sábado, 16 de mayo de 2026

El llamado

Horacio Quiroga

 

Yo estaba esa mañana por casualidad en el sanatorio, y la mujer había sido internada en él cuatro días antes, en pos de la catástrofe.

–Vale la pena –me dijo el médico a quien había ido a visitar– que oiga usted el relato del accidente. Verá un caso de obsesión y alucinación auditivas como pocas veces se presentan igual.

La pobre mujer ha sufrido un fuerte shock con la muerte de su hija. Durante los tres primeros días ha permanecido sin cerrar los ojos ni mover una pestaña, con una expresión de ansiedad indescriptible. No perderán ustedes el tiempo oyéndola. Y digo ustedes, porque estos dos señores que suben en este momento la escalera son delegados o cosa así de una sociedad espiritista. Sea lo que fuere, recuerde usted lo que le he dicho hace un instante respecto de la enferma: estado de obsesión, idea fija y alucinación auditiva. Ya están aquí esos señores. Vamos andando.

 

***

No es tarea difícil provocar en una pobre mujer, que al impulso de unas palabras de cariño resuelve por fin en mudo llanto la tremenda opresión que la angustia, las confidencias que van a desahogar su corazón. Cubriéndose el rostro con las manos:

–¡Qué puedo decirles –murmuró– que no haya ya contado a mi médico!…

–Toda la historia es lo que deseamos oír, señora –solicitó aquél–. Entera, y con todos los detalles.

–¡Ah! Los detalles… –murmuró aún la enferma, retirando las manos del rostro; y mientras cabeceaba lentamente:

–Sí, los detalles… Uno por uno los recuerdo… Y aunque debiera vivir mil años…

Bruscamente llevóse de nuevo las manos a los ojos y las mantuvo allí, oprimidas con fuerza, como si tras ese velo tratara de concentrar y echar de una vez por todas el alucinante tumulto de sus recuerdos.

Un instante después las manos caían, y con semblante extenuado, pero calmo, comenzó:

–Haré lo que usted desea, doctor. Hace un mes…

Suavemente el médico observó:

–Desde el principio, señora…

–Bien, doctor… lo haré así… usted ha sido muy bueno conmigo… y si hace solo quince días… ¡sí, sí! Ya voy, doctor… es lo que quería decir. Mil… nuestra hijita tenía cuatro años y un mes justos cuando su padre se enfermó para no levantarse más. Nosotros no habíamos sido nunca muy felices. Mi marido era de constitución delicada y muy apocado para la lucha por la vida. No sé qué hubiera sido de nosotros de no hallarnos en posición desahogada. Siempre parecía extrañar algo, aun cuando nos sonreía. Y yo creo que no había conocido la felicidad hasta el momento de sentirse padre.

¡Pero qué amor el suyo, doctor, por su hija! ¡Qué devoción religiosa contemplando a nuestra nena! ¡Y qué consuelo para mí al pensar que por fin hallaba él algo que lo ligara fuertemente a la vida!

Sin duda a mí me había amado cuanto podía él hacerlo; pero su eterna tristeza de alma solo había podido disiparse entre las manecitas de su hija.

Se postró por fin, como digo, para no levantarse más. Mi propio dolor de esposa debió desvanecerse ante el dolor inenarrable que expresaban los ojos de aquel padre que debía separarse para siempre de su hija.

¡Para siempre, doctor! Su última mirada, fija en mí, delataba tan intensamente lo que pasaba por su corazón, que con mis labios le cerré los ojos, diciéndole:

–¡Duerme en paz! Yo velaré por tu hija como tú mismo.

Quedamos solas entonces, mi criatura y yo, ella vendiendo salud por las mejillas, yo, reponiéndome a su lado de mi largo quebranto.

¡Criatura mía! Parecía haber sumado a las suyas las fuerzas de su pobre padre: de tal modo la alegría de su semblante iluminaba nuestra existencia. No era vana la promesa hecha a mi marido al morir. Cómo él, yo concentraba ahora en nuestra hija la inmensidad de mi afecto y de mi soledad.

¡Oh! Velaba por ella, puédeseme creer, como si la continuidad de mi vida y la del mundo entero no tuvieran otro destino ni fin que la felicidad de mi hija. ¡Qué sueños de dicha no he hecho para ella, con mi criatura dormida en mis brazos, y sin decidirme a acostarla! ¡Cuán leve me parecía el sacrificio de mi cansancio, si con él podía infundir en su cuerpecito lo que me restaba de vida!

Sí, extremo cansancio… le he explicado a usted, doctor, cómo me sentía entonces. Me reponía por fuera, me hallaba menos delgada y con mejor semblante; pero en el fondo de mis esperanzas algo iba muriendo, extenuándose día tras día. Perdía, a poco de comenzar a tejerlos, el hilo de mis ensueños de dicha y quedaba inerte, con la cabeza caída y mortalmente cansada, como si delante de mis ilusiones se tendiera una infinita y helada vaciedad. A veces, no sé de dónde, me parecía percibir, apenas sensible por la distancia, una voz que pronunciaba el nombre de mi hija. ¡Me sentía tan, tan fatigada!

No podía soñar más con el porvenir, sin que la tristeza de la nada, de la horrible esterilidad de mis fuerzas me helara el corazón. ¿Por qué? No existía, no, ninguna razón para sufrir así. Allí estaba mi adorada nena, cada día más sana y alegre. Nada nos faltaba ni podía faltarnos, dada nuestra posición. ¡No, nada! y estrujando a nuestra hija en mis brazos, sabía bien que el porvenir era todo nuestro. Yo se lo había jurado a mi marido.

El porvenir… mas apenas comenzaba a forjar un sueño de felicidad para mi hija, el ensueño se helaba –¡oh, con qué horrible frío!–, como si el amor de su padre y el mío no fueran bastante para alimentarlo. Y caía abatida en profundo desaliento.

Un mes entero duró este estado de angustia. Una noche, cuando comenzaba a pensar por millonésima vez en los entrañables cuidados de que rodearía siempre a mi nena, en ese momento oí nítidamente estas palabras:

–“No tendrá necesidad”.

¡Oh! ¡Es muy duro para una pobre madre que se desvela por la dicha de su hijita, percibir una voz que le advierte que cuanto haga por conseguirlo será inútil! Esa lúgubre voz daba por fin razón a mis sueños truncos y mi tristeza mortal. Dentro de mí misma, para que fuera más irrecusable, la voz hallaba eco y me advertía que mi hija no tendría necesidad…

¡Porque moriría!

¡Oh, Dios! ¡Morir, nuestra hijita, cuando su padre y su madre daban toda su vida por ella! ¡Oh, no, no! ¡Yo me rebelé, doctor! ¿Qué me importaba que una voz me anunciara su muerte, si yo me atrevía a defender a mi adorada hija contra todo y contra todos?

Desde ese instante mi existencia no fue sino una pesadilla de terror, sin más motivos de existir que la defensa desesperada de la vida de mi nena. ¡Yo te vigilaré! –me gritaba a mí misma–. Y en el preciso instante, desde la tenebrosa profundidad de nuestro destino la voz acentuaba su advertencia, diciéndome:

–“Es inútil cuanto hagas”.

Luego… luego mi hijita debía morir. ¡Dios mío! –clamaba yo rompiéndome en sollozos sobre el cuello de mi nena–. ¿Es posible que la voz que alcanza hasta el corazón de una madre para anunciarle la muerte de su hija le niegue las fuerzas para evitarla?

– Es inútil cuanto hagas”.

¡Oh, no se ha inventado tormento mayor que el que yo sufría! ¡Morir! Pero ¿de qué? ¿De enfermedad? ¿De un accidente?

¡De accidente!

Tuve la seguridad de ello antes de oír las palabras.

–“Morirá por accidente”.

¡Oh! Abrevio, doctor… salíamos antes todas las tardes. Dejamos de salir. Me cercioré diez veces seguidas de la solidez de los muebles. Golpeé horas enteras las paredes. Hice sacar de casa todo lo que no ofrecía completa seguridad. En las piezas desmanteladas iba y venía de un lado para otro, con el corazón ahogado de presagios. Revisaba una y cien veces lo que había examinado ya.

Me sentía totalmente vacía de todo: Dentro de mí no había más que espanto y terror, a los que obedecían como autómatas mis impulsos. Tenía a mi nena constantemente a mi lado, bajo la triple salvaguardia de mi corazón, de mis ojos y de mis manos.

Minuto por minuto, sin embargo, se acercaba inexorable el instante de…

–¡De qué, Dios mío! –clamaba yo en mi angustia–. ¿De qué accidente debo precaverla, salvarla a pesar de todo?

Mientras ahogaba así a mi nena entre mis brazos, tuve súbitamente la horrible revelación: –Morirá por el fuego. E inmediatamente, de la casa entera, de mi aliento, de mis mismas ropas surgió la terrible seguridad de que la vida de mi hija estaba contada: no por meses o días, sino por breves horas…

Como una loca corrí a la cocina, apagué el fuego y eché baldes de agua sobre las cenizas. Ordené que no se encendiera por nada fuego. Requisé todas las cajas de fósforos que había en la casa y las arrojé en el cuarto de baño. Como loca todavía corrí de una pieza a la otra revisando febrilmente todos los cajones de todos los muebles de la casa. Cerré todas las puertas y ventanas, corrí otra vez a la cocina para ver si no se me había desobedecido, y nos refugiamos con mi hija en el escritorio de mi marido, que por ventura nunca había fumado.

Fuego… ¡oh, no! ¡Allí estábamos seguras!

Pero en vez de serenarme, mi angustia se tornaba lancinante a cada nuevo segundo. ¿Y si no había revisado bien? ¿Si la cocinera había reservado una caja de fósforos? ¿Y si llegaba un proveedor a la cocina y encendía el cigarro?…

¡Ah! ¡Allí estaba el peligro! ¡Era eso! Y arrojando con un grito a mi nena de las faldas, me precipité a las piezas de servicio… y la cocinera apenas tuvo tiempo de responder con su alarido al mío: una detonación había hecho retemblar la casa…

 

La pobre madre calló. Por un largo instante, tal vez el preciso para que se apagara, de su alma el último fragor del estampido, permaneció con las manos en los ojos. Por fin:

–Sí… lo demás ya lo sabe usted, doctor… yo también lo supe antes de ver a mi hija en el subsuelo, muerta… sí… durante mi breve ausencia había abierto los cajones del escritorio, y había tomado para jugar un revólver que yacía en el fondo, bien en el fondo de uno de ellos… el arma se le había caído de las manos…

¡Doctor! –exclamó bruscamente con voz entera, descubriendo su semblante desesperado– Yo perdí a mi hija, usted lo sabe, como me lo habían predicho… con una frialdad y una crueldad de que solo Dios es testigo, se me advirtió que mi nena no tendría necesidad de mi cariño… se me dijo que era inútil cuanto hiciera para evitar su muerte… y se me aseguró por fin que moriría de accidente de fuego.

¡De fuego, señor! ¿Por qué no se me dijo claramente que debía morir por una bala o un tiro de revólver, que yo habría podido evitar? ¿Por qué se jugó al equívoco con el corazón de una madre y la vida de una inocente criatura? ¿Por qué se me dejó enloquecer tras los fósforos, sin advertirme que el peligro no estaba allí? ¿Cómo consintió Dios en que se hiciera con mi dolor un simple juego de palabras, para arrancarme así más horriblemente a mi hija? ¿Por qué…?

 

Y su voz se ahogó, como cortada por la violencia con que sus manos habían subido a crisparse sobre el rostro.

Un largo, muy largo silencio sobrevino entonces. Uno de los visitantes lo rompió por fin:

–Usted nos ha dicho, señora, haber oído la voz que le iba augurando su terrible desgracia.

Un hondo estremecimiento recorrió a la enferma; pero ésta no respondió.

–Usted ha manifestado también –prosiguió el visitante– haber percibido en varias ocasiones una voz sumamente lejana. ¿Eran una misma voz la que le advertía en vano del peligro y la que llamaba a su hija?

La enferma asintió con la cabeza.

–¿Reconoció usted esa voz?

Y esta vez, volcándose por fin en un interminable sollozo sobre la almohada, la pobre madre respondió desde el fondo de su horror:

–Sí. Era la de su padre…

 

(Tomado de www.lecturia.org)

 

El caballo

Slawomir Mrozek

 

–Me quedo con este –dijo el comprador en inglés, señalando al semental.

–Dice que se queda con este –traduje al director de la caballeriza, de acuerdo con mi papel de intérprete.

–Imposible, ya está vendido.

–Mentira, no estoy vendido –dijo el caballo en nuestra lengua.

–¿Qué dijo? –preguntó el comprador.

–No importa –dijo el director–. A veces desvaría.

–O este o ninguno –se obstinó el estadunidense–. Es un hermoso caballo y además sabe hablar.

El director de la caballeriza me llevó aparte.

–Este en concreto no lo puedo vender, porque no es un caballo.

–¿Y qué es entonces?

–Dos agentes del servicio secreto de los tiempos de antes de la Revolución, disfrazados de caballo. Cada vez que nuestro generalísimo quería dar un paseo a caballo, los montaba a ellos, es decir a él. Protección personal.

–¿Y qué es lo que hacen aquí todavía?

–Se esconden. Verá: ahora, después de la Revolución, los agentes de los servicios secretos no tienen la vida fácil.

Mientras tanto el caballo-no-caballo se había acercado a nosotros.

–No sea pendejo –le dijo al director–. Para nosotros es la única oportunidad de llegar a Estados Unidos.

–¿Este caballo habla también en rumano? –preguntó el estadunidense, acercándose a nuestro grupo.

–No, sólo en polaco. ¿Por qué lo pregunta?

–Soy representante de una organización que ayuda económicamente a los países de la Europa del Este. Este caballo lo enviaremos a Rumania como semental para mejorar la raza.

–Entonces, muchas gracias –dijo el caballo y se alejó.

–¿Qué dijo? –me preguntó el estadunidense.

–Que vuelve en seguida –mentí. Al fin y al cabo, son asuntos nuestros.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

viernes, 15 de mayo de 2026

La china

Dahlia de la Cerda

 

Siete pecados son los capitales, el mío es la avaricia. Yo estoy en esto por dinero. Entre plata y plomo, elegí los dos porque soy una avara. Ingresé al Centro de Readaptación Social para Mujeres por delitos contra la salud y homicidio. Se oye bien interesante, pero en realidad en ese momento ocupaba el escalón más bajo en la jerarquía de la maña: era halcón para una célula de un cártel muy poderoso. Me gusta recalcar “poderoso”, me hace sentir importante. Mi jale era de mitotera. Yo miraba que pasaban los marinos y en chinga que mandaba un mensaje a un grupo del WhatsApp para que se pusieran al tiro. Obvio no ponía: “Cuidado con los marinos”, de pendeja. Teníamos nuestras claves con puros monitos: un policía + un barco = marinos. Y ya luego un policía + un barco x 20 = cuántos eran. Me pagaban poquito, cinco mil al mes más celulares de alta gama, y se quebraron a mi exmarido, que me maltrataba. Yo no maté a nadie, lo mandé matar.

Un día me encomendaron, para calarme, que moviera un kilo de mota de una colonia a otra y me torcieron unos estatales. Me llevaron presa por delitos contra la salud, me dieron cinco años de prisión y abrieron una investigación por el asesinato de mi ex.

No habían pasado ni seis meses cuando me sacaron del taller de costura, dizque para una actividad. Nos pararon a mí, el burro por delante, y a varias compañeras en el patio; formaditas en hilera. Lo vi llegar. Medía como 1.75, era de complexión robusta: estaba medio gordito, la barba muy delineada y cuidadita, moreno, con un cinto Hermés, todo de negro, empecherado, con lentes oscuros y bien enfierrado. Traía un anillo con una cruz de diamantes, unas botas de esas de las que luego supe que se llaman “tácticas, pechera importada de Israel y armas de lujo que le vendieron unos árabes. Era el comandante Cruz Negra. Venía acompañado de dos plebes tipo soldados, pero sin uniforme.

Nos examinaron una por una y nos dividieron en dos grupos. Unas nos quedamos en el patio y a otras las regresaron a las celdas. Nos interrogó: lo primero que me preguntó fue si alguna vez le había dado piso a alguien. Estaba tan nerviosa que le contesté: “¿Una rata cuenta como alguien? Me gusta matarlas casi casi por hobby. Una vez metí a una pelona en una bolsa de plástico, de esas negras para la basura, y la azoté contra la pared hasta que se despanzurró. Oí clarito cómo chillaba, le tronaban los huesos y se le salían las tripas. También ahogué a un pato en el lavadero de mi casa: bueno, no era un pato, era un pollo, yo lo confundí con un pato y lo aventé al agua. Cuando vi que no nadaba, me dio mucha risa y me entretuve sumergiéndolo hasta que se murió. Tenía siete años”. “No seas mamona”, me respondió. Y luego me cambió la pregunta: “¿Te atreverías a matar?”. “Por un buen billete, simón que sí, viejón”. Me sonrió, me dijo:Vamos, y me sacó como Pedro por su casa junto con cinco plebitas.

Cruz Negra con muchos huevos le dijo al jefe de la cárcel:Me voy a llevar a estas morritas, ahí te arreglas con el patrón. No firmamos nada, no pasamos por puertas de seguridad. Salimos como si fuéramos inocentes, jefas, patronas, invisibles. Nos subieron a la parte de atrás de una camioneta Lobo. Íbamos con seis vatos encapuchados y con chalecos antibalas. Pasamos dos retenes de policías y nomás nos dijeron “adiós”, ni de chiste nos pararon. Nosotras bien voladas respondimos el gesto: “Eh, adiós, plebes, qué guapos”. Ahí inició realmente mi carrera en la delincuencia organizada. Con un “sí, viejón”.

Nos informaron que el sueldo se definía según las aptitudes. Recuerdo que llegamos a una casa en las orillas de la carretera y ahí dejaron a tres morras. Me taparon los ojos con un paño de calavera y me pasaron a los asientos de adelante de la camioneta. Íbamos oyendo corridos bien alterados, fierro, pariente. Abordamos una avioneta, despegamos y aterrizamos. Me quitaron la venda. Estábamos en un cuartel militar, o eso parecía. Amurallado, con torres de vigilancia y fácil fácil unos doscientos hombres armados y encapuchados. Traían radio, celulares y armas chingonas. Me sentí en la película de Rambo. La organización así en total tiene a su servicio más o menos quince mil hombres en el país. Un chingo. ¿Ves que en la carretera hay puestos de cocos? La mayoría son de gente nuestra. Llegas a un pueblito y le propones a cualquier muchacho: “Oye, vale, te compro un celular de lujo, te pongo una palapa, te armo tu negocio de cocos helados y te pago cinco mil al mes para que me avises los movimientos de los feos y de los contras”. Y ya, decenas a tu servicio.

Igual que en cualquier organización militar ahí había comandantes, subcomandantes y soldados. Me informaron que me iban a entrenar como soldado, soldado al servicio de la maña, obviamente. La adrenalina me recorrió la piel bien chingón, no sé por qué.

Si pudiera describir mi historia con una palabra, sería “descontrol”. Estoy descontrolada y he vivido descontrolada toda mi existencia. Desde plebita fui muy impulsiva, muy radical. Me costaba trabajo seguir reglas, respetar figuras de autoridad; me cagaba que me dieran órdenes; me emperraba y me emperra la gente que dice “sí” y significa “no”. No, viejón, para mí el “sí” es “sí” y el “no” esno”. No hay términos medios porque se trata de todo o nada. Yo por eso vivo al extremo, siento al extremo, gasto al extremo y gano dinero al extremo

Tuve muchos novios, muchas aventuras amorosas, muchos amantes y muchos detalles. Mi mamá siempre me decía que yo era de naturaleza promiscua y que al menos debía sacarle billete y provecho. La putería nunca se me dio; yo ya andaría triunfando si en vez de mochar cabezas me hubiera sentado en ellas. Ya traería unas nalgas de infarto, una cinturita de avispa y unas chichis bien bonitas, pero me gusta lo difícil, llevar las cosas un paso más allá; además, la neta, cobrar por sexo jamás se me dio: no sé cómo ponerles precio a las nalgas. Las cotizaciones que hacía o eran de puta de lujo o de piruja de cantina de arrabal. Iba de cinco mil pesos a doscientos pesos. Y es que, qué te digo, no sé lo que es el color gris: una o es cara o es barata, no puedo con la modestia. Para matar también soy extrema, por eso estoy donde estoy.

Entre tanto cabrón nomás éramos ocho mujeres. Dos expolicías, y otras cinco, que quién sabe de dónde salieron, eran las encargadas de la limpieza y la comida y una paramédico. Nos asignaron una cabañita solo para nosotras. Era una casita de madera, con su cocina equipada, su baño y dos recámaras con camas matrimoniales. Había televisión en la salita; todo muy nice. “Ya me trajeron de día de campo”, qué perrón, mi viejón. No, qué chingaos, puro pinche entrenamiento militar. Mira, era una escuelita, como academia de policías, bien de flojera. “Oiga, no, a mí me dijeron que vine a matar gente y a hacer un chingo de dinero, ¿y me va a poner a estudiar?”. “Sí, señora, aquí somos profesionales, no liandros ni miones ni matones de barrio”.

Fueron seis meses de entrenamiento. Aprendimos desde cómo usar armas cortas, largas, M50 para tumbar avionetas hasta primeros auxilios y cómo identificar el nivel de blindaje de una camioneta. Me ponían a trepar el méndigo monte con piedras en la mochila, muy pasado de lanza el cotorreo. A descuartizar nos enseñó un carnicero; sí, un pinche carnicero matacochis. El primer día de preparación lo vi por segunda vez, camuflaje, capucha de calavera, botas y el anillo de cruz: “O se está con nosotros o se está bien con Dios –fue lo primero que nos dijo–. Acá vamos a faltar al quinto mandamiento y nos vamos a forrar en billete. Ocupo gente al tiro, que esté conmigo, que le sea leal a los jefes y obedezca sin mermas las órdenes de la organización. Les ofrezco un trato: me cuidan, los cuido; me obedecen y mochan cabezas y los hago millonarios; me traicionan y los mato. Tienen un minuto para pensar… se acabó. Un paso adelante quien sí le entre; a quien no, le damos su plomo. Fin del comunicado, o algo así; quizás le puse de mi cosecha. A grandes rasgos es eso. No, espera, me faltó algo, las reglas: no se mata inocentes, no se mata sin autorización de la organización; no se desobedece; no se extorsiona, secuestra, roba, viola o delinque sin permiso del Comandante. Di un paso al frente, ni modo, no quedaba otra más que entrarle. Ha valido la pena cada que me he manchado las manos de sangre.

En la organización una sube poco a poco. Empecé vigilando los campos de marihuana. Para llegar a la sierra tenía que hacer un viaje de veinticinco minutos en avioneta. Mi tarea era llevar y traer a los campesinos, cuidar que nadie nos siguiera y alimentarlos. Eran de diez a doce campesinos. Doscientos kilos de marihuana por sembradío.

El segundo puesto fue cuidando los laboratorios de metanfetamina, que también estaban en la sierra. Me daban traje de protección. Ahí me aburría un chingo. Los cocineros son reservados, pero expertos en química; hacen la droga con pastillas para la gripa. Deja un putero de dinero. Medio kilo de criko cuesta cuatro mil y se producen hasta cien kilos a la semana. La meta es la droga de los pobres; la coca, de los ricos; la mota, la de los chavos. Cubrimos todo el mercado.

Mi penúltimo jale en la sierra fue en los campos de amapola, de donde sacan la goma de opio para la heroína. Ahí además la hice de cocinera. Haz de cuenta que se ordeña la florecita y sale un líquido blanco que se deja reposar y al día siguiente ya es negro. Me pagaban ciento setenta y cinco mil pesos al mes, y jamás disparé un arma, pura pinche botánica. En todo ese tiempo viví en el cuartel, pero me movían a trabajar a diferentes puntos en la sierra.

La primera vez que maté, para qué te voy a mentir, sí me costó trabajo. Me llevaron a un plebe que era chapulín: anduvo un rato de halcón de nosotros y se fue con los contras. Lo apañaron unos vales y luego lo mandaron al cuartel a que le diéramos piso. El Comandante se me acercó, me dio una escuadra y me ordenó: “Sobres”. Estaba amarrado, parecía Santo Cristo lleno de sangre. “¿Y si mejor dejamos que se muera de hambre?”. El Comandante me miró y me respondió: “Ay, plebe, no sé si eres sádica o maricona, ya jálale que es una orden”. Subí tiro, cerré los ojos y presioné el gatillo. La bala le entró en la cabeza, entre ceja y ceja. Muerte inmediata. Abrí los ojos y el olor a pólvora y sangre me alteró, le descargué toda la pistola. Un bautizo de sangre y plomo.

De ahí el Comandante me agarró confianza y me ascendió a sicaria. Mi trabajo era levantar culeros, defender territorios, cuidar casas de seguridad, torturar, mochar cabezas y quebrar gente, por supuesto.

¿Cuántos muertos llevo? No sé, muchos. No me arrepiento. Yo puro estilo siciliano, sin remordimiento.

Mi eficacia para la tortura, la decapitación y el asesinato me hizo acreedora al comando especial: comando Cruces Negras. Formar parte de él era lo más alto a lo que puede llegar un sicario. Arriba de eso, en el brazo armado, no hay nadie, solo están los viejones. Sí, los patrones. Éramos cinco elementos, incluido el Comandante. Nuestro objetivo era estar al tiro en la zona de guerra: asesinar y descuartizar, violencia extrema. Colgamos plebes en los puentes, dejamos cabezas de contras en hieleras, tumbamos helicópteros de la Marina. Sobre todo nuestro jale era encargarnos de las cacas grandes, los jefes de plaza de otras organizaciones, armar estrategias de guerra sanguinarias a niveles muy alterados y garantizar la seguridad de los patrones. Un día el viejón llegó a mirar qué pedo con sus comandos de seguridad: “¿Y ésta quién es?”, le preguntó al Comandante mientras me apuntaba con una 40 con la imagen de Al Capone.Es la China, es del comando de las Cruces Negras. Bonita, sanguinaria, hábil en armas orientales y estrategias de guerra, sabe detonar explosivos y lanza granadas”. “Me gusta para escolta de mi plebita, me la llevo”. Al Comandante se le desencajo el rostro, se le notaba que no quería que me fuera; siempre sospeché que me hacía ojitos, pero se lo atribuí a la desesperación de no ver más mujeres. Se tragó el coraje y solo respondió: “A la orden, patrón. Ya oyó al patrón, plebe, va a ser escolta de la niña”. Me quedé fría.

Durante los cinco años que serví como soldado en la organización, solo dos veces al mes bajaba a la ciudad. Una a ver a mi familia, y otra a las pachangas que organizaba el Comandante. Estaba nerviosa de regresar a vivir entre la gente. Mi nuevo hogar sería la casa de la patrona, de la Heredera, le dicen. Aunque me comían los nervios, me emocionó que estaría más cerca de mi hija.

¿Te conté que tengo una hija? Se llama Julieta, recién cumplió diez años y mi familia me la cuida. Con lo que he ganado trabajando les compré su casa en una colonia buena y su camioneta; le deposito cada mes para los gastos y sus lujos. Si me matan un día porque aquí, dicen, hay dos cosas seguras, la cárcel o la muerte–, mi mamá ya tiene su vida asegurada, y mi Juliet también. Yo anduve a raíz, comiendo sobras, con ropa de la segunda y no quiero esa vida de limitaciones para mi plebe. Aquí pagan bien y te acostumbras a matar. No me quejo de mi trabajo, la mera verdad. Es un trabajo muy noble. Si Dios existe, ojalá y Malverde interceda por mí. Yo prefiero morir en batalla que vivir con los pies aterrados, prefiero empuñar mi cuerno que seguir comprando ropa en la segunda.

De ser escolta de guerra pasé a ser la BFF de la hija mimada de un capo, bonita chingadera. Me pagaban lo mismo, no era un asunto de dinero, era de dignidad.

Me sentía degradada. La plebita era un dulce, pero me aburría a su lado. Mis misiones eran básicamente ser su copilota del tingo al tango mientras ella conducía su flamante Mercedes, escucharla cantar corridos, sostenerle el iPhone y acompañarla al spa a hacerse tratamientos de piel de porcelana.

Me pidieron que pasara desapercibida, o sea que no se notara que yo era su escolta, porque además traía a otros plebes en una camioneta aparte. Mi papel era ser su mejor amiga y cuidarle las espaldas a la sorda. No, y qué te cuento: me obligó a deshacerme de mis botas, quería que usara zapatillas; negociamos y me dejó andar en flats y tenis de marca. Cambié mi uniforme por pantalones Louis Vuitton y blusas de Ed Hardy; al inicio no tenía ni puta idea de ropa de marca, pero la patrona me enseñó.

Un día de peda Yuliana me contó que un ahijado del Comandante había matado a su mejor amiga y que ella quería vengarla, pero que su apá no le había dado su autorización. Me saqué de onda bien cabrón: el Comandante era un señor, un tipazo: sabía tratar a las mujeres; era gente de palabra, cómo así. A su mentado ahijado nunca lo topé. A veces los buenos árboles traen mala hierba, y ahí ni qué hacerle. Muchacho cabrón, malagradecido.

A la Yuliana se le llenaban los ojitos de lágrimas nomás de oír el nombre de Regina. Y, cuando la nostalgia le pegaba duro, se quedaba a dormir en la tumba en forma de castillo que le mandó construir allá en la Perla Tapatía.

“¿De dónde te sacó mi apá?”. Mire, plebe, la organización me la sé de arriba abajo, ora sí que, como dijo José José, Yo he rodado de acá para allá, fui de todo y sin medida’”. “No mames, mamona, esto es serio”, me regañó. Le conté de los campos de hierba y los de amapola, de los laboratorios de metanfetaminas, de mi época de sicaria y finalmente del comando Cruces Negras. Saqué de mi bolsa el anillo de cruz de diamantes y se lo puse en la mano. “Su apá trajo a la mejor pa’ cuidarla, la quiere mucho”. Miró el anillo y que me pregunta: “¿Tu lealtad está con el Comandante o conmigo, Karla?” “Con usted, patrona”, le respondí sin titubear. Sonrió. Tira ese anillo a la verga, te lo cambió por un reloj de diamantes”. “Como usted diga, patrona”. Me regaló uno rosa de diamantes de Versace. Doscientos cincuenta mil pesos le costó. Me lo puso en la muñeca y me dijo contenta: “Se te ve hermoso, Karla. ¿Vamos al spa? Te pago un tratamiento de piel de porcelana, estás muy requemada, mija”.

De regreso de una fiesta Yuliana iba manejando y cantando y cuando empezó a sonar el corrido de “Clave 7” me dijo: “Mata al ahijado del Comandante, cuélgalo de un puente en cachitos y te otorgo tu retiro, una casa, un carro y te sigo pagando por cinco años. Si sale mal, le doy lo mismo a tu familia, te mando a escribir un corrido y te hago una tumba perrona y lujosa al lado de la de Regina”. Se persignó al pronunciar el nombre de Regina. “Patrona –le respondí–, usted sabe que, si me ordena ‘quiébrate a ese cabrón, yo lo hago nomás porque es una orden de usted, ¿por qué me ofrece tanta cosa?” “Porque es alta traición, pendeja. Es peligroso, es algo casi suicida”. Lo voy a pensar”, le contesté. Y es que sí, neta neta ocupaba meditarlo bien. “Oiga, no le estoy preguntando, es una orden”. “Su apá me contrató para que la cuide, no para que le mate pelados. Le dije que lo voy a pensar”. “¿Y el corrido quién me lo va a escribir?”, le pregunté por WhatsApp y cerramos el trato. Solo había que planear una buena estrategia de guerra.

Yuliana me ensó el Instagram del mocoso cagón, un pinche narco junior nefasto. Siempre se tapaba la cara en todas las fotografías y el muy hipócrita tenía una con la Regina. Es que deja te cuento: según la versión oficial Regina se suicidó, aunque Yuliana oyó por el celular cómo la mataba porque resulta que la Regina le marcó aterrada para decirle que estaba en peligro y que por favor fuera por ella. Y pum, pum, escuchó los plomazos, y luego le salieron con que ella solita se voló los sesos. Nadie le creyó a Yuliana, o más bien no quisieron esparcir el pedo para no armar un desmadre en la organización; la situación está complicada y se necesita unidad porque los contras cada día ganan más terreno. Total, que el ahijado del Comandante tenía una foto con Regina en la que ella, rubia y guapa, traía una escuadrita forrada de Hello Kitty. Dando un recorrido por el Instagram del plebe, detecté tres vicios, es decir, tres debilidades: mujeres, droga y alcohol. “Mira, Yuliana, te propongo esto: el sábado me arreglas, me voy de antro, lo seduzco y ya en la cama me lo trueno, ¿qué tal? ¿Crees que funcione?” “Sí, plebe. Este niño tiene su identidad protegida en lo público. A lo mucho ha de traer cinco escoltas. Pan comido, viejona”.

El sábado Yuliana le habló a una estilista de su entera confianza para que me arreglara: me alació el cabello y me lo pintó de negro, me sacó la ceja, me maquilló y me puso una faja de látex y un brasier que dizque push up; la patrona me prestó un putivestido negro Fendi, unas zapatillas de esas Dolce & Gabbana y una bolsa enorme de Chanel. “Tienes que verte cara, ese perro es un avaro y, si te mira jodida, no te va a pelar”, me explicó. La ventaja de mi super look de buchona era que en este rancho todas se parecen. Si alguien preguntara cómo era la plebe con la que se fue el vato, era blanca, de cabello largo, lacio, chichona y nalgona. No pos ya valió verga. Podría ser cualquiera. En la bolsa Chanel oculté la escuadra de la Regina, una cinta canela, unas esposas, una granada de mano, mi cartera y mi celular. Yuliana y yo rentamos una habitación en un motel –con cajones de estacionamiento en los cuartos– cerca de un antro que frecuentaba el idiota ese, y dejamos parqueada una camioneta tracker en la que guardé tres bolsas negras, una sierra eléctrica, un cuchillo de carnicero, un bisturí y guantes de látex. La patrona se fue a esperarme a casa y yo me fui en un taxi al antro.

Lo ubiqué enseguida. Llegué muy en perra y le dije al oído: “El viejón me mandó de regalo para usted: me pagó un servicio completo. Son dos horas, todo incluido. El motel también lo dejó cubierto” y le di la clave de seguridad de la empresa; eso mientras le arrimaba las chichis y le ponía la mano en el pito en perra total, plebe. El baboso no tenía ni veinte años, andaba cruzado y hasta la madre. Me respondió que sí, que no podía hacerle un desaire al viejón y les avisó a sus escoltas que nos íbamos. Nos fuimos en su Lamborghini solos él y yo; sus escoltas nos siguieron en una Ford Sport. Al llegar al motel se bajó del auto, les ordenó a sus guaruras que esperaran afuera porque quería privacidad y caminamos juntos hasta la habitación. En cuanto entramos, yo a lo que iba, la neta. Saqué la pistola, le di un cachazo en la nuca, se cayó al piso y lo esposé. Lo inmovilicé, le tapé la boca y lo até de pies y manos. Lo amarré como puerco con la cinta canela. Suspiré. Ya íbamos de gane. Pensé que iba a ser más difícil.

¿Reconoces esta pistola?, le pregunté deslizando la escuadra por su cuello. Asintió con la cabeza. Hasta lo pedo se le quitó. “La dueña me mandó a darte un recadito”, le dije y puse “Clave 7” en mi celular. Prendí un cigarro y me entretuve quemándole los brazos y el pescuezo en lo que llegaba a la parte de Adiós, señor comandante, aquí lo llevo en mi lista, usted me echó por delante, allá lo veo en la revista. Ya tumbaron mi panal, ahora toree las avispas”. Cuando se escuchó “las avispas”, me paré frente a él, lo centré y pum.

Saqué el cuerpo estirándolo de las patas y lo subí a la camioneta que habíamos dejado estacionada en la cochera del cuarto. Arranqué. Como a los dos o tres minutos la plebiza que lo acompañaba se me emparejó y me preguntó por el patrón. “Ya está con san Pedro, plebe, pero les dejó este regalito”, y granada para qué te quiero. Aceleré al máximo por el bulevar. En el desmadre que se hizo me di tiempo de ganar terreno. Tenemos bien peinada toda la ciudad y sabemos dónde sí dónde no hacer desórdenes, así que me lo llevé a una casa abandonada que usábamos como zona de seguridad. Ahí le corté la cabeza, las patas y los brazos, y eché su humanidad en una bolsa negra. Le grabé en el pecho dos triángulos entrelazados, que es el símbolo de los contras. Colgué su torso, una pata, su cabeza y un brazo en el primer puente que me encontré. Lo demás lo tiré en un basurero.

Me desnudé camino a casa de Yuliana. Tiré la ropa en una coladera y me puse el pants y la playera que llevaba para la ocasión. Abandoné la camioneta y pedí un Uber.

Yuliana ya me esperaba en casa. Luego luego me puso algo en el cabello que según era un extractor de color para que volviera a ser castaño claro; lo dejé cuarenta minutos. Me bañé, y, cuando salí de la regadera, yo era otra vez la China. Yuliana veía las noticias. Un flash de última hora notificaba que un cuerpo desmembrado había sido encontrado colgando de un puente. Me abrazó con lágrimas en los ojos. “Ay, plebe, se la rifó”. “Claro que me la rifé, en la sierra y en la ciudad yo soy la China”, le contesté.

 

(Tomado de Cerda, Dahlia de la, Perras de reserva, Narrativa Sexto Piso, México, 2024)