Sherwood Anderson
Tom Foster llegó a Winesburg,
procedente de Cincinnati, cuando era todavía muy joven y podía aprender cosas nuevas.
Su abuela se había criado en una granja cerca del pueblo y de niña había asistido
allí a la escuela, cuando Winesburg era una aldea de doce o quince casas apiñadas
en torno a un almacén en Trunion Pike.
¡Menuda vida había llevado la anciana desde que se fue de aquel pueblo
fronterizo y qué mujer tan fuerte y capaz era! Había vivido en Kansas, en Canadá
y en la ciudad de Nueva York, siempre detrás de su marido, que era mecánico, hasta
que murió. Luego se marchó a vivir con su hija, que se había casado también con
un mecánico y residía en Covington, Kentucky, al otro lado del río, frente a Cincinnati.
Luego vinieron años muy malos para la abuela de Tom Foster. Primero
un policía mató a su yerno durante una huelga y luego la madre de Tom enfermó y
murió también. La abuela tenía ahorrado un poco de dinero, pero lo gastó con la
enfermedad de la hija y costeando los dos funerales. Se convirtió en una empleada
anciana y exhausta que vivía con su nieto sobre una chatarrería en una callejuela
de Cincinnati. Pasó cinco años fregando suelos en un edificio de oficinas y luego
consiguió un trabajo de friegaplatos en un restaurante. Tenía las manos deformadas.
Cuando cogía una escoba o un trapeador por el mango, sus manos parecían sarmientos
secos de una parra que se aferraran al tronco de un árbol.
La anciana volvió a Winesburg en cuanto tuvo ocasión. Una tarde,
mientras volvía a casa del trabajo, encontró un monedero que contenía treinta y
siete dólares y eso facilitó las cosas. El viaje fue una gran aventura para el muchacho.
Eran más de las siete cuando la abuela llegó a casa con el monedero entre las manos
y estaba tan nerviosa que apenas podía hablar. Insistió en que partieran de Cincinnati
esa misma noche, convencida de que, si se quedaban hasta la mañana siguiente, el
propietario del dinero los encontraría y se meterían en un lío. Tom, que tenía entonces
dieciséis años, tuvo que acompañar a su abuela a la estación con todas sus posesiones
terrenales envueltas en una manta vieja y cargadas a la espalda. A su lado iba su
abuela apremiándolo para que se apurara. La boca desdentada se le contraía con un
tic nervioso, y cuando Tom se cansó y quiso dejar el hato en el suelo, ella hizo
ademán de quitárselo y, de no habérselo impedido el muchacho, se lo habría echado
ella misma a la espalda. Cuando subieron al tren y salieron de la ciudad, se puso
tan contenta como una niña y habló como el chico no la había oído hablar jamás.
Toda la noche, mientras el tren traqueteaba, su abuela le contó historias
de Winesburg y le habló de lo mucho que disfrutaría trabajando en los campos y cazando
animales en el bosque. No podía imaginar que el minúsculo pueblecito de hacía cincuenta
años se había transformado en una próspera población en su ausencia, y a la mañana
siguiente, cuando llegó a Winesburg, no quiso bajar. “No es lo que yo pensaba. Aquí
puede que la vida te resulte difícil”, afirmó. Luego el tren se marchó y los dos
se quedaron sin saber adónde ir, delante de Albert Longworth, el mozo de equipajes
de Winesburg.
Sin embargo, a Tom Foster le fueron bien las cosas. Era de los que
se las arreglan en cualquier parte. La señora White, la mujer del banquero, contrató
a su abuela para trabajar en la cocina y él consiguió empleo como mozo de cuadra
en el nuevo establo de ladrillo que había hecho construir el banquero.
En Winesburg era difícil conseguir criados. Si una mujer quería que
la ayudaran en las tareas domésticas empleaba a una “asistente”, que insistía en
compartir mesa con la familia. La señora White estaba harta de asistentes y aprovechó
la ocasión de contratar a la anciana de la ciudad. Le proporcionó al muchacho una
habitación en lo alto del granero. “Puede cortar el césped y hacer mandados, cuando
no tenga que ocuparse de los caballos”, le explicó a su marido.
Tom Foster era pequeño para su edad y tenía una cabezota cubierta
de pelo negro y duro que crecía de punta. El pelo hacía que la cabeza pareciera
aún mayor. Su voz era lo más suave que pueda imaginarse y él mismo era tan amable
y tranquilo que se integró en la vida del pueblo sin llamar la atención en lo más
mínimo.
Uno no podía sino preguntarse de dónde sacaba Tom Foster tanta amabilidad.
En Cincinnati había vivido en un barrio donde pandillas de muchachos camorristas
se dedicaban a merodear por las calles, y todos sus años formativos los había pasado
con aquellos chavos. Durante un tiempo trabajó como recadero en una compañía de
telégrafos y estuvo entregando telegramas en un barrio plagado de prostíbulos. Las
mujeres de los burdeles conocían y querían a Tom Foster, igual que los muchachos
de las pandillas.
Nunca trataba de hacerse notar. Esa fue una de las cosas que le ayudaron
a salir bien librado. En cierto sentido, se ponía a la sombra del muro de la vida
como si tuviera que quedarse allí. Veía a los hombres y mujeres de los prostíbulos,
observaba sus esporádicas y horribles relaciones amorosas, veía pelear a los muchachos
y escuchaba sus historias de robos y borracheras sin inmutarse y con una extraña
impasibilidad.
Una vez Tom también robó. Ocurrió cuando todavía vivía en la ciudad.
La abuela estuvo enferma una temporada y él estaba sin trabajo. No tenían comida,
así que fue a una talabartería que había en un callejón y robó un dólar y setenta
y cinco centavos del cajón.
La talabartería la regentaba un anciano de largos bigotes, que vio
merodear al muchacho y no le dio mayor importancia. Cuando el hombre salió a la
calle a hablar con un muletero, Tom abrió el cajón, cogió el dinero y se marchó.
Más tarde lo atraparon y su abuela arregló el asunto ofreciéndose a ir dos veces
por semana durante un mes a barrer y fregar la tienda. El muchacho se avergonzó,
pero también se alegró. “Es bueno sentirse avergonzado porque me hace entender cosas
nuevas”, le dijo a su abuela, que no sabía de qué le hablaba, pero lo quería tanto
que no le importaba entenderlo o no.
Tom vivió un año en el establo del banquero y luego perdió su empleo.
No cuidaba bien de los caballos y era un constante motivo de enfado para la mujer
del banquero. Le pedía que cortara el césped y se le olvidaba. Luego lo enviaba
a la tienda o la oficina de correos y no volvía, sino que se unía a algún grupo
de hombres y muchachos y pasaba la tarde con ellos, haraganeando, escuchándolos
y de vez en cuando, si le preguntaban, diciendo algunas palabras. Igual que le había
ocurrido en los prostíbulos y con las pandillas de muchachos que recorrían las calles
de la ciudad por la noche, también en Winesburg supo cómo participar, y al mismo
tiempo quedarse al margen, de la vida que lo rodeaba.
Cuando Tom perdió su empleo en casa del banquero White, dejó de vivir
con su abuela, aunque muchas tardes ella iba a visitarlo. Alquiló una habitación
detrás de un pequeño edificio de madera perteneciente al viejo Rufus Whiting. El
edificio estaba en Duane Street, justo al lado de la calle Mayor y hacía años que
era el bufete del anciano, que ahora se había vuelto demasiado débil y olvidadizo
para ejercer la abogacía, pero no era consciente de sus limitaciones. Tom le caía
bien y le alquiló la habitación por un dólar al mes. Por la tarde, cuando el abogado
se iba a casa, el muchacho tenía todo el sitio para él y se pasaba horas tumbado
en el suelo junto a la estufa, pensando. Por la noche, la abuela iba a verlo y se
sentaba en la butaca del abogado a fumar una pipa mientras Tom guardaba silencio,
como hacía siempre que estaba con alguien.
Con frecuencia la abuela hablaba con mucha energía. En ocasiones,
llegaba enfadada por algo que había ocurrido en casa del banquero y se pasaba horas
refunfuñando. Compró un trapeador con su sueldo y limpiaba regularmente el suelo
del bufete. Luego, cuando el lugar estaba inmaculado y olía a limpio, encendía su
pipa de barro y Tom y ella fumaban juntos. “Cuando estés dispuesto a morir, moriré
yo también”, le decía al muchacho que estaba tumbado en el suelo junto a la silla.
Tom Foster disfrutaba de la vida en Winesburg. Hacía pequeñas labores,
como cortar leña para las cocinas y segar el césped delante de las casas. A finales
de mayo y principios de junio, recogía fresas en los campos. Tenía tiempo que perder
y le gustaba perderlo. El banquero White le había regalado una chaqueta que le quedaba
demasiado grande, pero su abuela se la arregló, y también tenía un abrigo, obtenido
en el mismo sitio, que estaba forrado de piel. La piel estaba desgastada en algunos
sitios, pero el abrigo era cálido y en invierno Tom dormía con él. Le gustaba su
modo de ir tirando y estaba contento y satisfecho con la vida que le ofrecía Winesburg.
Cualquier pequeñez absurda hacía feliz a Tom Foster. Supongo que
por eso lo apreciaba tanto la gente. En la verdulería de Hern siempre tostaban café
los viernes por la tarde para venderlo los sábados, y el aroma invadía un extremo
de la calle Mayor. Tom Foster aparecía y se sentaba en una caja en la trastienda.
Se pasaba allí una hora totalmente inmóvil, empapando todo su ser de aquel aroma
que lo embriagaba de felicidad. “Me gusta –afirmaba con placidez–. Me hace pensar
en cosas lejanas, sitios y cosas así”.
Una noche Tom Foster se emborrachó. Sucedió de un modo curioso. Nunca
se había emborrachado y, de hecho, en toda su vida jamás había bebido ni un solo
sorbo de licor, pero en esa ocasión sintió que necesitaba emborracharse y lo hizo.
Cuando vivió en Cincinnati, Tom había aprendido muchas cosas, cosas
sobre la fealdad, el crimen y la concupiscencia. De hecho, sabía más sobre esas
cosas que ninguna otra persona de Winesburg. En concreto había visto la cara más
horrible del sexo y eso le había causado una profunda impresión. Decidió que, después
de ver a aquellas mujeres delante de las casas raquíticas las noches de invierno
y de las miradas que había visto en los ojos de los hombres que se paraban a hablar
con ellas, sería mejor apartar el sexo de su vida. Una de las mujeres del barrio
lo tentó una vez y él subió con ella a una habitación. Nunca olvidó el olor de aquel
cuarto ni la mirada de codicia que vio en los ojos de la mujer. Le repugnó y dejó
una terrible cicatriz en su alma. Siempre había pensado en las mujeres como en seres
muy inocentes, como su abuela, pero después de aquella vivencia en la habitación
apartó a las mujeres de su pensamiento. Tan amable era su naturaleza que era incapaz
de odiar nada y, al ser incapaz de entenderlo, decidió olvidarlo.
Y así lo hizo hasta que llegó a Winesburg. Después de pasar allí
dos años, algo empezó a agitarse en su interior. Por todas partes veía a jóvenes
galaneando y él también era joven. Antes de darse cuenta de lo que le ocurría, se
había enamorado. Se enamoró de Helen White, la hija del hombre para el que había
trabajado, y se encontró pensando en ella por las noches.
Eso fue un problema para Tom, que lo solucionó a su manera. Se permitió
pensar en Helen siempre que su imagen acudía a su memoria y solo se preocupó de
la forma que adoptaban sus pensamientos. Tuvo que luchar, a su modo discreto y decidido,
para contener sus deseos de la forma que él consideraba adecuada, pero en conjunto
salió victorioso.
Y luego llegó la noche de primavera en que se emborrachó. Esa noche
Tom se desbocó. Fue como un ciervo inocente del bosque que comió una hierba que
lo hizo enloquecer. Todo empezó, transcurrió y acabó en una noche, y, desde luego,
ningún habitante de Winesburg salió perjudicado de la borrachera de Tom.
En primer lugar, hacía una noche capaz de embriagar a cualquier naturaleza
sensible. Los árboles de las calles residenciales del pueblo empezaban a estar revestidos
de hojas verdes y blandas, en los jardines de detrás de las casas los hombres trabajaban
en los huertos y en el aire había un susurro, una especie de silencio expectante,
que hacía correr la sangre en las venas.
Tom salió de su habitación de Duane Street justo cuando empezaba
a caer la noche. Primero anduvo por las calles, paseando callado y silencioso, pensando
en cosas que había tratado de formular con palabras. Se dijo que Helen White era
una llama que danzaba en el aire y que él era un arbolito sin hojas que se recortaba
contra el cielo. Luego imaginó que ella era un viento, un viento fuerte y terrible,
llegado de la oscuridad de un mar tormentoso, y él un bote dejado en la orilla por
un pescador.
La idea le gustó y estuvo dándole vueltas mientras paseaba. Fue a
la calle Mayor y se sentó en el bordillo delante del expendio de tabaco de Wacker.
Estuvo una hora haraganeando y oyendo las conversaciones de los hombres, pero no
le interesaron demasiado y se escabulló para seguir su camino. Luego, decidió emborracharse
así que fue al bar de Willy y compró una botella de whisky. Metió la botella en
el bolsillo y salió del pueblo, pues quería estar solo para seguir pensando y tomarse
el whisky.
Tom se emborrachó sentado en un bancal cubierto de hierba al lado
del camino, unos dos kilómetros al norte del pueblo. Delante tenía un camino blanco
y a su espalda un huerto de manzanos floridos. Echó un trago de la botella y luego
se tumbó en la hierba. Pensó en las mañanas en Winesburg y en cómo las piedras del
sendero cubierto de grava que daba acceso a la casa del banquero White se humedecían
por el rocío y destellaban a la luz de la mañana. Pensó en las noches en el granero,
cuando llovía y él se quedaba despierto oyendo tamborilear las gotas de lluvia y
oliendo el cálido aroma de los caballos y el heno. Luego pensó en una tormenta que
había pasado por Winesburg varios días antes y, haciendo memoria, revivió la noche
que había pasado en el tren con su abuela cuando los dos llegaron de Cincinnati.
Recordó con total claridad lo raro que se había sentido al estar tranquilamente
sentado en el vagón y sentir el poder de la máquina que arrastraba el tren en plena
noche.
Tom se emborrachó muy deprisa. Siguió bebiendo sorbos de la botella
mientras lo visitaban los recuerdos y, cuando la cabeza empezó a darle vueltas,
se incorporó y siguió alejándose de Winesburg. Había un puente en el camino que
iba de Winesburg al lago Erie, en dirección norte, y el embriagado muchacho continuó
andando hasta llegar a él. Una vez allí, se sentó. Trató de beber un poco más, pero
cuando le quitó el tapón a la botella sintió náuseas y la apartó a un lado. La cabeza
se le balanceaba adelante y atrás, así que se sentó en un banco de piedra que había
junto al puente y suspiró. La cabeza le daba vueltas como una peonza que girara
en el aire y batía los brazos y las piernas sin poder controlarlos.
A las once en punto, Tom volvió al pueblo. George Willard lo encontró
vagando por ahí y lo llevó a la imprenta del Eagle. Luego lo asustó que el
muchacho pudiera vomitar en el suelo y lo ayudó a salir al callejón.
El periodista se quedó perplejo respecto a Tom Foster. El joven borracho
le habló de Helen White y afirmó que habían estado a la orilla del mar y habían
hecho el amor. George había visto a Helen White paseando por la calle esa misma
tarde y decidió que Tom tenía que estar desvariando. Un sentimiento que ocultaba
su propio corazón concerniente a Helen White se encendió y eso lo enojó.
–Calla de una vez –exclamó–. No permitiré que mezcles el nombre de
Helen White con esto. No lo permitiré –sacudió a Tom por el hombro tratando de hacerlo
comprender–. Ya está bien.
Los dos hombres, después de trabar conocimiento de un modo tan extraño,
pasaron tres horas en la imprenta. Después de que se recuperara un poco, George
lo sacó a pasear. Salieron al campo y se sentaron en un tronco junto a la linde
del bosque. La quietud de la noche los hizo entrar en confianza y, cuando al joven
borracho se le despejó la cabeza, habló.
–Me gustó emborracharme –dijo Tom Foster–. Me enseñó una cosa. Ya
no tendré que volver a hacerlo. Ahora pensaré con más claridad. Ya sabes cómo son
estas cosas.
George Willard no lo sabía, pero se le pasó el enojo que había tenido
a propósito de Helen White y sintió más simpatía por el joven pálido y agitado de
la que había sentido nunca por nadie. Con solicitud maternal, insistió en que Tom
se pusiera en pie y paseara un rato. De nuevo, volvieron a la imprenta y se sentaron
en silencio en la oscuridad.
El periodista no acababa de entender los motivos que había tenido
Tom Foster para emborracharse. Cuando Tom volvió a hablarle de Helen White, se enojó
otra vez y empezó a regañarlo.
–Cállate de una vez –dijo con aspereza–. No has estado con ella.
¿Por qué insistes en lo contrario? ¿Qué te impulsa a decir una cosa así? Ya está
bien, ¿me oyes?
Tom se sintió humillado. No podía pelear con George Willard porque
era incapaz de pelearse con nadie, así que se levantó para irse. Cuando George Willard
insistió en que no lo hiciera, le puso la mano en el hombro y trató de explicarle.
–Bueno –dijo en voz baja–. No sé cómo fue. Me sentí feliz. Mira,
Helen White hizo que me sintiera feliz, y la noche contribuyó también. Yo quería
sufrir, hacerme daño. Pensaba que era mi deber, porque todo el mundo sufre y hace
daño a los demás. Se me ocurrieron muchas cosas, pero ninguna me sirvió de nada.
Todas le habrían hecho daño a alguien.
La voz de Tom Foster se volvió chillona y, por una vez en su vida,
estuvo a punto de exaltarse.
–Fue como hacer el amor, eso es lo que quiero decir –explicó–. ¿No
te das cuenta? Por eso lo hice. Y me alegro. Me enseñó algo, y eso es precisamente
lo que necesitaba. ¿No lo entiendes? Quería aprender algo. Por eso lo hice.
(Tomado
de www.ciudadseva.com)
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