Henry James
I
Habíamos estado hablando sobre Sam Scrope alrededor
del fuego –conscientes, todos nosotros, de la norma de mortuis. Nuestro anfitrión,
sin embargo, había permanecido en silencio, un poco para mi sorpresa, pues sabía
que había sido particularmente cercano a nuestro amigo. Pero una vez nuestro grupo
se hubo disuelto y me quedé a solas con él, avivó el fuego, me ofreció otro puro
mientras aspiraba el suyo con aire reflexivo, y me explicó la siguiente historia:
Hace dieciocho años Scrope y yo visitamos Roma juntos.
Era el comienzo de nuestra amistad y le había tomado cariño, tal y como suele suceder
cuando un joven sensible y reflexivo conoce a otro dinámico, irreverente y sarcástico.
Scrope sufría por aquel entonces del germen de las excentricidades –por no llamarlas
de modo más severo–, lo que lo convirtió posteriormente en un amigo de lo más insoportable,
con quien sin embargo no llegamos a perder nunca la relación. Ya entonces era lo
que se denomina una vara torcida; era cínico, perverso, engreído, obstinado y extraordinariamente
inteligente. Pero era joven, y la juventud, felizmente, convierte en inocentes muchos
de nuestros vicios. Scrope tenía sus virtudes; de no ser así, nuestra amistad no
habría prosperado. No era un hombre afable, pero era honesto a pesar del curioso
capricho que debo relatar, y la mitad del afecto que yo sentía por él estaba basado
en la sensación de que en el fondo, a pesar de su vanidad, disfrutaba de su propia
irritabilidad tan poco como el resto de la gente. Gustaba de aparentar indiferencia
ante todo, y aquello que los viajeros sentimentales consideran pintoresco le abatía
el ánimo. El mundo, no obstante, era nuevo para él y el encanto de las cosas delicadas
lo tomaba a menudo por sorpresa, robándole una parte de su cinismo prematuro. Mi
amigo, por lo demás, era un observador a pesar de sí mismo, un estudioso clásico
y puntilloso. Cuando estaba de buen humor, gracias a su gran memoria y amplios conocimientos,
resultaba ser también un excelente crítico y el más provechoso de los compañeros.
El diario juvenil que yo guardaba por aquellos días rebosa de alusiones cultas:
todas son de Scrope.
Durante mi experiencia romana me
dejé guiar preferentemente por el libre sentimiento antes que por la rigurosa razón.
De hecho, habíamos establecido un jocoso pacto entre nosotros mediante el cual,
en nuestros paseos, ya fueran de asueto o de carácter arqueológico, yo debía hacerme
cargo de toda la cuestión sentimental –los arrebatos, las reflexiones, los bocetos,
las citas de Byron. Scrope consideraba que yo era absurdamente byroniano y cuando,
al igual que los turistas de la época, exhalaba por mi parte poéticos suspiros acerca
del sometimiento de Italia al enemigo extranjero, él solía declarar que Italia no
tenía sino lo que se merecía, que era una tierra de vagabundos y cuentistas, y que
todavía tenía que encontrar a un italiano a quien pudiera considerar un hombre.
Le cité un extracto de Alfieri, según el cual la “planta humana” crecía en Italia
de forma más robusta que en ninguna otra parte, y él replicó que nada crecía fuerte
allí salvo los engaños, la pereza, la mendicidad y los parásitos. Por supuesto,
ambos decíamos más de lo que creíamos. Si nos encontrábamos en la campagna
con un pastor que, apoyado en su cayado nos miraba de modo misterioso bajo la sombra
de sus enmarañados rizos, yo proclamaba que era el hombre más hermoso del mundo
y solicitaba a mi amigo que se detuviera y me permitiera dibujarlo. Scrope tomaba
a este por un desaliñado espantapájaros y a mí por un poeta que dibujaba estupideces.
En ocasiones, me detenía por la calle para contemplar algún decadente palazzo
con un camisón remendado tendido en la ventana de la habitación principal, y aseguraba
a mi compañero que su hechizado abandono me llegaba más hondo que la perfecta y
cuadriculada fachada de la mansión ejemplar que mi tía Esther tenía en la calle
Mount Vernon. Entonces, él me cogía del brazo y, arrastrándome lejos, me pellizcaba
hasta que yo lograba liberarme de una sacudida, al tiempo que me abrumaba, a mí
y a mi palazzo, con un absurdo torrente de improperios. La verdad era que
la belleza de Italia, tanto en el hombre como en la naturaleza, le inquietaba y
le deprimía de una forma extraña. Scrope era consciente de ser una nota malsonante
en medio de tantas armónicas melodías; todo parecía decirle: “¿No desearías ser
tan dócil, adorable y despreocupadamente bello como nosotros?”. En el fondo de su
corazón, lo deseaba. Para apreciar la amargura de esta sorda hostilidad del entorno
italiano, debes recordar que el pobre muchacho era muy poco agraciado. Era menos
atractivo a los veinte años que a los cuarenta, pues cuando envejeció se puso de
moda decir que sus rasgos torcidos eran “distinguidos”. Pero hace unos veinte años,
en los albores de la estética moderna, no podría haber pasado ni por una extraña
forma de belleza. En una palabra, el pobre Scrope tenía un aspecto común: allí era
donde le apretaba el zapato. Ya sabes que en Italia casi todo tiene, en lo que a
la sensibilidad externa se refiere, lo que los artistas llaman estilo.
A pesar de nuestras teorías encontradas,
nuestra amistad en efecto maduró y pasamos muchas horas juntos, horas que estuvieron
profundamente aderezadas por la sensación de juventud y libertad. Las mejores, quizás,
fueron las que pasamos cabalgando por la campagna. ¿Recuerdas aquellos días
de comienzos de invierno en los que el sol es tan intenso como el que brilla en
junio en Nueva Inglaterra? ¿Recuerdas esas horas en las que los valles y las desnudas
y esbozadas colinas color púrpura yacen bañados en la amarilla luz italiana? En
un día como ese, Scrope y yo montamos sobre nuestros caballos en la explanada de
hierba frente a San Juan de Letrán, y cabalgamos por los anchos prados por los que
el Acueducto Claudio arrastra su pausada longitud, tropezando y desapareciendo aquí
y allá a lo largo de su extensión, bajo el peso de los siglos. Cabalgamos una gran
distancia –nos encontrábamos próximos a Albano– y nos detuvimos finalmente junto
a un muro ruinoso de poca altura, que parecía ser todo lo que quedaba de una antigua
torre. ¿Era realmente antigua o se trataba de una reliquia de una de las numerosas
fortalezas medievales que adornan el desierto herbáceo de la campagna? Ésta
era una de las preguntas que a Scrope, como competente clasicista, le gustaba considerar,
si bien cuando le hice notar el pintoresco efecto de la hilera de plantas silvestres
que coronaba el muro con sus translúcidos filamentos recortados contra el profundo
cielo azul, se encogió de hombros y dijo que sólo servían para que los ladrillos
se derrumbaran. Amarramos nuestros caballos a una cercana higuera silvestre y paseamos
alrededor de la torre. De pronto, en la parte soleada de aquella, descubrimos a
alguien que dormía sobre la hierba. Un muchacho yacía allí, profundamente dormido,
con la cabeza apoyada en un montón de piedras recubiertas de maleza. Una escopeta
oxidada descansaba en el suelo junto a él, y una cercana alforja vacía revelaba
que era un cazador desafortunado. Su profundo sueño parecía ser resultado de un
largo e infructuoso paseo matinal. Sin embargo, o bien era bastante inexperto o
se encontraba en muy poca necesidad, ya que la campagna es rica en caza menor
todos los meses del año o así era entonces, hace veinte años. Lo menos que podía
hacer dada mi reputación de byroniano era descubrir una elegancia despreocupada
y jovial en la actitud del muchacho. Una de sus piernas se extendía sobre la otra
y, mientras uno de sus brazos descansaba libre sobre la hierba, el otro se encajaba
debajo de su cabeza. Esta caía hacia atrás, dejando al descubierto un cuello joven
y fuerte. El sombrero le cubría los ojos, de manera que sólo su boca y su barbilla
quedaban a la vista.
–Un campesino estadunidense dormido
ofrece una imagen horrible –dije yo–, pero este joven patán romano, aquí roncando,
es realmente majestuoso.
“Patán” era una forma de hablar,
pues nuestro rústico Endimión, a juzgar por su vestimenta, era algo más que un simple
campesino. El joven se dio la vuelta nerviosamente y murmuró algo mientras lo observábamos
de pie.
–No es justo que lo despertemos –dije,
y pasé mi brazo por el de Scrope para alejarlo; pero él se resistió, y percibí que
algo le había llamado la atención.
En su cambio de postura, nuestro
pintoresco amigo había abierto la mano que descansaba sobre la hierba. La palma,
abierta, contenía un objeto de forma oval y color apagado, del tamaño de una pequeña
caja de rapé.
–¿Qué tiene ahí? –pregunté a Scrope;
pero este sólo respondió inclinándose para mirarlo–. Creo que nos estamos tomando
muchas libertades con este pobre hombre. Dejémoslo que termine su siesta en paz.
Y estuve a punto de alejarme; pero
mi voz lo había despertado. Levantó la mano y, con el movimiento, el objeto que
comparé con una caja de rapé atrajo la luz y emitió un brillo apagado.
–Es una gema, recién desenterrada
y recubierta de polvo –dijo Scrope.
El joven terminó de despertarse,
echó su sombrero hacia atrás, se nos quedó mirando y se sentó lentamente. Se frotó
los ojos para comprobar que no seguía soñando, miró entonces la gema, si acaso lo
era, introdujo la mano en su bolsillo de forma mecánica y nos dirigió una amplia
sonrisa.
–¡Plácido y sereno temperamento italiano!
–exclamé–. Un granjero de Nueva Inglaterra a quien hubiéramos molestado de esta
forma se habría despertado de modo mucho menos elegante.
–Pondré a prueba su amabilidad –dijo
Scrope–. Estoy decidido a averiguar lo que tiene ahí.
Scrope era muy aficionado a los pequeños
bric-à-brac y había registrado de arriba a abajo todas las tiendas de curiosidades
de Roma. Era una rareza de entre sus múltiples rarezas, pero encajaba lo suficientemente
bien con el resto de ellas. Lo que buscaba y valoraba en los viejos grabados y la
porcelana antigua no era, por lo general, la belleza en la forma ni una asociación
romántica, sino una confección paciente y elaborada, un cincelado elegante, un método
diestro.
–Buenos días –dije a nuestro muchacho–,
no teníamos intención de interrumpirlo.
Tras desperezarse, se levantó y permaneció
de pie ante nosotros observándonos bajo sus gruesos rizos, sonriendo todavía abiertamente.
Había algo muy simple –ligeramente estúpido– en su sonrisa, y me pregunté si no
sería algo retrasado. Era joven, aunque ya no era sólo un muchacho. Sus ojos eran
oscuros y serios pero brillaban con una luz cordial, y sus labios entreabiertos
mostraban el brillo de unos dientes blancos y fuertes. Su piel era de una profunda
y delicada morenez, sólo alejada de la vulgaridad por esa imprecisa y matizada palidez
común entre los italianos. Tenía la complexión de un joven Hércules; era, en definitiva,
un vagabundo tan apuesto como el que cualquiera pudiera desear para el primer plano
de un bucólico paisaje.
–No se ha ganado su descanso –dijo
Scrope, señalando la alforja vacía–, no tiene ningún pájaro.
Él miró hacia la bolsa y a Scrope,
y se echó a reír al tiempo que se rascaba la cabeza.
–No deseo matarlos –dijo–. He sacado
mi rifle porque es estúpido caminar con las manos vacías. Además, mi tío siempre
se queja de que no hago nada. Cuando me ve salir de casa con mi escopeta piensa
que tal vez, al menos, consiga mi cena. No sabe que el seguro está roto y que incluso
si tuviera pólvora y disparase, el viejo trabuco no funcionaría. Cuando me entra
hambre, duermo –y con su espléndida sonrisa dirigió la mirada hacia su reciente
lecho–. Puede que los pájaros se acerquen y se posen en mi nariz, pero no me despiertan.
A mi tío no se le ocurre nunca preguntarme qué es lo que he traído para cenar. Es
un hombre santo, vive de pan negro y de brotes.
–¿Quién es su tío? –pregunté.
–El padre Girolamo de Lariccia.
Miró nuestros sombreros y fustas;
nos hizo unas cuantas preguntas acerca de nuestro paseo, de nuestras monturas y
de lo que habíamos pagado por ellas. Inquirió asimismo sobre nuestra nacionalidad
y nuestro modo de vida en Roma. Finalmente se alejó para acariciar a nuestros caballos
y rascarles el hocico mientras pastaban.
–Guarda algo valioso allí –dijo Scrope,
mientras paseábamos detrás de él–. Es obvio que lo encontró en el suelo. La campagna
está aún llena de tesoros.
Al dar alcance a nuestro nuevo amigo,
este ocultó tras él su indistinguible botín y soltó una estúpida carcajada que puso
a prueba la paciencia de mi amigo.
–Este tipo es un idiota –exclamó–.
¿Cree que quiero arrebatarle la piedra?
–¿Qué es lo que tiene allí? –pregunté
amablemente.
–¿Qué mano desea? –preguntó él, todavía
riendo.
–La derecha.
–La izquierda –dijo Scrope, dudando.
El joven revolvió un poco más detrás
de él y acto seguido nos mostró su tesoro con un amplio gesto. Scrope lo cogió,
lo limpió cuidadosamente con su pañuelo e inclinó sus ojos miopes sobre él. Dejé
que lo examinara a su aire. Por mi parte, yo estaba más interesado en observar al
sobrino del padre Girolamo. Permanecía de pie observando seriamente a mi amigo,
que frotaba y raspaba la piedrecilla negra, y le sacaba brillo con su aliento. Finalmente,
la sostuvo en alto poniéndola a la luz. El muchacho frunció el ceño y se rascó la
cabeza. Trataba a todas luces de concentrar su atención en la delicada descripción
que esperaba por parte de mi amigo. Cuando miré hacia este último, advertí que se
había ruborizado violentamente y me incliné de inmediato para observar la piedra
yo también. Ésta era aproximadamente del tamaño de un huevo pequeño de gallina y
tenía un color parduzco. Etaba sucia y recubierta de barro por llevar largo tiempo
bajo tierra y una de sus caras era muy rugosa. Haciendo caso omiso a mis preguntas,
Scrope continuó rascando y puliendo. Finalmente, preguntó en un tono seco:
–¿Cómo logró dar con esto?
–Lo encontré bajo tierra esta mañana,
a unas dos millas de aquí –y el joven extendió la mano nerviosamente para recuperar
la piedra.
Scrope se resistió un momento, pero
tras pensarlo mejor se la entregó. Como un experto cazador, mostró instintivamente
una actitud en apariencia indiferente. Nuestro compañero miraba fijamente la piedrecilla,
dándole vueltas una y otra vez, y finalmente volvió a ocultarla detrás suyo con
su risa simplona.
–Aquí hay una magnífica oportunidad
–murmuró Scrope.
–Pero, en nombre del cielo, ¿qué
es? –requerí, impaciente.
–No me preguntes. Prefiero no dar
forma a mis suposiciones en voz alta… es inmenso… si resulta ser lo que creo que
es. Y aquí tenemos a este patán de risa tonta que lo reclama de manera prioritaria.
¿Qué debo hacer con él? Me gustaría golpearle la cabeza con el extremo de su trabuco.
–Supongo que te lo venderá si le
ofreces lo suficiente.
–¿Suficiente? ¿Qué sabe él lo que
es suficiente? No sabe distinguir un topacio de un nabo.
–¿Es un topacio, entonces?
–Mantente en silencio y no menciones
nombres. Debe venderlo por el precio de un nabo. Haz que te diga dónde lo encontró
exactamente.
Nos lo contó, sin reparo alguno,
sonriendo todavía de oreja a oreja. El muchacho había observado las marcas de un
rayo reciente en una vieja encina solitaria. (Una semana de tiempo bochornoso impropio
de la estación había en efecto culminado en una terrible tormenta eléctrica unos
días antes). El rayo, adentrándose en el suelo, había abierto un profundo y recto
orificio en el que se podría haber clavado una estaca. El árbol, resquebrajado,
había muerto, quedando sus raíces a la vista.
–No sé por qué –dijo nuestro amigo–,
pero al contemplar aquello introduje el cañón de mi viejo rifle en el agujero. Descendió
un tramo y se detuvo con un extraño ruido, como si golpeara una superficie metálica.
Lo empujé arriba y abajo, y escuché un sonido similar. Entonces me dije a mí mismo
“Hay algo escondido ahí… quattrini, tal vez; veamos”. Utilicé una de las
ramas astilladas de la encina a modo de pala. Excavé, rasqué y arañé y en veinte
minutos pesqué una pequeña y oxidada caja metálica. Estaba tan enmohecida que la
tapa y las paredes apenas eran más gruesas que una fina hoja de papel, y cuando
les di un golpe se deshicieron. La caja estaba llena de otros trozos de metal del
mismo tipo, que parecían haber sido los compartimentos de un estuche. También contenía
tierra húmeda, que había ido penetrando a través de los agujeros y las grietas.
La piedra se encontraba en el centro, incrustada en la tierra y en el moho. No había
nada más. Rompí la caja en pedazos y guardé la piedra. ¡Ecco!
Scrope, encogiéndose de hombros,
se hizo de nuevo con el enmohecido tesoro y nuestro amigo, mientras se lo entregaba,
declaró que tenía mil años de antigüedad. ¡Julio César lo había llevado en su corona!
–Julio César no llevaba corona, mi
querido amigo –repuso Scrope educadamente–. Puede que tenga mil años, y puede que
tenga diez. Puede que sea una… ágata, y ¡puede que sea sílex! No sé. Pero ¿no me
la vendería por casualidad…? –y la lanzó tres veces al aire, recogiéndola cuando
caía.
–Creo que es una piedra preciosa
–dijo el joven–. Uno encuentra aquí cosas valiosas cada día… ¿Por qué no me iba
yo a tropezar con algo como cualquier otro? ¿Por qué el rayo cayó justo en ese lugar
y no en ningún otro? ¡Fue enviado allí por mi patrón, el bendito San Angelo!
No era tan iluso después de todo;
o más bien se trataba de una desconcertante mezcla de simplicidad e inteligencia.
–Si de verdad lo quieres –dije a
Scrope–, hazle una oferta y acaba de una vez.
–“Acaba de una vez” se dice fácilmente.
¿Cuánto crees que aceptará como mínimo?
–Ignoro cual pueda ser su valor.
–Su valor no tiene nada que ver con
el asunto. Hacer una estimación de lo que vale sería como volver a meterla en su
agujero… él no tiene ni la más mínima idea de su posible estimación y no tiene por
qué saberla nunca.
Meditando un instante, Scrope contó
y arrojó sobre la hierba diez scudi de plata –el mismo número de dólares–.
Angelo –cuyo nombre conocíamos de forma implícita– los miró caer uno a uno pero
no hizo movimiento alguno para recogerlos. No obstante, sus ojos se iluminaron;
su simplicidad y su astucia debatían el asunto. El pequeño montón de plata era de
lo más atrayente; no lo era, sin embargo, cerrar un mal trato. El joven miró a Scrope
apelando en silencio a su justicia, lo que me conmovió profundamente. También conmovió
a mi amigo en cierta manera, pues tras un momento de duda arrojó otro scudo.
Angelo suspiró perplejo. Entonces, Scrope se dio media vuelta bruscamente y se dirigió
hacia su montura. Al momento siguiente, ambos estábamos ya sentados sobre nuestras
sillas. El joven continuaba contemplando su dinero.
–¿Está satisfecho? –preguntó mi compañero
con aspereza.
Angelo sonrió de forma extraña.
–¿Tiene usted una buena conciencia?
–preguntó.
–¡Váyase al diablo con su insolencia!
–exclamó Scrope, profundamente sonrojado–. ¿Qué le importa a usted mi conciencia?
–y espoleando vigorosamente a su caballo se alejó al galope.
Por mi parte, dirigí al joven un
gesto de despedida con la mano y me alejé lentamente. Al poco, me volví en la silla
para mirar hacia atrás. Angelo permanecía de pie, tal como lo habíamos dejado, mirándonos,
con su dinero todavía intacto. Pero ¡por supuesto que lo recogería!
Cabalgué junto a mi amigo en silencio,
cavilando acerca de su informal justicia. Era lo suficientemente joven como para
arrugarme ante la idea de ser considerado un puritano o un sofista, pero me parecía
intuir una falacia en la doble tasación del tesoro de Angelo que Scrope había llevado
a cabo. Si era un trofeo para él, también debía serlo para nuestro amigo, y diez
scudi –y uno más– era un exiguo pago para un trofeo. Me incomodó en cierta
forma descubrir que, de entre todas las personas, tenía que ser el estricto Sam
Scrope quien fuera capaz de una negociación que necesitaba de una ingeniosa explicación.
Tal como fueron las cosas, mi amigo ofreció por fin su aclaración –medio enojado,
como si supiera que su lógica era un tanto grotesca.
–¡Dilo, dilo, por amor de Dios! –exclamó–.
Sé lo que estás pensando… que engañé a ese iluso de cara bonita, ¿no…? ¡Y que, evidentemente,
no soy mejor que un impostor! Deja que te diga de una vez por todas que no me avergüenzo
de haber conseguido mi trofeo a ese módico precio. ¡Eran diez scudi o nada!
Si hubiera ofrecido un penique más le habría abierto sus ojos soñolientos. Era una
situación en la que había que dejar a un lado los escrúpulos y actuar. No se podía
confiar en que ese zonzo conservara semejante trofeo otra media hora; quién sabe
qué habría sido de él. Lo rescaté en nombre del arte, de la ciencia y del gusto.
Ni en sueños podría haber ofrecido el precio adecuado, ¿de dónde iba a conseguir
diez mil dólares para comprar una fruslería? Digamos que hubiera ofrecido cien…
nuestro pintoresco amigo, a pesar de su estupidez, ¡habría aguzado los oídos de
inmediato y no habría soltado la pieza! Habría pedido tiempo para reflexionar y
pedir consejo, y se habría apresurado a regresar al pueblo para preguntar a su tío,
el astuto y viejo sacerdote, el padre Girolamo. Los sabios del lugar se habrían
reunido en cónclave y habrían decidido… qué se yo, que debían viajar a Roma para
ver al Signor Castillani, o al director de las excavaciones papales. Alguien entendido
se habría enterado del asunto y habría informado al padre Girolamo de que su apuesto
sobrino se podría casar con una contessina pues había sido guiado hacia un
tesoro por medio de un milagro. Y cuando todo hubiera acabado, ¿dónde estaría yo
después de tantos esfuerzos? Dada la situación, hice uso del sentido crítico y,
considerando el asunto en su conjunto, tomé una decisión. Yo consigo mi trofeo y
el ingenioso Angelo obtiene un mes de diversión, que disfrutará. ¡Que se vaya a
dormir de nuevo y tenga dulces sueños! ¿Para qué quiere el dinero? ¡La riqueza lo
habría corrompido! Salvé además a la contessina, a quien estoy seguro que
habría maltratado. Por eso, si todos estamos satisfechos, ¿qué sentido tiene tu
pesimismo? Mi conciencia está tranquila, no soy ni más rico ni más pobre. No soy
más pobre, porque contra mis once scudi prevalece el hecho de haber ofrecido
un inofensivo regalo a un muchacho inocente; no soy más rico, porque –espero que
entiendas– nunca tuve la intención de cambiar la piedra por dinero. Ahí es donde
radica la delicadeza. No es nada más que una piedra, y todo el beneficio que obtenga
de ella será ver cómo la gente abre los ojos y contiene la respiración cuando la
haga brillar bajo la lámpara y les diga de qué piedra se trata.
–Entonces, ¿qué piedra es que sea
capaz de justificar todo este desánimo? –pregunté impetuosamente.
Scrope rompió a reír alegremente
para sí mismo y me dio unas palmaditas en el brazo.
–¡Pazienza! Espera hasta que
la veamos una noche de estas bajo la lámpara y entonces la haré brillar y te lo
diré. Primero debo estar seguro –añadió con una repentina seriedad.
Pero fue la euforia febril de su
tono y no su seriedad lo que me llamó la atención. Comencé a odiar la piedra porque
parecía haberlo corrompido. La ingeniosa descripción de sus motivos dejaba algo
en cierta forma sin explicar –algo casi inexplicable. Hasta en las naturalezas más
sencillas y sanas hay rincones oscuros e intrincados repliegues morales. Scrope
no era un ingenuo y, en virtud de su rebelde conciencia, se le habría podido considerar
malsano. De esta forma, y en este caso particular, llegué a juzgar su injusticia
como el fruto de una semilla maligna cuyo nombre me cuesta determinar. Todo en Italia
parecía acusarlo en silencio por su exigua habilidad para complacer, y la indefinible
gracilidad de la naturaleza y del hombre le hablarían siempre al oído para decirle
que era un cínico sobresaliente. Éste era el motivo real de su intolerancia hacia
mis raptos compasivos, motivo que lo animaba a obsequiarse entonces y de una vez
por todas con el sentido de una superioridad arrebatada, si no por las buenas, por
las malas, a alguna delicada forma de fastidiosa felicidad italiana. Esta es una
versión algo metafísica del asunto; en aquel momento imaginé el secreto, pero no
lo verbalicé.
Scrope no llevó su piedra a ningún
tasador ni pidió consejo arqueológico sobre ella. Se informó discretamente, como
si lo hiciera por mera curiosidad, de los mejores métodos para limpiar, pulir y
restaurar joyas antiguas y, provisto de delicadas herramientas y ácidos, cerraba
con llave la puerta de su habitación y medía la grandeza de su tesoro. No le hice
ninguna pregunta, pero lo veía profundamente ensimismado y cada día parecía más
convencido de que se trataba de una pieza única. Iba de un lado a otro silbando
y tarareando peculiares trozos de canciones, como un amante que acaba de ser aceptado.
Siempre que lo oía, me venía a la cabeza la repentina visión de nuestro amigo Angelo
mirándonos fija e inexpresivamente mientras nos alejábamos a caballo como un par
de raptores de una balada alemana.
Scrope y yo nos alojábamos en la
misma casa, y una noche, al final de la semana, después de que me hubiera acostado,
se acercó hasta mi habitación y me sacó del sueño sacudiéndome como si el edificio
estuviera en llamas. Adiviné su objetivo antes de que lo expresara, y envolviéndome
en mi batín me dirigí apresuradamente a su habitación.
–No podía esperar hasta mañana –dijo–,
acabo de darle un último toque, ¡aquí la tienes, en su esplendor imperial!
Allí estaba, en efecto, bajo la lámpara, reflejando
la luz desde su resplandeciente corazón, un espléndido topacio dorado sobre un cojín
de terciopelo blanco. Puso una lupa en mis manos y me urgió a que tomara asiento
en una silla cercana a la mesa. Observé que la superficie de la piedra estaba trabajada
mediante un elaborado intaglio, pero no estaba preparado para la singular
naturaleza de la imagen y la leyenda. En el centro aparecía una figura de cuerpo
entero desnuda, que al principio tomé por una deidad pagana. Identifiqué entonces
el orbe del soberano en una mano extendida, el cetro imperial cincelado en la otra,
y la corona de laurel sobre la baja frente. Alrededor de la superficie de la piedra,
cerca de los bordes, aparecía una cadena de figuras labradas –guerreros, caballos,
cuadrigas, y muchachos y muchachas entrelazados en elaborada confusión. Sobre el
conjunto de la imagen, en un friso cóncavo, se leía la inscripción:
DIVAS TIBERIUS CÆSAR TOTIUS ORBIS
IMPERATOR
La ejecución era extraordinariamente
delicada. Tras el potente cristal que yo sujetaba con la mano, las figuras revelaban
la perfección y el acabado de los mármoles más famosos y antiguos. El color de la
piedra era magnífico y, ahora que su pureza había sido restaurada, su tamaño se
antojaba prodigioso. Era en todos los aspectos una gema entre las gemas, un tesoro
de valor incalculable.
–¿No crees que valía la pena levantarse
para estrechar la mano del emperador Tiberio? –exclamó Scrope, tras observar mi
sorpresa–. Pobres estadunidenses decimonónicos como somos, y aun así se nos ha concedido
nuestra audiencia. Arrodíllate, extranjero, ¡estamos ante una magnífica presencia!
No trabajé en vano día y noche con mis trapos y limas. Dejé los siglos sin efecto…
restauré a un totius orbis imperator. ¿Te das cuenta, comprendes, palpita
tu corazón contra tus costillas? Es evidente que no como debiera. Aquí es donde
el César la llevaba, aburrido moderno… aquí, sobre su pecho, cerca del hombro, en
un marco de oro tallado, rodeada de perlas del tamaño de ciruelas, juntando las
dos partes de su rígida capa dorada. Era el broche de la púrpura imperial. ¡Tiemble,
señor! –y cogiendo la espléndida joya, la sostuvo ante mi pecho–. Ni dudas… ni objeciones…
ni reflexiones… o seremos enemigos mortales. ¿Que cómo lo sé…? ¿En qué me baso?
Simplemente, ¡tiene que ser así! Es demasiado valiosa como para haber sido ninguna
otra cosa. Es el intaglio más hermoso del mundo. Me reveló su secreto. A
lo largo de toda la semana pasada, mientras yacía aquí, me ha estado susurrando
latín clásico durante horas.
–¿Y te ha dicho cómo fue a parar
enterrada en esa caja de metal?
–Me lo ha dicho todo… más de lo que
puedo contarte ahora. Por el momento conténtate con admirarla.
Y admirarla fue lo que hice durante
un largo tiempo. Ciertamente, si la hipótesis de Scrope no era válida, debería haberlo
sido, y si el emperador Tiberio no había llevado nunca el topacio en su capa, no
por ello resultaba mucho menos imperial. El diseño, la leyenda, la forma de la piedra,
eran todos signos evidentes de que la joya había tenido una gran importancia.
–Sí, desde luego –dije yo–, es el
intaglio más bello de los que se conocen.
Scrope permaneció en silencio durante
un momento.
–Di de los que no se conocen –respondió
al fin–. Nadie debe saber de él nunca. Te pido que lo mantengas en secreto. No se
lo enseñaré a nadie más… excepto a mi prometida, si algún día la tengo. Pagué por
la posibilidad de que se convirtiera en algo grande. No podría pagar por la fama
de poseerlo. Sólo podría haber sido comprado con la fortuna de un príncipe. Ser
conocido como el poseedor de uno de los intagli más bellos del mundo haría
de mí un gran hombre, y no sería justo para nuestro amigo Angelo. Renunciaré a la
gloria y conservaré mi tesoro por su simple valor artístico.
–Y ¿cómo expresarías ese simple valor
artístico en scudi romanos?
–Es imposible. Fija la cifra que
quieras.
Miré de nuevo el topacio dorado,
brillante en su nido de terciopelo, y sentí que no podría haber fuerza alguna que
ocultara semejante negación de la oscuridad.
–Te recomiendo que lo pienses dos
veces antes de enseñárselo a tu prometida –dije al fin.
Ignoraba, cuando hablé, que mis palabras
resultarían oportunas, pues había dado por hecho vagamente que mi amigo estaba destinado
a prescindir de este elegante apéndice, de la misma forma que Peter Schlemihl, en
el cuento, estaba condenado a no tener sombra. Sin embargo, antes de que hubiera
transcurrido un mes, estaba en camino de comprometerse con una joven encantadora.
“El acercamiento es mucho”, dice Clough; especialmente, insinúa, el que se produce
en países extranjeros, y en el caso de Scrope, este acercamiento resultó particularmente
directo. Su prima, Mrs. Waddington, había llegado a Roma, y con ella una muchacha
que, aunque no era pariente en realidad, le ofrecía todas las oportunidades que
brindan los lazos de familia, añadidas al más lejano encanto de ser una joven a
quien no conocía. Adina Waddington era la hijastra de su acompañante, quien ocho
años antes se había casado con un viudo, padre de una niña. Mr. Waddington había
fallecido recientemente, y las dos damas comenzaban a abandonar su luto riguroso.
Estos oscuros símbolos de un dolor corriente las ayudaban a parecer unidas, como
de hecho lo estaban realmente, si bien Mrs. Waddington era sólo diez años mayor
que su hijastra. Aquella era una mujer excelente, sin otro defecto que no fuera
el de considerar que todo el mundo era tan bueno como ella, y el de hacer esperar
en ocasiones para la cena por estar dibujando una puesta de sol. Era robusta y gozaba
de un aspecto sano; se reía y hablaba ruidosamente y, por lo general, en las galerías
y en los templos, era motivo de que más de un estirado cuello inglés se girara.
Mrs. Waddington tenía obsesión por
las excursiones, y en Frascati y Tívoli impuso sobre diminutos burros su bien intencionada
corpulencia con un deleite tal que parecía demostrar que una pasión por el paisaje,
como todas las pasiones, es capaz de convertir al mejor de nosotros en alguien despiadado.
A menudo había escuchado decir a Scrope que detestaba a las mujeres bulliciosas,
pero perdonó a su prima su delicado entusiasmo y actuó en consonancia con su papel
de escolta y consejero natural. Scrope no era egoísta en el vulgar sentido de la
palabra y tenía una teoría muy concreta en relación a los sacrificios que un caballero
debe realizar para seguir las normas de la buena educación, pero aun así me sorprendió
la facilidad con la que las dos damas confiaron en su ayuda. La llave al misterio
era la que abría tantas cerraduras: estaba enamorado de Miss Waddington. Esta gozaba
de una dulce quietud que compensaba la exuberancia de la viuda. Me parecía que su
bello nombre de Adina tenía una cierta correspondencia mística con su personalidad.
Era de baja estatura, menuda y rubia, y su vestido negro proporcionaba una especie
de esplendor infantil a su hermosura. Llevaba su cabello de color rubio rojizo anudado
en centenares de bellas trenzas, como un peinado de un dibujo renacentista, y miraba
el mundo desde unos serios ojos azules, en los que, tras una fría timidez, parecía
brillar la trémula promesa de su franqueza una vez conociera a uno mejor. Nunca
accedió a conocerme lo suficientemente bien como para mostrarse absolutamente sincera
–hablaba muy poco y apenas intercambiábamos unas cuantas palabras al día–, pero
confieso que encontré un encanto perturbador en aquellos ojos. Como todo ello transcurrió
en silencio, no se produjo sin embargo daño alguno.
Scrope, en cambio, se aventuró a
confesar su amor –o al menos, a sugerirlo de forma suficientemente elocuente. Yo
no estaba tan enamorado como para sentir celos, y respiré de alivio cuando averigüé
su secreto; hizo que mi opinión sobre él mejorara de nuevo. La actitud que mi amigo
había adoptado respecto a la joya del pobre Angelo, a pesar de mis esfuerzos para
darle una justificación filosófica, había dado un incómodo giro a nuestra amistad.
Me preguntaba a mí mismo si realmente Scrope no tenía corazón y llegué incluso a
preguntarme si se encontraba en sus cabales. Pero he aquí que se presentó una pasión
afectuosa, sana y natural que sólo un hombre honesto podría sentir –una pasión que
ningún hombre podría experimentar sin convertirse en alguien mejor. Comencé a albergar
la esperanza de que la luz de sus delicados sentimientos derritiera su reticencia
a entregar a Angelo aquello que le pertenecía. Su mente y sus sentidos estaban cautivados;
durante un par de meses Scrope se olvidó por completo de sí mismo y dejó de utilizar
su amarga agudeza como defensa de su poco agraciado rostro. Su felicidad raramente
lo hacía mostrarse, como se dice, afectuoso, pero me daba cuenta de que estaba enormemente
satisfecho ante sus perspectivas. Más de una vez, cuando estábamos juntos, se reía
de sus propios pensamientos de una forma nerviosa y extravagante, e interpreté,
por su rechazo a compartirlos a cambio del penique que uno podría ofrecerle en semejantes
circunstancias, que se trataba únicamente de la divertida sorpresa que sentía ante
su buena suerte. ¿De qué manera había logrado agradar a esa exquisita criatura?
Como era de esperar, la muchacha fue si cabe más reservada sobre su punto de vista
del asunto. Mrs. Waddington y yo, sin embargo, al no estar enamorados el uno del
otro, no teníamos otra cosa que hacer sino murmurar sobre nuestros compañeros siempre
que (lo cual era muy a menudo) nos relegaban a un tête-à-tête.
–No me cuenta nada –dijo la jovial
viuda–; y antes de dar la solución a un acertijo, tengo que verlo bien claro. Mi
primo no es lo que se dice atractivo, pero aun así creo que Adina está interesada
en él. ¿Cómo podemos usted y yo conocer la manera en que la pasión lo haya podido
inspirar y transformar? ¿Y quién puede predecir lo que una soñadora muchacha es
capaz de hacer con esa terrible y pequeña pieza de maquinaria que es su corazón?
Adina es una muchacha especial; es extraña, pero no caprichosa. Por lo que sé, puede
que admire a mi primo precisamente por su fealdad y su extravagancia. Muy probablemente
ha decidido que desea un marido intelectual, y si bien Mr. Scrope no es atractivo,
ni frívolo, ni extremadamente educado, hay una gran probabilidad de que sea sabio.
La razón por la cual Adina había
tomado a mi amigo en consideración era, no obstante, asunto suyo, pero que le prestaba
atención era un hecho, y lo hacía con un dulce afán que de seguro lo había halagado
y cautivado.
Por nuestra parte, raramente hablábamos
del topacio imperial; no parecía ser un asunto al cual referirse a la ligera. En
verdad, puede que la piedra provocara cierta seriedad en quien la poseyera y él
solo recuerdo de su lustre yacía como un peso en mi propia conciencia.
Cuando perdimos de vista a nuestro
amigo Angelo, había presentido que, de una forma u otra, volveríamos a saber de
él; pero las semanas transcurrían sin que reapareciera y mis conjeturas, en lo que
concernía a las consecuencias del extraordinario trato que el muchacho había llevado
a cabo, continuaron sin respuesta. Llegó la Navidad, y con ella las ceremonias habituales.
Scrope y yo tomamos las requeridas y enérgicas medidas –era un asunto, como sabes,
de puños, codos y rodillas– y conseguimos asientos para las dos damas en la Misa
del Gallo de la Capilla Sixtina. Mrs. Waddington se encontraba bajo mi especial
cuidado y al salir nos dimos cuenta de que habíamos perdido de vista a nuestros
compañeros entre la multitud. Esperamos durante un rato en la Columnata, pero no
aparecieron entre los transeúntes y supusimos que habrían regresado a casa por su
cuenta, esperando que nosotros hiciéramos lo mismo. Pero al llegar a casa de Mrs.
Waddington descubrimos que no habían llegado todavía. Como su ausencia prolongada
exigía una explicación, se me ocurrió que podían haber entrado en la Basílica de
San Pedro con los otros asistentes a la misa, y que estarían contemplando el titileo
de las velas en la oscura inmensidad de la iglesia. No era del todo adecuado que
una muchacha se paseara a las tres de la madrugada con un joven muy “poco atractivo”;
pero “después de todo”, dijo Mrs. Waddington, “ella es casi su prima”. Para cuando
regresaron, ella era mucho más. Fui a casa, me acosté y dormí tanto como las campanas
de Navidad me lo permitieron. Al levantarme, llamé a la puerta de Scrope para felicitarlo
las fiestas, pero cuando me abrió, me di cuenta de que esas banales felicitaciones
no estaban a la altura de las circunstancias. Tras su regreso, mi amigo se había
arrojado sobre la cobertura de la cama y se encontraba sólo a medio vestir. Como
imaginé, había visitado San Pedro con Adina y habían comprobado que las titilantes
velas eran tan pintorescas como cabía esperar. Scrope se paseó nerviosamente durante
unos instantes por la habitación, y advertí que deseaba decirme algo. Lo pronunció,
al fin.
–Debo decirte que me ha aceptado.
Estoy prometido. Soy lo que se dice un hombre feliz.
Como era de esperar, le deseé lo
mejor para la ocasión y le aseguré, con ardiente convicción, que había elegido bien.
Miss Waddington era la más adorable, pura e interesante de las muchachas. Pude ver
que agradecía mi simpatía, pero le desagradaba expresarlo y se contentó, al tiempo
que me daba la mano, con decir simplemente: “Oh sí; ella es la adecuada”. Dio dos
o tres vueltas más alrededor de la habitación, pero entonces se detuvo repentinamente
frente a su mesa de aseo y extrajo una bandeja del neceser. Allí descansaba el gran
intaglio, más grande incluso de lo que me habría atrevido a presumir.
–Sería un bello regalo para una prometida
–dijo, tras mirarlo fijamente por unos instantes–. ¿Cómo lo llevaría… cómo podría
ponérselo?
–Solo podría haber una manera –repuse
yo–; como un gran medallón, pendiendo de un collar. Es innegable que iluminaría
mucho más el mundo sobre el pecho de una mujer hermosa que guardado aquí, entre
tus cepillos y cuchillas. Pero, en mi opinión, sólo un cierto tipo de belleza podría
lucirlo adecuadamente… una belleza espléndida y morena, con la frente de una emperatriz
romana y los hombros de una estatua antigua. Una joven rubia y delgada de ojos azules
y dulce sonrisa parecería estar de alguna forma sobrecargada con él, y si lo viera
colgando, por ejemplo, alrededor del blanco cuello de Miss Waddington, tengo la
impresión de que tiraría de ella hacia el suelo infligiéndole un misterioso dolor.
Creo que Scrope se molestó ligeramente
por esta crítica tan elegantemente hilada, pero sonrió mientras recogía la bandeja.
–Puede que Adina no tenga los hombros
de la Venus de Milo –dijo–, pero espero que si debe inclinarse lo haga por algo
más importante que por esta chuchería.
No siempre voy a la iglesia el día
de Navidad, pero sí tengo la vieja costumbre de dar un paseo solitario, haga el
tiempo que haga, y reflexionar, si surgen, sobre asnillos cristianos. Estas eran
unas Navidades meridionales, sin nieve en el suelo, ni el sonido en el aire de las
campanillas de los trineos o el humo de las abarrotadas hogueras elevándose hacia
un cielo frío y azul. El día era templado, casi cálido; el cielo se mostraba gris
y sin sol. Si estaba dispuesto a abrigar pensamientos cristianos, confieso que los
busqué entre recuerdos paganos. Me paseé por los foros y me dirigí entonces hacia
el Coliseo. Éste estaba vacío excepto por una única figura, que se sentaba en las
escaleras al pie de la cruz, en el centro –un hombre aparentemente joven, que se
inclinaba hacia delante, inmóvil, con los codos sobre las rodillas y la cabeza enterrada
entre las manos. Como no se movió ni me observó cuando pasé cerca de él, me dije
que, estando tan inmensamente absorto a la sombra del signo de la redención, tal
vez pudiera pasar por una imagen de un juvenil arrepentimiento. Dado que no se movía
en absoluto, me pregunté si no se trataría de una pasión más profunda que el arrepentimiento.
De repente levantó los ojos, y reconocí a nuestro amigo Angelo –no inmediatamente,
sino en respuesta a un movimiento gradual de reconocimiento en su propio rostro.
Aunque habían pasado siete semanas desde nuestro encuentro, su aspecto era el de
un hombre tres años mayor. Me pareció que había perdido peso y ganado expresión.
Su sonrisa simplona había desaparecido; no había rastro de ella en la tímida desconfianza
de su saludo. Parecía más serio, más viril y mucho menos rústico. Vestía prendas
nuevas de corte ostentoso, aunque las llevaba de forma descuidada y aparecían salpicadas
de barro. Recuerdo que llevaba una corbata de un encendido color naranja, que armonizaba
admirablemente con su pintoresco aspecto. No había duda de que se hallaba muy alterado,
tanto como si hubiera hecho un viaje alrededor del mundo. Le ofrecí mi mano y le
pregunté si me recordaba.
–¡Per Dio! –exclamó–, claro
que sí.
Incluso su voz parecía haber cambiado;
era más rica y dura. Se le notaba resentido y me pregunté cómo se le habrían abierto
los ojos, que fijó en mí con un mudo reproche, medio suplicante, medio amenazador.
Era obvio que tras reflexionar una y otra vez acerca de su exiguo trato, la sensación
de error había llegado a transformarse en una especie de ahogado temor. Observé
todo esto con compasión conmovedora, pues me parecía que se había desprendido de
algo incluso más preciado que su intaglio imperial: había perdido su inocencia
infantil esa bucólica paz espiritual que lo había llevado a dormitar tan elegantemente
con su cabeza entre las flores. Sin embargo, y a pesar de su resentimiento, el muchacho
conservaba su ingenuidad.
–¿Dónde está el otro… su amigo? –preguntó.
–Está en casa… se encuentra todavía
en Roma.
–Y la piedra… ¿qué ha hecho de ella?
–Nada. Todavía la conserva.
Sacudió la cabeza tristemente.
–¿Me la devolvería por veinticinco
scudi?
–Me temo que no. Le tiene mucho aprecio.
–Lo creo. ¿Me permitirá verla?
–Eso debe preguntárselo a él. No
se la enseña a nadie.
–Tiene miedo de que se la roben,
¿eh? ¡Eso prueba su valor! ¿No se la ha enseñado a un joyero… a un, cómo se dice…
a un lapidario?
–A nadie, créame.
–Pero ¿la limpió y la pulió? ¿Descubrió
lo que es?
–Es muy antigua, es difícil de decir.
–¡Muy antigua! Por supuesto que es
antigua. Tiene más años que los escudos que me proporcionó. ¿Cómo es? ¿Es roja,
azul, verde, amarilla?
–Bueno, amigo mío –dije, tras unos
momentos de duda–, es amarilla.
Me dirigió una mirada escrutadora.
A continuación, exclamó rápidamente:
–Es un topacio.
–Efectivamente.
–Y está tallado… ¡eso pude verlo!
Es un intaglio. Conozco los nombres, y he pagado suficiente por mi aprendizaje.
¿Qué es la figura? ¿La cabeza de un rey… de un papa, tal vez? ¿O el retrato de alguna
bella mujer sobre la que haya leído?
–Es la figura de un emperador.
–¿De cuál?
–Tiberio.
–¡Corpo di Cristo! –su rostro
se encendió, y sus ojos se llenaron de furiosas lágrimas.
–Bueno –dije yo–, veo que lamenta
haberse separado de la piedra. Alguien le ha informado y le ha causado un disgusto.
–¡Todo el mundo, per Dio!
Como el perfecto idiota que fui, no pude guardarme el desatino para mí. Me dirigí
a casa con mis once scudi, pensando que nunca se me acabarían. Lo primero
que hice fue comprar una horquilla dorada a un vendedor ambulante y regalársela
a Ninetta… una muchacha de mi pueblo, de quien soy amigo. La puso entre sus trenzas,
se miró al espejo, y entonces me preguntó cómo me había convertido en tan rico de
repente. “Oh, soy más rico de lo que piensas”, dije yo, y enseñándole el dinero
le conté la historia de la piedra. Ella es una muchacha muy inteligente, sólo alguien
muy astuto podría replicarle y salirse con la suya. Se rio en mi cara y me dijo
que era un idiota, que la piedra valía seguramente quinientos scudi; que
mi forestiere era un despiadado granuja y que debería haberla traído para
enseñársela a mis mayores y amigos; en resumidas cuentas, que podía tomar su palabra
de que había tenido una fortuna en mi mano y la había arrojado a los perros. Y,
para terminar este dulce discurso, se quitó la horquilla y me la arrojó a la cara.
No deseaba volver a verme nunca; antes se casaría de buen grado con un mendigo ciego
en un cruce de caminos. ¿Qué podía decir? Ninetta tenía una hermana que era doncella
de una elegante dama en Roma, una marchesa, quien poseía un valioso collar
hecho de viejas y bellas piedras recogidas en la campagna. Me alejé con la
cabeza baja y maldiciendo mi estupidez: arrojé mi dinero a la basura y lo pisoteé.
Finalmente, para tranquilizarme, fui a beber una foglietta a la taberna.
Allí encontré a tres o cuatro muchachos que conocía y les invité varias rondas;
odiaba mi dinero y quería deshacerme de él. Como era de esperar ellos también deseaban
saber cómo me bahía llenado los bolsillos. Les conté la verdad. Esperaba que sus
comentarios fueran más esperanzadores que los que me dio la bruja de Ninetta, pero
golpearon la mesa con sus vasos y se burlaron de mí en grupo. Cualquier burro que
estuviera pastando y que hubiera encontrado semejante tesoro con su hocico lo habría
tomado entre sus dientes y lo habría llevado a casa de su dueño. Poco consuelo hallé
en estas palabras y ahogué mi rabia en el vino. Vacié una botella tras otra, y por
primera vez en mi vida me emborraché. Pero ¡no puedo hablar de aquella noche! Al
día siguiente cogí lo que quedaba de mi dinero y se lo entregué a mi tío, quien
lo miró fijamente y me dijo que esperaba que lo hubiera conseguido de forma honesta.
Le pedí que lo donara a los pobres, que comprara velas nuevas para su iglesia, o
que dijera misas para la redención de mi alma blasfema. Me sentí con ánimos y le
conté la historia también a él. Me escuchó en silencio, mirándome a través de sus
lentes. Una vez hube terminado, revolvió el dinero entre sus manos y se sentó por
unos minutos con los ojos cerrados. De repente, lo arrojo de nuevo hacia mí. “Guárdalo…
guárdalo, hijo mío”, me dijo, “tu inteligencia nunca te dará de comer, ¡aprovecha
lo que tienes!”. Desde entonces, como puede imaginar, he estado como loco. No puedo
pensar sino en la fortuna que he perdido.
–¡Oh, una fortuna! –dije desdeñosamente–.
Exagera usted.
–Habría sido una fortuna para mí.
Una voz me habla continuamente al oído noche y día, diciéndome que podría haber
conseguido cien scudi.
Me temo que me sonrojé; me alejé
un momento y cuando miré de nuevo al joven su rostro se mostraba encendido.
–¿Tiberio, eh? Un emperador romano
esculpido en un gran topacio… ¡esa es fortuna suficiente para mí! Su amigo es un
granuja… ¿lo sabe? No lo digo por usted; su rostro me agrada y creo que, si pudiera,
me ayudaría. Pero su amigo es un pequeño y feo monstruo. No sé por qué demonios
confié en él. Vi que no me quería bien. Si hubo alguna vez alguien inofensivo, ese
era yo. ¡Ecco! Es mi destino. Está bien que lo diga; lo digo y lo repito,
pero decirlo me ayuda tanto como un vaso vacío pueda apagar la sed. Ya no soy inofensivo.
Si me encuentro a su amigo y rechaza hacerme justicia, no responderé de estas dos
manos. Como ve… son fuertes; ¡podría estrangularlo fácilmente! Oh, primero hablaré
con él educadamente, pero si me desprecia y me responde con maldiciones en inglés,
¡pensaré únicamente en mi venganza!
Y con un gesto vehemente se deshizo
de su sombrero y lo arrojó al suelo. Permaneció de pie limpiándose las gotas de
sudor de la frente.
Le respondí brevemente, pero de forma
suficientemente educada y le dije que dejara el caso en mis manos, que regresara
a Lariccia y que intentara encontrar una ocupación que lo distrajera de su agravio.
Confieso que incluso cuando le di este respetable consejo sólo lo creía a medias.
El deber del pobre Angelo no era llegar a la virtud a través de la tribulación.
Su naturaleza indolente, activa únicamente por el sentimiento inmediato, habría
encontrado mi prescripción de trabajo sano más intolerable incluso que su agravio.
Se quedó mirándome tristemente y no respondió, pero reconoció que mi interés por
él era sincero y me prometió que, al menos, abandonaría Roma y confiaría en que
iba a defender su causa con imparcialidad. En el caso de que tuviera buenas noticias
debía dirigirme a él en Lariccia. Así fue como supe su nombre y apellido –un nombre,
ciertamente, que debería haber sido para su portador una especie de talismán contra
los problemas–, Angelo Beati.
II
Sam Scrope se mostró profundamente molesto cuando comencé
a explicarle mi encuentro con nuestro amigo, y advertí que en su corazón todavía
le quedaba un fondo de inquina, intensamente hostil a la imparcialidad. Era propio
de su peculiar carácter que su felicidad de amante aceptado no lo hubiera predispuesto
a elegantes concesiones. Consideraba su dicha como algo estrictamente privado y
estaba tan poco dispuesto a esparcir su influencia como lo habría estado de donar
a la caridad el plato sin terminar de una selecta cena.
Aun así, creo que él podría haber
admitido de forma algo reticente que había un punto de razón en la reclamación de
Angelo si yo no hubiera sido tan imprudentemente preciso en mi relato de nuestro
encuentro. En efecto, me había quedado impresionado por el llamativo y trágico estado
en el que había encontrado al pobre chico y, para hacer justicia a la escena, di
cuenta de cómo había arrojado su sombrero al suelo a modo de desafío y de cómo habló
de su venganza. Al escucharlo, Scrope se mostró ferozmente indignado y dictaminó
que Angelo era un mequetrefe teatral, si bien me permitió que le escribiera unas
líneas para decirle que hablaría con él un par de días más tarde. Me sorprendió
que accediera a verlo, pero percibí que estaba haciendo un esfuerzo consciente para
no eludir ninguno de los aspectos desagradables del asunto.
–No permitiré que patalee y grite
aquí en nuestra casa –dijo–. Lo veré también en el Coliseo.
Terminó de escribir y envié a Lariccia
sus tres líneas de incorrecto pero educado italiano.
Habría sido mejor –muchísimo mejor–
que no se hubieran visto nunca. Scrope me pidió a su regreso que lo excusara de
repetir lo que había ocurrido entre ellos; sólo me hizo saber que consideraba a
Angelo un mocoso desvergonzado y que esperaba no volver a saber de él nunca más.
Le pregunté si nuestro amigo había recibido, al fin, algún tipo de compensación.
“¡Ni un céntimo!”, exclamó Scrope, y abandonó la habitación. Evidentemente los dos
jóvenes habían sido una fuente de inagotable y mutua ofensa. Angelo había prometido
hablarle de forma honesta, y me inclinaba a pensar que había sido así; pero el mero
cambio en su aspecto, por el que parecía haber desafiado la simpatía de mi amigo
de una forma en exceso categórica, había producido el irritante efecto de una amenaza.
Scrope se había mostrado desdeñoso, y su italiano torpe y descortés sin duda lo
había hecho parecerlo más. Uno no puede tratar a los italianos con desprecio; quienes
los conocen han aprendido lo que puede conseguirse mediante unas concesiones moderadas
y superficiales. Angelo había respondido de forma airada y, como supe más tarde,
había exigido su derecho a la restitución del topacio a cambio de la suma que había
recibido. Scrope replicó que si utilizaba ese tono no obtendría nada en absoluto,
a lo que el ofendido joven contestó mediante imprudentes e insultantes amenazas.
Ignoro lo que les impidió recurrir a los puños; por parte de mi amigo, al menos,
no había el menor rastro de arredramiento. Al parecer, Angelo no había considerado
tan fácil el estrangular a Scrope teniéndolo cara a cara, y esa pequeña dosis de
discreción que suele mezclarse en todas las pasiones italianas había aconsejado
al joven que pospusiera su venganza. Sin embargo, y sin adoptar un punto de vista
melodramático de los acontecimientos, tuve la impresión de que Scrope corría un
gran riesgo. No tenía tal vez una certera visión de un asesino envuelto en una capa
acechando bajo un oscuro pasaje, pero creía absolutamente posible que Angelo pudiera
convertirse en alguien sumamente desagradable. El simple hecho de que fuera contando
su historia por toda Roma a quien quisiera escucharlo podía ser una seria molestia;
aunque de hecho Scrope tenía la ventaja de que la mayoría de la gente no creería
en la existencia de una gema sobre la cual su propietario estaba tan poco dispuesto
a presumir. La situación en sí, de todos modos, me producía un serio nerviosismo.
Maldecía un día a mi compañero por ser más ambicioso que el judío Shylock, y le
compadecía al siguiente por ser la víctima de un espejismo moral. Si le diéramos
tiempo, entraría en razón y compensaría con creces al pobre Angelo. Mientras tanto,
sin embargo, yo no podía hacer nada porque sentía que era más que inútil sugerir
a Scrope que se encontraba en peligro. Se habría burlado de la idea de que un italiano
chismoso pudiera alejarle un milímetro del camino que había escogido.
Soy incapaz de decir si la “imprudencia”
de Angelo había parecido descargar a mi amigo, en general, de su intención de ocultar
el intaglio; de todos modos, unas pocas palabras de Miss Waddington un par
de noches más tarde, me recordaron la excepción que en un principio había hecho
a su promesa. Mrs. Waddington estaba sentaba al piano, descifrando una nueva pieza
musical, y Scrope, aficionado a los enigmas y como si de uno se tratara, simulaba
medio en broma supervisarla y corregirla.
–Lo vi –me dijo Adina, con ojos serios
y dilatados–; vi el maravilloso topacio. Me dijo que usted conoce el secreto. No
quiso relatarme cómo lo obtuvo. Espero que fuera de forma honesta.
Traté de reírme.
–No debe analizar demasiado detenidamente
la honestidad de los cazadores de antigüedades. Según su código, apenas si es deshonroso
obtener un desprendido camafeo o una caja de rapé utilizando los medios que un carterista
emplearía para conseguir un monedero.
Ella me miró con una tímida sorpresa,
como si hubiera hecho realmente una broma cruel.
–Él dice que uno de estos días debo
llevarlo a modo de medallón –continuó–. Sin embargo, no lo haré. La piedra es hermosa,
pero me sentiría muy incómoda llevando al emperador Tiberio tan cerca de mi corazón.
¿No fue uno de los emperadores malvados… uno de los peores? Es casi impuro heredar
de forma tan directa algo que él miró y tocó. En mi opinión su imagen desvirtúa
en cierta forma la belleza de la piedra y estoy muy agradecida de que Mr. Scrope
la guarde fuera de la vista.
Esta me pareció una disposición muy
favorecedora en un ángel rubio originario de Nueva Inglaterra.
Los días transcurrían y la venganza
de Angelo todavía se hacía esperar. Scrope nunca se encontró con su destino al torcer
una de las oscuras calles de Roma; regresaba puntualmente a casa cada noche a las
once. Por mi parte me preguntaba si nuestro pensativo amigo había consumido ya la
siniestra fuerza de una naturaleza formada para ser perezosamente satisfecha. Eso
esperaba, pero me equivoqué. Una tarde habíamos ido a pasear –las damas, Scrope
y yo– por la encantadora Villa Borghese y, para escapar del ruido del mundo moderno
y de su ajetreo, nos habíamos alejado hasta una esquina poco frecuentada donde un
viejo muro enmohecido, unos esbeltos y negros cipreses y la hierba salvaje constituían
bajo el espléndido cielo romano la más armoniosa de las imágenes. No muy lejos había
un hemiciclo de piedra recubierto de musgo y unos bancos resquebrajados con pies
de grifo, donde uno podía sentarse a conversar observando cómo los lagartos correteaban
al sol. Llevábamos allí una media hora cuando Adina avistó la primera violeta del
año brillando a los pies de un ciprés. Se levantó apresuradamente para recogerla,
y entonces se alejó, con la esperanza de encontrar algunas más. Scrope estaba sentado
y observaba cómo la muchacha se distanciaba lentamente, siguiéndole su sombra de
cerca sobre la hierba mientras inclinaba su cabeza hacia uno y otro lado en su encantadora
búsqueda. Sé que si mi amigo no se unió a ella no fue porque no sintiera un impulso
de hacerlo, sino porque adoraba observarla desde donde se sentaba. Su búsqueda la
alejó cierta distancia y finalmente la muchacha se perdió de vista tras una curva
del muro de la villa. Mrs. Waddington sugirió entonces que la alcanzáramos, y fuimos
hacia ella. No habíamos recorrido mucho camino antes de que Adina reapareciera,
mirando por encima de su hombro mientras se dirigía hacia nosotros con apariencia
de contenida perturbación. En seguida percibí que alguien la seguía; había un hombre
muy cerca detrás de ella –un hombre en quien, con una segunda mirada, reconocí a
Angelo Beati. Adina estaba pálida; era evidente que algo había ocurrido entre los
dos. Para cuando la joven se reunió con nosotros, ya nos encontrábamos cara a cara
frente a nuestro amigo, cuyo rostro se mostraba asimismo demacrado. En contraste
con esas dos palideces, Scrope había enrojecido violentamente. Temí que se produjera
un enfrentamiento y me acerqué a Angelo para impedirlo. Pero para mi sorpresa, este
tenía otros planes. Dirigió a cada uno de nosotros el turbio brillo de sus ojos
y suspendió su mano en el aire como diciendo en respuesta a mi muda acusación, “Déjenme
solo, sé lo que hago”. Intercambié una mirada con Scrope, urgiéndolo a que se fuera
con las damas y me dejara tratar con el intruso. Miss Waddington se detuvo y contempló
a Angelo con una discreta atención. Su prometido, para alejarla, la tomó del brazo
de forma casi brusca, y al retirarse junto con él pude ver cómo la muchacha se sonrojaba
levemente. Mrs. Waddington, ignorante de cualquier malevolencia, no vio otra cosa
que un atractivo joven.
–¡Qué maravillosa criatura para un
boceto! –escuché que exclamaba mientras seguía a su hijastra.
–No voy a hacer nada –dijo Angelo
con una oscura sonrisa–. ¡No se asusten! Sé lo que son los buenos modales. En estas
tres semanas que llevo rondando en Roma he aprendido a hacerme pasar por un caballero.
¿Quién es la muchacha?
–Mi querido amigo, no es asunto suyo.
Espero que no haya tenido la osadía de hablarle.
Angelo permaneció en silencio por
unos momentos, observando a la joven conforme se alejaba del brazo de su acompañante.
–Sí, hablé con ella… y me entendió.
No se preocupe, no dije nada que no debiera oír. Pero tal como fueron las cosas,
lo entendió. Es la amica de su amigo; lo sé. Los he estado observando durante
media hora tras aquellos árboles. Es maravillosamente hermosa. Me despido, no les
deseo mal alguno, pero dígale a su amigo que no lo he olvidado. Sólo espero mi oportunidad,
y creo que llegará. No deseo matarlo, ¡quiero proporcionarle un dolor al que pueda
sobrevivir y pueda sentir para siempre!
Comenzó a alejarse, pero se detuvo
y miró a mis compañeros hasta que desaparecieron.
–Al final tiene algo más que su parte
de buena suerte –dijo, con una especie de forzada frialdad–. ¡Un topacio… y una
perla! ¡Los dos al mismo tiempo! ¡Adiós!
Y se alejó rápidamente, agitando
la mano. Dejé que se marchara. Me sentía insatisfecho, pero su inesperada sobriedad
me dejó sin nada que decir.
Cuando tiene lugar un acontecimiento
sorprendente, tendemos a perder una gran cantidad de tiempo intentando recordar
las señales y los presagios precisos que lo precedieron, y cuando parece haber menos
de los que debería, no tenemos escrúpulo alguno en imaginarlos… los inventamos después
de lo que ha pasado. No pretendo por tanto estar seguro de que, a partir de ese
momento, algo extraño me llamara especialmente la atención en nuestra callada Adina.
Ella siempre me había parecido extraña de una forma imprecisa e inocente; parte
de su encanto residía en que en el transcurso silencioso y cotidiano de su vida,
un místico zumbido parecía murmurar: “¡No me conocen en absoluto!”. Tal vez nosotros,
tres prosaicos mortales, no éramos dignos de conocerla; pero creo que si un experimentado
hombre de mundo me hubiera confesado un día, tomando una copa de vino después de
que Miss Waddington se hubiera retirado discretamente de la mesa, que allí había
una joven que más tarde o más temprano proporcionaría a sus amigos una sorpresa
de primera clase, habría apoyado un dedo sobre su manga y le habría dicho con una
sonrisa que había verbalizado mis propios pensamientos. ¿Permanecía Adina más callada
de lo que era habitual en ella? ¿Se encontraba inquieta, melancólica o alterada?
De alguna forma extraña, tuvo que haber pasado por todas estas experiencias, pero
de hecho, para el ojo ajeno seguía siendo una bellísima muchacha rubia, que sonreía
más de lo que hablaba y que aceptaba la devoción de su prometido con un recato encantador
que sabía mucho más a humildad que a condescendencia. Me parecía inútil informar
a Scrope sobre la declaración del joven italiano, según la cual él había hablado
con ella, y el pobre Sam nunca me confesó si había llegado a preguntar a Adina porque
albergara la sospecha, ni si ella le había dado alguna explicación al respecto.
Por mi parte estaba seguro, sin embargo, de que la muchacha y su prometido habían
intercambiado algunas preguntas y respuestas, y me pregunté a mí mismo qué demonios
habría querido decir Angelo al apuntar que ella le había entendido. ¿Qué había entendido?
Desde luego, no la historia de cómo Scrope había obtenido la joya. Era evidente
–aunque improbable– que Angelo había tenido tiempo de contársela, pero resultaba
extraño que Adina no hubiera solicitado con franqueza una explicación. Rompí el
hielo por fin y le pregunté a Scrope si suponía que Miss Waddington tenía motivos
para asociar el gran intaglio con el atractivo joven que se había encontrado
en la Villa Borghese.
Mi pregunta le ocasionó un visible
malestar.
–¿Atractivo? –masculló–. ¿Te dijo
que lo consideraba atractivo?
–En absoluto. ¡Pero lo es! Al menos
debes permitirle eso.
–No se había peinado en una semana,
si eso es lo que quieres decir. Pero es un encanto que dudo que Adina aprecie. De
lo que no hay duda –añadió tras una pausa–, es de que ha cogido al topacio una manía
incomprensible. Afirma que el emperador Tiberio lo desvirtúa. Eso es llevar las
antipatías históricas demasiado lejos: imaginaba que nada podría estropearle una
joya a una hermosa mujer. Parece que ese granuja habló con ella –dijo finalmente.
–¿Qué le dijo?
–Le preguntó si estaba prometida
para casarse conmigo.
–¿Y qué le respondió ella?
–Nada.
–Imagino que estaba asustada.
–Puede que lo estuviera, pero lo
niega. Él le suplicó que no tuviera miedo; le dijo que era un pobre tipo inofensivo
que buscaba justicia. Ella se fue sin hablarle. Le dije que estaba loco… lo que
es cierto.
–¡Posiblemente! –repliqué.
Entonces, como un último intento,
añadí:
–Sabes que no sería del todo mentira
decir que no estás completamente cuerdo. Eres muy imprevisible en lo que concierne
al topacio. La obstinación, llevada más allá de un cierto punto en determinadas
circunstancias, se parece peligrosamente a la locura. Tengo por seguro que si fuera
posible razonar con una mula, la obstinación de cualquier persona a quien se comparara
con dicho animal parecería aún mayor.
Scrope me sonrió fríamente.
–Niego tus acusaciones. Si estoy
loco, reclamo el privilegio que tienen los locos de creerme sano de una forma peculiar.
Si deseas sermonearme, deberás hacerlo en un momento en el que esté lúcido.
El aliento de la temprana primavera
en Roma, aunque mágico en su visible influencia sobre la oscura y vieja ciudad,
pone a prueba a menudo la salud del visitante extranjero, y tras quince días de
ininterrumpido siroco, el delicado ánimo de Mrs. Waddington comenzó a decaer. Como
es lógico, temía contraer “la fiebre” y se apresuró a visitar a un médico. Éste
la tranquilizó diciéndole que únicamente necesitaba un cambio de aires y le recomendó
que pasara un mes en Albano. Por consiguiente, ambas damas se dirigieron hacia allí,
acompañadas de Scrope. Mrs. Waddington me instó amablemente a que fuera con ellos,
pero fui retenido en Roma por la llegada de unos parientes para quienes debía hacer
de cicerone y sólo pude prometer que haría alguna visita esporádica a Albano. Mi
tío y sus tres hijas eran unos espléndidos turistas y me dieron mucho que hacer.
Sin embargo, al final de la semana fui capaz de cumplir mi promesa. Averigüé que
mis amigos se alojaban en la hostería, y que las dos damas ponían todo su esfuerzo
en combinar la percepción de sucios suelos de piedra y de un arrugado mantel amarillo
con la extática contemplación, desde sus ventanas, de la grande y brumosa llanura
de la campagna, que recuerda al mar. Vistas aparte, Scrope y las damas estaban
disfrutando de unos días deliciosos. ¿Recuerdas lo maravilloso del lugar y lo pintoresco
de las inmediaciones, con extraños y antiguos pueblos de montaña? El campo rebosaba
de flores tempranas y de verdor, y mis amigos hacían vida al aire libre. Mrs. Waddington
tomaba apuntes con sus acuarelas, Adina elaboraba ramos de flores silvestres y Scrope
rondaba entre ambas con satisfacción –no sin una ocasional y franca crítica en el
uso que Mrs. Waddington hacía de los colores, o de las combinaciones de narcisos
y ciclámenes que realizaba Adina. Todos me parecieron muy felices y, sin malicia,
me sentí casi tentado de preguntarme si el regalo más codiciable de los dioses no
es una inquebrantable convicción de la propia impecabilidad. Pero incluso un amante
con una mala conciencia puede ser llevado con engaño a la desconfianza en castigo
a la innegociable dulzura de una presencia en su vida como la de Adina Waddington.
Pasé la noche en Albano, pero como
me había comprometido con mis hermosas primas a ir a una funzione en Roma
a la mañana siguiente –llamarlas “hermosas” es retórico, si bien eran unas muchachas
excelentes– estuve obligado a madrugar y partir al amanecer. Scrope se había ofrecido
a acompañarme parte del camino y regresar a la hostería antes del desayuno, pero
rehusé aceptar un favor tan oneroso y partí solo en la temprana semioscuridad. Una
destartalada diligencia se encargaba de hacer el recorrido a través de la campagna
y esperaba su carga en la oficina de correos, hasta donde debía aproximarme dando
un breve paseo de cinco minutos. Salí por el pequeño jardín de la hostería, pues
así me ahorraba algunas escaleras. Al escuchar mis pasos sobre la gravilla, una
figura se levantó lentamente de un banco al pie de una mutilada y sombría estatua,
y me hallé contemplando frente a frente a Angelo Beati. Lo saludé con una exclamación,
que fue prácticamente un desafío al derecho que tenía a encontrarse allí. Él permaneció
de pie mientras me miraba fijamente, con una extraña sonrisa, desafiante y desenvuelta.
Al fin, en respuesta a mi insistente pregunta acerca de qué demonios estaba haciendo
allí, respondió que suponía que tenía derecho a pasear en el jardín de un vecino.
–¿Un vecino? –pregunté yo–. ¿Cómo…?
–¡Eh, per Dio! ¿No vivo en
Lariccia? –y emitió una risa simplona muy similar a la que utilizó cuando lo despertamos
de su profundo sueño en los prados.
Había estado tan ocupado en ausencia
de mi amigo, que nunca se me había ocurrido que Scrope se hubiera alojado en las
mismas fauces del enemigo. Pero empecé a creer que, después de todo, el enemigo
era muy inofensivo. Si Angelo limitaba sus maquinaciones a sentarse en los alrededores
de fríos y húmedos jardines en horas en las que se arriesgaba a contraer la malaria,
Scrope no sería el primero en sufrir. Al principio me había imaginado que su sentido
del agravio había hecho de él un hombre, pero todavía parecía rondarle una especie
de inutilidad romántica. Su dolorosa resolución hacia la madurez había durado tan
solo un día, lo que lo convertía de nuevo en un irresponsable holgazán de la Arcadia.
Sin embargo, debía tener una salud de hierro para desafiar el rocío romano de ese
modo.
–Usted vino aquí por un motivo –dije–.
Debe ser muy importante para justificar que pase las noches al aire libre de forma
tan necia. Si no tiene cuidado contraerá la fiebre y morirá, y con eso se acabará
todo.
Pareció agradecido por mi interés
en su salud.
–No, no, signorino mio, no
contraeré la fiebre. Tengo una fiebre aquí –y se golpeó el pecho– que me protege
de la otra. Tuve mis razones para venir aquí, pero usted nunca las adivinará. Déjeme
tranquilo, ¡no voy a hacerle daño! Ahora que el día comienza debo irme, no deben
verme.
Lo agarré del brazo, lo miré fijamente
y traté de averiguar sus intenciones. Sus ojos me miraron con franqueza mientras
soltaba una satisfecha carcajada. Cualquiera que fuera su secreto, no se avergonzaba
de él, y advertí con algo de satisfacción que aquello le estaba enseñando a ser
paciente. Algo en su rostro y en la impresión que me dio su talante me tranquilizó,
contradiciendo al mismo tiempo mi hipótesis de hacía un momento. No había maldad
ni malevolencia en él, sino un deseo profundo, natural e insistente que parecía
dormitar por el momento en una misteriosa previsión de éxito. Se dio cuenta, al
parecer, de que su rostro revelaba demasiado. Rio de nuevo brevemente y comenzó
a silbar con suavidad.
–Se merece algo mejor que andar escondiéndose
por aquí como un ladrón. ¿Qué le parecería ir a Estados Unidos y trabajar de forma
honesta?
Tuve una visión momentánea y absurda
de ayudarlo en su camino proporcionándole una carta de presentación para mi cuñado,
que trabajaba en el negocio de la maquinaria.
Se quitó el sombrero y pasó las manos
por su pelo.
–¿Cree entonces que estoy destinado
a algo bueno?
–¡Si lo desea! Si renuncia a su ociosa
idea de “venganza” y confía en arreglar lo que ha hecho mal.
–¿Renunciar…? ¡Imposible! –dijo en
tono grave–. Antes le pediría que me cortara el brazo. Esto es lo mismo. Es parte
de mi vida. He confiado en aguardar… he esperado cuatro largos meses, pero aquí
sigo, tan pobre y desamparado como al principio. No, no, a mí no se me trata como
a un perro. Si él hubiera sido justo, yo habría hecho cualquier cosa por él. No
soy un tipo malvado, jamás he tenido un pensamiento malicioso. Muy probablemente
he sido demasiado simple y estúpido, y estaba resignado a ser pobre y desaliñado.
El Señor hace con nosotros lo que le place, y pensó que yo necesitaba un poco de
acción. ¡Y vaya si la tengo! Pero ¿pidió su amigo consejo al Señor? ¡No, no! Consultó
con su propio egoísmo, y pensó que era suficientemente inteligente como para robar
lo dulce y no probar nunca lo amargo. Pero lo amargo llegará, para mi disfrute.
–Esto es sólo hablar por hablar.
Dígame en tres palabras lo que está tratando de decirme.
–¡Aspetti…! Si va a ir a Roma
en coche, como imagino, debería irse ya. Puede perder su plaza. Tengo el presentimiento
de que nos volveremos a ver.
Se alejó y en un momento oí crujir
la gran verja de hierro del jardín al girar en sus goznes.
Me encontraba desconcertado y, por
un momento, sentí la tentación de quedarme con mis amigos. Pero, por un lado, no
veía de qué manera concreta podía protegerlos de algún contratiempo y, por otro,
mis primas me esperaban confiadamente en Roma. Además, ¿no cabía la posibilidad
de que el nubarrón se disipara rápidamente dejando que el proyecto de Angelo, verdad
o no, se fuera evaporando? Regresé a Roma de acuerdo con mis planes, pero durante
varios días me embargó la sospecha de que algo desagradable y triste –algo extraño
en cualquier caso– estaba ocurriendo en Albano. Esta sensación se transformó finalmente
en algo tan opresivo que acabé por alquilar un carruaje ligero para regresar. Llegué
a la hostería hacia el final de la tarde, y sospechaba que no encontraría a mis
amigos allí. Efectivamente, habían salido a dar un paseo, y el dueño de la hostería
ignoraba qué dirección habían seguido. No tenía nada que hacer excepto pasear por
el pequeño y sucio pueblo hasta su regreso. ¿Recuerdas el convento capuchino a las
orillas del lago Albano? Caminé hasta allí, y al ver la puerta de la iglesia todavía
abierta, entré. La penumbra se amontonaba en los rincones, pero el altar, por alguna
piadosa razón, resplandecía con un número sorprendente de cirios, que parpadeaban
de forma pintoresca en la oscuridad. Aquí y allá se adivinaba vagamente una figura
arrodillada; era una bella muestra de chiaroscuro, y me senté para disfrutarlo.
En ese momento me percaté del aspecto de intensa devoción de una joven dama que
se sentaba cerca de mí. Tenía las manos unidas sobre las rodillas y la cabeza inclinada
hacia atrás. Sus ojos, extrañamente abiertos, permanecían fijos en el luminoso altar.
Al calor del hogar es siempre fácil inventarse historias. Esta joven parecía estar
leyendo una extática visión a la luz de los cirios. Su expresión era tan particular
que por un momento transformó su rostro y me permitió percibir con repentina sorpresa
que se trataba de Adina Waddington. Busqué a sus compañeros a mi alrededor, pero
era evidente que estaba sola. Me pareció entonces que yo no tenía ningún derecho
a observarla de forma encubierta, pero aun así fui incapaz tanto de molestarla como
de retirarme y abandonarla. Estando próxima la noche, ¿cómo era posible que no hubiera
nadie con ella? Concluí que estaría esperando al resto; Scrope, tal vez, había entrado
para ver la puesta de sol desde la terraza del jardín del convento –un privilegio
reservado a los hombres–, y Mrs. Waddington estaría paseando por los alrededores
de la iglesia, tomando apuntes mentalmente para un boceto. Me alejé, di una vuelta
a la iglesia y me aproximé a la muchacha, que se encontraba al otro lado. En esta
ocasión mi cercanía la sobresaltó. Apartó los ojos del altar, los posó sobre mi
rostro y me miró, pero no dio ninguna señal de reconocimiento. Por fin, se levantó
lentamente y advertí que me había reconocido. ¿Se estaba convirtiendo al catolicismo
y preparándose para abandonar a sus heréticos amigos? La saludé, pero ella continuó
mirándome con una intensa seriedad, como si sus pensamientos la apremiaran más allá
de las frívolas cortesías. No parecía nerviosa en lo más mínimo –como había temido
que lo estuviera– por haber sido observada; parecía inquieta y agitada de forma
más profunda. Por lo visto, no estaba del todo equivocado al sospechar que algo
extraño estaba ocurriendo en Albano.
–Mi querida dama, ¿qué hace en esta
iglesia solitaria? –pregunté de forma abrupta.
–Estoy pidiendo luz –repuso.
–¡Espero que la haya encontrado!
–respondí sonriendo.
–¡Eso creo! –y se movió hacia la
puerta–. Estoy sola –añadió–, ¿me acompañaría a casa?
Aceptó mi brazo y salimos, pero se
detuvo frente a la iglesia.
–Dígame –dijo de repente–, ¿es usted
muy amigo de Mr. Scrope?
–Si me tiene por tal, debe preguntárselo
a él –respondí–. Por mi parte aspiro al menos a tener el honor de serlo.
La vehemencia de su conducta me causó
reparo e intenté hallar refugio en el humor.
–Dígame entonces una cosa: ¿soportaría
una decepción… una profunda decepción?
Ella parecía suplicarme que dijera
¡sí! Pero presentí que tenía un plan entre manos y por mi parte carecía de autoridad
para otorgarle ninguna concesión. La observé durante un momento. Sus solemnes ojos
parecieron crecer y crecer hasta que hicieron de su entero rostro una muda súplica.
–No –dije con resolución–; ¡decididamente
no!
Suspiró profundamente y continuamos
caminando. La muchacha parecía estar absorta en sus pensamientos; no prestó atención
a mis intentos de conversación y tuve que esperar hasta que alcanzamos la hostería
para averiguar por qué se encontraba sola en su visita a los capuchinos. Sus compañeros
habían regresado, y por ellos, tras su bienvenida, supe que los tres habían salido
juntos, pero que a continuación Adina se había quejado de fatiga y le dieron permiso
para regresar a casa.
–Si me canso por el camino –había
dicho–, entraré en una iglesia a descansar.
Se sorprendieron al no haberla hallado
en la hostería y agradecían que me hubiera encontrado con ella. Evidentemente, ellos
también se habían dado cuenta de que la joven actuaba de una manera extraña. Mrs.
Waddington mostraba una sonrisa forzada y Scrope no sonreía en absoluto. Adina se
sentó en silencio y cogió su labor. No nos figurábamos, siquiera calladamente, que
estuviera nerviosa. Si lo estaba, no se trataba de un nerviosismo común; reclinaba
la cabeza serenamente sobre su bordado y daba las puntadas con una mano que carecía
del más ligero temblor. Un poco más tarde, cenamos. La cena transcurrió de forma
un tanto opresiva, y una vez terminada, agradecí la propuesta de Scrope de salir
a fumar un puro al jardín. Resultaba evidente que el pobre Scrope era infeliz, pero
apenas me aventuraba a esperar que me explicara de buenas a primeras lo que pasaba
con Adina. Se me ocurrió espontáneamente que ella podría haberse mostrado dispuesta
a desdecirse de su compromiso, y di a Scrope unas cuantas oportunidades para que
lo dijera, pero era evidente que no podía confiar en sí mismo para expresar sus
temores. Con el fin de dar un estímulo a nuestra conversación, le recordé nuestra
proximidad a Lariccia, y le pregunté si había alcanzado a ver en alguna ocasión
a Angelo Beati.
–Varias –dijo–. Me lo he cruzado
en el pueblo y por los caminos unas cuantas veces. Me mira descaradamente y prosigue
su camino. Se venga de mí echando fuego por sus ojos negros; ¡ya ves que temible
es!
–No se venga en absoluto echando
fuego por los ojos –dije entonces–. Merodea alrededor de la hostería por la noche
y deambula por el jardín mientras duermes, como si pensara que puede ocasionarte
pesadillas por mirar fijamente a tus ventanas.
Y describí nuestro reciente encuentro
al amanecer.
Scrope clavó su mirada en mí con
gran sorpresa. Entonces, empezó a ruborizarse con una ira creciente.
–¡Maldito idiota entrometido! –exclamó–.
Si no sabe dónde debe detenerse, yo se lo enseñaré.
–¡Págale! –exclamé resueltamente.
–¡Compraré una fusta y la probaré
sobre su ancha espalda!
Creo que entonces introduje las manos
en los bolsillos y me alejé tranquilamente, silbando. Pasara lo que pasara, renunciaba
a ejercer de mediador, pero no porque estuviera enojado, pues sentía una lástima
algo irracional que aumentaba de forma extraña ante la carencia de flexibilidad
de mi amigo. Scrope permanecía de pie, aspirando con melancolía el humo de su puro,
y para demostrarle que no me había rendido del todo, le pregunté finalmente si ya
se había fijado la fecha de la boda. Poco antes me había indicado que esta cuestión
estaba todavía por definir y que Miss Waddington prefería dejarlo así.
Tardó un poco responder, y me miró
fijamente.
–¿Por qué lo preguntas justo ahora?
–Bueno, mi querido amigo, amistosa
curiosidad –respondí.
Arrojó al suelo nerviosamente lo
que quedaba del puro.
–No, no; ¡no es amistosa curiosidad!
–exclamó–. ¡Has notado algo, sospechas algo!
Como insistía, confesé que así era.
–Me parece que esa bella muchacha
está nerviosa y preocupada, y me preguntaba si habrían discutido.
Él pareció aliviado de que alguien
lo obligara a hablar.
–Esa bella muchacha es un misterio.
No sé qué le ocurre; todo resulta muy doloroso. Es una criatura muy extraña. Jamás
sospeché que hubiera un obstáculo a nuestra felicidad… a nuestra unión. Nunca ha
reclamado ni prometido nada; no es su estilo ni su naturaleza; siempre ha sido humilde,
servicial, delicada, así como extremadamente agradecida ante cualquier muestra de
ternura. Hasta hace tres o cuatro días, me parecía que era así más que nunca; pero
su habitual delicadeza se ha transformado en una especie de contraído y casi doliente
desprecio hacia mis atenciones, mis petits soins, mis tonterías de enamorado.
Es como si la oprimieran y la mortificaran… y como si prefiriera que me comportara
más discretamente. En un primer momento no me di cuenta de que lo que la apenaba
no era el exceso de mi dedicación, sino mi dedicación en sí… el hecho mismo de mi
amor y de su compromiso. Cuando lo entendí, fue como si me hubieran abofeteado.
¡No sé qué demonios debí hacer! Las mujeres son seres incomprensibles. Y sin embargo,
Adina no es caprichosa en el sentido vulgar de la palabra. Mrs. Waddington me dijo
que se trataba de una actitud juvenil a la que no debíamos darle importancia… que
era algo pasajero. He esperado, pero la situación no se arregla. Tú mismo averiguaste
que había un problema sin que te dijera nada. ¿Con que estas son las peines d’amour?
–continuó, tras reflexionar por un momento–. ¡Ignoraba que estuviera enamorado de
tal forma!
No recuerdo con qué insensateces
bienintencionadas pretendía consolarlo, cuando Mrs. Waddington apareció repentinamente
y lo llamó aparte. Tras unos momentos de conversación en voz baja, Scrope regresó
rápidamente a la casa. Mrs. Waddington permaneció conmigo. Como parecía profundamente
alterada, y dado que ambos habíamos analizado a menudo la situación y las perspectivas
de nuestros compañeros, le informé inmediatamente de que Scrope me acababa de relatar
los problemas que le preocupaban.
–Han sido muy inesperados –exclamó–.
Es como un rayo en un cielo despejado. Justo ahora Adina dejó a un lado su labor
y muy seria me dijo que deseaba ver a Mr. Scrope a solas y me pidió que lo llamara.
Le pregunté discretamente qué ocurría, así como lo que tenía intención de decirle.
Me miró un momento como si fuera yo una niña de cinco años que interrumpe las oraciones
familiares y levantándose delicadamente, me besó y me dijo que lo sabría todo a
su debido tiempo. ¿Tendrá intención de permanecer en esa misma actitud fantasmal
e informar a Scrope que, en resumidas cuentas, ha decidido no casarse con él? ¿Qué
es lo que ha hecho el pobre hombre?
–Ella ya no lo ama –sugerí yo.
–¿Por qué así, de repente?
–Tal vez no ha sido tan repentino
como usted imagina. Estas cosas ocurren, en los corazones de las jóvenes, como una
paulatina revisión de una primera impresión.
–Sí, pero no sin un motivo concreto…
sin otro capricho. Sé que Adina es antojadiza; para empezar, y dicho con todo respeto,
el que aceptara al pobre Sam fue algo extravagante. Pero si lo eligió deliberadamente,
¿qué la hizo cambiar de opinión…? En una palabra, la única explicación posible sería
que nuestra joven dama hubiera trasladado sus afectos a otro sitio. ¡Pero eso es
imposible!
–¿Absolutamente? –pregunté.
–Por supuesto. Juzgue usted mismo.
¿Quién sería? ¡Dígame! No ha visto a otro hombre durante un mes. ¿Quién podría haberla
cautivado tan misteriosamente? ¿El pequeño jorobado que nos trae mandarinas cada
mañana? ¡Tal vez entregó su corazón al príncipe Doria! Creo que ha visitado su villa,
allá lejos.
No fui capaz de sonreír ante este
leve sarcasmo. Me preguntaba a mí mismo… al tiempo que me asombraba.
–¿De verdad que no ha visto literalmente
a nadie más? –pregunté cuando mi sorpresa me permitió respirar.
–No puedo responder por quien haya
podido ver; no es ciega. Pero no ha hablado con nadie más, ni nadie ha hablado con
ella, eso es muy cierto. Enamorarse por la vista –únicamente por la vista– solía
ser común en las novelas que yo devoraba cuando tenía quince años, pero dudo que
eso exista en ningún otro lugar.
Tenía una pregunta en la punta de
la lengua, pero dudé algún tiempo antes de aventurarme a hacerla. Vacilé unos instantes
en silencio y finalmente la pronuncié, con una disculpa a modo de prólogo.
–¿En qué lado de la casa se encuentra
el dormitorio de Adina?
–Perdone, pero ¿a dónde quiere ir
a parar? –dijo mi compañera–. A este lado.
–¿Mira hacia el jardín?
–Allí está, en el segundo piso.
–Por favor… ¿cuál es?
–La tercera ventana… la que tiene
los postigos sujetos con un pañuelo.
Los postigos y el pañuelo adquirieron
repentinamente para mí una misteriosa fascinación. Los miré durante un tiempo, y
cuando dirigí la mirada de nuevo a mi compañera nuestros ojos se encontraron. Ignoro
lo que pensó –lo que pensó que yo pensaba. Consideré que podría estar sacado de
una novela –una cosa tal como enamorarse por la vista, o que una fantasiosa muchacha
occidental mantuviera desde su ventana un mudo diálogo con un apuesto y ofendido
joven italiano, en un jardín estrellado. Desde su propia y repentina impresión,
Mrs. Waddington pareció retroceder lentamente. Se estremeció, y envolviéndose en
su chal, se encaminó en dirección a la casa.
–Lo que hay que hacer –dije, ofreciéndole
mi brazo–, es abandonar Albano mañana.
Nos detuvimos en la escalera interior.
Mrs. Waddington era reacia a interrumpir la entrevista entre Adina y Scrope. Mientras
dudaba acerca de si dar la vuelta, la puerta de su salón se abrió, dando paso a
la muchacha. Scrope permanecía de pie tras ella. Estaba muy pálido, con el rostro
desvirtuado por una emoción que parecía decidido a reprimir. Ella también estaba
pálida, pero sus ojos brillaban como dos antorchas avivadas por el viento. Al encontrarse
con Mrs. Waddington, la joven se detuvo y permaneció un momento ante ella con la
vista baja, dudando. Entonces, le tomó ambas manos y la besó en silencio. Después
la muchacha volteó hacia mí y dijo “¡Buenas noches!” extendiéndome su mano, que
tomé en la mía, imagino, con una delicada devoción, pues de alguna forma estaba
profundamente impresionado. Había una tuerza indefinible en la muchacha, ante la
cual uno debía retroceder. Se demoró por un instante y rápidamente desapareció por
el oscuro pasillo en dirección a su dormitorio. Mrs. Waddington posó su mano amablemente
sobre el brazo de Scrope y lo condujo de nuevo al salón. Era evidente que no estaba
dispuesto a mostrarse afligido; su orgullo estaba herido y ardiente, lo que alimentaba
su autocontrol.
–Nuestro compromiso está roto –dijo
simplemente.
Mrs. Waddington cruzó las manos.
–¿Y cuál es el motivo?
–Ninguno.
Era algo cruel, sin duda; pero ¿qué
podíamos decir? Mrs. Waddington se hundió en el sofá observando al pobre hombre
con una muda y maternal compasión. Su lástima, abrumadora y suave, irritaba a Scrope,
quien tomó un libro y se sentó dándole la espalda. Yo cogí otro, pero fui incapaz
de leer; permanecía sentado observando cómo Scrope nunca pasaba de página. Mrs.
Waddington, finalmente, dirigió su mirada hacia mí de forma ansiosa y suplicante;
se removía inquieta en su asiento y trataba de transformar los vagos presentimientos
que le había sugerido en el jardín en algo que fuera verosímil. En aquel momento
no podía ofrecerle ninguna explicación que no hubiera sido una ofensa gratuita a
Scrope. Sin embargo, me sentía cada vez más y más nervioso; mis propias y vagas
conjeturas me oprimían. Finalmente, arrojé mi libro al suelo y abandoné la habitación.
Mrs. Waddington me alcanzó en el pasillo y me pidió que le dijera “en inglés normal
y corriente” lo que había querido decir con mis extraordinarias alusiones “a una
intriga”.
–No tendría sentido y sería doloroso
contárselo aquí y ahora –respondí yo–. Pero prométame que regresarán a Roma mañana.
Allí podremos tomar aliento y hablar.
–Oh, ¡nos iremos a toda prisa, se
lo prometo! –exclamó. Y nos separamos.
Subí las escaleras para ir a mi habitación
y, al hacerlo, escuché cómo su vestido crujía por su indecisión en el pasillo. Entonces
se oyó un golpeteo; Mrs. Waddington se había detenido ante la puerta de Adina. Me
detuve involuntariamente y escuché. Hubo un silencio, y luego otro golpe; otro silencio
y un tercer golpe; después, habiendo perdido aparentemente la esperanza de poder
entrar, se alejó, y me introduje en mi habitación. Acostarme era inútil, sabía que
no dormiría. Permanecí largo tiempo ante la ventana abierta, preguntándome si tenía
algo que decirle a Scrope. Al cabo de media hora, bajé a pasear de nuevo por el
jardín y caminé sin rumbo por todos los senderos vacíos. Observé una luz en la ventana
de Adina. No, me parecía que no había nada que fuera capaz de decir a Scrope, salvo
que debía abandonar Albano al día siguiente y Roma e Italia tan pronto como fuera
posible; que esperara un año, y entonces probara suerte de nuevo con Miss Waddington.
Cercana la mañana, me dormí.
El desayuno se servía en el salón
de Mrs. Waddington. Scrope apareció puntualmente, tan pulcramente afeitado y peinado
como si todavía debiera rendir tributo a un par de ojos azules. Era evidente que
se sentía menos sereno de lo que aparentaba. Nunca puede resultar agradable encontrarse
en el desayuno con la joven que lo ha rechazado a uno la noche anterior. Mrs. Waddington
se hizo esperar durante un tiempo, pero finalmente apareció con una energía inusual.
Su atractivo rostro se mostraba sonrojado de la frente a la barbilla, y en su mano
apretaba una nota arrugada. Se arrojó sobre el sofá y estalló en lágrimas; apenas
tuve tiempo de decir a la sonriente cameriera que abandonara la habitación.
–¡Se ha ido, ido, ido! –exclamó,
entre sollozos–. ¡Oh, la alocada, malvada y desagradecida niña!
Scrope, por supuesto, no tenía la
menor idea de lo que estaba hablando; pero yo la entendí con más prontitud –y aun
así creo que emití un largo silbido. Scrope permanecía de pie mirándola mientras
ella mostraba bruscamente la arrugada nota: pretendía decir que Adina… que Adina
nos había abandonado por la noche, lo que resultó ser un espanto demasiado abrumador
para su mente desprevenida. Su aturdido estupor era un signo casi conmovedor de
la ausencia de cualquier pensamiento que pudiera haber herido a la muchacha. Advirtió
por mi rostro que yo sabía algo, y permitió que cogiera la nota de la mano de Mrs.
Waddington y la leyera en voz alta:
¡Adiós a todo! Piensen que estoy
loca si les place. Nunca lo podría explicar. Olvídenme y crean que soy feliz, feliz,
feliz!
Adina Beati
Posé mi mano sobre el hombro de mi
amigo, que incluso entonces parecía incapaz de comprender.
–¡Angelo Beati se ha tomado finalmente
su venganza! –pronuncié con seriedad.
–¡Angelo Beati! –exclamó. –¡Un mendigo
italiano! ¡Es mentira!
Negué con la cabeza y le di unos
golpecitos en el hombro.
–Ha perseguido su recompensa. ¡Es
un tipo inteligente!
Se dio cuenta de que yo conocía la
historia, y respondió de manera lenta y distraída, con un ardiente sonrojo.
Fue un acontecimiento de lo más extraordinario;
dispusimos de largo tiempo para hablar de ello una y otra vez, y aun así nunca llegamos
a entenderlo realmente. Ninguno de mis compañeros volvió a ver a la muchacha de
nuevo; Scrope sólo la mencionó en una ocasión. Durante una semana deambuló de un
sitio a otro en un silencio absoluto. Cuando por fin habló, me di cuenta de que
ya no había vuelta atrás y de que iba a ser un cínico profesional el resto de su
vida. Mrs. Waddington, como dije, era una mujer de buen corazón, mejor todavía,
era una mujer justa, pero te aseguro que nunca perdonó a su hijastra. En años posteriores,
conforme he ido envejeciendo, he sentido una creciente satisfacción por el hecho
de, como se dice, haber presenciado este episodio. Como mera acción, me pareció
realmente espléndida, y al juzgar la naturaleza humana suelo sopesarla mentalmente
en contraste con el espectáculo perpetuo de los intensos impulsos malgastados en
debilidad y pervertidos por la prudencia. Es cierto que no hubo prudencia alguna
en este caso, pero sí hubo una pasión ardiente, verdadera y auténtica. Vemos la
primera todos los días, y la segunda una vez cada cinco años. En más de una ocasión
me aventuré a airear esta herejía ante la bondadosa viuda, pero siempre me interrumpía
de forma instantánea. “Aquello fue odioso”, decía, “doy gracias al cielo de que
el padre de la muchacha no viviera para verlo”.
No terminamos aquel sombrío día en
Albano, sino que regresamos a Roma por la noche. Antes de partir pude hablar con
el padre Girolamo de Lariccia, que no me impresionó como el hombre santo que su
sobrino había descrito. Era un viejo sacerdote de tez morena y amarillenta y bajo
de estatura. Tenía una mirada poco honrada –muy capaz, creí, de enseñar a su atractivo
sobrino a jugar sus cartas. Pero no malgasté mis reproches con él; únicamente deseaba
saber a qué lugar Angelo había llevado a la muchacha. Conseguí la información con
dificultad y sólo después de una solemne promesa de que si Adina reiteraba viva
voce a una persona enviada por sus amigos la afirmación de que era feliz, estos
no tomarían ninguna medida para rescatarla. Se encontraba en Roma, y en esa ciudad
sagrada debían dejarla.
–Recuerde –dijo el padre, en voz
muy baja–, que es adulta y dueña de sus actos, y que puede hacer lo que desee con
su dinero. Tiene una buena cantidad, ¿eh?
Poseía menos de lo que él pensaba,
pero era evidente que el padre sabía de lo que hablaba. Fue él, admitió, quien había
unido a la joven pareja en matrimonio el día anterior; la ceremonia había tenido
lugar en la pequeña y antigua iglesia circular de la colina, en Albano, a las cinco
de la mañana.
–Sabe, signor –dijo frotándose
lentamente sus manos amarillentas– ¡ella se había encaprichado en gran manera!
Evité hacer cualquier comentario
que le diera oportunidad de recordarme que Angelo tenía una rencilla que saldar
y, por su parte, expresó la convicción de que su sobrino era el tipo más dulce del
mundo. Lo escuché y partí en silencio; mi curiosidad, al menos, no estaba satisfecha
en lo que a Angelo se refería.
Mrs. Waddington también tenía más
curiosidad de la que reconocía; su naturaleza amable se preguntaba, bajo el reproche
de su indignación, cómo estaría viviendo la muchacha y si los olores de su inmueble
serían efectivamente insoportables. Fue, por tanto, aquella tácita petición la que
me llevó a visitar la morada de la joven pareja, en los alrededores de la Piazza
Barberini. Las dependencias eran modestas, pero daban a los viejos y pintorescos
jardines de los frailes capuchinos, y en lo que se refiere a los olores, no noté
nada peor que el intenso aroma de un gran ramo de claveles en una vasija verde sobre
el alféizar de una ventana. Angelo permanecía de pie allí, aparentando ser el héroe
ideal de su historia de amor al tiempo que desmenuzaba uno de los claveles. Me miró
de forma tímida y algo fría al principio, como si estuviera preparado para ponerse
firme contra una posible disputa, pero cuando advirtió que no tenía intención alguna
de hacer alusión al pasado, permitió que su moreno semblante dejara traslucir su
serena complacencia. No me encontraba más dispuesto de lo que había estado la semana
anterior a considerarlo como un mal tipo; pero era cierto que el joven era un misterio
–su personalidad era un gran enigma, comparable al del método empleado en su conquista.
No pretendo afirmar si estaba enamorado, pero creo que él ya había olvidado cómo
le había llegado la felicidad, y se deleitaba en ser adorado con una especie de
placer primitivo, natural y sensual. Era como la cálida luz del sol, o como un abundante
buen vino. No creo que su suerte lo sorprendiera en lo más mínimo; en el fondo de
cada auténtico corazón romano, incluso si palpita bajo los harapos de un mendigo,
encontrarás el indeleble convencimiento de que todos somos unos bárbaros y que debemos
rendirles tributo. Angelo había sido acogido con todas sus grotescas supersticiones,
pero ¿qué clase de futuro prometían estas a Adina? Le pedí permiso para hablar con
ella. Encogiéndose de hombros, dijo que la muchacha era libre de elegir, y se dirigió
con mi petición a una habitación contigua. La elección por parte de ella, al parecer,
fue difícil. Esperé un tiempo, preguntándome qué aspecto tendría la joven al otro
lado del horrible abismo al que había saltado de forma tan audaz. Adina apareció,
al fin, e inmediatamente percibí que estaba contrariada por mi visita. Deseaba olvidar
por completo su pasado. Estaba pálida y muy seria y parecía llevar una glacial máscara
de reserva. Si antes me había parecido una criatura extraña, no me ayudaba a entenderla
el verla allí, junto a su insólito marido. Mis ojos fueron del uno al otro y, supongo,
traicionaron mis pensamientos. Ella me solicitó repentinamente que la informara
de mi encargo.
–Me han pedido que averigüe si usted
es feliz. Mrs. Waddington no está dispuesta a abandonar Roma mientras haya una posibilidad
de que… –dudé acerca de la palabra que utilizar, pero ella me interrumpió.
–De que me arrepienta, ¿es lo que
trata de decir? –fijó sus ojos en el suelo por un momento, y los alzó repentinamente–.
Mrs. Waddington puede irse de Roma –dijo en voz baja.
Me di la vuelta en silencio, pero
esperé un momento algún pequeño mensaje de despedida.
–¡Sólo pido que se me olvide! –añadió,
mientras me observaba.
Se dice que el amor es la pasión
egoísta par excellence; si es así, Adina lo había demostrado con creces.
–No puedo prometer olvidarla –le
dije–; ¡usted y mi amigo aquí presente merecen que se les recuerde!
Ella se apartó. Angelo pareció aliviado
por el cese de nuestra conversación en inglés. Me abrió la puerta y se detuvo un
momento con una sonrisa elocuente y deliberada.
–Ella es feliz, ¿verdad? –preguntó.
–¡Eso es lo que dice!
Puso su mano sobre mi hombro, y exclamó:
–¡Yo también lo soy! ¡Ella es mejor
que el topacio!
–Es usted un tipo extraño –exclamé;
y abriéndome paso, me alejé rápidamente.
Mrs. Waddington concedió a su hijastra
otra oportunidad para arrepentirse demorándose en Roma quince días más. Quedó decepcionada
porque no fui capaz de llevarle información relativa a cómo Adina había evadido
la vigilancia –cómo había puesto en marcha su juego y lo mantuvo en secreto. Por
mi parte creía que el galanteo había sido muy breve, y que hasta que ella salió
furtivamente de la casa la mañana anterior a su fuga para encontrarse en la iglesia
con el padre Girolamo y su sobrino, apenas había escuchado el sonido de la voz de
su prometido. Hubo señales, miradas y otros tácitos votos; dos o tres notas, quizás.
Mrs. Waddington nunca supo quién era Angelo exactamente y qué nos había garantizado
en un principio el honor de sus atenciones. Para ella era suficiente que fuera un
italiano pintoresco y sin amigos. Donde todo era un doloroso enigma, una sombra
o dos más de oscuridad, apenas importaban. Scrope, por supuesto, nunca intentó dar
explicaciones de su propia ceguera, aunque para sus adentros este episodio debió
haber sido amargamente extraño. Habló únicamente de Adina, como dije, en una sola
ocasión.
Él sabía por instinto, por adivinación
–pues yo no se lo había dicho– que yo había ido a verla, y ya tarde en la noche
siguiente a mi visita, me propuso dar un paseo por las calles. Era una suave y húmeda
noche, con unas masas de nubes vagas y dispersas a través de las cuales la luna
flotaba suavemente. Un cálido viento del sur se había introducido por el oscuro
corazón de la ciudad. “Vayamos a San Pedro para ver cómo juegan las fuentes a la
caprichosa luz de la luna”, dijo. Cuando alcanzamos el puente de San Angelo, se
detuvo y asomándose al pretil miró el Tíber. Finalmente, y alzándose de nuevo de
forma repentina, preguntó:
–¿La viste?
–Sí.
–¿Qué te dijo?
–Que era feliz.
Permaneció en silencio y continuamos
andando. A medio camino sobre el puente, se detuvo de nuevo y contempló el río.
Entonces sacó de su bolsillo un pequeño estuche de terciopelo, lo abrió, y dejó
que algo brillara a la luz de la luna. Era el hermoso y aciago topacio imperial.
Me miró y supe lo que su mirada significaba. Hizo palpitar mi corazón, pero no dije
¡no! La gema dorada con sus crueles símbolos había sido una maldición. ¡Dejemos
que regrese al enmohecido submundo del pasado romano! Así una de sus manos con firmeza;
él estiró la otra y con un elegante ademán arrojó la brillante joya al oscuro río.
¡Allí yace! Algún día, supongo, excavarán en el Tíber buscando tesoros y probablemente
desentierren nuestro topacio y lo identifiquen. ¿Pero quién podrá asociar este apasionado
entreacto humano con su sepultura centenaria?
(Tomado
de www.ciudadseva.com)