domingo, 12 de abril de 2026

Encuentro con el traidor

Augusto Roa Bastos

 

El diarero le tendió inútilmente el vuelto. No lo recogió. Ya no se acordó de recogerlo. Toda su atención se concentró de pronto en el hombre que se iba alejando por la vereda moviendo su ligero bastón. Empezó a seguirlo. Es él –se dijo–. Tiene que ser él… Se notaba que un largo tiempo con su balumba de grandes y pequeños hechos pugnaba por caber y acomodarse en el fogonazo de un segundo. En ese vívido segundo acababa de reconocerlo de espaldas. Hay una determinada clase de hombres, no es cierto, que tienen no una sola sino muchas caras, caras por todos lados, adelante y atrás, caras de una inalterable identidad hasta la más mínima mueca, hombres que son inconfundibles por más que hagan para pasar inadvertidos. Sólo por eso lo vio y lo reconoció entre los anónimos y apurados transeúntes, lo vio y lo reconoció en el acto, a pesar de que ya se alejaba de espaldas. Pero el otro también lo había reconocido al pasar, a la primera mirada, único momento en que la frágil caña vaciló un poco en sus manos en una hesitación o un cambio de ritmo apenas perceptible, no de temor o de estupor, ni siquiera de extrañeza, sino más bien de reacomodación al nuevo centro de gravedad que el brusco desnivel de tiempo provoca en uno por el cambio de recuerdos, al pisar de improviso esas baldosas flojas que también hay en la memoria. Le vio tomar el diario que el vendedor le alcanzó plegándolo diestramente en varios dobleces. Hasta alcanzó a percibir el gesto de la mano al crisparse sobre el rollo. Es él… –también se dijo el del bastón–. Ha engordado bastante, pero es él… la manera de tender el billete al diariero lo convenció. No ha olvidado su orgullo –se dijo sin ver ya que se abstenía de recoger el cambio. No se volvió. Se hizo el desentendido o recuperó su indiferencia. Estaba acostumbrado. Pero su aplomo no era fingido. Si había simulación en su actitud, se hubiera dicho que disfrutaba de ella. La caña barnizada con un reflejo de ámbar también recobró su rítmico balanceo.

El que lo seguía apretó el paso. La vieja causa archivada, pero no perimida para ellos, reflotó en su conciencia sin haber perdido un solo detalle. Trastabilló también un poco en su apuro por darle alcance. El otro caminaba pausadamente, posando apenas la punta del bastón sobre las baldosas o haciéndolo girar entre los dedos con los movimientos de una vieja costumbre, que no eran sin embargo los de un pisaverde envejecido y exhibicionista. ¡Espantajo!… –farfulló el que lo seguía–. ¡Siempre el mismo! Con una cólera sorda y creciente miró la figura todavía firme y erguida, la nuca de niño bajo el cabello ya canoso, un hombro, el izquierdo, ligeramente más caído, las largas piernas que ahora se movían sin la elasticidad de la juventud aunque con el remedo algo cínico de cierta marcialidad desentrenada y marchita. Apreció el traje gastado pero pulcro, sin una arruga, que a él se le antojó cortado aún a la moda de entonces con el saco muy entallado, semejante a una guerrera. A él, en cambio, era notorio que la creciente obesidad le imponía ropas cada vez más holgadas. Se pasó el dorso de la mano por el rostro empapado. El sudor manchó también el arrugado rollo del diario. Viene detrás de mí –se dijo el del bastón–. No va a hablarme ahora de aquello, supongo. Claro, no les he dado bastante satisfacción. Treinta años hemos estado muertos, pero de pronto puede levantarse y seguirme…

Ambos resucitaban en una calle de una ciudad extranjera, en el azar de un encuentro con el que quizás ya ninguno de los dos contaba. Pero el del bastón comprendió de repente que lo había estado persiguiendo todo el tiempo y que en ese trecho de pocos metros la persecución de muchos años se reproducía y aclaraba en todos sus matices. Iba corriendo tras él, no desde un puesto de diarios donde se había detenido por casualidad, sino desde mucho más atrás, allá lejos; desde aquel alzamiento frustrado por una delación; desde aquel tribunal del consejo de guerra; desde aquella prisión militar a la que habían ido a parar, enclavada en la tierra árida y desolada, donde los cocoteros simulaban los barrotes y el desierto la caricatura de la libertad, en esa misma tierra salvaje del Chaco que más tarde, unos meses después, iba a comenzar a tragarse la sangre y los huesos de cien mil combatientes. Ambos habían sobrevivido a esa guerra por una razón fortuita, no más válida que la que había elegido a las víctimas de la matanza. Y ahora uno de ellos se encontraba de nuevo lanzado hacia el otro, como si nada hubiera pasado, como si nada hubiera bastado para aplacar la ofensa sin sentido, el odio, el deseo de venganza, sólo aparentemente aquietados en una resentida indiferencia mientras no tanto el cuerpo sino el espíritu engordaba y envejecía poco a poco.

(–¡Suspendan el lance! –gritó el médico– ¿No ven que ese hombre no puede continuar?

Seguía batiéndose no obstante, tercamente, pero sin coraje, sin convicción, sin otra voluntad que la de quien tiene que llevar una empresa hasta el fin, con la ciega obstinación de los borrachos que inventan su heroísmo. Con la mano izquierda se apretaba un lado de la cara ensangrentada y el ojo roto, empañado, miraba entre los dedos un espacio fuera de foco, el “flou” de una tiniebla ardiente y empapada, bajo el ímpetu casi espasmódico del último asalto. Los sables resplandecían en la llovizna del amanecer que esfumaba los árboles negros y asordinaba el sonido de los hierros, hasta que se detuvieron goteando, la punta del uno más roja que el otro, sin que ninguno de los duelistas esperara o demostrara desear la imposible reconciliación).

Me viene siguiendo –dijo el hombre alto y canoso–. No puedo darme vuelta a esperarlo. ¿Qué le diría? ¿Puedo acaso decirle ahora la verdad, después de tantos años? Tampoco la creería. La verdad también envejece, a veces más rápido que los hombres. Además, la verdad no es para los débiles. Y él está gordo y triste. Sólo tiene su orgullo. Su odio mismo ya no es más que una sensación viciosa. Si pudiera compadecerlo… ¡pobre tipo!… el odio necesita alimentarse de algo presente para ser una fe… y mi culpa ya ni siquiera es recuerdo porque no existe. Simplemente no existe. No existió nunca… al menos como existieron otras cosas. Si me volviera, ¿qué podría decirle?

(–¡Traidor… delator miserable! –gritó con el puño levantado hacia el mudo testigo uno de los encausados. Apostrofaba al hombre que aparentemente había comprado su libertad con una traición y que ahora estaba allí de pie, testimoniando con su silencio –pues no habló en ningún momento– contra sus compañeros de sublevación. El insulto se repitió aún más vibrante y furioso. El juez de la causa descargó un fuerte golpe que hizo saltar los papeles. Se retrepó en la silla con la cara lívida de ira, tanto por el exabrupto del uno como por el empecinado silencio del otro. La hilera de uniformes se inmovilizó del otro lado de las mesas lustrosas que recogían las caras. Podían escucharse las respiraciones agitadas. Los demás inculpados se removieron incómodos en los escaños; especialmente uno de ellos: el hermano del que había sido injuriado. Tenía la cabeza gacha. Parecía abrumado por un peso ilevantable, como si sólo él sufriera la vergüenza que acababan de inferir a su hermano. Pero todas las caras, incluso las rígidas caras pegadas al brillo de las mesas, estaban tendidas expectantes hacia el otro, que parecía no haber escuchado el insulto. Miraba impasible hacia afuera, a través de los vidrios, el ramaje balanceado por el viento sobre la muralla del cuartel).

Más de uno me ha seguido después de aquello –se dijo el del bastón, disminuyendo insensiblemente su marcha–. Ni siquiera la guerra ha bastado. Cien mil muertos en el Chaco. Muertos para nada. Y en seguida, el duelo… apenas al día siguiente del Desfile de la Victoria, el duelo, ese absurdo duelo entre dos espectros quemados por el sol de hierro del Chaco… Y otra vez revoluciones, conspiraciones y sublevaciones como la nuestra, con nuevos héroes y traidores, en una cadena interminable. Los verdugos de la víspera convertidos en víctimas, las víctimas convertidas en verdugos al día siguiente, como si el tiempo se invirtiera en busca del daño, del mal, hacia atrás, hacia atrás… Recuerdo a ese coronel que presidía el consejo de guerra… todos sabíamos que él había hecho torturar y asesinar al estudiantito aquel, al que luego tuvieron que arrojar al río atado con un alambre y fondeado con piedras de Tacumbú. Luego él también, el coronel bravo en la guerra, manso en la paz, con esposa, hogar e hijos, un hombre común a pesar de las charreteras y las prerrogativas del mando, él también un héroe, después de uno de los cuartelazos que siguieron a la guerra, arrojado a la cárcel, entre el hacinamiento de los presos políticos, y castigado todas las mañanas, él más que otros, castigado con trozos de alambre por los guardias descalzos empapados de odio, hasta que enloqueció, y que después de eso andaba por los patios o en las celdas con la mandíbula hundida en los muros y canturreando una tonada inentendible, lleno de costurones, de llagas nuevas, siempre aureolado de moscas…

El bastoncito bailoteaba ahora rápido, con los reflejos ambarinos entre los dedos, los pies cada vez más lentos, como si el hombre de la nuca de niño hubiese de girar de un momento a otro para enfrentar a quien lo seguía.

Más de uno me ha seguido después de aquello… –se dijo el del bastón–. Mis compañeros, mis ex camaradas, quiero decir, no me olvidan. Algunos me miran pasar encogiéndose de hombros. No se deciden a interpelarme. Consideran que ha pasado en verdad mucho tiempo y que mi culpa vegeta en estado de prescripción. En cierto modo, aquel duelo, el hecho mismo de aquel desafío selló en parte mi rehabilitación. Porque… ¿quién se bate con un infame? Desde luego no hubiera podido batirme con cada uno de mis treinta y siete ex compañeros de sublevación. Pero éste no se ha aplacado. Era el más ofendido, el más exaltado. Ahora no le queda más que su viejo orgullo, el saber que su vida ha servido menos aún que la muerte de los otros. Creía ciegamente, aún sigue creyendo que yo…

Se le adelantó y le cerró el paso, enfrentándolo. Llevaba el diario estrujado de un extremo, blandiéndolo excitadamente. El otro también se detuvo. Giró un poco, llevó el bastón hacia atrás y se apoyó en él, con las dos manos a la espalda.

–¿Sabe quién soy? –barbotó.

–Claro.

Se miraron fijamente, el uno con los ojos duros, manchados por el viejo rencor que los hinchaba en las órbitas y les enrojecía las venitas; el interpelado con un ojo más vivo que el otro, pero tolerante, casi compasivo, aunque parecía cuidarse de no mostrar este último sentimiento.

–¡Traidor… delator miserable!

Las mismas palabras se habían gastado también con el tiempo; apenas un eco tardío de aquel insulto en el tribunal, que ahora volvía a rebotar contra la impasibilidad del hombre, una impasibilidad sonriente aunque desolada. Pero entonces el bofetón chasqueó en la cara impasible, llegando a destino después de una trayectoria de treinta años. El ojo saltó y fue a caer en la calzada, rodó un trecho y se detuvo en una hendidura. La mano del agresor quedó en suspenso en el aire, desgajada de su furia inicial que la cuenca vacía semejaba haber chupado de golpe. También su cara se vaciaba rápidamente de resentimiento, de ira, de encono, en esa mueca que se le iba alisando desde adentro bajo un impulso brotado tal vez del escarnio y parecido acaso a la compasión, como si toda grandeza de alma no pudiera ser engendrada más que por una miseria equivalente.

Le costó apartar la mirada de ese ojo caído en el pavimento y que el papirotazo con el diario estrujado me había hecho saltar de la cara. Se me quedó mirando con la desvalida sorpresa de quien confunde a una persona con otra pero sin embargo la reconoce. Cómo iba a explicarle ahora, después de treinta años, que yo no fui el delator, sino mi hermano. Él murió en el Chaco como un héroe. Yo seguí viviendo como un infame. La diferencia no es grande cuando hay de por medio un secreto como el mío. Y cómo explicarle que mi papel me gusta, que al fin ha llegado a gustarme de veras.

El otro tartamudeó algo incomprensible, un tardío pedido de disculpas tal vez, mientras se agachaba hacia el ojo opaco de tierra, para levantarlo.

–No te molestes –le dije. Tengo varios de repuesto. Ése ya estaba perdiendo el barniz.

Algunos curiosos estaban formando un ruedo a nuestro alrededor. Nos abrimos paso y nos fuimos.

 

(Tomado de www.literatura.us)

 

A la deriva

Horacio Quiroga

 

El hombre pisó blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque.

El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.

El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.

El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.

Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.

–¡Dorotea! –alcanzó a lanzar en un estertor–. ¡Dame caña!

Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.

–¡Te pedí caña, no agua! –rugió de nuevo. –¡Dame caña!

–¡Pero es caña, Paulino! –protestó la mujer espantada.

–¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!

La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.

–Bueno; esto se pone feo –murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.

Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.

Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.

El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito –de sangre esta vez– dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.

La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.

La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.

–¡Alves! –gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.

–¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! –clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.

El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.

El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.

El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.

El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón míster Dougald, y al recibidor del obraje.

¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.

Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.

De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también…

Al recibidor de maderas de míster Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo… ¿Viernes? Sí, o jueves…

El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.

–Un jueves…

Y cesó de respirar.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

sábado, 11 de abril de 2026

La ciudad más tranquila del mundo

José Víctor Martínez Gil

 

Esa noche inexplicablemente hubo un apagón. Toda la ciudad y sus alrededores quedaron a oscuras. Ni una sola luz. Era la media noche. Ni siquiera había luna en ese cielo coincidentemente despejado. Era una magnífica oportunidad para rebelarse: los humanos temen a la oscuridad. Y la ciudad estaba harta de ellos. Con cautela, cada edificio abrió cuatro ventanas de su fachada que dibujaban un descomunal y macabro rostro. Los puentes, como serpientes, también abrieron sus ojos. La noche seguía avanzando en total penumbra y con sus habitantes encerrados. Cuando asomaba la claridad del amanecer, a las siete en punto de la mañana, los rascacielos comenzaron a desplegar sus colosales estructuras cuales brazos demoledores. Las iglesias, sus inmensas tenazas. Las antenas, sus enormes aguijones. Los túneles, sus gigantescas fauces. Los estadios y las fábricas movieron sus corazas. Los puentes comenzaron a deslizarse monstruosamente. Las casas como formidables insectos también despertaron. Y todas las construcciones, muy despacio, se desplazaron, con sus habitantes dentro, engulléndolos, triturándolos, aplastándolos sin siquiera darles la oportunidad de algún alarido. Hasta que la ciudad con sus rascacielos, y con sus puentes, iglesias, casas, se sintió desierta, tranquila. O no. Porque al anochecer, llegó de nuevo la luz. Y en las fachadas de todos los edificios se podía ver en las luces encendidas a través de las ventanas, nuevas sonrisas placenteras y perversas, a la espera de que un nuevo grupo de humanos volviera a poblar la ciudad.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)

 

El hijo

Horacio Quiroga

 

Es un poderoso día de verano en Misiones, con todo el sol, el calor y la calma que puede deparar la estación. La naturaleza plenamente abierta, se siente satisfecha de sí.

Como el sol, el calor y la calma ambiente, el padre abre también su corazón a la naturaleza.

–Ten cuidado, chiquito –dice a su hijo; abreviando en esa frase todas las observaciones del caso y que su hijo comprende perfectamente.

–Si, papá –responde la criatura mientras coge la escopeta y carga de cartuchos los bolsillos de su camisa, que cierra con cuidado.

–Vuelve a la hora de almorzar –observa aún el padre.

–Sí, papá –repite el chico.

Equilibra la escopeta en la mano, sonríe a su padre, lo besa en la cabeza y parte.

Su padre lo sigue un rato con los ojos y vuelve a su quehacer de ese día, feliz con la alegría de su pequeño.

Sabe que su hijo es educado desde su más tierna infancia en el hábito y la precaución del peligro, puede manejar un fusil y cazar no importa qué. Aunque es muy alto para su edad, no tiene sino trece años. Y parecía tener menos, a juzgar por la pureza de sus ojos azules, frescos aún de sorpresa infantil.

No necesita el padre levantar los ojos de su quehacer para seguir con la mente la marcha de su hijo.

Ha cruzado la picada roja y se encamina rectamente al monte a través del abra de espartillo.

Para cazar en el monte –caza de pelo– se requiere más paciencia de la que su cachorro puede rendir. Después de atravesar esa isla de monte, su hijo costeará la linde de cactus hasta el bañado, en procura de palomas, tucanes o tal cual casal de garzas, como las que su amigo Juan ha descubierto días anteriores.

Sólo ahora, el padre esboza una sonrisa al recuerdo de la pasión cinegética de las dos criaturas.

Cazan sólo a veces un yacútoro, un surucuá –menos aún– y regresan triunfales, Juan a su rancho con el fusil de nueve milímetros que él le ha regalado, y su hijo a la meseta con la gran escopeta Saint-Étienne, calibre 16, cuádruple cierre y pólvora blanca.

Él fue lo mismo. A los trece años hubiera dado la vida por poseer una escopeta. Su hijo, de aquella edad, la posee ahora y el padre sonríe…

No es fácil, sin embargo, para un padre viudo, sin otra fe ni esperanza que la vida de su hijo, educarlo como lo ha hecho él, libre en su corto radio de acción, seguro de sus pequeños pies y manos desde que tenía cuatro años, consciente de la inmensidad de ciertos peligros y de la escasez de sus propias fuerzas.

Ese padre ha debido luchar fuertemente contra lo que él considera su egoísmo. ¡Tan fácilmente una criatura calcula mal, sienta un pie en el vacío y se pierde un hijo!

El peligro subsiste siempre para el hombre en cualquier edad; pero su amenaza amengua si desde pequeño se acostumbra a no contar sino con sus propias fuerzas.

De este modo ha educado el padre a su hijo. Y para conseguirlo ha debido resistir no sólo a su corazón, sino a sus tormentos morales; porque ese padre, de estómago y vista débiles, sufre desde hace un tiempo de alucinaciones.

Ha visto, concretados en dolorosísima ilusión, recuerdos de una felicidad que no debía surgir más de la nada en que se recluyó. La imagen de su propio hijo no ha escapado a este tormento. Lo ha visto una vez rodar envuelto en sangre cuando el chico percutía en la morsa del taller una bala de parabellum, siendo así que lo que hacía era limar la hebilla de su cinturón de caza.

Horrible caso… Pero hoy, con el ardiente y vital día de verano, cuyo amor a su hijo parece haber heredado, el padre se siente feliz, tranquilo, y seguro del porvenir.

En ese instante, no muy lejos suena un estampido.

–La Saint-Étienne… –piensa el padre al reconocer la detonación. Dos palomas de menos en el monte…

Sin prestar más atención al nimio acontecimiento, el hombre se abstrae de nuevo en su tarea.

El sol, ya muy alto, continúa ascendiendo. Adonde quiera que se mire –piedras, tierra, árboles–, el aire enrarecido como en un horno, vibra con el calor. Un profundo zumbido que llena el ser entero e impregna el ámbito hasta donde la vista alcanza, concentra a esa hora toda la vida tropical.

El padre echa una ojeada a su muñeca: las doce. Y levanta los ojos al monte.

Su hijo debía estar ya de vuelta. En la mutua confianza que depositan el uno en el otro –el padre de sienes plateadas y la criatura de trece años–, no se engañan jamás. Cuando su hijo responde: “Sí, papá”, hará lo que dice. Dijo que volvería antes de las doce, y el padre ha sonreído al verlo partir.

Y no ha vuelto.

El hombre torna a su quehacer, esforzándose en concentrar la atención en su tarea. ¿Es tan fácil, tan fácil perder la noción de la hora dentro del monte, y sentarse un rato en el suelo mientras se descansa inmóvil…?

El tiempo ha pasado; son las doce y media. El padre sale de su taller, y al apoyar la mano en el banco de mecánica sube del fondo de su memoria el estallido de una bala de parabellum, e instantáneamente, por primera vez en las tres horas transcurridas, piensa que tras el estampido de la Saint-Étienne no ha oído nada más. No ha oído rodar el pedregullo bajo un paso conocido. Su hijo no ha vuelto y la naturaleza se halla detenida a la vera del bosque, esperándolo.

¡Oh! no son suficientes un carácter templado y una ciega confianza en la educación de un hijo para ahuyentar el espectro de la fatalidad que un padre de vista enferma ve alzarse desde la línea del monte. Distracción, olvido, demora fortuita: ninguno de estos nimios motivos que pueden retardar la llegada de su hijo halla cabida en aquel corazón.

Un tiro, un solo tiro ha sonado, y hace mucho. Tras él, el padre no ha oído un ruido, no ha visto un pájaro, no ha cruzado el abra una sola persona a anunciarle que al cruzar un alambrado, una gran desgracia…

La cabeza al aire y sin machete, el padre va. Corta el abra de espartillo, entra en el monte, costea la línea de cactus sin hallar el menor rastro de su hijo.

Pero la naturaleza prosigue detenida. Y cuando el padre ha recorrido las sendas de caza conocidas y ha explorado el bañado en vano, adquiere la seguridad de que cada paso que da en adelante lo lleva, fatal e inexorablemente, al cadáver de su hijo.

Ni un reproche que hacerse, es lamentable. Sólo la realidad fría terrible y consumada: ha muerto su hijo al cruzar un…

¡Pero dónde, en qué parte! ¡Hay tantos alambrados allí, y es tan, tan sucio el monte! ¡Oh, muy sucio Por poco que no se tenga cuidado al cruzar los hilos con la escopeta en la mano…

El padre sofoca un grito. Ha visto levantarse en el aire… ¡Oh, no es su hijo, no! Y vuelve a otro lado, y a otro y a otro…

Nada se ganaría con ver el color de su tez y la angustia de sus ojos. Ese hombre aún no ha llamado a su hijo. Aunque su corazón clama por él a gritos, su boca continúa muda. Sabe bien que el solo acto de pronunciar su nombre, de llamarlo en voz alta, será la confesión de su muerte.

–¡Chiquito! –se le escapa de pronto. Y si la voz de un hombre de carácter es capaz de llorar, tapémonos de misericordia los oídos ante la angustia que clama en aquella voz.

Nadie ni nada ha respondido. Por las picadas rojas de sol, envejecido en diez años, va el padre buscando a su hijo que acaba de morir.

–¡Hijito mío…! ¡Chiquito mío…! –clama en un diminutivo que se alza del fondo de sus entrañas.

Ya antes, en plena dicha y paz, ese padre ha sufrido la alucinación de su hijo rodando con la frente abierta por una bala al cromo níquel. Ahora, en cada rincón sombrío del bosque ve centellos de alambre; y al pie de un poste, con la escopeta descargada al lado, ve a su…

–¡Chiquito…! ¡Mi hijo!

Las fuerzas que permiten entregar un pobre padre alucinado a la más atroz pesadilla tienen también un límite. Y el nuestro siente que las suyas se le escapan, cuando ve bruscamente desembocar de un pique lateral a su hijo.

A un chico de trece años bástale ver desde cincuenta metros la expresión de su padre sin machete dentro del monte para apresurar el paso con los ojos húmedos.

–Chiquito… –murmura el hombre. Y, exhausto se deja caer sentado en la arena albeante, rodeando con los brazos las piernas de su hijo.

La criatura, así ceñida, queda de pie; y como comprende el dolor de su padre, le acaricia despacio la cabeza:

–Pobre papá…

En fin, el tiempo ha pasado. Ya van a ser las tres…

Juntos ahora, padre e hijo emprenden el regreso a la casa.

–¿Cómo no te fijaste en el sol para saber la hora…? –murmura aún el primero.

–Me fijé, papá… pero cuando iba a volver vi las garzas de Juan y las seguí…

–¡Lo que me has hecho pasar, chiquito!

–Papá… –murmura también el chico.

Después de un largo silencio:

–Y las garzas, ¿las mataste? –pregunta el padre.

–No.

Nimio detalle, después de todo. Bajo el cielo y el aire candentes, a la descubierta por el abra de espartillo, el hombre devuelve a casa con su hijo, sobre cuyos hombros, casi del alto de los suyos, lleva pasado su feliz brazo de padre. Regresa empapado de sudor, y aunque quebrantado de cuerpo y alma, sonríe de felicidad.

 

***

Sonríe de alucinada felicidad… pues ese padre va solo.

A nadie ha encontrado, y su brazo se apoya en el vacío. Porque tras él, al pie de un poste y con las piernas en alto, enredadas en el alambre de púa, su hijo bienamado yace al sol, muerto desde las diez de la mañana.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

viernes, 10 de abril de 2026

Milagro

Voltaire

 

Un pequeño monje estaba tan acostumbrado a hacer milagros que el prior le prohibió ejercer su talento. El pequeño monje obedeció; pero al ver que un pobre albañil se caía de lo alto de un tejado, dudó entre el deseo de salvarle la vida y la santa obediencia. Mandó al albañil que se quedara en el aire hasta nueva orden, y corrió velozmente a contar a su prior el estado de la situación. El prior le perdonó el pecado que había cometido al comenzar un milagro sin su permiso, pero le permitió acabarlo con tal de que aquello no continuara y no volviera a repetirse.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

Cuerpo de mujer

Ryunosuke Akutagawa

 

Una noche de verano un chino llamado Yang despertó de pronto a causa del insoportable calor. Tumbado boca abajo, la cabeza entre las manos, se había entregado a hilvanar fogosas fantasías cuando se percató de que había una pulga avanzando por el borde de la cama. En la penumbra de la habitación la vio arrastrar su diminuto lomo fulgurando como polvo de plata rumbo al hombro de su mujer que dormía a su lado. Desnuda, yacía profundamente dormida, y oyó que respiraba dulcemente, la cabeza y el cuerpo volteados hacia su lado.

Observando el avance indolente de la pulga, Yang reflexionó sobre la realidad de aquellas criaturas. “Una pulga necesita una hora para llegar a un sitio que está a dos o tres pasos nuestros, aparte de que todo su espacio se reduce a una cama. Muy tediosa sería mi vida de haber nacido pulga…”

Dominado por estos pensamientos, su conciencia se empezó a oscurecer lentamente y, sin darse cuenta, acabó hundiéndose en el profundo abismo de un extraño trance que no era ni sueño ni realidad. Imperceptiblemente, justo cuando se sintió despierto, vio, asombrado, que su alma había penetrado el cuerpo de la pulga que durante todo aquel tiempo avanzaba sin prisa por la cama, guiada por un acre olor a sudor. Aquello, en cambio, no era lo único que lo confundía, pese a ser una situación tan misteriosa que no conseguía salir de su asombro.

En el camino se alzaba una encumbrada montaña cuya forma más o menos redondeada aparecía suspendida de su cima como una estalactita, alzándose más allá de la vista y descendiendo hacia la cama donde se encontraba. La base medio redonda de la montaña, contigua a la cama, tenía el aspecto de una granada tan encendida que daba la impresión de contener fuego almacenado en su seno. Salvo esta base, el resto de la armoniosa montaña era blancuzco, compuesto de la masa nívea de una sustancia grasa, tierna y pulida. La vasta superficie de la montaña bañada en luz despedía un lustre ligeramente ambarino que se curvaba hacia el cielo como un arco de belleza exquisita, a la par que su ladera oscura refulgía como una nieve azulada bajo la luz de la luna.

Los ojos abiertos de par en par, Yang fijó la mirada atónita en aquella montaña de inusitada belleza. Pero cuál no sería su asombro al comprobar que la montaña era uno de los pechos de su mujer. Poniendo a un lado el amor, el odio y el deseo carnal, Yang contempló aquel pecho enorme que parecía una montaña de marfil. En el colmo de la admiración permaneció un largo rato petrificado y como aturdido ante aquella imagen irresistible, ajeno por completo al acre olor a sudor. No se había dado cuenta, hasta volverse una pulga, de la belleza aparente de su mujer. Tampoco se puede limitar un hombre de temperamento artístico a la belleza aparente de una mujer y contemplarla azorado como hizo la pulga.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

jueves, 9 de abril de 2026

Miércoles

Jordi Cebrián

 

Es el día más inexistente, demasiado lejos del domingo como para propiciar melancolías, y demasiado lejos del sábado para acarrear esperanzas. Por eso muchas veces los miércoles desaparecen, dejan de existir, y la gente sin saberlo se ha comido un día, y tienen la sensación de que la semana ha sido corta. Los jefes de estado procuran no llamarse, pues saben que en otro país podría ser ya jueves, y se podría liar. Hay pueblos remotos a los que no puede llegarse en miércoles, pues no están, desaparecen ese día, y hasta las carreteras que llevan hasta ellos resultan inútiles.

 

(Tomado de www.cienpalabras.blogspot.com)