miércoles, 26 de agosto de 2026

El montón

Adela Fernández

 

Rodó la canica por tierra, cruzó el círculo trazado con una vara, pasó de largo sin caer en el hoyo. Al hincarme me rompí el pantalón de las rodillas. ¡Pelas! Ya me debes tres canicas. Me preguntó qué quería ser cuando fuera grande. Encarcelado, le dije. Me corrigió: carcelero. No, encarcelado, reafirmé; pienso matar al cabrón de mi padre.

Se me quitaron las ganas de seguir jugando. No tenía caso decir mis cosas. Me arrepentí de haberle contado al Grillo que yo quería matar a mi padre. Por fortuna tiene tan mala memoria que mañana ya lo habrá olvidado.

Allá en la refresquería junté muchas corcholatas, me las eché a los bolsillos y me puse a correr para oír su ruido, de esa manera ya no escuchaba las voces que traía siempre en la cabeza. Sentí cómo se hacía de noche porque el hambre me crecía oscura; ese dolorcito de siempre que revierte en mi boca un sabor agrio. Me fui para la casa. A la entrada de la vecindad la Márgara mataba ratas con un palo. La vieja como no puede dormir se pasa las noches matando ratas, por eso el cabrón le puso de apodo La Gata, y como tiene la piel grisácea y los ojos amarillos, y como solo come pan remojado con leche, pues la verdad el apodo le queda muy bien.

Entré al cuarto y vi las mismas cosas de siempre. Para cualquiera todo eso estaba en desorden, y no, cada cosa estaba en su lugar: los trastos en la estufa y en la mesa. En el rincón, izquierda al fondo, la bacinica. Medicinas, veladoras y papelitos en la repisa. Los quintos encajados en la rendija de la ventana. Las toallas deshilachadas colgadas en los clavos de la pared derecha, ahí junto, la chamarra roja del viejo: hace mucho que ya no se la pone, desde que consiguió la de cuero. En la alacena los kilos de frijoles, la manteca, la sal, el café y el piloncillo. Ahí la estampita de San Judas Tadeo y un vaso con hierbas espanta espíritus, epazote y albahaca. En los rincones los montones de ropa, el costal de carbón, la lata de petróleo…

Ya era de noche, todos mis hermanos dormían menos la Jacinta, ella le sobaba la espalda a mi mamá. Me serví un plato de frijoles y me los comí muy despacio haciéndome a la idea de que estoy educado (mi bonito juego fantasioso) muy por encima del dolor que produce el hambre. Contuve el gesto animal y lo hice así, despacio como si comer no fuera nutrirse sino desmayarse. Comí de espaldas para no verlos. Luego me viré y los vi: ahí estaban en el suelo, amontonados como cadáveres envueltos en trapos, una mancha color mugre, los miembros confundidos, entrelazados o desparramados, una pierna encima de aquel brazo, unas espaldas, una mano como sola en aquella esquina, tres montones de cabellos, y una cabeza muy visible, la de Juanito, con la boca abierta. Así son mis hermanos todas las noches: algo sucio y sofocado, seres en fragmentos sumergidos en una pesadilla, algo hediondo, espeso y ronco.

Lupita estaba acostada en la cama, la única cama. Bien envuelta medía apenas medio metro. Tenía los cabellos mojados de sudor, embarrados sobre el rostro. Cualquiera diría que un gran miedo la había empapado.

 

Tenía calentura y esa enfermedad que ya le había durado varios días y a la que no sabíamos qué nombre ponerle; ni siquiera la habíamos llevado al doctor para que él nos dijera el nombre de lo que tenía y cómo curarla. Ahí estaba; balbuceaba y se enflaquecía. Yo podía oír ese ruidito; cuando las carnes se enjutan, es muy parecido al ruido de cuando las cosas inútiles, allá en el basurero, pierden su color.

A eso sonaba Lupita. Jacinta, con su masaje, apretaba la carne cansada de mamá, y cabeceaba de sueño. Mi mamá le dijo que se fuera a dormir. Se echó ahí entre los otros. La estructura de los cuerpos se hizo inmensa, tan quietos todos en la desgracia de ser pobres. Sin embargo algo se movía, yo podía saberlo y sentirlo: el hervidero de chinches y piojos, esa crueldad de puntitos miles que sustraen la sangre; vivir y dormir con la plaga como única posesión.

Mamá y yo nos pusimos a platicar de cosas que nos parecían bonitas, que si el rosal de Doña Amada se había logrado, que a Josefina la tuerta le habían traído un niño Dios para que lo vistiera y que las telas eran muy finas, que la niña de Remedios siempre no se llegó a morir y ahora hasta sonreía, que la abuelita de la Petra pintó su silla de blanco. Todo esto lo decíamos mientras ella alisaba la ropa con plancha de carbón.

De vez en vez se apretaba el vientre y disfrazaba una mueca. Ya duérmete, me decía. Yo no dejaba de hablar. No terminó de planchar el montón de ropa, le comenzaron los dolores de parto. Fijé los ojos ahí, en ese globo de angustia que se inflaba y desinflaba, adentro un nuevo hermanito entre agua y sangre, en giro e impulso, separando huesos, abriendo camino.

Así como estaba agarró un montón de ropa de niño y se dispuso a salir. Voy con usted, mamá. Deja, esto es cosa de mujeres, duérmete. El sueño se me había ido muy lejos, sentía ese mismo miedo de todas las veces, esa mano adentro que me apretaba las tripas, unos ojos en el estómago mirando circularmente, tratando de comprender el misterio del nacimiento y de la muerte, y luego ese odio inmenso, explosivo hacia el cabrón de mi padre.

Como se fue sin dejarme acompañarla, desperté a la Jacinta y la hice ir tras ella. Me quedé ahí, con la mirada vaga. Lupita lloró con unos gritos zumbantes, los ojos en blanco, la boca grotesca abierta en fundamental desesperación. Temí que se fuera a morir, sus carnes crujían, su llanto cada vez más atormentado, exacto al de las arañas, pero con volumen. Las arañas lloran en forma horripilante, tan quedito que los hombres no las oyen, solo algunos como yo y Bernardo el pajarero. Es insoportable y lastimoso, sobre todo cuando lloran de amor y desesperadas se comen su propia tela de araña dejando boquetes para asomarse por ellos en soledad.

Lupita lloraba como araña, traté de calmarla, me acosté con ella y la abracé muy fuerte; me humedeció. Oí el ruido del barandal, los pasos y la voz aguardientosa del cabrón. Debí de haberme quitado de la cama pero no lo hice.

Algo me paralizó: era la rabia, el dolor, el susto, todo junto. De un golpe abrió la puerta. Lo primero que asomó fue su barriga desparramada. Siempre me repugnó su barriga. Me jaló de la cama y me tiró al montón. Quiso hacer lo mismo con Lupita. Le dije que no, que estaba muy enferma. Me contestó que a él eso le importaba un carajo, que la cama era suya, toda para él, para el Papi, para el Rey, y también la botó al suelo. Somnolienta y febril se arrastró como rata escuálida, se pegó a los otros cuerpos y dejó de llorar. Nunca lloraba cuando él estaba en casa, no le daba la gana soltar lo único que podía expresar: llanto.

Él comenzó con sus gritos de todas las noches. Antoniaaa… Y ese vente pa’ la cama, vieja, me reventó los callos y la costra de la herida. Apenas y me salió la voz para decirle que se había ido con la partera; ya está naciendo otro niño. Soltó una carcajada gruesa que fue a estrellarse contra el techo.

En intervalos reía y canturreaba. Se quedó dormido. Yo era lo único enteramente vivo entre el montón de fatigados, alerta entre toda aquella respiración múltiple, absorbiendo un aire sucio que había ya pasado por todos los pulmones. La luz movediza de las veladoras manchaba de amarillo los andrajos y los pedazos descubiertos de cuerpos oscuros. Jalé el periódico que sirve para arder el carbón de la estufa. Mi ánimo se fue alterando con los encabezados, con cada letra, sobre el crimen un estallido de sangre; muertos que cruzan el umbral ensangrentados, asesinos cuya substancia es la locura satisfecha: “Mató a su amante a hachazos”, “37 puñaladas le dio el hijo diabólico a su padre porque no le quiso dar diez pesos”, “La descuartizada de Tlanepantla”, “Lo estranguló y lo guardó en el ropero”. Se me confundieron todas las imágenes, aparecían, rebotaban, se disolvían y volvían a ser, concretándose unas, esfumándose otras; la verdad, el sueño, las imágenes de las noticias, los recuerdos: mamá lavando la ropa, el cabrón roncando. El vidrio encajado en el pie mugroso de Roberto. Jacinta bañándose a cubetadas ahí tras la cortina, el cabrón acosándola, Jacinta corriendo desnuda y chorreando agua por toda la casa, huyendo, cruzando la vecindad y refugiándose en el cuarto de la tamalera. La chamarra roja del cabrón colgada siempre. La caída del cabrón sobre la olla de los frijoles, se ardió la espalda; las manos y las bocas de todos comiendo los frijoles del suelo.

Los sacos con los pedazos del cadáver descuartizado fueron hallados en el río de aguas negras. Mamá toda golpeada, la olla con trapos hervidos, Malena junto a ella curándola por debajo de la cobija del aborto provocado por la golpiza, los trapos sanguinolentos. Un niño nuevo siempre en casa. Las bocas gritando; hoyos de hambre. Después de matarlo lo descuartizó, lo empaquetó y lo envió por ferrocarril a diferentes provincias. El cabrón revolcándose con mi madre a la fuerza. Consuelo expulsando lombrices. Mis hermanitos girando y frotándose las ropas cuando escuchaban el silbato del afilador para que entrara dinero y suerte a la casa. La barriga del cabrón en primer término. Mi madre con las piernas vendadas.

Algo se me reventó adentro, algo agitado entre las paredes de mi carne. Agarré las tijeras, me deslicé hasta el cabrón y se las encajé con furia. Gritó… Corrí hacia afuera, nunca mis pasos habían sido antes tan veloces, en las plantas de mis pies el tiempo intrépido me empujaba hacia la casa de la partera. Balbuceos y gritos, obligado a disminuir la avanzada en cada esquina. Continuaba con aquella carrera cada vez más rápido y gritando más fuerte: se acabó, mamacita, ya acabé con el cabrón de mi padre. Lo acabé porque nunca supo ni siquiera respetar sus cuarentenas. Lo acabé por lo mucho que la usó, por los muchos hijos que le hizo. ¡Se acabó! ¡SE ACABÓ!

Ahora toda la cama es para usted y para su niño más chiquito, y para los que quepan junto a su cuerpo.

Se acabó; reventadas en el aire las palabras. Al doblar una esquina ahí a mitad de la calle vi a mi mamá acostada en una cama dorada, de sábanas muy blancas, de cobijas suavecitas, de colchas con encajes. Sus trenzas limpias y bien peinadas, rostro claro y sonriente, manos descansadas, camisón blanco, tranquila y feliz. Sentí que las lágrimas me escurrían hasta el cuello.

Cuando la viera a ella, le gritaría con estruendo el SE ACABÓ para que sintiera en toda su alma la liberación lograda.

Al llegar a la puerta de la partera corté la velocidad, me puse como pardo, empujé la puerta y entré de puntitas. Ya había dado a luz. Me miró con ternura, con los mismos ojos de la perra aquella a la que el Grillo y yo ayudamos a tener sus perritos, una gratitud muy dolorosa. Me miró como si ya supiera lo que yo había hecho. No grité como lo había pensado.

Apenas y me salió la voz. Muy quedito le dije: ya se murió apá. La angustia le apareció en el rostro. Sin pedir ayuda se levantó, cargó a su chiquito, le pagó veinte pesos a la partera y nos fuimos para la casa.

Pensaba en lo que venía: el velorio, el llanto, el conseguir dinero para el entierro, el cabrón en el hoyo aplacado para siempre. La cama para mi mamá, y la tranquilidad…

Se hizo un silencio largo antes de abrir la puerta, el tiempo se quedó muy quieto, detenido en el espanto. Jacinta empujó la puerta. Ahí estaba el cabrón, desnudo, sentado, apenas con un boquete cerca de la clavícula, manchado de sangre seca, miraba con rabia de demonio, me clavó los ojos en la entraña, muy punzantes. Me estremecí. El montón era ahora ojos todos muy espantados, manos apretando las cobijas, labios pegados y secos. Yo no sé qué pájaro se había llevado todos los sentidos del mundo. Nadie hablaba. Paralizados todos como muertos congelados. A mí me salió la voz como con sangre: lo quería muerto para que ya no tocara a mi mamá.

Su mirada tuvo una luz roja de incontinencia. Luego me dijo: ¿crees que te voy a pasar esta carajada? Conque no te gusta que yo me coja a tu mamá… pues es mi vieja, tengo derecho a ella cuantas veces me dé la gana, por encima de ti y de todo este montón. Te voy a aleccionar. Antonia, desnúdate y acuéstate. No, musitó ella. Y Jacinta le dijo que estaba muy mal, que todo había sido muy difícil. Ordenó entonces con mando satánico. Me puso la silla ahí muy junto a la cama y me sentó a la fuerza: para que lo veas todo muy bien y entiendas que lo seguiré haciendo cuando me dé la gana. Pon al escuincle en el montón. Jacinta lo tomó en brazos y se fue a colocar en aquella masa de ojos.

Ella se desvistió sin quitarse la pantaleta abultada por los trapos. La obligó a quitárselo todo. Tenía sangre en las piernas. La tiró en la cama y empezó a hacer aquello. Cerré los ojos. Sentí un bofetón. Ábralos bien y vea. El Papi, el Rey hacía lo de siempre.

Rueda la canica por tierra, cruza el círculo trazado con una vara, pasa de largo sin caer en el hoyo. ¡Perdiste! Oye, y ¿por qué quieres matar a tu padre? A pesar de su mala memoria el Grillo no lo había olvidado. Se me quitaron las ganas de seguir jugando. Por eso me vine aquí, a ver pasar el ferrocarril, a pensar en los bultos, a imaginarme que el cabrón ya está empaquetado.

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)

 

Luna

Enrique Anderson Imbert

 

Jacobo, el niño tonto, solía subirse a la azotea y espiar la vida de los vecinos.

Esa noche de verano el farmacéutico y su señora estaban en el patio, bebiendo un refresco y comiendo una torta, cuando oyeron que el niño andaba por la azotea.

–¡Chist! –cuchicheó el farmacéutico a su mujer– Ahí está otra vez el tonto. No mires. Debe estar espiándonos. Le voy a dar una lección. Sígueme la conversación, como si nada…

Entonces, alzando la voz, dijo:

–Esta torta está sabrosísima. Tendrás que guardarla cuando entremos. No sea que alguien se la robe.

–¡Cómo la van robar! La puerta de la calle está cerrada con llave. Las ventanas con las persianas apestilladas.

–Y… alguien podría bajar desde la azotea.

–Imposible. No hay escaleras; las paredes del patio son lisas…

–Bueno: te diré un secreto. En noches como ésta bastaría que una persona dijera tres veces “tarasá” para que, arrojándose de cabeza, se deslizase por la luz y llegase sano y salvo aquí, agarrase la torta y escalando los rayos de la luna se fuese tan contento. Pero vámonos, que ya es tarde y hay que dormir.

Se entraron dejando la torta sobre la mesa y se asomaron por una persiana del dormitorio para ver qué hacía el tonto. Lo que vieron fue que el tonto, después de repetir tres veces “tarasá”, se arrojó de cabeza al patio, se deslizó como por un suave tobogán de oro, agarró la torta y con la alegría de un salmón remontó aire arriba y desapareció entre las chimeneas de la azotea.

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)

 

Las muñecas que hace Juana no tienen ojos

Álvaro Cepeda Samudio

 

La sala es una sala antigua de una casa antigua. En el centro una mesa larguísima que se extiende casi hasta el gran ventanal que forma el fondo de la habitación. Este ventanal es de hojas gruesas y pesadas y está cerrado, hace muchos años, con dos largas y anchas platinas de hierro aseguradas en los extremos con candados inmensos que nadie ha abierto nunca. Este ventanal da al mar.

La mitad de la pared de la derecha está ocupada por un altar de madera. Los nichos, donde deberían estar las imágenes, están apretujados de muñecas.

A la izquierda hay dos puertas: una hacia el fondo, cerca del ventanal, y la otra en el extremo opuesto. El espacio entre las dos puertas está ocupado por una vitrina en cuyos entrepaños hay retazos de tela de todos los colores; ovillos de hilo, madejas de lana y canastas de costura, y un armario ancho sobre el cual hay colocada una lámpara antigua de cristal. Este es el único adorno de la sala.

Todos los espacios libres de las paredes están ocupados por jaulas de madera y alambre delgado. Las jaulas están vacías.

La sala, que hace mucho tiempo debió estar amoblada, está ahora también casi vacía. Dos o tres mecedoras y dos o tres sillas cerca de la mesa grande.

Sobre la mesa se amontonan pedazos de tela y muñecas, muchas muñecas. Hay muñecas por todas partes. Pero no tiradas de cualquier manera sino cuidadosamente colocadas: en nítidos montones, o sentadas, o recostadas o paradas.

Las muñecas son de trapo, cosidas a mano, hechas de retazos de telas de colores y calidades diferentes. Pero las cabezas son todas iguales: el pelo hecho de flecos de lana amarilla y las caras aplanadas de cretona floreada: sobre la cretona están bordadas las bocas y los puntos rectos de las narices, pero ninguna tiene ojos.

Al comenzar el diálogo, Juana, que tiene el pelo rubio y largo, amarrado en un grueso moño sobre la nuca, está de espaldas a la cámara, sentada en el extremo inmediato de la mesa y trabaja atentamente formando una cabeza de muñeca.

De las otras dos mujeres una está cosiendo una cabeza al cuerpo de una muñeca y la otra está ordenando muñecas terminadas sobre un pliego de papel grueso de envolver haciendo un paquete de muñecas.

Juana es quizás joven: las otras mujeres no tienen edad que pueda nombrarse exactamente: el tiempo se ha detenido alrededor y dentro de ellas.

A Juana no se le ve nunca de frente, siempre de espaldas: no tiene ojos.

M.– ¿Cuántas mandamos esta vez? (Envolviendo las muñecas).

R.– ¿Acaso importa? (Enhebrando una aguja).

M.– Una docena? ¿O más?

R.– Una o mil: es igual (termina de enhebrar, hace nudo).

M.– Vamos a mandar una docena, así el paquete no es muy grande y Pablo tendrá más voluntad de venderlas. (Acaba de envolver el papel).

Juana.– Pablo tiene voluntad. No importa lo grande del paquete: siempre las vende.

R.– ¿Las vende? (muy bajo, cosiendo).

Juana.– (para de moverse) Sí, las vende (pausa) no sé cómo hace, realmente no sé cómo hace, pero siempre las vende. No he llevado la cuenta pero debe haber vendido miles. Siempre me digo: voy a comenzar a llevar la cuenta de las muñecas que hacemos; por ninguna razón especial, ¿saben?, por curiosidad, por pensar en algo, para llevar la cuenta de algo, pero me olvido. Comienzo con mucho cuidado y llego a contar seis o siete: pero luego, cuando enhebro la lana los dedos van perdiendo la memoria: es tan suave la lana; cuento perfectamente la cretona: es áspera: pero en cuanto me dedico a enhebrar la lana me distraigo y pierdo la cuenta (Martha va con el paquete a la estantería.) (Pausa) ¿Tú llevas la cuenta Martha?

M.– No Juana: ¿para qué? (se vuelve).

Juana.– Verdad: ¿para qué? pero Pablo si debe llevar la cuenta: ¿No crees?

R.- Pablo sí, y yo: yo también llevo la cuenta. La he llevado todo este tiempo y la voy a seguir llevando. Aunque no sé para qué, no sé para qué. Martha también debería llevarla.

Juana.– No creo que sea necesario: Pablo no nos va a engañar.

R.– No es por Pablo, es por nosotras. Para no engañarnos nosotras mismas.

Juana.– ¿Engañarnos nosotras? ¿Engañarnos cómo?

R.– Como nos hemos estado engañando todos estos años. ¿Cuántos años? ¿Cuántos años Martha?

M.– No sé Regina, no sé. No importa, eso no importa. (Pausa) Creo que con una docena es suficiente.

R.– Una o mil: cualquier cantidad es suficiente. ¿Cuándo va a ser suficiente Martha? ¿Cuándo?

M.– No sé, Regina: no me preguntes lo que tu deberías saber ya.

R.– Es por eso que te pregunto: porque no lo sé. Porque no sé para qué continuamos (pausa). Es tan inútil como querer clausurar el mar con esos pobres candados: está ahí Martha, está ahí.

Juana.– Sí: yo lo siento. No ahora, es cierto, es cierto, pero hay algunos días cuando lo siento y creo oír la voz del Padre cuando trataba de explicármelo, de decirme cómo era. Hoy está bravo Juana, ¿lo oyes? Cuando el viento lo molesta, ¿el viento sí sabes ya cómo es Juana?, cuando el viento le echa encima toda la tierra de los barrancos se pone bravo y quiere romper el malecón y meterse entre la casa. (pausa). El padre. Siempre me explicaba todas las cosas el padre.

M.– Yo también te he explicado muchas cosas Juana.

R.– Pero no todas Martha. No le has explicado todas: no le has explicado lo más importante: lo que he estado esperando todos estos años que le digas.

Juana.– No hay nada que Martha no me haya explicado. Cuando el Padre tenía que irse a La Gabriela, ¿recuerdas?, y nos dejaba solas con Isabel, ¡pobre Isabel que no podía con nosotras! Martha me enseñaba montones de cosas; siempre cosas, porque los ruidos, los ruidos y los olores, me los decía el Padre. Algunas veces, casi siempre, ¿verdad Martha?, me confundía toda y los nombres se me volvían un enredo porque tú querías que aprendiera todo a la vez y todo en desorden. Pero con las telas eras diferente: siempre te gustaron las telas, Martha.

M.– Sí, siempre me gustaron.

Juana.– Cuando Isabel nos vestía para dormir; ¿dormir?, aunque el Padre ha pasado horas y horas tratando de explicármelo, no lo he comprendido nunca bien. Aún no lo comprendo. Bueno. Cuando Isabel nos ponía los camisones y el cuarto comenzaba a llenarse de aquel olor que el Padre decía: los playones Juana, están eructando los playones: te venías a mi cama y me decías: toca Juana toca, madapolán. Me envolvías en el toldillo y me decías: punto, Juana, esto es punto: está lleno de hoyitos. (pausa). Otras veces me llevabas al cuarto de los baúles, que olía a guardado, como decía el Padre, a guardado y a bolitas; las bolitas olorosas aquellas que una vez guardé con las otras que el Padre nos traía y se fueron poniendo chiquitas y más chiquitas y un día ya no estaban. Yo las tocaba todos los días y los dedos me quedaban impregnados del olor largo rato, hasta que Isabel me encontraba y me llevaba a lavar las manos, diciendo siempre: niña, hueles otra vez a escaparate. Me llevabas a ese cuarto y me acercabas a la cara un puñado de tela suave más suave que la lana, que me gustaba mucho; y me decías: charmé, Juana, ¿verdad que es rico? Y luego me hacías tocar un bulto redondo y me decías: este lado es raso, chilla, y este terciopelo, pero es más rico el charmé, ¿verdad Juana?

Algunas veces, cuando me dejaban sola con Isabel y el Padre y dejaba de oírles por mucho tiempo, antes de que esto sucediera, siempre me buscabas y me abrazabas, lo hacías a propósito, para que yo entendiera que ibas a alguna parte, y me decías: organdí, pica, pica mucho, pero es lindo, o antes de que Isabel me llevara, invariablemente, a la sala grande y pusiera los discos en la vitrola porque “nosotras también vamos a tener baile esta noche niña”, me tomabas las manos y me las frotabas sobre tu cuerpo diciéndome: satín, Juana, satín: estoy contenta; tú también, ¿verdad?

M.– Hace tanto tiempo eso.

R.– Pero no tanto como para olvidarlo definitivamente. Para olvidar que una vez fuimos seres humanos. Que hubiéramos podido ser felices. Que todavía podríamos serlo si tuviéramos el coraje de intentarlo.

M.– ¿Intentar qué Regina?

R.– Ser felices otra vez.

M.– ¿Otra vez? ¿En qué hemos sido felices alguna vez?

R.– Antes de la huelga: antes de que el odio acabara con esta casa. Antes de que tú, y solamente tú, porque todo se hubiera podido arreglar de otra manera: sí, de otra manera: decidieras que para este apellido todo había terminado: que a nosotras también nos habían matado: que debíamos pagar con nuestra vida una culpa que no tenemos. (pausa) Es demasiado gratuito este sacrificio Martha.

M.– No es un sacrificio: es nuestro deber.

R.– ¿Deber? Nuestro deber esperar la muerte entre estas cuatro paredes mientras allí está el mar, allí mismo, detrás de esa ventana endeble que tú has querido convertir en una tapia de acero que no se puede traspasar, en un símbolo de orgullo idiota, que debió acabarse con el Padre.

M.– Cuando vuelva el Padre…

R.– No Martha, tú no, tú no.

Juana.– Cuando vuelva el Padre él abrirá la ventana Regina, solo él tiene las llaves.

R.– No Martha, tú no tienes derecho a creerlo. Juana está bien. Pero tú no. ¿O es que de tanto repetirlo, de tanto mantener ese engaño has llegado a creerlo también? No puede ser Martha: yo no lo acepto; ¿me entiendes? no lo acepto Martha. (pausa) Mírame, o es que tú tampoco tienes…

M.– ¡Regina!

R.– Regina, yo soy Regina, Martha, no Juana.

M.– Ya Regina, ya. ¿No es suficiente?

R.– Yo lo acepté Martha: lo he aceptado sin protestas, sin discutir tu decisión aunque no estuve de acuerdo, aunque no estoy aún de acuerdo, porque siempre pensé que si tú lo hacías, si tú decidías encerrarte dentro de este mundo absurdo, irreal, tú que de las tres eras la única que con una sola palabra hubieras podido libertarte de la promesa que le hiciste al Padre, que todavía puedes hacerlo porque Pablo esperará siempre esa palabra que ahora sé que no habrás de pronunciar nunca, lo acepté porque creí que era por amor a los dos. No solo a Juana, sino a los dos (pausa). Pero no para perpetuar el odio del Padre.

M.– Cállate Regina, cállate ya.

Juana.– No la regañes Martha. (pausa) Siempre te pones así cuando hay que mandar muñecas, Regina. A mí me pasa lo mismo: me duele un poco separarme de ellas. Sabes, nunca te lo he dicho pero les pongo nombres, los nombres de nosotras y el de Isabel, y cuando llega Pablo por ellas es como si nos separaran, como si nos llevara y nos repartiera entre esas gentes que no conocemos y que las compran y que no sabemos que hacen con ellas: si las tratan bien y las cuidan como las cuidamos nosotras: saber eso me alegraría; o si las dejan tiradas en un rincón y no se acuerdan de ellas, o las abandonan a sol y lluvia y las destrozan: imaginar eso me entristece, me da ese vacío en el estómago y esa falta de aire en la garganta: tristeza, como decía el Padre, eso es tristeza, Juana. (pausa) Yo sé Regina: yo te entiendo. Martha no. Ella se preocupa por otras cosas. Por eso te grita. (pausa) Como cuando decidió que había que vender los santos del altar y tú ibas llenando de muñecas los sitios donde estaban a medida que Pablo se los iba llevando, para que siquiera esas muñecas se quedaran con nosotras.

R.– Así Juana: la casa está llena de muñecas que se quedarán para siempre con nosotras.

Juana.– Eso te gusta, ¿verdad Regina?

R.– Sí.

Juana.– Cuando vuelva el Padre, Regina, ya no tendremos que vender más las muñecas. Las haremos para nosotras, para quedarnos con ellas. (pausa) Tal vez ya no tendremos tiempo para hacer muñecas de trapo, la cretona es trapo también como decía Martha cuando encontrábamos una tela que raspaba la cara: todo lo que no es rico es trapo: y el Padre siempre está vestido de trapo: el peor trapo de todos porque es duro: decía siempre Martha cuando el Padre se despedía de nosotras los días que no iba a La Gabriela. Pero tócale el pecho Juana, seda. Y como yo no alcanzaba con la cara el pecho tan alto del Padre, al abrazarlo me quedaba confundida: la mitad de la cara trapo y la otra mitad seda.

R.– Cuando no iba a la Gabriela el Padre se vestía de kaki, Juana; los otros días de lino. (pausa) ¿No te lo dijo nunca Martha?

Juana.– No, Martha nunca me decía el nombre de los trapos.

R.– ¿Y cómo sabes el de la cretona entonces?

Juana.– Isabel. La noche anterior no había venido a cambiarnos para dormir y tampoco vino en la mañana a arreglarnos para el desayuno.

Cuando el Padre se sentó a la mesa y preguntó por nosotras, alguien le dijo que estábamos en el cuarto porque Isabel no había vuelto todavía y que había pasado toda la noche afuera. Cuando el Padre fue a buscarnos aún teníamos puestos los camisones. No ha venido Isabel, dijimos. El Padre contestó simplemente, y creo que casi riéndose: los carnavales, hijas, los carnavales. Ya el Padre había salido para la Gabriela cuando llegó Isabel y yo la oí que cantaba algo mientras nos vestía. Cuando me tomó en los brazos para bajarme de la cama y ponerme sobre el taburete y comenzar a vestirme, sentí en todo el cuerpo su traje áspero. Le dije: estás vestida de trapo Isabel, pero ella me contestó: de cretona, niña, de cretona floreada. Yo la palpé toda, con las manos abiertas, buscando las flores, pero no las encontré.

M.– A mí nunca me has preguntado nada Juana.

R.– Cómo te iba a preguntar si nunca te quedabas con ella.

M.– Para mí fue más difícil verla crecer: era casi un martirio.

R.– Hubo muchas noches que llegué a pensar que no la querías.

M.– Que no la quería (pausa) Qué sabes tú. Para mí todo fue muy sencillo: le dabas el cariño que te sobraba, tal vez con lástima.

R.– Con lástima no. ¿Lástima a ella que fue siempre lo más importante en la vida del Padre? Lástima a ella que con el solo tacto de sus dedos abatía toda la reciedumbre y fortaleza del Padre, que era más que un hombre: era una raza. Lástima a ella por quien el Padre esperaba a que todos en la casa estuvieran dormidos para llegar en silencio hasta el cuarto y pasar la noche entera frente a su cama mirándola fijamente, tratando de adivinar, con una angustia que nadie le vio jamás, que nadie siquiera fue capaz de sospechar que el Padre pudiera sentir, tratando de adivinar si ella dormía, o estaba despierta, o si soñaba y cómo serían sus sueños.

M.– Entonces era envidia, fue por envidia que te dedicaste a cuidarla tanto.

R.– No por envidia: quería que fuera igual a nosotras, eso es todo, que todas fuéramos iguales para que el cariño del Padre nos cubriera a todas.

M.– ¿Y cuando viste que era inútil, cuando comprendiste que nunca podría ser igual a nosotras?

R.– Entonces deseé tanto ser como ella.

Juana.– Es que, sabes Regina, nunca, o casi nunca, fue necesario preguntar: el Padre parecía siempre adivinar los nombres que no sabía, o las sensaciones para las que no tenía palabras y él me buscaba las palabras para poder nombrarlo todo.

R.– Ahora comprendo; ahora comprendo, Martha.

M.– Tú no comprendes nada: tú no querías al Padre.

R.– No lo quería, es cierto. yo quería a la Madre.

M.– La Madre (pausa). La Madre no es ni siquiera un recuerdo. (pausa) ¿Cómo podías quererla?

R.– Es un recuerdo. Un recuerdo que no dejó nadie, que nadie ha alentado nunca. Un recuerdo que he creado yo; que he ido formando, penosamente muchas veces, con los pedazos de recuerdos de las otras personas que la conocieron y que se han empeñado en borrar, que dirigidas por el Padre se dieron a la minuciosa tarea de desterrar de esta casa cualquier vestigio de la Madre (pausa). He registrado cada gaveta, cada rincón, cada baúl, cada grieta de la casa, buscando a la Madre para formar ni recuerdo (pausa).

Esperé por muchos años una palabra de Isabel. pero nunca la dijo nunca mencionó a la Madre.

Juana.– Sí, sí la mencionó Regina cuando aquella vez se me dio por abrir las jaulas de los pájaros para sentir cómo se escapaban, aleteando, entre mis dedos, y cuando el Padre a la hora de la comida me preguntó: ¿quieres que vuelva a llenar las jaulas de pajaritos Juana? y yo le contesté: No; esa noche Isabel se quedó un largo rato conmigo, sentada en la sillita de mimbre, al lado de mi cama y de pronto dijo: eres como tu madre, niña, igualita a tu madre.

R.– Sí, así debe ser seguramente Juana.

M.– Es por eso que la quieres, porque aún la madre, la única memoria que hay de la Madre en esta casa le pertenece a ella.

R.– Sí la quiero Martha (pausa). Tú, es cierto, le has enseñado los nombres de las cosas, has guiado sus manos sobre todos los objetos de la casa pero solo de esta casa. Has limitado su vida, primero a toda la casa y luego a este solo cuarto donde esperas que termine todo.

M.– ¿Qué otra cosa podía hacer? Con la ida del Padre, ¿cómo podría protegerla en forma diferente?

R.– Dejándola vivir.

M.–. Vivir, vivir. (Pausa). No recuerdas acaso cuando estábamos vivas, como tú dices: no recuerdas los regresos a la casa, los inesperados regresos que a ti te ponían furiosa, si acabamos de llegar, por qué quieres volver tan pronto, decías; y yo no podía hablar porque el llanto se tragaba las palabras; alguien, como siempre, acababa de preguntarme con maldad, siempre con maldad, y tu hermana la menor, ¿por qué no la trajeron? Y tú pretendes que yo deje que la maldad de la gente la mate.

R.– Digo: dejarla que ella viva. No amarrándola a este engaño, a esta mentira que un día se te va a volver real; que ya se te está volviendo real; y eso es lo que me da miedo.

M.– Ojalá; ojalá; así ya no será necesario el esfuerzo de insistir en la vuelta del Padre todos los días para que no se olvide nunca; coser estas muñecas y hacer que Pablo las recoja cada semana para justificar esta espera mientras se termina de vaciar la casa, de empeñar o de vender la última cuchara, el último vestido, la última lámpara…

R.– Y entonces qué: ¿entonces qué Martha?

M.– Entonces sabremos.

R.– Sabremos qué: que habrán acabado con su vida y con la tuya. Yo no cuento. Son ustedes dos; eres tú quien la está empujando, por amor, tal vez, no sé, ya no estoy segura, a una oscuridad más tremenda que la suya. Su oscuridad es suficiente luz para ella. Martha: no la acabes de cegar con tus propios ojos.

M.– ¡No lo digas! ¡No lo digas! ¡No lo digas!

Juana.– Sí, sí te he preguntado Regina. No cosas, ni olores, ni sensaciones, es cierto. Pero sí te he preguntado: fuiste tú quien me enseñó mujer; me hacía poner los dedos en la cabeza y recorrer las trenzas hasta las cintas anchas de tafetán y me decías: mujer; y un día que Isabel me estaba bañando alargué las manos hasta tocarle los hombros y la fui conociendo hasta la cintura. Le dije con tanto asombro que no supo qué contestarme enseguida: cuántas mujeres eres tú Isabel. Un rato después oí su voz, por primera vez triste, y como desorientada: niña, qué vamos a hacer contigo, niña, sin tu madre.

M.– Qué otra cosa puedo hacer, Regina; es como una niña pequeña.

R.– Contra ella nada.

M.– Todo lo que hagamos será contra ella.

R.– ¿Acaso no es peor lo que estamos haciendo, lo que te estoy ayudando a hacer?

M.– Mantenerla viva es lo que estamos haciendo.

R.– No, no la estamos manteniendo viva Martha: la estamos condenando.

M.– ¿Condenando a qué?

R.– A la peor de las muertes.

M.– La estamos salvando de la crueldad. Juana no conocerá la crueldad.

R.– Lo que estamos haciendo es más cruel: cuando se derrumbe este mundo irreal que has creado alrededor de ella, que habrá de derrumbarse, Martha, será incapaz de resistir la realidad y la habrás matado en la forma más cruel.

M.– No se derrumbará.

R.– Se está derrumbando ya, y tú lo sabes.

M.– Yo lo mantendré. De alguna manera lo mantendré.

R.– Cómo?

M.– No sé, ahora no sé, pero lo mantendré. No lo sabía cuando lo decidí, pero hemos vivido todos estos años en la forma que escogí. Lo he mantenido hasta ahora y lo seguiré manteniendo.

R.– No hemos vivido: nos hemos estado muriendo. (pausa) – Y eso es lo que me aterra: ella es la más joven. ¿Qué va a pasar después?

M.– Nada: para ella no habrá después.

R.– ¡Martha!

M.– Para ella no habrá después.

Regina, que ha estado cambiando de sitio las jaulas vacías, sin propósito alguno, mientras habla con Martha, se vuelve sorprendida al decir “¡Martha!”. No ha sido un grito, es como un gemido animal. Como algo que se sabía desde hace mucho tiempo pero que no se ha aceptado, algo que se sabe irremediable, que no se puede cambiar pero que, sin embargo, se va a tratar de impedir aunque todo lo que se haga será inútil. Regina repite una y otra vez “Martha, Martha, Martha”, como pidiendo una explicación, como haciendo una pregunta cuya respuesta se conoce demasiado bien, pero que voluntariamente no quiere aceptarse. Regina se aferra tercamente al nombre de su hermana y lo repite como tendiendo una barrera protectora, como tratando de detener a Martha, que está quieta en su mecedora, mirando inexpresivamente a Regina, con las manos inmóviles sobre una muñeca a medio hacer que descansa en sus piernas.

Regina, sin dejar de mirar a Martha y sin dejar de repetir su nombre, se acerca a Juana, la toma por los hombros y la levanta con gran ternura mientras le dice en voz muy baja, inaudible para Martha:

R.– Ven, Juana, ven conmigo: vamos a abrir la ventana paraque veas el mar: tú puedes verlo, solo tú puedes verlo: solamente tú tienes ojos para verlo: tú y las muñecas.

Martha se pone de pie, camina hasta la mesa y se detiene en el sitio donde ha estado sentada Juana durante toda la acción. Regina lleva a Juana hasta el fondo de la habitación y la empuja suavemente hacia el ventanal.

R.– Abre la ventana, ábrela Juana.

Juana, vacilante, a tientas, como una ciega, recorre con las manos las platinas, los postigos, siguiendo el tacto, llega hasta los candados al extremo derecho del gran ventanal, y sin ningún esfuerzo los abre, los desengancha de las aldabas y los deja caer en el suelo. Al abrir el ventanal, sin que realmente se vea la acción de abrirla, simplemente el movimiento sugerido, la imagen desaparece de la pantalla y ésta se queda totalmente blanca unos instantes mientras irrumpe, tremendo, el sonido del mar, del viento. La pantalla se oscurece. Al regresar la imagen el escenario es el mismo, pero ahora, al recorrer la cámara las caras de las muñecas, éstas tienen ojos: unos ojos inmensos y redondos y en todas las jaulas hay pájaros. Martha y Regina están en los mismos sitios, solamente Juana ha desaparecido.

Se abre una de las puertas y entra Pablo. Regina viene hacia él desde el fondo de la habitación: el ventanal está abierto de par en par.

R.– Ahora sí podrás vender las muñecas: todas tienen ojos.

Martha, sin ver a Pablo, sin oír a Regina, toma en sus manos la muñeca que Juana acaba de terminar y ve los dos ojos inmensos y redondos: la sostiene frente a ella y con los dedos de la mano derecha comienza un movimiento como tratando de borrarle los ojos a la muñeca. Continuando con este movimiento se sienta en el sitio que ha ocupado Juana, de espaldas a la cámara, a Regina y a Pablo. Sigue este movimiento hasta que se disuelve la imagen. Juana es quizás joven: las otras mujeres no tienen edad que pueda nombrarse exactamente: el tiempo se ha detenido alrededor y dentro de ellas.

 

(Tomado de www.literatura.us)

 

El vagabundo

Julio Torri

 

En pequeño circo de cortas pretensiones trabajaba, no ha mucho, un acróbata, modesto y tímido como muchas personas de mérito. Al final de una función dominguera en algún villorrio, llegó a nuestro hombre la hora de ejecutar su suerte favorita con la que contaba para propiciarse al público de lugareños y asegurar así el buen éxito pecuniario de aquella temporada. Además de sus habilidades –nada notables que digamos– poseía resistencia poco común para la incomodidad y la miseria. Con todo, temía en esos momentos que recomenzaran las molestias de siempre: las disputas con el posadero, el secuestro de su ropilla, la intemperie y de nuevo la dolorosa y triste peregrinación.

El acto que iba a realizar consistía en meterse en un saco, cuya boca ataban fuertemente los más desconfiados espectadores. Al cabo de unos minutos el saco quedaba vacío.

A su invitación, montaron al tablado dos fuertes mocetones provistos de ásperas cuerdas. Introdújose él dentro del saco y pronto sintió sobre su cabeza el tirar y apretar de los lazos. En la oscuridad en que se hallaba le asaltó el vivo deseo de escapar realmente de las incomodidades de su vida trashumante. En tan extraña disposición de espíritu cerró los ojos y se dispuso a desaparecer.

Momentos después se comprobó –sin sorpresa para nadie– que el saco estaba vacío y las ligaduras permanecían intactas. Lo que sí produjo cierto estupor fue que el funámbulo no reapareció durante la función. Tras un rato de espera inútil los asistentes comprendieron que el espectáculo había terminado y regresaron a sus casas.

Mas a nuestro cirquero tampoco volvió a vérsele por el pueblo. Y lo curioso del caso era que nadie había reclamado en la posada su maletín.

Pasados algunos días se olvidó el suceso completamente. ¡Quién se iba a preocupar por un vagabundo!

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

martes, 25 de agosto de 2026

La migala

Juan José Arreola

 

La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.

El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una clara mirada.

Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar. Recuerdo mi paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a la casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos pesos totalmente diferentes: el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de mí como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para destruir, para anular al otro, el descomunal infierno de los hombres.

La noche memorable en que solté a la migala en mi departamento y la vi correr como un cangrejo y ocultarse bajo un mueble, ha sido el principio de una vida indescriptible. Desde entonces, cada uno de los instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia invisible.

Todas las noches tiemblo en espera de la picadura mortal. Muchas veces despierto con el cuerpo helado, tenso, inmóvil, porque el sueño ha creado para mí, con precisión, el paso cosquilleante de la araña sobre mi piel, su peso indefinible, su consistencia de entraña. Sin embargo, siempre amanece. Estoy vivo y mi alma inútilmente se apresta y se perfecciona.

Hay días en que pienso que la migala ha desaparecido, que se ha extraviado o que ha muerto. Pero no hago nada para comprobarlo. Dejo siempre que el azar me vuelva a poner frente a ella, al salir del baño, o mientras me desvisto para echarme en la cama. A veces el silencio de la noche me trae el eco de sus pasos, que he aprendido a oír, aunque sé que son imperceptibles.

Muchos días encuentro intacto el alimento que he dejado la víspera. Cuando desaparece, no sé si lo ha devorado la migala o algún otro inocente huésped de la casa. He llegado a pensar también que acaso estoy siendo víctima de una superchería y que me hallo a merced de una falsa migala. Tal vez el saltimbanqui me ha engañado, haciéndome pagar un alto precio por un inofensivo y repugnante escarabajo.

Pero en realidad esto no tiene importancia, porque yo me he consagrado a la migala con la certeza de mi muerte aplazada. En las horas más agudas del insomnio, cuando me pierdo en conjeturas y nada me tranquiliza, suele visitarme la migala. Se pasea embrolladamente por el cuarto y trata de subir con torpeza a las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Parece husmear, agitada, un invisible compañero.

Entonces, estremecido en mi soledad, acorralado por el pequeño monstruo, recuerdo que en otro tiempo yo soñaba en Beatriz y en su compañía imposible.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)

 

El sueño de mi compadre

Manuel A. Alonso

 

Como no podía menos de suceder en la tierra clásica de los compadres, tengo yo varios y entre ellos uno que con el necesario permiso, presento a mis lectores. Llámase don Cándido y le cuadra perfectamente el nombre: lo que no le cuadra es el apellido Delgado porque pesa más de doscientas libras.

Este mi compadre es un bonachón a carta cabal, servidor y consecuente como pocos; pero fundido en el antiguo molde colonial. Para él el gobernador es todavía el capitán general de otros tiempos, la Audiencia, el ya olvidado asesor de Gobierno, y los alcaldes, los hace tiempo difuntos tenientes a guerra (Q.D.G.G.). Siempre que se le habla de gobierno, administración de justicia o de cualquier otro ramo, siempre que oye la relación de un suceso que necesita correctivo, siempre que alguien se queja de que le han hecho una injusticia, contesta de un modo invariable: “¡Si yo fuera capitán general!”

¿Qué haría usted?, le he preguntado algunas veces. Entonces me ha contestado sin vacilar y según los casos: que separaría al alcalde o al juez, que pondría en el castillo del Morro al intendente, que embarcaría bajo partida de registro a toda la Audiencia, que desterraría al obispo y hasta fusilaría a la Diputación Provincial. El bueno de mi compadre no se para en barras, y aunque incapaz de ver morir al pollo que han de servirle al almuerzo, sería, por supuesto de palabra, una fiera que acabaría con todos los empleados, si, como él dice, fuera capitán general.

Hace pocos días y al siguiente de uno en que habíamos discutido muy largo, no sobre la bondad de su sistema de gobierno, porque sobre este punto mi compadre no admite discusión, sino sobre las dificultades que habría que vencer al ponerlo en práctica, me lo vi entrar en casa tan alegre, que le pregunté si había sacado el premio grande de la lotería.

–No he sacado premio grande ni chico; pero he sido ya capitán general y por cierto que no me ha gustado el oficio.

Quedeme parado al oír esto, porque me ocurrió la idea de que el pobre hombre se había vuelto loco.

–Vaya –me dijo al notar mi turbación–, ¿no quiere usted saber cómo ha pasado cosa tan rara?

–Nada deseo tanto como saberlo.

–Pues allá va mi historia –me contestó–, después de sentarse y encender un cigarro:

–Anoche me recogí a la hora de costumbre; media hora después mi mujer me despertó, porque mis ronquidos no la dejaban dormir: me volví al otro lado y a poco empecé a soñar que ocupaba el palacio de la Fortaleza como dueño de la casa. Mi ayudante de servicio estaba en su puesto para anunciarme las personas que iban llegando, y yo, como si en mi vida no hubiera hecho otra cosa, las recibía o hacia esperar, según su importancia o la del asunto que había de tratar con ellas.

“Yo estaba completamente transformado; mi natural encogimiento se había convertido en soltura, mi timidez en arrogancia y mi lenguaje torpe en elegante facilidad. Me encontraba más instruido en todas las materias que cuantos conmigo hablaban, y resolvía las cuestiones con un acierto que jamás hubiera creído tener. Todo esto me admiraba; pero lo que menos podía comprender era cómo había adquirido el don de leer en el interior de cada uno lo que pensaba cuando me dirigía la palabra; de manera que conmigo no había falsedad ni disimulo posibles.

“El primero que se me presentó fue un señor, llegado de cierto pueblo de la Isla, vestido por un buen sastre, aunque llevaba la ropa como el que a ella no está acostumbrado; lucía sobre el chaleco gruesa cadena y pesados dijes de reloj y en la camisa ricos botones de brillantes; pisaba recio, hablaba alto y en ciertos momentos ponía cara de traidor de melodrama. Hablome mucho de sus tierras, de sus cañas, de sus ganados y cuando hizo recaer la conversación sobre las personas más notables de su pueblo, me aseguró que allí no había más hombres honrados que él, dos amigos suyos y el alcalde. Los demás, debían inspirarme muy poca a ninguna confianza porque eran díscolos, intrigantes y sobre todo, enemigos del orden y del principio de autoridad. Por fortuna y gracias al don de penetrar en su pensamiento de que yo disfrutaba, estaba oyendo que interiormente se decía:

“–Si supiera este buen general que vendido todo lo que tengo, no alcanzaría para pagar a mis acreedores, que algunos de ellos están en la miseria, mientras yo nado en la abundancia y que el alcalde y los otros dos sujetos que tanto le recomiendo es para que no vean el lazo que les preparo, con el fin de acabar con ellos en la primera ocasión.

“Tentaciones me dieron de echar aquel villano a puntapiés; pero me contuve y le despedí; cuando entraba otro sujeto de buena figura, tan cortés, tan elegante y de maneras y lenguaje tan respetuosos, que me agradó sobremanera. Traía el encargo de presentarme una exposición de un convecino suyo que, según me aseguró, era, además del más rico, el protector, el padre de todos los habitantes de su pueblo, donde nada bueno se hacía sin su anuencia. Él socorría a los necesitados, ponía en paz a los desavenidos, era, en una palabra, la Providencia que llevaba a todas partes la dicha y el contento.

“También este me engañaba, según leí en su interior. El padre, el bienhechor, la Providencia era el azote de aquel pobre pueblo: se había hecho rico a fuerza de mil bajezas y crímenes que habían quedado impunes, y la pretensión que ahora tenía era la de que se le concediera la explotación de un monopolio injusto y dañoso a sus convecinos.

“Después de este agente de malos negocios se me presentó un maestro de escuela que venía a quejarse del alcalde y del Ayuntamiento. A este infeliz cargado de familia le debían ocho meses de sueldo. Al principio encontró quien le prestara dinero al tres por ciento de interés mensual; pasado algún tiempo, otro sujeto se lo facilitó al de un real al mes por cada peso, y últimamente a ningún precio se lo querían dar. Acosado por el hambre fue a ver al alcalde y éste, que llevaba cobrados hasta el día todos sus sueldos, le contestó, como otras veces: “No hay dinero, veremos si se cobra algo”.

“–Lo que aquí no hay es justicia, y lo que se cobra es para pagar a otros y no a mí –replicó desesperado el mísero profesor.

“Por esta contestación le suspendieron de empleo y sueldo y se le formó causa por desacato a la Autoridad.

“Esta vez, por más que escudriñaba en el interior de aquel hombre, nada vi que no estuviera de acuerdo con sus palabras y se quedaba corto al hacer relación de las miserias y humillaciones que había sufrido. Debía a la caridad de una buena alma la pequeña suma que necesitó para venir a la capital, y temía que, cuando me hablaba, estuviera expirando uno de sus hijos pequeños que había dejado enfermo. Desde que salió de mi despacho el maestro no pude estar tranquilo y no hacía más que discurrir sobre el castigo que iba a aplicar al alcalde.

“Recibí después hombres importantes que todo lo enredan: empresarios de obras que pretendían hacer la felicidad del país enriqueciéndolo, después de enriquecerse ellos; abastecedores de carne que iban a facilitar este artículo casi de balde a los pueblos, después de haber comprado las reses a los criadores en un cincuenta por ciento menos de su valor, y haber duplicado éste al vender la carne; contratistas de alumbrado que nunca alumbraba: defensores, sin peligro, de la religión, de la justicia o de la caridad, con su correspondiente tanto por ciento de ganancia; protectores de alcaldes, de viudas honestas, de hermanas jóvenes y bonitas, de maestras completas e incompletas, de padres y madres con hijos y sin ellos.

“Tantos y tan variados tipos recibí, que no me es posible recordarlos y aburrido ya, iba a retirarme a descansar, cuando llegó la hora del despacho.

“–Gracias a Dios –pensé–. Ahora sí que voy a hacer algo provechoso.

“El empleado que venía a la firma entró con una carga de mamotretos capaz de asustar a cualquiera, y mucho más al que acaba de pasar gran parte del día de un modo tan poco divertido.

“–Antes que otra cosa le dije: deseo ver el expediente formado al profesor de instrucción primaria del pueblo de…

“–Aquí está.

“–¿Por qué se le encausa?

“–Por desacato al alcalde.

“–¿Y qué resulta?

“–Ese maestro se presentó reclamando el importe de algunos sueldos que le adeudan los fondos municipales. El alcalde le contestó que no había dinero en caja; que cuando se cobrara se le pagaría, hasta donde fuera posible. El maestro empezó entonces a gritar: que lo que no había era justicia y que si se cobraba se repartiría como otras veces entre unos cuantos (aludía a la Autoridad) la cantidad que ingresara en los fondos y amenazó al alcalde con que se quejaría al gobernador. Todo esto pasó en presencia de testigos que son el secretario, el escribiente y el depositario de fondos municipales. El informe del alcalde presenta al sumariado como falto de respeto a la Autoridad, díscolo y de mala conducta. Debo añadir también que el señor don N. N., por cuyo conducto recibí esta mañana el expediente, confirma cuanto dice el alcalde.

“–Basta –dije encolerizado pegando fuertemente con la mano sobre la mesa; basta de…

“–Cándido ¡por Dios! ¿te has vuelto loco?

“Era mi pobre mujer que gritaba asustada, porque había recibido en el hombro el puñetazo que, soñando, creía yo haber dado en la mesa del general. Con unos paños de árnica y más aún, con la risa que le produjo la relación de mi sueño, se le pasó pronto el dolor; pero no las ganas de reír, y ríe a menudo y me pregunta si todavía deseo ser capitán general”.

–Y usted –le dije– ¿qué responde a esa pregunta y que piensa de su sueño?

–A la pregunta de mi mujer nada contesto. Nos reímos a dúo y pare usted de contar. En cuanto a lo demás, le confieso que me sucede lo mismo que cuando sueño que se me ha muerto un hijo. Veo cuando despierto que es todo falso, que mi hijo vive y está bueno; pero siento dolor al recordar que le vi amortajado. Del mismo modo me aflige el recordar lo que vi, por más que fuera soñando, y no me parece cosa tan fácil el gobernar pueblos, mientras los gobernantes no tengan el don de leer el interior y saber de este modo lo que piensa cada uno.

–Tiene usted razón, compadre; el gobernar debe ser cosa muy difícil, e imposible el hacerlo bien al que carece de ciertas condiciones. El don de leer en el interior de los hombres se alcanza con el hábito de manejar negocios y solo en sueños se adquiere de repente. La honradez, la rectitud de miras, la ilustración suficiente, la firmeza, la prudencia y la abnegación que libran del maléfico influjo de las pasiones, son cualidades naturales o adquiridas, que necesita tener el gobernante.

–Eso es lo que yo pienso. No hay que envidiar al que manda, porque teniendo conciencia, debe sufrir mucho y a menudo. Es preferible a gobernar y no hacerlo bien, ser el último de los gobernados.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)