miércoles, 21 de octubre de 2026

Qhaya kutirimuy (Vuelve mañana)

Alberto Ostria Gutiérrez

 

Golpeada por el dolor de la víspera, tuvo aún fuerzas para levantarse. Era tal vez chaupituta, la media noche. Automáticamente, dobló los cueros de ovejas y los dos phullus: su único lecho, tendido sobre la tierra dura. Luego, asomándose a la puerta, clavó los ojos en la sombra. No se distinguía nada. Arriba, en el cielo, apenas unas cuantas estrellas brillaban entre las grietas de unas nubes negras.

Bajó por el sendero que iba a lo largo de la montaña, hasta caer en la quebrada de Viñamayu. Desde allí, el camino se hacía más fácil. Bastaba seguir el curso del riacho. Por último, entrar en la ancha carretera, que llevaba a la ciudad.

La ciudad era pequeña. Ni ferrocarriles ni tranvías que la perturbaran. Algún automóvil o algún coche. Burros con sus cargas de choclos, de frutas, de carbón. Calles rectas. Paredes blancas y limpias. Uno que otro transeúnte, muy de cuando en cuando, como para demostrar que allí había gente.

Avanzó por la calle de San Pedro que concluía en la plaza central. Tras los tejados rojos comenzaba a asomar el Sol. La noche había derivado en una mañana clara y las nubes, blanquecinas ya, se hallaban refugiadas en las crestas de las montañas.

¿Qué hacer? ¿Hacia dónde dirigir los pasos? El reloj de la catedral marcaba las siete. Pero ¿qué podía importarle a ella el reloj de la catedral? ¿Acaso sabía lo que significaba ese ojo grande, prendido en lo alto de la torre? Tiempo, horas, minutos eran para ella cosas sin sentido. Para ella solo existían la mañana, la tarde, la noche, que diariamente llegaban con el Sol o con la sombra.

Su instinto la empujó al cuartel, contiguo a la iglesia de San Francisco. Varios soldados concluían después de barrer la calle. Sucios, apenas con el pantalón de uniforme, descalzos. En la puerta se paseaba el centinela.

–Tata –dijo acercándose a uno de ellos–, ¿sabes algo de mi hijo, del Juancito? Se lo llevaron ayer…

El soldado siguió barriendo, sin ganas, enceguecido por el polvo que levantaba su ancha escoba de thola; pero ante la insistencia de ella se detuvo un instante, la miró y dijo:

–¡Fuera de aquí!

No la ofendió la brusquedad del soldado. Solamente sintió la negativa que envolvía. Por eso se estremeció un instante. Pero no alcanzó a tener miedo. Avanzó más bien a donde se hallaba el centinela. Y repitió su pregunta:

–Tata, ¿sabes algo?…

El centinela no contestó. Se limitó a amenazarla con la culata del fusil, cuando ella intentó penetrar en el cuartel para saber algo de su hijo, del Juancito.

Una chola que pasaba, compadecida sin duda, se limitó a aconsejarla:

–Suyaricuy, espera.

Entonces ella se sentó al borde de la acera, donde llegaba ya el sol y esperó. La tierra, el sudor y las lágrimas, cruzando las arrugas de su rostro, habían trazado hondos surcos negros. Sus ojos menudos, gastados por los años, se hallaban enrojecidos como llagas. Una sombra pequeñita se proyectaba de su cuerpo acurrucado.

Transcurrieron dos, tres horas. En su vientre el hambre comenzó a dejarse sentir. Pero ella no hizo caso del hambre, como no había hecho caso del cansancio, ni de la dureza de la piedra donde se hallaba sentada. Siguió mirando hacia el cuartel, siguió esperando, como le habían aconsejado.

Entretanto, de su mente no se apartaba la misma obsesión: saber algo de su hijo, del Juancito, a quien unos cuantos soldados el día anterior habían arrestado de su rancho para llevarlo al Chaco, a la guerra.

Esa era al menos la pobre explicación que habían alcanzado a darle los indios de otros ranchos. Mas ella no alcanzaban a comprenderla. “Guirra, guirra”, ¿qué era eso? Nunca había oído tal palabra y no podía, por tanto, penetrar en su imaginación. Además, para comprenderla habría tenido necesidad de pensar. Y ella, ¿acaso podía, acaso sabía pensar? Solo sabía preparar la lagua y el mote en las mañanas; después, cuidar las ovejas, el burro, la yunta de bueyes; en la noche volver a preparar la lagua y el mote.

Su dolor no nacía, pues, de pensar, ni siquiera de recordar. Era un dolor animal, como el de la perra que, aun siendo perra, sufre cuando le arrancan a sus hijos.

Del cuartel, hacia el mediodía, salieron unos oficiales y entraron otros. Todos parecían tener prisa y algunos hablaban animadamente. Esperanzada, ella intentó detenerlos al paso, repetir sus preguntas. En vano. Pasaban sin escucharla, sin comprender lo que decía. Por fin uno de ellos se detuvo al oírla:

–Es tarde –exclamó el oficial fastidiado, cortando las preguntas que ella comenzaba a hacerle–. Estamos muy atareados. Qhaya kutirimuy, vuelve mañana.

No satisfecha con eso, intentó acercarse a otro. Inútilmente. Ambuló todavía por los alrededores del cuartel. A la sombra de unos árboles, en la puerta del mercado, dos cholas vendían platos de ají, de lagua, de maíz tostado. A la vista de aquello, se encogieron sus entrañas apretadas por el hambre. Pero se limitó a comprar un poco de coca, para acullicar durante el regreso.

Al pasar nuevamente por la plaza central, el ojo grande del reloj marcaba las tres de la tarde y la sombra de la torre se proyectaba ya sobre el atrio de la catedral. Mas ella no miró en esa dirección. Miró hacia la calle de San Pedro, donde principiaba su camino. Luego, sus pies avanzaron con paso lento, cargando la misma pena que había traído.

Volvió al día siguiente como le habían dicho. Cinco leguas, veinticinco kilómetros había de su rancho a la ciudad; pero para ella no existía la distancia, como no existía el hambre, como no existía nada fuera de su dolor.

Encaminó los pasos hacia el cuartel, lo mismo que el día anterior. En la acera había sentadas otras indias, con los ojos enrojecidos de llorar, como ella. Se sentó en la acera también.

El centinela estaba en el mismo puesto que el día anterior. La calle había sido barrida más temprano; mirando por la boca ancha de la puerta, hacia adentro, aparecían unos soldados recibiendo los rayos del sol, junto a la pared del fondo.

Durante una hora no cambió el cuadro. Después, el centinela fue reemplazado por otro centinela. Ella, lo mismo que las demás indias, no se había movido de su puesto. Solo sus ojos bailaban inquietos, rojos como llagas todavía. De vez en cuando se oía un suspiro, una tos. Pasaba un automóvil saltando sobre las piedras de la calle. En la esquina se perseguían varios perros lanudos, probablemente compañeros de las otras indias.

Llegaron unos oficiales. Tímidamente, se levantó ella. La siguieron las otras indias.

–Tata –dijo–, ¿sabes algo?

Pero no la miraron siquiera. Ni a las otras. Esas escenas se habían repetido hasta el cansancio, en el curso de más de dos años que duraba la guerra del Chaco, y nadie hacía caso de ellas. Era natural que lloraran las madres. ¡Peor era el destino de los hijos!

El sol había alcanzado a ocupar todo el ancho de la calle. Hacía calor en la acera sin sombra. Las indias se habían ido dispersando una a una. Solamente quedaba ella.

Esa soledad la llenó de inquietud. Comenzó a dudar. Tal vez no era allí donde debían informarle acerca de su hijo, del Juancito. Por algo las demás indias se habían ido. Vaciló todavía un instante, pero luego se decidió a ir a otra parte.

–¿A dónde?

He ahí una interrogación grande, llena de misterio para ella. Se detuvo. Siguió andando. Se detuvo nuevamente. Pasaban a su lado los transeúntes y era ella la que ahora no los miraba siquiera. Comenzaba a desfallecer.

Se sentó de nuevo en la acera y se pasó la mano por la frente, para enjuagarse el sudor. De pronto, al levantar los ojos, descubrió a un soldado, haciendo guardia, como aquel otro del cuartel. Estaba frente al edificio de la Policía.

Al darse cuenta de ello, renació la esperanza de obtener noticias. Quién sabe era allí. Al fin y al cabo había soldados, como en el cuartel.

Cuando intentó entrar, el centinela no la detuvo, como en el otro cuartel. Se limitó a señalarle un cuartucho junto a la puerta, donde había varios hombres, fumando y charlando. Uno de ellos, el que estaba sentado al fondo, fue el primero en verla y se apresuró a gritar:

–Suyaricuy, espera.

Entonces ella se sentó en el umbral de la puerta. Y esperó nuevamente. Entretanto, los hombres siguieron charlando, como si ella no existiera.

Por fin salió uno. Después otro. Quedaron solo tres, que hablaban en voz alta y reían constantemente. Una gran modorra la había invadido, sentada allí en el umbral de la puerta. Aquellas carcajadas, sin embargo, la despertaron a la realidad. Vio ya solo tres hombres. Se puso de pie, avanzó unos cuantos pasos e intentó interrumpir la conversación.

–Tata…

El hombre que estaba sentado al fondo de la habitación le hizo una seña –una, dos veces– de que se callara. Como a pesar de eso ella insistiera, a los ojos oblicuos de aquél asomó la ira y en el color bronce de su rostro se acentuó el color verde.

–¡Déjanos en paz, india bruta! –masculló.

Él hizo seña al guardia para que la echara a la calle, inmediatamente.

Renació entonces para ella la misma interrogación de antes, grande, llena de misterio:

–¿A dónde ir, a dónde?

Tercer día. Camino a la ciudad. Pasos inciertos. Un caserón blanco, con un patio enlosado y al centro un gran cuadrante. Oficinas. Papeles amontonados como torres. En todas partes la misma respuesta para ella:

–No es aquí.

Finalmente, ingresó en un segundo patio, pequeñito, inundado por la hierba donde ante la oficina oscura había una larga fila de indias.

–Aquí es, mama –le dijo una de ellas.

Esperó varias horas, pero no alcanzó a llegarle su turno. Al mediodía salió el hombre que trabajaba en la oficina y cerró la puerta con un candado. Cuando cruzaba el patiecito ella logró interponerse en su camino.

–Es tarde –dijo él, señalando al Sol, cuyos rayos caían verticalmente–, qhaya kutirimuy, vuelve mañana.

De nuevo diez leguas murieron con el tercer día; cinco del rancho a la ciudad, cinco de la ciudad al rancho.

De aquella oficina la mandaron a otra, en la Municipalidad, y por último a otra, situada en un edificio anexo a la Prefectura. Allí esperó como en el cuartel, como en la Policía, como en el patio pequeño e inundado por la hierba.

Esperó…

Llegaron otras indias, con los ojos llorosos, al igual que ella. Y algunas lograron entrar en la oficina, por suerte o por desgracia, porque de la oficina salieron llorando.

–Guaguay guañusca, mi hijo había muerto –oyó que decían.

Entonces a ella le dio miedo. Y no se atrevió ya a insistir para entrar. Prefirió quedarse en la puerta, como de costumbre. Mirar. Callar.

Un día encontró cerradas las puertas de la oficina. Buscó en todas direcciones para saber la causa. Pero al final, como estaba acostumbrada a esperar, esperó también. Y hacia el mediodía –era domingo– las puertas cerradas bastaron para decirle lo que le habían dicho tantas veces los empleados de la oficina.

–Qhaya kutirimuy, vuelve mañana.

Entretanto, fue pasando el tiempo: diez, cincuenta, quien sabe cuántos días.

En la oficina los empleados buscaron o fingieron buscar el nombre que ella les decía. Recorrían unos papeles largos, conversando o silbando. Y acabaron moviendo la cabeza negativamente, mientras le ordenaban a ella que no se acercara tanto: mitad por pena, mitad por asco.

Tuvo así que volver a la puerta, pero conservando intacta su esperanza; acrecentada más bien por aquellos pasos que había dado hacia adentro.

Posteriormente, para los otros –para los blancos, para los cholos– llegaron grandes noticias. Había terminado la guerra. Comenzaba la desmovilización. Final de una larga pesadilla. Alegría en los corazones.

Mas para ella todo siguió igual. Ni siquiera se enteró de esas noticias. Desde que se llevaron a su hijo, al Juancito, no hablaba con nadie. Además, aun cuando le hubieran avisado, habría sido inútil, porque ¿acaso sabía ella dónde, ni qué cosa era la guerra?

Los empleados de la oficina, a su vez, habían acabado por acostumbrarse a la presencia de ella, humilde, silenciosa, acurrucada, en la puerta como un animal inofensivo.

Cierto día, sin embargo, dos empleados que compulsaban una lista muy larga –nombre de muertos, de prisioneros, de heridos– interrumpieron de pronto su tarea. Comenzaron a discutir en voz alta. Y luego llamaron.

–¿Cuál es el nombre de tu hijo? –preguntó uno de ellos.

–Juancito, tata.

–¿Juancito, que?

–Juancito Quespi, tata.

Los empleados volvieron a mirar en las listas, ávidamente.

–Ha muerto –dijo uno de ellos.

–No ha muerto –replicó el otro.

Los cuatro ojos se clavaron una vez más en las listas: O… P… Q… Quespi… Quespi… Quespi…

–Hay tantos Quespi entre los indios –volvió a decir el primero–, que resulta imposible distinguirlos. Son como las hormigas.

Y se encogió de hombros. El otro hizo lo mismo. Después, frente a la duda hundida como una cruz en ella, la propia duda de los dos les hizo decir, casi al mismo tiempo, lo de siempre:

–Qhaya kutirimuy, vuelve mañana…

 

(Tomado de www.leamoscuentosycronicas.blogspot.com)

 

El descubridor

Julio Torri

 

A semejanza del minero es el escritor: explota cada intuición como una cantera. A menudo dejará la dura faena pronto, pues la veta no es profunda. Otras veces dará con rico yacimiento del mejor metal, del oro más esmerado. ¡Qué penoso espectáculo cuando seguimos ocupándonos en un manto que acabó ha mucho! En cambio, ¡qué fuerza la del pensador que no llega ávidamente hasta colegir la última conclusión posible de su verdad, esterilizándola; sino que se complace en mostrarnos que es ante todo un descubridor de filones y no mísero barretero al servicio de codiciosos accionistas!

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

martes, 20 de octubre de 2026

Ante la Ley

Franz Kafka

 

Ante la Ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

–Tal vez –dice el centinela– pero no por ahora.

La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, sonríe y le dice:

–Si tu deseo es tan grande, haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

–Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

–¿Qué quieres saber ahora? –pregunta el guardián–. Eres insaciable.

–Todos se esfuerzan por llegar a la Ley –dice el hombre–; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

–Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

 

(Tomado de www.gastronomialiteraria.blogspot.com)

 

El desterrado

Ramón Gómez de la Serna

 

¿A qué le podían condenar después de todo? A destierro. Valiente cosa. Cumpliría la pena alegremente en un país extranjero en que viviría una nueva vida y recordaría con un largo placer su ciudad y su vida pasada.

En efecto, la sentencia fue el destierro. ¡Pero qué destierro! El tribunal, amigo de aquel hombre autoritario y de inmenso poder a quien él había insultado, queriendo venderle el favor, y ya que no podía sentenciarle a muerte, le desterró a más kilómetros que los que tiene el mundo recorrido en redondo, aunque se encoja, para alargar más la medida, el diámetro que pasa por las más altas montañas. ¿Qué quería hacer con él el tribunal, sentenciándole a un destierro que no podía cumplir?

¡Ah! El tribunal, para agasajar al poderoso ofendido, había encontrado la fórmula de castigarle a muerte por un delito que no podía merecer esa pena de ningún modo. Había encontrado la manera de ahorcar a aquel hombre, porque no habiendo extensión bastante a lo largo de este mundo para que cumpliese el sentenciado su destierro, habría que enviarle al otro para que ganase distancia.

Y le ahorcaron.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

lunes, 19 de octubre de 2026

La carta

José Luis González

 

Qerida bieja:

Como yo le desía antes de venirme, aquí las cosas me van vién. Desde que llegué enseguida incontré trabajo. Me pagan 8 pesos la semana y con eso vivo como don Pepe el administradol de la central allá.

La ropa aqella que quedé de mandale, no la he podido compral, pues quiero buscarla en una de las tiendas mejores. Digale a Petra que cuando valla por casa le boy a llevar un regalito al nene de ella.

Boy a ver si me saco un retrato un día de estos para mandáselo a uste.

El otro dia vi a Felo el hijo de la comai María. El esta travajando pero gana menos que yo.

Bueno recueldese de escrivirme y contarme todo lo que pasa por alla.

Su ijo que la qiere y le pide la bendisión. Juan

 

Después de firmar, dobló cuidadosamente el papel ajado y lleno de borrones y se lo guardó en el bolsillo de la camisa. Caminó hasta la estación de correos más próxima, y al llegar se echó la gorra raída sobre la frente y se acuclilló en el umbral de una de las puertas. Dobló la mano izquierda, fingiéndose manco y extendió la derecha con la palma hacia arriba.

Cuando reunió los cuatro centavos necesarios, compró el sobre y el sello y despachó la carta.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

Descubrimiento norteamericano

Russell Baker

 

¿Cuántos escolares, llevados al engaño por la cansada figura del viejo Colón, ese cansado marinero, saben que Europa fue descubierta por americanos antes de que América fura descubierta por Colón?

En el año 1490 una flotilla de sus canoas gigantescas, con 533 indios arawak de las islas Bahamas a bordo, arribó a las costas de España después de 63 días de remar suavemente por el Atlántico del Norte.

Habían zarpado, en realidad, en busca de una ruta marina a California, la que su gran capitán, Aberquakkicola, estaba convencido de que podría ser alcanzada navegando hacia el este. Aberquakkicola no estaba loco, a diferencia de Colón, quien con el hilo enredado entre las islas del Caribe, perdió años persuadido de que andaba en algún lugar cercano a China. No. Aberquakkicola inmediatamente se dio cuenta de que esta nueva recalada no era California.

“En esta isla –anotó en su bitácora–, no hay sequías, ni hay smog, ni puestecitos de hamburguesas Oh Boy entre la gente. Descubrimos un nuevo mundo”.

Desembarcó con su tripulación completa, encajó en la tierra una planta de tabaco, procedimiento tradicional de los arawak para adueñarse de terrenos, y tomó posesión de su mundo nuevo a nombre del jefe Aberquidnunc.

El puñadito de campesinos españoles que atestiguaron la ceremonia estaba naturalmente alborotado. Envió aviso del desembarco al duque de la vecindad, quien se ensambló en su armadura y bajó a ver de qué se trataba. Aberquakkicola le dio la bienvenida con gentileza:

–Muéstrate agradecido, hombre viejo que vistes de metal, porque tu país ha sido descubierto por representantes del gran jefe de bronce, Aberquidnunc.

–Estáis profiriendo necedades –rabió el duque–, vos no podéis descubrir un país. Ha estado aquí mismo durante centenas de años.

–Hay mucho sentido en lo que dices –concedió Aberquakkicola–, nosotros regresaremos a nuestras canoas a discutirlo.

Y se retiró con toda su gente. Esa noche tuvieron asamblea plenaria acerca del reino del capitán.

Algunos de ellos, pocos en verdad puesto que los Arawak eran amantes de la paz, votaron por hacer trocitos de hombre viejo con todo y piel metálica, esclavizar a los adultos aptos para el trabajo y colonizar el lugar.

Aberquakkicola avergonzó a los que hicieron tal propuesta: “Es absolutamente natural que esos salvajes se ofendan al ser descubiertos, porque en su ignorancia, ni pueden percatarse de que han vivido aquí miles de años sin ser descubiertos por nuestro mundo totalmente civilizado. ¿Acaso nosotros no nos sentiríamos ofendidos si uno de estos salvajes con pellejo terroso desembarcara en nuestras playas alegando que nos ha descubierto?”

Los hombres apreciaron lo juicioso de este razonamiento y acordaron que deberían regresar a las Bahamas y dejar en paz a los salvajes.

Sin embargo, algunos de los hombres de Aberquakkicola habían traído oro de las Bahamas, y ahora pensaban darlo a los nativos a cambio de cuentas de vidrio y baratijas, y pidieron permiso de pasar un día más negociando en la costa. Aberquakkicola, no viendo mal alguno en despojar a los salvajes de unas cuentas de vidrio y chucherías, accedió.

Mientras tanto, el duque había convocado al castillo a sus compañeros duques para conferenciar a media noche, y les informó que habían sido “descubiertos”.

–Es una impertinencia –explotó un duque particularmente envidioso–, una intolerable impertinencia que una flotilla de vagabundos encuerados, sin un arcabuz, sin siquiera una lanza, se hayan remado el Atlántico y descubran Europa. Más aún, probablemente son bellacos. Tal vez ahora mismo estén sentados en sus canoas, pensando cómo hacer lo que haríamos nosotros si nosotros los hubiéramos descubierto.

Los duques convinieron en que sería peligroso dejar que un hatajo de pelados extranjeros se fuera con el descubrimiento de Europa. Así, cuando a la mañana siguiente los arawak desembarcaron para especular, los ejércitos de los duques cayeron sobre ellos y los destriparon. Pero Aberquakkicola, con unos cuantos compañeros, consiguió escapar en una canoa, y durante varios años vagó a la deriva. Cuando finalmente recaló en las Bahamas, había llegado demasiado tarde para transmitir a sus compañeros de tribu la sabia lección que tan amargamente él había aprendido en Europa, acerca del modo en que una civilización debe tratar a sus descubridores provenientes de otra. Los arawak ya habían sido descubiertos por Colón, cuyo ejército había sentado sus reales permanentemente.

Todo lo cual, por supuesto, explica que las tontas películas de ciencia ficción están en lo correcto cuando meten al ejército estadunidense en el patio trasero de la casa de Jaimito, a parlamentar con un platillo volador.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)