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viernes, 5 de septiembre de 2025

La calle de los cocodrilos

Bruno Schulz

 

Mi padre conservaba en el cajón inferior de su amplio escritorio un hermoso plano antiguo de nuestra ciudad. Era en realidad todo un volumen en folio, de pergaminos que, unidos por medio de cintas, formaban un inmenso mapa mural que representaba un panorama a vuelo de pájaro.

Fijado a la pared, a la que cubría casi por entero, dejaba ver todo el valle del Tysmienica, que serpenteaba como una cinta pálida y dorada el conjunto de los grandes lagos y pantanos y los últimos contrafuertes de las montañas, cuyas ondulaciones huían hacia el Sur, primero raras y distantes, luego reunidas en cadenas cada vez más numerosas, en un damero de colinas redondeadas que se hacían más pequeñas y más pálidas a medida que se acercaban al horizonte dorado y brumoso. Bajo esas periferias empañadas y lejanas se destacaba la ciudad, que avanzaba hacia el borde del mapa. Al principio bajo la forma de masas aún indiferenciadas, compacta mezcla de casas cruzadas por los arroyos profundos de las calles; más cerca se dividía en inmuebles individualizados, que habían sido dibujados con la misma precisión con que se verían a través de unos prismáticos.

En esta parte, el artista había logrado fijar la profusión tumultuosa de las calles y callejuelas, el diseño de las cornisas, arquitrabes, arquivoltas y pilastras que brillaban en el oro sombrío de un crepúsculo que hundía a los nichos y oquedades en una sombra color ocre. Esos espectros de sombra se extendían como rayos de miel, por las arterias de la ciudad. Bañaban con su masa tibia y opulenta aquí la mitad de una calle, allá un espacio entre dos casas, y orquestaban, en un claroscuro triste y romántico, la polimorfía arquitectónica del conjunto.

Ahora bien, sobre este plano, dibujado en el estilo de los prospectos barrocos, los alrededores de la calle de los Cocodrilos formaban una mancha blanca comparable a la que, en los tratados de geografía, señala las regiones polares o los países inciertos o inexplorados. Solo algunas calles estaban indicadas allí con líneas negras, con sus nombres trazados en escritura corriente, mientras que las otras leyendas se distinguían por la nobleza de sus caracteres góticos. Era evidente que el cartógrafo se había negado a reconocer esta zona como parte legítima de la ciudad y había manifestado su oposición por medio de ese tratamiento superficial.

Para comprender su reserva, debemos describir aquí la naturaleza particular de este barrio equívoco. Era un distrito comercial e industrial de muy marcado carácter utilitarista. El espíritu de la época y los mecanismos económicos no habían perdonado a nuestra ciudad y se habían enraizado en su periferia, donde habían dado nacimiento a ese suburbio parásito. Mientras que en la ciudad vieja reinaba aún un comercio nocturno, semiclandestino y ceremonioso, aquí, en este barrio joven habían florecido toda clase de métodos comerciales sobrios y modernos. Injertado en este suelo agotado, cierto norteamericanismo exuberante había producido un estilo soso e incoloro, de una vulgaridad presuntuosa. Se veían allí miserables edificios de fachada caricaturesca, embozados en monstruosos ornamentos de estuco que se desmoronaban fácilmente. A las viejas barracas suburbanas se habían agregado apresuradamente portales cerrados que, si se los miraba de cerca, no eran más que una lamentable imitación del estilo de moda. Las vidrieras sucias sobre las cuales se quebraba en reflejos ondulados la imagen de la calle, la madera rugosa de los portales, el tono gris uniforme de esos interiores estériles en los que las altas estanterías y los muros agrietados se cubrían de telas de araña y de capas de polvo, todo eso daba a los negocios del barrio el sello de un nuevo Klondyke. Así se alineaban una al lado de otra, los tenduchos de los sastres de confección, los depósitos de porcelanas, las droguerías, las peluquerías. En los grandes vidrios grisáceos de sus frentes estaban pintadas oblicuamente o en semicírculo inscripciones en letras doradas: CONFITERÍA, MANICURA, KING OF ENGLAND.

Los viejos habitantes de la ciudad se mantenían apartados de esta zona, ocupada por un populacho sin carácter ni cohesión, una verdadera pacotilla moral, una categoría inferior del ser humano que, por sí mismos y ellos solos, engendraban tales ambientes dudosos y efímeros. Pero en los días de abatimiento, en las horas de debilidad, podía ocurrírsele a un ciudadano echar a andar por esa zona equívoca. Ni siquiera los mejores escapaban a la tentación de degradarse alguna vez, de borrar las jerarquías, de hundirse en ese cenagal de fácil promiscuidad. Ese barrio era un Eldorado para esos desertores que renunciaban a su dignidad. Todo allí parecía sospechoso y dudoso; todo, por medio de guiñadas discretas, gestos cínicos y miradas furtivas, excitaba a la concupiscencia impura; todo tendía a desencadenar los bajos instintos.

Un transeúnte desprevenido difícilmente descubriría la extraña peculiaridad de estos lugares, donde los colores estaban ausentes, como si en esta aglomeración mediocre y apresurada nadie pudiera permitirse ese lujo. Todo era gris, como en un folleto ilustrado o en las fotos en blanco y negro. Esta semejanza iba más allá de la simple metáfora pues, por momentos, si uno paseaba por esas calles, tenía la impresión de hojear un insípido prospecto en el que, por inadvertencia, se hubieran deslizado proposiciones equívocas, notas escabrosas, ilustraciones parásitas. Esos paseos se revelaban tan estériles como los desbordes de una imaginación que se arrastra entre las ilustraciones y los textos de una publicación pornográfica.

Si uno entraba, por ejemplo, en la tienda de un sastre, para encargar un traje de dudosa elegancia, a tono con las características del lugar, se encontraba en un local vasto y vacío, de techo elevado e incoloro, hasta el cual se elevaban las grandes estanterías. Ese andamiaje de estantes vacíos conducía nuestra mirada hacia las alturas, hacia ese techo que podía ser también un cielo, un cielo mediocre y mustio como los de ese barrio. Pero, por otra parte, las demás piezas, que es posible ver por la puerta entreabierta, están llenas hasta el tope de cajas y cartones, superpuestos como en un inmenso fichero que, allá arriba junto al vago firmamento del techo, concluye en una geometría del vacío, una construcción estéril de la nada. La luz diurna no atraviesa esas ventanas grises de múltiples vidrios cuadriculados como las hojas de los cuadernos escolares, porque todo el espacio del negocio está embebido en una luz indecisa e indiferente que no proyecta sombra ni subraya los relieves.

Y ahora se nos aparece un joven extremadamente servicial, esbelto y ágil, dispuesto a satisfacer todos nuestros deseos y a aplastarnos bajo su fácil elocuencia chabacana. Sin dejar de parlotear, despliega largas piezas de tela, mide, alisa las arrugas y da forma a la onda infinita que corre entre sus manos, armando capotes o pantalones imaginarios. Todas esas manipulaciones solo parecen una simulación, una comedia, una máscara irónica que oculta el sentido verdadero de su actividad.

Las vendedoras son morenas y esbeltas, pero la belleza de cada una de ellas tiene un pequeño deterioro, muy característico de ese barrio de mala vida. Van y vienen por la tienda, o se apostan en la puerta, vigilando si la operación comercial confiada al experto dependiente está llegando a concretarse. El joven hace toda clase de ceremonias y melindres; por momentos da la impresión de ser una mujer vestida de hombre. Uno desearía acariciar su mentón o pellizcar sus mejillas, cuando, esbozando una mirada cómplice, atrae discretamente nuestra atención sobre la etiqueta de su mercadería, de transparente simbolismo.

Poco a poco la cuestión de la elección de una tela queda relegada a un segundo plano. Ese joven corrompido y casi afeminado, lleno de comprensión por los caprichos más íntimos del cliente, exhibe ante los ojos de éste etiquetas muy particulares, toda una colección de marcas registradas, la colección de un aficionado refinado. Entonces descubrimos que la sastrería no era más que una fachada que disimulaba el gabinete de un librero, repleto de libros de tiraje reducido y escritos de carácter licencioso. El joven diligente nos muestra reservas de libros, grabados y fotografías que se apilan hasta el techo. Las viñetas y las estampas superan nuestros sueños más osados: nunca hubiéramos imaginado tales abismos de depravación, una desvergüenza tan refinada.

Las vendedoras, grises, color de papel, pasan y vuelven a pasar, ahora con mayor frecuencia, entre las pilas de libros. Sus rostros ya corrompidos tienen ese pigmento graso de las morenas que, agazapado en el fondo de sus ojos, se lanza a veces a una carrera enloquecida de cucaracha. En las manchas de rubor que colorean sus mejillas, en sus lunares picarescos, en el impudor de su vello, se trasluce el ardor de su sangre negra. Los libros, que ellas toman con sus dedos oliváceos, parecen conservar manchas de esa sangre: sus colorantes muy intensos, al desteñirse sobre el papel, soltaban en el aire como una lluvia de pecas, un reguero obscuro y aromático, olor de café, de tabaco y de hongos venenosos.

Entretanto la licencia se generaliza. El dependiente, que ha agotado sus facultades de convicción, se ha reducido progresivamente a una femenina pasividad. Se ha tendido sobre uno de los numerosos divanes que se hallan entre las estanterías; un escote femenino entreabre su pijama de seda. Las vendedoras se muestran unas a otras las figuras y posiciones de las estampas; otras se adormecen sobre lechos improvisados. La presión sobre el cliente se debilita. Han dejado de importunarlo y lo dejan librado a sí mismo; entregadas a sus conversaciones, ya no le prestan ninguna atención. Sin embargo adoptan una actitud arrogante, colocándose de espaldas o de perfil, y juegan coquetamente con la punta de sus zapatos u ondulan sus cuerpos con flexibilidad de serpientes, provocando así con indolente irresponsabilidad al espectador que fingen ignorar. El huésped se siente así atraído, empujado por esa retirada estratégica que le deja sin campo libre para actuar. Pero mejor será aprovechar ese instante de distracción para escapar a las imprevisibles consecuencias de nuestra inocente visita y salir a la calle.

Nadie nos retiene. Nos escabullimos entre corredores de libros, entre las largas estanterías de revistas e impresos; logramos abandonar el negocio y nos hallamos de nuevo en el punto más alto de la calle de los Cocodrilos, desde donde se puede observar todo su trazado, hasta las construcciones interrumpidas de la estación. La luz es grisácea, como siempre ocurre en estos parajes, y el paisaje recuerda una foto de vieja revista ilustrada, a tal punto son descoloridos y vulgares los vehículos, las casas y la gente. Esta realidad, delgada como el papel, denuncia por todas sus grietas su carácter ilusorio. A veces uno tiene la impresión de que esa esquinita que de pronto descubrimos ha sido arreglada especialmente para ofrecer la imagen de una avenida de una gran ciudad. Pero de inmediato esa mascarada improvisada se descompone: incapaz de sostener su ficción, se desmorona, y solo queda un montón de argamasa, los escombros de un teatro inmenso y vacío recorrido a veces por los estremecimientos de una gravedad tensa y patética.

Lejos está de nosotros la intención de denostar este espectáculo. Aceptamos conscientemente que el encanto mezquino de este barrio nos seduce. Por otra parte, no está desprovisto de cierto carácter autoparódico. Las hileras de barracas suburbanas alternan con altos edificios que se diría hechos de cartón, un conglomerado de insignias, ciegas ventanas de oficinas, vidrieras opacas, chapas y anuncios. La multitud hormiguea al pie de esas casas. La calle es tan ancha como una avenida urbana, pero la calzada, a la manera de las plazuelas aldeanas, está hecha de arcilla apisonada, invadida de hierbas silvestres, llena de pozos y charcos. La circulación de los peatones es motivo de orgullo para los habitantes del barrio, y hablan de ella exhibiendo miradas de suficiencia. La multitud descolorida, anónima, está en sumo grado poseída de su papel y despliega todo el celo posible para contribuir a crear la impresión de una gran ciudad. Sin embargo, a pesar de su aspecto atareado y práctico, da la impresión de un cortejo somnoliento que circula monótonamente y sin objeto. Toda la escena está impregnada de una curiosa insignificancia. La multitud continúa errando en una ola monótona y, cosa extraña, se la distingue apenas vagamente. Las siluetas se deslizan en un tumulto suave y confuso, sin llegar a destacarse completamente recortadas. Solo de vez en cuando puede uno aislar, en esa maraña, alguna mirada negra y viva, un sombrero muy calado, una mitad de rostro deformado por un rictus y cuyos labios acaban de entreabrirse, una pierna que ha dado un paso y queda endurecida para siempre en esa actitud.

Una de las particularidades del barrio son los coches de plaza sin conductor, que ruedan solos por las calles, y no porque falten cocheros, sino porque estos, perdidos en la multitud y solicitados por otros asuntos, no se preocupan por sus coches. En esta esfera de la apariencia y del gesto vacío, no se preocupa uno demasiado por precisar el lugar de destino y los pasajeros se confían a esos vehículos errantes con la indolencia que se observa aquí en general. En ciertos cruces peligrosos se los ve, a veces, asomados fuera de sus vehículos desencajados y efectuar, no sin esfuerzo, riendas en mano, una maniobra complicada.

En el barrio hay también tranvías, que constituyen el más brillante de los triunfos para los concejales municipales. Pero el aspecto de esos coches de papel maché es lastimoso, con sus tabiques deformados por el paso del tiempo. A veces hasta les falta la delantera, de manera que se ve a los pasajeros sentados en el interior, rígidos y en actitud muy digna. Estos tranvías son empujados por mandaderos municipales.

Pero lo más sorprendente es el sistema ferroviario de la calle de los Cocodrilos. A veces, durante el fin de semana, a horas variables, se puede observar a una multitud que espera el tren en una parada. Ni la hora de llegada del tren, ni el lugar exacto donde habrá de detenerse, son seguros y ocurre a veces que la gente forma dos filas de espera, pues no logran ponerse de acuerdo sobre el emplazamiento de la estación. Esperan mucho tiempo, formando un grupo sombrío y silencioso a lo largo de las vías trazadas vagamente. Vistos de perfil, sus rostros son como máscaras de papel que la expectativa recorta con líneas fantásticas.

Por fin el tren llega. Sale de una callecita, minúsculo, pegado a las vías, arrastrado por una locomotora jadeante. Ha entrado en ese corredor oscuro y la calle se ennegrece bajo el polvillo de carbón que esparcen los vagones. La respiración apagada de la locomotora, un soplo de extraña severidad y lleno de tristeza, el gentío y el enervamiento contenido transforman por un instante a la calle en un andén de estación, en medio del breve crepúsculo invernal.

El comercio de billetes de tren es, junto con la corrupción, la plaga de la ciudad. A último momento, cuando el tren se halla ya en la estación, tienen lugar las negociaciones con los empleados de la línea. Antes de que ellas concluyan, el tren se pone en marcha, acompasado por una multitud lenta y desencantada que lo sigue largo rato y luego se dispersa.

La calle, reducida por un momento a ser esa estación crepuscular, llena del aliento de las vías lejanas, se ilumina y se ensancha de nuevo para dejar paso a la multitud indolente y monótona, que vaga con su impreciso murmullo a lo largo de las vidrieras que, detrás de los sucios cristales, exhiben toda clase de baratijas, grandes maniquíes de cera y muñecas de peluqueros.

Vestidas con largas ropas de encaje pasan, provocadoras, las prostitutas. Son quizás, por otra parte, las mujeres de los peluqueros o de los músicos de las tabernas. Andan con un paso elástico de animales feroces y llevan en sus rostros malvados y corrompidos una pequeña deformación destructiva: sus ojos negros son estrábicos, tienen la boca desgarrada o les falta la punta de la nariz.

Los vecinos están orgullosos de las emanaciones viciosas de la calle de los Cocodrilos. No nos privamos de nada, piensan satisfechos, podemos ofrecernos el lujo de un verdadero libertinaje. Dicen que todas las mujeres del barrio son cortesanas. En efecto, basta mirar a cualquiera de ellas para encontrar una mirada insistente, viscosa, que nos hiela con su certidumbre voluptuosa. Hasta las escolares tienen un modo de llevar los moños, un cierto defecto en los ojos, una manera de mover sus esbeltas piernas, en los que se esboza su futura depravación.

Y sin embargo… Sin embargo, ¿será necesario, aún, traicionar el último secreto de este barrio, el misterio cuidadosamente conservado de la calle de los Cocodrilos? Varias veces, en el curso de esta narración, hemos manifestado ciertos escrúpulos y expresado discretamente nuestras reservas. El lector atento no se sorprenderá, pues, al descubrir la incógnita del asunto. Hablamos del carácter mimético de este barrio, pero este término tiene también un significado bastante claro para expresar la esencia intermedia e indecisa del barrio.

Nuestro lenguaje no tiene vocablos que permitan fijar los grados de la realidad o definir su densidad. Digámoslo sin disimulo: la fatalidad de este barrio reside en que nada cobra realidad en él. Todos los gestos insinuados quedan en suspenso, se agotan prematuramente y no pueden trasponer ciertos límites. Hemos tenido la oportunidad de observar la exuberancia y prodigalidad de las intenciones, de los proyectos y de las anticipaciones: no se trataba de otra cosa que de una fermentación de deseos, precoz y, por lo tanto, estéril.

En una atmósfera de facilidad excesiva todos los caprichos germinan y la tensión más pasajera crece y se cubre de estériles excrecencias, hierbas silvestres de la pesadilla, adormideras febriles y descoloridas. Sobre todo el barrio se cierne un olor de pecado disoluto y perezoso: gentes, casas y tiendas solo padecen, a veces, un estremecimiento de su cuerpo febril, un espasmo entre sus ensoñaciones. En parte alguna como aquí se siente uno a tal punto amenazado por la proximidad de realización, debilitado y paralizado por la aprehensión voluptuosa del hecho a cumplirse. Pero todo termina allí.

Una vez superado cierto nivel, el flujo se detiene y retrocede, la atmósfera pierde color, las posibilidades recaen en la nada, las amapolas grises y enloquecidas de la excitación se disipan en cenizas.

Nunca nos abandonará el arrepentimiento de habernos alejado de aquella sastrería. Sabemos que jamás volveremos a encontrarla. Iremos de una insignia a otra y siempre nos equivocaremos. Visitaremos decenas de negocios parecidos, caminaremos entre murallas de libros, hojearemos centenares de publicaciones, mantendremos confusas negociaciones con vendedoras de piel pigmentada y belleza defectuosa que no comprenderán nuestros deseos. Caeremos en confusiones sin fin, hasta que nuestra fiebre y nuestro desasosiego se agotarán, después de tantos esfuerzos inútiles, tantas búsquedas infructuosas.

Nuestras esperanzas reposaban sobre un equívoco; la ambigüedad del local era solo una apariencia; la tienda era una verdadera sastrería y el empleado no tenía ninguna intención oculta. En cuanto a las mujeres de la calle de los Cocodrilos, su depravación es más bien moderada y se ahoga bajo espesas capas de prejuicios. En esta ciudad de la mediocridad no hay lugar para los instintos exuberantes ni para las pasiones oscuras e insólitas.

La calle de los Cocodrilos era una concesión de nuestra ciudad al progreso y a la corrupción modernas. Pero, como es natural, solo podíamos pretender edificar una imitación en papel maché, un fotomontaje hecho con recortes de viejos periódicos amarillentos.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

viernes, 24 de noviembre de 2023

Visitación

Bruno Schulz

 

Ya por entonces se hundía más y más nuestra ciudad en el gríseo crónico del ocaso, se untaba con el eczema de las sombras, del moho peludo y de la molicie color hierro.

Apenas desnudo de humos pardos y nieblas matutinas, el día se inclinaba inmediatamente hacia la tarde ambarina, se volvía transparente y dorado como la cerveza para descender después bajo la fantástica bóveda de las noches coloreadas y extensas, varias veces desmembradas.

Vivíamos en la plaza Mayor, en una de esas casas oscuras con fachadas viejas y ciegas que resultan tan difíciles de diferenciar entre sí.

Eso causaba numerosas confusiones ya que, una vez que habíamos entrado en el vestíbulo y ascendíamos la escalera equivocada, uno caía en un verdadero laberinto de pisos ajenos, porches, salidas inesperadas hacia otros patios, y se olvidaba del fin primario de su expedición para, varios días después, al regresar de los confines de aventuras extrañas y complejas, en un amanecer descolorido, recordar con remordimiento la casa familiar.

Nuestro apartamento, repleto de gigantescos armarios, sofás profundos, espejos pálidos y palmeras artificiales de pacotilla, se sumía cada vez más en un estado de descuido causado por la lentitud de mi madre, quien dedicaba largas horas a la tienda, y la dejadez de la patilarga Adela que, no supervisada por nadie, gastaba días enteros ante los espejos de tocador sembrando en todas partes vestigios suyos en forma de palos, zapatitos dispersos y corsés.

El piso no contó jamás con un número determinado de habitaciones y nadie se acordaba de cuántas eran arrendadas a personas ajenas. Sucedía que, por casualidad, abríamos uno de estos cuartos olvidados y lo hallábamos vacío. El inquilino se había marchado hacía mucho tiempo y en esos cajones intactos desde hacía meses descubríamos cosas inesperadas.

En las habitaciones del piso bajo vivían los dependientes y en ocasiones, de noche, nos despertaban sus gemidos, sus manifestaciones de alguna pesadilla. En invierno, la noche sorda reinaba aún cuando el padre bajaba a estas habitaciones frías y oscuras espantando con la luz de una vela manadas de sombras que revoloteaban alrededor, por el suelo y las paredes; iba a despertarlos, sumergidos como estaban en su sueño duro como la piedra, cuando aún roncaban sonoramente.

A la luz de la vela se desenvolvían perezosamente de las sábanas sucias y, sentados en el borde de la cama, sacaban sus pies desnudos y feos, y, con el calcetín en la mano, se abandonaban por un instante al placer de bostezar con bostezos que se alargaban hasta la lujuria y la dolorosa contracción del paladar, parecida a una fuente vomitona.

En los rincones permanecían inmóviles enormes cucarachas que aumentaban en sus propias sombras otorgadas por la vela llameante que no se separaba de ellos ni siquiera cuando uno de esos pequeños troncos planos, repentinamente descabezado, comenzaba a correr con su paso fantástico y arácnido.

En estos tiempos la salud de mi padre empezó a decaer. Ocurrió ya en las primeras semanas de este invierno temprano. Se pasaba días enteros en la cama, rodeado de botellitas, píldoras y libros de cálculo que le traían del mostrador. El sabor amargo de la enfermedad se posaba en el fondo del cuarto espesando el empapelado con el trenzado más oscuro de arabescos.

Al anochecer, cuando mi madre regresaba de la tienda, solía estar excitado y era propenso a discusiones; le reprochaba su falta de minuciosidad en la contabilidad, se llenaba de colores y se acaloraba hasta la enajenación. Recuerdo que una vez, al despertarme muy entrada la noche lo vi, en camisón y descalzo, cómo iba y venía corriendo por el sofá de cuero, testimoniando de esta manera su irritación ante mi madre impotente.

Otros días estaba tranquilo y concentrado, y se sumía enteramente en sus libros errando por los laberintos profundos de los cálculos complicados.

Lo veo a la luz de la lámpara humeante, acurrucado entre las almohadas, bajo el cabezal esculpido de la cama, la enorme sombra de su cabeza sobre la pared, balanceándose en una meditación muda.

En algún instante, sacaba la cabeza de los cálculos, diríase para tomar aliento, abría con disgusto la boca, chasqueaba la lengua seca y amarga, y miraba impotente a su alrededor buscando algo.

Entonces ocurría que en silencio descendía de la cama y se dirigía hacia un rincón del cuarto, la pared donde colgaba su instrumento querido. Era una especie de clepsidra de agua o una gran ampolla de vidrio dividida en onzas y repleta de un líquido oscuro. Mi padre se conectaba a este aparato a través de un conducto de goma semejante a un cordón umbilical enrevesado y doloroso. Y así, enlazado al preciado instrumento se quedaba inmóvil. Sus ojos oscurecían y surgían en su rostro pálido estigmas de sufrimiento o de placer lascivo.

Después regresaban de nuevo los días de trabajo silencioso y concentrado entrelazados por monólogos solitarios. Cuando se hallaba así, sentado a la vera de la lámpara, entre las almohadas de la enorme cama, y la habitación crecía hasta ser una montaña sombría que lo unía al gran elemento de la noche urbana, regocijante tras las ventanas, sin mirar, sentía que el espacio le incrustaba en la frondosidad palpitante de empapelados, llenos de susurros, silbidos y ceceos. Oía, sin mirar, ese complot colmado de guiños de conjura, ojitos persas, lóbulos de orejas que escuchaban entre las flores, y labios oscuros que sonreían.

Entonces, se enfrascaba aparentemente aún más en el trabajo, contaba y sumaba, temiendo revelar esa ira que crecía en él, y luchando contra la tentación para no arrojarse a ciegas con un grito repentino y no agarrar puñados llenos de esos arabescos crespos, esos manojos de ojos y orejas que la noche sembraba y que crecían y se multiplicaban, delirando cada vez más, en ramas y bifurcaciones del ombligo materno de la oscuridad. Sólo se tranquilizaba cuando, al marcharse la noche, los empapelados se marchitaban, se encogían, perdían hojas y flores y raleaban otoñales, dejando pasar el lejano amanecer.

Entonces, entre el gorjeo de los pájaros del empapelado, en el alba amarillo invernal, se dormía algunas horas y caía en un sueño negro.

Desde hacía días, desde hacía semanas, cuando parecía sumido en complicadas cuentas corrientes, el pensamiento se dirigía secretamente hacia los laberintos de sus propias entrañas. Paraba la respiración y escuchaba. Y cuando su mirada volvía palidecida y opaca de aquellas profundidades, la tranquilizaba con una sonrisa. Aún no lo creía y rechazaba esas visiones, esas propuestas que lo invadían, como algo absurdo.

De día eran una suerte de razonamientos y persuasiones, divagaciones largas y monótonas llevadas a media voz y llenas de interludios humorísticos, altercados coquetos. Mas, de noche, las voces se alzaban con mayor pasión, la exigencia se tornaba más imperiosa y lo oíamos hablar con Dios, implorando algo y rehusando algunas pretensiones obstinadas e insistentes.

Hasta que, una noche, esa voz se levantó severa e irrefutable reclamando que le diera testimonio con sus propios labios y sus propias entrañas. Y oímos cómo el espíritu entró en él, cómo se levantó de la cama, largo y creciente en su ira profética, ahogándose en ruidosas palabras que él espetaba como metralla.

Oíamos el estrépito de la batalla y los gemidos de mi padre, el quejido de un titán con la cadera rota que aún logra vituperar.

Jamás he visto a los profetas del Viejo Testamento, pero al observar a este hombre derrumbado por la ira divina despatarrado sobre un enorme orinal de porcelana cubierto por el huracán de brazos y el nubarrón de desesperadas contorsiones sobre las que se elevaba, aún más alta, su voz ajena y dura, yo comprendía la ira divina de los hombres santos.

Era un diálogo tan peligroso como el de los relámpagos. Los gestos desordenados de sus manos hacían añicos el cielo y en sus grietas aparecía el rostro de Jehová hinchado por la rabia, escupiendo insultos. Sin mirar yo veía al Demiurgo severo yaciendo sobre la oscuridad como sobre el monte Sinaí, apoyando sus colosales manos sobre la cornisa de los visillos, apretaba su gran cara a los cristales altos de la ventana, aplastando su nariz terriblemente carnosa.

Percibía su voz en los descansos de la parrafada profética de mi padre, oía ese fortísimo gruñir de sus labios abultados que hacía temblar los cristales, mezclándose con las explosiones de conjuros, lamentos y amenazas de mi padre.

A veces, las voces se apaciguaban y murmullaban a media voz como el viento de una chimenea nocturna, para estallar de nuevo con un ruido estrepitoso en una tormenta de sollozos e injurias. Se abría de repente la ventana con un bostezo negruzco y una capa de oscuridad barría el cuarto.

A la luz del relámpago observé a mi padre y vi cómo, en paños menores, con una terrible blasfemia en los labios, vertía, con un potente lanzamiento, el contenido del orinal en la noche que ronroneaba fuera como una gran concha. Mi padre desaparecía poco a poco y se marchitaba visiblemente.

Acurrucado bajo enormes almohadones, los mechones de sus cabellos salvajemente revueltos, hablaba en susurros consigo mismo, sumido todo él en confusas especulaciones interiores. Podía parecer que su personalidad se descomponía en varias, reñidas y disonantes, ya que discutía con su persona ardientemente, peroraba apasionadamente, persuadía, rogaba, o bien semejaba presidir una reunión de varios clientes a quienes intentaba conciliar a toda costa. Mas, cada vez, esas reuniones ruidosas, colmadas de temperamentos acalorados se hacían al final añicos entre juramentos, maldiciones e insultos.

Más tarde llegó la temporada del sosiego y el reposo interior, una placentera paz espiritual.

De nuevo se extendieron grandes folios sobre la cama, la mesa, el suelo y yacía la tranquilidad benedictina del trabajo en la ropa blanca de la cama, bajo la luz de la lámpara y sobre la cabeza inclinada de mi padre. Y cuando, entrada la noche, mi madre regresaba de la tienda, mi padre se animaba, la llamaba y le enseñaba con orgullo las calcomanías de colores, con las cuales había empapelado minuciosamente las páginas del libro de cuentas.

Entonces fue cuando nos apercibimos de que el padre se encogía cada día, parecido a una nuez que se seca en el interior de la cáscara.

No obstante, esta disminución no iba acompañada de una decaída de fuerzas. Al contrario, su estado de salud, su humor y su movilidad mejoraban.

Reía a menudo a pleno pulmón, se reía literalmente a carcajadas o bien, sus nudillos golpeaban durante horas la cama y se contestaba a sí mismo “pase” en diferentes tonos. De vez en cuando descendía de la cama, se subía en el armario y, acuclillado bajo el techo, ordenaba algo entre aquellos trastos viejos cubiertos de herrumbre y polvo. En otras ocasiones colocaba dos sillas, una frente a otra, y apoyándose en los respaldos, balanceaba sus piernas hacia delante y hacia atrás buscando con sus ojos resplandecientes una expresión de admiración y ánimo en nuestro rostro. Creía haberse reconciliado con Dios. A veces, de noche, la faz del barbudo Demiurgo aparecía en la ventana del dormitorio bañada en la púrpura oscura de la luz de una bengala y miraba con bondad al padre profundamente dormido cuyo ronquido cantarín parecía vagar lejos, por terrenos desconocidos en mundos oníricos.

En el transcurso de las largas y oscuras tardes de ese invierno tardío, se perdía mi padre con alguna frecuencia entre los recovecos colmados de trastos, buscando algo afanosamente.

Y a menudo sucedía que a la hora de la comida, cuando todos nos sentábamos a la mesa, mi padre se hallaba ausente. Mi madre golpeaba la mesa con la cuchara y clamaba largamente “Jacob” hasta que emergía de algún armario envuelto en telarañas y polvo, la mirada ausente, sumido en aquellos asuntos enrevesados y sólo para él conocidos que lo atormentaban.

En ocasiones, trepaba hasta la cornisa y adquiría una pose inmóvil y simétrica a la de un gran buitre disecado que colgaba de la pared de enfrente. En esta postura, con la mirada nebulosa y el rostro sonriendo astutamente, permanecía horas para después, cuando alguien entraba, aletear los brazos y cantar como un gallo.

Dejamos de prestar atención a estas excentricidades que día a día lo enredaban más. Despojado de casi todas las necesidades corpóreas, no recibía alimentos durante semanas y se mecía en complicadas y extrañas especulaciones que nosotros ignorábamos. Inaccesible a nuestras persuasiones y ruegos, contestaba con fragmentos de un monólogo interior cuyo transcurso nada podía interrumpir. Ensimismado siempre, animado enfermizamente y con rubor en sus mejillas secas, no nos veía, nos desconocía.

Nos acostumbramos a su presencia inofensiva, a su gorjeo infantil y abstraído, cuyos trinos se situaban al margen de nuestro tiempo. Ya entonces desaparecía durante varios días, se perdía en los lejanos laberintos de la casa y resultaba imposible encontrarlo.

Paulatinamente esas desapariciones dejaron de impresionarnos, nos habituamos a ellas y cuando, tras varios días, reaparecía, unas pulgadas más pequeño y delgado, eso no lograba atraer nuestra atención mucho tiempo. Simplemente dejamos de tenerlo en cuenta, tanto se había alejado de todo lo humano y real. Nudo tras nudo se soltaba, punto a punto perdía los lazos que lo unían a la comunidad humana. Lo que aún quedaba de él era algo de su cuerpo, una capa somática y ese puñado de excentricidades sin sentido; podían dejar de existir algún día tan inadvertidos como aquel montón gris de esa suciedad que se acumulaba en el rincón y que, cada día, Adela tiraba al cubo de la basura.