lunes, 12 de octubre de 2026

Última ofrenda

Lizandro Chávez Alfaro

 

Llevo cinco destierros. Unos más feroces que otros. Los cuento a rayas artificiales en la yema de este dedo, el de escribir en las paredes con los coágulos de una cárcel, el de pedir permiso, el de ponerse en la frente cuando un farsante se desbarata por hacerte creer que piensa. Mi huella digital segunda derecha, como la ves, tiene algo más que mi retrato. Cinco. No es tanto si se divide entre cuarenta. Me sale uno por cada ocho años de vida. Quién se quejaría de un garrotazo cada ocho años. Te da tiempo hasta para recuperarte. Me sale todavía más barato si a mis cuarenta le sumo los treinta de Margarita, que también ha cooperado. No sé si agradecérselo o tirarme de canillas en un cráter hirviente. Para corresponderle.

Lo lindo es que cada vez creo que ya pasé por lo más degradante, lo último de lo último, donde ya dejan de doler los culatazos y las guindadas. Pero siempre hay algo nuevo, recién salido del horno para mí.

El destierro es el modo más bárbaro de aplastar a un hombre. En ese viaje no tiene nada que ver el turismo o la aventura. Ni la carta más larga es capaz de devolverte el sueño completo. Y no es por sentimentalismo, mala palabra con que cualquier bellaco despacha lo que le queda grande. Simplemente hay cosas insustituibles, lo que aceptaría hasta el paria más hundido.

Todo lo que te diga debe tomarse como el desahogo de un viejo que cree en el valor del orgullo, en el valor del honor, en el valor del valor, en el valor del sacrificio. En esto último es donde todo se me viene abajo. Me quedo desnudo y echado sobre las piedras de la iniquidad.

El destierro también embrutece, pero no tanto como para evitarte algunos retorcimientos. La primera vez, lo que te aprieta es la desconfianza de no aprender a sobrevivir, la urgencia de hacer a tu alrededor un remedo de fortaleza. Se hace pegando toda clase de desperdicios con besos familiares, porque la familia es lo primero que se te ocurre arrastrar hasta tus escombros. “Vendan los muebles, vendan esa alhaja que te dejó tu abuelita y se embarcan todos. Juntos somos más fuertes”. Para una mujer como Margarita, nada fue lo bastante difícil que detuviera su abnegación. Me siguió una, dos, tres veces. Me llevó todo su calor, su ternura, su empedernida inocencia. Demasiada inocencia para tanta hermosura.

Después, cuando uno se vuelve el predilecto de las patadas, un profesional del destierro, como quien dice, ya va y viene solo. Se alienta y desalienta por carta. Aconseja y mantiene por carta; manda resumidos mensajes de indiferencia a los ojos censores. Por carta besa y abraza, aunque sea con el recato que te enseña la censura. Espera las contestaciones envuelto en la corroncha del reincidente. Lee con sereno remordimiento que la niña tuvo catarro la semana pasada y hasta tuvieron que inyectarla, y que por lo demás parece que hay esperanzas. Este demás es tu regreso. El rumor de una amnistía; la gestión de un amigo que es amigo de un pariente del ministro que puede rogar por tu perdón. Oración en cadena, pues. Con el ceño fruncido uno piensa en las felicidades de la devoción. Le cuesta reconocer que hay candores desmedidos. Margarita es capaz de creer hasta en loterías celestiales. Por esos grandes ojos dorados se pasea a sus anchas la credulidad. Uno sabe que por volver a verlo el día siguiente se dejaría torturar, tal vez sin un solo lamento, pero no la imagina andando por la cadena de ruegos que termina en la antesala de un ministro.

Una antesala donde entran y salen los elegidos, y los pedigüeños esperan callados, con su carta de recomendación en la mano. Los porteros saben a quién sonreírle y a quién no, pegados a los picaportes con altanería de palillón en desfile. No les quitan de encima los ojos a las mujeres que llegan solas, imaginándose lo que ellos harían si fueran siquiera la camisola del jefe. De repente entreabren la puerta y meten la nariz, como para oler sobras de la loción que usa el ministro. Adentro, entre banderas y aparatos de clima artificial, está firmando o riéndose por teléfono el hijo del fornicario que no se lo perdonó ni a sus hijas. El mismo, aunque medio calvo y con nariz de lora, se siente el chaval de una orgía de película. Cómo se le va a escapar la aseada mujerona del baboso aquel que se ha pasado meses y años queriéndola por carta. Margarita es una buena mujer. Me ha dedicado todo lo que ha podido derramar ese su grandísimo corazón de ayote, incluyendo la inocentada de creerle al comprensivo ministro que le iba a devolver su marido. No había problema para que él autorizara mi entrada al país, sobre todo considerando que ella en persona venía a pedírselo. Esa misma noche iba a hablar con el cónsul para que me diera una visa provisional, y quería que ella fuera testigo de la orden telefónica.

Ser ministro es ser prepotente, dice la parodia, ¿verdad? Si se te acaban los cigarros, mandas al subministro a que te compre cigarros de tu marca predilecta. Si hace falta una manifestación, se ordena por teléfono o en secreto. Si se te antoja un rincón muy privado en tu despacho, es cosa de decirle al secretario que traiga a un decorador para que tome las medidas y de una vez presente catálogos y muestrarios de alfombras, cortinas, muebles. Sobre esas alfombras, el fornicario pone su precio y Margarita lo paga, jura con un asco empequeñecido por el sueño de mi regreso.

¿Qué es la inocencia, muchacho? Tal vez vos, con tu inteligencia todavía entera, podás darte la contestación que no espero. ¿Es una tara o es un don venerable? El sacrificio. ¿Una ofrenda de la idiotez a la idiotez? Habría que preguntarle a un canónigo si aquello fue sacrificio de alabanza o sacrificio de impetración. En último caso habría que preguntarle a un penalista en qué código figura semejante estafa. Porque se pagó un precio por un servicio nunca obtenido.

Por supuesto que pasaron meses antes de que gracias a quién sabe cuál capricho de cumpleaños o de pacto bipartidista, se dictara la amnistía y yo corriera al consulado para colocar mi nombre entre los beneficiados.

Abrazos y besos para el que regresa. En una noche de sincero arrepentimiento la mujer te lo cuenta, con los ojos hechos agua, la voz triturada, y después dobla la cabeza, el pelo adorable brillando a la luz lempa de una lámpara íntima; la cabeza caída, tal vez implorando el golpe vengador. Ella se confiesa con su valiente marido: un triste confesor que no sabe condenarla ni absolverla; ni siquiera ponerle la sopapeada que aplicaría a un bayunco. Te digo que todo se viene abajo, y no sé si te he estado hablando de un abnegado o de una abnegada, con todas las sospechas que la tal palabrita es capaz de despertar.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

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