenta del peligro que yo corría, cuando aquella pequeña multitud se diera cuenta de mi presencia y supusiera que venía a rescatar el cromo robado y llevarlo conmigo. Di media vuelta y torné a la sacristía. Cuando el capellán advirtió mi turbación, me habló del caso:

–Sí, amigo mío, es todo un acontecimiento pagano… Tanto como usted, conozco el origen del cromo. Cuando llegué a este pueblo ya lo encontré entronizado y en el acto traté de retirarlo de la iglesia, pero el intento se frustró frente a una oposición que llegó a tener características agresivas. La llaman Nuestra Señora de Nequetejé y aseguran que es milagrosa como ninguna advocación de la Virgen Santísima; su culto se ha extendido entre los indígenas de muchas leguas a la redonda, que vienen a verla en procesiones, en peregrinaciones nutridas y fervorosas; le cantan loas frente a su altar y ejecutan en honor de ella danzas pintorescas. Sienten por el cromo devoción ciega que será muy difícil arrancarla de los corazones, a riesgo de que en el intento se lesione un sentido generalizado y por eso respetable. Ahora, débil de mí, soslayo el problema y me preparo para encauzar esa fe hacia la verdad, un día, cuando el Señor me lo permita… Mientras tanto, los dejo en su inocente error. ¡Si hago mal, que Dios me lo perdone!

Dentro de la capilla había brotado un coro de alabanzas a la virgen pura e inmaculada. Mona Lisa, la casquivana, la jovial mujer del viejo Zanobi el Giocondo, sonreía a esta nueva aventura, la más portentosa de su historia, más sublime que aquella en que el genio de Da Vinci la iluminó con luces inmortales, más extraordinaria que su sonado rapto del Museo del Louvre… Ahora, en Nequetejé, hacía milagros y le atribuían, con la virginidad, ser madre de Dios.

En el laboratorio de México, la investigación pretendía haber extractado en una cifra escueta, en un número muchas veces menor que la unidad, toda la sustancia del hecho para ilustrar con él una conclusión científica, que exhibiera ante propios y extraños el alma de los indios de México.

Mientras tanto, allá en Nequetejé, arden los cirios del fervor y las lámparas alimentadas con la esencia de la esperanza.

 

domingo, 25 de febrero de 2024

La parábola del joven tuerto

Francisco Rojas González

 

…“Y vivió feliz largos años”. Tantos, como aquellos en que la gente no puso reparos en su falla. Él mismo no había concedido mayor importancia a la oscuridad que le arrebataba media visión. Desde pequeñuelo se advirtió el defecto, pero con filosófica resignación habíase dicho: “Teniendo uno bueno, el otro resultaba un lujo”. Y fue así como se impuso el deber de no molestarse a sí mismo, al grado de que llegó a suponer que todos veían con la propia misericordia su tacha; porque “teniendo uno bueno…”

Mas llegó un día infausto; fue aquél cuando se le ocurrió pasar frente a la escuela, en el preciso momento en que los muchachos salían. Llevaba él su cara alta y el paso garboso, en una mano la cesta desbordante de frutas, verduras y legumbres destinadas a la vieja clientela.

“Ahí va el tuerto”, dijo a sus espaldas una vocecita tipluda.

La frase rodó en medio del silencio. No hubo comentarios, ni risas, ni algarada… Era que acababa de hacerse un descubrimiento.

Sí, un descubrimiento que a él mismo le había sorprendido.

“Ahí va el tuerto”… “el tuerto”… “tuerto”, masculló durante todo el tiempo que tardó su recorrido de puerta en puerta dejando sus “entregos”.

Tuerto, sí señor, él acabó por aceptarlo; en el fondo del espejo, trémulo entre sus manos, la impar pupila se clavaba sobre un cúmulo que se imponía entre él y el sol…

Sin embargo, bien podría ser que nadie diera valor al hallazgo del indiscreto escolar… ¡Andaban tantos tuertos por el mundo! Ocurriósele entonces –imprudente– poner a prueba tan optimista suposición.

Así lo hizo.

Pero cuando pasó frente a la escuela, un peso terrible lo hizo bajar la cara y abatir el garbo del paso. Evitó un encuentro entre su ojo huérfano y los múltiples y burlones que lo siguieron tras de la cuchufleta: “Adiós, media luz.”

Detuvo la marcha y por primera vez miró como ven los tuertos: era la multitud infantil una mácula brillante en medio de la calle, algo sin perfiles, ni relieves, ni volumen. Entonces las risas y las burlas llegaron a sus oídos con acentos nuevos: empezaba a oír, como oyen los tuertos.

Desde entonces la vida se le hizo ingrata.

Los escolares dejaron el aula porque habían llegado las vacaciones; la muchachada se dispersó por el pueblo.

Para él la zona peligrosa se había diluido: ahora era como un manchón de aceite que se extendía por todas las calles, por todas las plazas… Ya el expediente de rehuir su paso por el portón del colegio no tenía valimiento: la desazón le salía al paso, desenfrenada, agresiva. Era la parvada de rapaces que a coro le gritaban:

Uno, dos, tres,
tuerto es…

O era el mocoso que tras del parapeto de una esquina lo increpaba:

“Eh, tú, prende el otro farol…”

Sus reacciones fueron evolucionando: el estupor se hizo pesar, el pesar, vergüenza y la vergüenza rabia, porque la broma la sentía como injuria y la gresca como provocación.

Con su estado de ánimo mudaron también sus actitudes, pero sin perder aquel aspecto ridículo, aquel aire cómico que tanto gustaba a los muchachos:

Uno, dos, tres,
tuerto es…

Y él ya no lloraba; se mordía los labios, berreaba, maldecía y amenazaba con los puños apretados.

Mas la cantaleta era tozuda y la voluntad caía en resultados funestos.

Un día echó mano de piedras y las lanzó una a una con endemoniada puntería contra la valla de muchachos que le cerraban el paso; la pandilla se dispersó entre carcajadas. Un nuevo mote salió en esta ocasión:

“Ojo de tirador”.

Desde entonces no hubo distracción mejor para la caterva que provocar al tuerto.

Claro que había que buscar remedio a los males. La madre amante recurrió a la terapéutica de todas las comadres: cocimientos de renuevos de mezquite: lavatorios con agua de malva, cataplasmas de vinagre aromático.

Pero la porfía no encontraba dique:

Uno, dos, tres,
tuerto es…

Pescó por una oreja al mentecato y, trémulo de sañas, le apretó el cogote, hasta hacerlo escupir la lengua. Estaban en las orillas del pueblo, sin testigos; ahí pudo erigirse la venganza, que ya surgía en espumarajos y quejidos… Pero la inopinada presencia de dos hombres vino a evitar aquello que ya palpitaba en el pecho del tuerto como un goce sublime. Fue a parar a la cárcel.

Se olvidaron los remedios de la comadrería para ir en busca de las recetas del médico. Vinieron entonces pomadas, colirios y emplastos, a cambio de transformar el cúmulo en espeso nimbo.

El manchón de la inquina había invadido sitios imprevistos: un día, al pasar por el billar de los portales, un vago probó la eficacia de la chirigota:

“Adiós, ojo de tirador…”

Y el resultado no se hizo esperar; una bofetada del ofendido determinó que el grandullón le hiciera pagar muy caros los arrestos… Y el tuerto volvió aquel día a casa sangrante y maltrecho.

Buscó en el calor materno un poquito de paz y en el árnica alivio a los incontables chichones… La vieja acarició entre sus dedos la cabellera revuelta del hijo que sollozaba sobre sus piernas.

Entonces se pensó en buscar por otro camino ya no remedio a los males, sino tan sólo disimulo de la gente para aquella tara que les resultaba tan fastidiosa.

En falla los medios humanos, ocurrieron al concurso de la divinidad: la madre prometió a la Virgen de San Juan de los Lagos llevar a su santuario al muchacho, quien sería portador de un ojo de plata, exvoto que dedicaban a cambio de templar la inclemencia del muchacherío.

Se acordó que él no volviese a salir a la calle; la madre lo sustituiría en el deber diario de surtir las frutas, las verduras y las legumbres a los vecinos, actividad de la que dependía el sustento de ambos.

 

Cuando todo estuvo listo para el viaje, confiaron las llaves de la puerta de su chiribitil a una vecina y, con el corazón lleno y el bolso vano, emprendieron la caminata, con el designio de llegar frente a los altares de la milagrería, precisamente por los días de la feria.

Ya en el santuario, fueron una molécula de la muchedumbre. Él se sorprendió de que nadie señalara su tacha; gozaba de ver a la gente cara a cara, de transitar entre ella con desparpajo, confianzudo, arupado en su insignificancia. La madre lo animaba: “Es que el milagro ya empieza a obrar… ¡Alabada sea la Virgen de San Juan…!

Sin embargo, él no llegó a estar muy seguro del prodigio y se conformaba tan sólo con disfrutar aquellos momentos de ventura, empañados de cuando en cuando, por lo que, como un eco remotísimo, solía llegar a sus oídos:

Uno, dos, tres,
tuerto es…

Entonces había en su rostro pliegues de pesar, sombras de ira y resabios de suplicio.

Fue la víspera del regreso; caía la tarde cuando las cofradías y las peregrinaciones asistían a las ceremonias de “despedida”. Los danzantes desempedraban el atrio con su zapateo contundente; la musiquilla y los sonajeros hermanaban ruido y melodía para elevarlos como el espíritu de una plegaria. El cielo era un incendio; millares de cohetes reventaban en escándalo de luz, al estallido de su vientre ahíto de salitre y de pólvora.

En aquel instante, él seguía, embobado, la trayectoria de un cohetón que arrastraba como cauda una gruesa varilla… Simultáneamente al trueno, un florón de luces brotó en otro lugar del firmamento; la única pupila buscó recreo en las policromías efímeras… De pronto él sintió un golpe tremendo en su ojo sano… Siguieron la oscuridad, el dolor, los lamentos.

La multitud lo rodeó.

–La varilla de un cohetón ha dejado ciego a mi muchachito –gritó la madre, quien imploró después–: Busquen un doctor, en caridad de Dios.

 

Retornaban. La madre hacía de lazarillo. Iban los dos trepando trabajosamente la pina falda de un cerro. Hubo de hacerse un descanso. Él gimió y maldijo su suerte… Mas ella, acariciándole la cara con sus dos manos de dijo:

–Ya sabía yo, hijito, que la Virgen de San Juan no nos iba a negar un milagrito… ¡Porque lo que ha hecho contigo es un milagro patente!

Él puso una cara de estupefacción al escuchar aquellas palabras.

–¿Milagro, madre? Pues no se lo agradezco, he perdido mi ojo bueno en las puertas de su templo.

–Ese es el prodigio por el que debemos bendecirla: cuando te vean en el pueblo, todos quedarán chasqueados y no van a tener más remedio que buscarse otro tuerto de quien burlarse… Porque tú, hijo mío, ya no eres tuerto.

Él permaneció silencioso algunos instantes, el gesto de amargura fue mudando lentamente hasta transformarse en una sonrisa dulce, de ciego, que le iluminó toda la cara.

–¡Es verdad, madre, yo ya no soy tuerto…! Volveremos el año que entra; sí, volveremos al Santuario para agradecer las mercedes a Nuestra Señora.

–Volveremos, hijo, con un par de ojos de plata.

Y, lentamente, prosiguieron su camino.

 

lunes, 19 de febrero de 2024

La cabra en dos patas

Francisco Rojas González

 

En un recodo de la vereda, donde el aire se hace remolino, Juá Shotá, el otomí, echó raíces. Entre el peñascal, donde el sol se astilla, el vagabundo hizo alto. Una roca le brindó sombra a su cuerpo, como el valle le ofreció reposo y deleite a su vista. En torno de él, las cañas de maíz crecían si acaso dos cuartas y se mustiaban enfermas de endebleces. El indio fue testigo impávido de las lágrimas y del sudor vertidos sobre la sementera para apagar la sed de los sembradíos y el hambre de los sembradores.

Pegado a la roca, aclimatado como los árboles peruleros, viviendo como el maguey, sobre la epidermis de un manto calcáreo, Juá Shotá hacía su vida a un ritmo vegetal.

Ofrecía al peregrino una jícara de pulque, en los precisos instantes en que las piernas flaqueaban y la lengua se pegaba al paladar. La gratificación por el servicio era modesta, aunque constante, tanto, que un día del peñasco brotó un techado que era flor del temple, nata del clima. Un techado que se ofrecía todo al caminante, quien nunca soslayaba la satisfacción de permanecer un ratito bajo su sombra.

Cuando al fondo del jacal apareció un armazón de maderos atados con cabos de fibra de lechuguilla y sus huecos cubiertos con botellas de etiquetas polícromas: “limonada”, “ferroquina”, “frambuesa”, o con paquetes de cigarros de tabaco bravo o con latas de galletas endurecidas o con mecapales y ayates –utensilios estos últimos indispensables en el ventorro, cuya clientela de cargadores y buhoneros los reclamaba–, entonces llegó María Petra, obediente al llamado de Juá Shotá, su marido.

Una tarde, de entre los peñascos, como un hongo, surgió la mujer. Venía fatigada; sobre su frente caían madejas negras de pelo; su cuerpo trasudaba la manta que lo cubría; los pies endurecidos se montaban alternativamente uno sobre otro buscando descanso. Doblegada por el peso de la impedimenta envuelta en un ayate, las tetas campaneaban al aire. La viajera no traía las manos vacías; en ellas jugaba un malacate que torcía, torcía siempre un cordel que acariciaba pulgar e índice; hilo de ixtle, que es urdimbre y es trama de la vida india.

Juá Shotá salió a su encuentro y tuvo para ella palabras de bienvenida. Luego preguntó por algo que no veía; ella, haciendo una mueca, se descargó y del bulto extrajo un atado del que brotaban vagidos. A poco Juá Shotá acariciaba a la hija desmedrada y feúcha María Agrícola.

La madre, sin osar mirarlos, sonreía.

La grieta donde se encajaba la vereda se fue ensanchando al paso del atajo de años. La venta de Juá Shotá había crecido y cobrado crédito: caminante que pasaba por aquella vía huraña, caminante que detenía su paso en el tenducho para echar al gaznate un trago de aguardiente o para refrescarse con una tinajilla de pulque. Juá Shotá era ya un hombre gordo, de ademanes y decir desparpajados. Vestía ropa blanquísima y calzaba huaraches de vaqueta. Para estar a la altura de su nueva condición, había traducido su patronímico, ahora la clientela lo conocía por don Juan Nopal. En cambio, María Petra se agostaba en las duras labores de puerta adentro, en lucha eterna con los pétreos cachivaches que formaban el menaje doméstico.

La niña creció entre riscos y abras. Sus carnes cobrizas asomaban por entre los guiñapos que vestía, la cara chata hacía marco a los ojos de cervatilla y su cuerpo elástico combinaba líneas graciosas con rotundeces prietas.

María Agrícola vivía aislada del mundo; don Juan Nopal y María Petra, el uno absorbido por las atenciones del ventorro y la otra entregada a los cuidados del hogar, se olvidaban de la rapaza, quien pasaba todo el día en el campo. Allí corría de peña en peña, mientras llevaba el ganado al abrevadero. Comía tunas y mezquites; reñía con el lobo, espantaba al tigrillo y lapidaba, despreciativa, al pastor su vecino que con sospechosas intenciones trató, más de una vez, de salirle al paso. Cuando la tarde se iba, echaba realada y canturreando una tonadita seguía a su rebaño, para dejarlo seguro en el corral de breñas, no sin antes conjurar a las bestias dañinas con palabras solemnes y misteriosas. Entonces regresaba a casa, consumía una buena ración de tortillas con chile, bebía un jarro de pulque y se echaba sobre el petate, cogida por las garras del sueño.

La clientela de don Juan Nopal iba en aumento. Por la venta desfilaban los caminantes: arrieros de la sierra, mestizos jacarandosos y fanfarrones, que llegaban hasta las puertas del tenducho, mientras afuera se quedaban pujando al peso de la carga de azúcar, de aguardiente o de frutas del semitrópico, las acémilas sudorosas y trasijadas. Aquellos favorecedores charlaban y maldecían a gritos, comían a grandes mordidas y bebían como agua los brebajes alcoholizados. A la hora de pagar se portaban espléndidos.

O los indios que cargaban en propios lomos el producto de una semana entera de trabajo: dos docenas de cacharros de barro cocido, destinados al tianguis más próximo. Ocupaban aquellos tratantes el último rincón del ventorro. Ahí aguardaban, dóciles, la jícara de pulque que bebían silenciosamente. Pagaban el consumo con cobres resbaladizos de tan contados, para irse, presto, con su trotecillo sempiterno.

O los otomíes que, en plan de pagar una manda, caminaban legua tras legua, llevando en andas a una imagen a la que escoltaban diez o doce compadritos, los que, por su cuenta, arrastraban una ristra de críos, en pos del borrico cargado con dos botas de pulque cada vez más ligeras, ante las embestidas de los sedientos. Entonces los cohetes reventaban contra el cielo, las mujeres gimoteaban llenas de piedad y los hombres alternaban alabanzas con canciones muy profanas, acompañadas por una guitarra sexta y un organillo en melódica pugna. Llegados a donde Juan Nopal, se olvidaban del pulque para dar contra el aguardiente. A poco aquello echaba humo; los hombres festejaban a carcajadas la fábula traviesa y la ocurrencia escatológica o se empeñaban en toscos juegos de manos. Las hembras se apretaban unas contra otras y, con la vista vidriada por las lágrimas vertidas, seguían bebiendo con el mismo fervor con que elevaban plegarias y jaculatorias. El santo de las andas yacía maltrecho en medio del recinto.

O la caravana que acompañaba a un cadáver de tres días, encaramado sobre los hombros de los deudos que íbanse turnando periódicamente. A un cadáver que había trepado montañas, atravesado valles, vadeado ríos y oscilado en la negrura de los abismos, con afán de cortar la distancia medianera entre el pueblito perdido en la sierra y la cabecera del municipio donde el “derecho de panteones” constituía el tributo más productivo. Esta multitud doliente llegaba a la casa de Juan Nopal y, después de repetidas libaciones por “la salud del fiel difuntito”, limpiaba la bodega, mientras el féretro, tendido en medio camino, tronaba macabramente.

Con aquella clientela, Juan Nopal hacía su vida. La paz cubría el techo del hogar montero. El horizonte se hacía mezquino, porque se estrellaba en la falda del cerro interpuesto entre los terrenos del otomí y el valle anchuroso.

Cuando aquella pareja instaló su tienda de campaña frente al ventorro de Juan Nopal, éste, sin saber por qué, sintió hacia los recién llegados una gran simpatía. El hombre era de un color blancucho, prominente abdomen y movimientos un poco amanerados. Usaba lentes como aquellos tipos que tanto hacían reír al indio, cuando los miraba retratados en los periódicos que casualmente llegaban a sus manos.

Todas las mañanas, el nuevo vecino salía paso a paso en busca de piedras, que traía después a su tienda. Por las tardes remolía los pedruscos y observaba el polvo cuidadosamente.

Ella era una joven delicada y tímida. Su físico no cuadraba con la indumentaria: pantalones de burda tela que hacían resaltar grotescamente las protuberancias glúteas, para regocijo de Nopal y de su clientela; botas de cuero aceitado y un sombrero de paja que se ataba al cuello con un listón rojo. Sin embargo, cuando el dueño del ventorro observaba las desazones que la vida cerril provocaba a la mujercita, sentía por ella inexplicable compasión.

El hombre parecía más acostumbrado a las molestias de la rusticidad; iba y venía con pasos inalterables. En ocasiones cantaba con voz ronca y potente algo que a Juan Nopal le parecía muy cómico.

Las actividades del extraño tenían intrigado al indígena. Los arrieros serranos le dijeron que, por las botas, los pantalones bombachos y el sombrero de corcho, se podía sacar en claro que el vecino era ingeniero. Desde ese día don Juan Nopal señaló al hombre de la casa de campaña con el nombre de “ingeniero”.

Una tarde, María Agrícola llegó sofocada.

–Eh, viejo –dijo al padre en su lengua–, ése, al que tú llamas ingeniero, me siguió por el monte.

–Querría que le ayudaras a coger esas sus piedrotas que a diario pepena…

–¿Piedrotas? No, si parecía chivo padre… Daban ganas de persogarlo con bozal debajo de un huizache y voltearle en el lomo un cántaro de agua fría…

Los ojos del indio se encapotaron.

El “ingeniero” entró en la venta. Pidió limonada y empezó a beberla lentamente. Habló de muchas cosas. Dijo que era minero, que venía a buscar plata entre el lomerío. Que su esposa lo acompañaba nada más para servirlo… Que era rico y poderoso.

El indio sólo escuchaba: “Puesto que mucho habla, mucho quiere” –rumiaba para sí la sentencia que le enseñaron sus padres–. “Pero el que mucho habla, poco consigue”, agregaba como coletilla de su propia cosecha.

Cuando María Agrícola pasó frente a ellos, el indio notó en el “ingeniero” un sacudimiento y descubrió en sus ojos el brillo inconfundible.

Al otro día, el hombre repitió la visita, sólo que esta vez venía acompañado de su esposa. A don Juan Nopal le cautivó la suavidad de modales de la hembra, igual que la tristeza que había en el fondo de sus ojos verdes. La voz apagada de ella acarició el oído del ventero, al mismo tiempo que las manos largas y transparentes atrapaban su voluntad. Esa tarde la visita del minero fue grata.

Las estancias del “ingeniero” en la tienda menudeaban. Bebía limonada mientras decía cosas raras que el indio apenas si penetraba… Mas, de todas suertes, reía y reía por lo mucho de cómico que encontraba en el palique.

–Bien, don Juan –dijo el minero por fin–, tengo para ti un buen negocio.

–Tu mercé dirás –respondió el otomí.

–¿Está muy caro el ganado por acá? ¿Cuánto, por ejemplo, sale costando una cabrita?

–El ganado en esta tierra no se vende. Los pocos animales que tiene nosotros, los guardamos para cuando nos toque la mayordomía del Santo Nicolás, al que rezamos los de Bojay que es mi tierra, allá, trastumbando el cerro más alto que devisas detrás de las ramas de aquel pirul… O para el día en que vesita el Santo Niño del Puerto. Entonces hacemos matanza y no respetamos ni las cabras de leche, porque viene harta gente.

–Bien, bien, ¿pero si yo te ofrezco diez pesos por una cabrita, tú serías capaz de vendérmela?

–Pos pué que ni así –respondió el indio aparentando pocas ganas de tratar.

–Diez pesotes, hombre; nadie te dará más… Porque lo que yo quiero pagar más bien es un capricho.

Don Juan no respondió; pero hizo una mueca que, de tan equívoca, cualquiera la hubiese tomado por una aceptación.

–Hay entre tu ganado, don Juan, una cabra que me gusta mucho, tanto, que ya ves el pago que por ella te ofrezco.

–Si tu mercé la queres, tienes que pagarme en centavos y quintos de cobre… A nosotros no me gusta el billete.

–En cobres tendrás los diez pesos, hombre desconfiado

–Si ya tu mercé tienes visto el animalito, ve por él al monte.

–Sólo que –dijo el minero con desfachatez– la cabra que yo quiero tiene dos patas.

–Ja, ja, ja –rio el indio estrepitosamente–. Y yo que no quería creer a los arrieros serranos, ora sí estoy cierto; tu mercé estás loco… ¡y bien loco! Chivas con dos patas. ¡Será la mujer del demonche, tú!

–Chiva de dos patas llamo a tu hija… ¿No lo entiendes, imbécil? –preguntó amoscado el forastero.

El indio borró la sonrisa que le había quedado prendida en los labios después de su carcajada y clavó la vista en el minero, tratando de penetrar en el abismo de aquella propuesta.

–Di algo, parpadea siquiera, ídolo –gritó enojado el blanco–. Resuelve de una vez. ¿Me vendes a tu hija? Sí o no.

–¿No te da vergüenza a tu mercé? Es tan feo que yo la venda, como que tú la merques… Ellas se regalan a los hombres de la raza de uno, cuando no tienen compromisos y cuando saben trabajar la yunta.

–Cuando se cobra y se paga bien no hay vergüenza, don Juan –dijo el “ingeniero” suavizando el acento–. La raza no tiene nada que ver… y menos cuando se trata de la raza que ustedes los indios quieren conservar… ¡Bonita casta que no sirve más que para asustar a los niños que van a los museos!

–Pos las chivas de esa clase no ha de ser tan feas, ya que tu mercé te interesas tanto por una.

–Te he dicho que es tan sólo un capricho mío… A lo mejor tú sales ganando un nieto mestizo. Un hijo de blanco que será más inteligente que tú. Un mestizo que valdrá más de diez pesos en cobres.

–No, ese ganado no está a la venta –repuso don Juan con un tonillo que denotaba no haber entendido o no haber querido entender las últimas palabras de su cliente.

–Se necesita ser estúpido para no tratar. En la costa regalan a las indias vírgenes, sólo con la esperanza de que tengan un hijo blanco, porque aquella gente entiende que la mezcla de los hombres es tan útil como una buena cruza en los ganados; pero ustedes los otomíes son tan cerrados, que ni pagándoles acceden a mejorarse.

Ahora en los ojos de don Juan había una chispa. Chispa en la que no reparó en su fogosidad el blanco.

–Bueno, en vista de tu necedad, doblo la oferta. Veinte pesos por ella. ¡Veinte pesos en cobres de a cinco! No, no me la voy a llevar, porque las criadas en la ciudad son inútiles y puercas. Solamente quiero que le digas que se bañe y que la aconsejes para que no sea mala conmigo, que no me arañe ni me tire de patadas… Después te la dejo. No pago más que el silencio, porque a mí no me convendría que nadie se enterara, ¿sabes? –dijo mientras miraba hacia la tienda de campaña, donde la mujer blanca recosía ropa, sentada cerca de la puerta.

–No, tu mercé eres mala gente. Ya te digo que por’ay no l’entro… ¡Y de paso, pos pagas tan pocos fierros!

–Veinticinco pesos en cobres… En cobre, oíste –ofreció terminantemente el comprador.

–Te voy a enseñar a tu mercé a tratar ganados –dijo pachorrudamente el otomí, mientras sacaba una bolsa gruesa del cajón del mostrador–. Aquí hay cien pesos en cobres… Y como yo creo con tu mercé que las cruzas son buenas, quisiera yo también mejorar mi casta. Pero la mía, no la ajena. Cien pesos que te doy por tu mujer. Tráimela, yo no pongo condiciones… Aunque me arañe, me muerda y me patié. Yo no pago el silencio, eso te lo doy de ribete; puede tu mercé contarlo a todo el mundo. Tampoco te pido que la bañes, déjamela así.

Entonces el que permaneció en silencio fue el “ingeniero”.

–Tu mercé te la llevas, a mí aquí en el monte no me sirve… ¡Capaz de que se quebré! Tu mercé cargas con ella; pero eso sí, con la garantía de que pronto tendrás un mestizo bonito y trabajador que te diga papá… Son buenas las cruzas de sangre; pero lo mejor de ellas es que se pueden hacer lo mesmo de macho a hembra que de hembra a macho… ¿O qué opinas tu mercé?

–Pero esto es bestial… Se te ha soltado la lengua, ídolo.

–Resuelve luego –continuó Juan–, porque yo cuando me alboroto luego me da por retozar. Cien pesos en cobres; nenguna te dará más, porque está tan canija, si apenas con su peso levanta la vara de la romana. No merco ni la carne ni el pellejo, sólo te compro a tu mercé el modito de ella… Pero si no te gusta este trato, tengo otro que proponerte… ¡Tú dirás!

La mirada de ambos coincidió entonces en un solo punto. Cuatro ojos se clavaron en un machete que colgaba del mostrador al alcance de la mano del indio.

–¡Cien pesos por un modito, señor ingeniero! –repitió con retintín don Juan. En su boca había una sonrisa que rivalizaba en frialdad con la hoja de acero.

A la mañana siguiente, don Juan Nopal se sorprendió de no encontrar frente a su casa la tienda de campaña del “ingeniero”. Había sido desmontada precipitadamente antes de la media noche. El amanecer había sorprendido a los fugitivos blancos en la cumbre del cerro de “El Jilote”.

María Agrícola, irguiendo el cuerpo fino y flexible, como las armas de los flecheros, dejaba que el aire revolviera el negror de sus trenzas, mientras veía cómo una polvareda se alzaba por allá, cerca de la barranca de “El Cántaro”, punto cercano a la vía del ferrocarril.

 

miércoles, 14 de febrero de 2024

El diosero

Francisco Rojas González

 

Kai-Lan, señor del caríbal de Puná, sentado frente a mí toma una graciosa postura simiesca y sonríe amistoso; en sus manos cortitas y móviles, juguetea un bejuco. Estamos bajo el techo de su “champa” erigida en un claro de la selva; en un claro que es islote perdido entre el océano vegetal que amenaza desbordarse en las olas crujientes y negras. Kai-Lan escucha, sus ojos se clavan en mi rostro; parece adivinarme el gesto mejor que entender mis palabras. A veces, cuando mi propósito logra penetrar en el cerebro o en el corazón del indio, él ríe, ríe a carcajadas… Mas a veces, cuando mi relato tórnase grave, el lacandón se pone formal y aparentemente interesado en aquel diálogo en que participa él con algunos monosílabos o con tal o cual frase sencilla, emitida con dificultad.

Las tres mujeres de Kai-Lan están cerca de nosotros, sus tres “kikas”. Jacinta, niña casi y madre ya de una indiecita lactante, de cara redonda y cachetona; Jova, una anciana reservada, fea y huidiza, y Nachak‘in, hembra en plenitud; su perfil arrogante como un mascarón pétreo de Chichén-Itzá, los ojos sensuales y coquetones, el cuerpo ondulante, apetitoso, a pesar de la corta estatura y los ademanes sueltos, tanto, que llegan a descocados frente al desabrimiento de las otras dos.

Jova, arrodillada cerca del metate, tortea grandes ruedas de masa de maíz; Jacinta, que carga sobre el brazo izquierdo a su hija, revuelve entre las brasas del fogón un faisán abierto en canal del que sale un tufillo agradable. Nachak‘in de pie, metida en su amplio cotón de lana, mira impávida el ajetreo de sus compañeras.

–Y ésa –pregunté a Kai-Lan señalando a Nachak‘in– ¿por qué no trabaja?

El lacandón sonríe, guarda silencio unos instantes; con ello da la idea de que busca los términos apropiados para responder:

–No trabaja en el día –dice al fin–, a la noche sí… A ella toca subir a la hamaca de Kai-Lan.

La bella “kika”, tal si hubiera entendido las palabras que en castellano me dijo su marido, baja los ojos ante mi curiosa mirada y pliega los labios en una sonrisa terriblemente picaresca. De su cuello robusto y corto cuelga un collar de colmillos de lagarto.

Fuera de la “champa”, la selva, el escenario donde se desenvuelve el drama de los lacandones. Frente a la casa de Kai-Lan, se laza el templo del que él es Gran Sacerdote, al mismo tiempo que acólito y fiel. El templo es una barraca techada con hojas de palma; sólo tiene un muro, que ve al poniente; adentro, caballetes de rústica talla y, sobre ellos, los incensarios o braserillos de barro crudo, que son deidades doblegadoras de las pasiones, moderadoras de los fenómenos naturales que en la selva se desencadenan con furia diabólica, domadores de bestias, amparo contra serpientes y sabandijas y resguardo opuesto a los “hombres malos” del más allá de los bosques.

Junto al templo, la parcela de maíz cultivada cuidadosamente; matas vigorosas se alzan del suelo más de dos palmos entre las paredes de los hoyancos cavados a “coa”; un lienzo de varas espinudas protege al sembradío de las incursiones de los jabalíes y de los tapires y, abajo, entre lianas y raíces, el río Jataté. El clima es húmedo y tibio.

La voz de la selva, de tono invariable y de intenciones tozudas como las del mar, aquel ruido de enervantes efectos para quien lo escucha por primera vez y que acaba por tornarse, andando el tiempo, en estímulo grato durante el día y en arrullo suave durante la noche, aquella voz nacida de buches de aves, de fauces de fieras, de ramas quebradizas, del canto de las hojas de las ceibas, del ramón y del asesino matapalos que trepa sus tentáculos abrazados a los corpulentos troncos de caobo, del chicozapote, para extraer de ellos, en provecho propio, hasta la última gota de savia, del chiflido intermitente de la nauyaca que vive entre las cortezas del chacalté y del ululante alarido del sarahuato, monito grotesco y cínico que retoza su eterna brama pendiente de las lianas o trepado inverosímilmente en las más atrevidas copas… En tal algarabía, apenas si se escucha la palabra del lacandón que es señor de la selva, al mismo tiempo que el más débil y desposeído entre lo que anima ese mundo de fronda y luz, de estruendo y silencio.

En la “champa” de Kai-Lan, cacique de Puná, aguardo el “taco” que su hospitalidad delicadísima me ha brindado, para continuar mi camino después del refrigerio, por brechas y “picados”, entre la masa verde y el pantano, con rumbo al caríbal de Pancho Viejo, aquel silencioso, solitario y lánguido caballero lacandón, cuya “champa”, huérfana de “kikas”, se alza, Jataté abajo, a pocos kilómetros de la heredad de mi huésped actual. Calculo llegar a la anochecida.

Cuando estoy terminando de dar cuenta con la pechuga del faisán, Kai-Lan muestra alguna inquietud; voltea hacia la selva, hincha su nariz en un husmear de bestia carnívora; se pone en pie y sale lentamente. Lo miro cómo interroga a las nubes; después recoge del suelo una varita que eleva entre el índice y el pulgar; por el arco que forman sus dedos, se mira el sol a punto de llegar al cenit.

Kai-Lan ha vuelto y me hace conocer el resultado de su investigación.

–Poco andarás… Viene agua, mucha agua.

Yo insistí en la necesidad que tengo de llegar esa misma noche a la “champa” de Pancho Viejo, mas Kai-Lan machaca cordialmente:

–Mira, falta ansinita para el agua –y me muestra la vara a través de la cual observó las nubes.

–Pancho Viejo me espera.

Kai-Lan ya no habla.

Me he puesto en pie, acaricio la cara de la pequeña que se ha dormido en brazos de su madre y cuando me dispongo a salir, gotas enormes me detienen; la tormenta se ha desencadenado. Kai-Lan sonríe al ver cumplido su pronóstico: “Agua… mucha agua”.

El rayo brama a poco bajo un techo color de acero que se ha interpuesto entre la selva y el sol; la tormenta se abate sobre las ramazones de los árboles que rascan la costra de nubes. La voz de la selva se acalla para dejar sitio al estruendo de las cataratas. La “champa” se sacude con violencia, Kai-Lan ha vuelto a sentarse junto a mí; estoy sobrecogido ante el espectáculo que por primera vez presencio.

El agua sube a ojos vistas; Jacinta ha dejado a su niña acostada en la hamaca de Kai-Lan y seguida de Jova alzan sus cotones con inocente impudicia hasta arriba de la cintura y empiezan a levantar un dique dentro de la choza, para evitar que el agua escurra al interior. Nachak‘in, la “kika” en turno, distrae su holganza sentada en cuclillas en un rincón de la “champa”; Kai-Lan, con el mentón entre sus manos, mira cómo la tempestad crece en intensidad y en estruendos.

–¿Qué buscas en ca Pancho Viejo? –me interroga de pronto.

Yo sin muchas ganas de liar la charla, respondo un poco cortante:

–Me va a platicar cosas de la vida de ustedes los “caribes”.

–¿Y a ti qué te importa? ¡No hay que meterse en la vida de los vecinos! –dice el lacandón sin tratar de herirme.

No contesto.

Jacinta ha tomado en brazos a su hijita, la estrecha contra su pecho; en la cara de la joven hay ahora sombras de congoja. Jova, estoica, empieza a destazar un sarahuato enorme; la piel de la bestia, taladrada por una flecha de Kai-Lan, va despegándose de la carne rojiza hasta dejar un cuerpo desnudo, muy semejante en volumen y muy parecido en forma al de la indita mofletuda que llora entre los brazos de Jacinta.

Kai-Lan me ha pedido un cigarrillo al que arranca fumarolas que la ventisca se encarga de disolver en cuanto salen de su boca.

Entre tanto, el cielo no acaba de volver sus odres sobre la selva; las nubes se confunden ya con las copas del chacalté y del chicozapote; un rayo ha partido, como a vil bambú, el tronco de una ceiba centenaria; el fragor nos aturde y la luz lívida nos deja ciegos por instantes.

En la “champa” nadie habla, el pavor supersticioso de los indios es menor que mis temores de hombre civilizado.

–Agua, mucha agua… –comenta al fin Kai-Lan.

De pronto, un estrépito prolongado colma nuestra inquietud; es rotundo como el de las rocas al desgajarse, es categórico tal el estruendo de cien troncos de caobo que reventaran al unísono.

Kai-Lan se pone de pie, mira hacia afuera por entre la tupida cortina que descuelga el temporal. Habla en lacandón a las mujeres, quienes ven hacia el punto que el hombre les señala. Yo hago lo mismo.

–El río, es el río –me dice Kai-Lan en castellano.

En efecto, el Jataté se ha hinchado; sus aguas arrastran como pajillas troncos, ramas y piedras.

El lacandón vuelve a hablar a sus esposas; ellas escuchan sin contestar. Jova va hacia el fondo de la “champa” y remueve con sus manos un montón de arcilla seca, al tiempo que Kai-Lan, provisto de un gran calabazo, sale a la tormenta, para regresar a poco; su cabello empapado cuelga lacio hasta debajo de los hombros; el cotón se le pega al cuerpo dándole un aspecto ridículo… Ahora voltea sobre la arcilla el agua que ha traído en el calabazo; las mujeres lo miran llenas de unción; Kai-Lan repite la maniobra una vez y otra; el agua y la arcilla han hecho barro que el hombrecillo amasa. Cuando ha encontrado el punto pastoso y moldeable en la arcilla, emprende otro viaje en medio de la tempestad; lo vemos entrar al templo y destruir con furia mística los braseros deidades. Luego que ha terminado con el último, retorna a la “champa”.

–Los dioses son viejos… ya no sirven –me dice–. Yo haré otro, fuerte y valiente, que acabe con el agua.

…Y Kai-Lan, echado frente al montón de barro, empieza a modelar con insospechada maestría un nuevo incensario, un dios lucido y potente, capaz de conjurar a las nubes que ahora se desprenden sobre el “caríbal” y sobre el río.

Las “kikas” han vuelto discretamente las espaldas al hombre, hablan entre sí en voz baja. De pronto Nachak‘in arriesga una mirada que Kai-Lan sorprende. El hombrecito se ha puesto en pie, grita roncamente, bate sus manos al aire presa de furores; Nachak‘in, vuelta de nuevo hacia la pared y con la cabeza baja, resiste humildemente la reprimenda… Kai-Lan ha deshecho, convulso de ira, la obra casi terminada: Dios ha vuelto a sucumbir en manos del hombre.

Cuando el lacandón se cerciora de que el ojo impuro de las hembras no mancillará la obra divina, intenta de nuevo erigirla.

…Ya está, es un bello incensario de apariencia zoomorfa: un ave barriguda, con el lomo hundido en forma de cazoleta; la figurilla se mantiene enhiesta sobre tres pies que rematan en pezuñas hendidas como las del jabalí. Dos astillas de pedernal brillan en las órbitas profundas. Kai-Lan se muestra muy satisfecho de su trabajo; lo mira de hito en hito, lo retoca, lo pule… Lo aprecia a distancia en todos sus ángulos y acaba por ocultarlo bajo el vuelo de su túnica, para salir con él entre la ventisca y con dirección al templo… Ya está ahí, lo miro a través del empañado cristal de la tormenta. Entroniza en el caballete al dios flamante, fresquecito aún: echa sobre sus lomos granos de copal y algunas brasas que toma entre dos varas de la hoguera perpetua que arde en el centro del recinto. Kai-Lan se mantiene en pie, inmóvil, hierático, sus brazos cruzados y la barbilla en alto.

Entre tanto, Jova atiza el hogar que chisporrotea; las llamas alumbran un poco la choza en donde empiezan a cuajarse las sombras. El vendaval sigue entre lamentos de árboles desgajados y estruendo de torrentes; el Jataté se ha tornado soberbio, sus aguas suben de nivel alarmantemente… Ahora amenazan desbordarse, ya chapotean en los ribazos que protegen la milpa. Kai-Lan se ha dado cuenta del peligro; bajo el techo del templo observa inquieto el amago del río; vuelve hacia el brasero, lo carga de nuevo con resina y aguarda. Mas la tempestad no cede, los nubarrones columpian de las cumbres y dejan caer sobre el “caríbal” su sombra. La noche se precipita… Veo la silueta de Kai-Lan ir hasta el ara, tomar al dios entre sus manos, destruirlo y después, presa de furores, arrojar los fragmentos de barro a las lagunetas que se han formado frente a su “champa”… ¡Dios inútil, dios negado, imbécil dios…!

Mas Kai-Lan ha salido del templo, va hacia la milpa; marcha penosamente bajo las aguas, ahora se echa en cuatro pies junto al río, parece tapir que se revuelca ente el fango. Arrastra troncones y ramas, piedras y hojarascas; con todo bordea la sementera; es el suyo un trabajo doloroso e inútil. Cuando me dispongo a ir en su auxilio, él, convencido de la nulidad de sus esfuerzos, retorna a la “champa”. Increpa entonces con palabras violentas a las mujeres, quienes voltean de nuevo sus caras hacia el muro de hojas de palma. La niña duerme plácidamente sobre la hamaca, su cuerpecillo regordete yace entre harapos sucios y humedecidos.

Kai-Lan emprende otra vez la tarea.

Y ya tenemos ante nosotros al nuevo dios que ha brotado de sus manos mágicas. Es más basto éste que el anterior, pero menos hermoso. El lacandón lo eleva hasta la altura de los ojos y lo contempla unos instantes; parece estar muy engreído con su creación. A sus espaldas se escucha el gemido de la niña que despierta quizás al lancetazo de un bicharraco. Cuando Kai-Lan vuelve, se encuentra a la pequeña mirando fijamente al incensario. El lacandón tiene un gesto de impaciencia que poco a poco se torna en mueca benévola frente a la risa de la criatura. Arroja al suelo el incensario, ya maculado por ojos de mujer y empieza a destrozarlo con sus pies desnudos. Cuando ha consumado la destrucción, llama a voces. Jacinta, sin atreverse a levantar la cabeza, recoge a su hija y la lleva en brazos hasta el muro; saca por entre la manga de su cotón una mama excesiva y prieta, a la que la niña se prende; Jacinta, al igual que las demás “kikas”, ha volteado su cara a Kai-Lan, quien no pierde la fe; ahora empieza de nuevo.

El afán puesto en la tarea hace al indio olvidarse de mí, que miro a placer las incidencias que ocurren durante la manufactura de dios… Las manos pequeñitas de Kai-Lan toman fragmentos de lodo, nerviosas bolean esferas, amoldan cilindros o retocan planos; bailan sobre la forma incipiente, atareadas, ágiles, vivaces. Jova y Jacinta, la última meciendo entre sus brazos a la hija, se mantienen en pie dándonos las espaldas, Nachak‘in, amurriada tal vez por su frustrado himeneo, se ha sentado en las piernas cruzadas y la cara a la pared; cabecea presa del sueño. En medio de la choza, la lumbre crepita. Es de noche.

Esta vez la fábrica de dios ha sido más laboriosa, diríase que, ante los fracasos, el hacedor pone en la tarea todo su arte, toda su maestría. Modela un cuadrúpedo fabuloso: hocicos de nauyaca, cuerpo de tapir y cauda enorme y airosa de quetzal. Ahora mira en silencio el fruto de sus esfuerzos; ahí está, es una bestia magnífica, recia, prieta, brutal… El lacandón se ha puesto en pie; el incensario descansa en el suelo: Kai-Lan se retira algunos pasos para mirarlo a distancia; le ha notado alguna imperfección que se apresura a corregir con sus dedos humedecidos de saliva… Ha quedado, finalmente, satisfecho por completo. Alza entre sus brazos el incensario y cuando se asegura que no ha sido profanado por la mirada de las hembras, sonríe y se dispone a trasladarlo a sus altares. Pasa rozando mis piernas; yo estoy seguro de que en esos instantes no repara en mi presencia.

Las sombras de la noche empapada ya no me permiten ver la maniobra de Kai-Lan en oficio de Sumo Sacerdote; mis ojos apenas si perciben la lucecilla intermitente que arde sobre los lomos de la deidad recién modelada y el parpadeo angustioso de la hoguera perpetua alimentada con leños húmedos.

Mientras tanto, Jova ha montado un ingenio de varas cerca del fogón; de él pende el sarahuato para asarse al rescoldo; el aspecto del cuadrumano es pavoroso; la cabeza caída sobre el pecho parece gesticular; sus miembros retorcidos me recuerdan imágenes de mártires, de hombres mártires sometidos a la tortura por su santidad o… por sus herejías. Los granos de sal que salpican la carne estallan con leve y enervante chasquido, al tiempo que la grasa escurre para dejar negro y enjuto al cuerpecillo antropomorfo.

Jacinta, echada de rodillas frente a un cacharro barrigudo, extrae el maíz que deposita en el metate, la niña duerme en una estera tendida al alcance de la madre.

Nachak‘in, que ve pasar yerma su noche de amor, se ha tirado en la hamaca donde revuelve sus ansiedades; las piernas, torneadas y pequeñas, cuelgan en inquietante balanceo.

De pronto, viniendo de allá de la milpa, se escuchan voces. Es Kai-Lan. Jacinta y Jova atienden en el acto al llamado; las dos “kikas” salen entre la borrasca y van hacia donde el esposo las requiere. Nachak‘in apenas si se incorpora para verlas partir; bosteza, distiende sus brazos sobre la “cabeza” de la hamaca y hace algunos movimientos elásticos de bestiecita en celo.

Miro hacia el sembradío; Kai-Lan debajo de una ceiba opulenta sostiene entre sus manos una tea, cuya flama desafía sorprendentemente al ventarrón; las mujeres se debaten entre el barro en pelea furiosa contra el agua que ya ha rebasado el pequeño bordo que la contuvo; ahora las primeras matas de maíz están anegadas. Corro a prestar auxilio a las mujeres. A poco me hallo hundido hasta la cintura en el lodo y comprometido en la lucha de los lacandones. Mientras Jacinta y yo acercamos piedras y fango, Jova levanta un vallado que más tarda en alzarse que en ser arrastrado por la corriente. Kai-Lan grita en lacandón palabras fustigantes; ellas redoblan esfuerzos. El hombre va y viene bajo el enorme paraguas de la ceiba; en alto la antorcha, nos manda sus débiles fulgores. Llega un momento en que la agitación de Kai-Lan es irreprimible. Deja la tea sostenida entre dos piedras y va hacia la choza del templo, penetra en ella y nos abandona empeñados en nuestros estériles esfuerzos… Jacinta ha resbalado, el agua la arrastra un trecho; Jova logra pescarla por la melena y con mi ayuda sacarla del trance. Un enorme tronco que flota en las aguas barre totalmente nuestra obra… La riada se desborda ya en arroyuelos que hacen charcas al pie de las matas de maíz. Nada hay que hacer; sin embargo, las mujeres siguen en empeñosa pugna. Cuando yo estoy a punto de marcharme materialmente rendido, noto que la tormenta ha cesado… Como llegó se fue, sin aparatos espectaculares, de improviso, tal como se presenta o se ausenta todo en la selva: la alimaña, el rayo, el viento, el brote, la muerte…

Kai-Lan sale del templo, lanza alaridos de júbilo. Nachak‘in mira, sin hacer nada por evitarlo, cómo el cuerpo del sarahuato se chamusca, se carboniza; una nube negra y hedionda hace irrespirable el ambiente; la niña solloza rendida de llorar.

Las mujeres al ver mi traza ridícula ríen; estamos encenegados de pies a cabeza.

Trato de limpiar el fango de mis botas. Kai-Lan me tiende un calabazo lleno de “balché”, aquella bebida fermentada ritual de las grandes ocasiones. Bebo un trago, otro y otro… Cuando alzo el codo por tercera vez, noto que amanece.

Kai-Lan está a mi lado, me mira amablemente. Nachak‘in se acerca y trata de echar, lúbrica y provocativa, un brazo al cuello del hombrecillo; él la separa delicadamente, al tiempo que me dice:

–Nachak‘in ya no, porque hoy es mañana.

Luego llama con suavidad a Jova; la anciana viene sumisa hasta el hombre; él la toma por la cintura y así permanece.

–Hoy no trabaja de día la Jova… A la noche sí, porque a ella toca subir a la hamaca de Kai-Lan.

Después con palabras breves y cortadas, habla a Nachak‘in, quien se ha separado un poco del grupo. La bella e imperiosa, ahora dócil y humilde, va hasta el fogón para ocupar el sitio que dejó Jova, la “kika” en turno.

Me dispongo a partir; regalo a las mujeres unos peines rojos y un espejo, ellas agradecen con sonrisas blancas y anchas.

Kai-Lan me obsequia con un pernil de sarahuato que se escapó de la chamusquina. Yo correspondo con un manojo de cigarrillos.

Salgo hacia el “caríbal” del caballero Pancho Viejo. Kai-Lan me acompaña hasta el “picado”. Cuando pasamos frente al templo, el lacandón se detiene y, señalando hacia el ara, comenta:

–No hay en toda la selva uno como Kai-Lan para hacer dioses… ¿Verdad que salió bueno? Mató a la tormenta… Ve, en la pelea perdió su bonita cola de quetzal y la dejó en el cielo.

En efecto, prendido a la copa de un “ramón”, el arco iris esplende…