martes, 8 de septiembre de 2026

Creed en Dios

Gustavo Adolfo Bécquer

 

“Yo fui el verdadero Teobaldo de Montagut,
barón de Fortcastell. Noble o villano,
señor o pechero, tú, cualquiera que seas,
que te detienes un instante al borde de mi sepultura,
cree en Dios, como yo he creído, y ruégale por mí”.

 

I

Nobles aventureros que, puesta la lanza en la cuja, caída la visera del casco y jinetes sobre un corcel poderoso, recorréis la tierra sin más patrimonio que vuestro nombre clarísimo y vuestro montante, buscando honra y prez en la profesión de las armas: si al atravesar el quebrado valle de Montagut os han sorprendido en él la tormenta y la noche, y habéis encontrado un refugio en las ruinas del monasterio que aún se ve en su fondo, oídme.

 

II

Pastores que seguís con lento paso a vuestras ovejas, que pacen derramadas por las colinas y las llanuras: si al conducirlas al borde del transparente riachuelo que corre, forcejea y salta por entre los peñascos del valle de Montagut, en el rigor del verano y en una siesta de fuego habéis encontrado la sombra y el reposo al pie de las derruidas arcadas del monasterio, cuyos musgosos pilares besan las ondas, oídme.

 

III

Niñas de las cercanas aldeas, lirios silvestres que crecéis felices al abrigo de vuestra humildad: si en la mañana del santo Patrono de estos lugares, al bajar al valle de Montagut a coger tréboles y margaritas con que embellecer su retablo, venciendo el temor que os inspira el sombrío monasterio que se alza en sus peñas, habéis penetrado en su claustro mudo y desierto para vagar entre sus abandonadas tumbas, a cuyos bordes crecen las margaritas más dobles y los jacintos más azules, oídme.

 

IV

Tú, noble caballero, tal vez al resplandor de un relámpago; tú, pastor errante, calcinado por los rayos del sol; tú, en fin, hermosa niña, cubierta aún con gotas de rocío semejantes a lágrimas: todos habréis visto en aquel santo lugar una tumba, una tumba humilde. Antes la componían una piedra tosca y una cruz de palo; la cruz ha desaparecido y solo queda la piedra. En esa tumba, cuya inscripción es el mote de mi canto, reposa en paz el último barón de Fortcastell, Teobaldo de Montagut, del cual voy a referiros la peregrina historia.

 

***

I

Cuando la noble condesa de Montagut estaba en cinta de su primogénito Teobaldo, tuvo un ensueño misterioso y terrible. Acaso un aviso de Dios; tal vez una vana fantasía que el tiempo realizó más adelante. Soñó que en su seno engendraba una serpiente, una serpiente monstruosa que, arrojando agudos silbidos, y ora arrastrándose entre la menuda hierba, ora replegándose sobre sí misma para saltar, huyó de su vista, escondiéndose al fin entre unas zarzas.

–¡Allí está!, ¡allí está! –⁠gritaba la condesa en su horrible pesadilla, señalando a sus servidores la zarza en que se había escondido el asqueroso reptil.

Cuando sus servidores llegaron presurosos al punto que la noble dama, inmóvil y presa de un profundo terror, les señalaba aún con el dedo, una blanca paloma se levantó de entre las breñas y se remontó a las nubes.

La serpiente había desaparecido.

 

II

Teobaldo vino al mundo. Su madre murió al darlo a luz, su padre pereció algunos años después en una emboscada, peleando como bueno contra los enemigos de Dios.

Desde este punto, la juventud del primogénito de Fortcastell solo puede compararse a un huracán. Por donde pasaba se veía señalando su camino un rastro de lágrimas y de sangre. Ahorcaba a sus pecheros, se batía con sus iguales, perseguía a las doncellas, daba de palos a los monjes, y en sus blasfemias y juramentos ni dejaba santo en paz ni cosa sagrada que no maldijese.

 

III

Un día que salió de caza y que, como era su costumbre, hizo entrar a guarecerse de la lluvia a toda su endiablada comitiva de pajes licenciosos, arqueros desalmados y siervos envilecidos, con perros, caballos y gerifaltes, en la iglesia de una aldea de sus dominios, un venerable sacerdote, arrostrando su cólera y sin temer los violentos arranques de su carácter impetuoso, le conjuró, en nombre del Cielo y llevando una hostia consagrada en sus manos, a que abandonase aquel lugar y fuese a pie y con un bordón de romero a pedir al Papa la absolución de sus culpas.

–¡Déjeme en paz, viejo loco! –⁠exclamó Teobaldo al oírle⁠–; déjeme en paz; o, ya que no he encontrado una sola pieza durante el día, te suelto mis perros y te cazo como a un jabalí para distraerme.

 

IV

Teobaldo era hombre de hacer lo que decía. El sacerdote, sin embargo, se limitó a contestarle:

–⁠Haz lo que quieras, pero ten presente que hay un Dios que castiga y perdona, y que si muero a tus manos, borrará mis culpas del libro de su indignación, para escribir tu nombre y hacerte expiar tu crimen.

–¡Un Dios que castiga y perdona! –⁠prorrumpió el sacrílego barón con una carcajada⁠–. Yo no creo en Dios, y para darte una prueba voy a cumplirte lo que te he prometido; porque, aunque poco rezador, soy amigo de no faltar a mis palabras. ¡Raimundo! ¡Gerardo! ¡Pedro! Azuzad la jauría, dadme el venablo, tocad el alalí en vuestras trompas, que vamos a darle caza a este imbécil, aunque se suba a los retablos de sus altares.

 

V

Ya, después de dudar un instante y a una nueva orden de su señor, comenzaban los pajes a desatar los lebreles, que aturdían la iglesia con sus ladridos; ya el barón había armado su ballesta riendo con una risa de Satanás, y el venerable sacerdote murmurando una plegaria, elevaba sus ojos al cielo y esperaba tranquilo la muerte, cuando se oyó fuera del sagrado recinto una vocería terrible, bramidos de trompas que hacían señales de ojeo, y gritos de ⁠”¡Al jabalí! –⁠¡Por las breñas! –⁠¡Hacia el monte!” Teobaldo, al anuncio de la deseada res, corrió a las puertas del santuario, ebrio de alegría; tras él fueron sus servidores, y con sus servidores los caballos y los lebreles.

 

VI

–¿Por dónde va el jabalí? –⁠preguntó el barón subiendo a su corcel, sin apoyarse en el estribo ni desarmar la ballesta.

–⁠Por la cañada que se extiende al pie de esas colinas –⁠le respondieron.

Sin escuchar la última palabra, el impetuoso cazador hundió su acicate de oro en el ijar del caballo, que partió al escape. Tras él partieron todos.

Los habitantes de la aldea, que fueron los primeros en dar la voz de alarma, y que al aproximarse el terrible animal se habían guarecido en sus chozas, asomaron tímidamente la cabeza a los quicios de sus ventanas; y cuando vieron desaparecer la infernal comitiva por entre el follaje de la espesura, se santiguaron en silencio.

 

VII

Teobaldo iba delante de todos. Su corcel, más ligero o más castigado que los de sus servidores, seguía tan de cerca a la res, que dos o tres veces, dejándole la brida sobre el cuello al fogoso bruto, se había empinado sobre los estribos y echádose al hombro la ballesta para herirlo. Pero el jabalí, al que solo divisaba a intervalos entre los espesos matorrales, tornaba a desaparecer de su vista para mostrársele de nuevo fuera del alcance de su arma.

Así corrió muchas horas, atravesó las cañadas del valle y el pedregoso lecho del río, e internándose en un bosque inmenso, se perdió entre sus sombrías revueltas, siempre fijos los ojos en la codiciada res, siempre creyendo alcanzarla, siempre viéndose burlado por su agilidad maravillosa.

 

VIII

Por último, pudo encontrar una ocasión propicia, tendió el brazo y voló la saeta que fue a clavarse temblando en el lomo del terrible animal, que dio un salto y un espantoso bufido.

–⁠¡Muerto está! –⁠exclama con un grito de alegría el cazador, volviendo a hundir por la centésima vez el acicate en el sangriento ijar de su caballo⁠–. ¡Muerto está!, en balde huye. El rastro de la sangre que arroja marca su camino –y esto diciendo comenzó a hacer en la bocina la señal del triunfo para que la oyesen sus servidores.

En aquel instante el corcel se detuvo, flaquearon sus piernas, un ligero temblor agitó sus contraídos músculos, y cayó al suelo desplomado arrojando por la hinchada nariz cubierta de espuma un caño de sangre.

Había muerto de fatiga, había muerto cuando la carrera del herido jabalí comenzaba a acortarse, cuando bastaba un solo esfuerzo más para alcanzarlo.

 

IX

Pintar la ira del colérico Teobaldo sería imposible. Repetir sus maldiciones y sus blasfemias, solo repetirlas, fuera escandaloso e impío. Llamó a grandes voces a sus servidores, y únicamente le contestó el eco en aquellas inmensas soledades, y se arrancó los cabellos y se mesó las barbas, presa de la más espantosa desesperación.

–⁠Le seguiré a la carrera, aun cuando haya de reventarme –⁠exclamó al fin, armando de nuevo su ballesta y disponiéndose a seguir a la res; pero en aquel momento sintió ruido a sus espaldas, se entreabrieron las ramas de la espesura y se presentó a sus ojos un paje que traía del diestro un corcel negro como la noche.

–El cielo me lo envía –dijo el cazador, lanzándose sobre sus lomos ágil como un gamo.

El paje, que era delgado, muy delgado, y amarillo como la muerte, se sonrió de una manera extraña al presentarle la brida.

 

X

El caballo relinchó con una fuerza que hizo estremecer el bosque; dio un bote increíble, un bote en que se levantó más de diez varas del suelo, y el aire comenzó a zumbar en los oídos del jinete, como zumba una piedra arrojada por la honda. Había partido al escape; pero a un escape tan rápido que, temeroso de perder los estribos y caer a tierra turbado por el vértigo, tuvo que cerrar los ojos y agarrarse con ambas manos a sus flotantes crines.

Y sin agitar sus riendas, sin herirle con el acicate ni animarlo con la voz, el corcel corría, corría sin detenerse. ¿Cuánto tiempo corrió Teobaldo con él, sin saber por dónde, sintiendo que las ramas le abofeteaban el rostro al pasar, y los zarzales desgarraban sus vestidos, y el viento silbaba a su alrededor? Nadie lo sabe.

 

XI

Cuando, recobrado el ánimo, abrió los ojos un instante para arrojar en torno suyo una mirada inquieta se encontró lejos, muy lejos de Montagut, y en unos lugares para él completamente extraños. El corcel corría, corría sin detenerse, y árboles, rocas, castillos y aldeas pasaban a su lado como una exhalación. Nuevos y nuevos horizontes se abrían ante su vista; horizontes que se borraban para dejar lugar a otros más y más desconocidos. Valles angostos, erizados de colosales fragmentos de granito que las tempestades habían arrancado de la cumbre de las montañas; alegres campiñas, cubiertas de un tapiz de verdura y sembradas de blancos caseríos; desiertos sin límites, donde hervían las arenas calcinadas por los rayos de un sol de fuego; vastas soledades, llanuras inmensas, regiones de eternas nieves, donde los gigantescos témpanos asemejaban, destacándose sobre un cielo gris y oscuro, blancos fantasmas que extendían sus brazos para asirle por los cabellos al pasar, todo esto, y mil y mil otras cosas que yo no podré deciros, vio en su fantástica carrera, hasta tanto que, envuelto en una niebla oscura, dejó de percibir el ruido que producían los cascos del caballo al herir la tierra.

 

***

I

Nobles caballeros, sencillos pastores, hermosas niñas, que escucháis mi relato: si os maravilla lo que os cuento, no creáis que es una fábula tejida a mi antojo para sorprender vuestra credulidad; de boca en boca ha llegado hasta mí esta tradición y la leyenda del sepulcro que aún subsiste en el monasterio de Montagut es un testimonio irrecusable de la veracidad de mis palabras.

Creed, pues, lo que he dicho, y creed lo que aún me resta por decir, que es tan cierto como lo anterior, aunque más maravilloso. Yo podré acaso adornar con algunas galas de la poesía el desnudo esqueleto de esta sencilla y terrible historia, pero nunca me apartaré un punto de la verdad a sabiendas.

 

II

Cuando Teobaldo dejó de percibir las pisadas de su corcel y se sintió lanzado en el vacío, no pudo reprimir un involuntario estremecimiento de terror. Hasta entonces había creído que los objetos que se representaban a sus ojos eran fantasmas de su imaginación, turbada por el vértigo, y que su corcel corría desbocado, es verdad, pero corría sin salir del término de su señorío. Ya no le quedaba duda de que era juguete de un poder sobrenatural, que le arrastraba, sin que supiese adónde, a través de aquellas nieblas oscuras, de aquellas nubes de formas caprichosas y fantásticas, en cuyo seno, que se iluminaba a veces con el resplandor de un relámpago, creía distinguir las hirvientes centellas, próximas a desprenderse.

El corcel corría, o mejor dicho, nadaba en aquel océano de vapores caliginosos y encendidos, y las maravillas del cielo comenzaron a desplegarse unas tras otras ante los espantados ojos de su jinete.

 

III

Cabalgando sobre las nubes, vestidos de luengas túnicas con orlas de fuego, suelta al huracán la encendida cabellera y blandiendo sus espadas que relampagueaban arrojando chispas de cárdena luz, vio a los ángeles, ministros de la cólera del Señor, cruzar como un formidable ejército sobre las alas de la tempestad.

Y subió más alto, y creyó divisar a lo lejos las tormentosas nubes semejantes a un mar de lava, y oyó mugir el trueno a sus pies como muge el Océano azotando la roca desde cuya cima le contempla el atónito peregrino.

 

IV

Y vio el arcángel, blanco como la nieve, que sentado sobre un inmenso globo de cristal, lo dirige por el espacio en las noches serenas, como un bajel de plata sobre la superficie de un lago azul.

Y vio el sol volteando encendido sobre ejes de oro en una atmósfera de colores y de fuego, y en su foco a los ígneos espíritus que habitan incólumes entre las llamas, y desde su ardiente seno entonan al Creador himnos de alegría.

Vio los hilos de luz imperceptibles que atan los hombres a las estrellas, y vio el arco iris, echado como un puente colosal sobre el abismo que separa al primer cielo del segundo.

 

V

Por una escala misteriosa vio bajar las almas a la tierra: vio bajar muchas y subir pocas. Cada una de aquellas almas inocentes iba acompañada de un arcángel purísimo que le cubría con la sombra de sus alas. Los que tornaban solos tornaban en silencio y con lágrimas en los ojos; los que no, subían cantando como suben las alondras en las mañanas de abril.

Después, las tinieblas rosadas y azules que flotaban en el espacio como cortinas de gasa transparente, se rasgaron como el día de gloria se rasga en nuestros templos el velo de los altares; y el paraíso de los justos se ofreció a sus miradas deslumbrador y magnífico.

 

VI

Allí estaban los santos profetas que habréis visto groseramente esculpidos en las portadas de piedra de nuestras catedrales; allí las vírgenes luminosas, que intenta en vano copiar de sus sueños el pintor, en los vidrios de colores de las ojivas; allí los querubines, con sus largas y flotantes vestiduras y sus nimbos de oro, como los de las tablas de los altares; allí, en fin, coronada de estrellas, vestida de luz, rodeada de todas las jerarquías celestes, y hermosa sobre toda ponderación, Nuestra Señora de Monserrat, la Madre de Dios, la Reina de los arcángeles, el amparo de los pecadores y el consuelo de los afligidos.

 

VII

Más allá el paraíso de los justos, más allá el trono donde se sienta la Virgen María. El ánimo de Teobaldo se sobrecogió temeroso, y un hondo pavor se apoderó de su alma. La eterna soledad; el eterno silencio viven en aquellas regiones; que conducen al misterioso santuario del Señor. De cuando en cuando azotaba su frente una ráfaga de aire, frío como la hoja de un puñal, que crispaba sus cabellos de horror y penetraba hasta la médula de sus huesos, ráfagas semejantes a las que anunciaban a los profetas la aproximación del espíritu divino. Al fin llegó a un punto donde creyó percibir un rumor sordo, que pudiera compararse al zumbido lejano de un enjambre de abejas, cuando, en las tardes del otoño, revolotean en derredor de las últimas flores.

 

VIII

Atravesaba esa fantástica región adonde van todos los acentos de la tierra, los sonidos que decimos que se desvanecen, las palabras que juzgamos que se pierden en el aire, los lamentos que creemos que nadie oye.

Aquí, en un círculo armónico, flotan las plegarias de los niños, las oraciones de las vírgenes, los salmos de los piadosos eremitas, las peticiones de los humildes, las castas palabras de los limpios de corazón, las resignadas quejas de los que padecen, los ayes de los que sufren y los himnos de los que esperan. Teobaldo oyó entre aquellas voces, que palpitaban aún en el éter luminoso, la voz de su santa madre que pedía a Dios por él; pero no oyó la suya.

 

IX

Más allá hirieron sus oídos con un estrépito discordante mil y mil acentos ásperos y roncos, blasfemias, gritos de venganzas, cantares de orgías, palabras lúbricas, maldiciones de la desesperación, amenazas de impotencia y juramentos sacrílegos de la impiedad.

Teobaldo atravesó el segundo círculo con la rapidez que el meteoro cruza el cielo en una tarde de verano, por no oír su voz que vibraba allí sonante y atronadora, sobreponiéndose a las otras voces en medio de aquel concierto infernal.

–¡No creo en Dios! ¡No creo en Dios! –⁠decía aún su acento, agitándose en aquel océano de blasfemias; y Teobaldo comenzaba a creer.

 

X

Dejó atrás aquellas regiones y atravesó otras inmensidades llenas de visiones terribles, que ni él pudo comprender ni yo acierto a concebir, y llegó, al cabo, al último círculo de la espiral de los cielos, donde los serafines adoran al Señor, cubierto el rostro con las triples alas y prosternados a sus pies.

Él quiso mirarlo.

Un aliento de fuego abrasó su cara, un mar de luz oscureció sus ojos, un trueno gigante retumbó en sus oídos, y, arrancado del corcel y lanzado al vacío como la piedra candente que arroja un volcán, se sintió bajar y bajar sin caer nunca, ciego, abrasado y ensordecido, como cayó el ángel rebelde cuando Dios derribó el pedestal de su orgullo con un soplo de sus labios.

 

***

I

La noche había cerrado y el viento gemía agitando las hojas de los árboles, por entre cuyas frondosas ramas se deslizaba un suave rayo de luna, cuando Teobaldo, incorporándose sobre el codo y restregándose los ojos como si despertara de un profundo sueño, tendió alrededor una mirada y se encontró en el mismo bosque donde hirió al jabalí, donde cayó muerto su corcel, donde le dieron aquella fantástica cabalgadura que le había arrastrado a unas regiones desconocidas y misteriosas.

Un silencio de muerte reinaba en su alrededor; un silencio que solo interrumpía el lejano bramido de los ciervos, el temeroso murmullo de las hojas y el eco de una campana distante que de vez en cuando traía el viento en sus ráfagas.

–Habré soñado dijo el barón; y emprendió su camino a través del bosque, y salió al fin a la llanura.

 

II

En lontananza, y sobre las rocas de Montagut, vio destacarse la negra silueta de su castillo sobre el fondo azulado y transparente del cielo de la noche.

–⁠Mi castillo está lejos y estoy cansado –⁠murmuró⁠–; esperaré el día en un lugar cercano –⁠y se dirigió al lugar. Llamó a una puerta.

–⁠¿Quién sois? –⁠le preguntaron.

–⁠El barón de Fortcastell –⁠respondió, y se le rieron en sus barbas.

Llamó a otra.

–⁠¿Quién sois y qué queréis? –⁠tornaron a preguntarle.

–⁠Vuestro señor –⁠insistió el caballero, sorprendido de que no le conociesen⁠–; Teobaldo de Montagut.

–⁠¡Teobaldo de Montagut! –⁠dijo colérica su interlocutora, que no era una vieja⁠–; ¡Teobaldo de Montagut el del cuento! ¡Bah!… Seguid vuestro camino, y no vengáis a sacar de su sueño a las gentes honradas para decirles chanzonetas insulsas.

 

III

Teobaldo, lleno de asombro, abandonó la aldea y se dirigió al castillo, a cuyas puertas llegó cuando apenas clareaba el día. El foso estaba cegado, con los sillares de las derruidas almenas; el puente levadizo, inútil ya, se pudría colgado aún de sus fuertes tirantes de hierro, cubiertos de orín por la acción de los años; en la torre del homenaje tañía lentamente una campana; frente al arco principal de la fortaleza sobre un pedestal de granito se elevaba una cruz; en los muros no se veía un solo soldado; y, confuso y sordo, parecía que de su seno se elevaba como un murmullo lejano, un himno religioso, grave, solemne y magnífico.

–¡Y éste es mi castillo, no hay duda! –⁠decía Teobaldo, paseando su inquieta mirada de un punto a otro, sin acertar a comprender lo que le pasaba⁠–. ¡Aquél es mi escudo, grabado aún sobre la clave del arco! ¡Ese es el valle de Montagut! Estas tierras que domina el señorío de Fortcastell…

En aquel instante las pesadas hojas de la puerta giraron sobre sus goznes y apareció en su dintel un religioso.

 

IV

–¿Quién sois y qué hacéis aquí? –⁠preguntó Teobaldo al monje.

–Yo soy –contestó éste– un humilde servidor de Dios, religioso del monasterio del Montagut.

–Pero… –interrumpió el barón– Montagut ¿no es un señorío?

–Lo fue… –prosiguió el monje– hace mucho tiempo… a su último señor, según cuentan, se lo llevó el diablo; y como no tenía a nadie que le sucediese en el feudo, los condes soberanos hicieron donación de estas tierras a los religiosos de nuestra regla, que están aquí desde hará cosa de ciento a ciento veinte años. Y vos, ¿quién sois?

–Yo… –balbuceó el barón de Fortcastell, después de un largo rato de silencio⁠–; yo soy… un miserable pecador que arrepentido de sus faltas, viene a confesarlas a vuestro abad, y a pedirle que lo admita en el seno de su religión.

 

(Tomado de www.lecturia.org)

 

Algo

Hans Christian Andersen

 

–¡Quiero ser algo! –decía el mayor de cinco hermanos–. Quiero servir de algo en este mundo. Si ocupo un puesto, por modesto que sea, que sirva a mis semejantes, seré algo. Los hombres necesitan ladrillos. Pues bien, si yo los fabrico, haré algo real y positivo.

–Sí, pero eso es muy poca cosa –replicó el segundo hermano–. Tu ambición es muy humilde: es trabajo de peón, que una máquina puede hacer. No, más vale ser albañil. Eso sí es algo, y yo quiero serlo. Es un verdadero oficio. Quien lo profesa es admitido en el gremio y se convierte en ciudadano, con su bandera propia y su casa gremial. Si todo marcha bien, podré tener oficiales, me llamarán maestro, y mi mujer será la señora patrona. A eso llamo yo ser algo.

–¡Tonterías! –intervino el tercero–. Ser albañil no es nada. Quedarás excluido de los estamentos superiores, y en una ciudad hay muchos que están por encima del maestro artesano. Aunque seas un hombre de bien, tu condición de maestro no te librará de ser lo que llaman un “patán”. No, yo sé algo mejor. Seré arquitecto, seguiré por la senda del Arte, del pensamiento, subiré hasta el nivel más alto en el reino de la inteligencia. Habré de empezar desde abajo, sí; te lo digo sin rodeos: comenzaré de aprendiz. Llevaré gorra, aunque estoy acostumbrado a tocarme con sombrero de seda. Iré a comprar aguardiente y cerveza para los oficiales, y ellos me tutearán, lo cual no me agrada, pero imaginaré que no es sino una comedia, libertades propias del Carnaval. Mañana, es decir, cuando sea oficial, emprenderé mi propio camino, sin preocuparme de los demás. Iré a la academia a aprender dibujo, y seré arquitecto. Esto sí es algo. ¡Y mucho! Acaso me llamen señoría, y excelencia, y me pongan, además, algún título delante y detrás, y venga a edificar, como otros hicieron antes que yo. Y entretanto iré construyendo mi fortuna. ¡Ese algo vale la pena!

–Pues eso que tú dices que es algo, se me antoja muy poca cosa, y hasta te diré que nada –dijo el cuarto–. No quiero tomar caminos trillados. No quiero ser un copista. Mi ambición es ser un genio, mayor que todos ustedes juntos. Crearé un estilo nuevo, levantaré el plano de los edificios según el clima y los materiales del país, haciendo que cuadren con su sentimiento nacional y la evolución de la época, y les añadiré un piso, que será un zócalo para el pedestal de mi gloria.

–¿Y si nada valen el clima y el material? –preguntó el quinto–. Sería bien sensible, pues no podrían hacer nada de provecho. El sentimiento nacional puede engreírse y perder su valor; la evolución de la época puede escapar de tus manos, como se te escapa la juventud. Ya veo que en realidad ninguno de ustedes llegará a ser nada, por mucho que lo esperen. Pero hagan lo que les plazca. Yo no voy a imitarlos; me quedaré al margen, para juzgar y criticar sus obras. En este mundo todo tiene sus defectos; yo los descubriré y sacaré a la luz. Esto será algo.

Así lo hizo, y la gente decía de él: “Indudablemente, este hombre tiene algo. Es una cabeza despejada. Pero no hace nada”. Y, sin embargo, por esto precisamente era algo.

Como ven, esto no es más que un cuento, pero un cuento que nunca se acaba, que empieza siempre de nuevo, mientras el mundo sea mundo.

Pero, ¿qué fue, a fin de cuentas, de los cinco hermanos? Escúchenme bien, que es toda una historia.

El mayor, que fabricaba ladrillos, observó que por cada uno recibía una monedita, y aunque solo fuera de cobre, reuniendo muchas de ellas se obtenía un brillante escudo. Ahora bien, dondequiera que vayan con un escudo, a la panadería, a la carnicería o a la sastrería, se les abre la puerta y solo tienen que pedir lo que les haga falta. He aquí lo que sale de los ladrillos. Los hay que se rompen o desmenuzan, pero incluso de éstos se puede sacar algo.

Una pobre mujer llamada Margarita deseaba construirse una casita sobre el malecón. El hermano mayor, que tenía un buen corazón, aunque no llegó a ser más que un sencillo ladrillero, le dio todos los ladrillos rotos, y unos pocos enteros por añadidura. La mujer se construyó la casita con sus propias manos. Era muy pequeña; una de las ventanas estaba torcida; la puerta era demasiado baja, y el techo de paja hubiera podido quedar mejor. Pero, bien que mal, la casuca era un refugio, y desde ella se gozaba de una buena vista sobre el mar, aquel mar cuyas furiosas olas se estrellaban contra el malecón, salpicando con sus gotas salobres la pobre choza, y tal como era, ésta seguía en pie mucho tiempo después de estar muerto el que había cocido los ladrillos.

El segundo hermano conocía el oficio de albañil, mucho mejor que la pobre Margarita, pues lo había aprendido tal como se debe.

Aprobado su examen de oficial, se echó la mochila al hombro y entonó la canción del artesano:

Joven yo soy, y quiero correr mundo,
e ir levantando casas por doquier,
cruzar tierras, pasar el mar profundo,
confiado en mi arte y mi valer.

Y si a mi tierra regresara un día
atraído por el amor que allí dejé,
alárgame la mano, patria mía,
y tú, casita que mía te llamé.

Y así lo hizo. Regresó a la ciudad, ya en calidad de maestro, y construyó casas y más casas, una junto a otra, hasta formar toda una calle. Terminada ésta, que era muy bonita y realzaba el aspecto de la ciudad, las casas edificaron para él una casita, de su propiedad. ¿Cómo pueden construir las casas? Pregúntaselo a ellas. Si no te responden, lo hará la gente en su lugar, diciendo: “Sí, es verdad, la calle le ha construido una casa”. Era pequeña y de pavimento de arcilla, pero bailando sobre él con su novia se volvió liso y brillante; y de cada piedra de la pared brotó una flor, con lo que las paredes parecían cubiertas de preciosos tapices. Fue una linda casa y una pareja feliz. La bandera del gremio ondeaba en la fachada, y los oficiales y aprendices gritaban “¡Hurra por nuestro maestro!”. Sí, señor, aquél llegó a ser algo. Y murió siendo algo.

Vino luego el arquitecto, el tercero de los hermanos, que había empezado de aprendiz, llevando gorra y haciendo de mandadero, pero más tarde había ascendido a arquitecto, tras los estudios en la Academia, y fue honrado con los títulos de Señoría y Excelencia. Y si las casas de la calle habían edificado una para el hermano albañil, a la calle le dieron el nombre del arquitecto, y la mejor casa de ella fue suya. Llegó a ser algo, sin duda alguna, con un largo título delante y otro detrás. Sus hijos pasaban por ser de familia distinguida, y cuando murió, su viuda fue una viuda de alto copete… y esto es algo. Y su nombre quedó en el extremo de la calle y como nombre de calle siguió viviendo en labios de todos. Esto también es algo, sí señor.

Siguió después el genio, el cuarto de los hermanos, el que pretendía idear algo nuevo, aparte del camino trillado, y realzar los edificios con un piso más, que debía inmortalizarle. Pero se cayó de este piso y se rompió el cuello. Eso sí, le hicieron un entierro solemnísimo, con las banderas de los gremios, música, flores en la calle y elogios en el periódico; en su honor se pronunciaron tres panegíricos, cada uno más largo que el anterior, lo cual le habría satisfecho en extremo, pues le gustaba mucho que hablaran de él. Sobre su tumba erigieron un monumento, de un solo piso, es verdad, pero esto es algo.

El tercero había muerto, pues, como sus tres hermanos mayores. Pero el último, el razonador, sobrevivió a todos, y en esto estuvo en su papel, pues así pudo decir la última palabra, que es lo que a él le interesaba. Como decía la gente, era la cabeza clara de la familia. Pero le llegó también su hora, se murió y se presentó a la puerta del cielo, por la cual se entra siempre de dos en dos. Y he aquí que él iba de pareja con otra alma que deseaba entrar a su vez, y resultó ser la pobre vieja Margarita, la de la casa del malecón.

–De seguro que será para realzar el contraste por lo que me han puesto de pareja con esta pobre alma –dijo el razonador.

–¿Quién eres, abuelita? ¿Quieres entrar también? –le preguntó.

Se inclinó la vieja lo mejor que pudo, pensando que el que le hablaba era San Pedro en persona.

–Soy una pobre mujer sencilla, sin familia, la vieja Margarita de la casita del malecón.

–Ya, ¿y qué es lo que hiciste allá abajo?

–Bien poca cosa, en realidad. Nada que pueda valerme la entrada aquí. Será una gracia muy grande de nuestro Señor, si me admiten en el Paraíso.

–¿Y cómo fue que te marchaste del mundo? –siguió preguntando él, solo por decir algo, pues al hombre le aburría la espera.

–La verdad es que no lo sé. El último año lo pasé enferma y pobre. Un día no tuve más remedio que levantarme y salir, y me encontré de repente en medio del frío y la helada. Seguramente no pude resistirlo. Le contaré cómo ocurrió: Fue un invierno muy duro, pero hasta entonces lo había aguantado. El viento se calmó por unos días, aunque hacía un frío cruel, como nuestra Señoría debe saber. La capa de hielo entraba en el mar hasta perderse de vista. Toda la gente de la ciudad había salido a pasear sobre el hielo, a patinar, como dicen ellos, y a bailar, y también creo que había música y merenderos. Yo lo oía todo desde mi pobre cuarto, donde estaba acostada. Esto duró hasta el anochecer. Había salido ya la luna, pero su luz era muy débil. Miré al mar desde mi cama, y entonces vi que de allí donde se tocan el cielo y el mar subía una maravillosa nube blanca. Me quedé mirándola y vi un punto negro en su centro, que crecía sin cesar; y entonces supe lo que aquello significaba –pues soy vieja y tengo experiencia–, aunque no es frecuente ver el signo. Yo lo conocí y sentí espanto. Durante mi vida lo había visto dos veces, y sabía que anunciaba una espantosa tempestad, con una gran marejada que sorprendería a todos aquellos desgraciados que allí estaban, bebiendo, saltando y divirtiéndose. Toda la ciudad había salido, viejos y jóvenes. ¡Quién podía prevenirlos, si nadie veía el signo ni se daba cuenta de lo que yo observaba! Sentí una angustia terrible, y me entró una fuerza y un vigor como hacía mucho tiempo no había sentido. Salté de la cama y me fui a la ventana; no pude ir más allá. Conseguí abrir los postigos, y vi a muchas personas que corrían y saltaban por el hielo y vi las lindas banderitas y oí los hurras de los chicos y los cantos de los mozos y mozas. Todo era bullicio y alegría, y mientras tanto la blanca nube con el punto negro iba creciendo por momentos. Grité con todas mis fuerzas, pero nadie me oyó, pues estaban demasiado lejos. La tempestad no tardaría en estallar, el hielo se resquebrajaría y haría pedazos, y todos aquellos, hombres y mujeres, niños y mayores, se hundirían en el mar, sin salvación posible. Ellos no podían oírme, y yo no podía ir hasta ellos. ¿Cómo conseguir que vinieran a tierra? Dios Nuestro Señor me inspiró la idea de pegar fuego a mí cama.

Más valía que se incendiara mi casa, a que todos aquellos infelices perecieran. Encendí el fuego, vi la roja llama, salí a la puerta… pero allí me quedé tendida, con las fuerzas agotadas. Las llamas se agrandaban a mi espalda, saliendo por la ventana y por encima del tejado. Los patinadores las vieron y acudieron corriendo en mi auxilio, pensando que iba a morir abrasada. Todos vinieron hacia el malecón. Los oí venir, pero al mismo tiempo oí un estruendo en el aire, como el tronar de muchos cañones. La ola de marea levantó el hielo y lo hizo pedazos, pero la gente pudo llegar al malecón, donde las chispas me caían encima. Todos estaban a salvo. Yo, en cambio, no pude resistir el frío y el espanto, y por esto he venido aquí, a la puerta del cielo. Dicen que está abierta para los pobres como yo. Y ahora ya no tengo mi casa. ¿Qué le parece, me dejarán entrar?

En esto se abrió la puerta del cielo, y un ángel hizo entrar a la mujer. De ésta cayó una brizna de paja, una de las que había en su cama cuando la incendió para salvar a los que estaban en peligro. La paja se transformó en oro, pero en un oro que crecía y echaba ramas, que se trenzaban en hermosísimos arabescos.

–¿Ves? –dijo el ángel al razonador–, esto lo ha traído la pobre mujer. Y tú, ¿qué traes? Nada, bien lo sé. No has hecho nada, ni siquiera un triste ladrillo. Podrías volverte y, por lo menos, traer uno. De seguro que estaría mal hecho, siendo obra de tus manos, pero algo valdría la buena voluntad. Por desgracia, no puedes volver y nada puedo hacer por ti.

Entonces, aquella pobre alma, la mujer de la casita del malecón, intercedió por él:

–Su hermano me regaló todos los ladrillos y trozos con los que pude levantar mi humilde casa. Fue un gran favor que me hizo. ¿No servirían todos aquellos trozos como un ladrillo para él? Es una gracia que pido. La necesita tanto, y puesto que estamos en el reino de la gracia…

–Tu hermano, a quien tú creías el de más cortos alcances –dijo el ángel– aquél cuya honrada labor te parecía la más baja, te da su óbolo celestial. No serás expulsado. Se te permitirá permanecer ahí fuera reflexionando y reparando tu vida terrenal; pero no entrarás mientras no hayas hecho una buena acción.

–Yo lo habría sabido decir mejor –pensó el pedante, pero no lo dijo en voz alta, y esto ya es algo.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

lunes, 7 de septiembre de 2026

Cordero al matadero

Roald Dahl

 

La habitación estaba cálida y limpia, con las cortinas corridas y las dos lámparas de mesa encendidas: la suya y la que estaba junto al sillón vacío de enfrente. Sobre el aparador, detrás de ella, había dos vasos altos, agua con gas y whisky. Cubos de hielo recién hechos en la cubeta Thermos.

Mary Maloney esperaba que su marido volviera a casa del trabajo.

De vez en cuando levantaba la vista hacia el reloj, pero sin ansiedad, simplemente por el placer de pensar que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. En ella, y en todo cuanto hacía, había algo lento y risueño. La forma en que inclinaba la cabeza sobre la costura era curiosamente tranquila. Su piel –estaba en el sexto mes de embarazo– había adquirido una maravillosa cualidad translúcida, la boca era suave y los ojos, con su nueva expresión plácida, parecían más grandes y oscuros que antes.

Cuando faltaban diez minutos para las cinco, empezó a escuchar y, unos instantes después, puntual como siempre, oyó los neumáticos sobre la grava de afuera, el golpe de la puerta del automóvil al cerrarse, los pasos junto a la ventana y la llave que giraba en la cerradura. Dejó a un lado la costura, se puso de pie y fue a besarlo cuando entró.

–Hola, cariño –dijo.

–Hola –respondió él.

Ella le tomó el abrigo y lo colgó en el armario. Luego fue a preparar las bebidas, una bastante cargada para él y otra suave para ella. Poco después estaba de nuevo en su sillón con la costura y él en el otro, enfrente, sosteniendo el vaso alto entre ambas manos y moviéndolo de modo que los cubos de hielo tintineaban contra el cristal.

Para ella, aquel era siempre el momento más dichoso del día. Sabía que él no quería hablar mucho hasta terminar la primera copa y ella, por su parte, se contentaba con permanecer sentada en silencio, disfrutando de su compañía después de las largas horas sola en casa. Le encantaba deleitarse en la presencia de ese hombre y sentir –casi como quien siente el sol sobre la piel– ese cálido resplandor masculino que salía de él hacia ella cuando estaban solos. Le encantaba la manera relajada en que se sentaba en un sillón, cómo entraba por una puerta o cruzaba lentamente la habitación con largas zancadas. Le encantaba la mirada fija y distante de sus ojos cuando se posaban en ella, la forma curiosa de su boca y, sobre todo, que nunca hablara de su cansancio y permaneciera quieto, ensimismado, hasta que el whisky se lo aliviaba un poco.

–¿Cansado, cariño?

–Sí –dijo él–. Estoy cansado.

Y, mientras hablaba, hizo algo poco habitual. Levantó el vaso y se lo bebió de un trago, aunque aún le quedaba por lo menos la mitad. Ella no lo estaba mirando en realidad, pero supo lo que había hecho porque oyó los cubos de hielo caer de nuevo contra el fondo del vaso vacío cuando él bajó el brazo. Permaneció un momento inclinado hacia delante en el sillón, luego se levantó y fue lentamente a servirse otra.

–¡Yo te la preparo! –exclamó ella, levantándose de un salto.

–Siéntate –dijo él.

Cuando regresó, ella advirtió que la nueva bebida tenía un tono ámbar oscuro de tan cargada que estaba.

–Cariño, ¿quieres que te traiga las pantuflas?

–No.

Ella lo observó mientras empezaba a beber a sorbos aquella bebida de un amarillo oscuro, y podía ver pequeños remolinos aceitosos en el líquido de lo fuerte que estaba.

–Me parece una pena –dijo ella– que, cuando un policía llega a un puesto tan alto como el tuyo, lo tengan todo el día de pie, de un lado para otro.

Él no respondió, así que ella volvió a inclinar la cabeza y continuó cosiendo. Pero cada vez que él llevaba el vaso a los labios, ella oía los cubos de hielo chocar contra el cristal.

–Cariño –dijo–, ¿quieres que te traiga un poco de queso? No preparé la cena porque es jueves.

–No –dijo él.

–Si estás demasiado cansado para salir a cenar –continuó ella–, todavía estamos a tiempo. Hay mucha carne y otras cosas en el congelador, y puedes comer aquí mismo sin siquiera levantarte del sillón.

Sus ojos esperaron de él una respuesta, una sonrisa, un leve gesto con la cabeza, pero él no dio ninguna señal.

–De todos modos –prosiguió ella–, primero te traeré un poco de queso y galletas saladas.

–No quiero –dijo él.

Ella se removió inquieta en el sillón, con los grandes ojos fijos en el rostro de su marido.

–Pero tienes que cenar. Puedo prepararte algo aquí mismo sin ningún problema. Me gustaría hacerlo. Podemos comer chuletas de cordero. O cerdo. Lo que quieras. Hay de todo en el congelador.

–Olvídalo –dijo él.

–Pero, cariño, ¡tienes que comer! Prepararé algo de todos modos y luego puedes comerlo o no, como quieras.

Se puso de pie y dejó la costura sobre la mesita junto a la lámpara.

–Siéntate –dijo él–. Solo un minuto. Siéntate.

Solo entonces empezó a asustarse.

–Vamos –dijo él–. Siéntate.

Se dejó caer lentamente en el sillón, sin apartar de él esos grandes ojos desconcertados. Él había terminado la segunda copa y miraba fijamente el fondo del vaso, con el ceño fruncido.

–Escucha –dijo–, tengo algo que decirte.

–¿Qué pasa, cariño? ¿Qué ocurre?

Él se había quedado absolutamente inmóvil y mantenía la cabeza baja, de modo que la luz de la lámpara que tenía al lado le iluminaba la parte superior del rostro y dejaba la barbilla y la boca en sombras. Ella advirtió que un pequeño músculo se movía junto al rabillo del ojo izquierdo.

–Me temo que esto va a ser un golpe para ti –dijo él–. Pero lo he pensado mucho y he decidido que lo único que cabe hacer es decírtelo de una vez. Espero que no me culpes demasiado.

Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo, y ella permaneció inmóvil durante todo ese tiempo, mirándolo entre aturdida y horrorizada mientras, con cada palabra, él parecía alejarse un poco más de ella.

–Así están las cosas –añadió–. Y sé que no es precisamente el mejor momento para decírtelo, pero sencillamente no había otra manera. Por supuesto, te daré dinero y me ocuparé de que no te falte nada. Pero no tiene por qué armarse ningún escándalo. Eso espero, al menos. No sería nada bueno para mi trabajo.

Su primer instinto fue no creer nada de aquello, rechazarlo. Se le ocurrió que quizá él ni siquiera había hablado, que ella misma lo había imaginado todo. Tal vez, si seguía con lo suyo y actuaba como si no hubiera estado escuchando, más tarde, cuando de algún modo despertara otra vez, descubriría que nada de eso había ocurrido.

–Prepararé la cena –consiguió susurrar, y esta vez él no la detuvo.

Mientras cruzaba la habitación, no sentía que los pies tocaran el suelo. No sentía nada en absoluto, salvo una ligera náusea y ganas de vomitar. Ahora todo era automático: las escaleras hacia el sótano, el interruptor de la luz, el congelador, la mano dentro del arcón que agarra el primer objeto que encuentra. Lo sacó y lo miró. Estaba envuelto en papel, así que quitó el envoltorio y volvió a mirarlo.

Una pierna de cordero.

Muy bien, entonces cenarían cordero. La llevó arriba, sujetándola con ambas manos por el extremo delgado del hueso y, al atravesar la sala, vio a su marido de pie junto a la ventana, de espaldas a ella, y se detuvo.

–Por el amor de Dios –dijo él al oírla, sin volverse–. No me prepares la cena. Voy a salir.

En ese momento, Mary Maloney sencillamente se acercó por detrás y, sin detenerse un instante, alzó bien alto la gran pierna de cordero congelada y la descargó con todas sus fuerzas en la nuca de su marido.

Lo mismo habría dado golpearlo con un garrote de acero.

Retrocedió un paso y esperó. Lo curioso fue que él permaneció de pie por lo menos cuatro o cinco segundos, balanceándose suavemente. Luego se desplomó sobre la alfombra.

La violencia del impacto, el ruido y la mesita que se volcó la ayudaron a salir de la conmoción. Volvió lentamente en sí, helada y sorprendida, y se quedó un rato allí, parpadeando mientras miraba el cuerpo, todavía aferrada con ambas manos a ese ridículo trozo de carne.

Muy bien, se dijo. Así que lo he matado.

Era extraordinario lo clara que se le había vuelto la mente de pronto. Empezó a pensar muy rápido. Como esposa de un detective, sabía perfectamente cuál sería la pena. Estaba bien. Le daba igual. De hecho, sería un alivio. Por otro lado, ¿y el niño? ¿Qué decían las leyes sobre las asesinas con hijos no nacidos? ¿Los mataban a los dos, madre e hijo? ¿O esperaban hasta el décimo mes? ¿Qué hacían?

Mary Maloney no lo sabía. Y desde luego no estaba dispuesta a correr el riesgo.

Llevó la carne a la cocina, la puso en una fuente, encendió el horno al máximo y la metió dentro de un empujón. Después se lavó las manos y subió corriendo al dormitorio. Se sentó frente al espejo, se arregló el cabello, se retocó los labios y el rostro. Ensayó una sonrisa. Le salió bastante extraña. Lo intentó de nuevo.

–Hola, Sam –dijo alegremente en voz alta.

La voz también sonaba extraña.

–Quiero unas papas, por favor, Sam. Sí, y creo que una lata de guisantes.

Eso estaba mejor. Tanto la sonrisa como la voz le salían mejor ahora. Lo ensayó unas cuantas veces más. Luego bajó corriendo, tomó el abrigo, salió por la puerta trasera, atravesó el jardín y llegó a la calle.

Todavía no eran las seis y las luces de la tienda de comestibles seguían encendidas.

–Hola, Sam –dijo alegremente, sonriendo al hombre que estaba detrás del mostrador.

–Vaya, buenas tardes, señora Maloney. ¿Cómo está?

–Quiero unas papas, por favor, Sam. Sí, y creo que una lata de guisantes.

El hombre se volvió y estiró el brazo hacia el estante que tenía detrás para tomar los guisantes.

–Patrick ha decidido que está cansado y no quiere salir a cenar esta noche –le contó–. Los jueves solemos salir, ya sabe, y ahora me agarró sin ninguna verdura en casa.

–¿Y la carne, señora Maloney?

–No, gracias, carne ya tengo. Una buena pierna de cordero que saqué del congelador.

–Ah.

–No me gusta mucho cocinarla congelada, Sam, pero esta vez voy a arriesgarme. ¿Cree que quedará bien?

–Personalmente –dijo el tendero–, no creo que haya diferencia. ¿Quiere estas papas de Idaho?

–Ah, sí, esas estarán muy bien. Deme dos.

–¿Algo más? –El tendero ladeó la cabeza y la miró amablemente–. ¿Y para después? ¿Qué le va a dar para después?

–Bueno… ¿qué me sugiere, Sam?

El hombre recorrió la tienda con la mirada.

–¿Qué le parece un buen trozo grande de pastel de queso? Sé que le gusta.

–Perfecto –dijo ella–. Le encanta.

Cuando ya estaba todo envuelto y ella había pagado, le dedicó su sonrisa más radiante y dijo:

–Gracias, Sam. Buenas noches.

–Buenas noches, señora Maloney. Y gracias a usted.

Y ahora, se dijo mientras volvía a toda prisa, lo único que hacía era volver a casa con su marido, que la esperaba para cenar; y tenía que cocinarle bien y hacerlo lo más sabroso posible porque el pobre hombre estaba cansado; y si, al entrar en la casa, por casualidad encontraba algo extraño, o trágico, o terrible, entonces naturalmente sería un golpe y se pondría fuera de sí de dolor y espanto. Claro que no esperaba encontrar nada. Solo volvía a casa con las verduras. La señora Patrick Maloney volviendo a casa con las verduras un jueves por la tarde a preparar la cena de su marido.

Así se hace, se dijo. Hazlo todo bien y con naturalidad. Que todo sea absolutamente natural y no habrá ninguna necesidad de fingir.

Por eso, cuando entró en la cocina por la puerta trasera, iba tarareando para sí una melodía y sonriendo.

–¡Patrick! –llamó–. ¿Cómo estás, cariño?

Dejó el paquete sobre la mesa y pasó a la sala; y cuando lo vio allí tendido en el suelo, con las piernas encogidas y un brazo torcido hacia atrás bajo el cuerpo, fue, en efecto, un golpe bastante fuerte. Todo el viejo amor y el anhelo que sentía por él brotaron de nuevo en su interior, y corrió hacia él, se arrodilló a su lado y rompió a llorar desconsoladamente. Fue fácil. No hizo falta fingir.

Unos minutos después se levantó y fue al teléfono. Sabía el número de la comisaría y, cuando el hombre al otro lado de la línea contestó, le gritó:

–¡Rápido! ¡Vengan rápido! ¡Patrick está muerto!

–¿Quién habla?

–La señora Maloney. La señora Patrick Maloney.

–¿Quiere decir que Patrick Maloney está muerto?

–Eso creo –sollozó–. Está tendido en el suelo y creo que está muerto.

–Vamos enseguida –dijo el hombre.

El automóvil llegó muy pronto y, cuando ella abrió la puerta principal, entraron dos policías. Conocía a ambos –conocía a casi todos los hombres de esa comisaría– y cayó directo en brazos de Jack Noonan, llorando histéricamente. Él la sentó con suavidad en un sillón y luego fue a reunirse con el otro, que se llamaba O’Malley y estaba arrodillado junto al cuerpo.

–¿Está muerto? –gritó ella.

–Me temo que sí. ¿Qué ocurrió?

Brevemente, les contó su historia: había salido a la tienda y al regresar lo había encontrado en el suelo. Mientras hablaba, llorando y hablando, Noonan descubrió una pequeña mancha de sangre coagulada en la cabeza del muerto. Se la mostró a O’Malley, que se levantó de inmediato y corrió al teléfono.

Pronto empezaron a llegar más hombres a la casa. Primero un médico, luego dos detectives, a uno de los cuales ella conocía por su nombre. Más tarde llegó un fotógrafo de la policía y tomó fotografías, y también un hombre que entendía de huellas dactilares. Hubo muchos susurros y murmullos junto al cadáver, y los detectives no dejaban de hacerle preguntas. Pero siempre la trataron con amabilidad. Ella volvió a contar su historia, esta vez desde el mismo principio, cuando Patrick había llegado, y ella estaba cosiendo, y él estaba cansado, tan cansado que no había querido salir a cenar. Contó cómo había metido la carne en el horno –“está allí ahora, cocinándose”– y cómo había salido un momento a la tienda a comprar verduras, y había vuelto para encontrarlo tendido en el suelo.

–¿A qué tienda fue? –preguntó uno de los detectives.

Ella se lo dijo, y él se volvió y susurró algo al otro detective, que salió inmediatamente a la calle.

Quince minutos después estaba de vuelta con una hoja de anotaciones, y hubo más susurros, y entre sus propios sollozos ella alcanzó a oír algunas de las frases susurradas: “… se comportó con toda normalidad… muy alegre… quería prepararle una buena cena… guisantes… pastel de queso… imposible que ella…”.

Al cabo de un rato, el fotógrafo y el médico se marcharon y llegaron otros dos hombres, que se llevaron el cadáver en una camilla. Luego se marchó también el hombre de las huellas dactilares. Los dos detectives se quedaron, y también los dos policías. Se mostraban extraordinariamente amables con ella, y Jack Noonan le preguntó si no prefería ir a otro lugar, quizá a casa de su hermana, o a casa de él, donde su esposa la cuidaría y la alojaría esa noche.

No, dijo ella. En ese momento no se sentía capaz de moverse ni un metro. ¿Les molestaría mucho que se quedara allí mismo hasta sentirse mejor? No se encontraba nada bien en ese momento, de verdad que no.

Entonces Jack Noonan le preguntó si no sería mejor que se acostara.

No, dijo ella. Prefería quedarse allí mismo, en ese sillón. Quizá un poco más tarde, cuando se sintiera mejor, se movería.

Así que la dejaron allí mientras seguían con su trabajo y registraban la casa. De vez en cuando, uno de los detectives le hacía otra pregunta. A veces Jack Noonan le hablaba con suavidad al pasar. Su marido –le dijo–, había muerto de un golpe en la nuca asestado con un objeto pesado y contundente, casi con seguridad un trozo grande de metal. Estaban buscando el arma. El asesino podía habérsela llevado, pero también podía haberla tirado o escondido en algún lugar de la propiedad.

–Es lo de siempre –dijo–. Consigue el arma y tendrás al hombre.

Más tarde, uno de los detectives se acercó y se sentó a su lado. ¿Sabía ella, –le preguntó–, de algo en la casa que pudiera haberse usado como arma? ¿Le importaría echar un vistazo para ver si faltaba algo, una llave inglesa muy grande, por ejemplo, o un jarrón pesado de metal?

No tenían jarrones pesados de metal, dijo ella.

–¿Ni una llave inglesa grande?

No creía que tuvieran una llave inglesa grande. Pero quizá hubiera cosas de ese tipo en el garaje.

La búsqueda continuó. Sabía que había otros policías en el jardín, alrededor de la casa. Podía oír sus pasos sobre la grava y, a veces, veía el destello de una linterna por una rendija de las cortinas. Empezaba a hacerse tarde, casi las nueve, notó por el reloj de la repisa de la chimenea. Los cuatro hombres que registraban las habitaciones parecían cada vez más cansados, un poco exasperados.

–Jack –dijo la siguiente vez que el sargento Noonan pasó junto a ella–, ¿le importaría servirme una copa?

–Claro que le sirvo una copa. ¿Quiere de este whisky?

–Sí, por favor. Pero solo un poco. Tal vez me haga sentir mejor.

Él le entregó el vaso.

–¿Por qué no se toma una usted también? –dijo ella–. Debe de estar terriblemente cansado. Tómese una, por favor. Ha sido muy bueno conmigo.

–Bueno –respondió él–, en teoría no está permitido, pero quizá un traguito me ayude a aguantar.

Uno por uno, los demás fueron entrando y se dejaron convencer de tomar un poco de whisky. Se quedaron allí de pie, algo incómodos, con los vasos en las manos, cohibidos en su presencia y tratando de decirle palabras de consuelo. El sargento Noonan se metió distraídamente en la cocina, salió enseguida y dijo:

–Oiga, señora Maloney, ¿sabe que ese horno suyo sigue encendido, con la carne todavía dentro?

–¡Ay, Dios mío! –exclamó ella–. ¡Es verdad!

–Mejor se lo apago, ¿no?

–¿Lo haría, Jack? Muchas gracias.

Cuando el sargento volvió por segunda vez, ella lo miró con sus grandes ojos oscuros, llenos de lágrimas.

–Jack Noonan –dijo.

–¿Sí?

–¿Me haría un pequeño favor… usted y los demás?

–Podemos intentarlo, señora Maloney.

–Bueno –dijo ella–. Aquí están todos ustedes, que además eran buenos amigos del querido Patrick, ayudando a atrapar al hombre que lo mató. A estas alturas deben de estar muertos de hambre, porque hace rato que pasó la hora de la cena, y sé que Patrick nunca me perdonaría, que Dios bendiga su alma, si permitiera que se quedaran en su casa sin atenderlos como es debido. ¿Por qué no se comen ese cordero que está en el horno? Ya debe de estar justo en su punto.

–Ni pensarlo –dijo el sargento Noonan.

–Por favor –suplicó ella–. Por favor, cómanselo. Yo personalmente no podría probar bocado, y mucho menos algo que estuvo en la casa cuando él aún estaba aquí. Pero ustedes sí pueden. Me harían un favor si se lo comieran. Después podrán seguir con su trabajo.

Los cuatro policías vacilaron bastante, pero era evidente que tenían hambre y, al final, se dejaron convencer de ir a la cocina y servirse. La mujer se quedó donde estaba, escuchándolos a través de la puerta abierta. Podía oírlos hablar entre ellos, con las voces espesas y pastosas porque tenían la boca llena de carne.

–¿Quieres un poco más, Charlie?

–No. Mejor no lo terminamos.

–Ella quiere que lo terminemos. Lo dijo. Sería hacerle un favor.

–Bueno, ya. Dame un poco más.

–Vaya garrote del carajo debió de usar el tipo para golpear al pobre Patrick –decía uno de ellos–. El doctor dice que le hicieron pedazos el cráneo, como si le hubieran dado con un mazo.

–Por eso debería ser fácil de encontrar.

–Eso mismo digo yo.

–El que lo haya hecho no va a andar cargando una cosa así más tiempo del necesario.

Uno de ellos eructó.

–Personalmente, creo que está aquí mismo, en la propiedad.

–Probablemente en nuestras propias narices. ¿Qué opinas tú, Jack?

En la otra habitación, Mary Maloney empezó a reírse entre dientes.

 

(Tomado de www.lecturia.org)