domingo, 22 de febrero de 2026

La dársena

Javier García-Galiano

 

para Miguel Ángel Merodio

 

El Evangelista Dorado debió zarpar del puerto en la madrugada, pero no lo hizo porque su capitán, el griego Antonish Eferis, había desaparecido. Se trataba de un buque granelero de bandera liberiana, armado en Bremen, que cubría la ruta entre Altamira y Nueva Orleans. Su tripulación estaba compuesta por marineros filipinos, rusos y ucranianos que no intentaban hablar entre sí, pero que compartían el tedio tomando el sol en la interminable cubierta del barco. Ninguno de ellos pareció extrañarse de la ausencia del capitán, y el ingeniero jefe, Maksin Prychyschyn, sólo le dijo con desgano al práctico que no zarparían.

El capitán Eferis desembarcó por la noche, sin decir nada, llevando un costal. Como se dedicaba al pequeño contrabando de cigarros y vino de California, no se insubordinaron. Sin embargo, cuando su ayudante filipino fue a despertarlo, descubrió que no había regresado a bordo. Sobre su mesa de trabajo estaba la bitácora, el crucigrama inconcluso de un periódico atrasado y un paraguas. De haber revisado el armario, hubiera encontrado ropa vieja.

En la capitanía del puerto ignoraban su desaparición, pero quizá no se hubieran sorprendido, pues no se consideraban esas ausencias como anormales. Cuando le preguntaron por él al almirante Ramiro González, administrador de la Casa del Marino, respondió con desgano que hacía mucho que nadie se alojaba allí. Tampoco en la Unión, como se conocía al sindicato de marineros, tenían noticia del capitán Eferis, aunque en un pequeño pizarrón anunciaban la partida, entre otros barcos, del Evangelista Dorado. Cualquier búsqueda en Altamira habría resultado vana, ya que no había deambulado por sus calles, ni se detuvo en cantinas y prostíbulos, ni pernoctó en ninguno de sus hoteles.

Luego se supo que, dos días antes, el cocinero, un holandés llamado Guus Numan, había desertado después de tener una disputa con el capitán, abandonando el barco sin discreción, blasfemando a manera de despedida y repitiendo que así no se podía trabajar, que sin lo indispensable no era posible preparar nada, que hasta el aceite rancio se había terminado y que él no hacía milagros. Además en esa “panga” no apreciaban su gastronomía.

Antes que anocheciera, muchos marineros filipinos aprovecharon la luz del atardecer para desembarcar con mansedumbre, confiados en que pronto encontrarían trabajo en otro barco. Esas deserciones inquietaron a algunos ucranianos, que temieron que los filipinos los relegaran al desempleo en ese puerto miserable, al ganarles todos los puestos disponibles, pero al final se decidieron por la espera, pues el hecho de que los oficiales permanecieran a bordo podía interpretarse como un signo promisorio.

En Altamira no se encontraba ningún capitán disponible, por lo que, luego de un par de días de espera, Olexander Murashko, un ingeniero naval de Crimea, propuso comunicarse con la compañía naviera propietaria del barco, cuyas oficinas estaban en Chipre y cuyo principal accionista era Costantin Galca, un rumano que practicaba distintos negocios en los Balcanes. El segundo de a bordo, Evgeni Terekhov, que había comenzado a considerar esas circunstancias como favorables porque podían propiciarle el ascenso largamente anhelado, se mostró cauteloso al apoyar la proposición del ingeniero Murashko, pero el maquinista Igor Chesternev, que adivinó sus intenciones de acceder al mando, se opuso aludiendo vagamente a la prudencia, a que quizá habría que aguardar el regreso del capitán Eferis, a que convendría consultarlo con “la Unión”, a que “la compañía” ya se comunicaría, a que a la capitanía del puerto le correspondía tomar resoluciones, a que todo se arreglaría con el tiempo, a que no había que precipitarse. La discusión se prolongó en el silencio de la noche, provocando una indecisión mayor. A pesar de los recelos evidentes, nadie se percató de que cinco marineros abandonaban el barco con un cargamento de costales y cajas.

A la mañana siguiente, también Maksin Prychyshyn había desaparecido. En la cubierta, Murashko, Terekhov, Chesternev y Oleg Malafejev comprendieron que sólo quedaban ellos cuatro a bordo del Evangelista Dorado, pero no exhibieron siquiera intentos de conversación, acaso se profirió un comentario aislado acerca de la miseria de la vida. Evgeni Terekhov hubiera querido impartir órdenes, pero únicamente se le ocurrió proponer que fueran a desayunar.

Caminaron por el barco, que en el silencio parecía aún más ruinoso. Su olor dulzón, propio de esas embarcaciones, de pronto se llenaba de humedad. Los largos pasillos mostraban un deterioro antiguo. Muchas puertas estaban abiertas, con los cerrojos inservibles. Algunos escalones se encontraban vencidos y, en los camarotes, el desorden de las reparaciones improvisadas se acumulaba opresivamente. No faltaban los vidrios rotos, las goteras ni los muebles vencidos. Aunque firmes, las pisadas de los marineros eran cautelosas sobre el piso desvencijado.

En la cocina sólo encontraron un plato sucio y un orden impecable de cacerolas, sartenes y cucharones. Antes de decidirse por lo que prepararían, hicieron un descubrimiento atroz: ya no había víveres. Nunca supieron que los marineros ucranianos habían saqueado los alimentos que quedaban, que no eran muchos como lo aseguraron las quejas del cocinero Guus Numan antes de desertar. Sin embargo, una cucaracha se detenía con premura en el plato sucio.

Tampoco tenían dinero porque no les habían pagado desde hacía cinco meses. Por eso se resistían a abandonar el barco, esperando que sus propietarios respondieran por los acuerdos laborales para no perder ese granelero que, si bien evidenciaba cierta descomposición, cumplía con eficiencia la ruta que se le había señalado. Sin embargo, el contramaestre Oleg Malafejev pensaba que el reclamo de su salario quizá terminaría con sus magros ahorros.

Pronto la desesperanza tomó la forma del hastío, al que trataron de combatir durmiendo, aunque no tuvieran sueño y se cansaron de hacerlo. Además el calor hacía más extenuante el reposo, provocando un letargo sofocante, lleno de imágenes vagas y de una intranquilidad sudorosa, de la que era difícil despertar, en el que se inmiscuía la realidad y en el cual el maquinista Igor Chesternev creyó percatarse de que un hombre vagaba con cautela por ese barco abandonado. Intentó incorporarse pero el vulturno y el adormilamiento lo habían debilitado hasta postrarlo en la inopia. Oyó luego voces apagadas en cubierta, que parecían amagar una discusión. Después se escucharon otros pasos y exclamaciones lejanas. Chesternev tardó en reponerse. Se sentía exhausto, sucio y desganado. Quiso adivinar la hora, pero terminó por comprender que en el trópico la luz suele ser indescifrable. Creyó reconocer nuevas voces entrecortadas y finalmente pudo levantarse.

Somnoliento, Chesternev se dirigió hacia las voces sin lograr despertar. En la cubierta, el sol lo confundió permeando su percepción de irrealidad. Por eso necesito de un momento para reconocer al segundo de a bordo, que contenía el enojo que le produjo sentir que no se le reconocía la debida autoridad. El ingeniero Alexander Murashko, por su parte, trataba de impedir una disputa, profiriendo vaguedades con timidez, mientras el contramaestre Oleg Malafejev repetía, de distintas maneras injuriosas, que “ahora sí” se los había llevado “el carajo” o su equivalente cirílico.

Fue después de una de esas imprecaciones soeces cuando, inmerso en su letargo caluroso, Chesternev descubrió al ingeniero jefe de la tripulación Maksim Prychyshyn, que había bajado al puerto para comunicarse con la compañía naviera de Costantin Galca, pero sin obtener respuesta.

Las sospechas se convirtieron en rumores y los rumores terminaron por volverse una certeza: la de Costantin Galca era una empresa fantasma, como muchas otras, a la que ya le habían embargado un par de barcos en Puerto Rico y en Brasil por abandonar a la tripulación. Esos cargueros, al igual que el Evangelista Dorado, se adquirieron a un precio simbólico debido a su antigüedad, por lo que a Galca no parecía importarle perderlos.

Oleg Malafejev veía poco a su esposa, que vivía en Odessa, y le escribía con muy poca frecuencia porque en extrañas ocasiones tenía dinero suficiente que enviarle. Sin embargo, quizá movido por el aburrimiento o por la creencia de que su situación aciaga justificaba su desobligación conyugal, le empezó a redactar cartas con faltas de ortografía, en las que apenas podía inteligirse la esperanza y la desesperanza propias de un marinero en tierra, el recuerdo de su amor lejano, la incertidumbre y el deseo sincero por una cerveza. En ellas describía también sus días ociosos en ese barco anclado, cuyos pasillos ruinosos recorría con desgano, deteniéndose a veces en las bodegas vacías, donde había encontrado una rata muerta, evitando la cocina para no despertar antojos, gastando la imaginación en el puente, asoleándose en cubierta y manteniendo conversaciones apagadas en el camarote del capitán mientras se jugada baraja.

En una de esas cartas, le confesaba a su mujer que comían de la caridad pública. “Una mujer de Stella Maris se preocupa por nuestra alimentación”, refería Malafejev queriendo parecer sentimental. “Aunque la comida no es buena, resulta suficiente para evitar que nos rindamos”. En otra carta, le aseguraba que la capitanía del puerto de Altamira les había ofrecido pagarles el viaje de regreso a los lugares donde vivían sus familias, pero se habían rehusado no sólo por el dinero que se les adeudaba, sino por dignidad. Varios días después volvió a escribir, sin disimular su entusiasmo, porque el barco había sido embargado para venderlo en una subasta y, según les habían dicho, con el dinero que se recaudara, les pagarían sus sueldos atrasados.

Esas cartas nunca fueron enviadas porque su autor, el contramaestre Oleg Malafejev, consideraba un dispendio gastar en el correo en sus circunstancias.

El maquinista Igor Chesternev, en cambio, prefería entretenerse en el cuarto de máquinas para dedicarse a reparaciones mecánicas menores y a mantenimientos rutinarios. Conocía los desperfectos de esa maquinaria gastada porque había trabajado con ella desde antes de que la compañía de Costantin Galca comprara ese barco minado por el uso a precio de saldo. En el puerto de Riga, se sostenía de manera burlesca que ese granelero había sido adquirido para convertirlo en un “barco de la muerte”, es decir; su propietario esperaba que se hundiera con toda su tripulación para cobrar el seguro. Chesternev no refutaba esos rumores bálticos porque había comprobado la resistencia del Evangelista Dorado. Conocía muchos barcos por haber navegado en ellos y en cada trayecto le sorprendía la solidez, ciertamente deteriorada por el mar, de ese carguero. Pero no le guardaba ningún afecto, aunque en el desarme y limpieza de sus piezas volvía a descubrir una extraña perfección caduca.

Chesternev se embarcó en el Evangelista Dorado porque ya no se le consideraba confiable por su edad, aun cuando mantenía una fortaleza natural. El capitán Eferis, al que conoció en el Terezia, el barco en el que se hizo marinero, le había ofrecido ese trabajo que quizá nadie más hubiera aceptado.

El ingeniero eléctrico naval Olexander Murashko, por su parte, fue reclutado por su afición al vodka cuando sobrellevaba los días en las tabernas del puerto de Riga a la espera de un barco propicio. Una noche conoció al ingeniero jefe de la tripulación, Maksin Pryshyschyn, que requería marineros y, ayudado por el alcohol, lo convenció de incorporarse a su tripulación. Cuando conoció el granelero en el que había decidido embarcarse, ya era demasiado tarde para arrepentirse.

Murashko se dedicaba a escuchar la radio de onda corta en busca de noticias y sonidos familiares. Le resultaba difícil hallar señales de Crimea, por lo que por momentos se conformaba con las de Moscú, Petrogrado y Kiev pero no tardaba en volver a su búsqueda infinita, que se escuchaba de manera desesperante en el ocio silencioso del barco. De noche cesaba esa errancia electrónica. Entonces, se podía oír el rumor callado del agua.

En esa quietud abandonada hubiera sido extraño no percatarse de los susurros con los que se sostenía una conversación cualquiera. Sin embargo, aquella noche dos sombras recorrieron el Evangelista Dorado con sigilo, intercambiaron órdenes y recomendaciones, e incluso discutieron sin que se reparara en ellas. Cuando abandonaron el granelero, en el muelle, surgió un brindis seguido de una carcajada.

Se trataba del contramaestre Oleg Malafejev, que ya no le escribió a su mujer para contarle que había desistido de las deudas que tenía con él la compañía de Costantin Galca porque había preferido aceptar el trabajo que le ofrecían en un carguero de bandera panameña: el Ambrosía. Temiendo las recriminaciones de lo que quedaba de la tripulación del Evangelista Dorado, había decidido actuar subrepticiamente. Cuando estaba dispuesta su huida, se detuvo un momento para confesarle sus propósitos al ingeniero eléctrico naval, Olexander Murashko. Sabía que su esposa estaba embarazada y que le convenía tener un ingreso. Sorprendido, Murashko quizá pensó que cometía una traición, pero en el adormilamiento, los argumentos del contramaestre Malafejev, que apenas entendió, resultaron casi tan contundentes como la botella de vodka que había comprado con un pequeño préstamo conseguido por su resolución de embarcarse en un nuevo carguero.

Cuando el ingeniero jefe de la tripulación Maksin Prychyshyn se despertó, el Ambrosía ya había zarpado. Se sabía poco de él, pero era un hombre afable e incluso paternal. Tenía tres hijos y muchas veces había pensado en retirarse. Sin embargo, siempre se imponía un compromiso marítimo para impedírselo. Pensaba que haber sobrevivido sin sueldo representaría un ahorro en cuanto se vendiera el barco y le pagaran lo que le debían. Creía que con ese dinero podía establecer una taberna en Sebastopol. Mientras, gastaba los días armando una reproducción en madera del Evangelista Dorado, el barco en el que aguardaba el devenir de los acontecimientos.

Aquella mañana no se escuchó la radio en una búsqueda ansiosa de una señal familiar. No era mediodía cuando el maquinista Igor Chesternev subió a cubierta, donde se encontró al segundo de a bordo, Evgeni Terekhov sumido en íntimas consideraciones navales, y el cual, al verlo, le hizo un comentario, a manera de orden, acerca de que convendría lavar la cubierta para facilitar la venta del barco. Aunque Chesternev adivinó en esas palabras ciertas pretensiones de autoridad, se dispuso a cumplir la sugerencia porque ya estaba aburrido de limpiar los instrumentos y la maquinaria que, a pesar de su impecable pulimento, no podía dejar de evidenciar su herrumbroso desgaste.

Evgeni Terekhov era viudo. No parecía viejo y poseía una fortaleza que disimulaba su bonhomía, una forma de servilismo inveterado en el que quizá se cultivó un resentimiento callado. No tenía casa, ni ahorros, ni entretenimientos. Sólo le interesaba navegar. Había ascendido en la jerarquía marina menos por habilidad que por persistencia, y quizá nunca había considerado volverse capitán. Ahora dejaba crecer en él la esperanza de llegar a convertirse en el del Evangelista Dorado, en el cual había vivido más de diez años.

Fue después del mediodía, cuando se reunían a comer las magras provisiones de arroz, frijol y atún enlatado que les proporcionaba el Stella Maris, cuando Prychyshyn, Terekhov y Chesternev se percataron de que Murashko y Malafejev habían desertado. Sin embargo, no hicieron comentarios, como tampoco hablaban de esa comida repetitiva, que les era tristemente imprescindible, y que agradecían con exagerada sinceridad. Pero, en el silencio, ninguno de los tres pudo evitar un cierto desasosiego porque quizá sospechaban que los presagios les eran adversos.

Aunque no se quejaba, el maquinista Igor Chesternev había pensado muchas veces que en el Evangelista Dorado sobraban hombres o faltaba espacio. Era imposible estar solo porque resultaba inevitable encontrarse siempre con alguien. Incluso en la cubierta sentía cierta opresión causada por la compañía obligada, que con frecuencia derivaba en un hastío enervante. Sin embargo, cuando tuvo que lavar la cubierta en solitario, con la ayuda esporádica del segundo de a bordo, Evgeni Terkhov, la eslora de ese barco le pareció inmensa.

Para el ingeniero jefe de la tripulación, Maksin Prychyshyn, en cambio, que armaba pacientemente un modelo a escala de ese granelero, la cubierta poseía una dimensión mínima. Su copia detallada del barco lo obligó a practicar una observación atenta de él, llevándolo a hallazgos en los que, de otra manera, nunca hubiera reparado. Supo, por ejemplo, que la distribución de las bodegas obedecía a un cálculo preciso para mantener un equilibrio, o que el cuarto de máquinas podría hallarse más cerca del puente. Entretenido en la construcción minuciosa de la copia del barco que habitaba, Prychyshyn dejó de contar los días y sólo reparó en el tiempo cuando terminó su pequeña obra sentimental, lo cual le produjo un desánimo inquietante.

Había una calma abrumadora aquel miércoles de marzo, cuando el maquinista Igor Chesternev vio subir por la plancha al ingeniero jefe de la tripulación, Maksin Prychyshyn. En su gesto se delataba cierto abatimiento. Había pasado la tarde en el jardín de la plaza principal, sentado en una banca, escuchando conversaciones ajenas, entablando amistades esporádicas. Lo apesadumbraba que, desde hacía mucho, se había dejado de hablar del Evangelista Dorado, cuyo desamparo ya no merecía ni siquiera un comentario.

Esos augurios tuvieron un desenlace perturbador cuando la capitanía del puerto dispuso que el Evangelista Dorado fuera trasladado a un fondeadero. Lo llevaron a una rada apartada en el río Tigre, donde la visión de tres barcos abandonados y las partes sobresalientes en el agua de muchas embarcaciones hundidas representó un presagio inequívoco.

El segundo de a bordo, Evgeni Terekhov, el ingeniero jefe de la tripulación, Maksin Prychyshyn y el maquinista Igor Chesternev, todavía permanecieron en el buque granelero. Ningún armador se había interesado por adquirir ese barco embargado, y difícilmente aparecería algún comprador. No era una cuestión de precio, sino que el carguero había dejado de representar lo que llamaban “una inversión”.

Una noche, en la cubierta, el ingeniero jefe Maksin Prychyshyn, recurrió al tono confidencial para confesarle al maquinista, Igor Chesternev, que había averiguado dónde estaba el capitán Eferis. Chesternev lo miró con extrañeza porque esa información, desde hacía mucho, le era indiferente. Pero Prychyshyn le refirió que se había vuelto el capitán de un pequeño barco camaronero en Campeche, y le explicó que quizá le convendría ir a verlo, pues siempre le había guardado un afecto distintivo. Luego simplemente le dijo que había llegado el momento de abandonar el Evangelista Dorado.

El segundo de a bordo, Evgeni Terekhov sospechaba que esas sugerencias obedecían a que el ingeniero Prychyshyn pretendía apoderarse del granelero para hacer negocios turbios. Por eso no escuchó su recomendación de aceptar el dinero que les ofrecían las autoridades mexicanas para volver a Riga. Se negó a desembarcar y no se despidió de los dos marineros, a los que ni siquiera vio bajar del barco para dirigirse a tierra en un lanchón desvencijado.

Durante muchos días, acaso un mes, Terekhov aguardó el regreso de Maksin Prychyshyn, que delataría su sucia trama comercial. Muchas veces imaginó escuchar su abordaje secreto, pero luego se apoderó de él la creencia de que los fantasmas de los barcos hundidos circundantes pretendían invadir el Evangelista Dorado, por lo cual querían expulsarlo perturbándolo con ruidos y suposiciones espectrales. Quizá en sus recorridos solitarios por el barco, él mismo parecía un fantasma errabundo.

Hay quien sostiene que Terekhov empezó a hablar solo y que se mudó al camarote del capitán, donde terminó el crucigrama del periódico viejo que Antonish Eferis dejó inconcluso. Sin embargo, se ignora acerca de qué trataban esos soliloquios. No sería raro que simplemente alimentara la esperanza de que alguna compañía naviera se interesara por ese viejo granelero anclado y le confiara el mando, pero en ocasiones sentía una tristeza vaga que cada vez se prolongaba más.

Sus anhelos y tribulaciones lo llevaron a olvidar que la navegación se funda en el examen atento de la meteorología. Por eso no observó que el viejo barómetro había bajado demasiado, ni reparó en el halo de la luna, ni sospechó de la llovizna que sobrevino después. En un sueño indistinto, creyó que el barco se movía. Luego, lo despertaron algunos golpes, que atribuyó a los fantasmas. Todavía tardó un momento en reconocer la realidad y adivinar que un viento inusual se adentraba en la costa. Intentó volverse a dormir, pero los ruidos herrumbrosos de puertas y objetos lejanos se lo impidieron. Cuando una enorme ampolleta, que siempre había estado en el camarote, se rompió al caerse, Evgeni Terekhov decidió levantarse.

Trató de apresurarse en la oscuridad del barco vacío, pero los violentos movimientos lo obligaron a caminar con cautela, aferrándose a los débiles barandales, avanzando trabajosamente. Afuera se escuchaban golpes contundentes en el casco y el eco de un viento implacable. La desesperación y el esfuerzo lo hicieron sudar sin sentir el cansancio. Por momentos, se creyó perdido en esos pasillos tenebrosos, que en la agitación marítima olían todavía más a óxido, pero, cuando las sacudidas brutales se lo permitían, volvía a identificar el rumbo.

De pronto sintió los pies mojados y supuso, más que descubrió, que el agua penetraba por los ojos de buey rotos de los camarotes, por las escotillas, por las averías y el mismo metal desgastado. Al llegar a la escalera, se percató de que el agua fluía en abundancia, formando pequeñas corrientes dentro del granelero. Se aferraba a los barandales, que parecían ceder en cualquier momento, procurando llegar a cubierta, deteniéndose en cada escalón, recobrándose, previniéndose de nuevas sacudidas.

Cuando alcanzó la escotilla, halló que estaba trabada, por lo que debió recurrir a los más torpes trabajos para abrirla: golpes, empellones, palancas mecánicas, manualidades incómodas, que se hacían todavía más complicadas por los movimientos abruptos del barco. Como intervalo entre los distintos intentos, descansaba para reponerse y pensar en nuevos recursos para abrir esa escotilla por la que se filtraba la lluvia. Quizá consideró rendirse, pero se impuso en él una voluntad natural, aunque imaginó su muerte ahogándose en ese barco abandonado.

Un fuerte sacudimiento, anunciado por un estruendo seco a babor, empujó al segundo de a bordo, Evgeni Terekhov, hacia la escotilla, a la que le pegó con la cabeza, abriéndola azarosamente para recibir un golpe de agua que lo precipitó por la escalera, en choques sucesivos e intercalados con precisión, hasta dejarlo tirado de bruces en el pasillo, sin reaccionar al agua que se anegaba profusamente.

El ciclón duró tres días y devastó campos, sembradíos, palmares, calles y casas, arrastrando árboles, enseres, vacas, bueyes y cadáveres humanos. El Evangelista Dorado no se hundió completamente; la proa sobresalía en el agua, entre la arboladura de embarcaciones menores sumergidas, ostentando su nombre. En la capitanía del puerto de Altamira nunca supieron que en él aún permanecía un tripulante, el segundo de a bordeo Evgeni Terekhov, el cual, pasada la tormenta, nadó hasta la playa, donde nadie le creyó que era un náufrago. Vivió condenado a la inopia portuaria.

No lejos de ahí, en Tuxpan, Veracruz, hubo una cantina con nombre de barco: el Evangelista Dorado. Pertenecía a un viejo marinero ruso llamado Maksin Prychyshyn, que solía referir la historia del último granelero en el que había trabajado, cuya reproducción había armado en miniatura por aburrimiento y adornaba el estante de las botellas. Cuando terminaba su relato, siempre apuraba un caballito de vodka porque lo asaltaba la melancolía, y sólo repetía, a manera de moraleja: “los barcos se hunden más de lo que se cree”.

 

(Tomado de www.ficticia.com)

 

Cobardía

Joris-Karl Huysmans

 

La nieve cae en grandes copos, el viento sopla, el frío hace estragos. Regreso a casa deprisa, preparo el fuego, la lámpara. Espero a mi amante. Cenaremos juntos en mi casa; he encargado la cena, he comprado una botella de vino de Borgoña, una hermosa tarta con frutas en almíbar (¡es tan golosa!). Son las seis, espero. La nieve cae en grandes copos, el viento sopla, el frío hace estragos; atizo el fuego, cierro las cortinas, cojo un libro, mi viejo Villon. ¡Qué inefable delicia! Cenar en casa los dos junto al fuego. Suenan en el reloj de pared las seis y media; presto atención para comprobar si sus pasos tocan levemente la escalera. Nada, ningún ruido. Enciendo mi pipa, me arrellano en mi sillón, pienso en ella. Las siete menos cinco. ¡Ah! ¡Al fin! Es ella. Dejo mi pipa, corro hacia la puerta; los pasos siguen subiendo. Vuelvo a sentarme con el corazón oprimido; cuento los minutos, me acerco a la ventana; la nieve sigue cayendo en grandes copos, el viento sigue soplando, el frío sigue haciendo estragos. Intento leer, no sé lo que leo, sólo pienso en ella, la excuso: la habrán retenido en el almacén, se habrá quedado en casa de su madre. ¡Hace tanto frío! Tal vez esté esperando un coche, pobre chiquita, ¡cómo voy a besar su naricilla fría y a sentarme a sus pies! Suenan las siete y media: ya no puedo estarme quieto, tengo el presentimiento de que no vendrá. ¡Vamos! Tratemos de cenar. Intento tragar algunos bocados pero mi garganta se cierra. ¡Ah! ¡Ahora comprendo! Mil pequeñas naderías se yerguen ante mí; la duda, la implacable duda me tortura. Hace frío, pero ¿qué importan el frío, el viento, la nieve, cuando se ama? Sí, pero ella no me ama.

¡Oh! seré firme, la reprenderé enérgicamente; además, hay que acabar con esto, se está riendo de mí desde hace mucho tiempo; ¡qué demonios, ya no tengo dieciocho años! No es mi primera amante; ¡después de ella vendrá otra! ¿Se enfadará? ¡Qué desgracia! ¡las mujeres no son un artículo escaso en París! Sí, es fácil decirlo, pero otra no sería mi pequeña Sylvie; ¡otra no sería este pequeño monstruo que me tiene locamente embobado! Camino a grandes zancadas, furiosamente, y mientras me pongo rabioso, el reloj tintinea alegremente y parece burlarse de mis angustias. Son las diez. Acostémonos. Me tiendo en la cama y dudo a la hora de apagar la luz; ¡bah! ¡Da igual! apago. Furibundas iras me oprimen la garganta, me asfixio. ¡Ah! sí, todo ha terminado entre nosotros, bien terminado. ¡Ah! Dios mío, alguien sube; es ella, son sus pasos; me bajo de la cama, enciendo, abro.

–¡Eres tú! ¿De dónde vienes? ¿Por qué llegas tan tarde?

–Mi madre me ha entretenido.

–¡Tu madre!… hace tres días me dijiste que ya no ibas a su casa. ¿Sabes? Estoy muy enfadado; si no estás dispuesta a venir con más exactitud, pues…

–Pues… ¿qué?

–Pues nos enfadaremos.

–De acuerdo, enfadémonos ahora mismo; estoy cansada de que me riñas siempre. Si no estás contento me voy…

Tres veces cobarde, tres veces imbécil, ¡la retuve!

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

sábado, 21 de febrero de 2026

Los buitres bondadosos

Isaac Asimov

 

Hacía ya quince años que los hurrianos mantenían su base en la cara invisible de la Luna.

Era algo sin precedente; inaudito. Ningún hurriano había podido ni soñar que los entretendrían tanto tiempo. Las escuadrillas de descontaminación estaban dispuestas y esperando durante aquellos quince años; listas para descender como exhalaciones a través de las nubes radiactivas y salvar lo que pudiera salvarse para los escasos supervivientes… a cambio, naturalmente, de una paga justa y equitativa.

Pero el planeta había girado quince veces en torno a su sol. Cada vez que completaba una revolución, el satélite había girado casi trece veces en torno al planeta. Y durante todo aquel tiempo, la guerra nuclear no había estallado.

Los grandes primates inteligentes hacían estallar bombas nucleares en diversos puntos de la superficie del planeta. La estratosfera del mismo se había ido recalentando extraordinariamente con desechos radiactivos. Pero la guerra seguía sin estallar.

Devi-en deseaba con toda su alma que lo relevaran. Era el cuarto capitán al frente de aquella expedición colonizadora (si aún se la podía seguir llamando así, después de quince años de animación suspendida), y nada le habría alegrado más que un quinto capitán viniera a sustituirlo. La inminente llegada del Archiadministrador enviado por el planeta materno para que informara personalmente sobre la situación indicaba que su relevo tal vez estaba próximo. ¡Ojalá!

Estaba en la superficie de la Luna, metido en su traje del espacio y pensando en Hurria, su planeta natal. Mientras pensaba movía incansablemente largos y delgados brazos como si su instinto milenario lo hiciera ansiar los árboles ancestrales. Sólo se alzaba noventa centímetros sobre el suelo. Lo poco que podía verse de él a través del visor transparente de su casco era una cara negra y velluda, de frente arrugada, y nariz carnosa y móvil. El pequeño mechón de pelos finos que formaba su barba contrastaba vivamente, pues era de un blanco purísimo. En la parte trasera de la escafandra, un poco más abajo de su centro, se veía un bulto destinado a alojar cómodamente la corta y gruesa cola de los hurrianos.

Devi-en no se preocupaba lo más mínimo por su apariencia, desde luego, pero se daba perfecta cuenta de las diferencias que separaban a los hurrianos de las restantes inteligencias de la galaxia. Solamente los hurrianos eran tan pequeños; únicamente ellos poseían cola y eran vegetarianos… y sólo ellos se habían salvado de la inevitable guerra nuclear que había destruido a las demás especies racionales conocidas.

Se erguía en la llanura amurallada de muchos kilómetros de extensión… tan vasta, en realidad, que su borde elevado y circular (que en Hurria hubiera sido llamado un cráter, de haber sido más pequeño) se perdía tras el horizonte. Junto a la pared meridional del circo, en un lugar bastante protegido de la acción directa de los rayos solares, había crecido una ciudad. Por supuesto, comenzó como un campamento provisional, pero con el transcurso de los años los hurrianos trajeron hembras de su especie, y nacieron niños. En la actualidad había allí escuelas y complicadas plantaciones hidropónicas, grandes depósitos de agua, y todo cuanto es necesario para abastecer a una ciudad en un mundo sin aire.

¡Era ridículo! Y todo porque un planeta que tenía armas atómicas no se decidía a desencadenar una guerra.

El Archiadministrador, cuya llegada era inminente, se haría sin duda la misma pregunta que Devi-en se había formulado un incontable número de veces: ¿Por qué no había estallado una guerra nuclear?

Devi-en observó cómo los toscos y pesados mauvs preparaban el terreno para el aterrizaje, alisando las desigualdades del mismo y extendiendo la capa protectora de cerámica, destinada a absorber el empuje hiperatómico que se ejercería contra el campo, con el fin de evitar la menor incomodidad para los pasajeros que ocuparían la astronave.

Incluso cubiertos por sus escafandras del espacio, los mauvs parecían rebosar fuerza, pero era la fuerza muscular únicamente. Más allá se veía la figurilla de un hurriano dando órdenes, que los mauvs obedecían con docilidad. Naturalmente.

La raza mauviana era la única, entre las restantes especies de grandes primates inteligentes, que pagaba su tributo con algo completamente insólito: su aportación personal, en lugar de enviar artículos de consumo. Aquello constituía un tributo verdaderamente útil, mejor que el acero, el aluminio o las especias.

Una voz resonó de pronto en el receptor de Devi-en:

–Hemos avistado la nave, señor. Aterrizará antes de una hora.

–Muy bien –dijo Devi-en–. Que preparen mi coche para llevarme a la nave en cuanto se inicie el aterrizaje.

Algo le decía que las cosas no iban muy bien.

Apareció el Archiadministrador, escoltado por un séquito de cinco mauvs, su guardia personal. Penetraron en la ciudad con él, uno a cada lado y tres cerrando la marcha. Lo ayudaron a despojarse de su escafandra y luego se quitaron las suyas.

Sus cuerpos casi lampiños, sus anchas y toscas facciones, sus narices aplastadas y pómulos salientes resultaban repulsivos pero no causaban espanto. Aunque tenían una estatura doble que la de los hurrianos y eran mucho más fornidos que éstos, había una docilidad en su mirada, algo tan sumiso en su aspecto, que no inspiraban temor, a pesar de sus gruesos y musculosos cuellos y sus poderosos brazos, que pendían desvalidos.

El Archiadministrador los despidió con un gesto y ellos se fueron como una jauría de perros obedientes. En realidad, él no necesitaba su protección, pero el cargo que ostentaba requería un séquito de cinco mauvs, y tenía que atenerse al protocolo.

Ni durante la comida ni durante el interminable ritual de bienvenida hablaron de asuntos de estado, pero cuando llegó un momento que resultaba más adecuado para irse a dormir, el Archiadministrador se acarició la barbita con sus pequeños dedos y preguntó:

–¿Cuánto tiempo tendremos que esperar aún para este planeta, capitán?

Devi-en observó que estaba muy envejecido. El pelo de sus extremidades superiores era canoso, y los mechones de los codos corrían parejos en blancura con su barba.

–No sabría decírselo, Alteza –repuso Devi-en humildemente–. No han seguido el camino acostumbrado.

–Eso salta a la vista. Lo que yo pregunto es por qué no lo han seguido. El Consejo opina que tus informes prometen más que dan. Hablas de teorías pero no das ningún detalle. Tienes que saber que en Hurria ya empezamos a estar hartos de este asunto. Si sabes algo que todavía no nos has comunicado, ahora es el momento de decírmelo.

–La cuestión resulta difícil de demostrar, Alteza. Nunca habíamos podido espiar a una raza durante tanto tiempo. Hasta fecha muy reciente no nos hemos dedicado a observar lo que importa. Todos los años creíamos que la guerra nuclear estallaría de un momento a otro, y sólo desde que yo soy capitán nos hemos dedicado a estudiar con mayor intensidad a esa gente. Una de las pocas ventajas que nos ha reportado esta larga espera ha sido que hemos podido aprender bien algunos de sus principales idiomas.

–¿Ah, sí? ¿Sin desembarcar siquiera en el planeta?

Devi-en se lo explicó:

–Algunas de nuestras naves que penetraron en la atmósfera planetaria en misiones de observación, particularmente durante los primeros años, captaron bastante emisiones de radio. Utilicé nuestras computadoras lingüísticas para descifrarlas, y a lo largo del año pasado empecé a formarme una idea básica para comprenderlas.

El Archiadministrador le miraba sorprendido, conteniendo a duras penas una exclamación de asombro, que hubiera sido completamente superflua.

–¿Y has descubierto algo de interés?

–Es posible, Alteza, pero lo que conseguí averiguar es tan extraño y resulta tan difícil obtener pruebas palpables de ello que no me atreví a mencionarlo en mis informes oficiales.

El Archiadministrador lo comprendió así. Muy rígido, preguntó:

–¿Te importaría exponerme tus opiniones… de un modo extraoficial?

–Lo haré con sumo gusto, señor –repuso inmediatamente Devi-en–. Los habitantes de este planeta pertenecen, por supuesto, al grupo de los primates superiores. Y se hallan animados por un espíritu de lucha, que crea entre ellos innumerables rivalidades.

Su interlocutor dejó escapar algo que parecía un suspiro de alivio, y se pasó rápidamente la lengua por la nariz.

–Por un momento –dijo– había cruzado por mi cerebro la terrible idea que estuviesen desprovistos del espíritu de lucha que pudiera… pero te ruego que prosigas.

–Poseen espíritu de lucha y emulación –le dijo Devi-en–. Y muy superior al normal, se lo aseguro.

–Entonces, ¿por qué no se produce el curso natural de los acontecimientos?

–Hasta cierto punto, las cosas siguen el curso marcado, Alteza. Tras el largo período de incubación acostumbrado, empezaron a mecanizarse; y después de eso, las matanzas normales entre primates superiores se convirtieron en verdaderas guerras destructoras. Al finalizar su más reciente conflicto bélico a gran escala, surgieron las armas nucleares y la guerra terminó inmediatamente.

El Archiadministrador asintió.

–¿Y después? –preguntó.

–Después de eso –repuso Devi-en–, lo normal hubiera sido que estallara una nueva guerra, esta vez con armas atómicas, y durante la misma se hubieran desarrollado rápidamente las armas nucleares, adquiriendo un terrible poder destructor, para ser utilizado al estilo típico de los grandes primates, con el resultado que hubiera reducido la población en un santiamén a un puñado de supervivientes hambrientos que subsistirían penosamente en un mundo poblado de ruinas.

–Naturalmente, pero eso no sucedió. ¿Por qué no sucedió?

–Existe una posible explicación. Una vez metida por el camino de la mecanización, esta raza progresó con una rapidez extraordinaria.

–¿Y qué? –repuso el dignatario hurriano–. ¿Y eso qué importa? De ese modo, descubrieron las armas nucleares mucho antes.

–Es cierto. Pero después de la última guerra mundial continuaron perfeccionando sus armas nucleares con una rapidez insólita. Ese es el inconveniente. La potencia de estas armas había llegado a ser aterradora antes que la nueva guerra hubiera tenido tiempo de comenzar, y ahora la situación ha llegado a un punto en que ni siquiera estos belicosos primates se atreven a enzarzarse en una guerra.

El Archiadministrador abrió desmesuradamente sus ojillos negros y redondos.

–Pero eso es imposible. Me importa un bledo el talento técnico que posean estos seres. La ciencia militar sólo progresa durante la guerra y gracias a ella.

–Tal vez eso no sea así en el caso de estos seres particulares. Sin embargo, aunque lo fuera, lo curioso del caso es que ya están metidos en una guerra; no de verdad, pero guerra después de todo.

–¿No de verdad, pero guerra después de todo? –repitió el Archiadministrador, estupefacto–. ¿Qué significa eso?

–No lo sé con seguridad –dijo Devi-en, moviendo la nariz con exasperación–. Ahí es donde fallan mis intentos por ordenar de una manera lógica las informaciones dispares que poseemos. En este planeta tiene lugar lo que ellos llaman una Guerra Fría. Sea lo que sea, es algo que impulsa enormemente sus investigaciones, pero no provoca el aniquilamiento nuclear.

–¡Imposible! –exclamó el Archiadministrador.

–Ahí está el planeta, Alteza. Y aquí estamos nosotros. Quince años esperando.

El Archiadministrador levantó sus largos brazos, cruzándolos sobre la cabeza hasta que sus manos tocaron los hombros opuestos.

–En ese caso, sólo existe una solución. El Consejo ha tenido en cuenta la posibilidad que este planeta haya alcanzado una especie de impasse, una especie de paz armada que se mantiene en equilibrio al borde de una guerra nuclear. Algo parecido a lo que acabas de describir, aunque nadie dio los argumentos que tú has presentado. Pero es una situación inadmisible.

–¿Sí, Alteza?

–Sí –repuso el Archiadministrador, haciendo un esfuerzo visible–. Cuanto más tiempo se prolongue esta situación de equilibrio, mayores serán las probabilidades para que algún primate superior descubra la manera de efectuar viajes interestelares. Entonces, esta raza se desparramaría por la galaxia, a la que aportaría sus luchas y rivalidades. ¿Comprendes?

–¿Y qué hay que hacer, entonces?

El Archiadministrador hundió la cabeza entre los brazos, como si ni él mismo quisiera oír lo que iba a decir. Con voz ahogada, dijo:

–Para sacarles del precario equilibrio en que se encuentran, capitán, no hay más remedio que darles un empujón. Y se lo daremos nosotros.

A Devi-en se le revolvió el estómago, y la cena que había ingerido le subió a la garganta, produciéndole náuseas.

–¿Nosotros les daremos el empujón, Alteza?

Su mente se negaba a admitir aquella monstruosa posibilidad.

Pero el Archiadministrador se lo dijo sin ambages:

–Les ayudaremos a comenzar su guerra atómica. –Parecía dominado por la misma repugnancia y disgusto que afectaban a Devi-en. En un susurro, añadió–: ¡No tenemos más remedio!

Devi-en casi se había quedado sin habla. También en un susurro, preguntó:

–Pero, ¿cómo puede hacerse una cosa tan horrible, Alteza?

–No lo sé… Y no me mires así. La decisión no es mía. Corresponde al Consejo. Estoy seguro de que comprenderán las consecuencias que tendría para la galaxia la irrupción en el espacio de una raza de grandes primates inteligentes y poderosos, no amansada por una guerra nuclear.

Devi-en se estremeció ante esta perspectiva. El espíritu de lucha y emulación suelto por la galaxia… sin embargo, insistió:

–Pero, ¿cómo se empieza una guerra nuclear? ¿Cómo se hace?

–Lo ignoro absolutamente, ya te lo dije. Pero debe existir alguna norma; tal vez un… un mensaje que pudiésemos enviar… O una tempestad que pudiésemos impulsar reuniendo formaciones nubosas… Podemos alterar considerablemente sus condiciones meteorológicas, si nos lo proponemos.

–Pero ¿cree, Alteza, que eso bastaría para originar una guerra nuclear? –preguntó Devi-en, escéptico.

–Tal vez no. Lo menciono únicamente a modo de ejemplo. Pero esos primates lo saben. Ten en cuenta que son ellos quienes inician las guerras nucleares de verdad. Eso se halla impreso en su cerebro. Y ahora viene la decisión principal adoptada por el Consejo.

Devi-en notó el leve ruido que hacía su cola al golpear suavemente la silla. Trató de evitarlo, sin conseguirlo.

–¿Cuál es la decisión, Alteza?

–Capturar a un primate superior en la propia superficie del planeta. Raptarlo.

–¿Un primate salvaje?

–Por el momento, en el planeta sólo existen primates salvajes. Todavía no han sido domesticados.

–¿Y qué cree el Consejo que conseguiremos con eso?

Devi-en hundió la cabeza todo cuanto pudo entre sus paletillas. Le temblaba la piel de los sobacos a causa de la repulsión que experimentaba. ¡Capturar a uno de aquellos grandes primates salvajes! Trató de imaginarse a uno de ellos, aún no domeñado por los embrutecedores efectos de una guerra nuclear, todavía no alterado por la civilizadora influencia de la eugenesia hurriana.

El Archiadministrador no hizo el menor intento por ocultar la evidente repulsión que él también sentía, pero dijo:

–Tú irás al frente de la expedición de captura, capitán. Piensa que es por el bien de la galaxia.

 

Devi-en había visto bastantes veces el planeta, pero cada vez que rodeaba a la Luna con su nave y aquel mundo aparecía en su campo de visión, lo dominaba una oleada de insufrible nostalgia.

Era un hermoso planeta, muy semejante a Hurria en cuanto a dimensiones y características, pero más salvaje y grandioso. Su contemplación, viniendo de la desolada Luna, causaba una impresión extraordinaria.

Se preguntó cuántos planetas como aquél figurarían entonces en las listas de colonización de los hurrianos. ¿Cuántos otros planetas existirían, respecto a los cuales los grupos de meticulosos observadores comunicarían cambios de apariencia periódicos, que sólo podrían interpretarse como causados por sistemas de cultivo artificiales de plantas alimenticias? ¿Por cuántas veces en el futuro llegaría un día en que la radiactividad en la alta atmósfera de uno de aquellos planetas empezaría a subir, en que las escuadrillas de colonización partirían raudas al observar aquellas inequívocas señales?

…Como era el caso de aquel planeta.

Causaba verdadera pena la confianza con que los hurrianos procedieron al principio. Devi-en hubiera reído de buena gana al leer aquellos primeros informes, si no se hubiera encontrado atrapado en la actualidad en la misma empresa. Las navecillas de exploración de los hurrianos se habían acercado al planeta para recoger datos geográficos y localizar los centros de población. Desde luego fueron avistadas, pero eso poco importaba ya, estando tan próxima, como ellos creían, la explosión final.

¿Tan próxima?… Fueron pasando los años y las navecillas de reconocimiento empezaron a adoptar mayores precauciones, y se apartaron del planeta.

La navecilla de Devi-en también avanzaba cautelosamente en aquella ocasión. Sus tripulantes estaban muy nerviosos a causa del carácter repelente que tenía aquella misión; por más que Devi-en les aseguró que no pensaban hacer daño al gran primate que iban a capturar, ellos se mostraban inquietos. Aun así, tenían que proceder con calma. La captura tenía que efectuarse en un lugar desierto. Así, permanecieron varios días en la navecilla, inmóviles a una altura de dieciséis kilómetros, cerniéndose sobre una región fragosa, desierta e inculta. A medida que transcurría el tiempo, el nerviosismo de la tripulación aumentaba. Solamente los estólidos mauvs conservaban la calma.

Hasta que un día la pantalla les mostró a uno de aquellos seres, que avanzaba solo por el terreno desigual, con un largo bastón en una mano y una mochila a la espalda.

La nave descendió silenciosamente, a velocidad supersónica. El propio Devi-en, con el pelo erizado, empuñaba los mandos.

Pudieron oír que aquel ser decía dos cosas antes de que lo capturaran, y estas frases fueron los primeros comentarios registrados para analizarlos más tarde con la computadora mentálica.

La primera frase, pronunciada por el gran primate cuando éste advirtió la nave casi encima de su cabeza, fue captada por el telemicrófono direccional, y fue la siguiente:

–¡Dios mío! ¡Un platillo volador!

Devi-en comprendió la segunda parte de la frase. Era así como los grandes primates denominaban a las naves hurrianas; aquel término se había puesto en boga durante aquellos años de observación descuidada.

Aquella salvaje criatura pronunció su segunda frase cuando la subieron a la nave, debatiéndose como una fiera pero sin poder librarse del férreo abrazo de los imperturbables mauvs.

Devi-en, jadeante, con su carnosa nariz temblando ligeramente, se adelantó a recibirlo, y aquel ser (cuya cara desagradable y lampiña estaba recubierta de una secreción aceitosa) vociferó:

–¡Lo que faltaba! ¡Un mono!

Devi-en comprendió también la segunda parte de la frase. Con aquella palabra se designaba a una especie de pequeños primates en uno de los principales idiomas del planeta.

 

El cautivo, de un salvajismo extraordinario, era casi imposible de manejar. Hizo falta infinita paciencia antes de poder dirigirle la palabra de una manera razonable. Al principio sufría crisis tras crisis. El primate se dio cuenta casi inmediatamente de que se lo llevaban de la Tierra, y lo que Devi-en creía que supondría una emocionante experiencia para él, resultó ser todo lo contrario. Se pasaba el tiempo hablando de sus crías y de una hembra.

“Tienen mujeres e hijos –pensó Devi-en, lleno de compasión–, y a su manera los quieren, pues son primates superiores”.

Luego hubo que hacerle comprender que los mauvs que lo custodiaban y lo sujetaban cuando sus accesos de violencia lo hacían necesario no le harían daño, y que nadie pensaba maltratarlo.

(Devi-en sentía náuseas ante la idea de que un ser racional pudiera causar daño a otro. Le resultaba difícil, dificilísimo, hablar de aquel tema, aunque sólo fuera para admitir la posibilidad un momento y negarla en seguida. El ser arrebatado a aquel planeta consideraba con gran suspicacia aquellas vacilaciones. Aquellos grandes primates eran así).

Durante el quinto día, cuando tal vez a causa de su agotamiento aquel ser permaneció mucho rato tranquilo, Devi-en pudo hablar con él en su propio camarote, y de pronto el primero se encolerizó cuando el hurriano se puso a explicarle, sin dar mayor importancia a la cosa, que ellos esperaban a que estallase una guerra nuclear.

–¿Así que ustedes están esperando eso, eh? –gritó aquel ser–. ¿Y qué los hace estar tan seguros de que habrá una guerra?

Devi-en no estaba seguro de ello, por supuesto, pero repuso:

–Siempre termina por producirse una guerra nuclear. Nosotros nos proponemos venir en su ayuda después de ella.

–Después de ella, ¿eh?

Empezó a proferir palabras incoherentes. Movió con violencia los brazos, y los mauvs apostados junto a él tuvieron que sujetarlo con suavidad y llevárselo.

Devi-en suspiró. Ya tenía una buena colección de frases pronunciadas por el primate… Tal vez la computadora consiguiera desentrañar algo gracias a ellas. En cuanto a él, le resultaban completamente disparatadas.

Además, aquel ser no medraba. Su cuerpo estaba casi totalmente desprovisto de vello, hecho que la observación a larga distancia no había revelado, debido a las pieles artificiales con que se cubrían, ya fuese para procurarse calor o a causa de la repulsión instintiva que incluso aquellos grandes primates experimentaban por la epidermis desprovista de pelo.

Hecho sorprendente: en la cara de aquel ser había empezado a brotar un vello parecido al que cubría la cara del hurriano, aunque más abundante y más oscuro.

Pero lo principal era que no medraba. Había adelgazado mucho, pues apenas probaba bocado, y si aquello duraba mucho, su salud se resentiría. Devi-en no quería, de ningún modo, asumir aquella responsabilidad.

Al día siguiente, el gran primate se mostraba muy calmado. Casi hablaba con animación, volviendo al tema de la guerra nuclear, que era lo que más parecía interesarle. (¡Qué atracción tan terrible ejercía aquel tema sobre la mente de los grandes primates!, se dijo Devi-en).

–¿Dices que siempre acaba produciéndose la guerra nuclear? –dijo el primate–. ¿Significa eso que existen otros seres además de nosotros, ustedes y… ellos?

E indicó a los mauvs, apostados junto a él.

–Existen millares de especies inteligentes, que habitan en miles de mundos. Muchos miles –respondió Devi-en.

–¿Y todos ellos tienen guerras nucleares?

–Todos cuantos han alcanzado determinado nivel técnico. Todos menos nosotros. Nosotros somos distintos. Nos falta el espíritu de lucha. En cambio, poseemos el instinto de la cooperación.

–¿Quieres decir que ustedes saben que ocurrirán guerras nucleares y no hacen nada por evitarlas?

–Sí, hacemos lo que podemos –repuso Devi-en dolido–. Nos esforzamos por prestarles ayuda. En los antiguos tiempos de mi pueblo, cuando descubrimos los viajes interplanetarios, no comprendíamos a los grandes primates, los cuales rechazaban sistemáticamente nuestros ofrecimientos de amistad, hasta que renunciamos a seguir ofreciéndosela. Fue entonces cuando descubrimos mundos cubiertos de ruinas radiactivas. Hasta que por último llegamos a un mundo enzarzado en una terrible guerra nuclear. Quedamos horrorizados, pero nada pudimos hacer. Poco a poco fuimos descubriendo la verdad. Actualmente, nos hallamos ya en disposición de intervenir en cualquier mundo que haya alcanzado la era nuclear. Después de la guerra que lo destruye, intervenimos con nuestros equipos de descontaminación y nuestros analizadores eugenésicos.

–¿Qué son los analizadores eugenésicos?

Devi-en había creado aquella expresión por analogía con lo que conocía del idioma de aquellos primates. Ahora, midiendo cuidadosamente sus palabras, contestó:

–Regulamos las uniones y las esterilizaciones para extirpar en lo posible el instinto belicoso en los supervivientes.

Por unos momentos creyó que el primate iba a montar nuevamente en cólera.

Pero en lugar de ello, su salvaje interlocutor dijo con voz monótona:

–Los convierten en dóciles criaturas como ésos, ¿verdad?

E indicó de nuevo a los mauvs.

–No, no. Esos son distintos. Sencillamente, conseguimos que los supervivientes se contenten con vivir en el seno de una sociedad pacífica, sin ambiciones de conquista ni agresión, sometida a nuestra égida. Sin esta premisa, se destruirían mutuamente, como se destruyeron, antes de nuestra llegada.

–¿Y ustedes qué obtendrán a cambio de eso?

Devi-en miró con expresión de duda al salvaje. ¿Era verdaderamente necesario explicarle cuál era el placer fundamental de la vida? Sin embargo, le preguntó:

–¿No te satisface ayudar al prójimo?

–Prosigue. Dejando eso aparte, ¿qué sacan a cambio?

–Naturalmente, Hurria recibe ciertos tributos.

–Ya.

–Considero que lo menos que puede hacer una especie que nos debe su salvación es pagárnoslo de alguna manera –protestó Devi-en–. Además, hay que amortizar los gastos de la operación. No les pedimos mucho, y siempre cosas que se adapten a la propia naturaleza de su mundo. Por ejemplo, puede ser un envío anual de madera, si se trata de un mundo selvático; sales de manganeso, en un mundo que las tenga… como el mundo de donde proceden los mauvs es muy pobre en recursos naturales, se han ofrecido a facilitarnos cierto número de ellos para que los empleemos como ayudantes personales. Poseen una fuerza tremenda, notable incluso entre los grandes primates, y los sometemos a la acción de drogas indoloras anticerebrales.

–¡Hacen de ellos una especie de zombies, vaya!

Devi-en conjeturó el significado de aquella palabra, y repuso con indignación:

–¡Nada de eso! Lo hacemos únicamente para que se hallen contentos con su papel de servidores y se olviden de sus hogares. No queremos de ningún modo que se sientan desdichados. ¡Ten en cuenta que son seres inteligentes!

–¿Y qué harían con la Tierra si nosotros libráramos una guerra nuclear?

–Hemos tenido quince años para decidirlo –repuso Devi-en–. Su mundo es muy rico en hierro y ha creado una magnífica industria siderúrgica. Me parece que les pediríamos acero –suspiró–. Pero en este caso su contribución no compensaría los gastos. Llevamos por lo menos diez años de más en espera.

–¿A cuántas razas imponen esta clase de contribuciones? –le preguntó el gran primate.

–Desconozco su número exacto. Desde luego, a más de mil.

–Entonces, ustedes son los pequeños reyes de la galaxia, ¿no te parece? Mil mundos se aniquilan para contribuir a su bienestar. Pero además son otra cosa.

El salvaje empezaba a alzar la voz, la cual adquiría un tono agudo.

–Son unos buitres –declaró.

–¿Buitres? –dijo Devi-en, tratando de recordar aquella palabra.

–Devoradores de carroña. Unos pajarracos que esperan hasta que muera de sed algún pobre animal en el desierto, y entonces descienden para comerse su cadáver.

Devi-en notó que se mareaba al evocar en su mente aquella horrible imagen. Se sintió desfallecer. Con voz débil, dijo:

–No, no… nosotros ayudamos a las especies.

–Esperan a que estalle la guerra, como una bandada de buitres.

Transcurrieron varios días antes que Devi-en se sintiera capaz de entrevistarse de nuevo con el salvaje. Estuvo a punto de faltarle al respeto al Archiadministrador cuando éste insistió una y otra vez en que le faltaban datos para realizar un análisis completo de la estructura mental de aquellos salvajes.

Audazmente, Devi-en afirmó:

–Seguramente, hay datos más que suficientes para dar alguna solución a nuestro problema.

La nariz del Archiadministrador tembló, y su lengua rosada pasó sobre ella reflexivamente.

–Tal vez exista una solución, pero no confío en ella. Nos enfrentamos con una especie que se aparta por completo de lo corriente. Eso ya lo sabíamos. No podemos cometer la más leve equivocación… una cosa, antes de terminar. Hemos capturado un ejemplar extremadamente inteligente. A menos que… a menos que represente el tipo moral de su raza.

Esta idea pareció soliviantar al Archiadministrador.

Devi-en dijo:

–Ese salvaje evocó la horrible imagen de aquel… de aquel pájaro… de aquel llamado…

–Buitre –completó el Archiadministrador.

–Esa imagen da a toda nuestra empresa una luz completamente diferente. Desde entonces he sido incapaz de comer como es debido, ni de dormir. A decir verdad, mucho me temo que tendré que pedir el relevo…

–Pero no antes de terminar lo que nos ha traído aquí –dijo el Archiadministrador con firmeza–. ¿Crees que me gusta sentirme un… devorador de carroña?… Debes reunir más datos.

Finalmente, Devi-en asintió. Naturalmente, lo había entendido. El Archiadministrador no deseaba más que cualquier otro hurriano originar una guerra atómica. Daba largas al asunto todo cuanto le estaba permitido.

Devi-en se dispuso a celebrar una nueva entrevista con el salvaje. Resultó algo completamente insoportable, y la última que celebró.

 

El salvaje mostraba una contusión en la mejilla, como si se hubiera resistido de nuevo a los mauvs. En realidad, les había ofrecido resistencia. Les había enfrentado tantas veces que los mauvs, a pesar de todos sus esfuerzos por no hacerle daño, no habían podido evitar lastimarlo en una ocasión. Era de suponer que el salvaje se daría cuenta de hasta qué punto ellos trataban de no hacerle daño, y que eso hubiera debido aplacarlo. En cambio, era como si el convencimiento de la seguridad en que se hallaba lo estimulara a ofrecer más resistencia.

(Aquellas especies de primates superiores eran malignas, malignas y resabiadas, se dijo Devi-en con tristeza).

Durante más de una hora la conversación giró en torno a cuestiones sin importancia, hasta que el salvaje preguntó envalentonándose de pronto:

–¿Cuánto tiempo dices que han estado observándonos, mamarrachos?

–Quince de sus años –repuso Devi-en.

–Eso concuerda. Los primeros platillos voladores fueron vistos poco después de la Segunda Guerra Mundial. ¿Cuánto tiempo faltaba entonces para la guerra nuclear?

Con automática sinceridad, Devi-en contestó:

–Ojalá lo supiera.

Y se interrumpió de pronto.

El salvaje prosiguió:

–Yo creía que la guerra nuclear era inevitable… la última vez que nos vimos dijiste que habían permanecido aquí diez años de más. Estuvieron esperando a que estallara la guerra durante diez años, ¿verdad?

–Prefiero no discutir ese tema.

–¿No? –vociferó el salvaje–. ¿Y qué piensan hacer, dime? ¿Cuánto tiempo piensan esperar? ¿Por qué no nos dan un empujón? No se limiten a esperar, buitres, empiecen una.

Devi-en se puso en pie de un salto.

–¿Qué estás diciendo?

–¿Qué están esperando, asquerosos…? –pronunció un epíteto completamente incomprensible y luego prosiguió, casi sin aliento–: ¿No es eso lo que hacen los buitres cuando algún pobre animal flaco y macilento, o tal vez un hombre, tarda demasiado en morir? No pueden esperar. Bajan en tropel y le sacan los ojos a picotazos. Entonces esperan a que esté completamente indefenso, para precipitar su muerte.

Devi-en se apresuró a ordenar que se lo llevaran y luego se retiró a su cabina, donde permaneció encerrado varias horas, sintiéndose verdaderamente mal. Aquella noche no logró conciliar el sueño. La palabra “buitre” resonaba en sus oídos, y aquella horrible imagen final bailaba ante sus ojos.

 

Devi-en dijo con firmeza y decisión:

–Alteza, no puedo seguir hablando con el salvaje. Aunque usted necesite más datos, lo siento mucho, pero no puedo ayudarlo.

El Archiadministrador se veía ojeroso y fatigado.

–Lo comprendo. Eso de compararnos con buitres… claro, no lo puedes soportar. Sin embargo, habrás advertido que esa idea no hace mella en él. Los grandes primates son inmunes a estas cosas; son seres duros y despiadados. Su mentalidad es así. Espantoso.

–No puedo proporcionarle más datos.

–De acuerdo, de acuerdo. Lo comprendo… además, cada nueva cosa que sabemos sólo sirve para reforzar la verdad definitiva; la verdad que yo creía que sólo era provisional, que esperaba ardientemente que lo fuera.

Enterró la cabeza entre sus canosos brazos.

–Existe un medio de desencadenar esta guerra atómica.

–¿Ah, sí? ¿Qué debemos hacer?

–Es algo muy sencillo, de una eficacia directa. Algo que tal vez no se me hubiera ocurrido jamás. Ni a ti.

–¿En qué consiste, Alteza?

Devi-en se sentía dominado por un gran temor a conocer aquel secreto.

–Lo que actualmente mantiene la paz en ese planeta es el temor que comparten ambos bandos en pugna de asumir la responsabilidad de iniciar una guerra. Si uno de los dos lo hiciera, sin embargo, el otro… bueno, digámoslo de una vez… tomaría inmediatamente represalias.

Devi-en asintió.

–Si una sola bomba atómica cayera en el territorio de uno de ambos bandos –prosiguió el Archiadministrador–, los agredidos supondrían inmediatamente que la agresión partía del otro bando. Comprenderían que no podían esperar pasivamente a ser objeto de nuevos ataques. A las pocas horas, tal vez incluso antes, lanzarían un contraataque; a su vez, el otro bando replicaría a éste. En pocas semanas la guerra habría terminado.

–Pero, ¿cómo obligaremos a uno de los dos bandos a que lance la primera bomba?

–No lo obligaremos, capitán. Esa es la cuestión. Lanzaremos la primera bomba nosotros.

–¿Cómo?

Devi-en creyó que iba a desmayarse.

–Lo que oyes. Tras analizar la mente de un gran primate, el resultado lógico es ése.

–Pero, ¿cómo podemos hacer eso?

–Montaremos una bomba. Es una operación bastante fácil. Una nave la transportará hasta el planeta y la dejará caer sobre una zona habitada…

–¿Habitada?

El Archiadministrador apartó la vista y repuso con marcado nerviosismo.

–De lo contrario, no conseguiríamos el efecto apetecido.

–Comprendo –dijo Devi-en, imaginándose buitres, docenas de buitres.

No podía apartar de sí aquel pensamiento. Se los imaginaba como enormes aves escamosas (semejantes a las pequeñas e inofensivas criaturas aladas de Hurria, pero inmensamente mayores), con alas membranosas y largos picos afilados como navajas, descendiendo en círculos para picotear los ojos de los moribundos.

Se cubrió los ojos con una mano. Con voz trémula, preguntó:

–¿Quién pilotará la nave? ¿Quién lanzará la bomba?

La voz del Archiadministrador apenas era más segura que la de Devi-en, cuando repuso:

–No lo sé.

–Yo no –rechazó Devi-en–. No puedo. Ningún hurriano será capaz de hacerlo… A ningún precio.

El Archiadministrador osciló como si fuera a caer.

–Tal vez podríamos dar órdenes a los mauvs…

–¿Y quién les daría tan nefastas órdenes?

El Archiadministrador suspiró profundamente.

–Llamaré al Consejo. Tal vez ellos tengan todos los datos y sean capaces de indicarnos lo que debo hacer.

Así, habiendo transcurrido poco más de quince años desde su llegada, los hurrianos empezaron a desmantelar su base de la otra cara de la Luna.

Nada se había hecho. Los grandes primates del planeta no se habían destruido mutuamente en una guerra nuclear; ésta tal vez no estallaría nunca.

Y a pesar de la terrible amenaza que eso significaba para el futuro, Devi-en experimentaba una gozosa agonía. De nada servía pensar en el futuro. El presente importaba; el presente, que lo alejaba del más horrible de los mundos.

Vio como la Luna se hundía hasta convertirse en una manchita luminosa, junto con el planeta y el propio sol del sistema, hasta que éste se perdió entre las constelaciones.

Sólo entonces experimentó alivio. Sólo entonces sintió un leve asomo de lo que habría podido suceder.

Volviéndose hacia el Archiadministrador, le dijo:

–Tal vez todo habría ido bien si hubiéramos tenido un poco más de paciencia. Quizá hubieran terminado por meterse en una guerra nuclear.

–Tengo mis dudas –repuso el Archiadministrador–. El análisis mentálico de… ya sabes…

Devi-en sabía muy bien a quién se refería. El salvaje apresado había sido devuelto a su planeta con la mayor delicadeza posible. Los acontecimientos de las últimas semanas fueron borrados de su mente. Lo depositaron cerca de una pequeña población, no muy lejos del lugar donde fue capturado. Sus semejantes supondrían que se había perdido. Atribuirían su falta de peso, sus magulladuras y su amnesia a las penalidades que había tenido que soportar.

Pero el daño que él había causado…

Si al menos no lo hubieran llevado a la Luna… Tal vez hubieran terminado por aceptar la idea de iniciar una guerra. Quizás hubieran llegado incluso a fabricar una bomba, y a imaginar algún sistema indirecto de mando a distancia para lanzarla.

Fue la imagen de los buitres, evocada por el salvaje, lo que lo echó todo a perder. Aquella terrible palabra había deshecho moralmente a Devi-en y al Archiadministrador. Cuando se enviaron a Hurria todos los datos reunidos, el efecto que los mismos produjeron en el Consejo fue notable. A consecuencia de ello, no tardó en recibirse orden de desmantelar la base.

Devi-en observó:

–No pienso participar nunca más en empresas de colonización.

El Archiadministrador dijo tristemente:

–Es posible que ninguno de nosotros vuelva a participar en ellas, cuando los salvajes de este planeta se desparramen por el espacio. La aparición en la galaxia de estos seres de tan belicosa mentalidad significará el fin de… de…

La nariz de Devi-en se contrajo. El fin de todos; de todo el bien que Hurria había sembrado a manos llenas en la galaxia; de todo el bien que hubiera seguido sembrando.

–Deberíamos haber lanzado… –dijo, sin completar la frase.

¿De qué servía ya decirlo? No habrían podido lanzar la bomba ni aunque hubiera sido por toda la galaxia. Si hubieran podido hacerlo, habrían demostrado que pensaban como los grandes primates, y hay cosas mucho peores aún que el fin de todas las cosas.

Devi-en volvió a pensar en los buitres.

 

(Tomado de Asimov, Isaac, Cuentos completos. Volumen I, Ediciones B, Madrid, 2002)