viernes, 15 de mayo de 2026

La muerte tiene permiso

Edmundo Valadés

 

Sobre el estrado, los ingenieros conversan, se ríen. Se golpean unos a otros con bromas incisivas. Sueltan chistes gruesos cuyo clímax es siempre áspero. Poco a poco su atención se concreta en el auditorio. Dejan de recordar la última juerga, las intimidades de la muchacha que debutó en la casa de recreo a la que son asiduos. El tema de su charla son ahora esos hombres, ejidatarios congregados en una asamblea y que están ahí abajo frente a ellos.

–Sí, debemos redimirlos. Hay que incorporarlos a nuestra civilización, limpiándolos por fuera y enseñándolos a ser sucios por dentro.

–Es usted un escéptico, ingeniero. Además pone usted en tela de juicio nuestros esfuerzos, los de la revolución.

–¡Bah! Todo es inútil. Estos jijos son irredimibles. Están podridos en alcohol, en ignorancia. De nada ha de servirles repartirles tierras.

–Usted es superficial, un derrotista, compañero. Nosotros tenemos la culpa. Les hemos dado las tierras, ¿y qué? Estamos ya muy satisfechos. Y el crédito, los abonos, una nueva técnica agrícola, maquinaria, ¿van a inventar ellos todo eso?

El presidente, mientras se atusa los enhiestos bigotes, acariciada asta por la que iza sus dedos con fruición, observa tras sus gafas, inmune al floreteo de los ingenieros. Cuando el olor animal, terrestre, picante de quien se acomoda en las bancas, cosquillea su olfato, saca un paliacate y se suena las narices ruidosamente. Él también fue hombre de campo. Pero hace mucho tiempo. Ahora de aquello, la ciudad y su posición solo le han dejado el pañuelo y la rugosidad de sus manos.

Los de abajo se sientan con solemnidad, con el recogimiento del hombre campesino que penetra en un recinto cerrado: la asamblea o el templo. Hablan parcamente y las palabras que hablan dicen de cosechas, de lluvia, de animales de crédito. Muchos llevan sus itacates al hombro, cartucheras para combatir el hambre. Algunos fuman, sosegadamente, sin prisa, con los cigarrillos como si les hubiesen crecido de la propia mano.

Otros de pie, recargados en los muros laterales, con los brazos cruzados sobre el pecho, hacen una tranquila guardia.

El presidente agita la campanilla y su retintín diluye los murmullos. Primero empiezan los ingenieros. Hablan de los problemas agrarios, de la necesidad de incrementar la producción, de mejorar los cultivos. Prometen ayudar a los ejidatarios, los estimulan a plantear sus necesidades.

–Queremos ayudarlos, pueden confiar en nosotros.

Ahora es el turno de los de abajo. El presidente los invita a exponer sus asuntos. Una mano se alza tímida. Otras la siguen. Van hablando de sus cosas: el agua, el cacique, el crédito, la escuela. Unos son directos, precisos, otros se enredan, no atinan a expresarse. Se rascan la cabeza y vuelven el rostro a buscar lo que iban a decir, como si la idea se les hubiera escondido en algún rincón, en los ojos de un compañero o arriba donde cuelga un candil.

Allí en un grupo, hay cuchicheos. Son todos del mismo pueblo. Les preocupa algo grave. Se consultan unos a otros; consideran quién es el que debe tomar la palabra.

–Yo crioque Jilipe: sabe mucho…

–Ora, tú, Juan, tú hablaste aquella vez…

No hay unanimidad. Los aludidos esperan ser empujados. Un viejo, quizá el patriarca, decide:

–Pos que le toque a Sacramento.

Sacramento espera.

–Ándale, levanta la mano…

La mano se alza, pero no la ve el presidente. Otras son más visibles y ganan el turno. Sacramento escudriña al viejo. Uno, muy joven, levanta la suya, bien alta. Sobre el bosque de hirsutas cabezas pueden verse los cinco dedos morenos, terrosos. La mano es descubierta por el presidente. La palabra está concedida.

–Órale, párate.

La mano baja cuando Sacramento se pone de pie. Trata de hallarle sitio al sombrero. El sombrero se transforma en un ancho estorbo, crece, no cabe en ningún lado. Sacramento se queda con él en las manos. En la mesa hay señales de impaciencia. La voz del presidente salta, autoritaria, conminativa:

–A ver ese que pidió la palabra, lo estamos esperando.

Sacramento prende sus ojos en el ingeniero que se halla a un extremo de la mesa. Parece que solo va a dirigirse a él; que los demás han desaparecido y han quedado únicamente ellos dos en la sala.

–Quiero hablar por los de San Juan de las Manzanas. Traimos una queja contra el Presidente Municipal que nos hace mucha guerra y ya no lo aguantamos. Primero les quitó sus tierritas a Felipe Pérez y a Juan Hernández, porque colindaban con las suyas. Telegrafiamos a México y ni nos contestaron. Hablamos los de la congregación y pensamos que era bueno ir al Agrario, pa la restitución. Pos de nada valieron las vueltas ni los papeles, que las tierritas se le quedaron al Presidente Municipal.

Sacramento habla sin que se alteren sus facciones. Pudiera creerse que reza una vieja oración, de la que sabe muy bien el principio y el fin.

–Pos nada, que como nos vio con rencor, nos acusó quesque por revoltosos. Que parecía que nosotros le habíamos quitado sus tierras. Se nos vino entonces con eso de las cuentas; lo de los préstamos, siñor, que dizque andábamos atrasados. Y el agente era de su mal parecer, que teníamos que pagar hartos intereses. Crescencio, el que vive por la loma, por ai donde está el aguaje y que le intelige a eso de los números, pos hizo las cuentas y no era verdá: nos querían cobrar de más. Pero el Presidente Municipal trajo a unos señores de México, que con muchos poderes y que si no pagábamos, nos quitaban las tierras. Pos como quien dice, nos cobró a la fuerza lo que no debíamos…

Sacramento habla sin énfasis, sin pausas premeditadas. Es como si estuviera arando la tierra. Sus palabras caen como granos, al sembrar.

–Pos luego lo de m’hijo, señor. Se encorajinó el muchacho. Si viera usté que a mí me dio mala idea. Yo lo quise detener. Había tomado y se le enturbió la cabeza. De nada me valió mi respeto. Se fue a buscar al Presidente Municipal, pa reclamarle… Lo mataron a la mala, que dizque se andaba robando una vaca del Presidente Municipal. Me lo devolvieron difunto, con la cara destrozada…

La nuez de la garganta de Sacramento ha temblado. Solo eso. Él continúa de pie, como un árbol que ha afianzado sus raíces. Nada más. Todavía clava su mirada en el ingeniero, el mismo que se halla en el extremo de la mesa.

–Luego, lo del agua. Como hay poca, porque hubo malas lluvias, el Presidente Municipal cerró el canal. Y como se iban a secar las milpas y la congregación iba a pasar mal año, fuimos a buscarlo; que nos diera tantita agua, siñor, para nuestras siembras. Y nos atendió con malas razones, que por nada se amuina con nosotros. No se bajó de su mula, pa perjudicarnos.

Una mano jala el brazo de Sacramento. Uno de sus compañeros le indica algo. La voz de Sacramento es lo único que resuena en el recinto.

–Si todo esto fuera poco, que lo del agua, gracias a la Virgencita, hubo más lluvias y medio salvamos las cosechas, está lo del sábado. Salió el Presidente Municipal con los suyos, que son gente mala y nos robaron dos muchachas: a Lupita, la que se iba a casar con Herminio, y a la hija de Crescencio. Como nos tomaron desprevenidos, que andábamos en la faena, no pudimos evitarlo. Se las llevaron a fuerza al monte y ai las dejaron tiradas. Cuando regresaron las muchachas, en muy malas condiciones, porque hasta de golpes les dieron, ni siquiera tuvimos que preguntar nada. Y se alborotó la gente de a deveras, que ya nos cansamos de estar a merced de tan mala autoridad.

Por primera vez, la voz de Sacramento vibró. En ella latió una amenaza, un odio, una decisión ominosa.

–Y como nadie nos hace caso, que a todas las autoridades hemos visto y pos no sabemos dónde andará la justicia, queremos tomar aquí providencias. A ustedes –y Sacramento recorrió a cada ingeniero con la mirada y la detuvo ante quien presidía–, que nos prometen ayudarnos, les pedimos su gracia para castigar al Presidente Municipal de San Juan de las Manzanas. Solicitamos su venia para hacernos justicia por nuestra propia mano…

Todos los ojos auscultan a los que están en el estrado. El presidente y los ingenieros, mudos, se miran entre sí. Discuten al fin.

–Es absurdo, no podemos sancionar esta inconcebible petición.

–No, compañero, no es absurda. Absurdo sería dejar este asunto en manos de quienes no han hecho nada, de quienes han desoído esas voces. Sería cobardía esperar a que nuestra justicia hiciera justicia, ellos ya no creerán nunca más en nosotros. Prefiero solidarizarme con estos hombres, con su justicia primitiva, pero justicia al fin; asumir con ellos la responsabilidad que me toque. Por mí, no nos queda sino concederles lo que piden.

–Pero somos civilizados, tenemos instituciones; no podemos hacerlas a un lado.

–Sería justificar la barbarie, los actos fuera de ley.

–¿Y qué peores actos fuera de ley que los que ellos denuncian? Si a nosotros nos hubieran ofendido como los han ofendido a ellos; si a nosotros nos hubieran causado menos daños que los que les han hecho padecer, ya hubiéramos matado, ya hubiéramos olvidado una justicia que no interviene. Yo exijo que se someta a votación la propuesta.

–Yo pienso como usted, compañero.

–Pero estos tipos son unos ladinos, habría que averiguar la verdad. Además no tenemos autoridad para conceder una petición como ésta.

Ahora interviene el presidente. Surge en él el hombre de campo. Su voz es inapelable.

–Será la asamblea la que decida. Yo asumo la responsabilidad.

Se dirige al auditorio. Su voz es una voz campesina, la misma voz que debe de haber hablado allá en el monte, confundida en la tierra, con los suyos.

–Se pone a votación la proposición de los compañeros de San Juan de las Manzanas. Los que estén de acuerdo en que se les dé permiso para matar al Presidente Municipal, que levanten la mano…

Todos los brazos se tienden a lo alto. También los de los ingenieros. No hay una sola mano que no esté arriba, categóricamente aprobando. Cada dedo señala la muerte inmediata, directa.

–La asamblea da permiso a los de San Juan de las Manzanas para lo que solicitan.

Sacramento, que ha permanecido en pie, con calma, termina de hablar. No hay alegría ni dolor en lo que dice, su expresión es sencilla, simple.

–Pos muchas gracias por el permiso, porque como nadie nos hacía caso, desde ayer el Presidente Municipal de San Juan de las Manzanas está difunto.

 

(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)

 

Carta para Suecia

Slawomir Mrozek

 

Distinguido señor Nobel:

Solicito humildemente que me sea concedido el premio que lleva su nombre.

Mis motivos son los siguientes:

Trabajo como contable en una oficina estatal y, en el ejercicio de mis funciones, he escrito unos cuantos libros, a saber: el Libro de entradas y salidas, el Libro de balances y el Libro mayor. Además, en colaboración con el almacenero, he escrito una novela fantástica titulada Inventario.

Creo que le gustarían porque son libros escritos con imaginación y tienen mucha gracia (son auténticas sátiras). Si deseara leerlos, podría prestárselos, aunque por poco tiempo, porque están muy solicitados. Quien tiene más interés es el inspector de Hacienda, ya puedo oír su voz en el despacho de al lado.

Hablando del inspector, preveo que tendré ciertos gastos porque me temo que los libros no van a ser de su agrado. Precisamente le escribo a usted esta carta para que el premio me permita sufragarlos. Por favor, mande el giro a mi domicilio. Dejaré una autorización a nombre de mi mujer, por si yo no estuviera ya en casa el día que venga el cartero. En tal caso, el dinero servirá para pagar al abogado o… espere un momento, señor Nobel, acaba de entrar el inspector.

Ya se fue. ¿Sabe qué le digo, señor Nobel? Mándeme mejor dos premios. No tiene usted idea de cómo se han disparado los precios.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

jueves, 14 de mayo de 2026

Morir en vida

Luis Gastélum

 

para Meli, por su longanimidad

 

Alicia veía en su padre a Dios todopoderoso. De niña le invadía el miedo y su padre nada más la abrazaba y el temor desaparecía. Luego se la sentaba en su regazo y le contaba historias en las que ella era la estrella y la felicidad, un deber para cada fin de los cuentos. Todo era fulgor, pero después todo se hizo penumbras y su existencia fue oscura, tan sombría como la tumba que habita desde su entierro en vida, como ella misma define al ahogo que debe soportar desde el principio de la enfermedad de su padre.

Alicia era una mujer hermosa en todas sus expresiones y primero sufrió un deterioro íntimo y luego del cuerpo. El estropicio de su moral, moldeada en las más sanas convicciones de las escuelas de monjas, se dio poco a poco hasta abjurar el opuesto de su esencia. Su paso de creyente a hereje fue un salto repentino, hasta maldecir todo lo bendito por la Iglesia católica, que era su horma. Perdió la fe en el refugio espiritual del Cristo que su padre le enseñó a creer y respetar y ahora, en el borde de una realidad infausta, cuando la savia se le agotó sin haber degustado sus prodigios y la vida se le convirtió en una carga tan fecunda como la desventura de un alma en pena, Alicia sabe, por experiencia vivida en carne propia, que no es tan difícil vivir sin alguien y cobijarse en una soledad punzante, pero lo que le resulta un hastío es cohabitar con ella misma, en un constante enfrentamiento con los fantasmas de su existir.

A sus casi cincuenta años, el sabor de la hiel de la amargura es una degustación ordinaria y admite que su aureola es una vida anulada por la adversidad, por más que la disfrace con la desgracia del coma de su padre. De hecho, está convencida de que ella es la mejor encarnación del sufrimiento y el pesar, porque ser como ella duele. “Yo soy el dolor, Esteban”, le dice al padre, como le llama desde el abandono de Silvia y él asumió las veces de madre y que ahora, en su larga agonía, está impedido para verla y oírla. Por eso, cuando lo visita en el hospital, una de sus pocas cotidianeidades aparte de rumiar en su soledad la frustración de estar y no ser y en la que ya se le fue el tiempo hasta convertirse en una anciana de espíritu enfermo y sin remedio, Alicia se pasa las horas cogida a la mano inerme de los despojos de su padre, en estado cataléptico desde hace años y enredado en tantos tubos con líquidos viscosos que van y vienen. Pero Esteban no responde. “No quiere”, piensa Alicia, “me quiere mantener aquí, atada a él”.

Le cuenta historias, largas historias inspiradas en ese techo áspero de su recámara –el otro refugio de su vida inútil después de ese cuarto de hospital donde se enseñorea el agobio– que durante los eternos insomnios no ceja en sus figuras demoníacas, como aquella de la representación de la maldad, que no entiende de razones e invade a cualquiera, a buenos y malos, y que pesa como un muerto. “La maldad no hace distinción, Esteban, cuando llega, uno siente como una bienvenida a un mundo sin alternativa: morir en vida y hacer lo mismo a los demás”, le reclama con cierta ira al tiempo que estruja la mano desvalida de su padre, en espera de alguna respuesta que nunca llega, ni siquiera un reclamo como aquellos que le hacía en la otra vida, en represalia a las huidas disfrazadas de tareas con sus amigos, entre gritos y siempre con su “allá tú, ya eres adulta y sabes muy bien lo que haces, pero el día que salgas embarazada y te dejen como a una puta te vas arrepentir”.

Alicia sabe que su padre, que cayó en coma justo en los días en que iba a casarse y por eso desistió de su matrimonio para dedicarse a él, ahora ya no puede reclamarle, ni escucharla y mucho menos darle un consejo, como aquel “tú sabes lo que te conviene”, aunque sea, o tan siquiera hacerle un chantaje, como solo él sabía hacer: “Sí, porqué habría de importarte dejarme solo, como lo hizo tu madre contigo y conmigo, aunque yo te haya dado la vida. Anda, cásate, a ver cómo te va a ir en tu matrimonio por abandonar a tu padre. El Creador sabrá que hacer contigo cuando te llame a cuentas...”.

Alicia resuella por la herida: “Esteban solo está empecinado en no hablar para mantenerla atada a su desgracia, que ya es la mía”, medita mientras vuelve a refugiarse en la cuenta de las gotas que caen de la botella de uno de los sueros a una de las sondas que hacen de su padre un vegetal, en esa cuenta que ya suman millones de lágrimas y que cuando los pensamientos dejan de zumbar le parecen estrepitosas en su caída sobre el silencio del cuarto, de esas cuatro paredes que envuelven la impresión de un encierro sin salida y que ya es como una extensión de su casa y que a veces, de acuerdo al humor, le resulta tan familiar y cuando está de ánimo hasta lo disfruta y lo recorre al tiempo que le cuenta a su padre las historias que fragua con el techo de su habitación en los insomnios sempiternos.

“Siempre queremos aminorar nuestra angustia buscando una angustia más grande, Esteban”, murmura al tiempo que lo ve sin mirarlo y mientras abre un libro que le lee pero que se lo lee a sí misma, en un intento de no pensar en la amargura que la acompaña. Su padre, aquel que se impuso en nombrarla Alicia porque a su hija le esperaba un mundo de maravillas, es el único familiar que le quedaba y al que, ahora sí, sin temor alguno a la extorsión emotiva, le hace confesiones que antes ni hubiera imaginado y le cuenta de sus conquistas y con los que se acuesta y lo que le hacen y lo que les paga, como aquél que conoció en un bar y que se le acercó y le preguntó que si no le había dolido la caída y ella, extrañada, le respondió a qué caída se refería y él le contestó que la caída del cielo, ella sonrió y luego la cortejó y la convenció y fueron a un hotel y la besó y le elogió los labios tan suaves y le dijo que nunca había besado otros igual, le detalló cómo le quitó la ropa entre un beso por aquí y una mano por allá y de regreso, mientras le hablaba de que la ropa y el sexo son lo mismo porque uno nunca sabe qué ponerse para sentirse bien y le explicó que le pidió permiso para tocarle los senos que ya le estaba tocando, cómo la desvistió y después cómo la penetró hasta, ahora sí, sentir que caía del cielo. “Me quedé dormida y a la mañana siguiente me desperté sola, como todos los días, pero esta vez sin la cartera”, le contó. “Ni siquiera se esperó a que le pagara, se pagó solo”, dijo para sí nada más, porque no le gustaba que nadie le dijera pendeja, solo ella, ni siquiera su padre con su frase disfrazada de “ya eres adulta y sabes lo que haces”, por eso sonrió viéndolo de frente y en espera de un reclamo inútil, de un milagro.

“En una ciudad donde gobierna el desamor y la soledad y hoy en día, cuando todos quieren ser el mejor ejemplo para los demás, ¿quién te puede cuidar mejor que yo, papi?”, le dice con ironía, mientras abre la novela Mañana en la batalla piensa en mí, de un tal Marías. “Me acuerdo cuando me dijiste que había perdido la razón. Entonces salí corriendo de la rabia, pero ahora te puedo asegurar que he perdido el juicio, que estoy loca, pero la culpa es tuya, Esteban”, le espeta antes de encontrar la página en la que ayer detuvo la lectura y lee: “Eso es lo que el pánico hace y lo que suele llevar a la perdición a quienes lo padecen: les hace creer que, dentro del mal o el peligro, en él están sin embargo a salvo”. Desvió la vista hasta el crucifijo sobre la cabecera de la cama y luego la apostó sobre el rostro inerme de su padre. Se llenó de rabia y le dijo: “Vete al infierno, Esteban”. Se le quedó viendo fijo a los ojos, en espera de una revelación, y creyó que su padre, aquel que algún tiempo fue su Dios todopoderoso, le respondía: “Allí estoy, hija, ahí estamos”.

 

Tomado de www.ficticia.com)

 

Los gatos de Ulthar

H. P. Lovecraft

 

Se dice que en Ulthar, que se encuentra más allá del río Skai, ningún hombre puede matar a un gato; y ciertamente lo puedo creer mientras contemplo a aquel que descansa ronroneando frente al fuego. Porque el gato es críptico y cercano a aquellas cosas extrañas que el hombre no puede ver. Es el alma del antiguo Egipto y el portador de historias de ciudades olvidadas en Meroe y Ophir. Es pariente de los señores de la selva y heredero de los secretos de la remota y siniestra África. La Esfinge es su prima y él habla su idioma; pero es más antiguo que la Esfinge y recuerda aquello que ella olvidó.

En Ulthar, antes de que los ciudadanos prohibieran la matanza de los gatos, vivían un viejo campesino y su esposa, quienes se deleitaban en atrapar y asesinar a los gatos de los vecinos. Por qué lo hacían, no lo sé; excepto que muchos odian la voz del gato en la noche, y les parece mal que los gatos corran furtivamente por patios y jardines al atardecer. Pero cualquiera fuera la razón, este viejo y su mujer se deleitaban atrapando y matando a cada gato que se acercara a su cabaña; y, a partir de los ruidos que se escuchaban después de anochecer, varios lugareños imaginaban que la manera de asesinarlos era extremadamente peculiar. Pero los aldeanos no discutían estas cosas con el viejo y su mujer; debido a la expresión habitual de sus marchitos rostros, y porque su cabaña era tan pequeña y estaba tan oscuramente escondida bajo unos desparramados robles en un descuidado patio trasero. La verdad era, que por más que los dueños de los gatos odiaran a estas extrañas personas, les temían más; y, en vez de confrontarlos como asesinos brutales, solamente tenían cuidado de que ninguna mascota o ratonero apreciado, fuera a desviarse hacia la remota cabaña, bajo los oscuros árboles. Cuando por algún inevitable descuido algún gato era perdido de vista, y se escuchaban ruidos después del anochecer, el perdedor se lamentaría impotente; o se consolaría agradeciendo al Destino que no era uno de sus hijos el que de esa manera había desaparecido. Pues la gente de Ulthar era simple y no sabía de dónde vinieron todos los gatos.

Un día, una caravana de extraños peregrinos procedentes del sur entró a las estrechas y empedradas calles de Ulthar. Oscuros eran aquellos peregrinos, y diferentes a los otros vagabundos que pasaban por la ciudad dos veces al año. En el mercado vieron la fortuna a cambio de plata, y compraron alegres cuentas a los mercaderes. Cuál era la tierra de estos peregrinos, nadie podía decirlo; pero se les vio entregados a extrañas oraciones, y que habían pintado en los costados de sus carros extrañas figuras, de cuerpos humanos con cabezas de gatos, águilas, carneros y leones. Y el líder de la caravana llevaba un tocado con dos cuernos, y un curioso disco entre los cuernos.

En esta singular caravana había un niño pequeño sin padre ni madre, sino con solo un gatito negro a quien cuidar. La plaga no había sido generosa con él, mas le había dejado esta pequeña y peluda cosa para mitigar su dolor; y cuando uno es muy joven, uno puede encontrar un gran alivio en las vivaces travesuras de un gatito negro. De esta forma, el niño, al que la gente oscura llamaba Menes, sonreía más frecuentemente de lo que lloraba mientras se sentaba jugando con su gracioso gatito en los escalones de un carro pintado de manera extraña.

Durante la tercera mañana de estadía de los peregrinos en Ulthar, Menes no pudo encontrar a su gatito; y mientras sollozaba en voz alta en el mercado, ciertos aldeanos le contaron del viejo y su mujer, y de los ruidos escuchados por la noche. Y al escuchar esto, sus sollozos dieron paso a la reflexión, y finalmente a la oración. Estiró sus brazos hacia el sol y rezó en un idioma que ningún aldeano pudo entender; aunque no se esforzaron mucho en hacerlo, pues su atención fue absorbida por el cielo y por las formas extrañas que las nubes estaban asumiendo. Esto era muy peculiar, pues mientras el pequeño niño pronunciaba su petición, parecían formarse arriba las figuras sombrías y nebulosas de cosas exóticas; de criaturas híbridas coronadas con discos de costados astados. La naturaleza está llena de ilusiones como esa para impresionar al imaginativo.

Aquella noche los errantes dejaron Ulthar, y no fueron vistos nunca más. Y los dueños de casa se preocuparon al darse cuenta de que en toda la villa no había ningún gato. De cada hogar el gato familiar había desaparecido; los gatos pequeños y los grandes, negros, grises, rayados, amarillos y blancos. Kranon el Anciano, el burgomaestre, juró que la gente siniestra se había llevado a los gatos como venganza por la muerte del gatito de Menes, y maldijo a la caravana y al pequeño niño. Pero Nith, el enjuto notario, declaró que el viejo campesino y su esposa eran probablemente los más sospechosos; pues su odio por los gatos era notorio y, con creces, descarado. Pese a esto, nadie osó quejarse ante la dupla siniestra, a pesar de que Atal, el hijo del posadero, juró que había visto a todos los gatos de Ulthar al atardecer en aquel patio maldito bajo los árboles. Caminaban en círculos lenta y solemnemente alrededor de la cabaña, dos en una línea, como realizando algún rito de las bestias, del que nada se ha oído. Los aldeanos no supieron cuánto creer de un niño tan pequeño; y aunque temían que el malvado par había hechizado a los gatos hacia su muerte, preferían no confrontar al viejo campesino hasta encontrárselo afuera de su oscuro y repelente patio.

De este modo Ulthar se durmió en un infructuoso enfado; y cuando la gente despertó al amanecer ¡he aquí que cada gato estaba de vuelta en su acostumbrado fogón! Grandes y pequeños, negros, grises, rayados, amarillos y blancos, ninguno faltaba. Aparecieron muy brillantes y gordos, y sonoros con ronroneante satisfacción. Los ciudadanos comentaban unos con otros sobre el suceso, y se maravillaban no poco. Kranon el Anciano nuevamente insistió en que era la gente siniestra quien se los había llevado, puesto que los gatos no volvían con vida de la cabaña del viejo y su mujer. Pero todos estuvieron de acuerdo en una cosa: que la negativa de todos los gatos a comer sus porciones de carne o a beber de sus platillos de leche era extremadamente curiosa. Y durante dos días enteros los gatos de Ulthar, brillantes y lánguidos, no tocaron su comida, sino que solamente dormitaron ante el fuego o bajo el sol.

Pasó una semana entera antes de que los aldeanos notaran que, en la cabaña bajo los árboles, no se prendían luces al atardecer. Luego, el enjuto Nith recalcó que nadie había visto al viejo y a su mujer desde la noche en que los gatos estuvieron fuera. La semana siguiente, el burgomaestre decidió vencer sus miedos y llamar a la silenciosa morada, como un asunto del deber, aunque fue cuidadoso de llevar consigo, como testigos, a Shang, el herrero, y a Thul, el cortador de piedras. Y cuando hubieron echado abajo la frágil puerta solo encontraron lo siguiente: dos esqueletos humanos limpiamente descarnados sobre el suelo de tierra, y una variedad de singulares insectos arrastrándose por las esquinas sombrías.

Posteriormente hubo mucho que comentar entre los ciudadanos de Ulthar. Zath, el forense, discutió largamente con Nith, el enjuto notario; y Kranon y Shang y Thul fueron abrumados con preguntas. Incluso el pequeño Atal, el hijo del posadero, fue detenidamente interrogado y, como recompensa, le dieron una fruta confitada. Hablaron del viejo campesino y su esposa, de la caravana de siniestros peregrinos, del pequeño Menes y de su gatito negro, de la oración de Menes y del cielo durante aquella plegaria, de los actos de los gatos la noche en que se fue la caravana, o de lo que luego se encontró en la cabaña bajo los árboles, en aquel repugnante patio.

Y, finalmente, los ciudadanos aprobaron aquella extraordinaria ley, la que es referida por los mercaderes en Hatheg y discutida por los viajeros en Nir, a saber, que en Ulthar ningún hombre puede matar a un gato.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

miércoles, 13 de mayo de 2026

Hombres animales enredaderas

Silvina Ocampo

 

Al caer perdí sin duda el conocimiento. Solo recuerdo dos ojos que me miraban y el último vaivén del avión, como si una enorme nodriza me acunara en sus brazos. Así agradará a un niño que lo acunen. Cerré los párpados, vagué por mundos desconocidos. Después un ruido ensordecedor y luego un golpe seco me devolvieron a la realidad: el encuentro duro de la tierra. Después nada me comunicaba con esa tierra, salvo la sensación de una hoguera que se apaga y deja la ceniza gris parecida al silencio. No comprendo en qué forma sucedió el accidente: que yo esté solo en esta selva con los víveres y que no quede ningún rastro a la vista de la máquina donde viajé, me desconcierta. Alguien vendrá a buscarme, confío en la astucia de los aviadores que, más que buscarme a mí y a los demás tripulantes y pasajeros, buscarán la máquina. Me encontrarán por casualidad; la casualidad existe y a veces conviene. Estas provisiones, cuidándolas, alcanzarán para veinte días. Mi cálculo podría ser inexacto.

Además algún roedor, algún pájaro o una bestia cualquiera podrían devorar los víveres que no están adecuadamente envasados; entonces, mi dieta se reduciría considerablemente. Me quedarían, asimismo, las conservas y las galletitas con gusto a cartón que están en latas, el lomito ahumado, las lengüitas, los dátiles y las ciruelas, las repugnantes castañas de Cajú, el maní.

Pero aquellos ojos, ¿dónde estarán?

Veinte días es mucho, es casi un mes. Víveres para veinte días, ¿qué más puedo pedir? Compartirlos. ¿me será dada esa felicidad? No sé dónde leí que algunos monjes se alimentaban durante mucho tiempo de dos o tres dátiles por día. Las botellas de vino también me ayudarán a mantenerme sano y fuerte.

Pero aquellos ojos que me miraban, ¿qué beberán?

A ningún animal le interesa tomar vino, ¿por qué será? Y hablando de animales, pienso en la posible existencia de fieras.

Oigo a veces crujir las ramas y me parece que hay olor a fiera, pero entiendo que si doy curso a mis cavilaciones me volveré loco, y entonces me echo de bruces en la tierra, la beso y trato de imaginar un mundo de corderos, como en las estampas de primera comunión, y de mariposas, como en los libros de lectura infantil. Mi cama es tan cómoda que después de haber dormido ocho horas, me despierto plácidamente creyendo que estoy en casa. Extiendo el brazo y con mano segura, trato de encender la lámpara de mi mesa de luz; me demoro un rato en esa ilusión. Si la noche está muy oscura, me apresa una gran angustia, pero si hay luna, contemplo la luz que brilla en las hojas de los árboles y en los troncos cubiertos de musgo y me imagino que estoy en un jardín bien cuidado. Me tranquiliza esta imagen tan tonta en realidad, ya que siempre preferí la selva a un jardín civilizado. Por eso mismo andaba siempre despeinado, me dejaba crecer la barba y, a veces, el aseo de mi ropa no era impecable. Ahora que estoy rodeado de una vegetación que se expande al azar, ¿preferiría estar rodeado de las más disciplinadas plantas? No, de ningún modo. Todos mis pensamientos me llevan a la ciudad que odié; a los alrededores de la ciudad que desprecié. Recuerdo con rencor su olor a nafta, a naftalina, a farmacia, a sudor, a vómito, a pies, a sótano, a viejo, a insecticida, a mingitorio, a recién nacido, a escupitajo, a excrementos, a cocina. No cometo la equivocación de redimir la imagen de la ciudad con la imagen de las personas queridas. Trato de no echar de menos ni la letrina ni el lavatorio. Me acostumbro a esta vida. Uno se acostumbra a todo, me decía mamá y tenía razón.

No conozco el clima de este sitio; eso sí, me molesta un poco mi ignorancia. Sería difícil conocerlo sin nada que me oriente: ni barómetro, ni indicación geográfica, ni estudios botánicos ni climáticos. Por culpa de una tormenta el avión tuvo que cambiar de rumbo, de modo que no sé ni siquiera aproximadamente dónde cayó. Podría consultar el cielo, pero tampoco entiendo mucho de estrellas, temo equivocarme. Creo que este lugar es húmedo porque hay ciertas lianas y cierta variedad de madreselvas que crecen en lugares húmedos. No sé si el calor que siento es del trópico o simplemente del verano. Hay bajo los árboles ciertos helechos que se amontonan entre el musgo.

¿De qué color eran aquellos ojos? Del color de las bolitas de vidrio que yo elegía, cuando era chico, en la juguetería.

De noche hay luciérnagas y grillos ensordecedores. Un perfume suave y penetrante me seduce, ¿de dónde proviene? Aún no lo sé. Creo que me hace bien. Se desprende de obres o de árboles o de hierbas o de raíces o de todo a la vez (¿no será de un fantasma?); es un perfume que no aspiré en ninguna otra parte del mundo, un perfume embriagador y a la vez sedante. Husmeando como un perro ¿me volveré perro?, estrujo las hojas, las hierbas, las flores silvestres que encuentro. Estudio las hojas para averiguar si ese perfume emana de ellas. Arranco y pruebo la corteza de los árboles. Finalmente he descubierto lo que perfuma el aire con tanta vehemencia: es una enredadera, tal vez de flores insignificantes. Nada en su aspecto la distingue de las otras, salvo su impetuoso follaje. Mientras la miro me parece que crece. Me alimento metódicamente de acuerdo con el cálculo de cantidades diarias que me he propuesto comer para que los alimentos me alcancen hasta la llegada del avión o del helicóptero que espero de los hombres y de Dios. Como varias veces por día pequeñas dosis de alimentos. Hay algunas frutas silvestres que enriquecen mi dieta. Soy una porquería. ¿Por qué me cuido tanto? No hace ni un mes que pensaba suicidarme; ahora metódicamente me alimento, trato de descansar, como si cuidara a un niño. Hay personas que tardan mucho en saber quiénes son. El canto de los pájaros a mediodía (lo que yo calculo que es el mediodía) se vuelve ensordecedor. Hubiera podido fabricar una honda con elásticos que tengo en la cintura de mi anorak y dos ramas que he recortado. ¿Para qué cazar un pájaro?, me pregunto. Lo natural sería matarlo y comerlo. No podría. Mi voluntad se debilita, tal vez. Duermo mucho. Cuando me despierto, saco fotografías de los árboles, de mi mano, de mi pie, del follaje, pues ¿qué otras fotografías podría sacar? No tengo disparador automático para fotografiarme. Además no sé si mi cámara fotográfica funciona, porque ha recibido un golpe. En algunos momentos pronuncio mi nombre varias veces, dando a mi voz tonalidades diferentes. ¿Tendré miedo de olvidarlo? Descubro que hay un eco en el bosque. Nada me da tanto miedo. A veces oigo, o creo oír, el motor de un avión: entonces miro el cielo desesperadamente.

¿Dónde estarán aquellos ojos que me miraban tanto? ¿De qué conversarán? ¿Habrán caído al mar atraídos por su propio color? ¿Si llegaran de improviso?

Poco a poco me acostumbro a esta vida. Prefiero dormir, es lo que hago mejor, a veces demasiado. Si una fiera me atacara durante mi sueño no podría defenderme y cometo todos los días la imprudencia de dormir profundamente a la hora de la siesta; es claro que no sé a ciencia cierta cuándo es la hora de la siesta, porque mi reloj se ha parado y por primera vez he perdido la noción del tiempo. A través de tantos árboles la luz del sol me llega indirectamente. Después de perder el hilo de la hora, si así puede decirse, difícil sería orientarme de acuerdo con esa luz. No sé si es otoño, invierno, primavera o verano. ¿Cómo podría saberlo si no sé en qué sitio estoy? Creo que los árboles que me rodean son de hojas perennes. No me atrevo a aventurarme por el bosque: podría perder mis provisiones. Ésta ya es mi casa. Las ramas son mis perchas. Extraño mucho el jabón y el espejo, las tijeras y el peine. Empieza a preocuparme la cuestión del sueño, me parece que duermo casi todo el tiempo y creo que las culpables son estas flores que perfuman tanto el aire. El aspecto anodino que tienen, engaña: forman una glorieta que observándola bien es diabólica. Vanamente las arranco de la tierra: vuelven a crecer con más ímpetu. Traté de destruir algunas enterrándolas, pero no tengo herramientas para cavar la tierra y me serví de un trozo de madera chato, cuyo manejo me resultó engorroso. Pobre Robinson Crusoe, o más bien dicho, feliz Robinson Crusoe que sabía desempeñarse en las tareas que impone la soledad. Yo no sirvo para una situación como ésta. Vanamente traté de destruir las flores, como estaba diciendo, pues muchas de ellas se trepan a los árboles y se pierden en la altura tapándome el cielo. No podría destruir con nada su perfume, ya que este lugar es como un cuarto cerrado. A veces me he dormido observando una rama con dos o tres flores; al despertar he advertido que la misma rama ya tenía nueve flores más. ¿Cuánto tiempo yo habría dormido? No lo sé. Nunca sé el tiempo que duermo, pero supongo que duermo como en los días en que llevo una vida normal. ¿Cómo en ese tiempo tan corto han podido florecer tantas flores? Si pienso en estas cosas me volveré loco. Observo la flor culpable de mi sueño: es como una campanilla, y es dulce (la he probado). Las ramas en que brota van tejiendo extrañas canastitas. Nunca observé una enredadera tan de cerca. Se enrosca en troncos y en ramas, con un tejido tan apretado que a veces resulta imposible arrancarla. Es como un forro, como una cascada, como una serpiente. Sedienta de agua, busca mis ojos, se aproxima. Ahora tengo miedo de dormir. Tengo pesadillas. Ya van varias noches que sueño lo mismo: la madreselva me confunde con un árbol y comienza a tejer alrededor de mis piernas una red que me aprisiona. No creo que estoy mal de salud. Creo, por lo contrario, que estoy perfectamente bien. Sin embargo, este estado de somnolencia no parece tan normal. A veces me pregunto: ¿no habré perdido totalmente la noción del tiempo? ¿Duermo más de lo que es habitual para un ser humano, o creo que duermo más? ¿Es el perfume que me da sueño? A la hora en que más se expande, empiezo a parpadear, se me cierran los ojos, y caigo en un letargo que al despertar me asusta. El progreso que hace la enredadera sobre el árbol fue durante unos días mi reloj. Como una tejedora iba tejiendo sus puntos alrededor de cada rama. Al despertar, por los nudos que había hecho yo podía calcular el tiempo de mi sueño, pero ahora, últimamente, se apresura. ¿Soy yo o el tiempo? Pasar de una idea a la otra sin orden alguno, es una de mis características actuales, pero la verdad es que nunca dispuse de tanto tiempo ni de tanta inactividad física. Jamás creí que me encontraría en una situación semejante. La abstinencia, además, me causó siempre horror. Ayer ¿sería ayer ayer? bebí dos botellas de vino para desquitarme, y después de vagar por el bosque, embriagado, caí dormido no sé por cuánto tiempo.

Soñé que decía: ¿Dónde estarán aquellos ojos que tanto me miraban? ¿Qué beberán? Hay personas que son manos; otras, bocas; otras, cabellera; otras, pecho donde uno se recuesta; otras, cuello; otras, ojos, nada más que ojos. Como ella. Trataba de explicárselo cuando íbamos en el avión, pero ella no entendía. Entendía solo con los ojos y preguntaba: “¿Cómo? ¿Cómo dice?”.

Desperté lejos de los víveres creyendo que jamás volvería a encontrarlos. Me amonesté cruelmente. Tuve discusiones conmigo mismo. Volví guiado por una gracia divina, sin duda, al lugar de salvación: mis alimentos. ¡Qué ironía de la suerte! ¡Depender de alimentos cuando me jactaba entre los hombres de poder pasar veinte días ayunando y me reía de las huelgas de hambre! Ahora, por un dátil o por una repugnante castaña de Cajú, vendería mi alma. Sin duda todos los hombres son iguales y reaccionarían del mismo modo. No me muevo, estoy encerrado como en una celda. No supuse que celda y selva se parecieran tanto, que sociedad y soledad tuvieran tantos puntos de contacto. Dentro de mi oreja un millón de voces discuten, se enemistan, se dedican a destruirme. Tra ra ra ra ra estoy harto.

Dios mío, que me sea dado no olvidarme de aquellos ojos. Que el iris viva en mi corazón como si mi corazón fuese de tierra y el iris una planta.

Esas voces contradictorias (volviendo a las voces que siento dentro de mi oreja) se dedican a destruirme.

Amaos los unos a los otros. Nunca me resultó tan difícil seguir ese precepto. Asimismo no hay que despreciar la soledad. Un día el mundo se poblará tanto, que mi actual guarida no será solitaria. Pensar en transformaciones me da vértigo. Con los ojos cerrados pienso todos esos disparates y es una imprudencia: la enredadera aprovecha mi descuido para treparse por mi pierna izquierda, teje una red minuciosa en cada dedo de mi pie. El dedo más chiquito me hace reír. Con qué artimaña lo envuelve. No hablemos del dedo gordo que parece un hisopo. La enredadera avanza rápidamente en su trabajo con distintos métodos: para los dedos chicos de mi pie utiliza simplemente un punto que se parece mucho a los barrotes de las sillas de mimbre modernas, para superficies grandes utiliza una amalgama extraña de arabescos que imitan los asientos plásticos de los automóviles. Arranco de mi pie la trenza con cierta dificultad. Recuerdo una enredadera de mi casa que se llama enamorada del muro, y que tiene patitas con garras que se adhieren a los muros. Recuerdo haber arrancado, de niño, algunas ramas y haber sentido la resistencia de la planta en cada una de las hojas como gatitos que no quieren soltar su presa. Esta enredadera no tiene patitas como la enamorada del muro. Mayor es su mérito. Infatigablemente va tejiendo y tejiendo lazos. ¡Pobres árboles, pobres plantas que caen bajo sus garras! Dichoso el árbol que es apenas sensitivo. Se lo decía a alguien (por quien ya no siento ningún amor) para conmoverla. Me quedó el verso. No estoy tan seguro de ese apenas sensitivo. De noche me parece que oí a los árboles quejarse, abrazarse, rechazarse o suspirar, arrodillarse frente a otros de su familia o de otros que habían sucumbido bajo la enredadera. Ingresé en este mundo vegetal desconociéndolo totalmente. El único árbol que conocí, fuera del sauce, se entiende, fue la tipa. Una vez mamá dijo al cruzar la plaza San Martín:

–¡Qué lindas tipas! –pasaban en ese momento dos mujeres horribles y me reí.

–¿De qué te reís? –protestó mamá mirando el follaje de las tipas y añadió–: ¿Acaso ahora no se puede admirar ni los árboles?

–¿Qué árboles? –interrogué.

–Las tipas, ignorante. Todavía no sabés lo que son las tipas –¡ah!, las tipas –respondí con debido asombro–, “yo creí que hablabas de las tipas”.

–Ya no sabés ni hablar. Tendrías que irte a la selva para hablar con los monos.

Pobre mamá, cómo se habrá arrepentido del insulto. A veces me desvela ese recuerdo pero no puedo evitarlo. Miro en la oscuridad las tipas. Tenían flores amarillas: el vestido de mamá parecía más celeste. ¿Y yo tendré siempre mi cara gris de Buenos Aires?

¿Qué mirarán aquellos ojos?

Cara de pan crudo, decía la modista que venía a coser para mis hermanas en casa y que siempre pensaba que yo tenía doce años cuando ya había cumplido los veinte. ¡Qué opio tener veinte años! No extraño mi casa; eso sí que no, pero un espejo es una compañía, mala o buena, como todas las compañías, y allí tenía mi espejo redondo como una luna. He dormido esta vez más que todas las otras veces, más que el día de la borrachera; es claro que no puedo estar seguro de no equivocarme.

¿Dónde estarán aquellos ojos? ¿Los estaré olvidando? No recuerdo muy bien la forma del lagrimal.

A veces uno duerme cinco minutos y parecería que ha dormido toda una noche. Me dormí al atardecer, me desperté con una luz de atardecer. ¿Habría dormido cinco minutos? Pero tengo una prueba contundente de que no fue así: la enredadera tuvo tiempo de tejer su trenza alrededor de mi pierna izquierda y de llegar hasta el muslo; ¡la tiene con mi pierna izquierda! Como si no fuera bastante hizo otro tanto con mi brazo izquierdo. Esta vez la arranqué con mayor dificultad pero con menos urgencia que la vez anterior, diciéndole animal, como a una de mis amigas que siempre me embroma. He resuelto cambiar de guarida. Cargo mis víveres y me mudo en busca de un sitio sin enredaderas pero no lo encuentro y la caminata me cansa. A veces pienso que han pasado varios años y que soy viejo; pero si fuera así no me quedarían provisiones. Ahora me quedé en un lugar tal vez peor, pero no tengo ánimo para volver sobre mis pasos. Toda esta selva es una enredadera. ¿Para qué preocuparme? Hay que preocuparse solo por lo que tiene solución. El perfume seguirá embriagándome, dándome sueño. La enredadera seguirá haciendo sus trenzas. Ahora raras veces me despierto sin que haya tejido alguna trenza alrededor de mi brazo o de mi pierna. Ayer no más, se trepó a mi cuello. Me fastidió un poco. No es que me diera miedo, ni siquiera cuando se me enroscó alrededor de la lengua. Recuerdo que al soñar grité y abrí imprudentemente la boca. Es extraño. Nunca pensé que una enredadera podía introducirse tan fácilmente adentro de mi boca.

–Anormal. ¿Qué te has creído? Uno no se puede fiar de nadie –le dije–.

Me hace gracia porque pienso en la risa que les va a dar a mis amigos esta anécdota. No me creerán. Tampoco creerán que no puedo estar ociosa. Últimamente trato de tejer trenzas como la enredadera alrededor de las ramas: es un experimento bastante interesante, pero difícil. ¿Quién puede competir con una enredadera? Estoy tan ocupada que me olvido de aquellos ojos que me miraban; con mayor razón me olvido hasta de beber y de comer. ¡Variable género humano! Envolví la lapicera en mis tallos verdes, como las lapiceras tejidas con seda y lana por los presos.

 

(Tomado de Ocampo, Silvina, Cuentos completos II, Emecé, Buenos Aires, 1999)

 

El marica

Abelardo Castillo

 

Escuchame, César, yo no sé por dónde andarás ahora, pero cómo me gustaría que leyeras esto, porque hay cosas, palabras, que uno lleva mordidas adentro y las lleva toda la vida, hasta que una noche siente que debe escribirlas, decírselas a alguien, porque si no las dice van a seguir ahí, doliendo, clavadas para siempre en la vergüenza. Escuchame.

Vos eras raro, uno de esos pibes que no pueden orinar si hay otro en el baño. En la Laguna, me acuerdo, nunca te desnudabas delante de nosotros. A ellos les daba risa. Y a mí también, claro; pero yo decía que te dejaran, que cada uno es como es. Cuando entraste a primer año venías de un colegio de curas; San Pedro debió de parecerte algo así como Brobdignac. No te gustaba trepar a los árboles ni romper faroles a cascotazos ni correr carreras hacia abajo entre los matorrales de la barranca. Ya no recuerdo cómo fue, cuando uno es chico encuentra cualquier motivo para querer a la gente, solo recuerdo que un día éramos amigos y que siempre andábamos juntos. Un domingo hasta me llevaste a misa. Al pasar frente al café, el colorado Martínez dijo con voz de flauta adiós, los novios, a vos se te puso la cara como fuego y yo me di vuelta puteándolo y le pegué tan tremendo sopapo, de revés, en los dientes, que me lastimé la mano.

Después, vos me la querías vendar. Me mirabas.

–Te lastimaste por mí, Abelardo.

Cuando dijiste eso, sentí frío en la espalda. Yo tenía mi mano entre las tuyas y tus manos eran blancas, delgadas. No sé. Demasiado blancas, demasiado delgadas.

–Soltame –dije.

O a lo mejor no eran tus manos, a lo mejor era todo, tus manos y tus gestos y tu manera de moverte, de hablar. Yo ahora pienso que en el fondo a ninguno de nosotros le importaba mucho, y alguna vez lo dije, dije que esas cosas no significan nada, que son cuestiones de educación, de andar siempre entre mujeres, entre curas. Pero ellos se reían, y uno también, César, acaba riéndose, acaba por reírse de macho que es y pasa el tiempo y una noche cualquiera es necesario recordar, decirlo todo.

Yo te quise de verdad. Oscura e inexplicablemente, como quieren los que todavía están limpios. Eras un poco menor que nosotros y me gustaba ayudarte. A la salida del colegio íbamos a tu casa y yo te explicaba las cosas que no comprendías. Hablábamos. Entonces era fácil escuchar, contarte todo lo que a los otros se les calla. A veces me mirabas con una especie de perplejidad, una mirada rara, la misma mirada, acaso, con la que yo no me atrevía a mirarte. Una tarde me dijiste:

–Sabés, te admiro.

No pude aguantar tus ojos. Mirabas de frente, como los chicos, y decías las cosas del mismo modo. Eso era.

–Es un marica.

–Qué va a ser un marica.

–Por algo lo cuidás tanto.

Supongo que alguna vez tuve ganas de decir que todos nosotros juntos no valíamos ni la mitad de lo que él, de lo que vos valías, pero en aquel tiempo la palabra era difícil y la risa fácil, y uno también acepta –uno también elige–, acaba por enroñarse, quiere la brutalidad de esa noche cuando vino el negro y habló de verle la cara a Dios y dijo me pasaron un dato.

–Me pasaron un dato –dijo–, por las Quintas hay una gorda que cobra cinco pesos, vamos y de paso el César le ve la cara a Dios.

Y yo dije macanudo.

–César, esta noche vamos a dar una vuelta con los muchachos. Quiero que vengas.

–¿Con los muchachos?

–Sí, qué tiene.

Porque no solo dije macanudo sino que te llevé engañado. Vos te diste cuenta de todo cuando llegamos al rancho. La luna enorme, me acuerdo. Alta entre los árboles.

–Abelardo, vos lo sabías.

–Callate y entrá.

–¡Lo sabías!

–Entrá, te digo.

El marido de la gorda, grandote como la puerta, nos miraba como si nos midiera. Dijo que eran cinco pesos. Cinco pesos por cabeza, pibes. Siete por cinco, treinticinco. Verle la cara a Dios, había dicho el negro. De la pieza salió un chico, tendría cuatro o cinco años. Moqueando, se pasaba el revés de la mano por la boca, nunca en mi vida me voy a olvidar de aquel gesto. Sus piecitos desnudos eran del mismo color que el piso de tierra.

El negro hizo punta. Yo sentía una pelota en el estómago, no me animaba a mirarte. Los demás hacían chistes brutales, anormalmente brutales, en voz de secreto; todos estábamos asustados como locos. A Aníbal le temblaba el fósforo cuando me dio fuego.

–Debe estar sucia.

Cuando el negro salió de la pieza venía sonriendo, triunfador, abrochándose la bragueta. Nos guiñó un ojo.

–Pasá vos.

–No, yo no. Yo después.

Entró el colorado; después entró Aníbal. Y cuando salían, salían distintos. Salían hombres. Sí, ésa era exactamente la impresión que yo tenía.

Entré yo. Cuando salí vos no estabas.

–Dónde está César.

–Disparó.

Y el ademán –un ademán que pudo ser idéntico al del negro– se me heló en la punta de los dedos, en la cara, me lo borró el viento del patio porque de pronto yo estaba fuera del rancho.

–Vos también te asustaste, pibe.

Tomando mate contra un árbol vi al marido de la gorda; el chico jugaba entre sus piernas.

–Qué me voy a asustar. Busco al otro, al que se fue.

–Agarró pa ayá –con la misma mano que sostenía la pava, señaló el sitio. Y el chico sonreía. Y el chico también dijo pa ayá.

Te alcancé frente al Matadero Viejo; quedaste arrinconado contra un cerco. Me mirabas. Siempre me mirabas.

–Lo sabías.

–Volvé.

–No puedo, Abelardo, te juro que no puedo.

–Volvé, animal.

–Por Dios que no puedo.

–Volvé o te llevo a patadas en el culo.

La luna grande, no me olvido, blanquísima luna de verano entre los árboles y tu cara de tristeza o de vergüenza, tu cara de pedirme perdón, a mí, tu hermosa cara iluminada, desfigurándose de pronto. Me ardía la mano. Pero había que golpear, lastimar; ensuciarte para olvidarse de aquella cosa, como una arcada, que me estaba atragantando.

–Bruto –dijiste–. Bruto de porquería. Te odio. Sos igual, sos peor que los otros.

Te llevaste la mano a la boca, igual que el chico cuando salía de la pieza. No te defendiste.

Cuando te ibas, todavía alcancé a decir:

–Maricón. Maricón de mierda.

Y después lo grité. Escuchame, César. Es necesario que leas esto. Porque hay cosas que uno lleva mordidas, trampeadas en la vergüenza toda la vida, hay cosas por las que uno, a solas, se escupe la cara en el espejo. Pero, de golpe, un día necesita decirlas, confesárselas a alguien. Escuchame.

Aquella noche, al salir de la pieza de la gorda, yo le pedí, por favor, no se lo vaya a contar a los otros. Porque aquella noche yo no pude. Yo tampoco pude.

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)