viernes, 26 de junio de 2026

Moscas

Isaac Asimov

 

–Moscas –dijo Kendell Casey, cansado. Movió el brazo. La mosca dio la vuelta, regresó y se anidó en el cuello de la camisa de Casey.

Desde algún sitio por allí sonaba el zumbido de una segunda mosca.

El Dr. John Polen escondió un ligero estremecimiento de su barbilla moviendo el cigarrillo hacia los labios con premura.

–No esperaba encontrarte, Casey –dijo–. O a ti, Winthrop. ¿O debiera decirte reverendo Winthrop?

–¿Debería decirte profesor Polen? –dijo Winthrop, utilizando cuidadosamente el tono amistoso apropiado.

Cada uno de ellos estaba tratando de acurrucarse en la cáscara desechada de veinte años atrás. Retorciéndose y amontonándose, sin ajustar.

“Maldita sea, pensó Polen malhumorado, ¿por qué la gente asiste a las reuniones de colegio?”

Los ojos azules de Casey aún estaban llenos de enojo injustificado del estudiante de secundaria que descubriera el intelecto, la frustración y las etiquetas de la filosofía cínica, todo a la vez.

¡Casey! ¡El universitario más amargado del campus!

No lo había superado. Veinte años después era Casey, ¡el exuniversitario más amargado del campus! Polen lo podía observar en sus dedos que se movían sin sentido y en la postura de su cuerpo enjuto.

¿Y con Winthrop? Bueno, veinte años más viejo, más fofo, más redondo. La piel más roja, los ojos más suaves. Aún lejos de la tranquila certidumbre que nunca encontraría. Todo estaba en la pronta sonrisa que nunca abandonaba completamente, como si temiera que no hubiese otra cosa con qué reemplazarla, y que su ausencia convertiría su cara en una suave masa de carne sin forma.

Polen estaba cansado de leer el latido nervioso de un músculo; cansado de tomar el lugar de sus máquinas; cansado de todo lo que ellas le decían.

¿Podían ellas leerlo como él las leía? ¿Podría la pequeña inquietud de sus propios ojos proclamar el hecho de que estaba hastiado con el disgusto que se había engendrado entre ellos?

“Maldita sea”, pensó Polen, “¿por qué no me mantuve fuera?”

Estaban allí, los tres, esperando a que el otro dijera algo, pescando lo que pudiera cruzarse por allí y traerlo, temblorosamente, al presente.

Polen lo intentó; dijo:

–¿Aún trabajas en química, Casey?

–Por mi cuenta, sí –dijo Casey, en tono brusco–. Yo no soy un científico como tú. Hago investigaciones de insecticidas para E. J. Link en Chatham.

–¿De veras? –dijo Winthrop–. Dijiste que trabajarías en insecticidas. ¿Lo recuerdas, Polen? Y a pesar de ello, ¿se atreven las moscas contigo, Casey?

–No puedo deshacerme de ellas –dijo Casey–. Soy el mejor en la materia en los laboratorios. Ninguno de los compuestos desarrollados las aleja cuando ando por allí. Alguien dijo que es por mi olor. Las atraigo.

Polen recordó quién lo había dicho.

–O si no… –dijo Winthrop.

Polen sintió que llegaba y se puso tenso.

–O si no –dijo Winthrop–, es la maldición, ya sabes –amplió su sonrisa para mostrar que estaba bromeando, que había olvidado viejos rencores.

“Maldita sea”, pensó Polen, “ni siquiera cambiaron las palabras”. Y el pasado regresó.

–Moscas –dijo Casey, moviendo su brazo y manoteando–. ¿Han visto esto? ¿Por qué no se apoyan sobre ustedes dos?

Johnny Polen se rio de él. Reía frecuentemente en aquel entonces.

–Es algo del olor de tu cuerpo, Casey. Podrías ser un milagro para la ciencia. Encuentras la naturaleza química del olor, lo concentras, lo mezclas con DDT, y tendrás el mejor insecticida del mundo.

–Una situación graciosa. ¿A qué huelo? ¿A mosca hembra en celo? Es una vergüenza que se pongan sobre mí cuando el maldito mundo es una maldita parva de estiércol.

Winthrop frunció el ceño y dijo, con un leve tono retórico:

–La belleza no es lo único, Casey, en el ojo del observador.

Casey no se dignó a responderle. Dijo a Polen:

–¿Sabes qué me dijo Winthrop ayer? Dijo que esas malditas moscas eran la maldición de Belcebú.

–Estaba bromeando –dijo Winthrop.

–¿Por qué Belcebú? –preguntó Polen.

–Es un juego de palabras –dijo Winthrop–. Los antiguos hebreos lo utilizaban como palabra de escarnio para dioses ajenos. Viene de Ba'al, que quiere decir señor y zevuv, que quiere decir mosca. El señor de las moscas.

–Vamos, Winthrop –dijo Casey–, no me digas que no crees en Belcebú.

–Creo en la existencia del mal –dijo Winthrop, con frialdad.

–Quiero decir Belcebú. Vivo. Cuernos. Pezuñas. Una especie de competencia entre dioses.

–No completamente –respondió Winthrop más frío aún–. El mal es una cuestión de corto alcance. Al final, perderá…

Polen cambió el tema abruptamente. Dijo:

–Hablando de todo un poco, haré trabajo de graduado para Venner. Estuve con él antes de ayer y me tomará.

–¡No! Eso es maravilloso. –Winthrop se entusiasmó y se colgó del cambio de tema instantáneamente. Estiró su mano para estrechar la de Polen. Disfrutaba siempre, a conciencia, de la buena fortuna de los demás. Casey lo notó con frecuencia. Dijo:

–¿Cibernéticos Venner? Bueno, si te lo aguantas, supongo que él te aguantará.

–¿Qué pensó de tu idea? –prosiguió Winthrop–. ¿Le contaste tu idea?

–¿Qué idea? –preguntó Casey.

Polen había evitado contarle tanto a Casey. Pero ahora, Venner lo había considerado y lo pasó con un cálido “¡Interesante!” ¿Cómo podría la sonrisa seca de Casey hacer daño ahora?

–No es gran cosa –dijo Polen–. Esencialmente, es acerca de que la emoción es la razón común de la vida, más que la razón o el intelecto. Probablemente sea una perogrullada. No puedes decir lo que piensa un bebé, o siquiera si piensa, pero es perfectamente obvio que puede enojarse, asustarse o estar contento, aunque tenga una semana de vida. ¿Lo ves?

“Lo mismo con los animales. Puedes decir en un segundo si un perro está feliz o si un gato está atemorizado. El punto es que sus emociones son las mismas que las que tendríamos bajo las mismas circunstancias”.

–¿Entonces? –preguntó Casey–. ¿A dónde te lleva eso?

–Todavía no lo sé. Ahora, todo lo que puedo decir es que las emociones son universales. Ahora, supón que podemos analizar apropiadamente todas las acciones humanas y de algunos animales domésticos y compararlas con la emoción visible. Podríamos encontrar una relación muy fuerte. La emoción A podría siempre implicar la acción B. entonces podríamos aplicarlo a animales cuyas emociones no podemos conocer con los sentidos. Como las serpientes, o las langostas.

–O las moscas –dijo Casey, mientras cacheteaba otra de ellas y quitaba los restos de su puño, con furia triunfal.

Prosiguió.

–Continúa, Johnny. Yo voy a contribuir con las moscas y tú las estudiarás. Estableceremos la ciencia de la moscología y un laboratorio para hacerlas felices quitándoles sus neurosis. Después de todo, queremos el mayor bien para la mayoría más amplia, ¿verdad? ¿Hay más moscas que hombres?

–Oh, basta –dijo Polen.

–Dime, Polen –preguntó Casey–. ¿Has profundizado esa extraña idea tuya? Quiero decir, sabemos que brillas luz cibernética, pero no he podido leer nada sobre esto. Con tantas maneras de perder el tiempo, algo tiene que haberse descuidado, ya sabes.

–¿Qué idea? –preguntó Polen, rígidamente.

–Vamos. Tú sabes. Emociones de animales y toda esa sarta de morisquetas. Muchacho, aquellos eran los días. Solía conocer gente loca. Ahora solamente me cruzo con idiotas.

–Es cierto, Polen –dijo Winthrop–. Lo recuerdo muy bien. En el primer año de escuela estabas trabajando con perros y conejos. Creo que incluso intentaste algo con las moscas de Casey.

–Se convirtió en nada –dijo Polen–. Aun así, me dio la base de nuevos principios en computación, de modo que no fue pérdida total.

¿Por qué estaban ellos hablando sobre eso?

¡Emociones! ¿Qué derecho tiene alguien a meterse con las emociones? Las palabras fueron inventadas para ocultar las emociones. Había sido el temor a las emociones en crudo lo que había convertido el lenguaje en necesidad básica.

Polen sabía. Sus máquinas habían pasado la pantalla de verbalización y habían arrastrado el subconsciente hacia la luz del sol. El chico y la chica, el hijo y la madre. Para este caso, el gato y el ratón o la serpiente y el ave. La información sonaba al unísono en su universalidad y toda se había volcado dentro y a través de Polen hasta que él no pudo soportar más el toque de la vida.

En los últimos años había entrenado su pensamiento hacia otras direcciones, minuciosamente. Ahora, estos dos aficionados venían a movilizar el barro.

Casey manoteó sin mirar cerca de la punta de su nariz para alejar una mosca.

–Eso está mal –dijo–. Solía pensar que obtendrías cosas fascinantes de, digamos, ratas. Bueno, puede que no fuesen fascinantes, pero no tan aburridas como esa basura que puedes obtener de ciertos seres humanos. Solía pensar.

Polen recordó lo que solía pensar.

–Maldita sea este DDT –dijo Casey–. Las moscas se alimentaron de él, creo. Sabes, voy a realizar trabajo de graduado en química y entonces tendré empleo con insecticidas. Ayúdenme. Personalmente obtendré algo que sí matará estas alimañas.

Estaban en la habitación de Casey, y había algo con olor a kerosén del insecticida recientemente aplicado.

Polen se encogió de hombros y dijo:

–Un periódico doblado siempre las matará.

Casey detectó una burla no existente y respondió en el acto:

–¿Cómo resumirías tu primer año de trabajo, Polen? Quiero decir, aparte del verdadero resumen que cualquier científico podría establecer si se animara, por un: “nada”, quiero decir.

–Nada –dijo Polen–. Ese es tu resumen.

–Sigue –dijo Casey–. Usas más perros que los fisiólogos y apuesto que a los perros les importan menos los experimentos de los fisiólogos. Podría apostar.

–Oh, déjalo ya –dijo Winthrop–. Suenas como un piano con 87 teclas eternamente desafinadas. ¡Ya me aburres!

No podías decir eso a Casey.

Y dijo, con repentina animación, mirando lejos de Winthrop:

–Te diré lo que probablemente encuentres en los animales, si los miras desde muy cerca. Religión.

–¡Mira al estúpido! –dijo Winthrop, furioso–. Esa es una afirmación estúpida.

Casey sonrió.

–Vamos, vamos, Winthrop. Estúpido es solamente un eufemismo para demonio y no querrás jurar.

–No me vengas con moralejas. Y no blasfemes.

–¿Qué hay de blasfemo en ello? ¿Por qué no podría una pulga considerar a un perro como algo a ser venerado? Es la fuente de calor, comida, y todo eso es bueno para la pulga.

–No quiero discutirlo.

–¿Por qué no? Hazlo. Podrías incluso decir que para una hormiga, el oso hormiguero es un orden superior de la creación. Podría ser muy grande para ser comprendido, demasiado poderoso para siquiera soñar resistirse. Podría moverse sobre ellas como un remolino inexplicable e invisible, que las visita con destrucción y muerte. Pero eso no les echa a perder las cosas a las hormigas. Ellas podrían razonar que esa destrucción es simplemente el justo castigo al pecado. Y el oso hormiguero ni siquiera sabría que es una deidad. Ni le importaría.

Winthrop se había puesto blanco. Dijo:

–Sé que dices esto solamente para molestarme y siento mucho ver que arriesgas tu alma por la diversión de un momento. Déjame decir algo –la voz tembló un poco–, y déjame decir que es muy serio. Las moscas que te atormentan son tu castigo en esta vida. Puedes pensar que Belcebú, como todas las fuerzas del mal, hace daño, pero es al fin el último bien. La maldición de Belcebú está sobre ti para tu bien. Es posible que tenga éxito en hacerte cambiar el modo de vida antes de que sea demasiado tarde.

Salió corriendo de la habitación.

Casey lo miró mientras se iba. Sonriendo, dijo:

–Te dije que Winthrop creía en Belcebú. Es gracioso ver los nombres respetables que le das a una superstición –su risa murió un poco antes de lo esperado.

Había dos moscas en la habitación, zumbando a través del aire hacia él.

Polen se levantó y cayó en una pesada depresión. En un año había aprendido poco, pero era mucho, y su risa se iba adelgazando. Solamente sus máquinas podían analizar las emociones de los animales apropiadamente, pero estaba ansioso por profundizar en las emociones humanas.

No le gustaba observar los salvajes deseos de muerte donde otros podían ver solamente unas palabras de gresca sin importancia.

De repente, Casey dijo:

–Hey, ahora pienso en eso; trataste de hacer algo con mis moscas, como Winthrop dijo. ¿Qué resultó?

–¿Lo hice? Después de veinte años apenas si recuerdo –murmuró Polen.

–Deberías –dijo Winthrop–. Estábamos en tu laboratorio y te quejaste de que las moscas seguían a Casey incluso hasta allí. Él sugirió que tú las analizaras y lo hiciste. Grabaste sus movimientos y zumbidos y revoloteos más de media hora. Jugaste con una docena de moscas.

Polen se encogió de hombros.

–Oh, bueno –dijo Casey–. No importa. Ha sido bueno verte, viejo. –Un sincero apretón de manos, la palmada en el hombro, la amplia sonrisa… -para Polen todo eso se traducía en el disgusto de Casey acerca de que Polen era exitoso después de todo.

–Déjame saber de ti alguna vez –dijo Polen.

Las palabras eran golpes sordos. No significaban nada. Casey lo sabía. Polen lo sabía. Todos lo sabían. Pero las palabras eran necesarias para esconder las emociones cuando fallaban, y la lealtad humana mantenía la apariencia.

El apretón de Winthrop era más gentil.

–Me trajo viejos tiempos, Polen –dijo–. Si alguna vez vas a Cincinnati, ¿por qué no paras en la casa? Serás siempre bienvenido.

Para Polen todo parecía un alivio a su obvia depresión. La ciencia también, parecía, no era la respuesta, y la inseguridad básica de Winthrop se sentía complacida con la compañía.

–Lo haré –dijo Polen. Era el modo habitual, educado, de decir ‘No lo haré’.

Vio que se dirigía hacia otros grupos.

Winthrop nunca lo sabría. Polen estaba seguro. Dudaba si Casey lo sabía. Sería la suprema ironía si Casey no lo sabía.

Había observado las moscas de Casey, por supuesto, pero no solamente aquella vez, sino muchas otras veces. ¡Siempre la misma respuesta! ¡Siempre la misma respuesta no publicable!

Con un estremecimiento que no pudo controlar, de repente Polen tomó conciencia de una solitaria mosca suelta en la habitación, virando sin sentido por un momento, y volando recto y reverentemente en la dirección que Casey acababa de tomar un momento antes.

¿Podía Casey no saber? ¿Podía ser la esencia del castigo primordial que él nunca sepa que es Belcebú?

¡Casey! ¡Señor de las Moscas!

 

(Tomado de Asimov, Isaac, Cuentos completos. Volumen I, Ediciones B, Madrid, 2002)

 

Canción de la danzarina

Colette

 

¡Oh tú, que danzarina me llamas, sabe hoy que no aprendí a danzar! Me encontraste juguetona y pequeña, danzando en el sendero y persiguiendo a mi sombra azul. Giraba como una abeja, y mis pies y mis cabellos, color de camino, se empolvaban con el polen de un polvo rubio.

Me viste venir de la fuente, meciendo el ánfora en mi cadera, mientras, al compás de mis pasos, sobre mi túnica saltaba el agua en redondas lágrimas, en serpientes de plata, en menudos cohetes rizados que ascendían, helados, hasta mi mejilla. Yo caminaba lenta, seria, mas llamaste danza a mis pasos. No mirabas mi rostro, seguías el movimiento de mis rodillas, el balanceo de mi talle, en la arena leías la forma de mis talones desnudos, la huella de mis dedos abiertos, que comparabas con la de cinco perlas desiguales.

Me dijiste: “Coge esas flores, persigue esa mariposa…” Llamabas danza a mi carrera, y cada reverencia de mi cuerpo inclinado sobre los claveles purpúreos, y el ademán, repetido en cada flor, de echar atrás, por encima de mi hombro, un chal resbaladizo.

En tu casa, sola entre tú y la alta llama de una lámpara, me dijiste: “¡Danza!” y no dancé…

Pero desnuda en tus brazos, sujeta a tu lecho por la cinta de fuego del placer, me llamaste, sin embargo, danzarina, al ver agitarse bajo mi piel, desde mi pecho ofrecido a mis pies crispados, la inevitable voluptuosidad.

Fatigada, anudé mis cabellos, y los contemplabas, dóciles, arrollados a mi frente como serpientes hechizadas por la flauta.

Abandoné tu casa mientras murmurabas:

“La más hermosa de tus danzas no es cuando acudes corriendo, jadeante, poseída de un deseo irritado y atormentado ya, por el camino, el broche de tu vestido. Es cuando de mí te alejas, serenada y con las rodillas temblorosas, y al alejarte me miras, en el hombro tu barbilla. Tu cuerpo me recuerda, oscila y titubea, me echan de menos tus caderas y tus senos me están agradecidos.

“Me miras, vuelta la cabeza, mientras tus pies adivinadores tantean y escogen su camino.

“Te vas, siempre pequeña y maquillada por el sol poniente, hasta no ser, en lo alto de la colina, más esbelta en tu túnica anaranjada que una llama vertical, que danza imperceptiblemente…”

Si tú no me abandonas, iré danzando hasta mi blanca tumba.

Saludaré a la luz, que me hizo hermosa y me vio amada con una danza involuntaria, cada día más lenta.

Una postrera danza trágica me enfrentará con la muerte, mas solo lucharé para sucumbir con elegancia.

Que los dioses me concedan una caída armoniosa, juntos los brazos en mi frente, doblada una pierna y extendida la otra, como presta a franquear, de un salto ingrávido, el negro umbral del reino de las sombras.

Me llamas danzarina, y, sin embargo, no sé bailar…

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

jueves, 25 de junio de 2026

Capítulo para Laucha

Abelardo Castillo

 

La noté rara, o diría: ansiosa. Como quien teme algo, algún acontecimiento desagradable que, de todos modos, va a sobrevenir. Le pregunté qué le pasaba. Con agresividad dijo que no le pasaba nada. Altanera, pensé; como siempre. Doña Isabel mientras tanto hablaba con alegría, mirándome como a un resucitado y diciendo “la nena” cada vez que nombraba a Laura, recordándome cosas de cuando éramos chicos, cosas que yo no recordaba, y otras que sí, pero que me hubiera gustado no recordar. Laura miró una vez más el reloj, aquel enfático reloj de pared, su rococó apócrifo, labrado en cedro; reloj que tenía una historia que he olvidado, donde había una abuela italiana, la guerra, un casamiento. Cuando tu madre se fue y te enfermaste, estaba diciendo ahora doña Isabel, las noches que pasé en vela, cuidándote. Se acuerdan de cuando jugaban a los novios, preguntó de golpe, y yo pensé quién me habrá mandado venir. Laura dijo:

–Pero mamá.

–Qué tiene, che –dijo doña Isabel. Y el che me golpeó brutalmente en el oído, y a Laura también; es decir, a ella le golpeó a través de mí, de mi gesto quizá–. Al fin de cuentas eran chicos.

–¿Te acordás de la máquina de cine? –pregunté yo.

Laura sonrió apenas y dijo que sí. Una caja de zapatos, dos carreteles de hilo Corona. Un mecanismo delicado. Había una manivela. Pegábamos en largas tiras las historietas. El pato Donald. Las pasábamos en el cuartito, con las caras juntas. Dijo rápidamente:

–Todavía tengo una.

–Una qué.

–Una historieta.

–No.

–Sí.

Se reía, por fin. Las caras juntas, pensé, cuando éramos chicos; y una siesta, las manos también juntas en la penumbra del cuartito. Si quiero te beso, había dicho ella, Laura, que aquella vez dejó de reír súbitamente, como ahora, porque aquella vez yo había dicho que las mujeres y los varones son distintos y porque ahora me acordé de lo que ella respondió entonces y dije:

–Mostrame.

Laura se echó hacia atrás, miró instintivamente a doña Isabel y no atinó más que a decir “qué”. La historieta, dije yo. Doña Isabel me dio un mate.

–¿Tomás?

–Claro. Cómo no voy a tomar.

–Y, como ahora sos escritor. Miralo, quién iba a decir. Pero siempre te gustó la redacción. ¿Te acordás, nena, cómo le gustaba la redacción al Cacho?

–Te voy a buscar la historieta –dijo Laura.

Estaba saliendo de la cocina cuando se quedó rígida; las dos voces, la mía y la de doña Isabel, se cruzaron en el aire. Yo había dicho: Te acordás del Fosforito, de Oscar. Y doña Isabel: Ya que vas, traé las fotos.

–Qué fotos –dijo Laura, de espaldas.

–¿Cómo qué fotos? Las fotos. Cada día estás más boba, vos.

Laura salió.

–Fosforito –repetí–. Tan pelirrojo; era bueno. Qué se hizo.

Doña Isabel se reía. Una risa misteriosa y antigua. Como cuando éramos chicos y nos tenía preparada una sorpresa. Como cuando me regaló los guantes de boxeo una tarde de cumpleaños, tarde en que nos pusimos de acuerdo con Laura para hacerlo venir a casa al pelirrojo porque el día anterior él le había dicho: “Che, Laucha, cómo estás creciendo”, y le quiso tocar el pecho. “Cómo, tocar”, le había preguntado yo, y Laura, tomándome una mano y apoyándola en su blusa dijo que así no, que él no había alcanzado a hacer esto, y la mano quedó ahí mientras hablábamos. Y durante muchas tardes yo seguí preguntando: “Pero, cómo”. Laura entonces volvía a repetir el gesto y yo abandonaba la mano blandamente, mano que después ya no necesitaba excusas porque era una especie de juego o de ceremonial a la hora de la siesta, en el cuartito del fondo, donde estaban el baúl del Capitán Kidd y la vieja cama del abuelo sobre la que Laura se recostaba para contarme cualquier cosa del colegio o de la calle, mientras yo, sentado muy en el borde, fingía arreglar con una sola mano la descompuesta máquina de cine. Un mecanismo delicado.

–Se acuerda de la paliza que le pegué –dije. Doña Isabel, enigmática, se reía, evocando quizá a dos chicos que en una mano tenían un guante de box, y en la otra envuelto un trapo: A no pegarse fuerte, decía el estúpido–. Te acordás, Laura, de cuando lo hicimos boxear al Fosforito –dije ahora hablando alto hacia el patio.

Laura no respondió.

–¿Por qué se pelearon? –preguntó doña Isabel–. Mirá que eras camorrero, vos.

–Hace tanto –me reí. Laura entró en la cocina.

–No la encontré –dijo–. Debe estar en el baúl. Del baúl te acordás.

Lo dijo de un modo que, al principio, no entendí. O quizá sí entendí.

–Mi baúl del escarabajo de oro. El cofre del capitán Kidd. Dónde está ahora.

–Allá –dijo Laura–. Donde siempre.

Hubo un silencio muy tenso, cargado de veranos a la hora larga de la siesta. Nos miramos. Iba a decir que me gustaría verlo; pero ella, y entonces recordé que siempre se me adelantaba, dijo con voz indiferente:

–Querés verlo.

–Bueno. Me levanté.

–Mostrale las fotos –dijo doña Isabel. El patio; la parra.

–Qué fotos –oí mi propia voz, hablando por decir algo.

–Sí, qué sé yo –dijo ella.

Caminábamos muy juntos. La pileta, la escalinata.

–La escalinata –dije–. Acá nos casamos, te acordás. Su risa, demasiado fuerte. Casi desagradable. Hice un esfuerzo brutal por no escucharla; una risa chocante, tan artificial que estuve a punto de volverme a la cocina. Repetí que ahí, a los ocho años, nos habíamos casado.

–Abelardo –dijo ella.

Me sorprendí. Siempre que oigo mi nombre me sorprendo; siempre que lo pronuncian los que pertenecen a mi pasado, a la época en que yo era el Cacho, no éste. Suena tan falso, por lo demás.

–¿Qué? –pregunté.

–Nada. Abelardo; suena raro. Cacho –dijo de pronto, riendo como una chiquilina–. Cacho cacho.

–Laucha –murmuré.

–Tengo la piedra –dijo.

–Súbase al techo –respondí.

–Diga cuarenta.

–Piense en un perro.

–Deme una estrella.

–Cómase un dedo.

–Tráigame peras –dijo.

–Te quiero mucho.

Hablé secamente. Me miró; dijo con seriedad:

–Perdiste –e intentó reír.

–Te quiero mucho.

Entramos en el cuarto y encendió la luz.

–Ahí está. El baúl; miralo.

Yo no miraba el baúl. Deliberadamente le miraba los labios.

–Por favor –dijo.

–El baúl, sí. Está igual. Qué te pasa –me senté en el viejo catre y la miraba–. Qué te pasa.

Estábamos a cuatro o cinco pasos de distancia; cuando estuvimos a uno, me levanté. Nos quedamos así, a un paso. Creo que dijo algo, como si dijera que no; pero yo no me había movido y ahora estábamos tocándonos, frente a frente, con los brazos caídos a los costados del cuerpo. Pensé que esta vez el nuevo gesto iba a ser mío. Tanto como para que no se sienta culpable, pensé.

Desde la cocina llegó, destemplada por el esfuerzo, la voz de doña Isabel.

–Laura –llamó–. Vengan a ver quién vino.

Laura, inexpresivamente, o acaso con desafiante sequedad, pero como si no se dirigiese a mí, dijo, mirándome, a unos centímetros de mi cara:

–Mi prometido.

Yo sentía ahora, en mis dedos, su anillo. Supe también, antes de que la otra voz llegara desde la cocina, que se trataba de él. Casi me río.

–Cachuzo –me gritaba Fosforito–. Capitanazo. Hice a un lado la cara. Sin levantar la voz, dije:

–Voy.

En la mitad del patio nos encontramos. Él me dio la mano, mientras besaba a Laura; después, me abrazó. Empujándome un poco por los hombros echaba el cuerpo hacia atrás, para verme mejor. Se calmó, por fin. Dijo que venía molido.

–El laburo, sabés. Trabajo en el taller de Bruno. Te acordás del Bruno, el que se le fue la vieja –se interrumpió–. Uy, perdoname.

Laura había alcanzado a decir:

–Oscar.

Él, creyendo que lo importante era mi madre, repitió:

–Disculpá, viejo. Y, qué tal estás. Mama mía qué pinta de bancario tenés. De qué trabajas.

–De todo un poco –dije.

–Qué vago, Dios mío –sacudía la cabeza; nos había pasado el brazo por los hombros–. Éste sí que siempre fue un vago. Te acordás, flaco. Nunca quería ir a robar caramelos a lo del gallego –esto último se lo había dicho a Laura; ahora me miraba–. El gallego murió, sabés. Un cáncer al pescuezo. Nunca quería ir a robar y después se quedaba con los mejores caramelos. Al que lo vi el otro día fue al ruso, a Burman. Por ahí tengo la tarjeta; es médico. Y se acordaba de los carritos de rulemanes y todo. Te acordás de las carreras en la bajada, y en el zanjón, contra los Indios de Floresta, cuando un indio te empujó a la pasada que casi te matás en la barranca y después le encajaste esa pina, mi madre, y que después les quemamos todos los carritos. Se hacía respetar éste. Y con la cara que tenía, que siempre parecía venido del colegio de curas –entramos en la cocina; doña Isabel le alcanzó un mate. Había preparado tres vasos con Cinzano. Nos miraba a los tres con un gesto de casi incredulidad; como si pensara que la vida, a pesar de todo, puede ser hermosa–. Y la paliza que me diste, te acordás. Se acuerda, mami, qué paliza.

Me sentí agredido. Como si debajo de aquella sonrisa candorosa, de aquella pureza brutal, se ocultara veladamente una amenaza. Fue una impresión brevísima; o quizá no fue más que un deseo; la necesidad de odiar aquel candor que casi me impidió mirar los ojos de Laura cuando ella me alcanzó el vaso con Cinzano, y que obligó a mis dedos, como si los estuviera tocando un cable eléctrico, a realizar un esfuerzo para quedarse ahí, rodeando el vaso: sintiendo el contacto de la mano de Laura. De todas maneras, acepté despreciarme; pero más tarde, cuando me fuera de aquella casa cruzando la placita Martín Fierro, o algún día, cuando decidiera escribir que sí, que dejé mis dedos un segundo más de lo necesario, porque mientras él hablaba, riéndose, diciendo que todo al fin de cuentas había sido por un chiste, yo dejé mis dedos un segundo más de lo necesario y volví a recordar mi pregunta “cómo, tocar” y levanté los ojos y miré los de Laura.

–Qué diferencia con ahora, eh vieja. –Él se había dado vuelta y se lavaba la cara y las manos en la pileta de la cocina–. Tanto lío por eso. Si es ahora, a cañonazos teníamos que agarrarnos –se rio; con gesto infantil, miró a doña Isabel de reojo: ella estaba abstraída, tratando de pinchar una aceituna, y él volvió a reírse. Cerró la canilla–. ¿Y lo despreciativa que era ésta? No hablaba con casi nadie –juntando los dedos, los abrió de golpe, salpicándola divertido–. Lo que es si no te engancho yo, vieja, quién se casaba con vos, decime. Pero oíme, qué te pasa. Qué te enojás, che: no sabés aceptar ni una broma. Dame la toalla.

Laura salió; al volver traía la toalla y una gran caja rectangular. Con fotos. Y un álbum.

Dije que tenía que irme. Pero Laura, implacable, abrió la carpeta y desparramó las fotos sobre la mesa; dijo que no podía irme sin esperarlo a don Carlos, al padre, que ya debía de estar por llegar del almacén, porque antes de cenar juega como siempre su partida de tute, y toma su Cinzano al volver, y no se cuida para nada de la presión. Me fui sin verlo, de todos modos. Pero recuerdo su cara colorada, sonriendo, asomada detrás del hombro de la tía Angélica, en la foto que me alcanzó Laura. Y después, enorme, bailando con una doña Isabel con flores en la cabeza. Laura, su mano bajo la de Oscar, cortando la torta. Todos de pie, rígidos, enfrentando al fotógrafo. Laura sola. Oscar con doña Isabel, bailando muy separados. La mesa larga, dispuesta de modo que las botellas de cerveza quedaran ocultas por las de sidra. Los chicos de los vecinos, haciendo morisquetas; una mano, lejos, por encima de la cabeza de alguien, perpetuándose. Y Laura, cerrando de pronto el álbum, y su enorme y temible mirada parda. Me fui.

Pasé por la escuela de varones y por la tienda de las mellizas; estuve sentado en la placita Martín Fierro. Laucha, pensé. Y pensé que hay cosas que nunca debieran escribirse.

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)