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lunes, 5 de enero de 2026

Comienzos de una fortuna

Clarice Lispector

 

Era una de aquellas mañanas que parecen suspendidas en el aire. Y qué otra cosa se asemejaba a la idea que nos hacemos del tiempo.

El balcón estaba abierto pero el fresco se había congelado allá afuera y no entraba en el jardín, como si cualquier transbordo fuera una quiebra de la armonía. Sólo algunas moscas brillantes habían penetrado en el comedor y sobrevolaban la azucarera. A esa hora, Tijuca no había despertado del todo. “Si yo tuviera dinero…”, pensaba Arturo, y un deseo de atesorar, de poseer con tranquilidad, daba a su rostro un aire desprendido y contemplativo.

–No soy un jugador.

–Déjate de tonterías –respondió la madre–. No empieces otra vez con historias de dinero.

En realidad él no tenía deseos de iniciar ninguna conversación apremiante que terminara en soluciones. Un poco de la mortificación de la cena de la víspera del día de paga, con el padre mezclando autoridad y comprensión, y la madre mezclando comprensión y principios básicos, un poco de la mortificación de la víspera pedía, sin embargo, continuación. Sólo que era inútil buscar en sí la urgencia de ayer. Cada noche el sueño parecía responder a todas sus necesidades. Y por la mañana, al contrario de los adultos que despiertan oscuros y barbudos, él despertaba cada vez más imberbe. Despeinado, pero con un desorden diferente del de su padre, a quien parecían haberle sucedido cosas durante la noche. También su madre salía del dormitorio un poco deshecha y todavía soñadora, como si la amargura del sueño le hubiera dado satisfacción. Hasta tomar el desayuno todos estaban irritados o pensativos, inclusive la empleada. Ése no era el momento de pedir cosas. Pero para él era una necesidad pacífica de establecer dominios de mañana: cada vez que despertaba era como si necesitase recuperar los días anteriores.

–No soy un jugador ni un gastador.

–¡Arturo –dijo la madre, irritadísima–, ya me basta con mis preocupaciones!

–¿Qué preocupaciones? –preguntó él, interesado.

La madre lo miró, seca, como a un extraño. Sin embargo, él era mucho más pariente de ella que su propio padre, quien, por así decir, se había incorporado a la familia. Apretó los labios.

–Todo el mundo tiene preocupaciones, hijo mío –corrigió ella entrando en una nueva modalidad de relaciones, entre maternal y educadora.

Y de ahí en adelante su madre había asumido el día. Se había disipado la especie de individualidad con que se despertaba y Arturo ya podía contar con ella. Desde siempre, o lo aceptaban o lo reducían a ser él mismo. De pequeño, jugaban con él, lo levantaban en el aire, lo llenaban de besos, y, de repente, pasaban a ser “individuales”, lo dejaban, le decían gentilmente pero ya intangibles “Ahora se acabó”, y él quedaba todo vibrante de caricias, con tantas carcajadas aún para dar. Se ponía caprichoso, empujaba a unos y otros con el pie, lleno de cólera que, sin embargo, en el mismo instante se transformaría en delicia, apenas ellos quisieran.

–Come, Arturo –concluyó la madre y de nuevo él ya podía contar con ella. Así, inmediatamente se volvió más pequeño y más malcriado: –yo también tengo mis preocupaciones pero nadie repara en ellas. ¡Cuando digo que necesito dinero parece como si lo estuviera pidiendo para jugar o para beber!

–¿Desde cuándo el señor admite que podría ser para jugar o para beber? –dijo el padre entrando en la sala y encaminándose a la cabecera de la mesa–. ¡Vaya con ésa! ¡Qué pretensión!

Él no había contado con la llegada del padre. Desorientado, pero acostumbrado, comenzó: –¡pero, papá! –su voz desafinó en una rebelión que no llegaba a ser indignada. Como contrapeso la madre ya estaba dominada, revolviendo tranquilamente el café con leche, indiferente a la conversación que parecía no pasar de algunas moscas más. Las alejaba de la azucarera con mano blanda.

–Vete ya, que es tu hora –cortó el padre. Arturo se volvió hacia su madre. Pero ésta estaba poniéndole mantequilla al pan, absorta y placentera. De nuevo había huido. A todo diría que sí, sin concederle ninguna importancia.

Cerrando la puerta, él tenía nuevamente la impresión de que a cada momento entregaba su vida. Por eso la calle parecía que lo recibiera. “Cuando yo tenga mi mujer y mis hijos tocaré el timbre de aquí, haré visitas, y todo será diferente”, pensó.

La vida fuera de casa era totalmente otra. Además de la diferencia de luz –como si solamente saliendo él viera qué tiempo hacía realmente y qué disposiciones habían tomado las circunstancias durante la noche–, además de la diferencia de luz, estaba la diferencia del modo de ser. Cuando era pequeño, la madre decía: “Fuera de casa él es una dulzura; en casa, un demonio”. Aun ahora, cruzando el pequeño portón, él se había vuelto visiblemente más joven y al mismo tiempo menos niño, más sensible y sobre todo sin saber de qué hablar. Pero con un dócil interés. No era una persona que buscara conversación, pero si alguien le preguntaba como ahora: “Niño, ¿en qué parte está la iglesia?”, él se animaba suavemente, inclinaba el largo cuello, pues todos eran más bajos que él; y daba la información pedida, atraído, como si en eso hubiera un intercambio de cordialidades y un campo abierto a la curiosidad. Quedó atento mirando a la señora doblar la esquina camino a la iglesia, pacientemente responsable de su itinerario.

–El dinero está hecho para gastar y ya sabes en qué –dudó intensamente Carlitos.

–Lo quiero para comprar cosas –respondió un poco vagamente.

–¿Una bicicleta? –rio Carlitos, ofensivo, animoso en la intriga.

Arturo rio con desagrado, sin placer.

Sentado en el banco, esperó que el profesor se irguiera. La carraspera de éste, prologando el comienzo de la clase, fue la señal habitual para que los alumnos se sentaran más atrás, abrieran los ojos con atención y no pensaran en nada. “En nada”, fue la perturbada respuesta de Arturo al profesor que lo interpelaba irritado. “En nada” era vagamente en conversaciones anteriores, en decisiones poco definitivas sobre una ida al cine, en dinero. Él necesitaba dinero. Pero durante la clase, obligado a estar inmóvil y sin ninguna responsabilidad, cualquier deseo tenía como base el reposo.

–¿Entonces no te diste cuenta en seguida de que Gloria quería que la invitaran al cine? –dijo Carlitos, y ambos miraron con curiosidad a la chica que allí estaba, sujetando su portafolio. Pensativo, Arturo continuó caminando al lado del amigo, mirando las piedras del suelo.

–Si no tienes dinero para dos entradas, yo te presto, y me pagas después.

Por lo visto, desde el momento en que tuviera dinero estaría obligado a emplearlo en mil cosas.

–Pero después tengo que devolverte ese dinero, y ya le debo al hermano de Antonio –respondió evasivo.

–¿Y entonces?, ¿qué tiene eso de malo? –explicó el otro, práctico y vehemente.

“Y entonces”, pensó con una pequeña dosis de cólera, “y entonces, por lo visto, en seguida que alguien tiene dinero aparecen los otros queriendo utilizarlo, explicando cómo hay que hacer para perder dinero”.

–Por lo visto –dijo desviando la rabia del amigo–, por lo visto basta que uno tenga unos cruceritos para que de inmediato una mujer los huela y caiga encima.

Los dos rieron. Después de eso él estuvo más alegre, más confiado. Sobre todo menos oprimido por las circunstancias.

Pero después ya fue mediodía y cualquier deseo se tornaba más árido y más duro de soportar. Durante todo el almuerzo él pensó con desagrado en contraer o no deudas, y se sentía un hombre aniquilado.

–¡O él estudia demasiado o no come bastante por la mañana! –dijo la madre–. El hecho es que despierta bien dispuesto, pero luego aparece para el almuerzo con esa cara pálida. En seguida se le endurecen las facciones, y es la primera señal.

–No es nada, es el desgaste natural del día –dijo el padre con buen humor. Mirándose en el espejo del corredor antes de salir, vio que realmente era la cara de uno de esos muchachos que trabajan, cansados y jóvenes. Sonrió sin mover los labios, satisfecho en el fondo de los ojos. Pero en la puerta del cine no pudo dejar de pedirle prestado el dinero a Carlitos, porque allá estaba Gloria con una amiga.

–¿Ustedes prefieren sentarse adelante o en medio? –preguntaba Gloria.

–Por lo visto, el cine se fue al traste –dijo al pasar Carlitos. En seguida se arrepintió de haber hablado, pues el compañero ni lo había escuchado, ocupado con la muchacha. No era necesario disminuirse a los ojos del otro, para quien una sesión de cine sólo servía para ganar a una muchacha.

En realidad el cine solo se había ido al traste al comienzo. De inmediato él relajó el cuerpo, se olvidó de la otra presencia, a su lado, y se puso a ver la película. Solamente a la mitad de la función tuvo conciencia de la presencia de Gloria y sobresaltado la miró con disimulo. Con un poco de sorpresa comprobó que ella no era precisamente la explotadora que él supusiera: allá estaba Gloria inclinada hacia delante, la boca abierta por la atención. Aliviado, se recostó otra vez en la butaca.

Más tarde, sin embargo, se interrogó sobre si había sido explotado o no. Y su angustia fue tan inmensa que él se detuvo ante una vitrina, con terror en la cara. El corazón le golpeaba como un puño. Además del rostro espantado, suelto en el vidrio de la vitrina, había cacerolas y utensilios de cocina que miró con cierta familiaridad. “Por lo visto, fui”, concluyó sin conseguir sobreponer su cólera al perfil sin culpa de Gloria. Poco a poco, la propia inocencia de la muchacha se tomó su culpa mayor: “¿Entonces ella me explotaba, me explotaba, y después quedaba satisfecha viendo la película?”. Y sus ojos se llenaron de lágrimas. “Ingrata”, pensó eligiendo mal una palabra de acusación. Como la palabra era un símbolo de queja más que de rabia, él se confundió un poco y su rabia se calmó. Ahora le parecía, de fuera para dentro y sin ningún deseo, que ella debería haber pagado de aquella manera la entrada al cine.

Pero frente a los libros y cuadernos cerrados, su rostro se fue serenando.

Dejó de escuchar las puertas que se golpeaban, el piano de la vecina, la voz de la madre en el teléfono. Había un gran silencio en su habitación, como en un cofre. Y el final de la tarde parecía una mañana. Estaba lejos, lejos, como un gigante que pudiera estar afuera manteniendo en el aposento apenas los dedos absortos que daban vueltas y vueltas a un lápiz. Había momentos en que respiraba pesadamente como un viejo. La mayor parte del tiempo, sin embargo, su rostro apenas tocaba el aire de la habitación.

–¡Ya estudié! –gritó a la madre que lo interrogaba sobre el ruido del agua. Lavándose cuidadosamente los pies en la tina, él pensó que la amiga de Gloria era mejor que Gloria. Ni siquiera había intentado reparar en si Carlitos se había “aprovechado” o no de la otra. A esa idea salió apresuradamente de la tina y se detuvo frente al espejo del lavabo. Hasta que el azulejo enfrió sus pies mojados.

¡No!, no quería explicarse con Carlitos y nadie le iba a decir cómo debería usar el dinero que iba a tener, y Carlitos era dueño de pensar que sería en bicicletas, y si así fuera, ¿qué había con eso?, ¿y si nunca, pero nunca, quisiera gastar su dinero?, ¿y si cada vez se hiciera más rico?… ¿qué hay con eso, tienes ganas de pelear?, piensas que…

–…puede ser que estés muy ocupado con tus pensamientos –lo interrumpió la madre–, pero por lo menos cena y de vez en cuando di una palabra.

Entonces él, en súbito retorno a la casa paterna:

–Dices que en la mesa no se habla, y ahora quieres que hable, dices que no se habla con la boca llena, y ahora…

–Mira cómo hablas con tu madre –dijo el padre severamente.

–Papá –dijo Arturo dócilmente, con las cejas fruncidas–, papá, ¿qué es eso de las notas de crédito?

–Por lo visto, el colegio no sirve para nada –dijo el padre, con placer.

–Come más papas, Arturo –la madre intentó inútilmente arrastrar a los dos hombres hacia sí.

–Bueno –dijo el padre alejando el plato–, es esto: digamos que tú tienes una deuda…

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

jueves, 17 de abril de 2025

Miedo a la eternidad

Clarice Lispector

 

Cuando era pequeña, todavía no había probado los chicles y en Recife se hablaba poco de ellos. ¿De qué tipo de caramelo se trataba? El dinero que tenía no alcanzaba para comprarlos, y con esa misma cantidad podría conseguir un montón de dulces. Finalmente, mi hermana reunió el dinero, los compró y, al salir hacia la escuela, me explicó:

–Ten cuidado de no perderlo, porque este caramelo nunca se acaba. Dura toda la vida.

Yo estaba atónita: había sido transportada al reino de las historias de príncipes y de hadas. Cogí el pequeño chicle rosa que representaba el elixir del largo placer. Lo examiné. Casi no podía creer en el milagro. Con delicadeza, acabé por metérmelo en la boca.

–Y ahora, ¿qué hago? –pregunté, para no equivocarme en el ritual que seguramente había.

–Chupa para ir notando el azúcar y, cuando se acabe, empiezas a masticarlo. Y entonces sigues masticando toda la vida. A no ser que lo pierdas, yo ya he perdido varios.

Perder la eternidad. Nunca. El azúcar del chicle era bueno, pero no muy bueno. En cierto momento, se acabó el azúcar.

–Y ahora ¿qué?

–Ahora mastica para siempre.

Me asusté, no sabría decir por qué. Masticaba y masticaba aquella cosa pegajosa que no sabía a nada. Me sentí decepcionada: no me gustaba el sabor y la ventaja de que fuese eterno me daba miedo. No quise confesar que no estaba a la altura de la eternidad, que me producía angustia. No aguanté más y, al cruzar el portón de la escuela, me las arreglé para que el chicle se cayera.

–¡Mira qué me ha pasado! –dije con fingido asombro y fingida tristeza.

–Ya te dije –repitió mi hermana– que no se acaba nunca. Pero a veces los perdemos. Hasta de noche podemos ir masticando, pero para no tragárselo durante el sueño hay que pegarlo a la cama. No te pongas triste: un día te daré otro, y ése no lo perderás.

Yo estaba avergonzada ante la bondad de mi hermana, avergonzada de la mentira que le había soltado, pero aliviada, sin el peso de la eternidad sobre mí.

 

lunes, 15 de julio de 2024

La gallina

Clarice Lispector

 

Era una gallina de domingo. Todavía vivía porque no pasaba de las nueve de la mañana. Parecía calma. Desde el sábado se había encogido en un rincón de la cocina. No miraba a nadie, nadie la miraba a ella. Aun cuando la eligieron, palpando su intimidad con indiferencia, no supieron decir si era gorda o flaca. Nunca se adivinaría en ella un anhelo.

Por eso fue una sorpresa cuando la vieron abrir las alas de vuelo corto, hinchar el pecho y, en dos o tres intentos, alcanzar el muro de la terraza. Todavía vaciló un instante –el tiempo para que la cocinera diera un grito– y en breve estaba en la terraza del vecino, de donde, en otro vuelo desordenado, alcanzó un tejado. Allí quedó como un adorno mal colocado, dudando ora en uno, ora en otro pie. La familia fue llamada con urgencia y consternada vio el almuerzo junto a una chimenea. El dueño de la casa, recordando la doble necesidad de hacer esporádicamente algún deporte y almorzar, vistió radiante un traje de baño y decidió seguir el itinerario de la gallina: con saltos cautelosos alcanzó el tejado donde ésta, vacilante y trémula, escogía con premura otro rumbo. La persecución se tornó más intensa. De tejado en tejado recorrió más de una manzana de la calle. Poca afecta a una lucha más salvaje por la vida, la gallina debía decidir por sí misma los caminos a tomar, sin ningún auxilio de su raza. El muchacho, sin embargo, era un cazador adormecido. Y por ínfima que fuese la presa había sonado para él el grito de conquista.

Sola en el mundo, sin padre ni madre, ella corría, respiraba agitada, muda, concentrada. A veces, en la fuga, sobrevolaba ansiosa un mundo de tejados y mientras el chico trepaba a otros dificultosamente, ella tenía tiempo de recuperarse por un momento. ¡Y entonces parecía tan libre!

Estúpida, tímida y libre. No victoriosa como sería un gallo en fuga. ¿Qué es lo que había en sus vísceras para hacer de ella un ser? La gallina es un ser. Aunque es cierto que no se podría contar con ella para nada. Ni ella misma contaba consigo, de la manera en que el gallo cree en su cresta. Su única ventaja era que había tantas gallinas, que aunque muriera una surgiría en ese mismo instante otra tan igual como si fuese ella misma.

Finalmente, una de las veces que se detuvo para gozar su fuga, el muchacho la alcanzó. Entre gritos y plumas fue apresada. Y enseguida cargada en triunfo por un ala a través de las tejas, y depositada en el piso de la cocina con cierta violencia. Todavía atontada, se sacudió un poco, entre cacareos roncos e indecisos.

Fue entonces cuando sucedió. De puros nervios la gallina puso un huevo. Sorprendida, exhausta. Quizás fue prematuro. Pero después que naciera a la maternidad parecía una vieja madre acostumbrada a ella. Sentada sobre el huevo, respiraba mientras abría y cerraba los ojos. Su corazón tan pequeño en un plato, ahora elevaba y bajaba las plumas, llenando de tibieza aquello que nunca podría ser un huevo. Solamente la niña estaba cerca y observaba todo, aterrorizada. Apenas consiguió desprenderse del acontecimiento, se despegó del suelo y escapó a los gritos:

–¡Mamá, mamá, no mates a la gallina, puso un huevo!, ¡ella quiere nuestro bien!

Todos corrieron de nuevo a la cocina y enmudecidos rodearon a la joven parturienta. Entibiando a su hijo, ella no estaba ni suave ni arisca, ni alegre ni triste, no era nada, solamente una gallina. Lo que no sugería ningún sentimiento especial. El padre, la madre, la hija, hacía ya bastante tiempo que la miraban sin experimentar ningún sentimiento determinado. Nunca nadie acarició la cabeza de la gallina. El padre, por fin, decidió con cierta brusquedad:

–¡Si mandas matar a esta gallina, nunca más volveré a comer gallina en mi vida!

–¡Y yo tampoco! –juró la niña con ardor.

La madre, cansada, se encogió de hombros.

Inconsciente de la vida que le fue entregada, la gallina empezó a vivir con la familia. La niña, de regreso del colegio, arrojaba el portafolios lejos sin interrumpir sus carreras hacia la cocina. El padre todavía recordaba de vez en cuando: ¡“Y pensar que yo la obligué a correr en ese estado!” La gallina se transformó en la dueña de la casa. Todos, menos ella, lo sabían. Continuó su existencia entre la cocina y los muros de la casa, usando de sus dos capacidades: la apatía y el sobresalto.

Pero cuando todos estaban quietos en la casa y parecían haberla olvidado, se llenaba de un pequeño valor, restos de la gran fuga, y circulaba por los ladrillos, levantando el cuerpo por detrás de la cabeza pausadamente, como en un campo, aunque la pequeña cabeza la traicionara: moviéndose ya rápida y vibrátil, con el viejo susto de su especie mecanizado.

Una que otra vez, al final más raramente, la gallina recordaba que se había recortado contra el aire al borde del tejado, pronta a renunciar. En esos momentos llenaba los pulmones con el aire impuro de la cocina y, si se les hubiese dado cantar a las hembras, ella, si bien no cantaría, cuando menos quedaría más contenta. Aunque ni siquiera en esos instantes la expresión de su vacía cabeza se alteraba. En la fuga, en el descanso, cuando dio a luz, o mordisqueando maíz, la suya continuaba siendo una cabeza de gallina, la misma que fuera desdeñada en los comienzos de los siglos.

Hasta que un día la mataron, se la comieron y pasaron los años.

 

viernes, 10 de noviembre de 2023

Felicidad clandestina

Clarice Lispector

 

Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.

No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.

Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como “fecha natalicio” y “recuerdos”.

Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.

Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato.

Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.

Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.

Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.

Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del “día siguiente” iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.

Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.

Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!

Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena, le ordenó a su hija:

–Vas a prestar ahora mismo ese libro.

Y a mí:

–Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras. ¿Entendido?

Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: “el tiempo que quieras” es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.

¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.

Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire… había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.

A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.

 

miércoles, 4 de octubre de 2023

Amor

Clarice Lispector

 

Un poco cansada, con las compras deformando la nueva bolsa de malla, Ana subió al tranvía. Depositó la bolsa sobre las rodillas y el tranvía comenzó a andar. Entonces se recostó en el banco en busca de comodidad, con un suspiro casi de satisfacción. Los hijos de Ana eran buenos, algo verdadero y jugoso. Crecían, se bañaban, exigían, malcriados, por momentos cada vez más completos. La cocina era espaciosa, el fogón estaba descompuesto y hacía explosiones. El calor era fuerte en el departamento que estaban pagando de a poco. Pero el viento golpeando las cortinas que ella misma había cortado recordaba que si quería podía enjugarse la frente, mirando el calmo horizonte. Lo mismo que un labrador. Ella había plantado las simientes que tenía en la mano, no las otras, sino esas mismas. Y los árboles crecían.

Crecía su rápida conversación con el cobrador de la luz, crecía el agua llenando la pileta, crecían sus hijos, crecía la mesa con comidas, el marido llegando con los diarios y sonriendo de hambre, el canto importuno de las sirvientas del edificio. Ana prestaba a todo, tranquilamente, su mano pequeña y fuerte, su corriente de vida. Cierta hora de la tarde era la más peligrosa. A cierta hora de la tarde los árboles que ella había plantado se reían de ella. Cuando ya no precisaba más de su fuerza, se inquietaba. Sin embargo, se sentía más sólida que nunca, su cuerpo había engrosado un poco, y había que ver la forma en que cortaba blusas para los chicos, con la gran tijera restallando sobre el género. Todo su deseo vagamente artístico hacía mucho que se había encaminado a transformar los días bien realizados y hermosos; con el tiempo su gusto por lo decorativo se había desarrollado suplantando su íntimo desorden. Parecía haber descubierto que todo era susceptible de perfeccionamiento, que a cada cosa se prestaría una apariencia armoniosa; la vida podría ser hecha por la mano del hombre.

En el fondo, Ana siempre había tenido necesidad de sentir la raíz firme de las cosas. Y eso le había dado un hogar, sorprendentemente. Por caminos torcidos había venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber en él como si ella lo hubiera inventado. El hombre con el que se había casado era un hombre de verdad, los hijos que habían tenido eran hijos de verdad. Su juventud anterior le parecía tan extraña como una enfermedad de vida. Había surgido de ella muy pronto para descubrir que también sin la felicidad se vivía: aboliéndola, había encontrado una legión de personas, antes invisibles, que vivían como quien trabaja con persistencia, continuidad, alegría. Lo que le había sucedido a Ana antes de tener su hogar ya estaba para siempre fuera de su alcance: era una exaltación perturbada a la que tantas veces había confundido con una insoportable felicidad. A cambio de eso, había creado algo al fin comprensible, una vida de adulto. Así lo había querido ella y así lo había escogido. Su precaución se reducía a cuidarse en la hora peligrosa de la tarde, cuando la casa estaba vacía y sin necesitar ya de ella, el sol alto, y cada miembro de la familia distribuido en sus ocupaciones. Mirando los muebles limpios, su corazón se apretaba un poco con espanto. Pero en su vida no había lugar para sentir ternura por su espanto: ella lo sofocaba con la misma habilidad que le habían transmitido los trabajos de la casa. Entonces salía para hacer las compras o llevar objetos para arreglar, cuidando del hogar y de la familia y en rebeldía con ellos. Cuando volvía ya era el final de la tarde y los niños, de regreso del colegio, le exigían. Así llegaba la noche, con su tranquila vibración. De mañana despertaba aureolada por los tranquilos deberes. Nuevamente encontraba los muebles sucios y llenos de polvo, como si regresaran arrepentidos. En cuanto a ella misma, formaba oscuramente parte de las raíces negras y suaves del mundo. Y alimentaba anónimamente la vida. Y eso estaba bien. Así lo había querido y elegido ella.

El tranvía vacilaba sobre las vías, entraba en calles anchas. Enseguida soplaba un viento más húmedo anunciando, mucho más que el fin de la tarde, el final de la hora inestable. Ana respiró profundamente y una gran aceptación dio a su rostro un aire de mujer.

El tranvía se arrastraba, enseguida se detenía. Hasta la calle Humaitá tenía tiempo de descansar. Fue entonces cuando miró hacia el hombre detenido en la parada. La diferencia entre él y los otros es que él estaba realmente detenido. De pie, sus manos se mantenían extendidas. Era un ciego.

¿Qué otra cosa había hecho que Ana se fijase erizada de desconfianza? Algo inquietante estaba pasando. Entonces lo advirtió: el ciego masticaba chicle… Un hombre ciego masticaba chicle.

Ana todavía tuvo tiempo de pensar por un segundo que los hermanos irían a comer; el corazón le latía con violencia, espaciadamente. Inclinada, miraba al ciego profundamente, como se mira lo que no nos ve. Él masticaba goma en la oscuridad. Sin sufrimiento, con los ojos abiertos. El movimiento, al masticar, lo hacía parecer sonriente y de pronto dejó de sonreír, sonreír y dejar de sonreír –como si él la hubiese insultado, Ana lo miraba. Y quien la viese tendría la impresión de una mujer con odio. Pero continuaba mirándolo, cada vez más inclinada –el tranvía arrancó súbitamente, arrojándola desprevenida hacia atrás y la pesada bolsa de malla rodó de su regazo y cayó en el suelo. Ana dio un grito y el conductor dio la orden de parar antes de saber de qué se trataba; el tranvía se detuvo, los pasajeros miraron asustados. Incapaz de moverse para recoger sus compras, Ana se irguió pálida. Una expresión desde hacía tiempo no usada en el rostro resurgía con dificultad, todavía incierta, incomprensible. El muchacho de los diarios reía entregándole sus paquetes. Pero los huevos se habían quebrado en el paquete de papel de diario. Yemas amarillas y viscosas se pegoteaban entre los hilos de la malla. El ciego había interrumpido su tarea de masticar chicle y extendía las manos inseguras, intentando inútilmente percibir lo que estaba sucediendo. El paquete de los huevos fue arrojado fuera de la bolsa y, entre las sonrisas de los pasajeros y la señal del conductor, el tranvía reinició nuevamente la marcha.

Pocos instantes después ya nadie la miraba. El tranvía se sacudía sobre los rieles y el ciego masticando chicle había quedado atrás para siempre. Pero el mal ya estaba hecho.

La bolsa de malla era áspera entre sus dedos, no íntima como cuando la había tejido. La bolsa había perdido el sentido, y estar en un tranvía era un hilo roto; no sabía qué hacer con las compras en el regazo. Y como una extraña música, el mundo recomenzaba a su alrededor. El mal estaba hecho. ¿Por qué?, ¿acaso se había olvidado de que había ciegos? La piedad la sofocaba, y Ana respiraba con dificultad. Aun las cosas que existían antes de lo sucedido ahora estaban precavidas, tenían un aire hostil, perecedero… El mundo nuevamente se había transformado en un malestar. Varios años se desmoronaban, las yemas amarillas se escurrían. Expulsada de sus propios días, le parecía que las personas en la calle corrían peligro, que se mantenían por un mínimo equilibrio, por azar, en la oscuridad; y por un momento la falta de sentido las dejaba tan libres que ellas no sabían hacia dónde ir. Notar una ausencia de ley fue tan súbito que Ana se agarró al asiento de enfrente, como si se pudiera caer del tranvía, como si las cosas pudieran ser revertidas con la misma calma con que no lo eran. Aquello que ella llamaba crisis había venido, finalmente. Y su marca era el placer intenso con que ahora gozaba de las cosas, sufriendo espantada. El calor se había vuelto menos sofocante, todo había ganado una fuerza y unas voces más altas. En la calle Voluntarios de la Patria parecía que estaba pronta a estallar una revolución. Las rejas de las cloacas estaban secas, el aire cargado de polvo. Un ciego mascando chicle había sumergido al mundo en oscura impaciencia. En cada persona fuerte estaba ausente la piedad por el ciego, y las personas la asustaban con el vigor que poseían. Junto a ella había una señora de azul, ¡con un rostro! Desvió la mirada, rápido. ¡En la acera, una mujer dio un empujón al hijo! Dos novios entrelazaban los dedos sonriendo… ¿Y el ciego? Ana se había deslizado hacia una bondad extremadamente dolorosa.

Ella había calmado tan bien a la vida, había cuidado tanto que no explotara. Mantenía todo en serena comprensión, separaba una persona de las otras, las ropas estaban claramente hechas para ser usadas y se podía elegir por el diario la película de la noche, todo hecho de tal modo que un día sucediera al otro. Y un ciego masticando chicle lo había destrozado todo. A través de la piedad a Ana se le aparecía una vida llena de náusea dulce, hasta la boca.

Solamente entonces percibió que hacía mucho que había pasado la parada para descender. En la debilidad en que estaba, todo la alcanzaba con un susto; descendió del tranvía con piernas débiles, miró a su alrededor, asegurando la bolsa de malla sucia de huevo. Por un momento no consiguió orientarse. Le parecía haber descendido en medio de la noche.

Era una calle larga, con altos muros amarillos. Su corazón latía con miedo, ella buscaba inútilmente reconocer los alrededores, mientras la vida que había descubierto continuaba latiendo y un viento más tibio y más misterioso le rodeaba el rostro. Se quedó parada mirando el muro. Al fin pudo ubicarse. Caminando un poco más a lo largo de la tapia, cruzó los portones del Jardín Botánico.

Caminaba pesadamente por la alameda central, entre los cocoteros. No había nadie en el Jardín. Dejó los paquetes en el suelo, se sentó en un banco de un atajo y allí se quedó algún tiempo.

La vastedad parecía calmarla, el silencio regulaba su respiración. Ella se adormecía dentro de sí.

De lejos se veía la hilera de árboles donde la tarde era clara y redonda. Pero la penumbra de las ramas cubría el atajo.

A su alrededor se escuchaban ruidos serenos, olor a árboles, pequeñas sorpresas entre los “cipós”. Todo el Jardín era triturado por los instantes ya más apresurados de la tarde. ¿De dónde venía el medio sueño por el cual estaba rodeada? Como por un zumbar de abejas y de aves. Todo era extraño, demasiado suave, demasiado grande. Un movimiento leve e íntimo la sobresaltó: se volvió rápida. Nada parecía haberse movido. Pero en la alameda central estaba inmóvil un poderoso gato. Su pelaje era suave. En una nueva marcha silenciosa, desapareció.

Inquieta, miró en torno. Las ramas se balanceaban, las sombras vacilaban sobre el suelo. Un gorrión escarbaba en la tierra. Y de repente, con malestar, le pareció haber caído en una emboscada. En el Jardín se hacía un trabajo secreto del cual ella comenzaba a apercibirse.

En los árboles las frutas eran negras, dulces como la miel. En el suelo había carozos llenos de orificios, como pequeños cerebros podridos. El banco estaba manchado de jugos violetas. Con suavidad intensa las aguas rumoreaban. En el tronco del árbol se pegaban las lujosas patas de una araña. La crudeza del mundo era tranquila. El asesinato era profundo. Y la muerte no era aquello que pensábamos.

Al mismo tiempo que imaginario, era un mundo para comerlo con los dientes, un mundo de grandes dalias y tulipanes. Los troncos eran recorridos por parásitos con hojas, y el abrazo era suave, apretado. Como el rechazo que precedía a una entrega, era fascinante, la mujer sentía asco, y a la vez era fascinada.

Los árboles estaban cargados, el mundo era tan rico que se pudría. Cuando Ana pensó que había niños y hombres grandes con hambre, la náusea le subió a la garganta, como si ella estuviera grávida y abandonada. La moral del Jardín era otra. Ahora que el ciego la había guiado hasta él, se estremecía en los primeros pasos de un mundo brillante, sombrío, donde las victorias-regias flotaban, monstruosas. Las pequeñas flores esparcidas sobre el césped no le parecían amarillas o rosadas, sino del color de un mal oro y escarlatas. La descomposición era profunda, perfumada… Pero todas las pesadas cosas eran vistas por ella con la cabeza rodeada de un enjambre de insectos, enviados por la vida más delicada del mundo. La brisa se insinuaba entre las flores. Ana, más adivinaba que sentía su olor dulzón… El Jardín era tan bonito que ella tuvo miedo del Infierno.

Ahora era casi noche y todo parecía lleno, pesado, un esquilo pareció volar con la sombra. Bajo los pies la tierra estaba fofa, Ana la aspiraba con delicia. Era fascinante, y ella se sentía mareada.

Pero cuando recordó a los niños, frente a los cuales se había vuelto culpable, se irguió con una exclamación de dolor. Tomó el paquete, avanzó por el atajo oscuro y alcanzó la alameda. Casi corría, y veía el Jardín en torno de ella, con su soberbia impersonalidad. Sacudió los portones cerrados, los sacudía apretando la madera áspera. El cuidador apareció asustado por no haberla visto.

Hasta que no llegó a la puerta del edificio, había parecido estar al borde del desastre. Corrió con la bolsa hasta el ascensor, su alma golpeaba en el pecho: ¿qué sucedía? La piedad por el ciego era muy violenta, como una ansiedad, pero el mundo le parecía suyo, sucio, perecedero, suyo. Abrió la puerta de la casa. La sala era grande, cuadrada, los picaportes brillaban limpios, los vidrios de las ventanas brillaban, la lámpara brillaba: ¿qué nueva tierra era ésa? Y por un instante la vida sana que hasta entonces llevara le pareció una manera moralmente loca de vivir. El niño que se acercó corriendo era un ser de piernas largas y rostro igual al suyo, que corría y la abrazaba. Lo apretó con fuerza, con espanto. Se protegía trémula. Porque la vida era peligrosa. Ella amaba el mundo, amaba cuanto había sido creado, amaba con repugnancia. Del mismo modo en que siempre había sido fascinada por las ostras, con aquel vago sentimiento de asco que la proximidad de la verdad le provocaba, avisándola. Abrazó al hijo casi hasta el punto de estrujarlo. Como si supiera de un mal –¿el ciego o el hermoso Jardín Botánico?– se prendía a él, a quien quería por encima de todo. Había sido alcanzada por el demonio de la fe. La vida es horrible, dijo muy bajo, hambrienta. ¿Qué haría en caso de seguir el llamado del ciego? Iría sola… Había lugares pobres y ricos que necesitaban de ella. Ella precisaba de ellos…

–Tengo miedo –dijo. Sentía las costillas delicadas de la criatura entre los brazos, escuchó su llanto asustado.

–Mamá –exclamó el niño. Lo alejó de sí, miró aquel rostro, su corazón se crispó.

–No dejes que mamá te olvide –le dijo.

El niño, apenas sintió que el abrazo se aflojaba, escapó y corrió hasta la puerta de la habitación, de donde la miró más seguro. Era la peor mirada que jamás había recibido. La sangre le subió al rostro, afiebrándolo.

Se dejó caer en una silla, con los dedos todavía presos en la bolsa de malla. ¿De qué tenía vergüenza?

No había cómo huir. Los días que ella había forjado se habían roto en la costra y el agua se escapaba. Estaba delante de la ostra. Y no sabía cómo mirarla. ¿De qué tenía vergüenza? Porque ya no se trataba de piedad, no era solamente piedad: su corazón se había llenado con el peor deseo de vivir.

Ya no sabía si estaba del otro lado del ciego o de las espesas plantas. El hombre poco a poco se había distanciado, y torturada, ella parecía haber pasado para el lado de los que le habían herido los ojos. El Jardín Botánico, tranquilo y alto, la revelaba. Con horror descubría que ella pertenecía a la parte fuerte del mundo –¿y qué nombre se debería dar a su misericordia violenta? Sería obligada a besar al leproso, pues nunca sería solamente su hermana. Un ciego me llevó hasta lo peor de mí misma, pensó asustada. Sentíase expulsada porque ningún pobre bebería agua en sus manos ardientes. ¡Ah!, ¡era más fácil ser un santo que una persona! Por Dios, ¿no había sido verdadera la piedad que sondeara en su corazón las aguas más profundas? Pero era una piedad de león.

Humillada, sabía que el ciego preferiría un amor más pobre. Y, estremeciéndose, también sabía por qué. La vida del Jardín Botánico la llamaba como el lobo es llamado por la luna. ¡Oh, pero ella amaba al ciego!, pensó con los ojos humedecidos. Sin embargo, no era con ese sentimiento con el que se va a la iglesia. Estoy con miedo, se dijo, sola en la sala. Se levantó y fue a la cocina para ayudar a la sirvienta a preparar la cena.

Pero la vida la estremecía, como un frío. Oía la campana de la escuela, lejana y constante. El pequeño horror del polvo ligando en hilos la parte inferior del fogón, donde descubrió la pequeña araña. Llevando el florero para cambiar el agua –estaba el horror de la flor entregándose lánguida y asquerosa a sus manos. El mismo trabajo secreto se hacía allí en la cocina. Cerca de la lata de basura, aplastó con el pie a una hormiga. El pequeño asesinato de la hormiga. El pequeño cuerpo temblaba. Las gotas de agua caían en el agua inmóvil de la pileta. Los abejorros de verano. El horror de los abejorros inexpresivos. Horror, horror. Caminaba de un lado para otro en la cocina, cortando los bifes, batiendo la crema. En torno a su cabeza, en una ronda, en torno de la luz, los mosquitos de una noche cálida. Una noche en que la piedad era tan cruda como el mal amor. Entre los dos senos corría el sudor. La fe se quebrantaba, el calor del horno ardía en sus ojos.

Después vino el marido, vinieron los hermanos y sus mujeres, vinieron los hijos de los hermanos.

Comieron con las ventanas todas abiertas, en el noveno piso. Un avión estremecía, amenazando en el calor del cielo. A pesar de haber usado pocos huevos, la comida estaba buena. También sus chicos se quedaron despiertos, jugando en la alfombra con los otros. Era verano, sería inútil obligarlos a ir a dormir. Ana estaba un poco pálida y reía suavemente con los otros.

Finalmente, después de la comida, la primera brisa más fresca entró por las ventanas. Ellos rodeaban la mesa, ellos, la familia. Cansados del día, felices al no disentir, bien dispuestos a no ver defectos. Se reían de todo, con el corazón bondadoso y humano. Los chicos crecían admirablemente alrededor de ellos. Y como a una mariposa, Ana sujetó el instante entre los dedos antes que desapareciera para siempre.

Después, cuando todos se fueron y los chicos estaban acostados, ella era una mujer inerte que miraba por la ventana. La ciudad estaba adormecida y caliente. Y lo que el ciego había desencadenado, ¿cabría en sus días? ¿Cuántos años le llevaría envejecer de nuevo? Cualquier movimiento de ella, y pisaría a uno de los chicos. Pero con una maldad de amante, parecía aceptar que de la flor saliera el mosquito, que las victorias-regias flotasen en la oscuridad del lago. El ciego pendía entre los frutos del Jardín Botánico.

¡Si ella fuera un abejorro del fogón, el fuego ya habría abrasado toda la casa!, pensó corriendo hacia la cocina y tropezando con su marido frente al café derramado.

–¿Qué fue? –gritó vibrando toda.

Él se asustó por el miedo de la mujer. Y de repente rio, entendiendo:

–No fue nada –dijo–, soy un descuidado –parecía cansado, con ojeras.

Pero ante el extraño rostro de Ana, la observó con mayor atención. Después la atrajo hacia sí, en rápida caricia.

–¡No quiero que te suceda nada, nunca! –dijo ella.

–Deja que por lo menos me suceda que el fogón explote –respondió él sonriendo. Ella continuó sin fuerzas en sus brazos.

Ese día, en la tarde, algo tranquilo había estallado, y en toda la casa había un clima humorístico, triste.

–Es hora de dormir –dijo él–, es tarde.

En un gesto que no era de él, pero que le pareció natural, tomó la mano de la mujer, llevándola consigo sin mirar para atrás, alejándola del peligro de vivir. Había terminado el vértigo de la bondad.

Había atravesado el amor y su infierno; ahora peinábase delante del espejo, por un momento sin ningún mundo en el corazón. Antes de acostarse, como si apagara una vela, sopló la pequeña llama del día.