lunes, 12 de octubre de 2026

Última ofrenda

Lizandro Chávez Alfaro

 

Llevo cinco destierros. Unos más feroces que otros. Los cuento a rayas artificiales en la yema de este dedo, el de escribir en las paredes con los coágulos de una cárcel, el de pedir permiso, el de ponerse en la frente cuando un farsante se desbarata por hacerte creer que piensa. Mi huella digital segunda derecha, como la ves, tiene algo más que mi retrato. Cinco. No es tanto si se divide entre cuarenta. Me sale uno por cada ocho años de vida. Quién se quejaría de un garrotazo cada ocho años. Te da tiempo hasta para recuperarte. Me sale todavía más barato si a mis cuarenta le sumo los treinta de Margarita, que también ha cooperado. No sé si agradecérselo o tirarme de canillas en un cráter hirviente. Para corresponderle.

Lo lindo es que cada vez creo que ya pasé por lo más degradante, lo último de lo último, donde ya dejan de doler los culatazos y las guindadas. Pero siempre hay algo nuevo, recién salido del horno para mí.

El destierro es el modo más bárbaro de aplastar a un hombre. En ese viaje no tiene nada que ver el turismo o la aventura. Ni la carta más larga es capaz de devolverte el sueño completo. Y no es por sentimentalismo, mala palabra con que cualquier bellaco despacha lo que le queda grande. Simplemente hay cosas insustituibles, lo que aceptaría hasta el paria más hundido.

Todo lo que te diga debe tomarse como el desahogo de un viejo que cree en el valor del orgullo, en el valor del honor, en el valor del valor, en el valor del sacrificio. En esto último es donde todo se me viene abajo. Me quedo desnudo y echado sobre las piedras de la iniquidad.

El destierro también embrutece, pero no tanto como para evitarte algunos retorcimientos. La primera vez, lo que te aprieta es la desconfianza de no aprender a sobrevivir, la urgencia de hacer a tu alrededor un remedo de fortaleza. Se hace pegando toda clase de desperdicios con besos familiares, porque la familia es lo primero que se te ocurre arrastrar hasta tus escombros. “Vendan los muebles, vendan esa alhaja que te dejó tu abuelita y se embarcan todos. Juntos somos más fuertes”. Para una mujer como Margarita, nada fue lo bastante difícil que detuviera su abnegación. Me siguió una, dos, tres veces. Me llevó todo su calor, su ternura, su empedernida inocencia. Demasiada inocencia para tanta hermosura.

Después, cuando uno se vuelve el predilecto de las patadas, un profesional del destierro, como quien dice, ya va y viene solo. Se alienta y desalienta por carta. Aconseja y mantiene por carta; manda resumidos mensajes de indiferencia a los ojos censores. Por carta besa y abraza, aunque sea con el recato que te enseña la censura. Espera las contestaciones envuelto en la corroncha del reincidente. Lee con sereno remordimiento que la niña tuvo catarro la semana pasada y hasta tuvieron que inyectarla, y que por lo demás parece que hay esperanzas. Este demás es tu regreso. El rumor de una amnistía; la gestión de un amigo que es amigo de un pariente del ministro que puede rogar por tu perdón. Oración en cadena, pues. Con el ceño fruncido uno piensa en las felicidades de la devoción. Le cuesta reconocer que hay candores desmedidos. Margarita es capaz de creer hasta en loterías celestiales. Por esos grandes ojos dorados se pasea a sus anchas la credulidad. Uno sabe que por volver a verlo el día siguiente se dejaría torturar, tal vez sin un solo lamento, pero no la imagina andando por la cadena de ruegos que termina en la antesala de un ministro.

Una antesala donde entran y salen los elegidos, y los pedigüeños esperan callados, con su carta de recomendación en la mano. Los porteros saben a quién sonreírle y a quién no, pegados a los picaportes con altanería de palillón en desfile. No les quitan de encima los ojos a las mujeres que llegan solas, imaginándose lo que ellos harían si fueran siquiera la camisola del jefe. De repente entreabren la puerta y meten la nariz, como para oler sobras de la loción que usa el ministro. Adentro, entre banderas y aparatos de clima artificial, está firmando o riéndose por teléfono el hijo del fornicario que no se lo perdonó ni a sus hijas. El mismo, aunque medio calvo y con nariz de lora, se siente el chaval de una orgía de película. Cómo se le va a escapar la aseada mujerona del baboso aquel que se ha pasado meses y años queriéndola por carta. Margarita es una buena mujer. Me ha dedicado todo lo que ha podido derramar ese su grandísimo corazón de ayote, incluyendo la inocentada de creerle al comprensivo ministro que le iba a devolver su marido. No había problema para que él autorizara mi entrada al país, sobre todo considerando que ella en persona venía a pedírselo. Esa misma noche iba a hablar con el cónsul para que me diera una visa provisional, y quería que ella fuera testigo de la orden telefónica.

Ser ministro es ser prepotente, dice la parodia, ¿verdad? Si se te acaban los cigarros, mandas al subministro a que te compre cigarros de tu marca predilecta. Si hace falta una manifestación, se ordena por teléfono o en secreto. Si se te antoja un rincón muy privado en tu despacho, es cosa de decirle al secretario que traiga a un decorador para que tome las medidas y de una vez presente catálogos y muestrarios de alfombras, cortinas, muebles. Sobre esas alfombras, el fornicario pone su precio y Margarita lo paga, jura con un asco empequeñecido por el sueño de mi regreso.

¿Qué es la inocencia, muchacho? Tal vez vos, con tu inteligencia todavía entera, podás darte la contestación que no espero. ¿Es una tara o es un don venerable? El sacrificio. ¿Una ofrenda de la idiotez a la idiotez? Habría que preguntarle a un canónigo si aquello fue sacrificio de alabanza o sacrificio de impetración. En último caso habría que preguntarle a un penalista en qué código figura semejante estafa. Porque se pagó un precio por un servicio nunca obtenido.

Por supuesto que pasaron meses antes de que gracias a quién sabe cuál capricho de cumpleaños o de pacto bipartidista, se dictara la amnistía y yo corriera al consulado para colocar mi nombre entre los beneficiados.

Abrazos y besos para el que regresa. En una noche de sincero arrepentimiento la mujer te lo cuenta, con los ojos hechos agua, la voz triturada, y después dobla la cabeza, el pelo adorable brillando a la luz lempa de una lámpara íntima; la cabeza caída, tal vez implorando el golpe vengador. Ella se confiesa con su valiente marido: un triste confesor que no sabe condenarla ni absolverla; ni siquiera ponerle la sopapeada que aplicaría a un bayunco. Te digo que todo se viene abajo, y no sé si te he estado hablando de un abnegado o de una abnegada, con todas las sospechas que la tal palabrita es capaz de despertar.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

Sennin

Ryunosuke Akutagawa

 

Un hombre que quería emplearse como sirviente llegó una vez a la ciudad de Osaka. No sé su verdadero nombre, lo conocían por el nombre de sirviente, Gonsuké, pues él era, después de todo, un sirviente para cualquier trabajo.

Este hombre –que nosotros llamaremos Gonsuké– fue a una agencia de COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO, y dijo al empleado que estaba fumando su larga pipa de bambú:

–Por favor, señor Empleado, yo desearía ser un sennin¹. ¿Tendría usted la gentileza de buscar una familia que me enseñara el secreto de serlo, mientras trabajo como sirviente?

El empleado, atónito, quedó sin habla durante un rato, por el ambicioso pedido de su cliente.

–¿No me oyó usted, señor Empleado? –dijo Gonsuké–. Yo deseo ser un sennin. ¿Quisiera usted buscar una familia que me tome de sirviente y me revele el secreto?

–Lamentamos desilusionarlo –musitó el empleado, volviendo a fumar su olvidada pipa–, pero ni una sola vez en nuestra larga carrera comercial hemos tenido que buscar un empleo para aspirantes al grado de sennin. Si usted fuera a otra agencia, quizá…

Gonsuké se le acercó más, rozándolo con sus presuntuosas rodillas, de pantalón azul, y empezó a argüir de esta manera:

–Ya, ya, señor, eso no es muy correcto. ¿Acaso no dice el cartel COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO? Puesto que promete cualquier trabajo, usted debe conseguir cualquier trabajo que le pidamos. Usted está mintiendo intencionalmente, si no lo cumple.

Frente a un argumento tan razonable, el empleado no censuró el explosivo enojo:

–Puedo asegurarle, señor Forastero, que no hay ningún engaño. Todo es correcto –se apresuró a alegar el empleado–, pero si usted insiste en su extraño pedido, le rogaré que se dé otra vuelta por aquí mañana. Trataremos de conseguir lo que nos pide.

Para desentenderse, el empleado hizo esa promesa y logró, momentáneamente por lo menos, que Gonsuké se fuera. No es necesario decir, sin embargo, que no tenía la posibilidad de conseguir una casa donde pudieran enseñar a un sirviente los secretos para ser un sennin. De modo que al deshacerse del visitante, el empleado acudió a la casa de un médico vecino.

Le contó la historia del extraño cliente y le preguntó ansiosamente:

–Doctor, ¿qué familia cree usted que podría hacer de este muchacho un sennin, con rapidez?

Aparentemente, la pregunta desconcertó al doctor. Quedó pensando un rato, con los brazos cruzados sobre el pecho, contemplando vagamente un gran pino del jardín. Fue la mujer del doctor, una mujer muy astuta, conocida como la Vieja Zorra, quien contestó por él al oír la historia del empleado.

–Nada más simple. Envíelo aquí. En un par de años lo haremos sennin.

–¿Lo hará usted realmente, señora? ¡Sería maravilloso! No sé cómo agradecerle su amable oferta. Pero le confieso que me di cuenta desde el comienzo que algo relaciona a un doctor con un sennin.

El empleado, que felizmente ignoraba los designios de la mujer, agradeció una y otra vez, y se alejó con gran júbilo.

Nuestro doctor lo siguió con la vista; parecía muy contrariado; luego, volviéndose hacia la mujer, la regañó, malhumorado:

–Tonta, ¿te das cuenta de la tontería que hiciste y dijiste? ¿Qué harías si el tipo empezara a quejarse algún día de que no le hemos enseñado ni una pizca de tu bendita promesa después de tantos años?

La mujer, lejos de pedirle perdón, se volvió hacia él y graznó:

–Estúpido. Mejor no te metas. Un atolondrado tan estúpidamente tonto como tú apenas podría arañar lo suficiente en este mundo de te comeré o me comerás, para mantener alma y cuerpo unidos.

Esta frase hizo callar a su marido.

A la mañana siguiente, como había sido acordado, el empleado llevó a su rústico cliente a la casa del doctor. Como había sido criado en el campo, Gonsuké se presentó aquel día ceremoniosamente vestido con haori y hakama, quizá en honor de tan importante ocasión. Gonsuké aparentemente no se diferenciaba en manera alguna del campesino corriente: fue una pequeña sorpresa para el doctor, que esperaba ver algo inusitado en la apariencia del aspirante a sennin. El doctor lo miró con curiosidad, como a un animal exótico traído de la lejana India, y luego dijo:

–Me dijeron que usted desea ser un sennin, y yo tengo mucha curiosidad por saber quién le ha metido esa idea en la cabeza.

–Bien señor, no es mucho lo que puedo decirle –replicó Gonsuké–. Realmente fue muy simple: cuando vine por primera vez a esta ciudad y miré el gran castillo, pensé de esta manera: que hasta nuestro gran gobernante Taiko, que vive allá, debe morir algún día; que usted puede vivir suntuosamente, pero aun así volverá al polvo como el resto de nosotros. En resumidas cuentas, que toda nuestra vida es un sueño pasajero… justamente lo que sentía en ese instante.

–Entonces –prontamente la Vieja Zorra se introdujo en la conversación–, ¿haría usted cualquier cosa con tal de ser un sennin?

–Sí, señora, con tal de serlo.

–Muy bien. Entonces usted vivirá aquí y trabajará para nosotros durante veinte años a partir de hoy y, al término del plazo, será el feliz poseedor del secreto.

–¿Es verdad, señora? Le quedaré muy agradecido.

–Pero –añadió ella–, de aquí a veinte años usted no recibirá de nosotros ni un centavo de sueldo. ¿De acuerdo?

–Sí, señora. Gracias, señora. Estoy de acuerdo en todo.

De esta manera empezaron a transcurrir los veinte años que pasó Gonsuké al servicio del doctor. Gonsuké acarreaba agua del pozo, cortaba la leña, preparaba las comidas y hacía todo el fregado y el barrido. Pero esto no era todo, tenía que seguir al doctor en sus visitas, cargando en sus espaldas el gran botiquín. Ni siquiera por todo este trabajo Gonsuké pidió un solo centavo. En verdad, en todo el Japón, no se hubiera encontrado mejor sirviente por menos sueldo.

Pasaron por fin los veinte años y Gonsuké, vestido otra vez ceremoniosamente con su almidonado haori como la primera vez que lo vieron, se presentó ante los dueños de casa.

Les expresó su agradecimiento por todas las bondades recibidas durante los pasados veinte años.

–Y ahora, señor –prosiguió Gonsuké–. ¿quisieran ustedes enseñarme hoy, como lo prometieron hace veinte años, cómo se llega a ser sennin y alcanzar juventud eterna e inmortalidad?

–Y ahora ¿qué hacemos? –suspiró el doctor al oír el pedido. Después de haberlo hecho trabajar durante veinte largos años por nada, ¿cómo podría en nombre de la humanidad decir ahora a su sirviente que nada sabía respecto al secreto de los sennin? El doctor se desentendió diciendo que no era él sino su mujer quien sabía los secretos.

–Usted tiene que pedirle a ella que se lo diga –concluyó el doctor y se alejó torpemente.

La mujer, sin embargo, suave e imperturbable, dijo:

–Muy bien, entonces se lo enseñaré yo, pero tenga en cuenta que usted debe hacer lo que yo le diga, por difícil que le parezca. De otra manera, nunca podría ser un sennin; y además, tendría que trabajar para nosotros otros veinte años, sin paga, de lo contrario, créame, el Dios Todopoderoso lo destruirá en el acto.

–Muy bien, señora, haré cualquier cosa por difícil que sea –contestó Gonsuké. Estaba muy contento y esperaba que ella hablara.

–Bueno –dijo ella–, entonces trepe a ese pino del jardín.

Desconociendo por completo los secretos, sus intenciones habían sido simplemente imponerle cualquier tarea imposible de cumplir para asegurarse sus servicios gratis por otros veinte años. Sin embargo, al oír la orden, Gonsuké empezó a trepar al árbol, sin vacilación.

–Más alto –le gritaba ella–, más alto, hasta la cima.

De pie en el borde de la baranda, ella erguía el cuello para ver mejor a su sirviente sobre el árbol; vio su haori flotando en lo alto, entre las ramas más altas de ese pino tan alto.

–Ahora suelte la mano derecha.

Gonsuké se aferró al pino lo más que pudo con la mano izquierda y cautelosamente dejó libre la derecha.

–Suelte también la mano izquierda.

–Ven, ven, mi buena mujer –dijo al fin su marido atisbando las alturas–. Tú sabes que si el campesino suelta la rama, caerá al suelo. Allá abajo hay una gran piedra y, tan seguro como yo soy doctor, será hombre muerto.

–En este momento no quiero ninguno de tus preciosos consejos. Déjame tranquila. ¡Eh! ¡Hombre! Suelte la mano izquierda. ¿Me oye?

En cuanto ella habló, Gonsuké levantó la vacilante mano izquierda. Con las dos manos fuera de la rama ¿cómo podría mantenerse sobre el árbol? Después, cuando el doctor y su mujer retomaron aliento, Gonsuké y su haori se divisaron desprendidos de la rama, y luego… y luego… pero ¿qué es eso? ¡Gonsuké se detuvo! ¡se detuvo! en medio del aire, en vez de caer como un ladrillo, y allá arriba quedó, en plena luz del mediodía, suspendido como una marioneta.

–Les estoy agradecido a los dos, desde lo más profundo de mi corazón. Ustedes me han hecho un sennin –dijo Gonsuké desde lo alto.

Se le vio hacerles una respetuosa reverencia y luego comenzó a subir cada vez más alto, dando suaves pasos en el cielo azul, hasta transformarse en un puntito y desaparecer entre las nubes.

 

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1. Según la tradición china, el Sennin es un ermitaño sagrado que vive en el corazón de una montaña, y que tiene poderes mágicos como el de volar cuando quiere y disfrutar de una extrema longevidad.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

El lamento de la viuda

Mark Twain

 

Dan Murphy se alistó como voluntario y peleó con gran valor. Los muchachos lo querían y, cuando alguna herida lo debilitaba tanto que le costaba cargar su arma, ellos se encargaban de hacerlo. El dinero que iba ganando, Dan se lo enviaba a su esposa para que lo guardara en el banco. Ella era lavandera y planchadora y sabía, por experiencia, cómo cuidar el dinero recibido. No gastaba ni un céntimo. Por el contrario, empezó a vivir de manera miserable, mientras la cuenta bancaria iba engordando.

Finalmente Dan murió. Lo usual era arrojar al pobre muerto en un zanjón e informar a los seres queridos. Pero, en honor al afecto y el respeto que le tenían, los muchachos telegrafiaron a la señora Murphy, preguntándole si deseaba que embalsamaran a su finado esposo y se lo enviaran de esta manera a su casa.

La señora Murphy averiguó cuánto costaba embalsamar un cuerpo: aproximadamente setenta y cinco dólares. Entonces, ella les respondió:

–¿Ustedes creen que voy a armar un museo en casa y que quiero dedicarme a excentricidades costosas?

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

domingo, 11 de octubre de 2026

Al aire libre

Sofía Ospina de Navarro

 

En la larga jornada de la vida hay una etapa difícil de sortear para quienes tenemos un espíritu inquieto y alegre, que se resiste a marchar de acuerdo con las fechas del almanaque.

Aquella en la que la gente amiga nos complace y nos hace sonreír al decirnos: “Estás mucho mejor que la última vez que te vi”. Mientras, por otro lado, los cariñosos familiares se nos van convirtiendo en un estorbo verdadero. Según ellos, todo lo que hacemos nos fatiga o perjudica. Nos amonestan como a niños chiquitos cuando vamos a salir de paseo, y no cesan de pronosticarnos peligros.

Pero esta triste etapa hay que afrontarla con un poco de rebeldía. Y por eso, uno de estos días, resolví abandonar el lecho antes de amanecer para agregarme a la animada excursión de hijos y de nietos que emprendería un viaje de nueve horas por la atrevida carretera que sube y baja entre montañas antioqueñas, hasta llegar a la laguna de Ayapel, adorno de la región de Córdoba. Deseché el temor al atraco, a las llantas estalladas y a la probable sacada del vehículo, a fuerza de cadenas, del paso pantanoso; cosas que dizque deben evitar las personas precavidas y juiciosas, quedándose tranquilas en su casa.

Y después de una agradable trayectoria, con frío y oscuridad en el principio, y luego sol brillante; con parada de descanso en el camino para saborear el desayuno típico, y sin sufrir ninguno de los predichos incidentes, he llegado feliz a Santa Cruz, la cabaña campestre situada a orillas de la hermosa laguna. Una especie de club, donde cada una de mis ramas familiares posee sus dominios, dispone de su bote y guarda con amor sus privados equipos de pesca y cacería.

En medio de una unión encantadora, hay en este lugar de recreo un recíproco respeto a lo ajeno. Y en esa disciplina quizá pueda haber tenido mucha parte el reglamento maternal que, al adquirir en común la propiedad, hace ya mucho tiempo, les impuse –en estilo poético para hacerlo menos serio– y que aún se conserva, como norma de paz, sobre el muro del corredor. Dice entre otras cosas:

Esta es la casa de todos / y la casa de ninguno. / Levántate cuando quieras / y ordena tu desayuno. / Cuando salgas a pescar, / hazlo en tu propio motor; / si otro dañas, su valor / al dueño habrás de pagar. / No uses las varas ajenas, / pues sabes que el deportista / con los arreos de su hobby / es un solemne egoísta. / Despréndete de unos pesos / si quieres pasar contento, / disponiendo de lo propio / en honor al reglamento. / Tal reglamento no tomes / a falta de cortesía, / es medida conducente / a que reine la armonía. / De la unión de la familia, / ni de su amor, dudarás, / más de ella ha sido principio / el respeto a los demás. /

 

***

Procura que en tu paseo / haya siempre animación, / pero en asunto de “tragos” / ten prudencia y discreción.

Por la laguna, rodeada de bellas residencias, paraíso de grandes y de chicos, se ven cruzar a todas horas lanchas y canoas. Es que van unos hacia el caño lejano, soñando con la “pesca milagrosa”.

Otros quieren disfrutar al aire fresco y embelesarse en la naturaleza… los muchachos “esquían” y las señoras desean hacer compras en el pueblecito pintoresco que deja ver las cúpulas del templo en una de las orillas.

De Santa Cruz acaban de partir cuatro botes repletos de bulliciosos pasajeros en traje de carácter. Es decir, con más de medio cuerpo al aire, y portando varas con carretel, nasas, carnadas y termos con bebidas refrescantes. Yo me he quedado sola. No humillada, como la gallina que se esponja furiosa a la orilla del estanque cuando se entera de que al calor de su plumaje no salieron del huevo los polluelos esperados, sino unos ingratos paticos que la abandonan para irse a nadar.

He preferido gozarme algunas horas en el reposo espiritual: dueña de un libro, unas cuartillas de papel y una pluma que me dejarán, sin duda, el tiempo suficiente para admirar, por entre los frondosos laureles que rodean la casa, el paisaje de colores vivos, y las garzas y patos silvestres que revolotean sobre las aguas, salpicadas en esta época con los verdes parches que forman las plantas acuáticas.

 

(Tomado de www.leamoscuentosycronicas.blogspot.com)

 

Una moneda al río

Nicomedes Guzmán

 

Hacia donde se mire–todos lo sabemos– siempre hay algo que atraviesa tormentosamente el aire. El aire es como la vida misma: existe en la razón conmovida de sus más profundos átomos. En algún instante cualquiera del otoño, hay una hoja seca que cae. Haya sol o neblina, haya garúa o lluvia, un leve impulso de viento, un suspiro de la brisa, un sollozo del tiempo fugitivo, son de tal consecuencia que no falta el árbol añoso que abandone al acaso un poco de su alma en la ajada lámina de alguna de sus hojas predilectas. Y allí estará ella –la hoja– dulce y solitaria, ejecutando en la angustia del adiós, la vieja, repetida pero siempre grácil y tierna parábola, que es útil enseñanza, que es tenue sublimación de la muerte insubsanable.

 

Sebastián no pensaba en nada. Era un hombre de alma reposada, tímida tal vez en su enérgico reposo. Pero, aquella hoja que le pasó rozando la sien y que, semejante a una lenta ilusión, buscó la superficie de las aguas para encauzarse en las nuevas fórmulas de su destino, le conmovió duramente en su raudo paso. La siguió con la vista, en el curso de los ondulantes accidentes que soportara, hasta que la distancia –no mucha– la hizo inalcanzable a su visión. Y sonrió. Sonrió sin motivo posible de explicar. La sonrisa le llegó al rostro, desde muy adentro, desde el propio reposo a cuyo fondo no faltaba el cieno pegajoso y elástico de la amargura.

Alzó los codos de la baranda de concreto sin estuco en que se afirmaba; y recién sintió como si los brazos se le estuvieran durmiendo.

–¡Bah…! –se dijo encogiéndose de hombros.

Y echó a andar.

No era aquélla una mañana esplendorosa. Se estremecía la piel del sol como la de un caballo que quisiera sacudirse los restos de agua de un reciente baño. Y es que temprano, a la hora del desayuno de los obreros, había garuado con suma insistencia, y orvallos invisibles rielaban todavía, con húmedos aleteos, por el aire.

Es fácil para los tímidos, los arribistas y los hombres solitarios decir: Bah… es la interjección con que la vida les permite respirar mejor. Sebastián sintió las influencias húmedas del ambiente echárseles bronquios adentro. Y caminó con fuerza, con vigor de atleta, con satisfacción de perro que recién ha masticado golosamente un hueso. Seguía las rutas mismas de las aguas del río, y, a pesar de su firmeza, podía ser ahora en realidad otra hoja a la deriva, buscando algo indescifrable, sin sentido.

Mas no.

La búsqueda de Sebastián era bien definida. Llegado la noche anterior a la gran ciudad, después de una larga y tortuosa ausencia asistida por las lluvias y los vientos del sur necesitaba él de un asidero para sus ansias.

La casa que se deja no es la misma cuando se regresa a ella. Un cuadro menos, una simple decoración resquebrajada, una silla que ahora tiene un parche que antes no tuvo, un espejo al cual el tiempo garrapateó el azogue, una llave de agua que en las noches no gotea tan melodiosamente como antaño, una voz que perdió sus modulaciones de ternura, he aquí algunos de los detalles precarios que abren las brechas de la desolación en el alma de los huidos regresados. Dan ganas de reír y de llorar. Entonces, se dice: “Bah”, séase tímido, arribista o solitario.

Las grandes ciudades o los pequeños villorrios son como las casas. Después de las fugas, el regreso tiene que ser muy cauteloso. Con todo, el choque es inevitable. Peligran, antes de reasimilarse al ambiente, todos los reposos del alma, todas las esperanzas; la amargura remueve sus cienos, eriza los sentidos, brega por tónicos externos que la fortalezcan.

El instinto de Sebastián le hacía intuir, olisquear todo esto y él buscaba defensa. Y allí estaban los pasos del hombre, bien plantados y elásticos, jocundos y virtuosos, acusadores de una salud más jocunda y virtuosa aún. No eran pasos de vagabundo que éstos arrastran el cansancio seco y el polvo pesado de los viejos caminos. Eran pasos de buen sedentario atraído, de súbito, por el hechizo de los horizontes.

Y he aquí la gran ciudad, vale decir vieja pero siempre renovada casa. Con objetos derrengados o de menos, pero con inmensas e insospechadas sorpresas, tal como la hoja que antes nunca se vio caer.

Sebastián se adentró, insensiblemente, golpeando la mañana con su presencia, en el corazón bullanguero de la ciudad. El alma colectiva bajo el sol estremecido lo saturó de humanidad disímil, acaso angustiosa y turbia, pero alegre y gozosa en su euforia cotidiana, tras la compra simplísima o el mínimo negocio matutino. Caminó así en medio de remansos y de charcas formados por hombres, niños y mujeres, estridencia de motores, traqueteos de vehículos, gritos de vendedores, pregones de vida. Y todo esto le fue como el asidero existencial que él precisaba.

Compró un racimo de uvas al atravesar un puente, y se dio a morderlo con cierta avidez, con delectación, mientras seguía caminando. Sus dientes atrapaban los granos jugosos, en tumulto, con fruición jocunda. Lo abordó un mendigo y él no tuvo otra ocurrencia como no fuera aquélla de dispensarle el resto del racimo.

Después de abandonar la acera del puente, se acercó a un baratillo, y, mediante unas monedas, se hizo dueño de un libro de segunda mano, es claro, o quizás de tercera, o cuarta, que ya no poseía tapas ni portadillas. Cosa esta muy propia de un hombre que se siente alegre y fuerte en una mañana de otoño.

En otro lugar, en uno de aquellos sórdidos reductos donde los compraventeros exhiben su universo de mercancías logradas a trueque de llenar el hambre de los más trágicos y extraños necesitados, se dio el lujo de adquirir un cortaplumas falto de una de las enchapaduras de conchaperla.

Luego de muchas vueltas y revueltas, de idas y venidas Sebastián se dispuso a tentar el fin de sus mejores intenciones. Había visto varios anuncios:

La medida al pelo. / La confección mágica. / La ocasión del pobre. / La tijera encantada.

Todos eran la consecuencia, un poco grotesca, del choque violento del hombre con la vida.

Se decidió por la tienda que ostentaba el último letrero, por ser más subjetivo, quizá… Entró frotándose las manos, aunque ni hacía ni sentía frío. Negros escrúpulos le comenzaban a asediar. Le golpeó el alma un olor a sebo, a bajo comercio, a galletas o a sudores corroídos por un tiempo largo y maligno.

–¿Señor?… ¿En qué le puedo servir, señor?

Ahora sintió asco, y este asco era despertado por aquella voz viscosa, extendida, obscuramente persuasiva. La cabellera cenicienta del vendedor era como un ala de lechuza pegada a la cabeza. Los lentes, equilibrándose en la punta de la nariz merced a los trozos mugrientos de cáñamo que los sujetaban a las orejas, hacían más vivaces los ojillos de simio que amparaban.

–Este…

–Diga, no más, señor. Acaso desee un traje… –ofreció el vejete con obsequiosidad de metálica hondura.

–Precisamente… –respondió él, como un terrible menesteroso–. Precisamente, un traje…

–¡Oh!… ¡Pero sí, oh, pero sí tengo un traje a su medida!

Le miró continuadas veces el vendedor, acomodándose sin motivo los anteojos sobre la nariz, midiéndole con el metro turbio y miope de las pupilas. Corrió con dificultad, arrastrando las babuchas, hacia el interior; se volvió, repitió las miradas una y otra vez. Cogió seguidamente una vara provista de un gancho, en el extremo, y descolgó prontamente, con satisfecha sabiduría, con deleite, un terno de una de las altas perchas.

–¡Señor!… ¡Señor, véalo!… –dijo a Sebastián; escobillando ligeramente el traje, acariciándolo casi como los avaros entregan su enfermiza terneza a las monedas de las que necesariamente se deshacen. ¡Véalo, señor, está casi nuevo; mire los pantalones, los forros, las mangas del paleto!… ¡Vaya, vaya, mi señor; sí parece que no lo usaron!… ¡Quién lo creyera!…

–¡Este!…

–Pero vea, mi señor… ¡El casimir es rico, legítimo!… Ni una mancha… Preciosa la tela, ¿no?… Flamante… Vea las bastillas… ¡Si no lo han usado, este traje, señor!… ¡Caramba, que gente botarate la que se desprende de estas lindezas!

Sebastián sentía algo así como un olor a difunto, olor a aposento con flores secas, con ramas de pinos desprendiéndose de sus más espesas resinas, con pétalos pisoteados, con lágrimas aplastadas contra pisos desprovistos de cera a fuerza de violentas pisadas. Olor a risa traspasada de llanto, a palabras hedientes a sacristía, a plegaria mentida que no quiere ir a herir los tímpanos de Dios. Sebastián estaba desconcertado. Tras las barbas un poco crecidas, su rostro enrojecía y palidecía a un mismo tiempo.

Intentó decir, en un ímpetu de ruego y de cólera: “No”. Pero, ya tenía entre las manos el pantalón que le alargaba el viejo, y el paleto, y el chaleco. ¡Caramba! Era el más perfecto de los líos el haberse metido en “La Tijera Encantada”. Era un encanto de lío. “Situación de mil demonios”. Y exactamente, los demonios de la pobreza danzaban a su alrededor la más dulce de sus danzas.

–¡Pruébeselo, señor!… ¡Pruébeselo!… Es una ganga, una oportunidad que no se repite dos veces… ¡A ver, veamos el paleto!

El hombrecillo era el más perfecto de los comerciantes. Lo tomó de un brazo casi tiernamente, como haría una madre con su hijo mayor. Lo encaminó a la trastienda. Encendió la luz. Lo detuvo delante de un espejo antiquísimo, grande, de marco dorado, macizo, con ornamentaciones roídas cruelmente por los años, de luna que en vano quería ocultar el alma arrugada de viejas y atormentadas imágenes.

–¡A ver! –canturreó el vejete–. ¡A ver, a ver!…

Aquel espejo, entretanto, recordaba a Sebastián alguna velada pasada en casa de unas amigas alegres. “Vino, ponche, galletas añejas. Rostros pintarrajeados de payasos, después de la función circense. Medias arrolladas a media pantorrilla”.

–¡Señor! –rogó.

El ruego le nació tal si fuese al mismo Dios a quien rogase. Se disculpaba ante sí mismo, además, de estar allí, entregado a las manos de un comerciante ridículo, tembloroso, espantado. El vejete ya lo había despojado de su deshilachado paletó.

–¡A ver, a ver! –seguía cantando anhelante–. Estire los brazos, así, así… ¿Ve usted? ¡Cómo se pide!

Pero no. El endiablado paleto parecía haber pertenecido a un fenómeno: el cuerpo de Sebastián nadaba dentro de él, las mangas le llegaban poco más abajo de los codos.

–¡Caramba, caramba! –se dolió el vendedor– ¡Qué broma! ¡Fallamos, fallamos!…

Se apartó de la trastienda precipitadamente, nervioso, azorado. Volvió con un traje oscuro, estriado de franquillas blancas y cuyo paleto lucía grandes medallones de aceite seco en las solapas.

–¡Veamos éste, señor! Este sí… ¡A ver! La calidad es la misma… ¡Una limpiada y bastará!… Veamos, veamos…

“¡Qué broma! ¡Hasta cuando!”, mascullaba en el pensamiento Sebastián.

Los cálculos del anciano no se conciliaban, sin embargo, con la contextura del cliente. Entonces, salió nuevamente. Regresó esta vez con dos trajes. Pero era inútil. Ambos hombres se impacientaban. El uno por terminar el espectáculo grotesco. El otro por no disponer de la prenda necesaria.

–¡Paciencia, paciencia, señor! Los hombres debemos tener paciencia –insistía el vejete filosóficamente–. ¡Ya encontraremos uno! ¡Tengo cientos!… ¡Estoy para atenderlo, señor! –seguía, exclamando con vehemencia.

Sometió a Sebastián a nuevas pruebas. El tiempo se crispaba en las venas del hombre. Los minutos ejecutaban en su corazón innúmeros saltos de demonios recién paridos por el fuego.

–¡Será para otra ocasión! –gritó, de súbito, Sebastián, deseando monstruosamente y de una vez por todas desasirse de las garras metalizadas del vejete.

Mas éste no cejaba y estaba definitivamente dispuesto a no perder su cliente. Era como si fuese la única oportunidad que se le presentaba en la vida para negociar un traje.

–¡Pero señor, si tengo muchos! ¡Ya habrá alguno que le calce! ¿No le digo que tengo cientos?… ¡Paciencia! ¡La paciencia es un don divino! –filosofaba– ¡Ya habrá alguno que le calce!… ¡A ver, a ver, probemos éste!

–¡Será para otra vez, señor! –rogaba, ahora, Sebastián, viendo, no sabía por cuantas veces, su grotesca figura reflejaba en el maldito espejo. Recordaba su persona, abrazada en baile al cuerpo de una hembra abundosa, pintarrajeada, nefasta y cínica, con alma de serpiente–. ¡Para otra vez será!… ¿Quiere? –continuaba suplicando como un niño dolido por la presencia de un fantasma.

El viejo transpiraba copiosamente. Ansiaba poseer el traje preciso, como quien aspira a conquistar la luz más clara del mundo. Comprendía que no era humano abusar de la buena voluntad de su cliente. Mas no se resignaba a perderlo. Era una lucha sorda, dolorosa, de transpirar lento y heroico. Su desesperación podía ser la misma de una moneda que están convirtiendo en medalla religiosa. Iba y venía, buscando, probando; rebuscando vehemente en los preámbulos de un triunfo que no quería llegar.

–¡Mire éste! ¡Pero, vaya, no recordaba que lo tenía! ¡Pruébelo! ¡Qué tela! ¡Qué dibujo!

Tampoco acertaba. El vejete se mordía. Después del último intento, recrudeció el sudor en la frente arrugada del hombrecillo. Se le hinchaban las aletas de la nariz. Bufaba lo mismo que un buey. Decididamente, había de perder a este comprador.

–¡Lo lamento, señor!– se dispuso a decir, al fin, desolado.

Sebastián temblaba. El comerciante tenía enormes ganas de llorar. Se sorbía la nariz, como alguien que tiene mucha pena. ¡Caramba!

Sebastián se endosó su vieja, deshilachada, pero noble chaqueta. También, no sabía por qué, sentía que las lágrimas le saltaban a los ojos.

Al alcanzar la acera, vio que entraba al negocio una mujer. Él no atendió a su figura. Su azoramiento era espantoso.

Daban vueltas en su cabeza diversas imágenes, grotescas, gesticulantes, risibles, despertando piedad, piedad, sin embargo, envuelta en multitud de chaquetas, negras, plomizas, listadas, cafés, ineludiblemente traídas a menos, merced a las condecoraciones del aceite.

De súbito, mientras sentía que subía y bajaba por la acera, Sebastián recordó su libro. Volvió sus pasos. Tembló una vez más ante el anuncio maldito:

“La Tijera Encantada”.

El vejete ya le estaba llamando:

–¡Psch!… ¡Psch, señor, caballero!…

No lo hacía para devolverle el libro, por cierto. Estaba radiante. Estrujaba entre sus manos una flamante chaqueta. Había en sus ojos, tras los lentes, un brillo de milagro.

–¡Este sí, éste sí! –le gritó. ¡Me acaba de llegar el traje que usted necesita! ¡Es cosa admirable!… ¡Admirable! –siguió diciendo, con ímpetus triunfales.

–¡Mi libro, señor! ¡Pero si solo vuelvo por mi libro!… ¡Es mi libro lo que yo quiero, señor!…

–¡Qué libro, ni cosa que se le parezca, señor!… ¡Bendita su vuelta!… ¡Aquí está su traje!… ¡Probémoslo! –dijo, chilló, cantó con un júbilo espumoso, vibrante, desorbitado.

No había más remedio. Era necesario corresponder, una vez más, al apasionamiento comercial del vejete. Sebastián entró, desganado, sin alma, guiado por los dedos ferrosos del ropavejero que se hundían en uno de sus brazos.

La mujer recién entrada, una mano sobre el mostrador, observaba con ojos humildes, anonadada quizá. Sebastián la miró de frente, hundiendo sus pupilas en las tan humildes de ella. La mujer tenía una condición simplísima, primitiva y tierna de perra. Su bella cabellera, concentrada en un moño grandote apegado a la nuca daba apostura a su cabeza semirreclinada. Se imponía en su actitud, la nobleza que en sí poseen la humildad y la ternura. Ella era una aristócrata del subsuelo humano, una poseedora de la aristocracia más valedera.

Sebastián pasó a la trastienda, asediado por el perro de presa que era ahora el vejete. Y de nuevo, ante el terrible y tenebroso espejo, Sebastián asistió al milagro que, sobre su cuerpo, hacía el paletó que el anciano le acababa de ofrecer.

–¡Caramba! ¿No le decía yo, señor? –dijo el vendedor golpeándose las sienes–. ¿No le decía yo, señor? … ¡Si era éste! ¡Como caído del cielo! ¡Ya ve, ya ve… probemos los pantalones!… ¡Aquí los tiene… son suyos… qué bello traje! Pruebe también el chaleco… Lo dejo solo.

“Lo dejo solo”. ¡Qué golpe de palabras! Demonio de espejo. Ahora Sebastián se reconciliaba con su miseria. Se sacó los pantalones, con tino, temeroso de romperlos, o de que el anciano le sorprendiera en sus miserias más íntimas. Temblando se abrochaba la bragueta del pantalón postulante a su pertenencia, cuando se reintegró a la estrecha trastienda el vejete.

–¡No ve, no ve!… Acaso un poquito largos –le dijo encuclillándose y tirando la prenda de las bastillas.

El espíritu de Sebastián recobraba ahora su alegre reposo. Era cosa de magia. No lo hubiera creído. Estaba un poco emocionado. El espejo le devolvía una figura que parecía no ser la suya. ¡Cómo cambia el hombre a veces!

El viejo le miraba, entusiasta y jocundo como un infante. Había hasta ternura en el brillo de sus ojos. Manoseaba sus lentes con insistencia, como queriendo comprobar y recomprobar el milagro. Podía ser en este instante algo así como el padre de Sebastián, alucinado ante la presencia del vástago que se puso recién pantalón largo.

–¡Pero, y esos zapatos!… –chilló súbitamente. ¡Esos zapatos!… ¡Se ven horribles, no se avienen con traje tan bonito!…

Y era verdad. Había tristeza y angustia en esos zapatos descosidos, ajados, saturados de resecas tierras sureñas. Antes de que Sebastián reflexionara sobre su reemplazo, el vejete, desbordante de entusiasmo, estuvo junto a él, instándole a cambiarlos por unos que portaba en las manos.

La actitud del comerciante era de honda imposición, por su alborozo. Sebastián no meditó. Estaba dispuesto a someterse. Echó sus asentaderas sobre un taburete. Se despojó, desconcertado otra vez, de sus viejos zapatos, y calzó los que el viejo le ofrecía.

Estaban bastante usados, rotas, quemadas, negras las badanas de los forros, pero el lustre y el ostensible arreglo que habían soportado externamente, los hacían codiciables. No le ajustaron muy bien. Acaso estaban un poquitillo largos. Mas no era cosa de regodearse. Sebastián sentía cierta desazón. Se mostraba tranquilo, no obstante.

–Su otro traje puede quedar en parte de pago… –le propuso el vejete volviendo a la realidad sórdida de sus monedas.

Sebastián lo observó sorprendido. El viejo no era de aquellos seres que descuidan su negocio. Era inconcebible que alguien se interesara por aquel pingajo de ropa. Pero, por algo el viejo le formulaba la proposición.

–Queda lo más grave… –dijo humildemente Sebastián.

El viejo comprendió, y:

–Será poca cosa… –dijo, persuasivo.

–¿Cuánto? –indagó Sebastián, angustiado, ansioso.

–Trescientos pesos todo… –habló el comerciante, fijos los ojos en su cliente–. ¡Todo, traje y zapatos!

Sebastián se recluyó a los remansos, ahora turbios, de su alma. Se mordió.

–Es mucho para mí –dijo al fin, hurgando en el interior de la chaqueta abandonada.

–¿Cómo mucho, señor? –chilló el anciano, gesticulando, molesto acaso, después de tanta alegría– ¿Cómo mucho?… ¡Caramba!…

–¡Sí mucho! –dijo Sebastián con expresión seca, un poco dura–. ¡Que quede por doscientos cincuenta el traje solo!…

Hubo muchos segundos de silencio. En el sentimiento del viejo algo se encontraba en pugna. Se acomodó los anteojos.

–Un momento… ¡espere!… –exclamó–. ¡Espere, por favor!… Salió.

Pasó algún tiempo que Sebastián sintió como un derrumbe sobre las espesas aguas de su alma. Perdió decididamente la serenidad. No todo en la vida es como la hoja seca que cae, como la garúa que se desparrama gozosa, sin suponer a quien daña. Se sentía niño. Los ojos se le humedecían. El desencanto lo devoraba. Se alzó. Abandonó la trastienda. El viejo finiquitaba el negocio con la mujer. Ella amarraba en su pañuelo algunos arrugados billetes.

–¡Está bien, señor! –prorrumpió el vejete– Le dejo el traje sin los zapatos… pero me deja su otra ropa –agregó con voz turbia, de piedra sin decantar y en la que la tacañería erguía agudas aristas.

Sebastián no quiso discutir. Se sentía cansado después de tan agitada experiencia. Luchaba por calmarse. Volvió al interior. Terminó de arreglarse los pantalones. Se despojó del paleto a fin de endosarse el chaleco. Volvió a ajustarse aquél sobre el cuerpo, con lentitud acongojada. Descalzose para calzarse luego sus tristes y propios zapatos. Hurgó, por última vez, los bolsillos de las ropas que dejaba. Guardó algunas monedas mudas a diversos papeles gastados. Y le alargó al viejo los billetes necesarios.

Cogiendo, de pasada, el libro, salió como dejando un poco de su vida en aquel recinto olor a muerte, saturado de naftalina.

–Hasta luego…

El viejo parecía sufrir, pero se mostraba inconmovible.

–Hasta luego… buena suerte… –le dijo ingratamente–. Gracias.

Y salió a dejarlo a la puerta.

La mujer estaba al lado afuera. Sus pupilas tenían humedad de amistad, de comprensión, de extraño afecto.

–Le sienta harto el traje… –le habló con piedad y ternura.

Él no dijo nada. Cavilaba, sufría. Se sentía humillado, terriblemente herido en esa zona humana en que el orgullo forja sus hierros.

–Me recuerda a mi viejo… –continuó la mujer.

Había en ella un deseo profundo de hacer amistad con el hombre, de agradarlo, de limpiarle la vida de esa congoja padecida y que ella adivinaba con sutileza maternal.

Sebastián recién la miró. No era bonita. Tenía el rostro de sufrimiento, avejentado. Sebastián caía recién en la cuenta de que se había adueñado del traje del que ella llamaba “mi viejo”. Le asaltó un temor repentino. No era supersticioso, pero se sintió de súbito cadáver.

Hubiera vuelto a tirarle el traje por las barbas al vejete comerciante y asqueroso.

Se ajustó el pantalón que se le caía un poco. Y miró nuevamente a la mujer. Pensó despedirse de ella. Sobre su pensamiento mismo se arrepintió. Algo comenzaba a unirlos. Ella era una mujer hondamente triste y, sin embargo, de una bondad que se revelaba a flor húmeda de pupilas. Sus labios delgaduchos y pálidos eran una nota como de melancolía en su rostro; mas tal nota la agraciaba dulcemente.

Sorteando los grupos de vendedores de frutas, llegaron al puente. En mitad de éste, la mujer sacó del bolsillo del delantal una moneda y la arrojó al río en plena precaria corriente.

Sebastián la miró sorprendido. Ella sonrió.

–¡Es para la suerte!… –habló. Y volvió a sonreír.

Sebastián rio también. Sentía que las aguas de su alma se agitaban una vez más antes de extenderse en cálidos remansos. Le agradaba la presencia de la mujer. Ella le insuflaba una sensación de calma honda y sugestionante.

–¡Le gusta la uva? –le dijo, queriendo expresar de algún modo su contento.

Ella rio mostrando unos dientes parejos y robustos. Nació entonces en su rostro la belleza que escondía dentro de sí.

Sebastián se detuvo a comprar unos racimos. Ella le esperó, inquieta como una mujer a la cual se le dice por primera vez: “¡Te amo!”

El racimo era dorado, bien maduro, ligeramente áspero, lo mismo que la piel de las adolescentes campesinas criadas a pleno sol. La mujer tomó a plenas manos las uvas que le ofreció Sebastián.

–¡Gracias!…

Y mientras se echaba unos granos a la boca:

–¿No compró los zapatos al fin? –indagó, temerosa de herir al hombre.

Este enrojeció.

–¡No!… ¡No los compré! –Exclamó, escupiendo unas pepas y unos hollejos.

–Le ofrezco unos… –dijo la mujer, siempre temerosa, sin mirarlo.

Un nuevo bochornoso mundo le volteó en la cabeza al hombre. No respondió. Pensaba en multitud de cosas a la vez.

–¡De veras!… –insistió la mujer con voz musical, melodiosa, voz de mujer recién casada, o de madre, o de hermana. –¡Están flamantes!… ¡Acéptelos… me hará un favor!

Caminaban por un costado de la estación ferroviaria. Las palomas revoloteaban por sobre los vehículos en movimiento; otras se arrullaban en las cornisas. Un tren se despedía de la capital con ese dolor inhumano del acero que quiere liberación; melodía sin modulaciones, directa, acongojada, que busca eternidad en el alma de los hombres.

La voz de la mujer aún sabía a música en el corazón de Sebastián. Había algo de celeste en su ofrecimiento. Sin mirarla, reconstruía en sus pupilas las líneas de los labios graciosos, en los que algún ángel detuvo sin duda su melancólico vuelo.

Se oyeron mutuamente masticar las uvas unos instantes.

–Entienda… –rogó ella, luego–. ¡Acéptelos, hombre! ¡No tiene nada de particular!… ¡Entienda, hombre!…

–¡Bueno! –dijo él ahora, simplemente, sin sonrojarse ya, tirando al desgaire un trozo de escobajo.

Ambos se hubieran mirado quizá con mucho amor. Pero se abstuvieron lo mismo que dos niños temerosos de sorprenderse los ojos un poco más brillosos que momentos antes. Y sonrieron para sí mismos, tenuemente. El tren, saliendo de la estación, insistió una vez más en su música de despedida. Las palomas se arrullaban en las comisas.

 

(Tomado de www.lecturia.org)