jueves, 10 de septiembre de 2026

Juegos de salón

Ricardo Bugarín

 

Guillermina de Orange y Fermina del Ciruelo hastiadas de conversaciones de salón decidieron extender las fronteras y enviaron comunicados a los más diversos reinos. Las respuestas no se dejaron esperar. De diversas regiones comenzaron a llegar delegaciones portadoras de propuestas. Cada postulante, a la noble usanza, hizo llegar su iluminado retrato. Los hubo de muy diversas confecciones pero todos respetaron las indicaciones de ser tamaño natural. Los más osados agregaron presentes personales como fue el caso de arcones portadores de mechones de cabellos, manitos de nácar, prendas íntimas abundantes de lazos y hasta se recibió un lunar extirpado.

Seis meses duró la exposición de retratos en las salas dispuestas para la evaluación. Guillermina y Fermina pasábanse las tardes en inquisitorios conciliábulos colocando cada propuesta bajo las más variadas luces examinadoras. Seis meses intensos llevó la regia decisión.

Las propuestas eran interesantes pero el futuro se preveía aburrido. Se reunió a los más aptos de los artistas del reino y se confeccionaron copias manuables de cada postulante. Cerrada la decisión, todos los retratos fueron arrumbados en el caserón anexo al palacio y las copias manuables se convirtieron en barajas.

Guillermina de Orange y Fermina del Ciruelo pasan las tardes en entretenidas mesas de juego.

 

(Tomado de www.leamoscuentosycronicas.blogspot.com)

 

Cuento inmoral

Jacinto Benavente

 

Sale el actor por delante del telón, pausadamente.

 

¡Qué compromiso! Hay días en que se siente uno capaz de las mayores audacias, y nada le parece imposible.

Y es que yo soy así; hay dos palabras que me sublevan, me encienden la sangre y me obligan a sentirme capaz de todo: la palabra difícil y la palabra imposible. Basta que alguien diga de alguna cosa delante de mí: es difícil, es imposible, para que yo conteste al punto: no hay nada difícil, no hay nada imposible; yo hago eso; yo lo hago; se discute, se cruzan apuestas… yo me veo obligado a sostenerlas… y ya estoy metido en un lío… y el de ahora es flojo.

Figúrense ustedes que alguien me dijo ayer: tú que tienes tantas simpatías en el público, bastante autoridad y mucho desparpajo, o sea desahogo; vamos a ver, ¿a que no te atreves a presentarte al público y contarle un cuento… un cuento inmoral, uno de esos cuentos capaces, según frase consagrada, de ruborizar a un guardia civil? Yo no sé qué motivo puede haber para que la Guardia Civil sea más refractaria al rubor que cualquier otro Instituto armado; el caso es que la Guardia Civil y los Carabineros comparten este privilegio. Pero no divaguemos. ¿Un cuento inmoral? ¡Imposible!, exclamaron varios; ya dije antes que la palabra imposible tiene el privilegio de encenderme la sangre. No hay nada imposible. Y quedo comprometido a contar el cuento. ¡Y qué cuento! Se eligió por sufragio en un café de camareras; las camareras tomaron parte en la votación y su voto decidió del resultado… ¡Valiente cuento! Las pobres chicas solo le conocían por el título, y el título les engañó. (No es el primer título que las engaña). Es un título tan inocente… parece de un cuento de niños… pero, sí, bueno está el cuentecito… Ya me lo dirán ustedes; solo de recordarlo se me sube el pavo… Pero no hay nada imposible. Difícil, sí; a pesar mío debo confesar que hay algo difícil, y este es uno de los casos difíciles. Ya sé que ustedes creen seguramente que yo no me atrevo a contar el cuentecito; por eso están ustedes tan tranquilos y tan sentados, sin disponerse a despejar el teatro, no sin antes llamarme algo… pero ustedes no me conocen. Ustedes no saben de qué modo la palabra imposible excita mis nervios; todo el azahar del mundo no bastaría a calmarlos, como todo el azahar del mundo no bastaría a dar a mi cuento un aspecto inocente. Advierto que empiezan ustedes a ponerse serios; empiezan ustedes a temer que yo sea capaz de todo. Tranquilícense ustedes; yo contaré el cuento, no lo duden ustedes; pero mi apuesta no solo consiste en contarlo, sino en que ustedes lo escuchen; porque, claro está que contarlo en el vacío no tendría dificultad ninguna, y ya dije que la palabra difícil me exaspera tanto como la palabra imposible.

Para que ustedes me escuchen, debo contar el cuento de cierta manera… eso es lo difícil; pero no imposible. Advierto que ya están ustedes tranquilos; pensarán ustedes que, al fin y al cabo, el cuento no tendrá nada de particular… ¡ah! El cuento es tremendo; capaz de ruborizar (me horripilan las frases consagradas) capaz de ruborizar a un acomodador del Salón de Actualidades. ¿Cómo contarlo sin que, al oírlo, las señoras no se levanten como un solo hombre y los caballeros, por galantería, no se crean en el caso de acompañarlas… y yo me quede solo, solo ante los acomodadores, que no serán tampoco tan ajenos al rubor como los del susodicho Salón, avezados al tango con todos sus pormenores? Pues bien; contaré el cuento, y lo contaré de tal manera que de ustedes exclusivamente dependa su inmoralidad. Si observan ustedes la actitud conveniente, si saben ustedes protestar en el momento oportuno, la inmoralidad habrá desaparecido como por encanto y cualquier novela de la Biblioteca Rosa será un cuento de Boccaccio comparada con mi cuento… y va de cuento.

Este era un matrimonio, compuesto, como la mayor parte de los matrimonios, de una mujer, un marido y un… (ya se adelantan ustedes con malicia. ¿no les advertí a ustedes que de ustedes depende todo?). De una mujer, un marido y un niño de pocos meses, de muy pocos… como en todos los matrimonios, la mujer no quería nada al marido… ¿encuentran ustedes demasiado categórica mi afirmación? Pues bien; yo la sostengo y me ratifico. No hay matrimonio en que la mujer quiera al marido… ¿se escandalizan ustedes? ¿Necesitan ustedes una prueba?… En este momento estoy seguro de que me escuchan infinidad de señoras casadas… si hay una, una sola, que quiera a su marido, yo le ruego que se levante y que lo diga en voz muy alta: “Yo quiero a mi marido”. (Pausa). ¿Lo ven ustedes? ¡Ni una sola! Ya dije a ustedes que de su actitud dependía la inmoralidad de mi cuento. ¿Puede darse nada más inmoral que entre una porción de señoras casadas no encontrar ni una sola que quiera a su marido? Gané mi apuesta. Y ahora soy yo el que se retira escandalizado.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Técnicas de management

Jordi Cebrián

 

En mi empresa contrataron unos consultores carísimos, así que ahora a los grupos de gente les llamamos clusters, a las bombillas lightbulbs, y a los papeles, sheet of paper, aunque esto último no todos lo pronunciamos bien. Parece ser que llamar a las cosas en inglés hace que se rinda más. Si a escribir cosas en papel de embalar le llamamos brown paper technique, la productividad se dispara. Y llamar al jefe, boss, quieras que no, impone respeto. Pero acabo de recibir una carta, del human management resources, donde se me indica en perfecto castellano que estoy despedido, por bocazas.

 

(Tomado de www.cienpalabras.blogspot.com)

 

Vendrán lluvias suaves

Ray Bradbury

 

En la sala cantaba el reloj con voz: “Tic-tac, las siete, arriba, ¡las siete!” como si temiera que nadie se levantara. Esa mañana la casa estaba vacía.

El reloj continuó con su tic-tac, repitiendo y repitiendo sus sonidos en el vacío. “Las siete y uno, el desayuno, ¡las siete y uno!”

En la cocina, el horno del desayuno dejó escapar un silbido y arrojó de su cálido interior ocho panes tostados perfectamente hechos, ocho huevos perfectamente fritos, dieciséis tajadas de tocino, dos cafés y dos vasos de leche fresca.

“Hoy es 4 de agosto de 2026”, dijo una segunda voz desde el cielorraso de la cocina, “en la ciudad de Allendale, California”. Repitió la fecha tres veces para que todos la recordaran. “Hoy es el cumpleaños del señor Featherstone. Hoy es el aniversario del casamiento de Tilita. Hay que pagar el seguro, y también las cuentas de agua, gas y electricidad”.

En algún lugar dentro de las paredes, los transmisores cambiaban, las cintas de memoria se deslizaban bajo los ojos eléctricos.

“Ocho y uno, tic-tac, ocho y uno, a la escuela, al trabajo, corran, ¡ocho y uno!” Pero no se oyeron portazos, ni las suaves pisadas de las zapatillas sobre las alfombras. Afuera llovía. La caja meteorológica en la puerta de entrada recitó suavemente: “Lluvia, lluvia, gotas, impermeables para hoy…” Y la lluvia caía sobre la casa vacía, despertando ecos.

Afuera, la puerta del garaje se levantó, sonó un timbre y reveló el auto preparado. Después de una larga espera la puerta volvió a bajar.

A las ocho y treinta los huevos estaban secos y los panes tostados, duros como una piedra. Una pala de aluminio los llevo a la pileta, donde recibieron un chorro de agua caliente y cayeron en una garganta de metal que los digirió y los llevó hasta el distante mar. Los platos sucios cayeron en la lavadora caliente y salieron perfectamente secos.

“Nueve y quince”, cantó el reloj, “hora de limpiar”.

De los reductos de la pared salieron diminutos ratones robots. Los pequeños animales de la limpieza, de goma y metal, se escurrieron por las habitaciones. Golpeaban contra los sillones, giraban sobre sus soportes sacudiendo las alfombras, absorbiendo suavemente el polvo oculto. Luego, como misteriosos invasores, volvieron a desaparecer en sus reductos. Sus ojos eléctricos rosados se esfumaron. La casa estaba limpia.

“Las diez”. Salió el sol después de la lluvia. La casa estaba sola en una ciudad de escombros y cenizas. Era la única casa que había quedado en pie. Durante la noche, la ciudad en ruinas producía un resplandor radiactivo que se veía desde kilómetros de distancia.

“Las diez y quince”. Los rociadores del jardín se convirtieron en fuentes doradas, llenando el aire suave de la mañana de ondas brillantes. El agua golpeaba contra los vidrios de las ventanas, corría por la pared del lado oeste, chamuscado, donde la casa se había quemado en forma pareja y había desaparecido la pintura blanca. Todo el lado occidental de la casa estaba negro, excepto en cinco lugares. Allí la silueta pintada de un hombre cortando el césped. Allá, como en una fotografía, una mujer inclinada, recogiendo flores. Un poco más adelante, sus imágenes quemadas en la madera, en un instante titánico, un niñito con las manos alzadas; un poco más arriba, la imagen de una pelota arrojada, y frente a él una niña, con las manos levantadas como para recibir esa pelota que nunca bajó.

Quedaban las cinco zonas de pintura; el hombre, la mujer, los niños, la pelota. El resto era una delgada capa de carbón.

El suave rociador llenó el jardín de luces que caían.

Hasta ese día, cuánta reserva había guardado la casa. Con cuánto cuidado había preguntado: “¿Quién anda? ¿Contraseña?”, y al no recibir respuesta de los zorros solitarios y de los gatos que gemían, había cerrado sus ventanas y bajado las persianas con una preocupación de solterona por la autoprotección, casi lindante con la paranoia mecánica.

La casa se estremecía con cada sonido. Si un gorrión rozaba una ventana, la persiana se levantaba de golpe. ¡El pájaro, sobresaltado, huía! ¡No, ni siquiera un pájaro debía tocar la casa!

La casa era un altar con diez mil asistentes, grandes y pequeños, que reparaban y atendían, en grupos. Pero los dioses se habían marchado, y el ritual de la religión continuaba, sin sentido, inútil.

“Las doce del mediodía”.

Un perro aulló, temblando, en el pórtico de entrada.

La puerta del frente reconoció la voz del perro y abrió. El perro, antes enorme y fornido, en ese momento flaco hasta los huesos y cubierto de llagas, entró en la casa y la recorrió, dejando huellas de barro. Detrás de él se escurrían furiosos ratones, enojados por tener que recoger barro, alterados por el inconveniente.

Porque ni un fragmento de hoja seca pasaba bajo la puerta sin que se abrieran de inmediato los paneles de las paredes y los ratones de limpieza, de cobre, saltaran rápidamente para hacer su tarea. El polvo, los pelos, los papeles, eran capturados de inmediato por sus diminutas mandíbulas de acero, y llevados a sus madrigueras. De allí, pasaban por tubos hasta el sótano, donde caían en un incinerador.

El perro subió corriendo la escalera, aullando histéricamente ante cada puerta, comprendiendo por fin, lo mismo que comprendía la casa, que allí sólo había silencio.

Husmeó el aire y arañó la puerta de la cocina. Detrás de la puerta, el horno estaba haciendo hot cakes que llenaban la casa de un olor apetitoso mezclado con el aroma de la miel.

El perro echó espuma por la boca, tendido en el suelo, husmeando, con los ojos enrojecidos. Echó a correr locamente en círculos, mordiéndose la cola, lanzado a un frenesí, y cayó muerto. Estuvo una hora en la sala.

“Las dos”, cantó una voz.

Percibiendo delicadamente la descomposición, los regimientos de ratones salieron silenciosamente, como hojas grises en medio de un viento eléctrico…

“Las dos y quince”.

El perro había desaparecido.

En el sótano, el incinerador resplandeció de pronto con un remolino de chispas que saltaron por la chimenea.

“Las dos y treinta y cinco”.

De las paredes del patio brotaron mesas de bridge. Cayeron naipes sobre la felpa, en una lluvia de espadas, diamantes, tréboles y corazones. Apareció una exposición de martinis en una mesa de roble, y botanas. Se oía música.

Pero las mesas estaban en silencio, y nadie tocaba los naipes.

A las cuatro, las mesas se plegaron como grandes mariposas y volvieron a entrar en los paneles de la pared.

“Cuatro y treinta”.

Las paredes del cuarto de los niños brillaban.

Aparecían formas de animales: jirafas amarillas, leones azules, antílopes rosados, panteras lilas que daban volteretas en una sustancia de cristal. Las paredes eran de vidrio. Se llenaban de color y fantasía. El rollo oculto de una película giraba silenciosamente, y las paredes cobraban vida. El piso del cuarto parecía una pradera. Sobre ella corrían cucarachas de aluminio y grillos de hierro, y en el aire cálido y tranquilo las mariposas de delicada textura aleteaban entre los fuertes aromas que dejaban los animales… Había un ruido como de una gran colmena amarilla de abejas dentro de un hueco oscuro, el ronroneo perezoso de un león. Y de pronto el ruido de las patas de un okapi y el murmullo de la fresca lluvia en la jungla, y el ruido de pezuñas en el pasto seco del verano. Luego las paredes se disolvían para transformarse en campos de pasto seco, kilómetros y kilómetros bajo un interminable cielo caluroso. Los animales se retiraban a los matorrales y a los pozos de agua.

Era la hora de los niños.

“Las cinco”. La bañera se llenó de agua caliente y cristalina.

“Las seis, las siete, las ocho”. La vajilla de la cena se colocó en su lugar como por arte de magia, y en el estudio hubo un click. En la mesa de metal frente a la chimenea, donde en ese momento chisporroteaban las llamas, saltó un puro, con un centímetro de ceniza gris en la punta, esperando.

“Las nueve”. Las camas calentaron sus circuitos ocultos, porque las noches eran frías en esa zona.

“Las nueve y cinco”. Habló una voz desde el cielorraso del estudio: “Señora McClellan, ¿qué poema desea esta noche?”

La casa estaba en silencio.

La voz dijo por fin:

“Ya que usted no expresa su preferencia, elegiré un poema al azar”. Comenzó a oírse una suave música de fondo. “Sara Teasdale. Según recuerdo, su favorito…”

 

Vendrán lluvias suaves y el olor a tierra
Y el leve ruido del vuelo de las golondrinas
El canto nocturno de los sapos en los charcos
La trémula blancura del ciruelo silvestre
Los ruiseñores con sus plumas de fuego
Silbando sus caprichos en la alambrada
Y ninguno sabrá si hay guerra
Ni le importará el final, cuando termine
A nadie le importaría, ni al pájaro ni al árbol,
Si desapareciera la humanidad
Ni la primavera, al despertar al alba,
Se enteraría de que ya no estamos.

 

El fuego ardía en la chimenea de piedra y el puro cayó en un montículo de ceniza en el cenicero. Los sillones vacíos se miraban entre las paredes silenciosas, y sonaba la música. A las diez la casa comenzó a apagarse.

Soplaba el viento. Una rama caída de un árbol golpeó contra la ventana de la cocina. Un frasco de solvente se hizo añicos sobre la cocina. ¡La habitación ardió en un instante!

“¡Fuego!” gritó una voz. Se encendieron las luces de la casa, las bombas de agua de los cielorrasos comenzaron a funcionar. Pero el solvente se extendió sobre el linóleo, lamiendo, devorando, bajo la puerta de la cocina, mientras las voces continuaban gritando al unísono: “¡Fuego, fuego, fuego!”

La casa trataba de salvarse. Las puertas se cerraban herméticamente, pero el calor rompió las ventanas y el viento soplaba y avivaba el fuego.

La casa cedió mientras el fuego, en diez mil millones de chispas furiosas, se trasladaba con llameante facilidad de una habitación a otra y luego subía la escalera. Mientras las ratas de agua se escurrían y chillaban desde las paredes, proyectaban su agua, y corrían a buscar más. Y los rociadores de la pared soltaban sus chorros de lluvia mecánica.

Pero demasiado tarde. En alguna parte, con un suspiro, una bomba se detuvo. La lluvia bienhechora cesó. La reserva de agua que había llenado los baños y había lavado los platos durante muchos días silenciosos se había terminado.

El fuego subía la escalera, creciendo, se alimentaba en los Picasso y los Matisse de las salas del piso alto, como si fueran manjares, quemando los óleos, tostando tiernamente las telas hasta convertirlas en despojos negros.

¡El fuego ya llegaba a las camas, a las ventanas, cambiaba los colores de los cortinajes!

Luego, aparecieron los refuerzos.

Desde las puertas-trampa del ático, los rostros ciegos de los robots miraban con sus bocas abiertas de donde salía una sustancia química verde.

El fuego retrocedió, como habría retrocedido hasta un elefante a la vista de una serpiente muerta. En ese momento había veinte serpientes ondulando por el suelo, matando el fuego con un claro y frío veneno de espuma verde.

Pero el fuego era inteligente. Había lanzado llamas fuera de la casa, que subieron al ático donde estaban las bombas. ¡Una explosión! El cerebro del ático que dirigía las bombas quedó destrozado.

El fuego volvió a todos los armarios y las ropas colgadas en ellos.

La casa se estremeció, hasta sus huesos de roble, su esqueleto desnudo se encogía con el calor, sus cables, sus nervios salían a la luz como si un cirujano hubiera abierto la piel para dejar las venas y los capilares rojos temblando en el aire escaldado. “¡Auxilio, auxilio!” “¡Fuego!” “¡Rápido, rápido!”

El calor quebraba los espejos como si fueran el primer hielo delgado del invierno. Y las voces gemían, “fuego, fuego, corran, corran”, como una trágica canción infantil.

Y las voces morían mientras los cables saltaban de sus envolturas como castañas calientes. Una, dos, tres, cuatro, cinco voces murieron y ya no se oyó ninguna.

En el cuarto de los niños ardió la jungla. Rugieron los leones azules, saltaron las jirafas púrpuras. Las panteras corrían en círculos, cambiando de color, y diez millones de animales, corriendo frente al fuego, se desvanecieron en un lejano río humeante…

Murieron diez voces más. En el último instante, bajo la avalancha de fuego, se oían otros coros, indiferentes, que anunciaban la hora, tocaban música, cortaban el pasto con una máquina a control remoto, o abrían y cerraban frenéticamente una sombrilla, cerraban y abrían la puerta del frente, sucedían mil cosas, como en una relojería donde cada reloj da locamente la hora antes o después de otro. Era una escena de confusión maniaca, pero sin embargo una unidad; cantos, gritos, los últimos ratones de la limpieza que se abalanzaban valientemente a llevarse las feas cenizas… y una voz, con sublime indiferencia ante la situación, leía poemas en voz alta en el estudio en llamas, hasta que se quemaron todos los rollos de películas, hasta que todos los cables se achicharraron y saltaron los circuitos.

El fuego hizo estallar la casa que se derrumbó de golpe, en medio de las olas de chispas y humo.

En la cocina, un instante antes de la lluvia de fuego y madera, pudo verse al horno preparando el desayuno en escala psicopática, diez docenas de huevos, seis panes tostados, veinte docenas de tajadas de tocino, que, devorados por el fuego, ponían a funcionar nuevamente al horno, que silbaba histéricamente…

La explosión. El ático que caía sobre la cocina y la sala. La sala sobre el sótano, el sótano sobre el segundo sótano. El refrigerador, un sillón, rollos de películas, circuitos, camas, todo convertido en esqueletos en un montón de escombros, muy abajo.

Humo y silencio. Mucho humo.

La débil luz del amanecer apareció por el este. Entre las ruinas, una sola pared quedaba en pie. Dentro de la pared, una última voz decía, una y otra vez, mientras salía el sol, iluminando el humeante montón de escombros:

“Hoy es 5 de agosto de 2026, hoy es 5 de agosto de 2026, hoy es…”

 

(Tomado de www.lecturia.org)

 

martes, 8 de septiembre de 2026

Algo

Hans Christian Andersen

 

–¡Quiero ser algo! –decía el mayor de cinco hermanos–. Quiero servir de algo en este mundo. Si ocupo un puesto, por modesto que sea, que sirva a mis semejantes, seré algo. Los hombres necesitan ladrillos. Pues bien, si yo los fabrico, haré algo real y positivo.

–Sí, pero eso es muy poca cosa –replicó el segundo hermano–. Tu ambición es muy humilde: es trabajo de peón, que una máquina puede hacer. No, más vale ser albañil. Eso sí es algo, y yo quiero serlo. Es un verdadero oficio. Quien lo profesa es admitido en el gremio y se convierte en ciudadano, con su bandera propia y su casa gremial. Si todo marcha bien, podré tener oficiales, me llamarán maestro, y mi mujer será la señora patrona. A eso llamo yo ser algo.

–¡Tonterías! –intervino el tercero–. Ser albañil no es nada. Quedarás excluido de los estamentos superiores, y en una ciudad hay muchos que están por encima del maestro artesano. Aunque seas un hombre de bien, tu condición de maestro no te librará de ser lo que llaman un “patán”. No, yo sé algo mejor. Seré arquitecto, seguiré por la senda del Arte, del pensamiento, subiré hasta el nivel más alto en el reino de la inteligencia. Habré de empezar desde abajo, sí; te lo digo sin rodeos: comenzaré de aprendiz. Llevaré gorra, aunque estoy acostumbrado a tocarme con sombrero de seda. Iré a comprar aguardiente y cerveza para los oficiales, y ellos me tutearán, lo cual no me agrada, pero imaginaré que no es sino una comedia, libertades propias del Carnaval. Mañana, es decir, cuando sea oficial, emprenderé mi propio camino, sin preocuparme de los demás. Iré a la academia a aprender dibujo, y seré arquitecto. Esto sí es algo. ¡Y mucho! Acaso me llamen señoría, y excelencia, y me pongan, además, algún título delante y detrás, y venga a edificar, como otros hicieron antes que yo. Y entretanto iré construyendo mi fortuna. ¡Ese algo vale la pena!

–Pues eso que tú dices que es algo, se me antoja muy poca cosa, y hasta te diré que nada –dijo el cuarto–. No quiero tomar caminos trillados. No quiero ser un copista. Mi ambición es ser un genio, mayor que todos ustedes juntos. Crearé un estilo nuevo, levantaré el plano de los edificios según el clima y los materiales del país, haciendo que cuadren con su sentimiento nacional y la evolución de la época, y les añadiré un piso, que será un zócalo para el pedestal de mi gloria.

–¿Y si nada valen el clima y el material? –preguntó el quinto–. Sería bien sensible, pues no podrían hacer nada de provecho. El sentimiento nacional puede engreírse y perder su valor; la evolución de la época puede escapar de tus manos, como se te escapa la juventud. Ya veo que en realidad ninguno de ustedes llegará a ser nada, por mucho que lo esperen. Pero hagan lo que les plazca. Yo no voy a imitarlos; me quedaré al margen, para juzgar y criticar sus obras. En este mundo todo tiene sus defectos; yo los descubriré y sacaré a la luz. Esto será algo.

Así lo hizo, y la gente decía de él: “Indudablemente, este hombre tiene algo. Es una cabeza despejada. Pero no hace nada”. Y, sin embargo, por esto precisamente era algo.

Como ven, esto no es más que un cuento, pero un cuento que nunca se acaba, que empieza siempre de nuevo, mientras el mundo sea mundo.

Pero, ¿qué fue, a fin de cuentas, de los cinco hermanos? Escúchenme bien, que es toda una historia.

El mayor, que fabricaba ladrillos, observó que por cada uno recibía una monedita, y aunque solo fuera de cobre, reuniendo muchas de ellas se obtenía un brillante escudo. Ahora bien, dondequiera que vayan con un escudo, a la panadería, a la carnicería o a la sastrería, se les abre la puerta y solo tienen que pedir lo que les haga falta. He aquí lo que sale de los ladrillos. Los hay que se rompen o desmenuzan, pero incluso de éstos se puede sacar algo.

Una pobre mujer llamada Margarita deseaba construirse una casita sobre el malecón. El hermano mayor, que tenía un buen corazón, aunque no llegó a ser más que un sencillo ladrillero, le dio todos los ladrillos rotos, y unos pocos enteros por añadidura. La mujer se construyó la casita con sus propias manos. Era muy pequeña; una de las ventanas estaba torcida; la puerta era demasiado baja, y el techo de paja hubiera podido quedar mejor. Pero, bien que mal, la casuca era un refugio, y desde ella se gozaba de una buena vista sobre el mar, aquel mar cuyas furiosas olas se estrellaban contra el malecón, salpicando con sus gotas salobres la pobre choza, y tal como era, ésta seguía en pie mucho tiempo después de estar muerto el que había cocido los ladrillos.

El segundo hermano conocía el oficio de albañil, mucho mejor que la pobre Margarita, pues lo había aprendido tal como se debe.

Aprobado su examen de oficial, se echó la mochila al hombro y entonó la canción del artesano:

Joven yo soy, y quiero correr mundo,
e ir levantando casas por doquier,
cruzar tierras, pasar el mar profundo,
confiado en mi arte y mi valer.

Y si a mi tierra regresara un día
atraído por el amor que allí dejé,
alárgame la mano, patria mía,
y tú, casita que mía te llamé.

Y así lo hizo. Regresó a la ciudad, ya en calidad de maestro, y construyó casas y más casas, una junto a otra, hasta formar toda una calle. Terminada ésta, que era muy bonita y realzaba el aspecto de la ciudad, las casas edificaron para él una casita, de su propiedad. ¿Cómo pueden construir las casas? Pregúntaselo a ellas. Si no te responden, lo hará la gente en su lugar, diciendo: “Sí, es verdad, la calle le ha construido una casa”. Era pequeña y de pavimento de arcilla, pero bailando sobre él con su novia se volvió liso y brillante; y de cada piedra de la pared brotó una flor, con lo que las paredes parecían cubiertas de preciosos tapices. Fue una linda casa y una pareja feliz. La bandera del gremio ondeaba en la fachada, y los oficiales y aprendices gritaban “¡Hurra por nuestro maestro!”. Sí, señor, aquél llegó a ser algo. Y murió siendo algo.

Vino luego el arquitecto, el tercero de los hermanos, que había empezado de aprendiz, llevando gorra y haciendo de mandadero, pero más tarde había ascendido a arquitecto, tras los estudios en la Academia, y fue honrado con los títulos de Señoría y Excelencia. Y si las casas de la calle habían edificado una para el hermano albañil, a la calle le dieron el nombre del arquitecto, y la mejor casa de ella fue suya. Llegó a ser algo, sin duda alguna, con un largo título delante y otro detrás. Sus hijos pasaban por ser de familia distinguida, y cuando murió, su viuda fue una viuda de alto copete… y esto es algo. Y su nombre quedó en el extremo de la calle y como nombre de calle siguió viviendo en labios de todos. Esto también es algo, sí señor.

Siguió después el genio, el cuarto de los hermanos, el que pretendía idear algo nuevo, aparte del camino trillado, y realzar los edificios con un piso más, que debía inmortalizarle. Pero se cayó de este piso y se rompió el cuello. Eso sí, le hicieron un entierro solemnísimo, con las banderas de los gremios, música, flores en la calle y elogios en el periódico; en su honor se pronunciaron tres panegíricos, cada uno más largo que el anterior, lo cual le habría satisfecho en extremo, pues le gustaba mucho que hablaran de él. Sobre su tumba erigieron un monumento, de un solo piso, es verdad, pero esto es algo.

El tercero había muerto, pues, como sus tres hermanos mayores. Pero el último, el razonador, sobrevivió a todos, y en esto estuvo en su papel, pues así pudo decir la última palabra, que es lo que a él le interesaba. Como decía la gente, era la cabeza clara de la familia. Pero le llegó también su hora, se murió y se presentó a la puerta del cielo, por la cual se entra siempre de dos en dos. Y he aquí que él iba de pareja con otra alma que deseaba entrar a su vez, y resultó ser la pobre vieja Margarita, la de la casa del malecón.

–De seguro que será para realzar el contraste por lo que me han puesto de pareja con esta pobre alma –dijo el razonador.

–¿Quién eres, abuelita? ¿Quieres entrar también? –le preguntó.

Se inclinó la vieja lo mejor que pudo, pensando que el que le hablaba era San Pedro en persona.

–Soy una pobre mujer sencilla, sin familia, la vieja Margarita de la casita del malecón.

–Ya, ¿y qué es lo que hiciste allá abajo?

–Bien poca cosa, en realidad. Nada que pueda valerme la entrada aquí. Será una gracia muy grande de nuestro Señor, si me admiten en el Paraíso.

–¿Y cómo fue que te marchaste del mundo? –siguió preguntando él, solo por decir algo, pues al hombre le aburría la espera.

–La verdad es que no lo sé. El último año lo pasé enferma y pobre. Un día no tuve más remedio que levantarme y salir, y me encontré de repente en medio del frío y la helada. Seguramente no pude resistirlo. Le contaré cómo ocurrió: Fue un invierno muy duro, pero hasta entonces lo había aguantado. El viento se calmó por unos días, aunque hacía un frío cruel, como nuestra Señoría debe saber. La capa de hielo entraba en el mar hasta perderse de vista. Toda la gente de la ciudad había salido a pasear sobre el hielo, a patinar, como dicen ellos, y a bailar, y también creo que había música y merenderos. Yo lo oía todo desde mi pobre cuarto, donde estaba acostada. Esto duró hasta el anochecer. Había salido ya la luna, pero su luz era muy débil. Miré al mar desde mi cama, y entonces vi que de allí donde se tocan el cielo y el mar subía una maravillosa nube blanca. Me quedé mirándola y vi un punto negro en su centro, que crecía sin cesar; y entonces supe lo que aquello significaba –pues soy vieja y tengo experiencia–, aunque no es frecuente ver el signo. Yo lo conocí y sentí espanto. Durante mi vida lo había visto dos veces, y sabía que anunciaba una espantosa tempestad, con una gran marejada que sorprendería a todos aquellos desgraciados que allí estaban, bebiendo, saltando y divirtiéndose. Toda la ciudad había salido, viejos y jóvenes. ¡Quién podía prevenirlos, si nadie veía el signo ni se daba cuenta de lo que yo observaba! Sentí una angustia terrible, y me entró una fuerza y un vigor como hacía mucho tiempo no había sentido. Salté de la cama y me fui a la ventana; no pude ir más allá. Conseguí abrir los postigos, y vi a muchas personas que corrían y saltaban por el hielo y vi las lindas banderitas y oí los hurras de los chicos y los cantos de los mozos y mozas. Todo era bullicio y alegría, y mientras tanto la blanca nube con el punto negro iba creciendo por momentos. Grité con todas mis fuerzas, pero nadie me oyó, pues estaban demasiado lejos. La tempestad no tardaría en estallar, el hielo se resquebrajaría y haría pedazos, y todos aquellos, hombres y mujeres, niños y mayores, se hundirían en el mar, sin salvación posible. Ellos no podían oírme, y yo no podía ir hasta ellos. ¿Cómo conseguir que vinieran a tierra? Dios Nuestro Señor me inspiró la idea de pegar fuego a mí cama.

Más valía que se incendiara mi casa, a que todos aquellos infelices perecieran. Encendí el fuego, vi la roja llama, salí a la puerta… pero allí me quedé tendida, con las fuerzas agotadas. Las llamas se agrandaban a mi espalda, saliendo por la ventana y por encima del tejado. Los patinadores las vieron y acudieron corriendo en mi auxilio, pensando que iba a morir abrasada. Todos vinieron hacia el malecón. Los oí venir, pero al mismo tiempo oí un estruendo en el aire, como el tronar de muchos cañones. La ola de marea levantó el hielo y lo hizo pedazos, pero la gente pudo llegar al malecón, donde las chispas me caían encima. Todos estaban a salvo. Yo, en cambio, no pude resistir el frío y el espanto, y por esto he venido aquí, a la puerta del cielo. Dicen que está abierta para los pobres como yo. Y ahora ya no tengo mi casa. ¿Qué le parece, me dejarán entrar?

En esto se abrió la puerta del cielo, y un ángel hizo entrar a la mujer. De ésta cayó una brizna de paja, una de las que había en su cama cuando la incendió para salvar a los que estaban en peligro. La paja se transformó en oro, pero en un oro que crecía y echaba ramas, que se trenzaban en hermosísimos arabescos.

–¿Ves? –dijo el ángel al razonador–, esto lo ha traído la pobre mujer. Y tú, ¿qué traes? Nada, bien lo sé. No has hecho nada, ni siquiera un triste ladrillo. Podrías volverte y, por lo menos, traer uno. De seguro que estaría mal hecho, siendo obra de tus manos, pero algo valdría la buena voluntad. Por desgracia, no puedes volver y nada puedo hacer por ti.

Entonces, aquella pobre alma, la mujer de la casita del malecón, intercedió por él:

–Su hermano me regaló todos los ladrillos y trozos con los que pude levantar mi humilde casa. Fue un gran favor que me hizo. ¿No servirían todos aquellos trozos como un ladrillo para él? Es una gracia que pido. La necesita tanto, y puesto que estamos en el reino de la gracia…

–Tu hermano, a quien tú creías el de más cortos alcances –dijo el ángel– aquél cuya honrada labor te parecía la más baja, te da su óbolo celestial. No serás expulsado. Se te permitirá permanecer ahí fuera reflexionando y reparando tu vida terrenal; pero no entrarás mientras no hayas hecho una buena acción.

–Yo lo habría sabido decir mejor –pensó el pedante, pero no lo dijo en voz alta, y esto ya es algo.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

lunes, 7 de septiembre de 2026

Cordero al matadero

Roald Dahl

 

La habitación estaba cálida y limpia, con las cortinas corridas y las dos lámparas de mesa encendidas: la suya y la que estaba junto al sillón vacío de enfrente. Sobre el aparador, detrás de ella, había dos vasos altos, agua con gas y whisky. Cubos de hielo recién hechos en la cubeta Thermos.

Mary Maloney esperaba que su marido volviera a casa del trabajo.

De vez en cuando levantaba la vista hacia el reloj, pero sin ansiedad, simplemente por el placer de pensar que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. En ella, y en todo cuanto hacía, había algo lento y risueño. La forma en que inclinaba la cabeza sobre la costura era curiosamente tranquila. Su piel –estaba en el sexto mes de embarazo– había adquirido una maravillosa cualidad translúcida, la boca era suave y los ojos, con su nueva expresión plácida, parecían más grandes y oscuros que antes.

Cuando faltaban diez minutos para las cinco, empezó a escuchar y, unos instantes después, puntual como siempre, oyó los neumáticos sobre la grava de afuera, el golpe de la puerta del automóvil al cerrarse, los pasos junto a la ventana y la llave que giraba en la cerradura. Dejó a un lado la costura, se puso de pie y fue a besarlo cuando entró.

–Hola, cariño –dijo.

–Hola –respondió él.

Ella le tomó el abrigo y lo colgó en el armario. Luego fue a preparar las bebidas, una bastante cargada para él y otra suave para ella. Poco después estaba de nuevo en su sillón con la costura y él en el otro, enfrente, sosteniendo el vaso alto entre ambas manos y moviéndolo de modo que los cubos de hielo tintineaban contra el cristal.

Para ella, aquel era siempre el momento más dichoso del día. Sabía que él no quería hablar mucho hasta terminar la primera copa y ella, por su parte, se contentaba con permanecer sentada en silencio, disfrutando de su compañía después de las largas horas sola en casa. Le encantaba deleitarse en la presencia de ese hombre y sentir –casi como quien siente el sol sobre la piel– ese cálido resplandor masculino que salía de él hacia ella cuando estaban solos. Le encantaba la manera relajada en que se sentaba en un sillón, cómo entraba por una puerta o cruzaba lentamente la habitación con largas zancadas. Le encantaba la mirada fija y distante de sus ojos cuando se posaban en ella, la forma curiosa de su boca y, sobre todo, que nunca hablara de su cansancio y permaneciera quieto, ensimismado, hasta que el whisky se lo aliviaba un poco.

–¿Cansado, cariño?

–Sí –dijo él–. Estoy cansado.

Y, mientras hablaba, hizo algo poco habitual. Levantó el vaso y se lo bebió de un trago, aunque aún le quedaba por lo menos la mitad. Ella no lo estaba mirando en realidad, pero supo lo que había hecho porque oyó los cubos de hielo caer de nuevo contra el fondo del vaso vacío cuando él bajó el brazo. Permaneció un momento inclinado hacia delante en el sillón, luego se levantó y fue lentamente a servirse otra.

–¡Yo te la preparo! –exclamó ella, levantándose de un salto.

–Siéntate –dijo él.

Cuando regresó, ella advirtió que la nueva bebida tenía un tono ámbar oscuro de tan cargada que estaba.

–Cariño, ¿quieres que te traiga las pantuflas?

–No.

Ella lo observó mientras empezaba a beber a sorbos aquella bebida de un amarillo oscuro, y podía ver pequeños remolinos aceitosos en el líquido de lo fuerte que estaba.

–Me parece una pena –dijo ella– que, cuando un policía llega a un puesto tan alto como el tuyo, lo tengan todo el día de pie, de un lado para otro.

Él no respondió, así que ella volvió a inclinar la cabeza y continuó cosiendo. Pero cada vez que él llevaba el vaso a los labios, ella oía los cubos de hielo chocar contra el cristal.

–Cariño –dijo–, ¿quieres que te traiga un poco de queso? No preparé la cena porque es jueves.

–No –dijo él.

–Si estás demasiado cansado para salir a cenar –continuó ella–, todavía estamos a tiempo. Hay mucha carne y otras cosas en el congelador, y puedes comer aquí mismo sin siquiera levantarte del sillón.

Sus ojos esperaron de él una respuesta, una sonrisa, un leve gesto con la cabeza, pero él no dio ninguna señal.

–De todos modos –prosiguió ella–, primero te traeré un poco de queso y galletas saladas.

–No quiero –dijo él.

Ella se removió inquieta en el sillón, con los grandes ojos fijos en el rostro de su marido.

–Pero tienes que cenar. Puedo prepararte algo aquí mismo sin ningún problema. Me gustaría hacerlo. Podemos comer chuletas de cordero. O cerdo. Lo que quieras. Hay de todo en el congelador.

–Olvídalo –dijo él.

–Pero, cariño, ¡tienes que comer! Prepararé algo de todos modos y luego puedes comerlo o no, como quieras.

Se puso de pie y dejó la costura sobre la mesita junto a la lámpara.

–Siéntate –dijo él–. Solo un minuto. Siéntate.

Solo entonces empezó a asustarse.

–Vamos –dijo él–. Siéntate.

Se dejó caer lentamente en el sillón, sin apartar de él esos grandes ojos desconcertados. Él había terminado la segunda copa y miraba fijamente el fondo del vaso, con el ceño fruncido.

–Escucha –dijo–, tengo algo que decirte.

–¿Qué pasa, cariño? ¿Qué ocurre?

Él se había quedado absolutamente inmóvil y mantenía la cabeza baja, de modo que la luz de la lámpara que tenía al lado le iluminaba la parte superior del rostro y dejaba la barbilla y la boca en sombras. Ella advirtió que un pequeño músculo se movía junto al rabillo del ojo izquierdo.

–Me temo que esto va a ser un golpe para ti –dijo él–. Pero lo he pensado mucho y he decidido que lo único que cabe hacer es decírtelo de una vez. Espero que no me culpes demasiado.

Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo, y ella permaneció inmóvil durante todo ese tiempo, mirándolo entre aturdida y horrorizada mientras, con cada palabra, él parecía alejarse un poco más de ella.

–Así están las cosas –añadió–. Y sé que no es precisamente el mejor momento para decírtelo, pero sencillamente no había otra manera. Por supuesto, te daré dinero y me ocuparé de que no te falte nada. Pero no tiene por qué armarse ningún escándalo. Eso espero, al menos. No sería nada bueno para mi trabajo.

Su primer instinto fue no creer nada de aquello, rechazarlo. Se le ocurrió que quizá él ni siquiera había hablado, que ella misma lo había imaginado todo. Tal vez, si seguía con lo suyo y actuaba como si no hubiera estado escuchando, más tarde, cuando de algún modo despertara otra vez, descubriría que nada de eso había ocurrido.

–Prepararé la cena –consiguió susurrar, y esta vez él no la detuvo.

Mientras cruzaba la habitación, no sentía que los pies tocaran el suelo. No sentía nada en absoluto, salvo una ligera náusea y ganas de vomitar. Ahora todo era automático: las escaleras hacia el sótano, el interruptor de la luz, el congelador, la mano dentro del arcón que agarra el primer objeto que encuentra. Lo sacó y lo miró. Estaba envuelto en papel, así que quitó el envoltorio y volvió a mirarlo.

Una pierna de cordero.

Muy bien, entonces cenarían cordero. La llevó arriba, sujetándola con ambas manos por el extremo delgado del hueso y, al atravesar la sala, vio a su marido de pie junto a la ventana, de espaldas a ella, y se detuvo.

–Por el amor de Dios –dijo él al oírla, sin volverse–. No me prepares la cena. Voy a salir.

En ese momento, Mary Maloney sencillamente se acercó por detrás y, sin detenerse un instante, alzó bien alto la gran pierna de cordero congelada y la descargó con todas sus fuerzas en la nuca de su marido.

Lo mismo habría dado golpearlo con un garrote de acero.

Retrocedió un paso y esperó. Lo curioso fue que él permaneció de pie por lo menos cuatro o cinco segundos, balanceándose suavemente. Luego se desplomó sobre la alfombra.

La violencia del impacto, el ruido y la mesita que se volcó la ayudaron a salir de la conmoción. Volvió lentamente en sí, helada y sorprendida, y se quedó un rato allí, parpadeando mientras miraba el cuerpo, todavía aferrada con ambas manos a ese ridículo trozo de carne.

Muy bien, se dijo. Así que lo he matado.

Era extraordinario lo clara que se le había vuelto la mente de pronto. Empezó a pensar muy rápido. Como esposa de un detective, sabía perfectamente cuál sería la pena. Estaba bien. Le daba igual. De hecho, sería un alivio. Por otro lado, ¿y el niño? ¿Qué decían las leyes sobre las asesinas con hijos no nacidos? ¿Los mataban a los dos, madre e hijo? ¿O esperaban hasta el décimo mes? ¿Qué hacían?

Mary Maloney no lo sabía. Y desde luego no estaba dispuesta a correr el riesgo.

Llevó la carne a la cocina, la puso en una fuente, encendió el horno al máximo y la metió dentro de un empujón. Después se lavó las manos y subió corriendo al dormitorio. Se sentó frente al espejo, se arregló el cabello, se retocó los labios y el rostro. Ensayó una sonrisa. Le salió bastante extraña. Lo intentó de nuevo.

–Hola, Sam –dijo alegremente en voz alta.

La voz también sonaba extraña.

–Quiero unas papas, por favor, Sam. Sí, y creo que una lata de guisantes.

Eso estaba mejor. Tanto la sonrisa como la voz le salían mejor ahora. Lo ensayó unas cuantas veces más. Luego bajó corriendo, tomó el abrigo, salió por la puerta trasera, atravesó el jardín y llegó a la calle.

Todavía no eran las seis y las luces de la tienda de comestibles seguían encendidas.

–Hola, Sam –dijo alegremente, sonriendo al hombre que estaba detrás del mostrador.

–Vaya, buenas tardes, señora Maloney. ¿Cómo está?

–Quiero unas papas, por favor, Sam. Sí, y creo que una lata de guisantes.

El hombre se volvió y estiró el brazo hacia el estante que tenía detrás para tomar los guisantes.

–Patrick ha decidido que está cansado y no quiere salir a cenar esta noche –le contó–. Los jueves solemos salir, ya sabe, y ahora me agarró sin ninguna verdura en casa.

–¿Y la carne, señora Maloney?

–No, gracias, carne ya tengo. Una buena pierna de cordero que saqué del congelador.

–Ah.

–No me gusta mucho cocinarla congelada, Sam, pero esta vez voy a arriesgarme. ¿Cree que quedará bien?

–Personalmente –dijo el tendero–, no creo que haya diferencia. ¿Quiere estas papas de Idaho?

–Ah, sí, esas estarán muy bien. Deme dos.

–¿Algo más? –El tendero ladeó la cabeza y la miró amablemente–. ¿Y para después? ¿Qué le va a dar para después?

–Bueno… ¿qué me sugiere, Sam?

El hombre recorrió la tienda con la mirada.

–¿Qué le parece un buen trozo grande de pastel de queso? Sé que le gusta.

–Perfecto –dijo ella–. Le encanta.

Cuando ya estaba todo envuelto y ella había pagado, le dedicó su sonrisa más radiante y dijo:

–Gracias, Sam. Buenas noches.

–Buenas noches, señora Maloney. Y gracias a usted.

Y ahora, se dijo mientras volvía a toda prisa, lo único que hacía era volver a casa con su marido, que la esperaba para cenar; y tenía que cocinarle bien y hacerlo lo más sabroso posible porque el pobre hombre estaba cansado; y si, al entrar en la casa, por casualidad encontraba algo extraño, o trágico, o terrible, entonces naturalmente sería un golpe y se pondría fuera de sí de dolor y espanto. Claro que no esperaba encontrar nada. Solo volvía a casa con las verduras. La señora Patrick Maloney volviendo a casa con las verduras un jueves por la tarde a preparar la cena de su marido.

Así se hace, se dijo. Hazlo todo bien y con naturalidad. Que todo sea absolutamente natural y no habrá ninguna necesidad de fingir.

Por eso, cuando entró en la cocina por la puerta trasera, iba tarareando para sí una melodía y sonriendo.

–¡Patrick! –llamó–. ¿Cómo estás, cariño?

Dejó el paquete sobre la mesa y pasó a la sala; y cuando lo vio allí tendido en el suelo, con las piernas encogidas y un brazo torcido hacia atrás bajo el cuerpo, fue, en efecto, un golpe bastante fuerte. Todo el viejo amor y el anhelo que sentía por él brotaron de nuevo en su interior, y corrió hacia él, se arrodilló a su lado y rompió a llorar desconsoladamente. Fue fácil. No hizo falta fingir.

Unos minutos después se levantó y fue al teléfono. Sabía el número de la comisaría y, cuando el hombre al otro lado de la línea contestó, le gritó:

–¡Rápido! ¡Vengan rápido! ¡Patrick está muerto!

–¿Quién habla?

–La señora Maloney. La señora Patrick Maloney.

–¿Quiere decir que Patrick Maloney está muerto?

–Eso creo –sollozó–. Está tendido en el suelo y creo que está muerto.

–Vamos enseguida –dijo el hombre.

El automóvil llegó muy pronto y, cuando ella abrió la puerta principal, entraron dos policías. Conocía a ambos –conocía a casi todos los hombres de esa comisaría– y cayó directo en brazos de Jack Noonan, llorando histéricamente. Él la sentó con suavidad en un sillón y luego fue a reunirse con el otro, que se llamaba O’Malley y estaba arrodillado junto al cuerpo.

–¿Está muerto? –gritó ella.

–Me temo que sí. ¿Qué ocurrió?

Brevemente, les contó su historia: había salido a la tienda y al regresar lo había encontrado en el suelo. Mientras hablaba, llorando y hablando, Noonan descubrió una pequeña mancha de sangre coagulada en la cabeza del muerto. Se la mostró a O’Malley, que se levantó de inmediato y corrió al teléfono.

Pronto empezaron a llegar más hombres a la casa. Primero un médico, luego dos detectives, a uno de los cuales ella conocía por su nombre. Más tarde llegó un fotógrafo de la policía y tomó fotografías, y también un hombre que entendía de huellas dactilares. Hubo muchos susurros y murmullos junto al cadáver, y los detectives no dejaban de hacerle preguntas. Pero siempre la trataron con amabilidad. Ella volvió a contar su historia, esta vez desde el mismo principio, cuando Patrick había llegado, y ella estaba cosiendo, y él estaba cansado, tan cansado que no había querido salir a cenar. Contó cómo había metido la carne en el horno –“está allí ahora, cocinándose”– y cómo había salido un momento a la tienda a comprar verduras, y había vuelto para encontrarlo tendido en el suelo.

–¿A qué tienda fue? –preguntó uno de los detectives.

Ella se lo dijo, y él se volvió y susurró algo al otro detective, que salió inmediatamente a la calle.

Quince minutos después estaba de vuelta con una hoja de anotaciones, y hubo más susurros, y entre sus propios sollozos ella alcanzó a oír algunas de las frases susurradas: “… se comportó con toda normalidad… muy alegre… quería prepararle una buena cena… guisantes… pastel de queso… imposible que ella…”.

Al cabo de un rato, el fotógrafo y el médico se marcharon y llegaron otros dos hombres, que se llevaron el cadáver en una camilla. Luego se marchó también el hombre de las huellas dactilares. Los dos detectives se quedaron, y también los dos policías. Se mostraban extraordinariamente amables con ella, y Jack Noonan le preguntó si no prefería ir a otro lugar, quizá a casa de su hermana, o a casa de él, donde su esposa la cuidaría y la alojaría esa noche.

No, dijo ella. En ese momento no se sentía capaz de moverse ni un metro. ¿Les molestaría mucho que se quedara allí mismo hasta sentirse mejor? No se encontraba nada bien en ese momento, de verdad que no.

Entonces Jack Noonan le preguntó si no sería mejor que se acostara.

No, dijo ella. Prefería quedarse allí mismo, en ese sillón. Quizá un poco más tarde, cuando se sintiera mejor, se movería.

Así que la dejaron allí mientras seguían con su trabajo y registraban la casa. De vez en cuando, uno de los detectives le hacía otra pregunta. A veces Jack Noonan le hablaba con suavidad al pasar. Su marido –le dijo–, había muerto de un golpe en la nuca asestado con un objeto pesado y contundente, casi con seguridad un trozo grande de metal. Estaban buscando el arma. El asesino podía habérsela llevado, pero también podía haberla tirado o escondido en algún lugar de la propiedad.

–Es lo de siempre –dijo–. Consigue el arma y tendrás al hombre.

Más tarde, uno de los detectives se acercó y se sentó a su lado. ¿Sabía ella, –le preguntó–, de algo en la casa que pudiera haberse usado como arma? ¿Le importaría echar un vistazo para ver si faltaba algo, una llave inglesa muy grande, por ejemplo, o un jarrón pesado de metal?

No tenían jarrones pesados de metal, dijo ella.

–¿Ni una llave inglesa grande?

No creía que tuvieran una llave inglesa grande. Pero quizá hubiera cosas de ese tipo en el garaje.

La búsqueda continuó. Sabía que había otros policías en el jardín, alrededor de la casa. Podía oír sus pasos sobre la grava y, a veces, veía el destello de una linterna por una rendija de las cortinas. Empezaba a hacerse tarde, casi las nueve, notó por el reloj de la repisa de la chimenea. Los cuatro hombres que registraban las habitaciones parecían cada vez más cansados, un poco exasperados.

–Jack –dijo la siguiente vez que el sargento Noonan pasó junto a ella–, ¿le importaría servirme una copa?

–Claro que le sirvo una copa. ¿Quiere de este whisky?

–Sí, por favor. Pero solo un poco. Tal vez me haga sentir mejor.

Él le entregó el vaso.

–¿Por qué no se toma una usted también? –dijo ella–. Debe de estar terriblemente cansado. Tómese una, por favor. Ha sido muy bueno conmigo.

–Bueno –respondió él–, en teoría no está permitido, pero quizá un traguito me ayude a aguantar.

Uno por uno, los demás fueron entrando y se dejaron convencer de tomar un poco de whisky. Se quedaron allí de pie, algo incómodos, con los vasos en las manos, cohibidos en su presencia y tratando de decirle palabras de consuelo. El sargento Noonan se metió distraídamente en la cocina, salió enseguida y dijo:

–Oiga, señora Maloney, ¿sabe que ese horno suyo sigue encendido, con la carne todavía dentro?

–¡Ay, Dios mío! –exclamó ella–. ¡Es verdad!

–Mejor se lo apago, ¿no?

–¿Lo haría, Jack? Muchas gracias.

Cuando el sargento volvió por segunda vez, ella lo miró con sus grandes ojos oscuros, llenos de lágrimas.

–Jack Noonan –dijo.

–¿Sí?

–¿Me haría un pequeño favor… usted y los demás?

–Podemos intentarlo, señora Maloney.

–Bueno –dijo ella–. Aquí están todos ustedes, que además eran buenos amigos del querido Patrick, ayudando a atrapar al hombre que lo mató. A estas alturas deben de estar muertos de hambre, porque hace rato que pasó la hora de la cena, y sé que Patrick nunca me perdonaría, que Dios bendiga su alma, si permitiera que se quedaran en su casa sin atenderlos como es debido. ¿Por qué no se comen ese cordero que está en el horno? Ya debe de estar justo en su punto.

–Ni pensarlo –dijo el sargento Noonan.

–Por favor –suplicó ella–. Por favor, cómanselo. Yo personalmente no podría probar bocado, y mucho menos algo que estuvo en la casa cuando él aún estaba aquí. Pero ustedes sí pueden. Me harían un favor si se lo comieran. Después podrán seguir con su trabajo.

Los cuatro policías vacilaron bastante, pero era evidente que tenían hambre y, al final, se dejaron convencer de ir a la cocina y servirse. La mujer se quedó donde estaba, escuchándolos a través de la puerta abierta. Podía oírlos hablar entre ellos, con las voces espesas y pastosas porque tenían la boca llena de carne.

–¿Quieres un poco más, Charlie?

–No. Mejor no lo terminamos.

–Ella quiere que lo terminemos. Lo dijo. Sería hacerle un favor.

–Bueno, ya. Dame un poco más.

–Vaya garrote del carajo debió de usar el tipo para golpear al pobre Patrick –decía uno de ellos–. El doctor dice que le hicieron pedazos el cráneo, como si le hubieran dado con un mazo.

–Por eso debería ser fácil de encontrar.

–Eso mismo digo yo.

–El que lo haya hecho no va a andar cargando una cosa así más tiempo del necesario.

Uno de ellos eructó.

–Personalmente, creo que está aquí mismo, en la propiedad.

–Probablemente en nuestras propias narices. ¿Qué opinas tú, Jack?

En la otra habitación, Mary Maloney empezó a reírse entre dientes.

 

(Tomado de www.lecturia.org)