domingo, 13 de septiembre de 2026

Maestro

Ryunosuke Akutagawa

 

Leyendo un libro del maestro bajo un gran roble. Bañado por la luz de un día de otoño, no se movía ni una sola hoja. En algún cielo lejano, una balanza de platillos de cristal mantenía un equilibrio perfecto… tal era la imagen que veía mientras leía el libro del maestro.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

Dios en la tierra

José Revueltas

 

La población estaba cerrada con odio y con piedras. Cerrada completamente como si sobre sus puertas y ventanas se hubieran colocado lápidas enormes, sin dimensión de tan profundas, de tan gruesas, de tan de Dios. Jamás un empecinamiento semejante, hecho de entidades incomprensibles, inabarcables, que venían… ¿de dónde? De la Biblia, del Génesis, de las Tinieblas, antes de la luz. Las rocas se mueven, las inmensas piedras del mundo cambian de sitio, avanzan un milímetro por siglo. Pero esto no se alteraba, este odio venía de lo más lejano y lo más bárbaro. Era el odio de Dios. Dios mismo estaba ahí apretando en su puño la vida, agarrando la tierra entre sus dedos gruesos, entre sus descomunales dedos de encina y de rabia. Hasta un descreído no puede dejar de pensar en Dios. Porque ¿quién si no Él? ¿Quién si no una cosa sin forma, sin principio ni fin, sin medida, puede cerrar las puertas de tal manera? Todas las puertas cerradas en nombre de Dios. Toda la locura y la terquedad del mundo en nombre de Dios. Dios de los Ejércitos; Dios de los dientes apretados; Dios fuerte y terrible, hostil y sordo, de piedra ardiendo, de sangre helada. Y eso era ahí y en todo lugar porque Él, según una vieja y enloquecedora maldición, está en todo lugar: en el siniestro silencio de la calle; en el colérico trabajo; en la sorprendida alcoba matrimonial; en los odios nupciales y en las iglesias, subiendo en anatemas por encima del pavor y de la consternación. Dios se había acumulado en las entrañas de los hombres como solo puede acumularse la sangre, y salía en gritos, en despaciosa, cuidadosa, ordenada crueldad. En el Norte y en el Sur, inventando puntos cardinales para estar ahí, para impedir algo ahí, para negar alguna cosa con todas las fuerzas que al hombre le llegan desde los más oscuros siglos, desde la ceguedad más ciega de su historia.

¿De dónde venía esa pesadilla? ¿Cómo había nacido? Parece que los hombres habían aprendido algo inaprensible y ese algo les había tornado el cerebro cual una monstruosa bola de fuego, donde el empecinamiento estaba fijo y central, como una cuchillada. Negarse. Negarse siempre, por encima de todas las cosas, aunque se cayera el mundo, aunque de pronto el Universo se paralizase y los planetas y las estrellas se clavaran en el aire.

Los hombres entraban en sus casas con un delirio de eternidad, para no salir ya nunca, y tras de las puertas aglomeraban impenetrables cantidades de odio seco, sin saliva, donde no cabían ni un alfiler ni un gemido.

Era difícil para los soldados combatir en contra de Dios, porque Él era invisible, invisible y presente, como una espesa capa de aire sólido o de hielo transparente o de sed líquida. ¡Y cómo son los soldados! Tienen unos rostros morenos, de tierra labrantía, tiernos, y unos gestos de niños inconscientemente crueles. Su autoridad no les viene de nada. La tomaron en préstamo quién sabe dónde y prefieren morir, como si fueran de paso por todos los lugares y les diera un poco de vergüenza todo. Llegaban a los pueblos solo con cierto asombro, como si se hubieran echado encima todos los caminos y los trajeran ahí, en sus polainas de lona o en sus paliacates rojos, donde, mudas, aún quedaban las tortillas crujientes, como matas secas.

Los oficiales rabiaban ante el silencio; los desenfrenaba el mutismo hostil, la piedra enfrente, y tenían que ordenar, entonces, el saqueo, pues los pueblos estaban cerrados con odio, con láminas de odio, con mares petrificados. Odio y solo odio, como montañas.

–¡Los federales! ¡Los federales!

Y a esta voz era cuando las calles de los pueblos se ordenaban de indiferencia, de obstinada frialdad y los hombres se morían provisionalmente, aguardando dentro de las casas herméticas o disparando sus carabinas desde ignorados rincones.

El oficial descendía con el rostro rojo y golpeaba con el cañón de su pistola la puerta inmóvil, bárbara.

–¡Queremos comer!

–¡Pagaremos todo!

La respuesta era un silencio duradero, donde se paseaban los años, donde las manos no alcanzaban a levantarse. Después un grito como un aullido de lobo perseguido, de fiera rabiosamente triste:

–¡Viva Cristo Rey!

Era un Rey. ¿Quién era? ¿Dónde estaba? ¿Por qué caminos espantosos? La tropa podía caminar leguas y más leguas sin detenerse. Los soldados podían comerse los unos a los otros. Dios había tapiado las casas y había quemado los campos para que no hubiese ni descanso ni abrigo, ni aliento ni semilla.

La voz era una, unánime, sin límites: “Ni agua”. El agua es tierna y llena de gracia. El agua es joven y antigua. Parece una mujer lejana y primera, eternamente leal. El mundo se hizo de agua y de tierra y ambas están unidas, como si dos opuestos cielos hubiesen realizado nupcias imponderables. “Ni agua”. Y del agua nace todo. Las lágrimas y el cuerpo armonioso del hombre, su corazón, su sudor. “Ni agua”. Caminar sin descanso por toda la tierra, en persecución terrible y no encontrarla, no verla, no oírla, no sentir su rumor acariciante. Ver cómo el sol se despeña, cómo calienta el polvo, blando y enemigo, cómo aspira toda el agua por mandato de Dios y de ese Rey sin espinas, de ese Rey furioso, de ese inspector del odio que camina por el mundo cerrando los postigos…

¿Cuándo llegarían?

Eran aguardados con ansiedad y al mismo tiempo con un temor lleno de cólera. ¡Que vinieran! Que entraran por el pueblo con sus zapatones claveteados y con su miserable color olivo, con las cantimploras vacías y hambrientos. ¡Que entraran! Nadie haría una señal, un gesto. Para eso eran las puertas, para cerrarse. Y el pueblo, repleto de habitantes, aparecería deshabitado, como un pueblo de muertos, profundamente solo.

¿Cuándo y de qué punto aparecerían aquellos hombres de uniforme, aquellos desamparados a quienes Dios había maldecido?

Todavía lejos, allá, el teniente Medina, sobre su cabalgadura, meditaba. Sus soldados eran grises, parecían cactus crecidos en una tierra sin más vegetación. Cactus que podían estarse ahí, sin que lloviera, bajo los rayos del sol. Debían tener sed, sin embargo, porque escupían pastoso, aunque preferían tragarse la saliva, como un consuelo. Se trataba de una saliva gruesa, innoble, que ya sabía mal, que ya sabía a lengua calcinada, a trapo, a dientes sucios. ¡La sed! Es un anhelo, como de sexo. Se siente un deseo inexpresable, un coraje, y los diablos echan lumbre en el estómago y en las orejas para que todo el cuerpo arda, se consuma, reviente. El agua se convierte, entonces, en algo más grande que la mujer o que los hijos, más grande que el mundo, y nos dejaríamos cortar una mano o un pie o los testículos, por hundirnos en su claridad y respirar su frescura, aunque después muriésemos.

De pronto aquellos hombres como que detenían su marcha, ya sin deseos. Pero siempre hay algo inhumano e ilusorio que llama con quién sabe qué voces, eternamente, y no deja interrumpir nada. ¡Adelante! Y entonces la pequeña tropa aceleraba su caminar, locamente, en contra de Dios. De Dios que había tomado la forma de la sed. Dios ¡en todo lugar! Allí, entre los cactus, caliente, de fuego infernal en las entrañas, para que no lo olvidasen nunca, nunca, para siempre jamás.

Unos tambores golpeaban en la frente de Medina y bajaban a ambos lados, por las sienes, hasta los brazos y la punta de los dedos: “a…gua, a…gua, a…gua. ¿Por qué repetir esa palabra absurda? ¿Por qué también los caballos, en sus pisadas…?” Tornaba a mirar los rostros de aquellos hombres, y solo advertía los labios cenizos y las frentes imposibles donde latía un pensamiento en forma de río, de lago, de cántaro, de pozo: agua, agua, agua. “¡Si el profesor cumple su palabra…!”

–Mi teniente… –se aproximó un sargento.

Pero no quiso continuar y nadie, en efecto, le pidió que terminara, pues era evidente la inutilidad de hacerlo.

–¡Bueno! ¿Para qué, realmente…? –confesó, soltando la risa, como si hubiera tenido gracia.

“Mi teniente.” ¿Para qué? Ni modo que hicieran un hoyo en la tierra para que brotara el agua. Ni modo. “¡Oh! ¡Si ese maldito profesor cumple su palabra…!”

–¡Romero! –gritó el teniente.

El sargento movióse apresuradamente y con alegría en los ojos, pues siempre se cree que los superiores pueden hacer cosas inauditas, milagros imposibles en los momentos difíciles.

–¿…crees que el profesor…?

Toda la pequeña tropa sintió un alivio, como si viera el agua ahí enfrente, porque no podía discurrir ya, no podía pensar, no tenía en el cerebro otra cosa que la sed.

–Sí, mi teniente, él nos mandó avisar que con seguro ai’staba…

“¡Con seguro!” ¡Maldito profesor! Aunque maldito era todo: maldita el agua, la sed, la distancia, la tropa, maldito Dios y el Universo entero.

El profesor estaría, ni cerca ni lejos del pueblo para llevarlos al agua, al agua buena, a la que bebían los hijos de Dios.

¿Cuándo llegarían? ¿Cuándo y cómo? Dos entidades opuestas enemigas, diversamente constituidas aguardaban allá: una masa nacida de la furia, horrorosamente falta de ojos, sin labios, solo con un rostro inmutable, imperecedero, donde no había más que un golpe, un trueno, una palabra oscura, “Cristo Rey”, y un hombre febril y anhelante, cuyo corazón latía sin cesar, sobresaltado, para darles agua, para darles un líquido puro, extraordinario, que bajaría por las gargantas y llegaría a las venas, alegre, estremecido y cantando.

El teniente balanceaba la cabeza mirando cómo las orejas del caballo ponían una especie de signos de admiración al paisaje seco, hostil. Signos de admiración. Sí, de admiración y de asombro, de profunda alegría, de sonoro y vital entusiasmo. Porque ¿no era aquel punto… aquél… un hombre, el profesor…? ¿No?

–¡Romero! ¡Romero! Junto al huizache… ¿distingues algo?

Entonces el grito de la tropa se dejó oír, ensordecedor, impetuoso:

–¡Jajajajay…! –y retumbó por el monte, porque aquello era el agua.

Una masa que de lejos parecía blanca, estaba ahí compacta, de cerca fea, brutal, porfiada como una maldición. “¡Cristo Rey!” Era otra vez Dios, cuyos brazos apretaban la tierra como dos tenazas de cólera. Dios vivo y enojado, iracundo, ciego como Él mismo, como no puede ser más que Dios, que cuando baja tiene un solo ojo en mitad de la frente, no para ver sino para arrojar rayos e incendiar, castigar, vencer.

En la periferia de la masa, entre los hombres que estaban en las casas fronteras, todavía se ignoraba qué era aquello. Voces solo, dispares:

–¡Sí, sí, sí!

–¡No, no, no!

¡Ay de los vecinos! Aquí no había nadie ya, sino el castigo. La Ley Terrible que no perdona ni a la vigésima generación, ni a la centésima, ni al género humano. Que no perdona. Que juró vengarse. Que juró no dar punto de reposo. Que juró cerrar todas las puertas, tapiar las ventanas, oscurecer el cielo y sobre su azul de lago superior, de agua aérea, colocar un manto púrpura e impenetrable. Dios está aquí de nuevo, para que tiemblen los pecadores. Dios está defendiendo su iglesia, su gran iglesia sin agua, su iglesia de piedra, su iglesia de siglos.

En medio de la masa blanca apareció, de pronto, el punto negro de un cuerpo desmadejado, triste, perseguido. Era el profesor. Estaba ciego de angustia, loco de terror, pálido y verde en medio de la masa. De todos lados se le golpeaba, sin el menor orden o sistema, conforme el odio, espontáneo, salía.

–¡Grita viva Cristo Rey…!

Los ojos del maestro se perdían en el aire a tiempo que repetía, exhausto, la consigna:

–¡Viva Cristo Rey!

Los hombres de la periferia ya estaban enterados también. Ahora se les veía el rostro negro, de animales duros.

–¡Les dio agua a los federales, el desgraciado!

¡Agua! Aquel líquido transparente de donde se formó el mundo. ¡Agua! Nada menos que la vida.

–¡Traidor! ¡Traidor!

Para quien lo ignore, la operación, pese a todo, es bien sencilla. Brutalmente sencilla. Con un machete se puede afilar muy bien, hasta dejarla puntiaguda, completamente puntiaguda. Debe escogerse un palo resistente, que no se quiebre con el peso de un hombre, de “un cristiano”, dice el pueblo. Luego se introduce y al hombre hay que tirarlo de las piernas, hacia abajo, con vigor, para que encaje bien.

De lejos el maestro parecía un espantapájaros sobre su estaca, agitándose como si lo moviera el viento, el viento, que ya corría, llevando la voz profunda, ciclópea, de Dios, que había pasado por la tierra.

 

(Tomado de Revueltas, José, Dios en la tierra, Ediciones El Insurgente, México, 1944)

 

sábado, 12 de septiembre de 2026

Sinfín

Pedro Durán

 

Un hombre se forma tras una larga cola. Desesperado, comienza por eliminar al que está antes de él –sigue con todos los de la fila–. Hasta que otro hombre se detiene a su espalda…

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

La ciudad enferma

Héctor Barreto

 

Su último sueño había comenzado a desmejorar. Quiso volver. Alzó la mano, el índice hacia la niebla. Era su gesto habitual. Después, rompió el velo.

Allí el disco (¡maldito disco!). Ya comprendió ayer que le cansaría. Pero, qué más daba; aquel era el día…; era lo mismo. No, no le haría cambiar, sería ocioso; además, siempre había la ventana. Pensó en el sueño, su último sueno; comprendió de repente su significado. Era lo mismo, ya lo sabía. No, no era lo mismo; era la confirmación del hecho. Aun no huía del todo del sueño. Estaba unido a él por las últimas telarañas.

De nuevo el disco. ¿Qué aspecto presentaría ahora la ciudad? Estaba elevada como cualquiera otra; ¿era posible que el alma de sus habitantes la hubiera llevado tan lejos de su asiento en su horrorosa simbiosis con ella? Era un dolor real. Y pensar que era aquel el día indicado. En fin, por lo menos sería un espectáculo digno.

Quiso proporcionarse una sensación. Estaba a punto de cortar la gelatina; pero aún no, felizmente.

Si apretara el botón, la luz del sol asaltaría la alcoba, subiría pegándose a su lecho hasta él, le escalaría los sentidos…y el sueño estaba aún patente, ¡ah!, produciría en su alma un caos amargo. ¿Qué sería entonces?, ¿tal vez terror? Viviría su último día, el último día; bueno, siendo el suyo, era siempre el último.

Un brazo pálido planeó en la semioscuridad de la pieza. Apretó el botón. Vino la sensación, una dura sensación, sensación ártica. Ahora el disco era de luz. Él era la causa del estado que lo revolvía, su luz o su color. La idea saltó afuera por el círculo; quizás allá le esperaba el mismo sentimiento.

Deseó levantarse, era necesario ver la ciudad, su gente, y sobre todo, iría a aquella casa. Era demasiado temprano aún; pero se iría lento, muy lento. La casa, el grupo, aquel grupo era el centro mismo de la ciudad. Solo eran once. Él era uno de ellos. El grupo era el alma de la ciudad. Que cosas más extrañas se podían en su época. Comprendió que al pensar así se salía de su tiempo. El alma de la ciudad… ¡Ah! Aquella ciudad tenía un alma. La sentían todos respirar, alentar, latir; jadeaba ahora último. ¡Horroroso individuo! Inconscientemente le había ido transmitiendo cada uno su alma. Nadie pensaba como otro y, sin embargo, sus almas se fueron fundiendo en una sola, todas. Era en verdad un gran dolor y un peligro. Nadie podía existir solo, de por sí. Y era más: todos sus pecados se aglomeraban formando un solo bloque. Todos formaban el alma de la ciudad. Pero más que todos, un grupo, el grupo…

Ya la sensación ártica lo abandonaba casi.

Levantarse. Nuevamente el brazo pálido. Un botón… Cinco sombras penetraron al cuarto. Salieron pasado un rato largo. Ahora, permanecía de pie; un espejo en la mano; estaba, al fin, vestido. Contempló su rostro blanco. Era un blanco puro, como de algodón o leche. Sintió pena de verse, se amó al mirarse. Todo esto, a pesar que se encontraba perfectamente. Tiró el espejo. De alguna parte sacó una cajita muy pequeña. Ingirió de ella algo que lo hizo tornarse bruscamente mucho más blanco. Sonrió. Buscó una de sus máscaras. Eligió la mejor; la que más le gustaba. Sabia él que el estilo de aquella máscara no era el último modelo, no estaba con la última moda. Era una innovación suya. Nadie tendría ahora tiempo de copiársela.

Salió a la calle. Las gentes circulaban silenciosas. Solo algunos borrachos conversaban entre sí haciendo gestos trágicos.

Él caminaba lentamente. Estaba contemplativo. Observaba los menores detalles porque una idea fija le atenazaba; una idea común, ciudadana en aquel día.

De repente notó que era objeto de la curiosidad general. Todos lo miraban con atención; él sabía por qué. Los demás llevaban las máscaras convencionales; en cambio él…

Quiso recorrer la ciudad, se internó por ciertos barrios. Le sobraba tiempo. Aquí algunos llevaban máscaras de ceremonia, máscaras dolorosas. Parecía como si las hubieran hecho especialmente para el día funesto. Aún había otros, groseros, enloquecidos, con el rostro descubierto, en una desnudez asquerosa. Apuró el paso, se sintió molesto, experimentó repulsión. Huyó. Anduvo mucho basta llegar a la Plaza Central.

Estaba rendido. Se sentó en un banco. Por primer a vez había caminado a pie desde hacía muchos años; a pie como los primeros caminantes y como los últimos mendigos…

Descansaba desde hacía largo tiempo. Bullía la espesa idea en él. Le era difícil aceptarla así, de plano. Fue a la Historia, caminando hacia los orígenes.

Olvidaba. Pero he aquí que comprendió de repente que ya sería la hora. De nuevo la idea. Entonces aceptó. ¡Era la hora! Y una gran tranquilidad lo lavó.

No lo había advertido. Un grupo de gente lo rodeaba. Cuando él los miró. comenzaron a conversarle, a interrogarlo. No contestó. Se cerró más el círculo. Luego hablaron casi todos a la vez, atropelladamente. Él permanecía siempre contemplándolos, mudo. Pronto los otros gesticularon y las voces se fueron haciendo más roncas. Continuaban interrogándolo y hasta quizás le hacían cargos. Pero él, en un momento dado, se irguió de improviso, los miró de uno en uno. Y les mostró sus manos. Entonces todos permanecieron en silencio. Él se alejó a pasos pausados.

Atardecía. El sol rojo-tibio se pegaba como un perro a las casas y a las calles; las lamía, era una luz molesta, deprimente. Los transeúntes pasaban lentos y silenciosos. Él también iba encerrado en sí, preocupado. Llegó a la casa. Igual que siempre, permanecía cerrada.

Dentro estaban todos reunidos. Lo esperaban. Saludó y se acercó a ellos, Parecían preocupados. Tal vez lo estaban. Alguien hizo la señal y se juntaron alrededor de la gran mesa. Discutieron. Terminaron por hablar desordenadamente. No había salida. No. La palabra estaba en el centro de la mesa horriblemente viva. Todos se miraron entre sí; los había helado la palabra; los consumía. Vino un gran silencio, un silencio que los ahorcaba prolongándose.

De improviso se oyó una risa aguda. Lo temían todos; alguien enloquecía tal vez. O tomaba una decisión. Se formó un pequeño grupo que acompañó al que reía. Después el grupo abandonó la sala siempre riendo entre dientes. Cuando salieron, se les oyó afuera reír con fuerza. Volvieron pasado un rato. Parecían ebrios. Venían alegres. Con una alegría franca. Solo los ojos les brillaban demasiado intensamente. Los otros se los quedaron observando. De improviso surgió un fatal contagio y los que observaban se arrancaron bruscamente las máscaras.

Fue trágico.

A él lo abordó una tristeza serena y cansada. Conservaba aun su máscara y retrocedió hasta un rincón.

Una mujer saltó bruscamente sobre un trípode. La cara desnuda. Comenzó a gritar y a gesticular invitándolos al final, a la consumación. Era la posesión del vértigo de lo trágico, de lo fatal, o el deseo de hundirse.

Aceptaron. Bajó la mujer del trípode y comenzó frenéticamente a romper sus vestiduras. Los demás la exhortaban. Quedó desnuda y huyó a ocultarse detrás de la cortina. Un instante después la tela roja se descorrió bruscamente.

Allí estaba la mujer en el gesto.

La saludaron con una carcajada. A él se le escapó un grito.

Ya no quedaba nada que esperar.

Al oír el grito, todos se volvieron mirándolo con admiración. Estaban decididos; lo habían resuelto. Parecían sobreexcitados, inconscientes. Comenzaron a reír y lo invitaron. Él no podía soportar. Se acercó a la puerta. Los otros, al verlo, le entonaron la canción de los sepultureros, terminando de cantar ahogados por las carcajadas.

Aquello era espantoso. Quiso abrir la puerta y empezó a sentir entonces, dentro y fuera de él, un mugido sordo, y, a la vez, un letargo profundo. Advirtió que los demás sentían lo mismo. Dejaron ya de reír, se quedaron mudos y cada uno ocupó una silla blanda.

Allí permanecieron inmóviles, con los ojos semicerrados, los párpados pesados. Los llamó. No le contestaron. Les gritó fuerte. Como toda respuesta, lo miraban y sonreían levemente. Lo invitaron a sentarse. Comprendió. No había más que esperar.

Huyó. En la calle tenían las mismas actitudes. También lo invitaban a imitarlos. Dejaría la ciudad. Contemplaría el final desde afuera. Aquello era la agonía, ulcerosa agonía.

El sol moría en el ocaso con una lentitud sonámbula. Las gentes todas tenían la cara descubierta. Apuró el paso. Percibió el suelo blando; le parecía pisar sobre seres vivos, adiposos y tibios.

Sintió los pies pesados de huir. Todos lo miraban con ojos vidriosos y sonrisas idiotas, tendiéndole los brazos.

Desesperado, comenzó a correr. Lo único que deseaba era huir. Pasó rápidamente por frente a su casa y sintió una aprensión en el corazón. Corría cada vez más rápido. Las hileras de casas huían vertiginosas a sus costados. Por fin llegó a las afueras. Divisó una prominencia de terreno a unos cuantos metros. Aquello sería su palco.

Era la antigua piedra blanca, patriarcal, que quedaba a la orilla de la ciudad. Estaba exhausto y se sentó sobre la roca.

Entonces se apoderó de él un letargo suave. Sintió los párpados pesados. Era aquello… igual que todo. Comprendió. Estaba incapaz de moverse. No lo deseaba tampoco desde que se sentó. Miró la ciudad. Densas nubes comenzaban a rodearla. Letargo. La sensación era como la introducción al sueño. Sueño. Dejó caer los pesados párpados, Desde la ciudad llegaban hasta él unas voces que lo llamaban todavía por su nombre, debilitadas, febles…

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

viernes, 11 de septiembre de 2026

Llueve

Achille Campanile

 

Un día, hace muchos años, un individuo que había salido de su casa sin paraguas se dio cuenta de que empezaban a caer algunas gotas.

–Debería volver a casa a buscar el paraguas –pensó.

Pero después se dijo:

–¡Bah! No serán más que cuatro gotas.

Y siguió andando porque tenía mucha prisa.

La lluvia empezó a caer. Entonces el individuo se refugió en un portal.

Esperaré a que deje de llover –dijo.

Había empezado el Diluvio Universal.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

Mala educación

Raúl Ortiz y Ortiz

 

Una tarde, Mme de Chevigné da la taza de té a una doncella; a ésta se le cae la cuchara y exclama ¡merde!

Mme de Chevigné se vuelve a ella y le dice:

–Niña, no diga usted eso, que es palabra reservada a los amos.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

Paulita

Federico Gana

 

¿Llueve, Paulita?le pregunto, abriendo los ojos cargados de sueño.

Lloviendo toda la noche sin descansar, señor me contesta, al mismo tiempo que deposita cuidadosamente sobre el velador una humeante taza de café. En seguida, cruza los brazos sobre el pecho y se queda inmóvil contemplando fijamente, a través de los vidrios de la ventana, el cielo, de un gris sucio y opaco, cerrado por la lluvia torrencial. Yo, desde mi lecho, diviso confusamente allá, afuera, las siluetas de los árboles doblados por el fuerte viento del norte; las nubes tenebrosas que vuelan rápidas hacia el sur; los campos, de un verde tierno y brumoso, cubiertos de agua; los animales que vagan aquí y allá en los potreros como entumecidos de frío; las gotas que borbotean sin término en las charcas.

Con este tiempo tan malo, los animales y los pobres son los que padecen agrega Paulita, contemplando tristemente, embebida, el paisaje.

Después se vuelve hacia mí y me mira sonriendo, con los ojos brillantes, como invitándome a entablar una de esas charlas matinales a que la tengo acostumbrada, en las que tratamos largamente de toda la crónica doméstica de la casa de campo, de la que ella está muy impuesta como llavera del fundo que es, desde hace largos años.

Es una viejecita de pequeña estatura, encorvada por los años y los achaques, vestida de riguroso luto, y a pesar del frío y la humedad de esa mañana de invierno, no lleva por todo abrigo sino un pequeño pañuelo de lana que apenas le cubre la cabeza y el cuello. Sus cabellos grises, ásperos y fuertes, su color obscuro y bilioso, su estrecha frente y los pómulos y las mandíbulas muy pronunciados, denuncian a las claras su origen araucano. Solo los ojos son grandes, negros, rasgados e inteligentes. Por fin le digo:

¿Y ha sabido de José?

Al escuchar estas palabras, un destello indefinible de orgullo, de embriaguez y de esperanza, parece encenderse de súbito en el fondo de sus ojos, que parpadean; se acerca a mi lecho y me contesta rápidamente en voz baja, confidencialmente:

¡De José, de Josecito, mi hijo!, sí, señor, ¡cómo no había de saber! Está muy en grande por allá, en Antofagasta. Dicen que ya se salió de ese hotel y que ha juntado plata para poner una tienda. Dicen también que anda muy elegante, que parece todo un caballero. Yo lo decía, que Dios había de proteger a mi hijo tan bueno, tan amante, tan sometido y respetuoso con su madre. Cuando lo puse a servir, el primer sueldo me lo trajo hasta el último centavo, y me dijo: Aquí tiene, madre, para que se compre todas sus faldas”. Después, cuando salía a verme, siempre me traía cualquier regalito. Decía también que yo ya no estaba para trabajar, que él me daría para que descansara en mi vejez. Ahora, tan arreglado, tan cuidadoso de su persona, tan sin vicios… –se interrumpe un instante, apoya la barba en su mano enflaquecida, suspira débilmente y, fijando sus ojos dilatados en el suelo, exclama con voz apagada, como hablándose a sí misma:

Y ahora ¡tan lejos de mí el pobre niño! ¿Quién me lo atenderá por allá?…

¿Y le ha escrito desde que se fue? ¿Le ha mandado algún recuerdo?

Al escuchar estas palabras, su rostro moreno y amarillento parece demudarse de súbito, cierra los ojos a medias y contesta con voz estrangulada, sonriendo pálidamente:

Sí… siempre me escribe… desde que se fue, ahí tengo las cartas… se las traeré para que las vea… es tan atento… también me ha mandado algunos engañitos… dice que no se viene, porque no quiere llegar pobre aquí suspira con esfuerzo, fija los ojos turbios e inciertos en la abierta ventana, y continúa:

Y pensar que va para los tres años que anda por allá. ¡Esto es terrible para una, verse sola en la vejez sin tener a nadie que le cierre los ojos! –Guarda silencio un instante, fijando en mí su mirada triste y abatida y, en seguida, agrega con dolorosa sonrisa:

–¡Ah!, señor, ¡qué crimen más grande es la pobreza, porque si yo hubiera tenido algo, José no se me habría ido con ese caballero, su pariente, que le vino a formar tan bonitos planes para llevárselo al norte! Y ese hombre tiene la culpa de que yo esté padeciendo ahora –termina con voz fuerte, vibrante de cólera y desesperación.

Trata de proseguir, pero la voz se le ahoga en la garganta; su boca se contrae convulsivamente; gruesas lágrimas asoman a sus ojos encendidos y resbalan lentamente por sus mejillas rugosas, y, por fin, murmura con acento entrecortado por los sollozos:

Y él allá… al fin del mundo… y yo tendré que morirme aquí como un perro: ¡porque esto me matará, esto me ha muerto, señor!

Se lleva al pecho las manos como tratando de desembarazarse de algo que la ahoga, se da vuelta y se aleja rápidamente, tambaleándose, con el rostro contraído inclinado hacia la tierra y la trémula cabeza hundida en los hombros.

 

Pocos días después de esta escena, estoy sentado frente a mi escritorio, leyendo tranquilamente los diarios, que acaba de traer el correo de la mañana. Por la abierta ventana penetran los rayos del sol de invierno; en el jardín que hay al frente se escucha el lento gotear de los árboles que sacuden el agua de la pasada lluvia, el grito estridente de las golondrinas, el confuso gorjeo de los pájaros, saludando alegremente al buen tiempo. Grandes, espesas nubes blancas se divisan allá entre los árboles del camino real, destacándose inmóviles sobre el húmedo azul del cielo; y un hálito poderoso, embriagante de vida, cargado con el acre perfume de las yerbas silvestres y de la tierra mojada, llaga hasta lo más hondo de mi pecho. Todo lo que me rodea parece nuevo, brillante, claro: los campos, las casas, los montes distantes, hasta la blanca torrecilla del Cementerio lugareño que contemplo, en lontananza, a través de los álamos negruzcos. Yo me siento también ágil, ligero y alegre, con el corazón henchido de no sé qué vaga, indefinible esperanza.

De repente siento que la puerta de la habitación se abre suavemente: rápidas piadas que yo conozco muy bien resuenan tras de mí sobre la alfombra. Paulita está frente a mí; trae debajo del brazo un pequeño envoltorio; sus labios se agitan como si desearan comunicarme luego algo importante. Con la luz fuerte y clara que penetra por la ventana, su rostro parece demacrado, pálido y enfermizo; sus grandes ojos negros circundados de profundas ojeras violáceas brillan intensamente, con los resplandores de la fiebre; pero su boca sonríe enigmática, maliciosa… se inclina a mi oído y me dice misteriosamente:

Hoy me ha llegado carta de él, ¿sabe? Aquí la traigo para que la vea.

¡Ah! José le ha escrito –le digo.

Me hace un repetido signo de afirmación con la cabeza, al mismo tiempo que busca nerviosamente algo en el pecho. Por fin, saca un pequeño papel todo arrugado y me lo pasa cuidadosamente, diciéndome:

–Léamela, señor, para ver qué es lo que ha puesto ahí.

Es una breve carta que principia con el sabido: “Espero que al recibo de ésta se encuentre gozando de una completa salud; yo quedo aquí bueno, a sus órdenes. Ésta es para decirle que ya muy luego me voy a embarcar. Espero solo juntar algo para el pasaje, porque hay que atravesar el mar.

“También le diré que yo no me puedo hacer por aquí, porque no hay día que no me acuerdo de usted y de todos. También quería decirle que el negocio mío es una cantina. Algo se gana, porque es mejor trabajar solo que no apatronado. Le mando esas cositas para que se abrigue este invierno y se acuerde de su pobre hijo. –José Morales”.

Mientras deletreo pausadamente en voz alta esta epístola, la anciana, con la mano en la mejilla, las cejas fruncidas y una suave sonrisa en los labios, parece sumergida en un dulce y embriagador ensueño.

De cuando en cuando, durante la lectura, exhala un suspiro entrecortado.

Al terminar, le devuelvo su tesoro, diciéndole:

José es un buen muchacho, porque se acuerda de su madre, y no es ingrato.

Ingrato élme contesta con una expresión de extravío en la mirada, ¡cuando es el mejor, el más bueno de todos los hijos! Vea, mire lo que me manda y principia a desdoblar precipitadamente el paquete que traía bajo el brazo. Y allí, sobre la mesa, veo extenderse un pañuelo de colores chillones, de los de rebozo, y un género obscuro de lana, todo muy ordinario. Durante esta exhibición, ella me mira a cada instante con el aire inquieto sonriendo orgullosamente, como diciéndome: ¡Qué le parece!

–Muy bonito, muy bonito está todo, y la felicito porque, al fin, va a ver a su hijo.

–Sí, ya va a llegar muy pronto –me contesta rápidamente, con los ojos ardientes, llenos de lágrimas.

Por fin, se aleja con su habitual rapidez, haciéndome alegres signos con las manos, agitando triunfalmente, como un trofeo, su paquete.

 

Dos días después tuve que hacer un viaje a Santiago, donde me llamaban diversos negocios urgentes.

Regresé una tarde, y conversando con el anciano mayordomo Simón sobre las novedades ocurridas en el fundo durante mi ausencia, le pregunté:

Y ¿qué ha habido de nuevo por acá?

–Lo único que hay de nuevo, señor –me contestó–, es que doña Paulita está en las últimas.

–¡Cómo! –le dije sorprendido–, ¿y qué tiene?

Hacía tiempo que andaba enferma, sin querer decir nada. Usted sabe lo ágil y alentada que era: pues se lo pasaba días enteros sentada en el corredor mirando para el campo, y tan triste, sin hablar cosa. Ahora, enflaqueciendo de día en día que da una compasión, hasta que se quedó en los huesos. Yo creo también que en mucho entraba la malura de cabeza, porque todo se le volvía hablar de José, que le había escrito, que iba a llegar… allá, a mi casa, iba siempre a mostrarme las cartas para que se las leyera y entonces sí que se ponía contenta. Hace como diez días cayó a la cama. Vino a verla el doctor, y dijo que era consunción, vejez, y que no tenía para qué volver, porque la encontró sin remedio. Ayer traje al señor cura del pueblo para que le pusiese la extremaunción y la confesara. Está muy mala, señor; parece que no pasará de esta noche.

–Vamos a verla –le digo, hondamente conmovido con la noticia.

Al entrar a la habitación de la anciana, situada en la parte baja del edificio destinada a la servidumbre, vi a un individuo desconocido, de manta, que estaba sentado en el umbral de la puerta, quien, al verme y para dejarme paso, se puso de pie respetuosamente con el sombrero en la mano.

En el interior de la humilde estancia, a pesar de ser de día aún, una vela, colocada frente a las imágenes, difundía su claridad triste y amarillenta; algunas mujeres, sirvientas de la casa, arrodilladas aquí y allá sobre la estera, rezaban en voz sorda y monótona. De cuando en cuando, un hondo suspiro ahogado interrumpía la fúnebre calma que reinaba en la habitación.

Allá, en un rincón sepultado en la sombra, distinguí el lecho donde la anciana yacía. En su rostro terroso, profundamente demacrado, vagaba ya la fría majestad de la muerte. Sus ojos, entreabiertos, como velados por una bruma espesa, se fijaban allá, muy lejos, en lo alto; sus labios, fuertemente plegados, denunciaban el misterioso y terrible trabajo de la destrucción que se operaba por instantes en su ser; sus manos delgadas y huesosas vagaban continuamente sobre la colcha, como tratando de coger a puñados algo invisible que por el aire vagara, y que se le escapaba siempre.

–Paulita –le digo en voz baja–, ¿me conoce?

Al escuchar estas palabras su cabeza rueda lánguida sobre la almohada, volviendo el rostro hacia mí; sus ojos se agrandan bajo las cejas fruncidas y sus labios se agitan trabajosamente, pareciendo murmurar algo en secreto. De pronto, su semblante se anima y dulcifica, un gesto de íntima satisfacción se dibuja en su boca contraída, y no sé qué luz interior parece iluminar su frente inmóvil; destellos fugitivos y ardientes se reflejan rápidamente en el fondo de las oscuras pupilas, cual los últimos resplandores de una lámpara próxima a extinguirse; su cuerpo se agita débilmente bajo las ropas, y, por fin, con una voz sorda, lejana, vacilante, entrecortada por el estertor de la agonía, murmura pausadamente, como en un sueño:

José… Josecito… ¿estás ahí? ¿Has llegado al fin, hijo?… Acércate… pero… ¡tan flaco, tan distinto! ¿Por qué te pierdes ahora? ¡Abrázame… así! ¡Y tan elegante!… ¡Dios te bendiga!… ¿Pero ya te vas?… ¡No vuelves más!

Después lanza un grito ronco y profundo; hace una gran aspiración; exhala un leve suspiro, y se queda para siempre con los ojos entreabiertos y sin luz, fijos en el más allá tenebroso…

Al ponerme de pie, veo a mi lado al individuo desconocido que estaba sentado a la puerta, cuando entrara. Es un anciano de cabellos grises, pobremente vestido. Con la cabeza inclinada contempla fijamente a la muerta. Y yo, para disimular mi emoción, murmuro entre dientes:

–Pobre José, ¡cuánto va a sentir esta desgracia! ¡Tanto que quería a su madre; tan buen hijo!

El anciano, al escuchar estas palabras, hace un violento gesto de negación con la cabeza, y exclama con voz velada, sonriendo irónicamente:

–José, buen hijo, señor, cuando es él quien tiene la culpa de lo que estamos viendo, de que mi pobre comadre…

–¿Cómo? –le digo, mirándolo sorprendido…

–Sí, señor –agrega–, porque desde que se fue al norte, ya no se acordó más que tenía madre; no le escribió nunca; y como han llegado las noticias de que por allá las está echando de caballero..,

–¿Y esas cartas que ella andaba mostrando a todos?

–Se las escribía yo, señor, que soy su compadre; porque la pobre vieja me decía que no quería que nadie supiera nunca que su hijo era un ingrato.

–¿Y los regalos?

–Los compraba ella misma en el pueblo con sus ahorros, para venir a enseñarlos aquí en la casa. Yo creo que ella misma trataba de engañarse al fin, porque no tenía la cabeza buena de tanto sufrir… ¡pobre doña Paulita, al fin ha dejado de padecer! –y al terminar, el anciano va lentamente a sentarse, allá en el umbral de la puerta, donde se queda en silencio, meditando, al parecer, con la barba apoyada entre las manos.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)