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viernes, 1 de marzo de 2024

Gómez Meseguer y el Ogro Santaolaya

Daniel Mares

 

Se recibió en la Jefatura Provincial de Madrid el siguiente telegrama:

SITUACIÓN CRÍTICA. EL BANDIDO MORTAJA HA TOMADO EL PUEBLO. YA SON MÁS DE VEINTE MUERTOS. NECESITAMOS AUXILIO POR CARIDAD.

Lo firmaba el padre Quintana, párroco de Castroviejo. La respuesta no tardó en enviarse:

MENSAJE RECIBIDO. MANDAMOS AYUDA DE INMEDIATO. GÓMEZ MESEGUER LLEGARA EL LUNES EN EL RÁPIDO DE LAS DIEZ Y MEDIA.

No era baladí la premura con que se tramitó todo el asunto, pues el peligro que se cernía sobre Castroviejo era más de lo que ese simple telegrama dejaba ver. Así lo entendieron los gobernadores, vicegobernadores y capitanes en Madrid, que no tardaron ni un día en mandar a Gómez Meseguer para allá, una diligencia nada habitual en la administración pública. Tanta prisa estaba justificada, porque en primer lugar el telegrama venía firmado por el cura, lo que hacía pensar que no quedaba otra autoridad capaz en el pueblo. Además, aunque Mortaja era un ogro y de estos canallas suele dar buena cuenta la Guardia Civil, este nombre no era sino el seudónimo que utilizaba un viejo conocido de la justicia castellana: Jacinto Santaolaya, un ogro desalmado de la peor ralea, del que afortunadamente se había perdido la pista desde que siete años atrás asolara Burgos a sangre y fuego. En Madrid no querían otros desmanes como aquellos de Burgos y decidieron acabar con Santaolaya por siempre. Así que mandaron a Juan Gómez Meseguer, filósofo y cazabestias, un granadino de raza que había despachado a la culebra de Puertalmonte en menos tiempo del que se tarda en rezar tres avemarías.

Con éstas me encargaron a mí la tarea de dar cuenta por escrito de todo lo que sucediera y, siendo ésta mi primera misión de campo, la excitación me hizo pecar en exceso de puntualidad. Así me planté una hora antes de lo acordado en Atocha, paseando por el andén con los billetes en el bolsillo, la cámara colgada al cuello, una maleta al brazo derecho y mi prometida, que estaba más nerviosa que yo si cabe, al izquierdo. La pobre me había pedido por favor que renunciase, que alegase cualquier excusa. Incluso la misma noche anterior, en la cama, me había rogado que si iba a ir accediese a casarme con ella antes.

–Así –dijo–, ya que apenas he podido ser tu esposa, seré tu viuda.

–No digas tonterías Laura –repliqué tratando de tranquilizarla–. No me pasará nada.

–¿Nada? Se trata de un ogro.

–Es Gómez Meseguer el que se enfrentará a él, yo sólo me encargo del papeleo. No tengas miedo, él es un profesional.

Y como tal profesional se presentó en el andén con puntualidad británica. Nadie me lo había descrito, ni había visto foto alguna de él. No le faltaba razón a mi superior cuando me dijo que lo reconocería nada más verlo. Apareció entre la bruma matutina repiqueteando con sus tacones por el apeadero. Le acompañaba un moro espléndido, como Valentino en El Hijo del Caíd, que arrastraba un baúl tan grande como él. Gómez Meseguer era fornido y bajo, vestía un tres cuartos de cuero gastado, botas de media caña marrones y un borsalino blanco por sombrero. Sin duda tenía más edad de la que traslucía su cara, adornada con una barba rubia bien recortada. Al verme se dirigió con decisión hacia mí tendiéndome su mano nervuda.

–Usté es Carracedo.

–Tanto gusto –dije yo y no me dio tiempo a más, porque en un instante cambió mi mano por la de Laura y, aproximándose en exceso para mi gusto a ella, dijo:

–¿Y quién es esta deliciosa criatura?

–Es mi prometida –me apresuré a contestar mientras trataba de interponer mi persona entre las suyas, irritado por ver la sonrisa y el rubor en el rostro de mi novia–. Ha venido para despedirme.

–¡Ah Carracedo! ¡Qué afortunao es usté! –me dijo sin que mi altura le intimidara, mirándome con sus pequeños ojos grises y dándome a entender que no recogía las velas por miedo a mí, sino porque no había tiempo para continuar el asedio a Laura como es debido–. Ya nadie quea de los míos pa despedirme, y aún menos pa recibirme a la vuelta.

Dije adiós a Laura, que luchaba por contener las lágrimas, con un beso fugaz y subimos al tren los tres: Gómez Meseguer, el moro, que para mi sorpresa atendía al nombre de Perico, y yo. Ocupamos un mismo compartimento y yo me acomodé al lado de la ventana, en dirección al movimiento del tren porque sufro de mareos. Gómez Meseguer se sentó enfrente mío y a su lado Perico. Laura se resistía a marcharse y me buscaba por las ventanillas de primera. La saludé con la mano. Pobre muchacha, hasta hace poco el que su novio fuera funcionario era un motivo de orgullo y de seguridad para ella. Laura era una burguesa tradicional, que pensaba que los peligros y las aventuras eran cosa del pasado, de novelas y seriales de la radio como mucho. La vida en la ciudad nos hace olvidar a veces que la frontera está ahí fuera. Por eso estaba yo contento con mi misión. No sólo porque supusiera un progreso en mi carrera, también fortalecería mi espíritu.

–No se apure Carracedo –interrumpió Gómez Meseguer mis pensamientos–, esta noche estará de nuevo en los brazos de su palomita. Ya verá que dicha imparangoná es volver al tierno regazo del amor, más tierno cuanto más cerca de perderlo se ha estao, ya mentiende.

Le miré escéptico mientras aceptaba el tabaco que me ofrecía.

–Se trata de un ogro señor Gómez. ¿No cree que tal vez le lleve más tiempo?

–En asoluto. Y llámeme Juan, si vamo a compartí comía, techo y desventuras por un día es mejó que apeemos el tratamiento.

–Como desee Juan. ¿De verdad cree que puede despachar a un ogro en un día?

–Con una hora me basta. Los ogros no son peores que otras alimañas. De hecho prefiero enfrentarme a uno de ellos que con un lobo o un oso. Los ogros no son diferentes a los hombres.

–Pues este Mortaja es capaz de partirle a uno el espinazo con una mano.

–Sí, conozco muy bien a éste en particulá. Yo estaba en Burgos cuando hizo de las suyas, y le he perseguío hasta que le perdí la huella en Roma, donde el mismo Santo Padre bendijo mi arma –ahuecándose el tabardo mostró un pistolón plateado de los que matan con sólo mirarlo–. El malnacío de Jacinto es un malaje blasfemo, comunista y violentador de niñas, de la peor ralea que pueda encontrá. Un hijo de Sataná sin palabra, ni conciencia, ni na. Mas un ogro muere si le pega un tiro en la sesera como to hijo de vecino. La única ventaja que tien los ogros sobre nosotros es el miedo que nos meten pal cuerpo. Si se tiene oportunidá de echarle la vista con el temple firme, se le descerraja un tiro y hala, tal que ayer hizo un año.

–Sin embargo éste parece resistírsele…

Su vista, que hasta el momento había estado distraída contemplando el paisaje mientras hablaba conmigo, se concentró en mi persona de tal modo que temí alguna reacción poco cortés por su parte. Se limitó a decir:

–No se me resiste. Simplemente en este caso he tardao algo más, pero nadie se me escapa y mucho menos Mortaja. Ahora voy a dormir –sin darme tiempo a desearle buen descanso se inclinó el sombrero sobre los ojos y se puso a roncar suavemente. He observado envidioso cómo los hombres de acción son rápidos en conciliar el sueño. Puede ser el cansancio de sus ajetreadas vidas. Yo me inclino a pensar que es debido a que el expulsar su violencia a través del esfuerzo físico y no de complejos juegos de despacho como nosotros, les da una paz de espíritu que aleja de sus noches los malos sueños. Perico no durmió. Sacó de uno de los bultos una olla de conejo con salmorejo, de la que me ofreció con un gesto amable, y se pasó todo el trayecto comiendo. Yo aproveche para leer mis informes.

Los primeros datos que disponía sobre Jacinto Santaolaya Meneses eran de cuando ya había pasado la treintena. Nadie conocía su filiación, como suele pasar con todos los ogros, no había dado señales de vida hasta que se alistó al tercio. Estuvo sirviendo en Melilla durante tres años, en el tiempo en que los liberales fomentaron toda clase de exóticas medidas para congraciarse con los adalides de las igualdades y los derechos humanos, tales como permitir incorporarse a filas a ogros y otras bestias. Luego cayó el gobierno y mortaja fue licenciado y arrojado a la calle sin oficio ni beneficio alguno. En la legión sólo se había distinguido por ser el más pendenciero de los soldados y a su salida siguió igual. Que se sepa, probó por primera vez carne humana en Algeciras, cuando se comió a una puta vieja delante de todos los parroquianos de una taberna. Desde entonces fue a peor como suele ocurrir. Pasó tiempo en la cárcel y se libró tres veces de recibir garrote por las mañas de abogados poco escrupulosos. Más tarde llegó lo de Burgos. Hay quien dice que no estaba solo allí, porque no es posible matar a tanta gente y quemar una ciudad entera sin contar con una cuadrilla al menos. No hay pruebas de que jamás haya tenido compinches. En Burgos estaba entonces un Gómez Meseguer más joven, pero ya conocido. Andaba por allí dando caza al Fumista, un muerto que entraba a las casas por las chimeneas y guardillas y estaba asesinando a mansalva burgaleses inocentes. Tres meses llevaba andados tras de esa bestia y la noche que lo mató llegó Mortaja, y lo que pasó es ya folklore popular. Gómez Meseguer no pudo con él y Burgos brilló en la noche castellana como una estrella más. Mortaja salió de España a bordo de un pesquero cántabro y recorrió Francia, Bélgica, Alemania e Italia paladeando el sabor de la carne de toda hembra europea. Nada se sabía de él cuando llegó el alarmante telegrama de Castroviejo, y nos mandaron allí a matarlo.

–Ya estamos llegando –se despertó con la misma velocidad con la que se durmió. Yo no había reparado en lo que llevábamos de viaje y él se espabilaba justo al tiempo que el apeadero de Castroviejo aparecía al fondo.

–¿Es seguro bajarnos aquí? –pregunté.

–¿Por qué no ha de serlo?

–Por Mortaja. Puede haber tomado la estación. Quizá sería más prudente detener el tren a dos kilómetros del pueblo e ir andando, no nos vaya a estar esperando en el andén…

–Vamos, vamos Carracedo –me palmeó la espalda animándome a salir del compartimento–. Déjeme a mí las estrategias. Es sólo un ogro, no la banda del Tempranillo. No está interesao en prepararnos emboscás. Se limita a matá y comé, na más.

Efectivamente, la estación no parecía el campo de guerra que yo me había imaginado. Se encontraba en perfecto estado incluyendo la presencia del consabido jefe de estación. Las fuerzas vivas estaban presentes para recibirnos. Nunca mejor dicho lo de “vivas”, porque el resto de las personas de influencia de Castroviejo estaban muertas y en el estómago de Mortaja. Reconocí de inmediato al padre Quintana, un curita gordo y sonrosado vestido de sotana raída. Junto a él estaban: don Luis Bermejo, el dueño de la fábrica de piensos que era la industria principal del pueblo, Tomás, un joven mecánico de talante firme y buena disposición que sin ninguna otra razón se hizo líder de los muchachos de la comarca y, como no, la Generala. Ésta era la mujer del alcalde (no sabría decirles por qué se la trataba de Generala y no alcaldesa), una hembra de las de antes, de armas tomar, que en pasados abriles gozó de una hermosura que aún conservaba en parte, por aquello de que quien tuvo, retuvo.

Ella nos recibió en primer lugar, sonriendo más que amablemente a Gómez Meseguer. El padre Quintana fue quien ofició de anfitrión y tras las presentaciones, pasó a informarnos de la situación.

–No sabe la alegría que nos da verles. Ya pensábamos que estábamos perdidos. Por fortuna el Señor ha respondido a nuestras plegarias.

–La jefatura de Madrí es quien ha respondío más concretamente padre –Gómez Meseguer iba delante, cogido del brazo por la Generala pero no parecía perder ripio de nuestra conversación mientras nos dirigíamos a los coches dispuestos para nosotros.

–Sí, y nos agrada la celeridad con que han atendido nuestros ruegos. Yo insistí en que pidiéremos ayuda a Madrid, sin embargo el alcalde, que en paz descanse, era un hombre orgulloso y tozudo.

–¿Debo entendé que su marío de usté ha fallecío? –mi compañero de viaje seguía con su flirteo desganado a dos pasos por delante mío.

–Así es. Antes de ayer por la tarde ese monstruo desalmado asesinó a mi esposo –juro que la Generala no dejaba de sonreír y de constatar la fortaleza del brazo de Gómez Meseguer mientras respondía a sus preguntas. Sospeché entonces que la frente del finado alcalde había estado vergonzosamente adornada en más de una ocasión, y que su memoria tampoco iba a ser respetada por mucho.

–Y dígame padre –traté de centrar la conversación–. ¿Cómo están las cosas? ¿Cuántas son las bajas? ¿Dónde se oculta Mortaja?

–¿Ocultarse? Nada de eso hijo mío. Ahora se ha proclamado amo y señor del pueblo. Ha escogido mi parroquia como guarida y allí comete todas las bajezas que se le antojan. Ha llegado a profanar el sagrario.

–Un blasfemo y un comunista, ya se lo dije Carracedo –Gómez Meseguer ayudó a la Generala a acomodarse en uno de los coches, en el que entraron también Perico y don Luis. El cura, Tomás y yo nos subimos a otro y pronto salimos de la estación. El sol insistente atormentaba sin misericordia a esas tierras polvorientas. El camino era feo y árido, sin un triste arbusto para adornarlo y se me hacía difícil no atribuir esa desolación a Mortaja. Hay quien dice que los ogros traen daño tanto al campo como a los hombres. Yo he estudiado y sé que eso son supersticiones, pero cuando te enfrentas a las supersticiones en carne y hueso siempre atiendes más a lo que has oído, no a lo que has leído.

–Siga contándome Padre –busqué algo de distracción en la charla del cura, pues no la había en el paisaje.

–Mortaja nos exige que le mandemos tres mozas por día para permitirnos seguir viviendo. Por supuesto no hemos cedido a ese chantaje pero se las toma por su cuenta. Ya han muerto una veintena de pobres chicas, devoradas o vaya usted a saber que más cosas las habrá hecho. Y si a esto le sumamos los alguaciles muertos y los jóvenes que furiosos trataron de acabar con él al primer día, el total hace sesenta y ocho castroviejenses muertos.

–Más el alcalde.

–Sesenta y nueve entonces. El cementerio se nos queda chico. Esto tiene que acabar.

La desesperación del padre Quintana se hizo más patente al aproximarnos al pueblo. El fétido olor de la muerte soleándose al raso llegó hasta nosotros. Las casas de Castroviejo, pequeñas y oscuras, estaban adornadas con los restos de las víctimas de Mortaja. Se habían colocado entre las angostas calles guirnaldas hechas con tripas humanas, y sobre esta ventana o aquel portón se veían bultos oscuros y húmedos que una vez fueron hígados y pulmones y demás entrañas de las buenas gentes de Castroviejo. Sentí un terrible espanto, mayor aún que el asco por la visión de tanta sangre. Quintana se puso un pañuelo en la boca y bajó los ojos, como avergonzado de mostrar a un forastero lo que quedaba de su pueblo. Tomás, que conducía, vio mi rostro y siendo más joven, no se avergonzó.

–Ese hijo de puta nos prohíbe limpiar eso. Si lo hacemos mata a diez personas más. Tendríamos que echar a la hoguera a ese cabrón hijo del diablo… perdone padre.

–No serviría de nada Tomás –dije yo–. Los ogros aguantan bien el fuego. Gómez Meseguer sabrá qué hacer.

Aparcamos lo coches junto a una pequeña fonda o casa de comidas, la única del pueblo, que por lo visto hacía las veces de refugio de supervivientes ahora. El padre se acercó a mí mientras bajábamos y me dijo al oído señalándome a Tomás.

–El pobre estaba en el campo, de caza, cuando sus amigos trataron de matar a Mortaja y se siente mal por estar vivo. No estaba muy de acuerdo con que los llamásemos.

Don Luis nos hacía señas desde la puerta de la cantina para que entráramos. No se veía un alma. La clara señal de la presencia de un ogro en un lugar es lo desierta que deja las calles. Dicen que Burgos parecía un cementerio cuando estuvo Mortaja, aunque tras las contraventanas de las casas se apiñaban asustados sus vecinos. Dentro, junto a una mesa sobre la que se apilaban escopetas y cartuchos, Gómez Meseguer sonreía mostrando a la tenue luz que atravesaba las persianas sus dientes dorados, al tiempo que una buena mujer repartía tazones de humeante caldo como desayuno.

–Muy bien amigos, ¿dónde está ese malnacío? Espero no abusar de ustedes si les pido que me vayan preparando un almuerzo algo más sustanciable que este caldito pa cuando acabe. Matar ogros da una hartá de hambre.

–¿Va a ir usted sólo? –don Luis nos miraba tratando de ver si en los demás había tanto desconcierto como en él–. Debiera trazar un plan o…

–Tengo a Perico, y tengo un plan. Entraré donde esté ese animal y le pegaré un tiro en la sesera –respondió Gómez Meseguer mientras agitaba su pistolón cromado.

–Le recuerdo señor mío que ese Mortaja se ha despachado a gusto con veinte hombres a un tiempo, armados con buenas escopetas.

–¿Alguno de ellos se las había visto antes con un ogro? Déjeme el trabajo a mí don Luis que pa eso me pagan. Los que vinieran conmigo sólo darían trabajo pal enterradó.

–Como murieron en Burgos. No sé si han hecho bien en enviarle solo, me parece que este Mortaja le tiene cogida la horma del zapato a usted…

–¡Me cago en to! ¡Qué sabe usté de Burgos!

–Yo… –don Luis no daba la impresión de ser un pusilánime y aunque ya era un hombre de edad, bien se notaba que en sus años se tenía que haber visto en más de una situación tensa. Con eso y todo, noté como sus piernas flaqueaban frente a la mirada de Gómez Meseguer, la misma que horas antes me dedicaba a mí cuando me refería a parecidos asuntos. No cabía duda que para el cazabestias, Burgos no era un tema grato. Pese a todo, don Luis era un hombre entero y le plantó cara en la medida de lo posible, a Gómez Meseguer y a su pistola, que no paraba de empuñarla–. Sé que en esa ocasión no pudo usted con él. No dudo de su capacidad caballero, no me malinterprete. Es que pienso…

–Está equivocao en lo que piense. Aquello fue otra cosa. Yo no esperaba algo así, nadie lo esperaba y de eso y del miedo de la gente saprovechó ese desgraciao, que si no… de qué iba a estar toavía andando sobre sus pies. No lo maté entonces porque no tuve a tiro a ese cobarde. Verán ahora usté y todos los voceras como usté cómo se las gasta Juan Gómez Meseguer.

–Juan –intervine yo para quitar hierro–. No se moleste, pero dicen que la piel de un ogro es como el acero. ¿Piensa hacerle algo con su pistola?

–Y con mis balas –sacó un par del tambor para mostrármelas. Ahora la sonrisa de fanfarrón había vuelto a su rostro–. No son munición cualquiera Carracedo. Están recubiertas de una camisa de teflón, se abrirán paso por el cuerpo de ese desgraciao como por la manteca. Venga, ¿dónde está?

–Al final de la calle, en la parroquia –dijo el cura.

–Pos vamos al tajo. Me llevo a Perico pa que me cargue la escopeta por si acaso se ponen las cosas torcías. Usté tendrá que venir Carracedo.

–Me temo que sí –algo debió traslucirse en mi expresión porque Gómez Meseguer me sonrió y tras palmear mi espalda dijo.

–No se apure, será un ratito de na. Mejó que le acompañe… este mozo que paece fuerte, ¿no le importa? –era a Tomás a quien se refería y por supuesto que no le importaba. En un parpadeo estaba en la puerta con la escopeta terciada al hombro.

–Soy un buen tirador, tal vez yo pudiera…

–No don Luis, de verdá que no hay necesidá, se lo agradezco –de nuevo se mostraba atento con el bueno de don Luis. Así era su temperamento, imprevisible y volátil–. Ustedes esperen aquí y mañana podrán limpiá su pueblo de toas esas inmundicias.

–Aquí le esperamos –dijo la Generala posando suavemente su mano en el brazo de Gómez–. Yo misma le prepararé unas migas cuando vuelva. Espero que le gusten.

–Cualquier cosa que haga usté me sabrá a gloria, Paquita. ¡Vamos! –no me pasó desapercibido el tuteo a la alcaldesa, pero el miedo que empezaba a hacer temblar mis canillas era lo que con más urgencia reclamaba mi atención.

–Quiere que le escuche en confesión hijo –nos detuvo junto al umbral de la puerta el padre Quintana.

–No padre –respondió Gómez Meseguer–. No hay días suficientes pa confesá toas mis faltas. Yo tengo mi modo de ponerme a bien con Dios –dijo esto con tanta solemnidad que nadie más añadió ni media palabra mientras salíamos.

Avanzamos los cuatro por la calle polvorienta sin hablar, con el sonido de fondo de las chicharras protestando al sol. Pensé en Laura y en mi madre, y desee haber hecho una visita previa al escusado, o aceptar yo la oferta del padre aunque nunca he sido muy piadoso. Ya era tarde. La iglesia se plantaba al final de la calle, en la plaza mayor, custodiada por las ruinas de la alcaldía a un lado y de la casa de don Luis al otro, que habían sido pasto de las llamas la primera noche que llegó Mortaja.

Aquí el olor a muerto era más intenso. En el pilón que presidía la plaza descasaban los restos del alcalde a medio comer. La cruz del templo había sido arrancada y en su lugar se alzaba, en precario equilibrio, un macabro túmulo de cráneos. Nos paramos junto a la fuente. Los insectos zumbaban, la brisa ardiente apenas movía nuestros cabellos, los nudillos se nos blanqueaban de tanto apretar los puños, todos mirábamos a Gómez Meseguer que se mantenía inmóvil y entretenidos en estas cosas el tiempo pasaba despacio, hasta crispar mis nervios.

–¿Qué hacemos? –acabé por preguntar.

–Matar a un ogro –dijo el cazabestias con aires de hastío. Parecía que toda esta excitación que para mí era nueva, la presencia del inminente peligro, el temor por mi propia vida, eran rutina para Gómez Meseguer.

–Ya, pero cómo.

Gómez, por fin, movió la cabeza para mirarme, sonrió, se desperezó y sacudiendo los brazos para desentumecerlos nos rodeó con ellos lo hombros a Perico y a mí.

–Perico, tu anda por la parte de atrás de la iglesia, no sea que ese malnacío se me espante y trate de tomar las de villadiego. Que te acompañe Tomás, y si veis a ese perro le tiráis. Tendrás ganas de meterle un tiro a ese, ¿eh, muchacho?

–Ya lo creo. Tanto que preferiría ir con usted, no me da miedo…

–Ya sé hijo. Mejó déjame a mí. Yo me juego el pellejo por dinero, eso de morí por na a tu edá no está bien. Si consigo prenderlo sin matarlo, cosa que no creo, dejaré que le des el tiro de gracia. Usté Carracedo, me temo que no tendrá más remedio que acompañarme.

–Para eso me han enviado –quise cambiar gustoso el lugar con Tomás, yo sí tenía miedo. El celo profesional me impidió decir más. Perico y Tomás salieron trotando por un lateral del templo, con las escopetas dispuestas. Quedamos los dos solos. Él sacudió los brazos, soltando los músculos al tiempo que aflojaba el cierre de la cartuchera. Yo enrosqué una lámpara en el flash de mi cámara, sospechaba que en el interior habría penumbra.

–Al tajo. Es cosa hecha Carracedo –me guiñó un ojo y se puso a caminar muy vivo. En su gesto hubo un deje que me convenció de que esto era más que un simple trabajo para él, que había como un regodeo malsano en su actitud. Lo atribuí en un principio a su carácter a su gusto por lo salvaje, acrecentado seguramente por el deseo de tomarse la revancha con el ogro por lo de Burgos. Dejé estas consideraciones para más adelante. Nos enfrentábamos a la tesitura de tener que traspasar los portones abiertos, las negras arcadas que conducían al matadero que era la nueva guarida de Mortaja.

–Ese está ya muerto. Vamos, con decisión.

La luz entraba desde lo alto, a través de pequeñas vidrieras coloreadas, para iluminar el polvo, difuminando los contornos de todo, como si allí hubiera entrado la niebla invernal. Los bancos estaban tumbados o rotos, las estatuas descabezadas. El Cristo había perdido uno de los cables que le sujetaban al techo y estaba caído de bruces, colgando aún precariamente de uno de los brazos de la cruz. Sobre el retablo de madera lacada que representaban los pasos del martirio de nuestro Señor, habían pintado con letras toscas: “Patria y libertad. Joder”. En el altar gemía una muchacha aún viva, despatarrada y con los pechos casi arrancados por la lujuria de Mortaja. De él no había rastro, sólo los despojos de sus orgías de sangre que aparecían aquí y allá, entre los bancos o sobre las imágenes de los santos.

Gómez Meseguer no se entretuvo en examinar el escenario. Caminó por el pasillo central con la pistola en la mano, manteniéndola oculta tras su muslo. Yo avancé a su lado, saltando por entre los bancos.

–¡Jacinto! ¡Sal maricón! ¡He venío pa ver si ties cojones!

Sus gritos botaron contra las paredes cubiertas de sangre y suciedad y el odio que en ellas se almacenaba era casi más aterrador para mí que el sórdido decorado que nos rodeaba. Mortaja salió a trompicones de la sacristía, con dificultad porque apenas cabía por la puerta. No lo vi bien en la penumbra, era un bulto grande con movimientos abotargados. Preferí no fijarme en detalles, tenía miedo a que el terror de lo que pudiera ver me impidiera desempeñar mi tarea con eficacia. Me limité a seguir a Gómez Meseguer y preparar la cámara.

–¡Juan! –la de Mortaja era la voz ronca y gutural de la edad, de la vejez y de la cazalla, mezclada con ese arrastrar de sílabas que acompaña indefectiblemente a los excesos de toda índole–. ¡Me cago en tu puta calavera! ¡Quién me iba a decí a mí que te iban a mandá pa ca…!

Antes que terminara Mortaja con lo que parecía un saludo amistoso y fuera de lugar, Gómez Meseguer alzó su mano armada. Sin pensármelo disparé la cámara. El flash escupió luz que desgraciadamente aturdió tanto al Ogro como al cazador de ogros. Su mano tembló y la bala dio contra el hombro acorazado de Mortaja, rebotó y fue a incrustarse en el san Pascual que ocupaba un altarcito a la derecha.

–¡Me cago en tos sus muertos Carracedo! –gritó Gómez Meseguer–. ¡Échese al suelo!

Cumplí la orden sin entenderla, confiando en la veteranía de mi compañero. Eso salvó mi vida. Cuando me postraba tras la columna más cercana pude ver como Mortaja echaba mano a su espalda y empuñaba el brillante cañón de una ametralladora calibre cincuenta. Creí que mis oídos no soportarían el estruendo del arma, traqueteando como una locomotora vieja, vomitando su fuego a diestro y siniestro, levantando astillas de bancos y santos, y rebotando contra cepillos saqueados y lámparas sin aceite. Mientras, Mortaja gritaba.

–¡Serás cabrón! ¡Somos compadres y me vienes aquí, a mi casa y me pegas un tiro! ¡Pos ahora yo te mato, por hijo puta!

Echo un ovillo tras la columna de piedra, cambiaba la lámpara de mi flash cuando eche un vistazo a mi derecha. Gómez Meseguer se había puesto a cubierto tras dos bancadas que ya casi estaban reducidas a viruta de tanto plomo como las había traspasado. Mantenía la cabeza gacha, la mano izquierda sosteniéndose el sombrero sobre los ojos, como si esta fuera suficiente protección contra la lluvia de balas que arreciaba. La otra mano la mantenía por encima del improvisado parapeto, y descargó a ciegas los cinco tiros que restaban en la pistola. Al momento de terminar con su munición, la ametralladora de Mortaja dejó de gritar. Se hizo un silencio casi más ensordecedor que la refriega de un segundo atrás, acompañado de un fuerte olor a pólvora. Gómez Meseguer se volvió a mí con la mirada turbia.

–Maldito sea –susurró tan bajito que más me enteré por el movimiento de sus labios–. Los espías teníais que quedaros en casa, echando panza y dejando a los hombres de verdá trabajá.

–Yo… –no dije más porque Mortaja me interrumpió con un gruñido ahogado.

–¡Cabrón, que me has dao! –dijo–. ¡Creía que eras un hombre de ley Juan, no como los demás! ¡Yo siempre me he portao como es debío contigo y así me lo pagas!

Jadeaba como si de veras estuviera malherido, pero no levante la cabeza para cerciorarme. Estaba más preocupado por entender esas palabras del ogro, tan fuera de lugar, cuando la pistola de Gómez Meseguer me dio en el brazo sobresaltándome, y a ésta le siguió una cascada de balas con camisa de teflón que me golpearon por todos lados.

–Cargue el arma Carracedo –me dijo cuando lo miré atónito–. Haga algo útil. Cargue el arma y péguele un tiro en la cabeza a ese asesino mientras yo lo distraigo –como apoyando sus palabras sacó de la espalda un cuchillo que parecía un espejo de medio cuerpo, tanto por su brillo como por su tamaño.

–¿Qué va a hacer?

–Voy a destriparlo ahora que se ha quedao sin balas. Si se me escapa, usted lo despacha. Con mano firme y a la cabeza Carracedo, no se lo piense.

–Pero…

–¡Rediós Carracedo! Pórtese como un hombre de una vez –no me dio tiempo a replicar. Con decisión saltó los bancos enarbolando su imponente machete. Yo atrapado por la emoción de la situación hasta el punto de ignorar el peligro, levanté la cabeza. Mortaja estaba a unos pasos. Había oído que los ogros eran tan sigilosos como brutales y que podían aproximarse a ti mientras hablaban, pareciendo al oído que seguían a mucha distancia. Hasta que no vi lo cerca que estaba de nosotros sin que hubiéramos dejado de escuchar un solo instante sus jadeos de dolor rebotando en la lejanía de la bóveda del altar, no me di cuenta de lo diferente a nosotros que eran esas criaturas.

Gómez Meseguer se echó sobre Mortaja, quién por fortuna ya no cargaba con la ametralladora, y éste lo cogió al vuelo. La pesada hoja hizo mella en su carne, y el ogro aulló. He oído contar que en León tienen la costumbre de cazar osos a cuchillo. Los recios leoneses se tiran contra el pecho del oso cuando está incorporado sobre sus cuartos traseros y, aprovechando que pegados a él el plantígrado no puede doblar bien sus brazos para usar sus garras ni inclinar la cabeza para morderles, lo apuñalan. Parece algo terrible que requiere mucho valor y no menos destreza con el arma. Más asombroso resulta si uno ha visto alguna vez una de esas gigantescas bestias que llenan los bosques de allá. Pues peor es, no peor sino mucho peor, el enfrentarse a un ogro con un cuchillo desnudo.

Mortaja no dedicó mucho tiempo a su enemigo. Lo atrapo en pleno vuelo con una mano y lo arrojo diez metros hasta dar contra la pared. Yo quede a pocos pasos de la bestia, casi oliendo su apestoso aliento y rezando por no atraer su atención. Mis ruegos no fueron escuchados. Vi como aquella mole de más de tres metros giraba sobre sí, flexionando músculos que brillaban bajo su piel húmeda cubierta de vello ralo. Sus ojos rojos se fijaron en mí y los enormes colmillos, que ya hacía tiempo habían atravesado sus mejillas con su crecimiento continuo, brillaron en la penumbra.

Recordé en ese momento que la pistola que empuñaba estaba descargada y que la munición rodaba diseminada por el suelo. Me agaché y busqué las balas, contento porque mi espíritu conservara el temple suficiente en esos momentos como para no echarme a llorar.

–¡Aquí Jacinto, trapacero! –gritó Gómez Meseguer reclamando la atención del ogro mientras escupía salivazos llenos de sangre–. ¡Ven por mí jodío cobarde! ¡Yo no soy una pobre mujé como a las que estas acostumbrao! ¡Yo te devolveré golpe por golpe!

La carcajada de Mortaja fue como el trueno, y como una galerna el resoplido que acompañó su carga hacia Gómez Meseguer. Las bravuconadas de mi compañero me proporcionaban tiempo, que aproveché para meter una bala en el tambor mientras escuchaba la respuesta del ogro.

–No me hagas de reír Juan. ¿Crees de verdá que puedo tenerte miedo? Sólo es que no quiero hacerte daño. Te portaste bien conmigo antes y me quedan otros platos que probá antes de arrancarte la cabeza –alcé yo la mía un momento para ver la situación. Mortaja se cernía sobre mi amigo como un ave de presa y todo su deforme corpachón ocultaba la figura de Gómez Meseguer, que suponía tendido y maltrecho tras ser lanzado contra la pared–. ¿A qué viene toa esa mala sangre que te haces conmigo, eh compadre? Lo de tu mujé fue una pena, pero yo soy un pobre animá y no me se pue pedí demasiao. No te atormentes de toas formas compadre. Te pueo asegurá que esa puta lo pasó bien antes de morí, creo que llegué a conocer bien sus apetitos, y ella los míos.

Apenas vi el brillo de la hoja, y tal vez ni siquiera eso. Fue un movimiento, algo que se agitó rápido por dos veces acompañado de un sonido húmedo, como de fuertes pisadas sobre el barro. Mortaja se estremeció, se incorporó un momento golpeándose la cabeza contra el arco del techo. Luego se echó una mano al cuello y agito la otra como el aspa de un molino. El cuerpo de Gómez Meseguer salió volando desmadejado como un pelele de feria y el ogro, sangrando más que un cerdo en San Martín, salió trastabillando hacia el altar.

Cuando perdí de vista a Mortaja mis miembros recuperaron el valor para moverse y corrí hacia Gómez. Yacía sobre unos bancos rotos, parecía muerto. La forma en que doblaba el codo indicaba que el brazo izquierdo estaba roto y la flojera del mentón señalaba otro tanto para la mandíbula. Su pecho respiraba rítmicamente para mi alivio y uno de sus ojos parpadeaba y bizqueaba en medio de la tremenda hinchazón de toda la órbita que lo rodeaba.

–¿Está bien Juan? –le pregunté sin tocarlo por no causarle más dolor.

–¿Qué hace aquí? Lo he herido, le corté el gaznate. Vaya a rematarlo antes de que escape.

Por el reguero de sangre que había dejado no cabía duda de que el ogro estaba en las últimas. Miré la pistola en mi mano. Había tenido tiempo de alimentarla con dos balas, pero ser yo quién diera el tiro de gracia al monstruo me parecía innoble. Ese honor correspondía a ese valiente que ahora permanecía tendido con todos los huesos quebrados.

–Le ayudaré a incorporarse –dije.

–¡No! Vaya usté deprisa. No le dé tiempo a recuperarse.

Obedecí no muy convencido y temiendo que aquel hombre muriera ahí mismo, solo, traté de consolarle.

–Usted lo ha vencido Juan –por un momento recordé las extrañas palabras del ogro y no considerando el momento idóneo para preguntar, me limité a decir–. No sé qué tenía en contra de ese animal, pero es usted quien ha ganado.

–Mató a mi mujer. A la que iba a ser mi mujer. En Burgos –y sin más cerró los ojos.

Corrí tras el rastro sanguíneo de Mortaja, a través de las ruinas de la sacristía. La pistola me pesaba enormemente en la mano y un millar de extraños pensamientos cruzaban mi mente. “¿Seré capaz de disparar?”, me preguntaba. “¿Me comportaré como un hombre, como Gómez Meseguer?” En medio de estas dudas se abrió paso algo, el sonido de jaleo que provenía de más adelante, y que había empezado mucho antes. En mi conmoción lo había ignorado, más pendiente de la suerte de Gómez Meseguer.

El muro trasero de la iglesia no existía desde la llegada de Mortaja. A través de su ausencia encontré el triste aspecto que presentaba la emboscada urdida por nuestros compañeros. Tomás y Perico habían disparado las escopetas nada más ver asomarse a Mortaja, y aunque hicieron blanco y el monstruo sangraba por diez heridas, no perdió pie y se abalanzó sobre ellos. En esto llegué yo y vi como Perico se echaba corriendo atrás mientras recargaba su arma y gritaba.

–¡Corre muchacho!

Pero Tomás no atendió. Viendo al ogro herido y llevado por la fuerza de su juventud tiró de navaja y se echó por el ogro. Como despachara a Gómez Meseguer, con igual facilidad lo hizo con este otro. De un manotazo el arma de Tomás voló de su mano. Aturdido como quedó el muchacho, no pudo evitar que Mortaja le agarrara de la pechera, le alzara en vilo, le mordiera la cara y con dos tirones a derecha e izquierda se la arrancara. Tomás no gritó. Quedó quieto, en tensión con los brazos en cruz, como si el dolor lo paralizase. El ogro lo arrojó al suelo y allí quedó, con su calavera ensangrentada mostrando los feos huesos al sol antes de muerto. Sin ceremonias Mortaja tragó y de un pisotón en el vientre, partió al desdichado en dos.

La siguiente descarga de escopeta no me dio milagrosamente. Perico volvía al ataque. Mortaja titubeó y yo vi mi oportunidad. Disparé e hice blanco en su espalda. La detonación del revolver me hizo sentarme de golpe y con violencia sobre mi rabadilla. Al recuperarme del dolor vi a Mortaja mirarme desde su imponente altura.

–Qué puta vida –dijo con la voz rasgada por el tajo que le diera Gómez Meseguer y que, pese a estar en el cuello, no parecía mortal gracias a su constitución sobrenatural–. No paro de matá y matá, y ya me se acumula el trabajo.

Aterrado, vi como su mano volaba hacia mi pescuezo mientras Perico, sin prisa pero sin pausa, cargaba su escopeta. No llegó a tocarme. A fuerza de raza, Gómez Meseguer se había arrastrado tras de mí, con su brazo roto torturándole, y teniendo ahora al ogro cerca del muro de la iglesia donde se ocultaba, de nuevo cargó contra él y otra vez lo apuñaló.

Mortaja gritó y se incorporó con la hoja brotándole del pecho. Gómez cayo a mis pies exhausto.

–¡Muérete demonio! –gritó desde el suelo el cazabestias–. Tenía ya ganas de atravesá tu negro corazón.

–¡Na! –Mortaja tosió y se quitó el cuchillo del pecho–. ¿Viejo, no sabes que los ogros no tenemos corazón?

Sin que yo me atreviera a interponerme, cogió a Gómez y lo levantó hasta ponerlo cerca de su horrenda cara. Perico le encañonó y se limitó a eso. No podía disparar sin causar más daño a Gómez que a la bestia.

–Eres to un hombre, ¿eh compadre? –continuó con su perorata el asesino–. Eso es lo que te ha traío tantos problemas, tu hombría. Yo te lo solucionaré.

–Déjate de monsergas Jacinto y mátame si vas a hacerlo.

–No, matarte no –con un certero movimiento del cuchillo cortó los pantalones de Gómez Meseguer, y con otro toda la masculinidad del cazador de monstruos cayó al suelo salseada de abundante sangre.

Juan gritó como alma en el purgatorio y Perico afianzó más la escopeta.

–¡Baja el tiro moro! –continuó Mortaja–. Me he cargao a cientos de los tuyos en el desierto y tú no paeces peor que tus hermanos. Este viejo amigo tuyo aún vive, y lo seguirá haciendo si se le atiende, aunque sea como eunuco. Por mí no será que ya estoy harto de tanta matanza.

–De acuerdo Santaolaya –pude yo articular por fin palabra–. Déjalo en el suelo y acabamos la riña por hoy.

–¡Lacabamos por siempre hostias! –aún protestando, depositó a un Gómez convulso y medio inconsciente en el suelo. Perico tiro su arma y raudo se postró para atender a su jefe–. Dejanme ya en paz, que tenís toa Castilla y yo sólo quiero este pueblo de mierda.

Mortaja paseaba por la calle, como un oso enjaulado tocándose las heridas que todavía manaban sangre. Vi que Perico sabía algo de medicina y pronto se aprestaba a taponar la abundante hemorragia y me indicaba que era preciso llevarle a cubierto para intervenirle. Yo miré a Mortaja y él, que realmente parecía apesadumbrado, accedió a que nos marcháramos diciendo.

–Sí, no quiero matá a este hombre, que bastante sufrimiento le causao ya en vía. Iros y decir a vuestros jefes que me dejen en paz, que miren cómo he devuelto a su gallo sin espolones ni ganas de picá más en su vía.

Corrí para coger en volandas a Gómez Meseguer y cuando lo levantábamos entre el moro y yo, pareció recobrar el sentido y gritó:

–¡Jacinto! ¡Me has quitao los cojones, pero no la mala leche! –dicho esto me arrebató la pistola y le pegó un tiro certero en la cabeza. La segunda bala que yo había conseguido meter en el tambor dio en el blanco, y como había dicho Gómez Meseguer, esa bala de teflón en el centro de la estrecha frente del monstruo fue suficiente para que Jacinto Santaolaya, el peor ogro que se ha conocido en España, muriera.

Gómez Meseguer sobrevivió, Perico tenía algo más que someros conocimientos en medicina. Por desgracia no recuperó su virilidad, entonces la ciencia no había alcanzado las cotas que tenemos hoy. Castroviejo recobró la normalidad, con la Generala como alcaldesa oficial, quien creo que con el tiempo se desposó con don Luis y lo trató igual que a su primer marido. Dos años después también murió este don Luis de un ataque de cuernos, al ver a su mujer en el tálamo conyugal con un muchacho de quince años. Pero todo esto ya no me concernía a mí. Yo volví a Madrid y aunque sólo pude sacar una foto, fue suficiente y recibí las felicitaciones de mis superiores.

Con el tiempo me casé con Laura y ella me hizo gozar de una vida plena y llena de felicidad. No volví a tener misiones de campo para el alivio de mi esposa, y con mis méritos conseguí ascender en el ministerio hasta alcanzar un puesto que me daba una economía holgada, suficiente para mantener a mi mujer y mis dos niñas. Nada supe más de Gómez Meseguer, ni de monstruos y aventuras. Primero porque el ministerio me encomendó a otros menesteres y segundo porque aquellas criaturas infernales empezaron a escasear, poco a poco, hasta que por el tiempo en que la televisión pasó del blanco y negro al color los ogros no eran más que leyendas para niños.

Volví a tener noticias de Gómez Meseguer nueve años después de nuestro primer encuentro. Un pequeño artículo, oculto entre los sucesos del día, mencionaba que el viejo cazabestias, una reliquia del pasado, había sido juzgado y condenado a prisión por violar a una mujer de sesenta años. Me sorprendió la noticia, porque le sabía incapaz de tal hazaña.

Con la oposición de mi mujer, a la que siempre he hecho partícipe de todo lo que me ocurría, fui a visitarle al penal de Ocaña. Me encontré con un hombre acabado. Estaba gordo y descuidado, con la piel cubierta de manchas a causa de su maltratado hígado. La barba, otrora recortada y mil veces atusada, le llegaba hasta el pecho en una desgreñada cascada de hilachos grises. Su cabeza en cambio no había sufrido de la zozobra de la edad y me reconoció al primer golpe de vista.

Tras los protocolarios saludos, en los que me aseguró con su sonrisa jovial de siempre que se encontraba muy bien, pasé directo al tema. Le dije que eran absurdos los cargos que pendían sobre él y que sólo tenía que contar su mutilación para verse libre. Esto me dijo para mi sorpresa.

–Deje, deje Carracedo, estoy bien como estoy. Me he negao a que me hagan reconocimiento alguno y me he acusao. Deje las cosas como están.

–¿Pero quién le acusa de esto?

–Mi casera, por no pagarle se ha inventao to. No importa, aunque sea inocente de éste tengo otros delitos por los que pagá, crímenes más graves.

–Por amor de Dios, creo que ya ha pagado demasiado por cualquier falta.

–Eso pensé yo. Pensé que matá a Jacinto sería suficiente. Pensé que viví como un capao el resto de mis días sería suficiente y por eso no me volé la cabeza cuando me vi en esta situación. No, que va. Hay cruces que pesan demasiao. Probaré ahora pasando mi vejez con los huesos en la cárcel.

–¿Qué puede ser eso tan grave que hizo?

–¿Quiere saberlo? Se lo diré Carracedo, porque usté es un buen hombre y vio el final de la historia. Merece conocé el principio. Fue en Burgos.

–¿Tiene que ver con su prometida? Me dijo en Castroviejo que Mortaja la mató.

–Mentí. La que mató no era mi novia. Ojalá lo hubiera sío. Se llemaba Estrella y era la muchacha más guapa que vi jamá. A mí no me quería, me despreciaba, decía que era ordinario y grosero y sin embargo dedicaba sus atenciones a un petimetre, un estudiantillo imberbe que la adulaba con poesías bobas. Yo sólo sé peleá así que se me ocurrió una idea, romántica pensé yo. Conocía a Jacinto de mucho tiempo. A veces, cuando no había trabajo le pedía que asolara alguna granja o algo así pa que me llamaran, y repartíamos el jornal. Era una práctica normal entre mi gremio el tener un monstruo asociado para la época de las vacas flacas.

–Eso es una monstruosidad.

–Eso es viví amigo, buscarse las lentejas como mejó sabes. Ustedes qué sabrán. La monstruosidad fue que decidí que Mortaja atacara Burgos. Preparé un plan pa que acabara primero con la policía y así tendría toa la ciudad a su mercé. Le indique concienzudamente los pasos a seguí, cómo tenía que matá al estudiante afeminao que me robaba las miradas de Estrellita, despachá también al padre y la madre de ésta, quienes tampoco me miraban con buenos ojos, y por último fingir un ataque a Estrella, del que yo la salvaría. Así la chica, sin padres y rescatada del monstruo por su héroe, caería sin salvación en mis brazos. No reparé, cegado por el amor como estaba, en que los ogros son los seres más obtusos de la creación. Se equivocó, o tal vez fue por la maldad del corazón de Jacinto, que al fin y al cabo era una criatura de Satán. El caso es que llegó antes de tiempo a casa de Estrella y la mató junto a su familia. Al llegar yo, mientras Burgos ardía, me juró que no la había reconocío. Traté de matarle pero escapó. Ya sabe el resto. He pasao mi vida atormentao por la conciencia, es hora ya de que descanse en la cárcel.

Quedé espantado. Accedí a jurar que no revelaría esto a nadie, pensando que tal vez sí era un castigo justo el que ahora le caería. Lo peor era que su remordimiento sólo estaba causado por haber sido el responsable de la muerte de su amada, no por el centenar de víctimas de Mortaja.

–¿Cómo pudo hacerlo, Juan? –le pregunté antes de irme.

–No lo entendería. Usté no sabe lo que es la pasión, el verdadero deseo que te quema por dentro, el profundo amor sin ataduras de la moralidad. Usté es una buena persona.

Me fui y nunca conté esto a nadie. Mientras volvía a casa me sorprendí a mí mismo sintiendo pena de Juan Gómez Meseguer. No podía evitar simpatizar con ese viejo truhan, estrafalario inventor de palabras, el último exponente de un tiempo que ya expiraba. Por fortuna para mí y para mis hijas vivimos ahora en mejores épocas, en tiempos donde la cordura, si no impera, al menos se hace hueco. Hemos abandonado las aventuras y los peligros para la literatura y ahora tenemos derechos y comodidad y seguridad. Los seres pasionales, como Gómez Meseguer ya no tienen lugar entre nosotros. Ya no tenemos pasión y eso es bueno, porque las pasiones son peligrosas. Pero como tantos otros peligros, empiezo a echarlas de menos.

 

jueves, 29 de febrero de 2024

Los herederos

Daniel Mares

 

Soy Pizarro, y esto es lo que sé que es cierto: mi padre, Descartes, nació de una cerda, y yo igual que él. Con cuatro años decidió tener un hijo, un primer nacido, pues ya había cumplido con tres vástagos naturales y era supervisor del sector dos. Su petición ascendió, y Noé consideró oportuno permitirle tener un varón, la Seguridad capturó a la cerda más apropiada y nací yo. Mi madre natural fue Joplin, ya reciclada. Yo me eduqué en los cánones Primero y Quinto, y prosperé en ellos, hasta ser superior en el Quinto canon. Luego pasó el tiempo y llegó la guerra.

El canon Quinto no es por naturaleza belicoso, todo lo contrario; es el menos dado a los juegos de la guerra de entre todos los cánones. Por desgracia tuvimos que afrontar días muy turbios a pie de trinchera, pues nuestro lugar como lectores del Legado nos lo imponía. Con todo esto sólo quiero justificar por qué mi ayuda de campo era Shelley, del Segundo canon. Los Irregulares de Pizarro éramos la unidad de observadores del Quinto, el único grupo de combate en toda la historia de mi canon; difícilmente encontraríamos a alguien entre nosotros con la suficiente destreza para salir con bien de la lid. Yo, por mi nacimiento, era el indicado para el mando y, una vez conocido mi destino, busqué un asistente que pudiera cumplir con las funciones de general. Shelley era una competente oficial y se mantenía en muy buenas relaciones con el Quinto, interesándose más por las lecturas de los Legados que en las labores de guerra.

Un día en que los rebeldes del Sexto habían sido tan brutalmente aplastados que el olor a pólvora y cadaverina impregnaba el aire y se metía en la ropa hasta hacer imposible separarse de él, un día de sombras en que la luna ocultaba al sol y se veía como una gigantesca esfera de inquietante fosforescencia verdosa a punto de desplomarse sobre nosotros, ese día, el de mi tercer cumpleaños, Shelley dijo que me amaba. Yo estaba sentado sobre los restos de un muro ruinoso, el decorado apropiado para las postrimerías de una matanza, contemplando la luna, las siluetas oscuras de los sauces, y pensando en la sangre que había visto y en la que posiblemente vería al día siguiente; ella se sentó a mi lado y lo susurró. La conocí veintiocho meses atrás, y simplemente la consideré mi ayuda de campo, la persona que daría de verdad las órdenes a los Irregulares mientras yo trataba de alejarme de la locura. Jamás vi en ella belleza alguna: su piel coriácea, sus espinas, sus ojos de fuego me parecían más de animal que de mujer. Pero ella me amaba, o así lo decía. Acaricié su duro cuerpo con mis manos y la besé, sintiendo la frialdad en sus labios. Mis dos brazos del canon la desnudaron torpemente; nunca he aprendido a moverlos bien a pesar de las numerosas operaciones que he padecido para mejorar su coordinación. Ella rio ante mi desmaña, y pronto acabamos en el suelo húmedo, quién sabe si de sangre.

La noche empezó tan oscura como había sido el día, pero la fuga de la luna nos permitió ver estrellas y, como todos y cada uno de los herederos desde que llegamos aquí, pensar en la Tierra.

–¿Es cierto que allí el sol es rojo como el nuestro, pero la luna es tan pequeña que casi no lo tapa nunca? –dijo, apoyando la cabeza en mi pecho, procurando no molestarme con las espinas de su cuello. Yo tomé cuidadosamente una de ellas, negra, flexible, firme y aguda, y la besé en la punta. Shelley, la fría Shelley que arrancaba cabezas sin pestañear, sonrió arrobada–. Dime, Pizarro, ¿es verdad?

–¿Cómo voy a saberlo? –bromeé–. Nunca he estado allí.

–Tú eres del Quinto. Y además naciste de una cerda, como los primeros nacidos.

–¿Y piensas que eso me hace más sabio?

–Si el Quinto canon no es más sabio, tal vez nos hemos equivocado de bando en esta guerra.

–Bueno, sí, es cierto. Allí es la luna la que gira en torno a la Tierra, tan pequeña es.

Eso pareció saciar la curiosidad de su mente soñadora. Aproveché entonces este dulce silencio, tan común entre dos amantes, para contemplarla a través de mi ojo y mis manos, que no cesaban de acariciarla. ¿He dicho que no era hermosa? Si así lo he hecho, mentí. No me lo pareció en un principio, porque la dureza, la fuerza, la velocidad y la fiereza no parecen compañeros propios de la belleza. Las mujeres, las de la Tierra, aquellas que están en las grabaciones, las que conforman el Primer canon, no muestran todo ese vigor y energía que hay en Shelley. La rubia Monroe de las películas, o esa belleza evanescente de mirada inquietante, Uma Thurman, que parece a cada momento estar a punto de disolverse en el aire, convirtiéndose en alguna fragancia afrodisíaca, están tan lejos de Shelley como yo de los torpes gigantes del Sexto canon.

Sin embargo, junto a ella conocí el atractivo de la furia y la violencia, la belleza de la pujanza y la agilidad. Todo ello en la forma de una mujer blindada, una Venus de acero, mucho más alta y corpulenta que yo y, por supuesto, mucho más valiente. En definitiva, la Thurman del Segundo canon.

–No me gusta la guerra –dijo ella tras un suspiro mientras arrojaba despreciativamente un papel arrugado, que sin duda era su programa para el día anterior. “Agresividad”, habrían escrito en él.

–A nadie le gusta.

–A mí debería gustarme. Me he educado dentro del Segundo, me he preparado para ella.

–También deberían gustarles sus tareas a los del Sexto canon, y mira en qué situación estamos.

–¿No piensas a veces…? –Guardó silencio, porque lo que estaba dispuesta a decir podía considerarse traición. ¿Debe haber tales reparos entre amantes? No.

–Sí, lo he pensado. Pero tanto en mí como en ti esas ideas son contra natura. El Legado es claro: los cánones establecen lo que compete a cada uno, rebelarse es absurdo.

–Pero, entre los primeros nacidos… ¿cuánto hace de eso?

–Veintitrés años.

–Eso. Hace tan poco tiempo sólo había Primer canon.

–Es cierto. Noé transportaba únicamente embriones congelados del Primer canon, cinco millones exactamente. Los transportó durante más de treinta años hasta que llegaron a Wolf 359, junto con embriones de otras especies animales de la Tierra.

–Ya, ya lo sé –en más de una ocasión me había oído repetir esa historia. Es mi obligación–. Lo que quiero decir es que la sociedad de los primeros nacidos vivió con un único canon y subsistió. ¿Por qué son necesarios los otros cinco ahora?

–Porque así es la sociedad en la Tierra, así es como nos lo trasmite Noé a través del Legado. Si fuera de otro modo, nos sumiríamos en el caos –traté de poner mi voz más solemne. Pensamientos como éstos eran la semilla de muchos problemas que no deseaba para Shelley–. Además, no debes juzgar por los primeros nacidos. Su sociedad era un trámite, un periodo de tránsito hasta que los cánones se instauraran. Verás: Noé atravesó millones de kilómetros hasta llegar aquí, a través del frío espacio. Una vez llegado a Wolf 359, un planeta fértil y habitable, debía desarrollar los embriones de hombre. Buscó un animal apropiado para que gestase los gérmenes humanos, después de alterarlo debidamente. Encontró a los cerdos, suficientemente adecuados para esa labor; los modificó, implantó en ellos los óvulos fecundados, y los dejó bajo la vigilancia de Seguridad. Pues bien, aquí tenemos a cinco millones de hombres y mujeres, todos del Primer canon y nacidos a más de un parsec de su planeta de origen. Noé tuvo que cuidarlos desde niños y, a través de Seguridad, fue enseñándoles qué eran, cuál era su herencia. Naturalmente, en esa situación no había posibilidad de conflicto alguno. Estaban demasiado ocupados en aprender veinticinco siglos de cultura terráquea. Más adelante, la siguiente generación sí tuvo que enfrentarse con verdaderos problemas de organización. Necesitaron recurrir a los cánones que afanosamente mostró Noé para poder medrar. Comenzaron las operaciones, y llegamos hasta el día de hoy.

–Lo entiendo. ¿Por qué entonces no se mandaron embriones del resto de los cánones? Ya sé que tú eres de los pocos en pertenecer a dos cánones. Yo sólo soy hija natural, pero estarás de acuerdo conmigo, y no te ofendas por lo que voy a decir, en que todos somos en cierto sentido del Primer canon, sólo que… mutilados. Entiéndeme, no soy una rebelde, pero ¿no sería mucho mejor si hubieran enviado ejemplares de todos los cánones?

–No lo sé. –Y no mentí al decirlo. Mis dudas eran tan intensas como las de Shelley, y esto es muy grave en alguien como yo, cuya función es impartir la sabiduría que proviene de la Tierra. Todos los argumentos de Shelley estaban cargados de lógica, y en más de una ocasión los había utilizado yo mismo en mis soliloquios heréticos. ¿Por qué mandar sólo ejemplares de un canon, aunque fuera éste el superior? ¿Por qué obligarnos a operaciones tan radicales? Mis dos brazos de más nunca han tenido la movilidad de los originales, y tengo que someterme a continuas revisiones e intervenciones médicas, como todos los de mi canon. Mi único ojo tiene un espectro de visión muy superior, pero me costó muchos años acostumbrarme a su posición centrada y a la disminución de campo visual. ¿Y la ubicuidad de los sexos? La existencia de dos sexos, totalmente diferenciados en todos los cánones, contravenía directamente al Legado. Se intentó en un principio recurrir también a la cirugía, sin buenos resultados. Todo esto creaba en mí un sentimiento de comprensión hacia los rebeldes del Sexto, impropio en alguien de mi cargo.

El estruendo, aunque lejano, me alarmó e hizo que las espinas de Shelley se alzaran como el copete de una cacatúa. Nos incorporamos de un salto y, mientras ella recogía su equipo alegremente diseminado por el suelo, yo presté atención hacia el sonido de orugas que escuchaba a mi espalda. Un agente de Seguridad, con sus luces de posición rojas parpadeando, reclamaba mi interés.

–Pizarro, es una emergencia –dijo con su voz desprovista de toda emoción–. Los rebeldes asaltan las defensas norte; las han atravesado en varios puntos y avanzan por la ciudad.

Me encaramé al muro de un brinco. A lo lejos, las luces de París formaban un disco casi perfecto sobre la campiña, con la brillante esfera del cuartel de Seguridad bien visible en el centro. Casi perfecto, como he dicho, porque al norte las explosiones continuas desfiguraban el contorno. Los habíamos machacado durante dos días. Diez mil individuos del Sexto canon, sin noción alguna de estrategia, sin haber empuñado jamás en su vida un arma pero hartos de excavar y excavar en el corazón de la tierra, enfrentados a todo el Segundo canon y la Seguridad. Murieron sin poder hacer nada, o eso parecía. Sin embargo, aquí estaban, asaltando la ciudad más septentrional del sector seis.

–Todos están en sus puestos, Pizarro –Shelley, equipada ya con su uniforme, me tendía el comunicador, recordándome mis obligaciones–. Seguridad dice que serán fácilmente reducidos; sólo algunos grupos aislados han logrado traspasar las defensas. Uno de ellos se dirige a la Quinta casa.

–Y ése es nuestro objetivo, supongo.

Me abroché los pantalones y corrí tras el de Seguridad y Shelley, que ya nos aventajaba en diez metros con un par de zancadas. Como la de todos los cánones, nuestra unidad no era más que testimonial: doce hombres y mujeres que representaban el apoyo del Quinto al orden establecido. Pero mi idea de reclutar a Shelley acabó por convertirnos en un buen equipo de combate. Ella supo sacar rendimiento a nuestros cuatro brazos y nuestro ojo con visión termográfica; mi amor era un genio militar, después de todo. Sin poder compararnos a los Segundos, éramos lo suficientemente buenos para proteger nuestra casa en París.

–Pizarro –escuché la voz de Shelley susurrando a través del comunicador enganchado al oído, mientras veía la luz de su foco táctico iluminar la pradera que teníamos delante–, creo que tendremos dificultades. Un grupo se ha hecho fuerte en la cervecería y hace fuego desde allí a la casa Quinta. Coge a los dos Seguridad y a cinco más y da un rodeo por la primera circunvalación hasta entrar en la casa por detrás. Allí toma posiciones y responde al fuego con todo lo que puedas. Yo me llevaré a los demás y trataré de asaltar la cervecería por sorpresa. ¿Estás de acuerdo?

Era una pregunta protocolaria: siempre estaba de acuerdo. Cruzamos los pastizales lo más rápido posible, escuchando las órdenes entrecruzadas de las distintas unidades. Ese sonido en mis oídos, junto a las parpadeantes luces del Seguridad y la brillante y fugaz silueta roja que era Shelley en medio de la oscuridad, me enardeció, preparando mi cuerpo para el inminente combate. Pronto el estruendo de la escaramuza se hizo notable, aunque estábamos a diez kilómetros de los enfrentamientos. En el perímetro sur nos esperaba el resto de la unidad: diez miembros del Quinto canon, apresuradamente pertrechados y seguramente deseando no verse de nuevo frente a frente con el enemigo. Tras dejar atrás la última loma, París surgió con toda su luminosidad. Esa noche la ciudad parecía llena de gritos y del correr de la gente. Nadie había esperado un ataque, no después de la gran victoria de la víspera.

Aunque la misión asignada a mi equipo nos llevaba a dar un rodeo que casi doblaba la distancia en línea recta hasta la cervecería, llegaríamos mucho antes que Shelley pues nosotros contábamos con Seguridad. Montados a horcajadas sobre ellos, tres en cada uno, salimos disparados, impulsados por las orugas de los agentes a través de la amplia carretera de circunvalación, iluminada aquí y allá con las parpadeantes luces rojas de alarma colgadas de altísimas farolas. Agentes de Seguridad la recorrían de un lado a otro, tratando de mantener orden entre la población atemorizada, que se echaba a la calle en busca de refugio. Vi la Cuarta casa arder por una esquina: una bomba había hecho impacto. Peor era la situación del Centro de Programación, que prácticamente estaba derruido, y cientos de personas que habían acudido a última hora del día para recibir la actitud de que gozarían la jornada siguiente habían encontrado en su lugar una triste muerte.

Abandonamos la carretera para internarnos en la zona norte de París. El combate se concentraba en los comedores, cuyas amplias bóvedas de plata ardían en algunos puntos. Aparte de eso, sólo se distinguía lucha en la zona industrial, en la cervecería. Llegamos a la casa por la parte trasera, a resguardo de los disparos rebeldes. Salté del Seguridad mientras amartillaba mi pesado fusil.

–Shelley, ya hemos llegado.

–Nosotros tardaremos unos minutos. Seguid el plan.

En la puerta había un Segundo cerrándonos el paso, con el rostro encendido de rabia por tener que cumplir humildes funciones de celador en lugar de estar en lo más crudo de la batalla. Desde dentro, algunos compañeros me reconocieron y me franquearon la entrada.

–¿Sois los Irregulares de Pizarro? –preguntó el Segundo, a lo que asentí rápidamente–. Os esperábamos. El fuego es muy intenso en la otra fachada.

Los primeros en tomar posición fueron los agentes de Seguridad en el primer piso. De inmediato abrieron fuego con sus lanzacohetes, y con cada impacto arrancaban trozos de mampostería de la vieja cervecería. La contienda parecía más destinada a destruir los artesonados de los edificios que a dañar a nadie. Unos y otros disparábamos sin blancos fijados, abriendo fuego a discreción, y pronto la calle que nos separaba estuvo cubierta de cascotes. Desde la larga galería del segundo piso, con las paredes cubiertas de madera lacada y adornada con los emblemas del Quinto canon, yo ni miraba; sólo sacaba el fusil con mis brazos superiores por una de las ventanas enrejadas y apretaba el gatillo con el ojo cerrado.

–Pizarro, hemos encontrado unos visitantes inesperados que tratan de causarnos problemas –era Shelley, por el comunicador–. Habla con Seguridad, que te den un informe y, si pueden, que manden apoyo. Vosotros manteneos donde estáis.

Obedecí, como un superior diligente que era. El pensamiento de que nos quedábamos allí solos, sin su ayuda, me aterraba. Tal vez también temía perderla, perder mi recién encontrado amor. Sonreí en medio del tiroteo, especulando con la extraña situación de una Segundo y un Quinto, casi un Primero. El viejo Descartes no lo toleraría, nadie de mis cánones lo toleraría. ¿Realmente importaba su opinión en una sociedad en la que los hijos de Segundos nacen como Primeros hasta pasar por el quirófano? Una vez que hube obtenido instrucciones de Seguridad, volví a hablar con Shelley.

–¿Cómo os va?

–Están retrocediendo… Espera.

–¡Shelley! ¿Pasa algo?

–No. Un tirador, ya está neutralizado. Están retrocediendo, pero no sé si encontraremos más. ¿Qué ha dicho Seguridad?

–Que sólo se trata de grupos dispersos. Ningún contingente importante ha penetrado más allá de la circunvalación.

–Pásamelos –eso hice. Como jefe de unidad, disponía de un equipo de comunicación más sofisticado que el resto de mis hombres, con capacidad de mantener abiertos varios canales a un tiempo.

–Seguridad –sonó la voz del agente–. ¿Con quién hablo?

–Shelley, de los Irregulares de Pizarro. Necesito una ruta segura desde nuestra posición al edificio de la cervecería. ¿Pueden proporcionármela?

–Sí. El satélite suministra imágenes claras. Os tenemos monitorizados. Mantened el curso que lleváis ahora hasta alcanzar el edificio de Coca-Cola y aguardad instrucciones allí.

Un violento estallido me arrancó de la conversación. Miré a mi alrededor en busca de desperfectos, cadáveres o cualquier otra muestra de desastre. Por suerte, el desastre estaba en la acera de enfrente.

–¡Pizarro! –Era Kepler, que en esos meses de guerra había desarrollado una beligerancia excesiva para su canon–. ¡Están al descubierto!

Me levanté y miré por la ventana. Todo el frontis de la cervecería se había desplomado: los cohetes de Seguridad habían hecho su trabajo. Entre el humo, mi ojo me mostraba el calor que los enormes corpachones de los Sextos irradiaban mientras se movían torpemente, buscando una salida. Disparé con el fusil y con dos subfusiles más hasta vaciar los cargadores. No creo que acertara a nadie. La puntería nunca fue una de mis virtudes.

–Ya hemos llegado, Seguridad –Shelley seguía en marcha.

–Entendido. Ahora tenéis que cruzar la calle Mayor. Hay cuatro rebeldes cubriendo el cruce. Pasad en grupos de dos y apostaos en la esquina del Edificio de Reciclaje de Cuerpos. Podemos buscar una ruta más larga y más segura si quieres.

–No, ésta va bien.

Iba a pedir a Shelley que no se arriesgase, que la situación ya estaba segura en la casa Quinta, cuando escuché gritos en la planta baja: estaban dentro. Oí la inconfundible explosión de un agente de Seguridad que reventaba, y temblé. Habían empleado la misma táctica que nosotros, disparando desde la cervecería para distraer nuestra atención mientras accedían por otro lado. Eran más de los que suponíamos. Mi primera reacción fue esconderme; luego escuché la voz de mis hombres pidiendo instrucciones, y me acometió un arrebato de responsabilidad.

–¡Kepler! ¿Qué ocurre?

–Han entrado dos. Uno ha caído, pero el otro está como loco. Ha derribado a tres de los nuestros.

Me dirigí hacia el piso inferior, temiendo el momento en que tuviera que dar una orden.

–No creo que podamos con él, Pizarro. Necesitamos a un Segundo –sólo era uno, y nosotros más de diez entre mis hombres y el personal de la casa. Alguna forma habría de eliminarlo.

–Hemos cruzado todos, Seguridad –la voz de Shelley se mezclaba con las nuestras en mi receptor.

–¿Qué hacemos, Pizarro?

–Abrid fuego.

–De acuerdo. Ahora girad a vuestra derecha, siguiendo la línea del Edificio de Reciclaje de Cuerpos. Tomad la primera bocacalle a la izquierda. Allí aguardad instrucciones.

–Se ha parapetado bien en la entrada, y cubre todas las puertas. No podemos hacer blanco.

Tuve una idea cuando pisé el primer escalón de bajada.

–¿Cubre la puerta al exterior?

–Llegamos a la primera bocacalle. Todo está despejado.

–Naturalmente que no la cubre; es por donde ha entrado.

–Perfecto –sentí entonces lo que debe de sentir el Segundo canon. Sabía que el pobre rebelde se había metido en su propia trampa.

–Adelante. El camino está despejado. Llegaréis a la cervecería en veinte segundos.

–¡Me ha dado!

Supuse que era Kepler. Abrí una ventana en la escalera, y vi que daba a la calle. Podía descolgarme desde las rejas: no había demasiada altura. Cuando empecé a salir, me acosó el temor de que otro rebelde estuviera esperando fuera.

–Seguridad –llamé, con los pies ya colgando por el alféizar–. Necesito saber si quedan rebeldes detrás de la casa Quinta.

–¡Pizarro, necesitamos instrucciones!

–Identifíquese.

–Seguridad, hemos llegado a un cruce.

–Pizarro, de los Irregulares de Pizarro.

–No. No hay nadie.

–¿No hay nadie en el cruce?

–¡Pizarro!

–Tranquilos, ya estoy casi, mantened las posiciones.

Caí al suelo, caminé con el mayor sigilo de que era capaz y llegué a la puerta trasera, arrancada de los goznes por alguna detonación. Un gigantesco Sexto me daba la espalda, parapetado tras la enorme mesa de piedra de la recepción, que por fuerza de su naturaleza había sido capaz de volcar, mientras no paraba de disparar hacia mis hombres dentro de la casa.

–Seguridad. Hemos llegado a un cruce. Espero instrucciones.

–Aguarda.

–¡Pizarro! ¡¿Qué hacemos?!

–¡Adelante! –grité, furioso, y vacié el cargador contra el rebelde torpe y despistado.

–¿Avanzamos? –A la derecha.

En cuanto el Sexto se incorporó al sentir los primeros impactos en su espalda, el resto de los Irregulares tuvo un blanco claro. Quedó reducido a un montón de sangre y carne inerte.

–Muy bien, ya está –dije victorioso. Entonces llegaron a mis oídos unos gritos horribles. Luego, la voz de Seguridad fue como el hielo contra mi espalda desnuda.

–Pizarro, hemos perdido a la unidad a cargo de Shelley.

Una emboscada. Se plantaron en medio de la calle, frente a un grupo de rebeldes apostados. Los seis cayeron bajo el fuego. Nadie consideró el hecho como una derrota, pues no se esperaba nada de una unidad dirigida por alguien del Quinto canon. El ataque, por cierto, fue repelido, y los rebeldes eliminados, pero los Irregulares de Pizarro no fueron la unidad más lucida. En cuanto terminé de organizar las cosas en la Quinta casa, fui al hospital. Era noche cerrada en París, y por todos lados se veían equipos de Sextos apagando incendios y restañando las heridas de la ciudad, que para desgracia de los rebeldes no fueron muy graves. Hasta que llegué al hospital no pregunté por la suerte de mis hombres. Tenía miedo por Shelley. Se me dijo que todos, heridos o muertos, habían sido trasladados al hospital central. Al llegar allí, el frío eco de los suelos de mármol y el reverberar de gritos y lamentos terminó por metérseme en los huesos. Creí estar a punto del colapso. Un Tercero con espasmos en sus flagelos disipó mis temores: Shelley estaba viva. Un impacto le había perforado el blindaje, y tenía una bala alojada en la espina dorsal. No podía moverse y estaba en observación. ¿Pronóstico? No sabían si podría volver a caminar.

Quise ir a verla y, pese a poner muchas pegas, el Tercero accedió al final. Tenía un aspecto horrible, tumbada y llena de tubos entrando por todos sus orificios, rodeada de otro montón de camaradas en peor estado aún. Mantenía los ojos cerrados, y cada una de sus aspiraciones parecía un esfuerzo mortal. Mi espinoso amor era igual ahora que los restos metálicos de un agente de Seguridad. Trepé a la cama, abriéndome paso entre los heridos y procurando no empeorar su situación. Alguno se lamentó y yo me disculpé como pude, haciendo gestos al Tercero, que movía un flagelo recriminatoriamente hacia mí. Tomé su mano pensando que estaba inconsciente, y sus dedos, envolvieron de inmediato mi antebrazo entero. Abrió los ojos.

–Pizarro. ¿Cómo ha ido todo?

–Los rechazamos. Fue más el ruido que otra cosa. Deben de estar realmente desesperados para intentar un ataque así.

Cerró de nuevo los párpados, y yo la dejé descansar. Su destartalada figura me producía un dolor sordo, casi insoportable. Comprendí que la amaba de veras, más de lo que pensaba, y que en cierto modo era responsable de su estado.

–Shelley, ¿me oyes?

–Sí, estoy despierta.

–Si te molesto me voy, pero…

–No. Me gusta oírte. –Mi dulce guerrero… Hasta en un momento como ése, después de que mi ineptitud la había arrastrado a la invalidez, tenía un gesto amable para mí.

–Shelley, ¿qué hice mal?

–Nada. No fue culpa tuya. Seguridad nos conducía; debió de equivocarse.

–¿Cómo? Os estaba siguiendo por satélite. No han informado de ningún fallo en el sistema.

–Pues alguno hubo. Nos llevaron directamente a los rebeldes. Si me hubieran avisado no quedaría nada de ellos.

–Los Regulares de Ford acabaron el trabajo.

–Es una buena unidad.

Sí, eran Segundos. Suspiró profundamente y se quedó dormida. Alarmado, pregunté al Tercero que estaba de guardia, y deseoso de que yo abandonara la sala. Tras examinarla me dijo que no ocurría nada; sólo descansaba.

Salí del hospital indignado. ¿Cómo había podido equivocarse Seguridad? Se encontraba a cargo de Noé, una inteligencia artificial de última generación, y nunca cometía errores. Salvo esta vez, salvo cuando era la mujer que amaba la que salía herida. A la puerta me esperaba un agente, el que todos los jefes de unidad tenemos asignado, que nada más verme empezó a reclamar mi atención con sus luces.

–¿Qué quieres? –No tenía humor para aguantar a Seguridad.

–Pizarro, te informo de que desde este instante eres supervisor especial del sector seis.

–¿Qué tontería es ésa? Soy superior del Quinto canon en esta región. No puedo ser supervisor. El supervisor del seis es…

–El supervisor Barnard ha muerto en el ataque. Por desgracia, se encontraba en la zona del perímetro que sufrió la primera acometida de los rebeldes.

–¿Y qué hacía Barnard en París?

–Quiso comprobar personalmente que los Sextos eran convenientemente sofocados.

–Una lástima. –Y no mentía al decirlo. Barnard era un buen supervisor, una persona eficaz y bastante cordial para lo que son los Primeros–. Aun así, te repito que soy del Quinto.

–Naciste como Primero. En situaciones de emergencia como ésta, es preciso cubrir enseguida la vacante de un supervisor de sector si ésta se produjera. Noé ha considerado que tú, perteneciendo al Primero y estando presente en el lugar del conflicto, eras el más idóneo.

Descartes estaría orgulloso. Su hijo, su primer nacido, ese que había preferido las lecturas del Legado a la política, al final adquiría la posición que le estaba asegurada por nacimiento. Yo no me sentía igual de contento. No quería premios que vinieran de esa estúpida máquina que casi había matado a Shelley.

–¿Y qué se supone que debo hacer?

–Lo que quieras. Tú eres el supervisor.

Naturalmente. En tanto se eligiese al definitivo supervisor, yo era la autoridad máxima. Mi sangre de Primero reaccionó con esa idea, y pronto empecé a pensar en mis deberes sociales.

–Deberíamos tomar medidas para atender los daños, y prepararnos para otro posible ataque.

–Noé ha tomado esas medidas con carácter de emergencia, pero por supuesto puedes revisarlas si así lo deseas.

Para qué. Seguramente serían las más apropiadas. Seguridad siempre acierta, jamás ha cometido un error que se recuerde. Salvo uno, uno que me tocaba directamente a mí y a los míos. La rabia me inundó mientras miraba mi reflejo en la cromada piel del Seguridad, hasta que no pude soportar su presencia.

–¿Qué es lo que falló? –le espeté en su cara sin ojos ni boca.

–No entiendo la pregunta.

–En el asalto, parte de mi unidad cayó en una emboscada mientras vosotros la guiabais. ¿Por qué?

–Debo entender que responsabilizas a Seguridad de las bajas de tu unidad –eché a caminar, seguido por el estruendo de las orugas del agente. Es inútil discutir con uno de esos cacharros de metal: no se ofenden jamás.

–Vosotros los conducíais hacia la cervecería. ¿Por qué no advertisteis la emboscada?

–La unidad decidió entrar en una calle no segura. No tenemos culpa de eso.

–Pero ¿por qué no la previnisteis? Todos están muertos o heridos –sentí repentinos deseos de disparar contra el agente: él no me devolvería el fuego. Noé no atacaría a alguien leal: supondría que se trataba de un acceso de ira y me dejaría descargarla, a sabiendas de que podría reponer el agente en pocas horas. Eso mismo dotaba al gesto de una futilidad incapaz de sofocar mi furia.

–Sí se advirtió. Indicamos que la unidad aguardara instrucciones, pero no hizo caso.

–Shelley dice que la mandasteis directa a la celada.

–No fue así.

Traté de hacer memoria. Toda la situación ocurrió mientras yo disfrutaba de mis segundos de héroe, matando por la espalda al Sexto, y no podía ordenar mis recuerdos.

–¿Tenéis grabadas las comunicaciones?

–Sí, puedo reproducírtelas ahora mismo si lo deseas.

–Por favor. Quiero oír lo que ocurrió minutos antes de la emboscada.

El agente se estiró en su imponente altura, y vi cómo la antena del hombro se movía en busca de Noé, allá en su órbita alta. Pronto el ruido de estática dio paso a las comunicaciones de la pasada batalla:

“Pásamelos.

“…

“Seguridad. ¿Con quién hablo?

“Shelley, de los Irregulares de Pizarro. Necesito una ruta segura desde nuestra posición al edificio de la cervecería. ¿Pueden proporcionármela?

“Sí. El satélite suministra imágenes claras. Os tenemos monitorizados. Mantened el curso que lleváis ahora hasta alcanzar el edificio de Coca-Cola y aguardad instrucciones allí.

“¡Pizarro! ¡Están al descubierto!

“…

“Ya hemos llegado, Seguridad.

“Entendido. Ahora tenéis que cruzar la calle Mayor. Hay cuatro rebeldes cubriendo el cruce. Pasad en grupos de dos y apostaos en la esquina del Edificio de Reciclaje de Cuerpos. Podemos buscar una ruta más larga y más segura si quieres.

“No, ésta va bien.

“¡Kepler! ¿Qué ocurre?

“Han entrado dos. Uno ha caído, pero el otro está como loco. Ha derribado a tres de los nuestros.

“…

“No creo que podamos con él, Pizarro. Necesitamos a un Segundo.

“Hemos cruzado todos, Seguridad.

“¿Qué hacemos, Pizarro?

“Abrid fuego.

“De acuerdo. Ahora girad a vuestra derecha, siguiendo la línea del Edificio de Reciclaje de Cuerpos. Tomad la primera bocacalle a la izquierda. Allí aguardad instrucciones.

“Se ha parapetado bien en la entrada y cubre todas las puertas. No podemos hacer blanco.

“¿Cubre la puerta al exterior?

“Llegamos a la primera bocacalle. Todo está despejado.

“Naturalmente que no la cubre; es por donde ha entrado.

“Perfecto.

“Adelante. El camino está despejado. Llegaréis a la cervecería en veinte segundos.

“¡Me ha dado!

“Seguridad. Necesito saber si quedan rebeldes detrás de la casa Quinta.

“¡Pizarro, necesitamos instrucciones!

“Identifíquese.

“Seguridad, hemos llegado a un cruce.

“Pizarro, de los Irregulares de Pizarro.

“No. No hay nadie.

“¿No hay nadie en el cruce?

“¡Pizarro!

“Tranquilos, ya casi estoy, mantened las posiciones.

“Seguridad. Hemos llegado a un cruce. Espero instrucciones.

“Aguarda.

“¡Pizarro! ¡¿Qué hacemos?!

“Adelante.

“¿Avanzamos?

“A la derecha.

“Muy bien, ya está.

“…

“Pizarro, hemos perdido a la unidad a cargo de Shelley”.

–¡Ahí está! –exclamé, exaltado–. Le indicasteis hacia dónde ir y los metisteis de cabeza en la trampa. Respecto a su posición, ¿dónde estaban los rebeldes?

–A la derecha del cruce.

–Entonces, ¿por qué los mandasteis allí?

–No lo hicimos.

–¡Maldita sea! Repite los últimos cuatro mensajes.

“¿Avanzamos?

“A la derecha.

“Muy bien, ya está.

“…

“Pizarro, hemos perdido a la unidad a cargo de Shelley”.

–Ahí lo tienes: “A la derecha”.

–Eso no es Seguridad.

Guardé un instante de silencio. Ciertamente, el tono de voz era distinto, pero fácil de confundir en el alboroto de la lucha.

–¿Y quién demonios dio esa orden? Porque, desde luego, yo no fui.

–Lo siguiente tan sólo es una hipótesis. Creemos que fueron los rebeldes. Debían de tener sintonizada y decodificada nuestra frecuencia de combate. Siguieron el camino que marcábamos a tu unidad y, en el momento preciso, dieron la orden.

Y Shelley creyó que era Seguridad, y giró a la derecha y quedó paralítica, y el resto de los Irregulares muertos o heridos.

Saber la verdad no hizo que me sintiera mejor. Si yo no hubiera pedido ayuda a Seguridad, Shelley no habría confundido los mensajes: demasiado jaleo en la radio, demasiado barullo. Debí mantener las líneas limpias, debí ordenar silencio, nunca debí empeñarme en formar una unidad operativa de un montón de predicadores torpes, jamás debí obstinarme en contravenir tanto mi canon. Por algo están, por algo nos hicieron llegar desde la Tierra.

Pasé por el Centro de Programación transitorio que el Cuarto canon había improvisado en la puerta sur, una tienda oval de tela metalizada para sustituir al original, que había sufrido graves desperfectos. Pronto amanecería, y no se podía dejar a toda la población de París, alrededor de cien mil personas, sin programa. Para mí había “Paz y Contemplación”, justo lo que deseaba. Cuando uno abre el sobre lacrado en rojo que el Cuarto canon le ha preparado y descubre que su programa es exactamente el que ha deseado durante todo el día, es el momento más agradable del mundo. Volví a salir al encuentro de mi diligente guardia de Seguridad mientras leía con más detenimiento las breves instrucciones del programa:

“Relajarse. No mantener contacto con personal relacionado con la actividad laboral por tiempo mayor de media hora. Pensar en los hechos intranscendentes ocurridos durante los dos últimos meses, sin detenerse en ninguno de ellos más de doce minutos. Realizar excesos en bebida o comida. Pasar la mitad del día al menos en el campo. Pasear. De noche, mirar las estrellas. Pensar en la Tierra”.

Irónico. Como si hubiera un instante en mi vida en que no hubiera pensado en la Tierra. Iba a entregarme de lleno a mi programa desde ese mismo momento sin reparo alguno, porque el programa anterior ya había sido superado por las circunstancias. Salí de la ciudad cuando el sol despuntaba, dedicado a tontas cavilaciones y bebiendo una coca-cola. El aire se caldeó, y entre las ligeras nubes se impuso la titánica figura de la luna, que cubrió la mitad del cielo y se hundió en el horizonte. Un viento matutino empezaba a agitar los altos tallos de la hierba cuando llegué al mismo lugar donde seis horas antes había gozado del cuerpo de Shelley. No fue azar, no lo creo. En el espacio de una noche había copulado con una mujer, había creído sinceramente que ella era ese amor que suponemos irrealizable, y luego la había conducido a la muerte; consideré razonable que acabara esa extraña jornada allí. Ya con la luz, me quedé ensimismado, escuchando el vaivén cadencioso de los sauces y contemplando la imagen del inmenso creciente lunar. En la región de sombras del satélite gaseoso se vislumbraban los relampagueos de lejanas y hercúleas tormentas, muy acordes con mi estado de ánimo.

Rabia, eso tendría que haber puesto en mi programa, no paz y contemplación. Pero, como todo lo que me rodeaba, la programación no funcionaba. ¿Cuándo había sido la última vez que había podido seguir mi programa para un día sin desviarme de él lo más mínimo? No lo recordaba. Es imposible estar en paz cuando uno acaba de condenar a la invalidez a la mujer que ama, por mucho que se empeñe el Cuarto canon, como tampoco es posible mover bien cuatro brazos si uno ha nacido sólo con dos, como no tiene sentido que individuos con el cuerpo perfectamente adaptado al trabajo físico se rebelen contra él y lleguen a urdir tretas suficientemente ingeniosas para acabar con mi Shelley Eso puede hacerlo un Segundo, no un bruto de más de tres metros de alto.

Todo estaba mal. No era tan limpio como cuando yo era pequeño. Entonces, las lecciones brillaban como el oro. Los cánones, perfectamente definidos, con sus funciones demarcadas con precisión, cimentaban un mundo transparente y perfecto heredado de nuestros padres en la Tierra. Y entonces crecí, y empezaron a aparecer esas pequeñas molestias, que en un principio no parecían ser capaces de derribar el equilibrio de nuestra civilización. Incómodas operaciones, brazos que se mueven mal o exoesqueletos que se rechazan, descontentos en un canon o en otro; molestias que derriban el frágil castillo de naipes de la estabilidad social.

Sin embargo, en la Tierra todo estaba bien, todo funcionaba como una maquinaria recién engrasada. ¿Qué tenían allí que no teníamos aquí? ¿Cómo se libraban de esas irritantes impurezas en el sistema? Ahora yo tenía autoridad y deseaba eliminar los errores de mi mundo. Pero ¿cómo?

El agente, que no se había separado de mí, comenzó a deambular en torno al muro donde me había sentado, para llamar mi atención. Tenía que revisar esos planes de Noé, tenía obligaciones de mi cargo que atender. “Paz y Contemplación” aguardaría unos minutos más.

–Quiero hablar con Noé –el Seguridad comenzó con sus ruidos electrónicos mientras establecía contacto con la nave en órbita.

–¿Qué quieres, Pizarro?

–¿París está seguro? ¿Sigue el Segundo en estado de alerta?

–Sí.

Pensé en pedir que me proyectara los planos de la ciudad y la posición de las tropas, pero estaba demasiado cansado. No quería ser supervisor, ni creo que valiera para ello.

–Comunica a quien corresponda que el supervisor Pizarro mantiene seguro el sector y que espera a que se envíe al supervisor definitivo.

–Ya está. ¿Algo más?

Noé, con sutileza, me señalaba que no podía olvidar las tareas de mi canon, del mío por elección, por muchos laureles que mi posición política me hubiera atribuido.

–¿Se ha recibido mensaje de la Tierra? –Por absurdo que fuese, es la obligación del Quinto canon. Nosotros custodiamos el Legado, lo divulgamos y esperamos por si nuestros padres de las estrellas nos ofrecían unas migajas más de sabiduría. Jamás llegó un mensaje, en veintidós años, y ésta no iba a ser una ocasión excepcional.

–No.

De nuevo pensé en Shelley, aguardando en el hospital, confiando en que los Terceros pudieran arreglar su médula y que no acabaran reaprovechando su cuerpo. Todo porque yo la había confundido; si su superior hubiera sido del Segundo canon, nada habría salido mal, no habría equivocado aquel mensaje del astuto rebelde por los de Seguridad. ¿Por qué ese empeño de hacer a mis Irregulares algo más que una unidad testimonial? Porque no entendía bien los cánones, porque necesitábamos ese mensaje de la Tierra que nunca llegaba. Nos abandonaron con su herencia, sin explicar cómo emplearla. Sin noticias de nuestros progenitores desde que llegamos aquí y mucho antes, todo el tiempo en el que Noé atravesó el espacio.

–Noé, ¿cuánto hace que recibiste instrucciones de la Tierra?

–Hace treinta y seis años y medio.

Hace treinta y seis años, cuando Noé era un cascarón en construcción orbitando nuestro planeta madre, antes de dejar la Tierra en pos de un nuevo hogar para la semilla del hombre… No, fue después.

–Noé, esa comunicación la recibiste… si hace treinta y seis años, fue después de salir de la Tierra, en tránsito.

–Sí –no podía ser. Debía de tratarse de un error en las fechas que acababa de darme, un error en su almacén de datos. Naturalmente, no podía ser un fallo en los cálculos de Noé, como no lo fue la emboscada de Shelley. No obstante, nadie había oído jamás nada sobre que Noé recibiera una comunicación en tránsito, tal vez porque nadie lo había preguntado antes. Insistí.

–¿Cuánto tiempo después?

–Ciento cincuenta y tres años… perdona, eso es en tiempo de la Tierra. Catorce años desde la partida.

–¿Qué decía el comunicado?

–Era muy extenso y estaba codificado. Pasé un año decodificándolo. Tuve que eliminar parte de la información menos relevante para dejar sitio a ésta, que tenía prioridad.

En ese momento lo vi. Vi a Noé, viajando solo todos esos años, en silencio, llevando en su vientre las semillas congeladas del hombre. Vi a Shelley sola, en medio de la calle, tiroteada, escuchando una voz que creyó amiga. ¿Por qué no iba a hacerlo? Un día, el silencio de Noé se rompió, las luces de sus controles iluminaron su frío interior para recibir el mensaje de casa, ¿por qué no?

–Noé, ese único mensaje, ¿era de la Tierra?

–Sí.

–Haré la pregunta de otro modo: ¿podría ese mensaje provenir de otro punto?

–Sí. Pero era de la Tierra. No puede ser de otro lugar.

–Claro, Noé.

 

Soy Pizarro, y esto es lo que ahora sé que es cierto. Llegado el día, el hombre quiso que su simiente fecundase las estrellas, construyó un arca, la llenó de óvulos fértiles, y la mandó hacia Wolf 359. Durante el trayecto la nave recibió un mensaje, de algún lugar distinto, muy distinto, e interpretó que eran nuevas instrucciones. El hombre llegó al nuevo mundo, se desarrolló y aprendió lo que la nave dijo que era su herencia, pero no era la herencia de un solo pueblo.

Es difícil vivir bajo las imposiciones de los padres. Los hijos han de buscar su propio lugar en el mundo, y los patrimonios pesan. Allí, en ese cielo medio embozado por la luna, hay una Tierra con un solo canon, con hombres y mujeres, con Marilyn Monroe, Uma Thurman y Coca-Cola, donde los cuerpos muertos se reciclan, la gente mira una luna pequeña y un sol rojo mientras alguien programa sus estados anímicos para la siguiente jornada. Y hay otra Tierra, con muchos cánones, con formas distintas para médicos y soldados, y donde hay dos, tres o ningún sexo. Y luego estamos nosotros, herederos de ambos sin entender a ninguno.

No más Legados, digo: hemos de construir nuestra propia herencia para nuestros propios hijos.

–Noé, soy supervisor especial del sector seis.

–Lo sé, Pizarro.

–Quiero que cierres todas tus antenas, que las desconectes. ¿Mis atribuciones me permiten hacer esto?

–Te lo permiten. Debo informarte no obstante de que eso impedirá que recibamos mensajes de la Tierra, y que tal decisión puede ser revocada por cualquier otro supervisor.

–Ya veremos. Es hora de que empecemos a valemos por nosotros mismos.

–Como quieras, Pizarro. Desconexión en quince segundos.

No sé qué saldrá de todo esto. Quizá si edificamos nuestras propias tradiciones no tengamos que combatir por ellas. Sólo quizá.

–Espera. ¿Puedes mandar un mensaje antes de cerrar?

–¿Hacia la Tierra?

–No, a todos lados, para que cualquiera pueda oírlo.

–Sí, en todas las frecuencias. Listo. ¿Cuál es el texto del mensaje?

–Dejadnos solos.