jueves, 7 de mayo de 2026

San Ambrosio

Rubén Salazar Mallén

 

Entraron al pueblo lanzando gritos jubilosos, disparando al aire sus fusiles, mientras por el puente se retiraban, como si escurrieran, los vencidos soldados de la guarnición.

Hernán, el caudillo de la partida rebelde, que se hacía llamar “coronel”, desdeñó las casas de los ricos, tan propicias al saqueo, y fue derechamente al santuario. Famoso santuario aquel: era visitado por la gente de toda la comarca para lograr los favores de un San Ambrosio, que hacía milagros todos los días.

El santo, desde su altar, solía contemplar inmutable y tranquilo a la multitud de fieles que se postraban ante él, que le ofrendaban pequeños exvotos –corazoncitos, palomas, manos de oro y plata.

¡Baja ese monigote… y a cabeza de silla! ordenó el “coronel” a su asistente, ante la empavorecida tropa.

El asistente obedeció con la muerte en el alma. La sagrada escultura fue arrastrada hasta donde se elevaba la estatua de un héroe incognoscible. San Ambrosio, desgarradas las vestiduras, rotos los brazos, ofrecía un aspecto lamentable.

Quémala ordenó Hernán a su asistente.

Los devotos de la imagen pusieron el grito en el cielo. Enviaron un mensaje de protesta y de súplica al jefe de la rebelión, acuartelado en una ciudad lejana. Se quejaban amargamente del atentado que consumara el “coronel”, del agravio a una larga e intensa fe.

El jefe de la rebelión reconvino a Hernán:

“Enterado del atropello a San Ambrosio, ordénole respete las creencias del pueblo. Rinda informe al respecto”.

El “coronel” dictó al telegrafista su informe:

Quemé a San Ambrosio en virtud de que dedicábase a hacer milagros a los enemigos de la causa”.

El jefe de la rebelión dejó las cosas así.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

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