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jueves, 2 de enero de 2025

Cuento de Carnaval

Rómulo Gallegos

 

La algarada de las primeras comparsas empezaba a turbar la nocturna quietud de la parroquia, ya se oía el tintineo de los cascabeles en los arneses de los coches, y los chicos del vecindario ululaban sin cesar a los primeros diablos.

Desde la sala de su casa de anticuario, don Juan Manuel Vidosa escuchaba aquellos ruidos precursores de la baraúnda carnavalesca y una emoción dulcísima se levantaba en su pecho. Todo aquel año se lo pasó esperando el Carnaval. Suprema ridiculez, locura sin justificación le había parecido siempre aquella fiesta de cuya vana alegría no disfrutó ni cuando joven, por idiosincrasia y por austeridad, que a fuerza de ser tanta la suya, llegaba a los mayores extremos de dureza. Conservaba todos los resabios de los viejos tiempos, en los cuales la conducta estaba regida por principios rígidos, que no permitían la disipación, ni reconocían la necesidad, tan proclamada ahora, de la alegría, y sin embargo el rumor callejero le parecía ahora grato. Sonreía benévolo cuando oía la voz atiplada de los disfraces y empezaba a convenir en que, realmente, la alegría, así fuera loca y vana, era buena siempre y necesaria.

¡Pobre vida la suya de viejo desamparado de cariño, en aquella casa donde se apolillaban juntamente, su espíritu y los objetos de su colección de anticuario! Ni siquiera el claro trino de los canarios que antes alegraban el silencio de los días largos en aquel caserón donde vivía solo. Ya empezaba a cansarlo, como una actitud molesta, su propia severidad, echaba de menos al lado suyo algo tierno y en los momentos de abandono espiritual imaginaba las delicias de unas manos pequeñitas de nieto que se escondieran, jugando, entre sus barbas, como liebrecillas mellizas en un jaral bravío…

Acaso tenía nietos… Pero este pensamiento renovaba un dolor no olvidado: Rosa María, la hija única… La deshonra.

Era bella, tenía una alma alegre y un corazón de oro. Su risa perenne resonaba en la casa como una campana llamando a fiesta, su imaginación era una llama que ardía en joviales hogueras de locura y su corazón conocía todos los registros de la ternura; pero llegaba también a las mayores vehemencias de la pasión. Se enamoró perdidamente de un hombre vulgar, sin nombre ni dignidad, casi un tahúr. Don Juan Manuel fue implacable: amonestó primero, regañó luego, terminó amenazando. Con esto creció la pasión de Rosa María. Una mañana, al levantarse, como de costumbre, muy de madrugada, don Juan Manuel encontró el portón abierto… Llamó a la hija, pero nadie respondió… Sus gritos de rabia y dolor llenaron la casa y aquella mañana fue la última vez que nombró a Rosa María.

De allí para adelante una vida áspera de solitario, llena de vergüenza, de rabia y de dolor. Aumentó hasta convertirse en manía su afición por las cosas viejas e históricas: pero una pasión yerma, sin compensaciones… Sólo el trino de sus canarios para el silencio de los días largos de soledad…

Corrió el tiempo. Vino una carta de Rosa María pidiendo perdón… Más tarde otra, suplicando, como una limosna, que le permitiera ir un momento siquiera, a verlo… Ambas quedaron sin respuesta y con esta insolencia de la hija deshonrada aumentó el rencor del viejo. Así pasó un año y llegó el Carnaval. Una noche tres disfraces invadieron con risas y cantos el retiro del solitario. Eran tres muchachas. Don Juan Manuel las recibió ásperamente. Una de las disfrazadas guardó silencio todo el rato y no quitó los ojos de mirar al viejo… Cuando salieron, al cerrar tras de ellas la puerta, el anticuario oyó que la disfrazada silenciosa rompía a llorar, mientras las otras callaban sus risas, de improviso…

–¡Es Rosa María! ¡Insolente! –rugió el inflexible don Juan Manuel, y por varios días, renovada la herida de su duro corazón, lo dominó un sordo rencor contra la hija.

Pensó que seguramente las dos compañeras de Rosa María, eran como ella, otras perdidas, y para lavar las manchas que aquellas plantas habían dejado en la austera casa de los Vidosa, fregó con ira los suelos repetidas veces…

Aquel acceso de áspera dignidad se fue disipando al fin y un sentimiento paternal y compasivo le fue cobrando el corazón.

¿Qué vida llevaría su hija? ¿Acaso totalmente corrompida? ¿Acaso pura, a pesar de todo? En todo caso la dura vida de la deshonra, con el estigma indeleble y su inevitable cortejo de miseria… La historia de siempre, el caso vulgar de seducción, luego la promesa no cumplida, el abandono final… ¡Pobrecita! ¡No, pobrecita, no! ¿Para qué están la dignidad, la virtud, la religión y el nombre, el respeto al nombre en que él la educó? Culpa suya fue, solamente suya. ¡La mujer que cae engañada es porque quiere dejarse engañar!

Don Juan Manuel volvió a cerrar, con toda la fuerza de su seguridad y de su orgullo, aquella rendija de compasión paternal que se venía abriendo en su corazón subrepticiamente.

Pero los furtivos pensamientos volvieron:

Acaso un hijo inocente de todo, condenado a la infamia y a la corrupción. Sangre suya era al fin y al cabo… llevaría su mismo apellido, el apellido materno: un Vidosa tahúr, rufián… una Vidosa… ¡Pobrecita Rosa María!… Las mujeres no tienen la culpa siempre, a veces caen por excesiva bondad… Rosa María tuvo siempre el corazón en la mano…

Pasó otro año y volvió otro Carnaval y otra vez los mismos disfraces, la misma disfrazada silenciosa que no hacía sino verlo, mientras las otras reían y charlaban, acaso por distraerlo, para que se dejara ver…

Don Juan Manuel las recibió más amable, pero todavía altivo, guardando las conveniencias. Comprendió que Rosa María aprovechaba aquella ocasión para ir a verlo y esta muestra del amor de la hija lo ablandó hasta hacerlo convenir en aquella farsa, donde él también estaba disfrazado. Pero su orgullo no le permitía más de aquella concesión… Que Rosa María siguiera creyendo siempre que él no la había reconocido y que por eso la recibía en su casa. Y cuando al cerrar la puerta volvió a oír el llanto de la hija entre la risa de las compañeras, él también, por primera vez lloró…

Nunca, como desde entonces, le pareció tan triste su soledad y sintió tanto la falta de Rosa María en la casa… Aquella risa perenne que resonaba como una campana llamando a fiesta… aquella imaginación traviesa que era una llama ardiendo en hogueras de divinas locuras… aquella alma buena que sabía tanto hacer grata una vida… y… ¿quién sabe?… acaso unas manos pequeñitas de nieto que se esconderían retozando, entre sus barbas…

Tales pensamientos cobraron por completo su corazón. Resolvió buscar a Rosa María. Indagó y no logrando obtener noticias de ella tuvo una determinación heroica: preguntarle por su hija al villano que se la había quitado y deshonrado. Fue un esfuerzo supremo en el cual se quebró para siempre el resto de entereza de ánimo que le quedaba y fue un esfuerzo inútil: el seductor de Rosa María le respondió, insolente, que hacía años que no tenía nada que ver con aquella mujer, que ni sabía si vivía.

En otro tiempo el altivo señor hubiera arrancado la vil lengua a aquel miserable que lo había escarnecido dos veces; pero ya él no era el Juan Manuel Vidosa de antes y cuando el tahúr le volvió la espalda, con desprecio, él se retiró llorando, por la hija acaso muerta.

Los meses siguientes fueron para él de angustias mortales. Lo dominó una profunda tristeza vacía de pensamiento. Abandonados, los canarios que alegraban la casa, murieron de hambre en su jaula…

Otra vez venía el Carnaval y con él la esperanza. ¡Qué grato el rumor de las risas locas y de los cascabeles! Bendita alegría la que de año en año entraba con los disfraces en aquel caserón tan callado, tan solo…

Poco a poco se fue disipando la tristeza del viejo y con emocionada impaciencia esperaba la noche en que, un rumor de frescas risas sonara en el zaguán, anunciándole que allí estaba, por fin, Rosa María, la hija buena que venía de año en año a verlo solamente y que luego, al irse, rompía a llorar, con el pobre corazón destrozado…

¡Qué duro había sido con ella! ¡Cómo le dolía su severidad! ¿Por qué el año pasado no la llamó a sus brazos, rompiendo con todo, olvidándolo todo? Este año lo haría. Rosa María se quedaría en su casa. Ya le había preparado su habitación, todas las mañanas salía a comprar flores y las colocaba en el tocador de Rosa María, por si llegaba aquella noche.

Por fin, una noche resonaron en el zaguán las benditas risas. Don Juan Manuel corrió a abrir. Esta vez las disfrazadas eran dos y al ver que faltaba una, el viejo experimentó una angustia mortal; pero se recobró pronto, como viera que una de las disfrazadas se retiraba de él y alejada, en silencio, se quedaba viéndolo, largamente.

¡Era Rosa María! ¡Por fin la tenía allí y ahora para siempre!

Quiso acercarse, sin atreverse a hablar, dominado por la emoción, pero la disfrazada huyó por los corredores.

–¡Quiero verla! ¡Quiero verte!

La otra lo atajaba riendo como loca, con una risa extraña que Don Juan Manuel no había oído nunca.

–No, no señor.

–¡Sí, sí… quiero verla! Es mi hija. Es Rosa María. Desde un principio te conocí… te he perdonado… Mejor dicho: te pido perdón y eres tú la que tiene que perdonar.

Y la perseguía, fuera de sí, con una agilidad que no era suya, enardeciéndose por momentos.

–Quiero verte. No me huyas…

–No, no, por Dios…

Pero él no oía y llorando casi, corría detrás de la disfrazada.

Por fin la alcanzó. La mujer luchaba por no dejarse quitar el antifaz; pero al fin, rendida, se entregó.

El viejo, jadeante de emoción y de cansancio, apoyó sus manos ásperas y gruesas sobre los hombros de la mujer y se quedó viéndola, todavía cubierta con el antifaz, como para apurar hasta el fin aquella ansiedad del año largo y triste.

La mujer temblaba con todo su cuerpo bajo aquellas manos y bajaba los ojos, no pudiendo soportar aquella mirada que la envolvía, que quería llegarle hasta el alma. La compañera, inmóvil y ansiosa también, presenciaba el cuadro, sin atreverse a hablar.

Por fin el viejo pudo decir:

–Rosa María…

La disfrazada se apartó de él, evitando el abrazo.

–Perdón. No soy Rosa María.

Y se quitó el antifaz, mostrando su cara fea y mustia.

Los brazos del viejo se desplomaron, como los últimos restos de una ruina y la mirada que estaba llena de amor, se hizo dolorosa y poco a poco fue perdiendo la expresión.

Compadecidas de aquel desengaño, las mujeres empezaron a decir:

–Perdónenos, señor. No hemos querido burlarnos de usted.

–Rosa María murió…

–Y antes de morir, me suplicó que mientras usted viviera, viniera todos los años en el Carnaval e hiciera su papel. Ella comprendió el año pasado que usted la había conocido…

El viejo oía impasible, completamente inconsciente. La mujer se volvió a cubrir con el antifaz y salió con la compañera…

Don Juan Manuel las siguió hasta la puerta y así que ellas salieron, cerró, como el año pasado…

En la calle, la algarada de las comparsas turbaba la nocturna quietud.

 

jueves, 28 de noviembre de 2024

El análisis

Rómulo Gallegos

 

“Te aseguro que nada hay peor que tener dos conceptos sobre una misma cosa y créeme que envidio de todo corazón tu manera de apreciarlas desde el punto de vista único, personal y a veces candoroso en que te coloca tu ingenuidad de alma. Puede ser que tú sufras en la vida más de una decepción, porque juzgas los hombres y las cosas según el espontáneo impulso de tu naturaleza, sin sutilezas ni reservas de criterio; pero seguramente no conocerás el desasosiego de vacilar entre dos opiniones distintas y muchas veces opuestas, sin que dejen de ser ambas legítimas, como ahora me está sucediendo a mí. La intranquilidad de espíritu que no proporciona esta falta de noción única, equivale a la más mortificante decepción y en algunos casos llega a ser una verdadera y completa tortura moral, sobre todo cuando uno de estos conceptos corresponde a alguna necesidad sentimental nuestra y la satisface, él solo, plenamente.

“Desde luego, tú dirás, que en esos casos lo sensato es quedarse con ese solo concepto y desechar el que sólo sirve para intranquilizarnos, pero es el caso que el otro puede ser tan legítimo y no seríamos consecuentes con nosotros mismos si atendiéramos únicamente a nuestro flanco sentimental, en detrimento de los fueros del pensamiento … Pero me alejo con estas especulaciones del caso concreto a que me quiero referir, y es, sábelo de una vez, porque, aunque parezco decidido a esta confidencia, mil escrúpulos me detienen a última hora. Lo confieso para hacer constar que todo yo no soy absolutamente responsable de la atrocidad que voy a cometer; ten en cuenta que he vacilado, y si a pesar de esto incurro en la culpa es porque, indudablemente, he perdido la serenidad y el dominio de mí mismo. Voy a tratar de una de esas cuestiones en que se hace evidente la tortura de la lucha entre las dos maneras que se tengan de apreciarlas: del amor conyugal, viejo tema de toda suerte de comentarios y filosofías. Todos los que hemos sido educados por nuestro medio en las ideas morales de nuestros antepasados, tenemos, para juzgar el amor conyugal, un punto de vista común; es a esto a lo que llamamos prejuicios, son, en efecto, ideas elaboradas por otros cerebros y pensadas por generaciones que nos han antecedido y que se han estratificado en nuestros espíritus; así creemos, sin discutirlo ni comprobarlo, que la felicidad conyugal es la única manera de ser moral y que el amor es posesión absoluta de un alma por otra que la llena, sin dejar cabida en aquélla para ningún otro pensamiento. Contra tales prejuicios se nos dice, en nombre del buen sentido, que debemos luchar y los que tenemos un espíritu paradójico emprendemos la lucha tratando de poner en lugar de ellos, ideas nuestras, cuyo valor de verdad y de justicia hayamos comprobado por nosotros mismos… Yo creía que había realizado en mi espíritu esta reconstrucción original y que sólo había en él los conceptos míos que yo había verificado por cuenta propia; pero he aquí que acabo de descubrir que en él permanecían solapados y con todo su vigor los prejuicios seculares. Te referiré el caso concreto. Como tú sabes desde los primeros días de mi matrimonio emprendí la tarea de rehacer por mi cuenta y de acuerdo con mis convicciones la educación de mi mujer, que apenas había recibido en la casa paterna, por todo bastimento educativo, los dos o tres principios de moral católica que se da entre nosotros a las mujeres y estos barajados entre tal fárrago de prejuicios y preocupaciones ridículas que apenas componen una mentalidad menos que mediocre. Mi empresa era difícil, pero no fue imposible, mi mujer asimiló mis ideas y a poco tiempo las más libertarias de las mías arraigaban en su espíritu como en medio natural y propio, sin resistencias ni reservas. A primera vista parece que este éxito ha debido llenarme de orgullo y contribuir a la mayor felicidad de mi matrimonio, puesto que establecía una efectiva comunidad de ideales y sentimientos entre mi esposa y yo, que es el ideal de todo amor; pero, por lo contrario, entonces fue cuando comenzó a verificarse en mí un raro fenómeno inesperado: empecé a perder la confianza en mi mujer; la libertad de su pensamiento me asustaba, viéndola sin sus prejuicios temí por su moralidad y sobre todo me intranquilizaba su concepto, que no era sino el mío mismo y que yo le había inculcado a propósito del amor. ¿Has visto tú nada más insensato? Las ideas de mi mujer, es decir, las mías propias, repetidas por ella y acaso sólo para complacerme, me parecían atrocidades reveladoras de una carencia absoluta de principios morales; oyéndola hablar experimentaba una repulsión inconsciente que poco a poco me fue alejando de ella y creciendo hasta convertirse en antipatía profunda, acaso en odio. Y para merecerlo, ¿qué era lo que había hecho ella? Ser buena, fiel y amorosa conmigo y haberme sacrificado acaso la tranquilidad del espíritu, junto con los fundamentos de su antigua moral católica y de su fe, que era ciega y firme. Sí, satisfago una imperiosa necesidad de mi corazón y de mi conciencia, diciendo que mi mujer es la esposa ideal, lo creo firmemente, estoy más seguro de ella que de mí mismo, y sin embargo yo he dudado de ella. Y todo por haber pretendido destruir los prejuicios de mi mujer cuando todavía no había logrado desvanecer los míos propios. Dispénsame estas divagaciones, considera lo que me pasa: tengo a la vez necesidad y vergüenza de contártelo. Es inicuo, de todo punto insensato, y si no fueras tú para mí más que un amigo, no me hubiera atrevido a hacerte esta confidencia. La hago sobre todo para ensayar de disiparme esta preocupación analizándola. Que nunca sepa mi mujer que yo he pensado estas cosas, no se lo cuentes a la tuya, ya sabes que son amigas que no se guardan secretos. Te decía, pues, que hace algún tiempo venía experimentando un sentimiento de desconfianza, completamente inmotivada, respecto a la probable conducta futura de mi mujer, dado el hecho de la modificación de sus ideas, ahora en un todo de acuerdo con las mías respecto a religión y moral; yo no podría expresar lo que pasaba por mí cuando oía a mi mujer defender ciertos postulados libertarios, como la legitimidad del amor libre, por ejemplo. Naturalmente este estado de ánimo tema que producir la suspicacia y así cada palabra suya me daba, muchas veces contra mi querer, mucho qué pensar; en una palabra: me fui volviendo celoso, ridículamente celoso. Un día acabé de serlo con toda la brutalidad de esta pasión primitiva. Fue una tarde, creo que había llegado a mi casa de mal humor por algún contratiempo de la profesión, y entonces mi mujer, como siempre que me veía en tal estado de ánimo, se puso a distraerme agotando sus infinitos recursos de ternura y amor, y yo, en pago y por necesidad sentimental, porque la ternura es acaso la única virtud que poseo, le di un beso. ¡Qué bienestar experimentaba yo después de los disgustos de un día de tribunales y querellas, al lado de aquella mujer buena, déjamelo decir aunque la palabra sea cursi: angelical, que sabía endulzarme la vida con el arte sin malicia de su gran corazón! Seguramente en aquel momento la voz de la preocupación interior me había dado una tregua y yo podía entregarme todo entero a la delicia de la confianza. De pronto ella me preguntó: ¿no has sabido de Jacinto? Nada más natural que mi mujer me preguntara por ti que eres más que un amigo y ella sabe cómo te quiero. Pues bien, aquella pregunta fue para mí como una bofetada. Déjamelo decir con toda la brutalidad con que se me ocurrió; me he impuesto la vergüenza de esta confesión como una penitencia saludable: tuve celos de ti. Bien sé que si mi boca estuviera en este momento al alcance de tu mano, la bofetada no se haría esperar; me la darías tú y yo la merezco. ¡Ah sí! Me abofetearías. Te conozco bien y porque te conozco te refiero esto tal como sucedió ¡Dudar de mi esposa! ¡Tener celos de ti! Yo he debido estar loco, no podían ser sino síntomas de locura aquella lucidez y presteza mentales con que analicé la ocurrencia, descubriendo entre el beso dado por mí y la alusión a tu persona, la trama de una asociación de ideas que debía corresponder a un sentimiento desleal, infidente, que existiera en el corazón de mi esposa. ¡Maldita manía de analizarlo todo! ¡Maldita ciencia del espíritu con la que me he encariñado y que no me ha proporcionado otro resultado práctico que la tortura de esta suspicacia! Porque has de saber que no fue ocurrencia pasajera sino que todavía es idea fija, tenaz, insoportable ya. Para librarme de ella recurrí inútilmente a mi concepto moderno sobre el amor y la fidelidad conyugal, esperando que él me devolviera la paz del ánimo perdida, y me hice esta reflexión: es imposible, de todo punto absurda, la creencia de que el amor es una posesión espiritual tan absoluta que impida que por el alma de la mujer amada, en ningún momento y en ninguna situación, pueda pasar un pensamiento que no sea el del hombre a quien ama. Y generalizando, a guisa de psicólogo concluí: ¡Cuántas ideas, apenas breves relámpagos de pensamiento, comparables a esos que la gente de nuestro tiempo llama fusiles y que en las noches claras de verano aparecen sobre los cerros y no anuncian tormenta, ideas perversas, monstruosas a veces, no atraviesan continuamente nuestro espíritu sin que en él haya ningún sentimiento, ningún instinto que las produzca o las favorezca, y pasan sin dejar en él ninguna huella! ¿Acaso habrá mujer, la más fiel a su amor, la que merezca llamarse la fidelidad misma y que esté exenta siquiera de uno solo de estos relámpagos de infidelidad, completamente ilógicos, que por muchos que fueran no mancharían la pureza de su amor, ni la nobleza de su alma? Estoy seguro de que no existe, como de que tampoco hay un hombre que pueda decir que en ningún instante de su vida una idea innoble de robo, de violación o de crimen no haya pasado por su mente. ¿De dónde vienen estas ideas ilógicas que ninguna disposición espiritual nuestra produce ni favorece? Acaso de la psicología prehistórica, como los fusiles de las noches de verano, de una tempestad remota; pero de ningún modo somos responsables de ellas y a nadie que no sea un loco se le ocurriría pedirnos cuenta y juzgarnos por ellas. Era de esperarse, pues, que yo, profesando tal manera de apreciar el hecho, no le daría ninguna importancia a la inocente pregunta de mi mujer; pero he aquí que interviene el otro concepto, el tradicional, el que se ha estratificado en nuestros cerebros, la infidelidad de un momento acaba con el amor que es sentimiento perenne y exclusivo: donde cupo la infidelidad era porque no había amor. Y por más que luche, como he luchado, contra este prejuicio estúpido, contra esta evidente sin razón, no puedo vencerlos y en mi subconsciencia se levantan ideas y sentimientos que hace tiempo no pienso ni siento, pero que estaban en ella como cosas abandonadas que se pudren y pudriéndose envenenan el ambiente. Qué batalla conmigo mismo para volver a ser como antes amoroso, tierno, delicado y complaciente con mi pobrecita mujer que se desvive por disiparme lo que cree mal humor producido por los sinsabores de la profesión, como yo le digo cuando se me acerca cariñosa y poniéndome su mano en la cabeza me pregunta como una madre a un hijo triste: ¿qué tienes? Créelo, te lo digo de todo corazón, lo proclamaría ante el mundo entero, aun ante la evidencia contraria de los hechos: ¡mi mujer es una santa! ¡Y ya yo no la puedo amar como antes! ¡Maldito análisis!”

 

Segunda carta del mismo, días después:

“No me has contestado todavía… Haces bien: soy un monstruo a quien no se debe tratar… Pero no: hiciste mal en no contestar mi carta, tal vez la tuya hubiera venido a tiempo de evitar esta desgracia… Soy un desgraciado… ¡Compadéceme! ¡Mi mujer se ha suicidado!… Se envenenó con cianuro… ¡Qué horror!… ¡Qué horror!… Yo no sé lo que escribo, no veo las líneas, no gobierno en mis ideas… mis ideas; ¡las asesinas ideas que me la quitaron! ¡Pobrecita! Me dijo al morir que lo había hecho porque no podía con su pensamiento. ¡Yo tampoco puedo soportar los míos, y todavía vivo! Se abrazó a mi cuello y llorando, y entre las angustias de la agonía, me dio en la boca un beso mortal; no un beso: ¡el alma! Murió abrazada a mí… Yo no sé cuánto tiempo estuve sin sentido, apoyado sobre ella, muerta. ¡Qué trabajo me costó zafarme de aquellos brazos que más allá de la vida todavía me estrechaban, rígidos…! ¡Qué horror! Tengo en los oídos sus últimas palabras temblorosas: “amor mío… porque no puedo con el pensamiento”. ¿Qué querría decirme con esto? ¿A qué luchas internas se refería…? ¿Acaso el pensamiento culpable? ¡No, no, imposible! Esta idea mortal no me abandona. Yo tampoco puedo con el pensamiento”.

 

Contestación del amigo:

“Infeliz ¡Infeliz! ¡Cómo has destruido tú mismo tu felicidad! Quiero creer que has estado loco, como dices en tu primera carta; no era posible de otro modo. ¡Una mujer como aquella que fue tuya! ¿Dónde encontrarás, ni en la virtud misma, un ser igual? A ti, de tu dolor y el mío, no tengo nada que decirte porque no se me ocurre nada; el golpe me ha dejado atolondrado, se me ha ido el mundo debajo de los pies. ¿Cómo es posible que sucedan estas cosas? De ahora en adelante tendré que creer que los hombres no podemos vivir sin alguien que nos dirija, que no nos deje cometer estas atrocidades que se nos ocurren, porque la razón no basta por sí sola. Tú imaginarás cómo está mi corazón con sólo ver cómo ha quedado el tuyo. Lo único que puedo decirte es que estuviste loco y te convencerás de ello leyendo las cartas que tu pobre mujer le escribió a la mía. Yo no pude conservar el secreto que me recomendaste: era mi deber no conservarlo y leí tu carta a mi esposa; ella le escribió a la tuya pidiéndole, en nombre de la amistad que las unía, que le explicara lo sucedido. Ni mi mujer ni yo, podíamos dar crédito a tus preocupaciones. No te contesté porque quería demostrarte con pruebas suficientes que habías sido un insensato para que te curaras en salud. El remedio llega ahora tarde; pero siempre lo necesitas. Allá van las cartas de tu mujer; la primera la recibió la mía al mismo tiempo que yo la tuya; las dos últimas también vinieron junto con la tuya donde me dabas la noticia del desenlace de tu tragedia. Léelas y si tu dolor es de los que partiéndolos con otra alma se aminoran, tú sabes que la mía está contigo”.

 

Primera carta de la suicida a su amiga:

“…De mi vida, noticias que no son muy gratas. Mi marido que siempre fue bueno y amoroso conmigo, anda ahora despegado de mí como con una preocupación constante; me habla poco, responde con frialdad a mis cariños, huye de mi compañía; temo que empiezo a fastidiarle. No sé a qué atribuir esto: ¿otros afectos? Él no es persona capaz de una liviandad de esa naturaleza. Yo no sé qué es lo que le pasa; se ha puesto muy raro: está contento, empieza a hacerme cariños como antes y de pronto se pone serio; le pregunto la causa y me responde agriamente: nada, mal humor; y con un pretexto cualquiera se va para la calle. Así son los hombres, se cansan muy ligeramente de queremos, mientras que nosotros no nos cansamos nunca. ¡Qué se hace! Ellos no tienen la culpa de ser así. A nosotros no nos queda otra satisfacción que quererlos con toda el alma, aunque ellos no nos quieran tanto. ¡Si yo tuviera un hijo! A veces pienso que es lo que le hace falta y por no haber podido dárselo me siento avergonzada como de una culpa”.

 

Segunda carta de la misma:

“Recibí la tuya donde me das la explicación de lo que yo no había sabido explicarme. Te agradezco mucho que te hayas apresurado a ponerme en cuenta del motivo del desamor que hace días me manifiesta mi marido. Has hecho bien en contármelo todo, de otro modo no me hubiera sido posible justificarme ante tus ojos y acaso tú hubieras llegado a creer que en realidad era culpable. No te imaginas lo que he tenido que llorar antes de ponerme a escribir esta carta. Ahora, después de haber llorado mucho, es que me siento un poco aliviada y al fin puedo pensar. Tengo tres días que no pienso y he temido seriamente por mi razón. Yo nunca hubiera sospechado que fuera yo la causa inocente del desvío de mi marido. ¡Virgen Santa! ¡Cómo ha podido ser que haya tenido yo un pensamiento de esta naturaleza! ¡Qué horror! Si no me encontrara inocente de toda culpa diría: ¡Qué vergüenza! ¡Traicionar al esposo que ha sido para mí tan bueno, tan abnegado, tan tierno! ¡Y traicionar con un mismo pensamiento a la amiga del corazón! Tú comprendes que eso no puede ser, yo no soy tan mala, tan depravada, como se necesita ser para eso. Aquella pregunta ha tenido que ser inocente. Te digo: ha tenido que ser, porque yo no he podido recordar, por más que le he dado a la cabeza, cuál fue el motivo que me hizo pensar en tu marido en aquella ocasión a que se refiere el mío. Si es cierto que aquello sucedió como dice el mío, mi esposo fue ligero al juzgarme; ahora se me ocurre que si aquella pregunta hubiera sido debida a un mal pensamiento, yo, ni ninguna mujer, por más torpe que fuera, la hubiera hecho en esa oportunidad. La malicia se adquiere con el mal y sólo la que es inocente comete esas indiscreciones, porque como se halla limpia de toda culpa no se le ocurre que alguno puede descubrírselas. Como dice tu Jacinto, mi Carlos es demasiado suspicaz, y yo creo que esta vez lo ha sido hasta la insensatez porque no otra cosa es la causa de su extraño proceder. Si no lo conociera como lo conozco pensaría que ha querido calumniarme; pero no, él no puede difamar de mí, y si ha hecho esto es porque me quiere demasiado. ¡Qué raras somos las mujeres! Tentada estoy de decirte que en el fondo de mi pena hay, a ratos, un poquito de satisfacción vanidosa que quiere compensarla; no todo el amor propio ha sido ofendido, mi marido me quiere y el pensamiento de que yo pueda serle infiel lo mortifica hasta hacerlo pensar disparates. Del mal, el menor; no creas, sin embargo, que es sólo por vanidad de mujer que pienso así; estimo mucho mi honra, no sé si más que mi amor mismo, pero para consolarme quiero buscarle el lado bueno a esto que tantos malos tiene. Ya me explico pues, el entibiamiento del amor de Carlos y sé qué debo hacer para recuperarlo. A ti te lo debo y te agradezco mucho el consejo que me das de no tocarle el asunto y de hacerme la que lo ignora todo, porque mi primer impulso fue tener una explicación con mi marido, que me había ofendido en la honra con su insensata suspicacia. Esto los hubiera perjudicado a ustedes que están obligados a guardar el secreto, y acaso, como tú dices, sea más prudente no remover aquello, dejando que el tiempo y la cordura hagan ver a Carlos que fue un insensato. Pero yo no estoy tranquila y dudo mucho de poder recuperar la pasada felicidad de mi matrimonio. Dile a Jacinto que no le deje de escribir a Carlos. En cuanto a mi conducta para lo sucesivo, trataré de cumplir algo que se me ha ocurrido en estos días, y te seguiré informando de mi vida”.

 

Tercera carta:

“¡Qué mala estoy! ¡Qué mala estoy! La alegría no ha vuelto, he perdido la tranquilidad para siempre. Ahora no es Carlos que ya me parece haberse olvidado de aquella locura, y sin decirme una palabra y como para hacerse perdonar lo que supone que yo ignoro, vuelve a ser amoroso y complaciente conmigo. Ahora la causa de mi intranquilidad está en mí misma. Estuve enferma, creo que a la muerte, aunque Carlos me dice que fue un acceso nervioso de poca importancia. Si yo tuviera un hijo. No es ya para recuperar a Carlos que lo deseo y ahora más que nunca; lo necesito para salvarme, sólo un hijo me salvaría en este trance. Es un capricho muy parecido a la locura; se me ha metido en la cabeza que yo debo dominar mi pensamiento, para que no me llegue a suceder nunca más eso que Carlos asegura; que nadie está exento de tales ideas. No te imaginas la lucha que tengo que sostener diariamente, porque has de saber que yo, que antes no tenía nunca malos pensamientos, ahora los tengo a cada momento; me estoy volviendo mala, se me ocurren unas atrocidades que no te puedo contar. Será por lo mismo de que estoy pelando sin cesar por sujetar mi pensamiento. Yo no sé qué decir, yo no sé qué es lo que me pasa; sólo sé que antes yo no era así… En fin que estoy muy mala, muy mala… Yo no acabaré bien, siento que me voy volviendo loca”.

 

Carta final:

“¿Recibiste mi carta? Ésta será la última que recibirás de tu pobre amiga. Ya no puedo luchar más con mi pensamiento. ¡Estoy horrorizada de mí misma! ¡He llegado al último grado de la depravación! ¡Ideas, nada más que ideas; pero qué ideas! ¡Qué pensamientos tan feos! Me comparo con una perdida y me encuentro peor aún. ¡Qué desgraciada soy! Yo no sabía que en el fondo fuera tan liviana tan corromp… no, no lo escribo; yo no estoy corrompida, yo he salvado mi virtud, no son sino pensamientos que me asaltan sin yo poder evitarlo; ¡pero ya no puedo más! ¡Temo perderme del todo y yo quiero salvar mi virtud… ¡Me mato! Me mato cuando más deseo la vida, pero yo quiero salvar mi virtud. Perdóname este dolor que te voy a causar. Que Carlos, mi amor, mi único amor, mi amor más grande me lo perdone también … Pero no puedo… me horroriza la idea de caer… Compadece a esta amiga que se quita la vida, dejando en el mundo el amor y la felicidad, por salvar su virtud”…

 

domingo, 10 de noviembre de 2024

El apoyo

Rómulo Gallegos

 

I

En las afueras de la ciudad, en el camposanto de los lazarinos, sobre un collado donde había una tumba solitaria entre cactus y abrojos, dominando el mudo paisaje crepuscular, los dos minoristas se detuvieron:

–¡Con que nos deja Francisco!

–¡Qué se hace Manuel! No hay remedio. Yo no sirvo para la vida militante; lo comprendo. Necesito vivir más dentro de mí mismo: en la concentración del claustro. Será porque la fe y la vocación son en mí algo tan personal, que casi llegan a ser formas de egoísmo. ¿Me comprendes? De aquí que no me halague la misión de predicador. Cosas de mi temperamento. Nuestro Señor me llama por otros caminos. Por eso me había demorado tanto en recibir las órdenes mayores.

–Tienes razón; debes irte. Yo lo único que te digo es que me vas a hacer mucha falta. Si tuviera recursos abandonaría también el seminario y me iría contigo al monasterio; que también me atrae. Pero soy pobre; tú lo sabes.

–Tampoco resistirías, Manuel; la regla es dura.

–También es duro el aislamiento en que me dejas.

–No digas así.

–Ya no tendré quien me aliente cuando me vengan mis vacilaciones; esos desmayos de la voluntad, tan frecuentes en mí.

–Nuestro Señor estará contigo y te dará fuerzas. Escríbeme siempre, con frecuencia; confíame tus angustias y procura ser fuerte. Yo te escribiré también, tan a menudo como me lo permitan en el monasterio. Y allá veremos si andando el tiempo podremos reunimos otra vez.

–Me vas a hacer mucha falta, Francisco.

–¡Vaya! No te desalientes así. Es la voluntad de Nuestro Señor. Ofrezcámosle esta amargura.

De las barrancas, en la tranquilidad de la tarde, subía el monótono canto del sauce, ululaba el viento sobre las lomas y por entre los enjutos arcaduces del monte. En su recinto de colinas azules, la campiña, joyante al capricho pintoresco del sol de los araguatos; sobre el claro ocaso la silueta de la ciudad: cimeras de chaguaramos, geométricos perfiles de cipreses y araucarias, distantes, dos cúpulas gemelas; una ceja de monte en la brusca fuga del abra. Sobre el panorama, altanero y jarifo, el Ávila en reposo.

–Tu monte, Francisco; tu símbolo de la voluntad serena y fuerte.

–¡Mi montaña querida! Hoy se ha puesto la estameña franciscana. Ya no volveré a verla. Ahí te dejo mi monte, Manuel.

 

II

Al día siguiente, Francisco partía hacia un lejano monasterio. El joven minorista, camino de su ideal, tenía más bien un aire resignado y estaba más taciturno que de costumbre, de manera que, cuando Manuel conmovido hasta las lágrimas le tendió por última vez los brazos, ya en marcha el tren, apenas le dijo:

–Adiós y procura ser fuerte.

De regreso al seminario los compañeros comentaban:

–Es una verdadera amistad.

–¿Qué hará ahora Manuel sin Francisco?

–Era su apoyo en todo.

–No me extrañaría que abandonara el seminario.

–Ese Manuel es un pobre muchacho.

–Se ha propuesto ser místico. Como si eso fuera cosa de proponerse.

Todo el día se lo pasó Manuel encerrado en su celda, sumido en una obstinada taciturnidad, esquivando la compañía de los que querían hacérsela para disiparle aquel humor melancólico, lo cual le importó una áspera reprimenda del Rector que no hallaba motivo para tanta aflicción en la partida de un amigo, por íntimo y querido que fuese. Y con esta primera amargura empezó el minorista a apreciar la falta del compañero y la dureza de la disciplina, cuyo rigor no le dejaba sentir hasta entonces el apoyo que su espíritu vacilante hallara siempre en el de Francisco, sereno y fuerte.

 

III

A éste le debía su vocación que se le reveló como leyera unos escritos empapados de misticismo que por aquel tiempo publicara Francisco. Fue en su pueblo, seis años hacía. Sin duda ya existía a su alma aquella propensión mística, bebida con el aliento de la desolación de su paisaje llanero; aquella vaga tendencia a lo sobrenatural y misterioso, que es como un deseo de andar y que adquirió con el hábito de mirar horizontes, mientras el lendel de la noria paterna volteaba el jamelgo taciturno exprimiendo a la tierra la frescura del agua.

Teníala el padre para regar el pegujal de que viviera la familia, y era el oficio de Manuel, desde muy niño, arriar la bestia para que no parara de sacar agua. Y allí, bajo el cobertizo, frente a la llanura estuosa, se pasaba toda la mañana, imaginando extraordinarias andanzas por aquellas veredas sin fin, mientras la tibia agua llenaba en silencio el cangilón. Desde entonces era místico. Sí. Indudablemente lo era. Misticismo eran aquellos deseos imprecisos que le absorbían el alma haciéndolo olvidarse del caballo que, aprovechándose de su ensimismamiento, se paraba a soñar con la llanura, tal vez con el regalado trocito de la libertad, a escape por la tangente del círculo que lo uncía. Y el minorista se complacía en descubrir en sí mismo, desde la infancia más remota, aquella propensión mística que es señal de distinción en un espíritu. Recordaba que más tarde, cuando se preparaba para la primera comunión, la vaga tendencia se convirtió en deseo, bien preciso, de dedicarse a la Iglesia, de meterse a sacerdote. Poco después llegaron a sus manos los escritos de Francisco. Prestóselos el Cura de su pueblo recomendándoselos como cosas muy bellas y piadosas que escribía, allá en la capital, un joven de mucho talento y ejemplar vocación que tenía un nombre escogido para la santidad. Y con esto se decidió su vocación. Dijo en la casa que su voluntad era irse a la Capital porque tenía determinado ingresar al seminario, y que quería que se lo permitieran y que le dieran algo para el viaje. Complacióse la madre, desaprobó el padre, pero terció favorablemente el Cura, y Manuel obtuvo el permiso y algo, muy poco, para los menesteres del viaje. Con lo cual y con una grande ansiedad, púsose en camino en la compañía de un amigo de su padre que llevaba un ganado a vender.

 

IV

Evocaba aquel viaje interminable a través de la pampa, por los largos caminos, entre el polvo y el sol, al amoroso andar de la vacada, el quejumbroso cantar de los llaneros en el silencio de los campos; las garzas junto al agua dormida del caño; la majada a la intemperie bajo el relente de la sabana; la siesta a orillas del turbio cilanco del abrevadero: la res desgaritada que se volvía a la sabana bebiéndose los aires, altiva la cornamenta, y la que caía a orillas del camino, cansada, aturdida del sol; el paso por los pueblos del tránsito, melancólicos desiertos y pobres; la llegada, por fin, a la capital. Tenía fresca en la memoria la impresión gratísima que le produjera la ciudad, el arrimo de su montaña azul, con las torres y cúpulas de sus templos doradas al sol, con sus almácigos de fronda por encima de los rojos tejados. Y la noche en la posada, noche más larga que todas las noches; y el amanecer, por fin, y su llegada al seminario. La primera conversación con el joven del nombre ungido para la santidad, los grandes ojos plácidos de Francisco; su hablar reposado entre sonrisas de una ironía tierna que él no comprendía, aquella manera suya, tímida y persuasiva, y las cosas que decía a propósito de la vocación. Y toda su vida de seis años en el Seminario, su vida íntima, la atormentada vida de su espíritu. Las emociones del día en que vistió por primera vez el traje talar; la impresión imponente que le produjeron los primeros oficios a que asistió en la Catedral, su perplejidad al ver los canónigos en el semicírculo del coro, graves y lívidos en sus sitiales, casi fantásticos con aquel aparato litúrgico, misterioso para él, en aquel ambiente que llenaba la rotundidad del canto gregoriano, aquel canto que despertaba en su alma remembranzas del paisaje nativo. La exaltación de los primeros meses, las vidas de santos devoradas en las largas vigilias; la noche en que por fin, después de haberlo meditado mucho y tomado precauciones para no ser descubierto, se decidió a aplicarse unos disciplinazos para dominar ciertos ímpetus pecaminosos de la carne, como era uso y costumbre de santos en tales casos, según lo que había leído. Y el doloroso desencanto que tuvo al día siguiente cuando le contó a Francisco su proeza, mostrándole las azotadas espaldas, y éste se lo desaprobó, sonriendo con aquella ironía tierna que tenía para todas las ocurrencias de su amigo. Y después de aquel desencanto que tan profundamente lo afectara; la primera duda, la duda perenne ya: el horrible miedo de no servir para aquella altura que se proponía.

 

V

Con estos ingratos soliloquios ocupaba Manuel la ausencia del amigo a la que no acababa de acostumbrarse. De tiempo en tiempo recibía cartas suyas, en las que había siempre una oportuna palabra que reanimaba en su alma el amortiguado rescoldo de la vocación, y, a su vez, él se las escribía largas y minuciosas. En una le decía: “Es horrible esto. Querer andar y saber que no se puede. ¿Comprendes lo que te quiero decir? En estos días me he acordado mucho de los tiempos de mi niñez cuando era mi oficio arriar el caballo de la noria de papá, para que no dejara de sacar agua. Así estoy otra vez: arriando la flaca bestia de mi noria espiritual. ¡Qué trabajo, Francisco! ¡Qué trabajo tan arduo! Los desmayos aquellos que se han hecho más frecuentes y más agudos. En veces me paso días, semanas, meses enteros, abandonado de Dios, sin fe, sin voluntad para nada. Sufro lo que no te imaginas. El mes pasado había hecho la resolución de abandonar el seminario; ya no podía más e iba a comunicárselo al Rector cuando recibí tu carta. ¿Para qué la escribiste? Si no, a estas horas estaría yo en mi pueblo, ocupado en un bajo oficio cónsono con mi condición, como un campesino cualquiera, oscuro, ignorado, pero tranquilo el espíritu y no en este áspero camino, con esta aspiración mayor que mis fuerzas. Y todo porque leí tu carta. ¡Qué virtud la tuya de saber encontrar la palabra que llegue al alma, que decida un destino! ¿Crees, de verdad, que mi fe es superior a la tuya, que mi vocación es más fuerte que la tuya, por lo mismo que lucha? ¿Lo crees de verdad, o lo dices para darme bríos, tan solo? Si no lo crees ingenuamente, no debes decírmelo; podrías hacerme un mal muy grande, hacerme tomar un camino por el cual no pudiera andar después. En todo caso yo prefiero tu serenidad. ¿Que la lucha es más meritoria? ¡Ah! ¡Francisco, Francisco! Veo tu sonrisa. No debieras jugar así con esta pobre alma mía. ¿Para qué escribiste eso? Aquí estoy otra vez arriando la flaca bestia de mi noria espiritual, a ver si puedo al fin sacar un poco de agua para regar mi huerto, mi pobre huerto místico, abrasado y mustio. ¿Vano empeño? Pero tú lo quieres. ¡Sea, pues! ¿De manera que he de continuar? ¿Y la voluntad? Tú no la tienes nunca en cuenta, no reparas que a la mía no se le pueden pedir grandes esfuerzos, porque es débil y vacilante, y cada vez que me detengo me dices: sigue, sigue. ¡Como si yo tuviera fuerzas! ¿No será más bien, una crueldad lo que haces conmigo? Tu confianza me fortalece, pero es cosa de momentos; ahí mismo se me cansa la voluntad, me viene el desmayo mortal. Francisco, yo no podré resistir mucho tiempo; en este abandono en que me has dejado sólo me sostiene el saber que en un rincón del mundo hay una voluntad impasible y fuerte, un alma grande que espera algo de mí; pero en veces se me ocurre escribirte que me hagas el favor de no esperar nada de mí, porque yo no sirvo para nada. Mi alma es una pobre alma vulgar, incapaz de esas elevaciones de la tuya. ¡No me pidas heroísmos! Soy un palurdo que apenas posee una humilde fe de carbonero a quien tiene deslumbrado tu misticismo. ¡Qué miseria la mía! Si supieras el trabajo que me ha costado componer unas alabanzas de la Eucaristía. ¡Un mes entero! ¡Y si vieras lo que resultó! ¡Qué ira contra mí mismo! Me parecía estar viendo tus ojos serenos y tu sonrisa. ¡Soy un pobre diablo, Francisco! No se me ocurren sino vulgaridades. ¡No esperes nada de mí!”. Y en otra, meses después: “Hace tiempo que no recibo una sola letra tuya y no sé decirte qué te agradecería más: que me siguieras escribiendo o que no te ocuparas más de mí. No te enojes porque te lo diga así, lisa y llanamente. Son cosas que se me ocurren en este continuo batallar conmigo mismo. Las pienso, las escribo y luego me arrepiento de ellas. ¿Dirás que soy un neurasténico? Si te parece no me hagas caso y escríbeme, pero si te cuesta dificultades o si no te provoca no lo hagas. ¿Quién sabe qué será lo que me conviene? Otra vez te repito que soy un desgraciado. Mi salud se empeora cada día, ya no puedo trabajar siquiera dos horas de seguida; me acometen vértigos. Tengo mucho que contarte pero los insomnios y estas batallas mías no me dejan poner orden en mis ideas. En veces se me ocurre matarme. No lo haré; no hay cuidado. El otro día me subí a la azotea, resuelto. El Ávila estaba precioso, tenía unos efectos de sol tan suaves y dorados. Me acordé mucho de ti. ¡La herencia que me dejaste! ¡Qué horrible es no tener voluntad! Ahora estoy ocupado en prepararme para la ordenación. Alea jacta est”.

 

VI

–Padre Manuel: una carta para usted.

–A ver. ¡De Francisco! ¡Por fin! ¡Por fin! “Ya sé que has llegado al fin de tu camino, a pesar de todos los desmayos y vacilaciones. Te imagino ordenado ya y me acuerdo del día que tocaste a las puertas del seminario, temblando de miedo. ¡Cómo ha pasado el tiempo! ¡Cómo hemos cambiado nosotros! Tú. Ya te veo: convertido en el ermitaño del paseo. Así te llamo desde que sé que luego de ordenado pediste que te pusieran de Capellán de la ermita, nuestra ermita en cuyo altozano tantas veces hemos soñado juntos. ¡Qué dulces y tristes los recuerdos del paisaje familiar que tus cartas evocan! veo la capillita sobre la colina, con su pintoresco ciprés, viejo y siempre verde, el caserío al caer la tarde, Caracas todo, y el Ávila, querido monte sereno y fuerte. ¡Qué nostalgia al recordar aquellos tiempos en que te hablaba de mi monte nativo, proponiéndote como una norma de vida interior su fortaleza tranquila! ¡No se me quita de la memoria la línea reposada y vigorosa de su contorno! Y te veo a ti, en el altozano de la ermita, delgado como siempre, con tu cara larga y pálida y tus ojos asombrados detrás de los cristales desagradablemente blancos, contemplando el crepúsculo, el estupendo crepúsculo de nuestro cielo taumaturgo o viendo el caserío animado con el trajín de la gente que regresa del trabajo, mientras en la espadaña de la ermita la campana hace bajar la bendición del Ángelus sobre la paz del barrio. ¡Manuel! ¡Manuel! ¡Qué ganas de llorar tengo! ¡Cómo pasa el tiempo! ¡Cómo se va la vida y se lleva lo mejor del alma!

 

En los zarzales del camino deja
una cosa cada cual: la oveja
su blanca lana; el hombre su virtud.

 

“¡Qué verdaderos son estos versos bellos y amargos! Por eso te admiro: tú has salvado tu virtud. A fuerza de arriar la bestia de tu noria espiritual tienes aguas para regar tu huerto. ¿Dices que reconoces que es un romanticismo pueril lo que has hecho encerrándote en una ermita que no es sino uno de tantos adornos de un paseo? Bien; romanticismo es, como también lo es encerrarse en un claustro e irse a la China a convertir infieles. Ese es tu huerto místico; cultívalo con amor y no te importe pasar inadvertido porque a veces la oscuridad y el silencio son garantía de virtud. En cuanto a tus sermones, que he leído con cariño, tú sabes mi opinión, Manuel. Efectivamente no eres predicador. En el estilo te descuidas mucho. Por lo pronto he de decirte que haces mal en incluir el rocío entre los elementos naturales. El efímero y frágil sudor de la noche ha debido asustarse mucho al encontrarse en la intranquilizadora compañía de entes tan terroríficos como son los elementos naturales. Cuídate más del estilo, carísimo Manuel, y perdóname esta humorada perversa. Por lo demás describes bien. Tus cartas me hacen ver el cuadro: el sol de la mañana dentro de la ermita, el grupo de rústicas mujeres de las del barrio y alguna señorita del centro que fue de paseo y entró a la ermita porque la vio abierta, con la misma curiosidad indiferente que la llevara a pararse ante el estanque de las garzas o las jaulas de las fieras, y sobre el auditorio tu palabra inflamada de misticismo franciscano, en tanto que en la vaga lontananza se yergue la cumbre avileña, diáfana y joyante. En cuanto a lo que me dices de tu incapacidad para las altas concepciones místicas, ya te he dicho que no debieras mortificarte tanto por ello, primero: porque ya me pareces bastante místico, y luego: porque tu verdadero valor no estaría en esa capacidad que tanto te obsesiona, sino en tu deseo de perfección y en la virtud de esa tenacidad oscura y heroica con que has venido dándole a tu alma la forma de tu ideal. ¿Que tu obra es pequeña, inútil? ¿A qué llamas tu obra? ¿Crees acaso que tu obra debe andar por el mundo alborotándolo, pasmándolo con tus portentos, llenándolo de tu nombre? ¿Crees que sólo a una grande empresa puede llamarse obra? Pues mira: la tuya es meritoria sin ser sonada, y por lo mismo que ha pasado inadvertido para el mundo yo admiro la tenacidad de tu heroísmo. Has sido un oscuro escultor de tu alma, paciente y fuerte. ¡Cuánto te envidio, Manuel! Siempre había reconocido y admirado en ti esa rara forma de la voluntad enérgica: la forma de la debilidad, de la aparente falta de carácter. En cambio yo, el fuerte, el impasible, ¡a qué miseria he venida a parar! Es el socorrido caso de la paradoja de las tormentas del agua tranquila. Eran corrientes silenciosas y traidoras que en el fondo de mi alma pasaban hacia una vorágine mientras en la superficie el más leve rizo no denunciaba la recóndita violencia. Comprendo que esto que te digo tiene que ser tremendo para ti, y reconozco que hago mal en quitarte tu mentira. Tú te habías formado una gran idea de mí, de la energía de mi carácter, de la elevación de mi alma, y en esa mentira te habías apoyado, confiado y tranquillo. Yo te la dejé formar sin atreverme a desvanecértela, pero ya no necesitas sostén extraño; has probado ser fuerte. Lo que tenías era miedo de acometer la empresa. Si te hubiera dicho que hicieras solo el camino que has hecho, seguramente no te hubieras atrevido. Yo lo comprendí así desde el principio. Pues bien, solo lo has hecho; el compañero que traías, tu sostén y tu guía era una vana sombra, un espejismo de tu propia voluntad. Entre nosotros –¿quién lo creyera?–, el fuerte, el capaz de grandes cosas eres tú. Hazme justicia creyendo esto que te digo: yo nunca me engañé respecto a nuestra mutua situación en el mundo. Has de saber que abandoné el claustro y por lo mismo que abandoné el Seminario: por no haber encontrado tampoco en él lo que buscaba. ¡No encontrar lo que se busca! Parece que esto quisiera decir que el Ideal que perseguimos es tan alto que en ninguna parte se alcanza. Ahora bien: ¿sabes por qué no encontré en el claustro lo que buscaba? Por lo que no lo encontré tampoco en el Seminario: porque yo no busco nada. Soy una voluntad muerta que va por el mundo sin rumbo fijo, sin objeto ni fin, haciéndose la ilusión de que persigue alguno inalcanzable. ¿Y tú creías que lo horrible era tener luchas? ¡Cómo envidio las tuyas! ¡Cuánto no daría yo por una de esas torturas que ocupan toda una vida, en cambio de este atroz vacío del alma! Así, pues, no creas más en mí, no pienses más en mí, deséchame, como se desecha por roto e inservible el bordón en que nos hemos apoyado alguna vez”.

 

VII

Las últimas frases de la carta cayeron abrumadoras y desesperantes en el alma del pobre ermitaño del paseo. Inclinó la cabeza sintiendo el acorador desaliento que deja un largo esfuerzo inútil. Y aquel día la ermita no se abrió.

 

sábado, 28 de septiembre de 2024

El crepúsculo del diablo

Rómulo Gallegos

 

En el borde de una pila que muestra su cuenca seca bajo el ramaje sin fronda de árboles de la plaza, de la cual fuera ornato si el agua fresca y cantarina brotase de su caño, está sentado “el Diablo” presenciando el desfile carnavalesco.

La turba vocinglera invade sin cesar el recinto de la plaza, se apiña en las barandas que dan a la calle por donde pasa “la carrera”, se agita en ebrios hormigueos alrededor de los tarantines donde se expenden amargos, frituras, refrescos y cucuruchos de papelillos y de arroz pintado, se arremolina en torno a los músicos, trazando rondas dionisíacas al son del joropo nativo, cuya bárbara melodía se deshace en la crudeza del ambiente deslucido por la estación seca, como un harapo que el viento deshilase.

Con ambas manos apoyadas en el araguaney primorosamente escabullado, el sombrero sobre la nuca y el tabaco en la boca, el Diablo oye aquella música que despierta en las profundidades de su ánimo, no sabe qué vagas nostalgias. A ratos melancólica, desgarradora, como un grito perdido en la soledad de las llanuras; a ratos erótica, excitante, aquella música era el canto de la raza oscura, llena de tristeza y de lascivia, cuya alegría es algo inquietante que tiene mucho de trágico.

El Diablo ve pasar ante su mente trozos fugaces de paisajes desolados y nunca vistos, sombras espesas de un dolor que no sintió en su corazón, relámpagos de sangre que otra vez, no sabe cuándo, atravesaron su vida. Es el sortilegio de la música que escarba en el corazón del Diablo, como un nido de escorpiones. Bajo el influjo de estos sentimientos se va poniendo sombrío; sus mejillas chupadas se estremecen levemente, su pupila quieta y dura taladra en el aire una visión de odio, pero de una manera siniestra. Probablemente la causa inconsciente de todo esto es la presencia de la multitud que le despierta diabólicos antojos de dominación; sobre el escabullado del araguaney, sus dedos ásperos de uñas filosas, se encorvan en una crispatura de garras.

Al lado suyo, uno de los que junto con él están sentados en el borde de la pila, le dice:

–Ah, compadre Pedro Nolasco, ¿no es verdad que ya no se ven aquellos disfraces de nuestro tiempo?

El Diablo responde malhumorado:

–Ya esto no es carnaval ni es ná.

El otro continúa evocador:

–¡Aquellos volatines que ponían la cuerda de ventana a ventana! ¡Aquellas pandillas de negritos que se daban esas agarrás al garrote! ¡Y que se zumbaban de veras! ¡Aquellos Diablos!

Por aquí andaban las nostalgias de Pedro Nolasco.

Era él uno de los diablos más populares y constituía la nota típica dominante, de la fiesta plebeya. A punto de mediodía echábase a la calle con su disfraz infernal, todo rojo, y su enorme “mandador” y de allí en adelante, toda la tarde, era un infatigable ambular por los barrios de la ciudad, perseguido por la chusma ululante, tan numerosa que a veces llenaba cuadras enteras y contra la cual se revolvía de pronto blandiendo el látigo, que no siempre chasqueaba ocioso en el aire para vanas amenazas.

Buenos verdugones levantó más de una vez aquella fusta diabólica en las pantorrillas de chicos y grandulones. Y todos la sufrían como merecido castigo por sus aullidos ensordecedores, sin protesta ni rebeldía, tal que si fuera un flagelo de lo Alto. Era la tradición: contra los latigazos del diablo nadie apelaba a otro recurso sino al de la fuga.

Posesionado de su carácter, dábalos Pedro Nolasco con verdadera indignación, que le parecía la más justa de las indignaciones, pues una vez que se vestía de diablo y se echaba a la calle, olvidábase de la farsa y juzgaba como falta de lesa Majestad los irreverentes alaridos de la chiquillería.

Esta, por su parte, procedía como si se hiciese estas reflexiones: un diablo es un ente superior; todo el que quiere no puede ser diablo, pues esto tiene sus peligros y al que sabe serlo como es debido hay que soportarle los latigazos.

Pedro Nolasco era el mejor de los diablos de Caracas. Su feudo era la parroquia de Candelaria y sus aledaños y allí no había muchacho que no corriese detrás de él aullando hasta enronquecer y arriesgando el pellejo.

Respetábanlo como a un ídolo. Cuando se aproximaba el Carnaval empezaban a hablar de él y su misteriosa personalidad era objeto de entusiastas comentarios. La mayor parte no lo conocían sino de nombre y muchos se lo forjaban de la manera más fantástica. Para algunos Pedro Nolasco no podía ser un hombre como los demás, que trabajaba y vivía la vida ordinaria, sino un ente misterioso, que no salía de su casa durante todo el año y solo aparecía en público en el Carnaval, en su carácter absurdamente sagrado de diablo. Conocer a Pedro Nolasco, saber cuál era su casa y estar al corriente de sus intimidades, era motivo de orgullo para todos; haber hablado con él era algo como poseer la privanza de un príncipe. Se podía llenar la boca quien tal afirmaba, pues, esto solo adquiría gran ascendiente entre la chiquillería de la parroquia.

Aumentaba este prestigio una leyenda en la cual Pedro Nolasco aparecía como un héroe tutelar. Referíase que muchos años atrás, en la tarde de un martes de carnaval, Pedro Nolasco había realizado una proeza de consagración a “su cuerda”. Había para entonces en Caracas un diablo rival de Pedro Nolasco, el diablo de San Juan, que tenía tanto partido como el de Candelaria y que había dicho que ese día invadiría los dominios de este para echarle cuero a él y a su turba. Súpolo Pedro Nolasco y fue en busca de él, seguido de su hueste ululante. Topáronse los dos bandos y el diablo de San Juan arremetió contra la turba del otro, con el látigo en alto acudió en su defensa el de Candelaria y antes de que el rival bajase el brazo para “cuerearlo” le asestó en la cara un formidable cabezazo que a él le estropeó los cuernos y al otro le destrozó la boca. Fue un combate que no se hubiera desdeñado de cantar el Dante.

Desde entonces fue Pedro Nolasco el diablo único contra quien nadie se atrevía, temido de sus rivales vergonzantes, que arrastraban por las calles apartadas irrisorias turbas, admirado y querido de los suyos, a pesar del escozor de las pantorrillas y quizás por esto mismo, precisamente.

Pero corrió el tiempo y el imperio de Pedro Nolasco empezó a bambolear. Un foetazo mal dado, marcó las espaldas de un muchacho de influencia, y lo llevó a la policía; y como Pedro Nolasco se sintiese deprimido de aquel arresto que autorizaba el hecho insólito de una protesta contra su férula, hasta entonces inapelable, decidió no disfrazarse más, antes que aceptar tal menoscabo de su majestad.

 

II

Ahora está en la plaza viendo pasar la mascarada. Entre la muchedumbre de disfraces atraviesan diablos irrisorios, puramente decorativos, que andan en comparsas y llevan en las manos inofensivos tridentes de cartón plateado. En ninguna parte el diablo solitario, con el tradicional mandador que era terror y fascinación de la chusma. Indudablemente el Carnaval había degenerado.

Estando en estas reflexiones Pedro Nolasco vio que un tropel de muchachos invadía la plaza. A la cabeza venía un absurdo payaso, portando en una mano una sombrilla diminuta y en la otra un abanico con el cual se daba aire en la cara pintarrajeada, con un ambiguo y repugnante ademán afeminado. Era esto toda la gracia del payaso y en pos de la sombrilla corría la muchedumbre fascinada, como tras un señuelo.

Pedro Nolasco sintió rabia y vergüenza. ¿Cómo era posible que un hombre se disfrazase de aquella manera? Y sobre todo, ¿cómo era posible que lo siguiera una multitud? Se necesita haber perdido todas las virtudes varoniles para formar en aquel séquito vergonzoso y estúpido. ¡Miren que andar detrás de un payaso que se abanica como una mujerzuela! ¡Es el colmo de la degeneración carnavalesca!

Pero Pedro Nolasco amaba su pueblo y quiso redimirlo de tamaña vergüenza. Por su pupila quieta y dura pasó el relámpago de una resolución.

Al día siguiente, martes de carnaval, volvió a aparecer en las calles de Caracas el diablo de Candelaria.

Al principio pareció que su antiguo prestigio renacía íntegro, pues a poco ya tenía en su seguimiento una turba que alborotaba las calles con sus siniestros ¡aús! Pero de pronto apareció el payaso de la sombrilla y la mesnada de Pedro Nolasco fue tras el irrisorio señuelo, que era una promesa de sabrosa diversión sin los riesgos a que exponía el mandador del diablo.

Quedó solo este y bajo su máscara de trapo coronada por dos auténticos cuernos de chivo, resbalaron lágrimas de doloroso despecho.

Pero inmediatamente reaccionó y movido por un instinto el cual la experiencia había hecho sabio, arremetió contra la turba desertora, confiando en que el imperativo legendario de su látigo la volvería a su dominio, sumisa y fascinada.

Arremolinose la chusma y hubo un momento de vacilación: el Diablo estaba a punto de imponerse, recobrando, por la virtud del mandador, los fueros que le arrebatase aquel ídolo grotesco. Era la voz de los siglos que resonaba en sus corazones.

Pero el payaso conocía las señales del tiempo y tremolando su sombrilla como una bandera prestigiosa, azuzó a su mesnada contra el diablo.

Volvió a resonar, como en los buenos tiempos, el ululato ensordecedor que fingía una traílla de canes visionarios, pero esta vez no expresaba miedo sino odio.

Pedro Nolasco se dio cuenta de la situación; ¡estaba irremisiblemente destronado! Y, sea porque un sentimiento de desprecio lo hiciese abdicar totalmente el cetro que había pretendido restablecer sobre aquella patulea degenerada, o porque su diabólico corazón se encogiese presa de auténtico miedo, lo cierto fue que volvió las espaldas al payaso y comenzó a alejarse para siempre a su retiro.

Pero el éxito enardeció al payaso. Arengando a la pandilla gritó: ¡Muchachos! Piedras con el diablo.

Y esto fue suficiente para que todas las manos se armasen de guijarros y se levantasen vindicatorias contra el antiguo ídolo en desgracia.

Huyó Pedro Nolasco bajo la lluvia del pedrusco que caía sobre él, y en su carrera insensata atravesó el arrabal y se echó por los campos de los aledaños. En su persecución la mesnada redoblaba su ardor bélico, bajo la sombrilla tutelar del payaso. Y era en las manos de este el abanico fementido el sable victorioso de aquella jornada.

Caía la tarde. Un crepúsculo de púrpura se desgranaba sobre los campos como un presagio. El diablo corría, corría, a través del paraje solitario por un sendero bordeado de montones de basura, sobre los cuales escarbaban agoreros zamuros que, al verlo venir, alzaban el vuelo, torpe y ruidoso, lanzando fatídicos gruñidos para ir a refugiarse en las ramas escuetas de un árbol que se levantaba espectral sobre el paisaje sequizo.

La pedrea continuaba cada vez más nutrida, cada vez más furiosa. Pedro Nolasco sentía que las fuerzas le abandonaban. Las piernas se le doblaban rendidas; dos veces cayó en su carrera; el corazón le producía ahogos angustiosos.

Y se le llenó de dolor, como a todos los redentores cuando se ven perseguidos por las criaturas amadas. ¡Porque él se sentía redentor, incomprendido y traicionado por todos! Él había querido libertar a “su pueblo” de la vergonzosa sugestión de aquel payaso grotesco, levantarlo hasta sí, insuflarle con su látigo el ánimo viril que antaño los arrastran en pos de él, empujados por esa voluptuosidad que produce jugar con el peligro.

Por fin una piedra, lanzada por un brazo más certero y poderoso, fue a darle en la cabeza. La vista se le nubló, sintió que en torno suyo las cosas se lanzaban en una ronda vertiginosa y que bajo sus pies la tierra se le escapaba. Dio un grito y cayó de bruces sobre el basurero. Detúvose la chusma, asustada de lo que había hecho y comenzó a desbandarse.

Sucedió un silencio trágico. El payaso permaneció un rato clavado en el sitio, agitando maquinalmente el abanico. Bajo la risa pintada de albayalde en su rostro, el asombro adquiría una intensidad macabra. Desde el árbol fatídico los zamuros alargaban los cuellos hacia la víctima que estaba tendida en el basurero.

Luego el payaso emprendió la fuga.

Al pasar sobre el lomo de un collado, su sombrilla se destacó funambulesca contra el resplandor del ocaso.