domingo, 19 de abril de 2026

La Casa del Viento

Alejandro Dumas, hijo

 

Sobre la costa que se extiende entre Dieppe y el cabo de Ailli, encuéntrase una aldea encantadora que ninguno de mis lectores conoce, probablemente. Se llama Varengeville y es allí donde los arqueólogos enamorados de la arquitectura del siglo XVI van a visitar las ruinas del castillo de Angó. Angó (cuyo nombre ha sido más popular por la canción de “Madame Angó” que por su nobleza, sus explotaciones, su fortuna prodigiosa y su muerte miserable), no tuvo mal gusto al escoger este lugar con objeto de edificar su morada, desde cuya torre puede verse todo lo que sucede en el mar, en veinte leguas de norte a oeste. Si después de haber visitado las ruinas del castillo, que se encuentra a mano derecha entrando en la ciudad por el camino de Dieppe, se quiere bajar hasta al Océano, no hay más que seguir el camino que se extiende entre dos repechos cubiertos de césped, esmaltados de margaritas, de bruzos y de campánulas blancas y azules. Los árboles que la cercan de ambos lados, entrecruzan, en el estío, sus ramas altísimas formando una bóveda perpetuamente fresca.

A derecha e izquierda se miran las haciendas con sus techos de paja o de ladrillo, con sus muros llenos de vigas exteriores, con sus hierbecillas verdes, con sus manzanos plantados aquí y allá, como al azar, y con sus cercas vivas en donde los pollos recién nacidos van a buscar abrigo durante las horas terribles del calor; de tiempo en tiempo se mira una casa particular ornada de un corto graderío, decorada por grandes persianas de colores y rodeada de matorrales de rosas.

Pero marchad aún: el camino desciende delante de vosotros y pronto llegaréis a un bosque de encinas y de avellanos, frente al cual se yerguen algunos pinos enormes, que se destacan, con su ramaje verde-claro, sobre el cielo azul y sobre el mar oscuro, dando a ese paisaje de Normandía un aspecto napolitano.

Al salir del bosque os encontráis frente a un campo de trigo bordeado, a la derecha, por una hondonada ancha, profunda, llena de arbustos vigorosos y matizada de retamas y de amapolas. Atravesad ese campo, llegad hasta la casa del aduanero y veréis la senda de abrojos, tallada en la roca, formando un tirabuzón sólo practicable para los que van a pie, parecida a los Pirineos y a las montañas de Suiza; senda abrupta que conduce al mar, y cuya parte final es tan estrecha, tan inverosímil, que parece abierta por la mano del hombre. La playa de arena es dulce y hermosa, a la hora en que baja la marea, como una alfombra de terciopelo; el horizonte es inmenso; la soledad es completa.

Ese conjunto pintoresco, salvaje, perfumado y silencioso, tiene para todos los ojos el encanto de la belleza… para mí tiene además el de ser el sitio donde vi la cosa más admirable del mundo.

El deseo impaciente de haceros conocer camino tan raro y mar tan soberbia, me ha hecho olvidar la iglesia de arquitectura romana que domina, por el oeste, las alturas.

Al volver, teniendo que caminar más despacio por la inclinación del terreno, podemos ver una casa situada más allá de la iglesia. Dicha casa, que no tiene sino dos pisos, es cuadrada; está expuesta a los cuatro vientos y rodeada de jazmines, de madreselvas, de aristoloquias y de enredaderas. En medio del jardín y enfrente de la puerta principal, hay una alameda de álamos de Virginia cuyas ramas forman una bóveda sombría, gracias a la inteligencia y a la voluntad del jardinero. El resto del jardín está lleno de manzanos, de guindos, de rosales, de yucas siempre florecientes (argumento poderoso en favor de esas tierras tan calumniadas) y de fresales cuyos frutos encarnados guarnecen las orillas de los senderos hasta fines de septiembre.

La casa es mucho más espaciosa de lo que se figuran los viajeros al verla desde el camino. Su interior es sencillo pero confortable; yo he tenido ocasión de ver el comedor, amueblado a la inglesa, y la sala, tapizada de telas persas, llena de ricos muebles, de jardineras floridas y de estuches de costura que indican la presencia de la mujer.

La primera vez que fui a Varengeville (pronto hará diez años) pregunté al hijo de uno de los más ricos hacendados del lugar quién era el propietario de esa casa tan audazmente construida sobre los montes de la costa, a orillas de un precipicio. Mi joven compañero me respondió:

–Esa casa pertenece a un individuo muy original que vive en ella todo el año con su mujer y su hijita, y que se llama M. Barthelemy. No es una familia originaria de Normandía; aún me acuerdo del día en que llegaron con objeto de comprar un terreno donde nadie se habría atrevido a edificar su vivienda y donde ellos construyeron una casa verdaderamente bella alrededor de la cual todo crece como por arte de magia.

M. Barthelemy es muy caritativo; todo el mundo lo adora y lo respeta; él ha enseñado a nuestros campesinos una multitud de cosas útiles y desconocidas; él los cura gratuitamente cuando están enfermos, y les da lecciones a sus hijos. Su modestia y su sencillez son enormes, aunque también son algo afectadas. Es un hombre robusto y hermoso que tendrá hasta unos treinta y seis años de edad y que aunque, según creo, no posee una gran fortuna, tampoco debe tener gran necesidad de trabajar para vivir, ya que ni siquiera vende los frutos de su huerto. Todo lo que no le es estrictamente necesario, se lo da a los pobres.

Su presencia no nos fastidia, pero nos incomoda: nunca nos ha hecho la menor observación; mas, a pesar nuestro, cuando estamos a su lado dejamos de hacer lo que nos da la gana. Él no bebe sino agua pura teñida con algunas gotas de vino, no come sino un plato, no fuma nunca y no caza en ninguna época del año, porque, según su expresión, “no le gusta matar”. No vaya usted a creer por eso que es un hombre triste: sus carcajadas son tan sonoras como frecuentes y cuando se encuentra entre los niños, que son sus amigos favoritos, se pone tan alegre que cualquiera lo tomaría a él mismo por un niño.

Él lo sabe todo, o, por lo menos, parece no ignorar nada ya que nunca deja de responder con verdadera convicción a las preguntas que se le dirigen; pero yo que sé muy poco no podré decir a usted si todas sus respuestas son exactas. Es médico, firma sus recetas y recibe una multitud de publicaciones médicas; cuando va de paseo, nunca deja de llevar un libro entre las manos, mas no siempre lo abre, sin duda porque las cosas y los hombres son para él más instructivas que las páginas impresas. Yo lo he visto, sin que él me viera a mí, sentado a la orilla del mar, con la frente apoyada en la palma de la diestra y mirando, durante tanto tiempo y con tal fijeza, el horizonte, que parecía querer hacer, con la mirada, un agujero en el azul. Eso nos hacía decir, al principio, que contaba las olas del mar.

Su mujer es preciosa y, según creemos todos, lo quiere apasionadamente. A veces ella está rosada como las flores y a veces pálida y transparente como la cera, pero su carácter es más bien alegre que triste. Poca gente va a visitarlos aunque las puertas de su casa siempre se abren para dejar el paso libre a todo el que quiere entrar. M. Barthelemy es hospitalario como un escocés de comedia, y si usted quiere verlo, no tenemos más que presentarnos para ser recibidos como viejos amigos.

En efecto, parece que ese hombre hubiese venido al mundo conociendo a todos sus semejantes, pues cuando se encuentra por primera vez con alguien, siempre sabe hablarle de lo que le interesa, sin preliminares convencionales. Al principio quisimos hacerlo alcalde, pero él no aceptó nuestro ofrecimiento; luego le ofrecimos un sillón de consejero general, pero tampoco lo quiso, y por último una credencial de diputado (todo el distrito habría votado por él), pero también la rehusó.

No sabemos cuál es su religión, pues ni él, ni su mujer, ni su hija, van nunca a misa los domingos, aunque tienen buena amistad con el señor cura, quien, dicho sea de paso, es una persona tan buena como inteligente. Una vez, sin embargo, lo vimos en la iglesia, en circunstancias verdaderamente tristes: durante las exequias de su madre (que aún estaba viva cuando él vino a establecerse aquí) y hasta me acuerdo de que ese día el De profundis y el Dies irae fueron entonados por una voz de hombre cuya ternura, cuya fuerza y cuyo encanto eran infinitos; según dicen, el cantor era un amigo suyo que trabaja en el teatro de los italianos y que sólo vino para rendir un homenaje póstumo a la difunta señora. Todo el mundo lloraba menos él que fue, sin embargo, un hijo amoroso y bueno. En los últimos años de su vida la pobre anciana no podía andar y él la llevaba a tomar el sol, en brazos, como a un niño; sí, señor, se la llevaba así, contándole historias, hasta la orilla del mar donde ella solía quedarse dormida sobre la hierba, hasta que M. Barthelemy volvía a conducirla, de la misma manera, a su habitación. Su fuerza es hercúlea: cuentan que la víspera de la muerte de su madre se pasó toda la noche conversando con ella, después de haberle dicho que moriría al día siguiente. Ella también era una mujer muy valiente: había querido conocer la verdad y lo había conseguido gracias a la franqueza ruda de su hijo; en cuanto a su nuera, no quiso que supiese nada y le ordenó que se fuese a acostar, diciéndose a sí misma:

–La muerte no es una cosa tan difícil, ni un espectáculo tan agradable como para impedir que los demás duerman sólo porque uno va a exhalar a su lado el último suspiro. No tengo necesidad sino de mi hijo: yo fui quien lo traje al mundo; es natural que él me ayude a salir de la tierra. Los que no me deben tanto, bien pueden descansar.

¿De qué hablarían madre e hijo durante toda esa noche eterna, al fin de la cual ella cerró los ojos, sin dolor y sin agonía, estrechando entre las suyas la mano de su heredero?

El cura no fue llamado a última hora, pero la víspera había comido al lado del lecho de la enferma.

Cuando, hace algún tiempo, yo hablaba con admiración de esa muerte tan grande y tan sencilla, M. Barthelemy me dijo:

–Para morir de la misma manera no hay necesidad sino de pensar en la muerte cinco minutos diarios.

–¿Y cree usted –le pregunté– que las almas se encuentran en otro mundo?

–Sin duda ninguna –me respondió.

–¿Cómo? ¿En qué forma?…

–Eso lo ignoro y si lo ignoro, es porque no me interesa.

–Entonces ¿por qué dice usted que las almas se encuentran en otro mundo?

–Porque eso lo sé.

No hay nadie como él para convencer sin argumentos.

Pero cuando pienso en esa voz deliciosa que entonó el Dies irae y el De profundis –terminó diciendo mi compañero de viaje– siento como que mi alma se estremece; y la verdad es que yo daría con gusto cincuenta francos por oírla de nuevo.

La curiosidad que siempre me han inspirado los tipos y los caracteres originales, unida a lo que el joven hacendado acababa de decirme, hizo nacer en mí un vivo deseo de ver a M. Barthelemy.

–Mañana mismo le presentaré a él con un pretexto cualquiera –me dijo mi amigo y compañero.

Angó nos proporcionó el pretexto deseado; pues siendo éste el personaje histórico más célebre de Varengeville, M. Barthelemy poseía, sin duda, algunos datos inéditos sobre su vida, sacados del archivo local; yo iría a pedirle informes sobre el asunto y así saciaría mi curiosidad.

En efecto, al día siguiente, a las diez de la mañana, nos pusimos en marcha dirigiéndonos hacia la Casa del Viento (que así llamaban los campesinos aquella casa osadamente construida sobre la roca más empinada de la playa).

El propietario era uno de esos hombres que a primera vista parecen delgados, pero cuyos músculos hercúleos causan admiración a quien los mira y los toca; su estatura era más que regular; sus cabellos castaños estaban echados hacia atrás, dejando al descubierto una frente vasta y algo redondeada en la parte superior (una frente de espiritualista); la línea oscura y recta de sus cejas denotaba una gran firmeza y una rara energía en las ideas y en los principios; sus ojos azules y claros, estaban llenos de dulzura y de inocencia, pero su mirada era extraordinariamente penetrante; su nariz, separada de la frente por una curva muy acentuada, era recta y algo corva en el medio, lo que indica sagacidad, reflexión, valor, nobleza e inteligencia; no tenía un solo pelo de barba; sus pómulos eran un poco salientes y sus mejillas un poco descarnadas; el espacio que separaba su boca de su nariz, algo grande y sus labios rojos, gruesos y llenos de una sensualidad corregida por las demás facciones y en especial por la barba, enérgica y casi cuadrada, que servía de zócalo a ese rostro hermoso, respetable y simpático. La edad se había contentado con hacerle un pliegue en la frente y con teñirle de blanco algunos cabellos. Su cuello era fuerte, elástico y redondo como el de un adolescente; sus manos, más bien pequeñas que grandes, tenían ese color blanco que ni el sol ni el frío enrojecen; las articulaciones de sus dedos redondos y puntiagudos, estaban muy desarrolladas; la palma de la mano era mixta, es decir ni blanda ni dura pero hábil para todos los combates; el índice afilado y la primera falange del robusto pulgar, confirmaban todos los rasgos de su rostro, denotando nuevamente el carácter particular de aquel hombre reflexivo, independiente, idealista, lleno de imaginación, de fe, de voluntad y templado en las grandes luchas de la conciencia del alma, del talento y del saber.

Madame Barthelemy era pequeña y poseía esas formas rollizas que han inspirado más caprichos que amor, más canciones que odas, y más zarzuelas que dramas. Tenía las manos y los pies pequeños; los cabellos negros y naturalmente rizados; las cejas negras y casi unidas, la nariz fina Y ligeramente arremangada como la de una pastora de Pater o de Watteau; los ojos grandes, negros y brillantes; el párpado superior color de nácar; el párpado inferior azulado; las mejillas frescas con dos agujerillos deliciosos y los dientes blancos como almendras de julio.

Poned una flor en su peinado, encuadrad su rostro con una mantilla de encaje, haced que una de sus manos mueva un abanico, envolved sus caderas redondas y móviles en una falda corta y tendréis una verdadera andaluza, no como la marquesa de tez morena cantada por Musset, sino como la española viva y graciosa pintada por Goya y puesta en música por Rossini. Madame Barthelemy, en efecto, era de origen español, y tomándose el trabajo de registrar cuidadosamente las ramas de su árbol genealógico, habría podido encontrarse, entre sus antepasados, si no uno de los habitantes, por lo menos uno de los constructores de la Alhambra. La sangre que corría por sus venas, pues, era roja y ardiente como coral fundido; pero observándola atentamente era fácil descubrir la influencia que había ejercido nuestro sol pálido sobre la rosa trasplantada de su existencia.

Ella no había perdido nada ni de su gracia ni de su vivacidad ni de su conjunto; mas algo de extraño –tal vez la tristeza, tal vez la dicha, tal vez la compañía de aquel marido grave– habían velado con una gasa ligera la expansión nativa que si seguía revelándole en el sonido de la voz, en la sonrisa y en la mirada, ya no era ni con la misma frecuencia ni con la misma intensidad de antaño. Probablemente una idea seria había germinado y florecido en su ser instintivo, refinándolo y temperándolo, ya que la edad no podía ser la causa del cambio, puesto que Madame Barthelemy apenas contaba unos veintidós años.

Si no temiera servirme de una expresión demasiado vulgar, diría que la propietaria de la Casa del Viento estaba algo desteñida. Sus ojos, en efecto, eran menos brillantes, sus mejillas menos rosadas, sus labios menos rojos y sus cabellos menos lustrosos que los de sus compatriotas que no abandonan nunca el suelo natal. Su sangre rica no circulaba, bajo nuestro cielo, tan bien como habría circulado en su tierra cuyo clima y cuyas costumbres difieren bastante de las nuestras. Su rostro cambiaba diez veces por hora de color, cubriéndose ya de un resplandor de dicha ya de un velo de tristeza, como esos campos de trigo que varían instantáneamente de matiz al soplo del aire que hace ondular las espigas, sin razón aparente. En algunas ocasiones sus ojos se inmovilizaban y su boca se entreabría como para decir algo –mas las palabras no brotaban de sus labios, porque el pensamiento (que, subiendo hasta el cerebro, había provocado el movimiento) caía, antes de ser traducido por medio de la voz, en las profundidades del alma–; ese trabajo misterioso, esa bomba que no llegaba a hacer explosión, iba gastando insensiblemente aquel organismo condenado a contenerse y a limitarse.

Tales fueron las observaciones que hice en mi primera visita, durante la cual Madame Barthelemy no dejó de moverse un solo momento, levantándose, saliendo, andando, entrando y sentándose cada diez minutos.

En cuanto a su hija, que se llamaba Juana y que apenas tenía entonces dos años de edad, era una de las más bonitas chiquillas que pueden figurarse. Sus ojos verdes-mar, sus rizos dorados, su carita blanca y rosada, sus agujerillos de las mejillas, de la barba, de los codos y de las manos, sus pantorrillas redondas, todo, en fin, era en ella encantador.

M. Barthelemy, a quien yo visitaba con el objeto aparente de obtener algunos datos sobre Angó, invitóme a almorzar el día siguiente, diciéndome que así tendría tiempo de poner en orden, para complacerme, todos los documentos relativos a ese personaje histórico, que hasta entonces había logrado reunir. Yo acepté su invitación.

Hago gracia a mis lectores de la biografía del pirata millonario que prestó dineros a Francisco I. Lo que querría poder anotar es la manera de hablar de M. Barthelemy. Cuando él contaba algo, yo lo habría escuchado diez horas seguidas no sólo sin fatiga pero hasta con una especie de embriaguez que su voz producía. Las palabras brotaban coloreadas, propias, firmes, profundas, luminosas, sombrías, alegres, tiernas, entre el sonido de una voz, armónica cual una sinfonía de Beethoven; y os aseguro que, al oírla, creeríanse oír flautas, arpas, clarines, y otros muchos instrumentos de cuerda y de cobre tocados con bastante dulzura para que el pensamiento pudiera dibujar en relieve, sobre el sonido, sus intenciones más profundas.

M. Barthelemy conocía perfectamente su propio valor y se complacía observando la influencia que su voz ejercía sobre todo el mundo y especialmente sobre su mujer que oía extasiada e inmóvil y del rostro de la cual él no desprendía un solo instante la vista mientras duraba el relato. En efecto, parecía que el grave narrador hubiese querido envolver a la andaluza con su aliento, con su palabra, con su voz y con su pensamiento, para devolver la armonía a su alma desequilibrada. Fue a la hora de los postres, bajo las ramas inquietas de los álamos de Virginia, al aire libre, en medio de los perfumes del campo, cuando él comenzó a contarnos esa historia maravillosa que se llenaba, al salir de sus labios, de la poesía y del color de un cuento oriental. En varias ocasiones tuve que hacer un esfuerzo para no aplaudir. Era la primera vez que me sentía completamente dominado por la magia de la voz.

Cuando acabó de hablar, se lo dije con la mayor buena fe. Madame Barthelemy dio un salto desde su sitio hasta el de su marido, cogió entre sus manos la bella cabeza castaña y oprimiendo con sus labios los labios del orador, como para libar en el manantial la música deliciosa que la había extasiado, gritó apasionadamente:

–¡Ah! ¡Cuánto te adoro!…

En ese mismo momento, mientras yo me encontraba embarazado ante una escena de tal especie, el jardinero se presentó diciendo a M. Barthelemy que una persona deseaba hablarle. La hermosa mujer volvió la cara, sonriendo, con los ojos húmedos y sin pensar en excusarse.

El marido se levantó, le dio un beso en la frente, me dijo que iba a volver pronto, y nos dejó solos.

–Vamos a un lugar más fresco –me dijo ella; y dirigiéndose a su marido–: Te esperamos allá arriba.

–¡Qué voz tan bella! –continuó diciéndome mientras se dirigía hacia la puerta del jardín– ¡qué voz tan bella!… Esa voz me matará porque me hace gozar demasiado. Él sabe que esa manera de hablar me encanta, me embriaga, y estoy segura de que, cuando está solo, se da lecciones de elocuencia a sí mismo para hacerla más melodiosa y más penetrante… ¡Es tan bueno!… ¡Es tan grande!… ¡Es tan hermoso!… ¡Ah! ¡Si usted supiera lo que es este hombre!…

–Es un hombre amado, un hombre dichoso.

–Bien lo merece; pero sería necesario que tuviera una mujer diferente de la que tiene, porque yo no soy sino una miserable, indigna de él… ¿Creerá usted que lo engañé como una miserable idiota?

–Al oír eso me detuve estupefacto.

Ella me miró fijamente y continuó:

–Es natural que mi confesión le cause espanto, pues apenas nos conocemos; pero yo querría hacerla delante del mundo entero; y cuando a veces me siento sofocada, es porque no puedo gritar y hacerme oír de toda la tierra. Figúrese usted (cada momento más exaltada)… que yo estaba loca… porque, en realidad, si no lo hubiera estado, mi traición abominable no tendría ninguna excusa… Mi patria, mi raza y mi origen, son las causas, pues en aquellos países donde florecen los naranjos, no se oye hablar sino de amor… sí, de amor, sólo de amor; las madres duermen a sus cachorros con el ritmo de las historias galantes y apasionadas.

Caseme, a los diez y siete años, edad a la cual me era imposible comprender a ese hombre tan superior a todos los otros hombres. Él me amaba sencillamente, noblemente, profundamente, sin gestos, sin frases, sin contorsiones ridículas… Y yo me agobiaba a su lado… aunque parezca imposible.

Él hacía todo lo que podía por instruirme, por iniciarme en los grandes secretos de la inteligencia, del alma, de la vida presente y de la vida futura; pero cuando me explicaba algo, yo me aburría, y a los cinco minutos de conversación mi atención y mi pensamiento abandonaban su relato para ir a perderse entre la música de los boleros que llenaban mi cerebro. Además yo vivía sin preocupaciones, sin quehaceres; y ninguna labor doméstica me interesaba tanto como la luna de los espejos y la intriga de las novelas que leía a hurtadillas, pues él me rogaba que no leyese novelas.

Sucedió lo que tenía que suceder. Un artista venía a visitarnos con frecuencia. ¿Sabe usted quién era ese artista? Pues era Liberino, el actor del Teatro Italiano que atrae con su voz a todo París y que, según dicen las mujeres, es muy guapo. Había sido compañero de colegio de Barthelemy; y desde el primer día, desde el primer instante en que lo vi, me enamoré de su belleza, de modo que él no tuvo que trabajar mucho para conseguir lo que deseaba. Con algunas de esas miradas que le servían desde hacía diez años en todos los teatros de Europa, y con algunas de esas frases vulgares que creemos hechas expresamente para nosotras cuando los oímos por primera vez, tuvo bastante para ampararse de mi corazón y de mi persona. Él era tan necio como el más necio de los hombres y sin embargo a mí me parecía sublime, pensando en que la hora de hacer mi novela había llegado y sintiéndome amada como las heroínas de las óperas que él cantaba. Yo quería huir con él, expatriarme, subir a las tablas y ser delante de todo el mundo su Julieta, su Rosina, su Desdémona…

Él me disuadió de la mejor manera que le fue posible, no queriendo poner en peligro ni mi reputación, ni su vida, porque era cobarde y creía que mi marido lo habría matado. Cuando mi suegra murió, él vino a cantar la misa de difuntos, para aprovechar, según decía, la ocasión de verme, pues desde que vinimos a vivir aquí, ya no pudimos vernos sino muy rara vez… Pero a partir de ese día parecióme que no podía vivir lejos de mi Liberino y pretextando la muerte de Mme Barthelemy, me hice conducir a París en donde pude verlo todos los días, todos los días…

Una tarde mi marido me dijo:

–Es necesario que esta misma noche salgamos de París con dirección al campo; pero te prometo que dentro de ocho días te traeré aquí de nuevo para que te establezcas definitivamente, en caso de que entonces tus gustos no hayan cambiado aún.

–¡Figúrese usted sí yo aceptaría con placer la proposición! En el acto escribí a Liberino… Y en la noche del mismo día nos encontramos en Varengeville a donde yo venía con el propósito de no pasar sino una semana y de donde nunca más he vuelto a salir… De eso hace tres años.

–¿Qué fue lo que sucedió, pues?

–Al día siguiente de nuestro regreso, Barthelemy entró en mi cuarto cuando yo estaba aún en el lecho. Estaba algo pálido; sentose a mi lado y oprimiéndome una mano:

“He querido –me dijo– dejarte descansar de las fatigas y de las emociones del viaje antes de hablarte de ciertas cosas graves; ahora que ya has dormido bien, escúchame. Yo no soy de los que creen que dos criaturas pueden estar ligadas indisolublemente, en medio de una sociedad como la nuestra, por obra y gracia de un sacramento y de un artículo de código. El hombre no tiene ningún derecho para responder del porvenir, así como Dios no tiene ningún poder para modificar el pasado. Los contratos firmados tienen un valor efectivo cuando se trata de intereses materiales, pero no cuando se trata de intereses morales que están sometidos a la incesante variabilidad de los sentimientos y de las ideas. Estos pactos son voluntarios y el alma tiene derecho para romperlos cuando se convence, gracias a la influencia de alguien o de algo, que procedió con demasiada ligereza al empeñarse. El matrimonio es una sociedad moral en la que el hombre sabe generalmente lo que hace pero en donde la mujer no lo sabe casi nunca; yo creo pues que el único responsable es el hombre.

“Sí; y una vez el enlace efectuado, a él le toca conquistar, por todos los medios que estén a su alcance, a esa persona extraña que a veces sólo se entrega por sorpresa; y si no lo consigue, suya es la culpa, pues teniendo siempre tiempo para hacerlo, debiera, antes de pedir la mano de una mujer, observarla atentamente y renunciar a ella cuando la juzga incapaz de amar, e indigna de ser amada. Al fin llegará una época en la cual los padres y las madres prepararán a sus hijos para el matrimonio de manera muy diferente a la que hoy se emplea; y entonces los dos suscriptores de un contrato sabrán de antemano que con un sí cambiado al pie del altar puede formarse una asociación indisoluble y admirable. Desgraciadamente la humanidad no ha llegado aún a comprender eso. Será necesario que las mujeres aprendan muchas cosas que aún tendrán que ignorar durante largos años, muchas cosas que tú no sabías cuando te casaste conmigo y que yo mismo no pude enseñarte por completo porque la tristeza y la reflexión no me las habían revelado aún. El matrimonio, pues, no existe en realidad, según mi opinión, sino cuando los dos cónyuges proceden con entera libertad y con pleno conocimiento de los deberes y de los derechos recíprocos; o, de otra manera, ese no es más que un contrato realizable ante el gran tribunal de la conciencia.

“Así pues, tú no estás verdaderamente casada conmigo a pesar de tu firma, a pesar de los hombres y a pesar del Dios a quien ellos invocaron pero de quien sólo el nombre les fue dado tomar. Tú no tenías sino diez y siete años cuando me juraste fidelidad y entonces tú no podías saber lo que esa palabra significa puesto que tampoco sabías lo que significa amor. En cuanto a mí, yo tenía treinta y dos años de edad cuando te juré protección; yo estaba ya iniciado en todos los conocimientos sociales y morales y sabía lo que decía; por eso el único verdaderamente casado soy yo. Tú ya no tienes familia; la protección que yo te ofrecí, pues, es al mismo tiempo la del esposo, la del amigo, la del padre y la de la madre.

“Ahora bien: hoy perteneces a un hombre que no soy yo y al mismo tiempo me perteneces a mí. Hoy te has entregado, sin que nadie te lo ordenara, sin sacramentos, sin contrato, sin firmas, pero voluntariamente, libremente, deliberadamente… ¿Por qué al proclamar tu independencia dándote a un nuevo esposo, proclamas al mismo tiempo tu servidumbre dejando al primer marido en posesión de todos sus derechos?

“Hace tiempo que te entregaste a un hombre sin saber si lo amas o no; eso bastaba; y hoy que estás segura de amar a otro, debías dejar de pertenecer al primero. ¿Es tu nuevo esposo quien te impone, temeroso de lo que pudiese suceder, el sacrificio de repartir tu amor? No puedo creerlo porque él debe amarte apasionadamente ya que por ti ha desoído la voz de ese testigo secreto que nos advierte cuando vamos a cometer un crimen o una falta… ¿Eres tú misma quien te repartes con gusto? Tampoco puedo creerlo pues eso denotaría una depravación de que una persona como tú nunca sería capaz… ¿Será la misma honradez de tu alma lo que te obliga a cumplir algunas promesas sabiendo que es imposible cumplirlas todas? No lo sé; pero en todo caso esta doble sujeción de tu persona es indigna de ti y de mí… Además es inútil hoy que conozco tu manera de pensar y de sentir.

“Desde ahora, pues, dejo de ser tu marido. Siempre seguiré siendo tu amigo, tu padre, tu protector; y puesto que tu preferido vive en París, dentro de ocho días iremos a establecernos en esa ciudad. Yo continuaré viviendo a tu lado porque tu llevas mi nombre y porque fue a mí a quien la ley y tu familia te confiaron; pero tú serás una verdadera viuda… sí, y lo mismo que todas las demás viudas, podrás casarte de nuevo.

“Yo me presento desde luego como candidato a tu mano por segunda vez; y si mi rival no tiene, como supongo, más ventaja que su voz, yo trataré de encontrar en el fondo de mi garganta, para gustarte, una voz tan seductora como la suya; y como hablar es más fácil que cantar, llegaré a ser el vencedor…”

Antes de que él hubiese acabado de pronunciar estas últimas palabras, yo estaba ya llorando, avergonzada y vencida, no sólo por la majestad inverosímil de su abnegación sublime, pero también por la ternura rítmica de esa voz artificial y maravillosa que por primera vez me era dado oír. Yo había metido la cabeza entre las sábanas como si, escondiéndome, hubiera querido hacer creer a mi juez que no era a mí a quien se dirigía… En realidad no era a mí; el velo que anublaba mi vista se rasgó y una luz inmensa brotó, para alumbrarme, del fondo de mi ser. Él continuaba oprimiendo con sus manos una de las mías, comunicándome así el poder y la nobleza de su alma sublime: todo mi cuerpo se estremecía y se llenaba, por decirlo así, de una nueva sangre, de una nueva carne y de un calor nuevo; las lágrimas brotaban abundantemente de mis ojos, convirtiendo en placer misterioso e inexplicable mí gran dolor, como si la corriente amarga del llanto lavase todas mis manchas.

Comprendí que mi marido lo sabía todo, y, después de sentir el peso de la ignominia, comencé a sentir el horror y el desprecio de mí misma, viendo la mezquindad de mi alma al lado de la nobleza de la suya, y la enormidad de mi crimen por la magnanimidad del perdón.

Entonces hice un esfuerzo sobrehumano como para arrojar lejos de mí el cuerpo y el alma. Nunca habría podido creer que una metamorfosis tan completa pudiera operarse en tan corto espacio de tiempo, mas la evidencia me convenció de que todo es posible. En un instante me transfiguré; y esa transfiguración que me fatigó, me admiró y me iluminó, hízome salir de la muerte y de las tinieblas… ¿Comprende usted esa voluptuosidad celestial?… Sentí que mi ser nacía de nuevo, lleno de un conocimiento de la ciencia de lo Bello y de lo Bueno que mi otro yo no había nunca gozado; de modo que mi vergüenza, mi disgusto y el horror de mí misma, se cambiaron súbitamente en una clarividencia y en un goce tales que, convencida de que mí cuerpo y mi alma eran vírgenes, salté de mi lecho riendo a carcajadas y me arrojé en los brazos de ese hombre divino.

Esa es la causa de que nunca más hayamos vuelto a París…

Desde ese día yo amo tan apasionadamente a mi marido, que me parece, al oírlo hablar, que voy a morirme… pero mi miedo de la muerte ha desaparecido en absoluto, porque ya he muerto una vez y porque, según él mismo me ha dicho, la muerte no sólo no separa a las personas que se quieren sino que las une más estrechamente…

Después de oír semejante confesión, salí de la Casa del Viento emocionado y conmovido. Estoy seguro de que ninguna otra mujer ha sido nunca capaz de decir a un desconocido cosas parecidas a las que Mme Barthelemy me dijo ese día. Había en su relato tantos sentimientos contrarios a la naturaleza humana, que yo rumiaba el relato que acababa de oír preguntándome cuál sería la verdad… ¿tendría razón aquella mujer al considerar a su marido como un dios, o tendrían razón los que, conociendo la aventura, trataran de imbécil al esposo engañado?…

Transcurrieron seis años. El trabajo, el placer, el aburrimiento, las mil circunstancias de la vida, en fin, me llevaron a Inglaterra, a Italia y a otros varios países de Europa. Todos esos viajes me fatigaron, y al volver a Francia un médico me ordenó que tomase, para curarme, baños de mar. Fui, pues, a Dieppe, y al día siguiente de mi llegada, dirigime a Varengeville y llamé a la puerta de la Casa del Viento.

Nada había cambiado ahí de aspecto. M. Barthelemy, que se paseaba por el jardín, vino a abrirme la puerta en compañía de su hija que entonces contaba ya hasta ocho años de edad. Reconociome en seguida y me estrechó la mano como si no hiciera más que algunos días que nos hubiéramos separado. Su fisonomía, siempre igual, había, sin embargo, ganado en nobleza y gravedad. Es necesario también, decir que su cabellera comenzaba a empobrecerse y a blanquear. La chiquilla me miraba con sus grandes ojos admirados; esos ojos acostumbrados a no ver sino el mar cuyas ondas se reflejaban en sus pupilas.

–¿Y Madame Barthelemy? –pregunté al cabo de algunos instantes.

La niña hizo un movimiento brusco, frunció el entrecejo y apretó los labios pálidos; sus ojos se enrojecieron y se humedecieron.

–Ve a estudiar tu música –le dijo su padre besándola.

La orden y el beso la calmaron y la hicieron alejarse.

La música la consuela aún –dijo entonces M. Barthelemy–. Mi mujer murió ya.

–¡Murió!… ¿Y cuándo?

– Hace poco más de ocho meses.

–¿Y de qué murió?

–De la ruptura de un aneurisma.

–¿Entonces la muerte fue súbita?

–Sí… una mañana deliciosa… ella estaba podando ese durazno y de pronto lanzó uno de esos gritos que no brotan sino una vez en la vida… cuando yo llegué no tuve tiempo sino para recibir su cuerpo entre mis brazos…

–¡Cuánto debe usted de haber sufrido!…

–Muchísimo…

–¿Y a qué atribuye usted esa enfermedad? Porque madame Barthelemy era una de las mujeres más dichosas del mundo, según me dijo ella misma.

–Ella me contó la conversación que ustedes habían tenido y la confidencia que le había hecho.

–Su exaltación, tal vez, la hizo decirme más de lo que hubiera querido.

–No; hace mucho tiempo que ella tenía necesidad de hacer a alguien esa confidencia; ya una vez se la había hecho al cura de la iglesia bajo cuyas naves reposa hoy su cuerpo, mas eso no le bastaba; habría querido humillarse delante de todos los hombres, delante de todas las mujeres, delante de todos los que creen tener derecho para no absolver.

“A usted, pues, que lo sabe todo bien, puedo decirle lo que pienso. A veces se me figura que yo fui quien la maté, pues tal vez no supe tomar bastantes precauciones para llenar de Verdad un alma que no estaba hecha para contenerla. La conmoción demasiado fuerte que su ser sufriera, descompuso, sin duda, algún resorte vital que, después de vibrar durante algunos años, se rompió solo. Yo debí tener paciencia, dejando que esa mujer agotara hasta las heces la copa de sensaciones que tenía entre las manos; tal vez para llenar de nuevo su vaso habría sido menester que ella lo vaciara naturalmente y sin ninguna precipitación…

–Sí, pero como usted sufría, sin duda, mucho, desde que supo la verdad, es natural que no haya podido esperar más tiempo.

–En efecto, más esa no era una razón. Yo había soportado en silencio, durante algunas semanas, un dolor inmenso (porque tuve conocimiento de los hechos antes de que muriera mi madre cuyos últimos días no quise amargar) y el dolor no me mató, pero no debí figurarme por eso que un choque formidable no la mataría a ella.

“Yo había reflexionado mucho, visto mucho y querido mucho durante mi vida, en tanto que ella no se había nunca librado a combates secretos ni a luchas y victorias mortales.

“Debí haberla iluminado poco a poco. Mucha luz mata. No todo el mundo es como san Pablo.

“Yo la conocía lo bastante para prever el desenlace que quería obtener y que al fin obtuve; pero la pasión me hizo olvidar las fatalidades del tipo original. Esa pobre niña no había nacido para nuestros climas sombríos, ni para nuestro gran mar, ni para nuestro viento terrible… no; había sido creada por la Naturaleza para vivir entre cactus, áloes y naranjos, bajo el cielo azul marino y bajo el sol ardiente de Andalucía; ella había sido creada para cantar, para bailar, para sonreír, para amar fácil y ardientemente, para morir tal vez de un navajazo en medio de una escena de celos, pero no para reflexionar sobre una falta, ni para combatir contra un recuerdo, ni para vencer un remordimiento. Yo la hice comprender por la fuerza y la comprensión la mató. ¡Ah! ¡cuán difícil es ser perfecto! –dijo M. Barthelemy pasándose la mano por la frente. Luego agregó–: es preciso, sin embargo, llegar a serlo.

–Afortunadamente ella le ha dejado a usted una hija…

–Que es su retrato blondo ¿no es verdad?; y en la cual trato ya de combatir ciertas influencias que más tarde serían funestas. Todo lo que heredó de su madre es utilizable, pero también hay en ella mucho del otro…

–¿Del otro?

–Sí; porque no es hija mía; he descubierto la verdad por ciertos indicios de carácter, de formas y de aptitudes. Entre sus aptitudes hay algunas buenas, pues Liberino no es un cualquiera; la Naturaleza lo dotó magnánimamente, concediéndole las cualidades simpáticas y brillantes de que los hombres de lujo, los actores y los cantores, han menester. Juana heredó de su padre la voz, más flexible y más varonil, pues gracias a mí, ella será más viril que él… ¡Qué papel tan grande el que la voz habrá desempeñado en mi familia!… pero al mismo tiempo tiene cierta inclinación a la vanidad, a la coquetería, a la inconstancia y al engaño, defectos que utilizaré o destruiré. Yo examino desde lejos la existencia de Liberino y eso me proporciona algunos datos que me sirven para dirigir la educación de la niña. Quiero hacer de ella una mujer tal y como yo concibo a la mujer perfecta. Esa será la única obra de mi vida… ¿Qué obra sería mejor?… Su alma está a mi cargo.

–Después de todo ¿qué pruebas tiene usted para creer absolutamente que no es hija suya? Madame Barthelemy estaba tan exaltada que no habría mentido si usted se lo hubiese preguntado…

–¿Para qué causarle tal pena y tal vergüenza cuando en realidad no podía contestarme? Ella no conocía esta verdad. Las adúlteras no tienen necesidad de llevar las cuentas de su persona por partida doble: hecho cierto y resultado posible… ¡seguridad dolorosa! ¿Cómo quiere usted que las mujeres se reconozcan entre esos dos pasados y que distingan al padre verdadero del padre falso? Se entregan al azar momentáneamente y luego se verían precisadas a preguntar la verdad, como yo hago hoy, a las facciones y al carácter del niño, si no estuviesen organizadas de tal manera que todo se lo explican a sí mismas por medio del amor. Ellas creen que la Naturaleza misma es su cómplice y consideran padre al hombre a quien aman.

“Ahora bien: mi mujer me adoraba cuando Juana vino al mundo, ocho meses después de nuestra violenta explicación. De Liberino ni siquiera había vuelto a acordarse; de manera que su voluntad me nombró desde luego padre. Yo estoy seguro de que por esta parte nunca tuvo ni dudas ni inquietud. ¡Hágase su voluntad! Después de todo ¿qué importa? Yo amaba el árbol; yo adoro el fruto. No es con el cuerpo con lo que se crea, sino con el alma. Juana tiene ocho años; dentro de diez tendrá dieciocho y entonces será mi hija”.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

sábado, 18 de abril de 2026

El detalle

César Aira

 

Es inevitable entrar en el detalle, para contar bien una historia. Si uno piensa que una historia siempre es la historia de una vida, y cree como creo yo que los grandes efectos salen de pequeñas causas, se encuentra frente a una cantidad innumerable de pequeños episodios de los que no debe saltearse ninguno porque en cualquiera puede estar el momento decisivo. Y eso no es lo peor. Lo peor es que el pequeño episodio, hasta el más minúsculo e insignificante, está hecho de episodios más pequeños. De ahí deriva una ley del relato: cuanto menos importante es un hecho, más cuesta contarlo. “Una revolución puede contarse en tres líneas, un adulterio puede despacharse en un párrafo, pero contar cómo se hizo para pinchar con el tenedor una arveja exige tres páginas de la prosa más precisa y los recursos más avanzados del arte de la narración”. Por supuesto, hay mil probabilidades contra una de que esas trabajosas maniobras con el tenedor no sean el momento decisivo de una vida, pero eso nunca se sabe de antemano, y hay que arremeter contra ese detalle, y otros muchísimos. Todo termina pareciendo inútil. No puede extrañar que el estado de ánimo habitual de los escritores sea el desaliento.

 

(Tomado de www.bibliotecaignoria.blogspot.com)

 

Caronte

Lord Dunsany

 

Caronte se inclinó hacia delante y remó. Todas las cosas eran una con su cansancio.

Para él no era una cosa de años o de siglos, sino de ilimitados flujos de tiempo, y una antigua pesadez y un dolor en los brazos que se habían convertido en parte de un esquema creado por los dioses y en un pedazo de Eternidad.

Si los dioses le hubieran mandado siquiera un viento contrario, esto habría dividido todo el tiempo en su memoria en dos fragmentos iguales.

Tan grises resultaban siempre las cosas donde él estaba que si alguna luminosidad se demoraba entre los muertos, en el rostro de alguna reina como Cleopatra, sus ojos no podrían percibirla.

Era extraño que actualmente los muertos estuvieran llegando en tales cantidades. Llegaban de a miles cuando acostumbraban a llegar de a cincuenta. No era la obligación ni el deseo de Caronte considerar el porqué de estas cosas en su alma gris. Caronte se inclinaba hacia adelante y remaba.

Entonces nadie vino por un tiempo. No era usual que los dioses no mandaran a nadie desde la Tierra por aquel espacio de tiempo. Mas los dioses saben.

Entonces un hombre llegó solo. Y una pequeña sombra se sentó estremeciéndose en una playa solitaria y el gran bote zarpó. Sólo un pasajero; los dioses saben. Y un Caronte grande y cansado remó y remó junto al pequeño, silencioso y tembloroso espíritu.

Y el sonido del río era como un poderoso suspiro lanzado por Aflicción, en el comienzo, entre sus hermanas, y que no pudo morir como los ecos del dolor humano que se apagan en las colinas terrestres, sino que era tan antiguo como el tiempo y el dolor en los brazos de Caronte.

Entonces, desde el gris y tranquilo río, el bote se materializó en la costa de Dis y la pequeña sombra, aún estremeciéndose, puso pie en tierra, y Caronte volteó el bote para dirigirse fatigosamente al mundo. Entonces la pequeña sombra habló, había sido un hombre.

–Soy el último –dijo.

Nunca nadie antes había hecho sonreír a Caronte, nunca nadie antes lo había hecho llorar.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

viernes, 17 de abril de 2026

El abandonado

Guy de Maupassant

 

–La verdad, querida, te creo loca por querer salir a pasear por el campo con un tiempo así. Desde hace dos meses tienes ideas muy extrañas. Me traes, quiera o no, a la orilla del mar, cuando en cuarenta y cinco años de matrimonio jamás habías tenido semejante fantasía. Eliges por tu cuenta Fécamp, una ciudad triste, y ahora te ha dado tal furia por caminar –tú, que nunca te movías– que quieres recorrer el campo en el día más caluroso del año. Dile a d’Apreval que te acompañe, ya que se presta a todos tus caprichos. Yo, por mi parte, vuelvo a dormir la siesta.

La señora de Cadour se volvió hacia su antiguo amigo:

–¿Viene usted conmigo, d’Apreval?

Él se inclinó, sonriendo, con una galantería de otros tiempos:

–Donde usted vaya, iré –dijo.

–Bueno, vayan a insolarse –declaró el señor de Cadour. Y volvió al hotel de los Baños para tenderse una hora o dos en la cama.

En cuanto quedaron solos, la anciana y su viejo compañero, ella dijo, muy bajo, apretándole la mano: “¡Al fin! ¡Al fin!”.

Él murmuró:

–Está usted loca. Le aseguro que está loca. Piense en lo que arriesga. Si ese hombre…

Ella se sobresaltó:

–¡Oh, Henri! No diga ese hombre cuando hable de él.

Él replicó en tono brusco:

–¡Está bien! Si nuestro hijo sospecha algo, si desconfía de nosotros, la tiene a usted en sus manos, nos tiene a los dos. Usted pasó cuarenta años sin verlo. ¿Qué le pasa hoy?

Habían seguido la larga calle que va del mar a la ciudad. Doblaron a la derecha para subir la cuesta de Étretat. El camino blanco se desplegaba bajo una ardiente lluvia de sol.

Caminaban despacio, bajo el calor abrasador, a pasos cortos. Ella había pasado su brazo bajo el de su amigo y miraba al frente, con la mirada fija, obsesiva.

Dijo:

–¿Así que usted tampoco lo ha vuelto a ver?

–No, ¡jamás!

–¿Es posible?

–Querida amiga, no empecemos de nuevo esta eterna discusión. Yo tengo esposa e hijos, como usted tiene marido; los dos tenemos todo que temer de la opinión ajena.

Ella no respondió. Pensaba en su juventud lejana, en las cosas pasadas, tan tristes.

La habían casado como se casa a las jóvenes. Apenas conocía a su prometido, un diplomático, y vivió con él, después, la vida de todas las mujeres de sociedad.

Pero un joven, el señor d’Apreval, casado como ella, la amó con una pasión profunda; y durante una larga ausencia del señor de Cadour, que había partido a las Indias en misión política, ella sucumbió.

¿Habría podido resistir? ¿Negarse? ¿Habría tenido la fuerza, el valor de no ceder, cuando ella también lo amaba? No, de verdad, ¡no! Habría sido demasiado duro. Habría sufrido demasiado. ¡Qué malvada y astuta es la vida! ¿Puede uno evitar ciertos golpes del destino, huir de la fatalidad? Cuando se es mujer, sola, abandonada, sin ternura, sin hijos, ¿se puede huir siempre de una pasión que se alza sobre una, como se huiría de la luz del sol, para vivir hasta la muerte en la oscuridad?

¡Cómo recordaba ahora todos los detalles: sus besos, sus sonrisas, su modo de detenerse en la puerta para mirarla al entrar en su casa! ¡Qué días felices, sus únicos días hermosos, tan pronto terminados!

Luego descubrió que estaba embarazada. ¡Qué angustias!

¡Oh, aquel viaje al sur, aquel largo viaje, aquellos sufrimientos, aquellos temores incesantes, aquella vida escondida en la casita solitaria, a orillas del Mediterráneo, en el fondo de un jardín del que no se atrevía a salir!

¡Cómo los recordaba, los largos días que pasaba tendida bajo un naranjo, con los ojos levantados hacia los frutos anaranjados, redondos, entre el follaje verde! ¡Cómo habría querido salir, ir hasta el mar, cuyo soplo fresco le llegaba por encima del muro, cuyas breves olas oía en la playa, cuya gran superficie azul, brillante de sol, con velas blancas y una montaña en el horizonte, soñaba sin cesar! Pero no se atrevía a cruzar la puerta. Si alguien la hubiera reconocido, deformada así, exhibiendo su vergüenza en su abultado vientre…

¡Y los días de espera, los últimos días de tortura! ¡Las alarmas! ¡Los dolores amenazantes! ¡Y luego la noche espantosa! ¡Cuántas miserias había soportado!

¡Qué noche aquella! ¡Cómo había gemido, gritado! Todavía veía el rostro pálido de su amante, que le besaba la mano a cada instante, la cara lampiña del médico, la cofia blanca de la enfermera.

¡Y qué sacudida había sentido en el corazón al escuchar aquel frágil gemido de criatura, aquel maullido, aquel primer esfuerzo de una voz de hombre!

¡Y el día siguiente! ¡El día siguiente! El único día de su vida en que había visto y abrazado a su hijo, porque desde entonces jamás había vuelto siquiera a tenerlo cerca.

Y desde aquel día, ¡qué larga existencia vacía en la que flotaba siempre, siempre, el pensamiento de aquel niño! No lo había vuelto a ver, ni una sola vez, a aquel pequeño ser salido de ella, ¡su hijo! Se lo habían llevado, escondido. Solo sabía que lo habían criado unos campesinos normandos, que él mismo se había hecho campesino, y que estaba casado, bien casado y bien dotado por su padre, cuyo nombre ignoraba.

¡Cuántas veces, en cuarenta años, había querido ir a verlo, a abrazarlo! No se imaginaba que hubiera crecido. Seguía pensando en aquella larva humana que había sostenido un día en sus brazos y apretado contra su costado dolorido.

Cuántas veces le había dicho a su amante: “No aguanto más, quiero verlo, voy a ir”.

Siempre él la había retenido, detenido. Ella no sabría contenerse, dominarse; el otro adivinaría, la explotaría. Estaría perdida.

–¿Cómo es? –decía ella.

–No lo sé. Yo tampoco lo he vuelto a ver.

–¿Es posible? Tener un hijo y no conocerlo. Tener miedo de él, haberlo rechazado como una vergüenza. –Era horrible.

Iban por el largo camino, agobiados por la llamarada del sol, subiendo siempre la interminable cuesta.

Ella continuó:

–¿No parece un castigo? Nunca tuve otro hijo. No, ya no podía resistir este deseo de verlo que me atormenta desde hace cuarenta años. Ustedes los hombres no entienden eso. Piense que estoy muy cerca de la muerte. Y no lo habría vuelto a ver… ¿No haberlo vuelto a ver, es posible? ¿Cómo pude esperar tanto tiempo? He pensado en él toda mi vida. ¡Qué existencia espantosa me ha dado eso! No me he despertado una sola vez, ni una sola vez, ¿me oye?, sin que mi primer pensamiento fuera para él, para mi hijo. ¿Cómo será? ¡Oh, cuánta culpa siento! ¿Se debe temer al mundo en un caso así? Debí dejarlo todo para seguirlo, criarlo, amarlo. Habría sido más feliz, sin duda. No me atreví. Fui cobarde. ¡Cuánto he sufrido! ¡Oh, esas pobres criaturas abandonadas, cuánto deben odiar a sus madres!

Se detuvo de golpe, ahogada por los sollozos. Todo el valle estaba desierto y mudo bajo la luz aplastante del día. Solo los saltamontes lanzaban su grito seco y continuo en la hierba amarilla y escasa a ambos lados del camino.

–Siéntese un poco –dijo él.

Ella se dejó llevar hasta el borde de la cuneta y se desplomó, con el rostro entre las manos. Sus cabellos blancos, torcidos en espirales a ambos lados de la cara, se le deshacían, y lloraba, desgarrada por un dolor profundo.

Él permanecía de pie frente a ella, inquieto, sin saber qué decirle. Murmuró: “Vamos… ánimo”.

Ella se incorporó: “Lo tendré”. Y, secándose los ojos, reanudó la marcha con el andar tembloroso de una anciana.

Un poco más adelante, el camino se hundía bajo un grupo de árboles que ocultaba algunas casas. Distinguían ahora el golpe vibrante y regular de un martillo de fragua sobre un yunque.

Y pronto vieron, a la derecha, una carreta detenida frente a una especie de casa baja y, a la sombra de un cobertizo, dos hombres que herraban un caballo.

El señor d’Apreval se acercó.

–¿La granja de Pierre Bénédict? –preguntó.

Uno de los hombres respondió:

–Tome el camino de la izquierda, junto al cafecito, y siga derecho; es la tercera después de la de Poret. Hay un abeto junto a la cerca. No hay cómo equivocarse.

Doblaron a la izquierda. Ella caminaba muy despacio ahora, con las piernas que le flaqueaban, el corazón latiendo con tanta violencia que se ahogaba.

A cada paso murmuraba, como una plegaria: “¡Dios mío! ¡Oh, Dios mío!”. Y una emoción terrible le apretaba la garganta, haciéndola tambalear como si le hubieran cortado las piernas.

El señor d’Apreval, nervioso, un poco pálido, le dijo bruscamente:

–Si no logra dominarse más, va a delatarse de inmediato. Haga un esfuerzo, por favor.

Ella balbuceó:

–¿Acaso puedo? ¡Mi hijo! ¡Cuando pienso que voy a ver a mi hijo!

Siguieron uno de esos senderos de campo encajonados entre los corrales de las granjas, hundidos bajo una doble hilera de hayas alineadas junto a las cunetas.

Y de pronto se encontraron frente a una cerca de madera junto a la cual crecía un abeto joven.

–Es aquí –dijo él.

Ella se detuvo en seco y miró.

El patio, plantado de manzanos, era grande y se extendía hasta la casita, con techo de paja. Enfrente, la caballeriza, el granero, el establo, el gallinero. Bajo un techo de pizarra, los carros: una carreta, un volquete, un cabriolé. Cuatro terneros pastaban la hierba bien verde al abrigo de los árboles. Las gallinas negras vagaban por todos los rincones del recinto.

Ningún ruido. La puerta de la casa estaba abierta, pero no se veía a nadie.

Entraron. Un perro negro salió enseguida de un barril colocado al pie de un gran peral y se puso a ladrar con furia.

Contra el muro de la casa, cuatro colmenas sobre tablas alineaban sus cúpulas de paja.

El señor d’Apreval gritó frente a la vivienda: “¿Hay alguien?”. Apareció una niña, una chiquilla de unos diez años, vestida con una camisa y una falda de lana, las piernas desnudas y sucias, con aire tímido y desconfiado. Se quedó de pie en el marco de la puerta, como para impedir la entrada.

–¿Qué quieren? –dijo.

–¿Está tu papá?

–No.

–¿Dónde está?

–No sé.

–¿Y tu mamá?

–Está con las vacas.

–¿Va a volver pronto?

–No sé.

Y de repente, la anciana, como si temiera que fueran a llevársela a la fuerza, dijo con voz precipitada:

–No me iré sin haberlo visto.

–Lo esperaremos, querida amiga.

Al voltear, vieron a una campesina que venía hacia la casa, cargando dos baldes de hojalata que parecían pesados y a los que el sol arrancaba por momentos un destello blanco y deslumbrante.

Cojeaba de la pierna derecha y, con el pecho envuelto en un suéter marrón, desteñido, lavado por las lluvias, quemado por los veranos, tenía el aspecto de una pobre sirvienta, miserable y sucia.

–Ahí viene mi mamá –dijo la niña.

Cuando estuvo cerca de la casa, miró a los desconocidos con aire hostil y receloso; luego entró como si no los hubiera visto.

Parecía vieja, con una cara hundida, amarillenta, dura: esa cara de madera de las campesinas.

El señor d’Apreval la llamó:

–Disculpe, señora, entramos para pedirle que nos venda dos vasos de leche.

La mujer refunfuñó, apareciendo de nuevo en la puerta después de haber dejado los baldes:

–Yo no vendo leche.

–Es que tenemos mucha sed. La señora es mayor y está muy cansada. ¿No habrá forma de conseguir algo de beber?

La campesina los miraba con ojos inquietos y desconfiados.

Al fin, se decidió.

–Ya que están aquí, les voy a dar de todos modos –dijo.

Y desapareció dentro de la casa.

Luego salió la niña cargando dos sillas que colocó bajo un manzano, y la madre apareció a su vez con dos tazones de leche espumosa que puso en manos de los visitantes.

Y se quedó de pie frente a ellos, como para vigilarlos y adivinar sus intenciones.

–¿Son ustedes de Fécamp? –preguntó.

El señor d’Apreval respondió:

–Sí, estamos en Fécamp por el verano –luego, tras un silencio, continuó–: ¿Podría vendernos pollos todas las semanas?

La campesina vaciló, luego respondió:

–Bueno, podría ser. ¿Los quieren tiernos?

–Sí, tiernos.

–¿A cuánto los pagan en el mercado?

D’Apreval, que no lo sabía, volteó hacia su amiga:

–¿Cuánto paga usted las aves, querida, las aves jóvenes?

Ella balbuceó, con los ojos llenos de lágrimas:

–Cuatro francos, y cuatro francos cincuenta.

La granjera la miró de reojo, extrañada, y luego preguntó:

–¿Está enferma esta señora, que está llorando?

Él no sabía qué responder y tartamudeó:

–No… no… pero es que… ella… perdió su reloj en el camino, un reloj muy bonito, y eso la ha apenado. Si alguien lo encuentra, avísenos.

La señora Bénédict no respondió nada, encontrando todo aquello sospechoso.

Y de pronto dijo:

–¡Ahí viene mi marido!

Sólo ella lo había visto entrar, porque estaba de cara a la cerca. D’Apreval dio un respingo; la señora de Cadour casi cayó al volverse desesperadamente en su silla.

Un hombre estaba allí, a diez pasos, tirando de una vaca con una cuerda, encorvado, resoplando.

Dijo, sin prestar atención a los visitantes:

–¡Maldita sea! ¡Qué animal tan terco!

Y pasó de largo, hacia el establo, donde desapareció.

Las lágrimas de la anciana se habían secado de golpe, y permanecía aturdida, sin palabras, sin pensamientos: “Su hijo… ¡aquel era su hijo!”.

D’Apreval, herido por la misma idea, articuló con voz temblorosa:

–¿Es el señor Bénédict?

La granjera, desconfiada, preguntó:

–¿Quién les dijo su nombre?

Él respondió:

–El herrero de la carretera principal.

Luego todos callaron, con los ojos fijos en la puerta del establo. Parecía un negro agujero en el muro del edificio. No se veía nada adentro, pero se oían ruidos vagos, movimientos, pasos amortiguados por la paja esparcida en el suelo.

Reapareció en el umbral, secándose la frente, y volvió hacia la casa con un paso largo y lento que lo mecía a cada zancada.

Pasó otra vez frente a los desconocidos sin reparar en ellos, y le dijo a su mujer:

–Tráeme un jarro de sidra, tengo sed.

Y entró en la casa. La granjera se fue hacia la bodega, dejando solos a los visitantes.

La señora de Cadour, fuera de sí, balbuceó:

–Vámonos, Henry, vámonos.

D’Apreval la tomó del brazo, la levantó y, sosteniéndola con todas sus fuerzas, pues sentía que iba a caer, se la llevó, después de haber dejado cinco francos sobre una de las sillas.

En cuanto cruzaron la cerca, ella se echó a sollozar, sacudida por el dolor, y balbuceando:

–¡Oh! ¿Eso es lo que hizo usted con él?…

Él estaba muy pálido. Respondió en tono seco:

–Hice lo que pude. Su granja vale ochenta mil francos. Es una dote que no tienen todos los hijos de la burguesía.

Y volvieron despacio, sin agregar una palabra. Ella seguía llorando. Las lágrimas le brotaban de los ojos y le rodaban por las mejillas, sin cesar.

Al fin las lágrimas se detuvieron, y entraron en Fécamp.

El señor de Cadour los esperaba para cenar. Se echó a reír al verlos y exclamó:

–Muy bien, mi mujer se ha insolado. Me alegro. La verdad, creo que está perdiendo la cabeza desde hace un tiempo.

No respondieron ni uno ni otra; y cuando el marido preguntó, frotándose las manos:

–¿Hicieron al menos un buen paseo?

D’Apreval respondió:

–Encantador, querido amigo, absolutamente encantador.

 

(Tomado de www.lecturia.org)