Mostrando entradas con la etiqueta Stig Dagerman (Suecia). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Stig Dagerman (Suecia). Mostrar todas las entradas

domingo, 24 de mayo de 2026

El frío de la noche de verano es fuerte

Stig Dagerman

 

Un muchacho y una habitación. La habitación es calurosa y pequeña y tiene una ventana estrecha hacia la vida. Por la ventana el muchacho ve el cielo como una estrecha franja entre casas altas y sus párpados. Es joven e impaciente y cree que los párpados le impiden ver. La ventana da a cinco patios traseros de piedra y asfalto. En uno de los patios hay un álamo. En cuatro de los patios hay siempre ropa tendida a secar, lacia y amarilla como hojas mustias. Por las noches no puede dormir. Tiene la lámpara de la mesa encendida, aunque está prohibido, y lee libros que ha tomado prestados, pero nunca el bueno. Por las mañanas, justo cuando acaba de dormirse, el padre golpea la puerta hasta que contesta.

Las mañanas en la pequeña cocina huelen a gas, a cama y a café. El padre sorbe el café del plato haciendo ruido. Delante del espejo, la madre peina su largo pelo negro. Él está a medio vestir sentado contra la leñera y se quema con el café. Cuando el padre ha terminado, coge la bolsa con el termo que está en la leñera y se va con un saludo breve y mudo. Cuando la madre se ha peinado, abre la ventana y limpia el peine sobre el patio. Él entra en su pequeña habitación, hace la cama, fuma, hojea un libro con dedos húmedos. Es un estúpido y cálido verano, ese verano él ha fracasado y en una silla cuelga la chaqueta con el brazalete de Correos. Él piensa que parece un brazalete de luto.

A veces saca los libros escolares del pequeño cajón de azúcar que hay debajo de la ventana y se pone en medio de la habitación a rebuscar en ellos. Es una sandez y un disparate y le hace sufrir, pero a pesar de todo lo hace, con alegría del mal ajeno y sin piedad, como si él fuera su propio enemigo. Los hijos de los pobres suelen tener libros de texto usados, comprados en librerías de viejo y llenos de manchas y notas de otros. En la primera página está el nombre del primer propietario escrito con fuertes y esmerados trazos. No se puede borrar. Los hijos de los pobres escriben su nombre debajo con débiles trazos a lápiz que pueden borrarse fácilmente para que sus madres puedan sacar el precio más alto posible cuando vendan los libros después de terminar el curso. Sus libros están marcados por otros y a veces piensa que es por eso que ha fracasado. Los hijos de los pobres no pueden fracasar, por un lado porque es una vergüenza y por otro porque es demasiado caro. Alguna de esas estúpidas y cálidas mañanas de junio, justo antes de irse a la oficina de Correos, está en mitad del suelo hojeando con dolor sus viejos libros de texto. Luego vuelve a meterlos con cuidado en el cajón como si hubiera hecho algo prohibido. Y tal vez sí. Ya no son suyos. Los ha perdido. Van a venderse todos en agosto, poco antes de que empiece la escuela.

La mañana de la víspera de San Juan es como de costumbre: lenta, calurosa, pesados impresos. Las calles huelen levemente a abedul y a gasolina. El sol pica. Las campanas del edificio de Medborgarhuset repican. En la esquina de las calles de Gotgatan y Folkungagatan sale del metro su profesor de inglés. Va balanceando un maletín de piel y silbando. Es un profesor temido que siempre silba antes de atacar. Detiene a Ake con la complacida amabilidad que muestran siempre los profesores a sus alumnos durante las vacaciones. Ake lleva demasiados impresos para poder darle la mano. El profesor dice: “Está muy bien que usted, Bergstrom, trabaje durante las vacaciones”.

Ake contesta: “No son vacaciones. Dejé la escuela”.

El profesor se siente entonces abochornado como cuando uno se confunde de persona y se apresura a seguir su camino silbando. Ser escolar y cartero está muy bien. Ser solo cartero no está bien. De un cartero no dice nadie que es aplicado. Nadie dice que ser cartero está bien. Si se queda atrapado en un ascensor se le grita que debe usar la escalera. Si alguien recibe una carta arrugada, abre la puerta y dice que es culpa del maldito cartero. Si llama a una puerta porque la carta no cabe por el buzón, la que abre se queja de que está enferma, como si fuera su obligación saberlo. Si la próxima vez la estruja para hacerla entrar en el buzón, el destinatario está sano y algo de valor se ha roto.

Un cartero de verdad llega a conocer las casas como ninguna otra persona. Cada casa tiene su olor, grato o desagradable. Hay casas engreídas como las casas de Folkungagatan con su aroma a comedor y a polvorientas alfombras, o casas honradas, limpias pero pobres, llenas de un aroma ácido a fregado, como algunas de la calle de Sodermannagatan, o casas antipáticas, tenebrosas, con olor a chismorreo y a pobreza como en Kocksgatan. Y también hay casas con sombras invisibles en las escaleras y en los zaguanes en las que se hace un nudo en la garganta de pena. En Folkungagatan hay una casa en la que se ha quemado un hombre, en Sodermannagatan una puerta por la que siempre pasa acobardado: allí dentro se cometió una vez un doble asesinato. En lo más alto de una casa de Kocksgatan una pareja joven se ha asfixiado con gas hace tan poco tiempo que aún reciben cartas de Noruega. A principios de junio una postal con el puerto de Oslo: Esperamos carta de ustedes. A mediados de junio una tarjeta de felicitación: Te felicitamos de todo corazón en tu treinta aniversario. Esperamos carta con ansiedad.

La víspera de San Juan, segundo reparto, llega una carta abultada. De pie ante la puerta, la tiene en las manos, la calienta un poco antes de echarla por el buzón. Imagina una carta que él escribiría como respuesta: “Queridos amigos desconocidos. Permitan a un cartero del distrito tercero comunicarles que…”

Pero eso se quedó en nada. Todo se quedó en nada. En el segundo reparto está cansado, las plantas de los pies le arden como si hubiera pisado ascuas y en las casas sin ascensor siente punzadas. El mayorista de setas lo libera de un buen brazado de revistas. La empresa de maderas tropicales en la única casa de Kocksgatan que huele bien (a buena madera extranjera se figura él) recibe pequeños sobres alargados con contenido duro. Una vez fue una pesada carta de la India. Un día llegará una palmera, piensa, una enorme palmera de verdad con cocos en la copa que tendrán que repartir entre todos los carteros de Estocolmo 4. Como es su distrito irá él a llamar. Perdonen, dirá, llegó una carta larga para ustedes. Una carta larga y alta. La hemos puesto en la calle.

Durante la pausa entre el segundo y el tercer reparto está en casa. Se ha metido el brazalete en el bolsillo para que no se le note que ha fracasado. De alguna manera debe de notarse a pesar de todo porque el padre, que está sentado en la caldeada cocina con la camisa desabrochada, tomando un carajillo con dos compañeros de trabajo, dice de pronto: “Este ha ido al instituto cinco años, así que pueden estar seguros de que ya sabe repartir cartas”. Entonces la madre, que está sentada aparte en un taburete junto al fregadero escuchando, solo escuchando, se mete un nudillo en la boca como si quisiera ahogar un grito.

Él entra en su pequeña habitación y se pone junto a la ventana. El cielo está azul y muy despejado. Tres nubes blancas navegan a gran altura por encima de los patios traseros del barrio de Sodermalm, como globos de verano sueltos. Una mujer recoge la ropa de una cuerda. Otra saca las macetas con la esperanza de que llueva. Un hombre que está al otro lado del patio con la típica borrachera de San Juan golpea a su mujer en los dedos cuando sacuden una alfombra. Alguien abre la ventana y un gramófono empieza a sonar acompañando los palmetazos. A sus espaldas entra la madre en la habitación. Él no se vuelve. Ella pone una bandeja en la mesa y se marcha. En una casa que no se ve grita un niño con un alto tono encendido que atraviesa el macizo de toda la manzana. En el patio vecino un músico ambulante toca el acordeón y mira hacia las ventanas. Pero la casa está vacía a causa de San Juan y solo una moneda de cinco céntimos suena contra las piedras.

En el tercer reparto todas las casas están vacías y silenciosas. Las escaleras huelen a polvo y a soledad. Las tiendas están cerradas y los pasos de Ake resuenan cuando cruza los patios. El repique de campanas de la iglesia de Santa Catalina cae sobre él cada cuarto de hora y lo lleva a otras puertas. Sobre todos los distritos de los carteros hay un repique de campanas de alguna iglesia como un trallazo largo y duro. Hace bochorno y en las calles no hay nada de sombra. Sobre los patios flota un tenue humo azul de tarde. Los que están de viaje han bajado las persianas oscuras de las ventanas de manera que las casas parecen estar de luto.

Cuando vuelve a casa el padre está fuera. La madre está sentada en la habitación grande delante del armario de la ropa blanca con su alto espejo y juega con su pelo. Debajo de una silla hay un pañuelo arrugado. Ha llorado. Él va a su cuarto.

Se tumba en la cama y estudia la gramática inglesa hasta Should-Would. Luego entra la madre. Se sienta a los pies de la cama y deja que se temple el silencio antes de decir nada. Mientras tanto llegan hasta ellos los ruidos de la ciudad con afiladas púas; suena la sirena de un barco, estridente y angustiada, abajo en las aguas de Strommen; una ventana se cierra de golpe y los cristales vibran; una ambulancia se acerca con su música enferma y desaparece despacio dejando su zozobra tras de sí. La madre le coge los tobillos con sus manos, con rudeza y desaliento.

–Tienes que salir –murmura–, salir y divertirte. La noche de San Juan. Cómo vas a quedarte en casa una noche de San Juan. No debes.

El campanario de la iglesia de Santa Catalina da un toque tan suave como un tono de piano. Él cierra los ojos y no contesta. Ella lo deja solo. Poco después oye llegar al padre. Da tumbos, tropieza, abre y cierra puertas, aparta sillas. Está arrepentido y compró flores, tulipanes seguramente. Va y viene por la habitación grande mientras la madre calla. Después de un buen rato parece que hacen las paces. Hablan en voz baja. El padre sale al pasillo y se acerca a su puerta, llama. El hijo se levanta rápido de la cama y se pone junto a la ventana. El padre entra en la habitación y se acerca a él con una lentitud interminable. Luego, el brazo por el cuello y el demoledor y bochornoso abrazo.

–¿No irás a quedarte en casa?, muchacho, es la noche de San Juan.

El padre le alza la cara y la sostiene entre sus manos como una piedra.

–No –contesta–, voy a salir.

–Coge mi bici –le dice el padre a la piedra–. Está en la calle.

Y él coge la bici y baja por Katarinavagen. Es una bicicleta vieja y los guardabarros rechinan. La ciudad está en silencio, solo los guardabarros hacen ruido. A través de la leve calina azul formada por el humo de los transbordadores y el anochecer, ve la serpiente de luz del Tívoli, el parque de atracciones, retorciéndose de impotencia y desesperación. Pedalea junto al mar y serpentea con los chirriantes guardabarros entre alegres masas de gente locuaz. Como un leproso, piensa, porque ha leído que los leprosos llevan campanillas para advertir. Por los sombríos y sinuosos caminos del parque de Djurg Arden, asusta a una liebre y a varias parejas de enamorados. No hay nadie que vaya en bicicleta. Solo, en plena naturaleza, él va en una bicicleta. Si no tuviera la bici, piensa, no estaría tan solo.

En una playa deja la bicicleta a un lado. Es tarde pero el aire es tibio todavía. Blancos barcos vacíos se deslizan seguidos por gaviotas detrás de sus humaredas. Él los sigue con la mirada hasta que desaparecen en la puesta de sol con sus alicaídas banderas de popa. Uno de ellos toca la sirena rabiosamente al transbordador de Tegelviken, como si fuera un perro. A su alrededor hay música en la noche, hogueras bajas en las islas y en las colinas que de pronto llamean y tienden sus lenguas sobre el agua. Desde las oscuras fauces de la vía de Hammarby se acerca una vela blanca volando como una carta de un buzón. En una larga fila negra las grúas de Stadsg Arden inclinan sus cuellos como lagartos hacia el agua como si fueran a beber. En lo alto del cielo, más o menos encima de su distrito, piensa él, hay negras nubes quemadas con bordes enrojecidos. Acaba de leer un libro en el que llaman a esas nubes “desgracias durmientes”. En una casa muy por debajo de esas nubes acaba de dormirse su padre con la boca abierta y las manos cruzadas sobre el pecho. Junto a la ventana abierta está la madre peinándose el negro cabello para dormir.

Un día ha de llegar una palmera de África a la empresa maderera de Kocksgatan. Será difícil pasarla por la angosta esquina que hay junto a la calle de Ostgotagatan, pero se hará.

Luego empieza a tener frío. Se monta en la bicicleta del padre y va traqueteando en la clara noche hacia las desgracias durmientes.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

jueves, 1 de mayo de 2025

¡Abre la puerta, Rickard!

Stig Dagerman

 

Abre la puerta.

Dicen que abra la puerta, y yo no la abro. No sólo dicen que la abra, ruegan; y cuando los ruegos no surten efecto, amenazan, pero cuando las amenazas no surten efecto se callan un rato, susurran jadeantes y ansiosos mientras están totalmente quietos al otro lado de la puerta como si quisieran hipnotizarla. O tal vez hipnotizarme a mí a través del ojo de la cerradura.

Hip-no-ti-zar.

Pero yo no abro. No, no sólo eso, me retiro más y más adentro en la habitación, lo más adentro que puedo, hasta el rincón donde está la cama. Me acuesto en esa cama y cojo la almohada y me tapo la cabeza con ella para no oír, para no ver, para no saber. A veces sin embargo sé, lo que tengo que saber penetra en mí a través de canales infernales y se necesitarían todas las almohadas del mundo para taponarlos. Yo sólo tengo una, alta, compacta y blanda; pero ¡qué puede hacer contra esto!

¡Qué puede hacer! No puede hacer nada, y, no obstante, hay momentos en esta habitación cerrada en los que todo el tormento desaparece de repente, en los que la almohada pese a todo basta y una alegría serena, dulce como la miel, fluye dentro de mí. En esos instantes raros estoy completamente abierta, me figuro que estoy aquí acostada como un mar que recibe un ancho y suave río en sus brazos y se deja besar cálido y feliz por sus tibias aguas. En esos raros momentos puedo incluso liberarme de la almohada, dejarla caer de la cama y con la nuca apoyada en mis manos cruzadas mirar a los ojos al techo que está encima de mí. Entonces no es solamente una puerta cerrada lo que me separa de los de allí fuera, no solamente un cuarto largo, estrecho, lleno de silencio, sino algo que es mucho más fuerte, mucho más brutal en su capacidad de hacerme sentir sola.

Pero algo ha ocurrido entre los de allí fuera porque de pronto uno, no sé si Knut o Inge, da un paso firme hacia la puerta y empieza a golpear con los nudillos, y a pesar de que el que golpea no está del todo sobrio, es sin embargo un golpeteo diabólicamente calculado. No se posa una vez aquí, otra vez allí en la superficie de la puerta, se reúne en un único lugar reducido, justo encima de la manija, y trabaja esa mancha con una obstinación tan tranquila y horrible como si se tratara de hacer un agujero en la puerta para de esa manera vencerme.

Deja que sigan, pienso jubilosa, deja que se rompan los nudillos, deja que se golpeen las manos hasta hacerse sangre. Dios mío, qué engañados están si creen que van a poder hacerme girar la llave antes de que yo misma quiera.

Así pues, todavía puedo dejar la almohada, todavía casi me divierte que alguien desgaste sus nudillos por mí. Por mí. Por una vez hay alguien que hace algo por mí. Me estiro en la cama y estoy de vacaciones. Sé que esto no va a durar mucho, no es la primera vez que pasa y por eso sé que no va a durar mucho. No tardaré en notar que el que golpea no golpea la fría e insensible puerta sino mi cálido y dolorido cuerpo. Los nudillos saben siempre lo que quieren, los nudillos saben siempre dónde hacen más daño, los nudillos están tan acostumbrados a mi cuerpo que encuentran el lugar más sensible por sí solos.

Los golpes se interrumpen un momento. Entonces Knut susurra (era él, pues, el que llamaba):

–Abre, nena, nenita, nena, abre.

Luego se hace el silencio, es decir, se hace el silencio fuera de la puerta, y, al hacerse tanto silencio fuera de la puerta, se oyen las voces cascadas y ebrias de la cocina mucho mejor. Allí hay mujeres también, sé que han traído mujeres, pero ni siquiera eso me importa ahora. Mientras tenga fuerza para no abrir la puerta no hay nada que me importe.

Ahora los oigo murmurar al otro lado de la puerta de nuevo y soy lo bastante orgullosa y feliz para no esforzarme por oír lo que dicen de mí. Sé que están indecisos, sé que tengo ventaja. Ellos no pueden hacer nada contra mí mientras la cocina esté llena de amigos borrachos. Un hombre no puede decirle a un amigo borracho que mi parienta se ha encerrado en la habitación y no quiere salir, la muy bruja. Entonces el amigo borracho se echaría a reír y cada trocito de esa risa penetraría como metralla en el alma de ese hombre. Perdería la cara, y la cara es lo más importante que tiene un hombre borracho, bueno, no sólo uno borracho sino también uno completamente normal. La cara de un hombre es como la manija de una puerta. Aunque esté en la puerta de una barraca tiene que parecer la manija de la puerta de un banco o de un bar. Tiene que parecer siempre orgullosa, orgullosa como el bronce, y la misión de la mujer es limpiar cada día ese orgullo de las manchas de cobardía y angustia.

Knut no va a empezar a gritar porque a ver quién quiere que otros oigan que la mujer de uno está loca. Inge no va a echar abajo la puerta porque a ver quién quiere que otros sepan que uno tiene una hermana loca. Así que deliberan y todavía están demasiado sobrios como para ponerse de acuerdo en algo que hacer. Alguien gritó en la cocina. Estoy segura de que fue una mujer, pero que nadie crea que me importa. Yo estoy acostada sin almohada y me doy cuenta de que era un grito, un pequeño y agudo grito de mujer jugando.

–Nenita, nenita, nena querida –dice Knut mientras yo sonrío al techo–, querida nena, ¿por qué no abres? ¿Estás enfadada conmigo? ¿Qué te he hecho? ¡Por lo menos podías decir qué te he hecho!

Hecho y hecho.

Mi querido Knut, pienso yo, o por lo menos creo que pienso así, mi querido Knut, tú no has hecho nada. Una persona normal no pensaría que tú has hecho nada. Una persona normal pensaría que eres condenadamente bueno. Pero es que yo no soy normal. Porque una persona normal no se encerraría en un cuarto, no se acostaría en ese cuarto a llorar sólo porque su hombre ha vuelto del trabajo unas horas más tarde de lo que suele los sábados y ha traído a casa a un par de amigos latosos con sus mujeres o sus novias o unas chicas cualesquiera.

Y, sin embargo, eso es lo que ha ocurrido. Eso y ninguna otra cosa. Cuando los oí venir por la escalera, riéndose, llenando toda la subida de un crudo hedor de voces, apagué el gas, tiré el delantal en el respaldo de una silla, corrí al cuarto y cerré con llave. Después estuve pegada a la puerta oyendo cómo hacían tonterías en el vestíbulo y cómo hacían tonterías luego en la cocina. Oí la risa ahogada de las mujeres, llena de ambigüedad, al sentarse en las rodillas de alguien. Supongo que habría bebida en la mesa y tazas de café y una taza se rompió. Knut se hizo el gallito y gritó que no tiene importancia, joder.

Pero luego oí claramente cómo Knut se empequeñecía, cuando había cerrado la puerta de la cocina y se quedó solo y tosiendo de apuro en el vestíbulo. Yo no podía verlo, desde luego, pero sabía qué aspecto tenía y cómo iba a comportarse. Su aspecto era furioso y avergonzado al mismo tiempo, quizá más avergonzado porque un hombre no debe llegar a casa después del trabajo, de la jornada, y no encontrar a la esposa en su sitio. A una esposa hay que tenerla en su sitio, especialmente un sábado, ella tiene que estar ahí, con la misma seguridad que el medio litro de aguardiente en el armario de la cocina.

Knut empezó a buscar. Abrió la puerta del baño y, aunque seguro que no lo necesitaba, entró y estuvo allí un rato porque no hay que dar la impresión de que uno anda buscando a su esposa. Yo estaba todo el tiempo pegada a la puerta escuchando la comedia, comedia porque él sabía todo el tiempo que yo me había encerrado aquí. No es la primera vez, pero sí es la primera vez que se ha visto obligado a darse por aludido. Las otras veces ha venido a casa solo, o hemos estado solos los dos en la cocina y de repente yo me he levantado y he corrido al cuarto y he cerrado la puerta con llave. Entonces él se ha quedado un rato esperando, ha ido unas cuantas veces del fogón a la ventana, ha prendido una pipa y luego ha llamado a mi hermano para quedar con él a la puerta de un bar. Esas veces me ha vencido yéndose, dejándome sola en lugar de venir a estar conmigo.

¿Era eso lo que yo quería? ¿Es eso lo que quiero? ¿No se encierra uno en una habitación para poder estar solo? No, yo no. La primera vez que ocurrió y Knut pasó fuera toda la noche después con Inge y me encontró llorando en la alfombra del cuarto con la cabeza envuelta en un almohadón empapado, se acostó en la cama con los zapatos puestos gritando que él era el hombre más considerado del mundo que dejaba a su jodida esposa en paz cuando quería estar sola.

Quería-estar-sola. ¡Queríaestarsola!

Estarqueríasola.

Esquertaríasola.

Una vez sin embargo vino y llamó a la puerta, y yo le dejé que llamara primero. Luego le dejé rogar un rato. Se me debería perdonar, creo, esa pequeña intransigencia. Yo sólo quería enseñarle lo que se siente al tener que luchar un poco para conseguir a una mujer. Yo sólo quería inducirle a que me ayudara a vencer mi soledad penetrando en ella. Mientras él rogaba yo me desnudé sin hacer el menor ruido y cuando giré la llave estaba casi desnuda. Y sin embargo él no me vio. Entró directamente en la habitación con la misma apresurada indiferencia con que se entra en una cabina telefónica. Entró, abrió un cajón de su escritorio, sacó el medio litro de aguardiente de él y salió y desapareció para el resto de la noche. ¡Y que yo no me hundiera a través del suelo con mi desnudez! Me sentí como una ramera despreciada, como se puede comprender.

Pero esta noche es diferente. Estuve escuchando los pasos de Knut, cómo a regañadientes y ansiosos y un poco ebrios se acercaban a la puerta del cuarto, más despacio a medida que se acercaban porque sabían. Y luego la manija que se presionaba hacia abajo lentamente y el juramento que no llegó nunca porque él sabía.

–Inge –gritó luego a través de la puerta de la cocina–, ven un momento. Te llaman por teléfono.

Inge es mi hermano, pero no es sólo mi hermano. Es algo mucho más grande también. Él es la buena conciencia de Knut. Puede ser bastante difícil para la buena conciencia de un hombre descuidar a su esposa tan abiertamente como él desearía poder hacerlo. Tener a Inge le viene muy bien a Knut. Inge debe hacerlo pensar: Es verdad que a veces salgo y no vuelvo a casa, pero en todo caso es con su hermano con quien estoy. ¡Su hermano, figúrense!

No hay una frase que sea tan buena como en todo caso. Yo conozco esa frase y sé que puede usarse como estaca cuando uno quiere empujar a otro más adentro en su fango.

Pero Inge acudió. Inge no es tonto y entendió enseguida lo que había pasado. Inge, pensé yo allí al pie de la puerta, tú eres en todo caso mi hermano. Ahora confío en ti. Ahora me ayudarás a salir de aquí sin que por eso tenga que perderme. Estuve a punto de decírselo, pero unos segundos más tarde me habría mordido la lengua si se lo hubiera dicho. Porque esto es lo que le dijo Inge a Knut:

–¿Para qué quieres que salga, ahora que ya has conseguido encerrarla? Déjala ahí y que rabie si quiere. A algunas mujeres no hay nada que más les guste. Déjala así hasta que se ablande.

Fue entonces cuando sentí que necesitaba una almohada. Fue entonces cuando me arrastré por la habitación hasta la cama. No, arrastrarme tal vez no me arrastré, sólo que eso fue lo que sentí. Me pareció que toda una galería de ojos ebrios, alegres, despiadados me contemplaba durante la corta huida por el suelo desde la puerta hasta la cama, y ellos fueron los que me hicieron arrastrarme, aunque a lo mejor corrí. Hundida en una almohada oí que los dos que estaban allí fuera se iban, pero también que volvían casi enseguida.

Vuelven, pensé, aunque la almohada debía impedirme pensar. Vuelven. Algo olvidaron, pues, en la habitación. Aquí hay algo que ellos quieren. O…

Me levanté a buscar en la habitación, abrí cajones, armarios, miré bajo la ropa y detrás de la loza, pero no había ninguna bebida escondida en ningún sitio. Necesitaba la almohada todavía un rato para cubrir mis dudas. No puedo ser débil, pensé, sólo una vez le abre una mujer la puerta a un hombre en vano. Mientras ellos estaban allí fuera llamando, temerosos de que los oyeran las bulliciosas personas de la cocina y temerosos de que no los oyera yo, yo estaba acostada con una almohada fuertemente apretada contra la cabeza para ahogar mis estúpidas ganas de levantarme corriendo a girar la llave y mostrarles mi cara boba y feliz a los dos hombres que estaban al otro lado de mi puerta. Pero el dolor se deslizó por debajo de la almohada y clavó sus tormentos en mí, me recordó el momento terrible de humillación, pero la alegría se pega al dolor como una sanguijuela, y la sanguijuela chupó mi dolor, y yo me sentí lo suficientemente feliz y débil como para dejar caer la almohada.

Voy, pensé, claro que abro. Ahora sé que es por mí por quien llaman. Porque en la cocina tienen todo lo que quieren: bebidas y mujeres y hombres que se ríen. Y sin embargo están donde están. También me necesitan a mí. Sólo un minuto más y voy.

Pero si uno ha estado muy solo no hay nada que sea tan precioso como los minutos anteriores al fin de la soledad, y yo aplacé lo que iba a hacer porque eso me enriquecía más. Por cada minuto de soledad me iba hinchando más de felicidad. Yo era un sapo y el sapo pensó: “Todavía hay piel. Todavía me falta mucho para estallar”.

Y entonces fue de repente demasiado tarde. Si la puerta de la cocina no se hubiera abierto justo en ese momento estoy segura de que yo habría estado camino de mi puerta cerrada. Pero la puerta de la cocina se abrió y yo permanecí acostada en la cama, inflada e inmóvil de satisfacción como una serpiente después de haberse tragado un conejo. Fue una mujer la que llegó primero, y luego llegaron todos. Y los hombres que me esperaban a mí dejaron de reclamarme. De repente ya no me esperaban. Sólo esperaban que su dignidad corriera a alcanzarlos. Y finalmente llegó y entonces Inge gritó:

–Estamos tratando de engañar a mi hermana para que salga, pero nada.

Y Knut gritó:

–Bueno, ¿sales o no sales?

Y entonces yo no podía salir. Yo estaba paralizada allí tumbada y una mano se cayó de la cama y empezó a buscar una almohada. Pero antes de que esa mano alcanzara la almohada empezó a cantar una de las mujeres desconocidas de allí fuera. Si a eso se le puede llamar cantar, yo no lo sé. Estoy demasiado cansada y demasiado lejos.

Open the door, Richard. Open the door and let me in.

–Eso quiere decir abre la puerta, Rickard, por si acaso no lo supieras, cascarrabias –gritó Inge.

Yo entonces hubiera debido levantarme corriendo y gritando con todas mis fuerzas: “Yo no me llamo Rickard. Yo no soy un tío y sobre todo yo no soy una puta que tiene tiempo para andar por las tiendas de música todo el día buscando discos para sus amantes nocturnos”.

Hubiera debido y hubiera debido, pero no fue así. En lugar de ello la piadosa almohada cayó sobre mi cabeza y era como una masa que llegaba a todas las rendijas de mi cara y las tapaba y se endurecía, y todo lo que pasó luego lo oí y lo supe, pero no podía hacer ni lo más mínimo para evitarlo. Ni siquiera podía hacer que mi cara se estremeciera de tristeza por ello.

Y cuando la puerta del vestíbulo se cerró de un portazo y toda la chusma se llevó las estrepitosas carcajadas escaleras abajo, ni siquiera pude pensar: Si al menos uno viviera en un piso que diera a la calle. Y no al patio, porque al patio no sale nadie un sábado por la noche. No, yo sólo seguí acostada y la almohada creció y creció, se volvió techo y se volvió paredes y se volvió suelo. Y con todo, no era de eso de lo que yo tenía miedo. De lo que tenía miedo era del terrible despertar al que ni mis mejores artimañas podrían aplazar. Yo volvería a ser pequeña y normal de nuevo. Me levantaría, iría hasta la puerta y la abriría, iría a la cocina a beber un vaso de agua. Luego regresaría a un cuarto no cerrado con llave, me acostaría en la cama y sólo pensaría en una única cosa hasta que me durmiera, si es que me dormía: es únicamente cuando estoy sola cuando puedo abrir. Únicamente cuando nadie puede entrar puedo tener la puerta abierta. ¿Hasta qué punto tengo que quedarme sola para que alguien descubra al fin mi soledad y me salve? ¿Para que eche abajo mi puerta?

 

domingo, 2 de febrero de 2025

Aguanieve

Stig Dagerman

 

No, una tarde así jamás volvería a repetirse. No podría hacerlo por la sencilla razón de que sólo una vez en la vida tiene uno nueve años, deshoja zanahorias con su cuchillo nuevo de mora, contempla una aguanieve a mediados de octubre y tiene una tía, una tía de madre mejor dicho, que llega de Estados Unidos a las siete y media. Así que estamos en el cobertizo de la cuadra deshojando hermosas zanahorias terrosas. Si uno lo desea, puede imaginarse fácilmente la mar de cosas, por ejemplo, que no son zanahorias las que pierden sus hojas sino algo completamente distinto, compañeros de clase que no nos gustan o alimañas. Casi nunca hablamos, sólo deshojamos, las hojas verdes caen a nuestros pies y las zanahorias despojadas desaparecen en la canasta describiendo un amplio arco.

Qué bien huelen las zanahorias recién cosechadas. Las hojas están empapadas y uno se limpia con ellas cuando se ensucia demasiado. Es lo que hace Alvar con Sigrid cuando ella se descuida, se encarama al balde puesto boca abajo, la coge del cuello y le restriega la cara con hojas húmedas hasta que ella se pone a gritar o reír. Pero el abuelo se enfurruña y se dirige a madre, que está sentada a mi lado en la banqueta que usa Alvar cuando calza los caballos:

–¡Vigila al hermano pequeño, no vaya a ser que nos dé un disgusto con la criada!

A Sigrid se le suben los colores a la cara y madre no responde. Rara es la vez que responde a los dichos del abuelo. Tal vez por ser tan viejo. Soy yo quien le responde. Si me echa la bronca, madre me consuela. Alvar vuelve a sentarse en el balde.

–Siga usted ahí, en la segadora, y ocúpese de sus asuntos, que yo me ocupo de los míos –dice Alvar al abuelo.

Entonces apenas me atrevo a mirarlo, porque a veces el abuelo se acalora tanto que la cara se le pone roja y vuelca su silla y las de los demás, y descuelga su camisa azul del perchero y la arroja al suelo y la pisotea. En cualquier caso me atrevo a mirar un poco. Pero no hay nada especial que ver. Excepto que el abuelo sigue sentado en la segadora. Usted tendrá que sentarse en un cubo como los demás, le dijo Alvar cuando fuimos a pelar las zanahorias, pero entonces el abuelo dijo que si no podía sentarse en la segadora tendríamos que seguir sin él. Conque madre y Alvar lo ayudaron a subirse a la segadora. Sigrid se rio tanto que tuvo que entrar en la cuadra y cerrar la puerta a su espalda. Madre se enfadó, no le gusta que Sigrid se ría del abuelo, y se dirigió a él echándole en cara que tuviera que ir por ahí con sus malditas manías, siendo el sempiterno hazmerreír de la gente. Pero entonces el abuelo replicó que si no podía sentarse en la segadora, la faena no le interesaba y sanseacabó.

Y ahí sigue. Alvar le llenó la pala de zanahorias y le puso un balde abajo, donde pueda echar las zanahorias peladas. Pero el abuelo casi nunca atina. Casi siempre caen fuera. Es lo que le pasa cuando come. Entonces siempre hay que oír a madre decir: no podría usted dejar de echarse la comida encima, capaz que tenga que comprarle un babero como a una criatura de teta. En esas ocasiones resulta difícil contener la risa, pero si uno ríe tiene que levantarse de la mesa. Conque no resulta sencillo. Lo peor es cuando tenemos cuajada, porque la cuajada se le pega a la barba y quitársela resulta prácticamente imposible. Como si fuera cemento, dice madre.

Pero entonces el abuelo ríe y le replica a madre que ella debiera agradecerle al menos que tuviera un padre. No todos los hijos lo tienen, dice, y me señala a mí haciendo una mueca. Entonces madre da un respingo y vuelca la silla y corre a su alcoba y echa el pestillo y en esas ocasiones resulta imposible hacer nada por ella.

Da gusto sentarse bajo el cobertizo de la cuadra. Crecen y crecen los montones de hojas. La lluvia repica contra la techumbre de aglomerado y Sigrid dice que resulta muy acogedor. Sí, debería tener una casa para mí sola, dice madre, entonces sí que sería acogedora. El gato corretea en lo alto del henil. De repente se lanza hacia abajo, se mete entre la paja bajo la segadora y se tumba. Una vez maté un gatito. No creo que le hiciera daño porque fue muy rápido. En la cuadra los caballos mordisquean el pesebre.

–Tú, Alvar, ve a apaciguar los caballos, ahora están hambrientos –dice el abuelo.

–Ah, esas bestias –dice Alvar–, se han pasado toda la semana en la cuadra. Además son sus caballos, así que vaya usted y póngales forraje.

Entonces Sigrid mira al abuelo con la boca abierta, por ver si se acalora y empieza a gritar de nuevo. También lo mira madre. Pero esta vez no hay ningún peligro. El abuelo sigue deshojando zanahorias en la segadora. Ya hace rato que Alvar ha dejado de deshojar y yo hago lo propio y me pongo a mirar lo que hace. Y tampoco deshoja Sigrid, sino que se queda mirando a Alvar. Pero madre sigue deshojando, el cuchillo va y viene como un rayo del montón de zanahorias que tiene en el regazo. Tiene que estar muy enfadada, así es cuando mejor trabaja, y no dice una palabra. Madre está casi siempre enfadada y pendiente de todos nosotros a la vez. Si no existiéramos, dice, no iba a estar pencando en la granja, sino que entonces tendría un buen empleo en cualquier comercio de la ciudad. Por el día siempre se enfada conmigo, pero por la noche, cuando cree que duermo, suele tenderse a mi lado y me enreda los cabellos entre sus dedos. Tengo miedo a que me salgan rizos.

Alvar tiene una zanahoria en la mano. Bien hermosa es, la deshojó y la limpió de tierra. Ahora graba algo en ella con la punta del cuchillo y se lo enseña a Sigrid, que empieza a reír. Quiero ir a verlo pero madre me tira de los pantalones y dice que no me meta en lo que ésos se traen entre manos. Pero Alvar me lo cuenta de todas maneras porque Alvar se porta bien conmigo, Sigrid sólo me pellizca y me hace rabiar. Incluso puedo ver la zanahoria. Grabó su nombre y el de Sigrid y también la fecha. ALVAR BERG SIGRID JANSSON 18/10 1937. Le pido que también grabe mi nombre y coge la zanahoria y lo hace. ARNE BERG, pone. Y luego la echa a la canasta. Pero me parece que a Sigrid no le gusta que mi nombre figure en la zanahoria, porque me mira con disgusto. Pero Alvar le hace cosquillas con las hojas bajo barbilla.

–Imagínate –dice Alvar–, que bajamos a la bodega después de que hayan pasado todo el otoño y el invierno y vamos a recoger zanahorias para las bestias y entonces nos encontramos con ésta y salimos a la nieve y nos la comemos.

Pues no, nada de eso, no tendría mucha gracia que mi nombre apareciera grabado en la zanahoria. Pero mi nombre aparece grabado en muchos otros sitios: en el establo, en los heniles, en la cuadra y aquí, en el cobertizo. Por cierto, en las paredes del cobertizo están grabados los nombres de todos. También los del abuelo y la abuela, pero su inscripción es tan vieja que apenas puede deletrearse. Gustav y Augusta Berg 10/8 1897. Madre aparece por primera vez en 1914 y Alvar en 1918. Y luego yo, en 1933 por vez primera, y Sigrid en 1936. También ponía Palestina en una viga de la cuadra. Fue el año pasado, poco antes de que muriera la abuela. Un vagabundo había pernoctado en la cuadra pero se había marchado antes de que nadie despertara. La abuela salió a recoger los huevos, como solía hacer todas las mañanas, mientras nosotros tomábamos el café. Y de pronto llega precipitadamente, con el corazón en un puño, y grita: ¿Podéis imaginar quién ha dormido esta noche bajo el techo de la cuadra? Pues bien, Jesús, Nuestro Señor Jesucristo. Pero aquella noche llegó otro vagabundo y yo estuve con él en la cuadra y le mostré dónde estaban las mantas de los caballos para que no tuviera que pasar frío. Quiso darme la mano en gesto de agradecimiento, pero yo tenía tanto miedo de que tuviera piojos que me aparté de él. Entonces pudo ver Palestina en la viga y dijo: por todos los demonios, si esa loca de Palestina ha pasado aquí la noche, vete tú a saber si las mantas no estarán plagadas de piojos. De modo que no fue Jesús en ningún caso, sino uno de tantos vagabundos. Y para colmo tenía piojos. Y cuando por la noche le contamos la verdad, la abuela se puso a llorar y a decir que yo era demasiado pequeño para entender nada. Pero madre me defendió y dijo que no era eso, que si un vagabundo llegaba y decía llamarse Palestina o Jerusalén o Tierra Santa, no tenía por qué ser necesariamente Cristo ni el apóstol San Pablo.

Mis zanahorias ya están casi deshojadas, así que me lo tomo con calma. También las de madre, y también las de Alvar y Sigrid. Solo al abuelo le quedan muchas. Madre está junto a la segadora y quiere echarle una mano, pero entonces el abuelo se enfurece de verdad y le dice que deje en paz sus zanahorias. Él mismo las va a deshojar y punto.

–Va a seguir usted deshojando zanahorias ahora que viene su hermana –dice madre–, y se hace con un manojo de modo que el abuelo le suelta una cuchillada. Madre lleva una de las camisas de Alvar y le hace un siete en la manga. Ella se pone en pie y mira al abuelo como si se tratara de un loco.

–Ándese con cuidado, padre –dice–, no vaya a cometer una locura de la que tenga que arrepentirse hasta el día que se muera.

El abuelo se calma un rato. Reina un gran silencio. Solo la lluvia repica en la techumbre y los cuchillos cortan hojas. Al final no puedo contenerme más.

–Alvar –digo–, cuenta cómo es el Atlántico.

–En el Atlántico –dice Alvar pensativo–, en el Atlántico las olas son tan grandes como casas.

–Qué tipo de casas –pregunto–. Estas rojas que tenemos nosotros o las amarillas como la villa del maestro.

Porque pienso que cuando las olas son tan grandes como casas, también tienen que parecerlo. Todo el Atlántico es una sola aldea con olas como casas de una y dos plantas. Y la tía de madre viene cabalgando sobre sus olas. Bueno, en realidad ya no cabalga más, porque recibimos carta el primer día que desembarcó y durante los cuatro días siguientes el abuelo salió al zaguán, diez veces a la hora por lo menos, y miró al camino para ver si ella llegaba, pero tía Maja no acababa de llegar. Pero un día llegó otra carta y en ella decía que debíamos esperarla para dentro de una semana. Su cuñado la traería en coche. Y madre leyó la carta en voz alta después de la comida, cuando el abuelo se metió en su cuarto para tumbarse un rato, y cuando terminó de leerla se enfadó tanto que la rompió en pedazos y gritó que claro, que siendo nosotros los parientes más pobres teníamos que esperar al final. Pero maldita la mano que ella iba a echar en asear y arreglar la casa para recibir a esa arpía.

Así que nada se ha hecho para que la casa quede aseada a la llegada de tía Maja. Y aun así es de lo único que hemos hablado desde que recibimos la primera carta en primavera, en la cual decía que nos visitaría en otoño. Pensábamos que iba a ser una verdadera fiesta, la gente del pueblo se iba a quedar boquiabierta. Y todo se convierte en agua de borrajas. Tendría que tener valor para cortarme el dedo pulgar y echarlo entre las zanahorias para que en primavera, cuando Sigrid y Alvar lo encontraran, dijeran recuerdas cuándo Arne se cortó el dedo. Fue el mismo día que tía Maja llegó de Estados Unidos.

–Dentro de tres horas llega su hermana –dice madre al abuelo, y parece enfadada– y ahí sigue usted, en la segadora, y parece que no le importe lo uno ni lo otro. A una le parece que cuando ustedes no se han visto desde hace veinte años lo menos que podía hacer era afeitarse.

–Si no puedo sentarme en la segadora, acabáramos –dice el abuelo–. Lo uno y lo otro. Si uno tiene una hermana tan refinada que no puede visitar a su hermano en otra cosa que no sea en coche y no aguanta que su hermano se siente en la segadora, que le den por saco. Lo uno y lo otro.

Sigrid se echa a reír y tiene que meterse de nuevo en la cuadra. El abuelo está tan indignado que se le cae el cuchillo y entonces coge madre todas las zanahorias y las deshoja en un suspiro. Yo meto mi cuchillo en la funda y salgo. Miro el camino para ver si llega el coche pero todavía es muy pronto. Voy a la cerca y grabo mi nombre y la fecha en un puntal. Nunca olvidaré el día en que deshojamos zanahorias mientras llovía, la lluvia se convertía en aguanieve y la tía llegaba de Estados Unidos.

Me siento en el escaño de la cocina a mirar el mapa del Atlántico, aunque no haya mucho que ver. No se distingue una sola ola. Cualquiera sabe si Alvar sólo miente. Lo que sí se oye es una gran bronca en el patio y cuando me pongo a mirar por la ventana veo venir a madre y a Alvar con el abuelo en medio. Él se resiste, pero de nada le sirve. Trasponen la verja y suben al zaguán, en el umbral de la puerta se resiste y patalea. También lo meten a la cocina y allí lo sueltan.

–Ahora va usted a bañarse –dice madre–, pero ya.

Alvar se queda junto a la puerta para que el abuelo no se escabulla. Madre llena el barreño con agua de la cisterna. Alvar va y le quita la camisa al abuelo. Debajo sólo lleva una camiseta de lana que sale con las mismas, la bronca lo ha hecho sudar. El abuelo en cueros parece completamente amarillo y flaco. Se resiste, pero aun así lo meten al barreño.

–Arne, ven aquí –grita madre, y parece enfadada, va a ser mejor obedecerla–, enjabónale la espalda.

Y hay que obedecer y hacerlo aunque no resulte grato, el abuelo no huele muy bien que digamos. Le enjabono la espalda hasta que la cubro de espuma. Madre la refriega luego con un paño. Alvar sólo ayuda a sujetarlo. Sigrid está riendo en el escaño. Madre coge luego el jabón y le refriega el cuello, la cara y las orejas, y él resopla y se sorbe los mocos, pero no se libra. Al final Alvar le hunde la cabeza en el barreño y él empieza a toser como si se estuviera ahogando.

–Venga, padre, ahora sólo tiene que afeitarse –dice Alvar, y lo seca con una toalla.

Madre viene con una camiseta limpia y se la mete por la cabeza. Alvar lo lleva a la mesa y lo sienta en una silla. Baja el espejo de la cómoda, saca la cuchilla de afeitar de un cajón y la repasa, coge un vaso de agua caliente y lo coloca en la mesa, le pone una toalla alrededor del cuello para proteger la camiseta nueva.

–Y haga el favor de no escupir en el suelo mientras esté ella aquí –le dice madre, y espanta una polilla.

Alvar enjabona al abuelo, coge la cuchilla y empieza a afeitarlo.

–Estese quieto –grita–, si no lo hace va a tener que afeitarse usted mismo.

El abuelo se mira finalmente en el espejo y debe de pensar que se ve lamentable, puesto que empieza a hacer pucheros.

–No la he visto en veinte años –dice de golpe, y gesticula de forma que Alvar le hace un corte en la mejilla.

–Le dije que se estuviera quieto –le grita.

–Veinte años –prosigue el abuelo–. Entonces tenía yo cincuenta y tres y ella tenía treinta y tres. La abuela y yo la acompañamos a la estación. Le dimos un ramillete de lilas y una docena de huevos. Y llorar, lloramos los tres hasta que estuvo a punto de perder el tren.

No puedo quedarme y seguir mirando al abuelo, así que salgo, doy un paseo por la orilla del río, tiro piedras a las ranas, espanto a un pescador furtivo que tiene la barca en nuestro juncar. Es tanta la oscuridad que no le veo la cara y además vuelve la cabeza mientras rema. Al cabo de un rato me entran ganas de cortar, de modo que desenvaino el cuchillo y corro hasta el cobertizo de la cuadra. Cuando desatranco la puerta, Sigrid está tendida de espaldas entre las hojas de las zanahorias y Alvar encima de ella, a horcajadas, y le muerde la mano. Alvar se incorpora de un salto y me insulta, así que vuelvo a atrancar la puerta y salgo corriendo.

Pero no corro a casa. Siento algo tan raro que tengo que quedarme a solas con ello. Por eso corro hasta la fresquera del establo, donde solemos hacer la matanza, y me siento en la cantarera con la cabeza entre las manos. Me empeño en eludir la imagen de Alvar y Sigrid, pero presiento que para conseguirlo tengo que hacer algo muy arriesgado y atrevido, de modo que todo lo demás resulte insignificante. Entro furtivamente en el gallinero, espanto una gallina que está poniendo huevos y busco bajo la paja. El hijo del vecino me dio un cigarrillo y lo tengo allí escondido, junto a una caja de cerillas. Pero me pongo tan nervioso cuando voy a encenderlo que la cerilla, prendida, se me cae al suelo y empieza a arder un poco entre las granzas del gallinero. Vierto un cuenco de leche encima y apago el fuego, pero sigue oliendo a humo.

Vuelvo al establo y me siento en la cantarera. Aquí estoy totalmente a oscuras, la poca luz que entra a través de las rendijas hace que la trilladora, con sus ruedas y correajes, parezca un desaforado monstruo fantasmal, amparado en la oscuridad de su escondrijo. La lluvia repica levemente contra el techo. Las vacas tascan dentro del establo, suenan casi como la lluvia. Entonces entra Sigrid con las cántaras de la leche y un candil. Cuando me ve deja las cántaras y el candil en el suelo y dirige sus pasos hacia mí. Y la luz que brota del suelo proyecta sobre su rostro sombras tan horrendas que me entra un miedo terrible y grito. Ella me atenaza el brazo y me pellizca, fuerte y mucho.

–Si vas con el cuento a Tora o al abuelo, te voy a retorcer el pescuezo hasta que no puedas decir ni pío –dice, y entonces me suelta, recoge las cántaras y el candil y se adentra en el establo, donde las vacas apenas se incorporan, mugiendo ruidosas y haciendo chirriar sus cadenas como si fueran grilletes de reos.

Cuando vuelvo a entrar en casa, el abuelo sigue en el sofá, totalmente ausente. Madre tuvo que ponerle por fin su mejor traje, la última vez que lo llevó fue el año pasado, en el entierro de la abuela, y su rostro parece tan pálido como si se hubiera desangrado del todo, entre las negras prendas de luto. En la mejilla luce un rasguño rojo, como una boca afilada, pero todo lo demás es blanco. También está cansado, no parece que se entere de lo que ocurre a nuestro alrededor. Me pregunto si acaso sabe que en este día, dentro de media hora o así, viene su única hermana, a la cual no ha visto en veinte años.

Madre está peinándose frente al espejo de la cómoda. Se puso su mejor vestido y buscó el reloj de pulsera, que está descompuesto y que fue un regalo de padre, y se lo pone. Voy y pongo la radio en medio del avance meteorológico: este de Svealand y costa sur de Norrland: lluvia diurna. Frío para la época del año. Aguanieve en el norte de la comarca.

–¿Qué dicen, qué tiempo va a hacer? –dice el abuelo.

–Aguanieve –respondo.

Entra Alvar, agarra el calzador, se quita las botas entre jadeos, se pone las alpargatas. Miro el termómetro fuera de la ventana, el que compré al abuelo cuando cumplió setenta años. Él siempre había deseado tener un termómetro en la ventana, pero cuando lo tuvo veía tan mal que nunca pudo descifrarlo. Compraste uno con números demasiado pequeños, decía, una mierda de numeritos. La temperatura es de tres grados. Cada vez hace más viento, bufa en el seto de las lilas, la lluvia repica contra la ventana. Un candil viene flotando por el patio desde el establo. Es Sigrid de vuelta con las cántaras de leche. Tengo un buen moretón en el brazo. Bajo la persiana para no tener que pensar en ella.

Todos seguimos a la espera mientras el reloj suena, todos excepto Sigrid. Ella está desnatando. Tuc-tuc, suena la desnatadora. Alvar suele ayudarla, pero hoy no. Está sentado a la mesa y me mira extrañado. Quizá quiera también pellizcarme.

–¿Oíste qué tiempo va a hacer? –dice Alvar, y pone las manos, grandes como mazos, sobre la mesa.

–Aguanieve –respondo por segunda vez.

Y parece raro, muy raro. Nada parece habitual. Pero encaja muy bien en todo lo raro que está pasando: el abuelo sentado en lo alto de la segadora, madre y Alvar arrastrándolo por medio del patio, el pescador furtivo que huye de mí, Sigrid tumbada de espaldas entre las hojas de las zanahorias y Alvar encima de ella, Sigrid que me da un pellizco, el incendio que casi armo en el gallinero, el abuelo, mudo y pálido, en el sofá.

Madre está sentada al lado de Alvar. Ella cruza las manos sobre la mesa al lado de las de él, se las mira y suspira. También suspira la desnatadora, tuc-tuc-tuc. De repente empieza a mirarme para ver si necesito lavarme. Frunce el ceño, qué madre tan guapa. Se inclina sobre la mesa.

–¿Quién te ha pellizcado tan fuerte en el brazo? –dice.

La desnatadora aminora la marcha. Alvar me clava la mirada. Me entra un miedo espantoso. A nada le temo tanto como a que me peguen. Desvío la mirada, miro hacia atrás, veo al abuelo sentado en el sofá, aún tan pálido, mirando al frente con ojos quietos, impasibles.

–El abuelo –digo en voz baja, y miro a madre a los ojos.

Madre se muerde el labio. Alvar tose. La desnatadora aumenta la velocidad, ahora canta sus suspiros. Miro al abuelo pero no noto nada. Seguro que no me oyó. El tiempo pasa. El reloj vuelve a sonar. La desnatadora sigue suspirando y no oímos nada cuando llaman a la puerta.

–¿No tocaron a la puerta? –pregunta madre.

–Padre –añade–, ya está aquí. ¿No va a salir a recibirla?

Y todos nos quedamos mirando al abuelo, pero él no se mueve del sofá, sólo mira al frente, al vacío, tampoco a ninguno de nosotros nos da por ir y abrir la puerta. Entreabro la persiana y miro afuera. Un coche sale por la verja y se dirige hacia el pueblo. Después oímos pasos en el zaguán, pasos que se encaminan despacio hacia la puerta de la cocina. Llaman de nuevo a la puerta.

–Padre –dice madre casi gimoteando–, ahora tiene que…

Entonces se abre la puerta. La tía de Estados Unidos aparece en el umbral, una mujer desconocida con trazos de maquillaje muy marcados en la cara, ojos cansados y la boca cerrada, como si no le quedasen dientes.

–Buenas tardes –dice ella en un dialecto raro, y parpadea ante la luz.

La tía entra en la cocina. La desnatadora se detiene por pura sorpresa. Y ahora todos miramos al abuelo. Queremos verlo correr y echarse al cuello de la mujer desconocida y decirle hermana mía, ninguno de nosotros la conoce por ser demasiado jóvenes. Pero el abuelo sigue sentado. De repente la tía de Estados Unidos lo ve, da un respingo como si algo la hubiera asustado y se planta delante de él con las manos abiertas, extendidas.

–Gustav, ¿eres tú? –dice en voz baja, y ninguno de nosotros entiende que deba hacerle una pregunta tan obvia.

Pero el abuelo no responde, no mueve una pestaña, como si aún no hubiera notado nada. Entonces la tía de Estados Unidos se arrodilla ante él, ¡cuidado al arrodillarse con sus finas prendas en el suelo! Rodea el cuello del abuelo con sus brazos y trata de arrimar su cabeza a la suya. Pero no puede.

–Gustav –susurra–, soy yo. Yo, Maja. Seguro que te acuerdas de Maja.

Entonces, sin apenas mirarla, dice el abuelo:

–Apáñatelas como puedas. Mañana va a caer aguanieve.

Entonces la tía de Estados Unidos suelta el cuello del abuelo, se levanta, saca un largo collar por encima del abrigo y lo toquetea desesperadamente mientras las lágrimas le recorren toda la cara. Se parece a una de esas muñecas de cuerda.

Al final se da la vuelta y se dirige a la puerta:

–Perdónenme un momento –dice antes de que la ahoguen los sollozos.

Cojo el candil de la cuadra y corro tras ella. Pienso que debo alumbrarla para que no vaya a caer al río. Ella ya está en el patio bajo el aguanieve, y llora. Cuando llego con el candil ella me toma del brazo y tira de mí. Habla un poco raro y no le entiendo todo.

–Eres tú el chico sin padre –dice entre otras cosas, y me mira detenidamente a la cara.

Durante un instante cierro los ojos y aprieto los dientes. Bien puedo entender que en la escuela sepan que no tengo padre, pero que lo sepan en todos los inconmensurables Estados Unidos me parece tan horrible que no comprendo cómo podría sobrellevarlo. En fin. Nos ponemos a caminar y al cabo estamos ante la puerta de la cuadra. Y ya que llegamos allí, abro la puerta y entramos. Dentro hace calor y se está bien, huele a cuadra, a heno y zanahorias. Cuelgo el candil del cerrojo de la puerta y la tía de Estados Unidos, cosa rara sin duda, avanza pisando las hojas de las zanahorias, se adentra en la cuadra y se encarama a lo alto de la segadora, en el sitio exacto donde se había sentado el abuelo.

–Esta antigualla sigue aquí –dice, y la acaricia.

Trepo a lo alto de la segadora y me siento a su lado. Luego empieza de nuevo a llorar. Me coge la mano y mientras la acaricia llora todo el tiempo en estadunidense y me dice palabras incomprensibles en sueco. Las hojas de las zanahorias están a nuestros pies, verdes y relucientes, y las zanahorias rojas brillan en sus cestos.

–Hemos estado deshojando zanahorias todo el rato –le digo por decir algo–, hemos pasado todo el día deshojando zanahorias. Pero ya hemos acabado la faena.

La tía de Estados Unidos me abraza y no me hace el daño que me hace madre al abrazarme. La siento cálida y acogedora.

–Pobre muchachito, sin padre –dice. Y cuando pienso que todo Estados Unidos, al otro lado del Atlántico, sabe que Arne Berg de Mjuksund, en Suecia, nunca ha visto a su padre, no lo puedo remediar y de repente no dejo de ver el verdor de las hojas de las zanahorias. Las lágrimas caen lentamente de la segadora al suelo.

–Cuando la abuela vivía lo pasaba mejor –le digo–, entonces, al menos, tenía dos madres. Pero murió el año pasado. Salía todas las mañanas a recoger los huevos y un día de abril no volvió. Estábamos tomando el café y salimos a buscarla, y aquí la encontramos, de rodillas, junto a la segadora.

Pur litel boi –dijo la tía de Estados Unidos. A saber qué significaba, y me estrechó fuertemente entre sus brazos.

–Pero si la tía quiere dormir aquí –le digo–, no tenga ningún miedo porque en la pared diga Palestina. No es Jesús quien ha estado aquí. ¿Quiere que grabe el nombre de la tía en la pared?

–Ahora no –dice ella–, pero pronto.

Pasa su mano pequeña y suave por mi rostro.

–Estás llorando –dice.

–No, es sólo un poco de aguanieve –digo, y enjugo mis lágrimas una y otra vez hasta que vuelven a brillar las hojas verdes y recién cortadas a la luz del candil.