Abraham Valdelomar
I
La muerte, que tiene llave de todas las casas, y sede en todos los
pueblos, no gustaba, al parecer, de San Andrés, la aldea que está al sur de
Pisco. Cuando por allí pasaba, era entre una y otra cosecha, y no se hospedaba
más de una noche, que después nadie oía hablar de ella. Así, en la aldea de pescadores,
morían los viejos longevos, mansamente, como suelen quedarse, a veces dormidos
bajo las higueras. Miedo tenía la taimada de entrar en el pueblo, pues no hacía
su industria porque a la puerta de cada choza duerme siempre una tortuga, y es
sabido que la muerte para vencer a una tortuga ha de menester más de un siglo.
Pero no pudiendo vivir en la aldea, estableciose en las
peñas del “Boquerón”, que es una punta de tierra terminada en rocas dentro de
la mar. Allí, donde las aguas se arremolinan con violencia, hay una corriente
impetuosa; y allí, en la roca del centro, está siempre sentada, con su guadaña
filuda y estivando los botes que pasan, con malicia e impaciencia de pescador.
Y así acaece que cuando “la paraca” lleva por su dominio alguna frágil
navecilla, la intrusa, que está alerta, ¡zas!, le tira la guadaña, sumerge la
embarcación y pesca de golpe, cinco o seis vidas. Por eso sus hazañas están
unidas al recuerdo de “la paraca”, aquel viento trágico del sur, durante el
cual no salen al mar los pescadores. Sacan sus botes sobre la arena de la
orilla, y alineados esperan que pase el viento; y si hay algunos en el mar, los
parientes y amigos aguardan inquietos el retorno, las viejas rezan, y los
muchachos abren tremendos ojos buscando en el horizonte el volar de las velas triangulares
y blancas como alas.
Los botes llegan poco a poco, como soldados en derrota,
sin pescado, rotos los arreos por la furia marina; rodeándolos quienes esperan,
e inquieren por los que faltan, en voz baja de presentimientos. Cae la tarde, y
siempre, avanzada la noche, se ven en la orilla lucecitas u hogueras, mientras
el viento pasa zumbando, canta el mar, y los ojos de las madres y las hermanas
escrutan en las tinieblas. Aparece un indeciso punto rojo. Suspenden todas sus
pláticas graves, y una moza dice:
–¡Hay una luz!…
La pupila lejana se pierde, reaparece, se hace clara.
–Parece el Encarnación…
–Debe ser el Rosario…
–O el Alegría…
Óyese luego el chasquear de los remos que azotan las olas
y entonces la voz de las madres:
–¡Joaquín!… ¡Joaquín!…
–¡Nicasio!…
–¡Telmo!… ¡Telmo!… ¿Cuál es?…
Y del bote lejano la voz ruda responde:
–¡La Rosario!
Las otras viejas suspiran, siguen mirando el mar. Algunas
veces la nave no vuelve nunca.
Y así va rodando la vida…
II
Los padres iban los domingos al pueblo a embarcar el pescado para Ica, en
grandes cestos de “caña brava”, y cuando el tren se marchaba, pasaban por mi
casa dejando a mi madre un cestito de huevos de alcatraz. A Roque le conocí en
la Escuela y a Nicolás y Delio en San Andrés, cuando íbamos de paseo. Allí,
junto a una palmera elevábase la casucha de cañas. Había en la entrada, clavado
sobre la arena, un hueso de ballena, atado a él un jumento lanoso y viejo, al lado
una tortuga, pesada como matrona reflexiva y en todas partes un perro pelado y
celebrafiestas, y dos gaviotas gritonas. Frente a la puerta la Margarita pintada
a franjas horizontales, blancas y verdes; remendadas velas, liviana red, peces
secándose con el lomo abierto y lleno de sal. Todo esto era el patrimonio de
esas sencillas gentes.
Nicolás, Roque y Delio llamábanse los muchachos. El
mayor, Nicolás, iba para 26 años, Roque era menor en tres y Delio llevaba los
mismos de distancia con éste. Cuanto era el mayor de fuerte y grave, tenía
Roque de blandón y alegre y el chiquillo de callado y taciturno. Al primero
gustábale el mar sobremanera, solo en el bote cantaba y conversaba; Roque placía
de todo, con todos cruzaba palabras y a todos hacía bromas; Delio era
contemplativo y prefería ver el mar desde la orilla; atento estaba siempre, por
el tiempo de Cuaresma, de ir a encontrar al padre que hacía las misiones, interrogábale,
y escuchaba, encantado, las largas pláticas y las parábolas sencillas del
padrecito paliducho. Escogía para él la mejor pesca. Delio era triste, como
indio que era.
Una tarde, a más de los viejos y el perro, vino hasta la
orilla, para verlos partir, que todos tres hermanos hacían la pesca en el Margarita,
Rosa; y aquel día, al dejar la orilla, en el bote breve, Delio comenzó a
cantar.
III
Caía una tarde de agosto, pesadamente. Preparábanse en la orilla varias
embarcaciones para salir a la pesca. Unos traían desde sus casas los aparejos,
al hombro, mientras las madres, las hermanas o las hijas les acondicionaban
algunos limones, naranjas agrias, lechugas y pan, que frugales como son los pescadores
mar adentro, apenas toman un pedazo de pan de trigo, un sorbo de aguardiente y
bien va todo eso.
Pero en el Margarita se hacían preparativos mucho
más grandes. Ponía la viejita madre en el bote, junto a tres botellas de
aguardiente, un atado de pan, y en un cesto de fibras de palmera, lechugas,
limones, ajíes rojos y cebollas frescas. Ayudábale en esta labor el padre, y
ellos ponían los remos al bote, mientras el viejo dábales consejos, el pequeño
hablaba con la chiquilla y el mar mojaba sus desnudos pies. Los dos muchachos,
Rosa y Delio, sin cuidarse del agua, platicaban a media voz:
–¿Cuándo regresas?
–Lo menos tres días en el mar…
–¿Van a pescar tortuga?…
–Corvina, que ahora la mancha se ha alejado y hay que buscarla…
–No te alejes mucho; sabes que es tiempo de paracas…
Y a lo lejos:
–Delio, trae la soga, y el ponchito, y andando, que obscurece…
A poco rato la nave se deslizaba sobre el mar, y se
perdía en la noche, mientras los adioses de los queridos morían a lo lejos y
entonaba el mar su canción.
Pasó todo el martes tranquilo. Por la tarde volvieron
algunos botes de los que la víspera salieran y al mediodía del miércoles, que
había amanecido con un airecillo precursor, se desató la paraca terrible;
silbaba el viento sobre la arena, irisaba el mar, levantaba columnas de polvo,
altas y amenazadoras y deshilachábanse las palmeras. Entonces la ciudad tomó
aquel aspecto trágico de miedo y de pavor. Todo era en silencio. Colábase el
viento por entre las cañas de las casuchas, y en medio del turbión que
arreciaba, algunas gentes investigaron el horizonte. Llegó un viejo a la puerta
de la casucha de Delio:
–Buena paraca, don Dámaso…
–Buena, y los muchachos en el mar…
–Para la Margarita no hay paraca. Hemos pasado un
día por el boquerón con tanto viento como éste y el bote cruzó el remolino,
llanito…
El viento siguió soplando toda la tarde, los pescadores fuéronse
a la orilla a esperar a las embarcaciones que debían volver.
Un poco tarde, cuando ya el sol se había puesto apareció
un bote, viéronlo llegar todos y al arribo lo rodearon.
–¿Dónde los agarró el viento?
–Cerca, casi voltea la vela, nunca ha habido una paraca
más fuerte.
–¿Y pesca?
–Nada, tiramos la red y con el viento se enredó…
–¿No han visto a la Margarita? –preguntaron los
viejos.
–No la hemos visto, ellos se han ido muy adentro…
–¿Y la Concepción?…
–Tampoco.
–¿Y la Buenaventura?…
–Solo vimos a la Rosalía, que no tarda en llegar,
estaba doblando el Boquerón.
En efecto a poco apareció la vela de la última barca recortando
el horizonte.
Cayó la noche y durante ella fueron llegando los últimos botecillos.
Solo la Margarita no regresó aquel día. Al siguiente ya no hubo paraca,
muy de mañana esperaban en la orilla los deudos de los tres hermanos y la chica
Rosa; y creyendo ver surgir de un momento a otro la blanca vela marina y
familiar, esperaron, esperaron en vano. Tarde y preocupados fuéronse a la casa
los viejos, pero Rosa se quedó. ¡Cuánto rogaba a la Virgen estar ella sola en
la orilla cuando volviese el bote! En casa de los ausentes el silencio anidose.
La barca no volvió, el pescado no estaba tan lejos que ellos hubiesen tenido
que salir tan afuera. Además, no llevaban provisiones sino para un día, de
manera que al rayar el alba debían haber llegado, como otras veces con la nave llena.
En San Andrés los pescadores viejos principiaron a comentar con sequedad la
demora, y tornáronse adustos los ceños que antes eran tranquilos. A las cuatro
de la tarde volvió la Rosalía, que en la mañana saliera y no dio razón alguna
de los tres hermanos, no los había visto y creía que ya hubieran llegado.
Entonces la inquietud dejose sentir en todo el pueblo y acordaron
sacar todas las embarcaciones al mar para ir en busca de los ausentes hermanos.
Preparáronse ágilmente los barcos leves, y en un instante todos estuvieron
listos para salir. Fue aquél como un ejército de vengadores que se lanzaba al
mar en busca de sus heridos. A las seis de la tarde ya todos estaban enfilados
en la orilla para zarpar. El oro del sol caía oblicuamente sobre los lomos de
aquellos botes brillantes. Eran quince, y todos se alargaban en la arena de la playa,
mientras sus navegaciones deliberaban en medio del presagioso silencio de las
mujeres, la manera de emprender el viaje. Unos irían por el norte, otros por el
sur y los otros cerca de la costa, la recorrerían para ver si por alguno de sus
lados se encontraba a los que se creía perdidos.
¡Ah! El momento de la partida de aquellos bravos y
sencillos hombres, entre los cuales los más entusiasmados eran los jóvenes y
los más tristes los viejos: salieron en medio de las lágrimas de sus compañeros
de labor y las mujeres se despedían de ellos como para un viaje muy largo.
Arriaron los cabos, empujaron al mismo tiempo con los remos hacia dentro las
naves y éstas se deslizaron suavemente entre las menudas olas. Unos cuantos
golpes de remo, musculosos; dos o tres olas que se quebraron en las proas y los
tripulantes empezaron a armar las velas que se henchían bajo el oro del sol,
como alas de esperanza o pañuelos de despedida. Y así se perdieron en la luz
mortecina de la tarde. El mar tornose bajo el crepúsculo, como de sangre, y las
gentes que esperaban volvieron a sus hogares.
Aquel día, vigilaba la muerte sobre el mar.
IV
Pasó todo el día siguiente y una sola de las salvadoras barcas no tornaba.
Las que de Pisco salieron en su busca habían vuelto sin noticia alguna. En San
Andrés todo era dolor. Juntábanse las viejitas, comentaban a la orilla del mar la
desgracia. Recordábanse de casos lejanos y semejantes y, en las casuchas
poníanse velas a los santos por el regreso de los infelices, en cuyas casas, la
tragedia había hecho enmudecer de dolor a los suyos. Su pobrecito corazón, bien
presentía lo que podía ser, más su fe no les dejaba llorar. No podían admitir
la posibilidad de la desgracia, que era como aceptarla, y ellos se daban
razones unos a otros para calmar mutuamente su convencimiento. Al morir ese día
todos los pobladores de San Andrés estaban a la orilla, allí los cogió la noche
y nadie quería moverse, esperando de un momento a otro ver surgir en el mar el
chasquido de los remos, alguna luz o las voces de los perdidos o de sus
salvadores. Pasó la medianoche y un grupo permanecía aún esperando. Cada chasquear
de las olas, cada silbar del viento les parecía un sonar de quilla o un crujir
de vela. Al calor de una fogata, sentados viejos y viejas, muchachos de
espantados ojos y mozas que lloraban, pasaron algunas horas más.
Por fin, en las tinieblas oyose una voz. Paralízanse
todos. En silencio, atentos los oídos, esperaron. Nadie contestaba. Gritaron
entonces, alimentaron la fogata y por fin oyeron claramente el chasquear de los
remos, y las voces cerca de la orilla. Era una de las embarcaciones salvadoras
que volvía…
Ellos habían ido por el boquerón, luego al norte, habían regresado
por la costa hasta el sur, detrás de la pequeña península y habían visto la
costa de cerca. No había indicio alguno de los tres hermanos. Pero debía
esperarse a los otros botes; seguramente ellos los traían a la orilla ansiada.
Seis días pasaron, tornaron todos los botes sin saber nada de los náufragos,
iban todos los días los pescadores a la orilla y al mar, pero la Margarita no
aparecía. Los días los pasaban casi siempre con una cierta vaga esperanza, pero
al caer la tarde, en el crepúsculo, a la hora en que los fuertes mozos volvían siempre
con la repleta barca de pescado brillante y abrazaban a todos los que en la
orilla estaban, las gentes no podían resistir su tristeza, y los padres, los
viejecitos padres, imploraban al mar, lloraban a gritos, llamaban a los suyos
con voces que se tragaban el mar y el viento; y durante los tres últimos días
hubo necesidad de llevárselos, al crepúsculo, y consolarlos en su casa. Aquel
sexto día, las gentes llegaron a sufrir horriblemente. Los viejos habían sido
conducidos a su casucha por algunos mozos y ancianos del pueblo que los consolaban,
y al caer la tarde, entrando el sol en el mar, la pobre Rosita, que al lado de
los viejos esperaba, echose en brazos de estos y lloró, lloró. El perro en la
orilla husmeaba hacia el mar y aullaba pavorosamente. Los barcos estaban abandonados.
Las gentes regresaron en ese momento del lado sur de la orilla hacia donde se
habían dirigido en la mañana en pos de algún despojo de los hermanos náufragos,
y ambos grupos se respondieron lo mismo:
–¡Nada!
–¡Nada!…
V
Perdida ya toda esperanza, aquella noche los pescadores reuniéronse y
acordaron hacer el luto en el pueblo. Amaneció el séptimo día trágicamente
silencioso. En cada casa había un crespón, enarbolose en cada bote, lejos del
mar, a la puerta de las casas, el palo de la vela y atósele una cinta negra a
la mitad, mientras que todos los timones se sacaron y se pusieron sobre los
botes, vistiéronse de negro algunos pescadores que tal ropa tenían y los demás
del pueblo amarráronse una cinta al brazo.
No saldrían durante ocho días a pescar, no querían
acordarse de la crueldad marina, y todos pasaban por la casa de los viejos para
decirles una dulce palabra o un consuelo que ellos mismos no tenían. Iba sin
embargo, todas las tardes la Rosita, vestida de negro, con sus pies desnudos y
sus enrojecidos ojos, a la orilla, seguida del perro que al acercarse al mar aullaba
lúgubremente. Sentábase en la arena y lloraba la pobrecita niña, y caía el sol,
un nuevo día y los tres hermanos no llegaban…
Jamás se supo en Pisco ni en San Andrés de los pescadores
náufragos. Y así se perdieron en la inmensidad azul del mar esos tres hombres,
jóvenes y buenos, misteriosamente, en una tarde de agosto, en una hora
desconocida, mientras la paraca agitaba las olas, los viejos lloraban en el
silencioso puerto, el perro aullaba dolorosamente, en la orilla, la brisa decía
cosas extrañas y el sol se ocultaba indiferente y rojo.
Allá en la casa que la tragedia envolviera, no se volvió
a ver el bote limpio y brillante a la puerta, ni volvió a lucir la tejida atarraya,
ni se hizo otra nueva. Solo quedaba a la puerta, impasible en medio de su dolor
secular, la tortuga que lagrimeaba siempre, miraba el horizonte a la muerte del
día y escondíase luego en su poliédrica concha de carey, como si no quisiera
saber más del mundo ni de la vida, para ella tan larga y triste. Algunos años
más tarde, cuando yo era un joven, cuando había ido a la capital y regresé a
San Andrés, pasé por la casa de los tres hermanos. Destartalada y vacía, el techo
hundido, viejas las cañas, pampa de arena lo que fue el corral y un poco más
allá, bajo la palmera ya deshilachada, y muerta, una concha de tortuga secando
al sol.
Así pasaron al reino tenebroso de la muerte y del
misterio, aquellas sencillas gentes que yo conocí en mi infancia. Vivía aún en
el pueblo su recuerdo, pero no se borraba y no se borrará nunca, que junto al
mar se acrecientan los dolores y los recuerdos perduran, porque los repite
siempre el doloroso y eterno murmullo de las olas a las almas que saben
escuchar sus cuentos, y luego se deshacen en la blanca espuma que va a besar la
orilla…
(Tomado de Valdelomar, Abraham, Cuentos
completos, Good Press, Lima, 2023)
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