jueves, 29 de octubre de 2026

El secreto

Junichiro Tanizaki

 

Por una idea caprichosa que se me ocurrió en aquella época, decidí apartarme del bullicioso ambiente que me había rodeado hasta entonces y escapar discretamente del círculo de hombres y mujeres con quienes, por una u otra razón, seguía relacionándome. Busqué por todas partes un escondite apropiado hasta que, después de muchas vueltas, encontré un templo de la secta Shingon en los alrededores de Matsuba-chō, en Asakusa, y finalmente conseguí alquilar una habitación en las dependencias de los monjes.

El templo estaba junto al canal de Shinbori, más allá del puente Kikuyabashi, siguiendo en línea recta por detrás del Monzeki, al pie de la Torre de los Doce Pisos, en medio de un barrio Obscure de calles fastidiosamente enmarañadas. A un lado de aquel laberinto de viviendas miserables, desparramado por toda la zona como si alguien hubiera volcado una caja de desperdicios, se extendía una larga tapia de tierra de color amarillo anaranjado. El conjunto tenía un aire de recogimiento, de gravedad y de tristeza.

Desde el principio había pensado que, en vez de retirarme a algún suburbio como Shibuya u Ōkubo, sería mejor encontrar, en plena ciudad, algún rincón olvidado y extrañamente desolado. Así como en un arroyo de montaña se forman remansos entre los rápidos, también debían de existir, entre las calles atestadas de los barrios populares, callejuelas silenciosas, casi nunca transitadas, salvo en circunstancias extraordinarias o por algún personaje singular.

Al mismo tiempo, se me ocurrió otra cosa:

Me gustaba mucho viajar. Había recorrido Kioto, Sendai y Hokkaidō, y había llegado incluso hasta Kyūshū. Y, sin embargo, aunque había nacido en Ningyōchō y llevaba veinte años viviendo en Tokio, estaba seguro de que en la ciudad quedaban calles en las que jamás había puesto un pie. Y debían ser muchas más de las que imaginaba.

Entre las innumerables calles y callejuelas que formaban un intrincado panal en los barrios populares de la ciudad, ya no sabía si eran más las que había recorrido o las que todavía desconocía.

Debía de tener once o doce años cuando fui una vez con mi padre al santuario de Hachiman, en Fukagawa.

–¿Qué te parece si cruzamos el río en la barca y te invito a comer los famosos fideos de soba de Komeichi, en Fuyuki? –me dijo.

Y me llevó detrás del edificio principal del santuario. Allí corría un río que no se parecía en nada a los canales de Koamichō y Kobunachō: era estrecho, de orillas bajas y tan crecido que parecía a punto de desbordarse. Fluía lenta y pesadamente, abriéndose paso entre los aleros de las casas apiñadas en ambas riberas. Una pequeña barca iba y venía entre embarcaciones de carga y barcazas, algunas aparentemente más largas que el ancho del propio río, alineadas unas detrás de otras. Al barquero le bastaban dos o tres impulsos de la pértiga contra el fondo para cruzarlo.

Hasta aquel día había visitado muchas veces el santuario de Hachiman, pero nunca se me había ocurrido pensar qué podía haber detrás de él. Siempre contemplaba el edificio desde la entrada principal, a través del torii, y probablemente había llegado a imaginarlo como una de esas pinturas panorámicas que solo tienen fachada, sin nada detrás, como si el paisaje terminara allí. Ahora se abrían ante mis ojos aquel río, el embarcadero y, más allá, una extensión de tierra que se prolongaba hasta perderse de vista. Aquel espectáculo misterioso me parecía más alejado de Tokio que Kioto u Osaka, semejante a uno de esos mundos que encontramos a menudo en sueños.

Después traté de imaginar qué clase de barrio habría justo detrás del pabellón de Kannon, en Asakusa. Desde la calle Nakamise recordaba perfectamente el inmenso tejado del templo pintado de rojo, pero no conseguía representarme nada más. A medida que crecía y se ampliaban mis relaciones, visitaba casas de conocidos, salía a contemplar los cerezos en flor o a divertirme y acabé recorriendo, según creía, todos los rincones de Tokio. Y, aun así, todavía tropezaba a menudo con alguno de aquellos extraños mundos aparte que me habían sorprendido de niño.

Pensando que aquellos mundos aparte serían los escondites ideales, me empeñé en dar con ellos. Y cuanto más recorría la ciudad en su busca, más lugares hasta entonces desconocidos surgían a mi paso. Había cruzado innumerables veces los puentes de Asakusabashi e Izumibashi, pero jamás el de Saemonbashi, situado entre ambos. Para ir al teatro Ichimuraza, en Nichōmachi, siempre me desviaba a la derecha desde la calle del tranvía, en la esquina de una tienda de soba. En cambio, nunca había recorrido las dos o tres manzanas que conducían desde la fachada del teatro, en línea recta, hasta el Yanagimoriza. Tampoco recordaba bien cómo era la ribera que se extendía a la izquierda, desde el extremo del antiguo puente Eitai, en la orilla derecha. Y, por lo visto, aún quedaban muchos lugares desconocidos para mí en los alrededores de Hatchōbori, Echizenbori, Shamisenbori y Sanyabori.

De todos ellos, el barrio del templo de Matsuba-chō era el más singular. Me encantó descubrir, a un paso del Sexto Distrito de Asakusa y de Yoshiwara, una zona que parecía solitaria y abandonada, apenas doblar una esquina. Había abandonado a mi inseparable viejo amigo, aquel “Tokio ostentoso, lujoso y, al mismo tiempo, vulgar”. Me divertía poder ocultarme allí y observar tranquilamente, desde la distancia, su agitación.

No me había retirado para dedicarme al estudio. Por entonces, mis nervios eran como una lima que, de tan gastada, hubiera perdido todo su filo: nada conseguía impresionarme si no tenía un colorido violento, una crudeza casi brutal. Ya no podía apreciar las grandes obras de arte ni la cocina más exquisita, que exigen una sensibilidad capaz de distinguir los matices más delicados. Tenía el ánimo tan endurecido que ya no lograba admirar el talento de los cocineros de las casas de té, cuya cocina representaba lo más refinado del gusto de los barrios populares, ni la maestría de actores como Nizaemon y Ganjirō. Los placeres habituales de la ciudad me dejaban indiferente. Se me había vuelto insoportable aquella vida ociosa y sin atractivo que, por pura inercia, seguía repitiéndose día tras día. Anhelaba encontrar un Mode of life extravagante y artificial, que rompiera por completo con todas las viejas costumbres.

¿No habría algo extraño, monstruoso, capaz de hacer temblar unos nervios acostumbrados a todos los estímulos corrientes? ¿No sería posible vivir inmerso en una atmósfera salvaje, absurda y fantástica, apartada de la realidad? Mi espíritu vagaba entonces por el mundo de las antiguas leyendas de Babilonia y Asiria, dejaba volar la imaginación con las novelas policíacas de Conan Doyle y Kuroiwa Ruikō, suspiraba por las tierras abrasadas y los campos verdes de los trópicos, bañados por un sol feroz, y añoraba las travesuras excéntricas de mi niñez.

Pensé que el simple hecho de desaparecer inesperadamente del bullicioso mundo y mantener mis actos en secreto, aun sin ningún propósito, bastaría para dar a mi vida cierto color misterioso y romántico. Desde niño había aprendido a saborear el encanto de los secretos. Juegos como las escondidas, la búsqueda de tesoros o el del monjecillo del té resultaban especialmente divertidos cuando se jugaban de noche, en un cobertizo apenas iluminado o delante de las puertas dobles de un armario. Sin duda era porque en ellos se ocultaba aquella atmósfera enigmática que llamamos “secreto”.

Me había escondido deliberadamente en un rincón perdido de los barrios populares, donde nadie pensaría en buscarme, porque quería experimentar una vez más la emoción infantil de jugar a las escondidas. También favorecía mi curiosidad y alimentaba mis fantasías el hecho de que el templo perteneciera a la secta Shingon, tan estrechamente relacionada con los “secretos”, los “conjuros” y las “maldiciones”. Mi cuarto se encontraba en un ala recién construida de las dependencias del templo. Era una habitación de ocho tatamis, orientada al sur. Los tatamis, algo tostados por el sol y de un tono parduzco, transmitían una agradable sensación de calma y calidez. Pasado el mediodía, el suave sol otoñal ardía sobre las puertas de papel de la galería como la luz de una linterna mágica, y toda la estancia resplandecía como una enorme lámpara de papel.

Guardé en un armario todos los libros de filosofía y arte que hasta entonces me habían acompañado, y esparcí por el cuarto, como si los hubiera sacado a airear durante la canícula, volúmenes llenos de historias extrañas e ilustraciones sobre magia, hipnotismo, detectives, química y anatomía. Me tendía en el suelo y los leía con avidez, abriendo uno tras otro, al azar. Había entre ellos The Sign of Four, de Conan Doyle, Murder, Considered as one of the fine arts, de De Quincey, cuentos maravillosos como los de Las mil y una noches y hasta un curioso libro francés de Sexuology.

Insistí hasta conseguir que el superior del templo me prestara unas antiguas pinturas budistas que guardaba celosamente: representaciones del infierno y del paraíso, del monte Sumeru, del Buda en el nirvana y otras imágenes semejantes. Las colgué por todas las paredes sin seguir ningún orden, como los mapas que se ven en las salas de profesores de las escuelas. Del incensario colocado en el tokonoma se elevaba constantemente una columna recta y silenciosa de humo violeta, que impregnaba de fragancia la habitación clara y cálida. A veces iba a una tienda junto al puente Kikuyabashi a comprar sándalo o madera de áloe para quemarlos allí.

En los días despejados, cuando la luz deslumbrante del mediodía bañaba las puertas de papel, el interior ofrecía un espectáculo extraordinario. De las viejas pinturas de espléndidos colores parecían salir nadando en aquella claridad los budas, los arhats, los monjes y monjas, los fieles laicos de ambos sexos, los elefantes, leones y criaturas fabulosas llamadas kirin. De los innumerables libros arrojados sobre los tatamis surgían matanzas, anestésicos, drogas mágicas, mujeres demoníacas, religiones: toda clase de títeres que se mezclaban con el humo del incienso y flotaban en una bruma difusa. En medio de todo aquello extendí una alfombra de fieltro rojo de unos dos tatamis, y allí me pasaba los días tendido, con los ojos fijos y turbios como los de un salvaje, entregado a mis alucinaciones.

Alrededor de las nueve de la noche, cuando casi todos en el templo se habían acostado, bebía directamente de una botella cuadrada de whisky hasta embriagarme. Después quitaba yo mismo uno de los postigos de la galería, saltaba el seto del cementerio y salía a pasear. Para evitar que me reconocieran, cambiaba de aspecto cada noche: me mezclaba con las multitudes del parque o curioseaba ante los escaparates de anticuarios y librerías de viejo. Algunas veces salía con un pañuelo atado a la cabeza y una chaqueta corta de algodón a rayas, calzando sandalias de bambú sobre unos pies desnudos, cuidadosamente limpios, con las uñas pintadas de rojo. Otras llevaba anteojos de cristales ahumados con montura dorada y el cuello levantado de una amplia capa. Me divertía transformar el rostro con bigotes postizos, lunares y manchas en la piel. Pero una noche, en una tienda de ropa usada de Shamisenbori, descubrí un kimono femenino con forro, de fondo azul índigo y estampado con diminutos círculos de distintos tamaños. Desde aquel instante sentí un deseo irresistible de ponérmelo.

Siempre había sentido por las telas y las prendas de vestir una atracción intensa, casi dolorosa, que iba mucho más allá de la simple admiración por un color bonito o por un dibujo elegante. Y no solo me ocurría con la ropa de mujer: cada vez que veía o tocaba una seda hermosa, me daban ganas de abalanzarme sobre ella, temblando, y llegaba a sentir un arrebato de placer semejante al que me producía contemplar la piel de una amante. Había momentos en que incluso envidiaba la suerte de las mujeres, que podían engalanarse a su antojo con las telas que yo tanto amaba –la seda omeshi, el crespón–, sin preocuparse lo más mínimo por lo que dijera la gente.

Aquel kimono de crespón estampado que colgaba lánguidamente, casi vivo, en la tienda de ropa usada… al imaginar el placer de sentir aquella tela húmeda al tacto, pesada y fría, adhiriéndose a mi carne, me recorrió un escalofrío. Quería vestirme con él y pasear por la calle con aspecto de mujer. Decidido a hacerlo, lo compré sin vacilar. También adquirí una túnica interior teñida en yūzen y una chaqueta negra de crespón.

Debían haber pertenecido a una mujer de complexión grande y, como yo era un hombre de poca estatura, me quedaban perfectamente. Cuando ya era tarde y el templo entero permanecía silencioso y desierto, me senté a escondidas delante del tocador y comencé a maquillarme. Al principio, cuando embadurné la piel amarillenta del puente de mi nariz con una espesa pasta blanca, mi rostro adquirió un aspecto algo grotesco. Pero, al extender con la palma de la mano aquella sustancia viscosa y blanquecina por toda la cara, descubrí que se adhería mejor de lo esperado. Sentí un gozo singular cuando la frescura de aquella pasta, como un rocío de aroma dulce, penetró en mis poros. A medida que añadía carmín y polvos de tonoko, mi rostro, hasta entonces inerte y blanco como el yeso, iba adquiriendo las facciones vivas y lozanas de una mujer. ¡Qué divertido resultaba! Comprendí que el arte del maquillaje, que actores, geishas y mujeres practican a diario sobre su propia carne, era mucho más interesante que el de los escritores y pintores.

La túnica interior, el cuello, la falda que se llevaba debajo del kimono, las mangas forradas de seda roja que crujían suavemente, “chuc, chuc”… mi carne recibía todas las sensaciones que experimenta la piel de una mujer corriente. Me blanqueé desde la nuca hasta las muñecas, me puse una peluca con el cabello recogido en el peinado ichō-gaeshi y me cubrí la cabeza con una capucha okoso. Después, armándome de valor, me mezclé con las sombras de la calle.

Era una noche nublada, oscura y amenazante de lluvia. Durante un rato vagué por las calles solitarias y llenas de zanjas de Senzokuchō, Kiyosumichō y Ryūsenjichō. Ni los policías de los puestos de vigilancia ni los transeúntes parecían advertir nada extraño. El viento nocturno acariciaba fríamente mi cara, seca y áspera como si la cubriera una segunda piel. La tela de la capucha que me tapaba la boca se humedecía y calentaba con mi aliento. A cada paso, el largo borde de la falda de crespón se enredaba juguetonamente entre mis piernas. El ancho obi que me ceñía con fuerza desde la boca del estómago hasta las costillas y la faja que sujetaba la prenda sobre la pelvis parecían hacer que por mis venas comenzara a circular sangre de mujer. Poco a poco iban desapareciendo mis gestos y movimientos masculinos.

Al sacar de las mangas de seda estampada mis manos empolvadas de blanco, vi sus líneas fuertes y duras disolverse en la oscuridad, mientras las manos resplandecían, suaves y redondeadas. Yo mismo me quedé prendado de su belleza. Llegué a envidiar a las mujeres que poseían de verdad unas manos así. ¡Qué divertido sería cometer toda clase de delitos con aquel aspecto, como Benten Kozō, el ladrón que se disfraza de mujer en el teatro kabuki! Con esa mezcla de “secreto” y “sospecha” que tanto deleita a los lectores de novelas policiacas y de crímenes, fui acercándome poco a poco al Sexto Distrito del parque, donde se reunía más gente. Conseguí convencerme de que era un hombre que había perpetrado algún crimen atroz, un asesinato o un robo.

Desde la Torre de los Doce Pisos seguí la orilla del estanque hasta la esquina del teatro de ópera. Allí las iluminaciones y los focos de arco eléctrico resplandecían sobre mi rostro cargado de maquillaje, y se distinguían perfectamente los colores y las rayas de mi kimono. Al llegar frente al teatro Tokiwaza, vi mi imagen reflejada en el gran espejo de la entrada de un estudio fotográfico situado al fondo de la calle: entre la muchedumbre que avanzaba en tropel aparecía mi figura, perfectamente disfrazada de mujer.

Bajo la espesa capa de polvos blancos, el secreto de que era un “hombre” quedaba enteramente oculto. Mis ojos y mi boca se movían como los de una mujer y procuraba sonreír como una. Las mujeres que pasaban a mi lado, delante y detrás, desprendiendo el dulce aroma del alcanfor y el tenue susurro del roce de sus vestidos, me consideraban una de las suyas sin sospechar nada. Y algunas parecían envidiar la delicadeza de mis facciones y mi gusto por las prendas antiguas.

El bullicio nocturno del parque, al que estaba tan acostumbrado, me parecía enteramente nuevo ahora que guardaba un “secreto”. Fuera donde fuera, mirase lo que mirase, todo me resultaba sorprendente y extraño, como si lo descubriera por primera vez. Acaso la realidad más vulgar adquiriera unos colores fantásticos y extraños, como los de un sueño, porque, engañando a los ojos de los demás, engañando incluso a la luz eléctrica, oculto bajo los afeites voluptuosos y las ropas de crespón, contemplaba la realidad a través del velo del “secreto”.

Desde entonces repetí el disfraz casi todas las noches. Algunas veces me mezclaba sin vacilar con el público que asistía de pie al teatro Miyatoza o entre los espectadores de las proyecciones cinematográficas. Volvía al templo cerca de la medianoche y, en cuanto entraba en mi habitación, encendía la lámpara de queroseno. Sin quitarme siquiera las ropas que cubrían mi cuerpo fatigado, me dejaba caer sobre el fieltro con una languidez lasciva, contemplando con pesar los colores suntuosos del vestido y agitando sus mangas. Cuando me miraba en el espejo y observaba los restos del maquillaje adheridos a mis mejillas, de piel flácida y poros dilatados, un placer decadente, semejante a la embriaguez de un vino añejo, me invadía el alma. A veces, con las pinturas del infierno y del paraíso de fondo, me tendía boca abajo sobre el futón, con la túnica interior de colores chillones, lánguido como una cortesana, y hojeaba hasta muy entrada la noche aquellos libros extraños. A medida que perfeccionaba mi caracterización me volvía más audaz. Para alimentar mis caprichosas fantasías, salía con una daga o con algún anestésico escondido en el obi. Sin cometer delito alguno, quería aspirar hasta saciarme el hermoso perfume romántico que acompaña al crimen.

Así pasó aproximadamente una semana. Una noche, por uno de esos azares inexplicables, comenzó para mí una aventura todavía más extraña, extravagante y misteriosa.

Aquella noche había bebido más whisky que de costumbre y había subido a uno de los asientos reservados del segundo piso del cine Sanyūkan. Debían ser casi las diez. La sala estaba terriblemente llena. El aire, turbio como una niebla, estaba cargado del vaho tibio que despedía la multitud, una masa negra y compacta que se removía sin cesar. Aquel aliento parecía capaz de pudrirme los polvos del rostro. En la oscuridad, los haces de luz de la película se desplegaban vertiginosamente entre ásperos crujidos y, cada vez que me taladraban las pupilas, sentía que la cabeza, embriagada por el whisky, iba a partirse de dolor. Cuando la imagen desaparecía de la pantalla y las luces se encendían de golpe, recorría con la mirada los rostros que abarrotaban la sala desde la sombra de mi capucha, que me cubría hasta las cejas. Entre las nubes de humo de tabaco, que flotaban sobre las cabezas del público de la planta baja como vapores que ascendieran desde el fondo de un barranco, advertía a muchos hombres que observaban con curiosidad mi capucha anticuada y a mujeres que contemplaban furtivamente, con deseo, los colores elegantes de mi atuendo. Aquella atención halagaba mi vanidad. Entre todas las mujeres de la sala, ninguna parecía atraer tantas miradas como yo, ya fuera por lo insólito de mi atuendo, por la coquetería de mis modales o incluso por mi belleza.

Al principio no había nadie sentado junto a mí, en aquella zona reservada. No sé cuándo llegaron, pero, cuando se encendieron las luces por segunda o tercera vez, advertí que un hombre y una mujer se habían sentado a mi izquierda.

Ella aparentaba veintidós o veintitrés años, aunque en realidad debía de tener veintiséis o veintisiete. Con un peinado de tres bucles y el cuerpo enteramente envuelto en una capa celeste de seda omeshi, dejaba al descubierto únicamente su rostro, como si quisiera que todos admiraran aquella hermosura extraordinaria, tan viva y fresca que parecía recién salida del agua. No podía decidir si era una geisha o una señorita de buena familia, pero, a juzgar por la actitud del caballero que la acompañaba, no parecía una respetable mujer casada.

–…Arrested at last… –murmuró, leyendo un rótulo que aparecía en la película.

Mientras me echaba a la cara el humo fragante de un cigarrillo M. C. C., liado al estilo turco, desde la oscuridad dirigió hacia mí el fulgor de unos grandes ojos que brillaban más que las piedras preciosas de sus anillos.

Aquella voz áspera y gastada, como la de un maestro de shamisen futozao, desentonaba con su aspecto seductor. Pero no cabía duda: era la voz de T., una mujer con la que había tenido una breve relación dos o tres años atrás, cuando la casualidad nos reunió a bordo de un barco rumbo a Shanghái.

Recordaba que ya entonces su modo de vestir y comportarse hacía difícil saber si era una cortesana o una mujer común. El hombre que la acompañaba en el barco no se parecía en absoluto al de aquella noche, ni en el porte ni en el rostro, pero entre uno y otro debía de extenderse una interminable cadena de hombres que atravesaba toda la vida pasada de aquella mujer. En cualquier caso, era evidente que pertenecía a esa clase de mujeres que revolotean sin cesar, como mariposas, de un hombre a otro. Cuando intimamos en el barco dos años atrás, por diversas circunstancias ninguno había revelado al otro su verdadero nombre, su situación ni su domicilio, y así llegamos a Shanghái. Yo había engañado sin mayores miramientos a aquella mujer enamorada de mí y desaparecido sin dejar rastro. Desde entonces, su recuerdo se confundía con el sueño de aquella travesía por el océano Pacífico. Jamás habría imaginado encontrarla en un lugar como aquel. Por entonces tenía una figura algo más redondeada, pero ahora había adelgazado hasta alcanzar una esbeltez casi divina. Sus ojos redondos, húmedos y de largas pestañas, aparecían límpidos como si acabaran de ser lavados, y toda ella irradiaba una autoridad altiva, como si ningún hombre le mereciera la menor consideración. Los labios frescos, de un rojo tan vivo que parecían capaces de manchar de sangre cualquier cosa que tocaran, y la línea del cabello, que descendía casi hasta ocultarle los lóbulos de las orejas, eran los mismos de antes. La nariz, en cambio, me pareció algo más alta y afilada.

¿Me había reconocido? No podía averiguarlo con certeza. Cuando se encendían las luces, se inclinaba hacia su acompañante y coqueteaba con él en voz baja, como si me tomara por una mujer común y no me prestara la menor atención. A decir verdad, al tenerla sentada a mi lado no podía menos que despreciar el disfraz del que hasta entonces me había sentido tan orgulloso. Ante el hechizo de aquella mujer fatal, tan libre en sus expresiones y tan llena de vida, mi maquillaje y mi vestimenta, elaborados con tanto esmero, me hicieron sentir como un monstruo vulgar y repulsivo. Ni en feminidad ni en belleza podía competir con ella. Me marchitaba a su lado, deslucido como una estrella ante la luna.

¡Qué espléndida se veía, recortada con nitidez contra el aire turbio de la sala, mientras sus gráciles manos flexibles, asomando de la capa, nadaban como dos peces! Incluso mientras conversaba con el hombre, de vez en cuando levantaba los ojos soñadores hacia el techo, fruncía el ceño mirando a la multitud que se extendía abajo o sonreía mostrando una hilera de dientes blanquísimos. Cada gesto le confería una expresión enteramente distinta, rebosante de vida. Sus grandes pupilas negras, capaces de comunicar con claridad cualquier sentimiento, brillaban como dos joyas que podían distinguirse desde el rincón más lejano de la planta baja. Todos los rasgos de su rostro poseían demasiada riqueza expresiva para limitarse a ser órganos destinados a ver, oler, oír o hablar. Más que una cara humana, aquel rostro era un dulce cebo dispuesto para tentar el corazón de los hombres.

Ninguna mirada de la sala se dirigía ya hacia mí. Y yo, neciamente, comencé a sentir celos y cólera contra la hermosura de la mujer que me había arrebatado toda la atención. ¡Qué humillación verse eclipsado y pisoteado en un instante por el atractivo de una mujer a quien en otro tiempo había utilizado a mi antojo y luego abandonado! ¿Y si ella me hubiera reconocido y estuviera vengándose deliberadamente con aquella cruel ironía?

Sentí que mis celos por su belleza se transformaban poco a poco en un deseo amoroso. Derrotado en nuestra rivalidad como mujer, quería conquistarla una vez más como hombre, someterla y saborear mi triunfo. Y aquel deseo irresistible me empujaba a lanzarme de pronto sobre su grácil cuerpo, atraparla entre mis manos como entre las garras de un ave de presa y sacudirla.

“¿Sabes quién soy? Esta noche, al verte de nuevo después de tanto tiempo, he vuelto a enamorarme de ti. ¿No querrías estrecharme la mano una vez más? ¿No querrías regresar mañana por la noche a este mismo lugar y aguardarme? Como no deseo revelar mi dirección a nadie, te ruego que vuelvas mañana a esta hora y me esperes aquí”.

Aprovechando la oscuridad, saqué de entre los pliegues del obi una hoja de papel japonés y un lápiz, escribí apresuradamente aquellas palabras y deslicé el mensaje dentro de una de sus mangas. Después volví a observarla fijamente.

Ella contempló la película en silencio hasta que, hacia las once, terminó. Cuando todos los espectadores se levantaron y comenzaron a precipitarse hacia la salida en medio de un gran tumulto, se acercó otra vez a mi oído.

–…Arrested at last… –susurró.

Durante unos instantes fijó en mi rostro una mirada todavía más audaz y confiada que la primera. Luego desapareció entre la gente junto con su acompañante.

“…Arrested at last…”

En algún momento había descubierto mi identidad. Al comprenderlo, me recorrió un estremecimiento.

Pero ¿acudiría sin poner reparos la noche siguiente? Tal vez había cometido una imprudencia al actuar de aquel modo sin calcular la destreza de una adversaria que, por lo visto, había ganado bastante experiencia desde nuestro último encuentro. ¿No le habría entregado una ventaja sobre mí? Regresé al templo atormentado por toda clase de temores y sospechas.

Como de costumbre, empecé a quitarme la ropa para quedarme únicamente con la túnica interior. Entonces cayó de la parte interna de mi capucha un pequeño papel occidental, doblado en cuatro.

“Mr. S. K.”.

Al sostener el papel a contraluz, vi que la tinta de aquellas letras brillaba como la seda tama-kaiki. Reconocí su letra. Durante la proyección se había levantado una o dos veces, como para ir al baño. Debía de haber aprovechado uno de esos momentos para escribir la respuesta e introducirla, sin que nadie lo advirtiera, junto al cuello de mi vestido.

“¿Quién habría imaginado que volvería a verlo en un lugar tan inesperado? Por más que cambie usted de apariencia, ¿cómo habría de dejar de reconocerlo, si ni siquiera en sueños he olvidado su rostro durante estos tres años? Desde el primer instante supe que aquella mujer de la capucha era usted. ¡Qué divertido comprobar que conserva intacta su afición a las extravagancias! Cuando me dice que desea verme, temo que no sea sino otro de sus caprichos. Pero ha sido tan grande mi alegría que no alcanzo a pensar en nada más: haré como me pide y lo esperaré mañana por la noche. Solo debo pedirle una cosa, pues tengo mis razones y mis planes: que acuda a Kaminarimon entre las nueve y las nueve y media. Allí un conductor de rickshaw enviado por mí lo encontrará sin falta y lo llevará a mi casa. Así como usted oculta su domicilio, tampoco yo deseo darle a conocer el mío. He dispuesto, por tanto, que le venden los ojos durante el trayecto. Le suplico que lo permita. Si no acepta esta única condición, no podré volver a verlo jamás, y no imagino mayor tristeza”.

Mientras leía la carta, tuve la impresión de haberme convertido, sin darme cuenta, en un personaje de una novela de detectives. Una curiosidad extraña y un miedo indefinible se arremolinaban en mi cabeza. También se me ocurrió que tal vez ella conocía muy bien mis inclinaciones y estaba representando deliberadamente aquella comedia.

La noche siguiente se desató un aguacero formidable. Cambié por completo de atuendo: sobre un conjunto de seda Ōshima a juego me puse un impermeable de goma y salí a la calle, llevando un paraguas de seda de Kai, contra el que el agua golpeaba, chap, chap, como una catarata. El canal de Shinbori se había desbordado sobre la calzada, así que me guardé los calcetines en el pecho del kimono. Mis pies desnudos, empapados, brillaban bajo las lámparas de las casas. El estruendo de la lluvia, que caía a torrentes desde el cielo, ahogaba cualquier otro sonido. Hasta la calle Hirokōji, normalmente tan bulliciosa, tenía casi todas sus contraventanas cerradas. Dos o tres hombres, con las prendas recogidas a la cintura, corrían como soldados en retirada. De cuando en cuando pasaba algún tranvía, salpicando el agua acumulada sobre los rieles. Fuera de eso, solo las luces de algunos postes y anuncios iluminaban débilmente, aquí y allá, el aire velado por la lluvia.

Por fin llegué a Kaminarimon completamente empapado, con el impermeable chorreando y los brazos mojados hasta los codos. Me detuve, abatido, bajo el aguacero y recorrí los alrededores con la mirada, tratando de distinguir algo a través del resplandor de una lámpara de arco. No se veía una sola figura humana. Tal vez alguien se escondía en un rincón oscuro y me observaba. Mientras permanecía inmóvil, pensando en ello, vi aparecer desde la oscuridad, por el lado del puente Azumabashi, la luz de una linterna roja. Un viejo rickshaw para dos pasajeros avanzó a toda velocidad sobre el empedrado de la línea del tranvía, traqueteando con un sonoro “clac, clac, clac”, y se detuvo justo delante de mí.

–Suba, patrón.

La voz del conductor, que llevaba un sombrero de copa redondeada y ala ancha, además de una capa impermeable, se perdió en el estruendo del aguacero. Enseguida el hombre pasó a mi espalda, me envolvió los ojos con una tira de seda habutae dándole un par de vueltas y la apretó tanto que sentí retorcerse la piel de las sienes.

–Vamos, suba.

Sus manos ásperas me sujetaron y me instalaron apresuradamente en el vehículo.

La lluvia repiqueteaba sobre la capota, que despedía un olor húmedo. No cabía duda de que a mi lado viajaba una mujer. El aroma de sus polvos de tocador y el calor de su cuerpo se acumulaban allí dentro como un vapor tibio.

El conductor levantó las varas del rickshaw y, para confundirme sobre la dirección que tomábamos, dio dos o tres vueltas en torno al mismo lugar antes de ponerse en marcha. Torcía a la derecha, doblaba a la izquierda y, por momentos, parecía que vagáramos por el interior de un Labyrinth. De cuando en cuando salíamos a una calle por la que circulaban tranvías o cruzábamos un pequeño puente.

Durante largo rato seguimos balanceándonos en el vehículo. La mujer que iba a mi lado debía ser, por supuesto, T., pero permanecía sentada, inmóvil y en silencio. Seguramente viajaba conmigo para vigilar que no me quitara la venda de los ojos. Sin embargo, aunque nadie me vigilara, yo no tenía la menor intención de hacerlo. Aquella mujer de ensueño que había conocido en alta mar, la capota bajo la lluvia de una noche tormentosa, los secretos de la ciudad nocturna, la ceguera, el silencio… todo se fundía y me sumergía en una bruma de misterio.

Al cabo de un rato, la mujer me separó los labios apretados y me introdujo un cigarro en la boca. Después encendió un fósforo y me dio fuego.

Pasó aproximadamente una hora antes de que el rickshaw se detuviera. Las manos ásperas del conductor volvieron a guiarme. Avanzamos unos cuantos metros por lo que parecía un callejón estrecho, hasta que el hombre abrió con un chirrido una puerta semejante a la de un patio trasero y me condujo al interior de una casa.

Me dejaron solo en una habitación, todavía con los ojos vendados. Llevaba un rato sentado cuando oí abrirse una puerta corrediza. Sin decir una palabra, la mujer se deslizó hasta mí como una sirena y se recostó boca arriba en mi regazo. Me rodeó la nuca con ambos brazos y, con un leve movimiento, deshizo el nudo de la venda de seda.

La habitación tendría unos ocho tatamis. Tanto la construcción como la decoración eran magníficas, y se notaba que la madera había sido cuidadosamente elegida. Pero, así como no podía precisar la posición social de aquella mujer, tampoco lograba saber si me encontraba en una casa de citas, en la vivienda de una concubina o en una respetable residencia de la alta sociedad. Al otro lado de una galería había un macizo de arbustos frondosos y, detrás, una cerca de madera. Con tan poco a la vista, me era imposible siquiera imaginar en qué parte de Tokio estaba aquella casa.

–¡Qué alegría que haya venido!

Mientras hablaba, se inclinó sobre una mesa cuadrada de palisandro situada en el centro de la habitación y dejó reptar sus brazos blancos sobre el tablero como dos criaturas vivientes. Me sorprendió ante todo lo extraordinariamente distinta que estaba de la noche anterior. Llevaba un sobrio kimono de seda omeshi a rayas, con el cuello superpuesto y un obi de dos caras, y el pelo recogido en un moño ichō-gaeshi.

–Seguro que le hace gracia verme vestida así esta noche. Pero, si una no quiere que los demás sepan quién es, no le queda más remedio que cambiar de aspecto todos los días.

Levantó una copa que estaba boca abajo sobre la mesa y vertió vino en ella. Sus gestos, mientras decía aquello, resultaban más dulces y lánguidos de lo que yo había imaginado.

–¡Y pensar que todavía se acordaba de mí! Desde que nos separamos en Shanghái, he sufrido mucho con otros hombres y, sin embargo, por alguna razón nunca he podido olvidarlo. Le suplico que esta vez no vuelva a abandonarme. Siga viéndome siempre como a una mujer de ensueño, sin saber quién soy ni qué vida llevo.

Cada una de sus palabras resonaba en mi pecho con la cadencia melancólica de una canción de tierras lejanas. ¿Cómo podía aquella mujer, tan ostentosa, orgullosa e ingeniosa la noche anterior, mostrarse ahora tan triste y humilde? Parecía que hubiera renunciado a todo y arrojara su alma ante mí.

“La mujer del sueño”, “la mujer del secreto”… seducido por el encanto de aquella nebulosa Love adventure, a medio camino entre la realidad y la alucinación, comencé a visitarla casi todas las noches. Me quedaba con ella, entregado a nuestros juegos, hasta las dos de la madrugada y después, con los ojos vendados, me llevaban de vuelta a Kaminarimon. Así seguimos viéndonos durante uno o dos meses, sin que ninguno conociera el nombre verdadero ni el domicilio del otro. Hasta entonces no se me había ocurrido averiguar quién era ni dónde vivía. Pero, con el paso de los días, empezó a despertar en mí una curiosidad extraña: quería saber, aunque solo fuera eso, hacia qué parte de Tokio nos llevaba en realidad el rickshaw y dónde quedaban, con respecto a Asakusa, los lugares por los que yo pasaba con los ojos vendados. A veces recorríamos la ciudad durante media hora, una hora y hasta hora y media, traqueteando por las calles, antes de llegar a su casa. Tal vez, después de todo, estuviera mucho más cerca de Kaminarimon de lo que parecía. No podía evitar hacer conjeturas cada noche, mientras el vehículo me sacudía de un lado a otro.

Una noche no pude soportarlo más.

–Quítame la venda, aunque solo sea un momento –le rogué mientras íbamos en el vehículo.

–No, no. Eso no puede ser.

Alarmada, me sujetó firmemente las manos y apoyó el rostro sobre ellas.

–Por favor, no me pida semejante capricho. Esta calle es mi secreto. Si usted llegara a descubrirlo, quizá me abandonaría.

–¿Por qué habría de abandonarte?

–Porque entonces ya no sería “la mujer del sueño”. Usted está enamorado de la mujer del sueño, más que de mí.

Me suplicó e intentó convencerme de mil maneras, pero no quise escucharla.

–No hay remedio. Entonces se lo mostraré… pero solo por un instante.

Lo dijo casi en un suspiro y, mientras me aflojaba la venda con gesto abatido, me preguntó inquieta:

–¿Sabe dónde estamos?

El cielo despejado tenía un tono extrañamente oscuro, sobre el que titilaban innumerables estrellas. La Vía Láctea, como una neblina blanca, cruzaba de un extremo a otro del firmamento. A ambos lados de una calle estrecha se alineaban tiendas cuyas luces iluminaban alegremente el barrio.

Lo desconcertante era que aquella calle parecía bastante concurrida y, sin embargo, yo no tenía la menor idea de dónde estábamos. El vehículo avanzó a toda velocidad y, al cabo de una o dos manzanas, distinguí al fondo, justo enfrente, un gran letrero de un grabador de sellos que decía “Seibidō”.

Me incliné hacia delante para leer los caracteres pequeños del letrero, donde figuraban el nombre de la calle y el número del establecimiento. Ella advirtió enseguida mi intención.

–¡Ah!

Y volvió a cubrirme los ojos.

Una calle estrecha, con muchas tiendas llenas de luz, y al fondo el letrero de un grabador de sellos… Por más vueltas que le daba, estaba seguro de que nunca había transitado por aquel lugar. Volví a sentir la fascinación de encontrarme ante uno de aquellos mundos misteriosos que me habían cautivado de niño.

–¿Alcanzó a leer lo que decía aquel letrero?

–No, no alcancé a leerlo. Lo cierto es que no tengo la menor idea de dónde estamos. De tu vida no sé más que lo ocurrido hace tres años sobre las olas del Pacífico. Me has seducido y siento como si me hubieras llevado a un país de espejismos, al otro lado de un océano lejano.

Ella me respondió con una voz triste y profundamente emocionada:

–Por lo que más quiera, conserve siempre esa impresión. Siga pensando que soy la mujer del sueño, que vive en un país de espejismos. Y no vuelva jamás a pedirme un capricho como el de esta noche.

Me pareció que las lágrimas le corrían por las mejillas.

 

***

Durante algún tiempo no pude olvidar la visión de aquella calle misteriosa que ella me había permitido contemplar. El letrero del grabador de sellos, situado al fondo de un callejón estrecho y animado, bajo el resplandor intenso de las luces de los comercios, había quedado nítidamente impreso en mi memoria. Me empeñé en averiguar dónde estaba aquella calle y, al cabo de muchas cavilaciones, se me ocurrió un plan.

Después de tantas noches de viajes en el rickshaw de dos plazas, había advertido que sus vueltas sobre sí mismo en Kaminarimon y sus giros a derecha e izquierda habían terminado por repetirse siempre del mismo modo, y yo, sin darme cuenta, los había memorizado. Una mañana me situé en la esquina de Kaminarimon, cerré los ojos y di dos o tres vueltas sobre mí mismo. Cuando calculé que había girado lo suficiente, elegí una dirección y eché a correr, procurando mantener la velocidad del vehículo. No tenía otro recurso que calcular a ojo el tiempo y doblar aquí y allá por las bocacalles. Pero, cuando llegué a un punto que me pareció el adecuado, encontré, tal como había previsto, un puente y una calle con tranvías. Estaba convencido de que seguía la ruta correcta.

Al principio rodeé el parque desde Kaminarimon hasta Senzokuchō y seguí por las calles estrechas de Ryūsenjichō, en dirección a Ueno. En Kurumazakashita volví a doblar a la izquierda, recorrí siete u ocho manzanas por Okachimachi y empecé a desviarme otra vez a la izquierda. Fue entonces cuando apareció ante mí la callejuela que había visto aquella noche.

En efecto, al fondo se distinguía el letrero del grabador de sellos.

Avancé con paso decidido hacia él, como si estuviera penetrando hasta el fondo de una gruta donde se escondía un secreto. Pero, cuando salí a la calle que atravesaba el extremo del callejón, descubrí con sorpresa que no era sino la prolongación de la calle de Shitaya Takemachi, donde todas las noches se instalaban puestos ambulantes. A pocos metros se encontraba incluso la tienda de ropa usada en la que tiempo atrás había comprado el kimono de crespón estampado. La misteriosa callejuela comunicaba Shamisenbori con la calle de Nakaokachimachi, aunque yo no recordaba haber pasado nunca por allí. Permanecí un buen rato frente al letrero de Seibidō, que tanto me había atormentado. ¡Qué distinto era de noche, cuando las luces rojas resplandecían bajo el cielo estrellado y todo parecía envuelto en un misterio de ensueño! Ahora, al contemplar bajo el fuerte sol otoñal las pobres casas resecas y deslucidas, sentí de golpe una profunda decepción. El encanto se había desvanecido.

Sin embargo, impulsado por una curiosidad que no podía dominar, volví a correr, orientándome desde allí como un perro que, olfateando la calle, busca el camino de regreso a su guarida.

El trayecto me llevó de nuevo a Asakusa. Desde Kojimachō avancé desviándome a la derecha una y otra vez, crucé la calle del tranvía cerca de Sugabashi, giré por la ribera de Daichi hacia Yanagibashi y terminé por salir a Hirokōji, en Ryōgoku. Comprendí entonces los enormes rodeos que la mujer me hacía dar para desorientarme. Pasé por Yagenbori, Hisamatsuchō y Hamachō, y crucé el puente Kakihamabashi. Allí perdí de repente toda noción del camino que debía seguir.

Según mis cálculos, la casa de la mujer debía de encontrarse en algún callejón de aquella zona. Durante cerca de una hora anduve entrando y saliendo de los estrechos pasajes de los alrededores.

Justo enfrente del santuario de Dōryō Gongen descubrí, entre los aleros de unas casas apretadas unas contra otras, un pasadizo tan angosto y discreto que casi pasaba inadvertido. Tuve la certeza inmediata de que la casa de ella estaba escondida al fondo. Me interné en el callejón y vi a la mujer asomada a la baranda del segundo piso de la segunda o tercera casa de la derecha, rodeada por una magnífica cerca de madera. Me observaba fijamente desde lo alto, a través de las agujas de un pino. Tenía el rostro de una muerta.

Desde abajo, no pude evitar dirigirle una mirada burlona. Ella continuó observándome sin esbozar siquiera una sonrisa, fingiendo no conocerme, como si fuera otra mujer. Y tanto difería su aspecto del que tenía por las noches que bien habría podido hacerse pasar por una desconocida sin despertar sospechas. Su rostro reveló enseguida el arrepentimiento y la desolación de haber cedido una sola vez a los ruegos de un hombre y permitido, al aflojarle la venda, que descubriera su secreto. Luego se retiró silenciosamente detrás de una puerta de papel.

Se llamaba Yoshino y era una viuda acomodada de aquel barrio. Como había ocurrido con el letrero del grabador de sellos, todos los misterios quedaron resueltos. Y la abandoné.

 

***

Dos o tres días después me marché de improviso del templo y me trasladé a la zona de Tabata. Mi espíritu se conformaba cada vez menos con el placer pálido y tibio del “secreto”, y comenzaba a ansiar otros deleites, de colores más intensos, empapados en sangre.

 

(Tomado de www.lecturia.org)

 

La que espera

Abelardo Castillo

 

La vida, mi querido Castillo, la vida es algo más que cadenas de ácido desoxirribonucleico, enzimas y combinaciones de moléculas. La vida es un misterio, decía en voz baja el doctor Cardona, con esa rara entonación de secreto que le daba a cualquier tontería un matiz de revelación de ultratumba, de modo que ahora empieza una especie de cuento fantástico, pensé al oírlo. Lo que llamamos enfermedad, decía, lo que llamamos locura, son estrategias del cuerpo y de la mente para sobrevivir, para que se cumpla el único designio de la vida, que es continuar viviendo. Oímos que un hombre tose o estornuda y pensamos que está enfermo, cuando lo que en realidad sucede es que su cuerpo está defendiéndose de la enfermedad y, por consiguiente, de la muerte. Con la locura pasa exactamente lo mismo. Vea, si no, este caso. Usted los conoció a los dos, me refiero a los protagonistas. Vivían precisamente allí, en ese viejo caserón de la esquina, el del mirador. Los hermanos Lanari, exacto. Cuando usted se fue de este pueblo ellos ya eran bastante mayores, andarían por los cuarenta años. Ella, Asumpta, era una mujer alta y delgada, usaba el pelo recogido, como las bailarinas. En su juventud había sido muy hermosa, y aunque usted debió de ser un chico en ese tiempo, no puede haberla olvidado. ¿No la tiene muy presente? Entonces no la vio nunca. Vivían los dos solos en esa casa. Quedaron huérfanos en la adolescencia, o un poco después, y ninguno de los dos se casó. Y no por falta de oportunidades, por lo menos no en el caso de ella. Lo sé porque yo fui, durante años, una de esas oportunidades. Es curioso, Castillo. La cercanía física entre hermanos de distinto sexo, cuando se prolonga demasiado en el tiempo, suele producir relaciones equívocas. ¿Qué quiere decir equívocas? Quiere decir relaciones que terminan pareciéndose al matrimonio. Más que al matrimonio, al amor. Usted habrá visto que los matrimonios largos y bien avenidos transforman la pasión del amor en una especie de hermandad incestuosa. Con los hermanos pasa al revés. Con esto no quiero sugerir que entre los Lanari hubiera nada anormal, no al menos en ese sentido, aunque Dios sabe que la gente de nuestro pueblo ha hecho ciertos comentarios desagradables al respecto. ¿Por qué? No sé por qué. Supongo que porque ella, Asumpta, era una mujer demasiado hermosa: demasiado mujer, para decirlo de alguna manera. Será un prejuicio, pero uno no se resigna a aceptar que cierto tipo de mujeres pueda prescindir de un hombre, me refiero a un hombre real, no a un hermano. Y no estoy nada seguro de que sea un prejuicio. Hay algo un poco monstruoso en una mujer sola, si es hermosa: algo que no es del todo moral. No ponga esa cara, hombre, siempre imaginé que los literatos eran capaces de comprender cualquier idea. No digo compartir o aceptar, digo comprender. El caso es que ella no se casó nunca y que vivió para él. ¿Cómo era él? Nada del otro mundo. Un sujeto bastante intrascendente. Más bien bajo, sí. Exactamente, con una ceja un poco levantada, a causa de un accidente. Usted sí que es un tipo inesperado, mi amigo: resulta que se acuerda del hermano y no de ella. No tenían demasiados amigos, ni siquiera se puede decir que tuvieran amistades en el sentido social de la palabra. Creo que yo fui una de las personas que más los trató, y eso por mi condición de médico. Él era un poco hipocondríaco, pero tenía eso que se llama una salud de hierro. Ella era demasiado delicada, demasiado frágil. Siempre me hizo pensar en un objeto de cristal muy fino. Cuando él tuvo el accidente yo supe de inmediato que algo se había quebrado en la estructura íntima de ese cristal. No, no me refiero al accidente de la ceja, me refiero al del avión. La avioneta, porque fue en una avioneta. Él debió viajar a Corrientes, no recuerdo por qué asunto. Me parece que se trataba de una sucesión, algo referido a unos campos que habían sido del padre, no sé bien. El hecho es que hubo una tormenta, la avioneta se perdió en los esteros del Ibera, y lo dieron por muerto.

La historia, en realidad, empieza acá. Venga, sentémonos en ese banco. Me gusta contemplar el río de noche, lo que nos va quedando del río. ¿Se acuerda de lo que era este río cuando usted era chico? Véalo ahora, puro barro y camalotes. Toda esa franja que se ve allá son islotes nuevos, pronto van a ser islas. Cualquier día de estos vamos a cruzar a la otra costa caminando. Qué le pasó a quién. ¿Al río? ¿Tampoco sabe qué le pasó a nuestro río? Después se lo cuento, ahora siéntese.

La avioneta, lo que quedaba de la avioneta, fue localizada unos meses más tarde. El cuerpo no. Pero a nadie le quedó ninguna duda de que él había muerto. Bueno, cuando pasan tres años y un cuerpo no aparece, y de lo que fue un avión solo se recupera un ala y un pedazo de motor en la copa de un árbol, en los pantanos, uno puede suponer que el piloto ha muerto. Sí, el piloto era él, un buen piloto, si me atengo a lo que oí. Lo raro es que aprendió a volar porque les tenía terror a los aviones; solo se sentía seguro si manejaba él mismo. No solo era hipocondríaco, era un poco maniático, más o menos como toda la familia, si quiere que le sea franco. Eso es lo que tal vez explica la ausencia de tres años. Salvo que hubiera perdido la memoria a causa del accidente, cosa en la que no creo. Esas largas amnesias de las películas norteamericanas no ocurren nunca en la vida real, y además yo conversé con él una o dos veces cuando volvió y nunca mencionó nada parecido a una pérdida de memoria. Claro que no había muerto, ¿si no, cómo iba a volver? Se lo dio por muerto, todos creyeron que había muerto. Menos ella, exacto. Él va a volver, decía. No solo decía eso, sino que, durante tres años, hizo exactamente las mismas cosas que había hecho mientras vivieron juntos. ¿Qué cosas?, preparar la mesa para los dos, arreglar el cuarto de su hermano, tener lista su ropa, mantener encendida la estufa a leña de su escritorio, en el invierno. Todo, sí, todo exactamente igual durante tres años. Pero por supuesto que no, ninguna razón: ella no tenía ninguna razón lógica para creer que el hermano podía estar vivo. Él no se comunicó nunca con ella, ni por carta ni por teléfono ni de ninguna otra forma. Todo esto lo sé porque en esos tres años nunca dejé de visitar la casa, como sé lo que acabo de decirle sobre la ceremonia diaria de arreglar ella su cuarto o poner dos cubiertos en la mesa. Yo era tal vez uno de los pocos que lo sabía, por lo menos al principio, porque con el correr del tiempo todo llega a saberse en un pueblo como el nuestro. Siempre he pensado que los pueblos son de vidrio, las paredes de las casas, quiero decir. Todo se ve a través de ellas. Todo el mundo sabe todo de todos, y lo que no se sabe se imagina o se inventa. De ahí la historia de que ella estaba loca, cuando lo que en realidad sucedía es que venía defendiéndose de la locura desde el mismo día del accidente. Yo hablé con ella, muchas veces. Era una mujer perfectamente normal, y, si no lo era, es sencillamente porque ninguno de nosotros es perfectamente normal, ni usted ni yo ni esa parejita que se está besando en la baranda de la barranca. La normalidad es como el frío, no existe. El frío es un poco más o un poco menos de calor, y la normalidad es un poco más o un poco menos de locura. Ella actuaba de la misma manera en que había actuado desde los veinte años: dependiendo de su hermano, sirviéndolo, viviendo para él. Sí, ya sé. Usted está pensando que cada vez que me refiero a ese hombre lo hago con cierta amargura, usted está pensando que ni siquiera lo nombro, usted está pensando que yo estaba enamorado de ella.

Mi querido señor, no suponga que ha hecho un descubrimiento psicológico mayúsculo. Claro que yo estaba enamorado de ella, y claro que él no me caía demasiado bien, pero ésta no es la historia de mis emociones, como diría un colega suyo. Es la historia de un asesinato.

Veo que por fin reacciona. Percibo que ha dado un pequeño brinco en la oscuridad. Gustavo, se llamaba él. En cuanto a la palabra que lo sobresaltó tal vez sea exacta en el sentido jurídico, pero, en un sentido médico, no describe en absoluto los hechos. Fue un acto de legítima defensa, por decirlo así. Venga, caminemos hasta la explanada del Hotel de Turismo, ya sé que es un adefesio pero desde ahí arriba el río parece un poco más real, más antiguo. De modo que quiere saber quién fue el muerto, quién mató a quién. Sería interesante que ahora yo le dijera que asesiné al hermano de Asumpta, por celos, cuando él volvió de su viaje misterioso de tres años. Usted pertenece a ese género de personas, usted, permítame que se lo diga, es un poeta romántico que se equivocó de siglo. Lo siento, pero no fue así. Le doy tiempo para que adivine hasta que lleguemos arriba.

No adivinó. O mejor, sí adivinó, pero no tiene ni la más remota idea de las razones que ella tuvo para hacerlo. Sentémonos otra vez. Qué me dice de esa luna. Qué me dice de oír las campanadas de la iglesia y mirar el río, en verano, a la luz de la luna. ¿Sabe que una vez, una sola vez en mi vida, yo pude hacer esto con ella? No me pregunte cómo, pero la convencí de que me acompañara a caminar por la barranca y la traje acá. Creo que esa noche, si me hubiera atrevido… le voy a dar un consejo, Castillo. Tengo unos cuantos años y sé de lo que hablo. Si le gusta una mujer y no está absolutamente seguro de lo que ella siente por usted, nunca pierda el tiempo en decírselo ni mucho menos en pensar cómo decírselo. Aproveche la primera oportunidad favorable que se le presente y tómela de la mano o bésela, acósela, como se dice ahora. Lo peor que puede pasarle es que ella salga corriendo, que es lo mismo que le va a pasar si le da tiempo a pensarlo. Si esa noche yo la hubiera tomado de la mano, en vez de hablar, tal vez no habría sucedido nada de lo que le estoy contando, Asumpta no estaría donde está y él no habría muerto. Ella lo enterró en el jardín de la casa. Desde acá se ve el lugar, dese vuelta. ¿Ve el paredón donde asoma la magnolia? Bueno, entre la magnolia y la galería. Fue muy poco tiempo después de su regreso. Nadie se dio cuenta de nada hasta que pasaron dos o tres meses. Creo que algunos ni se enteraron de que él había vuelto. Más tarde se descubrió todo, por supuesto, ya le dije que en los pueblos como el nuestro las paredes son transparentes. Pero yo lo supe casi de inmediato, del mismo modo que supe los motivos. Muchos imaginaron que esos hermanos eran algo más que hermanos y que ella lo mató para vengarse de algo que él había hecho durante esos años de ausencia. Qué estupidez. Asumpta, durante esos tres años, vivió esperando que él regresara. No era tanto el querer que volviera como la ceremonia de esperarlo, ¿se da cuenta? La razón de su vida, su cordura, dependían de los ritos inocentes de esa espera. Por eso preparaba todos los días su cuarto, encendía la estufa del escritorio, arreglaba su ropa. Cuando él regresó, ella no dio ninguna muestra de alegría; sí, yo también lo pensé al principio, era como si siempre hubiera sabido que él volvería. Pero sobre todo era que no podía alegrarse: la presencia del hermano rompía por última vez el precario equilibrio de su cordura. La primera vez fue su desaparición; la segunda, su regreso. Ella ya no lo soportó. Durante tres años, piense bien en esto, durante más de mil días y mil noches, ella protegió su razón con esa espera. Lo mató para no enloquecer, para seguir esperando. Después volvió a preparar su cuarto, puso todos los días dos cubiertos en la mesa, siguió cambiando con amor las sábanas de su cama. Y si nadie se hubiera enterado de lo que pasó, aún hoy lo seguiría haciendo. Ella todavía vive, naturalmente. ¿Dónde está? Por favor, Castillo, ¿dónde quiere que esté?

Desde acá el río se ve mejor, ya se lo dije; pero solo porque es de noche. Uno de esos locos que andan sueltos cavó una zanja en una de las islas para hacer un embarcadero, creo que con la intención de construir un hotel como éste. No contó con que el río tiene sus leyes. Las correntadas abrieron un canal, arrasaron la isla, y ahora el río deposita la tierra y el limo de este lado, dijo en voz baja el doctor Cardona.

 

(Tomado de www.enlaotrapuerta.com.ar)

 

miércoles, 28 de octubre de 2026

Míster Taylor

Augusto Monterroso

 

–Menos rara, aunque sin duda más ejemplar –dijo entonces el otro–, es la historia de Mr. Percy Taylor, cazador de cabezas en la selva amazónica.

Se sabe que en 1937 salió de Boston, Massachusetts, en donde había pulido su espíritu hasta el extremo de no tener un centavo. En 1944 aparece por primera vez en América del Sur, en la región del Amazonas, conviviendo con los indígenas de una tribu cuyo nombre no hace falta recordar.

Por sus ojeras y su aspecto famélico pronto llegó a ser conocido allí como “el gringo pobre”, y los niños de la escuela hasta lo señalaban con el dedo y le tiraban piedras cuando pasaba con su barba brillante bajo el dorado sol tropical. Pero esto no afligía la humilde condición de Mr. Taylor porque había leído en el primer tomo de las Obras Completas de William G. Knight que si no se siente envidia de los ricos la pobreza no deshonra.

En pocas semanas los naturales se acostumbraron a él y a su ropa extravagante. Además, como tenía los ojos azules y un vago acento extranjero, el Presidente y el Ministro de Relaciones Exteriores lo trataban con singular respeto, temerosos de provocar incidentes internacionales.

Tan pobre y mísero estaba, que cierto día se internó en la selva en busca de hierbas para alimentarse. Había caminado cosa de varios metros sin atreverse a volver el rostro, cuando por pura casualidad vio a través de la maleza dos ojos indígenas que lo observaban decididamente. Un largo estremecimiento recorrió la sensitiva espalda de Mr. Taylor. Pero Mr. Taylor, intrépido, arrostró el peligro y siguió su camino silbando como si nada hubiera pasado.

De un salto (que no hay para qué llamar felino) el nativo se le puso enfrente y exclamó:

–Buy head? Money, money.

A pesar de que el inglés no podía ser peor, Mr. Taylor, algo indispuesto, sacó en claro que el indígena le ofrecía en venta una cabeza de hombre, curiosamente reducida, que traía en la mano.

Es innecesario decir que Mr. Taylor no estaba en capacidad de comprarla; pero como aparentó no comprender, el indio se sintió terriblemente disminuido por no hablar bien el inglés, y se la regaló pidiéndole disculpas.

Grande fue el regocijo con que Mr. Taylor regresó a su choza. Esa noche, acostado boca arriba sobre la precaria estera de palma que le servía de lecho, interrumpido tan solo por el zumbar de las moscas acaloradas que revoloteaban en torno haciéndose obscenamente el amor, Mr. Taylor contempló con deleite durante un buen rato su curiosa adquisición. El mayor goce estético lo extraía de contar, uno por uno, los pelos de la barba y el bigote, y de ver de frente el par de ojillos entre irónicos que parecían sonreírle agradecidos por aquella deferencia.

Hombre de vasta cultura, Mr. Taylor solía entregarse a la contemplación; pero esta vez en seguida se aburrió de sus reflexiones filosóficas y dispuso obsequiar la cabeza a un tío suyo, Mr. Rolston, residente en Nueva York, quien desde la más tierna infancia había revelado una fuerte inclinación por las manifestaciones culturales de los pueblos hispanoamericanos.

Pocos días después el tío de Mr. Taylor le pidió –previa indagación sobre el estado de su importante salud– que por favor lo complaciera con cinco más. Mr. Taylor accedió gustoso al capricho de Mr. Rolston y –no se sabe de qué modo– a vuelta de correo “tenía mucho agrado en satisfacer sus deseos”. Muy reconocido, Mr. Rolston le solicitó otras diez. Mr. Taylor se sintió “halagadísimo de poder servirlo”. Pero cuando pasado un mes aquél le rogó el envío de veinte, Mr. Taylor, hombre rudo y barbado pero de refinada sensibilidad artística, tuvo el presentimiento de que el hermano de su madre estaba haciendo negocio con ellas.

Bueno, si lo quieren saber, así era. Con toda franqueza, Mr. Rolston se lo dio a entender en una inspirada carta cuyos términos resueltamente comerciales hicieron vibrar como nunca las cuerdas del sensible espíritu de Mr. Taylor.

De inmediato concertaron una sociedad en la que Mr. Taylor se comprometía a obtener y remitir cabezas humanas reducidas en escala industrial, en tanto que Mr. Rolston las vendería lo mejor que pudiera en su país.

Los primeros días hubo algunas molestas dificultades con ciertos tipos del lugar. Pero Mr. Taylor, que en Boston había logrado las mejores notas con un ensayo sobre Joseph Henry Silliman, se reveló como político y obtuvo de las autoridades no solo el permiso necesario para exportar, sino, además, una concesión exclusiva por noventa y nueve años. Escaso trabajo le costó convencer al guerrero Ejecutivo y a los brujos Legislativos de que aquel paso patriótico enriquecería en corto tiempo a la comunidad, y de que luego luego estarían todos los sedientos aborígenes en posibilidad de beber (cada vez que hicieran una pausa en la recolección de cabezas) de beber un refresco bien frío, cuya fórmula mágica él mismo proporcionaría.

Cuando los miembros de la Cámara, después de un breve pero luminoso esfuerzo intelectual, se dieron cuenta de tales ventajas, sintieron hervir su amor a la patria y en tres días promulgaron un decreto exigiendo al pueblo que acelerara la producción de cabezas reducidas.

Contados meses más tarde, en el país de Mr. Taylor las cabezas alcanzaron aquella popularidad que todos recordamos. Al principio eran privilegio de las familias más pudientes; pero la democracia es la democracia y, nadie lo va a negar, en cuestión de semanas pudieron adquirirlas hasta los mismos maestros de escuela.

Un hogar sin su correspondiente cabeza teníase por un hogar fracasado. Pronto vinieron los coleccionistas y, con ellos, las contradicciones: poseer diecisiete cabezas llegó a ser considerado de mal gusto; pero era distinguido tener once. Se vulgarizaron tanto que los verdaderos elegantes fueron perdiendo interés y ya solo por excepción adquirían alguna, si presentaba cualquier particularidad que la salvara de lo vulgar. Una, muy rara, con bigotes prusianos, que perteneciera en vida a un general bastante condecorado, fue obsequiada al Instituto Danfeller, el que a su vez donó, como de rayo, tres y medio millones de dólares para impulsar el desenvolvimiento de aquella manifestación cultural, tan excitante, de los pueblos hispanoamericanos.

Mientras tanto, la tribu había progresado en tal forma que ya contaba con una veredita alrededor del Palacio Legislativo. Por esa alegre veredita paseaban los domingos y el Día de la Independencia los miembros del Congreso, carraspeando, luciendo sus plumas, muy serios, riéndose, en las bicicletas que les había obsequiado la Compañía.

Pero, ¿qué quieren? No todos los tiempos son buenos. Cuando menos lo esperaban se presentó la primera escasez de cabezas.

Entonces comenzó lo más alegre de la fiesta.

Las meras defunciones resultaron ya insuficientes. El Ministro de Salud Pública se sintió sincero, y una noche caliginosa, con la luz apagada, después de acariciarle un ratito el pecho como por no dejar, le confesó a su mujer que se consideraba incapaz de elevar la mortalidad a un nivel grato a los intereses de la Compañía, a lo que ella le contestó que no se preocupara, que ya vería cómo todo iba a salir bien, y que mejor se durmieran.

Para compensar esa deficiencia administrativa fue indispensable tomar medidas heroicas y se estableció la pena de muerte en forma rigurosa.

Los juristas se consultaron unos a otros y elevaron a la categoría de delito, penado con la horca o el fusilamiento, según su gravedad, hasta la falta más nimia.

Incluso las simples equivocaciones pasaron a ser hechos delictuosos. Ejemplo: si en una conversación banal, alguien, por puro descuido, decía “Hace mucho calor”, y posteriormente podía comprobársele, termómetro en mano, que en realidad el calor no era para tanto, se le cobraba un pequeño impuesto y era pasado ahí mismo por las armas, correspondiendo la cabeza a la Compañía y, justo es decirlo, el tronco y las extremidades a los dolientes.

La legislación sobre las enfermedades ganó inmediata resonancia y fue muy comentada por el Cuerpo Diplomático y por las Cancillerías de potencias amigas.

De acuerdo con esa memorable legislación, a los enfermos graves se les concedían veinticuatro horas para poner en orden sus papeles y morirse; pero si en este tiempo tenían suerte y lograban contagiar a la familia, obtenían tantos plazos de un mes como parientes fueran contaminados. Las víctimas de enfermedades leves y los simplemente indispuestos merecían el desprecio de la patria y, en la calle, cualquiera podía escupirle el rostro. Por primera vez en la historia fue reconocida la importancia de los médicos (hubo varios candidatos al premio Nobel) que no curaban a nadie. Fallecer se convirtió en ejemplo del más exaltado patriotismo, no solo en el orden nacional, sino en el más glorioso, en el continental.

Con el empuje que alcanzaron otras industrias subsidiarias (la de ataúdes, en primer término, que floreció con la asistencia técnica de la Compañía) el país entró, como se dice, en un periodo de gran auge económico. Este impulso fue particularmente comprobable en una nueva veredita florida, por la que paseaban, envueltas en la melancolía de las doradas tardes de otoño, las señoras de los diputados, cuyas lindas cabecitas decían que sí, que sí, que todo estaba bien, cuando algún periodista solícito, desde el otro lado, las saludaba sonriente sacándose el sombrero.

Al margen recordaré que uno de estos periodistas, quien en cierta ocasión emitió un lluvioso estornudo que no pudo justificar, fue acusado de extremista y llevado al paredón de fusilamiento. Solo después de su abnegado fin los académicos de la lengua reconocieron que ese periodista era una de las más grandes cabezas del país; pero una vez reducida quedó tan bien que ni siquiera se notaba la diferencia.

¿Y Mr. Taylor? Para ese tiempo ya había sido designado consejero particular del Presidente Constitucional. Ahora, y como ejemplo de lo que puede el esfuerzo individual, contaba los miles por miles; mas esto no le quitaba el sueño porque había leído en el último tomo de las Obras Completas de William G. Knight que ser millonario no deshonra si no se desprecia a los pobres.

Creo que con ésta será la segunda vez que diga que no todos los tiempos son buenos. Dada la prosperidad del negocio llegó un momento en que del vecindario solo iban quedando ya las autoridades y sus señoras y los periodistas y sus señoras. Sin mucho esfuerzo, el cerebro de Mr. Taylor discurrió que el único remedio posible era fomentar la guerra con las tribus vecinas. ¿Por qué no? El progreso.

Con la ayuda de unos cañoncitos, la primera tribu fue limpiamente descabezada en escasos tres meses. Mr. Taylor saboreó la gloria de extender sus dominios. Luego vino la segunda; después la tercera y la cuarta y la quinta. El progreso se extendió con tanta rapidez que llegó la hora en que, por más esfuerzos que realizaron los técnicos, no fue posible encontrar tribus vecinas a quienes hacer la guerra.

Fue el principio del fin.

Las vereditas empezaron a languidecer. Solo de vez en cuando se veía transitar por ellas a alguna señora, a algún poeta laureado con su libro bajo el brazo. La maleza, de nuevo, se apoderó de las dos, haciendo difícil y espinoso el delicado paso de las damas. Con las cabezas, escasearon las bicicletas y casi desaparecieron del todo los alegres saludos optimistas.

El fabricante de ataúdes estaba más triste y fúnebre que nunca. Y todos sentían como si acabaran de recordar de un grato sueño, de ese sueño formidable en que tú te encuentras una bolsa repleta de monedas de oro y la pones debajo de la almohada y sigues durmiendo y al día siguiente muy temprano, al despertar, la buscas y te hallas con el vacío.

Sin embargo, penosamente, el negocio seguía sosteniéndose. Pero ya se dormía con dificultad, por el temor a amanecer exportado.

En la patria de Mr. Taylor, por supuesto, la demanda era cada vez mayor. Diariamente aparecían nuevos inventos, pero en el fondo nadie creía en ellos y todos exigían las cabecitas hispanoamericanas.

Fue para la última crisis. Mr. Rolston, desesperado, pedía y pedía más cabezas. A pesar de que las acciones de la Compañía sufrieron un brusco descenso, Mr. Rolston estaba convencido de que su sobrino haría algo que lo sacara de aquella situación.

Los embarques, antes diarios, disminuyeron a uno por mes, ya con cualquier cosa, con cabezas de niño, de señoras, de diputados.

De repente cesaron del todo.

Un viernes áspero y gris, de vuelta de la Bolsa, aturdido aún por la gritería y por el lamentable espectáculo de pánico que daban sus amigos, Mr. Rolston se decidió a saltar por la ventana (en vez de usar el revólver, cuyo ruido lo hubiera llenado de terror) cuando al abrir un paquete del correo se encontró con la cabecita de Mr. Taylor, que le sonreía desde lejos, desde el fiero Amazonas, con una sonrisa falsa de niño que parecía decir: “Perdón, perdón, no lo vuelvo a hacer”.

 

(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)