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domingo, 8 de febrero de 2026

A imagen y semejanza

Mario Benedetti

 

Era la última hormiga de la caravana, y no pudo seguir la ruta de sus compañeras. Un terrón de azúcar había resbalado desde lo alto, quebrándose en varios terroncitos. Uno de éstos le interceptaba el paso. Por un instante la hormiga quedó inmóvil sobre el papel color crema. Luego, sus patitas delanteras tantearon el terrón. Retrocedió, después se detuvo. Tomando sus patas traseras como casi punto fijo de apoyo, dio una vuelta alrededor de sí misma en el sentido de las agujas de un reloj. Sólo entonces se acercó de nuevo. Las patas delanteras se estiraron, en un primer intento de alzar el azúcar, pero fracasaron. Sin embargo, el rápido movimiento hizo que el terrón quedara mejor situado para la operación de carga. Esta vez la hormiga acometió lateralmente su objetivo, alzó el terrón y lo sostuvo sobre su cabeza. Por un instante pareció vacilar, luego reinició el viaje, con un andar bastante más lento que el que traía. Sus compañeras ya estaban lejos, fuera del papel, cerca del zócalo. La hormiga se detuvo, exactamente en el punto en que la superficie por la que marchaba, cambiaba de color. Las seis patas hollaron una N mayúscula y oscura. Después de una momentánea detención, terminó por atravesarla. Ahora la superficie era otra vez clara. De pronto el terrón resbaló sobre el papel, partiéndose en dos. La hormiga hizo entonces un recorrido que incluyó una detenida inspección de ambas porciones, y eligió la mayor. Cargó con ella, y avanzó. En la ruta, hasta ese instante libre, apareció una colilla aplastada. La bordeó lentamente, y cuando reapareció al otro lado del pucho, la superficie se había vuelto nuevamente oscura porque en ese instante el tránsito de la hormiga tenía lugar sobre una A. Hubo una leve corriente de aire, como si alguien hubiera soplado. Hormiga y carga rodaron. Ahora el terrón se desarmó por completo. La hormiga cayó sobre sus patas y emprendió una enloquecida carrerita en círculo. Luego pareció tranquilizarse. Fue hacia uno de los granos de azúcar que antes había formado parte del medio terrón, pero no lo cargó. Cuando reinició su marcha no había perdido la ruta. Pasó rápidamente sobre una D oscura, y al reingresar en la zona clara, otro obstáculo la detuvo. Era un trocito de algo, un palito acaso tres veces más grande que ella misma. Retrocedió, avanzó, tanteó el palito, se quedó inmóvil durante unos segundos. Luego empezó la tarea de carga. Dos veces se resbaló el palito, pero al final quedó bien afirmado, como una suerte de mástil inclinado. Al pasar sobre el área de la segunda A oscura, el andar de la hormiga era casi triunfal. Sin embargo, no había avanzado dos centímetros por la superficie clara del papel, cuando algo o alguien movió aquella hoja y la hormiga rodó, más o menos replegada sobre sí misma. Sólo pudo reincorporarse cuando llegó a la madera del piso. A cinco centímetros estaba el palito. La hormiga avanzó hasta él, esta vez con parsimonia, como midiendo cada séxtuple paso. Así y todo, llegó hasta su objetivo, pero cuando estiraba las patas delanteras, de nuevo corrió el aire y el palito rodó hasta detenerse diez centímetros más allá, semicaído en una de las rendijas que separaban los tablones del piso. Uno de los extremos, sin embargo, emergía hacia arriba. Para la hormiga, semejante posición representó en cierto modo una facilidad, ya que pudo hacer un rodeo a fin de intentar la operación desde un ángulo más favorable. Al cabo de medio minuto, la faena estaba cumplida. La carga, otra vez alzada, estaba ahora en una posición más cercana a la estricta horizontalidad. La hormiga reinició la marcha, sin desviarse jamás de su ruta hacia el zócalo. Las otras hormigas, con sus respectivos víveres, habían desaparecido por algún invisible agujero. Sobre la madera, la hormiga avanzaba más lentamente que sobre el papel. Un nudo, bastante rugoso de la tabla, significó una demora de más de un minuto. El palito estuvo a punto de caer, pero un particular vaivén del cuerpo de la hormiga aseguró su estabilidad. Dos centímetros más y un golpe resonó. Un golpe aparentemente dado sobre el piso. Al igual que las otras, esa tabla vibró y la hormiga dio un saltito involuntario, en el curso del cual, perdió su carga. El palito quedó atravesado en el tablón contiguo. El trabajo siguiente fue cruzar la hendidura, que en ese punto era bastante profunda. La hormiga se acercó al borde, hizo un leve avance erizado de alertas, pero aun así se precipitó en aquel abismo de centímetro y medio. Le llevó varios segundos rehacerse, escalar el lado opuesto de la hendidura y reaparecer en la superficie del siguiente tablón. Ahí estaba el palito. La hormiga estuvo un rato junto a él, sin otro movimiento que un intermitente temblor en las patas delanteras. Después llevó a cabo su quinta operación de carga. El palito quedó horizontal, aunque algo oblicuo con respecto al cuerpo de la hormiga. Esta hizo un movimiento brusco y entonces la carga quedó mejor acomodada. A medio metro estaba el zócalo. La hormiga avanzó en la antigua dirección, que en ese espacio casualmente se correspondía con la veta. Ahora el paso era rápido, y el palito no parecía correr el menor riesgo de derrumbe. A dos centímetros de su meta, la hormiga se detuvo, de nuevo alertada. Entonces, de lo alto apareció un pulgar, un ancho dedo humano y concienzudamente aplastó carga y hormiga.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

sábado, 1 de noviembre de 2025

Idilio

Mario Benedetti

 

1

Sin embargo yo venía pensando en la mujer rubia de la película como todos los sábados cuando después del cine atravesamos el baldío de atrás de la fábrica sí con la luna uno siempre se pone un poco romántico pero no iba a ponerme romántico con Marta claro después de diez años lentos de matrimonio todo cambia cuando ella me llamó Juan María el nombre me pegó en la nuca como una corriente de aire y recién entonces la vi uniformada por la luna en una silueta que empezaba a vencerse nunca se me había ocurrido que pudiera reprocharme con su sola presencia esos diez años porque enfrentar a Marta a la luz del día significa también enfrentar su voz su mirada sus gestos pero allí estaba sola en su solo cuerpo y los senos horriblemente fláccidos la curva de la espalda vencida por completo las caderas desagradablemente abiertas no es posible disfrutar ahora con la mera adivinación del cuerpo bajo la ropa tan resbaladiza por eso sé que mi deseo depende de arranques mecánicos que apuntan a ella porque es más cómodo insistir allí que violar la costumbre y correr el albur con esta o aquella loca no obstante la rubia de la película me arruinó la noche porque me puso en la cabeza sí era delgadita tenía la cara ovalada los ojos grandes me metió en la cabeza esa pavada de empezar de nuevo después de todo qué quiero decir con empezar de nuevo a mí no me importan los senos caídos la espalda curvada las caderas abiertas sino que ella está indiferente por cualquier cosa pone ojos de vaca degollada y parece que sólo le interesara el chico demasiado mimoso lo tiene ya vendrán los dolores de cabeza después cuando quiera imponerse pero si ella ah pero si ella claro yo quiero quería empezar otra vez porque uno no puede verdad equivocarse y aunque es cierto como dice mamá la primera mujer y nada más pero yo pensé que ella iba a ser verdaderamente compañera y poderla sentir al lado en la noche no sólo en la noche como parte de uno mismo aunque no la tocara por más que también sería bueno tocarla casi dormido y estirar la mano y hallarla pero ella todo el santo día con esos rezongos entre dientes mirándome haciéndome sentir ladrón asesino qué sé yo como si por mi culpa estuviera encerrada demasiado sé que no sale para después reprochármelo y que no la saco nunca ni al campo ni al cine bueno al cine vamos los sábados pero al campo la quisiera ver después de escribir a máquina ocho horas los dedos como garrotes el dolor en la espalda llega el domingo si tendría ganas de hacerse la excursionista y cargar quince paquetes de comida qué asco el papel manchado por los buñuelos la torta pascualina con gusto a pescado todo mezclado y atrás los tipos de siempre cantando un elefante molesta mucha gente y los que bailan en el pasillo ofreciendo el trasero primero el de ella después el de él y el otro gracioso y sus cuentos de velorio como para no preferir la siesta a mí qué me importa perderme el aire libre después llego cansado como una mula y con la obligación de estar alegre para no desentonar a ella sí le gusta y no desentona bueno yo tampoco quiero que seamos demasiado iguales lindo aburrimiento decirse a todo que sí pero no puedo aguantarle esos ojos de rabia y entonces yo también me pongo grosero ella dice rabioso a veces no le he puesto la mano encima porque Dios es grande y el chico miraba mejor que siempre respete a la madre y yo no voy precisamente a enseñarle lo contrario siempre siempre yo ni siquiera fumaba delante de mamá pero esa vez apareció de sorpresa con la vecina hice como siempre el jueguito de entrar el cigarro en la boca y no se iban y yo callado estudiando y mamá callada también y la otra vieja apestosa dándole lata y también a mí me preguntó no sé qué tontería y entonces no tuve otra solución que tragármelo para hablar y después me operaron cielos qué batifondo mamá llora un poco cada vez que lo cuento Marta en cambio se ríe se ríe con ganas y es posible que me haya enamorado de eso porque me gustaba verla reír haciendo gestos con la mano como si quisiera sujetar la carcajada pero nunca lo conseguía y se le escapaba en saltitos ahora se ha puesto gruñona si le digo que llegó a la edad crítica se pone peor y no entiende la broma ni recuerda sus treinta y tres años yo qué sé de veras estoy desorientado porque no es el hecho del mequiere nomequiere para qué dirán esas idioteces tesoro el besito en la boca mientras lo hacen cornudo sino que lo primero es naturalmente la costumbre saber dónde están el aparador el diario y la escupidera la vida así sin saltos para qué más lo mismo en el amor saber dónde están la cama el beso y el ombligo todo es la costumbre pero además uno quiere otra cosa claro así debe ser que ella me mire como antes sin odio cuando yo venía martes jueves y sábados y me esperaba con la blusita de organdí yo casi no me atrevía a tocarla porque se parecía demasiado a la muchacha que uno se pone a imaginar a los catorce y que después se aprende de memoria sólo que ella tenía ojos verdes y Marta azules y eso qué importa claro a Marta la conocía del colegio y a lo mejor era porquenó la muchacha que yo imaginaba la que se parecía a ella naturalmente los ojos distintos porque quizás no me acordaba cómo eran y les puse un color cualquiera uno de chico no se va a fijar en los ojos entonces y después era muy simpática y me miraba uno no sabe nunca qué le pasa por dentro a lo mejor sonríe y en realidad me está escupiendo yo no sé creo que nunca estuvo enamorada de mí puede ser que de Alberto sí de Alberto él no le hacía mucho caso pero como se parece a Clarkgable así orejudo si Clarkgable no existiera sería un repelente pero ahora no ah qué hombre ah qué hombre mejor sería que suspirara menos y no hiciera la sopa tan desabrida lo mismo que tomar agua caliente como para que uno se quede en casa tranquilo mejor me voy a jugar al billar mientras tanto es lindo escuchar lo de todas las mesas el negro ése colorado y peñarolense como todos los negros guardabajo cuando se pone a gritar después de la copa veintitantas y el otro grandote que da puñetazos en la pared y al final lo sacan dormido pobre la mujer tiene cinco hijos buen regalo le llevan todas las noches yo nunca tomo más de dos copitas ella dice siempre que huelo a alcohol sin embargo no es cierto porque dos noches a propósito no tomé nada y ella dijo lo mismo pero quién la convence ya se ha construido como moldes de lo que tiene que reprocharme eso eso eso siempre los rezongos qué lástima porque todavía está bastante linda no es cierto verdad está linda y ahora mismo si no fuera por esos cinco babiecas que vienen allí deben ser obreros del turno de las doce si no fuera por ésos de veras tendría ganas de tocarla tocarla.

 

2

Le dije mirá esos tipos pero claro lo había dicho yo y él tenía que burlarse como siempre no seas estúpida me dijo deben ser obreros del turno de las doce a mí me parecían demasiado bien vestidos para venir de la fábrica Juan María volví a decirle fijate vienen derecho aquí y él me contestó dejate de pavadas y yo me callé venían ya a unos treinta metros eran cinco uno más corpulento que todos los demás y empecé a estar segura de que eran una patota como las que aparecen en el diario una pareja fue asaltada anoche por una patota después de corta lucha ambos fueron víctimas de vejámenes la mujer fue internada en estado de suma gravedad y de pronto ya estaban frente a nosotros y el gordo dijo conque de amorcito eh está muy oscuro para andar de amorcito él les dijo vamos dejen pasar esta es mi mujer yo creo que le notaron en la voz que él estaba poco convencido de que nos dejarían pasar ah conque es tu mujer entonces mejor dijo el gordo no hay obligación de andar con la señora a lo oscuro para excitar a los amigos entonces le dio un golpe en la cara y yo vi que él comenzaba también a pegar y a mí me tomaron entre dos pero les di patadas que daba gusto a uno le pegué abajo y cayó al suelo retorciéndose dicen que ahí duele mucho igual que a las mujeres en los senos yo de vez en cuando miraba donde lo tenían a él medio inmovilizado porque el grandote lo agarró del pelo y no lo dejaba mover yo creo que más bien querían agarrarme a mí porque el gordo le gritó al que me tenía che negro en último caso acostala de una patada después le vamos a enseñar cómo hacemos nosotros el amorcito luego de corta lucha fueron víctimas de vejámenes yo quise darle también al negro una patada igual que al primero pero me sujetó la pierna en el aire y me fui al suelo de espaldas lindo porrazo el tipo se me echó encima y vino otro no el gordo otro de boina y me agarró las piernas pedazo de animal me hacía doler las pantorrillas creo que a uno alcancé a arañarle toda la cara porque todavía tengo sangre metida en las uñas pero de repente sentí un grito y vi que él se había soltado y le daba fuerte al grandote después por un rato no vi porque el negro me puso su manaza en la cara qué ricura con el otro brazo me había enganchado la cabeza qué olor dios mío los tres sudábamos como en enero al final uno me agarró el saco de cualquier modo iba a comprarme otro si él me puede dar algo a fin de mes siempre le parece que gasto demasiado quisiera ver cómo se las arreglaría para darnos de comer a los tres con los dos pesos miserables que me da por día sin duda piensa que todavía puedo ahorrar para comprarme un saco o mejor no comprármelo total qué le importa ahora cómo me visto pero claro se fija en las medias nailon de cualquier pelandusca que pasa haciéndole mimos con el trasero yo antes también lo movía de lo lindo pero ahora después de fregar dos pisos o dalequedale con la mugre que él deja en las medias y los calzoncillos y toda la porquería de los pañuelos no quedan ganas de irse a mover por ahí y para una casada no queda bien nunca falta una lechuza que le diga ya vi a su señora muy rica solita por Dieciocho no pasan los años por ella para que él les diga por usted tampoco como si lo oyera al muy hipócrita todas menos yo dicen qué monada eso es un marido pero no me diga delante de ésas habla con la elle claro todo fino y después conmigo suelta los carajos como dijo el negro aquél cuando yo le mordí la mano repugnante hasta que empecé a sentir en la boca el gusto a sudor y me vino una arcada fenomenal parecía mi suegra cuando le viene el ataque al hígado el tipo se asustó y le dijo al otro bruto che debe estar embarazada la pucha dijo el otro eso no es negocio ya me parecía muy barrigona el muy idiota lo que pasa es que viene sin faja y entonces miraron más allá donde estaba él a las trompadas con los otros y cuando el negro les gritó nosequé el grandote no lo estaba pasando muy bien y dijo entonces los dejamos no quiero líos recién al rato me di cuenta que se habían ido corriendo él me preguntó te lastimaron yo le dije no pero me rompieron el saco bueno ya estaba viejo dijo él qué milagro ahora está mansito seguro se habrá asustado cuando me vio patas arriba entre aquellos bestias él no lo pasó mejor tiene un ojo a la miseria yo con el pañuelo le sequé también la sangre del labio parecía parece más viejo bien hecho por qué me llamó estúpida cuando dije mirá esos tipos él siempre me llama estúpida cuando leo la crónica policial sin embargo se aprende enseguida me di cuenta de que era una patota menos mal que eran pocos y él está convencido que les metió miedo cuando yo sé que se fueron por mi arcada y también por mi barriga pero a él no le digo nada no tiene por qué darse cuenta que ahora no tengo la misma cinturita de cuando venía martes jueves y sábados siempre me miraba como a algo inmaterial a mí me daba rabia le hablaba por eso de Alberto a mí no me gustaba ese pituco pero él se lo creía todavía a veces lo fastidio para ver si me pega y pierde un poco esa blandura pero hoy estuvo mejor vi que les pegaba sin asco a esos cochinos así me gusta de vez en cuando podría mandarle una patota de encargo a ver si se despierta si no se va a endurecer siempre escribiendo a máquina o jugando al billar con tal de que no haya problemas es feliz no puedo aguantarme a veces por gusto le pongo cara rabiosa porque de lo contrario me empalaga bueno siempre fue así a Martín lo va podrir a mimos tiene nueve años y cada vez que habla se le llena la boca de saliva por la maldita costumbre de hacerse el nene en vez de avanzar retrocede cualquier día va a salir otra vez gateando a veces le pego y claro soy el ogro para él es muy cómodo hacer de reimago porque no lo aguanta el día entero ahora también le sangra el ojo lo dejaron lindo parece una careta pero si me río se enoja siempre cree que me burlo sin embargo me gusta con la cara deshecha lo prefiero así serio triste preocupado por lo que hubiera podido pasar al menos la vida dio un salto y él tendrá esto para contar quién sabe si lo cuenta siempre tiene miedo de jactarse de algo naturalmente él y yo somos un poco raros cualquier otro otra enseguida se hubieran abrazado mi Dios qué peligro viejita viejito querido pero nosotros como si nada seguimos caminando a un metro de distancia uno del otro como si la patota hubiera sido una broma y solamente por jugar nos hubiéramos revolcado en la tierra con esos asesinos estoy segura que nos matan si no se le ocurre al negro lo de mi embarazo Santa María madre de Dios ruega por nosotros peca pucha eran cinco quién hubiera visto mañana en el diario la mujer fue internada en estado de suma gravedad ahora y en la hora de nuestra muerte amén menos mal que aquí está el farol de la fábrica en la luz no se van a atrever de nuevo sin embargo a él yo querría decirle algo no sólo Juan María ni querido otra cosa que sepa que estoy y lo quiero y me gusta que se haya pegado fuerte con ésos y quizá baste con acercarme y no decirle nada y suspirar un poco y tocarlo tocarlo.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

martes, 23 de septiembre de 2025

Lingüistas

Mario Benedetti

 

Tras la cerrada ovación que puso término a la sesión plenaria del congreso internacional de lingüística y afines, la hermosa taquígrafa recogió sus lápices y sus papeles y se dirigió a la salida abriéndose paso entre un centenar de lingüistas, filólogos, eniólogos, críticos estructuralistas y deconstruccionalistas, todos los cuales siguieron su garboso desplazamiento con una admiración rayana en la grosemática. De pronto, las diversas acuñaciones cerebrales adquirieron vigencia fónica: ¡Qué sintagma, qué polisemia, qué significante, qué diacronía, qué centrar ceterorum, qué zungespitze, qué morfema! La hermosa taquígrafa desfiló impertérrita y adusta entre aquella selva de fonemas. Sólo se la vio sonreír, halagada y, tal vez, vulnerable, cuando el joven ordenanza, antes de abrirle la puerta, murmuró casi en su oído: ¡Cosita linda!

 

(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)

 

miércoles, 2 de julio de 2025

Acaso irreparable

Mario Benedetti

 

Cuando los parlantes anunciaron que las Líneas Centroamericanas de Aviación postergaban por veinticuatro horas su vuelo número 914, Sergio Rivera hizo un gesto de impaciencia. No ignoraba, por supuesto, la clásica argumentación: siempre es mejor una demora impuesta por la prudencia que una dificultad (“acaso irreparable”) en pleno vuelo. De cualquier manera, esta demora complicaba bastante sus planes con respecto a la próxima escala, donde ya tenía citas concertadas para el siguiente mediodía.

Decidió autoimponerse la resignación. La afelpada voz femenina del parlante seguía diciendo ahora que la Compañía proporcionaría vales a sus pasajeros para que cenaran, pernoctaran y desayunaran en el Hotel Internacional, cercano al Aeropuerto. Nunca había estado en este país eslavo y no le habría desagradado conocerlo, pero por una sola noche (y aunque el Banco del aeropuerto estaba atendiendo a los pasajeros en tránsito) no iba a cambiar dólares. De modo que fue hasta el mostrador de LCA, hizo cola para recibir los vales y decidió no pedir ni un solo extra durante la cena.

 

Nevaba cuando el ómnibus los dejó frente al Hotel. Pensó que era la segunda vez que veía nieve. La otra había sido en Nueva York, en un repentino viaje que debió realizar (al igual que éste, por cuenta de la Sociedad Anónima) hacía casi tres años. El frío de dieciocho bajo cero, que primero arremetió contra sus orejas y luego lo sacudió en un escalofrío integral, le hizo añorar la bufanda azul que había dejado en el avión. Menos mal que las puertas de cristal se abrieron antes de que él las tocara, y de inmediato una ola de calor lo reconfortó. Pensó que en ese momento le hubiera gustado tener cerca a Clara, su mujer, y a Eduardo, su hijo de cinco años. Después de todo, era un hombre de hogar.

En el restorán, vio que había mesas para dos, para cuatro y para seis. Él eligió una para dos, con la secreta esperanza de comer solo y así poder leer con tranquilidad. Pero simultáneamente otro pasajero le preguntó: “¿Me permite?”, y casi sin esperar respuesta se acomodó en el lugar libre.

El intruso era argentino y tenía un irrefrenable miedo a los aviones. “Hay quienes tienen sus amuletos”, dijo, “sé de un amigo que no sube a un avión si no lleva consigo cierto llavero con una turquesa. Sé de otro que viaja siempre con una vieja edición de Martín Fierro. Yo mismo llevo conmigo, aquí están, ¿las ve?, dos moneditas japonesas que compré, no se ría, en el Barrio Chino de San Francisco. Pero a mí no hay amuleto que me serene de veras”.

Rivera empezó contestando con monosílabos y leves gruñidos, pero a los diez minutos ya había renunciado a su lectura y estaba hablando de sus propios amuletos. “Mire, mi superstición acaba de sufrir la peor de las derrotas. Siempre llevaba esta Sheaffer’s pero sin tinta, y había una doble razón: por un lado no corría el riesgo de que me manchara el traje, y, por otro, presentía que no me iba a pasar nada en ningún vuelo mientras la llevara así, vacía. Pero en este viaje me olvidé de quitarle la tinta, y ya ve, pese a todo estoy vivo y coleando”. Le pareció que el otro lo miraba sin excesiva complicidad, y entonces se sintió obligado a agregar: “La verdad, es que en el fondo soy un fatalista. Si a uno le llega la hora, da lo mismo un Boeing que la puntual maceta que se derrumba sobre uno desde un séptimo piso”. “Sí”, dijo el otro, “pero así y todo, prefiero la maceta. Puede darse el caso de que uno quede idiota, pero vivo”.

El argentino no terminó el postre (“¿quién dijo que en Europa saben hacer el mousse de chocolate?”) y se retiró a su habitación. Rivera ya no estaba en disposición de leer y encendió un cigarrillo mientras dejaba que se asentara el café a la turca. Se quedó todavía un rato en el comedor, pero cuando vio que las mesas iban quedando vacías, se levantó rápidamente para no quedar último y se fue a su pieza, en el segundo piso. El pijama estaba en la valija, que había quedado en el avión, así que se acostó en calzoncillos. Leyó un buen rato, pero Agatha Christie despejó su enigma mucho antes de que a él le viniera el sueño. Como señalahojas usaba una foto de su hijo. Desde una lejana duna de El Pinar, con un baldecito en la mano y mostrando el ombligo, Eduardo sonreía, y él, contagiado, también sonrió. Después apagó la veladora y encendió la radio, pero la enfática voz hablaba una lengua endiablada, así que también la apagó.

Cuando sonó el teléfono, su brazo tanteó unos segundos antes de hallar el tubo. Una voz en inglés dijo que eran las ocho y buenos días y que los pasajeros correspondientes al vuelo 914 de LCA serían recogidos en la puerta del hotel a las 9 y 30, ya que la salida del avión estaba anunciada “en principio” para las 11 y 30. Había tiempo, pues, para bañarse y desayunar. Le molestó tener que usar, después de la ducha, la misma ropa interior que traía puesta desde Montevideo. Mientras se afeitaba, estuvo pensando cómo se las arreglaría para intercalar en el resto de la semana las entrevistas no cumplidas. “Hoy es martes 5”, se dijo. Llegó a la conclusión de que no tenía más remedio que establecer un orden de prioridades. Así lo hizo. Recordó las últimas instrucciones del Presidente del Directorio (“no se olvide, Rivera, que su próximo ascenso depende de cómo le vaya en su conversación con la gente de Sapex”) y decidió que postergaría varias entrevistas secundarias para poder dedicar íntegramente la tarde del miércoles a los cordiales mercaderes de Sapex, quienes, a la noche, quizá lo llevaran a aquel cabaret cuyo strip-tease tanto había impresionado, dos años atrás, al flaco Pereyra.

Desayunó sin compañía, y a las nueve y media, exactamente, el ómnibus se detuvo frente al Hotel. Nevaba aun más intensamente que la víspera, y en la calle el frío era casi insoportable. En el aeropuerto, se acercó a uno de los amplios ventanales y miró, no sin resentimiento, cómo el avión de LCA era atendido por toda una cuadrilla de hombres en mameluco gris. Eran las doce y quince cuando la voz del parlante anunció que el vuelo 914 de LCA sufría una nueva postergación, probablemente de tres horas, y que la Compañía proporcionaría vales a sus pasajeros para almorzar en el restorán del aeropuerto.

Rivera sintió que lo invadía un vaho de escepticismo. Como siempre que se ponía nervioso, eructó dos veces seguidas y registró una extraña presión en las mandíbulas. Luego fue a hacer cola frente al mostrador de LCA. A las 15 y 30, la voz agorera dijo, con envidiable calma, que “debido a desperfectos técnicos, LCA había resuelto postergar su vuelo 914 hasta mañana, a las 12 y 30”. Por primera vez, se escuchó un murmullo, de entonación algo agresiva. El adiestrado oído de Rivera registró palabras como “intolerable”, “una vergüenza”, “qué falta de consideración”. Varios niños comenzaron a llorar y uno de los llantos fue bruscamente cortado por una bofetada histérica. El argentino miró desde lejos a Rivera y movió la cabeza y los labios, como diciendo: “¿Qué me cuenta?”. Una mujer, a su izquierda, comentó sin esperanza: “Si por lo menos nos devolvieran el equipaje”.

Rivera sintió que la indignación le subía a la garganta cuando el parlante anunció que en el mostrador de LCA el personal estaba entregando vales para la cena, la habitación y el desayuno, todo por gentileza de la Compañía. La pobre muchacha que proporcionaba los vales debía sostener una estúpida e inútil discusión con cada uno de los pasajeros. Rivera consideró más digno recibir el vale con una sonrisa de irónico menosprecio. Le pareció que, con una ojeada fugaz, la muchacha agradecía su discreto estilo de represalia.

En esta ocasión Rivera llegó a la conclusión de que su odio se había vuelto comunicativo y se sentó a cenar en una mesa de cuatro. “Fusilarlos es poco”, dijo, en plena masticación, una señora de tímida y algo ladeada peluca. El caballero que Rivera tenía enfrente, abrió lentamente el pañuelo para sonarse; luego tomó la servilleta y se limpió el bigote. “Yo creo que podrían transferirnos a otra compañía”, insistió la señora. “Somos demasiada gente”, dijo el hombre del pañuelo y la servilleta. Rivera aventuró una opinión marginal: “Es el inconveniente de volar en invierno”, pero de inmediato se dio cuenta de que se había salido de la hipótesis de trabajo. A ella, por supuesto, se le hizo agua la boca: “que yo sepa, la Compañía no ha hecho ninguna referencia al mal tiempo. ¿Acaso usted no cree que se trata de una falla mecánica?”. Por primera vez se escuchó la voz (ronca, con fuerte acento germánico) del cuarto comensal: “Una de las azafatas explicó que se trata de un inconveniente en el aparato de radio”. “Bueno”, admitió Rivera, “si es así, la demora parece explicable, ¿no?”.

Allá, en el otro extremo del restorán, el argentino hacía grandes gestos, que Rivera interpretó como progresivamente insultantes para la Compañía. Después del café, Rivera fue a sentarse frente a los ascensores. En el salón del séptimo piso debía haber alguna reunión con baile, ya que de la calle entraba mucha gente. Después de dejar en el guardarropa todo un cargamento de abrigos, sombreros y bufandas, esperaban el ascensor unos jovencitos elegantemente vestidos de oscuro y unas muchachas muy frescas y vistosas. A veces bajaban otras parejas por la escalera hablando y riendo, y Rivera lamentaba no saber qué broma estarían festejando. De pronto se sintió estúpidamente solo, con ganas de que alguna de aquellas parejitas se le acercara a pedirle fuego, o a tomarle el pelo, o a hacerle una pregunta absurda en ese imposible idioma que al parecer tenía (¿quién lo hubiera creído?) sitio para el humor. Pero nadie se detuvo siquiera a mirarlo. Todos estaban demasiado entretenidos en su propio lenguaje cifrado, en su particular y alegre distensión.

Deprimido y molesto consigo mismo, Rivera subió a su habitación, que esta vez estaba en el octavo piso. Se desnudó, se metió en la cama, y preparó un papel para rehacer el programa de entrevistas. Anotó tres nombres: Kornfeld, Brunell, Fried. Quiso anotar el cuarto y no pudo. Se le había borrado por completo. Sólo recordó que empezaba con E. Le fastidió tanto esa repentina laguna que decidió apagar la luz y trató de dormirse. Durante largo rato estuvo convencido de que ésta iba a ser una de esas nefastas noches de insomnio que años atrás habían sido su tormento. Para colmo, no tenía esta vez el recurso de la lectura. Una segunda Agatha Christie había quedado en el avión. Estuvo un rato pensando en su hijo, y de pronto, con cierto estupor, advirtió que hacía por lo menos veinticuatro horas que no se acordaba de su mujer. Cerró los ojos para imponerse el sueño. Hubiera jurado que sólo habían pasado tres minutos cuando, seis horas después, sonó el teléfono y alguien le anunció, siempre en inglés, que el ómnibus los recogería a las 12 y 15 para llevarlos al aeropuerto. Le daba tanta rabia no poder cambiarse de ropa interior, que decidió no bañarse. Incluso tuvo que hacer un esfuerzo para lavarse los dientes. En cambio, tomó el desayuno alegremente. Sintió un placer extraño, totalmente desconocido para él, cuando sacó del bolsillo el vale de la Compañía y lo dejó bajo la azucarera floreada.

En el aeropuerto, después de almorzar por cuenta de LCA, se sentó en un amplio sofá que, como estaba junto a la entrada de los lavabos, nadie se decidía a ocupar. De pronto se dio cuenta de que una niña (rubia, cinco años, pecosa, con muñeca) se había detenido junto a él y lo miraba. “¿Cómo te llamas?”, preguntó ella en un alemán deliciosamente rudimentario. Rivera decidió que presentarse como Sergio era lo mismo que nada, y entonces inventó: “Karl”. “Ah”, dijo ella, “yo me llamo Gertrud”. Rivera retribuyó atenciones: “¿Y tu muñeca?”. “Ella se llama Lotte”, dijo Gertrud.

Otra niña (también rubia, tal vez cuatro años, asimismo con muñeca) se había acercado. Preguntó en francés a la alemancita: “¿Tu muñeca cierra los ojos?”. Rivera tradujo la pregunta al alemán, y luego la correspondiente respuesta al francés. Sí, Lotte cerraba los ojos. Pronto pudo saberse que la francesita se llamaba Madeleine, y su muñeca, Yvette. Rivera tuvo que explicarle concienzudamente a Gertrud que Yvette cerraba los ojos y además decía mamá. La conversación tocó luego temas tan variados como el chocolate, los payasos y los sendos papás. Rivera trabajó un cuarto de hora como intérprete simultáneo, pero las dos criaturas no le daban ninguna importancia. Mentalmente comparó a las rubiecitas con su hijo y reconoció objetivamente que Eduardo no salía mal parado. Respiró satisfecho.

De pronto Madeleine extendió su mano hacia Gertrud, y ésta como primera reacción, retiró la suya. Luego pareció reflexionar y la entregó. Los ojos azules de la alemancita brillaron, y Madeleine dio un gritito de satisfacción. Evidentemente, de ahora en adelante ya no hacía falta ningún intérprete, y las dueñas de Lotte e Ivette se alejaron, tomadas de la mano sin despedirse siquiera de quien tanto había hecho por ellas.

“LCA informa”, anunció la voz del parlante, menos suave que la de la víspera pero creando de todos modos un silencio cargado de expectativas, “que no habiendo podido solucionar aún los desperfectos técnicos, ha resuelto cancelar su vuelo 914 hasta mañana, en hora a determinar”.

Rivera se sorprendió a sí mismo corriendo hacia el mostrador para conseguir un buen lugar en la cola de los aspirantes a vales de cena, habitación y desayuno. No obstante, debió conformarse con el octavo puesto. Cuando la empleada de la Compañía le extendió el ya conocido papelito, Rivera tuvo la sensación de que había logrado un avance, tal vez algo parecido a un ascenso en la Sociedad Anónima, o a un examen salvado, o a la simple certidumbre del abrigo, la protección, la seguridad.

Estaba terminando de cenar en el hotel de siempre (una cena que había incluido una estupenda crema de espárragos, más Wienerschnitzel, más fresas con crema, todo ello acompañado por la mejor cerveza de que tenía memoria) cuando advirtió que su alegría era decididamente inexplicable. Otras veinticuatro horas de atraso significaban lisa y llanamente la eliminación de varias entrevistas y, en consecuencia, de otros tantos acuerdos. Conversó un rato con el argentino de la primera noche, pero para éste no había otro tema que el peligro peronista. La cuestión no era para Rivera demasiado apasionante, de modo que alegó una inexplicable fatiga y se retiró a su pieza, ahora en el quinto.

Cuando quiso reorganizar la nómina de entrevistas a cumplir, se encontró con que se acordaba solamente de dos nombres: Fried y Brunell. Esta vez el olvido le causó tanta gracia que la solitaria carcajada sacudió la cama y le extrañó que en la habitación vecina nadie reclamara silencio. Se tranquilizó pensando que en algún lugar de la valija que estaba en el avión había una libretita con todos los nombres, direcciones y teléfonos. Se dio vuelta bajo aquellas extrañas sábanas con botones y acolchado, y experimentó un bienestar semejante a cuando era niño y, después de una jornada invernal, se arrollaba bajo las frazadas. Antes de dormirse, se detuvo un instante en la imagen de Eduardo (inmovilizada en la foto de las dunas, con el baldecito en la mano) pero la creciente modorra le impidió advertir que no se acordaba de Clara.

A la mañana siguiente, miró casi con cariño su muda ya francamente sucia, por lo menos en los bordes del calzoncillo y en los tirantes de la camiseta. Se lavó tímidamente los ojos, pero casi enseguida tomó la atrevida decisión de no cepillarse los dientes. Volvió a meterse en la cama hasta que el teléfono dijo su cotidiano alerta. Luego, mientras se vestía, consagró cinco minutos a reconocer la bondad de la Compañía que financiaba tan generosamente la involuntaria demora de sus pasajeros. “Siempre viajaré por LCA”, murmuró en voz alta, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Por esa razón tuvo que cerrarlos y cuando los abrió, lo primero que distinguió fue un almanaque en el que no había reparado. En vez de jueves 7, marcaba miércoles 11. Sacó la cuenta con los dedos, y decidió que esa hoja debía pertenecer a otro mes, o a otro año. En ese momento opinó muy mal de la rutina burocrática en los Estados socialistas. Luego se levantó, desayunó, tomó el ómnibus.

Esta vez sí había agitación en el aeropuerto. Dos matrimonios, uno chileno y otro español, protestaban ruidosamente por las sucesivas demoras y sostenían que, desde el momento que ellos viajaban con un niño y una niña respectivamente, ambos de pocos meses, la Compañía debería ocuparse de conseguirles los pañales pertinentes, o en su defecto facilitarles las valijas que seguían en el avión inmóvil. La empleada que atendía el mostrador de LCA se limitaba a responder, con una monotonía predominantemente defensiva, que las autoridades de la Compañía tratarían de solucionar, dentro de lo posible, los problemas particulares que originaba la involuntaria demora.

Involuntaria demora. Demora involuntaria. Sergio escuchó esas dos palabras y se sintió renacer. Quizá era eso lo que siempre había buscado en su vida (que había sido todo lo contrario: urgencia involuntaria, prisa deliberada, apuro, siempre apuro). Recorrió con la vista los letreros del aeropuerto en lenguas varias: Sortie, Arrivals, Ausgang, Douane, Departures, Cambio, Herren, Change, Ladies, Verboten, Transit, Snack Bar. Algo así como su hogar.

De vez en cuando una voz, siempre femenina, anunciaba la llegada de un avión, la partida de otro. Nunca, por supuesto, del vuelo 914 de LCA, cuyo paralizado, invicto avión, seguía en la pista, cada vez más rodeado de mecánicos en overalls, largas mangueras, jeeps que iban y venían trayendo o llevando nuevos operarios, o tornillos, u órdenes.

“Sabotaje, esto es sabotaje”, pasó diciendo un italiano enorme que viajaba en primera. Rivera tomó sus precauciones y se acercó al mostrador de LCA. De ese modo, cuando el parlante anunciara la nueva demora involuntaria, él estaría en el primer sitio para recoger el vale correspondiente a cena, habitación y desayuno.

Gertrud y Madeleine pasaron junto a Rivera, tomadas de la mano y ya sin muñecas. Las chiquilinas (¿serían las mismas, u otras muy semejantes?, estas rubiecitas europeas son todas iguales) parecían tan conformes como él con la demora involuntaria. Rivera pensó que ya no habría ninguna entrevista, ni siquiera con la gente de ¿cómo era? Se probó a sí mismo tratando de recordar algún nombre, uno solo, y se entusiasmó como nunca cuando verificó que ya no recordaba ninguno.

También esta vez se encontró con un almanaque frente a él, pero la fecha que marcaba (lunes 7) era tan descabellada, que decidió no darle importancia. Fue precisamente en ese instante que entraron en el vasto hall del aeropuerto todos los pasajeros de un avión recién llegado. Rivera vio al muchacho, y sintió que lo envolvía una sensación de antiguo y conocido afecto. Sin embargo, el adolescente pasó junto a él, sin mirarlo siquiera. Venía conversando con una chica de pantalones de pana verde y botitas negras. El muchacho fue hasta el mostrador y trajo dos jugos de naranja. Rivera, como hipnotizado, se sentó en un sofá vecino.

“Dice mi hermano que aquí estaremos más o menos una hora”, dijo la chica. Él se limpió los labios con el pañuelo. “Estoy deseando llegar”. “Yo también”, dijo ella. “A ver si escribís. Quién te dice, a lo mejor nos vemos. Después de todo, estaremos cerca”. “Vamos a anotar ahora mismo las direcciones”, dijo ella.

El muchacho empuñó un bolígrafo, y ella abrió una libretita roja. A dos metros escasos de la pareja, Sergio Rivera estaba inmóvil, con los labios apretados.

“Anotá”, dijo la muchacha, “María Elena Suárez, Koenigstrasse 21, Nuremberg. ¿Y vos?”. “Eduardo Rivera, Lagergasse 9, Viena III”. “¿Y cuánto tiempo vas a estar?” “Por ahora, un año”, dijo él. “Qué feliz, che. ¿Y tu viejo no protesta?”

El muchacho empezó a decir algo. Desde su sitio no pudo entender las palabras porque en ese preciso instante el parlante (la misma voz femenina de siempre, aunque ahora extrañamente cascada) informaba: “LCA comunica que, en razón de desperfectos técnicos, ha resuelto cancelar su vuelo 914 hasta mañana, en hora a determinar”.

Solo cuando el anuncio llegó a su término, la voz del adolescente fue otra vez audible para Sergio: “Además, no es mi viejo sino mi padrastro. Mi padre murió hace años, ¿sabés?, en un accidente de aviación”.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

lunes, 24 de marzo de 2025

La vereda alta

Mario Benedetti

 

Si yo hubiera tenido padre y madre, todo habría sido diferente. Pero mi familia era una abuela materna, y una abuela materna no alcanza para nada. Además, a ésta le faltaban casi todos los dientes y siempre, cuando hablaba, uno creía que iba a escupir el último. Es probable que su odio hacia mí haya empezado en eso. Ella se daba cuenta de lo mal que me impresionaban sus encías inermes y balbucientes. Pero yo no podía evitarlo, así como ella no evitaba el odio.

Sin embargo, en un pueblo como éste, que nunca había sido demasiado benigno, constituíamos un binomio abuela-nieto de tal ejemplaridad que las madres lo señalaban a sus hijos y a sus propias madres para estimular a unos y a otras el mutuo entendimiento.

Era en verdad conmovedor vernos salir por la tarde, a la abuela y a mí, mi mano en su mano, sonrientes y simpáticos, deteniéndonos en la plaza para saludar al zapatero que hablaba de crímenes mientras remendaba, y también en la farmacia para que el boticario me llenara el bolsillo derecho con caramelos de miel o de menta. Era conmovedor escuchar a la abuela preguntándome si quería dar una vuelta en el único autobús de la localidad, para brindarme así el placer de contemplar la chiva que estaba siempre, aburrida y soñolienta, un poco antes de la última curva. Y era conmovedor escucharme decir que no, que hoy no tenía ganas, cuando en realidad todos sabían que yo me sacrificaba para que ella economizara diez centésimos.

Entonces la abuela sonreía comprensiva, comprensiva y sin dentadura, y me invitaba a ir hasta la vereda alta. A esto ya no me negaba, porque no costaba dinero y el sacrificio hubiera sido ridículo y además porque la vereda alta era mi mejor experiencia de ese entonces.

La vereda alta estaba cerca del molino. Sé que tenía un borde de ladrillos muy rojos y que estaba como dos metros por encima de la calle de barro. Cuando los días sin lluvia se prolongaban demasiado, la calle de barro era entonces de polvo y mi abuela no me quería llevar porque el polvo se le metía en las orejas. A mí se me metía en las narices, pero eso lo arreglaba yo con un par de estornudos.

Todavía hoy no comprendo bien el atractivo sin muchas razones que esa vereda tenía para mí. Recuerdo que allá abajo, en el barro, cuatro o cinco muchachos aprendían a no tenerse piedad y se tiraban con lo que encontraban más a mano, ya fuera un cascote o un aro de barrica. Cierta vez uno de éstos suspendió su vuelo en el moño de mi abuela y luego de vacilar un poco, se decidió a caer sobre ella, quedando humildemente a sus pies luego de brindarle una serie de abrazos rápidos y estertorosos. Yo reí en cuanto me dejó libre la sorpresa, y los muchachos de abajo también rieron y por un rato no se pelearon más.

Cuando pasaba una cosa así, mi abuela castigaba en mí la travesura ajena y yo me quedaba sin vereda por un par de días. Esa vez sucedió lo mismo. Fue entonces cuando inauguré oficialmente mis meditaciones. Ya antes de eso las había tenido, pero simplemente como aficionado. Frecuentemente había pensado en mi oficio de huérfano y en las ventajas y desventajas que me acarreaba el ejercerlo. Yo no lo había elegido, estaba claro, pero tampoco lo comprendía del todo. No obstante, cuando me decidí a meditar en serio, tuve que elegir un tema de mayor enjundia y con suficiente material de dudas como para llenar las horas sin vereda.

Así, pues, cuando terminaba mi composición sobre tema libre (las moscas, mi rodilla, la bocina), yo me sentaba frente al gallinero a comer galleta y a pensar en la muerte. Ése sí era un tema, tan grande que no cabía en las composiciones, tan fuerte que me dejaba siempre un poco pálido. Yo cerraba los ojos. También el día cerraba los suyos y el gallinero se quedaba en paz. Entonces se podía meditar. Como el tema era la muerte, era preciso ante todo llegar a concebirla. Para concebirla, nada mejor que no pensar en nada. No pensando en nada, llegaría a no ser, que era la muerte. Era evidente. Así, al menos, lo creía. Pero cuando me parecía estar alcanzando el vacío completo, la total desaparición de mí mismo, hallaba que, finalmente, estaba pensando en no pensar. Y aunque fuese nada mi único pensamiento, por eso solo ya resultaba todo. Claro que esto es únicamente la traducción aproximada de aquella suerte de dialecto infantil en que entonces me llegaban las sensaciones. Pero en esencia, no era mucho más que eso.

Fue después de la novena o décima meditación que me convencí de dos cosas bastante importantes. La primera, que no podía existir la muerte como nada total y absoluta. La segunda, que la única forma de saberlo era morirse. En realidad, yo pensaba que esto era un negocio redondo, porque si me moría y después resultaba que no había Nada, poco me importaba perder contra mí mismo y no estaría, por otra parte, en condiciones de lamentarlo; si, por el contrario, había Algo, no sólo ganaba sino que sabría. Y esto me resultaba más importante que todos los otros argumentos. Sabría. Yo era mucho más curioso que cobarde. Por lo tanto, decidí morir a corto plazo.

Una noche mi abuela me besó con su baba de costumbre y como esta vez yo me porté bien y no me limpié el beso con la manga, me anunció que a la mañana siguiente iríamos de nuevo a la vereda alta. Yo estaba decidido a morir y un paseo más o menos era muy poco para conmover a quien iba a emprender el más largo –o el más corto, ya se vería– de todos los viajes. Sin embargo, en ese momento se me ocurrió que no estaría mal aprovechar la vereda. Después de todo, era lo que más quería, más aún que un disco que había sido de mi padre y en el cual serruchaban la Barcarola de Offenbach, más aún que una caja de soldados de plomo sin pintar, a quienes hacía desfilar en la cocina y cuya monotonía me volvió finalmente antimilitarista.

Al otro día me desperté temprano. Lo miré todo sin melancolía. Una muerte experimental no era para llorar ni para despedirse. Antes de salir, me di el gusto de hacer la composición sobre el tema La abuela.

Salimos a las diez. Pacientemente aguanté la visita al zapatero y hasta chupé un caramelo de los usuales en lo del boticario. Así el buen hombre tendría motivo para decir después: “¡Pensar que el pobrecito se fue hoy chupando una de mis golosinas!”

La vereda alta estaba más linda que de costumbre. Como había llovido la noche anterior, el barro estaba fresco y los ladrillos rozagantes. Los muchachos de siempre jugaban abajo a la guerra de siempre. Un aro de barrica cortó el aire y aunque a mi abuela se le estremeció el moño, cayó muy lejos de nosotros.

Sin que yo se lo pidiera, ella soltó mi mano. Yo di algunos pasos preparatorios. Miré hacia abajo y me extrañé de no sentir vértigo. Después de varias miradas prolijas, elegí la piedra sobre la que pensaba caer de cabeza.

Mi abuela estaba mascullando un no sé qué aviso, cuando yo simulé un paso en falso y me tiré. Un látigo de imágenes azotó mis ojos y enseguida sentí un dolor tremendamente intenso.

Naturalmente, todo quedó en una pierna rota y un arañazo de ladrillo. Pero en aquel momento yo creía que estaba muerto. Que la muerte era algo. Que ese Algo era espantoso. Y que desde la altísima vereda hasta esa muerte mía de dolor y de barro, el odio de mi abuela llegaba en bofetadas.

 

viernes, 5 de julio de 2024

El Otro Yo

Mario Benedetti

 

Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.

El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.

Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehízo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado.

Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.

Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le llenó de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas. Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: “Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable”.

El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.

 

martes, 7 de mayo de 2024

Miles de ojos

Mario Benedetti

 

Desde temprano habían menudeado las llamadas de felicitación. Para el ex torturador (todavía no se sentía cómodo con esa partícula: ex) ya no había peligro. La tan cuestionada ley de amnistía ahora tenía el aval del voto popular. A las felicitaciones él había respondido con risas, con murmullos de aprobación, con entusiasmo, sin escrúpulos. Sin embargo no se sentía eufórico. Desayunó a solas, como siempre. A pesar de sus cuarenta, se mantenía soltero. Estaba Eugenia, claro, pero en una zona siempre provisional. Recogió los diarios que habían deslizado bajo la puerta, pero se salteó precisamente aquellas páginas, aparatosamente tituladas, que analizaban la ahora confirmada amnistía. Sólo se detuvo en Internacionales y en Deportes. Luego se dedicó a regar las plantas y el césped del fondo. La recomendación oficial decía que, hasta nuevo aviso, era imprescindible ahorrar agua corriente y prohibía especialmente el riego de jardines. Pero él gozaba de amnistía. Todo le estaba permitido. Si le habían perdonado torturas, violaciones y muertes, no lo iban a condenar por un gasto excesivo de agua. Democracia es democracia. El agua salía con fuerza tal que algunos tallitos, los más débiles, se inclinaban e incluso hubo uno que se quebró. Lo apartó con el pie. Así estuvo dos horas. Regaba y volvía a regar, dos o tres veces las mismas plantas, que ya no agradecían la lluvia. Cuando sintió en los pies el frío de las zapatillas húmedas, cerró por fin la canilla, entró en la casa y se vistió informalmente para ir al supermercado. Una vez allí, hizo un buen surtido de bebidas y comestibles hasta llenar prácticamente el carrito y se puso en la cola de la caja. Un signo de igualdad y fraternidad, pensó: aunque estaba amnistiado, de todos modos se resignaba a hacer la cola. De pronto sintió que una mano fuerte le tomaba el brazo y experimentó una corriente eléctrica. ¿Como una picana? No. Simplemente una corriente eléctrica. Se dio vuelta con rapidez y con cierta violencia y se encontró con un vecino de rostro amable, un poco sorprendido por la reacción que había provocado. Disculpe, dijo el señor, sólo quería avisarle que se le cayó la billetera. Él sintió que las mejillas le ardían. Emitió un breve tartamudeo de excusas y agradecimiento y recogió la billetera. Precisamente en ese momento había llegado su turno, así que fue colocando sus compras frente a la cajera, pagó, y metió todo en la bolsa que había traído a esos efectos. Cuando abandonaba el supermercado, oyó que alguien le decía, al pasar, enhorabuena, nadie hizo comentario alguno pero él comprobó que uno de los clientes, un bancario que pasaba a diario frente a su casa haciendo jogging, levantaba inequívocamente las cejas. Pensó en los perros de caza, cuando, al detectar la proximidad de la presa, levantan las orejas. ¿Él sería la presa? Boludeces, muchacho, boludeces. Estoy amnistiado. Un hombre sin deudas con la sociedad. Todo lo hice por obediencia debida (con alguna yapa, como es natural), mi conciencia y yo estamos en paz. Ya en la casa, fue vaciando la bolsa, metió en la heladera lo que correspondía, y lo demás en la despensita, sin mayor orden. Mañana, cuando viniera Antonia a hacer la limpieza, sabría a qué estante pertenecía cada cosa. Encendió la radio pero sólo había rock, así que la apagó y se quedó un buen rato contemplando el techo y sus crecientes manchas de humedad. Llamar al constructor, anotó mentalmente. Después fue al dormitorio, se desnudó, se duchó, se vistió de nuevo pero con ropa de salir, fue al garaje, encendió el motor del Peugeot, pensó hacer todo el camino por la Rambla pero mejor no, siempre es más seguro por Bulevar España y Maldonado. Qué tontería. ¿Más seguro? Vamos, vamos, si estoy amnistiado. Y rumbeó hacia la Rambla. No había muchos coches. A la altura del puertito del Buceo, lo pasó un Mercedes, que de pronto frenó. El conductor le hizo señas para que se detuviera. Él vaciló. Sólo por una décima de segundo. El corazón le golpeaba con fuerza. La Rambla jamás es segura. Fue sólo un instante, pero en ese destello calculó que, si bien había suficiente distancia como para esquivar al otro coche y huir, el motor del otro era mucho más potente y le daría alcance sin problemas. De modo que se resignó y frenó junto al Mercedes. El otro asomó una cara sonriente. Lleva la valija abierta, amigo, ¿no se había dado cuenta? No, no se había dado cuenta, así que dijo gracias, ha sido muy amable, y se bajó para cerrar la valija. Sin embargo, la valija no estaba abierta. Todo él se llenó de sospecha y prevención, pero el Mercedes ya había arrancado y se había perdido tras la curva. Miró hacia atrás, hacia el costado, hacia adelante. No había otros coches a la vista. ¿Podría ser que la valija se cerrara sola? ¿Por qué no? Boludeces, muchacho, boludeces. Pero cuando volvió a empuñar el volante, dejó abierta la gaveta donde estaba el revólver y por supuesto no siguió por la Rambla. Cuando llegó al Centro, y a pesar de que en esa cuadra había dos sitios libres, no se arriesgó a dejar el coche en la calle y lo llevó a una playa de estacionamiento. Recordó que debía comprarse una camisa. Entró en una tienda y le dijo al vendedor que la quería blanca, de mangas largas, para vestir. ¿Es para usted? Sí, es para mí. ¿La quiere con el cuello flojo o más bien apretado? ¿Cómo apretado, qué quiere decir con eso? Oh, no lo tome a mal, me parece bien que lo quiera flojo, hoy en día nadie usa una camisa que lo estrangule. Hoy en día. Naturalmente. Hoy en día nadie. Estoy amnistiado. Nadie quiere que lo estrangulen. Ya no se usa. Se llevó la camisa blanca, para vestir, de mangas largas, y de cuello flojo (39 en vez de 38, que era su número). Le pareció carísima, pero no quería llamar la atención, así que pagó con un gesto de soberbia y a la vez de despreocupación por el dinero, y empezó a caminar por Dieciocho. Desde un auto, detenido porque el semáforo estaba en rojo, un desconocido le gritó: felicidades. ¿Quién será? Por las dudas saludó con la mano y entonces el otro le mostró la lengua. Su intención fue acercarse, pero el semáforo se había puesto verde y el auto arrancó con estruendo, entre las risotadas de sus ocupantes. Guarangos, sólo eso, se dijo. Pero por qué lo de felicidades. ¿Por la amnistía? ¿O simplemente había sido una palabra amable, destinada a servir de contraste con el gesto ofensivo que la iba a seguir? Vaya, después de todo no era la primera lengua que veía, por cierto había visto otras, más dramáticas que la de ese idiota. Cosas del pasado. Abur. Por orden del presidente, la buena gente había cerrado los ojos de la nuca. Ahora ya no iban a escribir verdugos a la cárcel, verdad y justicia, y otras sandeces. Ahora habían aprendido a decir: se le cayó la billetera, enhorabuena, amigo lleva la valija abierta, felicidades. Almorzó solo, en un restaurante donde nadie lo conocía. Sin embargo, cuando estaba en el churrasco a la pimienta, vio que desde otra mesa alguien lo saludaba, pero estaba tan lejos que su miopía no le permitió distinguir quién era. Al rato vino el mozo con una tarjetita. El nombre era del corresponsal de una agencia internacional, y había unas líneas recién escritas: Tengo sumo interés en hacerle una entrevista. Sobre la amnistía, ya se lo habrá imaginado. Le pidió al mozo que le dijera a ese señor que muchas gracias, pero que no era posible. Ya no pudo seguir comiendo a gusto. Al concluir no pidió café sino un té de boldo, pero ni así. Salió rápidamente, sin mirar al corresponsal, que se quedó en el fondo, haciendo señas en vano. Iría a lo de Eugenia, era la hora. Ella le había telefoneado bien temprano para decirle que lo esperaba con champán. Un alivio. Por lo menos aquel apartamento, que él había financiado, era tierra conocida y no devastada. Eugenia estaba vestida poco menos que para una fiesta. Estarás tranquilo ahora, me imagino, fue la bienvenida. Sí, bastante. Pero no lo estaba y ella lo advirtió. No seas estúpido, mi amor, ese asunto se acabó, ya lo dijo el presidente, ahora hay que mirar hacia adelante. En una ocasión como ésta, y tras el brindis de rigor (por la democracia, dijo Eugenia, y soltó una carcajada), estaba más que cantado que irían a la cama. Y fueron. Durante todo el trámite, él estuvo con la cabeza en otra parte, pero así y todo pudo cumplir como un buen soldado. En un momento, ella había apretado su abrazo de forma exagerada y él sintió que se asfixiaba. Por un momento tuvo pánico, casi se mareó. ¿Será el abrazo, o el anís tendría algo? ¿Será posible? ¿Nada menos que Eugenia? Afortunadamente, todo pasó, Eugenia había aflojado el abrazo, dijo que había estado regio, él pudo respirar normalmente, y ella empezó a besarlo, como lo hacía siempre en la etapa post coitum, de abajo hasta arriba. De pronto él anunció que se iba. ¿Ya? Esta noche tengo una reunión y quiero estar despejado, quiero dormir un poco. ¿Es por la amnistía? No, dijo él, receloso, es por otra cosa. ¿Y dónde es? Él la miró, desconfiado. A esta altura del partido, no iba a caer en trampa tan ingenua. También podía suceder que, precisamente por ser tan ingenua, no fuese trampa. Todavía no lo sé, me avisarán esta tarde. Nublado está mi cielo, dijo ella, sí, es mejor que te vayas, a ver si mañana estás menos tenso. Estoy cansado, sólo eso. Bajó a la calle, caminó unas cuadras hasta donde había dejado el auto y antes de arrancar lo examinó con cuidado. Esta vez no tomó por la Rambla, entre otras cosas porque soplaba un viento que auguraba tormenta. Trató de ir esquivando (antigua precaución) las esquinas con semáforos, que obligaban siempre a detenerse y de hecho convertirse en blanco fijo. Cuando llegó a casa, notó con asombro que la luz de la cocina estaba encendida. ¿Y eso? ¿La habré encendido yo mismo hoy temprano, y luego, cuando me fui, como era de día, no me di cuenta? Vaya, todo estaba en orden. Quería descansar. Abrió la cama, se quitó la ropa (siempre dormía desnudo) y tomó un somnífero suave, suficiente para descansar unas horas. Por supuesto, no tenía ninguna reunión esta noche. Experimentó un cosquilleo de satisfacción cuando advirtió que sus ojos se iban cerrando. Sólo cuando estuvo profundamente dormido, comenzó a recorrer un corredor en tinieblas, una suerte de túnel interminable, cuyas paredes eran sólo ojos, miles y miles de ojos que lo miraban, sin ningún parpadeo. Y sin perdón.

 

martes, 9 de abril de 2024

Beatriz, la polución

Mario Benedetti

 

Dijo el tío Rolando que esta ciudad se está poniendo imbancable de tanta polución que tiene. Yo no dije nada para no quedar como burra pero de toda la frase sólo entendí la palabra ciudad. Después fui al diccionario y busqué la palabra imbancable y no está. El domingo, cuando fui a visitar al abuelo le pregunté qué quería decir imbancable y él se rio y me explicó con buenos modos que quería decir insoportable. Ahí sí comprendí el significado porque Graciela, o sea mi mami, me dice algunas veces, o más bien casi todos los días, por favor Beatriz por favor a veces te pones verdaderamente insoportable. Precisamente ese mismo domingo a la tarde me lo dijo, aunque esta vez repitió tres veces por favor por favor por favor Beatriz a veces te pones verdaderamente insoportable, y yo muy serena, habrás querido decir que estoy imbancable, y a ella le hizo gracia, aunque no demasiada pero me quitó la penitencia y eso fue muy importante. La otra palabra, polución, es bastante más difícil. Esa sí está en el diccionario. Dice, polución: efusión de semen. Qué será efusión y qué será semen. Busqué efusión y dice: derramamiento de un líquido. También me fijé en semen y dice: semilla, simiente, líquido que sirve para la reproducción. O sea que lo que dijo el tío Rolando quiere decir esto: esta ciudad se está poniendo insoportable de tanto derramamiento de semen. Tampoco entendí, así que la primera vez que me encontré con Rosita mi amiga, le dije mi grave problema y todo lo que decía el diccionario. Y ella: tengo la impresión de que semen es una palabra sensual, pero no sé qué quiere decir. Entonces me prometió que lo consultaría con su prima Sandra, porque es mayor y en su escuela dan clase de educación sensual. El jueves vino a verme muy misteriosa, yo la conozco bien cuando tiene un misterio se le arruga la nariz, y como en la casa estaba Graciela, esperó con muchísima paciencia que se fuera a la cocina a preparar las milanesas, para decirme, ya averigüé, semen es una cosa que tienen los hombres grandes, no los niños, y yo, entonces nosotras todavía no tenemos semen, y ella, no seas bruta, ni ahora ni nunca, semen sólo tienen los hombres cuando son viejos como mi padre o tu papi el que está preso, las niñas no tenemos semen ni siquiera cuando seamos abuelas, y yo, qué raro eh, y ella, Sandra dice que todos los niños y las niñas venimos del semen porque este líquido tiene bichitos que se llaman espermatozoides y Sandra estaba contenta porque en la clase había aprendido que espermatozoide se escribe con zeta. Cuando se fue Rosita yo me quedé pensando y me pareció que el tío Rolando quizá había querido decir que la ciudad estaba insoportable de tantos espermatozoides (con zeta) que tenía. Así que fui otra vez a lo del abuelo, porque él siempre me entiende y me ayuda aunque no exageradamente, y cuando le conté lo que había dicho tío Rolando y le pregunté si era cierto que la ciudad estaba poniéndose imbancable porque tenía muchos espermatozoides, al abuelo le vino una risa tan grande que casi se ahoga y tuve que traerle un vaso de agua y se puso bien colorado y a mí me dio miedo de que le diera un patatús y conmigo solita en una situación tan espantosa. Por suerte de a poco se fue calmando y cuando pudo hablar me dijo, entre tos y tos, que lo que tío Rolando había dicho se refería a la contaminación atmosférica. Yo me sentí más bruta todavía, pero enseguida él me explicó que la atmósfera era el aire, y como en esta ciudad hay muchas fábricas y automóviles todo ese humo ensucia el aire o sea la atmósfera y eso es la maldita polución y no el semen que dice el diccionario, y no tendríamos que respirarla pero como si no respiramos igualito nos morimos, no tenemos más remedio que respirar toda esa porquería. Yo le dije al abuelo que ahora sacaba la cuenta que mi papá tenía entonces una ventajita allá donde está preso porque en ese lugar no hay muchas fábricas y tampoco hay muchos automóviles porque los familiares de los presos políticos son pobres y no tienen automóviles. Y el abuelo dijo que sí, que yo tenía mucha razón, y que siempre había que encontrarle el lado bueno a las cosas. Entonces yo le di un beso muy grande y la barba me pinchó más que otras veces y me fui corriendo a buscar a Rosita y como en su casa estaba la mami de ella que se llama Asunción, igualito que la capital de Paraguay, esperamos las dos con mucha paciencia hasta que por fin se fue a regar las plantas y entonces yo muy misteriosa, vas a decirle de mi parte a tu prima Sandra que ella es mucho más burra que vos y que yo, porque ahora sí lo averigüé todo y nosotras no venimos del semen sino de la atmósfera.

miércoles, 27 de marzo de 2024

Persecuta

Mario Benedetti

 

Como en tantas y tantas de sus pesadillas, empezó a huir, despavorido. Las botas de sus perseguidores sonaban y resonaban sobre las hojas secas. Las omnipotentes zancadas se acercaban a un ritmo enloquecido y enloquecedor.

Hasta no hace mucho, siempre que entraba en una pesadilla, su salvación había consistido en despertar, pero a esta altura los perseguidores habían aprendido esa estratagema y ya no se dejaban sorprender.

Sin embargo esta vez volvió a sorprenderlos. Precisamente en el instante en que los sabuesos creyeron que iba a despertar, él, sencillamente, soñó que se dormía.

 

martes, 26 de marzo de 2024

Eso

Mario Benedetti

 

Al preso lo interrogaban tres veces por semana para averiguar “quién le había enseñado eso”. Él siempre respondía con un digno silencio y entonces el teniente de turno arrimaba a sus testículos la horrenda picana.

Un día el preso tuvo la súbita inspiración de contestar: “Marx. Sí, ahora lo recuerdo, fue Marx”. El teniente asombrado pero alerta, atinó a preguntar: “Ajá. Y a ese Marx ¿quién se lo enseñó?” El preso, ya en disposición de hacer concesiones agregó: “No estoy seguro, pero creo que fue Hegel”.

El teniente sonrió, satisfecho, y el preso, tal vez por deformación profesional, alcanzó a pensar: “Ojalá que el viejo no se haya movido de Alemania”.

 

lunes, 25 de marzo de 2024

Su amor no era sencillo

Mario Benedetti

 

Los detuvieron por atentado al pudor. Y nadie les creyó cuando el hombre y la mujer trataron de explicarse. En realidad, su amor no era sencillo. Él padecía claustrofobia, y ella, agorafobia. Era sólo por eso que fornicaban en los umbrales.

 

viernes, 19 de enero de 2024

Esta mañana

Mario Benedetti

 

Lo han arrojado del sueño con la piel estirada, los ojos desmesuradamente abiertos a la luz inmóvil que aletarga el cuarto. Puede reconocerse, sin embargo, nombrarse en alta voz. No bien dice “Jorge”, retrocede el hechizo. Entonces le es dado adivinar relativamente lejos su propio pie sosteniendo la sábana, y, más cerca, su mano izquierda, sola, dormida aún, abandonada sobre el pecho, junto a La estancia vacía, de Morgan, abierto en la página ciento cincuenta y tres. Cuando la otra mano, la derecha, vuelve a tomar el libro entre sus dedos –el pulgar inmiscuido entre las hojas como otro lector–, Jorge prueba a leer: “Se lo dije porque las palabras estaban llenas de vida para mí. ¿No ha escrito usted nunca una carta sin la intención de mandarla, y la ha puesto en un sobre sin la intención de mandarla, y ha salido con ella… todavía sin el propósito de enviarla; y entonces ha oído cómo caía en el buzón?” Sí, esto puede entenderse. Él sabe por qué se ha detenido allí y aceptado el tema. Además, se conoce resistente y lúcido, lo suficiente como para aplazar hasta hoy, si no la interpretación, al menos la continuación de cierto anhelo de la víspera.

Todavía sin plan, todavía desordenado y hosco, aparta la sábana con un ademán lento y se sienta en la cama, los pies apoyados sobre el piso desnudo, lejos de la alfombra. Es el momento oportuno para acercar los zapatos, los arqueados zapatos negros. Pero no acaba de decidirse. Mientras el frío de las baldosas va piernas arriba, caderas arriba, hasta lamer el vaho tibio de la cama, que aún perdura en su espalda, en su pecho, en sus hombros, conserva todavía en la cabeza –no tanto en la memoria– el sonido y el olor de anteayer, el olor y el sonido de la figura aborrecida y admirada, del hombre alto, calvo y afeitado, con el enorme vientre desafiante y las piernas firmes, un poco separadas. Aborrecido y admirado, no. Ni aborrecer ni admirar. Más bien sentir en la conciencia… menos que eso, en la boca, en las manos, en los ojos, la justificación del propio pudor, el asco indiferente hacia el hombre alto.

Quién sabe hasta dónde puede, podría obstinarse el pudor. Subsiste, pese al retroceso de los pensamientos, pese al estancamiento o la deformación de la vergüenza. El pudor tira hacia sí, porque es una especie de raíz de la raíz. Acaso, finalmente, el único camino hacia el altruismo.

Uno toma los calcetines de la víspera –pasos, umbrales, escalones–, uno toma los calcetines e introduce en cada uno de ellos el pie frío, violáceo de várices pequeñas, endurecido. Si comienza a vestirse es porque ha resuelto esquivar el baño matinal, por un inexplicable temor supersticioso a quedarse limpio de todo lo maquinado hasta ayer. Quedarse limpio, ¿por qué?, ¿de qué? Uno no tiene mayormente dudas sobre el fondo, sobre el origen, sobre el color moral del asunto. Las dudas –no vacilaciones: uno puede vacilar en dudar o lanzarse de lleno a la duda–, las dudas sólo son acerca del procedimiento, de detalles del procedimiento.

Sentirse vestido es, en cierto modo, acabar de despertarse. Ayuda a ayudarse, a desalojar la inseguridad, a ser. Uno se siente vestido y se halla listo para gobernar la mirada, para encerrarse en uno o para salir de uno, para agonizar irremediablemente o para estallar en la rutina. Percibe cómo la sangre reconoce su mundo y corre y vive. Y uno se siente vivir al ritmo de la sangre: aunque parezca mentira, uno se siente vivir al ritmo de la propia sangre. Aunque parezca mentira, la sangre también conserva el sonido y el olor de anteayer, cuando el hombre alto, calvo y afeitado que se llama Gálvez irrumpió en la sala de escritorios verdes y metálicos (todos estaban comentando el último partido y la original y atrevida tesis de Menéndez acerca del sistema M-W se basaba enteramente en la sabiduría de un comentarista de radio) y nadie supo que estaba allí, a tal punto que Silvia le rozó el vientre enorme y desafiante al intentar reproducir la ejecución de un córner. Pero él quiso apoyarse, él, Gálvez, quiso apoyarse, antes de hablar, en un poco de desprecio, y para ello sonrió. Y estuvo bien, porque los otros oyeron la sonrisa y entendieron que debían sentarse cada uno detrás de su escritorio verde. Jorge le vio mover las cejas, que Gálvez movió porque Jorge lo miraba. Y cuando dijo “Ayolas”, Jorge no dijo nada y los demás miraron y nada más. Era algo inexplicable, porque los otros pensaban: “Éste es Jorge Ayolas y no dice nada”. Y entonces Gálvez se irguió de veras y el vientre grande se estiró un poco al aumentar la distancia entre los muslos y las costillas. Y preguntó: “¿Por qué no vino ayer?”, pero más bien preguntaba: “¿Usted se ha dado cuenta?”, aunque en rigor él dijo lo otro y casi todos entendieron lo otro. Jorge sí podía entender, porque conocía al hombre alto, calvo y afeitado, y cuando estaba con él en el despacho, se olvidaba a veces de Jorge y actuaba y hablaba y pensaba como si Jorge no estuviera a sus espaldas, escribiendo o simplemente mirando la máquina.

Como ahora mira la taza blanca. Desde que desayuna con té-con-leche, siente el placer fácil de contemplar la taza blanca, rodeada de platillos con manteca, queso, dulce, pan tostado. Es un momento de intimidad, de soledad provechosa y desnuda. Se trata de algo simplemente creador, esto de acomodar la manteca en la rebanada, esto de dejar penetrar lentamente en el líquido los terrones de azúcar que sostiene la cucharilla. Ahora, con la taza a la altura de la boca y a través de su aureola humeante, puede verse la ventana de cielo, puede verse la ventana de nubes. Uno tiene en las manos el color de su día: rutina o estallido. Mas, para empezar, uno tiene en las manos el olor y el sonido de anteayer, cuando el hombre alto, calvo y afeitado preguntó: “¿Por qué no vino ayer?” Nada había para responder. Porque Gálvez se dirigía a Jorge Ayolas y –claro– había olvidado que cuando entró en la sala ellos comentaban el último partido. Jorge entonces hizo eso. Se levantó y pasó frente a Gálvez sin decirle nada y salió hacia el despacho. Allí estaban los dos correveidiles: uno contador y otro periodista. Teclas importantes del teclado de Gálvez. Sabían conseguir. El contador conseguía mujeres. El periodista conseguía noticias. Solían desmedrarse con un odio recíproco y Gálvez extraía de la callada competencia un beneficio al margen: que a veces el contador consiguiera noticias, que a veces el periodista consiguiera mujeres. Cuando Gálvez regresó al despacho, los saludó –contra su costumbre– por encima del hombro. Ambos sintieron, cada uno a su modo, tímida nostalgia por la amistosa palmadita de siempre, por el alegre “¿Cómo va eso?”, por el interesado “¿Qué novedades?” con que el jefe indicaba que podían comenzar. Se abstuvieron. Algo lamentable, porque el contador sabía de una rubia de órdago, probablemente de no imposible acceso, y para mayores garantías, casada. Algo lamentable, porque el periodista traía la buena nueva de que el Ministro aceptaba la modificación del artículo tercero, exigiendo solamente la participación de un inesperadamente módico treinta-por-ciento de los beneficios que el cambio proporcionaría a Gálvez. El periodista pensaba que el Ministro hacía mal en pedir ahora un porcentaje tan por debajo del tácito arancel, pero la verdad era que el Ministro “no quería comprometerse demasiado”.

Ahora que Jorge va en ómnibus, por la Avenida, el espectáculo lo distrae de nuevo, mejor dicho, lo trae de su distracción. En la plataforma, la gente arracimada grita, bromea, maldice. Más adentro, Jorge hunde irremediablemente su nariz en la plétora de unos senos horizontales. Delante suyo. Jorge ve una cruz. Es la cruz que teóricamente debería colgar del pescuezo de la señora y que prácticamente se apoya en la meseta de carne hundible, de carne de sudor y agua colonia. Cuando en la Plaza Independencia bajen veinticinco o treinta pasajeros, acaso quede entonces espacio suficiente como para mover un poco la cabeza, a tiempo todavía para ver al guarda eructando provechosamente sobre la calvicie total de un viejo breve y deslomado. Mientras tanto (todavía está en Dieciocho y Paraguay) uno puede probar a apartarse de la obsesión de esta cruz que no es la de Cristo. La de Cristo estaba erguida y acusaba al cielo. La de la señora está echada y apunta al húmedo gaznate. Uno puede probar a apartar la atención de la cruz obsesionante, uno puede probar a rehallar el sonido y el olor de anteayer bajo las capas actuales del freno chirriante, del olor a sudoraguacolonia. Uno puede probar y ver a Gálvez revisando las cuentas, aparentemente revisando las cuentas y realmente pensando en que Jorge Ayolas está a sus espaldas, en que Jorge Ayolas sabe que él pasó dos noches con Celeste, que el periodista le consiguió a Celeste, que él pasó dos noches con Celeste, que el periodista le mintió a Celeste, dos noches con Celeste… Probar y ver a Gálvez levantándose y abriendo un cajoncito lateral que siempre está con doble llave y dejarlo esta vez un poco abierto y ver asomar por la rendija una culata de revólver y una novela de Pitigrilli. Probar y ver a Gálvez extrayendo del cajón un frasco con pastillas y luego cerrarlo sin pasar la llave. (Dos noches con Celeste.) Gálvez era amable, tibio, campechano (frío, egoísta, indiferente). Sabía serlo (no lo sabía). Pero esta vez estaba tieso; sincera, inevitablemente tieso. Jorge podía mirarle la nuca, la nuca desnuda y sin coraje (…sin pasar la llave…), no sabía qué miedo trémulo sobre los hombros, qué antigua incertidumbre en las manos junto a aquel expediente que nadie lee. (Dos noches con Celeste.)

Ahora Jorge camina por Sarandí. “Soy otro”, dice. Y lo es. El hombre que le precede, el hombre de gacho verde y traje gris, el hombre y él tienen algo para oír en común. Un chico que habla detrás de ellos. La voz del chico parece la de un grande que imita a un chico. Naturalmente, inhábil. Naturalmente, tonto. “Soy otro”, dice. Y lo es (…sin pasar la llave…). La muchacha de adelante tiene piernas bonitas, bien torneadas, algo de timidez en las caderas. Tiene su propia dignidad. Uno puede pensar a capricho, puede formularse alguna invitación, puede hacer lo corriente. Pero esta mujer joven tiene su propia dignidad. Uno debe limitarse a mirar el pelo casi suelto rozándole la espalda, es decir, rozándole el saquito celeste, el saquito de lana celeste. Celeste. Celeste tiene mejores piernas, Celeste no tiene caderas tímidas. Uno no sabe si Celeste tiene su propia dignidad. La simpatía es, naturalmente, otra cosa. Uno se siente a gusto en la simpatía. Pero, naturalmente, es otra cosa. (Dos noches con Celeste.) Uno tiene que decidir. La dignidad pesa. La simpatía también pesa. Uno tiene que saber lo que hace “…y ha salido con ella… todavía sin el propósito de enviarla”. Eso decía el libro de Morgan. De todas maneras, Celeste era algo. A veces, por la tarde, Jorge salía con ella, y hablaban. Alguna vez, la llevaba a la confitería y hablaban. Él no podía confiarse ni confiar. Tenía fe sin embargo en lo que ella no decía, en lo que ella ocultaba pensando que debía tener vergüenza y mientras pronunciaba correctas tonterías, impúdicamente correctas tonterías. Jorge tenía fe en su sinceridad –la de Celeste–, había apostado a favor de esa sinceridad débil y embrionaria, contra la hipocresía robusta y evidente. Claro que si ella era hipócrita, la hipocresía era su sinceridad. No obstante, él creía creer que la sinceridad era su sinceridad.

El reloj de la Matriz da las nueve. Jorge dice: “Soy otro.” Y lo es. Hay algo manso y a la vez definido en su ser de ahora. (Dos noches con Celeste). Había esperado moldearla de nuevo, mejor aún, poner su contenido en otro molde. Los elementos eran buenos, eran queridos, podían ser amados. Sólo faltaba hallar otra combinación. Una combinación que no fatigara al pudor. Al pudor de Jorge, dato. Tal vez por eso no la había besado nunca. Antes debía educarla para el beso. Para que no se engañe inconscientemente. Para que no besara sólo con los labios. Había esperado en sí mismo la emoción del esfuerzo, el conflicto entre educador y autoeducador. Cuántas veces había deseado oprimir la cintura imprudente. Cuántas veces lo había deseado sin deseo. Pero ella no tenía un talle tímido. Había esperado hacerla menos deseable, para desearla. Había querido aligerarla de un lastre inútil, de un inútil sobrante de sexualidad. En rigor, había querido dejarle su sexo a solas, un sexo puro sobre el que levantar el sentimiento. Había esperado amarla en lo que creía creer que era, y nada más. Que ella no inventara, que ella no agregara algo –pensando que era sexo– a su sexo a secas. La quería sin suburbios, sin sexo de pensamiento, sin sexo de imaginación, con su sexo a secas.

Ahora la oficina está un poco agitada. Todos creen saber algo. Aunque hablan del próximo paro del transporte, todos creen saber algo. Lo del paro es el recurso a que se echa mano cuando viene Gálvez, cuando se acerca Ayolas. Lo del paro es un tema de urgencia para cuando no se habla de Gálvez o de Ayolas. Los expedientes llegan, pero no se trabaja con los expedientes. Hay temas, hay asunto, hay comidilla. El clan moviliza sus veedores, el clan formula sus teorías, el clan divídese en varios clanes. “Gálvez sabe lo que hace”. “Ayolas cayó en desgracia”. “Es un inadaptado”. “Gálvez tiene la sartén por el mango”. “Al otro no lo cazan así nomás”. “¿Será a causa de Celeste?” Ellos están suaves con Ayolas. No quieren comprometerse. No le discuten. Él dice “Soy otro”. Y lo es. (Dos noches con Celeste). Frente al escritorio verde, frente al escritorio verde percibe, se siente cercado por el sonido y el olor de anteayer, cuando Gálvez quiso hablarle sereno, en el despacho, quiso serenamente entrar en su papel de cínico de afición, y por eso mismo tanto más admirable. Y le dijo: “¿Qué tal va eso, Ayolas? ¿Cómo van esas conquistas? A su edad –¡qué carajo!–, a su edad yo solía…” Pero no solía porque Gálvez no tuvo jamás la edad de Jorge, porque no tuvo nunca el pudor de la edad de Jorge Ayolas. “A su edad, yo solía atraer a las mujercitas –las buenas inclusive– como la miel sus moscas. A su edad… (…el cajón cerrado, sin pasar la llave…). Ahora me he tranquilizado. Soy un hombre de hogar” (Dos noches con Celeste). El periodista y el contador habían sonreído, habían hallado a Jorge realmente cómico en su papel de callado dueño de Celeste, habían recogido íntegramente la abultada ironía del jefe.

Jorge Ayolas está nuevamente en el despacho. Solo. “Soy otro”, dice. Y lo es. Uno puede pensar fríamente. Uno puede pensar fríamente en todo esto. Hay dos hechos. El hecho Gálvez y el hecho Celeste. Aunque le afecte, el hecho Celeste puede quedar así. Ella seguirá trabajando en la Oficina. Acaso Gálvez la traslade a su despacho y a él lo mande al Archivo. Ella resultó sincera en su hipocresía. Uno sólo puede culparse a sí mismo. Basta. El hecho Gálvez no le afecta. Lo ve con serenidad. Sin duda, es un brote epidémico. No le odia, sin embargo. ¿Por qué va a odiarle? ¿Porque pasó dos noches con Celeste? No, por cierto. ¿Porque anteayer se burló de él frente a los adulones? No, por cierto. El burlado fue Gálvez. Ayer Jorge no vino, para pensarlo mejor. Ayer lo pensó bien. Hoy lo sabe. “¿No ha escrito usted nunca una carta sin la intención de mandarla, y ha salido con ella… todavía sin el propósito de enviarla, y entonces…” Ahora es la voz de Gálvez, del hombre alto, calvo y afeitado, con un enorme vientre desafiante y las piernas firmes, un poco separadas. (Dos noches con Celeste). Escasamente a un metro de su mano, a medio metro quizá, está el cajón sin llave. Está el cajón sin llave. Está el revólver. Uno piensa en lo que uno pensó, en lo que uno pensaba. Que la religión puede ser útil y perjudicial, según el temperamento de cada uno. Que la religión es útil cuando no puede hallarse la conciencia, cuando es un sucedáneo de la conciencia. Esto… abrir el cajón… esto Esto ESTO ¿es la conciencia? (Gálvez). ¿Hay Dios? (Cayó). ¿Es la conciencia? (Sangra. Naturalmente, sangra). ¿Dios? (Las piernas no están ya firmes ni separadas). ¿La conciencia? (Bueno). ¿Dios? (Bueno, está hecho). ¿La conciencia? (El pudor. Sí. El pudor).

Entran. Ya entran. Son todos ellos. Menéndez, el primero. Tiene una teoría sobre… Ella está también. Son veinte. Treinta. Ella está también… Ella. Celeste. Mueve los labios. Pero él lo sabe. Ella dijo: “Asesino”. Ella pensó: “Asesino”. Mejor. Algo menos para que uno rumie. Algo menos para que uno extrañe. Algo menos, sin duda… Mejor. Así nadie se da cuenta que uno está llorando, que uno no se da cuenta que uno está llorando.

“Soy otro”, dice. Pero no lo es.