domingo, 24 de mayo de 2026

Historia de Simbad el Marino

Juan Sebastián Gatti

 

Todo esto pasó sin saberlo, Manu, sin quererlo. Llenaron mis manos de las suyas y nuestra piel de su piel desde la primera vez, cuando llegaron –eran oscuros y cautos, envueltos en cien trapos de colores y cien sudores mezclados– hasta la puerta de la casa y preguntaron por el doctor, y para ti vamos a ser al principio así de extraños, seguramente, sonidos de un mundo maravilloso y ajeno, y después, de a poco, familiares como la propia pisada.

Vamos a juntar nuestras palabras, las que siempre son las mismas, vamos a hacer que yo te recuerde, que ardamos, que tú me anticipes recordándote; vamos a jugar a que somos uno solo, payo, que finalmente es lo que somos, lo que no tenemos más remedio que ser, y entonces yo voy a ser tú y tú vas a ser yo, yo no voy a ser Sandokan, ni Kurt, ni Ulises, sino tú.

Vamos a espiar a los gitanos preguntando por el doctor, a estos que son la primera avanzadilla de una invasión anunciada en susurros de calle en calle, vamos a espiarlos hablando con el doctor y vamos a acompañarlo a ver al rey que está muy enfermo, seguro, aunque sean medio amigos tiene que estar muy mal para que llamen al doctor, debe tener lepra o tuberculosis, alguna cosa así de horrible y extraña porque son gitanos, ¿eh?, tienen unas mujeres gordas y tenebrosas que te piden un billete y un huevo, y ponen el billete en una taza, le rompen el huevo encima y te leen la suerte.

Mamá dice que no hay que creer en esas cosas ni en dios, que son todas supersticiones de gente ignorante (menos san Cristóbal), pero a la señora del almacén le leyeron la suerte y dicen que todo se le cumplió como le habían dicho, que se le iba a morir el hijo más grande y así pasó, nos lo contó el Lolo que es el más chico, y que dice que a su hermano no le quisieron decir nada de eso, para no asustarlo, claro, pero igual se murió y lo encontraron en la barranca, todo hecho puré, y además le dijeron, al Lolo no, a su mamá, que quién sabe qué cosa de las gallinas y las gallinas también desaparecieron, y todo porque la señora le reclamó a la gitana que ustedes son unos ladrones, llegan y con el cuento de la suerte se llevan el billete y el huevo porque quién va a querer que le devuelvan el billete todo lleno de huevo y el huevo todo lleno de billete, puaj, y entonces la gitana se enojó y le echó el mal de ojo, que es como una maldición que hacen mirándote y uno tiene que hacer cuernos con los dedos de la mano para que no se te quede.

La señora del almacén no debía saber eso, la pobre. No vaya a ser que el rey no se cure y nos echen el mal de ojo a nosotros, pero bueno, nosotros sí sabemos cómo hacer cuernos con los dedos de la mano, eso es lo que nos salva.

Viven en una caravana, como las de los vaqueros en las películas de indios pero diferente, en lugar de una lona blanca arriba tienen unos carros todos de madera, con ventanas con cortinas y todo, y unos son de caballo y otros los arrastran con autos, y cantan todo el día pero cuando nosotros llegamos se callan y nos miran; da miedo cómo nos miran, como si te leyeran la suerte en la cara y si alguno me llega a decir que me voy a morir juro que corro aunque me digan que soy un cagón, más vale un cagón vivo que un valiente hecho puré en el barranco; pero casi todos miran al doctor, a mí me mira uno como de mi tamaño, igual de serio pero como de mi tamaño, y me sigue mirando cuando el doctor entra al carro que es el del rey, así que mejor me quedo quieto quieto al lado del carro, que no es el mejor lugar, todos miran para acá y ya nadie canta ni hace nada más que mirar para acá aunque por suerte no a mí, no sé si los cuernos con los dedos de la mano sirvan si son tantos y me echan el mal de ojo todos juntos, la puta, son un montón, pero el único que me sigue viendo es el que es como de mi tamaño.

Bueno, mejor me veo los pies y me quedo quieto, quisiera irme a otro lado pero seguro que si me muevo todos me van a mirar.

Nos quedamos así mucho rato, el sol está fuerte y me quema la cabeza, sobre todo en el cuello abajo del pelo porque me lo acaban de cortar, pero igual me aguanto y para aguantarme más fácil veo las piedritas en el suelo y me imagino que son gente y que yo voy volando muy arriba y por eso veo todo pequeñito, y si muevo un poco el pie es como si hubiera un terremoto y todo tiembla y se caen casas enteras y se hace una como ola pero de tierra que va tapando todo donde antes había calles y gente. Esa piedrita de ahí soy yo, que voy corriendo delante de la ola de tierra, corro y corro y mejor no voy a mirar para atrás porque si veo esa ola gigante de tierra no voy a poder correr más del susto.

Ahora el que es como de mi tamaño medio sonríe aunque no estoy muy seguro porque lo veo de reojo a través del flequillo que se me cae sobre la frente cuando miro para abajo, pero igual me da un poco de vergüenza, a ver si no se ríe porque adivina lo que estoy pensando, con estos gitanos nunca se sabe. Nos dijo el Lolo que las gallinas de su casa no estaban pero que todo el gallinero estaba cerrado y José María, que es mi primo, dijo que algunos gitanos se vuelven murciélagos y pueden entrar por cualquier lado, por el techo, que seguro el papá del Lolo no buscó si había un hueco en el techo por donde pudiera entrar el murciélago a llevarse las gallinas, y yo le dije que no podía ser porque los murciélagos eran muy chicos para levantar una gallina, pero José María me miró como diciendo éste es imbécil, se convierten en un murciélago grande, así que los gitanos son muy raros y nunca se sabe; pero igual cuando llegan los gitanos acá todo el mundo guarda las cosas y a los chicos nos dicen que no dejemos la bicicleta tirada en la calle y que no andemos solos hasta tarde; bueno, casi todos, la Ita, que es nuestra abuela y le decimos Ita por abuelita, nomás se ríe y dice que si los gitanos robaran todo lo que la gente dice no les alcanzaría un tren para llevárselo, y que hay más de un vivo que aprovecha para robarse las cosas y echarles la culpa, y el doctor es amigo del rey y dice lo mismo.

Cuando el doctor sale del carro se acerca a otro que debe ser como el segundo más importante después del rey y le dice que acá no se puede hacer nada, que hay que internarlo en la clínica para poder cuidarlo, así que seguro es como lepra o tuberculosis lo que tiene, y nadie quiere llevar al rey a la clínica, que no, dicen, cúrelo acá. Yo ya sé lo que pasa con estas cosas, todos van a decir que si esto que si lo otro pero al final le van a hacer caso al doctor, ya conozco que a la clínica primero nadie quiere ir y después ya dicen bueno, está bien. Pero estos discuten entre ellos un rato, y parece que no se deciden, le dicen al doctor cosas bajito y todo el mundo mirando; total que al final no sé qué cosa dice el doctor mientras se encoge de hombros, que es un gesto que él hace mucho, y todos se ponen de acuerdo y es de no creerlo, salimos casi todos y acá se quedan unos pocos. Vamos a la clínica, nosotros en el auto y atrás como una procesión de gitanos y el carro del rey que va arrastrado por un caballo y nosotros despacito adelante como si fuéramos el caballo de la procesión y los arrastráramos a todos, hasta al carro del rey, y justo atrás de nosotros viene el que debe ser el segundo más importante, me imagino que debe ser como el visir de los cuentos, que siempre le dice al sultán lo que tiene que hacer, y a veces es bueno y otras veces no.

A lo mejor éste no es bueno y por eso aceptó que al rey lo lleven a la clínica, a ver si ahí se muere y entonces él se puede casar con la hija del rey, porque las mujeres de los gitanos después son gordas y así como tenebrosas, y huelen a chivo y hacen esas porquerías de leer la suerte con el billete y el huevo que ya conté, pero hay otras que son lindas, con la piel olivácea que quiere decir que es de color de aceituna y hay unas que sí son así, como aceitunas apretadas y brillantes, y tienen el pelo negro con unas trenzas enormes que se enredan en la cabeza, aunque otras veces las llevan sueltas y se ve lo grandes que son, que les llegan hasta donde la espalda deja de llamarse así y se llama culo.

Después la clínica ya parece que fuera la caravana de los gitanos; hay gitanos por todas partes, en los pasillos y en los sillones, y otros se sientan en el suelo y adonde mires hay gitanos y gitanas callados o haciendo cosas, y no hablan en voz baja sino como si estuvieran en cualquier otro lado, cosa que a las enfermeras ya sé que no les gusta y ponen cara de que no les gusta; pero qué van a hacer, el doctor dijo que los gitanos podían quedarse y que si no se iban a llevar al rey.

Así lo recuerdo con nuestras palabras, parte de la historia que nos tocó conocer de cerca; la tribu montaraz y fiera paseando por los pasillos inmaculados arrastrando consigo el aire turbio y al mismo tiempo festivo, llenando el hospital de sudor y ceños fruncidos y rostros impávidos, con sus azules y rojos y verdes, con sus rombos y sus cuadros y sus círculos fluyendo entre las togas blancas de las enfermeras y los médicos; así lo recuerdo, así te recuerdo ardiendo y te adivino, así te anticipo recordándome, viendo con nuestros ojos esa implacable danza con la muerte que formaban juntos el hospital y la caravana, escapándonos juntos esa tarde después de la comida para ver de nuevo a los gitanos, para entender un poco si era posible por qué nadie los quería, por qué nadie se acercaba a las mujeres ligeras y altas, por qué cruzaban la calle cuando se acercaba Manu caminando con paso largo y mirando directo al frente como nos mira ahora, cada vez que vengo se me queda mirando y a veces se ríe un poquito y le dice algo en secreto a la señora que está con él, bueno, no es una señora sino una chica pero más grande que yo, y cuando él le dice algo en secreto ella también me mira, y ahora le dice algo haciendo que sí con la cabeza y él entonces viene para acá y me saluda, me dice hola payo ¿quieres jugar conmigo?, y yo le digo que sí y nos vamos afuera, y todos se nos quedan mirando.

Bajábamos casi todos los días al arroyo a jugar guerritas de musgo, uno a cada lado del agua haciendo unas bombas enormes de musgo húmedo que nos tirábamos furiosamente hasta quedar completamente mojados, manchados de verde y barro, y después era tan hermoso tirarse sobre el pasto, al sol, y hablar con los ojos cerrados, yo muerto de envidia porque Manu no iba a la escuela y podía pasarse todos los días así, y él, creo ahora, muerto de envidia porque yo iba a la escuela que era un lugar misterioso donde los chicos pasaban toda la mañana sentados leyendo y jugando. ¿Te acordarás, Manu? ¿Te estarás acordando de mí ahora, Manu, mientras yo me acuerdo? ¿Le estarás contando a alguien y preguntándote si yo me acuerdo y le cuento a alguien? ¿Estaré viviendo ahora en alguien que conozco a tu través? Que no se te olvide esto.

–No te olvides de esto, payo.

–No. ¿Por qué me dices payo, Manu?

–Tonto, porque no eres romaní.

–¿Y eso qué es?

–Qué tonto eres, payo, ¿no te enseñan nada de la vida en la escuela? Romaní soy yo, que viajo; tú eres rubio y te quedas quieto.

Yo no soy rubio; mamá dice que tengo el pelo castaño y no me va a mentir, ¿no? Lo que pasa es que Manu es negro, bueno, negro negro no, aunque la Tota siempre dice ahí vienen esos negros ladrones cuando llegan los gitanos, pero a mí me parece que no es cierto que sean ladrones. Manu no, porque es mi amigo, creo, pero mejor le pregunto y si me dice que sí la próxima vez le digo a la Tota que no sabe de lo que habla, que es lo que siempre dice el doctor cuando quiere callar a alguien y siempre le resulta muy bien.

–¿Vamos a ser amigos, Manu?

–Bueno.

Voy a seguir leyendo con Manu pero no se lo voy a decir a nadie. Bueno, a la Ita sí se lo dije y ella seguro se lo va a contar a san Cristóbal y al doctor porque en casa todos le cuentan cualquier cosa al doctor, pero a la Tota no se lo voy a decir. La Tota dice que los gitanos son ladrones, pero yo creo que dice eso porque los gitanos no le hacen caso y la miran como si fuera una gorda. Y en realidad sí es una gorda.

Primero no me gustaba mucho leer con Manu porque tuve que empezar de nuevo el libro desde el principio. Ahora ya está mejor, ya llegamos de nuevo a donde Edmundo Dantés se escapa de la cárcel y no sé cómo sigue el cuento. Manu quiere ser Edmundo, y yo le dije que Edmundo me tocaba a mí porque empecé el libro primero, pero como somos amigos, los dos vamos a ser Edmundo Dantés. Después, cuando llegamos a la parte en que Edmundo se hace pasar por Simbad el Marino le tuve que explicar quién era Simbad el Marino, le conté la historia, bueno, resumida porque es muy larga y Manu dijo que yo podía ser Edmundo Dantés, que él prefería ser Simbad. Está bien, le dije.

¿Te acuerdas? Dos semanas estuvimos leyendo en voz alta El Conde de Montecristo. En la barranca, sentados en el suelo durante horas, o en la caravana, observados de cerca por la hermosa hermana de Manu, cuyo nombre nunca supimos, u olvidamos. Dejamos de ser payo para ser amigo. El amigo de Manu. Cuando se enteró de que queríamos hacernos un agujero en la oreja para ponernos un arete, el doctor casi nos mata, y se quedó con el arete que Manu nos regaló y que nunca volvimos a ver, y la Ita no sabía si reírse o ponerle otra vela a la imagen de san Cristóbal que estaba sobre la cómoda pero era muy milagrosa. Dos semanas de salir de la escuela corriendo, llegar a casa a picotear apenas y salir corriendo de nuevo para comer en serio en la caravana de Manu, sentados en piedras y troncos. Guisos espesos y picantes empujados con pedazos de pan de maíz, entre toda esa gente que se movía como si cantara.

Yo no quería ir de visita a la casa de la tía, pero el doctor dijo no sabes lo que dices y cuando el doctor dice eso uno se queda callado, así que fuimos a la casa de la tía y nos quedamos dos días y tuve que jugar con mis primas segundas que son unas insoportables, en su vida han leído un libro y creen que una macromolécula es un instrumento musical y que Edmundo Dantés es un actor de radionovelas, qué tontas que son. El doctor no me quiso decir nada del rey de los gitanos, me parece, pero cuando volvíamos me dijo. Bueno, le dijo a la Ita, pero me parece que la Ita ya sabía y que en realidad el doctor dijo que el rey había muerto para que me enterara yo.

Cuando el doctor estacionó en casa yo ya sabía que los gitanos no estaban más, porque todo el mundo había dejado las bicicletas en el jardín. La gorda de la Tota no se aguantaba las ganas de joderme y salí afuera para no tener que soportarla. Es una gorda y una estúpida y dice que los gitanos son ladrones, y no es cierto.

Igual fui a la caravana, aunque no estén. Debe ser un visir malo, Manu, que ahora seguro es rey, y quiere casarse con tu hermana y alejarlos de mí para que no le echemos a perder los planes. Le dije al doctor voy a ver a Manu y él me miró muy raro pero dijo bueno, y me fui. Me faltan diez páginas de El Conde de Montecristo que voy a leer al lado de donde estaba la fogata y no me importa lo que diga la Tota que estoy medio loco y no sé qué. Voy a decir que Manu está conmigo y leemos juntos, yo sentado en mi piedra y él en la suya. Todo está raro, como si además de la caravana faltara otra cosa, pero no falta nada. Bueno, cómo va a faltar algo si lo único que había acá son los árboles y las piedras.

En la piedra de Manu hay unas rayas hechas como con navaja. No se entiende muy bien lo que es, si me acerco mucho hago bizco y si me alejo no alcanzo a leer bien, tengo que ponerme justo a medio camino. Debe ser un mensaje de Manu, seguro es de Manu. La piedra es lisita y las rayas son como de navaja; con un papel y un pedazo de carbón puedo copiar el mensaje como hace Mike Hammer en las novelas policíacas, pero hay que tener mucho cuidado porque si aprieto el carbón no sale nada, hay que pasar el carbón por la hoja despacio despacio y las letras van apareciendo como si fuera un truco de magia, van quedando las letras blancas mientras todo lo demás se pone negro. Cuando sea grande voy a ser detective, y voy a conservar para siempre esta piedra que ahora está sobre mi escritorio, ya tengo la hoja toda negra con las tres palabras que perfecto se ven blancas. Y sí es un mensaje de Manu. ¿Quién más va a escribir eso en una piedra: Simbad el Marino?

 

(Tomado de www.museo.ficticia.com)

 

El frío de la noche de verano es fuerte

Stig Dagerman

 

Un muchacho y una habitación. La habitación es calurosa y pequeña y tiene una ventana estrecha hacia la vida. Por la ventana el muchacho ve el cielo como una estrecha franja entre casas altas y sus párpados. Es joven e impaciente y cree que los párpados le impiden ver. La ventana da a cinco patios traseros de piedra y asfalto. En uno de los patios hay un álamo. En cuatro de los patios hay siempre ropa tendida a secar, lacia y amarilla como hojas mustias. Por las noches no puede dormir. Tiene la lámpara de la mesa encendida, aunque está prohibido, y lee libros que ha tomado prestados, pero nunca el bueno. Por las mañanas, justo cuando acaba de dormirse, el padre golpea la puerta hasta que contesta.

Las mañanas en la pequeña cocina huelen a gas, a cama y a café. El padre sorbe el café del plato haciendo ruido. Delante del espejo, la madre peina su largo pelo negro. Él está a medio vestir sentado contra la leñera y se quema con el café. Cuando el padre ha terminado, coge la bolsa con el termo que está en la leñera y se va con un saludo breve y mudo. Cuando la madre se ha peinado, abre la ventana y limpia el peine sobre el patio. Él entra en su pequeña habitación, hace la cama, fuma, hojea un libro con dedos húmedos. Es un estúpido y cálido verano, ese verano él ha fracasado y en una silla cuelga la chaqueta con el brazalete de Correos. Él piensa que parece un brazalete de luto.

A veces saca los libros escolares del pequeño cajón de azúcar que hay debajo de la ventana y se pone en medio de la habitación a rebuscar en ellos. Es una sandez y un disparate y le hace sufrir, pero a pesar de todo lo hace, con alegría del mal ajeno y sin piedad, como si él fuera su propio enemigo. Los hijos de los pobres suelen tener libros de texto usados, comprados en librerías de viejo y llenos de manchas y notas de otros. En la primera página está el nombre del primer propietario escrito con fuertes y esmerados trazos. No se puede borrar. Los hijos de los pobres escriben su nombre debajo con débiles trazos a lápiz que pueden borrarse fácilmente para que sus madres puedan sacar el precio más alto posible cuando vendan los libros después de terminar el curso. Sus libros están marcados por otros y a veces piensa que es por eso que ha fracasado. Los hijos de los pobres no pueden fracasar, por un lado porque es una vergüenza y por otro porque es demasiado caro. Alguna de esas estúpidas y cálidas mañanas de junio, justo antes de irse a la oficina de Correos, está en mitad del suelo hojeando con dolor sus viejos libros de texto. Luego vuelve a meterlos con cuidado en el cajón como si hubiera hecho algo prohibido. Y tal vez sí. Ya no son suyos. Los ha perdido. Van a venderse todos en agosto, poco antes de que empiece la escuela.

La mañana de la víspera de San Juan es como de costumbre: lenta, calurosa, pesados impresos. Las calles huelen levemente a abedul y a gasolina. El sol pica. Las campanas del edificio de Medborgarhuset repican. En la esquina de las calles de Gotgatan y Folkungagatan sale del metro su profesor de inglés. Va balanceando un maletín de piel y silbando. Es un profesor temido que siempre silba antes de atacar. Detiene a Ake con la complacida amabilidad que muestran siempre los profesores a sus alumnos durante las vacaciones. Ake lleva demasiados impresos para poder darle la mano. El profesor dice: “Está muy bien que usted, Bergstrom, trabaje durante las vacaciones”.

Ake contesta: “No son vacaciones. Dejé la escuela”.

El profesor se siente entonces abochornado como cuando uno se confunde de persona y se apresura a seguir su camino silbando. Ser escolar y cartero está muy bien. Ser solo cartero no está bien. De un cartero no dice nadie que es aplicado. Nadie dice que ser cartero está bien. Si se queda atrapado en un ascensor se le grita que debe usar la escalera. Si alguien recibe una carta arrugada, abre la puerta y dice que es culpa del maldito cartero. Si llama a una puerta porque la carta no cabe por el buzón, la que abre se queja de que está enferma, como si fuera su obligación saberlo. Si la próxima vez la estruja para hacerla entrar en el buzón, el destinatario está sano y algo de valor se ha roto.

Un cartero de verdad llega a conocer las casas como ninguna otra persona. Cada casa tiene su olor, grato o desagradable. Hay casas engreídas como las casas de Folkungagatan con su aroma a comedor y a polvorientas alfombras, o casas honradas, limpias pero pobres, llenas de un aroma ácido a fregado, como algunas de la calle de Sodermannagatan, o casas antipáticas, tenebrosas, con olor a chismorreo y a pobreza como en Kocksgatan. Y también hay casas con sombras invisibles en las escaleras y en los zaguanes en las que se hace un nudo en la garganta de pena. En Folkungagatan hay una casa en la que se ha quemado un hombre, en Sodermannagatan una puerta por la que siempre pasa acobardado: allí dentro se cometió una vez un doble asesinato. En lo más alto de una casa de Kocksgatan una pareja joven se ha asfixiado con gas hace tan poco tiempo que aún reciben cartas de Noruega. A principios de junio una postal con el puerto de Oslo: Esperamos carta de ustedes. A mediados de junio una tarjeta de felicitación: Te felicitamos de todo corazón en tu treinta aniversario. Esperamos carta con ansiedad.

La víspera de San Juan, segundo reparto, llega una carta abultada. De pie ante la puerta, la tiene en las manos, la calienta un poco antes de echarla por el buzón. Imagina una carta que él escribiría como respuesta: “Queridos amigos desconocidos. Permitan a un cartero del distrito tercero comunicarles que…”

Pero eso se quedó en nada. Todo se quedó en nada. En el segundo reparto está cansado, las plantas de los pies le arden como si hubiera pisado ascuas y en las casas sin ascensor siente punzadas. El mayorista de setas lo libera de un buen brazado de revistas. La empresa de maderas tropicales en la única casa de Kocksgatan que huele bien (a buena madera extranjera se figura él) recibe pequeños sobres alargados con contenido duro. Una vez fue una pesada carta de la India. Un día llegará una palmera, piensa, una enorme palmera de verdad con cocos en la copa que tendrán que repartir entre todos los carteros de Estocolmo 4. Como es su distrito irá él a llamar. Perdonen, dirá, llegó una carta larga para ustedes. Una carta larga y alta. La hemos puesto en la calle.

Durante la pausa entre el segundo y el tercer reparto está en casa. Se ha metido el brazalete en el bolsillo para que no se le note que ha fracasado. De alguna manera debe de notarse a pesar de todo porque el padre, que está sentado en la caldeada cocina con la camisa desabrochada, tomando un carajillo con dos compañeros de trabajo, dice de pronto: “Este ha ido al instituto cinco años, así que pueden estar seguros de que ya sabe repartir cartas”. Entonces la madre, que está sentada aparte en un taburete junto al fregadero escuchando, solo escuchando, se mete un nudillo en la boca como si quisiera ahogar un grito.

Él entra en su pequeña habitación y se pone junto a la ventana. El cielo está azul y muy despejado. Tres nubes blancas navegan a gran altura por encima de los patios traseros del barrio de Sodermalm, como globos de verano sueltos. Una mujer recoge la ropa de una cuerda. Otra saca las macetas con la esperanza de que llueva. Un hombre que está al otro lado del patio con la típica borrachera de San Juan golpea a su mujer en los dedos cuando sacuden una alfombra. Alguien abre la ventana y un gramófono empieza a sonar acompañando los palmetazos. A sus espaldas entra la madre en la habitación. Él no se vuelve. Ella pone una bandeja en la mesa y se marcha. En una casa que no se ve grita un niño con un alto tono encendido que atraviesa el macizo de toda la manzana. En el patio vecino un músico ambulante toca el acordeón y mira hacia las ventanas. Pero la casa está vacía a causa de San Juan y solo una moneda de cinco céntimos suena contra las piedras.

En el tercer reparto todas las casas están vacías y silenciosas. Las escaleras huelen a polvo y a soledad. Las tiendas están cerradas y los pasos de Ake resuenan cuando cruza los patios. El repique de campanas de la iglesia de Santa Catalina cae sobre él cada cuarto de hora y lo lleva a otras puertas. Sobre todos los distritos de los carteros hay un repique de campanas de alguna iglesia como un trallazo largo y duro. Hace bochorno y en las calles no hay nada de sombra. Sobre los patios flota un tenue humo azul de tarde. Los que están de viaje han bajado las persianas oscuras de las ventanas de manera que las casas parecen estar de luto.

Cuando vuelve a casa el padre está fuera. La madre está sentada en la habitación grande delante del armario de la ropa blanca con su alto espejo y juega con su pelo. Debajo de una silla hay un pañuelo arrugado. Ha llorado. Él va a su cuarto.

Se tumba en la cama y estudia la gramática inglesa hasta Should-Would. Luego entra la madre. Se sienta a los pies de la cama y deja que se temple el silencio antes de decir nada. Mientras tanto llegan hasta ellos los ruidos de la ciudad con afiladas púas; suena la sirena de un barco, estridente y angustiada, abajo en las aguas de Strommen; una ventana se cierra de golpe y los cristales vibran; una ambulancia se acerca con su música enferma y desaparece despacio dejando su zozobra tras de sí. La madre le coge los tobillos con sus manos, con rudeza y desaliento.

–Tienes que salir –murmura–, salir y divertirte. La noche de San Juan. Cómo vas a quedarte en casa una noche de San Juan. No debes.

El campanario de la iglesia de Santa Catalina da un toque tan suave como un tono de piano. Él cierra los ojos y no contesta. Ella lo deja solo. Poco después oye llegar al padre. Da tumbos, tropieza, abre y cierra puertas, aparta sillas. Está arrepentido y compró flores, tulipanes seguramente. Va y viene por la habitación grande mientras la madre calla. Después de un buen rato parece que hacen las paces. Hablan en voz baja. El padre sale al pasillo y se acerca a su puerta, llama. El hijo se levanta rápido de la cama y se pone junto a la ventana. El padre entra en la habitación y se acerca a él con una lentitud interminable. Luego, el brazo por el cuello y el demoledor y bochornoso abrazo.

–¿No irás a quedarte en casa?, muchacho, es la noche de San Juan.

El padre le alza la cara y la sostiene entre sus manos como una piedra.

–No –contesta–, voy a salir.

–Coge mi bici –le dice el padre a la piedra–. Está en la calle.

Y él coge la bici y baja por Katarinavagen. Es una bicicleta vieja y los guardabarros rechinan. La ciudad está en silencio, solo los guardabarros hacen ruido. A través de la leve calina azul formada por el humo de los transbordadores y el anochecer, ve la serpiente de luz del Tívoli, el parque de atracciones, retorciéndose de impotencia y desesperación. Pedalea junto al mar y serpentea con los chirriantes guardabarros entre alegres masas de gente locuaz. Como un leproso, piensa, porque ha leído que los leprosos llevan campanillas para advertir. Por los sombríos y sinuosos caminos del parque de Djurg Arden, asusta a una liebre y a varias parejas de enamorados. No hay nadie que vaya en bicicleta. Solo, en plena naturaleza, él va en una bicicleta. Si no tuviera la bici, piensa, no estaría tan solo.

En una playa deja la bicicleta a un lado. Es tarde pero el aire es tibio todavía. Blancos barcos vacíos se deslizan seguidos por gaviotas detrás de sus humaredas. Él los sigue con la mirada hasta que desaparecen en la puesta de sol con sus alicaídas banderas de popa. Uno de ellos toca la sirena rabiosamente al transbordador de Tegelviken, como si fuera un perro. A su alrededor hay música en la noche, hogueras bajas en las islas y en las colinas que de pronto llamean y tienden sus lenguas sobre el agua. Desde las oscuras fauces de la vía de Hammarby se acerca una vela blanca volando como una carta de un buzón. En una larga fila negra las grúas de Stadsg Arden inclinan sus cuellos como lagartos hacia el agua como si fueran a beber. En lo alto del cielo, más o menos encima de su distrito, piensa él, hay negras nubes quemadas con bordes enrojecidos. Acaba de leer un libro en el que llaman a esas nubes “desgracias durmientes”. En una casa muy por debajo de esas nubes acaba de dormirse su padre con la boca abierta y las manos cruzadas sobre el pecho. Junto a la ventana abierta está la madre peinándose el negro cabello para dormir.

Un día ha de llegar una palmera de África a la empresa maderera de Kocksgatan. Será difícil pasarla por la angosta esquina que hay junto a la calle de Ostgotagatan, pero se hará.

Luego empieza a tener frío. Se monta en la bicicleta del padre y va traqueteando en la clara noche hacia las desgracias durmientes.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

sábado, 23 de mayo de 2026

“En una buena causa…”

Isaac Asimov

 

En la Gran Plaza, que ofrece un remanso de paz entre los bulliciosos setenta mil kilómetros cuadrados consagrados a los imponentes edificios donde late el pulso de los Mundos Unidos de la Galaxia, se yergue una estatua.

Ocupa un lugar desde el cual puede mirar a las estrellas por la noche. Hay otras estatuas alrededor de la plaza, pero ésta se levanta en el centro y en solitario.

No es una estatua muy buena. El rostro es demasiado noble y carece de arrugas que le den vida. La frente es demasiado alta, la nariz demasiado simétrica y el atuendo demasiado atildado. El porte rezuma santidad y no resulta creíble. Uno supone que el hombre de la vida real pondría mala cara de vez en cuando o tendría hipo en alguna ocasión, pero la estatua se empeña en proclamar que tales imperfecciones eran imposibles.

Se trata de un comprensible exceso de compensación. Al hombre no se le levantó ninguna estatua mientras vivía y las generaciones posteriores, con la ventaja de la retrospección, se sintieron culpables.

El nombre inscrito en el pedestal es “Richard Sayama Altmayer”. Debajo hay una frase breve y tres fechas dispuestas verticalmente. La frase reza: “En una buena causa no hay fracasos”. Las tres fechas son: 17 de junio de 2755, 5 de septiembre de 2788 y 21 de diciembre de 2800. Los años se cuentan al estilo habitual de la época, es decir, a partir de la fecha de la primera explosión atómica del año 1945 de la era antigua.

Ninguna de esas fechas representa su nacimiento ni su muerte. No conmemoran una boda ni una gran hazaña, ni nada que los habitantes de los Mundos Unidos puedan recordar con placer y orgullo. Constituyen, en cambio, la expresión final de un sentimiento de culpa.

Aluden, sencillamente, a las tres fechas en las cuales a Richard Sayama Altmayer lo encarcelaron por sus opiniones.

 

17 de junio de 2755

A sus veintidós años, Dick Altmayer era plenamente capaz de enfurecerse. Seguía teniendo el cabello castaño oscuro y aún no tenía el bigote que en años posteriores resultaría tan característico en él. Tenía ya, por supuesto, esa nariz fina y de puente alto, pero los contornos del rostro eran juveniles. Solo después las mejillas, cada vez más enjutas convertirían la nariz en el hito prominente que está ahora en la mente de miles de millones de escolares.

Geoffrey Stock estaba de pie en la puerta, mirando los resultados de la furia de su amigo. Ya tenía ese rostro redondo y frío y los ojos firmes, pero aún no se había puesto el primero de los uniformes militares que lo cubrirían durante el resto de su vida.

–¡Gran galaxia! –exclamó.

–Hola, Jeff –lo saludó Altmayer.

–¿Qué pasó, Dick? Creía que tus principios te prohibían todo tipo de destrucción. Pero ese libro-pantalla parece bastante destruido.

Recogió los fragmentos.

–Tenía el aparato en la mano cuando mi receptor de ondas emitió un mensaje oficial –le explicó Altmayer–. Y tú sabes cuál es.

–Lo sé. Lo mismo me ocurrió a mí. ¿Dónde está?

–En el suelo. Lo arranqué de la bobina en cuanto escupió el mensaje. Espera, lo arrojaremos al incinerador atómico.

–Oye, oye. No puedes…

–¿Por qué no?

–Porque no lograrás nada. Tendrás que presentarte.

–¿Y por qué?…

–No seas tonto, Dick…

–¡Santo Espacio, es una cuestión de principios!

–¡Demonios! No puedes luchar contra el planeta entero.

–No me propongo luchar contra el planeta entero, solo contra los pocos que nos meten en guerras…

Stock se encogió de hombros.

–Eso significa el planeta entero. Tu perorata acerca de los líderes, que engatusan inocentes para mandarlos a luchar, es puro polvo estelar. ¿Crees que si se resolviera por votación la gente no votaría abrumadoramente a favor de esta guerra?

–Eso no significa nada, Jeff. El gobierno controla…

–Los órganos de propaganda. Sí, lo sé. Ya te lo he oído a menudo. Pero, ¿por qué no presentarse?

Altmayer le dio la espalda.

–Ante todo –agregó Stock–, no aprobarías el examen físico.

–Lo aprobaría. He estado en el espacio.

–Eso no significa nada. Que los médicos te dejen subirte a una nave de línea significa tan solo que no tienes un soplo cardíaco ni un aneurisma. Para el servicio militar a bordo de una nave espacial necesitas mucho más. ¿Cómo sabes que te aprobarían?

–Esa cuestión es secundaria, Jeff, y además es insultante que la menciones. No es que tenga miedo de luchar.

–¿Crees que así detendrás la guerra?

–Ojalá pudiera –le tembló la voz al decirlo–. Pero sostengo la idea de que toda la humanidad debería constituir una sola unidad. No tendría que haber guerras ni flotas espaciales armadas únicamente con fines destructivos. La galaxia está abierta a todo esfuerzo mancomunado de la raza humana. En cambio, nos hemos dividido en facciones durante casi dos mil años y hemos desdeñado toda la galaxia.

Stock se echó a reír.

–No nos va tan mal. Hay más de ochenta sistemas planetarios independientes.

–¿Y somos las únicas inteligencias de la galaxia?

–Oh, están los diáboli, tus demonios particulares.

Apoyó los puños en las sienes, extendió los índices y los movió con rapidez.

–Y también los tuyos, y los de todos. Tienen un gobierno único que abarca más planetas que todos los ocupados por nuestros preciosos ochenta sistemas independientes.

–Claro, y su planeta más próximo está a solo mil quinientos años luz de la Tierra y no pueden vivir en planetas con oxígeno –abandonó su tono amistoso y añadió–: Mira, pasé para avisarte que la semana próxima me presentaré al examen. ¿Vendrás conmigo?

–No.

–Estás decidido de verdad.

–Estoy decidido de verdad.

–Sabes que no lograrás nada. No vas a encender una gran llama en la Tierra ni conseguirás que millones de jóvenes se entusiasmen con tu ejemplo y organicen una huelga antibélica. Simplemente, irás a la cárcel.

–De acuerdo, iré a la cárcel.

Y fue a la cárcel. El 17 de junio de 2755 de la era atómica, tras un breve juicio, en el que Richard Sayama Altmayer se negó a presentar una defensa, fue condenado a tres años de prisión o bien a permanecer encarcelado mientras durara la guerra, dependiendo de cuál de los periodos fuera el más largo. Estuvo en la cárcel un poco más de cuatro años y dos meses, hasta el momento en que la guerra terminó con una definida, aunque no aplastante, derrota santanniana. La Tierra obtuvo el control total de ciertos asteroides en disputa, varias ventajas comerciales y una limitación de la flota santanniana.

Las pérdidas humanas totales de la guerra ascendieron a más de dos mil naves, con la mayor parte de sus tripulantes, además de varios millones de vidas segadas durante el bombardeo de superficies planetarias desde el espacio. Las flotas de las dos potencias contendientes eran lo suficientemente fuertes como para limitar estos bombardeos a los puestos de avanzada de sus respectivos sistemas, de modo que los planetas Tierra y Santanni sufrieron pocos daños.

El conflicto consagró a la Tierra como la potencia militar humana más poderosa.

Geoffrey Stock luchó durante toda la guerra, entró en combate más de una vez y conservó la vida y la integridad física a pesar de ello. Al final de la guerra poseía rango de comandante. Intervino en la primera misión diplomática que la Tierra envió a los mundos de los diáboli, lo cual representó el primer paso en su creciente importancia en la vida tanto militar como política de la Tierra.

 

5 de septiembre de 2788

Eran los primeros diáboli que aparecían en la superficie de la Tierra. Los carteles y los noticiarios del Partido Federalista lo dejaban bien claro para quien lo ignorara. Una y otra vez repetían la cronología de los acontecimientos.

A principios de siglo, los exploradores humanos se encontraron con los diáboli. Eran seres inteligentes y habían descubierto el viaje interestelar por su cuenta un poco antes que los hombres. La cantidad de sus dominios galácticos era, ya entonces, mayor que la de los ocupados por los humanos.

Las relaciones diplomáticas regulares entre los diáboli y las principales potencias humanas llevaban establecidas veinte años, desde poco después de la guerra entre Santanni y la Tierra. En esa época, los puestos de avanzada de los diáboli se encontraban ya a veinte años luz de los puestos de avanzada humanos. Sus delegaciones iban a todas partes, concertaban tratos comerciales y obtenían concesiones sobre asteroides desocupados.

Y ya estaban en la Tierra misma. Eran tratados como iguales, y quizá mejor que iguales, por los gobernantes del mayor centro de población humana de la galaxia. La estadística más negativa era también la que los federalistas proclamaban con mayor énfasis: aunque el número de diáboli existentes era inferior a la cantidad total de humanos, la humanidad no había abierto más de cinco mundos nuevos a la colonización en cincuenta años, mientras que los diáboli habían iniciado la ocupación de casi quinientos.

“Cien a uno en contra nuestra”, clamaban los federalistas, “porque ellos poseen una organización política y nosotros un centenar”. Pero relativamente pocos en la Tierra, y menos aún en la totalidad de la galaxia, prestaban atención a los federalistas y a su reclamo de una Unión Galáctica.

Las muchedumbres que bordeaban las calles, por donde diariamente los cinco diáboli de la delegación viajaban desde su suite especialmente condicionada en el mejor hotel de la ciudad hasta la Secretaría de Defensa, no sentían hostilidad. La mayoría sentían curiosidad, y bastante repulsión.

 

Los diáboli no eran criaturas de aspecto agradable. De mayor tamaño y más robustos que los terrícolas, contaban con cuatro piernas rollizas en la parte inferior y dos brazos de dedos flexibles en la superior. Tenían una piel rugosa y lampiña y no usaban ropa. Sus rostros anchos y escamosos no mostraban expresiones inteligibles para los terrícolas y, en las zonas achatadas que había encima de sus ojos de grandes pupilas, nacían unos cuernos cortos. De ahí derivaba el nombre de estas criaturas. Al principio los llamaron demonios, pero luego se recurrió a un latinajo más cortés.

Cada uno de ellos llevaba sobre la espalda –o lomo– unos tubos flexibles que les llegaban hasta las fosas nasales, ceñidos con fuerza. Los tubos contenían sosa cáustica con el fin de que absorbieran el dióxido de carbono, que para ellos era venenoso. Su metabolismo se centraba en la reducción de azufre, y a veces los que se encontraban en la primera fila de la muchedumbre de humanos captaban el pestilente hedor a sulfuro de hidrógeno exhalado por los diáboli.

El cabecilla de los federalistas se hallaba entre la multitud. Estaba en un sitio donde no llamaba la atención de los policías que acordonaban las avenidas y se mantenían alerta, montados en pequeños brincadores capaces de maniobrar velozmente a través de la multitud más densa. El líder federalista tenía rostro enjuto, nariz delgada, prominente y recta, y cabello entrecano.

–No soporto mirarlos –dijo, desviando la mirada.

Su compañero fue más filosófico:

–No son más feos en cuanto a su espíritu que algunos de nuestros apuestos funcionarios. Al menos, estas criaturas son fieles a sí mismas.

–Es una triste verdad. ¿Ya estamos preparados?

–Totalmente. Ninguno de ellos quedará vivo para regresar a su mundo.

–¡Bien! Me quedaré aquí para dar la señal.

Los diáboli también hablaban, lo que no resultaba evidente para los humanos, por cerca que estuvieran. Podían comunicarse emitiendo sonidos, pero no optaron por ese método. La piel que unía los dos cuernos vibraba con rapidez mediante contracciones de músculos cuya configuración resultaba desconocida para los humanos. Las diminutas ondas así transmitidas al aire eran demasiado rápidas para que las captara el oído humano y demasiado delicadas para ser detectadas por ninguno de los aparatos existentes, salvo por los más sensibles. En esa época, de hecho, los humanos desconocían la existencia de esa clase de comunicación.

–¿Sabían que éste fue el planeta de origen de los dos-piernas? –dijo una vibración.

Hubo un coro de negativas:

–No.

Luego, otra vibración:

–¿Lo deduces de las comunicaciones de los dos-piernas que has estudiado, extravagante?

–¿Dices eso porque estudio las comunicaciones? Más de los nuestros deberían hacer eso en vez de insistir tanto en la total inutilidad de la cultura de los dos-piernas. Por lo pronto, estaremos en mejor posición para negociar si sabemos algo sobre ellos. Tienen una historia interesante por lo espantosa. Me alegra haberme animado a ver sus bobinas filmadas.

–Sin embargo –objetó otra vibración–, por nuestros contactos anteriores con ellos, uno pensaría que desconocían cuál era su planeta de origen. Desde luego, no hay veneración por este planeta Tierra ni existen ritos conmemorativos asociados con él. ¿Estás seguro de que la información es correcta?

–Absolutamente. La falta de rituales y el hecho de que este planeta no sea un lugar santo se comprenden por completo a la luz de la historia de los dos-piernas. Los de su especie que viven en otros mundos no les concederían ese honor, ya que rebajaría la dignidad y la independencia de sus propios mundos.

–No lo comprendo.

–Yo tampoco, la verdad, pero tras varios días de lectura creo vislumbrar algo. Parece ser que, originalmente, cuando los dos-piernas descubrieron el viaje interestelar vivían bajo una sola unidad política.

–Como es lógico.

–No tan lógico para ellos. Fue una etapa inusitada de su historia y no duró demasiado. Cuando las colonias de los diversos mundos crecieron y alcanzaron una madurez razonable, decidieron emanciparse del mundo madre. Así estallaron las primeras guerras interestelares entre los dos-piernas.

–Espantoso. Como caníbales.

–Sí, ¿verdad? Me han arruinado la digestión durante días. Mi bolo alimenticio está rancio. En cualquier caso, las diversas colonias obtuvieron la independencia, así que ahora tenemos la situación que bien conocemos. Todos los reinos, las repúblicas, las aristocracias y las demás organizaciones de los dos-piernas son simplemente pequeños conglomerados de varios mundos, cada uno de ellos consistente en un mundo dominante y unos cuantos secundarios, los cuales, a su vez, andan buscando la independencia o cambiando de manos. Los de la Tierra son los más fuertes y, sin embargo, cuentan con la fidelidad de menos de una docena de mundos.

–Es increíble que estas criaturas estén tan ciegas para con sus propios intereses. ¿No poseen ya la tradición de gobierno único que poseían cuando abarcaban solo un mundo?

–Como he dicho, fue algo inusitado para ellos. El gobierno único existió solo durante varias décadas. Antes de eso, este mismo planeta estaba dividido en varias unidades políticas subplanetarias.

–Nunca oí hablar de nada semejante.

Durante un rato, las vibraciones supersónicas de las diversas criaturas interfirieron entre sí.

–Es un hecho cierto. Es simplemente la naturaleza de la bestia.

Y así llegaron a la Secretaría de Defensa.

Los cinco diáboli se pusieron uno al lado del otro ante la mesa. Permanecieron de pie porque su anatomía no permitía nada parecido a estar sentado. Al otro lado de la mesa, cinco terrícolas también de pie. Para ellos habría sido más cómodo sentarse, pero, comprensiblemente, no deseaban dejar en evidencia más aún la desventaja de su menor tamaño. La mesa era bastante ancha, la más ancha que se había podido conseguir, por respeto al olfato humano, pues los diáboli despedían un suave y continuo aroma de sulfuro de hidrógeno; un poco cuando respiraban, mucho más cuando hablaban. Se trataba de una dificultad sin precedente en las negociaciones diplomáticas.

Por lo general, las reuniones no duraban más de media hora y al final de ese intervalo los diáboli concluían sus conversaciones sin ceremonias, se daban media vuelta y se marchaban. Esta vez, sin embargo, la despedida se vio interrumpida. Entró un hombre, y los cinco negociadores humanos le abrieron el paso. Era alto, más alto que los demás terrícolas, y llevaba el uniforme con la soltura de quien posee un viejo hábito. Tenía rostro redondo, ojos fríos y firmes y cabello negro y ralo, pero aún no tocado por el gris. Una mancha irregular de tejido cicatrizado le corría desde la punta de la mandíbula hasta el borde del alto cuello de cuero marrón. Tal vez fuera resultado de un rayo energético lanzado por un anónimo enemigo humano en cualquiera de las cinco guerras en las que este hombre había participado.

–Señores –anunció el terrícola que había encabezado hasta ese momento las negociaciones–, les presento al secretario de Defensa.

Los desconcertados diáboli mantuvieron inescrutables expresiones de calma, pero las placas sónicas de sus frentes vibraron activamente. Aquello atentaba contra su rígido sentido de la jerarquía. El secretario no era más que otro dos-piernas, pero según las pautas de los dos-piernas los superaba en rango. No podían entablar conversaciones oficiales con él.

El secretario sabía lo que estaban pensando, pero no tenía opción en el asunto. Había que demorar la partida de los diáboli por lo menos diez minutos, y una interrupción cualquiera no hubiera servido para retenerlos.

–Señores, debo pedirles el favor de que permanezcan más tiempo esta vez –les dijo.

El diábolus del centro replicó en su remedo del idioma terrícola. Podría decirse que un diábolus poseía dos bocas. Una se articulaba en la extremidad más externa de la mandíbula y la utilizaban para comer; los seres humanos rara vez la veían en movimiento, pues los diáboli preferían comer en compañía de los de su especie. Pero tenían una apertura más angosta y que utilizaban para hablar. Se fruncía al abrirla, revelando el orificio viscoso donde deberían haber estado los incisivos ausentes en los diáboli. Permanecía abierta para el habla, y los necesarios bloqueos de las consonantes los efectuaban el paladar y el dorso de la lengua. El resultado era ronco y confuso, pero comprensible.

–Tendrán que disculparnos, pero ya estamos sufriendo –contestó el diábolus. Y con la frente emitió un mensaje inaudible para los humanos–: se proponen asfixiarnos con su pestilente atmósfera. Debemos pedir cilindros absorbentes de veneno de mayor tamaño.

–Comprendo sus sentimientos –asintió el secretario de Defensa–. Sin embargo, ésta podría ser mi única oportunidad de hablar con ustedes. Tal vez pudieran honrarnos comiendo en nuestra compañía.

El terrícola que estaba al lado del secretario no pudo contener un gesto de disgusto. Garrapateó una nota en un papel y se la pasó al secretario, quien la miró de soslayo.

Decía: “No. Comen heno sulfuroso. El tufo es inaguantable”. El secretario arrugó la nota y la tiró.

–El honor es nuestro –habló el diábolus–. Si pudiéramos resistir físicamente esta extraña atmósfera de ustedes durante tanto tiempo, aceptaríamos con suma gratitud –y por la frente añadió muy nervioso–: No esperarán que comamos con ellos y les veamos consumir cadáveres de animales. Nunca más disfrutaría de mi bolo alimenticio.

–Respetamos sus razones –accedió el secretario–. Entonces, resumamos ahora nuestras transacciones. En las negociaciones realizadas hasta ahora, no hemos podido obtener de su gobierno, representado aquí por ustedes, ningún indicio claro acerca de dónde se encuentran los límites de su esfera de influencia, a juicio de ustedes. Hemos presentado varias propuestas al respecto.

–En lo concerniente a los territorios de la Tierra, señor secretario, se ha ofrecido una limitación.

–Pero sin duda entienden que es insatisfactoria. Los límites entre la Tierra y sus territorios no están en contacto. Hasta ahora, ustedes no han hecho sino afirmar esta realidad. Aunque necesaria, una mera declaración no es suficiente.

–No comprendemos del todo. ¿Pretende que discutamos los límites existentes entre nosotros y los reinos humanos independientes, como, por ejemplo, Vega?

–Exactamente. Sí.

–No es posible. Sin duda se da usted cuenta de que cualquier relación entre nosotros y el reino soberano de Vega no es de la incumbencia de la Tierra. Solo se puede discutir con Vega.

–O sea que entrarán en cien negociaciones con los cien mundos gobernados por humanos.

–Es necesario. De todos modos, cabe señalar que esta necesidad no la imponemos nosotros, sino la índole de la propia organización de los humanos.

–Pues eso reduce drásticamente los alcances de nuestra negociación. El secretario parecía distraído. No escuchaba a los diáboli que tenía enfrente, sino, más bien, algo lejano.

Y de pronto se oyó un débil alboroto fuera de la Secretaría. La algarabía de voces distantes, el vigoroso crepitar de pistolas energéticas, enmudecido por la distancia, y el presuroso chasquido de los brincadores policiales.

Los diáboli no dieron señales de haber oído nada, lo cual no era una muestra más de cortesía; aunque poseían una capacidad, para recibir ondas sonoras supersónicas, mucho más sensibles y agudas que cualquier producto del ingenio humano, su recepción de las ondas sonoras comunes resultaba limitada.

–Solicitamos autorización para manifestar nuestra sorpresa –continuó la conversación el diábolus–. Suponíamos que todo esto ya lo conocían ustedes.

Un hombre con uniforme de policía apareció en la puerta. El secretario volteó hacia él; el policía hizo un movimiento afirmativo con la cabeza y se marchó.

El secretario habló con repentina vivacidad:

–Perfecto. Solo deseaba cerciorarme de que así era. Confío en que estén dispuestos a reanudar las negociaciones mañana.

–Por supuesto.

Uno a uno, lentamente, con una dignidad propia de los herederos del universo, los diáboli fueron saliendo de la estancia.

–Me alegra que se negaran a comer con nosotros –comentó un terrícola.

–Sabía que no aceptarían –dijo pensativamente el secretario–. Son vegetarianos. Se descomponen ante la sola idea de comer carne. Los he visto comer, que es algo que no han visto muchos humanos. Se parecen a nuestros bovinos en ese aspecto. Engullen los alimentos y, luego, permanecen solemnemente de pie, en círculos y mascando los bolos, en una gran comunidad de pensamiento. Tal vez se intercomunican mediante algún método que desconocemos. Su enorme mandíbula inferior gira en sentido horizontal, en un proceso lento y triturador…

El policía reapareció en la puerta. El secretario le preguntó:

–¿Los tienen a todos?

–Sí, señor.

–¿Tienen a Altmayer?

–Sí, señor.

–Bien.

 

La muchedumbre se había vuelto a reunir cuando los cinco diáboli salieron de la Secretaría. El horario era estricto. A las tres de la tarde de cada día abandonaban la suite y pasaban cinco minutos caminando hacia la Secretaría. A las cuatro menos veinticinco salían de allí para regresar a la suite, mientras la policía despejaba el camino. Recorrían impasibles, casi como autómatas, la ancha avenida.

A medio camino se oyeron gritos. La mayor parte de los presentes no entendió las palabras, pero se oyó el sonido de una pistola energética y la fluorescencia azulada hendió el aire. Los policías se pusieron en movimiento, desenfundaron sus pistolas, saltaron un par de metros en sus brincadores, aterrizaron entre grupos de personas, sin tocar a nadie, y saltaron de nuevo al instante. La gente se dispersó y sus voces se sumaron a la algarabía general.

Entre tanto, los diáboli, por sus defectos auditivos o por exceso de dignidad, continuaron la marcha mecánicamente.

Al otro lado de la muchedumbre, casi en el extremo opuesto del alboroto, Richard Sayama Altmayer se acariciaba la nariz con satisfacción. La estricta cronología de los diáboli había permitido un plan relámpago. El primer disturbio pretendió únicamente distraer la atención de la policía. Era el momento…

Disparó una inofensiva cápsula sonora al aire.

Al instante, desde cuatro puntos distintos, balas de verdad rasgaron el aire. Los francotiradores disparaban desde los tejados de los edificios alineados a lo largo del camino.

Los diáboli, destrozados por las balas, temblaban y estallaban a medida que las cápsulas detonaban en su interior. Uno a uno se desplomaron.

Y de pronto unos policías aparecieron junto a Altmayer. Los miró sorprendido y manifestó afablemente (pues en veinte años había perdido la furia y aprendió a mostrarse amable):

–Se mueven con rapidez, pero aun así llegan demasiado tarde.

Señaló a los diáboli destrozados.

La muchedumbre era presa del pánico. Nuevos escuadrones de policía, llegados en tiempo récord, la encauzaban hacia lugares donde no pudieran sufrir daño.

El policía que sujetaba a Altmayer le arrebató la pistola sonora y lo cacheó. Era un capitán. Le dijo en tono conminatorio:

–Creo que cometió un error, señor Altmayer. Notará que no ha derramado sangre.

Y también señaló a los diáboli que yacían inmóviles.

Altmayer se volvió desconcertado. Las criaturas estaban tumbadas; algunas destrozadas, con la piel desgarrada en jirones y el cuerpo deformado y arqueado. Pero el capitán de policía decía la verdad: no había sangre ni carne. Altmayer movió los labios pálidos, sin decir palabra.

El capitán de policía interpretó correctamente aquel movimiento de labios.

–Está usted en lo cierto. Son robots.

Y por las grandes puertas de la Secretaría de Defensa salieron los verdaderos diáboli. Policías con porras despejaron el camino, pero siguiendo otra ruta, para que no tuvieran que pasar por delante de los destrozados remedos de plástico y aluminio que durante tres minutos actuaron como criaturas vivientes.

–Le pido que me acompañe sin resistirse, señor Altmayer –dijo el policía–. El secretario de Defensa desea verlo.

–Muy bien, señor –contestó.

Empezaba a invadirlo un impresionante sentimiento de frustración.

En el despacho del secretario, Geoffrey Stock y Richard Altmayer se enfrentaron por primera vez en un cuarto de siglo. Era un despacho austero: un escritorio, una butaca y dos sillas; todo en un tono marrón apagado y las sillas revestidas de espumilla, también marrón y mullida, pero no lujosa. Sobre el escritorio había un microproyector y una pequeña vitrina, en la que cabían varias docenas de bobinas ópticas, y enfrente una vista tridimensional de la vieja Intrépida, la primera nave que comandó el secretario.

–Es ridículo encontrarse así al cabo de tantos años –dijo Stock–. Lo lamento.

–¿Qué lamentas, Jeff? –Altmayer forzó una sonrisa–. Yo no lamento nada, salvo que me hayas engañado con esos robots.

–No fue difícil engañarte, y era una excelente oportunidad para desbaratar tu partido. Sin duda quedará en descrédito después de esto. El pacifista trata de provocar la guerra, el apóstol de la dulzura intenta asesinar.

–La guerra contra el verdadero enemigo –replicó Altmayer con tristeza–. Pero tienes razón. Me vi forzado a actuar así por desesperación. ¿Cómo te enteraste de mis planes?

–Sigues sobreestimando a la humanidad, Dick. En cualquier conspiración, los puntos más débiles los conforman las personas que la componen. Tenías veinticinco cómplices; ¿no se te ocurrió que por lo menos uno podía ser un soplón o incluso un empleado mío?

Los altos pómulos de Altmayer enrojecieron.

–¿Cuál de ellos? –preguntó.

–Lo siento. Podríamos necesitarlo de nuevo.

Altmayer se reclinó fatigosamente en la silla.

–¿Qué ganaste?

–¿Qué ganaste tú? Eres tan poco práctico ahora como el último día en que te vi, el día que decidiste ir a la cárcel en vez de presentarte para el servicio. No has cambiado.

Altmayer sacudió la cabeza.

–La verdad no cambia.

–Si es la verdad, ¿por qué fracasa siempre? –le espetó Stock–. Tu estancia en la cárcel no sirvió de nada. La guerra continuó. No se salvó una sola vida. A partir de entonces fundaste un partido político, y todas las causas que respaldaste fracasaron. Tu conspiración fracasó. Tienes casi cincuenta años, Dick, ¿y qué has logrado? Nada.

–Y tú fuiste a la guerra, obtuviste el mando de una nave y luego un puesto en el gabinete. Dicen que serás el próximo coordinador. Has logrado muchísimo. Pero el éxito y el fracaso no existen por sí solos. ¿Éxito en qué? Éxito en conseguir la ruina de la humanidad. ¿Fracaso en qué? ¿En salvarla? No quisiera estar en tu lugar. Recuerda esto, Jeff: en una buena causa no hay fracasos, solo éxitos postergados.

–¿Aunque te ejecuten por lo que has hecho hoy?

–Aunque me ejecuten. Alguien me sucederá, y su éxito será el mío.

–¿En qué consiste ese éxito? ¿De veras puedes imaginar una unión de los mundos, una Federación Galáctica? ¿Quieres que Santanni administre nuestros asuntos? ¿Quieres que alguien de Vega te diga qué tienes que hacer? ¿Quieres que la Tierra decida su propio destino o estar a merced de cualquier posible combinación de potencias?

–No estaríamos a su merced más de lo que ellos lo estarían a la nuestra.

–Excepto que nosotros somos más ricos. Nos saquearían en nombre de los deprimidos mundos del sector de Sirio.

–Y pagaríamos ese saqueo con lo que ahorraríamos en guerras, que ya no estallarían.

–¿Tienes respuestas para todas las preguntas, Dick?

–En veinte años nos han planteado todas las preguntas, Jeff.

–Entonces, responde a ésta. ¿Cómo impondrías esta unión a una humanidad reacia a ella?

–Por eso quería matar a los diáboli –por primera vez, Altmayer demostró emoción–. Eso significaría la guerra con ellos, pero toda la humanidad se uniría contra el enemigo común. Nuestras diferencias políticas e ideológicas perderían relevancia.

–¿De veras lo crees? ¿Aunque los diáboli jamás nos hayan causado daño? Ellos no pueden vivir en nuestros mundos; deben permanecer en sus mundos, con atmósfera de sulfuro y océanos que son soluciones de sulfato de sodio.

–La humanidad sabe que no es así, Jeff. Se están esparciendo de mundo en mundo como una explosión atómica. Obstruyen el viaje espacial a zonas donde hay mundos de oxígeno desocupados, los mundos que nosotros podríamos usar. Planifican con vistas al futuro, creando espacio para un sinfín de generaciones de diáboli, mientras que nosotros nos quedamos confinados a un rincón de la galaxia y nos desangramos en nuestras guerras. Dentro de mil años seremos sus esclavos, y dentro de diez mil estaremos extinguidos. Pues claro que sí, son el enemigo común. La humanidad lo sabe. Tal vez lo descubras antes de lo que crees.

–Los miembros de tu partido hablan mucho de la antigua Grecia de la era preatómica. Nos dicen que los griegos eran un pueblo maravilloso, la cultura más avanzada de su tiempo y tal vez de todos los tiempos. Ellos imprimieron a la humanidad un curso que nunca ha abandonado del todo. Solo cometieron un error: no fueron capaces de unirse. Acabaron siendo conquistados y con el tiempo se extinguieron. Y nosotros seguimos sus pasos, ¿verdad?

–Te has aprendido bien la lección, Jeff.

–¿Y tú, Dick?

–¿A qué te refieres?

–¿Acaso los griegos no tenían un enemigo común contra el que unirse?

Altmayer guardó silencio. Stock prosiguió:

–Los griegos lucharon contra Persia, su gran enemigo común. ¿No es verdad que una buena parte de los Estados griegos se pusieron del lado de Persia?

–Sí. Porque pensaban que la victoria persa era inevitable y querían estar con los ganadores.

–Los seres humanos no han cambiado, Dick. ¿Por qué crees que los diáboli están aquí? ¿Qué estamos negociando?

–Yo no soy miembro del gobierno.

–¡Tú no, pero yo sí! La Liga de Vega se ha aliado con los diáboli.

–No te creo. No puede ser.

–Puede ser y es. Los diáboli han acordado suministrarles quinientas naves cada vez que estén en guerra con la Tierra. A cambio, Vega renuncia a cualquier reclamación sobre el grupo de estrellas de Nigel. Si hubieras liquidado a los diáboli habrías desatado una guerra, pero con media humanidad peleando del lado de tu presunto enemigo común. Estamos tratando de impedir algo semejante.

–Estoy preparado para que me juzguen –murmuró Altmayer–. ¿O me ejecutarán sin celebrar ningún juicio?

–Sigues siendo un tonto. Si te ejecutamos, Dick, te convertirás en un mártir. Si te mantenemos con vida y solo ejecutamos a tus subordinados, serás sospechoso de haberlos delatado. Resultarás inofensivo en el futuro, por presunto traidor.

Y así, el 5 de septiembre de 2788, a Richard Sayama Altmayer, tras un brevísimo juicio secreto, lo sentenciaron a cinco años de prisión. Cumplió toda la sentencia. El año en que Altmayer salió de la cárcel, Geoffrey Stock fue elegido coordinador de la Tierra.

 

21 de diciembre de 2800

Simón Devoire no las tenía todas consigo. Era un hombre menudo, de cabello rubio rojizo y rostro pecoso y rubicundo.

–Lamento haber venido a verte, Altmayer. A ti no te servirá de nada y para mí será perjudicial.

–Soy un anciano –dijo Altmayer–. No podría hacerte daño.

Y, en efecto, era un anciano. El final del siglo lo sorprendía con más de sesenta años de edad, pero parecía más viejo, tanto por dentro como por fuera. La ropa le quedaba grande, como si él se estuviera encogiendo. Solo la nariz no había envejecido; seguía siendo esa nariz fina, aristocrática y puntiaguda de Altmayer.

–No es a ti a quien temo –replicó Devoire.

–¿Por qué no? Tal vez crees que traicioné a mis hombres en el 88.

–No, claro que no. Nadie con sentido común creería semejante cosa. Pero los tiempos de los federalistas llegaron a su fin, Altmayer.

Procuró sonreír. Sentía hambre, pues ese día no había comido, por falta de tiempo. ¿De modo que los tiempos de los federalistas habían llegado a su fin? Tal vez otros lo creyeran así. El movimiento murió en medio de una oleada de burlas. Una conspiración frustrada, una “causa perdida”, resulta a menudo romántica, se le recuerda con simpatía durante generaciones, siempre que la pérdida sea digna al menos; pero disparar contra criaturas supuestamente vivas y descubrir que son robots, ser vencido con rapidez y astucia, ser ridiculizado… eso es fatal. Es más fatal que la traición, el error y el pecado. No mucha gente creyó que Altmayer hubiera comprado su vida traicionando a sus cómplices, pero la carcajada general fue igual de eficaz para acabar con el federalismo.

Solo que él se había mantenido impasible en su tenacidad.

–Los tiempos de los federalistas nunca pasarán mientras viva la raza humana.

–Palabras –rezongó Devoire–. Significaban mucho para mí cuando era joven. Ahora estoy un poco cansado.

–Simón, necesito acceder al sistema subetéreo.

El rostro de Devoire se endureció.

–Y pensaste en mí. Pues lo lamento, Altmayer, pero no puedo dejarte usar mis emisiones para tus propósitos.

–En un tiempo fuiste federalista.

–Olvídalo. Eso pertenece al pasado. Ahora soy… no soy nada. Solo un “devoirista”. Quiero vivir.

–¿Sometido a los diáboli? ¿Quieres vivir cuando ellos están dispuestos, morir cuando están preparados?

–¡Palabras!

–¿Apruebas la conferencia galáctica?

Devoire enrojeció, como si su cuerpo contuviera más sangre de la necesaria.

–¿Por qué no? –vociferó–. ¿Qué importa el modo en que fundemos la Federación del Hombre? Si aún eres federalista, ¿por qué te opones a una humanidad unida?

–¿Unida bajo los diáboli?

–¿Cuál es la diferencia? La humanidad no es capaz de unirse por sí sola. Que nos lo impongan con tal de que se consiga. Estoy harto, Altmayer, harto de tu estúpida historia. Estoy harto de tratar de ser un idealista sin ningún objetivo al que dirigir mi idealismo. Los seres humanos son seres humanos y eso es lo lamentable del asunto. Tal vez necesitemos unos azotes para que nos lleven al orden. Estoy dispuesto a permitir que los diáboli empuñen el látigo.

–Eres un necio, Devoire –murmuró Altmayer–. No será una verdadera unión, y lo sabes. Los diáboli convocaron a esta conferencia para poder actuar como árbitros en todas las actuales rencillas interhumanas, sacar partido de ellas y erigirse así en nuestro tribunal supremo a partir de ahora. Sabes que no tienen intenciones de establecer un verdadero gobierno central de humanos. Será una especie de mandato interconectado: cada gobierno humano administrará sus asuntos como antes y defenderá sus intereses como antes; solo que nos acostumbraremos a acudir a los diáboli con nuestros problemitas.

–¿Cómo sabes cuál va a ser el resultado?

–¿Piensas seriamente que hay otro resultado posible?

Devoire se mordió el labio inferior.

–¡Tal vez no!

–Pues ahí tienes una hoja de vidrio por la cual mirar, Simón. Toda la independencia que hoy poseemos se perderá.

–La independencia no nos ha servido de mucho… además, es inútil. No podemos impedirlo. Probablemente el coordinador Stock rechace esta conferencia tanto como tú, pero ¿de qué le sirve? Si la Tierra decide no asistir, la unión se formará sin nosotros, y entonces nos enfrentaremos a una guerra con el resto de la humanidad y con los diáboli. Y esto vale para cualquier otro gobierno que se mantenga al margen.

–¿Y si todos los gobiernos se mantuviesen al margen? ¿La conferencia no se disolvería?

–¿Alguna vez has visto que todos los gobiernos de la humanidad hagan algo juntos? Nunca aprendes, Altmayer.

–Disponemos de nuevos datos.

–¿Por ejemplo? Sé que es tonto preguntarlo, pero dime.

–Durante veinte años, la mayor parte de la galaxia ha permanecido cerrada a las naves humanas. Lo sabes. Ninguno de nosotros tiene la menor idea de lo que ocurre dentro de la esfera de influencia de los diáboli. Y, sin embargo, existen algunas colonias humanas dentro de esa esfera.

–¿Y qué?

–Pues que, de vez en cuando, algunos seres humanos se escapan a la pequeña porción de la galaxia que sigue siendo humana y libre. El gobierno de la Tierra recibe informes, aunque no se atreve a publicarlos. Pero no todos los funcionarios gubernamentales pueden soportar eternamente tamaña cobardía. Uno de ellos ha venido a verme. No puedo revelarte quién, desde luego… así que tengo documentos, Devoire. Oficiales, fidedignos, veraces.

Devoire se encogió de hombros.

–¿Sobre qué?

Giró con cierta ostentación el cronómetro del escritorio para que Altmayer viera la parte de reluciente metal donde resaltaban con intensidad las brillantes cifras rojas. Figuraban las veintidós horas y treinta y un minutos y, nada más girarlo, el uno se desvaneció y apareció en su lugar un dos resplandeciente.

Altmayer continuó hablando:

–Existe un planeta al que sus colonos pusieron el nombre de Chu Hsi. No poseía una gran población, tal vez dos millones. Hace quince años, los diáboli ocuparon los mundos cercanos y durante esos quince años ninguna nave humana aterrizó en el planeta. El año pasado lo hicieron los propios diáboli. Llevaron consigo enormes naves de carga, repletos de sulfato sódico y de cultivos bacterianos originarios de sus mundos.

–¿Qué…? No puedo creerlo.

–Inténtalo –ironizó Altmayer–. No es difícil. El sulfato de sodio se disuelve en los océanos de cualquier mundo. En un océano de sulfato, sus bacterias crecen, se multiplican y generan sulfuro de hidrógeno en tremendas cantidades que llenan los océanos y la atmósfera. Luego, pueden introducir sus plantas y sus animales y, con el tiempo, ir ellos mismos. Otro planeta resulta así habitable para los diáboli… e inhabitable para los humanos. Lleva tiempo, por supuesto, pero los diáboli disponen de mucho. Son un pueblo unido y…

–Oye –objetó Devoire, agitando la mano–, eso no se sostiene. Los diáboli tienen tantos mundos que no saben qué hacer con ellos.

–Para sus propósitos actuales, sí; pero son criaturas que tienen en cuenta el futuro. Su índice de natalidad es elevado y, a la larga, llenarán la galaxia. Y se sentirían mucho más cómodos si fueran la única inteligencia del universo.

–Pero eso es imposible por puras razones físicas. ¿Sabes cuántos millones de toneladas de sulfato de sodio se necesitarían para llenar los océanos y adaptarlos a sus requerimientos?

–Obviamente, el abastecimiento de un planeta entero.

–¿Y crees que despojarían uno de sus propios mundos para crear uno nuevo? ¿Qué ganarían con ello?

–Simón, Simón; hay millones de planetas en la galaxia que, por sus condiciones atmosféricas, por su temperatura o por su gravedad, serán siempre inhabitables para los humanos o para los diáboli. Muchos de ellos son muy ricos en azufre.

Devoire reflexionó.

–¿Y qué pasa con los seres humanos del planeta?

–¿Con los de Chu Hsi? Eutanasia; excepto para los que escaparon a tiempo. Sin dolor, supongo. Los diáboli no son innecesariamente crueles; solo eficientes –Altmayer esperó un poco. Devoire abría y cerraba una mano–. Publica la noticia –le dijo–. Difúndela por la red subetérea interestelar. Envía los documentos a los centros de recepción de los diversos mundos. Puedes hacerlo, y cuando lo hagas la conferencia galáctica se disgregará.

Devoire movió la silla y se puso de pie.

–¿Dónde están tus pruebas?

–¿Lo harás?

–Quiero ver las pruebas.

Altmayer sonrió.

–Ven conmigo.

Lo estaban esperando cuando regresó a la habitación amueblada donde vivía. Al principio no los vio. No se dio cuenta del pequeño vehículo que lo seguía con lentitud y a prudente distancia, pues caminaba con la cabeza gacha, calculando el tiempo que tardaría Devoire en comunicar la información a los confines del espacio, cuánto tardarían las emisoras receptoras de Vega, de Santanni y de Centauro en lanzar la noticia, cuánto tardaría en difundirse por toda la galaxia. Y así pasó, distraído, entre los dos policías de paisano que flanqueaban la entrada de la casa de huéspedes.

Solo cuando abrió la puerta del cuarto se paró en seco y dio media vuelta para escapar, pero los policías de paisano estaban ya a sus espaldas. No intentó una fuga violenta, sino que entró en la habitación y se sentó, sintiéndose muy viejo. Solo necesito distraerlos una hora y diez minutos, pensó febrilmente.

El hombre que aguardaba en la oscuridad tendió la mano hacia el interruptor de las luces de la pared. Con aquella suave iluminación, el rostro redondo y la calva mechada de canas aparecían asombrosamente nítidos.

–Conque el coordinador mismo me honra con su visita –murmuró Altmayer.

–Tú y yo somos viejos amigos, Dick –dijo Stock–. Nos encontramos de cuando en cuando.

Altmayer no respondió.

–Tienes en tus manos ciertos papeles del gobierno, Dick.

–Si eso crees, Jeff, tendrás que encontrarlos.

Stock se levantó con aire de fastidio.

–Sin heroísmos, Dick. Te diré qué contenían esos papeles. Eran informes detallados sobre el sulfatado del planeta de Chu Hsi. ¿Es cierto?

Altmayer se limitó a mirar su reloj.

–Si lo que pretendes es hacernos perder tiempo, echarnos el anzuelo como si fuéramos peces, sufrirás una desilusión –le advirtió Stock–. Sabemos dónde has estado, sabemos que Devoire tiene los papeles, sabemos qué piensa hacer con ellos.

Altmayer se puso tenso. Sus mejillas apergaminadas temblaron.

–¿Cuánto hace que lo sabes?

–Tanto como tú, Dick. Eres un hombre previsible. Por eso decidimos utilizarte. ¿Crees que el archivero hubiera ido a verte sin que nos enteráramos?

–No comprendo.

–El gobierno de la Tierra, Dick, no desea la continuación de la conferencia galáctica. Sin embargo, no somos federalistas; sabemos cómo es la humanidad. ¿Qué crees que ocurriría si el resto de la galaxia descubriera que los diáboli transformaron un mundo de sal-oxígeno en un mundo de sulfato-sulfuro? No, no respondas. Eres Dick Altmayer y sin duda me dirás que en un fiero arrebato de indignación abandonarían la conferencia, se unirían en una amorosa confraternidad, se arrojarían contra los diáboli y los arrasarían.

Hizo una pausa, tan larga como si no pensara hablar más. Luego, continuó en un susurro:

–Tonterías. Los otros mundos dirían que el gobierno de la Tierra, con propósitos específicos, inició un fraude y falsificó documentos en un intento de boicotear la conferencia. Los diáboli lo negarían todo, y la mayoría de los mundos humanos hallarían conveniente creerse esa negativa. Se concentrarían en las iniquidades de la Tierra y olvidarían las de los diáboli. Así que, como ves, no podíamos respaldar una revelación como ésa.

Altmayer se sintió agotado, inútil.

–Entonces, detendrás a Devoire. Siempre estás muy seguro del fracaso, con antelación; siempre crees lo peor de tus congéneres…

–¡Espera! No he hablado de detener a Devoire; solo dije que el gobierno no podía respaldar semejante revelación, y no lo haremos. Pero se hará público igualmente, y luego los arrestaremos a Devoire y a ti y denunciaremos todo el asunto con tanta vehemencia como los diáboli. Entonces todo cambiará. El gobierno de la Tierra se habrá disociado de esas afirmaciones. Los demás gobiernos humanos pensarán que por motivos egoístas nos proponemos ocultar los actos de los diáboli, que quizá tenemos algún entendimiento con ellos. Le temerán a ese entendimiento y se unirán contra nosotros. Pero estar contra nosotros significará estar contra los diáboli. Insistirán en creer que la denuncia es cierta y que los documentos son reales; y la conferencia se disolverá.

–Eso supondrá una nueva guerra –indicó Altmayer, con desesperanza– y no contra el verdadero enemigo. Supondrá luchas entre los humanos y una mayor victoria para los diáboli cuando todo termine.

–No habrá guerra. Ningún gobierno atacará a la Tierra estando los diáboli de nuestra parte. Los otros gobiernos se distanciarán de nosotros y darán a su propaganda un matiz antidiáboli. Posteriormente, en el caso de una guerra entre nosotros y los diáboli, al menos los demás permanecerán neutrales.

Parece muy viejo. Somos hombres viejos y moribundos, pensó Altmayer.

–¿Por qué crees que los diáboli respaldarán a la Tierra? –preguntó–. Puedes engañar al resto de la humanidad fingiendo que intentas ocultar datos concernientes al planeta de Chu Hsi, pero no engañarás a los diáboli. Ellos no creerán ni por un instante que la Tierra es sincera al afirmar que considera que los documentos son fraudulentos.

–Oh, claro que lo creerán –Geoffrey Stock se levantó–. Verás, es que los documentos son realmente fraudulentos. Tal vez los diáboli tengan pensado sulfatar planetas en un futuro, pero, que nosotros sepamos, aún no lo han intentado.

 

El 21 de diciembre de 2800, Richard Sayama Altmayer entró en prisión por tercera y última vez. No hubo juicio ni sentencia definitiva y apenas hubo encarcelamiento en el sentido literal del término. Sus movimientos fueron restringidos, y solo algunos funcionarios podían comunicarse con él; pero, por otra parte, se procuraba mantenerlo cómodo. Dado que no tenía acceso a las noticias, no se enteró de que en el segundo año de su tercer encarcelamiento estalló la guerra entre la Tierra y los diáboli cuando, en las inmediaciones de Sirio, un escuadrón terrícola atacó por sorpresa a varias naves de la flota alienígena.

 

En el año 2802, Geoffrey Stock visitó a Altmayer en la cárcel. El preso se levantó para saludarlo.

–Tienes buen aspecto, Dick –le dijo Stock.

Él, en cambio, no tenía muy buen aspecto. La tez se le había vuelto gris. Seguía llevando el uniforme de capitán, pero se le había encorvado un poco el cuerpo. Moriría pocos meses después y, en cierto modo, lo presentía. No le preocupaba demasiado. He vivido los años que debía vivir, pensaba a menudo.

A Altmayer, que parecía más viejo, le quedaban más de nueve años de vida por delante.

–Un placer inesperado, Jeff, pero esta vez no puedes venir a encarcelarme. Ya estoy en la cárcel.

–Vine a liberarte, si te parece bien.

–¿Con qué propósito, Jeff? Pues sin duda, tienes algún propósito, un astuto modo de utilizarme.

La sonrisa de Stock fue una mueca fugaz.

–Un modo de utilizarte, sí, pero esta vez lo aprobarás… estamos en guerra.

–¿Con quién? –preguntó Altmayer, sobresaltado.

–Con los diáboli. Hace seis meses que estamos en guerra.

Altmayer juntó sus manos y entrelazó los dedos nerviosamente.

–No he oído hablar de ello.

–Lo sé –el coordinador se apretó las manos a la espalda y se sorprendió vagamente al notar que temblaban–. Ha sido una larga travesía para ambos, Dick. Teníamos la misma meta, tú y yo… no, déjame hablar. Muchas veces quise explicarte mi punto de vista, pero jamás lo habrías comprendido. No eras hombre capaz de entender, a menos que te presentara los resultados… yo tenía veinticinco años cuando visité uno de los mundos de los diáboli, Dick. Supe entonces que se trataba de ellos o nosotros.

–Te lo dije desde el principio –murmuró Altmayer.

–No bastaba con decirlo. Tú querías obligar a todos los gobiernos humanos a unirse contra ellos, y esa idea era quimérica y carecía de realismo político. Ni siquiera era deseable. Los humanos no son diáboli. Entre éstos la conciencia individual es baja, casi inexistente; la nuestra es abrumadora. Ellos no tienen actividad política; nosotros no tenemos otra cosa. A ellos no les permiten disentir, no pueden tener más que un gobierno; nosotros no podemos ponernos de acuerdo y, si solo tuviéramos una isla donde vivir, la dividiríamos en tres.

“¡Pero nuestras desavenencias son nuestra fuerza! Tu Partido Federalista hablaba muchísimo de la antigua Grecia. ¿Recuerdas? Pero tu gente no lo entendía bien. Por supuesto, Grecia no fue capaz de unirse y finalmente fue conquistada. Pero aun en su estado de desunión derrotó al gigantesco imperio persa. ¿Por qué?

“Me gustaría señalar que las ciudades-Estado griegas combatieron entre sí durante siglos. Eso las forzó a especializarse en asuntos militares mucho más que los persas. Los persas lo comprendieron y, en el último siglo de su existencia imperial, los mercenarios griegos constituyeron las partes más valiosas de sus ejércitos.

“Lo mismo podría decirse de las pequeñas naciones-Estado de la Europa preatómica, que a lo largo de siglos de lucha refinaron sus artes militares hasta el extremo de que superaron y contuvieron durante doscientos años a los imperios relativamente gigantescos de Asia.

“Así ocurre con nosotros. Los diáboli, con vastas extensiones de espacio galáctico, nunca han librado una guerra. Su maquinaria militar es enorme, pero jamás se ha puesto a prueba. En cincuenta años, sus únicos progresos han sido los que copiaron de las diversas flotas humanas. La humanidad, por el contrario, ha competido ferozmente en diversas guerras. Cada gobierno ha procurado mantenerse a la cabeza de sus vecinos en cuanto a las ciencias militares. ¡Tenían que hacerlo! Nuestra desunión volvía necesaria la terrible carrera por la supervivencia, de modo que al final cualquiera de nosotros era capaz de enfrentarse a todos los diáboli, siempre que ninguno luchara al lado de ellos en el transcurso de una guerra generalizada.

“Toda la diplomacia terrícola iba dirigida a impedir esta posibilidad. Mientras no existiera la certeza de que el resto de la humanidad permanecería neutral en un conflicto bélico entre la Tierra y los diáboli, no podía haber guerra; y tampoco se podía permitir una unión de gobiernos humanos, pues la carrera por la perfección militar debía continuar. Una vez que estuvimos seguros de esa neutralidad, mediante la estratagema que disolvió la conferencia hace dos años, provocamos la guerra, y ya la tenemos.

Altmayer parecía petrificado. Tardó largo rato en hablar.

–¿Y si los diáboli vencen a pesar de todo? –musitó.

–No vencerán. Hace dos semanas, las flotas principales unieron sus esfuerzos y la de ellos fue aniquilada con pérdidas mínimas para las nuestras, pese a que nos superaban en número. Era como luchar contra naves desarmadas. Poseíamos armamento más potente y de mayor alcance y precisión, y teníamos el triple de su velocidad efectiva, pues contábamos con dispositivos de antiaceleración de lo que ellos carecían. Desde esa batalla, varios gobiernos humanos decidieron unirse al bando vencedor y declararon la guerra a los alienígenas. Ayer los diáboli solicitaron la iniciación de negociaciones para un armisticio. La guerra está prácticamente terminada y, a partir de ahora, quedarán confinados a sus planetas originales y nosotros controlaremos sus expansiones futuras.

Altmayer murmuró algo ininteligible.

–Y ahora es necesaria la unión –prosiguió Stock–. Después de que las ciudades-Estado griegas derrotaran a Persia, se hundieron por sus continuas guerras entre sí, con el resultado de que primero las conquistó Macedonia y, posteriormente, Roma. Igualmente, después de que Europa colonizara América, dividiera África y conquistara Asia, una serie de continuas guerras europeas la llevó a la ruina.

“¡Desunión hasta la conquista, unión a partir de entonces! Y ahora la unión resulta fácil. Dejemos que una subdivisión triunfe por sí misma y el resto reclamará formar parte de ese éxito. El antiguo historiador Toynbee fue el primero en señalar la diferencia entre lo que él denominaba una ‘minoría dominante’ y una ‘minoría creativa’.

“Ahora somos la minoría creativa. En un gesto casi espontáneo, varios gobiernos humanos han sugerido el establecimiento de una organización de Mundos Unidos. Otros setenta más están dispuestos a asistir a las primeras sesiones para redactar una Carta de la Federación. Los otros se unirán después, sin duda. Me agradaría que fueras uno de los delegados de la Tierra, Dick.

Altmayer tenía los ojos empañados por las lágrimas.

–No… no entiendo tu propósito. ¿Todo esto es verdad?

–Es tal como digo. Eras una voz en el desierto, Dick, predicando la unión. Tus palabras tendrán mucho peso. Una vez dijiste: “En una buena causa no hay fracasos”.

–¡No! –exclamó Altmayer–. Parece que la tuya era la buena causa.

El rostro de Stock aparecía severo y carente de toda emoción.

–Nunca supiste entender la naturaleza humana, Dick. Cuando los Mundos Unidos sean una realidad y una vez que generaciones de hombres y de mujeres evoquen durante sus siglos de paz ininterrumpida estos días de conflictos bélicos, habrán olvidado el propósito de los métodos que yo usé. Para ellos representarán la guerra y la muerte. Tus convocatorias a la unión, tu idealismo, serán recordados para siempre.

Dio media vuelta y Altmayer apenas oyó sus últimas palabras:

–Y cuando construyan estatuas, a mí no me levantarán ninguna. En la Gran Plaza, que ofrece un remanso de paz entre los bulliciosos setenta mil kilómetros cuadrados consagrados a los imponentes edificios donde late el pulso de los Mundos Unidos de la Galaxia, se yergue una estatua.

 

(Tomado de Asimov, Isaac, Cuentos completos. Volumen I, Ediciones B, Madrid, 2002)