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jueves, 7 de marzo de 2024

Rasabadú

Édgar Omar Avilés

 

Antes Rasabadú andaba por toda la bodega pregonando viejas noticias de cuando nació: “Fidel Castro ha muerto…”, o tal vez: “Nada detiene el derrumbe de la Bolsa Mexicana de Valores…”. En esos entonces Rasabadú no comprendía sus noticias, sólo gustaba de repetir lo escrito en el papel periódico con el que fue hecho en origami. Su voz, ahora sólo lamentos, era un chasquido como cuando se cambia una hoja.

Algunos escarabajos le aseguraban que el papel no podía tener vida, que no era natural, pero Rasabadú qué iba a saber de eso, si a duras penas entendía que fue concebido por las manos hábiles de un velador que tiempo atrás había renunciado a la existencia. Otros, como la tarántula, lo veían con recelo y le decían: “Los dragones estornudan fuego”. Rasabadú, mientras movía la cadera para que su cola se agitara de derecha a izquierda, respondía: “Pero yo no voy a estornudar nunca”, intuyendo que eso del fuego era algo malo. Y continuaba con su caminar lento, cuidando que no se lo llevara el aire que se colaba por los vidrios rotos, con aquellas piernecillas rechonchas y sin articulaciones. No obstante los cuidados, a veces era zarandeado por un viento demasiado rugidor, y mientras esperaba estrellarse contra el piso, agitaba las alitas atrofiadas de su espalda y les sonreía a todos desde las alturas.

Para el dragoncito, la bodega, llena de apiladas cajas polvorientas, era el mundo entero. Otros, como las moscas, sabían que existía algo más allá de la puerta, pero les gustaba mucho vivir allí.

“Billy Corgan murió de sobredosis”, les dijo a unas ratas. Ellas sólo asintieron sorprendidas, pese a haber escuchado esa noticia decenas de veces y no saber quién fue Billy Corgan. “Todo indica que el nuevo Papa será estadounidense”, le dijo a una cucaracha que estaba arriba de otra cucaracha.

Luego supo qué tan malo era el fuego cuando lo del corto circuito del viejo radio; se propuso nunca, pero nunca, sacar aire tan fuertemente como para llamar al incendio que vive, según la tarántula, en su vientre.

Ahora las noticias no le importan: hace una semana cayó un aguacero que se filtró por el techo de lámina; unas gotas le salpicaron en su hocico-nariz en donde se le hacían hoyuelos al reír cuando escuchaba a una golondrina. “Qué buen chiste”, creía pensar, pero en realidad sólo eran trinos. Su hocico-nariz se corrugó con el agua... y se resfrió.

Hoy día se la pasa debajo de una silla rota, con el dedo muy cerca de la nariz, presto a inhibir el estornudo fatal: no quiere unirse a Fidel, a Billy, al anterior Papa, a la Bolsa Mexicana y al velador. Para los demás tampoco será fácil, aunque quizá logren escapar, ¿pero Rasabadú cómo podrá evitar a Rasabadú?

De vez en cuando piensa en el radio: “Él sí tenía cosas lindas que contar”, recuerda melancólico y de pronto le vienen en torbellino las imágenes de cómo sacaba chispas y se derretía.

Rasabadú quiere creer que cuando estornude escupirá confeti, mucho y de muchos colores. La tarántula dice que será fuego y que todos, hasta la bodega, morirán por su culpa. Lo único cierto es que él ya no tiene cabeza sino para estar triste y con mucho miedo.

Su resfriado aumenta, sus fuerzas menguan. No quiere morir derretido, no quiere acabar con el mundo entero.

“¿Será fuego o será confeti?”, pregunta titubeante una mosca a otra, mientras ven desde arriba al dragoncito de papel: arrebujado, con las orejas ya sin gallardía, con la mirada seca de tanta nostalgia y aquellos temblores con que despierta de las pesadillas.

“Es cuestión de esperar”, responde suspirando la otra mosca: “sólo de esperar”.

 

miércoles, 6 de marzo de 2024

Mal de ojo

Édgar Omar Avilés

 

Cuando tuve en mis manos el envase de cerveza tipo caguama que cumplía deseos –producto Z38 de Compras-TV S.A.– me di cuenta que en su etiqueta, bajo las pequeñas letras que sentenciaban “El abuso de este producto es nocivo para la salud”, se leía: “Sólo vale para un deseo”. Molesto ante tal restricción, pero aún motivado por los spots publicitarios de media hora que había visto decenas de veces, pronuncié el anhelo que encabezaba mi lista:

–Deseo que alguna parte de mi cuerpo se rebele.

No pensé en las proporciones que aquello podría alcanzar, aunque tal vez hubo suerte pues no se desprendió una mano, una pierna, los genitales o quizás todo el cuerpo del cuello para abajo; únicamente se rebeló mi ojo derecho. Al instante el bribón salió rodando, ¡cómo rebotaba de lo contento el muy ingrato! … Debí sospecharlo, desde hacía días me miraba de soslayo.

Tras un par de minutos de intenso gozo viendo cómo mi ojo buscaba y luego huía por la puerta tan ágilmente como se lo permitía su casi esférica figura, llegué a la conclusión que aquello no era tan fabuloso y que, quizá, debí de elegir la segunda opción de mi lista de deseos: “Terminar con el hambre en el mundo”.

Decepcionado, sin saber cómo reaccionar ante forma tan extraña de perder la vista, sólo me dije: “Ya volverá”, y no le presté importancia. Empecé a sentir mareos y decidí dormirme. En mi sueño veía cosas raras: banquetas, pies, llantas, ratas, cucarachas, basura, pero todo gigantesco, descomunal. Todo giraba y las imágenes se fundían como los colores de un rehilete. Me desperté asustado, pero las imágenes insólitas continuaban.

Soporté un par de días hasta que comprendí mi error: tenía que recuperar mi ojo. Así que me concentré un rato para observar por dónde andaba el infeliz; poco a poco lograba adaptarme a su rodar.

–No, cuidado, ¡fíjate! –grité. No me hizo caso–. ¡Qué asco! –exclamé con deseos de vomitar y no pude ver por dónde andaba el desgraciado sino hasta dos horas después.

Cuando recuperé la visión me di cuenta que el infame estaba en una feroz batalla contra una rata. El combate duró poco, la pobre rata no tuvo oportunidad. La mató sin miramientos.

El perverso continuó su rodar mundo, causándome visiones inauditas y conflictos existenciales: provocó un choque entre una ambulancia y dos camiones de bomberos; tuvo un breve, aunque fogoso y ciego amor con una canica de agua; le sacó un diente podrido a un perro; probó moras alucinógenas y aseguró que veía el futuro; en la esquina de una banqueta descubrió por sí mismo el teorema de Pitágoras; un taquero lo confundió con un limón y estuvo a punto de ser partido en dos. Hasta intentó vender un monumento histórico a unos gringos. Imagino que hizo muchas cosas más, pero el muy ojete de vez en vez se tapaba la vista para que yo no viera.

Fue justo cuando el miserable escapaba de unos jugadores de ping-pong que por casualidad descubrí un letrero: “Welcome to Tijuana”.

–¿Cómo demonios logró hacer tantas cosas y viajar del DF a Tijuana en sólo tres días? –me pregunté de pronto.

Tuve suerte y unas horas después cayó en un enorme bache. Rápidamente me puse unos lentes oscuros, saqué mis ahorros y compré un boleto de autobús. Una vez en la frontera de Tijuana pregunté si alguien había visto un ojo irritado. No faltó quien diera algún dato importante y en menos de dos semanas encontré su paradero.

Mientras lo ayudaba a salir lo noté ojeroso y temblaba tanto de frío que parecía un cascabel. Ya no me reconocía: tenía la vista cansada. Supongo que pensó que le iba a hacer daño y, juntando sus escasas fuerzas, se me arrojó con toda su furia con la firme intención de aplastarme. Fue realmente penoso ver cómo sólo subía y bajaba de mi zapato, sin embargo su odio era verdadero. Me lanzaba una mirada espeluznante. Con el cuidado que el temor y la compasión pueden generar, lo agarré con dos varitas y lo coloqué en mi rostro, pero me quedó flojo: los dos ya estábamos muy flacos.

Han pasado cuatro meses desde entonces. He intentado salir con muchachas para así olvidar el desagradable incidente, pero ellas siempre gritan y luego escapan horrorizadas cuando intento besarlas, porque mi ojo derecho, el gran hijo de puta, de súbito da un giro de ciento ochenta grados hacia mi cerebro. En otras ocasiones quiere dar su punto de vista y empieza a oscilar, ya sea negando o afirmando, hasta que caigo desmayado.

No sé cuántos más tengan tan poca visión para comprar y hayan adquirido un envase de cerveza mágico, espero que el gobierno ya no permita este producto en el mercado.

 

Epílogo:

Estoy desesperado, tengo miedo, no sé qué voy a hacer. Ha transcurrido un par de años y pensé que había hecho buenas migas con mi traidor, ambicioso y muy, muy culero ojo anarquista: hasta le enseñé a prender la televisión, a usar el microondas y le compré las absurdas croquetas que me pidió para su perrilla. Ahora me angustia la carta-ultimátum que escupí anoche en la que se me comunica que un batallón, comandado por mi ojo y conformado por mis dientes, exige mi rendición.

 

lunes, 4 de marzo de 2024

La ley

Édgar Omar Avilés

 

Dios se disponía a fulminar a ese hombre que estaba por dispararle al tigre que estaba por saltar sobre el águila que estaba por clavar su pico en la comadreja que estaba por desgarrar a la serpiente que estaba por engullir a la rata que estaba por desentrañar a la tarántula que estaba por envenenar al escarabajo que estaba por atenazar al gusano que estaba por morder la hoja.

Dios se disponía a fulminar a ese hombre pero, lleno de pánico, volteó hacia atrás.

 

domingo, 3 de marzo de 2024

Genaro

Édgar Omar Avilés

 

Genaro, seguido por sus dos hermanos, observa con curiosidad al nuevo en brazos de su madre. Los cuatro parpadean a la vez.

–¿Qué tanto miran?, ¡váyanse a calentar la sopa y luego se sirven! –grita a los niños que prestos se dirigen a poner leña en el fogón–. Venga al cuarto, comadre, quiero contarle algo.

–Bueno, pero rápido que ya empezó la procesión.

Las dos mujeres, prematuramente avejentadas, se sientan en el borde de la cama. Antonia estira un poco la mano izquierda para subir volumen a la radio, que no tiene ninguna estación sintonizada; su mano derecha sostiene con firmeza al bebé.

–Es demasiado raro, comadre… usted sabe de lo que le hablo.

–No se preocupe, son cosas de escuincles. Siempre quieren arremedar al más mayor.

–Pue’ que sí. Pero hasta cuando Genaro se baña, los otros se menean, como si estuvieran bajo la manguera. O empiezan a restregarse.

–¿Y su viejo lo sabe? –pregunta mientras cruza los brazos.

–No, con eso de que nomás viene a encargarlos y se va pa’ la capital.

–¡Mmmm, qué caray! –exclama molesta y voltea hacia la tarde que se cuela por la ventana: ve un cielo sin nubes donde el intenso Sol no hace desaparecer a la Luna.

–Una vez vi a Genaro patear una piedra y que de repente siento algo en la panza, cuando aún estaba en espera del tercero.

–Eso pasa a veces. ¿Pa’ cuándo bautiza al chilpayate?

–Después de la cuarentena. Ayer de pura curiosidad les conté los lunares, cada uno tiene setenta y ocho –dice y mata una mosca en su mejilla.

–Pero muchos salen por requemarse o por tragar arañas.

–Y la semana pasada mientras le daba de comer, el chiquito me mordió bien fuerte; aunque no tiene dientes me la dejó lastimada. Luego supe que aquél se estaba comiendo una manzana.

–Se hubiera puesto clara de huevo, es rebuena.

La procesión desfila junto a la casa, los devotos se ríen con fuerza para ahuyentar los días difíciles.

–Y así es diario; seguido dicen las mismas palabras a la vez. Si se enferma, los otros también se ponen un poco malos.

–¿No serán puras coincidencias?, no se acuerda que a Canuta una vez…

–No. Además, como que se parecen mucho entre ellos.

–Dicen que sacrificar una coneja preñada es bueno pa’ que no haya tanta chiripa.

–Ya lo intenté rete hartas veces. Pa’ mí que es cierto lo que me dijo mi ‘amá cuando yo estaba en espera del segundo.

–¿Y qué le dijo? –inquiere con rapidez a la par que clava la mirada en la fotografía de una anciana.

–Que yo sólo tendría un hijo.

–Pos’ si ya son cuatro.

–Nomás tengo uno. Los otros se me hace que reencarnan del mayorcito –las arrugas de su frente se pronuncian mientras observa al bebé que mueve una mano como si utilizara una cuchara.

–¡Ay, comadre...!, qué cosas se le ocurren.

–No, en serio. Ya pasó una vez en la familia y no tiene caso gastar centavos en balde.

–¿Y qué piensa hacer?

Afuera se oye el chillido de un puerco al ser ahorcado por el líder de la procesión.

–Darles a los tres más grandes de eso pa’ las ratas, ya hasta lo puse en la sopa. Ahorita se lo han de estar tomando.

¡Hizo ya la pendejada!, ¿cómo se le ocurre? –dice moviendo la cabeza de derecha a izquierda.

Pos’ porque los cuatro son el mismo; sólo era cuestión de ver con cuál me quedaba. Y me dije: “Mejor con el chiquito, así vive más”.

–Pos’ sí le pensó en eso… ¡Qué le pasa al chilpayate! –pregunta muy asustada. Antonia responde con calma, después de respirar profundamente:

–Ya ve, se lo digo, a éste también le dan los retortijones. Pero no se preocupe, nomás los otros se pondrán tiesos. Pa’ cuando lo bautice le voy a poner Genaro.

 

sábado, 2 de marzo de 2024

El Deunkoza

Édgar Omar Avilés

 

Apurar los pasos; llegar cuanto antes al taller de narrativa. La tarea, bien asida bajo el brazo: un cuento que dejará admirados a todos, aun a sus más férreos detractores. Durante un mes gestó –entre libros, ensoñaciones, mucho café, borradores y desvelo– las doscientas ochenta y tres palabras de su obra, soberbiamente original.

De tanto correr llega agitado a la puerta del salón. Con un pañuelo que saca de la bolsa de su camisa se retira el sudor de la frente. Revisa por última vez el texto y abre la puerta. Todos están sentados alrededor de una mesa circular. Dirige sus pasos, muy lento, hacia el único lugar vacío. No saluda. Se sitúa junto a la silla. Permanece de pie.

–Por fin reconocerán mi superioridad literaria –comunica a sus compañeros; de forma arbitraria comienza con la lectura–: “El Deunkoza” –dice inflamado de orgullo.

Todos, extrañados, piden al unísono nuevamente el título.

–“El Deunkoza” –reitera con un timbre aún más pedante.

Su compañero de la izquierda le arrebata el texto para examinarlo: termina de hacerlo con la mirada torva, perdida. Luego otro aprendiz de escritor arrebata el cuento. Se repite el proceso, con las mismas consecuencias, en sentido horario. Hasta que la tarea llega otra vez con su dueño. Un silencio estremecedor se desliza por el recinto. Jamás imaginó que su cuento fuese tan impactante.

–Al parecer desconozco los límites de mi genio –dice vomitando ego. Sin embargo también su mirada se pierde, cuando sus nueve compañeros y el maestro arrojan al centro de la mesa sus respectivos cuentos. En todos ellos se lee por título: “El Deunkoza”, y sin duda cada uno está compuesto por doscientas ochenta y tres palabras.

 

miércoles, 26 de julio de 2023

Extravías

Édgar Omar Avilés

 

Las calles se aparean. Aprendieron de los hombres y mujeres nocturnos. Y de sus amores prohibidos nacen hijos legítimos y bastardos. Monstruos y superdotados. Callejones y cerradas, avenidas redundantes y carreteras sin sentido. Así se gestó el laberinto. Y nadie, nunca, podrá volver de nuevo a casa.