sábado, 3 de octubre de 2026

Nadie encendía las lámparas

Felisberto Hernández

 

Hace mucho tiempo leía yo un cuento en una sala antigua. Al principio entraba por una de las persianas un poco de sol. Después se iba echando lentamente encima de algunas personas hasta alcanzar una mesa que tenía retratos de muertos queridos. A mí me costaba sacar las palabras del cuerpo como de un instrumento de fuelles rotos. En las primeras sillas estaban dos viudas dueñas de casa; tenían mucha edad, pero todavía les abultaba bastante el pelo de los moños. Yo leía con desgano y levantaba a menudo la cabeza del papel; pero tenía que cuidar de no mirar siempre a una misma persona; ya mis ojos se habían acostumbrado a ir a cada momento a la región pálida que quedaba entre el vestido y el moño de una de las viudas. Era una cara quieta que todavía seguiría recordando por algún tiempo un mismo pasado. En algunos instantes sus ojos parecían vidrios ahumados detrás de los cuales no había nadie. De pronto yo pensaba en la importancia de algunos concurrentes y me esforzaba por entrar en la vida del cuento. Una de las veces que me distraje vi a través de las persianas moverse palomas encima de una estatua. Después vi, en el fondo de la sala, una mujer joven que había recostado la cabeza contra la pared; su melena ondulada estaba muy esparcida y yo pasaba los ojos por ella como si viera una planta que hubiera crecido contra el muro de una casa abandonada. A mí me daba pereza tener que comprender de nuevo aquel cuento y transmitir su significado; pero a veces las palabras solas y la costumbre de decirlas producían efecto sin que yo interviniera y me sorprendía la risa de los oyentes. Ya había vuelto a pasar los ojos por la cabeza que estaba recostada en la pared y pensé que la mujer acaso se hubiera dado cuenta; entonces, para no ser indiscreto, miré hacia la estatua. Aunque seguía leyendo, pensaba en la inocencia con que la estatua tenía que representar un personaje que ella misma no comprendería. Tal vez ella se entendería mejor con las palomas: parecía consentir que ellas dieran vueltas en su cabeza y se posaran en el cilindro que el personaje tenía recostado al cuerpo. De pronto me encontré con que había vuelto a mirar la cabeza que estaba recostada contra la pared y que en ese instante ella había cerrado los ojos. Después hice el esfuerzo de recordar el entusiasmo que yo tenía las primeras veces que había leído aquel cuento; en él había una mujer que todos los días iba a un puente con la esperanza de poder suicidarse. Pero todos los días surgían obstáculos. Mis oyentes se rieron cuando en una de las noches alguien le hizo una proposición y la mujer, asustada, se había ido corriendo para su casa.

La mujer de la pared también se reía y daba vuelta la cabeza en el muro como si estuviera recostada en una almohada. Yo ya me había acostumbrado a sacar la vista de aquella cabeza y ponerla en la estatua. Quise pensar en el personaje que la estatua representaba; pero no se me ocurría nada serio; tal vez el alma del personaje también habría perdido la seriedad que tuvo en vida y ahora andaría jugando con las palomas. Me sorprendí cuando algunas de mis palabras volvieron a causar gracia; miré a las viudas y vi que alguien se había asomado a los ojos ahumados de la que parecía más triste. En una de las oportunidades que saqué la vista de la cabeza recostada en la pared, no miré la estatua sino a otra habitación en la que creí ver llamas encima de una mesa; algunas personas siguieron mi movimiento; pero encima de la mesa solo había una jarra con flores rojas y amarillas sobre las que daba un poco de sol.

Al terminar mi cuento se encendió el barullo y la gente me rodeó; hacían comentarios y un señor empezó a contarme un cuento de otra mujer que se había suicidado. Él quería expresarse bien, pero tardaba en encontrar las palabras; y además hacía rodeos y digresiones. Yo miré a los demás y vi que escuchaban impacientes; todos estábamos parados y no sabíamos qué hacer con las manos. Se había acercado la mujer que usaba esparcidas las ondas del pelo. Después de mirarla a ella, miré la estatua. Yo no quería el cuento porque me hacía sufrir el esfuerzo de aquel hombre persiguiendo palabras: era como si la estatua se hubiera puesto a manotear las palomas.

La gente que me rodeaba no podía dejar de oír al señor del cuento; él lo hacía con empecinamiento torpe y como si quisiera decir: “soy un político, sé improvisar un discurso y también contar un cuento que tenga su interés”.

Entre los que oíamos había un joven que tenía algo extraño en la frente: era una franja oscura en el lugar donde aparece el pelo; y ese mismo color –como el de una barba tupida que ha sido recién afeitada y cubierta de polvos– le hacía grandes entradas en la frente. Miré a la mujer del pelo esparcido y vi con sorpresa que ella también me miraba el pelo a mí. Y fue entonces cuando el político terminó el cuento y todos aplaudieron. Yo no me animé a felicitarlo y una de las viudas dijo: “siéntense, por favor” Todos lo hicimos y se sintió un suspiro bastante general; pero yo me tuve que levantar de nuevo porque una de las viudas me presentó a la joven del pelo ondeado: resultó ser sobrina de ella. Me invitaron a sentarme en un gran sofá para tres; de un lado se puso la sobrina y del otro el joven de la frente pelada. Iba a hablar la sobrina, pero el joven la interrumpió. Había levantado una mano con los dedos hacia arriba –como el esqueleto de un paraguas que el viento hubiera doblado– y dijo:

–Adivino en usted un personaje solitario que se conformaría con la amistad de un árbol.

Yo pensé que se había afeitado así para que la frente fuera más amplia, y sentí maldad de contestarle:

–No crea; a un árbol no podría invitarlo a pasear.

Los tres nos reímos. Él echó hacia atrás su frente pelada y siguió:

–Es verdad; el árbol es el amigo que siempre se queda.

Las viudas llamaron a la sobrina. Ella se levantó haciendo un gesto de desagrado; yo la miraba mientras se iba, y solo entonces me di cuenta que era fornida y violenta. Al volver la cabeza me encontré con un joven que me fue presentado por el de la frente pelada. Estaba recién peinado y tenía gotas de agua en las puntas del pelo. Una vez yo me peiné así, cuando era niño, y mi abuela me dijo: “Parece que te hubieran lambido las vacas.” El recién llegado se sentó en el lugar de la sobrina y se puso a hablar.

–¡Ah, Dios mío, ese señor del cuento, tan recalcitrante!

De buena gana yo le hubiera dicho: “¿Y usted?, ¿tan femenino?” Pero le pregunté:

–¿Cómo se llama?

–¿Quién?

–El señor… recalcitrante.

–Ah, no recuerdo. Tiene un nombre patricio. Es un político y siempre lo ponen de miembro en los certámenes literarios.

Yo miré al de la frente pelada y él me hizo un gesto como diciendo: “¡Y qué le vamos a hacer!”

Cuando vino la sobrina de las viudas sacó del sofá al “femenino” sacudiéndolo de un brazo y haciéndole caer gotas de agua en el saco. Y enseguida dijo:

–No estoy de acuerdo con ustedes.

–¿Por qué?

–…y me extraña que ustedes no sepan cómo hace el árbol para pasear con nosotros.

–¿Cómo?

–Se repite a largos pasos.

Le elogiamos la idea y ella se entusiasmó:

–Se repite en una avenida indicándonos el camino; después todos se juntan a lo lejos y se asoman para vernos; y a medida que nos acercamos se separan y nos dejan pasar.

Ella dijo todo esto con cierta afectación de broma y como disimulando una idea romántica. El pudor y el placer la hicieron enrojecer. Aquel encanto fue interrumpido por el femenino:

–Sin embargo, cuando es la noche en el bosque, los árboles nos asaltan por todas partes; algunos se inclinan como para dar un paso y echársenos encima; y todavía nos interrumpen el camino y nos asustan abriendo y cerrando las ramas.

La sobrina de las viudas no se pudo contener.

–¡Jesús, pareces Blancanieves!

Y mientras nos reíamos, ella me dijo que deseaba hacerme una pregunta y fuimos a la habitación donde estaba la jarra con flores. Ella se recostó en la mesa hasta hundirse la tabla en el cuerpo; y mientras se metía las manos entre el pelo, me preguntó:

–Dígame la verdad: ¿por qué se suicidó la mujer de su cuento?

–¡Oh!, habría que preguntárselo a ella.

–Y usted, ¿no lo podría hacer?

–Sería tan imposible como preguntarle algo a la imagen de un sueño.

Ella sonrió y bajó los ojos. Entonces yo pude mirarle toda la boca, que era muy grande. El movimiento de los labios, estirándose hacia los costados, parecía que no terminaría más; pero mis ojos recorrían con gusto toda aquella distancia de rojo húmedo. Tal vez ella viera a través de los párpados; o pensara que en aquel silencio yo no estuviera haciendo nada bueno, porque bajó mucho la cabeza y escondió la cara. Ahora mostraba toda la masa del pelo; en un remolino de las ondas se le veía un poco de la piel, y yo recordé a una gallina que el viento le había revuelto las plumas y se le veía la carne. Yo sentía placer en imaginar que aquella cabeza era una gallina humana, grande y caliente; su calor sería muy delicado y el pelo era una manera muy fina de las plumas.

Vino una de las tías –la que no tenía los ojos ahumados– a traernos copitas de licor. La sobrina levantó la cabeza y la tía le dijo:

–Hay que tener cuidado con éste; mira que tiene ojos de zorro.

Volví a pensar en la gallina y le contesté:

–¡Señora! ¡No estamos en un gallinero!

Cuando nos volvimos a quedar solos y mientras yo probaba el licor –era demasiado dulce y me daba náuseas–, ella me preguntó:

–¿Usted nunca tuvo curiosidad por el porvenir?

Había encogido la boca como si la quisiera guardar dentro de la copita.

–No, tengo más curiosidad por saber lo que le ocurre en este mismo instante a otra persona; o en saber qué haría yo ahora si estuviera en otra parte.

–Dígame, ¿qué haría usted ahora si yo no estuviera aquí?

–Casualmente lo sé: volcaría este licor en la jarra de las flores.

Me pidieron que tocara el piano. Al volver a la sala la viuda de los ojos ahumados estaba con la cabeza baja y recibía en el oído lo que la hermana le decía con insistencia. El piano era pequeño, viejo y desafinado. Yo no sabía qué hacer; pero apenas empecé a probarlo la viuda de los ojos ahumados soltó el llanto y todos nos callamos. La hermana y la sobrina la llevaron para adentro; y al ratito vino la sobrina y nos dijo que su tía no quería oír música desde la muerte de su esposo –se habían amado hasta llegar a la inocencia.

Los invitados empezaron a irse. Y los que quedamos hablábamos en voz cada vez más baja a medida que la luz se iba. Nadie encendía las lámparas.

Yo me iba entre los últimos, tropezando con los muebles, cuando la sobrina me detuvo:

–Tengo que hacerle un encargo.

Pero no me dijo nada: recostó la cabeza en la pared del zaguán y me tomó la manga del saco.

 

(Tomado de www.lecturia.org)

 

La paraca

Abraham Valdelomar

 

I

La muerte, que tiene llave de todas las casas, y sede en todos los pueblos, no gustaba, al parecer, de San Andrés, la aldea que está al sur de Pisco. Cuando por allí pasaba, era entre una y otra cosecha, y no se hospedaba más de una noche, que después nadie oía hablar de ella. Así, en la aldea de pescadores, morían los viejos longevos, mansamente, como suelen quedarse, a veces dormidos bajo las higueras. Miedo tenía la taimada de entrar en el pueblo, pues no hacía su industria porque a la puerta de cada choza duerme siempre una tortuga, y es sabido que la muerte para vencer a una tortuga ha de menester más de un siglo.

Pero no pudiendo vivir en la aldea, estableciose en las peñas del “Boquerón”, que es una punta de tierra terminada en rocas dentro de la mar. Allí, donde las aguas se arremolinan con violencia, hay una corriente impetuosa; y allí, en la roca del centro, está siempre sentada, con su guadaña filuda y estivando los botes que pasan, con malicia e impaciencia de pescador. Y así acaece que cuando “la paraca” lleva por su dominio alguna frágil navecilla, la intrusa, que está alerta, ¡zas!, le tira la guadaña, sumerge la embarcación y pesca de golpe, cinco o seis vidas. Por eso sus hazañas están unidas al recuerdo de “la paraca”, aquel viento trágico del sur, durante el cual no salen al mar los pescadores. Sacan sus botes sobre la arena de la orilla, y alineados esperan que pase el viento; y si hay algunos en el mar, los parientes y amigos aguardan inquietos el retorno, las viejas rezan, y los muchachos abren tremendos ojos buscando en el horizonte el volar de las velas triangulares y blancas como alas.

Los botes llegan poco a poco, como soldados en derrota, sin pescado, rotos los arreos por la furia marina; rodeándolos quienes esperan, e inquieren por los que faltan, en voz baja de presentimientos. Cae la tarde, y siempre, avanzada la noche, se ven en la orilla lucecitas u hogueras, mientras el viento pasa zumbando, canta el mar, y los ojos de las madres y las hermanas escrutan en las tinieblas. Aparece un indeciso punto rojo. Suspenden todas sus pláticas graves, y una moza dice:

–¡Hay una luz!…

La pupila lejana se pierde, reaparece, se hace clara.

–Parece el Encarnación…

–Debe ser el Rosario…

–O el Alegría…

Óyese luego el chasquear de los remos que azotan las olas y entonces la voz de las madres:

–¡Joaquín!… ¡Joaquín!…

–¡Nicasio!…

–¡Telmo!… ¡Telmo!… ¿Cuál es?…

Y del bote lejano la voz ruda responde:

–¡La Rosario!

Las otras viejas suspiran, siguen mirando el mar. Algunas veces la nave no vuelve nunca.

Y así va rodando la vida…

 

II

Los padres iban los domingos al pueblo a embarcar el pescado para Ica, en grandes cestos de “caña brava”, y cuando el tren se marchaba, pasaban por mi casa dejando a mi madre un cestito de huevos de alcatraz. A Roque le conocí en la Escuela y a Nicolás y Delio en San Andrés, cuando íbamos de paseo. Allí, junto a una palmera elevábase la casucha de cañas. Había en la entrada, clavado sobre la arena, un hueso de ballena, atado a él un jumento lanoso y viejo, al lado una tortuga, pesada como matrona reflexiva y en todas partes un perro pelado y celebrafiestas, y dos gaviotas gritonas. Frente a la puerta la Margarita pintada a franjas horizontales, blancas y verdes; remendadas velas, liviana red, peces secándose con el lomo abierto y lleno de sal. Todo esto era el patrimonio de esas sencillas gentes.

Nicolás, Roque y Delio llamábanse los muchachos. El mayor, Nicolás, iba para 26 años, Roque era menor en tres y Delio llevaba los mismos de distancia con éste. Cuanto era el mayor de fuerte y grave, tenía Roque de blandón y alegre y el chiquillo de callado y taciturno. Al primero gustábale el mar sobremanera, solo en el bote cantaba y conversaba; Roque placía de todo, con todos cruzaba palabras y a todos hacía bromas; Delio era contemplativo y prefería ver el mar desde la orilla; atento estaba siempre, por el tiempo de Cuaresma, de ir a encontrar al padre que hacía las misiones, interrogábale, y escuchaba, encantado, las largas pláticas y las parábolas sencillas del padrecito paliducho. Escogía para él la mejor pesca. Delio era triste, como indio que era.

Una tarde, a más de los viejos y el perro, vino hasta la orilla, para verlos partir, que todos tres hermanos hacían la pesca en el Margarita, Rosa; y aquel día, al dejar la orilla, en el bote breve, Delio comenzó a cantar.

 

III

Caía una tarde de agosto, pesadamente. Preparábanse en la orilla varias embarcaciones para salir a la pesca. Unos traían desde sus casas los aparejos, al hombro, mientras las madres, las hermanas o las hijas les acondicionaban algunos limones, naranjas agrias, lechugas y pan, que frugales como son los pescadores mar adentro, apenas toman un pedazo de pan de trigo, un sorbo de aguardiente y bien va todo eso.

Pero en el Margarita se hacían preparativos mucho más grandes. Ponía la viejita madre en el bote, junto a tres botellas de aguardiente, un atado de pan, y en un cesto de fibras de palmera, lechugas, limones, ajíes rojos y cebollas frescas. Ayudábale en esta labor el padre, y ellos ponían los remos al bote, mientras el viejo dábales consejos, el pequeño hablaba con la chiquilla y el mar mojaba sus desnudos pies. Los dos muchachos, Rosa y Delio, sin cuidarse del agua, platicaban a media voz:

–¿Cuándo regresas?

–Lo menos tres días en el mar…

–¿Van a pescar tortuga?…

–Corvina, que ahora la mancha se ha alejado y hay que buscarla…

–No te alejes mucho; sabes que es tiempo de paracas…

Y a lo lejos:

–Delio, trae la soga, y el ponchito, y andando, que obscurece…

A poco rato la nave se deslizaba sobre el mar, y se perdía en la noche, mientras los adioses de los queridos morían a lo lejos y entonaba el mar su canción.

Pasó todo el martes tranquilo. Por la tarde volvieron algunos botes de los que la víspera salieran y al mediodía del miércoles, que había amanecido con un airecillo precursor, se desató la paraca terrible; silbaba el viento sobre la arena, irisaba el mar, levantaba columnas de polvo, altas y amenazadoras y deshilachábanse las palmeras. Entonces la ciudad tomó aquel aspecto trágico de miedo y de pavor. Todo era en silencio. Colábase el viento por entre las cañas de las casuchas, y en medio del turbión que arreciaba, algunas gentes investigaron el horizonte. Llegó un viejo a la puerta de la casucha de Delio:

–Buena paraca, don Dámaso…

–Buena, y los muchachos en el mar…

–Para la Margarita no hay paraca. Hemos pasado un día por el boquerón con tanto viento como éste y el bote cruzó el remolino, llanito…

El viento siguió soplando toda la tarde, los pescadores fuéronse a la orilla a esperar a las embarcaciones que debían volver.

Un poco tarde, cuando ya el sol se había puesto apareció un bote, viéronlo llegar todos y al arribo lo rodearon.

–¿Dónde los agarró el viento?

–Cerca, casi voltea la vela, nunca ha habido una paraca más fuerte.

–¿Y pesca?

–Nada, tiramos la red y con el viento se enredó…

–¿No han visto a la Margarita? –preguntaron los viejos.

–No la hemos visto, ellos se han ido muy adentro…

–¿Y la Concepción?…

–Tampoco.

–¿Y la Buenaventura?…

–Solo vimos a la Rosalía, que no tarda en llegar, estaba doblando el Boquerón.

En efecto a poco apareció la vela de la última barca recortando el horizonte.

Cayó la noche y durante ella fueron llegando los últimos botecillos. Solo la Margarita no regresó aquel día. Al siguiente ya no hubo paraca, muy de mañana esperaban en la orilla los deudos de los tres hermanos y la chica Rosa; y creyendo ver surgir de un momento a otro la blanca vela marina y familiar, esperaron, esperaron en vano. Tarde y preocupados fuéronse a la casa los viejos, pero Rosa se quedó. ¡Cuánto rogaba a la Virgen estar ella sola en la orilla cuando volviese el bote! En casa de los ausentes el silencio anidose. La barca no volvió, el pescado no estaba tan lejos que ellos hubiesen tenido que salir tan afuera. Además, no llevaban provisiones sino para un día, de manera que al rayar el alba debían haber llegado, como otras veces con la nave llena. En San Andrés los pescadores viejos principiaron a comentar con sequedad la demora, y tornáronse adustos los ceños que antes eran tranquilos. A las cuatro de la tarde volvió la Rosalía, que en la mañana saliera y no dio razón alguna de los tres hermanos, no los había visto y creía que ya hubieran llegado.

Entonces la inquietud dejose sentir en todo el pueblo y acordaron sacar todas las embarcaciones al mar para ir en busca de los ausentes hermanos. Preparáronse ágilmente los barcos leves, y en un instante todos estuvieron listos para salir. Fue aquél como un ejército de vengadores que se lanzaba al mar en busca de sus heridos. A las seis de la tarde ya todos estaban enfilados en la orilla para zarpar. El oro del sol caía oblicuamente sobre los lomos de aquellos botes brillantes. Eran quince, y todos se alargaban en la arena de la playa, mientras sus navegaciones deliberaban en medio del presagioso silencio de las mujeres, la manera de emprender el viaje. Unos irían por el norte, otros por el sur y los otros cerca de la costa, la recorrerían para ver si por alguno de sus lados se encontraba a los que se creía perdidos.

¡Ah! El momento de la partida de aquellos bravos y sencillos hombres, entre los cuales los más entusiasmados eran los jóvenes y los más tristes los viejos: salieron en medio de las lágrimas de sus compañeros de labor y las mujeres se despedían de ellos como para un viaje muy largo. Arriaron los cabos, empujaron al mismo tiempo con los remos hacia dentro las naves y éstas se deslizaron suavemente entre las menudas olas. Unos cuantos golpes de remo, musculosos; dos o tres olas que se quebraron en las proas y los tripulantes empezaron a armar las velas que se henchían bajo el oro del sol, como alas de esperanza o pañuelos de despedida. Y así se perdieron en la luz mortecina de la tarde. El mar tornose bajo el crepúsculo, como de sangre, y las gentes que esperaban volvieron a sus hogares.

Aquel día, vigilaba la muerte sobre el mar.

 

IV

Pasó todo el día siguiente y una sola de las salvadoras barcas no tornaba. Las que de Pisco salieron en su busca habían vuelto sin noticia alguna. En San Andrés todo era dolor. Juntábanse las viejitas, comentaban a la orilla del mar la desgracia. Recordábanse de casos lejanos y semejantes y, en las casuchas poníanse velas a los santos por el regreso de los infelices, en cuyas casas, la tragedia había hecho enmudecer de dolor a los suyos. Su pobrecito corazón, bien presentía lo que podía ser, más su fe no les dejaba llorar. No podían admitir la posibilidad de la desgracia, que era como aceptarla, y ellos se daban razones unos a otros para calmar mutuamente su convencimiento. Al morir ese día todos los pobladores de San Andrés estaban a la orilla, allí los cogió la noche y nadie quería moverse, esperando de un momento a otro ver surgir en el mar el chasquido de los remos, alguna luz o las voces de los perdidos o de sus salvadores. Pasó la medianoche y un grupo permanecía aún esperando. Cada chasquear de las olas, cada silbar del viento les parecía un sonar de quilla o un crujir de vela. Al calor de una fogata, sentados viejos y viejas, muchachos de espantados ojos y mozas que lloraban, pasaron algunas horas más.

Por fin, en las tinieblas oyose una voz. Paralízanse todos. En silencio, atentos los oídos, esperaron. Nadie contestaba. Gritaron entonces, alimentaron la fogata y por fin oyeron claramente el chasquear de los remos, y las voces cerca de la orilla. Era una de las embarcaciones salvadoras que volvía…

Ellos habían ido por el boquerón, luego al norte, habían regresado por la costa hasta el sur, detrás de la pequeña península y habían visto la costa de cerca. No había indicio alguno de los tres hermanos. Pero debía esperarse a los otros botes; seguramente ellos los traían a la orilla ansiada. Seis días pasaron, tornaron todos los botes sin saber nada de los náufragos, iban todos los días los pescadores a la orilla y al mar, pero la Margarita no aparecía. Los días los pasaban casi siempre con una cierta vaga esperanza, pero al caer la tarde, en el crepúsculo, a la hora en que los fuertes mozos volvían siempre con la repleta barca de pescado brillante y abrazaban a todos los que en la orilla estaban, las gentes no podían resistir su tristeza, y los padres, los viejecitos padres, imploraban al mar, lloraban a gritos, llamaban a los suyos con voces que se tragaban el mar y el viento; y durante los tres últimos días hubo necesidad de llevárselos, al crepúsculo, y consolarlos en su casa. Aquel sexto día, las gentes llegaron a sufrir horriblemente. Los viejos habían sido conducidos a su casucha por algunos mozos y ancianos del pueblo que los consolaban, y al caer la tarde, entrando el sol en el mar, la pobre Rosita, que al lado de los viejos esperaba, echose en brazos de estos y lloró, lloró. El perro en la orilla husmeaba hacia el mar y aullaba pavorosamente. Los barcos estaban abandonados. Las gentes regresaron en ese momento del lado sur de la orilla hacia donde se habían dirigido en la mañana en pos de algún despojo de los hermanos náufragos, y ambos grupos se respondieron lo mismo:

–¡Nada!

–¡Nada!…

 

V

Perdida ya toda esperanza, aquella noche los pescadores reuniéronse y acordaron hacer el luto en el pueblo. Amaneció el séptimo día trágicamente silencioso. En cada casa había un crespón, enarbolose en cada bote, lejos del mar, a la puerta de las casas, el palo de la vela y atósele una cinta negra a la mitad, mientras que todos los timones se sacaron y se pusieron sobre los botes, vistiéronse de negro algunos pescadores que tal ropa tenían y los demás del pueblo amarráronse una cinta al brazo.

No saldrían durante ocho días a pescar, no querían acordarse de la crueldad marina, y todos pasaban por la casa de los viejos para decirles una dulce palabra o un consuelo que ellos mismos no tenían. Iba sin embargo, todas las tardes la Rosita, vestida de negro, con sus pies desnudos y sus enrojecidos ojos, a la orilla, seguida del perro que al acercarse al mar aullaba lúgubremente. Sentábase en la arena y lloraba la pobrecita niña, y caía el sol, un nuevo día y los tres hermanos no llegaban…

Jamás se supo en Pisco ni en San Andrés de los pescadores náufragos. Y así se perdieron en la inmensidad azul del mar esos tres hombres, jóvenes y buenos, misteriosamente, en una tarde de agosto, en una hora desconocida, mientras la paraca agitaba las olas, los viejos lloraban en el silencioso puerto, el perro aullaba dolorosamente, en la orilla, la brisa decía cosas extrañas y el sol se ocultaba indiferente y rojo.

Allá en la casa que la tragedia envolviera, no se volvió a ver el bote limpio y brillante a la puerta, ni volvió a lucir la tejida atarraya, ni se hizo otra nueva. Solo quedaba a la puerta, impasible en medio de su dolor secular, la tortuga que lagrimeaba siempre, miraba el horizonte a la muerte del día y escondíase luego en su poliédrica concha de carey, como si no quisiera saber más del mundo ni de la vida, para ella tan larga y triste. Algunos años más tarde, cuando yo era un joven, cuando había ido a la capital y regresé a San Andrés, pasé por la casa de los tres hermanos. Destartalada y vacía, el techo hundido, viejas las cañas, pampa de arena lo que fue el corral y un poco más allá, bajo la palmera ya deshilachada, y muerta, una concha de tortuga secando al sol.

Así pasaron al reino tenebroso de la muerte y del misterio, aquellas sencillas gentes que yo conocí en mi infancia. Vivía aún en el pueblo su recuerdo, pero no se borraba y no se borrará nunca, que junto al mar se acrecientan los dolores y los recuerdos perduran, porque los repite siempre el doloroso y eterno murmullo de las olas a las almas que saben escuchar sus cuentos, y luego se deshacen en la blanca espuma que va a besar la orilla…

 

(Tomado de Valdelomar, Abraham, Cuentos completos, Good Press, Lima, 2023)

 

La señora O’Connor

Eraclio Zepeda

 

A Francisco Coloane

 

La señora O’Connor terminó de pintarse la boca con un creyón intenso; enrolló sobre el inicio de la barba el labio inferior y humedeció la pintura con la lengua. Cepilló sus cabellos cuidando acomodarlos de manera tal que las entradas de la frente quedaran cubiertas por el mechón canoso, ocultando pudorosamente la calvicie.

Consultó su reloj y comprobó que faltaban cinco minutos para que el señor O’Connor llegara de visita. Encendió la hornilla eléctrica y puso a hervir agua para el té. Dispuso las galletas y encendió la radio. La música de la BBC de Londres salió de la bocina del aparato llenando su departamento del Hotel Yo-I-Pin-Wan, en las afueras de Pekín.

Exactamente a las cinco de la tarde los golpes a la puerta indicaron que el señor O’Connor había llegado.

Trabajosamente saludó a su esposa; de un tiempo a esta parte su artritis había progresado y el movimiento más sencillo acarreábale insoportables dolores. Cojeando llegó hasta el sillón al lado de la radio y se dejó caer; la señora O’Connor le acercó un banquillo de madera para que pudiera descansar la pierna más golpeada por la enfermedad.

–¿Estás bien, Betty? –resopló el señor O’Connor buscando la picadura de tabaco.

–Afortunadamente me siento bien esta tarde. ¿Y tú, Charly?

El señor O’Connor cargaba ahora minuciosamente su pipa. Apretó la picadura con el pulgar derecho, encendió un fósforo, lo acercó al tabaco, y aspiró el humo.

La señora O’Connor estaba ya sirviendo las tazas de té. Volvió con una bandeja protegida por una servilleta tintineando las cucharillas contra los platos.

–El té, Charly –dijo–. La transmisión va a comenzar.

El señor O’Connor tomó su taza en los precisos instantes en que desde Londres llegaba la conocida voz del locutor con las últimas noticias y los comentarios. Los señores O’Connor escucharon atentamente.

Media hora después el locutor se despidió del auditorio invitándolo a escuchar su programa el día siguiente a la misma hora. La música sinfónica volvió a ocupar la bocina. La señora O’Connor apagó la radio. El señor se levantó con gran esfuerzo y haciendo una media reverencia se despidió de su esposa.

–Buenas noches, Betty; muchas gracias por el té y las galletas. Desde mañana me toca tener la radio en casa durante toda una semana.

–Así es Charly –asintió la señora O’Connor dibujando una sonrisa dulce en sus labios furiosamente pintados.

El señor O’Connor cerró la puerta con cuidado y emprendió la travesía por el enorme pasillo del hotel rumbo a su departamento.

Aquel gigantesco pasillo, alfombrado, a la luz de lámparas fluorescentes todo el tiempo, de día y de noche, división del tiempo que en el pasillo carecía de sentido por su constante ausencia de sol. A cada 50 metros se hallaba sentado un sirviente del hotel cuya única misión era permanecer atento al posible llamado de un huésped. Al acercarse el señor O’Connor el chino se levantaba de su silla, hacía una leve inclinación y saludaba sonriente.

–Ni-jao.

–Buenas tardes –contestaba el señor O’Connor, continuando su penosa caminata, hasta encontrarse al siguiente mozo, 50 metros adelante.

–Ni-jao.

–Buenas tardes –repetía.

Hacía 10 años que vivía en el Hotel Yo-I-Pin-Wan y no podía acostumbrarse del todo a estos pasillos vacíos, iluminados con luz artificial. Recordaba la época de oro del hotel, cuando sus pasillos estaban siempre transitados por los huéspedes. El hotel había sido construido para albergar a 500 familias de técnicos extranjeros, pero ahora, después del gran éxodo, en aquella gigantesca construcción no habitaban más de quince familias. Había ocasiones en que no veía a su vecino más inmediato, el señor Singa, en toda una semana. El profesor hindú, traductor de una editorial en lenguas extranjeras, vivía 30 metros más adelante.

El señor O’Connor abrió la puerta de su departamento, encendió la luz, contempló desolado el desorden de planos y papeles, y fue directamente a tumbarse a su cama.

Hacía dos semanas y seis días que vivía separado de Betty, su esposa, después de vivir un año de violencias verbales, con discusiones constantes y recíprocas humillaciones. Nunca, en sus cuarenta años de matrimonio, pensó el señor O’Connor que pudiera vivir una situación semejante. Ni él ni ella estuvieron conscientes de cuándo empezó a fraguarse la discordia, en qué momento preciso surgió el derrumbe.

Durante todo el año que precedió a la separación el único lazo para ellos había sido, y seguía siendo, la diaria audición de la BBC. Al conjuro de la radio el señor y la señora suspendían sus disputas, o bien rompían su obstinado silencio para anunciarse que era la hora precisa de escuchar Londres. Al terminar el programa no había nada que decirse.

El señor O’Connor decidió realizar sus comidas en el comedor del Este, donde servían alimentos occidentales, mientras la señora O’Connor permaneció en el comedor del Norte con su menú chino.

La pareja había ya decidido no vivir más tiempo juntos, pero la radio seguía siendo un poderoso lazo que frustraba cualquier intento de separación. Toda conversación sobre este tema caía inexorablemente al mismo punto: “¿y a quién le quedará el aparato?”

Durante el invierno la situación se hizo aún más tensa a causa de las largas veladas que debían pasar juntos imposibilitados de salir al patio del hotel a una temperatura peligrosa para la salud de ambos. Intentar una visita a algún residente en el hotel era, por otro lado, empresa un tanto incierta, obstaculizada por la perspectiva desalentadora de tener que transitar los enormes pasillos del hotel, saludando camareros chinos, para encontrarse al fin con que el personaje buscado había salido a una excursión o asistido a la Ópera.

Fue durante el invierno que la señora O’Connor propuso a su marido que, una vez separados, el aparato de radio debería permanecer una semana en poder de uno de ellos y la siguiente en poder del otro, teniendo la obligación el poseedor de permitir la diaria audición de las noticias. El señor O’Connor, después de encender su pipa y meditar el proyecto, aceptó convencido.

Desde hacía casi tres semanas el matrimonio O’Connor se había desintegrado cumpliendo la promesa en cuanto al uso del aparato.

El señor había solicitado a la administración del hotel un departamento en el mismo piso que su esposa, a fin evitar dolorosas ascensiones de escaleras en que su artritis le obligaba a lanzar maldiciones apenas veladas con el puño oprimiéndole la boca.

Y ahora el señor O’Connor, regresando de oír el programa, abrió la puerta de su departamento, encendió la luz, contempló desolado el desorden de planos y papeles y fue directamente a tumbarse a la cama. Caminaba por el larguísimo pasillo del hotel, transitándolo penosamente a causa de las alfombras que se empeñaban en ascender en pliegues y roturas, mientras que allá abajo, en el abismo, el río bramaba porque el señor O’Connor avanzaba por el Cañón del Colorado en donde realizara sus prácticas universitarias un año antes de casarse. El viento le golpeaba furiosamente la cara y el pecho y advertía que era imposible seguir sosteniéndose en las rocas. Sus piernas artríticas se negaban a afianzarse y lanzando un grito que nunca escuchó cayó al vacío en un desplome sin fin que de pronto fue vuelo formidable sobre el mapa finamente coloreado de Europa, con las fronteras anteriores a la guerra del 14, y el señor O’Connor es ahora Charly vestido con trajecito tirolés de cuero cayendo suavemente en las aguas del Rhin, mientras escucha las risas de su padre que le llama para la merienda campestre, pero en lugar de panes saca de la cesta un pasaporte para ir a Canadá a estudiar geología, porque ahora ya tenía 18 años y la guerra amenazaba con estallar en cualquier momento.

Despertó sobresaltado, sentándose en su cama. Se levantó para ponerse la pijama, arregló los cobertores y se metió a las sábanas, pensando en su juventud y en su insoportable vejez de ahora.

Dando vueltas en la cama, tratando de pescar un sueño huidizo, el señor O’Connor recordó su primer encuentro con Betty en Canadá en la Escuela de Geología, el olor a cuadernos nuevos y a madera de lápices recién afilados, el otoño rojo, las prácticas universitarias en Colorado y su casamiento con Betty al terminar la carrera. Vino después su primer y único contrato como geólogo compartido con su esposa, para explorar el subsuelo de ciertas islas del Pacífico en donde su compañía creía encontrar petróleo. Aquella isla verde, verde… isla. El señor O’Connor se volvió a quedar dormido.

La señora O’Connor terminó de lavar las tazas del servicio de té, se secó las manos, vistió su camisón de dormir, se dirigió a la mesa y encendió la lamparilla en forma de Ave Roc para leer documentos recién llegados.

Era un informe acerca de las actividades de los revolucionarios de Java, sus luchas en la selva, en las playas de arenas blancas, la isla, el contrato para trabajar en la isla buscando yacimientos de petróleo, ella y él muy jóvenes, recios, bellos, aquellas jornadas agotadoras rodeando pantanos, con los aparatos de medición a cuestas, auxiliados solamente por el único habitante de la isla pequeñísima, y luego el personaje aquél adquiriendo grandes proporciones, las largas veladas a la luz de lámparas de gasolina colgando de la casa de campaña, y el hombre hablando de las luchas en todo el mundo, y los triunfos obreros, y luego con gran claridad el recuerdo de aquella noche en la playa en que solemnemente firmaron la solicitud de ingreso al partido, documento que el hombre recibió y dobló cuidadosamente para guardarlo en su cartera, de donde habría de salir solo para ser entregado algún día al comité central, quién sabe a cuál comité central.

Constituyeron una célula él, ella y el hombre. Con pasión discutían y leían informes antiguos que el hombre guardaba en un cofre de metal, llenando con sus voces altas la soledad de la isla desierta. Un día el hombre amaneció muerto y el señor y la señora O’Connor sintieron una soledad creciente. Era desesperante saberse miembros de un partido al que amaban sin conocerlo.

Las tareas de localización de los mantos petroleros habían perdido todo interés para ellos cuando decidieron iniciar su viaje a China para integrarse a la lucha antijaponesa.

Larga y penosa fue la travesía desde Shangai, ocultos y en peligro constante en el sampán de un agente de enlace, y después a pie hasta llegar a Yenán, donde en una cueva fueron recibidos por aquel a quien buscaban.

La alegría de recibir el carnet, de integrarse a una unidad de combate para realizar sus trabajos de cartógrafos, saberse útiles al Nuevo Cuarto Ejército en la confección de los mapas y los planos de la enorme geografía que les aguardaba, que se les venía encima a cada vuelta de las ruedas del carro, las batallas, las victorias, y la tarde en que una granada enemiga incendió el carro que les transportaba destruyendo su equipaje y con él sus pasaportes.

La señora O’Connor levantó la vista y se encontró en el espejo de su sala. Allí, triste en el cristal estaba ella cambiada, atrozmente destruida, sin contacto posible con la joven sonriendo en la foto del pasaporte perdido. Se levantó de la mesa y se acercó al espejo.

Contempló su rostro como si fuera la imagen de una mujer lejana, desconocida, con frialdad. Las ojeras moradas hundiéndose en las cuencas, los pliegues profundos y lacerados en las mejillas, la boca pintada, fija desde hacía tiempo en una mueca circundada de arrugas, la calvicie insultante y el colorete ahora diluyéndose en las lágrimas.

Cobró entonces conciencia de que el vaivén había comenzado, meciéndose el enorme edificio del hotel, oscilante, y el rostro en el espejo entrando y saliendo de la luna.

La señora O’Connor se apoyó desesperadamente en un mueble y empezó a tararear. Sabía que un nuevo ataque de su enfermedad estaba presentándose: aquel mareo que la impulsaba a rodar por el piso, el empellón venido de no sabía dónde buscando derribarla, su equilibrio anulado. Solo escuchando su propia voz podía vencer la caída, con sus oídos atascados de la melodía que tarareaba con angustia.

Logró vencer el desplome y se llevó las manos al corazón desbocado. Un miedo sin bridas le hacía sudar humores viscosos que le ceñían el camisón a su cuerpo viejo. Quiso que Charly estuviera con ella, cercano, y la soledad creció más aún rebalsando la sala. Sin dejar un instante de tararear abrió la puerta de su departamento y salió al pasillo donde bullía la animación, el movimiento, el ir y venir de los centenares de huéspedes, los especialistas extranjeros que como ella y el señor O’Connor colaboraban con la Nueva China, y aquí estaban circulando encima de las alfombras, atareados, veloces, llevando libros y documentos en las manos, maquetas y planos, vestidos como si salieran rumbo a la recepción en el Palacio del Pueblo, las señoras con vestidos largos, muchos de los técnicos con uniformes cargados de medallas, en un rumor de lenguas distintas que envolvían a la señora O’Connor como si fuera la brisa del mar en la isla desierta, la-la-la y ella avanzaba en medio de la multitud de rostros conocidos, saludando en los idiomas que sabía, rozando casi con la mano los saris de las muchachas hindúes, la-la-la sintiendo el penetrante olor a soya que emanaban los cuerpos de los nepaleses, el mareante perfume de los velos persas, y ella saludando sin voz, pero sintiéndola por dentro, sin dejar de tararear para evitar el derribo, inclinando la cabeza a derecha e izquierda, sonriente, salud ingeniero Makarenko, doctor Hess, profesora Husek, camarada Ramírez, y la brisa inundando la isla, y los gritos de los monos disputándose un fruto, la-la-la y el aleteo metálico del Ave Roc remontándola a las nubes en donde flotaban peces con cabezas de gato y un manatí bufaba con grandes estertores oleosos devorando la imagen horrible del espejo, la-la-la, Irina Mijáilovna qué gusto de verla, tarareando siempre, haciendo la reverencia, y el Ave Roc posándose en las playas de la isla, con Charly en las arenas efectuando mediciones, y la playa es ahora el aeropuerto de Pekín con un aeroplano que sale en vuelo directo a Londres sintonizando la BBC antes de ser derribado por un aletazo terrible del Ave Roc que se pierde camino del desierto en busca de yurtas y rebaños, la-la-la camarada Giacopello, qué sorpresa, tarareando, la multitud en lenguas diversas aprisa en los pasillos, aprisa siempre aprisa, la-la-la y el señor Singa mirándola asombrado, con el rostro moreno extrañamente real, y su voz sonando de verdad en los oídos, buenas noches señora O’Connor, y ella obligada a suspender el tarareo para contestar aquel saludo retumbante, buenas noches, señor Singa, y el suelo precipitándose a sus ojos, como si el Ave Roc la hubiera soltado en pleno vuelo, y el golpe seco de la alfombra oprimiéndole la frente, el hotel oscilando, oscilando, y el rostro del hindú muy cerca de su cara, inclinado, musitando palabras que no pueden captarse, moviendo los labios febrilmente. Arrodillado la ayuda a levantarse, la pone de pie en el pasillo vacío, desierto, del Hotel Yo-I-Pin-Wan, tocado por el gran éxodo, y a lo lejos, casi al fondo del pasillo, un camarero chino acude corriendo a prestar ayuda, pero ya el señor Singa ha logrado incorporarla, sosteniéndola ahora de los hombros, y ella recupera su melodía hacedora de equilibrio, y vuelve a tararear, siente las manos del hindú que la dejan y ella camina saludando a la multitud de huéspedes vestidos de gala que circulan, la-la-la saludando en sus lenguas maternas, y ella tarareando hasta encontrar la puerta de su casa al alcance de la mano la-la-la abriéndola, y la señora O’Connor apaga la luz y se arroja a su cama arañándose la cara, llorando como si estuviera en Canadá cerca de su padre.

Golpecillos discretos en la puerta despertaron a la señora O’Connor. Abrió los ojos y vio su cuarto lleno de sol. Supo que la mañana estaba ya muy avanzada.

–¿Quién llama? –preguntó con voz apagada.

–Soy yo, Betty –respondió el señor O’Connor del otro lado de la puerta–. Vengo por el aparato de radio.

–Ahora voy, Charly –aseguró, buscando con el pie las zapatillas.

 

(Tomado de Zepeda, Eraclio, Asalto nocturno, Joaquín Mortiz, México, 1975)

 

viernes, 2 de octubre de 2026

La niña de la prisión

Luis Enrique Délano

 

Ya los presos de aquella cárcel conocían bien la figura alta y móvil de la chiquilla. Por entre las rejas de fierro la veían pasar a medio día, al atardecer, a toda hora, y sus ojos se habían acostumbrado a ensancharse de alegría y codicia ante esa figura de mujer, que representaba para ellos un pedazo del mundo perdido, del mundo exterior, en ese pequeñito universo de hombres inmóviles que es la cárcel. De algunas celdas salían groseras palabras a saludar el paso de la niña, de otras, piropos vulgares. Pero en aquella que quedaba al fondo del segundo patio dos ojos brillaban siempre al sentirse en la dura tierra los pasitos nerviosos de la cuotidiana visitante. Ella sonreía humilde a las roncas voces de los condenados, acaso un poquito consciente de los deseos que su presencia de mujer hermosa venía a acrecentar, y otro poco compasiva de esos hombres perdidos entre las metálicas jaulas. A veces, cuando los ojos que la muchacha iba a buscar la miraban serios, ensombrecidos, regresaba callada, las miradas caídas. Entonces las burlas de los presos salían por entre los barrotes a herirla, más bien a asquearla. Y sus pasos apresurados se perdían hacia la puerta.

A aquella prisión no caían borrachos vulgares, ni pendencieros, ni individuos, en general, que fueran a pasar en ella un día o dos. No. Para eso estaba el cuartel de la policía, en la ciudad misma. Esta gran casa de murallas de ladrillos pintadas de gris –encima de las cuales todo el día y toda la noche paseaba un soldado con armas– estaba destinada a aquellos a quienes los jueces condenaban a penas más o menos largas. Estaban ahí, por ejemplo, “el Tiburón” y Smith, ambos condenados a presidio perpetuo por asesinato; otros a treinta, veinte y diez años, culpables también de crímenes o robos, y muchísimos más, condenados a cinco, tres y un año, por delitos menores. Los presos trabajaban todos, unos obligados por los látigos duros y silbantes, atraídos otros por la recompensa en dinero, que les permitía mejorar un poco la horrible comida de la cárcel, tener cigarros y guardar muy adentro, al fondo, la esperanza de juntar un pequeño capital para cuando la condena estuviera cumplida. Así, en esa colonia estaban reunidos los más heterogéneos oficios.

Cuando Alicia empezó a ir a la prisión, un año antes, entró con una timidez que se pegaba a sus piernas, haciéndolas temblar. Le parecía que adentro, franqueada la puerta que siempre vigilaba el soldado llavero, se encontraría en un mundo terrible, y hasta su imaginación llegó a dar a los presos la forma de perros encadenados, listos para saltar ferozmente y morder. Pero ¡qué diablos! su novio, Roberto Morel, estaba ahí dentro y era necesario sacrificarse, vencer el inmenso terror y hacer en fin cualquier cosa por el muchacho. Algo le había costado conseguir el permiso para entrar diariamente a llevar la comida al preso, pero al fin y al cabo el alcaide era hombre, y raros son los hombres que no se dejan vencer por los ruegos de una mujer bonita.

Alicia terminó por familiarizarse con el ambiente ese y soportar por amor a Roberto las palabras gruesas y feas de los presos y las antipáticas asiduidades del sargento Estay, que cada día la importunaba con declaraciones de amor. Apenas la chica atravesaba la puerta de entrada, salía Estay del Cuerpo de Guardia con su barriga abultada, deforme y su cara coloradota de alcohólico.

–¿Cómo está, Alicia? ¿Viene a ver a su preso?

–Si, sargento, a ver a mi preso.

El individuo la acompañaba hasta la entrada del segundo patio a su lado y meciendo la marcha con frases dulzarronas y suspiros.

–¿Cuándo se preocupará del preso que va a su lado, Alicia? Porque, créamelo, sus ojos me tienen preso perdido y creo que no podré escapar.

La chiquilla se reía, un poco porque las palabras la halagaban y también por no disgustar al guardián.

–Las cosas suyas, sargento…

Llegaban al segundo patio, en donde Morel fabricaba juguetes de madera metido adentro de su celda, y Estay la dejaba sola, volviéndose al Cuerpo de Guardia a preparar un nuevo cargamento de palabras inútiles. La chiquilla avanzaba sonriendo a los presos, aproximados a sus rejas para verla pasar. Si desde lejos el novio la había visto venir al lado de Estay una lluvia de recriminaciones la recibía:

–¡Otra vez con el bruto ese! ¿Qué no te he dicho lo perro que es con los presos y especialmente conmigo? Parece que se quisiera conquistar tu cariño a fuerza de darme sablazos y patadas a mí.

Antes que tú me trajeras la comida, a menudo me dejaba sin rancho, o con la peor parte. Y tú tan tranquila, nada te importa que el bandido ese me maltrate. Cualquiera diría que gozas viniendo al lado de él y escuchándole lo que te dice.

–Pero Roberto, decía la muchacha, ¿no ves que si no me porto amable con él puede impedirme entrar aquí?

Y luego agregaba, humildemente:

–Toma tu comida, y estos cigarros que te traje.

Entonces el muchacho apartaba las cejas que el movimiento de su malestar había juntado y sonreía a su novia. Un polvo letal y delicado se le esparcía por el corazón, algo como una neblina, pero como una neblina clara que lo envolvía sin oprimirlo. Es que le admiraba la constancia de Alicia, que día a día, desde hacía un año, le traía, a más de los alimentos, sus palabras de cariño y se preguntaba con inquietud si la abnegación y el amor durarían los cinco años de su condena, en aquella chiquilla tan linda. Sabía muy bien que afuera, en la ciudad, don Juan Méndez, el dueño del almacén Santa Catalina, le ofrecía casarse con ella y que Alicia lo rechazaba por entregarse a la esperanza del hombre sin libertad que era él.

Y el prisionero confiaba en la mujer querida, pero confiaba tímidamente, miedosamente…

 

Roberto Morel, hombre algo violento y rudo, pero leal en el fondo, estaba ahí, preso, por un delito bien vulgar: cierta noche, en una riña, le abrió el cráneo a un compañero de trabajo. Circunstancias atenuantes hicieron que su sentencia encontrara límites en cinco años de prisión. Entró a la cárcel resignado, tranquilo y ya llevaba un año sufriendo el cruel encierro. La única luz de sus días sombríos era Alicia, la novia, y lo que más le atormentaba las horas, la presencia estúpida y canalla del sargento Estay.

Veinte años que los presos de aquella cárcel, los actuales habitantes y los que por ella pasaron, odiaban a Estay. Hubo varios que le juraron venganza y más de una vez tuvo el guardián que defenderse de agresiones nocturnas, que parecían redoblar sus bellaquerías.

Si Roberto hubiera hecho caso de las palabras de los dos ladrones, sus compañeros de celda, tal vez sus manos se hubieran ido muchas veces con intenciones agresivas hacia el cuello del sargento y hacia la cara de Alicia. El aislamiento desarrolla la envidia y ellos dos miraban con ojos cargados de deseos a la muchacha. Nunca perdían ocasión de echar niebla en el corazón del amante. A veces, sentados en un rincón del patio lleno de sol, cuando después del almuerzo les permitían pasearse unos minutos, deliberadamente traían el tema a la superficie de la conversación.

–¿Te has fijado, Roberto, el odio que te tiene Estay? Cualquiera creería que le has hecho algo.

–Ten cuidado, muchacho. Ese individuo demuestra demasiado interés por tu novia. Mira, se ve que la chiquilla te quiere, pero no hay que confiarse mucho. Las mujeres cambian tanto. No sé, pero se me figura que el mejor día te van a hacer una broma pesada.

–¡Pero no sean imbéciles! –protestaba Roberto enfurecido. Si Alicia le soporta las atenciones a Estay es para que no le impidan la entrada aquí, ¿entienden?

Los otros sonreían con algo de ironía, y Morel se quedaba toda la tarde malhumorado. Cuando la chiquilla llegaba al anochecer, nuevamente la disputa asomaba su cara amarilla.

–Si, parece que te gustaran mucho los bigotes del sargento.

–¡Cállate, tonto; ya te he dicho tantas veces!

–Es que si vas a seguir coqueteando con él, prefiero que no vengas más.

Allegados a la reja, él por dentro de la celda, ella en el patio, disputaban. En un rincón los compañeros de Morel hablaban con baja voz, y a los lados, de todos los calabozos vecinos emergían las sombras de los condenados que, abrazados a los barrotes de fierro, miraban a la pareja, celebrando la entrevista con turbias obscenidades.

 

II

En el corazón de Alicia empezaron a caer nubes, llenándolo, ensombreciéndolo. Pensamientos contradictorios circulaban veloces por su cerebro. Cada día su amante se volvía más terco, y ahora había concluido por hacerle insoportables las horas que pasaba ella en la prisión. ¡Pobre muchacho! Decididamente la soledad brutal de la cárcel, el aislamiento, los malos compañeros, el sargento Estay y las atenciones que a ella le daba, le tenían así, más brusco, más hosco que de costumbre. Su corazón estaría surcado de profundas rayas negras de desgracia. Pero ¿qué hacer? Ella ya no podía, no podía resistir sus deseos de pararse cualquier día frente a Roberto y gritarle, la cabeza bien erguida:

¡Pero no seas bruto!

Es cierto que las actitudes del sargento Estay no le parecían tan ridículas como al principio. Para ella el guardián no era otra cosa que un pobre hombre que la quería, indudablemente. Siempre su voz abandonaba la flexibilidad de la galantería cuando le hablaba de matrimonio. No había duda: el sargento era hombre de propósitos serios.

–El día que usted venga aquí a verme a mí y no a ese asesino le prometo que será feliz –le había dicho el gordo Estay– y ella, que las primeras veces recibía las palabras análogas con desdén, ahora las cogió en el hueco de una sonrisa.

¡Extraña cosa! Su amor por Morel en ese instante le parecía algo remoto, algo perdido en el fondo de años pretéritos. A pesar de ello, a la tarde, el hábito enderezó sus pasos rumbo a la cárcel. Iba tranquila, sin pesarle el canasto con el alimento de Roberto. Al pasar la puerta, casi deseaba que saliera Estay. Y el hombre que había sentido los pasitos viniendo, acercándose, salió.

–Buenas tardes, Alicia. ¿Todavía por su preso?

–Quién sabe… quién sabe, sargento.

Llegando al patio obscurecido la esperaban rabiosos los ojos del amante. Y esa vez se iban acercando los dos al calabozo; Estay la acompañaba hasta allí, contrariando su costumbre.

–Tu comida, Roberto.

–No quiero nada. Llévate eso de ahí.

Estaba furioso y empezó a arrojar a gritos aquella hiel que tenía amontonada dentro.

–¡Para que te dejen entrar andas con este ladrón! ¡Mejor nunca hubieras asomado tu cara por aquí, canalla! Así estaría yo tranquilo, sin esta rabia y sin tener que soportar las burlas de todos. ¡Y todavía con el perro éste! ¿Por qué no me engañaste con otro, afuera? Tenías que venir aquí mismo para que yo te viera, y tenía que ser con este bandido…

–¡Roberto!

La muchacha había palidecido y sus manos buscaron apoyo en un brazo del sargento, que se acercaba a la reja dispuesto a castigar a Morel.

De las celdas vecinas empezaron a salir carcajadas dirigidas a ellos. Entonces ya Roberto no pudo sostener la palabra que entre los labios tenía apretada, la palabra que ella no se esperaba, y sus cuatro letras infames fueron a chocar contra el rostro de la niña.

–¡…!

A ella, las lágrimas le rodaron por la cara, mojándola.

–Vámonos.

Tomó el canasto y apoyada en el brazo de Estay atravesó el patio, llegándole de ambos lados las burlas de los presos, que agarrados a sus rejas parecían locos o demonios.

Al fondo, un hombre tiraba su desesperación contra los fierros del calabozo. De pronto dijo un grito claro.

–¡Alicia…!

Pero el eco se lo devolvió y nadie vino.

 

III

Esa fue la última vez que los condenados vieron a la niña de la prisión.

 

(Tomado de www.lecturia.org)