sábado, 6 de junio de 2026

El famoso cohete

Oscar Wilde

 

El hijo del rey estaba en vísperas de casarse. Con este motivo el regocijo era general.

Estuvo esperando un año entero a su prometida, y al fin llegó ésta.

Era una princesa rusa que había hecho el viaje desde Finlandia en un trineo tirado por seis renos, que tenía la forma de un gran cisne de oro; la princesa iba acostada entre las alas del cisne.

Su largo manto de armiño caía recto sobre sus pies. Llevaba en la cabeza un gorrito de tisú de plata y era pálida como el palacio de nieve en que había vivido siempre.

Era tan pálida que, al pasar por las calles, se quedaban admiradas las gentes.

–Parece una rosa blanca –decían.

Y le echaban flores desde los balcones.

A la puerta del castillo estaba el príncipe para recibirla. Tenía los ojos violeta y soñadores, y sus cabellos eran como oro fino.

Al verla, hincó una rodilla en tierra y besó su mano.

–Tu retrato era bello –murmuró–, pero eres más bella que el retrato.

Y la princesita se ruborizó.

–Hace un momento parecía una rosa blanca –dijo un pajecillo a su vecino–, pero ahora parece una rosa roja.

Y toda la corte se quedó extasiada.

Durante los tres días siguientes todo el mundo no cesó de repetir:

–¡Rosa blanca, rosa roja! ¡Rosa roja, rosa blanca!

Y el rey ordenó que diesen doble paga al paje.

Como él no percibía paga alguna, su posición no mejoró mucho por eso; pero todos lo consideraron como un gran honor y el real decreto fue publicado con todo requisito en la Gaceta de la Corte.

Transcurridos aquellos tres días, se celebraron las bodas.

Fue una ceremonia magnífica.

Los recién casados pasaron cogidos de la mano, bajo un dosel de terciopelo granate, bordado de perlitas.

Luego se celebró un banquete oficial que duró cinco horas.

El príncipe y la princesa, sentados al extremo del gran salón, bebieron en una copa de cristal purísimo. Únicamente los verdaderos enamorados podían beber en esa copa, porque si la tocaban unos labios falsos, el cristal se empañaba, quedaba gris y manchoso.

–Es evidente que se aman –dijo el pajecillo–. Resultan tan claros como el cristal.

Y el rey volvió a doblarle la paga.

–¡Qué honor! –exclamaron todos los cortesanos.

Después del banquete hubo baile.

Los recién casados debían bailar juntos la danza de las rosas, y el rey tenía que tocar la flauta.

La tocaba muy mal, pero nadie se había atrevido a decírselo nunca, porque era el rey. La verdad es que no sabía más que dos piezas y no estaba seguro nunca de la que interpretaba, aunque esto no le preocupase, pues hiciera lo que hiciera todo el mundo gritaba:

–¡Delicioso! ¡Encantador!

El último número del programa consistía en unos fuegos artificiales que debían empezar exactamente a media noche.

La princesita no había visto fuegos artificiales en su vida. Por eso el rey encargó al pirotécnico real que pusiera en juego todos los recursos de su arte el día del casamiento de la princesa.

–¿A qué se parecen los fuegos artificiales? –preguntó ella al príncipe, mientras se paseaban por la terraza.

–Se parecen a la aurora boreal –dijo el rey, que respondía siempre a las preguntas dirigidas a los demás–. Solo que son más naturales. Yo los prefiero a las estrellas, porque sabe uno siempre cuándo van a empezar a brillar y son además tan agradables como la música de mi flauta. Ya verán… ya verán…

Así pues, levantaron un tablado en el fondo del jardín real, y no bien acabó de prepararlo todo el pirotécnico real, cuando los fuegos artificiales se pusieron a charlar entre sí.

–El mundo es seguramente muy hermoso –dijo un pequeño buscapiés–. Miren esos tulipanes amarillos. ¡A fe mía, ni aun siendo petardos de verdad, podrían resultar más bonitos! Me alegro mucho de haber viajado. Los viajes desarrollan el espíritu de una manera asombrosa y acaban con todos los prejuicios que haya podido uno conservar.

–El jardín del rey no es el mundo, joven alocado –dijo una gruesa candela romana–. El mundo es una extensión enorme y necesitarías tres días para recorrerlo por entero.

–Todo lugar que amamos es para nosotros el mundo –dijo una rueda unida en otro tiempo a una vieja caja de pino y muy orgullosa de su corazón destrozado– pero el amor no está de moda; los poetas lo han matado. Han escrito tanto sobre él, que nadie les cree ya, cosa que no me extraña. El verdadero amor sufre y calla… recuerdo que yo misma, una vez… pero no se trata de eso aquí. El romanticismo es algo del pasado.

–¡Qué estupidez! –exclamó la candela romana–. La novela no muere nunca. ¡Se parece a la luna: vive siempre! Realmente, los recién casados se aman tiernamente. He sabido todo lo concerniente a ellos esta mañana por un cartucho de papel oscuro que estaba en el mismo cajón que yo y que sabe las últimas noticias de la corte.

Pero la rueda meneó la cabeza.

–¡El romanticismo ha muerto! ¡El romanticismo ha muerto! ¡El romanticismo ha muerto! –murmuró.

Era una de esas personas que creen que repitiendo una cosa cierto número de veces, acaba por ser verdad.

De pronto se oyó una tos fuerte y seca y todos miraron a su alrededor. Era un pequeño cohete de altivo continente atado a la punta de un palo. Tosía siempre antes de hacer una advertencia, como para llamar la atención.

–¡Ejem! ¡Ejem! –exclamó.

Y todo el mundo se dispuso a escucharlo, menos la pobre rueda, que seguía moviendo la cabeza y murmurando:

–¡El romanticismo ha muerto!

–¡Orden! ¡Orden! –gritó un petardo.

Tenía algo de político y había tomado siempre parte importante en las elecciones locales. Por eso conocía las frases empleadas en el Parlamento.

–¡Ha muerto del todo! –suspiró la rueda. Y se volvió a dormir.

No bien se restableció por completo el silencio, el cohete tosió por tercera vez y comenzó. Hablaba con una voz clara y lenta, como si dictase sus memorias, y miraba siempre por encima del hombro a la persona a quien se dirigía. Realmente, tenía unos modales distinguidísimos.

–¡Qué feliz es el hijo del rey –observó– por casarse el mismo día en que me van a disparar! Ni preparándolo de antemano podría resultar mejor para él; aunque los príncipes siempre tienen suerte.

–¿Ah, sí? –dijo el pequeño buscapiés–. Yo creí que era precisamente lo contrario y que era usted a quien se disparaba en honor del príncipe.

–Ese quizás sea su caso –replicó el cohete–. Casi diríase que estoy seguro de ello; pero en cuanto a mí, es ya diferente. Soy un cohete distinguido y desciendo de padres igualmente distinguidos. Mi madre era la girándula más célebre de su época. Tenía fama por la gracia de su danza. Cuando hizo su gran aparición en público, dio diecinueve vueltas antes de apagarse, lanzando por el aire siete estrellas rojas a cada vuelta. Tenía tres pies y medio de diámetro y estaba fabricada con pólvora de la mejor. Mi padre era cohete como yo y de origen francés. Volaba tan alto, que la gente temía que no volviese a descender. Descendía, sin embargo, porque era de excelente constitución e hizo una caída brillantísima, en forma de lluvia, de chispas de oro. Los periódicos se ocuparon de él en términos muy halagüeños, y hasta la Gaceta de la Corte dijo que “señalaba el triunfo del arte pilotécnico”.

–Pirotécnico, pirotécnico querrá decir –interrumpió una bengala–. Sé que es pirotécnico porque he visto la palabra escrita sobre mi caja de hoja de lata.

–Pues yo digo pilotécnico –replicó el cohete en tono severo.

Y la bengala se quedó tan apabullada, que empezó inmediatamente a mortificar a los buscapiés pequeños para demostrar que ella también era persona de bastante importancia.

–Decía yo… –prosiguió el cohete–, decía yo… ¿qué es lo que yo decía?

–Hablaba de usted mismo –repuso la candela romana.

–Naturalmente. Sé que hablaba de alguna cosa interesante cuando he sido tan groseramente interrumpido. Odio la grosería y las malas maneras, porque soy extremadamente sensible. No hay nadie en el mundo tan sensible como yo, estoy seguro de ello.

–¿Qué es una persona sensible? –preguntó el petardo a la candela romana.

–Una persona que porque tiene callos pisa siempre los pies a los demás –respondió la candela en un débil murmullo.

Y el petardo casi estalló de risa.

–¡Perdón! ¿De qué se ríe? –preguntó el cohete–. Yo no me río.

–Me río porque soy feliz –replicó el petardo.

–Es un motivo bien egoísta –dijo el cohete con ira–. ¿Qué derecho tiene para ser feliz? Debería pensar en los demás, debería pensar en mí. Yo pienso siempre en mí y creo que todo el mundo debería hacer lo mismo. Eso es lo que se llama simpatía. Es una hermosa virtud y yo la poseo en alto grado. Suponga, por ejemplo, que me sucediese algún percance esta noche. ¡Qué desgracia para todo el mundo! El príncipe y la princesa no podrían ya ser felices: se habría acabado su vida de matrimonio. En cuanto al rey, creo que no podría soportarlo. Realmente, cuando empiezo a pensar en la importancia de mi papel, me emociono hasta casi llorar.

–Si quiere agradar a los demás –exclamó la candela romana–, haría mejor en mantenerse en seco.

–¡Ciertamente! –exclamó la bengala, que no estaba de muy buen humor–, eso es sencillamente de sentido común.

–¿Cree que es de sentido común? –replicó el cohete indignado–. Olvida que yo no tengo nada común y que soy muy distinguido. ¡A fe mía todo el mundo puede tener sentido común con tal de carecer de imaginación! Pero yo tengo imaginación, porque nunca veo las cosas como son. Las veo siempre muy diferentes de lo que son. En cuanto a eso de mantenerme en seco, es que no hay aquí, con toda seguridad, nadie que sepa apreciar a fondo un temperamento delicado. Afortunadamente para mí, no me importa nada. La única cosa que lo sostiene a uno en la vida es el convencimiento de la enorme inferioridad de sus semejantes y éste es un sentimiento que he mantenido siempre en mí. Pero ninguno de ustedes tiene corazón. Gritan y se regocijan como si el príncipe y la princesa no estuviesen celebrando sus bodas.

–¡Eh! –exclamó un pequeño globo de fuego–. ¿Y por qué no? Es una alegre ocasión y cuando estalle yo en el aire pienso comunicárselo a todas las estrellas. Ya verán cómo brillarán cuando les hable de la bella recién casada.

–¡Oh, qué concepto más banal de la vida! –dijo el cohete–, pero no me esperaba yo menos. No hay nada en usted. Es hueco y vacío. ¡Bah! Quizás el príncipe y la princesa se vayan a vivir en un país en que haya un río profundo, quizás tengan un solo hijo, un pequeñuelo de pelo rizado y de ojos violeta como los del príncipe. Quizás vaya algún día a pasearse con su nodriza. Quizás la nodriza se duerma debajo de un gran sauce. Quizás el niño se caiga al río y se ahogue. ¡Qué terrible desgracia! ¡Los pobres perder su hijo único! Es terrible, realmente. No podré soportarlo nunca.

–Pero no han perdido su hijo único –dijo la candela romana–. No les ha sucedido ninguna desgracia.

–No he dicho que les haya sucedido –replicó el cohete–. He dicho que podría sucederles. Si hubiesen perdido a su hijo único, sería inútil decir nada sobre el suceso. Detesto a las personas que lloran por su cántaro de leche roto. Pero cuando pienso que han perdido a su hijo único, me siento verdaderamente tristísimo.

–Ya lo veo –exclamó la bengala–. Realmente es usted la persona más afectada que he visto en mi vida.

–Y usted la persona más grosera que he conocido –dijo el cohete–. No puede comprender mi afecto por el príncipe.

–¡Bah! Ni siquiera lo conoce… –chisporroteó la candela romana.

–No, nunca dije que lo conociera –respondió el cohete–. Me atrevo a decir que si lo conociese no sería de ningún modo amigo suyo. Es cosa peligrosa conocer uno a sus amigos.

–Mejor haría en mantenerse en seco –dijo el globo de fuego–. Eso es lo más importante.

–Para usted no dudo que será importantísimo –respondió el cohete–. Pero yo lloraré si me viene en gana.

Y el cohete estalló en lágrimas que corrieron sobre su vara en gotas de lluvia, ahogando casi a dos pequeños escarabajos que pensaban precisamente en fundar una familia y buscaban un bonito sito seco para instalarse.

–Debe tener un temperamento verdaderamente romántico, pues llora cuando no hay por qué llorar –dijo la rueda.

Y lanzando un profundo suspiro, se puso a pensar en la caja de madera.

Pero la candela romana y la bengala estaban indignadas. Gritaban con todas sus fuerzas:

–¡Pamplinas! ¡Pamplinas!

Eran muy prácticas, y cuando se oponían a algo lo denominaban pamplinas.

Entonces apareció la luna como un soberbio escudo de plata y las estrellas comenzaron a brillar y llegaron al palacio los sones de una música.

El príncipe y la princesa dirigían el baile. Bailaban tan bien que los pequeños lirios blancos echaban un vistazo por la ventana contemplándolos, y las grandes amapolas rojas movían la cabeza, llevando el compás.

En aquel momento sonaron las diez, luego las once y luego las doce, y a la última campanada de media noche, todo el mundo fue a la terraza y el rey hizo llamar al pirotécnico real.

–Empiecen los fuegos artificiales–dijo el rey. Y el pirotécnico real hizo un profundo saludo y se dirigió al fondo del jardín. Tenía seis ayudantes. Cada uno llevaba una antorcha encendida sujeta a la punta de una larga pértiga.

Fue realmente una soberbia irradiación de luz.

–¡Ssss! ¡Ssss! –hizo la rueda que empezó a girar.

–¡Bum! ¡Bum! –replicó la candela romana. Entonces los buscapiés entraron en danza y las bengalas colorearon todo de rojo.

–¡Adiós! –gritó el globo de fuego mientras se elevaba haciendo llover chispitas azules.

–¡Bang! ¡Bang! –respondieron los petardos, que se divertían muchísimo.

Todos tuvieron un gran éxito, menos el cohete. Estaba tan húmedo por haber llorado que no pudo arder. Lo mejor que había en él era la pólvora y ésta se hallaba tan mojada por las lágrimas que estaba inservible. Toda su pobre parentela, a la que no se dignaba hablar sin una sonrisa despectiva, produjo un gran alboroto por el cielo, como si fuesen magníficos ramilletes de oro floreciendo en fuego.

–¡Bravo! ¡Bravo! –gritaba la corte.

Y la princesita reía de placer.

–Creo que me reservan para alguna gran ocasión –dijo el cohete–. Indudablemente es eso.

Y miraba a su alrededor con aire más orgulloso que nunca.

Al día siguiente vinieron los obreros a colocarlo todo de nuevo en su sitio.

–Evidentemente es una comisión –se dijo el cohete–. Los recibiré con una tranquila dignidad.

Y engallándose empezó a fruncir las cejas como si pensase en algo muy importante. Pero los obreros no se dieron cuenta de su presencia hasta dejarlo atrás.

Entonces uno de ellos lo vio.

–¡Ah! –gritó–. ¡Qué mal cohete!

Y lo tiró al paso por encima del muro.

–¡Mal cohete! ¡Mal cohete! –dijo éste girando por el aire–. ¡Imposible! Famoso cohete, eso es lo que han querido decir. Mal y famoso suenan para mí casi lo mismo, y a veces ambas cosas son idénticas.

Y cayó en el lodo.

–No es esto muy cómodo –observó–, pero sin duda es algún balneario de moda a donde me han enviado para que reponga mi salud. Mis nervios están muy desgastados y necesito descanso.

Entonces una ranita de ojillos brillantes y de traje verde moteado, nadó hacia él.

–Ya veo que es un recién llegado –dijo la rana–. ¡Bueno! Después de todo no hay nada como el fango. Denme un tiempo lluvioso y un hoyo y soy completamente feliz… ¿Cree que la tarde será calurosa? Así lo espero, porque el cielo está todo azul y despejado. ¡Qué lástima!

–¡Ejem, ejem! –profirió el cohete tosiendo.

–¡Qué voz más deliciosa tiene! –gritó la rana–. Parece el croar de una rana y croar es la cosa más musical del mundo. Ya oirá nuestros coros esta noche. Nos colocamos en el antiguo estanque de los patos junto a la alquería y en cuanto aparece la luna, empezamos. El concierto es tan sublime que todo el mundo viene a oírnos. Ayer, sin ir más lejos, oí a la mujer del colono decir a la madre que no pudo dormir ni un segundo durante la noche por nuestra causa. Es muy agradable ver lo popular que es una.

–¡Ejem, ejem! –dijo el cohete.

Estaba muy molesto de no poder salir de su mutismo.

–¡Sí, una voz deliciosa! –prosiguió la rana–. Espero que vendrá al estanque de los patos. Voy a echar un vistazo a mis hijas. Tengo seis hijas soberbias y me inquieta mucho que el sollo tope con ellas… es un verdadero monstruo y no sentiría el menor escrúpulo en comérselas. Así es que ¡adiós! Me agrada mucho su conversación, se lo aseguro.

–¿Y llama conversación a esto? –dijo el cohete–. Ha charlado usted sola todo el rato. Eso no es conversación.

–Alguien tiene que escuchar siempre –replicó la rana–, y a mí me gusta llevar la voz cantante en la conversación. Así se ahorra tiempo y se evitan disputas.

–Pues a mí me gusta la discusión –dijo el cohete.

–No lo creo –replicó la rana con aire compasivo–. Las discusiones son completamente vulgares, porque en la buena sociedad todo el mundo tiene exactamente las mismas opiniones. Adiós otra vez. Veo a mis hijas allá abajo.

Y la ranita se puso a nadar nuevamente.

–Es una persona antipática –dijo el cohete–, y mal educada. Detesto a las gentes que hablan de sí mismas como usted, cuando necesita uno hablar de uno mismo, como en mi caso. Eso es lo que se llama egoísmo y el egoísmo es una cosa aborrecible, sobre todo para los que son como yo, pues bien conocen todos mi carácter simpático. Debería tomar ejemplo de mí. No podría encontrar un modelo mejor. Ahora que tiene esa oportunidad, aprovéchela sin tardanza, porque voy a volver a la corte en seguida. Soy muy estimado en la corte. Ayer, el príncipe y la princesa se casaron en mi honor. Seguramente no estará enterada de nada de esto, ¡como es provinciana!

–¡No se moleste en hablarle! –dijo una libélula posada en la punta de una espadaña–. Se ha ido.

–Bueno, ¡ella se lo pierde y no yo! No voy a dejar de hablarle solo porque no me escuche. Me gusta oírme hablar. Es uno de mis mayores placeres. Sostengo a menudo largas conversaciones conmigo mismo y soy tan profundo que a veces no comprendo ni una palabra de lo que digo.

–Entonces debe ser licenciado en filosofía –dijo la libélula.

Y desplegando sus lindas alas de gasa, se elevó hacia el cielo.

–¡Qué necedad demuestra al no quedarse aquí! –dijo el cohete–. Estoy seguro de que no habrá tenido muy a menudo la oportunidad de educar su espíritu; aunque después de todo me es igual. Un genio como el mío será apreciado con toda seguridad algún día.

Y se hundió un poco más en el fango.

Pasado un rato, una gran pata blanca nadó hacia él. Tenía las patas amarillas, los pies palmeados y la consideraban como una gran belleza por su contoneo.

–¡Cuac!, ¡cuac!, ¡cuac! –dijo–. ¡Qué tipo más raro tiene usted! ¿Puedo preguntarle si ha nacido aquí o si es de resultas de algún accidente?

–¡Cómo se ve que ha vivido siempre en el campo! De otro modo sabría quién soy. Sin embargo, disculpo su ignorancia. Sería descabellado querer que los demás fueran tan extraordinarios como uno mismo. Sin duda le sorprenderá saber que vuelo por el cielo y que caigo en una lluvia de chispas de oro.

–No lo considero muy estimable –dijo la pata–, pues no veo en qué puede ser eso útil a nadie. ¡Ah! Si arara los campos como un buey; si arrastrase un carro como el caballo; si guardase un rebaño como el perro del ganado, entonces ya sería otra cosa.

–Buena mujer –dijo el cohete con tono muy altivo–, veo que pertenece a la clase baja. Las personas de mi rango no sirven nunca para nada. Tenemos un encanto especial y con eso basta. Yo mismo no siento la menor inclinación por ningún trabajo y menos aún por esa clase de trabajos que enumera. Además, siempre he sido de opinión que el trabajo rudo es simplemente el refugio de la gente que no tiene otra cosa que hacer en la vida.

–¡Bien, bien! –dijo la pata, que era de temperamento pacífico y no reñía nunca con nadie–. Cada cual tiene gustos diferentes. De todas maneras, deseo que venga a establecer aquí su residencia.

–¡Nada de eso! –exclamó el cohete–. Soy un visitante, un visitante distinguido y nada más. El hecho es que encuentro este sitio muy aburrido. No hay aquí ni sociedad ni soledad. Resulta completamente de barrio bajo… Volveré seguramente a la corte, pues estoy destinado a causar sensación en el mundo.

–Yo también pensé en entrar en la vida pública –observó la pata–. ¡Hay tantas cosas que piden reforma! Así pues, presidí, no hace mucho, un mitin en el que votamos unas proposiciones condenando todo lo que nos desagradaba. Sin embargo, no parecen haber surtido gran efecto. Ahora me ocupo de cosas domésticas y velo por mi familia.

–Yo he nacido para la vida pública y en ella figuran todos mis parientes, hasta los más humildes. Allí donde aparecemos, llamamos extraordinariamente la atención. Esta vez no he figurado personalmente, pero cuando lo hago, resulta un espectáculo magnifico. En cuanto a las cosas domésticas, hacen envejecer y apartan el espíritu de otras cosas más altas.

–¡Oh, qué bellas son las cosas altas de la vida! –dijo la pata–. ¡Esto me recuerda el hambre que tengo!

Y la pata volvió a nadar por el río, continuando sus ¡cuac… cuac… cuac…!

–¡Vuelva, vuelva! –gritó el cohete–. Tengo muchas cosas que decirle.

Pero la pata no le hacía ningún caso.

–Me alegro de que se haya ido. Tiene realmente un espíritu mediocre.

Y hundiéndose un poco más en el fango, empezaba a reflexionar sobre la belleza del genio, cuando de repente dos chiquillos con blusas blancas llegaron al borde de la cuneta con un caldero y unos leños.

–Ésta debe ser la comisión –dijo el cohete. Y adoptó una digna compostura.

–¡Oh! –gritó uno de ellos–. Mira este palo viejo. ¡Qué raro que haya venido a parar aquí!

Y sacó el cohete de la cuneta.

–¡Palo viejo! –refunfuñó el cohete–. ¡Imposible! Habrá querido decir palo precioso. Palo precioso es un cumplido. Me toma por un personaje de la corte.

–¡Echémoslo al fuego! –dijo el otro muchacho–. Así ayudará a que hierva la caldera.

Amontonaron los leños, colocaron el cohete sobre ellos y prendieron fuego.

–¡Magnífico! –gritó el cohete–. Me colocan a plena luz. Así todos me verán.

–Ahora vamos a dormir! –dijeron los niños–, y cuando nos despertemos estará ya hirviendo la caldera.

Y acostándose sobre la hierba cerraron los ojos. El cohete estaba muy húmedo. Pasó un buen rato antes de que ardiese. Sin embargo, al fin, prendió el fuego en él.

–¡Ahora voy a partir! –gritaba.

Y se erguía y se estiraba.

–Sé que voy a subir más alto que las estrellas, más alto que la luna, más alto que el sol. Subiré tan arriba que…

–¡Fisss! ¡Fisss! ¡Fisss!

Y se elevó en el aire.

–¡Delicioso! –gritaba–. Seguiré subiendo así siempre. ¡Qué éxito tengo!

Pero nadie lo veía.

Entonces comenzó a sentir una extraña impresión de hormigueo.

–¡Voy a estallar! –gritaba–. Incendiaré el mundo entero y haré tanto ruido, que no se hablará de otra cosa en un año.

Y, en efecto, estalló.

–¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! –hizo la pólvora. La pólvora no podía hacer otra cosa.

Pero nadie oyó, ni siquiera los dos muchachos que dormían profundamente.

No quedó del cohete más que el palo que cayó sobre la espalda de una oca que daba su paseo alrededor de la zanja.

–¡Cielos! –exclamó–. ¡Ahora llueven palos!

Y se tiró al agua.

–¡Me parece que he causado una gran sensación! –musitó el cohete.

Y expiró.

 

(Tomado de www.lecturia.org)

 

¿Durmió bien el señor?

Víctor Roura

 

Ella me despertó. Fui directo al baño. En la tina estaba un hombre.

–Buenos días –dijo, echándose champú en el cabello.

No contesté. Regresé a la recámara, a buscarla; mas ya no estaba. Oí risas en la cocina. Me fui acercando lentamente. Al asomarme, la vi preparando un licuado. Otro hombre le iba pasando los blanquillos. Se veían divertidos. Decidí irme de su casa, sin explicaciones. Me vestí con prontitud. Agarré mi fólder y mi libro. Al abrir la puerta, un muchacho, amable, me condujo hasta la esquina. En el camino sólo hizo una pregunta:

–¿Durmió bien el señor?

Me incomodó. No le respondí. Al llegar al final de la calle, detuvo un taxi.

–Viajo en Metro –balbucí.

Pero no hizo caso.

–La señorita costea su viaje –dijo.

Prácticamente me empujó adentro del taxi. Ya en mi asiento, volteé a verlo. Se despedía de mí con una sonrisa angelical.

–Simpático el mozalbete –dijo el taxista.

Asentí.

–¿Donde siempre, señor? –interrogó el conductor.

Solo dejé soltar mi cuerpo en el asiento. El colmo. En mi vida había visto al taxista.

–Aún no le indico –precisé, molesto.

Lo miré por el espejo retrovisor. Casi puedo jurar que iba tarareando una canción.

–Tengo órdenes concretas –dijo.

Ahora silbaba con fuerza una rola. Era “Michelle”, de los Beatles.

–Lo siento –dijo.

Me pareció que en sus palabras había mordacidad. Empecé a preocuparme. En el primer semáforo en rojo abrí la puerta y me bajé corriendo. Una, dos, tres cuadras. En la cuarta calle tropecé con una señora. Mi fólder se cayó al suelo. Los papeles volaron. La dama se agachó a recogerlos.

–Perdóneme –dijo.

Nos fuimos caminando juntos. Yo sudaba.

–¿Tiene algún problema? –preguntó.

Le conté los sucesos.

–¿No conocía a la señorita?

–Era la tercera vez que me quedaba en su casa –dije.

Movió la cabeza para indicar que no estaba de acuerdo. En el primer restaurante nos metimos. El reloj marcaba diez para las once de la mañana.

–Le estoy quitando el tiempo –dije al sentarnos.

Dijo que no. Que había salido de su hogar porque su esposo descansa los martes y no soporta verlo todo el día.

–Le dije que iba de compras…

En ese momento de entusiasmo, le propuse que nos fuéramos al Desierto de los Leones. Dudó. Sin embargo, también ella tenía ganas de hacer algo fuera de su rutina diaria. Se notaba. Dijo que le tendría que avisar a su marido. Se levantó y fue a telefonear. Hizo dos llamadas. La vi retornar.

–Asunto arreglado.

Al tomar un taxi, ella cambió de planes.

–A Ciudad Satélite –ordenó.

Me guiñó un ojo. Incliné la cabeza en el respaldo del asiento. Estaba cansado. Recordé que tenía que escribir un artículo para la revista Casa del Tiempo. Me angustié. La noche anterior casi no dormí. Cerré los ojos. Seguramente me adormecí un rato, porque al abrirlos ya estábamos bajando del coche. Frente a una casona de Satélite.

–Es de mi hermana que vive en Tamaulipas –dijo.

Entramos. No había nadie.

Nos servimos un par de cubas. Puso un disco de Los Panchos. Le subió al volumen y me jaló rumbo al patio. Había una enorme piscina. De pronto el ánimo se me volvió a subir a la cabeza. Nos metimos al agua. Estaba tibia. Le pregunté su nombre.

–Abril Nava –dijo.

Me acerqué un poco más. Le di un beso. Me recordaba a Blondie, solo que con el cabello más abultado. Blondie, la cantante de rock.

–Ya me lo habían dicho –dijo.

Rio.

Nos servimos otros rones.

Salí de la piscina y me recosté en el pasto.

Cuando desperté, ya era de noche. Estaba en una cama redonda de agua.

–¡Abriiiiiiiiil! –grité.

Nadie contestó. Había un pesado silencio. Me levanté. Fui directamente al baño. En la tina estaba un hombre.

–Buenas noches –dijo, enjabonándose los hombros.

Regresé a la recámara. Me pareció oír risas en la sala. Bajé. La vi sirviendo una cuba. Sentado estaba otro hombre. Ambos reían. Agarré mi fólder y mi libro, pasé junto a ellos, saludé y salí. Atravesé el patio. Al abrir el portón, un muchacho, amable, me condujo hasta la esquina.

–¿Durmió bien el señor? –preguntó.

No pude reprimir un largo bostezo.

 

(Tomado de Roura, Víctor, Un látigo en mi alcoba, Hoja Casa Editorial, México, 1991)

 

viernes, 5 de junio de 2026

El día no devuelto

Giovanni Papini

 

Conozco muchas viejas y hermosas princesas, pero solamente a aquellas que son tan pobres que apenas tienen una pequeña sirvienta vestida de negro y que están reducidas a vivir en alguna degradada villa toscana, una de esas escondidas villas donde dos cipreses polvorientos montan guardia junto a un portal de rejas murado.

Si encuentran alguna en el salón de una condesa viuda y fuera de moda llámenla alteza y háblenle en francés, ese francés internacional, clásico, incoloro que pueden aprender en los Contes Moraux del abate Marmontel; el francés, en fin, de las gens de qualitéi. Mis princesas responderán casi siempre y luego que hayan penetrado en sus pobres almas –pequeñas y llenas de polvo y de quincallería, como oratorios de fines del siglo XVII–, se darán cuenta de que la vida puede ser aceptada y que nuestra madre no ha sido tan necia como parecía poniéndonos en el mundo.

¡Qué secretos extraordinarios me han susurrado mis hermosas y viejas princesas! Ellas adoran los polvos faciales pero quizás todavía más la conversación y, aunque todas sean alemanas –una sola es rusa, pero por azar–, su delicioso francés ancien régime algunas veces me regala emociones de ningún modo ordinarias, y en ciertos momentos mi corazón se conmueve y siento casi ganas –lo confieso– de llorar como un estúpido enamorado.

Una noche, no demasiado tarde, en el salón de una villa toscana, sentado sobre un sillón de estilo Imperio ante la mesa donde me habían ofrecido un té excesivamente aguado, yo callaba junto a la más vieja y la más bella de mis princesas.

Vestida de negro, su rostro estaba rodeado de un velo negro y sus cabellos, que yo sabía blancos y siempre algo rizados, se hallaban cubiertos por un sombrero negro. Parecía que a su alrededor flotase como una aureola de oscuridad. Esto me agradaba y me esforzaba en creer que aquella mujer fuera solamente una aparición provocada por mi voluntad. El hecho no era difícil porque la habitación se hallaba casi en tinieblas y la única vela encendida iluminaba única y débilmente su rostro empolvado. Todo el resto se confundía con la oscuridad de modo que yo podía creer que tenía ante mí solamente a una cabeza pensil, una cabeza separada del cuerpo y suspendida cerca de mí a un metro del pavimento.

Pero la princesa comenzó a hablar y toda otra fantasía era imposible en ese momento.

–Ecoutez donc, monsieur –me decía– ce qui m’arriva il y a quarante ans, quand j’étais encore assez jeune pour avoir le droit de paraître folle.

Y continuó con su grácil voz narrándome una de sus innumerables historias de amor: un general francés se había dedicado a ser actor por amor a ella y había sido asesinado de noche por un payaso borracho.

Pero ya conocía yo ese estilo suyo de imaginación y quería otra cosa mucho más extraña, más lejana, más inverosímil. La princesa quiso ser gentil hasta el final:

–Me obliga usted –dijo– a narrarle el último secreto que me queda y que ha permanecido siempre secreto, justamente porque es más inverosímil que todos los otros. Pero sé que debo morir dentro de algunos meses, antes de que termine el invierno, y no estoy segura de hallar otro hombre que se interese como usted por las cosas absurdas…

“Este secreto mío empezó cuando tenía veintidós años. En esa época yo era la más graciosa princesa de Viena y todavía no había matado a mi primer marido. Esto ocurrió dos años más tarde, cuando me enamoré de… pero usted ya conoce la historia. Passons! Sucedió, pues, que cuando llegaba al término de mis veintiún años recibí la visita de un viejo señor, condecorado y afeitado, quien me solicitó una breve entrevista secreta. No bien estuvimos solos, me dijo:

‘Tengo una hija que amo inmensamente y que está muy enferma. Tengo necesidad de volverla a la vida y a la salud y para ello estoy buscando años juveniles para comprar o tomar en préstamo. Si usted quisiera darme uno de sus años se lo devolveré poco a poco, día a día, antes de que termine su vida. Cuando haya cumplido los veintidós años, en vez de pasar al vigésimo tercero usted envejecerá un año y entrará en el vigésimo cuarto. Es usted todavía muy joven y casi ni se dará cuenta del salto, pero yo le devolveré hasta el último de los trescientos sesenta y cinco días, de a dos o tres por vez, y cuando sea vieja podrá recuperar a su voluntad las horas de auténtica juventud, con imprevistos retornos de salud y de belleza. No crea usted que habla con un bromista o con un demonio. Soy simplemente un pobre padre que ha rogado tanto al Señor que le ha sido concedido hacer lo que para los demás es imposible. Con gran trabajo he cosechado ya tres años, pero tengo necesidad de tener todavía muchos más. ¡Deme uno de los suyos y no se arrepentirá nunca!’

“En esa época estaba habituada ya a las aventuras curiosas y en el mundo en que vivía nada era considerado imposible. Por lo tanto, consentí en realizar el singular préstamo y pocos días después envejecí un año más. Casi nadie se dio cuenta y hasta los cuarenta años viví alegremente mi vida sin acudir al año que había dado en depósito y que debía serme restituido. El viejo señor me había dejado su dirección junto con el contrato y me solicitó que le avisara por lo menos un mes antes acerca del día o la semana en que yo deseara disfrutar de la juventud, prometiéndome que recibiría lo que pidiese en el momento fijado.

“Después de cumplir mis cuarenta años, cuando mi belleza estaba por ajarse, me retiré a uno de los pocos castillos que le habían quedado a mi familia y no fui a Viena más que dos o tres veces por año. Escribía con la debida anticipación a mi deudor y luego participaba de los bailes de la corte, en los salones de la capital, joven y hermosa como debía ser a los veintitrés años, maravillando a todos los que habían conocido mi belleza en decadencia. ¡Qué curiosas eran las vigilias de mis reapariciones! La noche anterior me adormecía cansada y fanée como siempre y por la mañana me levantaba alegre y ligera como un pájaro que hubiese aprendido a volar hacía poco, y corría a mirarme en el espejo. Las arrugas habían desaparecido, mi cuerpo estaba fresco y suave, los cabellos habían vuelto a ser totalmente rubios y los labios eran rojos, tan rojos que yo misma los habría besado con furor. En Viena los galanteadores se apiñaban a mi alrededor, gritaban maravillas, me acusaban de hechicería y, en el fondo, no entendían nada. Poco antes de vencer el periodo de juventud que había solicitado, subía a mi carroza y volvía furiosa al castillo, en donde rehusaba recibir a nadie. Una vez un joven conde bohemio que se había enamorado terriblemente de mí durante una de mis visitas a Viena logró entrar, no sé cómo, a mi departamento y estuvo a punto de morir del estupor al ver cuánto me parecía a su adorada pero también cuánto más fea y más vieja era que aquella que lo había embriagado en las calles de Viena.

“Nadie, desde entonces, logró forzar mi voluntaria clausura, interrumpida sólo por la extraña alegría y la profunda melancolía de las raras pausas de juventud en el curso lamentable de mi continua decadencia. ¿Puede imaginarse aquella fantástica vida de largos meses de vejez solitaria separados cada tanto por los fuegos fugitivos de unos pocos días de belleza y de pasión?

“Al principio esos trescientos sesenta y cinco días me parecían inagotables y no imaginaba que pudieran terminar alguna vez. Por eso fui demasiado pródiga con mi reserva y escribí muy a menudo al misterioso deudor de vida. Pero éste es un hombre terriblemente exacto. Una vez fui a su casa y vi sus libros de cuentas. Yo no soy la única con la que hizo contratos de ese género y sé que contabiliza muy cuidadosamente la disminución de sus entregas. Vi también a su hija: una palidísima mujer sentada sobre una terraza llena de flores.

“Nunca he podido saber de dónde saca la vida que restituye tan puntualmente, en cuotas de días, pero tengo motivos para creerme que recurre a nuevas deudas. ¿Cuáles serán las mujeres que le han dado los días que me restituye a mí? Quisiera conocer a algunas de ellas pero por más que le haya hecho hábiles preguntas muy a menudo, nunca he tenido la suerte de descubrirlas. Mais, peut être, elles ne seraient pas si étranges que je crois…

“De todos modos ese hombre es extraordinariamente interesante, lo que no le impide hacer bien sus cuentas. Usted no puede imaginar qué espantosa se volvió mi vida cuando me anunció, con la calma de un banquero, que no quedaban a mi disposición sino once días solamente. Durante todo ese año no le escribí y por un momento tuve la tentación de regalárselos y de no atormentarme más. ¿Comprende usted la razón, no es cierto? Cada vez que yo me volvía joven, el momento del despertar era siempre más doloroso porque la diferencia entre mi estado normal y mis veintitrés años se hacía, con la edad, mucho más grande.

“Por otra parte, era imposible resistir. ¿Cómo puede usted pensar que una pobre vieja solitaria rechace cada tanto una jornada o dos o tres de belleza y de amor, de gracia y de alegría? ¡Ser amada un día, deseada una hora, feliz un momento! Vous êtes trop jeune pour comprendre tout mon ravissement!

“Pero los días están por acabarse; mi crédito va a concluir por la eternidad. Piense: ¡me queda solamente un día para disfrutar! Después, seré definitivamente vieja y estaré consagrada a la muerte. ¡Un día de luz y luego la oscuridad para siempre! Medite bien, se lo ruego, en la imprevista tragedia de mi vida. Antes de solicitar este día…

“¿Pero cuándo lo pediré? ¿Qué haré con él? Hace tres años que no vuelvo a ser joven y en Viena casi nadie me recuerda ya y toda mi belleza parecería espectral. Y sin embargo, siento necesidad de un amante, un amante sin escrúpulos y lleno de fuego. Tengo necesidad de que todo mi cuerpo sea acariciado una vez más. Esta cara rugosa se volverá de nuevo fresca y rosada y mis labios darán, por la vez última, la voluptuosidad. ¡Pobres labios, blancos y agrietados! ¡Todavía quieren ser por un día más rojos y cálidos, por un solo día, para un último amante, para una última boca!

“Pero no llego a decidirme. No tengo el valor para gastar la última monedita de verdadera vida que me queda y no sé cómo hacerlo y tengo un loco deseo de gastarla…”

¡Pobre y querida princesa! Unos momentos antes había levantado su velo y las lágrimas abrieron surcos sutiles en el polvo del rostro. En ese momento, los sollozos, aunque aristocráticamente contenidos, le impidieron continuar. Experimenté entonces un gran deseo de consolar a todo costo a la deliciosa vieja y caí a sus pies –al pie de una princesa arrugada y vestida de negro–, y le dije que la hubiera amado más que cualquier caballero loco y le rogué, con las más dulces palabras, que me concediera a mí, a mí solo, el último día de su bella juventud.

No recuerdo precisamente todo lo que le dije, pero mi actitud y mis palabras la conmovieron profundamente y me prometió, con algunas frases algo teatrales, que sería su último amante, durante un solo día, dentro de un mes. Me dio una cita para cierta fecha en la misma villa y me despedí muy perturbado, luego de haberle besado las magras y blancas manos.

Mientras regresaba a la ciudad, ya de noche, la luna no totalmente llena me miraba insistentemente con aire piadoso, pero pensaba demasiado en la bella princesa para tomarla en serio. Ese mes fue muy largo, el mes más largo de mi vida. Había prometido a mi futura amante que no la volvería a ver hasta el día fijado y mantuve mi galante compromiso. A pesar de todo, el día llegó y fue el más largo de aquel larguísimo mes. Pero llegó también la noche y luego de haberme elegantemente vestido fui hacia la villa con el corazón estremecido y el paso inseguro.

Vi desde lejos las ventanas iluminadas como no las había visto nunca y al acercarme hallé la puerta de hierro abierta y el balcón lleno de flores. Entré en la residencia y fui introducido en un salón donde ardían todas las antorchas de dos fantásticas arañas.

Me dijeron que esperara y esperé. Nadie venía. Toda la casa estaba silenciosa. Las luces ardían y las flores perfumaban para la soledad. Después de una hora de agitada expectativa, no pude contenerme y pasé al comedor. Sobre la mesa estaban preparados dos cubiertos y flores y frutas en gran cantidad. Pasé a un pequeño salón, suavemente iluminado y desierto. Finalmente llegué a una puerta que yo sabía era la del dormitorio de la princesa. Di dos o tres golpes, pero no tuve respuesta. Entonces me hice de coraje pensando que un amante puede olvidar la etiqueta y abrí la puerta, deteniéndome en el umbral.

La habitación estaba llena de suntuosos vestidos tirados por todas partes como en el furor de un saqueo. Cuatro candelabros esparcían alrededor una luz alegre. La princesa estaba echada en un sillón frente al espejo, ataviada con uno de los más espléndidos vestidos que yo jamás viera.

La llamé y no contestó.

Me acerqué, la toqué y no hizo el menor movimiento. Me di cuenta entonces de que su rostro estaba como siempre lo había visto, pequeño y blanco y algo más triste que de costumbre y un poco asustado. Posé una mano sobre su boca y no sentí respiración alguna; la coloqué sobre su pecho y no sentí ningún latido.

La pobre princesa estaba muerta; había muerto dulcemente de improviso mientras acechaba ante el espejo el retorno de su belleza. Una carta que hallé en el piso, junto a ella, me explicó el misterio de su inesperado fin. Contenía unas pocas líneas de escritura vertical y marcial, y decía:

“Gentil princesa:

“Me duele sinceramente no poder restituirle el último día de juventud que le debo. No logro ya encontrar mujeres lo suficientemente inteligentes para creer en mi increíble promesa y mi hija se halla en peligro.

“Realizaré todavía nuevas tentativas y le comunicaré los resultados, porque es mi más vivo deseo satisfacerla hasta lo último. Considéreme, ilustre princesa, su devotísimo…”

 

(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)