miércoles, 23 de septiembre de 2026

Mariposa

Ryunosuke Akutagawa

 

Una mariposa revoloteaba en el viento impregnado de olor a algas. Durante un instante sintió cómo las alas de la mariposa acariciaban sus labios resecos. Y a pesar de todo, el polvo que las alas dejaron grabado sobre sus labios, todavía continuaba brillando después de tantos años.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

La señal

Inés Arredondo

 

El sol denso, inmóvil, imponía su presencia; la realidad estaba paralizada bajo su crueldad sin tregua. Flotaba el anuncio de una muerte suspensa, ardiente, sin podredumbre pero también sin ternura. Eran las tres de la tarde.

Pedro, aplastado, casi vencido, caminaba bajo el sol. Las calles vacías perdían su sentido en el deslumbramiento. El calor, seco y terrible como un castigo sin verdugo, le cortaba la respiración. Pero no importaba: dentro de sí hallaba siempre un lugar agudo, helado, mortificante que era peor que el sol, pero también un refugio, una especie de venganza contra él.

Llegó a la placita y se sentó debajo del gran laurel de la India. El silencio hacía un hueco alrededor del pensamiento. Era necesario estirar las piernas, mover un brazo, para no prolongar en uno mismo la quietud de las plantas y del aire. Se levantó y dando vuelta alrededor del árbol se quedó mirando la catedral.

Siempre había estado ahí, pero solo ahora veía que estaba en otro clima, en un clima fresco que comprendía su aspecto ausente de adolescente que sueña. Lo de adolescente no era difícil descubrirlo, le venía de la gracia desgarbada de su desproporción: era demasiado alta y demasiado delgada. Pedro sabía desde niño que ese defecto tenía una historia humilde: proyectada para tener tres naves, el dinero apenas había alcanzado para terminar la mayor; y esa pobreza inicial se continuaba fielmente en su carácter limpio de capilla de montaña –de ahí su aire de pinos. Cruzó la calle y entró, sin pensar que entraba en una iglesia.

No había nadie, solo el sacristán se movía como una sombra en la penumbra del presbiterio. No se oía ningún ruido. Se sentó a mitad de la nave cómodamente, mirando los altares, las flores de papel… pensó en la oración distraída que haría otro, el que se sentaba habitualmente en aquella banca, y hubo un instante en que llegó casi a desear creer así, en el fondo, tibiamente, pero lo suficiente para vivir.

El sol entraba por las vidrieras altas, amarillo, suave, y el ambiente era fresco. Se podía estar sin pensar, descansar de sí mismo, de la desesperación y de la esperanza. Y se quedó vacío, tranquilo, envuelto en la frescura y mirando al sol apaciguado deslizarse por las vidrieras.

Entonces oyó los pasos de alguien que entraba tímida, furtivamente. No se inquietó ni cambió de postura siquiera; siguió abandonado a su indiferente bienestar hasta que el que había entrado estuvo a su lado y le habló.

Al principio creyó no haber entendido bien y se volvió a mirarlo. Su rostro estaba tan cerca que pudo ver hasta los poros sudorosos, hasta las arrugas junto a la boca cansada. Era un obrero. Su cara, esa cara que después le pareció que había visto más cerca que ninguna otra, era una cara como hay miles, millones: curtida, ancha. Pero también vio los ojos grises y los párpados casi transparentes, de pestañas cortas, y la mirada, aquella mirada inexpresiva, desnuda.

–¿Me permite besarle los pies?

Lo repitió implacable. En su voz había algo tenso, pero la sostenía con decisión; había asumido su parte plenamente y esperaba que él estuviera a la altura, sin explicaciones. No estaba bien, no tenía por qué mezclarlo, ¡no podía ser! Era todo tan inesperado, tan absurdo.

Pero el sol estaba ahí, quieto y dulce, y el sacristán comenzó a encender con calma unas velas. Pedro balbuceó algo para excusarse. El hombre volvió a mirarlo. Sus ojos podían obligar a cualquier cosa, pero solo pedían.

–Perdóneme usted. Para mí también es penoso, pero tengo que hacerlo.

Él tenía. Y si Pedro no lo ayudaba, ¿quién iba a hacerlo? ¿Quién iba a consentir en tragarse la humillación inhumana de que otro le besara los pies? Qué dosis tan exigua de caridad y de pureza cabe en el alma de un hombre… Tuvo piedad de él.

–Está bien.

–¿Quiere descalzarse?

Era demasiado. La sangre le zumbaba en los oídos, estaba fuera de sí, pero lúcido, tan lúcido que presentía el asco del contacto, la vergüenza de la desnudez, y después el remordimiento y el tormento múltiple y sin cabeza. Lo sabía, pero se descalzó.

Estar descalzo así, como él, inerme y humillado, aceptando ser fuente de humillación para otro… nadie sabría nunca lo que eso era… era como morir en la ignominia, algo eternamente cruel.

No miró al obrero, pero sintió su asco, asco de sus pies y de él, de todos los hombres. Y aun así se había arrodillado con un respeto tal que lo hizo pensar que en ese momento, para ese ser, había dejado de ser un hombre y era la imagen de algo más sagrado.

Un escalofrío lo recorrió y cerró los ojos… pero los labios calientes lo tocaron, se pegaron a su piel… era amor, un amor expresado de carne a carne, de hombre a hombre, pero que tal vez… el asco estaba presente, el asco de los dos. Porque en el primer segundo, cuando lo rozaba apenas con su boca caliente, había pensado en una aberración. Hasta eso había llegado para después tener más tormento… no, no, los dos sentían asco, solo que por encima de él estaba el amor. Había que decirlo, que atreverse a pensar una vez, tan solo una vez, en la crucifixión.

El hombre se levantó y dijo: “Gracias”; lo miró con sus ojos limpios y se marchó.

Pedro se quedó ahí, solo ya con sus pies desnudos, tan suyos y tan ajenos ahora. Pies con estigma.

Para siempre en mí esta señal, que no sé si es la del mundo y su pecado o la de una desolada redención.

¿Por qué yo? Los pies tenían una apariencia tan inocente, eran como los de todo el mundo, pero estaban llagados y él solo lo sabía. Tenía que mirarlos, tenía que ponerse los calcetines, los zapatos… Ahora le parecía que en eso residía su mayor vergüenza, en no poder ir descalzo, sin ocultar, fiel. No lo merezco, no soy digno. Estaba llorando.

Cuando salió de la iglesia el sol se había puesto ya. Nunca recordaría cabalmente lo que había pensado y sufrido en ese tiempo. Solamente sabía que tenía que aceptar que un hombre le había besado los pies y que eso lo cambiaba todo, que era, para siempre, lo más importante y lo más entrañable de su vida, pero que nunca sabría, en ningún sentido, lo que significaba.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

martes, 22 de septiembre de 2026

Telégrafos del Estado

Matilde Serao

 

De pronto, en medio de la tristeza de las máquinas, que parecían dormir la siesta en aquel feriado, una leve llamada telegráfica se escuchó pero nadie la tuvo en cuenta. Condenadas a trabajar en Navidad, las pocas auxiliares trataban de cumplir el reglamento entre las dos y media y las nueve de la noche. María Concetta Immacolata Santaniello decía silenciosamente el rosario con las manos escondidas debajo del delantal. Pascualina Morra, la poetisa, leía en un librito, versos de Pietro Paolo Parganese con el permiso de la directora. Giulietta Scarano escribía rápidamente un formulario de telegrama. Adelina Mar dormitaba con las manos quietas y abrigadas, y con su pequeña estola en el cuello. Annina Caracciolo, la indolente, con la mirada perdida en el aire tampoco trabajaba; y las otras, algunas hablaban en voz baja y había quien fingía no haber oído nada para no moverse. Pero la llamada resonó más fuerte, venía desde una máquina solitaria en un ángulo de la mesita. Concetta Santaniello interrumpió su misterio doloroso y dijo con tono de oración:

Foggia llama.

Pero no se movió; no se metía con nadie y no se movía jamás sin la orden de la directora, con un egoísmo digno de una monja escrupulosa. Y como las llamadas se precipitaban cada vez más, las auxiliares trataban de interrumpir aquella monotonía:

–Foggia llama, Foggia llama. ¿Quién responde en Foggia?

–¡Despacio, despacito, que ya estoy aquí! –dijo Annina Pescara corriendo a la máquina de Foggia–. ¡Qué cargoso, Foggia! ¡Qué molesto!

Y recibió la llamada teniendo en alto, con la mano izquierda, el formulario de telegrama que era para Nápoles. Luego de las primeras palabras, llamó a su inseparable amiga:

Borrelli, ven aquí.

Borrelli cerró la Farfalla, suplemento literario que estaba leyendo y se lo metió en el bolsillo, se enderezó los lentes sobre la nariz con ese gesto característico de los miopes, y corrió hasta el puesto de su amiga. Ahora Borrelli también leía lo que estaba escrito en el telegrama de Annina:

¡Qué imbécil!exclamó al instante.

–Perdóname, pero no me parece un imbécil; la quiere mucho a su enamorada –respondió Annina Pescara, ofendida en su sentimentalismo.

–Sí, pero un hombre ni se humilla así –repuso Borrelli con aire intelectual.

El telegrama de amor continuaba, contenía cincuenta y nueve palabras, y venía de Casacalenda dirigido a una tal María Talamo, que vivía en Nápoles, en la Riviera di Chiaia. Era un telegrama dulcísimo: el hombre expresaba su amor en ese día de fiesta familiar doliéndose de su soledad inconsolable, buscando una palabra afectuosa de la mujer que amaba, jurando que nada en el mundo lo haría desistir de ese amor; ni la guerra de los hombres, ni la adversidad del destino, ni el mismo desprecio de la mujer que adoraba. Todo eso era leído por María Morra que también se había corrido hasta allí, por Peppina Sanna que al pasar se había detenido, por Caterina Borrelli y por Annina Pescara.

¡Cuánta retórica! –exclamó Borrelli.

–¿El telegrama viene de Casacalenda?

Sí, sí –le respondieron.

–⁠¡Oh, es el de siempre; llega uno casi todos los días; lo he recibido yo también!

–¡⁠El que se deshace en ternuras! –gritó Ida Torelli desde su puesto–, espera, espera que lo quiero leer también yo.

Eran unas diez en la máquina de Foggia. Annina Pescara, toda alterada, tensaba su cuerpecito sobre la silla y leía sobre su mesita aquellas palabras apasionadas en voz alta. Sus compañeras la seguían atentamente: Caterina Borrelli, enemiga de supercherías, se encogió de hombros, harta de tantas estupideces. Pero las otras estaban conmovidas por aquella prosa telegráfica incandescente: hablaban en voz baja de sus amores más o menos afortunados. Adelina Markó, la bella, tenía algunos pretendientes insoportables, en tanto amaba a un alto empleado telegráfico, viudo y con dos hijos, demasiado viejo para ella, esposo que sus padres jamás aceptarían. Y se torturaba a causa de este amor desgraciado, a quien no podía hablar ni escribir jamás. Peppina Sanna pensaba en su bello oficial de marina, de bigotes rubios y cabello crespo, que en aquel momento navegaba por las aguas del Japón y solo volvería dentro de dos años. María Morra, la filodramática, amaba fielmente desde hacía cinco años a un empleado que esperaba siempre un ascenso para poder casarse, y en tanto se consolaba recitando junto a ella la Celeste de Marenco y la farsa Un baño frío. Annina Pescara, en tanto que recibía el despacho, pensaba en su estudiante de leyes que cursaba segundo año, que necesitaba otros dos para doctorarse, otros tres para el diploma de procurador y esperar otros cuatro o cinco para obtener un poco de clientela o el puesto de pretor en cualquier pueblito de la Basilicata. Estos humildes, honestos y fervientes amores encendían el alma de aquellas jóvenes, que debían pasar ese día de fiesta en esa desagradable oficina llena de máquinas, lejos de las personas que amaban, alejadas de los simples placeres familiares. Pero la charla terminó súbitamente. La directora apareció en la sala. Venía de conversar con el jefe de la sección masculina y ahora estaba allí.

¿Qué significa esta reunión, señoritas? ¡A sus puestos, a sus puestos, no pueden abandonar así los aparatos! ¡Torelli, atienda: Nápoles-Chiaia la está llamando y usted se pone a charlar!

–Sanna, ¿terminaste de copiar aquel registro que te entregué? De Notaris, haga el telegrama para Potenza. Markó, ¿también usted aprendió a abandonar su puesto? ¡Qué manía tienen de complotarse!

–Era un telegrama –dijo Caterina Borrelli con su acostumbrada discreción.

–¿Qué telegrama?

Y arrebatándoselo a Annina Pescara, la directora lo leyó. Las auxiliares, que habían regresado a sus puestos, la observaron tratando de leer sobre su rostro monacal la impresión que le producía aquel telegrama de amor. Pero ella no hizo ningún gesto y lo tiró por el hueco de la puerta que servía para separar la sección masculina de la femenina. Volteando, se plantó en medio de la habitación y les dijo severamente:

–Señoritas, he creído siempre dirigir a un conjunto de jovencitas serias, de empleadas diligentes que se olvidan en este lugar de las estupideces y de otras imprudencias que hoy distraen a la juventud. Veo, en cambio, que me engañé, veo que cualquier cosa las distrae y las hace abandonar el trabajo. Si no ponen un poco de atención, las cosas no andarán bien aquí. Recuerden, señoritas, que mediante juramento prometieron no revelar el secreto telegráfico a nadie: el mejor medio de hacerlo es no interesarse demasiado en lo que escriben los particulares en los despachos. Estemos de acuerdo para otra vez.

Un silencio profundo: nadie osaba responder. Ella había hablado lentamente y sin acalorarse, sin mirar el rostro de las auxiliares, con los ojos bajos. Ella no era mala, pero cuidaba muchísimo su reputación dentro de la empresa, y se preocupaba al máximo de que su sección figurara entre las mejores. Profundo silencio, penoso: todas pensaban y no retomaban sus tareas, estaban como estúpidas. Solo el aparato de De Notaris se oía transmitiendo a Potenza las palabras del despacho. Y después:

¿Qué hora es? preguntó De Notaris.

Las diecisiete y treinta murmuró despacito, despacito, Clemenza Achard, su vecina.

Las diecisiete y treinta y uno –gritó Ida Torelli.

–Gracias –dijo De Notaris, y señaló la hora en el despacho transmitido. O sea, las cinco y media. En media hora más sería de noche, pero para las nueve todavía faltaban otras tres horas y media. Estaba encendido el gas, pero como no había mucho trabajo, la directora había ordenado que se bajara la llama; el director predicaba siempre que se economizara gas. Así, en aquella penumbra poco se podía leer o tejer; las sombras de las máquinas se perfilaban extrañamente sobre las mesitas, con sus ruedas donde se desenvolvía la carta, con sus bracitos móviles de acero, con las llaves de dar cuerda que se parecían a la empuñadura en cruz de ciertas espadas. Y algún punto que brillaba aquí y allá; la campanilla de vidrio que servía de protección al pequeño pararrayos; el botoncito de un aparato; los aretes de strass de Olimpia Faraone; las hebillas de pastilla negra que Ida Torelli llevaba en sus cabellos rubios. Silencio profundo: como era imposible escribir, leer, bordar, solo quedaba pensar.

–¿Qué quería Nápoles-Chiaia de usted, Torelli? –preguntó la directora desde su puesto.

Nada, directora, hemos cambiado un nada.

–¿Le habló después?

–Sí, dijo que era Navidad y que se aburría.

–Espero que lo habrá hecho callar.

–No le respondí, señora.

–Muy bien.

La conversación sobre la línea, salvo en casos exigidos por el trabajo, estaba prohibida. Se era indulgente con los retrasos, con los errores, con la incapacidad; pero conversar con los particulares, jamás. Si alguna de ellas era sorprendida hablando con alguno, se la castigaba con una pena gravísima; al corresponsal, la dirección le enviaba también una carta de apercibimiento para que no reincidiera. No obstante, era éste el pecado más frecuente, el que se cometía con mayor placer, quizás a causa del peligro que implicaba. Efectivamente, también en aquel silencio, en aquella penumbra, muy despacito, Annina Pescara hablaba con el corresponsal de Foggia. Una vez transmitido el telegrama amoroso, el hombre intentó discurrir el tema del amor. Y Annina Pescara le respondió rápidamente que no le disgustaba, que el amor era una cosa muy linda. Aquel le respondió que el amor hacía infelices a las tres cuartas partes del género humano. La discusión sentimental hervía sobre la línea: Annina Pescara, que adivinaba las palabras del corresponsal con solo oírlas, no tenía necesidad de hacer correr el papel; así, para que no se oyeran sus respuestas en la oficina, presionaba mucho más el resorte de la tecla para que no hiciera tanto ruido. Inmersa en la penumbra, ella parecía dormitar en la silla, con la manita blanca alargada e inmóvil sobre la tecla; sus amigas, sus compañeras, veían que hablaba con Foggia por haberlo hecho también ellas; pero, ¿quién hubiera osado traicionarla? También Olimpia Faraone hablaba con Reggio como de costumbre; pero más imprudente, más inexperta, dejaba correr el papel arrancándolo a pedazos y metiéndolo en los bolsillos; desde hacía veinte días, cada día hablaba con aquel corresponsal calabrés que ya le había escrito dos cartas de amor. Los feriados eran especiales para la correspondencia prohibida: los empleados se aburrían en sus oficinas, aislados, sin trabajo, y las ganas de conversar aparecían; las muchachas se aburrían igualmente, y el hecho de hablar con un desconocido, a tanta distancia, alimentaba la fantasía, y esta complacencia se podía leer sobre el rostro de la pecadora.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)