martes, 22 de septiembre de 2026

Una mujer sin cocina

Elena Garro

 

Era un veintiocho de junio y la tarde aplastaba a la ciudad con su aire sofocante; la inminencia del calor terrible como un incendio seco y sin llamas, amenazaba a Lelinca, sensible a los vapores hirvientes que escapaban de los automóviles y de las fachadas de las casas. No tenía ningún lugar adonde ir, nadie la conocía y ella no conocía a nadie. Había aprendido a ser fantasma recorriendo avenidas y cuartos amueblados. Vagamente recordaba que alguna vez había existido. Recordaba con precisión a sus padres y trataba de alcanzarlos y llegar a los jardines en donde jugaba y en los que existían fuentes alborozadas, jacarandas tendidas como sombrillas moradas y tulipanes rojos.

Por las noches la cocina brillaba con el fogón encendido y las criadas movían platos, abrían alacenas olorosas a frijol, a maíz, a chocolate y al milagro de “los peces y de los panes”, como les contaba Tefa mientras calentaba las tortillas. Ellas, sentadas a la mesa enorme, escuchaban sus relatos de hechos históricos, y las vísperas de las fiestas contemplaban ansiosas los trajes de estreno.

Sí, eran trajes nuevos para recibir a los reyes magos, al Niño Dios, al cura Hidalgo, al general Zaragoza, a la Virgen de la Covadonga, a Aquiles Serdán y a la Virgen de Guadalupe. Su traje preferido era el traje color verde agua que le regaló su tío Boni para la Nochebuena. Ahora lo había extraviado y era necesario encontrarlo para ponérselo al día siguiente: veintinueve de junio, fecha de San Pedro y San Pablo. “¡Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia!”, había dicho Jesús mirando a Pedro. ¡Pobre Pedro, era una piedra! Siempre sintió pena por él, aunque le daba escalofríos que hubiera negado a Jesucristo tres veces, antes de que cantara el gallo. Ese gallo era distinto a todos los gallos del mundo: estaba destinado a anunciar la traición de Pedro que tenía miedo aquella noche terrible.

“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”, le preguntó Jesús a Pablo en un camino polvoriento. Saulo, ante la luz que se levantó en la orilla del sendero, se espantó y vio a Jesús hecho de reflejos y con la cara muy afligida. Así se lo contó su padre muchas veces y ante el misterio del polvo, del camino y de las palabras de reproche de Jesús, ella se quedó anonadada. También en su familia había otro Saulo que no era centurión romano sino general villista: Saulo Navarro, y era muy alto y muy rubio y combatió hasta morir a los veintiséis años por el Apóstol Madero. La bandera de su Brigada Independencia estaba en el castillo de Chapultepec, en el que antes vivió la emperatriz Carlota. Su fotografía colgaba en la habitación de su madre, muy elegante y muy afeitado. Saulo era el preferido de su abuelo, que hablaba de él con voz pausada y con luces verdes en los ojos que iluminaban sus barbas blancas: “¡Abate Dios a los humildes, mis hijos se murieron para que subieran ‘éstos’!”, exclamaba sentado en una banca del jardín de su tía Amalia.

–Tú te pareces a él, Leona, eres rebelde como lo fue Saulo –agregaba su abuelo y le acariciaba la cabeza.

Sí, su abuelo la llamaba “Leona”, y a ella le gustaba parecerse a Saulo, el centurión villista, y pasaba largo rato contemplando su fotografía y la perfección de su uniforme de general norteño. Sabía que lo hirieron en Torreón y que eso no impidió que combatiera en Zacatecas… ahora, en la ciudad amenazada por los grandes calores, recordó su hermoso rostro y su cuerpo alto, hecho para morir muy joven. ¡Muy joven! Su recuerdo la hizo olvidar que debía encontrar su traje verde agua para ir a la iglesia al día siguiente a visitar a los dos santos altos y de barba blanca como su abuelo. Uno, Pablo, se parecía mucho a su tío Saulo el día que murió a los veintiséis años. Iba a serle muy difícil encontrar el traje verde agua, pues se había perdido y no encontraba su casa.

–No salgan a la calle sin permiso, la calle está llena de peligros –les repetía su madre, pero ella y Evita desobedecieron.

–Si alguien se te acerca en la calle y te ofrece un globo o dulces, ¡corre! –le advirtieron sus padres muchas veces, pero ella los desobedeció y ahora andaba perdida.

Recordó aquel domingo en la avenida Jalisco. Iba caminando con su hermana Evita por en medio de la calzada sembrada de árboles, en donde paseaban las señoras de cabellos cortos acompañadas de perritos blancos llamados Lulús. En su casa las criadas cantaban:

Las pelonas de Orizaba / cuando al novio ven pasar / mamacita voy a misa / y se van a vacilar…

Evita y ella se habían ido a “vacilar”. Les gustaba que nadie las entendiera y hablaban un idioma desconocido para todos, salvo para ellas. De esa manera podían admirar los trajes de las señoras o reír de los otros niños que jugaban con aros y lloraban cuando caían y se raspaban las rodillas. Ese domingo Lelinca llevaba su bolsa de canicas en la mano. Eva llevaba la suya y ambas eran ricas. Las dos pasaban muchas horas descifrando los colores, las manchas como océanos pequeños y multicolores y las rayas oscuras como las de los tigres que encerraban aquellas esferas pequeñas, que rodaban por la tierra buscándose las unas a las otras. “¡Chiras!”, exclamaba Evita con orgullo. Eva jugaba demasiado bien. ¡Tenía el golpe maestro! Como lo tenía Leonardo en su Gioconda colgada en el estudio de su padre o Goya con sus tristes fusilamientos y el hombre de la camisa amarilla que buscaba salida del cuadro o Blake con su ángel con una azucena en la mano, casi borrado, que estaba encima de su cama, colocado por su padre para que velara por ella de noche. Sí, Eva era como esos personajes importantes que figuraban en las conversaciones de la mesa y que colgaban de los muros de su casa: “¡Tenía el golpe maestro!”.

Las canicas hacían un ruido armonioso: ¡clic!, ¡clic!, ¡clic! Y la mañana fresca, recién barrida por la lluvia nocturna que había hermoseado la avenida y los árboles parecía una calzada nueva y sin estrenar. Pasaron frente a la casa del general Obregón. ¡Era un hombre importante y enemigo de su abuelo y de su tío Saulo! Su casa tenía columnas blancas, pero a ellas les gustaba más la casa de Turquesa, con sus terrazas de color rosado, sus rejas negras y sus pavos reales que gritaban con voces agudas por las tardes. Les gustaba mirar a aquellos pavos de crestas pequeñas y multicolores y colas gigantescas dibujadas con pinceles mojados en oro. Eran los mil ojos de Buda. También ellos, como Leonardo, Goya o Blake tenían ¡el golpe maestro! Desde la terraza la mamá de Turquesa las llamaba:

–¡Vengan, güeritas, pasen a ver a los pavos reales!

La señora estaba en bata, siempre en bata, algunas veces rosa con encajes color crema y otras veces azul con encajes blancos. Turquesa estaba en su jardín muy aburrida. Les intrigaba su pelo negro y sus mejillas rosadas; era tímida y tenía dos nanas de mandiles blancos. Ellas huían cuando las invitaban a pasar a ver a los pavos reales, pues era peligroso hablar con los desconocidos o con las desconocidas que les ofrecían globos, dulces o pavos reales. Ese domingo bañado por la lluvia nocturna, la mamá de Turquesa no estaba en la terraza y delante de las columnas blancas de la casa del general Obregón tampoco había nadie.

De pronto sintieron que alguien las seguía y Eva se lo dijo en su idioma secreto: “Viene atrás de nosotras. No te vuelvas”. Ella, Lelinca, se volvió. Sí, detrás de ellas venía un hombre de traje negro, muy alto, muy temible, que le obsequió una sonrisa. “Te dije que no lo vieras. ¡Pero eres tan curiosa, que te acusaré con mi papá!”, le dijo Eva con mucho enfado. Lelinca no contestó pues el hombre le paralizó la lengua y no pudo decirle a su hermana que estaba aterrada. “¡Vamos más de prisa!”, ordenó Evita haciendo sonar a sus canicas para que su ruido ahuyentara al hombre vestido de negro. Apretaron el paso y el hombre las alcanzó. Su mano gordezuela cayó sobre el hombro de Lelinca.

–Niña linda, ¿quieres un globo? –le preguntó con voz aflautada.

Lelinca se paralizó. Evita levantó la vista y se encontró con los ojos azules del hombre vestido de negro.

–No, señor. No queremos un globo –dijo riendo.

–¿Quieren dulces? Yo quiero mucho a las niñas rubias. Parecen huerfanitas de cuento.

Lelinca escapó de la mano pequeña y gordezuela del hombre y echó a correr seguida de Eva. “¡Huerfanitas!”, pensaron asustadas por la palabra. No había nada más triste en el mundo que ser huérfanas y cuando Antonio el mozo las amenazaba con quedarse huérfanas si eran malas, las dos se echaban a llorar y se portaban muy bien. El hombre vestido de negro volvió a alcanzarlas.

–¿No quieren venir conmigo a Chapultepec? Las llevaré a dar una vuelta en lancha…

Se echaron a correr y el hombre corrió tras ellas hasta alcanzarlas y detenerlas con sus manos gordezuelas.

–¡Vengan! ¡Vengan!, pasearemos en una lancha y llevaremos globos, dulces y pasteles. Luego las traigo a su casa.

Lelinca vio que Eva estaba tan blanca como un papel y que temblaba. Entonces, se dio cuenta de que la avenida Jalisco estaba abandonada: no había nadie. Las señoras que paseaban a sus perritos Lulús, se habían metido a sus casas. Los jinetes que iban a correr al Bosque de Chapultepec ya habían llegado a su destino y las puertas y las ventanas de las casas estaban cerradas. ¡No había nadie! El mundo se había quedado vacío. “¿Adónde se fue toda la gente?”, se preguntaron con las lenguas frías de miedo. Solo quedaba el hombre vestido de negro que las miraba inclinado sobre ellas y sonreía con una sonrisa que nunca habían visto. Lelinca quiso encontrar a alguien o algo y miró al suelo para escapar de la mirada del hombre vestido de negro. Sus ojos encontraron grava roja y algunas hojas pisoteadas por los cascos de los caballos de los jinetes. Las bancas estaban vacías. En el mundo no quedaba nadie, ni una hormiga, ni un caballo, ni un perro, solo el hombre vestido de negro que las sujetaba por los hombros.

En su casa su padre estaría bebiendo café muy caliente, como a él le gustaba, y su madre estaría leyendo a Mutt y Jeff. Le gustaban mucho esos dos amigos que salían dibujados y en colores en el periódico de los domingos. Siempre les sucedían aventuras. Ellas por desobedientes se habían quedado en un mundo vacío. “La desobediencia siempre es castigada”, recordó. Nunca pudo imaginar que el castigo fuera tan tremendo y ante aquella soledad se quedó sorda. Eva le dijo algo que no pudo escuchar. La vio que se echaba a correr y ella la siguió en la carrera. Sus pasos atronadores llegaron hasta el cielo cuando pasaron frente a la iglesia blanca de la Sagrada Familia. En la carrera repitió: Sa-gra-da Fa-mi-lia y vio que sus padres y su casa se convertían en un puntito, cuando escuchó la carrera del hombre vestido de negro que corría tras ellas. “¡Corre!… ¡Corre!”, le ordenaba Evita y siguieron corriendo hasta el parque Orizaba, en donde tampoco había nadie. La fuente silenciosa estaba quieta, sin niños y sin nanas, y ellas continuaron corriendo… Lelinca se preguntó cuánto habían corrido. La iglesia estaba cerrada hacía ya tiempo, por eso no entraron y tuvieron que seguir corriendo. La culpa la tenían los generales enemigos de su abuelo: Calles y Obregón, que cerraron las iglesias. ¿Cuánto habían corrido? No pudo saberlo, pues ahora continuaba corriendo sola para escapar del hombre vestido de negro y estaba muy cansada. Además hacía calor y la ciudad había cambiado ¡tanto! que era una ciudad desconocida y en donde nadie la conocía, solo el hombre vestido de negro.

Caminó despacio, pues ya no le quedaba aire. Pasaron muchas gentes cerca de ella, pero no podía preguntarles dónde estaba su casa. ¡Se había perdido! Pasó frente a una panadería de entrada estrecha y mostrador con tapa de mármol y recordó a una prima gorda que en el Colegio Teresiano era siempre la primera, hasta que Evita le quitó la Banda Azul de Honor, porque sabía más que ella. Su prima Anapurna se disgustó tanto, que al salir a la calle se dio un tope con el tronco de un árbol y se rompió la nariz, de la que salió un gran chorro de sangre.

–¿Ya ves? ¡Eso te pasa por envidiosa! –le dijeron las ayas.

Anapurna no dijo nada y de su nariz continuaron brotando dos mocos incontenibles de sangre, que mancharon con enormes dibujos rojos su uniforme blanco. Enfadada, miró con sus dientes de conejo a sus dos primas. Evita caminaba muy contenta con su Banda Azul de Honor cruzada sobre el pecho. Lelinca sabía que Anapurna continuaba enojada, pues aquella noche escuchó decir a su tío Boni: “Se encontró con el árbol que castiga a la envidia y la envidia no se cura”. Desde esa tarde, todos supieron que Anapurna estaba muy enferma. Al oscurecer y mientras Evita lucía la Banda Azul de Honor, su tía, la madre de Anapurna, no tocó el piano. Siempre lo tocaba y sus notas melancólicas volaban sobre las tapias cubiertas de heliotropos y llegaban hasta la casa de Lelinca, en donde el huele de noche empezaba a abrir sus flores misteriosas y a esparcir su aroma intenso hasta invadir de sueño a las habitaciones. Entonces, también se dormían las golondrinas que en lo alto del enorme portón de su casa habían formado un nido con bolitas negras de lodo.

Volverán las oscuras golondrinas / de tu balcón sus nidos a colgar, / pero aquellas que aprendieron / nuestros nombres, esas, ¡no volverán!… les decía su padre mirando el nido donde vivían las visitadoras golondrinas que se habían instalado en su casa.

Ahora, ella debía volver a su casa. Un calendario sin dibujos de colores, hecho solamente de hojas enormes y amarillentas marcaba: veintiocho de junio… “Mañana es veintinueve. Día de San Pedro y San Pablo”, se repitió y supo que era muy urgente llegar a su casa, saludar a sus padres y buscar su traje verde agua. Lelinca no había olvidado los nombres de los que vivían en aquella casa, no era como las golondrinas, que se instalaban y luego se iban para no volver. Se preguntó cómo habría llegado Evita después de esa terrible carrera y también se preguntó por qué el hombre vestido de negro les había ofrecido dulces, globos y un paseo en lancha por el bosque de Chapultepec. “Ese hombre es muy peligroso”, se dijo y caminó despacio, haciéndose la disimulada, porque sabía que el hombre andaba en su busca. Por eso se escondía en cualquier lugar y su nombre, Lelinca, la asustaba. “Habrá muchas Lelincas en el mundo, pero solo una Lelinca que soy yo y a la que busca el hombre vestido de negro”, se confesó aterrada. Volvió a pensar en Anapurna, iría a su casa y le pediría un bizcocho, pues el olor de la panadería le dio apetito.

Recordó a Anapurna de pie en la puerta de su casa, vecina de la suya, con las piernas rojizas, de rodillas gordas y un lazo enorme prendido sobre la cabeza. El lazo en forma de mariposa era azul, como la banda de honor que le había quitado Evita. Anapurna tenía dos globos rojos en la mano y estaba quieta, como si se preparara a que le tomaran una fotografía. Su traje era de organdí y sus zapatos eran de charol negro. Anapurna la miró con sus dientes de conejo y sus ojos con un pliegue en la esquina, como los ojos de los chinos que lavaban la ropa. Evita y ella le mostraron sus canicas y Anapurna se negó a admirarlas. Estaba orgullosa de su lazo azul y enorme prendido en la cabeza. Cada domingo llevaba un lazo de color diferente, a veces rosa, a veces verde o blanco. Ese domingo lo llevaba azul. Evita la miró burlona, Lelinca sabía que su padre le había regalado a su hermana una monedita de oro y con ella se compraron dulces y canicas.

La Madre Superiora del Colegio Teresiano estaba muy risueña. Se llamaba Sor Dolores y siempre estaba adentro de la Dirección. Ella, Lelinca, nunca había podido entrar en ese salón, lo veía desde afuera, de pie, en el patio de baldosas blancas, en donde crecían naranjos recortados y redondos que daban naranjas verdaderas. En el patio había columnas blancas y un olor muy suave a azahares. Narcisa, su nana, era de Toluca, y le contó que los azahares eran las flores de las novias de los hombres y de “las esposas de Cristo”. Se lo dijo en la cocina, mientras echaba tortillas y ella escuchaba sus palabras maravillosas. Desde el patio embaldosado de blanco, Lelinca miraba la puerta abierta que llevaba a aquel salón encerado y en penumbra y, desde allí, divisaba a la otra puerta abierta al fondo del salón encerado y donde estaba siempre Sor Dolores con su hermosa cofia y envuelta en perfumes de cirios hechos de miel de abeja, según le explicaron.

Lelinca nunca había entrado allí, porque después de dos años de ir al colegio, apenas había aprendido las letras, por eso se resignaba a atisbar desde el patio el misterio de la madre superiora. La tarde en que Anapurna se rompió la nariz contra el tronco del árbol que castiga a la envidia, Evita entró al santuario de Sor Dolores.

–¡Quiero entrar yo también! –le dijo Lelinca.

Evita la cogió de la mano y entraron juntas al salón encerado. Junto a un muro estaba el Sagrado Corazón de Jesús, en medio de un paisaje inmenso de cirios ardiendo. Era un mar de llamas que parpadeaban desparramando el perfume juntado por las trabajadoras abejas, que sacaban la esencia de las rosas, de los jacintos, de los heliotropos, de los nardos, de los claveles, de los azahares, de las violetas y luego, con mucho gusto y fina voluntad, se lo llevaban a Sor Dolores para que ardiera en el salón encerado. Le hubiera gustado ser abeja afanosa para darles gusto a sus padres. “Tú eres como la cigarra, solo te gusta cantar. ¿Y cuando llegue el invierno qué vas a hacer?”, le preguntaban muy preocupados. Lelinca guardaba silencio, recordaba las palabras de su padre: “Dios provee”. Pero su padre la miraba con los bosques minúsculos que había adentro de sus ojos y su madre cortaba con los dientes el hilo del bordado, pensando en que ya era hora de ir a leer su libro y dejarse de preocupaciones y de cigarras y de hormigas. “¿Por qué estará bordando o leyendo en vez de hacer arroz con leche?”, se preguntaba Lelinca.

Evita y ella disputaban por el cazo en el que su madre hacía el arroz con leche. “Será para la que se porte mejor”, decía su madre, mientras ellas esperaban sentadas en la cocina, el lugar donde sucedía lo maravilloso, a que el postre terminara de hacerse para buscar las cascarillas de limón parecidas a serpientitas verdes y que les gustaban más que la canela.

–¡Vaya tontería! En casa hay arroz con leche todos los días –comentaba Anapurna sonriendo con sus dientes de conejo.

Evita y ella miraban el hociquito de Anapurna y pensaban que debía gustarle mucho la lechuga, pero ignoraban sus gustos, pues Anapurna con su nombre imponente era un grave misterio y de lo único que estaban seguras era de que Anapurna amaba a la Banda Azul de Honor por sobre todas las cosas… Seguramente ese veintiocho de junio habría arroz con leche en la casa de Anapurna. ¿Cómo asegurarse de eso? La última vez que estuvo en su casa, Anapurna ofreció darle un postre de natillas si lavaba los trastos acumulados en su cocina. Lelinca aceptó no tanto por las natillas sino porque le gustaban mucho las cocinas. En ellas sucedía lo mejor del mundo: los postres, los hechos históricos, las hadas, los enanos y las brujas que salían de las bocas de las criadas. Era curioso que las criadas siempre le daban la espalda, hablaban sin mirarla, mientras producían rabanitos, lechuga, orégano y chalupitas. Sus trenzas negras se mecían al compás de sus palabras misteriosas. Lelinca columpiaba los pies en la silla de tule y esperaba a los dragones, a los nahuales, a las cenizas y a las lenguas de fuego, anuncio del fin del mundo. Las criadas eran adivinas y pitonisas y estaban en su casa para avisar de los peligros y que ésta no cayera en el pozo de todos ignorado. Eran muy amables y de espaldas le enseñaban el camino de las rosas que conducían al infierno y el camino de las espinas que llevaba al cielo. Lo sabían todo, porque estaban allí desde mucho antes de la llegada de los españoles. ¡Por eso Lelinca las obedecía! A veces, cuando se portaba mal, de sus labios brotaban palabras terribles: “¡Por respondona se te va a secar la lengua!”. Y Lelinca procuraba guardar un silencio absoluto.

–¿Te comió la lengua un gato o estás tramando alguna trastada? –le decía su padre.

Ella no sabía si hablar y arriesgarse a tener la lengua seca o continuar en silencio. Ahora no sabía si buscar la casa de Anapurna o no buscarla. Lo de menos eran las pilas de platos sucios y el cambio del arroz con leche por las natillas. Lo malo era que la cocina de Anapurna no era una cocina. Estaba deshabitada y más bien parecía un cuarto de baño sin jabones perfumados y sin sales, ya que los mosaicos blancos estaban engrasados. Lo verdaderamente terrible era que Anapurna le había confiado, mostrando sus dientes de conejo, que era prima hermana del hombre vestido de negro. Lelinca lo ignoraba y Anapurna la miró con sus ojos de chino de lavandería y le dijo:

–Mira, mira lo que me regaló mi primo hermano, el señor vestido de negro –y le mostró un rincón donde guardaba muchos globos rojos desinflados, que más bien parecían bolsitas viejas y empolvadas.

No iría. Era más prudente no acercarse a la casa de Anapurna, que continuaba enfadada con ella y con Evita por la Banda Azul de Honor. Caminaría por las avenidas llenas de ruidos de automóviles, para que ni Anapurna ni su primo hermano, el enlutado, escucharan sus pasos y con algo de suerte encontraría su propia casa y entonces, con palabras alegres, contaría sus aventuras y sus padres se reirían contentos al verla y escucharla. Su traje verde agua debía de estar colgado en el armario y aunque no había cultos, porque a los generales Calles y Obregón les disgustaba Jesucristo y la misa, se pondría su traje verde agua para festejar a San Pedro y a San Pablo y recordar a su tío Saulo Navarro, el más guapo de los centuriones villistas, según lo tenía comprobado en las fotografías. También su abuelo exclamaría: “¡Abate Dios a los humildes, hasta que apareció la Leona!”. Y ella de un zarpazo cogería su traje verde agua.

De pronto apagaron las tiendas y solo quedaron árboles escasos en las calles y ella, Lelinca, todavía no encontraba su casa. El calor había marchitado sus cabellos y los guardias la observaban con recelo. Estuvo segura de que no le dirían nada al señor vestido de negro, pero era más prudente alejarse. ¿Adónde? Se le cerraban los ojos de sueño. “¿Por qué habré desobedecido ese domingo?”, se preguntó en medio de la ciudad aplastada por el calor, pero no lloró pues era inútil, además ni siquiera tenía pañuelo. Se encontró frente a dos viejos, él, flaco, con una calva verdosa, y ella, gorda, con la frente estrecha y las manos tan rojas que se diría que se las bañaba en sangre. La pareja le llegaba al hombro, pero no eran enanos.

–Íbamos a cerrar el portón –le dijeron con voces severas y levantaron los ojos para mostrar su indignación.

Lelinca miró a sus bienhechores y supo que ambos estaban enfadados por su retraso, pues ella dormía en el quinto piso y ellos no podían cerrar la puerta hasta su llegada. No solo estaban enfadados, sino coléricos, que era mucho peor. La calva en forma de huevo de Pascual echaba chispas verdes y la frente de Atanasia se había juntado con las cejas negras. Sus voces estentóreas le indicaron que andaba lejísimos de su casa y quiso decírselos, pero sus bienhechores no escuchaban razones, se limitaban a contemplarla con una ira roja que crecía como una marea.

–¡Me cago en Dios! –gritó Pascual.

–Esperando, esperando a que le dé la gana llegar –comentó Atanasia.

–¡Hala! ¡Quítese los zapatos, ya sabe que no puede hacer ruido en la escalera! –gritó Pascual agitando el puño amenazador muy cerca del rostro de Lelinca.

–¿Nadie preguntó por mí? –dijo ella en voz baja, con la esperanza de que sus padres la hubieran encontrado y la llevaran a su casa y con miedo de que el señor vestido de negro y Anapurna hubieran encontrado su escondite.

–¡Vamos! ¡Ahora resulta que la busca la policía! –contestó Atanasia echándose a reír.

–¡Le dije que suba! –ordenó Pascual.

No eran amables y sus voces parecían la de Anapurna. “Deben de ser sus primos hermanos, ha tenido tantos maridos…”, se dijo Lelinca asustada y les dio las “buenas noches”.

Los cinco pisos eran en realidad demasiados pisos. Lelinca calculó que eran quinientos y empezó a subir con calma, para no fatigarse antes de llegar a su destino. “Vístete despacio que estoy de prisa”, decía su padre. Por eso ella subía despacio porque tenía mucha prisa en llegar. Las escaleras estaban absolutamente oscuras y los escalones se diluían como sombras, se diría que se habían vuelto líquidos. A medida que subía, las sombras se volvían más y más densas y el silencio se convertía en un silencio en el que nunca se había producido un ruido. Era extraño, pero Lelinca no tenía miedo. Mientras más subía, el hombre vestido de negro que le ofreció globos y paseos en lancha en el bosque de Chapultepec, se quedaba más abajo, buscándola en la cocina parecida a un baño, acompañado de Anapurna, que también la buscaba con sus ojillos de chino de lavandería. Era natural que estuvieran juntos y que conversaran, ella los escuchó de improviso: “No hagas caso, que daremos con ella aunque se meta debajo de la tierra”, le decía Anapurna a su primo hermano, el señor vestido de negro. Las voces se cortaron y volvió el silencio pacificador. La oscuridad era muy fresca, se diría que estaba hecha de granizos negros. En la escalera había sucedido una tempestad de sombras y ella pudo respirar el aire delicioso, desprovisto de cualquier olor. Siguió subiendo y se quedó triste al recordar que no tenía cocina y pensó en La cocina de los ángeles. Le gustaba el título, pero le disgustaba el cuadro. La cocina de los ángeles no podía ser como la habían pintado. Faltaban muchas cosas como Tefa, Narcisa, la vainilla de la que surgen hermosísimas mujeres y duendes pequeños, y sobraban sombras. De pronto se encontró frente a la puerta y supo que algo muy grave sucedía. Era tan grave, que antes de empujar la puerta perdió la memoria y su mente quedó en blanco. Se sintió aliviada al saber que había olvidado todo y con solemnidad empujó la puerta y entró en la habitación prohibida. Se encontró en una habitación cuadrada, vacía. Sus muros eran tan blancos como los telones blancos que ponen los fotógrafos cuando encienden los reflectores para tomar el retrato para el pasaporte. Lelinca se encontró en el mismo centro del cuarto, frente a un muro blanquísimo y de pronto, de pie, formando un grupo familiar, enlutado y elegante, se halló frente a sus cuatro tías que la miraban con fijeza. Las cuatro estaban de pie, de frente, inmóviles, con trajes complicados y peinados perfectos. Fijó la vista en el hermoso rostro de su tía Consuelo y volvió a descubrir sus enormes ojos aterciopelados, el óvalo pálido y de pómulos altos, sus cabellos negros y lisos partidos por una raya en medio y recogidos en la nuca. Su tía Consuelo la miraba y leía en ella todos los libros que ambas habían leído juntas. Recordó que era su madrina, pues ella misma le dijo: “Te llevé a la pila bautismal”. Miró entonces a su tía Lidia de cabellos miel, tan parecida a una Greta Garbo de luto, muy delgada y muy alta, con la nariz de aletas exquisitas y párpados sonámbulos que también estaban fijos en los ojos de Lelinca, contándole todas las películas que vieron juntas en el cine Regis. Lo que el viento se llevó, le dijeron los ojos de su tía Lidia. Se encontró, después, frente a su tía Amalia, su piel de piñón, su boca delicada hecha con pincel y los ojos dibujados con tinta sepia que la miraban con severidad, como si le recordaran su vanidad en la piscina azul de su casa en la que se bañaba con sus primas. La frente amplia de su tía Amalia encerraba jardines misteriosos y advertencias severas: “No subas tan alto en el columpio, no eres invencible”. Por último, se enfrentó con su tía Margarita. Llevaba el cabello ligeramente ahuecado y recogido en la nuca. Su tía Margarita tenía los pómulos quietos y los ojos tranquilos. La miraba con cierto reproche, como la miraba cuando no terminaba las rosas del bordado que le dejaba de tarea. “Entre tú y tu primo Poncho no fueron capaces de terminar la rosa y fueron a tirar piedras”. Lelinca pensó que era una antigua fotografía de familia tamaño natural, pero algo le dijo que estaba equivocada: las sedas negras y los encajes negros de sus tías brillaban sobre el muro blanco, así como brillaron los matices de sus hermosos cutis blanquísimos o piñones. Se dio cuenta de que eran muy hermosas y no dijo nada. También ellas guardaron un silencio terrible. Fue entonces cuando entró su madre, caminando muy despacio hasta colocarse, en el centro de la fotografía, que no era una fotografía. Su madre no estaba de luto. Traía un traje de color miel pálida y los cabellos rubios recogidos en una trenza que caía sobre su espalda. La frente era tan tersa y tan pálida como un campo de nardos. Se colocó sin ruido y sin palabras entre sus cuatro hermanas y la miró con ojos llenos de un reproche infinito, mientras que los ojos de sus tías se volvieron severos. Lelinca no pudo decir nada. Su madre la miró durante mucho tiempo y ella no recordaba nada, solo sabía que estaba frente a ella y frente a sus cuatro hermanas. Después de muchos años, su madre avanzó un poco, giró frente a ella y se dirigió hacia la izquierda, esparciendo una enorme tristeza, antes de abandonar la habitación blanca, mientras que sus cuatro tías continuaron mirándola. Le pareció normal que su madre hubiera atravesado la pared blanca, pero una vez que se fue, Lelinca sintió que alguien le clavó una espada en la garganta. No pudo gritar de dolor y solo vio cómo sus cuatro tías se desvanecían con velocidad y las cuatro a un tiempo. Quedó sola en la habitación cuadrada, presa de aquel dolor terrible y cayó fulminada. ¡Mamá!, gritó con una fuerza que nunca hubiera imaginado y corrió al muro por el cual su madre se había ido, lo cruzó sin dificultad y se encontró en la vieja cocina de su casa. Le llegaron los olores familiares a vainilla, a orégano, a chocolate y a carbones encendidos y vio la lumbre y el fogón y a Tefa, con sus trenzas negras meciéndose sobre sus espaldas al tiempo que le hablaba.

–¡Son más de las cinco de la tarde y hasta ahora llegas! ¿Sabes que tus padres estaban muy enojados?

Lelinca movió las manos para ayudarse a explicarle a Tefa lo que le sucedió aquel domingo.

–Tus padres han llorado mucho por tu culpa. Eres ingrata, eres mala, eres desobediente, sembraste la desdicha en tu familia…

La voz de Tefa trajo a Evita, que la miró con reproche durante un largo rato.

–¡Traidora! ¡Traidora! Me dejaste sola en la carrera. ¿Adónde fuiste? –le dijo a gritos.

–Me perdí y te anduve buscando. Me encontré con Anapurna…

Evita se rio, siempre le daba risa el nombre de Anapurna y los lazos de colores que le ponían los domingos sobre la cabeza. “Se encontró con Anapurna…”, y se sentó a escuchar en una silla de tule, quería saber todas sus aventuras, pero Lelinca no pudo decir nada, porque solo le había sucedido correr y quería escuchar la voz de su hermana, que de pronto olvidó la comicidad de la cara, los lazos y el nombre de ¡Anapurna! para ponerse seria y triste.

–No hemos comido. Te hemos estado esperando –dijo, y columpió los pies.

Lelinca guardó silencio, recordó a su madre y a sus tías y también recordó su traje verde agua, al que buscaría inmediatamente, pues ya estaba casi terminando el día de San Pedro y San Pablo, si es que no se equivocaba.

–Sí, hoy es San Pedro y San Pablo. ¿Sabes que San Pedro tiene las llaves de la Gloria?… parece que has olvidado todo –dijo Evita mirándola con curiosidad.

En efecto, Lelinca había olvidado que San Pedro es el portero del cielo y estuvo segura de que Evita la acusaría de hereje y de que San Pedro no le abriría a ella las gloriosas Puertas de la Gloria.

–¡No! A ti no te las va a abrir porque hoy se las abrió a mi mamá y tú no viniste –le dijo Evita, que todavía le leía el pensamiento.

–¡No es verdad! ¡Hoy no le abrió las Puertas de la Gloria a mi mamá! –gritó Lelinca aterrada.

–¡Cómo de que no se las abrió hoy, ingrata! –le contestó Tefa de espaldas.

–¡Confiesa! ¡Confiesa que creíste que te iban a dar globos y un paseo en lancha y por eso nos dejaste! –exigió Evita.

–¡No confieso lo que no es verdad! ¿Dónde está mi mamá?

–En la Gloria –sentenció Tefa.

Lelinca no lloró. Permaneció quieta sentada junto al viejo fogón en donde ardían los carbones, perfumando la cocina de bosques y resinas incendiadas. Su humo tenue produjo que de los ojos de Evita brotaran dos lágrimas minúsculas. Lelinca siguió quieta, bajó la vista y se encontró con su faldita negra. ¿También ella estaba de luto como sus tías? ¡Sí, también! Y también lo estaba Tefa y también Evita.

–Solo quedamos nosotras tres –dijo Evita.

Lelinca la miró con atención: su hermana tenía el rostro arrugado y sus cabellos rubios estaban casi blancos; entonces, confundida, no supo si era Evita o era ella misma, pues notó que tampoco sus pies alcanzaban el suelo y que llevaba calcetines negros.

–¡Tefa!… ¡Tefa!… –gritó.

Tefa dio la vuelta y enseñó su rostro de india vieja, tan vieja que estaba surcado por arrugas profundas.

–No llores, niña, no llores –dijo y se enjugó una lágrima muy triste.

Lelinca contempló los carbones encendidos y vio que los muros de la cocina se achicaron. Se estrecharon tanto, que solo quedó lugar para una brasa de carbón encendida que brillaba en medio de la oscuridad más completa.

–No llores, niña, no llores. Vamos a cortar ramas de pirú, te haré una limpia y luego trataremos de irnos con todos –le aseguró la voz de Tefa.

El carbón encendido se movió de lugar y Lelinca supo que estaba en la mano de Tefa y que la criada no permitiría que se apagara hasta que le hubiera hecho la limpia con las ramas de pirú.

–Desobedeciste a tus padres. Te fuiste corriendo ese domingo. Anduviste en parajes lejanos, abandonada de tus padres y contaminada por extraños, por eso me quedé yo a esperarte en la cocina. Así se lo prometí a tu santa madre, cuando iba a despuntar el día de San Pedro y San Pablo. Pensaste solo en vanidades… primero iremos al Camposanto, para que les rindas cuentas a tus padres, que durante tantos años te estuvieron esperando y derramaron lágrimas de pena. Después, iremos a buscar las ramas de pirú y luego, limpia, llamaremos humildemente a las Puertas de Oro y Plata de la Gloria. Si no te permiten entrar, volveremos aquí, a esta cocina oscura, en donde te expliqué los dos caminos, el de las rosas y el de las espinas y que tú no quisiste escuchar y sembraste la desdicha en tu familia…

Dijo la voz de Tefa, que va guiando a Lelinca entre las sombras…

 

(Tomado de www.leamoscuentosycronicas.blogspot.com)

 

Un cuento de reyes

Ignacio Aldecoa

 

A F. G. de Castro

 

El ojo del negro es el objetivo de una máquina fotográfica. El hambre del negro es un escorpioncito negro con los pedipalpos mutilados. El negro Omicrón Rodríguez silba por la calle, hace el visaje de retratar a una pareja, siente un pinchazo doloroso en el estómago. Veintisiete horas y media lleva sin comer; doce y tres cuartos, no contando la noche, sin retratar; la mayoría de las de su vida, silbando.

Omicrón vivía en Almería y subió, con el calor del verano pasado, hasta Madrid. Subió con el termómetro. Omicrón toma, cuando tiene dinero, café con leche muy oscuro en los bares de la Puerta del Sol, y copas de anís, vertidas en vasos mediados de agua, en las tabernas de Vallecas, donde todos le conocen. Duerme, huésped, en una casita de Vallecas, porque a Vallecas llega antes que a cualquier otro barrio la noche. Y por la mañana, muy temprano, cuando el sol sale, da en su ventana un rayo tibio que rebota y penetra hasta su cama, hasta su almohada. Omicrón saca una mano de entre las sábanas y la calienta en el rayo de sol, junto a su nariz de boxeador principiante, chata, pero no muy deforme.

Omicrón Rodríguez no tiene abrigo, no tiene gabardina, no tiene otra cosa que un traje claro y una bufanda verde como un lagarto, en la que se envuelve el cuello cuando, a cuerpo limpio, tirita por las calles. A las once de la mañana se esponja, como una mosca gigante, en la acera donde el sol pasea, porque el sol pasea solo por un lado, calentando a la gente sin abrigo y sin gabardina que no se puede quedar en casa, porque no hay calefacción y vive de vender periódicos, tabaco rubio, lotería, hilos de nylon para collares, juguetes de goma y de hacer fotografías a los forasteros.

Omicrón habla andaluza y onomatopéyicamente. Es feo, muy feo, feísimo, casi horroroso. Y es bueno, muy bueno; por eso aguanta todo lo que le dicen las mujeres de la boca del Metro, compañeras de fatigas.

–Satanás, muerto de hambre, ¿por qué no te enchulas con la Rabona?

–No me llames Satanás, mi nombre es Omicrón.

–¡Bonito nombre! Eso no es cristiano. ¿Quién te lo puso, Satanás?

–Mi señor padre.

–Pues vaya humor. ¿Y era negro tu padre?

Omicrón miraba a la preguntante casi con dulzura:

–Por lo visto.

De la pequeña industria fotográfica, si las cosas iban bien, sacaba Omicrón el dinero suficiente para sostenerse. Le llevaban veintitrés duros por la habitación alquilada en la casita de Vallecas. Comía en restaurantes baratos platos de lentejas y menestras extrañas. Pero días tuvo en que se alimentó con una naranja, enorme, eso sí, pero con una sola naranja. Y otros en que no se alimentó.

Veintisiete horas y media sin comer y doce y tres cuartos, no contando la noche, sin retratar son muchas horas hasta para Omicrón. El escorpión le pica una y otra vez en el estómago y le obliga a contraerse. La vendedora de lotería le pregunta:

–¿Qué, bailas?

–No, no bailo.

–Pues chico, ¡quién lo diría!, parece que bailas.

–Es el estómago.

–¿Hambre?

Omicrón se azoró, poniendo los ojos en blanco, y mintió:

–No, una úlcera.

–¡Ah!

–¿Y por qué no vas al dispensario a que te miren?

Omicrón Rodríguez se azoró aún más:

–Sí, tengo que ir, pero…

–Claro que tienes que ir, eso es muy malo. Yo sé de un señor, que siempre me compraba, que se murió de no cuidarla.

Luego añadió nostálgica y apesadumbrada:

–Perdí un buen cliente.

Omicrón Rodríguez se acercó a una pareja que caminaba velozmente.

–¿Una foto? ¿Les hago una foto?

La mujer miró al hombre y sonrió:

–¿Qué te parece, Federico?

–Bueno, como tú quieras…

–Es para tener un recuerdo. Sí, háganos una foto.

Omicrón se apartó unos pasos. Le picó el escorpioncito. Por poco sale movida la fotografía. Le dieron la dirección: Hotel…

La vendedora de lotería le felicitó:

–Vaya, has empezado con suerte, negro.

–Sí, a ver si hoy se hace algo.

Rodríguez hizo un silencio lleno de tirantez.

–Casilda, ¿tú me puedes prestar un duro?

–Sí, hijo, sí; pero con vuelta.

–Bueno, dámelo y te invito a café.

–¿Por quién me has tomado? Te lo doy sin invitación.

–No, es que quiero invitarte.

La vendedora de lotería y el fotógrafo fueron hacia la esquina. La volvieron y se metieron en una pequeña cafetería. Cucarachas pequeñas, pardas, corrían por el mármol donde estaba asentada la cafetera exprés.

–Dos con leche.

Les sirvieron. En las manos de Omicrón temblaba el vaso alto, con una cucharilla amarillenta y mucha espuma. Lo bebió a pequeños sorbos. Casilda dijo:

–Esto reconforta, ¿verdad?

–Sí.

El “sí” fue largo, suspirado.

Un señor, en el otro extremo del mostrador, les miraba insistentemente. La vendedora de lotería se dio cuenta y se amoscó.

–¿Te has fijado, negro, cómo nos mira aquel tipo? Ni que tuviéramos monos en la jeta. Aunque tú, con eso de ser negro, llames la atención, no es para tanto.

Casilda comenzó a mirar al señor con ojos desafiantes. El señor bajó la cabeza, preguntó cuánto debía por la consumición, pagó y se acercó a Omicrón:

–Perdonen ustedes.

Sacó una tarjeta del bolsillo.

–Me llamo Rogelio Fernández Estremera, estoy encargado en el Sindicato de organizar algo en las próximas fiestas de Navidad. Bueno –carraspeó–, supongo que no se molestará. Yo le daría veinte duros si usted quisiera hacer el rey negro en la cabalgata de Reyes.

Omicrón se quedó paralizado.

–¿Yo?

–Sí, usted. Usted es negro y nos vendría muy bien, y si no, tendremos que pintar a uno, y cuando vayan los niños a darle la mano o besarle en el reparto de juguetes se mancharán. ¿Acepta?

Omicrón no reaccionaba. Casilda le dio un codazo:

–Acepta, negro tonto… Son veinte chulís que te vendrán muy bien.

El señor interrumpió:

–Coja la tarjeta. Lo piensa y me va a ver a esa dirección. ¿Qué quieren ustedes tomar?

–Yo un doble de café con leche –dijo Casilda –, y este un sencillo y una copa de anís, que tiene esa costumbre.

El señor pagó las consumiciones y se despidió.

–Adiós, piénselo y venga a verme.

Casilda le hizo una reverencia de despedida.

–Orrevuar, caballero. ¿Quiere usted un numerito del próximo sorteo?

–No, muchas gracias; adiós.

Cuando desapareció el señor, Casilda soltó la carcajada.

–Cuando cuente a las compañeras que tú vas a ser rey se van a partir de risa.

–Bueno eso de que voy a ser rey… –dijo Omicrón.

 

***

Omicrón Rodríguez apenas se sostenía en el caballo. Iba dando tumbos.

Le dolían las piernas. Casi se mareaba. Las gentes desde las aceras sonreían al verle pasar. Algunos padres alzaban a sus niños.

–Mírale bien, es el rey Baltasar.

A Omicrón Rodríguez le llegó la conversación de dos chicos.

–¿Será de verdad negro o será pintado?

Omicrón Rodríguez se molestó. Dudaban por primera vez en su vida si él era blanco o negro, y precisamente iba haciendo de rey.

La cabalgata avanzaba. Sentía que se le aflojaba el turbante. Al pasar cercano a la boca del Metro, donde se apostaba cotidianamente, volvió la cabeza, no queriendo ver reírse a Casilda y sus compañeras. La Casilda y sus compañeras estaban allí, esperándole; se adelantaron de la fila; se pusieron frente a él y, cuando esperaba que iban a soltar la risa, sus risas guasonas, temidas y estridentes, oyó a la Casilda decir:

–Pues, chicas, va muy guapo, parece un rey de verdad.

Luego unos guardias las echaron hacia la acera.

Omicrón Rodríguez se estiró en el caballo y comenzó a silbar tenuemente. Un niño le llamaba, haciéndole señales con la mano:

–¡Baltasar, Baltasar!

Omicrón Rodríguez inclinó la cabeza solemnemente. Saludó.

–¡Un momento, Baltasar!

Los flashes de los fotógrafos de prensa le deslumbraron.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

lunes, 21 de septiembre de 2026

El sueño de Liz Norton

Roberto Bolaño

 

En el sueño de Norton ésta se veía reflejada en ambos espejos. En uno de frente y en el otro de espaldas. Su cuerpo estaba ligeramente sesgado. Con certeza resultaba imposible decir si pensaba avanzar o retroceder. La luz de la habitación era escasa y matizada, como la de un atardecer inglés. No había ninguna lámpara encendida. Su imagen en los espejos aparecía vestida como para salir, con un traje sastre gris y, cosa curiosa, pues Norton rara vez usaba esta prenda, con un sombrerito gris que evocaba páginas de moda de los años cincuenta. Probablemente llevaba zapatos de tacón, de color negro, aunque no se los podía ver. La inmovilidad de su cuerpo, algo en él que inducía a pensar en lo inerte y también en lo inerme, la llevaba a preguntarse, sin embargo, qué era lo que estaba esperando para partir, qué aviso aguardaba para salir del campo en que ambos espejos se miraban y abrir la puerta y desaparecer. ¿Tal vez había oído un ruido en el pasillo? ¿Tal vez alguien había intentado al pasar abrir su puerta? ¿Un huésped despistado del hotel? ¿Un empleado, alguien enviado por la recepción, una mujer de la limpieza? El silencio, no obstante, era total y tenía, además, algo de calmo, de los largos silencios que preceden a la noche. De pronto Norton se dio cuenta de que la mujer reflejada en el espejo no era ella. Sintió miedo y curiosidad y permaneció quieta, observando si cabe con mayor detenimiento a la figura en el espejo. Objetivamente, se dijo, es igual a mí y no tengo ninguna razón para pensar lo contrario. Soy yo. Pero luego se fijó en su cuello: una vena hinchada, como si estuviera a punto de reventar, lo recorría desde la oreja hasta perderse en el omóplato. Una vena que más que real parecía dibujada. Entonces Norton pensó: tengo que marcharme de aquí. Y recorrió la habitación con los ojos intentando descubrir el lugar exacto en que se encontraba la mujer, pero le fue imposible verla. Para que se reflejase en ambos espejos, se dijo, tenía que estar justo entre el pequeño pasillo de entrada y la habitación. Pero no la vio. Al mirarla en los espejos notó un cambio. El cuello de la mujer se movía de forma casi imperceptible. Yo también estoy siendo reflejada en los espejos, se dijo Norton. Y si ella sigue moviéndose finalmente ambas nos miraremos. Veremos nuestras caras. Norton apretó los puños y esperó. La mujer del espejo también apretó los puños, como si el esfuerzo que hacía fuera sobrehumano. La tonalidad de la luz que entraba en la habitación se hizo cenicienta. Norton tuvo la impresión de que afuera, en las calles, se había desatado un incendio. Empezó a sudar. Agachó la cabeza y cerró los ojos. Cuando volvió a mirar los espejos, la vena hinchada de la mujer había crecido de volumen y su perfil comenzaba a insinuarse. Tengo que huir, pensó. También pensó: ¿dónde están Jean-Claude y Manuel? También pensó en Morini. Solo vio una silla de ruedas vacía y atrás un bosque enorme, impenetrable, de un verde casi negro, que tardó en reconocer como Hyde Park. Cuando abrió los ojos la mirada de la mujer del espejo y la de ella se intersectaron en algún punto indeterminado de la habitación. Los ojos de ella eran iguales a los suyos. Los pómulos, los labios, la frente, la nariz. Norton se puso a llorar o creyó que lloraba de pena o de miedo. Es igual a mí, se dijo, pero ella está muerta. La mujer ensayó una sonrisa y luego, casi sin transición, una mueca de miedo le desfiguró el rostro. Sobresaltada, Norton miró hacia atrás, pero atrás no había nadie, sólo la pared de la habitación. La mujer volvió a sonreírle. Esta vez la sonrisa no fue precedida por una mueca sino por un gesto de profundo abatimiento. Y luego la mujer volvió a sonreírle y su rostro se hizo ansioso y luego inexpresivo y luego nervioso y luego resignado y luego pasó por todas las expresiones de la locura y siempre volvía a sonreírle, mientras Norton, recuperada la sangre fría, había sacado una libretita y tomaba notas muy rápidas de todo lo que sucedía, como si en ello estuviera cifrado su destino o su cuota de felicidad en la tierra, y así estuvo hasta despertar.

 

(Tomado de www.gastronomialiteraria.blogspot.com)

 

Navidad en los Andes

Ciro Alegría

 

Marcabal Grande, hacienda de mi familia, queda en una de las postreras estribaciones de los Andes, lindando con el río Marañón. Compónenla cerros enhiestos y valles profundos. Las frías alturas azulean de rocas desnudas. Las faldas y llanadas propicias verdean de sembríos, donde hay gente que labre, pues lo demás es soledad de naturaleza silvestre. En los valles aroman el café, el cacao y otros cultivos tropicales, a retazos, porque luego triunfa el bosque salvaje. La casa hacienda, antañona construcción de paredes calizas y tejas rojas, álzase en una falda, entre eucaliptos y muros de piedra, acequias espejeantes y un huerto y un jardín y sembrados y pastizales. A unas cuadras de la casa, canta su júbilo de aguas claras una quebrada y a otras tantas, diseña su melancolía de tumbas un panteón. Moteando la amplitud de la tierra, cerca, lejos, humean los bohíos de los peones. El viento, incansable transeúnte andino, es como un mensaje de la inmensidad formada por un tumulto de cerros que hieren el cielo nítido a golpe de roquedales.

Cuando era niño, llegaba yo a esa casa cada diciembre durante mis vacaciones. Desmontaba con las espuelas enrojecidas de acicatear al caballo y la cara desollada por la fusta del viento jalquino. Mi madre no acababa de abrazarme. Luego me masajeaba las mejillas y los labios agrietados con manteca de cacao. Mis hermanos y primos miraban las alforjas indagando por juguetes y caramelos. Mis parientes forzudos me levantaban en vilo a guisa de saludo. Mi ama india dejaba resbalar un lagrimón. Mi padre preguntaba invariablemente al guía indio que me acompañó si nos había ido bien en el camino y el indio respondía invariablemente que bien. Indio es un decir, que algunos eran cholos. Recuerdo todavía sus nombres camperos: Juan Bringas, Gaspar Chiguala, Zenón Pincel. Solían añadir, de modo remolón, si sufrimos lluvia, granizada, cansancio de caballos o cualquier accidente. Una vez, la primera respuesta de Gaspar se hizo más notable porque una súbita crecida llevose un puente y por poco nos arrastra el río al vadearlo. Mi padre regañó entonces a Gaspar:

–¿Cómo dices que bien?

–Si hemos llegao bien, todo ha estao bien –fue su apreciación.

El hecho era que el hogar andino me recibía con el natural afecto y un conjunto de características a las que podría llamar centenarias y, en algunos casos, milenarias.

Mi padre comenzaba pronto a preparar el Nacimiento. En la habitación más espaciosa de la casona, levantaba un armazón de cajones y tablas, ayudado por un carpintero al que decían Gamboyao y nosotros los chicuelos, a quienes la oportunidad de clavar o serruchar nos parecía un privilegio. De hecho lo era, porque ni papá ni Gamboyao tenían mucha confianza en nuestra destreza.

Después, mi padre encaminábase hacia alguna zona boscosa, siempre seguido de nosotros los pequeños, que hechos una vocinglera turba, poníamos en fuga a perdices, torcaces, conejos silvestres y otros espantadizos animales del campo. Del monte traíamos musgo, manojos de unas plantas parásitas que crecían como barbas en los troncos, unas pencas llamadas achupallas, ciertas carnosas siemprevivas de la región, ramas de hojas olorosas y extrañas flores granates y anaranjadas. Todo ese mundillo vegetal capturado, tenía la característica de no marchitarse pronto y debía cubrir la armazón de madera. Cumplido el propósito, la amplia habitación olía a bosque recién cortado.

Las figuras del Nacimiento eran sacadas entonces de un armario y colocadas en el centro de la armazón cubierta de ramas, plantas y flores. San José, la Virgen y el Niño, con la mula y el buey, no parecían estar en un establo, salvo por el puñado de paja que amarilleaba en el lecho del Niño. Quedaban en medio de una síntesis de selva. Tal se acostumbraba tradicionalmente en Marcabal Grande y toda la región. Ante las imágenes relucía una plataforma de madera desnuda, que oportunamente era cubierta con un mantel bordado, y cuyo objeto ya se verá.

En medio de los preparativos, mamá solía decir a mi padre, sonriendo de modo tierno y jubiloso:

–José, pero si tú eres ateo…

–Déjame, déjame, Herminia –replicaba mi padre con buen humor– no me recuerdes eso ahora y… a los chicos les gusta la Navidad…

Un ateo no quería herir el alma de los niños. Toda la gente de la región, que hasta ahora lo recuerda, sabía por experiencia que mi padre era un cristiano por las obras y cotidianamente.

Por esos días llegaban los indios y cholos colonos a la casa, llevando obsequios, a nosotros los pequeños, a mis padres, a mi abuela Juana, a mis tíos, a quien quisieran elegir entre los patrones. Más regalos recibía mamá. Obsequiábannos gallinas y pavos, lechones y cabritos, frutas y tejidos y cuantas cosillas consideraban buenas. Retornábaseles la atención con telas, pañuelos, rondines, machetes, cuchillas, sal, azúcar… Cierta vez, un indio regalome un venado de meses que me tuvo deslumbrado durante todas las vacaciones.

Por esos días también iban ensayando sus cantos y bailes las llamadas “pastoras”, banda de danzantes compuesta por todas las muchachas de la casa y dos mocetones cuyo papel diré luego.

El día 24, salido el sol apenas, comenzaba la masacre de animales, hecha por los sirvientes indios. La cocinera Vishe, india también, a la cual nadie le sabía la edad y mandaba en la casa con la autoridad de una antigua institución, pedía refuerzos de asistentes para hacer su oficio. Mi abuela Juana y mamá, con mis tías Carmen y Chana, amasaban buñuelos. Mi padre alineaba las encargadas botellas de pisco y cerveza, y acaso alguna de vino, para quien quisiese. En la despensa hervía roja chicha en cónicas botijas de greda. Del jardín llevábanse rosas y claveles al altar, la sala y todas las habitaciones. Tradicionalmente, en los ramos entremezclábanse los colores rojo y blanco. Todas las gentes y las cosas adquirían un aire de fiesta.

Servíase la cena en un comedor tan grande que hacía eco, sobre una larga mesa iluminada por cuatro lámparas que dejaban pasar una suave luz a través de pantallas de cristal esmerilado. Recuerdo el rostro emocionadamente dulce de mi madre, junto a una apacible lámpara. Había en la cena un alegre recogimiento aumentado por la inmensa noche, de grandes estrellas, que comenzaba junto a nuestras puertas. Como que rezaba el viento. Al suave aroma de las flores que cubrían las mesas, se mezclaba la áspera fragancia de los eucaliptos cercanos.

Después de la cena pasábamos a la habitación del Nacimiento. Las mujeres se arrodillaban frente al altar y rezaban. Los hombres conversaban a media voz, sentados en gruesas sillas adosadas a las paredes. Los niños, según la orden de cada mamá, rezábamos o conversábamos. No era raro que un chicuelo demasiado alborotador, se lo llamara a rezar como castigo. Así iba pasando el tiempo.

De pronto, a lo lejos sonaba un canto que poco a poco avanzaba acercándose. Era un coro de dulces y claras voces. Deteníase junto a la puerta. Las “pastoras” entonaban una salutación, cantada en muchos versos. Recuerdo la suave melodía. Recuerdo algunos versos:

En el portal de Belén / hay estrellas, sol y luna; / la Virgen y San José / y el niño que está en la cuna. / Niñito, por qué has nacido / en este pobre portal, / teniendo palacios ricos / donde poderte abrigar…

Súbitamente las “pastoras” irrumpían en la habitación, de dos en dos, cantando y bailando a la vez. La música de los versos había cambiado y estos eran más simples.

Cuantas muchachas quisieron formar la banda, tanto las blancas hijas de los patrones como las sirvientas indias y cholas, estaban allí confundidas. Todas vestían trajes típicos de vivos colores. Algunas ceñíanse una falda de pliegues precolombina, llamada anaco. Todas llevaban los mismos sombreros blancos adornados con cintas y unas menudas hojas redondas de olor intenso. Todas calzaban zapatillas de cordobán. Había personajes cómicos. Eran los “viejos”. Los dos mocetones habíanse disfrazado de tales, simulando jorobas con un bulto de ropas y barbazas con una piel de chivo. Empuñaban cayados. Entre canto y canto, los “viejos” lanzaban algún chiste y bailaban dando saltos cómicos. Las muchachas danzaban con blanda cadencia, ya en parejas o en forma de ronda. De cuando en vez, agitaban claras sonajas. Y todo quería ser una imitación de los pastores que llegaron a Belén, así con esos trajes americanos y los sombreros peruanísimos. El cristianismo hondo estaba en una jubilosa aceptación de la igualdad. No había patrona ni sirvientitas y tampoco razas diferenciadoras esa noche.

La banda irrumpía el baile para hacer las ofrendas. Cada “pastora” iba hasta la puerta, donde estaban los cargadores de los regalos y tomaba el que debía entregar. Acercándose al altar, entonaba un canto alusivo a su acción.

–Señora Santa Ana, / ¿por qué llora el Niño?

–Por una manzana / que se le ha perdido.

–No llore por una, / yo le daré dos: / una para el Niño / y otra para vos.

La muchacha descubríase entonces, caía de rodillas y ponía efectivamente dos manzanas en la plataforma que ya mencionamos. Si quería dejaba más de las enumeradas en el canto. Nadie iba a protestar. Una tras otra iban todas las “pastoras” cantando y haciendo sus ofrendas. Consistían en juguetes, frutas, dulces, café y chocolate, pequeñas cosas bellas hechas a mano. Una nota puramente emocional era dada por la “pastora” más pequeña de la banda. Cantaba:

A mi niño Manuelito / todas le trae un don. / Yo soy chica y nada tengo, / le traigo mi corazón.

La chicuela arrodillábase haciendo con las manos el ademán del caso. Nunca faltaba quien asegurara que la mocita de veras parecía estar arrancándose el corazón para ofrendarlo.

Las “pastoras” íbanse entonando otros cantos, en medio de un bailecito mantenido entre vueltas y venias. A poco entraban de nuevo, con los rebozos y sombreros en las manos, sonrientes las caras, a tomar parte en la reunión general.

Como habían pasado horas desde la cena, tomábanse de la plataforma los alimentos y bebidas ofrendados al Niño Jesús. No se iba a molestar el Niño por eso. Era la costumbre. Cada uno servíase lo que deseaba. A los chicos nos daban además los juguetes. Como es de suponer, las “pastoras” también consumían sus ofrendas. Conversábase entre tanto. Frecuentemente pedíase a las “pastoras” de mejor voz que cantaran solas. Algunas accedían. Y entonces todo era silencio, para escuchar a una muchacha erguida, de lucidas trenzas, elevando una voz que era a modo de alta y plácida plegaria.

La reunión se disolvía lentamente. Brillaban linternas por los corredores. Me acostaba en mi cama de cedro, pero no dormía. Esperaba ver de nuevo a mamá. Me gustaba ver que mi madre entraba caminando de puntillas y como ya nos habían dado los juguetes, ponía debajo de mi almohada un pañuelo que había bordado con mi nombre. Me conmovía su ternura. Deseaba yo correspondérsela y no le decía que la existencia había empezado a recortarme los sueños. Ella me dejó el pañuelo bordado, tratando de que yo no despertara, durante varios años.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)