sábado, 27 de junio de 2026

Amor eterno

Bruno Aceves

 

Al otro lado del vagón estaba una niña con ojos grandes; con toda el alma y el dedo meñique intentaba sacarse un moco: ahí estaba posada, negra, la mirada de él. Ahora sí se había metido, junto con su bocota, en una de locos.

Un frenón los obligó a juntarse, pero las miradas hicieron lo posible por no moverse ni un milímetro; por lo menos, el triunfo de la niña fue de utilidad para él. Verde –dijo–, la pobre está medio enferma.

–¿Cómo? ¿Qué? –preguntó ella, dispuesta a decir “azul” si fuese necesario.

No, nada –dijo él sin voltear a mirarla. Se hizo un rumor, consecuencia del frenazo seguido del acelerón. Pensó que había fallado a la regla número once, la del fuera de lugar, donde claramente se expone que una mamá, como pertenece al mundo, siempre está en casa y que el lugar que habite se convierte siempre en suyo. Disculpe, disculpe. No hay cuidado. El hecho de que no fuese la propia madre, además, la hacía más perfecta que la divina trinidad: su casa, entonces, era de ella, y su esposa había pasado a ser hija más bien y más más que bien, hija propiedad con una vida propiedad. Disculpe, disculpe. No hay cuidado. Otra regla de oro, y aprendida desde la primaria: con las mamás no te metas. Y lo hizo, pero hasta dentro: no solo había insinuado que su madre era algo parecido a una carga, sino que no era bien recibida y que no era ni amable ni bonita. Se abrieron las puertas y el vagón duplicó su población en treinta segundos. Ella pensó que estaban más cerca, pero a la vez taaaan distantes, y que si pudiera haría una película con la historia de su vida. No se le ocurrió ningún título, pero tampoco le importó. Recordó a mamá, a quien ese que casi la estaba pisando había insultado agarrándose para ridiculizarla de unos cuantos e inofensivos kilitos de más.

 

(Tomado de www.ficticia.com)

 

Alba de Saturno

Arthur C. Clarke

 

Sí, es completamente cierto. Conocí a Morris Perlman cuando yo tenía veintiocho años. Entonces yo había conocido a miles de personas, desde presidentes para abajo.

Cuando volvimos de Saturno, todo el mundo deseaba vernos, y casi la mitad de la tripulación se fue a dar una serie de conferencias. A mí siempre me ha encantado hablar (no dirán ustedes que no lo han notado), pero algunos de mis colegas dijeron que más bien preferían ir al planeta Plutón que enfrentarse con otro auditorio. Y algunos lo hicieron.

Mi objetivo era el Medio Oeste, y la primera vez que vi al señor Perlman –nadie lo llamaba de otra forma y, desde luego, jamás “Morris”–, estaba en Chicago. La agencia siempre me alojaba en buenos hoteles, aunque no demasiado lujosos. Lo prefería así; me gustaba hallarme en sitios donde yo pudiera ir y venir a mi gusto sin demasiada etiqueta y donde pudiese vestirme como yo quisiera. Veo que sonríen; bueno, entonces yo era solo un muchacho y han cambiado muchas cosas…

Ya hace mucho tiempo de ello, pero por aquel entonces estaba dando una conferencia en la Universidad. De cualquier forma, recuerdo que sufrí una decepción porque no pudieron mostrarme el sitio en que Fermi comenzó a construir la primera pila atómica. Dijeron que el edificio había sido derribado hacía ya cuarenta años y que solo existía una placa que marcaba el lugar. Me quedé mirándola durante un rato, pensando todo lo que había ocurrido desde aquellos lejanos días, allá por el año 1942. Yo ya había nacido, por una parte; y la energía atómica me había llevado hasta el planeta Saturno y vuelto a la Tierra. Aquello era probablemente algo que Fermi y Compañía nunca habían pensado cuando construyeron su primitivo entramado de uranio y grafito.

Estaba tomando el desayuno en una cafetería, cuando un hombre de mediana estatura se sentó en el otro lado de la mesa que yo ocupaba. Saludó con un cortés “Buenos días” y después expresó su sorpresa al reconocerme. (Por supuesto, había planeado aquel encuentro; pero yo no me di cuenta en aquel momento).

–¡Es un placer encontrarlo! –dijo–. Estuve presente en su conferencia de anoche. ¡Cómo lo envidié!

Yo dejé escapar una sonrisa más bien forzada. Nunca suelo ser muy sociable en el desayuno y había aprendido, además, a ponerme en guardia contra los chiflados, los latosos y los entusiastas que parecían considerarme una presa legítima. El señor Perlman, sin embargo, no era un latoso… aunque ciertamente era un entusiasta, si bien supongo que ustedes podrían considerarlo un chiflado.

Tenía el aspecto de un próspero hombre de negocios del tipo medio, y supuse que sería un invitado al igual que yo. El hecho de que hubiese asistido a mi conferencia no era sorprendente; había sido una muy popular, abierta al público y bien anunciada por la prensa y radio.

–Siempre, desde que era un chiquillo –dijo mi compañero no invitado–, me ha fascinado el planeta Saturno. Sé exactamente cómo y cuándo comenzó todo. Yo debía tener unos diez años cuando cayeron en mis manos aquellas maravillosas ilustraciones de Chelsey Bonestell, mostrando el planeta visto desde sus nueve lunas. Supongo que usted las habrá visto, ¿no es así?

–Desde luego –repuse–. Aunque ya tienen medio siglo de antigüedad, nadie las ha sobrepasado todavía en belleza. Teníamos dos series de ellas a bordo del Endeavour, clavadas en la mesa de navegación. Yo solía mirarlas con frecuencia, para compararlas con la realidad.

–Después –continuó mi interlocutor–, ya puede imaginarse cómo me sentiría allá por los años 1950. Solía quedarme horas enteras mirándolas fijamente e intentando comprender lo que era aquel increíble objeto, con sus plateados anillos dando vueltas a su alrededor; no era el sueño de un artista, sino que existía, se trataba de un mundo diez veces mayor que la Tierra.

“En aquel tiempo nunca imaginé que pudiese ver aquella cosa maravillosa por mí mismo; daba por descontado que solo los astrónomos, con sus grandes telescopios, podían gozar de semejante visión. Pero luego, cuando tuve unos quince años, hice otro descubrimiento… tan emocionante que apenas si podía creerlo”.

–¿Y de qué se trataba? –pregunté. Para entonces ya me había reconciliado con la idea de compartir el desayuno. Mi compañero de mesa parecía bastante inofensivo, y existía algo realmente agradable y encantador en su entusiasmo.

–Descubrí que cualquier idiota podía construir un telescopio en la propia cocina de su casa, con unos cuantos dólares y un par de semanas de trabajo. Fue una revelación: como miles de otros muchachos, solicité de la biblioteca pública un ejemplar del libro Construcción de un telescopio de aficionado de Ingall, y puse manos a la obra. Dígame… ¿ha construido usted alguna vez un telescopio con sus propias manos?

–No. Soy ingeniero, no astrónomo. Creo que no sabría cómo emprender semejante tarea.

–Pues es increíblemente sencillo, si sigue usted las instrucciones. Se comienza con dos discos de cristal, que tengan dos o tres centímetros de espesor. Yo conseguí los míos, por cincuenta centavos, de la chatarra procedente de un barco; eran claraboyas inútiles porque ya no encajaban por los bordes. Después, se fija uno de los discos en alguna superficie firme y plana; yo me serví de un viejo barril puesto de pie.

“Luego, hay que comprar diversos grados de polvo de esmerilar, empezando por el más grueso, hasta terminar por el más fino. Se pone una pequeña cantidad del polvo más basto entre los dos discos y se comienza a frotar de un lado a otro con impulsos regulares, procurando al hacerlo ir girando alrededor del barril.

“¿Sabe lo que ocurre? El disco superior se va ahuecando por la acción abrasiva del polvo de esmeril, y conforme se va trabajando acaba por adquirir una superficie cóncava, esférica. De vez en cuando, se cambia el polvo a más fino y se hacen comprobaciones ópticas para estar seguro de que la curva es correcta.

“Más tarde, se deja el esmeril y se utiliza rojo óptico, hasta que al final se tiene una superficie lisa y pulida hasta el extremo de que uno mismo no cree que haya sido su propia obra. Solo queda un paso más que dar, aunque es algo más fastidioso. Es preciso azogar el espejo y convertirlo así en un buen reflector. Eso implica la adquisición de algunos productos químicos que pueden comprarse en cualquier farmacia, y proceder exactamente como dice el libro.

“Todavía recuerdo la sorpresa que recibí cuando aquella película plateada comenzó a extenderse como algo mágico por la cara de aquel espejo. No era perfecto, pero sí lo suficientemente bueno, y creo que no lo habría cambiado por el telescopio de Monte Palomar.

“Lo sujeté a un trozo de madera; no había necesidad de preocuparse por un tubo telescópico, aunque puse alrededor del espejo un par de palmos de cartón, para evitar la luz de alrededor. Como ocular, utilicé un pequeño lente de aumento que encontré en un almacén de trastos viejos y que me costó unos cuantos centavos. En conjunto, no creo que el telescopio me costara más de cinco dólares… aunque era mucho dinero para mí siendo un muchacho.

“Vivíamos entonces en un viejo hotel, casi ruinoso, que mi familia poseía en la Tercera Avenida. Cuando monté el telescopio, subí al tejado y lo probé, entre la jungla de antenas de televisión que cubrían todos los edificios de la ciudad por aquellos días. Me llevó un buen rato el conseguir alinear el espejo y el ocular; pero no cometí errores y finalmente la cosa fue bien. Como instrumento óptico probablemente era una calamidad –después de todo, era mi primer intento–, pero tenía por lo menos cincuenta aumentos y apenas si pude contener mi impaciencia esperando que cayese la noche para probarlo mirando las estrellas.

“Consulté el almanaque astronómico y supe que Saturno se hallaría alto en el cielo por el este, tras el crepúsculo. Tan pronto como ya fue de noche, subí de nuevo al tejado del hotel y me las compuse para situar el telescopio entre dos chimeneas. Hacía bastante frío; pero apenas me daba cuenta, ya que el cielo estaba cuajado de estrellas… y todas eran mías.

“Me tomé mi tiempo enfocándolo convenientemente con tanta precisión como fuera posible, utilizando la primera estrella que entró en el campo de visión de mi telescopio. Después, comencé la búsqueda de Saturno y pronto descubrí qué difícil es localizar cualquier cuerpo celeste en un telescopio reflector que no esté debidamente montado. Pero al poco, el planeta entró en el campo visual: con infinito cuidado acomodé mi cacharro cambiándolo unos centímetros de sitio… y allí estaba.

“Se veía pequeño, pero perfecto. Creo que me quedé sin aliento durante un buen rato; apenas podía dar crédito a mis ojos. Después de lo que había visto en aquellos dibujos, allí estaba la realidad. Daba la impresión de un juguete suspendido en el espacio, cuyos anillos estuvieran ligeramente inclinados hacia mí. Incluso ahora, cuarenta años más tarde, me acuerdo perfectamente que pensé que parecía algo ¡tan artificial…! Como algo que cuelga de un árbol de Navidad. Se apreciaba una estrellita brillante a su izquierda, y en seguida me di cuenta de que se trataba de Titán”.

Mi interlocutor hizo una pausa, y durante unos momentos debimos compartir los mismos pensamientos. Para ambos, Titán no solo era la luna más grande de Saturno, un punto de luz conocido solo por los astrónomos. Era, además, un mundo hostil y terrible, el más espantoso en que hubiera tomado contacto nuestra nave, la Endeavour, y donde tres de nuestros compañeros de tripulación yacían para siempre, en sus tumbas solitarias, más lejos de sus hogares de lo que jamás estuviera ningún miembro de la raza humana.

–No sé cuánto tiempo estuve mirando sin pestañear –continuó mi compañero de mesa–. Me dolían los ojos de seguir con el telescopio el paso de Saturno por el cielo. Estaba a mil millones de kilómetros de Nueva York. Pero más tarde Nueva York me trajo a la realidad.

“Le hablé antes del hotel; pertenecía a mi madre; pero mi padre lo administraba… no del todo bien. Había estado perdiendo dinero durante años, y a través de toda mi niñez solo habíamos conocido una serie de crisis financieras. Por eso no culpo a mi padre de darse a la bebida, ya que debió haber estado loco de preocupaciones tanto tiempo. Y yo había olvidado que se suponía que debía estar ayudando al conserje en recepción…

“Así que mi padre me vino a buscar, lleno de preocupaciones y sin saber nada sobre mis sueños. Me encontró en el tejado, mirando las estrellas.

“No era un hombre cruel… sencillamente no podía comprender el estudio, la paciencia y el cuidado que yo había dedicado a mi pequeño telescopio, ni las maravillas que me había mostrado durante el poco tiempo que lo estuve utilizando. No lo odié por lo que hizo; pero recordaré toda mi vida su acción brutal de estrellar el aparato contra el muro de ladrillo, y el ruido de los trozos de cristal del espejo reflector esparciéndose por doquier”.

No había nada que pudiera decirle. Mi resentimiento inicial hacia aquel intruso hacía ya rato que se había convertido en curiosidad. Me di cuenta de que había mucho más detrás de la historia que me había contado. También me fijé en otra cosa: la camarera nos estaba tratando con una exagerada deferencia, de la cual la menor parte estaba dedicada a mí.

Mi compañero jugueteó con el frasco del azúcar, mientras yo aguardaba con una silenciosa simpatía. Entonces noté que un nexo especial había surgido entre nosotros, aunque no pude comprender realmente de qué se trataba.

–Nunca volví a construir otro telescopio –continuó–. Algo más se rompió, además de aquel espejo, en mi corazón. De todas formas, yo ya tenía muchas cosas en qué ocuparme. Ocurrieron dos hechos que cambiaron el curso de mi vida. Mi padre se marchó de casa, dejándome al frente de la familia. Y además demolieron el elevado de la Tercera Avenida.

Mi compañero debió notar algún gesto especial en mi rostro, ya que me sonrió.

–Oh, no sabrá usted seguramente lo que ocurrió. Cuando yo era un chiquillo, había un tren elevado que discurría por en medio de la Tercera Avenida. Aquello convertía la zona en algo sucio y ruidoso; la Avenida era un barrio indecente lleno de bares, garitos y hoteles baratos, como el nuestro. Todo cambió cuando desapareció el tren elevado; los terrenos subieron fantásticamente de precio, y de repente nos encontramos en una situación próspera. Mi padre se apresuró a volver inmediatamente, pero ya era demasiado tarde; yo era el encargado del negocio. Comencé a desarrollar mi actividad a través de la ciudad, después por el país. Ya no era un contemplador de estrellas de mente ausente y di a mi padre uno de mis más pequeños hoteles, donde su actuación no sería muy nociva.

“Hace, pues, cuarenta años que miré a Saturno, pero jamás he olvidado aquella primera impresión ante su vista. La noche pasada, sus fotografías me la trajeron a la memoria. Quisiera expresarle cuán agradecido me siento hacia usted”.

Hurgó en su billetera y sacó una tarjeta.

–Espero que venga a verme cuando se encuentre de nuevo en la ciudad; puede estar seguro de que asistiré a cualquier conferencia que pronuncie. Buena suerte… y perdone si lo he hecho perder una buena parte de su tiempo.

Y se marchó, casi antes de que yo pudiera pronunciar ni una palabra. Miré la tarjeta de visita, la puse en el bolsillo y terminé mi desayuno, bastante pensativo.

Cuando había firmado el cheque en la cafetería para pagar el gasto, pregunté:

–¿Quién era ese señor que estaba sentado a mi mesa? ¿Es el patrón?

El cajero me miró como si yo fuera un retrasado mental.

–Supongo que esa será su forma de llamarle, señor –repuso–. Por supuesto es el propietario del hotel; pero nunca lo hemos visto aquí antes. Siempre permanece en el Ambassador cuando está en Chicago.

–¿Y también es el dueño? –dije sin mucha ironía, porque sospechaba ya cuál era la respuesta.

–Pues claro que sí. Lo mismo que…

–Y comenzó a soltar un rosario de nombres de muchos otros, incluyendo dos de los más grandes hoteles de Nueva York.

Yo estaba impresionado y también bastante divertido, ya que resultaba obvio que el señor Perlman había venido con la deliberada intención de conocerme y encontrarse conmigo. Parecía una forma un tanto laboriosa y complicada de hacerlo, pero yo ignoraba todo respecto a su notoria timidez y su tendencia a ocultarse.

Después lo olvidé durante cinco años. (Bueno, debo citar lo sucedido cuando pedí la factura. Me respondieron que no debía nada.) Durante aquellos cinco años hice mi segundo viaje.

Sabíamos entonces lo que nos esperaba, y ya no íbamos totalmente hacia lo desconocido. No hubo más preocupaciones respecto al combustible, porque todo el que pudiéramos necesitar nos esperaba en Titán: solo teníamos que bombear su atmósfera de metano en nuestros tanques y seguir nuestros planes adelante por el espacio. Una tras otra, visitamos sus nueve lunas, y después seguimos por los anillos…

Hubo poco peligro en hacerlo, pero con todo es una experiencia capaz de destrozar los nervios. El sistema de sus anillos es de poco espesor, ya saben, más o menos unos treinta kilómetros de grueso. Descendimos en él lenta y precavidamente tras haber igualado la velocidad de su giro, de forma que nos moviéramos exactamente a su misma velocidad. Era como poner el pie en un carrusel de casi trescientos mil kilómetros de diámetro.

Pero una clase fantasmal de carrusel, porque los anillos no son algo sólido y puede verse a través de ellos. De hecho son algo casi invisible; los billones de partículas que los constituyen están tan separadas entre sí que todo lo que uno puede ver en la inmediata vecindad son pequeños trozos ocasionales que se mueven muy lentamente. Es solo cuando se miran desde lejos que esos incontables fragmentos aparecen como unidos en una sola lámina, como una tormenta de granizo que girara eternamente alrededor de Saturno.

Esta no es una frase mía, pero puede considerarse como buena y apropiada. Resultó que la primera vez que atrapamos una partícula componente de los anillos de Saturno y la introdujimos en la compuerta de aire, se derritió en pocos minutos, convirtiéndose en un charco de agua sucia. Algunas personas creen que destruye el encanto el saber que los anillos –o el 90% de ellos–, están formados por trozos de hielo vulgar y corriente. Pero eso es una actitud estúpida, ya que su extraordinaria belleza en nada menguaría, tanto si son así como si estuviesen formados por diamantes.

 

Cuando volví a la Tierra, en el primer año del nuevo siglo, comencé otra serie de conferencias, aunque esta vez de corta duración, puesto que para entonces ya tenía familia y deseaba estar con ella el mayor tiempo posible. Esta vez vi al señor Perlman en Nueva York, con ocasión de pronunciar en Columbia una conferencia y mostrar nuestra película Explorando Saturno. (Un título algo inapropiado, ya que el punto más cercano al planeta en que estuvimos fue a unos treinta mil kilómetros de distancia. Nadie soñaba, en aquellos días, que los hombres pudieran nunca descender a esa especie de turbulento fango que es lo que Saturno tiene más parecido a una superficie).

El señor Perlman me estaba esperando después de la conferencia. No lo reconocí al primer momento, ya que había tenido que saludar y ver seguramente a un millón de personas desde la última vez que nos vimos. Pero cuando me dijo su nombre, los recuerdos volvieron rápidamente con tanta claridad, que comprendí que sin duda había dejado una profunda huella en mi mente.

Se las arregló de alguna forma para sacarme de entre la muchedumbre. Aunque sentía repugnancia por mezclarse entre la multitud, tenía, no obstante, una gracia especial para dominar cualquier grupo cuando era necesario, y después escaparse antes de que sus víctimas supieran lo que había ocurrido. Aunque lo vi hacerlo muchas veces, nunca supe exactamente cómo lo hacía.

De todas formas, media hora más tarde estábamos despachando una soberbia cena en un restaurante de lujo (suyo, por supuesto). Era una comida suculenta y extraordinaria, en especial el pollo y el helado, aunque me hizo pagar por todo ello. Metafóricamente, quiero decir.

Por aquel tiempo todos los hechos y fotografías reunidos por las dos expediciones a Saturno estaban a disposición de todo el mundo, en cientos de reportajes, libros y artículos populares. El señor Perlman parecía haber leído todo el material que no era demasiado técnico; lo que deseaba de mí era algo diferente. Incluso entonces, me conmovió el interés de aquel hombre ya de edad y solitario, tratando de recapturar un sueño que había quedado perdido en su juventud. Estaba en lo cierto; pero eso solo era una fracción de la realidad.

Se trataba de algo que todos los reportajes y artículos habían fallado en dar. El señor Perlman quería saber qué se sentía al despertar por la mañana y ver aquel enorme y dorado globo con sus cinturones de nubes dominando el cielo. ¿Y los anillos? ¿Qué impresión daban a la mente cuando uno estaba tan cerca de ellos que llenaban los cielos de un extremo a otro?

–Usted quiere a un poeta –le dije– y no a un ingeniero. Pero le diré esto: por mucho que uno mire a Saturno y vuele entre sus lunas, nunca puede creerse lo que se está viendo. A cada momento se piensa:

“‘Todo es un sueño… una cosa así no puede ser real’. Entonces se asoma uno a una claraboya de la nave espacial… y allí está, cortando la respiración.

“Tiene que tener en cuenta que, aparte de la proximidad, estábamos en condiciones de mirar a los anillos desde ángulos y situaciones de ventaja que resultaban absolutamente imposibles desde la Tierra, donde siempre se ven vueltos hacia el Sol. Nosotros podíamos desplazarnos entre su sombra, donde ya no brillan como la plata… entonces dan la impresión de un suave resplandor, como si fueran un puente de humo entre las estrellas.

“La mayor parte del tiempo podíamos ver la sombra de Saturno extendida por toda la anchura de los anillos, eclipsándolos tan completamente que parecía como si se les hubiera arrancado un gran bocado de su estructura. Por el contrario, se obtenía un efecto diferente al observar del lado del día en el planeta cómo la sombra de los anillos trazaba algo parecido a una neblinosa banda paralela al ecuador y no lejos de él.

“Y, sobre todo –aunque esto solo lo hicimos pocas veces–, pudimos elevarnos sobre cualquiera de los polos del planeta y mirar hacia abajo a todo aquel maravilloso sistema, de tal forma que quedaba en un plano bajo nosotros. Entonces, pudimos observar que en vez de los cuatro anillos vistos desde la Tierra debía haber, por lo menos, una docena de anillos separados; fusionándose unos con otros. Cuando vimos aquello, nuestro capitán hizo una observación que no olvidaré nunca: ‘Éste –dijo, sin nada de pedantería en la voz– es el sitio en donde los ángeles estacionan sus halos’”.

Todo aquello, y mucho más, le fui contando al señor Perlman en aquel restaurante tan lujoso, situado a poca distancia de Central Park. Cuando hube terminado, pareció muy complacido, aunque se quedó en silencio durante un instante. Entonces me dijo, tan casualmente como uno puede preguntar por la hora en una estación de ferrocarril:

–¿Cuál sería el mejor satélite para instalar un parador de turismo?

Cuando comprendí el significado de sus palabras me atraganté con el coñac de cien años que estaba bebiendo. Entonces le dije con paciencia y cortesía (ya que, después de todo, me había tomado una estupenda cena):

–Escuche, señor Perlman. Usted sabe tan bien como yo que Saturno se encuentra a más de mil quinientos millones de kilómetros de la Tierra, y de hecho mucho más cuando nos hallamos en lugares opuestos respecto al Sol. Alguien calculó que nuestros boletos de viaje, por término medio, han costado medio millón de dólares por cabeza, y créame, en el Endeavour I y II no había plazas de primera clase. De todas formas, por mucho dinero que alguien tenga, nadie puede obtener un pasaje para Saturno. Solo las tripulaciones del espacio y las científicas irán hasta allá, por tanto tiempo como sea posible imaginar.

Me di cuenta en seguida de que mis palabras no habían surtido el menor efecto; se limitó sencillamente a sonreír como si supiera de algún secreto bien guardado.

–Lo que usted dice es bastante cierto ahora –repuso–. Pero yo también he estudiado la historia. Y yo entiendo a la gente, ese es mi negocio. Permítame recordarle algunos hechos.

“Hace dos o tres siglos, casi todos los grandes centros de turismo mundial y lugares bellos de la Tierra se hallaban tan lejos de la civilización como lo está Saturno de nosotros en este momento. ¿Qué sabía Napoleón, pongamos por ejemplo, del Gran Cañón, de las cataratas Victoria, de las Islas Hawái, del monte Everest? Recuerde el Polo Sur: se llegó por primera vez a él cuando mi padre era un niño… pero allí hay un hotel que ha conocido usted durante toda su vida.

“Ahora todo comienza de nuevo. Usted solo puede apreciar los problemas y dificultades porque se halla demasiado cerca de ellos. Sean cuales fueren, los hombres los superarán con el tiempo, como lo han hecho siempre en el pasado.

“Allá donde haya algo extraño o bello o nuevo, la gente siempre querrá ir a verlo. Los anillos de Saturno son el mayor espectáculo existente en el Universo; yo siempre lo he creído así y ahora me ha convencido usted. Hoy cuesta una fortuna llegar hasta allí, y los hombres que van arriesgan sus vidas. Así lo hicieron los primeros hombres que volaron, pero ahora tiene usted a millones de pasajeros por el aire a cada momento, durante el día y la noche.

“Lo mismo tiene que ocurrir con el espacio. Esto no ocurrirá en diez años ni en veinte. Pero recuerde que veinticinco años fue todo lo que llevó el conseguir los primeros vuelos comerciales a la Luna. No creo que se tarde mucho más para Saturno…

“Yo ya no estaré vivo para cuando ese feliz día llegue. Pero, ocurra lo que ocurra, quiero que la gente recuerde. Entonces… ¿dónde podríamos construir un hotel?”

Yo todavía continuaba creyendo que estaba decididamente loco; pero al fin comencé a comprenderlo. No era cuestión de herirlo con bromas, por lo que comencé a pensar cuidadosamente mis palabras.

–Mimas está demasiado próximo –le dije–, y también Enceladus y Thetis. Saturno ocupa todo el cielo y uno teme que vaya a caérsele encima. Además, no son lo bastante sólidos; en realidad son verdaderas bolas de nieve gigantes. Dione y Rhea son mejores, desde allí se tiene una espléndida vista, desde cualquiera de ambos. Pero todas esas lunas interiores son diminutas; incluso Rhea solo tiene mil doscientos kilómetros de diámetro y las otras son más pequeñas aún.

“No creo que la cuestión merezca discusión: el lugar ideal es Titán. Es un satélite hecho a la medida del hombre, ya que es mucho mayor que nuestra Luna y casi tan grande como el planeta Marte. Tiene una gravedad razonable, aproximadamente un quinto de la terrestre, por lo que sus huéspedes no flotarán por todas partes. Y siempre será el mejor punto para el aprovisionamiento de combustible, a causa de su atmósfera de metano, que debería ser un factor importantísimo en sus cálculos. Toda nave que salga de Saturno tiene que aprovisionarse allí necesariamente”.

–¿Y las otras lunas?

–Oh, Hiperión, Japeto y Febe están a una distancia mucho mayor. Los anillos casi no se ven desde Febe. Bien, olvídelo. Lo mejor es el viejo Titán, a pesar de que la temperatura es de 200 grados bajo cero y la nieve amoniacal que lo recubre no es lo mejor para ponerse a esquiar.

El señor Perlman me escuchó con todo cuidado, y si pensó que me estaba burlando de sus nociones poco científicas y prácticas no dio la menor muestra de ello. Nos despedimos poco después. No recuerdo nada más de aquella cena, y transcurrieron otros quince años hasta que volvimos a encontrarnos. Yo me dediqué a mis trabajos y olvidé todo aquello. Pero cuando el señor Perlman me necesitó, me llamó.

Ahora veo qué es lo que estuvo esperando. Su visión había sido más clara que la mía. No pudo haber imaginado, por supuesto, que el cohete desaparecería como el motor de vapor en menos de un siglo; pero sabía que existiría algo mejor, y ahora creo que financió los primeros trabajos de investigación de Saunderson sobre la propulsión paragravítica. Pero no fue sino hasta que se establecieron las plantas de fisión atómica que podían calentar cien kilómetros cuadrados de un mundo tan frío como el planeta Plutón que el señor Perlman se puso en contacto de nuevo conmigo.

Ya era un anciano de edad muy avanzada y casi moribundo. Me dijo lo inmensamente rico que era, hasta el extremo de que apenas pude creerlo. Me cercioré cuando me mostró los elaborados planos y bellas maquetas que sus expertos habían preparado con ausencia de toda publicidad.

Estaba sentado en su silla de ruedas, como una momia arrugada hasta lo inverosímil, observando mi rostro mientras yo estudiaba las maquetas y los diseños. Entonces me dijo:

–Capitán, tengo un trabajo para usted…

Y aquí me encuentro. Es como gobernar una nave del espacio, por supuesto… la mayor parte de los problemas técnicos son idénticos. A mi edad, ya soy demasiado viejo para mandar una nave, por lo que le estoy muy agradecido al señor Perlman.

Ha sonado el gong. Si las damas están dispuestas, sugiero que vayamos a cenar en el salón de observación.

A pesar de los años transcurridos, todavía me gusta observar a Saturno alzándose en el cielo… y esta noche puede apreciarse casi en su totalidad.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

viernes, 26 de junio de 2026

Moscas

Isaac Asimov

 

–Moscas –dijo Kendell Casey, cansado. Movió el brazo. La mosca dio la vuelta, regresó y se anidó en el cuello de la camisa de Casey.

Desde algún sitio por allí sonaba el zumbido de una segunda mosca.

El Dr. John Polen escondió un ligero estremecimiento de su barbilla moviendo el cigarrillo hacia los labios con premura.

–No esperaba encontrarte, Casey –dijo–. O a ti, Winthrop. ¿O debiera decirte reverendo Winthrop?

–¿Debería decirte profesor Polen? –dijo Winthrop, utilizando cuidadosamente el tono amistoso apropiado.

Cada uno de ellos estaba tratando de acurrucarse en la cáscara desechada de veinte años atrás. Retorciéndose y amontonándose, sin ajustar.

“Maldita sea, pensó Polen malhumorado, ¿por qué la gente asiste a las reuniones de colegio?”

Los ojos azules de Casey aún estaban llenos de enojo injustificado del estudiante de secundaria que descubriera el intelecto, la frustración y las etiquetas de la filosofía cínica, todo a la vez.

¡Casey! ¡El universitario más amargado del campus!

No lo había superado. Veinte años después era Casey, ¡el exuniversitario más amargado del campus! Polen lo podía observar en sus dedos que se movían sin sentido y en la postura de su cuerpo enjuto.

¿Y con Winthrop? Bueno, veinte años más viejo, más fofo, más redondo. La piel más roja, los ojos más suaves. Aún lejos de la tranquila certidumbre que nunca encontraría. Todo estaba en la pronta sonrisa que nunca abandonaba completamente, como si temiera que no hubiese otra cosa con qué reemplazarla, y que su ausencia convertiría su cara en una suave masa de carne sin forma.

Polen estaba cansado de leer el latido nervioso de un músculo; cansado de tomar el lugar de sus máquinas; cansado de todo lo que ellas le decían.

¿Podían ellas leerlo como él las leía? ¿Podría la pequeña inquietud de sus propios ojos proclamar el hecho de que estaba hastiado con el disgusto que se había engendrado entre ellos?

“Maldita sea”, pensó Polen, “¿por qué no me mantuve fuera?”

Estaban allí, los tres, esperando a que el otro dijera algo, pescando lo que pudiera cruzarse por allí y traerlo, temblorosamente, al presente.

Polen lo intentó; dijo:

–¿Aún trabajas en química, Casey?

–Por mi cuenta, sí –dijo Casey, en tono brusco–. Yo no soy un científico como tú. Hago investigaciones de insecticidas para E. J. Link en Chatham.

–¿De veras? –dijo Winthrop–. Dijiste que trabajarías en insecticidas. ¿Lo recuerdas, Polen? Y a pesar de ello, ¿se atreven las moscas contigo, Casey?

–No puedo deshacerme de ellas –dijo Casey–. Soy el mejor en la materia en los laboratorios. Ninguno de los compuestos desarrollados las aleja cuando ando por allí. Alguien dijo que es por mi olor. Las atraigo.

Polen recordó quién lo había dicho.

–O si no… –dijo Winthrop.

Polen sintió que llegaba y se puso tenso.

–O si no –dijo Winthrop–, es la maldición, ya sabes –amplió su sonrisa para mostrar que estaba bromeando, que había olvidado viejos rencores.

“Maldita sea”, pensó Polen, “ni siquiera cambiaron las palabras”. Y el pasado regresó.

–Moscas –dijo Casey, moviendo su brazo y manoteando–. ¿Han visto esto? ¿Por qué no se apoyan sobre ustedes dos?

Johnny Polen se rio de él. Reía frecuentemente en aquel entonces.

–Es algo del olor de tu cuerpo, Casey. Podrías ser un milagro para la ciencia. Encuentras la naturaleza química del olor, lo concentras, lo mezclas con DDT, y tendrás el mejor insecticida del mundo.

–Una situación graciosa. ¿A qué huelo? ¿A mosca hembra en celo? Es una vergüenza que se pongan sobre mí cuando el maldito mundo es una maldita parva de estiércol.

Winthrop frunció el ceño y dijo, con un leve tono retórico:

–La belleza no es lo único, Casey, en el ojo del observador.

Casey no se dignó a responderle. Dijo a Polen:

–¿Sabes qué me dijo Winthrop ayer? Dijo que esas malditas moscas eran la maldición de Belcebú.

–Estaba bromeando –dijo Winthrop.

–¿Por qué Belcebú? –preguntó Polen.

–Es un juego de palabras –dijo Winthrop–. Los antiguos hebreos lo utilizaban como palabra de escarnio para dioses ajenos. Viene de Ba'al, que quiere decir señor y zevuv, que quiere decir mosca. El señor de las moscas.

–Vamos, Winthrop –dijo Casey–, no me digas que no crees en Belcebú.

–Creo en la existencia del mal –dijo Winthrop, con frialdad.

–Quiero decir Belcebú. Vivo. Cuernos. Pezuñas. Una especie de competencia entre dioses.

–No completamente –respondió Winthrop más frío aún–. El mal es una cuestión de corto alcance. Al final, perderá…

Polen cambió el tema abruptamente. Dijo:

–Hablando de todo un poco, haré trabajo de graduado para Venner. Estuve con él antes de ayer y me tomará.

–¡No! Eso es maravilloso. –Winthrop se entusiasmó y se colgó del cambio de tema instantáneamente. Estiró su mano para estrechar la de Polen. Disfrutaba siempre, a conciencia, de la buena fortuna de los demás. Casey lo notó con frecuencia. Dijo:

–¿Cibernéticos Venner? Bueno, si te lo aguantas, supongo que él te aguantará.

–¿Qué pensó de tu idea? –prosiguió Winthrop–. ¿Le contaste tu idea?

–¿Qué idea? –preguntó Casey.

Polen había evitado contarle tanto a Casey. Pero ahora, Venner lo había considerado y lo pasó con un cálido “¡Interesante!” ¿Cómo podría la sonrisa seca de Casey hacer daño ahora?

–No es gran cosa –dijo Polen–. Esencialmente, es acerca de que la emoción es la razón común de la vida, más que la razón o el intelecto. Probablemente sea una perogrullada. No puedes decir lo que piensa un bebé, o siquiera si piensa, pero es perfectamente obvio que puede enojarse, asustarse o estar contento, aunque tenga una semana de vida. ¿Lo ves?

“Lo mismo con los animales. Puedes decir en un segundo si un perro está feliz o si un gato está atemorizado. El punto es que sus emociones son las mismas que las que tendríamos bajo las mismas circunstancias”.

–¿Entonces? –preguntó Casey–. ¿A dónde te lleva eso?

–Todavía no lo sé. Ahora, todo lo que puedo decir es que las emociones son universales. Ahora, supón que podemos analizar apropiadamente todas las acciones humanas y de algunos animales domésticos y compararlas con la emoción visible. Podríamos encontrar una relación muy fuerte. La emoción A podría siempre implicar la acción B. entonces podríamos aplicarlo a animales cuyas emociones no podemos conocer con los sentidos. Como las serpientes, o las langostas.

–O las moscas –dijo Casey, mientras cacheteaba otra de ellas y quitaba los restos de su puño, con furia triunfal.

Prosiguió.

–Continúa, Johnny. Yo voy a contribuir con las moscas y tú las estudiarás. Estableceremos la ciencia de la moscología y un laboratorio para hacerlas felices quitándoles sus neurosis. Después de todo, queremos el mayor bien para la mayoría más amplia, ¿verdad? ¿Hay más moscas que hombres?

–Oh, basta –dijo Polen.

–Dime, Polen –preguntó Casey–. ¿Has profundizado esa extraña idea tuya? Quiero decir, sabemos que brillas luz cibernética, pero no he podido leer nada sobre esto. Con tantas maneras de perder el tiempo, algo tiene que haberse descuidado, ya sabes.

–¿Qué idea? –preguntó Polen, rígidamente.

–Vamos. Tú sabes. Emociones de animales y toda esa sarta de morisquetas. Muchacho, aquellos eran los días. Solía conocer gente loca. Ahora solamente me cruzo con idiotas.

–Es cierto, Polen –dijo Winthrop–. Lo recuerdo muy bien. En el primer año de escuela estabas trabajando con perros y conejos. Creo que incluso intentaste algo con las moscas de Casey.

–Se convirtió en nada –dijo Polen–. Aun así, me dio la base de nuevos principios en computación, de modo que no fue pérdida total.

¿Por qué estaban ellos hablando sobre eso?

¡Emociones! ¿Qué derecho tiene alguien a meterse con las emociones? Las palabras fueron inventadas para ocultar las emociones. Había sido el temor a las emociones en crudo lo que había convertido el lenguaje en necesidad básica.

Polen sabía. Sus máquinas habían pasado la pantalla de verbalización y habían arrastrado el subconsciente hacia la luz del sol. El chico y la chica, el hijo y la madre. Para este caso, el gato y el ratón o la serpiente y el ave. La información sonaba al unísono en su universalidad y toda se había volcado dentro y a través de Polen hasta que él no pudo soportar más el toque de la vida.

En los últimos años había entrenado su pensamiento hacia otras direcciones, minuciosamente. Ahora, estos dos aficionados venían a movilizar el barro.

Casey manoteó sin mirar cerca de la punta de su nariz para alejar una mosca.

–Eso está mal –dijo–. Solía pensar que obtendrías cosas fascinantes de, digamos, ratas. Bueno, puede que no fuesen fascinantes, pero no tan aburridas como esa basura que puedes obtener de ciertos seres humanos. Solía pensar.

Polen recordó lo que solía pensar.

–Maldita sea este DDT –dijo Casey–. Las moscas se alimentaron de él, creo. Sabes, voy a realizar trabajo de graduado en química y entonces tendré empleo con insecticidas. Ayúdenme. Personalmente obtendré algo que sí matará estas alimañas.

Estaban en la habitación de Casey, y había algo con olor a kerosén del insecticida recientemente aplicado.

Polen se encogió de hombros y dijo:

–Un periódico doblado siempre las matará.

Casey detectó una burla no existente y respondió en el acto:

–¿Cómo resumirías tu primer año de trabajo, Polen? Quiero decir, aparte del verdadero resumen que cualquier científico podría establecer si se animara, por un: “nada”, quiero decir.

–Nada –dijo Polen–. Ese es tu resumen.

–Sigue –dijo Casey–. Usas más perros que los fisiólogos y apuesto que a los perros les importan menos los experimentos de los fisiólogos. Podría apostar.

–Oh, déjalo ya –dijo Winthrop–. Suenas como un piano con 87 teclas eternamente desafinadas. ¡Ya me aburres!

No podías decir eso a Casey.

Y dijo, con repentina animación, mirando lejos de Winthrop:

–Te diré lo que probablemente encuentres en los animales, si los miras desde muy cerca. Religión.

–¡Mira al estúpido! –dijo Winthrop, furioso–. Esa es una afirmación estúpida.

Casey sonrió.

–Vamos, vamos, Winthrop. Estúpido es solamente un eufemismo para demonio y no querrás jurar.

–No me vengas con moralejas. Y no blasfemes.

–¿Qué hay de blasfemo en ello? ¿Por qué no podría una pulga considerar a un perro como algo a ser venerado? Es la fuente de calor, comida, y todo eso es bueno para la pulga.

–No quiero discutirlo.

–¿Por qué no? Hazlo. Podrías incluso decir que para una hormiga, el oso hormiguero es un orden superior de la creación. Podría ser muy grande para ser comprendido, demasiado poderoso para siquiera soñar resistirse. Podría moverse sobre ellas como un remolino inexplicable e invisible, que las visita con destrucción y muerte. Pero eso no les echa a perder las cosas a las hormigas. Ellas podrían razonar que esa destrucción es simplemente el justo castigo al pecado. Y el oso hormiguero ni siquiera sabría que es una deidad. Ni le importaría.

Winthrop se había puesto blanco. Dijo:

–Sé que dices esto solamente para molestarme y siento mucho ver que arriesgas tu alma por la diversión de un momento. Déjame decir algo –la voz tembló un poco–, y déjame decir que es muy serio. Las moscas que te atormentan son tu castigo en esta vida. Puedes pensar que Belcebú, como todas las fuerzas del mal, hace daño, pero es al fin el último bien. La maldición de Belcebú está sobre ti para tu bien. Es posible que tenga éxito en hacerte cambiar el modo de vida antes de que sea demasiado tarde.

Salió corriendo de la habitación.

Casey lo miró mientras se iba. Sonriendo, dijo:

–Te dije que Winthrop creía en Belcebú. Es gracioso ver los nombres respetables que le das a una superstición –su risa murió un poco antes de lo esperado.

Había dos moscas en la habitación, zumbando a través del aire hacia él.

Polen se levantó y cayó en una pesada depresión. En un año había aprendido poco, pero era mucho, y su risa se iba adelgazando. Solamente sus máquinas podían analizar las emociones de los animales apropiadamente, pero estaba ansioso por profundizar en las emociones humanas.

No le gustaba observar los salvajes deseos de muerte donde otros podían ver solamente unas palabras de gresca sin importancia.

De repente, Casey dijo:

–Hey, ahora pienso en eso; trataste de hacer algo con mis moscas, como Winthrop dijo. ¿Qué resultó?

–¿Lo hice? Después de veinte años apenas si recuerdo –murmuró Polen.

–Deberías –dijo Winthrop–. Estábamos en tu laboratorio y te quejaste de que las moscas seguían a Casey incluso hasta allí. Él sugirió que tú las analizaras y lo hiciste. Grabaste sus movimientos y zumbidos y revoloteos más de media hora. Jugaste con una docena de moscas.

Polen se encogió de hombros.

–Oh, bueno –dijo Casey–. No importa. Ha sido bueno verte, viejo. –Un sincero apretón de manos, la palmada en el hombro, la amplia sonrisa… -para Polen todo eso se traducía en el disgusto de Casey acerca de que Polen era exitoso después de todo.

–Déjame saber de ti alguna vez –dijo Polen.

Las palabras eran golpes sordos. No significaban nada. Casey lo sabía. Polen lo sabía. Todos lo sabían. Pero las palabras eran necesarias para esconder las emociones cuando fallaban, y la lealtad humana mantenía la apariencia.

El apretón de Winthrop era más gentil.

–Me trajo viejos tiempos, Polen –dijo–. Si alguna vez vas a Cincinnati, ¿por qué no paras en la casa? Serás siempre bienvenido.

Para Polen todo parecía un alivio a su obvia depresión. La ciencia también, parecía, no era la respuesta, y la inseguridad básica de Winthrop se sentía complacida con la compañía.

–Lo haré –dijo Polen. Era el modo habitual, educado, de decir ‘No lo haré’.

Vio que se dirigía hacia otros grupos.

Winthrop nunca lo sabría. Polen estaba seguro. Dudaba si Casey lo sabía. Sería la suprema ironía si Casey no lo sabía.

Había observado las moscas de Casey, por supuesto, pero no solamente aquella vez, sino muchas otras veces. ¡Siempre la misma respuesta! ¡Siempre la misma respuesta no publicable!

Con un estremecimiento que no pudo controlar, de repente Polen tomó conciencia de una solitaria mosca suelta en la habitación, virando sin sentido por un momento, y volando recto y reverentemente en la dirección que Casey acababa de tomar un momento antes.

¿Podía Casey no saber? ¿Podía ser la esencia del castigo primordial que él nunca sepa que es Belcebú?

¡Casey! ¡Señor de las Moscas!

 

(Tomado de Asimov, Isaac, Cuentos completos. Volumen I, Ediciones B, Madrid, 2002)