Mario Benedetti
Yo vivía relativamente cómodo, acaso porque no se me había ocurrido creer
en Dios. Ahora sé que muy pocos están en condiciones de aceptar esto que de tan
sencillo es casi estúpido. Los más se imaginan que cada uno tiene la obligación
de nacer con su pequeño dios. También se tiene el deber de nacer de cabeza y sin
embargo siempre hay algún díscolo que nace de trasero.
Entonces no me gustaba enfrentarme a ciertos problemas
ni tampoco tenía necesidad de hacerlo. No discutía el prestigio de la muerte y sentía
por ella un miedo insignificante, sin escolta de libros, solitario. Después supe
que mi miedo privado era solo una variante del terror general. Y ésta fue la primera
vergüenza de mi vida: que los otros usaran el mismo miedo que yo. Algo así como
la rabia inexplicable que nos acomete cuando vemos a otro individuo con nuestros
calcetines, con nuestros lunares o con nuestra calva.
Gracias a la muerte se liquidaba la aventura y era preciso
renunciar definitivamente a los espejos, a los amaneceres, a la sed; retroceder
hasta caer de espaldas, con todo el peso de la vida en las sienes, sin cuerpo, sin
tacto, sin luz. Naturalmente, desaparecer así me llenaba de asco. Pero era un asco
mórbido, que al fin de cuentas resultaba una invención, una especie de tanteo, casi
una profecía particular.
A los treinta años yo era un tipo mediocre. Había fracasado
como corredor de seguros, como periodista, como amante, creo que como hijo. De estos
cuatro fiascos solo llegó a preocuparme el primero. En realidad pensaba que mi vocación
podía ser ésa: asegurar, es decir, hacer que los otros se aseguraran. Por otra parte,
me encantaba –tal vez me encantaría aún– hallar a una persona verdaderamente segura.
Para mí era un espectáculo tan absurdo ver a un pobre hombre tomando sus prudentes
y espléndidas medidas para que su muerte beneficiase a alguien, que no podía evitar
la risa, una risa increíblemente generosa y sin burla. Pero ¿qué medidas? Pero ¿medidas
en dónde, hasta cuándo, en nombre de quién? Cuando uno adquiere la costumbre de
la muerte, se habitúa también a que el futuro carezca de sentido, de posibilidad,
hasta de espacio. ¿Acaso pueden tener significado una esposa o unos hijos cobrando
el precio de algo que no existe? Por eso fracasé. Los presuntos clientes acababan
por mirarme angustiados, espiando la menor posibilidad de evasión para abandonarnos,
a mí y al formulario.
No sé si hará de esto siete u ocho meses. Una tarde
vino a verme Aguirre a la pensión. Cuando abrió la puerta, yo me estaba secando
la cara. Recuerdo esto porque al principio me pareció que la toalla tenía olor a
axila. Después me di cuenta que venía de Aguirre. Era un olor agrio, penetrante,
en medio del cual, Aguirre me dijo pomposamente que había hallado un Maestro de
Compasión. Yo pensé que hubiera sido mejor que hallara un desodorante. Pero él insistió
y me dio un nombre: Rosales, Eduardo Rosales. Era un chileno de unos cuarenta años,
con barba y con discípulos, una especie de filósofo casero. Tres veces por semana
reunía en su casa a gente como Aguirre: entusiasta, supersticiosa, no muy avispada.
Precisamente, por no ser Aguirre muy avispado, no entendí un cuerno de la doctrina
de Rosales. Porque el tipo tenía su doctrina: algo de herencia kármica, de evolución
mental, de caridad sui géneris. En resumen: una mezcolanza inofensiva de teosofía
y rosacrucismo.
Aguirre quería que yo fuese a las reuniones. Me sorprendí
pensando que no estaría mal; un rato después, diciéndole que sí. Entonces me dedicó
una mirada tan torpe como incrédula. Luego se iluminó. Le resultaba difícil admitir
que me había convencido, que podría ¡por fin! llevar su neófito. Además, yo debía
tener algún prestigio para él. Era, en cierto modo, un intelectual, es decir, un
tipo que había escrito algún artículo para los diarios y que a veces trabajaba en
traducciones.
Intenté imaginar el color de las reuniones. Viejos ex
teósofos que conocerían a Blavatsky solo de oído, algún espiritista que aún no se
atrevería a proponer la aventura que aquietase algún escozor de su confortable conciencia,
y mujeres, muchas mujeres esmirriadas y sin ovarios, que disfrutarían su placer
supersticioso zambulléndose graciosamente en un lenguaje de meditación y esoterismo.
La realidad no alcanzó a defraudarme. Simplemente era
eso. Con el complemento de algún enfermero jubilado que disfrutaba lo indecible
al codearse con gente de otra clase, de una dama de pasado glorioso, que
cumplía allí su cantada vocación de misericordia; de un jovencito casi miope, dotado
de un convincente tic afirmativo que parecía representar la aceptación tácita de
la modesta muchedumbre. Pero además estaba Rosales. A pesar de mi poco entusiasmo,
tuve que reconocer que me impresionaba. Tenía una voz grave, sonora; quizá por eso
sentí que mi pensamiento se distendía. Sin embargo, no expuso nada nuevo, es decir,
presentó como nuevo lo que había dicho Krishnamurti o Eliphas Leví o el remoto Gautama.
Naturalmente, yo tenía mis lecturas, pero nunca había sentido nada de esto en una
voz. Quizá resulte inexplicable, pero lo cierto es que me venció sin convencerme.
Entonces supe que hacía mal en obstinarme, en ocultar
mi rostro a Dios, en hundirme en el aburrimiento. Gracias a Rosales, o mejor, la
voz de Rosales, un día me encontré creyendo. Hasta hallé razones para cambiar de
vida. No es lo mismo una vida sin Dios que una vida con Dios. El secreto tal vez
consistía en que yo lo tomaba como un juego. Rosales tenía una frase encantadoramente
tonta: “Cada alma es una partícula de Dios”. Mentalmente yo jugaba a sentirme partícula,
pero era notoria mi incapacidad para establecer contacto con el Todo.
Fue en una de esas reuniones que conocí a Valentina.
Generalmente nos íbamos juntos y yo la acompañaba hasta su casa, un conventillo
inverosímilmente limpio de la Ciudad Vieja. Ella solía decir que solo gracias a
la existencia nueva que Rosales nos descubría, podía parecerle soportable ese mezquino
ambiente familiar. Yo la conformaba con un “Sí, es tremendo” o cualquier otra simpleza,
a fin de que ella no interrumpiera la confidencia. Siempre que se ponía patética
me tomaba del brazo, y eso a mí me gustaba. Un martes se puso más patética que de
costumbre y entonces la besé. Pero el viernes siguiente Rosales habló de la concupiscencia
y echó mano de tales símiles, de tales amenazas, que parecía un nuevo San Pablo
amonestando a sus nuevos Gentiles. De ahí en adelante me sentí concupiscente cada
vez que Valentina se ponía patética y, como no quise besarla más, ella abandonó
las confidencias.
Después de eso me dio por cavilar acerca de que mi nuevo
estado no era en realidad tan cómodo ni tan feliz como yo había esperado. Pensaba
que de no haber sido por la arenga de Rosales, habría podido desear moderadamente
a Valentina, besarla de vez en cuando y quizá algo más, exactamente como hubiera
hecho con cualquier otra muchacha que me pusiera al tanto de sus infortunios. A
los treinta años uno sabe que las mujeres hacen eso a fin de llevar a cabo su conquista
pasiva por la vía conmovedora. Yo nunca dejé que me conmovieran, pero siempre tuve
el prudente cuidado de aparentar lo contrario, de modo que tanto ellas como yo,
quedáramos conformes y orgullosos.
Fuera de estas molestias, yo conseguía sobrellevar pasablemente
mi fondo religioso de mediana tortura, sin que, por otra parte, pudiera acomodarlo
a un dogma en particular. Sentían duramente que no podría hallarme a solas con el
mundo, como isla en el tiempo, entre los confines mediatos de mi nacimiento y de
mi muerte; que, por el contrario, debía ir más allá. Llegado el momento, me quitaría
o me quitarían el cuerpo como una caparazón inútil y podría ingresar en otra ronda
de existencia, acaso a la espera de otras caparazones. Seguro de mi vergonzosa inmortalidad
e incómodo ante la prerrogativa de no ignorarla, llegaba a pensar que el secreto
tal vez residiera en algo así como un desprendimiento del cepo somático. Si era
egoísta con mi cuerpo, si quería a mi cuerpo, me costaría desprenderme de él, y
desde el momento en que mutuamente nos necesitáramos –mi cuerpo y yo– hasta sernos
el uno al otro casi indispensables, no podría abandonarlo y acaso me destruyese
en su destrucción. Pero si soportaba a mi cuerpo como se sufre una costumbre, como
se tolera un vicio menor, podría depositarlo en el pasado y acaso llegase también
a olvidarlo.
Algo de esto le dije a Rosales en la primera oportunidad
que se me presentó. Me contestó que, evidentemente, yo había aprovechado su enseñanza.
Recuerdo que pensé que todo eso tenía muy poco que ver con ella, pero le dije, en
cambio, que efectivamente sus palabras me habían servido de mucho. Entonces lo vi
iniciar un gesto de menosprecio y obtuve la imprudente seguridad de que se trataba
de un tipo increíblemente sórdido.
Lo natural hubiera sido que de inmediato me evadiera
de su engranaje. Me quedé, sin embargo. No podía tolerarme a mí mismo pronunciando
mentalmente –basado en un solo gesto– el juicio definitivo acerca de alguien.
Me hallaba dispuesto, pues, a investigar sus procedimientos,
cuando una noche me encontré con Aguirre. Ya hacía unos meses que éste no aparecía
por lo de Rosales. Mostrando ahora la misma exaltación con que antes lo había puesto
por las nubes, me arrastró a un café y me contó todo. El chileno era sencillamente
un vividor. Aguirre se había enterado, gracias a una imprevista relación, de que
en Buenos Aires el Maestro había iniciado unas reuniones semejantes a las
que organizaba aquí, para concluir fundando un Instituto Esotérico y escaparse más
tarde con el fondo común. Se le acusaba además de bigamia y falsificación. Toda
una alhaja, en fin. Pero había algo más. Según la versión de Aguirre, un viernes
en que la reunión había estado poco concurrida (yo mismo había faltado), los escasos
adeptos se habían retirado muy temprano. Aguirre, que también se había ido, volvió
después a retirar un libro. Pero cuando fue a entrar en el despacho de Rosales,
se halló con un espectáculo inesperado: el Maestro apretujaba a Valentina, sin mayor
resistencia por parte de ella. “Usted perdone que le informe con tanta claridad”,
agregó Aguirre, “conozco cuáles son sus sentimientos respecto a la muchacha”.
Estuve por preguntarle cuáles eran esos sentimientos,
puesto que yo mismo los ignoraba, pero ya Aguirre había cerrado el paréntesis y
seguía relatando el enojo con que Rosales lo había echado. “Es un demonio”, concluyó,
“yo estoy dispuesto a hacerle todo el mal que pueda”. Inevitablemente me encontré
pensando bien acerca de Rosales. Tal era la poca confianza que me inspiraba su antiguo
iniciado.
El martes, sin embargo, al salir de la reunión, me las
arreglé para acompañar a Valentina. Me parece recordar que la tomé del brazo. Ella
me dejó hacer. Pero yo dudaba. Francamente, no sabía si la necesitaba, si la necesitaría.
No obstante, me sentí seguro; seguro de la duda, naturalmente. Y eso era bastante.
Me contó un sueño. Creo que lo había inventado. Siempre inventaba los sueños y yo
no aparecía en ellos. Tal vez por eso los inventaba.
De pronto le pregunté si se acordaba de Aguirre. Esto
la tomó de sorpresa y solo rezongó: “Ya te fue con el cuento”. Únicamente por llenar
las formalidades, le pregunté si era cierto. Dijo que sí, y que no tenía vergüenza
de confesarlo, que Rosales era decididamente un hombre, un hombre inteligente; que
yo mismo, en vez de gastarme los ojos haciendo traducciones, bien podría aprender
de él, que con solo unas palabritas convencía y estafaba a unos pobres estúpidos
como Aguirre y –¿por qué no decirlo?– como yo.
Lo más lamentable de todo esto era su exactitud. Por
cierto no precisaba que ella me hiciera propaganda a favor de Rosales: yo le reconocía
atributos de vileza que siempre había considerado inalcanzables, hasta como utópico
ideal. Con todo, nunca deja de interesar el verse comentado, el ser objeto de una
opinión, por más hiriente que ésta pueda ser. Se adquiere conciencia del mediocre
existir gracias a los ecos vulgares que despierta la palabra de uno, gracias a las
miradas –asombradas o compasivas– que despierta la presencia de uno. Se llega a
vivir como reacción de los otros, como muro donde las impresiones ajenas aprenden
a rebotar. Así, cuando yo escuchaba cómo Valentina me trataba de estúpido, no podía
dejar de apreciar la razón urgente que la asistía, desde que yo me quedaba tranquilo
–lo peor de todo: sin abofetearla– como si ella estuviera haciendo mi apología en
lugar de reducirme a cero. Creo que cualquier palabra mía hubiera estado de más.
Por eso me callé. Fue necesario que me limitase al gesto persuasivo, casi conmovedor,
ese que suele introducirse en la caricia. A la media hora había hecho ante Valentina
iguales o mejores méritos que Rosales. Y esta vez respiré aliviado al no sentirme
concupiscente, tan luego ahora, cuando sin duda había llegado a serlo.
Después, habiendo dejado a Valentina relativamente conforme,
tuve conciencia de ser un tipo razonable, tan razonable como no lo había sido en
muchos años. Vi claramente que no la necesitaba para nada. Entonces me encaminé
a casa de Rosales. Era muy tarde ya, pero la luz del despacho estaba encendida.
Me animé a llamar. Sin demostrar asombro, por el contrario, con un gesto amable,
Rosales abrió la puerta y me hizo entrar. Últimamente nuestras entrevistas habían
menudeado. Servían, entre otras cosas, para que él me tomara confianza y yo se la
perdiera. Afortunadamente, no había hecho de él un ídolo. Me sentía convicto de
soledad. En rigor, si nunca había menospreciado a los felices, tampoco había ostentado
mi propia infelicidad como un honor, como una dignidad concedida por Dios a sus
selectas minorías. De ahí que la posibilidad de hablarle a Rosales poniendo las
cartas sobre la mesa, fuera para mí un asunto de vital importancia.
Como primera medida, me hizo sentar en un sillón exageradamente
bajo, de esos que acentúan, hasta hacerla insoportable, la propia inferioridad.
Al mismo tiempo, él se puso de pie. Por primera vez me di cuenta del porqué de la
barba. Visto desde allí abajo, su rostro aparecía como realmente era: repugnante.
Pero la barba permitía un aplazamiento de esa repugnancia.
“Ayer estuve con Aguirre”, dije aquí también. Sin prestarme
mayor atención, Rosales se dio vuelta hacia la biblioteca. Me pareció que buscaba
algo. Cuando lo encontró, vi que era la Biblia. De pronto se dirigió hacia mí con
premeditada brusquedad y dijo que yo tenía una expresión incómoda. Un minuto antes
yo había estado pensando justamente en mi incomodidad. Después gritó: “Diga de una
vez, ¿qué le pasa?” Yo iba a recurrir al tradicional “Oh, usted lo sabe mejor que
yo”, pero él agregó: “Vamos, sea franco, hace un mes todavía creía que yo era un
sabio, casi un Maestro, algo así como la salvación de la humanidad. Ahora ya no
cree… ahora está seguro de que soy un ladrón”. Le confesé que me había evitado la
violencia de decírselo. Aparentemente conservaba la calma, esa calma elástica que
sabía estirar hasta la desesperación. Pero ni siquiera había suavizado el tono,
cuando dijo: “Tiene razón. Soy lo que usted piensa. Pero no se alegre”. Le aclaré
que no me alegraba en absoluto. Entonces me preguntó por qué no me iba y lo dejaba
tranquilo. “No pida demasiado”, dije. Rosales sonrió, como quien se decide a tomar
la iniciativa, como quien vuelve por fin a su lugar después de una larga simulación,
y me alcanzó la Biblia. Había un versículo marcado con lápiz rojo. “Lea”, ordenó.
Yo no tenía inconveniente en jugar un rato a la obediencia y empecé a murmurar:
“Acuérdate de lo que has recibido y has oído, y guárdalo y arrepiéntete. Y si no
velares, vendré a ti como ladrón y no sabrás en qué hora vendré a ti”. Cuando terminé
la breve lectura, vi que él había adoptado una expresión casi regocijada. De ahí
en adelante, yo sabía que iba a estar seguro de sí mismo. Y empezó: “¿No se le ocurre
que acaso usted no haya velado, que tal vez sea por eso que yo vengo a usted como
ladrón? Pero voy a ayudarle en sus razonamientos. Usted es un temperamento religioso,
tiene respeto por la palabra de Dios. Ahora fíjese bien: si la palabra de Dios le
recuerda que Él vendrá como ladrón, ¿de qué modo podrá reconocer usted en cuál de
los ladrones está Dios? ¿Y si en este ladrón que soy YO, estuviera Dios? No sabrás
en qué hora vendré a ti. ¿No puede ser ésta la hora?” Pensé que, efectivamente,
podría ser. Mas, a pesar de todo, me sentí con la calma suficiente como para fingir
cierta repentina nerviosidad. Incitado por ésta, Rosales se decidió a tranquilizarme
con un ademán generoso. Después, inopinadamente me despidió, no sin antes recordarme
que lo viera al día siguiente, “a fin de hablar–así dijo– de algunos planes que
tengo para un futuro próximo, en el que usted podrá convertirse en mi mano derecha”.
En los últimos diez minutos la tensión había sido exagerada,
al menos para mis pocas fuerzas, y había llegado a sentirme molesto. De modo que
fue un alivio encontrarme otra vez en la calle, sin nadie a quien saludar ni eludir
ni reconocer.
Pero en seguida tuve que pensar en Valentina; como última
defensa, la deseé. No estaba errado al recurrir a ese deseo. Pero mi cansancio era
mayor que mi habilidad para engañarlo y ya no fue posible evitar el careo conmigo
mismo.
Él lo había dicho. Yo poseía un temperamento religioso.
Un año atrás no lo hubiera creído, pero era así. Ya no podía imaginarme viviendo
sin Dios. Hasta el momento de hablar con Rosales, eran para mí innegables el equilibrio
y la justicia integral del universo. Por eso debía admitir la posibilidad de varias
existencias para una sola alma. Las condiciones favorables o desfavorables en que
nacía cada uno, eran para mí el saldo acreedor o deudor de la última existencia.
Sí, el hombre se heredaba a sí mismo, y se heredaba a sí mismo porque había justicia.
Pero, ¿y la cita del Apocalipsis? ¿Había justicia en que tuviéramos que reconocer
a Dios entre ladrones? No era tan complicado, sin embargo. Si la palabra ladrón
era allí una metáfora, una traslación de significados a través de una imagen (“vendré
a ti como ladrón”, es decir, como viene un ladrón, subrepticiamente, sin
que nadie lo advierta), entonces la emboscada de Rosales no tenía efecto. Él no
venía como ladrón sino que era un ladrón, y yo lo hubiera podido matar sin
violentar mis escrúpulos ni torturar mi conciencia religiosa. Se trataría simplemente
de eliminar a un anticristo. Personalmente, prefería esa interpretación. Pero estaba
la otra: que el sentido no fuese metafórico sino literal, es decir, que Dios avisara
realmente que vendría como ladrón. De ser así, mi concepto de justicia universal
amenazaba derrumbarse sin remedio. Si Dios nos enfrentaba a todos los ladrones del
mundo para que reconociéramos Quién era Él, dejaba de ser justo, dejaba de jugar
con recursos leales; sencillamente, se convertía en un tramposo. Claro que este
Dios no me interesaba ni merecía que le amase, y, por lo tanto, aunque Rosales fuese
el mismo Dios, también podría matarlo.
Era necesario preguntarse qué remediaba uno con esto.
Imposible decir a sus discípulos quién era Rosales. Nadie me hubiera creído. Además,
su delito –el del robo, al menos–, no podía demostrarse. El único documento que
entregaba a cambio del dinero ajeno, era su confianza, y ésta no servía como testimonio.
Si yo decidía finalmente eliminarlo, lo rodearían de un prestigio de mártir. Pero
acaso esto les ayudase a vivir. Por otra parte, él ya no estaría para destruirles
la fe con su realidad inmunda, con ese golpe brutal y revelador que podía convertirlos
repentinamente de cruzados del bien en miserias humanas.
Mientras tanto, yo había llegado a la Plaza, a solo
dos cuadras de la pensión. Recuerdo que me senté en un banco; apoyé la desguarnecida
nuca en el respaldo y miré hacia el cielo, por primera vez en varios meses. Entonces
me sentí aplastado, inocente, infeliz. Comprendí que estaba a punto de llorar, pero
también que iba a ser un llanto vano, que nada me haría adelantar en la busca de
una escapatoria. Estaba todo demasiado claro; no había excusa posible.
No quiero relatar cómo lo maté. Decididamente me repugna.
Resultó en realidad más atroz que lo más atroz que yo había imaginado. Me esperaba
para hablarme del futuro… pero su futuro no existe ya. Lo he convertido en una cosa
absurda.
Dicen que su gente creyó reconocer una última bendición
en su boca milagrosamente muda, felizmente sellada por mi crimen. Cuando me interrogaron,
no tuve inconveniente en confirmarlo. Entonces me pidieron que les transmitiera
exactamente sus palabras finales. En realidad, sus palabras finales fueron tres
veces “mierda”, pero yo traduje: “Paz”. Creo que estuve bien.
(Tomado
de www.lecturia.org)