Rubén Salazar Mallén
Entraron
al pueblo lanzando gritos jubilosos, disparando al aire sus fusiles, mientras
por el puente se retiraban, como si escurrieran, los vencidos soldados de la
guarnición.
Hernán, el caudillo de la partida rebelde,
que se hacía llamar “coronel”, desdeñó
las casas de los ricos, tan propicias al saqueo, y fue derechamente al santuario. Famoso santuario aquel: era visitado por la gente de toda la
comarca para lograr los favores de un San
Ambrosio, que hacía milagros todos los días.
El santo, desde
su altar, solía contemplar inmutable y
tranquilo a la multitud de fieles que se postraban ante él, que le ofrendaban pequeños exvotos –corazoncitos, palomas, manos–
de oro y plata.
–¡Baja ese monigote… y a cabeza de
silla! –ordenó el “coronel” a su asistente, ante
la empavorecida tropa.
El asistente obedeció con la muerte en el
alma. La sagrada escultura fue arrastrada hasta donde se elevaba la estatua de
un héroe incognoscible. San Ambrosio, desgarradas las vestiduras, rotos los brazos,
ofrecía un aspecto lamentable.
–Quémala
–ordenó Hernán a su asistente.
Los devotos de la imagen pusieron el grito
en el cielo. Enviaron un mensaje de protesta y de súplica al jefe de la
rebelión, acuartelado en una ciudad lejana. Se quejaban amargamente del
atentado que consumara el “coronel”, del agravio a una larga e intensa fe.
El jefe de la rebelión
reconvino a Hernán:
“Enterado del atropello a San Ambrosio, ordénole
respete las creencias del pueblo. Rinda informe al respecto”.
El “coronel”
dictó al telegrafista su informe:
“Quemé
a San Ambrosio en virtud de que dedicábase a hacer milagros a los enemigos de
la causa”.
El jefe de la rebelión dejó las cosas así.
(Tomado
de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)
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