Dahlia de la Cerda
Mi foto con más likes en Instagram es esa en la que estoy disfrazada de ángel de Victoria’s Secret.
En la foto mi cabello
tiene un estilo californiano, traigo un bronceado ligero
porque acababa de llegar de
una reunión de fin de semana en la playa y luzco muy delgada. Fui la sensación. En el Sagrado las niñas se murieron
de envidia porque
me veía hermosa y disfrazaron sus celos con “pinche
zorra” y “pinche gata”, “pinche vulgar”. En esa época yo era medianamente
popular en redes. No era la reina del Instagram, tampoco era recha. Tipo de cinco
mil seguidores. Obvio no era suficiente.
Mi historia comienza conmigo bailando “I’m an Albatroz” de AronChupa.
Traigo un short de flores, una playera blanca sin mangas y unas sandalias.
Jamás usaba tacones. Bailaba girando y girando y girando en medio de una
multitud de adolescentes eufóricos.
Esa
noche, la última noche de mi antigua yo, fue la despedida de la secundaria. Iba
a iniciar una nueva etapa y había que cerrar ciclos con broche de oro. ¡A lo pinche
grande! Saliendo del festival Butterfly nos fuimos de after a la casa de
Alonso. Vivía en una mansión enorme en Las Lomas de Montecarlo y había
contratado un DJ que mezclaba reggaetón como negro puertorriqueño.
En ese momento Alonso era mi galán. Galán es algo tipo pretendiente, pero con besos. Llegamos en
su BMW convertible. La fiesta fue en su jardín. Había alberca, fuente de fresas
con chocolate, botana y muchos martinis.
Mi galán era
hijo de un amigo
de mi padre: un
chico alto, rubio y de cuerpo atlético, integrante
del equipo de futbol de su escuela, y un alumno sobresaliente en todas las materias.
Ese Alonso es un superniño, un tipazo.
Pasamos
la noche bailando reggaetón. “Hola, qué tal. Soy el chico de las poesías”, me cantaba
Alonso, y yo le respondía haciendo un buen twerking. La cabeza me daba
vueltas. No sé decir si era por tanto perreo o por lo pinche borracha que
estaba. Entre más noche se hacía, más decadente se ponía la fiesta.
La
fiesta terminó, regresé a mi casa, subí las fotos al Instagram
y me acosté un ratito. Cuando desperté, me decepcionaron
bastante los poquitos likes que tenía. No era para nada
lo que yo esperaba. Triste, me puse a ver fotos
y más fotos, y me encontré con las de Yuliana, mi excompañera.
Yuliana era una niña especial, de cabello largo y negro y de piel muy clara (hago énfasis
en esto porque nuestras compañeras eran güeras, pero bronceadas, y la palidez
de Yuliana contrastaba bastante; de hecho, era demasiado “sin color” para mi gusto).
Tenía unos labios bien gruesos y la ceja delineada de forma perfecta. No
hablaba con nadie. Todas las mañanas la llevaban unos señores de aspecto norteño
en una camioneta. Siempre se especuló sobre el oficio de su padre, que según ella
era un ganadero y agricultor exitoso.
En
una de las fotografías del Instagram, Yuliana estaba vestida con una blusa Chanel y unos zapatos
de tacón realmente muy altos, de esos de
suela roja que se ven ultragatos, pero son carísimos de París; neto, güey, caros. Traía el cabello cubriéndole
la cara y empuñaba un arma chapada en oro. Le estaba “disparando”
al Komander. Parecía una fiesta privada. Esa imagen tenía cincuenta mil
likes. Sí, cincuenta mil. Entré a stalkearla
y me di cuenta
que era “superpopular”:
ochocientos mil seguidores y sus publicaciones
no bajaban de cuarenta mil corazones. Tenía fotos presumiendo
toda clase de lujos: botellas de vinos caros, caballos, carros de lujo y ropa de marcas turbocaras. Me cagué.
Yuliana
montando un caballo frisón. Yuliana abrazando un león. Yuliana sentada en medio
de veinte bolsas de compras de marcas exclusivas: Chanel, Versace, Hermes.
Yuliana frente al espejo en bikini,
torciendo la cintura para resaltar sus nalgotas y cintura. Yuliana con un ramo de
flores enorme. Yuliana bailando en un yate. Yuliana en Dubái fumando con un árabe, Yuliana nadando con cerdos en las
Bahamas.
Aunque dudé bastante en escribirle, al final me
atreví. Le mandé un mensaje directo diciéndole que
me gustaban sus fotos. Ella me pidió que habláramos por el WhatsApp y me dio su
número. Platicamos todo el día. Me contó que entraría a una escuela de las más caras
y exclusivas de la ciudad, se llamaba el Americano. Le dije que justo estaba buscando
una prepa y me contestó que le encantaría que fuéramos compañeras. Texteamos muchísimo.
Ella me habló sobre sus ranchos, las avionetas de su papá y las fiestas privadas
con música de banda a las que asistía. No sé por qué su vida me atrapó; se me hizo
fascinante, era algo tan cautivador comparado con bailar reggaetón y tomar cerveza
hasta vomitar. Quedé cautivada y quise ser como Yuliana. Convencí a mi papá de
que me inscribiera
en el Americano. Ahí te dejaban asistir
con ropa casual, así que quedé con Yuliana en ir de compras. Me invitó a
Los Ángeles, y nos fuimos en el avión de su papá, que era pequeño
y lujoso.
En LA Yuliana
pagó todo:
el hotel, el shopping, la comida, los taxis. No me dejó gastar ni un
peso. Me explicó que a su papá le había ido bien en un negocio y que en su casa
le enseñaron que si le va bien a uno, le debe ir bien a todo mundo. Eso sí,
ella escogió cada prenda. “Mija, te hace falta un cambio de look. Eres muy
fresa y, si vamos a ser
amigas, tienes que ser más como yo”, me condicionó. Yo acepté encantada, superencantada.
Regresamos
de Los Ángeles
por la noche y me propuso quedarme en su rancho para que
descansáramos y fuéramos a recoger la lista de útiles y el horario al día siguiente. Megaacepté. El rancho del Señor Papá
era enorme. Cuando le pregunté a Yuliana qué tan grande era,
me sentí como Simba: “Todo lo que toca la luz…”. Tenía una finca del tamaño de mi
casa, y mi casa no era nada pequeña, únicamente para ella. Había seis albercas, una palapa, un escenario
para que tocaran las bandas en las fiestas, una cantina con pantalla
de cien pulgadas
para ver los partidos de futbol, una pista de aterrizaje, caballerizas. Era un sueño. También había decenas de hombres armados,
aunque a eso decidí no darle importancia.
¿Cuándo
me di cuenta de que su papá era narco? No lo sé, ni me importa. Alguien que le
dice a su hija: “Mija, si nos va bien a nosotros, le debe de ir bien a todo mundo”,
no puede ser una mala persona, qué más da a qué se dedique.
Conocí
a su novio. Conducía un Maserati. Vestía con mucho lujo, siempre combinaba la
marca de los zapatos con la hebilla del cinto; tenía la barba perfectamente
delineada; era pachoncito, tipo Gerardo Ortiz, y era un dulce de persona. Yo quería
uno así, uno que me matara un puerco en el rancho y me lo ofrendara como símbolo
de amor, que me jalara la banda y me mandara componer canciones. Un novio que
me comparara quinientas rosas solo para recordarme que me amaba.
Pasé el
verano con Yuliana. ¿Ya
dije que mi papá es
diputado? El diputado no puso ningún reparo. Obvio sabía
que el padre de mi amiga era
gente muy pesada; le valió. “Se ve que son personas muy finas, hasta que haces buenas amistades”.
¿Y Alonso? Lo boté. Ya no cumplía con mis expectativas. Yo quería un novio
buchón con ropa de marca que no fuera a Zara y que en lugar de tener gatos Sphynx
tuviera leones de mascota. “Bebé,
¿qué hago para conseguir un novio como el tuyo?”, le pregunté a Yuliana por WhatsApp
porque no me atreví a interrogarla en persona. “¿Es en serio. mija?, ¿quiere un
novio mafioso? Pues mire, buscan tres tipos de mujeres: las que van a ser sus
esposas, que son o hijas de sus socios o niñas bien hijas de políticos. Las que
son sus amantes, que son plebitas guapas y de escasos recursos; las operan a su
gusto, les ponen departamento y son como sus muñecas; les dan todo con la condición de que sean solo para
ellos y que no les den problemas con sus esposas. Y las mulas, niñas de barrios
muy muy pobres a las
que enamoran para que hagan el trabajo
sucio; usted sabe, pasar droga
o ir de chapulinas con otros manes a sacarles información
o hasta para descuartizar. Estas últimas
siempre acaban muertas, plebe”, me explicó. “¿Y yo para qué estoy buena?”, le
pregunté. “Usted me gusta como para esposa
de un patrón, está que se cae de chula y es de cuna de oro. A cualquier
viejón le conviene
tener de esposa a la hija de un diputado”, respondió. “Yo no me quiero casar, quiero andar
de novia. ¿Qué
ocupo para agarrar de novio a un buchón?”, seguí. “Ser buchona, como yo. Eso
ocupa, plebe”. “Ayúdame
a ser buchona, ándale”. “Pues véngase al rancho y le doy unas clases”.
Se tomó muy en serio eso de convertirme en buchona.
Me pidió borrar todo vestigio de mi antigua vida en redes sociales. Eliminé mis fotos de Instagram
y solo dejé esas donde estoy de ángel. Me ordenó que cambiara mi
perfil a privado para hacerme la interesante. Nos pusimos
a ver fotos de otras chicas buchonas en la página de Gente Fina. Yuliana me contaba pelos y señales
de cada una. Ella es esposa de tal, ella fue amante de tal y cual, ella es hija
de fulano, ella es hija de un diputado, como tú. Parecían clones unas de otras:
blancas con cinturas de avispa, caderas, nalgas y pechos exagerados; cabello negro,
largo y moldeado; los labios mate.
Tres
ya estaban muertas. Una murió
de causas naturales, es decir, de enfermedad; las otras dos fueron asesinadas. A Claudia los federales le dispararon
a quemarropa
en un operativo a
pesar de que salió del auto con
las manos en alto. A
Berenice la mató un grupo rival: la subieron
a una camioneta
afuera del cine, se la llevaron
y su cuerpo torturado
apareció en un basurero. Se dice que grabaron su asesinato y tortura y le mandaron el video a su
novio, que está en prisión.
En
dos meses ya era una verdadera buchona: había visto telenovelas colombianas
como Las muñecas de la mafia y Sin tetas no hay paraíso. En dos meses
ya sabía bailar bachata, cumbias, banda y norteño de forma espectacular. Dejé
los flats y hasta aprendí a caminar con tacones; eso sí que me costó trabajo.
Solo faltaba la transformación final. El look.
El cambio de look fue más complicado
por mi complexión: flaca, muy flaca, o sea nada que ver con
las chavas de cuerpos de escultura renacentista. Es que en mi antiguo círculo eso
era de nacas, de gente gata, y estar delgada
era signo de estatus. La idea de estar nalgona y tener
chichis gigantes me daba ¿disforia?
Y además tampoco me
gustaba la idea de pintarme el cabello de negro porque, como buena
hija de mi familia, estaba orgullosa de ser rubia natural. Lo que sí hice
fue ir al spa y pedir un tratamiento para quitar
el daño solar, y me pinté el cabello
de rubio platinado. “Pareces
una barbie”, me dijo Yuliana
cuando pasó a recogerme a la salida
del spa.
Ya estaba todo
listo, solo faltaba
mi presentación en sociedad. Para eso nos tomamos
una foto juntas frente
al espejo haciendo duckface y parando las nalgas. Nos la tomamos
con su iPhone y la subió a Instagram con mi etiqueta. De inmediato mis seguidores
aumentaron.
Debuté en una fiesta
en casa del novio
de Yuliana. Fue en un rancho en la
sierra. Usaron las cajas de camionetas
como hieleras y había chingos de
tecates cubiertas en hielo. Amenizaron varias bandas famosas y un grupo norteño. Yo estaba viendo a Yuliana bailar
un caballo cuando llegó una caravana. Pura camioneta, digo, troca, lujosa y
blindada, ¿ves cómo no soy tan fresa? De pronto Jesús bajó; iba vestido
al estilo italiano, era güero y joven. Nos miramos con coqueteo. Caminó
hacia mí y me dijo: “Hola, guapa. Usted está como para escribirle
tres corridos. ¿Baila?” “¡Claro que bailo!”, le respondí. Al despedirnos
me preguntó si tenía radio
y le contesté que no. Me pidió mi número.
Esa noche me tomé una foto en el caballo greñudo y negro azabache
del novio de Yuliana
porque, claro, también me enseñó a montar. Sí, todo en dos meses: aprendo turborrápido. La subí al
Instagram. Diez mil likes.
La
mañana siguiente me llegó un mensaje de voz de Jesús. Era una canción que se llama “Piénsalo”. Cuando en la canción se oyó “Te lleno de rosas mis dos camionetas”,
le escribí. “A ver,
oiga, quiero que me llene de rosas sus dos
camionetas”. “Deme su dirección, mi alma”. A la puerta de mi casa llegaron
dos camionetas con las cajuelas repletas de rosas. Sí, full, full.
Eran, no sé, dos mil rosas. No, tres mil. Eran un chingo. También me regaló un
radio, que para que estuviéramos en contacto.
No
te quiero aburrir: nos hicimos novios. A Yuliana nunca le gustó
la idea, argumentó que era ahijado
del Comandante, que tenía fama de violento, que ya traía otros
códigos, que no era de confianza.
A Jesús
lo apodaban el Comandante Junior. Su padrino era el encargado de la seguridad de
la empresa, un experto en armamento, blindajes y estrategias de guerra. Era una
máquina de matar, un señor que descuartizaba cuerpos con cuchillo cebollero mientras
comía palomitas. El Comandante traía un chingo de hombres a su servicio, la
mitad de ellos con entrenamiento militar. Jesús era un junior, no tenía
idea de nada en la vida y lo único que hacía era gastarse
el dinero que le daba su padrino
y abusar de su poder. Eso
yo no lo sabía.
Nos hicimos
novios. Nuestra relación al inicio consistía básicamente en hacer cosas intrépidas y presumirlas en redes sociales: saltar en paracaídas, ir a bucear, tomarme fotos montada en sus leones, bañarme en
botellas de Moët y grabar videos
para el Instagram. De regalo de diecisiete
años, o sea, cuando cumplimos seis meses de novios, me pagó el
marcado del abdomen y el aumento
de boobies y pompas. No había capricho que no me cumpliera. Quiero un cachorro de tigre, ahí está su
cachorro. Quiero
una bolsa Dior, ahí va su bolsa. Quiero un mini pig, tenga su mini
pig. Todo me daba. Y yo lo presumía en Instagram. Llegué a tener ochocientos
mil seguidores y mis fotos con el Comandante Junior rompían el internet. Eso era
felicidad.
La
primera vez que me pegó fue a la salida de un antro. Estaba muy enojado y no supe
ni por qué. Me dio una cachetada bastante fuerte y no me acompañó de regreso a mi
casa. Me dejó
la mejilla morada. A la mañana siguiente ya tenía un
ramo de flores con un iPhone en la mesa de la sala. “¿Qué pasó?”, preguntó el diputado. “Es que me bofeteó y me mandó
eso para disculparse”, le respondí. El chofer
de mi papá me
dijo: “Habría de
regresárselo, señorita, al rato,
si se le hace maña,
nomás la
mata y de qué le
va a servir que la lleve al panteón en una carroza de
lujo”. Mi papá
le gritó
que se
callara, que
por eso no iba
a salir de jodido.
La segunda vez que
me golpeó fueron dos puñetazos y un jalón
de greñas; me envió la tienda Versace entera, literal.
Zapatos, bolsas, vestidos,
un chingo de cosas. La tercera, la cuarta, la quinta. Iba de
menos a más y yo estaba en estado de indefensión, atrapada. Un día
tomé valor y le grité que ya estaba harta de sus golpes y de los regalos que
los seguían. “Le
voy a contar a mi papá”, lo amenacé. Con tono cínico me contestó: “No me vengas
con pendejadas, pinche estúpida. Él sabe
que mi gente se dedica a colgar contras de los puentes, a disolver en ácido a culeros. ¿Y qué hace? Nada. ¿Crees que me va a meter a la cárcel
por ponerle sus madrazos a una puta como tú?” Estás pendeja,
mija”. No sé por
qué no lo dejé y tampoco sé por qué jamás le conté a Yuliana.
La noche
de mi muerte íbamos a tener una velada romántica: el plan era pasar en su penthouse
el fin de semana. El primer día sucedió algo. Jesús era
muy celoso, al
grado de que, si yo
contestaba el mensaje de algún hombre en Instagram, me golpeaba. Es más, bastaba con que volteara a ver a
alguno de sus escoltas para que me insultara. Ese día fue a comprar unas botellas
de vino y me dejó sola con el Pelón, su empleado de confianza. Cuando regresó, yo
estaba en la alberca y el Pelón me estaba arrimando una cerveza. Jesús sacó la
pistola y le disparó en la cara. El Pelón cayó al agua. Jesús se metió a la
alberca, me sujetó del cabello y me sumergió; estaba tratando de ahogarme. El
agua con sabor a sangre me llenaba los pulmones. Su hermano me lo quitó de
encima. Como pude me salí y me fui corriendo a la recámara. Me encerré y le
marqué llorando a Yuliana. Ella, muy molesta, me pidió que me quedara en línea
mientras hacía unas llamadas. “Le estoy diciendo que la
quiso matar.
Él no está respetando los
códigos, apá,
hay que darle un
escarmiento. ¿Para qué me dice que soy su
heredera si no puedo tomar una decisión como ésta? Ya
no quiero nada,
váyase a la verga,
apá… Plebita, espéreme
ahí, ahorita vamos por usted”,
fue lo último que
supe. Luego todo se llenó de humo, plomo y sangre.
(Tomado de Cerda, Dahlia
de la, Perras de reserva, Narrativa Sexto Piso, México, 2024)