martes, 1 de septiembre de 2026

La noche del féretro

Francisco Tario

 

Entró un señor enlutado, con los zapatos muy limpios y los ojos enrojecidos por el llanto. Se aproximó al empleado y dijo:

–Necesito un féretro.

Oí distintamente su voz ronca y amarga, seguida por una tos irritante que, de estar yo dormido, me hubiera hecho despertar. Oí también, en aquel preciso momento, el timbre de la puerta en la casa contigua y el ladrido del perro, quien anunciaba así su alegría.

El empleado dijo:

–Pase usted.

Y pasó el hombre sigilosamente, con un poco de asco, mirando a diestra y siniestra, como una reina anciana que visita un hospital. Parecía un tanto avergonzado del espectáculo: de aquellos cajones grises, blancos o negros, que tanto asustan a los hombres, y de aquella luz amarilla y sucia que daba al local cierto aspecto de taberna.

Mi compañero de abajo se enderezó cuanto pudo para explicarme:

–El cliente es rico, conque tú serás el elegido.

La noche era fría, lluviosa, y soplaba un viento de nieve. No apetecía yo, pues, moverme de aquel escondrijo tan tibio, cubiertos mis largos miembros con una suave capita de polvo, y mucho menos aventurarme –Dios sabe con qué rumbo– por esas calles tan húmedas y resbaladizas.

El enlutado seguía tosiendo y examinando uno a uno los féretros. Nos miraba curiosamente, sin aproximarse demasiado, cual si temiera que uno de nosotros, en un momento dado, pudiera abrir la boca y tragarlo. En voz baja, respetando fingidamente el dolor del cliente, iba el empleado elogiando su mercancía, haciendo notar entre otras cosas su sobriedad, duración y comodidad.

De súbito, advertí sobre mi espina un cosquilleo bien conocido: el empleado me quitaba el polvo ceremoniosamente con un cepillo de gruesas cerdas que me produjo risa. Procuré estrecharme contra el muro, observando de soslayo al enlutado. Vi sus ojos tristes, abultados –verdaderos ojos de rana– que repasaban mi cuerpo de arriba abajo. Escuché de nuevo su voz cavernosa:

–El finado es robusto, ¿sabe?

Fue entonces cuando pensé:

“Me llevará sin duda”.

En efecto, prorrumpió:

–Creo que me convenga éste.

Ajustaron el precio –en mi concepto, irrisorio– y me trasladaron a un automóvil demasiado fúnebre, con las llantas blancas. La lluvia seguía cayendo en aisladas gotas frías. El cierzo me penetraba a través de los poros, helándome la sangre. Una sombra humana, en el interior del vehículo, sollozaba ahogadamente, llevándose con frecuencia el pañuelo a la boca. Otra, más rígida y grave, con el cuello del capote subido, hacía girar extrañamente el volante…

Cruzamos calles silenciosas y lóbregas, pobladas de perros chorreantes y prostitutas; avenidas iluminadas y alegres donde la gente paseaba con lentitud, bajo los paraguas negros; una plazoleta muy triste en la cual tocaba una banda y los militares lucían sus uniformes nuevos; edificios de ladrillo, tenebrosos, en cuyos interiores adivinaba yo parejas de hombres y mujeres estrujándose frenéticamente…

En tanto, mi cerebro trabajaba sin descanso:

“¿Hacia qué lugar me conducirán? ¿Qué clase de destino me aguarda?”

Es preciso que los hombres sepan que los féretros tenemos una vida interna sumamente intensa, y que en nuestros escasos ratos de buen humor bromeamos o nos chanceamos unos con otros. Ante todo, tenemos nombre: unos, masculinos y, otros, femeninos, naturalmente, de acuerdo con nuestro sexo.

Mientras permanecemos en el almacén somos célibes. Sin embargo, estamos fatalmente destinados al matrimonio; es decir, a lo que en el mundo común y corriente se designa con otro nombre estúpido: el entierro. Semejante acontecimiento es el más importante de nuestra vida, y de ahí que meditemos tan a menudo acerca del cónyuge que nos deparará la suerte.

Buena prueba de esto último es que hoy, al salir rumbo al armatoste que me aguarda, un antiguo camarada se despidió de mí de esta forma:

–Que el destino te conceda buena hembra y buena casa…

Yo, que soy hombre, le respondí tristemente:

–Sobre todo, eso, amigo: buena casa para pasar el invierno.

¡Ah, esas tumbas de tierra, enlodadas y frías, llenas de mil clases de bicharracos glotones que trepan por nuestras espaldas y nos van destruyendo lentamente! ¡Esas tumbas ignominiosas y endebles, en cuya superficie no hay flores ni hierba, y sobre las cuales chapotea la lluvia sin piedad alguna! ¡Esas tumbas tan pobres, tan solas, encaramadas allá sobre cualquier montaña o sumergidas en el corazón de un abismo!

Cuando el automóvil se detuvo, observé que mi llegada despertaba un interés incomprensible. Se oyeron voces humanas de:

–¡El féretro! ¡El féretro!

Alcé los ojos y vi un edificio cuadrado, con dos terrazas de piedra. Suspiré, aliviado. Tres hombres vestidos ridículamente me transportaron hasta un suntuoso aposento en cuyos ángulos ardían los cirios: esos malditos cirios que chisporrotean continuamente abrasando nuestras entrañas con sus gotas de cera blanca. Tardé un buen rato, no obstante, en descubrir a mi cónyuge. Entretanto, tuve que realizar indecibles esfuerzos para contener la risa. Allí estaba yo, tendido sobre no sé qué mueble absurdo, y los hombres desfilaban ante mí con sus levitas y sus rostros descompuestos. Me miraban a hurtadillas y tosían o se alejaban rápidamente. Nadie se mantenía ecuánime en mi presencia, cual si yo fuera una especie de monstruo, culpable de la muerte de los hombres.

Una muchacha fresca y esbelta, que despedía un olor en extremo agradable y que había deseado para mí con toda el alma, prorrumpió al verme:

–¡Es tan terrible y tan negro!

Distinguí su pecho duro y alto, que se estremecía de terror, y la línea de su vientre suave, bajo la tela infame.

Otra mujer, rubicunda y fea, cuchicheó una frase indulgente:

–¡Y las manijas son de plata!

Pero he aquí que, de pronto, un chiquillo se me acerca y pregunta:

–¿Es para enterrar a papá?

Sentí que el corazón me dejaba de latir dentro del pecho, que la cabeza me daba vueltas, y que me hallaba abandonado en mitad de un túnel nauseabundo.

“¿Cómo, para papá? –me dije–. ¿No soy acaso un hombre?”

Quise gritar, protestando. Quise incorporarme y echar a correr sin ningún rumbo, pero no pude. Cuatro pesadas manos, cubiertas de vello, me sujetaron por pies y cabeza y no supe más de mí. Debí perder el sentido. Cuando desperté, un hombre gordo, hinchado, pestilente y rubio, yacía sobre mis pobres huesos. Ardían los cirios en torno mío, salpicándome las ropas; rezaba un sacerdote, mirando por encima de sus anteojos a las mujeres bonitas; unos gemían con ayes velados; otros chillaban procazmente, sin comprender el destino del hombre. Caían por tierra pétalos de flores…

No pudiendo soportar más el oprobio de que era víctima, hice un sobrehumano esfuerzo y derribé al cadáver. Cayó éste con gran aparato, partiendo por la mitad un cirio que se apagó instantáneamente. Cayó con la cabeza hacia abajo, haciendo tronar el piso.

Yo grité y no me oyó nadie:

–¡No quiero! ¡No quiero!

Todos se apresuraron a levantar al muerto, aunque pesaba demasiado. Estaba rígido y frío como un árbol. Me dio horror. Vi a lo lejos a la jovencita fresca, muy pálida y aterrada, con las manos sobre el descote. Su perfume me embriagó esta vez, removiendo mis instintos.

“Lograr poseerla!”, pensé con angustia.

Pero de nuevo cayó a plomo sobre mí el hombre ventrudo y fétido, cuyo cuerpo parecía exactamente una vejiga.

Me encogí de hombros y opté por dormirme. Dormirme como un novio impotente o tímido en su noche de bodas.

Así lo hice. Y soñé. Soñé con dulces muertas blancas, cuyos muslos temblaban sobre mi piel… con ricos sepulcros de mármol, muy ventilados y alegres… soñé, y las imágenes sibaríticas me hicieron tanto mal, que cuando abrí los ojos y vi penetrar el sol por las vidrieras me sentí exhausto, vacío, postrado, como deben sentirse los hombres después de una óptima noche de continuos placeres.

 

(Tomado de www.gastronomialiteraria.blogspot.com)

 

Nochebuena aristocrática

Jacinto Benavente

 

Después de la misa del Gallo celebrada en el oratorio y oída con más recogimiento que una comedia de teatro antiguo en lunes clásico, los invitados de la marquesa de San Severino pasaron al comedor.

La fiesta era de pura intimidad; la marquesa había limitado la invitación a las personas más allegadas de su familia y a unos pocos amigos predilectos.

Entre todos no pasaban de quince.

–La Nochebuena es una fiesta de familia. Todo el año vive uno de esperanzas, abierto el corazón al primero que llega; hoy quiero recogerme en los recuerdos: sé que todos ustedes me acompañan esta noche porque me quieren de verdad, y yo a su lado me encuentro muy dichosa.

Los invitados asintieron graciosamente al cumplido.

–¡Ya lo creo! ¿Dónde mejor podía pasarse la señalada noche?

–Así, así, pocos y buenos.

–¡Ilfaut serrer les rangs, querida marquesa!

–¡Home, sweet home!

Y, rebosantes de expansiva satisfacción, dispusiéronse a celebrar con alegría la Noche que, según el poeta, “Envidia dar pudiera / al más luciente día”.

Pero, a pesar de tan propicia disposición, lo cierto es que todos parecían tristes y preocupados, como si estuvieran con el alma en donde quisieran estar en cuerpo y alma.

El saque de la conversación correspondió, como siempre, al insigne Manolo Borines; pero perdió el tanto de salida, sin peloteo. Secundó con más fuerza, apuntando una historia escandalosa y tampoco le atendió nadie. Desalentado, desistió de su empeño y llamó a los criados para que le sirvieran por segunda vez de un exquisito turbot con salsa deppoise.

La conversación desmayaba y caía a cada paso, mal sostenida por lugares comunes y frases de ocasión, sin espontaneidad y sin gracia. La risa no era franca ni sonora; parecían desgarraduras dolorosas y terminaban en un ¡ay! como aliviador suspiro. No había duda; neblina de tristeza nublaba el ambiente. Era como una obligación aparentar regocijo y nadie reflejaba siquiera cortés agrado. ¡Pobre marquesa! ¡Ella, que, según frase de revisteros, poseía como nadie el don encantador de que las horas parecieran minutos en su casa! Bien asegura la superstición vulgar que la noche del nacimiento del Hijo de Dios nada pueden maleficios y encantos. Porque no se hallaban encantados, ciertamente, los invitados de la marquesa. Ella, con su bondad confiada, había creído que pasarían una noche agradable a su lado, y ellos, por no desairarla estaban allí, forzados por los deberes sociales, estaban allí… y con el pensamiento muy lejos. Con quien y sin quien, porque cada uno, por su voluntad, por su gusto, habría pasado la Nochebuena en otra parte, donde le llamaban o el amor o el capricho, o la diversión, la virtud o el vicio, un móvil cualquiera, pero más atractivo, más fuerte que la cortesía social, y así pensaba cada uno, el marqués de San Severino, el dueño de la casa, esposo tranquilo de la bondadosa marquesa, el primero:

–¡Qué ocurrencia la de mi mujer! ¡Me aburren estas fiestas de familia! Tener que estar aquí toda la noche, sentado entre mi tía, la venerable condesa de Encinar del Valle, y Josefina Montero, prima carnal, es decir, prima ósea de mi mujer. ¡Porque cuidado si está delgada! En cambio, mi tía… ¡para cuándo son los empréstitos! ¡Qué aburrimiento! Mi tía solo habla de comer y de beber, y la primita… de arder. La una dice que el escaparate de Lhardy está hermoso estos días; la otra dice que Paul Bourget se amanera, que prefiere a Paul Hervieu. ¡Me vuelven loco! A estas horas estarán cenando en casa de la Chipilina. ¡Allí sí que se divertirán! ¡Si esta gente tuviera la feliz ocurrencia de marcharse temprano!

Así monologaba el dueño de la casa, el ilustre marqués de San Severino, y la primita espiritual, a su vez, pensaba:

–¡Qué idea la de mi prima! ¡Noche más aburrida! Mi primo es un bárbaro, no se le puede hablar de nada. A estas horas estará Federico en casa de los Vivares. Allí sí que me hubiese ido yo de muy buena gana… ¡pero la familia!… ¡Si Pilar hubiera sabido que yo no venía a su casa por ir a casa de los Vivares!

La marquesa de Encinar del Valle, grosse gourmande, opinaba como el sacerdote de la Bella Helena que en la mesa de sus sobrinos había trop de fleurs y, en cambio, el menú dejaba mucho que desear. Muy artístico el espejo con marco de orquídeas, violetas y lilas blancas, muy caprichosa la góndola de porcelana de Sevres, y los pastorcitos de Watteau mirándose en el espejo como en un lago amoroso del país azul de citerea, pero los filets de volaille eran abominables.

La verdad, hubiera sido mejor ir al réveillon de Mistress Bryan. Allí sí se comía.

La condesita de Robledal, figura elegantísima, de una raza soñada, exótica en todas partes como una quimera de artista, pensaba… en lo imposible; en una cita misteriosa con un ser ideal, en poesía sin palabras y en música sin sonidos, como los amores que ella soñaba, sin caricias, sin besos, aroma purísimo de flores inaccesibles. ¡Triste condesita! ¡Cuántos tropezones había dado por ir mirando arriba! Aquella noche misma en que con qué poco hubiera forjado un ideal, como una niña que con un pedazo de trapo forma un muñeco y en él pone ternuras de madre. El trapo con que había formado su último muñeco dormiría a la hora aquella o quizás estaría de cena con sus compañeros, en el cuarto de oficiales de un cuartel de húsares, pero de húsares de Pavía, con uniforme de color de cielo… y allí, allí estaba fijo el pensamiento de la marquesita soñadora mientras cenaba desentendida de cuanto la rodeaba.

A su lado, Manolo Borines, con la cara congestionada y la expresión de vaguedad idiota del predestinado al reblandecimiento, pensaba, como el marqués en la Chipilina, en la juerga que habría en aquella casa y lo gustoso que se hallaría en ella. ¡Digo! ¡Qué mujeres! ¡La francesa había prometido bailarles un quadrille con el grand eccart; seis mil francos se había gastado en dessous para la circunstancia! ¡Y perder aquello por cumplir con la marquesa! De reojo miraba al marqués, como si quisiera decirle: si esto concluyera pronto, podríamos hacer una escapada; el marqués lo comprendía y miraba el reloj impaciente.

Paco Noguera, literato de salón protegido de los marqueses, que le costeaban las ediciones de sus poesías, pensaba con tristeza en sus hermanas, dos pobres muchachas que sufrían en casa mil privaciones, mientras él brillaba en fiestas y en veladas aristocráticas. Dos tristes vidas sacrificadas para que él luciera; ellas planchaban con mil afanes las camisolas limpísimas del hermano; ellas vestían unas faldillas pardas y no podían salir a la calle bien abrigadas para que él vistiera un frac bien cortado y se abrigara con gabán de pieles, y el poeta, brillante luz sostenida por el pábilo consumido de dos existencias sacrificadas, pensaba en ellas con remordimiento, pensaba en la cena miserable de sus pobres hermanas.

Lola Montero pensaba en que Isidoro Torres cenaría en casa de la condesa de Fondelvalle, y en que la condesa quería casarle a toda costa con su hija… y en que ella debía estar allí o Isidoro en casa de los de San Severino, y los nervios desbocados no la dejaban sosegar ni atravesar bocado… y así todos, con el pensamiento lejos y el alma donde quisieran haber estado en cuerpo y alma.

Y la dueña de la casa, tan satisfecha de ver reunidas a su alrededor a las personas de su cariño. Solo dos le faltaban: su hermana, la marquesa del Robledal, venerable señora, consagrada por entero a la devoción, una santa, una verdadera santa, y otra… de quien no quería acordarse, su cuñadito, el condesito de Santa Elena… de quien más valía no hablar… pasaría la Nochebuena rodeado de toreros y perdidos en algún colmado, ése estaba fuera de la sociedad… y de todo.

La marquesa, en su bondad placentera, no podía pensar que las dos personas que faltaban a su mesa aquella noche eran las dos únicas personas felices. Una por sublime virtud, otra por los vicios más abyectos, eran las únicas que rompían la monotonía vulgar de la vida, las únicas que dejaban sobresalir su propia vida sobre la vida impuesta por los demás, sacrificada a las conveniencias sociales.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

lunes, 31 de agosto de 2026

10-14

Gabriel Gala

 

Fue a finales del siglo pasado. Elizabeth, una sobrina de mi esposa, vino a la Ciudad de México, desde su natal Chihuahua, para tramitar su ingreso a un posgrado en la UNAM. Mi esposa y yo le damos alojamiento cuando visita nuestra ciudad y, por ende, fuimos a recibirla al puerto aéreo esa mañana de julio.

Y ocurrió que al llegar su vuelo a la Ciudad de México y tras desembarcar del avión, Elizabeth fue a recoger su equipaje (apenas un par de maletas)… y su equipaje no estaba en la banda transportadora. Ella esperó y esperó a que aparecieran sus maletas, y nada. Fue a preguntar por ellas al personal de la aerolínea y todos se hicieron pendejos: que ya no faltaba ninguna maleta del avión, que posiblemente alguien más las había tomado y que… qué se yo.

Molesta, Elizabeth siguió preguntando y reclamando a los empleados de la aerolínea y amenazó con llamar a la policía. Y los empleados de la aerolínea, sonriendo con sorna, le dijeron que podía llamar a quien quisiera, pero que en el aeropuerto la autoridad competente era la Policía Federal de Caminos (aún no se creaba la Guardia Nacional).

Elizabeth salió del área de llegadas para encontrarse con nosotros y nos contó lo que ocurría, así que decidimos ir a las oficinas de la Policía Federal de Caminos en el aeropuerto. Llegamos, pues, a dichas oficinas. En la recepción no había más que unos sillones y un escritorio atendido por una muchacha muy joven, uniformada. Muy seria.

A ella le expusimos nuestro problema y nos dijo que eso tenía que hacerse del conocimiento del comandante Mireles.

–Entonces quiero hablar con el comandante Mireles –le dije.

–El comandante Mireles está en un 10-14 –nos dijo muy amablemente la joven oficial–. Por favor espérenlo. No debe tardar.

Así que los tres tomamos asiento y nos dispusimos a esperar. Mientras lo hacíamos, otro oficial de la PFC se asomó por la puerta y le preguntó a la recepcionista por el comandante Mireles.

–El comandante Mireles está en un 10-14 –fue la respuesta de la muchacha.

–¡Ah! –dijo el policía– Vuelvo después.

Seguimos esperando. Unos minutos después asomó la cabeza otro policía federal y preguntó por el comandante Mireles.

–El comandante Mireles está en un 10-14 –respondió de nuevo la recepcionista y el policía asintió gravemente con la cabeza y se retiró.

Elizabeth, mi esposa y yo intercambiamos miradas y gestos de extrañeza e impaciencia. Poco después un tercer policía se asomó para preguntar por el comandante Mireles.

–El comandante Mireles está en un 10-14 –repitió la recepcionista y el tercer policía se retiró.

Elizabeth mi esposa y yo empezamos a preguntarnos por lo bajo qué diablos sería un 10-14. “Podría ser un operativo antidrogas”, aventuró mi esposa, “tal vez estén deteniendo a algún narcotraficante… o tal vez a un contrabandista”. “O a lo mejor”, señaló Elizabeth, “fue al baño”. Tratamos de no reírnos demasiado fuerte. Y un cuarto policía llegó, se acercó a saludar a la joven uniformada, y preguntó por el comandante Mireles.

–El comandante Mireles está en un 10-14 –repitió ella la consabida respuesta.

–¡Ah! –dijo el policía y dio media vuelta para retirarse, pero cuando llegó a la puerta se detuvo en seco, volteó y le preguntó:

–¿Y qué hay de 10-14?

–Barbacoa –dijo muy seria la recepcionista.

 

(Publicado con permiso del autor)

 

Amarga mandrágora

Raúl Eduardo Novau

 

Se entretuvo mirando de soslayo el herrumbroso alambrado invadido en tramos por el malezal. Del otro lado una cohorte compacta del yerbal vecino se perdía en la lomada. Eran sus malezas nacidas y criadas sin límites en su chacra las que avanzaban prepotentes a cada jornada. Porque era diaria la extensión del yuyal: a los cuatro vientos menos al sur donde cursaba un arroyo. Y cuanto más se detenía en mirar se le ocurría que las espinosas hojas se alargaban, las ásperas flores sin aromas se reproducían espontáneas como bordadas en silvestres bastidores y zarzas y mimosas trepaban las últimas vallas de alambrada. Ella misma estática en medio de esa orfandad de árboles, el sol batiéndole el ajado pañolón a la cabeza y las orlas del batón campaneando la maraña, semejaba un mástil de una nave jaspeada de ocres y parduscas rastreras.

De nada le servía el machete: cuanto más tronzaba y cortaba al otro día todo reverdecía en nuevos y numerosos brotes. Avanzó hacia el caído alambrado palpando con la punta del machete el yuquerizal a cada paso, explorando la conveniencia de tronchar los apéndices usurpadores que netamente se intrincaban en el lozano terreno aledaño. Eran múltiples hasta donde se perdía la vista. Tendría que abdicar. Reconocer ante el chacrero lindante que se daba por vencida. Remiró las enhiestas plantas de yerba en ringleras encolumnadas y las calleras desbrozadas del amplio predio vecino. Idénticas serían si hubiera vivido su compañero. Tendría que haber abdicado. Pero no, se decía. Si Dios puso la tierra para labrar, el agua del arroyo para beber y la Biblia para leer ¿qué otra cosa necesitaría una mujer como yo?

A pesar de su nombre, Amarga López –mal anotado por indolencia y comodidad de los escribientes de turno pues su madre vivió repitiendo que era Amada el elegido– al principio una total antinomia pues era alegre y dicharachera luego volcada tras el pasaje de miserias a una paulatina correspondencia con el nombre original.

Resistía Amarga en aquella solana de matorrales y troncos ennegrecidos –testigos de quemantes rozados pasados– y su rancho de tablones en pilotes y pequeña galería adornada de viejas latas como tiestos de flores. Del bajo chiquero y el antiguo galpón de secanzas del tabaco quedaban esqueletos de maderos carcomidos y algunas desperdigadas perchas del gallinero. Aún persistía el galponcito, levantado por Pablo su marido, destinado a Kare la lechera que, tras una cuantiosa producción, también murió. Pero Amarga aprovechó para el único ser que compartía con ella la aposentada soledad: el buey Barcino. Barcino era el rey en su desolada comarca. Si bien no daba leche, rumiaba con una meticulosidad extrema que ni con tormentas interrumpía, bosteaba solamente en el reducido cobertizo cosa que Amarga bendecía pues no necesitaba desplazarse para recoger el abono para la huerta. Además, Barcino se las ingeniaba para rebuscarse en la enmarañada capuera donde su mole estatuaria progresaba comiendo y mutilando lo que el malezal reponía en el día. Ella especuló con el deslinde del desbroce en la línea vecinal, cabeceando y su ronca voz resonó quizás por sinusitis crónicas o por frases sumergidas en cavilosas soledades que emergen corporizadas y vitales de golpe diciendo:

–No tengo más sal.

Restaba en la bolsa un cuarto de sal necesario para Barcino y para la casa. Pues Amarga contenía el avance de las hierbas haciendo un círculo blanco de sal alrededor. Santo remedio. Era como una empalizada invisible: ni hierbajos ni alimañas ni víboras. Nada. Eso sí. Se cuidaba que Barcino lamiera solamente el terrón salino que estaba en el galponcito. Incluso para el vecino fue un límite inconsciente que no osó traspasar cuando visitó a Amarga insistiendo en la compra del lote. Dialogaron línea blanca de por medio sin resultados. Ella era mujer de monte, toda su vida convivió con el monte y un cambio a su edad era sencillamente la muerte, dijo en cavernoso tono. Mientras el alambrado estuviera limpio –y ella prometía que lo mantendría así– el vecino no tendría que preocuparse con tamaña zoncera. De eso daba fe. No se responsabilizaba en cambio de los bichos que pudieran cruzar porque los animalitos de Dios no conocen fronteras. Tampoco el buey estaba en venta. Él pertenecía al terruño como ella sin memoria tal cual es ahora: grande, capado y somnoliento. Desprenderse del animal sería hasta inhumano ya que era parte indisoluble de su vida. Era ella misma transformada en cuadrúpedo: juntos aprovechaban las raíces fibrosas, él las maceraba en la panza y ella en el mortero, bebían la fresca agua del arroyo y se daban calor mutuo en invierno arrebujada ella contra el cuerpo de Barcino en el cobertizo. Le falta hablar, decía.

Amarga estaba sin fuerzas para el machete o la esteva del arado amén de ser vegetariana forzada salvo cuando pescaba mojarras o caracoles en la corriente, liquidadas las pocas alhajas y vendidas por chirolas algunas chapas del desmelenado techo, se hallaba en la encrucijada de aguantar para que el yerbatero conociera el temple de una pionera o vender la chacra asegurándose la vejez.

Amanecía cavilando hamacándose en el sillón de la galería, entrampada en su círculo de sal, presta a los menores ruidos que indicaran el pataleo de perdices o cuises en las trampas puestas en los matorrales, mirando su harto conocido solar en busca de algo nuevo con la salida del sol. Pero nada acontecía. Para más la opción de venta se había cancelado por parte del vecino quien después de aquella visita desistió aduciendo que la tierra salobre era inadecuada: usted mató la tierra, expresó a una Amarga animosa de que al fin terminara el acoso.

Aún le restaban opciones: arrendaría a Barcino o lo mataría. Alquilarlo sería lo mismo que matarlo en vida, una muerte lenta e inmerecida después de años de sacrificios. Quedaba sacrificarle y vender la carne, el cuero, los cálculos de la hiel, las pezuñas y las astas. Rifar además los años uncidos al yugo, las babas sobre los surcos, los volumétricos abonos de bostas, el calor dispensado y el martirio de canículas hirvientes. No, no tendría corazón para semejante crimen.

En esas mentas andaba cuando la descubrió. Pequeña apenas distinguida en un oscuro rincón del cobertizo. Extraña a medida que crecía por la espigada formatura del tallo y hojas, firme quizás por una gran raíz de sustento y los pedúnculos de futuras flores en potencia. Todos los días apenas alboraba Amarga corroboraba el rápido crecimiento de aquella plantita que se avizoraba superior a todas las conocidas. Y con dedicación exclusiva –por otra parte no tenía otra tarea– acarreaba trabajosamente el agua desde el arroyo. En incontables viajes Amarga recorría el senderillo entre la tosca vegetación. Se las ingenió para obturar con un emplasto de zarzaparrillas los orificios del agujereado balde. Porque el vegetal requería al parecer mucho líquido: al punto que terminaba de regar la tierra era un secano alrededor. Y cuanto más progresaba más era la demanda de agua. El sendero al arroyo se hizo nítido en la espesura. Al cabo de semanas la planta echaba ramajes laterales, entonces Amarga recurrió a Barcino pues era un solo balde y sentía el cansancio en los huesos. Bamboleante el buey trazaba su pertinaz parsimonia en un letánico vaivén del cauce a la nueva inquilina. Los frutos carnosos eran de un intenso morado y las flores nacaradas ribeteadas de púrpura en cálices verdolagas. Pero sería una decepción para Amarga que esperaba el néctar de una planta sugestiva y principesca: al partir los frutos eran fétidos, apestosos, rancios. Tremenda desilusión para ella. Si no le hubiera costado tanto la tenaz labor del acarreo del agua quizás hubiera morigerado su frustración. En su iracundia cortó las repugnantes manzanitas moradas y los gajos de flores inodoras y las arrojó al malezal.

Al otro día había claros enormes en el predio. Por donde Amarga revoleó los frutos surgieron ojos gigantescos que descubrían un oscuro suelo. Lamparones negruzcos horadaron la breña contagiándose y afloraron en mayores calveros. Amarga investigaba machete en mano la lenta agonía del capueral: negras eran las enrevesadas ramas y raíces mixturadas con mariposillas de los pantanos, lagartijas y alacranes, muertos oscuros en un gran caldero que rezumaba charcos pestilentes y lentamente se evaporaban. A los pocos días la chacra era una lóbrega y sombría alfombra gris, desprendiendo humos que permanecían sin elevarse al ras semejando un mullido tapiz e irradiando calor de una intensa combustión. Barcino rumiaba inexorable su última ingesta, mirando alternativamente la destartalada casa y el parche negro de la otrora chacra, intentando retomar su habitual recorrido al arroyo sin conseguir trasponer más de un metro del calcinado terreno. A la noche procuró regurgitar algo de verde sin conseguirlo y al amanecer atropelló el estropeado portón por una cuestión de fuerza bruta en pos del verde barranco entrevisto y se perdió.

Amarga se hamacaba en el sillón observando al fin la muerte del malezal. Por si Barcino quisiera regresar no tocó el desportillado portón. Mientras tanto tenía las amargas pero reconfortantes hojas de su dormidera. Porque después de la infusión se adormecía balanceándose Que le viniera el gringo a decir ahora que una anciana sola en medio del monte no puede defenderse y hacer las labores de los hombres más rudos. Ahí tiene: ayer había un zarzal y un verdadero ejército de alimañas y hoy no existen. Y que no le pidiera la fórmula porque era de su exclusiva competencia. Bien a cuidado estaban las bifurcadas raíces de la milagrosa que estragó en un santiamén su problema. Trasplantó la mandrágora al desértico huerto y ahí la mantendría para que la auxilie en cuanto alguna maleza se le ocurra nacer. La huerta fue a pique pero ella estaba triunfante y esperaba la visita del gringo. Entonces le diría:

–Ahí tiene. La tierra pelada. Ya no pasará la suciera.

Esperaría. Hamacándose en la galería. Esperaría.

 

(Tomado de www.anatomoi.blogspot.com)

 

Un camino hacia el norte

Isabel Allende

 

Claveles Picero y su abuelo, Jesús Dionisio Picero, demoraron treinta y ocho días en cubrir los doscientos setenta kilómetros entre su aldea y la capital. Cruzaron a pie las tierras bajas, donde la humedad maceraba la vegetación en un caldo eterno de lodo y sudor, subieron y bajaron los cerros entre iguanas inmóviles y palmeras agobiadas, atravesaron las plantaciones de café esquivando capataces, lagartos y culebras, anduvieron bajo las hojas del tabaco entre mosquitos fosforescentes y mariposas siderales. Iban directo hacia la ciudad, bordeando la carretera, pero en un par de ocasiones debieron dar largos rodeos para evitar los campamentos de soldados. A veces los camioneros disminuían la marcha al pasar por su lado, atraídos por la espalda de reina mestiza y el largo cabello negro de la muchacha, pero la mirada del viejo los disuadía enseguida de cualquier intento de molestarla. El abuelo y su nieta no tenían dinero y no sabían mendigar. Cuando se le terminaron las provisiones que llevaban en una cesta, siguieron adelante a punta de puro coraje. Por las noches se envolvían en sus rebozos y se dormían bajo los árboles con un avemaría en los labios y el alma puesta en el niño, para no pensar en pumas y en alimañas ponzoñosas. Despertaban cubiertos de escarabajos azules. Con los primeros signos del amanecer, cuando el paisaje permanecía envuelto por las últimas brumas del sueño y todavía los hombres y las bestias no empezaban las faenas del día, ellos echaban a andar otra vez para aprovechar el fresco. Entraron en la capital por el Camino de los Españoles, preguntando a quienes cruzaban en las calles dónde podían hallar al Secretario del Bienestar Social. Para entonces a Jesús Dionisio le sonaban todos los huesos y a Claveles los colores del vestido se le habían desvanecido, tenía la expresión hechizada de una sonámbula y un siglo de fatiga se había derramado sobre el esplendor de sus veinte años.

Jesús Dionisio era el artesano más conocido de la provincia, en su larga vida había ganado un prestigio del cual no se jactaba, porque consideraba su talento como un don al servicio de Dios, del cual él era solo su administrador. Había comenzado como alfarero y todavía hacía cacharros de barro, pero su fama provenía de santos de madera y pequeñas esculturas en botellas, que compraban los campesinos para sus altares domésticos o se vendían a los turistas en la capital. Era un trabajo lento, cosa de ojo, tiempo y corazón, como les explicaba el hombre a los chiquillos arremolinados a su alrededor para verlo trabajar. Introducía con pinzas en las botellas los palitos pintados, con un punto de cola en las partes que debía pegar, y esperaba con paciencia que secaran antes de poner la pieza siguiente. Su especialidad eran los Calvarios: una cruz grande al centro donde colgaba el Cristo tallado, con sus clavos, su corona de espinas y una aureola de papel dorado, y otras dos cruces más sencillas para los ladrones del Gólgota. En Navidad fabricaba nichos para el Niño Dios, con palomas representando el Espíritu Santo y con estrellas y flores para simbolizar la Gloria. No sabía leer ni firmar su nombre porque cuando él era niño no había escuela por esos lados, pero podía copiar del libro de misa algunas frases en latín para decorar los pedestales de sus santos. Decía que sus padres le habían enseñado a respetar las leyes de la Iglesia y a las gentes, lo cual era más valioso que tener instrucción. El arte no le daba para mantener su casa y redondeaba su presupuesto criando gallos de raza, finos para la pelea. A cada gallo debía dedicarle muchos cuidados, los alimentaba en el pico con una papilla de cereales machacados y sangre fresca, que conseguía en el matadero, debía despulgarlos a mano, airearles las plumas, pulirles las espuelas y entrenarlos a diario para que no les faltara valor a la hora de probarlos. A veces iba a otros pueblos para verlos pelear, pero nunca apostaba, pues para él todo dinero ganado sin sudor y trabajo era cosa del diablo. Los sábados por la noche iba con su nieta Claveles a limpiar la iglesia para la ceremonia del domingo. No siempre alcanzaba a llegar el sacerdote, que recorría los pueblos en bicicleta, pero los cristianos se juntaban de todos modos a rezar y cantar. Jesús Dionisio era también el encargado de colectar y guardar la limosna para el cuidado del templo y la ayuda al cura.

Trece hijos tuvo Picero con su mujer, Amparo Medina, de los cuales cinco sobrevivieron a las pestes y accidentes de la infancia. Cuando la pareja pensaba que ya había terminado la crianza, porque todos los muchachos eran adultos y habían salido de la casa, el menor volvió con permiso del Servicio Militar trayendo un bulto envuelto en trapos y se lo puso sobre las rodillas a Amparo. Al abrirlo vieron que se trataba de una niña recién nacida, medio agónica por la falta de leche materna y por el vapuleo del viaje.

–¿De dónde sacó esto, hijo? –preguntó Jesús Dionisio Picero.

–Al parecer es de la misma sangre mía –replicó el joven sin atreverse a sostener la mirada de su padre, estrujándose la gorra del uniforme entre sus dedos sudorosos.

–Y si no es mucho preguntar, ¿dónde se metió la madre?

–No sé. Dejó a la chiquita en la puerta del cuartel con un papel escrito de que el padre soy yo. El Sargento me mandó a entregársela a las monjas, dice que no hay manera de probar que es mía. Pero a mí me da lástima, no quiero que sea huérfana…

–¿Dónde se ha visto que una madre abandone a su crío recién parido?

–Son cosas de la ciudad.

–Ha de ser, pues. ¿Y cómo se llama esta pobrecita?

–Como usted la bautice, padre, pero si me lo pregunta, a mí me gusta Claveles, que era la flor preferida de su madre.

Jesús Dionisio salió a buscar la cabra para ordeñarla, mientras Amparo limpiaba al bebé con aceite y le rezaba a la Virgen de la Gruta pidiendo que le diera ánimo para hacerse cargo de otro niño. Una vez que vio a la criatura en buenas manos, el hijo menor se despidió agradecido, se echó el bolso al hombro y regresó al cuartel a cumplir su castigo.

Claveles creció en la casa de sus abuelos. Era una muchacha taimada y rebelde, a quien era imposible dominar mediante razones o con el ejercicio de la autoridad, pero que sucumbía de inmediato cuando le tocaban los sentimientos. Se levantaba al amanecer y caminaba cinco millas hasta un galpón en medio de los potreros, donde una maestra reunía a los niños de la zona para darles una instrucción básica. Ayudaba a su abuela en las tareas de la casa y a su abuelo en el taller, iba al cerro en busca de tierra de loza y le lavaba los pinceles, pero nunca se interesó por otros aspectos de su arte. Cuando Claveles tenía nueve años Amparo Medina, que se había ido encogiendo y estaba reducida al aspecto de un infante, amaneció fría en su cama, extenuada por tantas maternidades y tantos años de trabajo. Su marido cambió su mejor gallo por unas tablas y le fabricó una urna decorada con escenas bíblicas. Su nieta la vistió para el funeral con un hábito de Santa Bernardita, túnica blanca y cordón celeste en la cintura, el mismo usado por ella para su Primera Comunión, y que le quedó justo al cuerpo esmirriado de la anciana. Jesús Dionisio y Claveles salieron de la casa rumbo al cementerio, tirando de una carretilla donde iba el ataúd adornado con flores de papel. Por el camino se le sumaron los amigos, hombres y mujeres con las cabezas cubiertas, que los acompañaron en silencio.

El viejo escultor de santos y su nieta quedaron solos en la casa. En señal de duelo pintaron una cruz grande en la puerta y ambos llevaron por años una cinta negra cosida en la manga. El abuelo trató de reemplazar a su mujer en los detalles prácticos de la vida, pero nada volvió a ser como antes. La ausencia de Amparo Medina lo invadió por dentro, como una enfermedad maligna, sintió que se le aguaba la sangre, se le oscurecían los recuerdos, se le tornaban los huesos de algodón, se le llenaba el espíritu de dudas. Por primera vez en su existencia se rebeló contra el destino, preguntándose por qué a ella se la habían llevado sin él. A partir de entonces ya no pudo hacer Pesebres, de sus manos solo salían Calvarios y Santos Mártires, todos vestidos de luto, a los cuales Claveles pegaba letreros con mensajes patéticos a la Divina Providencia, dictados por su abuelo. Esas figuras no tuvieron la misma aceptación entre los turistas de la ciudad, que preferían los colores escandalosos atribuidos por error al temperamento indígena, ni entre los campesinos, quienes necesitaban adorar deidades alegres, porque el único consuelo a las tristezas de este mundo era imaginar que en el cielo siempre estaban de fiesta. A Jesús Dionisio Picero le resultó casi imposible vender sus artesanías, pero siguió fabricándolas, porque en ese oficio se le pasaban las horas sin cansancio, como si siempre fuera temprano. Sin embargo, ni el trabajo ni la presencia de su nieta pudieron aliviarlo y empezó a beber a escondidas, para que nadie notara su vergüenza. Borracho llamaba a su mujer y a veces lograba verla junto al fogón de la cocina. Sin los cuidados diligentes de Amparo Medina la casa se fue deteriorando, se enfermaron las gallinas, tuvieron que vender la cabra, se les secó el huerto y pronto eran la familia más pobre de los alrededores. Poco después Claveles partió a trabajar a un pueblo vecino. A los catorce años su cuerpo ya había alcanzado la forma y el tamaño definitivos, y como no tenía la piel cobriza ni los firmes pómulos de los otros miembros de la familia, Jesús Dionisio Picero concluyó que su madre debió ser blanca, lo cual ofrecía una explicación para el hecho insólito de que la hubiera abandonado en la puerta de un cuartel.

Al cabo de un año y medio Claveles Picero regresó a la casa con manchas en la cara y una barriga prominente. Encontró a su abuelo sin más compañía que una leva de perros hambrientos y un par de gallos lamentables sueltos en el patio, hablando solo, la mirada perdida, con signos de no haberse lavado en un buen tiempo. Lo rodeaba el mayor desorden. Había abandonado su pedazo de tierra y pasaba las horas fabricando santos con una premura demencial, pero de su antiguo talento quedaba ya muy poco. Sus esculturas eran unos seres deformes y lúgubres, inapropiados para la devoción o para la venta, que se amontonaban por los rincones de la casa como pilas de leña. Jesús Dionisio Picero había cambiado tanto que no intentó endilgarle a su nieta un discurso sobre el pecado de echar hijos al mundo sin padre conocido, en verdad pareció no notar las señales del embarazo. Se limitó a abrazarla, tembloroso, llamándola Amparo.

–Míreme bien, abuelo, soy Claveles y vengo a quedarme, porque aquí hay mucho que hacer –dijo la joven y partió a encender la cocina para hervir unas papas y calentar agua para bañar al anciano.

Durante los meses siguientes Jesús Dionisio pareció resucitar de su duelo, dejó la bebida, volvió a cultivar su huerto, a ocuparse de sus gallos y a limpiar la iglesia. Todavía le hablaba al recuerdo de su mujer y de vez en cuando confundía a la nieta con la abuela, pero recuperó la capacidad de reírse. La compañía de Claveles y la ilusión de que pronto habría otra criatura en la casa le devolvieron el amor por los colores y poco a poco dejó de embetunar sus Santos con pintura negra, ataviándolos con ropajes más adecuados para el altar. El niño de Claveles salió del vientre de su madre un día a las seis de la tarde y cayó en las manos callosas de su bisabuelo, quien tenía una larga experiencia en esos menesteres, porque había ayudado a nacer a sus trece hijos.

–Se llamará Juan –decidió el improvisado partero tan pronto hubo cortado el cordón y envuelto a su descendiente en un pañal.

–¿Por qué Juan? No hay ningún Juan en la familia, abuelo.

–Porque Juan era el mejor amigo de Jesús y éste será el amigo mío. ¿Y cuál es el apellido del padre?

–Haga cuenta que padre no tiene.

–Picero entonces, Juan Picero.

Dos semanas después del nacimiento de su bisnieto, Jesús Dionisio comenzó a cortar los palos para un Nacimiento, el primero que hacía desde la muerte de Amparo Medina.

Claveles y su abuelo no tardaron mucho en darse cuenta de que el niño era anormal. Tenía una mirada curiosa y se movía como cualquier bebé, pero no reaccionaba cuando le hablaban, podía permanecer horas despierto e inmóvil. Hicieron el viaje hasta el hospital y allí les confirmaron que era sordo y por lo tanto sería mudo. El médico agregó que no había mucha esperanza para él, a menos que tuvieran la suerte y lograran colocarlo en una institución en la ciudad, donde le enseñarían buena conducta y en el futuro podrían darle un oficio para que se ganara la vida con decencia y no fuera siempre una carga para los demás.

–Ni hablar, Juan se queda con nosotros –decidió Jesús Dionisio Picero, sin darle ni una mirada a Claveles, que lloraba con la cabeza cubierta por el chal.

–¿Qué vamos a hacer, abuelo? –preguntó ella al salir.

–Criarlo, pues.

–¿Cómo?

–Con paciencia, igual como se entrenan los gallos o se meten Calvarios en botellas. Es cosa de ojo, tiempo y corazón.

Así lo hicieron. Sin considerar el hecho de que la criatura no podía oírlos, le hablaban sin tregua, le cantaban, lo colocaban cerca de la radio encendida a todo volumen. El abuelo tomaba la mano del niño y la apoyaba con firmeza sobre su propio pecho, para que sintiera la vibración de su voz al hablar, lo incitaba a gritar y celebraba sus gruñidos con grandes aspavientos. Apenas pudo sentarse lo instaló a su lado en un cajón, lo rodeó de palos, nueces, huesos, trozos de tela y piedrecillas para jugar, y, más tarde, cuando aprendió a no metérsela a la boca, le pasaba una bola de barro para moldear. Cada vez que conseguía trabajo, Claveles partía al pueblo, dejando a su hijo en manos de Jesús Dionisio. A donde fuera el anciano la criatura lo seguía como una sombra, rara vez se separaban. Entre los dos se desarrolló una sólida camaradería que eliminó la tremenda diferencia de edad y el obstáculo del silencio. Juan se acostumbró a observar los gestos y las expresiones del rostro de su bisabuelo para descifrar sus intenciones, con tan buenos resultados que para el año en que aprendió a caminar ya era capaz de leerle los pensamientos. Por su parte Jesús Dionisio lo cuidaba como una madre. Mientras sus manos se esmeraban en delicadas artesanías, su instinto seguía los pasos del niño, atento a cualquier peligro, pero solo intervenía en casos extremos. No se acercaba a consolarlo después de una caída ni a socorrerlo cuando estaba en apuros, así lo acostumbró a valerse por sí mismo. A una edad en que otros muchachos todavía andan tropezando como cachorros, Juan Picero podía vestirse, lavarse y comer solo, alimentar a las aves, ir a buscar agua al pozo, sabía tallar las partes más simples de los santos, mezclar colores y preparar las botellas para los Calvarios.

–Habrá que mandarlo a la escuela para que no se quede bruto como yo –dijo Jesús Dionisio Picero cuando se acercaba el séptimo cumpleaños del niño.

Claveles hizo algunas indagaciones, pero le informaron que su hijo no podía asistir a un curso normal, porque ninguna maestra estaría dispuesta a aventurarse en el abismo de soledad donde estaba sumido.

–No importa, abuelo, se ganará la vida fabricando santos, como usted –se resignó Claveles.

–Eso no da para comer.

–No todos pueden educarse, abuelo.

–Juan es sordo, pero no tonto. Tiene mucho discernimiento y puede salir de aquí, la vida en el campo es muy dura para él.

Claveles estaba convencida de que el abuelo había perdido el juicio o que el amor por el niño le impedía ver sus limitaciones. Compró un silabario e intentó traspasarle sus escasos conocimientos, pero no logró hacerle entender a su hijo que esos garabatos representaban sonidos y acabó por perder la paciencia.

En esa época aparecieron los voluntarios de la señora Dermoth. Eran unos jóvenes provenientes de la ciudad, que recorrían las regiones más apartadas del país hablando de un proyecto humanitario para socorrer a los pobres. Explicando que en algunas partes nacían demasiados niños y sus padres no los podían alimentar, mientras en otras había muchas parejas sin hijos. Su organización intentaba aliviar ese desequilibrio. Se presentaron en el rancho de los Picero con un mapa de Norteamérica y unos folletos impresos a color donde se veían fotografías de niños morenos junto a padres rubios, en lujosos ambientes con chimeneas encendidas, grandes perros lanudos, pinos decorados con escarcha plateada y bolas de Navidad. Después de hacer un rápido inventario de la pobreza de los Picero, les informaron sobre la misión caritativa de la señora Dermoth, quien ubicaba a los niños más desamparados y los entregaba en adopción a familias con dinero, para salvarlos de una vida de miseria. A diferencia de otras instituciones destinadas al mismo fin, ella se ocupaba solo de criaturas con taras de nacimiento o baldadas por accidentes o enfermedades. En el Norte había algunos matrimonios –buenos cristianos, por supuesto– que estaban dispuestos a adoptar a esos niños. Ellos disponían de todos los recursos para ayudarlos. Allá en el Norte había clínicas y escuelas donde hacían milagros, a los sordomudos, por ejemplo, les enseñaban a leer el movimiento de los labios y a hablar, después iban a colegios especiales, recibían educación completa y algunos se inscribían en la universidad y acababan convertidos en abogados o doctores. La organización había auxiliado a muchos niños, los Picero podían ver las fotografías, miren qué contentos se ven, qué sanos, con todos esos juguetes, en esas casas de ricos. Los voluntarios no podían prometer nada, pero harían todo lo posible para conseguir que una de esas parejas acogiera a Juan, para darle todas las oportunidades que su madre no podía ofrecerle.

–Nunca hay que desprenderse de los hijos, pase lo que pase –dijo Jesús Dionisio Picero, apretando la cabeza del niño contra su pecho para que no viera las caras y adivinara el motivo de la conversación.

–No sea egoísta, hombre, piense en lo que es mejor para él. ¿No ve que allá tendrá de todo? Usted no tiene para comprarle las medicinas, no puede mandarlo a la escuela, ¿qué va a ser de él? Este pobrecito ni siquiera tiene padre.

–Pero tiene madre y bisabuelo –replicó el viejo. Los visitantes partieron, dejando sobre la mesa los folletos de la señora Dermoth. En los días siguientes Claveles se sorprendió muchas veces mirándolos y comparando esas casas amplias y bien decoradas con su modesta vivienda de tablas, techo de paja y suelo de tierra apisonada, esos padres amables y bien vestidos, con ella misma cansada y descalza, esos niños rodeados de juguetes y el suyo amasando barro.

Una semana más tarde Claveles se encontró con los voluntarios en el mercado, donde había ido a vender algunas esculturas de su abuelo, y volvió a escuchar los mismos argumentos, que una oportunidad como ésa no se le presentaría otra vez, que la gente adopta criaturas sanas, nunca retardados, esas personas del Norte eran de nobles sentimientos, que lo pensara bien, porque se iba a arrepentir toda la vida de haberle negado a su hijo tantas ventajas, condenándolo al sufrimiento y la pobreza.

–¿Por qué quieren solo niños enfermos? –preguntó Claveles.

–Porque son unos gringos medio santos. Nuestra organización se ocupa solo de los casos más penosos. Para nosotros sería más fácil colocar a los normales, pero se trata de ayudar a los desvalidos.

Claveles Picero volvió a ver a los voluntarios varias veces. Aparecían siempre cuando el abuelo no estaba en la casa. Hacia finales de noviembre le mostraron el retrato de una pareja de edad mediana, de pie ante la puerta de una casa blanca rodeada de un parque, y le dijeron que la señora Dermoth había encontrado a los padres ideales para su hijo. Le señalaron en el mapa el sitio preciso donde vivían, le explicaron que allí había nieve en invierno y los niños armaban muñecos, patinaban en el hielo y esquiaban, que en otoño los bosques parecían de oro y que en el verano se podía nadar en el lago. La pareja estaba tan ilusionada con la idea de adoptar al pequeño, que ya le habían comprado una bicicleta. También le mostraron la fotografía de la bicicleta. Y todo esto sin contar que le ofrecían doscientos cincuenta dólares a Claveles, con lo cual ella podría casarse y tener hijos sanos. Sería una locura rechazar aquello.

Dos días más tarde, aprovechando que Jesús Dionisio había partido a hacer el aseo de la iglesia, Claveles Picero vistió a su hijo con su mejor pantalón, le colocó su medalla de bautizo al cuello y le explicó en la lengua de gestos inventada por el abuelo para él, que no se verían en mucho tiempo, tal vez nunca más, pero todo era por su bien, iría a un lugar donde tendría comida todos los días y regalos para su cumpleaños. Lo llevó a la dirección señalada por los voluntarios, firmó un papel entregando la custodia de Juan a la señora Dermoth y salió corriendo para que su hijo no viera sus lágrimas y se echara a llorar también.

Cuando Jesús Dionisio Picero se enteró de lo ocurrido perdió el aire y la voz. A manotazos lanzó al suelo todo lo que encontró a su alcance, incluyendo los santos en botellas y luego arremetió contra Claveles, golpeándola con una violencia inesperada en alguien de su edad y de carácter tan manso. Apenas pudo hablar la acusó de ser igual a su madre, capaz de deshacerse de su propio hijo, lo que ni las fieras del monte hacen, y clamó al fantasma de Amparo Medina para que tomara venganza en esa nieta depravada. En los meses siguientes no le dirigió la palabra a Claveles, solo abría la boca para comer y para mascullar maldiciones mientras sus manos se afanaban con los instrumentos de tallar. Los Picero se acostumbraron a vivir en huraño silencio, cada uno cumpliendo con sus tareas. Ella cocinaba y le ponía el plato sobre la mesa, él comía con la vista fija en la comida… juntos cuidaban del huerto y de los animales, cada uno repitiendo los gestos de su propia rutina, en perfecta coordinación con el otro, sin rozarse. Los días de feria ella cogía las botellas y los santos de madera, partía a venderlos, volvía con algunas provisiones y dejaba el dinero restante en un tarro. Los domingos iban los dos a la iglesia separados, como extraños.

Tal vez habrían pasado el resto de sus vidas sin hablarse si hacia mediados de febrero el nombre de la señora Dermoth no hubiera hecho noticia. El abuelo escuchó el asunto por la radio, cuando Claveles estaba lavando la ropa en el patio, primero el comentario del locutor y luego la confirmación del Secretario del Bienestar Social en persona. Con el corazón desbocado, se asomó a la puerta llamando a Claveles a gritos. La muchacha se volvió y al verlo tan desencajado creyó que se estaba muriendo y corrió a sostenerlo.

–¡Lo mataron, ay Jesús, es seguro que lo mataron! –gimió el anciano cayendo de rodillas.

–¡A quién, abuelo!

–A Juan… –y medio sofocado por los sollozos le repitió las palabras del Secretario del Bienestar Social, que una organización criminal dirigida por una tal señora Dermoth vendía niños indígenas. Los escogían enfermos o de familias muy pobres, con la promesa de que serían colocados en adopción. Los mantenían por un tiempo en proceso de engorda y cuando estaban en mejores condiciones los llevaban a una clínica clandestina, donde los operaban. Decenas de inocentes fueron sacrificados como bancos de órganos, para que les sacaran los ojos, los riñones, el hígado y otras partes del cuerpo que eran enviadas para transplantes en el Norte. Agregó que en una de las casas de engorda habían encontrado veintiocho criaturas esperando su turno, que la policía había intervenido y que el Gobierno continuaba las investigaciones para desmantelar ese horrendo tráfico.

Así comenzó el largo viaje de Claveles y Jesús Dionisio Picero para hablar en la capital con el Secretario del Bienestar Social. Querían preguntarle, con toda la sumisión debida, si entre los niños rescatados estaba el suyo y si acaso se lo podían devolver. Del dinero recibido les quedaba muy poco, pero estaban dispuestos a trabajar como esclavos para la señora Dermoth por el tiempo que fuera necesario, hasta pagarle el último centavo de esos doscientos cincuenta dólares.

 

(Tomado de Allende, Isabel, Cuentos de Eva Luna, Plaza & Janés, Barcelona, 1989)