Juan José Saer
a Hugo Santiago
Un domingo de noviembre, a eso de las tres de la tarde
(allá en la ciudad debían ser más o menos las once de la mañana) Pichón recibió
una llamada de Tomatis. Mientras se dirigía hacia el teléfono, ya que cuando empezó
a sonar se estaba preparando un café en la cocina, iba pensando “Como es domingo,
por la hora debe ser Tomatis”. Desde luego que no lo pensaba en esos términos, con
palabras, sino con esa manera peculiar que tienen de presentarse a la mente ciertos
pensamientos, prescindiendo de palabras justamente, y aun de imágenes, con una evidencia
inmaterial y fugaz pero clara sin embargo, precisa y brillante: “Por la hora, debe
ser Tomatis”. Y era él, desde luego.
Es verdad que Tomatis había establecido
la costumbre de llamarlo desde allá ciertos domingos, una vez por mes o cada cinco
o seis semanas y que él, Pichón, hacía más o menos lo mismo, con una periodicidad
semejante, así que hablaban por teléfono quince o veinte veces por año. Al principio
o al final de la conversación, el estado del tiempo siempre ocupaba treinta segundos,
un minuto, o más incluso si algún fenómeno meteorológico merecía un comentario detallado.
El resto eran chismes, noticias o comentarios de actualidad, invitaciones y promesas
de viajes, frases ingeniosas, bromas, y, de tanto en tanto, hasta discusiones literarias
o filosóficas.
Esa mañana de noviembre, Tomatis
pretendía estar en la terraza, a la sombra de un toldo, donde corría un aire fresquito
según él, frescura amable de una mañana de primavera que calificó varias veces de
“deliciosa”: cielo azul, ni una sola nube hasta el horizonte, sol bastante alto
ya pero todavía soportable. ¿Y a que no sabía qué estaba haciendo? Mil contra uno
que Pichón no adivinaba; ni más ni menos que disponiéndose a prender dentro de poco
el fuego y a tirar un pedazo de carne y unas achuras sobre la parrilla. Pero por
ahora se ha puesto bajo el toldo para protegerse y refrescarse un poco, porque ha
estado tomando sol, desnudo como es su costumbre, desde las nueve y media.
Pichón lo escucha con una sonrisa
escéptica y complacida a la vez, parado todavía al lado del escritorio, la mirada
que errabundea más allá de los vidrios de la ventana, sin ver a decir verdad ni
los árboles desnudos ni las fachadas parduzcas de los edificios en la vereda de
enfrente, ni el aire triste y sombrío que destella en la llovizna helada. Desde
que conoce a Tomatis, algo más de treinta años ya, un hábito de incredulidad lo
mantiene alerta ante muchas de sus afirmaciones, no porque Tomatis diga mentiras,
sino porque a veces, en la forma irónica y elíptica, falsamente directa, que tiene
de expresarse, ejerce ya sin darse cuenta un estilo paródico del que es manifiesto
por lo menos un rasgo común con el hermetismo: la total indiferencia por la capacidad
de su interlocutor para captar sus alusiones y aún hasta el mecanismo de su retórica.
Pero por más que dude, la fuerza de las palabras, aun llegando desde tan lejos,
obtiene el efecto buscado, ya que, mezclándose al escepticismo, la imaginación de
Pichón elabora una imagen placentera, proyectándose en ella como lo haría con cualquier
otra ficción y, al tiempo que se sienta en el sillón del escritorio, “ve” la mañana
luminosa de primavera, el toldo de lona verde que imprime sobre las baldosas rojas
de la terraza una sombra benévola y a Tomatis, después de haberse cocinado un rato
al sol enteramente desnudo, secándose de su propio sudor al aire fresco, con un
vaso de agua en una mano, el teléfono contra el oído y la mirada sonriente y vivaz
paseándose a su alrededor mientras habla.
Según Tomatis, el tono de cuya voz
expresa más jovialidad que de costumbre, una novedad sensacional ha motivado esta
vez la llamada: han encontrado, él y Soldi, y, oyéndolo, Pichón descarta la pertinencia
de ese plural atribuyendo a Soldi solo el supuesto descubrimiento, ya que le resulta
imposible imaginarse a Tomatis hurgando en bibliotecas, en desvanes y en archivos,
con el fin de traer a la superficie de la esfera pública algún escrito raro o algún
documento revelador, han encontrado, él y Soldi, otro texto de ficción que, todo
parece indicarlo, ha sido también escrito por el autor de la novela de ochocientas
quince páginas que estaba entre los papeles de Washington, el dactilograma titulado
En las tiendas griegas, que Pichón ha tenido la oportunidad de examinar brevemente,
durante su último viaje a la ciudad, un par de años antes. Según Tomatis, se trata
de un texto no muy largo, de unas veinte páginas más o menos, sin título ni nombre
de autor, pero que proviene de la misma máquina de escribir en la que fue pasada
en limpio la novela, en un papel del mismo formato y de la misma calidad, un poco
amarillo en los bordes, y sobre todo con un trazo horizontal casi marrón en medio
de la primera hoja, porque el texto estaba doblado en dos y olvidado entre las páginas
de un libro. Soldi se había topado con él (en esta parte de la conversación el plural
desaparece) haciendo el inventario de los libros políticos en la biblioteca de Washington.
El ruido de los primeros borbotones
de la cafetera llega desde la cocina, y Pichón percibe el olor del café que se expande
por el aire caldeado del departamento. Pero si sus sentidos se ocupan en captar
los estímulos que los excitan en el aura rugosa y bien real del presente, su imaginación
se pasea por la terraza roja y soleada, por la mañana, según Tomatis, “deliciosa”
de noviembre, y su atención se concentra en las palabras que, a pesar de la distancia
desde la que le llegan y del timbre vagamente artificial con que resuenan, como
si hubiesen sido descompuestas en sus elementos más simples y vueltas a recomponer
sin haber logrado restituirles el sonido humano, haciéndoles perder la inmediatez
familiar al transportarlas de un hemisferio al otro a través del espacio lleno de
turbulencias magnéticas, interesándose por ellas en su mera calidad de materia sonora,
subyugan a la vez su curiosidad y su inteligencia.
Durante las consideraciones preliminares,
antes de resumirle el texto propiamente dicho, Tomatis cree necesario hacerle notar
que puede tratarse de un fragmento descartado de la novela, ya que también transcurre
durante la guerra de Troya, y los personajes son los dos soldados, uno viejo y uno
joven, que montan guardia ante la tienda de Agamenón, y que ya en la novela eran
los personajes principales, o en todo caso aquellos a partir de los cuales se fijaba
el punto de vista de los acontecimientos. A menos, dice Tomatis, que en lugar de
tratarse de un fragmento de la novela, sea un texto independiente, tributario del
cuerpo principal, y que haya varios del mismo tipo dispersos en las bibliotecas
de la ciudad, olvidados también entre las páginas de algún libro, de algún legajo,
o sepultados en algún arca o cajón, bajo recortes de diarios, de documentos caducos,
de fotografías en blanco y negro con los bordes dentados, ajadas y amarillentas,
y de capas y capas de polvo fino y grisáceo. Si se trata de un texto independiente,
el hecho de que intervengan los mismos personajes, dice más o menos Tomatis, hace
que su autonomía sea relativa, y que la novela siga constituyendo la referencia
principal, así que ese texto breve y otros que eventualmente pudiesen existir y
fuesen apareciendo, formarían no una saga, para lo cual es necesario que entre los
diferentes textos haya una relación cronológica lineal, sino más bien un ciclo,
es decir, dice Tomatis con una pizca de pedantería más teatral que verdadera, un
conjunto del que van desprendiéndose nuevas historias contra el fondo de cierta
inmovilidad general.
Sombra tenue del toldo verde sobre
las baldosas coloradas; Tomatis, sin afeitar todavía, en calzoncillos probablemente,
sentado en el sillón con el teléfono portátil contra el oído y un vaso de agua en
la mano libre; el sol que destella arriba, subiendo hacia el cenit, en un cielo
de un azul profundo, sin una sola nube en todo el horizonte visible; mañana “deliciosa”
de primavera según Tomatis: con una sonrisa blanda y expectante, Pichón escucha
sentado ante el escritorio, la cara vuelta hacia la ventana sin ver, a través de
los vidrios, los árboles desnudos, ennegrecidos por el fulgor glacial de la llovizna.
“El soldado viejo y el soldado joven, que aparecen en la novela”, está diciendo
Tomatis, pero Pichón no se acuerda bien de ellos, porque él la novela no la ha leído,
y no ha tenido de ella más que un resumen oral que le ha hecho Soldi durante un
paseo en lancha que hicieron una tarde, de vuelta de la casa de Washington en Rincón
Norte, a donde habían ido justamente a echarle una ojeada al dactilograma de ochocientas
quince páginas, del que se ignora la fecha exacta en que fue escrito, e inclusive
el nombre del autor.
Y la voz de Tomatis, ligeramente
modificada por las turbulencias electromagnéticas, le comenta: otra vez, como en
la novela, los dos soldados conversan. Para el joven, la que está entre los muros
de Troya, no puede ser la verdadera Helena. Jamás según él una esposa griega abandonaría
a su marido griego por un extranjero. El soldado viejo pretende no tener ninguna
opinión personal sobre el asunto, pero el texto según Tomatis deja entrever, lo
que por otra parte el soldado joven capta casi sin darse cuenta, que el soldado
viejo prefiere abstenerse de expresar en voz alta lo que piensa realmente, a saber
que de una mujer, griega, troyana o egipcia o lo que fuese deben esperarse siempre
las reacciones más imprevisibles. El soldado joven insiste: es posible, pero Helena,
la más hermosa y casta de las mujeres constituye en forma evidente una excepción
y además, de muy buena fuente él sabe que esta Helena que Paris trajo a Troya, no
es más que un simulacro, un espejismo que un rey hechicero, horrorizado por el secuestro
de la reina, fraguó en Egipto para engañar al seductor y preservar la castidad de
Helena, hasta tener la ocasión de devolvérsela sana y salva a su esposo Menelao.
El soldado viejo sigue escéptico, pero se abstiene de objetar que, en las semanas
que duró el viaje de Esparta a Egipto, si fuese cierta la castidad de Helena, a
Paris le sobró tiempo para dar cuenta de ella, y el otro, adivinando la objeción
ya que él mismo no puede dejar de formulársela en su fuero interno, se aferra al
argumento principal: la Helena que los griegos han venido a buscar a Troya para
restituir el honor de Esparta y de Menelao, no es la verdadera Helena sino un simulacro
fraguado por un rey hechicero, un tal Proteo, que le dio a la pareja hospitalidad
en Egipto. Los años han fortificado la incredulidad del soldado viejo: ni una vez
sola, en su larga vida, lo invisible ha dejado de ser lo que es, es decir la transparencia
vacía del aire y del cielo, y lo visible, la presencia rugosa de la piedra, del
árbol ondulante y mudo, del agua fresca y turbulenta, del firmamento incomprensible.
Ni una sola vez el más oscuro de los dioses consideró que valiese la pena manifestarse
para él, y del trabajo de adivinos y hechiceros nunca pensó que se tratara de otra
cosa que una manera de autorizar, con el pretexto de la magia y de los oráculos,
y del pretendido comercio con las fuerzas que rigen el destino, el capricho a menudo
sanguinario de los poderosos. El soldado joven, sin desplegar más esfuerzos para
hacerle aceptar sus argumentos, promete aportar la prueba de sus afirmaciones: la
muy buena fuente que le ha suministrado la información acerca de la imagen
ilusoria de Helena, es un mercader de Tiro que comercia con los ejércitos griegos
todo lo que en este mundo se puede comprar y vender y que, a causa de su profesión,
ha estado varias veces en Egipto, donde pudo frecuentar a algunos hechiceros a los
que les suministraba ciertos productos raros, traídos de los confines del mundo
conocido, que les servían para ejecutar correctamente sus operaciones mágicas. El
comerciante le había insinuado que él conocía un medio secreto para determinar con
exactitud si una apariencia cualquiera de este mundo era de verdad un ser material
o si se trataba de un mero simulacro.
Un silencio inesperado, en el otro
extremo de la línea, saca a Pichón de la especie de ensueño en el que ha caído:
absorto en el sonido de la voz de Tomatis, ha dejado de entender, o de entender
en el círculo claro y consciente de la atención, el significado de las palabras;
las comprende, pero más lejanas y vagas que la imagen vivaz en la que se inscriben,
y que es el elemento más real del presente infinito, más real que la voz y las palabras
por cierto, pero también que el chisporroteo empírico que los estímulos, intermitentes
o constantes, sucesivos o simultáneos, que excitan sus sentidos, la imagen forjada
sin un solo elemento material, a no ser las dos o tres frases circunstanciales de
Tomatis, y que ahora nítida, brillante y férrea, ocupa la totalidad de su mente:
el toldo verde al que la luz primaveral le da una transparencia luminosa, y que
proyecta su sombra sobre las baldosas coloradas, el cielo azul, sin una sola nube
en todo el horizonte visible, y Tomatis sentado en calzoncillos en un sillón de
lona, secándose el propio sudor al aire fresco después de haber tomado desnudo un
poco de sol, con un vaso de agua en una mano y el teléfono portátil apoyado contra
la oreja en la otra, hablando y mirando plácido a su alrededor, para gozar de la
mayor cantidad posible de detalles en la mañana “deliciosa”. Y Pichón se ha distraído
del relato, pensando que las sensaciones imaginarias de Tomatis, de cuya realidad
carecerá de pruebas hasta el fin de los tiempos, son para él más fuertes que las
propias, que se han vuelto remotas y fantasmales.
–¿Sí? Hola, hola –dice Tomatis.
–Te escucho –dice Pichón, y su sonrisa
blanda se acentúa un poco.
–Pensé que se habría cortado –dice
Tomatis, fingiendo malhumor–. No me asombraría que los servicios secretos tengan
intervenidos nuestros teléfonos.
–¿Te parece? –dice Pichón, exagerando
su incredulidad.
–Por supuesto –dice Tomatis–. Hoy
en día en que el pueblo, la mafia y los gobiernos tienen los mismos ideales, únicamente
los artistas siguen siendo peligrosos. Lástima que vayamos quedando pocos.
–No divaguemos –ordena Pichón, más
complacido que nunca por los postulados tan arbitrarios como inapelables de Tomatis.
–Escucho y obedezco, oh noble señor,
califa de los reinos que se extienden de la ceca a la meca, juez magnánimo, verdugo
escrupuloso y compasivo, ejemplo y guía de los creyentes – salmodia Tomatis y, simulando
carraspear para aclararse la voz, prosigue su resumen del relato, según el cual,
durante varias semanas, el soldado viejo, que le había tomado afecto a su compañero
de guardia por lo que a veces, en su fuero íntimo, se felicitaba a causa de la paciencia
que le tenía, no volvió a oír hablar más del asunto, aunque ciertas miradas, ciertas
diligencias misteriosas y ciertas insinuaciones difíciles de desentrañar indicaban
claramente que el soldado joven mantenía sus planes y continuaba sus contactos y
sus averiguaciones.
Un día lo vio acercarse con paso
decidido y expresión satisfecha –el soldado viejo estaba echado bajo un árbol, masticando
a duras penas su rancho– y supo que estaba en posesión de las informaciones que
necesitaba, y si no era así, por lo menos estaba convencido de haberlas obtenido.
Se acuclilló ante él con facilidad, posición que las articulaciones gastadas por
leguas y leguas de marcha y años de plantones y de hambrunas ya le vedaban para
siempre al soldado viejo y, bajando la voz, después de haber auscultado su alrededor
con miradas furtivas y recelosas, le transmitió el resultado de sus diligencias.
El comerciante de Tiro, según el soldado joven, le había revelado, después de muchas
vacilaciones y a cambio de una buena parte de su salario, que los iniciados a las
artes mágicas que había frecuentado en todos los rincones del mundo conocido por
tratarse de sus mejores clientes, sabían que existía un único medio, infalible desde
luego, para saber si una apariencia de este mundo, animal, vegetal o mineral, era
verdaderamente un cuerpo compuesto de materia densa o un mero simulacro, y ese medio
consistía en exponer el cuerpo en cuestión a la primera luz del alba, en cierto
lugar preciso del espacio, para que un determinado rayo solar, al dar contra él,
revelase su verdadera naturaleza. Según el comerciante de Tiro, tratándose de un
cuerpo real, de materia compacta, no pasaba nada, el cuerpo imprimía una sombra
alargada en el suelo, interceptando el rayo con su masa opaca, pero que si en cambio
se trataba de un simulacro, un prodigio se producía sin error posible, a saber que
el cuerpo empezaba a tornasolarse adquiriendo un aspecto fuertemente luminoso e,
igual que una pompa de jabón, se volvía translúcido, transparente, se desvanecía
en el aire hasta que el rayo que lo había tocado, a causa del movimiento del sol,
pasaba de largo y entonces el cuerpo recobraba su apariencia engañosa.
Con la mirada baja, clavada en su
comida que los pocos dientes que le quedaban apenas si lograban masticar, el soldado
viejo lo escuchaba tratando de disimular, por cortesía quizás, su escepticismo,
aunque ya sabía que el otro no estaría dispuesto a abandonar hasta no haber llevado
a cabo la experiencia. Adivinando sus pensamientos sin siquiera darse cuenta, el
soldado joven seguía hablando: todo el mundo sabía en el campamento que Helena,
a la madrugada, mientras los troyanos dormían, tenía la costumbre de pasearse por
las murallas, mirando en dirección de las naves griegas y del campamento y suspirando
por su tierra natal. Había quienes pretendían que varias veces incluso había tenido
a esa hora discreta conversaciones con algunos jefes griegos, Ulises sobre todo,
con el que conspiraba para precipitar la ruina de los troyanos. Esos encuentros
tenían lugar en la oscuridad pero, según el soldado joven, Helena a veces se quedaba
hasta el momento en que empezaba a aclarar, para no correr el riesgo de ser descubierta
volviendo a su palacio en la oscuridad, simulando haber salido a dar un paseo con
la primera luz del alba. En razón de todo eso, el soldado ya había elaborado un
plan: a la noche siguiente, en lugar de echarse a dormir, irían a ver si Helena
se presentaba o no en la muralla.
Unos meses después de esa conversación
telefónica, Soldi, como otras veces, hará una copia del dactilograma y lo mandará
por correo, lo que le permitirá a Pichón examinarlo con detenimiento, y casi en
cada una de sus páginas y de sus frases, que desde luego difieren muchísimo de las
que escuchó por teléfono en un domingo de noviembre, porque lo oral y lo escrito
son dos medios diferentes, como el aire y el agua, y lo que respira en uno a veces
se asfixia en el otro, la voz de Tomatis resonará en su memoria trayendo consigo
la imagen del propio Tomatis, sentado en calzoncillos bajo el toldo verde, secándose
a la sombra del toldo que hace resaltar el color rojo de las baldosas, y el cielo
azul liso y profundo, sin una sola nube hasta el horizonte, la voz que trae cifrada
en ella la mañana “deliciosa”. Parece salir hasta de la tipografía pareja impresa
en las hojas blancas que recibió por correo, en un sobre grande de papel madera,
con unas líneas manuscritas de Soldi, y el autor desconocido del texto revive en
la voz grave, un poco deformada por las turbulencias magnéticas en su viaje casi
instantáneo de un hemisferio al otro. Es como si ese personaje misterioso que siembra
sus escritos en bibliotecas ajenas, en cajones olvidados, en desvanes y en recovecos
secretos, de escritorios, de dormitorios o de galpones, desde el polvo ignorado
en el que yacen sus huesos, se apropiara de la voz de Tomatis, de las manos de Soldi
que los pasaban en limpio, de los oídos, de los ojos y de la atención de Pichón,
que era su receptor, para volver a la vida por el tiempo en que las palabras mecanografiadas
o impresas saliesen de su sueño polvoriento. Las resonancias magnéticas, electrónicas,
eléctricas o lo que fuese que deforman ligeramente la voz, le dan al relato de Tomatis
una tenue vibración inhumana, como si otra voz, confinada en el limbo gris y sin
salida del pasado, adhiriéndose parasitariamente a la primera, quisiera volver al
mundo para respirar, aunque más no fuese durante unos segundos, el aire fresco en
la mañana de noviembre, bajo el toldo verde, en la terraza de baldosas coloradas,
bajo un cielo azul profundo, sin una sola nube hasta el horizonte. No puede dejar
de oír esa voz doble cuando, un par de meses más tarde, en plena noche y en pleno
invierno, lee los últimos párrafos del texto que el correo le ha traído esa mañana:
Para no causarle una decepción, el
Soldado Viejo acepta el plan de su amigo. Con la paciencia de un padre afectuoso
para con un hijo un poco aturdido, quiere que por sí mismo gaste su reserva de ilusiones.
A la madrugada entonces, después
del cambio de guardia, en vez de irse a dormir, se encaminan furtivos hacia la parte
este de la muralla. El Soldado Joven pretende saber que es a ese sector de la muralla
que la reina viene cada madrugada a suspirar por su esposo, por el campamento griego,
por las naves inmóviles, y por el lejano y áspero reino de Esparta.
Durante un buen rato, no distinguen
nada en la negrura apretada. En la noche sin viento, el frío del sereno los hace
tiritar. El Soldado Viejo oye al otro removerse en su sitio, refregarse las manos
y darse palmadas en el cuerpo para calentarse un poco. La arista horizontal de la
muralla empieza a recortarse vagamente en la noche. Clavan la vista en ella durante
interminables minutos, y el Soldado Viejo ya está por proponer que se retiren a
descansar, cuando el muchacho lo disuade de un codazo, tan cargado de energía entusiasta
que lo hace tambalear. Negrura más densa que la noche negra y que la muralla, una
silueta abultada emerge cautelosa del parapeto y se inmoviliza.
Ahora, susurra el Soldado Joven,
basta con esperar. El alba, es verdad, ya no debe estar tardando mucho, el alba
y después la aurora, la luz del día que restaura las cosas compactas y coloridas
en los prados palpables de lo visible. Los ojos de los soldados no pierden de vista
ni un solo instante la forma negra que se recorta en la negrura. Se han olvidado
del frío, de la hora, del lugar. Hasta para el Soldado Viejo el sortilegio parece
posible, y mientras espera el día, se dice que, después de todo, ese muchacho algo
atolondrado por el que ya siente una ternura de padre, ha traído un poco de magia
a su vida gastada.
Por fin, la noche empieza a empalidecer,
y el ocre de la muralla fosforece en la primera claridad. Únicamente la figura humana,
envuelta en el manto negro, la cabeza cubierta por un capuchón, se obscurece en
la luz todavía tenue. Cuando el aire se pone más claro la figura gira la cabeza
y el rostro, oculto hasta ese momento por el capuchón, se descubre para los dos
soldados. Su hermosura al mismo tiempo los exalta y los abruma. La carne casta de
Leda, ignorante de su propia sensualidad, combinándose con la blancura y con la
lujuria brutal del cisne, han producido esa certidumbre extrahumana, de la que únicamente
gozan, con el solo fin de doblegar el mundo a su propio deseo, con inocencia y crueldad,
los dioses y las fieras.
Detrás de la muralla y de la reina,
que ha vuelto a girar la cabeza en sentido contrario, ocultando otra vez la cara
bajo el capuchón, se divisan las torres y las cúpulas de Troya. Del otro lado, en
el borde opuesto de la llanura, en la orilla del mar, el campamento griego al pie
de las naves. Y a igual distancia de la ciudad y del campamento, los dos soldados,
diminutos en el gran espacio vacío.
Hacia el este, el sol empieza a emerger.
La claridad rojiza del cielo lo precede, pero ningún rayo todavía, liberándose de
la barrera del horizonte, se extiende sobre la tierra. En los cortos minutos que
se suceden, sus miradas van sin cesar del horizonte a la muralla. De pronto, algunos
rayos rasan el aire y el Soldado Viejo ve la sombra del Soldado Joven alargándose
sobre la tierra llana. En la muralla un rayo ilumina la silueta encapuchada que
refulge de un modo cada vez más intenso, se tornasola, se vuelve transparente y
desaparece.
El Soldado Viejo se inmoviliza de
asombro, admirado ante el arte sin par de los magos egipcios. Pero una sorpresa
todavía más grande lo espera –grande por su caudal de evidencia y de maravilla.
Cuando el sol sube un poco más en el horizonte, al toque del rayo mágico, la ciudad
de Troya y el campamento griego, con sus tiendas y sus mástiles, se vuelven manchas
luminosas, se tornasolan, vertiginosos, se vuelven transparentes y después se desvanecen.
Apenas si pasan unos segundos antes de que al Soldado Joven le suceda lo mismo,
víctima del mismo mal luminoso y en apariencia indoloro. Ve su cuerpo familiar,
su cara satisfecha y extenuada transformarse en una mancha incandescente y después
en un hervor de colores vivos, para volverse translúcida e invisible, mientras su
sombra, que durante unos segundos, mientras el cuerpo se tornasolaba, se ha convertido
en una larga mancha multicolor, se borra instantáneamente del suelo. Ahora el mundo
no es más que un uniforme vacío incoloro, del que hasta el sol ha desaparecido,
y gracias al arte sin par de los magos egipcios, parece haber revelado en ese instante
su esencia verdadera. El Soldado Viejo estira instintivamente el brazo para rescatar
al otro de la nada en la que se ha desvanecido, pero para no ver su propia mano,
que está volviéndose un racimo intenso de luz, cierra los ojos y se queda esperando
sin saber bien qué.
No parece pasarle nada, a no ser
la impresión de haberse vuelto de pronto liviano, casi aéreo, liberado por fin de
la costra de fatiga y servidumbre que se ha ido acumulando sobre él con los años.
Pero también lo embargan sentimientos contradictorios: alivio y en seguida remordimiento,
pena y al mismo tiempo exaltación. Y le parece que esa confidencia tardía que le
están haciendo los dioses sobre el valor real de este mundo, empieza a reconciliarlo
con ellos.
Un ronroneo de satisfacción, acompañado
de una alegría infantil, le hace comprender que, al acecho del alba, a causa de
la jornada extenuante que han tenido el día anterior y de la noche de guardia, se
ha quedado dormido, parado al lado del Soldado Joven, esperando los prodigios improbables
de los magos egipcios. Después de todo, valía la pena haberse amanecido, si el resultado
de tantas fatigas ha sido ese sueño feliz. Consciente de su sueño, que debe haber
durado apenas unos segundos, sabe también que ya es tiempo para él de volver a la
realidad. Y hace varios intentos, cada vez más enérgicos, de despertarse, pero a
pesar de todos sus esfuerzos no lo consigue.
(Tomado
de Saer, Juan José, Cuentos completos, editorial El Aleph, Buenos Aires,
2012)