miércoles, 29 de abril de 2026

El episodio Kugelmass

Woody Allen

 

El profesor Kugelmass, quien dictaba clases de humanidades en el City College, estaba infelizmente casado por segunda vez. Su esposa, Dafne Kugelmass, era una idiota. Él también tenía dos hijos tontos de su primera esposa, Flo, y estaba hasta el cuello de deudas ocasionadas por los costos de la separación y manutención de los niños.

“¿Acaso yo sabía que las cosas iban a salir tan mal?”, se lamentó un día Kugelmass dirigiéndose a su analista. “Dafne era muy prometedora. ¿Quién podría sospechar que ella iba a abandonarse y a engordar como tonel? Además, ella tenía algunos dolarillos, lo que no es –por supuesto– razón suficiente para contraer nupcias pero tampoco viene mal, teniendo en cuenta los problemas operativos que tengo. ¿Entiende lo que le digo?”

Kugelmass era calvo y tan peludo como un oso, pero tenía un gran corazón.

“Tengo que buscarme otra mujer”, agregó. “Necesito tener un affaire. Es posible que no sea un buen partido pero soy un hombre que necesita vivir un romance. Necesito sentir ternura, coquetear con alguien. Estoy envejeciendo y por ello es muy tarde para sentir el deseo de hacer el amor en Venecia, burlarse el uno del otro en el ‘21’ e intercambiar miradas tímidas sobre una copa de vino tinto a la luz de las velas. ¿Entiende lo que le digo?’’

El Dr. Mandel se movió en la silla y dijo: “No resolverá nada con una aventura amorosa. Usted es muy poco realista. Sus problemas son mucho más graves”.

“Debo tener una relación muy discreta”, seguía pensando en voz alta Kugelmass. “No puedo darme el lujo de divorciarme por segunda vez. Dafne me lo echaría en cara. Sin embargo, no puede ser con nadie del City College porque Dafne también trabaja allí. De hecho, ninguna profesora de esa universidad vale gran cosa; sin embargo, alguna de las estudiantes… ayúdeme. Anoche tuve un sueño. Estaba en una pradera y de pronto me puse a saltar con una cesta de comida y la cesta tenía un letrero que rezaba Opciones. Luego me di cuenta de que la cesta tenía un agujero”.

“Sr. Kugelmass, lo peor que puede hacer es representar de esa forma sus inhibiciones. Usted debe limitarse a expresar sus sentimientos para que los analicemos en conjunto. Usted ha estado en tratamiento el tiempo suficiente como para saber que no hay remedios instantáneos. Después de todo, soy un analista, no un mago”.

“Entonces, tal vez lo que necesite sea un mago”, dijo Kugelmass, levantándose de su asiento. Y con ello puso fin a su terapia.

 

***

Algunas semanas después, Kugelmass y Dafne se hallaban deprimidos en su apartamento como dos viejos muebles. De pronto, sonó el teléfono. Era de noche.

“Yo atiendo”, dijo Kugelmass. “Hola”.

¨¿Kugelmass?”, se oyó al otro lado del teléfono. “Kugelmass, le habla Persky”.

“¿Quién?”

“Persky, ¿o debería decir ‘El Gran Persky’?”

“¿Perdón?”

“He sabido que anda en búsqueda de un mago que le dé una nota exótica a su vida. ¿No es así?”

“¡Shhhh!”, susurró Kugelmass. “No cuelgue. ¿De dónde llama, Sr. Persky?”

Al día siguiente, por la tarde, Kugelmass subió por las escaleras de un decrépito edificio de departamentos situado en el área de Bushwick, Brooklyn. Aguzando la mirada para romper la oscuridad del pasillo, Kugelmass finalmente encontró la puerta que buscaba y tocó el timbre.

“Voy a lamentarlo”, pensó para sí. Segundos después era recibido por un hombre pequeño, delgado, con una mirada vidriosa. “¿Usted es Persky, el Grande?”, dijo Kugelmass.

“El Gran Persky. ¿Quiere una tasa de té?”

“No. Quiero vivir un romance. Quiero sentir la música, el amor y la belleza”.

“Pero no quiere tomar té. ¿Ah? Es raro. Muy bien, tome asiento”.

Persky se paró y fue al cuarto de atrás. Kugelmass oyó un movimiento de cajas y muebles. Persky reapareció, empujando un objeto de gran tamaño montado sobre unos patines con las ruedas chirriantes. Persky quitó algunos viejos pañuelos de seda que se encontraban en la parte superior y los sopló para quitarle el polvo. Se trataba de un armario chino mal laqueado y de tosca apariencia.

“Persky”, ¿qué se trae entre manos?”, preguntó Kugelmass.

“Preste atención”, le respondió Persky. “Esto va a producir un bello efecto. Lo diseñé el año pasado para una ceremonia de los Caballeros de Pitia, pero el acto se suspendió por falta de público. Entre en el mueble”.

“¿Por qué? ¿Acaso va a atravesarlo con un montón de espadas o algo así?

“¿Usted ve alguna espada?”

Kugelmass puso cara de circunstancias y lanzando un gruñido se introdujo en el armario. El profesor no pudo evitar observar varias imitaciones de diamante de mala calidad pegadas en la madera contrachapada justo frente a su cara. “Esto es un chiste de mal gusto”, dijo.

“Tiene algo de broma. Bien, oiga lo que le voy a decir. Si lanzo una novela al interior del armario en el que usted se encuentra, cierro las puertas y toco tres veces, usted se verá proyectado en ese libro”.

Kugelmass hizo un gesto de incredulidad.

“Es mi varita mágica”, dijo Perksy. “Mi contacto con Dios. No sólo funciona con novelas. Puede ser un cuento, una obra de teatro, un poema. Podrá conocer algunas de las mujeres creadas por los mejores escritores del mundo. Sea cual fuere la mujer de sus sueños. Podrá hacer todo lo que desee como un verdadero triunfador. Luego, cuando haya vivido suficientes experiencias, pega un grito y volverá aquí al instante”.

“Persky, ¿Usted está enfermo?”

“Le estoy diciendo que todo estará bien”, expresó Persky.

Kugelmass mantuvo su escepticismo. “¿Lo que usted me quiere decir es que este cajón casero me puede transportar tal y como usted me lo ha descrito?”

“Por apenas 20 dólares”.

Kugelmass buscó su billetera. “Ver para creer”, dijo.

Persky guardó los billetes en sus bolsillos y se dirigió a su biblioteca ¿A quién desea conocer? ¿A la Hermana Carrie? ¿Hester Prynne? ¿Ofelia? ¿Tal vez a algún personaje de Saul Bellow? ¿Qué le parece un encuentro con Temple Drake? Aunque para un hombre de su edad, ella sería una prueba muy difícil”.

“A una francesa. Quiero tener un affaire con una amante francesa”

“¿Nana?”

“No quiero tener que pagar por ello”.

“¿Qué le parece Natacha, de Guerra y Paz?”

“Le dije que una francesa. ¡Ya sé! ¿Qué le parece Emma Bovary? Me parece perfecta”.

“Muy bien, Kugelmass. Pegue un grito cuando esté harto”.

Persky introdujo en el armario una edición rústica de la novela de Flaubert.

“¿Está seguro de que esto no implica ningún riesgo?”, preguntó Kugelmass mientras Persky comenzaba a cerrar las puertas del armario.

“Seguro. ¿Hay algo seguro en este mundo tan loco?” Persky tocó tres veces el armario y luego abrió de par en par las puertas.

 

***

Kugelmass se había ido. En ese mismo instante, apareció en el dormitorio de la casa de Charles y Emma Bovary en Yonville. Ante él se hallaba una hermosa mujer, de pie y dándole la espalda a Kugelmass mientras doblaba la lencería. No puedo creerlo, pensó Kugelmass, mirando a la cautivadora esposa del doctor. Esto es algo sobrenatural. Estoy aquí junto a ella.

Emma se volteó sorprendida. “Dios mío, me asustó”, expresó. “¿Quién es usted?” Emma habló en perfecto inglés como la traducción que aparecía en la edición rústica de Persky.

Esto es increíble, pensó Kugelmass. Luego, dándose cuenta de que era a él a quien ella se había dirigido, respondió: “Disculpe. Soy Sidney Kugelmass, del City College. Soy profesor de Humanidades en una universidad neoyorquina, situada en las afueras de la ciudad. Yo… ¡no puedo creerlo!”

Emma Bovary sonrió con coquetería y le preguntó: “¿Desea tomar algo? ¿Tal vez una copa de vino?”

Es hermosa, pensó Kugelmass. ¡Qué diferencia con el troglodita con el que comparte la cama! Sintió un impulso repentino de tener entre sus brazos esta visión y decirle que era el tipo de mujer con el que había soñado toda su vida.

“Sí, un poco de vino”, contestó con voz ronca. “Blanco. No, tinto. No, blanco. Una copa de vino blanco”.

“Charles estará fuera todo el día”, expresó Emma, con voz insinuante.

Después del vino, fueron a dar un paseo por la encantadora campiña francesa. “Yo siempre había soñado con un misterioso extranjero que aparecería y me rescataría de la monotonía de esta aburrida existencia rural”, le confesó Emma, tomando su mano. Pasaron frente a una pequeña iglesia. “Me encanta la ropa que llevas puesta”, murmuró. “Nunca había visto un traje como ese. Es tan… tan moderno”.

“Lo llaman traje informal”, le explicó Kugelmass con voz romántica. “Estaba en oferta”. De pronto, la besó. Durante más de una hora, estuvieron recostados bajo un árbol, susurrándose frases al oído y expresándose ideas profundamente significativas con sus miradas. Luego, Kugelmass se incorporó. Acababa de recordar que tenía que encontrarse con Dafne en Bloomingdale’s. “Debo irme”, le dijo. “Pero no te preocupes, volveré”.

“Eso espero”, le dijo Emma.

Kugelmass le dio un abrazo apasionado y los dos caminaron de vuelta a casa. Acunó el rostro de Emma en las palmas de sus manos, la besó de nuevo y gritó: “Ya está bien, Persky”. Tengo que estar en Bloomingdale’s a las tres y media”.

Se produjo un ruido seco y Kugelmass volvió a Brooklyn.

 

***

“¿Y entonces? ¿Le mentí?, preguntó Persky, triunfante.

“Persky, se me hace tarde para encontrarme con mi mujer en la avenida Lexington. Pero, ¿cuándo puedo volver a viajar? ¿Mañana?”

“Seguro. Sólo debe traer 20 dólares. Y no le mencione esto a nadie”.

“Por supuesto. Nada más llamaré a Rupert Murdoch”.

Kugelmass tomó un taxi que enfiló hacia la ciudad. Su corazón latía desenfrenadamente. Estoy enamorado, pensó, y tengo en mi poder un secreto maravilloso. Lo que él no se había dado cuenta era que en ese mismo momento los estudiantes de varios salones de clase del país le estaban preguntando a sus profesores: “¿Quién es ese personaje que aparece en la página 100? ¿Un judío calvo está besando a Madame Bovary?” Un profesor de Sioux Falls, Dakota del Sur, suspiró y pensó: “Dios mío, las cosas que se les ocurren a estos muchachos. Eso es culpa de la mariguana y de la coca”.

Dafne Kugelmass se encontraba en el departamento de accesorios para baños en Bloomingdale’s cuando Kugelmass llegó jadeando. “¿Dónde te habías metido?”, preguntó molesta. “Son las cuatro y media”.

“Había mucho tráfico en la calle”, se excusó Kugelmass.

 

***

Al día siguiente, Kugelmass fue a visitar a Persky y a los pocos minutos había vuelto a viajar mágicamente a Yonville. Emma no pudo ocultar su emoción al verlo. Pasaron varias horas juntos, riendo y conversando sobre sus vidas. Antes de que Kugelmass partiera, hicieron el amor. “¡Dios mío, me acosté con Madame Bovary!” dijo entre dientes. “Yo, a quien reprobaron en francés en primer año”.

Transcurrieron los meses y Kugelmass fue a visitar a Persky en muchas oportunidades y desarrolló una íntima y apasionada relación con Emma Bovary. “Asegúrese de que siempre entre al libro antes de la página 120”, le dijo un día Kugelmass al mago. “Siempre tengo que encontrarme con ella antes de que Emma entre en contacto con el personaje de Rodolphe”.

“¿Por qué? ¿Acaso no puedes ganarle?”

“¿Ganarle?”. Él pertenece a la aristocracia provinciana. Esos tipos no tienen nada mejor que hacer que flirtear con las mujeres y montar a caballo. Podríamos decir que él es uno de esos rostros que aparece en la revista Women’s Wear Daily, con un corte de pelo al estilo Helmut Berger. Sin embargo, para Emma es un galán irresistible”.

“¿Y su esposo no sospecha nada?”

“Él no sabe ni dónde está parado. Es un paramédico mediocre que comparte su vida con una bailarina. Siempre está listo para acostarse a las diez mientras ella se pone sus zapatillas de baile. Bueno… nos vemos luego”.

Kugelmass entró al armario y pasó instantáneamente a la casa de los Bovary en Yonville. “¿Cómo te va, mi adorada?”, le dijo a Emma.

“¡Oh, Kugelmass!”, susurró Emma. “Las cosas que tengo que soportar. Anoche mientras cenaba, el Sr. Personalidad se adormeció mientras comíamos el postre. Le estaba expresando todos mis sentimientos sobre Maxim’s y el ballet e inesperadamente oí un ronquido”.

“No te preocupes, mi amor. Estoy aquí contigo”, le dijo Kugelmass, abrazándola. Me he ganado esto a pulso, pensó, mientras olía el perfume francés de Emma y hundía su nariz en el cabello de su amada. He sufrido mucho. He gastado mucho dinero en analistas. He buscado hasta el cansancio. Ella es joven y núbil y yo estoy aquí, algunas páginas después de Léon y poco antes de Rodolphe. Como he aparecido en los capítulos adecuados, he podido manejar perfectamente la situación.

De hecho, Emma irradiaba tanta felicidad como Kugelmass. Ella estaba ansiosa de emociones y los relatos que Kugelmass le contaba sobre la vida nocturna de Broadway, los automóviles veloces y las estrellas de la televisión y de Hollywood, embelesaban a la preciosa joven francesa.

“Dime algo sobre O. J. Simpson”, le imploró una noche, mientras ella y Kugelmass paseaban cerca de la abadía de Bournisien.

“¿Qué te puedo decir? Es un gran atleta. Ha establecido una gran cantidad de marcas como corredor de futbol americano. Tiene un gran movimiento. Es muy difícil tocarlo”.

“¿Y qué me dices de los premios de la Academia?”, preguntó Emma con melancolía. “Daría cualquier cosa por ganarme un Oscar”.

“Antes que nada debes recibir una nominación”.

“Ya lo sé. Tú me lo explicaste. Pero estoy convencida de que puedo actuar. Por supuesto, quisiera tomar algunas clases. Tal vez con Strasberg. Luego, si tuviera el agente adecuado…”.

“Ya veremos, ya veremos. Hablaré con Persky”.

Esa noche, luego de haber regresado a salvo al apartamento del mago, Kugelmass le propuso la idea de traerse consigo a Emma para que visitara la Gran Manzana.

“Déjeme pensarlo”, le dijo Persky. “Tal vez pudiera hacer algo al respecto. Han ocurrido cosas más extrañas”. Desde luego, a ninguno de ellos se le vino a la cabeza ninguna.

“¿Dónde diablos has estado metido todo este tiempo?”, le gritó Dafne Kugelmass a su marido cuando él volvió tarde a su casa. “¿Tienes una madriguera en la que te emborrachas a escondidas?”

“Sí, claro. Soy un borracho”, contestó Kugelmass con tono de desgano. “Estaba con Leonard Popkin. Estábamos discutiendo sobre la agricultura socialista en Polonia. Tú conoces muy bien a Popkin. Es un fanático del tema”.

“Has estado muy raro en los últimos tiempos”, comentó Dafne. “Distante. Tú no te olvidas del cumpleaños de mi padre. Es el sábado, ¿no?”

“Sí, claro”, contestó Kugelmass, dirigiéndose al baño.

“Irá toda mi familia. Podremos ver a los mellizos. Y al primo Hamish. Deberías ser más amable con el primo Hamish. Le caes bien”.

“Sí, los morochos”, dijo Kugelmass, cerrando la puerta del baño y apagando con ello la voz de su mujer. El profesor se apoyó en la puerta, y respiró hondo. En pocas horas, se dijo a sí mismo, volvería a Yonville, para estar con su amada. Y en esta oportunidad, si todo salía de acuerdo a lo previsto, se traería a Emma consigo.

 

***

A las 3:15 p.m. del día siguiente, Persky volvió a realizar su acto de magia. Kugelmass se apareció ante Emma, sonriente y ansioso. Ambos pasaron varias horas en Yonville con Binet y luego se montaron en el carruaje de los Bovary. Siguiendo las instrucciones de Persky, se abrazaron con fuerza, cerraron sus ojos y contaron hasta diez. Cuando los abrieron, el carruaje estaba cerca de la puerta lateral del Hotel Plaza, en donde Kugelmass había reservado ese mismo día y con un gran optimismo, una suite.

“¡Me encanta!, es tal y como lo había soñado”, dijo Emma mientras daba saltos de alegría por la habitación y veía la ciudad desde su ventana. “Allí está Schwarz. Y allá veo el Central Park y ¿cuál es Sherry? Ah, allí está. ¡Es maravilloso!

En la cama había varias cajas de Halston y Saint Laurent. Emma abrió una de ellas y sacó un par de pantalones de terciopelo negro que puso delante de su perfecto cuerpo.

“Esos pantalones son de Ralph Lauren”, dijo Kugelmass. “Te verás estupenda. Anda, cariño. Dame un beso”.

“Nunca había estado tan feliz”, gritó Emma mientras se paraba frente al espejo. “Vamos a pasear por la ciudad. Quiero ir a ver el musical Chorus Line, visitar el Guggenheim y ver el personaje de Jack Nicholson del que siempre me has hablado. ¿Están presentando alguna de sus películas?”

“No puedo entender lo que está pasando”, expresó un profesor de Stanford. “En primer lugar, aparece un extraño personaje llamado Kugelmass y ahora ella ha desaparecido de la obra. Supongo que la principal característica de una obra clásica es que uno puede releerla mil veces y siempre hallar algo nuevo”.

 

***

Los amantes pasaron un dichoso fin de semana. Kugelmass le había dicho a Dafne que él iba a participar en un simposio en Boston y que regresaría el lunes. Saboreando cada momento, Kugelmass y Emma fueron al cine, cenaron en Chinatown, pasaron dos horas en una discoteca y se acostaron viendo una película en la televisión. El domingo durmieron hasta el mediodía, visitaron el SoHo, y miraron de soslayo a un grupo de celebridades que estaban en Elaine’s. Comieron caviar y bebieron champagne en su suite el domingo por la noche, y conversaron hasta el amanecer. Esa mañana en el taxi que los llevaba al apartamento de Persky, Kugelmass pensó que era una cosa de locos pero valía la pena vivirla. No puedo traerla muy a menudo, pero el tenerla en Nueva York de vez en cuando representará un cambio significativo con respecto a Yonville.

En casa de Persky, Emma se introdujo en el armario, arregló sus nuevas cajas de ropa y le dio un tierno beso a Kugelmass. “Este será mi lugar la próxima ocasión”, dijo con un guiño. Persky tocó tres veces el armario, pero no ocurrió nada.

“Este…”, dijo Persky, rascándose la cabeza. Tocó el mueble de nuevo, pero la magia no resultó. “Algo está funcionando mal”, masculló.

“Persky, estás bromeando”, gritó Kugelmass. “¡Cómo es posible que no funcione?”.

“Tranquilícese. ¿Estás todavía ahí adentro, Emma?

“Sí”.

Persky golpeó el mueble, esta vez con más fuerza.

“Todavía estoy aquí, Persky”.

“Ya lo sé, querida. No te muevas”.

“Persky, tenemos que hacerla volver”, susurró Kugelmass. “Soy un hombre casado, y tengo clase en tres horas. En estos momentos sólo estoy preparado para un affair muy discreto”.

“No puedo entender lo que está ocurriendo”, murmuró Persky. “Es un truco tan sencillo y confiable”.

Sin embargo, no pudo hacer nada. “Esto me va a tomar algún tiempo”, le dijo a Kugelmass. “Voy a desarmar el mueble. Lo llamaré luego”.

Kugelmass lanzó a Emma dentro de un taxi y la llevó de vuelta al Plaza. Apenas pudo llegar a tiempo a su clase. Todo el día estuvo llamando por teléfono a Persky y a su amante. El mago le dijo que tal vez tendrían que pasar algunos días antes de que pudiera llegar al fondo del problema.

“¿Cómo te fue en el simposio?”, le preguntó Dafne esa noche.

“Muy bien, muy bien”, le contestó el esposo, encendiendo la colilla de un cigarro.

“¿Qué te pasa? Estás sumamente tenso”.

“¿Yo? ¡Ja, ja!, eso es un chiste. Estoy tan tranquilo como una noche de verano. Voy a salir a dar un paseo”. Cerró con cuidado la puerta, llamó un taxi que lo llevó al Plaza.

“Estoy en problemas”, dijo Emma. “Charles me extrañará”.

“Ten paciencia, cariño”, le dijo Kugelmass. Estaba pálido y sudoroso. La besó de nuevo, corrió hacia el ascensor, llamó desesperadamente a Persky desde una cabina telefónica en la recepción del Plaza y llegó a su casa poco antes de la medianoche.

“Según Popkin, los precios de la cebada en Cracovia no habían mostrado tanta estabilidad desde 1971”, le dijo a Dafne mientras esbozaba una sonrisa y se acostaba junto a ella.

 

***

Toda la semana transcurrió igual. El viernes por la noche, Kugelmass le dijo a Dafne que iba a participar en otra conferencia, esta vez en Syracuse. Salió disparado al Plaza, pero el segundo fin de semana no se asemejó en nada al primero. “Llévame de vuelta a la novela o cásate conmigo”, le dijo Emma a Kugelmass. “Mientras tanto, quiero conseguir un trabajo o estudiar porque estoy harta de ver televisión todo el día”.

“Me parece bien. Podremos utilizar el dinero”, le dijo Kugelmass. “Estás gastando una fortuna pidiendo servicio a la habitación del hotel”.

“Ayer conocí a un productor de Off Broadway en el Central Park y me dijo que podría encajar a la perfección en un proyecto que está realizando”, dijo Emma.

“¿Quién es ese payaso?”, le preguntó Kugelmass.

“No es un payaso. Es un hombre sensible, amable y lindo. Se llama Jeff… algo y es candidato a un premio Tony”.

Esa misma tarde, Kugelmass fue a visitar a Persky en estado de ebriedad.

“Cálmese”, le dijo el mago. “Puede enfermarse de las coronarias”.

“¿Tranquilizarme?, ¿Cómo me voy a calmar si tengo a un personaje de ficción escondido en un hotel y creo que mi esposa me está siguiendo con un detective privado?”

“Está bien. Sé que estamos metidos en un problema”, Persky se arrastró bajo el mueble y comenzó a golpear algo con una llave inglesa.

“Parezco un animal salvaje”, prosiguió Kugelmass. “Ando a escondidas por toda la ciudad y Emma y yo estamos hartos de la relación. Por no hablar de la cuenta del hotel que ya se parece al presupuesto de defensa”.

“¿Qué puedo hacer? Así es el mundo de la magia”, masculló Persky. “Todo es cuestión de matices”.

“Matices, un carajo. Esta muchachita lo único que consume es Dom Perignon y caviar. A eso hay que sumarle su vestuario, la inscripción en el Neighborhood Playhouse y un portafolios con fotos profesionales. Además de eso, Persky, el profesor Fivish Popkind, que enseña Literatura Comparada y siempre ha estado celoso de mí, me identificó como el personaje que aparece esporádicamente en el libro de Flaubert. Me ha amenazado con que le va a contar todo a Dafne. Ya me veo arruinado, pagándole la pensión alimentaria a mi mujer, y en la cárcel. Por el pecado de adulterio con Madame Bovary, mi esposa me convertirá en un mendigo.

“¿Qué quiere que le diga?” Estoy trabajando día y noche para resolver el problema. En lo que respecta a su angustia, no puedo hacer nada por usted. Soy un mago, no un sicoanalista”.

El domingo por la tarde, Emma se había encerrado en el baño y se negaba a responder a los ruegos de Kugelmass. El atribulado profesor miró la ventana del edificio Wollman Rink y contempló la posibilidad de suicidarse. “Lo malo es que me encuentro en un piso muy bajo”, pensó; “de no ser por ello, me lanzaría en el acto. También podría huir a Europa y comenzar una nueva vida… Tal vez podría vender el International Herald Tribune como lo solían hacer esas muchachas”.

En ese momento sonó el teléfono y Kugelmass lo llevó mecánicamente a su oído.

“Traiga a Emma”, dijo Persky. “Creo que reparé el defecto que tenía el mueble”.

El corazón de Kugelmass estuvo a punto de detenerse. “¿Está hablando en serio?”, le dijo “¿Logró arreglarlo?”

“Tenía un problema en la transmisión. ¿Quién se lo iba a imaginar?”

“Persky, usted es un genio. Estaremos allí en un minuto. En menos de un minuto”.

Una vez más, los amantes corrieron al apartamento del mago y de nuevo Emma Bovary se introdujo en el armario con sus cajas. En esta oportunidad no hubo besos. Persky cerró las puertas, respiró fuertemente y tocó la caja tres veces. Se produjo el ruido habitual y cuando Persky echó un vistazo al interior el mueble estaba vacío. Madame Bovary había regresado a su novela. Kugelmass exhaló un suspiro de alivio y estrechó efusivamente la mano del mago.

“Se acabó”, dijo. “Aprendí la lección. Nunca volveré a faltarle a mi mujer. Se lo juro”. Estrechó de nuevo la mano de Persky e hizo la promesa mental de que le iba a enviar un corbatín.

 

***

Tres semanas después, al terminar una bella tarde de primavera, Persky escuchó el timbre y abrió la puerta. Era Kugelmass, con una expresión avergonzada en el rostro.

“Está bien, Kugelmass, ¿adónde quiere ir ahora?”

“Sólo una vez más”, indicó Kugelmass. “El tiempo es tan encantador y yo sigo envejeciendo. Persky, ¿usted leyó el libro La Denuncia, de Portnoy. ¿Recuerda el personaje del Mono?

“Ahora el precio es 25 dólares, ya que el costo de la vida ha aumentado. Sin embargo, la primera vez podrá ir gratis, debido a todos los problemas que le causé”.

“Usted sí es buena gente”, le dijo Kugelmass, mientras se peinaba los pocos cabellos que le quedaban y entraba en el armario. ¿Está funcionando bien?”

“Eso espero. Sin embargo, no lo he probado mucho desde que ocurrió todo ese desastre”. “Sexo y romance”, dijo Kugelmass desde el interior del armario. “Lo que uno tiene que hacer por una cara bonita”.

Persky lanzó al interior un ejemplar de El mal de Portnoy y tocó tres veces la caja. En esta oportunidad, en lugar de hacer un ruido seco, se produjo una ligera explosión, seguida por una serie de chisporroteos y una lluvia de centellas. Persky saltó hacia atrás, sufrió un ataque cardíaco y cayó muerto. El mueble se incendió y, al final, se quemó todo el apartamento.

Kugelmass, que no tenía conocimiento de esta catástrofe, también estaba en aprietos. Él no había ido a parar al libro El mal de Portnoy ni a ninguna otra novela sobre el mismo tema. El profesor había sido proyectado a un viejo libro de texto llamado Curso básico de francés y estaba corriendo sobre un terreno árido y pedregoso para salvar su vida mientras la palabra tener, un verbo peludo e irregular, corría tras él gracias a sus larguiruchas piernas.

 

(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)

 

Revolución

Slawomir Mrozek

 

En mi habitación la cama estaba aquí, el armario allá y en medio la mesa. Hasta que esto me aburrió. Puse entonces la cama allá y el armario aquí. Durante un tiempo me sentí animado por la novedad. Pero el aburrimiento acabó por volver.

Llegué a la conclusión de que el origen del aburrimiento era la mesa, o mejor dicho, su situación central e inmutable.

Trasladé la mesa allá y la cama en medio. El resultado fue inconformista.

La novedad volvió a animarme, y mientras duró me conformé con la incomodidad inconformista que había causado. Pues sucedió que no podía dormir con la cara vuelta a la pared, lo que siempre había sido mi posición preferida.

Pero al cabo de cierto tiempo la novedad dejó de ser tal y no quedó más que la incomodidad. Así que puse la cama aquí y el armario en medio.

Esta vez el cambio fue radical. Ya que un armario en medio de una habitación es más que inconformista. Es vanguardista.

Pero al cabo de cierto tiempo… Ah, si no fuera por ese “cierto tiempo”. Para ser breve, el armario en medio también dejo de parecerme algo nuevo y extraordinario.

Era necesario llevar a cabo una ruptura, tomar una decisión terminante. Si dentro de unos límites determinados no es posible ningún cambio verdadero, entonces hay que traspasar dichos límites. Cuando el inconformismo no es suficiente, cuando la vanguardia es ineficaz, hay que hacer una revolución.

Decidí dormir en el armario. Cualquiera que haya intentado dormir en un armario, de pie, sabrá que semejante incomodidad no permite dormir en absoluto, por no hablar de la hinchazón de pies y de los dolores de columna.

Sí, esa era la decisión correcta. Un éxito, una victoria total. Ya que esta vez “cierto tiempo” también se mostró impotente. Al cabo de cierto tiempo, pues, no sólo no llegué a acostumbrarme al cambio –es decir, el cambio seguía siendo un cambio–, sino que, al contrario, cada vez era más consciente de ese cambio, pues el dolor aumentaba a medida que pasaba el tiempo.

De modo que todo habría ido perfectamente a no ser por mi capacidad de resistencia física, que resultó tener sus límites. Una noche no aguanté más. Salí del armario y me metí en la cama.

Dormí tres días y tres noches de un tirón. Después puse el armario junto a la pared y la mesa en medio, porque el armario en medio me molestaba.

Ahora la cama está de nuevo aquí, el armario allá y la mesa en medio. Y cuando me consume el aburrimiento, recuerdo los tiempos en que fui revolucionario.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

martes, 28 de abril de 2026

J.E.S.S.

Pablo Garssía

 

Mi nombre es Jessica y tengo 9 años. Ahorita estoy esperando a mi mamá al lado de la señora Miriam. Ella me cuida cuando a mi mamá le toca su turno. Estamos en un cuarto pequeñito. Hay sillones, sillas, espejos, ganchos para ropa, ropa y un baño chiquito. En el baño está Nancy, en una silla está la señora Miriam, en un sillón estoy yo y en los otros sillones están dos mujeres que no conozco. Ellas tampoco me conocen.

No hace frío ni calor. Hay poca luz. Los sillones son muy cómodos y, aunque ya es de noche, yo no me duermo; no me gusta dormir cuando sé que la gente me va a ver. No me importa que mi mamá o la señora Miriam me vean, pero las demás chicas sí. Y no nada más son las dos chicas que ahorita están en los sillones y la que está en el baño las que me pueden ver, sino muchas más. No las conozco a todas, pero puedo decir el nombre de algunas: Stephany, Karen, Patty, Melissa, Lily, la otra Stephany, Melanie, Pamela, Priscila, Cristine, Tiffany: esas son de las que me acuerdo.

A Cristine la recuerdo porque ella es amiga de mi mamá. Una vez fue a mi casa y cenamos pollos rostizados. Es alta y muy bonita; tiene el cabello güero y largo. Un día me regaló ocho libros para dibujar. La quiero, pero no me gusta que me vea dormida, ni tampoco que me vea ninguna de las Stephany, ni Pamela, ninguna, por eso me aguanto y no me duermo.

Cuando mi mamá y yo llegamos en la tarde, el cuarto estaba limpio. No había ni peines ni maquillajes tirados. El baño estaba seco y olía a jabón. El aire se sentía limpio, no como ahora, que la mitad de lo que alcanzo a ver es el humo de los cigarrillos. Y es que las chicas, conforme van llegando, van contribuyendo al desorden y a la contaminación; y, entre esas chicas, está mi mamá. Ella también fuma y es desordenada, como las demás; luego por eso se pelean, por desordenadas. Ya no saben de quién es ese lápiz labial o de quién ese brassier.

Mami se ha peleado varias veces. Una vez se peleó con Karen porque se había llevado un bikini de mi mamá. El día que se lo puso la tal Karen mi mamá la vio y la jaló de sus cabellos hasta el cuarto y ahí la golpeó hasta que la señora Miriam las separó amenazándolas con unas tijeras. Otra vez, mi mamá se agarró a golpes y a mordidas con otra chica que ya no trabaja aquí. La otra chica no le había robado nada a mi mamá, pero no sé por qué mami la lastimó de esa manera; hasta los policías vinieron por el relajo que se armó ese día. Creo que todo fue por causa de un hombre, uno de esos hombres que vienen a ver a las chicas.

Mi mamá trabaja aquí desde hace 2 años, pero desde hace apenas un año me trae con ella. Como mi tía se murió, ya no había nadie que me pudiera cuidar por la noche, por eso mi mamá decidió traerme a su trabajo. A mí no me agrada mucho venir, pero es mejor que quedarme en casa solita, asustada, esperando a que mi tía o mi papá se aparezcan en cualquier instante. Mi tía, a pesar de que era muy alegre y paciente conmigo, me daba miedo… y me lo sigue dando; su rostro carcomido y sus manos temblorosas me aterraron desde siempre, no así las de mi padre, las cuales no conozco y no he tocado nunca. Creo que por eso le tengo miedo a mi papá, porque no lo he visto jamás. Mamá dice que no le tiene miedo y que tampoco se siente sola, porque me tiene a mí. “Y a tus amigos del trabajo”, le respondo en silencio.

Mamá asegura que no va al trabajo para divertirse, aunque así lo parezca, sino para tener dinero para que yo estudie y para que tengamos un buen lugar donde vivir. Cuando vivíamos en la casa de mi tía, mami también trabajaba aquí y yo a veces no iba a la escuela, pero la verdad es que desde que mamá comenzó a trabajar acá, nos empezó a llevar regalos a la tía y a mí muy seguido. A mí me compraba ropa y juguetes que la tía decía que eran muy caros, “de lujo”. Sin embargo, cuando la tía se murió, en vez de que mis regalos aumentaran, fueron siendo más escasos, por eso yo no sé si le convenga a mi mamá seguir trabajando aquí, pero, de que se divierte, se divierte.

La señora Miriam es buena conmigo y con las chicas. A mí me consiente y a ellas, aparte de mandarlas, las trata de aconsejar. No sé si trabajó alguna vez aquí cuando era más joven, o más guapa, pero lo que sí es que sabe mucho y todas le tienen respeto. Ella se encarga de organizar a las muchachas para que se vayan preparando cada vez que les toca su turno de salir de este cuarto. A la única a la que no presiona para que se arregle y salga es a mí. Yo nunca he salido del cuarto, salvo en dos ocasiones.

Lo que hay allá afuera es diferente. No hay focos como los que hay en mi casa o como los que hay dentro del cuarto. Los focos que hay ahí tienen figuras extrañas y son de colores brillantes, intensos, aunque, en realidad, eso no los hace que iluminen más que los otros, al contrario, todo parece estar siempre medio oscuro. Hay muchas mesas y sillas. La alfombra es oscura y el color de los manteles de las mesas también. Al centro de las mesas hay tres o cuatro tubos de metal, y, desde hace dos meses, arriba de estos, casi junto al techo, están unas televisiones muy grandes. Cuando ya es de noche y ya hay gente dentro, las televisiones empiezan a funcionar, al igual que las bocinas. La música se escucha fuerte, muy fuerte, tanto, que siempre se cuela hacia nuestro cuarto. Yo sé que el muchacho que pone la música se llama Joaquín. Él está siempre solo dentro de su cuarto y, aunque también se la pasa encerrado siempre, sí puede ver todo. Ve a las chicas y a toda la gente a través de una ventana negra. Un día le dije a la señora Miriam que yo quería ir y estar un rato en el cuarto de Joaquín, pero ella me dijo que no era conveniente ni bueno que viera lo que Joaquín ve todas las noches, que era mejor que me aburriera ahí dentro con ella.

Lo que las chicas y mi mamá hacen afuera es bailar; bailan y bailan, pero no como en las fiestas de Navidad o de Año Nuevo, no. Bailan ellas solas, para que los hombres las vean. A las únicas que he visto bailar, las veces que me he asomado, han sido Pamela y a Melissa. Esa vez Melissa traía unas botas negras y un abriguito de piel y se movía muy bien; me gustó mucho como bailaba. Imagino que a las personas que estaban sentadas en las mesas también, porque le gritaban a Melissa con fuerza, con mucha alegría.

Con Pamela fue más extraño. La señora Miriam había salido del cuarto y la puerta estaba entreabierta; sólo una de las chicas estaba dentro, bañándose en la regadera. Abrí la puerta despacio y caminé unos pasos. La silueta de dos meseros me estorbaba la vista, así que avancé más y ahí fue donde vi a Pamela. Estaba toda encuerada, con una mano sosteniendo su bikini azul en el aire y con la otra apretándose las tetas. Cuando vi a la señora Miriam escurrirse entre los dos meseros y a Pamela abrir sus piernas frente al público, me regresé corriendo al cuarto. Si yo le hubiera preguntado a la señora Miriam por qué Pamela estaba bailando de esa manera, desnuda, ella me hubiera explicado, pero no lo hice; no me preocupaba mucho si Pamela bailaba desnuda o no, aunque no podía quitarme de la cabeza la idea de que a mi mami se le ocurriera algún día hacer lo mismo. Por eso, desde ese día, ya no intento escabullirme del cuarto, no sea que, en una de esas…

Tengo sueño. Ninguna de las chicas está ya aquí dentro; han de estar sentadas allá afuera, “platicando con los clientes”. Eso dice la señora Miriam que hacen las chicas cuando no están bailando y cuando no están aquí: “platicando con los clientes”… Pues mi mami debe tener una plática bastante interesante, porque desde hace un buen rato no viene. Mañana tenemos que ir a que me inscriba en la escuela. Los demás niños entraron a clases hace una semana y espero no retrasarme mucho. Ojalá que mañana mi mamá y yo sí nos levantemos temprano y podamos ir de una vez por todas a la escuela. Si ella no duerme hoy, al menos yo sí lo haré, de todos modos, en este momento ya no hay nadie que me pueda ver, hasta la señora Miriam se ha quedado dormida en su silla, con las manos juntas y los párpados arrugaditos.

 

(Tomado de www.museo.ficticia.com)

 

Donde empieza el agua

Onelio Jorge Cardoso

 

Las violetas de venas azules
sobre que reposamos nunca delatarán
ni podrán concebir lo que apetecemos.

Shakespeare

 

El hombre iba descalzo sobre su canoa. Una vuelta de soga le anudaba la cintura y abajo, terminaba el pantalón como cortado a cuchillo. De la soga de arriba ascendía el torso desnudo y corpulento, inclinándose a uno y otro lado según de la parte que buscara apoyo en el fondo con la palanca que apretaba en sus manos terrosas.

Era en la Laguna de Ariguanabo y el sol de agosto abrumaba ese año más espigas de bledo silvestres que nunca.

Ya lo habían asegurado con tiempo los hombres de la Laguna:

“Para fines de la primavera todo Ariguanabo será como un potrero. Un caballo mismo podrá engañarse y querrá pastar la hierba sobre el agua, pero tendrá que nadar”.

Era que las lluvias habían roto todos los cálculos y estuvieron cayendo hasta que les dio la gana.

Había ahora que empezar por aprender los caminos del agua. Las plantas estaban enviciadas de ella. Rendía por entonces su mayor estatura. Los largos cuellos de los bledos desafiaban la altura del macío. Las redondas hojas de las malangas podían contener ahora, a ras del agua, una decena de ranas bulliciosas, sin litigio entre ellas por ganar espacio en espera de las moscas. La hierba bruja le regateaba el sol al agua y se quedaba con él, mientras abajo el pedúnculo de un tallo submarino pugnaba por ganar la superficie llevando arriba, cerrado y verde todavía, el capullo redondo de un loto silvestre.

Así estaba el agua y por allí andaba el hombre y su canoa cuando una red de canutillos sumergidos hizo presa de la quilla deteniendo la embarcación. El hombre se preparó entonces con cuidado, reafirmó bien los pies desnudos y empuñó la palanca a fondo. Durante unos segundos permaneció tenso e inmóvil, y al fin, cuando parecían reventarle del codo a la muñeca todos los músculos del antebrazo, hubo un largo crujido bajo el agua y la canoa cabeceó hacia delante deslizándose sobre los canutillos partidos. Sin restarle impulso el hombre tiró de la palanca desencajándola y se dejó llevar sin perder el equilibrio.

Navegaba ahora en un milagro de aguas sin hierbas. Un monte de macío espigado rodeaba la poceta y el hombre respiró con descanso. Era todo lo que necesitaba: un claro de agua donde las truchas y las biajacas pudieran morder en firme el anzuelo.

Vio entonces la lata de las lombrices, y mientras dos hilos de sudor bajaban a unírseles en la hoyita, sonrió. No era para menos la fiesta de las lombrices. Todas habían brotado de los cuatro dedos de tierra fresca del recipiente asadas por el calor. Pugnaban por ganar ahora el borde de la lata y se contorsionaban en una desesperada lucha que daba gusto a los ojos del hombre.

Juntó las manos entonces y cogió agua de la laguna para arrojarla de un golpe a la lata. Fue peor acaso, las más gordas alcanzaron el borde de la vasija y retrocedieron como quemadas por el metal. Esto dio más gusto al hombre y volvió a sonreír mientras buscaba el anzuelo con una mano y con la otra tomaba del borde de la lata, la única lombriz que insistía en resistir y liberarse.

Pero fue en ese momento que oyó el disparo. Un pato verde y amarillo dejó de volar sobre su cabeza. Vino a caer a unos metros de la canoa. El hombre frunció entonces el ceño y miró por el lado de los macíos, mientras oía venir el chapoteo primero y después el perro. Era un animal de orejas tan grandes que acaso podía escuchar los secretos de las hormigas sin bajar el hocico al suelo. Nadaba sin reparo del hombre como mordiendo el agua a cada golpe de su mandíbula.

El hombre lo miró hacer por un momento y luego empezó sin darse cuenta a imitar sus movimientos. Quizás llegó a temer que el pato pudiera escaparse, pero el animal llegó certero sobre su presa y cerró las mandíbulas. Él también tiró al aire la mordida y sonrió complacido.

Luego un pensamiento molesto vino a su cabeza: otra bala más baja podía cogerlo a él. Tomó, pues, la palanca de nuevo y calculando por dónde salir con menos hierbas fue dejando a su espalda el montecito de macío en el cual sonaron dos tiros más, sin pato alguno esta vez.

Había sólo un lugar donde las semillas de las hierbas tenían que seguir el viaje. Era más abajo, pegado al manantial que vertía sus aguas en la laguna. Allí la corriente se encargaba de alejar las semillas, permitiendo tan solo el cruce de las pomarrosas y las huevas naufragadas de rana, que iban a morir en la boca implacable de las truchas.

Allí resultaba la pesca, y hacia el lugar encaminó, pues, la estrecha embarcación, pensando de antemano en la sarta de pescado fresco que había de ofrecer más tarde en la carretera, a la velocidad de los autos.

Era la tercera lucha cerrada contra las hierbas en un tiempo duro y lento que no permitía levantar los ojos del agua ni detener la palanca. Y eso fue quizás lo fatal del hecho, porque cuando estaba llegando, cuando sudaba a chorros y el cuerpo entero le ardía como una brasa, lo primero que vio en la orilla fue a una mujer.

Toda su persona pareció inmovilizarse entonces. Sólo el pecho subía y bajaba respirando el aire caliente de la laguna. Ella lo había advertido desde antes. Tenía los ojos puestos en él y estaba sentada en una piedra de la orilla con los pies desnudos metidos en el agua. La falda recogida le subía a dos dedos de la rodilla.

Él se apartó el sudor primero y luego fue subiendo la mirada desde donde estaban juntos y transparentados los pies, hasta el reborde de la falda. De allí saltó súbitamente a mirarle los ojos, y ella comprendió entonces hasta dónde aquella mirada quería o no, encontrarse con la protesta de una mujer. Pero ella no dijo nada, ni se movió siquiera. El hombre por su parte estuvo unos segundos esperando sin saber lo que esperaba, y cuando por fin su mano fue a tocar los anzuelos la voz de ella lo hizo detenerse.

–¿Se pesca mucho, señor?

–A veces. No siempre, hay días buenos y días de mala suerte…

Su voz sonó mejor que la del viento entre los atejes mientras volvía a mirar la falda, pero la mujer inclinó la cabeza mirándose el contorno del pelo revuelto, reflejado en el agua ondulante.

–¿Le vino huyendo a los tiros, no?

–No. Vine buscando el pesquero que es este.

–¡Ah!… ¿Sabe quién está cazando patos allá? –y esta vez una disimulada sonrisa de burla ganó en tanto las mejillas de la mujer–: mi esposo.

–Sentí los tiros, pero no vi el hombre.

–Sabe matar y dispara como nadie… –y en tono más bajo, sin que el hombre pudiera advertir la conclusión de su pensamiento, añadió–: es casi todo lo que sabe.

–Cualquiera sabe cuando le llega el caso –repuso el hombre y ella se volvió presurosa, como si tuviera algo que arreglar a la carrera.

–¡Yo digo patos, patos de la laguna! –y estalló en una risa alta y nerviosa en la que ahora había más gusto por las últimas palabras del hombre que por las suyas mismas.

Él no dijo nada esta vez. La mujer calló al fin y estiró las piernas sacándolas del agua. Por la punta de los pies, reunidos y desnudos, caía ahora un hilo de agua que el hombre quería inútilmente oír.

El viento vino desde los macíos con un golpe caliente de aire y ella se sujetó el vestido, pero con el movimiento dejó fuera el hombro desnudo contra el que golpeó, deshilachándose, el manojo de cabellos.

Levantó entonces la cabeza y miró a la cara del hombre. El sol le bajó por el cuello redondo y se hizo una cuchilla de luz que se hundió entre el nacimiento de los senos. Sintió entonces un miedo complacido que le hizo hundir los pies y chapotear furiosamente el agua. Sabía que los ojos del pescador estaban pendientes de todo esto y al cabo volvió a detenerse para hablar sin mirarlo:

–¿Usted viene por el gusto de pescar o vive de la pesca?

–No tengo la suerte de meter los pies en la laguna sólo para refrescarlos. Meto el cuerpo y hasta el alma a veces, pero no por diversión.

Entonces… –y se detuvo un momento al decirlo, mientras un golpe de sangre le subía a las mejillas para terminar–, ¿por qué no se le ocurre, por qué no se tira al agua ahora?… Me gustaría verlo caer…

Todo lo que vino más allá de sus palabras vino claro entonces al corazón del hombre, fue en ese momento que comprendió que podía conseguirla toda o perderla con una sola pregunta, y no se demoró en hacerla:

–¿Cree que debo hacer lo que a usted se le ocurra pedirme?

–Tal vez, ¿por qué no?

–Seguro que casi no.

–No soy tan poca cosa.

–Pero tiene que darme el ejemplo… a mí también me gustaría verla dentro, y hay agua, mucho agua para los dos…

La miró ahora fijo, obstinadamente, y esperó. Ella no pudo decir más.

Miró hacia los macíos distantes queriendo no ver más que hierbas altas. Un disparo lejano la hizo estremecerse, pero ya había apoyado las manos sobre la piedra y se dejaba correr hacia abajo, mientras lentamente el nivel del agua le subía por los muslos en dos anillos.

El pescador no dijo más tampoco. Dio un paso hacia el borde de la embarcación y el pie volcó sin querer la lata de las lombrices, pero no se enteró siquiera. Su cuerpo entero cayó de un chapuzón en el agua, y al momento, cuando sacó la cabeza chorreante, vio que la mujer se había vuelto atrás y ganaba la piedra de nuevo…

–¡No, ahora no te vayas!

Y calló sólo para esperar la respuesta, pero el viento le trajo la risa alta, aguda, nerviosa, perdiéndose con el rumor de la carrera por entre los romerillos de la tierra firme.

Entonces el hombre dio cuatro brazadas hasta que sus pies tocaron el fondo. Escaló la orilla con dos saltos de fiera y corrió hacia el ateje. Por unos segundos dejó de oír la risa y pensó que ella prefería las hojas amontonadas del suelo, pero de pronto, al pasar el tronco del ateje lo asaltó el llanto de la mujer y le vio los brazos cruzados sobre el pecho, plegada sobre si misma:

–¡Váyase!… No… ¡Váyase!

En el primer instante el hombre no pudo moverse. Había oído claramente las palabras y el llanto, y estaba como clavado en el suelo, pero lo malo fue que ella dio temerosamente un paso hacia atrás y tropezó para caer.

Él bajó los ojos a todo lo largo de su caída. Fue un segundo nada más…

Ella logró incorporarse, enseguida cruzar los brazos de nuevo sobre el pecho. Más ahora el hombre la había visto acostada por primera vez.

–Lárguese, váyase, váyase o llamo a mi marido…

Pero él no era él, sino un grupo de fuerzas reunidas. Tenía en los ojos ahora el mismo color de las lombrices, en el cuello estirado la intención de las espigas del macío, en las manos la presión de las mandíbulas del perro y en las entrañas todo el sol y la trabazón de los canutillos bajo el agua.

No quiso oír más, la tumbó bajo la sombra del ajete. Otro golpe de viento vino desde los macíos y se volvió un remolino caliente que levantó las hojas del suelo. Dos cayeron sobre la espalda mojada del hombre y allí se pegaron, subiendo y bajando, mientras cesaba el llanto de ella sobre la tierra cubierta de romerillos.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)