domingo, 15 de febrero de 2026

El mundo tal como va

Voltaire

 

Entre las deidades que presiden los imperios del mundo, Ituriel es considerada una de las de rango más elevado y tiene a su cargo todo el territorio de la alta Asia. Una mañana descendió hasta la residencia del escita Babuc, en la orilla del Oxus, diciéndole:

–Babuc, las locuras y los excesos de los persas nos han hecho montar en cólera. Ayer nos reunimos en asamblea todos los genios de la alta Asia para dictaminar si se destruiría Persépolis o se castigaría a sus habitantes. Vete rápidamente a esa ciudad, examínalo todo; cuando vuelvas, me darás cuenta exacta de todo.

“Entonces decidiré, según sea tu informe, lo que he de hacer para enmendar la población, o bien destruiré la ciudad”.

–Pero, señor –dijo Babuc, con humildad–, nunca he estado en Persia. Además, no conozco a nadie de allí.

–Tanto mejor– dijo el ángel–. Así no pecarás de parcialidad; has recibido del cielo la agudeza del discernimiento y yo añado el don de inspirar confianza; vete, mira y escucha, observa y no temas nada; en todas partes serás bien recibido.

Babuc montó en su camello y partió acompañado de servidumbre. Al cabo de algunos días se encontró en las llanuras de Senaar con el ejército persa, que iba a combatir contra el ejército indio. Entonces se dirigió a un soldado persa que halló separado de sus compañeros y le preguntó el motivo de la guerra.

–Por todos los dioses –dijo el soldado– que no sé nada de ello. No es asunto mío; mi oficio consiste en matar o dejarme matar para ganarme la vida; es indiferente que lo haga a favor de los unos o de los otros. Podría muy bien ser que mañana me pasara al campo de los indios, pues me han dicho que dan más de media dracma de jornal a sus soldados, mucho más de lo que recibimos permaneciendo en este cochino servicio de los persas. Si le interesa saber por qué nos batimos, hable con nuestro capitán.

Babuc, después de ofrecer un pequeño obsequio al soldado, entró en el campamento. Bien pronto pudo entablar diálogo con el capitán, al cual preguntó la causa de la guerra.

–¿Cómo quiere que lo sepa? –dijo el capitán–. Además, ¿qué me importa ese detalle? Vivo a doscientas leguas de Persépolis; oigo decir que se declaró la guerra; entonces, abandono rápidamente a mi familia, y, según nuestra costumbre, voy a buscar la fortuna o la muerte, teniendo presente que no hago otro trabajo.

–Pero, ¿sus compañeros no estarán un poco más informados que usted? –inquirió Babuc.

–No –dijo el oficial–. El porqué nos degollamos sólo nuestros sátrapas lo sabrán con precisión.

Babuc, asombrado, se introdujo en las tiendas de los generales, para entablar conversación con ellos. Finalmente, uno de éstos le pudo relatar el motivo de la lucha.

–La causa de esta guerra, que devasta el Asia hace veinte años, originariamente proviene de una querella entre un eunuco de una mujer del gran rey de Persia y un empleado de una oficina del gran rey de la India. Se trataba de un recargo que importaba aproximadamente la trigésima parte de un darico. El primer ministro de la India y el nuestro sostuvieron con dignidad los derechos de sus dueños respectivos. La querella se enardeció. Cada parte contrincante puso en campaña un ejército compuesto por un millón de soldados. Este ejército tuvo que reclutar anualmente más de cuatrocientos mil hombres. Los asesinatos, incendios, ruinas y devastaciones se multiplicaron; sufrieron los dos lados y aún continúa el encarnizamiento. Nuestro primer ministro y el de la India no paran de manifestar que todo se hace en beneficio del género humano, y después de cada manifestación, siempre resulta alguna ciudad destruida y varias provincias saqueadas.

Al día siguiente, después de correr el rumor de que se iba a concertar la paz, el general persa y el general indio se apresuraron a entablar batalla; fue una lucha sangrienta. Babuc pudo observar todas las peripecias y todas las abominaciones; fue testigo de las maniobras de los principales sátrapas, que hicieron lo imposible a fin de que su propio jefe fuese derrotado. Vio oficiales muertos por sus mismas tropas; contempló soldados que remataban, arrancándoles jirones de carne sangrienta, a sus propios compañeros moribundos, desgarrados y cubiertos de fango. Entró en hospitales adonde se transportaban los heridos, que expiraban por la negligencia inhumana de los mismos que el rey de Persia pagaba con creces para socorrer: “¿Es que son hombres o bestias feroces? –se decía Babuc–. ¡Ah! Ya veo bien que Persépolis será destruida”.

Ocupado con este pensamiento, se personó en el campamento de los indios, donde fue tan bien recibido como lo había sido en el de los persas, según le predijera la deidad; pero también pudo comprobar los mismos excesos que lo habían llenado de horror.

“¡Oh, oh! –se dijo a sí mismo–. Si el ángel Ituriel quiere exterminar a los persas, es necesario que la deidad de los indios destruya, al mismo tiempo, a sus creyentes”.

Después de haberse informado con más detalle de lo que había ocurrido en los dos ejércitos rivales, pudo comprobar, con asombro y admiración, que se habían realizado acciones de generosidad, de grandeza de alma y de espíritu humanitario.

–Inexplicables seres humanos –exclamaba–. ¿Cómo pueden reunir tanta bajeza y tanta magnanimidad, tantas virtudes y tantos crímenes?

A pesar de todo se concertó la paz. Los jefes de los dos ejércitos, ninguno de los cuales había obtenido la victoria, aunque sí hecho verter la sangre de tantos hombres sólo para su propio interés, se fueron a intrigar para obtener recompensas en sus respectivas cortes.

Con motivo de celebrarse la paz, se anunció en los escritos públicos que ya volverían a reinar la virtud y la felicidad sobre la tierra.

“¡Alabado sea Dios! –se dijo Babuc–. Persépolis será la morada de la inocencia purificada; ya no será destruida, como querían esos genios perversos; vamos, sin falta, a esa capital asiática”.

Llegó a la inmensa ciudad y pasó por la entrada más antigua, que era grosera y tosca, rusticidad que ofendía la vista de todos los que ambulaban por allí. Toda aquella parte de la ciudad se resentía de los defectos de la época en que se había edificado, pues, a pesar de la testarudez de la gente en alabar lo antiguo a expensas de lo moderno, debemos convenir que en todas las obras los primeros ensayos resultan groseros.

Babuc se metió entre un gentío compuesto por lo más sucio y feo de los dos sexos. Aquella multitud se precipitaba con aire atontado hacia un vasto lugar cercado y sombrío. Por el murmullo que escuchaba, por el movimiento y por el dinero que vio que daban unas personas a otras para poder sentarse, creyó encontrarse dentro de un mercado donde vendían sillas de paja; pero al observar que muchas mujeres se arrodillaban, mirando con fijeza enfrente de ellas, y ver los rostros de hombres que tenía a su lado, pronto se dio cuenta de que estaba en un templo. Voces ásperas, roncas, salvajes y discordantes hacían resonar la bóveda con sonidos mal articulados, que daban una impresión parecida a los rebuznos de los asnos silvestres cuando responden, en las llanuras de los pictavos, a la corneta que los llama. Se obturó los oídos, luego tuvo que cerrar los ojos y taparse la nariz con presteza, cuando vio entrar en el templo a unos obreros con palancas y palas. Estos obreros removieron una gran piedra y echaron, a su derecha y a su izquierda, una tierra que exhalaba un hedor espantoso; luego se colocó un cadáver en aquella abertura, a la que otra vez cubrieron con la piedra.

“¡Vamos! –exclamó para sí Babuc–. ¡Esta gente entierra a sus muertos en el mismo lugar que adora a la Divinidad! ¡Vaya! ¡Sus templos están cubiertos de cadáveres! Ya no me asombra que Persépolis se halle tan a menudo asolada por enfermedades pestilentes… La podredumbre de los muertos y la de tantos vivos reunidos y apretados en el mismo sitio es capaz de emponzoñar a todo el globo terrestre. ¡Ah, la despreciable ciudad de Persépolis! Parece que los ángeles la quieren destruir para reconstruirla más bella y poblarla de habitantes más limpios y que canten con voz más afinada. Puede que la Providencia tenga sus razones para ello; dejemos que actúe a su manera”.

El sol ya se hallaba a la mitad de su carrera. Babuc tenía que ir a comer en la casa de una dama, donde iba recomendado con una carta del marido, un oficial del ejército. Antes de presentarse, dio algunas vueltas por Persépolis; pudo contemplar otros templos mejor construidos y adornados con más gusto, llenos de personas elegantes y en los que resonaba una música armoniosa; observó algunas fuentes públicas, mal situadas, aunque atraían las miradas por su belleza; unas plazas donde parecía que los mejores reyes de Persia respiraban en sus figuras de bronce, y otras plazas donde el pueblo gritaba:

–¿Cuándo veremos aquí la estatua del soberano que tanto amamos?

Admiró los magníficos puentes que cruzaban el río, los muelles soberbios y cómodos, los palacios construidos a derecha e izquierda, un inmenso edificio donde millares de viejos soldados, heridos y vencedores, daban todos los días gracias al Dios de los ejércitos. Finalmente, entró en la casa de la dama, que estaba esperándolo para comer en compañía de gente decente. La casa estaba limpia y arreglada con gusto; la comida era deliciosa; la dama, joven, bella, espiritual y atractiva; los comensales, dignos de ella. Y Babuc se decía continuamente: “El ángel Ituriel se está burlando de todo el mundo cuando dice querer destruir a una ciudad tan encantadora”.

No obstante, llegó a percibir que la dama, la cual había empezado solicitándole con ternura noticias de su marido, al final de la comida hablaba muy tiernamente a un joven mago. Vio que un magistrado acosaba vivamente a una viuda en presencia de su esposa, y que la tal viuda, indulgente, tenía una mano puesta en el torno del cuello del magistrado, en tanto mantenía la otra alrededor del cuello de un ciudadano más joven, muy bien parecido y muy modesto. La mujer del magistrado fue la primera que se levantó para ir a una habitación contigua a conversar con su director espiritual, el cual, a pesar de ser esperado para la comida, había llegado demasiado tarde; el director, que era hombre elocuente, le habló a la dama con tanta vehemencia y unción, que ésta, cuando volvió al comedor, tenía los ojos húmedos, las mejillas encendidas, el paso inseguro y la palabra temblorosa.

Entonces, Babuc empezó a temer que el genio Ituriel tuviera razón. El talento que había recibido para poder atraer la confianza del prójimo le facilitó conocer los secretos de la esposa del oficial; ésta le confió su cariño hacia el joven mago, y le aseguró que en todas las casas de Persépolis hallaría la equivalencia de lo que había observado en la suya. Babuc llegó a la conclusión de que una sociedad así no podía subsistir; que los celos, la discordia y la venganza debían desolar a todas las familias; que todos los días debían verterse muchas lágrimas y mucha sangre; que, con certeza, los maridos matarían a los galanes de sus esposas o serían muertos por ellos; y que, finalmente, Ituriel hacía muy bien en querer destruir de golpe a una ciudad librada a tan continuo desorden.

Cuando se hallaba más absorto con aquellas ideas funestas, se presentó a la puerta un hombre severo, con capa negra, que pidió humildemente permiso para hablar al joven magistrado. Este, sin levantarse ni dignarse mirarlo, le entregó fríamente y con aire distraído algunos papeles y lo despidió. Babuc preguntó quién era aquel hombre. La dueña de casa le dijo en voz baja:

–Es uno de los mejores abogados de la ciudad; hace cincuenta años que estudia leyes. El señor magistrado, que sólo tiene veinticinco años y que desde hace un par de días es sátrapa en leyes, le ha encargado hacer el extracto de un proceso que él aún no ha examinado y que debe juzgar.

–Este joven aturdido obra sabiamente –dijo Babuc– pidiendo consejo a un viejo. Pero… ¿por qué no es este viejo quien hace de juez?

–Está de broma –le contestaron–. No pueden llegar nunca a tales dignidades los que han envejecido en empleos laboriosos y subalternos. Este joven ocupa un cargo importante porque su padre es rico, y aquí el derecho de hacer justicia se compra como si se tratara de una finca.

–¡Oh, qué costumbre! ¡Qué desgraciada ciudad! –exclamó Babuc–. He ahí el colmo del desorden; no cabe duda de que, habiendo comprado el derecho de juzgar, venderán sus sentencias. Con este sistema sólo pueden resultar iniquidades.

Mientras manifestaba de esta forma su sorpresa y su pesar, un joven guerrero, que había vuelto del ejército aquel mismo día, le dijo:

–¿Por qué no le parece bien que se compren los empleos de la toga? Yo compré el mío, que consiste en el derecho de enfrentarme con la muerte al frente de dos mil hombres, a los cuales dirijo; este año me ha costado cuarenta mil daricos de oro, para dormir treinta noches seguidas en el duro suelo, vestido de rojo, y, además, para recibir dos flechazos, que aún me duelen. Si me arruino sirviendo al emperador persa, al cual no he visto nunca, el señor sátrapa togado puede muy bien pagar algo para tener el placer de dar audiencia a los abogados.

Babuc se indignó. No pudo por menos que condenar desde el fondo del corazón a un país donde las dignidades de la paz y de la guerra se venden en pública subasta; con rapidez llegó a la conclusión de que eran absolutamente ignoradas la guerra y las leyes, y que, aunque Ituriel no exterminara aquellos pueblos, perecerían por su detestable administración.

Aún aumentó más su mala opinión cuando vio que llegaba un hombre gordo, el cual, después de saludar con gran familiaridad a todos los presentes, se acercó al joven oficial para decirle:

–Sólo puedo prestarle cincuenta mil daricos de oro, ya que este año las aduanas del imperio solamente me proporcionaron trescientos mil.

Babuc se informó de quién era aquel hombre que se quejaba de ganar tan poco, entonces se enteró de que en Persépolis había cuarenta reyes plebeyos que tenían en arriendo el imperio persa, y que daban algo de ello al monarca.

Después de la comida del mediodía se fue a uno de los más soberbios templos de la ciudad y se sentó entre una muchedumbre de personajes de ambos sexos que estaban allí para pasar el rato. Compareció un mago, que permaneció de pie en un sitio elevado y que habló durante mucho rato del vicio y de la virtud. Aquel mago dividió en muchas partes lo que no había necesidad de dividir; probó metódicamente todo lo que ya estaba bien claro; enseñó todo lo que ya se sabía. Se apasionó fríamente y se marchó sudando y jadeando. Todos los reunidos se desvelaron, creyendo haber asistido a un sumario. Babuc se dijo:

“He aquí a un hombre que ha hecho todo lo posible para aburrir a doscientos o trescientos de sus conciudadanos, pero la intención ha sido buena, y por tal motivo no debe destruirse a Persépolis”.

Al salir de aquel templo, fue llevado a una fiesta pública que se celebraba todos los días del año; tenía lugar en una especie de basílica, en el fondo de la cual se divisaba un palacio. Las más hermosas ciudadanas de Persépolis y los sátrapas de más categoría, alineados con orden, formaban un espectáculo tan bello, que Babuc creyó que toda la fiesta consistía en eso. Dos o tres personas, que parecían reyes y reinas, aparecieron en el vestíbulo de dicho palacio, hablando de manera distinta al lenguaje del pueblo. Se expresaban en forma mesurada, armoniosa y sublime. Nadie se dormía, se les escuchaba con profundo silencio, que sólo se interrumpía para dar lugar a los testimonios de sensibilidad y de admiración públicas. El deber de los reyes, el amor a la virtud, los peligros de las pasiones, se expresaban de manera tan viva y sensible, que Babuc no pudo por menos que derramar lágrimas. Ni por un momento dudó de que aquellos héroes y heroínas, aquellos reyes y reinas a los que acababa de escuchar serían los predicadores del imperio; y se propuso incitar a Ituriel para que fuera a escucharlos, seguro de que tal espectáculo lo reconciliaría con la ciudad.

Cuando se acabó la fiesta, quiso ver a la reina principal, que en aquel hermoso palacio había demostrado una moral tan noble y tan pura; se hizo introducir en casa de Su Majestad; se le condujo por una estrecha escalera hasta el segundo piso, a una habitación mal amueblada, donde halló a una mujer mal vestida que le dijo con aire noble y patético:

–Esta profesión no me da para vivir; uno de los príncipes que vio me hizo un bebé; dentro de poco daré a luz. Me falta dinero, y sin él no se puede tener un buen parto.

Babuc le entregó cien daricos de oro, diciéndole:

–Si sólo se tratara de estos casos en la ciudad, Ituriel haría mal en enfadarse tanto.

Después se fue a pasar la velada en casa de unos comerciantes que vendían magníficas inutilidades. Un hombre inteligente con quien había trabado conocimiento lo llevó allí; compró lo que le pareció, que fue vendido con mucha cortesía, y por lo que abonó mucho más de lo que valía. De vuelta en su casa, el amigo le demostró que lo habían engañado. Babuc puso el nombre del comerciante en sus tablillas, para que Ituriel supiera de quién se trataba en el día del castigo de la ciudad. Cuando lo estaba escribiendo, llamaron a la puerta; era el mercader en persona, que llegaba para devolver la bolsa que Babuc se había descuidado encima del mostrador.

–¿A qué será debido que sea tan fiel y tan generoso, después de tener la osadía de venderme estas baratijas cuatro veces más caras de lo que valen? –exclamó Babuc.

–No hay ningún comerciante que sea algo conocido en esta ciudad que no hubiera venido a devolverle la bolsa –le respondió el vendedor– Pero le mintieron al decir que le vendí lo que compró en mi casa cuatro veces más caro de lo que vale: se lo vendí diez veces más caro, y esto lo puede comprobar si dentro de un mes lo quiere revender. Por ello no le pagarán ni la décima parte de lo que invirtió. Pero eso es justo; es la fantasía de la gente quien pone precio a esas cosas tan frívolas; es esa fantasía la que da trabajo a los cien obreros que tengo empleados; es ella la que me ha permitido construir una hermosa casa, tener un carruaje cómodo y caballos; es ella la que hace funcionar la industria y mantiene el gusto, la circulación y la abundancia. A los países vecinos les vendo las mismas bagatelas mucho más caras que a usted, y de esa manera soy de utilidad para el imperio.

Después de reflexionarlo bien, Babuc se dispuso a borrar de sus tablillas el nombre del comerciante.

Babuc, que se había quedado muy dubitativo sobre lo que debía pensar de Persépolis, se decidió a ver magos y literatos, pues los unos estudian la religión y los otros la sabiduría. Se hizo la ilusión de que por la conducta de estos podría obtener la gracia para el resto de la población. Al día siguiente por la mañana se dirigió a un colegio de magos. El archimandrita le confesó que disfrutaba de cien mil escudos de renta por haber hecho voto de pobreza, y que ejercía un imperio muy extendido en virtud de su voto de humildad; después se retiró y dejó a Babuc al cuidado de un pequeño fraile que le hizo los honores.

Mientras el fraile le mostraba las magnificencias de aquella casa de penitencia, se extendió el rumor de que había llegado para reformar todas aquellas instituciones. En el acto recibió las memorias de todas ellas. Cada una decía en concreto: “Consérvennos y destruyan las otras”. Según manifestaban, todas aquellas instituciones eran indispensables; de acuerdo con sus acusaciones recíprocas, todas merecían ser aniquiladas. Le admiró ver que todas, en su deseo de edificar el universo, querían dominarlo por completo. Entonces se le presentó un hombrecito que era medio mago y dijo:

–Veo perfectamente que se va a cumplir la obra, pues Zerdust volvió a la tierra; las muchachitas profetizan haciéndose dar pellizcos por delante y latigazos por detrás. Así, pues, pedimos su protección contra el gran lama.

–¡Cómo! –dijo Babuc–. ¿Contra ese pontífice que reside en Tíbet?

–Contra el mismo.

–¿Es que le hacen la guerra y reclutaron tropas para luchar contra él?

–No, pero dijo que el hombre es libre y nosotros no lo creemos; escribimos pequeños libros contra él, que personalmente no lee. Apenas ha oído hablar de nosotros; sólo nos hizo condenar, como un amo ordenaría que descoparan los árboles de sus jardines.

Babuc se maravilló de la locura de aquellos hombres que hacen profesión de sabiduría, de las intrigas de los que han renunciado al mundo, de la ambición y codicia orgullosa de los que enseñan la humanidad y el desinterés; concluyó creyendo que Ituriel tenía sus buenas razones para querer destruir a toda aquella estirpe.

Una vez en su casa, Babuc envió a buscar nuevos libros para distraer su mal humor, y convidó a algunos literatos a comer para regocijarse un poco. Comparecieron el doble de los que había invitado, como las avispas atraídas por la miel. Aquellos parásitos se apresuraron a comer y a hablar; alababan dos clases de personas: los difuntos y ellos mismos; y nadie mencionaba a los contemporáneos, excepto al dueño de la casa. Si alguno de ellos decía palabras lisonjeras, los otros bajaban los ojos y se mordían los labios por el dolor de no haberlas dicho antes. Sabían disimular menos que los magos, porque carecían de grandes ambiciones. Cada uno de ellos intrigaba para obtener un empleo de lacayo y la reputación de hombre famoso; se decían frases insultantes a la cara, creyendo demostrar un ingenio irónico. Estaban algo enterados de la misión de Babuc. Uno de ellos le rogó, en voz baja, que exterminara a su autor, que no lo había alabado suficientemente hacía cinco años; otro le pidió la pérdida de un ciudadano que no había reído nunca al contemplar sus comedias; un tercero le exigió la extinción de la Academia, porque no había sido admitido en ella. Una vez acabada la comida, cada uno se marchó solo, pues de todos los reunidos no había dos personas que pudieran verse ni hablarse, salvo en casa de los ricos donde eran invitados a comer. Babuc creyó que no se perdería gran cosa cuando aquella gentuza pereciera en la destrucción general.

Una vez que se hubo librado de ellos, empezó a leer algunos de los libros nuevos. En ellos reconoció la manera de obrar de sus convidados. Vio con indignación las gacetas de murmuración, los archivos del mal gusto que la envidia, la bajeza y el hambre dan a la publicidad; las cobardes sátiras donde se ensalza al buitre y se desgarra a la paloma; las novelas faltas de imaginación, donde se leen tantos retratos de mujeres que al autor no ha conocido nunca.

Echó al fuego todos aquellos detestables escritos y salió por la noche a dar un paseo. Fue presentado a un viejo literato que no había participado en la comida de sus invitados del mediodía. Dicho literato siempre se apartaba de la multitud, conocía a los hombres y usaba de ellos comportándose con discreción. Babuc le contó con pena lo que había leído y lo que había visto.

–Ha visto cosas muy despreciables –le dijo el sabio literato–, pero tenga presente que en todas las épocas, en todos los países y en todos los géneros domina lo malo, y lo bueno es rarísimo. Ha recibido en su casa a la chusma de la pedantería, porque en todas las profesiones, los más indignos suelen ser los que se presentan con más impudencia. Los verdaderos sabios viven retirados entre ellos, muy tranquilos; y entre nosotros aún se pueden hallar buenas personas y buenos libros, dignos de su atención.

Mientras le hablaba de esta forma, se les reunió otro literato. Dio unas explicaciones tan agradables e instructivas, tan por encima de los prejuicios y tan conformes a la virtud, que Babuc se confesó no haber oído nunca algo semejante.

“He aquí a unos hombres a quienes Ituriel no se atrevería a tocar, y si lo hace será muy lamentable”, se dijo en voz baja.

De acuerdo con aquellos dos literatos, se sentía furioso contra el resto del país.

–Como es extranjero –le dijo el hombre juicioso que le había hablado antes–, todos los abusos se le presentan de golpe, y el bien, por hallarse oculto y por ser a veces el producto de esos mismos abusos, se le escapa.

Entonces se enteró de que había algunos literatos que no eran envidiosos, y que también existían magos virtuosos. Finalmente se formó el concepto de que aquellas grandes oposiciones, que chocando mutuamente parecían preparar su propia ruina, en el fondo resultaban saludables; que cada sociedad de magos frenaba a sus rivales; que si bien dichos émulos diferían en algunas opiniones, todos enseñaban la misma moral. Que instruían al pueblo, que vivían sujetos a una leyes parecidas a los preceptores que velan al hijo de la casa, mientras el dueño los vigila a ellos. Que éste también practica algunas de dichas leyes y que donde menos se espera se encuentran almas nobles. Aprendió que entre los locos que pretendían hacer la guerra al gran lama había habido hombres geniales. Sospechó que las costumbres de Persépolis serían como sus edificios, que los unos le habían parecido dignos de lástima y los otros le habían arrebatado de admiración.

–Sé muy bien que los magos que yo había creído tan peligrosos –dijo Babuc al literato– resultan, en efecto, muy útiles, sobre todo cuando un gobierno juicioso les impide hacerse demasiado necesarios; pero al menos estarán de acuerdo conmigo en que sus jóvenes magistrados, que compran un cargo de juez tan pronto saben montar a caballo, deben desenvolverse en los tribunales con impertinente ridiculez y con iniquidad perversa; que sin duda valdría más ceder estos puestos gratuitamente a los viejos jurisconsultos que han pasado toda la vida sopesando el pro y el contra de las cosas.

–Ya vio nuestro ejército antes de llegar a Persépolis –le replicó el literato–. Sabe, por tanto, que nuestros jóvenes oficiales se baten muy bien, aunque hayan comprado sus cargos. Quizá podáis ver que nuestros jóvenes magistrados no juzgan tan mal, aunque hayan pagado para hacerlo.

A la mañana siguiente, el literato llevó a Babuc al Gran Tribunal, donde se debía dictar una sentencia importante. La causa era conocida de todo el mundo… todos los viejos abogados que tomaban parte en la discusión se mantenían fluctuantes en sus opiniones; citaban infinidad de leyes, ninguna de las cuales era aplicable al caso que dirimían; se miraba el asunto por cien lados diferentes, sin relación con el proceso. Los jóvenes abogados se decidieron con más rapidez que los abogados ancianos. Su sentencia fue casi unánime y juzgaron bien, porque siguieron los dictados de la razón. Los otros habían opinado mal, porque sólo habían consultado sus libros.

Babuc sacó la conclusión de que a menudo había algo bueno en los abusos. Vio que las riquezas de los financieros, que tanto lo habían exasperado, podían hacer un gran bien, pues hallándose el emperador falto de dinero, en una hora podía disponer de éste gracias a ellos, en tanto que por las vías normales hubiera tardado seis meses para obtenerlo. Vio que aquellas nubes tan densas, hinchadas con el rocío de la tierra, convertían en lluvia todo lo que habían tomado. Por otra parte, los hijos de aquellos hombres nuevos, a menudo mejor educados que los de las familias más antiguas, valían mucho más, pues nada impide llegar a ser un buen juez, un bravo guerrero o un hábil hombre de Estado, cuando se tiene un padre que cuida de sus hijos.

Insensiblemente, Babuc dispensaba la avidez del financiero, que en el fondo no lo es más que los otros hombres y resulta necesario. Excusaba la locura de arruinarse para poder juzgar o batirse, locura que produce grandes magistrados y héroes. Perdonaba la envidia de los literatos, entre los cuales había hombres que ilustraban al mundo; se reconciliaba con los magos ambiciosos e intrigantes, en casa de los cuales dominaban más las grandes virtudes que los pequeños vicios; pero le quedaban muchas cosas por las que no podía transigir; sobre todo, las galanterías de las damas y los perjuicios que de éstas podían derivarse le llenaban de inquietud y de espanto.

Con objeto de hacerse cargo de las distintas condiciones humanas, se hizo conducir a casa de un ministro; pero por el camino temblaba al pensar que alguna mujer pudiera ser asesinada por su marido. Cuando llegó a casa del hombre de Estado, tuvo que hacer antecámara durante dos horas sin ser anunciado, y dos horas más después de serlo. Durante aquel intervalo, no cesaba de pensar que recomendaría el ministro y sus insolentes ujieres al ángel Ituriel. La antecámara estaba llena de damas de todas las alcurnias, de magos de todos los colores, de jueces, de comerciantes, de oficiales y de pedantes; todos se quejaban del ministro.

El avaro y el usurero decían:

–No cabe duda de que este hombre roba de todas las provincias.

Los caprichosos le echaban en cara sus extravagancias. Los voluntarios decían:

–Solamente vive para sus placeres.

El intrigante se complacía esperando verlo pronto hundido por alguna cábala; las mujeres aguardaban poder tratar con un ministro más joven.

Babuc, que escuchaba todos estos comentarios, no pudo por menos que decir:

–He aquí a un hombre de suerte. Tiene la antecámara llena de enemigos. Con su poder aplasta a los que lo envidian y contempla a sus pies a todos los que lo detestan.

Por fin pudo entrar. Entonces vio a un hombre viejo, pequeño y encorvado por el peso de los años y de los asuntos del Ministerio, pero vivaracho e inteligente.

Al ministro le gustó Babuc, y a Babuc le pareció que aquél era hombre de estima. La conversación se hizo interesante. El ministro le confesó que era muy desgraciado; que pasaba por rico y era pobre; que se le creía poderoso y se veía siempre impugnado; que estaba rodeado de ingratos y que, en un continuado trabajo de cuarenta años, apenas había tenido un momento de consuelo. Babuc se sintió conmovido y pensó que si aquel hombre había cometido faltas, y si el ángel Ituriel lo quería castigar, no era preciso exterminarlo, puesto que dejarlo en el cargo ya era suficiente.

Mientras estaba hablando con el ministro, entró bruscamente la bella dama en casa de la cual Babuc había comido; en sus ojos y sobre la frente se notaban los síntomas del dolor y de la cólera. Se deshizo en reproches contra el hombre de Estado, vertiendo abundantes lágrimas; se quejó con amargura de que se hubiera rehusado dar un empleo a su marido, que esperaba obtener por su alcurnia, y que se merecía por sus servicios y sus heridas. Se expresó con tanta energía, se quejó con tanta gracia, anulaba las objeciones con tanta habilidad, hizo valer sus razones con tanta elocuencia, que no salió de la habitación hasta haber logrado la fortuna de su marido.

–¿Es posible, señora, que se haya tomado tanto trabajo para complacer a un hombre al cual no ama y del que puede temerlo todo? –le preguntó Babuc, dándole la mano.

–¡Un hombre que no amo! –exclamó ella–. Debe saber que mi esposo es el mejor amigo que tengo en el mundo, que soy capaz de sacrificarlo todo por él, excepto a mi amante; que él lo hará todo por mí, salvo abandonar a su querida. Se la haré conocer; es una mujer encantadora, muy inteligente y con el mejor carácter del mundo. Hoy cenaremos juntas con mi esposo y mi pequeño mago. Venga para compartir nuestra alegría.

La dama se fue acompañada de Babuc. El marido, que había llegado hundido por el dolor, al ver a su esposa la recibió con grandes muestras de alegría y de reconocimiento. Abrazó uno tras otro a su mujer, a su querida, al pequeño mago y a Babuc. La unión, el placer, el ingenio y la ternura fueron las características de aquella cena.

–Fíjese bien –le dijo a Babuc la bella dama en casa de la cual cenaba– que las mujeres, a las que a veces se las llama deshonestas, casi siempre cuentan con un marido muy honesto, y para convencerlo, venga mañana a comer conmigo en casa de la bella Teona. Hay algunas viejas vestales que la denigran, pero ella practica más el bien que todas sus detractoras juntas. Es incapaz de cometer la más leve injusticia. A su amante sólo le da consejos generosos y únicamente se ocupa en aumentarle el prestigio. El hombre se sonroja delante de ella si dejó perder alguna ocasión de hacer el bien, pues nada estimula tanto a practicar acciones virtuosas como el tener una querida de la cual se desea merecer estimación.

Babuc no faltó a la invitación. Vio una mansión donde reinaban todos los placeres. Teona hacía de reina. Sabía tratar a todos a gusto de cada uno. Su ingenio natural facilitaba que brillara el de los otros. Complacía casi sin pretenderlo. Era tan amable como bienhechora, y, además, era bella, lo que aumentaba el valor de todas sus cualidades.

Babuc, a pesar de ser un escita y enviado de una deidad, se dio cuenta de que si permanecía más tiempo en Persépolis, olvidaría a Ituriel, pensando en Teona. Tomaba cariño a la ciudad, ya que la gente era cortés, dulce y bienhechora, aunque ligera de cascos, murmuradora y cargada de vanidad. Temía que Persépolis sería condenada, como también temía el informe que iba a presentar.

Ahora veremos cómo se las ingenió para dar cuenta de su misión. Hizo fundir, por el mejor fundidor de la ciudad, una estatuilla compuesta por todos los metales, tierras y piedras más preciosas y más viles, y la llevó a Ituriel, a quien dijo:

–¿Vas a destruir esta hermosa estatua porque no está hecha exclusivamente de oro y de diamantes?

Ituriel entendió el significado de la pregunta y decidió no pensar más en el mundo tal como va y dijo:

–Pues si todo no está bien, por lo menos es pasadero.

Se dejó subsistir a Persépolis, y Babuc se guardó muy bien de quejarse, al contrario de Jonás, que se enfadó porque no se destruía Nínive. Pero cuando se ha permanecido tres días en el cuerpo de una ballena, no se está de tan buen humor como cuando se ha pasado el tiempo en la ópera, en la comedia y cenando con buena compañía.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

El Nacimiento en el desván

José María Merino

 

En tres días se puso oscuro y frío, hasta que acabó por nevar. Él se había quedado dormitando en el sillón, como de costumbre, cuando Gregoria llegó corriendo.

–¡Nevando en junio! –voceaba–. ¡Nunca se viera cosa igual! ¡Despierte! ¡Nieva!

Se levantó, asustando al gato que dormitaba también tumbado a sus pies y se acercó a los ventanales. Los copos pequeños, en masas nutridas, desaparecían de modo instantáneo al tropezar con los tejados y la tierra de la calle. Por encima de aquel espeso torrente blanco, y a pesar de las nubes oscuras, la tarde resplandecía.

Salió a la huerta. Aquellos copos rápidos, que no cuajaban sobre las tejas, conseguían allí una breve permanencia, levantando pequeñas crestas en los bordes de las hojas de los árboles y de los rosales, tiñendo la hierba de un leve blancor. Y cuando dejó de nevar –del mismo modo súbito y extraño que había empezado– aquel blancor se apagó en unos instantes, devolviendo a la huerta sus colores naturales a través de una pasajera pero evidente sensación de oscuridad, como si la nieve al punto derretida hubiese sido un misterioso fulgor irradiado desde dentro de las ramas, de las flores y de las briznas.

Aquella incongruencia –la mueca del invierno cuando terminaba la primavera y el verano era irreversible– había traído a su ánimo una sensación desconsolada, y el fulminante apagón apoyó su desasosiego. El rostro súbito del invierno era algo más que un avatar climatológico: tenía algo de su propia actitud de tantos años, que culminaba en los últimos tiempos. Una especie de amargura postrimera en la que iba a verterse el caudal de una vida tan larga como solitaria. Con ese sabor de invierno volvió a la sala y, aunque Gregoria ya había eliminado, muchos días antes, toda la ceniza de la chimenea, colocando entre los morillos relucientes un enorme coleo, le ordenó encender.

–¿Fuego? ¿A estas alturas? –exclamaba ella con una admiración que no conseguía ocultar el reproche.

–¿No nieva? A grandes males…

La oyó refunfuñar mientras se afanaba en la preparación de los leños, tras llevarse el tiesto a la galería. Sentado de nuevo en el sillón, contempló aquellos esfuerzos de la vieja con la frialdad de una comprobación científica, hasta descubrir en sus movimientos, cada vez menos ágiles, y en el lento arrastrarse, el reflejo también de algo propio, íntimo. Las llamas que brotaron al cabo entre los leños fueron transformando su melancolía en la sensación benefactora de los inviernos de la infancia, de vacaciones nevadas, peleas de bolas, avellanas y nueces cascadas al reverbero calurosísimo de las brasas.

–Ni que estuviésemos en Navidad –siguió refunfuñando Gregoria mientras se limpiaba las manos en el mandilón.

Las dos últimas Navidades habían reconstruido borrosamente aquellas de la infancia. Vinieron sus dos sobrinos con las mujeres y los hijos y la casa recuperó parte de los lejanos bullicios. Los niños corrían sobre la nieve, patinaban en los resbaladizos, comían, también junto al fuego, las avellanas y las nueces y las castañas, jugaban con los regalos que, adelantándose a las fechas de su propia tradición infantil, les habían dejado los Reyes en la balconada. Iban a contemplar el modesto Belén de la parroquia y, al regresar, le preguntaban por qué no ponía él también un Nacimiento en casa.

–Ponedlo vosotros, si queréis. Yo no tengo con qué.

Los dos años, los niños hicieron proyectos fervorosos para construir un Belén el año siguiente. Con la imaginación transportaban ya las piedras, las cortezas, las ramas, las arenas y los musgos que servirían de montañas, de prados, de carreteras y senderos, de palmeras, acopiaban ya el talco que se esparciría sobre todo como una sutil nevada.

Oyéndoles, sonreía. Aquellos sueños fulgurantes estaban sin duda condenados a no hacerse realidad. Volverían en la siguiente Navidad y recordarían entonces los proyectos olvidados, con la enorme y pasajera decepción infantil.

Aquella misma tarde, cuando la nieve incongruente quedó totalmente deshecha por un crepúsculo anaranjado y risueño, concibió la idea del Nacimiento. De joven, había sido hábil constructor de pequeños navíos que iba levantando poco a poco, en una entrega silenciosa y aplicada que la absorbía tardes y noches. Aquella afición se extinguió de pronto, con la inesperada muerte de su padre: la contemplación de la agonía y del último aliento, la conciencia súbita de lo irremediable de la inmovilidad paterna, forzaron su ánimo a una gran transformación y por la noche, cuando volvió a su alcoba, el galeón que, escorado a estribor, mostraba las cuadernas y los esbozos de tallas en la popa, le pareció un juego pueril y burlón, un engaño.

No terminó aquel barco ni construyó otros, pero tampoco volvió a disfrutar nunca de una paz tan completa como cuando los iba realizando poco a poco, ignorante del rostro de la muerte. De modo que revolvió en el armario de su alcoba juvenil hasta encontrar las herramientas, los pinceles, los tubos de color. Luego buscó en la leñera un trozo de madera de chopo y, sentado otra vez junto a la chimenea, donde un leve rastro de ceniza denunciaba el fuego de la tarde, comenzó a escarbar en él con los pequeños cuchillos.

El Nacimiento ocuparía una gran parte del desván y le servirían de base varias puertas viejas, sostenidas por caballetes. Lejos de la escenografía tradicional, el Belén iba a tener un paisaje insólito: el mismo del pueblo y de su entorno, repetido en una escala minúscula, con casas de dos palmos y calles no más anchas que una mano. La colina en cuya ladera estaba el pueblo sería reproducida también y, en lo alto, el círculo de piedras semienterradas que daba testimonio de algún remoto asentamiento. El río, y sobre el río el puente, tendrían de igual modo su lugar en el Belén, y parte de la colina que ascendía al otro lado del río. Recuperó, nuevo y completo, aquel entusiasmo absorto de los años mozos, cuando tallaba con habilidad el suave adelgazamiento de las vergas y del bauprés, o pergeñaba cuidadoso el mascarón de proa, el hueco de las cofas, el diamante del ancla, la tabla del timón.

Construyó primero su propia casa. Sola en la ladera del pequeño montículo –desnudo todavía de cualquier simulación de hierbas, rocas, caminos– tenía, sin embargo, una presencia singularmente verosímil.

La larga luz de las tardes del verano fue atravesando el hueco del ventanuco y él, entre el aliento caluroso que penetraba también por allí como una lengua cálida, entre el descanso de los murciélagos que colgaban de las vigas como frutos o embutidos extraños y oscuros, entre la quietud que hacían más exacta los ocasionales sonidos del exterior, iba obligando a crecer al pueblo: y junto a la suya, fue construyendo las otras casas, los portales, los corrales, los huertos.

Al atardecer, subía al castro y comparaba con mirada minuciosa la realidad verdadera del pueblo con su reproducción, levantando planos cuidadosos que marcaban la dirección de las fachadas, la altura de las tapias, la anchura de las puertas, el aspecto del empedrado, la proporción general de vanos y volúmenes. El otoño se anunciaba ya –el desván estaba frío y, a veces, penetraba por el hueco del tragaluz alguna hoja amarilla– cuando remató la espadaña de la iglesia, con dos pequeñas campanas de talco pintado. Luego fue preparando los montes, los huertos, los árboles y los senderos.

Para los Santos, pudo contemplar el Nacimiento terminado. Sus manos habían conseguido reproducir, en una escala minúscula, el aspecto verdadero del pueblo, con los montes y el río. Se agachaba hasta meter la cara entre las casas y buscaba la inclinación que le permitiese la cercana visión de aquellas insólitas perspectivas vacías.

Lo solitario del paraje le sugirió la necesidad de unos habitantes y comenzó, con ánimo regocijado, la esquemática reproducción: el alcalde –que era al tiempo propietario de la tienda–, el guarda del coto, la maestra, el cartero de la villa en su moto, el cura, hombres, mujeres, rapaces, bestias. Los vecinos fueron saliendo de sus manos con una rapidez insospechada. Y gallinas, palomas, ovejas. Y Gregoria. Y él mismo, con su bufanda de los inviernos.

Diciembre llegó con lluvia. Una compleja red de cables sujetos al techo propició la instalación de varios portalámparas y las bombillas, ayudadas por botes vacíos y papeles de celofán de diversos colores, dieron al panorama del pueblo fingido, con las figuritas repartidas en calles, corrales y edificios, una atmósfera densa, una bruma opaca que se ceñía a las maquetas y a las figuritas como la niebla a las casas y a los hombres reales, cuando llegaba la noche.

La lluvia repicaba con fuerza en el tejado. Las perspectivas que tanto le asombraron otras veces por su extraño parecido con el pueblo verdadero, cobraban una gran nitidez: podía pensarse que éste era el pueblo y que el de fuera –envuelto en oscuridad y agua– era solamente su trasunto grandón e impreciso. Por una calle bajaba el afilador, ante el rostro blanco de una mujeruca que lo veía pasar desde un portal. Un perro olisqueaba la fachada de la tienda y, envuelta en sus capotes, una pareja de guardias civiles iniciaba la subida, buscando el cobijo de la casa cuartel. El cura, dentro de casa, por la ventana, miraba llover en la plaza.

El sonido de la lluvia sobre las tejas parecía resonar en el monte mínimo, sobre los senderos y los callejones de arena cernida, en los prados simulados con aserrín teñido y encolado, entre las ramas peladas de los pequeños chopos, sobre las aguas de mentira del río.

Movía la cabeza a un lado y al otro y, con el leve mareo causado por lo forzado de la postura de su cuello y el enfoque escaso de sus ojos, el espacio del Belén se fue haciendo equívoco: la plaza, a la altura del suelo y desde la pared norte de la iglesia, tenía la misma inclinación que la plaza real; y la penumbra del desván, detrás de la figuración del castro, era la imagen misma de la noche de invierno; el puente, que cruzaba un jinete sobre su mula, se tendía encima de un río lleno de las espumas turbias de las riadas; la fachada de su casa, vista con los ojos asomados al tejado, tenía toda la apariencia de la casa verdadera, cuando se miraba hacia abajo desde el desván, por la claraboya del muro frontero.

Y, de pronto, dejó de llover. No fue consciente de ello hasta que se produjo el primer movimiento; pero cuando sucedió, le pareció que sus oídos se abrían a una nueva magnitud sonora, a un silencio preciso y extenso, sin lluvia ni otro rumor que el de las tablas del suelo crujiendo bajo sus pies.

Lo vio de reojo y quiso suponer que había sido una ilusión óptica. Sin embargo, después de que movió la cabeza para mirar directamente, el perro seguía correteando a lo largo de la orilla.

Retrocedió ante el inesperado descubrimiento y la sorpresa se convirtió en miedo –un miedo frío que se le enredaba con fuerza en el cuerpo– cuando su mirada abarcó una panorámica mayor del pueblo: porque todas las figuras se movían. Con el ritmo de la vida real, los hombres y las mujeres cruzaban las calles, entraban y salían de las casas, escardaban en las huertas, se afanaban en los corrales. Por el silencio límpido empezaron a desparramarse unos murmullos suavísimos: como del río fluyendo, o de algún niño llorando; como de jatos mugiendo en las profundas cuadras; como de conversaciones en las cocinas.

Observó despavorido el Nacimiento: en el centro del desván, el monte, las casas, la corriente, la chopera, parecían palpitar con una realidad incuestionable. Y su miedo se convirtió en horror. Reculó hasta la entrada, cambió de un manotazo el sentido de la clavija en el viejo interruptor y, sin atreverse a mirar la súbita oscuridad, cerró la puerta e hizo girar la llave.

La casa ofrecía su latido habitual, con Gregoria preparando la cena y el motor del pozo cargando el depósito. Fue recuperando la verdadera dimensión de las cosas y apartó de sí, con un esfuerzo firme, la horrenda sospecha que aquella apariencia de vida le había sugerido: que el Belén era lo real y él sólo una gran figura inerte tallada de una astilla por unas manos hábiles.

A la mañana siguiente, la conciencia del despertar habitual, hecha a medias de cansancio y de pereza, puso los recuerdos en su lugar: sin duda su experiencia de la víspera había sido solamente una alucinación de los sentidos. Y cuando tras arreglarse y vestirse bajó a almorzar, la acedía de tantos años, que sólo su frenesí de artesano había logrado aplacar durante unos cuantos meses, lo atrapó de nuevo para devolverle a la gris pero segura paz de su viejo escepticismo.

Sin embargo, la cocina estaba vacía, la cafetera abierta y la mesa sin componer. Desconcertado por aquellas trazas poco usuales, llamó a la vieja criada.

–¡Gregoria! ¡Gregoria! ¿Qué pasa?

El grifo del fregadero goteaba con compás de péndulo. Chirriaron los goznes de la puerta del corredor, pero ninguna pisada se acercó. Entonces, tapando su boca con la bufanda, se encaminó al corral.

Sobre el empedrado, asomando de la oscuridad del lavadero como dos reproducciones de madera a tamaño natural, las canillas de la mujer, rematadas en las grandes alpargatas negras de felpa, anunciaban un percance. Cuando llegó a su lado, la sorpresa horrorizada no le dejó rebullir: el cuerpo de la vieja estaba tirado boca abajo, y su espalda aparecía abierta como un libro bajo las ropas desgarradas. Detrás de las costillas se adivinaba la masa de las vísceras. Inverosímilmente limpio, el escapulario del Carmen se posaba entre los jirones sanguinolentos.

Y estaba contemplando el cuerpo destrozado, preso todavía del estupor inicial, cuando comenzó a sonar el rebato de las campanas. Salió apresuradamente de casa y se encaminó a la plaza. En la mañana gris, la gente se estaba reuniendo en un corro. Por encima de las cabezas se alzaban los blancos penachos del aliento. Antes de que él hubiese podido hablar, le dieron la noticia de que, en la mañana, habían aparecido, también deshechos, los cuerpos de tres vecinos y de dos caballos.

Las jornadas, que transcurrían sin alteración ni sorpresa durante las horas de luz, adquirían durante la noche una dimensión pavorosa. Después de las muertes primeras, todavía hubo otras. Un pescador furtivo y dos perros, la primera noche; una familia entera de gitanos, instalados aquella misma tarde en la era con su tartana y sus bártulos, la segunda.

La rotunda desmesura de los degüellos sobrepasaba cualquier hipótesis y hacía callar a todos, como una invisible pero violentísima bofetada. Así, encerrada en sus casas, la gente del pueblo sentía empavorecida cómo el suelo temblaba, o escuchaba los gemidos de algún animal asustado que recorría las calles perseguido por un acoso inimaginable.

Solo ya del todo, al horror misterioso se unía la necesidad de asumir, en toda su amplitud, su propia subsistencia. La cama estaba cada vez más revuelta; la vaca pedía ser ordeñada; la cocina se iba desordenando y ensuciando progresivamente. El cuarto día, la imagen de un jamón mediado, sobre la mesa de la cocina, entre migas y restos de hogaza, en aquel conglomerado de platos y cacharros sin fregar, le dio la medida exacta de su situación.

La madrugada del quinto día, un viernes oscuro como una sartén, las campanas volvieron a retumbar entre la bruma. Una fuerza descomunal había destrozado la ventana de una casa. Los habitantes, un anciano matrimonio, yacían entre los restos de loza y madera como los muñecos olvidados después de una larga tarde de juego, y sólo la sangre, que lo embadurnaba todo, imprimía en la escena el sello certero de lo real. Sin embargo, el marco arrancado de cuajo, con toda limpieza, con una facilidad sobrehumana, y la forma en que estaba rota la vieja mesa de pino, como si en su centro se hubiese apoyado una fuerza incalculable, le recordaron la fragilidad de los pequeños objetos que él mismo había tallado, y que tan sólo un ligero esfuerzo de sus dedos astillaba y desmoronaba.

Esa imagen no le abandonó ya a lo largo del día. La cocina destrozada de los viejos, con los propios cuerpos descoyuntados, se mantenía viva en su mente como una maqueta rota. Sobre el miedo y el hastío comenzó a cuajar entonces una determinación.

La noche había caído ya. Buscó en el trastero la llave y se dirigió al desván. Otra vez el suelo se movió y los muros parecieron temblar. Cuando llegó a lo alto de las escaleras y abrió la puerta, el brillo leve de la claraboya y del ventanuco acotaban la enorme masa oscura de la estancia.

Encendió la luz. Entre la pacífica inmovilidad de las casitas, en aquella bruma simulada por la mezcla de las luces multicolores, había un gran bulto. Era el gato. Sin duda había quedado encerrado en el desván. Estaba agazapado junto a la reproducción de su casa, los ojos fijos en la claraboya. Miraba a la pequeña figura, de cuyo cuello colgaban los rabos de una bufanda. Alargaba su zarpa.

La figurita corrió entonces por el desván, llegó hasta el borde del Nacimiento, atrapó con sus manos al gato y, volviendo con él hasta la puerta, lo echó escaleras abajo. Revolvió luego en los baúles, buscó en las alacenas y las cajas amontonadas, hasta conseguir un montón de trapos –viejos capotes, estrambóticos vestidos, cortinas apolilladas, sacos– y cubrió con ellos todo el Belén. Cuando terminó, cerró la puerta a sus espaldas, hizo girar la llave, bajó las escaleras, salió a la huerta –en la noche neblinosa brillaba un cacho de luna– y, después de levantar con esfuerzo las tablas carcomidas del antiguo pozo, arrojó dentro de él la llave que, tras un instante, chapoteó con eco leve en la húmeda negrura.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)