martes, 20 de octubre de 2026

Ante la Ley

Franz Kafka

 

Ante la Ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

–Tal vez –dice el centinela– pero no por ahora.

La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, sonríe y le dice:

–Si tu deseo es tan grande, haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

–Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

–¿Qué quieres saber ahora? –pregunta el guardián–. Eres insaciable.

–Todos se esfuerzan por llegar a la Ley –dice el hombre–; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

–Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

 

(Tomado de www.gastronomialiteraria.blogspot.com)

 

El desterrado

Ramón Gómez de la Serna

 

¿A qué le podían condenar después de todo? A destierro. Valiente cosa. Cumpliría la pena alegremente en un país extranjero en que viviría una nueva vida y recordaría con un largo placer su ciudad y su vida pasada.

En efecto, la sentencia fue el destierro. ¡Pero qué destierro! El tribunal, amigo de aquel hombre autoritario y de inmenso poder a quien él había insultado, queriendo venderle el favor, y ya que no podía sentenciarle a muerte, le desterró a más kilómetros que los que tiene el mundo recorrido en redondo, aunque se encoja, para alargar más la medida, el diámetro que pasa por las más altas montañas. ¿Qué quería hacer con él el tribunal, sentenciándole a un destierro que no podía cumplir?

¡Ah! El tribunal, para agasajar al poderoso ofendido, había encontrado la fórmula de castigarle a muerte por un delito que no podía merecer esa pena de ningún modo. Había encontrado la manera de ahorcar a aquel hombre, porque no habiendo extensión bastante a lo largo de este mundo para que cumpliese el sentenciado su destierro, habría que enviarle al otro para que ganase distancia.

Y le ahorcaron.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

lunes, 19 de octubre de 2026

La carta

José Luis González

 

Qerida bieja:

Como yo le desía antes de venirme, aquí las cosas me van vién. Desde que llegué enseguida incontré trabajo. Me pagan 8 pesos la semana y con eso vivo como don Pepe el administradol de la central allá.

La ropa aqella que quedé de mandale, no la he podido compral, pues quiero buscarla en una de las tiendas mejores. Digale a Petra que cuando valla por casa le boy a llevar un regalito al nene de ella.

Boy a ver si me saco un retrato un día de estos para mandáselo a uste.

El otro dia vi a Felo el hijo de la comai María. El esta travajando pero gana menos que yo.

Bueno recueldese de escrivirme y contarme todo lo que pasa por alla.

Su ijo que la qiere y le pide la bendisión. Juan

 

Después de firmar, dobló cuidadosamente el papel ajado y lleno de borrones y se lo guardó en el bolsillo de la camisa. Caminó hasta la estación de correos más próxima, y al llegar se echó la gorra raída sobre la frente y se acuclilló en el umbral de una de las puertas. Dobló la mano izquierda, fingiéndose manco y extendió la derecha con la palma hacia arriba.

Cuando reunió los cuatro centavos necesarios, compró el sobre y el sello y despachó la carta.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

Descubrimiento norteamericano

Russell Baker

 

¿Cuántos escolares, llevados al engaño por la cansada figura del viejo Colón, ese cansado marinero, saben que Europa fue descubierta por americanos antes de que América fura descubierta por Colón?

En el año 1490 una flotilla de sus canoas gigantescas, con 533 indios arawak de las islas Bahamas a bordo, arribó a las costas de España después de 63 días de remar suavemente por el Atlántico del Norte.

Habían zarpado, en realidad, en busca de una ruta marina a California, la que su gran capitán, Aberquakkicola, estaba convencido de que podría ser alcanzada navegando hacia el este. Aberquakkicola no estaba loco, a diferencia de Colón, quien con el hilo enredado entre las islas del Caribe, perdió años persuadido de que andaba en algún lugar cercano a China. No. Aberquakkicola inmediatamente se dio cuenta de que esta nueva recalada no era California.

“En esta isla –anotó en su bitácora–, no hay sequías, ni hay smog, ni puestecitos de hamburguesas Oh Boy entre la gente. Descubrimos un nuevo mundo”.

Desembarcó con su tripulación completa, encajó en la tierra una planta de tabaco, procedimiento tradicional de los arawak para adueñarse de terrenos, y tomó posesión de su mundo nuevo a nombre del jefe Aberquidnunc.

El puñadito de campesinos españoles que atestiguaron la ceremonia estaba naturalmente alborotado. Envió aviso del desembarco al duque de la vecindad, quien se ensambló en su armadura y bajó a ver de qué se trataba. Aberquakkicola le dio la bienvenida con gentileza:

–Muéstrate agradecido, hombre viejo que vistes de metal, porque tu país ha sido descubierto por representantes del gran jefe de bronce, Aberquidnunc.

–Estáis profiriendo necedades –rabió el duque–, vos no podéis descubrir un país. Ha estado aquí mismo durante centenas de años.

–Hay mucho sentido en lo que dices –concedió Aberquakkicola–, nosotros regresaremos a nuestras canoas a discutirlo.

Y se retiró con toda su gente. Esa noche tuvieron asamblea plenaria acerca del reino del capitán.

Algunos de ellos, pocos en verdad puesto que los Arawak eran amantes de la paz, votaron por hacer trocitos de hombre viejo con todo y piel metálica, esclavizar a los adultos aptos para el trabajo y colonizar el lugar.

Aberquakkicola avergonzó a los que hicieron tal propuesta: “Es absolutamente natural que esos salvajes se ofendan al ser descubiertos, porque en su ignorancia, ni pueden percatarse de que han vivido aquí miles de años sin ser descubiertos por nuestro mundo totalmente civilizado. ¿Acaso nosotros no nos sentiríamos ofendidos si uno de estos salvajes con pellejo terroso desembarcara en nuestras playas alegando que nos ha descubierto?”

Los hombres apreciaron lo juicioso de este razonamiento y acordaron que deberían regresar a las Bahamas y dejar en paz a los salvajes.

Sin embargo, algunos de los hombres de Aberquakkicola habían traído oro de las Bahamas, y ahora pensaban darlo a los nativos a cambio de cuentas de vidrio y baratijas, y pidieron permiso de pasar un día más negociando en la costa. Aberquakkicola, no viendo mal alguno en despojar a los salvajes de unas cuentas de vidrio y chucherías, accedió.

Mientras tanto, el duque había convocado al castillo a sus compañeros duques para conferenciar a media noche, y les informó que habían sido “descubiertos”.

–Es una impertinencia –explotó un duque particularmente envidioso–, una intolerable impertinencia que una flotilla de vagabundos encuerados, sin un arcabuz, sin siquiera una lanza, se hayan remado el Atlántico y descubran Europa. Más aún, probablemente son bellacos. Tal vez ahora mismo estén sentados en sus canoas, pensando cómo hacer lo que haríamos nosotros si nosotros los hubiéramos descubierto.

Los duques convinieron en que sería peligroso dejar que un hatajo de pelados extranjeros se fuera con el descubrimiento de Europa. Así, cuando a la mañana siguiente los arawak desembarcaron para especular, los ejércitos de los duques cayeron sobre ellos y los destriparon. Pero Aberquakkicola, con unos cuantos compañeros, consiguió escapar en una canoa, y durante varios años vagó a la deriva. Cuando finalmente recaló en las Bahamas, había llegado demasiado tarde para transmitir a sus compañeros de tribu la sabia lección que tan amargamente él había aprendido en Europa, acerca del modo en que una civilización debe tratar a sus descubridores provenientes de otra. Los arawak ya habían sido descubiertos por Colón, cuyo ejército había sentado sus reales permanentemente.

Todo lo cual, por supuesto, explica que las tontas películas de ciencia ficción están en lo correcto cuando meten al ejército estadunidense en el patio trasero de la casa de Jaimito, a parlamentar con un platillo volador.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)