domingo, 6 de septiembre de 2026

Los ojos de Judas

Abraham Valdelomar

 

I

El puerto de Pisco aparece en mis recuerdos como una mansísima aldea, cuya belleza serena y extraña acrecentaba el mar. Tenía tres plazas. Una, la principal, enarenada, con una suerte de pequeño malecón, barandado de madera, frente al cual se detenía el carro que hacía viajes “al pueblo”; otra, la desolada plazoleta donde estaba mi casa, que tenía por el lado de oriente una valla de toñuces; y la tercera, al sur de la población, en la que había de realizarse esta tragedia de mis primeros años.

En el puerto yo lo amaba todo y todo lo recuerdo porque allí todo era bello y memorable. Tenía nueve años, empezaba el camino sinuoso de la vida, y estas primeras visiones de las cosas, que no se borran nunca, marcaron de manera tan dulcemente dolorosa y fantástica el recuerdo de mis primeros años que así formose el fondo de mi vida triste. A la orilla del mar se piensa siempre; el continuo ir y venir de olas; la perenne visión del horizonte; los barcos que cruzan el mar a lo lejos sin que nadie sepa su origen o rumbo; las neblinas matinales durante las cuales los buques perdidos pitean clamorosamente, como buscándose unos a otros en la bruma, cual ánimas desconsoladas en un mundo de sombras; las “paracas”, aquellos vientos que arrojan a la orilla a los frágiles botes y levantan columnas de polvo monstruosas y livianas; el ruido cotidiano del mar, de tan extraños tonos, cambiantes como las horas; y a veces, en la apacible serenidad marina, el surgir de rugidores animales extraños, tritones pujantes, hinchados, de pequeños ojos y viscosa color, cuyos cuerpos chasquean las aguas al cubrirlos desordenadamente.

En las tardes, a la caída del sol, el viaje de los pájaros marinos que vuelven del norte, en largos cordones, en múltiples líneas, escribiendo en el cielo no sé qué extrañas palabras. Ejércitos inmensos de viajeros de ignotas regiones, de inciertos parajes que van hacia el sur agitando rítmicamente sus alas negras, hasta esfumarse, azules, en el oro crepuscular. En la noche, en la profunda obscuridad misteriosa, en el arrullo solemne de las aguas, vanas luces que surgen y se pierden a lo lejos como vidas estériles… en mi casa, mi dormitorio tenía una ventana que daba hacia el jardín, cuya única vid desmedrada y raquítica, de hojas carcomidas por el salitre, serpenteaba agarrándose en los barrotes oxidados. Al despertar abría yo los ojos y contemplaba, tras el jardín, el mar. Por allí cruzaban los vapores con su plomiza cabellera de humo que se diluía en el cielo azul. Otros llegaban al puerto, creciendo poco a poco, rodeados de gaviotas que flotaban a su lado como copos de espuma y, ya fondeados, los rodeaban pequeños botecillos ágiles. Eran entonces los barcos como cadáveres de insectos, acosados por hormigas hambrientas.

Levantábame después del beso de mi madre, apuraba el café humeante en la taza familiar, tomaba mi cartilla e íbame a la escuela por la ribera. Ya en el puerto, todo era luz y movimiento. La pesada locomotora, crepitante, recorría el muelle. Chirriaban como desperezándose los rieles enmohecidos, alistaban los pescadores sus botes, los fleteros empujaban sus carros en los cuales los fardos de algodón hacían pirámide, sonaba la alegre campana del “cochecito”; cruzaban en sus asnos pacientes y lanudos, sobre los hatos de alfalfa, verde y florecida en azul, las mozas del pueblo; llevaban otras en cestos de caña brava la pesca de la víspera, y los empleados, con sus gorritas blancas de viseras negras, entraban al resguardo, a la capitanía, a la aduana y a la estación del ferrocarril. Volvía yo antes del mediodía de la escuela por la orilla cogiendo conchas, huesos de aves marinas, piedras de rara color, plumas de gaviotas y yuyos que eran cintas multicolores y transparentes como vidrios ahumados, que arrojaba el mar.

 

II

Mi padre, que era empleado en la aduana, tenía un hermoso tipo moreno. Faz tranquila, brillante mirada, bigote pródigo. Los días de llegada de algún vapor vestíase de blanco y en la falúa rápida, brillante y liviana, en cuya popa agitada por el viento ondeaba la bandera, iba mar afuera a recibirlo. Mi madre era dulcemente triste. Acostumbraba llevarnos todas las tardes a mi hermanita y a mí a la orilla a ver morir el sol. Desde allí se veía el muelle, largo con sus aspas monótonas, sobre las que se elevaban las efes de sus columnas, que en los cuadernos, en la escuela, nosotros pintábamos así:

f f f f xxxxxxx

Pues de los ganchitos de las efes pendían los faroles por las noches. Mi padre volvía por el muelle, al atardecer, nos buscaba desde lejos, hacíamos señales con los pañuelos y él perdíase un momento tras de las oficinas al llegar a tierra para reaparecer a nuestro lado. Juntos veíamos entonces “la procesión de las luces” cuando el sol se había puesto y el mar sonaba ya con el canto nocturno muy distinto del canto del día. Después de la procesión regresábamos a casa y durante la comida papá nos contaba todo lo que había hecho en la tarde.

Aquel día, como de costumbre, habíamos ido a ver la caída del sol y a esperar a papá. Mientras mi madre sobre la orilla contemplaba silenciosa el horizonte, nosotros jugábamos a su lado, con los zapatos enarenados, fabricando fortalezas de arena y piedras, que destruían las olas al desmayarse junto a sus muros, dejando entre ellos su blanquísima espuma. Lentamente caía la tarde. De pronto mamá descubrió un punto en el lejano límite del mar.

–¿Ven ustedes? –nos dijo preocupada–, ¿no parece un barco?

–Sí, mamá –respondí–. Parece un barco…

–¿Vendrá papá? –interrogó mi hermana.

–Él no comerá hoy con nosotros, seguramente –agregó mi madre–. Tendrá que recibir ese barco. Vendrá de noche. El mar está muy bravo –y suspiró entristecida…

El sol se ahogó en sangre en el horizonte. El barco se divisó perfectamente recortado en el fondo ocre. Sobre el puerto cayó la noche. En silencio emprendimos la vuelta a casa, mientras encendían el faro del muelle y desfilaba “la procesión de las luces”. Así decíamos a un carro lleno de faroles que salía de la capitanía y era conducido sobre el muelle por un marinero, quien a cada cincuenta metros se detenía, colocando sobre cada poste un farol hasta llegar al extremo del muelle extendido y lineal; mas, como esta operación hacíase entrada la noche, solo se veían avanzando sobre el mar, las luces, sin que el hombre ni el carro ni el muelle se viesen, lo que daba a ese fanal un aspecto extraño y quimérico en la profunda obscuridad de esas horas.

Parecía aquel carro un buque fantasma que flotara sobre las aguas muertas. A cada cincuenta metros se detenía, y una luz suspendida por invisible mano iba a colgarse en lo alto de un poste, invisible también. Así, a medida que el carro avanzaba, las luces iban quedando inmóviles en el espacio como estrellas sangrientas; y el fanal iba disminuyendo su brillor y dejando sus luces a lo largo del muelle, como una familia cuyos miembros fueran muriendo sucesivamente de una misma enfermedad. Por fin la última luz se quedaba oscilando al viento, muy lejos, sobre el mar que rugía en las profundas tinieblas de la noche.

Cuando se colgó el último farol, nosotros, cogidos de la mano de mi madre, abandonamos la playa tornando al hogar. La criada nos puso los delantales blancos. La comida fue en silencio. Mamá no tomó nada. Y en el mutismo de esa noche triste, yo veía que mamá no quitaba la vista del lugar que debía ocupar mi padre, que estaba intacto con su servilleta doblada en el aro, su cubierto reluciente y su invertida copa. Todo inmóvil. Solo se oía el chocar de los cubiertos con los platos o los pasos apagados de la sirviente, o el rumor que producía el viento al doblar los árboles del jardín. Mamá solo dijo dos veces con su voz dulce y triste:

–Niño, no se toma así la cuchara…

–Niña, no se come tan de prisa…

 

III

Papá debió volver muy tarde, porque cuando yo desperté en mi cama, sobresaltado al oír una exclamación, sonaron frías, lejanas, las dos de la madrugada. Yo no oí en detalle la conversación, de mis padres; pero no puedo olvidar algunas frases que se me han quedado grabadas profundamente.

–¡Quién lo hubiera creído! –decía papá–. Tú conoces a Luisa, sabes cuán honorable y correcto es su marido…

–¡No es posible, no es posible! –respondió mi madre, con voz medrosa.

–Ojalá no lo fuese. Lo cierto es que Fernando está preso; el juez cogió al niño y amenazó a Luisa con detenerlo si ella no decía la verdad, y ya ves, la pobre mujer lo ha declarado todo. Dijo que Fernando había venido a Pisco con el exclusivo objeto de perseguir a Kerr, pues había jurado matarlo por una vieja cuestión de honor…

–¿Y ella ha delatado a su marido? ¡Qué horrible traición, qué horrible! ¿Y qué cuestión ha sido ésa?…

–No ha querido decirlo. Pero, admírate. Esto ha ocurrido a las cuatro de la tarde; Kerr ha muerto a las cinco a consecuencia de la herida, y cuando trasladaban su cadáver se promovió en la calle un gran tumulto, oímos gritos y exclamaciones terribles, fuimos hacia allí y hemos visto a Luisa gritar, mesarse los cabellos y, como loca, llamar a su hijo. ¡Se lo habían robado!

–¿Le han robado a su hijo?

Sentí los sollozos de mi madre. Asustado me cubrí la cabeza con la sábana y me puse a rezar, inconsciente y temeroso, por todos esos desdichados a quienes no conocía.

Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, Bendita eres

Al día siguiente, de mañana, trajeron una carta con un margen de luto muy grande y papá salió a la calle vestido de negro.

 

IV

Recuerdo que al salir de la población, pasé por la plazuela que está al fin del barrio “del Castillo” y empecé a alejarme en la curva de la costa hacia San Andrés, entretenido en coger caracoles, plumas y yerbas marinas. Anduve largo rato y pronto me encontré en la mitad del camino. Al norte, el puerto ya lejano de Pisco aparecía envuelto en un vapor vibrante, veíanse las casas muy pequeñas, y los pinos, casi borrados por la distancia, elevábanse apenas. Los barcos del puerto tenían un aspecto de abandono, cual si estuvieran varados por el viento del Sur. El muelle parecía entrar apenas en el mar. Recorrí con la mirada la curva de la costa que terminaba en San Andrés. Ante la soledad del paisaje, sentí cierto temor que me detuvo. El mar sonaba apenas. El sol era tibio y acariciador. Un ave marina apareció a lo lejos, la vi venir muy alto, muy alto, bajo el cielo, sola y serena como un alma; volaba sin agitar las alas, deslizándose suavemente, arriba, arriba. La seguí con la mirada, alzando la cabeza, y el cielo me pareció abovedado, azul e inmenso, como si fuera más grande y más hondo y mis ojos lo miraran más profundamente.

El ave se acercaba, volví la cara y vi la campiña tierra adentro, pobre, alargándose en una faja angosta, detrás de la cual comenzaba el desierto vasto, amarillo, monótono, como otro mar de pena y desolación. Una ráfaga ardiente vino de él hacia el mar.

En medio de esa hora me sentí solo, aislado, y tuve la idea de haberme perdido en una de esas playas desconocidas y remotas, blancas y solitarias donde van las aves a morir. Entonces sentí el divino prodigio del silencio; poco a poco se fue callando el rumor de las olas, yo estaba inmóvil en la curva de la playa y al apagarse el último ruido del mar, el ave se perdió a lo lejos. Nada acusaba ya a la Humanidad ni a la vida. Todo era mudo y muerto. Solo quedaba un zumbido en mi cerebro que fue extinguiéndose, hasta que sentí el silencio, claro, instantáneo, preciso. Pero solo fue un segundo. Un extraño sopor me invadió luego, me acosté en la arena, llevé mi vista hacia el sur, vi una silueta de mujer que aparecía a lo lejos, y mansamente, dulcemente, como una sonrisa, se fue borrando todo, todo, y me quedé dormido.

 

V

Desperté con la idea de la mujer que había visto al dormirme, pero en vano la buscaron mis ojos, no estaba por ninguna parte. Seguramente había dormido mucho, y durante mi sueño, la desconocida, que tenía un vestido blanco, había podido recorrer toda la playa. Observé, sin embargo, los pasos que venían por la orilla. Menudos rastros de mujer que el mar había borrado en algunos sitios, circundaban el lugar donde yo me había dormido y seguían hacia el puerto.

Pensativo y medroso no quise avanzar a San Andrés. El sol iba a ponerse ya, y restregándome los ojos, siguiendo los rastros de la desconocida, emprendí la vuelta por la orilla. En algunos puntos el mar había borrado las huellas, buscábalas yo, adivinándolas casi, y por fin las veía aparecer sobre la arena húmeda. Recogí una conchita rara, la eché en mi bolsillo y mi mano tropezó con un extraño objeto. ¿Qué era? Una medalla de la Purísima, de plata, pendiendo de una cadena delgada, larga y fría. Examiné mucho el objeto y me convencí de que alguien lo había puesto en mi bolsillo. Tuve una sospecha, la mujer; quise arrojarle, pero me detuve.

Guardé la medalla y cavilando en el hallazgo, llegué a casa cuando el sol se ponía. Mi curiosidad hizo que callara y ocultara el objeto; y al día siguiente, martes de Semana Santa, a la misma hora, volví. El mar durante la noche había borrado las huellas donde me acostara la víspera, pero aproximadamente elegí un sitio y me recosté. No tardó en aparecer la silueta blanca. Sentí un violento golpe en el corazón y un indecible temor. Y sin embargo tenía una gran simpatía por la desconocida que vestida de blanco se acercaba.

El miedo me vencía, quería correr y luchaba por quedarme. La mujer se acercaba cada vez más. Me miró desde lejos, quise irme aún; pero ya era tarde. El miedo y luego la apacible mirada de aquella mujer me lo impedían. Acercose la señora. Yo, de pie, quitándome la gorra le dije:

–Buenas tardes, señora…

–¿Me conoces?…

–Mamá me ha dicho que se debe saludar a las personas mayores…

La señora me acarició sonriendo tristemente y me preguntó:

–¿Te gusta mucho el mar?

–Sí, señora. Vengo todas las tardes.

–¿Y te quedas dormido?…

–¿Usted vino ayer, señora?…

–No; pero cuando los niños se quedan dormidos a la orilla del mar, y son buenos, viene un ángel y les regala una medalla. ¿A ti te ha regalado el ángel?…

Yo sonreí incrédulo; la dama lo comprendió, y conversando, perdido el temor hacia la señora vestida de blanco, cogido de su mano, emprendí la vuelta a la población.

Al llegar a la plazuela del Castillo, vimos unos hombres que levantaban una especie de torre de cañas.

–¿Qué hacen esos hombres? –me preguntó la señora.

–Papá nos ha dicho que están preparando el castillo para quemar a Judas el Sábado de Gloria.

–¿A Judas? ¿Quién te ha dicho eso? –Y abrió desmesuradamente los ojos.

–Papá dice que Judas tiene que venir el sábado por la noche y que todos los hombres del pueblo, los marineros, los trabajadores del muelle, los cargadores de la Estación, van a quemarlo, porque Judas es muy malo… papá nos traerá para que lo veamos…

–¿Y tú sabes por qué lo queman?…

–Sí, señora. Mamá dice que lo queman porque traicionó al Señor…

–¿Y no te da pena que lo quemen?…

–No, señora. Que lo quemen. Por él los judíos mataron a nuestro Señor Jesucristo. Si él no lo hubiese vendido, ¿cómo habrían sabido quién era los judíos?…

La señora no contestó. Seguimos en silencio hasta la población. Los hombres se quedaron trabajando y al despedirse la señora blanca me dio un beso y me preguntó:

–Dime, ¿tú no perdonarías a Judas?…

–No, señora blanca; no lo perdonaría.

La dama se marchó por la orilla obscura y yo tomé el camino de mi casa. Después de la comida me acosté.

 

VI

Estuve varios días sin volver a la playa, pero el Sábado de Gloria en que debían quemar a Judas, salí a la playa para dar un paseo y ver en la plaza el cuerpo del criminal, pues según papá, ya estaba allí esperando su castigo el traidor, rodeado de marineros, cargadores, hombres del pueblo y pescadores de San Andrés. Salí a las cuatro de la tarde y me fui caminando por la orilla. Llegué al sitio donde Judas, en medio del pueblo, se elevaba, pero le tenían cubierto con una tela y solo se le veía la cabeza. Tenía dos ojos enormes, abiertos, iracundos, pero sin pupilas y la inexpresiva mirada se tendía sobre la inmensidad del mar. Seguí caminando y al llegar a la mitad de la curva, distinguí a la señora blanca que venía del lado de San Andrés. Pronto llegó hasta mí. Estaba pálida y me pareció enferma. Sobre su vestido blanco y bajo el sombrero alón, su rostro tenía una palidez de marfil. ¡Era tan blanca! Sus facciones afiladas parecían no tener sangre; su mirada era húmeda, amorosa y penetrante. Hablamos largo rato.

–¿Has visto a Judas?

–Lo he visto, señora blanca…

–¿Te da miedo?…

–Es horrible… a mí me da mucho miedo…

–¿Y ya le has perdonado?…

–No, señora, yo no lo perdono. Dios se resentiría conmigo si le perdonase… ¿usted viene esta noche a verlo quemar?…

–Sí.

–¿A qué hora?…

–Un poco tarde. ¿Tú me reconocerías de noche?… ¿No te olvidarías de mi cara? Fíjate bien –y me miró extrañamente–. Fíjate bien en mi cara… yo vendré un poco tarde… dime, ¿le has visto tú los ojos a Judas?…

–Sí, señora. Son inmensos, blancos, muy blancos…

–¿Dónde miran?…

–Al mar…

–¿Estás seguro? ¿Miran al mar? ¿Te has fijado bien?…

–Sí, señora blanca, miran al mar…

Sobre la arena donde nos habíamos sentado, la señora miró largamente el océano. Un momento permaneció silenciosa y luego ocultó su cara entre las manos. Aún me pareció más pálida.

–Vamos –me dijo.

Yo la seguí. Caminamos en silencio a través de la playa, pero al acercarnos a la plazuela donde estaba el cuerpo de Judas, la señora se detuvo y mirando al suelo, me dijo:

–Fíjate bien en él… me vas a contar adónde mira. Fíjate bien… fíjate bien.

Y al pasar ante el cuerpo, ella volvió la cara hacia el mar, para no ver la cara de Judas. Parecía temblar su mano, que me tenía cogido por el brazo, y al alejarnos me decía:

–Fíjate adónde mira, de qué color son sus ojos, fíjate, fíjate…

Pasamos. Yo tenía miedo. Sentí temblar fuertemente a la señora, que me preguntó nuevamente:

–¿Dónde miran los ojos?

–Al mar, señora blanca… bien lejos, bien lejos…

Ya era tarde. La noche empezó a caer y las luces de los barcos se anunciaron débilmente en la bahía. Al llegar a la altura de mi casa, la señora me dio un beso en la frente, un beso muy largo, y me dijo:

–¡Adiós!

La noche tenía un color brumoso, pero no tan negro como otras veces. Avancé hasta mi casa pensativo, y encontré a mi madre llorando, porque debía salir un barco a esa hora y papá debía ir a despacharlo. Nos sentamos a la mesa. Allí se oía rugir el mar, poderoso y amenazador. Madre no tomó nada y me atreví a preguntarle:

–Mamá, ¿no vamos a ver quemar a Judas?…

–Si papá vuelve pronto. Ahora vamos a rezar…

Nos levantamos de la mesa. Atravesamos el patiecillo. Mi hermana se había dormido y la criada la llevaba en brazos. La luna se dibujaba opacamente en el cielo. Llegamos al dormitorio de mi madre y ante el altar, donde había una virgen del Carmen muy linda, nos arrodillamos. Iniciamos el rezo. Mamá decía en su oración:

–Por los caminantes, navegantes, cautivos cristianos y encarcelados…

Sentimos, inusitadamente, ruidos, carreras, voces y lamentaciones. Las gentes corrían gritando y de pronto oímos un sonido estridente, característico, como el pitear de un buque perdido. Una voz gritó cerca de la puerta:

–¡Un naufragio!

Salimos despavoridos, en carrera loca, hacia la calle. El pueblo corría hacia la ribera. Mamá empezó a llorar. En ese momento apareció mi padre y nos dijo:

–Un naufragio. Hace una hora que he despachado el buque. Seguramente ha encallado…

El buque llamaba con un silbido doloroso, como si se quejara de un agudo dolor, implorante, solemne, frío. La luna seguía opacada. Salimos todos a la playa y pudimos ver que el barco hacía girar un reflector y que del muelle salían unos botes en su ayuda.

El pueblo se preparaba. Estaba reunido alrededor de la orilla, alistaba febrilmente sus embarcaciones, algunos habían sacado linternas y farolillos y auscultaban el aire. Una voz ronca recorría la playa como una ola, pasaba de boca en boca y estallaba:

–¡Un naufragio!

Era el eterno enemigo de la gente del mar, de los pescadores, que se lanzaban en los frágiles botes, de las mujeres que los esperaban temerosas, a la caída de la tarde; el eterno enemigo de todos los que viven a la orilla… El terrible enemigo contra el que luchan todas las creencias y supersticiones de los pueblos costaneros; que surge de repente, que a veces es el molino desconocido y siniestro que lleva a los pescadores hacia un vórtice extraño y no los deja volver más a la costa; otras veces el peligro surge en forma de viento que aleja de la costa las embarcaciones para perderlas en la inmensidad azul y verde del mar. Y siempre que aparece este espíritu desconocido y sorpresivo las gentes sencillas vibran y oran al apóstol pescador, su patrón y guía, porque seguramente alguna vida ha sido sacrificada.

Aún oímos el rumor de las gentes del mar. Cuando empezó a retirarse, se apagaron los reflectores y el piteo cesó. Nadie comprendía por qué el barco se alejaba; pero cuando éste se perdía hacia el sur, todo el pueblo, pensativo, silencioso e inmenso, regresó por las calles y se encaminó a la plaza en la que Judas iba a ser sacrificado. Mamá no quiso ir, pero papá y yo fuimos a verle.

Caminamos todo el barrio del Castillo y al terminarlo y entrar a la plazoleta, la fiesta se anunció con una viva luz sangrienta. A los pies de Judas ardía una enorme y roja llamarada que hacía nubes de humo y que iluminaba por dentro el deforme cuerpo del condenado, a quien yo quería ver de frente.

Pero al verlo tuve miedo. Miedo de sus grandes ojos que se iluminaban de un tono casi rosado. Busqué entre los que nos rodeaban a la señora blanca, pero no la vi. La plaza estaba llena, el pueblo la ocupaba toda y de pronto, de la casa que estaba a la espalda de Judas y que daba frente al mar, salieron varios hombres con hachones encendidos y avanzaron entre la multitud hacia Judas.

–¡Ya lo van a quemar! –gritó el pueblo. Los hombres llegaron. Los hachones besaron los pies del traidor y una llama inmensa apareció violentamente. Acercaron un barril de alquitrán y la llamarada aumentó.

Entonces fue el prodigio. Al encenderse el cuerpo de Judas, los ojos con el reflejo de la luz tornáronse rojos, con un rojo iracundo y amenazador; y como si toda aquella gente semiperdida en la obscuridad y en las llamas hubiera pensado en los ojos del ajusticiado, siguió la mirada sangrienta de éste que fue a detenerse en el mar. Un punto negro había al final de la mirada que casi todo el pueblo señaló. Un golpe de luz de la luna iluminó el punto lejano y el pueblo, que aquella noche estaba como poseído de una extraña preocupación, gritó abandonando la plaza y lanzándose a la orilla:

–¡Un ahogado, un ahogado!…

Se produjo un tumulto horrible. Un clamor general que tenía algo de plegaria y de oración, de maldición pavorosa y de tragedia, se elevó hacia el mar, en esa noche sangrienta.

–¡Un ahogado!

El punto era traído mansamente por las olas hacia la playa. Al grito unánime siguió un silencio absoluto en el que podía percibirse el nudo manso del mar. Cada uno de los allí presentes esperaba la llegada del desconocido cadáver, con un presentimiento doloroso y silente. La luna empezó a clarear. Debía ser muy tarde y por fin se distinguió un cadáver ya muy cerca de la orilla, que parecía tener encima una blanca sábana. La luna tuvo una coloración violeta y alumbró aún el cadáver que poco a poco iba acercándose.

–¡Un marinero! –gritaron algunos.

–¡Un niño! –dijeron otros.

–¡Una mujer! –exclamaron todos.

Algunos se lanzaron al mar y sacaron el cadáver a la orilla. El pueblo se agrupó al derredor. Le clavaban las luces de las linternas, se peleaban por verle, pero como allí en la orilla no hubiese luz bastante, lo cargaron y lo llevaron hacia los pies de Judas que aún ardía en el centro de la plaza. Todo el pueblo volvía a ella y con él yo –cogido siempre de la mano de papá–. Llegaron, colocaron en tierra el cadáver y ardió el último resto del cuerpo de Judas quedando solo la cabeza, cuyos dos ojos ya no miraban a ningún lugar sino a todos. Yo tenía una extraña curiosidad por ver el cadáver. Mi padre seguramente no deseaba otra cosa, hizo abrir sitio y como las gentes de mar lo conocían y respetaban, le hicieron pasar y llegarnos hasta él.

Vi un grupo de hombres todos mojados, con la cabeza inclinada teniendo en la mano sus sombreros, silenciosos, rodeando el cadáver, vestido de blanco, que estaba en el suelo. Vi las telas destrozadas y el cuerpo casi desnudo de una mujer. Fue una horrible visión que no olvido nunca. La cabeza echada hacia atrás, cubierto el rostro con el cabello desgreñado. Un hombre de esos se inclinó, descubrió la cara y entonces tuve la más horrible sensación de mi vida. Di un grito extraño, inconsciente, y me abracé a las piernas de mi padre.

–¡Papá, papá, si es la señora blanca! ¡La señora blanca, papá!…

Creí que el cadáver me miraba, que me reconocía; que Judas ponía sus ojos sobre él y di un segundo grito más fuerte y terrible que el primero.

–¡Sí; perdono a Judas, señora blanca, sí, lo perdono!…

Padre me cogió como loco, me apretó contra su pecho, y yo, con los ojos muy abiertos, vi mientras que mi padre me llevaba, rojos y sangrientos, acusadores, siniestros y terribles, los ojos de Judas que miraban por última vez, mientras el pueblo se desgranaba silencioso y unos cuantos hombres se inclinaban sobre el cadáver blanco.

Ocultábase la luna…

 

(Tomado de Valdelomar, Abraham, Cuentos completos, Good Press, Lima, 2023)

 

Historia de un día en tres esquelas

Jacinto Benavente

 

I

Vergüenza me cuesta, pero has de perdonarme. Hoy no asistiré a la Junta. El motivo es pecaminoso. Justamente de cinco a siete tengo que ir a probarme unos vestidos a casa de Laura. Ya sabes lo que es ella; si pierdo mi turno, me deja desnuda este invierno. ¿Estoy perdonada? Bien lo merece mi franqueza. Pude inventar otro pretexto. Otra junta piadosa, la jaqueca, el dentista; pues no, me entrego en pleno delito de coquetería. Así puedes decírselo a las amigas, segura de que todas me absuelven. Me has dicho que la marquesa está expirando. ¡Pobre señora! Esta noche te veré en el Real. Hasta luego.

 

II

Mucho siento la mala obra, pero hoy me es imposible ir a probarme los vestidos. Precisamente de cinco a siete se reúne la Junta de Damas de la Honradez y el Trabajo, de la que soy secretaria, y no puedo faltar. Iré mañana a primera hora. No retrase, por Dios, los vestidos, el negro sobre todo, nuestra presidenta está expirando; y si se muere, no sé cómo voy a ir a los funerales.

 

III

De cinco a siete.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

Un matrimonio

Adolfo Bioy Casares

 

Ella, ex mucama. Él, ex chauffeur. Gente responsable y trabajadora. Se casaron hace muchos años. Él ha conseguido un puesto de ordenanza en un ministerio. Esto les parece una canonjía. Tienen su casa. Podrían ser modestamente felices. “Voy a quitarme los anteojos” me dice ella, que ha venido a visitarme. “Sin los anteojos no veo nada”. Me habla de sus males, de sus desdichas, de su marido. “Antonio es muy atento, es bueno con todos, pero conmigo no. Su hermana, que maneja una casa de mujeres, le calienta la cabeza. Y lo peor es que a él, con ese modo, ¿quién le resiste? Las propias personas de mi familia se han puesto de su lado. Todos me hacen morisquetas. Antonio rompe mis vestidos –¡tiene unas uñas!–, rompe mis anteojos, rompe la bolsa que llevo al mercado. Si traigo del mercado tres bifes, uno desaparece. Antonio lo ha tirado. Si me alejo de la cocina un instante, la comida se estropea. Antonio ha puesto un pedazo de jabón en el guiso. Quiere que me vaya. Quiere echarme. Quiere que trabaje de sirvienta para las mujeres de la casa de su hermana. Pero yo no estoy dispuesta a perder mi casa. Es tan mía como suya. Antonio siempre inventa algo nuevo. Pone unos polvitos en la bolsa del mercado. Si la abro del lado izquierdo, me llora el ojo izquierdo. Espolvorea mi ropa, tal vez con telas de cebolla, para que me lloren los ojos y quede ciega. Cualquier cosa puedo tolerar, menos quedarme ciega. Dice que vaya a la comisaría, que nunca le probaré nada”.

Está loca. La enloquecieron el marido y la cuñada. Casi todo lo que dice es verdad.

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)

 

Un día de estos

Gabriel García Márquez

 

El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.

Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía de ella.

Después de las ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos gallinazos pensativos que se secaban al sol en el caballete de la casa vecina. Siguió trabajando con la idea de que antes del almuerzo volvería a llover. La voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de su abstracción.

–Papá.

–Qué.

–Dice el alcalde que si le sacas una muela.

–Dile que no estoy aquí.

Estaba puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó con los ojos a medio cerrar. En la salita de espera volvió a gritar su hijo.

–Dice que sí estás porque te está oyendo.

El dentista siguió examinando el diente. Solo cuando lo puso en la mesa con los trabajos terminados, dijo:

–Mejor.

Volvió a operar la fresa. De una cajita de cartón donde guardaba las cosas por hacer, sacó un puente de varias piezas y empezó a pulir el oro.

–Papá.

–Qué.

Aún no había cambiado de expresión.

–Dice que si no le sacas la muela te pega un tiro.

Sin apresurarse, con un movimiento extremadamente tranquilo, dejó de pedalear en la fresa, la retiró del sillón y abrió por completo la gaveta inferior de la mesa. Allí estaba el revólver.

–Bueno –dijo–. Dile que venga a pegármelo.

Hizo girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta, la mano apoyada en el borde de la gaveta. El alcalde apareció en el umbral. Se había afeitado la mejilla izquierda, pero en la otra, hinchada y dolorida, tenía una barba de cinco días. El dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de desesperación. Cerró la gaveta con la punta de los dedos y dijo suavemente:

–Siéntese.

–Buenos días –dijo el alcalde.

–Buenos –dijo el dentista.

Mientras hervían los instrumentos, el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la silla y se sintió mejor. Respiraba un olor glacial. Era un gabinete pobre: una vieja silla de madera, la fresa de pedal, y una vidriera con pomos de loza. Frente a la silla, una ventana con un cancel de tela hasta la altura de un hombre. Cuando sintió que el dentista se acercaba, el alcalde afirmó los talones y abrió la boca.

Don Aurelio Escovar le movió la cara hacia la luz. Después de observar la muela dañada, ajustó la mandíbula con una cautelosa presión de los dedos.

–Tiene que ser sin anestesia –dijo.

–¿Por qué?

–Porque tiene un absceso.

El alcalde lo miró en los ojos.

–Está bien –dijo, y trató de sonreír. El dentista no le correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la cacerola con los instrumentos hervidos y los sacó del agua con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse. Después rodó la escupidera con la punta del zapato y fue a lavarse las manos en el aguamanil. Hizo todo sin mirar al alcalde. Pero el alcalde no lo perdió de vista.

Era una cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo caliente. El alcalde se aferró a las barras de la silla, descargó toda su fuerza en los pies y sintió un vacío helado en los riñones, pero no soltó un suspiro. El dentista solo movió la muñeca. Sin rencor, más bien con una amarga ternura, dijo:

–Aquí nos paga veinte muertos, teniente.

El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vio a través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor, que no pudo entender la tortura de sus cinco noches anteriores. Inclinado sobre la escupidera, sudoroso, jadeante, se desabotonó la guerrera y buscó a tientas el pañuelo en el bolsillo del pantalón. El dentista le dio un trapo limpio.

–Séquese las lágrimas –dijo.

El alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista se lavaba las manos, vio el cielorraso desfondado y una telaraña polvorienta con huevos de araña e insectos muertos. El dentista regresó secándose las manos. “Acuéstese –dijo– y haga buches de agua de sal.” El alcalde se puso de pie, se despidió con un displicente saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin abotonarse la guerrera.

–Me pasa la cuenta –dijo.

–¿A usted o al municipio?

El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica.

–Es la misma vaina.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

sábado, 5 de septiembre de 2026

Desde que compró la cerbatana ya Juana no se aburre los domingos

Álvaro Cepeda Samudio

 

Antes los domingos de Juana eran tremendos. Por más que la noche anterior se quedara despierta hasta la madrugada, hasta mucho después de que al gran pescado de neón que tenía debajo de la ventana de su cuarto le apagaban el cigarrillo del que salía, en un milagro de imaginación y cursilería, el nombre del restaurante del primer piso, despierta toda la noche del sábado con el solo propósito de no despertar sino después de que ya hubiera transcurrido la mayor parte del día, siempre llegaba la hora de levantarse y de comenzar a aburrirse.

La cerbatana la había descubierto hacía varios meses en una tienda extrañísima de la calle de las Vacas, donde venden repuestos usados, tuercas, grifos rotos, resortes inmensos, relojes desbaratados, pedazos de tubería, tapas para todo, una escafandra de cobre y, colgada contra una pared, casi a la altura del techo, Juana vio un día una cerbatana. En la hoja volante que el dueño reparte a los transeúntes, sentado en un taburete forrado de piel sin curtir, también se anuncia “un camioncito alemán en perfecto estado”, pero no dice nada de la cerbatana. Fue preguntando por el camioncito alemán como Juana comenzó a ir a la tienda de la calle de las Vacas. Todo lo que hay en la tienda es de metal, pero todo está muy bien pulido y cada cosa tiene amarrada una etiqueta con el precio pero sin el nombre, pues la mayoría de los piñones y fierros que se amontonan en los armarios no tienen uso conocido. Juana siempre pensaba en Feliza cuando entraba a rebuscar en la tienda de la calle de las Vacas. “Un día va a venir Feliza con su soplete y va a soldar todos estos fierros y quién sabe qué va a pasar entonces”. El camioncito alemán no estaba en la tienda: nunca estaba: y Juana comenzó a pensar que no existía sino en la hoja volante de la propaganda.

Los domingos por la tarde y cuando ya no puede con el aburrimiento, Juana se sienta en el balcón. Juana vive en una casa alta y desde todas partes se ve el campo de fútbol del estadio que queda exactamente enfrente. En el piso de abajo está “El Pez que Fuma”. Hacia atrás no se puede mirar, pues las veinte botellas gigantescas del inmenso aviso de cerveza Águila lo cubren todo. Así la sola vista que tiene Juana es el estadio municipal con su campo de juego lleno de parches pelados y de pedazos de grama sucia.

Juana sigue sentándose todos los domingos por la tarde en el balcón, frente al campo de fútbol, pero ya no se aburre. Con su cerbatana y una caja llena de dardos, que ella misma fabrica durante la semana con taquitos de madera y puntas afiladísimas de agujas de coser número 50 y que luego envenena cuidadosamente, Juana se distrae matando tres o cuatro jugadores todos los domingos. La cosa, si se piensa bien, puede resultar realmente divertida. Juana no sigue un patrón fijo para su distracción de las tardes de domingo.

Algunos domingos se le acaban los dardos durante el primer período de juego; porque hay que advertir que aunque Juana ha adquirido ya bastante práctica en el manejo de la cerbatana, son más las veces que falla que las que acierta. Otros le alcanzan hasta para apuntar a alguien del público que se amontona en las graderías, pero esto ya es más difícil. En lo que sí procura ser constante es en apuntar siempre al jugador que avanza corriendo con el balón. Juana lo sigue con la vista y en el momento preciso sopla su dardo: el jugador cae con gran desorden, el balón sigue rodando, se suspende el juego unos minutos mientras sacan con gran aspaviento el cuerpo tendido sobre el campo, pues el equipo contrario protesta porque estorba la continuación del encuentro; la acción se reanuda y Juana se prepara para el próximo dardo.

Juana ha notado que cada domingo hay menos jugadores en los equipos.

Antes de comprar la cerbatana solían ser once de cada lado, indefectiblemente. Ahora algunas veces no hay sino ocho. También hay menos público aunque, como se ha dicho antes, es muy difícil acertar a un punto tan lejano.

De todas maneras, desde que compró la cerbatana ya Juana no se aburre los domingos.

 

(Tomado de www.liretaura.us)

 

El despertar del profesor Bern

Vladimir Sávchenko

 

En 1952, cuando el mundo estaba oprimido por la mayor estupidez del siglo XX, la llamada Guerra Fría, el profesor Bern citó ante un numeroso público esta frase poco alegre del gran Einstein:

–Si en la tercera guerra mundial se le ocurre a alguien utilizar bombas atómicas, en la cuarta solo se podrán emplear piedras…

En los labios de Bern, considerado “el científico universal del siglo XX”, aquellas palabras adquirieron un significado más profundo. Por este motivo le enviaron muchísimas cartas, pero Bern ya no estaba en condiciones de contestar. En efecto, en otoño de aquel mismo año pereció en el curso de su segunda expedición geofísica al Asia central.

El ingeniero Nimayer, superviviente de la pequeña expedición, contó más tarde todo cuanto sigue:

–Estábamos transportando nuestra base en helicópteros al interior del desierto de Gobi. Después de cargar los aparatos y los explosivos para las investigaciones sismológicas, el profesor partió con el primer vuelo. Yo me quedé atrás para custodiar el resto del material. Apenas el helicóptero había despegado, se produjeron averías en el motor, que empezó a repicar. El helicóptero aún no había podido tomar velocidad, y cayó a plomo desde una altura de algunos centenares de metros. En cuanto el aparato tocó tierra, se produjo una fuerte explosión y dos detonaciones. El descenso debió ser tan rápido que, a causa del choque contra el suelo, la dinamita explotó. El helicóptero, todo su cargamento y el profesor Bern quedaron literalmente pulverizados.

Nimayer repetía este relato palabra por palabra, sin añadir ni quitar nada, a todos los corresponsales de los periódicos, que lo asediaban. Los especialistas le creyeron. Efectivamente, el descenso de un helicóptero cargado, en el aire recalentado y enrarecido de un desierto situado a gran altura, debía efectuarse con una velocidad muy por encima de lo normal. Un choque podía tener trágicas consecuencias. La comisión llegada en avión al lugar del desastre confirmó tales suposiciones.

Pero Nimayer sabía que, en realidad, todo sucedió de forma muy diferente. Pero ni siquiera al morir traicionó el secreto del profesor Bern.

La parte del desierto de Gobi que alcanzó la expedición del profesor Bern no difería del área circundante. Existían las mismas ondulaciones sobre la arena que indicaban la dirección del último viento que las había levantado; la misma arena amarillo-gris que chirriaba bajo los pies y entre los dientes; el mismo sol, de una blancura cegadora durante el día y purpúreo por la tarde, que describía una trayectoria casi vertical en el cielo. No se veía ni un arbusto, ni un pájaro, ni una nubécula, ni siquiera una piedrecilla sobre la arena.

El profesor Bern quemó la página de su libreta de apuntes donde estaban escritas las coordenadas de aquel lugar, en cuanto los exploradores hubieron encontrado el pozo excavado en la precedente expedición. Aquel punto del desierto difería de los otros únicamente en el hecho de que allí se encontraban dos personas, Bern y Nimayer, sentados sobre dos taburetes plegables delante de la tienda. En las cercanías brillaban el cuerpo plateado y las palas de las hélices del helicóptero, que parecía una enorme libélula que descansase sobre la arena del desierto. El sol esparcía sus últimos rayos casi horizontalmente, de forma que la tienda y el helicóptero proyectaban largas sombras fantásticas, que sobrepasaban la línea de las dunas.

Bern explicaba a Nimayer:

–Hace mucho tiempo, un médico medieval propuso un método muy sencillo para prolongar la vida indefinidamente. Bastaba con hacerse congelar y conservarse en tal estado durante noventa años en algún subterráneo, para luego resucitar al calentarse. De esta manera se podría vivir una decena de años en el nuevo siglo y congelarse de nuevo para esperar tiempos mejores… es verdad que el médico, se ignora el motivo, no quiso prolongar su propia vida durante mil años y falleció de muerte natural hacia los sesenta –Bern guiñó, con malicia, los ojos, limpió la boquilla y volvió a meter otro cigarro–. Y eso, en el medioevo… nuestro increíble siglo XX no hace otra cosa que convertir en realidad las ideas más alocadas de la Edad Media. El radio se ha convertido en la piedra filosofal que puede transformar el mercurio y el plomo en oro. No hemos inventado el movimiento continuo, esto es contrario a las leyes de la naturaleza, pero hemos descubierto fuentes eternas y autogeneradoras de energía nuclear… en el año mil, casi toda Europa aguardaba el fin del mundo, pero si en aquellos tiempos la razón de aquella espera solo se debía al significado cabalístico de la cifra mil y a la fe ciega en el Apocalipsis, la idea del “fin del mundo” tiene hoy una base sólida gracias a la bomba atómica y la bomba de hidrógeno… pero si estaba hablando de hibernación… aquella idea ingenua del médico medieval adquiere también hoy un significado científico.

“¿Conoce algo acerca de la anabiosis, Nimayer? Fue descubierta en 1701 por Leeuwenhoek. Consiste en la detención de los procesos vitales con auxilio del frío o, en algunos casos, por la desecación. Se sabe que el frío y la falta de humedad disminuyen notablemente la velocidad de todas las reacciones químicas y biológicas. Los científicos habían conseguido mucho antes obtener la anabiosis en los peces y en los gorriones: el frío no los mata, pero los conserva. Un frío moderado, claro está. Existe también otra condición; la muerte clínica. Se da el hecho que el animal o el hombre no mueren del todo una vez se ha parado el corazón. La última guerra ha ofrecido a los médicos numerosas ocasiones para estudiar profundamente este fenómeno. Se había conseguido reavivar a heridos graves, incluso algunos minutos después de que su corazón cesara de latir, ¡y se trataba de heridas mortales! Es usted físico y tal vez no conozca…

–He oído hablar de ello –confirmó Nimayer.

–¿No es cierto que la palabra “muerte” pierde su acento terrorífico cuando se le añade el adjetivo “clínica”? De hecho, existen no pocas condiciones intermedias entre la vida y la muerte: el sueño, el letargo, la anabiosis. En tales condiciones, el ritmo de la vida del organismo se aminora en comparación con el que caracteriza el estado de vigilia. Este es el problema que me ha preocupado en los últimos años. Para obtener el máximo detenimiento de los procesos vitales en el organismo era necesario llevar la anabiosis a su límite extremo, es decir, al estado de muerte clínica. Lo conseguí: tras muchos experimentos con ranas, conejos y cobayas, pude determinar las leyes y el régimen de enfriamiento, y me arriesgué a “hacer morir” durante un cierto tiempo a mi monito, el chimpancé Mimí.

–¡Pero si lo he visto! –Exclamó Nimayer– Estaba contento, saltaba de una silla a otra y pedía azúcar…

–¡Exacto! –Lo interrumpió triunfalmente Bern–. Pero durante cuatro meses Mimí estuvo encerrado en un pequeño ataúd especial rodeado de aparatos de medida y a una temperatura de casi cero grados.

Bern encendió otro cigarro y prosiguió:

–Por fin logré llevar a cabo el experimento más importante e indispensable: someterme a mí mismo al grado máximo de anabiosis. Esto sucedió el año pasado. ¿Recuerda que se dijo entonces que el profesor Bern estaba gravemente enfermo? Pero yo estaba más que enfermo, estaba “muerto” seis meses enteros… Nimayer, se trata de una sensación verdaderamente sui generis, si se puede definir así la ausencia de cualquier sensación. En el sueño natural percibimos, por lo menos al ralentí, el ritmo del tiempo, pero en este caso faltaba esa percepción. Noté una sensación de ligero desvanecimiento después de la narcosis. Luego vinieron el silencio y la oscuridad. Luego, el regreso a la vida. En el más allá no había absolutamente nada…

Bern estaba sentado con las piernas estiradas hacia delante, en un gesto relajado, con los brazos bronceados y finos tras la nuca. La mirada de sus ojos, a través de las gafas, era pensativa.

–El Sol… una pequeña esfera luminosa que ilumina débilmente un pequeño ángulo del negro espacio infinito. A su alrededor, otras esferas aún más pequeñas y frías. Toda la vida sobre ellas depende exclusivamente del Sol… Y en una de esas pequeñas esferas aparece la Humanidad, tribu de animales racionales. ¿Cuál fue su origen? Se ha intentado explicarlo con muchas leyendas e hipótesis.

“Una cosa es cierta: para el nacimiento del hombre ha sido necesario un enorme cataclismo, una perturbación geológica de nuestro planeta que modificó las condiciones de vida de los animales superiores. Todos están de acuerdo al admitir que tal cataclismo fue la glaciación”.

–Eso es –confirmó Nimayer.

–¿Por qué se habían formado los hielos? ¿Por qué alguna vez este desierto, el Sahara, tenían una vida vegetal y animal lujuriante? Hay una única hipótesis lógica: enlazar los periodos glaciales con la precesión del eje terrestre. Como en cualquier peonza, el eje de revolución de la Tierra precede, traza lentamente unas circunferencias: da una sola vuelta en veintiséis mil años –el profesor trazó con el cerillo una elipse sobre la arena, un pequeño Sol en su punto focal y un circulito con el eje inclinado, la Tierra–. Mire, la inclinación del eje terrestre hacia el eje de la elíptica es de veintitrés grados y medio. Ahora bien, el eje terrestre describe en el espacio un cono igual al ángulo central… perdóneme que le explique cosas tan sabidas, Nimayer, pero esto es muy importante para mí. En realidad, la Tierra no posee un eje. Sin embargo, durante milenios se verifican desplazamientos en la posición de la Tierra respecto al Sol. ¡Esto es lo que importa!

“Hace cuarenta mil años, el Sol estaba vuelto hacia el hemisferio austral, mientras que en el Norte se insinuaban los hielos. En varios puntos, probablemente en el Asia central, nacieron entonces tribus, que se reunieron por la dura necesidad geofísica de una colectividad. Durante el siglo de precesión aparecieron las primeras culturas. Más tarde, cuando, trece mil años después, los hemisferios austral y boreal permutaron sus respectivos puestos ante el Sol, algunas tribus aparecieron también en el hemisferio austral…

“La futura era glacial empezará en el hemisferio boreal dentro de doce o trece mil años. La Humanidad está ahora mucho mejor preparada y superará este peligro, si… existe aún por aquel entonces. Pero estoy convencido de que en esa época ya no existirá el hombre. Nos encaminamos hacia nuestra propia destrucción con la velocidad que consiente el desarrollo de la ciencia moderna… he vivido las dos guerras mundiales, la primera como soldado, la segunda en Maidanek. Asistí a las pruebas de la bomba atómica y de la de hidrógeno, por lo que puedo imaginarme el resultado de la guerra futura. ¡Es horrible! Pero aún más horrible son los hombres que declaran con precisión científica que la guerra se iniciará dentro de tantos meses. Un ataque atómico masivo contra los centros industriales del adversario. Desiertos radiactivos enormes. Eso dicen los científicos, pero no les basta… hacen cálculos para garantizar la más eficaz contaminación del suelo, del agua y del aire con las radiaciones. He tenido ocasión de leer recientemente una obra científica estadunidense, donde se demostraba que para alcanzar la máxima penetración radiactiva del suelo, el proyectil atómico deberá introducirse en la tierra no menos de quince metros…”

Bern ocultó el rostro entre las manos y se puso en pie.

El Sol ya se había ocultado, dejando paso a una noche sofocante. Estrellas esparcidas y opacas colgaban inmóviles en el espacio azul oscuro, que rápidamente se ennegrecía. También el desierto era negro, y solo podía distinguirse del cielo por el hecho de que carecía de estrellas.

El profesor se había calmado; empezó a hablar en tono meditativo, casi sin entonación. Pero sus palabras escalofriaban a Nimayer, a pesar del calor sofocante.

–…Las bombas nucleares quizá no reduzcan el planeta a cenizas, pero esto no es seguro; saturarán la atmósfera terrestre con una radiactividad masiva. Y ya conoce usted la influencia que ejerce la radiactividad sobre la capacidad de procrear. Los restos de la Humanidad, que consigan salvarse, degenerarán en pocos años y producirán individuos incapaces de superar condiciones de vida extremadamente complejas. También puede darse que los hombres inventen otros medios más refinados y perfectos para el suicidio en masa. Entonces empezará la tercera matanza general; cuanto más tarde venga, más terrible será. Durante toda mi vida aún no he visto que el hombre haya dejado escapar la más mínima oportunidad de hacer la guerra. Cuando termine el ciclo subsiguiente, sobre nuestra bola cósmica no quedará ningún ser racional.

El profesor abrió los brazos, vuelto hacia las arenas muertas.

–El planeta girará durante mucho tiempo bajo el Sol y en él reinará el mismo vacío y la misma calma que sobre este desierto. La corrosión destruirá el hierro; los edificios se descompondrán. Luego se producirá una nueva glaciación y con un estrato de hielo espumoso hará desaparecer de la superficie de la Tierra los últimos restos sin vida de nuestra desafortunada civilización… ¡todo habrá desaparecido! La Tierra será purificada y quedará lista para acoger una nueva Humanidad. Los hombres retrasamos ahora de modo considerable el desarrollo de todos los animales; los empujamos, los destruimos, hacemos desaparecer las razas más preciadas. Cuando la Humanidad haya desaparecido, el mundo animal liberado empezará a desarrollarse impetuosamente, tanto desde el punto de vista cuantitativo como cualitativo. Al llegar la nueva era glacial, los simios superiores estarán lo suficientemente preparados para razonar. Así nacerá una nueva Humanidad. Y es posible que tenga más suerte que la nuestra.

–Perdone, profesor –exclamó Nimayer–. No pretenderá afirmar que sobre la Tierra existen solo locos y suicidas…

–Tiene usted razón –admitió Bern, con una sonrisa amarga–. Pero un solo loco puede provocar tantas desgracias, que mil sabios no serán suficientes para salvar a la Humanidad. Me limito a afirmar que habrá otra Humanidad. El relé de mi instalación –y Bern hizo un gesto en dirección al pozo– contiene el isótopo radiactivo de carbono con un periodo de semiescisión de unos ocho mil años. El relé ha sido calculado de forma que se agote dentro de ciento ochenta siglos; al término de este periodo, la radiación del isótopo quedará reducida de tal modo que las laminitas del electroscopio se unirán y cerrarán el circuito. Mientras, este desierto muerto será otra vez una región subtropical floreciente, para ofrecer las mejores condiciones de vida a los nuevos simios antropoides.

Nimayer se incorporó de un salto y empezó a hablar con agitación:

–De acuerdo. Los belicistas son unos insensatos. Pero, ¿y usted? ¿Y su decisión de permanecer congelado durante dieciocho mil años?

–¿“Congelado”? ¿Por qué simplificar así las cosas? –Preguntó, tranquilamente, Bern– Se trata de un fenómeno complejo de muerte reversible: enfriamiento, modorra, anabiosis…

–¡Es un suicidio! –Gritó Nimayer– No conseguirá persuadirme. Aún hay tiempo…

–No. El riesgo no es superior al de cualquier experimento complicado. Recuerde que hace unos cuarenta años, en la tundra siberiana se encontró en un estado de congelación eterna el cuerpo de un mamut. Su carne estaba tan bien conservada, que los perros se la comieron muy a gusto. Si el cuerpo de un mamut ha podido conservar su frescor en condiciones naturales durante decenas de miles de años, ¿por qué no puedo conservarme, en condiciones científicamente calculadas y controladas? Además, nuestros termoelementos semiconductores de último modelo pueden transformar el calor en corriente eléctrica y, además, resolverán el enfriamiento. Supongo que no me traicionarán durante esos dieciocho mil años, ¿no le parece?

Nimayer se encogió de hombros.

–Los termoelementos no lo traicionarán, de acuerdo. Son dispositivos de una extrema sencillez; además, las condiciones mismas del pozo no pueden ser más favorables: variaciones muy reducidas de temperatura, ausencia de humedad… se puede apostar que resistirán tanto como el mamut. Pero hay otros aparatos, ¿no es verdad? Si en el curso de los dieciocho mil años se rompe uno solo de ellos…

Bern se enderezó,

–Estos aparatos no están obligados a resistir todo este tiempo. Solo deberán funcionar dos veces: mañana y dentro de ciento ochenta siglos, al principio del próximo ciclo de vida de nuestro planeta. El resto del tiempo permanecerán conservados en la cámara junto a mí.

–Dígame, profesor, ¿continúa creyendo realmente en el fin de nuestra Humanidad?

–Es horrible hacerlo –respondió, pensativo, Bern–. Pero además de científico soy también hombre. Y por eso quiero actuar por mi cuenta… bien, vamos ahora a dormir. Mañana nos espera un gran trabajo.

A pesar del cansancio, Nimayer durmió mal aquella noche. El calor o la impresión que le habían causado las palabras del profesor habían excitado su cerebro y el sueño no llegaba. Apenas los primeros rayos del sol tocaron la tienda, se levantó turbado. Bern, acostado junto a él, abrió los ojos instantáneamente.

–¿Empezamos?

Desde la fresca profundidad del pozo se veía un trocito de cielo extraordinariamente azul. El estrecho pozo se ensanchaba en la parte inferior, donde estaba preparada, en un nicho, la instalación que Nimayer y Bern habían montado durante los últimos días, enlazada por medio de algunos cables con los termoelementos dispuestos en las paredes arenosas del pozo.

Bern comprobó por última vez el funcionamiento de todos los aparatos de la cámara. Siguiendo sus indicaciones, Nimayer practicó en la parte superior del pozo una pequeña excavación, introdujo dentro la carga y empalmó los hilos con la cámara. Con ello, todos los preparativos quedaron terminados y los dos hombres salieron a la superficie. El profesor encendió un cigarrillo y miró a su alrededor.

–El desierto tiene hoy un buen aspecto, ¿no es verdad?… Mi querido ayudante, parece que todo está dispuesto. Dentro de algunas horas suspenderé mi vida, hecho que usted, con absoluta falta de agudeza, ha llamado un suicidio. Tiene que considerar las cosas más sencillamente. La vida, esta cosa misteriosa cuyo sentido se intenta hallar constantemente, solo es una breve línea en la cinta infinita del tiempo. Quiero que mi vida consista en dos de esas líneas. Bien, dígame algo como despedida, no ponga esa cara.

Nimayer se mordió el labio.

–No sé, de veras… apenas puedo creer que lo consiga. Me da miedo creerlo.

–¡Pues ha logrado reducir mucho mi aprensión! –Exclamó, con una sonrisa, Bern–. Cuando alguien se preocupa por uno, se siente menos miedo. No nos amarguemos con largos adioses. Cuando vuelva arriba, explique la catástrofe del helicóptero tal como lo hemos acordado. Comprenda que el secreto más absoluto es la condición esencial de este experimento. Dentro de quince días empezarán las borrascas invernales… adiós… pero no se quede mirándome así: ¡los sobreviviré a todos ustedes!

El profesor tendió la mano a Nimayer.

–¿La cámara está calculada para una sola persona? –Preguntó Nimayer de repente.

–Sí, para una sola… –en el rostro del profesor apareció una expresión algo conmovida–. Creo que ahora empiezo a lamentar no haberlo convencido antes –Bern puso un pie en la escalerilla–. Dentro de quince minutos, aléjese. –Su cabeza canosa desapareció en las profundidades del pozo.

Bern cerró la puerta a su espalda, se puso una escafandra especial con una infinidad de tubitos y se tendió sobre el lecho, una masa de plástico que moldeaba exactamente su cuerpo. Se movió un poco. No sentía la menor presión por ninguna parte. Delante de su rostro, sobre un soporte adecuado, difundían tranquilamente su luz las lamparitas de señalización, indicando que todos los aparatos estaban dispuestos.

El profesor buscó a tientas el botón del detonador y, tras un instante de vacilación, lo pulsó. Una leve sacudida: el sonido no había penetrado en la cámara. Ahora, el pozo estaba cegado. Con un último movimiento, Bern enchufó las bombas de enfriamiento y de narcosis, colocó los brazos en las cavidades correspondientes del “lecho” y, mirando la bolita brillante colocada, en el techo de la cámara, empezó a contar los segundos.

Nimayer vio salir del pozo una pequeña columna de arena y de polvo. La cámara de Bern estaba sepultada a una profundidad de quince metros bajo tierra… Nimayer miró en torno suyo y se sintió solitario y a disgusto en medio del desierto, repentinamente silencioso. Inmóvil por unos instantes, se dirigió con calma hacia el helicóptero.

Cinco días más tarde, después de haber hecho saltar el helicóptero por el aire, como estaba convenido, llegó a una ciudad mongola.

Una semana después empezaron a soplar los vientos de otoño. Arrastrando oleadas de arena, allanaron toda huella de la cavidad. La arena, compuesta, como el tiempo, de infinitas partículas, había hecho desaparecer el último campamento de la expedición Bern…

 

En la oscuridad avanzaba lentamente una llamita verde temblorosa e incierta. Al inmovilizarse, Bern comprendió que era la lamparita de señalización del relé radiactivo. Quería decir que el relé había funcionado según lo previsto.

La conciencia le volvía paulatinamente. Bern descubrió a la izquierda las laminitas abatidas del electroscopio del reloj secular: estaban detenidas entre los números 19 y 20.

–Estamos en el centro del veinteavo milenio… –murmuró Bern, con excitación contenida. Su cerebro funcionaba perfectamente.

El profesor movió lentamente los brazos, las piernas, el cuello, abrió y cerró la boca. El cuerpo obedecía; solo la pierna derecha estaba aún dormida. Quizá la temperatura aumentó con excesiva rapidez… Bern hizo nuevos movimientos enérgicos para desentumecer los miembros y luego se levantó. Examinó los aparatos. Las agujas de los voltímetros estaban caídas; evidentemente los acumuladores se habían agotado durante la descongelación. Bern enchufó todas las baterías térmicas sobre la carga: las agujas se movieron en el acto para desplazarse hacia arriba. Bern se acordó en aquel momento de Nimayer: los termoelementos no lo habían traicionado. Este recuerdo provocó un extraño pensamiento: Nimayer había dejado de existir hacía mucho tiempo, ya no había nadie.

La mirada se desplazó hacia la bola metálica del techo: estaba oscura y ya no brillaba. Bern se impacientó poco a poco. Examinó otra vez los voltímetros: los acumuladores se cargaban lentamente, pero, de enchufarlos junto a las baterías térmicas, podrían generar energía suficiente para volver a la superficie. Bern se cambió de ropa y, pasando a través de una escotilla en el techo de la cámara, subió a la cúpula de apertura automática. Enchufó la clavija, oyó el rumor de los motores eléctricos, cuyas revoluciones aumentaban. La rosca de la cúpula había empezado a penetrar en el suelo. El pavimento de la cabina experimentó una ligera sacudida. Bern notó, tranquilizado, que la cúpula empezaba a desplazarse hacia lo alto… Por fin, el seco crujido de las tierras sobre el metal se interrumpió; la cúpula había salido a la superficie. Bern empezó a destornillar con la llave inglesa las tuercas que fijaban la puerta. Cedían con dificultad, y se arañó los dedos. De pronto apareció por la rendija una luz crepuscular azulada. Otro esfuerzo más y el profesor salió de la cúpula.

En el fresco crepúsculo de la tarde se alzaba una selva espesa y silenciosa. El cono de la cúpula había perforado el terreno justamente junto a las raíces de uno de los árboles; su tronco potente alzaba con orgullo la espesa copa de sus hojas hacia el cielo, que se oscurecía, Bern se sintió mal al pensar en lo que hubiera ocurrido al crecer aquel árbol un poco más a la izquierda. Se acercó al tronco y lo golpeó. La corteza esponjosa le humedeció las manos. ¿De qué género será? No le quedaba otro remedio que esperar el día.

El profesor volvió a la cúpula y comprobó todas sus provisiones: las conservas alimenticias y el agua, la brújula, la pistola. Encendió un cigarro. “Tenía razón –le dijo su pensamiento, triunfante–: el desierto se había convertido en una selva. Con tal que el reloj radiactivo no le hubiera jugado una mala pasada. ¿Pero cómo comprobarlo?”

Los árboles crecían a una cierta distancia uno del otro y en los espacios se podían ver las estrellas encendidas en el cielo. Bern miró al firmamento. Su pensamiento relampagueó: ahora, la estrella Polar debía ser la de Vega…

Encontró en la oscuridad un árbol cuyas ramas eran muy bajas y se subió a ellas con alguna dificultad, llevando la brújula. Las ramas le arañaban la cara. Su ruido asustó a un pájaro, que lanzó un grito agudo y saltó de la rama, golpeando dolorosamente la mejilla de Bern. Aquel grito extraño retumbó en todo el bosque. El profesor, jadeante, se instaló en la rama más alta y levantó la cabeza.

Era ya de noche. Sobre él se extendía un cielo tachonado de estrellas completamente desconocido. El profesor buscaba con los ojos las constelaciones de la Osa Mayor, de Casiopea. No eran visibles. Por otra parte, tampoco podían estar: en el curso de los milenios, las estrellas se habrían desplazado, trastornando todas las cartas astronómicas. Solo la Vía Láctea atravesaba, como antes, el firmamento con su franja clara de polvo luminoso. Bern acercó la brújula a sus ojos y miró la aguja, que apuntaba hacia septentrión, brillando débilmente en la oscuridad. Miró, pues, en aquella dirección. A una cierta altura sobre el horizonte, allí donde terminaba el cielo estrellado, vio la constelación de Vega. Cerca de ella brillaban estrellas más pequeñas, la constelación retorcida de Lira.

Ya no cabía la menor duda: Bern se encontraba hacia el principio de un nuevo ciclo de precesión, en el vigésimo milenio…

Pasó la noche en cavilaciones. No podía dormir de ninguna manera y esperaba el alba entre escalofríos. Por fin, las estrellas se apagaron y tras los árboles apareció una niebla gris y transparente. El profesor atisbó en la hierba alta y espesa bajo sus pies. ¡Un musgo gigante! Esto significaba, tal como había previsto, que al terminar la era glacial, habían empezado a desarrollarse plantas criptógamas, las más primitivas y resistentes.

Poco a poco, vencido por la curiosidad, Bern empezó a avanzar por la selva. Los tallos largos y flexibles del musgo se enredaban en sus piernas; sus zapatos bien pronto quedaron empapados por la escarcha. Parecía como si ya fuera otoño. Las hojas de los árboles eran de muy diferentes colores: las verdes se mezclaban con las rosas, las anaranjadas con las amarillas. La atención de Bern fue atraída por algunos árboles delgados de corteza rojo cobriza. Sus hojas se distinguían de las otras por su fresco color verde oscuro. Se acercó. Los árboles se parecían al pino, pero en lugar de las agujitas, apuntaban hojitas duras y cortantes que olían a resina.

La selva se despertaba poco a poco. Se levantó un leve vientecillo que borró los restos de la niebla. El Sol se había elevado sobre las copas de los árboles, el Sol de siempre, que no había envejecido y esparcía sus rayos luminosos como otras veces. No había cambiado lo más mínimo en el curso de ciento ochenta siglos.

El profesor avanzaba golpeando de vez en cuando las raíces, poniendo continuamente en su sitio las gafas, que resbalaban de su nariz. Por un momento oyó entre las ramas rumores que parecían gruñidos. Tras los árboles apareció el cuerpo oscuro de un animal de cabeza cuneiforme. Jabalí, decidió Bern, pero con la novedad de un cuerpo sobre el hocico. Al descubrir al profesor, el jabalí permaneció inmóvil por un segundo, y luego, de repente, se escondió entre los árboles con un grito estridente.

–¡Caramba! ¡Tuvo miedo de un hombre! –dijo Bern para sí, mirando, sorprendido, hacia atrás.

Su corazón casi dejó de latir. Sobre el musgo agrisado, mojado aún por el rocío, se distinguían claramente unas huellas oscuras que atravesaban el prado. ¡Eran huellas de pies humanos desnudos!

El profesor se inclinó sobre las huellas. Eran lisas y el dedo gordo aparecía netamente separado de los demás. ¿Sería posible que se hubieran cumplido todas sus previsiones? Bern olvidó todo e, inclinándose para ver mejor, siguió aquellas huellas. Allí vivían hombres, y, a juzgar por el hecho de que los jabalíes les temieran, se trataba de seres fuertes y ágiles.

El encuentro sucedió inesperadamente. Las huellas conducían a un pradito, del que antes habían llegado hasta Bern exclamaciones guturales y estridentes. Luego se dio cuenta de que algunos seres cubiertos de un pelo amarillo grisáceo estaban encorvados junto a los árboles, cogiendo las ramas con las manos. Miraban en dirección al profesor. Bern se detuvo y, olvidando toda prudencia, empezó a examinar ávidamente a aquellos bípedos. Sin duda eran simios en proceso de humanización: tenían manos con cinco dedos, la frente baja e inclinada tras los arcos muy pronunciados, así como mandíbulas prognatas bajo una nariz pequeña y plana. El profesor vio que dos de ellos llevaban sobre la espalda algo semejante a dos capas de piel.

Por lo tanto, había sucedido todo cuanto él predijo. Bern sintió de pronto un agudo y rabioso sentido de soledad: el ciclo está cerrado; lo que existía decenas de milenios atrás, había vuelto después de otros milenios…

Mientras, uno de los simios antropoides se dirigió hacia Bern y le gritó algo; su voz resonó como una orden. El profesor advirtió que el antropoide tenía en la mano un nudoso bastón. Era, con toda evidencia, el jefe, y todos sus restantes compañeros lo seguían. Solo entonces comprendió Bern el peligro que lo amenazaba. Los antropoides se le acercaban con rapidez, trotando sobre sus piernas curvadas. El profesor vació al aire el cargador de su pistola y corrió a refugiarse en la selva.

Fue un error. Si lo hubiera hecho en un espacio abierto, es poco probable que los hombres-mono pudieran alcanzarlo sobre sus piernas aún poco adaptadas a caminar en posición erecta. Sin embargo, en la selva, la ventaja estaba de su parte. Con gritos triunfales y estridentes, corrían de un árbol a otro, agarrándose y lanzándose por las ramas. Algunos, después de haberse bamboleado sobre una rama, daban enormes saltos. Delante de todos corría el jefe con el garrote.

El profesor escuchaba tras él los gritos salvajes y triunfantes, pues los antropoides estaban a punto de alcanzarlo.

–Esto parece un linchamiento –aquella idea relampagueó en la mente del profesor–. No debería haber corrido; el que huye, siempre es derrotado…

El corazón le latía con fuerza, le corría el sudor por la cara, las piernas parecían llenas de algodón. En un instante, el pánico desapareció.

–¿Por qué huir? El experimento terminó…

El profesor se detuvo y, abrazando un tronco, se volvió hacia sus perseguidores.

En cabeza del grupo corría de manera torpe el jefe. Agitaba el garrote sobre su cabeza. El profesor veía sus pequeños dientes feroces. El pelo del hombro izquierdo estaba chamuscado.

–Eso quiere decir que ya conocen el fuego –observó Bern para sí.

El jefe lanzó un grito y dejó caer pesadamente su garrote sobre el cráneo del profesor. El terrible golpe hizo caer a éste sobre el suelo y le inundó la cara de sangre. Bern perdió en seguida el conocimiento, pero distinguió aún a los hombres-mono que venían y cómo el jefe alzaba el garrote para sacudir el último golpe. Algo plateado brilló en el cielo azul.

–A pesar de todo, la Humanidad resurge –murmuró Bern, un instante antes de que el garrote, cayendo pesadamente sobre su cráneo, lo privase de la posibilidad de pensar…

 

Algunos días más tarde se publicó la siguiente noticia:

“Hace algunos días, concretamente el 12 de septiembre, en la reserva que se encuentra sobre el territorio del antiguo desierto de Gobi, fue arrancado a una manada de hombres-mono un cuerpo humano. En un ionocóptero rápido, el hombre fue transportado a la Casa de Salud de la zona habitada más cercana. A juzgar por la estructura del cráneo, y también por los restos de su ropa, parece pertenecer a los primeros siglos de la era de la Victoria del Trabajo.

“La vida de este hombre misterioso ya está fuera de peligro. Después de recobrar el sentido, abrió los ojos y empezó a exclamar alegremente algo incomprensible. Con la ayuda de la máquina lingüística universal se han podido interpretar sus palabras. En lengua paleogermánica dijo: ‘¡Me equivoqué! ¡Qué feliz soy de haberme equivocado!’ Y luego volvió a desmayarse.

“¿Cómo un hombre de tan remoto origen ha conseguido conservarse con vida durante más de dieciocho milenios? Se trata, probablemente, de un método ya conocido por nuestros científicos. En la actualidad, expediciones especiales, organizadas por la Academia de Ciencias, están realizando investigaciones exhaustivas.

“Se ha recomendado, por otra parte, a la sección paleontológica, que intensifique la vigilancia en las reservas nacionales. Debe tenerse especial cuidado en prohibir a los antropoides que usen sus herramientas de trabajo como armas agresivas, lo que podría ejercitar una dañina influencia en el desarrollo de sus capacidades racionales durante el proceso de evolución.

“La Presidencia de la Academia Mundial”.

 

(Tomado de Bergier, Jacques, Lo mejor de la ciencia-ficción rusa, Bruguera, Barcelona, 1972)