Lizandro Chávez Alfaro
Llevo cinco destierros. Unos más feroces que otros. Los cuento a rayas artificiales en la yema de este dedo, el de escribir en las
paredes con los coágulos de una
cárcel,
el de pedir permiso, el de ponerse en la frente cuando un farsante se
desbarata por hacerte creer que piensa. Mi huella digital segunda derecha, como
la ves, tiene algo más que mi retrato. Cinco. No es tanto si se divide entre cuarenta.
Me sale uno por cada ocho años de vida. Quién se quejaría de un garrotazo cada ocho años. Te da tiempo hasta para recuperarte. Me sale todavía
más
barato si a mis cuarenta le sumo los treinta de Margarita, que también
ha cooperado. No sé si agradecérselo o tirarme de canillas en un cráter
hirviente. Para corresponderle.
Lo lindo es que cada vez creo que ya pasé por lo más degradante, lo último de lo último, donde ya dejan
de doler los culatazos y las guindadas. Pero siempre hay algo nuevo, recién salido del horno para mí.
El destierro es el modo más bárbaro de aplastar a un hombre. En ese viaje no tiene nada que ver el turismo o la aventura. Ni la carta más larga
es capaz
de devolverte el sueño completo. Y no es por sentimentalismo,
mala palabra con que cualquier bellaco despacha lo que le queda grande.
Simplemente hay cosas insustituibles, lo que aceptaría hasta el paria más hundido.
Todo lo que te diga debe tomarse como el desahogo
de un viejo que cree en el valor del orgullo, en el valor del honor, en el valor del valor, en el valor del sacrificio. En esto
último es donde todo se me viene abajo. Me quedo desnudo y echado sobre las piedras
de la iniquidad.
El destierro
también embrutece, pero no tanto como para evitarte algunos retorcimientos. La primera
vez, lo que te aprieta es la desconfianza de no aprender a sobrevivir, la urgencia
de hacer a tu alrededor un remedo de fortaleza. Se hace pegando toda clase de
desperdicios con besos familiares, porque la familia es lo primero que se te
ocurre arrastrar hasta tus escombros. “Vendan los muebles, vendan esa alhaja que te dejó
tu abuelita y se embarcan todos. Juntos somos más fuertes”.
Para una mujer como Margarita, nada fue lo bastante difícil que detuviera su abnegación.
Me siguió una, dos, tres veces. Me llevó todo su calor, su ternura, su empedernida
inocencia. Demasiada inocencia para tanta hermosura.
Después, cuando uno se vuelve el predilecto de las patadas, un profesional del destierro, como quien dice, ya va
y
viene solo. Se alienta y desalienta por carta. Aconseja y mantiene por carta;
manda resumidos mensajes de indiferencia a los ojos censores. Por carta besa y
abraza, aunque sea con el recato que te enseña la censura. Espera las
contestaciones envuelto en la corroncha del reincidente. Lee con sereno remordimiento
que la niña tuvo catarro la semana pasada y hasta tuvieron que inyectarla, y que
por lo demás parece que hay esperanzas. Este demás es tu
regreso. El rumor de una amnistía; la gestión de un amigo que es amigo de un pariente del ministro que puede rogar por tu perdón. Oración en cadena, pues. Con el ceño fruncido uno piensa en las felicidades de la
devoción. Le cuesta reconocer
que hay
candores desmedidos. Margarita es capaz de creer
hasta en loterías celestiales. Por esos grandes ojos dorados se pasea a sus anchas
la credulidad. Uno sabe que por volver a verlo el día siguiente se dejaría torturar,
tal vez sin un solo lamento, pero no la imagina andando por la cadena de ruegos
que termina en la antesala de un ministro.
Una antesala donde entran y salen los elegidos,
y los pedigüeños esperan callados, con su carta de recomendación en la mano. Los porteros saben a quién sonreírle y a quién no, pegados
a los
picaportes con altanería de palillón
en
desfile. No les
quitan
de encima los ojos a las mujeres
que
llegan solas, imaginándose lo que ellos harían si fueran siquiera la camisola del jefe. De repente entreabren la
puerta y meten la nariz, como para oler sobras de la loción que usa el
ministro. Adentro, entre banderas y aparatos de clima artificial, está firmando o riéndose
por teléfono el hijo del fornicario que no se lo perdonó ni a sus hijas. El mismo, aunque medio calvo y con nariz de lora, se siente el chaval de una orgía de película. Cómo se le
va a escapar la aseada mujerona del
baboso aquel que se
ha pasado meses y años queriéndola
por carta. Margarita es una buena mujer. Me ha dedicado todo lo que ha podido
derramar ese su grandísimo corazón de ayote, incluyendo la inocentada de creerle
al comprensivo ministro que le iba a devolver su marido. No había problema para
que él autorizara mi entrada al país, sobre todo considerando que ella en
persona venía a pedírselo. Esa misma noche iba a hablar con el cónsul para que
me diera una visa provisional, y quería que ella fuera testigo de la orden
telefónica.
Ser ministro es ser prepotente, dice la
parodia, ¿verdad? Si se te acaban los cigarros, mandas al subministro a que te compre
cigarros de tu marca predilecta. Si hace falta una manifestación, se ordena por teléfono o en secreto. Si se te antoja un rincón muy privado en tu despacho, es cosa de decirle al secretario que traiga a un decorador para que tome las medidas y de una vez presente catálogos
y muestrarios
de alfombras, cortinas, muebles. Sobre
esas alfombras, el fornicario
pone su precio y Margarita lo paga, jura con un asco empequeñecido
por el sueño de mi
regreso.
¿Qué
es la inocencia, muchacho? Tal vez vos, con tu inteligencia todavía entera,
podás darte la contestación que no espero. ¿Es una tara o es un don venerable?
El sacrificio. ¿Una ofrenda de la idiotez a la idiotez? Habría que preguntarle a un
canónigo si aquello fue sacrificio de alabanza o sacrificio de impetración. En último
caso habría que preguntarle a un
penalista en qué
código figura semejante estafa. Porque
se pagó un precio por un servicio nunca obtenido.
Por supuesto
que pasaron meses antes de que gracias a quién sabe cuál
capricho de cumpleaños o de pacto
bipartidista, se dictara la amnistía y yo corriera al consulado
para colocar mi nombre entre los beneficiados.
Abrazos y besos
para el que regresa. En una noche de sincero arrepentimiento la
mujer te lo cuenta, con
los ojos hechos agua, la
voz triturada, y después dobla la cabeza, el
pelo adorable brillando a la luz lempa de una lámpara íntima; la cabeza caída, tal vez implorando el golpe vengador. Ella se confiesa con su valiente marido: un triste confesor que no sabe condenarla ni absolverla; ni
siquiera ponerle la sopapeada que aplicaría a un bayunco. Te digo
que todo se viene abajo, y
no sé si te he estado hablando de un abnegado o de una abnegada, con todas las sospechas que la tal
palabrita es capaz de despertar.
(Tomado
de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)
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