miércoles, 5 de agosto de 2026

Catálisis

Juan Benet

 

Septiembre había vuelto a abrir, tras una semana de abstinencia de sol, su muestrario de colores y matices que, desde las alturas, el clima había escogido para la fugaz temporada del preámbulo otoñal. Las lluvias anteriores habían servido para borrar toda muestra del verano, para cerrar el aguaducho, para llevarse los restos de meriendas campestres y dejar desierta la playa y sus alrededores –el promontorio y la carretera suspendidos en el inconcluyente calderón de su repentina soledad, como el patio de un colegio que tras un toque de silbato queda instantáneamente desprovisto de los gritos infantiles que le otorgan toda su entidad, un mar devuelto a su imposible progresión hacia las calendas griegas, apagado el bullicio con que había de intentar su falsa impresión en el presente.

“Es uno de los pocos privilegios que nos quedan”.

Fueron paseando a lo largo de la carretera, cogidos del brazo, deteniéndose en los rincones de los que habían estado ausentes durante toda la usurpación veraniega, como quienes repasan el inventario de unos bienes arrendados por una temporada. Y aun cuando no pasara un día que no celebrasen los beneficios de la paz que les era devuelta cada año al término del mes de septiembre, en su fuero interno no podían desterrar la impresión de enclaustramiento y derelicción que les embargara con la casi simultánea desaparición de la multitud que tantas incomodidades provocaba.

Un rezagado veraneante, un hombre de mediana edad que paseaba con su perro, que en un principio les había devuelto la ilusión de compañía hasta el verano de San Miguel, había de convertirse por la melancolía de su propia imagen en el mejor exponente de un abandono para el que no conocían otros paliativos que las –repetidas una y otra vez sin entusiasmo pero con la fe de la madurez, con la comedida seguridad de la persona que para su equilibrio y confianza necesita atribuir a una elección libre y voluntaria la aceptación de una solución sin alternativa posible– alabanzas a un retiro obligado por motivos de salud y economía.

Todas las tardes salían a pasear, en dirección al promontorio y el río, si estaba despejado el cielo, más allá de la playa y hacia el pueblo si amenazaba lluvia; todos los días tenían que comunicarse los pequeños cambios que advertían (todos ellos referentes al prójimo o a cuanto les rodeara) y las menudas sorpresas que aún les deparaba una existencia tan sedentaria y monótona. Porque para ellos ya no había cambios ni margen alguno para la novedad, a fuerza de haberse repetido durante años que envejecerían juntos.

A pesar de vivir en el pueblo (eran las únicas personas con estudios, como allí decían, que habitaban en él durante todo el año) desde bastante tiempo atrás no tenían otros conocidos que los obligados por su subsistencia y solamente de tarde en larde un pequeño propietario y su señora pasaban a hacerles visita y tomar una merienda en su casa. Tan solo recibían los periódicos y semanarios de la ciudad y las cartas del banco y no se sabía, desde que asentaron allí, que se hubieran ausentado del pueblo un solo día, a pesar de las incomodidades que provocaban los veraneantes. No eran huraños, no se podía decir que sus costumbres fueran muy distintas a las de la gente acomodada del lugar y se cuidaban con sumo tiento –no lo hacían ni en privado– de no expresar la añoranza de la ciudad o el eterno descontento por la falta de confort o de animación del medio que habían elegido, al parecer, para el resto de su vida.

Se diría que lo habían medido y calibrado todo con la más rigurosa escrupulosidad; que, a la vista de su edad, de sus achaques, de sus rentas y gustos, habían ido a elegir aquel retiro para consumir gota a gota –sin un derroche ni un exceso ni un gesto de impaciencia ni una costosa recaída en el entusiasmo– unos recursos que habían de durar exactamente hasta el día de su muerte; por eso se tenían que pasar de todo dispensable capricho y de la más inocente tentación, no podían sentir curiosidad hacia forasteros y veraneantes ni se podían permitir un brote de envidia, siempre reprimido, o un gesto de asombro ante cualquier emergencia de lo desconocido que permitiese la irrupción en la escena montada para el último acto de la comedia de esos decorados y agentes secretos que todo tiempo esconde a fin de otorgarse de tanto en tanto la posibilidad de un argumento. Empero, todos los días debían de esperar algo imprevisto, que ni siquiera se confesaban uno a otro. Porque la negativa a aceptarlo, la conformidad con la rutina y la disciplina para abortar todos los brotes de una quimérica e infundada esperanza eran –más que el pueblo tan solo animado durante dos meses, aparte de los preparativos para el verano y los coletazos de los rezagados– lo que constituía la esencia de su retiro.

 

Decidieron llegarse hasta el cruce a nivel, un paseo algo más largo que lo usual. Al toparse con él debieron de pensar que la situación del hombre del perro no debía de ser muy distinta a la suya. “Fíjate, han talado los árboles que había allí, ¿te acuerdas?” o “Vete a saber lo que van a construir aquí, una casa de pisos” o “Me ha dicho la panadera que cierran el negocio; van a poner en su lugar una tienda de recuerdos y chucherías y cremas para el sol”, constituían el repertorio de frases usuales con que ambos seguían día a día el curso de unas transformaciones que nada tenían que ver con ellos, que tanto contrastaban con aquella tan monástica austeridad que hasta la eliminación de una camisa o un trapo viejo llegaba a suponer un cierto quebranto al duro voto de duración que tan firme como resueltamente habían profesado para poder subsistir.

La lluvia y la desaparición de los veraneantes hicieron el resto en aquel momento; esto es, una nueva acción de gracias por las bondades de su retiro, por el encanto de una naturaleza que volvía con todas sus prendas a enseñorearse del lugar, tras dos meses de humillante servidumbre a los requerimientos de la moda estival.

“Fíjate cómo huele aquí; qué delicia. Cuatro gotas y cómo se ha puesto todo esto”.

Una acción de gracias con renovada fe, con tan sincera convicción que apenas dieron importancia al nuevo encuentro con el rezagado veraneante del perro, un hombre de medio luto, con quien se habían cruzado poco antes en el mismo sentido y que, por consiguiente, hubo de hacer el mismo camino que ellos, con mayor rapidez y tomando un itinerario paralelo.

Se detuvieron a escuchar el canto de unos estorninos que, en un frondoso seto de plátanos, también se preparaban para el viaje. Se asomaron a contemplar el mar en la revuelta de la carretera sobre el promontorio, olas grandes y distanciadas que rompían a sus pies con una reverencia de reconocimiento y vasallaje a todos los que –como ellos– se habían elevado por encima de las contingencias diarias para sacrificarse en lo último, atentos tan solo a lo inmutable. Pocas veces se habían alejado tanto por la tarde; era uno de esos días que rebosaban seguridad y firmeza, tan necesarias para los seis meses de frío. Con frecuencia habían comentado cómo aquellos paseos fortalecían su espíritu.

“Nos acercaremos hasta la venta. Todavía oscurece tarde y tenemos tiempo de sobra. Hace una tarde magnífica”.

La venta distaba todavía casi un kilómetro. En los últimos tiempos solo habían llegado hasta allí, a sentarse bajo el alpendre a tomar una cerveza o un refresco, cuando alguien del pueblo les había acercado en el coche.

Ya habían descendido la cuesta del promontorio, enfilando la recta al término de la cual se hallaba la venta –tras una revuelta, escondida entre una masa de árboles– cuando ella se detuvo súbitamente, para escuchar algo que no llegó por entero a sus oídos. “¿Qué ha sido eso?”, preguntó mirando hacia el cielo, “¿no has oído nada?, ¿no has sentido algo raro?”

Fue como un relámpago diurno que, sin acompañamiento del trueno, al ser apenas vislumbrado por el rabillo del ojo necesita de una confirmación para despejar la inquietante sensación que deja el visto y no visto. “No sé… por allí, o tal vez por allí, ¿no has visto nada?”

“Allá lejos debe de haber tormenta. Está el tiempo muy movido. No sé si será mejor que volvamos”.

“Vamos a acercarnos hasta la venta”.

Siguieron caminando, con frecuentes miradas hacia el cielo, cambiando entre ellos esas frases tranquilizadoras que todo ánimo optimista espera que alcancen y persuadan a los elementos para que refrenen sus impulsos tormentáceos.

Llegaron a la curva cuando todavía quedaba un par de horas de luz. Impaciente por localizar su objetivo estiraba el cuello o salía de la calzada para apaciguar la inquietud que se había apoderado de sus pasos. Y de nuevo ella se detuvo de repente, con los pies juntos y la boca abierta, completamente inmovilizada, con la mirada fija en el frente.

“¿Qué te pasa?”

Sacudió su brazo, tomó su mano y la apretó con fuerza, una mano inerte a través de la cual sintió que pasaba a su cuerpo todo el flujo de su espanto, casi reducida a la nada en el momento en que, todo el campo sumido en el repentino silencio que preludia a la tormenta, cuando se siente que se han agazapado hasta los seres invisibles, en otro punto muy distinto pero también a sus espaldas, percibió –no vio– el relámpago, el desgarrón conjunto y contradictorio de un cielo y un mar que tras el espejismo mudaran hacia un continente más falso y grave, como el niño que con su cuerpo trata de ocultar el desperfecto que ha causado; en un momento envejecidos y deteriorados con una película de vicioso óxido.

Se había vuelto para observar al paseante del perro –inverosímilmente lejano, aun cuando terminaba de cruzarse con ellos, en el mismo momento del trance– cuando despertó.

“¿Y la venta? ¿Dónde está la venta?”, preguntó.

Fue aquella insistente pregunta lo que colmó su desorientación. Se adelantó unos pasos, dejándola sola en la carretera, se encaramó a un pequeño montículo para otear en todas direcciones y volvió aún más confundido.

“Me parece que la hemos pasado”.

“Es a la vuelta de aquella curva”.

“No sé en qué íbamos pensando. Vamos a volver de todas maneras”.

Pero ella le miró de manera singular; carecía de expresión, pero la incredulidad se había adueñado de tal manera de todo su cuerpo que no pudo reprimir un gesto de disgusto.

“Vamos”, le dijo, tratando de volverla en dirección opuesta a la que habían traído. Pero ella se mantuvo rígida, con la mirada puesta en el frente.

“Es inútil”, contestó.

“¿Qué es lo que es inútil? Vamos, se va a hacer tarde. Es hora de que volvamos”.

“Es inútil”, repitió.

“Pero, ¿qué es lo que es inútil?”

“Todo. Todo ha cambiado. Fíjate cómo ha cambiado todo. Dame la mano. Fíjate”.

Obedeció y se produjo de nuevo el relámpago, acaso a consecuencia de la descarga que sufrió a través de su mano. Todo había mudado, en efecto: tras el deslumbramiento provocado por el rayo, todo en su derredor –sin producirse el menos perceptible cambio– era irreconocible, de igual manera que la fotografía de un paisaje familiar, cuando ha sido revelada al revés, no resulta fácil de identificar porque no esconde ningún engaño.

Dieron unos vacilantes e ingrávidos pasos, en la misma dirección que habían traído; luego pronunció unas palabras inconexas.

“La venta… el fondo, más al fondo”.

“Eso es, más al fondo”.

Quedaron inmovilizados, cogidos de la mano y mirando al frente de la carretera boquiabiertos, sin mover un músculo ni hacer el menor signo cuando el hombre que paseaba con su perro se cruzó de nuevo con ellos, sin reparar en la inusitada imagen que componían.

Tampoco el perro se volvió a mirarles, marchando apresuradamente, con la cadena tirante.

En cuanto a ellos… los últimos vestigios de su percepción no les sirvieron para advertir que además del perro se ayudaba de un bastón, siempre adelantado y casi inmóvil sobre sus rígidos y acelerados pasos, no giraba la cabeza y ocultaba sus ojos tras unas gafas oscuras.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)

 

El vampiro estelar

Robert Bloch

 

Confieso que solo soy un simple escritor de relatos fantásticos. Desde mi más temprana infancia me he sentido subyugado por la secreta fascinación de lo desconocido y lo insólito. Los temores innominables, los sueños grotescos, las fantasías más extrañas que obsesionan nuestra mente, han tenido siempre un poderoso e inexplicable atractivo para mí. En literatura, he caminado con Poe por senderos ocultos; me he arrastrado entre las sombras con Machen; he cruzado con Baudelaire las regiones de las hórridas estrellas, o me he sumergido en las profundidades de la tierra, guiado por los relatos de la antigua ciencia. Mi escaso talento para el dibujo me obligó a intentar describir con torpes palabras los seres fantásticos que moran en mis sueños tenebrosos. Esta misma inclinación por lo siniestro se manifestaba también en mis preferencias musicales. Mis composiciones favoritas eran la Suite de los Planetas y otras del mismo género. Mi vida interior se convirtió muy pronto en un perpetuo festín de horrores fantásticos, refinadamente crueles. En cambio, mi vida exterior era insulsa. Con el transcurso del tiempo, me fui haciendo cada vez más insociable, hasta que acabé por llevar una vida tranquila y filosófica en un mundo de libros y sueños.

El hombre debe trabajar para vivir. Incapaz, por naturaleza, de todo trabajo manual, me sentí desconcertado en mi adolescencia ante la necesidad de elegir una profesión. Mi tendencia a la depresión vino a complicar las cosas, y durante algún tiempo estuve bordeando el desastre económico más completo. Entonces fue cuando me decidí a escribir.

Adquirí una vieja máquina de escribir, un montón de papel barato y unas hojas de carbón. Nunca me preocupó la búsqueda de un tema. ¿Qué mejor venero que las ilimitadas regiones de mi viva imaginación? Escribiría sobre temas de horror y oscuridad y sobre el enigma de la Muerte. Al menos, en mi inexperiencia y candidez, éste era mi propósito.

Mis primeros intentos fueron un fracaso rotundo. Mis resultados quedaron lastimosamente lejos de mis soñados proyectos. En el papel, mis fantasías más brillantes se convirtieron en un revoltijo insensato de pesados adjetivos, y no encontré palabras de uso corriente con que expresar el terror portentoso de lo desconocido. Mis primeros manuscritos resultaron mediocres, vulgares; las pocas revistas especializadas de este género los rechazaron con significativa unanimidad. Tenía que vivir. Lentamente, pero de manera segura, comencé a ajustar mi estilo a mis ideas. Trabajé laboriosamente las palabras, las frases y las estructuras de las oraciones. Trabajé, trabajé duramente en ello. Pronto aprendí lo que era sudar. Y por fin, uno de mis relatos fue aceptado; después un segundo, y un tercero, y un cuarto. En seguida comencé a dominar los trucos más elementales del oficio, y comencé finalmente a vislumbrar mi porvenir con cierta claridad. Retorné con el ánimo más ligero a mi vida de ensueños y a mis queridos libros. Mis relatos me proporcionaban medios un tanto escasos para subsistir, y durante cierto tiempo no pedí más a la vida. Pero esto duró poco. La ambición, siempre engañosa, fue la causa de mi ruina.

Quería escribir un relato real; no uno de esos cuentos efímeros y estereotipados que producía para las revistas, sino una verdadera obra de arte. La creación de semejante obra maestra llegó a convertirse en mi ideal. Yo no era un buen escritor, pero ello no se debía enteramente a mis errores de estilo. Presentía que mi defecto fundamental radicaba en el asunto escogido. Los vampiros, hombres-lobos, los profanadores de cadáveres, los monstruos mitológicos, constituían un material de escaso mérito. Los temas e imágenes vulgares, el empleo rutinario de adjetivos, y un punto de vista prosaicamente antropocéntrico, eran los principales obstáculos para producir un cuento fantástico realmente bueno. Debía elegir un tema nuevo, una intriga verdaderamente extraordinaria. ¡Si pudiera concebir algo realmente teratológico, algo monstruosamente increíble!

Estaba ansioso por aprender las canciones que cantaban los demonios al precipitarse más allá de las regiones estelares, por oír las voces de los dioses antiguos susurrando sus secretos al vacío preñado de resonancias. Deseaba vivamente conocer los terrores de la tumba, el roce de las larvas en mi lengua, la dulce caricia de una podrida mortaja sobre mi cuerpo. Anhelaba hacer mías las vivencias que yacen latentes en el fondo de los ojos vacíos de las momias, y ardía en deseos de aprender la sabiduría que solo el gusano conoce. Entonces podría escribir la verdad, y mis esperanzas se realizarían cabalmente. Busqué el modo de conseguirlo. Serenamente, comencé a escribirme con pensadores y soñadores solitarios de todo el país. Mantuve correspondencia con un eremita de los montes occidentales, con un sabio de la región desolada del norte y con un místico de Nueva Inglaterra. Por medio de éste, tuve conocimiento de algunos libros antiguos que eran tesoro y reliquia de una ciencia extraña. Primero me citó con mucha reserva algunos pasajes del legendario Necronomicón, luego se refirió a cierto Libro de Eibon, que tenía fama de superar a los demás por su carácter demencial y blasfemo. Él mismo había estudiado aquellos volúmenes que recogían el terror de los Tiempos Originales, pero me prohibió que ahondara demasiado en mis indagaciones. Me dijo que, como hijo de la embrujada ciudad de Arkham, donde aún palpitan y acechan sombras de otros tiempos, había oído cosas muy extrañas, por lo que decidió apartarse prudentemente de las ciencias negras y prohibidas. Finalmente, después de mucho insistirle, consintió de mala gana en proporcionarme los nombres de ciertas personas que a su juicio podrían ayudarme en mis investigaciones. Mi corresponsal era un escritor de notable brillantez; gozaba de una sólida reputación en los círculos intelectuales más exquisitos, y yo sabía que estaba tremendamente interesado en conocer el resultado de mi iniciativa. Tan pronto como su preciosa lista estuvo en mis manos, comencé una masiva campaña postal con el fin de conseguir los libros deseados. Dirigí mis cartas a varias universidades, a bibliotecas privadas, a astrólogos afamados y a dirigentes de ciertos cultos secretos de nombres oscuros y sonoros. Pero aquella labor estaba destinada al fracaso. Sus respuestas fueron manifiestamente hostiles. Estaba claro que quienes poseían semejante ciencia se enfurecían ante la idea de que sus secretos fuesen develados por un intruso.

Posteriormente, recibí varias cartas anónimas llenas de amenazas, e incluso una llamada telefónica verdaderamente alarmante. Pero lo que más me molestó, fue darme cuenta de que mis esfuerzos habían resultado fallidos. Negativas, evasivas, desaires, amenazas… ¡aquello no me servía de nada! Debía buscar por otra parte. ¡Las librerías! Quizá descubriera lo que buscaba en algún estante olvidado y polvoriento. Entonces comencé una cruzada interminable. Aprendí a soportar mis numerosos desengaños con impasible tranquilidad. En ninguna de las librerías que visité habían oído hablar del espantoso Necronomicón, del maligno Libro de Eibon, ni del inquietante Cultes des Goules. La perseverancia acaba por triunfar. En una vieja tienda de la calle South Dearborn, en unas estanterías arrinconadas, acabé por encontrar lo que estaba buscando. Allí, encajado entre dos ediciones centenarias de Shakespeare, descubrí un gran libro negro con tapas de hierro. En ellas, grabado a mano, se leía el título, De Vermis Mysteriis, “Misterios del Gusano”. El propietario no supo decirme de dónde procedía el libro aquél. Quizá lo había adquirido hace un par de años en algún lote de libros de segunda mano. Era evidente que desconocía su naturaleza, ya que me lo vendió por un dólar. Encantado por su inesperada venta, me envolvió el pesado mamotreto, y me despidió con amable satisfacción.

Yo me marché apresuradamente con mi precioso botín debajo del brazo. ¡Lo que había encontrado! Ya tenía referencias del libro. Su autor era Ludvig Prinn, y había perecido en la hoguera inquisitorial, en Bruselas, cuando los juicios por brujería estaban en su apogeo. Había sido un personaje extraño, alquimista, nigromante y mago de gran reputación; alardeaba de haber alcanzado una edad milagrosa, cuando finalmente fue inmolado por el fiero poder secular. De él se decía que se proclamaba el único superviviente de la novena cruzada, y exhibía como prueba ciertos documentos mohosos que parecían atestiguarlo. Lo cierto es que, en los viejos cronicones, el nombre de Ludvig Prinn figuraba entre los caballeros servidores de Monserrat, pero los incrédulos lo seguían considerando un chiflado y un impostor, a lo sumo descendiente de aquel famoso caballero. Ludvig atribuía sus conocimientos de hechicería a los años en que había estado cautivo entre los brujos y encantadores de Siria, y hablaba a menudo de sus encuentros con los djinns y los efreets de los antiguos mitos orientales. Se sabe que pasó algún tiempo en Egipto, y entre los santones libios circulan ciertas leyendas que aluden a las hazañas del viejo adivino en Alejandría. En todo caso, pasó sus postreros días en las llanuras de Flandes, su tierra natal, habitando –lugar muy adecuado– las ruinas de un sepulcro prerromano que se alzaba en un bosque cercano a Bruselas. Se decía que allí moraba en las sombras, rodeado de demonios familiares y terribles sortilegios. Aún se conservan manuscritos que dicen, en forma un tanto evasiva, que era asistido por “compañeros invisibles” y “servidores enviados de las estrellas”. Los campesinos evitaban pasar la noche por el bosque donde habitaba, no le gustaban ciertos ruidos que resonaban cuando había luna llena, y preferían ignorar qué clase de seres se prosternaban ante los viejos altares paganos que se alzaban, medio desmoronados, en lo más oscuro del bosque. Sea como fuere, después de ser apresado Prinn por los esbirros de la Inquisición, nadie vio las criaturas que había tenido a su servicio. Antes de destruir el sepulcro donde había morado, los soldados lo registraron a fondo, y no encontraron nada. Seres sobrenaturales, instrumentos extraños, pócimas… todo había desaparecido de la manera más misteriosa. Hicieron un minucioso reconocimiento del bosque prohibido, pero sin resultado. Sin embargo, antes de que terminara el proceso de Prinn, saltó sangre fresca en los altares, y también en el potro de tormento. Pero ni con las más atroces torturas lograron romper su silencio. Por último, cansados de interrogar, arrojaron al viejo hechicero a una mazmorra. Y fue durante su prisión, mientras aguardaba la sentencia, cuando escribió ese texto morboso y horrible, De Vermis Mysteriis, conocido hoy por los “Misterios del Gusano”. Nadie se explica cómo pudo lograrlo sin que los guardianes lo sorprendieran; pero un año después de su muerte, el texto fue impreso en Colonia. Inmediatamente después de su aparición, el libro fue prohibido. Pero ya se habían distribuido algunos ejemplares, de los que se sacaron copias en secreto. Más adelante, se hizo una nueva edición, censurada y expurgada, de suerte que únicamente se considera auténtico el texto original latino. A lo largo de los siglos, han sido muy pocos los que han tenido acceso a la sabiduría que encierra este libro. Los secretos del viejo mago solo son conocidos hoy por algunos iniciados, quienes, por razones muy concretas, se oponen a todo intento de propagarlos.

Esto era, en resumen, lo que sabía del libro que había venido a parar a mis manos. Aun como mero coleccionista, el libro representaba un hallazgo fenomenal; pero, desgraciadamente, no podía juzgar su contenido, porque estaba en latín. Como solo conozco unas cuantas palabras sueltas de esa lengua, al abrir sus páginas mohosas me tropecé con un obstáculo insuperable. Era exasperante poseer aquel tesoro de saber oculto, y no tener la clave para desentrañarlo.

Por un momento, me sentí desesperado. No me seducía la idea de poner un texto de semejante naturaleza en manos de un latinista de la localidad. Más tarde tuve una inspiración. ¿Por qué no coger el libro y visitar a mi amigo para solicitar ayuda? Él era un erudito, leía en su idioma a los clásicos, y probablemente las espantosas revelaciones de Prinn le impresionarían menos que a otros. Sin pensarlo más le escribí apresuradamente y muy poco después recibí su contestación. Estaba encantado en ayudarme. Por encima de todo, debía ir inmediatamente.

Providence es un pueblo agradable. La casa de mi amigo era antigua, de un estilo georgiano bastante caro. La planta baja era una maravilla de ambiente colonial. El piso alto, sombreado por las dos vertientes del tejado e iluminado por una amplia ventana, servía de estudio a mi anfitrión. Allí reflexionamos durante la espantosa y memorable noche del pasado abril, junto a la gran ventana abierta a la mar azulada. Era una noche sin luna, una noche lívida en que la niebla llenaba la vacía oscuridad de sombras aladas. Todavía puedo imaginar con nitidez la escena: la pequeña habitación iluminada por la luz de la lámpara, la mesa grande, las sillas de alto respaldo… los libros tapizaban las paredes, los manuscritos se apilaban aparte, en archivadores especiales. Mi amigo y yo estábamos sentados junto a la mesa, ante el misterioso volumen. El delgado perfil de mi amigo proyectaba una sombra inquieta en la pared, y su semblante de cera adoptaba, a la luz mortecina, una apariencia furtiva. En el ambiente flotaba como el presagio de una portentosa revelación. Yo sentía la presencia de unos secretos que acaso no tardarían en revelarse. Mi compañero era sensible también a esta atmósfera expectante. Los largos años de soledad habían agudizado su intuición hasta un extremo inconcebible. No era el frío lo que le hacía temblar en su butaca, ni era la fiebre la que hacía llamear sus ojos con un fulgor de piedras preciosas. Aun antes de abrir aquel libro maldito, sabía que encerraba una maldición. El olor a moho que desprendían sus páginas antiguas traía consigo un vaho que parecía brotar de la tumba. Sus hojas descoloridas estaban carcomidas por los bordes. Su encuadernación de cuero estaba roída por las ratas, acaso por unas ratas cuyo alimento habitual fuera singularmente horrible.

Aquella noche había contado a mi amigo la historia del libro, y lo había desempaquetado en su presencia. Al principio parecía deseoso, ansioso diría yo, por empezar enseguida su traducción. Ahora, en cambio, vacilaba. Insistía en que no era prudente leerlo. Era un libro de ciencia maligna. ¿Quién sabe qué conocimientos demoníacos se ocultaban en sus páginas, o qué males podían sobrevenir al intruso que se atreviese a profanar sus secretos? No era conveniente saber demasiado. Muchos hombres habían muerto por practicar la ciencia corrompida que contenían esas páginas. Me rogó que abandonara mi investigación, ahora que no lo había leído aún, y que tratara de inspirarme en fuentes más saludables. Fui un necio. Rechacé precipitadamente sus objeciones con palabras vanas y sin sentido. Yo no tenía miedo. Podríamos echar al menos una mirada al contenido de nuestro tesoro. Comencé a pasar hojas. El resultado fue decepcionante. Su aspecto era el de un libro antiguo y corriente de hojas amarillentas y medio deshechas, impreso en gruesos caracteres latinos… y nada más, ninguna ilustración, ningún grabado alarmante. Mi amigo no pudo resistir la tentación de saborear semejante rareza bibliográfica. Al cabo de un momento, se levantó para echar una ojeada al texto por encima de mi hombro; luego, con creciente interés, empezó a leer en voz baja algunas frases en latín. Por último, vencido ya por el entusiasmo, me arrebató el precioso volumen, se sentó junto a la ventana y se puso a leer pasajes al azar. De cuando en cuando, los traducía al inglés.

Sus ojos relampagueaban con un brillo salvaje. Su perfil cadavérico expresaba una concentración total en los viejos caracteres que cubrían las páginas del libro. Cuando traducía en voz alta, las frases retumbaban como una letanía del diablo; luego, su voz se debilitaba hasta convertirse en un siseo de víbora. Yo solo comprendía algunas frases sueltas porque, en su ensimismamiento, parecía haberse olvidado de mí. Estaba leyendo algo referente a hechizos y encantamientos. Recuerdo que el texto aludía a ciertos dioses de la adivinación, tales como el Padre Yig, Han el Oscuro y Byatis, cuya barba estaba formada de serpientes. Yo temblaba, ya conocía esos nombres terribles. Pero más habría temblado, si hubiera llegado a saber lo que estaba a punto de ocurrir. Y no tardó en suceder. De repente, mi amigo se volvió hacia mí, preso de una gran agitación. Con voz chillona y excitada me preguntó si recordaba las leyendas sobre las hechicerías de Prinn, y los relatos sobre servidores invisibles que había hecho venir desde las estrellas. Dije que sí, pero sin comprender la causa de su repentino frenesí. Entonces me explicó el motivo de su agitación. En el libro, en un capítulo que trataba de los demonios familiares, había encontrado una especie de plegaria o conjuro que tal vez fuera el que Prinn había empleado para traer a sus invisibles servidores desde los espacios ultraterrestres. Ahora lo iba a escuchar, él me lo leería. Yo permanecí sentado como un tonto, ignorante de lo que iba a pasar. ¿Por qué no gritaría entonces, por qué no trataría de escapar o de arrancarle de las manos aquel códice monstruoso? Pero yo no sabía nada, y me quedé sentado adonde estaba, mientras mi amigo, con voz quebrada por la violenta excitación, leía una larga y sonora invocación:

Tibi, Magnum Innominandum, signa stellarum / nigrarum et bufaniformis Sadoquae sigillum…

El ritual siguió adelante; las palabras se alzaron como aves nocturnas de terror y muerte; temblaron como llamas en el aire tenebroso y contagiaron su fuego letal a mi cerebro. Los acentos atronadores de mi amigo producían un eco infinito, más allá de las estrellas más remotas. Era como si su voz, a través de enormes puertas primordiales, alcanzara regiones exteriores a toda dimensión en busca de su oyente, y lo llamara a la tierra. ¿Era todo una ilusión? No me paré a reflexionar. Y aquella llamada, proferida de manera casual, obtuvo respuesta. Apenas se había apagado la voz de mi amigo en nuestra habitación, cuando sobrevino el terror. El cuarto se tornó frío. Por la ventana entró aullando un viento repentino que no era de este mundo. En él cabalgaba como un plañido, como una nota perversa y lejana; al oírla, el semblante de mi amigo se convirtió en una pálida máscara de terror. Luego, las paredes crujieron y las hojas de la ventana se combaron ante mis ojos atónitos. Desde la nada que se abría más allá de la ventana, llegó un súbito estallido de lúbrica brisa, unas carcajadas histéricas, que parecían producto de la más completa locura. Aquellas carcajadas que no profería boca alguna alcanzaron la última quintaesencia del horror.

Lo demás ocurrió a una velocidad pasmosa. Mi amigo se lanzó hacia la ventana y comenzó a gritar, manoteando como si quisiera zafarse del vacío. A la luz de la lámpara vi sus rasgos contraídos en una mueca de loca agonía. Un momento después, su cuerpo se levantó del suelo y comenzó a doblarse hacia atrás, en el aire, hasta un grado imposible. Inmediatamente, sus huesos se rompieron con un chasquido horrible y su figura quedó colgando en el vacío. Tenía los ojos vidriosos, y sus manos se crispaban compulsivamente como si quisiera agarrar algo que yo no veía. Una vez más, se oyó aquella risa vesánica, ¡pero ahora provenía de dentro de la habitación!

Las estrellas oscilaban en roja angustia, el viento frío silbaba estridente en mis oídos. Me encogí en mi silla, con los ojos clavados en aquella escena aterradora que se desarrollaba ante mí. Mi amigo empezó a gritar. Sus alaridos se mezclaban con aquella risa perversa que surgía del aire. Su cuerpo combado, suspendido en el espacio, se dobló nuevamente hacia atrás, mientras la sangre brotaba de su cuello desgarrado como agua roja de un surtidor.

Aquella sangre no llegó a tocar el suelo. Se detuvo en el aire, y cesó la risa, que se convirtió en un gorgoteo nauseabundo. Dominado por el vértigo del horror, lo comprendí todo. ¡La sangre estaba alimentando a un ser invisible del más allá! ¿Qué entidad del espacio había sido invocada tan repentina e inconscientemente? ¿Qué era aquél monstruoso vampiro que yo no podía ver?

Después, aún tuvo lugar una espantosa metamorfosis. El cuerpo de mi compañero se encogió, marchito ya y sin vida. Por último, cayó en el suelo y quedó horriblemente inmóvil. Pero en el aire de la estancia sucedió algo pavoroso. Junto a la ventana, en el rincón, se hizo visible un resplandor rojizo… sangriento. Muy despacio, pero en forma continua, la silueta de la Presencia fue perfilándose cada vez más, a medida que la sangre iba llenando la trama de la invisible entidad de las estrellas. Era una inmensidad de gelatina palpitante, húmeda y roja, una burbuja escarlata con miles de apéndices, unas bocas que se abrían y cerraban con horrible codicia… era una cosa hinchada y obscena, un bulto sin cabeza, sin rostro, sin ojos, una especie de buche ávido, dotado de garras, que había brotado del cielo estelar. La sangre humana con la que se había nutrido revelaba ahora los contornos del comensal. No era espectáculo para presenciarlo un humano.

Afortunadamente para mi equilibrio mental, aquella criatura no se demoró ante mis ojos. Con un desprecio total por el cadáver fláccido que yacía en el suelo, asió el espantoso libro con un tentáculo viscoso y retorcido, y se dirigió a la ventana con rapidez. Allí, comprimió su tembloroso cuerpo de gelatina a través de la abertura. Desapareció, y oí su risa burlesca y lejana, arrastrada por las ráfagas del viento, mientras regresaba a los abismos de donde había venido.

Eso fue todo. Me quedé solo en la habitación, ante el cuerpo roto y sin vida de mi amigo. El libro había desaparecido. En la pared había huellas de sangre y abundantes salpicaduras en el suelo. El rostro de mi amigo era una calavera ensangrentada vuelta hacia las estrellas.

Permanecí largo rato sentado en silencio, antes de prenderle fuego a la habitación. Después, me marché. Me reí, porque sabía que las llamas destruirían toda huella de lo ocurrido. Yo había llegado aquella misma tarde. Nadie me conocía ni me había visto llegar. Tampoco me vio nadie partir, ya que hui antes de que las llamas empezaran a propagarse. Anduve horas y horas, sin rumbo, por las torcidas calles, sacudido por una risa idiota, cada vez que divisaba las estrellas inflamadas, cruelmente jubilosas, que me miraban furtivamente a través de los desgarrones de la niebla fantasmal.

Al cabo de varias horas, me sentí lo bastante calmado para tomar el tren. Durante el largo viaje de regreso, estuve tranquilo, y lo he estado igualmente ahora, mientras escribía esta relación de los hechos. Tampoco me alteré cuando leí en la prensa la noticia de que mi amigo había fallecido en un incendio que destruyó su vivienda.

Solamente a veces, por la noche, cuando brillan las estrellas, los sueños vuelven a conducirme hacia un gigantesco laberinto de horror y locura. Entonces tomo drogas, en un vano intento por disipar los recuerdos que me asaltan mientras duermo. Pero esto tampoco me preocupa demasiado, porque sé que no permaneceré mucho tiempo aquí.

Tengo la certeza de que veré, una vez más, aquella temblorosa entidad de las estrellas. Estoy convencido de que pronto volverá para llevarme a esa negrura que es hoy morada de mi amigo. A veces deseo vivamente que llegue ese día, porque entonces aprenderé yo también, de una vez para siempre, los Misterios del Gusano.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

martes, 4 de agosto de 2026

La fiesta de baile

Ryunosuke Akutagawa

 

1.

Esto fue en la noche del día tres de noviembre del año 19 de Meiji. Akiko, hija de la familia XX, de 17 años de edad, subía en compañía de su padre, hombre calvo, la escalera de la Casa Rokumei, donde se celebraba la fiesta de baile. Alumbradas por la fuerte luz de la lámpara, las grandes flores de crisantemo, que parecían artificiales, formaban una barrera de tres hileras en ambos lados de los pasamanos; los pétalos se revolvían en desorden como hojas flotantes en cada una de las tres filas, de color rosado en la última, de amarillo intenso en la del medio y de blanco puro en la más cercana. Al cabo de la barrera de crisantemos la escalera desembocaba en la sala de baile, de donde ya desbordaba sin cesar la música alegre de la orquesta, como un suspiro de felicidad incontenible.

A Akiko ya le habían inculcado el idioma francés y el baile occidental, pero era la primera vez que asistía a una ceremonia formal. Estaba tan nerviosa y distraída que apenas le contestaba a su padre, que le hablaba de cuando en cuando mientras viajaban en un coche tirado por caballos; se sentía carcomida desde el interior por una extraña sensación inestable, que se podría llamar inquietud placentera. Desde la ventana alzó con insistencia la mirada nerviosa para contemplar la ciudad de Tokio iluminada por escasos faroles que dejaban atrás a medida que avanzaba el coche, hasta estacionarse al fin delante de la Casa Rokumei.

Una vez adentro, Akiko se topó con un incidente que la hizo olvidar la inquietud; justo a la mitad de la escalera, el padre y la hija alcanzaron al diplomático chino, que les aventajaba algunos peldaños. Ladeando su cuerpo obeso para dejarles paso, el caballero le lanzó una mirada de admiración a Akiko. El vestido fresco color rosa, la cintilla celeste que colgaba con elegancia del cuello, una sola rosa que despedía una fragancia desde el cabello negro: la figura de la mujer japonesa, recién tocada por la cultura occidental, se destacaba esa noche con una belleza impecable que dejó abrumado al diplomático chino de coleta larga. En seguida, vinieron bajando con prisa dos japoneses vestidos de frac, que, al cruzarse con ellos, se volvieron casi por instinto para lanzar una mirada rápida de la misma admiración hacia la espalda de Akiko. Los dos señores se ajustaron la corbata blanca de una manera automática, sin explicarse por qué lo hacían, y siguieron su marcha apresurada hacia el vestíbulo entre los crisantemos.

Cuando el padre y la hija terminaron de subir la escalera hasta el segundo piso, se encontraron a la entrada de la sala de baile con un conde de barba canosa, anfitrión de la fiesta, que, exhibiendo condecoraciones en su pecho, recibía generoso a los invitados, junto con la condesa, algo mayor que él, vestida con esmero al estilo Luis XV. A Akiko no le pasó inadvertido, hasta que el conde reveló un asombro inocente que cruzó en un instante fugaz por su cara astuta sin dejar rastro. Mientras el padre, siempre amistoso, presentó su hija al conde y a la condesa de manera escueta, con una sonrisa alegre. Ella se tranquilizó lo suficiente como para detectar lo vulgar que era el rostro de la condesa altanera.

En la sala de baile también florecían a sus anchas los crisantemos hasta llenar los rincones más recónditos. El espacio estaba repleto de encajes, flores y abanicos de marfil que se removían en medio del perfume como una ola silenciosa al compás de las damas en espera de su pareja. Pronto, Akiko se separó de su padre y se mezcló con un grupo de damas elegantes. La mayoría eran muchachas de su misma edad, envueltas en vestidos semejantes color celeste o rosa. Al fijarse en Akiko, las damas empezaron a cuchichear como pajaritos y elogiaron al unísono la belleza sobresaliente que dominaba la noche.

Apenas integrada al grupo, apareció sigiloso de algún escondrijo un francés desconocido, oficial de la marina, que se le acercó haciendo una venia de cortesía a la japonesa con los brazos caídos. Akiko sintió que le subía un rubor tenue por las mejillas. Sin necesidad de preguntar para qué la invitaba el hombre con esa venia formal, ella se volvió hacia la dama del vestido celeste que se sentaba a su lado, para ver si podía dejar en sus manos el abanico que llevaba consigo. De manera inesperada, el oficial francés, con un asomo de sonrisa en las mejillas, le dijo sin ambages en japonés, marcado por un acento peculiar:

–¿Quiere bailar conmigo?

En seguida Akiko bailó el vals El bello Danubio azul con el oficial francés, que mostraba el rostro en relieve con los cachetes bronceados y el bigote tupido. Tan baja de estatura, ella apenas alcanzaba los hombros de su pareja con la mano calada por un guante largo, pero el hombre tan experimentado la condujo con destreza y se deslizaron juntos con agilidad en medio del gentío. El oficial le susurraba en francés una que otra palabra de galantería en momentos de distensión.

Akiko apenas contestaba con una sonrisa tímida al cariño del hombre mientras recorría la sala con su mirada; bajo el telón de seda morada con una inscripción teñida del blasón de la familia imperial y la bandera nacional de China, con los dragones serpenteando con garras hacia arriba, se veían floreros rebosados de crisantemos, algunos de color plata alegre y otros de oro solemne, que flameaban entre los bailarines movedizos. Agitadas por el viento melodioso, que la resplandeciente orquesta alemana emitía sin cesar, como cuando se destapa una botella de champaña. Las ondas humanas no dejaron de realizar ni un instante sus movimientos vertiginosos. Cuando la mirada de Akiko cruzó con la de una amiga suya, que también bailaba con un caballero, las dos cambiaron un cabeceo jubiloso de mutuo reconocimiento entre los pasos acelerados. Al siguiente segundo, ya aparecía otro bailarín ante los ojos de Akiko, vaya a saber de dónde, como una gran mariposa alborotada.

Durante todo este tiempo, Akiko estaba consciente de que los ojos del oficial se fijaban en cada uno de sus movimientos, evidenciando el gran interés que mantenía el extranjero, ajeno por completo a los hábitos japoneses, en la forma jovial de bailar de su pareja. ¿Una dama tan hermosa también viviría como una muñeca en casa de papel y bambú? ¿Comería con los delgados palitos de metal los granos de arroz servidos en una taza con dibujo de flores azules, tan pequeña como la palma de su mano? -Estas preguntas parecían dar vueltas en las pupilas del francés al son de su sonrisa afectuosa, lo cual le produjo a Akiko gracia y orgullo al mismo tiempo. Sus finos zapatos de baile color rosa se deslizaron con más presteza sobre el piso, cada vez que la mirada curiosa del francés bajaba hacia los pies.

Al cabo de algunos minutos, el oficial pareció darse cuenta de que su pareja estaba cansaba y le preguntó benévolo, escudriñando el rostro felino de la japonesa.

–¿Quiere seguir bailando?

–Non, merci –resollando, Akiko le contestó con franqueza.

Entonces el oficial francés, todavía marcando los pasos con el ritmo de vals, la condujo con donaire entre las olas de encajes y flores que se movían a diestra y siniestra, hasta depositarla al lado de un florero de crisantemos, pegado a la pared. Después de hacer la última pirueta, la sentó en una silla con la misma elegancia, irguiendo el busto de su uniforme para hacer otra venia servicial al estilo japonés.

 

Más tarde, Akiko bailó de nuevo una polka, y luego una mazurka con el mismo oficial francés, que después la llevó del brazo escalera abajo entre las tres hileras de crisantemos, blanco, amarillo y rosa, hacia el salón amplio de la planta baja.

En medio de las incesantes idas y vueltas de fracs y camisas blancas, se veían mesas que exhibían platos de plata y cristal, unos con una montaña de carne y setas, otros con torres de bocadillos y helados, y los demás con conos de higos y granadillas. En una pared que no alcanzaban a cubrir los crisantemos, se instalaba un enrejado hermoso de oro, al cual se enrollaba una zarcilla de uvas artificiales. De ahí colgaban como colmenas varios racimos que ostentaban el color violeta al fondo de las hojas verdes. Akiko distinguió a su padre calvo, que fumaba un puro, conversando con otro señor de la misma edad, justo delante del enrejado. Su padre le asintió satisfecho con un cabeceo al reconocerla, pero en seguida le dio la espalda para seguir conversando con su acompañante sin dejar de echar bocanadas de humo.

El oficial francés y Akiko arribaron a una mesa y probaron juntos unas cucharadas de helado. Mientras tanto, Akiko se daba cuenta de que los ojos de su pareja se detenían de cuando en cuando sobre sus manos, su cabello y su cuello tocado por una cintilla celeste. La mirada del francés estaba lejos de desagradarla, pero hubo momentos en que le despertaba la chispa de la sospecha femenina. Akiko aprovechó el momento en que pasaron al lado dos muchachas extranjeras, quizás alemanas, con una flor roja de camelia sobre los pechos cubiertos de terciopelo, para emitir una frase de admiración a manera de sondeo:

–Qué hermosas son las mujeres occidentales.

Al escucharlo, el oficial manifestó, con cara extrañamente seria, su desaprobación con movimientos de cabeza.

–Las mujeres japonesas también son bonitas. Usted, en particular…

–No es cierto.

–Se lo digo en serio. Podrá asistir tal como está a una fiesta de baile en París y de seguro dejará maravillado al público. Usted parece la princesa dibujada por Watteau.

Akiko no sabía quién era tal Watteau. Los pasados ilusorios –manantial en un bosque oscuro, rosas marchitas–, evocados por las palabras del oficial, se esfumaron al instante sin dejar huellas ante la ignorancia de la muchacha japonesa. Sin embargo, Akiko, siempre muy intuitiva, recobró la calma acudiendo al último recurso, mientras removía el helado con una cuchara:

–Me gustaría asistir a una fiesta de baile en París.

–Pero si es idéntica a ésta –dijo el oficial, observando las olas humanas y las flores de crisantemo que los rodeaban junto a la mesa. De repente se le cruzó un rayo de sonrisa irónica en las pupilas y agregó como en un monólogo, deteniendo el movimiento de la cuchara–: sea en París o donde sea, la fiesta de baile siempre es la misma.

 

Una hora después, Akiko y el oficial francés, todavía tomados del brazo, permanecían contemplando el cielo estrellado desde el balcón adjunto a la sala de baile, donde descansaban algunos japoneses y extranjeros.

Al otro lado del parapeto estaba el jardín sembrado en toda su extensión por las coníferas que traslucían bajo las ramas enrevesadas las lámparas redondas con luces difusas. Debajo de la capa del aire frío, la superficie de la tierra parecía irradiar un olor a musgo y hojas secas, como un triste suspiro del otoño tardío. En la sala de baile, las olas de encajes y flores proseguían sus vaivenes incesantes bajo el telón de seda morada con el blasón de la familia imperial. Y el torbellino producido por la orquesta aguda seguía mandando palizas inclementes a la masa humana.

El aire nocturno se sacudía sin cesar con cuchicheos y risas alegres sobre el balcón. Y casi se producía un revuelo entre los concurrentes cuando lanzaban una hermosa flor de fuego encima del bosque oscuro de coníferas. Mezclada en un grupo, Akiko sostenía de pie una conversación relajada con damas conocidas, pero pronto se dio cuenta de que el oficial francés, todavía tomado de su brazo, clavaba su mirada silenciosa en el cielo estrellado que se extendía sobre el jardín. Sospechando vagamente que se sentía nostálgico, Akiko alzó los ojos para observar el rostro del francés y le preguntó en un tono medio indulgente:

–Piensa en su país, ¿no es cierto?

Con los ojos aún sonrientes, el oficial se volvió hacia Akiko y le negó con un movimiento pueril de cabeza, en lugar de responderle con un “non”.

–Pero está muy pensativo.

–Adivine qué pienso.

En ese mismo instante hubo otro revuelo como un remolino entre la gente conglomerada en el balcón. Akiko y el oficial se quedaron mudos como si se tratara de un acuerdo mutuo, y dirigieron sus miradas hacia la bóveda celeste que avasallaba el bosque de coníferas. Una flor de fuego, configurada por trozos azules y rojos, se desvanecía rascando la oscuridad con sus tenazas. La imagen fugaz resultó tan bella que Akiko sintió una tristeza inexplicable.

–Pensaba en la flor de fuego, que se asemeja tanto a la vie humana –dijo el oficial francés en un tono aleccionador, bajando los ojos tiernos a la cara de Akiko.

 

2.

En otoño del año siete de Taisho, Akiko de antaño, actual señora H, se encontró por casualidad con un joven novelista, a quien había conocido en alguna otra ocasión, cuando viajaba en tren con rumbo a su quinta de Kamakura. El joven guardó sobre la parrilla el ramo de crisantemos que llevaba de regalo para sus amigos de Kamakura. Al ver las flores, la actual señora H se acordó de la anécdota inolvidable y le habló en detalle del baile celebrado hacía muchos años en la Casa Rokumei. El joven se interesó por esa forma peculiar de refrescar la memoria.

Cuando la señora terminó de relatar la historia, el joven le preguntó sin ninguna intención particular:

–¿No recuerda cómo se llamaba el oficial francés?

La respuesta de la señora fue inesperada:

–Claro que sí. Se llamaba Julien Viaud.

–Ah, fue Loti. Pierre Loti, autor de La señora Crisantemo.

El joven se emocionó de alegría, pero la vieja señora H, extrañada, solo le repitió en susurros insistentes:

–No, no se llamaba Loti. Era Julien Viaud, estoy segura.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

La conquista de la Luna

Julio Torri

 

…Luna,
Tú nos das el ejemplo
De la actitud mejor…

 

Después de establecer un servicio de viajes de ida y vuelta a la Luna, de aprovechar las excelencias de su clima para la curación de los sanguíneos, y de publicar bajo el patronato de la Smithsonian Institution la poesía popular de los lunáticos (Les Complaintes de Laforgue, tal vez) los habitantes de la Tierra emprendieron la conquista del satélite, polo de las más nobles y vagas displicencias.

La guerra fue breve. Los lunáticos, seres los más suaves, no opusieron resistencia. Sin discusiones en café, sin ediciones extraordinarias de El matiz imperceptible, se dejaron gobernar de los terrestres. Los cuales, a fuer de vencedores, padecieron la ilusión óptica de rigor –clásica en los tratados de Físico-Historia– y se pusieron a imitar las modas y usanzas de los vencidos. Por Francia comenzó tal imitación, como adivinaréis.

Todo el mundo se dio a las elegancias opacas y silenciosas. Los tísicos eran muy solicitados en sociedad, y los moribundos decían frases excelentes. Hasta las señoras conversaban intrincadamente, y los reglamentos de policía y buen gobierno estaban escritos en estilo tan elaborado y sutil que eran incomprensibles de todo punto aun para los delincuentes más ilustrados.

Los literatos vivían en la séptima esfera de la insinuación vaga, de la imagen torturada. Anunciaron los críticos el retorno a Mallarmé, pero pronto salieron de su error. Pronto se dejó también de escribir porque la literatura no había sido sino una imperfección terrestre anterior a la conquista de la Luna.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

lunes, 3 de agosto de 2026

Fortuna lo ha querido

Carlos Fuentes

 

A Gabriel García Márquez

 

Alejandro siempre había vivido en hoteles. Desde que llegó de Coahuila a los 22 años, pensó que mantener un estudio aislado y luminoso y un cuarto de hotel modesto y en penumbra era la manera de conciliar el trabajo con la vida privada; en el primero recibiría a los amigos, críticos y otros pintores y en el segundo a las amigas, sin peligros de corto-circuito: muy pronto descubrió que éstas, a menudo, eran las esposas o novias de aquéllos. Alejandro no era más vanidoso que el común de los mortales y a veces se preguntó ante el espejo –exagerando las muecas de un rostro móvil, que muchos encontraban parecido al del joven Peter Lorre– por qué tenía ese éxito con las mujeres.

–Los monstruos se han puesto de moda –le dijo, riendo, el joven crítico Rojas–. Karloff, Lugosi y tu sosias Lorre poseen una fascinación retrospectiva. Se les recuerda nostálgicamente como parte de una época en la que el mal necesitaba expresarse en símbolos extremos: vampiros, momias y sátiros de Dusseldorf. Hoy, cualquier adolescente enemigo de la peluquería posee más maldad interna que la que intentaban representar las mil máscaras de Lon Chaney. Además, las mujeres están perfectamente dispuestas a que un Drácula de la clase media les chupe la sangre al sonar la medianoche, de manera que la amenaza suprema del monstruo –violar la inocencia– es recibida con alegre aceptación.

Alejandro no sonrió. Continuó pintando sin mirar a Rojas. La tesis solo era cronométricamente inexacta: la mujer de Rojas, Libertad, nunca visitó a Alejandro en el cuarto de hotel después de las siete de la tarde. El artista trazó un pincelazo de siena quemado y recordó que la joven señora era una maniática del oxígeno. El único producto de aquel amor limitado a dos meses llenos de corrientes de aire fue una pulmonía severa. Alejandro suspiró y se retiró del caballete, dando la espalda a la luz que, a las 11 de la mañana, reivindicaba una transparencia ya más literaria que actual en el manto espeso e industrializado del valle de México. Acá arriba, en el Olivar de los Padres, la mañana lograba rescatar algunas horas límpidas al vaho ascendente de la ciudad, a las puntuales tolvaneras del mes de marzo, venganza de un lago seco y profanado. Y en los ojos del autorretrato descubrió la mirada cómicamente fría e intensa del monstruo con cabeza de huevo que, después de ver Las manos de Orlac, llenó de deliciosas pesadillas su niñez.

–¡Mira lo que me has hecho hacer con tu conversación! –gritó el pintor. Rojas alargó los brazos para pedirle que no tocara nada: era la súplica de un crítico que por vez primera lograba influir directamente sobre una pincelada y, de paso, el tema asegurado para la exégesis del nuevo autorretrato de Alejandro Sevilla, el prodigio, el renovador, el verdugo del muralismo ilustrativo y romántico, el primer artista mexicano que encontraba de nuevo la raíz helada y bárbara de la escultura indígena.

–¿Recuerdas tus primeras cosas? –sonrió Rojas–. Un Siqueiros de segunda, nos dijimos todos. Siempre lo he dicho: Sevilla vio a la Coatlicue y comprendió que la originalidad de México, el margen mínimo pero absoluto de nuestras vidas, es lo que no ha sido tocado por el Occidente. ¿Recuerdas ese artículo?

Alejandro apenas asintió, cerró los ojos y rozó la tela con los dedos. Embarró una gota de azul Prusia en el índice y lo frotó ligerísimamente sobre los ojos del cuadro: sus propios ojos lo observaron y poco a poco le sonrieron con el recuerdo de una y otra mujer oscura como la piedra de las iglesias, pálida como el aura de las montañas: esos cuerpos mexicanos en los que las selvas de color se posan y saltan y son felinos capturados en una carne fantasmal.

Frotó el espectro de sus ojos: –Está bien, ya no te llamaré Lola. –Pero no lo digas así. No soy Lola. Piensa que nunca tuve identidad. Yo nunca te he dicho “Alejandro”, ¿verdad? Tú eres mi placer y yo el tuyo. Llámame Fuerza y yo fuerza a ti. –Okey, Fuerza.

La crueldad cómica empezó a fundirse en la sombra real de la carne: –¿No vas a hablar, Lupe? Por eso me gustas. Sabes para lo que sirves. ¿Te das cuenta que nunca has pronunciado una sola palabra desde que te conocí y te invité al cuarto y me seguiste sin decir nada? ¡Qué idioteces dirías, Lupe, que tu inteligencia te vuelve muda! Así, así, cuero divino, pedazo de piel nerviosa, ¡qué ojos más brillantes tienes!, diosa de piedra blanda, shhh, ideal, nunca me distraigas, nunca me estorbes…

El brillo lejano y sonriente de los ojos se reunió al fin con un mal oculto que la falsa crueldad exterior impedía ver: –Creí que eras reteinocente. Todos dicen que eres medio boba. –Claro que soy inocente, Alejandro. ¿Hay algo más corrupto que la inocencia?

–Ven. Déjame ver si algo puede descomponer esa máscara prieta. ¿Dónde aprendiste tantas cosas, Adela?

–Espiaba a mi mamá. Ella se divertía más. Todo era pecado entonces –viva la pedagogía. –Es el reverso del método Montessori, mi amor.

Sin advertirlo, se rascó la mejilla.

–Siempre acabas como el Gran Jefe Pies Morados –rio el crítico y recorrió la figura del pintor, como si intentara memorizar las botas mineras, el pantalón de pana negra, la camisa azul de mezclilla, la cabeza de cortos rizos rubios, los ojos adormilados y saltones, la nariz corta y aguileña, los labios llenos y torcidos: el rostro de malicioso asombro.

Ahora vive en el Olivar de los Padres, cerca de un cementerio empinado, en una casa que se hizo construir con engañosa sencillez. Los muros encalados y el piso único esconden una serie de zócalos moriscos y de interiores en los que la madera oscura y la abundancia de huacos quechuas, figurillas olmecas y Judas de cartón logran filtrar la violenta luz del exterior enjalbegado y reducirla a una exactitud porosa.

Abandonó el hotel con la exhibición del año 63. Alejandro siempre ha sufrido desplomes afiebrados después de presentar una nueva colección de cuadros, pero ahora el temor de repetirse, el rumor de una creatividad menguante y el esfuerzo por superar ambos, convirtieron al artista en una gelatina escondida bajo un enorme abrigo con cuello y solapas de piel de borrego. Tembloroso, salió de la galería sin decir palabra: esas pinturas pálidas de seres en los cuales el choque entre el orden exterior y el desorden interno se invertía para afirmar el orden de la angustia frente al desorden de la realidad, dijeron lo suyo y Alejandro, cerca del desmayo, corrió a encerrarse en el cuarto de hotel que ocupaba en las calles de Luis Moya.

Se desvistió, se fregó alcohol en el pecho, las piernas y la frente y apartó las sábanas. Acurrucada en la cama estaba esa mujer vestida, pequeña y argentina por partida doble: nacionalidad y cabellera. Alejandro dice que gritó de angustia; la mujer dice que se presentó –Dulce Cúneo– arguyendo un viaje en automóvil desde la Patagonia para conocer a su héroe y, lejos de exigirle algo, entregarle todo. Una visión de fatiga mortal sacudió la mente del pintor; por sus ojos afiebrados pasaron las imágenes del Comienzo, mayúsculo y de concreción metafísica: del Eterno Inicio no requerido, como de costumbre, pero esta vez, también, inaceptable. Atarantado, vio a la pequeña argentina llevarse las dos manos a una cadera, como si pensara iniciar un paso de baile o un asalto bizetiano, si no algún deporte de su particular invención (y él recordó los murales de Creta, en los que las mujeres de pechos desnudos inauguran la acrobacia taurina) para desembocar en el anticlímax de bajar el zipper de la falda y dejarla caer al piso. La presencia de la mujer minúscula con las piernas desnudas, las ligas complicadas, el saquillo abotonado hasta el cuello y el rostro maquillado en una serie de arcos bucales y capilares, provocó la náusea del pintor; se arrojó sobre la cama, ocultó el rostro entre las almohadas y gimió: – Váyase, por favor, váyase. Me siento muy mal. No puedo ahora– mientras intentaba localizar un espejo interno en el que las mujeres fuesen siempre, si no la prolongación, al menos el reflejo externo, visible –objetivamente secreto– de las aristas ocultas de Alejandro Sevilla. En vano buscó la correspondencia entre el artista enamorado y la hembra minúscula, locuaz, tan obviamente emancipada, que lo acosaba con caricias, saltaba sobre la cama y explicaba que, a partir de Victoria Ocampo, no había intelectual argentina sometida a las viejas reglas feudales del mundo español: –Che, dejate asombrar un poco, ¿querés?

Alejandro lanzó un suspiro ronco y se dejó hacer.

Cuando despertó, Dulce, con una sábana enrollada al cuerpo, ya había ordenado un magro desayuno continental y mojaba un cuerno en la taza de café con leche. Alejandro, bañado en sudor, no quiso escuchar la catarata de noticias –Dulce había creído que sería difícil introducirse a la recámara; el botones le facilitó todo; ya se veía que las mujeres entraban y salían como el gaucho por sus pagos; nunca soñó que todo sería tan perfecto; él ni siquiera se movió; la dejó tomar las iniciativas: era tener la chancha y los veintes: hacer lo del hombre y sentir lo de la mujer; ella era feminista y moderna; fue la noche más feliz de su vida; el ambiente era cínico, espontáneo y civilizado; le hacía recordar las escenas de amor de À bout de souffle; ¿eso no lo habían pasado en México?; sí, Buenos Aires era más europea.

Alejandro cerró los ojos y Dulce le acomodó las almohadas bajo la nuca y los brazos. Esperó en silencio a que la mujer se retirara. A veces abrió el ojo izquierdo. A veces el derecho. La argentina estaba en el baño. Se vestiría. Se iría. Salió envuelta en la sábana y con el lápiz labial en la mano. Sonrió como un pequeño súcubo delirante: se había fabricado unas largas patillas enroscadas y pegadas con cinta celulosa a los carrillos amarillentos. Se subió a una silla y empezó a pintarrajear las paredes. Alejandro abrió los ojos y gritó: la mujercita escribía poemas en rojo, declaraciones de amor, endecasílabos porteños en los que “vos” (Alejandro Sevilla) rimaba con “atroz” (la agonía de Dulce) y “querés” (la interrogante innecesaria) con “vez” (la próxima, anunciada y fatal). Cayeron cuadros y espejos: el poema siguió su camino de pared en pared y Alejandro mascó varias aspirinas negando con la cabeza, sin querer aceptar el horroroso asombro, empapado en el sudor febril y tratando de imaginar un nuevo cuadro, una serie de cuadros a partir del resumen que, apenas anoche, había logrado concebir de su obra anterior. Vos, querés, vez, atroz. Rojas entró con los recortes de prensa. La enana le dijo “Chao, petiso” y siguió escribiendo en las paredes antes de concluir, agotada, y meterse a la cama con Alejandro.

–Llévensela, llévensela –logró murmurar el pintor.

Dulce jugueteaba con él bajo las sábanas; Rojas leía las críticas de la exposición; Alejandro emitió el chillido corto de una ardilla profanada.

Tres días después, Dulce Cúneo fue deportada por Gobernación y Alejandro, ojeroso y mudo, pagó los desperfectos, abandonó el hotel y compró el terreno del Olivar de los Padres.

Viajó a Europa y los Estados Unidos mientras le construían la casa. Su fe en el arquitecto Boyer le permitió dedicar ocho meses a lo que Flaubert llamó la plus grande débauche que, para Alejandro, se tra-du-jo en un primer plano insoportable de hoteles, comidas pesadas, cambios de moneda, aduanas, esperas en agencias de viaje, trasbordos de aviones a trenes y de trenes a taxis, propinas, conserjes, meseros, choferes; un segundo plano borroso de perfiles urbanos y calles rescatadas del olvido –los mods en Soho Square, vestidos al estilo de Oscar Wilde–; el crucero más animado de París –St. Germain, rue Bonaparte, rue de Seine– desde los altos de Chez Lippe; Bleeker Street la noche del sábado con su mascarada persecutoria de Genet actualizado –negros, judíos, gentiles, pieles rojas–: puritanos de una perpetua fundación en la roca de Plymouth de la imaginación exiliada; un tercer plano secreto, voluntariamente inconsciente de exposiciones apenas vistas entre pestañas tejidas, de dos o tres películas diarias –Palais de Chaillot, Academy Cinema, The New Yorker–; una parisiense que hablaba como personaje de Antonioni (“Sé que nunca te amaré. No podré amarte este año. El entrante, quizás. Entonces habré ido a Málaga. No es cierto. Salgamos a caminar. Si te aburres bastante, podré amarte en seguida”); una londinense que hablaba como personaje de D. H. Lawrence (“Traes el Sur entre los muslos, tienes El Dorado en los ojos y la sangre negra de un sol de sacrificios para fecundar mi bruma; tírate al tapete, Alec”); una neoyorquina que hablaba como personaje de Jack Richardson (“No llegaría a primera base si tú fueras mi padrote, Alex. Archívalo. Hagamos un esfuerzo por mantener nuestra reputación. Oooops, por ahí ya no. No seas cuadrado”). Guinness is Good for You. Dubo Dubon Dubonnet. The Pause that Refreshes. Je Vous Ai Compris! Dont Let Labour Ruin It! Go with Goldwater!

Cerveza Superior, la Rubia de Categoría –México construye con Cementos Anáhuac –Democracia y Justicia Social: Alejandro guiñó detrás de los espejuelos negros mientras el taxi lo conducía del aeropuerto a lo largo de las avenidas anchas y solitarias de una madrugada de humo y tortilla quemada. Arrojó la maleta de lona al piso y giró sobre los talones en la nueva casa, ciega y blanca, del Olivar de los Padres.

Rojas se cruzó de brazos y observó con extrañeza la nueva paleta: rojos, negros, blancos, aluminios puros.

–¿Viste mucho cine?

Alejandro se rascó el cuello frente a la tela limpia.

–La grafía en movimiento, ¿me entiendes? No como la danza, que es el movimiento alegórico. No, no, no. Gracias al cine el movimiento real se vuelve arte: abrir la puerta, caminar por la calle, menear una cuchara dentro de la taza. Eso es, Rojas. La naturaleza y el artificio son idénticos en el cine. Entonces no hace falta quebrarse la cabeza. El mundo exterior y el mundo de la obra de arte son iguales. No necesitas explicar socialmente el arte por la necesidad de entender algo ya que no entiendes el mundo de la obra de arte que contemplas. Se acabó. Basta de explicaciones: la obra es la realidad, no su símbolo, su expresión o su significado. Pero, ¿cómo, Rojas? Tengo que encontrarlo.

Adela lo buscó. –Ya sabes dónde encontrar las cosas, divina. En el refrigerador hay sándwiches de paté listos. Si quieres pon los discos que traje. El baño está al fondo. Las botellas detrás de una celosía en el estudio. Diviértete. Voy a dormir un rato.

Se mordió la uña y observó con disgusto el primer esbozo del cuadro. –Voy a terminarlo por disciplina, Rojas. ¿Sabes lo que pasa? Que estoy viendo. Llevamos seis siglos usando los ojos para pintar. Todo es óptica. ¿Te das cuenta qué limitación? Línea, color, modelado, perspectiva, sombra –o geometría, impresión, forma; todo es visual, como si no tuviéramos otros órganos. Estoy furioso conmigo, te lo juro. Me he tardado 11 años en descubrirlo. De Giotto a Mondrian, todos están jodidos: todos tratan de usar sus ojos, la pintura no es más que un Lazarillo. Ahí está, Edipo solo entendió cuando se quedó ciego, ¿no es cierto? Con los ojos bien abiertos no se enteró de nada. Ahora tengo que reventarme los ojos para empezar a pintar de veras.

Lupe lo volvió a buscar. –Oye, Johnny Belinda, hazme el favor de venir a la cocina. Eso. ¿Qué haces en la mañana? Mira. Repítelo todo. ¿No me digas que cuando estás sola hablas o canturreas? Loado sea J. C. Anda, haz como que preparas tu desayuno. Rebana las naranjas. Muy bien. Ahora te la pongo más difícil. Estrella los huevos. Así. Con violencia. Gran impresión. Padre. Pon a tostar el pan. Allí en la parrillita. Que quede bien cuadriculado. ¡Abre el cartón de cereales, Lupe! Detente. Así. Muda, muda, muda.

El cuadro se llenó de luces nocturnas: una selva de anuncios sobre los edificios oscuros. –Ya sé que no sirve, no me mires así. Espera. Primero hay que esconder lo que al fin desnudaremos. ¿Cuánto tardaron en darse cuenta que los conos y esferas de Cézanne eran peras y manzanas? ¿Cuánto tardaron en darse cuenta que los puntos de Seurat eran una playa y las luces de Monet una estación de ferrocarril? Ya sé que no basta pintar una fábrica para dar la idea de la dinámica industrial. Ya sé que no basta este paisaje nocturno con sus anuncios de jabón y cerveza; espera, Rojas, por favor espera. Tengo que darlo primero así para después quitarle todos esos prestigios falsos: el recuerdo, el tiempo, la anunciación. Tengo que matar todo eso. Me niego desde ahora a decir que hay progreso en la pintura, aunque tu buen gusto lo llame “promesa”, o tradición, que tú llamarías “memoria”, o el tiempo entre los dos para hacer objetivo un cuadro. Me niego. Espera.

Lola volvió a buscarlo. –Cállate la boca. Si vuelves a decir que no sabemos nuestros nombres, te juro que te rompo la cara. Híncate. Bésame las manos. Miserable juguetito de hulespuma. ¿Crees que te dejo entrar a mi casa para que sueltes ideas idiotas? Levanta la cara. Mírame. ¿Qué quieres? ¿Que haga pintura con mi biografía, o con mi autobiografía, que es peor? ¿Crees que te vas a dar el lujo de ser mi inspiración o mi estado de ánimo? ¿O de distraer mi concentración? Ándale. Solo sirves para protegerme de la locura o el suicidio. Me acuesto contigo para no castrarme o llegar temblando con el psiquiatra. Me acuesto contigo y con Lupe y con Adela para agotar en ustedes mi biografía e impedir que llegue a jorobar mi pintura. Y para no tener que empezar otra vez. ¿Sabes lo que cuesta iniciar un amor, decir otra vez las mismas palabras y creer que los mismos actos son nuevos? ¿Andarse escondiendo de padres, hermanos y maridos? No creas que voy a jugar al Van Gogh con mi orejita. Arráncate esos trapos. Ándale. Protégeme del amor. Estás aquí porque no me creas problemas.

Se apartó del segundo lienzo con las manos sobre los labios y la mirada brillante. –¿Ahora te das cuenta, Rojas? Antes quise decir que entre nosotros era posible un arte sagrado. Todas mis figuras eran la representación del lado oscuro, de la mitad oculta y sacramental que seguía siendo una manera de nuestra totalidad. Ustedes tenían razón: era la Coatlicue en su reino actual, Tezcatlipoca en una cantina, Xipe Totec en un camión Penitenciaría-Panteones. No era verdad, Rojas, te lo juro. El arte solo es sagrado cuando la naturaleza es peligrosa. Necesita un cielo y un infierno, una opción extrema fuera de la tierra. Muy bien. Entonces la tierra y el hombre tratan de sacralizarse a sí mismos en el tiempo. Muy bien. Voy más allá. Ni la tierra ni el hombre son ya sagrados. Esto es lo sagrado. Esta profanación final. Esto que les ofrezco. No los buenos sentimientos, ni la figura humana, ni la materia liberada, ni la luz ni el puro rombo. No. Aquí está lo único sagrado: la negación de lo sagrado. Lo que ellos usan.

Alejandro extendió los dedos hacia el cuadro terminado. La reproducción perfecta de un tarro de café en polvo. Un pomo de vidrio con una tapa y una etiqueta roja y las letras NESTLÉ CAFÉ INSTANTÁNEO SIN CAFEÍNA, HECHO EN OCOTLÁN, JAL. MARCA REG.

–Yo he hecho lo que he podido; Fortuna, lo que ha querido –sonrió Rojas.

Un cuadro era solo un cuadro. Alejandro, al fin, se sintió a sus anchas en la casa del Olivar de los Padres. Caminó mucho por la ciudad, deteniéndose durante horas a observar los muros con la propaganda del partido oficial y la imagen de su candidato, los carteles de películas mexicanas, las mercancías expuestas en Minimax. Adquirió viejos ejemplares de historietas cómicas y románticas y claveteó las paredes del estudio con recortes que integraban la historia del comic-book mexicano, de don Catarino, Chupamirto y Mamerto a la familia Burrón y los fumetti de José G. Cruz, pasando por el Pepín, el Chamaco Chico y los Supersabios. Esperó con impaciencia los comerciales de la televisión que interrumpían sin consideración sus amadas películas de los treintas. Y Bogart, la Bacall, Errol Flynn, Joan Crawford, ¿no eran los modelos de consagración personal –gesto, vestido, metafísica–? Comenzó, inseguro, a pintar con las líneas simplísimas de un cartón cómico los rostros de Humphrey y Lauren en The Big Sleep y, antes de caer en el suyo, leyó, una tras otra, las novelas de Raymond Chandler. Y Adela, Lola y Lupe siguieron visitándolo puntuales, consuetudinarias, dóciles, parte de la familia, sobriamente ajenas al trabajo de Alejandro Sevilla, aunque sorprendidas por su lenta y reflexiva postura de observación –casi de fetichismo– frente a unos calcetines de tenis, una botella de agua gaseosa o la cubierta de un disco popular.

–Tienes que salir. ¿Te has visto al espejo? –Rojas lo tomó de los hombros y lo condujo al botellón amarillo de pulquería en el que Alejandro se reflejó, más que nunca, como un cóncavo sátiro que ofrecería dulces a las niñas.

En la penumbra del apartamento, el martillo de Trini López reinaba sobre las parejas severamente enfrentadas en el ejercicio del surf. Alejandro aceptó una cuba libre y luego se abrió paso entre las piernas rígidas y las caderas temblorosas y los brazos caprichosos y se recargó contra la pared del fondo del salón. Vio pasar a Rojas, arrastrado por su mujer: Libertad se abanicó el pecho con las manos y abrió las ventanas sobre la calle de Elba. Desde este séptimo piso la ciudad era el hemiciclo de un escenario en el que las máscaras del proscenio subrayaban la convencionalidad del telón de fondo –y también su propio, aceptado artificio–. Alejandro vio al dueño de casa en pleno deporte, vestido con un kimono de seda. Era Vargas, el joven director teatral, y los muros de la habitación recogían, fundiéndolas, las pastas faciales de la larga carrera de Lotte Lenya, desde la joven y ojerosa prostituta de La ópera de tres centavos hasta una reciente aparición, vieja, lésbica y provista de zapatos con dagas, al lado del Agente 007. El salón era santuario –y cripta– del mundo de Brecht y Weill: no solo contaba con las fotos de las grandes producciones musicales del Berlín de entrambas guerras, sino con los detalles de mobiliario y decoración que, ayer apenas condenados al limbo de la cursilería, regresaban hoy con todas las glorias de la nostalgia: una falsa bella época y su prolongación en el art nouveau colgaba, aprovechando el carácter fungible del apartamento moderno, en un bosquejo de cortinajes de terciopelo, lámparas de cuentas y sillones con fleco.

La preciosa mujer pelirroja de Vargas apareció con unas mallas de encaje negro y un bombín al tiempo que terminó el disco y una muchacha de pelo negro y ojos azules se desprendió del baile colectivo y, girando, fue a detenerse contra el muro del fondo. Apretó las manos sobre el estómago. Alejandro la observó y siguió bebiendo. La muchacha recuperó el aliento admirando la gracia con que la mujer de Vargas cantaba el Alabama song entre los aplausos y risas de los invitados. La molestia interna de Alejandro duró un segundo: el del desplazamiento mental de una lata de piña en conserva al perfil de la muchacha, casi escondido por el pelo negro, largo y lacio, que se adelantaba hasta encontrar las comisuras de los labios sin pintar. Sonreía, fatigada. Saludó de lejos a alguien y cruzó los brazos sobre el regazo. Alejandro trató de esquivar la mirada y recobrar la imagen de la lata de piña. La muchacha miró a su alrededor. Movió dos dedos, sonriendo, al encontrar a Alejandro. El pintor sacó la cajetilla y le ofreció un Raleigh.

Ella dijo: –Thanks. I’m Joyce.

Alejandro encendió el cerillo y lo acercó al rostro de Joyce: –¿Puedo decirle una cosa?

Joyce levantó la mirada. Alejandro no quiso comparar esos ojos azules con nada y menos convocar el recuerdo de un efebo en bronce rescatado del mar cerca de un cabo ático de nombre perdido, pero importante porque no significaba nada, no pretendía celebrar una victoria o lamentar una muerte, sino ser él mismo, sorprendido en su esbeltez cotidiana. Los dedos largos y las caderas estrechas. Joyce acercó el cigarrillo al fuego.

–Creo que es usted la mujer más hermosa que he visto.

Joyce aspiró el humo. No pudo disfrazar la confusión que enrojeció su rostro.

–Mi marido es aquel –indicó con el cigarrillo–. El que corea la canción en cuclillas.

–¿Él no te lo ha dicho nunca?

Joyce miró fijamente a Alejandro: –Los sajones nunca dicen lugares comunes. –Sonrió–. Por eso me gustan los latinos. –Bajó la mirada–. Bueno, usted es el primero que me dice eso.

–¿Qué hacen aquí?

–Somos arqueólogos. Nos vamos a doctorar este año. Stanford. Estamos haciendo la tesis aquí. Ya estuvimos en Yucatán, en Palenque y en Xochicalco. Pasado mañana vamos a Tula.

Joyce frunció el ceño. Alejandro le tomó la mano.

–No me distraigas –dijo secamente la muchacha–. Ya tuve todas las aventuras necesarias. El amor no es este juego de sillas musicales. Te lo digo en serio. Bastante es llegar a conocerlo con un solo hombre. Es indirecto, es secreto, es paradójico y no está en las emociones más obvias. No quiero la gran pasión latina.

–Joyce, no me gustan los prólogos. ¿Puedes salir ahora conmigo?

–Tengo que irme con mi marido. Te espero mañana a las 12 en la sucursal del National City Bank.

Se fue, vestida con sus gasas de color lila, descotada, alta, ondulante y seria. Todos aplaudieron y alguien puso un disco de bossa nova. Alejandro bajó con lentitud por las escaleras. El ascensor había dejado de trabajar a las 11.

Entró poco después del mediodía al edificio de fachada barroca y, en el interior modernizado, la buscó entre los canceles de madera y sillas de cuero. Estaba sentada frente a un funcionario. Tenía una pañoleta en la cabeza y usaba anteojos oscuros. Sin el maquillaje, se le veían las pecas. Él se acercó y se dieron la mano.

–Estoy cambiando nuestra mensualidad. En seguida quedo libre.

Recogió el dinero y se levantó. Parecía mucho más baja con los huaraches y llevaba una bolsa de mercado con algunas latas y un muñeco a caballo, de petate tejido.

–Es para mi hijo –sonrió cuando salieron a la luz reverberante de Isabel la Católica–. Le encantan los juguetes mexicanos.

–Estoy en el estacionamiento –dijo Alejandro. La tomó del codo y cruzaron la calle.

–Tengo que pasar a Excélsior a poner un aviso –dijo Joyce mientras el Opel avanzaba lentamente por 5 de Mayo, perseguido por los ubicuos vendedores de billetes de lotería.

–¿Hay tiempo para un café juntos? –Alejandro se quitó las gafas negras y apretó las manos de Joyce.

–Primero déjame poner el aviso. Necesitamos una nana para el niño. –Joyce también apretó la mano de Alejandro; Alejandro llevó la de Joyce a sus labios. Los claxons se enfurecieron. Los dos se observaron con risa y el Opel volvió a avanzar.

–Ya me dijeron quién eres. Admiro mucho tus cosas. Todos dicen que es lo único cercano al arte indígena visto en la vida moderna. Pero conste que me gustaste desde antes.

–Joyce. Me gustas cantidad. Te lo juro. Mira cómo me pones. Te toco y enloquezco.

–No. Por favor. Aquí está el periódico. ¿Bajas conmigo?

–Mira: estaciono y te espero en la Librería Francesa. Luego nos tomamos un café al lado.

–O.K.

Joyce bajó y corrió hacia las oficinas del diario. Alejandro entró al estacionamiento y en seguida caminó media cuadra a la librería.

–Buenos días –le dijo Lisette–. Ya llegaron sus libros.

Se hincó frente a un casillero y sacó los volúmenes y Alejandro hojeó las láminas de Delaunay y se dijo que todo era luz, sin objetos: el final de Rembrandt. Miró su reloj. Paseó la mirada por la cálida librería, con sus altos estantes y escalerillas sobre ruedas, los ceniceros bien distribuidos y el ramo de azucenas en la mesa redonda del centro. Llegó con los libros bajo el brazo a la caja y pagó.

Salió de la librería al Paseo de la Reforma.

Se detuvo un instante; en seguida caminó con rapidez al estacionamiento, pagó y subió al Opel. Arrancó por la lateral y dio vuelta a la derecha en Bucareli.

La nueva exposición de Alejandro se inauguró la semana pasada y fue un escándalo. Lo han acusado de negarse a sí mismo, de darle la espalda al país y de plagiar descaradamente el Pop Art. Rojas acaba de escribir un artículo en defensa de Sevilla. Se titula “La sacralización de lo baladí”. Adela, Lola y Lupe ya desaparecieron. La exposición conjuró a varias nuevas mujeres que hoy se reparten los días de la semana en la casa del Olivar de los Padres. Todos dicen que, buen o mal artista, Alejandro es un Donjuán afortunado e impenitente. Hace poco le recordé que ya cumplió 33 años y que debe pensar en casarse algún día. Alejandro solo me miró con tristeza.

 

(Tomado de Fuentes, Carlos, Cantar de ciegos, Joaquín Mortiz, México, 1964)