Qué reduro andaba el piojillo cuando
empezó el verano. Todos nos habíamos gastado lo de las salinas en las fiestas
del mar. Tragamos un cervezal entre el viernes y el lunes y hasta me tocaron “La Linda Mujer” los barzones muchas veces,
pero muchas. Quedé
bien arrancado pa los días de ranquera. Puro chiro comí en mi casa por tres meses después, con atole blanco bien caliente, los pescados secos, descamados y al comal, se sabían
a puro
gusto los primeros días, pero después traje por dos semanas la lengua escaldada debido a lo salado de los chiros.
Por
eso, cuando
me
invitaron a cortar venadillos, luego luego
me
puse a sacarle filo al hacha. Los venadillos es lo mismo que la
caoba
y si
vieran
cuántos cortamos las veces que fuimos nosotros a cortarlos pa don Nati.
Una semana antes me fui al monte a la leña
y en una cueva me encontré un diablo chiquito, que era muy chillón el condenado.
Me dio guerra todo el camino porque lo amarré a la cola del burro pues se me venía
atrancando muy fuerte con las uñas de las patas. Pero no miba vencer el
cornudo. Chiquito y chillón. Chilletas, muy bramador.
Nombre, lo amarré al ciruelo llegando a la casa. En el patio se armó
el corredero de gallinas, los calcalotes estaban dando vueltas, graznando, junto
con una zopilotera asustada. Y el diablillo carajo gritándoles muchas
palabrotas pa que se fueran.
–¿Qué, hay muerto en tu casa, Güilo?
–Nombre
Pimientillo, qué muerto ni qué nada. ¿Por qué?
–Pues
hay mucha gente en la puerta.
–Es
que andan viendo el diablo que traje del monte.
–¿Dónde
lo agarraste?
–Por
el camino de Las Estancias. Andaba solo. Yo creo que su mama ya no lo aguantaba
y lo abandonó. Su papa ni modo que lo cuidara, porque anda bien ocupado cuidando
el infierno, ¿o no?
–Dices.
Duró
enojado como siete días, y sin comer. Se puso como vinagrillo, del corajazo que
tenía porque se daba unos jalones fuertes de la chavinda que lo amarraba al ciruelo
y no se podía zafar. Eso sí, le tumbó todas las ciruelas que ya estaban maduras
y nos ahorramos eso de andar levantando los huesos, porque los cochis se dieron
una hartada bruta con las ciruelas tumbadas.
A
la segunda semana sí me dio lástima.
Le llevé un plato de arroz blanco, humeando, con caldito de cocido, zanahorias
y un elotito. En cuanto me vio se volvió de lado y no me quiso hablar, le acerqué
el plato y le dije suavecito:
–Diablillo, te vas a enflacar, te va a dar
cursera. Cómete el arrocito, el caldito, las zanahorias, el elotito.
Y que se voltea aprisa y le suelta un mordidón
al cucharazo que nomás me dejó el tonchi en la mano. Rebanó todo el fierro
y me pasó cerquita de la punta de los dedos, los dientotes pelones, más afilados
que un cuchillo caguamero. Después ya no se volteó.
Al día siguiente se fue. Como había crecido
de un día pa otro, le metió un jalonazo fuerte al ciruelo y lo arrancó con todo
y raiz. Mi nieto, muy indio, de dieciocho meses, le lloró tres días, porque
lo había enseñado a jugar al Hulama. Al mes, ya ni nos acordábamos de él.
Caguallana
en mano, mi sobrino. Yo llevaba un hacha con mango blanco, giotosa. Nos fuimos los
dos juntos con mi compadre Cañas Miadas a cortar venadillos pa don Nati. Se andaba
haciendo una casa bonita, con vigas cafeces pal patio, porque tenía una querida
a la que le decían La Culo di Oro. Qué bonita vieja.
Le dimos
con entusiasmo a la machetiada. Y tumbamos palos por todos lados. Dejamos los troncos
como ocotitos parados, del tumbadero de que hicimos.
Al mediodía nos aventamos
el
lonchi. A
las tres, dizque mi
sobrino
y mi compadre tuvieron ganas de agacharse
y
se fueron pal monte. No los volví a ver. En la
tarde se me vino la oscuridá. Y el monte se me
fue perdiendo poquito a poco. Junté los venadillos y machetié, con una cruz, un palo güero, bien gordo, pa saber
dónde dejaba el tambachi.
–Ey, dónde
andan,
ya terminé, vengan por mí. Ya córtenle, ai les llevo las tijeras…
No me contestaron nada. Sonaba nomás el zumbadero
de jejenes, se veían como bolas de algodón y el picadero que no me hacía nada, porque
estaba más priocupado de lo negriado de la nochi que de otra cosa.
–Ey, ya me voy, ai los dejo. No se vayan a
perder.
El perdido era
yo. No sabía pa dónde arrancar. El sol se me había ido, no aparecía la luna y andaba
enmontado hasta la nuca. No le podía distinguir el filo a los árboles ni a los montes.
No sabía pa dónde jalar.
–Ey, no me vean la cara aunque la tenga. Miéntenmela,
¿dónde andan?...
Puro movedero di hojas y un viento frillón,
como queriendo enfriarse la noche y enfriado andaba yo como un mero arponiado.
–Chivatos, no ando de bromas, las bromas en
la cantina y con un tequila. No la jodan.
Al ver una sombra que se acercaba, me le dejé
ir de pechito, no se me fueran a perder otra vez.
–Quiubo Petronio, ¿dónde andabas? ¿Traibas
chorro?
–Yo
no soy Petronio.
–Hombre,
compadre, ya ni la tiznas. Escondiéndose la tarde nos íbamos ir. ¿Entonces?
–Yo
no soy tu compadre.
–Ah
jijos, entonces, ¿quién eres?
–Te
vengo a devolver la chavinda que te arranqué del ciruelo.
–Nola.
–Sila.
–¿Eres el diablo de Las Estancias? ¡Cómo estás
de crecido! Hasta de barba y patillas andas. Los cuernos los tienes más largos.
–Quería
darte también las gracias por el arroz, que estuvo muy bueno.
–Regular
parches, mija, La Negra, sabe darle el punto. ¿Cómo te ha ido?
–Bien,
estoy de meritorio con mi papá.
–Tú
ya tienes carrera, jodidos nosotros en la cooperativa, donde se roban la lana
muy seguido.
–Vengo
a sacarte de este rumbo, porque supe que andabas perdido. Tu compadre y tu
sobrino ya se fueron.
–Ando
nortiado nomás, perdido todavía no.
–Pues
si quieres te dejo aquí…
–Nooooooooo.
Qué jalada le di a Petronio. Todavía no li
hablo después de esa bromota que me hizo. ¿A mi compadre qué? Nomás ya no lo
convido a la cantina de Polanco. Ni este piojillo ni el del año que viene voy a
convidarlo. Que se joda.
–¿No me lo quieren creer? Pregúntenle al
difunto Gavica.
(Tomado
de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)
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