miércoles, 14 de octubre de 2026

Como me han dicho que vas a vivir en la Florida

Álvaro Cepeda Samudio

 

Como me han dicho que vas a vivir en la Florida quiero que sepas que he descubierto dónde nacen los huracanes. Esta no es una teoría descabellada como la enunciada por el Senador Fuenmayor sobre el hundimiento de la Atlántida. El Senador afirma que la Atlántida descendió hacia el fondo del mar bajo el peso del sueño de millares de elefantes. Cuenta él que un día, un domingo debió de ser, todos los elefantes que habitaban las llanuras de la Atlántida se quedaron dormidos de pronto y las bases del continente cedieron con gran estrépito y la Atlántida desapareció para siempre. Es por esto que desde entonces se afirma que los elefantes tienen el sueño muy pesado.

El Senador, por más que se ha pasado toda su vida tratando de probar esta teoría, que para mí es, como te dije antes, descabellada, no ha podido reunir los documentos necesarios para sacarla del terreno de la zoología fantástica e instalarla con todo el peso de las verdades inmutables en la zoología aplicada.

El descubrimiento mío no tiene nada que ver con las abstrusas lucubraciones de El Senador, pues yo soy corto de libros y de vista. Es simplemente el anuncio de un hecho: he descubierto, Juana, dónde nacen los huracanes: nacen en Siape.

Sobre los charcos tremendos de agua salobre y podrida por las raíces de los mangles muertos se forman círculos lilas, anaranjados, índigos, rojos o azules, según la hora y el tiempo, que van creciendo y elevándose, empujados por las miasmas que el sol de Siape desata del fondo cercano de las lagunas. Estos círculos se debaten entre sí, devorándose unos a otros, en pelea constante y despiadada para llegar primero a la región de los vientos altos y dejar de ser círculos malolientes y convertirse en huracanes. Por las tardes, después de todo un día de lucha, solo quedan uno o dos ya inmensos redondones que inician su viaje, inexorablemente, hacia la Florida. ¿Y los muertos, preguntarás tú, y los muertos de dónde los sacan? De Siape también. Porque los círculos débiles que han sido derrotados quedan colgando del ojo del huracán, en perfecta jerarquía descendente, y son desparramados a lo largo de las costas de la Florida, sobre los pueblos construidos a prueba de huracanes. Y no es extraño que en algunos de esos círculos se haya ido enredando el niño que buscaba ostiones debajo de los manglares o el borracho que perdió el camino hacia su casa. Un día de estos los verás aventados sobre una playa de la Florida, Juana.

 

(Tomado de www.literatura.us)

 

El empleado de correo

Jacques Sternberg

 

En los diez años que había vivido enjaulado detrás de la ventanilla, al fondo de la vasta oficina de correo, el empleado no había recibido una sola queja.

Recibía, canjeaba, entregaba, anotaba, estampillaba, sellaba, firmaba, contaba y devolvía. Todo lo hacía con una calma perfecta, sin el menor nerviosismo y siempre afable, cortés, sonriendo sin pausa a vecinos, a clientes, a vigilantes, al mundo entero, a todas las cosas, a él mismo… a su día de trabajo. Ante todo, su trabajo, que el empleado juzgaba una tarea muy fastidiosa, pero soportaba gracias a una pequeña obsesión estrictamente personal.

Porque el empleado, en efecto, hace diez años que comete cada noche, antes de irse, lo que se llama un delito cotidiano: un gesto que se ha vuelto obligatorio, una razón de vivir.

Todas las noches introduce en su valija un fajo de cartas escogidas al azar. Se las lleva, vuelve cuanto antes a su hogar, arroja las cartas sobre la mesa, las abre con ansiedad y cada noche, desde las nueve hasta el amanecer, las responde, una por una, sin olvidarse de una sola, sin escribir una palabra a la ligera.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

martes, 13 de octubre de 2026

Cortesía

Carlos Monsiváis

 

–Y fuera de esto, señora Lincoln, ¿disfrutó usted de la obra?

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

Un pacto con el diablo

Juan José Arreola

 

Aunque me di prisa y llegué al cine corriendo, la película había comenzado. En el salón oscuro traté de encontrar un sitio. Quedé junto a un hombre de aspecto distinguido.

–Perdone usted –le dije–, ¿no podría contarme brevemente lo que ha ocurrido en la pantalla?

–Sí. Daniel Brown, a quien ve usted allí, ha hecho un pacto con el diablo.

–Gracias. Ahora quiero saber las condiciones del pacto: ¿podría explicármelas?

–Con mucho gusto. El diablo se compromete a proporcionar la riqueza a Daniel Brown durante siete años. Naturalmente, a cambio de su alma.

–¿Siete nomás?

–El contrato puede renovarse. No hace mucho, Daniel Brown lo firmó con un poco de sangre.

Yo podía completar con estos datos el argumento de la película. Eran suficientes, pero quise saber algo más. El complaciente desconocido parecía ser hombre de criterio. En tanto que Daniel Brown se embolsaba una buena cantidad de monedas de oro, pregunté:

–En su concepto, ¿quién de los dos se ha comprometido más?

–El diablo.

–¿Cómo es eso? –repliqué sorprendido.

–El alma de Daniel Brown, créame usted, no valía gran cosa en el momento en que la cedió.

–Entonces el diablo…

–Va a salir muy perjudicado en el negocio, porque Daniel se manifiesta muy deseoso de dinero, mírelo usted.

Efectivamente, Brown gastaba el dinero a puñados. Su alma de campesino se desquiciaba. Con ojos de reproche, mi vecino añadió:

–Ya llegarás al séptimo año, ya.

Tuve un estremecimiento. Daniel Brown me inspiraba simpatía. No pude menos de preguntar:

–Usted, perdóneme, ¿no se ha encontrado pobre alguna vez?

El perfil de mi vecino, esfumado en la oscuridad, sonrió débilmente. Apartó los ojos de la pantalla donde ya Daniel Brown comenzaba a sentir remordimientos y dijo sin mirarme:

–Ignoro en qué consiste la pobreza, ¿sabe usted?

–Siendo así…

–En cambio, sé muy bien lo que puede hacerse en siete años de riqueza.

Hice un esfuerzo para comprender lo que serían esos años, y vi la imagen de Paulina, sonriente, con un traje nuevo y rodeada de cosas hermosas. Esta imagen dio origen a otros pensamientos:

–Usted acaba de decirme que el alma de Daniel Brown no valía nada: ¿cómo, pues, el diablo le ha dado tanto?

–El alma de ese pobre muchacho puede mejorar, los remordimientos pueden hacerla crecer –contestó filosóficamente mi vecino, agregando luego con malicia–: entonces el diablo no habrá perdido su tiempo.

–¿Y si Daniel se arrepiente?…

Mi interlocutor pareció disgustado por la piedad que yo manifestaba. Hizo un movimiento como para hablar, pero solamente salió de su boca un pequeño sonido gutural. Yo insistí:

–Porque Daniel Brown podría arrepentirse, y entonces…

–No sería la primera vez que al diablo le salieran mal estas cosas. Algunos se le han ido ya de las manos a pesar del contrato.

–Realmente es muy poco honrado –dije, sin darme cuenta.

–¿Qué dice usted?

–Si el diablo cumple, con mayor razón debe el hombre cumplir –añadí como para explicarme.

–Por ejemplo… –y mi vecino hizo una pausa llena de interés.

–Aquí está Daniel Brown –contesté–. Adora a su mujer. Mire usted la casa que le compró. Por amor ha dado su alma y debe cumplir.

A mi compañero le desconcertaron mucho estas razones.

–Perdóneme –dijo–, hace un instante usted estaba de parte de Daniel.

–Y sigo de su parte. Pero debe cumplir.

–Usted, ¿cumpliría?

No pude responder. En la pantalla, Daniel Brown se hallaba sombrío. La opulencia no bastaba para hacerle olvidar su vida sencilla de campesino. Su casa era grande y lujosa, pero extrañamente triste. A su mujer le sentaban mal las galas y las alhajas. ¡Parecía tan cambiada!

Los años transcurrían veloces y las monedas saltaban rápidas de las manos de Daniel, como antaño la semilla. Pero tras él, en lugar de plantas, crecían tristezas, remordimientos.

Hice un esfuerzo y dije:

–Daniel debe cumplir. Yo también cumpliría. Nada existe peor que la pobreza. Se ha sacrificado por su mujer, lo demás no importa.

–Dice usted bien. Usted comprende porque también tiene mujer, ¿no es cierto?

–Daría cualquier cosa porque nada le faltase a Paulina.

–¿Su alma?

Hablábamos en voz baja. Sin embargo, las personas que nos rodeaban parecían molestas. Varias veces nos habían pedido que calláramos. Mi amigo, que parecía vivamente interesado en la conversación, me dijo:

–¿No quiere usted que salgamos a uno de los pasillos? Podremos ver más tarde la película.

No pude rehusar y salimos. Miré por última vez a la pantalla: Daniel Brown confesaba llorando a su mujer el pacto que había hecho con el diablo.

Yo seguía pensando en Paulina, en la desesperante estrechez en que vivíamos, en la pobreza que ella soportaba dulcemente y que me hacía sufrir mucho más. Decididamente, no comprendía yo a Daniel Brown, que lloraba con los bolsillos repletos.

–Usted, ¿es pobre?

Habíamos atravesado el salón y entrábamos en un angosto pasillo, oscuro y con un leve olor de humedad. Al trasponer la cortina gastada, mi acompañante volvió a preguntarme:

–Usted, ¿es muy pobre?

–En este día –le contesté–, las entradas al cine cuestan más baratas que de ordinario y, sin embargo, si supiera usted qué lucha para decidirme a gastar ese dinero. Paulina se ha empeñado en que viniera; precisamente por discutir con ella llegué tarde al cine.

–Entonces, un hombre que resuelve sus problemas tal como lo hizo Daniel, ¿qué concepto le merece?

–Es cosa de pensarlo. Mis asuntos marchan muy mal. Las personas ya no se cuidan de vestirse. Van de cualquier modo. Reparan sus trajes, los limpian, los arreglan una y otra vez. Paulina misma sabe entenderse muy bien. Hace combinaciones y añadidos, se improvisa trajes; lo cierto es que desde hace mucho tiempo no tiene un vestido nuevo.

–Le prometo hacerme su cliente –dijo mi interlocutor, compadecido–; en esta semana le encargaré un par de trajes.

–Gracias. Tenía razón Paulina al pedirme que viniera al cine; cuando sepa esto va a ponerse contenta.

–Podría hacer algo más por usted –añadió el nuevo cliente–; por ejemplo, me gustaría proponerle un negocio, hacerle una compra…

–Perdón –contesté con rapidez–, no tenemos ya nada para vender: lo último, unos aretes de Paulina…

–Piense usted bien, hay algo que quizás olvida…

Hice como que meditaba un poco. Hubo una pausa que mi benefactor interrumpió con voz extraña:

–Reflexione usted. Mire, allí tiene usted a Daniel Brown. Poco antes de que usted llegara, no tenía nada para vender, y, sin embargo…

Noté, de pronto, que el rostro de aquel hombre se hacía más agudo. La luz roja de un letrero puesto en la pared daba a sus ojos un fulgor extraño, como fuego. Él advirtió mi turbación y dijo con voz clara y distinta:

–A estas alturas, señor mío, resulta por demás una presentación. Estoy completamente a sus órdenes.

Hice instintivamente la señal de la cruz con mi mano derecha, pero sin sacarla del bolsillo. Esto pareció quitar al signo su virtud, porque el diablo, componiendo el nudo de su corbata, dijo con toda calma:

–Aquí, en la cartera, llevo un documento que…

Yo estaba perplejo. Volvía a ver a Paulina de pie en el umbral de la casa, con su traje gracioso y desteñido, en la actitud en que se hallaba cuando salí: el rostro inclinado y sonriente, las manos ocultas en los pequeños bolsillos de su delantal. Pensé que nuestra fortuna estaba en mis manos. Esta noche apenas si teníamos algo para comer. Mañana habría manjares sobre la mesa. Y también vestidos y joyas, y una casa grande y hermosa. ¿El alma?

Mientras me hallaba sumido en tales pensamientos, el diablo había sacado un pliego crujiente y en una de sus manos brillaba una aguja.

“Daría cualquier cosa porque nada te faltara”. Esto lo había dicho yo muchas veces a mi mujer. Cualquier cosa. ¿El alma? Ahora estaba frente a mí el que podía hacer efectivas mis palabras. Pero yo seguía meditando. Dudaba. Sentía una especie de vértigo. Bruscamente, me decidí:

–Trato hecho. Solo pongo una condición.

El diablo, que ya trataba de pinchar mi brazo con su aguja, pareció desconcertado:

–¿Qué condición?

–Me gustaría ver el final de la película –contesté.

–¡Pero qué le importa a usted lo que ocurra a ese imbécil de Daniel Brown! Además, eso es un cuento. Déjelo usted y firme, el documento está en regla, solo hace falta su firma, aquí sobre esta raya.

La voz del diablo era insinuante, ladina, como un sonido de monedas de oro. Añadió:

–Si usted gusta, puedo hacerle ahora mismo un anticipo.

Parecía un comerciante astuto. Yo repuse con energía:

–Necesito ver el final de la película. Después firmaré.

–¿Me da usted su palabra?

–Sí.

Entramos de nuevo en el salón. Yo no veía en absoluto, pero mi guía supo hallar fácilmente dos asientos.

En la pantalla, es decir, en la vida de Daniel Brown, se había operado un cambio sorprendente, debido a no sé qué misteriosas circunstancias.

Una casa campesina, destartalada y pobre. La mujer de Brown estaba junto al fuego, preparando la comida. Era el crepúsculo y Daniel volvía del campo con la azada al hombro. Sudoroso, fatigado, con su burdo traje lleno de polvo, parecía, sin embargo, dichoso.

Apoyado en la azada, permaneció junto a la puerta. Su mujer se le acercó, sonriendo. Los dos contemplaron el día que se acababa dulcemente, prometiendo la paz y el descanso de la noche. Daniel miró con ternura a su esposa, y recorriendo luego con los ojos la limpia pobreza de la casa, preguntó:

–Pero, ¿no echas tú de menos nuestra pasada riqueza? ¿Es que no te hacen falta todas las cosas que teníamos?

La mujer respondió lentamente:

–Tu alma vale más que todo eso, Daniel…

El rostro del campesino se fue iluminando, su sonrisa parecía extenderse, llenar toda la casa, salir del paisaje. Una música surgió de esa sonrisa y parecía disolver poco a poco las imágenes. Entonces, de la casa dichosa y pobre de Daniel Brown brotaron tres letras blancas que fueron creciendo, creciendo, hasta llenar toda la pantalla.

Sin saber cómo, me hallé de pronto en medio del tumulto que salía de la sala, empujando, atropellando, abriéndome paso con violencia. Alguien me cogió de un brazo y trató de sujetarme. Con gran energía me solté, y pronto salí a la calle.

Era de noche. Me puse a caminar de prisa, cada vez más de prisa, hasta que acabé por echar a correr. No volví la cabeza ni me detuve hasta que llegué a mi casa. Entré lo más tranquilamente que pude y cerré la puerta con cuidado.

Paulina me esperaba.

Echándome los brazos al cuello, me dijo:

–Pareces agitado.

–No, nada, es que…

–¿No te ha gustado la película?

–Sí, pero…

Yo me hallaba turbado. Me llevé las manos a los ojos. Paulina se quedó mirándome, y luego, sin poderse contener, comenzó a reír, a reír alegremente de mí, que deslumbrado y confuso me había quedado sin saber qué decir. En medio de su risa, exclamó con festivo reproche:

–¿Es posible que te hayas dormido?

Estas palabras me tranquilizaron. Me señalaron un rumbo. Como avergonzado, contesté:

–Es verdad, me he dormido.

Y luego, en son de disculpa, añadí:

–Tuve un sueño, y voy a contártelo.

Cuando acabé mi relato, Paulina me dijo que era la mejor película que yo podía haberle contado. Parecía contenta y se rio mucho.

Sin embargo, cuando yo me acostaba, pude ver cómo ella, sigilosamente, trazaba con un poco de ceniza la señal de la cruz sobre el umbral de nuestra casa.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)

 

El entierro de Henri Christophe

Alejo Carpentier

 

El gobernador entreabrió la hamaca para contemplar el rostro de Su Majestad. De una cuchillada cercenó uno de sus dedos meñiques, entregándolo a la reina, que lo guardó en el escote, sintiendo cómo descendía hasta su vientre, con fría retorcedura de gusano. Después, obedeciendo a una orden, los pajes colocaron el cadáver sobre el montón de argamasa, en el que empezó a hundirse lentamente, de espaldas, como halado por manos viscosas. El cadáver se había arqueado un poco en la subida, al haber sido recogido, tibio aún, por los servidores. Por ello desaparecieron primero su vientre y sus muslos. Los brazos y las botas siguieron flotando, como indecisos, en la grisura movediza de la mezcla. Luego solo quedó el rostro, soportado por el dosel del bicornio, atravesado de oreja a oreja. Temiendo que el mortero se endureciera sin haber sorbido totalmente la cabeza, el gobernador apoyó su mano en la frente del rey, para hundirla más pronto, con gesto de quien toma la temperatura a un enfermo. Por fin, se cerró la argamasa sobre los ojos de Henri Christophe, que proseguía, ahora, su lento viaje en descenso, en la entraña misma de una humedad que se iba haciendo menos envolvente. Al fin, el cadáver se detuvo, hecho uno con la piedra que lo apresaba. Después de haber escogido su propia muerte, Henri Christophe ignoraría la podredumbre de su carne confundida con la materia misma de la fortaleza, inscrita dentro de su arquitectura, integrada con su cuerpo haldado de contrafuerte. La Montaña del Gorro del Obispo, toda entera, se había transformado en el mausoleo del primer rey de Haití.

 

(Tomado de www.pagina3.pe)

 

lunes, 12 de octubre de 2026

Última ofrenda

Lizandro Chávez Alfaro

 

Llevo cinco destierros. Unos más feroces que otros. Los cuento a rayas artificiales en la yema de este dedo, el de escribir en las paredes con los coágulos de una cárcel, el de pedir permiso, el de ponerse en la frente cuando un farsante se desbarata por hacerte creer que piensa. Mi huella digital segunda derecha, como la ves, tiene algo más que mi retrato. Cinco. No es tanto si se divide entre cuarenta. Me sale uno por cada ocho años de vida. Quién se quejaría de un garrotazo cada ocho años. Te da tiempo hasta para recuperarte. Me sale todavía más barato si a mis cuarenta le sumo los treinta de Margarita, que también ha cooperado. No sé si agradecérselo o tirarme de canillas en un cráter hirviente. Para corresponderle.

Lo lindo es que cada vez creo que ya pasé por lo más degradante, lo último de lo último, donde ya dejan de doler los culatazos y las guindadas. Pero siempre hay algo nuevo, recién salido del horno para mí.

El destierro es el modo más bárbaro de aplastar a un hombre. En ese viaje no tiene nada que ver el turismo o la aventura. Ni la carta más larga es capaz de devolverte el sueño completo. Y no es por sentimentalismo, mala palabra con que cualquier bellaco despacha lo que le queda grande. Simplemente hay cosas insustituibles, lo que aceptaría hasta el paria más hundido.

Todo lo que te diga debe tomarse como el desahogo de un viejo que cree en el valor del orgullo, en el valor del honor, en el valor del valor, en el valor del sacrificio. En esto último es donde todo se me viene abajo. Me quedo desnudo y echado sobre las piedras de la iniquidad.

El destierro también embrutece, pero no tanto como para evitarte algunos retorcimientos. La primera vez, lo que te aprieta es la desconfianza de no aprender a sobrevivir, la urgencia de hacer a tu alrededor un remedo de fortaleza. Se hace pegando toda clase de desperdicios con besos familiares, porque la familia es lo primero que se te ocurre arrastrar hasta tus escombros. “Vendan los muebles, vendan esa alhaja que te dejó tu abuelita y se embarcan todos. Juntos somos más fuertes”. Para una mujer como Margarita, nada fue lo bastante difícil que detuviera su abnegación. Me siguió una, dos, tres veces. Me llevó todo su calor, su ternura, su empedernida inocencia. Demasiada inocencia para tanta hermosura.

Después, cuando uno se vuelve el predilecto de las patadas, un profesional del destierro, como quien dice, ya va y viene solo. Se alienta y desalienta por carta. Aconseja y mantiene por carta; manda resumidos mensajes de indiferencia a los ojos censores. Por carta besa y abraza, aunque sea con el recato que te enseña la censura. Espera las contestaciones envuelto en la corroncha del reincidente. Lee con sereno remordimiento que la niña tuvo catarro la semana pasada y hasta tuvieron que inyectarla, y que por lo demás parece que hay esperanzas. Este demás es tu regreso. El rumor de una amnistía; la gestión de un amigo que es amigo de un pariente del ministro que puede rogar por tu perdón. Oración en cadena, pues. Con el ceño fruncido uno piensa en las felicidades de la devoción. Le cuesta reconocer que hay candores desmedidos. Margarita es capaz de creer hasta en loterías celestiales. Por esos grandes ojos dorados se pasea a sus anchas la credulidad. Uno sabe que por volver a verlo el día siguiente se dejaría torturar, tal vez sin un solo lamento, pero no la imagina andando por la cadena de ruegos que termina en la antesala de un ministro.

Una antesala donde entran y salen los elegidos, y los pedigüeños esperan callados, con su carta de recomendación en la mano. Los porteros saben a quién sonreírle y a quién no, pegados a los picaportes con altanería de palillón en desfile. No les quitan de encima los ojos a las mujeres que llegan solas, imaginándose lo que ellos harían si fueran siquiera la camisola del jefe. De repente entreabren la puerta y meten la nariz, como para oler sobras de la loción que usa el ministro. Adentro, entre banderas y aparatos de clima artificial, está firmando o riéndose por teléfono el hijo del fornicario que no se lo perdonó ni a sus hijas. El mismo, aunque medio calvo y con nariz de lora, se siente el chaval de una orgía de película. Cómo se le va a escapar la aseada mujerona del baboso aquel que se ha pasado meses y años queriéndola por carta. Margarita es una buena mujer. Me ha dedicado todo lo que ha podido derramar ese su grandísimo corazón de ayote, incluyendo la inocentada de creerle al comprensivo ministro que le iba a devolver su marido. No había problema para que él autorizara mi entrada al país, sobre todo considerando que ella en persona venía a pedírselo. Esa misma noche iba a hablar con el cónsul para que me diera una visa provisional, y quería que ella fuera testigo de la orden telefónica.

Ser ministro es ser prepotente, dice la parodia, ¿verdad? Si se te acaban los cigarros, mandas al subministro a que te compre cigarros de tu marca predilecta. Si hace falta una manifestación, se ordena por teléfono o en secreto. Si se te antoja un rincón muy privado en tu despacho, es cosa de decirle al secretario que traiga a un decorador para que tome las medidas y de una vez presente catálogos y muestrarios de alfombras, cortinas, muebles. Sobre esas alfombras, el fornicario pone su precio y Margarita lo paga, jura con un asco empequeñecido por el sueño de mi regreso.

¿Qué es la inocencia, muchacho? Tal vez vos, con tu inteligencia todavía entera, podás darte la contestación que no espero. ¿Es una tara o es un don venerable? El sacrificio. ¿Una ofrenda de la idiotez a la idiotez? Habría que preguntarle a un canónigo si aquello fue sacrificio de alabanza o sacrificio de impetración. En último caso habría que preguntarle a un penalista en qué código figura semejante estafa. Porque se pagó un precio por un servicio nunca obtenido.

Por supuesto que pasaron meses antes de que gracias a quién sabe cuál capricho de cumpleaños o de pacto bipartidista, se dictara la amnistía y yo corriera al consulado para colocar mi nombre entre los beneficiados.

Abrazos y besos para el que regresa. En una noche de sincero arrepentimiento la mujer te lo cuenta, con los ojos hechos agua, la voz triturada, y después dobla la cabeza, el pelo adorable brillando a la luz lempa de una lámpara íntima; la cabeza caída, tal vez implorando el golpe vengador. Ella se confiesa con su valiente marido: un triste confesor que no sabe condenarla ni absolverla; ni siquiera ponerle la sopapeada que aplicaría a un bayunco. Te digo que todo se viene abajo, y no sé si te he estado hablando de un abnegado o de una abnegada, con todas las sospechas que la tal palabrita es capaz de despertar.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)