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lunes, 11 de marzo de 2024

El hombre de negro

Ángel Balzarino

 

Faltaban apenas cinco minutos para la salida del tren cuando el taxi lo dejó en la estación. Después de pagar al chofer, deslizó la mirada sobre las personas que se movilizaban con premura. La detuvo por fin, entre curioso y azorado, en un hombre vestido totalmente de negro. Apoyado en una columna, lo observaba con fijeza, como si fuera algún conocido que pretendía saludarlo. Un breve análisis le reveló que nunca lo había visto y, además, la rigidez de su figura le otorgaba un aspecto hostil. Prefirió relegarlo. Urgido por el tiempo, fue hacia la boletería. Al recibir el pasaje para la Capital, lo descubrió de nuevo con los ojos clavados en él. La certeza de ser desnudado por un escalpelo le hizo crecer el desagrado. Será por el dinero, conjeturó mientras, en un instintivo gesto de defensa, aferraba fuertemente el portafolio que contenía el importe de las facturas cobradas en el pueblo durante toda la semana.

Con el deseo de huir y despistarlo, debió forcejear impaciente entre el tumultuoso gentío hasta llegar al cálido refugio del tren.

Los rostros, de líneas duras y algo agresivas, se contrajeron en una leve mueca de preocupación.

–¿Te fijaste? –la voz del hombre calvo fue apenas un susurro–. Acaba de subir al tren.

–Tal vez sea lo mejor –replicó el otro–. Podremos hacer el trabajo más tranquilos. Aquí hay mucha gente.

–No hay que perderlo de vista.

–Vamos.

Mientras se pasaba un pañuelo por el rostro humedecido, no resistió la tentación de observar el andén. Había desaparecido la figura acechante. Enseguida creyó saber el motivo: sin duda se hallaba en el tren. Semejante posibilidad lo derrumbó en el asiento, sin fuerzas, el portafolio apretado contra el pecho. Maniatado por una red sutil e inviolable, se limitó a echar una ojeada por el lugar, sobre los otros pasajeros: un viejo dormido, un muchacho con gruesos anteojos que leía un libro, una joven rubia limándose las uñas, dos hombres abstraídos en reservada conversación. Abruptamente interrumpió el reconocimiento. Se levantó con el efecto de un súbito pinchazo: el espectral hombre de negro se encontraba detenido en el pasillo.

Sí. No hay duda. Está en el tren por mí. Presuroso se dirigió a la puerta más cercana. Con desconcierto comprobó que estaba herméticamente cerrada. Luchando por abrirla tuvo la seguridad de estar apresado en una rara y pertinaz confabulación.

–¿Qué le ocurre, señor?

Bruscamente se dio vuelta. El joven de anteojos le sonreía con gesto amable.

–Está trabada. No puedo abrirla.

–Creo que se rompió la cerradura –confirmó el muchacho luego de probar suerte–. Si desea cambiar de vagón, tendrá que usar la otra puerta.

Y ya sin interés por él, regresó a su asiento. Contempló la puerta indicada; aunque podría cruzarla sin dificultad, pues el movimiento del tren la obligaba a un constante bamboleo, esa alternativa lo iba a precipitar de modo irrefutable al encuentro del hombre apostado en el fondo del corredor, en firme y tranquila espera. Una extrema flojedad le abarrotó las piernas. El recinto se achicaba más y más.

–¡Ayúdenme, por favor! ¡Necesito salir de aquí!

Tardó en llegar la respuesta al premioso clamor. A través de una cortina que desdibujaba las cosas, vio acercarse a la mujer rubia. Hundido en la dulce embriaguez de su perfume, percibió la voz algo sensual:

–¿Está descompuesto, señor? ¿Puedo hacer algo por usted?

La presión de la delicada mano sobre el brazo le confirió el alivio de sentirse protegido.

–Debo abrir esa puerta. ¡Es urgente!

–Bueno. No se preocupe –el fallido intento por abrirla la confundió–. ¡Qué extraño! Es como si estuviera clavada.

–¡Apúrese! ¡Allí viene!

–Cálmese –ella volvió la mirada hacia el sitio que señalaba el brazo tendido de él–. Yo no veo a nadie.

–Sí. ¡Aquel hombre vestido de negro! –no pudo contener un grito, exasperado por la estupidez de la mujer–. Me persigue. ¡Ayúdeme a escapar, por favor!

Impaciente, sin otra opción, buscó el escondite que le brindaba el asiento. Permaneció acurrucado, estrujando el portafolio en ademán febril, al tiempo que la burla estallaba en la risa y las desdeñosas palabras de ella:

–Si esto no es una broma, usted se ha vuelto loco. Tal vez necesita un médico. Adiós.

–No. ¡Espere!

Instintivamente movió una mano para detenerla. Pese a la actitud frívola y la ignorancia de lo que estaba pasando, su compañía le brindaba cierta seguridad. Desamparado, consideró que el trayecto hacia la Capital se presentaba plagado de riesgos sorpresivos. Recordó el temor de Zulema cada vez que se trasladaba a una localidad del interior; ahora las tediosas recomendaciones asumían un carácter de veraz premonición. Debí hacerle caso. Es peligroso viajar con tanto dinero. Habría sido mejor depositarlo en el Banco del pueblo.

Seguía abroquelado en el asiento, en rígida y dolorosa postura, cuando el tren se detuvo en una estación. Un repentino bullicio de voces y pasos le reveló que algunos pasajeros iniciaban el descenso. A veces él solía marchar un rato por el andén para desentumecerse o disipar el aburrimiento del viaje; pero la ominosa presencia de su perseguidor le hizo abandonar la idea. Prefirió quedarse allí, casi sin respirar, dejándose embargar por la esperanza de que el hombre de negro bajara del tren y desapareciera de su vida tan súbitamente como había surgido. Tal vez no subió por mí, sino por otro. La perspectiva de haberse equivocado fue desvaneciendo la bochornosa pesadumbre. Por fin, la curiosidad lo impulsó a levantar la cabeza.

Tuvo que reprimir un grito al ver la figura ya familiar inmóvil en el pasillo.

El tren se había alejado bastante de la estación cuando el hombre alto y moreno, después de arrojar el cigarrillo por la ventanilla, se volvió hacia su compañero.

–Creo que llegó el momento.

–Sí. El vagón está casi vacío. No tendremos problemas.

Se levantaron. Algo tambaleantes por la oscilación del tren, marcharon por el estrecho corredor hasta detenerse junto a uno de los asientos. Observaron al hombre enclaustrado en un rincón, la cabeza baja, los brazos cerrados sobre un voluminoso portafolio.

–Parece que lo cuida muy bien.

–Claro. Es muy importante lo que guarda allí.

–No le gustará perderlo.

Las palabras reflejaban un tono levemente ofensivo y el hombre que aferraba el portafolio levantó la cabeza, turbado, con furtiva alarma.

–¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren de mí?

Una sonrisa irónica suavizó el rostro del hombre calvo.

–Lo que tiene en las manos, amigo. Nada más.

–Aquí sólo tengo papeles.

–No pretenda engañarnos –la voz del hombre de piel morena resonó seca, inflexible–. Lo seguimos durante toda la semana. Cobró muchas facturas en el pueblo. Sabemos que lleva allí unos cuantos billetes.

El pánico descompuso al hombre del portafolio. Miró en torno, a la búsqueda de algo; luego saltó como expulsado por un resorte. Transformado el portafolio en arma o simple coraza defensiva, trató de abrirse paso.

–¡Basta! ¡Déjenme, por favor!

Quedó bloqueado por la barrera de los cuerpos fuertes y corpulentos. Con facilidad lo derribaron. Sin orden, torpemente, se debatió contra el despiadado vendaval de golpes.

Después una navaja brilló lúgubremente en la mano del hombre alto y moreno.

Más que un pedido de auxilio, el grito fue una desgarradora manifestación de terror. El cansancio le hizo abandonar la lucha. Aflojó la presión de los brazos y con rapidez ellos pudieron arrebatarle el portafolio. Los vio desaparecer en una niebla oscura e indefinida. Sólo quiso dormir para relegar la fatiga, el dolor, la soledad.

Entonces lo vio. La silueta asombrosamente clara mientras se acercaba. Comprendió que no podía huir; tampoco le interesó hacerlo, pues nada iba a perder. Admitió la derrota final. Al llegar a su lado, no descubrió ninguna señal de furia o amenaza. Tal vez se había asustado en vano; nada indicaba el ansia de atacarlo como imaginó al verlo por primera vez. Porque el hombre de negro, con gesto cordial y amistoso, tendió una mano hacia él.

 

El amor a través de la mirada

Ángel Balzarino

 

Sí. Allí vienen. El lejano pero inconfundible sonido de algunas risas le reveló que había concluido la espera. Entonces clavó los ojos en el estrecho sendero apenas insinuado entre la mata de troncos, hojas y arbustos que se había ido formando junto a las ya inútiles vías del tren y divisó las dos siluetas. Con sigilosa rapidez se ubicó en el sitio ya habitual –oculto entre cartones y maderas, junto a una de las ventanas de la derruida estación–, dispuesto a ejercer, sin el temor de ser descubierto, una intensa y morosa vigilancia. El placer más grande. Sin duda el único que puedo disfrutar ahora. Una vez más comprendió que después de tanto tiempo –ya no tenía noción desde cuándo se limitaba a sobrevivir de la caridad de los otros, sin afanes ni sueños–, por fin ocurría algo que no sólo quebraba la opaca rutina sino, mejor aún, lograba infundirle una súbita cuota de ánimo, le otorgaba inusitado vigor a su cuerpo ya abrumado por el cansancio y los años. Como si otra vez sintiera lo mismo que ellos. Lleno de vitalidad y deseo. Ahora las voces le llegaron más nítidas, las palabras entrecortadas por accesos de risas, como si disfrutaran de alguna broma íntima y secreta, despreocupados y felices, hasta que los vio detenerse en un pequeño claro entre los árboles que bordeaban la estación. De una bolsa extrajo una botella de vino y bebió un trago largo, tanto para aplacar la ansiedad como para paladear con mayor intensidad cada detalle de la escena que iba a presenciar. Después permaneció rígido, sin efectuar el menor ruido. A la expectativa.

Como siempre, fue ella la que tomó la iniciativa. Suave, lentamente, llevando a cabo una ceremonia en la que cada gesto parecía destinado a otorgarle mayor interés y atractivo, le desprendió la camisa y comenzó a sacársela. El muchacho la dejó hacer, sin moverse, mientras las risas se transformaban en susurros y contenidos jadeos. Cuando le tocó el turno a él, todo se hizo más agitado. Súbitamente presuroso, le quitó la blusa con evidente rudeza, urgido por la impaciencia. Lo invadió una dosis de codicia, placer, deslumbramiento, al surgir los pechos, blancos y turgentes, que las manos del muchacho palparon en ávida caricia. Si pudiera hacerlo yo. Si al menos una vez… La certeza de no tener ya la oportunidad de protagonizar algo semejante le hizo evocar, en un afán por atenuar la frustración y alcanzar cierto consuelo, otra época, cuando Matilde lograba satisfacer las ansias de su cuerpo joven y enardecido. Llevó otra vez la botella a la boca. La necesidad de beber pareció crecer tanto como el ardor que lo estremecía, mientras trataba de imaginarse otra vez junto a Matilde y, lo mismo que él con la muchacha, la acostaba sobre el húmedo colchón formado por la gramilla, y la poseía en un ritmo arrebatador, entre besos y caricias que los llevaban cada vez a un paroxismo de gritos y risas y palabras incoherentes. Pero después, cuando ellos quedaron quietos y abrazados, ajenos a cualquier otra cosa que no fuera seguir disfrutando los instantes que habían vivido, sintió la boca reseca, como si hubiera probado algo amargo, con súbita conciencia de su soledad y del ya para siempre insatisfecho anhelo de tocar otro cuerpo.

Apenas ellos se alejaron, estalló. Sin preocuparse ya por guardar silencio, arrojó con violencia la botella vacía y golpeó los puños contra la pared y profirió gritos que trasuntaban la carga de furia, dolor e impotencia. Después comprendió que debía conseguir otra botella de vino. Rápidamente. Para obtener cierto alivio y tranquilidad. Sintiendo todo el cuerpo pesado y torpe, abandonó la estación y a pasos lentos marchó hacia el pueblo.

Debió golpear muchas puertas y reflejar el mayor estado de indigencia, antes de conseguir algunas monedas. Le alcanzó para comprar dos botellas de vino y, apenas salió del boliche de Bottaro, comenzó a beber. Aunque siempre había evitado hacerlo mientras andaba por las calles del pueblo –después que la enfermedad de Matilde lo precipitó en la ruina y necesitó apelar a la caridad de la gente para sobrevivir–, ya no le importó que lo vieran. Bebió con avidez. Impaciente por embriagarse y alcanzar cuanto antes un profundo sueño que le hiciera olvidar la pérdida definitiva de Matilde, que aplacara el deseo despertado por la frenética relación de ellos, que borrara la certidumbre de vegetar en un estado bochornoso, sin esperanza ni dignidad.

Como si marchara a través de una espesa niebla que desdibujaba las cosas, cada paso le resultó más dificultoso. Después de un tiempo interminable pudo divisar el contorno familiar de la estación. Cuando intentó cruzar las vías, tropezó. Al perder el equilibrio, lanzó un grito y abrió los brazos en desesperada tentativa por aferrar algo. Fue inútil. No pudo evitar la caída y súbitamente sintió el golpe seco, demoledor, en la cabeza.

Las manos de él quedaron de pronto quietas, desganadas, sin terminar de desabrocharle la blusa.

–Vamos –ella lo apremió, impaciente–. ¿Qué te pasa?

Se apartó y echó una furtiva mirada hacia la estación.

–No sé. Ya no puedo hacerlo aquí, ahora que el viejo no está mirándonos.

 

domingo, 10 de marzo de 2024

Centro de ayuda al suicida

Ángel Balzarino

 

El estridente sonido del teléfono logró disipar el sopor que ya empezaba a gobernarme debido a los tediosos programas televisivos con los que pretendía sobrellevar las tres horas de turno. De manera automática levanté el tubo y pronuncié la ya tradicional consigna:

–Centro de ayuda al suicida.

No recibí ninguna respuesta durante unos segundos. Sólo llegué a percibir el ritmo de una respiración agitada, como de alguien que ha efectuado una larga carrera o se encuentra muy nervioso y no logra articular una palabra. Al fin surgió la voz de una mujer, débil y neutra:

–Voy a suicidarme.

Estuve a punto de exteriorizar una señal de triunfo o de íntimo regocijo porque al fin, primera vez, me tocaba atender el llamado de alguien dispuesto a tomar tan crucial decisión.

–¿Cuál es el medio que ha elegido?

Comprendí que el largo silencio obedecía a la sorpresa o perplejidad por la inesperada pregunta. La que sin duda jamás llegaron a formular mi hermano y sus cuatro amigos –entre los que había un sacerdote y un psicólogo– al decidir, con la mejor buena voluntad y en un gesto de generosidad y altruismo, instalar un Centro de ayuda al suicida. Las veces que habían requerido mis servicios –casi siempre desde la medianoche hasta las tres de la mañana, al parecer el turno más difícil de cubrir–, nunca el timbre del teléfono me posibilitó establecer comunicación con algún potencial suicida, por lo cual llegué a reflexionar que, para el caso de confeccionar datos estadísticos, debía ser el horario menos tentador y, por ello, el que reflejaba un grado de mayor euforia y vitalidad en la gente.

–¿Cómo…?

Creí que ya había mordido el anzuelo. La voz algo más firme y el atisbo de interés en la pregunta parecieron abrir la puerta para alcanzar mi propósito. Marqué cada palabra como si le hablara a un chico.

–Le pregunto qué medio piensa utilizar para suicidarse.

–No sé todavía… –titubeó, desolada, como si hubiera indagado sobre algo demasiado recóndito que no estaba dispuesta a develar, y tras una breve pausa, quizá urgida por el único motivo de su llamado, inquirió con brusquedad–: Quiero hablar con Danilo, por favor.

–No se encuentra en este momento –en seguida comprendí que no era la primera vez que llamaba sino que ya conocía a mi hermano y sin duda, por la infinita paciencia que lo caracterizaba y su deseo de contagiar un invariable optimismo a los demás, debía ser alguien de permanente consulta–. Yo ocupo su turno y trataré de ayudarla como podría hacerlo él. Tenga confianza.

–Danilo es muy especial –la voz llegó a ser un susurro casi sensual–. Gracias a él pude sobreponerme dos veces, pero ahora de nuevo siento hundirme…

–¿Quiere decir que por tercera vez va a intentar suicidarse? –formulé la obvia pregunta con el beneplácito de estar frente a un caso ideal para desarrollar mi teoría sobre la verdadera función que debía cumplir el Centro–. Podría decirme qué método ha empleado anteriormente.

–¿Método…? –de nuevo pareció quedar con la mente en blanco al plantearle algo que no figuraba en sus planes; al fin, como si recuperara algún fragmento del pasado, continuó–: La primera vez con una hoja de afeitar. Fue lo primero que encontré. Pero cuando la sangre…

Se calló de pronto. Presentí que el recuerdo de la sangre manando de sus muñecas aún la estremecía y sin duda, superado el propósito homicida por efecto del horror o por el natural e imperioso deseo de supervivencia, debió buscar el auxilio de un chorro de agua fría o una toalla absorbente.

–Apeló a un recurso probadamente ineficaz –procuré exhibir la seguridad de quien da una cátedra sobre una materia que domina a la perfección–. Demasiado lento. Otorga tiempo para el arrepentimiento y la búsqueda de algún paliativo salvador. Estadísticamente es el medio con menor resultado positivo.

–Sin embargo Danilo me dijo que había sido casi una bendición. Me repitió muchas veces que haberme salvado era un signo positivo y debía tomarlo como algo providencial para poder seguir…

–Pero lo intentó por segunda vez –la interrumpí en un reproche casi agresivo, tratando de apartar la sombra pertinaz de Danilo–. Eso demuestra que no había superado el estado de confusión y desequilibrio.

–Sí, lo mismo me dijo Danilo –la reiteración del nombre de mi hermano me dio la certeza de estar bregando contra un adversario poderoso y tal vez invencible–. Durante cinco meses estuvimos hablando casi todas las noches…

–Hasta que volvió a intentarlo –recalqué con firmeza–. Evidentemente los consejos de Danilo no lograron el efecto esperado.

–Traté de cumplir todo lo que él me decía: apartar las ideas pesimistas, ocupar el tiempo con alguna tarea, mirar todas las cosas con mucha fe y esperanza… –el sentido de culpa fue apagándole la voz–. Pero no pude. La soledad, esta casa tan grande, las noches interminables y vacías. Entonces…

–Otra vez quiso liberarse.

–Sí.

–¿A través de qué recurso?

–Una soga. Estaba en el cuarto del patio. Creí que era lo único que podría salvarme de tanta angustia. La até al ventilador del techo y…

Aunque de inmediato presentí el modo como pudo concluir esa operación, la impulsé a dar detalles, con un regodeo casi morboso:

–Por favor, cuénteme qué pasó.

–Me paré sobre una silla, hice un lazo con la soga, traté de imitar lo que vi en muchas películas –trasuntó cierta vergüenza al revivir la escena que había servido para demostrar su torpeza e inexperiencia–. Pero no resistió. El techo. Apenas aparté la silla y quedé en el aire, el ventilador se descolgó y…

Se detuvo, ahogada por un acceso de llanto. Con el incentivo de notarla tan frágil y desarmada, comprendí que era el momento oportuno para acometer la jugada final.

–¿Se da cuenta de que tantas tentativas fallidas sólo han contribuido a otorgarle mayor hueco y desorientación a su existencia?

–Sí… –con extrema debilidad admitió la sádica acusación–. Por eso quiero hablar con Danilo. Él es el único que…

–Olvídese de Danilo –inflexible, traté de quebrar el último vestigio de resistencia–. Debe aceptar que no le ha dado el asesoramiento adecuado. Ahora yo le brindaré la ayuda que usted necesita. Tenga confianza en mí.

Presentí que la demora en responder obedecía a la necesidad de asimilar una situación completamente diferente a la de tantas otras noches.

–Está bien. Si usted…

–¿Cuál es el medio que piensa utilizar ahora?

–Aquí tengo un sobre con insecticida, un cuchillo… –imaginé que debía estar frente a una mesa cubierta con elementos de acción destructiva–. Y también una pistola, que ha sido de mi padre.

–Elija la pistola, sin la menor duda –no procuré disimular una manifestación de alborozo–. ¿Ya comprobó si está cargada?

–Sí. Tiene tres balas.

–Perfecto –creí innecesario hacerle notar que una bala sería suficiente–. Ahora debe actuar con mucha serenidad. Es un momento fundamental. Al fin tiene la oportunidad de superar el bochorno y la ignominia que está sufriendo por causa de las malas experiencias anteriores. ¿Estamos de acuerdo?

–Sí –más que su voz percibí la respiración, fuerte y alterada, que revelaba una postura de tensión, a la expectativa.

–Apóyela contra el pecho, a la altura del corazón. No debe tener miedo ni vacilación. Será sólo un segundo. ¿Preparada?

–Sí…

–Apriete el gatillo –le ordené, cortante–. ¡Ahora!

No tuve tiempo de analizar si habían sido claras y suficientes mis indicaciones. La contundencia del disparo pareció perforarme el oído y, de manera instintiva, aparté el auricular. Luego de unos segundos, al verificar el total silencio del otro lado de la línea, no pude dejar de sentir un legítimo orgullo por haber cumplido con solvencia una ardua tarea.

El ruido de la puerta de calle me hizo colgar el tubo con rapidez. Adopté una posición relajada en el sillón y procuré mostrar la cara más apacible cuando entró mi hermano. La sonrisa y la voz cantarina reflejaron el habitual buen ánimo de Danilo.

–Hola. ¿Qué tal? ¿Cómo anduvieron las cosas?

–Muy bien –pretendí jactarme de la eficacia con que había ocupado mi turno–. Podría decirte sin temor a equivocarme que esta noche ha sido la más fructífera desde que funciona este Centro.

 

sábado, 9 de marzo de 2024

Apenas un sueño

Ángel Balzarino

 

Creyó que una aguja le perforaba los oídos al percibir el gemido. Repentino. Desvaneciendo la frágil quietud de la casa. Haciéndole tomar conciencia de que él aún estaba allí, petrificado en la cama que compartían desde hacía cuarenta y tres años, sólo capaz de efectuar esos esporádicos y lacerantes sonidos no sólo para exteriorizar el dolor y dar un fugaz signo de vida, sino también para recordarle, con el vigor de una feroz puñalada, que debía cumplir la tarea de cuidarlo. Una obligación asumida por imperio del amor, de la feliz y armónica convivencia de tanto tiempo, de la íntima necesidad de tenerlo cerca y negarse a la impiadosa y cruel decisión de confinarlo a la pieza de un hospital, a merced de manos extrañas y sin duda indiferentes. Desde hacía nueve meses. Cuando el diagnóstico resultó incuestionable.

No supo cuánto tiempo permaneció rígida, desprovista de voluntad o deseo para realizar cualquier gesto, hasta aferrar una de las canillas y abrirla, ansiosa y con brusca violencia, para que la irrupción del agua cada vez más fría tuviera la virtud de despejarla. Cuando ya no pudo contener el temblor, cerró las canillas. Será muy rápido. Le aseguro que no sentirá ningún dolor. Mientras se refregaba la toalla para devolverle el calor a su cuerpo, se vio acosada de nuevo por las palabras del doctor Panizza cuando, tres días atrás, en una actitud de caridad y ternura al notarla tan deteriorada –curvado el cuerpo, la mirada sin brillo, la ropa arrugada y bastante sucia–, le entregó un pequeño frasco. No puede seguir así, Aurora. Se lo digo como amigo, más que como médico. Si no quiere internarlo y dejar que otras personas se ocupen de él, tal vez lo mejor es buscar otra alternativa. Y antes de efectuar un gesto o pronunciar una palabra –había llegado a un punto en que parecía incapaz de cualquier reacción, por obra del agotamiento o la desesperanza o una invencible apatía–, le colocó un frasco en una mano y, por unos segundos, sin duda para evitar el rechazo, la obligó a mantenerla fuertemente cerrada. Piénselo. Es una decisión que debe tomar usted. Y desde entonces, ante el dilema más intrincado, se debatió sin tregua entre el desconcierto, la duda y un ineludible acceso de culpa.

Abandonó el baño sin vestirse, no por la premura impuesta por el desgarrante clamor, sino por el desdén sobre todo lo referido a su arreglo personal. El hecho de vivir abroquelada en la casa la libraba de miradas indiscretas. Junto a la puerta del dormitorio se detuvo. Necesitó apoyarse en el marco, algo mareada y sin fuerzas para dar un paso más, vulnerada por la habitual pero ya intolerable visión ofrecida por él: los brazos moviéndose en gestos distorsionados; la cabeza hundida en la almohada; un hilo de saliva escurriéndose por la boca desdentada; el quejido monocorde quebrado, de tanto en tanto, por gritos lacerantes. Sí. Ahora soy la única que puede acabar con esto. Sobrecogida por la responsabilidad impuesta por la sugerencia del doctor Panizza, no lograba desechar los escrúpulos, sobre todo porque se había impuesto el propósito de preservar –sin el frenesí de la pasión y tratando de eludir los estragos de la enfermedad– a través de una caricia, algún beso fugaz o la mera compañía, un hálito del amor que habían compartido durante tanto tiempo.

Pero ya le resultaba difícil lograrlo. Minada por el cansancio. Invencible. Visceral. Quitándole el afán para seguir luchando o alentar un furtivo soplo de esperanza. Incapaz de superar el instintivo rechazo de acostarse con él, pues la cama había dejado de ser el preciado territorio donde encontraron siempre el modo no sólo de obtener una necesaria tregua o reposo a la jornada diaria sino más bien para prodigarse las confidencias que alimentaban el clima de intimidad, urdir proyectos y sobre todo, cuando la ausencia de hijos hizo crecer el sentido del desamparo, relegar por algunos momentos, en la embriaguez del placer, el asedio de la temida soledad. Por eso, las últimas noches se limitó a permanecer recostada en un sofá, sin ánimo o energías para hacer otra cosa que observar, en una casi alucinada vigilia, al hombre que, apresado por el dolor excluyente, ya no la reconocía ni podía responder a cualquiera de sus requerimientos.

La única salida. Tal vez no tenga sentido desear o esperar otra cosa. De pronto creyó vislumbrar una luz esclarecedora. Dio unos pasos hasta la pequeña mesa atiborrada de cajas y frascos de remedios. A lo largo de los meses llegaron a resultarle tan familiares que sabía de memoria el grado de eficacia y el momento de utilizarlos. Sin vacilar aferró uno: el último frasco que le había dado el doctor Panizza. Sí. Apenas un sueño. Profundo. Liberador. Desenroscó la tapa y vertió el líquido en un vaso. Después, sosteniéndolo con las dos manos en un gesto de extremo cuidado, temiendo que se le cayera, se dio vuelta y caminó hacia la cama. Por unos segundos observó el cuerpo. Tembloroso y jadeante entre las cobijas desordenadas.

Entonces llevó el vaso a los labios. Y bebió el líquido marrón. De un solo trago.