domingo, 3 de mayo de 2026

Lunes

Jordi Cebrián

 

Quedó atrás el fin se semana, otra vez la rutina, el despertarse pronto, el arrancarse con la ducha los restos de las pesadillas adheridas, el desayuno que no sabe a nada porque aún no somos nosotros. Ese día gris en el que el trabajo no avanza. Los ladrones no roban en lunes, pues saben que empleados y clientes estarán de mal humor. Los jefes de estado procuran no llamarse, para no liarla. En algunos países los lunes se consiente que la gente hable mal de los demás, e incluso se considera de mal tono ofenderse si ese día te insultan.

 

(Tomado de www.cienpalabras.blogspot.com)

 

Cuento áureo

Manuel Díaz Rodríguez

 

Psiquis, mujer al cabo, era imprudente y curiosa. Mil desventuras le costó su primera curiosidad, cuando quiso ver el rostro del amante dormido y una gota de aceite escapada de la funesta lámpara ahuyentó al hijo de Venus. Desde entonces, y por mucho tiempo, la vida fue para Psiquis una serie de malandanzas. Errante de país en país y de templo en templo saboreó todas las amarguras; padeció dolores y martirios extraterrenos; de sus ojos, convertidos en manantiales profundos, continuamente desbordados, corrían, cruzando sus mejillas, dos ríos de lágrimas; y caminó tanto, tanto, y por tales veredas, que la sangre varias veces tiñó de púrpura los cándidos jazmines de sus pies, y los jazmines lucían como rosas.

La miseria de Psiquis turbó al fin la impasibilidad augusta de los dioses; y la misma cólera de Venus pasó como los incendios del crepúsculo. Fidelidad y constancia dieron el triunfo a Psiquis, y Psiquis, dichosa y en paz, reinó sobre la tierra. Su trono, el más alto; su corte, la más ilustre: en esta no había sino grandes artistas, poetas de corazones puros, filósofos de labios disertos. Los aduladores de la reina tenían por incensarios liras, y como único incienso el Verbo, hecho música en las cuerdas, flor de luz en los labios. Pero a trono tan excelso y cortesanos tan ilustres debían, según dijeron muchos, corresponder en riqueza y esplendor el cetro, la corona y los atavíos reales. Y no más dijeron así, cuando artistas de gusto exigente partieron a buscar, por todas las comarcas del reino, las preciosidades más raras, dignas de resplandecer en la frente, el cuello y las manos de Psiquis; revolvieron tesoros, ahondaron minas, rasgaron las entrañas de la tierra y del mar; y la tierra dio su oro y sus gemas: topacios, amatistas, esmeraldas, rubíes de sangre milagrosa, zafiros de tinta ideal, diamantes de aguas puras, mientras el mar profundo y rico, si bien pobre de piedras preciosas, dio, en corales y perlas, lo mejor que tenía de besos muy rojos y ensueños muy castos.

De vuelta a la corte, los grandes artífices echaron sobre los hombros de la reina el manto de armiño y púrpura; luego se dieron a trabajar el oro, día y noche, puliéndolo, repuliéndolo, cincelándolo, para después embutir en el oro bien trabajado muchas piedras fúlgidas y acabar la corona y el cetro; por último, engarzaron perlas y corales, y un río de corales y perlas corrió por la garganta de Psiquis.

El cetro y la corona, fulgurantes como soles, deslumbraron a la multitud puesta de hinojos a los pies de la reina.

Pasaron días, años, generaciones de hombres, y Psiquis, dichosa y en paz, oyendo música de liras y música de labios disertos, reinaba sobre el mundo.

Pero, una mañana, en el silencio de su alcoba real, sola con sus riquezas, que brillaban en la penumbra con fulgores mortecinos, se sorprendió reflexionando en lo inútil de la corona y del cetro, en la mezquindad fastuosa de su manto, en la vana luz de sus joyas, y se arrepintió de haber aceptado como tributo el presente de las gemas. En sus reflexiones llegó a sentir uno como vago impulso de piedad, acompañado de un movimiento de rebeldía. Se despojó de la corona y el manto, depuso el cetro, y se vio de pies a cabeza, blanca y desnuda, como en remotos días pasados. Nostálgica de su ser antiguo, se avergonzó de vivir disfrazada como una mujerzuela vanidosa. En sus atavíos regios vio una injuria a su belleza incomparable, porque la belleza de sus formas era superior a la belleza de las piedras preciosas más raras, su cabello más rico y luminoso que todas las coronas, su desnudez más casta que el armiño.

No contenta con despojarse del manto, el cetro y la corona, Psiquis resolvió destruir sus riquezas, a fin de no caer en pecado de vanidad. Pero sus manos, deliciosamente blandas, no sabían destruir como destruye la mano brutal de los hombres: Ella no era capaz de reducir a polvo inerte su fortuna, y de aventar luego el polvo: su piedad, infinita, abarcaba los seres y las cosas, y su piedad era infinita por ser grande su ciencia. Estaba iniciada en todos los misterios de la vida, y ninguno tan prodigioso como el misterio de su propia sangre. Nunca se derramó en vano la sangre de sus venas: en donde esta caía despertaba el germen de un ser de belleza pura, graciosa, y con alas, como la belleza de Psiquis; y a favor de tan inefable virtud, la soberana pensó desembarazarse de sus gemas, convirtiéndolas en frágiles seres primorosos.

Sin echar siquiera una ojeada sobre la funesta lámpara que debía de recordarle su imprudencia de antaño, se dispuso a realizar su pensamiento en la faja de luz que desde una ventana entreabierta llegaba a morir a sus pies. Con un largo estilo, áureo y tenue como rayo de sol, hincaba sus dedos, y después con el estilo húmedo de sangre tocaba las piedras preciosas hasta no dejar ni una sin el extraño bautismo sangriento.

Al contacto de la sangre hubo en todas las piedras un estremecimiento de vida, y las gemas dejaron de ser piedras para convertirse en larvas. Muy pronto desperezos de alas estallaron en las orugas de color; y corales y rubíes fueron mariposas de alas rojas, las esmeraldas mariposas verdes, los diamantes y las perlas mariposas blancas, el zafiro mariposa azul, en tanto que de las piedras policromas volaron policromas libélulas.

Psiquis, como todos los creadores, halló buena su obra, y se regocijó mucho al ver su tesoro convertido en bandada de insectos. Libélulas y mariposas, antes de huir, se posaron en la frente, el seno, la espalda y sobre todo en el cabello destrenzado de Psiquis, y en el cabello destrenzado mariposas y libélulas fingieron un torrente de pedrería; luego, revolotearon, llenando la estancia real de música de alas y palpitaciones de élitros, para escaparse al final a través de la ventana entreabierta y perderse a lo lejos, como Psiquis las vio perderse, entre las flores, entre los árboles, en el cielo azul, amándose al aire y al sol, muy libre y sanamente.

La reina, con refinada lentitud, saboreó su acto piadoso y, satisfecha de haberse conducido según el amor y la verdad, no adivinó las consecuencias fatales de su obra. ¡Ah!, no hay como la piedad para cometer grandes errores, y el acto piadoso de Psiquis fue el último y el mayor de sus errores. Cuando se apareció de nuevo ante los hombres, cuando su belleza, en lo alto del trono, surgió blanca y desnuda como un lirio, los hombres la desconocieron: miopes estultos, de no ver sino el esplendor de las joyas, habían olvidado la belleza incomparable de Psiquis. Y no solamente la desconocieron: entre la multitud hubo imbéciles que gritaron al verla: ¡inmoralidad!, ¡infamia!, ¡usurpación!

A tales gritos, la muchedumbre puesta en pie, desconcertada y loca, semejante a una ebria de mil cabezas, empezó a girar, a remolinar, a titubear, sin saber hacia dónde dirigirse, falta de amo, sin saber ante qué ídolo postrar sus rodillas de sierva habituada a la genuflexión, y así estuvo, desesperando y vacilando, hasta caer a los pies de un grotesco mamarracho de oro, que tenía forma de asno, con aire grave de pensador taciturno, sobre lomos y anca un trapo carmesí y por ojos dos inmensas crisolitas.

Aun en lo alto del trono, Psiquis experimentó la sensación desesperante que ha matado después a muchos hombres, la sensación angustiosa de una soledad infinita en medio de la muchedumbre. Viéndose perdida para siempre, bajó del trono y, como en su antigua romería expiatoria, se fue por el mundo, de templo en templo, de país en país, caminando, caminando, porque sus alas entorpecidas por la inacción no recordaban el ímpetu glorioso del vuelo. Recorrió todas las comarcas, de las cuales había sido reina y señora, y en ninguna parte la reconocieron los súbditos, despojada como iba de suntuosas insignias reales.

Por fin, después de muchos desengaños, decidió alejarse de los hombres y vivir, mientras las alas débiles cobraban nuevos bríos, en cumbres deshabitadas. Y así, alejándose de los hombres, vengose de estos, pues a medida que ella se alejaba, los hombres padecían más y más de una extraña ceguera que les obligaba a ver las cosas como al través de un velo áureo.

Pero los dioses reservaban a Psiquis, con la suprema alegría del vuelo, la alegría de hallar en una de las cumbres a las cuales trepó, en la cumbre más alta, al único de sus vasallos que supo reconocerla porque la nube color de oro no empañaba sus pupilas. Era un pobre diablo moribundo en la flor de los años, mitad mendigo, mitad trovero. Bohemio le llamaban desdeñosamente los hombres y lo creían estúpido porque despreció la riqueza, el poder y los abrazos infames. No tenía sino un manto agujereado por las lluvias del cielo y las piedras del camino, pero él no se hubiera trocado por el más rico poseedor de tesoros. Durante su vida vagabunda recogió claros de luna, puestas de sol, gorjeos de pájaros, fragancias y músicas del bosque, y con todo eso construyó sueños, muchos sueños, hasta haber en su alma tantos sueños como hay celdas en el panal y flores, por primavera, en las acacias.

Y como Psiquis no sabía de ingratitudes, no desamparó esa alma de poeta: antes bien, la llevó consigo, al irse en busca de un mundo nuevo, no manchado de humanidad; y siempre en compañía de esa alma voló, hasta posar los cándidos jazmines de sus pies en la Vía Láctea luminosa y desaparecer por la gran ruta del cielo, blanca y azul, empedrada de zafiros y diamantes.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

sábado, 2 de mayo de 2026

Pan

Margaret Atwood

 

Imagínate un trozo de pan. No tienes que imaginártelo, está aquí mismo en la cocina, encima de la tabla, en su bolsa de plástico, junto al cuchillo del pan. El cuchillo es antiguo, lo encontraste en una subasta; lleva la palabra PAN grabada en el mango de madera. Abres la bolsa, tiras del envoltorio, te cortas una rebanada. Le pones mantequilla, luego crema de cacahuate, luego miel, y la doblas. Se te escurre un poco de miel por los dedos y te los lames. Tardas como un minuto en comerte el pan. En este caso es pan integral, pero también hay pan blanco, en la nevera, y un cuerno de un pan de centeno que te compraste la semana pasada, entonces redondo como un estómago lleno, ahora poniéndose mohoso. De vez en cuando haces pan. Te lo tomas como algo relajante que hacer con las manos.

Imagínate una hambruna. Ahora imagínate un trozo de pan. Ambas cosas son reales, pero resulta que tú estás en la habitación con una sola. Ponte en una habitación distinta, para eso está la mente. Estás tumbada sobre un colchón fino en una habitación caliente. Las paredes son de tierra seca y tu hermana, que es más joven que tú, está en la habitación contigo. Está muriéndose de hambre, tiene el vientre hinchado, las moscas se le posan en los ojos; se las apartas con la mano. Tienes también un trapo, muy sucio pero húmedo, y se lo pones en los labios y la frente. El trozo de pan es el pan que has estado guardando, desde hace días, parece. Tienes tanta hambre como ella, pero no estás aún tan débil. ¿Cuánto dura esto? ¿Cuándo llegará alguien con más pan? Se te ocurre ir a ver si encuentras algo que se pueda comer, pero las calles están infestadas de personas buscando entre basura, y el hedor de los cadáveres lo invade todo.

¿Debes compartir el pan o dar el trozo completo a tu hermana? ¿Debes comerte el trozo de pan tú? Al fin y al cabo, tienes más probabilidades de sobrevivir, estás más fuerte. ¿Cuánto se tarda en decidir?

Imagínate una cárcel. Sabes algo que aún no has dicho. Los que controlan la cárcel saben que lo sabes. También lo saben los que no la controlan. Si lo dices, treinta o cuarenta o cien de tus amigos, tus camaradas, serán apresados y morirán. Si te niegas, esta noche será como la pasada. Siempre eligen la noche. Sin embargo, no piensas en la noche, sino en el trozo de pan que te ofrecieron. ¿Cuánto se tarda? El trozo de pan era de color tostado, y fresco, y te recordó la luz del sol sobre un suelo de madera. Te recordó un cuenco, un cuenco amarillo que había en tu casa. Contenía manzanas y peras; estaba sobre una mesa que también recuerdas. No es el hambre ni el dolor lo que te mata, sino la ausencia del cuenco amarillo. Si pudieras tener ese cuenco en las manos, ahora mismo, podrías soportarlo todo, te dices. El pan que te ofrecieron es subversivo, es traicionero, no significa vida.

Hubo una vez dos hermanas. Una era rica y no tenía hijos, la otra tenía cinco niños y era viuda, tan pobre que no le quedaba comida. Fue a su hermana y le pidió un bocado de pan. Mis hijos se mueren, le dijo. La hermana rica le dijo no tengo bastante para mí, y la alejó de la puerta. Entonces el marido de la hermana rica llegó a casa y quiso cortarse un trozo de pan; pero cuando dio el primer tajo, brotó sangre roja.

Todo el mundo supo lo que significaba.

Éste es un cuento de hadas alemán.

La barra de pan que he conjurado para ti flota medio metro por encima de la mesa de la cocina. La mesa es normal, no hay trampillas secretas. Un paño de cocina azul flota debajo del pan, y no hay hilos que aten la tela al pan ni el pan al techo ni la mesa a la tela, lo has demostrado pasando la mano por encima y por debajo. Pero no tocaste el pan. ¿Qué te lo impidió? No quieres saber si el pan es real o si es una alucinación que te he hecho ver camelándote de algún modo. No cabe duda de que ves el pan, hasta lo hueles, huele a levadura, y parece bien sólido, tan sólido como tu propio brazo. Pero ¿puedes fiarte de él? ¿Puedes comértelo? No quieres saber, imagínate eso.

 

(Tomado de www.bibliotecaignoria.blogspot.com)

 

El asedio

Emilio Díaz Valcárcel

 

I

Una familia normal y feliz, pensó apoyada sobre el volante. Un padre gordo y de apariencia próspera, recién afeitado, una bella pareja de niños, y una madre que alcanza ya los treinta años, mofletuda, satisfecha como toda mujer que siente colmados sus instintos cardinales.

Sintió subírsele a la garganta el confuso sentimiento de ilegitimidad que permanecía anclado en ominoso acecho en el fondo de su espíritu. Un espíritu contrahecho, pensó, regocijándose en su propio flagelo. O tal vez el espíritu esté intacto, murmuró agarrándose a una posible reconciliación consigo misma. Pero ningún alivio provino de este pensamiento. Y, sin saber por qué, tiró molesta de su falda hacia abajo, como si con ello cortara el torturante fluir de pensamientos que había comenzado justamente cuando ella detuvo el automóvil frente al edificio de departamentos. La falda, que delataba unas caderas secas, no era lo suficientemente larga para cubrir las rodillas nudosas, casi masculinas.

Neida no vendría a las tres. Tenía que cumplir compromisos con sus amigas, hablar del matrimonio, del joven actor de la última hora, de la temporada playera. Tenía que desenvolverse naturalmente entre los suyos. La podía ver sin mucho esfuerzo: menuda y ágil, primorosa en su ceñido traje beige.

Esperó quince minutos, apoyada aún sobre el volante. El hombre gordo y de apariencia próspera, la madre mofletuda y la bella pareja de niños, que durante un largo rato habían estado detenidos frente a la escalera principal del edificio en actitud de esperar a alguien, decidieron al fin entrar por la gran puerta de cristal esmerilado. (El macho vigilante y serio, cumpliendo a cabalidad su tradicional misión, seguido de la sumisa hembra y de la cría –meditó.) Imaginó esa familia ubicada en un siglo remoto: una tosca guarida en una cueva, el macho y la hembra en cueros, la cría comida por piojos y pústulas hoy desconocidos, trepando dificultosamente el primer peldaño de la historia humana. Esta imagen del origen del hombre la movía a risa. Era su desquite.

Neida, la maldita, la irresponsable Neida no vendrá –se dijo. Atisbó hacia el tercer piso torciendo el cuello por la ventanilla del auto hacia afuera: allí estaban las begonias, los geranios, la jaula con el canario que nunca canta, todo lo que resultaba familiar a su figura. Pero no vio la fina mano posada en la baranda, ni el dorado cabello reflejando el sol de la tarde. Encendió el motor y arrancó calle arriba. Al infierno si no quiso venir, se dijo.

Manejó durante quince minutos por las calles abandonadas. Eran las calles del domingo. Estaba aburrida. La radio sólo le ofrecía sermones religiosos. Se dirigió a las afueras de la ciudad.

 

II

Vio el letrero (LUGO’S) y se detuvo. Estacionó su automóvil cerca de la entrada y entró al establecimiento. En el patio interior danzaban lentamente unas parejas. Se sentó a una de las mesitas y pidió una bebida. Era su rutina. De casa de Neida al Country Club y de ahí al infierno. Afuera, los automóviles pasaban rugiendo por la ancha carretera de cemento.

Sospechó que tendría visita. Unos hombres la miraban moviendo los labios. Exactamente lo de siempre. Dos vientres abultados pasaron rozándose ante su nariz, movidos por la ligera música del gramófono, bajo el revuelo de hojas arrancadas por la incipiente brisa veraniega. El árbol de mango se elevaba en medio de la plazoleta, una plazoleta resquebrajada y llena de hojarasca. A la gente, a la estúpida gente le gusta la naturaleza, meditó. Neida con sus geranios y su canario machorro. El amor a la naturaleza, al orden, a la perfección…

–¿Bailamos, señorita?

Se sintió incómoda. Era como si le acreditaran un acto heroico que no le pertenecía, como si efectivamente hubiera habido una terrible equivocación al dirigirse a ella y condecorarla con las palabras. Pero tenía que participar de la farsa.

–Gracias. Espero a alguien.

No dio importancia al gesto del hombre. Ya no la alcanzaban. Estaba sola en el fondo de una soledad sin nombre, sin esperanzas de salir alguna vez hacia un mundo cálido y deseado, el mundo de los otros.

Desde una mesa, cuatro hombres la miraban y sonreían. Pensó que la habían descubierto. Se levantó y fue hasta el salón de las damas. El letrerito le despertó la amarga sensación de ilegitimidad que la abrumaba siempre que debía enfrentarse a sí misma. Se empolvó la nariz descuidadamente, ojeó su cuerpo seco y anguloso, se arregló distraída el severo cuello de anchas solapas, abotonado casi hasta la asfixia, y salió nuevamente a la plazoleta de baile. Sentía un ligero dolor de cabeza. Vas a tener problemas a la noche, se dijo. Tendrás que tomar por centésima vez ese maldito sedante.

Un matrimonio joven y dos niños ocuparon la mesa de al lado. Otra vez la imagen del matrimonio feliz, pensó. Los niños, como si hubiesen estado esperando el instante en que sus padres apoyaran los codos sobre la mesa, irrumpieron en el salón de baile, saltando, interrumpiendo en ocasiones a los bailadores. No los quiso mirar. Los odiaba. Temía que se le acercaran con sus latentes amenazas. Frente a ellos siempre estaría desarmada. Cada niño encubría el embrión de un enemigo: mientras mantuvieran su inocencia, no había por qué temer al peligro escondido en cada uno; pero sabía que con el correr del tiempo el conocimiento de la desgracia ajena les daría suficientes armas para la maldad. Había que esperar a que el germen creciera y se manifestara para entonces atacarlo debidamente. Entretanto, no tendría razones suficientes para demostrar su odio.

–¿Bailamos?

Hubiera golpeado aquella mano de dedos tabacosos extendida ante sus ojos, pero en cambio alzó la cara y movió negativamente la cabeza. Los niños la rozaron con su juego.

–Cuidado, pueden darse un golpe –dijo con disimulada furia (tuvo que decirlo, tuvo que aceptar que dos chicos jugaban frente a su mesa y que cuatro ojos paternales la observaban llenos de orgullo y estudiando en ella una posible reacción).

Pegó los labios a su vaso y sorbió con lentitud el gintonic. Adivinaba un sordo movimiento subterráneo, manos y rodillas acariciadas debajo de las mesas; un rumorante mundo de palabras íntimas y pasos bailados. Vio, sin proponérselo, al grupo de hombres que la vigilaban desde una mesa. Había aprendido a esquivar con éxito esa clase de mirada. Siempre que observaba a un hombre con detenimiento advertía su pronta petulancia, su inmediata preparación para el combate. El primitivo cazador, orgulloso y sobreposeído por sus dotes: el oscuro origen de la primacía y la actual petulancia masculina, meditó. Tendrás que quedarte recluida en casa. Tendrás que huir antes de que te encierren como a un animal extraño.

La camarera le trajo otro vaso de bebida. La miró un momento.

–¿Qué le pasó a tu prima?

–Se fue. No quiere trabajar más aquí.

–¿Dónde trabaja ahora?

–No lo sé. Dijo que se iba a casar.

–¿Sí?

–Sí. Ella dijo eso.

–¿Y tú, cuándo te casas?

–¡Cristiana!

–Todas las mujeres ambicionan casarse. ¿No te gustaría a ti?

–Claro. Pero los hombres son tan difíciles de entender que a veces es preferible quedarse soltera.

–Sí, algunas mujeres preferimos quedarnos solteras.

–¿Usted es soltera?

–Desde luego. Tengo mala suerte.

–No diga eso –dijo la chica–. La suerte la hace una misma.

–Es verdad. Yo misma he hecho mi mala suerte. Pero no me arrepiento. Y prefiero salir con amigas, no con hombres. Las amigas somos más sinceras.

Sorbió el brebaje mirando de reojo el cuerpo enjuto de la muchacha, los tirantes que le prestaban un aire absurdamente infantil, el talle alto, ridículo. Sin embargo, estaba formada exactamente igual que las demás.

–¿Y usted, espera a alguien?

La pregunta de la muchacha era inútil, pero el ritual debía ser ejecutado en su más mínimo detalle.

–Vine a tomar el fresco. No hay mucho que hacer los domingos por la tarde. ¿Por qué no te sientas un momentito?

–Ahora no puedo. Usted comprenderá, el trabajo.

No, no era sólo el trabajo, pensó mientras sonreía amablemente a la muchacha. Las curiosidades (ella era una curiosidad, estaba segura de eso) interesan a las personas, pero no tanto como para acercárseles peligrosamente. Sólo sirven para ser observadas desde lejos, desde la seguridad de un balcón, o a través de un espeso cristal, o desde un enrejado de zoológico.

La camarera le devolvió la sonrisa y se fue a atender a otros clientes.

–Estoy segura de que Dios Nuestro Señor no permitirá que nuestros hijos vayan a otra guerra –gritaba una mujer de mediana edad en una mesa cercana.

–Las guerras son fenómenos que pertenecen a los hombres –graznó el vejete que estaba a su lado–. Ellos saben cómo sacarles buen partido.

–Tú te olvidas de Dios –chilló la rubia mujerona, pegando los labios al vaso de cerveza–; tú te olvidas de Él, y todos nos olvidamos y ahí está el resultado, las muertes, mi marido muerto en la guerra.

–Eso estuvo bien –dijo el vejete–. Si no hubiera sido por eso, no estaríamos juntos disfrutando esta hermosa tarde.

–¡No hables de mi difunto marido! –sollozó la mujer, apresurándose a ingerir un largo sorbo–. Por lo menos respeta su memoria, ya que no respetas a su pobre viuda.

–Dios lo tendrá en su regazo.

–Eso es lo único que me tranquiliza, Liborio. Sírvete otro trago.

Si es verdad que Dios existe, pensó ella, debe ser lo más sadista que conoce la humanidad.

Los niños, después de corretear un largo rato por entre las mesas, regresaron jeremiqueando donde sus padres.

–Yo se los decía –gruñía la madre–. Encima de eso debiera darles una paliza.

–¡Agustina, Agustina! –intervenía el hombre.

La camarera la observaba desde el fondo del salón. Ella le hizo una discreta señal con la mano. Es ridícula, pensó, ridícula. La muchacha le sonrió y caminó hacia la barra. (La mujer de los primeros siglos, sin espejos, sin almizcle, sin Revlon… ahora los afeites, los tirantes, el rouge, la absurda estrategia).

La camarera puso la cuenta sobre la mesa.

–¿A qué hora sales?

–A las doce, a la una, depende de los clientes. ¿Por qué?

–Por nada. Pensé que podría venir a charlar un rato. Podríamos dar un paseo; no te imaginas lo sola que me siento.

La muchacha limpió la mesa, cobró, luego dijo:

–Lo siento de veras. Será otro día.

–¿Pero por qué? Yo tengo un carro, te puedo llevar a tu casa. Tú y yo nos podríamos llevar muy bien.

–Venga otro día. Hoy viene a buscarme un amigo.

Estaba mintiendo, pero se vio obligada a sonreírle. Ridícula, pensó envuelta en una súbita llama de rabia, ningún hombre se preocuparía por tu asqueroso cuerpo. Bebió un sorbo más. Las parejas bailaban en alegre torbellino, bajo la fresca brisa del anochecer. Es hora de que te largues, se dijo; no vale la pena gastar el tiempo entre esta basura.

 

III

Su departamento estaba ubicado en un quinto piso, frente a la avenida central del elegante suburbio capitalino.

Entró al amplio dormitorio y encendió la luz. Se contempló en el espejo. Te estás poniendo vieja, murmuró; te estás poniendo vieja sin haber logrado nada de la vida, sin haber sido ni siquiera un poco sincera. La imagen de Neida apareció en su memoria: sonriente, juguetona, un poco inocente ante sus palabras, burlándose de sus continuas lecturas, de las reproducciones de pintura moderna, pero seria, intolerante cuando llegaban los momentos íntimos, incapaz de ceder ante sus impulsos.

Levantó el auricular y marcó un número. Contuvo el aliento mientras hablaba:

–… sí, soy yo… ¿está Neida?

Mientras escuchaba la respuesta, le llegaba el ruido acolchado por la altura, de voces humanas y de bocinazos. A esa hora la ciudad entera empezaba a hervir llena de vida. Neida tal vez estaría perdida en ese tumulto. Tenía los ojos fijos en la primorosa reproducción de un Modigliani: una mujer en tonos ocres y rojizos, con un largo cuello estilizado. La copia fue comprada en Macy’s el invierno pasado, luego de la visita al Museo de Arte Moderno, después de las largas charlas sobre Arte y Personalidad Contemporáneos. Neida se había reído mucho de ese cuadro, y se había dejado caer sobe el canapé descuidadamente mostrando una blanca rodilla. Esa noche ella descubrió la furia con que Neida subrayaba sus negativas. Y el cuadro quedó allí, testigo mudo e inútil de otra noche perdida.

–… sí… muchas gracias, cuando regrese le dice que la llamé, gracias…

Colgó el auricular de un golpe. Miró hacia la ventana, cerca de la cual colgaba un grabado de Rafael Tufino. Un grupo de hombres desyerbando, trazados con vigorosas líneas. Esa puede ser la felicidad, meditó; en esos brazos nudosos y en esos rostros contraídos por la miseria hay un serio compromiso con la vida, una sinceridad de propósitos que tú, la scholar, la humanista, nunca has tenido.

Escuchó el creciente rumor nocturno. Domingo en la noche. Las parejas enamoradas bailaban bajo la luna, o hablaban en su particular jerga en los automóviles estratégicamente estacionados. El mundo, ese brillante mundo poblado de ruidos y luces fluorescentes se le desplomaba encima. Los cinematógrafos estaban repletos de jóvenes parejas, de jadeos; dedos ciegos como el instinto se sumergían en un mar de enaguas almidonadas. No quería pensar en la honradez del campo –representada en cierto sentido, en parte, por el grabado junto a la ventana– en la honradez amatoria del campo, en las orillas de los ríos, en el cálido abandono de los bosques, en los anónimos jergones primitivos donde el amor es más puro y menos dialéctico. El mundo seguía su curso, el curso normal, trazado por algún asesino. El rumor subía por la ventana: voces de hombres, de mujeres, risas, risas que golpeaban el centro mismo de su existencia.

Se asomó a la ventana. Vislumbró las siluetas en trajes de noche, los abrigos, la alegría, los descotes, el constante bullicioso fluir humano por la puerta del Casino. Casi podía adivinar la blancura de los dientes, la suavidad innominable de los cuellos femeninos, el concienzudo acicalamiento general, las espantosas manos de los hombres.

Sacó la cabeza ventana afuera. La brisa caliente, bochornosa, que pesaba sobre el ruidoso tráfago de la ciudad, le produjo vértigo. Escupió hacia la noche, hacia la humanidad, hacia aquella multitud de seres altivos y bárbaramente normales que la asediaban con el alarde de la felicidad. Escupió una, dos, tres veces, hasta que sintió que el llanto, un llanto duro que se negaba a humedecer su rostro, se cuajaba bajo sus párpados.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

viernes, 1 de mayo de 2026

El cuento mil y dos de Scheherazade

Edgar Allan Poe

 

La verdad es más extraña que la ficción.

(Antiguo adagio)

 

En el curso de ciertas investigaciones sobre el Oriente tuve hace poco oportunidad de consultar el Tellmenow Isitsöornot, obra que, a semejanza del Zohar, de Simeón Jochaides, es muy poco conocida aún en Europa, y que, según tengo entendido, no ha sido citada jamás por un estadounidense (si exceptuamos, quizá, al autor de las Curiosidades de la Literatura Norteamericana); como decía, tuve oportunidad de leer algunas páginas de tan notable obra y quedé no poco estupefacto al descubrir que el mundo literario había vivido hasta ahora en un extraño error acerca del destino de Scheherazade, la hija del visir, según se lo describe en Las mil y una noches. En efecto, si bien el dénouement de dicho destino, como se lo consigna allí, no es por completo inexacto, se anticipa en mucho a la realidad.

Para toda información sobre tan interesante tópico remito al lector inquisitivo al Isitsöornot; pero, entretanto, se me perdonará que ofrezca un resumen de lo que descubrí en este libro.

Se recordará que, en la versión usual de los cuentos árabes, un califa a quien no faltan buenas razones para sentirse celoso de su real esposa, no sólo la condena a muerte, sino que hace solemne promesa –por su barba y el Profeta– de desposar cada noche a la más hermosa doncella de sus dominios y de entregarla a la mañana siguiente al verdugo.

Luego de cumplir al pie de la letra su promesa durante varios años, con una puntualidad y un método que le valen gran renombre como persona de mucha devoción y buen sentido, cierta tarde se ve interrumpido (en sus plegarias, sin duda) por la visita de su gran visir, a cuya hija se le ha ocurrido una idea.

La joven en cuestión se llama Scheherazade, y la idea consiste en que redimirá el país del asolador impuesto a la belleza que pesa sobre él o que perecerá en la empresa como corresponde a toda heroína.

De acuerdo con su plan, y aunque no estamos en año bisiesto (lo cual hace más meritorio su sacrificio), Scheherazade envía a su padre, el gran visir, para que ofrezca su mano al califa. Éste la acepta rápidamente (pues estaba dispuesto a tomarla de todos modos, y sólo aplazaba la cosa por el miedo que tenía al visir), pero al hacerlo da a entender claramente a los interesados que, gran visir o no, mantendrá en todos sus puntos y comas la promesa hecha y sus privilegios reales. Por eso, cuando la hermosa Scheherazade insiste en casarse, y así lo hace a pesar del excelente consejo de su padre en el sentido de que no cometa semejante locura, es evidente que tiene sus hermosos ojos negros bien abiertos y que no se le escapa nada de la situación.

Parece ser, empero, que esta política damisela (que, sin duda, debió leer a Maquiavelo) tenía preparado un pequeño cuanto ingenioso plan. Con un pretexto especioso que ya he olvidado, se las arregló para que en la noche de bodas su hermana se acostara en un lecho lo bastante cercano al de la pareja real como para poder conversar del uno al otro. Poco antes de que cantaran los gallos tuvo buen cuidado de despertar al excelente monarca, su esposo (que la estimaba muchísimo, pese a que le haría retorcer el cuello por la mañana), interrumpiendo el profundo sueño que le daban su conciencia limpia y su excelente digestión, a fin de que escuchara la interesantísima historia (creo que sobre una rata y un gato negro) que estaba contando en voz muy baja a su hermana. Cuando salió el sol, sucedió que la historia no había terminado todavía y que Scheherazade no podría terminarla por la sencilla razón de que ya era tiempo de que se levantara y ofreciera su cuello al estrangulador, cosa muy poco preferible a la de ser ahorcada, aunque ligeramente más gentil.

Lamento decir que la curiosidad del califa prevaleció sobre sus sólidos principios religiosos, induciéndolo a posponer el cumplimiento de su promesa hasta la mañana siguiente, con intención y esperanza de enterarse por la noche qué había ocurrido al final con el gato negro (pues creo que era negro) y la rata.

Llegada la noche, no sólo Scheherazade dio la pincelada final al gato negro y a la rata (que era azul), sino que, antes de darse cuenta de lo que hacía, se vio arrastrada por el intrincado desarrollo de un relato concerniente, si no me engaño, a un caballo color rosa (con alas verdes) que se movía violentamente gracias a un mecanismo de relojería, al cual se daba cuerda con una llave color índigo. Este relato interesó al califa mucho más que el primero, y como amaneció sin que hubiera terminado (pese a los esfuerzos de la sultana por concluirlo a tiempo para acudir al estrangulamiento), no quedó otro remedio que aplazar otra vez la ceremonia veinticuatro horas. A la noche siguiente ocurrió algo parecido, con resultados similares; y también a la siguiente, y a la otra… hasta que, al fin, el buen monarca, después de haberse visto inevitablemente privado de cumplir su promesa durante nada menos que mil y una noches, la olvidó completamente al vencerse el término, se hizo relevar de ella en la forma habitual, o –lo que es más probable– se limitó a quebrarla, al mismo tiempo que la cabeza de su padre confesor. Sea como fuere, Scheherazade, que, como descendiente directa de Eva, había heredado quizá las siete cestas de charla que esta última dama, como es sabido, cosechó al pie de los árboles en el jardín del Edén, acabó triunfando sobre el califa y el impuesto a la belleza fue abolido.

Ahora bien, esta conclusión (que figura en la obra tal como la conocemos) es indudablemente muy justa y agradable, pero, ¡ay!, como tantas cosas, es mucho más agradable que verdadera. Debo al Isitsöornot la rectificación de este error. Le mieux –dice un proverbio francés– est l’ennemi du bien, y al mencionar que Scheherazade había heredado las siete cestas de la charla, hubiera debido agregar que las puso a interés compuesto hasta que llegaron a ser setenta y siete.

–Querida hermana –dijo en la noche mil y dos (transcribo literalmente los términos del Isitsöornot)–, ahora que este pequeño inconveniente de la estrangulación ha desaparecido, junto con el odioso impuesto, me siento culpable de una gran indiscreción por haberles ocultado a ti y al califa (quien, lamento decirlo, está roncando, lo cual no es propio de un caballero) la verdadera conclusión de la historia de Simbad el marino. Este personaje pasó por muchas otras e interesantes aventuras aparte de las que les he contado, pero, a decir verdad, aquella noche me sentía un tanto soñolienta y preferí abreviar mi relato. ¡Oh, infame proceder, del cual espero que Alá me perdone! Pero aún no es demasiado tarde para remediar mi negligencia y, tan pronto haya pellizcado un par de veces al califa y éste se despierte lo bastante como para cesar sus horribles ruidos, procederé a narrarte (y también a él, si así lo desea) la continuación de esta notable historia.

La hermana de Scheherazade, según noticias del Isitsöornot, no se manifestó demasiado entusiasmada ante esta perspectiva; pero el califa, luego de recibir suficientes pellizcos, terminó por interrumpir sus ronquidos y finalmente dijo “¡Hunt!”, y luego “¡Ejem!”, con lo cual la reina comprendió (por cuanto se trataba indudablemente de palabras árabes) que el monarca era todo atención y que trataría de no seguir roncando; la reina, repito, reanudó sin perder más tiempo la historia de Simbad el marino.

–Por fin, cuando ya era viejo –contó Scheherazade, y Simbad hablaba por su voz–, después de gozar de muchos años de tranquilidad en mi hogar, me sentí poseído una vez más por el deseo de visitar países lejanos; y un día, sin advertir a mi familia de mis intenciones, preparé algunos fardos de mercancías que aliaban la riqueza al poco bulto y, enganchando a un mozo de cuerda para que las llevara, bajé con ellas a la costa para esperar algún navío que quisiera sacarme del reino, rumbo a alguna región que no hubiera explorado todavía.

“Luego de dejar los fardos en la arena, nos sentamos bajo los árboles y miramos el océano, esperando percibir algún navío, pero durante varias horas no vimos ninguno. Me pareció por fin que oía un extraño sonido, entre zumbido y murmullo, y el mozo de cuerda afirmó que también él lo oía. No tardó en hacerse más intenso, y crecía en forma tal que no podíamos dudar del rápido acercamiento del objeto que lo provocaba. Por fin, en la línea del horizonte distinguimos una mota negra que aumentaba rápidamente de tamaño hasta convertirse en un enorme monstruo, nadando con gran parte del cuerpo fuera del agua. Avanzó hacia nosotros a una velocidad inconcebible, levantando enormes masas de espuma con el pecho e iluminando la parte del océano por el cual avanzaba con una larga línea de fuego que se extendía hasta perderse en la distancia.

“Cuando aquello se nos acercó, pudimos verlo con toda claridad. Su largo era comparable al de tres árboles entre los más altos, y su ancho semejante a la gran sala de audiencias de vuestro palacio, ¡oh, el más sublime y munífico de los califas! Su cuerpo no se parecía en nada al de los peces ordinarios; sólido como de roca, era de un negro azabache en toda la extensión que sobresalía del agua, a excepción de una angosta faja rojo sangre que lo circundaba por completo. El vientre, oculto por el agua, pero que veíamos por momentos cuando el monstruo subía y bajaba entre las olas, hallábase totalmente cubierto de escamas metálicas, cuyo color semejaba el de la luna con tiempo neblinoso. Su lomo era chato y casi blanco, y de él surgían hacia lo alto seis espinas de una altura casi igual a la mitad de su largo.

“Aquella horrible criatura no tenía boca visible, pero para compensar este defecto se hallaba provisto de veinte ojos por lo menos, que sobresalían de las órbitas como los de la libélula verde y se distribuían alrededor del cuerpo en dos hileras, una sobre otra, paralelamente a la franja rojo sangre que parecía una especie de ceja. Dos o tres de aquellos espantosos ojos eran mucho mayores que los demás y daban la impresión de ser de oro macizo.

“Aunque, como he dicho, la bestia se nos acercaba con enorme rapidez, parecía movida por artes de nigromancia, pues no tenía aletas como las de un pez, ni patas membranosas como un pato, ni alas como la concha marina a quien el viento impulsa como si fuera un barco. Tampoco se contorsionaba para avanzar, como la anguila. La cabeza y la cola se parecían muchísimo, salvo que a poca distancia de esta última había dos agujeros que servían de narices y por las cuales el monstruo exhalaba un espeso aliento con violencia prodigiosa, produciendo un agudo y desagradable sonido.

“Grandísimo fue nuestro espanto al contemplar cosa tan horrible, pero pronto se vio superado por el asombro que nos produjo ver sobre el lomo de aquella criatura una gran cantidad de animales de la misma forma y tamaño que los hombres y sumamente parecidos a éstos, salvo que no estaban vestidos (como lo está un hombre), sino que la naturaleza parecía haberles proporcionado unas feas e incómodas envolturas que daban la impresión de una tela, pero tan pegada a la piel como para que los pobres infelices tuvieran el aire más ridículo y pasaran por las peores molestias imaginables. En lo alto de la cabeza llevaban una especie de cajas cuadradas que a primera vista hubieran podido pasar por turbantes, pero que, como pronto advertí, eran muy pesadas y sólidas. Supuse entonces que se trataba de dispositivos calculados para mantener, gracias a su gran peso, las cabezas pegadas a los hombros. Noté que todas esas criaturas llevaban unos collares negros (símbolo de servidumbre, sin duda) como los que ponemos a nuestros perros, sólo que mucho más anchos y duros, al punto que las desdichadas víctimas no podían mover la cabeza en cualquier dirección sin mover al mismo tiempo el cuerpo; se veían así condenados a contemplarse incesantemente la nariz, espectáculo tan romo y tan chato como imaginarse pueda, por no calificarlo de espantoso.

“Una vez que el monstruo hubo llegado junto a la costa donde nos hallábamos, proyectó repentinamente uno de sus ojos hasta muy afuera, emitiendo por él un terrible resplandor de fuego seguido de una densa nube de humo y un estruendo que no puedo comparar con nada por debajo del trueno. Cuando se despejó el humo, vimos a uno de aquellos extraños animales-hombres parado cerca de la cabeza de la bestia, con una trompeta en la mano; llevándosela a la boca, no tardó en dirigirse a nosotros con acentos tan broncos, ásperos y desagradables, que hubiéramos confundido acaso con un lenguaje si no hubieran sido proferidos por la nariz.

“Como no cabía duda de que se dirigía a nosotros, me sentí perplejo y sin saber qué contestar, pues no había entendido una sola sílaba. En esta coyuntura me volví al mozo de cordel, que estaba a punto de desmayarse de terror, y le pregunté qué pensaba de aquel monstruo y si tenía idea de sus intenciones, así como de la naturaleza de los seres que llenaban su lomo. Venciendo lo mejor posible el temblor que lo dominaba, me contestó que había oído hablar de aquella bestia marina; que era un cruel demonio, con entrañas de azufre y sangre de fuego, creado por genios malignos para infligir desgracias a la humanidad; que aquellas cosas que había en su lomo eran sabandijas como las que a veces infestan a gatos y perros, sólo que más grandes y más salvajes, y que tenían su razón de ser, por más mala que fuera, ya que a causa de las torturas que infligían al monstruo mediante sus mordiscos y aguijonazos lo llevaban al grado de enfurecimiento necesario para que rugiera y cometiera maldades, cumpliendo así los vengativos y perversos propósitos de los genios malignos.

“Esta explicación me indujo a salir corriendo a toda velocidad y, sin mirar una sola vez hacia atrás, me interné como una flecha en las colinas, mientras el mozo de cordel corría con no menor celeridad, pero en dirección opuesta, al punto que logró finalmente escapar con mis fardos que no dudo habrá cuidado debidamente, aunque no puedo ratificar este punto pues no me parece que haya vuelto a verlo jamás.

“En cuanto a mí, fui perseguido por un enjambre de los hombres-sabandijas (que habían desembarcado en botes), hasta que no tardé en ser alcanzado, atado de pies y manos y conducido a bordo de la bestia, la cual echó a nadar de inmediato mar afuera.

“Me arrepentí entonces amargamente de haber abandonado un hogar confortable para arriesgar la vida en semejantes aventuras; pero como aquellas lamentaciones no servían de nada, traté de mejorar en lo posible mi situación, buscando asegurarme la buena voluntad del animal-hombre que esgrimía la trompeta, y que parecía ejercer autoridad sobre los otros. Tan bien lo logré que, pocos días más tarde, aquella criatura me dio varios testimonios de su favor, y llegó por fin a molestarse en enseñarme los rudimentos de lo que sería vano denominar un lenguaje; pero gracias a ello me fue posible hacerme entender de aquella criatura y expresarle mis ardientes deseos de ver el mundo.

“–Patapún catabón tirilín Simbad, mantantirulirulá rataplán chin pún –me dijo cierto día, después de cenar–. Pero me apresuro a pedir mil perdones, pues olvidaba que Vuestra Majestad ignora el dialecto de los “cockneys” (como se denominaban los animales-hombres, quizá porque su lenguaje constituía el eslabón entre el caballo y el gallo). Con vuestro permiso lo traduciré: “Patapún catabón”, etc., significa: “Me alegra descubrir, querido Simbad, que eres un excelente individuo; por nuestra parte, estamos cumpliendo ahora algo que se llama circunnavegación del globo, y ya que tienes tantos deseos de ver mundo, cerraré los ojos y te daré un pasaje gratis en el lomo de la bestia”.

El Isitsöornot declara que, cuando la dama Scheherazade hubo llegado a este punto, el califa se volvió sobre el lado derecho y dijo:

–Ciertamente, querida reina, es muy sorprendente que hayas omitido hasta ahora estas últimas aventuras de Simbad. ¿Sabes que las encuentro tan entretenidas como extrañas?

Habiéndose expresado así el califa, según nos cuentan, la hermosa Scheherazade continuó su relato con las siguientes palabras:

–Agradecí su gentileza al animal-hombre –dijo Simbad– y pronto me hallé muy a mi gusto sobre la bestia, que nadaba a velocidad prodigiosa a través del océano, a pesar de que éste, en la parte del mundo donde nos hallábamos, no era plano, sino redondo como una granada, por lo cual puede decirse que todo el tiempo subíamos y bajábamos por él”.

–Esto me parece sumamente raro –interrumpió el califa.

–Empero, es muy cierto –replicó Scheherazade.

–Lo dudo –dijo el monarca–, pero te ruego que tengas la bondad de seguir con tu relato.

–Así lo haré –continuó la reina–. La bestia –continuó Simbad– nadaba hacia arriba y abajo, hasta que llegamos a una isla de muchos cientos de millas de circunferencia que, a pesar de su tamaño, había sido levantada en mitad del océano por una colonia de pequeños seres semejantes a las orugas.

–¡Hum! –dijo el califa.

–Al abandonar la isla –continuó Simbad (pues Scheherazade no hizo caso de aquella intempestiva interjección de su esposo)– llegamos a otra donde había bosques de piedra tan duros que rompían el filo de las hachas más templadas, con las cuales tratamos de cortar sus árboles.

–¡Hum! –dijo nuevamente el califa; pero Scheherazade no le prestó atención y siguió hablando con las palabras de Simbad:

–Más allá de esta isla llegamos a un país donde había una caverna que entraba treinta o cuarenta millas en las entrañas de la tierra y que contenía mayores, más grandes y magníficos palacios que los existentes en Damasco y Bagdad juntas. Del techo de estos palacios colgaban miríadas de gemas, semejantes a diamantes, pero más grandes que un hombre; entre las calles llenas de torres, pirámides y templos, corrían inmensos ríos negros como el ébano, pululantes de peces sin ojos.

–¡Hum! –dijo el califa.

–Nadamos luego a una región del mar donde hallamos una elevadísima montaña, de cuyas laderas caían torrentes de metal fundido, algunos de ellos de doce millas de ancho y sesenta de largo; de un abismo en lo alto surgían cantidades tales de cenizas, que el sol había quedado completamente oculto en el cielo, y estaba más oscuro que en la más tenebrosa medianoche; aun a ciento cincuenta millas de aquella montaña era imposible ver el más blanco de los objetos, aunque lo pusiéramos contra los ojos.

–¡Hum! –dijo el califa.

–Luego de alejarnos de esta costa, la bestia continuó su viaje hasta llegar a una tierra donde la naturaleza de las cosas parecía haberse invertido, pues vimos un gran lago en cuyo fondo, a más de cien pies bajo la superficie, florecía con toda su vegetación un bosque de altos y exuberantes árboles.

–¡Hola! –dijo el califa.

–Cientos de millas más allá encontramos un clima donde la atmósfera era tan densa que sostenía el hierro o el acero, tal como el nuestro sostiene una pluma.

–¡Toma! –dijo el califa.

–Siguiendo siempre la misma dirección, llegamos a la región más admirable y magnífica de la tierra. Corría por ella un río de varios miles de millas de longitud. Era de insondable profundidad y de mayor transparencia que el ámbar. Su ancho variaba de tres a seis millas y sus márgenes se alzaban perpendicularmente hasta mil doscientos pies de altura, coronados por árboles de follaje perenne y flores del más dulce perfume, que convertían aquel territorio en un maravilloso jardín. Pero tan exuberante región se llamaba el Reino del Horror, y penetrar en él representaba inevitablemente la muerte.

–¡Toma! –dijo el califa.

–Nos alejamos aprisa de aquel reino y, tras algunos días, llegamos a otro donde nos asombró descubrir miriadas de monstruosos animales que tenían en la cabeza cuernos semejantes a guadañas. Aquellas horrorosas bestias cavan vastas cavernas en forma de túnel, disponiendo su entrada en forma tal que los animales que pisan las piedras que la forman se precipitan al interior de la guarida de los monstruos, quienes les chupan inmediatamente la sangre, transportando luego desdeñosamente sus restos a mucha distancia de las “cavernas de la muerte”.

–¡Bah! –dijo el califa.

–Continuando nuestro viaje, avistamos una zona donde hay vegetales que no crecen en el suelo, sino en el aire. Algunos surgían de la sustancia de otros vegetales; otros derivaban su alimento del cuerpo de animales vivos, y había algunos que ardían como si fueran un fuego intenso; otros que andaban de un lado a otro según su voluntad, y, lo que era aún más extraordinario, descubrimos flores que vivían, respiraban y movían sus partes a voluntad, y que compartían la detestable pasión humana por la esclavitud, sumiendo a otros seres en horribles y solitarias prisiones hasta que cumplían determinadas tareas.

–¡Cómo! –dijo el califa.

–Al salir de esta tierra no tardamos en llegar a otra donde las abejas y los pájaros son matemáticos de tanto genio y erudición que diariamente enseñan geometría a los entendidos del imperio. Cierta vez que el rey ofreció una recompensa por la solución de dos dificilísimos problemas, ambos quedaron instantáneamente aclarados, el uno por las abejas y el otro por los pájaros. Como el rey guardó la solución en secreto, sólo después de complicadísimas investigaciones y trabajos y de escribir infinidad de voluminosos libros en infinidad de años llegaron los matemáticos del reino a las mismas soluciones que las abejas y los pájaros habían dado en el acto.

–¡Demonio! –dijo el califa.

–Apenas había perdido de vista este imperio, cuando llegamos a otro, desde cuyas playas vimos volar una bandada de pájaros de una milla de ancho y doscientas cuarenta millas de largo; es decir, que, aun volando a razón de una milla por minuto, se requirieron cuatro horas para que pasara sobre nosotros la entera bandada, en la cual había varios millones de pájaros.

–¡Diantres! –dijo el califa.

–Tan pronto habíamos quedado libres de estos pájaros, que mucho nos molestaron, vimos surgir un ave de otra especie, infinitamente más grande que los rocs que había encontrado en mis anteriores viajes; era más grande que la mayor de las cúpulas de vuestro serrallo, ¡oh, el más magnífico de los califas! Este terrible pájaro no tenía cabeza visible, sino que parecía formado enteramente por un vientre de prodigioso grosor y redondez, constituido por una sustancia muy suave, lisa, brillante y de franjas coloreadas. El monstruo llevaba en sus garras (a su guarida, en las nubes, sin duda) una casa cuyo techo había probablemente arrancado, y en cuyo interior vimos claramente a varios seres humanos que parecían tan empavorecidos como desesperados por el espantoso destino que les aguardaba. Gritamos con todas nuestras fuerzas, esperando que el pájaro se asustara y soltara la presa; pero se limitó a exhalar una especie de resoplido, como de cólera, y luego dejó caer sobre nuestras cabezas un pesado saco que resultó estar lleno de arena.

–¡Cuentos chinos! –dijo el califa.

–Muy poco después de esta aventura encontramos un continente de vastísima extensión y prodigiosa solidez, el cual descansaba enteramente sobre el lomo de una vaca color celeste que tenía no menos de cuatrocientos cuernos.

–Esto sí lo creo –dijo el califa–, pues he leído algo por el estilo en algún libro.

–Pasamos por debajo de este continente, nadando entre las piernas de la vaca, y horas después nos encontramos en una región maravillosa que, según me informó el animal-hombre, era su propio país, habitado por seres de su misma especie. Esto aumentó muchísimo el concepto que de él tenía y empecé a avergonzarme del desprecio y la familiaridad con que lo había tratado hasta ahora. En efecto, descubrí que los animales-hombres constituían una nación de grandes magos que vivían con la cabeza llena de gusanos, los cuales sin duda servían para estimularlos con sus dificultosos retorcimientos y coletazos, a fin de que alcanzaran los más asombrosos grados de imaginación.

–¡Disparates! –dijo el califa.

–Entre los magos había diversos animales domésticos de lo más singulares. Por ejemplo, vimos un enorme caballo cuyos huesos eran de hierro y tenía agua hirviendo por sangre. En lugar de maíz lo alimentaban con piedras negras; a pesar de esa dura dieta era tan fuerte y veloz como para arrastrar una carga más pesada que el más grande de los templos de esta ciudad, a una velocidad que superaba la de la mayoría de los pájaros.

–¡Pamplinas! –dijo el califa.

–Entre esas gentes vi una gallina sin plumas más grande que un camello; en vez de carne y huesos era de hierro y ladrillos; su sangre, como la del caballo (al que mucho se parecía) era agua hirviendo, y, como él, sólo comía madera y piedras negras. Esta gallina producía con frecuencia un centenar de pollos en un solo día; después de nacidos se instalaban durante varias semanas en el estómago de su madre.

–¡Dislates! –dijo el califa.

–Un miembro de esta nación de brujos creó un hombre de bronce, madera y cuero, dándole tanta inteligencia que hubiera vencido al ajedrez a toda la humanidad, con excepción del gran califa Harún Al Raschid. Otro de estos magos construyó con materiales parecidos una criatura capaz de avergonzar el genio de su propio creador: tan grandes eran sus poderes razonantes que, en un segundo, efectuaba cálculos que hubieran requerido el trabajo de cincuenta mil hombres de carne y hueso durante un año. Pero otro mago todavía más asombroso fabricó una fortísima criatura que no era ni hombre ni bestia, pero que tenía cerebro de plomo mezclado con una sustancia negra como la pez y dedos que actuaban con tan increíble velocidad y destreza que no hubiera tenido dificultad en escribir veinte mil copias del Corán en una hora; todo esto con una precisión tan exquisita que no se hubiera podido encontrar un solo ejemplar que se diferenciara de los otros en el ancho de un cabello. Esta criatura era de una fuerza prodigiosa, al punto que creaba y destruía de un soplo los imperios más poderosos; pero sus aptitudes se aplicaban indistintamente al bien y al mal.

–¡Ridículo! –dijo el califa.

–En esta nación de nigromantes había uno que llevaba en las venas la sangre de la salamandra, pues no tenía escrúpulos en sentarse a fumar su chibuquí en un horno ardiente, hasta que su cena se cocinaba completamente en el suelo. Otro tenía la facultad de convertir los metales comunes en oro, sin siquiera mirarlos durante el proceso. Otro tenía un tacto tan delicado que llegó a fabricar un alambre invisible. Otro percibía las cosas con tanta rapidez, que contaba los movimientos de un cuerpo elástico mientras éste se movía hacia delante y hacia atrás a la velocidad de novecientos millones de veces por segundo.

–¡Absurdo! –dijo el califa.

–Otro de estos magos, ayudado por un fluido que nadie vio hasta ahora, podía hacer que los cadáveres de sus amigos movieran los brazos, patearan, lucharan e incluso se levantaran y danzaran. Otro cultivó a tal punto su voz, que podía hacerse oír desde un extremo al otro del mundo. Otro tenía un brazo tan largo que podía estar sentado en Damasco y escribir una carta en Bagdad o en cualquier otro sitio. Otro tenía tal dominio sobre el relámpago que podía hacerlo descender a su antojo; le servía luego de juguete. Otro tomó dos sonidos muy fuertes e hizo con ellos un silencio. Otro creó una profunda oscuridad con dos luces brillantes. Otro fabricó hielo en un horno ardiente. Otro obligó al sol a que pintara su retrato y el sol le obedeció. Otro tomó el astro rey, junto con la luna y los planetas, y luego de pesarlos cuidadosamente, sondeó sus profundidades y descubrió la solidez de las sustancias que los componen. Pero toda aquella nación posee una habilidad nigromántica tan sorprendente, que hasta sus niños y aun sus perros y sus gatos son capaces de ver fácilmente objetos que no existen, o que veinte millones de años antes del nacimiento de dicha nación habían sido borrados de la faz del universo.

–¡Ridículo! –dijo el califa.

–Las esposas e hijas de aquellos grandes e incomparables magos –continuó Scheherazade, sin preocuparse en absoluto de las repetidas y poco caballerescas interrupciones de su esposo– son de lo más refinadas y perfectas, y constituirían el ápice de lo interesante y de lo hermoso de no mediar una desdichada fatalidad que las agobia, y que ni siquiera los milagrosos poderes de sus esposos y padres han logrado remediar hasta el presente. Algunas de esas fatalidades adoptan cierta forma, mientras otras se presentan de diferente manera; pero me refiero, sobre todo, a la que asume la forma de una excentricidad.

–¿Una qué? –preguntó el califa.

–Una excentricidad –dijo Scheherazade–. Uno de los genios malignos que continuamente tratan de hacer daño indujo a tan perfectas señoras a creer que aquello que denominamos belleza natural consiste en la protuberancia de la región donde la espalda cambia de nombre. Les hicieron creer que la perfección de la hermosura se halla en razón directa con el volumen de dicha parte. Dominadas por la idea, y aprovechando que los almohadones son muy baratos en ese país, se ha llegado a un punto en que ya resulta difícil distinguir a una mujer de un dromedario….

–¡Detente! –exclamó el califa–. ¡No puedo ni quiero soportar semejante cosa! ¡Me has dado ya una terrible jaqueca con tus mentiras! Noto, además, que está amaneciendo. ¿Cuánto tiempo llevamos casados? Mi conciencia empieza a atormentarme. Y, además, ese asunto de los dromedarios… ¿Me tomas por imbécil? Lo mejor que puedes hacer es ir a que te estrangulen.

Según me entero por el Isitsöornot, estas palabras ofendieron y asombraron a Scheherazade, pero, como sabía que el califa era hombre de escrupulosa integridad y poco sospechoso de faltar a su palabra, se sometió resignadamente a su destino. Mucho se consoló (mientras le apretaban el cordón en el cuello) pensando que gran parte de su historia quedaba todavía por decir, y que la petulancia de aquel animal de su marido le estaba bien aplicada, pues por su culpa se quedaría sin conocer muchas otras inimaginables aventuras.

 

(Tomado de www.lecturia.org)