miércoles, 6 de mayo de 2026

El aserradero

Augusto Roa Bastos

 

Los días de viento norte parece que estuviera más cerca porque las ráfagas calientes lo arriman al villorrio en el ronquido de los tronzadores. Con todo no dista más de media legua. Está en el mismo lugar donde comenzaron a aserrar los primeros rollizos, poco después de la Guerra Grande, cuando se subastaron las tierras del fisco dicen que para pagar las deudas a los vencedores de la Triple. Lo que resulta divertido porque es como si los deudos del muerto, a lo largo de diez generaciones, hubieran tenido que matarse trabajando para pagar al matador los gastos de la muerte y del entierro, justo un cuento para velorio; pero uno va y lo cuenta en un velorio y no se lo ríen ni a cañonazos porque a la gente no le importa nada de nada, y menos desde luego lo que ha pasado hace mucho tiempo. Así como tampoco le importa lo que ha pasado hace poco y lo que puede pasar. No hay memoria para el daño, como no hay cosa buena que pase, pues la gente no se acuerda de nada.

Tal vez esto después de todo sea lo mejor. Y lo mejor de todo es que tal vez no pueda ser de otra manera, porque esta tierra, al menos la que yo conozco de la región del Guaira donde nací, ha quedado nomás como enterrada en el pasado. La tierra y los hombres. Y si me apuran, yo diría que hasta los animales, no solo los de yugo y corral, sino hasta las fieras del monte. Todo: las víboras, los insectos, hasta los pájaros que vuelan ladeados como si fueran a caerse a cada momento al chocar contra la blanca pared del calor que tapa el horizonte por donde se lo mire.

No hay más que ver los ojos mortecinos, sin recuerdo; esos movimientos de no esperar nada, ni siquiera que el tiempo pase y se lleve toda esta resaca amontonada hasta casi tocar el cielo bajo y opaco del cerro; esta resaca que está allí aunque no se la vea porque más que afuera está adentro de cada uno de nosotros y nos sale de seguro en las miradas, en la respiración, en la manera que tenemos de andar como desandando y de hablar en voz baja y torcida como para que nos entiendan del revés; esta resaca que va enterita dentro de uno por lejos que uno haya creído escapar. Y más hablamos o pensamos en ella, más se nos arresabia en la sangre.

Pero si hasta las nubes son sucias, del color del algodón en rama entreverado de tierra; seguro porque se llevan las aguas del estero que rodea nuestra región. Cada año, para San Blas, cae una lluvia roja, y el año que no cae la gente se preocupa porque no cae, igual que por la seguía, la langosta o las revoluciones. Y entonces van a pedirle remedio al Cristo del cerrito, que ya debe estar cansado de este pueblo de pedigüeños, de limosneros de la gracia divina.

Ahí, en las faldas del cerro, comenzaban los montes vírgenes que se han ido talando de a poco, una gran parte de los cuales, según las habladurías, fueron a parar a manos del mariscal brasileño que mandaba las fuerzas de ocupación. Ahora los explota La forestal Paraguayo-Brasileira S.A., si se ha de creer en los letreros pintados con alquitrán en mojones y alzaprimas. Y ahí mismo está el aserradero como antes: un villorrio más pequeño que el otro, sus chozas sin paredes, sin más que las cabriadas del techo de paja de dos aguas, los caballetes y, debajo, las zanjas cuadradas como sepulturas. Dos hombres por cada cobertizo trabajan de sol a sol: uno arriba, de pie sobre el tronco, alza y baja pausadamente los brazos atornillados al mango del inmenso serrucho, siguiendo pulgada a pulgada las líneas tiradas a negro de humo y apenas visibles sobre la rugosa corteza; el otro con la cabeza fuera de la zanja, encaneciendo en la llovizna de aserrín.

Todo está como al comienzo, y de seguro nunca pondrán sierras movidas a vapor y menos a electricidad, porque si bien los brazos de los obrajeros resultan más lentos, son también más baratos. Pero aunque pusieran un aserradero mecánico no cambiaría gran cosa; queda mucha selva virgen todavía, y con sierra a vapor, con energía hidráulica o el mero pulmón de los hombres doblándose por la cintura a cada ronquido de la sierra bajo el techo de paja podrida, sobra trabajo para mil años. Así que no hay apuro. No importa el tiempo, pues qué ha de ser el tiempo para estos hombres sino esa selva de nunca acabar que va pasando por el aserradero y en la que nadie piensa sino al escupirse las manos, cada dos o tres jemes de corte, para aferrar de nuevo el mango del tronzador y seguir dándole al palo.

 

–Volvió Eulogio –dijo el de arriba, un hombrecito rechoncho; los brazos cortos le hacían doblar el espinazo más que a los otros.

–¿Quién? –preguntó el de abajo.

–Eulogio Esquivel –el retacón tuvo que elevar la voz y aprovechó para detener en lo alto al tronzador y pasar el canto de la mano por el torso empastado; la sacudió con irritación, y las salpicaduras se estrellaron contra las tablas. Al instante, las lechiguanas hambrientas se empantanaron en ese plasto de madera y sudor.

–Eulogio Esquivel –dijo como en un eco el hombre joven mirando a lo lejos.

–Al venir lo vi junto al arroyo, dormido bajo un árbol. Tenía el sombrero sobre la cara. Pero estoy seguro que era él. Por la manera que tenía Eulogio de mostrar que era él, aunque estuviese borracho o dormido. Un tipo así era ese diablo de Esquivel.

–No puede ser él. Hace mucho que está en la Argentina. ¿Para qué iba a volver? Allá hay trabajo de todo y para todos.

–Nunca le importó mucho el trabajo. Vendría buscando otra cosa, a saber qué, aunque más no sea para refregarnos por las caras la ropa y los patacones alforzados que habrá traído de allá.

–Hubiera aparecido por el boliche de don Nicanor Balmaceda.

–Cierto –admitió el hombrecito–. Clavado que ahí hubiera ido primero a picar del fuerte como siempre. Me habré equivocado entonces. ¡La pucha con este calor! Y el locro de las doce todavía está lejos… –se veía que trataba de prolongar la charla, hablar de cualquier cosa, con tal de seguir ventilándose con el inmenso sombrero de paja, esparrancado sobre el tronco. El otro no contestó pero también aprovechó la pausa para sacudirse el barro de aserrín que le embadurnaba el pellejo.

–Me gustaría tumbarme ahí mismo –continuó el otro–, y tomarme una cerveza bien helada como esa que te sirven en el fondín de Itapé. ¡A la gran flauta! Estoy viendo el sudor helado que escarcha la botella. No hay como la cerveza, socio. Me gustaría tomar una botella tras otra, sin moverme, hasta tener hipo y sentir que te corre por dentro un río de cerveza helada haciéndote cosquillas en la nariz con la espuma… yo también creo que un día de éstos me voy a largar para la Argentina. A lo mejor, Manuel, nos va bien allá. Dicen que por lo menos se come y se chupa bien.

–Vamos a meterle, Perú. Estamos haciendo demasiado sebo y así no rinde el día.

El hombrecito rechoncho se ensombreró otra vez hasta los ojos, y el tronzador volvió a zumbar en la madera del timbó.

Eso fue por la mañana, antes de que las mujeres llegaran con las ollitas de comida. A la caída del sol, al golpe del capataz en el trozo de riel, los hombres bajaron de los caballetes y salieron de los zanjones, apilaron las tablas y guardaron las herramientas al apuro, entre bromas y gritos roncos que se apagaban sin ecos en las lomadas de aserrín. Manuel Ramos se demoró más que otras veces numerando y cubicando las tablas. Después se puso a afilar el tronzador remolonamente, tanto que el capataz se acercó y le dijo:

–¿No vas a volver a tu casa?

–Sí –dijo él sin reparar en la cara de sorna del otro.

–Tu mujer te estará esperando –y tras el silencio de Manuel–: si yo tuviera una mujer como la tuya, no la dejaría ni a sol ni a sombra –dijo con un guiño que tampoco vio Manuel, agachado sobre la hoja dentada que brillaba al rojo vivo en la última luz del ocaso.

Un rato después, escorándose a cada paso sobre el pie flojo, Manuel Ramos regresaba hacia los ranchos, invisibles más allá del arroyo, del otro lado de los palmares sobre los que floraban chirriando las tijeretas en su vuelo sesgado. Iba aspirando con ansias el olor de las guayabas maduras que llenaba la tarde y ese otro aroma metálico de las cigarras enloquecidas por la proximidad de la noche: algo que se puede tocar con las manos, ¿no, Manuel?, como cuando éramos chicos y nos íbamos a nadar al arroyo. Me estarías hablando, aún ahora, y aunque no me hablaras, lo mismo lo sabría con solo mirarte. Y vendría todo lo que ocurrió después y yo no tendría que perderme en este cansancio de andar a ciegas con lo tuyo y de tener que adivinarlo.

Mientras regresas a tu rancho de seguro se te caen encima otras tardes de verano como ésta, cuando comenzó tu rivalidad con Eulogio por el amor de Petronila Sanabria; una rivalidad que, en lugar de separarlos, los unió más estrechamente en esa especie de mutuo acecho que era no más un nuevo modo de camaradería, de esa camaradería peleada y recelosa que venía arrastrándose entre ustedes desde los tiempos de la escuela en Itapé. Dos hileras más adelante del tuyo estaba el banco de la Nila que coqueteaba con los dos y aceptaba de los dos, sin aparente favoritismo, los coloreados huevos de perdiz y las cotorritas cazadas con cimbra en el monte, lo que no conseguía sino hacerles apretar más los puños y morderse los labios hasta sangrar. Estaban ya tan cerca, tan pegados el uno al otro por el mismo amor, por el mismo odio, que no eran más que labios y dientes de una misma boca.

Hubo un momento, sin embargo, en que Eulogio Esquivel debió creer que triunfaba: fue cuando quedaste impedido de un pie y comenzaron las burlas y las bromas que Eulogio más que nadie azuzaba, sin darse cuenta de que esas bromas precisamente la estaban inclinando a tu favor a Petronila, que no podía ver sufrir a nadie, ni siquiera a un bichito golpeado. Luego la conscripción los llamó a los dos a Asunción, ¿Recuerdas que lo sentiste casi como un alivio porque en todo ese tiempo tu amor por Petronila había crecido y solo el defecto del pie te ayudaba a disimularlo por temor a humillarla y a humillarte, porque no podías soportar su lástima?

Pero fue ese defecto el que, al modo de un no buscado desquite, te libró del servicio y te devolvió al pueblo. Eulogio tuvo que quedarse a tragar su encono y el polvo del cuartel a lo largo de dos años interminables.

A su regreso vio sus temores en el espejo de la realidad: encontró que te habías casado con Petronila. Se sintió doblemente traicionado, en la amistad y en el amor. Pero nada te dijo; pareció de pronto olvidado de todos esos años de rivalidad. Pareció de pronto como si por primera vez fuese verdaderamente tu amigo, si bien –todo hay que decirlo– al principio debiste sospechar que a él le costaba ahora disimular su fracaso tanto como en un comienzo te costó disimular tu desesperación. Al final te convenciste de que era sincero; es decir, te engañó por primera vez. Y te engañó porque ignorabas lo que había hecho a tus espaldas. Tal vez en esto se equivocó Petronila en no contártelo. Recordarás que, desde que llegó, Eulogio sentó plaza de vago en el pueblo; se pasaba los días en el boliche de don Nicanor Balmaceda, y de allí, pesado de caña y despecho solía llegarse a tu casa asediando a Petronila, a tu propia mujer, mientras te deslomabas bajo los rollizos en el aserradero.

Petronila trató de ahuyentarlo con buenas razones; pensó tal vez que era el mejor camino para alejar a un hombre taimado como Eulogio. Pero él creyó que Petronila cedía. Una mañana, envalentonado, quiso forzar la mano. Petronila –¡lástima que no lo supieras!– se defendió con el cuchillo de la cocina y le marcó la cara de un tajo. Desde entonces desapareció. Lo último que supiste de él fue que lo habían visto en el éxodo de braceros que emigran todos los años para las cosechas, más allá de las fronteras.

 

Pero esta cálida y rosada tarde de enero, Eulogio Esquivel ha vuelto a aparecer después de tres años de ausencia. Manuel lo ha visto de lejos, lo ha adivinado casi, tumbado al borde del camino, entre los yuyos, el sombrero puesto sobre la cara. Después se incorpora de golpe y se queda sentado, apuntalado en un codo, mirando a Manuel con una gran risa:

–¡Gua, Manuel!

Está más negro y flaco; quemado por soles aún más abrasantes que los del terruño, por distancias, caminos y vaivenes; quemado por dentro sobre todo, con esa quemadura que se le nota en los ojos, en la risa, en el pellejo curtido, seco, sin un gramo de grasa, adherido a los huesos de la cara, a punto de partírsele en los pómulos puntudos. Está amable y lejano todavía, como si no hubiera acabado de llegar o como sí de golpe hubiera resucitado ahí bajo el guayabo y no pudiera encontrar rápidamente todo su cuerpo. Pensando en hombres como Eulogio es como se me ocurrió lo que dije hace un momento de esa forma de resaca, de limo seco, de vida al revés que hay en todos nosotros, y que Eulogio no puede esconder ni siquiera con esa risa de huesos grandes con que está mirando a Manuel.

–¡Eulogio! ¿Cuándo volviste?

–Ahora –dice buscando algo a su alrededor porque ya está en otra cosa y no ha visto siquiera o no ha querido ver la mano que Manuel le ha tendido. Se levanta y arranca la fruta de un guayabo, la aplasta contra los dientes y la va comiendo de a poco, arremoladamente, como los chicos. Las semillitas le ponen overa la boca mientras vuelve a mirar a Manuel; pero es como si no lo viera o no lo tuviera delante.

–Me contó Pedro Orué que te vio esta mañana, y no lo podía creer…

Por un instante, la expresión alegre, socarrona, de Eulogio, se cambia en una mueca de disgusto, pero sobre el tajo de la boca la sonrisa vuelve a aflorar en seguida.

–Ahorita nomás he llegado y no he pasado por el pueblo. No me pudo ver nadie –tira el resto de la fruta, se limpia la boca con el revés de la mano, después la pone sobre el hombro de Manuel, que no se fija en el hilo de la cicatriz a un costado de la cara, de seguro porque no sabe que esa cicatriz está ahí, no en la sonrisa algo encanallada y burlona, sino en la presencia del amigo que ha vuelto. No recuerda, o tal vez quiere olvidar ahora todo lo malo que los unió en el pasado: la rivalidad por Petronila, el empujón de Eulogio que lo volteó de un árbol para evitar que atrapara el pichón de calandria, quebrándole el pie en la caída, las solitarias peleas a la salida de la escuela en que se pegaban como a escondidas, entre los cocoteros, hasta sacarse sangre, hasta caer sin aliento, todavía abrazados sobre la tierra caliente sembrada de grandes espinas de coco, de esas espinas con las que los pobladores de Itapé entretejen las coronas de los calvarios para Semana Santa. Me acuerdo de aquella vez que te quiso ahogar en el remanso, aplastándote bajo unos raigones de ingá, y tuvimos que ir entre todos a golpearle con palos y hasta con piedras para que te soltara, y cuando te arrastramos sobre la arena tenías ya la cara musgosa de los ahogados, mientras él se reía recostado contra un árbol, un poco rabioso y otro poco satisfecho, acariciándose las partes y enseñándonos de pronto, con una mueca soez, los testículos increíblemente hinchados, pavonados, por la presión de la mano. Un gesto que no nos incluía, uno de esos rápidos y equívocos signos que confunden o dejan afuera a los que no pueden comprenderlo, porque surgen reventados de un sentimiento más fuerte y oscuro que la simple procacidad o el odio o la humillación.

–Vamos pues a casa, Eulogio –de seguro le diría.

–Sí, pero primero vas a acompañarme.

–¿Adónde?

La mano de huesudas falanges se levanta hacia el cerro.

–Encontré un “entierro” de la Guerra Grande.

–Estás mintiendo, Eulogio –prueba a reír Manuel.

–No, cierto, como que estamos el uno frente al otro. ¿Te acuerdas de don Casiano, el veterano de Isla-Valle?

–Sí, pero él murió hace mucho.

–Encontré al hijo, a Secundino, en Formosa. Se puso muy enfermo y yo lo atendí. Antes de morir, me dio las señas del entierro…

–¿Tenía un entierro aquicito y se fue allá lejos a dejar los bofes como peón golondrina? –lo interrumpe Manuel, indignado no se sabe sí contra la idiotez del bracero o la patraña del recién llegado.

–No me dejas hablar. Yo le pregunté lo mismo y casi largué la risa sobre sus últimas boqueadas. Pero entonces me dio a entender que habían cavado con el viejo en varias partes sin encontrar nada, pero que con toda seguridad alguien con más suerte y que no estuviera impedido lo encontraría. Yo acabé creyéndole porque ya estaba casi muerto, y un cristiano en ese estado no miente ni por un casual. Quiso decir más cosas, pero ya no le salía la voz y jedía más que un muerto porque las almorranas se le habían podrido de más. Yo me vine, pues, Manuel, a probar suerte. Y como el perro come lo que la gata entierra, me puse a cavar nomás al llegar. Pero la veta es grande y necesito un compañero de confianza. Por eso he venido a buscarte.

–Vamos a ir mañana.

–No, tiene que ser esta noche. Ya he peleado bastante y pueden descubrir el lugar. Se sabe que el cerro guarda todavía muchas de estas butifarras… –la mano de Eulogio vuelve a cerrarse sobre el hombro de Manuel–. ¡Manuel, vamos a hacernos ricos! Se van a caer de culo cuando nos vean con los cántaros llenos de monedas y chafalonías. Le vamos a comprar el boliche a don Nicanor y trabajaremos como socios. Vamos a poner también un almacén y así vas a poder dejar el aserradero… –la risa muestra los dientes negros de tabaco, mientras los ojos que no se mueven, que siguen serios, pulsan desde el fondo de las cuencas la voluntad de Manuel y ya lo están empujando contra su voluntad.

Se van los dos hacia el cerro, despeado el uno, flexible el otro, encorvado como bajo el peso de esa expectativa de riqueza, de bienestar futuro, de paz, que parece llenarlo por entero, hasta que las dos siluetas se hacen una sola y acaban perdiéndose en las sombras del anochecer.

 

Pero Petronila no puede saberlo; no malicia siquiera lo que ha podido ocurrirle a Manuel.

Como de costumbre, ha comenzado a mirar el camino que lo estará regresando hacia ella, mientras apronta el agua en la batea, la toalla, la camisa limpia que ella misma se la abotonará, demorándose en cada botón, hasta quedársele recostada en el pecho, mientras los dedos correosos y oliendo a madera le enredarán el negrísimo pelo de las trenzas con las que él gusta juguetear. Si hasta le ha dicho más de una vez, para hacerla enojar, que le gustaría morir ahorcado en una de esas trenzas. Y ella le ha contestado riendo: “Pero si ya estás ahorcado, Manuel, desde que te casaste conmigo. Y yo también me morí. Y porque estamos muertos es que no tenemos un hijo”. Esa vez Manuel anduvo mustio y resentido varios días.

Ella sabe el momento justo en que él suele aparecer por el recodo, después del algarrobo grande que está casi enfrente del boliche de Nicanor Balmaceda. Pero ahora está tardando. Se ha mirado en el agua de la batea, y desde esa cara que está debajo del agua morada dos ojos juntos y ligeramente oblicuos la miran preocupados. Se ha puesto a trajinar haciendo cualquier cosa, aferrándose con los ojos a los signos familiares: la silla puesta bajo la parralera, la mesa con el mantel de mezclilla y los dos pares de cubiertos de hojalata, ya bastante aporreados, que ella se ha propuesto reemplazar la primera vez que vaya de compras al almacén de los turcos en Itapé. Manuel le ha prometido llevarla al baile de la función patronal, y ya faltan pocos días. También tiene que comprarse un vestido nuevo y los zapatos de tacos altos; porque a pesar de su renguera, Manuel sabe darse maña para bailar sin que se le note y lo hace mejor que ninguno. La casita entera respira tranquila en el vapor de la olla.

La oscuridad, moteada por los puntitos fosfóricos de los gusanos de luz, ha ido tapando el camino, que solo ha reaparecido más tarde con la luna. Sin dejar de mirarlo, Petronila se ha acurrucado sin sueño en la silla recostada contra el horcón del rancho. El pueblo está quieto. Solo de la otra parte, desde el paso del río donde está la casa de María Dominga Otazú, el viento trae remezones de guitarras, de risas y voces de hombres. Petronila se ha levantado, ha entrado el mortero a un rincón de la pieza y ha encendido en el fondo una vela después de mojar el pabilo con la lengua. Se ha incorporado más segura, como protegida por la agüería. La llamita de la vela llama a su hombre, lo resguarda con el vapor de ese unto de saliva contra el poder de mujeres como María Dominga, que atrae a hombres y guitarras al alero de su rancho.

Un remolino de viento ha apagado la vela en la comba del mortero. Petronila no lo sabe porque ha vuelto a salir, por centésima vez, a mirar el camino hinchado de luna.

Lentamente, tomándose todo el tiempo, se ha preparado una infusión de curupá, el zumo de esa planta de hojitas llovidas con olor a chinche de monte que tumbaba a su abuela como un tronco en medio de sus peores insomnios. Petronila se ha acostado como a la medianoche, mucho después que el camino se le ha ido borrando poco a poco gastado por las miradas y éstas por el narcótico indígena.

 

Un ruido llega hasta ella atravesando el sueño en medio del cual busca incorporarse por entre el matorral de mucílago en el que al querer levantarse se hunde cada vez más.

–Ma… nuel… –tartamudea con lengua de trapo.

–Sí… –le responde en voz baja; hay cansancio, un cansancio de mucho tiempo, algo que viene de muy atrás, en ese jadeo de animal acosado, en ese hilo de voz sibilante; pero también la angustia de un apuro que lo empuja a anclar tropezando en la oscuridad.

–Voy a… servirte… la comida…

–No quiero comer…

Silencio. Él se deja caer en la cama. Está mojado de sudor. En su sueño, roto a medias, Petronila se le aferra, lo acaricia maquinalmente con un mimoso reproche apenas burbujeado como un estertor, y en el que no la cabeza sino el instinto ha de trabajar oscuramente. Debe sentir que el cuerpo duro, húmedo, de su hombre, también se le aferra hasta ahogarla casi en medio de la maleza gomosa de la que no puede zafar, urgido de feroces y definitivas caricias que hacen crujir la trama de cuero del catre, que la hacen gemir a ella mordiendo su nombre hasta el suspiro del espasmo final, hasta dejarla como muerta junto a él.

 

Es inútil que a la mañana busquen a Manuel por todas partes. Nadie sabe dónde está. No ha dicho a nadie que se iba. Ha desaparecido como el humo. Petronila contará que lo ha sentido entrar en medio del sopor del curupá, que ha dormido a su lado hasta muy cerca del amanecer. “Esta ha soñado”, dirá Pedro Orué por lo bajo a los otros. Pero es cierto que hay una manchita de sangre en la almohada como el borrón de una cara con desolladuras, y regada por el piso la arenilla colorada del cerro.

Y nadie, ni los baqueanos que han encontrado rastros como de dos hombres en lucha al borde de la caverna del cerro cuya profundidad no se conoce, y que han descubierto al primer golpe de ojo que esas pisadas con granitos de asperón en el piso del rancho no fueron dejadas por las alpargatas de Manuel, querrá decir lo que piensa. Ni el propio Pedro Orué, que ahora tendrá que buscarse otro compañero de sierra, se animará a contradecirla ni a desalentarla con simples sospechas.

Para ella, Manuel se ha largado también en el éxodo de braceros; no atina con el motivo, porque lo sentía contento a su lado. Pero todo le parece extraño desde que le falta Manuel.

Nadie se atreverá, ni entonces ni después, a emponzoñar la obstinada espera de Petronila, que tendrá los ojos cada vez más ardidos y lejanos, sobre todo los días en que el viento norte arrima el aserradero a la vueltita de su rancho; que irá de tarde en tarde hasta el vado, a la casa de María Dominga, para mendigar noticias de su hombre a los troperos, milicos y viajeros de paso por ahí, y donde por fin, a la vuelta de algún tiempo, cuando ya la espera angustiada se ha cambiado, sin que nadie lo note, en esa locura mansita y absorta que la ha fijado en el futuro, se quedará a acompañar a María Dominga en la atención de su clientela nómade, con la sola paga de esos vagos rumores que traen y llevan su esperanza y el fantasma de Manuel.

 

(Tomado de www.literatura.us)

 

Alrededores de la ausencia

Noël Devaulx

 

Estaba leyendo en el quiosco chino cuando un campanilleo tan leve que habría podido creerse un engaño del viento me hizo dejar a un lado el libro y aguardar una confirmación. Y en efecto, luego se oyó un segundo llamado, aún más incierto y menos diverso de los ruidos del campo. Salí del pabellón echando pestes contra el intruso, algún vagabundo que acudía a mendigar pan antes del viernes, día en que se lo distribuye a los pobres, cuando vi una chiquilla de ocho a diez años que en puntas de pie trataba de alcanzar el cordón para llamar por tercera vez. Había dejado, junto a ella, una maletita como las que yo solía preparar de niño, para mis viajes imaginarios, pero envuelta en una funda que a mí no se me habría ocurrido y que daba visos de autenticidad a ese vagabundeo precoz. Por fin alcanzó el cordón provocando un sostenido repiqueteo que la dejó totalmente aturdida, tanto más cuanto que los postigos de la cocina restallaron y apareció en el umbral el ama de llaves, muy tiesa en su ropa de domingo y dispuesta a dar una lección a la descarada, sorprendida en flagrante delito. Me adelanté para evitar un drama, escoltado de cerca por Madame Grande Yvonne, nombre que la gobernanta debe a mi hermana mayor, de quien fue nodriza, y al cual se ha agregado el título de “Madame” para consagrar sus altas funciones.

–¿Adónde vas, pequeña? –le pregunté con ese tono con que intentaba simular ante los pilletes ladrones y depredadores de nidos una severidad de propietario, y que reforzaba aún más la costumbre que tengo de aconsejar paternalmente a los niños.

–Aquí –respondió.

No pude disimular una sonrisa, y ella, que sin duda aguardaba ansiosamente el resultado de su treta, rompió a reír, tranquilizada, con una confianza que me conmovió.

Del mismo lado de la reja y de las convenciones, Madame Grande Yvonne y yo examinamos estupefactos a aquella visitante extenuada pero decidida, encantadora aunque vestida como una pobre, y sin confesárnoslo ya habíamos consumado la mitad de la traición. Así entró ella en nuestra casa, en nuestras vidas –digo “nuestras” porque mi mayordomo con faldas fue conquistado tan rápidamente como su amo–, con tanta naturalidad como si siempre hubiéramos formado parte de su imperio infantil.

Aquella misma noche, cuando se quedó dormida (cosa que conseguimos no sin dificultad, debido, creo, al enervamiento del viaje, o a nuestra torpeza, pues tan pronto la reñíamos como la acunábamos), celebramos un consejo, en el que después de haber cambiado graves reflexiones sobre la tristeza de los tiempos y el abandono de la infancia, y de haber examinado minuciosamente las hipótesis más pesimistas sobre el sentido moral de los padres, confeccionamos la lista del ajuar, de las provisiones y aun el programa de estudios, que no puedo releer sin reírme: estaba lejos de pensar que mi humilde colaboradora desempeñaría en esto un papel rector, por su competencia en los quehaceres domésticos y su conocimiento de las cosas del campo. A tal punto exageramos nuestras propias luces…

La casa es lo más incómoda que se pueda imaginar y toda en corredores; una casa solariega que han desfigurado sucesivamente los granjeros que la arrendaron mucho tiempo y el gusto por un medioevo excesivo que profesaba la tía de quien la heredé. La fachada, un poco seca, cuidadosamente desahogada de rosales trepadores y de las asimetrías que en ella aclimataba la vida, es de un hermoso fin de siglo XV. Sobre el granito se destacan los marcos de la puerta y de las ventanas, en piedra azulada de Kersanton. Ese rostro terroso de ojeras profundas se rodea de geranios frescos y de rosas, como de una vieja beldad.

A no ser por el absurdo de un quiosco chino de vidrios multicolores, por las yucas, por un presuntuoso jardín de invierno, el conjunto no estaría desprovisto de armonía. Un huerto rodeado de gruesos muros favorables a las plantas trepadoras, rebosante de flores y legumbres, prolonga la casa, de la que está separado por una zanja antaño unida al estanque, pero que hoy parece no tener otra razón de ser que esa encantadora pasarela sobre la que se abre la puerta de la torre. Una higuera se agobia hasta rozar las ventanas de la trascocina. Cada una de las tres entradas restantes se halla en mitad de un muro, de suerte que los cuadros están repartidos con tierna simetría entre dos alamedas perpendiculares. En el centro, los castaños circundan un estanque encenagado por las hojas muertas. El recinto está tan bien protegido por sus altos muros y el ruedo de árboles, que una mimosa ha consentido en instalarse en él, seducida por la sal y el zumbido de las abejas. Vista de aquí, con su ancho tejado que se inclina para abrigar la torrecilla, la casa cuya fachada es quizá demasiado grave me parece más dulce y más familiar.

Este doble carácter de vieja barraca conmovedora y de mansión señorial vuelve a encontrarse en la disposición de sus dependencias. Raras son las habitaciones de acceso directo. Algunas se abren sobre la escalera de caracol, otras en corredores sombríos, limitados por las paredes de inmensas salas. Este loteo, practicado con tanto acierto como en los terrenos suburbanos, ha cortado en dos una gran chimenea o un ajimez cuyo arquibanco ha sido sacrificado. Es justo añadir que las paredes de abeto están cubiertas de falsos tapices a los que indefinidas hileras paralelas de leones rampantes dan cierta atmósfera heráldica.

Los cuartos serían tristes si el paisaje que desde ellos se contempla no fuera una fuente siempre renovada de satisfacción y de paz. Una avenida majestuosa, concebida para el regreso de las partidas de caza sobre la blanda alfombra del otoño, donde ya no se aventuran las calesas, sube desde la hondonada donde se recata la casa solariega, y su larga procesión hacia la campiña a menudo brumosa lleva el espíritu a esas colinas boscosas al pie de las cuales se presiente el mar. Esta avenida casi regia, desproporcionada a la casa adonde conduce, dispone las hileras de sus hayas en una espaciosa nave central y en dos naves laterales que forman una masa frondosa y compacta, a la que se ordena todo el paisaje circundante. A cien pasos de la reja embiste bruscamente el muro cubierto de musgo, que a través de un pórtico ruinoso solo deja pasar la alameda central; y esta cruza sobre un terraplén lo que antaño fue un estanque. Lo divide esa elevación del terreno en dos saetines, entre los que trabajaba un molino: el molino es ahora la casa del cuidador, y el estanque una pradera. Olvidaba la exquisita capilla cubierta de un tejado tan bajo que de a trechos lo roza la hierba, y al que el único vitral levanta sin ceremonias para mirar curiosamente a las visitas.

Ese nuevo mundo, con sus archipiélagos y sus colonias, fue apenas un bocado para nuestra fugitiva. Ya al día siguiente de su llegada, en un abrir y cerrar de ojos y en dos o tres excursiones vertiginosas, había explorado el dominio a su manera. Comprendí en seguida que, contrariamente a lo que yo imaginaba de una visión infantil (en la que me parecían preponderantes ciertos detalles que nosotros no habríamos advertido), era el conjunto lo que poseía para ella una fisonomía y sin duda un olor especial; y el afectuoso conocimiento que en nuestros mejores momentos tenemos de una casa, de un paisaje, debía ser, si no me engaño, su manera habitual de percibir.

Lo cierto es que, una vez libre, cuando hubo adoptado el perro del molino, el bebé de la cuidadora y una coneja con una graciosa mancha en la nariz, debí ejercitar una tenacidad poco común para persistir en el interrogatorio que me había parecido hábil postergar hasta que descansara esa primera noche. Aun así, mis preguntas más premeditadas solo obtuvieron resultados irrisorios.

Debí recurrir a la Grande Yvonne, cuyo empirismo apenas consiguió algunas ventajas secundarias. Concluimos que la niña debía ser huérfana, no porque esto respondiera a nuestros secretos deseos, sino porque cuando tratábamos de interrogarla sobre su madre, su mirada se clavaba a lo lejos, y esa palabra no despertaba en ella ninguno de los sentimientos violentos que habíamos temido. A juzgar por vagos indicios, nos pareció que pertenecía a una familia acomodada, pero su país, por mucho que insistiéramos, era imposible de identificar, y se reducía a un palomar suficientemente reconocible por su rumor de alas y a un camino interminable cuyo valladar estaba poblado de cantos.

Apenas habíamos extraído de sus descripciones un dato utilizable cuando lo enredaba todo de nuevo mezclando elementos visiblemente imaginarios, o bien, no teniendo ojos más que para el presente, añadía: “Este es mi país”, y llevaba la confusión a su colmo. Su equipaje no pudo suministrarnos indicios más coherentes: un perro de lana negra al que le faltaba un ojo y al que todas las noches había que acostar a su lado era, con un chaleco descosido, lo que en él había de más explícito. La funda no traía inicial. En aquel revoltijo reconocí también una budinera aplastada, un carretel vacío, los restos de un ajuar, cintas, hilo de seda rosa y una gruesa aguja de zurcir.

Después de darle mil vueltas al asunto, decidí publicar un anuncio donde no sin repugnancia y contra la formal opinión del “Concejo” incluí su fotografía. Presté mi declaración ante los gendarmes y el secretario de la Alcaldía, quienes me escucharon con el más vivo interés. El secretario, antiguo patrón de barca, enternecido y deseoso de complacerme, tomó el asunto tan a pecho y desplegó tanto celo que bien pronto evité encontrarlo, cansado de enterarme diariamente de sus nuevos descubrimientos y de oírle decir que seguía una buena pista. Al mismo tiempo consulté a mi abogado en vista de una posible adopción.

Bien pronto fue necesario aceptar la evidencia: la gramática y la aritmética le disgustaban tanto como la atraían los quehaceres domésticos y la cocina. No porque fuese poco dotada, sino porque sin duda su herencia la inclinaba más a los trabajos manuales que al estudio, contradiciendo una distinción natural en sus modales y manera de expresarse, que me había asombrado desde el primer momento. Me prestó un poco más de atención en botánica y geografía, en lo que yo mismo estaba muy flojo y reducido a los manuales. Su obediencia era ejemplar, mas resultaba tan evidente que se aburría, y se embrollaba de tan buena fe en la terminología más elemental, que después de haber perseverado honestamente un mes, variado mis métodos, amenizado la clase con sesiones de prestidigitación y gritos de animales –cosas todas estas por las que revelaba pronunciada afición–, debí inclinarme ante el cepillo y la gamuza. Pero si bien los quehaceres domésticos y las labores de aguja ejercían sobre ella tal seducción (lo que llenaba de orgullo el corazón de Madame Grande Yvonne), no por eso dejaba de ser el juego su verdadero elemento, y el vaciado de un flan o de una tarta no podía alejarla mucho tiempo de un partido de croquet.

Como yo vacilaba en darle por amigos a los ganapanes de la aldea, brutales y mentirosos, de suerte que los compañeros de su edad quedaban reducidos al chico del molino y al viejo podenco, sacaba de su propia cosecha los figurantes y el decorado de una comedia inagotable. La vida familiar y social: comidas, viajes, visitas, constituía el tema de una especie de ballet con transformaciones parecidas a las de un sueño, donde un poco de barro resultaba una torta de chocolate y una hoja de acebo un escalope; donde ella misma interpretaba los personajes más diversos: un guarda de tranvía, sugerido por una hilera de sillas; el salvaje emplumado y armado hasta los dientes, cuya vida primitiva transcurría bajo una alfombra sostenida por un palo de escoba; el ama de casa afligida por una criada insoportable, y esa misma criada charlando con el almacenero.

Pero me equivocaría si dijera que esta pasión del juego era una pasión exclusiva, pues la Grande Yvonne, muy piadosa ella misma, me hizo notar desde los primeros días la inclinación que nuestra protegida mostraba por la plegaria. En efecto, ponía en ella la misma avidez, la misma energía infatigable que en sus pantomimas y brincos. La capilla la había fascinado inmediatamente. Desde la muerte del capellán, yo no tenía autorización para conservar la hostia y rara vez se cantaba allí la misa. Pero tocábamos el Ángelus y los granjeros vecinos se reunían para la oración de la tarde. Clara –es tarde para decir que se llamaba así, y sin embargo ese nombre no debía significar para mí, al cabo de tantos años, otra cosa que luz y paz–; Clara, apenas arrodillada, se sumía en un recogimiento tan profundo que la plegaria de los mayores, torpe o distraída, me asombraba de pronto como el aturdimiento de un ciego.

A menudo, cuando la creíamos en el molino o paseando con el podenco, la sorprendíamos en una de esas conversaciones silenciosas que me parecían excesivamente graves para su edad, y de buena gana habría compartido yo el ingenuo temor, abrigado por Madame Grande Yvonne, de que los niños demasiado piadosos no estuviesen destinados al cielo. Sin embargo, una autoridad no menos considerable era de opinión diferente: el cura de la aldea, hombre excéntrico pero bueno, había empezado a dar clases particulares a Clara, abreviándole la enseñanza del catecismo con el fin de que ese mismo año pudiera tomar la primera comunión. Y cuando yo mismo iba a buscarla al presbiterio, los días en que mi trabajo no adelantaba, en que tenía necesidad de refrescar mis ideas, hablábamos de ese fervor que me parecía revelar una perturbadora discordancia en un carácter tan exuberante.

Pero el anciano sacerdote, que durante mucho tiempo frecuentara la infancia más desheredada de las ciudades, había observado a menudo las mismas tendencias profundas, y pensaba que lo sobrenatural era la atmósfera ordinaria de esas almas que aún no han atesorado su amor ni su tiempo.

–Porque la divisa de los hombres de negocios –me decía– trasciende en mucho su pensamiento: el oro es literalmente el pasado mezquino, el porvenir frío y temeroso. Nada obliga tanto a la Providencia como el espíritu de abandono, resorte de esas vidas nuevas y pródigas, y si el ángel que las asiste ve en el cielo la faz de Dios, ellas, en este mundo, ven a menudo ese ángel que las custodia.

Se mostraba encantado de una réplica de Clara, sobre la que volvía a menudo. Para ilustrar una lección sobre los ángeles y mostrar que están siempre a nuestro lado en las circunstancias peligrosas, refería la aventura de un chiquillo que a pesar de hallarse sobre la acera estuvo a punto de ser aplastado por un acoplado sin gobierno. El vehículo, cargado de hierro, rozó al chico y, al parecer, le arrancó su cartera de colegial. A lo que Clara repuso:

–Entonces habrá sido el ángel guardián quien sufrió el revolcón.

El buen sacerdote, echándose a reír, no distó mucho de hallar una confirmación de sus puntos de vista allí donde yo, conociendo a la maliciosa chiquilla, sospechaba que se trataba de otra cosa enteramente distinta.

De esta malicia que a veces lindaba con el descaro, yo mismo he conservado punzantes recuerdos, y a medida que el alivio de mi pena me permite evocarlos con mayor serenidad, más me asombra su profunda lección.

Alarmado por el vacío que se producía en mi huerto y que comprometía la cosecha, en vez de reprender a la culpable, intenté neciamente vincular ese pecadillo a los grandes principios e hice de ello ocasión para un sermón en tres puntos digno del vicario de Wakefield. Admití, como buen horticultor, que mis productos eran particularmente sabrosos, y la tentación muy comprensible, pero añadí que era preciso saber privarse de lo más agradable, no en previsión de las conservas de frutas que se preparan para el invierno –cosa que ese año sería imposible– sino por amor del buen Dios. Escuchó mi filípica sin decir palabra, con una compunción que me pareció poco auténtica. Luego no pensé más en el asunto.

Poco después debíamos festejar el día de Santa Clara. La Grande Yvonne había empezado, con mucha anticipación, a encerrarse con su ayudante de cocina, preparando sus recetas. Yo había ocultado cuidadosamente, para ofrecerlo a Clara la noche de la fiesta, un horno magnífico, algo más que un juguete, en el que se podía preparar una verdadera comida, provisto de una chimenea acodada con su correspondiente mariposa y de un reluciente escalfador, amén de los atizadores y un surtido de sartenes. Reconozco que en estas ocasiones la gobernanta y yo hacíamos gala de una gran emulación y acaso –quién sabe– un poco de celos. Y, cosa bastante divertida, manteníamos el uno respecto del otro, y ambos ante la niña, idéntico secreto.

Asistí pues, pensando que ya llegaría mi turno, al triunfo de mi rival y aplaudí los pichones rellenos, las tartaletas de fresas silvestres, el monumental Diplomático. Clara comió hasta hartarse, como si la hubiéramos tenido ayunando ocho días. Debí rechazar la mezquina e inoportuna idea de que mis consejos de mortificación no habían obtenido el resultado deseable. Madame Grande Yvonne, abrazada, halagada, ostentaba una alegría poco discreta, y aunque parezca cómico, yo tenía prisa por que llegara la noche.

Ahora bien, ante el magnífico regalo que, según advertí, impresionaba a la concurrencia, Clara permaneció perfectamente insensible: No sabía dónde poner un juguete tan pesado. Además, era un objeto inútil, ya que ella solía acercarse a la gran cocina de la casa e inclusive estaba autorizada a vigilar la sopa que hervía en el fogón, lo que era mucho más peligroso. Llegó a pretender que su muñeca preferida se quemaría al tocar el hornillo, o se rasgaría el vestido con los mangos de las sartenes. Yo no me atrevía a mirar a Madame Grande Yvonne. Pero cuando llegó la noche, al besarla antes de dormirse, interrogué a la pequeña Clara. Ella me escrutó con insolencia apenas disimulada, y repitiendo textualmente el sermón que yo temía no hubiese ejercido en ella el menor efecto, me aseguró que por amor a mí se había privado de aquello que le resultaba más agradable. Y dicho esto cayó sumida en profundo sueño, y tuve que aguardar hasta el día siguiente, después de una noche de humillantes reflexiones, para retractarme honorablemente y acabar con esa querella inútil.

Naturalmente, el argumento de una chiquilla, por extravagante que fuese, no podía poner en tela de juicio, contra el sentimiento unánime de la Tradición, el valor de la ascesis. Pero me fue más fácil pensar que existieran ciertas almas superiores, almas de santos o de niños, para quienes los dones de Dios excluyen toda segunda intención, para quienes el Valde bonum de la Creación, lejos de ser un comunicado oficial o un slogan electoral, fuese una realidad comestible.

En conjunto, sin embargo, la educación moral de mi pupila me proporcionaba menos sinsabores que la esfera de los conocimientos prácticos. Sin excesiva amargura delegué en el ama de llaves la enseñanza doméstica, pero cuando nos paseábamos los tres por el bosque, yo envidiaba sus disertaciones sobre el pico verde o el cucú, la hormiga león, la culebra y la comadreja, evidentemente plenas de leyenda y falsarias de la realidad, pero que Clara, es preciso reconocerlo, escuchaba sin fatigarse. Infinitamente curiosa de los animales, así como de los nombres familiares de las flores, que recogía en grandes ramilletes campestres, lo era aún más de los trabajos y las vidas de los campesinos. Y como era la época de la trilla, la Grande Yvonne la llevaba a dar grandes caminatas, a las que no me invitaban por temor de perturbar ese misterioso trabajo, al que rodeaba la atmósfera de espanto del sacerdocio antiguo. Al regreso, yo sabía qué eras habían visitado, en qué granjas habían bebido leche cuajada y saboreado hojuelas. El viento nos traía de los cuatro puntos del horizonte un zumbido de trilladoras, y siempre quedaba una, un poco más lejos, que no habían visitado, de suerte que Clara solo me dedicaba los días de lluvia.

Entonces, en los ratos que le dejaban libres sus quehaceres en la cochera, en la cocina o en la capilla, la enseñanza de las artes que no me eran disputadas tendría, en justicia, que haberme resarcido de mis afrentas en otros dominios. Y en efecto, durante mucho tiempo creí que esa satisfacción me sería acordada. Infortunadamente, la pequeña Clara tenía el peor gusto imaginable. Lo ridículo, inclusive lo absurdo, la atraían invenciblemente. El quiosco chino, con sus vidrios de colores y su complicado techo, era su ideal en arquitectura, y poco a poco había atestado su cuarto de todos los bibelots que yo había proscrito del salón y relegado a las bohardillas, de donde desenterraba con infalible instinto los más atroces: un pozo de porcelana que se podía llenar de agua y cuyo mecanismo funcionaba aún, un barómetro con muñecos que trajo mi tía de unas vacaciones alpinas, una celda de carmelita cuyas paredes de vidrio dejaban ver hasta las pantuflas y el misal; más aún, bajo enormes globos de cristal, una multitud de caracolas, una colección de cruces, un arbusto petrificado.

Me esforcé por corregir ese gusto vulgar. Tengo algunos buenos cuadros que en aquella época, es cierto, palidecían junto a inmensos mazacotes –el lado flaco de mi herencia– que no me atrevía a quitarme de encima antes de la desaparición total de mi parentela. Pero a mi Rouault y mi Cézanne, a pesar de todos mis esfuerzos por disuadirla, mi discípula prefería las abominables copias de Murillo y de Zurbarán que nos había impuesto la ascendencia española de mi tía. En mis álbumes, el único. que gozaba de su buena opinión era Louis Lenain, por la figura del niño que disimula tras una chimenea o en la abertura de una puerta. Tímido, aunque curioso del mundo de los mayores abrumados por las preocupaciones, ese personaje ínfimo y por añadidura inútil agradaba a Clara en virtud de no sé qué secreta afinidad. En suma, solo admitía la pintura en la medida en que pudiese reconocer fácilmente el tema, y su repulsión por la Inmaculada Concepción que sirve de retablo al altar (repulsión tanto más sorprendente para mí cuanto que nada diferenciaba ese cuadro de los horrores del salón) se debía, según ella, a que la santa Virgen era irreconocible.

Nuestra música, que siempre he considerado nuestra actividad más elevada y diferente de la de Virtudes y Serafines solo en esto: en que nos vemos obligados a volver las páginas, nuestra música le era igualmente extraña. Mal pianista, no podía yo aspirar a develarle sus arcanos. Solo toco para mí, y siempre que una especie de necesidad me impulse a revivir aquellas entre mis obras predilectas que están por azar al alcance de mi mano. Esto no impidió que me sintiera profundamente lastimado cuando al concluir aquella Alemanda de Mozart que me había costado varias semanas de estudio, o tal exquisita melodía que preludia una Suite de Bach y que me parecía cargada de cosas inefables, la veía defraudada, como si le hubiese ofrecido, para engañarla, el papel cuidadosamente plegado de un bombón o la cáscara vacía de una naranja. Pero cesé de atribuir esa indiferencia a la mala calidad de mi ejecución cuando después de comprar un gramófono le hice escuchar a Horowitz y a Gieseking. Porque la frase o la cadencia perturbadoras a las que mi vida me parece tan ligada que sigo con angustia la curva que las lleva a resolverse, cuando quería comprobar si la habían conmovido, me valían una mirada de profunda conmiseración.

Felizmente, pasábamos el anochecer sentados en un banco de piedra delante de la casa y Madame Grande Yvonne respetaba nuestro coloquio. Mirando las estrellas, que son un frágil vínculo entre la tierra y el cielo, rivalizábamos en desentrañar las formas más diversas en las nubes ya vacilantes, en los árboles, sobre todo en los abetos, donde esas formas se prodigan. Y mis ocasionales hallazgos atenuaban quizá el desfavorable juicio que se formaba Clara de mis dones.

A medida que se modificaban, una a una, mis ideas sobre la educación de las niñas, nos acercábamos a la fecha fijada para la primera comunión. Ella se mostraba tan recoleta que me costaba trabajo deshacerme de las necias aprensiones que ya he mencionado, y según esta inquietud, renovaba otra, descubría en el fondo de mis menores alegrías el temor, a decir verdad nunca adormecido, de que la pequeña Clara me fuese reclamada. Un sentimiento de precariedad echaba a perder hasta sus muestras de ternura.

Una noche en que la preocupación del trabajo que estaba realizando me tenía despierto más tarde de lo habitual, creí oír un ligero roce en el descanso, contra la puerta de mi cuarto. Sin duda había soñado, entre dormido y despierto, e iba a dormirme definitivamente esta vez cuando un ruido de pasos, discreto pero prolongado, me aterrorizó. Sabe Dios qué ideas atravesaron mi espíritu en aquel instante. La más tranquilizadora era que la niña, no pudiendo conciliar el sueño e ignorando los temores nocturnos, bajaba a la cochera para entregarse a su juego favorito. Porque esa cochera tiene una extraña ubicación dentro de la misma casa. Es un recinto inmenso, que se extiende a todo lo ancho del edificio, con una puerta que desemboca en el aguilón. Desde el interior se llega a ella a través de un pasaje abovedado y de varios peldaños, bajo la escalera de caracol. Guarda tres vehículos antiguos: una diligencia inglesa, una jardinera y una calesa que constituían, como fácilmente se adivina, una fuente de apasionantes aventuras, indefinidamente renovadas. Me incorporé y salí silenciosamente. Desde el descanso que domina la hélice de piedra vi entonces, en mitad de la escalera, iluminada de espalda por la luna que entraba por una saetera, a Clara, sentada en camisa de dormir y con los cabellos aureolados de luz. No muy seducido por este nuevo capricho, pensé mandarla a dormir, cuando un cuchicheo me detuvo. Clara rezaba, velando sobre la casa y sin duda sobre mí mismo. Me invadió un extraño sentimiento de respeto y volví a mi lecho en silencio.

Por lo demás, el mundo invisible con que ella estaba tan familiarizada y que irrita nuestros ojos de carne parecía desplazar sus fronteras a su arbitrio. Y aunque mis impresiones sean tan frágiles cuanto es posible y, fríamente consideradas, el buen sentido las rechace con violencia, debo reconocer que en algunos raros momentos pude creer que la atmósfera de la casa estaba llena de presencias, o bien yo salía del sueño con un soplo sobre los ojos.

Sin embargo, las cosas seguían su curso habitual. Madame Grande Yvonne se aprestaba a superar en mucho las hazañas de la fiesta de Santa Clara. La víspera de la solemnidad los preparativos se multiplicaron febrilmente; los cristales y la platería brillaban sobre el aparador; la costurera hilvanaba un pliegue, retocaba un frunce, secundada por nuestra postulante, cuya piedad no le impedía, en absoluto, mirarse al espejo. Nos acostamos muy tarde en la emoción del júbilo del siguiente día.

Pero en la mañana no la encontramos. No estaba en su cama, ni orando en la escalera, ni en el fondo del pasillo, ni en el huerto. Los granjeros salieron a buscarla, en automóvil o en bicicleta. Yo telefoneé a las gendarmerías y puse sobre aviso a los pescadores que habían sido sus amigos. Luego, muy rápidamente, comprendimos que se había ido como vino y que a esa hora estaría llamando a otra reja, contestando: “Aquí es” y llevando a otros su alegría.

Sin convicción me dirigí a los periódicos y a las agencias, y vi nuevamente al secretario de la Alcaldía, quien debió abandonar una pista todavía fresca para lanzarse a una búsqueda diametralmente opuesta.

No obstante, una cosa permanecía inconcebible para Madame Grande Yvonne y para mí: que ella se hubiera sustraído, no a nuestras torpes atenciones, sino a ese don de Dios al que la sentíamos tan maravillosamente predispuesta. Hasta que pocos días más tarde cayó bajo mis ojos una frase de la Epístola a los Hebreos que me hizo renunciar a toda búsqueda:

“No olvidéis la hospitalidad. Al practicarla, algunos –sin saberlo– han albergado ángeles”.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

martes, 5 de mayo de 2026

El ladrón

Joseín Moros

 

Innumerables vegetales brillan en el supermercado, los reflejos de tomates, lechugas y repollos tiñen las caras de dos ancianas. Son pequeñas, como aquellos legendarios pigmeos. Tienen la piel pálida, ojos negros inexpresivos, sin brillo, sin parpadeos; acercan sus menudas caras afiladas a los vegetales y olfatean con cuidado. Las manos firmes, flacas, venosas, escogen lo mejor de las verduras, hortalizas y legumbres.

Un hombre grueso, de barba, lentes oscuros, pantalón azul y franela blanca, calzando zapatos deportivos muy caros, las observa con disimulo. Piensa, mientras finge escoger unos quesos.

–Las viejas están robando.

Un momento antes, el hombre había sustraído la billetera de una compradora distraída y la ocultó en la parte delantera de su ropa interior.

Las ancianas, con la cesta de mano rellena de vegetales, se escurrieron tras un estante colmado de envases. El ladrón sonrió y pensó.

–Son hábiles, allí las cámaras de seguridad no las ven. ¿Por qué se escondieron, si todavía no han robado a nadie?

El hombre se inclinó y miró entre las filas de botellas. A través del vidrio coloreado de rojo y naranja, vio las ancianas moviendo las manos.

–Están locas, parecen magos de feria.

El ladrón, con naturalidad, para no llamar la atención, aceleró el paso y las alcanzó. Se detuvo frente a ellas y dijo en voz baja.

–No quiero competidores. Fuera de aquí.

Las pequeñas ancianas levantaron sus cabezas y lo miraron con ojos inexpresivos, como botones negros sin brillo. Una de ellas, con voz apenas pronunciada con la garganta, y los labios casi inmóviles, dijo.

–Robamos para comer señor, no volveremos, ya nos vamos.

El ladrón vio la cesta vacía en los brazos de una de ellas, sorprendido, miró a los lados, sobre los estantes de harina y bajo los cajones de latas de jugo. Disminuyó aún más la voz y preguntó.

–¿Dónde está el contenido de la cesta? Diez kilos de vegetales no pueden esconderse bajo esos trapos asquerosos.

Las examinó con detenimiento y pensó.

–Parecen gatas mojadas, animales hambrientos, esa ropa vieja les cuelga como si fuera su pellejo. No tienen dónde esconder algo así.

Preguntó entonces.

–¿Dónde están los vegetales?

Una de las ancianas se acercó a él, la del moño atado con una tira de cuero tan antigua como ella. Dijo, mirando el suelo.

–Los mandamos a casa señor, para comer esta semana.

El ladrón entrecerró sus ojos y miró con nueva atención a las dos ancianas. Pensó entonces.

–¡La cesta estaba llena y un segundo después quedó vacía! Estas viejas tienen un buen truco, estoy seguro.

Con disimulo acomodó la molesta billetera, escondida bajo la bragueta. Se imaginó sacudiendo las viejas con sus puños y si fuera necesario, pateándolas hasta matarlas. Con los dientes apretados y voz sibilante les ordenó.

–Vamos hasta donde viven, me van a enseñar cómo se hace.

Puso una mano pesada sobre el hombro de la que habló y la retiró como si se hubiera quemado. Estremecido de asco pensó.

–¡Correosa como una culebra! Huelen a basurero.

La anciana, caminando hacia la salida del supermercado, bajó aún más la cabeza; la otra seguía sus pasos como un roedor precavido. Miraban a los lados de vez en cuando, parecían a punto de echar a correr, pero se contenían esperando al hombre. El ladrón, moviendo su cuerpo pesado sobre los zapatos deportivos, tampoco hacía ruido; caminaba fingiendo estar observando la mercancía, sin perder de vista las viejas.

El trayecto fue largo y agotador, no hablaron en el camino; el hombre nunca despegó los ojos de ellas y las pequeñas mujeres no lo miraron en ningún momento. Se habían internado en un barrio silencioso y desolado. Subieron un cerro cubierto de maleza, desde dónde podían verse edificios lejanos y autopistas, como si pertenecieran a un mundo irreal. Anocheció rápido y sin aviso.

El ladrón resoplaba de cansancio, cuando entre la maleza encontraron la entrada de un rancho escondida por la oscuridad. Las ancianas estaban tan silenciosas que parecían no respirar. Empujaron una puerta hecha con tablas mal claveteadas y se abrió sin ruido.

Un olor nauseabundo inundó los pulmones del hombre, y estuvo a punto de vomitar. Oyó el rasgar de un fósforo y a la luz de una vela reconoció, en el piso de tierra, los vegetales robados en el supermercado. No tuvo duda, eran los mismos.

Una olla grande y negra, sobre trozos de madera quemada, estaba en el centro de la única habitación; montones de cucarachas corretearon sobre cuchillos, cucharas y tenedores. Chillando, una cantidad asombrosa de ratas buscaron la negrura de los rincones.

El hombre recuperó el aliento, y decidió a cuál de las dos viejas golpearía primero. Resuelto a terminar con todo lo más rápido posible, dijo con voz ruda.

–¡Sólo vegetales! ¿Qué más roban?

La otra anciana, la del pelo suelto, canoso y lleno de nudos, gateaba apartando las cucarachas con las manos. Y dijo.

–Cosas, señor, robamos cosas.

–¿Pueden traer joyas, dinero, ropa?

–Sí, señor, todo eso.

–¿Y carne, no veo carne?

–No hacemos venir carne.

–¿Por qué?

Ambas viejas miraron hacia él, la luz de la vela desde el suelo iluminó sus caras sudorosas y de ojos opacos. Tenían la mirada de un pescado congelado. Sonrieron mostrando dentaduras repugnantes y afiladas. En sus manos, cuatro cuchillos produjeron reflejos cegadores. Dijeron en voz baja, como guardando un secreto.

–La carne viene caminando.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)