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lunes, 20 de julio de 2026

El asalto al Gran Convoy

Dino Buzzati

 

Arrestado en un callejón de la ciudad y condenado solamente por contrabando –porque tuvo la suerte de no ser reconocido– Gaspar Planetta, capitán de bandidos, permaneció tres años en prisión.

Al salir libre estaba muy cambiado. Consumido por la enfermedad, con una gran barba, parecía un viejo y no el famoso capo brigante, el mejor tirador conocido, que no sabía errar un disparo.

Con sus cosas en una bolsa, se puso en camino hacia el Monte Fumo, su antiguo reino, donde suponía que debían estar sus compañeros.

Era un domingo de junio cuando se internó en el valle donde estaba su casa. Los senderos del bosque no habían cambiado: aquí afloraba una raíz: allá una piedra que recordaba perfectamente. Todo estaba igual que antes. Como era fiesta, la banda debía estar reunida en su casa. Al acercarse, Planetta oyó voces y carcajadas. La puerta, a diferencia de sus tiempos, estaba cerrada.

Golpeó dos o tres veces. Adentro se hizo un silencio. Después preguntaron:

–¿Quién es?

–Vengo de la ciudad –respondió– vengo de parte de Planetta.

Tenía pensado darles una sorpresa, pero en cuanto abrieron la puerta, se dio cuenta de que no lo reconocían. Solo el viejo perro, el esquelético Tromba, le saltó encima con alegría.

Al principio sus antiguos compañeros, Cosimo, Marco, Felpa y también tres o cuatro desconocidos, lo rodearon, pidiéndole noticias de Planetta. Les contó que había conocido al jefe en prisión; dijo que Planetta sería liberado un mes más tarde y que, mientras tanto, lo había enviado a él para saber cómo marchaban las cosas.

Al rato, los bandoleros ya habían perdido todo interés en el recién llegado y lo dejaban con un pretexto cualquiera. Solo Cosimo se quedó hablando con él, pero sin reconocerlo.

–¿Y qué piensa hacer cuando vuelva?

–¿Cómo qué piensa hacer? ¿Es que acaso no puede volver acá?

–Ah, sí, sí… yo no digo nada. Solo estaba pensando en él. Las cosas aquí han cambiado mucho. Y él va a querer mandar todavía, se entiende… pero no sé…

–¿Qué es lo que no sabe?

–No sé si Andrea estará dispuesto… no va a querer. Por mí que vuelva, nosotros dos siempre nos llevamos bien.

Así supo Gaspare Planetta que el nuevo jefe era Andrea, uno de sus antiguos compañeros.

En ese momento se abrió la puerta de par en par y entró el propio Andrea, que se paró en medio del cuarto. Planetta recordaba un tipo alto y flaco. Ahora tenía delante una formidable estampa de forajido, con una cara dura y unos espléndidos bigotes. Tampoco lo reconoció.

–¿Ah sí? –dijo a propósito de Planetta– ¿Y cómo fue que no consiguió fugarse? No debe ser demasiado difícil. También a Marco lo metieron adentro, pero no llegó a estar ni seis días. Tampoco a Stella le resultó difícil evadirse. Y en cambio él, que era el jefe, precisamente él, no hizo buen papel.

–Es que ya las cosas no son como antes –repuso Planetta con una sonrisa burlona– Hay muchos guardias ahora, cambiaron las rejas, jamás nos dejaban solos. Y además él se enfermó.

Mientras hablaba se iba dando cuenta que lo habían dejado afuera, comprendía que un capo brigante no puede dejarse capturar y mucho menos permanecer encerrado tres a cuatro años como un desgraciado cualquiera, comprendía que estaba viejo, que ya no había lugar para él allí, que su tiempo había terminado.

–Me dijo –prosiguió con voz cansada– Planetta me dijo que había dejado aquí su caballo, un caballo blanco que se llama Polak, me parece, y que tiene un bulto detrás de la rodilla.

–Tenía, querrá decir, tenía… –dijo Andrea arrogante, comenzando a sospechar que era el propio Planetta el que tenía delante– Si el caballo se murió, no es culpa nuestra.

–Me dijo– continuó con toda calma Planetta– que también dejó aquí su ropa, una linterna y un reloj– y sonriendo sutilmente se acercó a la ventana para que todos pudieran verlo bien.

Y todos, en efecto, lo vieron, reconociendo en aquel viejo flaco lo que quedaba de su famoso jefe Gaspare Planetta, el mejor tirador conocido, que no sabía errar un solo tiro.

Sin embargo, ninguno habló. Tampoco Cosimo se atrevió a decir nada. Todos simularon no haberlo reconocido porque estaba presente Andrea, el nuevo jefe y le temían.

Y Andrea hacía como si no pasara nada.

–Nadie ha tocado sus cosas –respondió Andrea– deben estar por ahí, en algún cajón. De la ropa, no sé nada. Probablemente alguien la usó.

–Me dijo –continuó imperturbable Planetta, aunque esta vez ya no sonreía–, me dijo que dejó aquí su fusil, su escopeta de precisión.

–Su fusil está aquí –dijo Andrea– y puede venir por él cuando quiera.

–Me decía, siempre me decía: quién sabe qué trato le han dado a mi fusil, quién sabe en qué chatarra me lo encuentro convertido a mi regreso.

–Yo lo usé algunas veces– admitió Andrea con cierto tono de desafío– pero no creo que por eso se haya estropeado.

Gaspare Planetta se sentó sobre un banco. Se sentía afiebrado, cosa que solía pasarle; no mucho, pero lo suficiente para sentir la cabeza pesada.

–Dime –insistió, volviéndose a Andrea– ¿Me lo podrías dejar ver?

–Adelante –respondió Andrea, haciéndole señas a uno de los nuevos integrantes de la banda– Ve, ve a buscarlo.

Un momento después le entregaron el fusil a Planetta. Lo observó minuciosamente, con aire preocupado y poco a poco, mientras acariciaba el cañón, pareció serenarse.

–Bien –dijo después de una larga pausa–… y también me dijo que dejó aquí las municiones. Lo recuerdo bien: seis medidas de pólvora y ochenta y cinco proyectiles.

–Adelante –ordenó Andrea secamente–. Tráiganle todo. ¿Hay alguna otra cosa?

–Eso –dijo Planetta acercándose a Andrea con la mayor calma y sacándole de la cintura un puñal envainado–. Todavía falta ésta. Su cuchilla de caza –y volvió a sentarse.

Corrió un largo y pesado silencio.

–Bien… buenas noches– dijo por fin Andrea para hacerle comprender a Planetta que la entrevista había terminado.

Gaspare Planetta levantó los ojos midiendo la poderosa corpulencia del otro.

¿Habría podido desafiarlo, enfermo y cansado como estaba? Se levantó lentamente, esperó que le dieran el resto de sus cosas, metió todas en la bolsa y se echó el fusil al hombro.

–Buenas noches, señores –dijo, encaminándose hacia la puerta.

Los hombres quedaron mudos, paralizados de estupor, porque jamás hubieran imaginado que Gaspare Planetta, el famoso capo brigante pudiera terminar así, permitiendo que lo mortificaran impunemente.

Solo Cosimo consiguió emitir una voz extrañamente ronca:

–¡Adiós, Planetta! –exclamó, haciendo a un lado toda simulación–. ¡Adiós y buena suerte!

Planetta se alejó por el bosque, en medio de las sombras de la noche, silbando.

 

***

Eso le sucedió a Planetta, que ya no era más capo brigante sino solamente Gaspare Planetta, de Severino, del año cuarenta y ocho, sin residencia fija. Aunque, en realidad, dónde vivir tenía, una cabaña sobre el Monte Fumo, de troncos y piedra, en el medio del bosque, donde se refugiara una vez que lo perseguían los guardias.

Planetta llegó a su cabaña, encendió el fuego, contó el dinero que tenía (podía alcanzarle para algunos meses) y comenzó a vivir solo.

Pero una noche, mientras estaba sentado junto al fuego, se abrió de golpe la puerta y apareció un joven, con un fusil. Tendría unos diecisiete años.

–¿Qué pasa? –preguntó Planetta sin siquiera levantarse.

El muchacho tenía un aire desenfadado, se parecía a él, Planetta, una treintena de años antes.

–¿Está aquí la gente del Monte Fumo? Hace tres días que los busco.

El muchacho se llamaba Pietro. Explicó sin titubeos que quería unirse a la banda. Había vivido siempre vagabundeando y hacía años que tenía ese proyecto, pero como para ser bandolero debía contar por lo menos con un fusil, no había tenido más remedio que esperar un poco; ahora había robado uno bastante bueno.

–Llegaste a buen lugar; yo soy Planetta.

–¿Planetta el capitán, quiere decir?

–El mismo.

–Pero, ¿no estaba en prisión?

–Allí estuve, por así decirlo –explicó irónicamente Planetta–. Estuve tres días: no tuvieron la suerte de retenerme más tiempo.

El muchacho lo miró entusiasmado.

–¿Y ahora quieres que me quede contigo?

–¿Quedarte conmigo? –dijo Planetta– Está bien, por esta noche duerme aquí, mañana veremos.

Los dos vivieron juntos. Planetta no desengañó al muchacho, lo dejó creer que seguía siendo el jefe, le explicó que prefería vivir solo y encontrarse con los compañeros nada más que cuando era necesario.

El muchacho lo creía poderoso y esperaba de él grandes cosas. Pero pasaban los días y Planetta no hacía nada, a excepción de cazar un poco. El resto del tiempo lo pasaba siempre junto al fuego.

–Jefe –decía Pietro– ¿cuándo vamos a dar un golpe?

–Uno de estos días –respondía Planetta–. Llamaré a los compañeros y te sacarás el gusto.

Pero los días siguieron pasando.

–Jefe –insistía el muchacho–. Supe que mañana pasará por el camino del valle un tal Francisco, que debe tener los bolsillos llenos.

–¿Un tal Francisco? –repetía Planetta sin demostrar interés– Lo conozco hace tiempo. Es un hombre astuto, un verdadero zorro: cuando viaja no lleva un solo escudo encima, de miedo a los ladrones.

–Jefe –decía el muchacho–. Supe que mañana pasan dos carros de buena mercadería. Todos cosas de comer. ¿Qué dice, jefe?

–¿De veras? –respondía Planetta– ¿Cosas de comer? –y dejaba languidecer el asunto, como si no fuera digno de él.

–Jefe –decía el muchacho–, mañana es la fiesta de la ciudad y habrá mucho movimiento de gente, pasarán cantidad de carruajes y muchos regresarán de noche. ¿No tendríamos que intentar algo?

–Cuando hay gente –contestaba Planetta– más vale no hacer nada. Hay gendarmes por todos lados los días de fiesta. No hay que fiarse. Precisamente fue en un día de fiesta que me capturaron.

–Jefe –decía después de unos días Pietro– di la verdad, a ti te pasa algo. No tienes ganas de hacer nada. Ni siquiera de ir a cazar. No quieres ver a los compañeros. Debes estar mal, seguramente, ayer también tuviste fiebre. Siempre estás al lado del fuego. ¿Por qué no hablas claro?

–Puede que no esté bien –decía Planetta sonriendo–, pero no es lo que tú piensas. Si quieres que te lo diga, así por lo menos me dejas tranquilo, es una estupidez fatigarse para embolsarse algunas pocas monedas. Si hago algo, quiero que valga la pena. Bien: he decidido esperar al Gran Convoy.

Se refería al Gran Convoy que una vez al año, precisamente el 12 de setiembre, llevaba a la capital un cargamento de oro, todo lo recaudado por concepto de impuestos en las provincias del sur. Avanzaba entre sonidos de cuernos a lo largo del camino principal, custodiado por guardia armada. El Gran Convoy Imperial con el gran carro de hierro, todo lleno de monedas metidas en sacos. No había bandolero que no soñara con él en las noches tranquilas, pero desde hacía cien años nadie había logrado asaltarlo impunemente. Trece bandidos habían muerto, veinte estaban en prisión. Ya nadie pensaba en el Gran Convoy en serio; año tras año la recaudación de impuestos se hacía más grande y la escolta armada era reforzada. Iban soldados adelante y atrás, patrullas a caballo a los lados; los cocheros, los jinetes y los servidores, todos armados. Lo precedía una especie de avanzada con trompeta y bandera. Después venían veinticuatro guardias a caballo, armados con fusiles, pistolas y espadones, y enseguida el carro de hierro con la insignia imperial en relieve tirado por dieciséis caballos. Otros veinticuatro soldados en la retaguardia, otros doce a los lados. Cien mil ducados de oro, mil onzas de plata, destinados a la casa imperial.

El Convoy pasaba a galope cerrado. Luca Toro, cien años antes, había tenido el coraje de asaltarlo y le había ido milagrosamente bien. Era la primera vez: la escolta se asustó y Luca Toro pudo huir a Oriente y darse la gran vida.

Otros bandoleros lo habían intentado: Giovanni Borro, para nombrar algunos, el Tedesco, Sergio de Topi, el Conde y el Jefe de los treinta y ocho. Todos, a la mañana siguiente, aparecieron al borde del camino con la cabeza partida.

–¿El Gran Convoy? –preguntó el muchacho maravillado– ¿De veras quieres arriesgarte?

–Sí, quiero arriesgarme. Si lo logro, estoy hecho para siempre.

Eso dijo Gaspare Planetta, pero estaba lejos de pensarlo. Aun contando con una veintena de hombres habría sido una locura… ¡cuanto más solo!

Lo había dicho por bromear, pero el muchacho se lo había tomado en serio y miraba a Planetta con admiración.

–Dime– preguntó–… ¿y cuántos seríamos?

–Quince, por lo menos.

–¿Y para cuándo?

–Hay tiempo –respondió Planetta–. Tengo que hablar con mi gente. Esto no es cosa de juego.

Pero los días siguieron pasando y los bosques empezaron a ponerse rojos. El muchacho esperaba con impaciencia. Planetta no lo desengañaba y en las largas noches que pasaban junto al fuego, discutía el gran proyecto y se divertía también él. Y en algunos momentos él mismo llegaba a creer que era verdad.

 

***

El 11 de septiembre, el día de la víspera, el muchacho estuvo afuera hasta la noche. Regresó con una cara sombría.

–¿Qué pasa? – preguntó Planetta, sentado como de costumbre junto al fuego.

–Por fin me encontré con tus compañeros.

Se hizo un largo silencio y se oyó el restallar del fuego. También se escuchaba la voz del viento que soplaba en el bosque.

–Y bien… –preguntó Planetta con tono que quería parecer divertido– ¿Te lo dijeron todo?

–Seguro. Me lo contaron todo.

–Bien– añadió Planetta y se hizo otra pausa en el cuarto iluminado solo por el fuego.

–Me dijeron que me fuera con ellos, que hay mucho trabajo.

–Entiendo –aprobó Planetta–. Sería una tontería no ir.

–Jefe –dijo entonces Pietro con voz casi llorosa–, ¿por qué no me dijiste la verdad? ¿Por qué tantas historias?

–¿Qué historias? –dijo Planetta, que hacía esfuerzos por mantener su habitual tono alegre– ¿Qué historias te he contado yo? Te dejé creer, no te quise desengañar, eso fue todo.

–No es verdad –repitió el muchacho–. Me retuviste aquí con falsas promesas, solo por atormentarme. Mañana, bien lo sabes…

–¿Qué pasa mañana? –preguntó Planetta, otra vez tranquilo– ¿Te refieres al Gran Convoy?

–Eso mismo. ¡Y yo que te creí! Aunque tenía que haberme dado cuenta, enfermo como estás… no sé cómo hubieras podido… –Pietro se calló algunos segundos y después, en voz baja, anunció:

–Mañana me voy.

 

***

Pero el otro día, Planetta fue el primero en levantarse. Se vistió de prisa sin despertar al muchacho y tomó el fusil. Cuando llegaba al umbral Pietro se despertó.

–Jefe –dijo, llamándolo así por la fuerza de la costumbre–. ¿Adónde vas a esta hora, se puede saber?

–Sí señor, se puede saber –respondió Planetta sonriendo–. Voy a esperar al Gran Convoy.

Pietro ni siquiera se molestó en responder. Se limitó a darse vuelta en la cama, como para hacerle ver que ya estaba cansado de aquella estúpida historia.

Pero esta vez no era solo una historia. Para cumplir una promesa que había hecho en broma, se disponía a asaltar el Gran Convoy. Ya lo habían fastidiado bastante sus compañeros; por lo menos, que aquel muchacho supiera quién era Gaspare Planetta. Pero, no… no era el muchacho lo que le importaba. En el fondo, lo hacía por él mismo, para sentirse el de antes, aunque fuera por última vez.

Probablemente nadie lo vería y hasta quizá, si lo mataban enseguida, nadie lo supiera jamás, pero eso no tenía importancia. Era un asunto personal con el poderoso Planetta de antes. Una especie de apuesta a favor de una empresa desesperada.

Pietro dejó que Planetta se fuera. Pero después lo asaltó una duda. ¿No se propondría de veras Planetta llevar a cabo el asalto? A pesar de que le parecía una idea absurda, Pietro se levantó y salió a averiguar. Muchas veces Planetta le había mostrado el sitio ideal para esperar al Gran Convoy, y hacia allí se dirigió.

El día ya había amanecido pero el cielo estaba cubierto por largas nubes de tormenta. La luz era clara y grisácea. De tanto en tanto se oía el canto de un pájaro. En los intervalos, se escuchaba el silencio.

Pietro corrió por el bosque hacia el fondo del valle, donde pasaba el camino principal. Avanzaba con prudencia entre los matorrales en dirección a un grupo de castaños, donde seguramente se encontraba Planetta.

Allí estaba, en efecto, escondido detrás de un tronco y se había hecho un pequeño parapeto de ramas para que no lo pudieran ver. Se había apostado sobre una especie de colina que dominaba una brusca vuelta del camino: una fuerte subida que obligaba a los caballos a andar más despacio. Todo lo que pasara por allí se convertía en un blanco fácil.

El muchacho miró la llanura del sur que se perdía en el infinito, cortada en dos por el camino. Allá, en el fondo, vio una polvareda que se movía, avanzaba por el camino: era el polvo que levantaba el Gran Convoy.

Planetta estaba colocando el fusil con la mayor calma, cuando oyó que algo se agitaba cerca de él. Se volvió y vio a Pietro con su fusil en el árbol vecino.

–Jefe –dijo Pietro jadeando–. Planetta, tienes que salir de aquí. ¿Te volviste loco?

–Cállate –respondió sonriendo Planetta–. Que yo sepa, no estoy loco. Vete de aquí enseguida.

–Estás loco, te digo. Crees que van a venir tus compañeros, pero no vendrán, me lo dijeron, nunca pensaron venir.

–Vendrán, por Dios que vendrán, solo es cuestión de esperar un poco. Tienen la manía de llegar siempre tarde.

–Planetta –suplicó el muchacho–. Dame el gusto, sal de ahí. Era solo una broma, nunca pensé dejarte.

–Lo sé, lo sé –rio bonachonamente Planetta–. Pero ahora basta, vete, te digo. Este no es lugar para ti.

–Planetta– insistió el muchacho–. ¿No ves que es una locura? ¿Qué puedes hacer tú solo?

–Por Dios, vete de una vez –gritó con voz ahogada Planetta, que ya no razonaba–. ¿No te das cuenta de que vas a echarlo todo a perder?

En ese momento se comenzaban a distinguir, en el fondo del camino principal, los soldados que escoltaban el Gran Convoy, el carro, la bandera.

–¡Por última vez, vete! –repitió, furioso, Planetta. El muchacho, reaccionando por fin, empezó a arrastrarse entre el pastizal hasta que desapareció.

Planetta escuchó los cascos de los caballos, dio una ojeada a las grandes nubes de plomo, vio tres o cuatro cuervos en el cielo. El Gran Convoy ahora avanzaba despacio, iniciando la subida.

Planetta tenía ya el dedo en el gatillo cuando advirtió que el muchacho regresaba, arrastrándose, y se apostaba otra vez detrás del árbol.

–¿Viste? –susurró Pietro–. ¿Viste cómo no vinieron?

–Canallas –murmuró Planetta sin mover ni siquiera la cabeza y esbozando una sonrisa–. ¡Canallas! Es demasiado tarde para retroceder. ¡Atención, muchacho, que ahora comienza lo bueno!

Trescientos. Doscientos metros. El Gran Convoy se acercaba. Ya se distinguía la gran insignia en relieve sobre los lados del carro, se oían las voces de los soldados que conversaban entre ellos.

Solo entonces el muchacho tuvo miedo. Comprendió que estaba embarcado en una empresa disparatada, de la que no se podía escapar.

–¿Viste que no vinieron? Por caridad, no dispares.

Pero Planetta no se conmovió.

–¡Atención! –murmuró alegremente, como si no lo hubiera oído–. ¡Señores, la función va a comenzar!

Planetta ajustó la mira, su formidable mira que no podía fallar. Pero en aquel instante sonó un disparo del otro lado del valle.

–¡Cazadores! –comentó el capo brigante, divertido, mientras resonaba un terrible eco–. No son más que cazadores. ¡Nada de miedo, eh! Cuánto más confusión, mejor.

Pero no eran cazadores. Gaspare Planetta oyó un gemido. Volvió la cabeza y vio al muchacho que soltaba el fusil y se desplomaba sobre la tierra.

–¡Me hirieron, Planetta! ¡Oh, mama!

No habían sido cazadores los que habían disparado, sino los soldados de la escolta encargados de adelantarse al Convoy para evitar una emboscada. Eran todos expertos tiradores, seleccionados en los combates. Tenían fusiles de precisión.

Uno de ellos, mientras escrutaba el bosque, había visto al muchacho moverse entre los árboles y tenderse después al lado del viejo bandolero.

Planetta lanzó una blasfemia. Se fue levantando con precaución hasta quedar de rodillas, disponiéndose a socorrer al compañero. Sonó un segundo disparo. El proyectil atravesó el valle bajo las nubes tormentosas y después empezó a descender de acuerdo a las leyes de la balística. Había sido dirigido a la cabeza, pero en cambio entró en el pecho, cerca del corazón.

Planetta cayó de golpe. Se hizo un gran silencio, como jamás había oído. El Gran Convoy se había detenido. El temporal no terminaba de desatarse. Los cuervos estaban allá, en el cielo. Todos se mantenían expectantes.

El muchacho volvió la cabeza y sonrió:

–Tenía razón –balbuceó–. Al final vinieron, los compañeros. ¿Los viste, jefe?

Planetta no respondió, pero haciendo un supremo esfuerzo, miró en la dirección indicada.

Detrás de ellos, en un claro del bosque, habían aparecido una treintena de jinetes con el fusil en bandolera. Parecían diáfanos como una nube y sin embargo se distinguían netamente sobre el fondo oscuro de la floresta. Por sus divisas absurdas y sus caras bravías, se hubiera dicho que eran bandidos.

En efecto, Planetta los reconoció enseguida. Eran sus antiguos compañeros, los bandoleros muertos que venían por él. Rastros curtidos por el sol y atravesados por largas cicatrices, horribles mostachos, barbas sacudidas por el viento, ojos duros y clarísimos, espuelas inverosímiles, grandes botones dorados, caras simpáticas, polvorientas de tanto combatir.

Ahí estaba el buen Paolo, lento de entendederas el pobre, muerto en el asalto del Mulino; Pietro del Ferro, que jamás había conseguido aprender a cabalgar; Giorgio Pertica; Frediano, muerto de frío… todos los buenos y viejos compañeros, que había visto morir uno a uno.

¿Y ese facineroso de grandes bigotes y un fusil casi tan largo como él, montado en el caballo blanco y flaco, no era el Conde, el famoso bandolero también caído por causa del Gran Convoy? Sí, era él, el Conde, con el rostro iluminado de cordialidad y satisfacción. ¿Y acaso se equivocaba Planetta o el último de la izquierda que se mantenía erguido y orgulloso, era el propio Marco Grande en persona, ahorcado en la capital en presencia del Emperador y de cuatro regimientos de soldados? Marco Grande, cuyo nombre, cincuenta años después todavía se pronunciaba en voz baja… sí, también había venido para honrar a Planetta, el último valiente y desafortunado capitán.

Los bandidos muertos estaban silenciosos, evidentemente conmovidos, pero llenos de una común felicidad. Esperaban que Planetta hiciera algo.

Y Planetta (lo mismo que el muchacho) se levantó, ya no de carne y hueso como antes sino transparente como los otros y, sin embargo, idéntico a sí mismo.

Lanzando una mirada sobre su pobre cuerpo que yacía en el suelo, Planetta se encogió de hombros, como para convencerse de que ya no importaba nada de eso y se dirigió al claro, indiferente a los posibles disparos. Avanzó hacia los viejos compañeros, feliz.

Estaban por comenzar los saludos particulares, cuando en primera fila advirtió un caballo ensillado a la perfección y sin jinete. Instintivamente se acercó sonriendo.

–Por casualidad –dijo, maravillado por el tono extrañísimo de su nueva voz– ¿no será Polak este caballo?

Era Polak, de verdad, su caballo. Al reconocer a su dueño lanzó una especie de relincho (es necesario definirlo así, porque la voz de los caballos muertos es mucho más dulce que la que conocemos). Planetta le dio dos o tres palmadas afectuosas y desde ya empezó a saborear la delicia de la próxima cabalgata, junto a sus fieles amigos, hacia el reino de los bandoleros muertos que si bien no conocía, era legítimo imaginar lleno de sol, acariciado por un aire de primavera, con largos caminos blancos y sin polvo, que seguramente conducían a milagrosas aventuras. Apoyando la mano izquierda sobre la silla, como si se dispusiera a montar, Gaspar Planetta habló.

–Gracias, muchachos –dijo, tratando de no dejarse dominar por la emoción–. Les juro que… –y se interrumpió al recordar a Pietro, que también transformado en sombra se mantenía apartado, con el embarazo que produce estar entre personas que apenas se conoce–, perdona –le dijo Planetta–, éste es un bravo compañero –agregó dirigiéndose a los bandoleros muertos–. Tenía solo diecisiete años. Hubiera sido todo un hombre.

Los bandidos muertos sonrieron y bajaron levemente la cabeza en señal de bienvenida.

Planetta calló y miró a su alrededor, indeciso. ¿Qué debía hacer? ¿Irse con sus compañeros, dejando al muchacho solo? Volvió a dar dos o tres palmadas al caballo, hizo como que tosía y le dijo a Pietro.

–Bien, ¡adelante! ¡Monta en mi caballo! Es justo que te diviertas. ¡Vamos, vamos, nada de historias! –agregó con fingida severidad, viendo que el muchacho no se animaba a aceptar.

–Si realmente quieres… –exclamó Pietro por fin, evidentemente halagado. Y con una agilidad que jamás hubiera supuesto, dada la poca práctica que tenía en materia de equitación, el muchacho saltó sobre la silla.

Los bandoleros agitaron los sombreros, saludando a Gaspare Planetta. Alguno guiñó un ojo, como diciendo hasta la vista. Todos espolearon los caballos y partieron al galope.

Se alejaron como disparados entre los árboles. Era maravilloso ver cómo se lanzaban en lo más intrincado del bosque y lo atravesaban sin que su marcha se viera entorpecida en ningún momento. Los caballos tenían un galope suave y hermoso de ver. El muchacho y algunos de los bandidos todavía agitaban el sombrero.

Planetta, que había quedado solo, dio una ojeada en torno. Su inútil cuerpo seguía al pie del árbol. Parecía seguir mirando hacia el camino.

El Gran Convoy estaba todavía detenido más allá de la curva y por eso no era visible. En el camino solo se veían seis o siete soldados de la escolta que miraban en dirección a Planetta. Aunque parezca increíble, habían visto toda la escena: las sombras de los bandidos muertos, los saludos, la cabalgata. Nunca se sabe lo que puede pasar en ciertos días de septiembre, bajo las nubes de tormenta.

Cuando Planetta, que había quedado solo, se volvió, el capitán del pequeño destacamento se dio cuenta que era observado. Entonces se irguió y saludó militarmente, como se saluda entre soldados.

Planetta le devolvió el saludo tocándose el sombrero, con un gesto de familiaridad pero lleno de hidalguía y sonrió. Después se encogió de hombros, por segunda vez en el día. Se apoyó en la pierna izquierda, dio la espalda a los soldados, hundió las manos en los bolsillos y se alejó silbando, sí señor, una marchita militar, en la misma dirección por la que habían desaparecido sus compañeros.

Iba hacia el mundo de los bandoleros muertos, que si bien no conocía, era lícito suponer mejor que éste. Los soldados lo vieron hacerse cada vez más pequeño y diáfano; su aspecto de viejo contrastaba con su paso ágil y rápido, el mismo paso alegre y despreocupado que tienen los muchachos de veinte años, cuando son felices.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

martes, 10 de junio de 2025

El colombre

Dino Buzzati

 

Cuando Stefano Roi cumplió doce años, pidió como regalo a su padre, capitán de barco y patrón de un bonito velero, que lo llevara consigo a bordo.

–Cuando sea mayor –dijo–, quiero navegar por los mares como tú. Y mandaré barcos todavía más bonitos y grandes que el tuyo.

–Dios te bendiga, hijo mío –respondió su padre. Y como justamente aquel día su carguero debía partir, se llevó al muchacho consigo.

Era un espléndido día de sol; el mar estaba tranquilo. Stefano, que nunca había subido al barco, paseaba feliz por cubierta admirando las complicadas maniobras del aparejo. Y preguntaba esto y lo otro a los marineros, que, sonriendo, se lo explicaban todo.

Cuando fue a parar a la toldilla, el muchacho, picado por la curiosidad, se detuvo a observar una cosa que salía intermitentemente a la superficie a una distancia de unos doscientos o trescientos metros, allí donde estaba la estela de la nave.

Aunque el carguero volara ya, empujado por un magnífico viento de popa, aquella cosa mantenía siempre la misma distancia. Y, aunque él no comprendía su naturaleza, tenía algo indefinible que lo atraía intensamente.

Al dejar de ver a Stefano por allí, su padre, después de haberlo llamado a grandes voces en vano, abandonó el puente y fue a buscarlo.

–Stefano, ¿qué haces ahí plantado? –le preguntó al verlo finalmente en la popa, de pie, absorto en las olas.

–Ven a ver, papá.

El padre acudió y miró también en la dirección que le indicaba el muchacho, pero no alcanzó a ver nada.

–Es una cosa oscura que asoma cada tanto de la estela –dijo–, y que nos sigue.

–A pesar de mis cuarenta años –dijo su padre–, creo tener todavía buena vista. Pero no veo nada en absoluto.

Como su hijo insistiera, fue en busca del catalejo y exploró la superficie del mar allí donde estaba la estela. Stefano lo vio ponerse pálido.

–¿Qué es? ¿Por qué pones esa cara?

–Ojalá no te hubiera escuchado –exclamó el capitán–. Ahora temo por ti. Eso que has visto asomar de las aguas y que nos sigue no es una cosa. Es un colombre. Es el pez que los marineros temen más que ningún otro en todos los mares del mundo. Es un escualo terrible y misterioso, más astuto que el hombre. Por motivos que quizá nunca nadie sabrá, escoge a su víctima y, una vez que lo ha hecho, la sigue años y años, la vida entera, hasta que consigue devorarla. Y lo más curioso es esto: que nadie puede verlo si no es la propia víctima y las personas de su misma sangre.

–¿Y no es una leyenda?

–No. Yo nunca lo había visto. Pero como lo he oído describir tantas veces, en seguida lo he reconocido. Ese hocico de bisonte, esa boca que se abre y se cierra sin cesar, esos dientes espantosos… Stefano, no hay duda, desgraciadamente el colombre te ha elegido y mientras andes por el mar no te dará tregua. Escucha: vamos a volver ahora mismo a tierra, tú desembarcarás y nunca más te separarás de la orilla por ningún motivo. Tienes que prometérmelo. El trabajo del mar no es para ti, hijo mío. Tienes que resignarte. Por otra parte, en tierra también podrás hacer fortuna.

Dicho esto, hizo invertir el rumbo inmediatamente, volvió a puerto y, con el pretexto de una inesperada indisposición, desembarcó a su hijo. Luego volvió a partir sin él.

Profundamente agitado, el muchacho permaneció en la orilla hasta que la última punta de la arboladura se sumergió detrás del horizonte. Más allá del muelle que cerraba el puerto, el mar quedó completamente desierto. Pero, aguzando la vista, Stefano alcanzó a distinguir un puntito negro que aparecía intermitentemente sobre las aguas: era “su” colombre, que iba lentamente de aquí para allá, empeñado en esperarlo.

 

***

Desde entonces se emplearon todos los recursos posibles para alejar al muchacho del deseo del mar. Su padre lo mandó a estudiar a una ciudad del interior distante centenares de kilómetros. Y durante algún tiempo, distraído por su nuevo ambiente, Stefano dejó de pensar en el monstruo marino. Sin embargo, cuando en las vacaciones de verano volvió a casa, lo primero que hizo en cuanto dispuso de un minuto libre fue apresurarse a ir a la punta del muelle para hacer una especie de comprobación, aunque en el fondo lo considerara superfluo. Aun admitiendo que toda la historia que le contara su padre fuera verdadera, después de tanto tiempo el colombre sin duda habría renunciado a su asedio.

Pero Stefano se quedó allí parado, con el corazón desbocado. A unos doscientos o trescientos metros del muelle, en mar abierto, el siniestro pez iba arriba y abajo con lentitud, sacando de cuando en cuando el hocico del agua y volviéndolo hacia tierra, como si mirase ansiosamente si Stefano Roi aparecía por fin.

De esta suerte, la idea de aquella criatura enemiga que lo esperaba noche y día se convirtió para Stefano en una secreta obsesión. E incluso en la lejana ciudad le ocurría despertarse en plena noche víctima de la inquietud. Estaba a salvo, sí, centenares de kilómetros lo separaban del colombre. Sin embargo, sabía que más allá de las montañas, más allá de los bosques, más allá de las llanuras, el escualo lo aguardaba. Y que, aunque se trasladara al continente más remoto, el colombre se apostaría en el espejo del mar más cercano con la inexorable obstinación de los instrumentos del destino.

Stefano, que era un muchacho serio y diligente, continuó sus estudios con provecho y apenas fue un hombre encontró un empleo digno y bien remunerado en un almacén de la ciudad. Mientras tanto, su padre murió víctima de una enfermedad. Su viuda vendió su magnífico velero y el hijo se halló en posesión de una discreta fortuna. El trabajo, las amistades, las distracciones, los primeros amores: ahora Stefano se había hecho ya su vida, pero, a pesar de todo, el pensamiento del colombre lo perseguía como un espejismo a la vez funesto y fascinante; y, con el paso de los días, en vez de desvanecerse, parecía hacerse más insistente.

Grandes son las satisfacciones de la vida laboriosa, holgada y tranquila, pero aún mayor es la atracción del abismo. Apenas había cumplido Stefano veintidós años cuando, tras despedirse de sus amigos y abandonar su empleo, volvió a su ciudad natal y comunicó a su madre su firme intención de seguir el oficio paterno. La mujer, a quien Stefano jamás había hecho mención del misterioso escualo, acogió con júbilo su decisión. En el fondo de su corazón, que su hijo hubiera abandonado el mar por la ciudad siempre le había parecido una puñalada a las tradiciones de la familia.

Y Stefano comenzó a navegar, dando prueba de dotes marineras, de resistencia a las fatigas, de ánimo intrépido. Navegaba, navegaba y en la estela de su carguero, de día y de noche, con bonanza y con tempestad, se afanaba el colombre. Él sabía que aquella era su maldición y su condena, pero quizá por eso mismo no tenía fuerzas para apartarse de ella. Y a bordo nadie veía el monstruo excepto él.

–¿No ven nada por allí? –preguntaba de cuando en cuando a sus compañeros señalando la estela.

–No, no vemos nada. ¿Por qué?

–No sé. Me parecía…

–¿No habrás visto por casualidad un colombre? –decían ellos entre risas al tiempo que tocaban madera.

–¿De qué se ríen? ¿Por qué tocaban madera?

–Porque el colombre no perdona. Y si se pusiera a seguir a esta nave, eso querría decir que uno de nosotros estaba perdido.

Pero Stefano no cedía. La constante amenaza que iba en pos de él parecía más bien multiplicar su voluntad, su pasión por el mar, su arrojo en los momentos de fatiga y peligro.

Una vez se sintió dueño del oficio, con el pequeño caudal que le había dejado su padre adquirió junto con un socio un pequeño vapor de carga, luego se hizo su único propietario y, gracias a una serie de travesías afortunadas, pudo a continuación comprar un verdadero buque mercante y apuntar a metas cada vez más ambiciosas. Pero los éxitos, los millones, no conseguían apartar de su ánimo aquel continuo tormento; y nunca, por otra parte, se le pasó por la cabeza vender y retirarse a tierra para emprender negocios distintos.

Navegar, navegar, ese era su único afán. Apenas ponía pie en cualquier puerto después de largas travesías, en seguida lo espoleaba la impaciencia por partir. Sabía que allá lo esperaba el colombre y que el colombre era sinónimo de perdición. Era inútil. Un impulso indomable lo arrastraba de un océano a otro sin descanso.

 

***

Hasta que de pronto un día Stefano reparó en que se había hecho viejo, viejísimo; y ninguno de los que lo rodeaban sabía explicarse por qué, siendo rico como era, no dejaba por fin la azarosa vida del mar. Viejo, y amargamente infeliz, porque toda su existencia se había gastado en aquella especie de loca fuga a través de los mares para escapar de su enemigo. Pero para él siempre había sido más fuerte que la dicha de una vida holgada y tranquila la tentación del abismo.

Y una tarde, mientras su magnífica nave se hallaba fondeada frente al puerto donde había nacido, se sintió próximo a morir. Entonces llamó a su segundo oficial, en quien tenía mucha confianza, y le instó a que no se opusiera a lo que pensaba hacer. El otro se lo prometió por su honor.

Una vez seguro de esto, Stefano reveló al segundo oficial, que lo escuchaba turbado, la historia del colombre que durante casi cincuenta años lo había seguido sin cesar inútilmente.

–Me ha seguido de un confín a otro del mundo –dijo– con una fidelidad que ni el amigo más noble habría podido mostrar. Ahora me voy a morir. También él, ahora, estará terriblemente viejo y cansado. No puedo traicionarlo.

Dicho esto, se despidió, hizo arriar un bote y, después de hacer que le dieran un arpón, partió.

–Ahora voy a su encuentro –anunció–. Es justo que no lo defraude. Pero lucharé con las fuerzas que me quedan.

Con débiles golpes de remo se alejó del barco. Oficiales y marineros lo vieron desaparecer a lo lejos, sobre el plácido mar, envuelto en las sombras de la noche. En el cielo, como una hoz, lucía la luna.

No tuvo que esforzarse mucho. Súbitamente, el horrible hocico del colombre emergió al lado de la barca.

–Aquí me tienes por fin –dijo Stefano–. ¡Ahora es cosa nuestra!

Y, reuniendo sus últimas energías, levantó el arpón para lanzarlo.

–Ah –se quejó con voz suplicante el colombre–, qué largo camino hasta encontrarte. También yo estoy destrozado por la fatiga. Cuánto me has hecho nadar. Y tú huías, huías. Y nunca has comprendido nada.

–¿Por qué? –dijo Stefano picado en su orgullo.

–Porque no te he seguido por todo el mundo para devorarte, como tú pensabas. El único encargo que me dio el rey del mar fue entregarte esto.

Y el escualo sacó la lengua, tendiendo al viejo capitán una esfera fosforescente.

Stefano la cogió entre los dedos y miró. Era una perla de tamaño desmesurado. Reconoció en ella la famosa Perla del Mar que procura a quien la posee fortuna, poder, amor y paz de espíritu. Pero ahora era ya demasiado tarde.

–Ay de mí –dijo meneando tristemente la cabeza–. Qué horrible malentendido. Lo único que he conseguido es desperdiciar mi existencia; y he arruinado la tuya.

–Adiós, hombre infeliz –respondió el colombre. Y se sumergió en las aguas negras para siempre.

 

***

Dos meses más tarde, empujado por la resaca, un bote arribó a una áspera escollera. Fue avistado por algunos pescadores que, movidos por la curiosidad, se acercaron. En el bote, todavía sentado, había un blanco esqueleto; y, entre sus dedos descarnados, sujetaba un pequeño guijarro redondo.

El colombre es un pez de grandes dimensiones, espantoso a la vista, sumamente raro. Dependiendo de los mares y de los pueblos que habitan las orillas, recibe también el nombre de kolomber, kahloubrha, kalonga, kalu-balu, chalung-gra. Curiosamente, los naturalistas desconocen su existencia. Hay quien sostiene que no existe.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)