Matilde
Serao
De pronto, en medio de la tristeza de las máquinas,
que parecían dormir la siesta en aquel feriado, una leve llamada telegráfica se
escuchó pero nadie la tuvo en cuenta. Condenadas a trabajar en Navidad, las pocas
auxiliares trataban de cumplir el reglamento entre las dos y media y las nueve de
la noche. María Concetta Immacolata Santaniello decía silenciosamente el rosario
con las manos escondidas debajo del delantal. Pascualina Morra, la poetisa,
leía en un librito, versos de Pietro Paolo Parganese con el permiso de la directora.
Giulietta Scarano escribía rápidamente un formulario de telegrama. Adelina Markó dormitaba con las manos quietas y abrigadas, y con su pequeña estola en el cuello. Annina
Caracciolo, la indolente, con la mirada perdida en el aire tampoco trabajaba; y
las otras, algunas hablaban en voz baja y había quien fingía no haber oído nada
para no moverse. Pero la llamada resonó más fuerte, venía desde una máquina solitaria
en un ángulo de la mesita. Concetta Santaniello interrumpió su misterio doloroso y dijo con tono de oración:
–Foggia
llama.
Pero no se
movió;
no se metía con nadie
y no se movía jamás sin la orden de la directora, con un egoísmo digno
de una monja escrupulosa. Y como las llamadas se precipitaban cada vez más, las
auxiliares trataban de interrumpir aquella monotonía:
–Foggia llama, Foggia llama. ¿Quién
responde en Foggia?
–¡Despacio, despacito, que ya estoy aquí! –dijo
Annina Pescara corriendo a la máquina de Foggia–. ¡Qué cargoso, Foggia! ¡Qué molesto!
Y recibió la llamada teniendo en alto, con
la mano izquierda, el formulario de telegrama que era para Nápoles. Luego de las
primeras palabras, llamó a su inseparable amiga:
–Borrelli, ven aquí.
Borrelli cerró
la Farfalla, suplemento literario que estaba leyendo y se lo metió en el bolsillo, se enderezó los lentes sobre la nariz con ese gesto característico de los miopes, y corrió hasta el puesto de su amiga. Ahora Borrelli también leía lo que estaba escrito en el telegrama de Annina:
–¡Qué imbécil! –exclamó al instante.
–Perdóname, pero no me parece un imbécil;
la quiere mucho a su enamorada –respondió Annina Pescara, ofendida en su sentimentalismo.
–Sí, pero un hombre ni se humilla así
–repuso Borrelli con aire intelectual.
El telegrama de amor continuaba, contenía cincuenta y nueve palabras, y venía de Casacalenda dirigido a una tal María Talamo, que vivía en Nápoles, en la Riviera di Chiaia. Era un
telegrama dulcísimo: el
hombre expresaba su amor en ese
día
de fiesta familiar doliéndose de su soledad inconsolable, buscando una palabra afectuosa de la mujer que amaba, jurando que nada en el mundo lo haría desistir de ese amor; ni la guerra de los hombres, ni la adversidad del destino, ni el
mismo desprecio de la mujer que adoraba. Todo eso era leído por María Morra que
también se había corrido hasta allí, por Peppina Sanna que al pasar se había detenido,
por Caterina Borrelli y por Annina Pescara.
–¡Cuánta
retórica! –exclamó Borrelli.
–¿El telegrama viene
de Casacalenda?
–Sí,
sí –le respondieron.
–¡Oh, es el de siempre; llega uno casi todos
los días; lo he recibido yo también!
–¡El que se deshace en ternuras! –gritó
Ida Torelli desde su puesto–, espera, espera que lo quiero leer también yo.
Eran unas diez en la máquina de Foggia.
Annina Pescara, toda alterada, tensaba su cuerpecito sobre la silla y leía sobre
su mesita aquellas palabras apasionadas en voz alta. Sus compañeras la seguían
atentamente: Caterina Borrelli, enemiga de supercherías, se encogió de hombros,
harta de tantas estupideces. Pero las otras estaban conmovidas por aquella prosa
telegráfica incandescente: hablaban en voz baja de sus amores más o menos
afortunados. Adelina Markó, la bella, tenía algunos pretendientes insoportables, en tanto amaba a un alto empleado telegráfico, viudo y con
dos hijos, demasiado viejo para ella, esposo que sus padres jamás aceptarían. Y se
torturaba a causa de
este amor desgraciado, a quien no podía hablar ni escribir jamás. Peppina Sanna pensaba en su bello oficial de marina, de bigotes
rubios
y cabello crespo, que en aquel momento navegaba por las aguas del Japón y solo volvería dentro de dos años. María Morra, la filodramática, amaba fielmente desde hacía cinco años a un empleado
que esperaba siempre un ascenso para poder casarse, y en tanto se consolaba recitando
junto a ella la Celeste de Marenco y la farsa Un baño frío.
Annina Pescara, en tanto que recibía el despacho, pensaba en su estudiante de leyes
que cursaba segundo año, que necesitaba otros dos para doctorarse, otros tres para
el diploma de procurador y esperar otros cuatro o cinco para obtener un poco de
clientela o el puesto de pretor en cualquier pueblito de la Basilicata. Estos humildes, honestos y fervientes
amores encendían el alma de aquellas jóvenes, que debían pasar ese día de fiesta
en esa desagradable oficina llena de máquinas, lejos de las personas que
amaban, alejadas de los simples placeres familiares. Pero la charla terminó súbitamente. La directora apareció en la sala. Venía de conversar con el jefe de la sección masculina y ahora estaba allí.
–¿Qué significa esta reunión, señoritas? ¡A sus puestos, a sus puestos, no pueden abandonar así los aparatos!
¡Torelli,
atienda: Nápoles-Chiaia la está llamando y usted se pone a charlar!
–Sanna, ¿terminaste de copiar aquel registro
que te entregué? De Notaris, haga el telegrama
para Potenza. Markó,
¿también usted aprendió a abandonar su puesto? ¡Qué manía tienen de
complotarse!
–Era un telegrama –dijo Caterina Borrelli con
su acostumbrada discreción.
–¿Qué telegrama?
Y arrebatándoselo a Annina Pescara, la directora
lo leyó. Las auxiliares, que habían regresado a sus puestos, la observaron
tratando de leer sobre su rostro monacal la impresión que le producía aquel telegrama
de amor. Pero ella no hizo ningún gesto y lo tiró por el hueco de la puerta que
servía para separar la sección masculina de la femenina. Volteando, se plantó en
medio de la habitación y les dijo severamente:
–Señoritas, he creído siempre dirigir a un
conjunto de jovencitas serias, de empleadas diligentes que se olvidan en este
lugar de las estupideces y de otras imprudencias que hoy distraen a la juventud.
Veo, en cambio, que me engañé, veo que cualquier cosa las distrae y las hace abandonar
el trabajo. Si no ponen un poco de atención, las cosas no andarán bien aquí. Recuerden, señoritas, que mediante juramento prometieron no
revelar el secreto telegráfico a
nadie: el mejor medio de
hacerlo es no interesarse demasiado en lo que escriben los particulares en los despachos. Estemos de acuerdo para otra vez.
Un silencio profundo: nadie osaba responder. Ella había hablado lentamente y sin acalorarse, sin mirar
el
rostro de las auxiliares, con los ojos bajos. Ella no era mala, pero cuidaba muchísimo su reputación dentro de la empresa, y se
preocupaba al máximo de que su sección figurara entre las mejores. Profundo silencio, penoso: todas pensaban y no retomaban sus tareas, estaban como estúpidas. Solo el aparato de De Notaris se oía transmitiendo a Potenza las palabras del despacho. Y después:
–¿Qué hora es? –preguntó De
Notaris.
–Las
diecisiete y treinta –murmuró despacito, despacito, Clemenza Achard, su vecina.
–Las
diecisiete y treinta y uno –gritó Ida Torelli.
–Gracias –dijo De Notaris, y señaló la
hora en el despacho transmitido. O
sea, las cinco y media. En
media hora más sería de
noche,
pero para las nueve todavía faltaban otras tres horas y media. Estaba encendido el gas, pero como no había mucho trabajo, la
directora había ordenado que se bajara la llama; el director
predicaba siempre que se economizara gas. Así, en aquella penumbra poco se podía leer o tejer; las sombras de las máquinas se perfilaban extrañamente sobre las mesitas, con sus
ruedas donde se desenvolvía la carta, con sus bracitos móviles de
acero, con las llaves de dar cuerda que se parecían
a la
empuñadura en cruz
de ciertas espadas. Y algún punto que brillaba aquí y allá; la campanilla de vidrio
que
servía de protección al pequeño pararrayos; el botoncito
de un aparato; los aretes
de strass de Olimpia Faraone; las hebillas de pastilla negra que Ida Torelli llevaba en sus cabellos rubios. Silencio profundo: como era imposible
escribir, leer, bordar, solo quedaba pensar.
–¿Qué quería Nápoles-Chiaia de usted, Torelli? –preguntó
la directora desde su puesto.
–Nada,
directora, hemos cambiado un nada.
–¿Le habló después?
–Sí, dijo que era Navidad y que se aburría.
–Espero que lo habrá hecho callar.
–No le respondí, señora.
–Muy bien.
La conversación sobre la línea, salvo en casos
exigidos por el trabajo, estaba prohibida. Se era indulgente con los retrasos, con
los errores, con la incapacidad; pero conversar con los particulares, jamás. Si
alguna de ellas era sorprendida hablando con alguno, se la castigaba con una pena
gravísima; al corresponsal, la dirección le enviaba también una carta de apercibimiento
para que no reincidiera. No obstante, era éste el pecado más frecuente, el que se
cometía con mayor placer, quizás a causa del peligro que implicaba. Efectivamente,
también en aquel silencio, en aquella penumbra, muy despacito, Annina Pescara
hablaba con el corresponsal de Foggia. Una vez transmitido el telegrama amoroso,
el hombre intentó discurrir el tema del amor. Y Annina Pescara le respondió rápidamente que no le disgustaba, que el amor
era una cosa muy linda. Aquel le respondió que el amor hacía infelices a las
tres cuartas partes del género humano. La discusión sentimental hervía sobre la
línea: Annina Pescara, que adivinaba las palabras del corresponsal con solo
oírlas, no tenía necesidad de hacer correr el papel; así, para que no se oyeran
sus respuestas en la oficina, presionaba mucho más el resorte de la tecla para
que no hiciera tanto ruido. Inmersa en la penumbra, ella
parecía dormitar en la silla, con
la manita blanca alargada e inmóvil sobre la tecla; sus amigas, sus compañeras, veían que hablaba con Foggia por haberlo hecho también ellas; pero, ¿quién hubiera osado traicionarla? También Olimpia Faraone hablaba con Reggio como de
costumbre; pero más imprudente,
más inexperta, dejaba correr el papel arrancándolo a pedazos
y metiéndolo en los bolsillos; desde hacía veinte días, cada día hablaba con aquel
corresponsal calabrés que ya le había escrito dos cartas de amor. Los
feriados eran especiales para la correspondencia prohibida: los
empleados se aburrían en sus oficinas, aislados, sin trabajo, y las ganas de conversar aparecían; las muchachas se aburrían igualmente, y el
hecho de hablar con un desconocido, a
tanta distancia, alimentaba
la fantasía, y
esta complacencia se podía leer sobre el rostro de la pecadora.
(Tomado
de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)