domingo, 26 de julio de 2026

Levitación

Joseph Payne Brennan

 

El Circo Ambulante Morgan llegó a Riverville para dar una función de noche, y plantó sus tiendas en el parque situado en uno de los extremos del pueblo. Era un cálido atardecer de primeros de octubre, y a eso de las siete una gran multitud se había congregado ante la barraca principal del Circo, dispuesta a divertirse.

El espectáculo viajero no era nada del otro jueves en cuanto a presentación y calidad, pero su aparición fue saludada con alborozo en Riverville, una aislada comunidad montaraz que no contaba con cines ni teatros ni campos deportivos, como los que hay en las grandes ciudades.

Los habitantes de Riverville no eran exigentes en sus diversiones; en consecuencia, la inevitable Mujer Gorda, el Hombre Tatuado y el Muchacho Mono les hicieron pasar un buen rato. Mientras contemplaban el espectáculo, masticaban cacahuates y palomitas de maíz, bebían vaso tras vaso de limonada y mantenían ocupados sus dedos con los coloreados papeles que envolvían los caramelos.

Todo el mundo se hallaba en un relajado y tolerante estado de ánimo cuando el presentador empezó a anunciar la actuación del Hipnotizador. El presentador, un hombre pequeñito y rechoncho que vestía una chaqueta a cuadros, aullaba a través de un improvisado megáfono, mientras el Hipnotizador permanecía en último plano sobre la plataforma de madera levantada delante del barracón, con aire indiferente y burlón, sin dignarse mirar a la multitud de espectadores.

Al final, sin embargo, cuando unas cincuenta almas se habían reunido ante la plataforma, el Hipnotizador avanzó hasta quedar a plena luz. Un murmullo se elevó de la multitud.

Iluminado por la lámpara suspendida sobre su cabeza, el Hipnotizador ofrecía un aspecto impresionante. Era un hombre alto, delgadísimo, con una tez sorprendentemente pálida. Pero lo que más llamaba la atención en él eran sus ojos oscuros hundidos en las cuencas, enormes y brillantes. El usado traje negro que vestía, y la corbata de lazo, también negra, que llevaba anudada al cuello, acababan de conferirle un aire mefistofélico

Contempló a la multitud fríamente, con una expresión a la vez resignada y desafiante.

Todos oyeron su voz sonora.

–Para mi experimento, necesito un voluntario –dijo–. Si alguno de ustedes es tan amable como para subir a la plataforma…

Todo el mundo miró a su alrededor o dio con el codo a su vecino, pero nadie se movió.

El Hipnotizador se encogió de hombros.

–No puedo trabajar a menos que uno de ustedes se preste al experimento. Les aseguro, damas y caballeros, que la demostración es completamente inofensiva y no reviste el menor peligro.

Miró a su alrededor con aire expectante, y de pronto un joven empezó a abrirse paso entre la multitud y avanzó hacia la plataforma.

El Hipnotizador lo ayudó a subir los escalones de madera y lo invitó a sentarse en una silla.

–Relájese –dijo el Hipnotizador–. Ahora va usted a dormirse. Y hará exactamente lo que yo le ordene.

El joven se movió en la silla, al tiempo que dirigía una burlesca mueca a la multitud.

El Hipnotizador reclamó su atención, fijando en él sus enormes ojos, y el joven dejó de moverse.

Súbitamente, uno de los espectadores lanzó una bolsita de palomitas de maíz hacia la plataforma. La bolsita describió un arco y fue a aterrizar exactamente en la cabeza del joven sentado en la silla.

El impacto aturdió al joven, que estuvo a punto de caer de la silla, y la multitud, callada un momento antes, estalló en ruidosas carcajadas.

–¿Quién ha sido el gracioso? –preguntó en tono irritado.

El Hipnotizador estaba furioso. Su pálida tez enrojeció y parecía a punto de estallar de rabia al enfrentarse con los espectadores.

La multitud guardó silencio.

El Hipnotizador continuó mirándolos fijamente. Al final, el color abandonó su rostro y dejó de temblar, pero sus brillantes ojos mantenían una expresión amenazadora.

Al cabo de unos segundos volteó hacia el joven sentado en la silla, lo despidió dándole las gracias por su colaboración y se encaró de nuevo con la multitud.

–Debido a la interrupción –anunció en voz baja–, será necesario volver a empezar la demostración… con un nuevo sujeto. Tal vez a la persona que lanzó la bolsita no le importaría subir a la plataforma.

Una docena de espectadores voltearon a ver a alguien que permanecía medio escondido detrás de la multitud.

El Hipnotizador clavó en él sus oscuros ojos, y al hablar su tono era francamente burlón.

–Quizá –dijo– la persona que interrumpió el espectáculo tiene miedo de subir. ¡Prefiere esconderse detrás de la gente y lanzar bolsitas de palomitas!

El culpable profirió una exclamación y luego avanzó con aire beligerante hacia la plataforma. Su aspecto no tenía nada de notable; en realidad, tenía un vago parecido con el joven que había subido anteriormente, y cualquier observador casual los hubiera catalogado a los dos como típicos campesinos.

El segundo joven subió a la plataforma y se sentó en la silla con un visible aire de reto, y por espacio de unos minutos se hizo evidente que se negaba a relajarse, tal como le sugería el Hipnotizador. De pronto, sin embargo, su agresividad desapareció y se quedó mirando obedientemente los imperiosos ojos situados delante de los suyos.

Al cabo de unos instantes se puso en pie, obedeciendo la orden del Hipnotizador, y se tendió de espaldas sobre el entarimado de la plataforma. Los espectadores se quedaron boquiabiertos.

–Ahora va usted a dormirse –le dijo el Hipnotizador–. Va usted a dormirse. Va usted a dormirse. Va usted a dormirse. Va usted a dormirse y hará todo lo que yo le ordene. Todo lo que yo le ordene. Todo…

Su voz se convirtió en una especie de zumbido, repitiendo incansablemente las mismas frases, y la multitud cayó en un religioso silencio.

De repente, en la voz del Hipnotizador apareció una nota completamente nueva, y el auditorio contuvo la respiración.

–Ahora, va usted a alzarse sobre la plataforma –ordenó el Hipnotizador–. ¡Álcese sobre la plataforma!

Sus oscuros ojos brillaban con extraña intensidad, y la multitud se estremeció.

–¡Álcese! ¡Arriba!

El suspiro colectivo de la multitud fue perfectamente audible.

El joven tendido en la plataforma, completamente rígido, sin mover un músculo, empezó a ascender. Subía con lentitud, casi imperceptiblemente al principio, pero su ascensión no tardó en hacerse más rápida.

–¡Arriba! –ordenó la voz del Hipnotizador.

El joven continuó ascendiendo, hasta quedar a unos pies por encima de la plataforma. Y siguió ascendiendo…

Los espectadores estaban convencidos de que existía algún truco, pero a pesar de ello contemplaban la ascensión del joven con la boca abierta. El joven parecía estar suspendido y moverse en el aire sin ninguna clase de apoyo físico.

Repentinamente, la atención de la multitud se vio distraída por otro suceso: el Hipnotizador se llevó una mano al pecho, dio un traspié y se derrumbó sobre la plataforma.

Se oyeron gritos reclamando la presencia de un médico. El presentador de la chaqueta a cuadros subió rápidamente a la plataforma y se inclinó sobre la inmóvil figura.

Le tomó el pulso, sacudió la cabeza y frunció el ceño. Alguien le ofreció una botella de whisky, pero el presentador se limitó a encogerse de hombros.

De pronto, una mujer lanzó un grito.

Todo el mundo volteó a verla y un segundo después todos los ojos se fijaron en un mismo punto.

El grito de horror fue unánime: el joven a quien el Hipnotizador había dormido, seguía ascendiendo. Mientras la atención de la multitud se había distraído con el fatal colapso del Hipnotizador, el joven había continuado subiendo. Se hallaba ahora a más de dos metros de altura por encima de la plataforma y moviéndose inexorablemente hacia arriba. Incluso después de la muerte del Hipnotizador continuaba obedeciendo aquella orden final: “¡Arriba!”.

El presentador, con los ojos a punto de salírsele de las órbitas, dio un frenético salto tratando de agarrar al joven, pero fracasó en su intento. Sus dedos solo pudieron rozar a la moviente figura antes de caer de bruces sobre la plataforma.

La rígida forma siguió flotando hacia arriba, como atraída por una especie de invisible imán.

Las mujeres empezaron a gritar histéricamente; los hombres vociferaban. Pero nadie sabía qué hacer. Una expresión de terror llenó los ojos del presentador al mirar hacia arriba.

–¡Baja, Frank! ¡Baja! –gritó la multitud–. ¡Frank! ¡Despierta! ¡Baja! ¡Párate, Frank!

Pero la rígida forma de Frank se movía incesantemente hacia arriba. Arriba, arriba, hasta que alcanzó el nivel del techo del barracón, hasta que alcanzó la altura de las copas de los árboles más altos, hasta que sobrepasó los árboles y siguió ascendiendo en dirección al despejado cielo de aquella noche de primeros de octubre.

La mayoría de los espectadores se cubrieron los horrorizados rostros con las manos.

Los que continuaron mirando vieron a la forma flotante ascender hacia el cielo hasta que no fue más que una leve mancha, como un diminuto cilindro acercándose cada vez más a la luna.

Luego desapareció del todo.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

sábado, 25 de julio de 2026

Palabras de poder

Jordi Cebrián

 

Llegan pájaros negros. Llueve sangre. El viento grita rencores y rabia. Son trece palabras ya, y si lo he escrito bien las tres primeras frases deben resonar aún en tu cerebro. Vuélvelas a leer. Eso es. Y apaga tu sonrisa, siente la desolación de un paisaje donde todo color se difumina. Cincuenta y cuatro palabras. ¿Ves que el tiempo termina, que el polvo cubre lo hermoso, que el sol quema lo bello? Es el poder y fuerza de los signos: grabar a fuego en tu piel lo terrible y oscuro, sin que sepas jamás que hay detrás del cien.

 

(Tomado de www.cienpalabras.blogspot.com)

 

El día en que nos vengamos

Maeve Brennan

 

Una tarde, unos hombres poco amistosos, vestidos de civiles y pertrechados con revólveres, vinieron a nuestra casa buscando a mi padre, o buscando información sobre él. Esto ocurrió en Dublín, en 1922. El tratado con Inglaterra, que convertía a Irlanda en el Estado Libre Irlandés, acababa de firmarse. Aquellos irlandeses que eran favorables al tratado, los partidarios del Estado Libre, gobernaban el país. Los que habían defendido una república, como mi padre, estaban en rebelión. Mi padre era buscado por el nuevo gobierno y había tenido que esconderse. Vivía clandestinamente, dormía una noche en una casa y la siguiente y la otra en otra, y a veces venía a hurtadillas para vernos. Supongo que mi madre nos había llevado a verlo varias veces, pero yo solo recuerdo una de aquellas visitas, y sé que me pareció muy extraño encontrarlo en la casa de alguien desconocido y dejarlo allí cuando nos fuimos a casa. En cualquier caso, aquellos hombres venían a buscarlo. Entraron abarrotando nuestro estrecho y pequeño vestíbulo y recorrieron toda la casa, arriba y abajo, buscando por todas partes y haciendo preguntas. No había nadie en casa más que mi madre, mi hermana pequeña, Derry, y yo. Emer, mi hermana mayor y el puntal de mi madre, había salido a hacer unos recados. Derry estaba arriba, en la cama con gripe. Yo estaba sentada cómodamente en una butaca baja en la sala, ensartando un collar. Tenía cinco años.

Cuando acabaron de registrar la casa, los hombres entraron en tropel en la sala donde yo estaba, desde la cual podían vigilar la calle. Traían a mi madre con ellos. Se instalaron en la habitación, hablando ociosamente entre sí y esperando. Mi madre estaba apoyada en la pared más apartada de la ventana, observándolos. Parecía muy tensa. Seguramente temía que mi padre se arriesgara a visitarnos y lo atraparan, y que nosotras lo viéramos detenido.

Uno de los hombres se acercó y se quedó frente a mí. Señaló una cuenta azul de cristal para que la añadiera al collar, pero yo le expliqué que era demasiado pequeña para entrar y que la había descartado. El intercambio con aquel hombre extraño me hizo sentir muy lista. Entonces él se inclinó acercándose más a mí.

–Dinos si sabes dónde está tu papá –susurró.

Yo dejé de ensartar cuentas y empecé a pensar, pero mi madre atravesó la habitación y corrió hacia él. Era una mujer bajita y delgada con la cara puntiaguda y el pelo castaño y liso, que siempre llevaba en un moño bajo.

–¿No le da vergüenza? –exclamó–. Interrogar a la niña…

El hombre se apartó de mí y ella volvió a su sitio contra la pared. En aquella época, en 1922, mi madre ya llevaba soportando problemas y ansiedad durante muchos años. Los primeros años de su matrimonio habían estado dominados por los preparativos para la Rebelión de Pascua, de 1916, y había visto a mi padre detenido y condenado primero a muerte y luego a trabajos forzados de por vida. Cuando yo nací, él estaba en la cárcel en Inglaterra y ella estaba sola en Dublín, sin saber cuándo lo vería ni si volvería a verlo. En realidad, lo soltaron un año después, y en 1921 nos trasladamos a la casa de Ranelagh, donde ahora esperábamos a ver qué ocurría.

De pronto, mi madre, al pensar en Derry, que estaba arriba sola en su habitación, abandonó su pared y corrió a la puerta que daba a las escaleras, pero uno de los hombres se adelantó a ella y le apuntó con el revólver. Ella levantó las manos contra el marco de la puerta, mirándolo con media sonrisa. Yo la había visto muchas veces sonreír así cuando estaba agitada.

–No puede abrir esa puerta –dijo el hombre.

–¿No han visto a la pequeña enferma en el piso de arriba? –dijo mi madre–. Estará asustada.

–No importa –dijo el hombre–. Usted no sale de esta habitación.

De nuevo mi madre se retiró a su pared y yo volví a mi collar y los hombres continuaron su charla. Al cabo de un rato se levantaron bruscamente y se marcharon. Mi madre siguió ansiosa, sospechando que podían estar vigilando el final de la calle por si llegaba mi padre. Se fue arriba a hablar con Derry y cuando volvió, la seguí los tres escalones abajo hacia la cocina, que era pequeña y cuadrangular, con un suelo de baldosas rojas y una puerta que daba al jardín. Ella se sentó en la mesa de la cocina. Le pregunté si quería una taza de té y ella dijo que sí. Llené la hervidora, salpicando agua por todo el suelo, pero ella no se fiaba de que encendiera el fuego y al final tuvo que preparar el té ella misma. Al cabo de un rato, llegó Emer a casa y mi madre le ofreció té y le contó todo lo que había pasado y lo que se había dicho, sin olvidar la pregunta que me habían hecho a mí. Al escucharla, de nuevo me invadió la gratitud, la emoción y la sorpresa de que aquel extraño me hubiera incluido a mí en la redada.

La otra única incursión que recuerdo tuvo lugar aproximadamente un año después y los hombres eran más duros. De nuevo estábamos solas en casa mi madre, mi hermana pequeña y yo. Esta vez los hombres llegaron por la mañana. Mi madre estaba con los quehaceres domésticos y llevaba un delantal atado a la cintura. Había abrillantado las varillas de cobre que sujetaban la alfombra roja de la escalera y ahora estaba limpiando el hule en el suelo del comedor. Los hombres entraron atropelladamente, como la otra vez, con sus revólveres, pero en esta ocasión buscaban en serio. Levantaron las camas buscando papeles y cartas, sacaron todos los libros de mi padre de las estanterías y los agitaron, y miraron en todos los cajones y en el ropero y el horno de la cocina. No hubo un centímetro de la casa que no tocaran. Pusieron todas las habitaciones patas arriba. El hule recién limpio se quedó marcado por sus pies impacientes y los dormitorios de arriba se quedaron hechos un asco, con las sábanas y las mantas en el suelo y los colchones amontonados sobre las camas desnudas. Al final, volvieron a la cocina y volcaron las latas de harina y té y azúcar y sal y todo lo que encontraron y metieron las manos dentro y las vaciaron en la mesa y el suelo. Tiraron todas las tazas y platillos. Aun así no encontraron nada, pero la casa parecía haber sufrido una explosión sin que se cayeran las paredes. Al fin se dispusieron a marcharse, pero cuando estaban a punto, uno de ellos, un tipo aplicado, se precipitó a la chimenea de la sala principal y metió las manos por el cañón y asomó la cabeza lo más que pudo, intentando ver lo que pudiera haber allí. Una gran lluvia blanda de hollín le cayó encima, cubriéndole cabeza y hombros. Se apresuró a salir de nuevo a la habitación, con las manos negras y la cara moteada. Parte del hollín le había entrado por las mangas y otra parte seguía cayendo sobre la alfombra. Miró a sus compañeros, se palmeó para sacudirse la suciedad y entonces se marcharon.

Cuando se fueron, mi madre contempló el daño que habían hecho. Tardaría mucho tiempo poner la casa como estaba antes. Fuimos todas a la cocina y examinamos los trastornos. Esta vez no era cosa de ponerse a hacer té, porque el té estaba en el suelo, junto con la harina y el azúcar.

Muy pocas veces habíamos oído a mi madre reírse fuerte a carcajadas. Normalmente tenía una forma muy calmada, casi secreta, de reírse. En cambio ese día la risa la sacudió.

–¡Oh! –exclamó–. ¿Vieron su cara cuando salió de la chimenea?

Mi hermana pequeña y yo empezamos a saltar a su alrededor, riéndonos.

–¡Ah! –exclamó mi madre–. ¿Por qué se me olvidó hacer que limpiaran la chimenea? ¡Oh, gracias a Dios que se me olvidó llamar para que limpiaran la chimenea!

Y con nosotras parloteando encantadas, en incrédula compañía, estalló en carcajadas con tanta fuerza que parecía que pudiera rompérsele el corazón.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

viernes, 24 de julio de 2026

El lobisón

Horacio Quiroga

 

Una noche en que no teníamos sueño, salimos afuera y nos sentamos. El triste silencio del campo plateado por la luna se hizo al fin tan cargante que dejamos de hablar, mirando vagamente a todos lados. De pronto Elisa volvió la cabeza.

–¿Tiene miedo? –le preguntamos.

–¡Miedo! ¿De qué?

–¡Tendría que ver! –se rio Casacuberta–. A menos…

Esta vez todos sentimos ruido. Dingo, uno de los perros que dormían, se había levantado sobre las patas delanteras, con un gruñido sordo. Miraba inmóvil, las orejas paradas.

–Es en el ombú –dijo el dueño de casa, siguiendo la mirada del animal. La sombra negra del árbol, a treinta metros, nos impedía ver nada. Dingo se tranquilizó.

–Estos animales son locos –replicó Casacuberta–, tienen particular odio a las sombras…

Por segunda vez el gruñido sonó, pero entonces fue doble. Los perros se levantaron de un salto, tendieron el hocico, y se lanzaron hacia el ombú, con pequeños gemidos de premura y esperanza. Enseguida sentimos las sacudidas de la lucha.

Las muchachas dieron un grito, las polleras en la mano, prontas para correr.

–Debe ser un zorro. ¡Por favor, no es nada! ¡Toca, toca! –animó Casacuberta a sus perros. Y conmigo y Vivas corrió al campo de batalla. Al llegar, un animal salió a escape, seguido de los perros.

–¡Es un chancho de casa! –gritó aquél riéndose. Yo también reí. Pero Vivas sacó rápidamente el revólver, y cuando el animal pasó delante suyo, lo mató de un tiro.

Con razón esta vez, los gritos femeninos fueron tales que tuvimos necesidad de gritar a nuestro turno explicándoles lo que había pasado. En el primer momento Vivas se disculpó calurosamente con Casacuberta, muy contrariado por no haberse podido dominar. Cuando el grupo se rehízo, ávido de curiosidad, nos contó lo que sigue. Como no recuerdo las palabras justas, la forma es indudablemente algo distinta.

–Ante todo –comenzó– confieso que desde el primer gruñido de Dingo preví lo que iba a pasar. No dije nada, porque era una idea estúpida. Por eso, cuando lo vi salir corriendo, una coincidencia terrible me tentó y no fui dueño de mí. He aquí el motivo.

“Pasé, hace tiempo, marzo y abril en una estancia del Uruguay, al norte. Mis correrías por el monte familiarizándome con algunos peones, no obstante la obligada prevención a mi facha urbana. Supe así un día que uno de los peones, alto, amarillo y flaco, era lobisón. Ustedes tal vez no lo sepan: en el Uruguay se llama así a un individuo que de noche se transforma en perro o cualquier bestia terrible, con ideas de muerte.

“De vuelta a la estancia fui al encuentro de Gabino, el peón aludido. Le hice el cuento y se rio. Comentamos con mil bromas el cargo que pesaba sobre él. Me pareció bastante más inteligente que sus compañeros. Desde entonces éstos desconfiaron de mi inocente temeridad. Uno de ellos me lo hizo notar, con su sonrisita compasiva de campero:

“–Tenga cuidado, patrón…

“Durante varios días lo fastidié con bromas al terrible huésped que tenían. Gabino se reía cuando lo saludaba de lejos con algún gesto demostrativo.

“En la estancia, situado exactamente como éste, había un ombú. Una noche me despertó la atroz gritería de los perros. Miré desde la puerta y los sentí en la sombra del árbol destrozando rabiosamente a un enemigo común. Fui y no hallé nada. Los perros volvieron con el pelo erizado.

“Al día siguiente los peones confirmaron mis recuerdos de muchacho: cuando los perros pelean a alguna cosa en el aire, es porque el lobisón invisible está allí.

“Bromeé con Gabino.

“–¡Cuidado! Si los bull-terriers lo pescan, no va a ser nada agradable.

“–¡Cierto! –me respondió en igual tono–. Voy a tener que fijarme.

“El tímido sujeto me había cobrado cariño, sin enojarse remotamente por mis zonceras. Él mismo a veces abordaba el tema para oírme hablar y reírse hasta las lágrimas.

“Un mes después me invitó a su casamiento; la novia vivía en el puesto de la estancia lindera. Aunque no ignoraban allá la fama Gabino, no creían, sobre todo ella.

“–No cree –me dijo maliciosamente. Ya lejos, volvió la cabeza y se rio conmigo.

“El día indicado marché; ningún peón quiso ir. Tuve en el puesto el inesperado encuentro de los dueños de la estancia, o mejor dicho, de la madre y sus dos hijas, a quienes conocía. Como el padre de la novia era hombre de toda confianza, habían decidido ir, divirtiéndose con la escapatoria. Les conté la terrible aventura que corría la novia con tal marido.

“–¡Verdad! ¡La va a comer, mamá! ¡La va a comer! –rompieron las muchachas.

“–¡Qué lindo! ¡Va a pelear con los perros! ¡Los va a comer a todos! –palmoteaban alegremente.

“En ese tono ya, proseguimos forzando la broma hasta tal punto que, cuando los novios se retiraron del baile, nos quedamos en silencio, esperando. Fui a decir algo, pero las muchachas se llevaron el dedo a la boca.

“Y de pronto un alarido de terror salió del fondo del patio. Las muchachas lanzaron un grito, mirándome espantadas. Los peones oyeron también y la guitarra cesó. Sentí una llamarada de locura, como una fatalidad que hubiera estado jugando conmigo mucho tiempo. Otro alarido de terror llegó, y el pelo se me erizó hasta la raíz. Dije no sé qué a las mujeres despavoridas y me precipité locamente. Los peones corrían ya. Otro grito de agonía nos sacudió, e hicimos saltar la puerta de un empujón: sobre el catre, a los pies de la pobre muchacha desmayada, un chancho enorme gruñía. Al vernos saltó al suelo, firme en las patas, con el pelo erizado y los belfos retraídos. Miró rápidamente a todos y al fin fijó los ojos en mí con una expresión de profunda rabia y rencor. Durante cinco segundos me quemó con su odio. Precipitose en seguida sobre el grupo, disparando al campo. Los perros lo siguieron mucho tiempo.

“Este es el episodio; claro es que ante todo está la hipótesis de que Gabino hubiera salido por cualquier motivo, entrando en su lugar el chancho. Es posible. Pero les aseguro que la cosa fue fuerte, sobre todo con la desaparición para siempre de Gabino.

“Este recuerdo me turbó por completo hace un rato, sobre todo por una coincidencia ridícula que ustedes habrán notado: a pesar de las terribles mordidas de los perros –y contra toda su costumbre– el animal de esta noche no gruñó ni gritó una sola vez”.

 

(Tomado de www.lecturia.org)

 

La ley de la vida

Jack London

 

El viejo Koskoosh escuchaba atentamente. Aunque había perdido la vista hacía mucho, conservaba un oído agudo, y el menor sonido llegaba hasta la débil chispa de inteligencia que aún alentaba tras su frente marchita, aunque ya no pudiera asomarse a contemplar las cosas del mundo. ¡Ah! Aquella era Sit-cum-to-ha, que maldecía a los perros con voz chillona mientras los golpeaba y empujaba para meterlos en los arneses. Sit-cum-to-ha era hija de su hija, pero estaba demasiado ocupada para dedicar siquiera un pensamiento a su quebrantado abuelo, que permanecía allí solo en la nieve, desamparado e indefenso. Había que levantar el campamento. El largo camino aguardaba, mientras el breve día se negaba a demorarse. La vida y sus deberes la llamaban, no la muerte. Y él estaba ya muy cerca de la muerte.

Ese pensamiento llenó de pánico al anciano por un instante. Extendió una mano tullida, que vagó temblorosa sobre el pequeño montón de leña seca que tenía al lado. Tranquilizado al comprobar que seguía allí, volvió a esconderla bajo sus pieles mugrientas y se puso de nuevo a escuchar. El hosco crujir de las pieles semicongeladas le indicó que habían desmontado la tienda de piel de alce del jefe y que ya la comprimían hasta reducirla a un bulto transportable. El jefe era su hijo, recio y fuerte, el principal entre los hombres de la tribu y un cazador formidable. Mientras las mujeres se afanaban con el equipaje del campamento, su voz se alzó para reprenderlas por su lentitud. El viejo Koskoosh aguzó el oído. Era la última vez que oiría aquella voz. ¡Ahí iba la tienda de Geehow! ¡Y la de Tusken! Siete, ocho, nueve: solo podía quedar en pie la del chamán. ¡Ya estaba! Ahora trabajaban en ella. Podía oír al chamán gruñir mientras la cargaba en el trineo. Un niño gimoteó y una mujer lo calmó con suaves sonidos guturales, como un arrullo. El pequeño Koo-tee, pensó el anciano. Un niño quejumbroso y no demasiado fuerte. Quizá moriría pronto; entonces encenderían una hoguera para abrir una fosa en la tundra helada y apilarían piedras sobre la tumba, para mantener alejados a los glotones. Bueno, ¿qué importaba? Viviría unos pocos años, a lo sumo, y pasaría tantos días con el vientre vacío como lleno. Al final lo aguardaba la Muerte, siempre hambrienta, más hambrienta que todos ellos.

¿Qué era aquello? Ah, los hombres estaban amarrando los trineos y tensando las correas. Escuchó con atención, él que no volvería a oír. Los látigos restallaban y mordían entre los perros. ¡Cómo gemían! ¡Cuánto odiaban el trabajo y el camino! ¡Ya partían! Los trineos, uno tras otro, se alejaron lentamente hasta perderse en el silencio. Se habían ido. Habían salido de su vida, y él afrontaba solo la última hora amarga. No. La nieve crujió bajo un mocasín. Un hombre se detuvo a su lado y una mano se posó con suavidad sobre su cabeza. Su hijo había tenido la bondad de hacer aquello. Recordó a otros ancianos cuyos hijos no se habían rezagado cuando partió la tribu. El suyo sí. Se perdió en el pasado hasta que la voz del joven lo trajo de vuelta.

–¿Estás bien? –preguntó.

–Estoy bien –respondió el anciano.

–Tienes leña a tu lado –continuó el joven–, y el fuego arde con fuerza. La mañana está gris y el frío ha cedido. Pronto nevará. Ya está nevando.

–Sí, ya está nevando.

–Los miembros de la tribu tienen prisa. Sus fardos pesan y sus vientres están hundidos por la falta de alimento. El camino es largo y avanzan deprisa. Me marcho ya. ¿Está bien?

–Está bien. Soy como una hoja del pasado año que apenas se aferra al tallo. Al primer soplo, caeré. Mi voz se ha vuelto como la de una anciana. Mis ojos ya no me muestran dónde poner los pies. Los pies me pesan y estoy cansado. Está bien.

Inclinó la cabeza, conforme, hasta que se extinguió el último sonido de la nieve quejumbrosa y supo que su hijo se encontraba ya demasiado lejos para llamarlo y hacerlo volver. Entonces extendió la mano con premura hacia la leña. Solo ella se interponía entre él y la eternidad que se abría ante él. Al final, la medida de la vida que le quedaba era un puñado de leños. Uno tras otro alimentarían el fuego y, del mismo modo, paso a paso, la muerte se acercaría sigilosa. Cuando el último leño hubiera entregado su calor, la helada comenzaría a cobrar fuerza. Primero cederían sus pies, luego sus manos, y el entumecimiento avanzaría lentamente desde las extremidades hacia el cuerpo. La cabeza caería hacia delante sobre las rodillas y entonces descansaría. Era sencillo. Todos los hombres debían morir.

No se quejaba. Así era la vida, y era justo. Había nacido cerca de la tierra, cerca de la tierra había vivido, y su ley no le era desconocida. Era la ley de toda carne. La Naturaleza no era bondadosa con la carne. No se preocupaba por esa cosa concreta llamada individuo. Su interés estaba en la especie, en la raza. Aquella era la abstracción más profunda que la mente bárbara del viejo Koskoosh podía concebir, pero él la comprendía cabalmente. La veía manifestarse en toda forma de vida. El ascenso de la savia, el verdor que estallaba en la yema del sauce, la caída de la hoja amarilla: solo en eso se contaba la historia entera. La Naturaleza solo imponía una tarea al individuo. Si no la cumplía, moría. Si la cumplía, daba lo mismo: también moría. A la Naturaleza no le importaba. Había muchos que obedecían, y lo que vivía y viviría siempre era la obediencia a ese mandato, no quienes obedecían.

La tribu de Koskoosh era muy antigua. Los ancianos a quienes había conocido de niño habían conocido a otros ancianos antes que ellos. Por lo tanto, era verdad que la tribu vivía, que encarnaba la obediencia de todos sus miembros remontándose hasta aquel pasado olvidado, cuyas sepulturas mismas ya nadie recordaba. Los individuos no contaban. Eran episodios. Habían desaparecido como las nubes de un cielo de verano. Él también era un episodio y desaparecería. A la Naturaleza no le importaba. A la vida le impuso una sola tarea y le dio una sola ley. Perpetuarse era la tarea de la vida; la muerte, su ley.

Una doncella era una criatura agradable de contemplar, de pechos llenos y vigorosa, con brío en el paso y luz en los ojos. Pero su tarea aún estaba por delante. La luz de sus ojos se hacía más intensa y su paso se avivaba. Unas veces se mostraba audaz con los jóvenes, otras tímida, y les transmitía su propia inquietud. Y cada vez se volvía más y más hermosa, hasta que algún cazador, incapaz ya de contenerse, se la llevaba a su tienda para que cocinara y trabajara para él y se convirtiera en la madre de sus hijos. Con la llegada de los hijos, su belleza la abandonaba. Arrastraba las piernas y caminaba con torpeza, los ojos se le apagaban y se llenaban de legañas, y solo los niños pequeños encontraban alegría al arrimarse a la mejilla marchita de la vieja india sentada junto al fuego. Su tarea estaba cumplida. No faltaría mucho. En cuanto arreciara el hambre o se presentara la primera marcha larga, la abandonarían, tal como lo habían abandonado a él, en la nieve, con un pequeño montón de leña. Esa era la ley.

Colocó con cuidado un leño en el fuego y reanudó sus meditaciones. En todas partes ocurría lo mismo, con todas las cosas. Los mosquitos desaparecían con la primera helada. La pequeña ardilla arborícola se alejaba a rastras para morir. Cuando la vejez caía sobre el conejo, este se volvía lento y pesado y ya no podía dejar atrás a sus enemigos. Hasta el gran oso de cara blanca se volvía torpe, ciego y pendenciero, para acabar derribado por un puñado de huskies que ladraban. Recordó cómo había abandonado a su propio padre en el curso alto del Klondike, un invierno, el invierno anterior a la llegada del misionero con sus libros que hablaban y su caja de medicinas. Muchas veces Koskoosh se había relamido al recordar aquella caja, aunque ahora su boca se negaba a humedecerse. El “calmante” había sido especialmente bueno. Pero, a fin de cuentas, el misionero era una molestia: no llevaba carne al campamento, comía con buen apetito y los cazadores refunfuñaban. Sin embargo, el frío le dañó los pulmones en la divisoria cercana al Mayo, y más tarde los perros apartaron las piedras con el hocico y se disputaron sus huesos.

Koskoosh puso otro leño en el fuego y se internó aún más en sus recuerdos. Recordó la época de la Gran Hambruna, cuando los ancianos se acuclillaban junto al fuego con el vientre vacío y dejaban escapar de sus labios vagas tradiciones de los tiempos antiguos, cuando el Yukón había corrido completamente libre de hielo durante tres inviernos y luego había permanecido congelado durante tres veranos. Había perdido a su madre en aquella hambruna. Ese verano los salmones no remontaron el río, y la tribu aguardó el invierno y la llegada de los caribúes. Después llegó el invierno, pero no trajo caribúes. Jamás se había visto algo semejante, ni siquiera en vida de los más ancianos. Pero los caribúes no llegaron. Aquel era el séptimo año, los conejos no se habían multiplicado y los perros no eran más que manojos de huesos. A lo largo de la prolongada oscuridad, los niños gemían y morían, y también las mujeres y los ancianos. Ni uno de cada diez miembros de la tribu vivió para recibir al sol cuando este regresó en primavera. ¡Aquello sí que había sido una hambruna!

Pero también había conocido épocas de abundancia, cuando la carne se les echaba a perder y los perros engordaban hasta volverse inútiles de tanto comer. Épocas en que dejaban marcharse a las presas sin matarlas, las mujeres eran fecundas y las tiendas estaban atestadas de niños y niñas despatarrados. Entonces los hombres se volvían altivos, reavivaban viejas querellas y cruzaban los pasos montañosos hacia el sur para matar a los Pellys y hacia el oeste para sentarse junto a los fuegos apagados de los Tananas. Recordó que, cuando era niño, durante una época de abundancia, vio a los lobos derribar un alce. Zing-ha estaba tendido junto a él en la nieve y observaba. Zing-ha, que más tarde se convirtió en el más astuto de los cazadores y que, al final, cayó por un respiradero abierto en el hielo del Yukón. Lo encontraron un mes después, cuando apenas había conseguido sacar medio cuerpo y había quedado rígido, congelado contra el hielo.

Pero el alce. Zing-ha y él habían salido aquel día a jugar a cazar como lo hacían sus padres. En el lecho del arroyo dieron con el rastro reciente de un alce y, junto a él, las huellas de muchos lobos. –Es viejo –dijo Zing-ha, más diestro en interpretar las huellas–. Un viejo que no puede seguir el paso de la manada. Los lobos lo han separado de los suyos y ya no lo dejarán. Y así era. Así actuaban. De día y de noche, sin descansar nunca, gruñéndole a los talones y lanzando mordiscos contra su hocico, permanecerían junto a él hasta el final. ¡Cómo sintieron Zing-ha y él avivarse en su interior la sed de sangre! ¡El desenlace sería digno de verse!

Echaron a andar con pasos ansiosos tras el rastro, y hasta él, Koskoosh, corto de vista y rastreador inexperto, habría podido seguirlo con los ojos cerrados, de tan ancho que era. Siguieron muy de cerca la persecución, leyendo a cada paso la sombría tragedia recién escrita. Llegaron al lugar donde el alce había presentado batalla. En todas direcciones, la nieve estaba pisoteada y revuelta en una extensión equivalente a tres cuerpos de hombre adulto. En el centro se veían las huellas profundas de las pezuñas abiertas del alce y, por todas partes alrededor, las pisadas más ligeras de los lobos. Algunos, mientras los demás acosaban a la presa, se habían tendido a un lado para descansar. Las huellas de sus cuerpos extendidos sobre la nieve eran tan nítidas como si las hubieran dejado un instante antes. Un lobo había quedado atrapado en una arremetida salvaje de la víctima enloquecida y había muerto pisoteado. Unos cuantos huesos, roídos hasta quedar limpios, daban testimonio de ello.

Más adelante volvieron a detenerse ante otro lugar donde el alce había presentado batalla. Allí el gran animal había luchado con desesperación. Dos veces lo habían derribado, según atestiguaba la nieve, y dos veces se había sacudido de encima a sus atacantes y había vuelto a ponerse en pie. Hacía mucho que había cumplido la tarea que le correspondía, pero no por eso amaba menos la vida. Zing-ha dijo que era extraño que un alce consiguiera liberarse una vez caído, pero aquel sin duda lo había hecho. El chamán vería señales y prodigios en aquello cuando se lo contaran.

Más adelante llegaron a otro lugar donde el alce había intentado subir la pendiente de la ribera y alcanzar el bosque. Pero sus enemigos se habían lanzado sobre él desde atrás, hasta que se alzó sobre las patas traseras y cayó de espaldas sobre ellos, hundiendo a dos profundamente en la nieve. Era evidente que la presa estaba a punto de caer, pues los demás lobos habían dejado intactos a aquellos dos. Pasaron apresuradamente junto a otros lugares donde el alce había presentado batalla. Estaban muy próximos entre sí y la lucha había durado poco. El rastro era rojo ahora, y la zancada antes limpia y firme del gran animal se había vuelto corta y desordenada. Entonces oyeron los primeros sonidos de la batalla, no el coro a pleno pulmón de la persecución, sino el ladrido breve y seco que hablaba de lucha cuerpo a cuerpo y dientes hundidos en la carne. Avanzando contra el viento, Zing-ha se arrastró sobre el vientre por la nieve y junto a él reptó Koskoosh, quien llegaría a ser jefe de la tribu en los años venideros. Juntos apartaron las ramas bajas de un abeto joven y miraron al otro lado. Contemplaron el final.

La imagen, como todas las impresiones de la juventud, aún permanecía viva en él, y sus ojos apagados veían cómo el desenlace volvía a representarse con la misma viveza que en aquel tiempo remoto. Koskoosh se maravillaba de que así fuera, pues en los años posteriores, cuando había sido jefe de hombres y principal entre los consejeros, había realizado grandes hazañas y convertido su nombre en una maldición en boca de los Pellys, por no hablar del forastero blanco al que había matado, cuchillo contra cuchillo, en combate abierto.

Meditó largo rato sobre los días de su juventud, hasta que el fuego menguó y la helada mordió con más fuerza. Esta vez lo alimentó con dos leños y calculó, por los que quedaban, cuánto tiempo más podría aferrarse a la vida. Si Sit-cum-to-ha se hubiera acordado de su abuelo y hubiese recogido una brazada mayor, habría vivido unas horas más. Qué fácil le habría resultado. Pero siempre había sido una niña descuidada y no honraba a sus antepasados desde que Beaver, hijo del hijo de Zing-ha, puso los ojos en ella por primera vez. Bueno, ¿qué importaba? ¿Acaso él no había hecho lo mismo en su impetuosa juventud? Durante un rato escuchó el silencio. Quizá el corazón de su hijo se ablandara y regresara con los perros para llevar a su viejo padre con la tribu hasta donde abundaban los caribúes, cargados de grasa.

Aguzó el oído y, por un instante, su mente inquieta quedó inmóvil. Ni un movimiento. Nada. Solo él respiraba en medio del gran silencio. Estaba muy solo. ¡Oía algo! ¿Qué era aquello? Un escalofrío le recorrió el cuerpo. El familiar aullido, largo y sostenido, rasgó el vacío. Sonaba muy cerca. Entonces se proyectó ante sus ojos oscurecidos la visión del alce, el viejo alce macho, con los flancos desgarrados y los costados ensangrentados, la crin hecha jirones y las grandes astas ramificadas, inclinadas hacia el suelo y agitándose hasta el final. Vio las fugaces siluetas grises, los ojos relucientes, las lenguas colgantes, los colmillos cubiertos de baba. Y vio cómo el círculo inexorable se estrechaba hasta convertirse en un punto oscuro en medio de la nieve pisoteada.

Un hocico frío se apoyó contra su mejilla y, al sentirlo, su alma volvió de un salto al presente. Metió bruscamente la mano en el fuego y sacó un tizón encendido. Contenida por un instante por su miedo ancestral al hombre, la bestia retrocedió y lanzó un largo aullido para llamar a sus hermanos. Estos respondieron, hasta formar a su alrededor un círculo de figuras grises, agazapadas y con las fauces cubiertas de baba. El anciano escuchó cómo se estrechaba el círculo. Agitó el tizón con furia, y los husmeos se convirtieron en gruñidos, pero las jadeantes bestias no se dispersaron. Primero avanzó una, arrastrando el pecho por el suelo y los cuartos traseros tras de sí; luego otra, y después una tercera. Ninguna retrocedió. ¿Por qué aferrarse a la vida?, se preguntó, y dejó caer el tizón ardiente en la nieve. Este siseó y se apagó. El círculo gruñó con inquietud, pero permaneció en su sitio. Koskoosh volvió a ver la última resistencia del viejo alce macho y dejó caer, rendido, la cabeza sobre las rodillas. Después de todo, ¿qué importaba? ¿No era acaso la ley de la vida?

 

(Tomado de www.lecturia.org)

 

Caín

Fredric Brown

 

En el pasillo, al nuevo guardián, el pelirrojo, no le gustaban aquellos gemidos ahogados; no creía que fuera a gustarle aquel nuevo trabajo. Sin embargo, estaba de servicio, como Joe, durante toda la noche. Joe señaló con un dedo.

–Ese es Kiessling. Mató a su hermano. ¿Leíste en los diarios el juicio? –dijo.

–Sí –contestó el pelirrojo–. ¿Qué hora es?

–Las tres –respondió Joe–. Aún faltan dos horas.

En el interior de la celda, Dana Kiessling yacía rígido en su catre, con la boca hundida en el cojín que apenas lograba amortiguar los sonidos que emitía. Se avergonzaba de aquellos sonidos; quería ser valiente. ¿Por qué no lo conseguiría? Su vida había sido un revoltijo tan espantoso. ¿Por qué no lograría el suficiente valor para estar tranquilo durante aquellas pocas horas que le quedaban?

Era un cobarde y ahora, ya fuera de toda duda, se daba cuenta de ello. Pero el saberlo no lo ayudaba a luchar contra ello. ¿Estaría completamente deshecho mañana, se preguntaba, en el último minuto de aquella mañana? ¿Tendrían que llevarlo a rastras, gritando como una mujerzuela, empujándolo y sujetándolo a la silla de la que nunca más volvería a levantarse?

Era horroroso imaginar todo eso, pero más horrible resultaba la visión de sí mismo, sujeto a aquel invento mortífero, con la negra capucha sobre la cara, y luego el espasmo de su cuerpo al sentir la corriente.

Deseó gritar solo al pensar en todo aquello. Y dentro de unas pocas horas ya no sería un mero pensamiento; sería un hecho, un hecho consumado. La corriente circulando por su cuerpo, un cuerpo espasmódico, convulsivo. Se acordó de las patas de las ranas en el laboratorio de química, del maestro que colocaba los dos cables, y de las súbitas convulsiones del anca. La rana ya estaba muerta; no había sentido nada en absoluto, sin embargo había dado aquellas sacudidas. Pero él estaría vivo cuando la corriente pasara a través de él.

¿Viviría después? Eso ya sería el horror de los horrores. Sabía, pues había leído las descripciones de otras ejecuciones, que a veces resulta necesaria una segunda o incluso una tercera aplicación de la corriente. La primera no siempre lograba matar.

La electricidad no era predecible; había leído en alguna parte que un hombre, un operario de la compañía eléctrica, había sufrido una serie de descargas de alta tensión, descargas que habían llegado a carbonizar varias partes de su cuerpo, pero que sin embargo sobrevivió.

Él también podría sobrevivir. Pero si así fuera, una segunda descarga, un segundo paroxismo de dolor, de carbón, de fuego atravesando sus entrañas, atravesando cada una de sus fibras. Y si esta fallaba, una tercera. E infinitas, hasta que dictaminaran que ya estaba muerto, hasta que la vida que había en él, la vida que era él, hubiera desaparecido de su cuerpo.

Y después del dolor, la noche eterna de la muerte. También le asustaba esto; no quería morir. Le daba miedo morir.

El miedo a esa nada indefinida lo atenazó con tanta fuerza que tuvo que morder el almohadón para no gritar. Siempre le había dado miedo la muerte. El miedo lo había acompañado desde niño, desde que supo lo que era la muerte. Había soñado con ello. Y aquel miedo solo había disminuido ligeramente mientras crecía. Y ahora volvía a él con la misma intensidad que cuando tenía diez años y la muerte de un amigo con el que cada día jugaba a la salida de la escuela había irrumpido en su mente haciéndolo comprender su propia condición de mortal. La pena por la muerte de su compañero era solo una bagatela en comparación con la idea: esto también puede ocurrirme a mí.

Aquella noche la había pasado llorando, igual como lo estaba haciendo esta noche; había intentado luchar contra el pánico de la misma forma en que ahora lo estaba intentando, y con igual suerte. Sin embargo, aquella noche sus padres lo habían oído y estuvieron consolándolo. Claro que ellos habían pensado que la razón de aquellos llantos era por la pérdida del amigo; habían confundido el miedo con la pena. Su madre se había sentado al borde de la cama y le había cogido una mano, lo que lo había ayudado a no sentirse solo. Pero esta noche se encontraba solo, completamente solo, en la noche más terrorífica de todas. Para una persona que se había pasado la vida temiendo la llegada de la muerte ¿no sería aquel el horror supremo, sabiendo que la muerte llegaría con el alba?

Volvió a morder el almohadón y lo encontró húmedo y empapado. Se echó sobre sus espaldas pero metiéndose el puño en la boca para no gritar.

Las ejecuciones eran increíblemente crueles, pensó. ¿Por qué no podría ser la ley tan compasiva con el criminal como éste lo hubiera sido con su víctima? George no había sufrido; ni siquiera había llegado a saber que iba a morir. Odiando como había odiado a George, y aun le había concedido esa gracia. No había pasado ni un segundo siquiera, ni una fracción de segundo, de miedo ni de conocimiento de lo que le esperaba.

Mala suerte había tenido al ser atrapado por culpa de un maldito accidente de segunda categoría, una mera cuestión de salpicaderas abolladas, solo dos millas más allá de la escena del crimen y mientras aún seguía con el coche robado. Ni siquiera había ocurrido por su culpa… o quizás sí, ya que, desde luego, se había puesto nervioso. Pero principalmente había sido culpa del otro conductor, queriéndolo pasar en un cambio de rasante y cerrándolo bruscamente al ver aparecer aquel camión enfrente de ellos. De todas formas tenía que reconocer que, de haber estado en su pleno juicio, habría podido evitar el accidente pisando el freno a fondo y dejando que el otro se colocara delante, en vez de querer acelerar para que no lo pasara. El otro conductor había pensado lo mismo que él y también había acelerado. Luego, para evitar el choque de frente con el camión, se había lanzado contra él, incrustándole una salpicadera contra la parte trasera de su coche y enganchando las defensas de forma que se vieron obligados a detenerse.

Desde luego, no había sido suya la culpa, pero un poco más de juicio por su parte quizá lo hubiera evitado todo. Y luego la patrulla viniendo tan rápidamente, y el policía pidiéndoles sus licencias después de que él ya había dado un nombre falso…

Intentaba desesperadamente fijar su atención en aquella noche en lugar de hacerlo en la mañana siguiente. Procuraba concentrarse en el juicio, parte del cual conservaba en su memoria como si hubiera tenido lugar aquella misma tarde, y otras partes, en cambio, borrosas. Trataba con todas sus fuerzas de pensar en el pasado, en algo, en lo que fuera, tanto si era malo como bueno, hiciera poco o mucho tiempo. Lo importante era apartar de su pensamiento los horrores del futuro, el futuro que le esperaba dentro de unas pocas horas.

Incluso en el asesinato que había cometido. ¿Se arrepentía de haberlo cometido? ¡Sí, sí! Aunque la verdad sea dicha, tampoco sabía si su arrepentimiento era auténtico o si se debía a las consecuencias que ya había tenido que sufrir y a las que aún tenían que llegar: la silla, la silla eléctrica, las quemaduras, las chamuscaduras…

Apartó sus pensamientos hacia la imagen de George. ¿Por qué haría la gente tanta montaña del asesinato del propio hermano? ¿Por qué juzgarían eso peor que la muerte de un extraño? Siendo así que él, George, era tan diametralmente distinto que ya no podía llamársele siquiera hermano. Un déspota, un asqueroso tiranuelo, siempre corrigiendo, siempre encontrándole faltas, exigiéndole pequeñas cantidades de dinero que le debía, mezquino, terco, rencoroso, odioso.

Y, sobre todo, o mejor dicho por debajo de todo, avaro. Con una brillante carrera, casa propia y dos o tres mil dólares en el banco, ¿no había rehusado prestarle, categóricamente, casi insultante, a él, a su hermano, aquellos miserables quinientos dólares que él necesitaba para pagar las deudas que le habían caído encima sin ninguna culpa por su parte, y para rehacer su vida por un nuevo camino? Había sido tan terrible verse perseguido por todas partes, atormentado, azuzado…

Solo por eso ya hubiera tenido motivos suficientes para matar a George. Solo por esa crueldad inconsciente, esa avaricia, y especialmente por decirle aun que era “por su propio bien”; que haría más daño que beneficio que le prestara dinero mientras no “aprendiera a ordenar y organizar su propia vida”. ¡Su propio hermano, y además su hermano menor, hablándole de esta forma! Con un poco de pedantería, si es que podía jactarse de algo; con el propio orgullo o esnobismo del que no ha apostado un centavo en las carreras en toda la vida, del que vigila cuánto bebe, del que se aparta de las mujeres solo porque les teme.

Y, naturalmente, eso era precisamente lo que lo convertía en la clase de tipo que se deja cazar más pronto o más tarde. Él, Dana, conocía a las mujeres y sabía cómo hay que tratarlas; esa era la razón por la que a sus treinta años aún estaba soltero. Quizás le gustaban incluso demasiado y esa era la razón por la que nunca había logrado demasiado de sí mismo, pero al menos no había caído en las redes del matrimonio. Cuando te gustan todas, no hay ninguna que te atrape.

Pero, ¡pobre tonto de George! Cada vez amasando más y más dinero y fama; hubiera sido solo cuestión de tiempo que, a sus veinte años, una mujer no le echara el lazo.

Y a pesar de todo… bueno, no pudo conseguir prestados ni cuatro centavos de George, los cien o doscientos pavos que le hubieran permitido conseguir una pausa durante unos días hasta que le llegara el golpe de suerte. Dios, cómo le había molestado tener que suplicar a George por culpa de una cantidad tan pequeña, una cantidad que tan poco significaba para un hombre que ganaba quince o veinte mil al año y que era tan puritano que ni siquiera sabía cómo gastárselos si no era en su casa –¿para qué necesitaba un soltero como él una casa?– que le había costado veinte mil dólares, en su lujoso coche, en el sirviente que le cuidaba la casa, y en pinturas. Al pollito le comenzaban a gustar ahora los cuadros, y había sido precisamente por culpa de un cuadro por lo que lo había matado.

Había tenido la osadía, la mismísima noche en que le había negado el préstamo de quinientos dólares, de enseñarle una pintura por la que había pagado novecientos. Un cuadro moderno con la firma de un francés y que a Dana le había parecido un plato de sopa de guisantes. Y luego se había puesto a hablar de arte y de las delicadezas del mundo, cuando él, Dana, hacía dos meses que no podía pagar el alquiler de su casa.

Era duro tener que pasar con solo quinientos al año; sin embargo, ¿no podía pasar él con solo esta cantidad? ¿No había llegado a un punto en que con solo quinientos tenía suficiente para librarse de todas sus deudas y preocupaciones y comenzar una nueva vida? Y aún tenía que soportar que le enseñaran unas pinturas –y vaya pinturas– que su hermanito, su puerco e imbécil hermanito, el que no había querido prestarle el dinero necesario para librarlo de un mal paso, había comprado por novecientos dólares. Y precisamente un cuadro. Ni siquiera un grabado; él mismo tenía algunos grabados en su departamento; era una tontería tener grabados, pero por lo menos no había pagado ni la cuarta parte de novecientos dólares por todos ellos y un par de vistas de cacerías.

Sí, aquella noche fue cuando decidió matarlo. Sabía que su hermano no había hecho testamento; y como sus padres habían muerto y no había otros parientes más cercanos, resultaba que él era el único heredero. Digamos treinta mil en el banco, una casa valorada en veinte mil más, diez mil del mobiliario, un coche… Incluso después de pagar los derechos reales y el entierro, resultaba una bonita suma caída del cielo. Quizá cincuenta mil. Al menos cuarenta mil estaban asegurados. El sueldo de ocho años para un zoquete como él. ¿Qué podría hacer con todo eso?

Sí, aquella noche fue cuando decidió matarlo. Se había tomado un mes entero para estudiar hasta el más pequeño detalle, pues no tenía que sufrir el más mínimo resbalón, ni la más leve sospecha que hiciera pensar a la policía que la muerte de George no había sido producida por un accidente. Oh, había hecho un buen trabajo.

Y todo había ido sobre ruedas hasta que aquel maldito loco intentó adelantarlo en pleno cambio de rasante…

Y ahora, mañana, ¡no, hoy! ¿Cuánto le quedaba ya? ¿Una hora, dos, tres horas? Seguro que faltaba una hora, por lo menos. Aún tenían que traerle el desayuno, aquel desayuno en que le permitirían tomar lo que le apeteciera… ¡como si le fuera posible poder comer! ¡Pero si un solo bocado de cualquier cosa no lo haría vomitar! Y luego el capellán intentando confortarlo con sus palabras… como si con ello pudiera ayudarlo en algo. Luego vendría el barbero de la prisión para afeitarle la coronilla y la parte de su pierna donde le conectarían el otro electrodo. Y luego las miradas curiosas de los guardianes a través de los barrotes.

Los electrodos a través de los cuales la corriente carbonizante… se escuchó a sí mismo gritando y volvió a morderse el puño, y al ver que ni así conseguía apagar sus gritos, volvió a hundir su rostro en el cojín para oír cómo sus gritos se convertían en sollozos entrecortados.

Un cobarde, desde luego. Pero ¿por qué no iba a comportarse como un cobarde, si realmente lo era? Aquellos hombres de las novelas que se dirigen hacia la silla o la horca con toda tranquilidad no eran más que pura imaginación. Un buey no siente miedo cuando lo conducen al matadero, pues no sabe qué es lo que le espera. Aquellos hombres que caminan tranquilamente saben qué es lo que les espera, pero únicamente como una abstracción; son incapaces de imaginárselo.

¿No sentiría cualquier hombre sensible, con imaginación, igual que él? Aquellos guardianes del exterior –podía escuchar el débil murmullo de sus voces una y otra vez– ¿serían más valientes que él?

¿Cuánto quedaba? ¿Tres horas… dos? De todas formas, no mucho. Y luego el pasillo, el camino hasta (¿llegaría por su propio pie?), la habitación, la silla. El orinal caliente, como lo llamaban los presos. Uno de ellos incluso le había dicho:

–Amigo, te van a freír. Freírte.

Ni más ni menos que freírte, entre convulsiones espasmódicas, con la sangre hirviendo en las venas; la sacudida, carbonizado, agonizando de dolor… el anca de rana saltando en el laboratorio de química…

El almohadón volvía a estar entre sus dientes; pero a pesar de todo, gritaba. Luego, cuando se le acababa el aire de los pulmones, se detenía, y el silencio resultaba más terrorífico aun que sus propios gritos.

La muerte. Amigo, te van a freír. Y si la corriente no te mata la primera vez, te dan otra sacudida, volviendo a sentir en tu cuerpo aquel relámpago, y luego una tercera vez, con sacudidas horribles…

Y volvió a lanzar un alarido desgarrador.

–Joe, todo esto me revuelve el estómago –estaba diciendo en el pasillo el guardián pelirrojo, el novato, mientras pensaba que aquel trabajo no iba a gustarle. No le gustaría en absoluto.

Joe, el otro guardián, sonrió.

–Ya te irás acostumbrando a ello –le dijo–. Cada noche hace lo mismo. Hace seis años fue indultado… pero se vuelve loco y comienza a gritar a causa del miedo a la silla. Antes de que lo juzgaran solo pensaba que acababa de ser juzgado y sentenciado… y que cada noche era la última.

El pelirrojo sudaba.

–Seis años. Eso es… –dijo. Pero Joe ya lo había estado contando.

–Cerca de mil doscientas noches, y cada una de ellas es la última. Desde luego, no sé si fue mejor que lo indultaran.

El pelirrojo no dijo nada, pero comprendió que no iba a gustarle trabajar en un manicomio.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)