Isabel Allende
Claveles Picero y su abuelo, Jesús Dionisio Picero, demoraron treinta y ocho
días en cubrir los doscientos setenta kilómetros entre su aldea y la capital. Cruzaron
a pie las tierras bajas, donde la humedad maceraba la vegetación en un caldo eterno
de lodo y sudor, subieron y bajaron los cerros entre iguanas inmóviles y palmeras
agobiadas, atravesaron las plantaciones de café esquivando capataces, lagartos y
culebras, anduvieron bajo las hojas del tabaco entre mosquitos fosforescentes y
mariposas siderales. Iban directo hacia la ciudad, bordeando la carretera, pero
en un par de ocasiones debieron dar largos rodeos para evitar los campamentos de
soldados. A veces los camioneros disminuían la marcha al pasar por su lado, atraídos
por la espalda de reina mestiza y el largo cabello negro de la muchacha, pero la
mirada del viejo los disuadía enseguida de cualquier intento de molestarla. El abuelo
y su nieta no tenían dinero y no sabían mendigar. Cuando se le terminaron las provisiones
que llevaban en una cesta, siguieron adelante a punta de puro coraje. Por las noches
se envolvían en sus rebozos y se dormían bajo los árboles con un avemaría en los
labios y el alma puesta en el niño, para no pensar en pumas y en alimañas ponzoñosas.
Despertaban cubiertos de escarabajos azules. Con los primeros signos del amanecer,
cuando el paisaje permanecía envuelto por las últimas brumas del sueño y todavía
los hombres y las bestias no empezaban las faenas del día, ellos echaban a andar
otra vez para aprovechar el fresco. Entraron en la capital por el Camino de los
Españoles, preguntando a quienes cruzaban en las calles dónde podían hallar al Secretario
del Bienestar Social. Para entonces a Jesús Dionisio le sonaban todos los huesos
y a Claveles los colores del vestido se le habían desvanecido, tenía la expresión
hechizada de una sonámbula y un siglo de fatiga se había derramado sobre el esplendor
de sus veinte años.
Jesús Dionisio era el artesano más conocido de la provincia,
en su larga vida había ganado un prestigio del cual no se jactaba, porque consideraba
su talento como un don al servicio de Dios, del cual él era solo su administrador.
Había comenzado como alfarero y todavía hacía cacharros de barro, pero su fama provenía
de santos de madera y pequeñas esculturas en botellas, que compraban los campesinos
para sus altares domésticos o se vendían a los turistas en la capital. Era un trabajo
lento, cosa de ojo, tiempo y corazón, como les explicaba el hombre a los chiquillos
arremolinados a su alrededor para verlo trabajar. Introducía con pinzas en las botellas
los palitos pintados, con un punto de cola en las partes que debía pegar, y esperaba
con paciencia que secaran antes de poner la pieza siguiente. Su especialidad eran
los Calvarios: una cruz grande al centro donde colgaba el Cristo tallado, con sus
clavos, su corona de espinas y una aureola de papel dorado, y otras dos cruces más
sencillas para los ladrones del Gólgota. En Navidad fabricaba nichos para el Niño
Dios, con palomas representando el Espíritu Santo y con estrellas y flores para
simbolizar la Gloria. No sabía leer ni firmar su nombre porque cuando él era niño
no había escuela por esos lados, pero podía copiar del libro de misa algunas frases
en latín para decorar los pedestales de sus santos. Decía que sus padres le habían
enseñado a respetar las leyes de la Iglesia y a las gentes, lo cual era más valioso
que tener instrucción. El arte no le daba para mantener su casa y redondeaba su
presupuesto criando gallos de raza, finos para la pelea. A cada gallo debía dedicarle
muchos cuidados, los alimentaba en el pico con una papilla de cereales machacados
y sangre fresca, que conseguía en el matadero, debía despulgarlos a mano, airearles
las plumas, pulirles las espuelas y entrenarlos a diario para que no les faltara
valor a la hora de probarlos. A veces iba a otros pueblos para verlos pelear, pero
nunca apostaba, pues para él todo dinero ganado sin sudor y trabajo era cosa del
diablo. Los sábados por la noche iba con su nieta Claveles a limpiar la iglesia
para la ceremonia del domingo. No siempre alcanzaba a llegar el sacerdote, que recorría
los pueblos en bicicleta, pero los cristianos se juntaban de todos modos a rezar
y cantar. Jesús Dionisio era también el encargado de colectar y guardar la limosna
para el cuidado del templo y la ayuda al cura.
Trece hijos tuvo Picero con su mujer, Amparo Medina,
de los cuales cinco sobrevivieron a las pestes y accidentes de la infancia. Cuando
la pareja pensaba que ya había terminado la crianza, porque todos los muchachos
eran adultos y habían salido de la casa, el menor volvió con permiso del Servicio
Militar trayendo un bulto envuelto en trapos y se lo puso sobre las rodillas a Amparo.
Al abrirlo vieron que se trataba de una niña recién nacida, medio agónica por la
falta de leche materna y por el vapuleo del viaje.
–¿De dónde sacó esto, hijo? –preguntó Jesús Dionisio
Picero.
–Al parecer es de la misma sangre mía –replicó el joven
sin atreverse a sostener la mirada de su padre, estrujándose la gorra del uniforme
entre sus dedos sudorosos.
–Y si no es mucho preguntar, ¿dónde se metió la madre?
–No sé. Dejó a la chiquita en la puerta del cuartel
con un papel escrito de que el padre soy yo. El Sargento me mandó a entregársela
a las monjas, dice que no hay manera de probar que es mía. Pero a mí me da lástima,
no quiero que sea huérfana…
–¿Dónde se ha visto que una madre abandone a su crío
recién parido?
–Son cosas de la ciudad.
–Ha de ser, pues. ¿Y cómo se llama esta pobrecita?
–Como usted la bautice, padre, pero si me lo pregunta,
a mí me gusta Claveles, que era la flor preferida de su madre.
Jesús Dionisio salió a buscar la cabra para ordeñarla,
mientras Amparo limpiaba al bebé con aceite y le rezaba a la Virgen de la Gruta
pidiendo que le diera ánimo para hacerse cargo de otro niño. Una vez que vio a la
criatura en buenas manos, el hijo menor se despidió agradecido, se echó el bolso
al hombro y regresó al cuartel a cumplir su castigo.
Claveles creció en la casa de sus abuelos. Era una muchacha
taimada y rebelde, a quien era imposible dominar mediante razones o con el ejercicio
de la autoridad, pero que sucumbía de inmediato cuando le tocaban los sentimientos.
Se levantaba al amanecer y caminaba cinco millas hasta un galpón en medio de los
potreros, donde una maestra reunía a los niños de la zona para darles una instrucción
básica. Ayudaba a su abuela en las tareas de la casa y a su abuelo en el taller,
iba al cerro en busca de tierra de loza y le lavaba los pinceles, pero nunca se
interesó por otros aspectos de su arte. Cuando Claveles tenía nueve años Amparo
Medina, que se había ido encogiendo y estaba reducida al aspecto de un infante,
amaneció fría en su cama, extenuada por tantas maternidades y tantos años de trabajo.
Su marido cambió su mejor gallo por unas tablas y le fabricó una urna decorada con
escenas bíblicas. Su nieta la vistió para el funeral con un hábito de Santa Bernardita,
túnica blanca y cordón celeste en la cintura, el mismo usado por ella para su Primera
Comunión, y que le quedó justo al cuerpo esmirriado de la anciana. Jesús Dionisio
y Claveles salieron de la casa rumbo al cementerio, tirando de una carretilla donde
iba el ataúd adornado con flores de papel. Por el camino se le sumaron los amigos,
hombres y mujeres con las cabezas cubiertas, que los acompañaron en silencio.
El viejo escultor de santos y su nieta quedaron solos
en la casa. En señal de duelo pintaron una cruz grande en la puerta y ambos llevaron
por años una cinta negra cosida en la manga. El abuelo trató de reemplazar a su
mujer en los detalles prácticos de la vida, pero nada volvió a ser como antes. La
ausencia de Amparo Medina lo invadió por dentro, como una enfermedad maligna, sintió
que se le aguaba la sangre, se le oscurecían los recuerdos, se le tornaban los huesos
de algodón, se le llenaba el espíritu de dudas. Por primera vez en su existencia
se rebeló contra el destino, preguntándose por qué a ella se la habían llevado sin
él. A partir de entonces ya no pudo hacer Pesebres, de sus manos solo salían Calvarios
y Santos Mártires, todos vestidos de luto, a los cuales Claveles pegaba letreros
con mensajes patéticos a la Divina Providencia, dictados por su abuelo. Esas figuras
no tuvieron la misma aceptación entre los turistas de la ciudad, que preferían los
colores escandalosos atribuidos por error al temperamento indígena, ni entre los
campesinos, quienes necesitaban adorar deidades alegres, porque el único consuelo
a las tristezas de este mundo era imaginar que en el cielo siempre estaban de fiesta.
A Jesús Dionisio Picero le resultó casi imposible vender sus artesanías, pero siguió
fabricándolas, porque en ese oficio se le pasaban las horas sin cansancio, como
si siempre fuera temprano. Sin embargo, ni el trabajo ni la presencia de su nieta
pudieron aliviarlo y empezó a beber a escondidas, para que nadie notara su vergüenza.
Borracho llamaba a su mujer y a veces lograba verla junto al fogón de la cocina.
Sin los cuidados diligentes de Amparo Medina la casa se fue deteriorando, se enfermaron
las gallinas, tuvieron que vender la cabra, se les secó el huerto y pronto eran
la familia más pobre de los alrededores. Poco después Claveles partió a trabajar
a un pueblo vecino. A los catorce años su cuerpo ya había alcanzado la forma y el
tamaño definitivos, y como no tenía la piel cobriza ni los firmes pómulos de los
otros miembros de la familia, Jesús Dionisio Picero concluyó que su madre debió
ser blanca, lo cual ofrecía una explicación para el hecho insólito de que la hubiera
abandonado en la puerta de un cuartel.
Al cabo de un año y medio Claveles Picero regresó a
la casa con manchas en la cara y una barriga prominente. Encontró a su abuelo sin
más compañía que una leva de perros hambrientos y un par de gallos lamentables sueltos
en el patio, hablando solo, la mirada perdida, con signos de no haberse lavado en
un buen tiempo. Lo rodeaba el mayor desorden. Había abandonado su pedazo de tierra
y pasaba las horas fabricando santos con una premura demencial, pero de su antiguo
talento quedaba ya muy poco. Sus esculturas eran unos seres deformes y lúgubres,
inapropiados para la devoción o para la venta, que se amontonaban por los rincones
de la casa como pilas de leña. Jesús Dionisio Picero había cambiado tanto que no
intentó endilgarle a su nieta un discurso sobre el pecado de echar hijos al mundo
sin padre conocido, en verdad pareció no notar las señales del embarazo. Se limitó
a abrazarla, tembloroso, llamándola Amparo.
–Míreme bien, abuelo, soy Claveles y vengo a quedarme,
porque aquí hay mucho que hacer –dijo la joven y partió a encender la cocina para
hervir unas papas y calentar agua para bañar al anciano.
Durante los meses siguientes Jesús Dionisio pareció
resucitar de su duelo, dejó la bebida, volvió a cultivar su huerto, a ocuparse de
sus gallos y a limpiar la iglesia. Todavía le hablaba al recuerdo de su mujer y
de vez en cuando confundía a la nieta con la abuela, pero recuperó la capacidad
de reírse. La compañía de Claveles y la ilusión de que pronto habría otra criatura
en la casa le devolvieron el amor por los colores y poco a poco dejó de embetunar
sus Santos con pintura negra, ataviándolos con ropajes más adecuados para el altar.
El niño de Claveles salió del vientre de su madre un día a las seis de la tarde
y cayó en las manos callosas de su bisabuelo, quien tenía una larga experiencia
en esos menesteres, porque había ayudado a nacer a sus trece hijos.
–Se llamará Juan –decidió el improvisado partero tan
pronto hubo cortado el cordón y envuelto a su descendiente en un pañal.
–¿Por qué Juan? No hay ningún Juan en la familia, abuelo.
–Porque Juan era el mejor amigo de Jesús y éste será
el amigo mío. ¿Y cuál es el apellido del padre?
–Haga cuenta que padre no tiene.
–Picero entonces, Juan Picero.
Dos semanas después del nacimiento de su bisnieto, Jesús
Dionisio comenzó a cortar los palos para un Nacimiento, el primero que hacía desde
la muerte de Amparo Medina.
Claveles y su abuelo no tardaron mucho en darse cuenta
de que el niño era anormal. Tenía una mirada curiosa y se movía como cualquier bebé,
pero no reaccionaba cuando le hablaban, podía permanecer horas despierto e inmóvil.
Hicieron el viaje hasta el hospital y allí les confirmaron que era sordo y por lo
tanto sería mudo. El médico agregó que no había mucha esperanza para él, a menos
que tuvieran la suerte y lograran colocarlo en una institución en la ciudad, donde
le enseñarían buena conducta y en el futuro podrían darle un oficio para que se
ganara la vida con decencia y no fuera siempre una carga para los demás.
–Ni hablar, Juan se queda con nosotros –decidió Jesús
Dionisio Picero, sin darle ni una mirada a Claveles, que lloraba con la cabeza cubierta
por el chal.
–¿Qué vamos a hacer, abuelo? –preguntó ella al salir.
–Criarlo, pues.
–¿Cómo?
–Con paciencia, igual como se entrenan los gallos o
se meten Calvarios en botellas. Es cosa de ojo, tiempo y corazón.
Así lo hicieron. Sin considerar el hecho de que la criatura
no podía oírlos, le hablaban sin tregua, le cantaban, lo colocaban cerca de la radio
encendida a todo volumen. El abuelo tomaba la mano del niño y la apoyaba con firmeza
sobre su propio pecho, para que sintiera la vibración de su voz al hablar, lo incitaba
a gritar y celebraba sus gruñidos con grandes aspavientos. Apenas pudo sentarse
lo instaló a su lado en un cajón, lo rodeó de palos, nueces, huesos, trozos de tela
y piedrecillas para jugar, y, más tarde, cuando aprendió a no metérsela a la boca,
le pasaba una bola de barro para moldear. Cada vez que conseguía trabajo, Claveles
partía al pueblo, dejando a su hijo en manos de Jesús Dionisio. A donde fuera el
anciano la criatura lo seguía como una sombra, rara vez se separaban. Entre los
dos se desarrolló una sólida camaradería que eliminó la tremenda diferencia de edad
y el obstáculo del silencio. Juan se acostumbró a observar los gestos y las expresiones
del rostro de su bisabuelo para descifrar sus intenciones, con tan buenos resultados
que para el año en que aprendió a caminar ya era capaz de leerle los pensamientos.
Por su parte Jesús Dionisio lo cuidaba como una madre. Mientras sus manos se esmeraban
en delicadas artesanías, su instinto seguía los pasos del niño, atento a cualquier
peligro, pero solo intervenía en casos extremos. No se acercaba a consolarlo después
de una caída ni a socorrerlo cuando estaba en apuros, así lo acostumbró a valerse
por sí mismo. A una edad en que otros muchachos todavía andan tropezando como cachorros,
Juan Picero podía vestirse, lavarse y comer solo, alimentar a las aves, ir a buscar
agua al pozo, sabía tallar las partes más simples de los santos, mezclar colores
y preparar las botellas para los Calvarios.
–Habrá que mandarlo a la escuela para que no se quede
bruto como yo –dijo Jesús Dionisio Picero cuando se acercaba el séptimo cumpleaños
del niño.
Claveles hizo algunas indagaciones, pero le informaron
que su hijo no podía asistir a un curso normal, porque ninguna maestra estaría dispuesta
a aventurarse en el abismo de soledad donde estaba sumido.
–No importa, abuelo, se ganará la vida fabricando santos,
como usted –se resignó Claveles.
–Eso no da para comer.
–No todos pueden educarse, abuelo.
–Juan es sordo, pero no tonto. Tiene mucho discernimiento
y puede salir de aquí, la vida en el campo es muy dura para él.
Claveles estaba convencida de que el abuelo había perdido
el juicio o que el amor por el niño le impedía ver sus limitaciones. Compró un silabario
e intentó traspasarle sus escasos conocimientos, pero no logró hacerle entender
a su hijo que esos garabatos representaban sonidos y acabó por perder la paciencia.
En esa época aparecieron los voluntarios de la señora
Dermoth. Eran unos jóvenes provenientes de la ciudad, que recorrían las regiones
más apartadas del país hablando de un proyecto humanitario para socorrer a los pobres.
Explicando que en algunas partes nacían demasiados niños y sus padres no los podían
alimentar, mientras en otras había muchas parejas sin hijos. Su organización intentaba
aliviar ese desequilibrio. Se presentaron en el rancho de los Picero con un mapa
de Norteamérica y unos folletos impresos a color donde se veían fotografías de niños
morenos junto a padres rubios, en lujosos ambientes con chimeneas encendidas, grandes
perros lanudos, pinos decorados con escarcha plateada y bolas de Navidad. Después
de hacer un rápido inventario de la pobreza de los Picero, les informaron sobre
la misión caritativa de la señora Dermoth, quien ubicaba a los niños más desamparados
y los entregaba en adopción a familias con dinero, para salvarlos de una vida de
miseria. A diferencia de otras instituciones destinadas al mismo fin, ella se ocupaba
solo de criaturas con taras de nacimiento o baldadas por accidentes o enfermedades.
En el Norte había algunos matrimonios –buenos cristianos, por supuesto– que estaban
dispuestos a adoptar a esos niños. Ellos disponían de todos los recursos para ayudarlos.
Allá en el Norte había clínicas y escuelas donde hacían milagros, a los sordomudos,
por ejemplo, les enseñaban a leer el movimiento de los labios y a hablar, después
iban a colegios especiales, recibían educación completa y algunos se inscribían
en la universidad y acababan convertidos en abogados o doctores. La organización
había auxiliado a muchos niños, los Picero podían ver las fotografías, miren qué
contentos se ven, qué sanos, con todos esos juguetes, en esas casas de ricos. Los
voluntarios no podían prometer nada, pero harían todo lo posible para conseguir
que una de esas parejas acogiera a Juan, para darle todas las oportunidades que
su madre no podía ofrecerle.
–Nunca hay que desprenderse de los hijos, pase lo que
pase –dijo Jesús Dionisio Picero, apretando la cabeza del niño contra su pecho para
que no viera las caras y adivinara el motivo de la conversación.
–No sea egoísta, hombre, piense en lo que es mejor para
él. ¿No ve que allá tendrá de todo? Usted no tiene para comprarle las medicinas,
no puede mandarlo a la escuela, ¿qué va a ser de él? Este pobrecito ni siquiera
tiene padre.
–Pero tiene madre y bisabuelo –replicó el viejo. Los
visitantes partieron, dejando sobre la mesa los folletos de la señora Dermoth. En
los días siguientes Claveles se sorprendió muchas veces mirándolos y comparando
esas casas amplias y bien decoradas con su modesta vivienda de tablas, techo de
paja y suelo de tierra apisonada, esos padres amables y bien vestidos, con ella
misma cansada y descalza, esos niños rodeados de juguetes y el suyo amasando barro.
Una semana más tarde Claveles se encontró con los voluntarios
en el mercado, donde había ido a vender algunas esculturas de su abuelo, y volvió
a escuchar los mismos argumentos, que una oportunidad como ésa no se le presentaría
otra vez, que la gente adopta criaturas sanas, nunca retardados, esas personas del
Norte eran de nobles sentimientos, que lo pensara bien, porque se iba a arrepentir
toda la vida de haberle negado a su hijo tantas ventajas, condenándolo al sufrimiento
y la pobreza.
–¿Por qué quieren solo niños enfermos? –preguntó Claveles.
–Porque son unos gringos medio santos. Nuestra organización
se ocupa solo de los casos más penosos. Para nosotros sería más fácil colocar a
los normales, pero se trata de ayudar a los desvalidos.
Claveles Picero volvió a ver a los voluntarios varias
veces. Aparecían siempre cuando el abuelo no estaba en la casa. Hacia finales de
noviembre le mostraron el retrato de una pareja de edad mediana, de pie ante la
puerta de una casa blanca rodeada de un parque, y le dijeron que la señora Dermoth
había encontrado a los padres ideales para su hijo. Le señalaron en el mapa el sitio
preciso donde vivían, le explicaron que allí había nieve en invierno y los niños
armaban muñecos, patinaban en el hielo y esquiaban, que en otoño los bosques parecían
de oro y que en el verano se podía nadar en el lago. La pareja estaba tan ilusionada
con la idea de adoptar al pequeño, que ya le habían comprado una bicicleta. También
le mostraron la fotografía de la bicicleta. Y todo esto sin contar que le ofrecían
doscientos cincuenta dólares a Claveles, con lo cual ella podría casarse y tener
hijos sanos. Sería una locura rechazar aquello.
Dos días más tarde, aprovechando que Jesús Dionisio
había partido a hacer el aseo de la iglesia, Claveles Picero vistió a su hijo con
su mejor pantalón, le colocó su medalla de bautizo al cuello y le explicó en la
lengua de gestos inventada por el abuelo para él, que no se verían en mucho tiempo,
tal vez nunca más, pero todo era por su bien, iría a un lugar donde tendría comida
todos los días y regalos para su cumpleaños. Lo llevó a la dirección señalada por
los voluntarios, firmó un papel entregando la custodia de Juan a la señora Dermoth
y salió corriendo para que su hijo no viera sus lágrimas y se echara a llorar también.
Cuando Jesús Dionisio Picero se enteró de lo ocurrido
perdió el aire y la voz. A manotazos lanzó al suelo todo lo que encontró a su alcance,
incluyendo los santos en botellas y luego arremetió contra Claveles, golpeándola
con una violencia inesperada en alguien de su edad y de carácter tan manso. Apenas
pudo hablar la acusó de ser igual a su madre, capaz de deshacerse de su propio hijo,
lo que ni las fieras del monte hacen, y clamó al fantasma de Amparo Medina para
que tomara venganza en esa nieta depravada. En los meses siguientes no le dirigió
la palabra a Claveles, solo abría la boca para comer y para mascullar maldiciones
mientras sus manos se afanaban con los instrumentos de tallar. Los Picero se acostumbraron
a vivir en huraño silencio, cada uno cumpliendo con sus tareas. Ella cocinaba y
le ponía el plato sobre la mesa, él comía con la vista fija en la comida… juntos
cuidaban del huerto y de los animales, cada uno repitiendo los gestos de su propia
rutina, en perfecta coordinación con el otro, sin rozarse. Los días de feria ella
cogía las botellas y los santos de madera, partía a venderlos, volvía con algunas
provisiones y dejaba el dinero restante en un tarro. Los domingos iban los dos a
la iglesia separados, como extraños.
Tal vez habrían pasado el resto de sus vidas sin hablarse
si hacia mediados de febrero el nombre de la señora Dermoth no hubiera hecho noticia.
El abuelo escuchó el asunto por la radio, cuando Claveles estaba lavando la ropa
en el patio, primero el comentario del locutor y luego la confirmación del Secretario
del Bienestar Social en persona. Con el corazón desbocado, se asomó a la puerta
llamando a Claveles a gritos. La muchacha se volvió y al verlo tan desencajado creyó
que se estaba muriendo y corrió a sostenerlo.
–¡Lo mataron, ay Jesús, es seguro que lo mataron! –gimió
el anciano cayendo de rodillas.
–¡A quién, abuelo!
–A Juan… –y medio sofocado por los sollozos le repitió
las palabras del Secretario del Bienestar Social, que una organización criminal
dirigida por una tal señora Dermoth vendía niños indígenas. Los escogían enfermos
o de familias muy pobres, con la promesa de que serían colocados en adopción. Los
mantenían por un tiempo en proceso de engorda y cuando estaban en mejores condiciones
los llevaban a una clínica clandestina, donde los operaban. Decenas de inocentes
fueron sacrificados como bancos de órganos, para que les sacaran los ojos, los riñones,
el hígado y otras partes del cuerpo que eran enviadas para transplantes en el Norte.
Agregó que en una de las casas de engorda habían encontrado veintiocho criaturas
esperando su turno, que la policía había intervenido y que el Gobierno continuaba
las investigaciones para desmantelar ese horrendo tráfico.
Así comenzó el largo viaje de Claveles y Jesús Dionisio
Picero para hablar en la capital con el Secretario del Bienestar Social. Querían
preguntarle, con toda la sumisión debida, si entre los niños rescatados estaba el
suyo y si acaso se lo podían devolver. Del dinero recibido les quedaba muy poco,
pero estaban dispuestos a trabajar como esclavos para la señora Dermoth por el tiempo
que fuera necesario, hasta pagarle el último centavo de esos doscientos cincuenta
dólares.
(Tomado
de Allende, Isabel, Cuentos de Eva Luna, Plaza & Janés, Barcelona, 1989)