jueves, 6 de agosto de 2026

Tap-room

Álvaro Cepeda Samudio

 

“Old man”, she said, “have you lived so long that you have forgotten all you even knew or felt or even heard about love?”
Faulkner (Delta Autumn)

 

–… Whisky, por favor “Permiso, permiso... “... te digo que Marión es distinta “Gracias, no “Sí, doble, sírvalo...–… “Una vez, hace años, yo no soy un político, no señor, pero verá usted...–… “Por favor... “Yo digo que durará, es Sartre... “... no, no señor... “Whisky “Nueve ochenta y “...–… tú no me comprendes, no me has comprendido nunca.

“Dos martinis “Firmaré eso “... permiso “Gracias, yo “...–… finalizar con 367 “... llénelo, sí, igual… “Pero es que usted no comprende que la estabilidad de las relaciones internacionales... “doble, sí, doble por favor “Marión, quiero a Marión, es que tú “... seco, bien seco, eh “Otro whisky …“Yo no lo creo así “ y siete con treinta y cinco “por favor “Perdón, señor “whisky “Joe, el caballero “... pero ten calma, despacio, despacio “... a Marión, no la conoces “... no es el problema, yo digo “Whisky” “... permiso, per miso” “whisky “... gracias señor “Whisky “Whisky.

Y en cada uno de los espacios se amontonaba pensamiento. En el gran sonido total se abrían grietas: y esas grietas se llenaban de pensamiento. Alguien estaba metiendo estopa en la cabeza de una muñeca morena, ligeramente morena. Y las hilachas negras, grises, blancas, grises, negras, blancas, caían sobre la cara de la muñeca.

“... Lo esperaba, claro que lo esperaba; yo lo sabía; “no te hagas el ofendido, no te queda bien”; pero no lo conozco, no lo he visto nunca; tengo que portarme como un caballero o como un tonto, no hay escogencia; “creo que puedes comprender”; “debes comprender, es lo que espero”; yo lo sabía, no de hoy, yo lo sabía; porque tengo que comprender; pero, es que puede llamarse solución; “el melodrama pasó de moda, entérate de una vez”; la lealtad, la lealtad; lo menos que podía esperar; yo lo sabía, lo sospechaba; tengo que encontrar la clave, tengo que hallar el instante cuando lo supe; Ricardo, Dick, Dick Martin; “no seas tonto”; “no es hora de explicar”; es el fin, el inesperado pero eterno final; no, no me toma de sorpresa, yo lo sabía, tenía que saberlo, tengo que encontrar un indicio, tiene que haberlo, es algo tarde para creerlo; “estás tratando de hacerlo todo más difícil”; es una satisfacción el no ser tomado de sorpresa, claro que lo sabía, tenía que saberlo, claro que lo sabía, yo lo sabía, lo sospechaba; “no seas ridículo”; “estás muy cerca de lo grotesco”; cuándo lo sospeché, cuándo, Dick Martin, tengo que recordarle, yo lo he visto; vas al teatro; “no”; me estoy diciendo a mí mismo que lo sé, que lo sabía, que no es una sorpresa, que estaba enterado, estoy seguro de haberlo visto; “no insistas, por favor”; enterado, enterado de todo; “me duele que te portes así”; lo sabía, lo he sabido las otras veces; “no hubo otras veces”; pero soy un caballero, tú lo has dicho; “hubieras hecho esto más sencillo”; “dónde está tu dignidad”; “la predicada hombría”; “déjame siquiera ese recuerdo”; “no seas imbécil”; “sigue si eso te sirve de algo”; qué se hicieron los poemas; “no puede ser, no resultaría”; y ahora hago el ridículo, estoy resucitando el melodrama; “no podría, no sería decente”; decente, pero quién es decente; yo lo sabía, si lo he sabido siempre; “comeremos fuera”; no puedo dominar la situación, no pude desde el principio; yo lo sabía, pero estoy haciendo el ridículo; “me espera a las nueve”; y tú te atreviste a hablar de dignidad; claro que eres mucho menos que una perra, ni siquiera eres franca, mucho menos que nada, siempre lo has sido, y yo lo sabía; “siento de veras que lo hayas echado a perder”; echado a perder, echado a perder, a perder qué; “mi abrigo por favor”.

Y la estopa toda dentro de la cabeza de la muñeca morena. Alguien dejó entonces de apretujarla porque había quedado toda dentro, totalmente dentro; gris, negra, gris, blanca, gris, negra, gris, blanca, gris. Los sonidos se juntaron violentamente, estrechando las grietas, haciendo saltar el pensamiento.

Whisky permiso Marión es distinta sí doble gracias yo no soy un político por favor yo digo whisky nueve ochenta es Sartre comprendido nunca yo Martinis llénalo firmaré con 367 whisky estabilidad relaciones internacionales Marión whisky treinta y cinco Joe permiso Martinis el problema sécalo sécalo permiso whisky gracias permiso Marión whisky Joe whisky Marión whisky permiso whisky Marión whisky.

De pronto los sonidos comenzaron a resbalar sobre la madera humedecida del mostrador; separándose unos de otros, restituyendo las grietas, convirtiéndolas en grandes espacios. Los espacios haciéndose mayores. Cada vez más amplios. Hasta que hubo cupo para la melodía. Y luego hubo tanto espacio entre el último sonido y la melodía, que la voz ascendió desde el ángulo más lejano. Ascendió libremente, y se amontonó sobre la estopa apretujada.

“Put the blame

on Mammy

Boys.

Put the blame on me.

Mammy kissed a buyer

from out of town.

That kiss burned Chicago town

So you can put the blame

on Mammy, boys,

put the blame on me”.

La voz se adelantó un instante a la melodía; quedó sola en el gran espacio abierto, sola en su magistral triunfo. Pero se calló enseguida; se apagó al apagarse la melodía, como si fuera ésta quien la sostuviera erguida. Y el espacio quedó completamente vacío.

Y la cabeza de la muñeca morena explotó; sin ruido, de un golpe, súbitamente, pero sin ruido. La estopa se derramó sobre la madera mojada del mostrador. Y lo negro-gris, y lo negro-gris-blanco se pegaron al vidrio como mechones de pelo a una frente sudada.

Los pensamientos se pegaron también a algo húmedo. Se hicieron una masa y se disolvieron por fin en el líquido. Tan cerca estaba el pensamiento de la madera humedecida del mostrador que la cabeza descansaba sobre la brillante superficie.

–Por favor, caballeros, permiso– levántalo Joe–, permiso caballeros, permiso.

–La bufanda jefe, recójala.

–Por la otra puerta Joe.

–Ponlo en un taxi que lo lleve a su casa.

–Esta noche lo tumbó pronto, eh jefe?

–El mostrador, Bill, sécalo.

 

(Tomado de www.literatura.us)

 

La gloria de Mamporal

Andrés Eloy Blanco

 

“Venga usted”; venga a que le toque un poco de mi vida tensa de Mamporal. A mí no me diga usted que la vida de los pueblos es tediosa y la de la ciudad, trepidante. “No me entra eso”. Ayer no más he escrito esas palabras en mi carta para Adriana, la amiga temeraria. Y agregué: “Mamporal, si usted quiere, es la capital del mundo; para mí, en estos días, Mamporal es el centro del sistema planetario”.

En la capital no saben nada del movimiento, de la intensidad tormentosa, de la vertiginosa vida de Mamporal. Allá, con el abigarramiento cosmopolita, los autos, la división de grupos sociales y tantas cosas que hay en los grandes centros, se han ido sumergiendo en los nuevos problemas, hasta el punto de haber olvidado ya esta fiebre de episodios diarios, este ajetreo de novedades domésticas, de pequeñas cosas sensacionales, de conflictos alternantes que hacen de la vida de los pueblos algo sofocante como la de las grandes metrópolis. Creer lo contrario es negar que el microscopio descubre un universo tan febril como el telescopio. Mamporal es la ciudad de “más movimiento” que conozco. Y conste que ya conozco a todo el mundo en Mamporal; así es como es deliciosa la vida, conociendo a todo el mundo.

Durante estos últimos treinta días han ocurrido en el pueblo casos verdaderamente sensacionales; de diversas especies. Pero cada uno de ellos ha afectado y puesto a actuar la totalidad del cuerpo social. Eso no es posible en las ciudades grandes. Totalización del suceso en la entraña colectiva; unanimidad de la emoción. Todo Mamporal está en cada ocurrencia de Mamporal.

Entre las cosas sensacionales de estos últimos días se podrían hacer clasificaciones, por su intensidad o por su carácter. Pero conste que todas, desde las más transitorias y banales, estremecen al pueblo de rancho en rancho, a todo lo largo de su calle arenosa. El suceso político genuinamente mamporalense no tiene contacto con la política nacional.

Pero aquí, la política nacional es ciencia remota, casi de jurisdicción sobrenatural. Para Mamporal, los Altos Poderes de la Nación son algo serio, desvestido de emoción municipal. Donde más vibra el nervio del caserío es en el comentario del gran episodio doméstico. El jefe civil de Mamporal, su secretario, el juez y el policía son la aldea en función de patria; la llegada de un alto funcionario es la patria en función de aldea.

El último suceso político fue la disputa acalorada surgida entre el juez y el secretario de la Jefatura. El secretario “peló por su revólver”; los hombres salieron en tropel de los ranchos; las mujeres llamaban a sus maridos y a sus hijos; la calle resonó de trancapuertas. Pero llegó el jefe civil y el juez tenía razón. El secretario se fue paso a paso y las muchachas se lo comían con los ojos.

El escándalo social fue el estupro de una chiquilla del hato viejo de Garabunda. Trajeron las pantaleticas rotas y ensangrentadas.

Otro acontecimiento ha sido mi llegada. Aquí no se explican a qué ni por qué había venido yo. Todo el mundo anduvo receloso durante una semana. Por fin hice declaraciones públicas. Vengo a aclarar el asunto del estupro. A los seis días de averiguaciones amarré a Francisco Sierra y lo despaché para la capital del Estado. El pueblo de Mamporal me quiere y yo he tenido el talento de declarar que esta localidad es mi segunda patria. Todo el mundo me cuenta sus intimidades. Soy el abogado consultor.

Pero el acontecimiento cumbre del mes ha sido el encuentro del “Mamporal Athletic Club” con el “Nueve Estrellas” de Manatí. Desde los viejos tiempos de la guerra blanca, no se recuerda aquí una exaltación semejante. Y no es para menos. Cualquiera que conozca a Mamporal y a Manatí, comprenderá muy bien la efervescencia.

Mamporal y Manatí son vecinos; seis leguas entre los dos pueblos: pero seis leguas hondas e irreconciliables. Manatí es a Mamporal lo que el señor Mussolini es al señor Modigliani o lo que el señor Frías es al señor Juan Ramos.

Manatí es güelfo, Mamporal es gibelino; Manatí es tirio, Mamporal es troyano; Manatí es el Diablo, Mamporal es el Nuncio.

No es raro encontrar este odio entre dos pueblos vecinos.

Mejor diré, lo raro es no encontrarlo. Las fronteras hacen odios, la vecindad hace rencores. Y eso depende de la importancia de un pueblo en relación con la del otro. El Valle no puede odiar a Caracas, porque Caracas es mucho más importante que El Valle. Arganda puede odiar a Chinchón, pero Chinchón no puede odiar a Madrid. Mamporal y Manatí pueden odiarse, pero ninguno de ellos puede odiar a Calabozo. Mamporal y Manatí se odian como se odian el chofer del doctor Paúl y el portero del ministro de Suiza, o como podrían odiarse la ministra de Suiza y la señora del doctor Paúl.

Ese odio entre Manatí y Mamporal es histórico, pero ha tenido recrudencias y crisis esporádicas tremendas. Todo es cuestión de competencia, de estímulo exacerbado y mal dirigido. En cierta ocasión ejercía de cura en Manatí un viejecito adorable, más bueno que un cabritillo. En esto trajeron a Mamporal un curita joven, perfumado, galante; cantaba romanzas, trozos de ópera; recitaba “Reír llorando”; mascaba pastillas de violeta y oficiaba con cierto garbo de matador de toros retirado. Manatí puso el grito en el cielo; pero, con todo eso, no descansó hasta echar poco menos que a palos al pobre curita viejo y manso y obtener para su parroquia un petimetre que recitaba “La rosa del jardinero”.

En otra ocasión decidió el Gobierno pasar la carretera por Manatí. Ni un solo mamporalense viajó por tierra; todos se iban por el río Apure, alargando el viaje en cinco días.

Un día llegó a Manatí una pianola. Los manatieros se fueron sentando todos, unos después de otros, ante el piano artificial y todos ejecutaron piezas que, por la fuerza de ejecución, parecían destinadas a ser oídas en Mamporal. A los quince días, don Damián Robles, de Mamporal, tenía él solo, dos pianolas en su casa.

La cosa llegó hasta el punto de que en cierta desventurada ocasión cayó un rayo en Mamporal e incendió tres casas.

En Manatí se alegraron:

–¡Se acabó Mamporal!

Pero a los pocos días surgió el problema gravísimo de que Mamporal tomaba una gran actualidad en la prensa nacional; se leía en los periódicos de Calabozo, de San Fernando y hasta en los grandes diarios de la capital de la República: “La catástrofe de Mamporal…”. “Por los damnificados de Mamporal…”. “Junta Pro-Mamporal…” Se alarmó Manatí y a los pocos días cuatro “filántropos” ofrecieron sus casas para que fueran quemadas en la primera noche de tempestad.

Llegó un día a cada uno de los pueblos una circular del presidente del Estado. En dilatados períodos el magistrado consideraba la necesidad de que los pueblos más apartados alimentaran con hechos palpables sus propias facultades de iniciativa. “Ayúdate, que Dios te ayudará”, parecía rezar el documento, cuando aconsejaba a las pequeñas colectividades no esperarlo todo de las providencias estaduales o nacionales, sino dejar a aquellas las obras de mayor aliento y estimularse a sí mismas en el empeño de hacer por sus manos las pequeñas conquistas que la higiene, el ornato y la educación tienen reservadas a las agrupaciones trabajadoras. Y terminaba por recomendar a las autoridades locales y a la colectividad en general, la formación de una junta de Fomento “que fuera un incentivo permanente, una válvula constantemente abierta a las iniciativas del trabajo dignificador…” y que llenara “las urgentes necesidades de cada localidad”.

Se procedió a formar en Manatí una Junta de acuerdo con la circular anterior. Se tituló “Junta de Fomento de Manatí”; la integraban comerciantes, ganaderos, agricultores, la autoridad; lo mejor del lugar. Sus fines, publicados en un volante amarillo, eran loables y expresados a sencilla manera: “Velar por el continuado progreso del pueblo, subvenir a las necesidades generales, proteger las iniciativas particulares y en general, mantener a Manatí en el sitio de honor, en la privilegiada situación a que la han llevado sus laboriosos hijos”.

Los mamporalenses esperaron la constitución de la Junta de Manatí y una vez enterados de su programa, lanzaron ellos el suyo. La Junta se denominaba: “Junta de Progreso del Municipio de Mamporal”. Como subtítulo, entre admiraciones, decía la hoja suelta: “¡Gloria a la Reina del Bajo-Llano!”. “Los fines –decían– a que se encamina esta Junta son: el continuo e incesante engrandecimiento de nuestro amado Mamporal, la joven sultana del Bajo-Llano. A nuestro impulso, la onda arrolladora del Progreso entrará para siempre en las risueñas calles de esta villa privilegiada, que se verá más y más engrandecida en la Privilegiada Situación a que la han llevado sus laboriosos y heroicos hijos. ¡Viva Mamporal!”

Hasta allí no había sino indirectas. Pero el día de la instalación, el bachiller Mirabal Villasmil, en su discurso, llevado de la fogosidad, llegó a decir: “La Junta de Progreso del Municipio Mamporal será la mano que sellará de un revés elocuente los hocicos estultos de los vecinos insidiosos…”.

También ocurrió que en trance de parir una dama de Manatí, llamaron a Teobaldo, el partero de Mamporal, un tipo asqueroso, medio torcido por un mal dorsal con un ojo venido hacia Mamporal y otro hacia Manatí. Y fue Teobaldo, cojitranqueando; y llegó a Manatí. Y como en trance de venir a luz el nuevo manatiero preguntase alguien de afuera asomando la nariz a la alcoba:

–¿Qué es, Teobaldo? ¿Hembra o varón?

Teobaldo, el comadrón de Mamporal, enseñando entre sus brazos un robusto macho, deletreó muy dulcemente:

–Hembra, como siempre.

Lo iban a matar. Pero Teobaldo volvió a Mamporal a referir entre carcajadas universales la “lavativa” que les había echado a los “mariquitos” de Manatí.

Ahora el choque entre los clubs de baseball ha sido la nota más tirante. El primer juego lo ganó Mamporal por treinta y dos carreras a veinte, después de haber dado los mamporalenses veintisiete hits. El segundo, jugado en Manatí, lo ganaron los “Nueve Estrellas”, quedando así empatado el match. El tercero, que debió ser el decisivo, ha terminado sin decidirse. Cuando los mamporalenses vieron que llevaban las de perder, han armado la gruesa. Pero mejor será contarlo:

En el octavo episodio, llevando los de Manatí treinta y nueve carreras y los de Mamporal veintitrés, un corredor mamporalense quiso robarle la segunda base; el catcher hizo un tiro preciso y fuerte que atrapó bien la segunda. Este, esperó a pie firme al corredor, cerrando la línea de carrera; el de Mamporal se detuvo un instante, para lanzar un violento cabezazo contra el pecho de su antagonista, quien rodó dejando escapar la pelota y vomitando sangre por las narices y la boca. El corredor de bases pudo así robarse la tercera y venía apretando el tren de viaje hasta home, cuando lo detuvo el umpire.

–¡Usted está ao!

–¿Cómo que estoy ao? ¡Ao estará su abuela!

–Es que usted…

–Un momento –intervino el capitán mamporalense– ¿qué pasa?

–¿Ao? El otro le tapó la carrera.

–No señor. Él le tiró un cabezazo.

–Muy bien hecho.

El grupo se ha formado, espeso y amenazador. Los manatieros se concentran empuñando sus bates. El umpire, hombre completo, grita:

–Declaro el juego forfei en favor del “Nueve Estrellas”.

–¿Del “Nueve Estrellas”? ¡De las mil estrellas que vas a ver, muérgano!, y le pegaron un batazo que le tendió boca arriba, echando sangre hasta por los ojos.

En pleno zafarrancho, intervino el jefe civil. Se aquietaron los ánimos.

–Bueno, amigos. El hombre de la segunda base no es ao, porque el otro se le atravesó; pero va para la policía. El que le dio el batazo al juez es ao y se va también a la policía. Y el juego se suspende por lluvia. Otro día se discutirá el campeonato.

El sol caía a chorros sobre las “Nueve Estrellas” que marchaban a pie. Pero es lo que dice el bachiller Mirabal Villasmil:

–¡Si pierde Mamporal se acaba el mundo!

La noticia ha caído como una bomba en Mamporal. No hay precedentes de semejante consternación. En la plaza principal de Manatí será inaugurado el 19 de abril el busto del coronel Julio Rondón, héroe nacional, nacido en Manatí y orgullo de las armas llaneras.

La desolación es general. No es para menos. La catástrofe cae sobre Mamporal, de un modo súbito y le deja de la noche a la mañana humillado, despoblado, a mil leguas por debajo de su odiado rival.

Y es claro, Manatí tiene su plaza y su busto, porque Manatí tiene su héroe. ¡Y Mamporal no tiene héroe, Mamporal no tiene gloria, Mamporal no tiene a nadie!

Mamporal tiene su plaza, pero hasta ahora no se había pensado en utilizarla en otra cosa que en el mercado y en el atranque de burros y en paseo solitario de las vacas nocturnas. Cuando más se podría pensar en erigir un monumento a Bolívar o a Páez; pero ante una gloria “particular”, ante una gloria “propia”, ante una gloria de “nacimiento”, ya no hay nada que hacer.

Se ha reunido la Junta de Progreso del Municipio Mamporal. Considerando lo grave de la situación, el miembro Francisco de Paula Vera opinó: “que se evitará por cualquier medio la erección del desgraciado busto de Julio Rondón”.

El jefe civil protestó en nombre de la libertad individual y terminó diciendo:

–¿Y quién les manda a ustedes no tener a nadie? Nosotros en Carora tenemos a Pedro León Torres.

El bachiller Mirabal Villasmil, secretario de la Junta, propuso, con el apoyo del dueño de la posada, don Antonio Karam, sirio mamporalense, “que se discutiera a Manatí la gloria del nacimiento del coronel Julio Rondón, ilustre prócer de la Independencia, por existir indicios de que había nacido en Calabozo”.

Teobaldo, el partero, rechazó la proposición.

–No hombre, Julio Rondón nació en Manatí; eso lo saben los gatos. Y tienen la fe de bautismo.

Felipe Rada apuntó, tímidamente:

–Lo que podría hacer es probar que Julio Rondón era un pendejo…

–¡Eso no! –terció el jefe civil–. Eso sería ir contra una gloria nacional.

–Entonces no hay más que hablar… ¿Qué se va a hacer?…

–Hay una cosa… –insinuó socarrón el viejo Teobaldo.

–¿Una cosa? ¿Y cuál?

–Pues… un busto…

–¿Un busto? ¿De quién?

–Yo no sé. En mi casa hay un busto de bronce, grande así… Desde hace muchos años.

–Pero, ¿de quién es el busto?

–Yo no sé. Puede ser de Rojas Paúl, de Andueza… Yo no sé. O de Vargas.

–Pero, ¿a quién se parece?

–A nadie. Eso sí que lo puedo asegurar. Tiene veinte años en un rincón del cuarto de mi vieja; no sé cómo vino a dar aquí. Pero lo que sí es verdad es que no se parece a nadie.

–¡Entonces –exclamó el bachiller Mirabal Villasmil– nos hemos salvado! ¡Viva Mamporal! ¡Viva Mamporal! ¡Viva Mamporal!

Teobaldo repitió:

–¡Viva Mamporal!

Aquel ¡Viva!, en la boca del comadrón de Mamporal, sonó como un parto, como el nacimiento de un héroe.

El 19 de abril, a la misma hora en que los cohetes acogían en Manatí el primer gesto de bronce del coronel Julio Rondón, el bravo llanero, acá, en la plaza de Mamporal, limpia y soleadita, el jefe civil descorría una sábana blanca y dejaba al descubierto el busto broncíneo de un hombre austero, enfundado en severa vestimenta ciudadana. El pedestal luce una inscripción sencilla y noble:

Mamporal agradecido a su Benefactor.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

miércoles, 5 de agosto de 2026

Catálisis

Juan Benet

 

Septiembre había vuelto a abrir, tras una semana de abstinencia de sol, su muestrario de colores y matices que, desde las alturas, el clima había escogido para la fugaz temporada del preámbulo otoñal. Las lluvias anteriores habían servido para borrar toda muestra del verano, para cerrar el aguaducho, para llevarse los restos de meriendas campestres y dejar desierta la playa y sus alrededores –el promontorio y la carretera suspendidos en el inconcluyente calderón de su repentina soledad, como el patio de un colegio que tras un toque de silbato queda instantáneamente desprovisto de los gritos infantiles que le otorgan toda su entidad, un mar devuelto a su imposible progresión hacia las calendas griegas, apagado el bullicio con que había de intentar su falsa impresión en el presente.

“Es uno de los pocos privilegios que nos quedan”.

Fueron paseando a lo largo de la carretera, cogidos del brazo, deteniéndose en los rincones de los que habían estado ausentes durante toda la usurpación veraniega, como quienes repasan el inventario de unos bienes arrendados por una temporada. Y aun cuando no pasara un día que no celebrasen los beneficios de la paz que les era devuelta cada año al término del mes de septiembre, en su fuero interno no podían desterrar la impresión de enclaustramiento y derelicción que les embargara con la casi simultánea desaparición de la multitud que tantas incomodidades provocaba.

Un rezagado veraneante, un hombre de mediana edad que paseaba con su perro, que en un principio les había devuelto la ilusión de compañía hasta el verano de San Miguel, había de convertirse por la melancolía de su propia imagen en el mejor exponente de un abandono para el que no conocían otros paliativos que las –repetidas una y otra vez sin entusiasmo pero con la fe de la madurez, con la comedida seguridad de la persona que para su equilibrio y confianza necesita atribuir a una elección libre y voluntaria la aceptación de una solución sin alternativa posible– alabanzas a un retiro obligado por motivos de salud y economía.

Todas las tardes salían a pasear, en dirección al promontorio y el río, si estaba despejado el cielo, más allá de la playa y hacia el pueblo si amenazaba lluvia; todos los días tenían que comunicarse los pequeños cambios que advertían (todos ellos referentes al prójimo o a cuanto les rodeara) y las menudas sorpresas que aún les deparaba una existencia tan sedentaria y monótona. Porque para ellos ya no había cambios ni margen alguno para la novedad, a fuerza de haberse repetido durante años que envejecerían juntos.

A pesar de vivir en el pueblo (eran las únicas personas con estudios, como allí decían, que habitaban en él durante todo el año) desde bastante tiempo atrás no tenían otros conocidos que los obligados por su subsistencia y solamente de tarde en larde un pequeño propietario y su señora pasaban a hacerles visita y tomar una merienda en su casa. Tan solo recibían los periódicos y semanarios de la ciudad y las cartas del banco y no se sabía, desde que asentaron allí, que se hubieran ausentado del pueblo un solo día, a pesar de las incomodidades que provocaban los veraneantes. No eran huraños, no se podía decir que sus costumbres fueran muy distintas a las de la gente acomodada del lugar y se cuidaban con sumo tiento –no lo hacían ni en privado– de no expresar la añoranza de la ciudad o el eterno descontento por la falta de confort o de animación del medio que habían elegido, al parecer, para el resto de su vida.

Se diría que lo habían medido y calibrado todo con la más rigurosa escrupulosidad; que, a la vista de su edad, de sus achaques, de sus rentas y gustos, habían ido a elegir aquel retiro para consumir gota a gota –sin un derroche ni un exceso ni un gesto de impaciencia ni una costosa recaída en el entusiasmo– unos recursos que habían de durar exactamente hasta el día de su muerte; por eso se tenían que pasar de todo dispensable capricho y de la más inocente tentación, no podían sentir curiosidad hacia forasteros y veraneantes ni se podían permitir un brote de envidia, siempre reprimido, o un gesto de asombro ante cualquier emergencia de lo desconocido que permitiese la irrupción en la escena montada para el último acto de la comedia de esos decorados y agentes secretos que todo tiempo esconde a fin de otorgarse de tanto en tanto la posibilidad de un argumento. Empero, todos los días debían de esperar algo imprevisto, que ni siquiera se confesaban uno a otro. Porque la negativa a aceptarlo, la conformidad con la rutina y la disciplina para abortar todos los brotes de una quimérica e infundada esperanza eran –más que el pueblo tan solo animado durante dos meses, aparte de los preparativos para el verano y los coletazos de los rezagados– lo que constituía la esencia de su retiro.

 

Decidieron llegarse hasta el cruce a nivel, un paseo algo más largo que lo usual. Al toparse con él debieron de pensar que la situación del hombre del perro no debía de ser muy distinta a la suya. “Fíjate, han talado los árboles que había allí, ¿te acuerdas?” o “Vete a saber lo que van a construir aquí, una casa de pisos” o “Me ha dicho la panadera que cierran el negocio; van a poner en su lugar una tienda de recuerdos y chucherías y cremas para el sol”, constituían el repertorio de frases usuales con que ambos seguían día a día el curso de unas transformaciones que nada tenían que ver con ellos, que tanto contrastaban con aquella tan monástica austeridad que hasta la eliminación de una camisa o un trapo viejo llegaba a suponer un cierto quebranto al duro voto de duración que tan firme como resueltamente habían profesado para poder subsistir.

La lluvia y la desaparición de los veraneantes hicieron el resto en aquel momento; esto es, una nueva acción de gracias por las bondades de su retiro, por el encanto de una naturaleza que volvía con todas sus prendas a enseñorearse del lugar, tras dos meses de humillante servidumbre a los requerimientos de la moda estival.

“Fíjate cómo huele aquí; qué delicia. Cuatro gotas y cómo se ha puesto todo esto”.

Una acción de gracias con renovada fe, con tan sincera convicción que apenas dieron importancia al nuevo encuentro con el rezagado veraneante del perro, un hombre de medio luto, con quien se habían cruzado poco antes en el mismo sentido y que, por consiguiente, hubo de hacer el mismo camino que ellos, con mayor rapidez y tomando un itinerario paralelo.

Se detuvieron a escuchar el canto de unos estorninos que, en un frondoso seto de plátanos, también se preparaban para el viaje. Se asomaron a contemplar el mar en la revuelta de la carretera sobre el promontorio, olas grandes y distanciadas que rompían a sus pies con una reverencia de reconocimiento y vasallaje a todos los que –como ellos– se habían elevado por encima de las contingencias diarias para sacrificarse en lo último, atentos tan solo a lo inmutable. Pocas veces se habían alejado tanto por la tarde; era uno de esos días que rebosaban seguridad y firmeza, tan necesarias para los seis meses de frío. Con frecuencia habían comentado cómo aquellos paseos fortalecían su espíritu.

“Nos acercaremos hasta la venta. Todavía oscurece tarde y tenemos tiempo de sobra. Hace una tarde magnífica”.

La venta distaba todavía casi un kilómetro. En los últimos tiempos solo habían llegado hasta allí, a sentarse bajo el alpendre a tomar una cerveza o un refresco, cuando alguien del pueblo les había acercado en el coche.

Ya habían descendido la cuesta del promontorio, enfilando la recta al término de la cual se hallaba la venta –tras una revuelta, escondida entre una masa de árboles– cuando ella se detuvo súbitamente, para escuchar algo que no llegó por entero a sus oídos. “¿Qué ha sido eso?”, preguntó mirando hacia el cielo, “¿no has oído nada?, ¿no has sentido algo raro?”

Fue como un relámpago diurno que, sin acompañamiento del trueno, al ser apenas vislumbrado por el rabillo del ojo necesita de una confirmación para despejar la inquietante sensación que deja el visto y no visto. “No sé… por allí, o tal vez por allí, ¿no has visto nada?”

“Allá lejos debe de haber tormenta. Está el tiempo muy movido. No sé si será mejor que volvamos”.

“Vamos a acercarnos hasta la venta”.

Siguieron caminando, con frecuentes miradas hacia el cielo, cambiando entre ellos esas frases tranquilizadoras que todo ánimo optimista espera que alcancen y persuadan a los elementos para que refrenen sus impulsos tormentáceos.

Llegaron a la curva cuando todavía quedaba un par de horas de luz. Impaciente por localizar su objetivo estiraba el cuello o salía de la calzada para apaciguar la inquietud que se había apoderado de sus pasos. Y de nuevo ella se detuvo de repente, con los pies juntos y la boca abierta, completamente inmovilizada, con la mirada fija en el frente.

“¿Qué te pasa?”

Sacudió su brazo, tomó su mano y la apretó con fuerza, una mano inerte a través de la cual sintió que pasaba a su cuerpo todo el flujo de su espanto, casi reducida a la nada en el momento en que, todo el campo sumido en el repentino silencio que preludia a la tormenta, cuando se siente que se han agazapado hasta los seres invisibles, en otro punto muy distinto pero también a sus espaldas, percibió –no vio– el relámpago, el desgarrón conjunto y contradictorio de un cielo y un mar que tras el espejismo mudaran hacia un continente más falso y grave, como el niño que con su cuerpo trata de ocultar el desperfecto que ha causado; en un momento envejecidos y deteriorados con una película de vicioso óxido.

Se había vuelto para observar al paseante del perro –inverosímilmente lejano, aun cuando terminaba de cruzarse con ellos, en el mismo momento del trance– cuando despertó.

“¿Y la venta? ¿Dónde está la venta?”, preguntó.

Fue aquella insistente pregunta lo que colmó su desorientación. Se adelantó unos pasos, dejándola sola en la carretera, se encaramó a un pequeño montículo para otear en todas direcciones y volvió aún más confundido.

“Me parece que la hemos pasado”.

“Es a la vuelta de aquella curva”.

“No sé en qué íbamos pensando. Vamos a volver de todas maneras”.

Pero ella le miró de manera singular; carecía de expresión, pero la incredulidad se había adueñado de tal manera de todo su cuerpo que no pudo reprimir un gesto de disgusto.

“Vamos”, le dijo, tratando de volverla en dirección opuesta a la que habían traído. Pero ella se mantuvo rígida, con la mirada puesta en el frente.

“Es inútil”, contestó.

“¿Qué es lo que es inútil? Vamos, se va a hacer tarde. Es hora de que volvamos”.

“Es inútil”, repitió.

“Pero, ¿qué es lo que es inútil?”

“Todo. Todo ha cambiado. Fíjate cómo ha cambiado todo. Dame la mano. Fíjate”.

Obedeció y se produjo de nuevo el relámpago, acaso a consecuencia de la descarga que sufrió a través de su mano. Todo había mudado, en efecto: tras el deslumbramiento provocado por el rayo, todo en su derredor –sin producirse el menos perceptible cambio– era irreconocible, de igual manera que la fotografía de un paisaje familiar, cuando ha sido revelada al revés, no resulta fácil de identificar porque no esconde ningún engaño.

Dieron unos vacilantes e ingrávidos pasos, en la misma dirección que habían traído; luego pronunció unas palabras inconexas.

“La venta… el fondo, más al fondo”.

“Eso es, más al fondo”.

Quedaron inmovilizados, cogidos de la mano y mirando al frente de la carretera boquiabiertos, sin mover un músculo ni hacer el menor signo cuando el hombre que paseaba con su perro se cruzó de nuevo con ellos, sin reparar en la inusitada imagen que componían.

Tampoco el perro se volvió a mirarles, marchando apresuradamente, con la cadena tirante.

En cuanto a ellos… los últimos vestigios de su percepción no les sirvieron para advertir que además del perro se ayudaba de un bastón, siempre adelantado y casi inmóvil sobre sus rígidos y acelerados pasos, no giraba la cabeza y ocultaba sus ojos tras unas gafas oscuras.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)

 

El vampiro estelar

Robert Bloch

 

Confieso que solo soy un simple escritor de relatos fantásticos. Desde mi más temprana infancia me he sentido subyugado por la secreta fascinación de lo desconocido y lo insólito. Los temores innominables, los sueños grotescos, las fantasías más extrañas que obsesionan nuestra mente, han tenido siempre un poderoso e inexplicable atractivo para mí. En literatura, he caminado con Poe por senderos ocultos; me he arrastrado entre las sombras con Machen; he cruzado con Baudelaire las regiones de las hórridas estrellas, o me he sumergido en las profundidades de la tierra, guiado por los relatos de la antigua ciencia. Mi escaso talento para el dibujo me obligó a intentar describir con torpes palabras los seres fantásticos que moran en mis sueños tenebrosos. Esta misma inclinación por lo siniestro se manifestaba también en mis preferencias musicales. Mis composiciones favoritas eran la Suite de los Planetas y otras del mismo género. Mi vida interior se convirtió muy pronto en un perpetuo festín de horrores fantásticos, refinadamente crueles. En cambio, mi vida exterior era insulsa. Con el transcurso del tiempo, me fui haciendo cada vez más insociable, hasta que acabé por llevar una vida tranquila y filosófica en un mundo de libros y sueños.

El hombre debe trabajar para vivir. Incapaz, por naturaleza, de todo trabajo manual, me sentí desconcertado en mi adolescencia ante la necesidad de elegir una profesión. Mi tendencia a la depresión vino a complicar las cosas, y durante algún tiempo estuve bordeando el desastre económico más completo. Entonces fue cuando me decidí a escribir.

Adquirí una vieja máquina de escribir, un montón de papel barato y unas hojas de carbón. Nunca me preocupó la búsqueda de un tema. ¿Qué mejor venero que las ilimitadas regiones de mi viva imaginación? Escribiría sobre temas de horror y oscuridad y sobre el enigma de la Muerte. Al menos, en mi inexperiencia y candidez, éste era mi propósito.

Mis primeros intentos fueron un fracaso rotundo. Mis resultados quedaron lastimosamente lejos de mis soñados proyectos. En el papel, mis fantasías más brillantes se convirtieron en un revoltijo insensato de pesados adjetivos, y no encontré palabras de uso corriente con que expresar el terror portentoso de lo desconocido. Mis primeros manuscritos resultaron mediocres, vulgares; las pocas revistas especializadas de este género los rechazaron con significativa unanimidad. Tenía que vivir. Lentamente, pero de manera segura, comencé a ajustar mi estilo a mis ideas. Trabajé laboriosamente las palabras, las frases y las estructuras de las oraciones. Trabajé, trabajé duramente en ello. Pronto aprendí lo que era sudar. Y por fin, uno de mis relatos fue aceptado; después un segundo, y un tercero, y un cuarto. En seguida comencé a dominar los trucos más elementales del oficio, y comencé finalmente a vislumbrar mi porvenir con cierta claridad. Retorné con el ánimo más ligero a mi vida de ensueños y a mis queridos libros. Mis relatos me proporcionaban medios un tanto escasos para subsistir, y durante cierto tiempo no pedí más a la vida. Pero esto duró poco. La ambición, siempre engañosa, fue la causa de mi ruina.

Quería escribir un relato real; no uno de esos cuentos efímeros y estereotipados que producía para las revistas, sino una verdadera obra de arte. La creación de semejante obra maestra llegó a convertirse en mi ideal. Yo no era un buen escritor, pero ello no se debía enteramente a mis errores de estilo. Presentía que mi defecto fundamental radicaba en el asunto escogido. Los vampiros, hombres-lobos, los profanadores de cadáveres, los monstruos mitológicos, constituían un material de escaso mérito. Los temas e imágenes vulgares, el empleo rutinario de adjetivos, y un punto de vista prosaicamente antropocéntrico, eran los principales obstáculos para producir un cuento fantástico realmente bueno. Debía elegir un tema nuevo, una intriga verdaderamente extraordinaria. ¡Si pudiera concebir algo realmente teratológico, algo monstruosamente increíble!

Estaba ansioso por aprender las canciones que cantaban los demonios al precipitarse más allá de las regiones estelares, por oír las voces de los dioses antiguos susurrando sus secretos al vacío preñado de resonancias. Deseaba vivamente conocer los terrores de la tumba, el roce de las larvas en mi lengua, la dulce caricia de una podrida mortaja sobre mi cuerpo. Anhelaba hacer mías las vivencias que yacen latentes en el fondo de los ojos vacíos de las momias, y ardía en deseos de aprender la sabiduría que solo el gusano conoce. Entonces podría escribir la verdad, y mis esperanzas se realizarían cabalmente. Busqué el modo de conseguirlo. Serenamente, comencé a escribirme con pensadores y soñadores solitarios de todo el país. Mantuve correspondencia con un eremita de los montes occidentales, con un sabio de la región desolada del norte y con un místico de Nueva Inglaterra. Por medio de éste, tuve conocimiento de algunos libros antiguos que eran tesoro y reliquia de una ciencia extraña. Primero me citó con mucha reserva algunos pasajes del legendario Necronomicón, luego se refirió a cierto Libro de Eibon, que tenía fama de superar a los demás por su carácter demencial y blasfemo. Él mismo había estudiado aquellos volúmenes que recogían el terror de los Tiempos Originales, pero me prohibió que ahondara demasiado en mis indagaciones. Me dijo que, como hijo de la embrujada ciudad de Arkham, donde aún palpitan y acechan sombras de otros tiempos, había oído cosas muy extrañas, por lo que decidió apartarse prudentemente de las ciencias negras y prohibidas. Finalmente, después de mucho insistirle, consintió de mala gana en proporcionarme los nombres de ciertas personas que a su juicio podrían ayudarme en mis investigaciones. Mi corresponsal era un escritor de notable brillantez; gozaba de una sólida reputación en los círculos intelectuales más exquisitos, y yo sabía que estaba tremendamente interesado en conocer el resultado de mi iniciativa. Tan pronto como su preciosa lista estuvo en mis manos, comencé una masiva campaña postal con el fin de conseguir los libros deseados. Dirigí mis cartas a varias universidades, a bibliotecas privadas, a astrólogos afamados y a dirigentes de ciertos cultos secretos de nombres oscuros y sonoros. Pero aquella labor estaba destinada al fracaso. Sus respuestas fueron manifiestamente hostiles. Estaba claro que quienes poseían semejante ciencia se enfurecían ante la idea de que sus secretos fuesen develados por un intruso.

Posteriormente, recibí varias cartas anónimas llenas de amenazas, e incluso una llamada telefónica verdaderamente alarmante. Pero lo que más me molestó, fue darme cuenta de que mis esfuerzos habían resultado fallidos. Negativas, evasivas, desaires, amenazas… ¡aquello no me servía de nada! Debía buscar por otra parte. ¡Las librerías! Quizá descubriera lo que buscaba en algún estante olvidado y polvoriento. Entonces comencé una cruzada interminable. Aprendí a soportar mis numerosos desengaños con impasible tranquilidad. En ninguna de las librerías que visité habían oído hablar del espantoso Necronomicón, del maligno Libro de Eibon, ni del inquietante Cultes des Goules. La perseverancia acaba por triunfar. En una vieja tienda de la calle South Dearborn, en unas estanterías arrinconadas, acabé por encontrar lo que estaba buscando. Allí, encajado entre dos ediciones centenarias de Shakespeare, descubrí un gran libro negro con tapas de hierro. En ellas, grabado a mano, se leía el título, De Vermis Mysteriis, “Misterios del Gusano”. El propietario no supo decirme de dónde procedía el libro aquél. Quizá lo había adquirido hace un par de años en algún lote de libros de segunda mano. Era evidente que desconocía su naturaleza, ya que me lo vendió por un dólar. Encantado por su inesperada venta, me envolvió el pesado mamotreto, y me despidió con amable satisfacción.

Yo me marché apresuradamente con mi precioso botín debajo del brazo. ¡Lo que había encontrado! Ya tenía referencias del libro. Su autor era Ludvig Prinn, y había perecido en la hoguera inquisitorial, en Bruselas, cuando los juicios por brujería estaban en su apogeo. Había sido un personaje extraño, alquimista, nigromante y mago de gran reputación; alardeaba de haber alcanzado una edad milagrosa, cuando finalmente fue inmolado por el fiero poder secular. De él se decía que se proclamaba el único superviviente de la novena cruzada, y exhibía como prueba ciertos documentos mohosos que parecían atestiguarlo. Lo cierto es que, en los viejos cronicones, el nombre de Ludvig Prinn figuraba entre los caballeros servidores de Monserrat, pero los incrédulos lo seguían considerando un chiflado y un impostor, a lo sumo descendiente de aquel famoso caballero. Ludvig atribuía sus conocimientos de hechicería a los años en que había estado cautivo entre los brujos y encantadores de Siria, y hablaba a menudo de sus encuentros con los djinns y los efreets de los antiguos mitos orientales. Se sabe que pasó algún tiempo en Egipto, y entre los santones libios circulan ciertas leyendas que aluden a las hazañas del viejo adivino en Alejandría. En todo caso, pasó sus postreros días en las llanuras de Flandes, su tierra natal, habitando –lugar muy adecuado– las ruinas de un sepulcro prerromano que se alzaba en un bosque cercano a Bruselas. Se decía que allí moraba en las sombras, rodeado de demonios familiares y terribles sortilegios. Aún se conservan manuscritos que dicen, en forma un tanto evasiva, que era asistido por “compañeros invisibles” y “servidores enviados de las estrellas”. Los campesinos evitaban pasar la noche por el bosque donde habitaba, no le gustaban ciertos ruidos que resonaban cuando había luna llena, y preferían ignorar qué clase de seres se prosternaban ante los viejos altares paganos que se alzaban, medio desmoronados, en lo más oscuro del bosque. Sea como fuere, después de ser apresado Prinn por los esbirros de la Inquisición, nadie vio las criaturas que había tenido a su servicio. Antes de destruir el sepulcro donde había morado, los soldados lo registraron a fondo, y no encontraron nada. Seres sobrenaturales, instrumentos extraños, pócimas… todo había desaparecido de la manera más misteriosa. Hicieron un minucioso reconocimiento del bosque prohibido, pero sin resultado. Sin embargo, antes de que terminara el proceso de Prinn, saltó sangre fresca en los altares, y también en el potro de tormento. Pero ni con las más atroces torturas lograron romper su silencio. Por último, cansados de interrogar, arrojaron al viejo hechicero a una mazmorra. Y fue durante su prisión, mientras aguardaba la sentencia, cuando escribió ese texto morboso y horrible, De Vermis Mysteriis, conocido hoy por los “Misterios del Gusano”. Nadie se explica cómo pudo lograrlo sin que los guardianes lo sorprendieran; pero un año después de su muerte, el texto fue impreso en Colonia. Inmediatamente después de su aparición, el libro fue prohibido. Pero ya se habían distribuido algunos ejemplares, de los que se sacaron copias en secreto. Más adelante, se hizo una nueva edición, censurada y expurgada, de suerte que únicamente se considera auténtico el texto original latino. A lo largo de los siglos, han sido muy pocos los que han tenido acceso a la sabiduría que encierra este libro. Los secretos del viejo mago solo son conocidos hoy por algunos iniciados, quienes, por razones muy concretas, se oponen a todo intento de propagarlos.

Esto era, en resumen, lo que sabía del libro que había venido a parar a mis manos. Aun como mero coleccionista, el libro representaba un hallazgo fenomenal; pero, desgraciadamente, no podía juzgar su contenido, porque estaba en latín. Como solo conozco unas cuantas palabras sueltas de esa lengua, al abrir sus páginas mohosas me tropecé con un obstáculo insuperable. Era exasperante poseer aquel tesoro de saber oculto, y no tener la clave para desentrañarlo.

Por un momento, me sentí desesperado. No me seducía la idea de poner un texto de semejante naturaleza en manos de un latinista de la localidad. Más tarde tuve una inspiración. ¿Por qué no coger el libro y visitar a mi amigo para solicitar ayuda? Él era un erudito, leía en su idioma a los clásicos, y probablemente las espantosas revelaciones de Prinn le impresionarían menos que a otros. Sin pensarlo más le escribí apresuradamente y muy poco después recibí su contestación. Estaba encantado en ayudarme. Por encima de todo, debía ir inmediatamente.

Providence es un pueblo agradable. La casa de mi amigo era antigua, de un estilo georgiano bastante caro. La planta baja era una maravilla de ambiente colonial. El piso alto, sombreado por las dos vertientes del tejado e iluminado por una amplia ventana, servía de estudio a mi anfitrión. Allí reflexionamos durante la espantosa y memorable noche del pasado abril, junto a la gran ventana abierta a la mar azulada. Era una noche sin luna, una noche lívida en que la niebla llenaba la vacía oscuridad de sombras aladas. Todavía puedo imaginar con nitidez la escena: la pequeña habitación iluminada por la luz de la lámpara, la mesa grande, las sillas de alto respaldo… los libros tapizaban las paredes, los manuscritos se apilaban aparte, en archivadores especiales. Mi amigo y yo estábamos sentados junto a la mesa, ante el misterioso volumen. El delgado perfil de mi amigo proyectaba una sombra inquieta en la pared, y su semblante de cera adoptaba, a la luz mortecina, una apariencia furtiva. En el ambiente flotaba como el presagio de una portentosa revelación. Yo sentía la presencia de unos secretos que acaso no tardarían en revelarse. Mi compañero era sensible también a esta atmósfera expectante. Los largos años de soledad habían agudizado su intuición hasta un extremo inconcebible. No era el frío lo que le hacía temblar en su butaca, ni era la fiebre la que hacía llamear sus ojos con un fulgor de piedras preciosas. Aun antes de abrir aquel libro maldito, sabía que encerraba una maldición. El olor a moho que desprendían sus páginas antiguas traía consigo un vaho que parecía brotar de la tumba. Sus hojas descoloridas estaban carcomidas por los bordes. Su encuadernación de cuero estaba roída por las ratas, acaso por unas ratas cuyo alimento habitual fuera singularmente horrible.

Aquella noche había contado a mi amigo la historia del libro, y lo había desempaquetado en su presencia. Al principio parecía deseoso, ansioso diría yo, por empezar enseguida su traducción. Ahora, en cambio, vacilaba. Insistía en que no era prudente leerlo. Era un libro de ciencia maligna. ¿Quién sabe qué conocimientos demoníacos se ocultaban en sus páginas, o qué males podían sobrevenir al intruso que se atreviese a profanar sus secretos? No era conveniente saber demasiado. Muchos hombres habían muerto por practicar la ciencia corrompida que contenían esas páginas. Me rogó que abandonara mi investigación, ahora que no lo había leído aún, y que tratara de inspirarme en fuentes más saludables. Fui un necio. Rechacé precipitadamente sus objeciones con palabras vanas y sin sentido. Yo no tenía miedo. Podríamos echar al menos una mirada al contenido de nuestro tesoro. Comencé a pasar hojas. El resultado fue decepcionante. Su aspecto era el de un libro antiguo y corriente de hojas amarillentas y medio deshechas, impreso en gruesos caracteres latinos… y nada más, ninguna ilustración, ningún grabado alarmante. Mi amigo no pudo resistir la tentación de saborear semejante rareza bibliográfica. Al cabo de un momento, se levantó para echar una ojeada al texto por encima de mi hombro; luego, con creciente interés, empezó a leer en voz baja algunas frases en latín. Por último, vencido ya por el entusiasmo, me arrebató el precioso volumen, se sentó junto a la ventana y se puso a leer pasajes al azar. De cuando en cuando, los traducía al inglés.

Sus ojos relampagueaban con un brillo salvaje. Su perfil cadavérico expresaba una concentración total en los viejos caracteres que cubrían las páginas del libro. Cuando traducía en voz alta, las frases retumbaban como una letanía del diablo; luego, su voz se debilitaba hasta convertirse en un siseo de víbora. Yo solo comprendía algunas frases sueltas porque, en su ensimismamiento, parecía haberse olvidado de mí. Estaba leyendo algo referente a hechizos y encantamientos. Recuerdo que el texto aludía a ciertos dioses de la adivinación, tales como el Padre Yig, Han el Oscuro y Byatis, cuya barba estaba formada de serpientes. Yo temblaba, ya conocía esos nombres terribles. Pero más habría temblado, si hubiera llegado a saber lo que estaba a punto de ocurrir. Y no tardó en suceder. De repente, mi amigo se volvió hacia mí, preso de una gran agitación. Con voz chillona y excitada me preguntó si recordaba las leyendas sobre las hechicerías de Prinn, y los relatos sobre servidores invisibles que había hecho venir desde las estrellas. Dije que sí, pero sin comprender la causa de su repentino frenesí. Entonces me explicó el motivo de su agitación. En el libro, en un capítulo que trataba de los demonios familiares, había encontrado una especie de plegaria o conjuro que tal vez fuera el que Prinn había empleado para traer a sus invisibles servidores desde los espacios ultraterrestres. Ahora lo iba a escuchar, él me lo leería. Yo permanecí sentado como un tonto, ignorante de lo que iba a pasar. ¿Por qué no gritaría entonces, por qué no trataría de escapar o de arrancarle de las manos aquel códice monstruoso? Pero yo no sabía nada, y me quedé sentado adonde estaba, mientras mi amigo, con voz quebrada por la violenta excitación, leía una larga y sonora invocación:

Tibi, Magnum Innominandum, signa stellarum / nigrarum et bufaniformis Sadoquae sigillum…

El ritual siguió adelante; las palabras se alzaron como aves nocturnas de terror y muerte; temblaron como llamas en el aire tenebroso y contagiaron su fuego letal a mi cerebro. Los acentos atronadores de mi amigo producían un eco infinito, más allá de las estrellas más remotas. Era como si su voz, a través de enormes puertas primordiales, alcanzara regiones exteriores a toda dimensión en busca de su oyente, y lo llamara a la tierra. ¿Era todo una ilusión? No me paré a reflexionar. Y aquella llamada, proferida de manera casual, obtuvo respuesta. Apenas se había apagado la voz de mi amigo en nuestra habitación, cuando sobrevino el terror. El cuarto se tornó frío. Por la ventana entró aullando un viento repentino que no era de este mundo. En él cabalgaba como un plañido, como una nota perversa y lejana; al oírla, el semblante de mi amigo se convirtió en una pálida máscara de terror. Luego, las paredes crujieron y las hojas de la ventana se combaron ante mis ojos atónitos. Desde la nada que se abría más allá de la ventana, llegó un súbito estallido de lúbrica brisa, unas carcajadas histéricas, que parecían producto de la más completa locura. Aquellas carcajadas que no profería boca alguna alcanzaron la última quintaesencia del horror.

Lo demás ocurrió a una velocidad pasmosa. Mi amigo se lanzó hacia la ventana y comenzó a gritar, manoteando como si quisiera zafarse del vacío. A la luz de la lámpara vi sus rasgos contraídos en una mueca de loca agonía. Un momento después, su cuerpo se levantó del suelo y comenzó a doblarse hacia atrás, en el aire, hasta un grado imposible. Inmediatamente, sus huesos se rompieron con un chasquido horrible y su figura quedó colgando en el vacío. Tenía los ojos vidriosos, y sus manos se crispaban compulsivamente como si quisiera agarrar algo que yo no veía. Una vez más, se oyó aquella risa vesánica, ¡pero ahora provenía de dentro de la habitación!

Las estrellas oscilaban en roja angustia, el viento frío silbaba estridente en mis oídos. Me encogí en mi silla, con los ojos clavados en aquella escena aterradora que se desarrollaba ante mí. Mi amigo empezó a gritar. Sus alaridos se mezclaban con aquella risa perversa que surgía del aire. Su cuerpo combado, suspendido en el espacio, se dobló nuevamente hacia atrás, mientras la sangre brotaba de su cuello desgarrado como agua roja de un surtidor.

Aquella sangre no llegó a tocar el suelo. Se detuvo en el aire, y cesó la risa, que se convirtió en un gorgoteo nauseabundo. Dominado por el vértigo del horror, lo comprendí todo. ¡La sangre estaba alimentando a un ser invisible del más allá! ¿Qué entidad del espacio había sido invocada tan repentina e inconscientemente? ¿Qué era aquél monstruoso vampiro que yo no podía ver?

Después, aún tuvo lugar una espantosa metamorfosis. El cuerpo de mi compañero se encogió, marchito ya y sin vida. Por último, cayó en el suelo y quedó horriblemente inmóvil. Pero en el aire de la estancia sucedió algo pavoroso. Junto a la ventana, en el rincón, se hizo visible un resplandor rojizo… sangriento. Muy despacio, pero en forma continua, la silueta de la Presencia fue perfilándose cada vez más, a medida que la sangre iba llenando la trama de la invisible entidad de las estrellas. Era una inmensidad de gelatina palpitante, húmeda y roja, una burbuja escarlata con miles de apéndices, unas bocas que se abrían y cerraban con horrible codicia… era una cosa hinchada y obscena, un bulto sin cabeza, sin rostro, sin ojos, una especie de buche ávido, dotado de garras, que había brotado del cielo estelar. La sangre humana con la que se había nutrido revelaba ahora los contornos del comensal. No era espectáculo para presenciarlo un humano.

Afortunadamente para mi equilibrio mental, aquella criatura no se demoró ante mis ojos. Con un desprecio total por el cadáver fláccido que yacía en el suelo, asió el espantoso libro con un tentáculo viscoso y retorcido, y se dirigió a la ventana con rapidez. Allí, comprimió su tembloroso cuerpo de gelatina a través de la abertura. Desapareció, y oí su risa burlesca y lejana, arrastrada por las ráfagas del viento, mientras regresaba a los abismos de donde había venido.

Eso fue todo. Me quedé solo en la habitación, ante el cuerpo roto y sin vida de mi amigo. El libro había desaparecido. En la pared había huellas de sangre y abundantes salpicaduras en el suelo. El rostro de mi amigo era una calavera ensangrentada vuelta hacia las estrellas.

Permanecí largo rato sentado en silencio, antes de prenderle fuego a la habitación. Después, me marché. Me reí, porque sabía que las llamas destruirían toda huella de lo ocurrido. Yo había llegado aquella misma tarde. Nadie me conocía ni me había visto llegar. Tampoco me vio nadie partir, ya que hui antes de que las llamas empezaran a propagarse. Anduve horas y horas, sin rumbo, por las torcidas calles, sacudido por una risa idiota, cada vez que divisaba las estrellas inflamadas, cruelmente jubilosas, que me miraban furtivamente a través de los desgarrones de la niebla fantasmal.

Al cabo de varias horas, me sentí lo bastante calmado para tomar el tren. Durante el largo viaje de regreso, estuve tranquilo, y lo he estado igualmente ahora, mientras escribía esta relación de los hechos. Tampoco me alteré cuando leí en la prensa la noticia de que mi amigo había fallecido en un incendio que destruyó su vivienda.

Solamente a veces, por la noche, cuando brillan las estrellas, los sueños vuelven a conducirme hacia un gigantesco laberinto de horror y locura. Entonces tomo drogas, en un vano intento por disipar los recuerdos que me asaltan mientras duermo. Pero esto tampoco me preocupa demasiado, porque sé que no permaneceré mucho tiempo aquí.

Tengo la certeza de que veré, una vez más, aquella temblorosa entidad de las estrellas. Estoy convencido de que pronto volverá para llevarme a esa negrura que es hoy morada de mi amigo. A veces deseo vivamente que llegue ese día, porque entonces aprenderé yo también, de una vez para siempre, los Misterios del Gusano.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)