domingo, 27 de septiembre de 2026

La noche del traje gris

Francisco Tario

 

Sonaban en el reloj del hall las once, cuando mi dueño cerró el libro que leía desde la tarde y se encaminó rumbo a su alcoba. Una vez allí dio dos vueltas a la llave, entreabrió un poco la ventana –puesto que es primavera– y comenzó a desnudarse con mayor calma que de costumbre.

Mi dueño es un hombre hercúleo, algo infernal y muy alegre, a quien las mujeres miran siempre pecaminosamente y los hombres con envidia. Se viste a la última moda, no piensa jamás en la muerte, ni por asomos frecuenta la iglesia y a menudo sale de viaje. Cuando esto último ocurre, me lleva indefectiblemente sobre sus espaldas, no sin enviarme de antemano a la planchaduría. También me adorna entonces con una camisa blanca, un pañuelo del mismo color y una corbata de seda, poblada de lunares rojos. En especialísimas circunstancias usa guantes: unos guantes de color vainilla, con los pespuntes negros, y siempre desabrochados, dejando visible el reloj de oro sobre la muñeca velluda y sólida.

Puedo afirmar ante todo que se trata de un hombre riquísimo –tal vez un millonario– porque así lo demuestran mil vanidades distintas: el palacio en que vive, los criados que lo sirven, el perfume con que se peina y el automóvil que tripula. Frecuenta la ópera, los balnearios equívocos, los casinos de juego y los cabarets más inmundos. Durante el día hace deporte –monta a caballo, juega tenis y nada–; almuerza en restaurantes llenos de espejos, acompañado generalmente de bellas pecadoras impúdicas; charla, juega al póker y da un paseo en canoa o en auto. Por la noche se viste de etiqueta y baila, o bien acude a algún concierto sinfónico si se interpreta a Beethoven.

Gran parte de estos pormenores los he observado por mí mismo; otros, en cambio, los aprendí de labios de mis compañeros. ¡Ah!, prisioneros en el armario, cuando todo calla en la residencia, dialogamos los trajes sabrosamente, mas con cautela, cuidando de no ser sorprendidos. Cierta noche, por ejemplo, uno de mis vecinos –un traje beige con unos cuadros tan estupendos que más parece una jaula– no supo contener la risa. Eran aproximadamente las cuatro de la mañana y el amo se despertó. Dio la luz, mirando sobrecogido a todas partes. Atisbó, con la cabeza de lado. Mas no conforme con esto, se levantó rápidamente, se echó encima un batín y empuñó el revólver. Así lo vi salir de la estancia, apuntando con el cañón a los rincones.

A partir de incidente tan bochornoso, nos cuidamos, digo, de provocar escándalo alguno, lo cual, dicho sea de paso, no es tarea fácil, ya que existen trajes dotados de prodigioso humorismo que relatan los episodios más dramáticos del modo más cómico de la Tierra.

Preferentemente, como es lógico suponer, nuestras conversaciones versan sobre asuntos de nuestro propio mundillo: solapas, costuras, bolsillos… Los bolsillos son nuestros órganos capitales: el hígado, los pulmones, el corazón, el estómago. Las costuras, nuestras arterias. Nuestras solapas, el rostro. De ahí que cuando deseemos conocer la edad, salud o condición moral de un individuo, fijemos nuestra atención en éstas: las arrugas, la calvicie y el artritismo se reflejan inevitablemente en ellas. Y lo propio sucede con la herejía, la piedad, la avaricia y la mansedumbre. Hablamos, insisto, de nuestras experiencias diarias, de nuestras contingencias, de nuestros reprobables deslices con algún vestido de señora. Quien narra una cita de amor; quien un acto de caridad; quien una vulgar extravagancia o una riña.

–Entre estos brazos que aquí veis –nos reveló en cierta ocasión un compañero bastante malvado– he estrechado delirantemente los tules del vestidito más subyugante y apetecible que hayáis visto jamás…

Otro, evocando un desaguisado, comentó:

–El automóvil del amo –que me odia con un rencor inextinguible– diome artera puñalada. Aconteció frente al casino, durante un crepúsculo de mayo… me la tiró aquí, sobre el omoplato y era mortal de necesidad. Pero gracias a mi pericia, conseguí verificar una maniobra muy hábil y apenas si alcanzó a herirme en un brazo. ¡Oh, fue una verdadera fortuna!

Hay trajes cristianos y altruistas –mis exclusivos amigos– capaces de la más heroica renuncia; trajes que, por ejemplo, sacrifican gustosamente su excursión casual, con objeto de cedérsela a un camarada enfermo. Sucede así: durante la noche se estrujan, se refriegan, se comprimen como sardinas. A la mañana siguiente, el amo los extrae de su escondrijo y comienza a vomitar improperios. Entonces, requiere al criado; y lo amonesta; y lo zarandea. Al fin, elige otro traje. De ordinario, como era de esperarse, el que más se asemeja al primero.

No obstante, según debe ocurrir también entre los hombres, existen trajes impuros, ofensivos y viles. Trajes que se entretienen, mientras dormimos, en descomponer nuestra figura o en afear nuestros semblantes; trajes canallas y fanfarrones que se mofan de nuestras desventuras, de nuestra morigeración, de nuestros temores religiosos. Trajes libertinos y execrables –verdaderos candidatos al averno– que, aun de viejos, se atildan repugnantemente, con la ilusión grosera de alguna sórdida aventura. Por castigo del cielo suelen ser éstos los negros o aquellos cuyo color no acertaría a descifrar el pintor más ducho en matices. Se les distingue muy fácilmente por la expresión malsana de sus ojos, por la rigidez de sus piernas –víctimas incurables de alguna enfermedad abyecta–, por los ademanes tardíos de sus brazos, por la calvicie prematura.

No es extraño oírles vanagloriarse:

–Hoy violé a una niña…

Y nos refieren con todo lujo de detalles, la pornográfica historieta de cierto uniforme de colegiala sacrificado en la planchaduría durante la noche.

Pues bien. Mi amo esta vez ha procedido a desnudarse con toda calma, ordenando celosamente mis tres piezas sobre una silla, cual si se propusiera utilizarme de nuevo mañana. Ya ha quitado la luz, y lo siento revolverse entre las sábanas. Todo está en sombras, recogido, expectante. Del jardín asciende, a impulsos del aire, el perfume de los claveles, las mimosas y los rosales. Escucho el gotear del agua en la fuente de piedra y el canto de los grillos. También, de tiempo en tiempo, viene hasta mí el rumor del reloj en la planta baja del edificio y, regularmente, sus campanadas siniestras, profundas, alarmantes.

“El tiempo huye”, pienso encomendándome a Dios. Pero acude el diablo.

Y por primera vez en mi existencia piadosa –involuntariamente, lo juro– comienzo a ser víctima de los más atroces pensamientos, de las alucinaciones más tenebrosas. Uno a uno, desfilan ante mis ojos con minuciosidad insufrible los episodios más salientes de mi vida; uno a uno, como espectros, danzan alrededor mío, dilatan sus sombras, exageran su contenido, huyen, vuelven y se dispersan, abrumándome con su espantosa monotonía. Nada, nada hay en ellos de interesante, sensacional o misterioso. Todo es gris, gris, como el color que llevo a cuestas: románticos e infructuosos amores; sacrificios estériles; titubeos irreparables; exaltaciones ridículas; prolongados y horrendos encierros en la obscuridad pavorosa del armario; ensueños…

Oigo, no sé dónde, una voz que me interroga:

“¿Qué sentido tiene, pues, tu vida?”

Me santiguo y pienso en Dios, en la Gloria, en el Fuego Eterno. Pretendo balbucir mis rezos. Invoco a los mártires, a las santas. Repito en voz baja los mandamientos. Pero nada ni nadie me auxilia; nada ni nadie acude en mi ayuda. Estoy solo, inexorablemente abandonado, como el más primitivo de los impíos.

Y la voz insiste:

“¡Oh, tu vida es tonta, tonta, inútil! Muy pronto envejecerás y todo habrá concluido. Como un miserable perro, merodearás por los tugurios, por las iglesias, por los basureros públicos. Se extinguirá tu virilidad, se embotará tu cerebro, la corriente en tus venas será cada día menos impetuosa. Y un cúmulo de fracasos, de recuerdos ingratos, de arrepentimientos tardíos te aplastará bajo su peso. ¡Hay que vivir, vivir! –prorrumpe la voz ya a gritos–. ¡Vuestro deber es vivir! ¿Aún nadie lo ha comprendido?”

–¡Yo lo comprendo! –grito también, obsesionado por el péndulo–. Y me arranco una enorme cana: la única. A continuación recuerdo fríamente:

“Hoy he ido al Banco”.

En efecto: aquí está la cartera del amo, repleta de billetes de todas clases.

Estiro piernas y brazos; me visto el chaleco; enderezo la espalda; me incorporo, hecho un hombre. Distingo mi sombra en el muro, proyectada por cierto fulgor invisible, y me sobrecojo un poco.

“Es la novedad”, me consuelo.

Avanzo en dirección al amo, inclinándome sobre su cabeza. Pero duerme, duerme el pobrecito como un patriarca o un gato, y estoy a punto de retractarme al considerarlo tan débil.

–¡Fuera prejuicios! –exclamo, sacudiendo un brazo.

Y bebiéndome las lágrimas, me descuelgo por el balcón.

Un vientecillo risueño y fresco mece los árboles. La luna, las estrellas, las pequeñas nubes, de cara al vacío, tiemblan ante las explosiones de la primavera. ¡Cómo huelen los frutos, la tierra, las plantas! ¡Cómo susurran las hojas, el agua, la hiedra…!

Luego de ajustarme brevemente el chaleco y de tirarme en debida forma de la americana, avanzo hasta la reja y me deslizo por entre los barrotes.

–¡Ya soy libre, libre, libre! –prorrumpo en la calle, manoseando la cartera.

Y me lanzo cuesta abajo por una avenida muy amplia que se bifurca graciosamente. Por todas partes crecen los robles, los abedules, las hayas, y en sus ramas duermen los pájaros. Las ramas son muy exuberantes, se entrelazan caprichosamente y adoptan posturas ingenuas: ora es un hombre a horcajadas sobre una serpiente; una bruja anciana junto a un pozo; una joven peinándose; un diablo; un apóstol…

Camino, camino, y el tiempo transcurre irremediablemente. La ciudad está aún lejos. ¿Tan lejos que nunca podré alcanzarla? Por lo pronto, heme aquí en la carretera. De tarde en tarde cruza un automóvil y yo me oculto entre la maleza, temeroso de que el amo haya descubierto mi fuga y se dirija hacia acá con la pistola en la mano. De improviso, observo que a lo lejos un hombre se aproxima. No me inmuto lo más mínimo y prosigo mi marcha: gallardo, triunfante, resuelto, como atañe a un traje gris, rico y libre.

“Debe ser un miserable tahonero aburrido de su familia”, deduzco con sorna.

Pero ocurre que cuando estoy a regular distancia de él, le veo detenerse, titubear, llevarse las manos a los ojos y huir, lanzando gritos angustiosos.

–¡Se espantó! –razono muy satisfecho–. Un traje gris que camina solo, camina, camina… no debe ser grato.

Me desternillo de risa y al punto la sangre se hiela en mis venas.

–¡Pero entonces no podré ir a ninguna parte!

Siento que el corazón me sofoca, que algo áspero y frío me desciende por la espina y que la tierra gira a mis pies como una rueda. Mediante un esfuerzo sobrehumano del que nunca me consideré capaz, sigo adelante, dando pronto con la solución más cómoda.

“Es menester adjudicarse un hombre”.

Me pierdo en la enramada y salgo con una estaca en la mano. Ya tiemblan las luces de la ciudad cercana. Comienzan a aparecer las mansiones, señoriales, inmaculadas, la mayor parte en tinieblas. El cielo es ahora rojo, cuadrado y tremendo… pero no hay un alma viviente a la vista.

Por fortuna, al doblar una esquina descubro a la víctima caminando sobre la misma acera que yo. Veo sus espaldas fornidas, temibles, iluminadas oblicuamente por los farolones de gas. Percibo sus pasos burdos, huecos, igual que los de un policía o un caballo. Me apresuro y llego tan cerca de él que distingo con precisión absoluta la canción que tararea entre dientes. Pienso en mil cosas concretas y alegres. En mí.

“Un traje gris que camina, camina…”

Y cuando susurra:

“Ven a mis brazos, amada…”

Alzo la estaca y lo mato de un solo golpe. Debí fracturarle el cráneo. El hombre enmudece –amadaaa–, se tambalea sobre un pie, me mira ya muerto, lanza una especie de mugido y se desploma contra el asfalto, reblagado y estúpido.

Sin pérdida de tiempo lo desnudo, vistiéndolo a continuación con mis ropas. Los pantalones le son un tanto cortos, pero las demás prendas le sientan a maravilla. No pesa demasiado… rompo a andar más optimista que nunca, y en aquel preciso momento comienza a aullar un perro. Dobla una campana en lo alto, anunciando la hora: las tres. Ahora sí distingo mis pisadas con estos zapatotes que llevo…

–¿Qué procede hacer? –me pregunto.

¡Oh! Transcurre la noche sin que nada interesante se me ocurra. Cruzo ante cabarets, restaurantes, hoteles, toda suerte de mazmorras. Nada me atrae. Compro, por distraerme, un habano y se lo meto en la boca al muerto. En una taberna le ofrezco una copa de ron; otra; otra. Me parece que va perdiendo el equilibrio. Así es: en una esquina me suplica me detenga y se aprieta el estómago con verdadera furia. Un líquido caliente y agrio, semejante a un chorro de alquitrán, surge bajo sus bigotes embadurnados.

“Ahora voy más ligero”, admito, mirando de reojo al pozo de sangre.

Y el panorama persiste horrible: garitos, hospitales, templos, comercios, hogares en penumbra.

“¡Cuánta ruina en la vida de los hombres! –medito–. Cuánta complicada inmundicia! ¡Ni un simple traje gris como yo alcanza a hallar en todo esto aliciente alguno!”

Penetro en un casino de juego y arriesgo unas monedas a la ruleta. Después, un buen puñado de billetes. La bolita salta y rueda y me produce risa. Cuando me levanto, porto en los bolsillos una monstruosa fortuna.

“Se creen demasiado listos”, pienso, observando a todos aquellos seres asustados y pálidos, de ojos hipócritas.

Aunque convengo allí mismo:

“¿Y de qué me sirven tantos miles?”

Lanzo al espacio los billetes, y los hombres, a su vez, se lanzan en pos de aquéllos, desgarrándose el frac y otras cosas. Derriban sillas y mesas, se acometen bárbaramente, se congestionan de ansiedad, ruedan unos sobre otros como piedras.

Así los dejo y salgo a la intemperie, poseído del aburrimiento más atroz. El mar suena en alguna parte y su murmullo me deprime hasta lo indecible, sugiriéndome ideas nefastas. Ideas que, de ser yo un hombre, me impulsarían irremediablemente a incendiar todos aquellos edificios, con sus criados, sus perros, sus amos y sus caballos. Entreveo las olas negras, coronadas de espuma, lamiendo la costa recia. Distingo el olor saludable y fresco del mar… llego a la playa y me paseo a obscuras, muy pensativo, con las manos atrás. Totalmente desolado, dejo que el viento rice mis cabellos, que alivie si es posible mi confusión.

–¡Oh, los hombres, los hombres, los hombres!

Los tropiezo a cientos, todos absurdamente iguales; todos me desesperan. Unos son policías y portan amenazadoramente una linterna en la mano. Otros van borrachos y eructan, apestando el aire puro. Otros deben ser millonarios y abordan sus tumbas con ruedas. Otros son músicos, gigolós, reverendos, ministros. ¡No hay diferencia entre ellos! Sin embargo, ellos piensan que sí.

“¿Y para esto se multiplican? –cavilo–. ¿Y para esto defienden con semejante furor sus vidas? ¿Y para esto se mandan a hacer trajes caros, cuando podrían andar perfectamente en cueros?”

Fatigado, con el corazón maltrecho, decepcionado de la noche, de los billetes, de Lucifer y del regocijo humano, me dejo caer sobre el césped húmedo de un parque. Me tumbo, al cabo, cuan largo soy, y pronto advierto por entre los troncos de los árboles a dos mujeres que avanzan perezosamente. Examino con curiosidad sus figuritas flexibles, sus rostros de niñas anémicas, sus ancas repletas de yegua. Visten admirablemente y se adornan con joyas exquisitas. Me pongo en pie, sin titubeos. Las abordo, y ellas pretenden gritar, pidiendo auxilio, mas yo las tranquilizo al punto, como se tranquiliza a cualquier criatura mortal por desdichada que sea. Esto es, mostrándole muchos papeles de banco. Azoradas, cambian entre sí miradas de pasmo, calculando tal vez con sus cabezas cuadradas que se trata de un bandolero o un lunático. Reaccionan en suma.

–¿Vamos? –las invito, sin ningún preámbulo.

–¡Vamos!

Detengo a un taxi y nos hundimos en su penumbra sucia. Las mujercitas, poco a poco, comienzan a insinuárseme, manoseando la barbilla del muerto o palmoteándole sobre el vientre. El pecho, a ratos, amenaza con escapárseles por el descote. Sus muslos tiemblan prometedora y ansiosamente. Hay no sé qué húmedo, criminal y tristón en sus ojos. Mas nada de esto me interesa.

–Aprovéchate si quieres –aconsejo al cadáver.

Pero él qué ha de aprovecharse. Ahí va quieto, mudo, duro como un garrote.

Transcurridos unos minutos, nos apeamos frente a un hotel de los más célebres por cuyas terrazas en sombra discurren grupos de hombres y mujeres sospechosamente. La playa está cercana y el agua sigue sonando, sonando… a poco ya estamos los tres instalados en el mejor aposento del edificio. La atmósfera es en extremo tibia, perfumada y propicia. Una gran colcha de damasco cubre el lecho, y los muebles están construidos de maderas claras. La noche, tras los visillos, se muestra ahora más limitada y benigna.

Dan principio los galanteos, las caricias, los besos: toda esa serie de explosiones groseras y cínicas, tan poco saludables, a que se entregan los hombres en cuanto se sienten contentos.

–Desnudaos las dos –ordeno.

Proceden a quitarse las ropas mientras yo las contemplo de cerca. De un golpe, saltan ambas al lecho, cual si en realidad mi presencia las intimidara profundamente. Por el contrario, ríen de un modo histérico, pellizcándose las ancas.

“Se suponen tentadoras”, pienso con burla.

Y me siento con el muerto en una silla. Ahí sigue: tieso, de gris, solemne; las piernas, velludas y azules; el vientre, repleto de intestinos muertos. Quito la luz y las mujeres flirtean.

–¿Por qué nos dejas a obscuras si nuestros cuerpecitos son tan lindos? ¿O es que no te gusta mirarnos?

Por respuesta, tomo al cadáver por los sobacos, me desembarazo de él y se lo arrojo a ellas con todas mis fuerzas. Suenan reír y protestar a un tiempo.

–¡Bruto! –chilla una amigablemente, al recibir sobre su carne desnuda la mole fría y patética del desdichado.

Y sin perder un segundo me apodero de los vestiditos de las mujeres galantes, saliendo a toda prisa de la alcoba. En el pasillo, una dama al verme, se desmaya, exhibiendo sus ligas violeta. Más adelante un botones se estrella, en su pánico, contra el muro.

Cruzo el vestíbulo, como un endemoniado. Salgo a la calle. Me precipito contra un transeúnte que lleva a cuestas un contrabajo y desaparezco en un taxi. Huyo, huyo, ahora sí, con la sangre envenenada de deseo.

Primeramente los vestiditos desconfían, pretenden llorar, suplican piedad en silencio.

–¡No lloréis! –les digo a propósito–: no temáis que sea yo un bandolero o un sádico. No soy ningún delincuente. Por el contrario, soy un millonario de las mejores costumbres que ha salido a divertirse.

Ya ríen ellas, entreabriendo sus boquitas húmedas. Ya me miran complacientemente, agitando sus juveniles miembros.

“Se me entregarán sin lucha”, comprendo.

Y echo mano a la obra, rodeando sus cinturitas traviesas, sus dedos ardientes, sus primorosos velos. Desfalleciente, con una insoportable angustia en las rodillas, ordeno al chofer:

–¡Deténgase!

Bajamos, no lejos de la mansión de mi amo. Por entre la fronda azul asoman sus terrazas fatales, sus paredes inicuas, sus cristales malditos. A lo largo de una vereda, bajo las ramas sollozantes de los sauces, nos dirigimos al lago. Vamos los tres del brazo, lo mismo que tres adolescentes prófugos: locuaces, risueños, excitantes. Yo voy cortando flores para mis amiguitas lindas y ellas las van deshojando entre sus dedos, cubriendo la tierra de pétalos. ¡Cómo nos amamos!

–¿Verdad que nos amamos? –indago.

Pero, de súbito, se ponen tristes, palidecen y no quieren más flores. Están, creo, al borde de echarse a llorar. Yo las invito entonces a pasear en lancha, y pronto el agua nos circunda, una luz diáfana y extraña nos envuelve, y la canción misteriosa de la noche, cálida, sugerente, se difunde a través de mil invisibles gargantas.

–¿Verdad, verdad que nos amamos?

Por respuesta, un hedor inconfundible, enteramente inesperada, salobre, mensual, se me agarra a la garganta. ¡Oh dolor!

En la orilla cabecean los sauces, multiplicados por las ondas. Las ondas son amplias, elásticas, y se despliegan cada vez más cautivantes, formando una inmensa copa frágil. La luna riela, auscultando la tierra…

¡Oh dolor, dolor, dolor!

Y la desesperación hace presa en mí. Reniego de mi mala estrella.

–¡Si tuviera a mano un laúd! –prorrumpo, en el colmo del erotismo frustrado.

Las pupilas de ellas se iluminan.

–¿Eres músico? –inquiere una muy tiernamente.

–¡Soy un desdichado! –grito, escupiendo con asco.

Y agrego a poco, mesándome los cabellos:

–¡Suicidémonos!

–¡Suicidémonos! –responden a dúo.

Casi amanece cuando nos lanzamos al agua. Nos lanzamos los tres de la mano, con suavidad, suspirando amargamente, temblando de pasión y frío, cada cual con una flor en la mano: tristes, tristes, tristes…

 

(Tomado de www.gastronomialiteraria.blogspot.com)

 

Comadreja en casa

Jordi Cebrián

 

Una amiga mía se compró una comadreja, que resultó ser muy caprichosa. El bicho no quiere estar en la jaula, así que campa a sus anchas todo el día. Tampoco quiere comida de lata, sino sólo refinados guisos, y se enfada si la comida no está a tiempo. No muerde, pero enseña los dientes a la mínima. Cuando ella llega del trabajo, las botellas de licor están vacías, y la comadreja duerme en el sofá, con la tele encendida, toda la casa sucia y revuelta. Y ya lleva días insistiéndole en que el piso esté a nombre de los dos.

 

(Tomado de www.cienpalabras.blogspot.com)

 

Estío

Inés Arredondo

 

Estaba sentada en una silla de extensión a la sombra del amate, mirando a Román y Julio practicar el volley-ball a poca distancia. Empezaba a hacer bastante calor y la calma se extendía por la huerta.

–Ya, muchachos. Si no, se va a calentar el refresco.

Con un acuerdo perfecto y silencioso, dejaron de jugar. Julio atrapó la bola en el aire y se la puso bajo el brazo. El crujir de la grava bajo sus pies se fue acercando mientras yo llenaba los vasos. Ahí estaban ahora ante mí y daba gusto verlos, Román rubio, Julio moreno.

–Mientras jugaban estaba pensando en qué había empleado mi tiempo desde que Román tenía cuatro años… no lo he sentido pasar, ¿no es raro?

–Nada tiene de raro, puesto que estabas conmigo –dijo riendo Román, y me dio un beso.

–Además, yo creo que esos años realmente no han pasado. No podría usted estar tan joven.

Román y yo nos reímos al mismo tiempo. El muchacho bajó los ojos, la cara roja, y se aplicó a presionarse un lado de la nariz con el índice doblado, en aquel gesto que le era tan propio.

–Déjate en paz esa nariz.

–No lo hago por ganas, tengo el tabique desviado.

–Ya lo sé, pero te vas a lastimar.

Román hablaba con impaciencia, como si el otro lo estuviera molestando a él. Julio repitió todavía una vez o dos el gesto, con la cabeza baja, y luego sin decir nada se dirigió a la casa.

A la hora de cenar ya se habían bañado y se presentaron frescos y alegres.

–¿Qué han hecho?

–Descansar y preparar luego la tarea de cálculo diferencial. Le tuve que explicar a este animal A por B, hasta que entendió.

Comieron con su habitual apetito. Cuando bebían la leche Román fingió ponerse grave y me dijo.

–Necesito hablar seriamente contigo.

Julio se ruborizó y se levantó sin mirarnos.

–Ya me voy.

–Nada de que te vas. Ahora aguantas aquí a pie firme –y volviéndose hacia mí continuó–: es que se trata de él, por eso quiere escabullirse. Resulta que le avisaron de su casa que ya no le pueden mandar dinero y quiere dejar la carrera para ponerse a trabajar. Dice que al fin apenas vamos en primer año…

Los nudillos de las manos de Julio estaban amarillos de lo que apretaba el respaldo de la silla. Parecía hacer un gran esfuerzo para contenerse; incluso levantó la cabeza como si fuera a hablar, pero la dejó caer otra vez sin haber dicho palabra.

–…yo quería preguntarte si no podría vivir aquí, con nosotros. Sobra lugar y…

–Por supuesto; es lo más natural. Vayan ahora mismo a recoger sus cosas: llévate el auto para traerlas.

Julio no despegó los labios, siguió en la misma actitud de antes y solo me dedicó una mirada que no traía nada de agradecimiento, que era más bien un reproche. Román lo cogió de un brazo y le dio un tirón fuerte. Julio soltó la silla y se dejó jalar sin oponer resistencia, como un cuerpo inerte.

–Tiende la cama mientras volvemos –me gritó Román al tiempo de dar a Julio un empellón que lo sacó por la puerta de la calle.

Abrí por completo las ventanas del cuarto de Román. El aire estaba húmedo y hacia el oriente se veían relámpagos que iluminaban el cielo encapotado; los truenos lejanos hacían más tierno el canto de los grillos. De sobre la repisa quité el payaso de trapo al que Román durmiera abrazado durante tantos años, y lo guardé en la parte alta del clóset. Las camas gemelas, el restirador, los compases, el mapamundi y las reglas, todo estaba en orden. Únicamente habría que comprar una cómoda para Julio. Puse en la repisa el despertador, donde estaba antes el payaso, y me senté en el alféizar de la ventana.

 

***

–Si no la va a ver nadie.

–Ya lo sé, pero…

–¿Pero qué?

–Está bien. Vamos.

Nunca se me hubiera ocurrido bajar a bañarme al río, aunque mi propia huerta era un pedazo de margen. Nos pasamos la mañana dentro del agua, y allí, metidos hasta la cintura, comimos nuestra sandía y escupimos las pepitas hacia la corriente. No dejábamos que el agua se nos secara completamente en el cuerpo. Estábamos continuamente húmedos, y de ese modo el viento ardiente era casi agradable. A mediodía, subí a la casa en traje de baño y regresé con sándwiches, galletas y un gran termo con té helado. Muy cerca del agua y a la sombra de los mangos nos tiramos para dormir la siesta.

Abrí los ojos cuando estaba cayendo la tarde. Me encontré con la mirada de indefinible reproche de Julio. Román seguía durmiendo.

–¿Qué te pasa? –dije en voz baja.

–¿De qué?

–De nada –sentí un poco de vergüenza.

Julio se incorporó y vino a sentarse a mi lado. Sin alzar los ojos me dijo:

–Quisiera irme de la casa.

Me turbé, no supe por qué, y solo pude responderle con una frase convencional.

–¿No estás contento con nosotros?

–No se trata de eso es que…

Román se movió y Julio me susurró apresurado.

–Por favor, no le diga nada de esto.

 

***

–Mamá, no seas, ¿para qué quieres que te roguemos tanto? Péinate y vamos.

–Puede que la película no esté muy buena, pero siempre se entretiene uno.

–No, ya les dije que no.

–¿Qué va a hacer usted sola en este caserón toda la tarde?

–Tengo ganas de estar sola.

–Déjala, Julio, cuando se pone así no hay quién la soporte. Ya me extrañaba que hubiera pasado tanto tiempo sin que le diera uno de esos arrechuchos. Pero ahora no es nada, dicen que recién muerto mi padre…

Cuando salieron todavía le iba contando la vieja historia. El calor se metía al cuerpo por cada poro; la humedad era un vapor quemante que envolvía y aprisionaba, uniendo y aislando a la vez cada objeto sobre la tierra, una tierra que no se podía pisar con el pie desnudo. Aun las baldosas entre el baño y mi recámara estaban tibias. Llegué a mi cuarto y dejé caer la toalla; frente al espejo me desaté los cabellos y dejé que se deslizaran libres sobre los hombros, húmedos por la espalda húmeda. Me sonreí en la imagen. Luego me tendí boca abajo sobre el cemento helado y me apreté contra él: la sien, la mejilla, los pechos, el vientre, los muslos. Me estiré con un suspiro y me quedé adormilada, oyendo como fondo a mi entresueño el bordoneo vibrante y perezoso de los insectos en la huerta.

Más tarde me levanté, me eché encima una bata corta, y sin calzarme ni recogerme el pelo fui a la cocina, abrí el refrigerador y saqué tres mangos gordos, duros. Me senté a comerlos en las gradas que están al fondo de la casa, de cara a la huerta. Cogí uno y lo pelé con los dientes, luego lo mordí con toda la boca, hasta el hueso; arranqué un trozo grande, que apenas me cabía y sentí la pulpa aplastarse y al jugo correr por mi garganta, por las comisuras de la boca, por mi barbilla, después por entre los dedos y a lo largo de los antebrazos. Con impaciencia pelé el segundo. Y más calmada, casi satisfecha ya, empecé a comer el tercero.

Un chancleteo me hizo levantar la cabeza. Era la Toña que se acercaba. Me quedé con el mango entre las manos, torpe, inmóvil, y el jugo sobre la piel empezó a secarse rápidamente y a ser incómodo, a ser una porquería.

–Volví porque se me olvidó el dinero –me miró largamente con sus ojos brillantes, sonriendo–: Nunca la había visto comer así, ¿verdad que es rico?

–Sí, es rico –y me reí levantando más la cabeza y dejando que las últimas gotas pesadas resbalaran un poco por mi cuello–. Muy rico –y sin saber por qué comencé a reírme alto, francamente. La Toña se rio también y entró en la cocina. Cuando pasó de nuevo junto a mí me dijo con sencillez:

–Hasta mañana.

Y la vi alejarse, plas, plas, con el chasquido de sus sandalias y el ritmo seguro de sus caderas. Me tendí en el escalón y miré por entre las ramas al cielo cambiar lentamente, hasta que fue de noche.

 

***

Un sábado fuimos los tres al mar. Escogí una playa desierta porque me daba vergüenza que me vieran ir de paseo con los muchachos como si tuviéramos la misma edad. Por el camino cantamos hasta quedarnos con las gargantas lastimadas, y cuando la brecha desembocó en la playa y en el horizonte vimos reverberar el mar, nos quedamos los tres callados.

En el macizo de palmeras dejamos el bastimento y luego cada uno eligió una duna para desvestirse.

El retumbo del mar caía sordo en el aire pesado de sol. Untándome con el aceite me acerqué hasta la línea húmeda que la marea deja en la arena. Me senté sobre la costra dura, casi seca, que las olas no tocan.

Lejos, oí los gritos de los muchachos; me volví para verlos: no estaban separados de mí más que por unos metros, pero el mar y el sol dan otro sentido a las distancias.

Vinieron corriendo hacia donde yo estaba y pareció que iban a atropellarme, pero un momento antes de hacerlo Román frenó con los pies echados hacia adelante levantando una gran cantidad de arena y, cayendo de espaldas, mientras Julio se dejaba ir de bruces a mi lado, con toda la fuerza y la total confianza que hubiera puesto en un clavado a una piscina. Se quedaron quietos, con los ojos cerrados; los flancos de ambos palpitaban, brillantes por el sudor. A pesar del mar podía escuchar el jadeo de sus respiraciones. Sin dejar de mirarlos me fui sacudiendo la arena que habían echado sobre mí. Román levantó la cabeza.

–¡Qué bruto eres, mano, por poco le caes encima!

Julio ni se movió.

–¿Y tú? Mira cómo la dejaste de arena.

Seguía con los ojos cerrados, o eso parecía; tal vez me observaba así siempre, sin que me diera cuenta.

–Te vamos a enseñar unos ejercicios del pentatlón ¿eh?

Román se levantó y al pasar junto a Julio le puso un pie en las costillas y brincó por encima de él. Vi aquel pie desmesurado y tosco sobre el torso delgado. Corrieron, lucharon, los miembros esbeltos confundidos en un haz nervioso y lleno de gracia. Luego Julio se arrodilló y se dobló sobre sí mismo haciendo un obstáculo compacto mientras Román se alejaba.

–Ahora vas a ver el salto del tigre –me gritó Román antes de iniciar la carrera tendida hacia donde estábamos Julio y yo.

Lo vi contraerse y lanzarse al aire vibrante, con las manos extendidas hacia adelante y la cara oculta entre los brazos. Su cuerpo se estiró infinitamente y quedó suspendido en el salto que era un vuelo. Dorado en el sol, tersa su sombra sobre la arena. El cuerpo como un río fluía junto a mí, pero yo no podía tocarlo. No se entendía para qué estaba Julio ahí, abajo, porque no había necesidad alguna de salvar nada, no se trataba de un ejercicio: volar, tenderse en el tiempo de la armonía como en el propio lecho, estar en el ambiente de la plenitud, eso era todo. No sé cuándo, cuando Román cayó al fin sobre la arena, me levanté sin decir nada, me encaminé hacia el mar, fui entrando en él paso a paso, segura contra la resaca.

El agua estaba tan fría que de momento me hizo tiritar; pasé el reventadero y me tiré a mi vez de bruces, con fuerza. Luego comencé a nadar. El mar copiaba la redondez de mi brazo, respondía al ritmo de mis movimientos, respiraba. Me abandoné de espaldas y el sol quemó mi cara mientras el mar helado me sostenía entre la tierra y el cielo. Las auras planeaban lentas en el mediodía; una gran dignidad aplastaba cualquier pensamiento; lejos, algún grito de pájaro y el retumbar de las olas.

Salí del agua aturdida. Me gustó no ver a nadie. Encontré mis sandalias, las calcé y caminé sobre la playa que quemaba como si fuera un rescoldo. Otra vez mi cuerpo, mi caminar pesado que deja huella. Bajo las palmeras recogí la toalla y comencé a secarme. Al quedar descalza, el contacto con la arena fría de la sombra me produjo una sensación discordante; me volví a mirar el mar; pero de todas maneras un enojo pequeño, casi un destello de angustia, me siguió molestando.

Llevaba un gran rato tirada boca abajo, medio dormida, cuando sentí su voz enronquecida rozar mi oreja. No me tocó, solamente dijo:

–Nunca he estado con una mujer.

Permanecí sin moverme. Escuchaba al viento al ras de la arena, lijándola.

Cuando recogíamos nuestras cosas para regresar, Román comentó.

–Está loco, se ha pasado la tarde acostado, dejando que las olas lo bañaran. Ni siquiera se movió cuando le dije que viniera a comer. Me impresionó porque parecía un ahogado.

 

***

Después de la cena se fueron a dar una vuelta, a hacer una visita, a mirar pasar a las muchachas o a hablar con ellas y reírse sin saber por qué. Sola, salí de la casa. Caminé sin prisa por el baldío vecino, pisando con cuidado las piedras y los retoños crujientes de las verdolagas. Desde el río subía el canto entrecortado y extenso de las ranas, cientos, miles tal vez. El cielo, bajo como un techo, claro y obvio. Me sentí contenta cuando vi que el cintilar de las estrellas correspondía exactamente al croar de las ranas.

Seguí hasta encontrar un recodo en donde los árboles permitían ver el río, abajo, blanco. En la penumbra de la huerta ajena me quedé como en un refugio, mirándolo fluir. Bajo mis pies la espesa capa de hojas, y más abajo la tierra húmeda, olorosa a ese fermento saludable tan cercano sin embargo a la putrefacción. Me apoyé en un árbol mirando abajo el cauce que era como el día. Sin que lo pensara, mis manos recorrieron la línea esbelta, voluptuosa y fina, y el áspero ardor de la corteza. Las ranas y la nota sostenida de un grillo, el río y mis manos conociendo el árbol. Caminos todos de la sangre ajena y mía, común y agolpada aquí, a esta hora, en esta margen oscura.

Los pasos sobre la hojarasca, el murmullo, las risas ahogadas, todo era natural, pero me sobresalté y me alejé de ahí apresurada. Fue inútil, tropecé de manos a boca con las dos siluetas negras que se apoyaban contra una tapia y se estremecían débilmente en un abrazo convulso. De pronto habían dejado de hablar, de reír, y entrado en el silencio.

No pude evitar hacer ruido y cuando huía avergonzada y rápida, oí clara la voz pastosa de la Toña que decía:

–No te preocupes, es la señora.

Las mejillas me ardían, y el contacto de aquella voz me persiguió en sueños esa noche, sueños extraños y espesos.

Los días se parecían unos a otros; exteriormente eran iguales, pero se sentía cómo nos internábamos paso a paso en el verano.

Aquella noche el aire era mucho más cargado y completamente diferente a todos los que había conocido hasta entonces. Ahora, en el recuerdo, vuelvo a respirarlo hondamente.

No tuve fuerzas para salir a pasear, ni siquiera para ponerme el camisón; me quedé desnuda sobre la cama, mirando por la ventana un punto fijo del cielo, tal vez una estrella entre las ramas. No me quejaba, únicamente estaba echada ahí, igual que un animal enfermo que se abandona a la naturaleza. No pensaba, y casi podría decir que no sentía. La única realidad era que mi cuerpo pesaba de una manera terrible; no, lo que sucedía era nada más que no podía moverme, aunque no sé por qué. Y sin embargo eso era todo: estuve inmóvil durante horas, sin ningún pensamiento, exactamente como si flotara en el mar bajo ese cielo tan claro. Pero no tenía miedo. Nada me llegaba; los ruidos, las sombras, los rumores, todo era lejano, y lo único que subsistía era mi propio peso sobre la tierra o sobre el agua; eso era lo que centraba todo aquella noche.

Creo que casi no respiraba, al menos no lo recuerdo; tampoco tenía necesidad alguna. Estar así no puede describirse porque casi no se está, ni medirse en el tiempo porque es a otra profundidad a la que pertenece.

Recuerdo que oí cuando los muchachos entraron, cerraron el zaguán con llave y cuchicheando se dirigieron a su cuarto. Oí muy claros sus pasos, pero tampoco entonces me moví. Era una trampa dulce aquella extraña gravidez.

Cuando el levísimo ruido se escuchó, toda yo me puse tensa, crispada, como si aquello hubiera sido lo que había estado esperando durante aquel tiempo interminable. Un roce y un como temblor, la vibración que deja en el aire una palabra, sin que nadie hubiera pronunciado una sílaba, y me puse de pie de un salto. Afuera, en el pasillo, alguien respiraba, no era posible oírlo, pero estaba ahí, y su pecho agitado subía y bajaba al mismo ritmo que el mío: eso nos igualaba, acortaba cualquier distancia. De pie a la orilla de la cama levanté los brazos anhelantes y cerré los ojos. Ahora sabía quién estaba del otro lado de la puerta. No caminé para abrirla; cuando puse la mano en la perilla no había dado un paso. Tampoco lo di hacia él, simplemente nos encontramos, del otro lado de la puerta. En la oscuridad era imposible mirarlo, pero tampoco hacía falta, sentía su piel muy cerca de la mía. Nos quedamos frente a frente, como dos ciegos que pretenden mirarse a los ojos. Luego puso sus manos en mi espalda y se estremeció. Lentamente me atrajo hacia él y me envolvió en su gran ansiedad refrenada. Me empezó a besar, primero apenas, como distraído, y luego su beso se fue haciendo uno solo. Lo abracé con todas mis fuerzas, y fue entonces cuando sentí contra mis brazos y en mis manos latir los flancos, estremecerse la espalda. En medio de aquel beso único en mi soledad, de aquel vértigo blando, mis dedos tantearon el torso como árbol, y aquel cuerpo joven me pareció un río fluyendo igualmente secreto bajo el sol dorado y en la ceguera de la noche. Y pronuncié el nombre sagrado.

 

***

Julio se fue de nuestra casa muy pronto, seguramente odiándome, al menos eso espero. La humillación de haber sido aceptado en el lugar de otro, y el horror de saber quién era ese otro dentro de mí, lo hicieron rechazarme con violencia en el momento de oír el nombre, y golpearme con los puños cerrados en la oscuridad en tanto yo oía sus sollozos. Pero en los días que siguieron rehusó mirarme y estuvo tan abatido que parecía tener vergüenza de sí. La tarde anterior a su partida hablé con él por primera vez a solas después de la noche del beso, y se lo expliqué todo lo mejor que pude; le dije que yo ignoraba absolutamente que me sucediera aquello, pero que no creía que mi ignorancia me hiciera inocente.

–Lo nuestro era mentira porque aunque se hubiera realizado estaríamos separados. Y sin embargo, en medio de la angustia y del vacío, siento una gran alegría: me alegro de que sea yo la culpable y de que lo seas tú. Me alegra que tú pagues la inocencia de mi hijo aunque eso sea injusto.

Después mandé a Román a estudiar a México y me quedé sola.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)