domingo, 20 de septiembre de 2026

Maneras de hacer

Jordi Cebrián

 

Abro la puerta y los muertos están allí, esperándome. Uno a uno les dibujo en la frente el signo que aprendí hace tiempo, cuando los continentes tenían otras formas. Les doy órdenes, observo sus miradas vacías y sus colmillos amenazadores. Finalmente les enseño la fotografía. Salen fuera, a la oscuridad. Sé que no es bonito, ni caballeroso, ni acorde con los días que hemos disfrutado, pero la vida no es justa, ni la muerte. Habría sin duda mejores maneras de dejarlo, pero al fin y al cabo tú tampoco eres humana. Miro la foto y sé que te encontrarán, querida.


(Tomado de www.cienpalabras.blogspot.com)

 

La sunamita

Inés Arredondo

 

Y buscaron una moza hermosa por todo el término de Israel,

y hallaron a Abisag Sunamita y trajéronla al rey.

Y la moza era hermosa, la cual calentaba al rey y le servía:

mas el rey nunca la conoció.

Reyes I, 3-4

 

Aquel fue un verano abrasador. El último de mi juventud.

Tensa, concentrada en el desafío que precede a la combustión, la ciudad ardía en una sola llama reseca y deslumbrante. En el centro de la llama estaba yo, vestida de negro, orgullosa, alimentando el fuego con mis cabellos rubios, sola. Las miradas de los hombres resbalaban por mi cuerpo sin mancharlo y mi altivo recato obligaba al saludo deferente. Estaba segura de tener el poder de domeñar las pasiones, de purificarlo todo en el aire encendido que me cercaba y no me consumía.

Nada cambió cuando recibí el telegrama; la tristeza que me trajo no afectaba en absoluto la manera de sentirme en el mundo: mi tío Apolonio se moría a los setenta y tantos años de edad; quería verme por última vez puesto que yo había vivido en su casa como una hija durante mucho tiempo, y yo sentía un sincero dolor ante aquella muerte inevitable. Todo eso era perfectamente normal, y ningún estremecimiento, ningún augurio me hizo sospechar nada. Hice los rápidos preparativos para el viaje en aquel mismo centro intocable en que me envolvía el verano estático. Llegué al pueblo a la hora de la siesta.

Caminando por las calles solitarias con mi pequeño veliz en la mano, fui cayendo en el entresueño privado de la realidad y de tiempo que da el calor excesivo. No, no recordaba, vivía a medias, como entonces. “Mira, Licha, están floreciendo las amapas”. La voz clara, casi infantil. “Para el dieciséis quiero que te hagas un vestido como el de Margarita Ibarra”. La oía, la sentía caminar a mi lado, un poco encorvada, ligera a pesar de su gordura, alegre y vieja; yo seguía adelante con los ojos entrecerrados, atesorando mi vaga, tierna angustia, dulcemente sometida a la compañía de mi tía Panchita, la hermana de mi madre. “Bueno, hija, si Pepe no te gusta… pero no es un mal muchacho”. Sí, había dicho eso justamente aquí, frente a la ventana de la Tichi Valenzuela, con aquel gozo suyo, inocente y maligno. Caminé un poco más, nublados ya los ladrillos de la acera, y cuando las campanadas resonaron pesadas y reales, dando por terminada la siesta y llamando al rosario, abrí los ojos y miré verdaderamente el pueblo: era otro, las amapas no habían florecido y yo estaba llorando, con mi vestido de luto, delante de la casa de mi tío.

El zaguán se encontraba abierto, como siempre, y en el fondo del patio estaba la buganvilia. Como siempre. Pero no igual. Me sequé las lágrimas y no sentí que llegaba, sino que me despedía. Las cosas aparecían inmóviles, como en el recuerdo, y el calor y el silencio lo marchitaban todo. Mis pasos resonaron desconocidos, y María salió a mi encuentro.

–¿Por qué no avisaste? Hubiéramos mandado…

Fuimos directamente a la habitación del enfermo. Al entrar casi sentí frío. El silencio y la penumbra precedían a la muerte…

–Luisa, ¿eres tú?

Aquella voz cariñosa se iba haciendo queda y pronto enmudecería del todo.

–Aquí estoy, tío.

–Bendito sea Dios, ya no me moriré solo.

–No diga eso, pronto se va aliviar.

Sonrío tristemente; sabía que le estaba mintiendo, pero no quería hacerme llorar.

–Sí, hija, sí. Ahora descansa, toma posesión de la casa y luego ven a acompañarme. Voy a tratar de dormir un poco.

Más pequeño que antes, enjuto, sin dientes, perdido en la cama enorme y sobrenadando sin sentido en lo poco que le quedaba de vida, atormentaba como algo superfluo, fuera de lugar, igual que tantos moribundos. Esto se hacía evidente al salir al corredor caldeado y respirar hondamente, por instinto, la luz y el aire.

Comencé a cuidarlo y a sentirme contenta de hacerlo. La casa era mi casa y muchas mañanas al arreglarla tarareaba olvidadas canciones. La calma que me rodeaba venía tal vez de que mi tío ya no esperaba la muerte como una cosa inminente y terrible, sino que se abandonaba a los días, a un futuro más o menos corto o largo, con una dulzura inconsciente de niño. Repasaba con gusto su vida y se complacía en la ilusión de dejar en mí sus imágenes, como hacen los abuelos con sus nietos.

–Tráeme el cofrecito ese que hay en el ropero grande. Sí, ese. La llave está debajo de la carpeta, junto a San Antonio, tráela también.

Y revivían sus ojos hundidos a la vista de sus tesoros.

–Mira, este collar se lo regalé a tu tía cuando cumplimos diez años de casados, lo compré en Mazatlán a un joyero polaco que me contó no sé qué cuentos de princesas austriacas y me lo vendió bien caro. Lo traje escondido en la funda de mi pistola y no dormí un minuto en la diligencia por miedo a que me lo robaran…

La luz del sol poniente hizo centellar las piedras jóvenes y vivas en sus manos esclerosadas.

–…ese anillo de montura tan antigua era de mi madre, fíjate bien en la miniatura que hay en la sala y verás que lo tiene puesto. La prima Begoña murmuraba a sus espaldas que un novio…

Volvían a hablar, a respirar aquellas señoras de los retratos a quienes él había visto, tocado. Yo las imaginaba, y me parecía entender el sentido de las alhajas de familia.

–¿Te he contado de cuando fuimos a Europa en 1908, antes de la Revolución? Había que ir en barco a Colima… y en Venecia tu tía Panchita se encaprichó con estos aretes. Eran demasiado caros y se lo dije: “Son para una reina”… Al día siguiente se los compré. Tú no te lo puedes imaginar porque cuando naciste ya hacía mucho de esto, pero entonces, en 1908, cuando estuvimos en Venecia, tu tía era tan joven, tan…

–Tío, se fatiga demasiado, descanse.

–Tienes razón, estoy cansado. Déjame solo un rato y llévate el cofre a tu cuarto, es tuyo.

–Pero tío…

–Todo es tuyo ¡y se acabó!… Regalo lo que me da la gana.

Su voz se quebró en un sollozo terrible: la ilusión se desvanecía, y se encontraba de nuevo a punto de morir, en el momento de despedirse de sus cosas más queridas. Se dio vuelta en la cama y me dejó con la caja en las manos sin saber qué hacer.

Otras veces me hablaba del “año del hambre”, del “año del maíz amarillo”, de la peste, y me contaba historias muy antiguas de asesinos y aparecidos. Alguna vez hasta canturreó un corrido de su juventud que se hizo pedazos en su voz cascada. Pero me iba heredando su vida, estaba contento.

El médico decía que sí, que veía una mejoría, pero que no había que hacerse ilusiones, no tenía remedio, todo era cuestión de días más o menos.

Una tarde oscurecida por nubarrones amenazantes, cuando estaba recogiendo la ropa tendida en el patio, oí el grito de María. Me quedé quieta, escuchando aquel grito como un trueno, el primero de la tormenta. Después el silencio, y yo sola en el patio, inmóvil. Una abeja pasó zumbando y la lluvia no se desencadenó. Nadie sabe como yo lo terribles que son los presagios que se quedan suspensos sobre una cabeza vuelta al cielo.

–Lichita, ¡se muere!, ¡está boqueando!

–Vete a buscar al médico…. ¡no! Iré yo… llama a doña Clara para que te acompañe mientras vuelvo.

–Y el padre… tráete al padre.

Salí corriendo, huyendo de aquel momento insoportable, de aquella inminencia sorda y asfixiante. Fui, vine, regresé a la casa, serví café, recibí a los parientes que empezaron a llegar ya medio vestidos de luto, encargué velas, pedí reliquias, continué huyendo enloquecida para no cumplir con el único deber que en ese momento tenía: estar junto a mi tío. Interrogué al médico: le había puesto una inyección por no dejar, todo era inútil ya. Vi llegar al señor cura con el Viático, pero ni entonces tuve fuerzas para entrar. Sabía que después tendría remordimientos –bendito sea Dios, ya no me moriré solo– pero no podía. Me tapé la cara con las manos y empecé a rezar.

–Te llama. Entra.

No sé cómo llegué hasta el umbral. Era ya de noche y la habitación iluminada por una lámpara veladora parecía enorme. Los muebles, agigantados, sombríos, y un aire extraño estancado en torno a la cama. La piel se me erizó, por los poros respiraba el horror a todo aquello, a la muerte.

–Acércate –dijo el sacerdote.

Obedecí yendo hasta los pies de la cama, sin atreverme a mirar ni las sábanas.

–Es la voluntad de tu tío, si no tienes algo que oponer, casarse contigo in articulo mortis, con la intención de que heredes sus bienes. ¿Aceptas?

Ahogué un grito de terror. Abrí los ojos como para abarcar todo el espanto que aquel cuarto encerraba. “¿Por qué me quiere arrastrar a la tumba?”… Sentí que la muerte rozaba mi propia carne.

–Luisa…

Era don Apolonio. Tuve que mirarlo: casi no podía articular las sílabas, tenía la quijada caída y hablaba moviéndola como un muñeco de ventrílocuo.

–…por favor.

Y calló. Extenuado.

No podía más. Salí de la habitación. Aquel no era mi tío, no se le parecía… heredarme, sí, pero no los bienes solamente, las historias, la vida… yo no quería nada, su vida, su muerte. No quería. Cuando abrí los ojos estaba en el patio y el cielo seguía encapotado. Respiré profundamente, dolorosamente.

–¿Ya?… –se acercaron a preguntarme los parientes, al verme tan descompuesta.

Yo moví la cabeza, negando. A mi espalda habló el sacerdote.

–Don Apolonio quiere casarse con ella en el último momento para heredarla.

–¿Y tú no quieres? –preguntó ansiosamente la vieja criada-. No seas tonta, solo tú te lo mereces. Fuiste una hija para ellos y te has matado cuidándolo. Si no te casas, los sobrinos de México no te van a dar nada. ¡No seas tonta!

–Es una delicadeza de su parte.

–Y luego te quedas viuda y rica y tan virgen como ahora –rio nerviosamente una prima jovencilla y pizpireta.

–La fortuna es considerable, y yo, como tío lejano tuyo, te aconsejaría que…

–Pensándolo bien, el no aceptar es una falta de caridad y de humildad.

“Eso es verdad, eso sí que es verdad”. No quería darle un último gusto al viejo, un gusto que después de todo debía agradecer, porque mi cuerpo joven, del que en el fondo estaba tan satisfecha, no tuviera ninguna clase de vínculos con la muerte. Me vinieron náuseas y fue el último pensamiento claro que tuve esa noche. Desperté como de un sopor hipnótico cuando me obligaron a tomar la mano cubierta de sudor frío. Me vino otra arcada, pero dije “Sí”.

Recordaba vagamente que me habían cercado todo el tiempo, que todos hablaban a la vez, que me llevaban, me traían, me hacían firmar, y responder. La sensación que de esa noche me quedó para siempre fue la de una maléfica ronda que giraba vertiginosamente en torno mío y reía, grotesca, cantando yo soy la viudita que manda la ley y yo en medio era una esclava. Sufría y no podía levantar la cara al cielo.

Cuando me di cuenta, todo había pasado, y en mi mano brillaba el anillo torzal que vi tantas veces en el anular de mi tía Panchita: no había habido tiempo para otra cosa.

Todos empezaron a irse.

–Si me necesita, llámeme. Dele mientras tanto las gotas cada seis horas.

–Que Dios te bendiga y te dé fuerzas.

–Feliz noche de bodas –susurró a mi oído con una risita mezquina la prima jovencita.

Volví junto al enfermo. “Nada ha cambiado, nada ha cambiado”. Por lo menos mi miedo no había cambiado. Convencí a María de que se quedara conmigo a velar a don Apolonio, y solo recobré el control de mis nervios cuando vi que amanecía. Había empezado a llover, pero sin rayos, sin tormenta, quedamente.

Continuó lloviznando todo el día, y el otro, y el otro aún. Cuatro días de agonía. No teníamos apenas más visitas que las del médico y el señor cura; en días así nadie sale de su casa, todos se recogen y esperan a que la vida vuelva a comenzar. Son días espirituales, casi sagrados. Si cuando menos el enfermo hubiera necesitado muchos cuidados mis horas hubieran sido menos largas, pero lo que se podía hacer por aquel cuerpo aletargado era bien poco.

La cuarta noche María se acostó en una pieza próxima y me quedé a solas con el moribundo. Oía la lluvia monótona y rezaba sin consciencia de lo que decía, adormilada y sin miedo, esperando. Los dedos se me fueron aquietando, poniendo morosos sobre las cuentas del rosario, y al acariciarlas sentía que por las yemas me entraba ese calor ajeno y propio que vamos dejando en las cosas y que nos es devuelto transformado: compañero, hermano que nos anticipa la dulce tibieza del otro, desconocida y sabida, nunca sentida y que habita en la médula de nuestros huesos. Suavemente, con delicia, distendidos los nervios, liviana la carne, fui cayendo en el sueño.

Debo haber dormido muchas horas: era la madrugada cuando desperté; me di cuenta porque las luces estaban apagadas y la planta eléctrica deja de funcionar a las dos de la mañana. La habitación, apenas iluminada por la lámpara de aceite que ardía sobre la cómoda a los pies de la Virgen, me recordó la noche de la boda, de mi boda… hacía mucho tiempo de eso, una eternidad vacía.

Desde el fondo de la penumbra llegó hasta mi la respiración fatigosa y quebrada de don Apolonio. Ahí estaba todavía, pero no él, el despojo persistente e incomprensible que se obstinaba en seguir aquí sin finalidad, sin motivo aparente alguno. La muerte da miedo, pero la vida mezclada, imbuida en la muerte, da un horror que tiene muy poco que ver con la muerte y con la vida. El silencio, la corrupción, el hedor, la deformación monstruosa, la desaparición final, eso es doloroso, pero llega a un clímax y luego va cediendo, se va diluyendo en la tierra, en el recuerdo, en la historia. Y esto no, el pacto terrible entre la vida y la muerte que se manifestaba en ese estertor inútil, podía continuar eternamente. Lo oía raspar la garganta insensible y se me ocurrió que no era aire lo que entraba en aquel cuerpo, o más bien que no era un cuerpo humano el que lo aspiraba y lo expelía; se trataba de una máquina que resoplaba y hacía pausas caprichosas por juego, para matar el tiempo sin fin. No había allí un ser humano, alguien jugaba con aquel ronquido. Y el horror contra el que nada pude me conquistó: empecé a respirar al ritmo entrecortado de los estertores, respirar, cortar de pronto, ahogarme, respirar, ahogarme… sin poderme ya detener, hasta que me di cuenta de que me había engañado en cuanto al sentido que tenía el juego, porque lo que en realidad sentía era el sufrimiento y la asfixia de un moribundo. De todos modos, seguí, seguí, hasta que no quedó más que un solo respirar, un solo aliento inhumano, una sola agonía. Me sentí más tranquila, aterrada pero tranquila: había quitado la barrera, podía abandonarme simplemente y esperar el final común. Me pareció que con mi abandono, con mi alianza incondicional, aquello se resolvería con rapidez, no podría continuar, habría cumplido su finalidad y su búsqueda persistente en el vacío.

Ni una despedida, ni un destello de piedad hacia mí. Continué el juego mortal largamente, desde un lugar donde el tiempo no importaba ya.

La respiración común se fue haciendo más regular, más calmada, aunque también más débil. Me pareció regresar, pero estaba tan cansada que no podía moverme, sentía el letargo definitivamente anidado dentro de mi cuerpo. Abrí los ojos: todo estaba igual.

No. Lejos, en la sombra, hay una rosa; sola, única y viva. Está ahí, recortada, nítida, con sus pétalos carnosos y leves, resplandeciente. Es una presencia hermosa y simple. La miro y mi mano se mueve y recuerda su contacto y la acción sencilla de ponerla en el vaso. La miré entonces, ahora la conozco. Me muevo un poco, parpadeo, y ella sigue ahí, plena, igual a sí misma.

Respiro libremente, con mi propia respiración. Rezo, recuerdo, dormito, y la rosa intacta monta la guardia de la luz y del secreto. La muerte y la esperanza se transforman.

Pero ahora comienza a amanecer y en el cielo limpio veo, ¡al fin!, que los días de lluvia han terminado. Me quedo largo rato contemplando por la ventana cómo cambia todo al nacer el sol. Un rayo poderoso entra y la agonía me parece una mentira; un gozo injustificado me llena los pulmones y sin querer sonrío. Me vuelvo a la rosa como a una cómplice, pero no la encuentro: el sol la ha marchitado. Volvieron los días luminosos, el calor enervante; las gentes trabajaban, cantaban, pero don Apolonio no se moría, antes bien parecía mejorar. Yo lo seguí cuidando, pero ya sin alegría, con los ojos bajos y descargando en el esmero por servirlo toda mi abnegación remordida y exacerbada: lo que deseaba, ya con toda claridad, era que aquello terminara pronto, que se muriera de una vez. El miedo, el horror que me producían su vista, su contacto, su voz, eran injustificados, porque el lazo que nos unía no era real, no podía serlo, y sin embargo yo lo sentía sobre mí como un peso, y a fuerza de bondad y de remordimientos quería desembarazarme de él.

Sí, don Apolonio mejoraba a ojos vistas. Hasta el médico estaba sorprendido, no podía explicarlo.

Precisamente la mañana en que lo senté por primera vez recargado sobre los almohadones sorprendí aquella mirada en los ojos de mi tío. Hacía un calor sofocante y lo había tenido que levantar casi en vilo. Cuando lo dejé acomodado me di cuenta: el viejo estaba mirando con una fijeza estrábica mi pecho jadeante, el rostro descompuesto y las manos temblonas inconscientemente tendidas hacia mí. Me retiré instintivamente, desviando la cabeza.

–Por favor, entrecierra los postigos, hace demasiado calor.

Su cuerpo casi muerto se calentaba.

–Ven aquí, Luisa. Siéntate a mi lado. Ven.

–Sí, tío –me senté encogida a los pies de la cama, sin mirarlo.

–No me llames tío, dime Polo, después de todo ahora somos más cercanos parientes-. Había un dejo burlón en el tono con que lo dijo.

–Sí tío.

–Polo, Polo –su voz era otra vez dulce y tersa-. Tendrás que perdonarme muchas cosas; soy viejo y estoy enfermo, y un hombre así es como un niño.

–Sí.

–A ver, di “Sí, Polo”.

–Sí, Polo.

Aquel nombre pronunciado por mis labios me parecía una aberración, me producía una repugnancia invencible.

Y Polo mejoró, pero se tornó irritable y quisquilloso. Yo me daba cuenta de que luchaba por volver a ser el que había sido; pero no, el que resucitaba no era él mismo, era otro.

–Luisa, tráeme… Luisa, dame… Luisa, arréglame las almohadas… dame agua… acomódame esta pierna…

Me quería todo el día rodeándolo, alejándome, acercándome, tocándolo. Y aquella mirada fija y aquella cara descompuesta del primer día reaparecían cada vez con mayor frecuencia, se iban superponiendo a sus facciones como una máscara.

–Recoge el libro. Se me cayó debajo de la cama, de este lado.

Me arrodillé y metí la cabeza y casi todo el torso debajo de la cama, pero tenía que alargar lo más posible el brazo para alcanzarlo. Primero me pareció que había sido mi propio movimiento, o quizá el roce de la ropa, pero ya con el libro cogido y cuando me reacomodaba para salir, me quedé inmóvil, anonadada por aquello que había presentido, esperando: el desencadenamiento, el grito, el trueno. Una rabia nunca sentida me estremeció cuando pude creer que era verdad aquello que estaba sucediendo, y que aprovechándose de mi asombro su mano temblona se hacía más segura y más pesada y se recreaba, se aventuraba ya sin freno palpando y recorriendo mis caderas; una mano descarnada que se pegaba a mi carne y la estrujaba con deleite, una mano muerta que buscaba impaciente el hueco entre mis piernas, una mano sola, sin cuerpo.

Me levanté lo más rápidamente que pude, con la cara ardiéndome de coraje y vergüenza, pero al enfrentarme a él me olvidé de mí y entré como un autómata en la pesadilla: se reía quedito, con su boca sin dientes. Y luego, poniéndose serio de golpe, con una frialdad que me dejó aterrada:

–¡Qué! ¿No eres mi mujer ante Dios y ante los hombres? Ven, tengo frío, caliéntame la cama. Pero quítate el vestido, lo vas a arrugar.

Lo que siguió ya sé que es mi historia, mi vida, pero apenas lo puedo recordar como un sueño repugnante, no sé siquiera si muy corto o muy largo. Hubo una sola idea que me sostuvo durante los primeros tiempos: “Esto no puede continuar, no puede continuar”. Creí que Dios no podría permitir aquello, que lo impediría de alguna manera. Él personalmente. Antes tan temida, ahora la muerte me parecía la única salvación. No la de Apolonio, no, él era un demonio de la muerte, sino la mía, la justa y necesaria muerte para mi carne corrompida. Pero nada sucedió. Todo continuó suspendido en el tiempo, sin futuro posible. Entonces una mañana, sin equipaje, me marché.

Resultó inútil. Tres días después me avisaron que mi marido se estaba muriendo y me llamaba. Fui a ver al confesor y le conté mi historia.

–Lo que lo hace vivir es la lujuria, el más horrible pecado. Eso no es la vida, padre, es la muerte, ¡déjelo morir!

–Moriría en la desesperación. No puede ser.

–¿Y yo?

–Comprendo, pero si no vas será un asesinato. Procura no dar ocasión, encomiéndate a la Virgen, y piensa que tus deberes…

Regresé. Y el pecado lo volvió a sacar de la tumba.

Luchando, luchando sin tregua, pude vencer al cabo de los años, vencer mi odio, y al final, muy al final, también vencí a la bestia. Apolonio murió tranquilo, dulce, él mismo.

Pero yo no pude volver a ser la que fui. Ahora la vileza y la malicia brillan en los ojos de los hombres que me miran y yo me siento ocasión de pecado para todos, pero que la más abyecta de las prostitutas. Sola, pecadora, consumida totalmente por la llama implacable que nos envuelve a todos los que, como hormigas, habitamos este verano cruel que no termina nunca.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

sábado, 19 de septiembre de 2026

La muerte de Arquímedes

Karel Capek

 

En realidad, la historia de Arquímedes no ocurrió exactamente como se cuenta. Es verdad que lo mataron cuando los romanos conquistaron Siracusa, pero no es cierto que un soldado romano irrumpiera en su casa para saquearla y que Arquímedes, absorto en trazar una construcción geométrica, le gruñera malhumorado: “¡No perturbes mis círculos!”. Para empezar, Arquímedes no era uno de esos profesores distraídos que no saben lo que ocurre a su alrededor. Al contrario, era por naturaleza un verdadero soldado que ideaba máquinas de guerra para defender Siracusa. Y, en segundo lugar, aquel soldadito romano no era ningún saqueador borracho, sino Lucius, un culto y ambicioso centurión de Estado Mayor que sabía con quién tenía el honor de tratar. No había ido a saquear, sino que saludó militarmente desde el umbral y dijo:

–Salve, Arquímedes.

Arquímedes levantó la vista de la tablilla de cera en la que, en efecto, estaba trazando algo.

–¿Qué pasa?

–Arquímedes –dijo Lucius–, sabemos que, sin tus máquinas de guerra, Siracusa no habría resistido ni un mes. Con ellas, en cambio, Siracusa nos ha tenido ocupados durante dos años. No creas que los soldados no sabemos apreciar estas cosas. Magníficas máquinas. Te felicito.

Arquímedes le restó importancia con un gesto de la mano.

–Vamos, eso no tiene nada de particular. Simples mecanismos de lanzamiento… bah, una especie de juguete. Científicamente no tienen gran importancia.

–Pero militarmente sí –observó Lucius–. Escucha, Arquímedes, he venido a proponerte que trabajes con nosotros.

–¿Con quién?

–Con nosotros, los romanos. Tienes que darte cuenta de que Cartago está en decadencia. ¿Para qué seguir ayudando a los cartagineses? Ahora vamos a acabar con Cartago, ya verás. Sería mejor que todos ustedes se pusieran de nuestro lado.

–¿Por qué? –gruñó Arquímedes–. Da la casualidad de que los siracusanos somos griegos. ¿Por qué habríamos de ir con ustedes?

–Porque viven en Sicilia y nosotros necesitamos Sicilia.

–¿Y por qué la necesitan?

–Porque queremos dominar el Mediterráneo.

–Ah –dijo Arquímedes, mirando pensativo su tablilla–. ¿Y para qué quieren eso?

–Quien domina el Mediterráneo –dijo Lucius– domina el mundo. Eso está claro.

–¿Es que tienen que ser los dueños del mundo?

–Sí. La misión de Roma es convertirse en dueña del mundo. Y te digo que lo será.

–Puede ser –dijo Arquímedes mientras borraba algo de la tablilla de cera–. Pero yo no se lo aconsejaría, Lucius. Escucha, ser dueños del mundo… algún día les costará muchísimo conservar ese dominio. Es una lástima todo el trabajo que eso les va a dar.

–No importa. Seremos un gran imperio.

–Un gran imperio –murmuró Arquímedes–. Si dibujo un círculo pequeño o uno grande, no deja de ser un círculo. Aquí también hay límites. Nunca podrán librarse de ellos, Lucius. ¿Crees que un círculo grande es más perfecto que uno pequeño? ¿Crees que eres un geómetra más grande porque dibujas un círculo más grande?

–Ustedes, los griegos, siempre juegan con argumentos –objetó el centurión Lucius–. Nosotros demostramos nuestra verdad de otra manera.

–¿Cómo?

–Con hechos. Por ejemplo, conquistamos su Siracusa. Ergo, Siracusa nos pertenece. ¿Es una prueba clara?

–Lo es –dijo Arquímedes, rascándose la cabeza con el estilete–. Sí, conquistaron Siracusa. Solo que ya no es ni volverá a ser la Siracusa de antes. Era una ciudad grande y gloriosa, amigo. Ahora ya nunca volverá a ser grande. ¡Qué lástima lo de Siracusa!

–En cambio, Roma será grande. Roma tiene que ser la más fuerte en todo el orbe.

–¿Por qué?

–Para mantenerse. Cuanto más fuertes somos, más enemigos tenemos. Por eso tenemos que ser los más fuertes.

–En cuanto a la fuerza… –murmuró Arquímedes–. Algo sé de física, Lucius, y voy a decirte una cosa. La fuerza queda ligada.

–¿Qué significa eso?

–Es una especie de ley, Lucius. Toda fuerza que actúa queda ligada por el hecho mismo de actuar. Cuanto más fuertes sean, más de sus propias fuerzas tendrán que emplear en ello. Y llegará un momento…

–¿Qué ibas a decir?

–Nada. No soy profeta, amigo. Solo soy físico. La fuerza queda ligada. Eso es todo lo que sé.

–Escucha, Arquímedes, ¿no querrías trabajar con nosotros? No te imaginas las enormes posibilidades que se te abrirían en Roma. Construirías las máquinas de guerra más poderosas del mundo…

–Perdóname, Lucius. Ya soy viejo y todavía quisiera desarrollar una o dos ideas propias. Como ves, ahora mismo estoy trazando algo.

–Arquímedes, ¿no te tienta conquistar el mundo con nosotros? ¿Por qué no dices nada?

–Perdona –murmuró Arquímedes, inclinado sobre su tablilla–. ¿Qué dijiste?

–Que un hombre como tú podría dominar el mundo.

–Hum, el dominio del mundo –dijo Arquímedes, ensimismado–. No te enojes, pero aquí tengo algo más importante. Ya sabes, algo duradero. Algo que de verdad perdure.

–¿Qué es?

–¡Cuidado, no me borres los círculos! Es una forma de calcular el área de un sector circular.

 

***

Más tarde se emitió un comunicado según el cual el sabio Arquímedes había perdido la vida accidentalmente.

 

(Tomado de www.lecturia.org)

 

En línea

Juan José Saer

 

a Hugo Santiago

 

Un domingo de noviembre, a eso de las tres de la tarde (allá en la ciudad debían ser más o menos las once de la mañana) Pichón recibió una llamada de Tomatis. Mientras se dirigía hacia el teléfono, ya que cuando empezó a sonar se estaba preparando un café en la cocina, iba pensando “Como es domingo, por la hora debe ser Tomatis”. Desde luego que no lo pensaba en esos términos, con palabras, sino con esa manera peculiar que tienen de presentarse a la mente ciertos pensamientos, prescindiendo de palabras justamente, y aun de imágenes, con una evidencia inmaterial y fugaz pero clara sin embargo, precisa y brillante: “Por la hora, debe ser Tomatis”. Y era él, desde luego.

Es verdad que Tomatis había establecido la costumbre de llamarlo desde allá ciertos domingos, una vez por mes o cada cinco o seis semanas y que él, Pichón, hacía más o menos lo mismo, con una periodicidad semejante, así que hablaban por teléfono quince o veinte veces por año. Al principio o al final de la conversación, el estado del tiempo siempre ocupaba treinta segundos, un minuto, o más incluso si algún fenómeno meteorológico merecía un comentario detallado. El resto eran chismes, noticias o comentarios de actualidad, invitaciones y promesas de viajes, frases ingeniosas, bromas, y, de tanto en tanto, hasta discusiones literarias o filosóficas.

Esa mañana de noviembre, Tomatis pretendía estar en la terraza, a la sombra de un toldo, donde corría un aire fresquito según él, frescura amable de una mañana de primavera que calificó varias veces de “deliciosa”: cielo azul, ni una sola nube hasta el horizonte, sol bastante alto ya pero todavía soportable. ¿Y a que no sabía qué estaba haciendo? Mil contra uno que Pichón no adivinaba; ni más ni menos que disponiéndose a prender dentro de poco el fuego y a tirar un pedazo de carne y unas achuras sobre la parrilla. Pero por ahora se ha puesto bajo el toldo para protegerse y refrescarse un poco, porque ha estado tomando sol, desnudo como es su costumbre, desde las nueve y media.

Pichón lo escucha con una sonrisa escéptica y complacida a la vez, parado todavía al lado del escritorio, la mirada que errabundea más allá de los vidrios de la ventana, sin ver a decir verdad ni los árboles desnudos ni las fachadas parduzcas de los edificios en la vereda de enfrente, ni el aire triste y sombrío que destella en la llovizna helada. Desde que conoce a Tomatis, algo más de treinta años ya, un hábito de incredulidad lo mantiene alerta ante muchas de sus afirmaciones, no porque Tomatis diga mentiras, sino porque a veces, en la forma irónica y elíptica, falsamente directa, que tiene de expresarse, ejerce ya sin darse cuenta un estilo paródico del que es manifiesto por lo menos un rasgo común con el hermetismo: la total indiferencia por la capacidad de su interlocutor para captar sus alusiones y aún hasta el mecanismo de su retórica. Pero por más que dude, la fuerza de las palabras, aun llegando desde tan lejos, obtiene el efecto buscado, ya que, mezclándose al escepticismo, la imaginación de Pichón elabora una imagen placentera, proyectándose en ella como lo haría con cualquier otra ficción y, al tiempo que se sienta en el sillón del escritorio, “ve” la mañana luminosa de primavera, el toldo de lona verde que imprime sobre las baldosas rojas de la terraza una sombra benévola y a Tomatis, después de haberse cocinado un rato al sol enteramente desnudo, secándose de su propio sudor al aire fresco, con un vaso de agua en una mano, el teléfono contra el oído y la mirada sonriente y vivaz paseándose a su alrededor mientras habla.

Según Tomatis, el tono de cuya voz expresa más jovialidad que de costumbre, una novedad sensacional ha motivado esta vez la llamada: han encontrado, él y Soldi, y, oyéndolo, Pichón descarta la pertinencia de ese plural atribuyendo a Soldi solo el supuesto descubrimiento, ya que le resulta imposible imaginarse a Tomatis hurgando en bibliotecas, en desvanes y en archivos, con el fin de traer a la superficie de la esfera pública algún escrito raro o algún documento revelador, han encontrado, él y Soldi, otro texto de ficción que, todo parece indicarlo, ha sido también escrito por el autor de la novela de ochocientas quince páginas que estaba entre los papeles de Washington, el dactilograma titulado En las tiendas griegas, que Pichón ha tenido la oportunidad de examinar brevemente, durante su último viaje a la ciudad, un par de años antes. Según Tomatis, se trata de un texto no muy largo, de unas veinte páginas más o menos, sin título ni nombre de autor, pero que proviene de la misma máquina de escribir en la que fue pasada en limpio la novela, en un papel del mismo formato y de la misma calidad, un poco amarillo en los bordes, y sobre todo con un trazo horizontal casi marrón en medio de la primera hoja, porque el texto estaba doblado en dos y olvidado entre las páginas de un libro. Soldi se había topado con él (en esta parte de la conversación el plural desaparece) haciendo el inventario de los libros políticos en la biblioteca de Washington.

El ruido de los primeros borbotones de la cafetera llega desde la cocina, y Pichón percibe el olor del café que se expande por el aire caldeado del departamento. Pero si sus sentidos se ocupan en captar los estímulos que los excitan en el aura rugosa y bien real del presente, su imaginación se pasea por la terraza roja y soleada, por la mañana, según Tomatis, “deliciosa” de noviembre, y su atención se concentra en las palabras que, a pesar de la distancia desde la que le llegan y del timbre vagamente artificial con que resuenan, como si hubiesen sido descompuestas en sus elementos más simples y vueltas a recomponer sin haber logrado restituirles el sonido humano, haciéndoles perder la inmediatez familiar al transportarlas de un hemisferio al otro a través del espacio lleno de turbulencias magnéticas, interesándose por ellas en su mera calidad de materia sonora, subyugan a la vez su curiosidad y su inteligencia.

Durante las consideraciones preliminares, antes de resumirle el texto propiamente dicho, Tomatis cree necesario hacerle notar que puede tratarse de un fragmento descartado de la novela, ya que también transcurre durante la guerra de Troya, y los personajes son los dos soldados, uno viejo y uno joven, que montan guardia ante la tienda de Agamenón, y que ya en la novela eran los personajes principales, o en todo caso aquellos a partir de los cuales se fijaba el punto de vista de los acontecimientos. A menos, dice Tomatis, que en lugar de tratarse de un fragmento de la novela, sea un texto independiente, tributario del cuerpo principal, y que haya varios del mismo tipo dispersos en las bibliotecas de la ciudad, olvidados también entre las páginas de algún libro, de algún legajo, o sepultados en algún arca o cajón, bajo recortes de diarios, de documentos caducos, de fotografías en blanco y negro con los bordes dentados, ajadas y amarillentas, y de capas y capas de polvo fino y grisáceo. Si se trata de un texto independiente, el hecho de que intervengan los mismos personajes, dice más o menos Tomatis, hace que su autonomía sea relativa, y que la novela siga constituyendo la referencia principal, así que ese texto breve y otros que eventualmente pudiesen existir y fuesen apareciendo, formarían no una saga, para lo cual es necesario que entre los diferentes textos haya una relación cronológica lineal, sino más bien un ciclo, es decir, dice Tomatis con una pizca de pedantería más teatral que verdadera, un conjunto del que van desprendiéndose nuevas historias contra el fondo de cierta inmovilidad general.

Sombra tenue del toldo verde sobre las baldosas coloradas; Tomatis, sin afeitar todavía, en calzoncillos probablemente, sentado en el sillón con el teléfono portátil contra el oído y un vaso de agua en la mano libre; el sol que destella arriba, subiendo hacia el cenit, en un cielo de un azul profundo, sin una sola nube en todo el horizonte visible; mañana “deliciosa” de primavera según Tomatis: con una sonrisa blanda y expectante, Pichón escucha sentado ante el escritorio, la cara vuelta hacia la ventana sin ver, a través de los vidrios, los árboles desnudos, ennegrecidos por el fulgor glacial de la llovizna. “El soldado viejo y el soldado joven, que aparecen en la novela”, está diciendo Tomatis, pero Pichón no se acuerda bien de ellos, porque él la novela no la ha leído, y no ha tenido de ella más que un resumen oral que le ha hecho Soldi durante un paseo en lancha que hicieron una tarde, de vuelta de la casa de Washington en Rincón Norte, a donde habían ido justamente a echarle una ojeada al dactilograma de ochocientas quince páginas, del que se ignora la fecha exacta en que fue escrito, e inclusive el nombre del autor.

Y la voz de Tomatis, ligeramente modificada por las turbulencias electromagnéticas, le comenta: otra vez, como en la novela, los dos soldados conversan. Para el joven, la que está entre los muros de Troya, no puede ser la verdadera Helena. Jamás según él una esposa griega abandonaría a su marido griego por un extranjero. El soldado viejo pretende no tener ninguna opinión personal sobre el asunto, pero el texto según Tomatis deja entrever, lo que por otra parte el soldado joven capta casi sin darse cuenta, que el soldado viejo prefiere abstenerse de expresar en voz alta lo que piensa realmente, a saber que de una mujer, griega, troyana o egipcia o lo que fuese deben esperarse siempre las reacciones más imprevisibles. El soldado joven insiste: es posible, pero Helena, la más hermosa y casta de las mujeres constituye en forma evidente una excepción y además, de muy buena fuente él sabe que esta Helena que Paris trajo a Troya, no es más que un simulacro, un espejismo que un rey hechicero, horrorizado por el secuestro de la reina, fraguó en Egipto para engañar al seductor y preservar la castidad de Helena, hasta tener la ocasión de devolvérsela sana y salva a su esposo Menelao. El soldado viejo sigue escéptico, pero se abstiene de objetar que, en las semanas que duró el viaje de Esparta a Egipto, si fuese cierta la castidad de Helena, a Paris le sobró tiempo para dar cuenta de ella, y el otro, adivinando la objeción ya que él mismo no puede dejar de formulársela en su fuero interno, se aferra al argumento principal: la Helena que los griegos han venido a buscar a Troya para restituir el honor de Esparta y de Menelao, no es la verdadera Helena sino un simulacro fraguado por un rey hechicero, un tal Proteo, que le dio a la pareja hospitalidad en Egipto. Los años han fortificado la incredulidad del soldado viejo: ni una vez sola, en su larga vida, lo invisible ha dejado de ser lo que es, es decir la transparencia vacía del aire y del cielo, y lo visible, la presencia rugosa de la piedra, del árbol ondulante y mudo, del agua fresca y turbulenta, del firmamento incomprensible. Ni una sola vez el más oscuro de los dioses consideró que valiese la pena manifestarse para él, y del trabajo de adivinos y hechiceros nunca pensó que se tratara de otra cosa que una manera de autorizar, con el pretexto de la magia y de los oráculos, y del pretendido comercio con las fuerzas que rigen el destino, el capricho a menudo sanguinario de los poderosos. El soldado joven, sin desplegar más esfuerzos para hacerle aceptar sus argumentos, promete aportar la prueba de sus afirmaciones: la muy buena fuente que le ha suministrado la información acerca de la imagen ilusoria de Helena, es un mercader de Tiro que comercia con los ejércitos griegos todo lo que en este mundo se puede comprar y vender y que, a causa de su profesión, ha estado varias veces en Egipto, donde pudo frecuentar a algunos hechiceros a los que les suministraba ciertos productos raros, traídos de los confines del mundo conocido, que les servían para ejecutar correctamente sus operaciones mágicas. El comerciante le había insinuado que él conocía un medio secreto para determinar con exactitud si una apariencia cualquiera de este mundo era de verdad un ser material o si se trataba de un mero simulacro.

Un silencio inesperado, en el otro extremo de la línea, saca a Pichón de la especie de ensueño en el que ha caído: absorto en el sonido de la voz de Tomatis, ha dejado de entender, o de entender en el círculo claro y consciente de la atención, el significado de las palabras; las comprende, pero más lejanas y vagas que la imagen vivaz en la que se inscriben, y que es el elemento más real del presente infinito, más real que la voz y las palabras por cierto, pero también que el chisporroteo empírico que los estímulos, intermitentes o constantes, sucesivos o simultáneos, que excitan sus sentidos, la imagen forjada sin un solo elemento material, a no ser las dos o tres frases circunstanciales de Tomatis, y que ahora nítida, brillante y férrea, ocupa la totalidad de su mente: el toldo verde al que la luz primaveral le da una transparencia luminosa, y que proyecta su sombra sobre las baldosas coloradas, el cielo azul, sin una sola nube en todo el horizonte visible, y Tomatis sentado en calzoncillos en un sillón de lona, secándose el propio sudor al aire fresco después de haber tomado desnudo un poco de sol, con un vaso de agua en una mano y el teléfono portátil apoyado contra la oreja en la otra, hablando y mirando plácido a su alrededor, para gozar de la mayor cantidad posible de detalles en la mañana “deliciosa”. Y Pichón se ha distraído del relato, pensando que las sensaciones imaginarias de Tomatis, de cuya realidad carecerá de pruebas hasta el fin de los tiempos, son para él más fuertes que las propias, que se han vuelto remotas y fantasmales.

–¿Sí? Hola, hola –dice Tomatis.

–Te escucho –dice Pichón, y su sonrisa blanda se acentúa un poco.

–Pensé que se habría cortado –dice Tomatis, fingiendo malhumor–. No me asombraría que los servicios secretos tengan intervenidos nuestros teléfonos.

–¿Te parece? –dice Pichón, exagerando su incredulidad.

–Por supuesto –dice Tomatis–. Hoy en día en que el pueblo, la mafia y los gobiernos tienen los mismos ideales, únicamente los artistas siguen siendo peligrosos. Lástima que vayamos quedando pocos.

–No divaguemos –ordena Pichón, más complacido que nunca por los postulados tan arbitrarios como inapelables de Tomatis.

–Escucho y obedezco, oh noble señor, califa de los reinos que se extienden de la ceca a la meca, juez magnánimo, verdugo escrupuloso y compasivo, ejemplo y guía de los creyentes – salmodia Tomatis y, simulando carraspear para aclararse la voz, prosigue su resumen del relato, según el cual, durante varias semanas, el soldado viejo, que le había tomado afecto a su compañero de guardia por lo que a veces, en su fuero íntimo, se felicitaba a causa de la paciencia que le tenía, no volvió a oír hablar más del asunto, aunque ciertas miradas, ciertas diligencias misteriosas y ciertas insinuaciones difíciles de desentrañar indicaban claramente que el soldado joven mantenía sus planes y continuaba sus contactos y sus averiguaciones.

Un día lo vio acercarse con paso decidido y expresión satisfecha –el soldado viejo estaba echado bajo un árbol, masticando a duras penas su rancho– y supo que estaba en posesión de las informaciones que necesitaba, y si no era así, por lo menos estaba convencido de haberlas obtenido. Se acuclilló ante él con facilidad, posición que las articulaciones gastadas por leguas y leguas de marcha y años de plantones y de hambrunas ya le vedaban para siempre al soldado viejo y, bajando la voz, después de haber auscultado su alrededor con miradas furtivas y recelosas, le transmitió el resultado de sus diligencias. El comerciante de Tiro, según el soldado joven, le había revelado, después de muchas vacilaciones y a cambio de una buena parte de su salario, que los iniciados a las artes mágicas que había frecuentado en todos los rincones del mundo conocido por tratarse de sus mejores clientes, sabían que existía un único medio, infalible desde luego, para saber si una apariencia de este mundo, animal, vegetal o mineral, era verdaderamente un cuerpo compuesto de materia densa o un mero simulacro, y ese medio consistía en exponer el cuerpo en cuestión a la primera luz del alba, en cierto lugar preciso del espacio, para que un determinado rayo solar, al dar contra él, revelase su verdadera naturaleza. Según el comerciante de Tiro, tratándose de un cuerpo real, de materia compacta, no pasaba nada, el cuerpo imprimía una sombra alargada en el suelo, interceptando el rayo con su masa opaca, pero que si en cambio se trataba de un simulacro, un prodigio se producía sin error posible, a saber que el cuerpo empezaba a tornasolarse adquiriendo un aspecto fuertemente luminoso e, igual que una pompa de jabón, se volvía translúcido, transparente, se desvanecía en el aire hasta que el rayo que lo había tocado, a causa del movimiento del sol, pasaba de largo y entonces el cuerpo recobraba su apariencia engañosa.

Con la mirada baja, clavada en su comida que los pocos dientes que le quedaban apenas si lograban masticar, el soldado viejo lo escuchaba tratando de disimular, por cortesía quizás, su escepticismo, aunque ya sabía que el otro no estaría dispuesto a abandonar hasta no haber llevado a cabo la experiencia. Adivinando sus pensamientos sin siquiera darse cuenta, el soldado joven seguía hablando: todo el mundo sabía en el campamento que Helena, a la madrugada, mientras los troyanos dormían, tenía la costumbre de pasearse por las murallas, mirando en dirección de las naves griegas y del campamento y suspirando por su tierra natal. Había quienes pretendían que varias veces incluso había tenido a esa hora discreta conversaciones con algunos jefes griegos, Ulises sobre todo, con el que conspiraba para precipitar la ruina de los troyanos. Esos encuentros tenían lugar en la oscuridad pero, según el soldado joven, Helena a veces se quedaba hasta el momento en que empezaba a aclarar, para no correr el riesgo de ser descubierta volviendo a su palacio en la oscuridad, simulando haber salido a dar un paseo con la primera luz del alba. En razón de todo eso, el soldado ya había elaborado un plan: a la noche siguiente, en lugar de echarse a dormir, irían a ver si Helena se presentaba o no en la muralla.

Unos meses después de esa conversación telefónica, Soldi, como otras veces, hará una copia del dactilograma y lo mandará por correo, lo que le permitirá a Pichón examinarlo con detenimiento, y casi en cada una de sus páginas y de sus frases, que desde luego difieren muchísimo de las que escuchó por teléfono en un domingo de noviembre, porque lo oral y lo escrito son dos medios diferentes, como el aire y el agua, y lo que respira en uno a veces se asfixia en el otro, la voz de Tomatis resonará en su memoria trayendo consigo la imagen del propio Tomatis, sentado en calzoncillos bajo el toldo verde, secándose a la sombra del toldo que hace resaltar el color rojo de las baldosas, y el cielo azul liso y profundo, sin una sola nube hasta el horizonte, la voz que trae cifrada en ella la mañana “deliciosa”. Parece salir hasta de la tipografía pareja impresa en las hojas blancas que recibió por correo, en un sobre grande de papel madera, con unas líneas manuscritas de Soldi, y el autor desconocido del texto revive en la voz grave, un poco deformada por las turbulencias magnéticas en su viaje casi instantáneo de un hemisferio al otro. Es como si ese personaje misterioso que siembra sus escritos en bibliotecas ajenas, en cajones olvidados, en desvanes y en recovecos secretos, de escritorios, de dormitorios o de galpones, desde el polvo ignorado en el que yacen sus huesos, se apropiara de la voz de Tomatis, de las manos de Soldi que los pasaban en limpio, de los oídos, de los ojos y de la atención de Pichón, que era su receptor, para volver a la vida por el tiempo en que las palabras mecanografiadas o impresas saliesen de su sueño polvoriento. Las resonancias magnéticas, electrónicas, eléctricas o lo que fuese que deforman ligeramente la voz, le dan al relato de Tomatis una tenue vibración inhumana, como si otra voz, confinada en el limbo gris y sin salida del pasado, adhiriéndose parasitariamente a la primera, quisiera volver al mundo para respirar, aunque más no fuese durante unos segundos, el aire fresco en la mañana de noviembre, bajo el toldo verde, en la terraza de baldosas coloradas, bajo un cielo azul profundo, sin una sola nube hasta el horizonte. No puede dejar de oír esa voz doble cuando, un par de meses más tarde, en plena noche y en pleno invierno, lee los últimos párrafos del texto que el correo le ha traído esa mañana:

Para no causarle una decepción, el Soldado Viejo acepta el plan de su amigo. Con la paciencia de un padre afectuoso para con un hijo un poco aturdido, quiere que por sí mismo gaste su reserva de ilusiones.

A la madrugada entonces, después del cambio de guardia, en vez de irse a dormir, se encaminan furtivos hacia la parte este de la muralla. El Soldado Joven pretende saber que es a ese sector de la muralla que la reina viene cada madrugada a suspirar por su esposo, por el campamento griego, por las naves inmóviles, y por el lejano y áspero reino de Esparta.

Durante un buen rato, no distinguen nada en la negrura apretada. En la noche sin viento, el frío del sereno los hace tiritar. El Soldado Viejo oye al otro removerse en su sitio, refregarse las manos y darse palmadas en el cuerpo para calentarse un poco. La arista horizontal de la muralla empieza a recortarse vagamente en la noche. Clavan la vista en ella durante interminables minutos, y el Soldado Viejo ya está por proponer que se retiren a descansar, cuando el muchacho lo disuade de un codazo, tan cargado de energía entusiasta que lo hace tambalear. Negrura más densa que la noche negra y que la muralla, una silueta abultada emerge cautelosa del parapeto y se inmoviliza.

Ahora, susurra el Soldado Joven, basta con esperar. El alba, es verdad, ya no debe estar tardando mucho, el alba y después la aurora, la luz del día que restaura las cosas compactas y coloridas en los prados palpables de lo visible. Los ojos de los soldados no pierden de vista ni un solo instante la forma negra que se recorta en la negrura. Se han olvidado del frío, de la hora, del lugar. Hasta para el Soldado Viejo el sortilegio parece posible, y mientras espera el día, se dice que, después de todo, ese muchacho algo atolondrado por el que ya siente una ternura de padre, ha traído un poco de magia a su vida gastada.

Por fin, la noche empieza a empalidecer, y el ocre de la muralla fosforece en la primera claridad. Únicamente la figura humana, envuelta en el manto negro, la cabeza cubierta por un capuchón, se obscurece en la luz todavía tenue. Cuando el aire se pone más claro la figura gira la cabeza y el rostro, oculto hasta ese momento por el capuchón, se descubre para los dos soldados. Su hermosura al mismo tiempo los exalta y los abruma. La carne casta de Leda, ignorante de su propia sensualidad, combinándose con la blancura y con la lujuria brutal del cisne, han producido esa certidumbre extrahumana, de la que únicamente gozan, con el solo fin de doblegar el mundo a su propio deseo, con inocencia y crueldad, los dioses y las fieras.

Detrás de la muralla y de la reina, que ha vuelto a girar la cabeza en sentido contrario, ocultando otra vez la cara bajo el capuchón, se divisan las torres y las cúpulas de Troya. Del otro lado, en el borde opuesto de la llanura, en la orilla del mar, el campamento griego al pie de las naves. Y a igual distancia de la ciudad y del campamento, los dos soldados, diminutos en el gran espacio vacío.

Hacia el este, el sol empieza a emerger. La claridad rojiza del cielo lo precede, pero ningún rayo todavía, liberándose de la barrera del horizonte, se extiende sobre la tierra. En los cortos minutos que se suceden, sus miradas van sin cesar del horizonte a la muralla. De pronto, algunos rayos rasan el aire y el Soldado Viejo ve la sombra del Soldado Joven alargándose sobre la tierra llana. En la muralla un rayo ilumina la silueta encapuchada que refulge de un modo cada vez más intenso, se tornasola, se vuelve transparente y desaparece.

El Soldado Viejo se inmoviliza de asombro, admirado ante el arte sin par de los magos egipcios. Pero una sorpresa todavía más grande lo espera –grande por su caudal de evidencia y de maravilla. Cuando el sol sube un poco más en el horizonte, al toque del rayo mágico, la ciudad de Troya y el campamento griego, con sus tiendas y sus mástiles, se vuelven manchas luminosas, se tornasolan, vertiginosos, se vuelven transparentes y después se desvanecen. Apenas si pasan unos segundos antes de que al Soldado Joven le suceda lo mismo, víctima del mismo mal luminoso y en apariencia indoloro. Ve su cuerpo familiar, su cara satisfecha y extenuada transformarse en una mancha incandescente y después en un hervor de colores vivos, para volverse translúcida e invisible, mientras su sombra, que durante unos segundos, mientras el cuerpo se tornasolaba, se ha convertido en una larga mancha multicolor, se borra instantáneamente del suelo. Ahora el mundo no es más que un uniforme vacío incoloro, del que hasta el sol ha desaparecido, y gracias al arte sin par de los magos egipcios, parece haber revelado en ese instante su esencia verdadera. El Soldado Viejo estira instintivamente el brazo para rescatar al otro de la nada en la que se ha desvanecido, pero para no ver su propia mano, que está volviéndose un racimo intenso de luz, cierra los ojos y se queda esperando sin saber bien qué.

No parece pasarle nada, a no ser la impresión de haberse vuelto de pronto liviano, casi aéreo, liberado por fin de la costra de fatiga y servidumbre que se ha ido acumulando sobre él con los años. Pero también lo embargan sentimientos contradictorios: alivio y en seguida remordimiento, pena y al mismo tiempo exaltación. Y le parece que esa confidencia tardía que le están haciendo los dioses sobre el valor real de este mundo, empieza a reconciliarlo con ellos.

Un ronroneo de satisfacción, acompañado de una alegría infantil, le hace comprender que, al acecho del alba, a causa de la jornada extenuante que han tenido el día anterior y de la noche de guardia, se ha quedado dormido, parado al lado del Soldado Joven, esperando los prodigios improbables de los magos egipcios. Después de todo, valía la pena haberse amanecido, si el resultado de tantas fatigas ha sido ese sueño feliz. Consciente de su sueño, que debe haber durado apenas unos segundos, sabe también que ya es tiempo para él de volver a la realidad. Y hace varios intentos, cada vez más enérgicos, de despertarse, pero a pesar de todos sus esfuerzos no lo consigue.

 

(Tomado de Saer, Juan José, Cuentos completos, editorial El Aleph, Buenos Aires, 2012)