Pedro Durán
Un
hombre se forma tras una larga cola. Desesperado, comienza por eliminar al que
está antes de él –sigue con todos los de la fila–. Hasta que otro hombre se
detiene a su espalda…
(Tomado
de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)
Cuentos, cuentos, cuentos...
Pedro Durán
Un
hombre se forma tras una larga cola. Desesperado, comienza por eliminar al que
está antes de él –sigue con todos los de la fila–. Hasta que otro hombre se
detiene a su espalda…
(Tomado
de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)
Héctor Barreto
Su último sueño había comenzado a desmejorar. Quiso volver. Alzó la mano,
el índice hacia la niebla. Era su gesto habitual. Después, rompió el velo.
Allí el disco (¡maldito disco!). Ya comprendió ayer
que le cansaría. Pero, qué más daba; aquel era el día…; era lo mismo. No, no le
haría cambiar, sería ocioso; además, siempre había la ventana. Pensó en el sueño,
su último sueno; comprendió de repente su significado. Era lo mismo, ya lo sabía.
No, no era lo mismo; era la confirmación del hecho. Aun no huía del todo del sueño.
Estaba unido a él por las últimas telarañas.
De nuevo el disco. ¿Qué aspecto presentaría ahora la
ciudad? Estaba elevada como cualquiera otra; ¿era posible que el alma de sus habitantes
la hubiera llevado tan lejos de su asiento en su horrorosa simbiosis con ella? Era
un dolor real. Y pensar que era aquel el día indicado. En fin, por lo menos sería
un espectáculo digno.
Quiso proporcionarse una sensación. Estaba a punto de
cortar la gelatina; pero aún no, felizmente.
Si apretara el botón, la luz del sol asaltaría la alcoba,
subiría pegándose a su lecho hasta él, le escalaría los sentidos…y el sueño estaba
aún patente, ¡ah!, produciría en su alma un caos amargo. ¿Qué sería entonces?, ¿tal
vez terror? Viviría su último día, el último día; bueno, siendo el suyo, era siempre
el último.
Un brazo pálido planeó en la semioscuridad de la pieza.
Apretó el botón. Vino la sensación, una dura sensación, sensación ártica. Ahora
el disco era de luz. Él era la causa del estado que lo revolvía, su luz o su color.
La idea saltó afuera por el círculo; quizás allá le esperaba el mismo sentimiento.
Deseó levantarse, era necesario ver la ciudad, su gente,
y sobre todo, iría a aquella casa. Era demasiado temprano aún; pero se iría lento,
muy lento. La casa, el grupo, aquel grupo era el centro mismo de la ciudad. Solo
eran once. Él era uno de ellos. El grupo era el alma de la ciudad. Que cosas más
extrañas se podían en su época. Comprendió que al pensar así se salía de su tiempo.
El alma de la ciudad… ¡Ah! Aquella ciudad tenía un alma. La sentían todos respirar,
alentar, latir; jadeaba ahora último. ¡Horroroso individuo! Inconscientemente le
había ido transmitiendo cada uno su alma. Nadie pensaba como otro y, sin embargo,
sus almas se fueron fundiendo en una sola, todas. Era en verdad un gran dolor y
un peligro. Nadie podía existir solo, de por sí. Y era más: todos sus pecados se
aglomeraban formando un solo bloque. Todos formaban el alma de la ciudad. Pero más
que todos, un grupo, el grupo…
Ya la sensación ártica lo abandonaba casi.
Levantarse. Nuevamente el brazo pálido. Un botón… Cinco
sombras penetraron al cuarto. Salieron pasado un rato largo. Ahora, permanecía de
pie; un espejo en la mano; estaba, al fin, vestido. Contempló su rostro blanco.
Era un blanco puro, como de algodón o leche. Sintió pena de verse, se amó al mirarse.
Todo esto, a pesar que se encontraba perfectamente. Tiró el espejo. De alguna parte
sacó una cajita muy pequeña. Ingirió de ella algo que lo hizo tornarse bruscamente
mucho más blanco. Sonrió. Buscó una de sus máscaras. Eligió la mejor; la que más
le gustaba. Sabia él que el estilo de aquella máscara no era el último modelo, no
estaba con la última moda. Era una innovación suya. Nadie tendría ahora tiempo de
copiársela.
Salió a la calle. Las gentes circulaban silenciosas.
Solo algunos borrachos conversaban entre sí haciendo gestos trágicos.
Él caminaba lentamente. Estaba contemplativo. Observaba
los menores detalles porque una idea fija le atenazaba; una idea común, ciudadana
en aquel día.
De repente notó que era objeto de la curiosidad general.
Todos lo miraban con atención; él sabía por qué. Los demás llevaban las máscaras
convencionales; en cambio él…
Quiso recorrer la ciudad, se internó por ciertos barrios.
Le sobraba tiempo. Aquí algunos llevaban máscaras de ceremonia, máscaras dolorosas.
Parecía como si las hubieran hecho especialmente para el día funesto. Aún había
otros, groseros, enloquecidos, con el rostro descubierto, en una desnudez asquerosa.
Apuró el paso, se sintió molesto, experimentó repulsión. Huyó. Anduvo mucho basta
llegar a la Plaza Central.
Estaba rendido. Se sentó en un banco. Por primer a vez
había caminado a pie desde hacía muchos años; a pie como los primeros caminantes
y como los últimos mendigos…
Descansaba desde hacía largo tiempo. Bullía la espesa
idea en él. Le era difícil aceptarla así, de plano. Fue a la Historia, caminando
hacia los orígenes.
Olvidaba. Pero he aquí que comprendió de repente que
ya sería la hora. De nuevo la idea. Entonces aceptó. ¡Era la hora! Y una gran tranquilidad
lo lavó.
No lo había advertido. Un grupo de gente lo rodeaba.
Cuando él los miró. comenzaron a conversarle, a interrogarlo. No contestó. Se cerró
más el círculo. Luego hablaron casi todos a la vez, atropelladamente. Él permanecía
siempre contemplándolos, mudo. Pronto los otros gesticularon y las voces se fueron
haciendo más roncas. Continuaban interrogándolo y hasta quizás le hacían cargos.
Pero él, en un momento dado, se irguió de improviso, los miró de uno en uno. Y les
mostró sus manos. Entonces todos permanecieron en silencio. Él se alejó a pasos
pausados.
Atardecía. El sol rojo-tibio se pegaba como un perro
a las casas y a las calles; las lamía, era una luz molesta, deprimente. Los transeúntes
pasaban lentos y silenciosos. Él también iba encerrado en sí, preocupado. Llegó
a la casa. Igual que siempre, permanecía cerrada.
Dentro estaban todos reunidos. Lo esperaban. Saludó
y se acercó a ellos, Parecían preocupados. Tal vez lo estaban. Alguien hizo la señal
y se juntaron alrededor de la gran mesa. Discutieron. Terminaron por hablar desordenadamente.
No había salida. No. La palabra estaba en el centro de la mesa horriblemente viva.
Todos se miraron entre sí; los había helado la palabra; los consumía. Vino un gran
silencio, un silencio que los ahorcaba prolongándose.
De improviso se oyó una risa aguda. Lo temían todos;
alguien enloquecía tal vez. O tomaba una decisión. Se formó un pequeño grupo que
acompañó al que reía. Después el grupo abandonó la sala siempre riendo entre dientes.
Cuando salieron, se les oyó afuera reír con fuerza. Volvieron pasado un rato. Parecían
ebrios. Venían alegres. Con una alegría franca. Solo los ojos les brillaban demasiado
intensamente. Los otros se los quedaron observando. De improviso surgió un fatal
contagio y los que observaban se arrancaron bruscamente las máscaras.
Fue trágico.
A él lo abordó una tristeza serena y cansada. Conservaba
aun su máscara y retrocedió hasta un rincón.
Una mujer saltó bruscamente sobre un trípode. La cara
desnuda. Comenzó a gritar y a gesticular invitándolos al final, a la consumación.
Era la posesión del vértigo de lo trágico, de lo fatal, o el deseo de hundirse.
Aceptaron. Bajó la mujer del trípode y comenzó frenéticamente
a romper sus vestiduras. Los demás la exhortaban. Quedó desnuda y huyó a ocultarse
detrás de la cortina. Un instante después la tela roja se descorrió bruscamente.
Allí estaba la mujer en el gesto.
La saludaron con una carcajada. A él se le escapó un
grito.
Ya no quedaba nada que esperar.
Al oír el grito, todos se volvieron mirándolo con admiración.
Estaban decididos; lo habían resuelto. Parecían sobreexcitados, inconscientes. Comenzaron
a reír y lo invitaron. Él no podía soportar. Se acercó a la puerta. Los otros, al
verlo, le entonaron la canción de los sepultureros, terminando de cantar ahogados
por las carcajadas.
Aquello era espantoso. Quiso abrir la puerta y empezó
a sentir entonces, dentro y fuera de él, un mugido sordo, y, a la vez, un letargo
profundo. Advirtió que los demás sentían lo mismo. Dejaron ya de reír, se quedaron
mudos y cada uno ocupó una silla blanda.
Allí permanecieron inmóviles, con los ojos semicerrados,
los párpados pesados. Los llamó. No le contestaron. Les gritó fuerte. Como toda
respuesta, lo miraban y sonreían levemente. Lo invitaron a sentarse. Comprendió.
No había más que esperar.
Huyó. En la calle tenían las mismas actitudes. También
lo invitaban a imitarlos. Dejaría la ciudad. Contemplaría el final desde afuera.
Aquello era la agonía, ulcerosa agonía.
El sol moría en el ocaso con una lentitud sonámbula.
Las gentes todas tenían la cara descubierta. Apuró el paso. Percibió el suelo blando;
le parecía pisar sobre seres vivos, adiposos y tibios.
Sintió los pies pesados de huir. Todos lo miraban con
ojos vidriosos y sonrisas idiotas, tendiéndole los brazos.
Desesperado, comenzó a correr. Lo único que deseaba
era huir. Pasó rápidamente por frente a su casa y sintió una aprensión en el corazón.
Corría cada vez más rápido. Las hileras de casas huían vertiginosas a sus costados.
Por fin llegó a las afueras. Divisó una prominencia de terreno a unos cuantos metros.
Aquello sería su palco.
Era la antigua piedra blanca, patriarcal, que quedaba
a la orilla de la ciudad. Estaba exhausto y se sentó sobre la roca.
Entonces se apoderó de él un letargo suave. Sintió los
párpados pesados. Era aquello… igual que todo. Comprendió. Estaba incapaz de moverse.
No lo deseaba tampoco desde que se sentó. Miró la ciudad. Densas nubes comenzaban
a rodearla. Letargo. La sensación era como la introducción al sueño. Sueño. Dejó
caer los pesados párpados, Desde la ciudad llegaban hasta él unas voces que lo llamaban
todavía por su nombre, debilitadas, febles…
(Tomado
de www.ciudadseva.com)
Achille Campanile
Un
día, hace muchos años, un individuo que había salido de su casa sin paraguas se
dio cuenta de que empezaban a caer algunas gotas.
–Debería volver a casa a buscar el
paraguas –pensó.
Pero después se dijo:
–¡Bah! No serán más que cuatro gotas.
Y siguió
andando porque tenía mucha prisa.
La lluvia
empezó a caer. Entonces
el individuo se refugió en un portal.
–Esperaré
a que deje de llover –dijo.
Había empezado
el Diluvio Universal.
(Tomado
de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)
Raúl Ortiz y Ortiz
Una
tarde, Mme de Chevigné da la taza de té a una doncella; a ésta se le cae la
cuchara y exclama ¡merde!
Mme de Chevigné se vuelve a ella y le dice:
–Niña, no diga usted eso, que es palabra
reservada a los amos.
(Tomado
de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)
Federico Gana
¿Llueve, Paulita? –le pregunto, abriendo los ojos cargados de sueño.
–Lloviendo
toda la noche sin descansar, señor
–me contesta, al mismo tiempo que deposita cuidadosamente sobre el velador
una
humeante taza de café. En seguida, cruza los brazos sobre el pecho y se queda inmóvil contemplando fijamente, a través de los
vidrios
de la ventana, el cielo, de un gris sucio y opaco, cerrado por la lluvia torrencial. Yo, desde mi lecho, diviso confusamente allá, afuera, las siluetas de los árboles doblados por el fuerte viento del norte; las nubes tenebrosas que
vuelan rápidas hacia el sur; los campos, de un verde tierno y brumoso, cubiertos de agua; los animales que vagan aquí y allá en los potreros como entumecidos de
frío; las gotas que borbotean sin término en las charcas.
–Con este tiempo
tan malo, los animales y los pobres
son los que padecen –agrega Paulita, contemplando
tristemente, embebida, el paisaje.
Después se vuelve hacia mí y me mira sonriendo,
con los ojos brillantes,
como invitándome
a entablar una
de esas charlas matinales
a que la tengo acostumbrada,
en las que
tratamos largamente de toda la
crónica doméstica de la casa de campo, de la que ella está muy impuesta como
llavera del fundo que
es, desde hace largos años.
Es una viejecita de pequeña estatura,
encorvada por los años y
los achaques, vestida
de riguroso
luto, y a pesar del frío y
la humedad de esa
mañana de invierno, no lleva por todo abrigo sino un
pequeño pañuelo de lana
que apenas le cubre la cabeza y
el cuello.
Sus cabellos grises,
ásperos y fuertes, su color obscuro
y bilioso, su estrecha frente
y los pómulos y
las mandíbulas muy
pronunciados,
denuncian a las
claras su origen araucano. Solo
los ojos son grandes, negros, rasgados e inteligentes.
Por fin le digo:
–¿Y ha sabido de José?
Al escuchar estas palabras, un destello indefinible de
orgullo, de embriaguez
y de esperanza,
parece encenderse
de súbito en el fondo de sus ojos,
que parpadean;
se acerca a mi lecho y me
contesta rápidamente en voz baja,
confidencialmente:
–¡De José, de Josecito, mi hijo!, sí, señor, ¡cómo no había de saber!
Está
muy en grande por allá, en Antofagasta. Dicen que ya se salió de ese hotel y
que ha juntado plata para poner una tienda. Dicen también que anda muy
elegante, que parece todo un caballero. Yo lo decía, que Dios había de proteger
a mi hijo tan bueno, tan amante, tan sometido y respetuoso con su madre. Cuando lo puse a servir, el primer sueldo me lo trajo hasta el último centavo, y me
dijo:
“Aquí tiene, madre, para que se compre
todas sus faldas”. Después, cuando salía a verme, siempre me traía cualquier regalito.
Decía también que yo ya no estaba para trabajar, que él me daría para que descansara
en mi vejez. Ahora, tan arreglado, tan cuidadoso de su persona, tan sin vicios…
–se interrumpe un instante, apoya la barba en su mano enflaquecida, suspira
débilmente y, fijando sus ojos dilatados en el suelo, exclama con voz apagada, como hablándose a sí misma:
–Y ahora ¡tan lejos de mí el pobre niño! ¿Quién me lo atenderá por allá?…
–¿Y le ha escrito desde que se fue? ¿Le ha mandado algún recuerdo?
Al escuchar estas palabras, su rostro moreno y amarillento parece demudarse de súbito, cierra los ojos a medias
y
contesta con voz estrangulada, sonriendo pálidamente:
–Sí… siempre me escribe… desde que se fue, ahí tengo las cartas… se las traeré para que las vea… es tan atento… también me ha mandado algunos engañitos… dice que no se viene, porque no quiere llegar pobre aquí –suspira con esfuerzo, fija los ojos turbios e inciertos en la abierta ventana, y continúa:
–Y pensar que va para los tres años que anda por allá. ¡Esto es terrible para una, verse sola en la vejez sin tener a nadie
que le cierre los ojos! –Guarda
silencio un instante, fijando en mí su mirada triste y abatida y, en seguida,
agrega con dolorosa sonrisa:
–¡Ah!, señor, ¡qué crimen más grande es la
pobreza, porque si yo hubiera tenido algo, José no se me habría ido con ese
caballero, su pariente, que le vino a formar tan bonitos planes para llevárselo
al norte! Y ese hombre tiene la culpa de que yo esté padeciendo ahora –termina
con voz fuerte, vibrante de cólera y desesperación.
Trata de proseguir, pero la voz se
le ahoga en
la garganta;
su boca se contrae
convulsivamente;
gruesas lágrimas asoman a sus ojos
encendidos y resbalan lentamente
por sus mejillas rugosas,
y, por fin, murmura con acento entrecortado
por los sollozos:
–Y él allá… al fin del mundo…
y yo tendré que morirme aquí como un perro: ¡porque esto me matará, esto me ha muerto,
señor!
Se lleva al pecho las manos como
tratando de desembarazarse
de algo que la ahoga, se da vuelta y
se aleja rápidamente,
tambaleándose,
con el rostro contraído inclinado
hacia la tierra y la trémula cabeza
hundida en
los hombros.
Pocos días después de
esta escena,
estoy sentado frente a
mi escritorio,
leyendo tranquilamente
los diarios,
que acaba de traer el correo
de la mañana.
Por la abierta ventana penetran los rayos
del sol de invierno; en el jardín que
hay al frente se escucha el lento
gotear de los árboles que
sacuden el agua de
la pasada lluvia, el grito estridente de las golondrinas,
el confuso gorjeo de los pájaros,
saludando alegremente al buen
tiempo. Grandes, espesas nubes blancas
se divisan allá entre los árboles
del camino real, destacándose inmóviles sobre el
húmedo azul del cielo;
y un hálito poderoso,
embriagante de
vida, cargado con el acre perfume
de las yerbas
silvestres y de la tierra mojada, llaga
hasta lo más hondo de mi pecho. Todo lo que me rodea
parece nuevo, brillante, claro: los campos, las casas, los montes distantes, hasta la blanca torrecilla del Cementerio lugareño
que contemplo, en lontananza, a través de los álamos negruzcos. Yo me siento
también ágil, ligero y alegre, con el corazón henchido de no sé qué vaga,
indefinible esperanza.
De
repente siento que la puerta de la habitación se abre suavemente: rápidas piadas
que yo conozco muy bien resuenan tras de mí sobre la alfombra. Paulita está frente
a mí; trae debajo del brazo un pequeño envoltorio; sus labios se agitan como si desearan comunicarme luego
algo importante. Con la luz fuerte y clara que penetra
por la ventana, su rostro parece demacrado, pálido y enfermizo; sus grandes ojos
negros circundados de profundas ojeras violáceas brillan intensamente, con los
resplandores de la fiebre; pero su boca sonríe enigmática,
maliciosa… se inclina a mi oído y me dice misteriosamente:
–Hoy me ha llegado carta de él, ¿sabe? Aquí la traigo para que la vea.
–¡Ah!
José le ha escrito –le digo.
–Léamela,
señor, para ver qué es lo que ha puesto ahí.
Es
una breve carta que principia con el sabido: “Espero que al recibo de ésta se encuentre
gozando de una completa salud; yo quedo aquí bueno, a sus órdenes. Ésta
es para decirle que ya muy luego me voy a embarcar. Espero solo
juntar algo para el pasaje, porque hay que atravesar el mar.
“También le diré que yo no me
puedo hacer por aquí, porque no hay día que no me acuerdo de usted y de todos. También quería decirle que el negocio
mío es una cantina. Algo se gana, porque es mejor trabajar solo que no
apatronado. Le mando esas cositas para que se abrigue este invierno y se acuerde
de su pobre hijo. –José Morales”.
Mientras deletreo pausadamente en voz alta esta epístola, la anciana, con la mano en la mejilla, las cejas
fruncidas y una suave sonrisa en
los
labios, parece sumergida en un dulce y embriagador ensueño.
De cuando en cuando, durante la lectura, exhala un suspiro entrecortado.
Al terminar, le devuelvo su tesoro, diciéndole:
–José es un buen muchacho, porque se acuerda de su madre, y no
es ingrato.
–Ingrato él –me contesta con una expresión de extravío en la mirada–, ¡cuando es el mejor, el más
bueno
de todos los hijos! Vea, mire lo que me manda –y principia
a
desdoblar precipitadamente el paquete
que
traía bajo el brazo. Y allí, sobre la mesa, veo extenderse
un pañuelo de colores chillones, de los de rebozo, y un género obscuro de lana,
todo muy ordinario. Durante esta exhibición,
ella me mira a cada instante con el aire inquieto sonriendo orgullosamente,
como diciéndome: ¡Qué le parece!
–Muy bonito, muy bonito está
todo, y la felicito porque, al fin, va a ver a su hijo.
–Sí,
ya va a llegar muy pronto –me contesta rápidamente, con los ojos ardientes,
llenos de lágrimas.
Por
fin, se aleja con su habitual rapidez, haciéndome alegres signos con las manos,
agitando triunfalmente, como un trofeo, su paquete.
Dos días después tuve que
hacer un viaje a Santiago, donde me llamaban diversos negocios urgentes.
Regresé
una tarde, y conversando con el anciano mayordomo Simón sobre las novedades
ocurridas en el fundo durante mi ausencia, le pregunté:
–Y
¿qué
ha habido de nuevo por acá?
–Lo único que hay de nuevo, señor –me
contestó–, es que doña Paulita está en las últimas.
–¡Cómo! –le dije sorprendido–, ¿y qué tiene?
–Hacía tiempo que andaba enferma, sin querer
decir nada. Usted sabe lo ágil y alentada que era: pues se lo pasaba días enteros sentada en el corredor mirando para el campo, y tan
triste,
sin hablar
cosa.
Ahora, enflaqueciendo de día en día que da
una compasión, hasta que se quedó
en los huesos. Yo creo también que en mucho entraba la malura de cabeza, porque
todo se le volvía hablar de José, que le había escrito, que
iba a llegar… allá, a mi casa, iba siempre a mostrarme las cartas para que se las
leyera y entonces sí que se ponía contenta. Hace como diez días cayó a la cama.
Vino a verla el doctor, y dijo que era consunción, vejez, y que no tenía para qué
volver, porque la encontró sin remedio. Ayer traje al señor cura del pueblo para
que le pusiese la extremaunción y la confesara. Está muy mala, señor; parece
que
no pasará de esta
noche.
–Vamos a verla –le digo, hondamente conmovido con la noticia.
Al entrar a la habitación de la anciana, situada en la parte baja del edificio destinada a la servidumbre, vi a un individuo desconocido, de manta, que estaba sentado en el umbral de la puerta, quien, al verme
y para
dejarme paso, se puso
de pie respetuosamente con el sombrero en la mano.
En el interior de la
humilde
estancia, a pesar de ser de día aún, una vela, colocada frente a las
imágenes, difundía su claridad triste y amarillenta; algunas mujeres, sirvientas de la
casa,
arrodilladas aquí y allá sobre la estera, rezaban en voz sorda y monótona. De cuando en cuando, un hondo suspiro ahogado interrumpía la fúnebre calma que reinaba
en la habitación.
Allá, en un rincón
sepultado en la sombra, distinguí el lecho donde la anciana yacía. En su rostro
terroso, profundamente demacrado, vagaba ya la fría majestad de la muerte. Sus ojos,
entreabiertos, como velados por una bruma espesa, se fijaban allá, muy lejos,
en lo alto; sus labios, fuertemente plegados, denunciaban el misterioso
y terrible trabajo de la destrucción que se operaba por instantes en su ser;
sus manos delgadas y huesosas vagaban continuamente sobre la colcha, como tratando
de coger a puñados algo invisible que por el aire vagara, y que se le escapaba siempre.
–Paulita –le digo en voz baja–, ¿me conoce?
Al escuchar estas palabras su cabeza rueda
lánguida sobre la almohada, volviendo el rostro hacia mí; sus ojos se agrandan bajo
las cejas fruncidas y sus labios se agitan trabajosamente, pareciendo murmurar algo
en secreto. De pronto, su semblante se anima y dulcifica, un gesto de íntima satisfacción
se dibuja en su boca contraída, y no sé qué luz interior parece iluminar su frente
inmóvil; destellos fugitivos y ardientes se reflejan rápidamente en el fondo de
las oscuras pupilas, cual los últimos resplandores de una lámpara próxima a extinguirse;
su cuerpo se agita débilmente bajo las ropas, y, por fin, con una voz sorda,
lejana, vacilante, entrecortada por el estertor de la agonía, murmura pausadamente,
como en un sueño:
–José… Josecito…
¿estás ahí? ¿Has llegado al fin, hijo?… Acércate… pero… ¡tan flaco, tan distinto!
¿Por qué te pierdes ahora? ¡Abrázame… así! ¡Y tan elegante!… ¡Dios te bendiga!… ¿Pero ya te vas?… ¡No vuelves más!
Después lanza un grito ronco y profundo; hace una gran aspiración; exhala un leve suspiro, y se
queda
para siempre con los ojos entreabiertos y sin luz, fijos en el más allá tenebroso…
Al ponerme de
pie, veo a mi lado al individuo desconocido que estaba sentado a la puerta, cuando
entrara. Es un anciano de cabellos grises, pobremente vestido. Con
la cabeza inclinada contempla fijamente a la muerta. Y yo, para disimular mi
emoción, murmuro entre dientes:
–Pobre José, ¡cuánto va a sentir esta
desgracia! ¡Tanto que quería a su madre; tan buen hijo!
El anciano, al escuchar estas
palabras, hace un violento gesto de negación con la cabeza, y exclama con voz velada,
sonriendo irónicamente:
–José, buen hijo, señor, cuando es él
quien tiene la culpa de lo que estamos viendo, de que mi pobre comadre…
–¿Cómo? –le digo, mirándolo
sorprendido…
–Sí, señor
–agrega–, porque desde que se fue al norte, ya no se acordó más que tenía madre;
no le escribió nunca; y como han llegado las noticias de que
por allá las está echando de caballero..,
–¿Y esas cartas que ella andaba mostrando
a todos?
–Se las escribía yo, señor, que soy su
compadre; porque la pobre vieja me decía que no quería que nadie supiera nunca
que su hijo era un ingrato.
–¿Y los regalos?
–Los compraba ella misma en el pueblo con
sus ahorros, para venir a enseñarlos aquí en la casa. Yo creo que ella misma
trataba de engañarse al fin, porque no tenía la cabeza buena de tanto sufrir… ¡pobre
doña Paulita, al fin ha dejado de padecer! –y al terminar, el anciano va
lentamente a sentarse, allá en el umbral de la puerta, donde se queda en
silencio, meditando, al parecer, con la barba apoyada entre las manos.
(Tomado
de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)