jueves, 11 de junio de 2026

El candelabro de plata

Abelardo Castillo

 

Nunca he podido dominar mis impulsos. En este sentido me reconozco un sujeto primitivo, puro, incapaz de adaptarme al florido mundo, donde, para tranquilidad de la hermosa gente, se cultivan con sensatez todas las formas del buen gusto, la hipocresía y el cinismo. Pero al menos hoy he comprendido algo; lo he comprendido después de lo que pasó esta noche: soy un hombre bueno. No lo digo, no escribo esto, para justificar nada. De ocurrirme semejante cosa debería admitir que yo mismo repudio lo que he hecho, y no es cierto, y aunque fuera cierto: acabo de hacer feliz a un miserable. Quién podría juzgarme, quién sobre la Tierra (quién en el cielo) se atrevería a juzgarme.

Mejor vayamos por partes. Todavía estoy borracho perdido pero trataré de ser coherente.

Todo empezó esta misma tarde; es decir, la tarde de ayer, puesto que ahora deben de ser las tres o las cuatro de la mañana. Madrugada del 25 de diciembre de 1956. Navidad. Sobre la mesa todavía quedan restos de la insólita fiesta. El candelabro de plata, más anacrónico que nunca en medio de la suciedad y la pobreza que lo rodean, parece ocuparlo todo ahora. Nunca he comprendido por qué este candelabro no ha ido a parar, como las otras pocas cosas heredadas de mi padre, al Banco de Empeño, o al cambalache. En esto, pienso, se parece a la conciencia. Supongo que nunca voy a poder desprenderme de él.

Digo que empezó a la tarde. Había ido a dar sabe Dios cómo a cualquier sórdido callejón del Dock, cuando, al oír un acordeón y las risas de un cafetín del muelle, reparé en la fecha. Entonces me vi en el viejo parque de nuestra casa. No sé explicarlo. Las luces, las esferas de colores: recordé todo eso, recordé el portalito que yo mismo, mezclando hasta el absurdo ríos azules y arpilleras nevadas, construía todos los años en mitad del jardín (me acuerdo ahora del Dios-Niño, siempre espantosamente grande en relación a su divina madre, como justificando al fin lo milagroso del alumbramiento), y sentí un asco tan profundo por mi vida que –como quien se lava– decidí celebrar mi propia Nochebuena.

La idea parecerá trivial, pero a mí me apasionó y, antes de las diez, también había fiesta en este innoble agujero que ahora es mi casa. Con orgullo pueril, me senté a contemplar el espectáculo. El candelabro labrado, en el centro de la mesa, parecía irradiar su antigua serenidad hacia todos los rincones. Al principio me sentí bien; era una sensación extraña, como de paz –un gran sosiego–, pero, poco a poco, empecé a preocuparme. Qué significaba todo esto. Para qué lo había hecho: para quién. Podría jurar que en ese preciso instante supe que estaba solo y, por primera vez en muchos años, necesité imperiosamente de alguien. Una mujer. No. Rechacé la idea con repulsión. Hubo una sola capaz de ser insustituible (capaz de no ser insoportable) y ésa no vendría ya. Nunca vendría.

Entonces recordé al viejo checoslovaco.

Lo había visto muchas veces en uno de esos torvos cafés del puerto que suelo frecuentar cuando, embrutecido de ginebra, quiero divertirme con la degradación de los demás, y con la mía. Pobre viejo: semioculto en un recoveco, siempre igual, como si formara parte de la imagen infame de la cantina, fumando su pipa, mirando fijamente un vaso de bebida turbia. Nunca habíamos hablado. Jamás lo hago con nadie –llego y me emborracho solo, a veces también escribo alguna cosa absurda que después arrojo al primer tacho de basuras que encuentro a mi paso–; pero yo sabía que él me miraba. Era como si una ligazón muda, un vínculo invisible y misterioso, nos uniera de algún modo. Al menos, teníamos una cosa en común, dos cosas: la soledad y el fracaso. El viejo checoslovaco; ése era el hombre que yo necesitaba.

Cuando llegué frente a la roñosa vidriera del negocio, lo vi. Ahí estaba, tal como lo había supuesto. Una atmósfera desacostumbrada rodeaba al viejo, también allí se regocija uno de que nazca Dios, de que venga y vea cómo es esto. Una mujer pintarrajeada se le acercó y, riendo, le dijo alguna cosa; él no pareció darse cuenta. Sí, ése era mi hombre. Me abrí paso entre las parejas. Enormes marineros de ropas mugrientas abrazaban a mujerzuelas indescriptibles que se les echaban encima y reían. Alguna de ellas dijo: “¿Quién te creés vos que soy?”, y, adornado con un insulto brutal, le respondieron quién se creían que era. No podía soportar aquello; por lo menos, no esta noche; pensé que si me quedaba un minuto más iba a vomitar, o a golpear a alguien, o a llorar a gritos, no sé. Llegué hasta el viejo y lo tomé del brazo.

–Te venís conmigo –le dije.

Mi voz debe de haber sido asombrosa; el hombre alzó los ojos, unos ojos celestes, clarísimos, y balbuceó:

–¿Qué dice usted, señor…?

–Que ahora mismo te venís conmigo, a mi casa, a pasar una Nochebuena decente.

–Pero, cómo, yo… con usted.

Casi a rastras lo saqué de allí. Nadie, sin embargo, nos prestó atención.

Faltaba algo más de una hora para la medianoche. El viejo, cohibido al principio, de pronto empezó a hablar. Tenía un acento raro, dulce. Se llamaba Franta, y creo no haberme sorprendido al darme cuenta de que no era un hombre vulgar; hablaba con soltura, casi con corrección. Acaso yo le había preguntado algo, o acaso, rota la frialdad del primer momento (para esa hora ya estábamos bastante borrachos), la confesión surgió por sí misma. El hecho es que habló. Habló de su país, de una pequeña aldea perdida entre colinas grises, de una mujer rubia cuyos ojos –fueron sus palabras– eran transparentes y azules como el cielo del mediodía. Habló de un muchachito, también rubio, también de ojos azules.

–Ahora será un hombre –había dicho–. Hace treinta años, cuando vine a América, él apenas caminaba.

Dijo que ése era su último recuerdo. Bebió un trago de champán y agregó:

–Pensar, señor, que ahora tiene un hijo. Qué cosa. Y yo me los imagino a los dos iguales, qué cosa.

Yo pensé entonces en aquel nieto. Ojos de cielo al mediodía, pelo de trigo joven, de qué otro modo podía ser. Solo que el viejo Franta difícilmente iba a comprobarlo nunca.

–Pero ¿cómo supiste de ellos?

–El capitán de un barco mercante, señor, me reconoció hace un mes.

Yo pensaba, me acuerdo, cómo era posible reconocer en ese pordiosero que tenía delante, en ese viejo entregado, roto, la imagen que dejó en otro treinta años atrás. Y ahora pienso que siempre queda algo donde hubo un hombre, y quién sabe: a lo mejor, a mí también me va a quedar algo cuando, como el viejo, tenga la mirada perdida y le diga “señor” al primer sinvergüenza bien vestido que me hable. Pregunté:

–¿Y no intentaste volver…? ¿No trataste…? Él me miró, perplejo; después, a medida que hablaba, su cara fue endureciéndose.

–Volver. ¿Volver así? Usted lo dice fácil, señor; pero es… Es muy feo. Volver como un mendigo –el tono de su voz empezó a ser rencoroso–, un mendigo borracho que en la puerta de la iglesia pide por un Dios en el que ya no cree… No, señor. Volver así, no. Ella, Mayenko, se murió hace mucho, y mejor si allá piensan que yo también me morí hace mucho… –hizo una pausa, ahora hablaba como quien escupe–. Yo me jugué la plata que había juntado para hacerla venir, ¿se da cuenta?, entonces ella se murió. Esperando. No ve que todo es una porquería, señor.

La palabra es una caricatura miserable. Quién puede explicar con palabras, aunque esté contando su propia vida, todo lo que induce a un hombre a entregarse, a venderse todos los días un poco, hasta llegar a ser como vos, viejo. Cuántas pequeñas canalladas, cuántas porquerías imperceptibles forman esa otra gran porquería de la que él habló: el alma. Pobre alma de miserables tipos que ya han dejado de ser hombres y son bestias, bestias caídas, arrodilladas de humillación.

–Qué vergüenza, señor.

Eso dijo, qué vergüenza, y después agregó: No poder matarse.

Para el viejo Franta yo era algo así como un millonario, tal vez un poco desequilibrado y algo artista (mis ropas, la manía que tengo de escribir en los tugurios y acaso el candelabro le habían hecho suponer semejante desatino), yo era un loco con plata, en suma, que buscaba literatura en los bajos fondos de Buenos Aires. Entonces empezó a darme vueltas en la cabeza aquella idea que, más tarde, se transformaría en un colosal engaño.

Quiero decir algo: miento prodigiosamente. Y es natural. La fantasía del que está solo se desarrolla, a veces, como una corcova de la imaginación, un poco monstruosamente; con ella elabora un universo tramposo, exclusivo, inverificable, que –como el creado por Dios– suele acabar aniquilándose a sí mismo. El suicidio o la locura son dos formas del apocalipsis individual: la venganza de la soledad.

Pero éste es otro asunto. Lo que quería decir es que amo la mentira, la adoro, me alimento de ella y ella es, si tengo alguna, mi mayor virtud. Miento, de proponérmelo, con maestría ejemplar, casi genialmente. Y esta noche puse toda mi alma en el engaño. Él me creía rico y caprichoso, pues bien: lo fui. A medida que yo hablaba bebíamos sin interrupción y, a medida que bebíamos, mi palabra se hacía más exacta, más convincente, más brillante. Lo engañé, pobre viejo, lo engañé y lo emborraché como si fuera un chico. De todos modos, no puedo arrepentirme de esto. Conté una historia inaudita, febril, en la que yo era (como él quiso) uno que no entraría aunque un escuadrón de camellos se paseara por el ojo de una aguja. Mi fortuna venía de generaciones. Jamás, ni con el más prolijo y concienzudo derroche, podría desembarazarme de ella; esta forma de vivir que yo llevaba –él lo había adivinado– no era más que una extravagancia, una manera de quitarme el aburrimiento. El viejo, poco a poco, empezó a odiarme. Y yo, mientras improvisaba, iba llenando una y otra vez nuestras copas. Ennoblecida por el alcohol, la idea aquella se gestaba cada vez más precisa y fascinante: yo haría feliz a ese pobre diablo. Aunque todavía no sabía cómo.

De pronto, dijo:

–Pero ¿por qué, señor, por qué…?

No acabó de hablar: no se atrevió. Yo supe que en ese instante me aborrecía con toda su alma. Ah, si él, el mugriento vagabundo, hubiese tenido una parte, al menos una parte de mi supuesta fortuna. Sí, yo sabía que él pensaba esto; yo sabía que ahora solo pensaba en una aldea lejana, en un chico de mirada transparente y pelo como trigo joven. Sin responder, me puse de pie. Fui a buscar las dos últimas botellas que nos quedaban.

Le estaba dando la espalda ahora, pero podía verlo: inconscientemente su mano se había cerrado sobre el mango de un cuchillo que había sobre la mesa, pobre viejo. Ni siquiera pensaba que, de una sola bofetada, yo podía arrojarlo a la calle despatarrado por la escalera. Empezaba, él también, a ser una persona.

Volví a la mesa, sus dedos se apartaron.

–¿Sabés por qué? ¿Querés saber por qué?

Bebimos. Hubo un silencio durante el cual miré rectamente a sus ojos; después, bajando la cabeza como aplastado por el peso de lo que iba a decir, agregué con brutalidad:

–¿Sabés lo que es el cáncer, vos?

El viejo me miraba. Apoyé las manos sobre la mesa y, con mi cara a nivel de la suya, dije:

–Por eso. Porque yo también soy un pobre infeliz que no se anima a partirse la cabeza contra una pared.

El viejo, que me había estado mirando todo el tiempo, de golpe comprendió lo que yo quería decir y sus ojos se hicieron enormes. Concluí secamente:

–Por eso.

–Quiere decir…

–Quiere decir que estás hablando con uno que ya se murió. ¿Entendés? Y entonces ni toda mi plata ni toda la plata de veinte como yo va a poder resucitarme –me erguí; hablaba con voz serena y contenida–. Por eso vivo lo poco que me queda como mejor me cuadra. Yo no pertenezco al mundo, viejo. El mundo es de ustedes, los que pueden proyectar cosas, los que tienen derecho a la esperanza o a la mentira. Yo soy menos que un cadáver.

Mis últimas palabras eran tal vez demasiado teatrales, pero Franta no podía advertirlo.

–Cállese, señor… –murmuró.

Y mi idea, súbitamente, se dio forma a sí misma. Como un milagro.

–Un cadáver –dije con voz ronca– que ahora, por una casualidad en la que se adivina la mano de Dios, acaba de encontrar un motivo para justificarse.

De pronto, en el puerto, la noche estalló como una fiesta. En todos los muelles las sirenas empezaron a entonar su histérico salmodio y el cielo reventó de petardos. Brindamos con los ojos húmedos. Fuegos multicolores se abrían hacia el río, desparramando sobre el mundo extravagantes flores de artificio. Fue como si una enloquecida sinfonía universal acompañara mis últimas palabras absurdas y solemnes.

–Por Dios, Franta –dije y creo que gritaba–; por ese Dios en el que vos no creés y que acaba de nacer para todos los hombres, yo te juro que toda mi fortuna servirá para que vuelvas a tu tierra. Es mi reconciliación con el mundo. Vas a volver, viejo, y vas a volver como un hombre.

La Nochebuena se ardía. Pitos, sirenas y campanas se mezclaban con los perfumes nocturnos y entraban en tumulto por la ventana abierta. A nadie le importaba, es cierto, el judío recién nacido que pataleaba en el pesebre, pero todos querían gozar del minuto de felicidad que les ofrecía, él también, con su prodigiosa mentira. En la tierra, bajo la Estrella, los hombres de buena voluntad se emborrachaban como cerdos y daban alaridos.

Franta me miró un instante. Sus ojos brillaban desde lo más profundo, con un brillo que ya no olvidaré nunca: me creía. Me creía ciegamente. En un arrebato de gratitud incontenible me besó las manos y balbuceó llorando:

–No te olvidaré mientras viva.

Me había tuteado. Era un hombre: yo había cumplido mi obra.

Su cabeza cayó pesadamente sobre la mesa. Estaba borracho de alcohol y de sueños. En esa misma posición se quedó dormido. Soñaba que volvía a la pequeña aldea de colinas grises y acariciaba unos cabellos rubios y miraba unos ojos tan claros como el cielo del mediodía.

Con todo cuidado, retiré mis manos de entre las suyas y me levanté, tambaleante. Tu cabeza era suave y blanca, viejo; yo la había acariciado.

Después levanté el pesado candelabro de plata. Amorosamente, con una ternura infinita, poniendo toda mi alma en aquel gesto, y sin meditar más la idea que desde hacía un segundo me obsesionaba, dije: Feliz Nochebuena, Franta. Y le aplasté el cráneo.

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)

 

Una tarde en el cine

Víctor Roura

 

Le dije:

–Quítese el sombrero porque me estorba.

Me volteó a ver.

–Deje de molestar –advirtió.

No me dejaba ver la pantalla. Le sugerí a mi acompañante que nos cambiáramos de sitio.

–No, ya quédate aquí, me da pena –dijo, en voz baja.

La miré con verdadera impaciencia. Se llevaba como siete palomitas de una vez a la boca.

–Hágame el favor de poner su sombrero en su rodilla –le volví a decir, tocándole el hombro.

Esta vez no hizo caso. Miré a mi acompañante. Sacaba con su puño varias palomitas. “Vale”, pensé.

–¡Ese sombrero! –dije.

Se lo quitó. “Buen hombre”, cavilé. Pero volteó de pronto y me dio un sombrerazo que me dejó perplejo y confundido. Oí risas alrededor. Se puso el sombrero, de nuevo.

–…Té molestando –alcancé a escuchar que decía el sujeto.

Mi acompañante me miró extrañada.

–Déjalo de molestar –dijo.

Y se llevó aproximadamente doce palomitas a la boca.

No veía nada de lo que ocurría en la pantalla. Saqué mi lamparita. La prendí. Abrí mi libro y me puse a leer. Era una luz tenue. Mi acompañante se volteó a verme.

–No seas absurdo –dijo.

No le hice caso.

El matemático Philip Cunningham seguía recordando su vida inútil entre razonamientos formalistas, análisis combinatorios, axiomatizaciones de teorías, eliminación de paradojas, cicloides, los círculos octogonales, las circunferencias tangentes, los problemas de Apolonio, las coordenadas cilíndricas, las ecuaciones diferenciales no ordinarias e integrales abelianas. Arturo Azuela nos está contando las divagaciones de un matemático, pero no nos está contando nada a la vez. Voy en la página 129 y no ha pasado nada. Leía la parte donde el investigador emérito Zemansky, maestro de Cunningham, se preguntaba por cuadragésima cuarta ocasión si las matemáticas eran una ciencia, cuando mi acompañante me dio un codazo.

–Apaga ya esa luz, ¿quieres?…

Y el sujeto de adelante, sin siquiera voltear, se quitó el sombrero y me asestó un golpe. Con elegancia. Mi acompañante se rio quedito.

–¡Ora! –le dije al sujeto.

–Su luz me daña –dijo el tipo.

Volteé a ver a mi acompañante. Seguía la película con ánimo exaltado. (Juro que a esas alturas no sabía ni siquiera la trama. Escuchaba de vez en vez las risas de la gente o su pesado silencio. No podía ver nada).

Me levanté.

–¿Adónde vas? –preguntó mi acompañante.

–Al lobi, ahí te espero…

Antes de salir, le di un manotazo al sombrero, que fue a dar dos o tres filas adelante. El tipo reaccionó furiosamente. Se puso en pie, también. Me fui corriendo por el pasillo (ya se habían acostumbrado mis ojos a la penumbra), seguido por el sujeto. Algunas personas gritaron:

–¡Lo va a matar!

–¡Deténganlos!

No era para tanto, creo.

Salí al lobi para subir de volada por las escaleras hacia la planta alta. El tipo me correteaba con ganas.

–¡Deténte, desgraciado! –imprecaba.

Oí unos aplausos.

–¡Córrele, maestro! –me alentaban.

Llegó un momento en que o él cedía o yo me abandonaba a la persecución. Estábamos entrampados. Si corría, me agarraba el sujeto; si él intentaba apresarme, yo me le escapaba. Pero yo estorbaba evidentemente a la gente que estaba enfrente de mí, y él a los que estaban atrás.

–¡Muévete, chiquilín! –me decían.

–¡A jugar a su charco! –gritaban.

Peladeces aparte, yo empecé a sudar. Qué hacer.

–Ora condenado, no le chaques… –decía el tipo.

–Ai muere, maestro –dije.

–¡Muere otro, jijo é la! –contestó.

Estaba realmente alterado el sujeto. Pensé que el alterado debía ser yo.

O él o yo, así que tuve la paciencia suficiente para esperar a que se le bajara la cólera. Me agaché para no molestar la visión de los espectadores.

–¡Han de ser agentes, par de psicópatas! –gritó alguien.

Me sentí abochornado. Sudaba como loco.

En eso, el tipo se atrevió a bajar los escalones para ir por mí. Y que me salgo, cual noctámbulo al encontrarse en una esquina con dos policías, silbando el aire. Rumbo a la salida.

Ya en la calle, anduve como el viento en un día de tormenta. Al minuto, estaba distanciado del cine como unas diez cuadras. Nadie me seguía. Me subí al Metro. Iba vacío. Tomé asiento. Abrí el libro en la página 130 de El matemático. Cunningham continuaba con sus disquisiciones inútiles. Me bajé en cualquier estación. Salí. Estaba en Bellas Artes. Caminé un rato sobre Avenida Juárez. Para tranquilizarme.

En la noche le hablaría a mi acompañante.

Para saber por lo menos el nombre de la película que fuimos a ver.

 

(Tomado de Roura, Víctor, Un látigo en mi alcoba, Hoja Casa Editorial, México, 1991)

 

miércoles, 10 de junio de 2026

Todos estábamos a la espera

Álvaro Cepeda Samudio

 

“And it seemed to him then that every
human was always looking for himself, in bars,
in railway trains, in offices, in mirrors, in love,
especially in love, for the self of him
that is there, someplace, in every other human.
Love was not to give oneself, but to find oneself,
describe oneself. And that the whole conception
had been written wrong. Because the only
part of any man that he can ever touch or
understand is that part of himself he recognizes
in him. And that he is always looking for the way
in which he can escape his sealed bee cell
and reach the other airtight cells with
which he is connected in the waxy comb”.
James Jones (From Here to Eternity).

 

Íbamos llegando uno a uno y nos sentábamos en los altos bancos rojos a lo largo del bar. Nos quedábamos allí, en silencio, oyendo las canciones que alguien cantaba en los discos. Otras noches había boxeo. Entonces dejábamos de echar monedas en los tocadiscos y mirábamos la pelea. Pero no duraban mucho tiempo. Casi nunca llegaban al último round pues siempre alguien era tirado violentamente sobre la lona gris y un hombre con un corbatín le levantaba la mano al que se había quedado de pie y la pelea terminaba. Algunas veces apostábamos, pero después de un tiempo no quisimos ver más esto y dejamos de sintonizar al Madison. Nadie dijo nada. Nos pusimos de acuerdo sobre ello sin que nadie lo propusiera. Dejamos de ver el boxeo como hacíamos todo: sin decirnos nada. Había otras noches cuando no teníamos dinero y entonces entrábamos, nos acercábamos al tocadiscos y apretábamos un botón. La canción sonaba un largo rato y luego nos íbamos otra vez. Porque teníamos que ir todas las noches pues no sabíamos cuándo llegaría y no queríamos que llegara y no estuviéramos nosotros allí. Pero el dueño se dio cuenta. Supo que nosotros también estábamos a la espera y una noche, cuando pasábamos frente a él hacia el tocadiscos, nos dijo: “pueden tomar lo que quieran”. Entonces nos acercamos al bar y comenzamos a tomar como siempre. Desde esa noche ya nunca dejamos de ir. Y aunque no tuviéramos dinero nos sentábamos en los altos bancos rojos y pedíamos nuestros tragos. Una noche llegó alguien a quien nunca habíamos visto. Como si conociera el lugar desde mucho antes, como si él supiera de nosotros. Tomó un banco y lo acercó al nuestro. Luego dijo: “voy a quedarme aquí. Tiene que llegar a este bar”. Nadie lo miró. Pero nosotros sí. Tenía el pelo negro, una pipa labrada y un saco grueso. No dijimos nada y él puso sus billetes sobre el mostrador y comenzó a tomar lentamente. “hace tiempo que estoy esperando”, dijo y golpeó la pipa contra la palma de la mano abierta y dura. “me salí de la carretera con los catorce que me tocaban a mí. Caminé detrás de ellos hasta que encontré un pequeño claro de arena blanca. Entonces oí que ya él había terminado. Ya su ametralladora no sonaba. Estaban de espaldas. Yo comencé a llorar. Cuando él llegó su ametralladora volvió a sonar. Yo me dije que no quería oír más. Y ni siquiera oí cuando las balas se callaron. Seguramente me dijo que lo siguiera y yo lo seguí, pero ya no oí más”. Nosotros no dijimos nada porque él siguió hablando y nosotros dejamos de oírlo de pronto. Era que habíamos comenzado a recordar. Y nos fuimos apartando poco a poco a medida que los recuerdos se alejaban. Llegamos a una estación. Había buses plateados y ventanillas numeradas en negro en el fondo del gran corredor. Allí habíamos comenzado, sentados en unas butacas tibias por el calor de los cuerpos que llenaban la estación, con las revistas y los periódicos desordenados a nuestro lado. No sabíamos si esperábamos o si nos esperaban. Allí habíamos comenzado. Pero antes era yo. Yo sólo viajando sobre las carreteras de ladrillos rojos. Yo frente a la vendedora de revistas, comprando todas las revistas y todos los periódicos, no para leerlos, sino para ofrecérselos a quien había de sentarse a mi lado en el doble asiento del viaje, y la voz de la muchacha preguntando a qué hora sale su bus y un negro le da la hora que yo conozco; porque he estado esperando toda la noche en esa estación. Y de pronto me quedo solo con la muchacha y las paredes se van alejando en cuatro direcciones y estamos allí solos, la muchacha y yo, y el negro, con los botones dorados de su chaqueta y su brillante escoba, se aleja empujado por la huida de las paredes mientras la muchacha de las revistas desaparece detrás de las carátulas multicolores que le hacen muecas. Yo le hablo a la muchacha que tiene un largo tiquete verde y mira sin entender los itinerarios con su complicada combinación de números. En la enorme soledad de la estación mi voz y la voz de la muchacha van llenando lentamente todos sus vacíos. Y después ya no hablamos más. La muchacha se duerme contra la madera lustrosa de los bancos y yo estoy velando su sueño derrotado. De pronto me dice sin abrir los ojos: “Tengo hambre”. Y yo me levanto sin ruido y atravieso el frío ancho de la calle porque he visto en algún lado las vitrinas opacadas de un restaurante. En un tarro de cartón me dan café caliente para la muchacha. Yo le digo al griego que está detrás del mostrador: “Ella está ahí en la estación, no sé para donde va pero ha esperado el bus toda la noche y tiene hambre”. Y el griego me pregunta: “¿Por qué no te vas con ella?”. Y yo le contesto que no lo había pensado, pero que quiero irme con ella. Me llena un tarro de cartón blanco y me lo entrega. “Llévaselo y antes de despertarla dile que te vas con ella”. Yo lo hago así y la muchacha se toma lentamente el café mientras yo pienso en lo que me ha dicho griego. Cuando llegan los buses nos levantamos y salimos a leer las letras blancas hasta hacerlas coincidir con los tiquetes. Yo me vuelvo al restaurante y le digo al griego que ella se ha ido. Él me dice: “Tiene que volver”. Yo atravieso todo el frío del mundo que se ha acumulado en la calle, recojo mis revistas y me meto en el último bus.

Y otra vez las estaciones repetidas a lo largo del cansancio que había comenzado hace muchas semanas. Y por fin he llegado a esta estación y me he encontrado en este banco rodeado de periódicos y revistas. Cuando la voz vieja conocida que anuncia las llegadas y las salidas anunció el nombre que esperábamos, ya éramos nosotros. Y subimos a nuestro bus. Ahora estamos en este bar todavía a la espera. Nos rodea gente, cada uno con su espera. Estamos estrechamente unidos en que todos sabemos que estamos a la espera pero no nos conocemos, ni siquiera hablamos. Solamente “nosotros” hablamos de vez en cuando. Y ahora ha llegado este hombre y nos ha hablado, nos ha dicho cosas que no hemos preguntado. Secretamente sabemos que ha de seguir hablando y hablando, que mañana vendrá y hablará otra vez, y seguirá viniendo todas las noches. Vamos a tener miedo, miedo de que nos interrumpa a cada momento a cada momento cuando nos ponemos a parar monedas de canto sobre la madera humedecida por nuestros vasos. Y de que pregunte cuando nos ponemos a jugar con los círculos de agua que hay debajo de cada trago. Yo sé que nos está mirando y espera que volvamos la cabeza hacia él para seguir hablando. Pero tenemos miedo y no queremos mirarlo porque tenemos los ojos redondeados sobre los vasos. No podemos oírlo pues alguien ha vuelto a meter monedas en el tocadiscos y hemos hecho tapones de música para nuestros oídos. Y para distraernos pensamos: –la foca azul tiene una pelota blanca y roja sobre la nariz– cómo se llamará la foca –tonto no ves que se llama Carstairs– no, ese no es el nombre de la foca –es el nombre del whisky– pero no es lo mismo –yo siempre quise ver las focas –vamos a verlas una tarde cuando haya verano– no, ya he perdido el interés y de propio no son tan reales como esta foca azul –aquellas también tendrán pelotas rojas pues yo las llevaré– llevaremos pelotas blancas y pelotas rojas, las más grandes y más blancas y más rojas que podamos conseguir –llevaremos pelotas para dárselas a las focas– sí, tal vez podamos ir un día cuando haya verano –y después iríamos a un cine, me gusta el cine– creo que me gustaría ver una película que se llame los rinocerontes hacen pompas de jabón en la que esté Susan Peters que cuando yo era pequeño se parecía a una muchacha que llevaba sus libros amarrados con una correa verde –hubo un tiempo cuando veía todas las películas– cuando no se tienen sueños, cuando no esperamos nada, tenemos que meternos en las salas de cine y tomar los sueños prestados de las películas –también yo iba al cine todos los días a hacer míos todos los sueños–. Dejamos de pensar y nos pusimos a jugar otra vez con las monedas. Nos habíamos olvidado de nuestro miedo. No supimos cuándo entró; estaba mirándonos cuando alzamos la cabeza para pedir los tragos. La vimos al mismo tiempo, pero yo me quedé solo mirándola. Cuando me levanté, todas las monedas que estaban paradas de canto comenzaron a rodar. Yo le dije: “He estado esperándote Madeleine”. Y luego: “Ahora vendrás todas la noches”. Ella siguió mirándome y asintió. Cuando salíamos oí su voz diciéndome: “Ya no me necesitas más. Déjame ir ahora”. Yo le tomé la mano y se la apreté con fuerza. Mientras cruzamos la calle veíamos a Madeleine a través de la vitrina que había comenzado a esperar.

 

(Tomado de www.literatura.us)

 

Para ya no volar bajo

Víctor Roura

 

El último día del año intentaré volar.

Para ello, me trasladaré hacia Pahuatlán. Dicen los que saben que por el mes de diciembre hace un frío recalcitrante en esa sierra poblana. Llevaré, acaso, un abrigo. Mis alas tal vez no ocupen mucho sitio. Probablemente entren sin problema en mi maleta, ya que no cargaré sino la ropa que calce. Tampoco me demoraré en los asuntos de hospedaje. Iré directamente al puente colgante. Ahí sacaré el artefacto, cuyo encargo se lo hice al ingeniero Demetrio Cedillo, y miraré desde arriba cómo corre el río en ese bello poblado.

Las alas, al parecer, están diseñadas a la perfección. El ingeniero Cedillo usó, sobre todo, papel albanene y unos delgados cartones que mandó traer de Brasil. Ignoro sus nombres, pero se parecen un poco al cartoncillo que utilizan los caricaturistas de los periódicos. Además, me pidió que le consiguiera queratol y papel fabriano. Lo vi trabajar algunas veces en el proyecto, mas no entendía sus vanas explicaciones. Eran inútiles.

Me decía, por ejemplo:

–El albanene hace un peso casi exacto con el fabriano en lo relacionado con el aire de la sierra…

Yo le decía que sí nomás por no desalentarlo, al pobre. Sin embargo, he de reconocer que, desde que le planteé mi deseo de volar el último día del año, el ingeniero Cedillo fue seis veces a Pahuatlán. “Para sopesar las corrientes de aire”, decía.

Le daba ánimos, empero.

La idea dio comienzo en julio, el 28, para ser precisos. Cedillo me regaló, en esa ocasión, un par de aviones a escala. Entonces le hablé de la afición de Mike Oldfield, el autor de la música de la película El exorcista. Oldfield solo piensa en volar. En su casa colecciona todo tipo de aparatos aéreos. El rock le cayó por casualidad, porque él hubiese preferido ser piloto. Piloto del Concorde, digamos. Y de sus sueños de hombre volador.

–No está tan errado el tal músico –dijo Cedillo.

No comprendí.

–Es que de veras podemos volar, lo que sucede es que nadie se lo cree –dijo el ingeniero.

–Por supuesto que nadie se lo cree –repliqué.

Tomó uno de los aviones a escala. Lo observó con detenimiento.

–Yo he volado –indicó.

Tomé el otro avión. Quería desviar la plática. El ingeniero Cedillo a veces es mitómano. En algunas personas la mitomanía se les da mensualmente, quizás éste era uno de sus días.

–¿No te topaste con ningún pájaro por el camino? –pregunté, fastidiado.

Dejó el avión a escala donde estaba y pegó con uno de sus puños en la mesa.

–¡Allá tú si no me crees! –dijo.

O gritó. No recuerdo bien.

Ahí comenzó todo.

Luego me detalló, al principio con verdadero escepticismo de parte mía, sus vuelos. Me convencí finalmente cuando a la semana siguiente fui a su casa para ver el álbum de fotos. Ahí estaban como once gráficas que mostraban a Cedillo en pleno vuelo. Sus alas apenas se veían. Eran de una transparencia majestuosa.

–¿Quién te tomó las fotos? –pregunté.

Un tal Edward Rice, alemán de procedencia.

–Si lo dudas, vamos a visitarlo –dijo.

Y ahí fuimos, después de una llamada telefónica.

Existía el tal Rice. Es un rubio alto, fornido. Está de paso por México. Se va a mediados de enero. Regresa a su país. Aquí ha expuesto tres veces. Su especialidad son los vuelos. Me mostró algunos trabajos suyos para National Geographic.

No me atreví a preguntarle si eran montajes las fotos de Cedillo. Hubiera sido, tal vez, una ofensa a su labor periodística.

De regreso a la casa de Cedillo, ya casi me había convencido de que yo no podía convencerme si no hacía la prueba.

–¿Y si en pleno vuelo me derrumbo? –pregunté.

–Es que, una de dos, o las alas que te hice no sirven o de plano no te tienes fe.

No supe qué responderle.

Pero al otro día ya estaba el ingeniero dedicado a las alas.

–Las mías no puedo dártelas, porque son un artefacto personal –dijo.

Me reí, pero no le dije de qué. El ingeniero en esas cosas es muy solemne y hasta fastidioso. Me olvidé del albur y le dije que me pidiera cuanto necesitara. Me interrogó ampliamente. Sobre mi estado de salud, enfermedades, vicios, defectos, virtudes. Sobre casi todo.

–Dos semanas antes de volar no debes beber una sola copa –dijo–, para solidificar tus nervios.

Estuve a punto de echarme para atrás, entonces.

–Pero a cambio vas a ganar lo que nadie ha ganado –dijo con una felicidad envidiable.

No pude negarme.

Su primera visita a Pahuatlán la hizo el 15 de septiembre. No regresó sino hasta una semana después. Lo agarraron los días patrios y no pudo abandonar el lugar, porque se puso una borrachera de cuatro días continuos.

–Lástima que no llevé mis alas –dijo, apesadumbrado.

Según el ingeniero Cedillo, Pahuatlán es el sitio ideal para el hombre volador. Hace un clima idóneo para las maniobras aéreas.

–Puedes salir y regresar sin tanta dificultad como pudieras tenerla en Tecate –explicó.

Estuvo dedicado a mis alas durante cuatro meses. Me las entregó exactamente el viernes 22 de diciembre.

Se ven deslumbrantes, por cierto.

Cada una de ellas medirá, aproximadamente, unos siete metros. Pero están confeccionadas de tal forma que pueden doblarse para cargarlas con comodidad.

No sé si funcionen, pero confío en mi fe.

Si no puedo volar y acabo desfallecido en las faldas de algún cerro poblano, el ingeniero se quedará al iniciar enero sin una suma parecida al medio millón de pesos.

Espero sinceramente, y aunque me duela pagar tal ociosidad, entregarle en su mano dicha cantidad el lunes 8 de enero, como hemos acordado, para finiquitar el adeudo de las alas.

Aunque, quién sabe, siempre nos falta una buena excusa para ya no regresar más al Distrito Federal, donde, ciertamente, todos andamos de manera permanente volando bajo.

Tengo una buena excusa a la mano, por fin.

De mí depende. Y de mi fe.

 

(Tomado de Roura, Víctor, Un látigo en mi alcoba, Hoja Casa Editorial, México, 1991)

 

lunes, 8 de junio de 2026

Viernes

Jordi Cebrián

 

El viernes nos aboca al fin de semana, y toma de él su energía y su esperanza. Es un día de trámite, en el que los jefes de estado no se llaman más que para intercambiarse teléfonos o hablar de trivialidades. Los viernes, además, se suele dormir poco, pese al cansancio acumulado. Hay ciudades que prohíben totalmente que se duerma los viernes, y la policía municipal persigue muy en serio a los incívicos que se sientan en los bancos a dar cabezadas, y los ayuntamientos se encargan de que los vecinos, en sus casas, tampoco puedan dormir, pues es viernes.

 

(Tomado de www.cienpalabras.blogspot.com)

 

Mujer de labios hambrientos

Víctor Roura

 

Cuando me dijo que quería una churumbela como muestra de mi amor, le hice ver que la séptima copa se me había subido mucho a la cabeza.

–Te espero en el carro –dije.

Abandoné el bar, pero en lugar de sentarme en el cofre de su auto, cosa que siempre hacía para atenuar su demora, me seguí de largo. Era demasiado. La última vez le esquivé un vaso de vidrio que aventó con mucha puntería. Lamenté el desperdicio del ron, que fue a dar al suelo. Su encono, no. Lo que sucede es que uno es capaz de soportar cualquier felonía por un momento de placer. Sin embargo, tiene que haber un límite. El mío ha llegado.

Caminé tres cuadras. Me detuve en una caseta telefónica.

–Ignoro la hora, pero necesito verte –dije.

Contestó amodorrada.

–Si vienes por mí, me despierto –indicó bostezando.

De Ciudad Satélite, donde estaba, hasta Iztapalapa, donde ella dormía, podría hacer, si me lo proponía, una hora. Dije que se vistiera. Casi corrí a una avenida. Empecé a pedir un raid, porque a esa hora ya no pasaban peseros.

Nada.

Hasta que un Topaz se detuvo. Me abrieron la puerta, sin preguntarme hacia dónde iba, pero tuve confianza, porque al lado de quien manejaba estaba una dama. Subí. Ya en la parte posterior del carro me percaté de que el hombre venía muy bebido y discutiendo, en altos tonos, con la mujer.

–¡Mosquita muerta! –gritó el señor.

Ella no dijo nada.

–¡Coqueta nocturna! –volvió a alzar la voz el hombre.

Yo me hice el desentendido.

–¡Mujer de fácil entrada! –gritó de nuevo el conductor.

Entonces la dama le asestó un cachetadón que hizo que la cabeza del hombre rebotara del vidrio a su costado izquierdo. El coche frenó bruscamente.

–¡Repítelo, mujer de labios hambrientos! –gritó otra vez el hombre, viéndola con un rencor indecible.

Yo, mientras, me sacudía el polvo de mi saco negro.

Ella no dudó. Le asestó otra bofetada que hizo sangrar, de inmediato, la nariz de su (supongo) prometido. Los dos se quedaron un buen rato mirándose, como midiendo sus respectivas temperaturas, sus humores rutinarios, su presión familiar. Ella levantó nuevamente la mano, amenazando con un tercer golpe.

Yo bajé la cabeza, buscando en el asiento no sé qué cosa.

El hombre abrió la puerta y bajó, rumiando algunos insultos. La mujer volteó a verme, retadora. Sus labios se veían realmente hambrientos. No estaba equivocado el hombre en ese inciso.

–Creo que aquí me quedo –dije, apenas.

Ella negó con la cabeza.

–Por favor –pidió.

No pude responder nada. Pasaron, en un silencio ominoso, quizás cinco minutos. El hombre regresó.

–¿Satisfecha, pimpollo de mala juerga? –preguntó con un dejo burlón que no comprendí.

Ella asintió.

Puso en marcha el coche, miró por el retrovisor y me interrogó:

–¿Todavía está usted aquí?

Sonreí.

–Aún –respondí, delgada la voz.

Volvió a frenar, con brusquedad.

–Sírveme otra cuba –ordenó el hombre.

La mujer le sirvió en un vaso de vidrio.

–Sírvele una al joven –indicó.

La mujer tomó, creo que de la cajuela, otro vaso y me sirvió una cuba cargadísima. El hombre prosiguió la marcha.

–¿Gusta usted un poco? –pregunté a la dama.

El hombre dijo, viéndome por el espejo retrovisor.

–La mujer ya no bebe.

Alcé los hombros. “Ni modo”, pensé.

–¿Y para dónde va usted, joven? –preguntó el señor, bebiendo de un solo trago su copa.

Dije que para Iztapalapa.

–Está usted loco si cree que lo vamos a llevar –dijo.

Yo también me tomé de un trago la cuba.

–Déjeme donde usted considere conveniente –dije.

Nos fuimos en silencio. La mujer volteaba a verme, de vez en cuando. Muy seria. Pedí otra cuba.

El coche se metió por caminos ignotos para mí hasta que quince o veinte minutos después, fue a parar a una residencia cuyo alrededor olía a árboles sanos.

–Ésta es su casa, pase un rato –dijo el hombre.

–Por favor –pidió la mujer.

Entramos al hogar. Encendieron las luces. El señor fue directo a su cantina. Se sirvió un güisqui. Fue a sentarse al amplio sillón.

–Sírvase usted lo que quiera –indicó.

Cuando regresé de la cantina, el hombre dormía plácidamente, con su copa en la mano. La mujer me miró largamente. Sonrió.

–Creo que es hora de que se marche –dijo.

Le dije que nomás me terminara el ron.

–No, puede usted llevarse incluso el vaso –dijo.

Se puso de pie y me acompañó hasta la puerta.

–Con todo respeto, señora, sus labios en efecto me parecen hambrientos –dije, cortésmente, pero no sé de dónde sacó la dama un vaso de vidrio y, si no corro agachándome a tiempo, me lo estrella justo en la nuca.

No sabía dónde andaba, pero busqué una avenida y en ella hallé una caseta telefónica.

La mujer en Iztapalapa o yacía pesadamente dormida o esperaba ansiosa ya en la calle, porque jamás contestó.

Decidí, pues, amanecer en otro sitio…

 

(Tomado de Roura, Víctor, Un látigo en mi alcoba, Hoja Casa Editorial, México, 1991)