viernes, 21 de agosto de 2026

Deseos

Gabriel Gala

 

–¡Te odio! ¡Te odio! –le gritó Olga a su padre. Olga era una niña consentida que en esos momentos hacía un berrinche porque su papá no había querido comprarle cierta muñeca que anunciaban por televisión.

–¡Te odio! ¡Ojalá que te mueras! –remató Olga su pataleta.

En ese momento su padre palideció, se llevó las manos al pecho y cayó al suelo.

Infarto.

A su funeral asistieron muchos amigos y parientes.

 

***

–¡Te odio! ¡Te odio, infeliz! –le gritó la joven Olga a su novio, cuando supo que éste la engañaba con su mejor amiga, Elena.

–¡Los odio a los dos! ¿Ojalá se mueran! –le gritó Olga, histérica, a Rodrigo, su infiel novio.

El accidente automovilístico fue fatal.

A los funerales de Elena y Rodrigo acudieron muchos amigos y familiares.

 

***

Olga es una mujer madura, soltera (“quedada”, dirían algunos) que ve pasar la vida frente a ella sin que la vida la invite a disfrutar sus placeres y alegrías.

Olga está sumida en la depresión, invadida de una tristeza infinita.

Y piensa: “Ojalá termine este sufrimiento para mí. Ojalá me muera pronto”.

Muy poca gente acudió a su funeral.

 

(Publicado con permiso del autor)

 

La gripe equina

Jordi Cebrián

 

Cuando apareció la gripe equina se dejó de hablar de la gripe ratonil, igual que ésta había sustituido a la porcina en los titulares; y como, antes, la porcina sustituyó a la aviar. Ahora ya no sólo recomiendan el uso de mascarillas, sino también unas pulseras magnéticas que fabrica el cuñado del presidente. Pero la gente ya no tiene tanto miedo al contagio como antes: hace muchos años que nadie sale de casa, por si acaso, y los contactos se limitan al ciberespacio. Las calles están vacías, pero por televisión insisten que no nos confiemos y llevemos todos las pulseras.

 

(Tomado de www.cienpalabras.blogspot.com)

 

En lo alto de un hilo

Humberto Arenal

 

Creo que en parte yo lo sabía, pero no hubiera querido que aquello sucediera. Por lo menos en la forma en que sucedió. No sé. Cuando uno es niño tiene sus amores y sus ilusiones que hay que cuidar porque si no las cosas después no van bien en la vida. Mi madre aquel día se había levantado como siempre con sueño a hacer el desayuno, con sus ojos tristes y sus movimientos lentos. Por entonces yo soñaba con ser trapecista –esto creo que fue después que renuncié dramáticamente a ser aviador a ruegos de mi hermana menor– y me la pasaba descolgado de un trapecio todo el día mirando el mundo al revés, que después he descubierto no es una mala manera de ver lo que nos rodea. Allí estaba oyendo a la vecina de al lado peleando con su hijo, mi amigo Tito, porque se había levantado demasiado temprano a tocar la trompeta y el tambor, y se negaba a lavarse la cara. Igual que todos los días. Mi madre se acercó con una moneda en la mano y me dijo que trajera media libra de falda para la sopa, que le pidiera al carnicero un hueso grande para darle sabor y que me fijara que no tuviera pellejos. Siempre decía lo mismo. Igual que los mareos por la mañana y los dolores de cabeza por la tarde. La carnicería estaba a media cuadra de casa. Llena de moscas y de mujeres habladoras y gesticulantes. Una de las mujeres decía que “allá se despertaron desde las seis de la mañana y formaron un escándalo del diablo”.

–Me tienen hasta aquí –dijo y se tocó la frente.

Entonces entró Queco, una mulata gorda que olía muy raro y a Constante el carnicero se le achicaron los ojitos, y empezó a mover el tabaco de un lado a otro de la boca. Y después comenzó a afilar el cuchillo mientras se acercaba a Queco y le decía algo que no entendí porque pasaron dos muchachos amigos míos patinando y gritando. Después entró Juliana la amiga de mi tía Carmela, que había muerto tuberculosa un año antes, me tocó la cabeza como siempre lo hacía y me dijo que cómo estaba la gente por casa. Cuando yo dije que bien, se me quedó mirando a los ojos con esa compasión excesiva que tiene alguna gente cuando a uno se le muere un familiar. Ella también tenía un olor raro aunque distinto al de Queco.

–¿Qué quieres Machito? –me preguntó Constante el carnicero mientras seguía mirando a Queco, y continuaba afilando el cuchillo y los ojitos se le ponían más pequeños y en la boca le jugueteaba una sonrisita que le hacía morder el tabaco. Él siempre me llamaba Machito. Hace poco me lo encontré en una guagua y creo que no me reconoció, aunque se me quedó mirando un momento como si dudara. Todavía tenía la cadena de la virgen María colgada en el cuello, fumaba su inevitable tabaco y llevaba una guayabera blanca muy almidonada y zapatos de dos tonos. La gente del barrio siempre decía que Constante era un gallego chévere porque le gustaban mucho las mujeres, especialmente las mulatas, y no era tacaño y además iba a bailar danzones los domingos a los jardines de La Tropical. Yo creo que, como se dice ahora, era un gallego con personalidad. No sé, tenía una manera pausada y elegante de tratar a la gente que a mí me gustaba. Y me sigue gustando. Constante me tuvo que preguntar de nuevo qué quería porque yo estaba mirando a dos muchachos que pasaron con un bate, un guante y una pelota. Pero entonces Queco le dijo que se apurara, que ella no tenía ganas de pasarse la mañana así metida, que tenía que hacerle el almuerzo a su marido. Constante se quitó el tabaco de la boca y le dijo algo de su marido al oído, pero de todos modos yo no lo hubiera escuchado porque volvía a mirar los muchachos que llevaban el bate, el guante y la pelota. Cuando miré otra vez ella lo estaba empujando y ambos reían con malicia. Al fin Constante me atendió, siempre mirando de reojo a Queco, y yo me fui a casa, mirando el cielo azul, sin nubes. Mientras caminaba pensé que era un buen día para empinar un papalote pero recordé que dos días antes había perdido el mío al enredárseme en una antena de radio. Un aire suave y caliente movía las ropas blancas tendidas en las azoteas. Cuando pasé por casa de Chito me pegué a la pared para que no me vieran porque la verdad es que si me hubieran preguntado no hubiera sabido qué contestarles. Mi madre estaba barriendo la sala cuando llegué y no me miró cuando dijo que cuánto me habían dado de vuelto en la carnicería. Nunca me fijaba en estas cosas. Ni me volvió a mirar a la cara en toda la mañana. Mi hermana se había quedado en la cama con la cabeza metida debajo de la almohada y yo la había sentido llorar pero seguí casi toda la mañana en el patio colgado del trapecio pensando en una película que había visto unos días antes. Allí estaba cuando llegó mi tío y dijo:

–Ahora sí que la cosa se pone mala de verdad. La gente del ABC está dispuesta a todo. Martínez Sáenz se reunió con la gente de mi célula y dijo que hay que meterle mucha candela a Machado. Anoche pusieron tres bombas en la Habana Vieja, y dos en el Cerro, y tirotearon una máquina llena de porristas. Todo esto lo sé de buena tinta.

Mi tío todo lo sabía de buena tinta. Siempre tenía un nuevo cuento. Llegaba muy animado y soltaba sus cuentecitos mientras mi madre lo oía sonriente y después se marchaba. Pero esta mañana mi madre no se sonrió. Mi madre siguió todo el tiempo limpiando la casa y haciendo el almuerzo. En dos o tres ocasiones me dijo que me bajara del trapecio, pero sin mucha energía. Una de las veces me bajé y fui a ver a mi hermana y le dije:

–Mi hermanita, mi hermanita –mientras le tocaba los pies.

Y ella me dijo que la dejara sola, y sacudió los pies. Yo ya estaba cansado de todo aquello y de la trompeta y el tambor de mi amigo Tito y de los gritos de su madre para que la ayudara a cargar unos paquetes, y me fui a la azotea. Era agradable estar allí más cerca del sol y del cielo. Por encima de los demás. Viendo la gente pequeña allá abajo. Y las palomas blancas de mi amigo Miguel Ángel volando en semicírculos. La ropa blanca –casi azul por el reflejo del sol– que ponía a secar Mima la lavandera en la azotea de su casa. Y los papalotes a lo lejos, que hoy eran menos. Y los muchachos que oía corrían en patines, en bicicletas, en carriolas. Además, allí me sentía protegido. Allí estuve hasta que mi madre comenzó a llamarme y a dar gritos que bajara, que si quería romperme la crisma allá arriba. Siempre decía lo mismo.

Cuando bajé volví a tocarle los pies a mi hermana y me volvió a tirar una patada. Me dieron ganas de tirarme yo también en la cama boca abajo para ver qué decían los demás, pero entonces llegó mi tío Ramón que siempre me lanzaba un puñetazo cariñoso al vientre y me decía:

–¿Qué pasa Piruli?

No sé de dónde había sacado aquel nombre. Cuando él llegaba siempre me sentía más contento. Y menos solo. Se iba a hablar allá a la cocina con mi madre, en ese tono bajo e íntimo que tanto me gustaba. Ellos son posiblemente las únicas personas que recuerdo de esa época que no hablaran a gritos. Cuando la gente se entiende bien emplea ese tono callado y cordial porque se comunica con algo más que con la palabra. Mi tío tosía a cada rato, de una manera tan profunda y distinta que todavía llevo el recuerdo fijado en el oído. Él era uno de los pocos adultos que visitaba la casa que decía cosas inteligentes y sensibles. Dos veces observé, desde el trapecio a que había vuelto, que me miraron y hablaron. Yo sabía al igual que ellos por qué me miraban, pero no me di por enterado. ¿Para qué? Siempre me quedaba el recurso de la imaginación: los aplausos del público al gran trapecista que yo era; la caída fatal que sufría entre los gritos histéricos de las mujeres y el correr de mis compañeros que venían prestos a ayudarme; y las miradas de admiración de alguna espectadora linda y embrujada por mis proezas en el trapecio.

Cuando mi tío volvió a pasar por mi lado sacó una moneda:

–Vaya, un nickel, para que te compres algo –me dijo y volvió a lanzarme un puñetazo–. ¿Qué te vas a comprar?

Le dije que no sabía, aunque yo sí sabía.

Me quedé un rato con los brazos descolgados haciendo sonar en el suelo la moneda a cada oscilación del cuerpo. Entonces llegó mi padre, de prisa como siempre, y me dijo que me bajara del trapecio. ¿Por qué haría un esfuerzo tan consciente entonces por ser brusco? A menudo me he hecho esta pregunta y he llegado a la conclusión de que era su manera de mantener el principio de autoridad en la casa. Me quedé todavía un buen rato haciendo sonar la moneda en el suelo. Hasta que vino mi madre y me dijo tocándome una mano que fuera a almorzar, que la comida se iba a enfriar y después fue junto a mi hermana y le habló bajito hasta que la convenció. Cuando se levantó tenía los ojos rojos y arrastraba los pies al caminar. Todavía se quedó un rato en el baño y mi padre preguntó por qué no acababa de venir.

–Ya viene, ya viene –dijo mi madre y lo miró a los ojos.

Cuando estuvimos los cuatro en la mesa sólo se oían las mandíbulas y los dientes triturando los alimentos y el clic clic de los cuchillos y los tenedores. Y los pensamientos de todos nosotros, casi más audibles que lo demás. Dos veces pensé que mi padre iba a decir algo –quizás lo mismo que todos pensábamos– pero en cambio dijo elevando las cejas que tenía un trabajo del diablo. Que era lo mismo que decía todos los días a la hora del almuerzo, y que era verdad. En una ocasión, mientras mi madre traía el café, lo vi mirándonos a mí y a mi hermana con ojos un poco desconcertados, y cuando se topó con mi mirada volvió la cara y gritó que le trajeran el café que apenas le quedaban cinco minutos. Cuando se marchaba, él y mi madre se quedaron en la puerta hablando un rato y oí cuando dijo:

–¿Y qué quieres que haga, que lo robe?

Ella se apresuró a hacerlo callar. Siempre le decía que bajara la voz, especialmente cuando comenzaba a decir malas palabras, que en cambio era cuando a mí se me hacía más simpático.

La tarde transcurrió entre un sol vertical, el ruido de mi madre que lavaba silenciosa en el patio, el llanto de mi hermana que volvió a la cama y se puso la almohada sobre la cabeza, y el correr de los muchachos patinando y gritando, y creo que en una ocasión mi amigo Tito se puso a darme gritos por la ventana para que fuera a jugar con él, pero no quise contestarle. La verdad era que no tenía deseos de jugar, ni de hablar con nadie. Me había pasado la tarde pensando en qué iba a gastar los cinco centavos que me había dado mi tío Ramón. Además, mi madre me había dado desde temprano los dos centavos que me asignaba todas las tardes para merendar. En un momento en que no había ningún muchacho en la calle me fui a la bodega de Víctor el gallego y me compré un pedazo de guayaba y dos galletas de soda, igual que la mayoría de las veces. Entonces fue que vi el papalote colgado sobre las latas de aceite, junto a un racimo de ajos. Ya no dudé y lo compré con el níckel que mi tío Ramón me había regalado. No es que fuera tan lindo, ni estuviera tan bien hecho, sino que yo había estado pensando toda la tarde que era un papalote lo que iba a comprar.

Cuando entré en la casa Jorge, el hermano de mi amigo Tito, me preguntó algo mientras corría en patines por el portal de su casa, pero yo entré rápido y no quise prestarle atención.

Mientras preparaba el papalote en mi cuarto, y comía las galletas con guayaba que había comprado, percibí la llegada de mi padre y vi a mi madre que enseguida fue a verlo. Y también cuando ella pasaba por mi lado silenciosa y sentí su mano débil sobre mi pelo. Oí cuando llamaba a mi hermana y le hablaba bajito en la cocina y los sollozos ahogados de mi hermana. Pero ya no me importaba nada más que mi papalote. Mi hermana volvió a la cama y siguió con la cabeza metida debajo de la almohada.

Yo había oído la voz de mi padre llamándome pero no quise darme por enterado. ¿Para qué, si ya sabía lo que me iba a decir? Pero a la tercera vez sacó la cabeza por la puerta del baño y me gritó que fuera a verlo. Allí estaba, como todas las tardes, lavándose las uñas con un cepillo y un pedazo de piedra pómez para quitarse la grasa que se le acumulaba en el trabajo. Habló sin mirarme, sin dejar de limpiarse las uñas.

–Tú sabes que las cosas están muy malas –dijo–; que ya no trabajo más que tres días a la semana. Y este año los reyes están muy pobres, por eso esta mañana no te han traído nada. Tu madre tiene un peso que yo conseguí para ti y tu hermana.

Y no habló más. Como dije antes, yo creo que lo sabía pero no quería que esto sucediera así. Por eso terminé enseguida de arreglar mi papalote y me fui a la azotea. A veces allá arriba me ponía a observar el interior de las casas desde lo alto. La gente me lucía distinta. Pero aunque pensé en esto, cuando me acerqué al muro y comenzó a elevarse el papalote no pensé más que en el cielo azul y en lo bien que me sentía ahora de pronto por estar solo allí en la azotea. Mientras el papalote se elevaba el cielo fue cambiando de color: a veces era verde y otras rojo, en un momento se tornó amarillo y hasta negro, y después blanco, muy blanco. Entonces comencé a sentir la fuerza del hilo en el dedo índice. Mientras más altura ganaba el papalote más la sentía. Después el cielo volvió a ser azul, muy azul y me pareció que la mano comenzaba a subir y que el cuerpo se elevaba siguiendo la trayectoria ondulante del hilo. Miré hacia abajo y me vi allá lejos. Seguí ascendiendo, ahora con más velocidad. Miré de nuevo hacia abajo y ya casi no vi mi cuerpo. Llegué junto al papalote y mi cuerpo se movió hacia la izquierda y después hacia la derecha. Entonces miré de nuevo hacia abajo y ya había desaparecido. La tierra no era más que un punto impreciso en la distancia. Sentí una gran alegría y una gran tristeza. Mi cuerpo se movió hacia la derecha, hacia la izquierda, hacia arriba, hacia abajo. Igual que el papalote.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

jueves, 20 de agosto de 2026

El recado

Elena Poniatowska

 

Vine, Martín, y no estás. Me he sentado en el peldaño de tu casa, recargada en tu puerta y pienso que en algún lugar de la ciudad, por una onda que cruza el aire, debes intuir que aquí estoy. Es este tu pedacito de jardín; tu mimosa se inclina hacia afuera y los niños al pasar le arrancan las ramas más accesibles… en la tierra, sembradas alrededor del muro, muy rectilíneas y serias veo unas flores que tienen hojas como espadas. Son azul marino, parecen soldados. Son muy graves, muy honestas. Tú también eres un soldado. Marchas por la vida, uno, dos, uno, dos… todo tu jardín es sólido, es como tú, tiene una reciedumbre que inspira confianza.

Aquí estoy contra el muro de tu casa, así como estoy a veces contra el muro de tu espalda. El sol da también contra el vidrio de tus ventanas y poco a poco se debilita porque ya es tarde. El cielo enrojecido ha calentado tu madreselva y su olor se vuelve aún más penetrante. Es el atardecer. El día va a decaer. Tu vecina pasa. No sé si me habrá visto. Va a regar su pedazo de jardín. Recuerdo que ella te trae una sopa de pasta cuando estás enfermo y que su hija te pone inyecciones… pienso en ti muy despacito, como si te dibujara dentro de mí y quedaras allí grabado. Quisiera tener la certeza de que te voy a ver mañana y pasado mañana y siempre en una cadena ininterrumpida de días; que podré mirarte lentamente aunque ya me sé cada rinconcito de tu rostro; que nada entre nosotros ha sido provisional o un accidente.

Estoy inclinada ante una hoja de papel y te escribo todo esto y pienso que ahora, en alguna cuadra donde camines apresurado, decidido como sueles hacerlo, en alguna de esas calles por donde te imagino siempre: Donceles y Cinco de Febrero o Venustiano Carranza, en alguna de esas banquetas grises y monocordes rotas solo por el remolino de gente que va a tomar el camión, has de saber dentro de ti que te espero. Vine nada más a decirte que te quiero y como no estás te lo escribo. Ya casi no puedo escribir porque ya se fue el sol y no sé bien a bien lo que te pongo. Afuera pasan más niños, corriendo. Y una señora con una olla advierte irritada: “No me sacudas la mano porque voy a tirar la leche…”. Y dejo este lápiz, Martín, y dejo la hoja rayada y dejo que mis brazos cuelguen inútilmente a lo largo de mi cuerpo y te espero. Pienso que te hubiera querido abrazar. A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo al amor.

Ladra un perro; ladra agresivamente. Creo que es hora de irme. Dentro de poco vendrá la vecina a prender la luz de tu casa; ella tiene llave y encenderá el foco de la recámara que da hacia afuera porque en esta colonia asaltan mucho, roban mucho. A los pobres les roban mucho; los pobres se roban entre sí… sabes, desde mi infancia me he sentado así a esperar, siempre fui dócil, porque te esperaba. Te esperaba a ti. Sé que todas las mujeres aguardan. Aguardan la vida futura, todas esas imágenes forjadas en la soledad, todo ese bosque que camina hacia ellas; toda esa inmensa promesa que es el hombre; una granada que de pronto se abre y muestra sus granos rojos, lustrosos; una granada como una boca pulposa de mil gajos. Más tarde esas horas vividas en la imaginación, hechas horas reales, tendrán que cobrar peso y tamaño y crudeza. Todos estamos –oh mi amor– tan llenos de retratos interiores, tan llenos de paisajes no vividos.

Ha caído la noche y ya casi no veo lo que estoy borroneando en la hoja rayada. Ya no percibo las letras. Allí donde no le entiendas en los espacios blancos, en los huecos, pon: “Te quiero”… no sé si voy a echar esta hoja debajo de la puerta, no sé. Me has dado un tal respeto de ti mismo… quizá ahora que me vaya, solo pase a pedirle a la vecina que te dé el recado; que te diga que vine.

 

(Tomado de www.lecturia.org)

 

El racista

Isaac Asimov

 

El cirujano alzó la cabeza; su rostro era inexpresivo.

–¿Está preparado? –preguntó.

–Preparado es un término relativo –dijo el ingeniero médico–. Nosotros estamos preparados. Él está quieto.

–Bueno, siempre lo están… al fin y al cabo se trata de una operación importante.

–Importante o no, el paciente debe estar agradecido. Fue elegido entre una enorme cantidad de candidatos y, francamente, no creo que…

–No lo diga –interrumpió el cirujano–. No nos corresponde a nosotros tomar la decisión.

–La aceptamos; pero, ¿acaso tenemos que mostrarnos de acuerdo?

–Sí –repuso vivamente el cirujano–. Tenemos que aceptarla totalmente y de buen grado. Es una intervención tan enormemente complicada que no podemos realizarla con ninguna clase de reservas mentales. Este hombre ha demostrado sus méritos en numerosos aspectos, y sus características resultan adecuadas para la Junta de Mortalidad.

–Está bien –dijo el ingeniero médico.

–Lo veré aquí mismo –declaró el cirujano–. Me parece que la ocasión no se presta demasiado a palabras de aliento.

–Tampoco servirían de mucho. Está bastante nervioso, y ya tomó una decisión.

–¿Lo hizo?

–Sí. Quiere metal, como todos.

El semblante del cirujano continuó imperturbable. Se miró las manos y dijo:

–A veces se puede tratar con ellos acerca de ese asunto.

–¿Para qué preocuparse? Si quiere metal, que sea metal.

–¿A usted no le importa?

–¿Por qué habría de importarme? –manifestó el ingeniero médico casi con brutalidad–. Al fin y al cabo, se trata de un problema de ingeniería médica, y yo soy ingeniero médico. Sea como sea, tengo que resolver el problema. No veo motivos para inquietarme por nada más.

No obstante, el cirujano declaró con firmeza:

–Para mí es un asunto de correcto proceder.

–No puede usted utilizar ese argumento. ¿Qué le importa al paciente el correcto proceder?

–A mí si me importa.

–Usted integra una minoría. La tendencia general va en contra suya. No tiene ninguna posibilidad.

–Debo intentarlo.

El cirujano hizo un ademán al ingeniero médico para que se callara. No era un gesto impaciente, sino simplemente apresurado. Ya había informado previamente a la enfermera, y le indicaron que ésta se acercaba al quirófano. El cirujano oprimió un botón y las dos hojas de la puerta se corrieron. El paciente entró en su silla motorizada acompañado por la enfermera, que avanzaba ágilmente a su lado.

–Puede retirarse, enfermera –dijo el cirujano–. Pero espere fuera. La llamaré más tarde.

Luego hizo una seña con la cabeza al ingeniero médico, que salió con la enfermera, y la puerta se cerró detrás de ellos.

El hombre de la silla miró por encima de un hombro y los vio marcharse. Tenía el cuello muy delgado y unas finas arrugas en torno a los ojos. Estaba recién afeitado, y los dedos, que aferraban con fuerza los brazos de la silla, mostraban uñas manicuradas. Era un paciente de alta categoría, y en su rostro se apreciaba un gesto displicente.

–¿Vamos a empezar hoy? –preguntó.

–Esta misma tarde, senador –repuso el cirujano asintiendo con la cabeza.

–Tengo entendido que esto llevará varias semanas.

–La operación en sí misma no, pero hay una serie de asuntos secundarios que deben tenerse en cuenta. Habrá que realizar una transfusión de sangre y ciertos ajustes hormonales. Se trata de cuestiones delicadas.

–¿Es peligroso…? –inquirió el enfermo, y luego, como si sintiera la necesidad de establecer una relación amistosa, pero evidentemente en contra de su voluntad, añadió–: ¿doctor?

Al cirujano le pasaron inadvertidos aquellos matices expresivos, y dijo escuetamente:

–Todo resulta peligroso. Le dedicamos suficiente tiempo para que sea lo menos arriesgado posible. Ese tiempo, junto con la capacidad de muchos especialistas agrupados y el instrumental adecuado, hacen que tales operaciones solo estén al alcance de muy pocos.

–Lo sé –afirmó el paciente, algo inquieto–. Y me niego a sentirme culpable por eso. ¿O insinúa que lo estoy presionando?

–En absoluto, senador. Las decisiones de la Junta nunca han sido discutidas. Solo menciono la dificultad y complejidad de la intervención con el fin de poner de manifiesto mi deseo de llevarla a cabo del mejor modo posible.

–Bien, hágalo así, entonces. Ese es también mi deseo.

–En tal caso, debo pedirle que tome una decisión. Es posible aplicarle un cibercorazón de una de estas dos clases: de metal, o bien…

–¡O de plástico! –interrumpió, irritado, el paciente–. ¿No es esa la alternativa que me ofrece, doctor? Plástico barato. Yo no quiero eso. Ya he hecho mi elección, y quiero que sea de metal.

–Pero…

–Escúcheme. Me han dicho que la elección tengo que tomarla yo solo. ¿Es eso cierto?

El cirujano asintió, y dijo:

–Cuando dos posibilidades son del mismo valor desde el punto de vista médico, la elección recae en el enfermo, aun cuando las posibilidades no sean iguales, como ocurre en este caso.

Los ojos del paciente brillaron.

–¿Pretende usted decirme que el corazón de plástico es superior? –inquirió.

–Eso depende del paciente. En mi opinión, a usted no le conviene el metal. Y preferimos no utilizar la palabra plástico. Se trata de un cibercorazón fibroso.

–Por lo que a mí respecta, es plástico.

–Senador –dijo el cirujano con infinita paciencia–, el material no es plástico en el sentido ordinario de la palabra. Es un polímero, ciertamente, pero mucho más complejo que el plástico corriente. El material es una fibra proteínica compuesta, con la que se ha conseguido imitar hasta donde ha sido posible el tejido natural del corazón humano, el mismo que tiene usted dentro del pecho en este momento.

–Exactamente; y el corazón humano que tengo en el pecho ya está gastado a pesar de que no he cumplido todavía los sesenta años. Yo no quiero nada parecido a esto, muchas gracias. Yo quiero algo mejor.

–Todos queremos algo mejor para usted, senador. El cibercorazón fibroso será mejor. Posee una vida potencial de varios siglos. Es totalmente antialérgico…

–¿No lo es el corazón metálico, acaso?

–Sí, lo es –repuso el cirujano–. El cibercorazón metálico está formado por una aleación de titanio que…

–¿Y no es cierto que no se desgasta y que es más fuerte que el plástico, o la fibra, o como usted quiera llamarle?

–El metal resulta físicamente más resistente, en efecto; pero la fortaleza mecánica no es lo único que debe tenerse en cuenta. Dicha resistencia no es indispensable mientras el corazón esté bien protegido. Cualquier agente capaz de llegar a su corazón podrá matarlo por otras razones, aunque sea un corazón metálico.

El paciente se encogió de hombros y manifestó:

–Entonces, cuando me rompa una costilla, haré que también me la pongan de titanio. La sustitución de huesos resulta fácil. Todo el mundo puede conseguir que le hagan eso en cualquier momento. Yo seré todo lo metálico que quiera, doctor.

–Está usted en su derecho, si así lo prefiere. Sin embargo debo hablarle con franqueza y decirle que si bien ningún cibercorazón metálico ha fallado mecánicamente, sí han fallado algunos electrónicamente.

–¿Qué significa eso?

–Eso significa que todo cibercorazón posee un pulsorregulador como parte integrante de su estructura. En el caso de la variedad metálica se trata de un mecanismo electrónico que mantiene el ritmo cardiaco. Ello implica que hay que colocar todo un equipo en miniatura que altere el ritmo del corazón de acuerdo con el estado emotivo y físico del individuo. En ocasiones, esto ha fracasado, y la persona ha muerto antes de que se pudiera corregir el defecto.

–Nunca he oído hablar de tales casos.

–Le aseguro que han ocurrido.

–¿Y sucede a menudo?

–De ningún modo. Solo muy raras veces.

–Bien, entonces correré ese riesgo. ¿Y qué me dice del corazón de plástico? ¿No lleva también un pulsorregulador?

–En efecto, senador. Pero la estructura química del cibercorazón fibroso es mucho más parecida a la del tejido cardiaco del hombre. Puede responder mejor a los estímulos iónicos y hormonales del organismo. El elemento a insertar es, en este caso, mucho más sencillo que en el del cibercorazón metálico.

–¿No escapa nunca al control hormonal el corazón de plástico?

–Hasta ahora nunca ha ocurrido.

–Porque no han trabajado con él un tiempo lo bastante largo, ¿no es así?

El cirujano vaciló un momento, y luego respondió:

–Bueno, es cierto que el corazón fibroso lleva en uso menos tiempo que el metálico…

–¿Lo ve usted? ¿Qué teme, doctor, que quiera convertirme en un robot, en un metalo, como los llaman desde que se les otorgó la ciudadanía?

–No tiene nada de malo el metalo. Como bien dice usted; se trata de ciudadanos. Pero usted no es un metalo, sino un ser humano. ¿Por qué no seguir siendo un ser humano?

–Porque deseo lo mejor, y eso es el corazón metálico, entiéndalo bien.

–Perfectamente –contestó el cirujano–. Se le pedirá que firme los correspondientes permisos, y luego le colocaremos un corazón de metal.

–¿Y quién será el cirujano que me intervenga? Me dijeron que usted es el mejor.

–Seré yo mismo. Haré lo posible para que el trasplante tenga éxito.

Se abrió la puerta, y el paciente salió en su silla acompañado por la enfermera. Luego entró el ingeniero médico, que permaneció mirando hasta que la puerta se cerró a espaldas del paciente. Entonces volteó a ver al cirujano y dijo:

–Bueno, no puedo adivinar lo que ocurrió. Dígame, ¿cuál fue su decisión?

El cirujano se inclinó sobre su escritorio y perforó las instrucciones finales para los registros.

–La que usted predijo. Quiere un cibercorazón metálico.

–Después de todo, son los mejores.

–No siempre. Llevan más tiempo usándose, eso es todo. Es la manía que tiene la humanidad, desde que los metalos adquirieron la ciudadanía. El hombre tiene el singular anhelo de hacer de sí mismo un metalo. Suspira por la fuerza física y por la resistencia que se les atribuye.

–Ellos no son los únicos, doctor. Usted no trabaja con metalos, pero yo sí, de modo que sé lo que ocurre. Los dos últimos que ingresaron para someterse a reparaciones me pidieron elementos fibrosos.

–¿Se los proporcionó?

–En un caso, sí; solo se trataba de colocar tendones. No había demasiada diferencia entre insertar metal o fibra. El otro, en cambio, deseaba un aparato circulatorio o su equivalente. Yo le dije que no podía hacerlo. Para ello se hubiera tenido que modificar totalmente la estructura de su organismo, aplicando material fibroso… Es de suponer que algún día llegaremos también a eso. Habrá metalos que no sean totalmente de metal, sino una especie de combinación metálica de carne y sangre.

–¿No le preocupa esa idea?

–¿Por qué? Análogamente, habrá seres humanos metalizados. Hoy poseemos dos variedades de seres inteligentes en la Tierra, y es absurdo que nos estemos preocupando por las dos. Dejemos que se acerquen la una a la otra, y al fin no existirá diferencia alguna. ¿Para qué queremos que la haya? Entonces tendremos lo mejor de ambas formas de vida: las ventajas del hombre combinadas con las del robot.

–El resultado entonces sería un ser híbrido –contestó el cirujano, con un tono que se acercaba a la agresividad–. Se habría llegado a una criatura que no sería ambas cosas, sino ninguna de las dos. ¿Es lógico suponer que un individuo no esté lo bastante orgulloso de su estructura orgánica y de su identidad como para desear transformarse en algo extraño? ¿Sería deseable ese mestizaje?

–Así hablan los racistas.

–Pues no me importa –dijo el cirujano, con sereno énfasis–. Yo creo que uno debe ser lo que es. No cambiaría ni una partícula de mi organismo por ninguna razón. Si se requiere forzosamente hacerme algún cambio, exigiría que el material fuera lo más parecido posible a mis propios órganos. Yo soy “yo mismo”. Y estoy muy satisfecho con ser quien soy, y no pretendo ser ninguna otra cosa.

El cirujano, terminado su alegato, se preparó para iniciar la operación. Introdujo sus fuertes manos en el horno y las dejó para que se calentaran al rojo hasta que se esterilizasen completamente. A pesar de ser la primera vez que levantaba la voz y se apasionaba de tal modo, en su bruñido rostro metálico, como siempre, no existía el menor vestigio de expresión.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

miércoles, 19 de agosto de 2026

Los nueve mil millones de nombres de Dios

Arthur C. Clarke

 

El doctor Wagner se contuvo haciendo un esfuerzo. La cosa tenía mérito. Después dijo:

–Su pedido es un poco desconcertante. Que yo sepa, es la primera vez que un monasterio tibetano encarga una calculadora electrónica. No quisiera parecer curioso, pero estaba lejos de pensar que un establecimiento de esa naturaleza tuviera necesidad de aquella máquina. ¿Puedo preguntarle qué piensa hacer con ella?

El lama se ajustó los faldones de su túnica de seda y dejó sobre la mesa la regla de cálculo con la que acababa de hacer la conversión de libras a dólares.

–Con mucho gusto. Su calculadora electrónica tipo cinco puede hacer, si su catálogo no miente, todas las operaciones matemáticas hasta diez decimales. Sin embargo, me interesan letras y no números. Tendría que pedirles que modifiquen el circuito de salida, de modo que imprima letras en vez de columnas de cifras.

–No acabo de comprender…

–Desde la fundación de nuestro monasterio, hace más de tres siglos, nos hemos consagrado a cierta labor. Es un trabajo que acaso le parezca extraño, y por ello le pido que me escuche con espíritu abierto.

–De acuerdo.

–Es sencillo. Estamos redactando la lista de todos los nombres posibles de Dios.

–¿Cómo?

El lama prosiguió, imperturbable:

–Tenemos excelentes razones para creer que todos estos nombres requieren, como máximo, nueve letras de nuestro alfabeto.

–¿Y han estado haciendo esto durante tres siglos?

–Sí. Y hemos calculado que necesitaríamos quince mil años para completar nuestra tarea.

El doctor lanzó un silbido ahogado, como si estuviera un poco aturdido.

–OK. Ahora comprendo por qué quiere usted alquilar una de nuestras máquinas. Pero, ¿cuál es el fin de la operación?

El lama vaciló una fracción de segundo y Wagner temió haber molestado a aquel singular cliente que acababa de hacer el viaje de Lhasa a Nueva York con una regla de cálculo y el catálogo de la Compañía de Calculadoras Electrónicas en el bolsillo de su túnica color azafrán.

–Puede llamarlo ritual si así lo quiere –respondió el lama–, pero tiene una gran importancia en nuestra fe. Los nombres del Ser Supremo, Dios, Júpiter, Jehová, Alá, etc., no son más que rótulos escritos por los hombres. Consideraciones filosóficas demasiado complejas para que se las exponga ahora nos han dado la certidumbre de que, entre todas las permutaciones y combinaciones posibles de letras, se encuentran los verdaderos nombres de Dios. Pues bien, nuestro objetivo consiste en encontrarlos y escribirlos todos.

–Ya comprendo. Han empezado ustedes con AAAAAAAAA y terminarán con ZZZZZZZZZ.

–Con la diferencia de que utilizamos nuestro alfabeto. Desde luego, supongo que les será fácil modificar la máquina de escribir electrónica adaptándola a nuestro alfabeto. Pero hay otro problema más interesante, la disposición de circuitos especiales que eliminen las combinaciones inútiles. Por ejemplo, ninguna de las letras debe aparecer más de tres veces sucesivamente.

–¿Tres? Querrá decir dos.

–No. Tres. Pero la explicación detallada requeriría demasiado tiempo, aunque comprendiera usted nuestra lengua.

Wagner dijo, precipitadamente:

–Claro, claro. Prosiga.

–Le será fácil adaptar su calculadora automática para lograr este punto. Convenientemente dispuesta, una máquina de este tipo puede permutar las letras unas tras otras e imprimir el resultado. De esta manera –concluyó el lama tranquilamente–, lograremos en cien días lo que nos habría costado quince mil años más.

El doctor Wagner creyó perder el sentido de la realidad. Las luces y los ruidos de Nueva York parecían esfumarse al llegar a las ventanas del edificio. Allá, a lo lejos, en su remoto asilo montañoso, los monjes tibetanos componían desde hacía trescientos años, generación tras generación, su lista de nombres desprovistos de sentido… ¿Acaso la locura de los hombres no tenía un límite? Pero el doctor Wagner no debía manifestar sus pensamientos. El cliente siempre tiene la razón… respondió:

–No cabe duda de que podemos modificar la máquina tipo cinco de manera que imprima las listas como usted desea. Me preocupa más la instalación y el manejo. Además no será fácil transportarla a Tíbet.

–Eso puede arreglarse. Las piezas sueltas son lo bastante pequeñas para que puedan transportarse en avión. Por eso escogimos su máquina. Envíen las piezas a la India y nosotros nos encargaremos de lo demás.

–¿Desean los servicios de dos de nuestros ingenieros?

–Sí, para montar la máquina y vigilarla los cien días.

–Enviaré una nota a la dirección de personal –dijo Wagner, escribiendo en una libreta–. Pero aún hay dos cuestiones más que resolver…

Antes de que pudiese terminar la frase, el lama había sacado del bolsillo una hojita de papel.

–Aquí tiene el estado, certificado, de mi cuenta en el Banco Asiático.

–Muchas gracias. Perfectamente… pero, si me permite, hay otra cuestión, tan elemental que casi no me atrevo a mencionarla. A menudo ocurre que se olvidan las cosas más evidentes… ¿Disponen de energía eléctrica?

–Tenemos un generador diésel eléctrico de cincuenta kilovatios y ciento diez voltios. Fue instalado hace cinco años y funciona bien. Nos facilita la vida en el monasterio. Lo compramos principalmente para hacer girar los molinos de oración.

–¡Ah, ya! Naturalmente. Hubiese debido pensarlo…

 

La vista desde el parapeto producía vértigo. Pero uno se acostumbra a todo.

Tres meses habían transcurrido, y a Georges Hanley no le impresionaban ya los seiscientos metros de caída vertical que separaban el monasterio de los campos cuadriculados del llano. Apoyado en las piedras redondeadas por el viento, el ingeniero contemplaba con ojos cansinos las montañas lejanas cuyos nombres ignoraba. “La operación nombre de Dios”, según la había bautizado un humorista de la Compañía, era sin duda el trabajo más desconcertante en el que hubiera participado.

Semana tras semana, la máquina tipo cinco modificada había llenado miles y miles de hojas con sus inscripciones absurdas. Paciente e inexorable, la máquina calculadora había agrupado las letras del alfabeto tibetano en todas las combinaciones posibles, agotando una serie tras otra. Los monjes recortaban ciertas palabras al salir de la máquina de escribir eléctrica y las pegaban devotamente en unos enormes registros. Dentro de una semana, su trabajo habría terminado.

Hanley ignoraba qué cálculos oscuros los habían llevado a la conclusión de que no hacía falta estudiar conjuntos de diez, de veinte, de cien o mil letras, y no tenía ningún empeño en saberlo. En sus pesadillas soñaba algunas veces que el gran lama decidía bruscamente complicar un poco más la operación y que había que proseguir el trabajo hasta el año 2060. El hombre parecía muy capaz de una cosa así.

Crujió la pesada puerta de madera. Chuk se reunió con él en la terraza. Chuk estaba fumando un puro, como de costumbre. Se había hecho popular entre los lamas repartiéndoles habanos. “Aquellos individuos podían estar completamente desquiciados –pensó Hanley–, pero no tenían nada de puritanos”. Las frecuentes excursiones al pueblo no habían carecido de interés.

–Escucha, Georges –dijo Chuk–, estoy preocupado.

–¿Se descompuso la máquina?

–No.

Chuk se sentó en el parapeto. Fue algo sorprendente, pues de ordinario temía el vértigo.

–Acabo de descubrir la finalidad de la operación.

–¡Pero si ya la sabíamos!

–Sabíamos lo que querían hacer los monjes, pero ignorábamos el por qué.

–¡Bah! Están chiflados…

–Escucha, Georges, el anciano acaba de explicármelo. Piensan que cuando se hayan escrito todos estos nombres (que, según ellos, son unos nueve mil millones), se habrá alcanzado el divino designio. La raza humana habrá cumplido la misión para la que fue creada.

–Y después, ¿qué? ¿Esperan, acaso, que nos suicidemos?

–Sería inútil. Cuando la lista esté terminada, intervendrá Dios y todo habrá terminado.

–¿Se acabará el mundo?

Chuk lanzó una risita nerviosa.

–Eso es lo mismo que le pregunté al anciano. Entonces me miró de un modo extraño, como el maestro a un discípulo particularmente lerdo, y me dijo: “¡Oh, no será una cosa tan insignificante!”

Georges reflexionó un momento.

–Es un tipo que, por lo visto, tiene grandes ideas –dijo–, pero no veo que cambie nada la situación. Ya habíamos convenido en que están locos.

–Sí. Pero, ¿no te das cuenta de lo que puede ocurrir? Si, terminadas las listas, no suenan las trompetas del ángel Gabriel, en su versión tibetana, pueden pensar que es por culpa nuestra. A fin de cuentas, utilizan nuestra máquina. Esto no me gusta…

–Comprendo… –dijo Georges muy despacio– pero ya he visto otros casos parecidos. Cuando yo era pequeño, hubo en Luisiana un predicador que anunció el fin del mundo para el domingo siguiente. Centenares de personas le creyeron. Incluso algunas vendieron sus casas. Pero nadie se encolerizó cuando pasó el domingo. La mayoría pensó que solo había sido un pequeño error de cálculo, y muchos de ellos siguen creyendo igual.

–Para el caso de que no lo hayas notado, debo advertirte que no estamos en Luisiana. Estamos solos, los dos, entre centenares de monjes. Son muy simpáticos, pero preferiría estar lejos cuando el viejo lama se dé cuenta del fracaso de la operación.

–Hay una solución: un pequeño sabotaje inofensivo. El avión llega dentro de una semana, y la máquina acabará su trabajo en cuatro días, a razón de veinticuatro horas por día. Solo tenemos que hacer una reparación que dure tres o cuatro días. Si calculamos bien el tiempo, podemos hallarnos en el aeropuerto cuando salga de la máquina la última palabra.

 

Siete días más tarde, cuando sus caballitos montañeros descendían la carretera en espiral, Hanley dijo:

–Siento un poco de remordimiento. No huyo porque tenga miedo, sino porque me dan pena. No quisiera ver la cara que pondrá esta buena gente cuando se detenga la máquina.

–Si no me equivoco –dijo Chuk–, han adivinado perfectamente que huíamos y no les importó. Ahora saben que la máquina es absolutamente automática y que huelga toda vigilancia. Y también creen que no habrá un después.

Georges se volvió en la silla y se quedó dormido. La mole del monasterio recortaba su parda silueta contra el sol poniente. Unas lucecitas brillaban de vez en cuando bajo la masa sombría de las murallas, como los tragaluces de un navío en ruta. Eran lámparas eléctricas suspendidas en el circuito de la máquina número cinco.

“¿Qué sucederá con la calculadora? –se preguntó Georges– ¿La destruirán los monjes, a impulsos del furor y el desengaño? ¿O volverán a comenzar?”

Como si todavía estuvieran allí, veía todo lo que pasaba en aquel momento en la montaña, detrás de las murallas. El gran lama y sus auxiliares examinaban las hojas, mientras los novicios recortaban nombres extravagantes y los pegaban en el enorme cuaderno. Y todo esto se realizaba en medio de un religioso silencio. No se oía más que el tableteo de la máquina, golpeando el papel como una lluvia mansa. La propia calculadora, que combinaba millares de letras por segundo, era absolutamente silenciosa…

La voz de Chuk interrumpió sus sueños.

–¡Míralo! ¡He ahí una visión agradable!

Semejante a una minúscula cruz de plata, el viejo avión de transporte DC-3 acababa de posarse allá abajo, en el pequeño aeródromo improvisado. Esta visión daba ganas de beber un buen trago de whisky helado. Chuk empezó a cantar, pero se interrumpió de pronto. Las montañas parecían restarle ánimos.

Georges consultó su reloj.

–Estaremos en el llano dentro de una hora –dijo. Y añadió–: ¿Crees que habrá terminado el cálculo?

Chuk no respondió, y Georges levantó la cabeza. Vio que el rostro de Chuk estaba muy pálido, vuelto hacia el cielo.

–Mira –murmuró Chuk.

Georges, a su vez, alzó la mirada.

Por última vez, encima de ellos, en la paz de las alturas, las estrellas se apagaban una a una…

 

(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)