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jueves, 10 de julio de 2025

Los recuerdos parlantes

Guillaume Apollinaire

 

Cuando estuve en Londres me hospedé en una casa de huéspedes que me habían recomendado, donde me destinaron una cómoda habitación, en la que dormí a pierna suelta la primera noche.

Al día siguiente, muy temprano, me despertó el rumor de una conversación que sostenían en el cuarto contiguo.

Entendía muy bien lo que se decían los interlocutores, en un inglés gringo, con el muelle acento del oeste. Eran hombre y mujer los que hablaban, y hacíanlo en tono muy apasionado.

–Olly, ¿por qué se fue usted sin avisarme? ¿Por qué, por qué?

¿Que por qué, Chislam? Pues porque su amor hubiera coartado mi libertad, que es más preciada.

¿De modo que, oh, rubia Olly, me quería usted, y ese amor fue causa de que la perdiera?

Sí, Chislam; hubiera acabado por ceder a sus ruegos y me hubiera casado con usted. Pero al proceder así hubiera tenido que renunciar a mi arte.

Olly, arisca, yo la esperaré siempre.

Y en ese tenor siguió el diálogo: la independiente Olly se negaba a aceptar las proposiciones matrimoniales del enamorado Chislam.

Mi conocimiento de la gazmoñería anglosajona hizo que me chocara de pronto que, en la casa, toleraran a mi vecino de cuarto visitas de mujer; pero luego ya no volví a acordarme de aquello.

Mi asombro subió de punto a la mañana siguiente, cuando me despertó el rumor de otra conversación, sostenida en francés, aunque también con el dejo de los yanquis del oeste.

Uno de los interlocutores era el tal Chislam, que ahora hablaba con otra mujer.

–¡Usted no me quiere, señor Chislam! Usted anda siempre alrededor de Olly, la domadorcita de perros, que es más seca que el palo de una escoba. No hace un mes todavía que se extasiaba usted escuchando mis romanzas, lo cual era debido a la sola fuerza del amor, ya que mi voz no tiene nada de extraordinario.

He concluido por observarlo, señorita Criquette. Además, usted no me quiere. Usted me sigue la corriente por coquetería.

¿Pero ha olvidado usted ya la promesa de casarse conmigo que me hizo, y esa finca a orillas del Loira, donde íbamos a pasar la luna de miel?

–Señorita Criquette, tengo resuelto, dado que me case, retirarme al Maine, al Maine de los Estados Unidos de América.

–Después de todo puede que haga usted bien, porque yo no lo hubiera querido para esposo con lo bobo, bobón, bobalicón que es…

Seguían otros dimes y diretes, y en tanto me vestía, pensaba: esa francesa tiene un dejo muy notable… seguramente habrá vivido muchos años en California… ¡Caramba, qué predilección muestra por la palabra bobo y qué inconstante es también ese Chislam! Pero al fin y al cabo lo cierto es que esta casa de huéspedes no es muy recomendable que digamos…

Al día siguiente me despertaron tan bruscamente como en los anteriores. Aquella vez la conversación era sostenida en italiano, pero con el mismo deplorable acento de los yanquis del oeste.

–Hermosa Locatelli, acceda a mi amor. ¡Casémonos! Renunciaremos a los viajes e iremos a ocultar nuestra dicha en una finca que pienso comprar en California, en San Diego. Quiero que tenga vistas a la bahía, que es admirable, y plantaremos naranjos.

Es imposible, señor Chislam. Estoy prometida a un compatriota mío que es oficial en Bolonia. No tiene más recursos que su paga y estamos esperando para casarnos a que yo haya reunido la dote reglamentaria.

Siendo así, quede usted con Dios, señorita de Locatelli; un pobre diablo como yo no ha de pesar más en su corazón que todo un oficial del ejército. Adiós, signorina. Y para que sea usted dichosa sin esperar tanto tiempo, permítame completar la dote de que me habla.

Yo decía para mis adentros: ese singular tenorio es una buena persona, pero su manía de casarse diariamente resulta algo incómoda, pues me despierta sobresaltado mucho antes de la hora de costumbre.

A la noche siguiente no pude pegar un ojo. El señor Chislam estaba hablando con un hombre, con un inglés de Estados Unidos, y con el consabido acento del oeste.

–Sí, Chislam, usted no es más que un desgraciado que se muere sin calor de nadie, sin familia y sin amor.

–Tiene usted razón, Chislam. Pero no tengo más remedio que resignarme. Habré hecho en mi vida las delicias de muchos millones de criaturas y, sin embargo, no he podido encontrar a mi media naranja.

–Chislam, usted ha sido la alegría del mundo, la risa misma del mundo entero. Hubiera sido demasiado para una mujer. Lo que para todos está bien, puede, por su enormidad, asustar a uno solo.

–De modo, Chislam, que yo me creía el más feliz de los hombres, y no soy sino el más desventurado.

–¡Ay, Chislam! Tal pienso. Su fantasía, que promovía una hilaridad desconocida hasta entonces en todos los públicos, no ha sido suficiente para que una chica cualquiera lo encontrara simpático. Perdida entre el público podía corear sus risas; pero en cuanto a solas le hablaba usted de amor, sólo le inspiraba una tristeza infinita.

–¿Ese es el mundo, Chislam?

–¡Chislam, tal es el mundo!

–¿Y no tendré ya quien me consuele sino yo solo?

Nadie sino usted solo.

Hubiera durado probablemente largo rato aquel diálogo entre los dos Chislames si yo, muy molesto ya, no hubiera golpeado muy fuerte en el tabique que separaba nuestras habitaciones, gritando:

–¡Caballeros, que es hora de dormir!

Para el otro día, a eso de las ocho de la mañana, cuál no sería mi estupefacción cuando al despertarme sobresaltado por la consabida plática, oigo que mi vecino estaba otra vez enzarzado en matrimonial coloquio con la arisca de Olly, cuya voz fue la primera que oí en aquellos diálogos.

Me vestí lo más aprisa que pude y corrí en busca de la respetable patrona de la casa:

Me es imposible dormir en el cuarto que usted me destinó. En cuanto amanece ya está mi vecino hablando con señoras, y por la noche se enreda en conversación con caballeros.

Tiene usted un sueño muy ligero por lo visto. Le destinaremos una alcoba en otro piso. Su vecino de cuarto es un caballero muy estimable. Es el famoso comediante Chislam Borrow; es natural de California, y logró hacerse famoso en todo el mundo por sus muecas y visajes, y las escenas que su ventriloquía y facilidad para mudarse de ropa le permitían representar sin ayuda de nadie. Es muy instruido y conoce varios idiomas. Luego, con los años, se hizo rico y se retiró del teatro. Chislam Borrow es ahora lo que se dice un viejo solterón. No tiene parientes ni amigos. Lleva ya tres años hospedado en esta casa, y con nadie habla sino consigo mismo. Su ventriloquía lo provee del medio de procurarse compañía cuando se le antoja. Le da a veces por ponerse a hablar con alguna de las mujeres que hubiera querido tomar por esposa; otras habla consigo mismo, y esos son sus diálogos más tristes. Chislam Borrow es muy digno de lástima, caballero, porque ya comprenderá usted que esos recuerdos parlantes no valen, a pesar de su variedad, lo que el sencillo lenguaje de una mujer propia, cuyo pelo se hubiera vuelto blanco al mismo tiempo que el del mustio ex cómico, y que ahora consolaría sus últimos años…

Poco tiempo después me vine de Londres sin haber visto a Chislam Borrow.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

jueves, 23 de noviembre de 2023

El marinero de Ámsterdam

Guillaume Apollinaire

 

El bergantín holandés Alkmaar regresaba de Java cargado de especias y otras mercancías preciosas. Hizo escala en Southampton, y a los marineros se les dio permiso para bajar a tierra. Uno de ellos, Hendrijk Wersteeg, llevaba un mono sobre el hombro derecho, un loro sobre el izquierdo y, en bandolera, un fardo de telas indias que tenía intención de vender en la ciudad, junto con los animales.

Era a principios de primavera, y la noche caía todavía temprano. Hendrijk Wersteeg caminaba a paso ligero por las calles algo brumosas que la luz de gas apenas iluminaba. El marinero pensaba en su próximo regreso a Ámsterdam, en su madre, a la que no había visto en tres años, en su prometida, que le esperaba en Monikedam. Sopesaba el dinero que conseguiría de los animales y de las telas y buscaba una tienda en donde vender tales mercancías exóticas.

En Above Bar Street, un caballero vestido muy pulcramente lo abordó, preguntándole si buscaba comprador para su loro.

–Este pájaro –dijo– me vendría muy bien. Necesito a alguien que me hable sin que yo tenga que contestarle, pues vivo completamente solo.

Como la mayoría de los marineros holandeses, Hendrijk Wersteeg hablaba inglés. Puso un precio que el desconocido aceptó.

–Sígame –dijo este–. Vivo bastante lejos. Usted mismo colocará el loro en una jaula que hay en mi casa. Me mostrará también sus telas, y puede que haya entre ellas algunas que me gusten.

Muy contento por el trato hecho, Hendrijk Wersteeg se fue con el caballero, ante el cual, en la esperanza de poder vendérselo también, elogió al mono, que era, decía, de una raza bien rara, una de esas cuyos individuos mejor resisten el clima de Inglaterra y que más se encariñan con el dueño.

Pero pronto Hendrijk Wersteeg dejó de hablar. Malgastaba en vano sus palabras, puesto que el desconocido no le respondía y ni siquiera parecía escucharle.

Continuaron el camino en silencio, el uno al lado del otro. Solos, añorando sus bosques natales en los trópicos, el mono, asustado por la bruma, soltaba de vez en cuando un gritito parecido al vagido de un recién nacido, y el loro batía las alas.

Al cabo de una hora de marcha, el desconocido dijo bruscamente:

–Nos acercamos a mi casa.

Habían salido de la ciudad. El camino estaba bordeado de grandes parques cercados con verjas; de vez en cuando brillaban, a través de los árboles, las ventanas iluminadas de una casita de campo, y se oía a intervalos en la lejanía el grito siniestro de una sirena en el mar.

El desconocido se paró ante una verja, sacó de su bolsillo un manojo de llaves y abrió la cancilla, que volvió a cerrar una vez Herdrijk la hubo franqueado.

El marinero estaba impresionado: apenas distinguía, al fondo de un jardín, una casa de bastante buena apariencia, pero cuyas persianas cerradas no dejaban pasar luz alguna. El desconocido silencioso, la casa sin vida, todo le resultaba bastante lúgubre. Pero Hendrijk se acordó de que el desconocido vivía solo.

“¡Es un excéntrico!” pensó, y como un marinero holandés no es lo suficientemente rico como para que se le engañe con el fin de desvalijarlo, se avergonzó de su instante de ansiedad.

–Si tiene cerillas, ilumíneme –dijo el desconocido metiendo la llave en la cerradura de la puerta de la casa.

El marinero obedeció y, una vez dentro de la casa, el desconocido trajo una lámpara que pronto iluminó un salón amueblado con buen gusto.

Hendrijk Wersteeg estaba totalmente tranquilo. Alimentaba la esperanza de que su extraño compañero le comprara una buena parte de sus telas.

El desconocido, que acababa de salir del salón, volvió con una jaula:

–Meta aquí el loro –le dijo–. No lo pondré en una percha hasta que se haya domesticado y sepa decir lo que quiero que diga.

Después, tras haber cerrado la jaula en la que, espantado, quedó el pájaro, le pidió al marinero que cogiera la lámpara y fuera a la habitación contigua, donde se encontraba, según decía, una mesa cómoda para extender las telas. Hendrijk Wersteeg obedeció y fue a la alcoba que se le había indicado. De pronto, oyó que la puerta se cerraba tras él y que la llave giraba. Estaba prisionero. Trastornado, dejó la lámpara sobre la mesa y quiso arrojarse contra la puerta para tirarla abajo. Pero una voz le detuvo:

–¡Un paso más y es hombre muerto, marinero!

Levantando la cabeza, Hendrijk vio por un tragaluz en el que antes no había reparado que el cañón de un revólver le apuntaba. Aterrorizado, se detuvo. No le era posible luchar: su navaja no iba a servirle en estas circunstancias; incluso un revólver le hubiera resultado inútil. El desconocido que lo tenía a su merced se escondía detrás de un muro, al lado del tragaluz desde el cual vigilaba al marinero, y por donde sólo pasaba la mano que esgrimía el revólver.

–Escúcheme –le dijo el desconocido– y obedezca. El servicio obligado que usted me va a prestar será recompensado. Pero no tiene elección. Es necesario que me obedezca sin dudar o lo mataré como a un perro. Abra el cajón de la mesa… Hay dentro un revólver de seis tiros, cargado con cinco balas… Cójalo.

El marinero holandés obedecía casi inconscientemente. El mono, subido a su hombro, gritaba de terror y temblaba. El desconocido continuó:

–Hay una cortina al fondo de la habitación. Descórrala.

Descorrida la cortina, Hendrijk vio un cuarto en el que, sobre una cama, atada de pies y manos y amordazada, una mujer lo miraba con los ojos llenos de desesperación.

–Desate las ataduras de esta mujer –dijo el desconocido– y quítele la mordaza.

Ejecutada la orden, la mujer, muy joven y de una belleza admirable, se arrojó de rodillas ante el tragaluz, gritando:

–¡Harry, es una estratagema infame! Me has atraído a esta casa para asesinarme. Has pretendido haberla alquilado para que pasáramos en ella los primeros días de nuestra reconciliación. Creía haberte convencido. ¡Pensaba que por fin estarías seguro de que yo no tuve nunca la culpa de nada! ¡Harry! ¡Harry! ¡Soy inocente!

–No te creo –dijo secamente el desconocido.

–¡Harry, soy inocente! –repitió la joven con voz estrangulada.

–Esas son tus últimas palabras, las grabaré cuidadosamente. Se me repetirán toda mi vida.

Y la voz del desconocido tembló un poco, volviéndose rápidamente firme:

–Como todavía te amo –añadió–, te mataría yo mismo, si te quisiera menos. Pero me sería imposible, porque te amo… Ahora, marinero, si antes de que haya contado hasta diez no ha metido una bala en la cabeza de esta mujer, caerá muerto a sus pies. Uno, dos, tres…

Y antes de que el desconocido hubiera contado cuatro, Hendrijk, enloquecido, disparó sobre la mujer, quien, todavía de rodillas, le miraba fijamente. Cayó de bruces contra el suelo. La bala le había entrado en la frente. De inmediato, un disparo surgido del tragaluz le vino a dar al marinero en la sien derecha. Se desplomó sobre la mesa, mientras que el mono, lanzando agudos chillidos de horror, se refugiaba en su blusón.

Al día siguiente, algunos transeúntes que habían oído gritos extraños procedentes de una casa de las afueras de Southampton, advirtieron a la policía, que llegó rápidamente para forzar las puertas. Encontraron los cadáveres de la joven dama y del marinero. El mono, saliendo violentamente del blusón de su dueño, le saltó a la nariz a uno de los policías. Asustó tanto a todos que, retrocediendo algunos pasos, acabaron por abatirlo a tiros antes de atreverse a acercarse de nuevo a él.

La justicia informó. Parecía claro que el marinero había matado a la dama y que se había suicidado acto seguido. Sin embargo, las circunstancias del drama eran misteriosas. Los dos cadáveres fueron identificados sin problemas y todos se preguntaban cómo lady Finngal, esposa de un par de Inglaterra, había sido encontrada sola, en una casa de campo solitaria, con un marinero llegado la víspera a Southampton.

El propietario de la casa no pudo dar dato alguno que ayudara a la justicia a esclarecer los hechos. La casita había sido alquilada ocho días antes del drama a un tal Collins, de Manchester, que además continuaba en paradero desconocido. Este Collins usaba anteojos y tenía una larga barba roja que bien podría ser falsa.

El lord llegó de Londres a toda prisa. Adoraba a su mujer y su dolor daba lástima a quien le veía. Como todo el mundo, no entendía nada de este asunto.

Después de estos acontecimientos, se retiró del mundo. Vive en su casa de Kensington, sin otra compañía que la de un criado mudo y un loro que le repite sin cesar:

–¡Harry, soy inocente!

 

jueves, 7 de septiembre de 2023

Una bella película

Guillaume Apollinaire

 

¿Sobre qué conciencia no pesa un crimen? –preguntó el barón d’Ormesan–. Por mi parte, ya no me tomo la molestia de contarlos. He cometido algunos que me produjeron dinero, y si hoy no soy millonario, debo culpar más bien a mis apetitos que a mis escrúpulos.

En 1901, en unión de unos amigos, fundé la Compañía Internacional Cinematographic, a la que para abreviar llamamos CIC. Nuestro propósito era producir una película de gran interés y pasarla luego en los cinematógrafos de las principales ciudades de Europa y América. Nuestro programa estaba bien trazado. Gracias a la indiscreción de uno de los domésticos, pudimos obtener una escena interesantísima que representaba al presidente de la República, en momentos en que se levantaba de la cama. Siguiendo idéntico procedimiento, también logramos la filmación del nacimiento del príncipe de Albania. En otra oportunidad, después de comprar a precio de oro la complicidad de algunos funcionarios del sultán, pudimos fijar para siempre la impresionante tragedia del gran visir Malek Pacha, quien, después de los desgarradores adioses a sus esposas e hijos, bebió, por orden de su amo y señor, el funesto café en la terraza de su residencia de Pera.

Sólo nos faltaba la representación de un crimen. Pero, desdichadamente, no es fácil conocer con anticipación la hora de un atraco y es muy raro que los criminales actúen abiertamente.

Desesperando de lograr por medios lícitos el espectáculo de un atentado, decidimos organizarlo por nuestra cuenta en una casa que alquilamos en Auteuil a esos efectos. Primeramente habíamos pensado contratar actores para un simulacro de ese crimen que nos faltaba, pero, aparte de que con ello hubiésemos engañado a nuestros futuros espectadores al ofrecerles escenas falsas, habituados como estábamos a no cinematografiar más que la realidad, no podíamos satisfacernos con un simple juego teatral por perfecto que fuera. Llegamos así a la conclusión de echar suerte, para establecer quién de entre nosotros debía juramentarse y cometer el crimen que nuestra cámara registraría. Mas ésta fue una perspectiva ingrata para todos. Después de todo, éramos una sociedad constituida por personas de bien y nadie tomaba a broma eso de perder el honor ni aun por fines comerciales.

Una noche decidimos emboscarnos en la esquina de una calle desierta, muy cerca de la villa que alquiláramos. Éramos seis y todos íbamos armados con revólveres. Pasó una pareja: un hombre y una mujer jóvenes, cuya elegancia muy rebuscada nos pareció a propósito para acondicionar los elementos más interesantes de un crimen pasional. Silenciosos, nos abalanzamos sobre la pareja y amordazándolos los condujimos a la casa. Allí los dejamos bajo el cuidado de uno de nuestro grupo, volviendo a nuestra posición. Un señor de patillas blancas vestido con traje de noche apareció en la calle; salimos a su encuentro y lo arrastramos a la casa a pesar de su resistencia. El brillo de nuestros revólveres dio razón de su coraje y de sus gritos.

Nuestro fotógrafo preparó su cámara, iluminó la sala convenientemente y se aprestó a registrar el crimen. Cuatro de los nuestros se colocaron al lado del fotógrafo apuntando con las armas a los cautivos.

La joven pareja estaba todavía desvanecida. Los desvestí con atenciones conmovedoras: despojé a la muchacha de la falda y el corsé, dejando al joven en mangas de camisa. Dirigiéndome al señor de esmoquin, le dije:

–Señor: ni mis amigos ni yo deseamos a usted ningún mal. Pero le exigimos, bajo pena de muerte, que asesine, con este puñal que arrojo a sus pies, a este hombre y a esta mujer. Ante todo, usted tratará de que vuelvan de su desmayo; tenga cuidado que no lo estrangulen. Como están desarmados, no cabe la menor duda de que usted logrará su propósito.

–Señor –repuso cortésmente el futuro asesino– no tengo más remedio que ceder ante la violencia. Usted ha tomado todas las resoluciones y no deseo en lo más mínimo modificar una decisión cuyo motivo no se me aparece claramente; voy a pedirle una gracia, sólo una: permítame cubrirme el rostro.

Nos consultamos y resolvimos que era mejor así, tanto para él como para nosotros. Coloqué sobre la cara del hombre un pañuelo en el que previamente habíamos abierto dos orificios en el lugar de los ojos, y el individuo comenzó su tarea.

Golpeó al joven en las manos. Nuestro aparato fotográfico empezó a funcionar, registrando esta lúgubre escena. Con el puñal dio unos puntazos en el brazo de su víctima. Ésta se puso rápidamente de pie, saltando, con una fuerza duplicada por el espanto, sobre la espalda de su agresor. La muchacha volvió en sí de su desvanecimiento y acudió en socorro de su amigo. Fue la primera en caer, herida en el corazón. Luego la escena se concentró en el joven, que se abatió de una herida en la garganta. El asesino hizo las cosas bien. El pañuelo que cubría su rostro no se había movido durante la lucha, y lo conservó puesto todo el tiempo que la cámara funcionó.

–¿Están ustedes conformes? –nos preguntó–. ¿Puedo ahora arreglarme un poco?

Lo felicitamos por su labor. Se lavó las manos, se peinó, cepillándose luego el traje. Inmediatamente, la cámara se detuvo.

 

lunes, 14 de marzo de 2022

El mono y el loro

Guillaume Apollinaire

 

I

El Alkmaar era un bergantín holandés que regresaba de Java cargado hasta el tope de especias y ricas mercaderías. Hizo escala en Southampton y se les dio autorización a los tripulantes para que descendieran a tierra.

Hendrijk Versteeg, uno de los marineros, llevaba en el hombro derecho un mono y en el izquierdo un loro. Cargaba sobre la espalda un atado de telas indias. Pensaba vender en la ciudad tanto las telas como los animales.

Era el comienzo de la primavera y anochecía temprano.

Hendrijk Versteeg caminaba, casi corría, por las calles. Sólo el resplandor de los mecheros de luz de gas alumbraba en la neblina. El marinero deseaba regresar a Ámsterdam; pensaba en su madre, de quien no sabía nada desde hacía tres años; en su novia, que lo esperaba en Monikendarn. Calculaba cuánto dinero obtendría por los dos animales y las telas, mientras buscaba un comercio donde vender sus exóticos artículos.

En Above Bar Street, un señor muy correcto lo interceptó y le preguntó si quería vender el loro.

–Me gustaría mucho tener ese pájaro –dijo–. Como vivo solo, me resultaría entretenido estar con él.

Hendrijk Versteeg, como todos los marineros holandeses, hablaba inglés. Le dijo al desconocido cuánto le cobraría por el loro y el hombre aceptó.

–Sígame –le dijo–. Vivo un poco lejos. Cuando lleguemos, usted colocará el loro en una jaula que tengo. También me mostrará sus telas y tal vez yo encuentre alguna que me agrade.

Muy satisfecho, Hendrijk Versteeg siguió al caballero y, mientras caminaban, empezó a ponderar a su mono, que pertenecía, le dijo, a una raza muy rara, cuyos individuos se encariñaban con los amos y eran capaces de resistir bien el clima de Inglaterra.

Muy pronto Hendrijk Versteeg dejó de hablar. El desconocido no le contestaba y ni siquiera parecía escucharlo.

Caminaron en silencio, uno al lado del otro. El mono, que extrañaba la selva de donde venía, y asustado por la neblina, gemía como un niño recién nacido. El loro agitaba las alas.

Después de una hora de andar y andar, el desconocido dijo, de pronto:

–Estamos cerca de casa.

Habían llegado a las afueras de la ciudad. A los costados del camino se extendían grandes parques rodeados de verjas; de vez en cuando brillaban entre los árboles las ventanas de alguna casa y también se oía, a veces y a la distancia, el siniestro ulular de una sirena que venía del mar.

El desconocido se detuvo ante la verja, sacó unas llaves y abrió la puerta; entraron y la cerró detrás de Hendrijk.

El marinero se sintió inseguro. En el fondo del jardín vio una casita de apariencia bastante buena, pero con las persianas cerradas que no dejaban ver ninguna luz.

El caballero silencioso, la casa sin vida, todo eso se le representaba bastante lúgubre. Pero Hendrijk recordó que el desconocido vivía solo. “Es un hombre original”, pensó; y como un marinero holandés no es lo bastante rico como para que alguien piense en desvalijarlo, se avergonzó de ese súbito ataque de miedo.

 

II

–Si tiene fósforos, alumbre –dijo el desconocido, mientras introducía una llave en la cerradura de la puerta de la casa.

El marinero así lo hizo y, cuando entraron, el desconocido encendió una lámpara, que de inmediato iluminó una sala cuyos muebles mostraban que su dueño tenía buen gusto.

Hendrijk Versteeg había recobrado su tranquilidad. Tenía la esperanza de que su extraño compañero le comprara algunas de sus buenas telas.

El desconocido, que había salido de la sala, regresó con la jaula.

–Ponga aquí el loro –dijo–. Le colocaré un aro y una cadena cuando se haya amansado y aprenda a decir lo que yo quiero que diga.

Luego cerró la jaula e invitó al marinero a tomar la lámpara e ir al cuarto contiguo en el que había una mesa cómoda para extender las telas.

Hendrijk Versteeg obedeció, tomó la lámpara y entró en el cuarto indicado. La puerta se cerró detrás de él; la llave giró; estaba secuestrado.

Sin saber qué hacer, dejó la lámpara sobre la mesa y quiso golpear la puerta, para forzarla. Pero una voz lo detuvo:

–Un paso y lo mato.

Al alzar la cabeza, Hendrijk Versteeg vio, por una claraboya que no había notado hasta entonces, el cañón de un revólver que le apuntaba. Quedó inmóvil y aterrado.

Imposible luchar. De nada le serviría su cuchillo; ni siquiera le hubiera servido un revólver. El desconocido dijo:

–Escuche y haga lo que le digo. El servicio forzado que usted me prestará, tendrá su recompensa. Pero la decisión es mía. Usted me obedecerá ciegamente; si no, lo mataré como a un perro. Abra el cajón de la mesa… Encontrará un revólver de seis tiros, con cinco balas. Tómelo.

El marinero holandés obedeció instintivamente. En su hombro, el mono gritaba y temblaba. El desconocido continuó:

–En el fondo del cuarto hay una cortina. Vaya y descórrala.

Al descorrer la cortina, Hendrijk vio una alcoba; allí, atada de pies y manos sobre una cama, una mujer lo miraba con desesperación.

–Ahora, desate a esa mujer –dijo el desconocido– y quítele la mordaza.

Cuando el marinero la desató, la mujer, joven y muy bella, se arrodilló ante el tragaluz y gritó:

–Harry, es una venganza infame. Me has traído aquí para asesinarme. Me dijiste que habías alquilado esta casa para festejar nuestra reconciliación. Creí haberte convencido. Creí que al fin estabas seguro de que nunca he sido culpable. ¡Nunca! ¡Harry, Harry, soy inocente! ¡Soy inocente!

–No te creo –dijo el desconocido.

–¡Harry, soy inocente! –repitió la mujer con la voz desgarrada.

–Son tus últimas palabras y las voy grabar cuidadosamente. Me las repetiré toda la vida –la voz del desconocido tembló un poco, pero se afirmó de inmediato–. Porque sigo queriéndote; si te quisiera menos, te mataría yo mismo y con mis propias manos. Pero eso me es imposible, porque te quiero… Ahora, marinero, si usted no mata a esa mujer antes de que yo cuente hasta diez, usted caerá muerto junto a ella. Uno, dos, tres, cuatro…

Antes de que el desconocido pudiera contar hasta cinco, Hendrijk le disparó a la mujer que, siempre arrodillada, lo miraba fijamente. La mujer cayó de cara al suelo. Había recibido el tiro en la frente. En seguida, un segundo disparo dio al marinero en la sien derecha. Hendrijk se derrumbó sobre la mesa, mientras el mono, con agudos gritos de espanto, se escondía en su camisa.

 

III

Al día siguiente unas personas oyeron gritos extraños que salían de una casa en las afueras de Southampton y avisaron a la policía. Cuando los agentes ingresaron, encontraron los cuerpos inertes de la muchacha y el marinero. El mono salió bruscamente de entre las ropas de su amo y trepó sobre los hombros de uno de los policías. Esto les causó tanta impresión, que retrocedieron y lo mataron de un tiro.

La justicia dio su dictamen. Todo mostraba que el marinero había matado a la mujer y que luego se había suicidado. Sin embargo, el drama tenía cosas misteriosas. Los muertos fueron identificados. Todo el mundo se preguntó cómo era que Lady Finngal, la esposa de un par del Reino, estaba sola en una casa de campo con un marinero que el día anterior había desembarcado en Southampton.

El dueño de la casa no pudo declarar nada a la policía. La había alquilado, ocho días antes de la tragedia, a un tal Collins, de Manchester. Al tal Collins no lo pudieron encontrar. Tenía anteojos y una larga barba roja, que podía ser postiza.

Lord Finngal llegó de Londres, apresuradamente. Quería mucho a su mujer y se le veía deshecho. Tanto a él como a la policía, y a todos en general, el caso les parecía inexplicable.

A partir de ese momento, se retiró del mundo y se alejó de sus conocidos. Vive en su casa de Kensington, sin otra compañía que la de un sirviente mudo y un loro que repite sin cesar:

–¡Harry, soy inocente!