Jorge
Eduardo Alcalá
I
Van Meers, el polaco, aunque tenía un
Fiat bastante viejo, me dijo en el bar, antes de la balacera, que prefería
viajar en los autobuses suburbanos para poder observar a las mujeres que subían
y deleitarse minuciosamente, como si además de la atracción biológica, cada una
tuviera un sabor, un secreto que contarle. Pero ahora el Fiat, que cada doscientos
kilómetros
se calentaba, era nuestro único medio de transporte
y de huida, porque en Tijuana nos habían acusado a Van
Meers y a mí de un asesinato que aún no estoy seguro que hayamos cometido.
De
los tres que íbamos en el Fiat, el peor al volante era Jacob, un violinista judío que estaba
tocando en una boda yiddish en San Diego y que decidió
mandar todo al carajo cuando se dio cuenta de que la novia era su prometida.
Ahora quería llegar
en auto a la Patagonia, y nosotros, en plena huida, lo conocimos, en una curva
de la carretera de Tijuana-Mexicali, kilómetros antes de La Rumorosa. Nos
paramos porque el motor ya estaba caliente y era hora de dejarlo descansar. Aprovechamos
para orinar. Él se acercó y se subió al asiento de atrás sin decirnos nada. Van
Meers me hizo una seña con la cabeza, pero yo no le hice caso y seguimos
tan campantes, regando las
matas del borde de la carretera. Arriba, la luna era una sonrisa
amplia y brillante. Cuando nos dimos cuenta, el intruso ya estaba dormido, con un sombrerito negro encima de la cara y no hubo
manera de despertarlo sino hasta el amanecer, cuando muy ceremonioso entonó
cánticos mientras nosotros tomábamos un café en un cruce carretero. Ahí lo exprimimos
a preguntas, nos dijo que renegaba de su religión
y de las mujeres, que no traía un centavo, que lo único decente en esta tierra era la música, aunque seguro con el viaje el violín
se había desafinado. Le pedimos
que tocara algo y luego de un rato de polémica, accedió. Cantó
ese himno judío que es “java-yajira-java-java-ji-ji-ra”,
pero al sexto compás se le salieron las lágrimas y ya no pudo continuar. Al
final, acordamos seguir juntos hacia el sur. A mí qué me importaba; en la fábrica de chocolates se podían meter el
empleo por donde prefirieran.
Poco después, a
mitad del día, decidimos pasarle
al judío el mando del Fiat
pero casi choca con
un camión de Gamesa y al poco rato optamos por hacer guardia, para indicarle qué significaban las señas en el camino
y
ponerle la pistola en la sien para que frenara cada vez que veíamos a una res cruzar la carretera, porque el judío quería atropellarlas a todas. Van Meers gritaba eufórico por las ventanas y les chiflaba a las mujeres
hermosas que se nos cruzaban.
–¿Lo
ves?
¿Lo ves? ¡Esa chica no lleva brassier! Apuesto a que podríamos terminar con ella en un hotel. ¡Debe ser maravillosa!
Él adivinaba sin más el saludo de los
pezones debajo de la blusa, abrigo o lo que fuera, e imaginaba la danza de las caderas.
Y comenzaban así, en el autobús suburbano o en la carretera, sus fantasías interminables.
Su devoción por las curvas era tal, que del espejo retrovisor colgaba una estampa
de Fanny Cano desnuda.
Lo conocí en un bar de Tijuana, él miraba las
piernas de cuanta mujer le pasaba por enfrente, yo tomaba una cerveza helada,
luego de una tarde pésima en que no vendí ni un maldito chocolate. Platicamos los
dos, estábamos en medio de un bache. Lo único que él tenía era una pistola; yo,
trescientos pesos. Me la ofreció y acepté. Al poco rato, encontraron muerta a una
mujer en el baño y Van Meers me tomó muy fuerte del brazo y me jaló hacia la salida:
–Lo siento, amigo, pero tendremos que
irnos enseguida.
–¿Por
qué?
–¿Ve
a
ese tipo?
–Sí.
–Bueno, pues antes que a usted, le ofrecí a
él el arma. Y parece que la mató con ella.
–¿Y?
–¿Qué, no lo
entiende? El arma tiene ahora sus huellas digitales.
El supuesto asesino intercambió palabras con un
hombrón,
nos señaló y dio
un
grito, pero nosotros ya estábamos en el estacionamiento. Gracias a que
en Varsovia Van Meers piloteaba trailers en competencia nos libramos
momentáneamente: hizo que los demás chocaran y al Fiat solo se le dañó el
radiador. Un poco más adelante fue cuando nos encontramos con Jacob, ese loco bonachón
que hizo ¡pum! cuando su novia se casó con otro. Se veía muy
gracioso con sus trenzas peinadas según la tradición y su sombrerito negro. Cada
que le preguntábamos cosas referentes a la chica o a San Diego, él respondía:
–La Patagonia. Eso lo responderé en La Patagonia.
Paramos después de viajar toda la tarde y
pate de la noche, frente a una choza. El auto no daba para más: el aire un
tanto frío había amortiguado la falla, pero ahora el motor cascabeleaba. Los tres
teníamos los ojos a punto de reventar y también estábamos muertos de frío.
Teníamos trescientos pesos, una pistola y un violín sin afinar. La noche se
desplegaba majestuosa: por encima de las montañas ya se había ocultado el sol y
la luna iluminaba el paisaje mágicamente. El descanso había dejado al Fiat listo
para ir a dormir, el desierto y nosotros también lo estábamos.
Nos jugamos los lugares a la suerte y yo
me recosté en el asiento trasero, Jacob adelante y Van Meers afuera, sobre la
arena. No bien cerré los ojos me dormí. Los chocolates seguramente se derretirían
adentro de mi portafolios y mancharían las facturas, los papeles, mi pasaporte.
Lo bueno era que no me importaban un comino las consecuencias.
II
Cuando me levanté, Van Meers tenía la oreja pegada al asfalto, en la carretera y dijo casi
compungido:
–El Fiat no funcionó más. Y el próximo auto va a tardar
cincuenta minutos en llegar hasta aquí, si no es que se desvía en Casas Grandes.
Yo me estiré. Eran las seis. Me dolía la cabeza y la espalda. Comencé a quitarme las lagañas.
–¿Ya
vio a la gente de la choza? –dije. A lo mejor podemos conseguir que venga un mecánico hasta acá.
–Está abandonada. Lo único que hay es
una
manguera.
–¡Una manguera! Bastante agua tenemos como para necesitar una manguera con qué chuparla… –dije, irónico, intentando sacudir la flojera.
Me acerqué al auto.
Le pedí a Van Meers que diera
marcha y
descubrí que los platinos se habían fastidiado. Él
no sabía que era conveniente traer herramientas en el carro y nunca había oído hablar
de los desarmadores.
–En Varsovia lo hacen todo los mecánicos –respondió,
encogiéndose de hombros.
Busqué en la cajuela una lima de uñas o algo
similar para limpiar el carbón de los platinos, pero nada más encontré un bidón
de 5 litros con agua. La usé para el radiador. El interior del carro parecía una
provincia del desierto por tanta arena acumulada. El calor comenzaba a subir,
teníamos a un judío medio loco roncando en el asiento del copiloto y un bidón
con una manguera en vez de una lima de uñas.
Con el ruido, Jacob abrió los ojos. Se puso el sombrero y se sacudió el traje. Nos preguntó qué pasaba, como si fuera el jefe.
–Es el auto –le dije–. No podemos seguir. Parece que hasta aquí llegamos.
–Bueno –contestó–, eso pasa todos los días
en Israel. Maldito Fiat, es un auto de mierda.
Luego se acercó al cofre y pidió a Van Meers
que diera marcha. Yo ya estaba sacando mi portafolios, como si el sueño terminara
de pronto, listo para pedir aventón. Pero Jacob
estaba empecinado: con el
cofre
abierto, pidió de nuevo marcha
y mientras aplaudía dijo: “up, up, up” y el auto respondió a medias. Jacob oró un poco, entonando otra canción y dijo otra vez:
“up, up, up” y el carro levantó. Van Meers, acelerando varias veces a fondo, gritó: “¡A ver quién nos detiene, hijos de puta!”, y Jacob lo reprimió
con la mirada. Subimos al carro y arrancamos a toda velocidad, quizá rumbo a la
Patagonia.
–Es imposible ¿Cómo lo compuso? –dijo Van Meers, rascándose la
cabeza.
–Esas son cosas que solo se logran comiendo
kosher. Usted nunca lo entendería –dijo Jacob, acomodándose el sombrerito negro.
¡Fabuloso! Iba yo acompañado
de un
polaco que escuchaba
en la
carretera igual que los apaches y de
un violinista judío que tenía un romance con los motores.
III
En
la siguiente parada cambiamos de piloto. Yo tomé el volante y sentí el Fiat: fuera
de la calentura, el cacharro funcionaba de perlas. Miré el retrovisor: Jacob entrenaba sin violín sus melodías.
A mi lado, Van Meers, cuando pasaba una nativa hermosa, sacaba los brazos por la
ventana simulando un abrazo y gritaba en italiano:
–¡Ma che cosa!
Por la noche nos detuvimos en Camargo. El auto
estaba ardiendo. La gasolina estaba a punto de terminarse y aún faltaban muchos
kilómetros para llegar a casa –dondequiera que estuviese–. Van Meers y yo
decidimos que lo mejor era ordeñar a algunos de los automóviles que había en la
calle. El parecido entre Drácula y nosotros
sería espectacular: el
auto sería la doncella y su
preciosa sangre, la
gasolina. Jacob solo vigilaría, porque robar atentaba contra su ética (no contra su religión,
porque él insistía en que a estas alturas el judaísmo le importaba un rábano).
Metí la manguera
en el tanque de un viejo Mercedes. La chupé
para hacer el sifón. Justo cuando se hizo y la gasolina del Mercedes fluía, pasó a lo lejos una morena y Van Meers
corrió
hacia ella, aullando. Lo perdí de vista cuando dobló la esquina. Al poco rato regresó, mientras yo escupía para quitarme el sabor a gasolina de la boca. Jacob se había echado a dormir
en el asiento trasero del Fiat y las trenzas le revoloteaban después de cada ronquido.
–Nos
quedaremos aquí –dijo
Van Meers sonriendo–: la morena es una maravilla, su padre es
dueño de un hotel y nos ofrece alojamiento gratis.
Yo lo miré de arriba abajo; solo una mujer
fuera de sus cabales le dirigiría la palabra. ¿Y
ella
le ofrecía techo para
los
tres? Absolutamente increíble, pero yo navegaba en un barco a la deriva, en el
cual las cosas más extrañas podrían ser posibles, así que no me preocupé.
Al final de la calle estaba el Hotel K.
Dos pisos, ninguna pretensión de lujo. Era más bien una modesta casa de
principios de siglo habilitada como hotel. Nos recibieron como a embajadores:
se nos ofreció una fuente de vino y las mucamas improvisaron una danza exótica cuando
el dueño así se los indicó.
La morena se les unió y fue especialmente
coqueta con Van Meers. Cuando
trajeron
la cena, me quedé boquiabierto: agua francesa, jamón virginia, paté de foí, pasteles alemanes. Después del licor digestivo, Jacob se retiró a su habitación acompañado, por supuesto, de una
bailarina rubia.
–Es
mucho el tiempo a recuperar… –dijo
él, un tanto apenado.
–Que
se divierta –le contesté, y le di
un largo trago a mi vaso y alcancé a oír a la rubia cuando le decía: “Señor diplomático, ustedes tres sí que son inolvidables”.
Las habitaciones olían a albahaca. De los tres,
yo era el único que estaba solo, más por elección que por azar. Sonreí,
recordando el cuartucho que rentaba en Zapopan:
las paredes
tenían el mismo color y en
general
las construcciones eran muy similares, pero en una me angustiaba al acercarse la fecha de pago y en esta otra me trataban como si yo fuera campeón goleador. Me eché en la cama, listo para dormir el sueño de los justos.
Jacob comenzó a afinar su violín a las tres de la mañana, en una habitación contigua a la mía. Me despertó. Minutos más tarde, claramente escuché golpes
y enseguida a Van Meers hablando alto
y
en polaco. La morena le contestaba en tono también fuerte. Jacob dejó el violín y comenzó
a orar en voz muy baja. Mi habitación estaba en penumbras. Hacía calor. Preparé mis maletas por si acaso
y
dejé todo listo para salir en cualquier momento. Al poco rato la discusión cambió de tono y Van Meers y la
morena terminaron en la cama.
A las cinco tocaron a mi puerta. Era Van Meers. Me dijo:
–Vámonos.
La
chica no era tan sensacional como lo
suponía.
–¿Qué pasó?
–No me pregunte. Eso se lo responderé en la
Patagonia –dijo él, haciendo un sarcasmo–. Bueno. Y si no, no importa: jamás lo
responderé.
–¡Vamos, Van Meers!
¡Reaccione, carajo! –le tomé de la camisa–: usted
no es de los tipos que se ablandan. Lo entiendo de Jacob, pero de usted
no.
–Sí. Quizá tiene razón, el hecho es que ahora no tenemos mucho tiempo. Lo mejor que podemos hacer es largarnos de aquí
–el tipo estaba teniendo una de esas iluminaciones como la del bar en Tijuana y yo preferí obedecer.
–Bueno, pero nos quedan muchas cosas por aclarar. Yo manejo.
–De acuerdo, pero nunca pise el freno.
–¿Qué pasa, Van Meers? ¿Qué demonios es lo que
pasa?
Tardó en contestar, pero al final lo hizo:
–Le prometí al padre de la morena una
vueltecita en el Mercedes. Le dije que Jacob era diplomático israelí y yo su chofer.
No queda otra más que huir.
–¡Deme las llaves!
Enojado, ya no quise averiguar más y bajé
las escaleras tan rápido como pude. Jacob, junto al Fiat,
entonaba una oración triste y hacía gestos con las manos, como si tuviera el
violín en ellas. Sus maletas estaban en el piso. Cuando nos acercamos, vimos que
estaba llorando. Se sonó la nariz y dijo, con la voz entrecortada:
–A
la Patagonia. Cuanto antes, mejor. Me ha dado mucho gusto conocerlos. Pero me voy a la Patagonia –se restregó
los ojos.
–Muy
bien. Seguro este maldito judío despertó a todo el hotel para avisarles. Ahora nos
atrapan –dije yo, alterado por la prisa.
–No –respondió
Jacob–, no
desperté a nadie. Lo juro.
–Espere. Quizá podamos adelantarlo un poco
más en su camino –intervino Van Meers y me dio con el codo en las costillas,
para ser su cómplice–. Todavía podemos conocer muchas chicas, ¿eh?
–Eso… –dijo Jacob y la catarata de
lágrimas hizo su aparición de nuevo–. Ah, sí… seguro.
Por suerte que lo encontramos y detuvimos
su fuga: el Fiat no prendió. No tenía ni una gota de batería. Pero Jacob hizo su cántico “up, up, up”
y esta vez, quizá
porque estaba triste, le
costó más trabajo que el carro respondiera.
Yo
tomé el volante y Van Meers les gritaba a las mujeres que se cruzaban en
nuestro camino. Jacob, en cambio, guardó silencio durante la madrugada. Con el
sol ya en lo alto llegamos a Ciudad Valles. Paramos en una cafetería y pedimos
una mesa. El café me tranquilizó. Cuando Van Meers se paró a conversar con una
mesera de caderas amplias, Jacob rompió su silencio.
–Oiga
–me
dijo–, ¿usted
cree que el polaco consiga otra vez dónde quedarnos?
–Sí, claro –en realidad no tenía idea, pero
él no hubiera podido aceptar otra respuesta.
–Y… otra pregunta más.
–Sí, Jacob.
–¿Y usted cree que la mesera tenga otra
amiga como la rubia aquella del Hotel K?
¿Encontraremos a alguien como Fanny Cano, pero de carne y hueso?
–¡Por supuesto!
Van Meers
apareció de pronto.
–¿Tienen listas las llaves? ¡Vámonos!
–¿Qué pasa? ¿Qué pasa? –dije yo.
–Acabo de escuchar la carretera. La morena
y su padre vienen tras de nosotros. Les llevamos tres horas de ventaja.
Jacob gritó:
–¡Yajuuu Patagoniaaa!
Ya bien
entrada la noche, en
una gasolinera de Pachuca, del
brazo de una mestiza muy guapa, Jacob
entonaba una vieja melodía yiddish y enfriaba el radiador del Fiat mientras nosotros orinábamos y entonces Van
Meers me confesó que él había matado a la mujer en Tijuana, pero bajo aquel
cielo estrellado y hermoso, ese era un detalle intrascendente.
(Tomado
de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)