domingo, 29 de marzo de 2026

El panadero

Ferdinand von Schirach

 

La panadería Backshop era como todas las de la cadena, una franquicia, lista para abrir sus puertas, unos pocos metros cuadrados pensados a conciencia. Todas las mañanas, un repartidor llevaba los productos congelados, que dejaba en recipientes de plástico verde en el pasillo del local, donde se iban descongelando despacio. Pasteles y herraduras de almendra recibían un baño de azúcar glas que se pegaba a los dedos. El café salía de una máquina de acero inoxidable con el rótulo “Especialidades de café. Dispensador automático” y que hacía unos ruidos infernales cuando cogía la leche. El panadero era gordo, de cara roja y manos pequeñas, los nudillos eran meras oquedades. En la tienda llevaba un delantal blanco con el logotipo de la empresa cosido cerca de los tirantes. Se movía con agilidad, pero el espacio que quedaba detrás del expositor era demasiado estrecho: el mostrador se le hincaba en la barriga, donde las migas de pan formaban una línea.

El panadero era del barrio, a la gente le caía bien. Tenía cuarenta y siete años. Cuando era joven se había hecho cargo de la gran pastelería y cafetería de su padre. Todo parecía ir bien, obtuvo la titulación pertinente, se casó y tuvo un hijo. La casa a las afueras de la ciudad era nueva, habían ido todos los fines de semana para comprobar la evolución de las obras y se habían imaginado cómo vivirían allí.

El día que todo cambió, el panadero llegó a casa antes que de costumbre, quería darle una sorpresa a su mujer. Un hombre, más alto y delgado que él, de cabello claro, estaba en la entrada de la casa. El panadero lo conocía, trabajaba de dependiente en una tienda de muebles. El hombre se despidió y su mujer rio, parecía feliz, y entonces el panadero supo que lo había engañado. Después todo sucedió muy rápido. Cogió la pala, que seguía junto a la puerta porque la había utilizado en el jardín el fin de semana, y se la hundió en el cuello al hombre. El borde de la pala tenía tierra adherida, y el panadero pensó que ahora la tierra había pasado al cuerpo del hombre. A continuación, vio que del tajo del cuello manaba sangre, que iba a parar a la alfombra clara y formaba extraños dibujos. “Es una alfombra muy cara –pensó–, demasiado cara para nosotros”. En la tienda de muebles su mujer había comentado lo bien que quedaría “esa pieza” en la entrada, y él le dio la razón, ya que le resultaba violento hablar de dinero delante del dependiente. “Recibidor”, repetía su mujer al dependiente, no “entrada”, como decía el panadero. Su mujer flirteaba con el dependiente y él se sintió estúpido, pero ahora tenía delante al dependiente en el suelo, y le faltaba un trozo de cuello. Finalmente, dejó de brotar sangre, y el panadero pensó que el dependiente se había vaciado del todo y que era una forma curiosa de morir.

El fiscal dijo más tarde en el juicio oral que aquello había sido un trágico error: el hombre no era el amante de su mujer, sólo había ido a medir el salón. El siquiatra forense explicó que el panadero padecía un trastorno peligroso. Empleó numerosas expresiones que el panadero no entendió. De eso hacía mucho tiempo, y él ya no pensaba en ello.

Ahora, cuando no tenía clientes, solía sentarse con el dueño del quiosco enfrente de la tienda. Había sacado a la acera unas viejas sillas de madera. El panadero nunca hablaba mucho y sólo a veces se quejaba. En esas ocasiones, decía que en realidad él era maestro pastelero y que no le gustaba limitarse a meter productos congelados en los hornos eléctricos. Echaba de menos su pastelería, la de verdad, pero por lo menos así llegaba a fin de mes. El quiosquero asentía y no hacía preguntas. De todos modos, el panadero tampoco habría podido hablarle de los nueve años que había pasado en la cárcel, de los días grises, la espera, la soledad y todo lo demás.

Todas las mañanas salía a repartir panecillos a domicilio, ya que sólo con la tienda no ganaba lo suficiente. Tenía que ir a muchos sitios, y le llevaba más de dos horas despachar la tarea. La mayoría de sus clientes aún dormían. El panadero les dejaba las bolsas de papel en la puerta. Una vez conseguía un cliente en un edificio, no tardaban en aparecer otros, ya que, cuando los dejaba en el pasillo, los panecillos aún estaban calientes y olían bien.

En un edificio de la Savignyplatz tenía ocho clientes. Le habían dejado una llave del portal. Todas las mañanas subía en elevador al último piso y bajaba por la escalera, las bolsas de papel en la mano. En el segundo piso vivía una japonesa. Tenía pelo negro y ojos negros, y era muy delgada. El panadero la veía algunas veces, cuando ella volvía del conservatorio. En esas ocasiones, llevaba el estuche del violín y los labios pintados de rojo oscuro. Cuando él estaba sentado delante de la tienda, ella lo saludaba con la cabeza o le daba los buenos días, y siempre sonreía. Una vez a la semana entraba en la panadería para pagar los panecillos que él le dejaba delante de la puerta por la mañana. E intercambiaban dos o tres frases, sobre los estudios de ella o la huelga de los trenes de cercanías o el tiempo. Como él era incapaz de pronunciar su apellido, la chica le dijo que podía llamarla Sakura; su nombre de pila resultaba más fácil para los alemanes. El panadero se enamoró de ella.

Todas las noches pensaba en cómo decírselo, y finalmente se le ocurrió una idea. Era maestro pastelero, había ganado premios por sus tartas. A la mañana siguiente puso manos a la obra. Despejó la cocina y lo preparó todo. Sería una tarta de cinco pisos, algo muy distinto de las tartas convencionales que podían comprarse en cualquier sitio. Comenzó por las columnas que colocaría entre piso y piso. Las hizo con una pasta dura de azúcar glas, clara de huevo, limón y agua de rosas, si bien por dentro eran de fondant casi líquido. En la cobertura estuvo trabajando casi una semana, probó, desechó y experimentó con diversos licores, hasta que dio con una, ligera y casi transparente. Luego dispuso las cinco capas por colores y dulzor. De abajo arriba: guinda, grosella, cereza, naranja y mandarina. Cada piso constaba de cuatro tartitas grandes y una pequeña, y las situó de manera escalonada, de forma que desde arriba se abrían como una flor. Trabajó mucho y con ahínco, y cuando terminó se sentía cansado y satisfecho.

Esa noche durmió mal, y por la mañana estaba nervioso cuando metió la tarta en una caja de madera junto con su cuchillo de sierra y sus mejores tenedores de postre. Cuando llamó a la puerta de Sakura, se sentía un tanto sofocado. No sabía qué iba a decir cuando ella apareciera. El hombre que abrió la puerta iba en calzoncillos. Tenía vello en el pecho y una cadenilla de oro de la que colgaba una pantera. Apoyó una mano en el marco y le preguntó qué quería. Por debajo del brazo del hombre, el panadero atisbó el piso, que sólo tenía una habitación, y oyó el agua de la ducha. Miró fijamente la pantera sobre el pecho del hombre. Observó los diminutos ojos de jade y el aro del que siempre pendería la pantera, y de repente el animal le dio pena. En la cárcel decían que las cosas nunca cambian, y en ese momento el panadero pensó en ello.

Bajó con la caja de madera y se sentó en un banco de piedra del patio. Abrió la tapa. “Es una tarta muy bonita”, pensó. Lanzaba destellos anaranjados y rojos y burdeos con el sol invernal. La estuvo contemplando un rato, y a continuación arrancó un pedacito del piso de arriba con los dedos. Estaba muy buena. “Es la mejor tarta que soy capaz hacer”, se dijo a media voz. Comió otro trozo. Y otro más. Estuvo dos horas sentado en el banco, y al final se comió la tarta entera. Para terminar, cogió la base, lamió los restos de cobertura, volvió a meter el cuchillo y los tenedores de postre y tiró la caja a la basura.

Por la tarde se reunió con el quiosquero delante de su establecimiento. El panadero ya no llevaba el delantal blanco, sino un chaquetón con cuello rojo; había cerrado la tienda. Hacía frío en las sillas de madera. Sacó dos tazas en una bandejita que dejó en la silla de en medio. La bandeja se movió y se derramó un poco de café. El panadero se sentó, apoyó las manos en los muslos y profirió un hondo suspiro. Sonrió.

–Éste es el último café –comentó. Y con el pulgar hacia atrás señaló la tienda, sin volverse–. Voy a venderlo todo: la panadería y mis muebles, hasta el coche.

–¿Y qué va a hacer? –preguntó el quiosquero.

–Irme a Japón –respondió el panadero, y esperó un poco, ya que quería ver la reacción del otro–. Abriré una pastelería en Tokio. Allí viven treinta y cinco millones de personas. A los japoneses les gustan las tartas, ¿sabe? Lo leí una vez en el periódico. Sobre todo la de cereza, la Selva Negra. Se me da muy bien la tarta de cereza.

–Estoy seguro –contestó el dueño del quiosco.

–La clave de la Selva Negra es el kirsch. Hay que utilizar un kirsch de muy buena calidad, sólo el que se hace con las cerezas oscuras de la Selva Negra. Pero han de emplearse las dos cosas: el aguardiente y el jugo de las cerezas. No se puede escatimar nada, ése es el secreto –bebieron el café de las tazas, que lucían el logo de la empresa. El panadero se echó hacia delante para no mancharse la camisa.

–Tiene que ir a verme. Lo llamaré para que vaya cuando la pastelería esté funcionando.

El quiosquero asintió. El panadero se limpió las manos en los pantalones.

–A las japonesas les gustan los hombres gordos –dijo bajando algo la voz, sin mirar al otro–. Allí los luchadores de sumo son como estrellas del pop… Quizá hasta mi hijo acabe yendo a Japón, cuando pueda decidir por sí mismo, claro.

Esa noche, en la cama, el panadero volvió a pensar en Sakura. Al final se quedó dormido y soñó que los japoneses de Tokio se comían sus tartas de cereza, y cuando despertó ya no pensaba en Sakura. Cogió la cadenilla con la pantera de la mesita de noche, le había quitado la sangre y los restos de piel, y estuvo mirándola un buen rato. “Unas cosas llevan a otras”, pensó, pero no supo por qué lo pensaba. Luego cerró los ojos y oyó granizar a través de la ventana abierta.

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)

 

Un lugar limpio y bien iluminado

Ernest Hemingway

 

Era tarde y todos habían salido del café con excepción de un anciano que estaba sentado a la sombra que hacían las hojas del árbol, iluminado por la luz eléctrica. De día la calle estaba polvorienta, pero por la noche el rocío asentaba el polvo y al viejo le gustaba sentarse allí, tarde, porque aunque era sordo y por la noche reinaba la quietud, él notaba la diferencia. Los dos camareros del café notaban que el anciano estaba un poco ebrio; aunque era un buen cliente sabían que si tomaba demasiado se iría sin pagar, de modo que lo vigilaban.

–La semana pasada trató de suicidarse –dijo uno de ellos.

–¿Por qué?

–Estaba desesperado.

–¿Por qué?

–Por nada.

–¿Cómo sabes que era por nada?

–Porque tiene muchísimo dinero.

Estaban sentados uno al lado del otro en una mesa próxima a la pared, cerca de la puerta del café, y miraban hacia la terraza donde las mesas estaban vacías, excepto la del viejo sentado a la sombra de las hojas, que el viento movía ligeramente. Una muchacha y un soldado pasaron por la calle. La luz del farol brilló sobre el número de cobre que llevaba el hombre en el cuello de la chaqueta. La muchacha iba descubierta y caminaba apresuradamente a su lado.

–Los guardias civiles lo recogerán –dijo uno de los camareros.

–¿Y qué importa si consigue lo que busca?

–Sería mejor que se fuera ahora. Los guardias pasaron hace cinco minutos y volverán.

El viejo sentado a la sombra golpeó su platillo con el vaso. El camarero joven se le acercó.

–¿Qué desea?

El viejo lo miró.

–Otro coñac –dijo.

–Se emborrachará usted –dijo el camarero. El viejo lo miró. El camarero se fue.

–Se quedará toda la noche –dijo a su colega–. Tengo sueño y nunca puedo irme a la cama antes de las tres de la mañana. Debería haberse suicidado la semana pasada.

El camarero tomó la botella de coñac y otro platillo del mostrador que se hallaba en la parte interior del café y se encaminó a la mesa del viejo. Puso el platillo sobre la mesa y llenó la copa de coñac.

–Debía haberse suicidado usted la semana pasada –dijo al viejo sordo. El anciano hizo un movimiento con el dedo.

–Un poco más –murmuró.

El camarero terminó de llenar la copa hasta que el coñac se desbordó y se deslizó por el pie de la copa hasta llegar al primer platillo.

–Gracias –dijo el viejo.

El camarero volvió con la botella al interior del café y se sentó nuevamente a la mesa con su colega.

–Ya está borracho –dijo.

–Se emborracha todas las noches.

–¿Por qué quería suicidarse?

–¿Cómo puedo saberlo?

–¿Cómo lo hizo?

–Se colgó de una cuerda.

–¿Quién lo bajó?

–Su sobrina.

–¿Por qué lo hizo?

–Por temor de que se condenara su alma.

–¿Cuánto dinero tiene?

–Muchísimo.

–Debe tener ochenta años.

–Sí, yo también diría que tiene ochenta.

–Me gustaría que se fuera a su casa. Nunca puedo acostarme antes de las tres. ¿Qué hora es esa para irse a la cama?

–Se queda porque le gusta.

–Él está solo. Yo no. Tengo una mujer que me espera en la cama.

–Él también tuvo una mujer.

–Ahora una mujer no le serviría de nada.

–No puedes asegurarlo. Podría estar mejor si tuviera una mujer.

–Su sobrina lo cuida.

–Lo sé. Dijiste que le había cortado la soga.

–No me gustaría ser tan viejo. Un viejo es una cosa asquerosa.

–No siempre. Este hombre es limpio. Bebe sin derramarse el líquido encima. Aun ahora que está borracho, míralo.

–No quiero mirarlo. Quisiera que se fuera a su casa. No tiene ninguna consideración con los que trabajan.

El viejo miró desde su copa hacia la calle y luego a los camareros.

–Otro coñac –dijo, señalando su copa. Se le acercó el camarero que tenía prisa por irse.

–¡Terminó! –dijo, hablando con esa omisión de la sintaxis que la gente estúpida emplea al hablar con los beodos o los extranjeros–. No más esta noche. Cerramos.

–Otro –dijo el viejo.

–¡No! ¡Terminó! –limpió el borde de la mesa con su servilleta y movió la cabeza de lado a lado.

El viejo se puso de pie, contó lentamente los platillos, sacó del bolsillo un monedero de cuero y pagó las bebidas, dejando media peseta de propina.

El camarero lo miraba mientras salía a la calle. El viejo caminaba un poco tambaleante, aunque con dignidad.

–¿Por qué no lo dejaste que se quedara a beber? –preguntó el camarero que no tenía prisa. Estaban bajando las puertas metálicas–. Todavía no son las dos y media.

–Quiero irme a casa.

–¿Qué significa una hora?

–Mucho más para mí que para él.

–Una hora no tiene importancia.

–Hablas como un viejo. Bien puede comprar una botella y bebérsela en su casa.

–No es lo mismo.

–No; no lo es –admitió el camarero que tenía esposa–. No quería ser injusto. Sólo tenía prisa.

–¿Y tú? ¿No tienes miedo de llegar a tu casa antes de la hora de costumbre?

–¿Estás tratando de insultarme?

–No, hombre, sólo quería hacerte una broma.

–No –el camarero que tenía prisa se irguió después de haber asegurado la puerta metálica–. Tengo confianza. Soy todo confianza.

–Tienes juventud, confianza y un trabajo –dijo el camarero de más edad–. Lo tienes todo.

–¿Y a ti, qué te falta?

–Todo; menos el trabajo.

–Tienes todo lo que tengo yo.

–No. Nunca he tenido confianza y ya no soy joven.

–Vamos. Deja de decir tonterías y cierra.

–Soy de aquellos a quienes les gusta quedarse hasta tarde en el café –dijo el camarero de más edad–, con todos aquellos que no desean irse a la cama; con todos los que necesitan luz por la noche.

–Yo quiero irme a casa y a la cama.

–Somos muy diferentes –dijo el camarero de más edad. Se estaba vistiendo para irse a su casa–. No es sólo una cuestión de juventud y confianza, aunque esas cosas son muy hermosas. Todas las noches me resisto a cerrar porque puede haber alguien que necesite el café.

–¡Hombre! Hay bodegas abiertas toda la noche.

–No entiendes. Este es un café limpio y agradable. Está bien iluminado. La luz es muy buena y también, ahora, las hojas hacen sombra.

–Buenas noches –dijo el camarero más joven.

–Buenas noches –dijo el otro. Continuó la conversación consigo mismo mientras apagaba las luces. Es la luz, por supuesto, pero es necesario que el lugar esté limpio y sea agradable. No quieres música. Definitivamente no quieres música. Tampoco puedes estar frente a una barra con dignidad aunque eso sea todo lo que proveemos a estas horas. ¿Qué temía? No era temor, no era miedo. Era una nada que conocía demasiado bien. Era una completa nada y un hombre también era nada. Era sólo eso y todo lo que se necesitaba era luz y una cierta limpieza y orden. Algunos vivieron en eso y nunca lo sintieron pero él sabía que todo eso era nada y pues nada y nada y pues nada. Nada nuestra que estás en nada, nada sea tu nombre nada tu reino nada tu voluntad así en nada como en nada. Danos este nada nuestro pan de cada nada y nada nuestros nada como también nosotros nada a nuestros nada y no nos nada en la nada mas líbranos de nada; pues nada. Ave nada llena de nada, nada está contigo. Sonrió y estaba frente a una barra con una brillante cafetera de presión.

–¿Qué le sirvo?– preguntó el cantinero.

Nada.

Otro loco más –dijo el cantinero y le dio la espalda.

–Una copita –dijo el camarero.

El cantinero se la sirvió.

–La luz es bien brillante y agradable pero la barra está opaca –dijo el camarero.

El cantinero lo miró fijamente pero no respondió. Era demasiado tarde para comenzar una conversación.

–¿Quiere otra copita? –preguntó el cantinero.

–No, gracias –dijo el camarero, y salió. Le disgustaban los bares y las bodegas. Un café limpio, bien iluminado, era algo muy distinto. Ahora, sin pensar más, volvería a su cuarto. Yacería en la cama y, finalmente, con la luz del día, se dormiría. Después de todo, se dijo, probablemente sólo sea insomnio. Muchos deben sufrir de lo mismo.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

sábado, 28 de marzo de 2026

Contar un cuento

Augusto Roa Bastos

 

–¿Quién me puede decir que eso no sea cierto? –farfulló pausadamente, con su habitual tono entre sarcástico y circunspecto, adelantándose a una improbable objeción sobre lo que acababa de decir y que resultaba increíble aun contado por él.

–Pero hay una realidad que no se puede falsear impunemente –apuntó alguien no con ánimo de rebatirle, desde luego, sino de aguijonearlo un poco.

–¿Cómo? –se hizo repetir la frase apantallándose la oreja con la mano, despectivamente–. Claro, eso que la gente satisfecha llama la verdad de las cosas. ¡Ahí los quiero ver! ¿Alguien ha vivido demasiado para saber todo lo que hay que saber? ¿Y qué es lo que al final le queda al que más sabe? Esto… –dijo haciendo sonar las uñas con el gesto irrisorio de matar una pulga–. ¿Quién puede adivinar los móviles de los actos más simples o más complicados y desesperados? El que estemos aquí como moscas friolentas esperando algo que no se produce, reunidos nada más que por la fuerza de la costumbre. El de ese hombre de barrio de emergencia que comienza a devorar a su mujer a dentelladas ante un centenar de vecinos aterrorizados a los que amenaza con un revolver. ¿Locura de amor, de celos? ¿Aberraciones de un paladar cansado del guisote casero? Ahora está de moda hablar de la realidad. Típico reflejo de inseguridad, de incertidumbre. La gente quiere ver, oler, tocar, pinchar la burbuja de su soledad. ¿Pero qué es la realidad? Porque hay lo real de lo que no se ve y hasta de lo que no existe todavía. Para mí la realidad es la que queda cuando ha desaparecido toda la realidad, cuando se ha quemado la memoria de la costumbre, el bosque que nos impide ver el árbol. Sólo podemos aludirla vagamente, o soñarla, o imaginarla. Una cebolla. Usted le saca una capa tras otra, y ¿qué es lo que queda? Nada, pero esa nada es todo, o por lo menos un tufo picante que nos hace lagrimear los ojos. Toquen la punta de esta mesa, o una tecla en el piano. ¿Hay algo más fantástico que el tacto de la madera en la yema de un dedo, que ese sonido que vibra un momento y se apaga?… –se puso los dedos sobre los labios para desinflar despacito la pompa de un eructo–. ¿Y la vida de un hombre?  ¿Pero es que alguien sabe de ese condenado a muerte algo más que los garabatos que deja arañados en las paredes de su celda? Y a veces esos borrones despistan todavía más porque los cargamos con nuestra propia agonía o indiferencia… –el picor de la acidez se le demoró un instante en el fruncimiento del ceño, en la comisura de los labios.

Nos miramos disimuladamente: era muy raro que el gordo se pusiera patético o sentimental. Ahora mismo sus ojillos semicerrados desmentían, sardónicos, sus palabras.

–¿Saben lo que pasa? Se habla demasiado. El mundo está envenenado por las palabras. Son la fuente de la mayor parte de nuestros actos fallidos, de nuestros reflejos, de nuestras frustraciones. La palabra es la gran trampa. Es muy cierto eso de que empezamos a morir por la boca como los peces. Yo mismo hablo y hablo. ¿Para qué? Para sacar nuevas capas a la cebolla. Por ahí no se va a ningún lado. Habría que encontrar un nuevo lenguaje, y mejor todavía un lenguaje de silencio en el que nos podamos comunicar por levísimos estremecimientos, como los animales –¿no se dan cuenta qué libres son ellos?–, por leves alteraciones de esta acumulación de ondas congestionadas que hay en nosotros como un forúnculo a punto de reventar. Un pestañeo apenas visible resumiría todos los cantos de la Ilíada, incluso los que se perdieron. Un pliegue de labios, todo Dante, Shakespeare, Goethe, Cervantes, tan aburridos e ilegibles ya. Los gestos más largos expresarían los hechos más simples: el hambre, el odio, la indiferencia. El amor sería aún más simple: una mirada y en esa mirada, un hombre y una mujer desnudos, desnudos de veras, por dentro y por fuera, pero conservando todo su misterio… ¡Qué sé yo! No se sabe nada de nada. En esta carrera nadie tiene la precisa. Pónganle la firma… –su expresión volvía a ser apacible, neutra–. Si en el país de los ciegos te falta un ojo, quítate el otro, solía decir mi abuelo, un viejo alcahuete que supo andar en la lluvia sin mojarse. Y tenía razón. Lo que no quiere decir que un ciego sea precisamente el testigo de lo invisible, aunque a veces… –se interrumpió como si de pronto se le hubiese escapado la idea que quería expresar; y tras una pausa, semblanteándonos fijamente uno por uno–: Ya Séneca decía hace dos mil años: “¿Con quién podríamos comunicar?” ¿Y que como sé yo, por qué no se lo preguntan a Mongo?

Él mismo tenía un aire de apacible, inerte, fofa irrealidad. Aun en el momento de hablar y mover unas manos pálidas y blanduzcas de pianista en relâche. Obeso y enorme, desbordaba el sillón en que se había arrellanado. Su cuerpo estaba anclado en algo más que en el peso de la carne y su invencible molicie. El mismo aire que se cernía sobre él parecía aplastarlo, deformarlo, hinchándolo y deshinchándolo desde adentro en la respiración. En el semblante apoplético la boca, que no había perdido del todo su bello dibujo, era lo único que resistía la devastación. Encerrados en la masa de tejido adiposo parecía haber dos hombres que no querían saber nada entre sí. Habían crecido juntos, se habían fundido finalmente, pero aún trataban de contradecirse, de ignorarse, y ya ninguno de los dos tenía remedio, al menos el uno en el otro. La ronca y monótona voz servía sin embargo a uno y otro, por igual, sin favoritismos.

–Para qué entonces preguntar, explicar nada –agregó tras una pausa en la que estuvo mordisqueando la despachurrada punta del cigarro–. Leonardo hizo un león. Daba algunos pasos, luego se abría el pecho y lo mostraba lleno de lirios. Y ese león… –pero volvió a callarse. Sobre la cara abotargada jugaba una sonrisa muerta.

Creo que ninguno de nosotros pensaba en alguna objeción en ese instante, ya olvidados del cuento que había comenzado a relatar a propósito de unos emigrados que consiguen asesinar al embajador de su país con la ayuda de un ciego. El gordo sostenía que el ciego había apuñaleado al militarote, sentenciado desde hacía mucho tiempo por sus actos de sevicia y por haber organizado y dirigido el aparato de represión del régimen. El atentado y el crimen eran absurdos e increíbles, según el relato del gordo. Pero a él no se le podían refutar sus ocurrencias. Había que oírlo simplemente. No porque fuera incapaz de escuchar a su vez, sino porque uno lo sentía impermeable a las opiniones, a la incredulidad de los demás. No era quizás egoísmo o infatuación. Era un desinterés, una indiferencia parecida a la desesperanza, que él trataba de disimular con el humor de un sarcasmo vuelto otra vez inocente. Más de una vez sospeché que era un poco sordo y que se defendía de esa manera de la humillación de admitirlo.

Lo que acababa de decir, por ejemplo, no tenía ninguna relación con lo que anteriormente estaba diciendo. Pero él saltaba así de un tema a otro sin transición, o buscándonos el “pálpito” en medio de bruscas interrupciones, de largos e impenetrables silencios, entre sorbo y sorbo de ginebra, tras los cuales hacía girar la copa con una especie de rítmico tecleo de sus uñas en el vidrio. Nunca se sabía cuándo decía un chiste o recordaba una anécdota, ni en qué momento concluía un cuento y empezaba otro sacándolo del anterior, “despellejando la cebolla”. Pero nunca conseguimos hacerle contar por qué había dejado su carrera de concertista de piano, en la que llegó a alcanzar cierto renombre, luego de aquella gira por las ciudades del interior en la que se vio envuelto en un absurdo lío con la esposa de un gobernador. Lo que se sabía era vago e incierto, y a pesar del escandalete que adobaron en su momento algunos diaruchos de provincia, era casi seguro que a él no le cupo otra culpabilidad que la que la confabulación de las circunstancias pudieron atribuirle. Habían pasado muchos años. Él nunca quiso hablar de eso. Cuando alguien insinuaba la cosa, se quedaba callado. Los ojillos enrojecidos, que parecían no tener iris, parpadeaban lacrimosos, renuentes, y se quedaban amodorrados un largo rato. Pero uno de nosotros descubrió una vez, entre las páginas de un diccionario de música, la fotografía de una hermosa mujer con una dedicatoria un poco cursi e ingenua que delataba a la dama provinciana de la historia. Un tiempo después la fotografía desapareció también, y en su lugar el gordo colocó una obscena viñeta recortada de cualquier revista de pornografía barata, para irrisión de futuras indiscreciones.

No teníamos más remedio que aguantarlo. Lo escuchábamos impacientes y ávidos porque siempre podíamos aprovechar algo en nuestras colaboraciones para las revistas. Su repertorio era inagotable. Jamás repetía sus cuentos. Creo que los inventaba y olvidaba adrede. Nosotros traficábamos con su desmemoriada prodigalidad, si bien casi siempre teníamos que imaginar y reinventar lo que él imaginaba e inventaba, completando esas frases que se comía, esas palabras que eran inentendibles gorgoteos, esos silencios cargados de astuta intención, abiertos a toda clase de pistas falsas y contradictorias alusiones. Él se divertía a nuestra costa, eso era seguro, atormentándonos con su endiablada, voluble, casi indescifrable manera de contar. El gordo se reiría en sus adentros de nosotros, pero el irregular balanceo de su abdomen lo disimulaba muy bien.

Esa noche no éramos muchos. Tres o cuatro a lo sumo. Hacía calor. Estaba más lúcido e inerte que de costumbre. Hablaba, bebía y callaba. La gruesa nariz y la frente que se extendía hacia la calva orlada de ralos cabellos grises estaban punteadas de incontables gotitas. Se pasaba la mano, borroneaba la floja piel, pero las puntitas volvían a brotar en seguida. Me parece estar viéndolo todavía.

Contó varios cuentos. Quizás fueran uno solo, como siempre, desdoblado en hechos contradictorios, desgajado capa tras capa y emitiendo su picante y fantástico sabor. Luego de la alusión a la realidad insondable y al león lleno de lirios de Leonardo da Vinci, empezó a relatarnos la historia del hombre que había soñado el lugar de su muerte. La contó de un tirón, sin más interrupciones ni digresiones. El hombre vio en sueños el lugar donde había de morir. Al principio no se entendía muy bien dónde era. Pero el gordo, contra su costumbre, se explayó al final en una prolija descripción. Contó que el hombre vivió después temblando de encontrarse en la realidad con el sitio predestinado y fatal. Contó el sueño a varios amigos. Todos coincidieron en que no debía darse importancia a los sueños. Acudió a un psicoanalista que sólo consiguió aterrarlo aún más. Acabó encerrándose en su casa. Una noche recordó bruscamente el sitio del sueño. Era su propio cuarto en su casa.

La voz del gordo se quebró en un ronquido. Señaló algo con la mano, delante de sí. Giramos la mirada siguiendo el gesto torpe y pesado, sin comprender todavía. No había nadie en el hueco de la puerta, pero por un instante yo sentí en la nuca una ráfaga fría. Pensamos en alguna nueva ocurrencia del gordo. Sólo cuando nos volvimos hacia él comprendimos de golpe: lo que el gordo había descrito punto por punto era el cuarto en que estábamos. Tenía la cara pálida, viscosa. El húmedo cigarro se le había caído sobre el pecho que ahora ya no se hamacaba en el blando jadeo. Los ojillos vidriosos se hallaban clavados en nosotros con una burlona sonrisa.

 

(Tomado de www.literatura.us)

 

Ben-Tovit

Leonid Andréiev

 

El día terrible en que se realizó la mayor injusticia del mundo, en que se crucificó en el Gólgota, entre dos bandidos, a Cristo, ese mismo día, el comerciante de Jerusalén Ben-Tovit tenía, desde por la mañana, un dolor horrible de muelas.

Le había comenzado la víspera, al anochecer. Ben-Tovit experimentó en el lado derecho de la mandíbula, en la muela contigua a la del juicio, una sensación singular, como si se le hubiera elevado un poco sobre las otras; cuando la rozaba con la lengua, sentía un ligero dolor. Pero después de comer, la molestia pasó, Ben-Tovit la olvidó y acabó de tranquilizarse con el cambio de su viejo asno por otro joven y vigoroso, negocio que lo puso de buen humor.

Durmió con un sueño profundo; pero, al amanecer, algo vino a turbar su sueño. Se diría que alguien llamaba a Ben-Tovit para algún grave asunto. No pudiendo ya resistir aquella inquietud, se despertó y se dio cuenta al punto de que tenía dolor de muelas. Entonces era un dolor franco y claro, muy violento, un dolor agudo e insoportable. Y no se podía ya comprender si lo que le dolía era la muela de la tarde anterior o las demás contiguas a ella. Toda la boca y toda la cabeza le dolían, como si estuviera mascando millares de clavos ardiendo. Se enjuagó la boca con un poco de agua del cántaro; durante unos momentos el dolor se aplacó, y Ben-Tovit experimentó una ligera tirantez en las muelas. Dicha sensación, comparada con el dolor de hacía un instante, era incluso agradable. Ben-Tovit se acostó otra vez, se acordó de su nuevo asno y pensó que sería del todo feliz a no ser por el dolor de muelas. Trató de volver a dormirse, pero cinco minutos después el dolor comenzó de nuevo, más cruel que antes. Ben-Tovit se sentó en la cama y empezó a balancear el cuerpo acompasadamente. Su rostro adquirió una expresión de sufrimiento, y en su gran nariz, que había palidecido, apareció una gota de sudor frío.

Así, balanceándose y gimiendo lastimeramente, permaneció hasta la salida del sol; de aquel sol que estaba predestinado a ver el Gólgota con sus tres cruces y a eclipsarse de horror y de tristeza.

Ben-Tovit era un buen hombre, a quien repugnaba la injusticia; pero cuando su mujer se levantó, le dijo mil cosas desatentas, lamentándose de que lo hubiera dejado solo y no hubiera hecho ningún caso de sus terribles sufrimientos.

La mujer no se incomodó por estos reproches injustos; no ignoraba que era el dolor, y en modo alguno la maldad, lo que hacía hablar así a su marido. Lo auxilió, solícita, con no pocos remedios: una cataplasma, en la mejilla, de estiércol seco y pulverizado; una infusión muy fuerte de aguardiente y huesos de escorpión; un pedazo de la piedra en que estaban escritos los diez mandamientos, y que Moisés rompió en su cólera.

El estiércol aplacó un poco el dolor de Ben-Tovit, pero por breve tiempo. Los otros remedios produjeron el mismo efecto y, siempre tras un corto alivio, el dolor volvía a empezar con redoblada fuerza. Durante los escasos momentos de tregua, Ben-Tovit procuraba olvidarlo completamente, poniendo el pensamiento en su nuevo asno; pero cuando se hacía sentir otra vez, empezaba a gemir, a insultar a su mujer y a decir que se iba a romper la cabeza contra la pared.

Sin cesar iba y venía por el terrado de su casa, sin acercarse demasiado a la barandilla, para que los transeúntes no lo vieran con la cabeza envuelta en un pañuelo, como una mujer. Con frecuencia, sus hijos acudían junto a él y referían, interrumpiéndose, algo relativo a Jesús Nazareno. Ben-Tovit se detenía entonces un instante para escucharlos; pero ponía luego cara de pocos amigos, hería iracundo el suelo con el pie y echaba a los niños; aunque era un hombre de buen corazón y aunque amaba a sus hijos, se enojaba con ellos, lleno de fastidio, al oír aquellas naderías. Lo enfadaba también que la calle y los terrados de las casas vecinas estuvieran llenos de gente que no hacía nada y lo miraba con curiosidad pasearse con la cabeza envuelta en un pañuelo, como una mujer. Quería ya bajar, cuando su mujer le dijo:

–Mira, conducen a los bandidos; quizá eso te distraiga.

–¡Déjame en paz! –respondió colérico Ben-Tovit–. ¿No ves lo que sufro?

Pero había en la proposición de su mujer algo como una promesa vaga de que el dolor de muelas se le aplacaría si miraba a los bandidos, y se acercó a la barandilla. La cabeza inclinada a un lado, un ojo cerrado, la mano en la mejilla, miró hacia abajo.

A lo largo de la estrecha calle empinada marchaba, en completo desorden, una multitud enorme, levantando gran polvareda. Se oían gritos, centenares de voces mezcladas. En medio de la multitud, encorvados bajo el peso de las cruces, avanzaban los condenados. Por encima de sus cabezas, semejantes a serpientes negras, chasqueaban los látigos de los soldados romanos. Uno de los condenados –el que tenía largos cabellos rubios y llevaba las vestiduras rotas y ensangrentadas– tropezó en una piedra que le habían tirado y cayó.

Redobló sus gritos la multitud, que parecía un mar agitado cubriendo con sus olas la superficie de un islote.

Ben-Tovit, de repente, sintió tal dolor, que se estremeció, como si alguien le hubiera horadado la muela con una aguja. Lanzó un gemido lastimero y se apartó de la barandilla, encolerizadísimo, importándole un bledo cuanto sucedía en la calle.

–¡Dios mío, cómo gritan! –gruñó, imaginándose las bocas muy abiertas, con las muelas no atormentadas por el dolor.

A no ser por el que le hacía ver las estrellas, hubiera podido gritar como los demás, quizá más fuerte aún. Al pensar en esto, se hizo más cruel su sufrimiento, y Ben-Tovit empezó a balancear furiosamente la cabeza y a lanzar gritos.

–Cuentan que curaba a los ciegos –dijo su mujer, que no se apartaba de la barandilla ni dejaba de mirar abajo.

Y tiró una piedrecita al sitio por donde pasaba Jesús, que avanzaba lentamente, medio muerto ya a latigazos.

–¡Tonterías! –respondió Ben-Tovit con acento burlón–. ¡Si posee, en efecto, el don de curar, que me cure a mí el dolor de muelas!

Y tras un corto silencio añadió:

–¡Dios mío, qué polvareda han levantado! ¡Ni que fueran un rebaño! Debían de echarlos a palos. ¡Llévame abajo, Sara!

Su mujer tenía razón. El espectáculo le había distraído un poco, o quizá el estiércol pulverizado lo había aliviado. El caso es que no tardó en dormirse. Cuando se despertó, el dolor había desaparecido casi por completo; sólo el lado derecho de la mandíbula parecía ligeramente hinchado; tan ligeramente, que apenas se notaba. Al menos, así lo aseguraba su mujer. Ben-Tovit, escuchándola, sonreía maliciosamente; bien sabía que a su mujer, por su bondad de corazón, le gustaba decir cosas agradables.

Un rato después llegó su vecino, el peletero Samuel. Ben-Tovit le enseñó su nuevo asno, y, lleno de orgullo, escuchó los plácemes de Samuel a propósito del cuadrúpedo.

Después, a ruegos de Sara, que era muy curiosa, se dirigieron los tres al Gólgota, a ver a los crucificados. Por el camino, Ben-Tovit refirió a Samuel, sin omitir detalles, cómo había tenido dolor de muelas, cómo sintió al principio la molestia en el lado derecho de la mandíbula, cómo se había despertado al amanecer, atacado, súbitamente, de un dolor insoportable. Para dar una idea más exacta de sus sufrimientos, hacía muecas, cerraba los ojos, balanceaba la cabeza y gemía. Su vecino asentía compasivamente, acariciando su larga barba blanca, y decía:

–¡Dios mío! ¡Es terrible!

A Ben-Tovit le complacía observar que Samuel apreciaba toda la intensidad de sus sufrimientos recientes. Refirió por segunda vez cuanto le había sucedido. Después recordó que hacía ya mucho tiempo había tenido un dolor de muelas, pero en el lado izquierdo de la mandíbula inferior.

Así, en conversación animada, subieron al Gólgota. El sol, condenado a alumbrar el mundo durante aquel día terrible, se había ya ocultado tras las colinas lejanas. En el firmamento, hacia el Oeste, llameaba, semejante a un rastro de sangre, una ancha banda roja. Sobre el fondo del cielo se destacaban vagamente las cruces. Al pie de la de en medio podían distinguirse siluetas humanas prosternadas.

La multitud se había ido hacía tiempo. Comenzaba a sentirse frío.

Después de dirigir una mirada distraída a los crucificados, Ben-Tovit cogió a Samuel del brazo, y los tres se encaminaron a la casa. Ben-Tovit experimentaba un deseo violento de seguir hablando, y comenzó de nuevo a hablar del dolor que había tenido. Así, charlando, caminaban Gólgota abajo. Ben-Tovit, animado por las exclamaciones de compasión que profería de vez en cuando su vecino, daba a su rostro una expresión de sufrimiento, cerraba los ojos, balanceaba la cabeza, gemía, mientras de las profundas simas de la montaña y de las llanuras lejanas ascendía la oscura noche, que parecía deseosa de ocultar al cielo el gran crimen que se acababa de cometer sobre la Tierra.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

Frankenstein 2004

José Vicente Ortuño

 

Mi nombre es Víctor Frankenstein, nací en Ginebra a finales del siglo XVIII en el seno de una familia distinguida, como casi todo el mundo sabe gracias a cierta obra literaria; pero lo que nadie conoce es que al comienzo del siglo XXI, todavía estoy vivo; muy vivo. Después de tanto tiempo me apetece contar públicamente los resultados de algunos de los estudios y experimentos que he llevado a cabo a lo largo de mi vida.

En mi juventud decidí estudiar los orígenes de la vida, el porqué del funcionamiento de los seres vivos, la esencia que mueve a la materia a convertirse en un ente animado y consciente. Dediqué todas las fuerzas y entusiasmo de la juventud, junto con la fortuna de mi padre, al descubrimiento de los secretos de la creación.

Como consta en el relato que del principio de mi vida hace mi amada Mary Wollstonecraft mi única biógrafa y maravillosa compañera, relato que es fruto de infinidad de noches desveladas, tras desbordar nuestros sentidos con la pasión de la juventud, esa juventud que ahora queda tan lejos, el final incierto permite que el lector piense que morí perdido, solo y arrepentido, yaciendo en la tundra helada o atrapado entre los hielos como justo castigo por mis pecados, o simplemente devorado por un oso polar; pero no fue así: sobreviví a todo ello. Perseguí a mi primera criatura durante algún tiempo y al fin la encontré, en una recóndita aldea en el norte de Siberia, donde vivía feliz tras haber fundado una familia. Pero no es de aquella, mi primera y desdichada criatura, de quien me propongo hablar, ya que la historia es de todos conocida; esta es otra historia.

Mi buen amigo y compañero de tertulia Herbert West, al que conocí casi un siglo después realizando estudios encaminados al mismo fin, sólo consiguió crear estúpidos zombis sin cerebro, terrores ambulantes que lo llevaron a un macabro final. Donde él fracasó yo he triunfado. En todo el tiempo transcurrido, especialmente desde que murió mi querida Mary, me he dedicado a crear nuevas criaturas cada vez más perfectas. No sé por qué no le devolví la vida a mi amada. Era tan dulce. Estaba tan viva. Tal vez tenía miedo de verla convertida en una patética criatura de andares rígidos y menguado cerebro. ¿Acaso ella me lo pidió antes de morir? Es posible. Los años no pasan en balde y los recuerdos se difuminan. Pero todavía veo con toda claridad su sonrisa y esa mirada dulce, que me provocaban bruscas erecciones en aquellas noches de alcohol, opio y orgías en la mansión de Lord Byron. Por aquel entonces, ocultaba mi identidad bajo el patético disfraz de poeta mediocre, pero pese a todo fueron tiempos muy felices.

 

Como decía, durante todos estos largos años pasados sin Mary, estudié a fondo el funcionamiento de la vida, perfeccionando la técnica de reanimación de tejidos muertos. He llegado donde nunca nadie ha osado llegar. La tecnología que el resto de la humanidad desarrolló durante todo este tiempo, me ha ayudado mucho en mis trabajos; ya no tengo necesidad de conjurar los rayos producidos por terribles tormentas para activar mis aparatos, mi laboratorio ya no necesita ocupar el torreón de un tétrico castillo medieval. Ahora todo es más simple, muchísimo más simple. Mi equipo se alimenta con baterías de litio y cabe completo en un maletín. La conexión a través de Internet realizada con la tecnología más avanzada vía satélite, me permite acceder a los datos de mi laboratorio secreto desde cualquier punto del planeta, y todo ello simplemente utilizando un ordenador portátil. ¡Qué tiempos aquellos! ¡Qué maravilloso era sentir erizárseme los cabellos, con los rayos fluyendo a mi alrededor, mientras mi criatura, estremecida por miles de voltios que recorrían su cuerpo torturado, se sacudía en espasmos incontrolados cuando la milagrosa electricidad le infundía nueva vida!

Como efecto colateral a mis estudios de creación y reanimación, encontré la forma de alargar la vida, mi vida especialmente. Al principio experimenté con mi querido ayudante Igor. Pobrecillo, ¡cuánto sufrió por sus deformaciones congénitas! Hoy a mi querido Igor nadie lo reconocería, nadie imagina que ese robusto actor austríaco que ha llegado a Gobernador en el país más poderoso del planeta, fuera hace dos siglos un jorobado contrahecho con menos luces que un cementerio a medianoche. Físicamente lo reparé y perfeccioné, le alargué la vida de forma inhumana, pero la inteligencia es un don divino y no estaba en mi mano ayudarle. Sólo gracias al culto al cuerpo que se practica este último siglo, ha conseguido hacer realidad su sueño. ¡Mi querido y cándido Igor, ni siquiera ha podido quitarse el horrible acento de su aldea natal!

No es necesario decir que vivir tanto tiempo tiene sus ventajas. Cuando volví de la búsqueda de mi primera criatura, allá por el año 1814, tras establecerme en Inglaterra bajo la personalidad del poeta Percy B. Shelley, conocí a mi querida Mary, recorrimos juntos Europa y recalamos en Suiza en el verano de 1816, donde entramos en el círculo de amigos que se reunía en la mansión de Lord Byron. En aquel magnífico caserón le relaté a Mary mis estudios, mis experimentos, mis inquietudes y anhelos. Fascinada, me animó a continuar mi trabajo y más tarde incluso me ayudó en mis nuevos experimentos. Juntos creamos los hijos que nos negó la naturaleza. Durante mucho tiempo fui muy feliz… hasta que en 1851 mi amada Mary murió, siendo completamente inútiles todos mis conocimientos para evitarlo y como ya he dicho, no me atreví a reanimarla. Luego, durante varias décadas, vagué por distintas partes del mundo, estudiando, realizando nuevos experimentos. De vez en cuando alguna de mis criaturas conseguía abrirse paso en la sociedad con éxito. No fueron pocos los que llegaron a destacar y marcaron hitos en la historia.

Ya en el siglo XX comencé a desarrollar una nueva perspectiva en mis investigaciones. Fruto de ello fue uno de mis más exitosos experimentos: mi querido hijo Adolfo. Físicamente no destacó como otras de mis creaciones, es cierto, tampoco por su inteligencia, pero su ambición le llevó muy lejos. La mayoría le recuerda con odio. Sin embargo, el tiempo en que dirigió el Tercer Reich, fue de lo más provechoso para mis investigaciones, pues tenía abundante material para experimentar y prácticamente no tenía que ocultarme. Lloré su pérdida más que la de ninguna otra de mis criaturas anteriores.

Acabada la Segunda Gran Guerra emigré donde tenía más posibilidades de continuar mis estudios: los Estados Unidos de América, el país de las oportunidades, como a ellos le gusta llamarlo. Para mí al menos sí que lo ha sido, aquí el dinero lo puede todo y yo, modestamente, tengo de sobra.

En el nuevo mundo me instalé en la soleada California, tan diferente de mi tierra natal, allá en Europa. Fruto de la influencia de aquellas cálidas tierras, elaboré una nueva criatura a la que llamé Marilyn. ¡Qué bella era, casi tanto como mi querida Mary! Físicamente perfecta, triunfó en el cine y todavía hoy se la recuerda, se la imita e idolatra. Pero de nuevo la inteligencia brilló por su ausencia en mi creación, lo que generó algunos problemas. Más tarde, un pequeño defecto en su bello organismo la llevó a un colapso fatal y a la muerte.

Después de aquel fracaso, centré mis estudios y experimentos en desarrollar los aspectos de mi trabajo que nunca habían fallado en mis creaciones y reunirlos en una nueva criatura. Hube de sortear algún que otro tropiezo con la CIA y el FBI, por lo que decidí colocar como directores de dichas agencias a algunos de mis más mediocres, aunque adorables, hijos. Ahora ya puedo trabajar tranquilo, subvencionado por el estado, eminentes universidades y algún mecenas creado por mí.

Todo este preámbulo me lleva a hablar de mi última creación, mi hijo más querido, el que más satisfacciones me ha dado hasta ahora; la obra maestra de mi vida. Es la criatura en la que he reunido todos los conocimientos, adquiridos a lo largo de dos siglos de investigación y trabajo, alcanzando la perfección que he buscado siempre. Es el más apto para la supervivencia. No es bello. No tiene gran fuerza física. Carece por completo de inteligencia, pero como mi llorado Adolfo, tiene una gran ambición. Lo bauticé “George” y, tras algunos ajustes, llegó a lo más alto. Sin ir más lejos, ha iniciado ya su segundo mandato como presidente de los Estados Unidos.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)