lunes, 12 de octubre de 2026

Sennin

Ryunosuke Akutagawa

 

Un hombre que quería emplearse como sirviente llegó una vez a la ciudad de Osaka. No sé su verdadero nombre, lo conocían por el nombre de sirviente, Gonsuké, pues él era, después de todo, un sirviente para cualquier trabajo.

Este hombre –que nosotros llamaremos Gonsuké– fue a una agencia de COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO, y dijo al empleado que estaba fumando su larga pipa de bambú:

–Por favor, señor Empleado, yo desearía ser un sennin¹. ¿Tendría usted la gentileza de buscar una familia que me enseñara el secreto de serlo, mientras trabajo como sirviente?

El empleado, atónito, quedó sin habla durante un rato, por el ambicioso pedido de su cliente.

–¿No me oyó usted, señor Empleado? –dijo Gonsuké–. Yo deseo ser un sennin. ¿Quisiera usted buscar una familia que me tome de sirviente y me revele el secreto?

–Lamentamos desilusionarlo –musitó el empleado, volviendo a fumar su olvidada pipa–, pero ni una sola vez en nuestra larga carrera comercial hemos tenido que buscar un empleo para aspirantes al grado de sennin. Si usted fuera a otra agencia, quizá…

Gonsuké se le acercó más, rozándolo con sus presuntuosas rodillas, de pantalón azul, y empezó a argüir de esta manera:

–Ya, ya, señor, eso no es muy correcto. ¿Acaso no dice el cartel COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO? Puesto que promete cualquier trabajo, usted debe conseguir cualquier trabajo que le pidamos. Usted está mintiendo intencionalmente, si no lo cumple.

Frente a un argumento tan razonable, el empleado no censuró el explosivo enojo:

–Puedo asegurarle, señor Forastero, que no hay ningún engaño. Todo es correcto –se apresuró a alegar el empleado–, pero si usted insiste en su extraño pedido, le rogaré que se dé otra vuelta por aquí mañana. Trataremos de conseguir lo que nos pide.

Para desentenderse, el empleado hizo esa promesa y logró, momentáneamente por lo menos, que Gonsuké se fuera. No es necesario decir, sin embargo, que no tenía la posibilidad de conseguir una casa donde pudieran enseñar a un sirviente los secretos para ser un sennin. De modo que al deshacerse del visitante, el empleado acudió a la casa de un médico vecino.

Le contó la historia del extraño cliente y le preguntó ansiosamente:

–Doctor, ¿qué familia cree usted que podría hacer de este muchacho un sennin, con rapidez?

Aparentemente, la pregunta desconcertó al doctor. Quedó pensando un rato, con los brazos cruzados sobre el pecho, contemplando vagamente un gran pino del jardín. Fue la mujer del doctor, una mujer muy astuta, conocida como la Vieja Zorra, quien contestó por él al oír la historia del empleado.

–Nada más simple. Envíelo aquí. En un par de años lo haremos sennin.

–¿Lo hará usted realmente, señora? ¡Sería maravilloso! No sé cómo agradecerle su amable oferta. Pero le confieso que me di cuenta desde el comienzo que algo relaciona a un doctor con un sennin.

El empleado, que felizmente ignoraba los designios de la mujer, agradeció una y otra vez, y se alejó con gran júbilo.

Nuestro doctor lo siguió con la vista; parecía muy contrariado; luego, volviéndose hacia la mujer, la regañó, malhumorado:

–Tonta, ¿te das cuenta de la tontería que hiciste y dijiste? ¿Qué harías si el tipo empezara a quejarse algún día de que no le hemos enseñado ni una pizca de tu bendita promesa después de tantos años?

La mujer, lejos de pedirle perdón, se volvió hacia él y graznó:

–Estúpido. Mejor no te metas. Un atolondrado tan estúpidamente tonto como tú apenas podría arañar lo suficiente en este mundo de te comeré o me comerás, para mantener alma y cuerpo unidos.

Esta frase hizo callar a su marido.

A la mañana siguiente, como había sido acordado, el empleado llevó a su rústico cliente a la casa del doctor. Como había sido criado en el campo, Gonsuké se presentó aquel día ceremoniosamente vestido con haori y hakama, quizá en honor de tan importante ocasión. Gonsuké aparentemente no se diferenciaba en manera alguna del campesino corriente: fue una pequeña sorpresa para el doctor, que esperaba ver algo inusitado en la apariencia del aspirante a sennin. El doctor lo miró con curiosidad, como a un animal exótico traído de la lejana India, y luego dijo:

–Me dijeron que usted desea ser un sennin, y yo tengo mucha curiosidad por saber quién le ha metido esa idea en la cabeza.

–Bien señor, no es mucho lo que puedo decirle –replicó Gonsuké–. Realmente fue muy simple: cuando vine por primera vez a esta ciudad y miré el gran castillo, pensé de esta manera: que hasta nuestro gran gobernante Taiko, que vive allá, debe morir algún día; que usted puede vivir suntuosamente, pero aun así volverá al polvo como el resto de nosotros. En resumidas cuentas, que toda nuestra vida es un sueño pasajero… justamente lo que sentía en ese instante.

–Entonces –prontamente la Vieja Zorra se introdujo en la conversación–, ¿haría usted cualquier cosa con tal de ser un sennin?

–Sí, señora, con tal de serlo.

–Muy bien. Entonces usted vivirá aquí y trabajará para nosotros durante veinte años a partir de hoy y, al término del plazo, será el feliz poseedor del secreto.

–¿Es verdad, señora? Le quedaré muy agradecido.

–Pero –añadió ella–, de aquí a veinte años usted no recibirá de nosotros ni un centavo de sueldo. ¿De acuerdo?

–Sí, señora. Gracias, señora. Estoy de acuerdo en todo.

De esta manera empezaron a transcurrir los veinte años que pasó Gonsuké al servicio del doctor. Gonsuké acarreaba agua del pozo, cortaba la leña, preparaba las comidas y hacía todo el fregado y el barrido. Pero esto no era todo, tenía que seguir al doctor en sus visitas, cargando en sus espaldas el gran botiquín. Ni siquiera por todo este trabajo Gonsuké pidió un solo centavo. En verdad, en todo el Japón, no se hubiera encontrado mejor sirviente por menos sueldo.

Pasaron por fin los veinte años y Gonsuké, vestido otra vez ceremoniosamente con su almidonado haori como la primera vez que lo vieron, se presentó ante los dueños de casa.

Les expresó su agradecimiento por todas las bondades recibidas durante los pasados veinte años.

–Y ahora, señor –prosiguió Gonsuké–. ¿quisieran ustedes enseñarme hoy, como lo prometieron hace veinte años, cómo se llega a ser sennin y alcanzar juventud eterna e inmortalidad?

–Y ahora ¿qué hacemos? –suspiró el doctor al oír el pedido. Después de haberlo hecho trabajar durante veinte largos años por nada, ¿cómo podría en nombre de la humanidad decir ahora a su sirviente que nada sabía respecto al secreto de los sennin? El doctor se desentendió diciendo que no era él sino su mujer quien sabía los secretos.

–Usted tiene que pedirle a ella que se lo diga –concluyó el doctor y se alejó torpemente.

La mujer, sin embargo, suave e imperturbable, dijo:

–Muy bien, entonces se lo enseñaré yo, pero tenga en cuenta que usted debe hacer lo que yo le diga, por difícil que le parezca. De otra manera, nunca podría ser un sennin; y además, tendría que trabajar para nosotros otros veinte años, sin paga, de lo contrario, créame, el Dios Todopoderoso lo destruirá en el acto.

–Muy bien, señora, haré cualquier cosa por difícil que sea –contestó Gonsuké. Estaba muy contento y esperaba que ella hablara.

–Bueno –dijo ella–, entonces trepe a ese pino del jardín.

Desconociendo por completo los secretos, sus intenciones habían sido simplemente imponerle cualquier tarea imposible de cumplir para asegurarse sus servicios gratis por otros veinte años. Sin embargo, al oír la orden, Gonsuké empezó a trepar al árbol, sin vacilación.

–Más alto –le gritaba ella–, más alto, hasta la cima.

De pie en el borde de la baranda, ella erguía el cuello para ver mejor a su sirviente sobre el árbol; vio su haori flotando en lo alto, entre las ramas más altas de ese pino tan alto.

–Ahora suelte la mano derecha.

Gonsuké se aferró al pino lo más que pudo con la mano izquierda y cautelosamente dejó libre la derecha.

–Suelte también la mano izquierda.

–Ven, ven, mi buena mujer –dijo al fin su marido atisbando las alturas–. Tú sabes que si el campesino suelta la rama, caerá al suelo. Allá abajo hay una gran piedra y, tan seguro como yo soy doctor, será hombre muerto.

–En este momento no quiero ninguno de tus preciosos consejos. Déjame tranquila. ¡Eh! ¡Hombre! Suelte la mano izquierda. ¿Me oye?

En cuanto ella habló, Gonsuké levantó la vacilante mano izquierda. Con las dos manos fuera de la rama ¿cómo podría mantenerse sobre el árbol? Después, cuando el doctor y su mujer retomaron aliento, Gonsuké y su haori se divisaron desprendidos de la rama, y luego… y luego… pero ¿qué es eso? ¡Gonsuké se detuvo! ¡se detuvo! en medio del aire, en vez de caer como un ladrillo, y allá arriba quedó, en plena luz del mediodía, suspendido como una marioneta.

–Les estoy agradecido a los dos, desde lo más profundo de mi corazón. Ustedes me han hecho un sennin –dijo Gonsuké desde lo alto.

Se le vio hacerles una respetuosa reverencia y luego comenzó a subir cada vez más alto, dando suaves pasos en el cielo azul, hasta transformarse en un puntito y desaparecer entre las nubes.

 

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1. Según la tradición china, el Sennin es un ermitaño sagrado que vive en el corazón de una montaña, y que tiene poderes mágicos como el de volar cuando quiere y disfrutar de una extrema longevidad.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

El lamento de la viuda

Mark Twain

 

Dan Murphy se alistó como voluntario y peleó con gran valor. Los muchachos lo querían y, cuando alguna herida lo debilitaba tanto que le costaba cargar su arma, ellos se encargaban de hacerlo. El dinero que iba ganando, Dan se lo enviaba a su esposa para que lo guardara en el banco. Ella era lavandera y planchadora y sabía, por experiencia, cómo cuidar el dinero recibido. No gastaba ni un céntimo. Por el contrario, empezó a vivir de manera miserable, mientras la cuenta bancaria iba engordando.

Finalmente Dan murió. Lo usual era arrojar al pobre muerto en un zanjón e informar a los seres queridos. Pero, en honor al afecto y el respeto que le tenían, los muchachos telegrafiaron a la señora Murphy, preguntándole si deseaba que embalsamaran a su finado esposo y se lo enviaran de esta manera a su casa.

La señora Murphy averiguó cuánto costaba embalsamar un cuerpo: aproximadamente setenta y cinco dólares. Entonces, ella les respondió:

–¿Ustedes creen que voy a armar un museo en casa y que quiero dedicarme a excentricidades costosas?

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

domingo, 11 de octubre de 2026

Al aire libre

Sofía Ospina de Navarro

 

En la larga jornada de la vida hay una etapa difícil de sortear para quienes tenemos un espíritu inquieto y alegre, que se resiste a marchar de acuerdo con las fechas del almanaque.

Aquella en la que la gente amiga nos complace y nos hace sonreír al decirnos: “Estás mucho mejor que la última vez que te vi”. Mientras, por otro lado, los cariñosos familiares se nos van convirtiendo en un estorbo verdadero. Según ellos, todo lo que hacemos nos fatiga o perjudica. Nos amonestan como a niños chiquitos cuando vamos a salir de paseo, y no cesan de pronosticarnos peligros.

Pero esta triste etapa hay que afrontarla con un poco de rebeldía. Y por eso, uno de estos días, resolví abandonar el lecho antes de amanecer para agregarme a la animada excursión de hijos y de nietos que emprendería un viaje de nueve horas por la atrevida carretera que sube y baja entre montañas antioqueñas, hasta llegar a la laguna de Ayapel, adorno de la región de Córdoba. Deseché el temor al atraco, a las llantas estalladas y a la probable sacada del vehículo, a fuerza de cadenas, del paso pantanoso; cosas que dizque deben evitar las personas precavidas y juiciosas, quedándose tranquilas en su casa.

Y después de una agradable trayectoria, con frío y oscuridad en el principio, y luego sol brillante; con parada de descanso en el camino para saborear el desayuno típico, y sin sufrir ninguno de los predichos incidentes, he llegado feliz a Santa Cruz, la cabaña campestre situada a orillas de la hermosa laguna. Una especie de club, donde cada una de mis ramas familiares posee sus dominios, dispone de su bote y guarda con amor sus privados equipos de pesca y cacería.

En medio de una unión encantadora, hay en este lugar de recreo un recíproco respeto a lo ajeno. Y en esa disciplina quizá pueda haber tenido mucha parte el reglamento maternal que, al adquirir en común la propiedad, hace ya mucho tiempo, les impuse –en estilo poético para hacerlo menos serio– y que aún se conserva, como norma de paz, sobre el muro del corredor. Dice entre otras cosas:

Esta es la casa de todos / y la casa de ninguno. / Levántate cuando quieras / y ordena tu desayuno. / Cuando salgas a pescar, / hazlo en tu propio motor; / si otro dañas, su valor / al dueño habrás de pagar. / No uses las varas ajenas, / pues sabes que el deportista / con los arreos de su hobby / es un solemne egoísta. / Despréndete de unos pesos / si quieres pasar contento, / disponiendo de lo propio / en honor al reglamento. / Tal reglamento no tomes / a falta de cortesía, / es medida conducente / a que reine la armonía. / De la unión de la familia, / ni de su amor, dudarás, / más de ella ha sido principio / el respeto a los demás. /

 

***

Procura que en tu paseo / haya siempre animación, / pero en asunto de “tragos” / ten prudencia y discreción.

Por la laguna, rodeada de bellas residencias, paraíso de grandes y de chicos, se ven cruzar a todas horas lanchas y canoas. Es que van unos hacia el caño lejano, soñando con la “pesca milagrosa”.

Otros quieren disfrutar al aire fresco y embelesarse en la naturaleza… los muchachos “esquían” y las señoras desean hacer compras en el pueblecito pintoresco que deja ver las cúpulas del templo en una de las orillas.

De Santa Cruz acaban de partir cuatro botes repletos de bulliciosos pasajeros en traje de carácter. Es decir, con más de medio cuerpo al aire, y portando varas con carretel, nasas, carnadas y termos con bebidas refrescantes. Yo me he quedado sola. No humillada, como la gallina que se esponja furiosa a la orilla del estanque cuando se entera de que al calor de su plumaje no salieron del huevo los polluelos esperados, sino unos ingratos paticos que la abandonan para irse a nadar.

He preferido gozarme algunas horas en el reposo espiritual: dueña de un libro, unas cuartillas de papel y una pluma que me dejarán, sin duda, el tiempo suficiente para admirar, por entre los frondosos laureles que rodean la casa, el paisaje de colores vivos, y las garzas y patos silvestres que revolotean sobre las aguas, salpicadas en esta época con los verdes parches que forman las plantas acuáticas.

 

(Tomado de www.leamoscuentosycronicas.blogspot.com)

 

Una moneda al río

Nicomedes Guzmán

 

Hacia donde se mire–todos lo sabemos– siempre hay algo que atraviesa tormentosamente el aire. El aire es como la vida misma: existe en la razón conmovida de sus más profundos átomos. En algún instante cualquiera del otoño, hay una hoja seca que cae. Haya sol o neblina, haya garúa o lluvia, un leve impulso de viento, un suspiro de la brisa, un sollozo del tiempo fugitivo, son de tal consecuencia que no falta el árbol añoso que abandone al acaso un poco de su alma en la ajada lámina de alguna de sus hojas predilectas. Y allí estará ella –la hoja– dulce y solitaria, ejecutando en la angustia del adiós, la vieja, repetida pero siempre grácil y tierna parábola, que es útil enseñanza, que es tenue sublimación de la muerte insubsanable.

 

Sebastián no pensaba en nada. Era un hombre de alma reposada, tímida tal vez en su enérgico reposo. Pero, aquella hoja que le pasó rozando la sien y que, semejante a una lenta ilusión, buscó la superficie de las aguas para encauzarse en las nuevas fórmulas de su destino, le conmovió duramente en su raudo paso. La siguió con la vista, en el curso de los ondulantes accidentes que soportara, hasta que la distancia –no mucha– la hizo inalcanzable a su visión. Y sonrió. Sonrió sin motivo posible de explicar. La sonrisa le llegó al rostro, desde muy adentro, desde el propio reposo a cuyo fondo no faltaba el cieno pegajoso y elástico de la amargura.

Alzó los codos de la baranda de concreto sin estuco en que se afirmaba; y recién sintió como si los brazos se le estuvieran durmiendo.

–¡Bah…! –se dijo encogiéndose de hombros.

Y echó a andar.

No era aquélla una mañana esplendorosa. Se estremecía la piel del sol como la de un caballo que quisiera sacudirse los restos de agua de un reciente baño. Y es que temprano, a la hora del desayuno de los obreros, había garuado con suma insistencia, y orvallos invisibles rielaban todavía, con húmedos aleteos, por el aire.

Es fácil para los tímidos, los arribistas y los hombres solitarios decir: Bah… es la interjección con que la vida les permite respirar mejor. Sebastián sintió las influencias húmedas del ambiente echárseles bronquios adentro. Y caminó con fuerza, con vigor de atleta, con satisfacción de perro que recién ha masticado golosamente un hueso. Seguía las rutas mismas de las aguas del río, y, a pesar de su firmeza, podía ser ahora en realidad otra hoja a la deriva, buscando algo indescifrable, sin sentido.

Mas no.

La búsqueda de Sebastián era bien definida. Llegado la noche anterior a la gran ciudad, después de una larga y tortuosa ausencia asistida por las lluvias y los vientos del sur necesitaba él de un asidero para sus ansias.

La casa que se deja no es la misma cuando se regresa a ella. Un cuadro menos, una simple decoración resquebrajada, una silla que ahora tiene un parche que antes no tuvo, un espejo al cual el tiempo garrapateó el azogue, una llave de agua que en las noches no gotea tan melodiosamente como antaño, una voz que perdió sus modulaciones de ternura, he aquí algunos de los detalles precarios que abren las brechas de la desolación en el alma de los huidos regresados. Dan ganas de reír y de llorar. Entonces, se dice: “Bah”, séase tímido, arribista o solitario.

Las grandes ciudades o los pequeños villorrios son como las casas. Después de las fugas, el regreso tiene que ser muy cauteloso. Con todo, el choque es inevitable. Peligran, antes de reasimilarse al ambiente, todos los reposos del alma, todas las esperanzas; la amargura remueve sus cienos, eriza los sentidos, brega por tónicos externos que la fortalezcan.

El instinto de Sebastián le hacía intuir, olisquear todo esto y él buscaba defensa. Y allí estaban los pasos del hombre, bien plantados y elásticos, jocundos y virtuosos, acusadores de una salud más jocunda y virtuosa aún. No eran pasos de vagabundo que éstos arrastran el cansancio seco y el polvo pesado de los viejos caminos. Eran pasos de buen sedentario atraído, de súbito, por el hechizo de los horizontes.

Y he aquí la gran ciudad, vale decir vieja pero siempre renovada casa. Con objetos derrengados o de menos, pero con inmensas e insospechadas sorpresas, tal como la hoja que antes nunca se vio caer.

Sebastián se adentró, insensiblemente, golpeando la mañana con su presencia, en el corazón bullanguero de la ciudad. El alma colectiva bajo el sol estremecido lo saturó de humanidad disímil, acaso angustiosa y turbia, pero alegre y gozosa en su euforia cotidiana, tras la compra simplísima o el mínimo negocio matutino. Caminó así en medio de remansos y de charcas formados por hombres, niños y mujeres, estridencia de motores, traqueteos de vehículos, gritos de vendedores, pregones de vida. Y todo esto le fue como el asidero existencial que él precisaba.

Compró un racimo de uvas al atravesar un puente, y se dio a morderlo con cierta avidez, con delectación, mientras seguía caminando. Sus dientes atrapaban los granos jugosos, en tumulto, con fruición jocunda. Lo abordó un mendigo y él no tuvo otra ocurrencia como no fuera aquélla de dispensarle el resto del racimo.

Después de abandonar la acera del puente, se acercó a un baratillo, y, mediante unas monedas, se hizo dueño de un libro de segunda mano, es claro, o quizás de tercera, o cuarta, que ya no poseía tapas ni portadillas. Cosa esta muy propia de un hombre que se siente alegre y fuerte en una mañana de otoño.

En otro lugar, en uno de aquellos sórdidos reductos donde los compraventeros exhiben su universo de mercancías logradas a trueque de llenar el hambre de los más trágicos y extraños necesitados, se dio el lujo de adquirir un cortaplumas falto de una de las enchapaduras de conchaperla.

Luego de muchas vueltas y revueltas, de idas y venidas Sebastián se dispuso a tentar el fin de sus mejores intenciones. Había visto varios anuncios:

La medida al pelo. / La confección mágica. / La ocasión del pobre. / La tijera encantada.

Todos eran la consecuencia, un poco grotesca, del choque violento del hombre con la vida.

Se decidió por la tienda que ostentaba el último letrero, por ser más subjetivo, quizá… Entró frotándose las manos, aunque ni hacía ni sentía frío. Negros escrúpulos le comenzaban a asediar. Le golpeó el alma un olor a sebo, a bajo comercio, a galletas o a sudores corroídos por un tiempo largo y maligno.

–¿Señor?… ¿En qué le puedo servir, señor?

Ahora sintió asco, y este asco era despertado por aquella voz viscosa, extendida, obscuramente persuasiva. La cabellera cenicienta del vendedor era como un ala de lechuza pegada a la cabeza. Los lentes, equilibrándose en la punta de la nariz merced a los trozos mugrientos de cáñamo que los sujetaban a las orejas, hacían más vivaces los ojillos de simio que amparaban.

–Este…

–Diga, no más, señor. Acaso desee un traje… –ofreció el vejete con obsequiosidad de metálica hondura.

–Precisamente… –respondió él, como un terrible menesteroso–. Precisamente, un traje…

–¡Oh!… ¡Pero sí, oh, pero sí tengo un traje a su medida!

Le miró continuadas veces el vendedor, acomodándose sin motivo los anteojos sobre la nariz, midiéndole con el metro turbio y miope de las pupilas. Corrió con dificultad, arrastrando las babuchas, hacia el interior; se volvió, repitió las miradas una y otra vez. Cogió seguidamente una vara provista de un gancho, en el extremo, y descolgó prontamente, con satisfecha sabiduría, con deleite, un terno de una de las altas perchas.

–¡Señor!… ¡Señor, véalo!… –dijo a Sebastián; escobillando ligeramente el traje, acariciándolo casi como los avaros entregan su enfermiza terneza a las monedas de las que necesariamente se deshacen. ¡Véalo, señor, está casi nuevo; mire los pantalones, los forros, las mangas del paleto!… ¡Vaya, vaya, mi señor; sí parece que no lo usaron!… ¡Quién lo creyera!…

–¡Este!…

–Pero vea, mi señor… ¡El casimir es rico, legítimo!… Ni una mancha… Preciosa la tela, ¿no?… Flamante… Vea las bastillas… ¡Si no lo han usado, este traje, señor!… ¡Caramba, que gente botarate la que se desprende de estas lindezas!

Sebastián sentía algo así como un olor a difunto, olor a aposento con flores secas, con ramas de pinos desprendiéndose de sus más espesas resinas, con pétalos pisoteados, con lágrimas aplastadas contra pisos desprovistos de cera a fuerza de violentas pisadas. Olor a risa traspasada de llanto, a palabras hedientes a sacristía, a plegaria mentida que no quiere ir a herir los tímpanos de Dios. Sebastián estaba desconcertado. Tras las barbas un poco crecidas, su rostro enrojecía y palidecía a un mismo tiempo.

Intentó decir, en un ímpetu de ruego y de cólera: “No”. Pero, ya tenía entre las manos el pantalón que le alargaba el viejo, y el paleto, y el chaleco. ¡Caramba! Era el más perfecto de los líos el haberse metido en “La Tijera Encantada”. Era un encanto de lío. “Situación de mil demonios”. Y exactamente, los demonios de la pobreza danzaban a su alrededor la más dulce de sus danzas.

–¡Pruébeselo, señor!… ¡Pruébeselo!… Es una ganga, una oportunidad que no se repite dos veces… ¡A ver, veamos el paleto!

El hombrecillo era el más perfecto de los comerciantes. Lo tomó de un brazo casi tiernamente, como haría una madre con su hijo mayor. Lo encaminó a la trastienda. Encendió la luz. Lo detuvo delante de un espejo antiquísimo, grande, de marco dorado, macizo, con ornamentaciones roídas cruelmente por los años, de luna que en vano quería ocultar el alma arrugada de viejas y atormentadas imágenes.

–¡A ver! –canturreó el vejete–. ¡A ver, a ver!…

Aquel espejo, entretanto, recordaba a Sebastián alguna velada pasada en casa de unas amigas alegres. “Vino, ponche, galletas añejas. Rostros pintarrajeados de payasos, después de la función circense. Medias arrolladas a media pantorrilla”.

–¡Señor! –rogó.

El ruego le nació tal si fuese al mismo Dios a quien rogase. Se disculpaba ante sí mismo, además, de estar allí, entregado a las manos de un comerciante ridículo, tembloroso, espantado. El vejete ya lo había despojado de su deshilachado paletó.

–¡A ver, a ver! –seguía cantando anhelante–. Estire los brazos, así, así… ¿Ve usted? ¡Cómo se pide!

Pero no. El endiablado paleto parecía haber pertenecido a un fenómeno: el cuerpo de Sebastián nadaba dentro de él, las mangas le llegaban poco más abajo de los codos.

–¡Caramba, caramba! –se dolió el vendedor– ¡Qué broma! ¡Fallamos, fallamos!…

Se apartó de la trastienda precipitadamente, nervioso, azorado. Volvió con un traje oscuro, estriado de franquillas blancas y cuyo paleto lucía grandes medallones de aceite seco en las solapas.

–¡Veamos éste, señor! Este sí… ¡A ver! La calidad es la misma… ¡Una limpiada y bastará!… Veamos, veamos…

“¡Qué broma! ¡Hasta cuando!”, mascullaba en el pensamiento Sebastián.

Los cálculos del anciano no se conciliaban, sin embargo, con la contextura del cliente. Entonces, salió nuevamente. Regresó esta vez con dos trajes. Pero era inútil. Ambos hombres se impacientaban. El uno por terminar el espectáculo grotesco. El otro por no disponer de la prenda necesaria.

–¡Paciencia, paciencia, señor! Los hombres debemos tener paciencia –insistía el vejete filosóficamente–. ¡Ya encontraremos uno! ¡Tengo cientos!… ¡Estoy para atenderlo, señor! –seguía, exclamando con vehemencia.

Sometió a Sebastián a nuevas pruebas. El tiempo se crispaba en las venas del hombre. Los minutos ejecutaban en su corazón innúmeros saltos de demonios recién paridos por el fuego.

–¡Será para otra ocasión! –gritó, de súbito, Sebastián, deseando monstruosamente y de una vez por todas desasirse de las garras metalizadas del vejete.

Mas éste no cejaba y estaba definitivamente dispuesto a no perder su cliente. Era como si fuese la única oportunidad que se le presentaba en la vida para negociar un traje.

–¡Pero señor, si tengo muchos! ¡Ya habrá alguno que le calce! ¿No le digo que tengo cientos?… ¡Paciencia! ¡La paciencia es un don divino! –filosofaba– ¡Ya habrá alguno que le calce!… ¡A ver, a ver, probemos éste!

–¡Será para otra vez, señor! –rogaba, ahora, Sebastián, viendo, no sabía por cuantas veces, su grotesca figura reflejaba en el maldito espejo. Recordaba su persona, abrazada en baile al cuerpo de una hembra abundosa, pintarrajeada, nefasta y cínica, con alma de serpiente–. ¡Para otra vez será!… ¿Quiere? –continuaba suplicando como un niño dolido por la presencia de un fantasma.

El viejo transpiraba copiosamente. Ansiaba poseer el traje preciso, como quien aspira a conquistar la luz más clara del mundo. Comprendía que no era humano abusar de la buena voluntad de su cliente. Mas no se resignaba a perderlo. Era una lucha sorda, dolorosa, de transpirar lento y heroico. Su desesperación podía ser la misma de una moneda que están convirtiendo en medalla religiosa. Iba y venía, buscando, probando; rebuscando vehemente en los preámbulos de un triunfo que no quería llegar.

–¡Mire éste! ¡Pero, vaya, no recordaba que lo tenía! ¡Pruébelo! ¡Qué tela! ¡Qué dibujo!

Tampoco acertaba. El vejete se mordía. Después del último intento, recrudeció el sudor en la frente arrugada del hombrecillo. Se le hinchaban las aletas de la nariz. Bufaba lo mismo que un buey. Decididamente, había de perder a este comprador.

–¡Lo lamento, señor!– se dispuso a decir, al fin, desolado.

Sebastián temblaba. El comerciante tenía enormes ganas de llorar. Se sorbía la nariz, como alguien que tiene mucha pena. ¡Caramba!

Sebastián se endosó su vieja, deshilachada, pero noble chaqueta. También, no sabía por qué, sentía que las lágrimas le saltaban a los ojos.

Al alcanzar la acera, vio que entraba al negocio una mujer. Él no atendió a su figura. Su azoramiento era espantoso.

Daban vueltas en su cabeza diversas imágenes, grotescas, gesticulantes, risibles, despertando piedad, piedad, sin embargo, envuelta en multitud de chaquetas, negras, plomizas, listadas, cafés, ineludiblemente traídas a menos, merced a las condecoraciones del aceite.

De súbito, mientras sentía que subía y bajaba por la acera, Sebastián recordó su libro. Volvió sus pasos. Tembló una vez más ante el anuncio maldito:

“La Tijera Encantada”.

El vejete ya le estaba llamando:

–¡Psch!… ¡Psch, señor, caballero!…

No lo hacía para devolverle el libro, por cierto. Estaba radiante. Estrujaba entre sus manos una flamante chaqueta. Había en sus ojos, tras los lentes, un brillo de milagro.

–¡Este sí, éste sí! –le gritó. ¡Me acaba de llegar el traje que usted necesita! ¡Es cosa admirable!… ¡Admirable! –siguió diciendo, con ímpetus triunfales.

–¡Mi libro, señor! ¡Pero si solo vuelvo por mi libro!… ¡Es mi libro lo que yo quiero, señor!…

–¡Qué libro, ni cosa que se le parezca, señor!… ¡Bendita su vuelta!… ¡Aquí está su traje!… ¡Probémoslo! –dijo, chilló, cantó con un júbilo espumoso, vibrante, desorbitado.

No había más remedio. Era necesario corresponder, una vez más, al apasionamiento comercial del vejete. Sebastián entró, desganado, sin alma, guiado por los dedos ferrosos del ropavejero que se hundían en uno de sus brazos.

La mujer recién entrada, una mano sobre el mostrador, observaba con ojos humildes, anonadada quizá. Sebastián la miró de frente, hundiendo sus pupilas en las tan humildes de ella. La mujer tenía una condición simplísima, primitiva y tierna de perra. Su bella cabellera, concentrada en un moño grandote apegado a la nuca daba apostura a su cabeza semirreclinada. Se imponía en su actitud, la nobleza que en sí poseen la humildad y la ternura. Ella era una aristócrata del subsuelo humano, una poseedora de la aristocracia más valedera.

Sebastián pasó a la trastienda, asediado por el perro de presa que era ahora el vejete. Y de nuevo, ante el terrible y tenebroso espejo, Sebastián asistió al milagro que, sobre su cuerpo, hacía el paletó que el anciano le acababa de ofrecer.

–¡Caramba! ¿No le decía yo, señor? –dijo el vendedor golpeándose las sienes–. ¿No le decía yo, señor? … ¡Si era éste! ¡Como caído del cielo! ¡Ya ve, ya ve… probemos los pantalones!… ¡Aquí los tiene… son suyos… qué bello traje! Pruebe también el chaleco… Lo dejo solo.

“Lo dejo solo”. ¡Qué golpe de palabras! Demonio de espejo. Ahora Sebastián se reconciliaba con su miseria. Se sacó los pantalones, con tino, temeroso de romperlos, o de que el anciano le sorprendiera en sus miserias más íntimas. Temblando se abrochaba la bragueta del pantalón postulante a su pertenencia, cuando se reintegró a la estrecha trastienda el vejete.

–¡No ve, no ve!… Acaso un poquito largos –le dijo encuclillándose y tirando la prenda de las bastillas.

El espíritu de Sebastián recobraba ahora su alegre reposo. Era cosa de magia. No lo hubiera creído. Estaba un poco emocionado. El espejo le devolvía una figura que parecía no ser la suya. ¡Cómo cambia el hombre a veces!

El viejo le miraba, entusiasta y jocundo como un infante. Había hasta ternura en el brillo de sus ojos. Manoseaba sus lentes con insistencia, como queriendo comprobar y recomprobar el milagro. Podía ser en este instante algo así como el padre de Sebastián, alucinado ante la presencia del vástago que se puso recién pantalón largo.

–¡Pero, y esos zapatos!… –chilló súbitamente. ¡Esos zapatos!… ¡Se ven horribles, no se avienen con traje tan bonito!…

Y era verdad. Había tristeza y angustia en esos zapatos descosidos, ajados, saturados de resecas tierras sureñas. Antes de que Sebastián reflexionara sobre su reemplazo, el vejete, desbordante de entusiasmo, estuvo junto a él, instándole a cambiarlos por unos que portaba en las manos.

La actitud del comerciante era de honda imposición, por su alborozo. Sebastián no meditó. Estaba dispuesto a someterse. Echó sus asentaderas sobre un taburete. Se despojó, desconcertado otra vez, de sus viejos zapatos, y calzó los que el viejo le ofrecía.

Estaban bastante usados, rotas, quemadas, negras las badanas de los forros, pero el lustre y el ostensible arreglo que habían soportado externamente, los hacían codiciables. No le ajustaron muy bien. Acaso estaban un poquitillo largos. Mas no era cosa de regodearse. Sebastián sentía cierta desazón. Se mostraba tranquilo, no obstante.

–Su otro traje puede quedar en parte de pago… –le propuso el vejete volviendo a la realidad sórdida de sus monedas.

Sebastián lo observó sorprendido. El viejo no era de aquellos seres que descuidan su negocio. Era inconcebible que alguien se interesara por aquel pingajo de ropa. Pero, por algo el viejo le formulaba la proposición.

–Queda lo más grave… –dijo humildemente Sebastián.

El viejo comprendió, y:

–Será poca cosa… –dijo, persuasivo.

–¿Cuánto? –indagó Sebastián, angustiado, ansioso.

–Trescientos pesos todo… –habló el comerciante, fijos los ojos en su cliente–. ¡Todo, traje y zapatos!

Sebastián se recluyó a los remansos, ahora turbios, de su alma. Se mordió.

–Es mucho para mí –dijo al fin, hurgando en el interior de la chaqueta abandonada.

–¿Cómo mucho, señor? –chilló el anciano, gesticulando, molesto acaso, después de tanta alegría– ¿Cómo mucho?… ¡Caramba!…

–¡Sí mucho! –dijo Sebastián con expresión seca, un poco dura–. ¡Que quede por doscientos cincuenta el traje solo!…

Hubo muchos segundos de silencio. En el sentimiento del viejo algo se encontraba en pugna. Se acomodó los anteojos.

–Un momento… ¡espere!… –exclamó–. ¡Espere, por favor!… Salió.

Pasó algún tiempo que Sebastián sintió como un derrumbe sobre las espesas aguas de su alma. Perdió decididamente la serenidad. No todo en la vida es como la hoja seca que cae, como la garúa que se desparrama gozosa, sin suponer a quien daña. Se sentía niño. Los ojos se le humedecían. El desencanto lo devoraba. Se alzó. Abandonó la trastienda. El viejo finiquitaba el negocio con la mujer. Ella amarraba en su pañuelo algunos arrugados billetes.

–¡Está bien, señor! –prorrumpió el vejete– Le dejo el traje sin los zapatos… pero me deja su otra ropa –agregó con voz turbia, de piedra sin decantar y en la que la tacañería erguía agudas aristas.

Sebastián no quiso discutir. Se sentía cansado después de tan agitada experiencia. Luchaba por calmarse. Volvió al interior. Terminó de arreglarse los pantalones. Se despojó del paleto a fin de endosarse el chaleco. Volvió a ajustarse aquél sobre el cuerpo, con lentitud acongojada. Descalzose para calzarse luego sus tristes y propios zapatos. Hurgó, por última vez, los bolsillos de las ropas que dejaba. Guardó algunas monedas mudas a diversos papeles gastados. Y le alargó al viejo los billetes necesarios.

Cogiendo, de pasada, el libro, salió como dejando un poco de su vida en aquel recinto olor a muerte, saturado de naftalina.

–Hasta luego…

El viejo parecía sufrir, pero se mostraba inconmovible.

–Hasta luego… buena suerte… –le dijo ingratamente–. Gracias.

Y salió a dejarlo a la puerta.

La mujer estaba al lado afuera. Sus pupilas tenían humedad de amistad, de comprensión, de extraño afecto.

–Le sienta harto el traje… –le habló con piedad y ternura.

Él no dijo nada. Cavilaba, sufría. Se sentía humillado, terriblemente herido en esa zona humana en que el orgullo forja sus hierros.

–Me recuerda a mi viejo… –continuó la mujer.

Había en ella un deseo profundo de hacer amistad con el hombre, de agradarlo, de limpiarle la vida de esa congoja padecida y que ella adivinaba con sutileza maternal.

Sebastián recién la miró. No era bonita. Tenía el rostro de sufrimiento, avejentado. Sebastián caía recién en la cuenta de que se había adueñado del traje del que ella llamaba “mi viejo”. Le asaltó un temor repentino. No era supersticioso, pero se sintió de súbito cadáver.

Hubiera vuelto a tirarle el traje por las barbas al vejete comerciante y asqueroso.

Se ajustó el pantalón que se le caía un poco. Y miró nuevamente a la mujer. Pensó despedirse de ella. Sobre su pensamiento mismo se arrepintió. Algo comenzaba a unirlos. Ella era una mujer hondamente triste y, sin embargo, de una bondad que se revelaba a flor húmeda de pupilas. Sus labios delgaduchos y pálidos eran una nota como de melancolía en su rostro; mas tal nota la agraciaba dulcemente.

Sorteando los grupos de vendedores de frutas, llegaron al puente. En mitad de éste, la mujer sacó del bolsillo del delantal una moneda y la arrojó al río en plena precaria corriente.

Sebastián la miró sorprendido. Ella sonrió.

–¡Es para la suerte!… –habló. Y volvió a sonreír.

Sebastián rio también. Sentía que las aguas de su alma se agitaban una vez más antes de extenderse en cálidos remansos. Le agradaba la presencia de la mujer. Ella le insuflaba una sensación de calma honda y sugestionante.

–¡Le gusta la uva? –le dijo, queriendo expresar de algún modo su contento.

Ella rio mostrando unos dientes parejos y robustos. Nació entonces en su rostro la belleza que escondía dentro de sí.

Sebastián se detuvo a comprar unos racimos. Ella le esperó, inquieta como una mujer a la cual se le dice por primera vez: “¡Te amo!”

El racimo era dorado, bien maduro, ligeramente áspero, lo mismo que la piel de las adolescentes campesinas criadas a pleno sol. La mujer tomó a plenas manos las uvas que le ofreció Sebastián.

–¡Gracias!…

Y mientras se echaba unos granos a la boca:

–¿No compró los zapatos al fin? –indagó, temerosa de herir al hombre.

Este enrojeció.

–¡No!… ¡No los compré! –Exclamó, escupiendo unas pepas y unos hollejos.

–Le ofrezco unos… –dijo la mujer, siempre temerosa, sin mirarlo.

Un nuevo bochornoso mundo le volteó en la cabeza al hombre. No respondió. Pensaba en multitud de cosas a la vez.

–¡De veras!… –insistió la mujer con voz musical, melodiosa, voz de mujer recién casada, o de madre, o de hermana. –¡Están flamantes!… ¡Acéptelos… me hará un favor!

Caminaban por un costado de la estación ferroviaria. Las palomas revoloteaban por sobre los vehículos en movimiento; otras se arrullaban en las cornisas. Un tren se despedía de la capital con ese dolor inhumano del acero que quiere liberación; melodía sin modulaciones, directa, acongojada, que busca eternidad en el alma de los hombres.

La voz de la mujer aún sabía a música en el corazón de Sebastián. Había algo de celeste en su ofrecimiento. Sin mirarla, reconstruía en sus pupilas las líneas de los labios graciosos, en los que algún ángel detuvo sin duda su melancólico vuelo.

Se oyeron mutuamente masticar las uvas unos instantes.

–Entienda… –rogó ella, luego–. ¡Acéptelos, hombre! ¡No tiene nada de particular!… ¡Entienda, hombre!…

–¡Bueno! –dijo él ahora, simplemente, sin sonrojarse ya, tirando al desgaire un trozo de escobajo.

Ambos se hubieran mirado quizá con mucho amor. Pero se abstuvieron lo mismo que dos niños temerosos de sorprenderse los ojos un poco más brillosos que momentos antes. Y sonrieron para sí mismos, tenuemente. El tren, saliendo de la estación, insistió una vez más en su música de despedida. Las palomas se arrullaban en las comisas.

 

(Tomado de www.lecturia.org)

 

sábado, 10 de octubre de 2026

Para Eva

Enrique Lihn

 

En el día intemporal de la muerte de tanta Eva: Eva de Perón, Ave Eva Dalí, Eva Braun (María) y otras, sería justo nombrar a una Eva viva. Haré, si puedo, el epitafio de su inmortalidad sobre una nueva lápida. La de Alcides Lima Busch, mi único amigo. Su muerte sería otra de sus obras inéditas si no lo hubiera, como se dice, sorprendido. Me pregunto si Eva estará informada de ese óbito. A menos que esta mala nueva no haya conseguido martillear el yunque en los oídos de una anciana seguramente incapaz de retener ya un dato más de la vida social en su memoria agotada.

Dicen que Eva está algo ciega y medio sorda. Empezaría a familiarizarse, gagá y filosofante, con el silencio. No está bien que lo rompa. Voy a hablar en su nombre, instigado por una revista de moda. Pensábamos que el gusto de la figuración iba a ser el último en quitársele. Probabilidad inquietante: por muy extraordinaria que a algunos le pareciera pensarla, siempre fue –es al menos mi opinión– una cabeza de pájaro.

Que el recuerdo del artista no sea, pues, maculado con las declaraciones de su musa a la prensa. Y que él encuentre aquí, en estas líneas, un último refugio contra la segunda muerte. La del nombre.

Aconsejo retener este acertijo: Alcides Lima. Tiene que tener algún sentido. Con él desaparece un precursor chileno del body-art. Autor de una obra escasa, demasiado incorporada a su cuerpo como para sobrevivirlo. Profusa, en cambio, en desechos verbales y en documentos fotográficos que esperamos sean debidamente evaluados, con el tiempo y la pelecha, por una institución seria. De preferencia extranjera.

Vengo del Cementerio General donde, después de una tensa espera, me fue entregada –por la voluntad escrita del difunto– la urna que contiene sus cenizas. Ésta. Pero es horrible pensar lo que debo hacer con las sales alcalinas y terreas: espolvorearlas sobre la cabeza de Eva. Bañarla con ellas a mansalva, si nuestra común amiga se me resiste. ¿Qué será preferible: luchar con ella o descansar en su complicidad? En tal caso tendría que untar su cuerpo desnudo del residuo grisáceo de la combustión del cuerpo del artista mezclado con una crema de base. Emplasto de Adán: restitución a Eva, a través del maquillaje, de esa carne que quiso ser parte de la suya, en una común consagración a la diosa del barro original, la Afrodita Barbuda.

Yo no soy más que jefe de producción de lo imposible. La tarea inhibe mi pensamiento. Me toca trazar la línea divisoria entre el crepúsculo y el anochecer, a la caída de la tarde, con un poco de humo. Constituirme, por la persuasión o la violencia, en el representante de un muerto ante una moribunda, untando de piel la ceniza y de ceniza la piel. Sospecho que voy a limitarme a la labor de punto de la memoria. No se me pida más. También yo soy un candidato seguro a la ancianidad.

Recuerdo. Eva Montes de Ramírez y Alcides Lima se conocieron en casa de mi familia hace cosa de medio siglo. Con oportunidad del estreno en sociedad de mi hermana Consuelo. Fue entonces cuando dataron una alianza que no se expondría a las congestiones del pololeo; que no pasaría por el misticismo del noviazgo ni terminaría en la novela conyugal, en el realismo crítico.

Hasta ese día Alcides había cortejado a Consuelo con una sospechosa indolencia. Durante la fiesta, apenas vio por primera vez a Eva, olvidó ese rol hasta la descortesía. Él, que era tan british para sus cosas. Se pasó la noche entera en el ángulo menos frecuentado de la terraza, el mejor alumbrado, en lo que parecía un estado de éxtasis, junto a su nueva amiga. Con su smoking blanco él, y ella como un témpano de raso y piqué. Una espiral de nieve. Un helado de caramelo.

Por ese entonces le llamaban el loco Lima. Su conducta en la Deutsche Schule, en el estadio alemán, en la Universidad, no dejaba nada que desear.

Como otros muchos jóvenes de su generación, había recibido con amargura la noticia de la caída del Canciller de Hierro. Estudiaba Derecho y era uno de los primeros santiaguinos iniciados en el conocimiento de las artes marciales. Lo habían tomado por cobarde en el colegio, pero se hizo temer, desafiando la autoridad de los maestros ocultos, al actuar como guerrero en dos o tres ocasiones contra pobres matones profanos que lo habían puesto fuera de sí y de las reglas del juego iniciático, terrible herencia de los japoneses.

Muy luego se vio que no despilfarraría la fortuna de su padre, representante en Chile de una fábrica americana de chocolates. Pero que sus estudios no le ayudarían a incrementarla. El amor al arte lo desterró a París, desde donde se escribió, por espacio de siete años, sólo con Evita María y conmigo. Pero no regresó para pedir su mano. Tampoco para hacerse cargo de la herencia. Su padre, casi centenario, lo sobrevive. A la vuelta de esa difícil juventud teníamos entre nosotros a un hombre que podía hablar en cualquier salón de todo, aterciopelada, imperiosamente, en tres idiomas.

En cuanto arquitecto regresó decepcionado del triunfo de los constructores de ciudades. De su paso por la Escuela de Vasarely, conservaba el gusto por los efectos bidimensionales de espacialidad. Prefería obtenerlos del natural y no en la tela, haciendo trabajar sobre un telón la sombra de los espectadores, el desconcierto o el aburrimiento de esos fantasmas que entraban y salían de la pantalla en una como respiración del espacio, dejando o trayendo estelas.

Y pasaron años.

Cuando cumplía los treinta y tres, la noche del día en que –según los más–, cansada de esperarlo, Eva consintió en casarse con Paco Ramírez, Alcides me comunicó su determinación de pensarla “con el cuerpo y el alma”. Fueron sus primeras palabras. Luego se apoyó desaprensivamente en la autoridad de Stéphane Mallarmé. Lo citaba en una carta:

“Desde hace tiempo muerta, una antigua idea se ve tal cual es, iluminada por la luz de la quimera en que agonizó su sueño; se reconoce por el inmemorial gesto vacante con que se invita, para terminar con el antagonismo de ese sueño polar, a entregarse con él y la claridad quimérica y el texto nuevamente cerrado, al Caos de la sombra abortada y de la palabra que absolutizó la Medianoche”.

Creo que quería lucirse conmigo. Su proyecto era complicado, pero de otra manera. Tengo una hipótesis: quería ser Eva y prohibírselo a la vez. A eso le llamaba pensarla. Todo el mundo había esperado que se casara con ella, no que la pensara. Solo muy lentamente algunos sospecharon años después que ese matrimonio se había consumado a su modo. Únicamente yo supe de esa unión conyugal abstracta que pretendía ser, según Alcides, un triunfo de la voluntad contra lo posible y que se fue convirtiendo en su obra maestra desconocida.

La noche en que me hizo su primera comunicación la obra estaba en pañales. A mí me pareció que se me podría haber insinuado en otra forma. Pero, al mismo tiempo y para desgracia del precursor a quien tomé, en ese entonces, por un vulgar travesti, la inocencia de su performance –inocencia a la que renunciaría por los teoremas– habría sido en el día de hoy su mérito mayor.

Vestido esa noche del cincuenta y ocho, en la semipenumbra de la casa abandonada, en el fundo materno, con el traje que Eva Montes había lucido trece años antes en el baile de mi hermana, se adelantaba a muchas de las acciones de arte que tendrían lugar un cuarto de siglo más tarde. Es bueno que lo sepan los imitadores que lo ignoran. Yo puedo confesar mi perplejidad de antaño, pues tampoco ahora me las doy de artista. Soy restaurador –algunos dicen falsificador– de la pintura chilena.

–Eva María –dije, avanzando hacia esa Eurídice. Se había convertido en estatua por mirar, sin pestañear, en mis ojos, el pasado. Los suyos, recién bañados en lágrimas, brillaban por cuatro. Se pusieron incandescentes.

–No soy Eva Montes de Ramírez –retrucó–. Soy su soporte y ella es mi idea.

Ni el tono ni el timbre de la voz; fueron el estilo del pensamiento y la sintaxis las que me hicieron reconocer –a tanto llegaba la eficacia del simulacro– en Eva a mi amigo, su pensador.

De esa noche en que, ay, éramos muy jóvenes todavía, data nuestro pacto. A lo mejor fui timorato. Le hice jurar que no iría, en suma, tan lejos con los demás como conmigo. Mantendría el secreto de su obra mientras no la perfeccionara en la oscuridad, librándola de todas las impurezas que se prestaran a malos entendidos por parte del público. A cambio de ello acepté ser el testigo solitario de su desarrollo.

En esas horas de aparente inteligencia mutua, creo que, en realidad, me esforzaba por evitarle el escándalo y lo creía chiflado. Años después tuve motivos para creer que, temiendo a ese escándalo tanto como yo, había jugado con mi credulidad para tenerme a su disposición. Hoy acepto que, en arte, jugarse el todo por el todo es lo único razonable, y la locura el cumplimiento de una condición básica para lograr aunque sea el más módico resultado.

Así, por ejemplo, volviendo a la urna, acabo de arrancarle a Eva María por interpósita voz, telefónicamente, la resignada promesa de recibirme en su villa en una fecha que fijamos, sobre la que pareció inclinarse llena de dudas, estertorando… ¿no?

El retrato de Eva hecho de Alcides y no de materiales inertes fue un trabajo que ejecutó su autor de modo intermitente. Sus numerosos viajes al extranjero nada tenían que ver con el tema. Al regresar, me apremiaba: “Bueno, veamos dónde estábamos”.

No sé si su distanciamiento de la sociedad local fue algo querido de su parte, una exigencia del proyecto o, más simplemente, el resultado casual del desprecio que le inspirábamos todos. Aunque seguía escribiéndose con su modelo, dejó de verla el día en que me mostró su primera prueba de artista. Necesitaba de la cháchara actualizada de ella y mía sobre ella –decía– para activar el sufrimiento creador. Nuestra información negativa lo confirmaba en la creencia de que la verdadera Eva había existido sólo para él, gracias a él, no para el mundo, una noche de verano del cuarenta y ocho. Debía restituirla a la realidad pero como obra de arte, bajo la especie de una imago de carne y hueso. Él sería el autor de ese fantasma y su reencarnación. Eva tal cual él la había visto, completada por su propia mirada como un valor incorporado.

Según una precisión ulterior la obra pertenecía, modestamente (en esto no era visionaria), al género del retrato. Remitía de la noche en cuestión a los minutos que había demorado Alcides en concebirla. Mucho menos que los años que demoraría en concluirla o pensar que esto hacía con unos toques de ceniza final.

Supongo que, dado el género de la obra, su autor podía prescindir de las actualidades de Eva: una existencia que iba de Ceca en Meca. Prefería el saber a la evidencia de los sentidos. Evitaba un tête a tête con su corresponsal, defraudándola cada vez que ella intentaba salvar la distancia de la escritura.

Eva se cansó, por otra parte, de mis mentiras. No quiso creer en la verdad cuando, jugándome el todo por el todo, decidí decírsela y exorcizar así una ruptura inminente. Estaba al tanto de mis encuentros con Alcides en los últimos quince años, de los días y lugares precisos; pero cuando le hablé de la obra, me negó la entrada a su casa. Conseguí que derogara este decreto una sola vez, ofreciéndole, a cambio, la lectura de algunas de las cartas que mi amigo me había escrito, en los últimos dieciocho años, desde París, de puño y letra de la interesada, firmadas incluso por Eva Montes, y ciertas fotografías de la misma tomadas en su ausencia en la Costa Azul.

Ella reconoció su propia letra, pero declaró que yo le había sustraído esas cartas a mi hermana Consuelo. Eran las que ella, Eva, le había escrito a mi hermana diez años antes, mientras recorría Europa en un viaje de juventud. En cuanto a las fotografías, y estaba en la razón, solo con una voluntad de oro se podía aceptar que en ellas apareciera alguien y no una mancha con faldas.

Así dejamos de vernos, malgré moi, creo que en el 63.

En cambio, Alcides me permitió que le mintiera. A él la verdad lo tenía sin cuidado. Fue coherente. Únicamente me necesitaba para mostrarme sus resultados que no se atrevía a editar. Admitía que yo le diera noticias de segunda o tercera mano, puro copucheo social. Y material me sobraba. Eva había roto el pacto de clase. Por el solo hecho de tener amantes se sentía en la obligación de desacreditar escandalosamente el matrimonio.

Se declaraba orgullosa de tener hijos de tres padres distintos y aún –decían– de un amigo íntimo.

Alcides se las ingeniaba para que coincidiera el escándalo con la performance con una precisión tal, que llegué a creer que entre unos y otros había una relación de implicación mutua.

Para la primera ruptura matrimonial, en 1957, me pidió que le retransmitiera telepáticamente lo que veía ante mí y le dije: te veo.

–Ves a quién –insistió.

Tuve el lapsus de su deseo, porque se me confundió la mirada.

–A Eva María –le dije.

Para la segunda ruptura, me dijo:

–¿Y quién soy ahora que estoy en tu casa?

–Eva María –repetí.

–Mira bien –insistió–, sabes muy bien que soy tu amigo Alcides –había desistido, en esa época, de toda imitación material.

–Lo sé muy bien –le dije–, pero la veo a ella.

Tales fueron los mejores momentos de su arte. Es claro, un gran maestro no se habría valido de las proezas telepáticas y de las ilusiones ópticas. Pero cierta insuficiencia de la obra las justificaba. Después de todo, ¿era tan grave el que yo lo confundiera, de tarde en tarde, lisa y llanamente con ella?

La copia debía desalojar al modelo de la realidad y la obra ser a la vez una mujer y una idea. Olvidé a la Eva de carne y hueso, pero la idea de esa tipa, en lugar de elevarme a la fascinación me hundía en la repulsión, casi en el terror. Alcides y yo nos encontrábamos en relación a ella en los polos opuestos. Mala manera de encontrarnos.

Durante dos decenios he sido complaciente en recopilar los episodios penosos de ese detestable novelón que ha sido la vida de Eva. Menos por encargo de mi amigo que por iniciativa propia. Se me ocurre que la detesto porque solo Dios sabe cómo me hubiera gustado verlo casado con mi hermana Consuelo; dedicado, en mi taller, a la restauración, la copia o el plagio de antiguos retratos, antes que perdido en Europa en la fabricación de la prótesis, con su propio cuerpo, de un fantasma artificial.

Una vida contrariada y airada. Prostituida no, como lo sugieren sus enemigos, algunos matones rencorosos. Para no ser menos que ellos, Eva, la viperina, se abstuvo de echar tierra al rumor. Hasta el día de hoy hay gente que cree que el bello Alcides trabajó como bailarina en un café de Alejandría, rebajándose hasta el pedigüeñe en los fumadores de opio.

Prefiero no discutir estas invenciones con otras, atenerme a lo que se sabe y a lo que el conocimiento permite conjeturar. No triunfó en el extranjero. El fracaso lo empujó al alcohol y a las drogas. Pudo ocurrir a la inversa. Para el caso es lo mismo.

La última vez que estuvo en Chile, poco después de su matrimonio con Ludmila Koppf, coreógrafa de Pink and Green Ballet de Londres, Alcides se veía muy envejecido y el maquillaje lo traicionaba. Tanto como a Eva el suyo, si no es demasiado decir. Se emborrachó en mi casa junto con su mujer y algunos andróginos e insistió en exhibir, por primera vez, su retrato de Eva. Fue desastroso. Hizo concesiones al público, que no entendía nada. El maduro galán se puso el traje viejo de Eva. No hizo más que caricaturizar a una meritante de la sociedad chilena de los años cincuenta.

Era la liquidación, a vil precio, de la obra. Terminó llorando a moco tendido. No lo volví a ver nunca más. Al día subsiguiente –mientras él volaba a Europa– recibí los desechos de su trabajo, más la cláusula testamentaria que me obligaba a continuarlo como ya lo he indicado. Y ocho años después –ayer– la noticia de su muerte.

La urna. Me corresponde ahora simular que actúo, terminando mi relato en el presente del indicativo. Como si en lugar de escribirlo estuviera ahora forcejeando con Eva en su boudoir en el cumplimiento –amigo mío–de tu última voluntad. Daré, mejor, el episodio por concluido y lo narraré en pasado.

A Alcides no le importaba ponerme en una situación imposible. Se limitó a imaginarla sin ninguna concesión a la realidad. Pensó que yo podría encontrarme a solas con Eva como en el laboratorio subterráneo de un castillo gótico abandonado. Y que ella, inmovilizada sobre su lecho clínico, se encontraría voluntaria o involuntariamente a mi disposición.

Ni él ni yo pensamos que tocaría a la puerta de una gran casa llena de gente bien educada: el último de los amigos de Eva, dos de sus maridos y algunos hijos mayores de todos los matrimonios, prósperos profesionales jóvenes. Un hogar feliz, en suma.

A pesar de lo ocupada que está como dueña de casa, Eva me hace entrar a sus habitaciones de agonizante y coge, como si tratara de anidarla entre las suyas, la mano que le tiendo.

Rodean el lecho los solícitos varones de la casa. Uno de ellos quiere desembarazarme del vaso como si fuera un paraguas. A todos parece ponerlos en estado de alerta mi negativa a desprenderme del extraño objeto.

Trato de decirle a Eva algo al oído, y le deslizo el nombre de Alcides. Uno de los individuos me advierte, con cara de palo, que la mujer está sorda. Ella pregunta con una ternura afectada por mi hermana Consuelo. Destapo el vaso y alcanzo a levantarlo sobre la cabeza de Eva –un brindis por el dios desconocido–. Ella se sienta en la cama como para auxiliarme con su perplejidad. Ellos me cogen por la espalda, de los brazos y de la cintura, y me arrastran fuera de esta pieza. Dejo en el suelo un reguero de cenizas. La única señal de tu paso por la tierra, Alcides.

 

(Tomado de www.lecturia.org)