martes, 2 de junio de 2026

La razón de mi ausencia

Víctor Roura

 

El jueves pasado fui a la Plaza de Santo Domingo para conversar sobre el teatro de alternativa, invitado por el grupo La Rendija. La cita era a las siete de la noche. Llegué una hora antes. Preferí, entonces, merodear por el sitio. Caminé por Brasil hasta Cuba y de ahí a Lázaro Cárdenas. Vi el Mar de Plata. Entré. Fui hacia la barra. Pedí un ron. Parecía celebrarse algo. En un rincón estaban varios hombres acompañados de otras tantas damas. “Las clásicas secretarias reunidas con sus superiores”, pensé. De la carpeta, extraje el texto que leería más tarde en la conferencia. Pedí otro ron. Empecé a corregir. El júbilo del rincón iba creciendo cada vez más. El jefe, o al que creí el jefe, iba ya tomando confianza con la más guapa. Su mano acariciaba la pierna derecha. Desde donde estaba, el ángulo era perfecto. Solo el cantinero y yo podíamos apreciar las maniobras. El cantinero movió las cejas, señalándome la escena. Faltaban treinta minutos para las siete. Pedí otro ron. El texto ya era pasable. Lo guardé. Me dediqué a oír el ruidaraje. A reposar la tarde. De vez en cuando, volteaba para apreciar los progresos del jefe. Que, a decir verdad, eran bastantes. Empecé a dialogar con el cantinero.

–Suerte la de ese tipo –dije.

–Siempre vienen –dijo, mientras lavaba algunos vasos.

Volteé a verlos. La muchacha le daba un beso apasionado. El hombre ya no tenía sus manos visibles. Los otros reían. No hacían caso de la pareja. Era, pienso, cosa común. La muchacha dejó de besarlo, tomó su vaso y se bebió gran parte del líquido. De pronto nos miramos. Sonreí. Bajó la cabeza. Le quitó las manos al hombre de sus muslos. Discutió algo con su amante. Se levantó.

Al pasar junto a mí, aprecié aún más su belleza. Llevaba corrido el rímel. Se acercó a la barra. Le dijo al cantinero que le sirviera un güisqui. Me vio.

–Capullito –le dije, en voz baja.

Abrió los ojos y se dio la vuelta, rumbo a los sanitarios. Me sentí ridículo, posmodernista, cursi. Los del rincón celebraban en serio su fiesta. El jefe se quedó dormido.

–Siempre es lo mismo –informó el cantinero.

Vi la hora. Las siete y cinco. Pedí otro ron. “Mientras se reúne la gente”, pensé. El minutero corría, ahora, velozmente. Pasaron diez, quince, veinte, treinta minutos. La muchacha no salía.

–Ya demoró –dije.

El cantinero movió las cejas.

–¿Le habrá pasado algo? –pregunté.

El cantinero servía un bloody mary.

–No te preocupes. Así son. El baño es su confesionario. Además, ella siempre demora. Sale irreconocible, sale otra… –dijo.

No entendí. Pedí otro ron. Cinco para las ocho. Fui al baño. Como estaba contiguo al de las damas, quizás pudiera oír algo que la delatara. Tal vez un quejido lastimoso. Toqué en la pared. Fuertes toquidos. Nadie contestó del otro lado. Estaba dando más toquidos, cuando entró un parroquiano. Rio al verme. Me acompañó en los toquidos.

–¿A quién llama, joven? –preguntó.

–A mi alma, que se me fue hacia otra parte –dije.

Salió riendo del baño. Yo también. Eran las ocho y cuarto. Pedí otro ron.

–Es demasiado –dije.

En eso se abrió la puerta del baño de mujeres. Salió una bella mujer azteca. Con prendas minúsculas y penacho meticulosamente labrado, cuyas plumas parecían de pavo real. Se veía realmente hermosa.

–¡Malinche! –grité entusiasmado.

El cantinero me apaciguó. Los parroquianos la admiraron. Hubo un momento de silencio. Los del rincón celebraron con gritos. El jefe seguía dormido. Ella fue hacia nosotros. Apoyó sus manos en la barra, situación que aproveché para tomarle los dedos.

–Soy tu Motecuzoma –dije, en voz baja.

Rio quedito, pidió su güisqui.

–Tu Cortés está dormido –le dije, apretando su mano.

–Es año conejo y la luna está amarilla –dijo.

–No marches –le dije, en voz baja.

Miré al cantinero, quien movió las cejas.

–Quiero conquistadores, no vencidos –dijo con la voz más dulce que haya oído jamás–. Dame tu espada y combatamos por la faz lunar –agregó, soltándose de mí.

–Mejor te espero en la esquina –dije, en tono pacífico, sin saber a cuál espada se refería. Pedí otro ron. Vi la hora. Las ocho y media.

En eso, vi que el jefe se desperezó y nos miró con ferocidad.

–¡Déjate ya de payasadas, Magda! –gritó.

La belleza antigua se conmovió.

–La luna amarilla no está de nuestro lado, primor –le dije a la Malinche–. Pero, si osas rebelarte, te espero afuera –le dije en voz baja.

–¿Nos esperan los caballos? –preguntó, ansiosa.

–No, el taxi –respondí lacónicamente.

La vi alejarse, rumbo a su destino. Rumbo al jefe.

Eran las ocho y cuarenta y cinco. Pedí otro ron. Le dije al cantinero que si estaba dispuesto a escuchar mi ponencia. Me dijo que cómo no, que nomás lo esperara tantito.

 

(Tomado de Roura, Víctor, Un látigo en mi alcoba, Hoja Casa Editorial, México, 1991)

 

lunes, 1 de junio de 2026

Secreto

Massimo Bontempelli

 

Si el Arcángel vence al demonio no es porque sea más valiente y bueno: el Arcángel tiene una espada en la mano y el otro no.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

Extravíos

Mercedes Castro Mora

 

Blanca se mudó. Volvió a su viejo barrio del centro, llevándose con ella su poltrona remendada, los libros de páginas amarillentas forrados en cuero, la lámpara de pie que cojeaba un poco. No recuerdo qué más acarreó esta tarde, pero me dejó la casa llena de suspiros que a veces, estando en la cocina, se posan sobre mi espalda. Una noche regué la leche sobre el piso cuando espantaba a uno de ellos con el matamoscas. Por suerte, el perro estaba cerca y me ayudó a limpiar. Por las tardes, cuando bordo, entra un sol adormilante, pero ni bien, cabeceo, escucho los suspiros cerca de la oreja y despierto sobresaltada.

La he llamado muchas veces a pedirle que venga a recogerlos. Me da pena verlos dasamparados, deambulando por las habitaciones, mirando por las ventanas, esperando que vuelvan por ellos. La última vez que hablé con Blanca me aseguró que esos suspiros no eran de ella. “¿De quién son entonces?” –le pregunté–. “Ve tú a saber cuánta gente ha pasado por esa casa” –me contestó.

En estos días he pensado en quedarme con ellos, destinarles un lugar, permitirles jugar con el perro. Tal vez pueda domesticarlos.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

El Extranjero guiñador

Miguel Arteche

 

A la capital de Sansueña llegó cierto día un Extranjero que guiñaba el ojo derecho. Cuando cruzó la frontera, los empleados de la aduana le preguntaron que por qué guiñaba un ojo, y él les contestó que en su patria no había noche y que a sus paisanos se les enseñaba, desde pequeños, a guiñar. Un policía, luego de comprobar que los papeles del Extranjero estaban en regla, lo dejó pasar, no sin antes advertirle que ya no necesitaría guiñar el ojo, pues en Sansueña siempre está anocheciendo. El Extranjero dijo que estaba bien, que ya le habían explicado que en Sansueña siempre anochecía, y que procuraría no guiñar para no ofender a los nativos.

Llegó al hotel. Se acercó a la recepción y pidió un cuarto. El recepcionista le dijo que había tenido mucha suerte, pues estaban en pleno verano y era muy difícil encontrar una habitación. Entregó su pasaporte, y mientras se aguantaba para no guiñar, lo cual habría sido, pensó, de muy mal gusto en un país donde nadie guiñaba, oyó que el recepcionista decía:

–Perdone, señor. Qué rara fotografía la de su pasaporte…

El Extranjero preguntó:

¿Por qué?

El recepcionista le dijo que era muy raro que en su fotografía apareciera con el ojo derecho cerrado.

Es que…iba a decir, y no se pudo contener; guiñó espasmódicamente, como nunca lo había hecho, como si estuviera practicando en un concurso de guiñadores.

El recepcionista puso cara de sorpresa, pero se limitó a decir, luego de anotar los datos del Extranjero en dos hojas de cartulina:

–Bien, señor. Su habitación es la 303. Botones –llamó–. Acompañe al señor.

El Extranjero siguió al botones hasta el ascensor. Cuando llegaron a la planta tercera, el botones dejó la maleta, abrió la puerta de la habitación, y dijo:

Adelante, señor. Le deseo una feliz estancia en mi país. Recuerde que Sansueña es diferente. Siempre tenemos el mejor anochecer del mundo. Todos los extranjeros vienen aquí a darse baños lunares. No hay luna como la de Sansueña. Recuerde: Sansueña es lunática, Sansueña is moon, Sansueña c’est la lune…

El extranjero le guiñó el ojo derecho. El botones parpadeó, y se enrojeció su rostro. El Extranjero pensó que Sansueña era un país de machotes, y se dijo que había metido otra vez la pata.

–Va a creer que soy marica –murmuró–. Tendré que contenerme. Haré un esfuerzo.

Y luego de cerrar la puerta y abrir la maleta, fue al baño y se plantó frente al espejo. El espejo le devolvió un rostro cansado, moreno, curtido por la intensa luz solar de su país; un rostro que guiñaba desvergonzadamente el ojo derecho.

–¡Dios mío! –exclamó.

Al día siguiente inició su trabajo. Traía la representación de la General Sol; compañía que había descubierto la manera de enlatar al astro rey. ¿Y en qué país podría tener más éxito que en el del perpetuo anochecer? Vender el sol enlatado era excitante; comprarlo, mucho más. Estableció contactos. Visitó gerencias. Ofreció el sol a precios irrisorios. Los sansueñenses lo escuchaban arrobados. ¿Era posible? ¿Tener el sol en casa? ¿Abrir una lata y ver salir el sol? ¿Cuánto duraba el sol de cada lata? ¿Qué costaba la lata? Pero cada vez que estaba listo para cerrar el negocio, sentía un cosquilleo que, arrancando del pómulo derecho, se extendía, lenta e inexorablemente, hasta el ojo. Y entonces guiñaba. Guiñaba como si no hubiera guiñado nunca. Guiñaba con rabia, con desesperación, casi con desprecio.

Y el negocio quedaba roto.

Pero eso habría sido lo de menos, pues lo normal era que lo despidieran violentamente. No se aceptaba en Sansueña que un hombre guiñara a otro. Si se hubiera tratado de una mujer, pase. Pero a un hombre, no. En los cócteles fue peor; más bien, trágico. Las sansueñenses eran bellas, muy bellas; tenían una palidez casi mortal, de principios de siglo, y eran, además, muy delgadas, casi quebradizas. El Extranjero se dijo que tal vez saldría mejor parado con ellas. Y se entregó a guiñar con suavidad, procurando que el guiño fuera insinuante. La que se armó. Fue inútil que diera toda clase de explicaciones. Fue inútil que explicara que en su país eso era algo corriente; que, como no había noche, se veían siempre obligados a guiñar. Nada. El honor de las sansueñenses estaba herido. No se ofendía así a las sansueñenses. Y lo sacaban en vilo.

En una cena de gala procuró contenerse. Se puso unas gafas negras, pero le dijeron que eso era ofender a Sansueña, y tuvo que sacárselas. Y al sacárselas, sin querer, sin ánimo de insinuarse con la bella sansueñense que estaba a su lado, le guiñó el ojo derecho. Casi se vio expulsado de Sansueña. La bella pálida era la esposa del Presidente del Gran Consejo.

Le hicieron el vacío. Le hicieron el hielo. Se sintió solo, defraudado, y decidió partir.

Una noche, cuando faltaban dos días para tomar el avión que lo llevaría a su país, el Extranjero, que estaba sentado en la solitaria terraza de un café bebiendo un cortado, vio que, dos mesas más allá, se hallaba una mujer, la más bella sansueñense que había conocido. La miró y se dijo: voy a guiñarle el ojo derecho y el izquierdo; voy a regalarle un festival de guiños; voy a darle mi mejor guiño. Y le guiñó suave, amorosamente, el ojo derecho.

La mujer lo observó extrañada. Seguramente, pensó el Extranjero, ella había visto su fotografía en los periódicos: el Extranjero guiñador vende sol enlatado. La mujer sostuvo la mirada. En sus ojos había ternura y, al mismo tiempo, desolación. Y ante la sorpresa del Extranjero, le respondió con otro guiño: un guiño penetrante, como si en él se hubiera entregado al Extranjero para siempre.

Durante algunos minutos fue un intercambio guiñador. Luego el Extranjero se acercó a ella, se sentó a su lado y le pasó el brazo sobre los hombros. No dejaron de guiñarse. El Extranjero pidió otro cortado y lo bebió lentamente. Se levantaron y caminaron hasta el hotel.

Durmieron abrazados, guiñándose por turnos, después de hacerse el amor pegando un ojo contra otro.

A la mañana siguiente, cuando bajaron al vestíbulo, el Extranjero se sentía tan feliz que guiñó al botones, al camarero, al recepcionista y a los sansueñenses que en ese momento llegaban al hotel. Nadie le llamó la atención. Nadie se sintió ofendido.

Porque unos más, otros menos, todos guiñaban.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

Hoy decidí vestirme de payaso

Álvaro Cepeda Samudio

 

“... to be among the lost, to know how
it feels to be out of things, to have no present,
no future, to belong nowhere, to be suspended
between day and night, waiting”.
Saroyan (Among the Lost)

Hoy decidí vestirme de payaso. Me he puesto unos grandes zapatones de caucho y me he pintado la cara de rojo y de blanco. Cuando atravesé el estrecho corredor de arena la sentí rebotar debajo de mis zapatones y tuve la agradable sensación de sentirme payaso. Todos estaban ya en el redondel cuando entré y no me han mirado siquiera. Estaban esperando que yo llegara para comenzar, pero no me han dicho nada. Cuando fui a ocupar mi puesto he pasado frente al domador que está todavía tratando de pegar una melena de papel amarillo a sus leones de cartón. Y ahora estoy entre los demás payasos, los payasos de verdad, y yo que sólo estoy vestido de payaso, me confundo entre ellos y nadie podría decir cuál de nosotros es el menos verdadero. La marcha comenzó a sonar, con un movimiento lleno de gracia y soltura salió el director quitándose el sombrero y haciendo malabares con un bastón negro. Todos hemos comenzado a movernos alrededor de la pista. Nosotros salimos corriendo y nos mezclamos con los demás como estorbándolos. Parece que yo me he excedido porque al tirarle la cola a uno de los leones se me ha quedado en las manos una borla suave de lana amarilla. El domador me amenazó con el látigo y los payasos me han mirado con asombro por debajo de sus máscaras de colores.

Todos están serios, pero a medida que se van acercando a las primeras silletas, las sonrisas comienzan a aparecer hasta que están completas en los rostros, como si fueran un trozo más de pintura blanca y roja.

Desde que sonaron los primeros cascos sobre la pista la muchacha ha comenzado a sonreír y también, mientras salta de un caballo a otro. Los payasos se han metido entre los caballos y saltan imitándola con ademanes grotescos. Yo he querido hacer lo mismo, pero tengo miedo de asustar a los caballos y romper la sonrisa de la muchacha. El director, que para todo usa ademanes graciosos, ha hecho sonar un silbato y los payasos han salido corriendo hacia el pasadizo y la han dejado sola en el centro de la pista con sus dos caballos. Yo no he querido salir, pero otro payaso, el de la gran nariz morada, ha venido a sacarme dándome pequeños escobazos que suenan con gran estrepito. Sin embargo, yo quiero ver a la muchacha y no fui a meterme detrás de las cortinas como lo han hecho todos. A la muchacha se le han caído los palos con que hacía malabares y yo he corrido al centro del redondel y los he recogido para entregárselos. Ella me miró asombrada pero no dijo nada y los hombres con casacas rojas de militar han entrado y me han sacado de la pista otra vez. Otra vez ha salido el director con su silbato y mientras la muchacha sale al galope montada sobre sus dos caballos los payasos han entrado corriendo. Yo he salido detrás de ellos y ahora los veo dispersarse en la pista y hacer cabriolas. Yo me he quedado quieto, pues quiero ver cómo hacen los demás payasos para hacerlo yo también. El de la nariz morada le está diciendo al que tiene un sacoleva negro y unos calzoncillos amarrados a los tobillos: “¿A que no sabes de qué están hechas las nubes?” El payaso gordo, que tiene las ropas llenas de globos de colores revienta uno y dice: “De caramelo blanco”. Todos los payasos lo persiguen y le dan escobazos. Yo me acerco al de la nariz morada y le digo: “Las nubes están hechas de la espuma que usa San Pedro para afeitarse las barbas. Eso lo saben todos y es una tontería preguntarlo”. Todos los payasos se vuelven hacia mí y me miran con rabia. A mí ha comenzado a cansarme esta forma que tienen de mirarme cuando hago algo que ellos creen que no está bien. Por esto me he salido de la pista y he venido a buscar a la muchacha de los caballos.

Al pasar frente a los hombres de las casacas rojas, éstos se vuelven hacia mí y me dicen: “¿A dónde vas? Vuelve a la pista”. Yo digo “No” y corro sobre el pasadizo de arena. Los caballos están parados frente a una tienda que tiene remiendos de colores. Entro a esta tienda y la muchacha, que ya no tiene el saquito dorado sobre el pecho, sino dos senos pequeños, me grita: “Sal de aquí, ¿Qué quieres?” “Yo quiero hablar contigo”. “Bueno, pero espérame afuera”. “No quiero”. Y la muchacha me dice que está bien, que me dé vuelta con la cara contra la carpa y la espere a que se acabe de vestir. La lona deja pasar las luces y la parte que me queda delante de los ojos parece un cielo de juguetería. Mientras se viste, la muchacha quiere saber todas las cosas que yo no sabría contestar. Yo le digo pequeñas palabras, monosílabos, pero ella insiste. ¿Cómo es mi nombre? Yo no sé. Ella se ríe de todas mis respuestas y parece muy divertida, pero a mí esta situación ha comenzado a parecerme molesta. ¿Para qué quiero hablar con ella? Tampoco sé. Quise oírle la voz cuando la vi saltando sobre los caballos. ¿Te gusta mi voz? Sí. ¿Pero quién soy yo? Y tengo que contestarle: “Hoy decidí vestirme de payaso”. Ahora está frente a mí con unos pantalones verdes y una blusa blanca, el pelo que llevaba atado a la nuca lo tiene suelto sobre un hombro. Sobre la cama angosta y desordenada hay una guitarra verde con las cuerdas hacia abajo. Me he sentado en la cama y he pasado los dedos sobre la madera y momentáneamente se han coloreado de verde. “Yo creía –le digo– que las guitarras verdes sólo existían en los cuentos”. “Esa guitarra es para dar serenatas, por eso es verde”. La guitarra suena a música encerrada cuando yo la levanto: Le digo que toque algo, pues yo no sé tocar. “Yo tampoco sé”. Ahora he tomado a la muchacha de la mano y hemos salido de la tienda con la guitarra. “Vamos a buscar a alguien que sepa tocar esta guitarra”. Al salir nos hemos cruzado con el director que sigue mirándome muy serio. Quiere que deje la guitarra y me vuelva a la pista. Yo le digo que tengo que encontrar a alguien que sepa tocar la guitarra. “Entre ahí”, me grita empujándome por el pasadizo. Tal vez alguno de los payasos sepa tocar, por esto he entrado a la pista, otra vez. La muchacha está detrás de las cortinas hablando con el director. Los payasos han traído unos cubos de agua y se persiguen tratando de mojarse unos a otros. Yo me acerco a uno que tiene unos lentes sin vidrios y le pregunto si él sabe tocar una guitarra verde. Cuando termina la farsa todos salen corriendo y yo me quedo en el centro de la pista con la guitarra. Otra vez vienen los hombres de casacas rojas a sacarme, pero yo me voy antes y le hago señas a la muchacha para que salgamos de la carpa. Desde afuera la carpa parece un elefante echado. Yo se lo digo y ella me dice que entre y lo diga así desde la pista. En la puerta un hombre de casaca roja le ha preguntado a la muchacha para donde va. “Él anda buscando alguien que sepa tocar esta guitarra”. “Cuando yo estaba en el colegio tocaba algo de dulzaina”, dice el hombre. “No, tiene que ser guitarra”. “Pero es que si es alguna pieza que él quiere oír yo podría tocarla en una dulzaina”. “No, no es ninguna pieza en particular. Cualquier cosa con tal que sea con la guitarra”. Ella le dice que volveremos para el final y cruzamos la calle hacia el bar. Yo pongo la guitarra sobre el mostrador y le pregunto al bartender si él conoce alguien que pueda tocarla. El negro dice que no y comienza a servirnos los tragos. Luego se vuelve y grita: “¿Quién de ustedes sabe tocar guitarra? Aquí el payaso está buscando a uno que sepa”. Todos han girado sobre sus bancos para mirarnos, pero nadie contesta. La mujer que está parada frente al tocadiscos echando monedas en la ranura habló sin levantar la vista de los nombres de las canciones. “Sammy tal vez sepa. Él toca el contrabajo y canta en L-Bar”. Yo quiero saber dónde está Sammy. “No sé, tal vez en Londres o en Suramérica. Ya no toca en L-Bar. Él siempre quiso irse a Londres y seguro eso es lo que ha hecho: se ha ido a Londres”. La música ha silenciado las últimas palabras y yo insisto con el bartender. “Tiene que haber alguien que sepa tocar esta guitarra”. “Es que le hace falta para un número, ¿o qué?” “Él quiere oír la guitarra. Eso es todo”. La oigo hablar con el negro hasta cuando comienzo a golpear la madera con el fondo duro de mi vaso. La mujer ha venido a sentarse al lado mío y con manos lentas acaricia la guitarra que está todavía sobre el mostrador. “Estoy segura que Sammy hubiera podido hacer sonar esto” –ha comenzado a decir–. “A mí también me gustaría oírla: ya estoy cansada de los mismos discos con las mismas canciones: sí, me gustaría oír cómo suena la música de esta guitarra” y salgo del bar detrás de las dos mujeres. En la puerta me ha detenido el grito del negro: “Oye, payaso, por qué no vuelves más tarde. Tal vez haya alguien que sepa tocar”. Yo quiero decirle que no soy un payaso, que simplemente hoy decidí vestirme de payaso, pero me parece inútil toda explicación y no digo nada. Ya las mujeres están frente a la carpa cuando el hombre de la casaca roja está diciéndome que es una lástima que nadie sepa tocar. “Sammy va a tocarla –le digo–. Iremos a buscarlo después del final”. “Tienes que apurarte. Ya el domador está entrando a la jaula con sus leones y ustedes tienen que estar en la pista cuando el comience”. Cuando yo entro, todos los payasos están corriendo alrededor de la gran jaula mientras el domador hace sonar el látigo y dispara un revolver brillante. Los hombres de las casacas rojas están parados a distancias regulares rodeando la jaula. Como ellos no pueden moverse, yo paso a su lado haciéndoles burla y mostrándoles mi guitarra verde. El domador ha puesto sus leones sobre banquitos de colores y luego se da vuelta dándoles la espalda. Cuando encienden el aro yo tengo miedo de que se les quemen las melenas o las borlas del rabo. Parece que el domador piensa lo mismo, pues no se decide a hacerlos saltar. Yo me acerco y le digo que pueden quemarse sus leones. Por fin sacan el aro de la jaula y el domador recoge sus leones y sale con ellos para su tienda. Cuando pasa frente al director, éste lo mira con rabia y yo creo que no va a poder salir sonriente y con ademanes graciosos esta vez. Los payasos se han agrupado al lado mío y el de la nariz morada dice “¿A que no saben por qué la guitarra de éste es verde?” Todos los payasos se agarran la cabeza y dan volteretas como buscando qué decir. El de la nariz morada dice por fin: “Porque no está madura todavía”. Yo me aparto con rabia y les digo: “No, no es por eso; sino porque es para dar serenatas”. Ahora los payasos se ponen furiosos. El de la nariz morada se arranca la nariz y la tira contra el suelo. Los demás se quitan las pelucas y tiran los zapatones contra las silletas de los palcos y se van todos a buscar al director. Ya no parecen payasos. Solo yo estoy todavía vestido de payaso cuando vienen a llamarme para irnos a buscar a Sammy. En toda la carpa no ha quedado un payaso: solamente esos hombres que se limpian de la cara los manchones rojos y blancos y que discuten rabiosamente con el director. El hombre de la casaca roja se ha soltado los botones dorados y ha puesto la gorra en la silleta del portero y está tocando asordinadamente su dulzaina. “No lo he olvidado todavía” y sigue tocando. De pronto deja de tocar, recoge su gorra y dice: “Vamos a buscar a Sammy, yo siempre quise tocar la dulzaina acompañado por una guitarra”. La dulzaina sigue sonando cuando cruzamos la calle y yo comienzo a sentir en mi mano la mano tibia de la muchacha de los caballos.

 

(Tomado de www.literatura.us)