miércoles, 12 de agosto de 2026

La tejedora

Marina Colasanti

 

Despertaba cuando todavía estaba oscuro, como si pudiera oír al sol llegando por detrás de los márgenes de la noche. Luego se sentaba al telar.

Comenzaba el día con una hebra clara. Era un trazo delicado del color de la luz que iba pasando entre los hilos extendidos, mientras afuera la claridad de la mañana dibujaba el horizonte.

Después, lanas más vivaces, lanas calientes iban tejiendo hora tras hora un largo tapiz que no acababa nunca.

Si el sol era demasiado fuerte y los pétalos se desvanecían en el jardín, la joven mujer ponía en la lanzadera gruesos hilos grisáseos del algodón más peludo. De la penumbra que traían las nubes, elegía rápidamente un hilo de plata que bordaba sobre el tejido con gruesos puntos. Entonces, la lluvia suave llegaba hasta la ventana a saludarla.

Pero si durante muchos días el viento y el frío peleaban con las hojas y espantaban los pájaros, bastaba con que la joven tejiera con sus bellos hilos dorados para que el sol volviera a apaciguar a la naturaleza.

De esa manera, la muchacha pasaba sus días cruzando la lanzadera de un lado para el otro y llevando los grandes peines del telar para adelante y para atrás.

No le faltaba nada. Cuando tenía hambre, tejía un lindo pescado, poniendo especial cuidado en las escamas. Y rápidamente el pescado estaba en la mesa, esperando que se lo comiera. Si tenía sed, entremezclaba en el tapiz una lana suave del color de la leche. Por la noche, dormía tranquila después de pasar su hilo de oscuridad.

Tejer era todo lo que hacía. Tejer era todo lo que quería hacer.

Pero tejiendo y tejiendo, ella misma trajo el tiempo en que se sintió sola, y por primera vez pensó que sería bueno tener al lado un marido.

No esperó al día siguiente. Con el antojo de quien intenta hacer algo nuevo, comenzó a entremezclar en el tapiz las lanas y los colores que le darían compañía. Poco a poco su deseo fue apareciendo. Sombrero con plumas, rostro barbado, cuerpo armonioso, zapatos lustrados. Estaba justamente a punto de tramar el último hilo de la punta de los zapatos cuando llamaron a la puerta.

Ni siquiera fue preciso que abriera. El joven puso la mano en el picaporte, se quitó el sombrero y fue entrando en su vida.

Aquella noche, recostada sobre su hombro, pensó en los lindos hijos que tendría para que su felicidad fuera aún mayor.

Y fue feliz por algún tiempo. Pero si el hombre había pensado en hijos, pronto lo olvidó. Una vez que descubrió el poder del telar, sólo pensó en todas las cosas que éste podía darle.

–Necesitamos una casa mejor –le dijo a su mujer. Y a ella le pareció justo, porque ahora eran dos. Le exigió que escogiera las más bellas lanas color ladrillo, hilos verdes para las puertas y las ventanas, y prisa para que la casa estuviera lista lo antes posible.

Pero una vez que la casa estuvo terminada, no le pareció suficiente.

–¿Por qué tener una casa si podemos tener un palacio? –preguntó. Sin esperar respuesta, ordenó inmediatamente que fuera de piedra con terminaciones de plata.

Días y días, semanas y meses trabajó la joven tejiendo techos y puertas, patios y escaleras y salones y pozos. Afuera caía la nieve, pero ella no tenía tiempo para llamar al sol. Cuando llegaba la noche, ella no tenía tiempo para rematar el día. Tejía y entristecía, mientras los peines batían sin parar al ritmo de la lanzadera.

Finalmente el palacio quedó listo. Y entre tantos ambientes, el marido escogió para ella y su telar el cuarto más alto, en la torre más alta.

–Es para que nadie sepa lo del tapiz –dijo. Y antes de poner llave a la puerta le advirtió:

–Faltan los establos. ¡Y no olvides los caballos!

La mujer tejía sin descanso los caprichos de su marido, llenando el palacio de lujos, los cofres de monedas, las salas de criados. Tejer era todo lo que hacía. Tejer era todo lo que quería hacer.

Y tejiendo y tejiendo, ella misma trajo el tiempo en que su tristeza le pareció más grande que el palacio, con riquezas y todo. Y por primera vez pensó que sería bueno estar sola nuevamente.

Sólo esperó que llegara el anochecer. Se levantó mientras su marido dormía soñando con nuevas exigencias. Descalza, para no hacer ruido, subió la larga escalera de la torre y se sentó al telar.

Esta vez no necesitó elegir ningún hilo. Tomó la lanzadera del revés y, pasando velozmente de un lado para otro, comenzó a destejer su tela. Destejió los caballos, los carruajes, los establos, los jardines. Luego destejió a los criados y al palacio con todas las maravillas que contenía. Y nuevamente se vio en su pequeña casa y sonrió mirando el jardín a través de la ventana.

La noche estaba terminando, cuando el marido se despertó extrañado por la dureza de la cama. Espantado, miró a su alrededor. No tuvo tiempo de levantarse. Ella ya había comenzado a deshacer el oscuro dibujo de sus zapatos y él vio desaparecer sus pies, esfumarse sus piernas. Rápidamente la nada subió por el cuerpo, tomó el pecho armonioso, el sombrero con plumas.

Entonces, como si hubiera percibido la llegada del sol, la muchacha eligió una hebra clara. Y fue pasándola lentamente entre los hilos, como un delicado trazo de luz que la mañana repitió en la línea del horizonte.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

Mi hija

Jules Renard

 

Su muñeca murió ayer, pero hoy está mejor.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

La teoría de la eternidad

Daniel Cosío

 

Un día fui a Celaya. Pasé en la linda ciudad de las urracas tres meses. Nada había de singular. Aún no aprendía a admirar los trajes, las canciones populares, ni el Carmen de Tres Guerras. Nada, en fin.

Algo, sin embargo, había de particular: Lolita Linda (extraña coincidencia). Entonces, las mujeres era lo único que me gustaba.

Cada vez que pasaba hacia la alameda, la veía, asomada a su ventana. Bordaba, pero no románticamente, sino con un aburrimiento sin límites. Sus manos llevaban y traían el gancho con una dificultad tan grande que podría creerse que arrastraba peso enorme.

Tenía una prima de visita. Apenas cuatro meses llevaba en casa y ya, a lo largo de la calle, se paseaba un señorito: el más rico del lugar.

Cada vez que pasaba, la veía asomada a la ventana.

 

Se habla de viajes, de las ciudades que cada uno conoce: Veracruz, Córdoba, Orizaba, uno. San Luis, Saltillo, Monterrey, otro. El tercero: Toluca, Acámbaro y Celaya.

–¡Ah!, Celayadije.

Y conté:

Cada vez que pasaba, la veía asomada a su ventana.

 

Uno, otro y el tercero, también tenían su historia: uno en Córdoba, otro en Monterrey y el tercero en Acámbaro.

Y contaron:

Cada vez que pasábamos (en Córdoba, en Monterrey, en Acámbaro), las veíamos, asomadas a sus ventanas.

 

Historia de las mujeres que me han gustado, escribía, de noche, en casa.

Me han gustado tantas que hubo necesidad de recordar. Recordé a una, y a otra, y a otra más. En medio de todas, a Lolita Linda, con más fuerza que nunca.

La Historia no llegó a escribirse nunca de verdad; pero en el plan estaban reservadas las mejores páginas al capítulo de Lolita Linda. Principiaría así:

Cada vez que pasaba, la veía, asomada a su ventana.

 

Hay mujeres que tienen cara de pájaro. Lolita Linda tenía cara de pájaro, de un precioso, maravilloso pájaro.

Eso era lo único que sabía al llegar a Celaya, después de muchos años. (La revolución había terminado).

Fui a la calle aquella, rumbo a la alameda. Al principiar a andarla, para convencerme, para convencerla, me dije:

Cada vez que pasaba, te veía, asomada a tu ventana.

Una, diez, cincuenta veces pasé y repasé la calle, y nada. Yo pasaba. Ella no salía.

 

No la vi. Desde entonces, Lolita Linda se ha convertido en la siempre novia; en la nunca novia, al mismo tiempo.Es eterna y no existe.

 

¿No es verdad que lo único eterno es lo que no existe? –No sé qué digan los filósofos: pero esto al menos se desprende de esta historia de amor, escrita en primera persona solo por facilidad de escritura.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

A bordo

Rafael Barrett

 

Remontando el Alto Paraná. Una noche cálida, perfecta, como si durante la inmovilidad del crepúsculo se hubiesen decantado, evaporado, sublimado, todas las impurezas cósmicas; un cielo bruñido, de un azul a la vez metálico y transparente, poblado de pálidas gemas, surcado de largas estelas de fósforo. Al ras del horizonte, el arco lunar esparcía su claridad de ultratumba. La tierra, que ocupaba medio infinito, era bajo aquel firmamento de orfebre un tapiz tejido de sombras raras; las orillas del río, dos cenefas de terciopelo negro. Las aguas pasaban, seda temblorosa, rasgada lentamente por el barco y se retorcían en dos cóncavos bucles, dos olas únicas que parecían prenderse a la proa con un infatigable suspiro.

Los pasajeros, después de cenar, habían salido a cubierta. De codo sobre la borda, una pareja elegante, ella virgen y soltero él, discreteaba.

–¿La Eglantina está triste?

(Porque él la había bautizado Eglantina).

–Esta noche es demasiado bella –murmuró la joven.

–La belleza es usted…

Brilló la sonrisa de Eglantina en la penumbra. “Mis mayores me aprueban”, pensó. En un banco próximo, tía Herminia, que conversaba con una señora de luto, dejaba ir a los enamorados su mirada santamente benévola, bendición nupcial. Roberto las acompañaría al Iguazú, luego a Buenos Aires, y después…

Sonaban guitarras y una voz española:

Los ojosos de un moreeno
clavaos en una mujé…

Y palmaditas andaluzas. Debajo, siempre el sordo estremecimiento de la hélice, y la respiración de las calderas.

Dos fuertes negociantes de Posadas paseaban, anunciados por la chispa roja de sus cigarrillos.

–Si continúa la baja del lapacho, cierro la mitad de la obrajería –dijo el más grueso.

La brisa de la marcha movía las lonas del toldo.

Eglantína contemplaba el lindo abismo.

–¿Ve usted algo? –preguntó Roberto.

Pero ella no contestó que veía, artísticamente borroso, como reflejado en un ébano pulido, el cuadro de la felicidad futura: Roberto y ella inclinados sobre una cuna de encajes, donde dormía la cabecita de un niño. “Extraño es, pensó Eglantina, que en esas aguas, en que nada hay, flote ya nuestro hijo”.

–Veo la imagen de los astros –respondió con prudencia.

La señora de luto contaba a tía Herminia sus penas de viuda, su viaje a Corrientes, donde su hija mayor estudiaba para maestra normal. Eran pobres. Tenían que trabajar. Dos de sus niñas corrían por el buque, jugando al escondite.

Cruzaron de pronto, jadeantes. La señora las detuvo.

–¿Y el nene?

–Está escondido –y huyeron.

“¡Coreco! ¡Coreco!”

–¿Coreco? –interrogó la tía Herminia.

–Es el grito del juego. Lo aprendieron de unos chiquitos paraguayos.

La voz española cantaba:

Dos besos tengo en el alma
Que no se apartan de mí…

–Ahora hay que traer obreros de Misiones. Se han concluido de este lado –decía el negociante gordo.

–No aguantan ni diez años en el monte.

Las niñas volvieron fatigadas.

–¿Pero dónde está vuestro hermanito? –insistió la señora de luto.

–No sabemos… no se le encuentra.

La señora se levantó y se fue.

Roberto quería convencer a Eglantina de que el vapor estaba quieto, y la mostraba el extremo de los mástiles, fijo en las estrellas… Tía Herminia se acercó. Sentía inquietud.

Los mozos iban de una parte a otra, buscando.

El comisario vino a Roberto.

–No se encuentra ese niño –exclamó con angustia.

Partieron juntos.

Los pasajeros se agitaban, como las ideas en un cerebro, dentro del barco silenciosamente fulminado por la desgracia. Transcurrieron diez minutos atroces.

La madre reapareció. Estaba vieja.

–¡Se ha caído al agua! ¡Mi hijo! ¡Mi hijo!

Un síncope, en los brazos de tía Herminia. Eglantina observó con horror que la infeliz recobraba el conocimiento. Apenas abrió los ojos, la muerte se asomó a ellos.

–¡Mi hijo!

Se desprendió de los que intentaban detenerla, fue a la borda, y se dobló, llamando, sobre el río.

–¡Mi hijo! ¡Mi hijo!

La lisa corriente pasaba.

A popa se extendía una vaga inmensidad. Se oyeron órdenes. El vapor viró trabajosamente.

Las ondas únicas se quebraron; tumultuosos remolinos rompieron el espejo, agujerearon la seda temblorosa de las aguas, donde sin duda había el cadáver de un niño. Pero Eglantina, sollozando, nada pudo ver en ellas.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

La balada de las hojas más altas

Julio Torri

 

Nos mecemos suavemente en lo alto de los tilos de la carretera blanca. Nos mecemos levemente por sobre la caravana de los que parten y los que retornan. Unos van riendo y festejando, otros caminan en silencio. Peregrinos y mercaderes, juglares y leprosos, judíos y hombres de guerra: pasan con premura y hasta nosotros llega a veces su canción.

Hablan de sus cuitas de todos los días, y sus cuitas podrían acabarse con sólo un puñado de doblones o un milagro de Nuestra Señora de Rocamador. No son bellas sus desventuras. Nada saben, los afanosos, de las matinales sinfonías en rosa y perla; del sedante añil de cielo, en el mediodía; de las tonalidades sorprendentes de las puestas del sol, cuando los lujuriosos carmesíes y los cinabrios opulentos se disuelven en cobaltos desvaídos y en el verde ultraterrestre en que se hastían los monstruos marinos de Böcklin.

En la región superior, por sobre sus trabajos y anhelos, el viento de la tarde nos mece levemente.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

Errores informáticos

Jordi Cebrián

 

Algo se estropeó en el ordenador central, y la realidad empezó a resquebrajarse. La gente dejó de temer a las verdades, ya no se conformaban con mentiras nuevas, aunque se las explicaran con convicción y carisma. Desaparecieron banderas y totems, y el mundo buscó caminos nuevos, alejados de dioses y promesas póstumas. Los puritanos dejaron de reconcomerse por la felicidad ajena, y los sacerdotes confesaron sus mentiras. Se dejaba crecer a los niños aprendiendo de la libertad y el miedo. Hasta que los técnicos corrigieron el error, recuperaron el estado anterior, y todo fue de nuevo como debe ser.

 

(Tomado de www.cienpalabras.blogspot.com)

 

Las estatuas

Enrique Anderson Imbert

 

En el jardín de Brighton, colegio de señoritas, hay dos estatuas: la de la fundadora y la del profesor más famoso. Cierta noche –todo el colegio, dormido– una estudiante traviesa salió a escondidas de su dormitorio y pintó sobre el suelo, entre ambos pedestales, huellas de pasos: leves pasos de mujer, decididos pasos de hombre que se encuentran en la glorieta y se hacen el amor a la hora de los fantasmas. Después se retiró con el mismo sigilo regodeándose por adelantado. A esperar que el jardín se llene de gente. ¡Las caras que pondrán! Cuando al día siguiente fue a gozar la broma, vio que las huellas habían sido lavadas y restregadas: algo sucias de pintura le quedaron las manos a la estatua de la señorita fundadora.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)