domingo, 8 de febrero de 2026

La madre de Ernesto

Abelardo Castillo

 

Si Ernesto se enteró de que ella había vuelto (cómo había vuelto), nunca lo supe, pero el caso es que poco después se fue a vivir a El Tala, y, en todo aquel verano sólo volvimos a verlo una o dos veces. Costaba trabajo mirarlo de frente. Era como si la idea que Julio nos había metido en la cabeza –porque la idea fue de él, de Julio, y era una idea extraña, turbadora: sucia– nos hiciera sentir culpables. No es que uno fuera puritano, no. A esa edad, y en un sitio como aquél, nadie es puritano. Pero justamente por eso, porque no lo éramos, porque no teníamos nada de puros o piadosos y al fin de cuentas nos parecíamos bastante a casi todo el mundo, es que la idea tenía algo que turbaba. Cierta cosa inconfesable, cruel. Atractiva. Sobre todo, atractiva.

Fue hace mucho. Todavía estaba el Alabama, aquella estación de servicio que habían construido a la salida de la ciudad, sobre la ruta. El Alabama era una especie de restorán inofensivo, inofensivo de día, al menos, pero que alrededor de medianoche se transformaba en algo así como un rudimentario club nocturno. Dejó de ser rudimentario cuando al turco se le ocurrió agregar unos cuartos en el primer piso y traer mujeres. Una mujer trajo.

–¡No!

–Sí. Una mujer.

–¿De dónde la trajo?

Julio asumió esa actitud misteriosa, que tan bien conocíamos –porque él tenía un particular virtuosismo de gestos, palabras, inflexiones que lo hacían raramente notorio, y envidiable, como a un módico Brummel de provincias–, y luego, en voz baja, preguntó:

–¿Por dónde anda Ernesto?

En el campo, dije yo. En los veranos Ernesto iba a pasar unas semanas a El Tala, y esto venía sucediendo desde que el padre, a causa de aquello que pasó con la mujer, ya no quiso regresar al pueblo. Yo dije en el campo, y después pregunté:

–¿Qué tiene que ver Ernesto?

Julio sacó un cigarrillo. Sonreía.

–¿Saben quién es la mujer que trajo el turco?

Aníbal y yo nos miramos. Yo me acordaba ahora de la madre de Ernesto. Nadie habló. Se había ido hacía cuatro años, con una de esas compañías teatrales que recorren los pueblos: descocada, dijo esa vez mi abuela. Era una mujer linda. Morena y amplia: yo me acordaba. Y no debía de ser muy mayor, quién sabe si tendría cuarenta años.

–Atorranta, ¿no?

Hubo un silencio y fue entonces cuando Julio nos clavó aquella idea entre los ojos. O, a lo mejor, ya la teníamos.

–Si no fuera la madre… No dijo más que eso.

 

Quién sabe. Tal vez Ernesto se enteró, pues durante aquel verano sólo lo vimos una o dos veces (más tarde, según dicen, el padre vendió todo y nadie volvió a hablar de ellos), y, las pocas veces que lo vimos, costaba trabajo mirarlo de frente.

–Culpables de qué, che. Al fin de cuentas es una mujer de la vida, y hace tres meses que está en el Alabama. Y si esperamos que el turco traiga otra, nos vamos a morir de viejos.

Después, él, Julio, agregaba que sólo era necesario conseguir un auto, ir, pagar y después me cuentan, y que si no nos animábamos a acompañarlo se buscaba alguno que no fuera tan braguetón, y Aníbal y yo no íbamos a dejar que nos dijera eso.

–Pero es la madre.

–La madre. ¿A qué llamas madre vos?: una chancha también pare chanchitos.

–Y se los come.

–Claro que se los come. ¿Y entonces?

–Y eso qué tiene que ver. Ernesto se crio con nosotros.

Yo dije algo acerca de las veces que habíamos jugado juntos; después me quedé pensando, y alguien, en voz alta, formuló exactamente lo que yo estaba pensando. Tal vez fui yo:

–Se acuerdan cómo era.

Claro que nos acordábamos, hacía tres meses que nos veníamos acordando. Era morena y amplia; no tenía nada de maternal.

–Y además ya fue medio pueblo. Los únicos somos nosotros.

Nosotros: los únicos. El argumento tenía la fuerza de una provocación, y también era una provocación que ella hubiese vuelto. Y entonces, puercamente, todo parecía más fácil. Hoy creo –quién sabe– que, de haberse tratado de una mujer cualquiera, acaso ni habríamos pensado seriamente en ir. Quién sabe. Daba un poco de miedo decirlo, pero, en secreto, ayudábamos a Julio para que nos convenciera; porque lo equívoco, lo inconfesable, lo monstruosamente atractivo de todo eso, era, tal vez, que se trataba de la madre de uno de nosotros.

–No digas porquerías, querés –me dijo Aníbal.

Una semana más tarde, Julio aseguró que esa misma noche conseguiría el automóvil. Aníbal y yo lo esperábamos en el bulevar.

–No se lo deben de haber prestado.

–A lo mejor se echó atrás.

Lo dije como con desprecio, me acuerdo perfectamente. Sin embargo fue una especie de plegaria: a lo mejor se echó atrás. Aníbal tenía la voz extraña, voz de indiferencia:

–No lo voy a esperar toda la noche; si dentro de diez minutos no viene, yo me voy.

–¿Cómo será ahora?

–Quién… ¿la tipa?

Estuvo a punto de decir: la madre. Se lo noté en la cara. Dijo la tipa. Diez minutos son largos, y entonces cuesta trabajo olvidarse de cuando íbamos a jugar con Ernesto, y ella, la mujer morena y amplia, nos preguntaba si queríamos quedarnos a tomar la leche. La mujer morena. Amplia.

–Esto es una asquerosidad, che.

–Tenés miedo –dije yo.

–Miedo no; otra cosa. Me encogí de hombros:

–Por lo general, todas éstas tienen hijos. Madre de alguno iba a ser.

–No es lo mismo. A Ernesto lo conocemos.

Dije que eso no era lo peor. Diez minutos. Lo peor era que ella nos conocía a nosotros, y que nos iba a mirar. Sí. No sé por qué, pero yo estaba convencido de una cosa: cuando ella nos mirase iba a pasar algo.

Aníbal tenía cara de asustado ahora, y diez minutos son largos. Preguntó:

–¿Y si nos echa?

Iba a contestarle cuando se me hizo un nudo en el estómago: por la calle principal venía el estruendo de un coche con el escape libre.

–Es Julio –dijimos a dúo.

El auto tomó una curva prepotente. Todo en él era prepotente: el buscahuellas, el escape. Infundía ánimos. La botella que trajo también infundía ánimos.

–Se la robé a mi viejo.

Le brillaban los ojos. A Aníbal y a mí, después de los primeros tragos, también nos brillaban los ojos. Tomamos por la Calle de los Paraísos, en dirección al paso a nivel. A ella también le brillaban los ojos cuando éramos chicos, o, quizá, ahora me parecía que se los había visto brillar. Y se pintaba, se pintaba mucho. La boca, sobre todo.

–Fumaba, ¿te acordás?

Todos estábamos pensando lo mismo, pues esto último no lo había dicho yo, sino Aníbal; lo que yo dije fue que sí, que me acordaba, y agregué que por algo se empieza.

–¿Cuánto falta?

–Diez minutos.

Y los diez minutos volvieron a ser largos; pero ahora eran largos exactamente al revés. No sé. Acaso era porque yo me acordaba, todos nos acordábamos, de aquella tarde cuando ella estaba limpiando el piso, y era verano, y el escote al agacharse se le separó del cuerpo, y nosotros nos habíamos codeado.

Julio apretó el acelerador.

–Al fin de cuentas, es un castigo –tu voz, Aníbal, no era convincente–: una venganza en nombre de Ernesto, para que no sea atorranta.

–¡Qué castigo ni castigo!

Alguien, creo que fui yo, dijo una obscenidad bestial. Claro que fui yo. Los tres nos reímos a carcajadas y Julio aceleró más.

–¿Y si nos hace echar?

–¡Estás mal de la cabeza vos! ¡En cuanto se haga la estrecha lo hablo al turco, o armo un escándalo que les cierran el boliche por desconsideración con la clientela!

 

A esa hora no había mucha gente en el bar: algún viajante y dos o tres camioneros. Del pueblo, nadie. Y, vaya a saber por qué, esto último me hizo sentir audaz. Impune. Le guiñé el ojo a la rubiecita que estaba detrás del mostrador; Julio, mientras tanto, hablaba con el turco. El turco nos miró como si nos estudiara, y por la cara desafiante que puso Aníbal me di cuenta de que él también se sentía audaz. El turco le dijo a la rubiecita:

–Llévalos arriba.

La rubiecita subiendo los escalones: me acuerdo de sus piernas. Y de cómo movía las caderas al subir. También me acuerdo de que le dije una indecencia, y que la chica me contestó con otra, cosa que (tal vez por el coñac que tomamos en el coche, o por la ginebra del mostrador) nos causó mucha gracia. Después estábamos en una sala pulcra, impersonal, casi recogida, en la que había una mesa pequeña: la salita de espera de un dentista. Pensé a ver si nos sacan una muela. Se lo dije a los otros:

–A ver si nos sacan una muela.

Era imposible aguantar la risa, pero tratábamos de no hacer ruido. Las cosas se decían en voz muy baja.

–Como en misa –dijo Julio, y a todos volvió a parecernos notablemente divertido; sin embargo, nada fue tan gracioso como cuando Aníbal, tapándose la boca y con una especie de resoplido, agregó:

–¡Mira si en una de ésas sale el cura de adentro!

Me dolía el estómago y tenía la garganta seca. De la risa, creo. Pero de pronto nos quedamos serios. El que estaba adentro salió. Era un hombre bajo, rechoncho; tenía aspecto de cerdito. Un cerdito satisfecho. Señalando con la cabeza hacia la habitación, hizo un gesto: se mordió el labio y puso los ojos en blanco.

Después, mientras se oían los pasos del hombre que bajaba, Julio preguntó:

–¿Quién pasa?

Nos miramos. Hasta ese momento no se me había ocurrido, o no había dejado que se me ocurriese, que íbamos a estar solos, separados –eso: separados– delante de ella. Me encogí de hombros.

–Qué sé yo. Cualquiera.

Por la puerta a medio abrir se oía el ruido del agua saliendo de una canilla. Lavatorio. Después, un silencio y una luz que nos dio en la cara; la puerta acababa de abrirse del todo. Ahí estaba ella. Nos quedamos mirándola, fascinados. El deshabillé entreabierto y la tarde de aquel verano, antes, cuando todavía era la madre de Ernesto y el vestido se le separó del cuerpo y nos decía si queríamos quedarnos a tomar la leche. Sólo que la mujer era rubia ahora. Rubia y amplia. Sonreía con una sonrisa profesional; una sonrisa vagamente infame.

–¿Bueno?

Su voz, inesperada, me sobresaltó: era la misma. Algo, sin embargo, había cambiado en ella, en la voz. La mujer volvió a sonreír y repitió “bueno”, y era como una orden; una orden pegajosa y caliente. Tal vez fue por eso que, los tres juntos, nos pusimos de pie. Su deshabillé, me acuerdo, era oscuro, casi traslúcido.

–Voy yo –murmuró Julio, y se adelantó, resuelto.

Alcanzó a dar dos pasos: nada más que dos. Porque ella entonces nos miró de lleno, y él, de golpe, se detuvo. Se detuvo quién sabe por qué: de miedo, o de vergüenza tal vez, o de asco. Y ahí se terminó todo. Porque ella nos miraba y yo sabía que, cuando nos mirase, iba a pasar algo. Los tres nos habíamos quedado inmóviles, clavados en el piso; y al vernos así, titubeantes, vaya a saber con qué caras, el rostro de ella se fue transfigurando lenta, gradualmente, hasta adquirir una expresión extraña y terrible. Sí. Porque al principio, durante unos segundos, fue perplejidad o incomprensión. Después no. Después pareció haber entendido oscuramente algo, y nos miró con miedo, desgarrada, interrogante. Entonces lo dijo. Dijo si le había pasado algo a él, a Ernesto.

Cerrándose el deshabillé lo dijo.

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)

 

A imagen y semejanza

Mario Benedetti

 

Era la última hormiga de la caravana, y no pudo seguir la ruta de sus compañeras. Un terrón de azúcar había resbalado desde lo alto, quebrándose en varios terroncitos. Uno de éstos le interceptaba el paso. Por un instante la hormiga quedó inmóvil sobre el papel color crema. Luego, sus patitas delanteras tantearon el terrón. Retrocedió, después se detuvo. Tomando sus patas traseras como casi punto fijo de apoyo, dio una vuelta alrededor de sí misma en el sentido de las agujas de un reloj. Sólo entonces se acercó de nuevo. Las patas delanteras se estiraron, en un primer intento de alzar el azúcar, pero fracasaron. Sin embargo, el rápido movimiento hizo que el terrón quedara mejor situado para la operación de carga. Esta vez la hormiga acometió lateralmente su objetivo, alzó el terrón y lo sostuvo sobre su cabeza. Por un instante pareció vacilar, luego reinició el viaje, con un andar bastante más lento que el que traía. Sus compañeras ya estaban lejos, fuera del papel, cerca del zócalo. La hormiga se detuvo, exactamente en el punto en que la superficie por la que marchaba, cambiaba de color. Las seis patas hollaron una N mayúscula y oscura. Después de una momentánea detención, terminó por atravesarla. Ahora la superficie era otra vez clara. De pronto el terrón resbaló sobre el papel, partiéndose en dos. La hormiga hizo entonces un recorrido que incluyó una detenida inspección de ambas porciones, y eligió la mayor. Cargó con ella, y avanzó. En la ruta, hasta ese instante libre, apareció una colilla aplastada. La bordeó lentamente, y cuando reapareció al otro lado del pucho, la superficie se había vuelto nuevamente oscura porque en ese instante el tránsito de la hormiga tenía lugar sobre una A. Hubo una leve corriente de aire, como si alguien hubiera soplado. Hormiga y carga rodaron. Ahora el terrón se desarmó por completo. La hormiga cayó sobre sus patas y emprendió una enloquecida carrerita en círculo. Luego pareció tranquilizarse. Fue hacia uno de los granos de azúcar que antes había formado parte del medio terrón, pero no lo cargó. Cuando reinició su marcha no había perdido la ruta. Pasó rápidamente sobre una D oscura, y al reingresar en la zona clara, otro obstáculo la detuvo. Era un trocito de algo, un palito acaso tres veces más grande que ella misma. Retrocedió, avanzó, tanteó el palito, se quedó inmóvil durante unos segundos. Luego empezó la tarea de carga. Dos veces se resbaló el palito, pero al final quedó bien afirmado, como una suerte de mástil inclinado. Al pasar sobre el área de la segunda A oscura, el andar de la hormiga era casi triunfal. Sin embargo, no había avanzado dos centímetros por la superficie clara del papel, cuando algo o alguien movió aquella hoja y la hormiga rodó, más o menos replegada sobre sí misma. Sólo pudo reincorporarse cuando llegó a la madera del piso. A cinco centímetros estaba el palito. La hormiga avanzó hasta él, esta vez con parsimonia, como midiendo cada séxtuple paso. Así y todo, llegó hasta su objetivo, pero cuando estiraba las patas delanteras, de nuevo corrió el aire y el palito rodó hasta detenerse diez centímetros más allá, semicaído en una de las rendijas que separaban los tablones del piso. Uno de los extremos, sin embargo, emergía hacia arriba. Para la hormiga, semejante posición representó en cierto modo una facilidad, ya que pudo hacer un rodeo a fin de intentar la operación desde un ángulo más favorable. Al cabo de medio minuto, la faena estaba cumplida. La carga, otra vez alzada, estaba ahora en una posición más cercana a la estricta horizontalidad. La hormiga reinició la marcha, sin desviarse jamás de su ruta hacia el zócalo. Las otras hormigas, con sus respectivos víveres, habían desaparecido por algún invisible agujero. Sobre la madera, la hormiga avanzaba más lentamente que sobre el papel. Un nudo, bastante rugoso de la tabla, significó una demora de más de un minuto. El palito estuvo a punto de caer, pero un particular vaivén del cuerpo de la hormiga aseguró su estabilidad. Dos centímetros más y un golpe resonó. Un golpe aparentemente dado sobre el piso. Al igual que las otras, esa tabla vibró y la hormiga dio un saltito involuntario, en el curso del cual, perdió su carga. El palito quedó atravesado en el tablón contiguo. El trabajo siguiente fue cruzar la hendidura, que en ese punto era bastante profunda. La hormiga se acercó al borde, hizo un leve avance erizado de alertas, pero aun así se precipitó en aquel abismo de centímetro y medio. Le llevó varios segundos rehacerse, escalar el lado opuesto de la hendidura y reaparecer en la superficie del siguiente tablón. Ahí estaba el palito. La hormiga estuvo un rato junto a él, sin otro movimiento que un intermitente temblor en las patas delanteras. Después llevó a cabo su quinta operación de carga. El palito quedó horizontal, aunque algo oblicuo con respecto al cuerpo de la hormiga. Esta hizo un movimiento brusco y entonces la carga quedó mejor acomodada. A medio metro estaba el zócalo. La hormiga avanzó en la antigua dirección, que en ese espacio casualmente se correspondía con la veta. Ahora el paso era rápido, y el palito no parecía correr el menor riesgo de derrumbe. A dos centímetros de su meta, la hormiga se detuvo, de nuevo alertada. Entonces, de lo alto apareció un pulgar, un ancho dedo humano y concienzudamente aplastó carga y hormiga.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

sábado, 7 de febrero de 2026

La rogativa

Augusto Roa Bastos

 

1

Salió despacio de entre los bananeros como una bestezuela satisfecha. Una pequeña larva humana avanzando entre los amarillentos colgajos de las hojas. Alrededor de la boca había tierra, restos del furtivo banquete en el bananal. Aún se chupaba los dedos en persecución de las últimas migajas. La tierra estaba dura y reseca. No pudo escarbar muy hondo hasta el mantillo grasiento donde antes de la sequía abundaban las liendres de la tierra: frescos y gordos gusanillos blancos parecidos a tarjas de pella entre terrones y con un sabor rancio y azucarado. Poilú no encontró un solo sevo’í. En el fondo se alegró. Les tenía cierto miedo a los bichos. La tierra sola le gustaba más; la tierra pegajosa y oscura que había debajo de los yuyos, especialmente debajo de la yerbabuena y del hinojo. Podía distinguirla con los ojos cerrados, por el perfume. Conocía los mejores sitios en el bananal. Pero la tierra había dejado de ser pegajosa. Y hasta el sabor estaba cambiando. Pero por lo menos había calmado su hambre. Sólo la sed continuaba brillando con un reclamo intenso y doloroso al fondo de los ojillos color tabaco.

Era el reclamo que remaba en todas partes; un clamor seco y crepitante. En la tierra, en las hojas, en la gente.

Se oían los rezos monótonos y plañideros en la capilla; los sones cascados y opacos de la campaña volteada a trechos como si hubiera muerto alguien. Estaban todos metidos ahí, desde la mañana temprano, rezando y cantando a Dios para que lloviese. Terminaban y volvían a empezar sin descanso: el coro compacto de voces afligidas trepándose sobre el vozarrón del cura. El clamor subía y se expandía en el aire quieto, semejante al zumbido de un lembú patas arriba contra el azote.

 

2

Poilú era hija de Anuncia, que era la concubina de Timoteo Aldama, que era a su vez tropero de los Filártiga.

Timó Aldama había “desgraciado” a un hombre de una cuchillada. Asuntos de apuestas en las carreras de Kandeá. Un desafío, un ataque a traición. Cosas del machaje. Andaba huido de las comisiones policiales. Unos días después, el herido murió de gangrena. Timó no pudo volver. La cruz de un aguaí lo convertía en proscripto. El comisario de Santa Clara no lo quería. Tenía con él una vieja deuda. Él mismo encabezaba las batidas. Un tiempo después se supo que Timó había muerto en el ciclón que asoló Villa Encamación.

Anuncia se las arreglaba como podía conchabándose para recoger el maíz y la mandioca en las chacras y, alguna que otra vez, vendiendo aloja y chipá en las riñas de gallos de Ñu-Guasú. Eso quedaba bastante lejos, pero a las carreras de Kandeá no podía ir como antes, después de lo que había hecho Timó. A la barragana del “juido” nadie le compraba nada.

Poilú quedaba siempre sola en el rancho. Anuncia tenía bastante para andar una legua con su lata de aloja y su pesado canasto de chipás y fritangas.

Con la sequía de seis meses se había acabado el maíz y la mandioca, se habían acabado las riñas y las carreras. Se había acabado todo. No quedaba otra cosa que rezar y esperar. Los que estaban más apurados se iban muriendo.

No brotaba ni la maleza. Pero la angustia y la desesperación habían hecho retoñar vigorosamente la fe de la población. La capilla resultó chica para contener este repentino florecimiento del espíritu religioso. Desde que Paí Benítez ordenó la rogativa, las ovejas más negras habían vuelto al redil. Todos querían ponerse bien con Dios en el momento de la prueba.

–Somos elegidos de Dios –clamaba Paí Benítez con voz engolada y escaso convencimiento–. Debemos aceptar el castigo y tratar de ser más buenos para merecer el perdón –con sus palabras caía sobre los feligreses un medroso aire de contrición.

Entre los “elegidos” no faltaban conocidos cuatreros y hasta viejos criminales, algunos de los cuales tenían tres marcas en el mango de sus cuchillos pero cuyos delitos habían prescripto como cuentas incobrables. Las miradas de Dios no hacían distingos.

El hambre y la sed daban una extraña entonación a los rezos y a los cantos. Hacía cinco días que había comenzado la rogativa y ella no iba a cesar hasta que el cielo se apiadara de los pobladores de Santa Clara.

En su carcomido campanario de madera, Quincho, el campanero rengo y sordo, tiraba de la soga con un rígido espasmo de los brazos. Y la descalabrada perra de bronce ladraba a Dios con su único ladrido carrasposo y asmático.

Eso comenzaba desde la salida del sol, cesaba un rato a mediodía y volvía a la tarde, después de la sesteada del cura, hasta la puesta del sol.

–Poilú, cuidado con moverte de aquí. Cuidado con acercarte al pozo. Cuidado con irte al bananal. Que no venga a encontrarte comiendo tierra otra vez…

Anuncia atrancaba el rancho y se iba a la rogativa. Poilú un rato después se descolgaba por la ventana y se iba a sus solitarios atracones de tierra.

Pero apenas había otra cosa que comer en todo el pueblo. Y no sólo Anuncia encontraba a su hija comiendo tierra en la banana. Muchas otras mujeres encontraban a sus hijos haciendo lo mismo. Era una antigua tradición infantil de Santa Clara. El hambre no había hecho sino actualizarla y, en cierto modo, sancionarla. La resistencia de las madres se había ido haciendo cada vez más nominal. En medio del rezo, Evarista le había dicho en voz baja a Anuncia:

–¡Ay, Jesús, comadre, lo que me pasa! ¡Mba’é tema nikó, che Dios! Mi Juancito anda comiendo tierra otra vez… Qué pikó voy a hacer un poco…

–E’á, comadre. Poilú ko también come… La’ criatura tené mucho hambre… No hay otra cosa… No podemo’ hacer nada… “Dios te salve, María… llena eres de gracia…”.

 

3

Poilú rodeó el rancho y se encaminó al pozo. El sol pegó de lleno en la figurita desnuda y grotesca que parecía hecha con cera del monte. La cabeza grande sobre el cuello escrofuloso; el vientre abultado, a punto de estallar, con la piel tirante y verdosa llena de manchas blancuzcas. Las moscas la seguían y se enredaban de tanto en tanto en las greñas queriendo llegar hasta los granos. Poilú no hacía el más mínimo ademán de defenderse. El sol, las moscas, el hambre eran partes de su mundo; no los sentía enemigos suyos. Pero la sed era algo nuevo para ella. Nunca había faltado agua en Santa Clara. Y ahora todos los pozos estaban secos. Hasta el arroyo que corría en la orilla del pueblo en un angosto y hondo cauce de piedra.

La sequía se había metido en todas partes, hasta debajo de la tierra. Pensó en ella como en un animal dañino, según la explicación de su amigo Felipe, el viejo loco que habitaba una pequeña gruta del arroyo.

Pero Felipe Tavy tenía maneras extrañas de explicar las cosas. Además, caminaba todos los días. Poilú estaba desconcertada. Primero le había dicho:

–La sequía e’ un gran pájaro, con algo de lagarto y de víbora que etá sobre Santa Clara, Poilú.

–¿Y cómo tonce se ve el sol, Celipe?

–Porque está hecho con el vellón de la Virgen…

Pero al día siguiente, si volvía a preguntarle le decía:

–¿La sequía, Poilú?

–Sí, Celipe. ¿Por qué no hay agua y no’ tamo muriendo de sed?

–Porque en el cerro Kuruzú hay un tigre azul que se tragó toda el agua. Hata que el tigre orine no vamo’ a tener má’ agua.

–¿Y cuándo va a orinar el tigre?

–Cuando en el plan del arroyo florezca un yasy-mörötï.

–Pero allí hay piedra mucho ité por toda parte. ¿Cómo pikó va a salir el flor, Celipe?

Felipe ahuecaba la voz y guiñaba un ojo mirando para todas partes.

–Hay un abujero en la piedra del plan, frente mimo a mi cueva. Por allí va a crecer el flor del agua.

–¿Y por qué no te va’ a la capilla a rezar con lo’ jotro kuera?

–Na… Yo no soy loco como lo’jotro… No e’ allí que hay que apretar la verija al tigre… Dios no etá en la capilla… Allí solamente hay el mal aliento de la’ vieja bruja…

–¿Y ande tonce etá Dios, Celipe?

Él volvía a ahuecar la voz y a guiñar el ojo:

–Dio ko etá conmigo en el arroyo… Él me cuenta todo…

Y Felipe Tavy, semidesnudo, esquelético, con sólo su camisa rotosa que le llegaba hasta las rodillas, su cabellera y su barba blanca, sucia, color ceniza, volvía a seguir su camino apoyado en su bastón de tacuara, envuelto en la aureola cenicienta del polvo. Su atadito de cosas se le movía en la espalda como una joroba.

Todavía giraba el rostro y por sobre el hombro le decía a Poilú mientras se iba alejando:

–Y cuando llueva te voy a traer el flor del yasy-mörötï del arroyo, forrada en viento-norte-y-nunca-la-verás-mirándola…

Poilú no sabía qué pensar. Felipe y su madre contendían en la nebulosa nuez que la hidrocefalia todavía no había acabado de inundar. Tanto fue, que un día le dijo a su madre, al regreso de la capilla:

–¿Para qué pikó rezate en la capilla, mamaíta?

–Para que Dio no’mande la lluvia.

–Celipe dice que no e’ allí donde hay que apretarle la verija al tigre.

Las miradas de Anuncia se tiñeron de indignación en el círculo de las orejas amoratadas.

–¡Karaí-tuyá-tavy!

–Dice que allí solamente hay el mal aliento de la’ vieja bruja… –continuó Poilú desaprensiva, inocente.

Anuncia descargó un bofetón en la cara de Poilú. La figura de cera montés se alejó temerosa unos pasos. Contra la pared cuarteada del rancho se recostó a llorar. Repasaba con la mano el sitio del bofetón, encogida, llorando silenciosamente con un hipo sordo que moría en la garganta. La madre le gritó:

–¡Cuidado que vuelva’ a hablar con ese viejo loco!

–Celipe Tavy e’ bueno, mamaíta… –susurró la figurita de cera.

El vientre enorme se estremecía a cada jipido del lloro. Y entre uno y otro, la voz de la criatura volvía a atreverse. Parecía atravesar la pared cuando dijo:

–Celipe Tavy e’ el único que me cuenta cuento. Y cuando llueva me va a traer del arroyo la flor… –y repitió a su modo, sorbiéndose los mocos, el disparatado fonema del lunático del arroyo.

Anuncia no se había aplacado. La rogativa había hecho surgir en ella otra mujer; una mujer dura, inexorable, impersonal. Su voz había copiado el tono enfático del cura; una voz en la que los pequeños recuerdos se desintegraban en una miríada de partículas tornasoladas, como un estornudo.

–No va’ a hablar ma con Celipe Tavy.

–¿Por qué, mamaíta?

–Porque al hablar él te mete gusano’en lo’oído. Lo’ gusano se va’ a criar en tu cabezota y te va a salir por la narí y lo’ oído. ¿Me oíte?

Poilú se resistía. Estaba aguantando la respiración.

–Si te agarro hablando con él, te voy a romper el cabeza con el abatí-soká. Pero aunque yo no te vea, te va a ver Dios, y lo mismo Él te va a quebrar la cabezota como una sandía madura a la que aplata una carreta. ¿Me oíte?

El valor de Poilú parecía inagotable. ¿Qué cosas tan secretas como Dios estaba defendiendo ella en ese momento en sí misma? No respondió a la intimidación perentoria. Se negaba a responder. Pero un nuevo coscorrón que resonó neto, rabioso, sonoro, en la enorme cabeza, le arrancó la promesa:

–Sí, mamaíta… No vi’a hablar ma con Celipe Tavy…

 

4

Estas cosas eran las que llevaban preocupada a Poilú. Sus patitas estevadas la fueron acercando al pozo. Sus pies batían el polvo con el sonido de una fruta podrida que cae del árbol. Subió sobre las tablas carcomidas que cubrían la boca del pozo sin brocal. En el centro había una abertura cuadrada toscamente labrada a hachazos. En las juntas de las tablas asomaban manojos de culantrillos resecos. El musgo y las orejas de rana que antes había adheridos a las tablas eran también polvo ahora; sólo que un polvo pastoso que se negaba a volar.

Poilú miró a través de la abertura. Adentro, bajo el sol del mediodía, era la noche fresca y sosegada del pozo.

La sed mareaba a Poilú. La arañaba en la garganta, en el pecho, en el estómago. Le dolía más que los coscorrones del día anterior. Se miró los pies y las piernas dos o tres veces; le pareció sentir que subían por ellos hileras de hormigas y que cada una de estas hormigas la picaba con una punzadura leve y penetrante. ¡Si hubiera un poco de agua en el pozo!

Pero no. Ella sabía que no había, que no podía haberla. Todo estaba seco. La misma cantarilla se había rajado, como si hubiera muerto de sed. El porongo parecía la barriga hinchada de una vaca muerta en el campo, pero vacío, seco, inútil.

Hasta que Felipe Tavy le trajese la gran noticia, ella sabía que no podía haber agua en ninguna parte. Debajo de las tablas sobre las cuales se hallaba parada con las invisibles hormigas subiéndole lentamente por el cuerpo había solamente esa pequeña y redonda noche misteriosa del pozo. Fresca pero sin agua. Más implacable todavía porque era suave y engañadora. Por la abertura caía, casi ya vertical, una viga dorada y transparente con su cuadrado luminoso en el fondo profundo. Poilú lo miraba como hipnotizada.

 

5

–¡Chake, Poilú…!

Los dulces ojillos legañosos de Felipe la miraban un poco asustados desde la quincha. Se acababa de parar. El polvo todavía le rodeaba.

El corazón de la criatura empezó a latir con violencia.

–¿Qué está haciendo ahí? ¿Le etá-sacando pikó la lengua a la abuela del pozo?

Poilú se acercó lentamente a la quincha. La prohibición le dolía en la cabeza, detrás del coscorrón. Tenía que empezar de alguna manera.

–Celipe, no puedo hablar má con vo. E’ mejor que te vaya…

La voz de Poilú tenía la secreta humedad de las lágrimas.

–¿Por qué, Poilú?

–Mamaíta no quiere…

–¿Por qué, digo yo?

–Por lo’ gusanos que te va’ a criar en mi cabezota.

–¡Jhee, sí, tiene razón! Hay que cuidar ko eso…

–Por eso e’ mejor que te vaya, ante de que ella güelva y no’ agarre hablando. Andá muy retobado luego ko’ ella, Celipe.

–¡Qué látima, Poilú! Y yo que venía a avisarte que el flor del yasy-mörötï ya está empezando a crecer.

El rostro de Poilú se iluminó con algo parecido a una sonrisa. Era la belleza de una nube reflejada en un charco oscuro. En alguna parte del universo, Poilú en ese momento era hermosa como una flor cuya absoluta perfección residía en que era todavía increada.

–¿Ya se ve…? –la ansiedad era una oleada fresca en su garganta…

–Etá creciendo en el abujero. En ete momento ya etará saliendo el puntito. Pero cuando salga el flor, ya no te podré traer, Poilú…

–Sí, Celipe… Ikatú-ta, porque tonce habrá llovido y mamaíta ya etará güena otra ve. Podremos volver a hablar. Siempre… Siempre…

Al fin Felipe encontraba alguien más sabio que él. La lógica desesperada de la criatura lo mareó.

–¡Cuidado, Poilú, no toque’ mucho la bichoquera!

Y bajate de ahí, tarovilla… Ahora me voy… Voy a apretar la verija al tigre.

Felipe Tavy continúa la recorrida. El polvo, su amigo, lo acompaña. El lío roñoso tiembla a su espalda como una giba movediza. No se sabe si el bastón de tacuara se le adelanta siempre un poco o si es él quien siempre se queda un poco atrás. Se vuelve como de costumbre. Va a hablar, pero el fantástico trabalengua se le borra de los labios. Ve que Poilú va andando en dirección a la puntita que está asomando por el agujero de piedra. Como hace un momento, entre las hojas amarillas de los bananeros, ahora avanza entre el polvo. Una pequeña larva humana con las moscas detrás. El anciano la sigue, la llama. Tiene los ojos turbios como el cielo seco y manchado del verano.

–¡Poilú… Poilú…!

Pero Poilú no lo oye. No va a oír nunca nada más. Tal vez va oyendo el ruido distante de la lluvia, el fragor subterráneo de la flor que está creciendo entre las piedras.

Entre la criatura y el viejo se mantiene la misma distancia. El viejo quisiera correr, alcanzar a Poilú. Pero no puede. Ríe ahora con grandes carcajadas lunáticas. Y las conmociones de la risa frenan aún más su marcha vacilante.

El pueblo parece abandonado en la lechosa claridad del mediodía. En todos los ranchos hay silencio, un silencio pesado y obstinado. Sólo en dirección a la capilla continúa el zumbido del gran escarabajo humano, debatiéndose patas arriba contra la sequía. Cada vez más lejano. Los rígidos espasmos del campanero, colgado en el aire como una rana muerta, siguen haciendo ladrar a la perra cascada. Entre el espasmo del brazo y el sonido, hay un tiempo que el Dios de la capilla debe sentir transcurrir con desesperación. En ese tiempo rengo y sordo, ningún milagro puede suceder.

En medio de la luz rosada y manchada, la persecución sigue. Poilú baja ya hacia el arroyo. El viejo ha quedado muy atrás. La larva se arrastra entre los altos yuyos y desaparece.

–¡Poilú… Poilú…!

Felipe Tavy llega a tiempo al borde de la barranca profunda para contemplar el maravilloso nacimiento. Entre las piedras afiladas, el grotesco muñeco de cera montés va rodando, rodando, en busca del fondo. A veces, una punta lo detiene un instante. Después sigue cayendo y rebotando entre las otras puntas. Hasta que al fin se detiene.

–¡Poilú…! ¡Poilú…! ¡Poilú…!

Así empezó a llamar Anuncia, hace tres horas. Fue ella sola, primero, con breve, con sofocado remordimiento. En el bananal, ante las huellas recientes del almuerzo. Allí estaban todavía los vestigios de las pequeñas zarpas hambrientas en la tierra, comiéndola, devorándola a ella primero, en una inversión monstruosa del orden natural. Luego, junto al pozo y las tablas intactas. Por último, ante la posibilidad que ella misma echara a rodar con un espumarajo de rabia y explosiones de llanto:

–Comadre Evarita… Debe ser Celipe Tavy… ese viejo loco del arroyo… Él tiene la culpa… Andaba siempre detrás de Poilú, ese viejo cebado. Quién sabe qué le habrá pasado a mi hija… Quién sabe qué pa le habrá hecho…

Y la comadre oficiosa al resto del pueblo, untando con perverso lengüeteo la sádica mecha colectiva:

–¡Celipe Tavy ha violado a la hija de Anuncia…! Hay que ir allá… Castigarlo… Salvar a esa pobre inocente…

La multitud que está frente al rancho de Anuncia es la misma de la rogativa. Sólo falta el cura. Debe estar comiendo su pollo. También faltan el comisario y los agentes. Andan detrás del padre de Poilú, queriéndolo cazar a tiros.

Todos, hombres, mujeres, viejos, cuatreros, criminales de hasta tres marcas en el cuchillo, son en este momento una sola comadre rumorosa enardecida.

El gran lembú se ha puesto sobre las patas y necesita devorar su hediondo alimento.

–¡Poilú…! ¡Poilú…!

–¡Tuya añá!

–¡Tekové tavy!

–¡Yajhá katú ña jhundí…!

El gran lembú se ha puesto en movimiento. Bajo el caparazón late un corazón duro como el badajo de la campana rota. Los hombres aperciben sus machetes. Las mujeres acezantes empujan a los hombres con sus gritos, con sus puños. Algunas mean sobre el polvo, sin siquiera recoger el ruedo de sus andrajosas polleras. Es la única agua que moja la tierra sedienta. Todos recogen piedras y palos y se ponen en camino hacia el arroyo. El polvo borra los ranchos y escolta a la multitud. Sobre el campo quemado giran bandadas de taguatós en un vuelo lento y como atontado. Pero uno sabe que sus ojos, sus picos y sus garras tienen la emponzoñada lucidez, la afilada precisión del hambre. Son las flores negras y salvajes del cielo que nutren las osamentas.

A mitad del trayecto, la procesión se detiene de golpe. Los gritos cesan. El silencio latiente se repliega sobre sí mismo. Por el camino avanza Felipe Tavy. Lleva algo en los brazos. Un bulto pequeño y oscuro. Avanza lentamente pero seguro. Su bastón de tacuara como siempre tantea el terreno, un poco en el futuro o dejando a su dueño un poco en el pasado. Cuando el silencio se hace completo, se oye su risa. Una risa pura, casi olvidada.

El grito de Anuncia corriendo hacia el anciano ceniciento devuelve al escarabajo su mortal inquietud. Ondula, se encrespa y el rumor vuelve a crecer. Los puños se cierran sobre los palos, sobre los machetes, sobre los pedregullos mataperros.

Felipe Tavy entrega el bulto inerte de Poilú a la madre. Se pueden ver sobre la cabeza de la criatura vetas rojizas. Algo explica el anciano loco a la madre, pero ésta no le escucha. Después le escupe en la cara y le golpea con el puño que tiene libre. Felipe Tavy sigue riendo con su risa limpia de arroyo. No tiene otra manera de expresar su extraña felicidad.

La primera piedra no cae sobre él hasta que Anuncia vuelve adonde están los otros. Entonces los pedregullos caen en diluvio sobre el anciano, y el ruido que hacen al caer sobre él es el mismo que el que hacen al caer sobre el polvo, un estampido opaco y sofocado. La suave carcajada parece aún resonar entre, el estruendo blanco de las piedras. Pero es solamente un recuerdo.

Tan ardua es la piadosa operación que todos se secan el sudor de sus frentes. Gruesas gotas. Gruesas gotas chorreantes. Y tan absortos están que no se han fijado en el cielo del Poniente. No se dan cuenta de que sobre el sudor que mana de adentro, del odio, de la fatiga homicida, están cayendo las primeras gotas de un caliente aguacero. Negros nubarrones avanzan velozmente y oscurecen todo el cielo. El aguacero arrastra a la lluvia. Su olor cercano, su frescura, están llegando en la primera ráfaga. Lloverá toda la noche. Tal vez durante días.

Después habrá acción de gracias en la capilla de Santa Clara.

 

(Tomado de www.literatura.us)

 

Al final del callejón

Rudyard Kipling

 

Rojas son nuestras caras y plomo es el cielo,
de par en par las puertas del infierno,
y sus vientos furiosos están sueltos;
sube el polvo a la faz del firmamento
y bajan las nubes, sudario ardiendo,
peso al subir y duras al posarse.
El alma humana pierde su alimento,
lejos de la pequeñez y el esfuerzo,
dolido el corazón, enfermo el cuerpo,
como polvo de un sudario se echa al vuelo
el alma, que se aparta de su carne,
como el cuerno del cólera, en su estruendo.

Himalayo

 

Cuatro hombres, cada uno con derecho “a la vida, a la libertad y a la conquista del bienestar”, jugaban al whist sentados a una mesa. El termómetro señalaba –para ellos– ciento un grados de temperatura. La habitación estaba tan oscurecida que apenas era posible distinguir los puntos de las cartas y las pálidas caras de los jugadores. Un punkah viejo, roto, de calicó blanco removía el aire caliente y chirriaba, lúgubre, a cada movimiento. Fuera reinaba la lobreguez de un día londinense de noviembre. No había cielo ni sol ni horizonte: nada que no fuese una calina marrón y púrpura. Era como si la tierra se estuviese muriendo de apoplejía.

De vez en cuando, del suelo se alzaban nubes de polvo rojizo, sin viento ni advertencia, que, como si fueran manteles, se lanzaban sobre las copas de los árboles resecos para bajar después. Entonces un polvo demoníaco y arremolinado se precipitaba por la llanura a lo largo de un par de millas, se quebraba y caía, aun cuando nada había que le impidiese volar, excepto una larga hilera de traviesas de ferrocarril blanqueadas por el polvo, un racimo de cabañas de adobe, raíles condenados y lonas, y un único bungalow bajo, de cuatro habitaciones, que pertenecía al ingeniero ayudante a cargo de la sección de la línea del estado de Gaudhari, por entonces en construcción.

Los cuatro, desnudos bajo sus pijamas ligerísimos, jugaban al whist con mal talante, discutiendo acerca de quién era mano y quién devolvía. No era un whist óptimo, pero se habían tomado cierto trabajo para llegar hasta allí. Mottram, del Servicio Indio de Topografía, desde la noche anterior, había cabalgado treinta millas y recorrido en tren otras cien más desde su puesto solitario en el desierto; Lowndes, del Servicio Civil, que llevaba a cabo una tarea especial en el departamento político, había logrado escapar por un instante de las intrigas miserables de un estado nativo empobrecido, cuyo soberano ya adulaba, ya vociferaba para obtener más dinero que el aportado por los lamentables tributos de labriegos exprimidos y criadores de camellos desesperados; Spurstow, el médico del ferrocarril, había dejado que un campamento de culis azotado por el cólera se cuidara por sí mismo durante cuarenta y ocho horas mientras él, una vez más, se unía a los blancos. Hummil, el ingeniero ayudante, era el anfitrión. No se arredraba y recibía a sus amigos cada sábado, si podían acudir. Cuando uno de ellos no lograba llegar, el ingeniero enviaba un telegrama a su última dirección, a fin de saber si el ausente estaba muerto o con vida. Hay muchos lugares en Oriente donde no es bueno ni considerado permitir que tus amistades se pierdan de vista ni aun durante una breve semana.

Los jugadores no tenían conciencia de que existiese un especial afecto mutuo. Discutían en cuanto estaban juntos, pero experimentaban un deseo ardiente de verse, tal como los hombres que no tienen agua desean beber. Eran personas solitarias que conocían el significado terrible de la soledad. Todos tenían menos de treinta años: una edad demasiado temprana para que un hombre posea ese conocimiento.

–¿Pilsener? –dijo Spurstow, después de la segunda mano, secándose la frente.

–No queda cerveza, lo siento, y apenas si hay soda para esta noche –dijo Hummil.

–¡Qué organización tan lamentable! –rezongó Spurstow.

–No tiene remedio. He escrito y telegrafiado, pero los trenes todavía no llegan con regularidad. La semana pasada se acabó el hielo, como bien lo sabe Lowndes.

–Me alegra no haber venido. Sin embargo, podría haberte enviado un poco, si lo hubiese sabido. ¡Uf! Hace demasiado calor para estar jugando tan poco científicamente –dijo eso con una expresión de burla salvaje contra Lowndes, que solo rio. Era difícil agraviarlo.

Mottram se apartó de la mesa y echó una mirada por una rendija del postigo.

–¡Qué día tan bonito! –dijo.

Sus compañeros bostezaron todos a la vez y se dedicaron a una investigación sin objetivo de todas las posesiones de Hummil: armas, novelas viejas, guarniciones, espuelas y cosas similares. Las habían manoseado docenas de veces antes, pero por cierto que no había nada más que hacer.

–¿Has recibido algo nuevo? –dijo Lowndes.

–La Gazette of India de la semana pasada y un recorte de un periódico inglés. Mi padre me lo envió; es bastante divertido.

–Otra vez uno de esos remilgados que se llaman a sí mismos miembros del Parlamento, ¿verdad? –dijo Spurstow que leía los periódicos cuando podía conseguirlos.

–Sí. Escuchad esto. Se refiere a tu zona, Lowndes. El hombre estaba diciendo un discurso a sus votantes y exageró. Aquí hay un ejemplo: “Y afirmo sin vacilaciones que la Administración en India es la reserva, la más preciada de las reservas, de la aristocracia inglesa. ¿Qué obtiene la democracia, qué obtienen las masas, de ese país que, paso a paso, nos hemos anexado de modo fraudulento? Yo respondo: nada, absolutamente nada. Es cultivado por los vástagos de la aristocracia con el ojo puesto sólo en sus propios intereses. Ellos se toman buen trabajo para mantener su espléndida escala de ingresos, para evitar o sofocar cualquier investigación sobre la índole y el comportamiento de sus administraciones, en tanto que ellos mismos obligan al labriego desgraciado a pagar con el sudor de su frente todo el lujo en que se sumergen”. –Hummil agitó el recorte por encima de su cabeza.

–¡Bravo! ¡Bravo! –dijeron sus oyentes.

Entonces Lowndes, meditabundo, dijo:

–Daría… daría tres meses de mi paga para conseguir que ese caballero pasara un mes conmigo y viera cómo hace las cosas un príncipe nativo libre e independiente. El viejo Timbersides –ése era el apelativo irrespetuoso de un honrado y condecorado príncipe feudal– me hizo la vida imposible la semana pasada pidiéndome dinero. ¡Por Júpiter! ¡Su última proeza fue enviarme a una de sus mujeres como soborno!

–¡Mejor para ti! ¿Aceptaste? –dijo Mottram.

–No, pero ahora pienso que tendría que haberlo hecho. Era una personita muy guapa, que no paró de contarme cuentos sobre la indigencia horrible que hay entre las mujeres del rey. Esos encantos hace casi un mes que no se compran ningún vestido nuevo, mientras el viejo quiere comprarse una carcacha nueva en Calcuta, con adornos de plata maciza y faros de plata y chucherías de esa clase. He procurado hacerle entender que ya se ha jugado el desempate con los ingresos de los últimos veinte años y tiene que ir despacio. Es incapaz de comprenderlo.

–Pero tiene las cámaras del tesoro familiar para seguir adelante. Ha de haber por lo menos tres millones en joyas y monedas debajo de su palacio –dijo Hummil.

–¡Encuentra tú a un rey nativo que perturbe su tesoro familiar! Los sacerdotes lo prohíben, como no sea a modo de recurso extremo. El viejo Timbersides ha sumado algo así como un cuarto de millón al depósito a lo largo de su reinado.

–¿De dónde sale la cosa? –dijo Mottram.

–Del pueblo. La situación de la gente bastaría para ponerte enfermo. He visto recaudadores que esperaban a que una camella lechera pariese su cría para llevarse a la madre como pago por atrasos. ¿Y yo qué puedo hacer? No consigo que los empleados judiciales me entreguen ninguna cuenta; no le arranco más que una sonrisa tonta al comandante en jefe cuando descubro que los soldados no cobran sus pagas desde hace tres meses, y el viejo Timbersides se echa a llorar cuando le hablo. Se ha dado a la bebida como un rey: coñac por whisky y Heidsieck en lugar de soda.

–Lo mismo que toma el Rao de Jubela. Hasta un nativo es incapaz de resistirlo por mucho tiempo –dijo Spurstow–. Se va a morir.

–Y estará bien. Después, me figuro, habrá un consejo de regencia, un tutor del joven príncipe, y se le devolverá su reino con lo acumulado en diez años.

–Con lo cual el joven príncipe, tras haber adquirido todos los vicios de los ingleses, jugará a hacer rebotes en el agua con el dinero, y en dieciocho meses destruirá el trabajo de diez años. Ya he visto esto mismo antes –dijo Spurstow–. Si estuviera en tu lugar, Lowndes, yo manejaría al rey con mano suave. Te odiarán lo bastante en cualquier caso.

–Eso está bien. El hombre que mira de lejos puede hablar de mano suave; pero no puedes limpiar la pocilga con una pluma mojada en agua de rosas. Sé cuáles son mis riesgos, aunque nada ha ocurrido aún. Mi sirviente es un viejo patán y me prepara la comida. Es difícil que quieran sobornarle y yo no acepto comestibles de mis verdaderos amigos, como ellos se denominan a sí mismos. ¡Oh, es un trabajo pesado! Más me gustaría estar contigo, Spurstow. Hay caza cerca de tu campamento.

–¿De veras? Creo que no. Unas quince muertes por día no inducen a un hombre a disparar contra otra cosa que no sea él mismo. Y lo peor es que esos pobres diablos te miran como si debieras salvarlos. Sabe Dios que lo he intentado todo. Mi última prueba fue empírica, pero le salvó la vida a un viejo. Me lo trajeron aparentemente desahuciado, y le di ginebra con salsa de Worcester y cayena. Se curó con eso, pero no lo recomiendo.

–¿Cuál es el tratamiento, en general? –dijo Hummil.

–Muy sencillo, por cierto. Clorodine, un comprimido de opio, clorodine, un colapso, nitrato, ladrillos en los pies y a continuación… la pira funeraria. Esto último parece ser lo único que termina con el problema. Se trata del cólera negro, ya saben. ¡Pobres diablos! Pero he de reconocer que Bunsee Lal, mi boticario, trabaja como un condenado. He recomendado que lo asciendan si sale con vida de esto.

–¿Y qué posibilidades tienes, amigo? –dijo Mottram.

–No lo sé ni me importa demasiado; pero ya envié la carta. ¿Cómo te va a ti?

–Sentado ante una mesa en la tienda y escupiendo encima del sextante para enfriarlo –dijo el topógrafo–. Me lavo los ojos para evitar oftalmías, que sin duda pillaré, y trato de lograr que un ayudante comprenda que un error de cinco grados en un ángulo no es tan pequeño como parece. Estoy completamente solo, ya saben, y así estaré hasta que terminen los calores.

–Hummil es un hombre de suerte –dijo Lowndes, echándose en una tumbona–. Tiene un techo de verdad, aunque la lona del techo estaba rasgada, pero aun así era un techo sobre su cabeza. Ve un tren cada día. Puede comprar cerveza, soda y hielo cuando Dios es clemente. Tiene libros, cuadros –eran recortes del Graphic– y la compañía del excelente subcontratista Jevins, además del placer de recibirnos todas las semanas.

Hummil sonrió con una mueca torva.

–Sí, me figuro que soy un hombre de suerte. La de Jevins es mejor.

–¿Cómo? ¿Acaso…?

–Sí. Murió. El lunes pasado.

–¿Se suicidó? –dijo Spurstow con rapidez, señalando la sospecha que estaba en la mente de todos. No había cólera en torno a la sección de Hummil. Hasta la fiebre otorga a un hombre, al menos, una semana de gracia y la muerte repentina por lo común implica el suicidio.

–No enjuicio a ningún hombre con estas temperaturas –dijo Hummil–. Supongo que le afectó el sol, porque la semana pasada, después de marcharse ustedes, se acercó a la galería y me dijo que esa noche pensaba ir a su casa, a ver a su mujer, en Market Street, Liverpool.

–Llamé al boticario para que le examinara y tratamos de acostarlo. Al cabo de una hora o dos se restregó los ojos, y dijo que creía que le había dado un ataque y que esperaba no haber dicho nada poco cortés. Jevins tenía mucho interés en mejorar su situación social. Se parecía a Chucks en la forma de hablar.

–¿Y entonces?

–Entonces se fue a su bungalow y empezó a limpiar su rifle. Le dijo al sirviente que iba a cazar por la mañana. Como es natural tocó el gatillo y se disparó una bala en la cabeza… por accidente. El boticario envió un informe a mi jefe y Jevins está enterrado por allí. Te hubiera telegrafiado, Spurstow, si hubiera sido posible que hicieras algo.

–Eres un tipo especial –dijo Mottram–. Si tú mismo hubieras asesinado al hombre, no podrías haber permanecido más callado al respecto.

–¡Dios santo! ¿Qué importa? –dijo Hummil con calma–. Tengo que hacer buena parte de su trabajo de supervisión además del mío. Soy la única persona perjudicada. Jevins está fuera del tema, por puro accidente, desde luego, pero fuera al fin. El boticario iba a escribir una larga perorata sobre el suicidio. Nadie mejor que un babu para escribir tonterías interminables cuando se le presenta la ocasión.

–¿Por qué no has permitido que se supiera que fue un suicidio? –dijo Lowndes.

–No había ninguna prueba concluyente. En este país un hombre no tiene muchos privilegios, pero al menos hay que permitirle que haga un manejo torpe de su propio rifle. Además, algún día puede que yo necesite de un hombre que disimule algún accidente mío. Vive y deja vivir. Muere y deja morir.

–Toma un comprimido –dijo Spurstow, que había observado de cerca la cara pálida de Hummil–. Toma un comprimido y no seas burro. Este tipo de conversación es un simple juego. De todas formas, el suicidio se desentiende de tu trabajo. Si yo fuera Job multiplicado por diez, tendría que estar tan interesado en lo que vaya a ocurrir de inmediato que me quedaría para verlo.

–¡Ah! Perdí esa curiosidad –dijo Hummil.

–¿El hígado te funciona mal? –dijo Lowndes con interés.

–No. No puedo dormir, que es peor.

–¡Por Júpiter que sí! –dijo Mottram–. A mí me ocurre de cuando en cuando, y el ataque tiene que irse por sí solo. ¿Tú qué tomas?

–Nada. ¿Para qué? No he dormido ni siquiera diez minutos desde el viernes por la mañana.

–¡Pobre muchacho! Spurstow, tú deberías ocuparte del asunto –dijo Mottram–. Ahora que lo mencionas, tus ojos están algo irritados e hinchados.

Spurstow, que no había dejado de observar a Hummil, rio con ligereza.

–Ya lo arreglaré después. ¿Les parece que hace demasiado calor para salir a cabalgar?

–¿Para ir adónde? –dijo Lowndes, fatigado–. Tendremos que irnos a las ocho y ya cabalgaremos lo suficiente entonces. Detesto cabalgar cuando tengo que hacerlo por necesidad. ¡Cielos! ¿Qué se puede hacer por aquí?

–Empezar otra partida de whist, cada punto un chick (se supone que un chick equivale a ocho chelines) y un mohur de oro la partida –dijo Spurstow con presteza.

–Póker. La paga de un mes entero para la banca, sin límites, y cincuenta rupias la apuesta. Alguien estará en la ruina antes de que nos vayamos –dijo Lowndes.

–No puedo decir que me dé gusto arruinar a ninguno de los de esta reunión –dijo Mottram–. No es muy estimulante y es una tontería –cruzó el cuarto hacia un viejo, deteriorado y pequeño piano de campaña, residuo del matrimonio que viviera en tiempos en el bungalow, y lo abrió.

–Hace mucho que no funciona –dijo Hummil–. Los sirvientes lo han hecho pedazos.

El piano estaba, en efecto, desafinado sin esperanzas, pero Mottram se ingenió para que las notas rebeldes llegaran a una especie de acuerdo, y de las teclas desniveladas surgió algo que podía haber sido alguna vez el fantasma de una canción popular de music-hall. Los hombres, desde sus tumbonas, se volvieron con evidente interés mientras Mottram aporreaba con entusiasmo cada vez mayor.

–¡Eso está bien! –dijo Lowndes–. ¡Por Júpiter! La última vez que oí esa canción fue en el 79 aproximadamente, justo antes de partir.

–¡Ah! –dijo Spurstow con orgullo–. Yo estaba en nuestra tierra en el 80 –y nombró una canción popular muy conocida por entonces.

Mottram la tocó bastante mal. Lowndes hizo una crítica y sugirió correcciones. Mottram pasó a otra cancioncilla, no de las de music-hall e hizo ademán de levantarse.

–Siéntate –dijo Hummil–, no sabía que la música entrara en tu composición. Sigue tocando hasta que no se te ocurra nada más. Haré que afinen el piano para la próxima vez que vengas. Toca algo alegre.

Muy simples en verdad eran las melodías que el arte de Mottram y las limitaciones del piano podían concretar, pero los hombres escuchaban con placer, y en las pausas hablaban todos a la vez de lo que habían visto u oído la última vez que habían estado en su tierra. Una densa tormenta de polvo se alzó fuera y barrió la casa, rugiendo y envolviéndola en una oscuridad asfixiante de medianoche, pero Mottram continuó sin prestar atención, y el tintineo loco llegaba a los oídos de los oyentes por encima del aleteo de la tela rota del techo.

En el silencio posterior a la tormenta, se deslizó desde las más personales canciones escocesas, que tarareaba a medias al tocar, hasta un himno vespertino.

–Domingo –dijo mientras asentía con la cabeza.

–Continúa. No te disculpes –dijo Spurstow.

Hummil se rio larga y estentóreamente.

–Tócalo, sea como sea. Hoy eres todo sorpresas. No sabía que tuvieras tal don de sarcasmo sutil. ¿Cómo es?

Mottram comenzó a tocar la melodía.

–El tiempo, al doble. Así pierdes el matiz de gratitud –dijo Hummil–. Tendría que ser como el tiempo de la Polka del saltamontes, así –y comenzó a cantar prestissimo:

Mi Dios, gloria a ti esta noche
por todas las bendiciones
de la luz.

–Esto demuestra que sentimos cuán bendecidos somos. ¿Cómo sigue?

Si de noche estoy tendido
en mi lecho, sin dormir,
que mi alma siempre tenga
su potencia puesta en ti,
y ningún sueño maligno
mi descanso turbará…

–¡Más rápido, Mottram!

Ni las fuerzas me molesten
de esa hosca oscuridad!

–¡Bah! ¡Qué viejo hipócrita eres!

–No seas burro –dijo Lowndes–. Estás en libertad de burlarte de cualquier otra cosa, pero no te metas con ese himno. En mi cabeza se asocia con los recuerdos más sagrados…

–Tardes de verano en el campo, vidrieras, la luz que se desvanece y tú y ella juntando sus cabezas sobre el libro de himnos –dijo Mottram.

–Sí, y un abejorro gordo que te daba en el ojo cuando volvían a casa. El olor del heno y una luna grande como una sombrerera encima del pajar; murciélagos, rosas, leche y mosquitos –dijo Lowndes.

–También madres. Recuerdo a mi madre cantando para hacerme dormir cuando yo era un pequeñín –dijo Spurstow.

La oscuridad había invadido el cuarto. Podían oír cómo se removía Hummil en su silla.

–Por consiguiente –dijo con malhumor–, tú cantas el himno cuando estás a siete brazas de profundidad en el infierno. Es un insulto a la inteligencia de la divinidad pretender que somos algo más que rebeldes torturados.

–Toma dos comprimidos –dijo Spurstow–, es un hígado torturado.

–Hummil, el que siempre se muestra plácido, hoy está de mal humor. Lo siento por sus culis, mañana –dijo Lowndes, mientras los sirvientes traían las luces y preparaban la mesa para la cena.

Cuando estaban a punto de ocupar sus puestos ante miserables chuletas de cabra y un pudín ahumado de tapioca, Spurstow aprovechó la ocasión para susurrar a Mottram: “¡Bien hecho, David!”.

–Cuida de Saúl, pues –fue la respuesta.

–¿Qué están murmurando? –dijo Hummil, suspicaz.

–Sólo decíamos que como anfitrión eres condenadamente pobre. Este pájaro no se puede cortar –respondió Spurstow con una sonrisa dulce–. ¿Tú llamas cena a esto?

–No tiene remedio. ¿O acaso esperas un banquete?

Durante aquella comida, Hummil se aplicó con laboriosidad a insultar de modo directo y agudo a todos sus huéspedes, uno tras otro, y a cada insulto Spurstow daba un puntapié al ofendido por debajo de la mesa, pero no se atrevió a cambiar miradas de inteligencia con ninguno de ellos. La cara de Hummil se veía pálida y contraída, en tanto que sus ojos estaban dilatados de forma poco natural. Ninguno de los hombres soñó siquiera por un momento en responder a sus salvajes agresiones personales, pero tan pronto como terminó la cena se dieron prisa en partir.

–No se vayan. Ahora se empiezan a animar, muchachos. Espero no haber dicho nada que los haya molestado. Son unos demonios de susceptibilidad –después, cambiando la tesitura a una súplica casi abyecta, Hummil agregó–: ¿no irán a marcharse, verdad?

–En la lengua del bendito Jorrocks, donde ceno, duermo –dijo Spurstow–. Quiero echarles un vistazo a tus culis mañana, si no te importa. ¿Puedes hacerme un lugar para dormir, me figuro?

Los otros arguyeron la urgencia de sus diversas obligaciones del día siguiente y, tras ensillar, partieron juntos, al tiempo que Hummil les rogaba que volvieran el domingo siguiente. Mientras se alejaban al trote, Lowndes abrió su pecho a Mottram.

–… Jamás en mi vida he tenido tantas ganas de patear a un hombre en su propia mesa. Dijo que yo había hecho trampas en el whist y me recordó las deudas. ¡A ti te dijo en la cara que eres un mentiroso! No estás tan indignado como deberías.

–Oh, no –dijo Mottram–. ¡Pobre diablo! ¿Alguna vez habías visto al bueno de Hummy comportarse así o de una manera remotamente parecida?

–No es una excusa. Spurstow me pateó las espinillas durante toda la cena, y por eso me controlé. De otro modo hubiera…

–No, no hubieras. Tendrías que haber hecho lo que hizo Hummy respecto a Jevins: no juzgar a un hombre con estos calores. ¡Por Júpiter! El metal de las bridas me quema las manos. Galopemos un poco, y cuidado con las madrigueras de las ratas.

Diez minutos de galope extrajeron de Lowndes una observación sensata cuando se detuvo, sudando por todos los poros:

–Está bien que Spurstow se haya quedado con él esta noche.

–Sí. Buen hombre, Spurstow. Nuestros caminos se separan aquí. Nos veremos otra vez el domingo próximo, si el sol no me destruye.

–Me figuro que sí, a menos que el ministro de finanzas del viejo Timbersides se arregle para envenenarme alguna comida. Buenas noches y… ¡que Dios te bendiga!

–¿Y qué pasa ahora?

–Oh, nada –Lowndes recogió la fusta y al tiempo que con ella rozaba el flanco de la yegua de Mottram, agregó–: tampoco tú eres mal muchacho, eso es todo –y tras esas palabras, su yegua se lanzó al galope durante media milla y a través de la arena.

En el bungalow del ingeniero ayudante, Spurstow y Hummil fumaban juntos la pipa del silencio, observándose uno a otro con mucha atención. La capacidad de dar albergue de un soltero es tan elástica como simple su instalación. Un sirviente se llevó la mesa de la cena, trajo un par de rústicos camastros nativos, hechos de tiras entrelazadas dentro de un ligero marco de madera, puso sobre cada uno una estera de tela fresca de Calcuta, los colocó uno junto a otro, prendió con alfileres dos toallas al punkah, para que sus flecos no llegaran a tocar la nariz y la boca de los durmientes y anunció que las camas estaban preparadas.

Los hombres se acostaron, y pidieron a los culis que se ocupaban del punkah que, por todas las potencias del infierno, lo mantuvieran en movimiento. Todas las puertas y ventanas estaban cerradas porque fuera el aire era un horno. Dentro, el ambiente estaba sólo a ciento cuatro grados, tal como lo probaba el termómetro, y pesado, a causa del olor de las lámparas de petróleo mal despabiladas; y ese hedor, sumado al del tabaco del país, los ladrillos de horno y la tierra reseca pone el corazón del hombre más vigoroso a la altura de sus pies, porque es el olor del Gran Imperio Indio cuando se convierte durante seis meses en una sala de tormento. Spurstow ahuecó las almohadas con habilidad, para estar reclinado y no tendido, con la cabeza a una altura mayor que la de sus pies. No es bueno dormir con una almohada baja en tiempo de calor, si tienes un cuello muy robusto, ya que se puede pasar de los ronquidos y gorgoteos vivos del sueño natural a la honda somnolencia del golpe de calor.

–Ahueca tus almohadas –dijo el médico, tajante, al ver que Hummil se preparaba a tenderse en posición horizontal.

La luz de la mariposa era tenue, la sombra del punkah ondulaba a través de la habitación, y el roce de las toallas y el gemido leve de la cuerda que pasaba por un agujero de la pared la seguían. De pronto el punkah flaqueó, casi se detuvo. El sudor caía por la frente de Spurstow. ¿Debía salir a estimular al culi? El ventilador volvió a moverse con un salto brusco y un alfiler cayó de las toallas. Cuando estuvo otra vez en su lugar, un tam-tam comenzó a sonar en las líneas culis, con el latido firme de una arteria congestionada dentro de un cerebro febril. Spurstow se volvió y soltó un juramento suave. No hubo movimiento por parte de Hummil. El hombre se había acomodado con tanta rigidez como un cadáver, con los puños cerrados junto al cuerpo. Su respiración era demasiado rápida como para sospechar que dormía. Spurstow observó la cara rígida. Tenía las mandíbulas apretadas y una arruga en torno a los párpados temblorosos.

“Está lo más rígido que puede”, pensó Spurstow. “¿Qué diablos le ocurre?”.

–¡Hummil!

–Sí –con la voz pastosa y forzada.

–¿Puedes dormir?

–No.

–¿Frente ardorosa? ¿La garganta hinchada o qué?

–Nada de eso, gracias. No duermo mucho, sabes.

–¿Te encuentras mal?

–Bastante mal, gracias. Se oye un tam-tam fuera, ¿verdad? Al principio pensé que era mi cabeza… ¡Oh, Spurstow, por piedad, dame algo que me haga dormir… dormir profundamente, siquiera durante seis horas! –se enderezó de un salto, temblando de la cabeza a los pies–. No logro dormir desde hace días y no lo puedo soportar… ¡no lo puedo soportar!

–¡Pobre amigo!

–Eso no sirve. Dame algo que me haga dormir. Te aseguro que me estoy volviendo loco. No sé lo que digo durante la mayor parte del día. Hace tres semanas que tengo que pensar y deletrear cada palabra que me viene a los labios antes de atreverme a decirla. ¿No basta eso para enloquecer a un hombre? Ahora no veo con claridad y he perdido el sentido del tacto. Me duele la piel… ¡Me duele la piel! Haz que duerma. ¡Oh, Spurstow, por el amor de Dios, hazme dormir profundamente! No basta con adormilarme. ¡Haz que duerma!

–De acuerdo, muchacho, de acuerdo. Tranquilo, que no estás tan mal como piensas.

Rotos los diques de la reserva, Hummil se agarró a él como un niño aterrado.

–Me estás partiendo el brazo a pellizcos.

–Te partiré el cuello si no haces algo por mí. No, no he querido decir eso. No te enfades, amigo –se enjugó el sudor a la vez que luchaba por recobrar la compostura–. Estoy nervioso y desganado, tal vez tú puedas recetarme alguna mezcla soporífera… bromuro de potasio.

–¡Bromuro de bobadas! ¿Por qué no me lo dijiste antes? Suéltame el brazo y veré si tengo algo en la cigarrera para aliviar tus males –Spurstow buscó entre sus ropas de calle, subió la luz de la mariposa, abrió una pequeña cigarrera y se acercó al expectante Hummil con la más pequeña y frágil de las jeringas.

–El último atractivo de la civilización –dijo– y algo que detesto usar. Extiende el brazo. Bien, tus insomnios no te han estropeado la musculatura. ¡Qué piel tan dura! Es como si le estuviera poniendo una inyección subcutánea a un búfalo. Ahora, en unos pocos minutos empezará a obrar la morfina. Échate y espera.

Una sonrisa de gusto puro y estúpido comenzó a invadir la cara de Hummil.

–Creo –susurró–, creo que me estoy yendo. ¡Dios! ¡Es realmente celestial! Spurstow, tienes que darme esa cigarrera para que te la guarde. Tú… –la voz calló mientras la cabeza caía hacia atrás.

–Ni por todo el oro del mundo –dijo Spurstow a la forma inconsciente–. Pues bien, amigo mío, los insomnios de esta clase son muy adecuados para debilitar la fibra moral en los pequeños asuntos de la vida y la muerte, de modo que me tomaré la libertad de inutilizar tus armas.

Descalzo, fue hasta el cuarto en que Hummil guardaba los arneses; sacó de su caja un rifle del calibre doce, un fusil automático y un revólver. Al primero le quitó el disparador y lo escondió en el fondo de un baúl de arreos; al segundo le sacó el alza y de un puntapié la mandó bajo un gran armario. Abrió el tercero y le partió la mira de la empuñadura con el tacón de una bota de montar.

–Ya está –dijo mientras se sacudía el sudor de las manos–. Estas pequeñas precauciones al menos te darán tiempo para arrepentirte. Sientes demasiada simpatía por los accidentes con armas de fuego.

Cuando se levantaba del suelo, la voz pastosa y ronca de Hummil exclamó desde la puerta:

–¡Idiota!

Era el tono de quienes hablan a sus amigos, en los intervalos de lucidez, poco antes de morir.

Spurstow se sobresaltó y dejó caer la pistola. Hummil estaba en el vano de la puerta, meciéndose entre carcajadas sin control.

–Estuviste muy bien, sin duda –dijo con lentitud, eligiendo cada palabra–. Por ahora, no me propongo darme la muerte con mis propias manos. Mira, Spurstow, eso no funciona. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo hacer? –y un terror pánico le anegaba los ojos.

–Échate y aguarda un poco. Échate ahora mismo.

–No me atrevo. Sólo me dormiré a medias otra vez y ya no podré ir más allá. ¿Sabes? Tuve que hacer un esfuerzo para volver ahora. En general soy veloz como el rayo, pero tú me habías trabado los pies. Estuve a punto de quedarme.

–Oh, sí, comprendo. Ve y acuéstate.

–No, no es delirio, pero ha sido un truco despreciable para usarlo contra mí. ¿No sabes que podría haber muerto?

Tal como una esponja deja limpia una pizarra, así algún poder desconocido para Spurstow había borrado todo lo que definía como la cara de un hombre el rostro de Hummil, que, desde el vano, mostraba una expresión de inocencia perdida. Había vuelto en el sueño a una infancia amedrentada.

“¿Irá a morirse ahora mismo?”, pensó Spurstow, para agregar en voz alta:

–Bien, hijo. Vuelve a la cama y cuéntamelo todo. No podías dormir. ¿Pero qué era todo el resto de disparates?

–Un lugar… un lugar allá abajo –dijo Hummil con simple sinceridad. La droga obraba sobre él en oleadas, llevándolo del temor de un hombre fuerte al miedo de un niño, según recuperara el sentido o se embotara.

–¡Dios mío! He temido esto durante meses, Spurstow. Me ha convertido las noches en un infierno y sin embargo no soy consciente de haber hecho nada malo.

–Tranquilo; te daré otra dosis. Le pondremos fin a tus pesadillas, ¡tonto consumado!

–Sí, pero has de darme lo suficiente como para que no pueda alejarme. Hazme dormir profundamente, no dormitar. Porque entonces es difícil correr.

–Lo sé, lo sé. Yo mismo he pasado por eso. Los síntomas son tal como los describes.

–¡Oh, no te burles de mí, maldito seas! Antes de tener este insomnio horrible trataba de dormir sobre mi codo, y ponía una espuela en la cama para que me pinchara si caía sobre ella. ¡Mira!

–¡Por Júpiter! ¡El hombre está espoleado como un caballo! ¡El jinete ha sido la pesadilla con una venganza! Y todos le creíamos bastante sensato. ¡Que el cielo nos permita comprender! Quieres hablar, ¿verdad?

–Sí, a veces. No cuando tengo miedo. Entonces quiero correr. ¿A ti no te pasa eso?

–Siempre. Antes que te dé la segunda dosis dime exactamente qué te sucede.

Hummil habló con susurros entrecortados casi diez minutos, durante los cuales Spurstow le miró las pupilas y pasó su mano ante ellas una o dos veces.

Al final del relato, reapareció la cigarrera de plata y las últimas palabras que dijo Hummil, mientras se echaba por segunda vez, fueron:

–Hazme dormir profundamente, porque si me pillan, ¡me muero…! ¡Me muero!

–Sí, sí, a todos nos pasa, tarde o temprano… demos gracias al cielo que ha establecido un límite para nuestras miserias –dijo Spurstow a la vez que acomodaba las almohadas bajo la cabeza–. Se me ocurre que a menos que beba algo me iré yo antes de tiempo. He dejado de sudar, aunque el cuello de la camisa es un diecisiete.

Se preparó un té bien caliente, que es un buen remedio para los golpes de calor, si se toman tres o cuatro tazas en el momento oportuno. Después observó al dormido.

–Una cara ciega que llora y que no puede secarse los ojos, una cara ciega que lo persigue por los corredores. ¡Hum! Está claro que Hummil tendría que obtener un permiso lo antes posible y, cuerdo o no, es evidente que se ha clavado esa espuela con crueldad. En fin, ¡que el cielo nos permita comprender!

A mediodía Hummil se levantó; tenía mal sabor de boca pero los ojos límpidos y el corazón alegre.

–Anoche estaba bastante mal, ¿verdad?

–He visto hombres en mejores condiciones. Habrás cogido un principio de insolación. Oye: si te escribo un certificado médico estupendo, ¿pedirás un permiso de inmediato?

–No.

–¿Por qué no? Si lo quieres.

–Sí, pero puedo aguantar hasta que el tiempo refresque.

–¿Pero por qué, si te pueden reemplazar ahora mismo?

–Burkett es el único al que pueden enviar y es tonto de nacimiento.

–Oh, no te preocupes por el ferrocarril. Tú no eres imprescindible. Telegrafía para pedir un reemplazo, si es necesario.

Hummil se mostraba muy incómodo.

–Puedo esperar hasta las lluvias –dijo Hummil, evasivo.

–No puedes. Telegrafía a la central para que envíen a Burkett.

–No lo haré. Si quieres saber de verdad por qué, Burkett está casado y su mujer acaba de tener un niño y está arriba, en Simia, por el fresco, y Burkett está en un buen puesto, que le permite ir a Simia de sábado a lunes. Esa pobrecita mujer no se encuentra del todo bien. Si Burkett fuera trasladado, ella procuraría seguirlo. Si deja al niño, se morirá de preocupación. Si viene (y Burkett es uno de esos animalitos egoístas que siempre están hablando de que el lugar de la mujer está junto a su marido), se morirá. Es cometer un asesinato traer a una mujer hasta aquí ahora. Burkett no tiene la resistencia de una rata. Si viniera aquí, lo perderíamos, y sé que ella no tiene dinero; además, estoy seguro de que también ella moriría. En cierto sentido, yo estoy vacunado y no tengo mujer. Espera hasta que lleguen las lluvias y entonces Burkett podrá adelgazar aquí, le vendrá muy bien.

–¿Quieres decir que te propones enfrentarte con… lo que te has enfrentado hasta que lleguen las lluvias?

–No será tan terrible, ahora que me has indicado el camino para salir de eso. Te puedo telegrafiar. Además, ahora que ya sé cómo meterme en el sueño, todo se arreglará. De todas formas, no puedo pedir un permiso. Esto es todo.

–¡Mi excelente escocés! Pensaba que toda esa clase de cosas estaban muertas y enterradas.

–¡Bobadas! Tú harías lo mismo. Me siento como nuevo, gracias a esa cigarrera. Te vas al campamento ahora, ¿verdad?

–Sí, pero trataré de venir cada dos días, si puedo.

–No estoy tan mal como para eso. No quiero que te molestes. Dales a los culis ginebra y cátsup.

–¿O sea que te encuentras bien?

–Preparado para luchar por mi vida, pero no para quedarme al sol hablando contigo. En marcha, amigo, ¡y que Dios te bendiga!

Hummil giró sobre sus talones para enfrentarse con la desolación y los ecos de su bungalow, y lo primero que vio, de pie en la galería, fue su propia figura. Una vez, antes, había visto una aparición similar, en momentos en que estaba agobiado por el trabajo y agotado por el calor.

–Esto está muy mal –dijo, frotándose los ojos–. Si eso se aleja de mí de pronto, como un fantasma, sabré que lo único que ocurre es que mis ojos y mi estómago no van bien. Si camina… he perdido la cabeza.

Se acercó a la figura que, naturalmente, se mantenía a una distancia invariable de él, como ocurre con todos los espectros que nacen del exceso de trabajo. El fantasma se deslizó a través de la casa para disolverse en manchas que nadaban en sus ojos, tan pronto llegó a la luz llameante del jardín. Hummil se ocupó de su trabajo hasta la noche. Cuando entró a cenar se encontró consigo mismo sentado a la mesa. La visión se puso de pie y salió a toda prisa. Excepto en que no proyectaba sombra, era real en todos los demás rasgos.

No hay persona viviente que sepa lo que esa semana reservó a Hummil. Un recrudecimiento de la epidemia mantuvo a Spurstow en el campamento, entre los culis, y todo lo que pudo hacer fue telegrafiar a Mottram, para pedirle que fuese al bungalow y durmiera allí. Pero Mottram estaba a cuarenta millas de distancia del telégrafo más cercano, y no supo nada de nada que no fuesen las necesidades de su tarea de topógrafo hasta que, a primera hora de la mañana del domingo, se encontró con Lowndes y Spurstow, para dirigirse hacia el bungalow de Hummil y la reunión semanal.

–Espero que el pobre muchacho esté en mejores condiciones –dijo Mottram, desmontando en la puerta–. Supongo que no se ha levantado aún.

–Le echaré una mirada –dijo el médico–. Si está dormido no hay necesidad de despertarle.

Y un instante más tarde, por el tono de la voz de Spurstow al pedirles que entraran, los hombres supieron lo que había sucedido. No había necesidad de despertarlo.

El punkah todavía se agitaba sobre la cama, pero Hummil había dejado esta vida al menos tres horas antes.

El cuerpo yacía de espaldas, con los puños a los lados, tal como Spurstow lo había visto siete noches antes. En los ojos abiertos y fijos estaba escrito un terror que supera la capacidad de expresión de cualquier pluma.

Mottram, que había entrado por detrás de Lowndes, se inclinó sobre el muerto y le rozó la frente con los labios.

–¡Oh, hombre de suerte, hombre de suerte! –susurró.

Pero Lowndes había observado los ojos, y se apartó temblando hasta el extremo opuesto del cuarto.

–¡Pobre muchacho! ¡Pobre muchacho! Y la última vez que nos vimos me enfadé. Spurstow, tendríamos que haberlo controlado. ¿Se ha…?

Con habilidad, Spurstow seguía investigando, para terminar con una búsqueda en toda la habitación.

–No, no lo hizo –estalló–. No hay huellas de nada. Llamen a los sirvientes.

Llegaron, eran ocho o diez, murmurando y mirando uno por encima del hombro del otro.

–¿A qué hora fue a la cama su sahib? –dijo Spurstow.

–A las once o a las diez, creemos –dijo el sirviente personal de Hummil.

–¿Estaba bien a esa hora? Pero tú no puedes saberlo.

–No se veía enfermo, tal como se entiende la palabra. Pero había dormido muy poco durante tres noches. Lo sé porque lo vi caminando largo rato, sobre todo en medio de la noche.

Mientras Spurstow extendía la sábana, una gran espuela de caza, recta, cayó al suelo. El doctor gimió. El sirviente de Hummil observó el cuerpo.

–¿Qué piensas, Chuma? –dijo Spurstow al ver una expresión de la cara oscura.

–Hijo del cielo, en mi humilde opinión, el que era mi amo bajó a los Lugares Oscuros y allí quedó atrapado porque no pudo escapar tan rápido como es necesario. Tenemos la espuela como prueba de que luchaba contra el Terror. También he visto a hombres de mi raza hacer esto mismo con espinas, cuando los habían hechizado de modo que algo podía sorprenderlos durante las horas de sueño, y no se atrevían a dormir.

–Chuma, eres un tonto. Ve y prepara los sellos para ponerlos en las cosas del sahib.

–Dios ha hecho al hijo del cielo. Dios me ha hecho a mí. ¿Quiénes somos nosotros para preguntar por los designios de Dios? Ordenaré a los otros sirvientes que se mantengan apartados mientras tú preparas la lista de los bienes del sahib. Son todos ladrones y querrán robar.

–Por lo que puedo deducir, murió de… oh, de cualquier cosa; paro cardíaco, golpe de calor o por alguna otra disposición divina –dijo Spurstow a sus compañeros–. Debemos hacer un inventario de sus efectos y demás cosas.

–Estaba muerto de terror –insistió Lowndes–. ¡Miren esos ojos! ¡Por piedad, no dejes que lo entierren con los ojos abiertos!

–Fuera lo que fuese, ahora se libró de todos los problemas –dijo Mottram con suavidad.

Spurstow observaba los ojos abiertos.

–Vengan –dijo–. ¿No ven algo allí?

–¡No puedo mirar! –sollozó Lowndes–. ¡Tápale la cara! ¿Cuál es el miedo que puede haber en el mundo capaz de convertir a un hombre en algo así? Es horrible. ¡Oh, Spurstow, tápalo!

–Ningún miedo… en la tierra –dijo Spurstow. Mottram se inclinó por encima del hombro de su amigo y miró con atención.

–Lo único que veo es una mancha gris en las pupilas. Ya sabes que no puede haber nada allí.

–Así es. Bien, pensemos. Llevará medio día preparar cualquier clase de ataúd y debe haber muerto hacia medianoche. Lowndes, amigo, sal y diles a los culis que caven la tierra junto a la tumba de Jevins. Mottram, recorre la casa con Chuma y comprueba que se pongan los sellos en todas las cosas. Mándame un par de hombres aquí y yo me ocuparé del resto.

Cuando los sirvientes de brazos fornidos regresaron junto a los suyos, narraron una extraña historia acerca del sahib doctor que en vano había tratado de devolver la vida al amo mediante artes mágicas; por ejemplo, el sahib doctor, sosteniendo una cajita verde que hacía un ruido delante de cada uno de los ojos del muerto, susurraba algo, desconcertado, antes de llevarse consigo la cajita verde.

 

El martillar resonante sobre la tapa de un ataúd no es algo agradable de oír, pero los que han pasado por la experiencia aseguran que es mucho más terrible el crujido suave de las sábanas, el roce repetido de las tiras de tela con que el que ha caído en el camino es preparado para su entierro, y se hunde poco a poco, mientras se deslizan las cuerdas, hasta que la forma amortajada toca el suelo, y no protesta por la indignidad de una ceremonia apresurada.

A último momento, Lowndes se vio asaltado por escrúpulos de conciencia.

–¿Tienes que leer tú el servicio, del principio al fin? –dijo a Spurstow.

–Pensaba hacerlo. Tú eres mi superior como funcionario. Hazlo tú, si quieres.

–No se me había pasado por la cabeza. Sólo pensé que tal vez podría venir un capellán de alguna parte… Me ofrezco a ir a buscarlo adonde sea, para ofrecerle algo mejor al pobre Hummil. Eso es todo.

–¡Bobadas! –dijo Spurstow, mientras preparaba sus labios para decir las palabras tremendas que dan comienzo al oficio de difuntos.

Después del desayuno, fumaron una pipa en silencio, en memoria del muerto. Entonces Spurstow dijo, ausente:

–No está en la ciencia médica.

–¿Qué?

–Lo de cosas en los ojos de un muerto.

–¡Por el amor de Dios, no hables de ese horror! –dijo Lowndes–. He visto morir de puro pánico a un nativo perseguido por un tigre. Yo sé qué es lo que mató a Hummil.

–¡Qué sabes tú! Yo trataré de verlo –y el doctor se encerró en el cuarto de baño con una cámara Kodak. Después de unos minutos se oyó el ruido de algo que era destrozado a golpes y Spurstow reapareció, extremadamente pálido.

–¿Tienes la foto? –dijo Mottram–. ¿Qué se ve?

–Era imposible, claro. No tienes por qué mirar, Mottram. Destruí los negativos. No había nada. Era imposible.

–Eso –dijo Lowndes, subrayando las palabras, mientras observaba la mano temblorosa que luchaba por encender la pipa– es una condenada mentira.

Mottram rio, incómodo.

–Spurstow tiene razón –dijo–. Los tres nos encontramos en tal estado que creeríamos cualquier cosa. Por piedad, procuremos ser racionales.

No se habló durante largo rato. El viento caliente silbaba afuera y los árboles resecos sollozaban. Por fin, el tren diario, bronce reluciente, acero pulido y vapor a chorros, subió jadeante en medio del resplandor intenso.

–Será mejor que nos marchemos en el tren –dijo Spurstow–. De vuelta al trabajo. Extendí el certificado. No podemos hacer nada más aquí, y el trabajo nos dará calma. Vamos.

Ninguno se movió. No es agradable viajar en tren en un mediodía de junio. Spurstow cogió su sombrero y su fusta y, desde la puerta, dijo:

 

Es posible que haya cielo,
y sin duda hay un infierno,
aunque aquí está nuestra vida,
por ventura, ¿no es así?

Ni Mottram ni Lowndes tenían respuesta para esa pregunta.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)