miércoles, 19 de agosto de 2026

Los nueve mil millones de nombres de Dios

Arthur C. Clarke

 

El doctor Wagner se contuvo haciendo un esfuerzo. La cosa tenía mérito. Después dijo:

–Su pedido es un poco desconcertante. Que yo sepa, es la primera vez que un monasterio tibetano encarga una calculadora electrónica. No quisiera parecer curioso, pero estaba lejos de pensar que un establecimiento de esa naturaleza tuviera necesidad de aquella máquina. ¿Puedo preguntarle qué piensa hacer con ella?

El lama se ajustó los faldones de su túnica de seda y dejó sobre la mesa la regla de cálculo con la que acababa de hacer la conversión de libras a dólares.

–Con mucho gusto. Su calculadora electrónica tipo cinco puede hacer, si su catálogo no miente, todas las operaciones matemáticas hasta diez decimales. Sin embargo, me interesan letras y no números. Tendría que pedirles que modifiquen el circuito de salida, de modo que imprima letras en vez de columnas de cifras.

–No acabo de comprender…

–Desde la fundación de nuestro monasterio, hace más de tres siglos, nos hemos consagrado a cierta labor. Es un trabajo que acaso le parezca extraño, y por ello le pido que me escuche con espíritu abierto.

–De acuerdo.

–Es sencillo. Estamos redactando la lista de todos los nombres posibles de Dios.

–¿Cómo?

El lama prosiguió, imperturbable:

–Tenemos excelentes razones para creer que todos estos nombres requieren, como máximo, nueve letras de nuestro alfabeto.

–¿Y han estado haciendo esto durante tres siglos?

–Sí. Y hemos calculado que necesitaríamos quince mil años para completar nuestra tarea.

El doctor lanzó un silbido ahogado, como si estuviera un poco aturdido.

–OK. Ahora comprendo por qué quiere usted alquilar una de nuestras máquinas. Pero, ¿cuál es el fin de la operación?

El lama vaciló una fracción de segundo y Wagner temió haber molestado a aquel singular cliente que acababa de hacer el viaje de Lhasa a Nueva York con una regla de cálculo y el catálogo de la Compañía de Calculadoras Electrónicas en el bolsillo de su túnica color azafrán.

–Puede llamarlo ritual si así lo quiere –respondió el lama–, pero tiene una gran importancia en nuestra fe. Los nombres del Ser Supremo, Dios, Júpiter, Jehová, Alá, etc., no son más que rótulos escritos por los hombres. Consideraciones filosóficas demasiado complejas para que se las exponga ahora nos han dado la certidumbre de que, entre todas las permutaciones y combinaciones posibles de letras, se encuentran los verdaderos nombres de Dios. Pues bien, nuestro objetivo consiste en encontrarlos y escribirlos todos.

–Ya comprendo. Han empezado ustedes con AAAAAAAAA y terminarán con ZZZZZZZZZ.

–Con la diferencia de que utilizamos nuestro alfabeto. Desde luego, supongo que les será fácil modificar la máquina de escribir electrónica adaptándola a nuestro alfabeto. Pero hay otro problema más interesante, la disposición de circuitos especiales que eliminen las combinaciones inútiles. Por ejemplo, ninguna de las letras debe aparecer más de tres veces sucesivamente.

–¿Tres? Querrá decir dos.

–No. Tres. Pero la explicación detallada requeriría demasiado tiempo, aunque comprendiera usted nuestra lengua.

Wagner dijo, precipitadamente:

–Claro, claro. Prosiga.

–Le será fácil adaptar su calculadora automática para lograr este punto. Convenientemente dispuesta, una máquina de este tipo puede permutar las letras unas tras otras e imprimir el resultado. De esta manera –concluyó el lama tranquilamente–, lograremos en cien días lo que nos habría costado quince mil años más.

El doctor Wagner creyó perder el sentido de la realidad. Las luces y los ruidos de Nueva York parecían esfumarse al llegar a las ventanas del edificio. Allá, a lo lejos, en su remoto asilo montañoso, los monjes tibetanos componían desde hacía trescientos años, generación tras generación, su lista de nombres desprovistos de sentido… ¿Acaso la locura de los hombres no tenía un límite? Pero el doctor Wagner no debía manifestar sus pensamientos. El cliente siempre tiene la razón… respondió:

–No cabe duda de que podemos modificar la máquina tipo cinco de manera que imprima las listas como usted desea. Me preocupa más la instalación y el manejo. Además no será fácil transportarla a Tíbet.

–Eso puede arreglarse. Las piezas sueltas son lo bastante pequeñas para que puedan transportarse en avión. Por eso escogimos su máquina. Envíen las piezas a la India y nosotros nos encargaremos de lo demás.

–¿Desean los servicios de dos de nuestros ingenieros?

–Sí, para montar la máquina y vigilarla los cien días.

–Enviaré una nota a la dirección de personal –dijo Wagner, escribiendo en una libreta–. Pero aún hay dos cuestiones más que resolver…

Antes de que pudiese terminar la frase, el lama había sacado del bolsillo una hojita de papel.

–Aquí tiene el estado, certificado, de mi cuenta en el Banco Asiático.

–Muchas gracias. Perfectamente… pero, si me permite, hay otra cuestión, tan elemental que casi no me atrevo a mencionarla. A menudo ocurre que se olvidan las cosas más evidentes… ¿Disponen de energía eléctrica?

–Tenemos un generador diésel eléctrico de cincuenta kilovatios y ciento diez voltios. Fue instalado hace cinco años y funciona bien. Nos facilita la vida en el monasterio. Lo compramos principalmente para hacer girar los molinos de oración.

–¡Ah, ya! Naturalmente. Hubiese debido pensarlo…

 

La vista desde el parapeto producía vértigo. Pero uno se acostumbra a todo.

Tres meses habían transcurrido, y a Georges Hanley no le impresionaban ya los seiscientos metros de caída vertical que separaban el monasterio de los campos cuadriculados del llano. Apoyado en las piedras redondeadas por el viento, el ingeniero contemplaba con ojos cansinos las montañas lejanas cuyos nombres ignoraba. “La operación nombre de Dios”, según la había bautizado un humorista de la Compañía, era sin duda el trabajo más desconcertante en el que hubiera participado.

Semana tras semana, la máquina tipo cinco modificada había llenado miles y miles de hojas con sus inscripciones absurdas. Paciente e inexorable, la máquina calculadora había agrupado las letras del alfabeto tibetano en todas las combinaciones posibles, agotando una serie tras otra. Los monjes recortaban ciertas palabras al salir de la máquina de escribir eléctrica y las pegaban devotamente en unos enormes registros. Dentro de una semana, su trabajo habría terminado.

Hanley ignoraba qué cálculos oscuros los habían llevado a la conclusión de que no hacía falta estudiar conjuntos de diez, de veinte, de cien o mil letras, y no tenía ningún empeño en saberlo. En sus pesadillas soñaba algunas veces que el gran lama decidía bruscamente complicar un poco más la operación y que había que proseguir el trabajo hasta el año 2060. El hombre parecía muy capaz de una cosa así.

Crujió la pesada puerta de madera. Chuk se reunió con él en la terraza. Chuk estaba fumando un puro, como de costumbre. Se había hecho popular entre los lamas repartiéndoles habanos. “Aquellos individuos podían estar completamente desquiciados –pensó Hanley–, pero no tenían nada de puritanos”. Las frecuentes excursiones al pueblo no habían carecido de interés.

–Escucha, Georges –dijo Chuk–, estoy preocupado.

–¿Se descompuso la máquina?

–No.

Chuk se sentó en el parapeto. Fue algo sorprendente, pues de ordinario temía el vértigo.

–Acabo de descubrir la finalidad de la operación.

–¡Pero si ya la sabíamos!

–Sabíamos lo que querían hacer los monjes, pero ignorábamos el por qué.

–¡Bah! Están chiflados…

–Escucha, Georges, el anciano acaba de explicármelo. Piensan que cuando se hayan escrito todos estos nombres (que, según ellos, son unos nueve mil millones), se habrá alcanzado el divino designio. La raza humana habrá cumplido la misión para la que fue creada.

–Y después, ¿qué? ¿Esperan, acaso, que nos suicidemos?

–Sería inútil. Cuando la lista esté terminada, intervendrá Dios y todo habrá terminado.

–¿Se acabará el mundo?

Chuk lanzó una risita nerviosa.

–Eso es lo mismo que le pregunté al anciano. Entonces me miró de un modo extraño, como el maestro a un discípulo particularmente lerdo, y me dijo: “¡Oh, no será una cosa tan insignificante!”

Georges reflexionó un momento.

–Es un tipo que, por lo visto, tiene grandes ideas –dijo–, pero no veo que cambie nada la situación. Ya habíamos convenido en que están locos.

–Sí. Pero, ¿no te das cuenta de lo que puede ocurrir? Si, terminadas las listas, no suenan las trompetas del ángel Gabriel, en su versión tibetana, pueden pensar que es por culpa nuestra. A fin de cuentas, utilizan nuestra máquina. Esto no me gusta…

–Comprendo… –dijo Georges muy despacio– pero ya he visto otros casos parecidos. Cuando yo era pequeño, hubo en Luisiana un predicador que anunció el fin del mundo para el domingo siguiente. Centenares de personas le creyeron. Incluso algunas vendieron sus casas. Pero nadie se encolerizó cuando pasó el domingo. La mayoría pensó que solo había sido un pequeño error de cálculo, y muchos de ellos siguen creyendo igual.

–Para el caso de que no lo hayas notado, debo advertirte que no estamos en Luisiana. Estamos solos, los dos, entre centenares de monjes. Son muy simpáticos, pero preferiría estar lejos cuando el viejo lama se dé cuenta del fracaso de la operación.

–Hay una solución: un pequeño sabotaje inofensivo. El avión llega dentro de una semana, y la máquina acabará su trabajo en cuatro días, a razón de veinticuatro horas por día. Solo tenemos que hacer una reparación que dure tres o cuatro días. Si calculamos bien el tiempo, podemos hallarnos en el aeropuerto cuando salga de la máquina la última palabra.

 

Siete días más tarde, cuando sus caballitos montañeros descendían la carretera en espiral, Hanley dijo:

–Siento un poco de remordimiento. No huyo porque tenga miedo, sino porque me dan pena. No quisiera ver la cara que pondrá esta buena gente cuando se detenga la máquina.

–Si no me equivoco –dijo Chuk–, han adivinado perfectamente que huíamos y no les importó. Ahora saben que la máquina es absolutamente automática y que huelga toda vigilancia. Y también creen que no habrá un después.

Georges se volvió en la silla y se quedó dormido. La mole del monasterio recortaba su parda silueta contra el sol poniente. Unas lucecitas brillaban de vez en cuando bajo la masa sombría de las murallas, como los tragaluces de un navío en ruta. Eran lámparas eléctricas suspendidas en el circuito de la máquina número cinco.

“¿Qué sucederá con la calculadora? –se preguntó Georges– ¿La destruirán los monjes, a impulsos del furor y el desengaño? ¿O volverán a comenzar?”

Como si todavía estuvieran allí, veía todo lo que pasaba en aquel momento en la montaña, detrás de las murallas. El gran lama y sus auxiliares examinaban las hojas, mientras los novicios recortaban nombres extravagantes y los pegaban en el enorme cuaderno. Y todo esto se realizaba en medio de un religioso silencio. No se oía más que el tableteo de la máquina, golpeando el papel como una lluvia mansa. La propia calculadora, que combinaba millares de letras por segundo, era absolutamente silenciosa…

La voz de Chuk interrumpió sus sueños.

–¡Míralo! ¡He ahí una visión agradable!

Semejante a una minúscula cruz de plata, el viejo avión de transporte DC-3 acababa de posarse allá abajo, en el pequeño aeródromo improvisado. Esta visión daba ganas de beber un buen trago de whisky helado. Chuk empezó a cantar, pero se interrumpió de pronto. Las montañas parecían restarle ánimos.

Georges consultó su reloj.

–Estaremos en el llano dentro de una hora –dijo. Y añadió–: ¿Crees que habrá terminado el cálculo?

Chuk no respondió, y Georges levantó la cabeza. Vio que el rostro de Chuk estaba muy pálido, vuelto hacia el cielo.

–Mira –murmuró Chuk.

Georges, a su vez, alzó la mirada.

Por última vez, encima de ellos, en la paz de las alturas, las estrellas se apagaban una a una…

 

(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)

 

Fantasías mexicanas

Julio Torri

 

…al moro Búcar y a aquel noble marqués de Mantua, teníalos de su linaje. Por el angosto Callejón de la Condesa, dos carrozas se han encontrado. Ninguna retrocede para que pase la otra.

–¡Paso al noble señor don Juan de Padilla y Guzmán, marqués de Santa Fe de Guardiola, oidor de la Real Audiencia de México!

–¡Paso a don Agustín de Echeverz y Subiza, marqués de la Villa de San Miguel de Aguayo, cuyos antepasados guerrearon por su majestad cesárea en Hungría, Transilvania y Perpiñán!

–¡Por bisabuelo me lo hube a don Manuel Ponce de León, el que sacó de la leonera el guante de doña Ana!

–¡Mi tatarabuelo Garcilaso de la Vega rescató el Ave María del moro que la llevaba atada a la cola de su bridón!

Tres días con sus noches se suceden y aún están allí los linajudos magnates, sin que ninguno ceda el paso al otro. Al cabo de estos tres días –y para que no sufriera mancilla ninguno de ambos linajes– mandó el virrey que retrocedieran las carrozas al mismo tiempo, y la una volviose hacia San Andrés y la otra fuese por la calle del Puente de San Francisco.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

martes, 18 de agosto de 2026

El costo de la vida

Carlos Fuentes

 

A Fernando Benítez

 

Salvador Rentería se levantó muy temprano. Cruzó corriendo la azotea. No calentó el boiler. Se quitó los calzoncillos y el chubasco frío le sentó bien. Se fregó con la toalla y regresó al cuarto. Ana le preguntó desde la cama si no iba a desayunar. Salvador dijo que se tomaría un café por ahí. La mujer llevaba dos semanas en cama y su cara color de piloncillo se había adelgazado. Le preguntó a Salvador si no había recado de la oficina y él se metió un cigarrillo entre los labios y le contestó que querían que ella misma fuera a firmar. Ana suspiró y dijo:

–¿Cómo quieren?

–Ya les dije que ahorita no podías, pero ya ves cómo son.

–¿Qué te dijo el doctor?

Arrojó el cigarrillo sin fumar por el vidrio roto de la ventana y se pasó los dedos por el bigote y las sienes. Ana sonrió y se recargó contra la cabecera de latón. Salvador se sentó a su lado y le tomó la mano y le dijo que no se preocupara, que pronto volvería a trabajar. Los dos se quedaron callados y miraron el ropero de madera, el cajón con trastos y provisiones, la hornilla eléctrica, el aguamanil y los montones de periódicos viejos. Salvador le besó la mano a su mujer y salió del cuarto a la azotea. Bajó por la escalera de servicio y luego atravesó los patios del primer piso y olió las mezclas de cocina que llegaban de los otros cuartos de la vecindad. Pasó entre los patines y los perros y salió a la calle. Entró a la tienda, que era el antiguo garaje de la casa, y el comerciante viejo le dijo que no había llegado el Life en español y siguió paseándose de un estante a otro, abriendo los candados. Señaló un puesto lleno de historietas dibujadas y dijo:

–Puede que haiga otra revista para tu señora. La gente se aburre metida en la cama.

Salvador salió. Pasó por la calle una banda de chiquillos disparando pistolas de fulminantes y detrás de ellos un hombre arreaba unas cabras desde el potrero. Salvador le pidió un litro de leche y le dijo que lo subiera al 12. Clavó las manos en los bolsillos y caminó, casi trotando, de espaldas, para no perder el camión. Subió al camión en marcha y buscó en la bolsa de la chamarra 30 centavos y se sentó a ver pasar los cipreses, las casas, las rejas y las calles polvorientas de San Francisco Xocotitla. El camión corrió al lado de la vía del tren, sobre el puente de Nonoalco. Se levantaba el humo de los rieles. Desde la banca de madera miró los transportes cargados de abastecimientos que entraban a la ciudad. En Manuel González, un inspector subió a rasgar los boletos y Salvador se bajó en la siguiente esquina.

Caminó hasta la casa de su padre por el rumbo de Vallejo. Cruzó el jardincillo de pasto seco y abrió la puerta. Clemencia lo saludó y Salvador preguntó si el viejo ya andaba de pie y Pedro Rentería se asomó detrás de la cortina que separaba la recámara de la salita y le dijo:

–¡Qué madrugador! Espérame. Ya mero estoy.

Salvador manoseó los respaldos de las sillas. Clemencia pasaba el sacudidor sobre la mesa de ocote sin pulir y luego sacó de la vitrina un mantel y platos de barro. Preguntó cómo seguía Anita y se arregló el busto bajo la bata floreada.

–Mejorcita.

–Ha de necesitar quien le ayude. Si no se pusiera tantos moños…

Los dos se miraron y luego Salvador observó las paredes manchadas por el agua que se había colado desde la azotea. Apartó la cortina y entró a la recámara revuelta. Su padre se estaba quitando el jabón de la cara. Salvador le pasó un brazo por los hombros y le besó la frente. Pedro le pellizcó el estómago. Los dos se vieron en el espejo. Se parecían, pero el padre era más calvo y tenía el pelo más rizado y le preguntó qué andaba haciendo a estas horas y Salvador dijo que después no podría venir, que Ana estaba muy mala y no iba a poder trabajar en todo el mes y que necesitaban lana. Pedro se encogió de hombros y Salvador le dijo que no iba a pedirle prestado.

–Lo que se me ocurría es que podías hablar con tu patrón; algo me podrá ofrecer. Alguna chamba.

–Pues eso sí quién sabe. Ayúdame con los tirantes.

–Es que de plano no me va a alcanzar.

–No te apures. Algo te caerá. A ver qué se me ocurre.

Pedro se fajó los pantalones y tomó la gorra de chofer de la mesa de noche. Abrazó a Salvador y lo llevó a la mesa. Olfateó los huevos rancheros que Clemencia les colocó en el centro.

–Sírvete, Chava. Qué más quisiera uno que ayudarte. Pero ya ves, bastante apretados vivimos Clemencia y yo, y eso que me ahorro la comida y la merienda en casa del patrón. Si no fuera por eso… bruja nací y bruja he de morirme. Ahora, date cuenta que si empiezo a pedir favores personales, con lo duro que es don José, luego me los cobra y adiós aumento. Créeme, Chava, necesito sacarle esos 250.

Hizo un buche de salsa y tortilla y bajó la voz:

–Ya sé que respetas mucho la memoria de tu mamacita, y yo, pues ni se diga, pero esto de mantener dos casas cuando pudiéramos vivir todos juntos y ahorrarnos una renta… está bueno, no dije nada. Pero ahora dime, ¿entonces por qué no viven con tus suegros?

–Ya ves cómo es doña Concha. Todo el día jeringa que si Ana nació para esto o para lo otro. Ya sabes que por eso nos salimos de su casa.

–Pues si quieres tu independencia, a fletarse. No te preocupes. Ya se me ocurrirá algo.

Clemencia se limpió los ojos con el delantal y tomó asiento entre el padre y el hijo.

–¿Dónde están los niños? –preguntó.

–Con los papás de Ana –contestó Salvador–. Van a pasar una temporada allí mientras ella se cura.

Pedro dijo que iba a llevar al patrón a Acapulco.

–Si necesitas algo, busca a Clemencia. Ya sé. Vete a ver a mi amigo Juan Olmedo. Es cuate viejo y tiene una flotilla de ruleteo. Yo le hablo por teléfono para decirle que vas.

Besó la mano de su padre y salió.

 

Abrió la puerta de vidrio opaco y entró a un recibidor donde estaban una secretaria y un ayudante contable y había muebles de acero, una máquina de escribir y una sumadora. Dijo quién era y la secretaria entró al privado del señor Olmedo y después lo hizo pasar. Era un hombre flaco y muy pequeño y los dos se sentaron en los sillones de cuero frente a una mesa baja con fotos de banquetes y ceremonias y un vidrio encima. Salvador le dijo que necesitaba trabajo para complementar el sueldo de maestro y Olmedo se puso a hurgar entre sus grandes cuadernos negros.

–Estás de suerte –dijo al rascarse la oreja puntiaguda y llena de pelo–. Aquí hay un horario muy bueno de siete a 12 de la noche. Andan muchos detrás de esta chamba, porque yo protejo a mis trabajadores –cerró de un golpe el libraco–. Pero como tú eres hijo de mi viejo cuate Pedrito, pues te la voy a dar a ti. Vas a empezar hoy mismo. Si trabajas duro, puedes sacar hasta 20 pesos diarios.

Durante algunos segundos, solo escuchó el tactactac de la máquina sumadora y el zumbido de los motores por la avenida 20 de Noviembre. Olmedo dijo que tenía que salir y lo invitó a que lo acompañara. Bajaron sin hablar en el elevador y, al llegar a la calle, Olmedo le advirtió que debía dar banderazo cada vez que el cliente se detenía a hacer un encarguito, porque había cada tarugo que por un solo banderazo paseaba al cliente una hora por todo México. Lo tomó del codo y entraron al Departamento del Distrito Federal y subieron por las escaleras y Olmedo siguió diciendo que le prohibía subir a toda la gente que iba por el camino.

–Dejadita por aquí, dejadita por allá y al rato ya cruzaste de la Villa al Pedregal por un solo banderazo de 1,50. ¡Si serán de a tiro…!

Olmedo le ofreció gomitas azucaradas a una secretaria y pidió que lo introdujera al despacho del jefe. La señorita agradeció los dulces y entró al privado del funcionario y Olmedo hizo chistes con los demás empleados y los invitó a tomarse unas cervezas el sábado y jugar dominó después. Salvador le dio la mano y las gracias y Olmedo le dijo:

–¿Traes la licencia en regla? No quiero líos con Tránsito. Preséntate hoy en la noche, antes de las siete. Busca allá abajo a Toribio, el encargado de dar las salidas. Él te dirá cuál es tu coche. Nada de dejaditas de a peso, ya sabes; se amuelan las portezuelas. Y nada de un solo banderazo por varias dejadas. Apenas se baje el cliente del coche, aunque sea para escupir en la calle, tú vuelves a marcar. Salúdame al viejo.

Miró el reloj de Catedral. Eran las 11. Caminó un rato por La Merced y se divirtió viendo las cajas llenas de jitomates, naranjas y calabazas. Se sentó a fumar un rato en la plaza, junto a los cargadores que bebían cervezas y hojeaban los diarios deportivos. Se aburrió y caminó hasta San Juan de Letrán. Delante de él caminaba una muchacha. Se le cayó un paquete de los brazos y Salvador se apresuró a recogerlo y ella le sonrió y le dio las gracias. El joven le apretó el brazo y le dijo:

–¿Nos tomamos una limonada?

–Perdone, señor, no acostumbro…

–Dispénseme a mí. No quería hacerme el confianzudo.

La muchacha siguió caminando con pasos pequeños y veloces. Contoneaba la cadera y llevaba una falda blanca. Miraba de reojo los aparadores. Salvador la siguió de lejos. Luego ella se detuvo ante un carrito de nieves y pidió una paleta de fresa y Salvador se adelantó a pagar y ella sonrió y le dio las gracias. Entraron a una refresquería y se sentaron en una caballeriza y pidieron dos Sidrales. Ella le preguntó qué hacía y él le pidió que adivinara y empezó a mover los puños como boxeador y ella dijo que era boxeador y él se rio y le contó que de muchacho se entrenó mucho en el “Plan Sexenal” pero que en realidad era maestro. Ella le contó que trabajaba en la taquilla de un cine. Movió el brazo y volcó la botella de Sidral y los dos rieron mucho.

Tomaron juntos un camión. No hablaron. Él la tomó de la mano y descendieron frente al Bosque de Chapultepec. Los automóviles recorrían lentamente las avenidas del parque. Había muchos convertibles llenos de gente joven. Pasaban muchas mujeres arrastrando, abrazando o empujando niños. Los niños chupaban paletas y nubes de algodón azucarado. Se oían pitos de globeros y la música de una banda en la pérgola. La muchacha le dijo que le gustaba adivinar la ocupación de las gentes que se paseaban por Chapultepec. Rio y fue indicando con el dedo: saco negro o camisola abierta, zapato de cuero o sandalia, falda de algodón o blusa de lentejuela, camiseta a rayas, tacón de charol: dijo que eran carpintero, electricista, empleada, repartidor, maestro, criada, merolico. Llegaron al lago y tomaron una lancha. Salvador se quitó la chamarra y se enrolló las mangas. La muchacha metió los dedos en el agua y cerró los ojos. Salvador chifló a medias varias melodías mientras remaba. Se detuvo y tocó la rodilla de la muchacha. Ella abrió los ojos y se arregló la falda. Regresaron al muelle y ella dijo que tenía que irse a comer a su casa. Quedaron en verse al día siguiente a las 11 cuando cerraba la taquilla del cine.

Entró al Kiko’s y buscó entre las mesas de tubo y linóleo a sus amigos. Vio de lejos al ciego Macario y se fue a sentar con él. Macario le pidió que metiera un 20 en la sinfonola y al rato llegó Alfredo y los tres pidieron tacos de pollo con guacamole y cervezas y escucharon la canción que decía “La muy ingrata, se fue y me dejó, sin duda por otro más hombre que yo”. Hicieron lo de siempre, que era recordar su adolescencia y hablar de Rosa y Remedios, las muchachas más bonitas del barrio. Macario los picó para que hablaran. Alfredo dijo que los chamacos de hoy sí eran muy duros, de cuchillo y toda la cosa. Ellos no. Viéndolo bien, eran bastante bobos. Recordó cuando la pandilla del Poli los retó a un partido de fútbol nada más para patearles las rodillas y todo terminó en encuentro de box allá en el lote vacío de la calle de Mirto, y Macario se presentó con un bate de béisbol y los del Poli se quedaron fríos al ver cómo les pegaba el ciego con el bate. Macario dijo que desde entonces todos lo aceptaron como cuate y Salvador dijo que fue sobre todo por esas caras que hacía, girando los ojos en blanco y jalándose las orejas para atrás, como para troncharse de la risa. Macario dijo que el que se moría de la risa era él, porque desde los 10 años su papá le dijo que no se preocupara, que no tendría que trabajar nunca, que al cabo la jabonera de la que era dueño iba bien, de manera que Macario se dedicó a cultivar su físico para defenderse. Dijo que el radio había sido su escuela y que de allí había sacado sus bromas y sus voces. Luego recordaron a su cuate Raimundo y dejaron de hablar un rato y pidieron más cervezas y Salvador miró hacia la calle y dijo que él y Raimundo caminaban juntos de noche, durante la época de exámenes, de regreso a sus casas, y Raimundo le pedía que le explicara bien todo ese enredo del álgebra y luego se detenía un rato en la esquina de Sullivan y Ramón Guzmán, antes de separarse, y Raimundo decía:

–¿Sabes una cosa? Me da como miedo pasar de esta cuadra. Aquí como que termina el barrio. Más lejos ya no sé qué pasa. Tú eres mi cuate y por esto te lo cuento. Palabra que me da miedo pasar de esta cuadra.

Y Alfredo recordó que cuando se recibió, la familia le regaló el automóvil viejo y todos se fueron a celebrar en grande recorriendo los cabarets baratos de la ciudad. Iban muy tomados y Raimundo dijo que Alfredo no sabía manejar bien y comenzó a forcejear para que Alfredo le dejara el volante y el coche por poco se voltea en una glorieta de la Reforma y Raimundo dijo que quería guacarear y la portezuela se abrió y Raimundo cayó a la avenida y se rompió el cuello.

Pagaron y se despidieron.

Dio las tres clases de la tarde y acabó con los dedos manchados de tiza después de dibujar el mapa de la república en el pizarrón. Cuando terminó el turno y salieron los niños, caminó entre los pupitres y se sentó en la última banca. El único foco colgaba de un largo cordón. Se quedó mirando los trazos de color que indicaban las sierras, las vertientes tropicales, los desiertos y la meseta. Nunca había sido buen dibujante: Yucatán resultaba demasiado grande, Baja California demasiado corta. El salón olía a serrín y mochilas de cuero. Cristóbal, el maestro del quinto año, asomó por la puerta y le dijo:

–¿Qué hay?

Salvador caminó hasta el pizarrón y borró el mapa con un trapo mojado. Cristóbal sacó un paquete de cigarrillos y los dos fumaron y el piso crujía mientras acomodaban los pedazos de tiza en su caja. Se sentaron a esperar y al rato entraron otros maestros y después el director Durán.

El director se sentó en la silla del estrado y los demás en los pupitres y el director los miró a todos con los ojos negros y todos lo miraron a él con su cara morena y su camisa azul y su corbata morada. El director dijo que nadie se moría de hambre y que todo el mundo pasaba trabajo y los maestros se enojaron y uno dijo que ponchaba boletos en un camión después de dar dos turnos y otra que trabajaba de noche en una lonchería de Santa María la Redonda y otra que tenía una miscelánea puesta con sus ahorros y solo había venido por solidaridad. Durán les dijo que iban a perder la antigüedad, las pensiones y de repente hasta los puestos y les pidió que no se expusieran. Todos se levantaron y salieron y Salvador vio que ya eran las seis y media y corrió a la calle, cruzó corriendo entre el tráfico y abordó un camión.

Bajó en el Zócalo y caminó a la oficina de Olmedo. Toribio le dijo que a las siete entregaban el coche que iba a manejar y que se esperara un rato. Salvador se arrimó a la caseta de despacho y abrió un mapa de la Ciudad de México. Lo estuvo estudiando y después lo cerró y revisó los cuadernos cuadriculados de aritmética.

–¿Qué es mejor? ¿Ruletear en el centro o en las colonias? –le preguntó a Toribio.

–Pues lejos del centro vas más de prisa pero también gastas más gasolina. Recuerda que el combustible lo pagas tú.

Salvador rio.

–Puede que en las puertas de los hoteles haya gringos que den buenas propinas.

–Ahí viene tu carro –le dijo Toribio desde la caseta.

–¿Tú eres el nuevo? –gritó el chofer gordinflón que lo tripulaba. Se secó el sudor de la frente con un trapo y se bajó del automóvil–. Ahí lo tienes. Métele suavecito la primera que a ratos se atranca. Cierra tú mismo las puertas o te las rechingan. Ahí te lo encargo.

Salvador se sentó frente a la dirección y guardó los cuadernos en la cajuela. Pasó el trapo por el volante grasoso. El asiento estaba caliente. Se bajó y pasó el trapo por el parabrisas. Subió otra vez y arregló el espejo a la altura de los ojos. Arrancó. Levantó la bandera. Le sudaban las manos. Tomó por 20 de Noviembre. En seguida lo detuvo un hombre y le ordenó que lo llevara al cine Cosmos.

 

El hombre bajó frente al cine y Cristóbal asomó por la ventanilla y dijo:

–Qué milagro.

Salvador le preguntó qué hacía y Cristóbal dijo que iba a la imprenta del señor Flores Carranza en la Ribera de San Cosme y Salvador se ofreció a llevarlo, y Cristóbal subió al taxi, pero dijo que no era dejada de cuate: le pagaría. Salvador rio y dijo que no faltaba más. Platicaron del box y quedaron en ir juntos a la Arena México el viernes. Salvador le contó de la muchacha que conoció esa mañana. Cristóbal empezó a hablar de los alumnos del quinto año y llegaron a la imprenta y Salvador estacionó y bajaron.

Entraron por la puerta estrecha y siguieron por el largo corredor oscuro. La imprenta estaba al fondo y el señor Flores Carranza los recibió y Cristóbal preguntó si ya estaban listas las hojas. El impresor se quitó la visera y afirmó con la cabeza y le mostró la hoja de letras negras y rojas llamando a la huelga. Los dependientes entregaron los cuatro paquetes. Salvador tomó dos paquetes y se adelantó mientras Cristóbal liquidaba la cuenta.

Caminó por el corredor largo y oscuro. De lejos, le llegó el ruido de los automóviles que circulaban por la Ribera de San Cosme. A la mitad del corredor sintió una mano sobre el hombro y alguien dijo:

–Despacito, despacito.

–Dispense –dijo Salvador–. Es que esto está muy oscuro.

–¿Oscuro? Si se va a poner negro.

El hombre se metió un cigarrillo entre los labios y sonrió y Salvador solo dijo:

–Buenas noches, señor –pero la mano volvió a caerle sobre el hombro y el tipo dijo que él debía ser el único maestrito de estos que no lo conocía y Salvador empezó a enojarse y dijo que llevaba prisa y el tipo dijo–: El D. M., ¿sabes? Ese soy yo.

Salvador vio que cuatro cigarrillos se encendieron en la boca del corredor, a la entrada del edificio, y apretó los paquetes contra el pecho y miró hacia atrás y otro cigarrillo se encendió frente a la entrada de la imprenta.

–El D. M., el Desmadre. ¡Cómo no! ¡Sí has de haber oído platicar de mí!

Salvador empezó a ver en la oscuridad y distinguió el sombrero del tipo y la mano que tomó uno de los paquetes.

–Ya estuvo suave de presentaciones. D’acá las letras, maistrito.

Salvador se zafó de la mano y retrocedió unos pasos. El cigarrillo de atrás avanzaba. Una corriente húmeda se colaba por el corredor, a la altura de los tobillos. Salvador miró a su alrededor.

–Déjenme pasar.

–Vengan esos volantes.

–Van conmigo, maje.

Sintió el fuego del cigarrillo de atrás muy cerca de la nuca. Luego el grito de Cristóbal. Arrojó un paquete y pegó con el brazo libre sobre el rostro del tipo. Sintió el cigarrillo aplastado y la punta ardiente en el puño. Y luego vio el rostro manchado de saliva roja que se acercaba. Salvador giró con los puños cerrados y vio la navaja y luego la sintió en el estómago.

El hombre retiró lentamente la navaja y castañeteó los dedos y Salvador cayó con la boca abierta.

 

(Tomado de Fuentes, Carlos, Cantar de ciegos, Joaquín Mortiz, México, 1964)

 

La sombra de Marko

Marguerite Yourcenar

 

El trasatlántico flotaba suavemente sobre las aguas lisas como una medusa abandonada. Un avión hacía piruetas con el insoportable zumbido de un insecto irritado en el estrecho espacio de cielo encajonado entre las montañas. Apenas había transcurrido el primer tercio de una bella tarde de verano, y ya el sol había desaparecido detrás de las áridas estribaciones de los Alpes montenegrinos sembrados de raquíticos árboles. El mar, tan azul en la mañana en toda su extensión, adquiría tonos sombríos en el interior de ese largo fiordo sinuoso extrañamente situado en los atracaderos de los Balcanes. Las formas humildes y encogidas de las casas, la franqueza saludable del paisaje eran ya eslavas, pero la insensible violencia de los colores, la altivez desnuda del cielo aún hacían pensar en Oriente y en el Islam. La mayoría de los pasajeros había bajado a tierra y se identificaban ante los aduaneros vestidos de blanco y los admirables soldados provistos de una daga triangular, bellos como el Ángel de los ejércitos. El arqueólogo griego, el pachá egipcio y el ingeniero francés se habían quedado en la cubierta superior. El ingeniero había pedido una cerveza, el pachá bebía whisky y el arqueólogo tomaba una limonada.

–Este país me excita –dijo el ingeniero–. El muelle de Kotor y el de Ragusa son indudablemente las únicas desembocaduras mediterráneas de ese gran país eslavo que se extiende desde los Balcanes hasta los Urales, que ignora los límites cambiantes del mapa de Europa y le da resueltamente la espalda al mar, que no penetra en él sino por los complicados estrechos del Caspio, de Finlandia, del Puente Euxino o de las costas dálmatas. Y en este vasto continente humano, la infinita variedad de las razas destruye la unidad misteriosa del conjunto tanto como la diversidad de las olas rompe la monotonía majestuosa del mar. Pero lo que me interesa en este momento no es ni la geografía ni la historia, es Kotor. Las Bocas del Cattaro, como dicen ellos… Kotor, tal y como la vemos desde la cubierta de este trasatlántico italiano, Kotor la huraña, la bien escondida, con su camino en zigzag que sube a Cettigné y la Kotor un poco más temible de las leyendas y los cantares de gesta eslavos. Kotor la infiel, que antaño vivió bajo el yugo de los musulmanes de Albania a quienes como usted comprenderá, pachá, la poesía épica de los serbios no siempre hace justicia. Y usted, Loukiadis, que conoce el pasado como un granjero los más mínimos recodos de su granja, no me diga que no ha oído hablar de Marko Kraliévitch.

–Soy arqueólogo –respondió el griego asentando su vaso de limonada–. Mi saber se limita a la piedra esculpida, y los héroes serbios de usted más bien tallaban en carne viva. Sin embargo, también a mí me ha interesado ese Marko y he reconocido su huella en un país muy alejado de la cuna de su leyenda, en suelo netamente griego, a pesar de que la piedad serbia haya erigido monasterios bastante hermosos…

–En el Monte Atos –interrumpió el ingeniero–. Los gigantescos restos de Marko Kraliévitch descansan en alguna parte de esta montaña en donde nada cambia desde la Edad Media, excepto quizá la cualidad de las almas, y en donde seis mil monjes adornados con moños y barbas flotantes ruegan aún hoy por la salud de sus piadosos protectores, los príncipes de Trebisonda, cuya raza seguramente se extinguió hace siglos. ¡Cómo tranquiliza pensar que el olvido es menos rápido, menos total de lo que uno supone, y que aún existe un lugar en el mundo donde una dinastía del tiempo de las Cruzadas sobrevive en las oraciones de algunos viejos sacerdotes! Si no me equivoco, Marko murió en una batalla contra los otomanos, en Bosnia o en país croata, pero su último deseo fue ser inhumado en ese Sinaí del mundo ortodoxo, y una barca logró transportar ahí su cadáver, pese a los arrecifes del mar oriental y a las emboscadas de las galeras turcas. Una bella historia, y que me hace pensar, no sé por qué, en la última travesía de Arturo…

“Existen héroes en Occidente, pero parecen sujetos por su armadura de principios como los caballeros de la Edad Media por su caparazón de hierro: en ese salvaje serbio tenemos al héroe desnudo. Los turcos sobre los que se precipitaba Marko debían tener la impresión de que un roble de la montaña se derrumbaba sobre ellos. Ya les dije que en aquel tiempo Montenegro pertenecía al Islam: las bandas serbias eran poco numerosas como para disputar abiertamente a los Circuncisos la posesión de la Tzernagora, esta Montaña Negra de donde el país toma su nombre. Marko Kraliévitch entablaba relaciones secretas en un país infiel con cristianos falsamente conversos, funcionarios descontentos, pachás en peligro de desgracia y de muerte; le resultaba cada vez más necesario ponerse directamente en contacto con sus cómplices. Pero su elevada estatura le impedía infiltrarse en terreno enemigo, disfrazado de mendigo, de músico ciego o de mujer; a pesar de que este último travestimiento hubiera sido posible por su belleza, lo hubieran reconocido por la descomunal longitud de su sombra. Tampoco se podía pensar en amarrar una canoa en un rincón desierto de la ribera: innumerables centinelas, apostados en los peñascos, oponían su presencia múltiple e infatigable a un Marko solo y ausente. Pero donde una barca es visible un buen nadador se disimula, y solo los peces conocen su pista entre dos aguas. Marko encantaba a las olas; nadaba tan bien como Ulises, su antiguo vecino de Ítaca. También encantaba a las mujeres: los canales complicados del mar frecuentemente lo conducían a Kotor, al pie de una casa de madera toda carcomida que jadeaba con el golpe de las olas; la viuda del pachá de Scutari pasaba ahí sus noches soñando con Marko y las mañanas esperándolo. Friccionaba con aceite su cuerpo helado por los besos blancos del mar, lo calentaba en su cama a espaldas de sus sirvientes; le facilitaba las entrevistas nocturnas con sus agentes y sus cómplices. Al despuntar el día, bajaba a la cocina aún desierta a prepararle sus platillos favoritos. Él se resignaba a sus senos pesados, a sus piernas espesas, a sus cejas que se juntaban justo en medio de su frente, a su amor ávido y suspicaz de mujer madura; contenía su rabia viéndola escupir cuando él se arrodillaba para persignarse. Una noche, la víspera del día en que Marko se proponía volver a Ragusa a nado, la viuda bajó como de costumbre a hacerle su comida. Las lágrimas le impidieron cocinar con tanto esmero como de costumbre; por desgracia subió un plato de cabrito demasiado cocido. Marko había bebido; su paciencia se había quedado en el fondo del cántaro: tomó los cabellos de ella entre sus manos pegajosas de salsa y vociferó:

“–Perra del demonio, ¿acaso pretendes hacerme comer vieja cabra centenaria?

“–Era un bello animal –respondió la viuda–. Y el más joven del rebaño.

“–Estaba correoso como tu carne de bruja, y tenía el mismo maldito olor –dijo el joven cristiano ebrio–. ¡Ojalá te cuezas como ella en el Infierno!

“Y de un puntapié arrojó el plato de guisado por la ventana abierta de par en par que daba al mar.

“La viuda lavó silenciosamente el piso manchado de grasa y su propio rostro abotagado de lágrimas. No se mostró ni menos tierna ni menos cálida que la víspera, y al alba, cuando el viento del norte comenzó a soplar la rebelión entre las olas del golfo, aconsejó dulcemente a Marko que aplazara su partida. Él accedió: en las horas más calurosas del día se volvió a acostar para la siesta. Al despertar, cuando se estiraba perezosamente frente a las ventanas, protegido de la mirada de los transeúntes por complicadas persianas, vio brillar algunas cimitarras: una tropa de soldados turcos rodeaba la casa, bloqueando todas las salidas. Marko corrió hacia el balcón suspendido muy arriba sobre el mar: las olas saltarinas rompían en los peñascos con el ruido del rayo en el cielo. Marko se arrancó la camisa y sumió primero la cabeza en esa tempestad en la que ninguna barca se hubiera aventurado. Las montañas se balancearon bajo él, él se balanceó bajo las montañas. La conducta de la viuda provocó que los soldados catearan la casa sin encontrar ni rastro del joven gigante desaparecido; finalmente, la camisa desgarrada y la cerca arrollada del balcón los pusieron sobre la verdadera pista; se abalanzaron a la playa gritando de terror y despecho. A pesar suyo, retrocedían, cada vez que una ola más feroz reventaba a sus pies; y los arrebatos del viento les parecían la risa de Marko, y la insolente espuma un escupitajo en sus rostros. Durante dos horas, Marko nadó sin lograr avanzar ni una brazada; sus enemigos le apuntaban a la cabeza pero el viento desviaba sus flechas; él desaparecía, luego reaparecía en la misma roca verde. Por último, la viuda ató sólidamente su chal a la amplia cintura dócil de un albanés; un hábil pescador de atún que logró aprisionar a Marko en ese lazo de seda, y el nadador estrangulado a medias tuvo que dejarse remolcar a la playa. En el transcurso de sus partidas de caza por las montañas de su país, Marko había visto muchas veces animales hacerse los muertos para impedir que acabaran con ellos; su instinto lo condujo a imitar esta artimaña: el joven de tez pálida que los turcos obligaron a volver a la playa estaba rígido y frío como un cadáver de tres días; sus cabellos sucios de espuma se pegaban a sus sienes hundidas; sus ojos fijos ya no reflejaban la inmensidad del cielo y de la noche; sus labios salados por el mar se paralizaron en sus mandíbulas contraídas; sus brazos abandonados colgaban y el espesor de su pecho impedía escuchar su corazón. Las personas más importantes de la aldea se inclinaron sobre Marko, a quien las largas barbas de estos hacían cosquillas en el rostro, luego, levantando todos la cabeza, exclamaron con una sola y misma voz:

“–¡Alá! Está muerto como un topo podrido, como un perro aplastado. Echémoslo de nuevo al mar que lava las inmundicias para que su cuerpo no deshonre nuestro suelo.

“Pero la malvada viuda se puso a llorar, luego a reír:

“–Hace falta más de una tempestad para ahogar a Marko –dijo ella–, y más de un nudo para estrangularlo. Tal cual lo ven, no está muerto. Si lo tiran al mar, encantará a las olas como me ha encantado a mí, pobre mujer, y ellas lo llevarán a su país. Tomen clavos y martillo; crucifiquen a ese perro como fue crucificado su dios que no vendrá aquí en su ayuda, y ya verán si esas rodillas no se retuercen de dolor y si su maldita boca no vomita gritos.

“Los verdugos tomaron clavos y martillo de la mesa de un carenero de barcas y traspasaron las manos del joven serbio y atravesaron sus pies de lado a lado. Pero el cuerpo del torturado permaneció inerte: ningún estremecimiento sacudía ese rostro aparentemente insensible, e incluso la sangre no rezumaba de su carne abierta sino por gotas lentas y raras, porque Marko dominaba sus arterias como dominaba su corazón. Entonces, el hombre más viejo arrojó el martillo y exclamó lastimoso:

“–¡Que Alá nos perdone por haber intentado crucificar a un muerto! Atemos una piedra grande al cuello del cadáver para que el abismo sepulte nuestro error, y que no nos lo devuelva el mar.

“–Hacen falta más de mil clavos y cien martillos para crucificar a Marko Kraliévitch –dijo la malvada viuda–. Tomen carbones ardiendo y pónganselos en el pecho, y ya verán si no se retuerce de dolor como un gran gusano desnudo.

“Los verdugos tomaron brazas del fogón de un calafate, y trazaron un amplio círculo en el pecho del nadador helado por el mar. Los carbones ardieron, luego se extinguieron y se pusieron negros como rosas rojas que mueren. El fuego recortó en el pecho de Marko un gran anillo carbonoso, semejante a esos redondos trazados en la hierba por las danzas de hechiceros, pero el muchacho no gemía y ni una sola pestaña le tembló.

“–Alá –dijeron los verdugos–, hemos pecado, porque sólo Dios tiene derecho a torturar a los muertos. Sus sobrinos y los hijos de sus tíos vendrán a vengar este ultraje: sepultémoslo en un saco con algunas piedras grandes para que ni siquiera el mar sepa qué cadáver le damos a comer.

“Desgraciados –dijo la viuda–, destrozará todas las telas y arrojará todas las piedras. Mejor hagan venir a las muchachas de la aldea, y ordénenles bailar formando un círculo sobre la arena, y ya veremos si el amor no sigue torturándolo.

“Llamaron a las muchachas, que se pusieron apresuradamente sus vestidos de gala: vinieron con panderetas y flautas: se dieron la mano para bailar formando un círculo alrededor del cadáver, y la más hermosa de todas dirigía la danza con un pañuelo rojo en la mano. Sobresalía entre sus compañeras por la altivez de su cabeza morena y de su cuello blanco; era como el corzo que brinca, como el halcón que vuela. Marko, inmóvil, se dejaba rozar por esos pies desnudos, pero su corazón agitado latía de una forma cada vez más violenta y desordenada, tan fuerte que temía que todos los espectadores terminaran por escucharlo; y, a pesar suyo, una sonrisa de felicidad casi dolorosa se dibujó en sus labios, que se movían como para besar. Gracias al lento oscurecimiento del crepúsculo, los verdugos y la viuda aún no advertían esa señal de vida, pero los ojos claros de Haishé permanecían siempre fijos en el rostro del joven porque le parecía hermoso. De pronto, dejó caer su pañuelo rojo para disimular esa sonrisa y dijo con un tono altanero:

“–No me agrada bailar ante el rostro descubierto de un cristiano muerto, y por eso le tapé la boca cuya simple vista me horrorizaba.

“Pero prosiguió sus danzas, para que la atención de los verdugos se distrajera y llegara la hora de la oración, en la que se verían forzados a apartarse de la orilla. Por fin, desde lo alto de un alminar una voz gritó que era hora de adorar a Dios. Los hombres se dirigieron a la pequeña mezquita áspera y temible; las muchachas cansadas se desgranaron hacia el pueblo arrastrando sus babuchas. Haishé se fue girando a menudo la cabeza; solamente la viuda desconfiada se quedó para vigilar el falso cadáver. De pronto, Marko se incorporó; quitó con la mano derecha el clavo de su mano izquierda, tomó a la viuda por su cabellera rojiza y le clavó la garganta; luego, quitando con su mano izquierda el clavo de su mano derecha, le clavó la frente. Enseguida arrancó las dos espinas de piedra que le traspasaban los pies y las utilizó para sacarle los ojos. Cuando los verdugos regresaron, en lugar del cuerpo desnudo de un héroe encontraron en la orilla el cadáver convulso de una vieja. La tempestad se había calmado; pero las barcas tercas se dieron vanamente a la caza del nadador desaparecido en el vientre de las olas. Ni qué decir que Marko reconquistó el país y se raptó a la bella joven que había despertado su sonrisa, pero lo que me impresiona no es su gloria o su felicidad, es ese eufemismo exquisito, esa sonrisa en los labios de un torturado para quien el deseo es el más dulce suplicio. Observen: la noche cae; casi podríamos imaginar en la playa de Kotor al pequeño grupo de verdugos trabajando a la luz de los carbones ardiendo, la muchacha que baila y el joven que no resiste la belleza”.

–Es una historia singular –dijo el arqueólogo–. Pero seguramente la versión que nos ofrece es reciente. Debe existir otra, más primitiva. Me informaré.

–Haría mal –dijo el ingeniero–. Se la he ofrecido tal y como me la contaron los campesinos del pueblo en donde pasé mi último invierno, dedicado a perforar un túnel para el Expreso de Oriente. No quisiera hablar mal de sus héroes griegos, Loukiadis: se encerraban en su carpa en un arrebato de desesperación, daban alaridos de dolor sobre sus amigos muertos; jalaban por los pies el cadáver de sus enemigos por las ciudades conquistadas, pero créame, a la Ilíada le faltó una sonrisa de Aquiles.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)