Mostrando entradas con la etiqueta Marqués de Sade (Francia). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Marqués de Sade (Francia). Mostrar todas las entradas

domingo, 23 de febrero de 2025

Agustina de Villeblanche o la estratagema del amor

Marqués de Sade

 

De todos los extravíos de la naturaleza, el que más ha hecho cavilar, el que más extraño ha parecido a esos pseudofilósofos que quieren analizarlo todo sin entender nunca nada –comentaba un día a una de sus mejores amigas la señorita de Villeblanche, de la que pronto tendremos ocasión de ocuparnos– es esa curiosa atracción que mujeres de una determinada idiosincrasia o de un determinado temperamento han sentido hacia personas de su mismo sexo. Y, aunque mucho antes de la inmortal Safo, y después de ella, no ha habido una sola región del universo, ni una sola ciudad, que no nos haya mostrado a mujeres de ese capricho, y, por tanto, ante pruebas tan contundentes, parecería más razonable, antes que acusar a esas mujeres de un crimen contra la naturaleza, acusar a ésta de extravagancia; con todo, nunca se ha dejado de censurarlas y, sin el imperioso ascendiente que siempre tuvo nuestro sexo, quién sabe si un Cujas, un Bartole o un Luis IX no habrían concebido la idea de condenar también al fuego a esas sensibles y desventuradas criaturas, como bien se cuidaron de promulgar leyes contra los hombres que, propensos al mismo tipo de singularidad y con razones tan igualmente convincentes, han creído bastarse entre ellos y han opinado que la unión de los sexos, tan útil para la propagación, podía muy bien no ser de tanta importancia para el placer. Dios no quiera que nosotras tomemos partido alguno en todo ello… ¿verdad, querida? –continuaba la hermosa Agustina de Villeblanche, mientras daba a su amiga besos un tanto delatadores–. Pero en vez de hogueras y de desprecio, en lugar de sarcasmos, armas todas ellas ya totalmente romas en nuestro tiempo, ¿no sería infinitamente más sencillo, en una acción tan absolutamente indiferente a la sociedad, tan conforme con Dios, y más útil a la naturaleza de lo que pueda creerse, que se dejara a cada cual obrar a su antojo…? ¿Qué puede temerse de esta depravación…? A toda persona verdaderamente inteligente le parecerá que puede prevenir otras peores, pero nunca se me podrá probar que tenga peligrosas consecuencias…

¡Oh, cielos!, ¿temen que los caprichos de esos individuos, de uno y otro sexo, puedan acabar con el mundo, que pongan en peligro el precioso género humano y que su pretendido crimen lo aniquile al no proceder a su multiplicación? Que lo piensen mejor y verán que todas esas quiméricas pérdidas son enteramente indiferentes a la naturaleza, que no sólo no las condena en absoluto, sino que nos demuestra con mil ejemplos que las quiere y que las desea; pues si esas pérdidas la irritasen, ¿las toleraría en tantos miles de casos? Si la primogenitura le resultase tan esencial, ¿permitiría que una mujer no fuera apta para ella más que un tercio de su vida y que al salir de sus manos la mitad de los seres que produce tuviesen gestos contrarios a esa procreación que supuestamente exige? Digamos mejor que la naturaleza permite que las especies se multipliquen, pero que no lo exige en absoluto y que, plenamente convencida de que siempre habrá más individuos de los que hagan falta, muy lejos está de contrariar las inclinaciones de quienes no ponen en práctica la propagación y les repugna limitarse a ella. ¡Ah, dejemos actuar a esa madre excelente, convezámonos de que sus recursos son inmensos, de que nada de lo que hagamos puede ultrajarla y de que el crimen que podría atentar contra sus leyes nunca podrá manchar nuestras manos!

La señorita de Villeblanche, de cuya lógica acabamos de apreciar una muestra, dueña ya de sus actos a la edad de veinte años y disponiendo de treinta mil libras de renta, había tomado, por gusto, la resolución de no casarse jamás; de familia distinguida sin ser ilustre, era hija de un hombre que se había enriquecido en las Indias, había dejado solamente un hijo, ella, y se había muerto sin haber podido hacer que se decidiera al matrimonio. No es necesario ocultar que era extremadamente propenso a ese tipo de inclinación cuya apología acababa de hacer Agustina, llevada de la repugnancia que sentía por el matrimonio; ya fuera por recomendación, por constitución orgánica o por dictados de la sangre (había nacido en Madrás), por inspiración de la naturaleza o por lo que se quiera, la señorita de Villeblanche detestaba a los hombres y entregada en cuerpo y alma a lo que los castos oídos entienden por la palabra lesbianismo, no disfrutaba más que con su propio sexo y sólo con las Gracias se resarcía del desprecio que le inspiraba Amor.

Agustina era una verdadera pérdida para los hombres: alta, digna de ser pintada, con los más hermosos cabellos castaños del mundo, una nariz algo aguileña, unos dientes maravillosos y unos ojos tan expresivos, tan vivos… con una piel de una suavidad tal y de una blancura incomparable, todo el conjunto, en suma, de un tipo de atractivo tan excitante… que era evidente que al verla tan capaz de inspirar amor y tan decidida a no amar nunca, a muchos hombres se les escapaban un número infinito de sarcasmos contra una afición por lo demás de lo más sencilla, pero que, no obstante, al privar a los altares de Pafos de una de las criaturas del universo mejor dotadas para servirlos, espoleaba el sentido del humor de los sacerdotes de Venus, como es natural. La señorita de Villeblanche se reía de buena gana de todos esos reproches, de todos aquellos comentarios malintencionados y seguía tan consagrada a sus caprichos como siempre.

La mayor de las locuras –añadía– es la de avergonzarse de las inclinaciones que hemos heredado de la naturaleza; y burlarse de cualquier individuo que tenga gustos tan singulares es tan absolutamente bárbaro como lo sería el burlarse de un hombre o de una mujer tuertos o cojos de nacimiento, pero persuadir a unos necios de estos razonables principios es como tratar de detener el curso de los astros. Para el orgullo constituye una especie de placer el burlarse de los defectos que no se tienen y ese tipo de satisfacciones resultan tan gratas al hombre y especialmente a los imbéciles, que es muy raro ver que renuncien a él… Además, todo esto se presta a murmuraciones, frías ocurrencias, estúpidos juegos de palabras y para la sociedad, es decir, para una colección de seres reunidos por el aburrimiento y moldeados por la estupidez, resulta tan agradable hablar dos o tres sin decir nada nunca, tan delicioso el brillar a costa de los demás y denunciar condenatoriamente un vicio que uno está muy lejos de tener… es una especie de tácito elogio que uno se hace a sí mismo; a ese precio uno consiente incluso en unirse a los demás para formar una cábala y aplastar a aquel individuo cuya tremenda culpa es la de no pensar como la mayoría de los mortales y uno se vuelve a casa henchido de orgullo por el ingenio demostrado cuando con semejante conducta de lo único que se ha hecho gala y a fondo es de pedantería y de cretinez.

Así opinaba la señorita de Villeblanche, y firmemente decidida a no enmendarse jamás, se burlaba de las habladurías, era lo suficientemente rica para bastarse a sí misma, no le importaba su reputación y como aspiraba a una vida placentera y no a beatitudes celestiales en las que creía más bien poco, y menos aún a una inmortalidad demasiado quimérica para su sentidos, se rodeaba, así pues, de un pequeño círculo de mujeres que pensaban como ella, con las que la encantadora Agustina se entregaba inocentemente a todos los placeres que la deleitaban. Había tenido muchos pretendientes, pero todos habían salido tan mal parados que estaban ya a punto de renunciar a esta conquista cuando un joven llamado Franville, más o menos de su posición y por lo menos tan rico como ella, se enamoró locamente y no sólo no se cansó de sus desplantes, sino que se decidió completamente en serio a no levantar el asedio sin haberla conquistado; dio cuenta de su proyecto a sus amigos, se rieron de él, lo desafiaron y él aceptó. Franville tenía dos años menos que la señorita de Villeblanche, casi no tenía barba todavía y los rasgos más delicados y los más hermosos cabellos del mundo, así como una bellísima figura; cuando se vestía de muchacha, estaba tan bien con esa ropa que siempre conseguía engañar a ambos sexos y muy a menudo, unos todavía engañados, otros sabiendo muy bien lo que les agradaba, le habían hecho proposiciones tan concretas que en el mismo día habría podido ser el Antinoo de algún Adriano o el Adonis de alguna Psyqué. Franville pensó seducir a la señorita de Villeblanche con ese atuendo; vamos a ver cómo se las arregló.

Uno de los mayores placeres de Agustina era disfrazarse de hombre en carnaval y recorrer todas las reuniones con ese disfraz tan acorde con sus gustos; Franville, que hacía espiar sus pasos y que hasta aquel momento había tenido la precaución de no dejarse ver demasiado, se enteró un día de que aquella a quien adoraba iba a acudir aquella misma noche a un baile convocado para socios de la ópera, al que podían entrar todas las máscaras y al que, siguiendo su costumbre, esa joven encantadora iba a asistir disfrazada de capitán de dragones. Se pone un vestido de mujer, hace que le arreglen, que le engalanen con el mayor esmero y distinción posibles, se da muchísimo lápiz de labios y sin máscara alguna y acompañado por una de sus hermanas, mucho menos hermosa que él, acude a la fiesta a la que la bella Agustina iba a ir a probar suerte.

Ha dado apenas tres vueltas por la sala, cuando en seguida es descubierto por la mirada conocedora de Agustina.

–¿Quién es esa hermosa joven? –pregunta la señorita de Villeblanche a la amiga que iba con ella–. Me parece que nunca la había visto en ningún otro sitio. ¿Cómo se nos ha podido escapar una criatura tan deliciosa?

Y apenas ha acabado de decir esto ya está Agustina haciendo todo lo que puede para entablar conversación con la falsa señorita de Franville, que, al principio, huye, da media vuelta, esquiva, escapa y todo para hacerse desear con más ardor; al fin es abordada y unos comentarios triviales dan paso a la conversación, que poco a poco va haciéndose más interesante.

–Hace un calor espantoso en el baile –dice la señorita de Villeblanche–; dejemos juntas a nuestras amigas y vamos a tomar un poco el aire a uno de aquellos pabellones donde se puede jugar y tomar algo fresco.

–¡Ah!, caballero –contesta Franville a la señorita de Villeblanche, fingiendo siempre que la toma por un hombre–. Realmente no me atrevo, estoy aquí sola con mi hermana, pero sé que mi madre va a venir con el marido que me ha destinado y si los dos me vieran con vos eso tendría consecuencias…

–Bueno, bueno, hay que superar todos esos temores pueriles… ¿Qué edad tenéis, ángel cautivador?

–Dieciocho años, caballero.

–¡Ah!, y yo os contesto que a los dieciocho años uno ya ha de tener derecho a hacer todo aquello que le apetezca… Vamos, vamos, y no tengáis ningún miedo –y Franville se deja arrastrar.

–¿Y qué?, encantadora criatura –prosigue Agustina conduciendo al joven al que sigue tomando por una muchacha hacia los gabinetes contiguos a la sala de baile–. ¿Qué? ¿De verdad os vais a casar…? Cómo os compadezco… ¿Y quién es ese personaje que os destinan? Apuesto que es un hombre aburrido… ¡Ah!, qué afortunado será ese hombre y cómo desearía hallarme en su lugar. ¿Accederíais, por ejemplo, a casaros conmigo? Contestad con franqueza, celestial doncella.

–Por desgracia, bien lo sabéis caballero. ¿Acaso puede uno seguir cuando es joven los impulsos de su corazón?

–Bueno, pues rechazad a ese hombre indigno; juntos nos conoceremos de un modo más íntimo, y si nos convenimos el uno al otro, ¿por qué no podríamos llegar a un acuerdo? Gracias a Dios no me hace falta ningún tipo de autorización… Yo, aunque sólo tenga veinte años, ya soy dueño de mi patrimonio, y si pudieseis lograr que vuestros padres se decidieran en mi favor tal vez antes de ocho días podríamos estar vos y yo ligados ya por vínculos eternos.

Mientras conversaban habían salido del baile, y la hábil Agustina, que no enfilaba hacia allí su proa en busca del amor perfecto, había tenido buen cuidado de conducirle a un gabinete muy apartado que por medio de arreglos con los anfitriones siempre procuraba tener a su disposición.

–¡Oh, Dios mío! –exclama Franville al ver que Agustina cierra la puerta del gabinete y la estrecha entre sus brazos–. ¡Oh, cielos!, pero, ¿qué queréis hacer…? ¿Cómo a solas con vos y en un lugar tan apartado…? Dejadme, dejadme, os lo suplico, o al instante pediré auxilio.

–Yo te lo impediré, ángel divino –contesta Agustina, estampando su hermosa boca sobre los labios de Franville–. Grita ahora, grita sí puedes, y el purísimo soplo de tu aliento de rosa no hará sino inflamar todavía más mi corazón.

Franville se defendía con bastante languidez: resulta difícil encolerizarse demasiado cuando con tanta ternura se recibe el primer beso de todo cuanto se adora en el mundo. Agustina, envalentonada, atacada con redoblado ímpetu, ponía en ello toda esa vehemencia que sólo conocen las encantadoras mujeres llevadas de esa clase de fantasía. Pronto las manos se extravían; Franville, jugando a la mujer que cede, deja que las suyas se paseen igualmente. Se despojan de todas sus ropas y los dedos se dirigen hacia donde ambos esperan hallar lo que tanto anhelan. En ese momento, Franville cambia bruscamente de papel.

–¡Oh, cielos! –exclama–. ¡Pero si sois una mujer!

–¡Horrible criatura! –añade Agustina al poner su mano sobre ciertas cosas cuyo estado no permitía abrigar la menor ilusión–. ¡Y que me haya tomado tantas molestias para no encontrar más que a un hombre despreciable…! ¡Bien desdichada tengo que ser!

–No mucho más que yo, a decir verdad –contesta Franville vistiéndose de nuevo y dando muestras del más insondable desprecio–. Me pongo un disfraz que pueda atraer a los hombres; me gustan y por eso les busco, y no encuentro más que a una p…

–¡Oh, no; una p… no! –responde Agustina con acritud–. En mi vida lo he sido. Cuando se aborrece a los hombres no se corre el peligro de ser tratada de esta manera…

–Pero, ¿cómo sois mujer y detestáis a los hombres?

–Sí, les detesto, y mirad por dónde, por la misma razón por la que vos sois hombre y detestáis a las mujeres.

–Lo único que se puede decir es que este encuentro no tiene igual.

–A mí me parece lamentabilísimo –contesta Agustina con todos los síntomas del más pésimo humor.

–A decir verdad, señorita, más fastidioso es aún para mí –responde agriamente Franville–. Aquí me tenéis, deshonrado para tres semanas. ¿Sabéis que en nuestra orden hacemos voto de no tocar jamás a una mujer?

–Me parece que bien se puede tocar a una como yo sin deshonrarse.

–A fe mía, pequeña –continúa Franville–, no veo que haya ningún motivo especial para hacer una excepción y no entiendo por qué un vicio tenga que haceros más deseable.

–¡Un vicio…! ¿Pero cómo tenéis el valor de reprocharme los míos… teniéndolos tan execrables como los tenéis?

–Mirad –le contesta Franville–, no vayamos a pelearnos, estamos empatados; lo mejor es que nos despidamos y que no nos volvamos a ver.

Y con estas palabras se disponía a abrir las puertas.

–Un momento, un momento –exclama Agustina impidiéndoselo–. Vais a pregonar nuestra aventura a todo el mundo, lo apostaría.

–Tal vez así me divierta.

–Y por otra parte, ¿qué me importa? Gracias a Dios me siento por encima de toda murmuración; salid, caballero, salid y contad lo que os apetezca –e impidiéndoselo de nuevo–: Sabéis –le dice sonriendo– que toda esta historia es realmente extraordinaria… Los dos nos hemos equivocado.

–¡Ah!, pero el error es mucho más cruel –contesta Franville– para gente con gustos como los míos que para personas que compartan los vuestros… y es que ese vacío nos repugna.

–Para seros sincera, querido amigo: podéis estar bien seguro de que lo que nos ofrecéis nos repele tanto o más aún, así pues la repugnancia es idéntica, pero no se puede negar, ¿verdad?, que la aventura ha sido divertidísima. ¿Volvéis al baile?

–No sé.

–Yo ya no vuelvo –contesta Agustina–. Habéis hecho que descubra ciertas cosas… tan desagradables… que voy a acostarme.

–Me parece muy bien.

–Pero mirad que ni siquiera es tan galante como para darme su brazo hasta mi casa. Vivo a dos pasos de aquí, no he traído mi coche y me vais a dejar así.

–No, os acompañaré encantado –contesta Franville–. Nuestras inclinaciones no nos impiden ser corteses… ¿Queréis mi mano…?, pues aquí la tenéis.

–La acepto tan sólo porque no encuentro nada mejor; algo es algo.

–Podéis estar totalmente segura de que por mi parte os la ofrezco sólo por simple caballerosidad.

Llegan a la puerta de la casa de Agustina y Franville se dispone a despedirse.

–Realmente sois encantador –dice la señorita de Villeblanche–, pero, ¿cómo vais a dejarme en la calle?

–Mil perdones –responde Franville–, no me atrevería.

–¡Ah!, ¡qué desabridos son estos hombres a los que no les gustan las mujeres!

–Es que –contesta Franville, dando su mano, no obstante, a la señorita de Villeblanche–, sabéis, señorita, desearía volver al baile cuanto antes y tratar de reparar mi estupidez.

–¿Vuestra estupidez? ¿Entonces seguís enfadado por haberme conocido?

–No he dicho eso, pero, ¿no es verdad que ambos podríamos encontrar algo mucho mejor?

–Sí, tenéis razón –contesta Agustina entrando por fin en la casa–, tenéis mucha razón, señor, pero sobre todo… porque mucho me temo que este funesto encuentro va a costarme la felicidad para toda mi vida.

–¡Cómo! ¿Es que no estáis perfectamente segura de vuestros sentimientos?

–Ayer sí lo estaba.

–¡Ah! No os atenéis a vuestras máximas.

–No me atengo a nada; me estáis poniendo nerviosa.

–Bien, ya me voy, señorita, ya me voy. Dios no permita que os siga molestando.

–No, quedaos, os lo ordeno. ¿Podréis soportar al menos una vez en vuestra vida el obedecer a una mujer?

–No hay nada que no hiciera por complaceros –contesta Franville tomando asiento–, ya os he dicho que soy galante.

–¿Sabéis que resulta abominable que a vuestra edad tengáis gustos tan perversos?

–¿Y creéis que es decoroso, a la vuestra, tener otros tan singulares?

–¡Oh!, es muy distinto, en nosotras es una cuestión de recato, de pudor… incluso de orgullo, si queréis llamarlo así; es miedo a entregarse a un sexo que no nos seduce nunca más que para esclavizarnos… Mientras, los sentidos se van despertando y nos arreglamos entre nosotras; aprendemos a comportarnos con disimulo, se va adquiriendo un barniz de comedimiento que a menudo resulta obligado, y así la naturaleza está contenta, la decencia se observa y no se atenta contra las costumbres.

–Eso es lo que se llama un sofisma perfecto, se lleva a la práctica y sirve para justificar cualquier cosa. ¿Y qué tiene para que no podamos invocarlo asimismo en nuestro favor?

–No, en absoluto; vuestros prejuicios son tan diferentes que no podéis abrigar los mismos temores. Vuestro triunfo radica en nuestra derrota… Cuanto más numerosas son vuestras conquistas, mayor es vuestra gloria, y sólo por vicio o por depravación podéis esquivar los sentimientos que os inspiramos.

–Realmente creo que me vais a convertir.

–Eso es lo que desearía.

–¿Y qué ganaría con ello si vos persistís en el error?

–Mi sexo me estaría agradecido, y como me gustan las mujeres, estaría encantada de poder trabajar para ellas.

–Si el milagro se realizara, sus efectos no iban a ser tan amplios como parece que creéis; accedería a convertirme sólo para una mujer, como mucho, con el propósito de… probar.

–Ese es un sano principio.

–Es que es verdad que hay una cierta prevención, eso pienso, al tomar un partido sin haber probado todos los demás.

–¡Cómo! ¿Nunca habéis estado con una mujer?

–Nunca, y vos… ¿podríais acaso ofrecer primicias tan absolutas?

–¡Oh, no! Primicias ninguna… Las mujeres con las que vamos son tan hábiles y tan celosas que no nos dejan nada… Pero no he estado con ningún hombre en toda mi vida.

–¿Es una promesa?

–Sí, y no deseo ni conocer ni estar con ninguno a no ser que sea tan especial como yo.

–Deploro no haber hecho ese mismo voto.

–No creo que se pueda ser más impertinente…

Y con estas palabras, la señorita de Villeblanche se levanta y dice a Franville que es muy dueño de irse. Nuestro joven amante, sin perder su sangre fría, hace una profunda reverencia y se dispone a salir.

–¿Volvéis al baile, no? –le pregunta secamente la señorita de Villeblanche, mirándole con un desprecio mezclado con el amor más ardiente.

–Pues sí, creo que ya os lo dije.

–Luego no sois merecedor del sacrificio que os ofrezco.

–¡Cómo! ¿Pero me habéis ofrecido algún sacrificio?

–Ya nunca podré hacer nada después de haber tenido la desgracia de conoceros.

–¿La desgracia?

–Vos me obligáis a usar esta expresión; sólo de vos dependería que pudiera emplear otra muy distinta.

–¿Y cómo combinaríais todo esto con vuestras inclinaciones?

–¿Qué es lo que no se abandona cuando se ama?

–De acuerdo, pero os resultaría imposible amarme.

–Desde luego, si vais a conservar hábitos tan deplorables como los que he descubierto en vos.

–¿Y si renunciara a ellos?

–Al instante inmolaría los míos en el altar del amor… ¡Ah!, pérfida criatura, ¡cuánto le cuesta a mi gloria esta declaración y tú acabas de arrancármela! –exclama Agustina arrasada en lágrimas y dejándose caer sobre un diván.

–Acabo de oír de los labios más hermosos del universo la más halagadora confesión que me sea posible escuchar –exclama Franville, arrojándose a los pies de Agustina–. ¡Ah!, objeto adorado de mi más tierno amor, reconoced mi fingimiento y dignaos a no castigarlo; a vuestros pies os imploro clemencia y así permaneceré hasta mi perdón. Junto a vos, señorita, tenéis al amante más constante, al más apasionado; pensé que esta estratagema era necesaria para vencer a un corazón cuya resistencia conocía. ¿Lo he logrado, hermosa Agustina? ¿Negareis a un amor limpio de vicios lo que os dignasteis a declarar al amante culpable… culpable? Yo… culpable de lo que habíais creído… ¡Ah! ¿Cómo podíais pensar que pudiera existir una pasión impura en el alma de quien sólo por vos se consumía?

–¡Traidor!, me has engañado… pero te perdono…; sin embargo, así no tendrás nada que sacrificar por mí y mi orgullo se sentirá menos halagado, pero no importa, yo te lo sacrifico todo… ¡Adelante!, para complacerte renuncio con alegría a los errores a los que casi tanto como nuestros gustos nos arrastra nuestra vanidad. Ahora me doy cuenta, la naturaleza así lo exige; yo la sofocaba con desvaríos de los que ahora abjuro con toda mi alma; no se puede resistir a su imperio, ella nos creó sólo para vosotros, a vosotros no os formó más que para nosotras, observemos sus leyes, la misma voz del amor hoy me las revela, para mí habrán de ser sagradas. Aquí tenéis mi mano, señor, os tengo por hombre de honor y digno de mí. Si por un momento pude merecer la pérdida de vuestra estima, a fuerza de atenciones y de ternura quizá pueda aún reparar mis errores, y haré que reconozcáis que los de la imaginación no siempre consiguen degradar a un alma bien nacida.

Franville, colmados sus deseos, inunda con lágrimas de felicidad las bellas manos que tiene entre las suyas; se pone en pie y se arroja a los brazos que se le abren:

–¡Oh!, el día más afortunado de mi vida –exclama–. ¿Hay algo comparable a mi triunfo? Devuelvo al seno de la virtud un corazón en el que voy a reinar para siempre.

Franville abraza mil veces al divino objeto de su amor y se despiden; al día siguiente comunica su felicidad a todos sus amigos; la señorita de Villeblanche era un partido demasiado bueno para que sus padres se lo vedasen, y se casa con ella en la misma semana. La ternura, la confianza, la más exacta ponderación y la más severa modestia coronaron su himeneo, y al convertirse en el más feliz de los mortales fue lo bastante hábil como para hacer de la más libertina de las muchachas la más fiel y virtuosa de las esposas.

 

domingo, 17 de noviembre de 2024

Discurso provenzal

Marqués de Sade

 

Durante el reinado de Luis XIV, como es bien sabido, se presentó en Francia un embajador persa; este príncipe deseaba atraer a su corte a extranjeros de todas las naciones para que pudieran admirar su grandeza y transmitieran a sus respectivos países algún que otro destello de la deslumbrante gloria con que resplandecía hasta los confines de la tierra. A su paso por Marsella, el embajador fue magníficamente recibido. Ante esto, los señores magistrados del parlamento de Aix decidieron, para cuando llegara allí, no quedarse a la zaga de una ciudad por encima de la cual colocan a la suya con tan escasa justificación. Por consiguiente, de todos los proyectos el primero fue el de cumplimentar al persa; leerle un discurso en provenzal no habría sido difícil, pero el embajador no habría entendido ni una palabra; este inconveniente los paralizó durante mucho tiempo. El tribunal se reunió para deliberar: para eso no necesitan demasiado, el juicio de unos campesinos, un alboroto en el teatro o algún asunto de prostitutas sobre todo; tales son los temas importantes para esos ociosos magistrados desde que ya no pueden arrasar la provincia a sangre y fuego y anegarla, como en el reinado de Francisco I, con los torrentes de sangre de las desdichadas poblaciones que la habitan.

Así, pues, se reunieron a deliberar, pero ¿cómo lograr traducir el discurso? Por más que deliberaron no hallaron ninguna solución. ¿Era acaso posible que en una comunidad de comerciantes de atún, ataviados con una casaca negra por pura casualidad y en la que ni uno sabía ni siquiera francés, pudieran encontrar a un colega que hablara persa? Con todo, el discurso estaba ya redactado; tres eminentes abogados habían trabajado en él durante seis semanas. Al fin descubrieron, no se sabe si en el monte o en la ciudad, a un marinero que había pasado mucho tiempo en el Levante y que hablaba un persa casi tan fluido como su jerga dialectal. Se lo proponen y él acepta. Se aprende el discurso y lo traduce con facilidad; cuando llega el día lo visten con una vieja casaca de presidente primero, le colocan la peluca más voluminosa que había en la magistratura y seguido por toda la banda de magistrados se adelanta hacia el embajador. Unos y otros se habían puesto de acuerdo sobre sus respectivos papeles y el orador había advertido con especial énfasis a los que lo seguían que no lo perdieran de vista un solo momento y que repitieran punto por punto todo lo que vieran hacer. El embajador se detiene en el centro del patio que había sido señalado para el encuentro, el marinero le hace una reverencia y, poco habituado a llevar sobre el cráneo una peluca tan hermosa, lanza la pelambrera a los pies de Su Excelencia; los señores magistrados, que habían prometido imitarlo, se quitan al punto sus pelucas e inclinan sus pelados y un tanto sarnosos cráneos en dirección al persa; el marinero, sin alterarse, recoge sus cabellos, se los arregla y empieza a declamar la salutación; tan bien se expresa que el embajador cree que es de su mismo país. La idea lo hace montar en cólera.

–¡Infame! –exclama llevando su mano al sable–. No hablarías así mi idioma si no fueras un renegado de Mahoma; debo castigarte por tu crimen, ahora mismo vas a pagarlo con tu cabeza.

Por más que el marinero se defiende no le hace ningún caso; gesticulaba, juraba, y ni uno solo de sus movimientos pasaba inadvertido, todos eran repetidos al instante y con energía por la turba areopagítica que venía tras él. Al fin, no sabiendo cómo salir del apuro, pensó en una prueba incontestable: desabotonó su calzón y puso a la vista del embajador la prueba palpable de que nunca en su vida había sido circuncidado. Este nuevo gesto es imitado en seguida y he aquí, de golpe, a cuarenta o cincuenta magistrados provenzales con la bragueta bajada y el prepucio en ristre, para demostrar como el marinero que no había uno solo que no fuera tan cristiano como el propio San Cristóbal. Es fácil de imaginar cómo se divirtieron con semejante pantomima las damas que presenciaban la ceremonia desde sus ventanas. Al fin, el ministro, convencido por razones tan poco equívocas de que el orador no era culpable y viendo por lo demás que había ido a parar a una ciudad de “pantalones”, se fue sin más ceremonias encogiéndose de hombros y sin duda diciendo para sí: “No me extraña que esta gente tenga siempre un patíbulo alzado, el rigorismo que siempre acompaña a la ineptitud debe de ser el único atributo de estos animales.”

Existió el propósito de hacer un cuadro sobre esta manera de recitar el catecismo y un joven pintor había tomado con ese fin unos apuntes del natural, pero el tribunal desterró al artista de la provincia y condenó el boceto a la hoguera, sin sospechar que se arrojaban al fuego ellos mismos, pues su retrato aparecía en el dibujo.

–Tenemos a mucha honra ser unos cretinos –explicaron los graves magistrados–; aunque no nos hubiera gustado, como nos gusta, hace ya mucho tiempo que se lo demostramos a toda Francia, pero no queremos que ningún cuadro lo transmita a la posteridad; ella pasará por alto toda esta simpleza y no se acordará más que de Merindol y de Cabrières, y para el honor del gremio, más vale que seamos unos asesinos que unos asnos.

 

jueves, 27 de julio de 2023

El marido cura

Marqués de Sade

 

Cuento provenzal

Entre la villa de Menerbe, en el condado de Aviñón, y la de Apt, en Provenza, existe un pequeño convento de carmelitas, muy apartado, que se llama Saint–Hilaire, asentado en la cima redondeada de una montaña en la que a las mismísimas cabras les resulta difícil pastar; esa pequeña residencia es, poco más o menos, como la cloaca de todas las comunidades cercanas del Carmelo, todas relegan allí cuanto las deshonra, por lo que fácil es juzgar lo refinada que debía de ser la sociedad de semejante casa: bebedores, mujeriegos, sodomitas, tahúres… tal es, poco más o menos, la noble composición de los recluidos que en ese escandaloso asilo ofrecen a Dios, como pueden, unos corazones que el mundo desecha. Uno o dos castillos cercanos y el burgo de Menerbe, que está a solo una legua de Saint–Hilaire, esa es toda la compañía de esos buenos religiosos, que, a pesar de su hábito y de su condición, distan mucho de encontrar abiertas todas las puertas de sus alrededores.

Hacía mucho tiempo que el padre Gabriel, uno de los santos de aquel cenobio, codiciaba a cierta mujer de Menerbe, cuyo marido, cornudo si alguna vez hubo alguno, era el señor Rodin. La señora Rodin era una jovencita morena, de veintiocho años de edad, mirada pícara, y que tenía todas las trazas de ser un excelente bocado de monje. En cuanto al señor Rodin, era un buen hombre que cultivaba su hacienda sin abrir la boca; había sido tratante de paños, había sido también funcionario municipal; era, pues, lo que se llama un honesto burgués. No demasiado seguro de la castidad de su tierna mitad, era, sin embargo, lo bastante filósofo como para saber que la mejor manera de contener el crecimiento excesivo de un «tocado» de marido, es la de dar la impresión de no sospechar que se lleva. Había estudiado para ser cura, hablaba latín como Cicerón y jugaba a las damas muy a menudo con el padre Gabriel, quien, como hábil y solícito cortesano, sabía que hay que hacer siempre un poco la corte al marido de la mujer que se desea.

El padre Gabriel era el verdadero semental de los hijos de Elías: al verle se hubiera podido decir que toda la raza humana podía delegar en él con tranquilidad el cuidado de su reproducción; hacedor de niños, si hubo uno alguna vez con unas sólidas espaldas, una cintura del diámetro de una vara, un rostro negro y tostado por el sol, las cejas como las de Júpiter, seis pies de estatura, y en cuanto a lo que caracteriza especialmente a un carmelita, de un tamaño, que, según decían, igualaba al de los mejores mulos de la provincia. ¿A qué mujer no le va a gustar soberanamente estafermo semejante? Y por esto mismo agradaba en sumo grado a la señora Rodin, que distaba mucho de encontrar tan sublimes facultades en el pobre diablo que sus padres le habían dado por esposo.

El señor Rodin, ya lo dijimos, fingía cerrar los ojos a todo, pero no por eso se sentía menos celoso; no despegaba los labios, pero seguía allí, y seguía estando allí en ocasiones en que le hubieran deseado muy lejos; la fruta, no obstante, estaba madura. La candorosa Rodin había confesado lisa y llanamente a su amante que ya solo esperaba la ocasión para corresponder a unos deseos que le parecían demasiado fogosos como para reprimirlos por más tiempo, y por su parte el padre Gabriel había hecho saber a la señora Rodin que estaba dispuesto a satisfacerla… En un brevísimo intervalo en que Rodin había tenido que salir, Gabriel había llegado a enseñarle a su encantadora amante esa clase de cosas que hacen que una mujer se decida por mucho que lo siga dudando… No faltaba, pues, más que la ocasión.

Un día en que Rodin había ido a invitar a almorzar a su amigo de Saint–Hilaire, con la intención de proponerle una cacería, tras vaciar varias botellas de vino de Lanerte, Gabriel creyó ver en esa circunstancia el momento propicio para su deseos.

–Oh, diablos, señor funcionario –dice el monje a su amigo–, ¡cómo me alegro de veros! No habríais podido venir, para mí, más oportunamente, pues hoy tengo un asunto de la mayor importancia en el que me vais a ser de una utilidad incomparable.

–¿De qué se trata, padre?

–¿Conocéis a un tipo de nuestra ciudad llamado Renoult?

–¿Renoult el sombrerero?

–El mismo.

–¿Y qué?

–Pues que ese bribón me debe cien escudos y me acabo de enterar hace un momento que se encuentra al borde de la quiebra; tal vez mientras os lo estoy contando se ha ido ya del Condado… Tengo que ir allí sin pérdida de tiempo y no puedo.

–¿Qué os lo impide?

–Mi misa, ¡qué diablos!, la misa que tengo que decir; preferiría que la misa se fuera al infierno y que los cien escudos estuvieran en mi bolsillo.

–Pero, ¿no os pueden conceder una dispensa?

–Oh, sí, una dispensa, ¡no faltaba más! Nosotros aquí somos tres; si no dijéramos tres misas cada día, el portero, que no dice nunca ni una, nos denunciaría al tribunal de Roma. Pero hay un modo de ayudarme, querido amigo, pensad si queréis hacerlo, solo depende de vos.

–A vuestra disposición, ¡qué diablos! ¿De qué se trata?

–Yo estoy aquí solo con el sacristán; como las dos primeras misas ya se han celebrado, nuestros monjes están fuera y nadie sospechará la jugada, la asistencia será poco numerosa, algunos campesinos y todo lo más, tal vez esa jovencita tan devota que vive en el castillo de… a media legua de aquí, criatura angelical que se cree que a fuerza de penitencias puede expiar todas las calaveradas de su marido; vos habéis estudiado para ser cura, creo que eso me dijisteis.

–Es cierto.

–Muy bien, entonces habréis tenido que aprender a decir misa.

–La digo como un arzobispo.

–Oh, mi querido y excelente amigo –prosigue Gabriel, lanzándose al cuello de Rodin– por Dios, poneos mis hábitos, esperad a que den las once, ahora son las diez, a esa hora celebrad mi misa, os lo ruego; nuestro hermano el sacristán es un buen tipo que no nos traicionará jamás; a los que hayan creído no reconocerme se les dirá que se trata de un monje nuevo, a los demás se les dejará en su error; corro a casa de ese pillo de Renoult, a matarle o a recuperar mi dinero, y dentro de dos horas estoy aquí. Me esperáis, os encargáis de que frían los lenguados, de que guisen los huevos y de que saquen el vino; cuando vuelva, almorzamos y a la caza… Sí, amigo mío, a la caza, y estoy seguro de que esta vez será magnífica; según se dice, han visto hace poco por estos alrededores a una bestia con cuernos, ¡pardiez, me gustaría atraparla, aunque eso nos cueste veinte pleitos con el señor de la comarca!

–Vuestro plan es bueno –contesta Rodin– y por haceros un favor haría lo que fuera, sin duda; pero, ¿no será eso pecado?

–¿Pecado, amigo mío? En absoluto, tal vez sería pecado si al hacerlo se hace mal, pero haciéndolo desprovisto de poderes, todo lo que digáis y nada será la misma cosa. Creedme, soy todo un casuista; en todo este asunto no hay lo que se dice ni un pecado venial.

–Pero, ¿habrá que pronunciar las palabras?

–¿Y por qué no? Esas palabras no guardan su virtud más que en nuestros labios, y por cierto que la nuestra es… pero, amigo mío, mirad, yo podría pronunciar esas palabras sobre el bajo vientre de vuestra mujer y metamorfosearía en un dios al templo en donde hacéis vuestros sacrificios… No, no, querido amigo, solo nosotros tenemos el poder de la transubstanciación; vos podríais pronunciar veinte mil veces esas palabras y nunca conseguiríais que descendiera cosa alguna; e incluso con nosotros la operación carece muy a menudo de toda eficacia; la fe es lo que lo hace todo en este caso; con un grano de fe se podrían mover montañas, Jesucristo lo dijo, como bien sabéis, pero quien no tiene fe, no consigue nada… Yo, por ejemplo, que, a veces, cuando estoy celebrando, pienso más en las muchachas o en las mujeres que asisten a ella que en ese demonio de pedazo de mesa que remuevo con mis dedos, ¿creéis que consigo que venga algo en ese momento…? Me sería más fácil creer en el Corán que meterme eso en la cabeza. Por eso vuestra misa será, por poco que hagáis, tan buena como la mía; así, pues, querido amigo, obrad sin escrúpulos, y sobre todo mucho valor.

–¡Diantre! –exclama Rodin–. Es que tengo un hambre devoradora y dos horas más sin comer…

–¿Y qué os impide tomar un bocado? Tomad, comed esto.

–¿Y la misa que tengo que decir?

–Diablos, ¿qué importa eso? ¿Creéis que Dios va a ensuciarse más porque caiga en un estómago lleno que en un vientre vacío? Que la comida esté encima o que esté debajo, que me lleve el diablo si no da lo mismo; vamos, amigo mío, si fuera a decir a Roma todas las veces que desayuno antes de decir mi misa, tendría que pasarme la vida por los caminos. Y como no sois sacerdote, nuestras reglas no os obligan, no vais más que a dar una imagen de la misa, no vais a decirla; por consiguiente, podéis hacer todo lo que os apetezca antes o después, incluso besar a vuestra mujer si viniera aquí; no se trata de hacer como hago yo, no se trata de celebrar ni de consumar el sacrificio.

–Venga –contesta Rodin–, lo haré, estad tranquilo.

–Bien –dice Gabriel mientras sale corriendo, tras dejar a su amigo bien recomendado al sacristán–. Contad conmigo, amigo mío, antes de dos horas estaré con vos –y el monje, encantado, desaparece.

Como bien se comprenderá, va a toda prisa a casa de la mujer del funcionario; esta, sor–prendida al verle, creyéndole con su marido, le pregunta el motivo de una visita tan inesperada.

–Démonos prisa, querida mía –le contesta el monje, jadeando–; démonos prisa, solo disponemos de un momento… un vaso de vino y manos a la obra.

–Pero, ¿y mi marido?

–Está diciendo misa

–¿Que está diciendo misa?

–Pues sí, diablos, pues sí, preciosa –contesta el carmelita, derribando a la señora Rodin sobre su lecho–; sí, alma querida, he hecho de vuestro marido un cura y mientras el tunante celebra un misterio divino, démonos prisa y consumemos uno profano…

El monje era vigoroso y era difícil resistírsele cuando apresaba a una mujer; sus razones, además, eran tan convincentes que persuade a la señora Rodin, y como no se cansaba de convencer a una picaruela de veintiocho años y temperamento provenzal, renueva más de una vez sus demostraciones.

–Pero, ángel mío –exclama al fin la bella, perfectamente convencida–, sabes que el tiempo apremia… tenemos que separarnos; si nuestro placer no puede durar más que una misa, hace ya tiempo que debe haber llegado al ite missa est.

–No, no, amiga mía –contesta el carmelita, que aún tiene otro argumento que exponer a la señora Rodin–; ven, corazón mío, tenemos mucho tiempo, una vez más, querida amiga, una vez más, esos novicios no van tan de prisa como nosotros… Una vez más, te digo, apostaría a que ese cornudo todavía no ha elevado a su dios.

Tuvieron, sin embargo, que separarse, no sin antes prometer que se volverían a ver; se pusieron de acuerdo sobre algunas otras tretas y Gabriel marchó a recoger a Rodin; este había celebrado tan bien como un obispo.

–Solo los quod aures –le dijo– me han costado algún trabajo; yo quería comer en lugar de beber, pero el sacristán no me ha dejado. ¿Y los cien escudos, padre?

–Ya los tengo, hijo mío; el bribón intentó resistir, yo agarré una horquilla y a fe mía que la probó en su cabeza y por todas partes.

La partida acaba, nuestros dos amigos se van a cazar y a la vuelta Rodin cuenta a su mujer el servicio que ha prestado a Gabriel.

–Yo celebraba la misa –decía el pobre pánfilo, riéndose con todas sus fuerzas–, sí, diantre, yo celebraba la misa como un auténtico cura, mientras que nuestro amigo le medía a Renoult las espaldas con una horquilla… Le devolvía sus armas, ¿qué te parece, vida mía?, se las ponía sobre la frente; ¡ah, mujercita querida, qué divertida es toda esta historia y cómo me hacen reír los cornudos! Y tú, mujer, ¿qué hacías mientras yo estaba celebrando?

–Ah, amigo mío –contesta la mujer del funcionario–, parece como si el cielo nos hubiera inspirado, fíjate cómo las cosas celestiales nos tenían ocupados a ambos sin que lo sospecháramos: mientras tú decías misa, yo recitaba esa hermosa plegaria que contesta la Virgen a Gabriel cuando este va a anunciarle que quedará encinta por la intervención del Espíritu Santo. Ay, amigo mío, mientras que tan virtuosas acciones nos entretengan a los dos a la vez, no cabe la menor duda de que nos salvaremos.