Dahlia de la Cerda
Siete pecados son los capitales,
el mío es la avaricia. Yo estoy en esto por dinero. Entre plata y plomo, elegí los
dos porque soy una avara. Ingresé
al Centro
de Readaptación Social para Mujeres por delitos contra la salud y homicidio. Se
oye bien interesante, pero en realidad en ese momento ocupaba el escalón más bajo
en la jerarquía de la maña: era halcón para una célula de un cártel muy
poderoso. Me gusta recalcar “poderoso”, me hace sentir importante. Mi jale era de
mitotera. Yo miraba que pasaban los marinos y en chinga que mandaba un mensaje
a un grupo del WhatsApp para que se pusieran al tiro. Obvio no ponía: “Cuidado
con los marinos”, de pendeja. Teníamos nuestras claves con puros monitos: un
policía + un barco = marinos. Y ya luego un policía + un barco x 20 = cuántos eran. Me pagaban poquito, cinco mil al mes más
celulares de alta gama, y se quebraron
a mi exmarido, que me maltrataba. Yo no maté a nadie, lo mandé matar.
Un día me encomendaron, para calarme, que moviera un kilo de mota de una colonia a otra y me torcieron
unos estatales. Me llevaron presa por delitos contra la salud, me dieron cinco
años de prisión y abrieron
una investigación
por el asesinato de mi ex.
No habían pasado ni seis meses cuando me sacaron del taller
de costura, dizque para
una actividad. Nos pararon
a mí, el burro por delante, y a varias compañeras
en el patio; formaditas en hilera. Lo vi llegar. Medía como 1.75, era de complexión
robusta: estaba medio gordito, la barba muy delineada y
cuidadita, moreno, con un cinto Hermés, todo de negro, empecherado, con lentes oscuros
y bien enfierrado. Traía un anillo con una cruz
de diamantes, unas botas de esas de
las que luego supe
que se llaman “tácticas”, pechera importada
de Israel y armas de lujo que le vendieron unos árabes. Era el comandante Cruz Negra.
Venía acompañado de dos plebes tipo soldados, pero sin uniforme.
Nos
examinaron una por una y nos dividieron en dos grupos. Unas nos quedamos en el
patio y a otras las regresaron a las celdas. Nos interrogó: lo primero que me
preguntó fue si alguna vez le había
dado piso a alguien. Estaba tan
nerviosa que le contesté: “¿Una
rata cuenta como alguien?
Me gusta matarlas casi casi por hobby. Una vez metí a una pelona en una bolsa
de plástico, de esas negras para la basura, y la azoté contra la pared hasta
que se despanzurró. Oí clarito cómo chillaba, le tronaban los huesos y se le
salían las tripas. También ahogué a un pato en el lavadero de mi casa: bueno,
no era un pato, era un pollo, yo lo confundí
con un pato y lo aventé al agua. Cuando vi que no nadaba, me dio mucha risa y me
entretuve sumergiéndolo hasta que se murió. Tenía siete años”. “No seas mamona”,
me respondió. Y luego me cambió la pregunta: “¿Te atreverías a matar?”. “Por un
buen billete, simón que sí, viejón”. Me
sonrió, me dijo: “Vamos”, y me sacó como Pedro
por su casa junto con cinco plebitas.
Cruz Negra con muchos huevos le dijo
al jefe de la cárcel:
“Me voy a llevar a estas morritas, ahí te arreglas con el patrón”. No firmamos nada, no pasamos por
puertas de
seguridad. Salimos como si fuéramos inocentes, jefas, patronas, invisibles. Nos subieron a la parte de atrás de una camioneta Lobo. Íbamos con seis vatos
encapuchados y con chalecos antibalas.
Pasamos dos retenes de policías y nomás nos
dijeron “adiós”, ni de chiste nos pararon. Nosotras bien
voladas respondimos el gesto: “Eh, adiós, plebes, qué guapos”. Ahí inició realmente mi
carrera en la delincuencia
organizada. Con un “sí, viejón”.
Nos informaron
que el sueldo
se definía según
las aptitudes. Recuerdo que
llegamos a una casa
en las orillas de la carretera y ahí dejaron
a tres morras.
Me taparon los ojos con un paño de calavera y me pasaron a los asientos de adelante de la camioneta. Íbamos oyendo
corridos bien alterados, fierro, pariente. Abordamos una avioneta, despegamos
y aterrizamos. Me
quitaron la venda. Estábamos en un cuartel militar, o eso parecía.
Amurallado, con torres de vigilancia
y fácil fácil unos doscientos
hombres armados y encapuchados. Traían radio, celulares
y armas chingonas. Me sentí en la
película de Rambo. La organización
así en total tiene a su servicio
más o menos quince mil hombres en el país. Un chingo. ¿Ves
que en la
carretera hay puestos de cocos? La mayoría son de gente nuestra.
Llegas a un pueblito y le propones a cualquier
muchacho: “Oye, vale, te compro un celular de lujo, te pongo una palapa, te armo tu negocio de
cocos helados y te pago cinco mil al mes para que me avises los movimientos
de los feos y de los contras”. Y ya, decenas a tu
servicio.
Igual que en cualquier organización militar ahí
había comandantes, subcomandantes y soldados. Me informaron
que me iban a entrenar
como soldado, soldado al servicio de la maña, obviamente. La adrenalina me recorrió la piel
bien chingón, no sé por qué.
Si pudiera describir mi historia con una palabra, sería “descontrol”.
Estoy descontrolada y he vivido descontrolada
toda mi existencia. Desde plebita fui
muy impulsiva, muy radical. Me costaba trabajo seguir
reglas, respetar figuras
de autoridad; me cagaba que me dieran órdenes; me emperraba
y me emperra
la gente que dice “sí” y significa “no”.
No, viejón, para mí el
“sí” es “sí” y el “no” es “no”. No hay términos medios porque se trata de todo
o nada. Yo por eso vivo al extremo, siento al extremo, gasto al extremo y gano
dinero al extremo
Tuve
muchos novios, muchas aventuras amorosas, muchos amantes y muchos detalles. Mi
mamá siempre me decía que yo era de naturaleza promiscua y que al menos debía
sacarle billete y provecho. La putería nunca se me dio; yo ya andaría
triunfando si en vez de mochar cabezas me hubiera sentado en ellas. Ya traería unas
nalgas de infarto, una cinturita de avispa y unas chichis bien bonitas, pero me
gusta lo difícil, llevar las cosas un paso más allá; además, la neta, cobrar por
sexo jamás se me dio: no sé cómo ponerles precio a las nalgas. Las cotizaciones
que hacía o eran de puta de lujo o de piruja de cantina de arrabal. Iba de cinco
mil pesos a doscientos pesos. Y es que, qué te digo, no sé lo que es el color
gris: una o es cara o es barata, no puedo con la modestia. Para matar también soy
extrema, por eso estoy donde estoy.
Entre
tanto cabrón nomás éramos ocho mujeres. Dos expolicías, y otras cinco, que quién
sabe de dónde salieron, eran las encargadas de la limpieza y la comida y una paramédico.
Nos asignaron una cabañita solo para nosotras.
Era una casita
de madera, con su cocina equipada, su baño y dos recámaras
con camas matrimoniales. Había televisión en la salita; todo muy nice. “Ya me trajeron
de día de campo”, qué perrón, mi viejón.
No, qué chingaos, puro pinche entrenamiento militar. Mira, era una escuelita, como academia
de policías, bien de flojera. “Oiga, no, a mí me dijeron que vine a matar
gente y a hacer un chingo de dinero, ¿y me va a poner a estudiar?”. “Sí,
señora, aquí somos profesionales, no liandros ni miones ni matones de barrio”.
Fueron seis meses de entrenamiento. Aprendimos desde cómo
usar armas cortas, largas, M50 para tumbar avionetas hasta primeros auxilios y
cómo identificar el nivel de blindaje de una camioneta. Me ponían a trepar el
méndigo monte con piedras en la mochila, muy pasado de lanza el cotorreo. A descuartizar
nos enseñó un carnicero; sí, un pinche carnicero matacochis. El primer día de preparación
lo vi por segunda vez, camuflaje, capucha de calavera, botas y el anillo de cruz:
“O se está con nosotros o se está bien con Dios –fue lo primero que nos dijo–. Acá vamos a faltar
al quinto mandamiento y nos vamos a forrar en billete.
Ocupo gente al tiro, que esté conmigo, que le sea leal a
los jefes y obedezca sin mermas las órdenes de la organización. Les ofrezco un trato:
me cuidan, los cuido; me obedecen y mochan cabezas y los hago
millonarios; me traicionan y los mato. Tienen un minuto para pensar… se acabó. Un
paso adelante quien sí le entre; a quien no, le damos su plomo”. Fin del comunicado, o algo
así; quizás le puse de mi cosecha. A grandes rasgos
es eso. No, espera, me faltó algo, las reglas: no
se mata inocentes, no se mata sin autorización
de la organización; no se desobedece; no se
extorsiona, secuestra, roba, viola o delinque sin permiso del Comandante. Di un
paso al frente, ni modo, no quedaba otra más que entrarle. Ha valido la pena
cada que me he manchado las manos de sangre.
En
la organización
una sube poco a poco. Empecé vigilando los campos de marihuana.
Para llegar a la sierra tenía que hacer un viaje de veinticinco minutos en
avioneta. Mi tarea era llevar y traer a los campesinos, cuidar que nadie nos siguiera
y alimentarlos. Eran de diez a doce campesinos. Doscientos kilos de marihuana por
sembradío.
El
segundo
puesto fue cuidando los laboratorios de metanfetamina, que también estaban en la
sierra. Me daban traje de protección. Ahí me aburría un chingo. Los cocineros
son reservados, pero expertos en química; hacen la droga con pastillas para la gripa.
Deja un putero de dinero. Medio kilo de criko cuesta cuatro mil y se producen hasta
cien kilos a la semana. La meta es la droga de los pobres; la coca, de los ricos;
la mota, la de los chavos. Cubrimos todo el mercado.
Mi penúltimo
jale en la sierra fue en los campos de amapola, de donde sacan la goma de opio
para la heroína. Ahí además la hice de cocinera. Haz de cuenta que se ordeña la
florecita y sale un líquido blanco que se deja reposar y al día siguiente ya es
negro. Me pagaban ciento setenta y cinco mil pesos al mes, y jamás disparé un arma,
pura pinche botánica. En todo ese tiempo viví en el cuartel, pero me movían a
trabajar a diferentes puntos en la sierra.
La
primera vez que maté, para qué te voy a mentir, sí me costó trabajo. Me llevaron
a un plebe que era chapulín: anduvo un rato de halcón de nosotros y se fue con los
contras. Lo apañaron unos vales y luego lo mandaron al cuartel a que le
diéramos piso. El Comandante se me acercó, me dio una escuadra y me ordenó: “Sobres”.
Estaba amarrado, parecía Santo Cristo lleno de sangre. “¿Y si mejor dejamos que
se muera de hambre?”. El Comandante me miró y me respondió: “Ay, plebe, no sé si
eres sádica o maricona, ya jálale que es una orden”. Subí tiro, cerré los ojos y
presioné el gatillo. La bala le entró en la cabeza, entre ceja y ceja. Muerte
inmediata. Abrí los ojos y el olor a pólvora y sangre me alteró, le descargué toda
la pistola. Un bautizo de sangre y plomo.
De
ahí el Comandante me agarró confianza y me ascendió a sicaria. Mi trabajo era
levantar culeros, defender territorios, cuidar casas de seguridad, torturar, mochar
cabezas y quebrar gente, por supuesto.
¿Cuántos
muertos llevo? No sé, muchos. No me arrepiento. Yo puro estilo
siciliano, sin remordimiento.
Mi eficacia para la tortura, la decapitación y el asesinato me hizo acreedora al comando especial: comando Cruces Negras.
Formar parte
de él era
lo más alto a lo
que puede
llegar un sicario. Arriba
de eso,
en el
brazo armado,
no hay nadie,
solo están
los viejones. Sí, los patrones. Éramos cinco elementos, incluido
el Comandante. Nuestro objetivo era estar al tiro en la zona de guerra: asesinar y descuartizar, violencia extrema.
Colgamos plebes en los puentes, dejamos cabezas de contras en hieleras,
tumbamos helicópteros de la Marina. Sobre todo nuestro jale era encargarnos de
las cacas grandes, los jefes de plaza de otras organizaciones, armar estrategias
de guerra sanguinarias a niveles muy alterados y garantizar la seguridad de los
patrones. Un día el viejón llegó a mirar qué pedo con sus comandos de seguridad:
“¿Y ésta quién es?”, le preguntó al Comandante mientras me apuntaba con una 40 con la imagen de Al Capone. “Es la China, es del comando de las Cruces Negras.
Bonita, sanguinaria, hábil en armas orientales y estrategias de guerra, sabe detonar
explosivos y lanza granadas”. “Me gusta para escolta de mi plebita, me la llevo”.
Al Comandante se le desencajo el rostro, se le notaba que no quería que me fuera;
siempre sospeché que me hacía ojitos, pero se lo atribuí a la desesperación de
no ver más mujeres. Se tragó el coraje y solo respondió: “A la orden, patrón.
Ya oyó al patrón, plebe, va a ser escolta de la niña”. Me quedé fría.
Durante
los cinco años que serví como soldado en la organización, solo dos veces al mes
bajaba a la ciudad. Una a ver a mi familia, y otra a las pachangas que
organizaba el Comandante. Estaba nerviosa de regresar a vivir entre la gente.
Mi nuevo hogar sería la casa de la patrona, de la Heredera, le dicen. Aunque me
comían los nervios, me emocionó que estaría más cerca de mi hija.
¿Te conté que tengo una hija? Se llama Julieta, recién cumplió diez años y mi familia me la cuida. Con lo que he ganado trabajando les
compré su casa en una colonia buena y su camioneta; le deposito cada mes para los gastos y sus lujos. Si me matan un día –porque aquí, dicen, hay dos cosas seguras,
la cárcel o la muerte–, mi mamá ya tiene su vida asegurada, y mi Juliet también.
Yo anduve a raíz, comiendo sobras, con ropa de la segunda y no quiero esa vida de limitaciones
para mi plebe. Aquí
pagan bien y te acostumbras a matar. No me quejo
de mi trabajo, la mera verdad. Es un trabajo
muy noble. Si Dios existe, ojalá y Malverde interceda por mí. Yo
prefiero morir en batalla que vivir con los
pies aterrados, prefiero empuñar mi cuerno que seguir
comprando ropa en la segunda.
De ser escolta
de guerra pasé a ser la BFF de la hija mimada de un capo, bonita chingadera.
Me pagaban lo
mismo, no era un asunto de dinero, era de dignidad.
Me sentía
degradada. La plebita era un dulce, pero me aburría a su lado. Mis misiones eran
básicamente ser su copilota del tingo al tango mientras ella conducía su flamante
Mercedes, escucharla cantar corridos, sostenerle el iPhone y acompañarla al spa
a hacerse tratamientos de piel de porcelana.
Me pidieron que pasara desapercibida, o sea que no se notara
que yo era su escolta, porque además traía
a otros plebes en una camioneta aparte. Mi papel era ser su mejor amiga y cuidarle
las espaldas a la sorda. No, y qué te cuento: me obligó a deshacerme de mis botas,
quería que usara zapatillas; negociamos y me dejó andar en flats y tenis
de marca. Cambié mi uniforme por pantalones Louis Vuitton y blusas de Ed Hardy;
al inicio no tenía ni puta idea de ropa de marca, pero la patrona me enseñó.
Un día de peda Yuliana me contó
que un ahijado del Comandante había matado a su mejor amiga y que ella quería
vengarla, pero que su apá no le había dado su autorización. Me saqué de onda bien cabrón: el
Comandante era un señor, un tipazo: sabía tratar
a las mujeres; era gente de palabra, cómo así. A su mentado ahijado nunca lo topé.
A veces los buenos árboles traen mala hierba, y ahí ni qué hacerle. Muchacho cabrón,
malagradecido.
A la Yuliana
se le llenaban los ojitos de lágrimas nomás de oír el nombre de Regina. Y, cuando la nostalgia le pegaba duro, se quedaba a dormir
en la tumba en forma de castillo que le mandó construir allá
en la Perla Tapatía.
“¿De
dónde te sacó mi apá?”. “Mire, plebe, la organización me la sé de arriba abajo, ora sí que, como dijo José José, ‘Yo he rodado de acá para allá, fui de todo y sin medida’”. “No mames, mamona, esto es serio”, me regañó. Le conté de los campos de hierba y los
de amapola, de los laboratorios de metanfetaminas,
de mi época de
sicaria y
finalmente del comando Cruces
Negras.
Saqué de mi bolsa el anillo de cruz de diamantes y se lo puse en la mano. “Su apá
trajo a la mejor pa’ cuidarla, la quiere mucho”. Miró
el anillo y que me pregunta: “¿Tu lealtad está con el Comandante o conmigo, Karla?”
“Con usted, patrona”, le respondí sin titubear. Sonrió. “Tira ese anillo a la verga, te lo cambió
por un reloj de diamantes”. “Como usted diga, patrona”. Me regaló uno rosa de diamantes
de Versace. Doscientos
cincuenta mil pesos
le costó. Me lo puso en la muñeca y me dijo contenta: “Se te ve hermoso, Karla.
¿Vamos al spa? Te pago un tratamiento de piel de porcelana, estás muy
requemada, mija”.
De
regreso
de una
fiesta Yuliana
iba manejando y cantando y cuando empezó a sonar el corrido de “Clave 7” me dijo: “Mata al ahijado del Comandante,
cuélgalo de un puente en cachitos y te otorgo tu retiro, una casa, un carro y te sigo pagando
por cinco años. Si sale mal, le doy lo mismo a tu
familia, te mando a
escribir un corrido y te hago una tumba perrona
y lujosa al lado
de la de Regina”.
Se persignó al pronunciar el nombre de Regina. “Patrona –le respondí–, usted sabe
que, si me ordena ‘quiébrate a ese cabrón’, yo lo hago nomás
porque es una orden de usted, ¿por qué me ofrece tanta cosa?” “Porque
es alta traición, pendeja. Es peligroso, es algo casi suicida”. “Lo voy a pensar”, le contesté. Y es que sí, neta neta ocupaba meditarlo bien. “Oiga, no le estoy preguntando, es una orden”.
“Su apá me contrató
para que la cuide, no para que le mate pelados. Le dije que lo voy a pensar”.
“¿Y el corrido quién me lo va a escribir?”, le pregunté por WhatsApp y cerramos
el trato. Solo había que planear una buena estrategia de guerra.
Yuliana me enseñó el Instagram del mocoso cagón, un pinche
narco junior nefasto. Siempre se tapaba la cara en todas las fotografías
y el muy hipócrita tenía una con la Regina. Es que deja te cuento: según la
versión oficial Regina se suicidó, aunque Yuliana oyó por el celular cómo la mataba porque resulta que la Regina le marcó aterrada
para decirle que estaba en peligro y que por favor fuera por ella. Y pum, pum, escuchó
los plomazos, y luego le salieron con que ella solita se voló los sesos. Nadie
le creyó a Yuliana, o más bien no quisieron esparcir el pedo para no armar un
desmadre en la organización; la situación está complicada y se necesita unidad
porque los contras cada día ganan más terreno. Total, que el ahijado del Comandante
tenía una foto con Regina en la que ella, rubia y guapa, traía una escuadrita forrada
de Hello Kitty. Dando un recorrido por el Instagram del plebe, detecté tres vicios, es decir, tres debilidades:
mujeres, droga y alcohol. “Mira, Yuliana, te propongo esto: el sábado me arreglas, me voy de antro, lo seduzco y ya en la cama me lo trueno, ¿qué tal? ¿Crees que funcione?”
“Sí, plebe. Este niño tiene su identidad protegida en lo público. A lo mucho ha
de traer cinco escoltas.
Pan comido, viejona”.
El
sábado Yuliana le habló a una estilista de su entera confianza para que me
arreglara: me alació el cabello
y me lo pintó de negro, me sacó la ceja, me maquilló y me puso una faja de
látex y un brasier
que dizque push
up; la patrona me prestó un putivestido negro Fendi, unas zapatillas de esas Dolce & Gabbana y una bolsa enorme de Chanel. “Tienes que verte cara, ese perro es un avaro
y, si te mira jodida, no te va a
pelar”, me explicó. La ventaja de mi super look de
buchona era que en este rancho todas se parecen. Si alguien preguntara cómo era
la plebe con la que se fue el vato, era blanca, de cabello largo, lacio,
chichona y nalgona. No pos ya valió verga. Podría ser cualquiera. En la bolsa Chanel
oculté la escuadra de la Regina, una cinta canela, unas esposas, una granada de
mano, mi cartera y mi celular. Yuliana y yo rentamos una habitación en un motel
–con cajones de estacionamiento en los cuartos– cerca de un antro que frecuentaba
el idiota ese, y dejamos parqueada una camioneta tracker en la que
guardé tres bolsas negras, una sierra eléctrica, un cuchillo de carnicero, un bisturí
y guantes de látex. La patrona se fue a esperarme a casa y yo me fui en un taxi
al antro.
Lo
ubiqué enseguida. Llegué muy en perra y le dije al oído: “El viejón me mandó de
regalo para usted: me pagó un servicio completo. Son dos horas, todo incluido. El
motel también lo dejó cubierto” y le di la clave de seguridad de la empresa; eso
mientras le arrimaba las chichis y le ponía la mano en el pito en perra total, plebe.
El baboso no tenía ni veinte años, andaba cruzado y hasta la madre. Me respondió
que sí, que no podía hacerle un desaire al viejón y les avisó a sus escoltas que
nos íbamos. Nos fuimos en su Lamborghini solos él y yo; sus escoltas nos siguieron
en una Ford Sport. Al llegar al motel se bajó del auto, les ordenó a sus guaruras que esperaran afuera
porque quería privacidad y caminamos juntos hasta la habitación. En cuanto entramos,
yo a lo que iba, la neta. Saqué la pistola, le di un cachazo en la nuca, se cayó
al piso y lo esposé. Lo inmovilicé,
le tapé la boca
y lo até de pies
y manos. Lo amarré como puerco con la cinta canela. Suspiré. Ya íbamos de gane. Pensé que iba a ser más difícil.
“¿Reconoces esta pistola?”, le pregunté deslizando la escuadra por
su cuello. Asintió con la cabeza. Hasta lo pedo se le quitó. “La dueña
me mandó a darte un recadito”, le dije y puse “Clave 7” en mi celular. Prendí un cigarro
y me entretuve quemándole los brazos y el pescuezo en lo que llegaba a la parte
de “Adiós, señor comandante, aquí lo llevo en mi
lista, usted me echó por delante, allá lo veo en la revista. Ya tumbaron
mi panal, ahora toree las avispas”.
Cuando se escuchó “las avispas”,
me paré frente a él, lo centré y pum.
Saqué
el cuerpo estirándolo de las patas y lo subí a la camioneta que habíamos dejado
estacionada en la cochera del cuarto. Arranqué. Como a los
dos o tres minutos la plebiza que lo acompañaba se me emparejó y me preguntó
por el patrón. “Ya
está con san Pedro, plebe, pero les dejó este regalito”, y granada para qué te
quiero. Aceleré al máximo por el bulevar. En el desmadre que se hizo me di
tiempo de ganar terreno. Tenemos bien peinada toda la ciudad y sabemos dónde
sí dónde no hacer desórdenes, así
que me lo llevé a una casa abandonada que usábamos como zona de seguridad. Ahí le corté la cabeza, las patas y los brazos, y eché su humanidad en una bolsa
negra. Le grabé
en el pecho dos triángulos entrelazados,
que es el símbolo de los contras. Colgué su
torso, una
pata, su
cabeza y un brazo en el primer puente que me encontré. Lo demás
lo tiré en un basurero.
Me desnudé
camino a casa de Yuliana.
Tiré la ropa en una coladera y me puse el pants y la playera que llevaba
para la ocasión. Abandoné la
camioneta y pedí un Uber.
Yuliana
ya me esperaba en casa. Luego luego me puso algo en el cabello que según
era un extractor de color para que volviera a ser castaño claro; lo dejé cuarenta minutos. Me bañé, y, cuando salí de la regadera, yo era otra vez la China. Yuliana
veía las
noticias. Un flash
de última hora notificaba que un cuerpo desmembrado había sido encontrado
colgando de un puente. Me abrazó con lágrimas en los ojos. “Ay, plebe, se la rifó”. “Claro que me
la rifé, en la sierra y en la ciudad yo soy la China”, le contesté.
(Tomado de Cerda, Dahlia
de la, Perras de reserva, Narrativa Sexto Piso, México, 2024)