lunes, 1 de junio de 2026

Las réplicas del domingo por la noche

Víctor Roura

 

Hace unos cuantos días, en la casa de usted, o sea la mía, llegó una mudanza. Supuse que era el nuevo vecino. Hicieron un ruidaral que no pude entenderle ni papa a los Simpson. Por fin, el departamento 6 sería ocupado. Llevaba vacío casi cinco meses. Antes vivían ahí una señorita que quería ser modelo y su señora madre, que ya lo era. A partir de las doce de la noche, uno ya sabía que ambas mujeres estaban ahogadas en anís. La hija a veces bajaba a invitarme. Un anís nunca cae mal, aunque sea a deshoras. El problema era que, estando ya arrellanado en el sofá, tanto madre como hija empezaban a modelar. Se metían a la recámara. Primero salía una, pongamos que con un vestido de noche. Su andar, pese al anís, era correcto. Un pie exactamente atrás del otro, las caderas oscilaban con desesperante lentitud, de un lado a otro, nunca estaban en el mismo sitio. Acababa yo mareado. Por el anís, claro. Las mujeres estaban en su trabajo. Les fascinaba el modelaje. Así estaban, una y otra vez. Pasaban delante de mí interminablemente. Les encantaba ser admiradas, mientras yo daba cuenta de su rico anís. Pero una noche me aburrió el asunto.

–¿No pueden sentarse a platicar conmigo? –pregunté, malhumorado.

La hija se puso a llorar. Llevaba consigo una minifalda al estilo Alejandra Guzmán. La madre, que en esos momentos llevaba puesto un traje de Issey Miyake, que le quedaba ajustadísimo, fue más digna.

–Señor, lo creíamos sensible, háganos el favor de pasar a retirarse –dijo, quebrada un poco la voz.

Me levanté y bajé a mi apartamento, llevándome bajo el saco la botella de anís. Ya nunca más fui invitado a aquellas sesiones. Un mes después se mudaron a otra parte. Jamás se despidieron.

Confieso que en ocasiones extraño las noches de anís.

Pero ahí estaba el nuevo vecino, haciendo un ruido de los mil demonios. Apagué el televisor. Puse un disco, el Fandangos in Space, de Carmen. Le subí todo el volumen. Serían las diez y media de la noche del domingo de hace dos semanas. Al rato, oí las mismas canciones provenientes del departamento recién ocupado.

Le bajé al volumen.

Sí. Habían puesto el mismo disco.

Lo quité de la tornamesa. Busqué el The Rise and Fall, de Madness. Escuchaba la rola “Primrose Hill”, cuando oí de nuevo el mismo disco que salía de las bocinas del vecino recién desempacado. O vecina. Qué sé yo. Fui por otro acetato. Pensé que sería difícil que conocieran a la banda de Don Harrison. Puse su disco, sin título, que data de 1976. Iba ya en el segundo lado, en la cuarta pieza (“A Bit of Love”), cuando oí el mismo maldito álbum en la casa recién apropiada. Me quedé un rato sin hacer nada.

Vi el reloj.

Ya era la medianoche. Una hora para ya no andar jugando a la guerrita de discos. Sin embargo, coloqué en la tornamesa el Magic is a Child, de Nektar. No pasaron ni cinco minutos y ya estaba escuchando, como en un eco, ese mismo disco en el departamento de arriba.

No sé usted qué hubiera hecho, pero yo andaba como león enjaulado, iba de un lado a otro de la sala, sin saber qué hacer. De un lado a otro, como las caderas de las modelos que a esas horas tal vez ya habían finalizado una botella de anís. Quizás lo correcto hubiera sido subir para ver quién había llegado al edificio, estrecharle la mano y felicitarlo, ejem, por sus gustos musicales.

Pero no.

Preferí poner toda la noche, o la madrugada, como usted elija, disco tras disco. En alguno fallaría el nuevo vecino. O nuevos vecinos. Qué se yo. Desfilaron por la aguja The Amazing Rhythm Aces, Mahogany Rush, Robin Trower, Horslips, Ian Hunter, Tin Huey, Wreckless Eric, Zanki, un pirata de Frank Zappa y, Santo Dios, ¡todos los tenía! Disco que ponía, disco que se repetía un piso arriba de mí.

Para volverse locos.

El último que puse (el Thruthdare Doubledare, de Bronski Beat) dejé de oírlo yo mismo a las nueve y media de la mañana del lunes, porque, simplemente, me ganó el sueño.

Desperté unas tres horas después, apagué el modular, coloqué el disco en su lugar, me di un regaderazo y fui a una reunión editorial.

Desde entonces, escucho mis discos a bajo volumen.

Para no despertar sospechas.

Ni réplicas.

 

(Tomado de Roura, Víctor, Un látigo en mi alcoba, Hoja Casa Editorial, México, 1991)

 

sábado, 30 de mayo de 2026

Magna Viperia Morphis (La disidente)

Juan Antonio Fernández Madrigal

 

El Consejo del Mundo Humano avanzó por la Catedral, rodeando las capillas cerradas que guardaban celosamente con rejas oxidadas su interior oscuro y vacío de sacras figuras. Las vidrieras en lo alto habían sido, o bien sustituidas por cristal de rubí veteado, o bien teñidas de sangre fresca. La última posibilidad aguijoneó algunos estómagos y apartó rápidamente algunas miradas demasiado atrevidas. El grupo se deslizó un poco más rápido.

El gran órgano comenzó a quejarse cuando las figuras se apresuraron bajo él. Sus lamentos vibraron dentro de los oídos, en los pulmones agitados, bajo las pieles, recorrieron el trayecto hacia los nodos del árbol del miedo. El sonido de metal sincronizó con las redes nerviosas y aumentó las señales de histeria que habían comenzado a producir. Nadie pulsaba el teclado del órgano ni manipulaba sus registros. Ellos lo sabían.

Bailaba arriba y abajo la mancha oscura de los ropajes del Chambelán, encabezando el grupo, rozando desagradablemente el suelo descarnado. De vez en cuando saltaba torpe alguna de las pulidas losas de mármol negro que habían sobrevivido al saqueo, jadeando baboso al caer. Casi nunca miraba hacia atrás. Se le agradecía. Su rostro de lepra permanecía oculto bajo la capucha manchada de putridez.

El Consejo del Mundo Humano avanzó por la Catedral hasta llegar frente al altar, que ahora era el trono dorado de la Emperatriz, y continuó observando, pues poco más podía hacer.

El mantel blanco yacía sobre los brazos del supremo asiento. Una estola trazaba su franja púrpura sobre la perfecta palidez, acariciando el suelo polvoriento con sus flecos rubios. Los símbolos circulares eran interrumpidos por uno de los hombros nacarados, hombros que no acusaban la respiración, hombros cubiertos de oro derretido uno, y de hostias enhebradas en cabellos azabache el otro, hombros que parecían no necesitar músculos para demostrar poder.

Sobre los hombros crecía la terrible belleza del cuello esbelto, el mentón aguzado, los labios sorprendentemente carnosos, la nariz fina, los ojos de plata o mar ensombrecidos por las cejas gruesas, los cabellos libres en su exagerada longitud, ocultando el resto.

El Consejo del Mundo Humano se detuvo frente a la Emperatriz, Magna Viperia Morphis. En ese momento se percataron del delicado e irreductible sabor del néctar de miedo.

–Su Majestad, el Consejo.

El Chambelán sorbió ruidosamente y se alejó del grupo, resquebrajando la única barrera que los había separado de la Dama. Pronto se hizo evidente que ni siquiera esa tenue membrana había llegado a ser real. Se hallaban en el reino de la ilusión, Imperio Víbora.

La Emperatriz se alzó en su desnudez blanca interrumpida únicamente por la placa de oro de cáliz derretido y el collar de hostias impuras, y acercó la esbeltez perfecta hacia el Consejo, que no pudo evitar vacilar. La vacilación se generalizó cuando un golpe sordo estalló bajo las bóvedas. Nadie volvió la mirada hacia el bulto empequeñecido del Chambelán, que se levantaba torpemente de su no menos torpe caída.

El joven de la izquierda vaciló triplemente al verla acercarse a él.

La distancia entre ambos se convirtió en tiempo, luego en espacio elástico, luego en dolor, en placer, en gas de hiel, en amor y en distancia de nuevo, y por último en nada, pues los dedos larguísimos de la Dama se elevaban ya hasta el mentón de incipiente pelo recio y lo palpaban, y lo acariciaban, mientras el resto del cuerpo se aproximaba con el propósito evidente de llevar los labios deseables y deseados junto a los de él y dar palabras a la muerte.

–Ego te absorbo.

Una leve sonrisa de ironía ácida golpeó los oídos del muchacho con fuerza de carcajada justo antes, o en el mismo instante, en que ambas bocas se unían y la carne enjugaba los jugos de la carne, y los dedos enmarcaban la yugular palpitante y la otra mano tomaba sin dudas los genitales ya abultados y los sopesaba y los acunaba y los acariciaba.

Cuando los labios se separaron, el joven de la izquierda permaneció inerte, pero en su interior corría hacia el final del túnel sin poder evitarlo.

La Emperatriz se olvidó de él y caminó despacio ante el resto del grupo sin dejar de mirar a nadie ni dejar que nadie dejara de mirar sus senos impávidos, su sexo oscuro, sus piernas altas, su mano ondulando el aire. Sus ojos de metal gris o azul.

Al fin el aire fue roto en pedazos por la risa de río que brotó del cuello delgado.

–Hablad.

Eso, por supuesto, no suponía ninguna diferencia. Las palabras surgirían como si la orden se hubiera dado un instante antes. O en una eternidad pretérita.

–Señora, hemos venido para…

La mujer pelirroja mediocre detuvo su primera frase antes de terminarla, y al mismo tiempo que su terror se incrementaba conforme la distancia entre ella y la Dama disminuía, se preguntó si sería necesario acabarla, porque enteramente parecía que no.

–Espera –los dedos que momentos antes habían atraído la sangre y algo más a esponjosas cavernas de carne hicieron un veloz movimiento sobre su frente. Quiso sentir dolor, y lo sintió, pero luego se convenció de que solo existía en su mente aterrada.

–Ahora estás mejor.

La mujer no pudo verse y no comprendió nada. Algunos cabellos habían sido apartados, otros dejados caer, en un movimiento que le recordó las manos de su madre muchos años antes, cuando iba a salir de casa a escuchar poesía.

–…para… –la fuerza se le escurría– …haceros partícipe… de la decisión… de la decisión unánime del Cons… –la fuerza– …Consejo acerca de vuestra elección… –se le escurría.

–…de escoger esta… –imitó la Emperatriz, encogida la frente, temblando los labios, las manos casi ocultando los pechos en ridículo pero perfecto pudor– …cat… catedral para establecer vuestra… –la fuerza de la mujer se escurría hacia la Dama, que la utilizaba para ser ella– …residencia de… –un último encogimiento, un trémulo fin– …invierno…

La mujer pelirroja se dio cuenta de que mantenía cada músculo en la misma posición que la Emperatriz. En ese momento pudo dejar caer los brazos, porque el espejo viviente había dejado lacios los suyos, y terminó la frase.

–…Señora.

La Señora le sonrió y le fueron perdonados todos sus pecados.

–¿No os gusta mi catedral? –La Emperatriz vertió una lágrima que recorrió no solo su rostro, sino su cuerpo entero. Se dio la vuelta y caminó de nuevo frente al grupo.

El Consejo del Mundo Humano pareció desconcertado. Se miraron unos a otros. Hombres y mujeres. Nobles y burgueses. Músicos, poetas, artistas, gente mediocre. Sabios e incultos, que aunque no lo supieran habrían estado obligados a intercambiar sus actitudes. Líderes, hábiles urdidores de falacias. Conspiradores. Hipócritas. Desconocidos, al fin, para ellos mismos.

–Os creéis muy valientes al venir a decírmelo a mi propia casa –dijo la Dama de repente enfadada, gruñendo, encías rojas entre pálidos labios y nacarados incisivos, lengua viva gesticulando obscena por un instante–. Pero mirad:

La Emperatriz extendió los brazos delicadamente, en una figura de baile, y se sostuvo de puntillas como si no pesara, abriendo más aún su desnudez a su perturbado público.

–¿Quién es el valiente aquí, amados? –Su sonrisa creaba distancias inconmensurables–. Yo os muestro mi alma, oh, ¿y qué veo en vosotros? ¿Acaso esas corazas no ocultan la necesidad de cubrir podredumbres de igual volumen? Miradme bien. Yo soy la leona. Vosotros, las hienas.

Y diciendo esto inclinó el rostro dejando que la tersa inocencia que lo había inundado al hablar se trocara en diabólica astucia, y desapareció.

Sonó un estampido en el lugar en que había estado, al penetrar el aire súbito.

Y la Emperatriz, Magna Viperia Morphis, se abatió desde el aire como gris arpía sobre otra mujer, joven, rubia, de piel tostada, y la mordió en el cuello, en el vientre, entre las piernas, en la cabeza, la espalda, el trasero, las pantorrillas.

Claro, que poco de eso pudo verse dada la mortal rapidez de sus actos de amor.

En pocos segundos la mirada oblicua se alzó dejando ver la boca goteando sangre sobre los destrozados restos del cadáver. La Emperatriz se limpió con las manos, el rostro, la lengua y el cuerpo, y caminó altiva y despacio hasta su trono.

Al leve eructo le siguió una leve sonrisa.

–Tal como su Excelencia conoce, y esto no satisface nuestra ansia de verdad. Sabed que en este año de gracia, primero de nuestro milenio, resulta un gran peligro para la Iglesia, en el mejor de los casos, este ángel caído que nos azota con sus maldades, sus herejías y sus actos caníbales. Algunos ven en él al Anticristo con forma de mujer, aunque a conclusiones tan atrevidas solo puede llegar Su Santidad. Para un humilde fraile y filósofo, llegar a tanto supondría quebrantar varios hechos lógicos incuestionables. El diablo muestra pechos de mujer, pero ¿acaso no son las mujeres indignas de representar incluso al príncipe de los mezquinos? ¿Acaso han sido vistas las señales del Apocalipsis? Ella, maldito sea su nombre, se nos muestra desnuda; pues bien, muchos testigos hay que niegan la existencia de cualquier marca en su piel. ¡Ella misma ha hurgado entre sus cabellos, sonriente mientras nos mostraba el cráneo limpio del número maldito! Otros supervivientes han descrito esta misma carencia en las partes de su cuerpo más impuras. No. Permitidme adelantar esta idea con todo respeto: ella no es el Anticristo. ¿Quién es, pues, la que nos atormenta? ¿Otro de los seguidores de Satanás encarnado desde los infiernos? Si es así, ¿por qué no es portadora de las deformidades que en los libros secretos observamos? ¿Por qué no adora a su señor con aquelarres malditos? ¿Por qué parece tan libre de servidumbres?

“Como veis, son legión las cuestiones que nos acucian. El abad nos presta toda su ayuda, pero ésta no puede ser sino escasa, y la Catedral, que ella ha tomado hace poco como residencia de invierno, está demasiado cerca.

“Nuestro mayor temor es que la chispa acabe prendiendo el bosque.

“Que Dios nos ampare”.

 

–¡Chambelán! –gritó la Emperatriz cuando se hallaba sola y el crepúsculo ensangrentaba las piedras. El cojear ruidoso se acercó al instante. Había otros siervos en la Catedral, pero no estaban en su mente.

El Chambelán llegó ante el trono, jadeante, sudoroso y maloliente.

–No te cubras ante mí, apreciado bastardo –le ordenó con una cándida sonrisa blanca.

La capucha cayó arrastrando colgajos de piel y algunos mechones de pelo rubio. La Dama se irguió contoneando las caderas mientras deslizaba la lengua húmeda entre los labios.

–Desnúdate. Del todo.

El hombre tembló. Luego tembló más y dejó caer con lentitud la sotana oscura que había cambiado de color en tan poco tiempo merced a los productos de su enfermedad. El pus relucía en todo su cuerpo, pues no había más ropas. Su propio olor se expandió como una bofetada. La Emperatriz lo recogió con agrado, se acercó más, se relamió más, le empujó, él cayó al suelo, sonó un crujido de huesos rotos, casi se desmayó, la Dama se acercó, se puso a horcajadas, le tocó, le acarició, le lamió, le besó, y por último le montó.

Tardó poco tiempo en conseguirlo todo de él, principalmente porque había muerto de placer y dolor unos instantes después de comenzar la supurante cópula.

A pesar de eso continuó sola hasta saciarse, luego se levantó y se limpió toda con su propia lengua, y cuando su respiración descendió y el sudor dejó de perlar su piel, se fue.

–Esta noche no me esperes para cenar. Me apetece dar un paseo.

Los pies desnudos no hicieron el menor ruido al alejarse, aunque tampoco había nadie que pudiera no escuchar sus palabras por ello.

Corría por el tiempo y por el bosque sin dirección. La humedad de Europa la enfriaba. El sol bermellón desaparecía entre las hojas. Daba igual. Ella corría por el bosque y por el tiempo sin dirección: se perseguía a sí misma.

Aquella noche no cenó. Se bañó en el riachuelo, subió a los árboles más altos, se revolcó en el manto de la tierra, rio para sí y para todo lo demás, voló con la lechuza y cazó con el lobo, cediéndole a éste su presa. Se convirtió en cernícalo y al alba fue de nuevo mujer.

Acuclillada en la torre de la abadía se percató de los primeros movimientos. Cuando algunos monjes se apresuraron a sus tareas y oraciones, esperó. Cuando el que cuidaba del reloj se dirigió a su capilla del tiempo, esperó. Cuando el herbolario salió a por las tiernas hojas cubiertas de rocío, esperó, ella misma bajo una capa de escarcha. Cuando aquel a quien buscaba entró en su celda después del rezo, desapareció, y el trueno que produjo tras de sí se hizo portavoz de las nubes grises que se avecinaban.

El fraile levantó el crucifijo y se santiguó en silencio al distinguirla en el interior de las penumbras de su cuarto de piedra,

–Cierra la puerta.

Pero se volvió obediente para cerrar la puerta de madera oscura, que se lamentó por el simple esfuerzo.

–¿Q… quién eres?

Ella avanzó un paso para que algo de claridad pudiera reflejarla. Rio con suavidad. La escarcha estaba formando un charco en el suelo bajo sus pies.

–Soy una flor del amanecer –observó recogiendo con un dedo el agua de su vientre. Apagó la risa cálidamente y volvió a mirarle. Su rostro se torció hacia la derecha. Hacia la izquierda. Intentaba buscar un nuevo punto de vista. Sus ojos grises o azules llegaron mucho más allá del hábito y la túnica.

–Qué quieres de mí. No profanarás este templo.

En ese momento ella se puso muy seria. Parecía víctima de una tristeza abrumadora, casi lloró. Él mantenía en alto la vieja cruz. Vaciló.

El demonio desnudo se acercó como la brisa y le besó en la frente.

–Tú lo sabes, ¿verdad? –le preguntó, pero antes de que él pudiera recapacitar sobre alguna cosa, ya no estaba. La puerta oscilaba abierta.

Volvió al bosque, llorando libremente de alegría y de nostalgia. La esperanza se convirtió en impaciencia que se convirtió en carrera. En el claro se detuvo, cazó, despedazó, desgarró, mordió y desayunó liebre cruda.

Había escuchado el canto de la niña varias millas antes. Cuando llegó al estanque aún no había acabado la primera estrofa.

Los bucles de oro caían sobre el vestido sucio y bastante gris, adornado pésimamente con trazos negros y rosas, rompiendo con la vida que llevaba en su interior. Un pequeño chapoteo sonó en el estanque. La niña en el borde buscó algo en el suelo. Se giró a un lado. El rostro resplandecía al sol naciente. Era muy pequeña para estar sola.

La Dama no salió de entre los árboles hasta que la canción se hubo desvanecido.

Su cuerpo frío descendió junto al de la niña.

Se miraron hasta que la niña le habló.

–Hola. Yo me llamo Claudia. ¿Quién eres tú?

–No lo sé.

–No seas mentirosa. Mi mamá dice que es muy feo mentir, y que Dios te castiga cuando dices mentiras. Dame esa flor, por favor.

La Dama se volvió, enseñó los dientes y recogió la flor blanca. Se la dio.

–¿Por qué tiemblas? ¿Tienes frío?

–Tengo miedo.

–¿Y de qué tienes miedo? –insistió la pequeña Claudia mientras engarzaba la flor junto a las otras para terminar de formar algo. Los pies oscilaban al ritmo de la canción que volaba aún por su mente.

–De ti. De todos. De mí misma.

Claudia la miró dubitativa. Luego rio.

–Mira lo que estoy haciendo. Es una corona de flores.

–¿Quién SOY, Claudia?

–¿Quieres ser una Emperatriz? –le preguntó la niña a su vez mientras alzaba la corona para situarla sobre los cabellos negros. La desnudez de la Dama se encogió para que pudiera llegar tan alto, y allí encogida y oculta lloró levemente. Cuando las manos de la pequeña se retiraron, la recién coronada Emperatriz levantó el rostro sonriente y se tocó las flores lánguidas. Había dejado de temblar.

–¿Qué tienes en los ojos?

–¿Qué tengo en los ojos? –repitió la Dama creyendo que la preocupación de Claudia era fingida. No tardó en darse cuenta de su error cuando los dedos regordetes se acercaron curiosos.

–Tienes algo en los ojos. Déjame ver…

–¡No! –gritó de improviso levantándose bruscamente. Su rostro reflejó tantas emociones en un instante que ni ella misma pudo comprender qué estaba haciendo. Y lo peor: por qué.

–Tus ojos. Parece que…

La corona cayó flotando en el aire. La Emperatriz desnuda se alejó corriendo más desnuda que nunca; huyó aullando y espantando a todos los demonios del bosque. Pero los de su interior solo rieron un poco más alto.

Cuando abrió los ojos grises o azules él la estaba mirando. Se irguió con calma en su trono, donde había estado durmiendo no sabía cuánto tiempo después de volver del bosque, y parpadeó lentamente. Pero estaba muy lejos de sentirse lenta: los sentidos se le habían aguzado al instante al verle de pie frente a ella.

La sorpresa que había sobrevolado el rostro del fraile alejó su sombra fugaz. Ahora la miraba a los ojos fijamente. Ella se puso en pie.

–¿Lo vas a hacer?

–Por qué viniste a mi celda.

La Emperatriz se alzó un poco más, dando la ilusión, o no, de flotar ligeramente por encima de las baldosas polvorientas, proyectando la luz blanca de su piel sobre el corazón encogido. Él respiró un poco más agitado; había poder dentro, a pesar del evidente miedo.

–Hace mucho tiempo que viajo –comenzó a hablar la Dama como si no quisiera contestarle, aunque realmente era eso lo que estaba haciendo. Le acarició los hombros con sus manos perfectas, acercó su rostro al hábito pasando tan cerca de sus labios que él pudo constatar perfectamente la inhumana falta de respiración en aquel cuerpo maldito. Ella olió las ropas del fraile: el bosque, la comida de la abadía, el aroma rancio de los libros. Luego se apartó no sin antes hacer rozar los bajos vientres sin disimulo. Se sentó de nuevo en el trono. Sus muslos se separaron dejando ver, con la más absoluta negación del pudor.

–Admitamos que pago tu pequeño precio, así que escúchame con atención –dijo sin apartar los ojos implacables del pequeño hombre, haciendo una breve pero perceptible flexión de sus labios carnosos para confirmar sus futuros actos–. He llegado aquí siguiendo los caminos de viento de mil soles, y diez mil mundos. Cuando tú no existías yo ya era. Provengo de una raza que tiene magníficas mentes de serpiente, sin embargo tuvimos que llegar a la amarga conclusión de que no sabemos realmente nada de nosotras. Quizás por eso cambiamos de forma constantemente, casi sin poder evitarlo.

El silencio cayó bruscamente para levantarse de nuevo. La Dama se movió preocupada, ligeramente, como en una ilusión. Parecía continuar en el mismo lugar y al mismo tiempo haber saltado hacia cualquier otro sitio con su velocidad atroz. Volvió a ser una realidad constante cuando su voz se volvió a elevar, decidida.

–Después de huir hasta aquí solo se me permitió guardar ciertos recuerdos, extraños, enfermizos. Fue el castigo.

–De qué infierno te expulsaron.

Ella rio y el corazón de él se encogió luchando casi, casi, casi sin éxito contra un despiadado sentimiento de amar aquella amalgama: de abrazar el caos, fundirse en su bella carne, matar con ella, y luego acunarla en sus rodillas para protegerla del castigo divino que los devoraría a ambos. Le temblaron las piernas; se santiguó bajando la mirada.

El sol se movió apreciablemente tras las cristaleras. O quizás era otra ilusión cuyo único sentido era ser rota.

–Ven a mí ahora.

Las sandalias sucias dieron un paso imposible de detener con la voluntad de un dios, ni de cien mil, y otro paso, y otro más aún; saborearon el polvo de los escalones que subían hacia el trono. Llamas imaginarias brotaron a ambos lados dándole la bienvenida al infierno en la tierra. Se detuvo casi entre las piernas de ella, y supo que no había sido él quien había ordenado a sus músculos que dejaran de tensarse. Ni siquiera fue capaz de gritar, exhalar un último y gran No, y renunciar a vivir.

El fuerte olor del sexo de ella le mareó. Estuvo una eternidad contemplando la piel blanquísima perla, el vello oscuro como un umbral, la roja puerta al abismo entreabierta para él, dándole la bienvenida, exudando los jugos de Lucifer, la carne perversa palpitando al ritmo de su propio corazón.

No supo si lo había conseguido por puro azar, propia voluntad, o una orden inaudible de ella, pero sus ojos terminaron confundiendo el vello negro con las cascadas de cabello azabache, escalando por ellas durante un milenio como un lento insecto-sísifo despreciable y simbiotizante, hasta que finalmente los destellos de metal gris azulado de los iris le dieron la bienvenida a un extraño averno frío y duro como el hielo, uno de los muchos que albergaba aquel ser.

–La larga búsqueda ha esparcido todos los extremos de mi carne por las encrucijadas de los siglos, ha hecho sangrar mis poros y mutilado para siempre la conexión sagrada con mis hermanas, convirtiéndome en una disidente del NOSOTRAS. ¿Te estás dando cuenta de que te estoy suplicando?

Dios, la voz de ella era una cadena alrededor de su alma. Los círculos de sus ojos, bocanadas de enfermedad insaciables. Las pupilas, pozos sin regreso. La Emperatriz, Magna Viperia Morphis, acercó su aliento inexistente hasta fundir su calor con el de él, y le enseñó los dientes en un gruñido de bestia.

–Así que ni se te ocurra jugar conmigo.

Y entonces, por algún capricho infantil del destino, vio lo que había dentro de los ojos de ella.

–Dios mío, tus ojos…

El fraile cayó hacia atrás a causa del tremendo golpe. La tierra del suelo deshecho se elevó en una nube que se añadió al dolor súbito y le impidió distinguir nada. Luego sintió una leve presión en el vientre. Cuando el polvo se posó vio que ella estaba a horcajadas sobre su cuerpo.

–¿Las ves en mis ojos, despreciable trozo de carne? Ellas aún siguen ahí, lo sé.

Él la sorprendió con el aroma corporal de la aceptación última. Ella tuvo que frenar la muerte que acumulaba dentro. Era más fuerte de lo que había imaginado. Era la clase de persona contra la que sus ataques físicos serían inútiles.

Como desahogo le desgarró la piel del hombro de un mordisco, que se llevó parte de la vieja tela. Él no gritó.

–Veo el infierno detrás de tus ojos, todos tus hermanos demonios volando ahí dentro, esperando que regreses de tu cacería. Si quieres puedes llevarte esta presa, pero nunca seré tuyo, Satanás.

La Emperatriz tuvo un instante de duda. Luego acercó sus labios a la herida y la lamió acariciándola hasta el más profundo músculo desgarrado. Él no protestó, se arrebujó en una letanía como si estuviera muy lejos de allí.

–…debería condenarte al infierno, pero te veo mucho más allá de él. Podría perdonarte tus infinitos pecados para que pudieras alcanzar la gloria eterna, pero también de allí te escaparías. Solo dime por qué viniste a mí y por qué piensas que yo puedo ayudarte.

–Te he buscado para que veas más allá. Navega dentro de mí, cariño –canturreó mientras su cuerpo se movía excitante–, navégame, navégame, navégame, extírpame a mis hermanas y enséñame lo que busco: quién soy sin ellas.

Él tragó saliva y notó el sabor de ella en el fluido que se internaba hasta sus entrañas. Se sintió imposiblemente ligado (un poco más aún) a aquella criatura. Tragó de nuevo, tragó otra vez. El sabor no se iba.

–Sois multitud. Y ninguna de vosotras sois una única meretriz. Pero tú has salido de cacería sola, te has escapado y ahora no sabes encontrar el camino de vuelta a tu Gehena.

–Te equivocas, querido: no deseo volver.

–No. Tú te has equivocado: no puedo mostrarte un camino. Ni siquiera el de vuelta.

Ella le miró con lágrimas en los ojos. La súbita humedad recorrió sus tersos pómulos, resbaló por su mentón, cuando la cabeza se alzó apuntando a la lejana cúpula el flujo transparente se deslizó por su cuello y entre sus senos, goteó hasta su sexo y finalmente empapó los jugos que allí empapaban los manchados hábitos. El líquido salado continuó fluyendo hasta que los ojos de metal volvieron a descender hasta los del fraile, sus manos le acariciaron las mejillas y sus labios besaron delicadamente los labios que nunca habían conocido aquel contacto.

–Está bien, no puedes hacer más. Pero yo también veo dentro de ti. Sembrarás tu semilla y crecerá en terreno fértil. Sembrarás criaturas que se conocerán a sí mismas. Algún día esas criaturas serán multitud, y luego una única cosa, y luego, o mientras, quizás podréis servirme de ayuda.

Las caricias se hicieron más firmes, los dedos afilados se hundieron en la carne. Los ojos de él se abrieron mucho. Las manos blancas presionaron hacia dentro, rodearon la frágil cabeza, empujaron y estiraron, arañaron y dibujaron con la sangre que derramaban. Hasta que golpearon con fuerza sirviendo de compás a los gritos que emanaban de la garganta tan joven.

Inesperadamente la Emperatriz detuvo sus ataques y se levantó brusca comenzando a correr por la Catedral. Aullidos, chillidos de ave rapaz en busca de su presa, ladridos deformes inundaban el aire cambiando con rapidez de un punto a otro. Algunas vidrieras estallaron y cayeron. El fraile pudo ver a través de las cortinas calientes de sangre que le resbalaban por los ojos cómo una de las rejas saltaba en pedazos al pasar junto a la capilla la sombra fugaz de la criatura desnuda. El suelo temblaba, los candeleros caían, los tapices se prendían. Consiguió levantarse con un gemido que no pudo evitar y que parecía surgir de sus costillas. Tenía la vista nublada, pero el olor a humo se intensificaba por momentos. La Catedral estaba en llamas. Tenía que salir de allí.

Entre el fuego el torbellino de la Emperatriz creaba bucles que se estiraban hasta alcanzar otros lugares aún a salvo. La madera crepitaba. Los tubos del órgano emitieron golpes al dilatarse cargados de temor metálico. Algunos cuadros comenzaron a arder, y el calor hizo que más cristales llovieran del cielo.

Intentó cortar la hemorragia de su cabeza haciendo presión con la tela de su hábito mientras procuraba apartar la vista de la sangre que se derramaba cálida. Corrió entre humo, calor y polvo. Los aullidos inundaban de furia y desesperación el templo.

Al fin la providencia le auxilió y se encontró de improviso corriendo hacia el bosque. Las heridas habían dejado de verter, pero fue entonces cuando comenzó a marearse y tuvo que sentarse junto a un árbol mientras observaba impotente la infernal destrucción.

Y sin saber cómo, supo que nadie volvería a ver a la Emperatriz en aquel mundo, viniese del mundo que viniese; fuese quien fuese o fuese lo que fuese.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)

 

Mi amor por Santa

Víctor Roura

 

Después de comprar unos libros en El Sótano de Avenida Juárez, le propuse a Belinda Solaris caminar por la Alameda.

–Jamás –dijo, cambiando su voz.

Como viera turbación en mis ojos, aclaró en un susurro:

–Estuve enamorada de un Santa Clos…

Me solté de su brazo. La sujeté de los hombros.

–Déjate de bromas, por favor –le dije.

Pero no lo era. Sus ojos enrojecieron.

–Fue una relación corta –indicó, quizás tres meses. No lo he vuelto a ver. De eso hace tres años. Tal vez continúe ahí. No sé…

Me pareció una locura. Me arrepentí de haberle regalado El péndulo de Foucault, de Umberto Eco. Hubiera bastado con Un cuento de Navidad, de Charles Dickens.

Dimos una vuelta por la calle de López.

–No te lo había contado –dijo.

Y había hecho muy bien. Vi el libro que ella me obsequió. Nueva inestabilidad, de Severo Sarduy. Como para leerlo en el 2000. A ver si me lo cambia el poeta José Antonio Montero. De pronto, me di cuenta de que la Solaris venía hablando sola, muy bajito. Seguramente me perdí algo. Qué diablos.

–…Caminaba con mi amiga Chela, eran como las once de la noche, no recuerdo, casi la media noche, cuando lo vi. Era un Santa Clos imponente. Estaba bailando una pieza de U2. Tenía buen ritmo. Yo le dije a Chela: “Mira mira a ese Santa cómo baila”. Toda la gente se paraba nomás para verlo. Era muy simpático. Su sonrisa atraía…

–A los Santa Closes nunca les ves su sonrisa –la interrumpí–, sus inmensas barbas blancas lo impiden.

Se detuvo la Solaris, severamente indignada.

–A Octavio sí se le veía –dijo, alzando la voz.

Me dio pena. Yo con Severo Sarduy y ella con Umberto Eco. Sentí que todas las personas se nos quedaban viendo. La jalé.

–Sigue caminando –le ordené.

Así lo hizo.

–Lo vi largamente –continuó su charla, como si nada–, hasta que nos invitó a Chela y a mí a bailar arriba de su carrito. Y nos subimos. A eso íbamos, a divertirnos, ¿no? La gente se nos quedó viendo. Era el Santa Clos que más público tenía…

–¿Qué libro llevabas aquella noche? –le pregunté, interrumpiéndola.

Se detuvo con ferocidad.

–Pero qué pesado eres, no pensé que fueras así –dijo.

Hice como que no oí. Seguí caminando. Al rato, ella se me emparejó. Y continuó su plática, como si nada.

–Terminamos de bailar y nos tomamos dos fotos con Santa. Sentí que me abrazaba muy fuerte, pero no le dije nada. Esperamos unos minutos para vernos en el retrato, mientras Santa posó varias veces más…

Me iba sacando de onda la noche navideña, no sé por qué.

–…No te voy a decir cómo fue, pero dos horas después ya estábamos Chela y yo y Santa con dos de sus amigos en un cabaret. Fue muy divertido. Ya sin su barba me gustó más. Era muy joven.

–¿Tú o él? –pregunté, mirando pasar a dos turistas que comían un helado.

Se volvió a detener la Solaris.

–Pero qué pesado eres –dijo.

No hice caso. Me seguí de largo. Al rato se me emparejó y siguió su narración:

–Te lo cuento porque sé que tú no tienes prejuicios en las cosas del amor. No por otra cosa. Además, eso fue hace ya mucho tiempo…

–¿Por eso tu hijo se llama Noel? –interrogué.

Esta vez fue más lejos. Me jaló bruscamente de los dedos. Y se alejó corriendo. Tal vez llorando. Hubiera deseado que en lugar del jalón me hubiese aventado el ladrillo de Eco. La vi correr. Di media vuelta y me encaminé rumbo a la Alameda.

Eso estaba atascado de gente.

Iba con pasos lentos. Un Santa Clos bailaba el Cu-cu de la Sonora Dinamita. Más adelante, otro danzaba al compás de Rod Stewart. Me le quedé viendo. No pude apreciar ninguna sonrisa, pero sin duda era simpático este Santa Clos. La gente se arremolinaba para verlo. No resistí la tentación. Me acerqué junto a él para retratarme. Hice a un lado el bochorno. La gente reía. Pero yo vi a la luna. Me desentendí del todo.

De pronto sentí que me abrazaba con dureza. “Qué me pasa”, pensé, pero no dije nada. Y ya con la fotografía en mis manos, me fui rumbo a Balderas. Tomé asiento en una de las bancas de la Plaza de la Solidaridad. La foto la guardé adentro de Severo Sarduy. Algo me latía que ese Santa era diferente. Me levanté. Volví a tomar el camino de retorno y lo miré de nuevo. Ahora estaba bailando una pieza de los Rolling Stones. Me vio y me guiñó un ojo. Y le vi su sonrisa, a pesar de su inmensa barba blanca. Me cae. Capté todo.

Me acerqué a su fotógrafo. Le dije que por favor me anotara el nombre de Santa Clos en el reverso del retrato. Me vio, intrigado. Pero lo hizo. El Papá Noel se llamaba Teresa Martínez de la Ocaralla.

No voy a decir cómo, pero dos horas después Santa y yo estábamos en un bar hablando de soledades y de angustias económicas.

Al tercer día llamé a Belinda Solaris para confesarle que me había enamorado de un Santa Clos. No terminó de oírme.

–A otra con ese cuento –dijo, y colgó.

Supongo que furiosa.

 

(Tomado de Roura, Víctor, Un látigo en mi alcoba, Hoja Casa Editorial, México, 1991)

 

viernes, 29 de mayo de 2026

Historia para un tal Gaido

Abelardo Castillo

 

Su historia es así: para él, para Martín Gaido, todo comienza una noche de los carnavales de 1940, en lo peor de Parque Patricios, frente al basural. La misma noche que Juan –su hermano– entró como borracho a la pieza, apretándose el estómago con los dos brazos y, antes de caer hecho un ovillo sobre el piso, alcanzó a decir “me la dieron, Martín”, y fue lo último que dijo. Esa noche, Martín supo que tenía que arrodillarse junto a su hermano y preguntar. Aquella pregunta fue la primera de una serie de preguntas, precisa, irrevocable, estirada a lo largo de veinte años, que debía terminar esta noche en un boliche de la costa de San Pedro. Como esa vez Gaido no podía adivinar tanto, simplemente se arrodilló junto a un muerto y preguntó. Solo se oyó el silencio, o tal vez el sonido lejano de unos pitos de murga, de unas matracas, y se oyó un juramento de Martín, una promesa convencional y terrible.

Más tarde se enteró de la pelea. Esto también había sido convencional (todo, supo luego, sería convencional en su historia). Había, por supuesto, un baile, y había una mujer disfrazada de Colombina a la que se disputaban dos hombres. Uno de los hombres era Juan; el otro, a juzgar por lo poco que sabían de él, no era nadie. Le contaron que esa noche su hermano atropelló a lo loco y un resbalón fortuito mezcló las muertes; después del resbalón, una mascarita vio a Juan levantarse del suelo con los ojos llenos de espanto, queriendo sacarse su propio cuchillo del cuerpo, y al otro que, sin pestañear, lo clava suciamente, dos veces más todavía.

Como digo, para él, para Martín Gaido, su vida empieza esa noche. A partir de esos carnavales vivirá persiguiendo a un hombre, una especie de sombra escurridiza, ese nadie que parte de los lugares a donde él llega sin dejar más rastros que la memoria gangosa de algún borracho acerca de un modo de mirar, el color de un traje o la manera de echarse el sombrero gris sobre los ojos. La mujer no tenía mucha importancia en su historia y no apareció nunca, como si hubiera estado en ese baile solo unos minutos, para justificar con su disfraz de Colombina la irrealidad del carnaval. La busca del hombre, en cambio, fue un ajedrez lento, inexorable y exacto. Hubo pueblos perdidos, almacenes de llanura, cantineros con sueño a cuyo oído, en voz baja, Martín formuló preguntas, cantineros que solo conocían una parte del secreto pero lo condujeron sin remedio a lugares donde el rastro se volvía cada vez más preciso. Hubo estaciones de ferrocarril y largas esperas debajo de largos puentes. Hubo camas, mujeres de grandes ojos pintados y caras de tiza, quienes, al enterarse de que Martín solo había venido para llevarse un nombre, lo miraban con decepción, con estupor o con miedo.

Después pasará mucho tiempo y Gaido, por fin, apoyado en el mostrador de un boliche de la costa, estará aguardando pacientemente que se descorra una cortina de flores desleídas; detrás de la cortina está la puerta por la que ha de aparecer un hombre.

–Ginebra –ha dicho Martín.

En cualquier rincón hay un viejo. Tiene una botella entre las piernas y lo mira con ojos blancos. Afuera, la noche es un largo y distante eco de perros. Lejos, seguramente pasa un tren.

Entonces sucedió.

Sí, fue en ese momento, al levantar Martín el vaso de ginebra y llevárselo a los labios.

No puedo asegurar, es cierto, que desde mucho tiempo atrás Gaido no comprendiera, de algún modo, la verdad. El porqué de que él hubiese nacido en lo peor de Parque Patricios, frente al basural, que a su hermano lo mataran como no se olvida y que gente con aspecto de muñecos contestara todas sus preguntas. En algún lugar del juego Martín debió sospechar que su promesa –buscar, dar con un hombre, matarlo y vengar a otro hombre muerto– podía ser mucho más, o mucho menos, que una promesa. Alguna vez, incluso, sintió vértigo y pensó echarse atrás; pero yo no lo dejé tener miedo. Yo le inventé el coraje. Y ahora cada palabra dicha, cada aparente postergación conducían inevitablemente hasta ese boliche de la costa donde Gaido esperaba a un hombre. Las leyes secretas de su historia quieren que otra vez sea carnaval para que Martín haya visto algunas máscaras en el pueblo y haya pensado que ya no van quedando Colombinas.

Martín alzó el vaso de ginebra, se lo llevó a los labios y, en ese preciso momento lo supo. Lo supo antes de que el otro abriera la puerta. Cuando se abrió la puerta, ya había comprendido toda la verdad.

Por reflejo, introdujo la mano en el bolsillo. Ese gesto y los demás gestos que seguirían estaban previstos. Gaido tenía que sacar un puño al que le había crecido repentinamente un revólver; tenía que nombrar al otro, pronunciar un nombre de fácil sonoridad a compadraje y cuchillo, y cuando el otro lo mirase sorprendido (sorprendido al principio, pero luego no; luego con resignación, comprendiendo), debía insultarlo en voz baja con un insulto brutal, rencoroso, pacientemente elaborado durante veinte años.

Gaido, sin embargo, no sacó la mano del bolsillo. No hubo palabras de odio. Todo, el almacén, la cortina de flores desleídas, el carnaval de pueblo, se desarticuló de pronto, como un espejo roto o como un sueño. Y Martín, ya antes de ver al hombre, antes de ver su rostro canallesco – convencional, envejecido y canallesco– supo que ese pobre infeliz tampoco tenía la culpa de nada.

El final de la historia no es fácil de contar.

Es probable que ahora mismo Martín ya esté bajando por la calle Tarija, en Buenos Aires (lo imagino caminando un poco echado hacia atrás, a causa del declive del empedrado), en el barrio de Boedo. Dentro de un instante doblará por Maza. La cuadra es arbolada y propicia. Los carnavales del sesenta también. El pañuelo blanco en el cuello de Martín, sus ajustados pantalones de anchas rayas grises y negras, sus botines puntiagudos de compadre, su sombrero anacrónico, no podían pasar más inadvertidos en una noche como ésta. Lleva la mano en el bolsillo del saco y muerde todavía un insulto que no dijo. Cuando Gaido doble la esquina, verá, inequívoca, una ventana con luz: eso significa que el otro está ahí, dentro de la casa, esperando oír el ruido de la cancel –un rechinar apenas perceptible–, esperando oír luego los pasos de Gaido por el corredor, mientras él escribe un cuento de espaldas a la puerta y cree escuchar ya (escucha ya) un sordo taconeo que da vuelta la esquina, mientras yo acabo la historia de Martín Gaido, oigo el rechinar apenas perceptible de la cancel, sus pasos por el corredor, las últimas matracas desganadas y los pitos lejanos del corso de Boedo y siento una ráfaga de aire en la nuca porque alguien está abriendo la puerta a mi espalda, alguien que me nombra, que ya pronuncia mi nombre aborrecido y, con rencorosa lentitud, saca la mano del bolsillo y me insulta en voz muy baja.

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)