domingo, 18 de octubre de 2026

Como un ladrón

Mario Benedetti

 

Yo vivía relativamente cómodo, acaso porque no se me había ocurrido creer en Dios. Ahora sé que muy pocos están en condiciones de aceptar esto que de tan sencillo es casi estúpido. Los más se imaginan que cada uno tiene la obligación de nacer con su pequeño dios. También se tiene el deber de nacer de cabeza y sin embargo siempre hay algún díscolo que nace de trasero.

Entonces no me gustaba enfrentarme a ciertos problemas ni tampoco tenía necesidad de hacerlo. No discutía el prestigio de la muerte y sentía por ella un miedo insignificante, sin escolta de libros, solitario. Después supe que mi miedo privado era solo una variante del terror general. Y ésta fue la primera vergüenza de mi vida: que los otros usaran el mismo miedo que yo. Algo así como la rabia inexplicable que nos acomete cuando vemos a otro individuo con nuestros calcetines, con nuestros lunares o con nuestra calva.

Gracias a la muerte se liquidaba la aventura y era preciso renunciar definitivamente a los espejos, a los amaneceres, a la sed; retroceder hasta caer de espaldas, con todo el peso de la vida en las sienes, sin cuerpo, sin tacto, sin luz. Naturalmente, desaparecer así me llenaba de asco. Pero era un asco mórbido, que al fin de cuentas resultaba una invención, una especie de tanteo, casi una profecía particular.

A los treinta años yo era un tipo mediocre. Había fracasado como corredor de seguros, como periodista, como amante, creo que como hijo. De estos cuatro fiascos solo llegó a preocuparme el primero. En realidad pensaba que mi vocación podía ser ésa: asegurar, es decir, hacer que los otros se aseguraran. Por otra parte, me encantaba –tal vez me encantaría aún– hallar a una persona verdaderamente segura. Para mí era un espectáculo tan absurdo ver a un pobre hombre tomando sus prudentes y espléndidas medidas para que su muerte beneficiase a alguien, que no podía evitar la risa, una risa increíblemente generosa y sin burla. Pero ¿qué medidas? Pero ¿medidas en dónde, hasta cuándo, en nombre de quién? Cuando uno adquiere la costumbre de la muerte, se habitúa también a que el futuro carezca de sentido, de posibilidad, hasta de espacio. ¿Acaso pueden tener significado una esposa o unos hijos cobrando el precio de algo que no existe? Por eso fracasé. Los presuntos clientes acababan por mirarme angustiados, espiando la menor posibilidad de evasión para abandonarnos, a mí y al formulario.

No sé si hará de esto siete u ocho meses. Una tarde vino a verme Aguirre a la pensión. Cuando abrió la puerta, yo me estaba secando la cara. Recuerdo esto porque al principio me pareció que la toalla tenía olor a axila. Después me di cuenta que venía de Aguirre. Era un olor agrio, penetrante, en medio del cual, Aguirre me dijo pomposamente que había hallado un Maestro de Compasión. Yo pensé que hubiera sido mejor que hallara un desodorante. Pero él insistió y me dio un nombre: Rosales, Eduardo Rosales. Era un chileno de unos cuarenta años, con barba y con discípulos, una especie de filósofo casero. Tres veces por semana reunía en su casa a gente como Aguirre: entusiasta, supersticiosa, no muy avispada. Precisamente, por no ser Aguirre muy avispado, no entendí un cuerno de la doctrina de Rosales. Porque el tipo tenía su doctrina: algo de herencia kármica, de evolución mental, de caridad sui géneris. En resumen: una mezcolanza inofensiva de teosofía y rosacrucismo.

Aguirre quería que yo fuese a las reuniones. Me sorprendí pensando que no estaría mal; un rato después, diciéndole que sí. Entonces me dedicó una mirada tan torpe como incrédula. Luego se iluminó. Le resultaba difícil admitir que me había convencido, que podría ¡por fin! llevar su neófito. Además, yo debía tener algún prestigio para él. Era, en cierto modo, un intelectual, es decir, un tipo que había escrito algún artículo para los diarios y que a veces trabajaba en traducciones.

Intenté imaginar el color de las reuniones. Viejos ex teósofos que conocerían a Blavatsky solo de oído, algún espiritista que aún no se atrevería a proponer la aventura que aquietase algún escozor de su confortable conciencia, y mujeres, muchas mujeres esmirriadas y sin ovarios, que disfrutarían su placer supersticioso zambulléndose graciosamente en un lenguaje de meditación y esoterismo.

La realidad no alcanzó a defraudarme. Simplemente era eso. Con el complemento de algún enfermero jubilado que disfrutaba lo indecible al codearse con gente de otra clase, de una dama de pasado glorioso, que cumplía allí su cantada vocación de misericordia; de un jovencito casi miope, dotado de un convincente tic afirmativo que parecía representar la aceptación tácita de la modesta muchedumbre. Pero además estaba Rosales. A pesar de mi poco entusiasmo, tuve que reconocer que me impresionaba. Tenía una voz grave, sonora; quizá por eso sentí que mi pensamiento se distendía. Sin embargo, no expuso nada nuevo, es decir, presentó como nuevo lo que había dicho Krishnamurti o Eliphas Leví o el remoto Gautama. Naturalmente, yo tenía mis lecturas, pero nunca había sentido nada de esto en una voz. Quizá resulte inexplicable, pero lo cierto es que me venció sin convencerme.

Entonces supe que hacía mal en obstinarme, en ocultar mi rostro a Dios, en hundirme en el aburrimiento. Gracias a Rosales, o mejor, la voz de Rosales, un día me encontré creyendo. Hasta hallé razones para cambiar de vida. No es lo mismo una vida sin Dios que una vida con Dios. El secreto tal vez consistía en que yo lo tomaba como un juego. Rosales tenía una frase encantadoramente tonta: “Cada alma es una partícula de Dios”. Mentalmente yo jugaba a sentirme partícula, pero era notoria mi incapacidad para establecer contacto con el Todo.

Fue en una de esas reuniones que conocí a Valentina. Generalmente nos íbamos juntos y yo la acompañaba hasta su casa, un conventillo inverosímilmente limpio de la Ciudad Vieja. Ella solía decir que solo gracias a la existencia nueva que Rosales nos descubría, podía parecerle soportable ese mezquino ambiente familiar. Yo la conformaba con un “Sí, es tremendo” o cualquier otra simpleza, a fin de que ella no interrumpiera la confidencia. Siempre que se ponía patética me tomaba del brazo, y eso a mí me gustaba. Un martes se puso más patética que de costumbre y entonces la besé. Pero el viernes siguiente Rosales habló de la concupiscencia y echó mano de tales símiles, de tales amenazas, que parecía un nuevo San Pablo amonestando a sus nuevos Gentiles. De ahí en adelante me sentí concupiscente cada vez que Valentina se ponía patética y, como no quise besarla más, ella abandonó las confidencias.

Después de eso me dio por cavilar acerca de que mi nuevo estado no era en realidad tan cómodo ni tan feliz como yo había esperado. Pensaba que de no haber sido por la arenga de Rosales, habría podido desear moderadamente a Valentina, besarla de vez en cuando y quizá algo más, exactamente como hubiera hecho con cualquier otra muchacha que me pusiera al tanto de sus infortunios. A los treinta años uno sabe que las mujeres hacen eso a fin de llevar a cabo su conquista pasiva por la vía conmovedora. Yo nunca dejé que me conmovieran, pero siempre tuve el prudente cuidado de aparentar lo contrario, de modo que tanto ellas como yo, quedáramos conformes y orgullosos.

Fuera de estas molestias, yo conseguía sobrellevar pasablemente mi fondo religioso de mediana tortura, sin que, por otra parte, pudiera acomodarlo a un dogma en particular. Sentían duramente que no podría hallarme a solas con el mundo, como isla en el tiempo, entre los confines mediatos de mi nacimiento y de mi muerte; que, por el contrario, debía ir más allá. Llegado el momento, me quitaría o me quitarían el cuerpo como una caparazón inútil y podría ingresar en otra ronda de existencia, acaso a la espera de otras caparazones. Seguro de mi vergonzosa inmortalidad e incómodo ante la prerrogativa de no ignorarla, llegaba a pensar que el secreto tal vez residiera en algo así como un desprendimiento del cepo somático. Si era egoísta con mi cuerpo, si quería a mi cuerpo, me costaría desprenderme de él, y desde el momento en que mutuamente nos necesitáramos –mi cuerpo y yo– hasta sernos el uno al otro casi indispensables, no podría abandonarlo y acaso me destruyese en su destrucción. Pero si soportaba a mi cuerpo como se sufre una costumbre, como se tolera un vicio menor, podría depositarlo en el pasado y acaso llegase también a olvidarlo.

Algo de esto le dije a Rosales en la primera oportunidad que se me presentó. Me contestó que, evidentemente, yo había aprovechado su enseñanza. Recuerdo que pensé que todo eso tenía muy poco que ver con ella, pero le dije, en cambio, que efectivamente sus palabras me habían servido de mucho. Entonces lo vi iniciar un gesto de menosprecio y obtuve la imprudente seguridad de que se trataba de un tipo increíblemente sórdido.

Lo natural hubiera sido que de inmediato me evadiera de su engranaje. Me quedé, sin embargo. No podía tolerarme a mí mismo pronunciando mentalmente –basado en un solo gesto– el juicio definitivo acerca de alguien.

Me hallaba dispuesto, pues, a investigar sus procedimientos, cuando una noche me encontré con Aguirre. Ya hacía unos meses que éste no aparecía por lo de Rosales. Mostrando ahora la misma exaltación con que antes lo había puesto por las nubes, me arrastró a un café y me contó todo. El chileno era sencillamente un vividor. Aguirre se había enterado, gracias a una imprevista relación, de que en Buenos Aires el Maestro había iniciado unas reuniones semejantes a las que organizaba aquí, para concluir fundando un Instituto Esotérico y escaparse más tarde con el fondo común. Se le acusaba además de bigamia y falsificación. Toda una alhaja, en fin. Pero había algo más. Según la versión de Aguirre, un viernes en que la reunión había estado poco concurrida (yo mismo había faltado), los escasos adeptos se habían retirado muy temprano. Aguirre, que también se había ido, volvió después a retirar un libro. Pero cuando fue a entrar en el despacho de Rosales, se halló con un espectáculo inesperado: el Maestro apretujaba a Valentina, sin mayor resistencia por parte de ella. “Usted perdone que le informe con tanta claridad”, agregó Aguirre, “conozco cuáles son sus sentimientos respecto a la muchacha”.

Estuve por preguntarle cuáles eran esos sentimientos, puesto que yo mismo los ignoraba, pero ya Aguirre había cerrado el paréntesis y seguía relatando el enojo con que Rosales lo había echado. “Es un demonio”, concluyó, “yo estoy dispuesto a hacerle todo el mal que pueda”. Inevitablemente me encontré pensando bien acerca de Rosales. Tal era la poca confianza que me inspiraba su antiguo iniciado.

El martes, sin embargo, al salir de la reunión, me las arreglé para acompañar a Valentina. Me parece recordar que la tomé del brazo. Ella me dejó hacer. Pero yo dudaba. Francamente, no sabía si la necesitaba, si la necesitaría. No obstante, me sentí seguro; seguro de la duda, naturalmente. Y eso era bastante. Me contó un sueño. Creo que lo había inventado. Siempre inventaba los sueños y yo no aparecía en ellos. Tal vez por eso los inventaba.

De pronto le pregunté si se acordaba de Aguirre. Esto la tomó de sorpresa y solo rezongó: “Ya te fue con el cuento”. Únicamente por llenar las formalidades, le pregunté si era cierto. Dijo que sí, y que no tenía vergüenza de confesarlo, que Rosales era decididamente un hombre, un hombre inteligente; que yo mismo, en vez de gastarme los ojos haciendo traducciones, bien podría aprender de él, que con solo unas palabritas convencía y estafaba a unos pobres estúpidos como Aguirre y –¿por qué no decirlo?– como yo.

Lo más lamentable de todo esto era su exactitud. Por cierto no precisaba que ella me hiciera propaganda a favor de Rosales: yo le reconocía atributos de vileza que siempre había considerado inalcanzables, hasta como utópico ideal. Con todo, nunca deja de interesar el verse comentado, el ser objeto de una opinión, por más hiriente que ésta pueda ser. Se adquiere conciencia del mediocre existir gracias a los ecos vulgares que despierta la palabra de uno, gracias a las miradas –asombradas o compasivas– que despierta la presencia de uno. Se llega a vivir como reacción de los otros, como muro donde las impresiones ajenas aprenden a rebotar. Así, cuando yo escuchaba cómo Valentina me trataba de estúpido, no podía dejar de apreciar la razón urgente que la asistía, desde que yo me quedaba tranquilo –lo peor de todo: sin abofetearla– como si ella estuviera haciendo mi apología en lugar de reducirme a cero. Creo que cualquier palabra mía hubiera estado de más. Por eso me callé. Fue necesario que me limitase al gesto persuasivo, casi conmovedor, ese que suele introducirse en la caricia. A la media hora había hecho ante Valentina iguales o mejores méritos que Rosales. Y esta vez respiré aliviado al no sentirme concupiscente, tan luego ahora, cuando sin duda había llegado a serlo.

Después, habiendo dejado a Valentina relativamente conforme, tuve conciencia de ser un tipo razonable, tan razonable como no lo había sido en muchos años. Vi claramente que no la necesitaba para nada. Entonces me encaminé a casa de Rosales. Era muy tarde ya, pero la luz del despacho estaba encendida. Me animé a llamar. Sin demostrar asombro, por el contrario, con un gesto amable, Rosales abrió la puerta y me hizo entrar. Últimamente nuestras entrevistas habían menudeado. Servían, entre otras cosas, para que él me tomara confianza y yo se la perdiera. Afortunadamente, no había hecho de él un ídolo. Me sentía convicto de soledad. En rigor, si nunca había menospreciado a los felices, tampoco había ostentado mi propia infelicidad como un honor, como una dignidad concedida por Dios a sus selectas minorías. De ahí que la posibilidad de hablarle a Rosales poniendo las cartas sobre la mesa, fuera para mí un asunto de vital importancia.

Como primera medida, me hizo sentar en un sillón exageradamente bajo, de esos que acentúan, hasta hacerla insoportable, la propia inferioridad. Al mismo tiempo, él se puso de pie. Por primera vez me di cuenta del porqué de la barba. Visto desde allí abajo, su rostro aparecía como realmente era: repugnante. Pero la barba permitía un aplazamiento de esa repugnancia.

“Ayer estuve con Aguirre”, dije aquí también. Sin prestarme mayor atención, Rosales se dio vuelta hacia la biblioteca. Me pareció que buscaba algo. Cuando lo encontró, vi que era la Biblia. De pronto se dirigió hacia mí con premeditada brusquedad y dijo que yo tenía una expresión incómoda. Un minuto antes yo había estado pensando justamente en mi incomodidad. Después gritó: “Diga de una vez, ¿qué le pasa?” Yo iba a recurrir al tradicional “Oh, usted lo sabe mejor que yo”, pero él agregó: “Vamos, sea franco, hace un mes todavía creía que yo era un sabio, casi un Maestro, algo así como la salvación de la humanidad. Ahora ya no cree… ahora está seguro de que soy un ladrón”. Le confesé que me había evitado la violencia de decírselo. Aparentemente conservaba la calma, esa calma elástica que sabía estirar hasta la desesperación. Pero ni siquiera había suavizado el tono, cuando dijo: “Tiene razón. Soy lo que usted piensa. Pero no se alegre”. Le aclaré que no me alegraba en absoluto. Entonces me preguntó por qué no me iba y lo dejaba tranquilo. “No pida demasiado”, dije. Rosales sonrió, como quien se decide a tomar la iniciativa, como quien vuelve por fin a su lugar después de una larga simulación, y me alcanzó la Biblia. Había un versículo marcado con lápiz rojo. “Lea”, ordenó. Yo no tenía inconveniente en jugar un rato a la obediencia y empecé a murmurar: “Acuérdate de lo que has recibido y has oído, y guárdalo y arrepiéntete. Y si no velares, vendré a ti como ladrón y no sabrás en qué hora vendré a ti”. Cuando terminé la breve lectura, vi que él había adoptado una expresión casi regocijada. De ahí en adelante, yo sabía que iba a estar seguro de sí mismo. Y empezó: “¿No se le ocurre que acaso usted no haya velado, que tal vez sea por eso que yo vengo a usted como ladrón? Pero voy a ayudarle en sus razonamientos. Usted es un temperamento religioso, tiene respeto por la palabra de Dios. Ahora fíjese bien: si la palabra de Dios le recuerda que Él vendrá como ladrón, ¿de qué modo podrá reconocer usted en cuál de los ladrones está Dios? ¿Y si en este ladrón que soy YO, estuviera Dios? No sabrás en qué hora vendré a ti. ¿No puede ser ésta la hora?” Pensé que, efectivamente, podría ser. Mas, a pesar de todo, me sentí con la calma suficiente como para fingir cierta repentina nerviosidad. Incitado por ésta, Rosales se decidió a tranquilizarme con un ademán generoso. Después, inopinadamente me despidió, no sin antes recordarme que lo viera al día siguiente, “a fin de hablar–así dijo– de algunos planes que tengo para un futuro próximo, en el que usted podrá convertirse en mi mano derecha”.

En los últimos diez minutos la tensión había sido exagerada, al menos para mis pocas fuerzas, y había llegado a sentirme molesto. De modo que fue un alivio encontrarme otra vez en la calle, sin nadie a quien saludar ni eludir ni reconocer.

Pero en seguida tuve que pensar en Valentina; como última defensa, la deseé. No estaba errado al recurrir a ese deseo. Pero mi cansancio era mayor que mi habilidad para engañarlo y ya no fue posible evitar el careo conmigo mismo.

Él lo había dicho. Yo poseía un temperamento religioso. Un año atrás no lo hubiera creído, pero era así. Ya no podía imaginarme viviendo sin Dios. Hasta el momento de hablar con Rosales, eran para mí innegables el equilibrio y la justicia integral del universo. Por eso debía admitir la posibilidad de varias existencias para una sola alma. Las condiciones favorables o desfavorables en que nacía cada uno, eran para mí el saldo acreedor o deudor de la última existencia. Sí, el hombre se heredaba a sí mismo, y se heredaba a sí mismo porque había justicia. Pero, ¿y la cita del Apocalipsis? ¿Había justicia en que tuviéramos que reconocer a Dios entre ladrones? No era tan complicado, sin embargo. Si la palabra ladrón era allí una metáfora, una traslación de significados a través de una imagen (“vendré a ti como ladrón”, es decir, como viene un ladrón, subrepticiamente, sin que nadie lo advierta), entonces la emboscada de Rosales no tenía efecto. Él no venía como ladrón sino que era un ladrón, y yo lo hubiera podido matar sin violentar mis escrúpulos ni torturar mi conciencia religiosa. Se trataría simplemente de eliminar a un anticristo. Personalmente, prefería esa interpretación. Pero estaba la otra: que el sentido no fuese metafórico sino literal, es decir, que Dios avisara realmente que vendría como ladrón. De ser así, mi concepto de justicia universal amenazaba derrumbarse sin remedio. Si Dios nos enfrentaba a todos los ladrones del mundo para que reconociéramos Quién era Él, dejaba de ser justo, dejaba de jugar con recursos leales; sencillamente, se convertía en un tramposo. Claro que este Dios no me interesaba ni merecía que le amase, y, por lo tanto, aunque Rosales fuese el mismo Dios, también podría matarlo.

Era necesario preguntarse qué remediaba uno con esto. Imposible decir a sus discípulos quién era Rosales. Nadie me hubiera creído. Además, su delito –el del robo, al menos–, no podía demostrarse. El único documento que entregaba a cambio del dinero ajeno, era su confianza, y ésta no servía como testimonio. Si yo decidía finalmente eliminarlo, lo rodearían de un prestigio de mártir. Pero acaso esto les ayudase a vivir. Por otra parte, él ya no estaría para destruirles la fe con su realidad inmunda, con ese golpe brutal y revelador que podía convertirlos repentinamente de cruzados del bien en miserias humanas.

Mientras tanto, yo había llegado a la Plaza, a solo dos cuadras de la pensión. Recuerdo que me senté en un banco; apoyé la desguarnecida nuca en el respaldo y miré hacia el cielo, por primera vez en varios meses. Entonces me sentí aplastado, inocente, infeliz. Comprendí que estaba a punto de llorar, pero también que iba a ser un llanto vano, que nada me haría adelantar en la busca de una escapatoria. Estaba todo demasiado claro; no había excusa posible.

No quiero relatar cómo lo maté. Decididamente me repugna. Resultó en realidad más atroz que lo más atroz que yo había imaginado. Me esperaba para hablarme del futuro… pero su futuro no existe ya. Lo he convertido en una cosa absurda.

Dicen que su gente creyó reconocer una última bendición en su boca milagrosamente muda, felizmente sellada por mi crimen. Cuando me interrogaron, no tuve inconveniente en confirmarlo. Entonces me pidieron que les transmitiera exactamente sus palabras finales. En realidad, sus palabras finales fueron tres veces “mierda”, pero yo traduje: “Paz”. Creo que estuve bien.

 

(Tomado de www.lecturia.org)

 

El cuento del niño malo

Mark Twain

 

Había una vez un niño malo cuyo nombre era Jim. Si uno es observador advertirá que en los libros de cuentos ejemplares que se leen en clase de religión los niños malos casi siempre se llaman James. Era extraño que este se llamara Jim, pero qué le vamos a hacer si así era.

Otra cosa peculiar era que su madre no estuviera enferma, que no tuviera una madre piadosa y tísica que habría preferido yacer en su tumba y descansar por fin, de no ser por el gran amor que le profesaba a su hijo, y por el temor de que, una vez que se hubiera marchado, el mundo sería duro y frío con él.

La mayor parte de los niños malos de los libros de religión se llaman James y tienen la mamá enferma, y les enseñan a rezar antes de acostarse, y los arrullan con su voz dulce y lastimera para que se duerman; luego les dan el beso de las buenas noches y se arrodillan al pie de la cabecera a sollozar. Pero en el caso de este muchacho las cosas eran diferentes: se llamaba Jim y su mamá no estaba enferma ni tenía tuberculosis ni nada por el estilo.

Al contrario, la mujer era fuerte y muy poco religiosa; es más, no se preocupaba por Jim. Decía que si se partía la nuca no se perdería gran cosa. Sólo conseguía acostarlo a punta de bofetadas y jamás le daba el beso de las buenas noches; antes bien, al salir de su alcoba le jalaba las orejas.

Este niño malo se robó una vez las llaves de la despensa, se metió a hurtadillas en ella, se comió la mermelada y llenó el frasco de brea para que su madre no se diera cuenta de lo que había hecho; pero acto seguido… no se sintió mal ni oyó una vocecilla susurrarle al oído: “¿Te parece bien hacerle eso a tu madre? ¿No es acaso pecado? ¿Adónde van los niños malos que se engullen la mermelada de su santa madre?”, ni tampoco, ahí solito, se hincó y prometió no volver a hacer fechorías, ni se levantó, con el corazón liviano, pletórico de dicha, ni fue a contarle a su madre cuanto había hecho y a pedirle perdón, ni recibió su bendición acompañada de lágrimas de orgullo y de gratitud en los ojos. No; este tipo de cosas les sucede a los niños malos de los libros; pero a Jim le pasó algo muy diferente: se devoró la mermelada, y dijo, con su modo de expresarse, tan pérfido y vulgar, que estaba “deliciosa”; metió la brea, y dijo que ésta también estaría deliciosa, y muerto de la risa pensó que cuando la vieja se levantara y descubriera su artimaña, iba a llorar de la rabia. Y cuando, en efecto, la descubrió, aunque se hizo el que nada sabía, ella le pegó tremendos correazos, y fue él quien lloró.

Una vez se encaramó a un árbol de manzana del granjero Acorn para robar manzanas, y la rama no se quebró, ni se cayó él, ni se quebró el brazo, ni el enorme perro del granjero le destrozó la ropa, ni languideció en su lecho de enfermo durante varias semanas, ni se arrepintió, ni se volvió bueno. Oh, no; robó todas las manzanas que quiso y descendió sano y salvo; se quedó esperando al cachorro, y cuando este lo atacó, le pegó un ladrillazo. Qué raro… nada así acontece en esos libros sentimentales, de lomos jaspeados e ilustraciones de hombres en levitas, sombrero de copa y pantalones muy cortos, y de mujeres con vestidos que tienen la cintura debajo de los brazos y que no se ponen aros en el miriñaque. Nada parecido a lo que sucede en los libros de las clases de religión.

Una vez le robó el cortaplumas al profesor, y temiendo ser descubierto y castigado, se lo metió en la gorra a George Wilson… el pobre hijo de la viuda Wilson, el niño sanote, el niñito bueno del pueblo, el que siempre obedecía a su madre, el que jamás decía una mentira, al que le encantaba estudiar y le fascinaban las clases de religión de los domingos. Y cuando se le cayó la navaja de la gorra, y el pobre George agachó la cabeza y se sonrojó, como sintiéndose culpable, y el maestro ofendido lo acusó del robo, y ya iba a dejar caer la vara de castigo sobre sus hombros temblorosos, no apareció de pronto un juez de paz de peluca blanca, para pasmo de todos, que dijera indignado:

–No castigue usted a este noble muchacho… ¡aquél es el solapado culpable!: pasaba yo junto a la puerta del colegio en el recreo, y aunque nadie me vio, yo sí fui testigo del robo.

Y, así, a Jim no lo reprendieron, ni el venerable juez les leyó un sermón a los compungidos colegiales, ni se llevó a George de la mano y dijo que tal muchacho merecía un premio, ni le pidió después que se fuera a vivir con él para que le barriera el despacho, le encendiera el fuego, hiciera sus recados, picara leña, estudiara leyes, le ayudara a su esposa con las labores hogareñas, empleara el resto del tiempo jugando, se ganara cuarenta centavos mensuales y fuera feliz. No; en los libros habría sucedido así, pero eso no le pasó a Jim. Ningún entrometido vejete de juez pasó ni armó un lío, de manera que George, el niño modelo, recibió su buena zurra y Jim se regocijó porque, como bien lo saben ustedes, detestaba a los muchachos sanos, y decía que este era un imbécil. Tal era el grosero lenguaje de este muchacho malo y negligente.

Pero lo más extraño que le sucediera jamás a Jim fue que un domingo salió en un bote y no se ahogó; y otra vez, atrapado en una tormenta cuando pescaba, también en domingo, no le cayó un rayo. Vaya, vaya; podría uno ponerse a buscar en todos los libros de moral, desde este momento hasta la próxima Navidad, y jamás hallaría algo así. Oh, no; descubriría que indefectiblemente cuanto muchacho malo sale a pasear en bote un domingo se ahoga; y a cuantos los atrapa una tempestad cuando pescan los domingos infaliblemente les cae un rayo. Los botes que llevan muchachos malos siempre se vuelcan en domingo, y siempre hay tormentas cuando los muchachos malos salen a pescar en sábado. No logro comprender cómo diablos se escapó este Jim. ¿Será que estaba hechizado? Sí… esa debe ser la razón.

La vida de Jim era encantadora, así de sencillo. Nada le hacía daño. Llegó al extremo de darle un taco de tabaco al elefante del zoológico y este no le tumbó la cabeza con la trompa. En la despensa buscó esencia de hierbabuena, y no se equivocó ni se tomó el ácido muriático. Robó el arma de su padre y salió a cazar el sábado, y no se voló tres o cuatro dedos. Se enojó y le pegó un puñetazo a su hermanita en la sien, y ella no quedó enferma, ni sufriendo durante muchos y muy largos días de verano, ni murió con tiernas palabras de perdón en los labios, que redoblaran la angustia del corazón roto del niño. Oh, no; la niña recuperó su salud.

Al cabo del tiempo, Jim escapó y se hizo a la mar, y al volver no se encontró solo y triste en este mundo porque todos sus seres amados reposaran ya en el cementerio, y el hogar de su juventud estuviera en decadencia, cubierto de hiedra y todo destartalado. Oh, no; volvió a casa borracho como una cuba y lo primero que le tocó hacer fue presentarse a la comisaría.

Con el paso del tiempo se hizo mayor y se casó, tuvo una familia numerosa; una noche los mató a todos con un hacha, y se volvió rico a punta de estafas y fraudes. Hoy en día es el canalla más pérfido de su pueblo natal, es universalmente respetado y es miembro del Concejo Municipal. Fácil es ver que en los libros de religión jamás hubo un James malo con tan buena estrella como la de este pecador de Jim con su vida encantadora.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

sábado, 17 de octubre de 2026

Una bella película

Guillaume Apollinaire

 

¿Sobre qué conciencia no pesa un crimen? –preguntó el barón d’Ormesan–. Por mi parte, ya no me tomo la molestia de contarlos. He cometido algunos que me produjeron dinero, y si hoy no soy millonario, debo culpar más bien a mis apetitos que a mis escrúpulos.

En 1901, en unión de unos amigos, fundé la Compañía Internacional Cinematographic, a la que para abreviar llamamos CIC. Nuestro propósito era producir una película de gran interés y pasarla luego en los cinematógrafos de las principales ciudades de Europa y América. Nuestro programa estaba bien trazado. Gracias a la indiscreción de uno de los domésticos, pudimos obtener una escena interesantísima que representaba al presidente de la República, en momentos en que se levantaba de la cama. Siguiendo idéntico procedimiento, también logramos la filmación del nacimiento del príncipe de Albania. En otra oportunidad, después de comprar a precio de oro la complicidad de algunos funcionarios del sultán, pudimos fijar para siempre la impresionante tragedia del gran visir Malek Pacha, quien, después de los desgarradores adioses a sus esposas e hijos, bebió, por orden de su amo y señor, el funesto café en la terraza de su residencia de Pera.

Solo nos faltaba la representación de un crimen. Pero, desdichadamente, no es fácil conocer con anticipación la hora de un atraco y es muy raro que los criminales actúen abiertamente.

Desesperando de lograr por medios lícitos el espectáculo de un atentado, decidimos organizarlo por nuestra cuenta en una casa que alquilamos en Auteuil a esos efectos. Primero habíamos pensado contratar actores para un simulacro de ese crimen que nos faltaba, pero, aparte de que con ello hubiéramos engañado a nuestros futuros espectadores al ofrecerles escenas falsas, habituados como estábamos a no cinematografiar más que la realidad, no podíamos satisfacernos con un simple juego teatral por perfecto que fuera. Llegamos así a la conclusión de echar suerte, para establecer quién de entre nosotros debía juramentarse y cometer el crimen que nuestra cámara registraría. Pero ésta fue una perspectiva ingrata para todos. Después de todo, éramos una sociedad constituida por personas de bien y nadie tomaba a broma eso de perder el honor ni aun por fines comerciales.

Una noche decidimos emboscarnos en la esquina de una calle desierta, muy cerca de la villa que alquiláramos. Éramos seis y todos íbamos armados con revólveres. Pasó una pareja: un hombre y una mujer jóvenes, cuya elegancia muy rebuscada nos pareció a propósito para acondicionar los elementos más interesantes de un crimen pasional. Silenciosos, nos abalanzamos sobre la pareja y amordazándolos los condujimos a la casa. Allí los dejamos bajo el cuidado de uno de nuestro grupo, volviendo a nuestra posición. Un señor de patillas blancas vestido con traje de noche apareció en la calle; salimos a su encuentro y lo arrastramos a la casa a pesar de su resistencia. El brillo de nuestros revólveres dio razón de su coraje y de sus gritos.

Nuestro fotógrafo preparó su cámara, iluminó la sala convenientemente y se aprestó a registrar el crimen. Cuatro de los nuestros se colocaron al lado del fotógrafo apuntando con las armas a los cautivos.

La joven pareja estaba todavía desvanecida. Los desvestí con atenciones conmovedoras: despojé a la muchacha de la falda y el corsé, dejando al joven en mangas de camisa. Dirigiéndome al señor de esmoquin, le dije:

–Señor: ni mis amigos ni yo deseamos a usted ningún mal. Pero le exigimos, bajo pena de muerte, que asesine, con este puñal que arrojo a sus pies, a este hombre y a esta mujer. Ante todo, usted tratará de que vuelvan de su desmayo; tenga cuidado que no lo estrangulen. Como están desarmados, no cabe la menor duda de que usted logrará su propósito.

–Señor –repuso cortésmente el futuro asesino– no tengo más remedio que ceder ante la violencia. Usted ha tomado todas las resoluciones y no deseo en lo más mínimo modificar una decisión cuyo motivo no se me aparece claramente; voy a pedirle una gracia, solo una: permítame cubrirme el rostro.

Nos consultamos y resolvimos que era mejor así, tanto para él como para nosotros. Coloqué sobre la cara del hombre un pañuelo en el que previamente habíamos abierto dos orificios en el lugar de los ojos, y el individuo comenzó su tarea.

Golpeó al joven en las manos. Nuestro aparato fotográfico empezó a funcionar, registrando esta lúgubre escena. Con el puñal dio unos puntazos en el brazo de su víctima. Ésta se puso rápidamente de pie, saltando, con una fuerza duplicada por el espanto, sobre la espalda de su agresor. La muchacha volvió en sí de su desvanecimiento y acudió en socorro de su amigo. Fue la primera en caer, herida en el corazón. Luego la escena se concentró en el joven, que se abatió de una herida en la garganta. El asesino hizo las cosas bien. El pañuelo que cubría su rostro no se había movido durante la lucha, y lo conservó puesto todo el tiempo que la cámara funcionó.

–¿Están ustedes conformes? –nos preguntó–. ¿Puedo ahora arreglarme un poco?

Lo felicitamos por su labor. Se lavó las manos, se peinó, cepillándose luego el traje. Inmediatamente, la cámara se detuvo.

 

(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)

 

La sabana

Ray Bradbury

 

1

–George, me gustaría que le echaras un vistazo al cuarto de juegos de los niños.

–¿Qué le pasa?

–No lo sé.

–¿Entonces?

–Solo quiero que le eches un vistazo, o que llames a un sicólogo para que se lo eche él.

–¿Y qué necesidad tiene de un sicólogo un cuarto de juegos?

–Lo sabes perfectamente –su mujer se detuvo en el centro de la cocina y contempló uno de los fogones, donde en ese momento hervía sopa para cuatro personas–. Solo es que ese cuarto ahora es diferente a como era antes.

–Muy bien, echémosle un vistazo.

Atravesaron el vestíbulo de su lujosa casa insonorizada, cuya instalación les había costado treinta mil dólares, una casa que los vestía y los alimentaba y los mecía para que se durmieran, y tocaba música y cantaba y era buena con ellos. Su aproximación activó un interruptor en alguna parte y la luz de la habitación de los niños parpadeó cuando llegaron a tres metros de ella. Simultáneamente, en el vestíbulo, las luces se apagaron con un automatismo suave.

–Bien –dijo George Hadley.

Se detuvieron en el suelo acolchado del cuarto de juegos de los niños. Tenía doce metros de ancho por diez de largo; además había costado tanto como la mitad del resto de la casa. “Pero nada es demasiado bueno para nuestros hijos”, había dicho George.

La habitación estaba en silencio y tan desierta como un claro de la selva un caluroso mediodía. Las paredes eran lisas y bidimensionales. En ese momento, mientras George y Lydia Hadley estaban quietos en el centro de la habitación, las paredes se pusieron a zumbar y a retroceder hacia una distancia cristalina, o eso parecía, y pronto apareció una sabana africana en tres dimensiones; por todas partes, en colores que reproducían hasta el último guijarro y brizna de paja. Por encima de ellos, el techo se convirtió en un cielo profundo con un ardiente sol amarillo.

George Hadley notó que la frente le empezaba a sudar.

–Vamos a quitarnos del sol –dijo–. Es demasiado real. Pero no veo que pase nada extraño.

–Espera un momento y verás dijo su mujer.

Los ocultos aromatizantes empezaron a emitir un viento aromatizado en dirección a las dos personas del centro de la achicharrante sabana africana. El intenso olor a paja, el aroma fresco de la charca oculta, el penetrante olor a moho de los animales, el olor a polvo en el aire ardiente. Y ahora los sonidos: el trote de las patas de lejanos antílopes en la hierba, el aleteo de los buitres. Una sombra recorrió el cielo y vaciló sobre la sudorosa cara que miraba hacia arriba de George Hadley.

–Unos bichos asquerosos –le oyó decir a su mujer.

–Los buitres.

–¿Ves? allí están los leones, a lo lejos, en aquella dirección. Ahora se dirigen a la charca. Han estado comiendo –dijo Lydia–. No sé qué.

–Algún animal –George Hadley alzó la mano para defender sus entrecerrados ojos de la luz ardiente–. Una cebra o una cría de jirafa, a lo mejor.

–¿Estás seguro? –la voz de su mujer sonó especialmente tensa.

–No, ya es un poco tarde para estar seguro –dijo él, divertido–. Allí lo único que puedo distinguir son unos huesos descarnados, y a los buitres dispuestos a caer sobre lo que queda.

–¿Oíste ese grito? –preguntó ella.

–No.

–¡Hace un momento!

–Lo siento, pero no.

Los leones se acercaban. Y George Hadley volvió a sentirse lleno de admiración hacia el genio mecánico que había concebido aquella habitación. Un milagro de la eficacia que vendían por un precio ridículamente bajo. Todas las casas deberían tener algo así. Claro, de vez en cuando te asustaba con su exactitud clínica, hacía que te sobresaltaras y te producía un estremecimiento, pero qué divertido era para todos en la mayoría de las ocasiones; y no solo para su hijo y su hija, sino para él mismo cuando sentía que daba un paseo por un país lejano, y después cambiaba rápidamente de escenario. Bien, ¡pues allí estaba!

Y allí estaban los leones, a unos metros, tan reales, tan febril y sobrecogedoramente reales que casi notabas su piel áspera en la mano, la boca se te quedaba llena del polvoriento olor a tapicería de sus pieles calientes, y su color amarillo permanecía dentro de tus ojos como el amarillo de los leones y de la hierba en verano, y el sonido de los enmarañados pulmones de los leones respirando en el silencioso calor del mediodía, y el olor a carne en el aliento, sus bocas goteando.

Los leones se quedaron mirando a George y Lydia Hadley con sus aterradores ojos verde-amarillentos.

–¡Cuidado! –gritó Lydia.

Los leones venían corriendo hacia ellos.

Lydia se dio la vuelta y echó a correr. George se lanzó tras ella. Fuera, en el vestíbulo, después de cerrar de un portazo, él se reía y ella lloraba y los dos se detuvieron horrorizados ante la reacción del otro.

–¡George!

–¡Lydia! ¡Oh, mi querida, mi dulce, mi pobre Lydia!

–¡Casi nos atrapan!

–Unas paredes, Lydia, acuérdate de ello; unas paredes de cristal, es lo único que son. Claro, parecen reales, lo reconozco… África en tu salón, pero solo es una película en color multidimensional de acción especial, supersensitiva, y una cinta cinematográfica mental detrás de las paredes de cristal. Solo son aromatizantes y acústica, Lydia. Toma mi pañuelo.

–Estoy asustada –Lydia se le acercó, pegó su cuerpo al de él y lloró sin parar–. ¿Viste? ¿Lo notaste? Es demasiado real.

–Vamos a ver, Lydia…

–Tienes que decirles a Wendy y Peter que no lean nada más sobre África.

–Claro que sí… claro que sí –le dio unos golpecitos con la mano.

–¿Lo prometes?

–Desde luego.

–Y mantén cerrada con llave esa habitación durante unos días hasta que consiga que se me calmen los nervios.

–Ya sabes lo difícil que se pone Peter con eso. Cuando lo castigué hace un mes a tener unas horas cerrada con llave esa habitación… ¡menuda rabieta hizo! Y Wendy lo mismo. Viven para esa habitación.

–Hay que cerrarla con llave, eso es todo lo que hay que hacer.

–Muy bien –de mala gana, George Hadley cerró con llave la enorme puerta–. Has estado trabajando intensamente. Necesitas un descanso.

–No sé… no sé –dijo ella, sonándose la nariz y sentándose en una butaca que inmediatamente empezó a mecerse para tranquilizarla–. A lo mejor tengo pocas cosas que hacer. Puede que tenga demasiado tiempo para pensar. ¿Por qué no cerramos la casa durante unos cuantos días y nos vamos de vacaciones?

–¿Te refieres a que vas a tener que freír tú los huevos?

–Sí –Lydia asintió con la cabeza.

–¿Y zurcirme los calcetines?

–Sí –un frenético asentimiento y unos ojos que se humedecían.

–¿Y barrer la casa?

–¡Sí, sí… claro que sí!

–Pero yo creía que por eso habíamos comprado esta casa, para que no tuviéramos que hacer ninguna de esas cosas.

–Justamente es eso. No siento como si ésta fuera mi casa. Ahora la casa es la esposa y la madre y la niñera. ¿Cómo podría competir yo con una sabana africana? ¿Es que puedo bañar a los niños y restregarles de modo tan eficiente o rápido como el baño que restriega automáticamente? Es imposible. Y no solo me pasa a mí. También a ti. Últimamente has estado terriblemente nervioso.

–Supongo que porque he fumado en exceso.

–Tienes aspecto de que tampoco tú sabes qué hacer contigo mismo en esta casa. Fumas un poco más por la mañana y bebes un poco más por la tarde y necesitas unos cuantos sedantes más por la noche. También estás empezando a sentirte innecesario.

–¿Y no lo soy? –hizo una pausa y trató de notar lo que de verdad sentía interiormente.

–¡Oh, George! –Lydia lanzo una mirada más allá de él, a la puerta del cuarto de jugar de los niños–. Esos leones no pueden salir de ahí, ¿verdad que no pueden?

Él miró la puerta y vio que temblaba como si algo hubiera saltado contra ella por el otro lado.

–Claro que no –dijo.

 

2

Cenaron solos porque Wendy y Peter estaban en un carnaval plástico en el otro extremo de la ciudad y habían televisado a casa para decir que se iban a retrasar, que empezaran a cenar. Así que George Hadley se sentó abstraído viendo que la mesa del comedor producía platos calientes de comida desde su interior mecánico.

–Olvidamos el cátsup –dijo.

–Lo siento –dijo una vocecita del interior de la mesa, y apareció el cátsup.

En cuanto a la habitación, pensó George Hadley, a sus hijos no les haría ningún daño que estuviera cerrada con llave un tiempo. Un exceso de algo a nadie le sienta nunca bien. Y quedaba claro que los chicos habían pasado un tiempo excesivo en África. Aquel sol. Todavía lo notaba en el cuello como una garra caliente. Y los leones. Y el olor a sangre. Era notable el modo en que aquella habitación captaba las emanaciones telepáticas de las mentes de los niños y creaba una vida que colmaba todos sus deseos. Los niños pensaban en leones, y aparecían leones. Los niños pensaban en cebras, y aparecían cebras. Sol… sol. Jirafas… jirafas. Muerte y muerte.

Aquello no se iba. Masticó sin saborearla la carne que les había preparado la mesa. La idea de la muerte. Eran terriblemente jóvenes, Wendy y Peter, para tener ideas sobre la muerte. No, la verdad, nunca se era demasiado joven. Uno les deseaba la muerte a otros seres mucho antes de saber lo que era la muerte. Cuando tenías dos años y andabas disparando a la gente con pistolas de juguete.

Pero aquello: la extensa y ardiente sabana africana, la espantosa muerte en las fauces de un león… y repetido una y otra vez.

–¿Adónde vas?

No respondió a Lydia. Preocupado, dejó que las luces se fueran encendiendo delante de él y apagando a sus espaldas según caminaba hasta la puerta del cuarto de jugar de los niños. Pegó la oreja y escuchó. A lo lejos rugió un león.

Hizo girar la llave y abrió la puerta. Justo antes de entrar oyó un chillido lejano. Y luego otro rugido de los leones, que se apagó rápidamente.

Entró en África. Cuántas veces había abierto aquella puerta durante el último año encontrándose en el País de las Maravillas, con Alicia y la Tortuga Artificial, o con Aladino y su lámpara maravillosa, o con Jack Cabeza de Calabaza del País de Oz, o el doctor Doolittle, o con la vaca saltando una luna de aspecto muy real –todas las deliciosas manifestaciones de un mundo simulado–. Había visto muy a menudo pegasos volando por el cielo del techo, o cataratas de fuegos artificiales auténticos u oído voces de ángeles cantar. Pero ahora, aquella ardiente África, aquel horno con la muerte en su calor.

Puede que Lydia tuviera razón. A lo mejor necesitaban unas pequeñas vacaciones, alejarse de la fantasía que se había vuelto excesivamente real para unos niños de diez años. Estaba muy bien ejercitar la propia mente con la gimnasia de la fantasía, pero cuando la activa mente de un niño establecía un modelo… ahora le parecía que, a lo lejos, durante el mes anterior, había oído rugidos de leones y sentido su fuerte olor, que llegaba incluso hasta la puerta de su estudio. Pero, al estar ocupado, no había prestado atención.

George Hadley se mantenía quieto y solo en el mar de hierba africano. Los leones alzaron la vista de su alimento, observándolo. El único defecto de la ilusión era la puerta abierta por la que podía ver a su mujer, al fondo, pasado el vestíbulo, a oscuras, como cuadro enmarcado, cenando distraídamente.

–¡Largo! –les dijo a los leones.

No se fueron.

Conocía exactamente el funcionamiento de la habitación. Emitías tus pensamientos. Y aparecía lo que pensabas.

–Que aparezcan Aladino y su lámpara maravillosa –dijo chasqueando los dedos.

La sabana siguió allí; los leones siguieron allí.

–¡Venga, habitación! ¡Que aparezca Aladino! –repitió.

No pasó nada. Los leones refunfuñaron dentro de sus pieles recocidas.

–¡Aladino!

Volvió al comedor.

–Esa estúpida habitación está averiada –dijo–. No funciona.

–O…

–¿O qué?

–O no puede funcionar –dijo Lydia–, porque los niños han pensado en África y leones y muerte tantos días que la habitación es víctima de la rutina.

–Podría ser.

–O que Peter la haya conectado para que siga siempre así.

–¿Conectado?

–Puede que haya manipulado la maquinaria, tocado algo.

–Peter no conoce la maquinaria.

–Es un chico listo para sus diez años. Su coeficiente de inteligencia es…

–A pesar de eso…

–Hola, mamá. Hola, papá.

Los niños habían vuelto. Wendy y Peter entraron por la puerta principal, con las mejillas como caramelos de menta y los ojos como brillantes piedras de ágata azul. Sus monos de salto despedían un olor a ozono después de su viaje en helicóptero.

–Llegan a tiempo para cenar –dijeron los padres.

–Nos hemos atiborrado de helado de fresa y de hot-dogs –dijeron los niños, cogidos de la mano–. Pero nos sentaremos un rato y miraremos.

–Sí, vamos a hablar de su cuarto de juegos –dijo George Hadley.

Ambos hermanos parpadearon y luego se miraron uno al otro.

–¿El cuarto de juegos?

–De lo de África y de todo lo demás –dijo el padre con una falsa jovialidad.

–No te entiendo –dijo Peter.

–Su madre y yo hemos estado viajando por África; Tom Swift y su león eléctrico –explicó George Hadley.

–En el cuarto no hay nada de África –dijo sencillamente Peter.

–Oh, vamos, Peter. Lo sabemos perfectamente.

–No me acuerdo de nada de África –le comentó Peter a Wendy–. ¿Y tú?

–No.

–Vayan corriendo a ver y vuelvan a contárnoslo.

La niña obedeció.

–Wendy, ¡vuelve aquí! –dijo George Hadley, pero la niña ya se había ido. Las luces de la casa la siguieron como una bandada de luciérnagas. Demasiado tarde, George Hadley se dio cuenta de que había olvidado cerrar con llave la puerta después de su última inspección.

–Wendy mirará y vendrá a contárnoslo –dijo Peter.

–Ella no me tiene que contar nada. Yo mismo lo he visto.

–Estoy seguro de que te equivocaste, padre.

–No me equivoqué, Peter. Vamos

Pero Wendy volvía ya.

–No es África –dijo sin aliento.

–Ya lo veremos –comentó George Hadley, y todos cruzaron el vestíbulo juntos y abrieron la puerta de la habitación.

Había un bosque verde, un río encantador, una montaña púrpura, cantos de voces agudas, y Rima acechando entre los árboles. Mariposas de muchos colores volaban, igual que ramos de flores animados, en torno a su largo cabello. La sabana africana había desaparecido. Los leones habían desaparecido. Ahora solo estaba Rima, entonando una canción tan hermosa que llenaba los ojos de lágrimas.

George Hadley contempló la escena que había cambiado.

–Vayan a la cama –les dijo a los niños.

Estos abrieron la boca.

–Ya me oyeron –dijo su padre.

Salieron a la toma de aire, donde un viento los empujó como hojas secas hasta sus dormitorios.

George Hadley anduvo por el sonoro claro y agarró algo que yacía en un rincón cerca de donde habían estado los leones. Volvió caminando lentamente hasta su mujer.

–¿Qué es eso? –preguntó ella.

–Una vieja cartera mía –dijo él.

Se la enseñó. Olía a hierba caliente y a león. Había gotas de saliva en ella: la habían mordido, y tenía manchas de sangre en los dos lados.

Cerró la puerta de la habitación y echó la llave.

En plena noche todavía seguía despierto, y se dio cuenta de que su mujer lo estaba también.

–¿Crees que Wendy la habrá cambiado? –preguntó ella, por fin, en la habitación a oscuras.

–Naturalmente.

–¿Ha cambiado la sabana africana en un bosque y ha puesto a Rima allí en lugar de los leones?

–Sí.

–¿Por qué?

–No lo sé. Pero seguirá cerrada con llave hasta que lo averigüe.

–¿Cómo ha llegado allí tu cartera?

–Yo no sé nada –dijo él–, a no ser que estoy empezando a lamentar que hayamos comprado esa habitación para los niños. Si los niños son neuróticos, una habitación como ésa…

–Se suponía que les iba a ayudar a librarse de sus neurosis de un modo sano.

–Es lo que me estoy empezando a preguntar –George Hadley clavó la vista en el techo.

–Les hemos dado a los niños todo lo que quieren. Y ésta es nuestra recompensa… ¡Secretos, desobediencia!

–¿Quién fue el que dijo que los niños son como alfombras a las que hay que sacudir de vez en cuando? Nunca les levantamos la mano. Son insoportables… admitámoslo. Van y vienen según les apetece; nos tratan como si los hijos fuéramos nosotros. Están echados a perder y nosotros estamos echados a perder también.

–Llevan comportándose de un modo raro desde que hace unos meses les prohibiste ir a Nueva York en cohete.

–No son lo suficientemente mayores para ir solos. Se lo expliqué.

–Da igual. Me he fijado que desde entonces se han mostrado claramente fríos con nosotros.

–Creo que deberíamos hacer que mañana viniera David McClean para que le echara un ojo a África.

Unos momentos después, oyeron los gritos.

Dos gritos. Dos personas que gritaban en el piso de abajo. Y luego, rugidos de leones.

–Wendy y Peter no están en sus dormitorios –dijo su mujer.

Siguió tumbado en la cama con el corazón latiéndole con fuerza.

–No –dijo él–. Entraron al cuarto de juegos.

–Esos gritos… suenan a conocidos.

–¿De verdad?

–Sí, muchísimo.

Y aunque sus camas se esforzaron a fondo, los dos adultos no consiguieron sumirse en el sueño durante otra hora más. Un olor a felino llenaba el aire nocturno.

 

3

–¿Padre? –dijo Peter.

–¿Qué?

Peter se observó los zapatos. Ya no miraba nunca a su padre, ni a su madre.

–Vas a cerrar con llave la habitación para siempre, ¿verdad?

–Eso depende.

–¿De qué? –soltó Peter.

–De ti y de tu hermana. De que mezclen África con otras cosas… con Suecia, tal vez, o Dinamarca o China…

–Yo creía que teníamos libertad para jugar a lo que quisiéramos.

–La tienen, con unos límites razonables.

–¿Qué pasa de malo con África, padre?

–Vaya, de modo que ahora admites que has estado haciendo que aparezca África, ¿es así?

–No quiero que el cuarto de juegos esté cerrado con llave –dijo fríamente Peter–. Nunca.

–En realidad estamos pensando en pasar un mes fuera de casa. Libres de esta especie de existencia despreocupada.

–¡Eso sería espantoso! ¿Tendría que atarme los cordones de los zapatos yo en lugar de dejar que me los ate el atador? ¿Y lavarme los dientes y peinarme y bañarme?

–Sería divertido un pequeño cambio, ¿no crees?

–No, sería horripilante. No me gustó que quitaras el pintador de cuadros el mes pasado.

–Es porque quería que aprendieras a pintar por ti mismo, hijo.

–Yo no quiero hacer nada excepto mirar y oír y oler. ¿Qué otra cosa se puede hacer?

–Muy bien, vete a jugar a África.

–¿Cerrarás la casa pronto?

–Lo estamos pensando.

–Creo que será mejor que no lo piensen más, padre.

–¡No voy a consentir que me amenace mi propio hijo!

–Muy bien –y Peter entró al cuarto de juegos.

 

4

–¿Llego a tiempo? –dijo David McClean.

–¿Quieres desayunar? –preguntó George Hadley.

–Gracias, tomaré algo. ¿Cuál es el problema?

–David, tú eres sicólogo.

–Eso espero.

–Bien, pues entonces échale una mirada al cuarto de juegos de nuestros hijos. Ya lo viste hace un año cuando viniste por aquí. ¿Entonces no notaste nada especial en esa habitación?

–No podría decir que lo notara: la violencia habitual, cierta tendencia hacia una ligera paranoia acá y allá, lo normal en niños que se sienten perseguidos constantemente por sus padres; pero, bueno, de hecho nada.

Cruzaron el vestíbulo.

–Cerré la habitación con llave –explico el padre–, y los niños entraron a ella por la noche. Dejé que estuvieran dentro para que pudieran formar los modelos y así tú los pudieras ver.

De la habitación salían gritos terribles.

–Ahí lo tienes –dijo George Hadley–. Veamos lo que consigues.

Entraron sin llamar.

–Salgan un momento, chicos –dijo George Hadley–. No, no cambien la combinación mental. Dejen las paredes como están.

Con los niños fuera, los dos hombres se quedaron quietos examinando a los leones agrupados a lo lejos que comían con deleite lo que habían cazado.

–Me gustaría saber de qué se trata –dijo George Hadley–. A veces casi lo consigo ver. ¿Crees que si trajera unos binoculares potentes y…?

David McClean se rio.

–Difícilmente –volteó para examinar las cuatro paredes–. ¿Cuánto hace que pasa esto?

–Algo más de un mes.

–La verdad es que no me causa ninguna buena impresión.

–Yo quiero hechos, no impresiones.

–Mira, George querido, un sicólogo nunca ve un hecho en toda su vida. Solo presta atención a las impresiones, a cosas vagas. Esto no me causa buena impresión, te lo repito. Confía en mis corazonadas y mi intuición. Me huelo las cosas malas. Y ésta es muy mala. Mi consejo es que desmontes esta maldita cosa y lleves a tus hijos a que me vean todos los días para someterlos a tratamiento durante un año entero.

–¿Es tan mala?

–Me temo que sí. Uno de los usos originales de estas habitaciones era que pudiéramos estudiar los modelos que dejaba la mente del niño en las paredes, y de ese modo estudiarlos con toda comodidad y ayudar al niño. En este caso, sin embargo, la habitación se ha convertido en un canal hacia… ideas destructivas, en lugar de una liberación de ellas.

–¿Ya has notado esto con anterioridad?

–Lo único que he notado es que has echado a perder a tus hijos más que la mayoría. Y ahora los has degradado de algún modo. ¿De qué modo?

–No les dejé que fueran a Nueva York.

–¿Y qué más?

–He quitado algunos de los aparatos de la casa y los amenacé, hace un mes, con cerrar el cuarto de juegos si no hacían las tareas de la escuela. Lo tuve cerrado unos cuantos días para que aprendieran.

–Vaya, vaya.

–¿Significa algo eso?

–Todo. Donde antes tenían a un Santa Clos, ahora tienen a un ogro. Los niños prefieren a Santa Clos. Dejaste que esta casa los reemplazara a ti y a tu mujer en el afecto de sus hijos. Esta habitación es su madre y su padre, y es mucho más importante en sus vidas que sus padres auténticos. Y ahora vas y la quieres cerrar. No me extraña que aquí haya odio. Se nota que brota del cielo. Se nota en ese sol. George, tienes que cambiar de vida. Lo mismo que otros muchos, la has construido en torno a las comodidades. Mañana te morirías de hambre si en la cocina funcionara algo mal. Deberías saber romper un huevo. Sin embargo, desconéctalo todo. Empieza de nuevo. Llevará tiempo. Pero conseguiremos obtener unos niños buenos a partir de los malos dentro de un año. Espera y verás.

–Pero ¿no será un choque excesivo para los niños cerrar la habitación bruscamente, para siempre?

–Lo que yo no quiero es que profundicen más en esto, eso es todo.

Los leones estaban terminando su festín rojo.

Los leones se mantenían al borde del claro observando a los dos hombres.

–Ahora estoy sintiendo que me persiguen –dijo McClean–. Salgamos de aquí. Nunca me gustaron estas malditas habitaciones. Me ponen nervioso.

–Los leones no son reales, ¿verdad? –dijo George Hadley–. Supongo que no habrá ningún modo de…

–¿De qué?

–…¡De que se vuelvan reales!

–No, que yo sepa.

–¿Algún fallo en la maquinaria, una avería o algo?

–No.

Se dirigieron a la puerta.

–No creo que a la habitación le guste que la desconecten –dijo el padre.

–A nadie le gusta morir… ni siquiera a una habitación.

–Me pregunto si me odia por querer desconectarla.

–La paranoia abunda por aquí hoy –dijo David McClean–. Puedes utilizar esto como pista. Mira –se agachó y recogió un pañuelo de cuello ensangrentado–. ¿Es tuyo?

–No –la cara de George Hadley estaba rígida–. Pertenece a Lydia.

Fueron juntos a la caja de fusibles y quitaron el que desconectaba el cuarto de juegos.

Los dos niños estaban histéricos. Gritaban y pataleaban y tiraban cosas. Aullaban y sollozaban y soltaban groserías y brincaban encima de los muebles.

–¡No le puedes hacer eso al cuarto de juegos, no puedes!

–Vamos a ver, niños.

Los niños se arrojaron a un sofá, llorando.

–George –dijo Lydia Hadley–, vuelve a conectarla, solo unos momentos. No puedes ser tan brusco.

–No.

–No seas tan cruel.

–Lydia, está desconectada y seguirá desconectada. Y toda la maldita casa morirá dentro de poco. Cuanto más veo el lío que nos ha originado, más enfermo me pone. Llevamos contemplándonos los ombligos electrónicos, mecánicos, demasiado tiempo. ¡Dios santo, cuánto necesitamos una ráfaga de aire puro!

Y se puso a recorrer la casa desconectando los relojes parlantes, los fogones, la calefacción, los limpiazapatos, los restregadores de cuerpo y las fregonas y los masajeadores y todos los demás aparatos a los que pudo echar mano.

La casa estaba llena de cuerpos muertos, o eso parecía. Daba la sensación de un cementerio mecánico. Tan silenciosa. Ninguna de la oculta energía de los aparatos zumbaba a la espera de funcionar cuando apretaran un botón.

–¡No los dejes hacerlo! –gritó Peter al techo, como si hablara con la casa, con el cuarto de jugar–. No dejes que mi padre lo mate todo –volteó hacia su padre–. ¡Te odio!

–Los insultos no te van a servir de nada.

–¡Quisiera que estuvieras muerto!

–Ya lo estamos, desde hace mucho. Ahora vamos a empezar a vivir de verdad. En lugar de que nos manejen y nos den masajes, vamos a vivir.

Wendy todavía seguía llorando y Peter se unió a ella.

–Solo un momento, solo un momento, solo otro momento en el cuarto de juegos –gritaban.

–Oh, George –dijo la mujer–. No les hará daño.

–Muy bien… muy bien, siempre que se callen. Un minuto, ténganlo en cuenta, y luego, desconectada para siempre.

–Papá, papá, papá –dijeron alegres los chicos, sonriendo con la cara llena de lágrimas.

–Y luego nos iremos de vacaciones. David McClean volverá dentro de media hora para ayudarnos a recoger las cosas y llevarnos al aeropuerto. Me voy a vestir. Conecta la habitación durante un minuto. Lydia, solo un minuto, tenlo en cuenta.

Y los tres se pusieron a parlotear mientras él dejaba que el tubo de aire lo aspirara al piso de arriba y empezaba a vestirse por sí mismo. Un minuto después, apareció Lydia.

–Me sentiré muy contenta cuando nos vayamos –dijo suspirando.

–¿Los dejaste en el cuarto?

–También yo me quería vestir. Oh, esa espantosa África. ¿Qué le pueden encontrar?

–Bueno, dentro de cinco minutos o así estaremos camino de Iowa. Señor, ¿cómo se nos ocurrió tener esta casa? ¿Qué nos impulsó a comprar una pesadilla?

–El orgullo, el dinero, la estupidez.

–Creo que será mejor que baje antes de que esos niños vuelvan a entusiasmarse con esas malditas fieras.

Precisamente entonces oyeron que llamaban los niños.

–Papá, mamá, vengan enseguida… ¡enseguida!

Bajaron al otro piso por el tubo de aire y atravesaron corriendo el vestíbulo. Los niños no estaban a la vista.

–¿Wendy? ¿Peter?

Corrieron al cuarto de juegos. En la sabana africana no había nadie a no ser los leones, que los miraban.

–¿Peter, Wendy?

La puerta se cerró dando un portazo.

–¡Wendy, Peter!

George Hadley y su mujer dieron la vuelta y corrieron a la puerta.

–¡Abran esta puerta! –Gritó George Hadley, tratando de hacer girar el picaporte–. ¡Cerraron por fuera! ¡Peter! –Golpeó la puerta–. ¡Abre!

Oyó la voz de Peter afuera, pegada a la puerta.

–No los dejen desconectar la habitación y la casa –estaba diciendo.

George Hadley y su mujer daban golpes en la puerta.

–No sean absurdos, niños. Es hora de irse. El señor McClean llegará en un momento y…

Y entonces oyeron los sonidos.

Los leones los rodeaban por tres lados. Avanzaban por la hierba amarilla de la sabana, olisqueando y rugiendo.

Los leones.

George Hadley miró a su mujer y los dos se dieron la vuelta y volvieron a mirar a las fieras que avanzaban lentamente, encogiéndose, con el rabo tieso.

George Hadley y su mujer gritaron.

Y de repente se dieron cuenta del motivo por el que aquellos gritos anteriores les habían sonado tan conocidos.

 

5

–Muy bien, aquí estoy –dijo David McClean a la puerta del cuarto de juegos–. Oh, hola –miró fijamente a los niños, que estaban sentados en el centro del claro merendando. Más allá de ellos estaban la charca y la sabana amarilla; por encima había un sol abrasador. Empezó a sudar–. ¿Dónde están sus papás?

Los niños alzaron la vista y sonrieron.

–Oh, estarán aquí enseguida.

–Bien, porque nos tenemos que ir –a lo lejos McClean distinguió a los leones peleándose. Luego vio cómo se tranquilizaban y se ponían a comer en silencio, a la sombra de los árboles.

Los observó con la mano encima de los ojos entrecerrados.

Ahora los leones habían terminado de comer. Se acercaron a la charca para beber.

Una sombra parpadeó por encima de la ardiente cara de McClean. Parpadearon muchas sombras. Los buitres bajaban del cielo abrasador.

–¿Una taza de té? –preguntó Wendy en medio del silencio.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)