Mostrando entradas con la etiqueta Elena Garro (México). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Elena Garro (México). Mostrar todas las entradas

domingo, 25 de enero de 2026

Perfecto Luna

Elena Garro

 

Tal vez serían las once y media de la noche cuando Perfecto Luna pasó las últimas casas del pueblo. A esas horas ya todos dormían y nadie notó su paso. Todo gracias a Dios había sido muy simple: levantar las trancas de la puerta del almacén, husmear por la rendija y salir a la calle oscura. “Con tal de que no roben y que luego digan: miren al cabrón de Perfecto, se pasó a robar todo lo que había en la tienda”. Pero ¿qué otra cosa podía haber hecho? ¡No quería entregar su vida a un caprichoso! Sobre todo después de haber visto que en el otro mundo no había sino chiflones de aire frío. Ahora no le quedaba sino huir, borrar sus huellas abandonadas en el pueblo y en los caminos, tirar su nombre y buscar otro. No dejar rastro de Perfecto Luna. Pero, ¿qué nombre? No era tan fácil dejar de ser él mismo. Desde chico así lo nombraban y él había sido siempre Perfecto Luna, el albañil, el peón, el muchacho que servía para todo porque así lo había enseñado su patrón. Ahora tenía que olvidarse de lo que sabía y volver a empezar para ser otro. Le dio tristeza de sí mismo: ¡tan servicial y tan alegre como había sido! Pero así es la vida: a cada uno su mala o buena suerte. Recordó los nombres de sus amigos. Crisóforo Flores: ni modo de llamarse así, era robar el ánima de su amigo y, sin embargo, tal vez tendría que hacerlo. Crisóforo andaba siempre tan confiado, tan alegre, tan quitado de penas. Andaba como él había andado antes; Domingo Ibáñez era arriesgado, porque ese tenía las noches tristes. Justo Montiel, tampoco, no fuera que le diera por matar a los amigos.

Se salió de la vereda para agarrar a campo traviesa el rumbo de Actipan. Así, cuando todos lo buscaran por San Pedro, él andaría muy tranquilo por Acatepec. Le gustaba el mercado de Acatepec. Apenas llegara se iba a comprar su buen pañuelo de seda y comenzaría a buscar trabajo. Al fin, él para todo servía. Tardaría toda la noche en cruzar la huizachera, pero iba más seguro. ¿Quién iba a encontrar sus huellas entre aquellas matas? Apresuró el paso y se tropezó con una piedra. “¡Ora sí, Perfecto Luna, ya te desgraciaste un dedo!”, se dijo en voz alta para espantar aquel silencio redondo que en ese momento lo rodeó. Era mejor no mirar, el campo se había vuelto enorme. Empezaba a suceder lo que sucedía todas las noches desde hacía cinco meses: el silencio crecía de tal manera que era inútil tratar de decir cualquier palabra; allí nunca, a través de todos los siglos, había caído un ruido. Acababa de decir: “Ora sí, Perfecto Luna, ya te desgraciaste un dedo” y no lo había dicho. Las palabras habían salido en silencio y se le habían quedado prendidas en la punta de la lengua. Tenía que irse lejos de Amate Redondo y lejos de Perfecto Luna al que querían; por eso lo habían metido en aquellas noches redondas que duraban más que el día. Apretó el paso otra vez. Las capas de aire se separaron; su nariz quedó en el espacio vacío entre dos de ellas y casi no podía respirar. En cambio, a la altura de sus ojos y de sus cabellos, el aire soplaba sin soplar, levantándole los pelos y enfriándoselos, hasta sentir que miles y miles de hielitos le perforaban la cabeza. ¿Cuándo acabaría de salir de esos lugares extraños? “Seré Crisóforo Flores, no andaré por estos parajes y volveré a gozar con mis amigos”.

Delante de él, vio a un hombre que, agachado, buscaba algo entre los huizaches. Estaba muy inclinado sobre el suelo, tratando de ver en la oscuridad. Le dio gusto encontrarse con alguien en aquellas soledades. El hombre estaba allí, a dos pasos, impidiendo el camino. Por cortesía le dio las buenas noches.

–Buenas noches –contestó el desconocido sin abandonar su búsqueda.

–¿Busca algo? –Dijo Perfecto Luna amablemente, pensando que así lo diría Crisóforo Flores.

–Sí, contestó el desconocido con voz quejumbrosa. Y no lo hallo…

–¿Puedo ayudarlo, señor? –Preguntó Perfecto Luna, sintiéndose cada vez más Crisóforo Flores.

–Si fuera tan amable… –respondió el otro con voz débil.

Perfecto Luna se agachó a buscar aquel objeto perdido. De seguro era dinero, sólo que el ladino no se lo quería decir, por temor a que lo robara. Apenas veía entre las sombras y las piedras. Miró con curiosidad las piernas del desconocido; le pareció que llevaba huaraches y una tilma roja. Parecía moverse con dificultad, como si estuviera ciego. Tentaleaba trabajosamente, agarrándose a las piedras y a las matas.

–¡Ay, señor! –Dijo Perfecto Luna, sintiendo que de nuevo las palabras apenas le salían de la boca. El hombre no le hizo caso. Y siguió buscando, removiendo las piedras.

Perfecto Luna se sentó en el suelo, descorazonado.

–¡Ay, señor, a mí me han pasado cosas! –Continuó, olvidándose de ser Crisóforo Flores–. ¡Mire cómo me he quedado, en los puros huesos!

La confesión no conmovió al desconocido, ni lo hizo cambiar de actitud.

–¡Usted sabe que yo fui Perfecto Luna hasta esta noche!

–¡Caray, ya me canso de buscar y buscar! –Se quejó el desconocido.

–Ahorita le ayudo –ofreció Perfecto acordándose que debía ser el alegre Crisóforo. Y con energía se entregó otra vez a la búsqueda. El desconocido estaba ahora lejos, apenas veía su bulto blanco y rojo buscando entre los huizaches. Se sintió tranquilo en su compañía. Pensó: “esta será la última noche desgraciada; desde mañana, cuando yo sea Crisóforo Flores, nadie nunca más se acordará del que fui”.

–¡Señor! –Gritó con optimismo y sintiéndose ya en el otro día–: ¿Usted cree en los muertos?

–¿En los muertos? –Preguntó el otro sorprendido. Su voz le llegó desde muy abajo.

–Sí, señor, pero no en los muertos de cuerpo presente, sino en los otros…

–¿En los otros? –Volvió a preguntar el desconocido deteniéndose en su búsqueda.

–Sí, en los otros –contestó con aplomo Perfecto, cada vez más Crisóforo Flores–. ¡Figúrese usted, yo fui Perfecto Luna y tuve que dejar de serlo, por causa de un difunto!

–¡Ah! –Contestó el desconocido.

–¿Pasó usted por Amate Redondo? De seguro conoció a Don Celso, el dueño del almacén. Yo le debo a él todo lo que fui. Él me enseñó a trabajar mientras fui Perfecto Luna. Andaba yo en los cinco años, cuando ya le hacía los mandados. Con él me crie, porque fui huérfano de nacimiento. “Ándale, Perfecto, mira cómo se cepilla la madera. ¡Aquí quédate, Perfecto! Ya sabes cuánto cuesta un cuartillo de maíz, aquí lo marcas en la registradora”. Porque sólo Don Celso tiene registradora en Amate Redondo. Es el único que lo ha trabajado, aunque digan que se roba los gramos en los kilos. Y así viví, trabajando, hasta que Don Celso quiso hacer las mentadas accesorias.

Perfecto Luna guardó silencio. Recordó que hasta ese día había sido muy confiado. Don Celso le encargó que demoliera las casuchas que estaban detrás del almacén para construir unas viviendas como las de México. Se volvió otra vez con el azadón en la mano, tirando aquellos jacales. ¿Cuánto tiempo tardaría en hacer aquel trabajo? Vamos a decir un mes; y al cabo de ese mes todo quedó rasito y limpio. Hasta ese día también había sido alegre. ¿Qué le faltaba? Nada. Tenía buen trato y la estimación de sus amigos. Nadie le deseaba un mal. Fue un día cuatro de abril, cuando Don Celso le dijo: “Abre las zanjas para echar los cimientos”. Como a las doce del día, mientras ahondaba la zanja, encontró al muerto. Era un muerto viejo porque no quedaban de él sino los puros huesos. Le pareció volver a verlo, relumbrando al sol, con los brazos puestos sobre las costillas. “Habrá tenido, de seguro, una muerte mala, porque no tiene cabeza. ¿Quién lo mataría? ¿Dónde andará su cabeza?”

–¡Fíjese, señor, le falta la cabeza, seguro alguien lo degolló! –El desconocido no dijo una palabra.

–Lo malo, señor, es que cuando yo fui Perfecto Luna me gustaba ser maldoso. ¡Perfecto!, me gritó la señora de Don Celso, ven a comer. Puse mi cobija en el hoyo del difunto y me fui a comer. Me acuerdo que mientras echaban las tortillas, yo en mis adentros me andaba riendo.

–¿De qué te ríes? –Me preguntaron.

–Sólo yo lo sé.

Y sólo yo lo sabía. Después de comer envolví los huesitos en mi cobija y me los llevé a mi cuarto. “¡Vas a ver, muerto cabrón!” le dije. Llegó el día en que me vi haciendo los adobes… y Perfecto se volvió a ver revolviendo el lodo con las hierbas secas y silbando.

–¡Miren a éste, que gusto trae, ojalá y así trabajaran todos! –Decía Don Celso. Y era verdad, porque mientras fui Perfecto Luna, cualquier cosa me gustaba y todo me ponía contento. Me acuerdo que estaba yo envolviendo mi cigarro de hoja, cuando se me vino la idea al pensamiento. Me fui hasta mi cuarto, saqué el hueso del dedo de un pie y lo enterré en un adobe que había yo puesto a secar al sol. “Ya que te hicieron el favor de enterrarte separado, yo te lo voy a hacer completo”, le dije. Le puse una marca al adobe, para saber que allí estaba un pedazo de su tumba. Luego me traje una costilla y la metí en otro adobe con su señal. Y así hasta que me acabé los huesitos.

–Oiga, Don Celso, ¿qué le pasa a un muerto despedazado?

–Pues se vuelve loco, muchacho, buscando sus pedacitos.

–Ja, ja, ja –y me fui muy contento a ver mis tumbitas. ¡Lo que es ser muchacho y ser alegre, señor! –dijo Perfecto Luna sentándose de nuevo en el suelo y buscando con los ojos al otro, que indiferente seguía por allí sin hacerle caso. Con tristeza pensó que a nadie le importaba que él, Perfecto Luna, hubiera sido alegre, y que por causa de su alegría tuviera que dejar de ser él mismo. Recordó cómo empezó a construir las viviendas: cuidadosamente repartió los adobes con los huesos en los muros de las viviendas; no quedó ni un lugar de la vecindad en donde no estuviera enterrado “el sin cabeza”. Y él, gozoso, seguía abriendo ventanas, techando, haciendo puertas, mientras silbaba y se reía a solas.

–¡Mira, Perfecto, quedaron bonitas, ponles su lambrín azul!

–Yo eché el azul más vivo, señor, para alegrar el sepulcro encalado.

Y se volvió a reír a pesar suyo. “Ojalá y se vengan a vivir los Juárez, y que en la noche ‘el sin cabeza’ les jale las patas”, pensaba. Cuando las viviendas estuvieron terminadas Don Celso le encargó que las cuidara, no fuera a ser que los mocosos se metieran y rayaran las paredes. Olía a nuevo: a cal y a mezcla. Las paredes y los ladrillos del suelo todavía estaban húmedos; en todos los cuartos había presencia de lo limpio, lo no tocado por el hombre. Perfecto Luna tomó sus camisas, su petate y su cobija y se instaló en uno de los cuartos. Estaba cansado; se quitó los huaraches, se tendió en su petate y por la ventana miró la noche. El cielo estaba tranquilo y claro y desde donde estaba veía dos estrellas brillantes. Entrecerró los ojos. “¡Quién le hubiera dicho que él solito iba a hacer todo aquel trabajo!” Abrió los ojos y miró regocijado su obra: recorrió el techo, las paredes, la puerta y llegó otra vez hasta la ventana. Abajo de ella, una saliente pequeña marcaba una de las tumbas “del sin cabeza”. Se echó a reír y se le cuajó la risa. Los labios se le quedaron tiesos, y el cuarto se volvió tan oscuro que perdió la vista a la ventana. “¿Quién oscureció la noche?” Buscó a tientas la vela que había dejado junto al petate. Estiró el brazo y sintió que se le había hecho muy corto; en cambio el cuarto había crecido enormemente y la vela estaba lejos, fuera de su alcance. Se resignó a la oscuridad. Abrió mucho los ojos tratando de ver algo, pero la sombra se hacía cada vez más y más densa. “Creo que aquí espantan”. Se quedó quieto. De pronto vio brillar la marca que él había puesto en el adobe. “¡Es el sin cabeza!” Su corazón empezó a golpear con tal fuerza que le pareció que iba dentro de un río muy crecido. Sintió que se quedaba sordo. No le quedaba sino esperar a que amaneciera. Pero la noche se alargó en muchas noches. Cuando rayó el día, vio que su petate estaba húmedo de sudor.

–¿Qué te pasa, Perfecto? Andas muy desencajado.

No supo qué contestar. Apenas si probó su café, pensando que tenía que oscurecer. Con tristeza se sentó en el patio de las accesorias a ver cómo pegaba el sol en los tejados.

–Ya se está acabando el día… –dijo con pesadumbre. Cambió su petate y sus tiliches al segundo cuarto. Volvió la noche y él se acostó sin querer mirar por la ventana.

“Ahora no voy a mirar la noche”. Y apretó bien los ojos. Un ruido de alas recorría las paredes. Las alas giraban al tiempo que subían y bajaban por los muros. Pasaron sobre su frente y sobre su cuerpo. Se fue quedando helado. ¿Cuál sería el maldito hueso que hacía aquel ruido que no se oía? Y esa noche duró más que la anterior. Quería pensar cómo contentar al difunto pero las alas corrían a tal velocidad que no le permitían formular su pensamiento. Al amanecer, sus rodillas estaban adoloridas y apenas si pudo levantarse.

–Agarraste frío, Perfecto –le dijeron.

Y él no pudo contar lo que le había sucedido aquella noche inmensa con aquellas alas frías. Se puso el sol, pero las rodillas seguían duras y heladas. No tuvo tiempo de calentarse, porque ese día el sol duró muy poco. Le pareció que apenas acababa de cantar el gallo del amanecer, cuando oyó a las gallinas acomodarse en sus palos para dormir. Completamente desesperanzado trasladó su petate, su cobija y su vela al tercer cuarto.

–¡Muerto maldito, quédate en sosiego y no me quites la paz, que yo nunca le hice daño a nadie!

Se enrolló en su tilma para no pasar los fríos y cerró los ojos para no ver las sombras que lo envolvían. De una esquina del cuarto se desprendió un remolino de viento; zumbaba con gran violencia y se le vino a pegar al oído izquierdo. Por allí entró a gran velocidad, aturdiéndolo.

“Dime, ingrato difunto, ¿qué quieres que haga por ti?” Hubiera querido decir, pero las palabras se le quedaron embarradas en la lengua. Luego se la vendaron, como vendaron la pierna de Anselmo cuando le dieron de navajazos. Inmóvil, con la lengua ligada, sufrió aquel remolino que le acalambraba el cuerpo.

–Ya amaneció… –dijo con dificultad, cuando entró a la cocina a que le dieran su café caliente.

–¿Qué te pasa, muchacho? ¿Por qué hablas así? Parece que tienes la lengua amarrada.

Y Perfecto Luna agachó la cabeza y pensó que también ese día se iba a acabar muy pronto.

–Don Celso, ¿me deja dormir con “Alambritos”?

–A poco, muchacho, ¿Para qué lo quieres? ¿Te anda buscando el miedo?

Apenas acababa de agarrar a “Alambritos”, cuando ya había caído la noche. Amarró al perro con un mecate largo a la aldaba de la puerta del cuarto siguiente, y se tendió en el petate. ¡Se estaba quedando flaco y se le había muerto la risa! La oscuridad empezó a bajar del techo como una espesa nube negra que lo quería aplastar. “¿Qué quieres que haga por ti, difunto? No puedo deshacer las accesorias, para juntar de nuevo tus huesos”. Acababa de pensar eso, cuando vio que “Alambritos” empezó a aullar desde su nueva forma aplastada y plana como una hojita de papel. “Es cierto que andas aquí”, pensó Perfecto Luna. “¿Qué quieres? Yo te lo doy para que te vayas”. En ese momento la capa de sombras cayó sobre él como una cobija pesada y lo dejó sin pensamiento. ¡Lo quería a él! Toda la noche estuvo allí debajo de aquella cobija negra.

–¡Mira, muchacho, tienes las narices aplastadas! –le dijeron al verlo salir del cuarto. Las piernas apenas lo sostenían.

–Don Celso, ¿cuánto dura una noche?

–Lo mismo que todas las noches.

Ya los días apenas eran una raya de luz entre dos inmensas noches. No tenía tiempo ni de ponerse y quitarse los huaraches. La ropa se le empezó a hacer vieja en el cuerpo. ¡Qué esperanzas que se pudiera ir a recortarse los bigotes o el pelo! ¡Si apenas amanecía, ahí estaba ya la noche! No tenía tiempo ni de comer y se fue quedando en los puros huesos. Recorrió la fila de cuartos hasta que los acabó y en todos halló la presencia del difunto, que lo quería sacar de su pellejo. Desde lejos, arrinconado en el patio de las accesorias, oía a Crisóforo tocar la armónica y cantar con los amigos. De seguro estaban en la cantina. Eso lo sumía más en la tristeza, pues era el anuncio de que la noche estaba ahí esperándolo.

–¿Qué te pasa, muchacho? Si sigues así, no vas a tardar en entregar tu alma.

–¡Don Celso, déjeme que duerma en el almacén!

Así “el sin cabeza” vagaría furioso por todos los cuartos, sin hallarlo, pues él estaría durmiendo entre los manojos de canela y los costales de maíz.

–Ándale, pero si es por miedo, allí no lo vas a perder.

Cambió su petate al almacén. Parecía que esa noche llegaba más tranquila. El almacén estaba animado: los clientes bebían su última copa de tequila; Don Celso echaba sus cuentas; olía a alcohol y a especias. Se sintió aliviado. Dieron las diez y Crisóforo Flores, su amigo, se echó el último trago.

–Ahí te veo mañana, si amaneces, porque se te está poniendo cara de difunto… –Y se fue muy tranquilo, con su sombrero ladeado.

Don Celso le dio las buenas noches. Perfecto Luna cerró las puertas del almacén, vio que estaban muy sebosas, luego echó la tranca transversal que iba de muro a muro, se tendió en el mostrador y dejó la lámpara de gasolina ardiendo. Con la luz “el sin cabeza” no se atrevería. Aspiró con deleite el olor de la manteca, revuelto con el polvo de los frijoles, se sintió seguro y se estiró. En la trastienda se produjo un ruido. Buscó la vela y los cerillos, pero los tenía en la bolsa de su camisa de manta. El ruido aumentó. Era más prudente no ir a ver qué sucedía. Un ruido semejante acompañó al primero: algo caía, caía sin cesar, silbando dulcemente. Era como si dos costales de maíz dejaran escapar el grano por un agujero.

–¡Ora sí, el canijo está destripando los costales!

Los silbidos se multiplicaron. Todos los costales se vaciaban a gran velocidad. La trastienda se iba llenando de maíz, estaba seguro de eso. Con precaución miró hacia allí: la puerta colmada de granos se desbordaba y el maíz avanzaba por la tienda. Asombrado miró a su derredor. Estaba entre costales. Arriba de la puerta de salida había tableros cargados de sacos de ayate. En ese momento se abrió el primer costal y los granos cayeron sordos, en un chorro dorado, sobre el suelo. Luego se agujereó el segundo costal, luego el tercero, luego el cuarto, luego la tienda entera llovía maíz de todas sus paredes. El lugar del mostrador se fue estrechando. Vio que la puerta de la calle que antes había atrancado cuidadosamente estaba siendo bloqueada, pues los costales de arriba también estaban agujereados. Se levantó como pudo y a zancadas, enterrándose en el grano hasta los muslos, llegó a la puerta. Con dificultad levantó la tranca y logró, haciendo un esfuerzo, abrir una rendija, husmear la noche y salir a la calle.

–A estas horas, señor, estaría allí sepultado en el maíz, y “el maldito sin cabeza” me tendría cogido de los pelos para toda la eternidad. Pero me le fui. Y me le fui no solamente de Amate Redondo sino de Perfecto Luna, porque cuando lo busque ya no lo va a hallar. Ahora soy Crisóforo Flores. ¡Lo que es tener un poco de presencia de ánimo! ¿Verdad, señor? Por eso le preguntaba si creía usted en los muertos, porque antes “del sin cabeza” tampoco yo creía.

–¡Ah! –Contestó el desconocido de pie junto al narrador. Este apenas tuvo tiempo para ver el rostro sin rostro de su nuevo amigo: el cuerpo del desconocido terminaba sobre los hombros.

–¡Se endemonió! –Dijo Don Celso al día siguiente. Me soltó todo el maíz y murió en medio de la huizachera. ¡Caray! ¡Y parecía tan buen muchacho el tal Perfecto Luna!

 

(Tomado de Sainz, Gustavo, Los mejores cuentos mexicanos, Ediciones Océano, Barcelona, 1982)

 

martes, 21 de mayo de 2024

El zapaterito de Guanajuato

Elena Garro

 

Iba yo bajando la avenida, llevaba a Faustino de la mano, mi nietecito no decía nada, aunque yo bien veía que los tres días de girar por la ciudad, sin alimento y sin cobijo, lo habían amedrentado. “Sin dinero, sin familia y sin amigos, ¿qué será de nosotros?”, me iba yo diciendo, mientras veía las casas y las ventanas que me miraban pasar. Nunca fui pedigüeño y la vergüenza del hambre me hacía caminar sin ver por dónde pisaba. La ciudad es hosca por desconocida y todas sus calles, que son muchas, son ajenas a la tristeza de un fuereño. “¿Qué será de nosotros sin un alma que nos mire?”. Iba yo oyendo los pasitos encarrerados de Faustino, sin verlo, para no mirarle el hambre… “De seguro lleva la boca bien seca. Sufriendo se enseña el hombre…” así iba yo diciéndome, cuando la vi por primera vez. Estaba dentro de un coche nuevo, encaramada en el asiento, bien abrazada al hombre que la tenía tomada por la cintura. De él sólo vi el pelo negro asomando sobre un hombro de ella, y los brazos que la sostenían. Me dije: “¡Caray, aquí se besan en mitad de la calle y en plena luz del sol!”. Me llamó la atención su cintura delgadita adentro de su vestido blanco. La puerta del coche estaba abierta, y le vi las piernas tan desnudas como los brazos. Faustino también los vio. Y los dos vimos cuando ella levantó una mano y le dio una bofetada en mitad de los besos que se daban. Él, ofendido, echó la cabeza para atrás y ya no vi nada. No podía yo quedarme a mirar. “¡Viejo curioso!”, me hubieran dicho, y con sobrada razón. Faustino y yo seguimos bajando la avenida. “¡Qué genio tan vivo!”, me dije y ahora me digo: “¡Ojalá que Dios le detenga la mano, para que no acabe mal!”. De repente el coche nuevo pasó zumbando junto a nosotros. Vimos cómo adentro iban forcejeando: él para detenerla, ella con la portezuela abierta. El coche iba zigzagueando, como si fuera borracho. “¡Sea por Dios, con tal de que no les salga al paso un poste!”… Faustino y yo seguimos bajando la avenida a la que no le veíamos fin. La mentada avenida era como todas las calles de la ciudad de México: cerrada por paredes y por casas, sin desembocadura al campo. La luz por allá es muy blanca y sin verdura, y a esas horas del mediodía, con los ojos sin sueño, los pies andados y el estómago limpio, cansa. En mis ochenta y dos años ya he visto mucho, pero nada tan desamparado como los mediodías de la nombrada ciudad de México. Faustino iba espantado. Así me lo dijo ella cuando nos habló. Porque de repente la vimos venir andando de cara a nosotros. Su traje blanco relumbraba al sol. Parecía muy acalorada. Abrió tamaños ojos y se nos quedó mirando.

–No son de aquí, ¿verdad?

Nos vio fuereños, por los pantalones de manta, los huaraches y los sombreros ardidos de sol.

–No, niña.

Se quedó piensa y piensa; ella todo lo piensa mucho aunque parezca que no.

–¿En dónde paran?

–En ninguna parte, niña.

Era feo mendigarle y los dos preferimos bajar los ojos. Nos dio vergüenza la desdicha.

–¿Ya comieron?

Preguntó de frente y sin rodeos. ¿Para qué mentirle, si se nos veía el hambre? Se me nublaron los ojos, la vejez no sirve para atajar a las lágrimas cuando quieren correr.

–No, niña. Ni mi nietecito ni yo hemos probado alimento, en los tres días que llevamos girando por estas dichosas calles.

Le dije todo por el niño. El orgullo hay que hacerlo a un lado cuando hay criaturas.

–¿Tres días?

Nos miró como si dijéramos mentiras y luego se puso a mirar los coches que en esa avenida nunca dejan de pasar.

–¡Hay mucha hambre, niña! Mucha hambre. No sólo nosotros la padecemos, en mi pueblo todos andamos en la misma desgracia. Por eso venimos del campo a buscar consuelo en la ciudad.

–¡Estos bandidos del gobierno!…

Se enojó como las yeguas y dio patadas en el suelo.

–Vengan.

No me avergonzó su caridad. La hacía con enojo, como si ella tuviera la culpa de mi triste situación. La frescura de su casa nos consoló de la sequía de la calle. Sus sirvientas se pusieron a reír cuando nos vieron. Luego detuvieron la risa y se quedaron serias. Una de ellas se acercó a la señora Blanquita.

–Señora, ya van tres veces que llama, una después de la otra. Seguidito, seguidito.

La señora Blanquita se puso roja de mohína y apoyó la cara sobre la mano para no pensar. Todos nos callamos.

–Si llama otra vez díganle que no he llegado… o que me morí…

Sus sirvientas y ella se quedaron muy tristes. Faustino y yo hicimos como si no hubiéramos oído nada y como si no estuviéramos allí. Las sirvientas nos llevaron a un cuarto para reposarnos, mientras nos preparaban la comida.

–¡Cuánta molestia! –decía yo.

–No se mortifique, señor, estamos impuestas, así es la señora Blanquita.

Y así es. Por la tarde me quedé en la cocina platicando con ellas. Les conté de Guanajuato y de las tristezas que pasábamos: quería pagarles la cortesía del hospedaje y de la risa. Al oscurecer entró a la cocina la señora Blanquita. Estaba bien triste. Ocupó una sillita y se fumó dos cigarros, sin decir una palabra.

–Vete a ver al Chino, para ver si nos fía algo para la cena –dijo de repente.

Nunca pensé que una casa tan bien puesta y una señora tan bien vestida, no tuviera ni un centavo para cenar. ¡Parecía tan rica!

–El dinero se va como agua. Es maldito, ¿verdad?

Muy verdad que era maldito. Y así se lo contesté a la señora Blanquita.

–¿Hay mucha hambre en su tierra?

–Sí, niña, mucha.

Preguntando, preguntando, me hizo contarle mi vida, mis pesares, y la razón de mi viaje a la mentada ciudad de México. Soy de oficio zapatero, le dije, pero a causa de la pobreza ya nadie compra zapatos en Guanajuato. Por eso junté unos centavos, que le pedí al agiotista, y me puse a hacer algunos pares, para venir a venderlos a la ciudad de México, en donde todavía la gente rica lleva zapatos. Salieron muy bonitos, con hebillas de plata y tacones altos. Por allá somos mineros, y nos gusta tanto el oro como la plata. En otros tiempos todo fue de oro; los palacios, los peines, los altares y en algunas casas hasta los barrotes de las ventanas fueron de oro. Pero, ya digo, eso fue en otros tiempos. Ahora somos pobres, por eso vine hasta aquí a traer mis zapatos. Rosa, mi hija mayor, los envolvió en papel de seda, y me prestó a su hijo Faustino, para que me acompañara en el viaje. Mi hija Gertrudis nos preparó la comida y nos hizo el itacate. Y la mañana de un jueves nos pusimos en camino. A las tres de la mañana agarramos la carretera y caminamos hasta el mediodía. A esa hora hallamos albergue en la casa de un carbonero, que nos ofreció su compasión, su agua fresca y también su fuego para calentar las tortillas. Con él también hicimos noche. Nos fuimos de madrugada. Al despedirnos nos deseó la buena compañía de Dios y nos dijo que en el viaje de regreso nos recogería otra vez. En nueve días que duró el viaje, lo hicimos a buen paso, hallamos consuelo en la gente de bien, que nos compadecía. A mí, a causa de mis ochenta y dos años. Y a Faustino, mi nietecito, por sus ocho añitos tan tiernos. Cuando entramos en la ciudad de México, nos fuimos derechos a la Villa de Guadalupe, para dar gracias. Hicimos noche en los portales de la Villa, junto con otros peregrinos, que también venían en busca de consuelo para su hambre y sus pesares. Allí platicando, platicando, un señor me informó que en cualquier mercado me comprarían los zapatos.

–¡Qué bonitos! –me dijo cuando se los enseñé. Yo no me di bien cuenta de que los miró con codicia, sino hasta el otro día, cuando amanecí sin ellos. Faustino me dijo:

–Vamos a buscarlo, abuelo, al fin que no andará lejos.

Y así fue: nos pusimos busca y busca y busca sin hallarlo. El señor no era muy alto, llevaba una chamarra de cuero, tenía el pelo muy negro y se reía bonito. Pero no dimos con él. Andábamos en su busca, sin un centavo, y sin poder volver a Guanajuato, cuando la hallamos a usted, señora Blanquita.

La señora Blanquita nos miró compadecida.

–¿Y cuánto valían sus zapatos?

–Algo así como unos cien o quinientos pesos. Nunca lo supe de cierto, porque como le dije, no llegué a venderlos.

–¡Uy, qué bicoca!

Y la señora Blanquita se echó a reír. Hay que decir que ella no es de medias tintas, o se ríe mucho, o está bien enojada.

–Quinientos pesos… yo se los doy y le pago su boleto de autobús para que regrese a Guanajuato.

Mucho se lo agradecí. Le di mi nombre junto con las gracias: Loreto Rosales, para servirla. Y mi nieto, Faustino Duque, su servidor. Regresó la sirvienta que se llama Josefina, y que es frondosa y de buen parecer.

–El Chino dijo que ya es mucho lo que nos fía, y no quiso darme ni un pedacito de queso.

–¡Se asará en los infiernos!

Y la señora Blanquita salió de la cocina, diciendo palabras gruesas, ella que es tan delgadita. Esa noche cenamos café negro y tortillas duras con sal. Pero no nos afligimos, porque como nos dijo la propia señora Blanquita, todos estábamos al amparo de la Divina Providencia. Apenas acabamos de cenar, apagaron las luces de la sala y cerraron las cortinas de las ventanas que daban a la calle. También apagaron la luz de la cocina. La señora Blanquita y sus sirvientas se tiraron en el suelo, junto a las ventanas, para espiar la calle, por la rendija de una cortina apenas entreabierta.

–Allí está, señora Blanquita –dijo Josefina muy quedito.

–Mire, seño, está mirando para acá, patrullando la casa…

–Desgraciado, voy a llamar a la policía –dijo la señora.

–Sí, señora, péguele un susto antes de que nos mate.

Estuvimos espiando el peligro hasta quién sabe qué horas, porque Faustino y yo nos retiramos a dormir. Casi no dormí pensando en el enemigo que acechaba a la señora Blanquita. Oí las horas: las doce, la una de la madrugada y ellas allí seguían, espiando los pasos del malhechor, para estar prevenidas. Menos mal que la señora Blanquita parecía muy arredrada. Lo mismo que Josefina y que Panchita. Con ese pensamiento me dormí.

–¿Ya desayunó, don Loretito? –me preguntó la señora en la mañana.

–Ya, niña.

–Hoy le doy su dinero, para que vuelva a Guanajuato…

Y los días empezaron a correr y yo cada vez estaba más avergonzado. La señora Blanquita no tenía ni un centavo, y yo no podía hacer nada por ella, ni siquiera irme, porque la hubiera ofendido.

–¡Déjeme ir, señora Blanquita!

–¡Está loco, don Loretito!

Se reía, ponía música y bailaba. No se acongojaba por nada. Nunca salía, estaba muy amenazada. Por las noches espiaba la calle con sus criadas.

–¡Estamos enchiqueradas!

–Sólo Dios nos puede ayudar.

En el día Josefina iba a pedir fiado. Antes de salir se asomaba a los balcones.

–Voy en una carrera antes de que llegue y me agarre.

Y volvía enseguida con las compras fiadas. Mientras preparaba la sopa de fideos y las quesadillas de flor de calabaza, cantaba. Tenía bonita voz la tal Josefina. Panchita también cantaba mientras tendía las camas y limpiaba los espejos. La señora Blanquita, tantito bailaba y tantito bordaba. Yo me hallé bien y ya no pedía irme. ¿Qué más quería? Tenía buen trato y buena compañía. A mi nieto lo dejaban jugar con el radio. De la ciudad ya ni me acordaba. Algún día la Divina Providencia nos recordaría y nos mandaría el dinero que necesitábamos. Entonces, con todo el dolor de mi corazón, yo me regresaría a Guanajuato. Y digo con todo el dolor porque me había engreído con esas tres mujeres: es difícil hallarlas tan reidoras. Así pensaba yo, y así se me pasaban los días. Fue una tarde, cuando ya empezaba a pardear, cuando llamaron a la puerta. Desde mi cuarto alcancé a oír la voz de Josefina.

–Perdone, señor, pero no puedo agarrar el paquetito…

–¿Por qué no? –era tamaño vozarrón de hombre.

Oí que Josefina cerró la puerta de golpe.

–¡Señora Blanquita, dejaron esto! –gritó Josefina apesadumbrada.

–¡Estúpida! ¿Por qué lo agarraste?

Oí que deshacían el paquetito.

–¿Ves?, ¿ves? ¡Mira!, ¡mira!

No me atreví a asomar la cabeza para ver qué habían traído. Josefina entró muy disgustada.

–La van a matar… la van a matar…

Al rato vi que Faustino estaba jugando con dos muñequitas rotas. Las dos estaban vestidas de novia y los vestidos blancos estaban hechos jirones, las mechitas güeras casi arrancadas.

–¿Dónde las encontraste, muchacho?

–Ahí estaban, en el suelo.

Pedimos unas agujas y un poco de hilo y nos pusimos a componerlas. En eso estábamos cuando volvieron a llamar a la puerta. Me puse en guardia, para algo había yo de servir a pesar de mis ochenta y dos años.

–¿La quiere matar? –gritó Josefina.

–¡Para que floree su tumba! –oí el mismo vozarrón de hombre.

–¡Señora!… Señora Blanquita.

También yo salí a ver: allí estaban, regadas en el suelo, quién sabe cuántas rosas rojas.

–¡Las aventó, señora, cuando yo no las quise agarrar!

–Flores en el suelo de mi casa, ¡qué mal agüero!, ¡qué mal agüero! –gritó la señora Blanquita.

Bien roja de mohína las empezó a levantar, abrió la ventana y las tiró a la calle. Josefina la ayudó. En cambio Panchita agarró una docena y la escondió en uno de los baños.

–Venga a ver, don Loretito.

La señora me llevó al balcón. Ya había oscurecido y las flores con la luz de los faroles, brillaban como confeti. Lástima que los coches les pasaran por encima. Nos metimos cuando vimos que todas estaban machucadas. Al rato volvieron a llamar a la puerta, pero esta vez eran golpes muy recios, como si quisieran echarla abajo. Me pareció que le daban de patadas o de cachazos de pistola.

–¡Yo abro, Josefina!

Vimos pasar a la señora Blanquita, como una centella. Iba embravecida.

Luego ya no oímos nada. Con precaución salimos del cuarto, en el suelo del salón había otro tanto de rosas rojas, y la puerta de la calle estaba completamente abierta.

–¡Se la llevó! –gritó Josefina.

–Sí, se la llevó –repitió Faustino.

Los cuatro nos vimos muy espantados. Sólo Dios sabía a dónde y si algún día la devolvería. Apenas íbamos a decir algo, cuando la señora Blanquita se nos apareció de nuevo. Venía bien revolcada, con el pelo lacio sobre la cara y su vestido blanco, roto.

–¡Me echó el coche encima!… Dame un tequila…

La señora se dejó caer en una silla de seda. Tenía las rodillas raspadas. Josefina le limpió la sangre de las piernas, le arregló el pelo y le pasó un pañuelo por la cara. Panchita nos dio a todos un buen fajo de tequila.

–Ande don Loretito, para el susto.

Con la señora Blanquita va uno de sobresalto en sobresalto. Se bebió su tequila de un trago, se repuso, se levantó y se fue al teléfono.

–Haga el favor de venir a la esquina de mi casa. A ver si tiene valor de decírmelo en mi cara… Lo espero en diez minutos.

Al rato entró a la cocina bien girita. Llevaba otro vestido. Nos sonrió, pero yo vi que estaba bien enojada. Buscó y buscó entre los cuchillos y luego escogió un martillo. Se lo puso bajo el brazo, con la cabeza para arriba, el palo pegado al cuerpo y lo sostuvo con el brazo. Parecía que iba desarmada. ¡Es ladina, y sabe muy bien lo que hace!

–Ahorita vengo.

Nos tiró un beso con la mano libre y se fue. Las muchachas se me quedaron mirando: “Viejo tarugo, ¿para qué sirve?”. Les leí el pensamiento.

–Voy a seguir sus pasos… nunca se sabe…

Salí a la calle, que no había pisado en muchos días. De noche había tantos automóviles como al mediodía, y sus faroles la llenaban de reflejos. A causa de ellos, no atinaba yo a ver por dónde andaba la señora Blanquita. De repente la vi en la acera de enfrente. Junto a ella estaba un hombrón muy alto. Parecía que no se hablaban, nada más se miraban: midiéndose. Me metí entre los coches, y con mucha cautela, me acerqué.

–¡Sígame!

–Aquí no –gritó la señora.

El hombrón se volvió para todas partes, buscando.

–Debe tener usted a sus indios guardándola –dijo temeroso.

–Sígame.

La señora se echó a andar y el hombre la fue siguiendo, mirando, mirando para todas partes, desconfiado. A mí no me vio. ¿Quién se fija en mí? ¡Nadie! Nadie sabe ver a un pobre. Además yo sé caminar sin que me miren. Me lo enseñaron de chiquito. Nos fuimos metiendo por unas calles con jardines y sin gentes. ¡Muy oscuras! Yo me escurría entre los árboles y los pocos postes de luz. También me arrimaba a las puertas y a las rejas. La señora Blanquita iba muy adelante, caminando sin volver la cabeza, con los brazos pegados al cuerpo, escondiendo el arma, bien derechita. Dio vuelta a la izquierda y él la siguió. Yo me arrimé a la esquina y miré. Él me daba la espalda. Ella se le fue acercando.

–A solas, repítame lo que dijo.

–¿Lo que dije?… ¿qué dije? –preguntó el hombre asustado.

–¡Repítame lo que me dijo!

–Eres mala. Muy mala…

Y el hombre dio la vuelta después de dar su queja. Apenas le dio la espalda, la señora Blanquita sacó el martillo, lo levantó, agarrándolo con las dos manos y le dio un golpe seco sobre la nuca. La cabeza del martillo brincó sobre la acera y se fue rebotando hasta media calle. ¡Así de recio fue el golpe! El hombre dio unos pasos bamboleándose. A la luz de los faroles le vi los ojos en blanco. Luego, como borracho se fue a media calle y a tientas buscó la cabeza del martillo, la agarró y alcanzó a tirarla adentro de un jardín. Después se dejó caer al suelo y se cogió la cabeza entre las manos. La señora Blanquita se acercó a rematarlo con el palo del martillo. Pero el hombre se lo arrebató de un manotazo y lo tiró adentro del jardín.

–¡Traidora!… Das por la espalda…

Estaba enojada de haber dejado vivo a su enemigo. Era valiente, porque el enemigo era bien fornido, le sacaba la cabeza y pesaba el doble que ella. Allí sentado, le vi tamañas manos y tamañas espaldas. La señora lo miró un rato y luego agarró el camino de su casa. El hombre se levantó para seguirla. Pasaron muy cerquita de mí, sin verme. Yo los seguí. “Mientras ella lleve la ventaja, yo no meto las manos. Es bien bragada y defensa no necesita”, me iba yo diciendo, cuando llegamos a la última callecita, la que desemboca en su avenida. Allí ella se detuvo, pensando, ¡adivinar en qué! Cerca de la esquina había un estanquillo abierto.

–¡Cómpreme unos cigarros! –ordenó.

Me acordé que desde la mañana no fumaba, porque el Chino no había querido fiarle sus Monte Carlo.

–Sí, mi amor…

Oí que contestaba su enemigo. Y con cautela, se paró en la puerta del estanquillo, para cuidar la bocacalle y que ella no ganara la avenida. Le estaba cerrando el paso. Ella lo miró y reculó muy despacito, muy despacito. Cuando el enemigo entró a pagar los cigarros, la señora Blanquita miró para todas partes, buscando salida en la callecita oscura, pero no tenía más remedio que pasar frente a la puerta del estanquillo. Miró para el cielo y se halló con las ramas del fresno. Sin pensarlo, se trepó al árbol como un gato y desapareció en lo oscuro del follaje. El hombre salió con los cigarros en la mano y no la vio. Pero no se desanimó: alerta, fue calle arriba, mirando para todas partes, escudriñando los jardines, las rejas, las salientes de las casas. Luego, calle abajo. Luego otra vez calle arriba, buscando; luego otra vez calle abajo. Yo me senté en el borde de la acera, me bajé el sombrero y me hice el que dormía, mientras lo miraba: calle arriba, calle abajo. El árbol de la señora Blanquita estaba muy quietecito. Y el hombre seguía calle arriba, calle abajo, mirando para todos lados. “¡Condenado, sabe que no ha salido de estos andurriales y le anda cerrando el paso!”. Pasó más de una hora. Cerraron el estanquillo y el hombre seguía calle arriba, calle abajo. De seguro la señora Blanquita lo miraba y por eso no se movía.

–¡Écheme un cigarro! –gritó de pronto desde las ramas del fresno. Siempre he dicho que tanto el hombre como la mujer siempre se venden por sus vicios.

–¿Dónde, Blanca, dónde? –preguntó el hombre dando vueltas como trompo.

–Acá arriba.

–¿Dónde?

–¡En el fresno!

El enemigo se agarró al tronco del árbol y le dio tanta risa, que a mí también me la contagió. Se reía tanto, que trabajo le costó tirarle los cigarros, porque ella no quiso bajarse.

–¡Lárguese, para que pueda volver a mi casa!

–¡Quiero verle la carita!

–No se puede. Sólo mis amigos pueden verla.

–¿Cuánto vale su carita? ¡La compro!

–¡Quinientos pesos!

–¿Los mismos que me pediste?

–¡Los mismos! Se los debo al zapaterito de Guanajuato.

Se me quitó la risa. El zapaterito de Guanajuato era yo, Loreto Rosales. Me agaché bien. No quería que nadie me viera la cara. Me dio vergüenza que yo, Loreto Rosales, pusiera a una señora en el trance de matar a martillazos al mal hombre que le negaba ¡quinientos pesos!

–¿En dónde está su zapaterito, para dárselos?

–En un lugar secreto y usted no lo verá.

En verdad no debía verme. Me fui hasta la esquina bien agachado. Pasé frente al estanquillo, que tenía las puertas cerradas. Di la vuelta, llegué a la avenida y gané la casa. Entré y agarré a Faustino y luego tomé el camino de regreso a Guanajuato. Hice once días, porque no hallaba la salida de la mentada ciudad de México. Me fui hasta sin despedirme, porque hay veces en que no despedirse es de más cortesía. En los once días de andada, me reconfortaba pensar que yéndome, libraba a la señora Blanquita de la cárcel. Hace ya siete días que llegué a mi casa. Pero no estoy tranquilo. Anoche soñé a la señora Blanquita, parada en el Hemiciclo a Juárez, buscándome. Tal vez me necesite. Por eso de buena hora agarré el camino de regreso a México. A buen paso, Faustino y yo llegaremos en nueve días, y allá veremos qué es menester que hagamos por ella. Al fin que mientras ella lleve la ventaja, yo no meteré las manos… Aunque con la señora Blanquita, nunca se sabe, nunca se sabe…

 

martes, 14 de mayo de 2024

La culpa es de los tlaxcaltecas

Elena Garro

 

Nacha oyó que llamaban en la puerta de la cocina y se quedó quieta. Cuando volvieron a insistir abrió con sigilo y miró la noche. La señora Laura apareció con un dedo en los labios en señal de silencio. Todavía llevaba el traje blanco quemado y sucio de tierra y sangre.

–¡Señora!… –suspiró Nacha.

La señora Laura entró de puntillas y miró con ojos interrogantes a la cocinera. Luego, confiada, se sentó junto a la estufa y miró su cocina como si no la hubiera visto nunca.

–Nachita, dame un cafecito… Tengo frío.

–Señora, el señor… el señor la va a matar. Nosotros ya la dábamos por muerta.

–¿Por muerta?

Laura miró con asombro los mosaicos blancos de la cocina, subió las piernas sobre la silla, se abrazó las rodillas y se quedó pensativa. Nacha puso a hervir el agua para hacer el café y miró de reojo a su patrona; no se le ocurrió ni una palabra más. La señora recargó la cabeza sobre las rodillas, parecía muy triste.

–¿Sabes, Nacha? La culpa es de los tlaxcaltecas.

Nacha no contestó, prefirió mirar el agua que no hervía.

Afuera la noche desdibujaba a las rosas del jardín y ensombrecía a las higueras.

Muy atrás de las ramas brillaban las ventanas iluminadas de las casas vecinas. La cocina estaba separada del mundo por un muro invisible de tristeza, por un compás de espera.

–¿No estás de acuerdo, Nacha?

–Sí, señora…

–Yo soy como ellos: traidora… –dijo Laura con melancolía.

La cocinera se cruzó de brazos en espera de que el agua soltara sus hervores.

–¿Y tú, Nachita, eres traidora?

La miró con esperanzas. Si Nacha compartía su calidad traidora, la entendería, y Laura necesitaba que alguien la entendiera esa noche.

Nacha reflexionó unos instantes, se volvió a mirar el agua que empezaba a hervir con estrépito, la sirvió sobre el café y el aroma caliente la hizo sentirse a gusto cerca de su patrona.

–Sí, yo también soy traicionera, señora Laurita.

Contenta, sirvió el café en una tacita blanca, le puso dos cuadritos de azúcar y lo colocó en la mesa, frente a la señora. Ésta, ensimismada, dio unos sorbitos.

–¿Sabes, Nachita? Ahora sé por qué tuvimos tantos accidentes en el famoso viaje a Guanajuato. En Mil Cumbres se nos acabó la gasolina. Margarita se asustó porque ya estaba anocheciendo. Un camionero nos regaló una poquita para llegar a Morelia. En Cuitzeo, al cruzar el puente blanco, el coche se paró de repente. Margarita se disgustó conmigo, ya sabes que le dan miedo los caminos vacíos y los ojos de los indios. Cuando pasó un coche lleno de turistas, ella se fue al pueblo a buscar un mecánico y yo me quedé en la mitad del puente blanco, que atraviesa el lago seco con fondo de lajas blancas. La luz era muy blanca y el puente, las lajas y el automóvil empezaron a flotar en ella. Luego la luz se partió en varios pedazos para convertirse en miles de puntitos y empezó a girar hasta que se quedó fija como un retrato. El tiempo había dado la vuelta completa, como cuando ves una tarjeta postal y luego la vuelves para ver lo que hay escrito atrás. Así llegué en el lago de Cuitzeo, hasta la otra niña que fui. La luz produce esas catástrofes, cuando el sol se vuelve blanco y uno está en el mismo centro de sus rayos. Los pensamientos también se vuelven mil puntitos, y uno sufre vértigo. Yo, en ese momento, miré el tejido de mi vestido blanco y en ese instante oí sus pasos. No me asombré. Levanté los ojos y lo vi venir. En ese instante, también recordé la magnitud de mi traición, tuve miedo y quise huir. Pero el tiempo se cerró alrededor de mí, se volvió único y perecedero y no pude moverme del asiento del automóvil. “Alguna vez te encontrarás frente a tus acciones convertidas en piedras irrevocables como ésa”, me dijeron de niña al enseñarme la imagen de un dios, que ahora no recuerdo cuál era. Todo se olvida, ¿verdad Nachita?, pero se olvida sólo por un tiempo. En aquel entonces también las palabras me parecieron de piedra, sólo que de una piedra fluida y cristalina. La piedra se solidificaba al terminar cada palabra, para quedar escrita para siempre en el tiempo. ¿No eran así las palabras de tus mayores?

Nacha reflexionó unos instantes, luego asintió convencida.

–Así eran, señora Laurita.

–Lo terrible es, lo descubrí en ese instante, que todo lo increíble es verdadero. Allí venía él, avanzando por la orilla del puente, con la piel ardida por el sol y el peso de la derrota sobre los hombros desnudos. Sus pasos sonaban como hojas secas. Traía los ojos brillantes. Desde lejos me llegaron sus chispas negras y vi ondear sus cabellos negros en medio de la luz blanquísima del encuentro. Antes de que pudiera evitarlo lo tuve frente a mis ojos. Se detuvo, se cogió de la portezuela del coche y me miró. Tenía una cortada en la mano izquierda, los cabellos llenos de polvo, y por la herida del hombro le escurría una sangre tan roja, que parecía negra. No me dijo nada. Pero yo supe que iba huyendo, vencido. Quiso decirme que yo merecía la muerte, y al mismo tiempo me dijo que mi muerte ocasionaría la suya. Andaba malherido, en busca mía.

–La culpa es de los tlaxcaltecas –le dije.

Él se volvió a mirar al cielo. Después recogió otra vez sus ojos sobre los míos.

–¿Qué te haces? –me preguntó con su voz profunda. No pude decirle que me había casado, porque estoy casada con él. Hay cosas que no se pueden decir, tú lo sabes, Nachita.

–¿Y los otros? –le pregunté.

–Los otros salieron vivos andan en las mismas trazas que yo –vi que cada palabra le lastimaba la lengua y me callé, pensando en la vergüenza de mi traición.

–Ya sabes que tengo miedo y que por eso traiciono…

–Ya lo sé –me contestó y agachó la cabeza. Me conoce desde chica, Nacha.

Su padre y el mío eran hermanos y nosotros primos. Siempre me quiso, al menos eso dijo y así lo creímos todos. En el puente yo tenía vergüenza. La sangre le seguía corriendo por el pecho. Saqué un pañuelito de mi bolso y sin una palabra, empecé a limpiársela. También yo siempre lo quise, Nachita, porque él es lo contrario de mí: no tiene miedo y no es traidor. Me cogió la mano y me la miró.

–Está muy desteñida, parece una mano de ellos –me dijo.

–Hace tiempo que no me pega el sol –bajó los ojos y me dejó caer la mano. Estuvimos así, en silencio, oyendo correr la sangre sobre su pecho. No me reprochaba nada, bien sabe de lo que soy capaz. Pero los hilitos de su sangre escribían sobre su pecho que su corazón seguía guardando mis palabras y mi cuerpo. Allí supe, Nachita, que el tiempo y el amor son uno solo.

–¿Y mi casa? –le pregunté.

–Vamos a verla –me agarró con su mano caliente, como agarraba a su escudo y me di cuenta de que no lo llevaba. Lo perdió en la huida, me dije, y me dejé llevar. Sus pasos sonaban en la luz de Cuitzeo iguales que en la otra luz: sordos y apacibles. Caminamos por la ciudad que ardía en las orillas del agua. Cerré los ojos. Ya te dije, Nacha, que soy cobarde. O tal vez el humo y el polvo me sacaron lágrimas. Me senté en una piedra y me tapé la cara con las manos.

–Yo no camino… –le dije.

–Ya llegamos –me contestó. Se puso en cuclillas junto a mí y con la punta de los dedos acarició mi vestido blanco.

–Si no quieres ver cómo quedó, no lo veas –me dijo quedito.

Su pelo negro me hacía sombra. No estaba enojado, nada más estaba triste. Antes nunca me hubiera atrevido a besarlo, pero ahora he aprendido a no tenerle respeto al hombre, y me abracé a su cuello y lo besé en la boca.

–Siempre has estado en la alcoba más preciosa de mi pecho –me dijo. Agachó la cabeza y miró la tierra llena de piedras secas. Con una de ellas dibujó dos rayitas paralelas, que prolongó hasta que se juntaron y se hicieron una sola.

–Somos tú y yo –me dijo sin levantar la vista. Yo, Nachita, me quedé sin palabras.

–Ya falta poco para que se acabe el tiempo y seamos uno solo… por eso te andaba buscando –se me había olvidado, Nacha, que cuando se gaste el tiempo, los dos hemos de quedarnos el uno en el otro, para entrar en el tiempo verdadero convertidos en uno solo. Cuando me dijo eso lo miré a los ojos. Antes sólo me atrevía a mirárselos cuando me tomaba, pero ahora, como ya te dije, he aprendido a no respetar los ojos del hombre. También es cierto que no quería ver lo que sucedía a mi alrededor… soy muy cobarde. Recordé los alaridos y volví a oírlos: estridentes, llameantes en mitad de la mañana. También oí los golpes de las piedras y las vi pasar zumbando sobre mi cabeza. Él se puso de rodillas frente a mí y cruzó los brazos sobre mi cabeza para hacerme un tejadito.

–Este es el final del hombre –dije.

–Así es –contestó con su voz encima de la mía. Y me vi en sus ojos y en su cuerpo. ¿Sería un venado el que me llevaba hasta su ladera? ¿O una estrella que me lanzaba a escribir señales en el cielo? Su voz escribió signos de sangre en mi pecho y mi vestido blanco quedó rayado con un tigre rojo y blanco.

–A la noche vuelvo, espérame… –suspiró. Agarró su escudo y me miró desde muy arriba.

–Nos falta poco para ser uno –agregó con su misma cortesía.

Cuando se fue, volví a oír los gritos del combate y salí corriendo en medio de la lluvia de piedras y me perdí hasta el coche parado en el puente del Lago de Cuitzeo.

–¿Qué pasa? ¿Estás herida? –me gritó Margarita cuando llegó. Asustada, tocaba la sangre de mi vestido blanco y señalaba la sangre que tenía en los labios y la tierra que se había metido en mis cabellos. Desde otro coche, el mecánico de Cuitzeo me miraba con sus ojos muertos.

–¡Esos indios salvajes!… ¡No se puede dejar sola a una señora! – dijo al saltar de su automóvil, dizque para venir a auxiliarme.

Al anochecer llegamos a la ciudad de México. ¡Cómo había cambiado, Nachita, casi no pude creerlo! A las doce del día todavía estaban los guerreros y ahora ya ni huella de su paso. Tampoco quedaban escombros. Pasamos por el Zócalo silencioso y triste; de la otra plaza, no quedaba ¡nada! Margarita me miraba de reojo. Al llegar a la casa nos abriste tú. ¿Te acuerdas?

Nacha asintió con la cabeza. Era muy cierto que hacía apenas dos meses escasos que la señora Laurita y su suegra habían ido a pasear a Guanajuato. La noche en que volvieron, Josefina la recamarera y ella, Nacha, notaron la sangre en el vestido y los ojos ausentes de la señora, pero Margarita, la señora grande, les hizo señas de que se callaran. Parecía muy preocupada. Más tarde Josefina le contó que en la mesa el señor se le quedó mirando malhumorado a su mujer y le dijo:

–¿Por qué no te cambiaste? ¿Te gusta recordar lo malo? La señora Margarita, su mamá, ya le había contado lo sucedido y le hizo una seña como diciéndole: “¡Cállate, tenle lástima!”. La señora Laurita no contestó; se acarició los labios y sonrió ladina. Entonces el señor volvió a hablar del presidente López Mateos.

–Ya sabes que ese nombre no se le cae de la boca –había comentado Josefina, desdeñosamente.

En sus adentros ellas pensaban que la señora Laurita se aburría oyendo hablar siempre del señor presidente y de las visitas oficiales.

–¡Lo que son las cosas, Nachita, yo nunca había notado lo que me aburría con Pablo hasta esa noche! –comentó la señora abrazándose con cariño las rodillas y dándoles súbitamente la razón a Josefina y a Nachita.

La cocinera se cruzó de brazos y asintió con la cabeza.

–Desde que entré en la casa, los muebles, los jarrones y los espejos se me vinieron encima y me dejaron más triste de lo que venía. ¿Cuántos días, cuántos años tendré que esperar todavía para que mi primo venga a buscarme? Así me dije y me arrepentí de mi traición. Cuando estábamos cenando me fijé en que Pablo no hablaba con palabras sino con letras. Y me puse a contarlas mientras le miraba la boca gruesa y el ojo muerto. De pronto se calló. Ya sabes que se le olvida todo. Se quedó con los brazos caídos. “Este marido nuevo no tiene memoria y no sabe más que las cosas de cada día”.

–Tienes un marido turbio y confuso –me dijo él volviendo a mirar las manchas de mi vestido. La pobre de mi suegra se turbó y como estábamos tomando el café se levantó a poner un twist.

–Para que se animen –nos dijo, dizque sonriendo, porque veía venir el pleito.

Nosotros nos quedamos callados. La casa se llenó de ruidos. Yo miré a Pablo. “Se parece a…”, y no me atreví a decir su nombre, por miedo a que me oyeran el pensamiento. Es verdad que se le parece, Nacha. A los dos les gusta el agua y las casas frescas. Los dos miran al cielo por las tardes y tienen el pelo negro y los dientes blancos. Pero Pablo habla a saltitos, se enfurece por nada y pregunta a cada instante: ¿En qué piensas? Mi primo marido no hace ni dice nada de eso.

–¡Muy cierto! ¡Muy cierto que el señor es fregón! –dijo Nacha con disgusto.

Laura suspiró y miró a su cocinera con alivio. Menos mal que la tenía de confidente.

–Por la noche, mientras Pablo me besaba, yo me repetía: “¿A qué horas vendrá a buscarme?”. Y casi lloraba al recordar la sangre de la herida que tenía en el hombro. Tampoco podía olvidar los brazos cruzados sobre mi cabeza para hacerme un tejadito. Al mismo tiempo tenía miedo de que Pablo notara que mi primo me había besado en la mañana. Pero no notó nada y si no hubiera sido por Josefina que me asustó en la mañana, Pablo nunca lo hubiera sabido.

Nachita estuvo de acuerdo. Esa Josefina con su gusto por el escándalo tenía la culpa de todo. Ella, Nacha, bien se lo dio: “¡Cállate! ¡Cállate por el amor de Dios, si no oyeron nuestros gritos por algo sería!”. Pero, qué esperanzas, Josefina apenas entró a la pieza de los patrones con la bandeja del desayuno, soltó lo que debería haber callado.

–¡Señora, anoche un hombre estuvo espiando por la ventana de su cuarto! ¡Nacha y yo gritamos y gritamos!

–No oímos nada… –dijo el señor asombrado.

–¡Es él…! –gritó la tonta de la señora.

–¿Quién es él? –preguntó el señor mirando a la señora como si la fuera a matar. Al menos eso dijo Josefina después.

La señora asustadísima se tapó la boca con la mano y cuando el señor le volvió a hacer la misma pregunta, cada vez con más enojo, ella contestó:

–El indio… el indio que me siguió desde Cuitzeo hasta la ciudad de México.

Así supo Josefina del indio y así se lo contó a Nachita.

–¡Hay que avisarle inmediatamente a la policía! –gritó el señor.

Josefina le enseñó la ventana por la que el desconocido había estado fisgando y Pablo la examinó con atención: en el alféizar había huellas de sangre casi frescas.

–Está herido… –dijo el señor Pablo preocupado. Dio unos pasos por la recámara y se detuvo frente a su mujer.

–Era un indio, señor –dijo Josefina corroborando las palabras de Laura.

Pablo vio el traje blanco tirado sobre una silla y lo cogió con violencia.

–¿Puedes explicarme el origen de estas manchas?

La señora se quedó sin habla, mirando las manchas de sangre sobre el pecho de su traje y el señor golpeó la cómoda con el puño cerrado. Luego se acercó a la señora y le dio una santa bofetada. Eso lo vio y lo oyó Josefina.

–Sus gestos son feroces y su conducta es tan incoherente como sus palabras.

–Yo no tengo la culpa de que aceptara la derrota –dijo Laura con desdén.

–Muy cierto –afirmó Nachita.

Se produjo un largo silencio en la cocina. Laura metió la punta del dedo hasta el fondo de la taza, para sacar el pozo negro del café que se había quedado asentado, y Nacha al ver esto volvió a servirle un café calientito.

–Bébase su café, señora –dijo compadecida de la tristeza de su patrona.

¿Después de todo de qué se quejaba el señor? A leguas se veía que la señora Laurita no era para él.

–Yo me enamoré de Pablo en una carretera, durante un minuto en el cual me recordó a alguien conocido, a quien yo no recordaba. Después, a veces, recuperaba aquel instante en el que parecía que iba a convertirse en ese otro al cual se parecía. Pero no era verdad. Inmediatamente volvía a ser absurdo, sin memoria, y sólo repetía los gestos de todos los hombres de la ciudad de México. ¿Cómo querías que no me diera cuenta del engaño? Cuando se enoja me prohíbe salir. ¡A ti te consta! ¿Cuántas veces arma pleitos en los cines y en los restaurantes? Tú lo sabes, Nachita. En cambio mi primo marido, nunca, pero nunca, se enoja con la mujer.

Nacha sabía que era cierto lo que ahora le decía la señora, por eso aquella mañana en que Josefina entró en la cocina espantada y gritando: “¡Despierta a la señora Margarita, que el señor está golpeando a la señora!”, ella, Nacha, corrió al cuarto de la señora grande.

La presencia de su madre calmó al señor Pablo. Margarita se quedó muy asombrada al oír lo de indio, porque ella no lo había visto en el Lago de Cuitzeo, sólo había visto la sangre como la que podían ver todos.

–Tal vez en el lago tuviste una insolación, Laura, y te salió sangre por las narices. Fíjate, hijo, que llevábamos el coche descubierto –dijo casi sin saber qué decir.

La señora Laura se tendió boca abajo en la cama y se encerró en sus pensamientos, mientras su marido y su suegra discutían.

–¿Sabes, Nachita, lo que yo estaba pensando esa mañana? ¿Y si me vio anoche cuando Pablo me besaba? Y tenía ganas de llorar. En ese momento me acordé de que cuando un hombre y una mujer se aman y no tienen hijos están condenados a convertirse en uno solo. Así me lo decía mi otro padre, cuando yo le llevaba el agua y él miraba la puerta detrás de la que dormíamos mi primo marido y yo. Todo lo que mi otro padre me había dicho ahora se estaba haciendo verdad. Desde la almohada oí las palabras de Pablo y de Margarita y no eran sino tonterías. “Lo voy a ir a buscar”, me dije. “Pero ¿a dónde?”. Más tarde cuando tú volviste a mi cuarto a preguntarme qué hacíamos de comida, me vino un pensamiento a la cabeza: “¡Al café de Tacuba!”. Y ni siquiera conocía ese café, Nachita, sólo lo había oído mentar.

Nacha recordó a la señora como si la viera ahora, poniéndose su vestido blanco manchado de sangre, el mismo que traía en ese momento en la cocina.

–¡Por Dios, Laura, no te pongas ese vestido! –le dijo su suegra. Pero ella no hizo caso. Para esconder las manchas, se puso un suéter blanco encima, se lo abotonó hasta el cuello y se fue a la calle sin decir adiós. Después vino lo peor. No, lo peor no. Lo peor iba a venir ahora en la cocina, si la señora Margarita se llegaba a despertar.

–En el café de Tacuba no había nadie. Es muy triste ese lugar, Nachita. Se me acercó el camarero. “¿Qué le sirvo?”. Yo no quería nada, pero tuve que pedir algo. “Una cocada”. Mi primo y yo comíamos cocos de chiquitos… En el café un reloj marcaba el tiempo. “En todas las ciudades hay relojes que marcan el tiempo, se debe estar gastando a pasitos. Cuando ya no quede sino una capa transparente, llegará él y las dos rayas dibujadas se volverán una sola y yo habitaré la alcoba más preciosa de su pecho”. Así me decía mientras comía la cocada.

–¿Qué horas son? –le pregunté al camarero.

–La doce, señorita.

A la una llega Pablo, me dije; si le digo a un taxi que me lleve por el periférico, puedo esperar todavía un rato. Pero no esperé y me salí a la calle. El sol estaba plateado, el pensamiento se me hizo un polvo brillante y no hubo presente, pasado ni futuro. En la acera estaba mi primo, se me puso delante, tenía los ojos tristes, me miró largo rato.

–¿Qué haces? –me preguntó con voz profunda.

–Te estaba esperando.

Se quedó quieto como las panteras. Le vi el pelo negro y la herida roja en el hombro.

–¿No tenías miedo de estar aquí solita?

Las piedras y los gritos volvieron a zumbar alrededor nuestro y yo sentí que algo ardía a mis espaldas.

–No mires –me dijo.

Puso una rodilla en tierra y con los dedos apagó mi vestido que empezaba a arder. Le vi los ojos muy afligidos.

–¡Sácame de aquí! –le grité con todas mis fuerzas, porque me acordé de que estaba frente a la casa de mi papá, que la casa estaba ardiendo y que atrás de mí estaban mis padres y mis hermanitos muertos. Todo lo veía retratado en sus ojos, mientras él estaba con la rodilla hincada en tierra apagando mi vestido. Me dejé caer sobre él, que me recibió en sus brazos. Con su mano caliente me tapó los ojos.

–Este es el final del hombre –le dije con los ojos en su mano.

–¡No lo veas!

Me guardó contra su corazón. Yo lo oí sonar como rueda el trueno sobre las montañas. ¿Cuánto faltaría para que el tiempo se acabara y yo pudiera oírlo siempre? Mis lágrimas refrescaron su mano que ardía en el incendio de la ciudad. Los alaridos y las piedras nos cercaban, pero yo estaba a salvo bajo su pecho.

–Duerme conmigo… –me dijo en voz muy baja.

–¿Me viste anoche? –le pregunté.

–Te vi…

Nos dormimos en la luz de la mañana, en el calor del incendio. Cuando recordamos, se levantó y agarró su escudo.

–Escóndete hasta el amanecer. Yo vendré por ti.

Se fue corriendo ligero sobre sus piernas desnudas… Y yo me escapé otra vez Nachita, porque sola tuve miedo.

–Señorita, ¿se siente mal?

Una voz igual a la de Pablo se me acercó a media calle.

–¡Insolente! ¡Déjeme tranquila!

Tomé un taxi que me trajo a la casa por el periférico y llegué…

Nacha recordó su llegada: ella misma le había abierto la puerta. Y ella fue la que le dio la noticia. Josefina bajó después, desbarrancándose por las escaleras.

–¡Señora, el señor y la señora Margarita están en la policía!

Laura se quedó mirando asombrada, muda.

–¿Dónde anduvo, señora?

–Fui al café de Tacuba.

–Pero eso fue hace dos días.

Josefina traía el Últimas Noticias. Leyó en voz alta: “La señora Aldama continúa desaparecida. Se cree que el siniestro individuo de aspecto indígena que la siguió desde Cuitzeo, sea un sádico. La policía investiga en los estados de Michoacán y Guanajuato”.

La señora Laurita arrebató el periódico de las manos de Josefina y lo desgarró con ira. Luego se fue a su cuarto. Nacha y Josefina la siguieron, era mejor no dejarla sola. La vieron echarse en su cama y soñar con los ojos muy abiertos. Las dos tuvieron el mismo pensamiento y así se lo dijeron después en la cocina: “Para mí, la señora Laurita anda enamorada”. Cuando el señor llegó ellas estaban todavía en el cuarto de su patrona.

–¡Laura! –gritó. Se precipitó a la cama y tomó a su mujer en sus brazos.

–¡Alma de mi alma! –sollozó el señor.

La señora Laurita pareció enternecida unos segundos.

–¡Señor! –gritó Josefina–. El vestido de la señora está bien chamuscado.

Nacha lo miró desaprobándola. El señor revisó el vestido y las piernas de la señora.

–Es verdad… también las suelas de sus zapatos están ardidas. Mi amor, ¿qué pasó?, ¿dónde estuviste?

–En el café Tacuba –contestó la señora muy tranquila.

La señora Margarita se torció las manos y se acercó a su nuera.

–Ya sabemos que anteayer estuviste allí y comiste una cocada. ¿Y luego?

–Luego tomé un taxi y me vine para acá por el periférico.

Nacha bajó los ojos, Josefina abrió la boca como para decir algo y la señora Margarita se mordió los labios. Pablo, en cambio, agarró a su mujer por los hombros y la sacudió con fuerza.

–¡Déjate de hacer la idiota! ¿En dónde estuviste dos días?… ¿Por qué traes el vestido quemado?

–¿Quemado? Si él lo apago… –dejó escapar la señora Laura.

–¿Él?… ¿El indio asqueroso? –Pablo la volvió a zarandear con ira.

–Me lo encontré a la salida del café Tacuba… –sollozó la señora muerta de miedo.

–¡Nunca pensé que fueras tan baja! –dijo el señor y la aventó sobre la cama.

–Dinos quién es –preguntó la suegra suavizando la voz.

–¿Verdad, Nachita, que no podía decirles que era mi marido? – preguntó Laura pidiendo la aprobación de la cocinera.

Nacha aplaudió la discreción de su patrona y recordó que aquel mediodía, ella, apenada por la situación de su ama, había opinado:

–Tal vez el indio de Cuitzeo es un brujo.

Pero la señora Margarita se había vuelto a ella con ojos fulgurantes para contestarle casi a gritos:

–¿Un brujo? ¡Dirás un asesino!

Después, en muchos días no dejaron salir a la señora Laurita. El señor ordenó que se vigilaran las puertas y ventanas de la casa. Ellas, las sirvientas, entraban continuamente al cuarto de la señora para echarle un vistazo. Nacha se negó siempre a exteriorizar su opinión sobre el caso o a decir las anomalías que sorprendía. Pero ¿quién podía callar a Josefina?

–Señor, al amanecer, el indio estaba otra vez junto a la ventana – anunció al llevar la bandeja con el desayuno.

El señor se precipitó a la ventana y encontró otra vez la huella de sangre fresca.

La señora se puso a llorar.

–¡Pobrecito!… ¡pobrecito!… –dijo entre sollozos.

Fue esa tarde cuando el señor llegó con un médico. Después el doctor volvió todos los atardeceres.

–Me preguntaba por mi infancia, por mi padre y por mi madre. Pero, yo, Nachita, no sabía de cuál infancia, ni de cuál padre, ni de cuál madre quería saber. Por eso le platicaba de la conquista de México. ¿Tú me entiendes verdad? –preguntó Laura con los ojos puestos sobre las cacerolas amarillas.

–Sí, señora… –y Nachita, nerviosa, escrutó el jardín a través de los vidrios de la ventana. La noche apenas si dejaba ver entre sus sombras. Recordó la cara desganada del señor frente a su cena y la mirada acongojada de su madre.

–Mamá, Laura le pidió al doctor la Historia… de Bernal Díaz del Castillo, dice que es lo único que le interesa.

La señora Margarita había dejado caer el tenedor.

–¡Pobre hijo mío, tu mujer está loca!

–No habla sino de la caída de la Gran Tenochtitlán –agregó el señor Pablo con aire sombrío.

Dos días después, el médico, la señora Margarita y el señor Pablo decidieron que la depresión de Laura aumentaba con el encierro. Debía tomar contacto con el mundo y enfrentarse con sus responsabilidades. Desde ese día, el señor mandaba el automóvil para que su mujer saliera a dar paseítos por el Bosque de Chapultepec. La señora salía acompañada de su suegra y el chofer tenía órdenes de vigilarlas estrechamente. Sólo que el aire de los eucaliptos no la mejoraba, pues apenas volvía a su casa, la señora Laurita se encerraba en su cuarto para leer la conquista de México de Bernal Díaz.

Una mañana la señora Margarita regresó del Bosque de Chapultepec sola y desamparada.

–¡Se escapó la loca! –gritó con voz estentórea al entrar en la casa.

–Fíjate, Nacha, me senté en la misma banquita de siempre y me dije: “No me lo perdona. Un hombre puede perdonar una, dos, tres, cuatro traiciones, pero la traición permanente, no”. Este pensamiento me dejó muy triste. Hacía calor y Margarita se compró un helado de vainilla; yo no quise, entonces ella se metió al automóvil a comerlo. Me fijé que estaba tan aburrida de mí, como yo de ella. A mí no me gusta que me vigilen y traté de ver otras cosas para no verla comiendo su barquillo mirándome. Vi el heno gris que colgaba de los ahuehuetes y no sé por qué, la mañana se volvió tan triste como esos árboles. “Ellos y yo hemos visto las mismas catástrofes”, me dije. Por la calzada vacía se paseaban las horas solas. Como las horas estaba yo: sola en una calzada vacía. Mi marido había contemplado por la ventana mi traición permanente y me había abandonado en esa calzada hecha de cosas que no existían, recordé el olor de las hojas de maíz y el rumor sosegado de sus pasos. “Así caminaba, con el ritmo de las hojas secas cuando el viento de febrero las lleva sobre las piedras. Antes no necesitaba volver la cabeza para saber que él estaba ahí mirándome las espaldas”… Andaba en esos tristes pensamientos cuando oí correr al sol y las hojas secas empezaron a cambiar de sitio. Su respiración se acercó a mis espaldas, luego se puso frente a mí, vi sus pies desnudos delante de los míos. Tenía un arañazo en la rodilla. Levanté los ojos y me hallé bajo los suyos. Nos quedamos mucho rato sin hablar. Por respeto yo esperaba sus palabras.

–¿Qué te haces? –me dijo.

Vi que no se movía y que parecía más triste que antes.

–Te estaba esperando –contesté.

–Ya va a llegar el último día…

Me pareció que su voz salía del fondo de los tiempos. Del hombro le seguía brotando sangre. Me llené de vergüenza, bajé los ojos, abrí mi bolso y saqué un pañuelito para limpiarle el pecho. Luego lo volví a guardar. Él siguió quieto, observándome.

–Vamos a la salida de Tacuba… Hay muchas traiciones.

Me agarró de la mano y nos fuimos caminando entre la gente, que gritaba y se quejaba. Había muchos muertos que flotaban en el agua de los canales. Había mujeres sentadas en la hierba mirándolos flotar. De todas partes surgía la pestilencia y los niños lloraban corriendo de un lado para otro, perdidos de sus padres. Yo miraba todo sin querer verlo. Las canoas despedazadas no llevaban a nadie, sólo daban tristeza. El marido me sentó debajo de un árbol roto. Puso una rodilla en tierra y miró alerta lo que sucedía a nuestro alrededor. Él no tenía miedo. Después me miró a mí.

–Ya sé que eres traidora y que me tienes buena voluntad. Lo bueno crece junto a lo malo.

Los gritos de los niños apenas me dejaban oírlo. Venían de lejos, pero eran tan fuertes que rompían la luz del día. Parecía que era la última vez que iban a llorar.

–Son las criaturas… –me dijo.

–Este es el final del hombre –repetí, porque no se me ocurría otro pensamiento.

Él me puso las manos sobre los oídos y luego me guardó contra su pecho.

–Traidora te conocí y así te quise.

–Naciste sin suerte –le dije. Me abracé a él. Mi primo marido cerró los ojos para no dejar correr las lágrimas. Nos acostamos sobre las ramas rotas del pirú. Hasta allí nos llegaron los gritos de los guerreros, las piedras y los llantos de los niños.

–El tiempo se está acabando… –suspiró mi marido.

Por una grieta se escapaban las mujeres que no querían morir junto con la fecha. Las filas de hombres caían una después de la otra, en cadena como si estuvieran cogidos de la mano y el mismo golpe los derribara a todos. Algunos daban un alarido tan fuerte, que quedaba resonando mucho rato después de su muerte.

Faltaba poco para que nos fuéramos para siempre en uno solo cuando mi primo se levantó, me juntó ramas y me hizo una cuevita.

–Aquí me esperas.

Me miró y se fue a combatir con la esperanza de evitar la derrota. Yo me quedé acurrucada. No quise ver a las gentes que huían, para no tener la tentación, ni tampoco quise ver a los muertos que flotaban en el agua para no llorar. Me puse a contar los frutitos que colgaban de las ramas cortadas: estaban secos y cuando los tocaba con los dedos, la cáscara roja se les caía. No sé por qué me parecieron de mal agüero y preferí mirar el cielo, que empezó a oscurecerse. Primero se puso pardo, luego empezó a coger el color de los ahogados de los canales. Me quedé recordando los colores de otras tardes, pero la tarde siguió amoratándose, hinchándose, como si de pronto fuera a reventar y supe que se había acabado el tiempo: si mi primo no volvía, ¿qué sería de mí? Tal vez que ya estaba muerto en el combate. No me importó su suerte y me salí de allí a toda carrera perseguida por el miedo. Cuando llegue y me busque… No tuve tiempo de acabar mi pensamiento porque me hallé en el anochecer de México. Margarita ya se debe haber acabado su helado de vainilla y Pablo debe de estar muy enojado… Un taxi me trajo por el periférico. ¿Y sabes, Nachita?, los periféricos eran los canales infestados de cadáveres… por eso llegué tan triste… Ahora, Nachita, no le cuentes al señor que me pasé la tarde con mi marido.

Nachita se acomodó los brazos sobre la falda lila.

–El señor Pablo hace ya diez días que se fue a Acapulco. Se quedó muy flaco con las semanas que duró la investigación –explicó Nachita satisfecha.

Laura la miró sin sorpresa y suspiró con alivio.

–La que está arriba es la señora Margarita –agregó Nacha volviendo los ojos hacia el techo de la cocina.

Laura se abrazó las rodillas y miró por los cristales de la ventana a las rosas borradas por las sombras nocturnas y a las ventanas vecinas que empezaban a apagarse.

Nachita se sirvió sal sobre el dorso de la mano y la comió golosa.

–¡Cuánto coyote! ¡Anda muy alborotada la coyotada! –dijo con la voz llena de sal.

Laura se quedó escuchando unos instantes.

–Malditos animales, los hubieras visto hoy en la tarde –dijo.

–Con tal de que no estorben el paso del señor, o que le equivoquen el camino –comentó Nachita con miedo.

–Si nunca los temió, ¿por qué había de temerlos esta noche? – preguntó Laura molesta.

Nacha se aproximó a su patrona para estrechar la intimidad súbita que se había establecido entre ellas.

–Son más canijos que los tlaxcaltecas –le dio en voz muy baja.

Las dos mujeres se quedaron quietas. Nacha devorando poco a poco otro puñito de sal. Laura escuchando preocupada los aullidos de los coyotes que llenaban la noche. Fue Nacha la que lo vio llegar y le abrió la puerta.

–¡Señora!… Ya llegó por usted… –le susurró en una voz tan baja que sólo Laura pudo oírla.

Después, cuando Laura se había ido para siempre con él, Nachita limpió la sangre de la ventana y espantó a los coyotes, que entraron en su siglo que acababa de gastarse en ese instante. Nacha miró con sus ojos viejísimos, para ver si todo estaba en orden: lavó la taza de café, tiró al bote de la basura las colillas manchadas de rojo de labios, guardó la cafetera en la alacena y apagó la luz.

–Yo digo que la señora Laurita no era de este tiempo, ni era para el señor –dijo en la mañana cuando le llevó el desayuno a la señora Margarita.

–Ya no me hallo en casa de los Aldama. Voy a buscarme otro destino –le confió a Josefina. Y en un descuido de la recamarera, Nacha se fue hasta sin cobrar su sueldo.