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domingo, 5 de abril de 2026

Adrienne Buquet

Anatole France

 

Cuando estábamos terminando de cenar en el restaurante Laboullée me dijo:

–Lo admito, todos esos hechos relacionados con un estado aún mal definido del organismo como doble visión, sugestión a distancia o presentimientos verídicos, la mayor parte del tiempo no son constatados de una manera suficientemente rigurosa como para satisfacer todas las exigencias de la crítica científica. Casi todos se basan en testimonios que, aunque sinceros, dejan subsistir algo de incertidumbre acerca de la naturaleza del fenómeno. Esos hechos están aún mal definidos, lo admito. Pero su posibilidad ya no plantea dudas para mí desde el momento en que yo mismo he constatado uno. Por pura casualidad, pude reunir todos los elementos de observación. Puedes creerme cuando te digo que he procedido metódicamente y he puesto cuidado en evitar cualquier causa de error –mientras articulaba estas frases, el joven doctor Laboullée golpeaba con las dos manos su pecho hundido, atiborrado de folletos y, por encima de la mesa, acercaba hacia mí su cráneo agresivo y calvo–. Sí, querido amigo –añadió–, por una suerte única, uno de esos fenómenos clasificados por Myers y Podmore bajo la denominación de “fantasmas de vivos”, se desarrolló en todas sus fases ante los ojos de un hombre de ciencia. Lo constaté todo, lo anoté todo.

–Te escucho.

–Los hechos –continuó Laboullée– se remontan al verano de 1891. Mi amigo Paul Buquet, del que te he hablado con frecuencia, vivía entonces con su esposa en un pequeño apartamento de la calle de Grenelle, frente a la fuente. ¿Conoces a Buquet?

–Lo he visto dos o tres veces. Es un joven robusto, con una barba hasta los ojos. Su mujer es morena, pálida, de grandes facciones y grandes ojos grises.

–Eso es: un temperamento bilioso y nervioso, bastante bien equilibrado. Pero en una mujer que vive en París, los nervios ganan ventaja y… ¡a la chingada!… ¿Has visto alguna vez a Adrienne?

–La encontré una tarde en la calle de la Paz, detenida con su marido delante de una joyería, con la mirada encendida contemplando unos zafiros. Me pareció una mujer hermosa y asombrosamente elegante para ser la esposa de un pobre diablo sumergido en los sótanos de la química industrial. ¿Buquet no había triunfado en la vida?

–Buquet trabajaba desde hacía cinco años en la casa Jacob, que vende productos y aparatos para la fotografía en el bulevar Magenta. Esperaba ser socio de un día a otro. Sin ganar millones, su posición no era mala. Y tenía futuro. Era un hombre paciente, sencillo, trabajador. Había nacido para triunfar a largo plazo. Mientras tanto, su mujer no era una carga para él. Como auténtica parisina, sabía ingeniárselas y a cada instante encontraba buenas ocasiones para comprar ropa interior, vestidos, encajes, joyas. Sorprendía a su marido por el arte que tenía para vestirse maravillosamente por casi nada, y Paul se sentía feliz de verla siempre tan bien vestida con ropas elegantes. Pero esto carece de interés.

–Esto me interesa mucho, mi querido Laboullée.

–En todo caso, esta charla nos aleja de nuestro objetivo. Como sabes, yo fui compañero de estudios de Paul Buquet. Nos conocimos en la clase de seconde en el instituto Louis-le-Grand y no habíamos dejado de relacionarnos cuando, a los veintiséis años y sin posición, se casó por amor con Adrienne y, como él decía, con lo puesto. Este matrimonio no interrumpió nuestra amistad. Al contrario, Adrienne me aceptó con simpatía y cenaba frecuentemente con la joven pareja. Como sabes, soy el médico del actor Laroche; tengo buena relación con los artistas que, de vez en cuando, me regalan entradas. A Adrienne y a su marido les gustaba mucho el teatro. Cuando tenía un palco para la noche, iba a cenar con ellos y luego los llevaba a la Comédie-Française. Estaba siempre seguro de encontrar en el momento de la cena a Buquet –que regresaba normalmente a las seis y media de la fábrica–, a su esposa y al amigo Géraud.

–¿Géraud? –pregunté– ¿Marcel Géraud, el empleado de banca que llevaba siempre unas corbatas tan bonitas?

–Sí, el mismo, que era amigo de la casa. Como estaba soltero y era un invitado amable, cenaba allí a diario. Les llevaba bogavantes, patés y todo tipo de golosinas. Era gracioso, amable y hablaba poco. Buquet no podía estar sin él, y nos lo llevábamos también al teatro.

–¿Qué edad tenía?

–¿Géraud? No sé. Entre treinta y cuarenta años… Un día en que Laroche me había regalado un palco, fui como de costumbre a casa de los amigos Buquet, en la calle Grenelle. Iba un poco retrasado y cuando llegué la cena estaba servida. Paul decía que tenía mucha hambre, pero Adrienne no se decidía a sentarse a la mesa porque Géraud todavía no había llegado.

–Amigos míos –dije– tengo un palco para el Français. Se representa Denise.

–¡Vamos! –dijo Buquet– Cenemos rápido e intentemos no perdernos el primer acto.

La criada sirvió la cena. Adrienne parecía preocupada y se veía que con cada cucharada de sopa se le levantaba el estómago. Buquet tragaba ruidosamente los fideos cuyos hilos pegados al bigote recuperaba con la lengua.

–Las mujeres son extraordinarias –dijo–. Imagina, Laboullée, que Adrienne está preocupada porque Géraud no ha venido a cenar esta noche. Se está montando mil ideas en la cabeza. Dile que es absurdo. Géraud puede haber tenido algún impedimento. Tiene sus asuntos. Es soltero; no tiene que darle cuentas a nadie de lo que hace con su tiempo. Lo extraño, por el contrario, es que nos dedique casi todas las veladas. Es muy amable por su parte. Pero es justo que le dejemos un poco de libertad. Yo tengo por costumbre no inquietarme por lo que hacen mis amigos. Pero las mujeres son distintas.

La señora Buquet respondió con voz alterada:

–No estoy tranquila. Temo que le haya ocurrido algo malo al señor Géraud.

Mientras tanto Buquet activaba la cena.

–¡Sophie! –le gritaba a la criada– ¡la carne, la ensalada, el queso, el café!

Observé que la señora Buquet no había comido nada.

–Vamos –le dijo su marido– ve a vestirte. Anda, no nos hagas perder el primer acto. Una obra de Dumas no es como esas operetas en las que basta con escuchar un aria o dos. Es una sucesión lógica de deducciones de la que no hay que perderse nada. Anda, querida. Yo sólo tengo que ponerme la levita.

Ella se levantó y se marchó a su habitación a paso lento y como a regañadientes. Su marido y yo tomamos el café mientras fumábamos un cigarro.

–Me siento algo contrariado porque el bueno de Géraud no haya venido esta noche –me dijo Paul–. Le habría gustado ver Denise. Pero, ¿puedes creer que Adrienne se atormente por su ausencia? De nada sirve intentar hacerle comprender que este excelente chico puede tener asuntos que no nos cuenta, ¿quién sabe? tal vez asuntos de mujeres. Pero Adrienne no comprende. Pásame un cigarro.

En el momento preciso en que le tendía mi cigarrera oímos salir de la habitación contigua un prolongado grito de terror seguido del ruido de una caída pesada y desmadejada.

–¡Adrienne! –exclamó Buquet.

Y salió corriendo hacia el dormitorio. Yo lo seguí. Encontramos a Adrienne tendida en el suelo, con la cara pálida y los ojos vueltos, inmóvil. No presentaba ningún síntoma de estado epiléptico o similar. No tenía espuma en los labios. Tenía los miembros tendidos, pero sin rigidez. El pulso era irregular y corto. Ayudé a su marido a ponerla en un sillón. La circulación se restableció casi de inmediato y su tez, normalmente de un blanco mate, se inundó de rosa.

–¡Ahí! –dijo señalando el espejo del armario– ¡ahí! Lo vi ahí. Cuando estaba abrochándome el corpiño lo vi en el espejo. Me di la vuelta creyendo que estaba detrás de mí. Pero al no ver a nadie, lo comprendí y me desmayé.

Mientras tanto indagué si la caída le había producido alguna lesión, pero no encontré ninguna. Buquet le hacía beber agua de toronjil con azúcar.

–Vamos, querida –le decía– reponte. ¿Qué diablos te ocurre? ¿Qué dices?

Ella palideció de nuevo.

–¡Oh! ¡Lo vi! ¡Vi a Marcel!

–¡Viste a Géraud! ¡Qué curioso! –exclamó Buquet.

–Sí, lo vi –repitió gravemente– me miró sin decir nada, así –y ponía una cara desencajada.

Buquet me interrogó con la mirada.

–No te inquietes, –respondí–; estos trastornos no son graves; es posible que respondan a una afección del estómago. Lo estudiaré gustosamente. Por el momento no hay que preocuparse. Yo conocí en el hospital de la Caridad a un enfermo gastrálgico que veía gatos debajo de todos los muebles.

Unos minutos después, como la señora Buquet se había recuperado por completo, su marido sacó el reloj y me dijo:

–Laboullée, si consideras que el teatro no le producirá daño, es hora de marcharnos. Voy a decirle a Sophie que vaya a buscar un coche.

Adrienne se puso bruscamente el sombrero.

–Paul, Paul, doctor, escuchen: pasemos antes por la casa del señor Géraud. Estoy inquieta, mucho más inquieta de lo que puedo expresar.

–¡Estás loca! –exclamó Buquet– ¿Qué quieres que le haya pasado a Géraud? Lo vimos ayer en perfecta salud.

Ella me lanzó una mirada suplicante, cuya ardiente luz me atravesó el corazón.

–Laboullée, amigo mío, pasemos por la casa del señor Géraud, por favor.

Se lo prometí. ¡Me lo había pedido de tal modo! Paul estaba gruñendo, porque quería ver el primer acto. Le dije:

–Vamos a casa de Géraud, no supone un gran rodeo.

El coche nos estaba esperando. Le grité al cochero: “Al nº 5 de la calle del Louvre. Y vaya rápido”.

Géraud ocupaba en el nº 5 de la calle del Louvre, no lejos de su banco, un departamento de tres habitaciones repleto de corbatas. Era el gran lujo de aquel buen chico. Apenas nos detuvimos ante la casa Buquet saltó del simón e introduciendo la cabeza en la portería, preguntó:

–¿Cómo está el señor Géraud?

La portera le respondió:

–El señor Géraud regresó a las cinco y recogió su correo. No ha vuelto a salir. Si quiere usted verlo, es en la escalera del fondo, cuarto piso, a la derecha.

Pero Buquet estaba ya junto a la puerta del simón y decía:

–Géraud está en su casa. Ya ves que no tenías razón, querida. Cochero, a la Comédie-Française.

Entonces Adrienne sacó casi medio cuerpo del coche.

–Paul, te lo suplico, sube a su casa. Ve a verlo. Ve a verlo, es necesario.

–¡Subir cuatro pisos! –dijo encogiéndose de hombros–. Adrienne, vas a hacer que no lleguemos al teatro. En fin, cuando a una mujer se le mete algo en la cabeza…

Permanecí en el coche con la señora Buquet de la que veía brillar los ojos en la oscuridad vueltos hacia la casa. Paul regresó.

–¡Caramba! –dijo–, llamé tres veces. No me contestó. Sin duda tenía razones para no querer ser molestado. Tal vez esté con una mujer. ¿Qué tendría de raro?

La mirada de Adrienne adoptó una expresión tan trágica que incluso yo sentí una sensación de inquietud. Y luego, pensándolo bien, no me parecía demasiado normal que Géraud, que no cenaba nunca en su casa, se hubiera quedado allí desde las cinco hasta las siete y media.

–Espérenme –dije al señor y la señora Buquet–, voy a hablar con la portera.

Ésta también encontraba raro que Géraud no hubiera salido para ir a cenar como de costumbre. Era ella quien le hacía la limpieza al inquilino del cuarto por lo que tenía la llave del apartamento. Cogió la llave del barandal y se ofreció a subir conmigo. Cuando llegamos al rellano, abrió la puerta y desde el vestíbulo llamó tres o cuatro veces: “Señor Géraud”. Al no recibir respuesta, se arriesgó a entrar en la habitación siguiente que servía de dormitorio. Llamó de nuevo: “Señor Géraud, señor Géraud”. No hubo respuesta; todo estaba a oscuras. No teníamos cerillos.

–Debe haber una caja de cerillos suecos en la mesita de noche –me dijo la mujer que estaba empezando a temblar y no podía dar un paso.

Me puse a palpar sobre la mesita y sentí que mis dedos se impregnaban de algo pegajoso: “Conozco esto –pensé–, es sangre”. Cuando por fin encendimos una vela, vimos a Géraud tendido sobre su cama, con la cabeza destrozada. El brazo le colgaba hasta la alfombra sobre la que había caído su revólver. Una carta manchada de sangre se hallaba sobre la mesita. Escrita de su puño y letra, iba destinada al señor y la señora Buquet y empezaba así: “Mis queridos amigos, ustedes han sido la alegría y el encanto de mi vida…” Luego les anunciaba su decisión de quitarse la vida, sin revelarles exactamente los motivos. Pero daba a entender que eran los problemas económicos los que habían determinado su suicidio. Reconocí que la muerte se había producido hacía una hora aproximadamente; por lo que se había suicidado en el instante mismo en que la señora Buquet lo había visto en el espejo.

–¿No es éste un caso perfectamente constatado de doble visión o, para hablar con más exactitud, un ejemplo de esos extraños sincronismos síquicos que la ciencia estudia en la actualidad con más celo que éxito?

–Tal vez sea otra cosa –contesté yo–. ¿Estás seguro de que no había nada entre Marcel Géraud y la señora Buquet?

–Pues… nunca me di cuenta de nada… Pero, ¿qué podía importar eso?…

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

viernes, 11 de octubre de 2024

Los panes negros

Anatole France

 

En aquel tiempo, Nicolás Nerli era banquero en la noble ciudad de Florencia. A la hora de tercia se encontraba ya sentado ante su pupitre, y a la hora de nona aún estaba allí sentado, haciendo cuentas todo el día en sus tablillas. Nicolás Nerli prestaba dinero al Emperador y al Papa. Y si no le prestaba dinero al diablo era porque temía hacer malos negocios con el que nombramos el Maligno y que no carece de artimañas.

Era audaz y desconfiado. Había adquirido grandes riquezas y despojado a mucha gente. Por ello era respetado en la ciudad de Florencia. Vivía en un palacio en el que la luz que Dios creó no entraba sino por estrechas ventanas; eso era por prudencia, pues la mansión de un rico debe ser como una ciudadela y los que poseen grandes bienes hacen bien en defender por la fuerza lo que han adquirido por la astucia.

El palacio de Nicolás Nerli se encontraba pues provisto de rejas y cadenas. En su interior, los muros estaban decorados con pinturas de expertos maestros que habían representado en ellas las Virtudes como mujeres, los patriarcas, los profetas y los reyes de Israel. Los tapices expuestos en las habitaciones ofrecían a la vista las historias de Alejandro y de Tristán tal como las cuentan en los libros. Nicolás Nerli hacía brillar su riqueza en toda la ciudad por medio de fundaciones piadosas.

Había mandado construir un hospital en la zona de extramuros cuyo friso, esculpido y pintado, representaba las acciones más honorables de su vida; en reconocimiento por las sumas de dinero que había donado para acabar Santa María la Nueva, su retrato se hallaba expuesto en el coro de esta iglesia. Se le veía en él arrodillado, con las manos juntas, a los pies de la Santísima Virgen. Se le reconocía por su gorro de lana roja, su abrigo forrado, su rostro rollizo y sus ojillos despiertos. Su buena esposa, Mona Bismantova, con expresión honesta y triste, que se podría pensar que jamás nadie hubiera obtenido de ella algún placer, se hallaba al otro lado de la Virgen, en humilde actitud orante. Aquel hombre era uno de los primeros ciudadanos de la República; como no había hablado jamás mal de las leyes y no se preocupaba en absoluto de los pobres ni de aquellos a los que los poderosos del momento condenan a pagar multas o al exilio, no había disminuido nada, en la opinión de los magistrados, la estima que había adquirido a sus ojos por su gran riqueza.

Una noche de invierno, al regresar a su palacio algo más tarde de lo habitual, fue rodeado ante el umbral de su puerta por un grupo de mendigos medio desnudos que le tendían la mano. Los apartó con duras palabras. Pero el hambre hace a los hombres ariscos y osados como los lobos: formaron un círculo a su alrededor y le pidieron pan con voz quejumbrosa y ronca. Estaba inclinándose ya para recoger piedras y lanzárselas, cuando vio llegar a uno de sus criados que llevaba sobre la cabeza una cesta de panes de centeno, destinados a los empleados de las cuadras, de la cocina y de los jardines.

Hizo una señal al de los panes para que se acercara, y, sacándolos de la cesta con ambas manos, les arrojó los panes a los menesterosos. Luego, entró en su casa, se acostó y se quedó dormido. Mientras dormía, sufrió un ataque de apoplejía y murió tan de repente que creía que se encontraba aún en su lecho cuando vio, en un rincón oscuro, a San Miguel iluminado por el resplandor que irradiaba de su propio cuerpo. El arcángel, con la balanza en la mano, estaba cargando los platillos. Al reconocer en el platillo que pesaban más las joyas de las viudas que guardaba como fianza, la multitud de recortes de escudos indebidamente retenidos y algunas piezas de oro muy bellas, que sólo él poseía y que había adquirido por usura o por fraude, Nicolás Nerli reconoció que era su vida, ya finalizada, lo que san Miguel estaba pesando en su presencia. Miró atento y preocupado.

–Señor San Miguel –le dijo–, si pone en un platillo todas las ganancias que obtuve en mi vida, coloque en el otro, se lo ruego, las hermosas fundaciones con las que he puesto de manifiesto mi piedad. No olvide la cúpula de Santa María la Nueva a la que contribuí financiando la tercera parte, ni el hospital de extramuros, que construí por completo con mi dinero.

–No temas, Nicolás Nerli –respondió el arcángel–. No me olvidaré de nada.

Y con sus manos gloriosas colocó en el otro platillo la cúpula de Santa María la Nueva y el hospital con el friso esculpido y pintado. Pero el platillo no se movió. El banquero sintió gran inquietud.

–Señor San Miguel –dijo de nuevo–, busque bien. No ha colocado en ese platillo de la balanza ni mi hermosa pila del agua bendita de San Juan, ni el púlpito de San Andrés, donde está representado el bautismo del Nuestro Señor a tamaño natural. Es una obra que me costó muy cara.

El arcángel colocó el púlpito y la pila encima del hospital en el platillo, que tampoco se movió. Nicolás Nerli empezó a notar que su frente se inundaba de un sudor frío.

–Señor arcángel –preguntó–, ¿está seguro de que su balanza funciona correctamente?

San Miguel respondió sonriendo que, al no ser la balanza como las que usan los lombardos de París ni como las que usan los cambistas de Venecia, aquélla no carecía en absoluto de exactitud.

–¡Cómo! –suspiró Nicolás Nerli, completamente lívido–, ¿la cúpula, el púlpito, la pila, el hospital con todas sus camas, no pesan, pues, más que una brizna de paja o que el plumón de un pájaro?

–Ya lo estás viendo, Nicolás –dijo el arcángel–, y hasta el momento el peso de tus iniquidades es muy superior al peso ligero de tus buenas acciones.

–Voy a ir al infierno, pues –dijo el florentino. Y sus dientes castañeteaban de espanto.

–¡Ten paciencia, Nicolás Nerli –prosiguió el pesador celeste–, paciencia! No hemos terminado aún. Nos queda esto.

Y el bienaventurado Miguel tomó los panes de centeno que el rico les había lanzado a los pobres la víspera. Los colocó en el platillo de las buenas obras, que descendió de repente, mientras que el otro subía, quedando ambos platillos al mismo nivel. El fiel de la balanza no se inclinaba ni a la derecha ni a la izquierda y la aguja indicaba la igualdad perfecta de los dos pesos. El banquero no podía creer lo que veían sus ojos. El glorioso arcángel le dijo:

–Como estás viendo, Nicolás Nerli, no eres apto ni para el cielo ni para el infierno. ¡Anda, regresa a Florencia! Multiplica en tu ciudad esos panes que diste con tus manos, de noche, sin que nadie te viera, y serás salvo. Pues no basta con que el cielo se abra para el ladrón que se arrepiente y para la prostituta que llora. La misericordia de Dios es infinita: es capaz de salvar incluso a un rico. Sé tú ese rico. Multiplica los panes cuyo peso puedes ver en mi balanza. ¡Anda!

Nicolás Nerli se despertó en su lecho. Decidió seguir el consejo del arcángel y multiplicar el pan de los pobres para lograr entrar en el reino de los cielos.

Durante los tres años que pasó sobre la tierra después de su primera muerte, fue caritativo con los menesterosos y muy generoso en limosnas.