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sábado, 28 de marzo de 2026

Frankenstein 2004

José Vicente Ortuño

 

Mi nombre es Víctor Frankenstein, nací en Ginebra a finales del siglo XVIII en el seno de una familia distinguida, como casi todo el mundo sabe gracias a cierta obra literaria; pero lo que nadie conoce es que al comienzo del siglo XXI, todavía estoy vivo; muy vivo. Después de tanto tiempo me apetece contar públicamente los resultados de algunos de los estudios y experimentos que he llevado a cabo a lo largo de mi vida.

En mi juventud decidí estudiar los orígenes de la vida, el porqué del funcionamiento de los seres vivos, la esencia que mueve a la materia a convertirse en un ente animado y consciente. Dediqué todas las fuerzas y entusiasmo de la juventud, junto con la fortuna de mi padre, al descubrimiento de los secretos de la creación.

Como consta en el relato que del principio de mi vida hace mi amada Mary Wollstonecraft mi única biógrafa y maravillosa compañera, relato que es fruto de infinidad de noches desveladas, tras desbordar nuestros sentidos con la pasión de la juventud, esa juventud que ahora queda tan lejos, el final incierto permite que el lector piense que morí perdido, solo y arrepentido, yaciendo en la tundra helada o atrapado entre los hielos como justo castigo por mis pecados, o simplemente devorado por un oso polar; pero no fue así: sobreviví a todo ello. Perseguí a mi primera criatura durante algún tiempo y al fin la encontré, en una recóndita aldea en el norte de Siberia, donde vivía feliz tras haber fundado una familia. Pero no es de aquella, mi primera y desdichada criatura, de quien me propongo hablar, ya que la historia es de todos conocida; esta es otra historia.

Mi buen amigo y compañero de tertulia Herbert West, al que conocí casi un siglo después realizando estudios encaminados al mismo fin, sólo consiguió crear estúpidos zombis sin cerebro, terrores ambulantes que lo llevaron a un macabro final. Donde él fracasó yo he triunfado. En todo el tiempo transcurrido, especialmente desde que murió mi querida Mary, me he dedicado a crear nuevas criaturas cada vez más perfectas. No sé por qué no le devolví la vida a mi amada. Era tan dulce. Estaba tan viva. Tal vez tenía miedo de verla convertida en una patética criatura de andares rígidos y menguado cerebro. ¿Acaso ella me lo pidió antes de morir? Es posible. Los años no pasan en balde y los recuerdos se difuminan. Pero todavía veo con toda claridad su sonrisa y esa mirada dulce, que me provocaban bruscas erecciones en aquellas noches de alcohol, opio y orgías en la mansión de Lord Byron. Por aquel entonces, ocultaba mi identidad bajo el patético disfraz de poeta mediocre, pero pese a todo fueron tiempos muy felices.

 

Como decía, durante todos estos largos años pasados sin Mary, estudié a fondo el funcionamiento de la vida, perfeccionando la técnica de reanimación de tejidos muertos. He llegado donde nunca nadie ha osado llegar. La tecnología que el resto de la humanidad desarrolló durante todo este tiempo, me ha ayudado mucho en mis trabajos; ya no tengo necesidad de conjurar los rayos producidos por terribles tormentas para activar mis aparatos, mi laboratorio ya no necesita ocupar el torreón de un tétrico castillo medieval. Ahora todo es más simple, muchísimo más simple. Mi equipo se alimenta con baterías de litio y cabe completo en un maletín. La conexión a través de Internet realizada con la tecnología más avanzada vía satélite, me permite acceder a los datos de mi laboratorio secreto desde cualquier punto del planeta, y todo ello simplemente utilizando un ordenador portátil. ¡Qué tiempos aquellos! ¡Qué maravilloso era sentir erizárseme los cabellos, con los rayos fluyendo a mi alrededor, mientras mi criatura, estremecida por miles de voltios que recorrían su cuerpo torturado, se sacudía en espasmos incontrolados cuando la milagrosa electricidad le infundía nueva vida!

Como efecto colateral a mis estudios de creación y reanimación, encontré la forma de alargar la vida, mi vida especialmente. Al principio experimenté con mi querido ayudante Igor. Pobrecillo, ¡cuánto sufrió por sus deformaciones congénitas! Hoy a mi querido Igor nadie lo reconocería, nadie imagina que ese robusto actor austríaco que ha llegado a Gobernador en el país más poderoso del planeta, fuera hace dos siglos un jorobado contrahecho con menos luces que un cementerio a medianoche. Físicamente lo reparé y perfeccioné, le alargué la vida de forma inhumana, pero la inteligencia es un don divino y no estaba en mi mano ayudarle. Sólo gracias al culto al cuerpo que se practica este último siglo, ha conseguido hacer realidad su sueño. ¡Mi querido y cándido Igor, ni siquiera ha podido quitarse el horrible acento de su aldea natal!

No es necesario decir que vivir tanto tiempo tiene sus ventajas. Cuando volví de la búsqueda de mi primera criatura, allá por el año 1814, tras establecerme en Inglaterra bajo la personalidad del poeta Percy B. Shelley, conocí a mi querida Mary, recorrimos juntos Europa y recalamos en Suiza en el verano de 1816, donde entramos en el círculo de amigos que se reunía en la mansión de Lord Byron. En aquel magnífico caserón le relaté a Mary mis estudios, mis experimentos, mis inquietudes y anhelos. Fascinada, me animó a continuar mi trabajo y más tarde incluso me ayudó en mis nuevos experimentos. Juntos creamos los hijos que nos negó la naturaleza. Durante mucho tiempo fui muy feliz… hasta que en 1851 mi amada Mary murió, siendo completamente inútiles todos mis conocimientos para evitarlo y como ya he dicho, no me atreví a reanimarla. Luego, durante varias décadas, vagué por distintas partes del mundo, estudiando, realizando nuevos experimentos. De vez en cuando alguna de mis criaturas conseguía abrirse paso en la sociedad con éxito. No fueron pocos los que llegaron a destacar y marcaron hitos en la historia.

Ya en el siglo XX comencé a desarrollar una nueva perspectiva en mis investigaciones. Fruto de ello fue uno de mis más exitosos experimentos: mi querido hijo Adolfo. Físicamente no destacó como otras de mis creaciones, es cierto, tampoco por su inteligencia, pero su ambición le llevó muy lejos. La mayoría le recuerda con odio. Sin embargo, el tiempo en que dirigió el Tercer Reich, fue de lo más provechoso para mis investigaciones, pues tenía abundante material para experimentar y prácticamente no tenía que ocultarme. Lloré su pérdida más que la de ninguna otra de mis criaturas anteriores.

Acabada la Segunda Gran Guerra emigré donde tenía más posibilidades de continuar mis estudios: los Estados Unidos de América, el país de las oportunidades, como a ellos le gusta llamarlo. Para mí al menos sí que lo ha sido, aquí el dinero lo puede todo y yo, modestamente, tengo de sobra.

En el nuevo mundo me instalé en la soleada California, tan diferente de mi tierra natal, allá en Europa. Fruto de la influencia de aquellas cálidas tierras, elaboré una nueva criatura a la que llamé Marilyn. ¡Qué bella era, casi tanto como mi querida Mary! Físicamente perfecta, triunfó en el cine y todavía hoy se la recuerda, se la imita e idolatra. Pero de nuevo la inteligencia brilló por su ausencia en mi creación, lo que generó algunos problemas. Más tarde, un pequeño defecto en su bello organismo la llevó a un colapso fatal y a la muerte.

Después de aquel fracaso, centré mis estudios y experimentos en desarrollar los aspectos de mi trabajo que nunca habían fallado en mis creaciones y reunirlos en una nueva criatura. Hube de sortear algún que otro tropiezo con la CIA y el FBI, por lo que decidí colocar como directores de dichas agencias a algunos de mis más mediocres, aunque adorables, hijos. Ahora ya puedo trabajar tranquilo, subvencionado por el estado, eminentes universidades y algún mecenas creado por mí.

Todo este preámbulo me lleva a hablar de mi última creación, mi hijo más querido, el que más satisfacciones me ha dado hasta ahora; la obra maestra de mi vida. Es la criatura en la que he reunido todos los conocimientos, adquiridos a lo largo de dos siglos de investigación y trabajo, alcanzando la perfección que he buscado siempre. Es el más apto para la supervivencia. No es bello. No tiene gran fuerza física. Carece por completo de inteligencia, pero como mi llorado Adolfo, tiene una gran ambición. Lo bauticé “George” y, tras algunos ajustes, llegó a lo más alto. Sin ir más lejos, ha iniciado ya su segundo mandato como presidente de los Estados Unidos.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)

 

sábado, 14 de marzo de 2026

Mis vecinas

José Vicente Ortuño

 

Vivo en un pueblo adosado al casco urbano de Valencia cuyo nombre, por seguridad, prefiero mantener en el anonimato. A poco de mudarme comencé a observar a dos mujeres que vivían frente a mi casa y que se comportaban de forma un tanto extravagante. En aquel momento no les di demasiada importancia, pero más tarde comencé a recelar de su comportamiento y acabé convencido de que escondían algo oscuro. Desgraciadamente estaba muy lejos de sospechar la auténtica verdad. Si entonces hubiese sabido la gravedad de lo que se desarrollaba tan cerca de mí, tal vez habría actuado de otra forma. Pero de haber contado a alguien mis sospechas, nadie me hubiese creído y habría hecho el ridículo más espantoso. Pero mejor empezaré por el principio.

Por la edad que representaban parecían ser madre e hija y el parecido entre ellas no dejaba ninguna duda al respecto. Las dos eran muy delgadas, tenían la nariz prominente, los ojos azules y medían un metro cuarenta aproximadamente. Llevaban siempre el pelo muy corto. Vestían ropas disparejas de colores muy chillones y se adornaban con sombreros, bolsos o pañuelos estrafalarios. Para cualquier observador habrían pasado por un par de chifladas con síndrome de Diógenes. Como ya he dicho, al verlas la primera vez no les di importancia, pero tuve un presentimiento extraño que me hizo observarlas cuando me cruzaba con ellas, o al verlas pasar bajo mi balcón. Mis recelos aumentaron cuando comencé a coincidir con ellas en la calle al salir a trabajar muy temprano o cuando volvía a casa de madrugada. Observé que dibujaban un itinerario extraño, como si realizasen un ritual arcano. Cada noche salían y recorrían las calles parloteando en una jerga extraña, sin ropas de abrigo, a pesar de las inclemencias del húmedo invierno valenciano. A veces una de ellas se quedaba parada en una esquina mirando al infinito, mientras tanto la otra se iba hacia la siguiente y hacía lo mismo; después se hablaban a gritos de esquina a esquina. Las conversaciones parecían ser en castellano, pero nunca fui capaz de comprender lo que decían. Daba la impresión de que esperaban la llegada de alguien que, noche tras noche, no llegaba.

Durante el día también salían, paseaban por el barrio mirando escaparates, charlando o discutiendo entre ellas, como si fuesen dos vecinas más. La gente comentaba que eran dos locas y que su casa olía muy mal porque la tenían llena de trastos y basura.

Al verlas tan a menudo el presentimiento de que algo ominoso se cernía sobre nosotros se fue fortaleciendo. Poco a poco mis sospechas aumentaron y comencé a vigilarlas en secreto. Cuando me iba a trabajar salía un rato antes y me quedaba escondido escuchándolas, intentando comprender sus chácharas y anotando sus movimientos, a fin de encontrarle sentido a sus idas y venidas por las calles. Al poco tiempo creí descubrir su estrategia, un plan sutil y probablemente despiadado. Fui madurando la teoría de que eran dos brujas y que realizaban encantamientos malignos. Me las imaginaba añadiendo exóticos ingredientes a una gran olla hirviente, tal vez preparando una poción maligna para hechizar niños incautos y atraerlos a su guarida para devorarlos vivos. Según leí una vez, se puede distinguir a una bruja por una marca que llevan en un ojo, pero no me atreví a acercarme tanto como para comprobarlo. Todo eso me preocupaba tanto que comencé a padecer insomnio.

Durante lo poco que conseguía dormir soñaba que las dos mujeres invocaban un espíritu infernal, un ser aterrador que aparecía rodeado de sus diabólicos acólitos, un ejército de seres abominables horriblemente deformes. Monstruos con terribles garras y enormes penes bífidos, que aullaban y se retorcían. A una orden de su amo se abalanzaban contra los indefensos seres humanos, y después de torturarlos cruelmente, los devoraban en cuerpo y alma. Veía a los engendros saliendo de los infiernos y sembrando la Tierra de espíritus malignos, transformando nuestro mundo en un pandemonio de depravación ajustado a sus siniestras necesidades. Luego, una vez aniquilado hasta el último ser humano, luchaban entre ellos en terroríficas batallas, en las que no había ninguna regla ni bandos definidos, sólo una orgía de destrucción.

Un tremendo dolor de cabeza me taladraba el cráneo al despertar, como si me hubiesen metido una barrena por la nuca hasta sacarla por la frente. En el trabajo me desconcentraba debido a la falta de sueño; comencé a recibir las broncas de mi jefe y el desprecio de mis compañeros. Mi familia empezó a preocuparse por mí, insistiendo en que fuese a ver al médico, pero no les hice caso, pues me encontraba perfectamente.

Para evitar las pesadillas pasaba las noches apostado en el balcón con unos prismáticos, un micrófono direccional y una cámara con teleobjetivo, cargada con película de alta sensibilidad. Después de un par de horribles catarros, debidos al frío nocturno, conseguí descubrir una pauta en sus movimientos. Sus paseos siempre eran de noche y según la hora, la época del año, la fase de la luna y la humedad del aire, variaban su recorrido en un complejo patrón que sólo yo fui capaz de descifrar. Estaba claro que esas dos mujercillas eran hechiceras y que ejecutaban algún ritual mágico con aviesas intenciones.

Pedí excedencia en el trabajo y comencé a investigar por las bibliotecas, buscando antiguos libros de magia y ocultismo. En uno de ellos el alquimista Paracelso explicaba la forma de crear un homúnculo. La receta para crearlo consistía en colocar en una bolsa huesos, esperma, fragmentos de piel y pelo de cualquier animal. Todo esto había de enterrarse rodeado de estiércol de caballo durante cuarenta días, tiempo en el cual el embrión estaría formado. Deseché la idea al tener en cuenta la dificultad de encontrar estiércol de caballo en el barrio… aunque me quedó la duda de si para el diabólico experimento valían también los excrementos de perro que, desgraciadamente, abundaban en demasía por las calles.

Después me estudié un tratado sobre esoterismo y adivinación. Había fallado en mis intentos de colocar cámaras ocultas en su casa y no podía verlas para comprobar si echaban las cartas o leían los posos del café, por lo que tuve que probar otra cosa.

Lo intenté con la astrología. Desconocía el signo zodiacal de las sospechosas pero, fuese cual fuese, procuraban evitar al cartero que era Tauro y al barrendero, que era Sagitario. En cambio, cuando hacían la compra en el supermercado, siempre se ponían en la cola de la caja número cinco, atendida por un dependiente llamado Paco, que era Géminis. Salvo la coincidencia con las fases de la luna, no le encontré ningún sentido.

También me fallaron el Feng Shui y la astrología china, pues tras muchos estudios, cálculos y cábalas, descubrí que estábamos en el año del cerdo agridulce. Me pareció algo confuso y cambié la línea de investigación.

Para un ateo practicante como yo puede parecer extraño, pero también busqué en la Biblia. Tras leer el capítulo de las Revelaciones, también llamado Apocalipsis, llegué a la conclusión que el tal Juan, que supuestamente escribió el texto, debía de fumar marihuana o algo así, y que estaba al borde del delirium tremens. Fue perder el tiempo, pues las sospechosas no parecían drogadas.

En ninguna biblioteca hallé el Necronomicón; querían hacerme creer que era un libro ficticio, pero estaba claro que mentían. Inasequible al desaliento seguí buscando en librerías de ocultismo menos sospechosas de pertenecer a la Gran Conspiración. Mientras tanto mis vecinas continuaban con sus recorridos y jaculatorias por el barrio.

Por fortuna todo acabó una noche de invierno, fría y lluviosa, en la que me encontraba apostado en la azotea, justo sobre mi casa, vigilándolas. Iba cubierto con un impermeable negro, para pasar desapercibido, y equipado con mi visor nocturno Patriot XD-4, como los que llevan adosados al casco los comandos de las películas. Me había costado tres mil euros y una tremenda discusión con mi mujer, pero valió la pena. Ellas se encontraban juntas, paradas en la calle. Miraban hacia lo alto, al cielo nuboso que comenzaba a descargar gotas de lluvia frías como agujas de hielo. Nunca las había visto estar tan quietas, y esta vez no parloteaban ni gesticulaban, simplemente permanecían en pie, con la vista clavada en trozo de cielo que se divisaba entre los edificios. Entonces levanté la mirada hacia las nubes y la vi. A simple vista no hubiese podido distinguir nada, pero mi visor nocturno me permitió observar todos los detalles.

Era una nave espacial inmensamente grande y oscura, y no reflejaba la iluminación de las calles. Fue abriéndose paso a través de las nubes con tal suavidad que no se vieron perturbadas por la intrusión. Me recordó una famosa película de ciencia ficción en la que los alienígenas descendían con una nave gigantesca, tan grande como una ciudad, para destruir a la humanidad. Empezaba a comprender que las dos mujeres, a pesar de su aspecto inofensivo, eran la avanzadilla de un ejército invasor alienígena. Casualmente esa era mi próxima línea de investigación, ya me había suscrito a varias revistas de parapsicología y había comprado las obras completas de J. J. Benítez.

Mi mente comenzó a funcionar a toda máquina; no sabía qué hacer. Me arrepentí de no haberlas asesinado, troceado y esparcido sus restos por todos los contenedores de basura del barrio, para que de esa forma no hubiesen podido regenerar sus cuerpos.

Desde mi atalaya esperé que, de un momento a otro, comenzase el ataque, que desatasen una lluvia de rayos de fuego que fundirían los edificios con grandes explosiones. La nave parecía no tener fin; mirase donde mirase ocultaba el cielo. Debía tener más de veinte kilómetros de diámetro, en el caso de que fuera circular. No parecía ser lisa sino que, a espacios regulares, sobresalían una especie de domos con un círculo más oscuro en su parte baja. Estaba ensimismado con la majestuosa nave y en realidad me había olvidado del porqué de mi presencia allí arriba, cuando sucedió. Estuve a punto de perder el control de mis esfínteres cuando desde la parte central de uno de los domos partió un cegador rayo de luz. Alcé el visor bruscamente y, cuando mi vista se acomodó de nuevo, pude observar anonadado como el haz iluminaba a mis dos vecinas. No sé si en esos momentos dejé de respirar o tal vez fue la impresión, pero sentí un repentino mareo cuando, allí paradas en medio del círculo luminoso, se fueron desvaneciendo hasta desaparecer; como disueltas en el aire.

El brillante haz de luz se apagó en ese momento, dejándome de nuevo en la oscuridad. Abatí el visor ante los ojos y vi que la nave comenzaba a elevarse atravesando el mar de nubes con suavidad; luego desapareció entre las sombras. El corazón me latía arrítmicamente, las piernas se me aflojaron y caí de rodillas en el suelo húmedo intentando no hiperventilarme. Al fin comprendí lo que había pasado. Mis vecinas excéntricas eran dos extraterrestres perdidas y sus idas y venidas eran la angustiosa espera del rescate. Qué estúpido había sido al no darme cuenta; si lo hubiese sabido antes tal vez podría haberles ofrecido mi amistad; seguro que se sentían muy solas.

 

Ya han pasado algunos meses y ha llegado el verano. Mi familia me ha abandonado y los vecinos huyen de mí, dicen que estoy loco, pero no me importa. Ya no trabajo, finjo tener una enfermedad mental y he conseguido una pensión vitalicia que me permitirá seguir vigilando. Utilizo los prismáticos de día y el visor nocturno por la noche; busco otros extraterrestres entre mis vecinos. Grabo en vídeo los movimientos de la gente del barrio y luego estudio sus pautas. Esta vez no me engañarán. Empiezo a sospechar de dos tipos con turbante y largas barbas que pasan a menudo frente a mi casa. Tengo que dejar de escribir, ya casi es la hora a la que van al supermercado a contactar con otros seres de su especie. Hoy probaré mi disfraz, el turbante me sienta muy bien y la barba da un aire realmente intelectual.

Seguiré informando.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)