miércoles, 22 de julio de 2026

El que inventó la pólvora

Carlos Fuentes

 

Uno de los pocos intelectuales que aún existían en los días anteriores a la catástrofe, expresó que quizá la culpa de todo la tenía Aldous Huxley. Aquel intelectual –titular de la misma cátedra de sociología, durante el año famoso en que a la humanidad entera se le otorgó un Doctorado Honoris Causa, y clausuraron sus puertas todas las Universidades–, recordaba todavía algún ensayo de Music at Night: los snobismos de nuestra época son el de la ignorancia y el de la última moda; y gracias a éste se mantienen el progreso, la industria y las actividades civilizadas. Huxley, recordaba mi amigo, incluía la sentencia de un ingeniero norteamericano: “Quien construya un rascacielos que dure más de cuarenta años, es traidor a la industria de la construcción”. De haber tenido el tiempo necesario para reflexionar sobre la reflexión de mi amigo, acaso hubiera reído, llorado, ante su intento estéril de proseguir el complicado juego de causas y efectos, ideas que se hacen acción, acción que nutre ideas. Pero en esos días, el tiempo, las ideas, la acción, estaban a punto de morir.

La situación, intrínsecamente, no era nueva. Sólo que, hasta entonces, habíamos sido nosotros, los hombres, quienes la provocábamos. Era esto lo que la justificaba, la dotaba de humor y la hacía inteligible. Éramos nosotros los que cambiábamos el automóvil viejo por el de este año. Nosotros, quienes arrojábamos las cosas inservibles a la basura. Nosotros, quienes optábamos entre las distintas marcas de un producto. A veces, las circunstancias eran cómicas; recuerdo que una joven amiga mía cambió un desodorante por otro sólo porque los anuncios le aseguraban que la nueva mercancía era algo así como el certificado de amor a primera vista. Otras, eran tristes; uno llega a encariñarse con una pipa, los zapatos cómodos, los discos que acaban teñidos de nostalgia, y tener que desecharlos, ofrendarlos al anonimato del ropavejero y la basura, era ocasión de cierta melancolía.

Nunca hubo tiempo de averiguar a qué plan diabólico obedeció, o si todo fue la irrupción acelerada de un fenómeno natural que creíamos domeñado. Tampoco, dónde se inició la rebelión, el castigo, el destino –no sabemos cómo designarlo. El hecho es que un día, la cuchara con que yo desayunaba, de legítima plata Christoph; se derritió en mis manos. No di mayor importancia al asunto, y suplí el utensilio inservible con otro semejante, del mismo diseño, para no dejar incompleto mi servicio y poder recibir con cierta elegancia a doce personas. La nueva cuchara duró una semana; con ella, se derritió el cuchillo. Los nuevos repuestos no sobrevivieron las setenta y dos horas sin convertirse en gelatina. Y claro, tuve que abrir los cajones y cerciorarme: toda la cuchillería descansaba en el fondo de las gavetas, excreción gris y espesa. Durante algún tiempo pensé que estas ocurrencias ostentaban un carácter singular. Buen cuidado tomaron los felices propietarios de objetos tan valiosos en no comunicar algo que, después tuvo que saberse, era ya un hecho universal. Cuando comenzaron a derretirse las cucharas, cuchillos, tenedores, amarillentos, de alumno y hojalata, que usan los hospitales, los pobres, las fondas, los cuarteles, no fue posible ocultar la desgracia que nos afligía. Se levantó un clamor: las industrias respondieron que estaban en posibilidad de cumplir con la demanda, mediante un gigantesco esfuerzo, hasta el grado de poder reemplazar los útiles de mesa de cien millones de hogares, cada veinticuatro horas.

El cálculo resultó exacto. Todos los días, mi cucharita de té –a ella me reduje, al artículo más barato, para todos los usos culinarios– se convertía, después del desayuno, en polvo. Con premura, salíamos todos a formar cola para adquirir una nueva. Que yo sepa, muy pocas gentes compraron al mayoreo; sospechábamos que cien cucharas adquiridas hoy serían pasta mañana, o quizá nuestra esperanza de que sobrevivieran veinticuatro horas era tan grande como infundada. Las gracias sociales sufrieron un deterioro total; nadie podía invitar a sus amistades, y tuvo corta vida el movimiento, malentendido y nostálgico, en pro de un regreso a las costumbres de los vikingos.

Esta situación, hasta cierto punto amable, duró apenas seis meses. Alguna mañana, terminaba mi cotidiano aseo dental. Sentí que el cepillo, todavía en la boca, se convertía en culebrita de plástico; lo escupí en pequeños trozos. Este género de calamidades comenzó a repetirse casi sin interrupciones. Recuerdo que ese mismo día, cuando entré a la oficina de mi jefe en el Banco, el escritorio se desintegró en terrones de acero, mientras los puros del financiero tosían y se deshebraban, y los cheques mismos daban extrañas muestras de inquietud… Regresando a la casa, mis zapatos se abrieron como flor de cuero, y tuve que continuar descalzo. Llegué casi desnudo: la ropa se había caído a jirones, los colores de la corbata se separaron y emprendieron un vuelo de mariposas. Entonces me di cuenta de otra cosa: los automóviles que transitaban por las calles se detuvieron de manera abrupta, y mientras los conductores descendían, sus sacos haciéndose polvo en las espaldas, emanando un olor colectivo de tintorería y axilas, los vehículos, envueltos en gases rojos, temblaban. Al reponerme de la impresión, fijé los ojos en aquellas carrocerías. La calle hervía en una confusión de caricaturas: Fords Modelo T, carcachas de 1909, Tin Lizzies, orugas cuadriculadas, vehículos pasados de moda.

La invasión de esa tarde a las tiendas de ropa y muebles, a las agencias de automóvil, resulta indescriptible. Los vendedores de coches –esto podría haber despertado sospechas– ya tenían preparado el Modelo del Futuro, que en unas cuantas horas fue vendido por millares. (Al día siguiente, todas las agencias anunciaron la aparición del Novísimo Modelo del Futuro, la ciudad se llenó de anuncios démodé del Modelo del día anterior –que, ciertamente, ya dejaba escapar un tufillo apolillado–, y una nueva avalancha de compradores cayó sobre las agencias).

Aquí debo insertar una advertencia. La serie de acontecimientos a que me vengo refiriendo, y cuyos efectos finales nunca fueron apreciados debidamente, lejos de provocar asombro o disgusto, fueron aceptados con alborozo, a veces con delirio, por la población de nuestros países. Las fábricas trabajaban a todo vapor y terminó el problema de los desocupados. Magnavoces instalados en todas las esquinas, aclaraban el sentido de esta nueva revolución industrial: los beneficios de la libre empresa llegaban hoy, como nunca, a un mercado cada vez más amplio; sometida a este reto del progreso, la iniciativa privada respondía a las exigencias diarias del individuo en escala sin paralelo; la diversificación de un mercado caracterizado por la renovación continua de los artículos de consumo aseguraba una vida rica, higiénica y libre. “Carlomagno murió con sus viejos calcetines puestos –declaraba un cartel– usted morirá con unos Elasto-Plastex recién salidos de la fábrica”. La bonanza era increíble; todos trabajaban en las industrias, percibían enormes sueldos, y los gastaban en cambiar diariamente las cosas inservibles por los nuevos productos. Se calcula que, en mi comunidad solamente, llegaron a circular en valores y en efectivo, más de doscientos mil millones de dólares cada dieciocho horas.

El abandono de las labores agrícolas se vio suplido, y concordado, por las industrias química, mobiliaria y eléctrica. Ahora comíamos píldoras de vitamina, cápsulas y granulados, con la severa advertencia médica de que era necesario prepararlos en la estufa y comerlos con cubiertos (las píldoras, envueltas por una cera eléctrica, escapan al contacto con los dedos del comensal).

Yo, justo es confesarlo, me adapté a la situación con toda tranquilidad. El primer sentimiento de terror lo experimenté una noche, al entrar a mi biblioteca. Regadas por el piso, como larvas de tinta, yacían las letras de todos los libros. Apresuradamente, revisé varios tomos: sus páginas, en blanco. Una música dolorosa, lenta, despedida, me envolvió; quise distinguir las voces de las letras; al minuto agonizaron. Eran cenizas. Salí a la calle, ansioso de saber qué nuevos sucesos anunciaba éste; por el aire, con el loco empeño de los vampiros, corrían nubes de letras; a veces, en chispazos eléctricos, se reunían… amor rosa palabra, brillaban un instante en el cielo, para disolverse en llanto. A la luz de uno de estos fulgores vi otra cosa: nuestros grandes edificios empezaban a resquebrajarse; en uno, distinguí la carrera de una vena rajada que se iba abriendo por el cuerpo de cemento. Lo mismo ocurría en las aceras, en los árboles, acaso en el aire. La mañana nos deparó una piel brillante de heridas. Buen sector de obreros tuvo que abandonar las fábricas para atender a la reparación material de la ciudad; de nada sirvió, pues cada remiendo hacía brotar nuevas cuarteaduras.

Aquí concluía el periodo que pareció haberse regido por el signo de las veinticuatro horas. A partir de este instante, nuestros utensilios comenzaron a descomponerse en menos tiempo; a veces en diez, a veces en tres o cuatro horas. Las calles se llenaron de montañas de zapatos y papeles, de bosques de platos rotos, dentaduras postizas, abrigos desbaratados, de cáscaras de libros, edificios y pieles, de muebles y flores muertas y chicle y aparatos de televisión y baterías. Algunos intentaron dominar a las cosas, maltratarlas, obligarlas a continuar prestando sus servicios; pronto se supo de varias muertes extrañas de hombres y mujeres atravesados por cucharas y escobas, sofocados por sus almohadas, ahorcados por las corbatas. Todo lo que no era arrojado a la basura después de cumplir el término estricto de sus funciones, se vengaba así del consumidor reticente.

La acumulación de basura en las calles las hacía intransitables. Con la huida del alfabeto, ya no se podían escribir directrices; los magnavoces dejaban de funcionar cada cinco minutos, y todo el día se iba en suplirlos con otros. ¿Necesito señalar que los basureros se convirtieron en la capa social privilegiada, y que la Hermandad Secreta de Verrere era, de facto, el poder activo detrás de nuestras instituciones republicanas? De viva voz se corrió la consigna: los intereses sociales exigen que para salvar la situación se utilicen y consuman las cosas con una rapidez cada día mayor. Los obreros ya no salían de las fábricas; en ellas se concentró la vida de la ciudad, abandonándose a su suerte edificios, plazas, las habitaciones mismas. En las fábricas, tengo entendido que un trabajador armaba una bicicleta, corría por el patio montado en ella; la bicicleta se reblandecía y era tirada al carro de la basura que, cada día más alto, corría como arteria paralítica por la ciudad; inmediatamente, el mismo obrero regresaba a armar otra bicicleta, y el proceso se repetía sin solución. Lo mismo pasaba con los demás productos; una camisa era usada inmediatamente por el obrero que la fabricaba, y arrojada al minuto; las bebidas alcohólicas tenían que ser ingeridas por quienes las embotellaban, y las medicinas de alivio respectivas por sus fabricantes, que nunca tenían oportunidad de emborracharse. Así sucedía en todas las actividades.

Mi trabajo en el Banco ya no tenía sentido. El dinero había dejado de circular desde que productores y consumidores, encerrados en las factorías, hacían de los dos actos uno. Se me asignó una fábrica de armamentos como nuevo sitio de labores. Yo sabía que las armas eran llevadas a parajes desiertos, y usadas allí; un puente aéreo se encargaba de transportar las bombas con rapidez, antes de que estallaran, y depositarlas, huevecillos negros, entre las arenas de estos lugares misteriosos.

Ahora que ha pasado un año desde que mi primera cuchara se derritió, subo a las ramas de un árbol y trato de distinguir, entre el humo y las sirenas, algo de las costras del mundo. El ruido, que se ha hecho sustancia, gime sobre los valles de desperdicio; temo –por lo que mis últimas experiencias con los pocos objetos servibles que encuentro delatan– que el espacio de utilidad de las cosas se ha reducido a fracciones de segundo. Los aviones estallan en el aire, cargados de bombas; pero un mensajero permanente vuela en helicóptero sobre la ciudad, comunicando la vieja consigna: “Usen, usen, consuman, consuman, ¡todo, todo!” ¿Qué queda por usarse? Pocas cosas, sin duda.

Aquí, desde hace un mes, vivo escondido, entre las ruinas de mi antigua casa. Hui del arsenal cuando me di cuenta que todos, obreros y patrones, han perdido la memoria, y también, la facultad previsora… Viven al día, emparedados por los segundos. Y yo, de pronto, sentí la urgencia de regresar a esta casa, tratar de recordar algo apenas estas notas que apunto con urgencia, y que tampoco dicen de un año relleno de datos– y formular algún proyecto.

¡Qué gusto! En mi sótano encontré un libro con letras impresas; es Treasure Island, y gracias a él, he recuperado el recuerdo de mí mismo, el ritmo de muchas cosas… Termino el libro (“¡Pieces of eight! ¡Pieces of eight!”) y miro en redor mío. La espina dorsal de los objetos despreciados, su velo de peste. ¿Los novios, los niños, los que sabían cantar, dónde están, por qué los olvidé, los olvidamos, durante todo este tiempo? ¿Qué fue de ellos mientras solo pensábamos (y yo solo he escrito) en el deterioro y creación de nuestros útiles? Extendí la vista sobre los montones de inmundicia. La opacidad chiclosa se entrevera en mil rasguños; las llantas y los trapos, la obsesidad maloliente, la carne inflamada del detritus, se extienden enterrados por los cauces de asfalto; y pude ver algunas cicatrices, que eran cuerpos abrazados, manos de cuerda, bocas abiertas, y supe de ellos.

No puedo dar idea de los monumentos alegóricos que sobre los desperdicios se han construido, en honor de los economistas del pasado. El dedicado a las Armonías de Bastiat, es especialmente grotesco.

Entre las páginas de Stevenson, un paquete de semillas de hortaliza. Las he estado metiendo en la tierra, ¡con qué gran cariño!… Ahí pasa otra vez el mensajero:

“USEN TODO… TODO… TODO”.

Ahora, ahora un hongo azul que luce penachos de sombra y me ahoga en el rumor de los cristales rotos…

Estoy sentado en una playa que antes –si recuerdo algo de geografía– no bañaba mar alguno. No hay más muebles en el universo que dos estrellas, las olas y arena. He tomado unas ramas secas; las froto, durante mucho tiempo… ah, la primera chispa…

 

(Tomado de Fuentes, Carlos, Los días enmascarados, Los Presentes, México, 1954)

 

Los asesinos

Ernest Hemingway

 

La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador.

–¿Qué van a pedir? –les preguntó George.

–No sé –dijo uno de ellos–. ¿Tú qué tienes ganas de comer, Al?

–Qué sé yo –respondió Al–, no sé.

Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el otro extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado conversando con George cuando ellos entraron, los observaba.

–Yo voy a pedir costillitas de cerdo con salsa de manzanas y puré de papas –dijo el primero.

–Todavía no está listo.

–¿Entonces para qué carajo lo pones en la carta?

–Esa es la cena –le explicó George–. Puede pedirse a partir de las seis.

George miró el reloj en la pared de atrás del mostrador.

–Son las cinco.

–El reloj marca las cinco y veinte –dijo el segundo hombre.

–Adelanta veinte minutos.

–Bah, a la mierda con el reloj –exclamó el primero–. ¿Qué tienes para comer?

–Puedo ofrecerles cualquier variedad de sándwiches –dijo George–, jamón con huevo, tocino con huevo, hígado y tocino, o un bistec.

–A mí dame suprema de pollo con chícharos y salsa blanca y puré de papas.

–Esa es la cena.

–¿Será posible que todo lo que pidamos sea la cena?

–Puedo ofrecerles jamón con huevo, tocino con huevo, hígado…

–Jamón con huevo –dijo el que se llamaba Al. Usaba un bombín y un abrigo negro abrochado. Su cara era blanca y pequeña, sus labios angostos. Llevaba una bufanda de seda y guantes.

–Dame tocino con huevo –dijo el otro. Era más o menos de la misma talla que Al. Aunque de cara no se parecían, vestían como gemelos. Ambos llevaban abrigos demasiado ajustados para ellos. Estaban sentados, inclinados hacia adelante, con los codos sobre el mostrador.

–¿Hay algo para tomar? –preguntó Al.

–Ginger ale, cerveza sin alcohol y otros refrescos –enumeró George.

–Dije si tienes algo para tomar.

–Solo lo que nombré.

–Es un pueblo caluroso este, ¿no? –Dijo el otro– ¿Cómo se llama?

–Summit.

–¿Alguna vez lo oíste nombrar? –preguntó Al a su amigo.

–No –le contestó éste.

–¿Qué hacen acá a la noche? –preguntó Al.

–Cenan –dijo su amigo–. Vienen acá y cenan de lo lindo.

–Así es –dijo George.

–¿Así que crees que así es? –Al le preguntó a George.

–Seguro.

–Así que eres un muchacho listo, ¿no?

–Seguro –respondió George.

–Pues no lo eres –dijo el otro hombrecito–. ¿No es cierto, Al?

–Se quedó mudo –dijo Al. Giró hacia Nick y le preguntó–: ¿Cómo te llamas?

–Adams.

–Otro muchacho listo –dijo Al–. ¿No es vivo, Max?

–El pueblo está lleno de muchachos listos –respondió Max.

George puso las dos bandejas, una de jamón con huevo y la otra de tocino con huevo, sobre el mostrador. También trajo dos platos de papas fritas y cerró la portezuela de la cocina.

–¿Cuál es el suyo? –le preguntó a Al.

–¿No te acuerdas?

–Jamón con huevo.

–Todo un muchacho listo –dijo Max. Se acercó y tomó el jamón con huevo. Ambos comían con los guantes puestos. George los observaba.

–¿Qué miras? –dijo Max mirando a George.

–Nada.

–Cómo que nada. Me estabas mirando a mí.

–En una de esas lo hacía en broma, Max –intervino Al.

George se rio.

–Tú no te rías –lo cortó Max–. No tienes nada de qué reírte, ¿entiendes?

–Está bien –dijo George.

–Así que piensas que está bien –Max miró a Al–. Piensa que está bien. Esa sí que está buena.

–Ah, piensa –dijo Al. Siguieron comiendo.

–¿Cómo se llama el muchacho listo ése que está en la punta del mostrador? –le preguntó Al a Max.

–Ey, muchacho listo –llamó Max a Nick–, anda con tu amigo del otro lado del mostrador.

–¿Por? –preguntó Nick.

–Porque sí.

–Mejor pasa del otro lado, muchacho listo –dijo Al. Nick pasó para el otro lado del mostrador.

–¿Qué se proponen? –preguntó George.

–Nada que te importe –respondió Al–. ¿Quién está en la cocina?

–El negro.

–¿El negro? ¿Cómo el negro?

–El negro que cocina.

–Dile que venga.

–¿Qué se proponen?

–Dile que venga.

–¿Dónde creen que están?

–Sabemos muy bien dónde estamos –dijo el que se llamaba Max–. ¿Parecemos tontos acaso?

–Por lo que dices, parecería que sí –le dijo Al–. ¿Qué tienes que ponerte a discutir con este chico? –Y luego a George–: escucha, dile al negro que venga.

–¿Qué le van a hacer?

–Nada. Piensa un poco, muchacho listo. ¿Qué le haríamos a un negro?

George abrió la portezuela de la cocina y llamó:

–Sam, ven un minutito.

El negro abrió la puerta de la cocina y salió.

–¿Qué pasa? –preguntó. Los dos hombres lo miraron desde el mostrador.

–Muy bien, negro –dijo Al–. Quédate ahí.

El negro Sam, con el delantal puesto, miró a los hombres sentados al mostrador:

–Sí, señor –dijo. Al bajó de su taburete.

–Voy a la cocina con el negro y el muchacho listo –dijo–. Vuelve a la cocina, negro. Tú también, muchacho listo.

El hombrecito entró a la cocina después de Nick y Sam, el cocinero. La puerta se cerró detrás de ellos. El que se llamaba Max se sentó al mostrador frente a George. No miraba a George sino al espejo que había tras el mostrador. Antes de ser un restaurante, el lugar había sido una taberna.

–Bueno, muchacho listo –dijo Max con la vista en el espejo–. ¿Por qué no dices algo?

–¿De qué se trata todo esto?

–Ey, Al –gritó Max–. Acá este muchacho listo quiere saber de qué se trata todo esto.

–¿Por qué no le cuentas? –se oyó la voz de Al desde la cocina.

–¿De qué crees que se trata?

–No sé.

–¿Qué piensas?

Mientras hablaba, Max miraba todo el tiempo al espejo.

–No lo diría.

–Ey, Al, acá el muchacho listo dice que no diría lo que piensa.

–Está bien, puedo oírte –dijo Al desde la cocina, que con una botella de cátsup mantenía abierta la ventanilla por la que se pasaban los platos–. Escúchame, muchacho listo –le dijo a George desde la cocina–, aléjate de la barra. Tú, Max, córrete un poquito a la izquierda –parecía un fotógrafo dando indicaciones para una toma grupal.

–Dime, muchacho listo –dijo Max–. ¿Qué piensas que va a pasar?

George no respondió.

–Yo te voy a contar –siguió Max–. Vamos a matar a un sueco. ¿Conoces a un sueco grandote que se llama Ole Andreson?

–Sí.

–Viene a comer todas las noches, ¿no?

–A veces.

–A las seis en punto, ¿no?

–Si viene.

–Ya sabemos, muchacho listo –dijo Max–. Hablemos de otra cosa. ¿Vas al cine?

–De vez en cuando.

–Tendrías que ir más seguido. Para alguien tan listo como tú, es bueno ir al cine.

–¿Por qué van a matar a Ole Andreson? ¿Qué les hizo?

–Nunca tuvo la oportunidad de hacernos algo. Jamás nos vio.

–Y nos va a ver una sola vez –dijo Al desde la cocina.

–¿Entonces por qué lo van a matar? –preguntó George.

–Lo hacemos para un amigo. Es un favor, muchacho listo.

–Cállate –dijo Al desde la cocina–. Hablas demasiado.

–Bueno, tengo que divertir al muchacho listo, ¿no, muchacho listo?

–Hablas demasiado –dijo Al–. El negro y mi muchacho listo se divierten solos. Los tengo atados como una pareja de amigas en el convento.

–¿Tengo que suponer que estuviste en un convento?

–Uno nunca sabe.

–En un convento judío. Ahí estuviste tú.

George miró el reloj.

–Si viene alguien, dile que el cocinero salió. Si después de eso se queda, le dices que cocinas tú. ¿Entiendes, muchacho listo?

–Sí –dijo George–. ¿Qué nos harán después?

–Depende –respondió Max–. Esa es una de las cosas que uno nunca sabe en el momento.

George miró el reloj. Eran las seis y cuarto. La puerta de la calle se abrió y entró un conductor de tranvías.

–Hola, George –saludó–. ¿Me sirves la cena?

–Sam salió –dijo George–. Volverá en alrededor de una hora y media.

–Mejor voy a la otra cuadra –dijo el chofer. George miró el reloj. Eran las seis y veinte.

–Estuviste bien, muchacho listo –le dijo Max–. Eres un verdadero caballero.

–Sabía que le volaría la cabeza –dijo Al desde la cocina.

–No –dijo Max–, no es eso. Lo que pasa es que es simpático. Me gusta el muchacho listo.

A las siete menos cinco George habló:

–Ya no viene.

Otras dos personas habían entrado al restaurante. En una oportunidad George fue a la cocina y preparó un sándwich de jamón con huevo “para llevar”, como había pedido el cliente. En la cocina vio a Al, con su bombín hacia atrás, sentado en un taburete junto a la portezuela con el cañón de un arma recortada apoyado en un saliente. Nick y el cocinero estaban amarrados espalda con espalda con toallas en las bocas. George preparó el pedido, lo envolvió en papel, lo puso en una bolsa y lo entregó. El cliente pagó y salió.

–El muchacho listo puede hacer de todo –dijo Max–. Cocina y hace de todo. Harías de alguna chica una linda esposa, muchacho listo.

–¿Sí? –Dijo George– Su amigo, Ole Andreson, no va a venir.

–Le vamos a dar otros diez minutos –repuso Max.

Max miró el espejo y el reloj. Las agujas marcaban las siete en punto, y luego siete y cinco.

–Vamos, Al –dijo Max–. Mejor nos vamos de acá. Ya no viene.

–Mejor esperamos otros cinco minutos –dijo Al desde la cocina.

En ese lapso entró un hombre, y George le explicó que el cocinero estaba enfermo.

–¿Por qué carajo no consigues otro cocinero? –Lo increpó el hombre– ¿Acaso no es un restaurante esto? –luego se marchó.

–Vamos, Al –insistió Max.

–¿Qué hacemos con los dos chicos vivos y el negro?

–No va a haber problemas con ellos.

–¿Estás seguro?

–Sí, ya no tenemos nada que hacer acá.

–No me gusta nada –dijo Al–. Es imprudente, tú hablas demasiado.

–Uh, qué te pasa –replicó Max–. Tenemos que entretenernos de alguna manera, ¿no?

–Igual hablas demasiado –insistió Al. Éste salió de la cocina, la recortada le formaba un ligero bulto en la cintura, bajo el abrigo demasiado ajustado que se arregló con las manos enguantadas.

–Adiós, muchacho listo –le dijo a George–. La verdad es que tuviste suerte.

–Cierto –agregó Max–, deberías apostar en las carreras, muchacho listo.

Los dos hombres se retiraron. George, a través de la ventana, los vio pasar bajo el farol de la esquina y cruzar la calle. Con sus abrigos ajustados y esos bombines parecían dos artistas de variedades. George volvió a la cocina y desató a Nick y al cocinero.

–No quiero que esto vuelva a pasarme –dijo Sam–. No quiero que vuelva a pasarme.

Nick se incorporó. Nunca antes había tenido una toalla en la boca.

–¿Qué carajo…? –dijo pretendiendo seguridad.

–Querían matar a Ole Andreson –les contó George–. Lo iban a matar de un tiro ni bien entrara a comer.

–¿A Ole Andreson?

–Sí, a él.

El cocinero se palpó los ángulos de la boca con los pulgares.

–¿Ya se fueron? –preguntó.

–Sí –respondió George–, ya se fueron.

–No me gusta –dijo el cocinero–. No me gusta para nada.

–Escucha –George se dirigió a Nick–. Tendrías que ir a ver a Ole Andreson.

–Está bien.

–Mejor que no tengas nada que ver con esto –le sugirió Sam, el cocinero–. No te conviene meterte.

–Si no quieres no vayas –dijo George.

–No vas a ganar nada involucrándote en esto –siguió el cocinero–. Mantente al margen.

–Voy a ir a verlo –dijo Nick–. ¿Dónde vive?

El cocinero se alejó.

–Los jóvenes siempre saben qué es lo que quieren hacer –dijo.

–Vive en la pensión Hirsch –George le informó a Nick.

–Voy para allá.

Afuera, las luces de la calle brillaban por entre las ramas de un árbol desnudo de follaje. Nick caminó por el costado de la calzada y a la altura del siguiente poste de luz tomó por una calle lateral. La pensión Hirsch se hallaba a tres casas. Nick subió los escalones y tocó el timbre. Una mujer apareció en la entrada.

–¿Está Ole Andreson?

–¿Quieres verlo?

–Sí, si está.

Nick siguió a la mujer hasta un descanso de la escalera y luego al final de un pasillo. Ella llamó a la puerta.

–¿Quién es?

–Alguien que viene a verlo, señor Andreson –respondió la mujer.

–Soy Nick Adams.

–Pasa.

Nick abrió la puerta e ingresó al cuarto. Ole Andreson yacía en la cama con la ropa puesta. Había sido boxeador peso pesado y la cama le quedaba chica. Estaba acostado con la cabeza sobre dos almohadas. No miró a Nick.

–¿Qué pasa? –preguntó.

–Estaba en el negocio de Henry –comenzó Nick–, cuando dos tipos entraron y nos ataron a mí y al cocinero, y dijeron que iban a matarlo.

Sonó tonto decirlo. Ole Andreson no dijo nada.

–Nos metieron en la cocina –continuó Nick–. Iban a dispararle apenas entrara a cenar.

Ole Andreson miró a la pared y siguió sin decir palabra.

–George creyó que lo mejor era que yo viniera y le contara.

–No hay nada que yo pueda hacer –Ole Andreson dijo finalmente.

–Le voy a decir cómo eran.

–No quiero saber cómo eran –dijo Ole Andreson. Volvió a mirar hacia la pared: –Gracias por venir a avisarme.

–No es nada.

Nick miró al grandote que yacía en la cama.

–¿No quiere que vaya a la policía?

–No –dijo Ole Andreson–. No sería buena idea.

–¿No hay nada que yo pueda hacer?

–No. No hay nada que hacer.

–Tal vez no lo dijeron en serio.

–No. Lo decían en serio.

Ole Andreson volteó hacia la pared.

–Lo que pasa –dijo hablándole a la pared– es que no me decido a salir. Me quedé todo el día acá.

–¿No podría escapar de la ciudad?

–No –dijo Ole Andreson–. Estoy harto de escapar.

Seguía mirando a la pared.

–Ya no hay nada que hacer.

–¿No tiene ninguna manera de solucionarlo?

–No. Me equivoqué –seguía hablando monótonamente–. No hay nada que hacer. Dentro de un rato me voy a decidir a salir.

–Mejor vuelvo adonde George –dijo Nick.

–Chao –dijo Ole Andreson sin mirar hacia Nick–. Gracias por venir.

Nick se retiró. Mientras cerraba la puerta vio a Ole Andreson totalmente vestido, tirado en la cama y mirando a la pared.

–Estuvo todo el día en su cuarto –le dijo la encargada cuando él bajó las escaleras–. No debe sentirse bien. Yo le dije: “Señor Andreson, debería salir a caminar en un día otoñal tan lindo como este”, pero no tenía ganas.

–No quiere salir.

–Qué pena que se sienta mal –dijo la mujer–. Es un hombre buenísimo. Fue boxeador, ¿sabías?

–Sí, ya sabía.

–Uno no se daría cuenta salvo por su cara –dijo la mujer. Estaban junto a la puerta principal–. Es tan amable.

–Bueno, buenas noches, señora Hirsch –saludó Nick.

–Yo no soy la señora Hirsch –dijo la mujer–. Ella es la dueña. Yo me encargo del lugar. Yo soy la señora Bell.

–Bueno, buenas noches, señora Bell –dijo Nick.

–Buenas noches –dijo la mujer.

Nick caminó por la vereda a oscuras hasta la luz de la esquina, y luego por la calle hasta el restaurante. George estaba adentro, detrás del mostrador.

–¿Viste a Ole?

–Sí –respondió Nick–. Está en su cuarto y no va a salir.

El cocinero, al oír la voz de Nick, abrió la puerta desde la cocina.

–No pienso escuchar nada –dijo y volvió a cerrar la puerta de la cocina.

–¿Le contaste lo que pasó? –preguntó George.

–Sí. Le conté pero él ya sabe de qué se trata.

–¿Qué va a hacer?

–Nada.

–Lo van a matar.

–Supongo que sí.

–Debe haberse metido en algún lío en Chicago.

–Supongo –dijo Nick.

–Es terrible.

–Horrible –dijo Nick.

Se quedaron callados. George se agachó a buscar un trapo y limpió el mostrador.

–Me pregunto qué habrá hecho –dijo Nick.

–Habrá traicionado a alguien. Por eso los matan.

–Me voy a ir de este pueblo –dijo Nick.

–Sí –dijo George–. Es lo mejor que puedes hacer.

–No soporto pensar que él espera en su cuarto y sabe lo que le pasará. Es realmente horrible.

–Bueno –dijo George–. Mejor deja de pensar en eso.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

martes, 21 de julio de 2026

Enviado de otro mundo

Abilio Estévez

 

La primera vez que vimos al hombre, mi madre y yo íbamos al cementerio. Desde la muerte de mi padre íbamos todas las tardes. Ya habíamos salido por el portón, cuando apareció, extraño, con la ropa de trabajo empapada en sudor, el sombrero de yarey echado hacia atrás y una guataca recostada al hombro. Al vernos, la sorpresa lo detuvo. Yo sé que entrecerró los ojos y que mostró la hilera de sus dientes tan blancos que parecían de mentira. Sus ojos, de un gris afilado, brillaban como la punta de un cuchillo. Era muy alto y la ropa le quedaba pequeña: el pantalón, desgarrado en los bajos, dejaba libre un pedazo de la piel de sus piernas por encima de unas botas enfangadas y sin abrochar. La camisa tenía un color más oscuro debajo de las axilas y como la llevaba abierta, podía verse en su pecho la oscuridad de los vellos.

Un segundo lo miró mi madre y trató de abrir la sombrilla, que no se abrió. Comenzó a buscar algo en el bolso y me llamó varias veces por mi nombre completo como nunca hacía.

El hombre dejó la guataca en el suelo y se acercó. Escuchamos el golpe de las botas en la calle, y no fue difícil saber que estaba ahí, a dos pasos, era precisa su respiración agitada y penetrante el olor a manigua.

Sentí la mano de mi madre apretando la mía.

–Me da un poco de agua –pidió él con voz que seguro hizo temblar las ramas de los árboles.

Ella no escuchó, no hizo caso, huyó conmigo calle abajo y doblamos por la primera cuadra y cruzamos casi corriendo el puente de la zanja.

Comenzaba a hacer frío y los árboles se veían negros en plena tarde. Las calles estaban mojadas aunque no había llovido y las casas permanecían cerradas a cal y canto. Los perros (tantos perros) no ladraban. Tampoco volaban los pájaros, ni se oían los gritos del hijo loco de la vieja Sana, ni las campanas de la iglesia hicieron nada por espantar aquel silencio como era su deber.

–¿Quién es ese hombre? –pregunté a mi madre cuando estuvimos lejos.

–El diablo –respondió.

 

Volvimos a encontrarlo al día siguiente.

Llegamos al cementerio que tenía una gran puerta desde donde unos ángeles grandes nos miraban sin darnos importancia. Abrimos la verja que siempre daba un alarido, y entramos a la calle de contornos pintados de blanco con las tumbas grises que tenían floreros de colores vivos.

Mi madre suspiró (siempre lo hacía) y cerró la sombrilla y se arregló el pelo. Como era hábito, deambulamos por entre las tumbas. Ella leyó las inscripciones de todas y se acarició algunas tapas y cruces, allí donde decía que estaba su amiga Adela y la otra amiga y la otra, tantos muertos que nos recuerdan, hijo, que polvo somos y en polvo nos convertiremos. Sus ojos no estaban quietos y brillaban; por momentos detenía en sus labios una leve sonrisa.

En la tumba de mi padre, quitó las flores mustias y deshizo los pétalos sobre la tierra.

Descubrimos al hombre en el momento en que mi madre me mandaba por agua limpia; estaba bajo un angelito de mármol, tan de mármol él como el angelito, mirándonos, mirándola fijamente.

–No lo mires tú –me ordenó ella.

No me gustó la forma angustiada en que lo dijo, pero ninguna pregunta me atrevía a hacerle: la vi bajar la cabeza, hundirse en sí misma, tranquila, intranquila, sentada en un banco.

Fui como pude, evadiéndolo, a la bomba de agua y llené los recipientes de cristal. Pero al regresar, el hombre me detuvo, no sólo con sus manos, también con sus ojos de acero que estaban tan llenos de cruces como el cementerio. Sonrió.

–¿Qué quiere? –pregunté sin miedo, aunque con miedo bajando los ojos porque sabía que no debía mirarlo.

Mostró un papel doblado, amarillo, un papel viejo.

–Dale a ella. Dile que es un recado.

Pero como yo, mis manos, se resistían, se inclinó hacia mí desde su altura y agregó:

–Es un recado que manda tu padre.

–Mi padre está muerto –riposté quizá ofendido, aunque sin saber por qué.

–Lo sé –respondió–, es un buen amigo que no tiene secretos para mí.

¿Cómo culparme de volver con el recado si se trataba de un aviso que mi padre nos mandaba?

Mi madre leyó el papel sin demostrar que lo leía. Lo guardó entre los senos y no colocó las flores en los floreros, dijo que el agua sola resultaba buena para los muertos, y más tarde ocultó la cara entre las manos noté que sus párpados se agitaban. ¿Estás llorando o estás riendo? Nada, hijo, nada, se secó los ojos y se puso de pie.

–Vamos, ya es de noche.

¿De noche? No dije no, pero el sol aún se veía.

Salimos del cementerio. Él ya no estaba o se había escondido, y eso que los ojos de ella iban iluminando las esquinas y se perdían de tan lejos que miraban.

Regresamos en silencio. Ella no hablaba como cuando había un pensamiento que la torturaba. Yo la conocía bien. Y como la conocía bien, corté un jazmín y se lo regalé para que adornara su escote.

Al llegar a casa, no encendió la luz. Se tiró en la cama y me pidió que echara fresco, pero, por favor, no me hables, mira que no me gusta que me hablen cuando quiero pensar.

–¿En quién?

Hubo un silencio, después escuché la respuesta cansada:

–En tu padre.

 

En toda una semana, día tras día, estuvo el hombre pasando frente a nuestra puerta. Ella había cerrado las ventanas y cuando escuchaba las botas, apretaba los ojos y se tapaba los oídos. A veces lloraba. Lloraba en silencio, tanto, que parecía que no lloraba.

Dejamos de ir al cementerio, para no verlo, porque ese hombre es Satanás, hijo, es de otro mundo y los hombres de otro mundo nada tienen que hacer en este.

Algunas tardes él tocaba a la puerta. Ella huía a la cocina y se hacía la que estaba revolviendo la sopa; pero qué sopa, si nada había en los calderos.

Así ocurrió hasta una tarde en que él no pudo más y tocó mucho, hasta cansarse y ella tampoco pudo más y aunque no deseaba abrir, abrió la puerta igual que si tomara una decisión. Se enfrentó a las pupilas afiladas del hombre. Se desearon los buenos días de modo bastante raro porque no hubo sonrisas.

Él no esperó para decir:

–Le traigo un regalo.

Alargó una jaula blanca, de metal, con un pájaro blanco que no debía ser de metal, volaba y revolaba con chillidos extraños.

Ella tomó la jaula y se mostró muy agradecida, si quiere sentarse.

Él pasó a la sala y me guiñó un ojo cono si yo debiera saber algo que él suponía que yo supiera. Esta vez iba vestido de limpio, con pantalón de kaki y guayabera blanca almidonada. Tenía un pañuelo en las manos y se secaba el sudor de la frente. Olía a agua de colonia.

Mi madre se me acercó. Acarició mi cabeza.

–Mi hijo –dijo.

Pensé que la seguridad había vuelto a ella después de haberla abandonado. Estaba hermosa. Comenzó a moverse con soltura. Trajo un vaso con agua y una taza de café. Por último, hasta sonrió. Conversaron del invierno, qué bueno el invierno, en diciembre uno suspira, porque lo que es en agosto…

Cuando él se marchó ella abrió las ventanas y encendió todas las luces de la casa. No le importó que fuera tarde para limpiar con insistencia y mucha agua los pisos que brillaron como cristales.

Más tarde preparó un baño con agua hirviente con gotas de perfume. Salió del baño y olía más que un jardín. Se ocultó entre las sábanas de la cama y me pidió que tampoco hoy la molestara, hijo, quiero pensar.

 

Al otro día no se vistió de negro. Amaneció con un vestido blanco que tenía lazos azules y la vi mucho rato frente al espejo pasando las manos por su cintura, mirándose contenta.

–Hoy vamos a tener noticias de tu padre –me anunció.

Puso colorete en sus mejillas y tiñó la boca de un rojo vivo. Las cejas se arquearon con rayas negras. Levantó el pelo y lo sostuvo con peinetas.

Sacó de una gaveta una vieja caja de bombones forrada con papel dorado y envuelta en cintas verdes donde guardaba las fotografías. Zafó con cuidado las cintas y rio mucho de verse de nuevo tan joven, como en aquellos tiempos. También rio de ver a los parientes y los iba nombrando y los saludada, repetía las mismas anécdotas, las mismas historias. Dispuso las fotos sobre el suelo como si compusiera un rompecabezas. Ponía un dedo sobre cada foto y decía los nombres sin equivocarse.

Después llenó la casa con búcaros repletos de flores y hojas de espárrago.

A la noche se preparó mejor y vistió un traje más elegante y me llamó:

–¿Cómo ves a tu madre?

Le dije la verdad, que estaba más bella que nunca, como una actriz de cine, y su agradecimiento fue un beso que dejó su boca en mi frente.

Trajo fundas limpias y sábanas limpias y vistió su cama no sin dejar caer unas gotas de perfume en la almohada.

–El hombre que viene del otro mundo –dijo– trae un recado de tu padre.

No pregunté si podía quedarme. Ella oyó la pregunta sin que yo la hubiera dicho y contestó con el índice levantado igual que cuando daba consejos:

–Oye bien: no puedes quedarte. El hombre que viene del otro mundo no podrá hablar si te quedas. Dentro de unos minutos te irás. Volverás muy tarde.

La vi estirar las sábanas, pasar las manos sobre ellas, acariciarlas, la cama fue quedando mejor tendida que nunca. Después dio vueltas de un lado a otro hasta que decidió calmarse encendiendo un cigarro. Fue hasta la ventana. Me gustó verla fumar, lo hizo como si se tratara de la cosa más importante del mundo. Entrecerró los ojos y se vio joven, bella. Fumó olvidada de mí, sonrió a la ventana, al jardín, a la noche.

Escuchamos entonces los cascos del caballo. Ella corrió para descolgar el retrato de mi padre que estaba en la pared, sobre la cabecera de su cama y me lo tendió:

–Es necesario que lo lleves. Pídele que nos ayude.

Salí y sin que ella me viera me llevé además la jaula, el pájaro blanco. El pueblo estaba oscuro como el fin del mundo pero yo me alegré de que estuviera así con la única vida de algunos postes iluminados. Las calles, muertas, las calles por donde yo corría con mis gritos, con los chillidos del pájaro, feliz de llevar el retrato de mi padre y sobre todo de tener noticias. Yo, en realidad, siempre había esperado un mensaje. Aunque un día vi a mi padre encerrado en una caja negra, yo sospechaba que con tanto que él me quería, no iba a abandonarnos, y por eso esperaba, a lo mejor el día menos pensado va y nos da la sorpresa. Y mi madre lo repetía, hijo con este mundo nunca se sabe.

Llegué a la Madama que son unas ruinas del tiempo de la colonia, y sobre una piedra puse la foto de mi padre y la jaula del pájaro. Hablé con la foto y le dije por favor, queremos saber cómo estás allá tan lejos de nosotros y dinos si volveremos a verte. No respondió pero fue como si respondiera. Quedé tranquilo, contento. Abrí la puerta de la jaula y le dije al pájaro que si deseaba ser libre podía salir, y por supuesto salió porque deseaba ser libre. Se fue volando y el golpe de sus alas parecieron palabras de agradecimiento. Me tiré en la hierba, cerré los ojos y me dormí, no, no me dormí, pero sí, estaba dormido porque iba soñando, por el aire, sobre el campanario de la iglesia y el pájaro en mi hombro…

Cuando el sueño se acabó, sentí el peso de la noche, y decir el peso de la noche, es decir una palabra como miedo, y regresé.

 

Mi casa se veía iluminada, toda iluminada, las ventanas abiertas dando luz. Al entrar, me molestó en los ojos el brillo de las lámparas.

Llamé a mi madre.

Nadie respondió, lo que no tenía importancia, yo sabía que ella estaba allí, volví a llamar. En el comedor vi la mesa puesta con el mantel de frutas bordadas que mi madre reservaba para las grandes noches y los platos con las hacinas sonrientes en el fondo. Fui rincón por rincón buscándola a ella que estaba oculta para darme un susto. Vi su cuarto tan vacío como el pueblo. Madre, madre, sé que estás en la casa. Sentí que la puerta se abría no porque la sintiera, no, más bien fue una brisa fría que inundó la casa y un olor a árboles y a campo, como si se tratara del hombre.

No era el hombre, claro; mi madre entró muy hermosa, con el pelo suelto sobre los hombros y la bata larga de tela suave. Tenía la bata llena de hojas e iba descalza con los pies enfangados. Reía entre suspiros.

Hijo, ven, y se arrodilló para abrazarme y darme miles de besos. Con mis manos ordenó su pelo.

–¿Qué ha dicho mi padre? –pregunté.

Cerró los ojos, tan satisfecha que echó la cabeza hacia atrás, todo el júbilo no cabía en su pecho.

–Es feliz –dijo–. Tu padre es feliz allá donde está y quiere que nosotros también lo seamos. Dice que le olvidemos, que no vayamos al cementerio, que vivamos otra vida.

–¿Y el hombre?

–Es su amigo. Él lo envía para que nos cuide.

Entonces salimos al jardín porque mi madre me explicó que necesitaba sentir el frío de la noche, el invierno al fin, y cantar para que mi padre la oyera allá donde estaba, reír sin motivo, reír y ríe tú, hijo, tu padre es feliz y nosotros lo seremos.

El pueblo despertó con nuestra alegría. A nuestras voces se abrieron las ventanas. Por sobre nuestras cabezas volaba y revolaba el pájaro blanco y, cuando al fin desapareció, dejó en el cielo un punto brillante que simulaba una estrella.

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)