Alberto Ostria Gutiérrez
Golpeada por el dolor de la víspera, tuvo aún fuerzas
para levantarse. Era tal vez chaupituta, la media noche. Automáticamente, dobló
los cueros de ovejas y los dos phullus: su único lecho, tendido sobre la tierra
dura. Luego, asomándose a la puerta, clavó los ojos en la sombra. No se distinguía
nada. Arriba, en el cielo, apenas unas cuantas estrellas brillaban entre las grietas
de unas nubes negras.
Bajó por el sendero
que iba a lo largo de la montaña, hasta caer en la quebrada de Viñamayu. Desde allí,
el camino se hacía más fácil. Bastaba seguir el curso del riacho. Por último, entrar
en la ancha carretera, que llevaba a la ciudad.
La ciudad era pequeña.
Ni ferrocarriles ni tranvías que la perturbaran. Algún automóvil o algún coche.
Burros con sus cargas de choclos, de frutas, de carbón. Calles rectas. Paredes blancas
y limpias. Uno que otro transeúnte, muy de cuando en cuando, como para demostrar
que allí había gente.
Avanzó por la calle
de San Pedro que concluía en la plaza central. Tras los tejados rojos comenzaba
a asomar el Sol. La noche había derivado en una mañana clara y las nubes, blanquecinas
ya, se hallaban refugiadas en las crestas de las montañas.
¿Qué hacer? ¿Hacia
dónde dirigir los pasos? El reloj de la catedral marcaba las siete. Pero ¿qué podía
importarle a ella el reloj de la catedral? ¿Acaso sabía lo que significaba ese ojo
grande, prendido en lo alto de la torre? Tiempo, horas, minutos eran para ella cosas
sin sentido. Para ella solo existían la mañana, la tarde, la noche, que diariamente
llegaban con el Sol o con la sombra.
Su instinto la empujó
al cuartel, contiguo a la iglesia de San Francisco. Varios soldados concluían después
de barrer la calle. Sucios, apenas con el pantalón de uniforme, descalzos. En la
puerta se paseaba el centinela.
–Tata –dijo acercándose
a uno de ellos–, ¿sabes algo de mi hijo, del Juancito? Se lo llevaron ayer…
El soldado siguió
barriendo, sin ganas, enceguecido por el polvo que levantaba su ancha escoba de
thola; pero ante la insistencia de ella se detuvo un instante, la miró y dijo:
–¡Fuera de aquí!
No la ofendió la
brusquedad del soldado. Solamente sintió la negativa que envolvía. Por eso se estremeció
un instante. Pero no alcanzó a tener miedo. Avanzó más bien a donde se hallaba el
centinela. Y repitió su pregunta:
–Tata, ¿sabes algo?…
El centinela no
contestó. Se limitó a amenazarla con la culata del fusil, cuando ella intentó penetrar
en el cuartel para saber algo de su hijo, del Juancito.
Una chola que pasaba,
compadecida sin duda, se limitó a aconsejarla:
–Suyaricuy, espera.
Entonces ella se
sentó al borde de la acera, donde llegaba ya el sol y esperó. La tierra, el sudor
y las lágrimas, cruzando las arrugas de su rostro, habían trazado hondos surcos
negros. Sus ojos menudos, gastados por los años, se hallaban enrojecidos como llagas.
Una sombra pequeñita se proyectaba de su cuerpo acurrucado.
Transcurrieron dos,
tres horas. En su vientre el hambre comenzó a dejarse sentir. Pero ella no hizo
caso del hambre, como no había hecho caso del cansancio, ni de la dureza de la piedra
donde se hallaba sentada. Siguió mirando hacia el cuartel, siguió esperando, como
le habían aconsejado.
Entretanto, de su
mente no se apartaba la misma obsesión: saber algo de su hijo, del Juancito, a quien
unos cuantos soldados el día anterior habían arrestado de su rancho para llevarlo
al Chaco, a la guerra.
Esa era al menos
la pobre explicación que habían alcanzado a darle los indios de otros ranchos. Mas
ella no alcanzaban a comprenderla. “Guirra, guirra”, ¿qué era eso? Nunca había oído
tal palabra y no podía, por tanto, penetrar en su imaginación. Además, para comprenderla
habría tenido necesidad de pensar. Y ella, ¿acaso podía, acaso sabía pensar? Solo
sabía preparar la lagua y el mote en las mañanas; después, cuidar las ovejas, el
burro, la yunta de bueyes; en la noche volver a preparar la lagua y el mote.
Su dolor no nacía,
pues, de pensar, ni siquiera de recordar. Era un dolor animal, como el de la perra
que, aun siendo perra, sufre cuando le arrancan a sus hijos.
Del cuartel, hacia
el mediodía, salieron unos oficiales y entraron otros. Todos parecían tener prisa
y algunos hablaban animadamente. Esperanzada, ella intentó detenerlos al paso, repetir
sus preguntas. En vano. Pasaban sin escucharla, sin comprender lo que decía. Por
fin uno de ellos se detuvo al oírla:
–Es tarde –exclamó
el oficial fastidiado, cortando las preguntas que ella comenzaba a hacerle–. Estamos
muy atareados. Qhaya kutirimuy, vuelve mañana.
No satisfecha con
eso, intentó acercarse a otro. Inútilmente. Ambuló todavía por los alrededores del
cuartel. A la sombra de unos árboles, en la puerta del mercado, dos cholas vendían
platos de ají, de lagua, de maíz tostado. A la vista de aquello, se encogieron sus
entrañas apretadas por el hambre. Pero se limitó a comprar un poco de coca, para
acullicar durante el regreso.
Al pasar nuevamente
por la plaza central, el ojo grande del reloj marcaba las tres de la tarde y la
sombra de la torre se proyectaba ya sobre el atrio de la catedral. Mas ella no miró
en esa dirección. Miró hacia la calle de San Pedro, donde principiaba su camino.
Luego, sus pies avanzaron con paso lento, cargando la misma pena que había traído.
Volvió al día siguiente
como le habían dicho. Cinco leguas, veinticinco kilómetros había de su rancho a
la ciudad; pero para ella no existía la distancia, como no existía el hambre, como
no existía nada fuera de su dolor.
Encaminó los pasos
hacia el cuartel, lo mismo que el día anterior. En la acera había sentadas otras
indias, con los ojos enrojecidos de llorar, como ella. Se sentó en la acera también.
El centinela estaba
en el mismo puesto que el día anterior. La calle había sido barrida más temprano;
mirando por la boca ancha de la puerta, hacia adentro, aparecían unos soldados recibiendo
los rayos del sol, junto a la pared del fondo.
Durante una hora
no cambió el cuadro. Después, el centinela fue reemplazado por otro centinela. Ella,
lo mismo que las demás indias, no se había movido de su puesto. Solo sus ojos bailaban
inquietos, rojos como llagas todavía. De vez en cuando se oía un suspiro, una tos.
Pasaba un automóvil saltando sobre las piedras de la calle. En la esquina se perseguían
varios perros lanudos, probablemente compañeros de las otras indias.
Llegaron unos oficiales.
Tímidamente, se levantó ella. La siguieron las otras indias.
–Tata –dijo–, ¿sabes
algo?
Pero no la miraron
siquiera. Ni a las otras. Esas escenas se habían repetido hasta el cansancio, en
el curso de más de dos años que duraba la guerra del Chaco, y nadie hacía caso de
ellas. Era natural que lloraran las madres. ¡Peor era el destino de los hijos!
El sol había alcanzado
a ocupar todo el ancho de la calle. Hacía calor en la acera sin sombra. Las indias
se habían ido dispersando una a una. Solamente quedaba ella.
Esa soledad la llenó
de inquietud. Comenzó a dudar. Tal vez no era allí donde debían informarle acerca
de su hijo, del Juancito. Por algo las demás indias se habían ido. Vaciló todavía
un instante, pero luego se decidió a ir a otra parte.
–¿A dónde?
He ahí una interrogación
grande, llena de misterio para ella. Se detuvo. Siguió andando. Se detuvo nuevamente.
Pasaban a su lado los transeúntes y era ella la que ahora no los miraba siquiera.
Comenzaba a desfallecer.
Se sentó de nuevo
en la acera y se pasó la mano por la frente, para enjuagarse el sudor. De pronto,
al levantar los ojos, descubrió a un soldado, haciendo guardia, como aquel otro
del cuartel. Estaba frente al edificio de la Policía.
Al darse cuenta
de ello, renació la esperanza de obtener noticias. Quién sabe era allí. Al fin y
al cabo había soldados, como en el cuartel.
Cuando intentó entrar,
el centinela no la detuvo, como en el otro cuartel. Se limitó a señalarle un cuartucho
junto a la puerta, donde había varios hombres, fumando y charlando. Uno de ellos,
el que estaba sentado al fondo, fue el primero en verla y se apresuró a gritar:
–Suyaricuy, espera.
Entonces ella se
sentó en el umbral de la puerta. Y esperó nuevamente. Entretanto, los hombres siguieron
charlando, como si ella no existiera.
Por fin salió uno.
Después otro. Quedaron solo tres, que hablaban en voz alta y reían constantemente.
Una gran modorra la había invadido, sentada allí en el umbral de la puerta. Aquellas
carcajadas, sin embargo, la despertaron a la realidad. Vio ya solo tres hombres.
Se puso de pie, avanzó unos cuantos pasos e intentó interrumpir la conversación.
–Tata…
El hombre que estaba
sentado al fondo de la habitación le hizo una seña –una, dos veces– de que se callara.
Como a pesar de eso ella insistiera, a los ojos oblicuos de aquél asomó la ira y
en el color bronce de su rostro se acentuó el color verde.
–¡Déjanos en paz,
india bruta! –masculló.
Él hizo seña al
guardia para que la echara a la calle, inmediatamente.
Renació entonces
para ella la misma interrogación de antes, grande, llena de misterio:
–¿A dónde ir, a
dónde?
Tercer día. Camino
a la ciudad. Pasos inciertos. Un caserón blanco, con un patio enlosado y al centro
un gran cuadrante. Oficinas. Papeles amontonados como torres. En todas partes la
misma respuesta para ella:
–No es aquí.
Finalmente, ingresó
en un segundo patio, pequeñito, inundado por la hierba donde ante la oficina oscura
había una larga fila de indias.
–Aquí es, mama –le
dijo una de ellas.
Esperó varias horas,
pero no alcanzó a llegarle su turno. Al mediodía salió el hombre que trabajaba en
la oficina y cerró la puerta con un candado. Cuando cruzaba el patiecito ella logró
interponerse en su camino.
–Es tarde –dijo
él, señalando al Sol, cuyos rayos caían verticalmente–, qhaya kutirimuy, vuelve
mañana.
De nuevo diez leguas
murieron con el tercer día; cinco del rancho a la ciudad, cinco de la ciudad al
rancho.
De aquella oficina
la mandaron a otra, en la Municipalidad, y por último a otra, situada en un edificio
anexo a la Prefectura. Allí esperó como en el cuartel, como en la Policía, como
en el patio pequeño e inundado por la hierba.
Esperó…
Llegaron otras indias,
con los ojos llorosos, al igual que ella. Y algunas lograron entrar en la oficina,
por suerte o por desgracia, porque de la oficina salieron llorando.
–Guaguay guañusca,
mi hijo había muerto –oyó que decían.
Entonces a ella
le dio miedo. Y no se atrevió ya a insistir para entrar. Prefirió quedarse en la
puerta, como de costumbre. Mirar. Callar.
Un día encontró
cerradas las puertas de la oficina. Buscó en todas direcciones para saber la causa.
Pero al final, como estaba acostumbrada a esperar, esperó también. Y hacia el mediodía
–era domingo– las puertas cerradas bastaron para decirle lo que le habían dicho
tantas veces los empleados de la oficina.
–Qhaya kutirimuy,
vuelve mañana.
Entretanto, fue
pasando el tiempo: diez, cincuenta, quien sabe cuántos días.
En la oficina los
empleados buscaron o fingieron buscar el nombre que ella les decía. Recorrían unos
papeles largos, conversando o silbando. Y acabaron moviendo la cabeza negativamente,
mientras le ordenaban a ella que no se acercara tanto: mitad por pena, mitad por
asco.
Tuvo así que volver
a la puerta, pero conservando intacta su esperanza; acrecentada más bien por aquellos
pasos que había dado hacia adentro.
Posteriormente,
para los otros –para los blancos, para los cholos– llegaron grandes noticias. Había
terminado la guerra. Comenzaba la desmovilización. Final de una larga pesadilla.
Alegría en los corazones.
Mas para ella todo
siguió igual. Ni siquiera se enteró de esas noticias. Desde que se llevaron a su
hijo, al Juancito, no hablaba con nadie. Además, aun cuando le hubieran avisado,
habría sido inútil, porque ¿acaso sabía ella dónde, ni qué cosa era la guerra?
Los empleados de
la oficina, a su vez, habían acabado por acostumbrarse a la presencia de ella, humilde,
silenciosa, acurrucada, en la puerta como un animal inofensivo.
Cierto día, sin
embargo, dos empleados que compulsaban una lista muy larga –nombre de muertos, de
prisioneros, de heridos– interrumpieron de pronto su tarea. Comenzaron a discutir
en voz alta. Y luego llamaron.
–¿Cuál es el nombre
de tu hijo? –preguntó uno de ellos.
–Juancito, tata.
–¿Juancito, que?
–Juancito Quespi,
tata.
Los empleados volvieron
a mirar en las listas, ávidamente.
–Ha muerto –dijo
uno de ellos.
–No ha muerto –replicó
el otro.
Los cuatro ojos
se clavaron una vez más en las listas: O… P… Q… Quespi… Quespi… Quespi…
–Hay tantos Quespi
entre los indios –volvió a decir el primero–, que resulta imposible distinguirlos.
Son como las hormigas.
Y se encogió de
hombros. El otro hizo lo mismo. Después, frente a la duda hundida como una cruz
en ella, la propia duda de los dos les hizo decir, casi al mismo tiempo, lo de siempre:
–Qhaya kutirimuy,
vuelve mañana…
(Tomado de www.leamoscuentosycronicas.blogspot.com)