viernes, 1 de mayo de 2026

El cuento mil y dos de Scheherazade

Edgar Allan Poe

 

La verdad es más extraña que la ficción.

(Antiguo adagio)

 

En el curso de ciertas investigaciones sobre el Oriente tuve hace poco oportunidad de consultar el Tellmenow Isitsöornot, obra que, a semejanza del Zohar, de Simeón Jochaides, es muy poco conocida aún en Europa, y que, según tengo entendido, no ha sido citada jamás por un estadounidense (si exceptuamos, quizá, al autor de las Curiosidades de la Literatura Norteamericana); como decía, tuve oportunidad de leer algunas páginas de tan notable obra y quedé no poco estupefacto al descubrir que el mundo literario había vivido hasta ahora en un extraño error acerca del destino de Scheherazade, la hija del visir, según se lo describe en Las mil y una noches. En efecto, si bien el dénouement de dicho destino, como se lo consigna allí, no es por completo inexacto, se anticipa en mucho a la realidad.

Para toda información sobre tan interesante tópico remito al lector inquisitivo al Isitsöornot; pero, entretanto, se me perdonará que ofrezca un resumen de lo que descubrí en este libro.

Se recordará que, en la versión usual de los cuentos árabes, un califa a quien no faltan buenas razones para sentirse celoso de su real esposa, no sólo la condena a muerte, sino que hace solemne promesa –por su barba y el Profeta– de desposar cada noche a la más hermosa doncella de sus dominios y de entregarla a la mañana siguiente al verdugo.

Luego de cumplir al pie de la letra su promesa durante varios años, con una puntualidad y un método que le valen gran renombre como persona de mucha devoción y buen sentido, cierta tarde se ve interrumpido (en sus plegarias, sin duda) por la visita de su gran visir, a cuya hija se le ha ocurrido una idea.

La joven en cuestión se llama Scheherazade, y la idea consiste en que redimirá el país del asolador impuesto a la belleza que pesa sobre él o que perecerá en la empresa como corresponde a toda heroína.

De acuerdo con su plan, y aunque no estamos en año bisiesto (lo cual hace más meritorio su sacrificio), Scheherazade envía a su padre, el gran visir, para que ofrezca su mano al califa. Éste la acepta rápidamente (pues estaba dispuesto a tomarla de todos modos, y sólo aplazaba la cosa por el miedo que tenía al visir), pero al hacerlo da a entender claramente a los interesados que, gran visir o no, mantendrá en todos sus puntos y comas la promesa hecha y sus privilegios reales. Por eso, cuando la hermosa Scheherazade insiste en casarse, y así lo hace a pesar del excelente consejo de su padre en el sentido de que no cometa semejante locura, es evidente que tiene sus hermosos ojos negros bien abiertos y que no se le escapa nada de la situación.

Parece ser, empero, que esta política damisela (que, sin duda, debió leer a Maquiavelo) tenía preparado un pequeño cuanto ingenioso plan. Con un pretexto especioso que ya he olvidado, se las arregló para que en la noche de bodas su hermana se acostara en un lecho lo bastante cercano al de la pareja real como para poder conversar del uno al otro. Poco antes de que cantaran los gallos tuvo buen cuidado de despertar al excelente monarca, su esposo (que la estimaba muchísimo, pese a que le haría retorcer el cuello por la mañana), interrumpiendo el profundo sueño que le daban su conciencia limpia y su excelente digestión, a fin de que escuchara la interesantísima historia (creo que sobre una rata y un gato negro) que estaba contando en voz muy baja a su hermana. Cuando salió el sol, sucedió que la historia no había terminado todavía y que Scheherazade no podría terminarla por la sencilla razón de que ya era tiempo de que se levantara y ofreciera su cuello al estrangulador, cosa muy poco preferible a la de ser ahorcada, aunque ligeramente más gentil.

Lamento decir que la curiosidad del califa prevaleció sobre sus sólidos principios religiosos, induciéndolo a posponer el cumplimiento de su promesa hasta la mañana siguiente, con intención y esperanza de enterarse por la noche qué había ocurrido al final con el gato negro (pues creo que era negro) y la rata.

Llegada la noche, no sólo Scheherazade dio la pincelada final al gato negro y a la rata (que era azul), sino que, antes de darse cuenta de lo que hacía, se vio arrastrada por el intrincado desarrollo de un relato concerniente, si no me engaño, a un caballo color rosa (con alas verdes) que se movía violentamente gracias a un mecanismo de relojería, al cual se daba cuerda con una llave color índigo. Este relato interesó al califa mucho más que el primero, y como amaneció sin que hubiera terminado (pese a los esfuerzos de la sultana por concluirlo a tiempo para acudir al estrangulamiento), no quedó otro remedio que aplazar otra vez la ceremonia veinticuatro horas. A la noche siguiente ocurrió algo parecido, con resultados similares; y también a la siguiente, y a la otra… hasta que, al fin, el buen monarca, después de haberse visto inevitablemente privado de cumplir su promesa durante nada menos que mil y una noches, la olvidó completamente al vencerse el término, se hizo relevar de ella en la forma habitual, o –lo que es más probable– se limitó a quebrarla, al mismo tiempo que la cabeza de su padre confesor. Sea como fuere, Scheherazade, que, como descendiente directa de Eva, había heredado quizá las siete cestas de charla que esta última dama, como es sabido, cosechó al pie de los árboles en el jardín del Edén, acabó triunfando sobre el califa y el impuesto a la belleza fue abolido.

Ahora bien, esta conclusión (que figura en la obra tal como la conocemos) es indudablemente muy justa y agradable, pero, ¡ay!, como tantas cosas, es mucho más agradable que verdadera. Debo al Isitsöornot la rectificación de este error. Le mieux –dice un proverbio francés– est l’ennemi du bien, y al mencionar que Scheherazade había heredado las siete cestas de la charla, hubiera debido agregar que las puso a interés compuesto hasta que llegaron a ser setenta y siete.

–Querida hermana –dijo en la noche mil y dos (transcribo literalmente los términos del Isitsöornot)–, ahora que este pequeño inconveniente de la estrangulación ha desaparecido, junto con el odioso impuesto, me siento culpable de una gran indiscreción por haberles ocultado a ti y al califa (quien, lamento decirlo, está roncando, lo cual no es propio de un caballero) la verdadera conclusión de la historia de Simbad el marino. Este personaje pasó por muchas otras e interesantes aventuras aparte de las que les he contado, pero, a decir verdad, aquella noche me sentía un tanto soñolienta y preferí abreviar mi relato. ¡Oh, infame proceder, del cual espero que Alá me perdone! Pero aún no es demasiado tarde para remediar mi negligencia y, tan pronto haya pellizcado un par de veces al califa y éste se despierte lo bastante como para cesar sus horribles ruidos, procederé a narrarte (y también a él, si así lo desea) la continuación de esta notable historia.

La hermana de Scheherazade, según noticias del Isitsöornot, no se manifestó demasiado entusiasmada ante esta perspectiva; pero el califa, luego de recibir suficientes pellizcos, terminó por interrumpir sus ronquidos y finalmente dijo “¡Hunt!”, y luego “¡Ejem!”, con lo cual la reina comprendió (por cuanto se trataba indudablemente de palabras árabes) que el monarca era todo atención y que trataría de no seguir roncando; la reina, repito, reanudó sin perder más tiempo la historia de Simbad el marino.

–Por fin, cuando ya era viejo –contó Scheherazade, y Simbad hablaba por su voz–, después de gozar de muchos años de tranquilidad en mi hogar, me sentí poseído una vez más por el deseo de visitar países lejanos; y un día, sin advertir a mi familia de mis intenciones, preparé algunos fardos de mercancías que aliaban la riqueza al poco bulto y, enganchando a un mozo de cuerda para que las llevara, bajé con ellas a la costa para esperar algún navío que quisiera sacarme del reino, rumbo a alguna región que no hubiera explorado todavía.

“Luego de dejar los fardos en la arena, nos sentamos bajo los árboles y miramos el océano, esperando percibir algún navío, pero durante varias horas no vimos ninguno. Me pareció por fin que oía un extraño sonido, entre zumbido y murmullo, y el mozo de cuerda afirmó que también él lo oía. No tardó en hacerse más intenso, y crecía en forma tal que no podíamos dudar del rápido acercamiento del objeto que lo provocaba. Por fin, en la línea del horizonte distinguimos una mota negra que aumentaba rápidamente de tamaño hasta convertirse en un enorme monstruo, nadando con gran parte del cuerpo fuera del agua. Avanzó hacia nosotros a una velocidad inconcebible, levantando enormes masas de espuma con el pecho e iluminando la parte del océano por el cual avanzaba con una larga línea de fuego que se extendía hasta perderse en la distancia.

“Cuando aquello se nos acercó, pudimos verlo con toda claridad. Su largo era comparable al de tres árboles entre los más altos, y su ancho semejante a la gran sala de audiencias de vuestro palacio, ¡oh, el más sublime y munífico de los califas! Su cuerpo no se parecía en nada al de los peces ordinarios; sólido como de roca, era de un negro azabache en toda la extensión que sobresalía del agua, a excepción de una angosta faja rojo sangre que lo circundaba por completo. El vientre, oculto por el agua, pero que veíamos por momentos cuando el monstruo subía y bajaba entre las olas, hallábase totalmente cubierto de escamas metálicas, cuyo color semejaba el de la luna con tiempo neblinoso. Su lomo era chato y casi blanco, y de él surgían hacia lo alto seis espinas de una altura casi igual a la mitad de su largo.

“Aquella horrible criatura no tenía boca visible, pero para compensar este defecto se hallaba provisto de veinte ojos por lo menos, que sobresalían de las órbitas como los de la libélula verde y se distribuían alrededor del cuerpo en dos hileras, una sobre otra, paralelamente a la franja rojo sangre que parecía una especie de ceja. Dos o tres de aquellos espantosos ojos eran mucho mayores que los demás y daban la impresión de ser de oro macizo.

“Aunque, como he dicho, la bestia se nos acercaba con enorme rapidez, parecía movida por artes de nigromancia, pues no tenía aletas como las de un pez, ni patas membranosas como un pato, ni alas como la concha marina a quien el viento impulsa como si fuera un barco. Tampoco se contorsionaba para avanzar, como la anguila. La cabeza y la cola se parecían muchísimo, salvo que a poca distancia de esta última había dos agujeros que servían de narices y por las cuales el monstruo exhalaba un espeso aliento con violencia prodigiosa, produciendo un agudo y desagradable sonido.

“Grandísimo fue nuestro espanto al contemplar cosa tan horrible, pero pronto se vio superado por el asombro que nos produjo ver sobre el lomo de aquella criatura una gran cantidad de animales de la misma forma y tamaño que los hombres y sumamente parecidos a éstos, salvo que no estaban vestidos (como lo está un hombre), sino que la naturaleza parecía haberles proporcionado unas feas e incómodas envolturas que daban la impresión de una tela, pero tan pegada a la piel como para que los pobres infelices tuvieran el aire más ridículo y pasaran por las peores molestias imaginables. En lo alto de la cabeza llevaban una especie de cajas cuadradas que a primera vista hubieran podido pasar por turbantes, pero que, como pronto advertí, eran muy pesadas y sólidas. Supuse entonces que se trataba de dispositivos calculados para mantener, gracias a su gran peso, las cabezas pegadas a los hombros. Noté que todas esas criaturas llevaban unos collares negros (símbolo de servidumbre, sin duda) como los que ponemos a nuestros perros, sólo que mucho más anchos y duros, al punto que las desdichadas víctimas no podían mover la cabeza en cualquier dirección sin mover al mismo tiempo el cuerpo; se veían así condenados a contemplarse incesantemente la nariz, espectáculo tan romo y tan chato como imaginarse pueda, por no calificarlo de espantoso.

“Una vez que el monstruo hubo llegado junto a la costa donde nos hallábamos, proyectó repentinamente uno de sus ojos hasta muy afuera, emitiendo por él un terrible resplandor de fuego seguido de una densa nube de humo y un estruendo que no puedo comparar con nada por debajo del trueno. Cuando se despejó el humo, vimos a uno de aquellos extraños animales-hombres parado cerca de la cabeza de la bestia, con una trompeta en la mano; llevándosela a la boca, no tardó en dirigirse a nosotros con acentos tan broncos, ásperos y desagradables, que hubiéramos confundido acaso con un lenguaje si no hubieran sido proferidos por la nariz.

“Como no cabía duda de que se dirigía a nosotros, me sentí perplejo y sin saber qué contestar, pues no había entendido una sola sílaba. En esta coyuntura me volví al mozo de cordel, que estaba a punto de desmayarse de terror, y le pregunté qué pensaba de aquel monstruo y si tenía idea de sus intenciones, así como de la naturaleza de los seres que llenaban su lomo. Venciendo lo mejor posible el temblor que lo dominaba, me contestó que había oído hablar de aquella bestia marina; que era un cruel demonio, con entrañas de azufre y sangre de fuego, creado por genios malignos para infligir desgracias a la humanidad; que aquellas cosas que había en su lomo eran sabandijas como las que a veces infestan a gatos y perros, sólo que más grandes y más salvajes, y que tenían su razón de ser, por más mala que fuera, ya que a causa de las torturas que infligían al monstruo mediante sus mordiscos y aguijonazos lo llevaban al grado de enfurecimiento necesario para que rugiera y cometiera maldades, cumpliendo así los vengativos y perversos propósitos de los genios malignos.

“Esta explicación me indujo a salir corriendo a toda velocidad y, sin mirar una sola vez hacia atrás, me interné como una flecha en las colinas, mientras el mozo de cordel corría con no menor celeridad, pero en dirección opuesta, al punto que logró finalmente escapar con mis fardos que no dudo habrá cuidado debidamente, aunque no puedo ratificar este punto pues no me parece que haya vuelto a verlo jamás.

“En cuanto a mí, fui perseguido por un enjambre de los hombres-sabandijas (que habían desembarcado en botes), hasta que no tardé en ser alcanzado, atado de pies y manos y conducido a bordo de la bestia, la cual echó a nadar de inmediato mar afuera.

“Me arrepentí entonces amargamente de haber abandonado un hogar confortable para arriesgar la vida en semejantes aventuras; pero como aquellas lamentaciones no servían de nada, traté de mejorar en lo posible mi situación, buscando asegurarme la buena voluntad del animal-hombre que esgrimía la trompeta, y que parecía ejercer autoridad sobre los otros. Tan bien lo logré que, pocos días más tarde, aquella criatura me dio varios testimonios de su favor, y llegó por fin a molestarse en enseñarme los rudimentos de lo que sería vano denominar un lenguaje; pero gracias a ello me fue posible hacerme entender de aquella criatura y expresarle mis ardientes deseos de ver el mundo.

“–Patapún catabón tirilín Simbad, mantantirulirulá rataplán chin pún –me dijo cierto día, después de cenar–. Pero me apresuro a pedir mil perdones, pues olvidaba que Vuestra Majestad ignora el dialecto de los “cockneys” (como se denominaban los animales-hombres, quizá porque su lenguaje constituía el eslabón entre el caballo y el gallo). Con vuestro permiso lo traduciré: “Patapún catabón”, etc., significa: “Me alegra descubrir, querido Simbad, que eres un excelente individuo; por nuestra parte, estamos cumpliendo ahora algo que se llama circunnavegación del globo, y ya que tienes tantos deseos de ver mundo, cerraré los ojos y te daré un pasaje gratis en el lomo de la bestia”.

El Isitsöornot declara que, cuando la dama Scheherazade hubo llegado a este punto, el califa se volvió sobre el lado derecho y dijo:

–Ciertamente, querida reina, es muy sorprendente que hayas omitido hasta ahora estas últimas aventuras de Simbad. ¿Sabes que las encuentro tan entretenidas como extrañas?

Habiéndose expresado así el califa, según nos cuentan, la hermosa Scheherazade continuó su relato con las siguientes palabras:

–Agradecí su gentileza al animal-hombre –dijo Simbad– y pronto me hallé muy a mi gusto sobre la bestia, que nadaba a velocidad prodigiosa a través del océano, a pesar de que éste, en la parte del mundo donde nos hallábamos, no era plano, sino redondo como una granada, por lo cual puede decirse que todo el tiempo subíamos y bajábamos por él”.

–Esto me parece sumamente raro –interrumpió el califa.

–Empero, es muy cierto –replicó Scheherazade.

–Lo dudo –dijo el monarca–, pero te ruego que tengas la bondad de seguir con tu relato.

–Así lo haré –continuó la reina–. La bestia –continuó Simbad– nadaba hacia arriba y abajo, hasta que llegamos a una isla de muchos cientos de millas de circunferencia que, a pesar de su tamaño, había sido levantada en mitad del océano por una colonia de pequeños seres semejantes a las orugas.

–¡Hum! –dijo el califa.

–Al abandonar la isla –continuó Simbad (pues Scheherazade no hizo caso de aquella intempestiva interjección de su esposo)– llegamos a otra donde había bosques de piedra tan duros que rompían el filo de las hachas más templadas, con las cuales tratamos de cortar sus árboles.

–¡Hum! –dijo nuevamente el califa; pero Scheherazade no le prestó atención y siguió hablando con las palabras de Simbad:

–Más allá de esta isla llegamos a un país donde había una caverna que entraba treinta o cuarenta millas en las entrañas de la tierra y que contenía mayores, más grandes y magníficos palacios que los existentes en Damasco y Bagdad juntas. Del techo de estos palacios colgaban miríadas de gemas, semejantes a diamantes, pero más grandes que un hombre; entre las calles llenas de torres, pirámides y templos, corrían inmensos ríos negros como el ébano, pululantes de peces sin ojos.

–¡Hum! –dijo el califa.

–Nadamos luego a una región del mar donde hallamos una elevadísima montaña, de cuyas laderas caían torrentes de metal fundido, algunos de ellos de doce millas de ancho y sesenta de largo; de un abismo en lo alto surgían cantidades tales de cenizas, que el sol había quedado completamente oculto en el cielo, y estaba más oscuro que en la más tenebrosa medianoche; aun a ciento cincuenta millas de aquella montaña era imposible ver el más blanco de los objetos, aunque lo pusiéramos contra los ojos.

–¡Hum! –dijo el califa.

–Luego de alejarnos de esta costa, la bestia continuó su viaje hasta llegar a una tierra donde la naturaleza de las cosas parecía haberse invertido, pues vimos un gran lago en cuyo fondo, a más de cien pies bajo la superficie, florecía con toda su vegetación un bosque de altos y exuberantes árboles.

–¡Hola! –dijo el califa.

–Cientos de millas más allá encontramos un clima donde la atmósfera era tan densa que sostenía el hierro o el acero, tal como el nuestro sostiene una pluma.

–¡Toma! –dijo el califa.

–Siguiendo siempre la misma dirección, llegamos a la región más admirable y magnífica de la tierra. Corría por ella un río de varios miles de millas de longitud. Era de insondable profundidad y de mayor transparencia que el ámbar. Su ancho variaba de tres a seis millas y sus márgenes se alzaban perpendicularmente hasta mil doscientos pies de altura, coronados por árboles de follaje perenne y flores del más dulce perfume, que convertían aquel territorio en un maravilloso jardín. Pero tan exuberante región se llamaba el Reino del Horror, y penetrar en él representaba inevitablemente la muerte.

–¡Toma! –dijo el califa.

–Nos alejamos aprisa de aquel reino y, tras algunos días, llegamos a otro donde nos asombró descubrir miriadas de monstruosos animales que tenían en la cabeza cuernos semejantes a guadañas. Aquellas horrorosas bestias cavan vastas cavernas en forma de túnel, disponiendo su entrada en forma tal que los animales que pisan las piedras que la forman se precipitan al interior de la guarida de los monstruos, quienes les chupan inmediatamente la sangre, transportando luego desdeñosamente sus restos a mucha distancia de las “cavernas de la muerte”.

–¡Bah! –dijo el califa.

–Continuando nuestro viaje, avistamos una zona donde hay vegetales que no crecen en el suelo, sino en el aire. Algunos surgían de la sustancia de otros vegetales; otros derivaban su alimento del cuerpo de animales vivos, y había algunos que ardían como si fueran un fuego intenso; otros que andaban de un lado a otro según su voluntad, y, lo que era aún más extraordinario, descubrimos flores que vivían, respiraban y movían sus partes a voluntad, y que compartían la detestable pasión humana por la esclavitud, sumiendo a otros seres en horribles y solitarias prisiones hasta que cumplían determinadas tareas.

–¡Cómo! –dijo el califa.

–Al salir de esta tierra no tardamos en llegar a otra donde las abejas y los pájaros son matemáticos de tanto genio y erudición que diariamente enseñan geometría a los entendidos del imperio. Cierta vez que el rey ofreció una recompensa por la solución de dos dificilísimos problemas, ambos quedaron instantáneamente aclarados, el uno por las abejas y el otro por los pájaros. Como el rey guardó la solución en secreto, sólo después de complicadísimas investigaciones y trabajos y de escribir infinidad de voluminosos libros en infinidad de años llegaron los matemáticos del reino a las mismas soluciones que las abejas y los pájaros habían dado en el acto.

–¡Demonio! –dijo el califa.

–Apenas había perdido de vista este imperio, cuando llegamos a otro, desde cuyas playas vimos volar una bandada de pájaros de una milla de ancho y doscientas cuarenta millas de largo; es decir, que, aun volando a razón de una milla por minuto, se requirieron cuatro horas para que pasara sobre nosotros la entera bandada, en la cual había varios millones de pájaros.

–¡Diantres! –dijo el califa.

–Tan pronto habíamos quedado libres de estos pájaros, que mucho nos molestaron, vimos surgir un ave de otra especie, infinitamente más grande que los rocs que había encontrado en mis anteriores viajes; era más grande que la mayor de las cúpulas de vuestro serrallo, ¡oh, el más magnífico de los califas! Este terrible pájaro no tenía cabeza visible, sino que parecía formado enteramente por un vientre de prodigioso grosor y redondez, constituido por una sustancia muy suave, lisa, brillante y de franjas coloreadas. El monstruo llevaba en sus garras (a su guarida, en las nubes, sin duda) una casa cuyo techo había probablemente arrancado, y en cuyo interior vimos claramente a varios seres humanos que parecían tan empavorecidos como desesperados por el espantoso destino que les aguardaba. Gritamos con todas nuestras fuerzas, esperando que el pájaro se asustara y soltara la presa; pero se limitó a exhalar una especie de resoplido, como de cólera, y luego dejó caer sobre nuestras cabezas un pesado saco que resultó estar lleno de arena.

–¡Cuentos chinos! –dijo el califa.

–Muy poco después de esta aventura encontramos un continente de vastísima extensión y prodigiosa solidez, el cual descansaba enteramente sobre el lomo de una vaca color celeste que tenía no menos de cuatrocientos cuernos.

–Esto sí lo creo –dijo el califa–, pues he leído algo por el estilo en algún libro.

–Pasamos por debajo de este continente, nadando entre las piernas de la vaca, y horas después nos encontramos en una región maravillosa que, según me informó el animal-hombre, era su propio país, habitado por seres de su misma especie. Esto aumentó muchísimo el concepto que de él tenía y empecé a avergonzarme del desprecio y la familiaridad con que lo había tratado hasta ahora. En efecto, descubrí que los animales-hombres constituían una nación de grandes magos que vivían con la cabeza llena de gusanos, los cuales sin duda servían para estimularlos con sus dificultosos retorcimientos y coletazos, a fin de que alcanzaran los más asombrosos grados de imaginación.

–¡Disparates! –dijo el califa.

–Entre los magos había diversos animales domésticos de lo más singulares. Por ejemplo, vimos un enorme caballo cuyos huesos eran de hierro y tenía agua hirviendo por sangre. En lugar de maíz lo alimentaban con piedras negras; a pesar de esa dura dieta era tan fuerte y veloz como para arrastrar una carga más pesada que el más grande de los templos de esta ciudad, a una velocidad que superaba la de la mayoría de los pájaros.

–¡Pamplinas! –dijo el califa.

–Entre esas gentes vi una gallina sin plumas más grande que un camello; en vez de carne y huesos era de hierro y ladrillos; su sangre, como la del caballo (al que mucho se parecía) era agua hirviendo, y, como él, sólo comía madera y piedras negras. Esta gallina producía con frecuencia un centenar de pollos en un solo día; después de nacidos se instalaban durante varias semanas en el estómago de su madre.

–¡Dislates! –dijo el califa.

–Un miembro de esta nación de brujos creó un hombre de bronce, madera y cuero, dándole tanta inteligencia que hubiera vencido al ajedrez a toda la humanidad, con excepción del gran califa Harún Al Raschid. Otro de estos magos construyó con materiales parecidos una criatura capaz de avergonzar el genio de su propio creador: tan grandes eran sus poderes razonantes que, en un segundo, efectuaba cálculos que hubieran requerido el trabajo de cincuenta mil hombres de carne y hueso durante un año. Pero otro mago todavía más asombroso fabricó una fortísima criatura que no era ni hombre ni bestia, pero que tenía cerebro de plomo mezclado con una sustancia negra como la pez y dedos que actuaban con tan increíble velocidad y destreza que no hubiera tenido dificultad en escribir veinte mil copias del Corán en una hora; todo esto con una precisión tan exquisita que no se hubiera podido encontrar un solo ejemplar que se diferenciara de los otros en el ancho de un cabello. Esta criatura era de una fuerza prodigiosa, al punto que creaba y destruía de un soplo los imperios más poderosos; pero sus aptitudes se aplicaban indistintamente al bien y al mal.

–¡Ridículo! –dijo el califa.

–En esta nación de nigromantes había uno que llevaba en las venas la sangre de la salamandra, pues no tenía escrúpulos en sentarse a fumar su chibuquí en un horno ardiente, hasta que su cena se cocinaba completamente en el suelo. Otro tenía la facultad de convertir los metales comunes en oro, sin siquiera mirarlos durante el proceso. Otro tenía un tacto tan delicado que llegó a fabricar un alambre invisible. Otro percibía las cosas con tanta rapidez, que contaba los movimientos de un cuerpo elástico mientras éste se movía hacia delante y hacia atrás a la velocidad de novecientos millones de veces por segundo.

–¡Absurdo! –dijo el califa.

–Otro de estos magos, ayudado por un fluido que nadie vio hasta ahora, podía hacer que los cadáveres de sus amigos movieran los brazos, patearan, lucharan e incluso se levantaran y danzaran. Otro cultivó a tal punto su voz, que podía hacerse oír desde un extremo al otro del mundo. Otro tenía un brazo tan largo que podía estar sentado en Damasco y escribir una carta en Bagdad o en cualquier otro sitio. Otro tenía tal dominio sobre el relámpago que podía hacerlo descender a su antojo; le servía luego de juguete. Otro tomó dos sonidos muy fuertes e hizo con ellos un silencio. Otro creó una profunda oscuridad con dos luces brillantes. Otro fabricó hielo en un horno ardiente. Otro obligó al sol a que pintara su retrato y el sol le obedeció. Otro tomó el astro rey, junto con la luna y los planetas, y luego de pesarlos cuidadosamente, sondeó sus profundidades y descubrió la solidez de las sustancias que los componen. Pero toda aquella nación posee una habilidad nigromántica tan sorprendente, que hasta sus niños y aun sus perros y sus gatos son capaces de ver fácilmente objetos que no existen, o que veinte millones de años antes del nacimiento de dicha nación habían sido borrados de la faz del universo.

–¡Ridículo! –dijo el califa.

–Las esposas e hijas de aquellos grandes e incomparables magos –continuó Scheherazade, sin preocuparse en absoluto de las repetidas y poco caballerescas interrupciones de su esposo– son de lo más refinadas y perfectas, y constituirían el ápice de lo interesante y de lo hermoso de no mediar una desdichada fatalidad que las agobia, y que ni siquiera los milagrosos poderes de sus esposos y padres han logrado remediar hasta el presente. Algunas de esas fatalidades adoptan cierta forma, mientras otras se presentan de diferente manera; pero me refiero, sobre todo, a la que asume la forma de una excentricidad.

–¿Una qué? –preguntó el califa.

–Una excentricidad –dijo Scheherazade–. Uno de los genios malignos que continuamente tratan de hacer daño indujo a tan perfectas señoras a creer que aquello que denominamos belleza natural consiste en la protuberancia de la región donde la espalda cambia de nombre. Les hicieron creer que la perfección de la hermosura se halla en razón directa con el volumen de dicha parte. Dominadas por la idea, y aprovechando que los almohadones son muy baratos en ese país, se ha llegado a un punto en que ya resulta difícil distinguir a una mujer de un dromedario….

–¡Detente! –exclamó el califa–. ¡No puedo ni quiero soportar semejante cosa! ¡Me has dado ya una terrible jaqueca con tus mentiras! Noto, además, que está amaneciendo. ¿Cuánto tiempo llevamos casados? Mi conciencia empieza a atormentarme. Y, además, ese asunto de los dromedarios… ¿Me tomas por imbécil? Lo mejor que puedes hacer es ir a que te estrangulen.

Según me entero por el Isitsöornot, estas palabras ofendieron y asombraron a Scheherazade, pero, como sabía que el califa era hombre de escrupulosa integridad y poco sospechoso de faltar a su palabra, se sometió resignadamente a su destino. Mucho se consoló (mientras le apretaban el cordón en el cuello) pensando que gran parte de su historia quedaba todavía por decir, y que la petulancia de aquel animal de su marido le estaba bien aplicada, pues por su culpa se quedaría sin conocer muchas otras inimaginables aventuras.

 

(Tomado de www.lecturia.org)

 

Autor prominente

Philip K. Dick

 

–Aunque mi marido es un hombre muy puntual –dijo Mary Ellis–, y no ha llegado ni un día tarde al trabajo en veinticinco años, hoy aún no ha salido de casa –sorbió su bebida, compuesta de hormonas y carbohidratos, levemente perfumada–. De hecho, todavía tardará unos diez minutos en marcharse.

–Increíble –dijo Dorothy Lawrence, que había terminado su bebida.

Un chorro de vapor para suavizar el cutis, que manaba de un surtidor automático habilitado sobre el sofá, descendía por su cuerpo prácticamente desnudo.

–¡Los tiempos adelantan que es una barbaridad!

La señora Ellis resplandeció de orgullo, como si fuera ella la que trabajara en Desarrollo Terrestre.

–Sí, es increíble. Según un tipo de la oficina, toda la historia de la civilización puede explicarse en términos de técnicas de transporte. Yo no sé nada de historia, por supuesto. Eso compete a los investigadores del gobierno, pero de acuerdo con lo que ese hombre le dijo a Harry…

–¿Dónde está mi maletín? –preguntó una voz irritada desde el dormitorio–. Por el amor de Dios, Mary, lo dejé anoche sobre el limpiavestidos.

–Lo dejaste arriba –replicó Mary, alzando un poco la voz–. Mira en el ropero.

–¿Y qué hace en el ropero? –se oyeron pasos precipitados–. Yo pensaba que el maletín de un hombre se halla a salvo en su casa –Henry Ellis se asomó a la sala unos momentos–. Ya lo encontré. Hola, señora Lawrence.

–Buenos días –saludó Dorothy Lawrence–. Mary me estaba explicando que usted todavía no se ha ido.

–Sí, aún no me he ido –Ellis se ajustó la corbata, mientras el espejo giraba poco a poco a su alrededor–. ¿Quieres que te traiga algo del centro, cariño?

–No –dijo Mary–. No se me ocurre nada. Te videaré a la oficina si me acuerdo de algo.

–¿Es verdad que nada más entrar ya llega al centro en un instante? –preguntó la señora Lawrence.

–Bueno, casi al instante.

–¡Doscientos cuarenta kilómetros! Es increíble. Caramba, mi marido tarda dos horas y media en trasladarse en el monojet por los carriles comerciales, estacionar y subir a pie a su oficina.

–Lo sé –murmuró Ellis, tomando el abrigo y el sombrero–. Es lo que yo solía tardar, pero eso terminó –se despidió de su mujer con un beso–. Hasta la noche. Ha sido un placer verla de nuevo, señora Lawrence.

–¿Puedo… mirar? –preguntó la señora Lawrence, con un brillo de esperanza en los ojos.

–¿Mirar? Claro, claro –Ellis salió por la puerta trasera y bajó a toda prisa los peldaños que llevaban al patio–. ¡Vengan! –gritó, impaciente–. No quiero llegar tarde. Son las nueve cincuenta y nueve y quiero estar sentado ante mi escritorio a las diez en punto.

La señora Lawrence siguió a Ellis, nerviosa. Un gran aro brillaba bajo la luz del sol en el patio trasero. Ellis giró algunos mandos dispuestos en la base. El color plateado del aro viró a un rojo reluciente.

–¡Me voy! –gritó Ellis. Se introdujo en el aro. Este osciló a su alrededor. Se oyó un débil “pop”. El brillo se desvaneció.

–¡Santo Dios! –susurró la señora Lawrence–. ¡Desapareció!

–Está en el centro de Nueva York –corrigió Mary Ellis.

–Ojalá mi marido tuviera un instanmóvil. Cuando salgan al mercado, quizá pueda permitirme comprarle uno.

–Oh, son muy prácticos –dijo Mary Ellis–. Es muy probable que en este mismo momento les esté diciendo hola a los chicos.

Henry Ellis se hallaba en una especie de túnel. A su alrededor, un tubo gris e informe se extendía en ambas direcciones, como una especie de cloaca brumosa.

Vio, enmarcado en la abertura que había detrás de él, el vago contorno de su casa. El balcón y el patio traseros, Mary de pie en un escalón, ataviada con pantalones y sujetador rojo. La señora Lawrence a su lado, con pantalones cortos verdes a cuadros. El cedro y las hileras de petunias. Una colina. Las pulcras casas de Cedar Groves, Pennsylvania. Y frente a él…

Nueva York. Una visión fugaz de la bulliciosa esquina opuesta a su oficina. Una parte del edificio de hormigón, cristal y acero. Gente que se movía. Rascacielos. Enjambres de monojets que aterrizaban. Señales aéreas. Innumerables funcionarios que corrían hacia sus oficinas.

Ellis avanzó sin prisa hacia la terminal de Nueva York. Había utilizado el instanmóvil las veces suficientes para saber cuántos pasos le bastaban: cinco pasos. Cinco pasos por el fluctuante túnel gris y habría recorrido doscientos cuarenta kilómetros. Se detuvo y miró atrás. Tres pasos hasta el momento. Ciento cuarenta y cuatro kilómetros. Más de la mitad de la distancia.

La cuarta dimensión era algo maravilloso.

Ellis se llevó la pipa a los labios, apoyó el maletín contra la pierna y buscó el tabaco en el bolsillo del abrigo. Todavía le quedaban treinta segundos para llegar al trabajo. Mucho tiempo. El encendedor de la pipa relumbró. Aspiró varias veces. Cerró el encendedor y lo devolvió a su bolsillo.

Algo maravilloso, en efecto. El instanmóvil ya había revolucionado la sociedad. Era posible trasladarse a cualquier lugar del mundo al instante, sin lapso de tiempo, sin necesidad de zambullirse en interminables carriles atestados de monojets. El problema del transporte se había convertido en una pesadilla desde mediados del siglo XX. Cada año aumentaba el número de familias que abandonaba la ciudad para irse a vivir al campo, lo cual agravaba los colapsos de tráfico que se producían en carreteras y autopistas.

Pero el problema ya estaba solucionado. Podían funcionar un número infinito de instanmóviles, sin que interfirieran entre sí. El instanmóvil salvaba distancias no espaciales, a través de otra dimensión (le habían explicado esa parte con mucha claridad). Por mil créditos, cualquier familia terrícola podía adquirir un juego de aros instanmóviles; uno en el patio trasero, y el otro en Berlín, las Bermudas, San Francisco, Port Said o en cualquier otra parte del mundo. Existía un inconveniente, desde luego. El aro tenía que fijarse en un lugar concreto. Se elegía el destino, y punto.

Sin embargo, resultaba perfecto para un oficinista. Entraba por un extremo y salía por el otro. Cinco pasos, doscientos cuarenta kilómetros. Doscientos cuarenta kilómetros que constituían una pesadilla de dos horas: marchas que rascaban, sacudidas repentinas, monojets que entraban y salían, conductores que corrían como locos, conductores imprudentes, policías apostados como buitres al acecho, úlceras y mal humor. Ahora, todo eso se había acabado. Al menos para él, como empleado de Desarrollo Terrestre, fabricante del instanmóvil. Y pronto para todo el mundo, cuando salieran al mercado.

Ellis suspiró. La hora de trabajar. Vería a Ed Hall subiendo de dos en dos los escalones del edificio, a Tony Franklin pisándole los talones. Tenía que empezar a moverse. Se agachó y alargó la mano hacia el maletín…

Fue entonces cuando los vio. La fluctuante neblina gris era menos densa en aquel punto, y más débil el resplandor. El punto se hallaba a unos centímetros de la esquina del maletín.

Había tres figuras diminutas justo al otro lado de la neblina gris. Hombres increíblemente pequeños, no mayores que insectos. Lo miraban con incrédulo estupor.

Ellis se olvidó del maletín y clavó la vista en ellos. Los tres hombres diminutos demostraron una estupefacción similar. Ninguno de ellos se movió, paralizados por la sorpresa. Henry Ellis se agachó, boquiabierto.

Una cuarta figurita se unió a las otras. Todas se quedaron petrificadas, con los ojos a punto de salirse de las órbitas. Vestían una especie de túnicas. Túnicas de color pardo y sandalias. Prendas extrañas, que no eran propias de la Tierra. Todo en su aspecto denotaba que no eran terrícolas: su tamaño, sus rostros oscuros de peculiares tonos, su atavío… y sus voces.

De repente, las figuritas empezaron a chillar entre sí, dando lugar a una extraña algarabía. Recuperados de su parálisis, empezaron a correr en grotescos y frenéticos círculos. Corrían a una velocidad increíble; se dispersaban como hormigas que hubieran caído en una sartén al rojo vivo. Corrían y brincaban, agitando brazos y piernas como posesos. No cesaban de chillar con sus agudas y estridentes voces.

Ellis encontró su maletín. Lo recogió con mucha lentitud. Las figuras contemplaron, con una mezcla de asombro y terror, cómo se alzaba la enorme valija, a escasísima distancia de ellas. Una idea atravesó la mente de Ellis. Santo Dios, ¿podrían introducirse en el instanmóvil, a través de la niebla gris?

No tenía tiempo de averiguarlo. Iba a llegar con retraso. Se liberó del hechizo y corrió hacia el final del túnel. Un segundo después salió al sol cegador y descubrió que se encontraba en la bulliciosa esquina frente a la que se alzaba su oficina.

–¡Hola, Hank! –gritó Donald Potter, mientras entraba corriendo en el edificio–. ¡Date prisa!

–Sí, sí.

Ellis lo siguió como un autómata. El instanmóvil formaba un vago círculo sobre el pavimento, como el fantasma de una burbuja de jabón.

Subió corriendo la escalera y penetró en las oficinas de Desarrollo Terrestre. Su mente ya se había concentrado en el duro día que le esperaba.

Mientras cerraban con llave la puerta de la oficina y se preparaban para volver a casa, Ellis detuvo al coordinador Patrick Miller en la puerta de su despacho.

–Señor Miller, usted también es responsable de la parte de investigación, ¿verdad?

–Sí. ¿Por qué?

–Me gustaría preguntarle algo. ¿Adónde va el instanmóvil? Debe ir a algún sitio.

–Sale del continuo por completo –Miller estaba impaciente por irse a casa–. Penetra en otra dimensión.

–Lo sé, pero… ¿dónde?

Miller desdobló el pañuelo que llevaba en el bolsillo superior de la chaqueta y lo extendió sobre su escritorio.

–Quizá se lo pueda explicar mejor así. Imagine que usted es un ser de dos dimensiones y que este pañuelo representa su…

–Lo he visto un millón de veces –dijo Ellis, decepcionado–. Es una simple analogía, y no me interesa una analogía. Quiero una respuesta concreta. ¿Adónde va mi instanmóvil entre aquí y Cedar Groves?

–¿Y a usted qué demonios le importa? –rio Miller.

Ellis se puso en guardia de repente. Se encogió de hombros, fingiendo indiferencia.

–Pura curiosidad. Estoy seguro de que debe de ir a algún sitio.

Miller apoyó la mano sobre el hombro de Ellis, con el gesto de un hermano mayor cariñoso.

–Henry, viejo amigo, deje eso en nuestras manos. ¿De acuerdo? Nosotros somos los inventores, y usted el consumidor. Su trabajo consiste en utilizar el instanmóvil, probarlo e informar de cualquier fallo o defecto para que funcione perfectamente cuando lo saquemos al mercado el año que viene.

–En realidad… –empezó Ellis.

–¿Sí?

Ellis no terminó la frase.

–Nada –tomó su maletín–. Nada en absoluto. Hasta mañana. Gracias, señor Miller. Buenas noches.

Salió a toda prisa del edificio. La tenue silueta de su instanmóvil era visible a la pálida luz del atardecer. El cielo ya estaba lleno de monojets que se marchaban. Trabajadores agotados iniciaban su largo viaje de vuelta a sus casas en el campo. El trayecto interminable. Ellis caminó hacia el aro y entró. De súbito, el sol se desvaneció.

Se encontró de nuevo en el fluctuante túnel gris. Un círculo verde y blanco destellaba en el extremo más alejado. Verdes colinas ondulantes y su casa. Su patio trasero. El cedro y los lechos de flores. La ciudad de Cedar Groves.

Dos pasos por el túnel. Ellis se detuvo y se inclinó. Examinó el suelo del túnel. Examinó la pared gris nebulosa en el punto donde se alzaba y oscilaba… y aquel lugar en el que había reparado.

Todavía continuaban allí. ¿Todavía? Se trataba de un grupo diferente. Esta vez había diez u once figuritas. Hombres, mujeres y niños. Se mantenían muy juntos, y lo contemplaban con asombro y temor. No medirían más de un centímetro y medio. Figuras diminutas y distorsionadas, que cambiaban de forma, color y apariencia.

Ellis apresuró el paso. Las figuritas lo vieron alejarse. Un breve vislumbre de su estupor microscópico… y desembocó en su patio trasero.

Desconectó el instanmóvil y subió la escalera. Entró en su casa, abismado en sus pensamientos.

–Hola –gritó Mary desde la cocina. Corrió hacia él con los brazos extendidos, vestida con una camisa de malla larga hasta los pies.

–¿Cómo estuvo el trabajo?

–Bien.

–¿Pasó algo? Estás… raro.

–No, no pasó nada –Ellis depositó un beso en la frente de su mujer, absorto–. ¿Qué hay para cenar?

–Algo muy especial: filete de topo de Sirio. Uno de tus platos favoritos. ¿Está todo bien?

–Claro –Ellis tiró el abrigo y el sombrero sobre la silla. La silla los dobló y apartó. El semblante de Ellis seguía siendo pensativo y preocupado–. Todo está bien, cariño.

–¿Estás seguro de que no pasó nada? No habrás vuelto a discutir con Pete Taylor, ¿verdad?

–No, claro que no –Ellis negó con la cabeza, molesto–. Todo está bien, cariño. Deja de martirizarme.

–Bien, eso espero –suspiró Mary.

A la mañana siguiente lo estaban esperando.

Los vio nada más entrar en el instanmóvil. Un pequeño grupo que esperaba entre la neblina, como insectos atrapados en una masa de gelatina. Movían los brazos y las piernas con suma rapidez, intentando atraer su atención. Chillaban con sus débiles y patéticas voces.

Ellis se agachó. Estaban introduciendo algo por la pared del túnel, aprovechando la ínfima grieta abierta en la niebla gris. Era pequeño, tan increíblemente pequeño que apenas podía verlo. Un cuadrado blanco al final de un palo microscópico. Las figuritas lo miraban con ansiedad. Sus rostros revelaban temor y esperanza, una esperanza suplicante y desgarradora.

Ellis tomó el diminuto cuadrado. Se desprendió del palo como un frágil pétalo de rosa. Se le escapó de los dedos y tuvo que tantear a su alrededor. Las figuritas siguieron con el corazón en un puño los movimientos de sus gigantescas manos, que exploraban el suelo del túnel. Por fin lo encontró y lo acercó a sus ojos.

Era demasiado pequeño para descifrarlo. ¿Escritura? Líneas diminutas… pero no podía leerlas. Demasiado pequeñas para leerlas. Sacó su cartera y encajó el cuadrado entre dos tarjetas con sumo cuidado. Introdujo la cartera en su bolsillo.

–Lo miraré más tarde –dijo.

Su voz resonó en el túnel. El ruido provocó que los seres se dispersaran. Huyeron del resplandor grisáceo y se perdieron en la oscuridad, lanzando chillidos estremecedores. Desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos, como ratones asustados. Estaba solo.

Ellis se arrodilló y aplicó el ojo a la parte más tenue del resplandor gris, donde lo habían esperado. Distinguió algo borroso y distorsionado, oculto por una bruma vaga. Una especie de paisaje, confuso, difícil de distinguir.

Colinas. Árboles y cultivos. Pero tan borrosos y diminutos…

Consultó su reloj. ¡Santo Dios, las diez! Se puso en pie precipitadamente y corrió por el túnel, hasta salir al deslumbrante pavimento de Nueva York.

Llegaba tarde. Subió corriendo la escalera del edificio, recorrió el largo pasillo y llegó a su oficina.

A la hora de comer se dirigió a los laboratorios de investigación.

–Hola –saludó cuando Jim Andrews pasó cargado con informes y aparatos–. ¿Tienes un momento?

–¿Qué quieres, Henry?

–Me gustaría pedirte prestado algo. Una lupa –reflexionó–. Aunque tal vez me vendría mejor un microscopio fotónico, de cien o doscientos aumentos.

–Cosas de niños –Jim le tendió un pequeño microscopio–. ¿Diapositivas?

–Sí, un par de diapositivas borrosas.

Llevó el microscopio a su despacho. Lo colocó sobre el escritorio y apartó los papeles. Como medida de precaución, indicó a su secretaria, la señorita Nelson, que podía irse a comer. Después, con infinitas precauciones, sacó el pequeño trozo de papel de la cartera y lo deslizó entre las dos platinas.

Estaba escrito, en efecto, pero no entendió lo que decía. Caracteres pequeños, complejos y entrelazados, desconocidos por completo.

Pasó un rato pensando. Después marcó un número en el videófono interdepartamental.

–Comuníqueme con el departamento de Lingüística.

Al cabo de unos momentos apareció el rostro afable de Earl Peterson.

–Hola, Ellis. ¿En qué puedo ayudarte?

Ellis vaciló. Tenía que proceder sin cometer ningún error.

–Hola, Earl. Quiero pedirte un pequeño favor.

–¿Como cuál? Cualquier cosa por un viejo amigo.

–Tienes… hum, esa máquina ahí abajo, ¿no? Ese trasto de traducir que utilizas para trabajar en documentos sobre civilizaciones extraterrestres.

–Claro. ¿Por qué?

–¿Crees que yo podría utilizarla? –hablaba con rapidez–. Es un asunto algo absurdo, Earl. Tengo un amigo que vive en, hum, Centauro VI, y me escribe en, hum, ya sabes, en el sistema semántico de los nativos centaurianos, y yo…

–¿Quieres que la máquina te traduzca una carta? Claro, me parece que podríamos hacerlo. Al menos por esta vez. Baja.

Bajó. Consiguió que Earl le enseñara cómo funcionaba la máquina, y en cuanto Earl se volvió introdujo el diminuto cuadrado. La Máquina Lingüística zumbó. Ellis rezó en silencio para que el papel no fuera demasiado pequeño, para que no se colara entre las piezas de la maquinaria.

Al cabo de unos segundos surgió una cinta por la ranura. La cinta se cortó a sí misma y cayó en una bandeja. La Máquina Lingüística se enfrascó en seguida en otros asuntos, materiales más vitales procedentes de las diversas divisiones de exportación de DT.

Ellis desplegó la cinta con dedos temblorosos. Las palabras bailaron ante sus ojos. Preguntas. Le hacían preguntas. Dios, la cosa se estaba complicando. Leyó las preguntas en voz baja. En menudo lío se había metido. Aquella gente esperaba respuestas. Él había aceptado su papel, se lo había llevado. Lo estarían esperando cuando regresara a casa, muy probablemente.

Volvió a su despacho y marcó un número en el videófono.

–Comuníqueme con el exterior –ordenó. El monitor habitual apareció.

–¿Sí, señor?

–Comuníqueme con la Biblioteca de Información Federal –dijo Ellis–. División de Investigación Cultural.

Aquella noche lo esperaban, en efecto, pero no eran los mismos. Era extraño; cada vez había un grupo diferente. Sus ropas también eran algo diferentes. Una nueva apariencia. Y el paisaje del fondo había sufrido ligeras variaciones. Los árboles que había visto antes ya no estaban. Las colinas seguían en su sitio, pero el color era distinto. Un blancogrisáceo apagado. ¿Nieve?

Se agachó. Lo había hecho con esmero. Había introducido las respuestas de la Biblioteca de Información Federal en la Máquina Lingüística para que las tradujera en sentido inverso. Las respuestas estaban escritas en el mismo idioma de las preguntas… pero en una hoja de papel más grande.

Ellis, como si jugara canicas, lanzó la bolita de papel por el resplandor gris. Pasó por encima de seis o siete de las figuras expectantes y bajó rodando por la ladera de la colina sobre la que esperaban. Tras un momento de aterrorizada inmovilidad, las figuras se lanzaron frenéticamente tras ella. Desaparecieron en las vagas e invisibles profundidades de su mundo y Ellis se reincorporó.

–Bueno –murmuró para sí–, ya está.

No fue así. A la mañana siguiente había un nuevo grupo… y una nueva lista de preguntas. Las figuritas empujaron su microscópico cuadrado de papel por la estrecha abertura de la pared del túnel y esperaron, temblorosos, a que Ellis se agachara y lo tomara.

Lo encontró… por fin. Lo guardó en la cartera y prosiguió su camino. Desembocó en Nueva York con el ceño fruncido. La cosa se estaba poniendo seria. ¿Iba a convertirse en un trabajo continuado?

Después sonrió. Era lo más extraño que jamás le había sucedido. Aquellos tunantes, a su manera, eran muy listos. Diminutos rostros graves, que la preocupación deformaba. Y también el terror. Le tenían miedo, mucho miedo. ¿Y por qué no? Comparado con ellos, era un gigante. Ellis hizo conjeturas acerca de su mundo. ¿Cómo sería su planeta? Su extrema pequeñez era peculiar, pero el tamaño era una cuestión relativa. Pequeño, no obstante, comparado con él. Pequeño y reverente. Mientras empujaban hacia él los papeles, percibía su temor, la ansiosa y torturante esperanza. Dependían de él. Rezaban para que les proporcionara respuestas.

–Un trabajo de lo más original –dijo para sí, sonriente.

–¿Qué pasa? –preguntó Peterson, cuando apareció en el laboratorio de Lingüística a mediodía.

–Bueno, es que recibí otra carta de mi amigo de Centauro VI.

–¿Sí? –el rostro de Peterson transparentó cierta suspicacia–. No me estarás tomando el pelo, ¿verdad, Henry? Esta máquina tiene un montón de trabajo que hacer. No se detiene ni un momento. No debemos desperdiciar su tiempo en…

–Esto es muy serio, Earl –Ellis palmeó su cartera–. Un asunto muy importante. No es un pasatiempo.

–De acuerdo. Si tú lo dices… –Peterson dio su aprobación al equipo que se encargaba de la máquina–. Deja que este tipo utilice el traductor, Tommie.

–Gracias –murmuró Ellis.

Repitió la rutina, obtuvo la traducción, se llevó las preguntas a su despacho y las pasó al personal investigador de la biblioteca. Al caer la noche ya tenía las respuestas en el idioma de las preguntas y las guardó en la cartera. Ellis salió del edificio de Desarrollo Terrestre y entró en el instanmóvil.

Como de costumbre, un nuevo grupo le esperaba.

–Hola, chicos –saludó Ellis introduciendo la bolita de papel por la abertura.

La bolita rodó por la campiña microscópica y rebotó de colina en colina. Los enanitos la persiguieron. Se movían de una forma curiosa, como si tuvieran las piernas agarrotadas. Ellis contempló sus evoluciones, sonriendo con interés… y orgullo.

Se movían muy de prisa, no quedaba duda. Apenas podía distinguirlos. Se habían alejado como un rayo del resplandor. Por lo visto, sólo una ínfima parte de su mundo era tangente al instanmóvil. Sólo aquel punto, donde la niebla resplandeciente era menos densa. Forzó la vista.

Estaban abriendo la bolita. Tres o cuatro figuritas alisaron el papel y examinaron las respuestas.

Ellis, henchido de orgullo, continuó por el túnel y salió a su patio trasero. No sabía leer sus preguntas y, una vez traducidas, no sabía responderlas. El Departamento de Lingüística se encargaba de la primera parte, y el personal de investigación de la Biblioteca completaba el resto. Con todo, Ellis se sentía orgulloso. Experimentaba en su interior una profunda y ardiente sensación. La expresión de sus rostros. La forma en que lo miraban cuando veían el papel con las respuestas en su mano. Cuando se dieron cuenta de que iba a contestar sus preguntas. Y la manera en que se dispersaban a continuación. Era muy… satisfactorio. Lo hacía sentirse en la gloria.

–No está mal –murmuró. Abrió la puerta trasera y entró en la casa–. No está nada mal.

–¿Qué no está mal, cariño? –preguntó Mary, alzando la vista de la mesa. Olvidó la revista y se levantó–. Caramba, pareces muy feliz. ¿Qué pasó?

–Nada. ¡Nada en absoluto! –la besó ardientemente en la boca–. Esta noche estás guapísima, pequeña.

–¡Oh, Henry! –Mary enrojeció de pies a cabeza–. Eres un encanto.

Examinó a su esposa con una mirada apreciativa. Llevaba un conjunto de dos piezas de plástico transparente.

–Vistes unos fragmentos de lo más atractivo.

–¡Caray, Henry! ¿Qué te pasó? ¡Pareces tan… tan fogoso!

–Oh, creo que disfruto con mi trabajo –sonrió Ellis–. Ya sabes, no hay nada como estar orgulloso de tu trabajo. Un trabajo bien hecho, como suele decirse. Un trabajo del que puedes estar orgulloso.

–Siempre has dicho que sólo eras una pieza en una gigantesca máquina impersonal, una especie de número.

–Las cosas cambiaron –afirmó Ellis–. Estoy haciendo un, hum, un nuevo proyecto. Un nuevo encargo.

–¿Un nuevo encargo?

–Reúno información. Algo así como… un trabajo creativo, por así decirlo.

Al finalizar la semana les había entregado un buen conjunto de información.

Tomó la costumbre de marcharse a trabajar a las nueve y media. Así se regalaba treinta minutos para ponerse a cuatro patas y escudriñar por la abertura. Adquirió una buena práctica en observarlos y ver lo que hacían en su mundo microscópico.

Su civilización era bastante primitiva, sin duda alguna. Juzgando por los criterios de la Tierra, ni siquiera era una civilización. De sus observaciones dedujo que carecían de técnicas científicas; se trataba de una cultura agraria, una especie de comunismo rural, una organización monolítica de base tribal, sin demasiados miembros.

No a la vez, al menos. Esa era la parte que no comprendía. Cada vez que pasaba había un grupo diferente. Los rostros no le resultaban familiares. Y su mundo también cambiaba. Los árboles, los cultivos, la fauna. El clima, en apariencia.

¿Transcurría su tiempo de manera distinta? Se movían con mucha rapidez, como un vídeo acelerado. Y sus voces estridentes. Tal vez era eso. Un universo totalmente diferente, en el que la estructura del tiempo poseía diferencias radicales.

En cuanto a su actitud ante él, no podía llamarse a engaño. Después de los dos primeros encuentros empezaron a presentarle ofrendas, porciones increíblemente diminutas de comida humeante, preparada en hornos y hogares de ladrillo. Si introducía la nariz en el resplandor gris captaba un tenue aroma a comida. Y olía bien. Fuerte y condimentada, picante. Carne, con toda probabilidad.

El viernes se proveyó de una lupa y los contempló a sus anchas. Era carne, en efecto. Arrastraban animales del tamaño de una hormiga hacia los hornos, para sacrificarlos y cocinarlos. Divisó mejor sus rostros con la lupa. Eran extraños. Fuertes y oscuros, con una peculiar mirada firme.

Sólo manifestaban una actitud ante él, por supuesto. Una combinación de miedo, reverencia y esperanza. Esa actitud le encantaba. Se la dedicaban sólo a él. Gritaban y discutían entre sí, y a veces peleaban y se acuchillaban con furia, formando una violenta confusión de túnicas pardas. Constituían una especie apasionada y enérgica. Llegó a admirarlos.

Y eso estaba bien… porque lo hacía sentirse mejor. Era fantástico recibir la admiración reverente de una raza tan orgullosa y tenaz. No demostraban la menor cobardía.

La quinta vez descubrió que habían construido un edificio bastante atractivo. Parecía un templo, un lugar de adoración.

¡Para él! Estaban desarrollando una auténtica religión centrada en él. No existía duda. Salía de casa a las nueve de la mañana para pasar una hora en su compañía. A mediados de la segunda semana ya habían desarrollado todo un ritual. Procesiones, velas encendidas, canciones o cánticos. Sacerdotes de largos hábitos. Y las ofrendas condimentadas.

No vio imágenes, sin embargo. Por lo visto, era tan grande que no podían hacerse una idea de su apariencia. Intentó imaginar cuál sería su aspecto desde el otro lado del resplandor. Una forma inmensa que se cernía sobre ellos, tras una cortina de niebla gris.

Un ser borroso, parecido a ellos, pero no igual. Una especie diferente, por supuesto. Más grande… pero diferente en otros aspectos. Y cuando hablaba, su voz atronaba a lo largo y ancho del instanmóvil. Lo cual los impulsaba a huir.

Una religión desarrollada. Él los estaba cambiando. Gracias a su presencia y a sus respuestas, las respuestas precisas y correctas que obtenía de la Biblioteca de Información Federal y traducía a su idioma mediante la Máquina Lingüística. Debido a la forma en que transcurría su tiempo, tenían que esperar generaciones para obtener las respuestas. Pero a estas alturas ya se habían acostumbrado. Esperaban. Aguardaban. Le transmitían sus preguntas y al cabo de un par de siglos él les entregaba las respuestas, respuestas que, sin duda, utilizaban para algo práctico.

–¿Qué pasa aquí? –preguntó Mary una noche, cuando llegó una hora más tarde a casa–. ¿Dónde estabas?

–Trabajando –contestó Ellis con indiferencia, mientras se quitaba el sombrero y el abrigo. Se desplomó en el sofá–. Estoy cansado, muy cansado – suspiró de alivio e indicó con un gesto al brazo del sofá que le trajera un whisky sour.

Mary se acercó al sofá.

–Henry, estoy un poco preocupada.

–¿Preocupada?

–No deberías trabajar tanto. Tendrías que tomártelo con más calma. ¿Cuánto hace que no disfrutas de unas auténticas vacaciones? Un viaje fuera de la Tierra, fuera del sistema. La verdad es que me gustaría llamar a ese tal Miller y preguntarle si es necesario que un hombre de tu edad ponga tanto…

–¡Un hombre de mi edad! –Ellis se revolvió, indignado–. No soy tan viejo.

–Claro que no –Mary se sentó a su lado y lo rodeó con sus brazos–. No deberías trabajar tanto. Te mereces un descanso, ¿no crees?

–Esto es diferente. No lo entiendes. No es lo mismo de siempre. Informes, estadísticas y los malditos archivos. Esto es…

–¿El qué?

–Esto es diferente. No soy una pieza. Esto me gratifica. Creo que no puedo explicártelo, pero se trata de algo que debo hacer.

–Si pudieras contarme algo más…

–No puedo contarte nada más –dijo Ellis–, pero no existe nada igual en el mundo. He trabajado veinticinco años para Desarrollo Terrestre. Veinticinco años en los mismos informes, día tras día. Veinticinco años… y nunca me había sentido así.

 

***

–Ah, ¿sí? –rugió Miller–. ¡No me venga con monsergas! ¡Desembuche, Ellis!

Ellis boqueó como un pez.

–¿De qué está hablando? –el terror se apoderó de él–. ¿Qué pasó?

–No intente jugar conmigo al gato y al ratón –en la pantalla, el rostro de Miller se tiñó de púrpura–. Venga a mi despacho.

La pantalla se apagó. Ellis siguió sentado ante su escritorio, estupefacto. Se recobró poco a poco y se levantó, temblando como una hoja.

–Dios mío.

Se secó el sudor frío de la frente, sin fuerzas. De repente, todo arruinado. Estaba aturdido por la conmoción.

–¿Algo va mal? –preguntó la señorita Nelson.

–No.

Ellis avanzó como atontado hacia la puerta. Estaba destrozado. ¿Qué había descubierto Miller? ¡Santo Dios! ¿Era posible que…?

–El señor Miller parecía enfadado.

–Sí.

Ellis caminó por el pasillo, sin ver nada. Su mente funcionaba a toda máquina. Miller parecía muy enfadado. De alguna manera, lo había descubierto. Pero, ¿por qué se había enfurecido? ¿Qué le importaba a él? Un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza. La cosa tenía mal aspecto. Miller era su superior… con poderes para contratar y despedir. Tal vez había cometido alguna equivocación. Tal vez, sin saberlo, había quebrantado la ley, cometido un delito. Pero, ¿cuál?

¿Qué le importaban ellos a Miller? ¿Cuál era el interés de Desarrollo Terrestre? Abrió la puerta del despacho de Miller.

–Aquí estoy, señor Miller –murmuró–. ¿Cuál es el problema?

Miller echaba chispas por los ojos.

–Ese ridículo asunto de su primo de Próxima.

–Es… hum… se refiere a un amigo de negocios de Centauro VI.

–¡Es usted un… un estafador! ¡Después de todo lo que la empresa ha hecho por usted!

–No entiendo –musitó Ellis–. ¿Qué he…?

–¿Por qué cree que le hicimos entrega del instanmóvil antes que a nadie?

–¿Por qué?

–¡Para probarlo! ¡Para ver cómo funcionaba, repugnante chinche venusina de ojos saltones! La empresa le consintió magnánimamente manejar un instanmóvil antes de su presentación en el mercado, ¿y qué hace usted? Demonios, usted…

Ellis empezó a indignarse. Después de todo, llevaba veinticinco años en DT.

–No es necesario que sea tan ofensivo. Desembolsé mis mil créditos de oro a cambio…

–Bien, puede largarse con viento fresco al despacho del contador y recuperar su dinero. Ya cursé la orden al equipo de construcción para que embale su instanmóvil y lo devuelva aquí.

Ellis estaba patidifuso.

–Pero, ¿por qué?

–¿Cómo que por qué? Porque es defectuoso. Porque no funciona. Por eso –la ofensa tecnológica arrancó chispas de los ojos de Miller–. El equipo de inspección encontró una grieta de un kilómetro de ancho –torció los labios–. Como si usted no lo supiera.

El corazón de Ellis dio un salto.

–¿Una grieta? –graznó, temiendo lo peor.

–Una grieta. Por suerte autoricé una inspección periódica. Si dependiéramos de gente como usted para…

–¿Está seguro? A mí me parecía que funcionaba muy bien. O sea, me traía aquí sin el menor problema –Ellis luchaba por encontrar las palabras–. En lo que a mí respecta, ninguna queja.

–No, claro, ninguna queja. Esa es la razón exacta por la que no tendrá ninguno más. Por eso tomará esta noche el monojet para volver a su casa. ¡Porque no informó sobre la grieta! Y si vuelve a intentar ocultarle algo a esta oficina…

–¿Cómo sabe que me había dado cuenta del… defecto?

Miller se hundió en su butaca, sobrecogido de furia.

–A causa de sus peregrinajes diarios a la Máquina Lingüística –dijo poco a poco–. Con la falsa carta de su abuela de Betelgeuse II. Lo cual no era cierto. Lo cual era un fraude. ¡Lo cual obtenía usted a través de la grieta del instanmóvil!

–¿Cómo lo sabe? –chilló Ellis, atrapado entre la espada y la pared–. Es posible que tuviera un defecto, pero usted no puede demostrar que existe una relación entre su instanmóvil defectuoso y mi…

–Su misiva –afirmó Miller–, la que introdujo en nuestra Máquina Lingüística, no estaba escrita en un lenguaje extraterrestre. No era de Centauro VI. No procedía de algún sistema alienígena. Era hebreo antiguo. Y sólo pudo conseguirlo en un sitio, Ellis, de forma que no intente engañarme.

–¡Hebreo! –exclamó Ellis, aturdido. Palideció como la cera–. Santo Dios. El otro continuo… la cuarta dimensión. El tiempo, por supuesto –se puso a temblar–. Y el universo en expansión. Eso explicaría su tamaño. Y explica por qué un grupo nuevo, una nueva generación…

–Ya corremos bastantes riesgos con estos instanmóviles tal como son ahora. Practicar un túnel en el continuo espaciotemporal… –Miller sacudió la cabeza, agotado–. Maldito entrometido. Usted sabía que debía informarnos de cualquier defecto.

–Me parece que no he hecho ningún daño, ¿verdad? –Ellis estaba terriblemente nervioso–. Parecían complacidos, incluso agradecidos. Demonios, estoy seguro de que no causé ningún perjuicio.

Miller lanzó un alarido de rabia demente. Paseó un rato por el despacho. Por fin, tiró algo sobre el escritorio, frente a Ellis.

–Ningún perjuicio. No, ninguno. Fíjese en esto. Lo saqué de los Archivos de Artefactos Antiguos.

–¿Qué es?

–¡Mírelo! Lo comparé con una de sus hojas de preguntas. Lo mismo. Exactamente lo mismo. Todas sus hojas, preguntas y respuestas, se hallan aquí, ¡sarnoso ciempiés ganimediano!

Ellis tomó el libro y lo abrió. Mientras leía las páginas, una extraña mirada iluminó su rostro.

–Santo cielo. Registraron todo cuanto les proporcioné. Lo reunieron en un libro, hasta la última palabra. Y también algunos comentarios. Todo está aquí, palabra por palabra. Ejerció un efecto, por tanto. Lo publicaron, lo reprodujeron.

–Vuelva a su despacho. Ya me cansé de verlo por hoy. Me cansé para siempre. Recibirá el talón del finiquito por los conductos habituales.

Una extraña emoción provocó que el rostro de Ellis enrojeciera, como si estuviera en trance. Agarró el libro y se dirigió hacia la puerta.

–Señor Miller, ¿puedo quedármelo? ¿Puedo llevármelo?

–Claro –respondió Miller, exhausto–. Claro, lléveselo. Léalo esta noche, camino de su casa, en el monojet público.

 

***

–Henry quiere enseñarte algo –susurró excitada Mary Ellis, tomando a la señora Lawrence por el brazo–. No metas la pata.

–¿Que no meta la pata? –la señora Lawrence vaciló, nerviosa y algo inquieta–. ¿Qué es? No será algo vivo, ¿verdad?

–No, no –Mary la empujó hacia la puerta del estudio–. Limítate a sonreír –alzó la voz–. Henry, Dorothy Lawrence está aquí.

Henry Ellis apareció en la puerta del estudio, una figura digna en su bata de seda, con la pipa en la boca y una pluma estilográfica en una mano. Hizo una ligera inclinación de cabeza.

–Buenas noches, Dorothy –dijo en voz baja, bien modulada–. ¿Te importa entrar en mi estudio un momento?

–¿Estudio? –la señora Lawrence cruzó el umbral, indecisa–. ¿Qué estudias? Bueno, Mary me dijo que has estado haciendo algo muy interesante últimamente, ahora que ya no estás en… O sea, ahora que te quedas más en casa. De todas formas, no me ha dado la menor pista.

Los ojos de la señora Lawrence vagaron con curiosidad por la habitación. El estudio estaba lleno de libros de consulta, mapas, un enorme escritorio de caoba, un atlas, un globo terráqueo, butacas de piel y una máquina de escribir eléctrica inconcebiblemente antigua.

–¡Santo Dios! –exclamó la mujer–. Qué extraño. Tantas antigüedades…

Ellis sacó algo del librero con infinito cuidado y se lo tendió, como sin darle importancia.

–A propósito… échale una ojeada a esto.

–¿Qué es? ¿Un libro? –la señora Lawrence tomó el libro y lo examinó–. Dios mío, cómo pesa –leyó la cubierta, moviendo los labios–. ¿Qué significa esto? Parece muy antiguo. ¡Y qué letras tan extrañas! Nunca había visto nada igual. Sagrada Biblia –alzó los ojos brillantes–. ¿Qué es esto?

–Bueno… –Ellis esbozó una sonrisa. La señora Lawrence tuvo una intuición y se quedó sin aliento.

–¡Santo Cielo! No habrás escrito esto, ¿verdad? La sonrisa de Ellis se hizo más amplia. Enrojeció de modestia, digno y sereno.

–Una cosa sin importancia –murmuró, indiferente–. Mi primera obra, para ser exacto –acarició la pluma con aire pensativo–. Y ahora, con permiso de ustedes, debo volver a mi trabajo…

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)