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jueves, 14 de noviembre de 2024

Álbum

Alberto Chimal

 

La cara de su madre. La muñeca que arrojó por la ventana. El libro que quemó. La pecera que vació en la sala. La muñeca a la que arrancó las piernas. Su primer psiquiatra. El tazón con el que golpeó a su madre. Su niñera poco antes de marcharse. Su abuela materna poco antes de marcharse. Su padre poco antes de marcharse. La cara de su madre. El gato al que metió en el horno. Su segundo psiquiatra. Su primer kínder. El niño al que pateó. Su tercer psiquiatra. La trenza cortada de su compañera. El rincón en el que estuvo castigada. La cara cortada de su compañera. Su cuarto psiquiatra. Su segundo kínder. El perro al que destripó. La silla a la que fue atada. El brazo en cabestrillo de su madre. El brazo en cabestrillo de su maestra. El brazo en cabestrillo de su quinto psiquiatra. Su tercer kínder. El niño que la golpeó. Un trozo de la oreja del niño que la golpeó. Su cuarto kínder. La denuncia en su contra. El bolso de su madre. El director de la primaria que no quiso admitirla. La cara de su madre. El director de la segunda primaria que no quiso admitirla. La tarjeta de débito de su madre. El director de la primaria que aceptó admitirla. La niña a la que trató de ahogar en un excusado. La niña a la que empujó por las escaleras. La carta en su contra de los padres de sus compañeros. La cara de su madre. Un hombro desnudo de su madre. El director de la segunda primaria que aceptó admitirla. El suéter de su compañero desaparecido. El cuerpo de su compañero desaparecido. La cara de su madre. La patrulla que fue a buscarla. La cara de su madre. El autobús que abordó con su madre. El primer motel donde durmió con su madre. El incendio del primer motel donde durmió con su madre. El boletín con la foto de su madre. La cara de su madre. El segundo motel donde durmió con su madre. El bebé que resistió tres días en el cuarto donde durmió con su madre. La cara de su madre. El tercer motel donde durmió. El teléfono que su madre trató de usar. La cara de su madre. Un ojo de su madre. La lengua de su madre. El otro ojo de su madre. El coche del hombre que la recogió en la carretera. La primera comentarista que habló de ella en la televisión. El coche del segundo hombre que la recogió en la carretera.

 

domingo, 10 de noviembre de 2024

El tesoro

Alberto Chimal

 

En esos días vive en Frigia un muchacho. Se llama Nikias. Tiene doce años, la estatura propia de su edad, el cabello negro y rizado. Sus rasgos no son desagradables. Pero es enorme, monstruosamente gordo: pesa dos o acaso tres veces más que su padre. Es la vergüenza de sí mismo y de toda su familia.

Lo peor no es su lentitud, ni su debilidad, ni siquiera el aspecto repulsivo de sus carnes hinchadas en medio de los cuerpos esbeltos, elásticos de todos los otros chicos, sino el hecho de que su obesidad no se debe a la gula ni a la pereza. No come más que sus hermanos y participa, en la medida de lo posible, en los juegos y actividades que se consideran apropiados en su tiempo. En el nuestro, su condición podría describirse, acaso, como un desorden glandular. Pero en su ciudad todos creen que es víctima de algún mago, o acaso de un capricho de los dioses; son pocos los que lo miran sin recelo, y menos aún los que no temen sufrir males como el suyo, o más terribles, si se acercan a él.

Así, Nikias es un muchacho solitario, hosco, que debe soportar casi todos los días humillaciones y burlas. Pero hoy se siente un poco mejor que de costumbre: ha pasado la mañana entera atendiendo el puesto del mercado en el que su padre, alfarero, vende vasos y ollas. Es un honor que rara vez se le concede.

Y, para más orgullo, ha vendido mucho. Desde hace algún tiempo, ante la perspectiva de una nueva campaña –aún no anunciada pero ya motivo de rumores– contra el cercano reino de Lidia, todo se ha encarecido, la gente compra alimentos en vez de utensilios, y las tropas del rey, que patrullan el mercado y todos los lugares populosos, ahuyentan a muchos compradores. Pero Nikias, hoy, ha tenido clientela como si no hubiera inquietud alguna entre la gente. En verdad, varios compradores le hablaron con amabilidad, como si no pesaran sobre su cuerpo las especulaciones más desagradables.

Tal vez, piensa el muchacho mientras camina de vuelta a su casa, su padre acepte dejarlo encargado del puesto. Tal vez, incluso, le enseñe su oficio. Así ya no tendrá que ocuparse de las tareas más exigentes que casi siempre le son encomendadas, y que nunca hace bien (hace tiempo que no se engaña respecto de esto). La idea lo entusiasma: una vida sosegada y sin sobresaltos. Cuando menos, podría estar todo el día tras los recipientes, bajo el toldo que los cubre del sol, entre la multitud…

Ahora bien, cuando llega a su casa, su padre, un hombre severo y poco paciente, no le pregunta sobre su jornada en el mercado; no le pide cuentas; no le dice, en verdad, una sola palabra, y en cambio lo llama hacia sí con un gesto. Cuando lo tiene cerca, toca y aprieta las acumulaciones de grasa en su pecho, sus brazos, su abdomen, sus muslos. Y al hacerlo sonríe.

Nikias se deja hacer, confundido, y apenas ha decidido ensayar una pregunta cuando su padre se aparta de él y sale de la casa. En ese momento entra su madre, desde la cocina, y tampoco dice nada pero lo abraza y llora.

Muy impresionado, Nikias entrevé, detrás de su madre, a sus hermanos, que permanecen juntos y lo miran. Pero las miradas no son las habituales de burla o, cuando más, piedad. Ellos también están asustados. Sin advertirlo, se tocan, como si buscaran apoyarse unos en otros. Sólo uno sonríe. Casualmente, es el mayor de todos, con el que tiene un pleito desde hace años por alguna causa tan nimia, probablemente hasta sin relación con el cuerpo de Nikias, que ambos la han olvidado.

–¿Pero qué les sucede a todos? Su madre lo confunde aún más al explicarle, después de un suspiro muy profundo, que la situación de la familia es mucho más precaria de lo que los padres han querido admitir, y en verdad el oficio del padre ya no les da para comer. Nikias no puede argüir en contra de esto porque su madre prosigue, sin pausa, hablando de la fortaleza de su hijo, de su capacidad de soportar la carga de su defecto (así lo llama) y del dolor de ella al ver que no era como los demás. Pero ¿no le ha dicho siempre a Nikias que es su hijo, tan querido como todos los otros? ¿No le ha demostrado su cariño? Nikias asiente. Entonces, dice la madre, en este momento tan oscuro, Nikias debe recordar ese amor. Debe usarlo para sentirse más fuerte. Para cumplir con su deber con una sonrisa. No dice más porque rompe a llorar de nuevo. Nikias se pregunta qué debe hacer para consolarla cuando su padre vuelve, entra en la casa y los aparta con rudeza.

Ella da un grito inarticulado, ronco, al que el padre responde culpándola, diciendo que Nikias se ha echado a perder por ella, por sus constantes mimos. Que nunca le dio disciplina. Ella pregunta por lo que él acaba de hacer.

Él responde que así va a salvar a los demás: a los que pueden llegar a ser hombres fuertes y hermosos. Nikias, como en otras ocasiones, se siente herido al escuchar esto.

Entonces su padre hace algo extraño: toma su mano izquierda, la levanta y dice que no hará falta más. Que esa sola mano, blanda y pesada, pagará sus deudas.

Nikias se pregunta si, en contra de todo lo que ha sucedido entre ellos desde que recuerda, su padre lo aprecia. ¿Verá en él, acaso, talento verdadero para la alfarería? Pero no puede preguntarlo en voz alta porque, tras su padre, aparece un grupo de soldados que toman a Nikias, lo apartan de su madre y lo sacan de la casa.

Sin hablarle, a empujones, lo hacen caminar hacia el palacio del rey, que se alza en el centro de la ciudad. Esto asombra a Nikias pues al palacio, que (como dicen las leyendas) está hecho de oro puro, no se permite la entrada de ningún súbdito ordinario. Pero antes de llegar a la gran puerta lo conducen a una barraca, erigida sin mucho arte ante el palacio, y dejan, maniatado, en una fila que serpentea por el interior.

Cuando se han ido, Nikias piensa, como si recordara un sueño, que su madre gritó mientras los soldados se lo llevaban, que su padre le volvió la espalda y que sus hermanos ya no estaban allí.

Y, después de varias horas de pie, se da cuenta también que casi todos los otros prisioneros son corpulentos, pesados. Ninguno se acerca a su gordura, por supuesto, pero hay algunos hombres y mujeres rollizos, varios más muy musculosos. La única excepción son algunos grupos de niños, o de ancianos, atados juntos.

Dos mujeres, delante suyo, conversan. Parecen tristes, pero también resignadas. Las dos son viejas. Una menciona las necesidades de la guerra, que son siempre más grandes que en tiempos de paz. La otra asiente y agrega que ojalá Lidia sea derrotada de una vez por todas. Las dos concuerdan en que Frigia está cada vez más empobrecida y hacen, luego, una invocación extraña: ruegan porque sus cabezas sean lo bastante grandes.

Otra voz llama a Nikias, que se vuelve y ve entrar, conducido por otro grupo de soldados, a un viejo arúspice, cliente de su padre, que jamás lo trató con amabilidad ni consideración particular. Pero ahora el hombre llora como un niño y se acerca a Nikias para llamarlo amigo, compañero de infortunio.

Nikias no responde. El arúspice sorbe sus lágrimas y cambia de tema: le dice que el oro proviene del sol, y que es polvo caído del carro de Apolo, luz que cae en la tierra y la transforma en metal. También, que sólo Dionisos, rival y opuesto del dios del sol, podría haber concebido dar a un hombre poder semejante. Entonces entra en la barraca, precedido por varios cortesanos, el rey.

Viste sus famosas ropas de oro, calza sus sandalias de suelas y correas de oro. Todos se inclinan o son forzados a ello. Luego, mientras uno de los nobles lee nombres de una lista, los prisioneros son sacados de la fila y llevados ante el monarca.

Al ver lo que sucede al primer cautivo, Nikias comprende todo y siente un horror inmenso, que sólo crece mientras espera su turno. Pero cuando llega, y es llevado ante el rey, toma una decisión.

Y en voz alta, sin pensar, con una firmeza que hasta a él mismo sorprende, pide que su padre no reciba nada. Que él no lo desea. Ni un dedo siquiera. Nada, repite.

Todos los cortesanos abren la boca, ultrajados por su temeridad, pero el propio Midas se queda mirándolo, sorprendido, por un momento.

No le responde, sin embargo, y en lugar de hacerlo, tras sólo un instante de vacilación, toca la punta del dedo medio de la mano izquierda del muchacho.

Nikias puede ver cómo el color, el peso, el frío del metal inanimado devoran los dedos de su mano, luego la palma, luego la muñeca y el brazo. Pero el dolor es más terrible que cualquier otro que haya sentido, y, en verdad, más intenso que el que un ser humano puede soportar. Su corazón se detiene mucho antes de convertirse en oro. Apenas tiene tiempo de entristecerse por su destino.

 

sábado, 12 de octubre de 2024

Variación sobre un tema de Coleridge

Alberto Chimal

 

Recibí una llamada: era yo, desde un teléfono que perdí el año pasado. Me pregunté dónde se había quedado el aparato; me contesté que en tal y tal cafetería, que yo ni siquiera recordaba. Estás mal, dije, desde quién sabe dónde; ¿qué has hecho con tu vida? ¿Has seguido engordando? ¿Te siguen dando tus crisis? Me contesté que no, pero en realidad estaba mintiendo y yo me di cuenta. Estás mintiendo, me dije. ¿Qué quieres?, me pregunté, un poco disgustado conmigo. ¿A qué venía que me estuviese buscando precisamente ahora? Has de estar pensando que por qué te busco precisamente ahora, dije. ¡No es cierto!, contesté. El que se enoja pierde, dije, riéndome, y yo quise colgar pero yo me lo impedí diciendo: Necesitas que alguien te ponga en tu lugar y te enderece. Entonces llamaron a la puerta y resultó que era yo, y que había estado afuera todo el tiempo. Claro que sé dónde vives, idiota, me dije, sin soltar el celular. No se vale, contesté. Ya, cuelga. Era bastante ridículo seguir hablando por celular. Pero ni siquiera me pude consolar pensando que, si yo me veía ridículo, yo también me veía ridículo: de hecho tuve ganas de llorar al darme cuenta de que en realidad yo me veía más joven y más esbelto, y sólo había pasado un año. Para peor, yo tenía pelo, yo todavía tenía pelo, mientras que yo, efectivamente, había tenido una de mis crisis el día anterior y me había rapado y me veía patético. Te ves patético, me dije. Y yo no pude más y empecé a llorar de veras y me contesté sí. Y entonces caí al piso. Y entonces, contra todo lo que esperaba, yo me puse de rodillas, y me abracé, me abracé y me consolé y me dije que todo iba a estar bien, que si yo no me ayudaba pues quién me iba a ayudar… Así me dije.

Deberíamos colgar, dije, mientras luchaba por sorber las lágrimas. Nos vemos ridículos así abrazados y con los teléfonos, agregué, y yo me reí, y luego yo también me reí, y pensé que además me he vuelto descuidado porque mi teléfono de hace un año está en mejores condiciones que el que tengo ahora.

 

martes, 8 de octubre de 2024

01100

Alberto Chimal

 

En los cabarets de la ciudad de los robots, los clientes beben aceite enriquecido, se conectan a redes eléctricas de voltajes exóticos y escuchan a los músicos y cantantes. Hay desde androides con formación operística hasta arañas rupestres que tocan cuatro guitarras a la vez. Y los repertorios también son muy variados: piezas de Kraftwerk y otros clásicos se alternan con las de cantautores actuales.

Pero el más curioso de todos estos artistas es Benito Punzón, quien cada noche aparece en el escenario, impecablemente vestido, y no utiliza ningún instrumento, ni siquiera su altavoz integrado. En cambio, zumba como planta eléctrica, martilla como antigua caja registradora, incluso imita el rascar de la piedra en las minas profundas: todos esos sonidos que para los robots son signos del pasado más remoto, de antes de la existencia del primer cerebro electrónico. La mayoría nunca los ha escuchado en otra parte pero todos se conmueven: alguno tiembla, otro arroja chispas que son como lágrimas.

 

viernes, 5 de julio de 2024

La verdad

Alberto Chimal

 

Amma, Primera Mujer, Madre de Cuantos Son y Cuantos Serán, despertó en la oscuridad, cuando nada más existía, pero no le tuvo miedo y trató de tocarla. Y la oscuridad, complacida, engendró al mundo para las manos de Amma, para que sus ojos pudieran ver y sus pies anduvieran. Y cuando Amma dio su primer paso hubo la distancia; cuando dio el segundo, el tiempo, y cuando dio el tercero, y vio que todo a su alrededor era hermoso y nuevo, hubo en ella el deseo: el ansia de lo que está lejos.

Me dirán, tal vez, que esto no es verdad.

Pero escuchen: otra noche, después de la primera, Amma estaba con su hombre, Sembeh, el de la Boca Grande, el Caído de un Árbol. Estaban dentro de una cueva; habían encendido un fuego, pues no tenían nada que comer pero estaban desnudos. Esto fue antes la invención de la escritura, más allá de toda memoria, pero es verdad, y lo saben las gotas tibias de la sangre, la médula de los huesos. Esto fue antes de todos los imperios, de todas las guerras, de todos los poemas y todas las ciudades y todos nosotros, pero Sembeh y Amma se ocultaban de las fieras que les disputaban el mundo; podían oírlas, acechando cerca de la entrada de la cueva: el lobo, el leopardo, el oso… toda la vida que no duerme al irse el sol y en verdad no nos ama. Sembeh abrazaba a su mujer, y temblaba contra su costado, y Amma no sentía más sosiego, pues la oscuridad no odia, pero tampoco se aflige por quien está bajo su manto.

De pronto, los dos escucharon un sonido terrible:

Un ulular, una voz que no era humana, que se prolongaba y subía de tono, bajaba, subía de nuevo, como una música fúnebre, pero aún no se inventaba la música. Era fuerte y hacía ecos en la piedra. Era helada como la piedra misma, y urgente, vibrante como el anuncio de un ataque. Los dos se pusieron de pie, y miraron, pero nada pudieron ver más allá del círculo de luz que rodeaba al fuego, y de sus propias sombras. Se dieron cuenta de que el sonido estaba afuera de la cueva y penetraba desde lejos. Pero nada en el mundo, que ellos conocieran, podía sonar así, tan potente y espantoso. Y Sembeh comenzó a llorar, a gritos, con su gran boca abierta, y lamentó la impotencia del hombre, así dijo, que no tenía pelo espeso para calentarse, ni largos colmillos, ni la fuerza del elefante ni la facultad de volar, que tanto sirve al buitre y al águila. Amma trató de consolarlo, pero ella misma estaba estremecida, y además Sembeh gritaba:

–¡Vamos a morir! Caerá sobre nosotros, nos romperá la espalda, nos abrirá el pecho y beberá nuestra sangre. ¿Y qué podemos hacer? ¡Nada podemos! Ah, ¿qué pena podría superar a la de ser lo que somos, única mujer y único hombre, sin amigos ni hermanos ni hijos como las otras criaturas? ¿Por qué en el mundo, que es tan rico, sólo somos dos? ¿Dónde está nuestra propia manada? ¿Dónde están los más jóvenes? ¿Dónde el gran viejo, más fuerte y poderoso, al que hembras y machos siguen por igual?

No sé de historia más cruel que esa, referida en los primeros días de todas las cosas. Sembeh quedó pasmado, encogido en un rincón de la caverna, de cara a la pared, y no durmió hasta el amanecer. Pero quedó en silencio, y Amma se sintió satisfecha.

Cuando el sol ya estaba alto en el cielo, Amma salió de la cueva. Encontró, muy cerca, en el fondo de un barranco, el cuerpo de un bisonte, que se había despeñado y había muerto allí. Amma pensó: Tal vez el ulular de anoche fue el de esta bestia, que sufría.

Después de un momento, se dijo también: Hice sufrir a Sembeh, y volvió a la cueva, en su busca.

Lo encontró de rodillas ante una gran piedra, murmurando. Sobre la piedra había una tosca talla de barro negro: parecía una araña.

Amma se quedó intrigada por aquellas palabras: desnudez, dios, sacerdote, pero la rudeza de Sembeh la asombró tanto que no dijo nada.

Y otro día, cuando Amma ya había descubierto el secreto de los zorros y los caracoles, y advirtió que su vientre se hinchaba y comprendió lo que iba a suceder, ese otro día, digo, Amma entró en la cueva, y no halló a Sembeh en su sitio de costumbre, pero escuchó un silbido, largo, trémulo, vacilante, que recordaba el lamento del bisonte pero no era el bisonte. Lo siguió hasta el fondo mismo de la caverna. Allí, Sembeh, en cuclillas, cubierto por sus hojas y sus plumas, soplaba por el extremo de una caña, y la caña silbaba.

Las profecías se cumplen. De pronto, la cabeza dura de Sembeh se llenaba de historias, y su boca no urdía sólo la araña, que de pronto era más antigua que el mundo mismo, y dueña de fuerza inmensurable y toda la sabiduría: además, Sembeh le inventó hazañas, discursos, cantos y diatribas, e imaginó también a otras muchas criaturas poderosas, con ese nombre extraño de dioses y potestad sobre lo grande, lo peligroso, lo desconocido.

Pero al nacer Massih, el primer niño, su padre lo tomó y le enseñó el culto de la araña y el desprecio de Amma. Y Massih creyó cuanto escuchaba, y nada pudo hacer su madre, que en poco tiempo fue llamada rebelde, hereje, apóstata, proscrita por la santa fe. Massih fue un maestro inventor de palabras superior a su propio padre.

Y pasó igual con las hijas de Amma, que aprendieron a sentir vergüenza de ser como ella, y con sus otros hijos, que fueron acólitos, prestes, obispos e inquisidores de la araña. Y olvidaron los tres primeros pasos en la sombra, y descreyeron de la luz que anunció al primer hombre, y se dispersaron por el mundo…

Me dirán que los dioses existen, la araña y el toro del sol y los cincuenta hermanos del relámpago, y que lo saben en su sangre y en la médula de sus huesos. Puede ser. Acaso Amma no inventó, sino que penetró, con su ánimo iracundo, en el ámbito de las potestades que rigen lo existente. O tal vez nada de esto es cierto y la araña inventó el mundo, como dicen a veces, y Amma es la corruptora, la incrédula, el principio del mal.

Pero yo puedo contarles que ella, en una de las muchas noches que siguieron a las que he contado, y que fueron cada vez más solitarias, más tristes en la ignominia de sus hijas, más dolorosas en la soberbia de los hijos de Sembeh, en una de esas noches, digo, Amma partió lejos, pues el ansia de lo distante no había muerto en ella, y vivió entre los animales, que no nos aman, pero tampoco nos odian. Le ganaba la nostalgia, en ocasiones, y el rencor de cuanto se le había hecho, y entonces se dejaba ver en los sitios lejanos y en lo profundo de las tierras salvajes, y llamaba con su voz a quien estuviera cerca. Pero si contaba cuanto había visto, sin dejar nada afuera, nadie le creía; y si, en cambio, se dejaba llevar por la fantasía y fraguaba, para divertirse, para atenuar su pena, algo como los ríos de agua que son la lluvia, o la araña que es dios, o el hombre que es dueño del mundo, entonces todos la tenían por profeta y visionaria, dueña de los secretos del mundo, abridora de las puertas de la sabiduría.

–Yo lo he visto –decían–. Al oso del fuego, que vive en los volcanes y aparece de pronto, para mostrar las zarpas de humo negro. Me ha visitado en sueños la voz del gran gusano, que soporta las sierras en su lomo. He visto a las luciérnagas subir al cielo, competir entre ellas para no volver…

Fue de aquel modo hasta la muerte de Amma, que no está consignada ni se conmemora. Pero así resulta que ella, Primera Mujer, Madre de Cuantos Son y Cuantos Serán, Engendradora de los Dioses, es también Madre de las Historias y de Quienes las Cuentan: de quienes decimos la verdad para que nadie la oiga, y mentimos para instaurar el universo.

 

jueves, 4 de julio de 2024

La partida

Alberto Chimal

 

Una madre vio morir a su pequeño hijo en aquel temblor espantoso, el que destruyó la ciudad de Appa, pero no pudo resignarse a su muerte y rogó a los dioses que se lo devolvieran. Los dioses, compadecidos, no dejaron que el alma del pequeño entrase en el Otro Mundo y la devolvieron a su cuerpo. Pero ya saben cómo son los dioses: el cuerpo no dejó de estar muerto, no se aliviaron sus múltiples heridas, así que el corazón de la madre pasó de la dicha de tener a su hijo, de no haberlo perdido, al horror de ver sufrir a la pobre criatura, prisionera de su carne lastimada. Y luego vino el asco, sí, el asco, porque el niño comenzó a pudrirse, y los gusanos lo devoraban, y gritaba llamando a la muerte pero, como he dicho, ya estaba muerto. La madre, enloquecida, lo apuñaló una vez, dos, tres, muchas; luego lo apedreó, lo envenenó, lo estranguló… Pero el niño sólo gritaba, sólo sufría. Al fin ella lo tomó entre sus brazos, piel rasgada, huesos rotos, sangre negra, y lo arrojó a las llamas de una hoguera. Y el desdichado ardió, y fue humo y ceniza, y el viento lo dispersó y lo confundió con el aire, y entonces la madre se consoló bien o mal. Pero no debió hacerlo porque en esos restos impalpables estaba aún el alma doliente, y esa alma sigue hoy en el mundo, dispersa pero viva, como lo sabe todo aquel que respira, que abre la boca y siente de pronto la tristeza.

 

martes, 2 de julio de 2024

Fortuna

Alberto Chimal

 

Sucedió cuando Negora, el gran mago, era todavía muy joven, aunque ya poderoso. Vivía en Lalepse, en el sur, y todos lo respetaban, porque sabían de sus facultades y porque no era difícil, para nadie, advertir que lo esperaba un alto destino.

Pero el muchacho insistió: le habló a Negora de la incertidumbre en la que vive la gente del mundo; de las causas y efectos que nos abruman a casi todos; del azar que condena, eventualmente, hasta al más dichoso. Él era pobre, le dijo, y no tenía otra fuerza que la de sus manos y su entendimiento. De él nada podía decirse con seguridad. Deseaba mucho, deseaba riquezas, deferencias, potestades, amor, pero no sabía si las tendría. Tal vez no. ¿Era injusto que lo supiera de una vez? ¿Era injusto que ya, antes de sufrir acaso grandes dolores, supiera si sus afanes serían recompensados?

Tanto dijo, y con tal sinceridad, que Negora se conmovió, y se vio reflejado en el muchacho, y así llegó a pensar en sí mismo: en qué hubiera sido de su vida sin el Poder, sin las facultades que tenía desde su nacimiento.

Descubrió que, tal vez, también hubiera querido saber. Tal vez también hubiera hecho esa pregunta, a algún mago, si se hubiera visto forzado a enfrentar la vida como todos los hombres.

Y así, a pesar de que nunca había intentado la invocación del futuro, y a pesar de que todos sus maestros le habían aconsejado no intentarla, Negora aceptó. Y pronunció un conjuro. Y extendió las manos, y ante ellas, en el aire, apareció una ventana: una lámina de cristal purísimo, brillante, tras de la cual no estaba la casa del mago, sus muebles modestos, sus libros, sino otra cosa: una visión.

Y retrocedió, lleno de espanto, al ver que maldeciría al mago, y lo odiaría, y le desearía el mal hasta con su último aliento. Y que en verdad no le faltaba mucho, porque al anochecer, en una esquina, lo iban a matar. Sí. Sería un ladrón, que le hundiría un puñal en el pecho, y se lo hundiría otra vez, y no haría caso de sus dolores ni de su muerte, y al final no hallaría en sus ropas dinero ni cosa alguna de valor. Y también maldeciría. Luego, el cuerpo sería arrojado a una fosa común. Luego, sería devorado por gusanos, por perros sin dueño…

Ninguno habló por un momento.

Y Negora, que también había visto todo, comprendió lo que tenía que hacer. Y sin hablar, sin hacer un gesto, sólo con el pensamiento y la voluntad, hizo desaparecer la ventana mágica y puso en el muchacho un hechizo: una invocación de olvido.

Y luego se negó, con todas sus fuerzas, a aceptar lo que el muchacho le pedía. No hizo caso de sus palabras persuasivas, de sus razonamientos ni, más tarde, de su ira, que fue grande y amarga.

Negora no lo detuvo. Pasó el resto de la tarde, y en verdad la noche entera, sentado ante un grueso libro de hechicería, tan concentrado como le era posible en la lectura.

 

sábado, 9 de diciembre de 2023

La vista fija

Alberto Chimal

 

Érase una niña pequeñita y muy bonita, con chapas rojas rojas cual flores de rubor, vestidito rosa y bonito cabello rizado. Jugaba en un parque con su pelota y era muy feliz. Oyóse entonces un disparo, y la frente de la niña hizo ¡pop!, y una emisión hubo de sangre y sesos entremezclados que, flor también de rubor (aunque de otro, ¡ay, de otro rubor!), cayó en el pasto un segundo o dos antes que la propia niña.

De la pelota no se supo más, y yo creo que alguien se la robó. Debe haber sido fácil porque hasta la niña, que no se movía y de cuya frente seguía manando ese caldo rojo y tremebundo, llegó una mujer en pants que se quedó con la vista fija en ella; un señor de traje barato que también se quedó con la vista fija en ella; un par de muchachos, con uniforme y peinados de escuela militarizada, que también se quedaron con la vista fija en ella.

Y una anciana de coche con chofer, su chofer, un grupo de novicias, tres policías, un comerciante informal, un malabarista de crucero, un ejecutivo de exitosa empresa y otros muchos más, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, que tras llegar se quedaron igualmente alrededor de la niña, igualmente con la vista fija en ella, arruinando con sus pies descuidados el pasto del parque, favoreciendo la huida del posible y desalmado ladrón de pelotas, presas todos de la misma atracción: del mismo embrujo, imperioso y extraño.

Porque no se encontraban ante un televisor, no había reportero que comentara lo que veían, no se veía logotipo ni anuncio superpuesto ni nada entre ellos y las manchas rojas rojas en el pasto verde, los rizos manchados de rojo, los trozos de cráneo igualmente manchados de rojo, la expresión de sorpresa en la carita infantil, los bracitos y piernitas inertes, laxos, ya fríos.

Y, por ende, todo, todo cuanto veían era de ellos solamente: su secreto, como son secretos el frío del velador, las pesadillas del enfermo, mi propia voz como se oye desde adentro.

Así que allí estaban, llenos de un gozo nuevo, vivo y tembloroso, de esos que son inconfesables y agradabilísimos. Y cuando todos se encontraban a diez metros o menos, aun sin otro cuidado que el espanto ante sus ojos, la niña explotó y los mató.

 

viernes, 8 de diciembre de 2023

El juego más antiguo

Alberto Chimal

 

Y pasó que en la tierra de Mundarna, en un cruce de caminos, una tarde de invierno, se encontraron dos brujas. Una se llamaba Antazil, la otra Bondur. Eran expertas en sus artes y sobre todo en el de la transformación, que permite a sus adeptos mudar de apariencia y de naturaleza. Venían de lugares lejanos, igualmente distantes, y se odiaban.

La causa no es tan importante: los conflictos de los poderosos son los nuestros, igual de terribles o de mezquinos, por más que ellos se empeñen en pintarlos dignos de más atención, de horror o maravilla, de arrastrar pueblos y naciones. Básteme decir que habían conversado, por medios mágicos, y decidido: que ninguna podía tolerar más la existencia de la otra, y que allí, lejos de miradas indiscretas, lejos de cualquiera que pudiese sufrir daño, resolverían sus diferencias de una vez.

Una llegó por el norte, caminando. La otra por el sur. Cuando estuvieron cerca, a unos palmos de tierra fría la una de la otra, se detuvieron. Se miraron, y no dijeron nada.

Pero Antazil se convirtió en águila, grande y majestuosa, de garras y pico de acero, y se arrojó sobre Bondur para sacarle los ojos. Y Bondur se volvió una serpiente constrictora, de piel gruesa y verde, y se enroscó en el águila para estrangularla. Y Antazil se volvió agua para escapar de la serpiente, y Bondur se volvió tierra para absorber el agua, y Antazil se volvió lombriz para devorar la tierra. Luego Bondur se volvió pájaro para comerse a la lombriz…

Era el juego más antiguo, como a veces lo llaman, y el que juega pierde cuando no atina a repeler un ataque, cuando no puede hallar una nueva forma, cuando demora demasiado. Pero quien juega casi nunca lo hace más que con palabras, con la imaginación, y en cambio la lombriz se transformó en gato y atacó al pájaro, que se volvió perro y persiguió al gato, que se volvió rabia e hizo enfermar al perro, que se volvió tiempo, que cura o que mata. La rabia se convirtió en clepsidra para aprisionar al tiempo; el tiempo se convirtió en piedra para romper la clepsidra, que se convirtió en pico para romper la piedra, que se volvió hacha para cortar el mango del pico…

Así combatieron durante mucho tiempo, con furor cada vez más grande, pues no cambiaba con sus formas. Ninguna bruja superaba a la otra, ninguna estratagema servía, y así Bondur y Antazil fueron animales, plantas, objetos, ideas, categorías, todas las cosas que tienen nombre, y cada vez más rápido, hasta que los caminos que se cruzaban bajo la batalla, no exagero, pudieron confundirse con los que llevaban al Templo de las Maravillas, el que Yuma de Haydayn mandó hacer cuando fue rey y en el que estaba, en verdad o en imagen, todo: lo creado y no creado, lo inconcebible, para su goce y el espanto de su pueblo.

Y hasta que Bondur, furiosa más allá de toda prudencia, se convirtió en hechizo, en magia pura de muerte y ruina. Antazil asumió su verdadera forma y, como bruja, comenzó a disolver el hechizo. Bondur apenas pudo transformarse de nuevo, porque en verdad se disipaba en el poder de Antazil, pero se convirtió en la espada Finor, la de la Gesta de Alabul, la que corta la piedra y seca la carne y es amiga de la desolación, y se arrojó sobre su enemiga.

Y he aquí que Antazil, cuando la hoja estaba por atravesarla, se transformó en Bondur.

Pensó que Bondur vacilaría, al mirarse fuera de su cuerpo, y vaciló, en efecto, pues Finor, la hoja terrible, la que en la Gesta mató sin piedad al mismo Endhra, al Eterno, se detuvo.

Pero luego, para estrangularla con sus propias manos, para hacerla pagar por el horror de verse a sí misma, Bondur se transformó, a su vez, en Antazil.

Y entonces se vieron.

Sí, Antazil con la carne de Bondur, Bondur con la de Antazil, pero también con los pensamientos de la otra, sus recuerdos, sus motivos para la vida y el arte y el combate. Y cada una comprendió a la otra, como nunca había comprendido nada en la existencia, y cuando se miró desde esos otros ojos, desde afuera, en aquel instante, también se conoció.