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sábado, 27 de junio de 2026

Alba de Saturno

Arthur C. Clarke

 

Sí, es completamente cierto. Conocí a Morris Perlman cuando yo tenía veintiocho años. Entonces yo había conocido a miles de personas, desde presidentes para abajo.

Cuando volvimos de Saturno, todo el mundo deseaba vernos, y casi la mitad de la tripulación se fue a dar una serie de conferencias. A mí siempre me ha encantado hablar (no dirán ustedes que no lo han notado), pero algunos de mis colegas dijeron que más bien preferían ir al planeta Plutón que enfrentarse con otro auditorio. Y algunos lo hicieron.

Mi objetivo era el Medio Oeste, y la primera vez que vi al señor Perlman –nadie lo llamaba de otra forma y, desde luego, jamás “Morris”–, estaba en Chicago. La agencia siempre me alojaba en buenos hoteles, aunque no demasiado lujosos. Lo prefería así; me gustaba hallarme en sitios donde yo pudiera ir y venir a mi gusto sin demasiada etiqueta y donde pudiese vestirme como yo quisiera. Veo que sonríen; bueno, entonces yo era solo un muchacho y han cambiado muchas cosas…

Ya hace mucho tiempo de ello, pero por aquel entonces estaba dando una conferencia en la Universidad. De cualquier forma, recuerdo que sufrí una decepción porque no pudieron mostrarme el sitio en que Fermi comenzó a construir la primera pila atómica. Dijeron que el edificio había sido derribado hacía ya cuarenta años y que solo existía una placa que marcaba el lugar. Me quedé mirándola durante un rato, pensando todo lo que había ocurrido desde aquellos lejanos días, allá por el año 1942. Yo ya había nacido, por una parte; y la energía atómica me había llevado hasta el planeta Saturno y vuelto a la Tierra. Aquello era probablemente algo que Fermi y Compañía nunca habían pensado cuando construyeron su primitivo entramado de uranio y grafito.

Estaba tomando el desayuno en una cafetería, cuando un hombre de mediana estatura se sentó en el otro lado de la mesa que yo ocupaba. Saludó con un cortés “Buenos días” y después expresó su sorpresa al reconocerme. (Por supuesto, había planeado aquel encuentro; pero yo no me di cuenta en aquel momento).

–¡Es un placer encontrarlo! –dijo–. Estuve presente en su conferencia de anoche. ¡Cómo lo envidié!

Yo dejé escapar una sonrisa más bien forzada. Nunca suelo ser muy sociable en el desayuno y había aprendido, además, a ponerme en guardia contra los chiflados, los latosos y los entusiastas que parecían considerarme una presa legítima. El señor Perlman, sin embargo, no era un latoso… aunque ciertamente era un entusiasta, si bien supongo que ustedes podrían considerarlo un chiflado.

Tenía el aspecto de un próspero hombre de negocios del tipo medio, y supuse que sería un invitado al igual que yo. El hecho de que hubiese asistido a mi conferencia no era sorprendente; había sido una muy popular, abierta al público y bien anunciada por la prensa y radio.

–Siempre, desde que era un chiquillo –dijo mi compañero no invitado–, me ha fascinado el planeta Saturno. Sé exactamente cómo y cuándo comenzó todo. Yo debía tener unos diez años cuando cayeron en mis manos aquellas maravillosas ilustraciones de Chelsey Bonestell, mostrando el planeta visto desde sus nueve lunas. Supongo que usted las habrá visto, ¿no es así?

–Desde luego –repuse–. Aunque ya tienen medio siglo de antigüedad, nadie las ha sobrepasado todavía en belleza. Teníamos dos series de ellas a bordo del Endeavour, clavadas en la mesa de navegación. Yo solía mirarlas con frecuencia, para compararlas con la realidad.

–Después –continuó mi interlocutor–, ya puede imaginarse cómo me sentiría allá por los años 1950. Solía quedarme horas enteras mirándolas fijamente e intentando comprender lo que era aquel increíble objeto, con sus plateados anillos dando vueltas a su alrededor; no era el sueño de un artista, sino que existía, se trataba de un mundo diez veces mayor que la Tierra.

“En aquel tiempo nunca imaginé que pudiese ver aquella cosa maravillosa por mí mismo; daba por descontado que solo los astrónomos, con sus grandes telescopios, podían gozar de semejante visión. Pero luego, cuando tuve unos quince años, hice otro descubrimiento… tan emocionante que apenas si podía creerlo”.

–¿Y de qué se trataba? –pregunté. Para entonces ya me había reconciliado con la idea de compartir el desayuno. Mi compañero de mesa parecía bastante inofensivo, y existía algo realmente agradable y encantador en su entusiasmo.

–Descubrí que cualquier idiota podía construir un telescopio en la propia cocina de su casa, con unos cuantos dólares y un par de semanas de trabajo. Fue una revelación: como miles de otros muchachos, solicité de la biblioteca pública un ejemplar del libro Construcción de un telescopio de aficionado de Ingall, y puse manos a la obra. Dígame… ¿ha construido usted alguna vez un telescopio con sus propias manos?

–No. Soy ingeniero, no astrónomo. Creo que no sabría cómo emprender semejante tarea.

–Pues es increíblemente sencillo, si sigue usted las instrucciones. Se comienza con dos discos de cristal, que tengan dos o tres centímetros de espesor. Yo conseguí los míos, por cincuenta centavos, de la chatarra procedente de un barco; eran claraboyas inútiles porque ya no encajaban por los bordes. Después, se fija uno de los discos en alguna superficie firme y plana; yo me serví de un viejo barril puesto de pie.

“Luego, hay que comprar diversos grados de polvo de esmerilar, empezando por el más grueso, hasta terminar por el más fino. Se pone una pequeña cantidad del polvo más basto entre los dos discos y se comienza a frotar de un lado a otro con impulsos regulares, procurando al hacerlo ir girando alrededor del barril.

“¿Sabe lo que ocurre? El disco superior se va ahuecando por la acción abrasiva del polvo de esmeril, y conforme se va trabajando acaba por adquirir una superficie cóncava, esférica. De vez en cuando, se cambia el polvo a más fino y se hacen comprobaciones ópticas para estar seguro de que la curva es correcta.

“Más tarde, se deja el esmeril y se utiliza rojo óptico, hasta que al final se tiene una superficie lisa y pulida hasta el extremo de que uno mismo no cree que haya sido su propia obra. Solo queda un paso más que dar, aunque es algo más fastidioso. Es preciso azogar el espejo y convertirlo así en un buen reflector. Eso implica la adquisición de algunos productos químicos que pueden comprarse en cualquier farmacia, y proceder exactamente como dice el libro.

“Todavía recuerdo la sorpresa que recibí cuando aquella película plateada comenzó a extenderse como algo mágico por la cara de aquel espejo. No era perfecto, pero sí lo suficientemente bueno, y creo que no lo habría cambiado por el telescopio de Monte Palomar.

“Lo sujeté a un trozo de madera; no había necesidad de preocuparse por un tubo telescópico, aunque puse alrededor del espejo un par de palmos de cartón, para evitar la luz de alrededor. Como ocular, utilicé un pequeño lente de aumento que encontré en un almacén de trastos viejos y que me costó unos cuantos centavos. En conjunto, no creo que el telescopio me costara más de cinco dólares… aunque era mucho dinero para mí siendo un muchacho.

“Vivíamos entonces en un viejo hotel, casi ruinoso, que mi familia poseía en la Tercera Avenida. Cuando monté el telescopio, subí al tejado y lo probé, entre la jungla de antenas de televisión que cubrían todos los edificios de la ciudad por aquellos días. Me llevó un buen rato el conseguir alinear el espejo y el ocular; pero no cometí errores y finalmente la cosa fue bien. Como instrumento óptico probablemente era una calamidad –después de todo, era mi primer intento–, pero tenía por lo menos cincuenta aumentos y apenas si pude contener mi impaciencia esperando que cayese la noche para probarlo mirando las estrellas.

“Consulté el almanaque astronómico y supe que Saturno se hallaría alto en el cielo por el este, tras el crepúsculo. Tan pronto como ya fue de noche, subí de nuevo al tejado del hotel y me las compuse para situar el telescopio entre dos chimeneas. Hacía bastante frío; pero apenas me daba cuenta, ya que el cielo estaba cuajado de estrellas… y todas eran mías.

“Me tomé mi tiempo enfocándolo convenientemente con tanta precisión como fuera posible, utilizando la primera estrella que entró en el campo de visión de mi telescopio. Después, comencé la búsqueda de Saturno y pronto descubrí qué difícil es localizar cualquier cuerpo celeste en un telescopio reflector que no esté debidamente montado. Pero al poco, el planeta entró en el campo visual: con infinito cuidado acomodé mi cacharro cambiándolo unos centímetros de sitio… y allí estaba.

“Se veía pequeño, pero perfecto. Creo que me quedé sin aliento durante un buen rato; apenas podía dar crédito a mis ojos. Después de lo que había visto en aquellos dibujos, allí estaba la realidad. Daba la impresión de un juguete suspendido en el espacio, cuyos anillos estuvieran ligeramente inclinados hacia mí. Incluso ahora, cuarenta años más tarde, me acuerdo perfectamente que pensé que parecía algo ¡tan artificial…! Como algo que cuelga de un árbol de Navidad. Se apreciaba una estrellita brillante a su izquierda, y en seguida me di cuenta de que se trataba de Titán”.

Mi interlocutor hizo una pausa, y durante unos momentos debimos compartir los mismos pensamientos. Para ambos, Titán no solo era la luna más grande de Saturno, un punto de luz conocido solo por los astrónomos. Era, además, un mundo hostil y terrible, el más espantoso en que hubiera tomado contacto nuestra nave, la Endeavour, y donde tres de nuestros compañeros de tripulación yacían para siempre, en sus tumbas solitarias, más lejos de sus hogares de lo que jamás estuviera ningún miembro de la raza humana.

–No sé cuánto tiempo estuve mirando sin pestañear –continuó mi compañero de mesa–. Me dolían los ojos de seguir con el telescopio el paso de Saturno por el cielo. Estaba a mil millones de kilómetros de Nueva York. Pero más tarde Nueva York me trajo a la realidad.

“Le hablé antes del hotel; pertenecía a mi madre; pero mi padre lo administraba… no del todo bien. Había estado perdiendo dinero durante años, y a través de toda mi niñez solo habíamos conocido una serie de crisis financieras. Por eso no culpo a mi padre de darse a la bebida, ya que debió haber estado loco de preocupaciones tanto tiempo. Y yo había olvidado que se suponía que debía estar ayudando al conserje en recepción…

“Así que mi padre me vino a buscar, lleno de preocupaciones y sin saber nada sobre mis sueños. Me encontró en el tejado, mirando las estrellas.

“No era un hombre cruel… sencillamente no podía comprender el estudio, la paciencia y el cuidado que yo había dedicado a mi pequeño telescopio, ni las maravillas que me había mostrado durante el poco tiempo que lo estuve utilizando. No lo odié por lo que hizo; pero recordaré toda mi vida su acción brutal de estrellar el aparato contra el muro de ladrillo, y el ruido de los trozos de cristal del espejo reflector esparciéndose por doquier”.

No había nada que pudiera decirle. Mi resentimiento inicial hacia aquel intruso hacía ya rato que se había convertido en curiosidad. Me di cuenta de que había mucho más detrás de la historia que me había contado. También me fijé en otra cosa: la camarera nos estaba tratando con una exagerada deferencia, de la cual la menor parte estaba dedicada a mí.

Mi compañero jugueteó con el frasco del azúcar, mientras yo aguardaba con una silenciosa simpatía. Entonces noté que un nexo especial había surgido entre nosotros, aunque no pude comprender realmente de qué se trataba.

–Nunca volví a construir otro telescopio –continuó–. Algo más se rompió, además de aquel espejo, en mi corazón. De todas formas, yo ya tenía muchas cosas en qué ocuparme. Ocurrieron dos hechos que cambiaron el curso de mi vida. Mi padre se marchó de casa, dejándome al frente de la familia. Y además demolieron el elevado de la Tercera Avenida.

Mi compañero debió notar algún gesto especial en mi rostro, ya que me sonrió.

–Oh, no sabrá usted seguramente lo que ocurrió. Cuando yo era un chiquillo, había un tren elevado que discurría por en medio de la Tercera Avenida. Aquello convertía la zona en algo sucio y ruidoso; la Avenida era un barrio indecente lleno de bares, garitos y hoteles baratos, como el nuestro. Todo cambió cuando desapareció el tren elevado; los terrenos subieron fantásticamente de precio, y de repente nos encontramos en una situación próspera. Mi padre se apresuró a volver inmediatamente, pero ya era demasiado tarde; yo era el encargado del negocio. Comencé a desarrollar mi actividad a través de la ciudad, después por el país. Ya no era un contemplador de estrellas de mente ausente y di a mi padre uno de mis más pequeños hoteles, donde su actuación no sería muy nociva.

“Hace, pues, cuarenta años que miré a Saturno, pero jamás he olvidado aquella primera impresión ante su vista. La noche pasada, sus fotografías me la trajeron a la memoria. Quisiera expresarle cuán agradecido me siento hacia usted”.

Hurgó en su billetera y sacó una tarjeta.

–Espero que venga a verme cuando se encuentre de nuevo en la ciudad; puede estar seguro de que asistiré a cualquier conferencia que pronuncie. Buena suerte… y perdone si lo he hecho perder una buena parte de su tiempo.

Y se marchó, casi antes de que yo pudiera pronunciar ni una palabra. Miré la tarjeta de visita, la puse en el bolsillo y terminé mi desayuno, bastante pensativo.

Cuando había firmado el cheque en la cafetería para pagar el gasto, pregunté:

–¿Quién era ese señor que estaba sentado a mi mesa? ¿Es el patrón?

El cajero me miró como si yo fuera un retrasado mental.

–Supongo que esa será su forma de llamarle, señor –repuso–. Por supuesto es el propietario del hotel; pero nunca lo hemos visto aquí antes. Siempre permanece en el Ambassador cuando está en Chicago.

–¿Y también es el dueño? –dije sin mucha ironía, porque sospechaba ya cuál era la respuesta.

–Pues claro que sí. Lo mismo que…

–Y comenzó a soltar un rosario de nombres de muchos otros, incluyendo dos de los más grandes hoteles de Nueva York.

Yo estaba impresionado y también bastante divertido, ya que resultaba obvio que el señor Perlman había venido con la deliberada intención de conocerme y encontrarse conmigo. Parecía una forma un tanto laboriosa y complicada de hacerlo, pero yo ignoraba todo respecto a su notoria timidez y su tendencia a ocultarse.

Después lo olvidé durante cinco años. (Bueno, debo citar lo sucedido cuando pedí la factura. Me respondieron que no debía nada.) Durante aquellos cinco años hice mi segundo viaje.

Sabíamos entonces lo que nos esperaba, y ya no íbamos totalmente hacia lo desconocido. No hubo más preocupaciones respecto al combustible, porque todo el que pudiéramos necesitar nos esperaba en Titán: solo teníamos que bombear su atmósfera de metano en nuestros tanques y seguir nuestros planes adelante por el espacio. Una tras otra, visitamos sus nueve lunas, y después seguimos por los anillos…

Hubo poco peligro en hacerlo, pero con todo es una experiencia capaz de destrozar los nervios. El sistema de sus anillos es de poco espesor, ya saben, más o menos unos treinta kilómetros de grueso. Descendimos en él lenta y precavidamente tras haber igualado la velocidad de su giro, de forma que nos moviéramos exactamente a su misma velocidad. Era como poner el pie en un carrusel de casi trescientos mil kilómetros de diámetro.

Pero una clase fantasmal de carrusel, porque los anillos no son algo sólido y puede verse a través de ellos. De hecho son algo casi invisible; los billones de partículas que los constituyen están tan separadas entre sí que todo lo que uno puede ver en la inmediata vecindad son pequeños trozos ocasionales que se mueven muy lentamente. Es solo cuando se miran desde lejos que esos incontables fragmentos aparecen como unidos en una sola lámina, como una tormenta de granizo que girara eternamente alrededor de Saturno.

Esta no es una frase mía, pero puede considerarse como buena y apropiada. Resultó que la primera vez que atrapamos una partícula componente de los anillos de Saturno y la introdujimos en la compuerta de aire, se derritió en pocos minutos, convirtiéndose en un charco de agua sucia. Algunas personas creen que destruye el encanto el saber que los anillos –o el 90% de ellos–, están formados por trozos de hielo vulgar y corriente. Pero eso es una actitud estúpida, ya que su extraordinaria belleza en nada menguaría, tanto si son así como si estuviesen formados por diamantes.

 

Cuando volví a la Tierra, en el primer año del nuevo siglo, comencé otra serie de conferencias, aunque esta vez de corta duración, puesto que para entonces ya tenía familia y deseaba estar con ella el mayor tiempo posible. Esta vez vi al señor Perlman en Nueva York, con ocasión de pronunciar en Columbia una conferencia y mostrar nuestra película Explorando Saturno. (Un título algo inapropiado, ya que el punto más cercano al planeta en que estuvimos fue a unos treinta mil kilómetros de distancia. Nadie soñaba, en aquellos días, que los hombres pudieran nunca descender a esa especie de turbulento fango que es lo que Saturno tiene más parecido a una superficie).

El señor Perlman me estaba esperando después de la conferencia. No lo reconocí al primer momento, ya que había tenido que saludar y ver seguramente a un millón de personas desde la última vez que nos vimos. Pero cuando me dijo su nombre, los recuerdos volvieron rápidamente con tanta claridad, que comprendí que sin duda había dejado una profunda huella en mi mente.

Se las arregló de alguna forma para sacarme de entre la muchedumbre. Aunque sentía repugnancia por mezclarse entre la multitud, tenía, no obstante, una gracia especial para dominar cualquier grupo cuando era necesario, y después escaparse antes de que sus víctimas supieran lo que había ocurrido. Aunque lo vi hacerlo muchas veces, nunca supe exactamente cómo lo hacía.

De todas formas, media hora más tarde estábamos despachando una soberbia cena en un restaurante de lujo (suyo, por supuesto). Era una comida suculenta y extraordinaria, en especial el pollo y el helado, aunque me hizo pagar por todo ello. Metafóricamente, quiero decir.

Por aquel tiempo todos los hechos y fotografías reunidos por las dos expediciones a Saturno estaban a disposición de todo el mundo, en cientos de reportajes, libros y artículos populares. El señor Perlman parecía haber leído todo el material que no era demasiado técnico; lo que deseaba de mí era algo diferente. Incluso entonces, me conmovió el interés de aquel hombre ya de edad y solitario, tratando de recapturar un sueño que había quedado perdido en su juventud. Estaba en lo cierto; pero eso solo era una fracción de la realidad.

Se trataba de algo que todos los reportajes y artículos habían fallado en dar. El señor Perlman quería saber qué se sentía al despertar por la mañana y ver aquel enorme y dorado globo con sus cinturones de nubes dominando el cielo. ¿Y los anillos? ¿Qué impresión daban a la mente cuando uno estaba tan cerca de ellos que llenaban los cielos de un extremo a otro?

–Usted quiere a un poeta –le dije– y no a un ingeniero. Pero le diré esto: por mucho que uno mire a Saturno y vuele entre sus lunas, nunca puede creerse lo que se está viendo. A cada momento se piensa:

“‘Todo es un sueño… una cosa así no puede ser real’. Entonces se asoma uno a una claraboya de la nave espacial… y allí está, cortando la respiración.

“Tiene que tener en cuenta que, aparte de la proximidad, estábamos en condiciones de mirar a los anillos desde ángulos y situaciones de ventaja que resultaban absolutamente imposibles desde la Tierra, donde siempre se ven vueltos hacia el Sol. Nosotros podíamos desplazarnos entre su sombra, donde ya no brillan como la plata… entonces dan la impresión de un suave resplandor, como si fueran un puente de humo entre las estrellas.

“La mayor parte del tiempo podíamos ver la sombra de Saturno extendida por toda la anchura de los anillos, eclipsándolos tan completamente que parecía como si se les hubiera arrancado un gran bocado de su estructura. Por el contrario, se obtenía un efecto diferente al observar del lado del día en el planeta cómo la sombra de los anillos trazaba algo parecido a una neblinosa banda paralela al ecuador y no lejos de él.

“Y, sobre todo –aunque esto solo lo hicimos pocas veces–, pudimos elevarnos sobre cualquiera de los polos del planeta y mirar hacia abajo a todo aquel maravilloso sistema, de tal forma que quedaba en un plano bajo nosotros. Entonces, pudimos observar que en vez de los cuatro anillos vistos desde la Tierra debía haber, por lo menos, una docena de anillos separados; fusionándose unos con otros. Cuando vimos aquello, nuestro capitán hizo una observación que no olvidaré nunca: ‘Éste –dijo, sin nada de pedantería en la voz– es el sitio en donde los ángeles estacionan sus halos’”.

Todo aquello, y mucho más, le fui contando al señor Perlman en aquel restaurante tan lujoso, situado a poca distancia de Central Park. Cuando hube terminado, pareció muy complacido, aunque se quedó en silencio durante un instante. Entonces me dijo, tan casualmente como uno puede preguntar por la hora en una estación de ferrocarril:

–¿Cuál sería el mejor satélite para instalar un parador de turismo?

Cuando comprendí el significado de sus palabras me atraganté con el coñac de cien años que estaba bebiendo. Entonces le dije con paciencia y cortesía (ya que, después de todo, me había tomado una estupenda cena):

–Escuche, señor Perlman. Usted sabe tan bien como yo que Saturno se encuentra a más de mil quinientos millones de kilómetros de la Tierra, y de hecho mucho más cuando nos hallamos en lugares opuestos respecto al Sol. Alguien calculó que nuestros boletos de viaje, por término medio, han costado medio millón de dólares por cabeza, y créame, en el Endeavour I y II no había plazas de primera clase. De todas formas, por mucho dinero que alguien tenga, nadie puede obtener un pasaje para Saturno. Solo las tripulaciones del espacio y las científicas irán hasta allá, por tanto tiempo como sea posible imaginar.

Me di cuenta en seguida de que mis palabras no habían surtido el menor efecto; se limitó sencillamente a sonreír como si supiera de algún secreto bien guardado.

–Lo que usted dice es bastante cierto ahora –repuso–. Pero yo también he estudiado la historia. Y yo entiendo a la gente, ese es mi negocio. Permítame recordarle algunos hechos.

“Hace dos o tres siglos, casi todos los grandes centros de turismo mundial y lugares bellos de la Tierra se hallaban tan lejos de la civilización como lo está Saturno de nosotros en este momento. ¿Qué sabía Napoleón, pongamos por ejemplo, del Gran Cañón, de las cataratas Victoria, de las Islas Hawái, del monte Everest? Recuerde el Polo Sur: se llegó por primera vez a él cuando mi padre era un niño… pero allí hay un hotel que ha conocido usted durante toda su vida.

“Ahora todo comienza de nuevo. Usted solo puede apreciar los problemas y dificultades porque se halla demasiado cerca de ellos. Sean cuales fueren, los hombres los superarán con el tiempo, como lo han hecho siempre en el pasado.

“Allá donde haya algo extraño o bello o nuevo, la gente siempre querrá ir a verlo. Los anillos de Saturno son el mayor espectáculo existente en el Universo; yo siempre lo he creído así y ahora me ha convencido usted. Hoy cuesta una fortuna llegar hasta allí, y los hombres que van arriesgan sus vidas. Así lo hicieron los primeros hombres que volaron, pero ahora tiene usted a millones de pasajeros por el aire a cada momento, durante el día y la noche.

“Lo mismo tiene que ocurrir con el espacio. Esto no ocurrirá en diez años ni en veinte. Pero recuerde que veinticinco años fue todo lo que llevó el conseguir los primeros vuelos comerciales a la Luna. No creo que se tarde mucho más para Saturno…

“Yo ya no estaré vivo para cuando ese feliz día llegue. Pero, ocurra lo que ocurra, quiero que la gente recuerde. Entonces… ¿dónde podríamos construir un hotel?”

Yo todavía continuaba creyendo que estaba decididamente loco; pero al fin comencé a comprenderlo. No era cuestión de herirlo con bromas, por lo que comencé a pensar cuidadosamente mis palabras.

–Mimas está demasiado próximo –le dije–, y también Enceladus y Thetis. Saturno ocupa todo el cielo y uno teme que vaya a caérsele encima. Además, no son lo bastante sólidos; en realidad son verdaderas bolas de nieve gigantes. Dione y Rhea son mejores, desde allí se tiene una espléndida vista, desde cualquiera de ambos. Pero todas esas lunas interiores son diminutas; incluso Rhea solo tiene mil doscientos kilómetros de diámetro y las otras son más pequeñas aún.

“No creo que la cuestión merezca discusión: el lugar ideal es Titán. Es un satélite hecho a la medida del hombre, ya que es mucho mayor que nuestra Luna y casi tan grande como el planeta Marte. Tiene una gravedad razonable, aproximadamente un quinto de la terrestre, por lo que sus huéspedes no flotarán por todas partes. Y siempre será el mejor punto para el aprovisionamiento de combustible, a causa de su atmósfera de metano, que debería ser un factor importantísimo en sus cálculos. Toda nave que salga de Saturno tiene que aprovisionarse allí necesariamente”.

–¿Y las otras lunas?

–Oh, Hiperión, Japeto y Febe están a una distancia mucho mayor. Los anillos casi no se ven desde Febe. Bien, olvídelo. Lo mejor es el viejo Titán, a pesar de que la temperatura es de 200 grados bajo cero y la nieve amoniacal que lo recubre no es lo mejor para ponerse a esquiar.

El señor Perlman me escuchó con todo cuidado, y si pensó que me estaba burlando de sus nociones poco científicas y prácticas no dio la menor muestra de ello. Nos despedimos poco después. No recuerdo nada más de aquella cena, y transcurrieron otros quince años hasta que volvimos a encontrarnos. Yo me dediqué a mis trabajos y olvidé todo aquello. Pero cuando el señor Perlman me necesitó, me llamó.

Ahora veo qué es lo que estuvo esperando. Su visión había sido más clara que la mía. No pudo haber imaginado, por supuesto, que el cohete desaparecería como el motor de vapor en menos de un siglo; pero sabía que existiría algo mejor, y ahora creo que financió los primeros trabajos de investigación de Saunderson sobre la propulsión paragravítica. Pero no fue sino hasta que se establecieron las plantas de fisión atómica que podían calentar cien kilómetros cuadrados de un mundo tan frío como el planeta Plutón que el señor Perlman se puso en contacto de nuevo conmigo.

Ya era un anciano de edad muy avanzada y casi moribundo. Me dijo lo inmensamente rico que era, hasta el extremo de que apenas pude creerlo. Me cercioré cuando me mostró los elaborados planos y bellas maquetas que sus expertos habían preparado con ausencia de toda publicidad.

Estaba sentado en su silla de ruedas, como una momia arrugada hasta lo inverosímil, observando mi rostro mientras yo estudiaba las maquetas y los diseños. Entonces me dijo:

–Capitán, tengo un trabajo para usted…

Y aquí me encuentro. Es como gobernar una nave del espacio, por supuesto… la mayor parte de los problemas técnicos son idénticos. A mi edad, ya soy demasiado viejo para mandar una nave, por lo que le estoy muy agradecido al señor Perlman.

Ha sonado el gong. Si las damas están dispuestas, sugiero que vayamos a cenar en el salón de observación.

A pesar de los años transcurridos, todavía me gusta observar a Saturno alzándose en el cielo… y esta noche puede apreciarse casi en su totalidad.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

martes, 15 de octubre de 2024

Silencio, por favor

Arthur C. Clarke

 

Ya que lo hace observar, le diré que los enemigos del Profesor siempre tuvieron una extraordinaria facilidad para verlo desde sus aspectos menos favorables. Pero creo que su insinuación es algo injusta. Se trata de una persona realmente bondadosa que no haría daño ni a una mosca. No digo que no se comporte a veces como un viejo gruñón, pero siempre es honrado y franco, sin doblez. Bueno, casi siempre. Quizás ésta fue la excepción. Y usted debe admitir que Sir Roderick merecía todo lo que le ocurrió.

Cuando lo conocí, el Profesor acababa de salir de Cambridge y luchaba ya por sostener la solvencia de la Compañía. Creo que en ocasiones lamentaba haber abandonado los claustros académicos por la tumultuosa y combativa industria, pero un día me confesó que disfrutaba al poner su ingenio a prueba por primera vez en su vida. Electron Products (1960) Ltd., estaba precisamente a punto de cubrir sus gastos cuando ingresé a ella. Nuestro negocio principal era la Integradora Harvey, una calculadora electrónica, pequeña y compacta, que podía hacer casi todo lo que un analizador diferencial y por una décima parte de su costo. Se vendía continuamente a las universidades y organismos de investigación y es aún el favorito del Profesor. Siempre lo está perfeccionando y el modelo 15 saldrá al mercado dentro de algunas semanas.

En aquella época, sin embargo, el Profesor contaba sólo con dos ventajas en su activo. Una era la buena voluntad del Mundo académico, que lo consideraba algo loco pero admiraba secretamente su valer y firmeza; sus antiguos colegas del Cavendish tenían en excelente concepto sus productos y ponían a su disposición una buena cantidad de investigaciones útiles. La otra residía en la escasa perspectiva mental de los hombres de negocios con que trataba, quienes daban por sentado que un exprofesor de universidad sería tan ignorante en la estrategia comercial como un bebé recién nacido. Y esto era justamente lo que el Profesor deseaba que pensaran de él. Algunos pobres ingenuos siguen aún patéticamente fieles a esa teoría.

Fue precisamente la Integradora Harvey lo que provocó el primer conflicto entre Sir Roderick y el Profesor. Tal vez nunca hayan visto al Dr. Harvey; es una rara criatura que corresponde perfectamente a la imagen popular de un científico. Un genio, desde luego, pero de esos que deben ser encerrados en su laboratorio y alimentados con cuchara a través de una ventanilla en la puerta. Sir Roderick hizo una floreciente colección de negocios con científicos desvalidos como Harvey. Cuando el control estatal puso fin a la mayor parte de sus turbias operaciones, tendió una mano generosa al estímulo de inventos originales. La Ley de Empresas Privadas de 1955 había tratado de seguir esta política, pero no en la forma que a Sir Roderick le interesaba. Éste se aprovechó de las exenciones de impuestos y, al mismo tiempo, mantuvo su prosperidad, apoderándose de patentes fundamentales de inventores tan poco despabilados como Harvey. Alguien lo llamó una vez salteador de caminos científico, lo que constituye una lograda definición.

Cuando Harvey nos vendió los derechos de su calculadora, se retiró a su laboratorio privado y no volvimos a saber de él hasta un año más tarde. Publicó entonces un estudio en el Philosophical Magazine, donde describía un maravilloso circuito para calcular integrales múltiples. El Profesor no lo leyó hasta algunas semanas después ya que Harvey, por supuesto, no se acordó nunca de mencionarlo por hallarse muy atareado en otra cosa parecida. La dilación fue fatal. Uno de los sabuesos de Sir Roderick (de los que éste obtenía a buen precio una excelente información técnica) había obligado al pobre Harvey a vender su descubrimiento por una fruslería a Fenton Enterprises.

El Profesor, naturalmente, se puso furioso. Harvey quedó muy contrito cuando se dio cuenta de lo que había hecho y prometió no volver a firmar nunca nada antes de consultarnos. Pero el daño ya estaba hecho y Sir Roderick comenzaba a percibir sus mal adquiridas ganancias, esperando que nosotros intentáramos negociar con él.

Yo hubiera dado cualquier cosa por estar presente en esta entrevista pero, desgraciadamente, el Profesor insistió en ir solo. Regresó una hora más tarde con el rostro encendido y muy molesto. El viejo tiburón había pedido cinco mil libras esterlinas por las patentes de Harvey, lo que representaba un poco menos de nuestro remanente por aquel entonces. Comprendimos que la despedida del Profesor había carecido de cortesía. En efecto, le respondió a Sir Roderick que se fuera al infierno, y señalándole un posible itinerario.

 

El Profesor desapareció en su oficina y lo oímos dar vueltas durante unos minutos. Después salió con su sombrero y abrigo.

–Me estoy asfixiando aquí –dijo–. Vámonos lejos de la ciudad. Miss Simmons puede ocuparse de todo. ¡Venga!

Estábamos ya acostumbrados a estos arranques del Profesor. Al principio los creímos una excentricidad, pero ahora lo conocíamos mejor. En momentos de crisis, una salida repentina al campo podía producir maravillas y compensar de sobra el tiempo de oficina perdido. Además, era una deliciosa tarde a fines del verano.

El Profesor condujo su gran Alvis –su único lujo y muy necesario para él– a lo largo de la nueva Great West Road, hasta salir de los límites de la ciudad. Abrió entonces los rotores y nos remontamos en el cielo hasta unos doscientos metros sobre la campiña que se extendía debajo. Muy lejos divisamos las blancas sendas de Heathrow y un gran avión de línea, de trescientas toneladas, que descendía hacia ellas con los propulsores a chorro parados.

–¿Dónde vamos? –preguntó George Anderson, entonces nuestro director gerente.

Paul Hargreaves, el otro miembro de la partida (usted no lo conocerá porque se pasó a la Westinghouse hace un par de años), era ingeniero de producción y de los mejores. Tenía que serlo para no desmerecer del Profesor.

–¿Qué les parece Oxford? –sugerí yo–. Sería un contraste agradable después de nuestras ciudades-satélite sintéticas.

Nos decidimos pues por Oxford. Pero antes de llegar, el Profesor se fijó en unas colinas de muy buen aspecto y cambió de idea. Descendimos en círculo sobre una llana extensión de brezal que dominaba un largo valle. Parecía haber formado parte de una amplia hacienda privada, como las que existían antaño. Hacía mucho calor y abandonamos el aparato, arrojando ropas de abrigo sobrantes en todas direcciones. El Profesor extendió cuidadosamente su sobretodo encima del brezo y se ovilló en él.

–No me despierten hasta la hora del té –fueron sus instrucciones; cinco minutos después estaba profundamente dormido.

Charlamos en voz baja durante un rato, echándole una ojeada de vez en cuando para asegurarnos que no se despertaba. Adquiría un aspecto extrañamente joven al relajarse su rostro durante el sueño. Resultaba difícil imaginar que tras esta plácida expresión se desarrollara toda una complicada gama de maquinaciones, entre ellas la ruina de Sir Roderick Fenton.

Creo que finalmente dormitamos todos un poco. Era una de aquellas tardes en las que hasta el rumor de los insectos parece apagado. El calor era casi visible y las colinas lanzaban destellos a nuestro alrededor.

Me despertó un gigantesco estrépito. Durante un instante seguí tendido, sin darme cuenta apenas de la naturaleza de la perturbación. Los demás se agitaron también y miramos en torno, encolerizados.

Cuatro kilómetros más allá, un helicóptero flotaba sobre una pequeña aldea cuyas casas se desparramaban a través del lejano extremo del valle. Estaba bombardeando a sus habitantes con propaganda electoral y, a intervalos de pocos minutos, el viento nos traía al azar algunos fragmentos de discursos. Continuamos descansando un rato más, tratando de descubrir qué partido era responsable del desaguisado, pero los altavoces no hacían más que ensalzar las virtudes de un tal Mr. Snooks, y no descubrimos nada nuevo.

–No tendrá mi voto –exclamó Paul, colérico–. ¡Vaya modales! Ese angelito debe ser un socialista.

Esquivó a tiempo el zapato de Anderson.

–Puede que los aldeanos hayan pedido que se les hable –dijo con escasa convicción en un intento de restablecer la paz.

–Lo dudo –repuso Paul–. Hay que protestar por principios. Es… es una violación de la vida privada. Como escribir en el cielo.

–No diría yo que el cielo sea una cosa íntima –comentó George–. Pero comprendo lo que quiere expresar.

Ya olvidé el exacto desarrollo de la controversia, pero eventualmente se desvió hacia una discusión acerca de los sonidos molestos en general y de Mr. Snooks en particular. Paul y George observaban el helicóptero desapasionadamente, cuando el segundo declaró:

–Me gustaría que fuera posible establecer una especie de barrera al sonido donde lo deseara. Siempre creí que los tapones para los oídos de Samuel Butler eran una buena idea, aunque no podían ser muy eficaces.

–Lo fueron desde su punto de vista –repuso Paul–. Hasta el peor pelmazo se desanimaría si uno se colocara ostentosamente en las orejas un par de tapones en cuanto se acercara. Pero la idea de una barrera sonora me parece intrigante. Lástima que no pueda ponerse en práctica sin suprimir el aire, cosa un tanto difícil.

El Profesor no había intervenido en la conversación. De hecho parecía haberse vuelto a dormir. Pero luego, con un amplio bostezo, se levantó.

–Es la hora del té –dijo–. Vamos a casa de Max. Le toca pagar, Fred.

 

Un mes más tarde, aproximadamente, el Profesor me llamó a su oficina. Como era su agente de publicidad y apoderado, ensayaba en mí nuevas ideas para comprobar si las comprendía y las veía de alguna utilidad. Heargreaves y yo constituíamos el lastre que conservaba al Profesor en contacto con la Tierra. Pero no siempre teníamos éxito.

–Fred –comenzó–, ¿recuerda lo que George dijo el otro día acerca de una barrera de sonido?

Tuve que reflexionar un instante antes de acordarme.

–Ah, sí… una idea disparatada. Supongo que no pensará en ella seriamente…

–Humm. ¿Qué sabe usted sobre interferencias de ondas?

–No mucho. Explíquese.

–Suponga que tiene usted un tren de ondas, una cresta aquí, un seno allí, y así sucesivamente. Ahora toma usted otro y lo superpone con el primero. ¿Qué obtendrá?

–Bueno, me figuro que dependerá del modo de hacerlo.

–Justamente. Imaginemos que se dispone de forma que el seno de una onda coincida con la cresta de la otra, y así sucesivamente, a lo largo del tren.

–Entonces resultará una completa anulación… nada absolutamente. ¡Santo cielo…!

–Exacto. Ahora vamos a considerar una fuente de sonido. Junto a ella puso un micrófono y empleó el circuito de salida para alimentar lo que llamaremos un amplificador inverso. Éste acciona un altavoz, y todo el conjunto queda organizado de modo que el circuito de salida se conserva automáticamente a la misma amplitud que el de entrada, sólo que desfasado con él. ¿Cuál será el resultado?

–No parece razonable… pero en teoría obtendríamos un silencio absoluto. Tiene que haber un fallo en alguna parte.

–¿Dónde? No es más que el principio de realimentación, que se viene utilizando en la radio desde hace años.

–Sí, ya lo sé. Pero el sonido no consiste simplemente en crestas y senos, como las olas del mar. Es una serie de compresiones y rarefacciones de la atmósfera, ¿no es así?

–Cierto. Pero no afecta al principio en lo más mínimo.

–No creo que sirviera. Debe existir alguna cosa que usted ha…

Y entonces sucedió algo extraordinario. Seguía aún hablando, pero no podía oír mi voz. La habitación se había quedado de pronto completamente silenciosa. Ante mis ojos el Profesor tomó un pesado pisapapeles y lo dejó caer sobre la mesa. Hubo un choque y un rebote, en absoluto silencio. Entonces movió su mano y, de pronto, el sonido entró a raudales en la habitación.

Me senté momentáneamente aturdido.

–¡No es posible!

–Muy bien, ¿quiere otra demostración?

–Es increíble… ¿Dónde lo ha ocultado?

El Profesor sonrió bonachonamente y tiró de uno de los cajones de su mesa. Dentro había un curioso amasijo de piezas. Por los goterones de soldadura, los alambres retorcidos y pegados unos con otros y por el desaliño general, juraría que el Profesor lo había hecho con sus propias manos. El circuito en sí parecía muy sencillo; seguramente menos complejo que una radio moderna.

–El altavoz, si podemos llamarlo así, está allí, tras las cortinas de esta habitación. Sin embargo, no hay razón para que el equipo no pueda ser compacto e incluso portátil.

–¿Qué alcance le ha conseguido usted? Quiero decir que debe haber un límite para esa cosa infernal.

–No he hecho pruebas exhaustivas, pero este aparato puede ajustarse para producir un silencio total en un radio de acción de seis metros. De rebasarse a lo largo de otros seis metros los sonidos se amortiguan, y aún más allá recobran su intensidad normal. Se puede cubrir el área que se desee, basta con aumentar la potencia. El aparato tiene un circuito de salida de unos tres vatios de sonido negativo y no domina ruidos muy intensos. Pero creo que podré construir un modelo capaz de silenciar el Albert Hall, si se quiere, o incluso mejor, el estadio de Wembley.

–Bueno, ya que lo ha conseguido, ¿qué pretende obtener con ello?

El Profesor sonrió dulcemente.

–Ese es su trabajo… Sólo soy un científico poco práctico. Pero supongo que habrá un montón de aplicaciones. Y no diga nada a nadie; necesito conservarlo como una sorpresa.

 

Estaba ya acostumbrado a estas cosas, así que presenté mi informe al Profesor algunos días después. Busqué datos en la sección de producción con Heargreaves y fabricar el equipo parecía muy sencillo. Todas las piezas eran comunes; hasta el amplificador inverso no tenía misterio alguno cuando se conocía su composición. No resultaba difícil imaginar toda clases de usos para el invento y realmente me dejé llevar. En su estilo, era el mecanismo más inteligente que el Profesor había diseñado. Estaba convencido que podríamos convertirlo en una provechosa fuente de beneficios.

El Profesor leyó mi informe detenidamente. Pareció vacilar un poco en uno o dos puntos.

–No veo el modo de emprender la fabricación del Silenciador –dijo, bautizándolo por primera vez–. No disponemos de instalaciones ni de personal, y necesito dinero en el acto, no dentro de un año. Fenton llamó ayer para decirme que había encontrado un comprador para las patentes de Harvey. No me fío de él, pero quizá diga la verdad. La integradora es mucho más importante que esto.

Me sentí decepcionado.

–Podríamos vender la licencia a cualquiera de las grandes firmas de radio.

–Tal vez sea la mejor solución. Pero tengo que considerar uno o dos puntos más. Voy a darme una vuelta por Oxford.

–¿Por qué Oxford?

–Oh, no todos los buenos cerebros están en Cambridge…

No lo volvimos a ver en tres días. Cuando regresó, parecía bastante complacido consigo mismo. Pronto descubrimos el motivo. En el bolsillo traía un cheque de diez mil libras extendido a R. H. Harvey y endosado a Electron Products. Estaba firmado por Roderick Fenton.

El Profesor se instaló plácidamente en su despacho, sin reparar en nuestras miradas de furia. El más encolerizado era Anderson. Después de todo, se le suponía el director gerente. Pero lo que le ponía más fuera de sí era el hecho que Sir Roderick hubiera comprado el Silenciador. No podíamos admitirlo.

El Profesor parecía muy alegre mientras aguardaba a que nos calmáramos. Al parecer consiguió que Harvey vendiera el Silenciador a Fenton como invención suya, para camuflar con ello su verdadero origen. El financiero había quedado gratamente impresionado por el mecanismo y lo había adquirido sin vacilar. Si el Profesor deseaba conservarse al margen de la transacción, no podía haber escogido mejor intermediario que el cándido Dr. Harvey. Era la última persona de la que alguien sospecharía.

–Pero, ¿por qué se ha dirigido a este viejo ladrón? –nos lamentábamos–. Aunque obtuvo un buen precio, lo que ya es sorprendente de por sí, ¿no podía venderlo a una persona honrada?

–No importa –respondió el Profesor, abanicándose con el cheque–. No podemos despreciar diez mil libras por un mes de trabajo, ¿verdad? Ahora puedo comprar las patentes de Harvey y complacer al mismo tiempo a mis banqueros.

Esto fue todo lo que pudimos sonsacarle. Nos despedimos en un estado de incipiente rebelión, que continuó aunque la nueva calculadora absorbió todo nuestro tiempo durante las semanas sucesivas. Sir Roderick había entregado las preciosas patentes sin más dificultades. Probablemente se sentía muy satisfecho con su nuevo juguete.

El Silenciador Fenton apareció en el mercado con gran alarde de publicidad unos seis meses más tarde y casi causó sensación. El primer modelo fue ofrecido a la sala de lectura del Museo Británico y la propaganda que constituyó bien valía el costo de la instalación. Mientras los hospitales se apresuraban a encargar equipos, permanecíamos en un estado de mudo abatimiento, mirando acusadoramente al Profesor, que no parecía darle importancia.

Ignoro por qué Sir Roderick puso a la venta el silenciador portátil. Es probable que alguna persona interesada le sugiriera la idea. Se trataba de un juguete muy ingenioso, diseñado en forma de pequeña radio de transistores y, al principio, se ofreció solamente como novedad. Poco después, el público descubrió su utilidad en ambientes ruidosos. Y entonces…

Por pura casualidad, asistí al estreno de la sensacional ópera de Edward England. No es que yo sea especialmente aficionado a la ópera, pero un amigo tenía una entrada sobrante y me prometió que sería un espectáculo memorable. Y lo fue.

Los periódicos habían estado hablando de la ópera durante las últimas semanas, sobre todo por el revolucionario empleo de instrumentos eléctricos de percusión. La música de England había sido motivo de controversia durante años. Sus defensores y detractores libraron casi una batalla campal antes de la representación, pero ello no ofrecía nada de particular. La gerencia del Sadler’s Wells había dispuesto previsoramente de una cantidad desusada de policías y solamente se registraron algunos abucheos y rechiflas al alzarse el telón.

Por si no conoce usted la ópera, le diré que se trata de uno de esos dramas, fuertes y realistas, tan populares hoy. La acción se desarrolla en la última era victoriana, y los personajes principales son Sarah Stampe, la apasionada administradora de correos; Walter Partridge, el saturnino guardabosques, y el hijo del amo, cuyo nombre no recuerdo. Es la vieja historia del eterno triángulo, complicado con la aversión de los aldeanos hacia lo nuevo; en este caso, un sistema telegráfico que las viejas de la localidad predicen como perjudicial para la leche de las vacas y perturbador para la procreación de los corderos.

Ya sé que esto suena bastante confuso e improbable, pero las óperas siempre parecen ser de esta manera. Sea como fuere, no falta el conocido drama de los celos. El hijo del terrateniente no quiere casarse en la Oficina de Correos, y el guardabosques, enloquecido por su repulsa, trama el desquite. La tragedia alcanza su terrible clímax cuando la pobre Sarah, estrangulada con una cinta de hacer paquetes, es descubierta en el departamento de cartas no reclamadas dentro de un saco de correos. Los aldeanos cuelgan a Partridge del poste del telégrafo más próximo, con gran disgusto de los operarios encargados de la línea; el hijo del terrateniente se da a la bebida, o se va a las Colonias, y eso es todo.

Me imaginé toda la trama desde que comenzó la obertura. Quizá resulte una persona anticuada, pero, de todas formas, este género moderno me deja frío. Me gusta la música que tenga melodía, pero parece que nadie cultiva ya ese estilo. No tengo paciencia con estos compositores modernos… denme ustedes Bliss, Walton, Stravinsky, y otros músicos pasados de moda.

La cacofonía se extinguió entre vítores y rechifla, mientras se alzaba el telón. La escena se situaba en la plaza de la aldea, en Doddering Sloughleigh, alrededor de 1860. Entra la heroína leyendo postales llegadas en el correo matutino. Halla una carta dirigida al joven terrateniente y en seguida rompe a cantar.

El aria inicial de Sarah no fue tan mala como la obertura, pero sí bastante triste y austera. A juzgar por las apariencias, resultó tan penosa de cantar como lo fue de escuchar. Pero sólo tuvimos que escuchar los primeros compases, porque bruscamente descendió un familiar manto de silencio sobre el Teatro de la Ópera. Por un momento debí ser la única persona de aquel inmenso auditorio que sabía lo que había ocurrido. Todos parecían petrificados en sus butacas, al tiempo que los labios de la cantante seguían sin producir un sonido. Hasta que ella también comprendió la verdad. Su boca se abrió con lo que hubiera sido un chillido penetrante en cualquier otra circunstancia, y salió disparada hacia los bastidores entre un diluvio de postales.

Lamento confesar que lloré de risa durante los diez minutos siguientes. El caos fue indescriptible. Gran número de personas habían descubierto lo ocurrido y trataban de explicarlo a sus amigos. Pero, como es natural, no podían, y sus esfuerzos para lograrlo resultaban increíblemente cómicos. Al poco rato, comenzaron a pasarse trozos de papel y a mirarse también con recelo unos a otros. Sin embargo, el culpable gozaba de un buen escondite, porque no llegó a descubrirse.

¿Quién fue? Sí, supongo que es posible. Nadie podía sospechar de la orquesta. También pudo ser un motivo; no había reparado en ello. El caso es que los periódicos del día siguiente fueron implacables con Sir Roderick y exigieron una investigación. Las acciones de la Fenton Enterprises comenzaron a hacerse impopulares. Y el Profesor tenía un aspecto más alegre que en los días precedentes.

El episodio del Sadler’s Wells inició una avalancha de incidentes similares, no importantes, pero todos divertidos. Algunos de los responsables fueron capturados y, entre la consternación general, se descubrió que no existía ninguna ley que permitiera aplicarles una acusación. Mientras el Lord Canciller intentaba hacer extensiva al caso la Ley de Hechicerías, tuvo lugar el segundo escándalo grave.

Siempre tengo a mano un ejemplar del Hansard, pero al parecer alguien me lo quitó. Y mis sospechas se dirigen hacia el Profesor. ¿Recuerda usted aquel deplorable incidente? El Parlamento discutía los Presupuestos Civiles, los ánimos se iban caldeando y el Canciller del Echiquier golpeaba la mesa con los puños, cuando de repente se acalló el estrépito. Fue exactamente como en el caso del Sadler’s Wells, con la única excepción de que ahora todo el mundo conocía el motivo.

La sesión se convirtió en un silencioso pandemónium. Cada vez que un orador de la oposición se disponía para hablar, se borraba el campo sonoro y, de este modo, el debate se hizo unilateral. Las sospechas recayeron en un infortunado liberal a quien se le había ocurrido llevar una radio portátil. Fue prácticamente linchado, mientras prodigaba mudas protestas de inocencia. La radio quedó destrozada, pero los silencios continuaron. El locutor se levantó para intervenir y se le hizo callar. Esta fue la gota que derramó el vaso, y salió furioso de la sala, terminando el debate en un desorden sin precedentes.

 

Sir Roderick debía sentirse por aquel entonces muy enojado con el Silenciador, al que su nombre había quedado irrevocablemente unido por su propio engreimiento. Todo el mundo estaba furioso contra él. Pero nada realmente serio había ocurrido aún. Hasta que…

Poco tiempo antes, el Dr. Harvey nos había llamado para darnos la noticia de que Fenton lo necesitaba para diseñar un equipo de gran potencia, un pedido especial. El Profesor lo llevó a cabo, por unos honorarios bastante elevados. Por mi parte, continuaba muy sorprendido al ver que Harvey llevara adelante el fingimiento con tanto éxito, pero el caso es que Sir Roderick nunca sospechó nada. Obtuvo su supersilenciador, Harvey consiguió el mérito y el Profesor recibió el dinero al contado. Cada cual quedó satisfecho, incluso el cliente. Porque un par de días después del incidente en la Cámara de los Comunes, se produjo un robo en una joyería de Hatton Garden a primeras horas de la tarde, a plena luz del día. Lo más extraordinario del suceso fue que una caja de caudales había sido volada, sin que nadie oyera ni a los asaltantes ni la explosión.

¡El colmo! Esa fue precisamente la opinión de Scotland Yard. Y Sir Roderick comenzó a experimentar deseos de no haber oído hablar jamás del Silenciador. Podía probar, desde luego, que no tenía la menor idea del uso que pudiera hacerse del modelo especial encargado a su firma. Obviamente, la dirección del cliente había resultado falsa.

Al día siguiente, la mitad de los periódicos ostentaban grandes titulares:

 

“EL SILENCIADOR FENTON DEBE SER PROHIBIDO”

 

Su unanimidad hubiera parecido desconcertante de no saberse que el Profesor estableció desde tiempo atrás excelentes relaciones con todos los reporteros científicos del Fleet Street. Por otra extraña coincidencia, un agente de una compañía estadunidense visitó a Sir Roderick aquel mismo día con una oferta de compra inmediata del Silenciador. Su visita coincidió con la salida de los detectives, y cuando la resistencia de Sir Roderick se hallaba en su más bajo nivel. La transacción se llevó a efecto por veinte mil dólares y creo que el financiero quedó satisfecho de haberse desembarazado de las patentes.

El Profesor, por su parte, parecía muy alegre cuando nos llamó a su oficina la mañana siguiente.

–Creo que debo disculpas a todos ustedes –explicó–. Sé lo que sintieron cuando vendí el Silenciador. Sin embargo, lo recuperamos y creo que todos hemos hecho un buen trabajo, a excepción de Sir Roderick, cuyo corazón Dios bendiga.

–No presuma tanto –repuso Paul–. Tuvo una suerte loca, nada más.

El Profesor se mostró molesto.

–Admito que hubo algo de suerte –convino–. Pero no tanta como cree. ¿Recuerda mi excursión a Oxford después de recibir el informe de Fred?

–Sí. ¿Qué tiene que ver?

–Bueno, fui a ver al doctor Wilson, el sicólogo. ¿Conoce sus trabajos?

–No mucho.

–Lo suponía; no ha publicado aún sus conclusiones. Pero desarrolló lo que llama las matemáticas de la sicología social. Es muy complicado, pero asegura que es capaz de expresar las características de una sociedad en forma de determinante de un centenar de columnas. Si se quiere saber lo que ocurrirá en dicha sociedad en determinadas circunstancias –por ejemplo, cuando se aprueba una nueva ley– hay que multiplicar por otra matriz. ¿Capta la idea?

–Vagamente.

–Los resultados son puramente estadísticos, por supuesto. Es más una cuestión de probabilidades, como los seguros de vida, que de certidumbre. Tenía mis dudas acerca del Silenciador desde el principio, y me preguntaba qué ocurriría si no se restringiera su uso y su difusión. Wilson me lo explicó; no con detalle, naturalmente, sino en líneas generales. Predijo que si un uno por ciento, digamos, de la población los utilizaba, los silenciadores tendrían que ser prohibidos antes de un año. Y si elementos criminales comenzaban a usarlos, la perturbación surgiría mucho antes.

–¡Profesor! ¿No pretende decir que…?

–¡Santo Dios, no! ¿Por quién me ha tomado? Todo fue un golpe de suerte, aunque tenía que ocurrir más pronto o más tarde. Lo único que me sorprende es que haya pasado tanto tiempo sin que nadie pensara en ello.

Le miramos sin hablar.

–¿Qué otra cosa podía hacer? Necesitaba el Silenciador y el dinero. Corrí un albur y me salió bien.

–Sigo creyendo que es usted un tramposo –dijo Paul–. ¿Y qué piensa hacer con el aparato ahora que ha conseguido recuperarlo?

–Tendremos que aguardar hasta que se olvide todo este alboroto. Por lo que he comprobado, los aparatos vendidos por la Fenton Enterprises, volverán a sus talleres para ser reparados en el plazo de un año, así que podremos deshacernos de ellos. Entretanto, nuestros modelos estarán listos para salir al mercado, debidamente reformados, integrados en una estructura, por lo que no podrán ocasionar más accidentes. Y serán alquilados, no vendidos al contado. Tal vez les interesará saber que estoy esperando un importante pedido de la Empire Airways. Los cohetes atómicos producen un estrépito infernal y nadie hasta ahora ha sido capaz de amortiguarlo.

Tomó sus papeles y los estrujó cariñosamente.

–Este es un buen ejemplo de los inescrutables designios de la providencia. Les demostrará que la honradez siempre triunfa y que aquel cuya causa es justa…

Todos nos adelantamos al unísono. Y le costó bastante rato sacar la cabeza desde la papelera.