Stig Dagerman
Un muchacho y una habitación. La habitación es calurosa y pequeña y
tiene una ventana estrecha hacia la vida. Por la ventana el muchacho ve el
cielo como una estrecha franja entre casas altas y sus párpados. Es joven e
impaciente y cree que los párpados le impiden ver. La ventana da a cinco patios
traseros de piedra y asfalto. En uno de los patios hay un álamo. En cuatro de
los patios hay siempre ropa tendida a secar, lacia y amarilla como hojas
mustias. Por las noches no puede dormir. Tiene la lámpara de la mesa encendida,
aunque está prohibido, y lee libros que ha tomado prestados, pero nunca el
bueno. Por las mañanas, justo cuando acaba de dormirse, el padre golpea la
puerta hasta que contesta.
Las mañanas en la pequeña cocina huelen a gas, a
cama y a café. El padre sorbe el café del plato haciendo ruido. Delante del
espejo, la madre peina su largo pelo negro. Él está a medio vestir sentado
contra la leñera y se quema con el café. Cuando el padre ha terminado, coge la
bolsa con el termo que está en la leñera y se va con un saludo breve y mudo.
Cuando la madre se ha peinado, abre la ventana y limpia el peine sobre el
patio. Él entra en su pequeña habitación, hace la cama, fuma, hojea un libro con
dedos húmedos. Es un estúpido y cálido verano, ese verano él ha fracasado y en
una silla cuelga la chaqueta con el brazalete de Correos. Él piensa que parece
un brazalete de luto.
A veces saca los libros escolares del pequeño cajón
de azúcar que hay debajo de la ventana y se pone en medio de la habitación a
rebuscar en ellos. Es una sandez y un disparate y le hace sufrir, pero a pesar
de todo lo hace, con alegría del mal ajeno y sin piedad, como si él fuera su
propio enemigo. Los hijos de los pobres suelen tener libros de texto usados,
comprados en librerías de viejo y llenos de manchas y notas de otros. En la
primera página está el nombre del primer propietario escrito con fuertes y
esmerados trazos. No se puede borrar. Los hijos de los pobres escriben su
nombre debajo con débiles trazos a lápiz que pueden borrarse fácilmente para
que sus madres puedan sacar el precio más alto posible cuando vendan los libros
después de terminar el curso. Sus libros están marcados por otros y a veces
piensa que es por eso que ha fracasado. Los hijos de los pobres no pueden
fracasar, por un lado porque es una vergüenza y por otro porque es demasiado
caro. Alguna de esas estúpidas y cálidas mañanas de junio, justo antes de irse
a la oficina de Correos, está en mitad del suelo hojeando con dolor sus viejos
libros de texto. Luego vuelve a meterlos con cuidado en el cajón como si
hubiera hecho algo prohibido. Y tal vez sí. Ya no son suyos. Los ha perdido.
Van a venderse todos en agosto, poco antes de que empiece la escuela.
La mañana de la víspera de San Juan es como de
costumbre: lenta, calurosa, pesados impresos. Las calles huelen levemente a
abedul y a gasolina. El sol pica. Las campanas del edificio de Medborgarhuset
repican. En la esquina de las calles de Gotgatan y Folkungagatan sale del metro
su profesor de inglés. Va balanceando un maletín de piel y silbando. Es un
profesor temido que siempre silba antes de atacar. Detiene a Ake con la
complacida amabilidad que muestran siempre los profesores a sus alumnos durante
las vacaciones. Ake lleva demasiados impresos para poder darle la mano. El
profesor dice: “Está muy bien que usted, Bergstrom, trabaje durante las
vacaciones”.
Ake contesta: “No son vacaciones. Dejé la escuela”.
El profesor se siente entonces abochornado como
cuando uno se confunde de persona y se apresura a seguir su camino silbando.
Ser escolar y cartero está muy bien. Ser solo cartero no está bien. De un
cartero no dice nadie que es aplicado. Nadie dice que ser cartero está bien. Si
se queda atrapado en un ascensor se le grita que debe usar la escalera. Si
alguien recibe una carta arrugada, abre la puerta y dice que es culpa del
maldito cartero. Si llama a una puerta porque la carta no cabe por el buzón, la
que abre se queja de que está enferma, como si fuera su obligación saberlo. Si
la próxima vez la estruja para hacerla entrar en el buzón, el destinatario está
sano y algo de valor se ha roto.
Un cartero de verdad llega a conocer las casas como
ninguna otra persona. Cada casa tiene su olor, grato o desagradable. Hay casas
engreídas como las casas de Folkungagatan con su aroma a comedor y a
polvorientas alfombras, o casas honradas, limpias pero pobres, llenas de un
aroma ácido a fregado, como algunas de la calle de Sodermannagatan, o casas
antipáticas, tenebrosas, con olor a chismorreo y a pobreza como en Kocksgatan.
Y también hay casas con sombras invisibles en las escaleras y en los zaguanes
en las que se hace un nudo en la garganta de pena. En Folkungagatan hay una
casa en la que se ha quemado un hombre, en Sodermannagatan una puerta por la
que siempre pasa acobardado: allí dentro se cometió una vez un doble asesinato.
En lo más alto de una casa de Kocksgatan una pareja joven se ha asfixiado con
gas hace tan poco tiempo que aún reciben cartas de Noruega. A principios de
junio una postal con el puerto de Oslo: Esperamos carta de ustedes. A mediados
de junio una tarjeta de felicitación: Te felicitamos de todo corazón en tu
treinta aniversario. Esperamos carta con ansiedad.
La víspera de San Juan, segundo reparto, llega una
carta abultada. De pie ante la puerta, la tiene en las manos, la calienta un
poco antes de echarla por el buzón. Imagina una carta que él escribiría como
respuesta: “Queridos amigos desconocidos. Permitan a un cartero del distrito
tercero comunicarles que…”
Pero eso se quedó en nada. Todo se quedó en nada.
En el segundo reparto está cansado, las plantas de los pies le arden como si
hubiera pisado ascuas y en las casas sin ascensor siente punzadas. El mayorista
de setas lo libera de un buen brazado de revistas. La empresa de maderas
tropicales en la única casa de Kocksgatan que huele bien (a buena madera
extranjera se figura él) recibe pequeños sobres alargados con contenido duro.
Una vez fue una pesada carta de la India. Un día llegará una palmera, piensa,
una enorme palmera de verdad con cocos en la copa que tendrán que repartir
entre todos los carteros de Estocolmo 4. Como es su distrito irá él a llamar.
Perdonen, dirá, llegó una carta larga para ustedes. Una carta larga y alta. La
hemos puesto en la calle.
Durante la pausa entre el segundo y el tercer
reparto está en casa. Se ha metido el brazalete en el bolsillo para que no se
le note que ha fracasado. De alguna manera debe de notarse a pesar de todo
porque el padre, que está sentado en la caldeada cocina con la camisa
desabrochada, tomando un carajillo con dos compañeros de trabajo, dice de
pronto: “Este ha ido al instituto cinco años, así que pueden estar seguros de
que ya sabe repartir cartas”. Entonces la madre, que está sentada aparte en un
taburete junto al fregadero escuchando, solo escuchando, se mete un nudillo en
la boca como si quisiera ahogar un grito.
Él entra en su pequeña habitación y se pone junto a
la ventana. El cielo está azul y muy despejado. Tres nubes blancas navegan a
gran altura por encima de los patios traseros del barrio de Sodermalm, como
globos de verano sueltos. Una mujer recoge la ropa de una cuerda. Otra saca las
macetas con la esperanza de que llueva. Un hombre que está al otro lado del
patio con la típica borrachera de San Juan golpea a su mujer en los dedos
cuando sacuden una alfombra. Alguien abre la ventana y un gramófono empieza a
sonar acompañando los palmetazos. A sus espaldas entra la madre en la
habitación. Él no se vuelve. Ella pone una bandeja en la mesa y se marcha. En
una casa que no se ve grita un niño con un alto tono encendido que atraviesa el
macizo de toda la manzana. En el patio vecino un músico ambulante toca el
acordeón y mira hacia las ventanas. Pero la casa está vacía a causa de San Juan
y solo una moneda de cinco céntimos suena contra las piedras.
En el tercer reparto todas las casas están vacías y
silenciosas. Las escaleras huelen a polvo y a soledad. Las tiendas están
cerradas y los pasos de Ake resuenan cuando cruza los patios. El repique de
campanas de la iglesia de Santa Catalina cae sobre él cada cuarto de hora y lo
lleva a otras puertas. Sobre todos los distritos de los carteros hay un repique
de campanas de alguna iglesia como un trallazo largo y duro. Hace bochorno y en
las calles no hay nada de sombra. Sobre los patios flota un tenue humo azul de
tarde. Los que están de viaje han bajado las persianas oscuras de las ventanas
de manera que las casas parecen estar de luto.
Cuando vuelve a casa el padre está fuera. La madre
está sentada en la habitación grande delante del armario de la ropa blanca con
su alto espejo y juega con su pelo. Debajo de una silla hay un pañuelo
arrugado. Ha llorado. Él va a su cuarto.
Se tumba en la cama y estudia la gramática inglesa
hasta Should-Would. Luego entra la madre. Se sienta a los pies de la cama y
deja que se temple el silencio antes de decir nada. Mientras tanto llegan hasta
ellos los ruidos de la ciudad con afiladas púas; suena la sirena de un barco,
estridente y angustiada, abajo en las aguas de Strommen; una ventana se cierra
de golpe y los cristales vibran; una ambulancia se acerca con su música enferma
y desaparece despacio dejando su zozobra tras de sí. La madre le coge los
tobillos con sus manos, con rudeza y desaliento.
–Tienes que salir –murmura–, salir y divertirte. La
noche de San Juan. Cómo vas a quedarte en casa una noche de San Juan. No debes.
El campanario de la iglesia de Santa Catalina da un
toque tan suave como un tono de piano. Él cierra los ojos y no contesta. Ella
lo deja solo. Poco después oye llegar al padre. Da tumbos, tropieza, abre y
cierra puertas, aparta sillas. Está arrepentido y compró flores, tulipanes
seguramente. Va y viene por la habitación grande mientras la madre calla.
Después de un buen rato parece que hacen las paces. Hablan en voz baja. El
padre sale al pasillo y se acerca a su puerta, llama. El hijo se levanta rápido
de la cama y se pone junto a la ventana. El padre entra en la habitación y se
acerca a él con una lentitud interminable. Luego, el brazo por el cuello y el
demoledor y bochornoso abrazo.
–¿No irás a quedarte en casa?, muchacho, es la
noche de San Juan.
El padre le alza la cara y la sostiene entre sus
manos como una piedra.
–No –contesta–, voy a salir.
–Coge mi bici –le dice el padre a la piedra–. Está
en la calle.
Y él coge la bici y baja por Katarinavagen. Es una
bicicleta vieja y los guardabarros rechinan. La ciudad está en silencio, solo
los guardabarros hacen ruido. A través de la leve calina azul formada por el
humo de los transbordadores y el anochecer, ve la serpiente de luz del Tívoli,
el parque de atracciones, retorciéndose de impotencia y desesperación. Pedalea
junto al mar y serpentea con los chirriantes guardabarros entre alegres masas
de gente locuaz. Como un leproso, piensa, porque ha leído que los leprosos
llevan campanillas para advertir. Por los sombríos y sinuosos caminos del
parque de Djurg Arden, asusta a una liebre y a varias parejas de enamorados. No
hay nadie que vaya en bicicleta. Solo, en plena naturaleza, él va en una
bicicleta. Si no tuviera la bici, piensa, no estaría tan solo.
En una playa deja la bicicleta a un lado. Es tarde
pero el aire es tibio todavía. Blancos barcos vacíos se deslizan seguidos por
gaviotas detrás de sus humaredas. Él los sigue con la mirada hasta que
desaparecen en la puesta de sol con sus alicaídas banderas de popa. Uno de
ellos toca la sirena rabiosamente al transbordador de Tegelviken, como si fuera
un perro. A su alrededor hay música en la noche, hogueras bajas en las islas y
en las colinas que de pronto llamean y tienden sus lenguas sobre el agua. Desde
las oscuras fauces de la vía de Hammarby se acerca una vela blanca volando como
una carta de un buzón. En una larga fila negra las grúas de Stadsg Arden
inclinan sus cuellos como lagartos hacia el agua como si fueran a beber. En lo
alto del cielo, más o menos encima de su distrito, piensa él, hay negras nubes
quemadas con bordes enrojecidos. Acaba de leer un libro en el que llaman a esas
nubes “desgracias durmientes”. En una casa muy por debajo de esas nubes acaba
de dormirse su padre con la boca abierta y las manos cruzadas sobre el pecho.
Junto a la ventana abierta está la madre peinándose el negro cabello para
dormir.
Un día ha de llegar una palmera de África a la
empresa maderera de Kocksgatan. Será difícil pasarla por la angosta esquina que
hay junto a la calle de Ostgotagatan, pero se hará.
Luego empieza a tener frío. Se monta en la
bicicleta del padre y va traqueteando en la clara noche hacia las desgracias
durmientes.
(Tomado
de www.ciudadseva.com)
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