viernes, 17 de julio de 2026

No servía para nada

Hans Christian Andersen

 

El alcalde estaba de pie junto a la ventana abierta. Llevaba una camisa con puños y un alfiler prendido en la chorrera, y estaba extraordinariamente bien afeitado, por obra de sus propias manos. Sin embargo, se había hecho un pequeño corte y lo llevaba cubierto con un trocito de papel periódico.

–¡Oye, pequeño! –gritó.

Y el pequeño no era otro que el hijo de la lavandera, que pasaba en aquel momento y se quitó respetuosamente la gorra. La visera estaba quebrada y arreglada de tal modo que pudiera guardársela en el bolsillo. Con sus ropas pobres, pero limpias y cuidadosamente remendadas, y sus pesados zuecos de madera, el muchacho permaneció tan respetuoso como si estuviera ante el mismísimo rey.

–¡Eres un buen muchacho! –dijo el alcalde–. ¡Un muchacho muy educado! Tu madre estará enjuagando ropa allá abajo, junto al río. Debes llevarle lo que tienes en el bolsillo. ¡Lo de tu madre es terrible! ¿Cuánto llevas ahí?

–¡Medio cuartillo! –respondió el muchacho con voz asustada, casi en un susurro.

–¡Y esta mañana recibió otro tanto! –prosiguió el hombre.

–¡No, fue ayer! –contestó el muchacho.

–¡Dos mitades hacen un entero! ¡Ella no sirve para nada! ¡Es lamentable lo que ocurre con esa clase de gente! Dile a tu madre que debería avergonzarse. Y tú no te conviertas nunca en un borracho, aunque seguramente acabarás siéndolo. ¡Pobre niño! Ahora vete.

Y el muchacho se marchó. Siguió llevando la gorra en la mano, mientras el viento le revolvía los cabellos rubios y los levantaba en largos mechones. Siguió por la calle, entró en el callejón y bajó hasta el río, donde su madre estaba metida en el agua junto al banco de lavar, golpeando con la pala la pesada ropa blanca. La corriente era fuerte, pues las compuertas del molino estaban abiertas. Una sábana, arrastrada por el agua, estuvo a punto de volcar el banco, y la lavandera tuvo que hacer fuerza para sostenerlo.

–¡Estoy a punto de salir navegando! –dijo–. Menos mal que vienes, porque necesito algo que me devuelva las fuerzas. El agua está muy fría y llevo seis horas aquí metida. ¿Traes algo para mí?

El muchacho sacó la botella. Su madre se la llevó a la boca y bebió un trago.

–¡Oh, qué bien me hace! ¡Cómo calienta! Es tan bueno como una comida caliente y no cuesta tanto. Bebe, hijo mío. Estás muy pálido y tienes frío con esa ropa tan delgada. Además, ya es otoño. ¡Uf, qué fría está el agua! Con tal de que no me enferme… Pero no me enfermaré. Dame otro trago y bebe tú también, aunque solo una gotita. No debes acostumbrarte, pobre hijo mío.

Rodeó el puente hasta donde estaba el muchacho y salió a tierra. El agua escurría de la estera de juncos que llevaba ceñida a la cintura y también de su falda.

–¡Trabajo y me deslomo hasta sentir que la sangre está a punto de brotarme por la raíz de las uñas! Pero no importa, con tal de poder sacarte adelante honradamente, mi niño querido.

En ese momento apareció una mujer algo mayor, pobremente vestida y muy delgada, coja de una pierna y con un enorme rizo postizo sobre uno de los ojos. El rizo debía ocultarlo, pero solo conseguía hacer más evidente el defecto. Era amiga de la lavandera. Los vecinos la llamaban “Maren la Coja del Rizo”.

–¡Pobre de ti, cuánto trabajas y te afanas metida en el agua fría! Bien necesitas algo que te caliente, y aun así hay quienes te reprochan esa gota que tomas.

Muy pronto, la lavandera se enteró de todo lo que el alcalde le había dicho al muchacho. Maren lo había oído, y le había indignado que hablara así con el niño de su propia madre y de la gota que ella tomaba, precisamente el día en que el alcalde ofrecía un gran banquete, con botellas y botellas de vino.

–¡Vinos finos y vinos fuertes! Más de uno beberá de más, pero a eso no lo llaman beber. Ellos sí sirven; tú, en cambio, no sirves para nada.

–Así que te habló, hijo –dijo la lavandera, y sus labios temblaron–. Tienes una madre que no sirve para nada. Tal vez tenga razón, pero no debió decírselo a un niño. Aunque de esa casa me han venido muchas cosas.

–Serviste allí cuando vivían los padres del alcalde. ¡Hace ya muchos años! Desde entonces se han consumido muchos sacos de sal, así que no es raro que haya sed –dijo Maren riendo–. Hoy hay un gran banquete en casa del alcalde. Tendrían que haberlo cancelado, pero ya era demasiado tarde y la comida estaba preparada. Me lo contó el mozo de la casa. Hace como una hora llegó una carta diciendo que el hermano menor del alcalde murió en Copenhague.

–¡Muerto! –exclamó la lavandera, poniéndose lívida.

–¡Vaya! –dijo la mujer–. ¿Tanto te afecta? Bueno, lo conocías de cuando servías en la casa.

–¡Murió! Era el mejor y el más bendito de los hombres. ¡Nuestro Señor recibe muy pocos como él! –Las lágrimas le corrían por las mejillas–. ¡Oh, Dios mío! Todo me da vueltas. Es porque me terminé la botella. No me sentó bien. ¡Me siento tan mal!

Y se apoyó contra la cerca.

–¡Santo Dios, sí que estás mal, mujer! –dijo Maren–. A ver si se te pasa… No, estás realmente enferma. Será mejor que te lleve a casa.

–¿Y la ropa?

–¡Yo me ocuparé de ella! Tómame del brazo. El muchacho puede quedarse aquí vigilándola hasta que yo vuelva para terminar de lavar. Queda muy poco.

Las piernas le flaqueaban a la lavandera.

–¡He estado demasiado tiempo en el agua fría! ¡Desde esta mañana no he probado bocado! ¡Tengo fiebre en todo el cuerpo! ¡Oh, Señor Jesús, ayúdame a llegar a casa! ¡Mi pobre hijo!

Y se echó a llorar.

El muchacho también lloró y pronto quedó sentado a solas junto al río, vigilando la ropa mojada. Las dos mujeres avanzaron despacio. La lavandera iba tambaleándose callejón arriba. Siguieron por la calle y pasaron ante la casa del alcalde. Justo frente a ella, la lavandera se desplomó sobre los adoquines. La gente se reunió a su alrededor.

Maren la Coja entró corriendo en el patio en busca de ayuda. El alcalde y sus invitados se asomaron a las ventanas.

–¡Es la lavandera! –dijo él–. Bebió un poco más de la cuenta. ¡No sirve para nada! Es una lástima por ese muchacho tan guapo que tiene. De veras siento afecto por el niño. La madre no sirve para nada.

La hicieron volver en sí y la condujeron a su pobre hogar, donde la acostaron. La buena de Maren se puso a preparar un tazón de cerveza caliente con mantequilla y azúcar, pues creía que era la mejor medicina. Después regresó al lavadero. Enjuagó muy mal, aunque con buena intención. En realidad, no hizo más que sacar la ropa mojada del agua y meterla en un cajón.

Al anochecer, Maren estaba sentada en el pobre cuarto de la lavandera. La cocinera del alcalde le había dado un par de papas doradas y un magnífico trozo de jamón bien graso para la enferma. El muchacho y Maren se lo comieron con gusto. La enferma se conformó con disfrutar del olor, que era muy alimenticio, según dijo.

El muchacho se acostó en la misma cama que su madre, pero ocupaba un lugar atravesado a sus pies y se cubría con una vieja alfombra hecha de retazos azules y rojos cosidos entre sí.

La lavandera se sentía un poco mejor. La cerveza caliente la había fortalecido y el olor de la buena comida le había hecho bien.

–Gracias, buena amiga –le dijo a Maren–. Voy a contártelo todo mientras el muchacho duerme. Creo que ya se durmió. ¡Qué dulce y bendito se ve con los ojos cerrados! No sabe por lo que está pasando su madre. ¡Que Nuestro Señor no permita que él viva nunca algo así!

“Yo servía en casa del consejero de cámara y su esposa, los padres del alcalde. Entonces volvió al hogar el menor de sus hijos, el estudiante. Yo era joven, impetuosa y alocada, pero honrada; eso puedo decirlo ante Dios. El estudiante era tan alegre, tan jovial, tan bendito… cada gota de su sangre era honrada y buena. No ha habido mejor ser humano sobre la tierra. Él era el hijo de la casa y yo solo una criada, pero nos enamoramos sin faltar a la castidad ni a la honra. Un beso no es pecado cuando dos personas se quieren de verdad. Y él se lo contó a su madre. Para él, ella era como Nuestro Señor aquí en la tierra, y era tan sabia, cariñosa y bondadosa…

“Él se marchó y me puso su anillo de oro en el dedo. Cuando ya se había ido, mi señora me llamó. Estaba seria, aunque se mostraba muy dulce, y habló como podría hacerlo Nuestro Señor. Me hizo comprender la distancia real y espiritual que había entre él y yo.

“‘Ahora él se fija en lo hermosa que eres, pero la belleza desaparecerá. Tú no has recibido la misma educación que él. No están a la misma altura en el reino del espíritu, y ahí está la desgracia. Yo respeto al pobre –dijo–. Ante Dios quizá ocupe un lugar más alto que muchos ricos, pero en este mundo no hay que tomar un camino equivocado al avanzar, porque el carruaje volcaría y ustedes dos caerían con él. Sé que un hombre honrado, un artesano, te ha pedido en matrimonio: Erik, el guantero. Es viudo, no tiene hijos y vive desahogadamente. Piénsalo’.

“Cada palabra que decía era como cuchillos que me atravesaban el corazón, pero ella tenía razón, y eso me oprimía y me abrumaba. Le besé la mano y derramé mis lágrimas saladas. Lloré aún más cuando volví a mi cuarto y me arrojé sobre la cama. La noche que siguió fue terrible. Solo Nuestro Señor sabe cuánto sufrí y luché.

“El domingo fui a recibir la comunión, buscando claridad dentro de mí. Y ocurrió como por obra de la Providencia: al salir de la iglesia me encontré con Erik, el guantero. Ya no me quedó ninguna duda. Por nuestra posición y nuestras circunstancias, éramos una pareja adecuada. Además, él era un hombre acomodado. Me acerqué directamente, le tomé la mano y le pregunté: “¿Aún piensas en mí?”. “Sí, por siempre jamás”, respondió. “¿Aceptarías por esposa a una muchacha que te estima y te respeta, pero que no te ama? Tal vez el amor venga después”. “Vendrá”, dijo él, y nos dimos la mano.

“Volví a casa de mi señora. Llevaba sobre el pecho desnudo el anillo de oro que su hijo me había dado. No podía ponérmelo en el dedo durante el día, sino solo cada noche, al acostarme. Besé el anillo hasta hacerme sangrar la boca. Luego se lo entregué a mi señora y le dije que la semana siguiente se leerían desde el púlpito las proclamas de matrimonio de Erik, el guantero, y las mías.

“Mi señora me estrechó entre sus brazos y me besó. No dijo que yo no servía para nada, aunque entonces quizá también era mejor que ahora, si bien aún no había conocido tantas adversidades del mundo. La boda se celebró por la Candelaria, y el primer año todo fue bien. Teníamos un oficial y un aprendiz, y tú, Maren, servías en nuestra casa”.

–¡Oh, qué buena patrona fuiste! –dijo Maren–. Nunca olvidaré lo bondadosos que fueron conmigo tú y tu marido.

–Estuviste con nosotros en los buenos tiempos. Entonces no teníamos hijos. Al estudiante no volví a verlo… bueno, sí lo vi, pero él no me vio a mí. Vino al entierro de su madre. Lo vi junto a la tumba, blanco como la tiza y muy afligido, pero toda aquella pena era por su madre. Cuando después murió el padre, él se encontraba en tierras extranjeras y no vino. Tampoco ha vuelto desde entonces.

“Nunca se casó, que yo sepa. Creo que se hizo abogado. Ya no se acordaba de mí y, aunque me hubiera visto, seguramente no me habría reconocido, tan horrible como estoy ahora. ¡Y fue mejor así!”

Y habló de los duros días de sus tribulaciones, cuando la desgracia parecía desplomarse sobre ellos. Poseían quinientos rigsdaler, y como en la misma calle se podía comprar una casa por doscientos y parecía un buen negocio derribarla y levantar otra, la compraron. Los albañiles y carpinteros calcularon que las obras costarían otros mil veinte. Erik, el guantero, gozaba de crédito y consiguió que le prestaran el dinero en Copenhague, pero el barco que debía traerlo naufragó y el dinero se perdió con él.

–Fue entonces cuando di a luz a mi bendito muchacho, que duerme ahí. Su padre cayó gravemente enfermo y la enfermedad se prolongó. Durante nueve meses tuve que vestirlo y desvestirlo. Nos hundimos por completo. Pedimos un préstamo tras otro y fuimos perdiendo cuanto teníamos. Y su padre murió. He trabajado y me he deslomado, he luchado y me he esforzado por el niño. He fregado escaleras y lavado ropa blanca, gruesa y fina. No me tocará vivir mejor; así lo quiere Nuestro Señor. Pero él me liberará y cuidará del muchacho.

Y se quedó dormida.

A la mañana siguiente se sintió fortalecida y creyó tener fuerzas suficientes para volver al trabajo. Apenas había entrado en el agua fría cuando la acometieron un temblor y un desfallecimiento. Alargó convulsivamente una mano para sostenerse, dio un paso hacia la orilla y cayó. La cabeza quedó sobre la tierra seca, pero los pies permanecieron dentro del río. Los zuecos de madera con los que se había mantenido en pie sobre el fondo, y que llevaban un puñado de paja dentro de cada uno, se alejaron arrastrados por la corriente. Allí la encontró Maren, que venía a traerle café.

Un mensajero del alcalde había ido a buscarla a su casa. Debía presentarse de inmediato, pues él tenía algo que decirle. Era demasiado tarde. Mandaron llamar a un barbero para que la sangrara. La lavandera estaba muerta.

–¡Bebió hasta matarse! –dijo el alcalde.

La carta que había informado de la muerte del hermano también comunicaba el contenido del testamento. En él se disponía que se legaran seiscientos rigsdaler a la viuda del guantero que tiempo atrás había servido a sus padres. Según se juzgara más conveniente, el dinero debía entregarse a ella y a su hijo en cantidades mayores o menores.

–¡Hubo algún enredo entre mi hermano y ella! –dijo el alcalde–. Mejor que ya no esté de por medio. Ahora el muchacho lo recibirá todo, y yo lo pondré al cuidado de gente honrada. Puede llegar a ser un buen artesano.

Y Nuestro Señor puso su bendición en aquellas palabras.

El alcalde mandó llamar al muchacho, prometió ocuparse de él y le dijo que era una suerte que su madre hubiera muerto, pues no servía para nada.

La llevaron al cementerio, al cementerio de los pobres. Maren plantó un pequeño rosal sobre la tumba, y el muchacho permaneció a su lado.

–¡Mi querida madre! –dijo, mientras las lágrimas le corrían por el rostro–. ¿Es verdad que no servía para nada?

–¡Sí que servía! –dijo Maren, mirando al cielo–. Lo sé desde hace muchos años y también por lo de anoche. Te digo que sí servía, y Nuestro Señor, en el reino de los cielos, dice lo mismo. ¡Que el mundo diga, si quiere: “No servía para nada”!

 

(Tomado de www.lecturia.org)

 

Asomándose desde la abrupta costa

Italo Calvino

 

Me estoy convenciendo de que el mundo quiere decirme algo, mandarme mensajes, avisos, señales. Es desde que estoy en Pëtkwo cuando lo he advertido. Todas las mañanas salgo de la pensión Kudgiwa para mi acostumbrado paseo hasta el puerto. Paso por delante del observatorio meteorológico y pienso en el fin del mundo que se aproxima, más aún, está en marcha desde hace mucho tiempo. Si el fin del mundo se pudiera localizar en un punto concreto, este sería el observatorio meteorológico de Pëtkwo: un cobertizo de palastro que se apoya en cuatro postes de madera un poco tambaleantes y abriga, alineados sobre una repisa, barómetros registradores, higrómetros, termógrafos, con sus rollos de papel graduado que giran con un lento tictac de relojería contra un plumín oscilante. La veleta de un anemómetro en la cima de una alta antena y el rechoncho embudo de un pluviómetro contemplan el frágil equipo del observatorio, que, aislado al borde de un talud en el jardín municipal, contra el cielo grisperla uniforme e inmóvil, parece una trampa para ciclones, un cebo puesto allí para atraer las trombas de aire de los remotos océanos tropicales, ofreciéndose ya como despojo ideal a la furia de los huracanes.

Hay días en los que cada cosa que veo parece cargada de significados: mensajes que me sería difícil comunicar a otros, definir, traducir a palabras, pero que por eso mismo se me presentan como decisivos. Son anuncios o presagios que se refieren a mí y al mundo a un tiempo: y de mí no a los acontecimientos externos de la existencia sino a lo que ocurre dentro, en el fondo; y del mundo no a algún hecho particular sino al modo de ser general de todo. Comprenderán pues mi dificultad para hablar de ello, salvo por alusiones.

Lunes. Hoy he visto una mano asomar por una ventana de la prisión, hacia el mar. Caminaba por el rompeolas del puerto, como es mi costumbre, llegando hasta detrás de la vieja fortaleza. La fortaleza está toda encerrada en sus murallas oblicuas; las ventanas, protegidas por rejas dobles o triples, parecen ciegas. Aún sabiendo que allí están encerrados los presos, siempre he visto la fortaleza como un elemento de la naturaleza inerte del reino mineral. Por eso la aparición de la mano me asombró como si hubiera salido de una roca. La mano estaba en una posición innatural; supongo que las ventanas están situadas en lo alto de las celdas y empotradas en la muralla; el preso debe haber realizado un esfuerzo de acróbata, mejor dicho, de contorsionista, para hacer pasar el brazo entre reja y reja de modo que su mano tremolase en el aire libre. No era una señal de un preso a mí, ni a ningún otro; en cualquier caso, yo no la he tomado por tal; e incluso de momento no pensé para nada en los presos; diré que la mano me pareció blanca y fina, una mano no diferente a las mías, en la cual nada indicaba la tosquedad que uno espera de un presidiario. Para mí ha sido como una señal que venía de la piedra: la piedra quería advertirme que nuestra sustancia era común y que por ello algo de lo que constituye mi persona perduraría, no se perdería con el fin del mundo: todavía será posible una comunicación en el desierto carente de vida y de todo recuerdo mío. Cuento las primeras impresiones registradas, que son las que importan.

Hoy llegué al mirador bajo el cual se divisa un trocito de playa, allá abajo, desierta ante el mar gris. Los sillones de mimbre de altos respaldos curvados, en cesto, para abrigar del viento, dispuestos en semicírculo, parecían indicar un mundo en el cual el género humano ha desaparecido y las cosas no saben sino hablar de su ausencia. Experimenté una sensación de vértigo, como si no hiciera más que precipitarme de un mundo a otro y a cada cual llegara poco después de que el fin del mundo se hubiera producido.

Volví a pasar por el mirador al cabo de media hora. Desde un sillón que se me presentaba de espalda flameaba una cinta lila. Bajé por el abrupto sendero del promontorio, hasta una terraza donde cambia el ángulo visual: como me esperaba, sentada en el cesto, completamente oculta por las protecciones de mimbre, estaba la señorita Zwida con el sombrero de paja blanca, el álbum de dibujo abierto sobre las rodillas; estaba copiando una concha. No he estado contento de haberla visto; los signos contrarios de esta mañana me desaconsejaban entablar conversación; ya hace unos veinte días que la encuentro sola en mis paseos por escollos y dunas, y no deseo sino dirigirle la palabra, e incluso con este propósito bajo de mi pensión cada día, pero cada día algo me disuade.

La señorita Zwida para en el hotel del Lirio Marino; ya había ido a preguntarle su nombre al portero; quizá ella lo supo; los veraneantes de esta estación son poquísimos en Pëtkwo; y además los jóvenes podrían contarse con los dedos de una mano; al encontrarme tan a menudo, ella acaso espera que yo un día le dirija un saludo. Las razones que sirven de obstáculo a un posible encuentro entre nosotros son más de una. En primer lugar, la señorita Zwida recoge y dibuja conchas; yo tuve una buena colección de conchas, hace años, cuando era adolescente, pero después lo dejé y lo he olvidado todo: clasificaciones, morfología, distribución geográfica de las diversas especies; una conversación con la señorita Zwida me llevaría inevitablemente a hablar de conchas y no decidirme sobre la actitud a adoptar: si fingir una incompetencia absoluta o bien apelar a una experiencia lejana y que quedó en vagarosa; es la relación con mi vida hecha de cosas no llevadas a término y semiborradas lo que el tema de las conchas me obliga a considerar; de ahí el malestar que acaba por ponerme en fuga.

Agrégese a ello el hecho de que la aplicación con la que esta muchacha se dedica a dibujar conchas indica en ella una búsqueda de la perfección como forma que el mundo puede y por ende debe alcanzar; yo, al contrario, estoy convencido hace tiempo de que la perfección solo se produce accesoriamente y por azar; por tanto no merece el menor interés, pues la verdadera naturaleza de las cosas solo se revela en la destrucción; al acercarme a la señorita Zwida debería manifestar cierta apreciación sobre sus dibujos –de calidad finísima, por otra parte, por cuanto he podido ver–, y por lo tanto, al menos en un primer momento, fingir consentimiento a un ideal estético y moral que rechazo; o bien declarar de buenas a primeras mi modo de sentir, a riesgo de herirla.

Tercer obstáculo, mi estado de salud que, aunque muy mejorado por la estancia en el mar prescrita por los médicos, condiciona mi posibilidad de salir y encontrarme con extraños; estoy aún sujeto a crisis intermitentes, y sobre todo al reagudizarse de un fastidioso eczema que me aparta de todo propósito de sociabilidad.

Intercambio de vez en cuando unas palabras con el meteorólogo, el señor Kauderer, cuando lo encuentro en el observatorio. El señor Kauderer pasa siempre al mediodía, a anotar los datos. Es un hombre largo y enjuto, de cara oscura, un poco como un indio de América. Se adelanta en bicicleta, mirando fijo en sí, como si mantenerse en equilibrio en el sillín requiriera toda su concentración. Apoya la bicicleta en el cobertizo, deshebilla una bolsa colgada de la barra y saca un registro de páginas anchas y cortas. Sube los peldaños de la tarima y marca las cifras proporcionadas por los instrumentos, unas a lápiz, otras con una gruesa estilográfica, sin disminuir por un momento su concentración. Lleva pantalones bombachos bajo un largo gabán; todas sus prendas son grises, o de cuadritos blancos y negros, incluso la gorra de visera. Y solo cuando ha llevado a término estas operaciones advierte que lo estoy observando y me saluda afablemente.

Me doy cuenta de que la presencia del señor Kuderer es importante para mí: el hecho de que alguien demuestre aún tanto escrúpulo y metódica atención, aunque sé perfectamente que todo es inútil, tiene sobre mí un efecto tranquilizador, acaso porque viene a compensar mi modo de vivir impreciso, que –pese a las conclusiones a las que he llegado– continúa siendo como una culpa. Por eso me paro a mirar al meteorólogo, y hasta a charlar con él, aunque no sea la conversación en sí lo que me interesa. Me habla del tiempo, naturalmente, en circunstanciados términos técnicos, y de los efectos de las variaciones de la presión sobre la salud, pero también de los tiempos inestables en los que vivimos, citando como ejemplos episodios de la vida local o también noticias leídas en los periódicos. En esos momentos revela un carácter menos cerrado de lo que parecía a primera vista, más aún, tiende a enfervorizarse y a volverse locuaz, sobre todo al desaprobar el modo de obrar y de pensar de la mayoría, porque es un hombre inclinado al descontento.

Hoy el señor Kauderer me dijo que, teniendo el proyecto de ausentarse unos días, debería encontrar quien lo sustituya en la anotación de los datos, pero no conoce a nadie de quien pueda fiarse. Charlando de esto ha llegado a preguntarme si no me interesaría aprender a leer los instrumentos meteorológicos, en cuyo caso me enseñaría. No le he respondido ni que si ni que no, o al menos no he pretendido darle ninguna respuesta concreta, pero me he encontrado a su lado en la tarima mientras él me explicaba cómo establecer las máximas y las mínimas, la marcha de la presión, la cantidad de precipitaciones, la velocidad de los vientos. En resumen, casi sin darme cuenta, me confió el encargo de hacer sus veces durante los próximos días, empezando mañana a las doce. Aunque mi aceptación haya sido un poco forzada, al no haberme dejado tiempo para reflexionar, ni para dar a entender que no podía decidir así de sopetón, esta obligación no me desagrada.

Martes. Esta mañana hablé por primera vez con la señorita Zwida. El encargo de anotar los datos meteorológicos ha desempeñado desde luego un papel para hacerme superar mis incertidumbres, en el sentido de que por primera vez en mis días Pëtkwo había algo fijado de antemano a lo cual no podía faltar; por eso, fuera como fuera nuestra conversación, a las doce menos cuarto diría: “Ah, me olvidaba, tengo que darme prisa en ir al observatorio porque es la hora de las anotaciones”. Y me despediría, quizá de mala gana, quizá con alivio, pero en cualquier caso con la seguridad de no poder obrar de otro modo. Creo haberlo comprendido confusamente ya ayer, cuando el señor Kauderer me hizo la propuesta, que esta tarea me animaría a hablar con la señorita Zwida: pero solo ahora tengo la cosa clara, admitiendo que esté clara.

La señorita Zwida estaba dibujando un erizo de mar. Estaba sentada en un taburetito plegable, en el muelle. El erizo estaba patas arriba sobre la roca, abierto; contraía las púas tratando inútilmente de enderezarse. El dibujo de la muchacha era un estudio de la pulpa húmeda del molusco, en su dilatarse y contraerse, pintada en claroscuro, y con un bosquejo denso e hirsuto todo alrededor. La conversación que yo tenía en mente, sobre la forma de las conchas como armonía engañosa, envoltura que esconde la verdadera sustancia de la naturaleza, ya no venía a cuento. Tanto la vista del erizo como el dibujo transmitían sensaciones desagradables y crueles, como una víscera expuesta a las miradas. He pegado la hebra diciendo que no hay nada más difícil que dibujar erizos de mar: tanto la envoltura de púas vista desde arriba, como el molusco tumbado, pese a la simetría radial de su estructura, ofrecen pocos pretextos para una representación lineal. Me respondió que le interesaba dibujarlo porque era una imagen que se repetía en sus sueños y que quería librarse de ella. Al despedirme le pregunté si podíamos vernos mañana por la mañana en el mismo sitio. Dijo que mañana tiene otros compromisos; pero que pasado mañana saldrá de nuevo con el álbum de dibujo y me será fácil encontrarla.

Mientras comprobaba los barómetros, dos hombres se acercaron al cobertizo. No los había visto nunca; arropados, vestidos de negro, con las solapas levantadas. Me preguntaron si no estaba el señor Kauderer; después, dónde había ido, si sabía su paradero, cuándo volvería. Respondí que no sabía y pregunté quiénes eran y por qué me lo preguntaban.

–Nada, no importa – dijeron, alejándose.

Miércoles. Fui a llevar un ramillete de violetas al hotel para la señorita Zwida. El portero me dijo que había salido hace rato. Di muchas vueltas, esperando encontrarla por azar. En la explanada de la fortaleza estaba la cola de los parientes de los presos: hoy es día de visita en la cárcel. Entre las mujercitas con pañuelos en la cabeza y los niños que lloran vi a la señorita Zwida. Llevaba el rostro tapado por un velillo negro bajo las alas del sombrero, pero su porte era inconfundible: estaba con la cabeza alta, el cuello erguido y como orgulloso.

En un ángulo de la explanada, como vigilando la cola de la puerta de la cárcel, estaban los dos hombres de negro que me habían interpelado ayer en el observatorio.

El erizo, el velillo, los dos desconocidos: el color negro sigue apareciéndoseme en circunstancias tales que atraen mi atención: mensajes que interpreto como una llamada de la noche. Me doy cuenta de que hace mucho tiempo que tiendo a reducir la presencia de la oscuridad en mi vida.

La prohibición de los médicos de salir después del ocaso me ha constreñido hace meses a los confines del mundo diurno. Pero no es solo esto: es que encuentro en la luz del día, en la luminosidad difusa, pálida, casi sin sombras, una oscuridad más espesa que la de la noche.

Miércoles por la noche. Cada tarde paso las primeras horas de oscuridad pergeñando estas páginas que no sé si alguien leerá jamás. El globo de pasta de vidrio de mi habitación en la Pensión Kudgiwa ilumina el fluir de mi escritura quizá demasiado nerviosa para que un futuro lector pueda descifrarla. Quizá este diario salga a la luz muchísimos años después de mi muerte, cuando nuestra lengua haya sufrido quién sabe qué transformaciones y algunos de los vocablos y giros usados por mí corrientemente suenen insólitos y de significado incierto. En cualquier caso, quien encuentre este diario tendrá una ventaja segura sobre mí: de una lengua escrita es siempre posible deducir un vocabulario y una gramática, aislar las frases, transcribirlas o parafrasearlas en otra lengua, mientras que yo estoy tratando de leer en la sucesión de las cosas que se me presentan cada día, las intenciones del mundo respecto a mí, y avanzo a tientas, sabiendo que no puede existir ningún vocabulario que traduzca a palabras el peso de oscuras alusiones que se ciernen sobre las cosas. Quisiera que este aletear de presentimientos y dudas llegase a quien me lea, no como un obstáculo accidental para la comprensión de lo que escribo, sino como su sustancia misma; y si la marcha de mis pensamientos parece huidiza a quien trate de seguirla partiendo de hábitos mentales radicalmente cambiados, lo importante es que le sea transmitido el esfuerzo que estoy realizando para leer entre las líneas de las cosas el sentido evasivo de lo que me espera.

Jueves. Gracias a un permiso especial de la dirección –me explicó la señorita Zwida– puedo entrar en la cárcel los días de visita y sentarme en la mesa del locutorio con mis hojas de dibujo y el carboncillo. La sencilla humanidad de los parientes de los presos ofrece temas interesantes para estudios del natural.

Yo no le había hecho ninguna pregunta, pero al advertir que la había visto ayer en la explanada, se creyó en la obligación de justificar su presencia en aquel lugar. Hubiera preferido que no me dijera nada, porque no siento la menor atracción por los dibujos de figuras humanas y no habría sabido comentárselos si ella me los hubiese enseñado, cosa que no ocurrió. Pensé que acaso esos dibujos estuvieran encerrados en una carpeta especial, que la señorita Zwida dejaba en las oficinas de la cárcel de una vez para otra, dado que ella ayer –lo recordaba bien– no llevaba consigo el inseparable álbum encuadernado ni el estuche de los lápices.

–Si supiera dibujar, me aplicaría solamente a estudiar la forma de los objetos inanimados –dije con cierta perentoriedad, porque quería cambiar de conversación y también porque de veras una inclinación natural me lleva a reconocer mis estados de ánimo en el inmóvil sufrimiento de las cosas.

La señorita Zwida se mostró al punto de acuerdo: el objeto que dibujaría más a gusto, dijo, era una de esas anclitas de cuatro uñas llamadas “rezones”, que usan los barcos de pesca. Me señaló algunas al pasar junto a las barcas atracadas en el muelle, y me explicó las dificultades que presentaba dibujar los cuatro ganchos en sus diversas inclinaciones y perspectivas. Comprendí que el objeto encerraba un mensaje para mí y que debía descifrarlo: el ancla, una exhortación a fijarme, a engancharme, a tocar fondo, a poner fin a mi estado fluctuante, a mi mantenerme en la superficie. Pero esta interpretación podía dar paso a dudas: podía también ser una invitación a zarpar, a lanzarme a mar abierto. Algo en la forma del rezón, los cuatro dientes remachados, los cuatro brazos de hierro gastados al arrastrarse contra las rocas del fondo, me prevenían de que cualquier decisión produciría laceraciones y sufrimientos. Para mi alivio quedaba el hecho de que no se trataba de una pesada ancla de alta mar, sino una ágil anclita: no se me pedía, pues, que renunciara a la disponibilidad de la juventud, sino solo que me detuviera un momento, que reflexionara, que sondeara la oscuridad de mí mismo.

–Para dibujar a mis anchas ese objeto desde todos los puntos de vista –dijo Zwida– debería poseer uno para tenerlo conmigo y familiarizarme con él. ¿Cree que podría comprarle uno a un pescador?

–Se puede preguntar –dije.

–¿Por qué no prueba usted a comprarme uno? No me atrevo a hacerlo yo misma, porque una señorita de la ciudad que se interesa por un tosco utensilio de pescadores suscitaría cierto estupor.

Me vi a mí mismo en el acto de presentarle el rezón de hierro como si fuera un ramo de flores; la imagen, en su incongruencia, tenía algo de estridente y feroz. Con certeza se ocultaba en ello un significado que se me escapaba; y prometiéndome meditarlo con calma respondí que sí.

–Quisiera que el rezón estuviera sujeto a su cuerda de amarre –precisó Zwida–. Puedo pasar horas sin cansarme dibujando un montón de sogas enrolladas. Compre, pues, también una cuerda muy larga: diez, incluso doce metros.

Jueves por la noche. Los médicos me han dado permiso para un uso moderado de bebidas alcohólicas. Para festejar la noticia, a la puesta del sol he entrado en la posada “La Estrella de Suecia” a tomar una taza de ron caliente. En torno al mostrador había pescadores, aduaneros, mozos de cordel. Sobre todas las voces dominaba la de un anciano con uniforme de guardia de la cárcel, que disparataba ebriamente en un mar de chácharas:

–Y todos los miércoles la damisela perfumada me da un billete de cien coronas para que la deje sola con el detenido. Y el jueves las cien coronas ya se fueron en cerveza. Y cuando termina la hora de la visita la damisela sale con el tufo de la prisión en su traje elegante; y el detenido vuelve a la celda con el perfume de la damisela en sus ropas de presidiario. Y yo me quedo con el olor de la cerveza. La vida no es más que un intercambio de olores.

–La vida y también la muerte, puedes jurarlo –terció otro borracho, cuya profesión era, como me enteré enseguida, sepulturero–. Yo con el olor a cerveza trato de quitarme de encima el olor a muerto. Y solo el olor a muerto te quitará de encima el olor a cerveza, como a todos los bebedores a quienes me toca cavarles la fosa.

Tomé este diálogo como una advertencia a estar en guardia: el mundo se va deshaciendo e intenta arrastrarme en su disolución.

Viernes. El pescador se volvió desconfiado de repente:

–¿Y para qué lo quiere? ¿Qué hace usted con un rezón?

Eran preguntas indiscretas; habría debido responder: “Dibujarlo”, pero conocía la renuencia de la señorita Zwida a exhibir su actividad artística en un ambiente que no es capaz de apreciarla; además, la respuesta exacta, por mi parte, habría sido: “Pensarlo”, y figurémonos si me iban a entender.

–Asuntos míos –respondí. Habíamos empezado a conversar afablemente, dado que nos habíamos conocido ayer por la noche en la posada, pero de improviso nuestro diálogo se había vuelto brusco.

–Vaya a una tienda de efectos navales –cortó en seco el pescador–. Yo mis cosas no las vendo.

Con el tendero me sucedió lo mismo: apenas hice mi petición se le ensombreció el rostro.

–No podemos vender estas cosas a forasteros –dijo–. No queremos problemas con la policía. Y una cuerda de doce metros, encima… no es que sospeche de usted, pero no sería la primera vez que alguien lanza un rezón hasta las rejas de la cárcel para que se evada un preso… la palabra “evadir” es una de esas que no puedo oír sin abandonarme a un laboreo sin fin de la mente. La búsqueda del ancla en que me metí parece indicarme la vía de una evasión, acaso de una metamorfosis, de una resurrección. Con un escalofrío me alejo del pensamiento de que la prisión sea mi cuerpo mortal y la evasión que me espera sea el apartamiento del alma, el inicio de la vida ultraterrena.

Sábado. Era mi primera salida nocturna tras muchos meses y eso me inspiraba no poca aprensión, sobre todo por los resfriados de cabeza a que estoy sometido, tanto que, antes de salir, me enfundé un pasamontañas y encima un gorro de lana y, todavía, el sombrero de fieltro. Así arropado, y además con una bufanda en torno al cuello y otra en torno a los riñones, el chaquetón de lana, el chaquetón de pelo y el chaquetón de cuero, las botas forradas, podía recobrar cierta seguridad. La noche, como pude comprobar luego, era apacible y serena. Pero seguía sin entender por qué el señor Kauderer necesitaba citarme en el cementerio en plena noche, con un billete misterioso, que me fue entregado con gran secreto. Si había regresado, ¿por qué no podíamos vernos como todos los días? Y si no había regresado, ¿a quién iba a encontrar en el cementerio?

Quien me abrió la puerta fue el sepulturero al que había conocido ya en la posada “La Estrella Sueca”.

–Busco al señor Kauderer –le dije.

Respondió:

–El señor Kauderer no está. Pero como el cementerio es la casa de los que no están, entre.

Avanzaba entre las lápidas cuando me rozó una sombra veloz y crujiente; frenó y bajó del sillín.

–¡Señor Kauderer! –exclamé, maravillado de verlo andar en bicicleta entre las tumbas con el faro apagado.

–¡Chist! –me calló–. Comete usted grandes imprudencias. Cuando le confié el observatorio no suponía que se iba a comprometer en un intento de evasión. Sepa que nosotros somos contrarios a las evasiones individuales. Hay que dar tiempo al tiempo. Tenemos un plan más general que llevar adelante, a más largo plazo.

Al oírle decir “nosotros” con un amplio gesto a su alrededor, pensé que hablaba en nombre de los muertos. Eran los muertos, de quienes el señor Kauderer era evidentemente el portavoz, los que declaraban que no querían aceptarme aún entre ellos. Experimenté un indudable alivio.

–Por culpa suya tendré que prolongar mi ausencia –agregó–. Mañana o pasado lo llamará el comisario de policía, que lo interrogará a propósito del ancla de rezón. Ándese con ojo para no mezclarme en ese asunto; tenga en cuenta que las preguntas del comisario tenderán todas a hacerle admitir algo referente a mi persona. Usted de mí no sabe nada, salvo que estoy de viaje y no dije cuándo volveré. Puede decir que le rogué que me sustituyera en la anotación de los datos unos cuantos días. Por lo demás, a partir de mañana está dispensado de ir al observatorio.

–¡No, eso no! –exclamé, presa de una repentina desesperación, como si en ese momento me diera cuenta de que solo la comprobación de los instrumentos meteorológicos me ponía en condiciones de señorear las fuerzas del universo y reconocer en ellas un orden.

Domingo. Con la fresca fui al observatorio meteorológico, subí a la tarima y me quedé allí de pie escuchando el tictac de los instrumentos registradores como la música de las esferas celestes. El viento corría por el cielo matutino transportando suaves nubes; las nubes se disponían en festones de cirros, después en cúmulos; hacia las nueve y media hubo un chaparrón y el pluviómetro conservó unos cuantos centilitros; lo siguió un arcoíris parcial, de breve duración; el cielo volvió después a oscurecerse, la plumilla del barógrafo descendió trazando una línea casi vertical; retumbó el trueno y empezó a granizar. Yo desde allá arriba en la cima sentía que tenía en mis manos los escampos y las tormentas, los rayos y la calígine; no como un dios, no, no me crean loco, no me sentía Zeus tonante, sino un poco como un director de orquesta que tiene delante la partitura ya escrita y sabe que los sonidos que sufren los instrumentos responden a un destino cuyo principal custodio y depositario es él. El cobertizo de palastro resonaba como un tambor bajo los chaparrones; el anemómetro remolineaba; aquel universo todo estallidos y saltos era traducible en cifras para alinearlas en mi registro; una calma soberana presidía la trama de los cataclismos.

En ese momento de armonía y plenitud un crujido me hizo bajar la mirada.

Acurrucado entre los peldaños de la tarima y los postes de sostén del cobertizo había un hombre barbudo, vestido con una tosca chaqueta de rayas empapada de lluvia. Me miraba con firmes ojos claros.

–Me evadí –dijo–. No me traicione. Tendría que ir a avisar a una persona. ¿Quiere? Vive en el hotel del Lirio Marino.

Sentí al punto que en el orden perfecto del universo se había abierto una brecha, un desgarrón irreparable.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

jueves, 16 de julio de 2026

Etiopatogenia

Úrsula Fuentesberain

 

1

Doctor, fueron ellas las que me hicieron perder el juicio, perderlas a ellas. Ni siquiera sabía que estaba siendo enjuiciado. Y perdí. Yo era un hombre cuerdo, sabe, estuve completo alguna vez. Ahora me desmantelo poco a poco. Un hombre con una barba y una bata como las suyas me las quitó. Usó el bisturí de Parker. Abrió, fracturó, extrajo, hizo sangrar. Recuerdo que había una ballena en mi boca, se había auto-playado, estaba seca, el hombre de la bata la tenía metal-prensada, finalmente la humedeció, la soltó y la dejó perderse. Así he perdido todo lo demás. Los golpes del martillo sobre el escoplo fueron exactos y las perdí para siempre. Ellas se llevaron mi cordura.

 

2

Déjeme asomarme una última vez por la ventana, doctor. Estoy seguro de que el páncreas se me cayó en el camino. Está tirado en la calle, alguien lo va a pisar, un perro está a punto de comérselo. Subestimamos nuestra cohesión, doctor. Lo único que me mantiene sólido es mi piel, esa membrana tan frágil. Siento que la tapa de mi cabeza quiere salir volando. El cielo es un precipicio, doctor. Constantemente estoy a punto de caerme en él. Tengo que llenarme los bolsillos con piedras, tengo que pararme de cabeza, recogerme bajo un umbral para que no pase sobre mí una mujer con zapatos altos y me perfore. ¿Y si mientras duermo una corriente de viento me desintegra y me saca en pedazos por la ventana y ya nunca más puedo reunirme?

 

3

No, ese no es mi brazo derecho. Eso es una serpiente muerta. Esa tampoco es mi pierna derecha. ¿Que de quién es? Posiblemente del paciente del cuarto contiguo. ¿La mía? Usted la ha escondido, doctor. ¿La guarda en ese cajón?

 

4

Sí, siempre fui un niño muy limpio. Mi madre me hacía enemas desde los cinco años. Limpio hasta por dentro. Eso no tiene nada que ver con que no quiera defecar. Esa es una historia completamente distinta. ¿Quién me garantiza que no habrá de introducírseme un pollo muerto mientras lo hago?

 

5

El vértigo no mejora, doctor. Me sorprende en un quinto piso y no hay cómo convencer a ninguno de los cinco que bajemos.

 

6

Doctor, ya se lo he explicado antes: no soy yo el que siente mi cuerpo, es él que se siente a sí mismo y me lo comunica.

 

7

Esto no es una consulta, doctor. Es mi misa fúnebre. Y mi cuerpo no está presente.

 

8

¿Qué es lo que apunta en su libreta? ¿Y qué dice mi historial clínico de mí? ¿Cree que no lo sé? ¿Aurelio Agustín, 38 años, psicosis, paranoia, aloestesia, agnosia de la imagen corporal? Doctor, creo que yo era un hombre soluble y ya me he disuelto por completo en ellas, en mis enfermedades.

 

9

Yo aprendí griego en la escuela. Sé lo que intenta hacer, doctor. Busca la causa de mis padecimientos. Tiene que definir el momento preciso de su gestación. Pero ya le dije que todo empezó con mis muelas. Ellas eran la punta de la hebra y el hombre de la barba-bata blanca las jaló. Hasta desmadejarme. Ahora soy puro estambre informe. Y nadie puede tejerme. Ni usted.

 

10

Si las tuviera conmigo, a mis muelas, las montaría en oro y las colgaría a mi cuello. La prueba de que he perdido el juicio. No, doctor. Nadie vendría por ellas, no sea tonto. Los ratones ya no existen en este lugar. Se fueron en el último tren que pasó por aquí, aullando.

 

(Tomado de Varios autores, Lados B. Narrativa de alto riesgo, Nitro/Press, Cdmx, 2014)