Julio Torri
Y llegó a la montaña donde moraba el anciano. Sus pies estaban
ensangrentados de los guijarros del camino, y empañado el fulgor de sus ojos
por el desaliento y el cansancio.
–Señor, siete años ha que vine a pedirte consejo.
Los varones de los más remotos países alababan tu santidad y tu sabiduría.
Lleno de fe escuché tus palabras: “Oye tu propio corazón, y el amor que tengas
a tus hermanos no lo celes”. Y desde entonces no encubría mis pasiones a los
hombres. Mi corazón fue para ellos como guija en agua clara. Mas la gracia de
Dios no descendió sobre mí. Las muestras de amor que hice a mis hermanos las
tuvieron por fingimiento. Y he aquí que la soledad oscureció mi camino.
El ermitaño le besó tres veces en la frente; una
leve sonrisa alumbró su semblante, y dijo:
–Encubre a tus hermanos el amor que les tengas y
disimula tus pasiones ante los hombres, porque eres, hijo mío, un mal actor de
tus emociones.
(Tomado
de www.ciudadseva.com)
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