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lunes, 24 de junio de 2024

Planta baja

Noé Cárdenas

 

Para Edú

 

En el departamento de la planta baja vive un matrimonio joven con dos perros y una niña. He visto al matrimonio y a los perros pero jamás, en los meses que llevo aquí, a la niña. Sé, sin embargo, que existe porque la he escuchado lloriquear o entonar cantitos algunas tardes calmas y soleadas en las que el ámbito se imanta y los ruidos de la calle quedan suspendidos largos minutos, como si un recuerdo de edades campestres le sobreviniera al terreno.

He alcanzado a advertir los insomnios de la niña, o del infante que yo figuraba femenino: la pobre suda y se revuelve entre las cobijas intentando escapar de alguna resinosa pesadilla. Y luego, para serenarse ella sola: el hilito de su canción, apenas perceptible, como si viniera de abajo de la tierra.

En cambio, los perros se la pasan jugueteando buena parte del día: una gama muy variada que va desde los francos ladridos hasta aullidos entrecortados domina los ruidos que entran por las ventilas siempre abiertas de mi estudio provenientes del patio del departamento de abajo; también los tintineos de las cadenas en sus pescuezos y los rasguños sobre el piso durante corretizas dan cuenta sonora de su presencia.

La niña no juega con los perros. He notado que la cancioncilla apenas audible ocurre, si acaso, cuando han sacado a pasear a los animales. Tal vez la niña padezca alguna afección que no le permita estar en contacto con éstos o, incluso, ni siquiera permanecer demasiado tiempo en el patio de la planta baja. La humedad provocada por las constantes lloviznas debe afectarla. Es sabido que el sur de esta ciudad se distingue por lo extremoso de las lluvias, en temporada. Pero en algunos puntos selváticos de esta zona la humedad del ambiente no decrece, como si lloviera todos los días del año. No es raro, por aquí pasaba un río de caudal considerable, y como las aguas vuelven a encauzarse según el orden natural, de vez en cuando en algunas partes de este sur rebrotan surtidores, aun venciendo al pavimento. Curioso espectáculo el de toparse con límpidos arroyuelos, que hasta su arena sedimentan, corriendo junto al borde de la banqueta: dan ganas de agacharse y beber del cuenco de la mano.

El hombre del matrimonio trabaja en el patio algunas mañanas y tardes de la semana. Utiliza sierras, esmeriles y taladros, además de otras herramientas menos aparatosas. He oído que lija durante largos ratos y también cincela, aunque estas tareas las ejecuta en una de las habitaciones: los ruidos llegan ahogados a mis oídos.

La disposición de los cuartos del departamento de la planta baja es idéntica a la del departamento que habito y que también es mi lugar de trabajo, el cual me obliga a permanecer la mayor parte del tiempo recluido y más o menos desocupado, situación que me permite observar lo que sucede en el resto de la casa, porque en realidad esto no es un edificio de departamentos concebido como tal: se trata de una casa grande dividida posteriormente en cinco secciones independientes. Tres de éstas corresponden a la parte delantera, cuya fachada blanca da directamente a la calle. En la parte trasera –separada de la anterior por el patio y a la cual se llega por un largo corredor que comienza en la puerta angosta del extremo izquierdo de la fachada– se hallan el departamento donde vive la niña y el mío en la planta alta.

El fragmento de paisaje que se puede ver a través de las ventanas está dominado por las frondas de algunos sauces al fondo y por la recia jacaranda del jardín de la casa vecina. Una bugambilia techa casi por completo el patio de abajo, del que sólo se distingue el límite con el muro de enfrente. Así que nunca he logrado ver a la niña a través de la ventana cuando escucho su voz.

Comencé en vano a espiar a los vecinos cada vez que advertía los ruidos de su puerta al abrirse o cerrarse con el objeto de conocer a la niña. Tras varios intentos que consistieron en salir al zaguán del descanso de la escalera dizque a regar las plantas en el momento preciso, coseché únicamente miradas de desconfianza por parte del matrimonio o de alguno de los cónyuges, la mayoría de las veces jaloneados por los perros ávidos de paseo. De la niña, nada.

La tarde de un día frío en el que había estado lloviznando vi que un hombre de bata blanca visitó el departamento de abajo. La conjetura de que la niña nunca salía porque alguna enfermedad la asolaba pareció la más convincente. Sin embargo, por las voces y aullidos provenientes del patio, supe que el de blanco había venido a enyesarle una pata fracturada a uno de los perros, que no cesó de quejarse hasta avanzada la noche.

Ya de madrugada, un chubasco repercutió largo rato en las ventanas. Insomne, decidí que al día siguiente preguntaría a la pareja por la niña. Me tengo por un defensor absoluto de la privacidad. El saludo mecánico es lo único que me parece tolerable. Así que traicionaría mis principios para saciar mi curiosidad.

No hizo falta. El chubasco arremetió hasta convertirse en tormenta. Al ensordecedor acorde del muro de agua, pronto se le fue incorporando el coro de los ríos caudalosos. El agua comenzó a filtrarse por las orillas de las ventanas. Fue necesario colocar trapos en todas éstas y, sobre todo, en la puerta de la cocina que da al perímetro donde está el lavadero. Hubo que hacerlo bajo el haz de una lámpara sorda, pues se había ido la luz desde hacía rato.

De entre el arpa de la tormenta –cuando me acerqué a taponar la ventana de la sala por donde el escurrimiento ya formaba varios hilos que habían alcanzado la alfombra– me llegaron voces humanas y caninas del departamento de abajo. Salí al minúsculo zaguán. Un relámpago tomó la foto del instante: cubierto con una capa de lona reluciente de agua, el vecino me daba la espalda dirigiéndose hacia la puerta, el agua casi hasta las rodillas. Desde lo alto de la escalera, la casa se veía sumergida como casco de buque. Alcancé a ver que el hombre llevaba en brazos un bulto. Tuve la esperanza de que se tratara de la niña, pero la cola colgante reveló otra naturaleza.

De súbito, los gritos de la mujer, urgiéndome desde abajo:

–Por favor, ayúdeme a buscarla. ¡Pronto!

Bajé. Los tres últimos peldaños de la escalera estaban completamente sumergidos.

Con el agua hasta los muslos resultaba muy difícil moverse. Dentro, la sala del departamento de la planta baja se iba revelando bajo el haz de la linterna. Flotaban trastos como de utilería fílmica de una carabela en pleno naufragio. Un choque de mi espinilla contra un filo macizo me avisó de la presencia de una mesa de centro metálica. Viré hacia el pasillo que lleva a los cuartos. La mujer, tras de mí, gritaba “¡Emilia, Emilia!”, al tiempo que rebuscaba agitadamente con los brazos metidos en el agua. Así que buscábamos a Emilia.

Al entrar a la habitación que equivalía a mi dormitorio, el cuerpo blanquísimo de una niña desnuda apareció recortada por el círculo luminoso de la linterna, sobre una mesa de madera burda que tampoco flotaba. Era de mármol y, mejor observada, la figura no representaba a una niña precisamente: fue captada por el escultor en el momento justo en el que había dejado de serlo: los pezones estaban ligeramente alzados por leves montículos que ya anunciaban la consistencia de unas tetas adultas, su cabellera rebasaba apenas los hombros, las caderas y los muslos ya comenzaban a abandonar la asexuada rectitud infantil. Era una nínfula. En su rostro, los ojos aparecían entrecerrados como sólo los entrecierran las mujeres gozosas; su sonrisa aún conservaba el viso de la inocencia.

De pronto el roce de unas uñas en mi antebrazo me provocó escalofrío. Aparecieron en el círculo de luz cuatro patas de perro volteadas hacia arriba. Una de éstas estaba más rígida que las otras debido a la cubierta de yeso. Grité:

–¡Aquí hay un perro! –y la mujer, dando tropezones, el último de los cuales la había hecho caer de bruces dentro del agua, llegó hasta donde me encontraba, recogió maternalmente al tieso can y lanzó, como implorando una resurrección:

–¡Emiiiliiaaaa!

De nuevo en mi recámara, después de un baño caliente, mientras saboreaba el primer sorbo de café con una medida de whisky, noté que la tormenta se había calmado. Aún era distinguible el rumor de las gotas chapoteando sobre la superficie encharcada. Los vecinos del departamento de abajo se marcharon con su pena, un perro vivo y otro muerto, en su automóvil que, por suerte, estaba guardado como todas las noches en un estacionamiento sobre una colina a unas cuadras de las calles inundadas.

La lluvia se tornó llovizna. El rumor de arroyo ahora estaba acompasado por un canto quedo de muchacha. Se levantó un aroma de hierba fresca y de liquen bañado en agua transparente. Hacía frío. Comenzó a amanecer.

 

domingo, 23 de junio de 2024

Calamares

Noé Cárdenas

 

Acababan de mudarse de casa cuando a Paola se le ocurrió hacer calamares. Nunca antes los había hecho, pero sí probado en varias ocasiones en la casa de una tía que gozaba de una merecida fama de cocinar deliciosos platillos y bien temperadas salsas picantes. No era la primera vez que Paola elaboraba guisos siguiendo las instrucciones de su tía; de hecho atesoraba un recetario redactado lo más cercanamente posible a las palabras de aquélla, además de notas al margen o a pie de página donde Paola describía, hasta con dibujos, pasos de alquimias que la tía no detallaba por considerarlos del dominio general.

Hacía tiempo que Paola deseaba medirse con los calamares, así que, aun sin haber terminado de desempacar siquiera los utensilios de cocina indispensables, decidió que al final de aquella primera jornada en su nuevo departamento cenarían, ella y Mauricio, calamares con ajo.

Paola advirtió a Mauricio de la dificultad que implicaba limpiar los moluscos. Ella dijo “pelarlos”. A Mauricio no le interesaba particularmente cenar o no aquella noche calamares, ni mucho menos enterarse de los pasos a seguir para la elaboración del guiso, tan embebido como estaba en la tarea de desenredar, clasificar y conectar el hato de cables del aparato de sonido. No es que no le atrajera la cocina, de hecho gustaba de la elaboración detenida de algunos platillos y, sobre todo, lo satisfacía el efecto que a veces lograba producir en el paladar y en las papilas linguales de Paola, capaces de deslindar las variadas sutilezas de platos sofisticados, o de disfrutar –soportando con infantil estoicismo– sabores pleonásmicos como el ácido sobre ácido más picante y sal del cóctel de xoconoztle que le descubrió Mauricio. Era sólo que éste prefería terminar su instalación eléctrica a meterse a la cocina, extravagancia –pensó– digna de los desplantes creativos de Paola, si bien poco oportuna ahora, dado el estado de las cosas.

“Pelarlos” resonó en la cableada mente de Mauricio: una corriente mínima pero efectiva, como la que estimula a los bits, hizo contacto y rápido se convirtió en señal de alerta. Cuando Paola había proferido aquella palabra su voz no había sido la misma de siempre que sólo iba a meterse a la cocina. Más bien se trataba de un clamor cachondo –la señal interconectando las tribus de neuronas mauricias– semejante a los quedos y llameantes maullidos de las gatas que inauguran el celo.

Hacer calamares, curiosa manera de ponerse cachonda, se dijo Mauricio y decidió interrumpir su labor y seguirle la corriente a la muchacha de viejos y hormados jeans y sudadera blanca que en esos momentos ya se disponía a enfrentar los humores de su cuerpo –sometido al esfuerzo de la remoción de objetos domésticos– a la intemperie citadina y luego al clima del súper.

–Te acompaño –Mauricio a manera de petición.

–Ya lo sabía –Paola sibilina.

Entraron al galerón fresco e iluminado como zambulléndose en la playa un primer día de vacaciones. Ambos sintieron el temple que adquiría su cuerpo al irse internando hacia la sección refrigerada del fondo donde están los mariscos. Paola llegó primero, ávida, al islote de los calamares. Sopesó con ambas manos dos paquetes voluminosos que sumaban sendos kilogramos del informe molusco. Los ojos de Paola adquirieron un brillo distinto, no las alteraciones que de modo natural solían escenificar aquéllos del miel al verde conforme a la luz que capturaban de afuera, sino un brillo obscuro proveniente de más adentro, una fiereza súbita e irresponsable como de remolino marino.

Mauricio aún se atrevió a sugerir, sin darse cuenta de que su comentario resultaría frívolo ante los llamados abisales que comenzaban a emerger en Paola, que mejor compraran los calamares ya “pelados”, los cuales, si bien más caros, evitarían un proceso desconocido pero con seguridad oneroso. Sin dejar de sopesar paquetes de materia molusca en bruto, Paola le dirigió a Mauricio una mirada severa que reconvenía su falta de sensibilidad en una situación tan especial. Sin embargo, Paola depositó con cuidado los paquetes y arrojó sus brazos al cuello de Mauricio profiriendo sedosamente

–Vamos a comer riquísimo, mi Amor.

Mauricio le devolvió el abrazo por la cintura pero se retiró un poco al advertir extrañado un olor penetrante que venía de las extremidades amorosas de Paola, ¿o de su cuello? Olía a sal, a vida oceánica.

Por fin, Paola escogió un par de paquetes que alzó orgullosa ante los ojos de Mauricio: detrás del apretado plástico unos ojillos submarinos –brotados de entre una densa gelatina de irisada transparencia con predominio del violeta– les devolvieron la mirada desde el fondo de su mundo misteriosamente comestible.

Mauricio reflexionó, con un poco de asco, que hasta esos momentos de descubrimiento “calamares” había significado unas rosquillas empanizadas listas para freírse. Paola ya se dirigía con su presa hacia la fila de cajas. Sus caderas flotaban sobre sus pasos con un suave contoneo acuático.

Mauricio, siguiéndola, le dijo que iría a la sección de vinos y licores. Paola pareció no advertirlo. De regreso a la zona de cajas, Mauricio buscó en vano a Paola, pero no se desanimó. Ya se iba acostumbrando al impredecible carácter de la muchacha. Con ella, a fin de cuentas, todo se olvidaba y reparaba en la cama.

–Perdona por no haberte esperado –le gritó desde la cocina al llegar Mauricio al departamento–, pero traía prisa. Olvidé decirte que vendrá Fumiko a cenar.

Hacía demasiado calor, la casa olía a mariscos. Sorpresa al entrar a la cocina: Paola semidesnuda, descalza con un pie posado sobre el empeine del otro, sosteniendo el peso de su cuerpo con el vientre apoyado en el filo del fregadero, “pelando” calamares, el lustre de un líquido viscoso subiéndole hasta los brazos, envuelta en un hálito de miasma portuario; el cabello le caía sobre los hombros con un peso extraño formando guedejas gruesas, como untadas con sebo.

–Ven, ayúdame –ordenó, la mirada de brillo obscuro fija en los incrédulos ojos de Mauricio y esbozando una sonrisa de gioconda. Mauricio se acercó. No pudo reprimir la arcada.

Sonó el timbre. Desde la cocina:

–Mi Amor, ¿le abres por favor?–. Mauricio ya terminaba de lavarse la cara. Fumiko con labios rojos:

–¿Por qué estás tan pálido?–. Fumiko en minifalda, blusa calada, escote generoso.

–¡Hola Corazón! –desde la cocina– ¡Vente para acá!

Después de arrojar su minúscula bolsa a la sala repleta de cables, Fumiko acarició la nuca de Mauricio a manera de consolación; las aletas de su nariz expandiéndose como branquias de mantarraya que volara hacia Paola, en la cocina de los calamares.

Fumiko humedeció con su beso los labios de Paola. Metió medio cuerpo entre los moluscos que inundaban el fregadero. Levantó el brazo izquierdo dirigiéndolo hacia el rostro de Paola: sujeto con maestría entre la pinza formada con índice y pulgar, un colguijo desnaturalizado fue atrapado por la dentadura de Paola, quien, deglutiendo las espesas burbujas del estallamiento del calamar, sonrió complacida mientras sus manos ya exploraban alegres las tetas de la pequeña Fumiko.

Además del pasmo, la nube negra proveniente de los jugueteos en la cocina impidió a Mauricio enterarse de lo que ahí estaba pasando.

Fastidiado y hambriento, conectó el último polo, bien pelado, a la entrada “+” que le correspondía en el amplificador. La pequeña estancia del nuevo departamento comenzó a obscurecer. De la cocina venía un aroma seductor capaz de estimular con sus concentraciones el agua en la boca. Ajo transubstanciado como anfitrión. Silencio. La cara de Fumiko un relámpago que encendió una vela.