Alberto Sánchez Argüello
El
color azul desvaído de este cuarto me recuerda al mar. Cuando éramos niños nos
llevaban ahí todos los veranos; era el viaje tradicional de la familia.
Montábamos la comida, la tele y unas hamacas en una mazda station vagon año 76
y sufríamos gustosos las tres horas de viaje en carretera y caminos de tierra.
Este era uno de los pocos placeres que mis padres podían pagar con sus salarios
de empleados estatales. Desde que recuerdo ellos han trabajado para el
gobierno; mi madre como funcionaria de mando medio del ministerio de relaciones
externas y mi padre en diferentes puestos, nunca del todo conocidos, en el
ministerio de defensa. “El Estado nos cuida” decía mi mamá y mi hermana estaba
de acuerdo; yo por mi lado, en esas visitas al mar recorrí el pueblito costero
y conocí tantas historias de vejámenes de parte de las autoridades locales, que
me fui formando mi propio criterio. Mi padre me ponía la mano en el hombro y me
apretaba con fuerza para luego sobarme la espalda “No todo sale bien siempre,
lo que importa es que el gobierno tiene buenas intenciones” me decía con una
voz suave. Cuando empecé a ir a la universidad me encontré con los hijos de
otros funcionarios públicos que, al igual que yo, estaban indignados con la
manera en que se estaba gobernando el país. Empezamos a reunirnos, organizamos
marchas, conspiramos. No pasó mucho tiempo para que oficiales de civil nos
secuestraran de uno en uno. Yo fui el último. Ahora estoy en este cuarto azul
esperando al torturador. Se abre la puerta detrás de mí y por unos minutos el
visitante no me dice nada. Luego, una mano grande y temblorosa me aprieta
fuertemente el hombro y recorre despacio mi espalda con la palma abierta. Yo
aprieto los labios y muevo la cabeza en señal de aprobación: es mejor así, que
todo quede en familia.
(Tomado
de www.enfrascopequeno.blogspot.com)
No hay comentarios:
Publicar un comentario