Juan Benet
Septiembre
había vuelto a abrir, tras una semana de abstinencia de sol, su muestrario de
colores y matices que, desde las alturas, el clima había escogido para la fugaz
temporada del preámbulo otoñal. Las lluvias anteriores habían servido para
borrar toda muestra del verano, para cerrar el aguaducho, para llevarse los
restos de meriendas campestres y dejar desierta la playa y sus alrededores –el
promontorio y la carretera suspendidos en el inconcluyente calderón de su
repentina soledad, como el patio de un colegio que tras un toque de silbato
queda instantáneamente desprovisto de los gritos infantiles que le otorgan toda
su entidad, un mar devuelto a su imposible progresión hacia las calendas
griegas, apagado el bullicio con que había de intentar su falsa impresión en el
presente.
“Es uno de los pocos privilegios que nos quedan”.
Fueron paseando a lo largo de la carretera, cogidos
del brazo, deteniéndose en los rincones de los que habían estado ausentes
durante toda la usurpación veraniega, como quienes repasan el inventario de
unos bienes arrendados por una temporada. Y aun cuando no pasara un día que no
celebrasen los beneficios de la paz que les era devuelta cada año al término
del mes de septiembre, en su fuero interno no podían desterrar la impresión de
enclaustramiento y derelicción que les embargara con la casi simultánea
desaparición de la multitud que tantas incomodidades provocaba.
Un rezagado veraneante,
un hombre de mediana edad que paseaba con su perro, que en un principio les
había devuelto la ilusión de compañía hasta el verano de San Miguel, había de
convertirse por la melancolía de su propia imagen en el mejor exponente de un
abandono para el que no conocían otros paliativos que las –repetidas una y otra
vez sin entusiasmo pero con la fe de la madurez, con la comedida seguridad de
la persona que para su equilibrio y confianza necesita atribuir a una elección
libre y voluntaria la aceptación de una solución sin alternativa posible–
alabanzas a un retiro obligado por motivos de salud y economía.
Todas las tardes salían a
pasear, en dirección al promontorio y el río, si estaba despejado el cielo, más
allá de la playa y hacia el pueblo si amenazaba lluvia; todos los días tenían
que comunicarse los pequeños cambios que advertían (todos ellos referentes al
prójimo o a cuanto les rodeara) y las menudas sorpresas que aún les deparaba
una existencia tan sedentaria y monótona. Porque para ellos ya no había cambios
ni margen alguno para la novedad, a fuerza de haberse repetido durante años que
envejecerían juntos.
A pesar de vivir en el
pueblo (eran las únicas personas con estudios, como allí decían, que habitaban
en él durante todo el año) desde bastante tiempo atrás no tenían otros
conocidos que los obligados por su subsistencia y solamente de tarde en larde
un pequeño propietario y su señora pasaban a hacerles visita y tomar una
merienda en su casa. Tan solo recibían los periódicos y semanarios de la ciudad
y las cartas del banco y no se sabía, desde que asentaron allí, que se hubieran
ausentado del pueblo un solo día, a pesar de las incomodidades que provocaban
los veraneantes. No eran huraños, no se podía decir que sus costumbres fueran
muy distintas a las de la gente acomodada del lugar y se cuidaban con sumo
tiento –no lo hacían ni en privado– de no expresar la añoranza de la ciudad o
el eterno descontento por la falta de confort o de animación del medio que
habían elegido, al parecer, para el resto de su vida.
Se diría que lo habían
medido y calibrado todo con la más rigurosa escrupulosidad; que, a la vista de
su edad, de sus achaques, de sus rentas y gustos, habían ido a elegir aquel
retiro para consumir gota a gota –sin un derroche ni un exceso ni un gesto de
impaciencia ni una costosa recaída en el entusiasmo– unos recursos que habían
de durar exactamente hasta el día de su muerte; por eso se tenían que pasar de
todo dispensable capricho y de la más inocente tentación, no podían sentir
curiosidad hacia forasteros y veraneantes ni se podían permitir un brote de
envidia, siempre reprimido, o un gesto de asombro ante cualquier emergencia de
lo desconocido que permitiese la irrupción en la escena montada para el último
acto de la comedia de esos decorados y agentes secretos que todo tiempo esconde
a fin de otorgarse de tanto en tanto la posibilidad de un argumento. Empero,
todos los días debían de esperar algo imprevisto, que ni siquiera se confesaban
uno a otro. Porque la negativa a aceptarlo, la conformidad con la rutina y la
disciplina para abortar todos
los brotes de una quimérica e infundada esperanza eran –más que el pueblo tan solo
animado durante dos meses, aparte de los preparativos para el verano y los
coletazos de los rezagados– lo que constituía la esencia de su retiro.
Decidieron
llegarse hasta el cruce a nivel, un paseo algo más largo que lo usual. Al
toparse con él debieron de pensar que la situación del hombre del perro no
debía de ser muy distinta a la suya. “Fíjate, han talado los árboles que había
allí, ¿te acuerdas?” o “Vete a saber lo que van a construir aquí, una casa de
pisos” o “Me ha dicho la panadera que cierran el negocio; van a poner en su
lugar una tienda de recuerdos y chucherías y cremas para el sol”, constituían
el repertorio de frases usuales con que ambos seguían día a día el curso de
unas transformaciones que nada tenían que ver con ellos, que tanto contrastaban
con aquella tan monástica austeridad que hasta la eliminación de una camisa o
un trapo viejo llegaba a suponer un cierto quebranto al duro voto de duración
que tan firme como resueltamente habían profesado para poder subsistir.
La lluvia y la desaparición de los veraneantes
hicieron el resto en aquel momento; esto es, una nueva acción de gracias por
las bondades de su retiro, por el encanto de una naturaleza que volvía con
todas sus prendas a enseñorearse del lugar, tras dos meses de humillante
servidumbre a los requerimientos de la moda estival.
“Fíjate cómo huele aquí; qué delicia. Cuatro gotas
y cómo se ha puesto todo esto”.
Una acción de gracias con renovada fe, con tan
sincera convicción que apenas dieron importancia al nuevo encuentro con el
rezagado veraneante del perro, un hombre de medio luto, con quien se habían
cruzado poco antes en el mismo sentido y que, por consiguiente, hubo de hacer
el mismo camino que ellos, con mayor rapidez y tomando un itinerario paralelo.
Se detuvieron a escuchar el canto de unos
estorninos que, en un frondoso seto de plátanos, también se preparaban para el
viaje. Se asomaron a contemplar el mar en la revuelta de la carretera sobre el
promontorio, olas grandes y distanciadas que rompían a sus pies con una
reverencia de reconocimiento y vasallaje a todos los que –como ellos– se habían
elevado por encima de las contingencias diarias para sacrificarse en lo último,
atentos tan solo a lo inmutable. Pocas veces se habían alejado tanto por la
tarde; era uno de esos días que rebosaban seguridad y firmeza, tan necesarias
para los seis meses de frío. Con frecuencia habían comentado cómo aquellos
paseos fortalecían su espíritu.
“Nos acercaremos hasta la venta. Todavía oscurece
tarde y tenemos tiempo de sobra. Hace una tarde magnífica”.
La venta distaba todavía casi un kilómetro. En los
últimos tiempos solo habían llegado hasta allí, a sentarse bajo el alpendre a
tomar una cerveza o un refresco, cuando alguien del pueblo les había acercado
en el coche.
Ya habían descendido la cuesta del promontorio,
enfilando la recta al término de la cual se hallaba la venta –tras una
revuelta, escondida entre una masa de árboles– cuando ella se detuvo
súbitamente, para escuchar algo que no llegó por entero a sus oídos. “¿Qué ha
sido eso?”, preguntó mirando hacia el cielo, “¿no has oído nada?, ¿no has
sentido algo raro?”
Fue como un relámpago diurno que, sin
acompañamiento del trueno, al ser apenas vislumbrado por el rabillo del ojo
necesita de una confirmación para despejar la inquietante sensación que deja el
visto y no visto. “No sé… por allí, o tal vez por allí, ¿no has visto nada?”
“Allá lejos debe de haber tormenta. Está el tiempo
muy movido. No sé si será mejor que volvamos”.
“Vamos a acercarnos hasta la venta”.
Siguieron caminando, con frecuentes miradas hacia
el cielo, cambiando entre ellos esas frases tranquilizadoras que todo ánimo
optimista espera que alcancen y persuadan a los elementos para que refrenen sus
impulsos tormentáceos.
Llegaron a la curva cuando todavía quedaba un par
de horas de luz. Impaciente por localizar su objetivo estiraba el cuello o
salía de la calzada para apaciguar la inquietud que se había apoderado de sus
pasos. Y de nuevo ella se detuvo de repente, con los pies juntos y la boca
abierta, completamente inmovilizada, con la mirada fija en el frente.
“¿Qué te pasa?”
Sacudió su brazo, tomó su mano y la apretó con
fuerza, una mano inerte a través de la cual sintió que pasaba a su cuerpo todo
el flujo de su espanto, casi reducida a la nada en el momento en que, todo el
campo sumido en el repentino silencio que preludia a la tormenta, cuando se
siente que se han agazapado hasta los seres invisibles, en otro punto muy
distinto pero también a sus espaldas, percibió –no vio– el relámpago, el
desgarrón conjunto y contradictorio de un cielo y un mar que tras el espejismo
mudaran hacia un continente más falso y grave, como el niño que con su cuerpo
trata de ocultar el desperfecto que ha causado; en un momento envejecidos y
deteriorados con una película de vicioso óxido.
Se había vuelto para observar al paseante del perro
–inverosímilmente lejano, aun cuando terminaba de cruzarse con ellos, en el
mismo momento del trance– cuando despertó.
“¿Y la venta? ¿Dónde está la venta?”, preguntó.
Fue aquella insistente pregunta lo que colmó su
desorientación. Se adelantó unos pasos, dejándola sola en la carretera, se
encaramó a un pequeño montículo para otear en todas direcciones y volvió aún
más confundido.
“Me parece que la hemos pasado”.
“Es a la vuelta de aquella curva”.
“No sé en qué íbamos pensando. Vamos a volver de
todas maneras”.
Pero ella le miró de manera singular; carecía de
expresión, pero la incredulidad se había adueñado de tal manera de todo su
cuerpo que no pudo reprimir un gesto de disgusto.
“Vamos”, le dijo, tratando de volverla en dirección
opuesta a la que habían traído. Pero ella se mantuvo rígida, con la mirada
puesta en el frente.
“Es inútil”, contestó.
“¿Qué es lo que es inútil? Vamos, se va a hacer
tarde. Es hora de que volvamos”.
“Es inútil”, repitió.
“Pero, ¿qué es lo que es inútil?”
“Todo. Todo ha cambiado. Fíjate cómo ha cambiado
todo. Dame la mano. Fíjate”.
Obedeció y se produjo de nuevo el relámpago, acaso
a consecuencia de la descarga que sufrió a través de su mano. Todo había
mudado, en efecto: tras el deslumbramiento provocado por el rayo, todo en su
derredor –sin producirse el menos perceptible cambio– era irreconocible, de
igual manera que la fotografía de un paisaje familiar, cuando ha sido revelada
al revés, no resulta fácil de identificar porque no esconde ningún engaño.
Dieron unos vacilantes e ingrávidos pasos, en la
misma dirección que habían traído; luego pronunció unas palabras inconexas.
“La venta… el fondo, más al fondo”.
“Eso es, más al fondo”.
Quedaron inmovilizados, cogidos de la mano y
mirando al frente de la carretera boquiabiertos, sin mover un músculo ni hacer
el menor signo cuando el hombre que paseaba con su perro se cruzó de nuevo con
ellos, sin reparar en la inusitada imagen que componían.
Tampoco el perro se volvió a mirarles, marchando
apresuradamente, con la cadena tirante.
En cuanto a ellos… los últimos vestigios de su
percepción no les sirvieron para advertir que además del perro se ayudaba de un
bastón, siempre adelantado y casi inmóvil sobre sus rígidos y acelerados pasos,
no giraba la cabeza y ocultaba sus ojos tras unas gafas oscuras.
(Tomado
de www.talesofmytery.blogspot.com)
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