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domingo, 21 de junio de 2026

Cinco marineros y un ataúd verde

Francisco Coloane

 

Un día de principios de invierno arribó a Punta Arenas un barco tan deslastrado que llevaba más de media paleta de la hélice fuera del agua; el casco plomizo, algo descascarado por la intemperie o por las faenas de pintura en alta mar, estaba surcado de grandes manchas de azarcón rojo que semejaban heridas cuya sangre aún no se lograba restañar.

En sus prolongadas singladuras, generalmente estos vagabundos pasan de largo por el Estrecho de Magallanes, y si se detienen en el puerto lo hacen solo para arreglar algún desperfecto de sus máquinas o alguna avería vital.

Este pidió ser recibido por la capitanía de puerto; pero junto con el gallardete de la solicitud izó en el mástil de trinquete una bandera de grandes paños negros y amarillos que quería decir “muerto a bordo”.

Efectivamente, después de que la lancha de la autoridad marítima se hubo desprendido de su costado, una chalupa fue arriada de los pescantes del barco, y, tripulada por cuatro remeros y un patrón, se dirigió a toda boga hacia el muelle del puerto.

La embarcación atracó cerca del malecón, que a esa hora de la baja marea se encontraba bastante alejado del nivel del mar.

Dos de sus tripulantes treparon ágilmente por los pilotes hasta la plataforma, y los de abajo les lanzaron dos chicotes de soga que empezaron a recoger cuidadosamente, surgiendo desde el interior de la chalupa, como si lo fueran sacando desde el fondo del mar, un extraño cajón pintado de verde, que, aunque toscamente confeccionado, tenía la característica forma de una caja de muerto.

Fue depositado cuidadosamente en el borde el muelle, y, luego de dejar asegurada la chalupa, subieron los otros tres marineros, le quitaron las amarras y levantándolo en vilo colocáronlo sobre los hombros de cuatro de ellos, y con el quinto por todo cortejo echáronse a andar en busca de la salida del puerto. Las calles estaban nevadas y los marineros tuvieron que marchar con cuidado, pisando inseguros, lo que les daba un cierto vaivén a sus hombros y al ataúd, cuyo verde color hacía recordar un trozo de mar llevado en hombros de esos marineros.

A la salida del muelle preguntaron a un guarda por el camino del cementerio, y hacia allá dirigieron sus acompasados pasos. Era alrededor del mediodía y en las calles solitarias y blancas solo encontraron uno que otro transeúnte que se dirigía apresuradamente a su almuerzo, pero no tanto como para no descubrirse con respeto ante el encuentro de la muerte y después de dar vueltas repetidas veces la cabeza, pararse a mirar el extraño funeral de los cuatro marineros con su ataúd verde sobre los hombros.

Al doblar una esquina se toparon con un individuo bajo, recio, que descubrió su recia cabezota, de nariz chata, y que con insólita actitud se puso a caminar junto al féretro, con la vista agachada y un notorio compungimiento en el rostro, como si se tratara de un deudo. Era Mike, el hijo idiota del pastelero, que tenía la funeraria costumbre de acompañar todo entierro que encontrara en su camino, con el más patético de los dolores… pero algo raro debió haber hallado en este funeral, cuando a poco de andar se puso de nuevo la gorra y abandonó el cortejo, reanudando su vagar de loco suelto.

Al llegar a las afueras, una ventisca cargada de nieve empezó a azotar a los conductores del ataúd, que tuvieron que defender sus rostros cambiando de hombros más a menudo para guarecerse en el costado del cajón menos azotado por el vendaval. Siempre iba uno atrás, descansando, en renovada escolta.

En uno de estos cambios le correspondió dejar el ataúd a un tripulante algo viejo, entrecano, que se detuvo a descansar plenamente, mientras se pasaba el pañuelo por el rostro mojado tanto por la ventisca como por el sudor que perlaba su frente. Era Foster, el más amigo de Martín, el lamparero de a bordo, que ahora iban a enterrar; compartían la misma cabina en el Gastelu y quién sabe por qué razón transpiraba tanto… a lo mejor el ataúd pesaba más para sus hombros que para los de los otros compañeros del lamparero muerto…

Mas, de pronto, sus ojos tropezaron con un letrero que se destacaba sobre el dintel de una casa y que decía en letras azules y rojas “Bar Hamburgo”. Echó un vistazo temeroso a sus compañeros que se alejaban sin darse cuenta de su detención, capeándole a la ventisca con presurosos pasos, y volviendo a mirar el letrero entró rápidamente en el bar.

En el mostrador pidió al cantinero una ginebra doble que se zampó de un trago, pasándose luego el dorso de la mano por los labios, que rechuparon el bigote con fruición. Y se sintió más alivianado, no porque el ataúd hubiera pesado más para él que para los otros hombres, sino porque se trataba de Martín el lamparero, su compañero de cabina, cuyos ojos, al darse vuelta con la última mirada de la vida, habían volcado en los suyos, en su alma apeñascada por la codicia, un peso que en vano había tratado de aliviar.

Él mismo fue el que propuso sepultarlo en tierra y no en el mar, temeroso de una vieja superstición marinera que dice que los sepultados en el mar vuelven siempre a sus casas a visitar a menudo los lugares en donde vivieron, vengándose muchas veces de los que les hicieron daño. Y tratándose de un crimen o de algo parecido, la leyenda exaltaba la venganza de tal manera que el alma de la víctima llegaba a incorporarse en la del victimario, hasta enfermarlo y hacerlo perecer… ¡supersticiones, patrañas, pero tan ciertas a veces como las “luces de San Telmo” que se encienden en las colas y en las crucetas de los mástiles poco antes de que un barco vaya a naufragar en medio de una tempestad!

Aun cuando no había pasado el cabo Froward, último peñón continental de la América meridional, él, Foster, se había apresurado a fabricar a serrucho y martillo la tosca caja de pino que hubo de pintar con pintura verde, porque otra pintura no había a bordo, fuera de la negra brea, imposible de utilizar por el largo tiempo que demora en secarse. Se había apresurado, e insistió ante el piloto para que no se lanzara al mar el cuerpo de Martín, y en cambio descansara en paz bajo la tierra, y tal vez lo dejara descansar a él también; porque mientras estuviera sobre la superficie o vagando por las profundidades del mar, el peso aquel que volcara sobre su ánimo la última mirada del lamparero no lo alivianaría ni con todos los vasos de ginebra que pudiera beberse en su vida.

No pudo continuar en sus reflexiones; de súbito hicieron bulliciosa irrupción en el “Bar Hamburgo” sus cuatro compañeros, que al darse cuenta de que él ya no los seguía, se detuvieron a esperarlo un rato; mas uno de ellos, como marinero sediento, también había visto de soslayo el letrero rojo y azul que decía en la pared de la casa “Bar Hamburgo”, y no les cupo duda alguna de que el ausente se había metido de cabeza allí mezquinamente unos tragos. Acomodaron el ataúd en una depresión del terreno semiurbano, entre la acera y la calzada, para que fuera menos notorio su respetuoso abandono, y se dirigieron los cuatro en pos del bellaco que se había pasado a beber solo.

No sin sorpresa los recibió Foster; pero haciendo de tripas corazón pidió inmediatamente una corrida para todos y, cosa rara por su fama de tacaño, pidió otra y se adelantó a pagarlas.

–¿Heredaste de Martín, que estás tan generoso? –le dijo, riendo, un pelirrojo de cara acuchillada.

–¡Viejo pillastre, te pillamos!… ¡Apuesto que te estás tomando la plata que Martín tenía en el escondrijo que solo tú y él conocían!

Foster se pasó nuevamente el pañuelo por la frente y trató de sonreír, mientras se llevaba la copa a los labios, invitando a los demás con el gesto.

–¿Y te la ibas a chupar solito, no, viejo? –dijo otro.

–¡No sean así, siempre he tomado solo, pero con mi plata!

–¡Entonces ponga una botella entera de ginebra! –exclamó el pelirrojo–. ¡El viejo Foster paga!

El mesonero descorchó una botella de barro y la puso sobre el mostrador… los marineros se acercaron y leyeron en la etiqueta: “Su color ámbar pálido comprueba la vejez”, y empezaron a escanciarla.

Afuera la ventisca se fue convirtiendo en tupida nevada, y solo las muertas alas de la nieve se acercaron a acompañar a Martín, como una ofrenda de la inmensidad sobre su abandonado féretro.

 

Si da el verde con el verde
y el colorado con su igual,
entonces nada se pierde,
siga el rumbo cada cual.

 

Todos coreaban el estribillo con que el lamparero Martín recordaba la posición de las luces cuando los barcos se encuentran en plena navegación en la noche; estribillo que todo lamparero o timonel repetía a menudo para no equivocarse en el rumbo que debía tomar en tales circunstancias.

Las luces también se habían encendido en el interior del bar, porque la noche ya había caído afuera, sin que los marineros se diesen cuenta de su llegada. Gente de mar, pescadores, bebían con bullicio, y el fuerte humo de sus cachimbas y toscanos llenaba el ambiente del bar con una pesada atmósfera. De vez en cuando alguien ponía una moneda de níquel en la ranura de una caja de música apernada en la pared, y saltaban al aire los acordes de alguna vieja marcha, polca o vals, con gran estridencia de bombos y platillos.

Uno de los marineros miró por la ventana hacia la noche y se detuvo un rato contemplando melancólico cómo jugueteaban en los vidrios los copos de nieve, semejando una bandada de mariposas que pugnaban por atravesar el cristal hacia la luz, escurriéndose luego en grandes lágrimas que rasguñaban el vidrio empavonado de la evaporación. La música, el bailoteo de los alados pies de la nieve en los vidrios a su destemplado ritmo… quizás qué, trajeron a la mente del marinero una obsesión, y se levantó para conversar al oído con uno de los mesoneros del bar. Después se quedó un rato pensativo, acodado junto al mostrador y mirando hacia sus cuatro compañeros; el viejo Foster dormitaba y los otros tres bebían pausadamente, anegados ya por el alcohol. Lanzó un solapado silbido que solo fue percibido por el pelirrojo de cara acuchillada, que se acercó al instante al mesón.

–¡Vamos a divertirnos por ahí? –propuso.

¡All right! –contestó el pelirrojo, haciendo restallar la lengua; pero, dudando de pronto, agregó–: ¿Y Martín?

–¡Que lo entierren ellos… si pueden! –replicó haciendo un gesto despectivo hacia los que continuaban en la mesa.

Salieron sigilosamente y la noche se los tragó. Solo después de un largo rato los de adentro se percataron de la ausencia; pero la borrachera había sido tan súbita, que poca cuenta se daban de la hora y de las circunstancias en que se hallaban.

–Vamos… a enterrar a Martín –balbuceó uno de ellos.

–¡Cuando los otros vuelvan! –profirió el otro.

Foster continuaba dormitando pesadamente y despertaba de tarde en tarde solo para estirar la mano y llevarse, vacilante, la copa a los labios marchitos, que revivían por algunos momentos al ardiente contacto del alcohol.

–¡Pobre Martín! –gimoteó el uno.

–¡Pobre! –repitió en letanía el otro.

–¿Te acuerdas cuando nos dio de tomar a todos en Tocopilla?

–¡Sí, me acuerdo; a todos nos costeó el trago con sus gracias!

–Tocaba mejor que esta endiablada música, con su armónica…

Por unos momentos pasó por la mente de los borrachos la imagen inolvidable del lamparero del Gastelu, el mejor camarada de a bordo: la visión de cuando los alegraba con su armónica de boca, o de aquellas ocasiones en que, sin un centavo en el bolsillo, en un bar de un puerto cualquiera, salía a bailar con alguno de sus compañeros, tocando la armónica y acompañándose con una verdadera batería de cucharas antepuestas entre los dedos, que tamborileaban al compás del baile por la cabeza, la frente y el lomo, en una grotesca y extraña danza. Después del baile con que hacía reír a los parroquianos, Martín saludaba y al rato era el convidado de todas las mesas; pero en ellas no podía beber sin sus estimados compañeros…

–¿Te acuerdas del naufragio del María Cristina?

–Cuando se sacó el chaleco salvavidas y se lo pasó a Foster…

–Para que se salvara, porque era más viejo que él…

–Y él casi la entregó, braceando desde mar afuera sin salvavidas…

–Y ahora el viejo bribón duerme y ni siquiera entierra al que le salvó la vida…

–Nosotros tampoco…

–Ni esos traidores que se fueron y que todavía no vuelven…

–Ni nadie… hip… hip… este mundo es muy perro… apenas uno se da vuelta y ya nadie se acuerda… –gimoteó el más borracho, llenándosele el rostro de gruesos lagrimones, y agregó entre hipidos y llantos–: ¡Pobre Martín! “Si da el verde con el verde y el colorado con su igual, entonces nada se pierde, siga el rumbo cada cual…”

La sirena de un barco comenzó a horadar angustiosa e intermitentemente la alta noche; se dejó oír en el interior del bar, traspasando el bullicio y la música. Era un aullido que tenía algo de voz humana que viniera de la inmensidad; una voz ululante, enternecedora. Era el pito del Gastelu, que clamaba por sus cinco tripulantes desembarcados en misión de piedad…

–¡A ver… marineros… hace media hora que un barco está llamando a su gente!… –exclamó el patrón del bar, sacudiendo a los dos que quedaban dormitando sobre la mesa en que por la tarde se habían sentado los cinco.

Le costó trabajo despertarlos. Por suerte lo consiguió en los mismos instantes en que la sirena del barco reiniciaba sus angustiosos y prolongados lamentos, llamando de nuevo a sus tripulantes para zarpar antes de que la marea se le pusiera a la salida del estrecho.

Restregándose los ojos aún, los dos marineros reconocieron en los intermitentes pitazos la voz del Gastelu.

–¡Es él, nuestro barco!

–¡Está llamando apurado! –profirió el otro.

–¿Y nuestros compañeros? –preguntó uno de ellos, algo despejado por la dormida.

–¡Se fueron… hace algunas horas… en busca de otra diversión! –replicó el patrón.

–¿Y Foster también?

–¿Quién es Foster?

–¡Los otros dos se irían a ver mujeres; pero Foster, el viejo, debiera estar con nosotros!

–¡Ah!… El viejo, sí; vi que se quedó con ustedes, pero hace rato que ha desaparecido… ¡a lo mejor, cuanto más viejo, más mujeriego!

En ese instante la bocina del Gastelu empezó de nuevo a clamar con sus pitazos intermitentes por sus hombres tragados por la ciudad, y los dos últimos parroquianos del “Bar Hamburgo” partieron, poniéndose las gorras apresuradamente.

Afuera se toparon con la negra noche; pero los helados tentáculos que salían de las negruras les abanicaron el rostro y les despejaron algo la borrachera.

–¿Y Martín? –dijo uno, acordándose súbitamente del ataúd que habían abandonado en la solera.

–¡No lo enterramos!… y pongámonos de acuerdo con los demás en la chalupa.

–¡Alguien lo sepultará mañana cuando lo encuentren! –replicó el otro, y se perdieron como dos sombras más densas que la noche misma, camino del muelle.

Pero al día siguiente nadie encontró ataúd alguno en el puerto, porque la nieve había caído durante toda la noche, formando una capa de cerca de un metro de espesor y cubriendo con su altura todas las cosas, y continuaba nevando, pausada, pero tan copiosamente que nadie iba a andar buscando ataúdes en las soleras de las calles aquel día. Ni en ese ni en los otros que fueron solidificando la gruesa costra de hielo…

Era como si el lamparero Martín hubiese regresado de nuevo al mar, después de muerto, como las almas de aquellos náufragos que siguen la estela de los que fueron sus barcos o el rastro de los que los atormentaron en vida o en la hora de la muerte.

Como a la media mañana de aquel día. don Erico, el dueño del “Bar Hamburgo”, empezó a asear su establecimiento, y cuál no sería su asombro al encontrar detrás de unos barriles, en una pieza contigua a los servicios higiénicos, que servía de bodega, a un marinero viejo, entrecano, que aún dormía la mona.

–¿Y usted? –le dijo, despertándolo con la punta del pie.

–¿Yo?… Soy del Gastelu… –contestó Foster, balbuceando, mientras se ponía de pie restregándose los ojos y aún no dándose bien cuenta del lugar en donde se encontraba.

–¿Del barco que llamó toda la noche a su gente?

–¡Sí!… ¿Se fueron… mis compañeros… y me dejaron? –agregó balbuceante.

–¡Ahora que me acuerdo, preguntaron por un tal Foster! ¿Es usted Foster?

–¡Sí, yo soy Foster!

–¡Y yo que les dije que se había ido con los otros… detrás de las mujeres! –dijo don Erico con una indiferente y bestial carcajada.

–¿Y el barco?

–¡Ya estará lejos! ¡Por un marinero ningún barco espera!

–¡Deme, por favor, una ginebra! –musitó Foster, tentándose los bolsillos en busca de dinero.

Pasaron al bar, donde don Erico le sirvió un vaso grande de ginebra.

–¡Yo también fui marinero! –le dijo–. Por muchos años navegué en la Hapag ¡y más de una vez me dejó el barco y volví a encontrar embarque en otro!

Con la ginebra, a Foster dejaron de castañetearle los dientes, tan aterido estaba por el frío de la noche pasada; y después de afirmarse con otra copa se dirigió hacia el puerto.

–¡No salga, que está nevando fuerte! –le advirtió don Erico.

–¡No importa, puede que esté el barco todavía! –respondió.

–¡Ya habría tocado la bocina de nuevo! –replicó el dueño.

Sin embargo, Foster bajó hasta el muelle para escrutar la bahía envuelta en la bruma de la nevada, y para encontrar solo pontones atados a sus grilletes, barcos de cabotaje y uno que otro lanero tardío de alto bordo. El Gastelu no estaba por ninguna parte; a esas horas. Seguramente, ya estaría saliendo por la boca oriental del estrecho, rumbo al África, y luego a Europa, al Mediterráneo, a través de sus largas singladuras. Por todo lo que había oído, ese era su último viaje; estaba demasiado viejo y le habían prohibido navegar. Seguramente algún armador los iba a adquirir para desguazarlo y aprovechar algo de él… su apeñascado corazón se hendió como una puñalada… si no volvía a encontrarse con el Gastelu en ningún otro puerto del mundo, o lo desguazaban como era lo más probable, ¿a dónde iba a ir a parar el dinero que Martín había escondido en lo alto del palo trinquete, debajo de un farol, junto a la cofa? ¿Quién iba a ser el afortunado dueño de ese pequeño tesoro por el cual él había cometido el acto más vil de su vida? ¿Al no pasarle el vaso de agua con el remedio a su compañero, en los instantes de su agonía?

Fue poco a poco después de haber cruzado el Paso del Abismo, en los canales, cuando Martín se sintió mal y lo llamó para revelarle el lugar en donde había escondido sus ahorros de los años de navegación en el carguero Gastelu; dinero con el cual pensaba retirarse a la aldea de donde era oriundo, en el interior de Pontevedra, en la que aún vivía su vieja madre, para quien serían ahora esos ahorros. En la Capitanía de Vigo la conocían ya por las mesadas que solía enviarle; allí podría Foster dejarle los ahorros; pero si disponía de algún tiempo, era preferible que fuera a entregárselos personalmente a la aldea. ¡Era su único y último deseo!

Desde ese instante empezó a surgir dentro de él una lenta pero inexorable sombra. “¿Qué será? –se dijo–. ¿Podré yo ser así, tan malo?” Había cuidado solícitamente a Martín en su enfermedad; pero después de la revelación, algo dudoso empezó a entorpecer todos sus actos con el enfermo. Lo rehuía y hasta surgió, pleno, el deseo de que muriera cuanto antes para que dejara de “embromar” tanto… ¿Por qué quería que falleciera luego? ¿Por el dinero de la cofa? ¡No! ¡Él no podía ser tan malvado para quedarse con eso, que el otro había ahorrado para sí y para la pobre vieja!

En fin… ya vería lo que iba a suceder con ese dinero… algo llevaría a las manos de la vieja… porque era bastante y alcanzaba para los dos.

¡Se estremeció al descubrirse, por segunda vez, ese pensamiento maligno! ¿Tan malo era? Y bien, si él era así en realidad, tan malo, y solo ahora se descubría ante esa circunstancia, ante esa prueba del Destino, ¿por qué no quedarse con toda la plata y retirarse de una vez de esos barcos viejos, de dudosas rutas y más dudosos cargamentos, a donde iba a parar la escoria de los puertos? ¡El dinero lo era todo en la vida y allí estaba su oportunidad!

¡Y eso fue lo que lo hizo vacilar tanto, en la agonía de Martín, al querer pasar el vaso de agua con el remedio que tan desesperadamente le pidió! ¡Ese vaso de agua que le podía significar un poco más de vida! Quién sabe si la vida entera… porque ¿quién conocía los designios de Dios?

Sin embargo, se demoró en pasarle el vaso de agua con el remedio, como si un grillete invisible lo hubiera detenido, amarrándolo a los pies.

Hasta que el propio Martín se dio cuenta de las intenciones de su amigo, y entonces fue cuando el lamparero volvió esa extraña mirada sobre su malvado compañero. Fue la última, la del instante de la muerte; pero su fulgor inundó la cabina, se impregnó en las paredes y no lo dejó ya, ni siquiera dormir.

Con ese fulgor de espanto u odio, esa mirada había pasado a la eternidad, había quedado en la atmósfera como un hálito más de dolor ante la humana maldad. Aire enrarecido que le empezó a circundar por todas partes desde el día de la muerte de Martín; ya fuera dando vueltas las cabillas del timón o rascando la pintura en la intemperie; allí estaba siempre impregnándolo de un raro desasosiego.

Y en esa hora cruel del abandono, cuando atestiguaba definitivamente la partida del Gastelu con su pequeño tesoro escondido en el mástil hacia otros mares, la atmósfera se había enrarecido aún más, a pesar de la nevada, cuyos pétalos blancos venían, innúmeros, a palparlo, como si alguien desde la lejanía tratara de reconocer al hombre… sorprendido de que pudiera de pronto trocarse en otro hombre, en tal forma y tanto…

Foster vagó por el puerto como un fantasma que busca otro fantasma… Y poco a poco se fue dando cuenta con horror de que la superstición marinera se estaba cumpliendo en él y que él mismo era el que llevaba a ese otro fantasma adentro.

La pérdida, el abandono, la falta de dinero, aumentaron los remordimientos e hicieron mella en sus años. Anonadado, guardó el secreto y a nadie preguntó ni comunicó el extraño caso del ataúd que tan afanosamente buscaba… las circunstancias se habían concitado también para que ignorara completamente el lugar en donde sus compañeros lo habían dejado. Y después, la borrachera… bueno, la borrachera había sido la culpa de todo lo demás.

¿Dónde estaba el cadáver de Martín? ¿Se había resbalado misteriosamente por las pendientes nevadas, regresando de nuevo al mar, para no dejarlo vivir en paz? ¿Se había incorporado ya su alma a la suya partiéndola en dos y atormentándole, mientras su cuerpo permaneciera a flor de tierra o deambulara por las profundidades marinas?

Indagó sigilosamente por el cementerio; pero nadie le dio indicio alguno. Don Erico, el dueño del bar, tampoco sabía nada. Todo el mundo ignoraba el misterioso suceso.

La vida se le hizo angustiosa, insoportable. Vagó como un mendigo de puerta en puerta, encendiéndoles el fuego en las mañanas a las cantinas y a los bares por un pedazo de pan o una copa de aguardiente. Después, ya ni siquiera pudo seguir realizando estos minúsculos trabajos domésticos y le faltó el alcohol que lo sostenía.

Una madrugada lo encontraron helado dentro de una pequeña cueva que la erosión había hecho en los acantilados que quedan en las afueras del puerto, por el lado del oriente. Tenía la característica mueca de los escarchados, y sus ojos abiertos, fijos, miraban intensamente hacia el este, hacia la desembocadura del estrecho, en cuyo horizonte se pierden los mástiles de esos viejos vagabundos de los mares, que pasan de largo por el puerto o recalan solo porque tienen que reparar alguna avería o dejar algún enfermo.

Sobrevino lo que llaman el “veranito de San Juan” y el macilento sol austral aumentó por algunos días sus calorías, deshelando la gruesa capa de nieve que se había formado con las tormentas pasadas. En una calle de las afueras, camino del cementerio, apareció un buen día un extraño cajón de muerto, pintado de verde y con su cadáver helado adentro. El hallazgo conmovió a las autoridades; la policía realizó investigaciones, autopsias; pero nadie pudo saber a ciencia cierta nada.

Sólo Mike, el hijo medio loco del pastelero, cuando se encontró con el ataúd que sacaban de la morgue para conducirlo al cementerio y se puso gorra en mano a su lado para acompañarlo, trató de decir algo, mostró los cinco dedos, bamboleó como un marinero, indicó el ataúd insistentemente; pero nadie comprendió que con su mímica quería decir:

“Cinco marineros y un ataúd verde”.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

domingo, 11 de mayo de 2025

Galope de esqueletos

Francisco Coloane

 

Esa noche el viento se había dormido antes que nosotros, fuera del bosque donde pernoctábamos. Fue Facón Grande, el capataz de tropillas, quien nos llamó la atención con un vivo gesto de cabeza:

–¿Oyeron? –dijo ladeando una oreja hacia la umbría.

El Largo y yo nos pusimos a escuchar; al cabo de un rato sólo percibimos el rumor de un gran pájaro blanco que cayó deshaciéndose entre el follaje.

–Son los cuajarones de nieve que se caen de los árboles –dijo con desgano al Largo.

–No, es el tranco de un caballo en los envaralados –rectificó Facón.

Nos pusimos de nuevo a escuchar; pero otra vez volvimos a percibir sólo el ruido de los trozos de nieve que caían triturados desde las altas copas de los robles.

Todos estábamos acompañándonos en torno a la hoguera que abría y cerraba con sus llamas el corazón del robledal. Los caballos triscaban hojillas tiernas en la linde oscilante de la luz de las llamas; los perros dormitaban con sus hocicos enterrados en la ceniza, y nosotros fumábamos un cigarrillo apenas terminada nuestra frugal merienda.

El fuego ya había derretido nieve en su derredor, y el rostro mojado de la tierra se asomaba cordial después de tantos meses de ver sólo una costra blanca uniformando todas las cosas.

Aquel invierno había sido largo y cruel en toda la extensión de la Patagonia.

En Iemisch Aike, hubo necesidad de arrear grandes manadas de yeguas salvajes para abrir senderos en la nieve y poder rescatar los piños de ovejas que habían quedado atrapadas en los campos altos, de veranada, con la caída de prematuras nevadas.

Con todo, fue imposible sacar unos trescientos vacunos metidos en las estribaciones andinas más altas, y ahora, a comienzos de primavera, íbamos en su búsqueda.

Facón era el más baquiano en estos montes. Lo apodaban así porque siempre llevaba un gran cuchillo con cacha de plata, atrás, en la cintura; su nombre era José Díaz y trabajaba de capataz de tropillas en la estancia.

El Largo derivaba su apodo de su estatura, formaba pareja con el capataz en el amanse de potros y era su ayudante en la atención de las caballadas; se llamaba Basilio Oyarzo.

Yo en aquella época era Tomás Friend, capataz de la sección Chankaike de la misma estancia. Digo “en aquella época”, porque antes fui Emiliano Amigo, apellido que traduje por Friend, que me acomodaba mejor dadas las circunstancias.

De pronto, los perros dejaron de dormitar, levantaron sus hocicos y empezaron a husmear hacia la umbría. Al momento, sentimos el característico gloc-gloc del tranco de un caballo sobre esos puentes de troncos rústicos que se voltean en los pasos fangosos de los bosques. Los perros saltaron por sobre las llamas y armaron una gran algarabía en el corazón de la arboleda. Al rato, entreabriendo ramazones, apareció un jinete en caballo zaino, seguido de dos perros que se refugiaban entre sus patas, eludiendo el acoso de sus congéneres.

–Güenas –saludó el recién llegado.

–Güenas –le contestamos.

–Puede desmontar, si gusta –agregó Facón.

Espoleó su caballo hasta el tronco donde estaban nuestras monturas.

Se apeó, le aflojó la cincha, le puso las maneas y se acercó al fogón.

Disminuyó su figura al bajar del caballo; era un hombre más bien bajo, vestido con perneras y chaquetón de cuero crudo, de oveja, con la lana por dentro. Botas de media caña, bufanda al cuello y gorro de piel de guanaco con orejeras para el viento.

–Todavía queda algo para churrasquear –díjole el Largo, mientras le arrimaba una media paleta de cordero que quedaba en el asador.

–Gracias, muchas gracias –contestó sacando su cuchillo descuerador y dando un tajo en la paleta. Se iba a llevar el trozo de carne a la boca cuando sus perros lo miraron lastimeramente y empezaron a gimotear. Entonces cortó el trozo en dos y se los lanzó al hocico.

–Aquí hay otra para los perros –dijo el Largo, y se levantó a buscar un trozo de carne de cogote que partió en dos.

El recién llegado cortó otra lonja y se la llevó a la boca, tajeándola sobre sus mismos labios a la manera gaucha; de pronto tuvo una especie de atoro, se agachó y empezó a gimotear como sus perros.

–El humo de estas ramas verdes atora a cualquiera –comentó el Largo, mientras atizaba el fuego.

–No es el humo, compañero… Es el hambre… Hace tres días que no comemos.

Era la primera vez que yo veía llorar así de hambre a alguien en la Patagonia. Después de la Huelga Grande del año diecinueve, los estancieros y los trabajadores habían pactado un trato que permitía que todo hombre hambriento podía matar una oveja en el campo, comer su carne y dejar sólo el cuerpo como muestra del hecho, sobre el alambrado. Así, en caso de esa extrema necesidad, el hombre no se consideraba un ladrón. Podía también permanecer tres días en los puestos de la estancia, con alimentación, alojamiento para él, sus caballos y sus perros.

–Hace tres días que no puedo salir de estos montes –dijo, después que se hubo serenado, y agregó–: No conocía el monte. Soy de la Tierra del Fuego, de la parte donde no hay montes. Me perdí … Me llamo Enrique Boney.

Comió abundantemente de la paleta. Después le cebamos unos mates. El Largo había ido en busca de unas brazadas de ramas para armarse su cama, cuando Facón le ofreció su tabaquera para hacerse un cigarrillo; pero al lanzarle el envoltorio de tabaco por encima de la hoguera, el recién llegado entreabrió las piernas, yendo la tabaquera a parar al suelo mojado. Con azoramiento la recogió y la limpió con la manga de su chaquetón.

Vi que los ojos de Facón se clavaron como dos ascuas inquisitivas sobre el afuerino, y luego se volvieron hacia mí como si quisieran decirme algo.

No pudieron decírmelo sino el otro día en que bosque adentro íbamos al tranco de nuestras cabalgaduras, en espera del Largo, que había ido a encaminar al tal Boney hasta el encuentro de la pampa.

–¿Se dio cuenta de lo de la tabaquera?

–¡Sí! –respondí mecánicamente, mientras miraba la negra grupa de su caballo.

–Fue raro, ¿no le parece?

–Raro… –repetí por contestar algo, pues en realidad no me daba bien cuenta de lo que Facón quería decirme.

–No sería el primer caso. En la Huelga Grande nos encontramos con una española que andaba así, vestida de hombre.

–¿Cree usted que se trata de una mujer?

–Solamente una mujer abre sus piernas para recibir algo en sus polleras. El hombre las junta.

–Le confieso que no me había dado cuenta de eso…

–¡Bah, yo creí que se había enterado cuando nos miramos! Entonces callemos esto. Puede ser nada más que una sospecha mía, y no hay para qué andar levantándole la cola a la gente para ver de qué se trata.

En esos mismos momentos nos daba alcance el Largo y no hablamos más del asunto.

Sólo que en la segunda noche en aquellos bosques ya no pude dormirme inmediatamente, y me recosté sobre mis precarias pilchas tendidas en mullidas ramas de roble o manera de colchón. Se me aparecía el afuerino, con su gruesa cacha de rebenque dándole vueltas entre los dedos, las chispitas de sus ojos grises, el pelo que le asomaba como una mata de pasto coirón debajo del gorro de piel de guanaco, y entreabriendo las piernas, como una hembra, para recibir algo en su regazo.

Primero fueron los cóndores revoloteando sobre lo alto de una quebrada; después los caranchos, con sus ojos rojo ahítos, los que nos encaminaron hacia el lugar donde había parecido el piño de vacunos que buscábamos. Algunas aves de rapiña casi no podían volar al momento de acercarnos, así estaban de llenas con el festín. Éste había comenzado hacía ya bastante tiempo, por la forma en que los esqueletos ya blanqueaban a la intemperie. Sin embargo, abajo, adentro del bosque aún pudimos encontrar algunos con el cuerpo entero, que fue lo único que logramos rescatar de todo aquel piño extraviado.

La catástrofe se había producido cuando los hielos se aflojaron. Los animales permanecieron ramoneando hojas de robles que sobresalían por sobre la nieve, creyéndolos seguramente arbustos. Cuando en realidad se trataba de las altas copas de los árboles. Al llegar la primavera el planchón de nieve y hielo, sostenido por los troncos que configuran una verdadera bóveda, se aflojó, desplomándose con el peso de la animalada. Ésta había quedado engarzada entre los ramajes, de los cachos algunos, ensartados y despanzurrados otros; pero todos más o menos en la posición de un galope estático, grotesco y macabro, cuando las aves de rapiña dejaron aquellos esqueletos mondos. Sólo el viento del oeste silbaba entre esos huesos descubiertos dándole al rumor del follaje un lamentoso ulular que no tenía en otros lugares. Así fue como soñamos con un rumor de carros y caballadas en los campos de la sección Chankaike o Barranca Blanca.