Máximo Gorki
Por entre las casas de aquella calle, con aullido
salvaje se agita una extraña procesión.
La multitud,
apretada y lenta, avanza como una gran ola, y delante, al paso, marcha un flaco
caballo cómicamente hirsuto, con la cabezota abatida. Levantando una de las
patas delanteras, sacude la cabeza de un modo singular, como si con aquella
cabeza erizada diera en el polvo del camino, y cuando alza la pata trasera,
toda su grupa se inclina hacia el suelo, cual si fuera a caer.
A la delantera
de la carreta está fuertemente atada por las manos una diminuta mujer, casi una
niña, desnuda del todo. Anda de un modo extraño, de costado; su cabeza, de
espesos cabellos de un rubio obscuro, la lleva alzada y algo echada hacia
atrás, sus ojos están desmesuradamente abiertos, fija su mirada en cualquier
sitio lejano con la pupila atónita y estúpida, en la que nada de humano hay… todo
su cuerpo se halla cubierto de manchas azules y purpurinas, redondas y
dilatadas; el duro seno izquierdo de la jovencita está cortado, la sangre corre
de allí en delgados hilos… ha formado una raya roja a través del vientre, y más
abajo, en toda la longitud de la pierna izquierda, hasta la rodilla, la oculta
una morena corteza de polvo estancado. Parece que del cuerpo de aquella mujer
se haya arrancado una estrecha y larga tira de piel, y que sin duda ha sido
golpeado en el vientre, porque su vientre está monstruosamente hinchado y de un
horroroso azul.
Los pies,
pequeños y finos, se posan con gran pena sobre el polvo; todo el cuerpo está
horriblemente torcido, vacila, y es imposible explicarse por qué se sostiene
aún sobre sus piernas, cubiertas por completo de cardenales, así como todo el
cuerpo; por qué no cae al suelo, y, pendiente de los brazos, no se deja
arrastrar por el vehículo, resbalando sobre aquel suelo polvoriento y tibio.
Y en la
carreta, en pie, va un mocetón que viste camisa blanca y casquete de astracán,
por bajo del cual cae, cortando la frente, un mechón de relucientes cabellos
rubios; en una mano lleva las riendas, en la otra un látigo, con el que
metódicamente sacude, una vez los lomos del jamelgo, y otra el cuerpo de la
mujer, ya lastimado hasta haber perdido toda apariencia humana. Los ojos del
mozo rubio están inyectados en sangre y brillan con triunfo feroz. Los cabellos
hacen resaltar su tinte verdusco. Las mangas de la camisa, arrezagadas hasta el
codo, descubren los brazos fuertes, musculosos, cubiertos de rojo vello; lleva
abierta la boca, llena de blancos dientes puntiagudos, y a cada instante deja
escapar gritos roncos:
–¡Anda,
hechicera, anda, anda! ¡Ajá! ¡Hija de una…! ¿Está bien así, hermanos?
Y tras de la
carreta y de la mujer atada a ella, la multitud, ola inmensa, corre, y a su vez
grita, aúlla, silba, ríe, excita… los chicuelos se atropellan unos a otros. A
veces se destaca uno y grita a la mujer palabras cínicas. En la multitud
estalla entonces una carcajada, que cubre todo otro rumor, hasta el agudo
silbar del látigo en el aire… las mujeres llevan el rostro excitado, los ojos
resplandecientes de placer… los hombres gritan algo desagradable al ser que va
en la carreta. Este se vuelve hacia ellos y ríe, la boca en extremo abierta. Un
latigazo sobre el cuerpo de la mujer. El látigo, delgado y largo, se retuerce
en el hombro, queda preso bajo el sobaco…
Y el aldeano
que golpea tira hacia sí vigorosamente, la mujer exhala un grito penetrante y,
echándose hacia atrás, cae, la espalda en tierra… de la multitud muchos se
precipitan y la ocultan con sus cuerpos, inclinándose sobre ella.
Se detiene el
caballo, mas para volver a caminar al cabo de un instante, y la mujer, toda
lastimada, reanuda también su marcha delante de la carreta. Y la lastimosa
bestia, a cada paso lento, sigue sacudiendo su cabeza erizada, cual si quisiera
decir: “¡Ved si es desgracia ser animal! Se os puede obligar a tomar parte en
cualquier abominación”.
Y el cielo, el
ciclo meridional, está perfectamente sereno –ni la más pequeña nube–, y desde
la altura un sol estival esparce generoso sus ardientes rayos.
No es una
imagen alegórica de la persecución y tortura de un profeta desconocido en su
país lo que concluyo de escribir. ¡No, por desgracia! Ello se llama “El
castigo”. De este modo responden los maridos a la infidelidad de sus esposas;
es un cuadro de género, una costumbre… y yo lo vi el 15 de julio de 1891 en el
pueblo de Kandinovka, distrito de Kherson.
(Tomado
de www.lecturia.org)
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