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domingo, 6 de julio de 2025

Ajenjo

Rafael Barrett

 

Tres dedos de ajenjo puro –tres mil millones de espacios de ensueño.

El espíritu se desgarra sin dolor, se alarga suavemente en puntas rápidas hacia lo imposible. El espíritu es una invasora estrella de llama de alcohol fatuo. Libertad, facilidad sublime. El mundo es un espectro armonioso, que ríe con gestos de connivencia.

Ya sé… ¿qué sé? No sé; lo sé todo. La verdad es alegre. Un horno que sacude en la noche su cabellera de chispas. Ráfagas de chispas veloces, onda de fuego que se encabrita. Por todas partes la luz que abrasa. Arder, pasar, aullidos de triunfo.

La vida está desnuda. Me roza en su huida, me araña, la comprendo, la siento por fin. El torrente golpea mis músculos. ¡Dios mío! ¿Dios? Sí, ya sé. No, no es eso.

¿Y debajo? Algo que duerme. La vuelta, la vuelta a la mentira laboriosa. El telón caerá. No quiero esa idea terrible. Desvanecerse en las tinieblas, mirar con los ojos inmóviles de la muerte el resplandor que camina, bien. Tornar al mostrador grasiento, al centavo, al sudor innoble…

Ajenjo, mi ajenjo. ¿Es de día? Horas de ociosidad, de amor, de enormes castillos en el aire, venid a mí. Mujeres, sonrisas húmedas, el estremecimiento de las palabras que se desposan, vírgenes, en las entrañas del cerebro, y cantan siempre…

Ajenjo, tu caricia poderosa abandona mi carne. Me muero, recobro la aborrecible cordura, reconozco las caras viles y familiares, las paredes sucias de la casa…

Las estrellas frías. Las piedras sonoras bajo mis talones solitarios. La tristeza, el alba. Todo ha concluido.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

domingo, 10 de marzo de 2024

Soñando

Rafael Barrett

 

Era como un inmenso baile de personas y de cosas. Figuras de todos los siglos pasaban en calma o se precipitaban girando. Animales fantásticos y objetos sin nombre se mezclaban a los mil espectros de un carnaval delirante. El espacio infinito parecía iluminado por la fiebre. No había piso ni techo. Se adivinaba la noche más allá de la luz.

Yo me trasladaba de un punto a otro sin esfuerzo. Nada resistía ni entorpecía a nada. Flotábamos en un ambiente suave como el polvo de las mariposas. El mundo estaba vacío de materia y lleno de vida.

De un racimo de seres agitados se desprendió hacia mí un caballero vestido de frac. Venía tan de prisa que atravesó en su carrera el cuerpo de una desposada melancólica. Cuando llegó a mi lado observé la angustia de su rostro contraído.

–¿Qué le sucede, señor profesor? –pregunté.

–El chimpancé se ha vuelto loco. Ya sabe usted que era mi mejor sirviente. Hasta fumaba mis cigarrillos. Un mono admirable, superior al hombre, puesto que hablaba. Imitaba perfectamente mis movimientos y aprendía cuanto se le enseñaba. Usted recordará mi última conferencia sobre los simios antropoides. Él la inspiró. Pues bueno: ayer me entretuve tirando al blanco en el jardín delante del mono. ¡Nunca lo hubiera hecho! He querido meterme ahora en casa porque se hace tarde. ¿Creerá usted que el maldito chimpancé me ha recibido a tiros, confundiendo mi pechera con el blanco? Por poco no me acierta. ¿Cómo entrar en mi casa, Dios mío?

De lo alto del firmamento llovían pétalos rosados. Cerca de nosotros una niña rubia decía que no a un banquero.

–¡Una idea! –exclamó de pronto un poeta lírico que nos había, quizás, escuchado. Su cabellera larguísima y sucia olía mal. Los mechones semejaban serpientes, y de cada uno colgaba un volumen, de modo que el hombre llevaba siempre consigo su biblioteca. A la cintura ostentaba un cuchillo envainado. Lo desnudó con gestó teatral.

–¡No tembléis! Esto no es un puñal, sino una pluma, y mis venas son mi tintero. Por ellas no corre sangre, sino tinta.

Se hundió el arma varias veces en el corazón y embadurnó la pechera del profesor con el negro líquido, gritando.

–¡Lo salvé! ¡Lo salvé!

Sin comprender cómo me hallé de repente acostado sobre la arena fría de una playa. El mar, de un azul luminoso, extendía su oleaje brillante bajo el cielo borracho de sol. Una adolescente, más bella que Venus, vagaba por la orilla, mojando sus pies de nácar en la lisa lámina de cristal que se deslizaba cantando. Su túnica era casta como la espuma. Sus ojos de ángel estaban penetrados de bondad y de amor. Una nube de pájaros alegres y puros revoloteaba en torno. Noté que la encantadora virgen los cogía y les arrancaba las alas.

–¿Por qué, por qué? –gemí dolorido.

–Les arranco las alas –suspiró su voz melodiosa– para que no se cansen volando.

Caían lentamente las tinieblas espesas como cae el légamo al fondo de un charco, y distinguí a enorme distancia el resplandor confuso de la fiesta aérea. Me propuse alcanzarla, mas un abismo de una profundidad espantosa me detuvo. Subía de él un silencio más horrible que el trueno. En el opuesto borde se alzaba un peñasco siniestro que dibujaba su silueta de azabache, cortando el horizonte sombrío, y sobre el peñasco una mujer harapienta se retorcía los brazos mirando el precipicio.

–¿Qué? ¿Qué hay? ¡Oye! –clamé–. ¡Oye!

Ella no oía y seguía mirando. La sombra se hizo más densa aún, y fue borrando aquel gesto de agonía. Ya no quedaba más que la noche insondable, y el resplandor lejano y confuso de la fiesta aérea. El resplandor se fue transformando en una nebulosa, y la nebulosa en la luna, luna serena y plácida.

Deseé ir a ella, y desperté. La luna era el globo de mi lámpara encendida. Sobre mi mesa de trabajo dormían mis libros.

 

sábado, 9 de marzo de 2024

Sobre el césped

Rafael Barrett

 

Sobre el césped estábamos sentados, a la sombra de dos altos laureles. De tiempo en tiempo una leve bocanada de aire cálido se obstinaba en desprender el suave mechón rubio que tus dedos impacientes habían contenido. Nuestro primogénito jugaba a nuestros pies, incapaz de enderezarse sobre los suyos, carnecita redonda, sonrosada y tierna, pedazo de tu carne. ¡Oh, tus gritos de espanto, cuando veías entre sus dientecitos el pétalo de alguna flor misteriosa! ¡Oh, tus caricias de madre joven, tus palmas donde duerme el calor de la vida, tus labios húmedos que apagan la sed! Y mis besos enardecidos por la voluptuosa pereza de aquella tarde de verano, apretaron a la dulce prisionera de mis deseos, y mis manos extraviadas temblaron entre las ligeras batistas de tu traje…

¡Y me rechazaste de pronto! Y un rubor virginal subió a tu frente. Me señalaste nuestro hijo, cuyos grandes ojos nos seguían con su doble inocencia, y murmuraste;

–¡Nos está mirando!

–Tiene un año apenas…

–¿Y si se acuerda después?

Nos quedamos contemplando a nuestro pequeño juez, indecisos y confusos. Pero yo te hablé en los siguientes términos:

–Amor mío, tesoro de locas delicias y de absurdos pudores, alma única, mujer de siempre, humanidad mía, no temas avergonzarte ante ese tirano querido, porque no te haré nada que no te haga él en cuanto te lo pide…

Y desabrochando tu corpiño, liberté la palpitante belleza de tu seno, y prendí mis labios en su irritada punta. Y tú te estremeciste, y una divina malicia brilló en el fondo de tus ojos.

 

Smart

Rafael Barrett

 

Mrs. Kirby, en su palacio de la Quinta Avenida, invitaba aquella noche a un príncipe latino, de paso por Nueva York, y a un grupo de amigos cuidadosamente seleccionados entre “los cuatrocientos”. Rodeada de su camarera Mary, de su peluquero, del primer probador de su modisto y de un ayudante, ensayaba ante los altos espejos de su gabinete los trajes que había encargado. Prefería uno rosa, de cinco mil dólares, y uno negro, de seis mil. ¿Pero, cuál de los dos? Con el rosa, cuyas volutas de nácar lucían su frescura matinal, un reflejo de adolescencia coloreaba la tez de Mrs. Kírby, aclaraba sus ojos, suavizaba sus líneas, ponía en el ángulo de sus labios sonrientes una gota de luz del rocío que ofrecieron las flores a Venus recién nacida del tibio seno de los mares…

–Mary, mis perlas, mis rubíes.

Con el traje negro, en cambio, la belleza de Mrs. Kirby recobraba toda su dura majestad. La densa cabellera se ensombrecía, las órbitas profundas se cargaban de misterio; en la boca sinuosa aparecía el arco severo de Diana, y el busto pálido surgía de la toilette como el de una estatua, al claro de luna, entre el follaje de un bosque sagrado…

–Mary, mis diamantes.

¿Qué elegir? ¿Ser ninfa o ser diosa? ¿Ser de carne o de mármol?

–Me quedo con los dos –dijo Mrs. Kirby.

Los hombres se inclinaron y se fueron, con los dedos temblorosos aún de haber ataviado al ídolo.

–Tenga preparados los diamantes y el traje negro, Mary.

Y Mrs. Kirby, vestida de rosa, acariciada por la claridad de sus rubíes y de sus perlas, bajó a recibir a sus invitados. Al cruzar el hall hizo señas a John, el viejo sirviente, y le dio algunas órdenes en voz baja.

Los millonarios comían. El príncipe, sentado a la derecha de Mrs. Kirby, encontraba que hacía demasiado calor, y que había demasiados focos eléctricos y demasiadas orquídeas. Las joyas, de una suntuosidad demente, convertían el oro en una cosa pobre, buena para los botones de la servidumbre.

Quienes tenían verdadero apetito eran las mujeres. De una pulpa brillante y sólida, grandes, sanas, enérgicas, conversaban sin dejar de engullir. Los maridos probaban aguas minerales y sacaban casi todos un frasquito o una cajita que abrían de cuando en cuando y meditaban antes de empezar los platos. Sus cabezas calvas, exangües, se destacaban sobre los fracs. Hablaban poco; no podían competir en erudición literaria con las señoras. Además, estaban fatigados, y debían levantarse al amanecer. Sus rostros parecían haber ardido. Eran cimas volcánicas, pero cimas. Eran los que ganaban el dinero.

El príncipe fue modesto. Había allí varios reyes de productos textiles, metalúrgicos y alimenticios, los únicos reyes auténticos de la tierra, capaces de comprar naciones y con derecho de vida y muerte sobre cientos de miles de proletarios. ¿De qué les hablaría él? ¿De su castillo histórico y de sus faisanes? Pero ellos hacían la historia, y le obsequiaban en silencio con pescados que desde los ríos de Rusia habían llegado vivos a Norteamérica. Comprendió que su título sonaba como un violinillo italiano en medio de los cobres de Wagner, y optó por admirar a Mrs. Kirby, tan charming con su traje rosa.

Flirtearon, distraídos por los jirones de la charla general.

–Ya ve que hasta ahora los trusts, condenados en primera instancia, apelan y triunfan…

–Aguarden unos meses… Taft será más duro de pelar que Roosevelt…

–¿Mi mujer?… No sé… ¡Ah!… Sí… Tomó el vapor y se fue al estreno de Chantecler… Acaso espere el Grand Prix… No sé a punto fijo…

–Cuestión de otros quinientos millones…

–He reunido tantas piedras grabadas como el museo de Nápoles.

–¿Millón y medio, ese Rembrandt?… No es caro…

–Pobre perrita… me la mataron… tenía su vajilla de plata, y en mi ausencia… quince días… sirvientes nuevos, idiotas, la daban de comer en cacharros de cocina… el animal, indignado, rechazó todo alimento… murió de hambre y de sed…

–¡Qué inteligencia!…

–No me confunda con el pequeño Vanderbilt, que pagó una suma enorme por la armadura que llevó Napoleón en Waterloo…

–Es difícil conseguir criados que acierten a cuidar perros…

–¿Cómo?… ¿Tiene usted hijos, señora?… ¿Cuántos? ¡Tres! (Exclamaciones de curiosidad y de lástima). No los bese nunca… no es higiénico…

–Quinientos millones no bastan… créame a mí…

El príncipe murmuraba:

–Con ese traje es usted la aurora.

–¿La aurora a las 21? ¡Qué anacronismo!… Y Mrs. Kirby miró hacia el fondo de la estancia.

John se acercó, tropezó y volcó una salsera sobre el traje rosa. La salsera era de Sévres, pero la salsa era mayonesa. Las pupilas de los presentes apuntaron a John como cañones de revólveres. Tal vez, en otras circunstancias, habría sido linchado. Mrs. Kirby, impasible, se retiró, a los diez minutos volvía con su magnífico traje negro, coronada de diamantes…

El príncipe, deslumbrado, citó un texto de Ovidio. Los hombres, haciendo un esfuerzo, se extasiaron lacónicamente. Las damas sonreían, mostrando la blanca ferocidad de la dentadura, y Mrs. Kirby, sintiendo en torno la única admiración sincera –que es la envidia– fue feliz un momento.

Sin embargo, frente a ella, había una cara familiar, llena de indiferencia y de cansancio, una cara de amanuense mal nutrido… ¿De quién era aquella cara olvidada de puro conocida? Y Mrs. Kirby se acordó de pronto.

¡Ah! No era más que el señor Kirby.

 

viernes, 8 de marzo de 2024

¿Recuerdas?

Rafael Barrett

 

Era en el cariñoso silencio de nuestra casa. Por la ventana abierta entraba el aliento tibio de la noche, haciendo ondular suavemente el borde rizado de la pantalla color de rosa. La luz familiar de la vieja lámpara acariciaba nuestras frentes, llenas de paz, inclinadas a la mesa de trabajo. Tú leías, y escribía yo. De cuando en cuando nuestros ojos se levantaban y se sonreían a un tiempo. Tu mano posada como una pequeña paloma inquieta sobre mí, aseguraba que me querías siempre, minuto por minuto. Y las ideas venían alegremente a mi cerebro rejuvenecido. Venían semejantes a un ancho río claro, nacido para aliviar la sed dolorosa de los hombres.

Las horas pasaron, y un vago cansancio bajó a la tierra. Cerraste el libro; mi pluma indecisa se detuvo. Concluía la jornada, y el sueño descendía sobre las cosas. Y el sueño era reposo. No teniendo nada que soñar, deseábamos dormir, dormir y despertar con la aurora para seguir viviendo el sueño real de nuestra vida. Y nos miramos largamente y vimos la vida en el hueco sombrío de nuestras órbitas.

La veíamos y la comprendíamos. Por estrecharla nos abrazamos. Nuestras bocas al interrogarla chocaron una con otra, y no se separaron. La dulzura de tu piel languideció mi sangre. Tu corazón empezó a latir más fuertemente. La vida se apoderaba de nosotros, estrujándonos con la voluptuosidad de sus mil garras. Inmóviles a la orilla del abismo, saboreábamos de antemano la delicia mortal…

De pronto un objeto minúsculo cayó sobre el disco que el delgado bronce que tus cabellos rozaban.

Era una mariposilla de oro. Quedó yerta un momento. Y con repentina furia comenzó a agitarse contra el metal.

Sus alas pálidas vibraban tan rápidas que parecían un tenue copo de bruma suspendida. Su cabecita embestía el bronce y resbalaba por él, y la loca mariposa giró en giro interminable a lo largo del cóncavo y brillante surco. Una convulsión uniforme galvanizaba aquella molécula de polvo y de pasión. Su volar titánico daba una continua y tristísima nota de violín enfermo. Hipnotizados por el leve y tenaz gemido, contemplamos la lucha del insecto contra su enemigo invisible.

¡Enemigo poderoso! La espiral frenética se contraía. Llegaba al paroxismo delirante. El vientrecillo arqueado se retorcía y en un espasmo cruel se desgarró por fin, brotando un racimo de fecundada simiente…

Y la tristísima nota seguía aún quejándose, chisporroteo eléctrico que acababa de abrasar las pobres alas pálidas. Y sentimos el enorme peso de la Naturaleza gravitar sobre el cuerpecillo moribundo, la formidable presión del destino escapar silbando a través de las débiles alas, como un huracán a través de una rendija imperceptible. Y el lamento cesó, y las alas se acostaron para siempre, asesinadas por la vida…

Y volvimos a ver la vida en el hueco sombrío de nuestras órbitas. La vimos enlazada con el amor y con la muerte. Temblando de felicidad, nos desplomamos juntos en el lecho blanco…

 

jueves, 7 de marzo de 2024

Mi zoo

Rafael Barrett

 

En el verdadero campo. Un retacíto de naturaleza, lo suficiente para revelar la sabiduría y la bondad de Dios. Animalítos vulgares, pero en libertad. Yo también ando suelto. Es la hora de la siesta; arrastro mi butaca de enfermo al ancho corredor, al amparo de las madreselvas; me tiendo con delicia, y procuro no pensar en nada, lo que es muy saludable. Un centenar de gallinas picotean y escarban sin cesar la tierra; los gallos padecen la misma voracidad incoercible; olvidan su profesional arrogancia, y hunden el pico. Esa gente no alza la cabeza sino cuando bebe; entonces mira hacia arriba con expresión religiosa. Un tábano hambriento se me adapta a la piel, lo aplasto de una palmada, cae al suelo y, agonizante aún, se lo llevan las hormigas al tenebroso antro donde almacenan los víveres. Los elásticos lagartos se fían de mi inmovilidad; densos, redondos, viscosos, avanzan en rápidas carreras, interrumpidas por largos momentos de espionaje petrificado. Parece a primera vista que toman el sol; lo que hacen es cazar moscas. Las detienen al vuelo con su lengua veloz como el rayo, y sobre ellas se cierra instantáneamente la caja de las chatas mandíbulas. Es triste, en pleno siglo XX, dominar los aires y perecer entre las fauces de un reptil fangoso, anacrónico, pariente extraviado de los difuntos saurios de la época jurásica. De pronto, un zumbar agudo me llama la atención. En el muro, cuyo revoque se ha desprendido a trechos, dejando a la intemperie el barro lleno de grietas profundas, un moscón azul, cautivo de telarañas, se agita con desesperadas convulsiones. Los finísimos hilos grises, untados de una pérfida goma, le envuelven poco a poco, espesando su madeja infernal; y las pobres alas prisioneras vibran en un espacio cada vez más chico, lanzando un gemido cada vez más delgado y más débil. Y salen y se acercan y retroceden al cubil, acechando su presa, las patas negras y velludas del monstruo, los brazos de la muerte. Un minuto más, y la catástrofe se habrá consumado. Yo puedo salvar al insecto… Mas, ¿quién soy yo para intervenir en este drama, para perturbar tal vez los planes de la Providencia? ¿Quién sabe los crímenes que el moscón tiene sobre su espíritu? Además, si nos dedicásemos a salvar moscones entelarañados, ¿para qué servirán las telarañas, las arañas y quizá los moscones mismos? No alteremos el orden maravilloso del Universo. Pero ya cesó de oírse el gemido de las alas; la víctima sucumbió. Tarde hermosa y feliz… Los toros mugen a lo lejos; mugen lúgubremente; rodean el sitio en que carnearon a un compañero, y se lamentan sin comprender por qué, olfateando la sangre. En busca de la mía me acosan los mosquitos de la vanguardia; los que clavan la trompa y se hacen matar heroicamente mientras hartan su sed. Y el sol baja enrojeciendo el mundo. La transparencia de la atmósfera encanta mis ojos. ¡Qué bellas curvas describen en lo alto los halcones, persiguiendo a los murciélagos! Mi alma se impregna de un vago sentimentalismo; la magnificencia del crepúsculo excita mi literatura; el astro se acuesta “fatigado y ardiente”, como dice Chateaubriand, y me enternezco con elegancia. Y he aquí que suenan unos pasos en el corredor. Es Panta, la cocinera, con el cadáver de un pollo en la mano. ¡Miserable cuello estrangulado, siniestras plumas todavía erizadas del espanto supremo! La buena mujer me contempla con ternura, y me pide órdenes.

–Sí… con arroz; no se le vaya a quemar. Me siento con un apetito excelente.

 

Los domingos de noche

Rafael Barrett

 

–Y usted, ¿no nos cuenta ninguna proeza amorosa, señor Martínez?

El famoso financista sacudió, con el meñique ensortijado de brillantes, la ceniza del magnífico veguero, sonrió con ese desdén que da a su grasiento rostro una expresión de desencanto fatuo y nos dijo:

“–Les contaré mi primera aventura. Era yo entonces estudiante y mi familia me pasaba a Madrid una renta de veinte duros al mes, gastos pagados. Las facturas de alojamiento, ropa, libros, matrículas, se abonaban allá. Los veinte duros eran para el bolsillo. No había modo de aumentarlos porque mi padre entendía de negocios tanto como yo. Mi presupuesto estaba distribuido así: cuatro reales diarios para café, propina incluida; dos de billar, entretenimiento imprescindible; uno de tranvía, término medio; tres de teatro, diversión que pagábamos a escote los de la pandilla. El resto era consagrado al amor. En aquellos tiempos compraba el amor hecho, como las camisas y los zapatos. Ahora me lo encargo todo a la medida.

“Devoraba con delicia, por extraño que les parezca, folletines de Escrich, y novelones de Dumas y Sue, y soñaba con raptos y escalamientos, desafíos a la luz de la luna y frases generosas. Una madrugada, en lugar de acostarme después de la sesión del ‘Levante’ donde nos reuníamos, me dio por vagar solo, a semejanza de don Quijote, buscando doncellas que desencantar a lo largo de las calles solitarias.

“Hacía frío. Mis pasos eran sonoros sobre las aceras lisas y relucientes. Las estrellas encaramadas hasta lo alto del espacio, centellaban más que de costumbre a través del aire inmóvil y seco. Había poesía en mí y fuera de mí, o por lo menos tal me parecía. Con todos mis libros en la cabeza me hallaba dispuesto a redimir definitivamente a la primera pecadora que pasase.

“Y de pronto, saliendo de una bocacalle, cruzó delante de mí una mujer. Caminaba de prisa, sin mirar a ningún lado; iba como una máquina. Llevaba el mantón clásico de la madrileña del pueblo, el pelo libre, la enagua crujiente.

“La seguí. Nuestros pasos repetían sus ecos iguales, cada vez más próximos. Noté que tenía la cara muy blanca. Los faroles, a intervalos, iluminaban esa palidez como los relámpagos iluminan un paisaje triste. Ya muy cerca, casi tocándola, balbucí a mi perseguida las majaderías que ustedes saben.

“No hizo caso. Insistí. Nada. Volví a insistir. Yo no me resignaba a renunciar a mi aventura.

“Entonces da media vuelta y clava los ojos en mí. Unos ojos negros, de un negro absoluto, sin fondo. Y con una voz sorda, una voz sin timbre, como desteñida, me pregunta:

“–Quieres venir conmigo, ¿verdad?

“–Sí.

“–Vamos.

“–Y nos fuimos por callejuelas que yo no había visto nunca. La mujer había cambiado de rumbo. Nos metíamos en los barrios bajos. No decíamos una palabra. Yo tenía miedo y orgullo, al estilo de los héroes. Acompañaba a la dama misteriosa, y me prometía terribles voluptuosidades.

“Se detuvo delante de una puerta larga y angosta. Sacó una pesada llave. Abrió.

“–¡Entra!

“Entré.

“–¡Sube! –dijo la voz desteñida, más fúnebre aún en aquel momento.

“Y subimos las escaleras empinadas. Un piso. Dos. Tres. Cuatro. Me ahogaba en la oscuridad; y una angustia rara se apoderaba de mí.

“–Aquí es –dijo la mujer.

“Sentí un brazo rozarme, otra llave rechinar en una cerradura, y el gemir de unos goznes.

“–¿Tienes fósforos?

“–Sí.

“–Entra y enciende.

“Entré. Pero apenas lo hago cierra la puerta, da dos vueltas a la llave y me deja solo allí dentro.

“Estupefacto, oigo que baja rápidamente las escaleras, que cierra también la puerta de la calle y que huye, sí, ¡huye como una condenada!

“Aturdido, enciendo un fósforo.

“Entre un catre viejo y una mesa desastíllada, con los ojos abiertos de par en par y la mandíbula caída, enseñando el agujero negro de la boca, estaba tendido el cadáver de un hombre, encharcado en sangre.

“Fue tal mi horror que no grité. Me quedé como una estatua y el fósforo se me apagó entre los dedos.

“No atinaba a encender otro. Mis pies resbalaban en aquello pegajoso, enorme, que me parecía llenar el mundo.

“Yo no sé cuánto tiempo estuve allí, ni cómo descubrí una claraboya por donde me escapé al tejado, ni cómo no me maté entre las tejas, ni cómo fui a parar a una buhardilla, donde vivía un zapatero que se llevó un susto mayúsculo, aunque menor del que yo traía, ni cómo le convencí de que me dejara salir a la calle, al reino de los vivos, ¡al paraíso!

“Cuando lo conseguí, amanecía”.

Martínez calló satisfecho y ninguno de nosotros dijo nada.

–¿Pero la mujer? –preguntó uno al fin.

–Aquel crimen no se puso nunca en limpio.

–¿Usted no declaró?

–¡Dios me libre! Jamás me he metido en esas cosas; y desde aquella noche no he vuelto a leer una novela.

Y Martínez se rio pesadamente, haciendo palpitar su vientre de banquero inquebrable.

 

miércoles, 6 de marzo de 2024

La visita

Rafael Barrett

 

Una noche de bruma y de luna lívida salió el poeta de la casa y recorrió el jardín. Los árboles, en la niebla iluminada blandamente, parecían fantasmas de árboles. Todo estaba húmedo, misterioso y triste. Se diría que el suelo y las plantas habían llorado de frío, o quizá de soledad. Enfrente, del otro lado del camino, en la espesura, había un hombre inmóvil. Se distinguía su pantalón negro y su camisa blanca. La cabeza faltaba. Era un decapitado que miraba fijamente al poeta.

Este, después de un rato, volvió a la casa. Una raya de luz salía del adorado nido. Era su casa, y sin embargo, queriendo entrar, no pudo entrar. Durante largos minutos angustiosos creyó que había sido despedido para siempre de ella, y que su espíritu impotente, pegado a los cristales, contemplaba la felicidad perdida.

Otra noche sintió ruido. Se levantó y se asomó. Un gran perro negro, de pie contra el portón, empujaba con las patas delanteras. El poeta lo espantó, pero el animal volvió dos veces.

Aquella tarde, el poeta, con la frente apoyada en el vidrio de la ventana, se divertía en pensar. Una mujer, vestida de luto, entró silenciosa y súbitamente, y se sentó. El velo que la cubría el rostro caía hasta el suelo.

El poeta había visto en el vidrio el vago reflejo de la intrusa, y se volvió sonriendo hacia ella.

–Hijo mío –dijo la mujer enlutada–, tienes demasiada fiebre. Mis brazos son frescos y puros como la sombra.

–Lo sé –dijo él–, y los deseo. Te deseo sanamente. No me lleva a ti, ¡oh consoladora!, el sufrimiento, sino la vida. Si yo fuera más fuerte, más joven, te desearía más. Tienes las llaves de la noche, del mar y del sueño.

–Ven conmigo.

Las ropas de la mujer, en la penumbra del ocaso, bajaban sus volutas tenebrosas, fluidas, a la oscuridad de la tierra, donde se hundían semejantes a las raíces de un tronco secular, y las ondas de la cabellera eran las de un río que temblaba. Algo de cóncavo y de alado palpitaba en el espacio. A través del velo y del crepúsculo, los ojos insondables de la enlutada lucían con dulzura.

–Ven conmigo. En mi noche hay estrellas. Mi mar se desmaya en playas de oro. En mi sueño se sueña. Ven conmigo.

El poeta se estremeció levemente.

–¿Es preciso seguirte? –preguntó.

–Bien sabes que no ordeno por mí misma. Soy una enviada. Transporto a los hombres de una orilla a otra. Soy la barquera, y atiendo a la voz que llama desde el borde que no se ve. Hoy no vine por ti. Aún no eres reclamado. Vengo a solicitarte, a ofrecerme. Es cierto que obedezco al destino, y que a veces, contra mi voluntad piadosa, lleno de espanto las débiles almas. Pero también obedezco a los hombres. Pídeme, tómame, soy tuya.

En la habitación inmediata sonaron besos, risas balbucientes de niño o de ángel.

–Iría contigo –murmuró el poeta–. Me asomo a ti, y un vértigo sagrado me embriaga; un viento glacial y delicioso adormece mi sangre: Iría a ti. Y no obstante quisiera hoy, como todos los días, encender mi lámpara. La página está sin concluir.

–Nada concluye; nada empieza.

–Mi hijo ríe; todavía no habla. Quisiera oírle hablar.

–Hablar es mentir.

–Estoy encariñado de cosas humildes, vulgares, casi feas. Quisiera despedirme, acariciarlas, disponer de unas horas. Te amo; eres la única, la suprema; fuera de ti no hay sino espectros. Espectros vacilantes, espectros del dolor, de la alegría, de la esperanza. Espectros; yo mismo, mientras no me toques tú, no soy más que un espectro. Eres la sola realidad. Darme a ti es nacer. Dispuesto a partir a la región maravillosa y eterna, considero las piedras polvorientas del yermo, la hierba pobre, la zarza sedienta, y siento que son aún compañeras de mi corazón. Perdóname, ¡oh madre! No sé lo que es justo; no sé lo que conviene. En tus manos me pongo. Arrástrame contigo…

El poeta cayó en un sopor, pasajero y profundo. Cuando despertó, un silencio mortal reinaba en la casa. Espantado, el hombre corrió a la habitación vecina…

Respiró. El niño estaba allí, entre los brazos invencibles de su madre.

 

lunes, 4 de marzo de 2024

La puerta

Rafael Barrett

 

–Sí… ¡márchate! ¡Déjame en paz!

–Alberto… ¿es posible?

Al verla tan débil, tan rubia, tan suave, un malvado deseo le hizo repetir:

–¿Qué…? ¡Que te vayas! ¡Que no vuelvas!

La arrojó del gabinete y cerró la puerta.

Una satisfacción ácida alegraba sus venas de macho fuerte. Había sentido, bajo sus dedos que mordían, doblarse la carne infantil y temblorosa de la mujer, y había mirado aquel cuerpecito estrecho, otras veces palpitante de caricias largas, desvanecerse lánguidamente en la sombra. Y como un eco salvaje oía aún el latigazo de su propia voz:

–¡Que te vayas! ¡Que no vuelvas…!

Pero también comenzó a oír lamentos que subían en su conciencia… ¿A ella, a su Mari tan dulce, había tenido el valor de castigarla? ¿Y por qué? ¿Por qué, en medio de una disputa cariñosa y abandonada, le había ahogado de repente el ansia feroz de hacerla sufrir, de estrujar el corazoncito adorado? Y una gran extrañeza, una gran claridad surgió de pronto. No, no la amaba ya. Todo había acabado. Todo había muerto. Se quedó contemplando la alta puerta inmóvil, y le pareció que no se abriría jamás.

Detrás de la puerta, apretándose el pecho con las manos moribundas, Mari escuchaba. Era muy de noche. Por las piedras de la calle se arrastraban los pasos de algún mendigo. Mari le envidió no tener más que frío y hambre. Ella tenía un horrible frío en el alma. Percibió ruido de papeles, de hojas de libro que se pasan… “Está trabajando…”, pensó. “Ahora se levanta, se pasea… viene”. Mari no podía respirar. “Se va. No abre”. Los pies crueles de Alberto iban y venían, sin pararse a la puerta, sin querer llegar hasta aquella desesperación muda, llevando la limosna de paz… Y las lágrimas brotaron sin fin, brotaron quemadoras de la fuente invisible, mojando en la oscuridad el rostro tibio, pegado a la puerta inmóvil… Y Mari se dejó caer poco a poco al fondo de su dolor…

Las horas aprovechaban el negro silencio para huir empujándose las unas a las otras, y Alberto, borracho de sueño y de tristeza, se decidió a abrir.

Mari, desplomada en el suelo, se había quedado dormida. Él levantó la hermosa cabeza de oro, empapada en sudor y en llanto, y besó los cálidos ojos entreabiertos. A la luz de la lámpara aparecían algunas arrugas junto a la boca atormentada, de donde salía un vago perfume de muerte.

Entonces el hombre tomó a la niña en brazos, y pasaron la puerta para entrar en el amor verdadero, hecho de tinieblas, de angustia y de llamas.