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domingo, 23 de marzo de 2025

Un cuento africano

Roald Dahl

 

Para Inglaterra, la guerra empezó en septiembre del año 1939. Los habitantes de la isla se enteraron enseguida y empezaron a prepararse. En lugares más apartados la gente tardó un poco más en oír la noticia y también empezó a prepararse.

En África oriental, en la colonia de Kenia, vivía un joven cazador blanco que adoraba las sabanas, los valles y las noches frescas en las laderas del Kilimanjaro. También él se enteró de la guerra y empezó a prepararse. Atravesó el país para llegar a Nairobi y alistarse en las fuerzas aéreas británicas. Les pidió que lo hicieran piloto. Fue aceptado y empezó su formación en el aeropuerto de Nairobi. Le dieron un pequeño Tiger Moth y se convirtió en un buen piloto.

A las cinco semanas casi fue llevado ante un consejo de guerra porque en vez de despegar y practicar picados y virajes, como se le había ordenado, llevó su pequeño avión hacia las praderas de Nakuru para ver los animales salvajes. En el camino le pareció ver un antílope sable y, como se trata de un animal poco común, se emocionó y voló más bajo para verlo mejor. Por mirar al antílope a su izquierda no pudo ver la jirafa a su derecha. El borde delantero del ala de estribor chocó contra el cuello de la jirafa justo debajo de su cabeza y lo seccionó limpiamente. Así de baja era la altura a la que estaba volando. El ala sufrió daños, pero el piloto consiguió volver hasta Nairobi. Y, como ya he dicho, casi lo llevan ante un consejo de guerra, porque se puede explicar una abolladura en el ala por haber chocado contra un ave grande, pero no si hay pellejos y pelos de jirafa pegados en el ala.

Después de seis semanas le permitieron realizar solo el primer vuelo de larga distancia desde Nairobi hasta un lugar llamado Eldoret, un pequeño pueblo a dos mil cuatrocientos metros de altura en la montaña. Pero de nuevo tuvo mala suerte. Esta vez fue por una falla del motor durante el camino, ocasionado por el agua que había entrado en los depósitos de combustible. Conservó la cabeza fría e hizo un aterrizaje forzoso muy bonito sin dañar el avión, cerca de una pequeña casa en el altiplano, lejos de cualquier población. El altiplano es una tierra muy solitaria.

Se acercó a la casa y se encontró con un viejo que vivía solo, sin más posesiones que un pequeño terreno para plantar batatas, unas gallinas marrones y una vaca negra.

El viejo lo trató bien. Le ofreció comida y leche, y un lugar para dormir. El piloto se quedó dos días y dos noches. Después de ese tiempo, un avión de rescate de Nairobi descubrió su avión en el suelo, aterrizó a su lado, encontró la falla, volvió a marcharse y le trajo combustible limpio para que pudiese por fin despegar de nuevo y regresar.

Durante su estancia en la casa del viejo, que se sentía muy solo y no había visto a nadie en muchos meses, éste le agradeció mucho la compañía y la oportunidad de hablar con alguien. Él hablaba y el piloto escuchaba atentamente. Habló de la vida solitaria, de los leones que lo visitaban por la noche, del pícaro elefante que vivía al otro lado de las colinas al oeste, del calor durante el día y del silencio que llegaba con el frío de medianoche.

La segunda noche el viejo habló de sí mismo. Contó una historia larga y extraña y, mientras la contaba, el piloto tenía la sensación de que el viejo se estaba quitando un gran peso de encima. Cuando terminó su historia, dijo que nunca se la había contado a nadie y que jamás la volvería a contar, pero al piloto le pareció tan extraña que la escribió nada más volver a Nairobi. No transcribió las palabras del viejo, sino que utilizó sus propias palabras, como si estuviese pintando un cuadro y el viejo fuera un personaje dentro de él, porque ésa le parecía la forma más adecuada. Nunca antes había escrito ninguna historia, así que era natural que cometiera errores. No conocía ninguno de los trucos que utilizan los escritores, que los utilizan igual que los pintores utilizan trucos en pintura, pero cuando terminó, cuando dejó el lápiz sobre la mesa y se fue a la cantina de los aviadores para tomarse una pinta de cerveza, había escrito un cuento extraño y lleno de fuerza.

Lo hallamos en su maleta dos semanas más tarde, al revisar sus pertenencias. Había muerto durante un entrenamiento y, como no parecía tener familia y era mi amigo, me he quedado con el manuscrito para hacerme cargo de él.

He aquí lo que escribió:

 

El viejo salió de la sombra de la puerta hacia el sol brillante y descansó un segundo apoyado sobre su bastón, mirando a su alrededor, guiñando los ojos debido a la fuerte luz. Inclinaba la cabeza un poco hacia un lado y miraba hacia arriba, intentando localizar el ruido que le parecía haber oído.

Era bajo, gordo y ya había pasado los setenta, aunque su aspecto más bien indicaba que estaba cerca de los ochenta y cinco. Tenía el cuerpo agarrotado y abultado por el reumatismo. Su rostro estaba cubierto por las canas y movía la boca sólo hacia un lado. En la cabeza, no importaba si estaba dentro o fuera de casa, llevaba siempre un sucio salacot que alguna vez había sido blanco.

Estaba totalmente quieto, entornando los ojos e intentando localizar el ruido.

Sí, lo oyó de nuevo. Giró bruscamente la cabeza para mirar hacia la pequeña cabaña de madera que estaba a unos cien metros, sobre la hierba de la pradera. Esta vez no quedaba duda: era el gañido de un perro, el gañido agudo y punzante de dolor que emite un perro al sentirse amenazado. Dos veces más lo oyó y la última vez era más un grito que un gañido. El tono era aún más agudo, más punzante, como si lo hubieran arrancado rápidamente de un rincón escondido del cuerpo.

El viejo se dio la vuelta y corrió cojeando a través de la hierba hasta llegar a la cabaña de Judson, empujó la puerta y entró.

El pequeño perro blanco estaba tumbado en el suelo y Judson estaba de pie por encima de él, con los pies separados y el pelo negro cayéndole sobre el alargado rostro rojo. Era alto, delgado y estaba allí, con la camisa grasienta mojada de sudor, murmurando en voz baja. Su boca estaba abierta de una manera extraña, sin vida, como si la mandíbula le pesara demasiado. La baba le resbalaba suavemente por la barbilla. Estaba allí, mirando al pequeño perro blanco tumbado en el suelo; con una mano se retorcía lentamente la oreja izquierda y con la otra sujetaba un pesado palo de bambú.

El viejo hizo caso omiso de Judson y se arrodilló junto al perro, pasándole suavemente la mano por el cuerpo. El perro se calló y lo miró con los ojos húmedos. Judson no se movía. Estaba mirando a la vez al perro y al viejo.

El viejo se incorporó despacio, levantándose con gran dificultad, con las dos manos agarradas al bastón y haciendo fuerza sobre él para ponerse de pie. Paseó la mirada por toda la habitación. En la esquina vio un colchón sucio y arrugado sobre el suelo; al lado, una mesa fabricada con listones de cajas de madera y encima de ella, un hornillo Primus con una sartén de la que se desprendía el esmalte azul. El suelo estaba sucio de barro y plumas de gallina.

El hombre encontró lo que estaba buscando. Al lado del colchón, apoyada contra la pared, vio una pesada barra de hierro. Cojeó hacia ella, golpeando las tablas huecas del suelo con su bastón. Los ojos del perro seguían sus movimientos. El viejo se cambió el bastón a la mano izquierda, con la derecha agarró la barra de hierro, cojeó de nuevo hacia el perro y seguidamente levantó la barra y dio un golpe fuerte sobre la cabeza del animal. Tiró la barra al suelo y miró a Judson, que seguía inmóvil, con los pies separados, la baba cayéndosele y unas contracciones nerviosas en el rabillo del ojo. El viejo se acercó a él y empezó a hablar. Habló despacio y muy bajo, con una rabia terrible, y al hablar sólo se le movía un lado de la boca.

–Lo mataste –dijo–. Le partiste la columna.

Enseguida se le subió la rabia y encontró más palabras. Miró hacia arriba y escupió las palabras a la cara de Judson, que seguía con las contracciones en el rabillo del ojo e iba retrocediendo, hasta tocar con la espalda en la pared.

–Maldito cruel hijo de puta mataperros. Este perro era mío. ¿Quién diablos te dio el derecho de pegarle a mi perro?, dime. ¡Contesta, loco baboso! ¡Contesta!

Judson se frotaba lentamente la palma de la mano izquierda contra la parte delantera de la camisa y ahora las contracciones se extendían por toda la cara. Sin mirar al viejo a los ojos, contestó.

–No dejaba de chuparse la pata. No soportaba el ruido. Usted sabe que no soporto ese tipo de ruidos, chupa, chupa, chupa. Le dije que lo dejara. Me miró y movió la cola, pero luego siguió chupándose. No lo soporté más y lo golpeé.

El viejo no dijo nada. Durante un instante parecía que iba a pegarle al otro hombre. Levantó un poco el brazo, lo volvió a bajar, escupió al suelo, se dio la vuelta y salió cojeando por la puerta hacia la luz del sol. Atravesó la hierba hasta llegar a donde estaba una vaca negra rumiando a la sombra de una acacia. La vaca lo miraba mientras el viejo se acercaba a ella cojeando desde la cabaña hasta el árbol. El animal seguía comiendo, rumiando, moviendo sus mandíbulas con gran regularidad, mecánicamente, como un metrónomo que va muy despacio. El viejo cojeó hasta llegar a su lado y empezó a acariciarle la nuca. Luego se apoyó en ella y utilizó el bastón para rascarle el lomo. Pasó un largo tiempo así, apoyado en ella y rascándole el lomo. De vez en cuando le hablaba, diciendo pequeñas palabras apenas audibles, casi susurrando, como si le estuviera contando un secreto.

Había sombra debajo de la acacia y el campo a su alrededor tenía un aspecto frondoso y agradable después de las largas lluvias. En las tierras altas de Kenia la hierba es verde y en esta época del año, después de las lluvias, está tan verde y frondosa como en cualquier otra parte del mundo. A lo lejos, en el norte, se veía el monte Kenia con su capuchón de nieve y una delgada pluma blanca donde los vientos habían soplado llevando el polvo blanco desde el pico a las cotas más bajas. En las faldas de la montaña había leones y elefantes, y a veces por la noche se oía el rugido de los leones que miraban a la luna.

Pasaron los días y Judson realizaba sus tareas en la granja de una forma silenciosa y mecánica, recogía el maíz, desenterraba las batatas y ordeñaba la vaca negra, mientras el viejo se escondía del agresivo sol africano dentro de su casa. Solamente al caer la tarde, cuando el aire empezaba a refrescar, salía cojeando y siempre se ponía al lado de la vaca. Pasaba una hora hablando con ella debajo de la acacia. Un día llegó a la hora habitual y encontró a Judson al lado de la vaca, mirándola de forma extraña y en una postura peculiar, con un pie adelantado, retorciéndose la oreja con la mano derecha.

–¿Qué pasa ahora? –preguntó el viejo al acercarse cojeando.

–La vaca no deja de comer –respondió Judson.

–De rumiar –le corrigió el viejo–. Déjala en paz.

–Es el ruido –dijo Judson–. ¿No lo oye? Cruje. Como si estuviera masticando piedras, pero no es eso. Sólo come hierba y babas. Mírela. No deja de masticar. Cruje, cruje, cruje y sólo son hierba y babas. Se me graba directamente en los sesos.

–¡Fuera! –le dijo el viejo–. ¡Fuera de mi vista!

 

Al alba, el viejo estaba como siempre sentado frente a la ventana, observando cómo Judson atravesaba la pradera desde su cabaña para ordeñar la vaca. Esa mañana observó cómo atravesaba la hierba, dormido, hablando consigo, arrastrando los pies, dejando una huella verde oscura en la hierba mojada y llevando en la mano una vieja lata de queroseno de quince litros que utilizaba para recoger la leche. En ese momento el sol se asomó por encima de las colinas y dejó unas largas sombras detrás del hombre, de la vaca y de la acacia. El viejo vio cómo Judson dejaba la lata en el suelo y se sentaba encima de la caja de madera que estaba al lado del árbol para ponerse a ordeñar. Vio cómo de repente se arrodilló para tocar la ubre de la vaca y en ese mismo momento el viejo se dio cuenta de que la vaca no tenía leche. Vio cómo Judson se levantaba y corría hacia la casa. Se quedó parado debajo de la ventana y miró hacia arriba, adonde estaba sentado el viejo.

–No hay leche –dijo Judson.

El viejo se asomó a la ventana abierta, apoyándose con ambas manos en el borde.

–Maldito hijo de puta, la robaste.

–Yo no fui –respondió Judson–. Estaba durmiendo.

–La robaste –repitió el viejo, hablando en voz baja moviendo sólo un lado de la boca y asomándose más–. Te daré una paliza por esto.

–Alguien la robó durante la noche –se defendió Judson–, un nativo, un kikuyu. O igual está enferma.

El viejo tuvo la impresión de que Judson decía la verdad.

–Ya veremos –dijo al final– si esta tarde tiene leche o no. Y ahora, piérdete, por Dios.

Por la tarde la ubre estaba llena y el viejo vio cómo Judson sacaba dos litros de buena leche.

A la mañana siguiente estaba vacía. A la tarde estaba llena. La tercera mañana estaba de nuevo vacía.

La tercera noche, el viejo se quedó vigilando. En cuanto cayó la noche se sentó al lado de la ventana abierta con su viejo rifle del calibre doce cruzado sobre los muslos, esperando al ladrón de leche que ordeñaba su vaca durante la noche. Al principio la oscuridad era tan densa que no lograba ver absolutamente nada, ni siquiera la vaca, pero pronto salió por detrás de las colinas una luna de tres cuartos que daba tanta luz que casi parecía de día. Pero hacía un frío terrible en las tierras altas, porque están a una altura de más de dos mil metros, y el viejo se estremeció en su silla y colocó la manta marrón más pegada a sus hombros. Ahora podía ver perfectamente la vaca, igual que bajo la luz del sol, y la sombra de la pequeña acacia se dibujaba perfectamente sobre la hierba, con la luna justo detrás.

Durante toda la noche el viejo aguantó en su puesto mirando la vaca, a la que no quitó ojo salvo durante el instante en el que se fue a la habitación para traer otra manta. La vaca parecía estar a gusto debajo del árbol, rumiando y mirando la luna.

Una hora antes del amanecer, la ubre estaba llena. El viejo podía verlo. La había estado observando continuamente y, aunque no había conseguido apreciar el aumento, igual que no se aprecia el movimiento de la horaria del reloj, sí que había sido consciente de cómo la leche había ido aumentando durante toda la noche. Ahora faltaba una hora para el amanecer. La luna estaba más baja, pero seguía iluminando mucho. Podía ver perfectamente la vaca, el pequeño árbol y el verdor de la hierba alrededor de ella. De repente giró bruscamente la cabeza. Había oído un ruido. Seguro que había oído un ruido. Sí, ahora se oía de nuevo, algo se movía en la hierba justo debajo de su ventana. Se levantó rápidamente para mirar por encima del borde de la ventana hacia el suelo.

Entonces la vio. Una larga serpiente negra, una mamba de dos metros y medio de largo y del grosor del brazo de un hombre, se deslizaba con gran velocidad por la hierba mojada derecha hacia la vaca. Levantaba ligeramente su pequeña cabeza con forma de pera y el movimiento de su cuerpo contra la humedad de la hierba producía un pronunciado silbido, como gas que se escapa de una válvula. El viejo levantó el rifle para disparar. Enseguida lo volvió a bajar, sin saber por qué, y se quedó sentado, inmóvil, mirando a la mamba acercarse a la vaca, escuchando el silbido de su movimiento, mirando cómo llegaba al lado de la vaca y esperando que la mordiera.

Pero no la mordió. Levantó la cabeza y la meneó suavemente durante un instante, luego levantó toda la parte delantera de su cuerpo negro para acercarlo a la ubre, se metió suavemente una de las tetas en la boca y empezó a beber.

La vaca no se movió. Ya no se escuchaba ningún ruido mientras el cuerpo de la mamba se arqueaba con elegancia entre el suelo y la ubre. La serpiente negra y la vaca negra se distinguían claramente bajo la luz de la luna.

Durante media hora el viejo se quedó mirando cómo la mamba bebía la leche de la vaca. Observaba los suaves empujones de la serpiente mientras extraía la leche de la ubre y cómo después de cierto tiempo se cambió de una teta a otra, hasta que por fin ya no quedó nada de leche. Entonces la mamba bajó suavemente la cabeza al suelo y se marchó en la dirección por la que había venido. De nuevo producía ese silbido al moverse por la hierba y de nuevo pasó por debajo de la ventana en la que el viejo estaba sentado, dejando una fina huella oscura en la hierba mojada. Finalmente desapareció doblando la esquina de la casa.

La luna se escondía lentamente por detrás de la cresta del monte Kenia. Casi en ese mismo momento salió el sol por el este de entre las colinas y Judson se asomó a la puerta de su cabaña con la lata de quince litros en la mano. Caminó despacio hacia la vaca arrastrando los pies, mojándolos en el pesado rocío. El viejo lo vio acercarse y se quedó esperando. Judson se inclinó para tocar la ubre y, mientras lo hacía, el viejo le pegó un grito. Judson se asustó al oír la voz del viejo.

–Se la llevaron otra vez –gritó.

–Sí –respondió Judson–, está vacía.

–Creo –siguió despacio el viejo– que era un chico kikuyu. Me había quedado dormido y sólo lo vi cuando ya se iba. No pude disparar porque la vaca estaba en medio. Desapareció por detrás de la vaca. Lo voy a esperar de nuevo esta noche y esta vez lo voy a pillar.

Judson no dijo nada. Agarró la lata de quince litros y volvió a su cabaña.

La siguiente noche el viejo se sentó de nuevo detrás de la ventana vigilando la vaca. Esta vez la anticipación del espectáculo que iba a ver le provocaba cierto placer. Sabía que la mamba volvería, pero quería estar totalmente seguro. Cuando la gran serpiente por fin se deslizó de nuevo a través de la hierba hacia la vaca, una hora antes del amanecer, el viejo se asomó apoyándose en el alféizar para seguir sus movimientos mientras ella se acercaba a la vaca. La vio pararse un instante debajo de la tripa del animal y menear la cabeza unas seis veces hasta que por fin levantó la parte delantera del cuerpo para meterse la teta de la vaca en la boca. El viejo estuvo mirando durante media hora cómo se bebía la leche hasta que ya no quedaba más. Luego vio cómo bajaba el cuerpo y se volvía por el camino por el que había venido hasta doblar la esquina de la casa. Y mientras la miraba se reía silenciosamente con un lado de la boca.

Luego se asomó el sol por detrás de las colinas y Judson salió de su cabaña llevando la lata de quince litros, pero esta vez fue directo a la ventana de la casa donde estaba sentado el viejo envuelto en sus mantas.

–¿Qué pasó? –preguntó Judson.

El viejo lo miró desde lo alto de la ventana.

–Nada –contestó–. No pasó nada. Me quedé dormido otra vez y el hijo de puta vino y se llevó la leche mientras yo dormía. Escúchame, Judson –añadió–, hemos de atraparlo, porque si no, se te acabará la leche, aunque tampoco te vendría mal. Pero hemos de atraparlo. No puedo dispararle porque es muy listo. Siempre se pone detrás de la vaca. Lo vas a tener que atrapar tú.

–¿Atraparlo yo? ¿Cómo?

–Pienso –dijo el viejo muy despacio–, pienso que tendrás que esconderte al lado de la vaca, justo al lado. Es la única forma de atraparlo.

Judson se enredaba el cabello con la mano izquierda.

–Hoy –continuó el viejo– vas a excavar una pequeña zanja al lado de la vaca. Allí te tumbarás y yo te cubriré de hierba y heno para que el ladrón no te vea hasta que esté a tu lado.

–Y ¿si lleva navaja?

–No, no tendrá ninguna navaja. Tú tráete tu palo. No necesitarás otra cosa.

–Sí –contestó Judson–, traeré mi palo. Cuando llegue el ladrón, me levantaré y le daré con el palo.

De repente, Judson pareció acordarse de algo.

–Pero ¿qué pasa con la vaca? –preguntó–. No soportaría sus ruidos toda la noche rumiando, masticando hierba y babas como si fueran piedras. No lo soportaría.

Comenzó de nuevo a retorcerse la oreja izquierda.

–Harás lo que te dije, maldito –replicó el viejo.

Y Judson excavó la zanja al lado de la vaca, a la que después se ató al tronco de la pequeña acacia para que no se alejara durante la noche. Cuando al caer la tarde se dispuso a tumbarse en la zanja, el viejo se asomó a la puerta de su casa y lo llamó.

–No tiene sentido hacer nada hasta la madrugada. No vendrá antes de que se llene la ubre. Ven y espera aquí dentro. Hace menos frío que en tu asquerosa cabaña.

Era la primera vez que el viejo invitaba a Judson a entrar en la casa. Lo siguió hacia dentro, contento por no tener que estar en la zanja toda la noche. Una vela iluminaba la habitación. Estaba metida en el cuello de una botella de cerveza que estaba sobre la mesa.

–Haz té –ordenó el viejo indicando el hornillo Primus que estaba en el suelo. Judson encendió el hornillo e hizo té. Luego los dos hombres se sentaron cada uno sobre una caja de madera y bebieron. El viejo se puso enseguida a beber el té caliente haciendo mucho ruido al sorber el líquido. Judson no dejaba de soplar el suyo, tomando pequeños sorbitos de vez en cuando y con mucho cuidado, observando continuamente al viejo por encima del borde de su taza. El viejo seguía bebiendo y haciendo ruidos escandalosamente hasta que de repente Judson habló.

–Pare –dijo en voz muy baja, casi como si le doliera, y al hablar le aparecían contracciones alrededor de los ojos y de la boca.

–¿Cómo? –preguntó el viejo.

–Pare ese ruido. Ese ruido que hace cuando está sorbiendo el té.

El viejo apoyó su taza sobre la mesa y miró al otro sin decir nada durante un momento. Luego volvió a hablar.

–¿Cuántos perros has matado en tu vida, Judson?

No hubo respuesta.

–¿Cuántos?, te pregunté. ¿Cuántos perros?

Judson se puso a sacar hojas de té de su taza y a pegarlas en el dorso de su mano izquierda. El viejo se inclinó hacia delante sin levantarse de la caja de madera.

–¿Cuántos perros, Judson?

Judson aceleró la operación de las hojas. Metió sus dedos con fuerza dentro de la taza vacía, sacó otra hoja de té, la estampó rápidamente contra el dorso de su mano y volvió enseguida por otra. Cuando ya no quedaban muchas hojas en la taza y tardó en encontrar la siguiente, acercó la cabeza a la taza y buscó la hoja mirando concentradamente. El dorso de la mano que sostenía la taza estaba cubierto de hojas de té negro mojadas.

–¡Judson! –gritó ahora el viejo, y el lado de su boca se abrió y se cerró como si fuera unas tenazas. La llama de la vela se movió y volvió a calmarse.

Luego bajó la voz y siguió hablando despacio, casi como si estuviera delante de un niño.

–En toda tu vida, ¿cuántos perros han sido?

–¿Por qué debería decírselo? –contestó Judson sin mirar al viejo. Se puso a retirar las hojas de té del dorso de su mano una por una para devolverlas a la taza.

–Quiero saberlo, Judson –dijo el viejo muy suavemente–. Me empieza a gustar la idea. Hablemos de ello y hagamos planes para divertirnos.

Judson lo miró. Una gota de saliva le resbalaba por la barbilla, se quedó suspendida en el aire durante un segundo, se soltó y cayó al suelo.

–Sólo los mato por el ruido.

–¿Cuántas veces lo has hecho? Me gustaría saber cuántas.

–Antes, muchas veces.

–¿Cómo lo hacías? Dime cómo solías hacerlo. ¿Qué era lo que más te gustaba?

No hubo respuesta.

–Dime, Judson. Me gustaría saber.

–No entiendo para qué. Es un secreto.

–No se lo diré a nadie. Te lo juro.

–Bueno, si me lo promete –Judson acercó su caja de madera a la del viejo y habló susurrando–. Una vez esperé hasta que uno estuviera dormido. Levanté una piedra enorme y la dejé caer sobre su cabeza.

El viejo se levantó y se echó otra taza de té.

–Al mío no lo mataste así.

–Porque no me dio tiempo. El ruido era tan fuerte, chupándose, tuve que hacerlo rápido.

–Ni siquiera lo mataste del todo.

–Dejó de hacer ruidos.

El viejo se acercó a la puerta y miró hacia fuera. Estaba oscuro. La luna no había salido, pero la noche estaba despejada y fría, con muchas estrellas. En el este se veía una luz pálida en el cielo y, según seguía mirando, la luz aumentaba y se convertía en un brillo que iba cubriendo todo el cielo hasta reflejarse en las gotas de rocío sobre la hierba en las colinas. Y muy despacio salía la luna. El viejo se giró hacia Judson.

–Prepárate. Nunca se sabe, puede que hoy llegue antes.

Judson se levantó y los dos salieron de la casa. Judson se acostó en la zanja al lado de la vaca y el viejo lo cubrió con hierba hasta que sólo se veía la cabeza a ras del suelo.

–Estaré vigilando desde la ventana –dijo el viejo–. Si pego un grito, te levantas y lo atrapas.

Cojeó de vuelta a la casa, subió la escalera, se envolvió en las mantas y se sentó al lado de la ventana. Todavía era pronto. La luna estaba casi llena y seguía subiendo en el cielo. Su luz caía sobre las nieves del monte Kenia.

Una hora más tarde, el viejo gritó:

–¿Sigues despierto, Judson?

–Sí –respondió éste–, estoy despierto.

–No te duermas –dijo el viejo–. Hagas lo que hagas, no te duermas.

–La vaca no deja de rumiar –dijo Judson.

–Bien, si te levantas ahora, te pego un tiro a ti –anunció el viejo.

–¿A mí?

–Sólo si te levantas, he dicho.

Se oyeron unos suaves sollozos que salían de donde Judson estaba acostado, extraños ruidos de respiración sofocada, como si un niño intentara no llorar.

–Me tengo que mover –sonó de repente la voz de Judson–. Por favor, déjeme moverme. Es por el ruido.

–Si te levantas –amenazó el viejo–, te pego un tiro en la tripa.

Los sollozos continuaron durante aproximadamente una hora. Luego, de repente, se hizo el silencio.

Un poco antes de las cuatro empezó a hacer mucho frío y el viejo se arrebujó en sus mantas.

–¿Tienes frío, Judson? –gritó el viejo.

–Sí –fue la respuesta–, mucho frío. Pero ya no me importa porque la vaca dejó de rumiar. Está dormida.

–¿Qué vas a hacer con el ladrón cuando lo atrapes? –preguntó el viejo.

–No lo sé.

–¿Lo vas a matar?

Una pausa.

–No lo sé. Lo voy a atrapar.

–Estaré mirando –dijo el viejo–, será divertido.

Estaba asomado a la ventana, apoyando los brazos en el alféizar.

Luego escuchó el silbido debajo de la ventana, lo siguió con la mirada y vio la mamba negra deslizándose por la hierba hacia donde estaba la vaca, iba a gran velocidad y con la cabeza ligeramente erguida por encima del suelo.

Cuando la mamba estaba a sólo cinco metros, el viejo pegó un grito.

–Ya viene, Judson, ya está aquí. ¡Por él!

Judson levantó rápidamente la cabeza para mirar. Cuando vio la mamba, ella lo vio también. Durante un segundo, o tal vez dos, la serpiente se detuvo, echó la cabeza hacia atrás y levantó la parte delantera del cuerpo. Enseguida mordió. Sólo hubo un rayo negro y un ruido seco cuando tocó el pecho de Judson. Le salió un grito, un grito largo y agudo que ni subió ni bajó de tono, sino que se mantuvo hasta que por fin se apagó gradualmente y se hizo de nuevo el silencio. Se puso de pie, se rompió la camisa, buscó el lugar de la mordedura y se puso a gemir en voz baja, quejándose y respirando con dificultad, con la boca muy abierta. Durante todo el tiempo, el viejo permaneció sentado en silencio al lado de la ventana abierta, asomándose sin apartar sus ojos ni un instante del hombre que estaba abajo.

Si una mamba negra muerde, todo va muy rápido y el veneno empieza a actuar enseguida. Judson se cayó al suelo y dio vueltas en la hierba con la espalda encorvada. Ya no emitía ningún ruido. Todo lo demás ocurría sumergido en un silencio total, como si un hombre con unas fuerzas extraordinarias estuviese luchando contra un gigante invisible y como si el gigante lo estuviera retorciendo, impidiéndole que se levantara, metiéndole los brazos por entre las piernas y tirándole de las rodillas hacia la barbilla.

Luego empezó a arrancar la hierba con las manos y enseguida se puso boca arriba dando patadas al aire. Pero no duró mucho. De repente, se estremeció, dio media vuelta encorvando otra vez la espalda y al final se quedó tieso, boca abajo y con la rodilla derecha doblada, metida debajo del pecho, con los brazos extendidos por encima de la cabeza.

El viejo seguía sentado al lado de la ventana, e incluso cuando todo se había acabado, siguió allí sin moverse. Una sombra se movió debajo de la acacia y la mamba avanzó despacio hacia donde estaba la vaca. Avanzó, se paró, levantó la cabeza, esperó, bajó la cabeza y avanzó el último tramo hasta colocarse debajo de la tripa del animal. Se irguió, se metió una de las tetas pardas en la boca y empezó a beber. El viejo observaba la mamba bebiendo la leche de la vaca y de nuevo veía los suaves empujones de su cuerpo al sacar el líquido de la ubre.

La serpiente todavía estaba bebiendo cuando el viejo se levantó y se apartó de la ventana.

–Quédate con su parte –dijo en voz baja–, no nos importa que te quedes con su parte.

Mientras hablaba se dio la vuelta y volvió a ver el cuerpo negro de la mamba arqueándose para engancharse a la otra teta.

–Sí –repitió–, no nos importa nada que te quedes con su parte.

 

jueves, 11 de abril de 2024

La máquina del sonido

Roald Dahl

 

En el atardecer de un caluroso día de verano, Klausner salió a toda prisa de su casa y, tras recorrer el pasillo lateral que la circundaba, atravesó el jardín del fondo, dirigiéndose a un cobertizo de madera que había allí. Entró y cerró la puerta a sus espaldas.

La única habitación que constituía la cabaña estaba sin pintar. Adosada a una de las paredes, en el lado izquierdo, había una larga mesa de trabajo y sobre ella, entre un revoltijo de cables, baterías y pequeñas herramientas de precisión, había una caja negra, de casi un metro de largo, parecida al ataúd de un niño. Klausner se dirigió a la caja, que tenía la tapa levantada, y empezó a hurgar en su interior, entre una masa de tubos plateados y cables de diferentes colores. Cogió una hoja de papel que había sobre la mesa y la revisó con meticulosidad; miró de nuevo el interior de la caja y empezó a maniobrar por encima de los cables, tirando con suavidad de ellos a fin de comprobar las conexiones. De vez en cuando consultaba el papel, y de nuevo manipulaba en la caja para comprobar cada cable. Así transcurrió aproximadamente una hora.

Entonces dirigió la mano al exterior de la caja, en cuyo frente había tres diales, que comenzó a hacer girar, sin dejar de observar al mismo tiempo el mecanismo del interior. Mientras lo hacía, hablaba para sí, moviendo la cabeza, a veces incluso sonriendo; sus manos se movían sin cesar, los dedos recorrían ágiles el interior de la caja. Cuando algo era delicado o difícil, su boca adquiría las más curiosas y retorcidas formas, y murmuraba:

–Sí… sí… Y ahora éste… Sí, sí… Pero ¿es correcto? Es… ¿dónde diablos está mi diagrama?… Ah… sí… Desde luego… Sí, sí, eso es… Y ahora… Bien… Sí… Sí, sí, sí…

Su concentración era intensa, y sus movimientos rápidos. Trabajaba con urgencia, con intensidad y excitación contenidas.

De pronto oyó ruido de pasos sobre la grava del sendero, se enderezó y se volvió con rapidez hacia la puerta, que se abría en aquel momento para dar paso a un hombre alto. Era Scott. Simplemente Scott, su médico.

–Bien, bien –comentó al entrar–. Conque es aquí donde pasa oculto las veladas.

–Hola, Scott –saludó Klausner.

–Pasaba por aquí y decidí entrar para ver cómo sigue. No encontré a nadie en la casa y me acerqué hasta aquí. ¿Cómo está su garganta?

–Bien, muy bien.

–Ya que estoy aquí le echaré un vistazo.

–No se moleste, estoy bien, estoy perfectamente.

El doctor empezó a percibir cierta tensión en el lugar. Miró la caja negra y después observó al hombre.

–Lleva puesto el sombrero.

–Oh… es verdad –Klausner se lo quitó y lo dejó sobre la mesa. El médico se acercó más, inclinándose para mirar el interior de alta la caja.

–¿Qué es? –dijo– ¿Una radio?

–No, un pequeño experimento.

–Parece muy complicado.

–Lo es.

Klausner parecía tenso y distraído.

–¿De qué se trata? –preguntó el médico–. Es un artefacto bastante impresionante, ¿no?

–Es sólo una idea.

–¿Sí?

–Tiene que ver con el sonido, eso es todo.

–¡En el nombre del cielo! ¿No tiene ya suficiente durante todo el día con su trabajo?

–Me gusta el sonido.

–No lo dudo.

El médico fue hacia la puerta, se volvió y dijo:

–Bien, no lo entretendré más. Me alegro de que su garganta ya no le cause molestias.

Pero no salió; se quedó allí mirando la caja, intrigado por la complejidad de su interior, curioso por descubrir lo que se proponía su extraño paciente.

–¿Para qué sirve? –preguntó–. Me ha intrigado usted.

Klausner miró primero la caja y después al médico. Se enderezó y empezó a rascarse el lóbulo de la oreja derecha. Hubo una pausa. El médico, de pie junto a la puerta, aguardaba sonriente.

–Bien, si le interesa se lo diré.

Se produjo una nueva pausa y el médico se dio cuenta de que Klausner no sabía cómo empezar.

Empezó a mover los pies, a estirarse el lóbulo de la oreja, mirando al suelo. Lentamente, explicó:

–Bueno, el caso es… en realidad se trata de una teoría muy simple. Como usted sabe, el oído humano no puede oírlo todo; hay sonidos que son tan bajos o tan altos que no podemos captarlos.

–Sí –asintió el médico–, lo sé.

–Bueno, hablando en términos generales, no podemos oír ninguna nota que tenga más de quince mil vibraciones por segundo. Los perros tienen mejor oído que nosotros y, como sabrá, en el comercio existen unos silbatos cuya nota es tan aguda que nosotros no podemos oírla, pero los perros sí.

–Sí, he visto uno –dijo el médico.

–Por supuesto que sí. Subiendo en la escala, hay otra nota más alta que la de ese silbato… una vibración si lo prefiere, pero yo la considero una nota. Tampoco podemos oírla. Sobre ella hay otra, y otra más, elevándose en la escala; una sucesión sin fin de notas… una infinidad de notas… Por ejemplo, existe una, ojalá pudiéramos oírla, tan aguda que vibra un millón de veces por segundo, y otra un millón de veces más alta que ésa… y así sucesivamente, hasta el límite de los números, es decir hasta el infinito, eternamente… más allá de las estrellas.

Poco a poco Klausner se iba animando. Era un hombrecillo frágil y nervioso, siempre en movimiento. Su inmensa cabeza se inclinaba sobre el hombro izquierdo, como si el cuello no fuera lo suficientemente fuerte para soportarla. Su cara era suave y pálida, casi blanca; los ojos, de un gris muy claro, lo observaban todo, parpadeando tras unas gafas con montura de acero. Eran unos ojos desconcertantes, descentrados y remotos. Se trataba de un hombrecillo frágil, nervioso, siempre en movimiento, minúsculo, soñador y distraído. Y ahora, el médico, mirando aquella extraña cara pálida, y aquellos ojos grises, pensó que, en cierto modo, en aquella diminuta persona había una calidad de lejanía, de inmensidad, de distancia inconmensurable, como si la mente estuviese muy lejos del cuerpo.

El doctor esperó a que continuara. Klausner suspiró y unió las manos con fuerza.

–Creo que a nuestro alrededor existe todo un mundo de sonidos que no podemos oír –prosiguió ahora, con más calma–. Es posible que allí arriba, en las elevadas regiones inaudibles, se esté creando una excitante música nueva, con armonías sutiles y violentas, y agudas discordancias. Una música tan poderosa que nos volvería locos si nuestros oídos estuvieran sintonizados para captarla… allí puede haber algo… por lo que sabemos, puede haberlo.

–Sí –admitió el médico–, pero no es muy probable.

–¿Por qué no? ¿Por qué no? –Klausner señaló una mosca posada sobre un pequeño rollo de alambre de cobre que había sobre la mesa–. ¿Ve aquella mosca? ¿Qué clase de ruido produce ahora? Ninguno… que nosotros podamos oír. Pero tal vez esté silbando en una nota muy aguda, ladrando, graznando o bien cantando una canción. Tiene boca, ¿verdad? ¡Tiene garganta!

El médico miró al insecto y sonrió. Aún estaba junto a la puerta, con la mano en el picaporte.

–Vaya –dijo–. ¿Así que eso es lo que pretende averiguar?

–Hace algún tiempo creé un sencillo aparato que me probó la existencia de una serie de sonidos inaudibles. Muchas veces me he sentado a observar cómo la aguja de mi aparato grababa la presencia de vibraciones sonoras en el aire sin que yo pudiera oírlas. Quiero oír sonidos, quiero saber de dónde proceden o qué los produce.

–¿Y esa máquina que tiene sobre la mesa se lo permitirá?

–Puede que sí… aunque ¿cómo saberlo? Hasta ahora no he tenido suerte, pero he hecho algunos cambios, y esta noche pienso probarla de nuevo. Esta máquina –exclamó Klausner, tocándola con ambas manos– tiene la misión de captar las vibraciones sonoras que son demasiado agudas para poder ser oídas por los humanos, y llevarlas a la escala de tonos audibles. He conseguido sintonizar la máquina casi como una radio.

–¿Qué quiere decir?

–No es complicado. Digamos que deseo oír el chillido de un murciélago. Es un sonido muy agudo, unas treinta mil vibraciones por segundo. La mayoría de nosotros no podemos captarlo. Pero si hubiese un murciélago revoloteando alrededor de este cuarto y yo sintonizara mi máquina a treinta mil, oiría el chillido con claridad. Podría oír la nota correcta, fa sostenido mayor, sí bemol, la que fuera. Pero en un tono mucho más bajo, ¿comprende? El médico miró la larga caja negra en forma de ataúd.

–¿Y la probará esta noche?

–Sí.

–Bien, le deseo suerte –miró su reloj–. ¡Dios mío! Debo irme en seguida. Adiós, y gracias por contármelo. Ya volveré en otro momento para que me diga el resultado.

El médico salió, cerrando la puerta tras sí.

Klausner siguió trabajando durante un rato con los cables de la caja negra, después levantó la cabeza y, con un susurro bajo y excitado, dijo:

–Ahora a probarla de nuevo. Esta vez hay que sacarla al jardín… así quizá… quizá… la recepción será más clara… Ahora la levanto un poco… cuidadosamente… ¡Dios mío, cómo pesa!

Al llegar con la caja hasta la puerta se dio cuenta de que no podría abrir con las manos ocupadas. Depositó de nuevo la caja a sobre la mesa, abrió la puerta y después, con gran esfuerzo, la llevó hasta el jardín, colocándola con sumo cuidado sobre una pequeña mesa de madera que había en el césped. Volvió al cobertizo para coger unos auriculares, los conectó a la máquina y se los colocó. Los movimientos de sus manos eran veloces y precisos. Estaba excitado, y respiraba rápida y pesadamente por la boca. Siguió hablando consigo mismo, con pequeñas palabras reconfortantes y animosas, como si tuviera algún temor… de que la máquina no funcionara o de lo que podía suceder en caso de hacerlo.

Permaneció en el jardín, junto a la mesa de madera, tan pálido, diminuto y delgado como un niño prematuramente envejecido, tísico y con gafas. El sol se había puesto, no hacía viento y el silencio era absoluto. Desde donde estaba podía ver, al otro lado del muro que separaba su jardín del de la casa vecina, a una mujer que caminaba con una cesta llena de flores colgada del brazo. La miró durante un rato, aunque sin pensar para nada en ella. Después se volvió hacia la caja que reposaba sobre la mesa y presionó un botón de la parte delantera. Puso la mano izquierda sobre el control de volumen y la derecha sobre el dial que hacía correr la aguja por el disco central, parecido al de longitudes de onda de una radio. El disco estaba graduado en muchos números en series de bandas, empezando con el 15.000 y subiendo hasta 1.000.000.

Se inclinó sobre la máquina, la cabeza torcida hacia un lado en una tensa actitud de escucha. Su mano derecha empezó a hacer girar el dial; la aguja recorría lentamente el disco, tan lentamente que casi no la veía moverse. A través de los auriculares pudo oír un débil y espasmódico chasquido. Por debajo de este ruido, oyó un zumbido distante producido por la misma máquina, pero eso era todo. Mientras escuchaba, tuvo una curiosa sensación; sintió como si sus orejas se fuesen alejando de la cabeza y cada apéndice estuviera conectado a la misma por un delgado cable, rígido como un tentáculo, que se iba alargando y elevándose hacia una zona secreta y prohibida, una peligrosa región ultrasónica donde los oídos jamás habían penetrado y tampoco tenían derecho a hacerlo.

La pequeña aguja se deslizaba lentamente por el disco, y de pronto oyó un grito, un impresionante grito agudo; se sobresaltó y se agarró con fuerza a la mesa. Miró a su alrededor como si esperara ver a la persona que había gritado. No había nadie a la vista excepto la vecina en el jardín, y ella no lo había hecho. Estaba inclinada sobre unas rosas amarillas, que cortaba y ponía en su cesta.

Lo oyó de nuevo, un grito sin voz, inhumano, agudo y corto, claro y helado. La nota poseía en sí misma una calidad metálica menor, como jamás había escuchado. Klausner miró a su alrededor buscando instintivamente la causa de aquel ruido. La vecina era el único ser vivo a la vista. La vio inclinarse, apoderarse del tallo de una rosa con los dedos de una mano y cortarlo con unas tijeras. Oyó nuevamente el grito.

Llegó en el preciso instante en que el tallo de la rosa era cortado.

La mujer se enderezó, dejó las tijeras de poda en la cesta, al lado de las rosas, y se dio la vuelta para marcharse.

–¡Señora Saunders! –gritó Klausner, la voz temblorosa por la excitación– ¡Señora Saunders!

Mirando a su alrededor, la mujer vio a su vecino inmóvil sobre el césped; una persona pequeña y fantástica con un par de auriculares en la cabeza, haciéndole señas con el brazo y llamándola con voz tan aguda y potente que la alarmó.

–¡Corte otra! ¡Por favor, corte otra en seguida!

Ella se le quedó mirando.

–Pero, señor Klausner –preguntó–, ¿qué ocurre?

–Por favor, haga lo que le pido. ¡Corte otra rosa!

La señora Saunders siempre había pensado que su vecino era una persona un tanto especial. Pero ahora, al parecer, se había vuelto completamente loco. Se preguntó si no sería mejor echar a correr hacia la casa y llamar a su esposo, pero decidió que Klausner no era peligroso y le siguió la corriente.

–Con mucho gusto, señor Klausner.

Sacó las tijeras de la cesta, se inclinó y cortó otra rosa.

De nuevo Klausner oyó aquel terrible grito sin voz; le llegó otra vez en el momento exacto en que el tallo de la rosa era cortado. Se quitó los auriculares y corrió hacia el muro que separaba los dos jardines.

–Muy bien –dijo–. Es suficiente, no corte más, por favor, no corte más.

La mujer se le quedó mirando, con una rosa amarilla en una mano y las tijeras en la otra.

–Le diré algo, señora Saunders, algo que usted no creerá –puso las manos sobre el muro y la miró fijamente a través del grueso cristal de sus gafas–. Acaba de cortar un ramo de flores; y con unas afiladas tijeras ha cortado los tallos de cosas vivas, y cada se rosa que usted ha cortado ha gritado de un modo terrible. ¿Lo sabía, señora Saunders?

–No –respondió ella–, la verdad es que no lo sabía.

–Pues es cierto, las oí gritar. Cada vez que usted cortó una, oí su grito de dolor. Un sonido muy fuerte, aproximadamente unas ciento treinta mil vibraciones por segundo. Usted no puede oírlas, pero yo sí.

–¿De veras, señor Klausner? –murmuró la mujer, dispuesta a huir hacia la casa al cabo de cinco segundos.

–Quizá objete usted que un rosal no tiene sistema nervioso con el que sentir, ni garganta con la que gritar, y tendrá toda la razón. No dispone de ellos, por lo menos no iguales a los nuestros. Pero –se inclinó más sobre el muro y habló en un violento susurro– ¿cómo sabe, señora Saunders, que un rosal no siente el mismo dolor cuando alguien corta su tallo en dos, que usted sentiría si alguien le cortara la muñeca con unas tijeras?

–Sí, señor Klausner, sí… Buenas noches.

Dio media vuelta y corrió velozmente hacia el interior de su casa.

Klausner volvió a la mesa, se colocó los auriculares y se quedó un rato escuchando. Aún se oía el suave chasquido y el zumbido de la máquina, pero nada más. Se inclinó y arrancó una pequeña margarita. La cogió entre el pulgar y el índice y suavemente la fue doblando en todas direcciones hasta que el tallo se partió.

Desde el momento en que empezó a tirar de ella hasta la rotura del tallo, pudo oír –muy claramente a través de los auriculares– un suave y agudo quejido, curiosamente inanimado. Repitió el mismo proceso con otra margarita. Escuchó nuevamente el grito, pero ahora ya no estaba seguro de que expresara dolor. No, no era dolor, era sorpresa. ¿O no lo era? En realidad no expresaba ninguno de los sentimientos o emociones conocidos por los seres humanos. Era un grito neutro, sin emoción, que no expresaba nada. Con las rosas había oído lo mismo, se había equivocado al decir que era un grito de dolor. Probablemente una flor no lo sentía. Sus sensaciones eran un completo misterio. Se levantó y se quitó los auriculares. Estaba ya muy oscuro y podía ver puntos de luz brillando en las ventanas de las casas que le rodeaban. Levantó la caja negra con cuidado y la llevó de nuevo al interior del cobertizo, dejándola sobre la mesa. Después salió, cerró la puerta y se fue hacia la casa.

A la mañana siguiente Klausner se levantó al amanecer, se vistió y fue directamente al cobertizo. Cogió la máquina y la sacó al exterior, llevándola con ambas manos y caminando inseguro bajo su peso. Cruzó el jardín, la verja de entrada y la calle en dirección al parque. Allí se detuvo, miró a su alrededor y dejó la máquina en el suelo, cerca del tronco de un árbol. Rápidamente regresó a su casa, sacó el hacha de la carbonera y, volviendo al parque, la dejó en el suelo junto al árbol.

Miró de nuevo a su alrededor, escrutando nerviosamente en todas direcciones a través de los gruesos cristales de sus gafas. No había nadie. Eran las seis de la mañana.

Se colocó los auriculares y conectó la máquina. Durante un momento escuchó el débil y familiar zumbido; después levantó el hacha, tomó impulso con las piernas abiertas, y la clavó con tanta fuerza como le fue posible en la base del tronco del árbol. La hoja penetró profundamente en la madera y se quedó allí. En el momento mismo del impacto, a través de los auriculares oyó un ruido extraordinario. Era un ruido nuevo, distinto, un bronco, inarmónico e intenso ruido, un sonido sordo, grave, quejumbroso; no corto y rápido como el de las rosas, sino prolongado durante casi un minuto, más fuerte en el instante en que clavó el hacha, y debilitándose gradualmente hasta desaparecer.

Al hundirse el hacha en la carne del tronco, Klausner se quedó horrorizado; después, suavemente, asió el mango del hacha, la desprendió y la dejó caer al suelo. Pasó los dedos por la herida y trató de cerrarla, mientras decía:

–Árbol… amigo árbol… Lo siento, lo siento mucho… pero cicatrizará, cicatrizará perfectamente…

Por un momento se quedó allí, con las manos sobre el inmenso tronco; de pronto se dio la vuelta y salió corriendo del parque, cruzó la calle y entró en su casa. Fue hacia el teléfono, consultó la guía, marcó un número y esperó. Oprimía con fuerza el auricular con la mano izquierda y daba con la derecha golpes impacientes sobre la mesa. Oyó el zumbido del teléfono y después su chasquido al ser descolgado el auricular al otro extremo del hilo. La voz somnolienta de un hombre dijo:

–Diga.

–¿El doctor Scott?

–El mismo.

–Doctor, tiene que venir inmediatamente. Dése prisa, por favor.

–¿Quién llama?

–Klausner. ¿Recuerda lo que le conté ayer por la tarde acerca de mis experimentos con el sonido y cómo esperé que podría…?

–Sí, sí, claro, pero ¿qué ocurre? ¿Está usted enfermo?

–No, no lo estoy, pero…

–Son las seis y media de la mañana, y me llama sin estar enfermo…

–Por favor, venga, venga en seguida, quiero que alguien más lo oiga. ¡Me estoy volviendo loco! No puedo creerlo…

El doctor captó en la voz del hombre la nota frenética y casi histérica que solía oír en las voces de la gente que le llamaba para decir: “Ha ocurrido un accidente, venga en seguida”. Lentamente, dijo:

–¿Quiere que me levante y vaya inmediatamente?

–Sí, en seguida, por favor.

–Está bien, ahora voy.

Klausner se sentó junto al teléfono y esperó. Trató de recordar el grito del árbol, pero no lo logró. Pudo recordar únicamente que había sido enorme y espantoso y que le había hecho sentirse enfermo de horror. Trató de imaginar el ruido que produciría un ser humano anclado en tierra si alguien le clavaba deliberadamente una pequeña hoja puntiaguda en una pierna, de tal modo que le cortase profundamente y le quedara clavada. ¿El mismo ruido quizá? No, muy distinto. El ruido del árbol era peor que cualquiera de los sonidos humanos conocidos, debido a su terrorífica y obscura calidad atonal. Empezó a pensar en otras cosas vivas y se imaginó un campo de trigo, un campo de trigo de semillas erguidas, amarillo y vivo, y una segadora que lo cruzaba, cortando los tallos, quinientos por segundo, un segundo tras otro. ¡Oh, Dios! ¿Cómo sería aquel ruido? Quinientas plantas de trigo gritando a la vez, y un segundo después otras quinientas cortadas y gritando, y… “No –pensó–, no iré con mi máquina a un campo de trigo, no volvería a probar el pan”. Pero ¿y las papas, las coles, las zanahorias, las cebollas? ¿Y las manzanas? No, con las manzanas no hay problema; cuando están maduras caen solas. Si a las manzanas se las deja caer en vez de arrancarlas de la rama no ocurre nada. Pero con las verduras es distinto. Las papas, por ejemplo, debían de gritar, lo mismo que las zanahorias, las cebollas o las coles…

Oyó el pestillo de la puerta del jardín, se levantó de un salto, salió y vio al médico acercarse por el sendero, con el pequeño maletín negro en la mano.

–Bien –dijo éste–, qué ocurre.

–Venga conmigo, doctor, quiero que lo oiga. Le llamé a usted ya que es el único a quien se lo he contado. Está al otro lado de la calle, en el parque. ¿Quiere venir?

El doctor lo miró; Klausner parecía más calmado. No había signos de locura o de histeria, estaba únicamente excitado.

Cruzaron la calle, se adentraron en el parque y Klausner lo acompañó hasta el pie de la gran haya donde había dejado el hacha y la caja negra de la máquina.

–¿Para qué la trajo aquí? –preguntó el médico.

–Necesitaba un árbol y en el jardín no hay.

–¿Y el hacha?

–Ya lo verá usted. Ahora, por favor, póngase los auriculares y escuche con atención. Luego explíqueme claramente lo que haya oído. Quiero estar seguro…

El médico sonrió y se puso los auriculares.

Klausner se inclinó y encendió con un gesto el interruptor del tablero de la máquina; después asió el hacha y tomó impulso con las piernas abiertas, dispuesto a golpear. Se detuvo y le dijo al médico:

–¿Puede oír algo?

–¿Si puedo qué?

–Oír algo.

–Un zumbido.

Klausner permaneció inmóvil, con el hacha en la mano, esforzándose en golpear, pero el pensamiento del ruido que emitiría el árbol le hizo detenerse de nuevo…

–¿Qué espera? –dijo el médico.

–Nada –contestó Klausner.

Levantó el hacha y la clavó en el árbol. Antes de hacerlo, hubiera podido jurar que había notado un movimiento en el suelo, justo donde se hallaba. Sintió un ligero temblor en la tierra bajo sus pies, como si las raíces del árbol estuviesen en movimiento bajo la superficie. Sin embargo, era demasiado tarde para corregir el impulso; la hoja golpeó el árbol y se hundió profundamente en la madera. En aquel momento, en lo alto, sobre sus cabezas, el chasquido de la madera al astillarse y el sonido susurrante de las hojas al rozar entre sí les hizo mirar hacia arriba.

–¡Cuidado! ¡Corra, hombre, corra! ¡Aprisa! –gritó el médico.

Se había quitado los auriculares y se alejaba a toda velocidad, pero Klausner se quedó allí, fascinado, mirando la gran rama, de casi dos metros de largo, que se inclinaba lentamente, partiéndose por su punto más grueso, donde se unía al tronco del árbol.

La rama se vino abajo con un crujido y Klausner saltó hacia un lado en el momento preciso en que aquélla llegaba al suelo, cayendo sobre la máquina, haciéndola pedazos.

–¡Cielos! –gritó el médico–. ¡Sí que la tuvo cerca, creí que le caía encima!

Klausner miraba al árbol, con la cabeza ladeada y una expresión tensa y horrorizada en su cara pálida. Lentamente, fue hacia el tronco y arrancó el hacha con suavidad.

–¿Lo ha oído? –dijo con voz casi inaudible, volviéndose hacia el médico.

Éste, que aún estaba sin aliento por la carrera y el sobresalto, preguntó.

–¿El qué?

–Por los auriculares. ¿Oyó usted algo cuando el hacha golpeó?

El médico empezó a rascarse la nuca.

–Pues –dijo–, de hecho… –se calló y frunció ligeramente el labio superior–. No, no estoy seguro, no puedo estar seguro. No creo que llevara puestos los auriculares más de un segundo después que usted clavó el hacha.

–Sí, pero ¿qué oyó usted?

–No lo sé. No sé lo que oí. Probablemente el ruido de la rama al partirse –añadió rápidamente, casi con irritación.

–¿Qué le pareció que era? –Klausner se inclinó ligeramente y miró con fijeza a su interlocutor–. Exactamente, ¿qué le pareció que era?

–Al demonio –repuso el médico–. No lo sé. Estaba más interesado en quitarme de en medio. Dejémoslo, ¿quiere?

–Doctor Scott, ¿qué-le-pareció-que-era?

–Por el amor de Dios, ¿cómo puedo saberlo, con medio árbol viniéndoseme encima y teniendo que correr para salvarme?

El médico parecía nervioso, y Klausner se daba cuenta de ello. Se quedó muy quieto, mirándolo fijamente, y durante casi medio minuto no dijo nada.

El otro movió los pies e hizo un gesto como para irse.

–Bueno –dijo–, es mejor que nos vayamos.

–Oiga –dijo el hombrecillo, y su cara pálida se cubrió de rubor–. Oiga –repitió–, hágale una sutura –señaló la última herida que el hacha había abierto en el tronco–. Hágasela en seguida.

–No sea absurdo –dijo el médico.

–Haga lo que le digo. Una sutura.

Klausner sostenía con fuerza el hacha, y hablaba en voz baja, con tono extraño, casi amenazador.

–No sea absurdo –dijo tajante el médico–, no puedo hacer suturas en la madera. Vamos, será mejor que nos vayamos.

–¿No se pueden hacer suturas en la madera?

–No, claro que no.

–¿Trae yodo en el maletín?

–Sí, ¿por qué?

–Pinte el corte con yodo. Escocerá, pero no puede evitarse.

–Vamos –dijo el médico, y de nuevo trató de marcharse–, no seamos ridículos. Volvamos a su casa y…

–Pinte-el-corte-con-yodo…

El médico dudó. Observó cómo las manos de Klausner se crispaban en tomo al mango del hacha. Decidió que su única alternativa era alejarse a toda prisa, pero desde luego no iba a hacer una cosa así.

–Está bien –dijo–, lo pintaré con yodo.

Recogió su maletín negro, que se hallaba más allá, a unos diez metros, apoyado en un árbol; lo abrió, y extrajo la botella de yodo y una bola de algodón. Fue hacia el tronco, destapó la botella y empapó el algodón con el yodo. Se inclinó sobre la herida y empezó a pintarla. Miraba de reojo a Klausner, que permanecía inmóvil con el hacha en la mano, observándolo.

–Asegúrese de que penetre bien.

–Sí –asintió el médico.

–Ahora pinte la otra herida, la que está encima.

El médico hizo lo que Klausner le decía.

–Bueno –dijo–, ya está –se levantó y examinó con expresión grave su obra–. Esto le hará bien.

Klausner se acercó y examinó detenidamente las dos heridas.

–Sí –dijo, asintiendo despacio con la enorme cabeza–, sí, quedará bien –dio un paso atrás–. ¿Vendrá mañana a darle una ojeada?

–Oh, sí –dijo el médico–, desde luego.

–¿Y le aplicará más yodo?

–Si veo que hace falta sí.

–Gracias, doctor –dijo Klausner, entusiasmado.

Asintió de nuevo con la cabeza, y soltó el hacha y, de pronto sonrió. Era una sonrisa extraña y excitada. De inmediato, el médico fue hacia él y, cogiéndole amablemente por el brazo, le dijo:

–Vamos, debemos irnos ahora.

Se pusieron a caminar en silencio, juntos, con cierta rapidez, a través del parque, cruzando la calle, de regreso a casa.