Henry James
1
Le habían dicho que las señoras estaban en la iglesia,
pero supo que no era así por lo que vio desde lo alto de las escaleras –descendían
desde una gran altura en dos brazos, describiendo un círculo de un efecto encantador–,
en el umbral de la puerta que, desde la larga y clara galería, dominaba el inmenso
jardín. Tres caballeros, sobre la hierba, a cierta distancia, se hallaban sentados
bajo los grandes árboles, mientras que la cuarta figura lucía un vestido rojo que
destacaba como un “poco de color” entre el verde fresco e intenso. El sirviente
había acompañado a Paul Overt hasta presentarle esta escena, después de preguntar
si deseaba ir primero a su habitación. El joven declinó tal privilegio, consciente
de no haber sufrido deterioro alguno con un viaje tan corto y fácil y siempre deseoso
de adueñarse de inmediato, por su propia percepción, de un nuevo escenario. Permaneció
allí un momento, con los ojos en el grupo y en el cuadro admirable: los amplios
terrenos de una antigua casa de campo próxima a Londres –eso solo lo mejoraba–,
un espléndido domingo de junio.
–Pero, esa dama,
¿quién es? –dijo al sirviente antes de que el hombre lo dejara.
–Creo que es Mrs.
St. George, señor.
–Mrs. St. George,
esposa del distinguido… –entonces Paul Overt se detuvo, dudando si este servidor
lo sabría.
–Sí, señor… probablemente,
señor –dijo su guía, que parecía querer indicar que un huésped de Summersoft sería,
naturalmente, siquiera solo por alianza, distinguido. Su tono, sin embargo, hizo
que el pobre Overt apenas se sintiera así en ese momento.
–¿Y los caballeros?
–prosiguió Overt.
–Verá, señor, uno
de ellos es el general Fancourt.
–Ah, sí, lo sé;
gracias –el general Fancourt era distinguido, no había duda de ello, por algo que
había hecho, o incluso quizá que no había hecho –el joven no recordaba cuál de las
dos cosas– unos años antes en India. El sirviente se marchó, dejando las puertas
de cristal abiertas hacia la galería, y Paul Overt se quedó de pie en el nacimiento
de la amplia escalera doble, diciéndose que el lugar era bonito y prometía una estancia
agradable, mientras se apoyaba en la vieja barandilla de hierro finamente trabajada,
que, al igual que el resto de los detalles, era del mismo periodo que la casa. Todo
estaba acorde y hablaba al unísono, con una voz única: una rica voz inglesa de comienzos
del siglo XVIII. Podía haber sido la hora de ir a la iglesia de un día de verano
en el reinado de la reina Ana; la quietud era demasiado perfecta para ser moderna,
la cercanía contaba como distancia, y había algo muy fresco y seguro en la originalidad
de la casa grande y uniforme, en la superficie de los preciosos ladrillos más rosados
que rojos y que habían sido despejados de desaliñadas plantas trepadoras, según
la ley por la que una mujer de cutis poco común desdeña un velo. Cuando Paul Overt
se dio cuenta de que los que estaban bajo los árboles habían advertido su presencia,
dio media vuelta y por las puertas abiertas penetró en la gran galería que era el
orgullo del lugar. Cruzaba de lado a lado y, con sus colores intensos, las altas
ventanas, las zarazas de flores desvaídas, los retratos y cuadros de fácil reconocimiento,
la porcelana azul y blanca de las vitrinas y las guirnaldas y rosetones sutiles
del techo, parecía una alegre avenida tapizada que llevara al otro siglo.
Nuestro amigo se
sentía ligeramente nervioso; eso estaba acorde con su carácter de estudioso de la
bella prosa, acorde con la disposición general del artista para vibrar; y había
una particular emoción en la idea de que Henry St. George pudiera ser un miembro
del grupo. Para el joven aspirante había seguido siendo una elevada figura literaria,
a pesar del menor nivel de producción al que había descendido tras sus tres primeros
grandes éxitos, de la relativa ausencia de calidad en su obra posterior. Había habido
momentos en que Paul Overt casi había derramado lágrimas por ello; pero ahora que
se encontraba cerca de él –nunca lo había visto– solo tenía conciencia de la hermosa
fuente original y de su propia e inmensa deuda. Tras haber recorrido la galería
una o dos veces, volvió a salir y descendió por la escalera. Se hallaba apenas provisto
de cierta osadía social –era una verdadera debilidad en él– de modo que, consciente
de su falta de familiaridad con las cuatro personas distantes, dio paso a unos movimientos
recomendados por el hecho de no haberse visto comprometido a un claro acercamiento.
Había en eso una exquisita rigidez inglesa: él también la sintió mientras seguía
un curso vago y oblicuo por el césped, tomando un rumbo independiente. Por fortuna
había una claridad inglesa igualmente exquisita en la manera en que uno de los caballeros
se levantó y se dispuso como a “acecharlo”, si bien con aire conciliador y de afianzamiento.
Paul Overt respondió de inmediato a tal gesto, aunque el caballero no fuera su anfitrión.
Era alto, erguido y mayor y, como la gran casa misma, tenía una cara sonriente y
rosada, y, además, un bigote blanco. Nuestro joven le salió al encuentro mientras
el hombre decía sonriendo:
–Eh… lady Watermouth
nos dijo que usted venía; me pidió que solo lo cuidara –Paul Overt le dio las gracias,
con lo que le resultó grato al momento, y se volvió con él para dirigirse hacia
los otros–. Todos se han ido a la iglesia… todos menos nosotros –continuó el extraño
mientras andaban–; estamos ahí sentados, es un lugar tan alegre. –Overt declaró
que era alegre en verdad: era un lugar encantador. Comentó que estaba sintiendo
tan agradable impresión por primera vez.
–Ah, ¿no había estado
aquí nunca? –dijo su acompañante–. Es un bonito rincón, no hay mucho que hacer,
¿sabe? –Overt se preguntó qué era lo que quería “hacer”; a él, en particular, le
parecía estar haciendo tanto. Cuando llegaron a donde se hallaban los demás, ya
había reconocido a su iniciador como a un militar y –así trabajaba la imaginación
de Overt– lo había encontrado aún más simpático. Tendría una necesidad natural de
acción, de hechos que desentonaran con la pacífica escena pastoril. Sin embargo,
tenía evidentemente tan buen carácter, que aceptaba por lo que valía una ocasión
tan desprovista de gloria. Paul Overt la compartió con él y sus acompañantes durante
los veinte minutos siguientes; esas personas lo miraron y él las miró sin saber
muy bien quiénes eran, mientras la conversación continuaba sin que ni siquiera supiera
qué significaba. La verdad es que parecía no significar nada en particular; transcurría,
con pausas intrascendentes sin sentido y cortos vuelos terrestres, entre nombres
de personas y lugares, nombres que, para nuestro amigo, no tenían gran poder de
evocación. Todo era sociable y lento, lo propio y natural de una cálida mañana de
domingo.
Dedicó su primera
atención a la pregunta, planteada para sí mismo, de si uno de los dos hombres más
jóvenes sería Henry St. George. Conocía a muchos de sus distinguidos contemporáneos
a través de sus fotos, pero nunca, como solía ocurrir, había visto un retrato del
gran novelista descarriado. Era inimaginable de uno de los caballeros: demasiado
joven; y el otro apenas parecía lo bastante inteligente, con unos ojos tan mansos
y poco discernidores. Si esos ojos fueran los de St. George, el problema que plantearían
los elementos inarmónicos de su genio sería aún más difícil de resolver. Además,
el comportamiento de su dueño no era, respecto a la dama del vestido rojo, el que
pudiera ser natural hacia la esposa de su corazón, incluso para un escritor acusado
por varios críticos de sacrificar demasiado a la forma. Por último, Paul Overt tuvo
la vaga sensación de que, si el caballero de ojos inexpresivos fuera el dueño del
nombre que había hecho que su corazón latiera más de prisa (también tenía unas convencionales
y contradictorias patillas; el joven admirador de la celebridad nunca se había forjado
la visión mental de la cara de él en marco tan vulgar), le habría hecho una señal
de reconocimiento o de cordialidad, habría oído hablar un poco de él, sabría algo
de Ginistrella, se habría percatado de cómo esa nueva obra había llamado
la atención de la verdadera crítica. Paul Overt tenía miedo de ser demasiado orgulloso,
pero incluso una modestia mórbida podría considerar la autoría de Ginistrella
como un grado de identidad. Su soldadesco amigo dio las explicaciones necesarias:
él era “Fancourt”, pero también era “el general”, y en unos pocos instantes comunicó
al nuevo visitante que acababa de regresar después de veinte años de servicio en
el extranjero.
–¿Y se queda ahora
en Inglaterra? –preguntó el joven.
–Oh, sí; compré
una pequeña casa en Londres.
–Espero que le guste
–dijo Overt mirando a Mrs. St. George.
–Una casita en Manchester
Square… el entusiasmo que eso inspira tiene un límite.
–Me refería a estar
en Inglaterra otra vez, a estar de vuelta en Piccadilly.
–A mi hija le gusta
Piccadilly, eso es lo principal. Es muy aficionada al arte, la música y la literatura
y a todo ese tipo de cosas. Lo echaba de menos en India y lo encuentra en Londres,
o espera encontrarlo. Mr. St. George prometió ayudarla, ha sido amabilísimo con
ella. Fue a la iglesia, también es aficionada a eso, pero todos estarán de vuelta
dentro de un cuarto de hora. Debe permitirme que se la presente, se alegrará tanto
de conocerlo. Es posible que haya leído cada bendita palabra que ha escrito usted.
–Estaré encantado,
no he escrito tantas –suplicó, sintiendo, sin resentimiento, que el general, al
menos, era la vaguedad misma a ese respecto. Pero le extrañaba un poco que, expresando
esa cordial disposición, no se le ocurriera al sin duda eminente soldado pronunciar
la palabra que lo pusiera en relación con Mrs. St. George. Si era cuestión de presentaciones,
Miss Fancourt –al parecer aún soltera– se encontraba lejos, mientras que la esposa
de su ilustre confrère se hallaba casi entre ellos. A Paul Overt esta dama
le pareció bella en conjunto, con una sorprendente juventud y una suprema elegancia
de aspecto, algo que –difícilmente podría explicar por qué– provocaba desconcierto.
Desde luego, Saint George tenía todo el derecho a poseer una esposa encantadora,
pero él mismo no habría imaginado nunca a la importante mujercita del agresivo vestido
parisino como a la compañera de por vida, el alter ego, de un hombre de letras.
En general, esa compañera, lo sabía, ese segundo yo, distaba mucho de presentarse
a sí misma como un tipo sencillo: la observación le había enseñado que no era inveterada
ni necesariamente simple. Nunca la había visto dar más la impresión de que su prosperidad
tenía cimientos más profundos que una mesa manchada de tinta y cubierta de pruebas
de imprenta. Mrs. St. George podría haber sido la mujer de un señor que más que
escribir libros los “llevara”, que anduviera con grandes negocios en la City y cerrara
tratos mejores de los que generalmente cierran con sus agentes los poetas. Con esto,
ella daba a entender un éxito más personal, un éxito que de manera peculiar marcaba
la era en que la sociedad, el mundo de la conversación, es un gran salón con la
City por antesala. Al principio Overt le calculó unos treinta años, y terminó por
creer que podría estar acercándose a los cincuenta. Pero en este caso la mujer hacía
desaparecer de alguna manera el exceso y la diferencia, que podían vislumbrarse
solo rara vez, tal como el conejo en la manga del mago. Era extraordinariamente
blanca, y cada uno de sus rasgos y detalles era bello; los ojos, las orejas, el
cabello, la voz, las manos, los pies –a los que su postura informal en la silla
de mimbre brindaba lugar destacado– y las numerosas cintas y chucherías de que se
hallaba engalanada. Daba la impresión de que se había puesto su mejor vestido para
ir a la iglesia y después había decidido que era demasiado bueno para eso y se había
quedado en casa. Contó una historia de cierta extensión sobre la ruin manera en
que lady Jane había tratado a la duquesa, y también una anécdota en relación con
una compra que había hecho en París, a su regreso de Cannes; la había hecho para
lady Egbert, quien no llegó a devolver el dinero. Paul Overt sospechó de ella una
tendencia a imaginarse gente importante más grande que la vida, hasta que advirtió
la manera en que manejaba a lady Egbert, con una rebeldía tan acentuada que lo tranquilizó.
Creía que habría podido comprenderla mejor si hubiera logrado encontrar sus ojos;
pero ella apenas llegó a mirarlo.
–¡Ah, aquí vienen…
los buenos! –dijo por fin; y Paul Overt admiró desde su lugar el regreso de los
fieles, varias personas, en grupos de dos y tres, que avanzaban entre un fluctuar
de luz y sombra, al final de la gran avenida verde que formaban el césped cortado
y un túnel de ramas.
–Si con eso quiere
dar a entender que nosotros somos malos, protesto –dijo uno de los caballeros–,
¡después de haber estado uno haciéndose el simpático toda la mañana!
–Ah, ¡si es que
los demás lo han encontrado simpático! –exclamó alegremente Mrs. St. George–. Pero
si nosotros somos buenos, los otros lo son más.
–Entonces deben
ser unos ángeles –dijo el general, divertido.
–Su marido fue un
ángel, hay que ver cómo se marchó cuando usted se lo ordenó –declaró a Mrs. St.
George el caballero que había hablado primero.
–¿Que se lo ordené?
–¿No lo hizo ir
a la iglesia?
–En mi vida le he
ordenado que haga nada excepto una vez, cuando lo hice quemar un mal libro. ¡Eso
es todo!
Con su “eso es todo”
nuestro joven amigo estalló en una risa incontenible; solo duró un segundo, pero
atrajo los ojos de ella. Él los sostuvo, mas no el tiempo suficiente para ayudarlo
a entenderla mejor; a no ser que supusiera un paso adelante el comprender al momento
que el libro quemado –¡de qué manera aludió a él!– había sido una de las mejores
cosas de su marido.
–¿Un mal libro?
–repitió su interlocutor.
–No me gustaba.
Fue a la iglesia porque iba su hija –dijo al general–. Considero mi deber llamar
su atención hacia las extraordinarias atenciones que tiene para con su hija.
–Si a usted no le
importa, a mí tampoco –rio el General.
–Il is’attache
à ses pas. Pero no me extraña, es encantadora.
–¡Espero que ella
no lo obligue a quemar ningún libro! –se aventuró a exclamar Paul Overt.
–Sería más oportuno
que lo hiciera escribir alguno –dijo Mrs. St. George–. ¡Ha estado tan vago últimamente…!
Nuestro joven le
clavó la mirada: lo impresionaba la fraseología de la dama. Su “escribir alguno”
le pareció casi tan bueno como su “eso es todo”. ¿Es que no sabía, como mujer de
un artista poco común, lo que costaba producir una obra de arte perfecta? En su
interior estaba convencido de que, por muy admirablemente que escribiera Henry St.
George, durante los últimos diez años, en especial los últimos cinco, había escrito
demasiado, y hubo un instante en el que sintió la exigencia interior de hacer esto
público. Pero antes de que hablara, el regreso de los que se habían ausentado produjo
una desviación. Se acercaron de manera dispersa –eran ocho o diez– y el círculo
de debajo de los árboles se reorganizó cuando se instalaron en él. Lo hicieron mucho
mayor, y Paul Overt sintió –siempre estaba sintiendo ese tipo de cosas, como se
decía a sí mismo– que si ya había resultado interesante observar a los demás, ahora
el interés se intensificaría. Estrechó la mano de su anfitriona, quien le dio la
bienvenida sin muchas palabras, al estilo de una mujer capaz de confiar en que él
entendería, y consciente de que una ocasión tan agradable habla por sí misma en
todos los sentidos. Ella no le ofreció ninguna facilidad especial para que se pusiera
a su lado, y cuando todos se acomodaron de nuevo, se encontró aún junto al general
Fancourt, y con una dama desconocida al otro lado.
–Esa es mi hija,
esa de enfrente –dijo el general sin pérdida de tiempo. Overt vio a una chica alta,
de magnífico pelo rojizo, con un vestido de un bello tono verde grisáceo y una sedosa
caída, una prenda que claramente eludía todo efecto moderno. Por tanto, tenía en
cierto modo el sello de la última novedad, y nuestro observador no tardó en considerar
a la joven como a una persona contemporánea.
–Es muy hermosa,
muy hermosa –repitió mientras la estudiaba. Había algo noble en su cabeza, y ofrecía
un aspecto fresco y fuerte.
Su buen padre la
observó con complacencia, comentando en seguida:
–Da la impresión
de estar acalorada… eso es el paseo. Pero pronto se recuperará. Entonces haré que
se acerque y hable con usted.
–Sentiría causarle
esa molestia. Si usted me llevara allí. –murmuró el joven.
–Mi querido señor,
¿supone usted que eso me molestaría? No lo digo por usted, sino por Marian –añadió
el general.
–Yo me tomaría la
molestia por ella al instante –replicó Overt; después de lo cual continuó–: ¿Será
tan amable de decirme cuál de esos caballeros es Henry St. George?
–El tipo que está
hablando con mi hija. Caramba, está flirteando con ella. Se van a dar otro paseo.
–Ah, ¿es ese, de
verdad? –nuestro amigo sintió cierta sorpresa, pues el personaje que había ante
él parecía turbar una visión que había sido vaga solo por no estar enfrentada con
la realidad. En cuanto la realidad se hizo patente, la imagen mental, retirándose
con un suspiro, se hizo lo bastante sustancial como para sufrir un leve agravio.
Overt, que había pasado una parte considerable de su corta vida en el extranjero,
hizo ahora, mas no por primera vez, la reflexión de que, mientras que en esos países
casi siempre había reconocido al artista y al hombre de letras por su “tipo” personal,
la forma de su cara, el carácter de su cabeza, la expresión de su figura, e incluso
los indicios que presentaba su ropa, en Inglaterra esta identificación era lo menos
lógica posible gracias a la mayor conformidad, al hábito de hundir la profesión
en lugar de anunciarla, a la difusión general del aire del caballero, del caballero
que no se declara a favor de un tipo especial de ideas. Más de una vez, al volver
a su país, se había dicho con respecto a la gente que había conocido en sociedad:
“Se les ve en este y ese lugar, e incluso se habla con ellos; pero para averiguar
lo que hacen habría que ser detective”. Respecto a varios individuos por cuyo trabajo
sentía lo contrario de una “atracción” –quizá se equivocaba– se encontró añadiendo:
“No me extraña que lo oculten… cuando es tan malo”. Notó que con más frecuencia
que en Francia y Alemania su artista parecía un caballero –es decir, un caballero
inglés– mientras que, por supuesto con algunas excepciones, su caballero no parecía
un artista. St. George no era una de las excepciones; esa circunstancia la percibió
con certeza antes de que el gran hombre se diera vuelta para alejarse con Miss Fancourt.
Desde luego tenía mejor aspecto por detrás que cualquier hombre de letras extranjero,
se mostraba bellamente correcto con su chistera negra y su levita de calidad superior.
En cierto modo, no obstante, esas mismas prendas –no le hubieran importado tanto
en un día laborable– a Paul Overt le resultaban desconcertantes, y olvidó por el
momento que el cabeza de la profesión no estaba vestido ni un poco mejor que él.
Había vislumbrado una cara regular, un color fresco, un bigote castaño, y un par
de ojos a los que seguramente nunca había visitado el frenesí, y se prometió a sí
mismo que estudiaría estas señales en la primera ocasión. La impresión superficial
que recibió fue que su propietario podría haber pasado por un caballero que se dirigiera
rumbo al este cada mañana desde las salubres afueras, en un elegante dog-car.
Ello confirmaba la impresión que ya había producido su esposa. La mirada de Paul,
tras un momento, volvió a dirigirse a esta dama, y vio que la de ella había seguido
a su marido mientras se alejaba con Miss Fancourt. Overt se permitió preguntarse
un poco si sentía celos cuando otra mujer se lo llevaba. Entonces vio que Mrs. St.
George no estaba observando a la indiferente doncella. Sus ojos descansaban solo
en su marido, y con una serenidad inequívoca. Así quería ella que fuera él, le gustaba
su uniforme convencional. Overt deseó saber más cosas del libro que ella le había
inducido a destruir.
2
Cuando salían todos de comer, el general Fancourt lo
agarró con un “Oiga, ¡quiero que conozca a mi chica!”, como si acabara de ocurrírsele
la idea y no hubiera hablado antes de eso. Con la otra mano se apoderó paternalmente
de la joven.
–Lo sabes todo de
él. Te he visto con sus libros. Ella lo lee todo… ¡todo! –continuó diciendo a Paul.
La muchacha le sonrió y después se rio con su padre. El general se alejó y su hija
habló:
–¿No es delicioso
papá?
–Lo es, sin duda,
Miss Fancourt.
–¡Como si lo leyera
a usted, porque lo leo “todo”!
–No lo decía por
eso –dijo Paul Overt–. Me gustó desde el momento en que empezó a ser amable conmigo.
Luego me prometió este privilegio.
–No lo quiere decir
por usted, sino por mí. Si usted se imagina que alguna vez piensa en algo que no
sea yo, está en un error. Me presenta a todo el mundo. Me cree insaciable.
–Habla usted exactamente
igual que él –rio nuestro joven.
–Ah, pero a veces
es porque quiero –y la muchacha se ruborizó–. No lo leo todo, leo muy poco. Pero
lo he leído a usted.
–¿Le parece que
entremos en la galería? –dijo Paul Overt.
Ella lo complacía
enormemente, no tanto por su último comentario –aunque por supuesto eso no era demasiado
desconcertante–, como porque, sentada frente a él durante el almuerzo, le había
ofrecido durante media hora la impresión de su bella cara. Con esto había llegado
algo más, una sensación de generosidad, de un entusiasmo que, al contrario que muchos
entusiasmos, no era todo ademán. Eso, para él, no se vio arruinado al comprobar
que la comida la había puesto de nuevo en familiar contacto con Henry St. George.
Sentado al lado de ella, el hombre célebre se encontraba también frente a nuestro
joven, quien había podido advertir que multiplicaba las atenciones poco antes señaladas
por su esposa al general. Paul Overt también había llegado a la conclusión de que
la dama no estaba desconcertada en lo más mínimo por estos fervorosos excesos y
de que daba muestras de poseer un espíritu despejado. Tenía a Lord Masham a un lado
y al otro al experto Mr. Mulliner, director de un nuevo y enérgico periódico vespertino
de clase alta, que se esperaba que cubriera la necesidad, sentida en los círculos
cada vez más conscientes, de que el conservadurismo debía hacerse divertido, y no
convencidos cuando los de otro color político aseguraban que ya lo era bastante.
Al cabo de una hora transcurrida en su compañía, Paul Overt la consideró aún más
hermosa que en la primera irradiación, y si sus profanas alusiones al trabajo de
su marido no hubieran seguido resonando en sus oídos, ella le habría gustado… siempre
y cuando eso pudiera suceder con una mujer con quien no había hablado todavía y
con quien probablemente no hablaría nunca, si de ella dependiera. Las mujeres lindas
constituían una clara necesidad para este genio y por el momento era Miss Fancourt
quien la cubría. Si Overt se había prometido un examen más detallado, la ocasión
era ahora óptima, y produjo consecuencias que el joven consideró importantes. Vio
más cosas en la cara de St. George, que le gustaron más por no haber revelado la
historia completa en los tres primeros minutos. Esa historia iba manifestándose
a medida que uno leía, en cortas entregas –el que las analogías de uno fueran en
cierto modo profesionales era excusable– el texto era de un estilo considerablemente
enrevesado, con un lenguaje difícil de interpretar sobre la marcha. Había en él
matices de significado y una vaga perspectiva histórica, que retrocedía cuando uno
avanzaba. Paul Overt había prestado atención a dos hechos en particular. El primero
de ellos era que le gustaba mucho más la máscara mesurada en inescrutable reposo
que en agitación social; su sonrisa casi convulsiva era lo que más le desagradaba
(todo lo que podía desagradarle era cualquier impresión derivada de esa fuente),
mientras que la cara tranquila tenía un encanto que aumentaba a medida que la quietud
volvía a aposentarse. El cambio a la expresión de alegría, observó, provocaba en
gran medida la íntima protesta de una persona que se encuentra en la penumbra cuando
traen una lámpara demasiado pronto. Su segunda reflexión fue que, aunque en general
sentía aversión hacia el uso flagrante de artes zalameras por parte de un hombre
de edad al “cortejar” a una linda chica, en este caso no le resultaba demasiado
doloroso: lo cual parecía demostrar o bien que St. George tenía mano o el aspecto
de ser más joven de lo que era, o bien que en cierto modo la actitud de Miss Fancourt
lo enmendaba todo.
Overt entró con
ella en la galería y la recorrieron hasta el final, mirando los cuadros, las vitrinas,
el panorama encantador que armonizaba con la perspectiva de una tarde de verano,
asemejándose a ella por su larga claridad, con grandes divanes y sillas antiguas,
que representaban horas de descanso. Un lugar así tenía, por añadidura, el mérito
de ofrecer a los que en él entraban mucho de que hablar. Miss Fancourt se sentó
con su nuevo conocido en un sofá floreado, cuyos almohadones, muy numerosos, eran
antiguos cubos apretados de distintos tamaños, y dijo al poco tiempo:
–Me alegro mucho
de tener la ocasión de darle las gracias.
–¿De darme las gracias?
–tuvo que preguntar.
–Su libro me gustó
mucho. Lo considero espléndido.
Estaba allí, sentada,
sonriéndole, y él no llegó a preguntarle a qué libro se refería; porque después
de todo había escrito tres o cuatro. Eso parecía un detalle vulgar, y ni siquiera
se sintió gratificado con la idea del placer que ella le dijo –su cara bella y luminosa
se lo dijo– que le había proporcionado. El sentimiento que ella inspiraba, o en
cualquier caso el que provocaba, era algo mayor, algo que poco tenía que ver con
cualquier latido acelerado de la propia vanidad de él. Era una sensible admiración
por la vida que ella encarnaba, cuya pureza juvenil y opulencia parecían querer
decir que el éxito verdadero había de parecerse a eso, vivir, florecer, presentar
la perfección de un tipo exquisito, no haber creado a martillazos fantasías punzantes,
con la espalda encorvada sobre una mesa sucia de tinta. Mientras descansaban en
él sus ojos verdes –estaban bien separados y el arreglo de sus cabellos de tan hermoso
color, tan espesos que se aventuraban a ser suaves, describía sobre ellos un arco
grácil–, casi se sintió avergonzado de ese ejercicio de la pluma que ella se inclinaba
a elogiar en ese momento. Era consciente de que le hubiera gustado más complacerla
de alguna otra manera. Las arrugas de su cara eran las de una mujer adulta, pero
la niña permanecía en el cutis y en la dulzura de la boca. Por encima de todo era
natural, eso ahora resultaba indudable; más natural de lo que al principio había
supuesto, quizás debido a su ropa bonita, que era convencionalmente poco convencional
y sugería lo que él podría haber llamado una espontaneidad tortuosa. Había temido
ese tipo de cosas en otras ocasiones, y sus temores habían sido justificados; ya
que, aun siendo en esencia un artista, la moderna ninfa reaccionaria, con las zarzas
del bosque prendidas de sus pliegues y el aspecto de que los sátiros habían estado
jugando con su pelo, lo hacía encogerse, no como un hombre de almidón y charol,
sino como un hombre que en potencia fuera un poeta, o incluso un fauno. La muchacha
era realmente más franca que su vestido, y la mejor prueba de ello era que supusiese
que a su carácter liberal le sentaba bien cualquier uniforme. Eso era una falacia,
puesto que estaba seguro de que aunque estuviera vestida de pesimista le gustaba
el sabor de la vida. Overt le agradeció su apreciación, consciente al mismo tiempo
de que no parecía agradecérselo lo suficiente y de que ella podría considerarlo
ingrato. Tenía miedo de que le pidiera que le explicara algo de lo que había escrito,
y siempre se estremecía ante eso –quizás con demasiada timidez–, porque en sus oídos
la explicación de una obra de arte sonaba fatua. Pero ella le gustaba tanto que
estaba seguro de que al final sería capaz de demostrarle que no era groseramente
evasivo. Además, seguro que no se ofendía fácilmente, no era irritable; se podía
confiar en que esperaría. De modo que cuando él le dijo, “Ah, no hable de lo que
he hecho, no hable de eso aquí, ¡hay otro hombre en la casa que es la actualidad…!”,
cuando formuló esta corta y sincera protesta, lo hizo con la intención de que ella
no viera en esas palabras ni humildad fingida ni la impaciencia de un hombre de
éxito que se aburre con la lisonja.
–Usted se refiere
a Mr. St. George… ¿no es encantador?
Paul Overt encontró
sus ojos, los cuales tenían una luz de mañana fresca, que le habrían medio roto
el corazón si no hubiera sido tan joven.
–Me temo que no
lo conozco. Solo lo admiro a distancia.
–Tiene que conocerlo,
desea tanto hablar con usted –respondió Miss Fancourt, quien evidentemente tenía
la costumbre de decir las cosas que, según sus rápidos cálculos, complacerían a
la gente. Paul se dio cuenta de que sus cálculos siempre se basarían en el supuesto
de que todo era sencillo entre los demás.
–No me habría imaginado
que supiera nada de mí –declaró.
–Pues lo sabe… todo.
Y si no lo supiera podría decírselo yo.
–¿Decirle todo?
–sonrió nuestro amigo.
–¡Habla usted como
la gente de sus libros! –respondió ella.
–Entonces deben
hablar todos igual.
Se quedó pensando
un momento, ni una pizca desconcertada.
–Debe ser tan difícil.
Mr. St. George me dice que lo es… terrible. Yo también lo intenté… y lo encuentro
así. Intenté escribir una novela.
–Mr. St. George
no debiera desanimarla –llegó a decir Paul.
–Usted hace mucho
más… adoptando esa expresión.
–Pero, después de
todo, ¿por qué intentar ser artista? –prosiguió el joven–. Es tan pobre… ¡tan pobre!
–No sé qué quiere
decir –dijo Miss Fancourt, que tenía aspecto grave.
–En comparación
con ser una persona de acción, con vivir las propias obras.
–Pero, ¿qué es el
arte sino una vida intensa… si fuera real? –preguntó ella–. Creo que es la única,
¡todo lo demás es tan tosco! –su compañero se rio y ella expresó con su encantadora
serenidad lo que se le ocurrió a continuación–. Es muy interesante conocer a tanta
gente célebre.
–Eso creería… pero
seguro que eso no es nuevo para usted.
–Pero si nunca he
visto a nadie, a nadie: viviendo siempre en Asia.
La manera en que
hablaba de Asia de algún modo lo hechizaba.
–Pero, ¿no está
ese continente plagado de grandes figuras? ¿No ha administrado usted provincias
en la India y ha encadenado a su coche a rajás cautivos y a príncipes tributarios?
Era como si ni siquiera
le importase a ella que él quisiera divertirse a su costa.
–Fui allá con mi
padre, al salir del colegio. Fue delicioso estar con él; él y yo estamos solos en
el mundo… pero no existía la sociedad que a mí más me gusta. Nunca se oía hablar
de un cuadro, nunca de un libro, excepto de los malos.
–¡Nunca de un cuadro!
Pero, ¿no era toda la vida un cuadro?
Abarcó con la mirada
el delicioso lugar donde estaban sentados.
–Nada que pueda
compararse con esto. ¡Adoro Inglaterra!
Ello hizo que vibrara
en él la cuerda sagrada.
–No niego, por supuesto,
que tengamos que hacer algo con ella, la pobre, ya.
–La verdad es que
todavía no ha sido tocada –dijo la muchacha.
–¿Dijo eso Mr. St.
George?
Había en su pregunta,
como él sintió, una pequeña e inocente chispa de ironía; a la que, no obstante,
contestó ella de manera muy sencilla, sin advertir la insinuación.
–Sí, dice que Inglaterra
no ha sido tocada… considerando todo lo que hay –continuó con vehemencia–. Está
tan interesado en nuestro país. El escucharlo hace que uno quiera hacer algo.
–Haría que yo
lo quisiera –dijo Paul Overt, sintiendo con fuerza, en ese instante, la sugestión
de lo que ella había dicho y la emotividad con que lo había dicho, y bien consciente
del incentivo que, en labios de St. George, podrían ser tales palabras.
–Usted… ¡como si
no lo hubiera deseado! Me gustaría tanto oírlos hablar –añadió ardientemente.
–Eso es muy cordial
de su parte; pero todo sería a su manera. Estoy postrado ante él.
Ella tenía un aire
serio.
–¿Cree entonces
que es tan perfecto?
–Nada más lejos
de eso. Algunos de sus libros me parecen de una excentricidad…
–Sí, sí… él lo sabe.
Paul Overt la miró
fijamente.
–¿Que me parecen
excéntricos…?
–Pues sí, o en cualquier
caso que no son lo que debieran ser. Me dijo que no los estimaba. Me ha dicho unas
cosas maravillosas… es tan interesante.
Para Paul Overt
supuso cierta conmoción enterarse de que el genio exquisito del que estaban hablando
había sido reducido a una confesión tan explícita y que la había hecho, en su miseria,
al primero en llegar; porque aunque Miss Fancourt era encantadora, ¿qué era, después
de todo, sino una muchacha inmadura encontrada en una casa de campo? Sin embargo,
éste era precisamente parte del sentimiento que él mismo acababa de expresar; disculparía
al pobre gran hombre pecable no porque no comprendiera sus escritos, sino, en suma,
porque lo hacía. Su consideración se componía a medias de ternura por superficialidades
a las que estaba seguro que juzgaba en privado quien las perpetraba, las juzgaba
más ferozmente que nadie, y que representaban algún trágico secreto intelectual.
Tendría sus razones para su sicología à fleur de peau, y estas razones solo
podían ser crueles, del tipo que lo harían más querido de los que ya le tenían afecto.
–Usted provoca mi
envidia. Tengo mis reservas, discrimino… pero lo quiero –dijo Paul en un momento–.
Y verlo por primera vez de esta manera es para mí un gran acontecimiento.
–¡Qué trascendental…
qué magnífico! –exclamó la muchacha–. ¡Qué delicioso reunirlos!
–Que sea obra de
usted… lo hace perfecto –respondió nuestro amigo.
–Él está tan impaciente
como usted –prosiguió ella–. Pero es tan extraño que no se hayan conocido…
–En realidad no
es tan extraño como le parece. He salido mucho de Inglaterra, he estado ausente
repetidas veces estos últimos años.
Ella acogió esto
con interés.
–Y, sin embargo,
escribe usted de ella como si estuviera siempre aquí.
–Quizás sea precisamente
por estar fuera. En cualquier caso, sospecho que los mejores pasajes son los que
fueron escritos en lugares horribles del extranjero.
–¿Y por qué eran
horribles?
–Porque eran lugares
de reposo… donde mi pobre madre moría.
–¿Su pobre madre?
–era toda un dulce interrogante.
–Íbamos de sitio
en sitio para que ella se mejorara. Pero no mejoró. A la espantosa Riviera (¡la
odio!), a los altos Alpes, a Argel, y muy lejos –un viaje horrible–, a Colorado.
–¿Y no está mejor?
–continuó Miss Fancourt.
–Murió hace un año.
–¿De verdad? ¡Como
la mía! Solo que de eso hace años. Algún día debe hablarme de su madre –añadió.
Ante esas palabras,
en un primer momento, solo pudo mirarla.
–¡Qué cosas tan
bien dichas! Si dice cosas así a St. George no me extraña que sea su esclavo.
Esto la detuvo un
momento.
–No sé a qué se
refiere. Él no hace ni discursos ni declaraciones, no es ridículo.
–Entonces me temo
que usted considera que yo lo soy.
–No; no es así –lo
dijo bastante secamente. Y a continuación añadió–: Él comprende… lo comprende todo.
El joven estaba
a punto de decir jocosamente: “Y yo no, ¿no es eso?”, pero estas palabras fueron
cambiadas, a tiempo, por otras ligeramente menos triviales.
–¿Supone usted que
comprende a su esposa?
Miss Fancourt no
dio una respuesta directa, sino que, tras un momento de duda, dijo:
–¿No es encantadora?
–¡Qué va!
–Aquí viene. Ahora
tiene que conocerlo –continuó–. Un pequeño grupo de huéspedes se había reunido en
el otro extremo de la galería y habían sido allí sobrepasados por Henry St. George,
quien entró desde una habitación contigua. Durante un momento se quedó cerca de
ellos sin entrar en la conversación, y de una mesa tomó una antigua miniatura y
la observó vagamente. Al cabo de un minuto advirtió la presencia de Miss Fancourt
y su acompañante a cierta distancia, ante lo cual, depositando la miniatura, se
aproximó a ellos con la misma actitud indecisa, las manos en los bolsillos y volviendo
los ojos, de izquierda a derecha, hacia los cuadros. La galería era tan larga que
ese recorrido llevó algún tiempo, especialmente porque hubo un momento en que se
detuvo a admirar el excelente Gainsborough.
–Dice que su éxito
ha sido obra de Mrs. St. George –continuó la muchacha en voz ligeramente más baja.
–¡Ah, qué oscuro
suele ser! –rio Paul.
–¿Oscuro? –repitió
ella como si lo oyera por vez primera. Sus ojos se posaron en su otro amigo, y a
Paul no le pasó inadvertida la impresión que daban de enviar grandes haces de ternura–.
¡Va a hablar con nosotros! –musitó emocionada. Había cierto embeleso en su voz y
nuestro amigo se sobrecogió. “Cielo santo, ¿le importa él de tal modo?… ¿está enamorada
de él?”, se preguntó mentalmente.
–¿No le dije que
estaba impaciente? –le había preguntado ella mientras tanto.
–Es una impaciencia
disimulada –respondió el joven mientras el objeto de su observación permanecía ante
el Gainsborough–. Se dirige hacia nosotros tímidamente. ¿Quiere él decir que su
mujer lo salvó quemando ese libro?
–¿Ese libro? ¿qué
libro quemó? –la muchacha volvió rápidamente la cara hacia él.
–¿Es que no se lo
ha dicho?
–Ni una palabra.
–¡Entonces no se
lo dice todo! –Paul había adivinado que ella suponía en gran medida que lo hacía.
El gran hombre había reanudado su curso y se aproximaba; a pesar de lo cual su más
capacitado admirador arriesgó una observación profana.
–¡San Jorge y el
Dragón es lo que sugiere la anécdota!
Sin embargo, su
compañera no lo oyó: sonrió al adversario del dragón.
–Está impaciente…
¡lo está! –insistió.
–Impaciente por
usted… sí.
Pero mientras tanto
ella había dicho en voz alta:
–Estoy segura de
que quiere conocer a Mr. Overt. Serán grandes amigos y para mí será siempre delicioso
recordar que yo estaba aquí cuando ustedes se conocieron, y que tuve algo que ver
con ello.
Había una frescura
de intención en las palabras que las hacía surgir; sin embargo, nuestro joven sintió
pena por Henry St. George, tal como sentía pena en cualquier momento por cualquier
persona que fuera invitada públicamente a mostrarse interesada y encantadora. Lo
habría conmovido tanto creer que un hombre a quien admiraba profundamente se preocupaba
una pizca por él, que no hubiera jugado con tal presunción, de haber sido vana.
En una sola mirada de los ojos del Maestro digno de perdón leyó –con el tipo de
perspicacia propia de su talento– que este personaje tenía siempre una reserva de
paciencia amistosa, que era parte de su rico bagaje, pero que no estaba versado
en página impresa alguna de un escritorzuelo prometedor. Hubo incluso alivio, simplificación
de eso: si le gustaba ya tanto por lo que había hecho, ¿cómo podría haberle gustado
más por una percepción que, como mucho, tenía que haber sido vaga? Paul Overt se
levantó, intentando demostrar su compasión, pero en el mismo instante se encontró
envuelto en el arte personal afortunado de St. George, un comportamiento cuya esencia
consistía en conjurar situaciones falsas. Todo tuvo lugar en un momento. Paul era
consciente de que ahora lo conocía, consciente de su apretón de manos y de la cualidad
misma de su mano; de su cara, vista más de cerca y por tanto mejor vista, de una
confianza general confraternizadora y en particular de la circunstancia de que él
no le disgustaba a St. George (al menos todavía) por haber sido impuesto por una
muchacha llena de encanto, pero demasiado arrolladora, lo suficientemente atractiva
sin tales pretendientes. En cualquier caso no se reflejó irritación alguna en la
voz con la que interrogó a Miss Fancourt sobre cierto plan de dar un paseo, un paseo
de todo el grupo por el parque. En seguida había dicho algo a Paul de una conversación
–“Tenemos que mantener una conversación tremenda; hay tantas cosas, ¿verdad?”– pero
nuestro amigo vio que en este caso la idea no tendría un efecto inmediato. De todos
modos estaba contentísimo, incluso después de que quedara decidido lo del paseo;
los tres pasaron poco después a la otra parte de la galería, donde se comentó el
plan con varios miembros del grupo; incluso cuando, después de que todos se hubieran
marchado, se encontró en compañía de Mrs. St. George durante media hora. Su marido
se había adelantado con Miss Fancourt y la pareja se hallaba ya bien apartada de
la vista. Era el más bello de los recorridos para una tarde de verano: un circuito
cubierto de hierba, de una extensión inmensa, que orillaba el parque. El parque
se hallaba completamente circuido por su viejo muro rojo, veteado, pero perfecto,
el cual quedaba a la izquierda de los paseantes y constituía en sí mismo un objeto
de interés. Mrs. St. George mencionó el sorprendente número de acres así abarcados,
junto con otros numerosos datos que se relacionaban con la propiedad y la familia,
y las otras propiedades de la familia: no sabía cómo instarlo lo suficiente para
que viera sus otras casas. Repasó los nombres de éstas y citó los cambios que habían
experimentado con la facilidad que da la práctica, haciendo que pareciera una lista
casi interminable. Había recibido a Paul Overt muy amablemente cuando él se acercó
para hablarle de su alegría por haber sido presentado a su marido, y le pareció
una mujercita tan despierta y complaciente que se sintió bastante avergonzado del
mot que sobre ella había tenido con Miss Fancourt; aunque pensó que otras
cien personas, en otras tantas ocasiones, seguramente hubieran dicho lo mismo. Se
llevó con Mrs. St. George, en suma, mejor de lo que esperaba; pero esto no impidió
que ella advirtiera de repente que estaba mareada de cansancio y que debía llevarla
de vuelta a la casa por el camino más corto. Confesó que tenía menos fuerza que
un gatito y que era una pobre ruina; cualidad que Overt no había discernido en ella
al estar demasiado absorto preguntándose en qué sentido podía considerarse a su
marido obra suya. Había captado un destello de respuesta cuando ella anunció que
debía dejarlo, aunque esta percepción era desde luego provisional. Precisamente
cuando estaba poniéndose a su disposición para el regreso, la situación sufrió un
cambio; Lord Masham había aparecido de pronto, de regreso junto a ellos, les había
dado alcance tras surgir de entre los arbustos –Overt no habría podido decir cómo
apareció– y Mrs. St. George había dicho en tono de protesta que quería que se la
dejara en paz y no interrumpir la reunión. Un momento después se alejaba con lord
Masham. Nuestro amigo retrocedió y se unió a lady Watermouth, a quien comunicó que
Mrs. St. George se había visto obligada a renunciar al intento de ir más lejos.
–No debería haber
salido, para empezar –comentó su señoría de bastante mal humor.
–¿Tan enferma está?
–Mucho –y su anfitriona
añadió aún con mayor austeridad–: ¡La verdad es que no debería venir! –se preguntó
qué quería dar a entender con eso, y al poco tiempo dedujo que no era una reflexión
sobre la conducta de la dama o sobre su naturaleza moral: solo indicaba que sus
fuerzas no estaban de acuerdo con sus aspiraciones.
3
El salón de fumadores de Summersoft estaba a escala
del resto del lugar; alto, claro, confortable y decorado con unas tallas y molduras
de tal refinamiento, que más parecía un cenador para que las señoras se sentaran
a trabajar con sus lanas desvaídas, que un parlamento de señores fumando fuertes
puros. Los caballeros se reunieron ahí en número considerable el domingo por la
noche, congregándose principalmente en un extremo, delante de una de las bellas
y frescas chimeneas de mármol blanco, cuyo friso se hallaba adornado con un pequeño
y exquisito “tema” italiano. Había otra en la pared de enfrente y, gracias a la
suavidad de la noche de verano, ninguna de las dos estaba encendida; pero el núcleo
de aglutinamiento lo proporcionaba una mesa en el rincón de la chimenea, cubierta
de botellas, frascos y vasos. Paul Overt era un fumador infiel; fumaba cigarros
por razones que nada tenían que ver con el tabaco. Esto era precisamente lo que
sucedía en la ocasión de la que hablo; su motivo era la ilusión de una pequeña charla
directa con Henry St. George. La “tremenda” comunión sobre la que el gran hombre
le había hecho concebir esperanzas unas horas antes aún no había tenido lugar, y
esto lo entristecía considerablemente, puesto que al día siguiente el grupo tomaría
direcciones distintas inmediatamente después del desayuno. Había sufrido la decepción,
sin embargo, de descubrir que al parecer el autor de Shadowmere no estaba
dispuesto a prolongar su vigilia. No se hallaba entre los caballeros reunidos cuando
entró Paul, ni era ninguno de los que aparecieron, con vistosos atuendos, durante
los diez minutos siguientes. El joven esperó un poco preguntándose si habría ido
solo a ponerse algo extraordinario; esto explicaría su retraso y al mismo tiempo
contribuiría en mayor medida a la impresión que Overt tenía de su tendencia a cumplir
con lo superficial y preestablecido. Pero no llegaba, debía de haber estado poniéndose
algo más extraordinario de lo que era probable. Nuestro héroe se rindió, sintiéndose
un poco lastimado, un poco herido, por la pérdida de veinte codiciadas palabras.
No estaba enfadado, pero exhalaba el humo en suspiros, con la sensación de haberse
visto quizá privado de algo poco común. Empezó a moverse lentamente por la habitación
con su pesar, mirando los antiguos grabados de las paredes. Estando en tal actitud
sintió al poco una mano en el hombro y una voz amistosa en el oído.
–Ah, muy bien. Esperaba
poder encontrarlo. Bajé a propósito –St. George no se había cambiado de ropa y ofrecía
una cara magnífica, la más solemne, a la que nuestro joven respondió todo halagado.
Explicó que era solo por el Maestro –la idea de una pequeña charla– por lo que se
había quedado, y que, al no encontrarlo, había estado a punto de irse a la cama.
–Pues verá, yo no
fumo, mi esposa no me deja –dijo St. George buscando un sitio para sentarse–. Me
hace muy bien, muy bien. Vayamos a ese sofá.
–¿Quiere decir que
fumar le hace bien?
–No, no, que no
me deje. Es una gran cosa tener una mujer que esté tan segura de todo aquello de
lo que uno puede prescindir. Uno podría no descubrirlo nunca. No me permite que
toque un cigarro –tomaron posesión de un sofá que se hallaba a cierta distancia
del grupo de fumadores y St. George prosiguió–: ¿Tiene usted?
–¿Un cigarro?
–No, por Dios, esposa.
–No; y sin embargo
renunciaría a mi cigarro por una.
–Renunciaría a mucho
más que eso –respondió St. George–. Pero obtendría mucho a cambio. Hay bastante
que decir en favor de las esposas –añadió doblando los brazos y cruzando las extendidas
piernas. Rechazó el tabaco por completo y esperó sin ofrecer fuego. Su acompañante
dejó de fumar, impresionado por su cortesía; y después de todo se hallaban fuera
del alcance del humo, su sofá estaba en una esquina apartada. Habría sido una equivocación,
continuó St. George, una gran equivocación haberse separado sin una pequeña conversación.
–Porque lo sé todo
de usted –dijo–. Sé que es usted muy notable. Escribió un libro muy distinguido.
–¿Y cómo lo sabe?
–preguntó Paul.
–Pero querido amigo,
está en el aire, está en los periódicos, está en todas partes –St. George hablaba
con la familiaridad perentoria de un colega, con un tono que a su vecino le pareció
el susurro mismo de los lauros–. Usted está en boca de todos los hombres y, lo que
es mejor, de todas las mujeres. He estado leyendo su libro en estos días.
–¿En estos días?
Esta tarde no lo había leído usted –dijo Overt.
–¿Cómo lo sabe?
–Creo que tendría
que saber cómo lo sé –rio el joven.
–Supongo que se
lo habrá dicho Miss Fancourt.
–La verdad es que
no… más bien me indujo a creer que lo había leído.
–Sí, eso sí es lo
que ella haría. ¿No cree que despide un fulgor rosado sobre la vida? Pero usted
no le creyó, ¿no es eso? –preguntó St. George.
–No; no cuando usted
se nos acercó allí.
–¿Fingí? ¿Fingí
mal? –pero sin esperar la respuesta, St. George continuó–. Siempre debiera creer
a una muchacha como esa… siempre, siempre. A algunas mujeres se las debe tomar con
concesiones y reservas; pero a ella hay que tomarla tal y como es.
–Me gusta mucho
–dijo Paul Overt.
Su tono tenía algo
que excitó en su compañero la sensación momentánea de lo absurdo; quizás fuese el
aire de deliberación que flotaba en este juicio. St. George estalló en carcajadas
para responder.
–Eso es lo mejor
que puede hacer con ella. ¡Es una joven poco común! No obstante, a decir verdad,
confieso que esta tarde no lo había leído.
–¿Ve usted cuánta
razón tenía en ese caso particular para no creer a Miss Fancourt?
–¡Razón! ¿Cómo puedo
estar de acuerdo cuando por eso perdí crédito?
–¿Desea pasar exactamente
por ser tal como ella lo representa? Entonces no tiene nada que temer –dijo Paul.
–Ah, mi querido
joven, no hable de pasar… ¡cuando se trata de alguien como yo! Yo me estoy pasando,
ni más ni menos. ¡Ella puede emplear su joven imaginación (¿no cree que es magnífica?)
para algo mejor que para “representar” de la manera que sea a un animal tan cansado
y agotado! –el Maestro habló con una repentina tristeza que produjo una protesta
por parte de Paul; pero antes de que la protesta pudiera ser formulada prosiguió,
volviendo a la apreciable novela de este último–: No tenía ni idea de que fuera
tan bueno… se oyen tantas cosas. Pero usted es sorprendentemente bueno.
–Voy a ser sorprendentemente
mejor –se atrevió a responder Overt.
–Ya lo veo, y eso
es lo que me atrae. No veo tantas otras cosas –cuando se mira en derredor– que vayan
a ser sorprendentemente mejores. Van a ser constantemente peores… la mayoría. Resulta
tanto más fácil ser peor… el cielo sabe que yo me encontré con eso. No me produce
gran satisfacción lo que se comenta por todas partes, ¿sabe? Pero usted tiene que
ser mejor… tiene que continuar de verdad. Yo no lo hice, desde luego. Es muy difícil,
es lo maldito de todo este asunto, continuar. Pero veo que usted será capaz de hacerlo.
Será una gran desgracia si no es así.
–Es muy interesante
oírlo hablar de sí mismo, pero no sé qué quiere decir con sus alusiones de haber
empeorado –observó Paul Overt con una hipocresía perdonable. Su compañero le gustaba
tanto que el hecho de cierta declinación de su talento o de su cuidado dejó de ser
algo vívido para él, en ese momento.
–No diga eso, no
diga eso –respondió St. George con gravedad apoyando la cabeza en el respaldo del
sofá y posando los ojos en el techo–. Sabe perfectamente a lo que me refiero. No
he leído ni veinte páginas de su libro sin ver que no puede evitarlo.
–Me hace muy desgraciado
–suspiró Paul con éxtasis.
–Me alegro por eso,
porque puede servirle de una especie de aviso. Bastante ofensivo debe ser, especialmente
para una mente joven y fresca, llena de fe, el espectáculo de un hombre destinado
a mejores cosas, hundido en semejante deshonra a mi edad. –St. George, en la misma
actitud contemplativa, hablaba suave, pero deliberadamente, y sin emoción perceptible.
En verdad su tono sugería una lucidez impersonal casi cruel, cruel consigo mismo,
e indujo a su joven amigo a que posara una mano argumentadora en su brazo. Pero
prosiguió mientras sus ojos parecían seguir las gracias del techo del siglo XVIII–:
míreme bien, tómese a pecho mi lección… porque es una lección. Que le reporte algo
bueno, estremézcase al menos con la lamentable impresión que ha recibido, y que
esto lo ayude a mantenerse derecho en el futuro. No se convierta en la vejez en
lo que yo me he convertido en la mía, ¡la ilustración deplorable y deprimente de
la adoración de dioses falsos!
–¿A qué se refiere
cuando habla de su vejez? –preguntó el joven.
–Esto me ha hecho
viejo. Pero me gusta su juventud.
Paul no respondió.
Permanecieron en silencio un minuto. Los otros seguían hablando de la mayoría gubernamental.
Y a continuación:
–¿A qué se refiere
cuando habla de dioses falsos? –preguntó.
Su compañero no
encontró dificultad alguna en decir:
–Los ídolos del
mercado; el dinero y el lujo y “el mundo”; colocar a los hijos y vestir a la mujer;
todo lo que lo lleva a uno por el camino corto y fácil. ¡Ah, las vilezas que le
hacen cometer a uno!
–Pero cualquiera
tiene el derecho de querer colocar a los hijos.
–A uno no le incumbe
tener hijos –declaró St. George plácidamente–. Quiero decir, desde luego, si se
quiere hacer algo bueno.
–Pero ¿no sirven
de inspiración, de incentivo?
–De incentivo para
la perdición, artísticamente hablando.
–Toca temas muy
profundos, temas que me gustaría discutir con usted –dijo Paul–. Me gustaría que
me hablara interminablemente de sí mismo. ¡Esto es un festín para mí!
–Naturalmente que
lo es, joven cruel. Pero para demostrarle que aún no soy incapaz, degradado como
estoy, de profesar un acto de fe, ataré mi vanidad a la estaca y la quemaré hasta
convertirla en cenizas. Tiene que venir a verme, tiene que venir a vernos –sustituyó
rápidamente el Maestro–. Mrs. St. George es encantadora; no sé si ha tenido la oportunidad
de hablar con ella. Estará contenta de verlo; le gustan las grandes celebridades,
ya sean incipientes o consagradas. Tiene que venir a cenar; mi esposa le escribirá.
¿Dónde se lo puede localizar?
–Esta es mi modesta
dirección –y Overt sacó una agenda y extrajo una tarjeta de visita. Pensándolo mejor,
sin embargo, la retuvo, comentando que no daría a su amigo la molestia de ocuparse
de eso, sino que iría a verlo en seguida en Londres, y la dejaría a la puerta si
no lograba obtener acceso.
–Probablemente no
lo logrará; mi mujer siempre está fuera, y cuando no está fuera está agotada por
haber salido. Tiene que venir a cenar, aunque eso tampoco le hará mucho bien, pues
mi mujer se empeña en preparar grandes comidas –St. George siguió considerándolo,
pero a continuación dijo–: tiene que venir a vernos al campo, eso es lo mejor; tenemos
mucho sitio, y no está mal.
–¿Tiene usted una
casa en el campo? –preguntó Paul con envidia.
–¡No como ésta!
Pero tenemos una especie de lugar al que vamos, a una hora de Euston. Ésa es una
de las razones.
–¿Una de las razones?
–Por las que mis
libros son tan malos.
–¡Dígame todas las
demás! –rio Paul anhelante.
Su amigo no respondió
directamente a esto, sino que dijo con brusquedad:
–¿Por qué antes
no lo había visto nunca a usted?
El tono de la pregunta
fue particularmente halagador para nuestro héroe, a quien le pareció que implicaba
que el gran hombre percibía ahora que, durante años, se había perdido algo.
–En parte, supongo,
porque no ha habido ninguna razón especial para que me viera. No he vivido en el
mundo, en su mundo. He pasado muchos años fuera de Inglaterra, en diferentes lugares
del extranjero.
–Pues no lo vuelva
a hacer, por favor. Debe hacer Inglaterra, tiene tanto…
–¿Quiere decir que
he de escribir sobre ella? –y Paul hizo sonar la nota del candor interesado de un
niño.
–Claro que sí. Y
estupendamente bien, si no le parece mal. Eso disminuye un poco mi estima por lo
suyo… que sucede en el extranjero. ¡Al diablo con “el extranjero”! Quédese aquí
y haga cosas aquí… haga temas que puedan medirse.
–Haré lo que usted
me diga –replicó Overt, profundamente cortés–. Pero perdóneme si digo que no entiendo
cómo ha estado leyendo el libro –añadió–. Lo he tenido ante mí toda la tarde primero
en ese largo paseo, luego con el té en el césped, hasta que fuimos a vestirnos para
la cena, y toda la noche en la cena y en este lugar.
St. George volvió
la cara con una sonrisa.
–Le dediqué tan
solo un cuarto de hora.
–Un cuarto de hora
es inmenso, pero no comprendo dónde lo metió. En el salón, después de cenar, no
estaba leyendo, estaba hablando con Miss Fancourt.
–Es lo mismo, porque
hablábamos de Ginistrella. Me la describió, me prestó su ejemplar.
–¿Se lo prestó?
–Viaja con él.
–Es increíble –Paul
se ruborizó.
–Para usted es glorioso,
pero a mí también me vino muy bien. Cuando las señoras fueron a acostarse, tuvo
la amabilidad de ofrecerse a hacerme llegar el libro. Su doncella me lo trajo al
vestíbulo y me fui con él a mi habitación. No tenía intención de venir aquí, lo
hago muy rara vez. Pero no me duermo temprano, siempre tengo que leer una o dos
horas. Me senté con su novela ahí mismo, sin cambiarme, sin quitarme nada más que
la chaqueta. Creo que eso es señal de que mi curiosidad había sido poderosamente
despertada. Leí durante un cuarto de hora, como le digo, e incluso en un cuarto
de hora quedé enormemente impresionado.
–El principio no
es muy bueno, ¡es el conjunto! –dijo Overt que había escuchado esta exposición con
interés extremo–. ¿Y dejó el libro y vino a verme? –preguntó.
–Así es como me
ha impresionado. Me dije, “veo que es solo obra suya, y él está aquí, por cierto,
y el día ha llegado a su fin y no he cruzado veinte palabras con él”. Se me ocurrió
que quizá estuviera en el salón de fumadores y que no sería demasiado tarde para
reparar mi omisión. Quería ser atento con usted, así que me puse la chaqueta y bajé.
Volveré a leer su libro cuando suba.
Nuestro amigo echó
una mirada a su alrededor desde su sitio; estaba conmovido como nunca lo había estado
por semejante manifestación a su favor.
–Realmente es usted
el más amable de los hombres. Cela s’est passé comme ça? ¡y yo he estado
aquí con usted todo este tiempo y no lo he sospechado ni se lo he agradecido!
–Agradézcaselo a
Miss Fancourt, fue ella quien hizo que me emocionara. Me ha hecho sentir que había
leído su novela.
–¡Es un ángel del
cielo! –declaró Paul.
–Realmente lo es.
Nunca he visto a nadie como ella. Su interés por la literatura es conmovedor, algo
bastante propio de ella; todo se lo toma muy seriamente. Siente las artes y quiere
sentirlas más. Para los que las practican es casi humillante su curiosidad, su comprensión,
su buena fe. ¿Cómo puede ser cualquier cosa tan hermosa como ella la supone?
–Es un organismo
poco común –suspiró el joven.
–El más rico que
he visto, una inteligencia artística realmente de primer orden. ¡Y presentada de
tal forma! –exclamó St. George.
–A uno le gustaría
describir a una muchacha así –continuó Paul.
–Ah, ahí está… no
hay nada como la vida –dijo su compañero–. Cuando uno se siente acabado, exprimido
y agotado y cree que el costal está vacío, todavía se siente atracción, emociones
y estremecimientos, la idea brota, del seno de lo real, y demuestra que siempre
hay algo que hacer. Pero yo no lo haré, ¡ella no es para mí!
–¡Qué es eso de
que no es para usted!
–Todo se ha terminado;
es para usted, si quiere.
–¡Mucho peor! –dijo
Paul–. Ella no es para un deslucido hombrecillo de letras; es para el mundo, el
rico y prometedor mundo de sobornos y recompensas. Y el mundo se apoderará de ella
y se la llevará consigo.
–Lo intentará… pero
es un caso en el que puede haber lucha. Valdría la pena luchar, para un hombre que
lo tuviera dentro, con juventud y talento de su parte.
Estas palabras resonaron
no poco en la conciencia de Paul Overt, lo mantuvieron brevemente en silencio.
–Es una maravilla
que ella haya seguido siendo como es dándose de tal manera… con tanto que dar.
–¿Quiere decir que
haya seguido siendo tan ingenua… tan natural? Ah, por eso no se preocupa, da porque
rebosa. Tiene sus propios sentimientos, sus pautas; no se acuerda siempre de que
debe ser orgullosa. Y además no lleva aquí el tiempo suficiente para haberse estropeado;
adoptó una o dos modas, pero solo las divertidas. Es una provinciana… una provinciana
con genio –continuó St. George–; incluso sus patinazos son encantadores, sus equivocaciones
interesantes. Ha regresado de Asia con todo tipo de curiosidades suscitadas y apetitos
sin saciar. Ella es en sí misma de primera categoría y se malgasta en la segunda.
Es la vida misma y se toma un interés poco común por las imitaciones. Confunde todas
las cosas, pero no hay ninguna respecto a la que no perciba algo. Ve las cosas en
perspectiva, como desde la cima del Himalaya, y aumenta todo lo que toca. Sobre
todo exagera… para consigo misma, me refiero. ¡Nos exagera a usted y a mí!
Nada había en esa
descripción que pudiera aplacar la inquietud que en nuestro amigo había causado
semejante esbozo de un hermoso tema. Le parecía que mostraba el arte de la admirada
mano de St. George, y se perdió contemplando la visión –que se cernía ante él– de
la figura de una mujer que debiera ser parte del esplendor de una novela. Pero al
cabo de un momento se había convertido en humo, y del humo –la última bocanada de
un gran puro– surgió la voz del General Fancourt, que había dejado a los otros y
había venido y se había colocado delante de los caballeros del sofá.
–Supongo que cuando
ustedes, los colegas, se ponen a hablar se quedan levantados la mitad de la noche.
–¿La mitad de la
noche? Jamais de la vie! Yo sigo una higiene –y St. George se puso en pie.
–Comprendo, usted
es planta de invernadero –rio el general–. Así es como produce sus flores.
–Yo produzco las
mías entre las diez y la una de la mañana, ¡florezco con una regularidad! –continuó
St. George.
–¡Y con un esplendor!
–añadió el cortés general, mientras Paul advertía qué poco le importaba al autor
de Shadowmere, como se dijo a sí mismo, que se lo tratara como a un célebre
narrador. El joven se propuso que él nunca se acostumbraría a eso; siempre lo haría
sentirse incómodo –por la sospecha de que la gente pensara que tenía que hacerlo–
y querría evitarlo. Evidentemente, su gran colega se había curtido y endurecido,
se había provisto de una capa externa. El grupo de hombres había terminado los puros
y recogido sus palmatorias; pero antes de que salieran todos, lord Watermouth invitó
al par de huéspedes que habían estado tan absortos a que “tomaran” algo. Resultó
que los dos rehusaron, ante lo cual dijo el general Fancourt:
–¿En eso consiste
su higiene? ¿No riegan las flores?
–¡Debería ahogarlas!
–replicó St. George; pero, al abandonar la habitación aún junto a su amigo, dijo
caprichosamente al oído del joven, en tono bajo–: Mi mujer no me deja.
–¡Pues me alegro
de no ser uno de ustedes! –concluyó sonoramente el general.
La cercanía entre
Summersoft y Londres tenía una consecuencia, decepcionante para una persona que
hubiese saboreado de antemano la sociabilidad de un vagón de ferrocarril: la mayor
parte del grupo, tras el desayuno, volvía a la ciudad en coche, usando sus propios
vehículos que habían venido a recogerlos, mientras sus criados regresaban en tren
con el equipaje. Tres o cuatro jóvenes, entre los que se encontraba Paul Overt,
aprovecharon el servicio público; pero permanecieron en el pórtico de la casa viendo
cómo emprendían la marcha los demás. Miss Fancourt subió con su padre a una victoria,
después de haber dado la mano a nuestro héroe y de haber dicho, sonriendo de la
manera más franca del mundo:
–Tengo que verlo
más. Mrs. St. George es tan amable: ha prometido invitarnos a cenar a los dos juntos.
Esta dama y su marido
ocuparon su lugar en una berlina perfectamente equipada –ella precisaba un coche
cerrado– y mientras nuestra joven agitaba el sombrero en respuesta a sus saludos
y gestos ceremoniosos pensó que, considerados juntos, constituían una imagen honorable
del éxito, de las recompensas materiales y del crédito social de la literatura.
Cosas así no daban la plena medida, pero no obstante se sintió un poco orgulloso
de la literatura.
4
Antes de que hubiese transcurrido una semana se encontró
con Miss Fancourt en Bond Street, en la imaginación editada de las obras de un joven
artista en “blanco y negro”, que había sido tan amable de invitarlo al sofocante
escenario. Los dibujos eran admirables, pero el agolpamiento, en la pequeña habitación,
era tan denso que Overt se sentía como si estuviera metido hasta el cuello en una
bolsa de lana. En el borde exterior, una hilera de gente, doblando la espalda hacia
adelante y presentando, bajo ellos, una superficie aún más convexa de resistencia
a la presión de la masa, se esforzaba por conservar un espacio entre sus narices
y los marcos barnizados de los cuadros; mientras que el cuerpo central, en medio
de la relativa oscuridad proyectada por la ancha pantalla horizontal, que pendía
bajo la claraboya y dejaba tan solo un margen para el día, permanecía derecho, denso
y vago, perdido en la contemplación de sus propios ingredientes. Esta contemplación
se asentaba especialmente en los ojos tristes de ciertas cabezas femeninas, coronadas
de sombreros de extraños pliegues y plumaje, que se erguían por encima de los demás,
sobre largos cuellos. Una de las cabezas, percibió Paul, era con mucho la más bella
de la colección, y su siguiente descubrimiento fue que pertenecía a Miss Fancourt.
Su belleza se vio realzada por la sonrisa feliz que le envió a través de las obstrucciones
circundantes, sonrisa que lo atrajo a ella tan de prisa como pudo él moverse. Había
visto por sí mismo en Summersoft que lo último que contenía su naturaleza era una
afectación de indiferencia; pero aún con esta circunspección se sintió de nuevo
satisfecho al ver que ella no fingía aguardar su llegada con compostura. Sonreía
radiante, como si quisiera que él se apresurara y, en cuanto se aproximó lo suficiente,
estalló con voz jubilosa:
–¡Está aquí… está
aquí… volverá dentro de un momento!
–¿Su padre? –respondió
Paul mientras ella le ofrecía la mano.
–No, por Dios, esto
no está en la línea de mi pobre padre. Me refiero a Mr. St. George. Acaba de dejarme
para hablar con alguien. Va a volver. Fue él quien me trajo, ¿no es algo encantador?
–Ah, eso le da ventaja
sobre mí. Yo no podría haberla “traído”, ¿no?
–Si hubiera sido
tan amable de proponérmelo… ¿por qué no usted como él? –replicó la muchacha con
una cara que, sin expresar coquetería barata, afirmaba simplemente un hecho afortunado.
–Pues porque él
es un père de famille. Ellos tienen privilegios –explicó Paul. Y rápidamente–.
¿Irá usted a ver sitios conmigo? –preguntó.
–¡Lo que quiera!
–sonrió–. Ya sé lo que quiere decir, que las chicas tienen que tener a un montón
de gente… –y a continuación exclamó–: No sé; yo soy libre. Siempre he sido así.
Puedo ir por ahí con cualquiera. Estoy tan contenta de verlo –añadió con tanta y
tan dulce claridad que hizo volverse a los que se hallaban cerca de ella.
–Permítame al menos
pagarle esas palabras sacándola de este barullo –dijo su amigo–. ¡La gente no puede
pasarlo bien aquí!
–No, son unos mornes
horribles, ¡no! Pero yo estoy estupendamente y prometí a Mr. St. George que me quedaría
en este sitio hasta que volviera. Me va a sacar de aquí. Le mandan invitaciones
para cosas de este tipo, más de las que quiere. Es muy amable al pensar en mí.
–También a mí me
mandan invitaciones de este tipo, más de las que yo quiero. Y si acordarse de usted
es suficiente… –prosiguió Paul.
–¡Me encantan… todo
lo que es vida… todo lo que es Londres!
–Supongo que en
Asia no hay inauguraciones privadas –rio–. Pero qué pena que por este año, incluso
en esta abarrotada ciudad, ya se haya pasado la temporada.
–Bueno, el año que
viene entonces, porque espero que crea que vamos a ser siempre amigos. ¡Aquí viene!
–continuó Miss Fancourt antes de que Paul tuviera tiempo de contestar.
Divisó a St. George
entre los huecos de la muchedumbre, y esto quizá lo indujo a que se apresurara un
poco a decir:
–Espero que eso
no signifique que he de aguardar hasta el año que viene para verla.
–No, no, ¿no vamos
a vernos en una cena el veinticinco? –exclamó anhelante, con un entusiasmo tan dichoso
como el de él.
–Eso es casi el
año que viene. ¿No hay manera de verla antes?
Ella lo miró con
toda su luminosidad.
–¿Quiere decir que
vendría?
–Como un rayo, si
fuera tan buena de pedírmelo.
–Entonces el domingo…
¿este domingo?
–¿Qué he hecho para
que lo dude? –preguntó el joven con deleite.
Miss Fancourt se
volvió al instante hacia St. George, que ahora se había unido a ellos, y anunció
triunfalmente:
–¡Viene el domingo,
este domingo!
–Ah, ¡mi día…! ¡también
mi día! –dijo el famoso novelista, riendo, a su compañero.
–Sí, pero no solo
el suyo. Se verán en Manchester Square; hablarán… ¡serán maravillosos!
No nos vemos lo
suficiente –concedió St. George estrechando la mano de su discípulo–. ¡Demasiadas
cosas… demasiadas cosas! Pero lo compensaremos en el campo en septiembre. No habrá
olvidado que me ha prometido eso, ¿no?
–Pero si va a venir
el veinticinco, lo verá entonces –dijo la muchacha.
–¿El veinticinco?
–preguntó St. George vagamente.
–Cenamos con usted;
espero que no lo haya olvidado. Él cena fuera ese día –añadió alegremente a Paul.
–Es verdad… qué
estupendo ¿Y viene usted? No me lo había dicho mi mujer –le dijo St. George–. Demasiadas
cosas… demasiadas cosas –repitió.
–Demasiada gente…
demasiada gente –exclamó Paul, apartándose antes de que lo atravesara un codo.
–No debiera decir
eso. Todos lo leen.
–¿A mí? ¡Me gustaría
verlos! Solo dos o tres, como mucho –respondió el joven.
–¿Ha oído alguna
vez algo así? El muy arrogante sabe lo bueno que es –declaró St. George a Miss Fancourt
riéndose–. Me leen a mí, pero eso no hace que me gusten más. Alejémonos de ellos,
¡alejémonos! –Y los sacó de la exposición.
–Me va a llevar
al parque –comentó Miss Fancourt a Overt con júbilo mientras recorrían el pasillo
que conducía a la calle.
–Ah, ¡va él allí!
–preguntó Paul, tomando el hecho como una ilustración algo inesperada de las moeurs
de St. George.
–Es un día precioso,
habrá gran cantidad de gente. Vamos a mirar a la gente, a mirar a los tipos –continuó
la muchacha–. Nos sentaremos bajo los árboles; caminaremos por la avenida.
–Voy una vez al
año… de negocios –dijo St. George, que por casualidad había oído la pregunta de
Paul.
–O con una prima
del pueblo, ¿no me lo dijo? ¡Yo soy la prima del pueblo! –dijo a Paul por encima
del hombro mientras su amigo la conducía hacia un simón al que había hecho una señal.
El joven los observó mientras subían; se quedó parado, devolviendo con la mano el
cordial saludo con el que, cómodamente instalado junto a ella en el vehículo, St.
George se despidió de él. Se quedó hasta ver arrancar el vehículo y se perdió en
la confusión de Bond Street. Lo siguió con los ojos; aquello le produjo ideas embarazosas.
“¡Ella no es para mí!”, había dicho con énfasis el gran novelista en Summersoft;
pero su manera de comportarse con ella no parecía estar en armonía con tal convicción.
¿Cómo podría haber obrado de una manera diferente si hubiese sido para él? Una envidia
indefinida creció en el corazón de Paul Overt, mientras se ponía solo en camino;
un sentimiento se dirigió por igual extrañamente a cada uno de los ocupantes del
simón. ¡Cómo le gustaría a él traquetear por Londres con una muchacha así! ¡Cómo
le gustaría ir a mirar “tipos” con St. George!
El domingo siguiente
a las cuatro llegó a Manchester Square, donde su deseo secreto se vio gratificado,
al encontrar sola a Miss Fancourt. Se hallaba en una habitación grande, clara y
alegre, toda pintada de rojo, decorada con las originales y baratas telas floreadas
que se consideran originarias de países meridionales y orientales, donde se dice
que sirven de colchas a los campesinos, y adornada con cerámicas de vivos tonos,
distribuidas despreocupadamente en los estantes, y con muchas acuarelas de la mano
(se enteró el visitante) de la joven misma, que conmemoraban con valiente amplitud
las puestas de sol, las montañas, los templos y palacios de India. Transcurrió una
hora, más de una hora, dos horas, y en todo el tiempo no entró nadie. Su anfitriona
tuvo la amabilidad de comentar, con su liberal humanidad, que era maravilloso que
no fueran interrumpidos; sucedía tan rara vez en Londres, especialmente en esa temporada,
que la gente sostuviera una buena conversación. Pero ahora, por suerte, un hermoso
domingo, la mitad del mundo salía de la ciudad, y eso la hacía mejor para los que
no se iban, cuando estos otros congeniaban. Era el defecto de Londres –uno de los
dos o tres, la reducida lista de los que ella reconocía en la plagada ciudad–mundo
que adoraba–, que había muy pocas ocasiones buenas de hablar; nunca se tenía tiempo
para llegar lejos con algo.
–Demasiadas cosas…
¡demasiadas cosas! –dijo Paul, citando la exclamación de St. George de unos días
antes.
–Sí, para él hay
demasiadas, su vida es demasiado complicada.
–¿La ha visto usted
de cerca? Eso es lo que me gustaría hacer; podría explicar algunos misterios –prosiguió
su visitante. Ella preguntó a qué misterios se refería, y él dijo–: Pues, peculiaridades
de su obra, desigualdades, superficialidades. Para quien lo mira desde el punto
de vista artístico, contiene una ambigüedad sin fondo.
Ella volteó, al
momento, toda intensidad.
–Describa eso más…
es interesantísimo. No hay temas más sugerentes. Soy muy aficionada a ellos. Él
piensa que es un fracaso, ¡figúrese! –se lamentó bellamente.
–Eso depende de
cuál pueda haber sido su ideal. Con sus condiciones debiera haber sido alto. Pero
hasta que uno sepa qué es lo que realmente se propuso… ¿Por casualidad lo sabe usted?
–exclamó el joven.
–Oh, no me habla
de sí mismo. No puedo obligarlo, Sería demasiado atrevido. Paul estuvo a punto de
preguntarle que de qué hablaba entonces, pero la discreción lo detuvo y dijo en
cambio:
–¿Cree usted que
es desgraciado en su hogar?
Ella pareció sorprenderse.
–¿En su hogar?
–Quiero decir en
las relaciones con su mujer. Tiene una desconcertante manera de aludir a ella.
–No conmigo –dijo
Marian Fancourt con sus ojos claros–. Eso no estaría bien, ¿no? –preguntó en tono
grave.
–No especialmente;
pues me alegro de que no se la nombre a usted. Si la alabara a ella la aburriría
a usted y no le corresponde hacer otra cosa. Sin embargo, la conoce a usted mejor
que a mí.
–Ah, ¡pero lo respeta
a usted! –exclamó la muchacha como con envidia.
Su visitante la
contempló un momento y a continuación rompió a reír.
–¿Es que no la respeta
a usted?
–Por supuesto, pero
no de la misma manera. Respeta lo que usted ha hecho… así me lo dijo, el otro día.
Paul lo absorbió,
pero conservó sus facultades.
–¿Cuando fueron
a mirar tipos?
–Sí, encontramos
tantos: ¡tiene una manera de observarlos! Habló mucho de su libro. Dice que es verdaderamente
importante.
–¡Importante! Ah,
la gran criatura –y el autor de la obra en cuestión rugió de gozo.
–Estuvo divertidísimo,
inefablemente gracioso, mientras andábamos. Lo ve todo; tiene tantas comparaciones
e imágenes, y siempre son de lo más acertadas. C’est d’un trouvé, como dicen.
–Sí, ¡con sus condiciones
debiera haber hecho tales cosas! –suspiró Paul.
–¿Y no cree usted
que las ha hecho?
Ah, ésa era la cuestión.
–Parte de ellas
y, desde luego, incluso esa parte es inmensa. Pero él podía haber sido uno de los
más grandes. Incluso tal y como están –concluyó nuestro amigo con seriedad–, sus
escritos son una mina de oro.
Ella respondió con
ardor a esta declaración, y durante media hora la pareja discutió las principales
producciones del Maestro. Ella las conocía bien, las conocía aún mejor que su visitante,
quien estaba impresionado por su inteligencia crítica y por algo grande y audaz
en el movimiento de su mente. Dijo cosas que lo sorprendieron y que evidentemente
habían venido a ella directamente; no eran frases aprendidas, las colocaba demasiado
bien. St. George había tenido razón sobre lo de que era de primera categoría, sobre
lo de que no temía pasarse, que no recordaba que había de ser orgullosa. Algo le
volvió a la cabeza de repente, y dijo:
–Recuerdo que me
habló una vez de Mistress St. George. Dijo, a santo de una cosa u otra, que ella
no se preocupaba por la perfección.
–Ese es un gran
crimen en la esposa de un artista –replicó Paul.
–Sí, pobre –y la
muchacha suspiró como sugiriendo numerosas reflexiones, algunas de ellas mitigadoras.
Pero añadió poco después: –ah, perfección, perfección… ¡de qué manera debería dedicarse
uno a ella! Ojalá pudiera yo.
–Cada uno puede
a su manera –opinó su compañero.
–A la manera de
un hombre, sí, pero no a la de una mujer. Las mujeres tienen tantos obstáculos,
¡están tan condenadas! Y, sin embargo, es una especie de deshonor si no se intenta,
cuando se quiere hacer algo, ¿no es así? –prosiguió Miss Fancourt, dejando un tema
en su prisa por abordar otro, accidente común en ella. De modo que estos dos jóvenes
discutieron de temas elevados en su salón ecléctico, en su “temporada” de Londres:
discutieron con extrema seriedad el elevado tema de la perfección. Debe decirse
como atenuante de esta excentricidad que estaban interesados en el asunto. Su tono
poseía verdad y su emoción, belleza; no estaban adoptando una postura para con el
otro o para con alguna otra persona.
El tema era tan
amplio que se encontraron reduciéndolo; la perfección a la que, por el momento,
acordaron confinar sus especulaciones era la de la obra de arte válida y ejemplar.
La imaginación de nuestra joven, al parecer, se había dejado arrastrar lejos en
esa dirección, y su invitado sentía el poco común deleite de percibir un intercambio
completo en su conversación. Este episodio habrá vivido durante años en su recuerdo
e incluso en su asombro; tenía la cualidad que la fortuna destila solo gota a gota,
la cualidad que lubrica muchas fricciones subsiguientes. Todavía, siempre que quiere,
Overt ve la habitación, la locuaz y sociable habitación clara y roja con las cortinas
que, en un golpe de lograda audacia, ponían la nota de un azul vivo. Recuerda dónde
estaban ciertas cosas, cierto libro abierto sobre la mesa y el aroma casi intenso
de las flores colocadas, a la izquierda, en algún lugar tras él. Estos hechos constituían
el margen, por así decirlo, de una especial agitación cuyo nacimiento tuvo lugar
en esas dos horas y cuyo signo principal fue quizá impulsarlo interna y repetidamente
a susurrar: “¡no tenía ni idea de que hubiera alguien así!” La libertad de ella
lo asombraba y le encantaba… parecía simplificar de tal modo la cuestión práctica.
Se encontraba en la posición de un personaje independiente, una muchacha sin madre
que había salido de la adolescencia y contaba con una posición y con responsabilidades,
que no se hallaba sujeta a las limitaciones de una niña bonita. Iba y venía sin
arrastrar a una dama de compañía, recibía sola a la gente, y, aunque carecía totalmente
de severidad, la cuestión de protección o patrocinio no tenía relevancia con respecto
a ella. Ofrecía tal impresión de claridad y de nobleza combinadas con lo fácil y
lo natural que, a pesar de su situación eminentemente moderna, no sugería hermandad
de ningún tipo con la chica “fácil”. Era en verdad moderna, y hacía que Paul Overt,
que amaba el color viejo, la pátina dorada del tiempo, pensara con alarma en la
paleta abigarrada del futuro. No podía acostumbrarse a su interés por las artes
que a él le importaban; parecía demasiado bueno para ser cierto… era una aventura
muy improbable tropezar con semejante pozo de afinidades. Uno podía extraviarse
fácilmente en el desierto, lo decían las cartas y era ley de la vida; pero el tropezar
con un manantial cristalino era un accidente rarísimo. Sin embargo, si en un momento
las aspiraciones de ella parecían demasiado extravagantes para ser auténticas, al
momento siguiente a Paul se le antojaban demasiado inteligentes para ser falsas.
Eran a la vez elevadas y débiles y, si de caprichos se trataba, las prefería a cualquiera
de las que había encontrado en una relación similar. Era probable que las dejara
atrás, que las cambiara por la política o por la “agudeza” o por una mera y prolífica
maternidad, como era costumbre en muchachas que recibían educación y mimos, entregadas
a borronear papeles y pintarrajear telas en una época de lujo y en una sociedad
ociosa. Advirtió que las acuarelas de las paredes de la habitación en la que estaban
tenían la cualidad principal de ser ingenuas, y pensó que la ingenuidad en el arte
es como el cero en un número: su importancia depende de la cifra a la que va unido.
Mientras tanto, no obstante, se había enamorado de ella. Antes de irse, en cualquier
caso, le dijo:
–Pensé que St. George
iba a venir a verla hoy, pero no aparece.
Durante un momento
supuso que ella iba a exclamar “Comment donc? ¿Vino solo a verlo a él?”.
Pero un momento después se dio cuenta de lo poco que tal frase habría concordado
con la ausencia de cualquier nota de flirteo que hasta entonces había percibido
en ella. Solo respondió:
–Ah, sí; pero no
creo que venga. Me recomendó que no lo esperara.
Y a continuación
añadió alegremente, mas con toda suavidad:
–Dijo que no era
justo para usted. Pero yo creo que podría arreglármelas con dos.
–Yo también –repuso
Paul Overt, haciendo una pequeña concesión para coincidir con ella. En realidad
la apreciación que hizo de la circunstancia suponía de manera tan total una apreciación
de la mujer que se hallaba ante él, que otra figura en la escena, aun tan estimada
como St. George, podría haberlo atraído en vano. Salió de la casa preguntándose
qué había querido decir el gran hombre con lo de que no era justo para él; y, aún
más, si se había mantenido lejos por la fuerza de esta idea. Mientras se ponía en
camino por la soledad dominical de Manchester Square, balanceando el bastón y con
una buena dosis de emoción fermentando en su alma, le pareció que vivía en un mundo
extrañamente magnánimo. Miss Fancourt le había dicho que era posible que estuviese
fuera, y que su padre lo estaría el domingo siguiente, pero que tenía esperanza
de recibir una visita de él en el caso contrario. Le prometió hacerle saber si no
se ausentaba y entonces él podría actuar en consecuencia. Después de entrar por
una de las calles que se abrían desde la plaza, se detuvo, sin intenciones definidas,
buscando escépticamente un coche. Al cabo de un momento vio un simón avanzando por
el lugar, desde el otro lado y dirigiéndose hacia él. Estaba a punto de hacerle
una señal al cochero, cuando advirtió a un “pasajero” en el interior; entonces esperó,
viendo que el hombre se disponía a depositar a su pasajero al detenerse en una de
las casas. La casa era, al parecer, la que él mismo acababa de abandonar; al menos
sacó esa conclusión al reconocer a Henry St. George en la persona que bajó del simón.
Paul se volvió tan rápido como si hubiese sido sorprendido en el acto de espiar.
Abandonó la idea del coche, prefería ir andando; no iría a ningún lado. Se alegraba
de que St. George no hubiese renunciado por completo a su visita… eso habría sido
demasiado absurdo. Sí, el mundo era magnánimo, e incluso él mismo se sintió así
cuando, al mirar su reloj, vio que eran solo las seis, y mentalmente congratuló
a su sucesor por tener una hora para sentarse en el salón de Miss Fancourt. Quizá
él mismo empleara esa hora en hacer otra visita, pero para cuando llegó a Marble
Arch, la idea de tal plan se había vuelto incongruente. Pasó por debajo de ese esfuerzo
arquitectónico y entró en el parque y llegó hasta el extendido césped. Continuó
andando; cruzó por el césped y salió junto al estanque. Observó con ojos amistosos
la diversión de los londinenses, dirigió una mirada casi alentadora a las jóvenes
que remaban para su novio y a los guardias que con sus gorros de piel cosquilleaban
tiernamente las flores artificiales del sombrerito dominguero de su pareja. Prolongó
su paseo de meditación; entró en Kensington Gardens, se sentó en las sillas de alquiler,
miró los barquitos de vela lanzados sobre el estanque redondo y se alegró de no
tener ningún compromiso para cenar. Acudió a tal fin, muy tarde, a su club, donde
se sintió incapaz de elegir un menú y pidió al camarero que le trajera lo que hubiera.
Ni siquiera observó lo que le habían servido, y pasó la velada en la biblioteca
del establecimiento, haciendo que leía un artículo en una revista estadunidense.
No logró averiguar de qué trataba; parecía tratar confusamente de Marian Fancourt.
Casi al final de
la semana ella le escribió diciendo que no iba a ir al campo, acababa de ser decidido.
Su padre, añadió, nunca decidía nada, se lo dejaba todo a ella. Sentía que la responsabilidad
era suya –tenía que hacerlo– y puesto que se veía forzada, así es como se decidió.
No mencionó razón alguna, lo cual ofreció a nuestro amigo un terreno más claro para
la audaz conjetura. Este segundo domingo en Manchester Square estimó su fortuna
menos buena, pues ella tenía tres o cuatro visitantes. Pero hubo tres o cuatro compensaciones;
la mayor de las cuales fue quizá que, al enterarse de cómo su padre, a última hora,
había salido de la ciudad solo después de todo, la audaz conjetura de la que acabo
de hablar se hizo un tanto más audaz. Y además su presencia era su presencia, y
la personal habitación roja estaba allí y estaba llena de ella, sin importar que
pasaran y se desvanecieran fantasmas, emitiendo sonidos incomprensibles. Por último,
tuvo el recurso de quedarse hasta que todos hubieron llegado y salido y de considerar
esto obra de ella, aunque no dio ninguna señal en particular. Cuando se encontraron
solos fue al grano.
–Pero St. George
vino por fin… el domingo pasado. Lo vi cuando miré hacia atrás.
–Sí; pero fue la
última vez.
–¿La última vez?
–Dijo que no volvería
a venir.
Paul Overt la miró
fijamente.
–¿Quiere decir que
desea dejar de verla?
–No sé lo que quiere
decir –sonrió con valentía la muchacha–. En cualquier caso no volverá a verme aquí.
–¿Y puedo saber
por qué?
–No tengo la menor
idea –dijo Marian Fancourt, cuyo visitante la encontró más perversamente sublime
que nunca al profesar ese desamparo diáfano.
5
–Oh, por favor, quiero que se quede un poco –dijo Henry
St. George a las once, la noche en que cenó con el cabeza de la profesión. El grupo
–desde luego ninguno de ellos de la profesión– había sido numeroso y estaba despidiéndose;
nuestro joven, después de dar las buenas noches a su anfitriona, había extendido
la mano en ademán de despedida al dueño de casa. Además de producir en el último
la protesta que he citado, este movimiento provocó otra palabra sin precio sobre
la ocasión de mantener una charla, de ir a la habitación de St. George y de tenerlo
todo por decir, todavía. Paul Overt era todo deleite ante esta amabilidad; no obstante
mencionó en tono débil y jocoso el simple hecho de que había prometido ir a otro
lugar que se encontraba a considerable distancia.
–Pues va a romper
su promesa, eso es todo. ¡Vaya un embustero! –añadió St. George en un tono que confirmó
la cómoda sensación de nuestro joven.
–Desde luego que
la romperé… pero era una promesa auténtica.
–¿Se refiere a Miss
Fancourt? ¿La está siguiendo? –preguntó su amigo.
Contestó con una
pregunta.
–¿Es que ella va?
–¡Vil impostor!
–prosiguió su irónico anfitrión–. Lo he tratado generosamente en lo que a esa joven
respecta: no haré más concesiones. Espere tres minutos… en seguida estoy con usted
–se dedicó a despedir a sus invitados, acompañó a las damas con vestidos de cola
a la puerta. Era una noche calurosa, las ventanas estaban abiertas, el sonido de
los rápidos coches y la llamada de los serenos penetraba en la casa. El ambiente
había resplandecido no poco; una sensación de cosas festivas flotaba en el aire
cargado: no solo la influencia de esa fiesta en particular, sino también la insinuación
del apremio del placer extendido que en las noches veraniegas de Londres llena tantos
alegres barrios de la complicada ciudad. El salón de Mrs. St. George se vació gradualmente;
Paul se encontró a solas con su anfitriona, a quien explicó el motivo de su espera.
–Ah, sí, una conversación
intelectual, profesional –dijo con malicia–, ¿no cree que se echa de menos en esta
época del año? Pobre Henry, ¡me alegro tanto!
El joven miró un
momento por la ventana, a los simones solicitados que llegaban dando tumbos, las
suaves berlinas que se alejaban. Cuando se volvió, Mrs. St. George había desaparecido;
la voz de su marido ascendió hacia él desde abajo; se reía y hablaba, en el pórtico,
con alguna señora que aguardaba su coche. Paul tomó solitaria posesión, durante
unos minutos, de las cálidas habitaciones abandonadas, donde la luz tamizada y colorida
de las lámparas era suave, los asientos habían sido movidos en todas direcciones
y perduraba el aroma de las flores. Eran salas grandes, eran hermosas, contenían
objetos de valor; todo en ese cuadro hablaba de una “buena casa”. Al cabo de cinco
minutos, entró un criado con la petición del Maestro de que bajara a reunirse con
él; de modo que descendió por la escalera, siguiendo a su guía por un largo pasillo
hasta un apartamento retirado de la parte de atrás de la vivienda, para los requerimientos
especiales, según se dijo, de un ocupado hombre de letras.
St. George estaba
en mangas de camisa en medio de una habitación grande y alta, una habitación sin
ventanas, pero con una amplia claraboya en la parte de arriba, como la de una sala
de exposiciones. Estaba amueblada como una biblioteca, y las apretadas estanterías
se levantaban hasta el techo, una superficie de un tono incomparable producido por
“lomos” confusamente dorados, interrumpidos por grabados y dibujos antiguos colgados
aquí y allá. En el extremo más alejado de la puerta de entrada había una mesa alta,
de gran extensión, sobre la que la persona que la usara podría escribir solo en
la postura erguida de un empleado de oficina; y extendida desde la entrada hasta
esa estructura, había una banda ancha y lisa de tela roja, tan recta como el sendero
de un jardín y casi tan larga, donde Paul en seguida contempló mentalmente el ir
y venir del Maestro durante horas fastidiosas, horas, es decir, de admirable composición.
El criado le dio una prenda, una vieja chaqueta con esa caída que da la experiencia,
que había sacado de un armario de la pared, y se retiró después con la prenda que
se había quitado. Paul Overt recibió la chaqueta de buen grado; era una chaqueta
para hablar, prometía confidencias –ya que visiblemente había recibido tantas– y
tenía trágicos codos literarios.
–Somos prácticos…
¡somos prácticos! –dijo St. George cuando vio que su visitante pasaba revista al
lugar–. ¿No es una buena jaula para dar vueltas? La inventó mi esposa y me encierra
aquí todas las mañanas.
Nuestro joven respiró
–a manera de tributo– con cierta opresión.
–¿No echa de menos
una ventana… un lugar por donde mirar?
–Al principio muchísimo;
pero ella lo calculó perfectamente. Ahorra tiempo, me ha ahorrado muchos meses en
estos diez años. Aquí estoy, ante los ojos del día (desde luego en Londres, con
frecuencia, son ojos borrosos), amurallado en mi profesión. No puedo escapar, por
eso el cuarto ofrece una buena lección de concentración. He aprendido la lección
de concentración. He aprendido la lección, creo; mire ese montón de pruebas y admítalo
–señaló un grueso rollo de papeles, sobre una de las mesas, que no había sido desatado.
–¿Va a sacar otra…?
–preguntó Paul, en un tono cuyas afectuosas deficiencias no reconoció hasta que
su compañero rompió a reír y entonces solo a duras penas.
–¡Embustero, embustero!
–St. George parecía disfrutar acariciándolo, por así decirlo, con ese oprobio–.
¿Cree que no sé lo que piensa de ellas? –preguntó, de pie, con las manos en los
bolsillos y con una nueva clase de sonrisa. Era como si fuera a permitir que su
joven devoto lo viera ahora por completo.
–¡Le doy mi palabra
de que en este caso sabe más que yo! –se aventuró a responder Overt, revelando parte
del tormento de no ser capaz de estimarlo abiertamente ni de renunciar a él de manera
clara.
–Mi querido amigo
–dijo el cada vez más interesado Maestro–, no se imagine que hablo específicamente
de mis libros; no son un tema decente, il ne manquerait plus que ça. ¡No
soy tan malo como pueda usted sospechar! De mí, sí, un poco, si lo desea; aunque
no era para eso para lo que lo he traído aquí. Quiero pedirle algo… muy especialmente;
aprecio esta oportunidad. Así que siéntese. Somos prácticos, pero hay un sofá, ¿ve?,
ella ha mimado mis pobres huesos hasta ahora. Como todos los buenos administradores
y ordenancistas, sabe cuándo es prudente relajarse –Paul se hundió en la esquina
de un hondo sofá de cuero, pero su amigo permaneció de pie en actitud explicativa–.
Si no le importa, en esta habitación, ésta es mi costumbre. De la puerta a la mesa
y de la mesa a la puerta. Eso me remueve suavemente la imaginación; y ¿no ve lo
bien que está que no haya una ventana para que vuele? El eterno estar de pie cuando
escribo (me paro en ese escritorio y lo apunto, cuando viene algo, y continuamos
así) era bastante agotador al principio, pero lo adoptamos con vistas a lo duradero;
se está mejor, si las piernas no desfallecen y se puede mantener durante más años.
¡Somos prácticos, somos prácticos! –repitió St. George, yendo hacia la mesa y tomando
mecánicamente el rollo de pruebas. Pero al arrancar la envoltura, cambió su foco
de atención para volver a nuestro héroe. Durante un momento se perdió examinando
las hojas de su nuevo libro, mientras los ojos del hombre más joven volvían a vagar
por la habitación.
“Señor, ¡qué cosas
tan buenas haría yo, si tuviera un lugar tan encantador para hacerlas!”, reflexionó
Paul. El mundo exterior, el mundo de accidente y fealdad, se hallaba de esta manera
logradamente excluido, y dentro del rico cuadrado protector, bajo el cielo protector,
las figuras oníricas, la compañía solicitada, podían sostener su particular deleite.
Era una fervorosa previsión de Overt, más que una observación basada en hechos reales,
para la que las ocasiones habían sido demasiado escasas, el que el Maestro, contemplado
así más de cerca, tendría la cualidad, el don encantador de brillar, sorprendentemente,
en el trato personal y en momentos de expectación interrumpida o incluso tal vez
atenuada. Una feliz relación con él sería algo que discurriera a saltos, no en etapas
fáciles de seguir.
–¿Los lee… de verdad?
–preguntó dejando las pruebas cuando Paul le preguntó si la obra sería publicada
pronto. Y cuando el joven contestó “Oh, sí, siempre”, su regocijo fue causado de
nuevo por algo que captó en su manera de decir eso–. Uno va a ver a su abuela el
día de su cumpleaños, y muy bien está, especialmente porque no durará siempre. Ha
perdido todas sus facultades y sus sentidos; ni ve, ni oye, ni habla; pero todas
las devociones de costumbre y hábitos bondadosos son respetables. ¡Solo que usted
es fuerte si en realidad los lee! Yo no podría, mi querido amigo. Usted es fuerte,
lo sé; y eso es precisamente parte de lo que quiero decirle. Usted es muy fuerte,
en verdad. He estado examinando sus otras cosas… me han interesado enormemente.
Alguien debería haber hablado antes de ellas… alguien a quien pudiera creer. Pero,
¿a quién puede uno creer? Es maravilloso verlo en el buen camino… es un trabajo
decentísimo. Pero veamos, ¿pretende usted seguir así?, eso es lo que quiero preguntarle.
–¿Que si pretendo
hacer más? –preguntó Paul, mirando desde el sofá a su erguido inquisidor y sintiéndose,
en parte, como un feliz colegial cuando el maestro está alegre y, en parte, como
algún peregrino de antaño que pudiera haber consultado a un oráculo famoso en toda
la tierra. El desempeño mismo de St. George había sido débil, pero como consejero
sería infalible.
–¿Más…? ¿Más? El
número no importa; una más sería suficiente si en realidad supusiera un paso más…
un latido del mismo esfuerzo. Lo que quiero decir es ¿va a buscar de corazón algún
tipo de perfección decente?
–¡Ah, decencia,
ah, perfección…! –suspiró sinceramente el joven– El otro domingo hablé de ellas
con Miss Fancourt.
Esto produjo una
risa de peculiar acrimonia por parte del Maestro.
–Sí, “hablarán”
de ellas tanto como guste. Pero poco harán para ayudarlo a uno a conseguirlas. No
hay obligación alguna, desde luego; es solo que usted me parece capaz –continuó–.
Usted debe tenerlo todo pensado. No puedo creer que no tenga un plan. Esa es la
sensación que me da, y es tan poco corriente que lo excita a uno de verdad… lo hace
a usted notable. Si no tiene ningún plan, si no se propone seguir así, desde luego
está en su derecho; a nadie le incumbe, nadie puede forzarlo, y no más de dos o
tres personas notarán que usted no sigue el camino recto. Los demás, todos los demás,
cada bendita alma en Inglaterra, pensarán que lo sigue… pensarán que está manteniéndolo:
¡palabra de honor! Yo seré uno de los dos o tres que lo sepan mejor. Pero la cuestión
está en si puede usted hacerlo por dos o tres. ¿Es ésta la sustancia de la que está
hecho?
La pregunta encerró
a su invitado durante un minuto como entre brazos palpitantes.
–Podría hacerlo
por uno, si ese uno fuera usted.
–No diga eso; no
lo merezco; me abrasa –protestó con unos ojos repentinamente graves y encendidos–.
Ese “uno” es por supuesto uno mismo, la conciencia de uno, la idea de uno, la singularidad
de la meta de uno. Yo pienso en ese espíritu puro al igual que un hombre piensa
en la mujer que en alguna hora aborrecida de su juventud ha amado y abandonado.
Ella lo persigue con ojos llenos de reproche, vive para siempre ante él. Como artista,
¿sabe usted? me casé por dinero –Paul lo miró de hito en hito e incluso se sonrojó
un poco, confundido con esta confesión; ante lo que su huésped, observando el gesto
de su cara, soltó una risita y prosiguió–: usted no sigue mi metáfora. No estoy
hablando de mi querida esposa, que tenía una pequeña fortuna, la cual, sin embargo,
no fue mi soborno. Me enamoré de ella, como muchos otros han hecho. Me refiero a
la musa mercenaria a quien llevé al altar de la literatura. Muchacho, no meta la
nariz en ese yugo. ¡Ese horrible rocín le arruinará la vida!
Nuestro héroe lo
observó, sorprendido y profundamente conmovido.
–¿No ha sido usted
feliz?
–¿Feliz? Es una
especie de infierno.
–Hay cosas que me
gustaría preguntarle –dijo Paul tras una pausa.
–Pregúnteme cualquier
cosa en el mundo. Me abriré por completo para salvarlo.
–¿Para “salvarme”?
–dijo con voz temblorosa.
–Para que no ceje…
para que persista. Como le dije la otra noche en Summersoft, que mi ejemplo le resulte
vivo.
–Pero si sus libros
no son tan malos –dijo Paul entre risas y sintiendo que si alguna vez algún hombre
había respirado el aire del arte…
–¿Tan malos como
qué?
–Su talento es tan
grande que se halla en todo lo que hace, tanto en lo que es menos bueno como en
lo que es mejor. Tiene usted unos cuarenta volúmenes que lo demuestran… cuarenta
volúmenes de vida maravillosa, de observación poco común, de capacidad magnífica.
–Soy muy listo,
naturalmente que sé eso –pero era algo, en suma, a lo que este autor no daba importancia–.
Señor, ¡qué porquería serían si no lo hubiera sido! Soy un hábil charlatán –prosiguió–.
He sido capaz de hacer que se tragaran mi sistema. Pero ¿sabe lo que es? Es carton-pierre.
–¿Carton-pierre?
–Paul quedó impresionado y boquiabierto.
–¡Lincrusta-Walton!
¡Papel barato!
–No diga cosas así…
¡me hace sangrar! –protestó el joven–. Yo lo veo en un hogar bello y afortunado,
viviendo con bienestar y honor.
–¿Lo llama honor?
–su anfitrión increpó con una entonación que a menudo vuelve a él–. A eso es a lo
que quiero que se dedique usted. Me refiero a lo auténtico. Esto es oropel.
–¿Oropel? –exclamó
Paul mientras sus ojos vagaban, en una trayectoria natural del momento, por la lujosa
habitación.
–Ah, hoy en día
lo hacen tan bien… ¡es maravillosamente engañoso!
Nuestro amigo se
estremeció de interés y aún más, quizá, de pena. Sin embargo, no temía aparentar
condescendencia cuando aún podía sentir envidia.
–¿Es engañoso que
lo encuentre viviendo con todas las señales de la felicidad doméstica, bendecido
con una esposa perfecta y devota, con unos hijos a quienes no he tenido aún el placer
de conocer, pero que deben ser unos jóvenes encantadores por lo que conozco de sus
padres?
St. George sonrió
por la franqueza de su pregunta.
–Todo es excelente,
mi querido amigo, que el cielo me impida negarlo. He hecho una gran cantidad de
dinero; mi esposa ha sabido cómo cuidarlo, cómo emplearlo sin malgastar, apartar
una buena cantidad, hacerlo fructificar. Tengo un pan en el armario; de hecho lo
tengo todo menos lo grande.
–¿Lo grande? –Paul
siguió haciendo de eco.
–La sensación de
haber hecho lo mejor… la sensación que es la verdadera vida del artista y cuya ausencia
supone su muerte, de haber extraído de su instrumento intelectual la música más
hermosa que la naturaleza había escondido en él, de haberla tocado como debe tocarse.
O bien lo hace o bien no lo hace y, si no lo hace, no vale la pena que se hable
de él. Por tanto, precisamente, los que realmente saben no hablan de él. Puede que
él aún oiga una gran cháchara, pero lo que más oye es el incorruptible silencio
de la Fama. Yo la he sobornado, se podría decir, en mi momento… pero ¿cuál es mi
momento? No se imagine ni por un minuto –prosiguió el Maestro– que soy tan sinvergüenza
como para haberlo traído aquí abajo para abusar o para quejarme de mi esposa ante
usted. Es una mujer de cualidades distinguidas, a quien estoy inmensamente obligado;
de modo que, si me hace el favor, no diremos nada de ella. Mis chicos, mis hijos
son todos varones, son rectos y fuertes, gracias a Dios y no hay pobreza de crecimiento
a su alrededor, no hay penuria de necesidades. Recibo periódicamente el más satisfactorio
testimonio de Harrow, de Oxford, de Sandhurst, ¡oh, hemos hecho lo mejor por ellos!,
de su eminencia como organismos que viven, consumen y prosperan.
–Debe ser maravilloso
sentir que el hijo de las propias carnes está en Sandhurst –comentó Paul con entusiasmo.
–Lo es… es encantador.
¡Yo soy un patriota!
El joven, en ese
momento, se vio en la obligación de pagar el más grande de los tributos de preguntas.
–Entonces, ¿qué
quiso decir usted la otra noche en Summersoft, al declarar que los hijos son una
maldición?
–Mi querido joven,
¿de qué base partimos? –y St. George se dejó caer en el sofá a corta distancia de
él. Sentado ligeramente de lado, apoyó la espalda en el brazo del sofá con las manos
cruzadas detrás de la cabeza–. ¿De suponer que cierta perfección es posible e incluso
deseable, no es así? Pues todo lo que digo es que los hijos de uno interfieren en
la perfección. Interfiere la esposa. Interfiere el matrimonio.
–¿Cree que el artista
no debería casarse?
–Lo hace corriendo
un riesgo, lo hace a sus expensas.
–¿Ni siquiera cuando
su esposa comprende su trabajo?
–Nunca comprenden…
¡no pueden! Las mujeres no conciben tales cosas.
–Pero no hay duda
de que en ocasiones son ellas mismas quienes trabajan –objetó Paul.
–Sí, y muy mal.
Oh, claro, a menudo creen que entienden, creen que comprenden. Entonces es cuando
son más peligrosas. Creen que uno va a hacer mucho y que obtendrá mucho dinero.
Su gran nobleza y virtud, su conciencia ejemplar como hembras británicas está en
mantenerlo a uno ahí. Mi esposa lleva todos los tratos con mis editores y lo ha
hecho durante veinte años. Lo hace consumadamente bien, por eso vivo con tanto desahogo.
¿No es uno el padre de sus inocentes criaturas y va uno a privarlas de su sustento
natural? La otra noche me preguntaba usted si no son un incentivo inmenso. Claro
que lo son, ¡no hay duda de eso!
Paul lo consideró:
para unos ojos que nunca habían estado tan abiertos, había tanto que observar…
–En cuanto a mí,
me da la impresión de que necesito incentivos.
–Ah, entonces ¡n’en
parlons plus! –sonrió magnánimamente su compañero.
–Usted es un incentivo,
lo mantengo –prosiguió el joven–. Usted no me afecta de la manera en que al parecer
le gustaría afectarme. Lo que veo es su gran éxito… ¡la pompa de los Jardines de
Ennismore!
–¿Éxito? –los ojos
de St. George tenían una luz fina y fría–. ¿Llama usted éxito a que se hable de
uno como hablaría usted de mí si estuviera aquí sentado con otro artista, un joven
inteligente y sincero como usted? Llama éxito a hacer que se sonroje, ¡cómo se sonrojaría!
si algún crítico extranjero (un tipo, claro está, que supiera de lo que está hablando
y que le hubiera demostrado que lo sabía, como les gusta demostrarlo a los críticos
extranjeros) le dijera: “Seguro que en su país a ese lo consideran el más perfecto”.
¿Es éxito servir de ocasión para que un joven inglés tenga que tartamudear como
usted tendría que hacerlo en un momento así por la pobre Inglaterra? No, no; el
éxito es haber hecho que la gente baile a otro son. ¡Inténtelo!
Paul continuaba
resplandeciendo, todo gravedad.
–Que intente ¿qué?
–Intente hacer un
trabajo realmente bueno.
–¡El cielo sabe
que quiero hacerlo!
–Pero no se puede
hacer sin sacrificios, no lo crea ni por un momento –dijo el Maestro–. Yo no hice
ninguno. Lo tuve todo. En otras palabras, lo he perdido todo.
–Ha tenido la vida
normal humana, masculina, intensa y completa, con todas las responsabilidades y
deberes, cargas, penas y alegrías, todas las iniciaciones y complicaciones sociales
y domésticas. Deben ser inmensamente sugestivas, inmensamente divertidas –adujo
Paul con ansia.
–¿Divertidas?
–Para un hombre
fuerte… sí.
–Me proporcionaron
un sinfín de temas, si a eso se refiere; pero al mismo tiempo me quitaron el poder
de usarlos. Traté un millar de cosas, pero ¿cuál de ellas se convirtió en oro? El
artista solo maneja eso… no sabe nada de un metal más bajo. He vivido una vida mundana,
con mi mujer y mi progenie; la torpe, convencional, cara, materializada, vulgarizada,
brutalizada vida de Londres. Tenemos todo lo bello, incluso un coche; somos perfectos
filisteos y gente eminente, hospitalaria y próspera.
Pero, mi querido
amigo, no intente hacerse el tonto y fingir que no sabe lo que no tenemos. Es más
grande que todo lo demás. Entre artistas… ¡vamos! –concluyó el Maestro–. ¡Usted
sabe tan bien como que está ahí sentado que se metería una bala en el cerebro si
hubiera escrito mis libros!
A su oyente le pareció
que la formidable conversación prometida en Summersoft había tenido lugar, y con
una prontitud, una plenitud, con la que su joven imaginación apenas había contado.
Esa impresión lo agitó considerablemente y palpitó con la emoción de sondeos tan
profundos y confidencias tan extrañas. Palpitó en verdad con el conflicto de sus
sentimientos… perplejidad, reconocimiento y alarma, goce, protesta y asentimiento,
todo entremezclado con ternura (y una especie de vergüenza en la participación)
hacia las llagas y cardenales expuestos por un ser tan exquisito, y con la percepción
del secreto trágico que albergaba bajo sus ropas. La idea de que la suya, la de
Paul Overt, se hubiera convertido en la ocasión de tal acto de humildad lo hizo
sonrojarse y quedar sin aliento, al mismo tiempo que su conciencia se hallaba en
cierto sentido demasiado viva para no tragar –y no saborear intensamente– cada una
de las dosis de revelación ofrecidas. Su singular fortuna había hecho que soplara
sobre las profundas aguas y que éstas se agitaran y rompieran en olas de extraña
elocuencia. Pero ¿cómo no iba a revelar la apasionada contradicción de la última
extravagancia de su huésped, cómo no iba a enumerarle las partes de su obra que
amaba, las cosas espléndidas que había encontrado en ella, fuera del alcance de
cualquier otro escritor del momento? St. George escuchó durante un rato cortésmente;
a continuación dijo, posando la mano sobre la de su visitante:
–Todo eso está muy
bien; y si no tiene la idea de hacer algo mejor, no hay razón para que no posea
tantas cosas buenas como yo: el mismo número de apéndices humanos y materiales,
el mismo número de hijos o hijas, una mujer con el mismo número de vestidos, una
casa con el mismo número de criados, un establo con el mismo número de caballos,
un corazón con el mismo número de dolores –el Maestro se levantó cuando hubo hablado
así, quedó en pie un momento, junto al sofá, mirando a su agitado pupilo–. ¿Está
usted en posesión de alguna propiedad? –se le ocurrió preguntar.
–Nada de lo que
merezca la pena hablar.
–Ah, entonces no
hay razón para que no obtenga unos ingresos considerables… si comienza con buen
pie. Estúdieme a mí para ello, estúdieme bien. Es posible que de verdad tenga caballos.
Paul no habló durante
unos minutos. Miró delante de sí, consideró muchas cosas. Su amigo se había alejado
y había agarrado un paquete de cartas de la mesa donde yacía el rollo de pruebas.
–¿Cuál era el libro
que Mrs. St. George le hizo quemar, el que no le gustaba? –sacó a relucir nuestro
joven.
–El libro que me
hizo quemar… ¿cómo sabía usted eso? –el Maestro levantó los ojos de las cartas sin
la convulsión facial que el pupilo había temido.
–La oí hablar de
él en Summersoft.
–Ah, sí… está orgullosa
de ello. No sé… era bastante bueno.
–¿De qué trataba?
–Vamos a ver –y
pareció hacer un esfuerzo para recordar–. Ah, sí… era sobre mí mismo.
–Paul emitió un
gemido irreprimible por la pérdida de una producción así, y el hombre de más edad
prosiguió–. Pero debería escribirlo usted… usted debería hacerme –y suspendió el
movimiento inquieto que lo había invadido; su sonrisa delicada era un resplandor
generoso–. Ahí tiene un tema, muchacho: ¡con materia interminable!
Paul estaba en silencio
de nuevo, pero todo era un tormento.
–¿Es que no hay
mujeres que comprendan de verdad… que puedan participar en el sacrificio?
–¿Cómo pueden participar?
Ellas mismas constituyen el sacrificio. Son el ídolo, el altar y la llama.
–¿Es que no hay
ni una que vea más allá? –continuó Paul.
Durante un momento
St. George no dio respuesta alguna; tras lo cual, después de romper las cartas,
volvió al tema, lleno de ironía.
–Por supuesto que
sé a quién se refiere. Pero ni siquiera Miss Fancourt.
–Creí que la admiraba
muchísimo.
–Es imposible admirarla
más. ¿Está enamorado de ella? –preguntó St. George.
–Sí –dijo Paul Overt
poco después.
–Entonces renuncie.
Paul lo miró fijamente.
–¿Que renuncie a
mi “amor”?
–No, por Dios. A
su idea –y como nuestro héroe no cesaba de mirarlo fijamente, añadió–: Esa de la
que habló con ella. La idea de una perfección decente.
–Ella contribuiría…
ella contribuiría –gritó el joven.
–Durante un año,
más o menos, el primer año, sí. Después sería como una piedra atada al cuello.
Paul se sorprendió
con franqueza.
–Pero si tiene pasión
por lo auténtico, por el buen trabajo… por todo lo que a usted y a mí más nos importa.
–“A usted y a mí”,
¡qué encantador, querido amigo! –rio su interlocutor–. La tiene de verdad, pero
tendría una pasión aún mayor por sus hijos… y muy justa también. Insistiría en que
todo fuera cómodo, conveniente, propicio para ellos. Eso no es lo que le incumbe
al artista.
–El artista… ¡el
artista! ¿Es que no es un hombre en cualquier caso?
St. George hizo
una mueca sublime.
–Me inclino a creer
que no. Usted sabe tan bien como yo lo que tiene que hacer: la concentración, el
perfeccionamiento, la independencia por los que debe afanarse desde el momento en
que comienza a desear que su trabajo sea realmente decente. Ah, joven amigo, la
relación del artista con las mujeres, y en especial con la que más íntimamente lo
preocupa, se halla a merced del maldito hecho de que, mientras él puede lógicamente
tener un solo valor ellas tienen unos cincuenta. Eso es lo que las hace tan superiores
–añadió St. George divertido–. Imagínese a un artista cambiando de valores como
quien cambia de camisa o los platos de una cena. Hacerlo, hacerlo y hacerlo divino,
es lo único en lo que ha de pensar. “¿Lo he conseguido o no?” es su única pregunta.
Y no “¿Lo he conseguido en la medida en que lo permita la atención adecuada de mi
querida familia?” No tiene nada que ver con lo relativo, solo con lo absoluto; y
una querida familia puede representar una docena de relatividades.
–¿Entonces no le
permite tener las pasiones y afectos comunes de los hombres? –preguntó Paul.
–¿Acaso no tiene
una pasión, un afecto que abarca todos los demás? Además, que tenga todas las pasiones
que desee… mientras conserve su independencia. Debe ser capaz de ser pobre.
Paul se levantó
lentamente.
–En ese caso, ¿por
qué me aconsejó que le hiciera la corte?
St. George le puso
la mano en el hombro.
–¡Porque sería una
excelente esposa! Y entonces aún no había leído su novela.
El joven esbozó
una sonrisa forzada.
–¡Ojalá me hubiera
dejado en paz!
–No sabía que eso
no era bueno para usted –respondió su anfitrión.
–Qué posición tan
falsa, qué condena la del artista, ser un mero monje privado de sus derechos que
puede producir su efecto solo renunciando a la felicidad personal. ¡Qué acusación
al arte! –continuó Paul con voz temblorosa.
–¿No se imaginará
usted por casualidad que estoy defendiendo el arte? “Acusación”… ¡exactamente! Afortunada
la sociedad en que no ha hecho su aparición, pues desde el momento en que llega
los consume el dolor, experimentan una corrupción incurable en el pecho. ¡Naturalmente
que el artista está en una posición falsa! pero creí que eso lo dábamos por descontado.
Perdóneme –continuó St. George–. ¡Ginistrella es la causante!
Paul se quedó mirando
al suelo. La torre de la iglesia vecina dio la una en medio de la quietud.
–¿Cree usted que
llegaría a mirarme? –expuso a su amigo por fin.
–¿Miss Fancourt…
como pretendiente? ¿Por qué no había de creerlo? Por eso he intentado favorecerlo,
he tenido una o dos pequeñas ocasiones de mejorar su oportunidad.
–Perdone que le
pregunte, ¿pero se refiere a haberse mantenido apartado? –dijo Paul con sonrojo.
–Soy un idiota,
mi sitio no está ahí –declaró St. George gravemente.
–Yo no soy nada
aún, no tengo fortuna; y debe haber tantos otros –prosiguió su compañero.
El Maestro consideró
esto seriamente, pero le dio poca importancia.
–Usted es un caballero
y un hombre de genio. Creo que podría conseguir algo.
–Pero si debo renunciar
a eso… al genio…
–Mucha gente, ¿sabe?
cree que yo he conservado el mío –sonrió St. George maravillosamente.
–¡Usted es un genio
para desconcertar! –declaró Paul, pero tomándole la mano agradecido, como para atenuar
su juicio.
–Pobre muchacho,
¡cómo lo preocupo! Pero inténtelo, inténtelo de todos modos, creo que sus posibilidades
son buenas y que ganará un gran premio.
Paul retuvo firmemente
la mano del otro un minuto; miró esa cara profunda y extraña.
–No, soy un artista,
¡no puedo evitarlo!
–¡Demuéstrelo entonces!
–exclamó suplicante St. George–. Permítame que vea antes de morir lo que más quiero,
lo que más anhelo: una vida en la que la pasión, la nuestra, es realmente intensa.
¡Si puede usted ser especial no abandone! ¡Piense en lo que es, en lo que significa,
en cómo perdura!
Se habían dirigido
hacia la puerta y St. George había cerrado las dos manos sobre las de su compañero.
Aquí se detuvieron de nuevo y nuestro héroe respiró hondamente.
–¡Quiero vivir!
–¿En qué sentido?
–En el más grande.
–Entonces persista,
no ceje.
–¿Con su comprensión…
su ayuda?
–Cuente con ello,
usted será una gran figura para mí. Cuente con mi más elevado aprecio, con mi devoción.
Me sentiré muy contento, si es que eso tiene algún valor para usted –tras lo cual,
como Paul aún parecía vacilar, su anfitrión añadió–: ¿Recuerda lo que me dijo en
Summersoft?
–¡Alguna chifladura,
sin duda!
–“Haré cualquier
cosa que usted me diga”. Dijo eso.
–¿Y me obliga a
mantenerlo?
–Ah, ¿qué soy yo?
–suspiró expresivamente el Maestro.
–Señor, ¡qué cosas
tendré que hacer! –casi gimió Paul al partir.
6
“Se desarrolla demasiado en el extranjero, ¡al diablo
con el extranjero” Éstas u otras similares habían sido las palabras notables del
Maestro con respecto a la acción de Ginistrella; y sin embargo, aunque habían
hecho severa mella en el autor de esa obra, como casi todas las palabras surgidas
de la misma fuente, una semana después de la conversación que he señalado, Overt
abandonaba Inglaterra para una ausencia prolongada y lleno de valientes intenciones.
No supondría una perversión de la verdad declarar ese encuentro como la causa directa
de su marcha. Si las manifestaciones del eminente escritor tenían el privilegio
de impresionarlo profundamente, fue especialmente al considerarlas sin prisa, horas
y días después, cuando parecieron ofrecerle su significado pleno y exponerle su
importancia extrema. Pasó el verano en Suiza y, habiendo comenzado en septiembre
una nueva tarea, decidió no cruzar los Alpes hasta tener un buen comienzo. Regresó
a este fin a un tranquilo rincón que conocía bien, a la orilla del Lago de Ginebra
y con las torres de Chillon a la vista: una región y un paisaje por los que sentía
un afecto brotado de antiguas asociaciones y que eran capaces de producir resurgimientos
y estímulos misteriosos. Permaneció hasta bastante tarde en este lugar, hasta que
hubo nieve en las colinas más próximas, llegando casi al límite hasta el que podía
subir cuando, en las tardes cada vez más cortas, su tarea quedaba cumplida. El otoño
era bello, el lago era azul, y su libro tomaba forma y dirección. Estas dichas realzaban
por el momento su vida, a la que permitía que lo cubriera con su manto. Al cabo
de seis semanas sintió que había aprendido de memoria la lección de St. George,
que había puesto a prueba y verificado su doctrina. No obstante, hizo una cosa muy
incoherente: antes de cruzar los Alpes escribió a Marian Fancourt. Era consciente
de la perversidad de este acto, y lo justificó solamente como un lujo, una diversión,
la recompensa de un otoño arduo. Ella no le había pedido tal favor cuando, poco
antes de salir de Londres, tres días después de la cena en Ennismore Gardens, fue
a despedirse. Era cierto que ella no había tenido razón alguna, él no había nombrado
su intención de ausencia. Había guardado silencio por falta de la certeza debida:
fue esa visita en particular la que, en segunda instancia, iba a resolver el asunto.
Había hecho la visita para ver cuánto le importaba ella realmente, y la inmediata
partida, sin que mediara ni un explícito adiós, fue la secuela de esta indagación,
cuyo resultado había originado en él un profundo anhelo. Cuando le escribió desde
Clarens señaló que le debía una explicación (¡más de tres meses después!) por no
haberle dicho lo que iba a hacer.
Ella contestó con
brevedad mas con prontitud, y le dio una impresionante noticia: la de la muerte,
una semana antes, de Mrs. St. George. Esta ejemplar mujer había sucumbido, en el
campo, a un violento ataque de inflamación de los pulmones, recordaría que había
estado delicada durante bastante tiempo. Miss Fancourt añadió que creía que su marido
se hallaba abrumado por el golpe; la echaría de menos terriblemente, lo había sido
todo en la vida para él. Ante esto Paul Overt escribió de inmediato a St. George.
Se habría alegrado, desde el día de su marcha, de permanecer en contacto con él,
pero hasta la fecha había carecido de la excusa apropiada para molestar a un hombre
tan ocupado. Su larga conversación nocturna volvió a él con cada uno de los detalles,
pero esto no era óbice para expresar el debido pésame al cabeza de la profesión,
pues, ¿acaso no había dejado claro esa misma conversación que la difunta dama era
la influencia que regía su vida? ¿Qué catástrofe podía ser más cruel que la extinción
de tal influencia? Éste había de ser exactamente el tono adoptado por St. George
al contestar a su joven amigo al cabo de poco más de un mes. Por supuesto no aludió
a su importante conversación. Hablaba de su esposa tan franca y generosamente como
si hubiera olvidado por completo esa ocasión, y el sentimiento de profunda aflicción
era visible en sus palabras. “Ella se lo ha llevado todo de mis manos… de mi cabeza.
Condujo nuestra vida con el arte más grande, la devoción más inusual, y yo era libre,
como pocos hombres pueden haberlo sido, para dirigir mi pluma, para encerrarme con
mi profesión. Éste era un servicio poco común, el más elevado que pudo haberme prestado.
¡Cómo desearía haberlo reconocido de manera más adecuada!”
De estos comentarios
se desprendía, para nuestro héroe, cierta perplejidad: le parecieron una contradicción,
una retractación, extraña proviniendo de un hombre que no tenía la excusa de la
estupidez. Claro estaba que no había esperado que su amigo se regocijara con la
muerte de su esposa, y era perfectamente lógico que la ruptura de un vínculo de
más de veinte años hubiera dejado en él una herida… pero si ella había sido una
bendición tan clara, ¿qué se había propuesto esa noche, en nombre de la coherencia,
el dichoso hombre al ponerlo a él patas arriba, al administrarle hasta ese punto,
a la hora más sensible de su vida, la doctrina del renunciamiento? Si Mrs. St. George
era una pérdida irreparable, el inspirado consejo de su marido había sido una broma
de mal gusto y el renunciamiento un error. Overt estuvo a punto de precipitar su
regreso a Londres para demostrar que, por su parte, estaba perfectamente dispuesto
a considerarlo así, y llegó hasta el punto de sacar el manuscrito de los primeros
capítulos de su nuevo libro del cajón de su mesa y meterlo en un bolsillo de su
baúl. Esto condujo a que vislumbrara ciertas páginas que no había mirado durante
meses, y ese accidente, a su vez, hizo que quedara impresionado por la gran promesa
que revelaban, resultado poco frecuente de tales retrospecciones, las cuales tenía
por costumbre evitar en lo posible: por lo general lo hacían darse cuenta de que
el ardor de la creación podía ser un sentimiento puramente subjetivo y equívoco.
En esta ocasión, de manera caprichosa, se desprendió de las apretadas correcciones
de su primer borrador cierta fe en sí mismo, y así pensó que después de todo sería
mejor proseguir con su prueba hasta el final. Si podía escribir tan bien bajo el
rigor de la miseria, podría ser una equivocación cambiar las condiciones sin que
se hubiera agotado ese hechizo. Volvería a Londres, naturalmente, pero volvería
solo cuando hubiera finalizado su libro. ¿Éste fue el voto que hizo en privado,
devolviendo el manuscrito al cajón de la mesa? Puede añadirse que tardó mucho tiempo
en terminar su libro, pues el tema era tan difícil como bello, y sentía un embarazo
literal ante la amplitud de sus notas. En su interior algo le advertía que había
de hacerlo sumamente bueno, de lo contrario carecería, en cuanto a su comportamiento
particular, de una buena excusa. Sentía horror ante esta deficiencia y se encontró
usando la firmeza necesaria en la cuestión de batir el yunque. Por fin cruzó los
Alpes y pasó el invierno, la primavera, el subsiguiente verano, en Italia, donde
aún al cabo de un año, su tarea se veía inacabada. “Persista, no ceje”: este mandato
general de St. George servía también para cada caso particular. Lo aplicó al máximo,
con el resultado de que, cuando en su lento orden el verano hubo llegado de nuevo,
sintió que había dado todo lo que había en él. Esta vez metió los papeles en el
baúl, con la dirección de su editor, y se encaminó hacia el norte.
Había estado dos
años ausente de Londres, dos años que, pareciendo más largos, habían supuesto un
cambio tal en su propia vida –mediante la producción de una novela mucho más fuerte,
creía, que Ginistrella–, que se presentó en Piccadilly, la mañana posterior
a su llegada, con una vaga esperanza de cambios, de encontrar que habían ocurrido
grandes cosas. Pero había pocas transformaciones en Piccadilly –solo tres o cuatro
grandes casas rojas donde se habían alzado unas bajas y negras– y la luminosidad
del final de junio atisbaba por las rejas oxidadas de Green Park y relucía en el
barniz de los coches que pasaban, tal y como lo había visto en otros junios, más
superficiales. Fue un saludo que apreció; era amigable y directo, añadido al efecto
vigorizador de haber concluido su libro, de tener a su propio país y a la enorme
ciudad, agobiante y divertida, que lo sugería todo, que lo contenía todo, de nuevo
a mano. “Quédese en Inglaterra y haga cosas aquí, haga temas que podamos medir”,
había dicho St. George; y ahora le pareció que no podía pedir nada mejor que quedarse
para siempre en su país. A última hora de la tarde se encaminó a Manchester Square,
buscando un número que no había olvidado. Sin embargo, Miss Fancourt no estaba en
casa, y se apartó de la puerta con abatimiento. Su movimiento lo puso cara a cara
con un caballero que se aproximaba a ella y con otra mirada reconoció al padre de
Miss Fancourt. Paul saludó a este personaje, y el general devolvió el saludo con
su acostumbrada buena educación, una educación tan buena, no obstante, que nunca
podía saberse si significaba que lo reconocía a uno. El decepcionado visitante sintió
el impulso de dirigirse a él; a continuación, vacilando, se dio cuenta de que no
tenía ningún comentario especial que hacer y se convenció de que, aunque el viejo
soldado lo recordaba, lo recordaba mal. Por tanto, prosiguió su camino sin calcular
el efecto irresistible que su evidente reconocimiento tendría en el general, quien
nunca desaprovechaba una ocasión de charla. La cara de nuestro joven era expresiva,
y rara vez la pasaba por alto la observación. No había dado diez pasos cuando oyó
que era llamado con un amigable y semipronunciado “Esto… perdone”. Se volvió y el
general, sonriéndole desde el porche, dijo:
–¿No entra? ¡No
me quedaré sin acordarme de su nombre!
Paul declinó el
ofrecimiento y a continuación lo sintió, pues Miss Fancourt, a esa hora de la tarde,
podría regresar en cualquier momento. Pero su padre no le dio una segunda oportunidad;
parecía desear principalmente no haberle parecido descortés. Una mirada más al visitante
le había recordado algo, lo suficiente al menos para permitirle decir:
–¿Regresó, regresó?
–Paul estuvo a punto de responder que había vuelto la noche anterior, pero suprimió,
al instante siguiente, ésta clara revelación sobre la rapidez de su visita y, simplemente
asintiendo, aludió a la joven a quien lamentaba no haber encontrado. Había venido
tarde con la esperanza de que estuviera en casa –se lo diré, se lo diré –dijo el
anciano; y añadió a continuación, con galantería–. ¿Va a ofrecernos algo nuevo?
hace mucho tiempo, ¿no? –ahora lo recordaba bien.
–Bastante. Soy muy
lento –explicó Paul–. Lo conocí a usted en Summersoft hace mucho tiempo.
–Ah, sí… con Henry
St. George. Lo recuerdo muy bien. Antes de que su pobre esposa… –el general Fancourt
hizo una pausa, sonriendo un poco menos–. Tal vez usted lo sepa.
–¿La muerte de Mrs.
St. George? Así es… me enteré en su momento.
–Oh, no, quería
decir… quería decir que va a casarse.
–Ah, ¡eso no lo
sabía! –pero justo cuando Paul iba a añadir “¿con quién?” el general lo interrumpió.
–¿Cuándo volvió
usted? Sé que estuvo fuera, por mi hija. Ella lo sintió mucho. Debería darle algo
nuevo.
–Volví anoche –dijo
nuestro joven, a quien se le había ocurrido algo que por el momento hizo que su
voz se apagara un poco.
–Es muy amable de
su parte venir tan pronto. ¿No podría usted volver para cenar?
–¡A cenar! –repitió
Paul mecánicamente, sin querer preguntar con quién iba a casarse St. George, pero
sin pensar más que en eso.
–Hay varias personas,
creo. Por supuesto, St. George. O después, si lo prefiere. Creo que mi hija espera
a… –pareció advertir algo en la cara levantada del visitante (el general se hallaba
en un escalón más alto) que lo hizo detenerse y la pausa le causó una sensación
momentánea de incomodidad de la que buscó una rápida salida–. Entonces quizá no
se haya enterado de que ella va a casarse.
Paul quedó boquiabierto
de nuevo.
–¿Que va a casarse?
–Con Mr. St. George,
acaba de decidirse. Un extraño matrimonio, ¿no cree? –nuestro oyente no profirió
opinión alguna: solo continuó mirándolo fijamente–. Pero quizá salga bien, ¡ella
es tremendamente literaria! –dijo el general.
Paul se había puesto
muy rojo:
–¡Qué sorpresa…
es muy interesante, encantador! Me parece que no puedo venir a cenar… ¡muchísimas
gracias!
–Bueno, ¡debe usted
venir a la boda! –exclamó el general–. Recuerdo ese día en Summersoft. Es un gran
hombre, ¿sabe?
–¡Encantador… encantador!
–tartamudeó Paul para emprender la retirada. Estrechó la mano del general y se fue.
Tenía la cara roja y le daba la sensación de que cada vez lo estaba más. Toda la
tarde en casa –fue derecho a sus habitaciones y permaneció allí sin cenar– las mejillas
le ardieron a intervalos, como si hubieran recibido una bofetada. No comprendía
lo que le había sucedido, qué mala pasada le habían hecho, qué traición. “Ninguna,
ninguna”, se decía. “No tengo nada que ver con eso. Estoy al margen… no me incumbe”.
Pero ese murmullo desconcertado era seguido una y otra vez de exclamaciones incongruentes:
“¿Era un plan… era un plan?” A veces gritaba para sí, sin aliento, “¿He sido engañado,
vendido, estafado?” Como poco, era una víctima absurda y vil. Era como si no la
hubiera perdido hasta ahora. Había renunciado a ella, sí; pero eso era otro asunto,
era una puerta cerrada, mas no con llave. Ahora le parecía ver la puerta cerrada
en sus narices. ¿Es que había contado con que ella esperase? ¿Es que iba ella a
darle ese tiempo porque sí: dos años de una vez? No sabía lo que había esperado…
solo lo que no había esperado. No era esto… no era esto. Aturdimiento, amargura
e ira surgieron e hirvieron en él al pensar en la deferencia, la devoción, la credulidad
con las que había escuchado a St. George. La tarde transcurría y duraba la luz;
pero incluso cuando anocheció permaneció sin una lámpara. Se había hundido en el
sofá, donde yació durante horas, con los ojos cerrados, o bien contemplando la penumbra,
en la actitud de un hombre que está enseñándose a sí mismo a soportar algo, a soportar
que se lo ponga en ridículo. Lo había hecho demasiado fácil, esa idea lo invadía
como una ola caliente. De repente, cuando oyó dar las once, se levantó de un salto,
recordando lo que había dicho el general Fancourt de que fuera después de la cena.
Iría… al menos la vería; quizás ella comprendiera lo que significaba. Se sentía
como si le hubieran dado algunos de los elementos de una difícil suma y faltara
el resto: no podía realizar esta suma hasta que tuviera todas las cifras.
Se vistió y condujo
de prisa y para las once y media se encontraba en Manchester Square. Había un buen
número de coches a la puerta; era una fiesta, circunstancia que después de todo
le produjo un ligero alivio, pues ahora prefería verla en medio de una muchedumbre.
Se cruzó con gente en la escalera; se iban, “seguían” el gregario movimiento de
la sociedad nocturna de Londres. Pero quedaban grupos variados en el salón y pasaron
unos minutos, puesto que ella no había oído que lo anunciaran, hasta que la descubrió
y hablaron. En este corto intervalo había visto a St. George charlando con una señora
delante de la chimenea; pero al instante había desviado la mirada, porque no se
sentía preparado para un encuentro, y por consiguiente no podía estar seguro de
que el autor de Shadowmere hubiera advertido su presencia. En cualquier caso,
no vino hacia él; aunque Miss Fancourt lo hizo en cuanto lo vio, casi se acercó
corriendo, sonriendo entre el susurro de su vestido, exultante y bella. Había olvidado
lo que su cabeza, lo que su cara ofrecían a la vista; vestía de blanco, había figuras
doradas en su vestido, y su cabello era un penacho de oro. En un solo momento vio
que era feliz, feliz con un esplendor agresivo. Pero ella no le habló de eso, solo
habló de él.
–Estoy encantada;
mi padre me lo dijo. ¡Qué amable ha sido al venir! –le pareció tan fresca y valiente,
mientras con los ojos recorría toda su persona, que se dijo para sí mismo, irresistiblemente:
“¿Por qué para él, por qué no para la juventud, la fuerza, la ambición, un futuro?
¿Por qué, con su joven e intensa fuerza, para el fracaso, la abdicación, el retiro?”
En ese momento áspero blasfemó mentalmente incluso contra todo lo que le quedaba
de fe en ese Maestro capaz de pecar–. Sentí mucho no haber estado –continuó–. Me
lo dijo mi padre. ¡Qué amable al venir tan pronto!
–¿La sorprende eso?
–preguntó Paul Overt.
–¿El primer día?
De usted no… nada que sea agradable –fue interrumpida por una señora que se despedía
de ella, y él pareció leer que no le costaba nada hablarle en ese tono; era su antiguo
estilo liberal y pródigo, con cierta amplitud que el tiempo había añadido; y si
este estilo empezaba a tener lugar ahí mismo, en una coyuntura tal de su vida, pudiera
ser que los otros días hubiera significado igual de poco o de mucho, un mero acto
de caridad mecánico, con la diferencia de que ahora se hallaba satisfecha, dispuesta
a dar, pero sin necesitar de nada. Sí, estaba satisfecha… y ¿por qué no había de
estarlo? ¿Por qué no había de sorprenderse de que viniera el primer día, considerando
lo poco que había sacado de él? Como la señora continuaba acaparando su atención,
Paul se volvió con una ira extraña en su alma complicada de artista y una especie
de decepción desinteresada. Ella era tan feliz que la circunstancia resultaba casi
estúpida, una refutación de la inteligencia extraordinaria que con anterioridad
había encontrado en ella. ¿Es que no sabía lo malo que podía ser St. George, es
que no había reconocido la horrible flaqueza…? Si no lo sabía, ella no era nada,
y si lo sabía, ¿por qué tal insolencia de serenidad? Esta pregunta expiró cuando
los ojos de nuestro joven se posaron por fin sobre el genio que lo había aconsejado
en una gran crisis. St. George se encontraba aún ante la chimenea, pero ahora estaba
solo –fijo, esperando, como si tuviera la intención de quedarse hasta que todos
se hubieran marchado– y se encontró con los ojos nublados del joven amigo, doliente
hasta el punto de sentirse con derecho (el derecho del que su resentimiento hubiera
disfrutado) a considerarse a sí mismo una víctima. En cierto modo los estragos de
la pregunta fueron refrenados por el aire exultante del Maestro. Era tan imponente
como el de Marian Fancourt, revelaba al ser humano feliz; pero al mismo tiempo significaba
para Paul Overt que el autor de Shadowmere había dejado definitivamente de
contar, había dejado de contar como escritor. Al sonreír una bienvenida desde el
otro lado de la estancia, se mostró casi banal, casi pagado de sí mismo. A Paul
se le antojó por un instante que vacilaba en hacer un movimiento, exactamente como
si tuviera conciencia culpable; de inmediato, ya se habían encontrado en medio de
la habitación y se habían dado la mano, expresivamente, cordialmente por parte de
St. George. Con lo que volvieron juntos al sitio en que había estado el mayor de
los dos mientras St. George decía:
–Espero que no vuelva
a marcharse nunca. He estado cenando aquí; me lo dijo el general –estaba guapo,
estaba joven, daba la impresión de tener aún una gran reserva de vida. Inclinó los
ojos más amigables e inocentes sobre su discípulo de un par de años antes; se interesó
por todo, su salud, sus planes, sus últimas ocupaciones, el nuevo libro–. ¿Cuándo
saldrá? Pronto, pronto, espero. Espléndido, ¿no? Eso es; usted es un consuelo, ¡usted
es un lujo! He vuelto a leer toda su obra en estos últimos seis meses –Paul esperó
a ver si le decía lo que el general le había dicho por la tarde y lo que Miss Fancourt,
al menos verbalmente, desde luego no le había dicho. Mas como no salía, hizo por
fin la pregunta.
–¿Es verdad la gran
noticia que he oído, que va a casarse?
–Ah, ¿entonces se
enteró?
–¿No se lo dijo
el general? –preguntó Paul.
La cara del Maestro
era maravillosa.
–¿Decirme qué?
–Que me lo mencionó
esta tarde.
–Mi querido amigo,
no lo recuerdo. Hemos estado con tanta gente. Siento, en ese caso, haber perdido
el placer, yo mismo, de anunciarle un hecho que me toca tan de cerca. Es un hecho,
por extraño que pueda parecer. Acaba de convertirse en tal. ¿No cree que es ridículo?
–St. George hizo su discurso sin confusión, pero al mismo tiempo, según podía juzgar
nuestro amigo, sin un descaro latente. A su interlocutor le pareció que, para hablar
de una manera tan cómoda y fría, simplemente debía haber olvidado lo que sucediera
entre ellos. Sus siguientes palabras, sin embargo, demostraron que no había sido
así, y produjeron, como un llamamiento a la memoria misma de Paul, un efecto que
hubiera resultado absurdo de no ser cruel. ¿Se acuerda de la conversación que mantuvimos
en mi casa esa noche, en la que se mencionó el nombre de Miss Fancourt? Desde entonces
he pensado en esa charla con frecuencia.
–Sí; no me extraña
que dijera lo que dijo –Paul lo miró a los ojos con cautela.
–¿En vista de esta
circunstancia? Ah, pero entonces no existía. ¿Cómo podía haber previsto este momento?
–¿No lo consideraba
probable?
–No, por mi honor
–dijo Henry St. George–. No hay duda de que le debo tal garantía. Piense en cómo
ha cambiado mi situación.
–Ya veo… ya veo
–murmuró nuestro joven.
Su compañero prosiguió
como si, ahora que el tema había sido abordado, él, una persona de imaginación y
tacto, estuviera dispuesto a proporcionar todas las satisfacciones precisas, ya
que tanto por su genio como por su método era capaz de penetrar todo lo que otro
pudiera sentir.
–Pero no es solo
eso; porque, sinceramente, a mi edad nunca lo hubiera soñado, ¡un viudo con chicos
mayores y con tan poco más! Ha salido de manera muy diferente a como pudiera haberlo
soñado, y mi buena fortuna no tiene límites. Ella ha sido tan libre, y sin embargo
consiente. Usted, quizá mejor que ningún otro, pues recuerdo cómo le gustaba a usted
antes de que se marchara, y cómo le gustaba usted a ella, puede felicitarme con
inteligencia.
“¡Ha sido tan libre!”
Esas palabras causaron una gran impresión en Paul Overt, y casi se retorció ante
la ironía que contenían, que poco importaba si era intencionada o fortuita. Claro
que había sido libre, y de manera apreciable quizás gracias a la propia acción de
Overt; porque, ¿no era también parte de la ironía la alusión que hizo el Maestro
de que a ella le había gustado él?
–Creí que, de acuerdo
con su teoría, usted desaprobaba que un escritor se casara.
–Sin duda, sin duda.
Pero, ¿no me estará llamando escritor?
–Debería estar avergonzado
–dijo Paul.
–¿Avergonzado de
casarme otra vez?
–No diría eso, pero
avergonzado de sus razones.
El hombre mayor
le brindó una sonrisa maravillosa.
–Debe permitirme
que las juzgue yo, mi buen amigo.
–Sí, ¿por qué no?
Porque usted juzgó las mías estúpidamente.
De pronto, al parecer,
el tono de estas palabras sugirió a St. George lo insospechado. Lo miró como si
adivinara una amargura.
–¿Cree que no he
sido recto?
–Podía habérmelo
dicho en el momento, tal vez.
–Querido amigo,
¡cuando le digo que no podía penetrar el futuro…!
–Me refiero a después.
El Maestro se sorprendió.
–¿Después de la
muerte de mi esposa?
–Cuando tuvo esta
idea.
–Ah, ¡nunca, nunca!
Quería salvarlo, con lo poco común y lo precioso que es usted.
El pobre Overt lo
miró con dureza.
–¿Se casa con Miss
Fancourt para salvarme?
–En absoluto, pero
eso aumenta el placer. Usted será obra mía –sonrió St. George–. Quedé enormemente
impresionado, después de nuestra conversación, por la devota manera en que abandonó
el país, y aún más quizás por su fuerza de carácter al permanecer en el extranjero.
Usted es muy fuerte… es maravillosamente fuerte.
Paul intentó sondear
sus ojos brillantes; lo extraño era que parecía sincero, no un diablo burlón. Se
volvió y, al hacerlo, oyó que el Maestro decía algo acerca de haberles brindado
ya una prueba, que sería la alegría de su vejez. Se volvió de nuevo hacia él, echándole
otra mirada.
–¿Quiere decir que
ha dejado de escribir?
–Naturalmente, mi
querido amigo. Es demasiado tarde. ¿No se lo dije?
–¡No puedo creerlo!
–Claro que no puede…
¡con su talento! No, no; durante el resto de mi vida solo lo leeré a usted.
–¿Eso lo sabe ella…
Miss Fancourt?
–Lo sabrá… lo sabrá
–¿pretendía con esto, se preguntó nuestro joven, insinuar disimuladamente que la
ayuda que le iba a proporcionar la fortuna de esa joven, moderada como era, supondría
que en adelante podía dejar de explotar desagradecidamente un filón agotado? De
alguna manera, cuando se le veía en la plenitud de su hombría triunfante, no daba
señal de que ninguno de sus filones estuviera agotado–. ¿No recuerda la moraleja
que le ofrecí aquella noche? –continuó St. George–. De todos modos considere la
advertencia que constituyo en este momento.
Esto era demasiado,
era el diablo burlón. Paul se separó de él con un simple movimiento de cabeza por
despedida y la sensación, en su corazón dolorido, de que era posible que volviera
a ese hombre y a su fácil talante, a su admirable manera de arreglar las cosas,
alguna vez, pero ahora no podía confraternizar con él. A su dolor le resultaba necesario
creer, por el momento, en la intensidad de su agravio, tanto más cruel porque no
era legal. Sin duda se hallaba en la actitud de aferrarse a esta injusticia cuando
bajó las escaleras, sin despedirse de Miss Fancourt, quien no estaba a la vista
en el momento en que abandonó la habitación. Se alegró de salir a la noche oscura,
sincera y sin sofisticaciones, de moverse de prisa, de irse a casa a pie. Anduvo
durante un largo tiempo, extraviándose, sin poner atención. Pensaba en demasiadas
cosas. No obstante, sus pasos recuperaron el rumbo, y al cabo de una hora se encontró
ante su puerta en la callecita vacía y barata. Permaneció ahí, aun interrogándose
a sí mismo antes de entrar, sin nada más a su alrededor que la oscuridad sin luna,
un mal farol o dos y unas pocas estrellas lejanas y débiles. Levantó los ojos hacia
estas últimas tenues criaturas; había estado diciéndose que habría sido “vendido”,
diabólicamente vendido, si ahora, sobre sus nuevos cimientos, al cabo de un año,
St. George sacara algo de su mejor calidad, algo del tipo de Shadowmere y
mejor que lo mejor. Admirando intensamente su talento como lo admiraba, Paul albergaba
literalmente la esperanza de que tal incidente no ocurriera; le pareció en ese momento
que no sería capaz de soportarlo. Las últimas palabras de su consejero sonaban aún
en sus oídos: “Usted es muy fuerte… es maravillosamente fuerte”. ¿Lo era en realidad?
Desde luego tendría que serlo, y podría servir un poco de venganza. ¿Lo es?, puede
que a su vez pregunte el lector, si es que su interés ha seguido hasta aquí al perplejo
joven. Quizá la mejor respuesta sea que está haciendo lo posible, pero que es demasiado
pronto para hablar. Cuando el nuevo libro salió en el otoño Mr. y Mrs. St. George
lo encontraron realmente magnífico. El primero sigue sin publicar nada, pero Paul
no se siente aún seguro. He de decir en su favor, no obstante, que si tal acontecimiento
ocurriera, él sería sin duda el primero en apreciarlo: lo que quizá demuestre que
el Maestro, en esencia, tenía razón y que la Naturaleza lo había destinado a lo
intelectual y no a la pasión personal.
(Tomado
de www.lecturia.org)