jueves, 5 de noviembre de 2026

Doña Mariola

Antonio Ballesteros

 

Muy pocos sabrán de doña Mariola, pero cuando yo era niño su caso fue muy comentado. En todo Toledo. La llevé a la estación de tren hace un par de semanas. Me esperaba a la puerta de su casa, frente al Taller del Moro, y en cuanto divisó mi taxi su liviana figura se puso en movimiento.

Caminaba con dificultad y a pasos cortos, como si temiera resbalar.

Bajé para abrirle la puerta y ayudarla, y me miró con los ojos de quien se topa con alguien vagamente familiar sin acabar de identificarlo. Cuando le dije quién es mi madre, ella recordó y sonrió levemente; luego justificó su trayecto: “Voy a la estación por si, con las obras de lo del AVE, han desfigurado el vestíbulo y el andén en el que tantas horas consumí. Tú ya sabes de qué hablo”.

En el fondo de sus ojos percibí el revoloteo de las mariposas que anidaron el día que Gerardo, su marido, marchó a Europa en busca de fortuna.

Él se fue al día siguiente de la boda –tal como entrambos habían proyectado–, pese a la general extrañeza por tan exigua luna de miel. Según el plan acordado, Gerardo buscaría en Suiza un lugar donde vivir y la llamaría junto a él para comenzar entonces una celebración interminable. Pero antes era necesario que encontrase un trabajo bien pagado, algo que al principio de los años setenta parecía fácil de hallar en el extranjero.

Su propósito compartido era que, cuando se reuniesen en Basilea, Mariola se emplease en algún bar, como cocinera, y limpiase en casas de particulares, si hacía falta. Ella estaba dispuesta a dejarse la piel en el intento, y a renunciar a todos los caprichos con tal de ahorrar lo suficiente para, en unos años, volverse con su marido a España y montar un negocio, además de dar la entrada para un piso donde disfrutar los hijos que, sin duda, llegarían.

En lo que se refiere al negocio, las preferencias de Mariola se inclinaban por un bar o, si las cosas les iban muy bien en el exilio, por un restaurante en el que podría ejercitar su magia para la cocina. Sabía que Gerardo haría un magnífico papel como anfitrión: su simpatía era proverbial y su sonrisa conseguía que cualquiera se sintiera cómodo a su lado. Ella, en cambio, se desenvolvía mejor entre bastidores, sin hacerse notar, sin someter su timidez a miradas demasiado directas o a las conversaciones subidas de tono de quienes beben más de la cuenta.

Por lo que respecta al piso que Gerardo buscaría, habían convenido que fuera modesto: para ellos dos, bien poco necesitaban. La única condición que puso Mariola fue no compartirlo con otros inquilinos, aunque les costase un poco más.

Sin haberse ido, ya se veía de vuelta y enseñando a las amigas el piso. Incluso tenía pensado cómo decorarlo. Pero lo que más le ilusionaba de toda la andanza imaginada era que, ya con el negocio en marcha, podría tener hijos.

Así que, con esos ensueños en el corazón, no le arredraban los obligados esfuerzos que sin duda tendría que realizar. Era incansable para el trabajo, todo el mundo lo decía, y tozuda como una mula. Cuando se proponía algo, no paraba hasta lograrlo.

La conquista de Gerardo dio fe de ello. Fue el suyo un coqueteo imperceptible pero constante, casto y sutil pero sostenido. Poco le importó lo distante que él se mostraba al principio, ni las advertencias de sus amigas de que no se ilusionase en exceso por un hombre más joven que ella y con fama de rondador de muchas novias. Tampoco le arredró que la familia de Gerardo se opusiera con malas artes a su unión y, con cualquier pretexto, tratara de descomponerla.

Desde el momento en que a Mariola se le metió en la cabeza que aquel era su hombre, y que saldría de una iglesia de blanco y de su brazo, no cejó hasta conseguirlo. Le costó cinco años de paciente acercamiento, pero al fin lo arrancó de una vida disipada y de la influencia de su familia. El día de la boda salió resplandeciente de la ermita de la Cabeza, y todos hubieron de reconocer que su rostro de novia era el de una mujer que irradiaba, si no belleza, una inmensa felicidad. Como tenían previsto, al día siguiente de la celebración Mariola acompañó a su marido a la estación de ferrocarril y le ayudó a subir unas casi desvencijadas maletas al vagón. Abrazada a él se enredó en un beso que hubieron de interrumpir cuando una pareja de ancianos entró al compartimento. Mariola, sofocada, bajó entonces al andén. Gerardo abrió la ventanilla, se asomó y alargó la mano. Ella extendió la suya y las mantuvieron unidas hasta que el convoy arrancó.

Mariola lo vio alejarse hasta quedar convertido en un punto apenas perceptible. Su mirada desolada quedó prendida en ese lugar, y fue el instante que las mariposas aprovecharon para anidar en el fondo de sus ojos. Se quedaron muy quietas, para que Mariola no advirtiera su presencia. Y ella, que no podía desasirse de aquel invisible punto en que se había convertido el tren, se quedó casi dos horas inmóvil y pensativa en medio del desierto andén, hasta que advirtió que otro procedente de Madrid se aproximaba.

Instalada en la ilusión pasó los primeros meses. Gerardo, como había prometido, escribía todas las semanas. No eran cartas muy extensas y apenas explicaba detalles superficiales de su trabajo, pero dejaba traslucir que en Europa no era tan fácil como se decía encontrar una buena ocupación ni hallar un alojamiento que permitiera el traslado de Mariola. Pero le animaba a no desesperar porque, decía, tarde o temprano la fortuna les sonreiría.

Lo peor era que las cartas llegaban sin remite y ella no podía responderlas. Apilaba en el cajón de su mesilla las quilométricas misivas que escribía, después de repasarlas muchas veces. Luego releía las de Gerardo, que ya se empezaban a desgastar.

Los días transcurrían lentos y el tiempo alcanzaba una densidad que amenazaba con enrarecer el aire, por más que Mariola mantuviera intacta la ilusión de cuando besó a su marido en el vagón, antes de que entraran los viejos.

Hasta que un día, sin mediar ningún presagio, las cartas de Gerardo dejaron de llegar. Mariola esperó y esperó y se llenó de ansiedad, hasta que no pudo más y fue hasta la casa de sus suegros, a pesar de ser consciente de su antipatía. La recibieron como esperaba, cortantes y secos, y dijeron no saber nada sobre su hijo. Esa misma tarde, Mariola se descubrió sentada en el banco de la estación que compartió con su marido el día de la despedida.

Se encontró a gusto allí, con una novela entre las manos. La había comprado unos minutos antes en el quiosco de prensa del vestíbulo de la estación. El libro narraba los azarosos avatares de una pareja que, tras abrumadoras dificultades, vencía todos los obstáculos que se oponían a su felicidad. La lectura la calmó y mitigó su angustia. Volvió contenta a su casa y no se preocupó de disculparse ante su madre por la tardanza.

Al día siguiente regresó y, desde entonces, sus visitas se hicieron diarias.

Al principio, algunas amigas intentaron hacerle desistir de tan peculiar comportamiento, pero ella les sonreía y les pedía paciencia. Luego, cuando se marchaban, una vez más su mirada se perdía donde las vías se juntaban. Las amigas dejaron de acudir a la estación y durante mucho tiempo ni una sola de ellas volvió a utilizar el tren para desplazarse a Madrid, con tal de no encontrársela. Ella, en cuanto se quedaba sola, descansaba los ojos en las páginas de su novela de amor.

Pasaron dos años y otros dos, y aún otros seis transcurrieron. Durante una década, Mariola se convirtió en parte del paisaje que los turistas que venían en tren hallaban al llegar a Toledo. Se presentaba puntual a media mañana, compraba en el quiosco su ración diaria de quimera en forma de novela rosa y se sentaba a saborearla en el banco que los empleados de Renfe le reservaban.

Solo alzaba la vista cuando advertía que algún tren se acercaba. Luego veía pasar ante ella los rostros extraños de los visitantes, y los ya familiares de los usuarios frecuentes del ferrocarril.

A mediodía se acercaba al bar y tomaba el café con leche y el croisans que ya le tenían dispuesto, siempre en la misma mesa. Y poco después de que todos los pasajeros del último tren hubieran desaparecido por el vestíbulo, se ponía en pie, alisaba la trasera de su falda, guardaba el libro en el bolso y, salvo que lloviese, ponía rumbo hacia el puente de Alcántara y, tras recorrerlo sin mirar la turbia corriente del Tajo, subía cadenciosamente las empinadas escaleras hacia el Paseo del Carmen y luego atravesaba la ciudad hasta llegar a su casa.

Ni un solo día alteró la rutina. Y por extraño que parezca, ni una chanza hubo de soportar en todo ese tiempo. Joan Manuel Serrat acababa de estrenar una canción que parecía inspirada por ella. Los empleados de la estación, los de la cafetería y algunos taxistas comenzaron a referirse a doña Mariola como “Penélope”. Pero lo hacían con ternura. No habría extrañado que algún desalmado aprovechase lo anacrónico de su comportamiento para burlarse de ella, pero la inmensa melancolía que despedían sus ojos, lo apacible de su voz y de su gesto, y la terca dignidad que dejaban adivinar sus modales, impedía que quienes se le cruzaban experimentasen lástima o se sintieran movidos a la bufa.

Fue hace treinta años cuando su rutina –que ya duraba una década– se alteró. En cuanto llegó supo que aquel no sería un día corriente: en el andén aguardaban la madre y la hermana de su marido. Mariola, con el pulso acelerado, a punto estuvo de acercarse a ellas, pero al reparar en su agrio semblante se contuvo. Ellas, cuando la vieron, comenzaron a cuchichear sin disimulo y a mirarla de reojo.

Transcurrieron unos minutos en los que las tres mujeres permanecieron inmóviles. Luego se oyó un silbido inconfundible y, muy poco después, apareció a lo lejos el tren. Su frenada produjo los habituales chirridos metálicos hasta que la locomotora se detuvo. Comenzaron a bajar los viajeros. Cuando parecía que nadie quedaba por descender, Mariola adivinó, en la puerta del último vagón, la silueta de Gerardo. Aunque flaco, estropeado y serio, era su razón de ser.

Se observaron desde la lejanía. A medio camino de los dos quedaban estáticas la madre y la hermana, que miraban alternativamente a uno y otro lado. Nadie se movió durante unos segundos. Mariola no sabía si esperar o correr hacia su marido para reanudar el abrazo que la pareja de ancianos había interrumpido diez años antes, cuando él partía hacia su odisea.

Pero enseguida, sin embargo, comprendió que no habría sido apropiado hacerlo: un niño apareció por la misma puerta por la que había bajado su marido. Saltó al andén y cogió su mano. Y otro niño tras él hizo lo mismo. Y a continuación apareció el escorzo de una mujer. Mariola no intentó grabar su rostro en la memoria, se fijó más bien en su barriga abultada y en el inquieto rapazuelo de pelo encrespado y rubio que portaba en los brazos.

La hermana y la madre de Gerardo miraron un instante hacia ella antes de acercarse a los recién llegados. No hubo besos ni abrazos entre ellos, que poco después desaparecieron camino del vestíbulo con el ánimo de una comitiva fúnebre y arrastrando tres maletas.

Mariola permaneció inmóvil. Comenzó a sentir frío, pese a que un cálido sol de primavera templaba el ambiente. Al fin dio media vuelta y juntó los párpados para retener dos lágrimas que pugnaban por resbalar hacia sus mejillas.

Se detuvo, como siempre, junto al quiosco de prensa. Sacó unas monedas y las depositó sobre la vitrina, antes de tomar la novela de rosas ilusiones que el hijo de la quiosquera le tenía preparada.

La introdujo en el bolso, junto al monedero, y se despidió con un casi inaudible “buenos días”. Al volverse se topó con un individuo desastrado y de aspecto peculiar, un tal Guillermo Barea al que conocía de vista y oídas, que despedía un fortísimo olor a coñac. Se quedaron mirando unos instantes a los ojos. El hombre llevaba en una mano la fotografía de una mujer morena, y en la otra jugueteaba con una rosa recién cortada. Alargó la flor y se la ofreció.

–Compañera –murmuró con voz ronca y aguardientosa–, tómala; la necesitas mucho más que yo.

Mariola tomó la rosa y, dando un rodeo para no rozar al vagabundo, se alejó y emprendió el camino hacia su casa.

Al llegar a ella introdujo en un jarro con agua la flor. Cuando se secó, unos días después, recogió sus pétalos y los guardó entre las páginas de la novela de amor que pretendía leer el día que regresó Gerardo.

Y nunca más, desde entonces, volvió a comprar una novela romántica. Se afanó, en vez de eso, en montar el restaurante de sus sueños, que ahora es uno de los más afamados de la ciudad y han heredado sus sobrinos…

Sus piernas no están ya para largos paseos. La ayudé a bajar de mi automóvil y la vi caminar con lentitud hacia el vestíbulo. A medio camino se detuvo, volvió la cabeza y, rebosantes sus ojos de mariposas y melancolía, me pidió que diese recuerdos a mi madre, la antigua quiosquera de la estación. Luego, dificultosamente, prosiguió su camino y desapareció.

 

(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)

 

Hombre fuerte

Abelardo Castillo

 

Cuesta, Anselmo Arana, da trabajo llegar y, algunas noches, hasta miedo. Hay que tener lo que hace falta, tripas fuertes y mano pesada. Hay que sacrificar gente si hace falta: un hombre boca arriba en una zanja, o una mujer, que cualquier día estorba. Vivir como quien tira los baúles en un naufragio. Hay que abrirse paso y pisar firme como los que saben qué quieren y adónde van, para llegar a esta noche de verano y a este cruce de calles donde flamean canelones con su nombre y se oyen petardos y voces que gritan Intendente y gritan que hable, y usted va a subir y a hablarles sin importarle mucho las palabras, sin importarle mucho ninguna cosa, como siempre, ni el Partido ni el estruendo de los aplausos ni esas mujeres chillonas de ahí abajo ni los tapes del Comité rodeándolo ahora mientras sube, ellos con el bulto del revólver bajo el saco protegiendo a don Anselmo como usted antes al doctor, porque el doctor tampoco se rebajó nunca a usar más arma que su gente: la gente. Y eso también se aprende, como se aprende a decir redondas las palabras, difíciles, dando ahí arriba la impresión de estar mirando a todo el mundo en los ojos (pero mirándote únicamente a vos, nicoleño, mientras subo), como diciendo acá subí y acá me quedo. Y mientras yo esté acá arriba, infelices, no hay Partido que valga sino yo, el Carancho, don Anselmo ahora y sin apodo, oyendo esas sombras gritonas de ahí abajo y viéndote a vos solo, pero sin importarme nada, y mucho menos tu cara: ni esta noche ni antes, en los Arrecifes, aplastada tu cara contra el piso bajo mi bota hace mucho, hace como diez años. Les hablo de la Patria mirando tu odio, nicoleño, y te leo en los ojos un revólver que no te vas a animar a sacar mientras yo te mire. Después sí, no ahora. Después, cuando me sigas por la calle con tu cara rencorosa y torva, cara de mestizo bruto que no olvida esa raya que te hizo Anselmo Arana, que te hice yo con la espuela, un rayón de la jeta hasta la oreja por el que vas a seguirme y a sacar un revólver o un cuchillo que te veo relumbrar en los ojos como si te lo estuviese pidiendo, nicoleño, como si te oyera o te inventara los pensamientos y me viera yo mismo, don Anselmo que les habla a estos infelices y me odiara desde tus ojos chinones que ahí abajo están jurándome: No lo olvido, Anselmo Arana. Le juro que no lo olvidé un solo minuto de una sola hora de un solo día de todos estos años. Ni el odio ni esta canaleta en mi cara se me borraron desde la noche que me tuvo un rato largo contra las paredes y alguien dijo me parece que está bueno mi comisario Aran, porque le dijo Aran no Arana, hasta que me vine al suelo y usted me dio vuelta la cara con la bota y yo sentí ese ardor que es esta cicatriz y ahí me quedé, mirándolo desde el suelo hace diez años. Y después, nicoleño. También mirándome después, entre unas máscaras de carnaval alguna noche, desde los ojos sin cara de los sueños, en la vidriera empañada de un café, hace poco, o entre esta gente ahora bajo el cartelón azul de anchas letras blancas que cruza la bocacalle, el gran cartel de género agujereado para que pase el viento, moviéndose, azul, con un nombre escrito a todo lo largo de la noche junto a otros cartelones azules de grandes letras blancas: Vote a Arana. Vóteme a mí.

“Ya votaste, Carancho”.

“¿Cómo que ya voté?”.

“Que cómo ni que la mierda”, se habían reído, “si te han dicho que ya votaste, ya votaste”, y se rieron. “Cómo te llamas”.

“Anselmo Aran”.

La libreta de enrolamiento, enarbolada en la punta de la bayoneta de un milico, apareció a la altura de mi cara. De puro chiquilín, de puro pavo, me atropellé y el gesto de echar mano amagó una intención que no tenía. Cosa que no ha de repetirse, mi atolondramiento, historia que no les cuento a esos infelices de ahí abajo pero les cuento una parte. Cosas que ocurrían en este país hace treinta años, les digo, pero que no volverán a repetirse, no al menos mientras nuestro glorioso Partido sea gobierno y el Intendente de esta ciudad sea yo. Veles las caras, nicoleño, oílos cómo aplauden. Hasta vos aplaudís. A vos te conocí muchos años después de esa mañana, pero que yo ahora esté bajando de acá arriba para que vos me sigas esta noche empieza con aquel culatazo. En el pecho me pegaron, y me tumbó. El sopapo me sorprendió cuando iba cayendo; estaba por gritar “no peguen”, o tal vez lo grité, cuando sonó el primer tiro, y después otros. La urna de los votos, astillándose en el aire, es lo que mejor recuerdo: un machetazo, me pareció. Viva el doctor, gritaban, y yo estaba sin respiración caído de rodillas entre un revuelo de papeletas y la espantada de los caballos. Me acuerdo también que nunca había matado a un hombre. Ese milico que atropellaba a sablazos desde la puerta fue el primero. Dicen que lo maté yo. Yo no sé. Lo que sé es que desde un coche me gritaron vení correligionario y que mucho más tarde, en el Comité, el doctor en persona decía:

–Me ha salvado la vida, che –y me miraba a mí, y me había puesto la mano en el hombro–. Cómo es su gracia.

–Me dicen Carancho. Soy Aran, el del turco.

–Conozco a su padre.

Me miró con desconfianza; había retirado la mano. Dijo:

–Pero él no es de los nuestros, si no ando errado.

Supe entonces lo que había que decir, nicoleño. Y lo dije. Muchas veces, después, me oí pronunciando palabras en ese tono. Dije lentamente:

–Él no.

Por eso, nicoleño, por cosas como ésa, hasta hace un rato; estuve en ese palco hablándoles a esos infelices y mirándote a vos que ahí venís medio escondiéndote entre los últimos que gritan por la Calle Ancha. Y porque hasta de oírse nombrar se cansa un hombre, ahora he dicho estoy cansado y agregué que me vuelvo a pie, que quiero caminar solo. Mi hombre de confianza y tu mujer me esperan en mi casa. A tu mujer no te la quité: se vino. Llegó a reclamar no sé qué, diciendo que habías quedado medio idiota, casi inútil después de la paliza y que yo no tenía alma si me negaba a ayudarla. Me gustó y le dije quédate, ni me sacó la mano que le había puesto en la cadera cuando se lo dije. Nunca creí que iba a durarme tanto. Ni el doctor le cambió el rumbo. Me di cuenta de quién era yo cuando el doctor, por ella, por ganármela, empezó a querer sacarme del medio a mí. Y lo medité. Un año antes se la daba, ahora me pareció que no era justo. Yo lo quería a ese viejo; daba vergüenza verlo pavear por una mujer. El hombre que lo mató se llamaba Soria.

Desde aquel día, o ya de antes pero sin saberlo, no hice más que acatar mi destino, ciegamente, como hasta entonces había acatado la voluntad del doctor. Porque ahora sé que la vez de Arrecifes, cuando te patié la cara y te marqué desobedeciendo sus órdenes, premeditaba como un recuerdo esta calle, estos árboles, el socavón de esta noche donde me estás buscando: “Hay un negro, el nicoleño, ladrón de urnas y matón: usted se me va de comisario interventor a los Arrecifes, m’hijo, y lo hace meter preso; se lo mandan pedir de Ramallo y lo entrega, allá se encargan”, y el doctor, con las manos a la espalda, caminaba, medio inclinado hacia adelante. Me gustaba esa manera de hablar mirando el suelo. Le copié el gesto y aprendí a pensar. Como en su biblioteca, frunciendo la frente, había aprendido a entender lo que hace falta entender de los libros. “¿Comisario yo?”, debo de haber preguntado haciéndome el chiquito, y él, que a veces alzaba la vista y me miraba como si quisiera saber qué estaba pensando yo realmente, me contestó: “Natural. Y a tu vuelta de Arrecifes vamos a conversar largo: me has salido por demás bueno, Carancho, y habrá que ir pensando qué dos encabezamos la lista del Partido en la próxima”. Y se sonrió. Me había dicho “carancho” pero me autorizaba a figurarme su igual, y se reía. “Hay un título de Bachiller a nombre de Anselmo Arana, que es apellido más nacional. Con lo que sabés, sobra. Y no te hago Procurador porque ahí llegas solo”. Después me dijo que los sentimientos son un defecto, y me miraba. Y agregó que por eso yo iba a llegar lejos. “La gente”, habló como si no me hablara, de tan bajo que habló, “la gente sigue a los hombres como vos. Explícamelo si podés”. Y se reía. Cuando regresé de Arrecifes con tu mujer, volvió a tratarme de usted y estaba serio. Le conté que vos te me habías retobado y que juzgué necesaria, “aleccionadora” le dije, la paliza; que en el trayecto a Ramallo, sabe Dios cómo, te me escapaste. Habló del Partido y preguntó que quién carajo era yo para juzgar nada y encima dejar suelto a un hombre al que se le quitó la mujer, si yo era idiota o andaba queriendo que vos, nicoleño, me buscaras toda la vida. No le dije que sí.

Le dije en cambio que yo, siendo comisario, juzgaba como comisario mientras no hubiera más comisario que yo; que la mujer me la traje porque me gustaba y que, cuando la viera, lo iba a entender del todo. Lo hice sonreír. Me preguntó: “Pero, y qué va a hacer, dígame, con su mujer legítima”. Como me acuerdo ahora, me acordé esa vez de que yo tenía mujer. Dije:

–Echarla.

Antes y después hay muchas cosas. No sé cómo se llega, nicoleño, por qué fatalidad, con cuanto esfuerzo se llega a don Anselmo, a este cansancio. De las mujeres, creo, aprendí a tratar con los hombres: metérselos debajo, usarlos y vejarlos; es la ley. De los libros, aprendí a que me lo agradecieran. Dicen que mi padre, agonizando, me llamaba por el diminutivo de mi nombre. Cuando me lo contaron, le perdí el respeto. A vos, ahora que lo pienso, yo te respeté; eso fue lo que pasó. Nomás de verte te temí, te respeté los ojos, y por eso me estás siguiendo ahora. Me aguantaste de pie y con la mirada fija, turbia desde el entrevero bestial de las cejas, mordiéndote. No me ensañé, nicoleño. Probé a darte con toda mi alma por ver hasta dónde aguantabas. Pegarte, esa noche, fue lindo por vos; por cómo se te agrandaba el animal adentro. Cuando el cabo me anunció ya está bueno mi comisario Aran, y volví en mí y me aparté, recién entonces te derrumbaste. Quise verte los ojos y te di vuelta la cara con la bota: abiertos los tenías. Mirada de acordarte. Te marqué por lujo, ritualmente, como quien hace un nudo en el pañuelo de otro. Abandonarte en una cuneta del camino a San Nicolás, esa misma noche, fue como apostar contra tu muerte, a que te despabilaban y te restañaban el rocío y el barro; como querer, hace diez años, que ahora dobles la esquina del Centro de Comercio y que, cuando yo me interne por la Calle de los Paraísos, vos apresures resueltamente el tranco. Revólver no llevas, de lo contrario ya me habrías muerto bajo ese foco. Con arma blanca ha de ser, y eso me va a exigir presencia de ánimo: cuando lo cortan, uno ha de tender a abrazarse, a enredarse. Es más puerco. De ser vos, yo te seguiría por una calle paralela a ésta, midiéndote el paso para verte cruzar en las esquinas. Cuando se está en el lugar que hace falta, uno camina rápido, dobla en la primera transversal y espera tranquilo en la ochava. Vos no. Vos seguís de atrás, a lo perro. No llega a la luz, Anselmo Arana: eso venís pensando. Es raro estar a unas cuadras de la casa de uno, Carancho, donde hay mujer y festejo celebrando por adelantado lo que ni el propio doctor llegó a celebrar nunca, y que lo hallen después boca abajo en esa zanja. Porque seguramente ha de ser allí, en el sombrajo de esos dos árboles, junto a la zanja. Y pensar, nicoleño, que de tener voluntad me ganaba bajo esa luz de una corrida y, de un grito, te hacía mear en los pantalones. Sería diversión. Pero no corresponde.

–No me gusta que me sigan, nicoleño –me he parado, esperándote. La voz me ha salido autoritaria por costumbre, estabas medio lejos–. Qué andás buscando.

Qué se siente, nicoleño, qué sentiste, qué siente un hombre cuando le dicen eso. Escuché: “Don Anselmo”, y fue como si la noche se desbaratara. “No, don Anselmo”, escuché, “si ando queriendo hablarlo, nomás”. Y antes de entender las palabras que siguieron adiviné, adentro, que esta noche nuestra, esta caridad para dos hombres o este sueño que yo había empezado a construir casi como un acto de amor una madrugada de hace diez años, ya no sucedería sobre la tierra, y entreví con miedo lo que ahora sé con indiferencia, que yo estaba solo en el mundo, que siempre había estado solo.

Después, caminando juntos, habíamos dejado atrás el sombrajo y la luz. Y entré solo en mi casa, y alguien brindó por el Partido, por mañana. Tu mujer, ahora, ha venido hasta el sillón y me ha puesto una mano sobre la frente. Un hombre salió a buscarte. Esta vez te matan, nicoleño.

Ya no sé qué me dijiste, ni con qué cara. Mejor me acuerdo de mí, caminando con las manos en la espalda, como el doctor antes, oyendo a mi lado un ruido gangoso, un balbuceo de idiota, pensando que eso también me lo debes, nicoleño: esa voz con la que has dicho “don Anselmo” y que habías cambiado mucho en estos años, diciendo, con esa voz, cambié mucho en estos años mi doctor Arana. La vida nos cambia y si usted quisiera o me necesitara yo podría ayudarle en algo, sin pretensiones, claro, pero supe tener la mano firme y eso queda, y si usted quisiera olvidar. Sí yo quisiera olvidar, nicoleño: eso, cosas como ésa dijiste.

–No quiero matones entre mi gente –dije yo–. Ya sabés cómo trato a los matones.

Aparte que a tu mujer no le iba a gustar mucho verte con esa cara, agregué, y agregué: disculpá.

No, si no pretendías, y ya ni sé qué era lo que no pretendías porque dejé de escucharte y después llegamos y dije espérame, ya vuelvo. Espérame donde los árboles.

Te miré pasar bajo la luz. Ibas cabeceando, como contento.

 

(Tomado de www.letras-uruguay.espaciolatino.com)

 

miércoles, 4 de noviembre de 2026

El alma de la quena

Abraham Valdelomar

 

El Inca, en la terraza, vio caer el Sol, en la paz de la tarde, oyendo la misma melodía que escuchara en el camino la víspera. Había hecho detener su comitiva. Los arabecus interrogaron con las flautas, los naupachikas se internaron en el valle, pero el Inca no supo si aquella música dolorosa y extraña era de un hombre o de un ave. Ahora lo sentía algo más clara aunque imprecisa, y aguzaba sus oídos para percibirla mejor. Era un sonido mezcla de alegría y dolor, como un dulce reproche, como una queja musitada en voz baja, notas que envolvían el espíritu, que se filtraban como un puñal en los nervios, que avivaban recuerdos insepultos y dolores que el tiempo no había podido cubrir, a cuyo conjuro morían en los labios las palabras, en los ojos nacían lágrimas y en el alma honda sed de tristeza. ¿Era un ave? ¿Era un hombre? Sinchi Roca hizo apagar las resinas aromáticas y retirar a sus guardias a la puerta.

–¿Qué suena? ¿Qué vibra? ¿Qué canta? –dijo su esposa.

–Es tan divina esa música, Pachacámac –respondió Coya Cimpu–, que no parece el canto de un hombre ni el sonido de una quena. Se diría que es un ave que viene a llorar bajo la luna. En estas noches vienen, desde las lejanas montañas profundas, aves raras a poblar los jardines del palacio. Yo he visto ayer una avecilla, roja como una herida, posarse en los maizales sagrados…

El noble monarca se levantó. Pausadamente miró desde la terraza la Ciudad Imperial. Abajo se extendía la población con sus templos y sus palacios. Luces rojas marcaban el lugar de las cuatro plazas y los cuatro caminos. Al frente se elevaba el Coricancha, guardado por huillac-umus y guerreros nobles, y dentro dormía el divino tesoro de la imagen del Sol, ante la doble fila de los áureos cuerpos de los Emperadores. Delante se distinguía la Intipampa rodeada de los palacios de los nobles, y junto a la Gran Plaza, y frente al Amarucancha, el templo de las acllas elevaba sus herméticos muros de piedra. A la derecha, rodeando la plaza de Cuntisuyu, se hallaban las cárceles, detrás del río; y antes de él, a poniente, los canchones reales; al lado opuesto estaban los cuarteles, los hospicios, los bramaderos para las bestias indómitas y algunos palacios de los nobles.

Y más allá de las murallas, el valle fértil dormía bajo el cielo tranquilo de esa noche azul, mientras la Luna dejaba caer sus rayos misteriosamente y una brisa perfumada ascendía hasta ella desde la tierra silenciosa. Mudo, sentose el Inca sobre su trono de palma negra incrustado de oro.

–Si fuera un hombre el que toca esa música, me gustaría tenerlo en el palacio; si un ave, en mis jardines…

–Ordénalo, Pachacámac.

–Si fuera un hombre, sería fácil tomarlo para mi servicio; mas, si son aves, nada puede contra ellas mi voluntad, que son oficiantes de la pompa del Sol, mi padre…

De pronto, la Coya, haciendo un ademán suplicante, dijo:

–¡Escucha, Viracocha!

El Inca puso toda su atención, su rostro reveló la curiosidad, luego la admiración, después la duda, y dijo al fin, haciendo palmas como un niño:

–¡Yma Samiyock!… ¡Yma Samiyock! (¡Qué afortunado!) ¡Es una quena! ¡Buscad y traed a ese hombre!

Los grupos de sus servidores se esfumaron en la penumbra lunar. A una actitud del Inca, otros encendieron nuevamente sus resinas. El silencio reinó luego y se pudo percibir claramente el sonido de una quena que avanzaba. Oyéronse las voces de los guardias de puesto en puesto y en tanto la Coya decía:

–Si es un hombre, ha de ser Yactan-Naj, pues él se ha perdido… Kuychy, mi servidora, me ha dicho que Yactan no está en el reino. Dicen los pastores que el Padre Sol lo arrebató de tu Imperio para que cantara en sus mansiones. Las blancas mujeres del norte dicen que Mama Quilla lo ha desterrado para que haga morir a los hombres con sus canciones de dolor. Los pescadores del Lago Sagrado dicen que vaga de noche por la Isla Solitaria; los labriegos cuentan que las aves, envidiosas de su música, le sacaron los ojos y que, ciego, cayó al río; los guardias del Amarucancha dicen que al oír su flauta les siguieron las serpientes y lo devoraron; y los chasquis aseguran oír por las noches, en la profundidad de la selva, sus canciones…

Sintiéronse las voces de los guardias y, a poco apareció un grupo de servidores nobles conduciendo a un quechua. Arrodilláronse todos, con el chepi a la espalda, y el indio balbuceó tembloroso:

–¡Napaycuy, Yaya, Viracocha!

–Levantadle, dejadle venir, ¡retiraos! –dijo el Inca.

Quedose éste con la Coya y el artista. Despedazada túnica cubría mal sus carnes pálidas, las sandalias rotas, el báculo leñoso y tosco. Su cabellera, despeinada y soberbia, sosteníase en la frente con una cinta a manera de llautu, y de su cuello, pendiente de un largo collar, había una flauta de cinco agujeros.

–¿Quién eres? –preguntó el Inca.

–Soy, Viracocha, del ayllu vecino a la Ciudad Imperial.

–¿Quién te enseñó a tocar la flauta? ¿Por qué es tan triste tu canción?

–No me enseñó nadie, Poderoso. Fue el dolor. Lloro porque mi amada se ha perdido.

–El Inca, tu padre, quiere serte favorable: el Hijo del Sol te dará lo que quieras. Pide. Desde hoy vivirás en mi palacio y en mis jardines, donde tu alma olvidará tu dolor y tu quena alegrará el castillo. Tocarás en la quena. ¿Oyes? ¡Voy a hacerte feliz!

–No podré serlo nunca, Viracocha. Tú no puedes hacer que ella vuelva del palacio del Sol. Pero sí puedes hacerme menos desgraciado. Voy a pedirte una cosa.

–Habla.

–Me dejarás siempre correr el Imperio, pasar de las fronteras, ir por las comarcas, errar por todos los caminos. Ordenarás que nadie me cierre el paso y que nadie en tu reino me impida tocar la quena. Hazme creer que el mundo es mío; y sabiendo que mi vida te pertenece, hazme creer, ¡oh, Viracocha!, que puedo entregarla al dolor…

–Te daré siervos, te ennobleceré, podrás acercarte a mi trono y marchar en mi comitiva. Tendrás trajes suaves de alpacas tiernas y siervos que colmen tus deseos. Pero tocarás la quena…

–¡Padre mío! ¡Padre mío! ¡Déjame ir por el mundo!… Yo cantaré canciones al Inti en tu nombre. En los árboles más gruesos grabaré tus insignias y en las piedras más enhiestas pondré tus colores. Cazaré murciélagos para tu manto imperial, enseñaré a decir tu nombre y a repetir tus hechos a los guacamayos, a las kalla y a los uritu, y ellos esparcirán tus hechos en la espesura de la selva, donde no se oye la voz de tus arabecus, al amanecer de cada día, cuando el Sol, tu padre, asome… pero déjame marchar, si me quedara en tu castillo, mis canciones no te gustarían y mis notas de dolor no te llegarían al alma. ¿Quieres que sea feliz y que mi quena llore? No me des fiestas ni riquezas, ni siervos, ni palacios. El dolor no se hace. El dolor es. No es para divertir a los otros. La pena está en la luz de la luna, en la sombra de las frondas, en el silencio de la naturaleza. En lo gris de las nubes que se juntan y opacan en las cimas, cuando llueve, allí está el dolor. En el viento frío que sopla en la tempestad, en el retumbar del trueno, en la lluvia incesante y torrencial, en la blanca nieve sagrada, en el río que rompe el lecho y enrojece el agua con la arcilla, en el rayo, allí vive el dolor. Nada de eso hay en tus jardines, Pachacámac. El dolor es inmenso como el mar, orgulloso como el cóndor, multicolor como el bosque. Tú no conoces el dolor… Déjame, pues, salir, Hijo del Sol, Poderoso, Viracocha; no me arrebates lo único que me queda en la tierra: mi tristeza; no desencantes mi quena, no deshagas mi vida…

–Eres y no eres de mi reino. Ve por el mundo, Divino errante. Lleva esta insignia del Inca para que nadie se oponga a tu marcha. Es una pluma de mi diadema… ve… ¡yma sumac yaqui!…

–¡Aiguayá!… ¡Aiguayá!…

Dijo y besó el suelo a los pies del Monarca. Los soldados volvieron hacia él. Escoltado, bajó las escalinatas del palacio. Volvieron a su puesto los guardias. Alimentaron las resinas y, poco a poco, bajo la luz serena y silenciosa de la Luna, volvió a oírse el eco triste y desolado de la quena en las frondas lejanas.

–¡Yma sumac yaqui!… ¡Yma sumac yaqui!… –dijo el Inca a la Coya.

–¡Aiguayá!… –sonó a lo lejos la voz del artista.

La luna se ocultó.

 

(Tomado de Valdelomar, Abraham, Cuentos completos, Good Press, Lima, 2023)

 

Los muertos de Piedra Negra

Abelardo Castillo

 

Ese que va ahí, alto entre los diez que acaban de entrar en el regimiento saltando las alambradas que dan al Tapalqué, contento y con ganas de gritar viva Perón en medio de la noche, vestido con una garibaldina militar reglamentaria verde oliva pero en zapatillas de soga y con una zapa o un pico de mango corto sujeto al cinturón, no es soldado: es Anselmo, carretillero de las canteras de Piedra Negra. Anselmo Iglesias, el más chico de los dos últimos Iglesias. El otro, Martín, viene corriendo solo por mitad del campo, lejos: Anselmo no lo sabe. Ni sabe que, cuando lleguen a la Plaza de Armas, los van a matar a todos. Es la madrugada del 9 de octubre de 1956. Por el puesto de guardia número uno que da sobre la ruta de Buenos Aires a Bahía Blanca, ha entrado en el cuartel, con otros veinte hombres de las canteras, el coronel Lago; diez guarniciones, rebeldes al gobierno de facto que destituyó a Juan Perón, esperan a que Lago, apoderándose del regimiento, ordene marchar sobre Buenos Aires. La cantinera de El Arbolito, doña Isabela Trotta, repartió vino fiado esta noche, y algún soldado del Ejército Argentino duerme ahora con ella. Martín Iglesias va a gritar: Anselmo.

Cuando todavía no habían salido de las canteras ni entrado en el cuartel, Anselmo se asomó al paredón y levantó la mano. Y él mismo se asombró del gesto, de haber sido él y no Martín quien alzara la mano en la noche imponiendo silencio, mandando a los otros que se estuvieran quietos ahí atrás. Los diez de atrás se detuvieron y él saltó el talud y se dejó caer, sentado, resbalando por el declive entre el rumor sordo del pedregullo. Mientras caía volvió a sentir eso en el estómago (como un vacío, o acaso ganas de reírse) y vio las letras. Enormes y blancas, pintadas en el paredón. Una P y una V. Oyó a su espalda el murmullo apagado de otro cuerpo sobre las piedras: Martín. Iglesias el mayor descolgándose entre las sombras. Mi hermano. Treparse y saltar, de chicos lo habían hecho muchas veces, solo que no tan de noche y que antes el parapeto parecía más alto y el terraplén más largo, y no había ningún camión esperándolos. Un camión del Ejército, en marcha: un Mack donde un teniente leal a Perón y al coronel Lago espera a los diez hombres de ahí arriba. Diez sin contar a los Iglesias, que juntos venimos a ser como otros diez, pensó el más chico riéndose hacia adentro. El chillido largo de un pájaro entre los eucaliptus, en dirección al horno viejo, y después, extendiéndose a lo ancho de la tierra socavada, la luz de la luna que asomó sobre el cerro haciendo estallar como lentejuelas las piedras laminadas de mica. Las toscas, sus vetas azules: que a uno lo maten y no ver más las piedras, pensó Anselmo, y pensó ¿me hizo mal el vino o estoy loco? Y volvió a tener ganas de reírse y más tarde a pensarlo, cuando ya habían entrado en el regimiento y él, Anselmo Iglesias, el más chico de los dos últimos Iglesias, solo en medio de la noche (porque haber llegado al cuartel sin Martín, por más que hubiera diez hombres y un teniente a su lado y otros veinte entrando por el puesto número uno al mando del coronel Lago, y todos peronistas, igual era lo mismo que estar solo), creyó entender que ahí había algo raro, en la noche o en ellos, sintió de golpe que lo del vino no era una casualidad y supo que todos, no solo él, tenían ganas de gritar.

Viva Perón, leyó. O mejor lo vio, escrito con grandes letras de cal en el paredón de la cantera. Ellos lo habían pintado un mes antes. En realidad no decía Viva Perón, sino Perón Vuelve; pero no había necesidad de saber leer para escribirlo: como el nombre de uno. Los Iglesias lo pintamos, pensó. Y pensó ¡piiiuuu… ju!, contento bajo las estrellas.

–¿Qué? –oyó a su lado.

La voz del vasco Iturrain, dinamitero de Los Polvorines. Y antes de darse cuenta de que aquélla no era, no, la voz de su hermano, Anselmo comprendió que de contento (o por el vino) había estado hablando en voz alta. Llevándose un dedo a la boca, chistó al vasco.

Cuando volvió la sombra se arrastraron en silencio hasta el borde del alero de piedra, sobre el camino; desde allí podía verse el horno viejo. Ese es el camión, ¿no?, murmuró Anselmo, ¿dónde quedó Martín?, murmuró: las dos preguntas como si fueran una. El vasco dijo sí, el camión. Y Martín estaba con la gente, atrás, en el parapeto. Echados de boca contra las piedras, se miraron; el vasco Iturrain habló primero. Se descompuso, dijo. Anselmo levantó el brazo e hizo señas a los de arriba sin dejar de mirarlo y, mientras volvía a oírse el rumor como de lluvia de las toscas y la tierra, preguntó cómo, quién se descompuso. Levantándose a medias echaron a correr hacia abajo, casi en cuclillas. Me parece que fue el vino, dijo Iturrain siempre corriendo, le ha de haber caído mal el vino. Saltaron al segundo alero; de ahí, al suelo. Gorda yegua, murmuró el más chico: pensaba en Isabela, la cantinera de El Arbolito. Se dejó caer sobre la barriga para ocultarse de la luz de un coche que pasaba rumbo al cruce del Cerro Negro. Comenzaron a gatear velozmente recatándose a trechos entre los recovecos del socavón. Anselmo miró hacia atrás: entre el movedizo bulto de las sombras que los seguían, no distinguió a Martín. Justo esta noche se le daba a la Isabela por fiar vino, gorda jetona. Justo hoy, pensó. Y una arruga vertical, como una cicatriz súbita, le rayó la frente. Después se detuvo en seco y se dio vuelta, porque una mano se había apoyado sobre su hombro. Martín no era. Era López, de los dinamiteros de la calera Norte. Anselmo lo miró. López miró al vasco Iturrain y luego nuevamente a Anselmo. El más chico de los Iglesias, ahora, habló en voz alta.

–Mi hermano –dijo–. Qué pasa con el Martín.

En el horno viejo, los faros del Mack se encendieron dos veces, como un pestañeo.

–Lo volteó el vino. Dice que no llega, que vayas.

Gran puta, murmuró Anselmo. Miró hacia el horno, dijo crucen, gateando pasó entre medio de los que llegaban y volvió a subir. Y ahora está de nuevo frente a las letras, blanquísimas, como fosforescentes sobre las piedras veteadas. Él y el borracho de su hermano (Martín, susurró buscándolo, Martín) las habían pintado la noche que los apalabró el coronel, ellos, que esta madrugada van a ser muertos entre una zarabanda de gritos, estallidos y disparos y parábolas de cohetes luminosos como una fiesta, porque esta madrugada Anselmo sentirá ganas de pegar un grito en el silencio del cuartel y se dará cuenta de que todos sienten lo mismo, como si estuvieran contentos o electrizados o borrachos, y mordiéndose los labios resecos apretará el mango de fierro del pico, pensando falta poco, pensando Martín, mientras al otro lado de la Plaza de Armas el coronel Lago ya cruza en sigilo los sotos de la Intendencia (con otros veinte hombres que a lo mejor también sienten crecer aquello en la garganta), en el mismo instante en que Martín llegará y saltará la tranquera que da al arroyo.

Perón Vuelve. El más chico había dejado el balde en el suelo aquella noche, la noche que les habló Lago. Martín retocaba con su brocha esa letra, la torcida. Y Anselmo, cuando fue a levantar el balde, presintió algo, a su espalda: agachó del todo la cabeza y miró hacia atrás entre las piernas. Vio las botas militares, y mientras metía la mano entre la camisa buscando el pico, murmuró el nombre de Martín, quien cambió de mano la brocha. Ya habían calculado la distancia entre ellos y el de las botas cuando se oyó la voz. A ver si pintan como la gente esos Iglesias, dijo la voz. Y después hablaron. Y ellos aseguraron que en las canteras había por lo menos treinta dinamiteros capaces de todo. No solo de volar el puente de pontones sobre el Tapalqué, sino también de dinamitar el Depósito de Arsenales del regimiento, ni bien les dijeran cómo entraban. De eso me encargo yo, había dicho el coronel Lago, y explicó que entrar en un cuartel es fácil. Jodido va a ser salir, dijo Anselmo, riéndose. Iglesias el mayor lo miró con severidad y el coronel le palmeó el hombro: buena gente estos Iglesias, medio locos pero corajudos y peronistas. Los cuatro iguales. Solo que de los cuatro quedaban dos. A Humberto Iglesias, el del medio, lo mataron en la Capital nomás cruzando el Riachuelo el 17 aquel de octubre en que el gobierno ordenó levantar el puente de Avellaneda y la indiada lo mismo cruzó a nado. Al padre, Casimiro, un viejo chiquito que había quedado medio tullido en su juventud por apostar de puro bárbaro que él levantaba ese carro cargado con bolsas de cemento caído en la cuneta, a Casimiro Iglesias lo voló la descarga de un blindado en noviembre de 1955: el viejo se paró delante del busto de Eva Duarte en pleno patio de la estación de ferrocarril, y el teniente coronel Cuadros que traía la orden (o la voluntad) de hacer volar el busto de Eva Perón le dio diez segundos para apartarse. El viejo dijo viva Perón la puta que te parió, y Cuadros comenzó a contar. Buena madera esos Iglesias, sí. Lago, que nunca había sido peronista, ni lo era, pero que no se iba a poner a explicarles a unos carretilleros que restituir el Honor de la Nación exige, de sus hombres, ciertas decisiones, el coronel Federico José Lago que también será muerto esta noche, sabía en efecto elegir a su gente. Afirmó que Perón iba a volver, y se juramentaron. Y siguieron viéndose en la cantina de Piedra Negra, o junto al paredón donde ahora Anselmo anda buscando al borracho de su hermano, o en algún bar del Pueblo Nuevo.

Lo encontró por fin, boca arriba, tendido bajo una especie de cornisa. Martín dijo:

–Estoy borracho, Anselmito. Descompuesto estoy –y lo decía como si el más chico, y no él, fuera quien necesitaba ayuda–. Vas a tener que seguir solo –decía, y lo repitió muchas veces como si se quejara de algo, de una injusticia. Anselmo lo acomodó estirado bajo la saliente, más al reparo–. Para peor vas a tener que seguir solo –apretaba con empecinamiento la botella contra el pecho; se reía ahora–. La gorda me la dio, Isabela, cuando salíamos.

De pronto, se echó a llorar.

Anselmo tomó la botella con intención de tirarla lejos; pero se arrepintió.

–Dormite, dormite acá –le dijo–. Yo le explico al coronel que te pasó cualquier cosa. Dormite.

Le tocó la cara.

Se escuchó abajo el acelerador del camión. Martín, sentado a medias, se mordía el labio inferior con un gesto cómico, moviendo de un lado a otro la cabeza, lagrimeando.

–Hacerle esto al general. Un Iglesias hacerle esto a Perón.

Golpeaba el suelo rítmicamente con el puño; después buscó en la oscuridad la mano de Anselmo y la apretó. Anselmo oía ahora el motor del Mack regulando entre las sombras. Comprendió que debía hacer algo, un gesto, algo: levantó la botella y echó un trago, largo, como de complicidad o despedida, y le guiñó un ojo al mayor que ahora volvía a golpear la tierra con el puño y que después, haciéndole describir al brazo un gran giro, se dio un puñetazo tremendo en el pecho.

Anselmo, con un movimiento de cabeza, le señaló el parapeto, arriba: las letras blanquísimas. Cuando ya se iba, Martín lo detuvo.

–Anselmito –le dijo simplemente.

–Antes de Navidad –dijo Anselmo–. Antes de Navidad vuelve.

El mayor dijo:

–Cuidate, Anselmo.

El más chico echó a correr hacia el horno viejo.

Nos emborracharon adrede, pensó Martín. Unos minutos más tarde, cuando el camión pasaba por el camino hacia el cruce, lo dijo en voz alta, con los brazos abiertos. Se había puesto de pie y tenía los brazos abiertos y la botella en una mano y gritaba. Después corría cortando campo en dirección al cuartel, tropezando entre la tierra removida.

Y ahora los van a matar.

Quién sabe, a lo mejor ni siquiera es necesario el grito: cualquier sonido sorpresivo, un relincho en las caballerizas o el chillar de un pájaro espantado pueden desatar esto, esta alegría violenta que sube por las venas. El grito no será sino un desencadenante, un estallido de la noche. Desde que entró en el cuartel, o desde el parapeto, mucho antes de escuchar la voz de su hermano que acaba de saltar la tranquera y va a llamarlo, Anselmo Iglesias ya estaba teniendo la sospecha de que eso andaba en el aire. Ganas de reírse, o de hablar fuerte. Trató de no mirar al vasco Iturrain pero adivinó en su respiración, levísima, la misma ráfaga, contenida, la misma tempestad. No, no era miedo. Era casi todo lo contrario del miedo: necesidad de que se les apareciera un soldado por delante, o un escuadrón entero, y poder entonces agitar los brazos con libertad, revolear los picos y putear a gusto, cualquier cosa que no fuera este deslizarse silencioso detrás de las caballerizas, como sombras, eludiendo los rayos de luz de alguna bomba de agua, rehuyendo tocarse entre ellos para evitar el menor ruido, el menor roce que hiciera reventar la noche. Anselmo sintió la frente mojada de sudor y la garganta seca; no se atrevió ni a levantar la mano ni a tragar saliva. Pasaban, ahora, frente a la cantina de tropa. El teniente se agachó por debajo de la línea del friso, y Anselmo y los demás se agacharon juntos por debajo de la línea del friso. Las luces, había dicho Lago, van a estar apagadas en las cuadras de los escuadrones más cercanos. Estaban apagadas. Cuando vean que se apaga y se enciende una luz en el otro extremo de la Plaza de Armas, en la ventana de los calabozos, es que ya hemos tomado la sala de guardias: crucen hacia el Depósito de Arsenales. La luz se encendió en el otro extremo, en la guardia. Cruzaron, agachados. Lago, en aquel instante, estaba dando un rodeo por detrás de la Intendencia. Diez guarniciones rebeldes al gobierno argentino esperaban que llegase a la Mayoría. Anselmo Iglesias se mordió los labios. El teniente desenfundó la pistola Colt y comenzó, lentamente, a levantar el brazo. Martín Iglesias, a cincuenta metros de allí, derribó de un fierrazo a un conscripto que le dio el alto, alcanzó a ver unos ojos incrédulos, de chico, cuando el muchacho caía, y arrebatándole el máuser en el aire gritó:

–¡Anselmo!

Los diez hombres de las canteras se irguieron al mismo tiempo. Quién vive, se oyó lejos. Viva Perón, gritó Martín y zumbó en las lajas el primer tiro. Viva Perón, contestó Anselmo, todos contestaron, mientras comenzaban a encenderse luces y los gritos y las órdenes crecían entre los fogonazos y los vivas.

Y ése es Martín. Viene revoleando un máuser entre los disparos y los haces luminosos que parten como manantiales desde los cuatro extremos del cuartel. El teniente, con espanto, le ha apuntado al verlo cruzar. Anselmo le desjarretó la cabeza al teniente con la zapa. Aquel que se vuelve hacia la guardia, tropezando con sus hombres que avanzan sobre la Plaza de Armas, es el coronel Lago: un soldado que apuntaba al bulto lo mata por la espalda. Un cohete, al caer, ilumina el salto de Lago y la masa de los hombres de las canteras que le pasan por encima, gritando, viniendo al encuentro de los Iglesias y su gente, que ahí van: Martín a la par de Anselmo, revoleando su máuser delante de los hombres de Piedra Negra, a juntarse todos al grito de Perón vuelve, dando la vida por Perón, carajo, amenazando con el puño a los que tiran. Iluminados en el centro de la Plaza de Armas.

 

(Tomado de Castillo, Abelardo, Cuentos completos. Los mundos reales, Alfaguara, Buenos Aires, 1997)

 

martes, 3 de noviembre de 2026

Celebración

Ana Fernández de Bobadilla Sanabria

 

Hubo una vez un olmo que dio peras. Fue un acontecimiento muy celebrado, ya que por fin pudieron callarse las bocas de todos aquellos cenizos aguafiestas siempre dispuestos a sabotear nuestros sueños.

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)

 

Sensini

Roberto Bolaño

 

La forma en que se desarrolló mi amistad con Sensini sin duda se sale de lo corriente. En aquella época yo tenía veintitantos años y era más pobre que una rata. Vivía en las afueras de Girona, en una casa en ruinas que me habían dejado mi hermana y mi cuñado tras marcharse a México y acababa de perder un trabajo de vigilante nocturno en un cámping de Barcelona, el cual había acentuado mi disposición a no dormir durante las noches. Casi no tenía amigos y lo único que hacía era escribir y dar largos paseos que comenzaban a las siete de la tarde, tras despertar, momento en el cual mi cuerpo experimentaba algo semejante al jet-lag, una sensación de estar y no estar, de distancia con respecto a lo que me rodeaba, de indefinida fragilidad. Vivía con lo que había ahorrado durante el verano y aunque apenas gastaba mis ahorros iban menguando al paso del otoño. Tal vez eso fue lo que me impulsó a participar en el Concurso Nacional de Literatura de Alcoy, abierto a escritores de lengua castellana, cualquiera que fuera su nacionalidad y lugar de residencia. El premio estaba divido en tres modalidades: poesía, cuento y ensayo. Primero pensé en presentarme en poesía, pero enviar a luchar con los leones (o con las hienas) aquello que era lo que mejor hacía me pareció indecoroso. Después pensé en presentarme en ensayo, pero cuando me enviaron las bases descubrí que éste debía versar sobre Alcoy, sus alrededores, su historia, sus hombres ilustres, su proyección en el futuro y eso me excedía. Decidí, pues, presentarme en cuento y envié por triplicado el mejor que tenía (no tenía muchos) y me senté a esperar.

Cuando el premio se falló trabajaba de vendedor ambulante en una feria de artesanía en donde absolutamente nadie vendía artesanías. Obtuve el tercer accésit y diez mil pesetas que el Ayuntamiento de Alcoy me pagó religiosamente. Poco después me llegó el libro, en el que no escaseaban las erratas, con el ganador y los seis finalistas. Por supuesto, mi cuento era mejor que el que se había llevado el premio gordo, lo que me llevó a maldecir al jurado y a decirme que, en fin, eso siempre pasa. Pero lo que realmente me sorprendió fue encontrar en el mismo libro a Luis Antonio Sensini, el escritor argentino, segundo accésit, con un cuento en donde el narrador se iba al campo y allí se le moría su hijo o con un cuento en donde el narrador se iba al campo porque en la ciudad se le había muerto su hijo, no quedaba nada claro, lo cierto es que en el campo, un campo plano y más bien yermo, el hijo del narrador se seguía muriendo, en fin, el cuento era claustrofóbico, muy al estilo de Sensini, de los grandes espacios geográficos de Sensini que de pronto se achicaban hasta tener el tamaño de un ataúd, y superior al ganador y al primer accésit y también superior al tercer accésit y al cuarto, quinto y sexto.

No sé qué fue lo que me impulsó a pedirle al Ayuntamiento de Alcoy la dirección de Sensini. Yo había leído una novela suya y algunos de sus cuentos en revistas latinoamericanas. La novela era de las que hacen lectores. Se llamaba Ugarte y trataba sobre algunos momentos de la vida de Juan de Ugarte, burócrata en el Virreinato del Río de la Plata a finales del siglo XVIII. Algunos críticos, sobre todo españoles, la habían despachado diciendo que se trataba de una especie de Kafka colonial, pero poco a poco la novela fue haciendo sus propios lectores y para cuando me encontré a Sensini en el libro de cuentos de Alcoy, Ugarte tenía repartidos en varios rincones de América y España unos pocos y fervorosos lectores, casi todos amigos o enemigos gratuitos entre sí. Sensini, por descontado, tenía otros libros, publicados en Argentina o en editoriales españolas desaparecidas, y pertenecía a esa generación intermedia de escritores nacidos en los años veinte, después de Cortázar, Bioy, Sábato, Mujica Láinez, y cuyo exponente más conocido (al menos por entonces, al menos para mí) era Haroldo Conti, desaparecido en uno de los campos especiales de la dictadura de Videla y sus secuaces. De esta generación (aunque tal vez la palabra generación sea excesiva) quedaba poco, pero no por falta de brillantez o talento; seguidores de Roberto Arlt, periodistas y profesores y traductores, de alguna manera anunciaron lo que vendría a continuación, y lo anunciaron a su manera triste y escéptica que al final se los fue tragando a todos.

A mí me gustaban. En una época lejana de mi vida había leído las obras de teatro de Abelardo Castillo, los cuentos de Rodolfo Walsh (como Conti asesinado por la dictadura), los cuentos de Daniel Moyano, lecturas parciales y fragmentadas que ofrecían las revistas argentinas o mexicanas o cubanas, libros encontrados en las librerías de viejo del D.F., antologías piratas de la literatura bonaerense, probablemente la mejor en lengua española de este siglo, literatura de la que ellos formaban parte y que no era ciertamente la de Borges o Cortázar y a la que no tardarían en dejar atrás Manuel Puig y Osvaldo Soriano, pero que ofrecía al lector textos compactos, inteligentes, que propiciaban la complicidad y la alegría. Mi favorito, de más está decirlo, era Sensini, y el hecho de alguna manera sangrante y de alguna manera halagador de encontrármelo en un concurso literario de provincias me impulsó a intentar establecer contacto con él, saludarlo, decirle cuánto lo quería.

Así pues, el Ayuntamiento de Alcoy no tardó en enviarme su dirección, vivía en Madrid, y una noche, después de cenar o comer o merendar, le escribí una larga carta en donde hablaba de Ugarte, de los otros cuentos suyos que había leído en revistas, de mí, de mi casa en las afueras de Girona, del concurso literario (me reía del ganador), de la situación política chilena y argentina (todavía estaban bien establecidas ambas dictaduras), de los cuentos de Walsh (que era el otro a quien más quería junto con Sensini), de la vida en España y de la vida en general. Contra lo que esperaba, recibí una carta suya apenas una semana después. Comenzaba dándome las gracias por la mía, decía que en efecto el Ayuntamiento de Alcoy también le había enviado a él el libro con los cuentos galardonados pero que, al contrario que yo, él no había encontrado tiempo (aunque después, cuando volvía de forma sesgada sobre el mismo tema, decía que no había encontrado ánimo suficiente) para repasar el relato ganador y los accésits, aunque en estos días se había leído el mío y lo había encontrado de calidad, “un cuento de primer orden”, decía, conservo la carta, y al mismo tiempo me instaba a perseverar, pero no, como al principio entendí, a perseverar en la escritura sino a perseverar en los concursos, algo que él, me aseguraba, también haría. Acto seguido pasaba a preguntarme por los certámenes literarios que se “avizoraban en el horizonte”, encomiándome que apenas supiera de uno se lo hiciera saber en el acto. En contrapartida me adjuntaba las señas de dos concursos de relatos, uno en Plasencia y el otro en Écija, de 25.000 y 30.000 pesetas respectivamente, cuyas bases según pude comprobar más tarde extraía de periódicos y revistas madrileñas cuya sola existencia era un crimen o un milagro, depende. Ambos concursos aún estaban a mi alcance y Sensini terminaba su carta de manera más bien entusiasta, como si ambos estuviéramos en la línea de salida de una carrera interminable, amén de dura y sin sentido. “Valor y a trabajar”, decía.

Recuerdo que pensé: qué extraña carta, recuerdo que releí algunos capítulos de Ugarte, por esos días aparecieron en la plaza de los cines de Girona los vendedores ambulantes de libros, gente que montaba sus tenderetes alrededor de la plaza y que ofrecía mayormente stocks invendibles, los saldos de las editoriales que no hacía mucho habían quebrado, libros de la Segunda Guerra Mundial, novelas de amor y de vaqueros, colecciones de postales. En uno de los tenderetes encontré un libro de cuentos de Sensini y lo compré. Estaba como nuevo –de hecho era un libro nuevo, de aquellos que las editoriales venden rebajados a los únicos que mueven este material, los ambulantes, cuando ya ninguna librería, ningún distribuidor quiere meter las manos en ese fuego– y aquella semana fue una semana Sensini en todos los sentidos. A veces releía por centésima vez su carta, otras veces hojeaba Ugarte, y cuando quería acción, novedad, leía sus cuentos. Éstos, aunque trataban sobre una gama variada de temas y situaciones, generalmente se desarrollaban en el campo, en la pampa, y eran lo que al menos antiguamente se llamaban historias de hombres a caballo. Es decir historias de gente armada, desafortunada, solitaria o con un peculiar sentido de la sociabilidad. Todo lo que en Ugarte era frialdad, un pulso preciso de neurocirujano, en el libro de cuentos era calidez, paisajes que se alejaban del lector muy lentamente (y que a veces se alejaban con el lector), personajes valientes y a la deriva.

En el concurso de Plasencia no alcancé a participar, pero en el de Écija sí. Apenas hube puesto los ejemplares de mi cuento (seudónimo: Aloysius Acker) en el correo, comprendí que si me quedaba esperando el resultado las cosas no podían sino empeorar. Así que decidí buscar otros concursos y de paso cumplir con el pedido de Sensini. Los días siguientes, cuando bajaba a Girona, los dediqué a trajinar periódicos atrasados en busca de información: en algunos ocupaban una columna junto a ecos de sociedad, en otros aparecían entre sucesos y deportes, el más serio de todos los situaba a mitad de camino del informe del tiempo y las notas necrológicas, ninguno, claro, en las páginas culturales. Descubrí, asimismo, una revista de la Generalitat que entre becas, intercambios, avisos de trabajo, cursos de posgrado, insertaba anuncios de concursos literarios, la mayoría de ámbito catalán y en lengua catalana, pero no todos. Pronto tuve tres concursos en ciernes en los que Sensini y yo podíamos participar y le escribí una carta.

Como siempre, la respuesta me llegó a vuelta de correo. La carta de Sensini era breve. Contestaba algunas de mis preguntas, la mayoría de ellas relativas a su libro de cuentos recién comprado, y adjuntaba a su vez las fotocopias de las bases de otros tres concursos de cuento, uno de ellos auspiciado por los Ferrocarriles del Estado, premio gordo y diez finalistas a 50.000 pesetas por barba, decía textualmente, el que no se presenta no gana, que por la intención no quede. Le contesté diciéndole que no tenía tantos cuentos como para cubrir los seis concursos en marcha, pero sobre todo intenté tocar otros temas, la carta se me fue de la mano, le hablé de viajes, amores perdidos, Walsh, Conti, Francisco Urondo, le pregunté por Gelman al que sin duda conocía, terminé contándole mi historia por capítulos, siempre que hablo con argentinos termino enzarzándome con el tango y el laberinto, les sucede a muchos chilenos.

La respuesta de Sensini fue puntual y extensa, al menos en lo tocante a la producción y los concursos. En un folio escrito a un solo espacio y por ambas caras exponía una suerte de estrategia general con respecto a los premios literarios de provincias. Le hablo por experiencia, decía. La carta comenzaba por santificarlos (nunca supe si en serio o en broma), fuente de ingresos que ayudaban al diario sustento. Al referirse a las entidades patrocinadoras, ayuntamientos y cajas de ahorro, decía “esa buena gente que cree en la literatura”, o “esos lectores puros y un poco forzados”. No se hacía en cambio ninguna ilusión con respecto a la información de la “buena gente”, los lectores que previsiblemente (o no tan previsiblemente) consumirían aquellos libros invisibles. Insistía en que participara en el mayor número posible de premios, aunque sugería que como medida de precaución les cambiara el título a los cuentos si con uno solo, por ejemplo, acudía a tres concursos cuyos fallos coincidían por las mismas fechas. Exponía como ejemplo de esto su relato “Al amanecer”, relato que yo no conocía, y que él había enviado a varios certámenes literarios casi de manera experimental, como el conejillo de Indias destinado a probar los efectos de una vacuna desconocida. En el primer concurso, el mejor pagado, “Al amanecer” fue como “Al amanecer”, en el segundo concurso se presentó como “Los gauchos”, en el tercer concurso su título era “En la otra pampa”, y en el último se llamaba “Sin remordimientos”. Ganó en el segundo y en el último, y con la plata obtenida en ambos premios pudo pagar un mes y medio de alquiler, en Madrid los precios estaban por las nubes. Por supuesto, nadie se enteró de que “Los gauchos” y “Sin remordimientos” eran el mismo cuento con el título cambiado, aunque siempre existía el riesgo de coincidir en más de una liza con un mismo jurado, oficio singular que en España ejercían de forma contumaz una pléyade de escritores y poetas menores o autores laureados en anteriores fiestas. El mundo de la literatura es terrible, además de ridículo, decía. Y añadía que ni siquiera el repetido encuentro con un mismo jurado constituía de hecho un peligro, pues éstos generalmente no leían las obras presentadas o las leían por encima o las leían a medias. Y a mayor abundamiento, decía, quién sabe si “Los gauchos” y “Sin remordimientos” no sean dos relatos distintos cuya singularidad resida precisamente en el título. Parecidos, incluso muy parecidos, pero distintos. La carta concluía enfatizando que lo ideal sería hacer otra cosa, por ejemplo vivir y escribir en Buenos Aires, sobre el particular pocas dudas tenía, pero que la realidad era la realidad, y uno tenía que ganarse los porotos (no sé si en Argentina llaman porotos a las judías, en Chile sí) y que por ahora la salida era ésa. Es como pasear por la geografía española, decía. Voy a cumplir sesenta años, pero me siento como si tuviera veinticinco, afirmaba al final de la carta o tal vez en la posdata. Al principio me pareció una declaración muy triste, pero cuando la leí por segunda o tercera vez comprendí que era como si me dijera: ¿cuántos años tenés vos, pibe? Mi respuesta, lo recuerdo, fue inmediata. Le dije que tenía veintiocho, tres más que él. Aquella mañana fue como si recuperara si no la felicidad, sí la energía, una energía que se parecía mucho al humor, un humor que se parecía mucho a la memoria.

No me dediqué, como me sugería Sensini, a los concursos de cuentos, aunque sí participé en los últimos que entre él y yo habíamos descubierto. No gané en ninguno, Sensini volvió a hacer doblete en Don Benito y en Écija, con un relato que originalmente se titulaba “Los sables” y que en Écija se llamó “Dos espadas” y en Don Benito “El tajo más profundo”. Y ganó un accésit en el premio de los ferrocarriles, lo que le proporcionó no solo dinero sino también un billete franco para viajar durante un año por la red de la Renfe.

Con el tiempo fui sabiendo más cosas de él. Vivía en un piso de Madrid con su mujer y su única hija, de diecisiete años, llamada Miranda. Otro hijo, de su primer matrimonio, andaba perdido por Latinoamérica o eso quería creer. Se llamaba Gregorio, tenía treintaicinco años, era periodista. A veces Sensini me contaba de sus diligencias en organismos humanitarios o vinculados a los departamentos de derechos humanos de la Unión Europea para averiguar el paradero de Gregorio. En esas ocasiones las cartas solían ser pesadas, monótonas, como si mediante la descripción del laberinto burocrático Sensini exorcizara a sus propios fantasmas. Dejé de vivir con Gregorio, me dijo en una ocasión, cuando el pibe tenía cinco años. No añadía nada más, pero yo vi a Gregorio de cinco años y vi a Sensini escribiendo en la redacción de un periódico y todo era irremediable. También me pregunté por el nombre y no sé por qué llegué a la conclusión de que había sido una suerte de homenaje inconsciente a Gregorio Samsa. Esto último, por supuesto, nunca se lo dije. Cuando hablaba de Miranda, por el contrario, Sensini se ponía alegre, Miranda era joven, tenía ganas de comerse el mundo, una curiosidad insaciable, y además, decía, era linda y buena. Se parece a Gregorio, decía, solo que Miranda es mujer (obviamente) y no tuvo que pasar por lo que pasó mi hijo mayor.

Poco a poco las cartas de Sensini se fueron haciendo más largas. Vivía en un barrio desangelado de Madrid, en un piso de dos habitaciones más sala comedor, cocina y baño. Saber que yo disponía de más espacio que él me pareció sorprendente y después injusto. Sensini escribía en el comedor, de noche, “cuando la señora y la nena ya están dormidas”, y abusaba del tabaco. Sus ingresos provenían de unos vagos trabajos editoriales (creo que corregía traducciones) y de los cuentos que salían a pelear a provincias. De vez en cuando le llegaba algún cheque por alguno de sus numerosos libros publicados, pero la mayoría de las editoriales se hacían las olvidadizas o habían quebrado. El único que seguía produciendo dinero era Ugarte, cuyos derechos tenía una editorial de Barcelona. Vivía, no tardé en comprenderlo, en la pobreza, no una pobreza absoluta sino una de clase media baja, de clase media desafortunada y decente. Su mujer (que ostentaba el curioso nombre de Carmela Zajdman) trabajaba ocasionalmente en labores editoriales y dando clases particulares de inglés, francés y hebreo, aunque en más de una ocasión se había visto abocada a realizar faenas de limpieza. La hija solo se dedicaba a los estudios y su ingreso en la universidad era inminente. En una de mis cartas le pregunté a Sensini si Miranda también se iba a dedicar a la literatura. En su respuesta decía: no, por Dios, la nena estudiará medicina.

Una noche le escribí pidiéndole una foto de su familia. Solo después de dejar la carta en el correo me di cuenta de que lo que quería era conocer a Miranda. Una semana después me llegó una fotografía tomada seguramente en el Retiro en donde se veía a un viejo y a una mujer de mediana edad junto a una adolescente de pelo liso, delgada y alta, con los pechos muy grandes. El viejo sonreía feliz, la mujer de mediana edad miraba el rostro de su hija, como si le dijera algo, y Miranda contemplaba al fotógrafo con una seriedad que me resultó conmovedora e inquietante. Junto a la foto me envió la fotocopia de otra foto. En ésta aparecía un tipo más o menos de mi edad, de rasgos acentuados, los labios muy delgados, los pómulos pronunciados, la frente amplia, sin duda un tipo alto y fuerte que miraba a la cámara (era una foto de estudio) con seguridad y acaso con algo de impaciencia. Era Gregorio Sensini, antes de desaparecer, a los veintidós años, es decir bastante más joven de lo que yo era entonces, pero con un aire de madurez que lo hacía parecer mayor.

Durante mucho tiempo la foto y la fotocopia estuvieron en mi mesa de trabajo. A veces me pasaba mucho rato contemplándolas, otras veces me las llevaba al dormitorio y las miraba hasta caerme dormido. En su carta Sensini me había pedido que yo también les enviara una foto mía. No tenía ninguna reciente y decidí hacerme una en el fotomatón de la estación, en esos años el único fotomatón de toda Girona. Pero las fotos que me hice no me gustaron. Me encontraba feo, flaco, con el pelo mal cortado. Así que cada día iba postergando el envío de mi foto y cada día iba gastando más dinero en el fotomatón. Finalmente cogí una al azar, la metí en un sobre junto con una postal y se la envié. La respuesta tardó en llegar. En el ínterin recuerdo que escribí un poema muy largo, muy malo, lleno de voces y de rostros que parecían distintos pero que solo eran uno, el rostro de Miranda Sensini, y que cuando yo por fin podía reconocerlo, nombrarlo, decirle Miranda, soy yo, el amigo epistolar de tu padre, ella se daba media vuelta y echaba a correr en busca de su hermano, Gregorio Samsa, en busca de los ojos de Gregorio Samsa que brillaban al fondo de un corredor en tinieblas donde se movían imperceptiblemente los bultos oscuros del terror latinoamericano.

La respuesta fue larga y cordial. Decía que Carmela y él me encontraron muy simpático, tal como me imaginaban, un poco flaco, tal vez, pero con buena pinta y que también les había gustado la postal de la catedral de Girona que esperaban ver personalmente dentro de poco, apenas se hallaran más desahogados de algunas contingencias económicas y domésticas. En la carta se daba por entendido que no solo pasarían a verme sino que se alojarían en mi casa. De paso me ofrecían la suya para cuando yo quisiera ir a Madrid. La casa es pobre, pero tampoco es limpia, decía Sensini imitando a un famoso gaucho de tira cómica que fue muy famoso en el Cono Sur a principios de los setenta. De sus tareas literarias no decía nada. Tampoco hablaba de los concursos.

Al principio pensé en mandarle a Miranda mi poema, pero después de muchas dudas y vacilaciones decidí no hacerlo. Me estoy volviendo loco, pensé, si le mando esto a Miranda se acabaron las cartas de Sensini y además con toda la razón del mundo. Así que no se lo mandé. Durante un tiempo me dediqué a rastrearle bases de concursos. En una carta Sensini me decía que temía que la cuerda se le estuviera acabando. Interpreté sus palabras erróneamente, en el sentido de que ya no tenía suficientes certámenes literarios adonde enviar sus relatos.

Insistí en que viajaran a Girona. Les dije que Carmela y él tenían mi casa a su disposición, incluso durante unos días me obligué a limpiar, barrer, fregar y sacarle el polvo a las habitaciones en la seguridad (totalmente infundada) de que ellos y Miranda estaban al caer. Argüí que con el billete abierto de la Renfe en realidad solo tendrían que comprar dos pasajes, uno para Carmela y otro para Miranda, y que Cataluña tenía cosas maravillosas que ofrecer al viajero. Hablé de Barcelona, de Olot, de la Costa Brava, de los días felices que sin duda pasaríamos juntos. En una larga carta de respuesta, en donde me daba las gracias por mi invitación, Sensini me informaba que por ahora no podían moverse de Madrid. La carta, por primera vez, era confusa, aunque a eso de la mitad se ponía a hablar de los premios (creo que se había ganado otro) y me daba ánimos para no desfallecer y seguir participando. En esta parte de la carta hablaba también del oficio de escritor, de la profesión, y yo tuve la impresión de que las palabras que vertía eran en parte para mí y en parte un recordatorio que se hacía a sí mismo. El resto, como ya digo, era confuso. Al terminar de leer tuve la impresión de que alguien de su familia no estaba bien de salud.

Dos o tres meses después me llegó la noticia de que probablemente habían encontrado el cadáver de Gregorio en un cementerio clandestino. En su carta Sensini era parco en expresiones de dolor, solo me decía que tal día, a tal hora, un grupo de forenses, miembros de organizaciones de derechos humanos, encontraron una fosa común con más de cincuenta cadáveres de jóvenes, etc. Por primera vez no tuve ganas de escribirle. Me hubiera gustado llamarlo por teléfono, pero creo que nunca tuvo teléfono y si lo tuvo yo ignoraba su número. Mi contestación fue escueta. Le dije que lo sentía, aventuré la posibilidad de que tal vez el cadáver de Gregorio no fuera el cadáver de Gregorio.

Luego llegó el verano y me puse a trabajar en un hotel de la costa. En Madrid ese verano fue pródigo en conferencias, cursos, actividades culturales de toda índole, pero en ninguna de ellas participó Sensini y si participó en alguna el periódico que yo leía no lo reseñó.

A finales de agosto le envié una tarjeta. Le decía que posiblemente cuando acabara la temporada fuera a hacerle una visita. Nada más. Cuando volví a Girona, a mediados de septiembre, entre la poca correspondencia acumulada bajo la puerta encontré una carta de Sensini con fecha 7 de agosto. Era una carta de despedida. Decía que volvía a la Argentina, que con la democracia ya nadie le iba a hacer nada y que por tanto era ocioso permanecer más tiempo fuera. Además, si quería saber a ciencia cierta el destino final de Gregorio no había más remedio que volver. Carmela, por supuesto, regresa conmigo, anunciaba, pero Miranda se queda. Le escribí de inmediato, a la única dirección que tenía, pero no recibí respuesta.

Poco a poco me fui haciendo a la idea de que Sensini había vuelto para siempre a la Argentina y que si no me escribía él desde allí ya podía dar por acabada nuestra relación epistolar. Durante mucho tiempo estuve esperando su carta o eso creo ahora, al recordarlo. La carta de Sensini, por supuesto, no llegó nunca. La vida en Buenos Aires, me consolé, debía de ser rápida, explosiva, sin tiempo para nada, solo para respirar y parpadear. Volví a escribirle a la dirección que tenía de Madrid, con la esperanza de que le hicieran llegar la carta a Miranda, pero al cabo de un mes el correo me la devolvió por ausencia del destinatario. Así que desistí y dejé que pasaran los días y fui olvidando a Sensini, aunque cuando iba a Barcelona, muy de tanto en tanto, a veces me metía tardes enteras en librerías de viejo y buscaba sus libros, los libros que yo conocía de nombre y que nunca iba a leer. Pero en las librerías solo encontré viejos ejemplares de Ugarte y de su libro de cuentos publicado en Barcelona y cuya editorial había hecho suspensión de pagos, casi como una señal dirigida a Sensini, dirigida a mí.

Uno o dos años después supe que había muerto. No sé en qué periódico leí la noticia. Tal vez no la leí en ninguna parte, tal vez me la contaron, pero no recuerdo haber hablado por aquellas fechas con gente que lo conociera, por lo que probablemente debo de haber leído en alguna parte la noticia de su muerte. Ésta era escueta: el escritor argentino Luis Antonio Sensini, exiliado durante algunos años en España, había muerto en Buenos Aires. Creo que también, al final, mencionaban Ugarte. No sé por qué, la noticia no me impresionó. No sé por qué, el que Sensini volviera a Buenos Aires a morir me pareció lógico.

Tiempo después, cuando la foto de Sensini, Carmela y Miranda y la fotocopia de la foto de Gregorio reposaban junto con mis demás recuerdos en una caja de cartón que por algún motivo que prefiero no indagar aún no he quemado, llamaron a la puerta de mi casa. Debían de ser las doce de la noche, pero yo estaba despierto. La llamada, sin embargo, me sobresaltó. Ninguna de las pocas personas que conocía en Girona hubieran ido a mi casa a no ser que ocurriera algo fuera de lo normal. Al abrir me encontré a una mujer de pelo largo debajo de un gran abrigo negro. Era Miranda Sensini, aunque los años transcurridos desde que su padre me envió la foto no habían pasado en vano. Junto a ella estaba un tipo rubio, alto, de pelo largo y nariz ganchuda. Soy Miranda Sensini, me dijo con una sonrisa. Ya lo sé, dije yo y los invité a pasar. Iban de viaje a Italia y luego pensaban cruzar el Adriático rumbo a Grecia. Como no tenían mucho dinero viajaban haciendo autostop. Aquella noche durmieron en mi casa. Les hice algo de cenar. El tipo se llamaba Sebastián Cohen y también había nacido en Argentina, pero desde muy joven vivía en Madrid. Me ayudó a preparar la cena mientras Miranda inspeccionaba la casa. ¿Hace mucho que la conoces?, preguntó. Hasta hace un momento solo la había visto en foto, le contesté.

Después de cenar les preparé una habitación y les dije que se podían ir a la cama cuando quisieran. Yo también pensé en meterme a mi cuarto y dormirme, pero comprendí que aquello iba a resultar difícil, si no imposible, así que cuando supuse que ya estaban dormidos bajé a la primera planta y puse la tele, con el volumen muy bajo, y me puse a pensar en Sensini.

Poco después sentí pasos en la escalera. Era Miranda. Ella tampoco podía quedarse dormida. Se sentó a mi lado y me pidió un cigarrillo. Al principio hablamos de su viaje, de Girona (llevaban todo el día en la ciudad, no le pregunté por qué habían llegado tan tarde a mi casa), de las ciudades que pensaban visitar en Italia. Después hablamos de su padre y de su hermano. Según Miranda, Sensini nunca se repuso de la muerte de Gregorio. Volvió para buscarlo, aunque todos sabíamos que estaba muerto. ¿Carmela también?, pregunté. Todos, dijo Miranda, menos él. Le pregunté cómo le había ido en Argentina. Igual que aquí, dijo Miranda, igual que en Madrid, igual que en todas partes. Pero en Argentina lo querían, dije yo. Igual que aquí, dijo Miranda. Saqué una botella de coñac de la cocina y le ofrecí un trago. Estás llorando, dijo Miranda. Cuando la miré ella desvió la mirada. ¿Estabas escribiendo?, dijo. No, miraba la tele. Quiero decir cuando Sebastián y yo llegamos, dijo Miranda, ¿estabas escribiendo? Sí, dije. ¿Relatos? No, poemas. Ah, dijo Miranda. Bebimos largo rato en silencio, contemplando las imágenes en blanco y negro del televisor. Dime una cosa, le dije, ¿por qué le puso tu padre Gregorio a Gregorio? Por Kafka, claro, dijo Miranda. ¿Por Gregorio Samsa? Claro, dijo Miranda. Ya, me lo suponía, dije yo. Después Miranda me contó a grandes trazos los últimos meses de Sensini en Buenos Aires.

Se había marchado de Madrid ya enfermo y contra la opinión de varios médicos argentinos que lo trataban gratis y que incluso le habían conseguido un par de internamientos en hospitales de la Seguridad Social. El reencuentro con Buenos Aires fue doloroso y feliz. Desde la primera semana se puso a hacer gestiones para averiguar el paradero de Gregorio. Quiso volver a la universidad, pero entre trámites burocráticos y envidias y rencores de los que no faltan el acceso le fue vedado y se tuvo que conformar con hacer traducciones para un par de editoriales. Carmela, por el contrario, consiguió trabajo como profesora y durante los últimos tiempos vivieron exclusivamente de lo que ella ganaba. Cada semana Sensini le escribía a Miranda. Según ésta, su padre se daba cuenta de que le quedaba poca vida e incluso en ocasiones parecía ansioso de apurar de una vez por todas las últimas reservas y enfrentarse a la muerte. En lo que respecta a Gregorio, ninguna noticia fue concluyente. Según algunos forenses, su cuerpo podía estar entre el montón de huesos exhumados de aquel cementerio clandestino, pero para mayor seguridad debía hacerse una prueba de ADN, pero el gobierno no tenía fondos o no tenía ganas de que se hiciera la prueba y ésta se iba cada día retrasando un poco más. También se dedicó a buscar a una chica, una probable compañera que Goyo posiblemente tuvo en la clandestinidad, pero la chica tampoco apareció. Luego su salud se agravó y tuvo que ser hospitalizado. Ya ni siquiera escribía, dijo Miranda. Para él era muy importante escribir cada día, en cualquier condición. Sí, le dije, creo que así era. Después le pregunté si en Buenos Aires alcanzó a participar en algún concurso. Miranda me miró y se sonrió. Claro, tú eras el que participaba en los concursos con él, a ti te conoció en un concurso. Pensé que tenía mi dirección por la simple razón de que tenía todas las direcciones de su padre, pero que solo en ese momento me había reconocido. Yo soy el de los concursos, dije. Miranda se sirvió más coñac y dijo que durante un año su padre había hablado bastante de mí. Noté que me miraba de otra manera. Debí importunarlo bastante, dije. Qué va, dijo ella, de importunarlo nada, le encantaban tus cartas, siempre nos las leía a mi madre y a mí. Espero que fueran divertidas, dije sin demasiada convicción. Eran divertidísimas, dijo Miranda, mi madre incluso hasta os puso un nombre. ¿Un nombre?, ¿a quiénes? A mi padre y a ti, os llamaba los pistoleros o los cazarrecompensas, ya no me acuerdo, algo así, los cazadores de cabelleras. Me imagino por qué, dije, aunque creo que el verdadero cazarrecompensas era tu padre, yo solo le pasaba uno que otro dato. Sí, él era un profesional, dijo Miranda de pronto seria. ¿Cuántos premios llegó a ganar?, le pregunté. Unos quince, dijo ella con aire ausente. ¿Y tú? Yo por el momento solo uno, dije. Un accésit en Alcoy, por el que conocí a tu padre. ¿Sabes que Borges le escribió una vez una carta, a Madrid, en donde le ponderaba uno de sus cuentos?, dijo ella mirando su coñac. No, no lo sabía, dije yo. Y Cortázar también escribió sobre él, y también Mujica Láinez. Es que él era un escritor muy bueno, dije yo. Joder, dijo Miranda y se levantó y salió al patio, como si yo hubiera dicho algo que la hubiera ofendido. Dejé pasar unos segundos, cogí la botella de coñac y la seguí. Miranda estaba acodada en la barda mirando las luces de Girona. Tienes una buena vista desde aquí, me dijo. Le llené su vaso, me llené el mío, y nos quedamos durante un rato mirando la ciudad iluminada por la luna. De pronto me di cuenta de que ya estábamos en paz, que por alguna razón misteriosa habíamos llegado juntos a estar en paz y que de ahí en adelante las cosas imperceptiblemente comenzarían a cambiar. Como si el mundo, de verdad, se moviera. Le pregunté qué edad tenía. Veintidós, dijo. Entonces yo debo tener más de treinta, dije, y hasta mi voz sonó extraña.

 

(Tomado de www.literatura.us)