jueves, 1 de octubre de 2026

Juana tenía el pelo de oro. No rubio o dorado

Álvaro Cepeda Samudio

 

Juana tenía el pelo de oro. No rubio o dorado, como suele decirse de los cabellos amarillos. El pelo de Juana era de oro puro y las hebras le caían gruesas, metálicas, separadas, hasta un poco más abajo de los hombros.

Al principio, cuando no tenía necesidad de arreglarse mucho porque todavía era joven, y como dice Quique Scopell, “a los catorce años hasta yo estaba bueno”, el pelo de oro de Juana no presentaba un problema complicado. Los peines de carey se rompían muy frecuentemente, por lo que fue necesario conseguirle unos de aluminio, como los que usan los soldados. Cuando Juana comenzaba a peinarse el chirrido, como de checa rastrillada en cemento liso, destemplaba los dientes, pero esta pequeña molestia compensaba en mucho la constante rotura de las peinillas comunes y corrientes.

Tampoco fue cosa del otro mundo cuando Juana, imitando a sus amigas que hablaban siempre de “cortarse las puntas”, comenzó ella también a cortarse sus puntas. Como cada corte, aun cuando lo hiciese hebra por hebra y con infinita paciencia, le dejaba las manos adoloridas y las tijeras, melladas nítidamente en simétricos bocados redondos, inservibles, Juana dejó simplemente de cortarse las puntas y dejó que el pelo le creciera libre y desatendido.

La verdad es que no le crecía abundantemente. Y cuando Juana cumplió los dieciocho años apenas le llegaba, como ya se dijo antes, hasta un poco más debajo de los hombros. Este demorarse tanto en crecerle el pelo fue, quizás, el origen de todos sus infortunios.

No era que en Ciénaga, donde cada casa tiene su albino y su cuarto tapiado del que se oyen gritos, risas desaforadas, quejidos, ruidos extraños y, a veces, hasta larguísimas y muy bien dichas recitaciones de Campoamor, el pelo de oro de Juana fuera motivo de mucho asombro o mucha habladuría que hubiera llegado a molestarla. Ni siquiera se puede remontar lo sucedido a Juana en estas últimas semanas a los días, ya realmente lejanos, cuando los curas españoles de la Iglesia de San Juan del Córdoba descubrieron que el pelo de Juana era verdaderamente de oro, y casi la vuelven loca: primero pidiéndole, luego rogándole y al final arrancándole mechones a la fuerza, más o menos gruesos, para que las beatas bordadoras reemplazaran el amarillo hilo brillante que usaban para rellenar los copones y los rayos que, como de un sol primitivo, se desprendían de la hostia emergente, en las estolas, los estolones, las dalmáticas, casullas, capas grandes, el manípulo y el elaborado canopeo como delantal de la puerta del sagrario. Hasta tal punto era el despilfarro de los bordados de oro que llegó un momento en que los diáconos y subdiáconos no disputaron más sobre quién debería usar qué vestidura bordada, con el hilo de oro real que, milagrosamente decían ellos, salía de la cabeza de Juana. Aun después de que no hubo ornamento, ni vestidura, ni mantel, ni siquiera el más insignificante ropón del más improvisado monaguillo que no estuviera repleto de arabescos resplandecientes, y cuando ya las misas de la iglesia de Ciénaga eran famosas porque aún los marcapáginas de los evangelios estaban bordados con hilo de oro, todavía Fray Bartolomé de las Casas insistía en que faltaban más hostias en unas servilletas inmensas que había mandado a hacer por si alguna vez llegara a Ciénaga un cardenal.

Pero estos problemas, para fortuna de Juana, se acabaron cuando la comunidad de clérigos españoles fue reemplazada, no sin una violenta protesta de estos, que casi conviértese en cisma y que, según se asegura en los medios escolásticos de Ciénaga, obligó al mismo Papa a intervenir para que la feligresía no linchara a los jóvenes seminaristas, alebrestados y atrincherados en la casa cural y alimentados a tiro del Turco, quien desde el balcón del Hotel Central les lanzaba bolsas con comida y botellas de Kola Champaña. Una que otra bolsa y una que otra botella erraba la ventana a medio abrir y se estrellaba contra la pared pintada de amarillo con gran estrépito y alegría de los sitiadores que imaginaban que las viandas y las botellas eran munición de ataque, venganza musulmánica del Turco y no venta de comida a domicilio.

Olvidada la rebelión de la feligresía, tan prontamente como se había suscitado, la paz volvió a la cabellera de Juana.

(Juana recuerda ahora la historia de Thamar y Amnón, los dos hijos de David. Amnón, quien fuera asesinado días después de la violación de Thamar, su “hermana hermosa”. Asesinado por Absalom mientras estaba borracho de vino. Absalom el de la larga y bellísima cabellera, cabellera que fue la causa de su propia muerte, unos meses más tarde, cuando huyendo de Joab, quien le perseguía por haberse rebelado contra David, su padre, el cabello se le enredó en un encino, el mulo en que iba montado siguió corriendo y Absalom quedó colgado del árbol. Así fue encontrado por Joab. La historia o las historias, que relata Samuel en su segundo libro se amontonaron en la cabeza de Juana. Pero lo que ella quería recordar específicamente era el versículo 15 con el que termina Samuel su cuento: “Aborreciola luego Amnón de tan grande aborrecimiento que el odio con que la aborreció fue mayor que el amor con que la había amado. Y díjole Amnón: ‘Levántate y vete’”.

Y este olvido llevó a otro olvido; nadie se acordó más, ni siquiera notaron la diferencia, de los ornamentos bordados con el pelo de oro de Juana. Al altar mayor, al copón, a los monaguillos, y hasta a la mesa a la que por fin se sentó un cardenal, volvieron los bordados del pálido amarillo de las pelotas de hilo que vendían, nítidamente arregladas en filas de seis a cada lado, dentro de las cajas grises que venían de París, o de Mulhouse, o de Lille, enrolladas precariamente alrededor de dos cartoncitos negros y redondos en los cuales se veía impresa muy al borde, una cadena plateada y arriba, formando un arco gracioso “Brillante d’Alger”, y luego un óvalo con una cruz en el centro, y abajo, convexamente opuesta la frase “A la Croix”, y rectas, con una firma “Cartier-Bresson”, “París”, y en el centro, también en plateado, las letras D.M.C., que nadie nunca pudo saber qué significaban.

Todo lo bordado en oro desapareció con la ida de los curas españoles, y aun hoy nadie recuerda ni a los unos ni a los otros).

Pero la paz no duró muchos años.

Y aquí comienza su verdadera tragedia.

Como a toda muchacha de dieciocho años a Juana le llegó el día de casarse.

En sucesión vertiginosa y en cortísimo tiempo se cumplieron los siguientes hechos: a Juana le escogieron para marido, por trabajador, serio, serio y ambicioso, al dueño de “El Sol Sale para Todos”, la única casa de empeño de Ciénaga: el marido comenzó a los pocos días a quejarse de que el pelo de Juana, duro y metálico, le molestaba para dormir; insistió, amorosamente primero, en cortárselo él mismo un poco; como era tarea difícil compró unas tijeras alemanas de jardinería que con sus hojas como pico de águila, su resorte plano y entorchado como gusano de almendro y sus mangos cerrados por un broche de presión, parecían un animal prehistórico que horrorizaba a Juana cuando al despertarse cada mañana las veía inexorablemente y listas, sobre la mesita de noche; luego aceptó que se había equivocado y que el pelo medio corto puyaba más; y siguió cortando y cortando y cortando y cortando, hasta que la cabeza de Juana quedó igualita a un acerico punteado de pequeñísimas agujas, corno de vitrola, pero doradas, o más precisamente de puro oro; ya Juana sin pelo, el marido rehusó seguir durmiendo en la misma cama porque rozar la cabeza de Juana era herirse muy seguramente, y en esto él tenía razón; terminó yéndose con un maromero que llegó un día a Ciénaga, tendió un cable de acero entre la torre de la iglesia y el copito del Templete, y, vestido como puro maricón, atravesó varias veces la distancia caminando sobre el cable y llevando solamente un par de paraguas de colores en las manos, ante la desilusionada expectativa de las gentes que esperaban que se descoñetara contra las baldosas del atrio; y Juana, a quien todavía no le ha crecido nuevamente el pelo y que, según parece, no le volverá a crecer ya jamás, se ha ido a Barranquilla, se ha mandado a hacer una peluca que no engaña a nadie, ha puesto un bar en el que siempre está Carlos Villar Borda, quien, no sé por qué, no la llama por su nombre: le dice “Copelia”.

 

(Tomado de www.literatura.us)

 

El hombre que aprendió a ladrar

Mario Benedetti

 

Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de desalineamiento en los que estuvo a punto de desistir. Pero al fin triunfó la perseverancia y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar ladridos, como suelen hacer algunos chistosos o que se creen tales, sino verdaderamente a ladrar. ¿Qué lo había impulsado a ese adiestramiento? Ante sus amigos se autoflagelaba con humor: “La verdad es que ladro por no llorar”. Sin embargo, la razón más valedera era su amor casi franciscano hacia sus hermanos perros. Amor es comunicación.

¿Cómo amar entonces sin comunicarse?

Para Raimundo representó un día de gloria cuando su ladrido fue por fin comprendido por Leo, su hermano perro, y (algo más extraordinario aún) él comprendió el ladrido de Leo. A partir de ese día Raimundo y Leo se tendían, por lo general en los atardeceres, bajo la glorieta y dialogaban sobre temas generales. A pesar de su amor por los hermanos perros, Raimundo nunca había imaginado que Leo tuviera una tan sagaz visión del mundo.

Por fin, una tarde se animó a preguntarle, en varios sobrios ladridos: “Dime, Leo, con toda franqueza: ¿qué opinás de mi forma de ladrar?”. La respuesta de Leo fue bastante escueta y sincera: “Yo diría que lo haces bastante bien, pero tendrás que mejorar. Cuando ladras, todavía se te nota el acento humano”.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

miércoles, 30 de septiembre de 2026

El jardín de la mimosa

Ámbar Past

 

Mi abuela sirve el té arriba en la casa, hace gárgaras antes de ir a la iglesia metodista mientras nosotros, mi abuelo y yo, encalamos el sótano, renovamos las brasas del calefactor, pintamos los zapatos de color amarillo.

Se baña mi abuelo y me regaña porque lo miro desnudo. Sus pliegues de piel cansada me recuerdan los de un viejo elefante de color rosa. Me acaricia con su mejilla de chayote y pregunta si debe rasurarse. El sótano huele a hulla, agua caliente, cal y moho. Mi abuelo, que se llama “El Gran Cid”, masca tabaco y escupe en los frascos adornados con estrellas de plata que le regalo en su cumpleaños.

Afuera en el jardín encontramos nidos de pajarillos entre la hiedra, nueces bajo el nogal. Trasplantamos un cerezo; se abre un hoyo grande y se le echa bastante agua. El hoyo es el sótano del árbol.

Mi abuelo me lleva sobre la grava en su carretilla. Me esconde entre un montón de hojas aromáticas de maple y cuando aparezco de repente finge sorprenderse.

Llega la hora de escuchar la radio en el cuarto donde duerme mi abuelo en el sótano y veo el cuadro de un boxeador que le pintó mi tío. Mi abuelo me enseña la A la B la C con sus lentes puestos y su lápiz de carpintero.

Los domingos preparo agua de limón y subimos la montaña. Desde arriba se ve el río como culebra, el panteón de la Guerra Civil. Mi abuelo me explica todo. Me dice que hay que andar despacito y nunca meterse en los líos de otros. Me dice los nombres de los árboles en latín. Encontramos yerbabuena para nuestra agua de limón y más para sembrar en el jardín.

Mi abuelo tiene un tatuaje azul de un ancla porque era marinero y trabajaba en los muelles cargando baúles antes de que se hiciera doctor. Todavía le gusta pasar la noche junto a las vías del tren cantando con los hombres que viajan en los furgones de carga. Cuando era novio mi abuelo viajaba cuatro mil kilómetros de polizonte para pasar una tarde con mi abuela. Ahora lava los trastes con jabón de tocador hasta que huelen a perfume. Cuando termina se pone su sombrero y nos vamos a la farmacia. Toda la gente saluda a mi abuelo en la calle. El dueño de la farmacia me invita un helado y nos sentamos en la barra para platicar. Cuando se incendió la farmacia hace algunos años mi abuelo le prestó dinero para construirla de nuevo y ahora preparan las medicinas como mi abuelo les dice. Una se llama “El Ungüento del Gran Cid”. Es negro y parece chapopote. También tienen el “Elíxir para el Estómago del Gran Cid” que sabe a orozuz. La farmacia huele a vitaminas, chocolates y hule y se llama la Farmacia Inclinada porque se encuentra frente a la estación del Tren Inclinado.

Subimos la montaña en este tren que, según un letrero que me lee mi abuelo, es el tren más inclinado del mundo. Realmente son dos trenes; uno en cada extremo de un cable muy largo. Cuando uno va, el otro viene. El cable se enrosca en un gran carrete de fierro dentro de una jaula. Las turistas que quieren conocer la cima de la montaña compran boletos y suben en el tren inclinado y las personas que viven arriba bajan en él para ir al trabajo o de compras. Nosotros subimos en el tren pero bajamos a pie por un camino que mi abuelo conoce, que pasa por donde vivía con su mamá cuando ella cosía mandiles para pagar sus estudios. Ya no se ve más que la chimenea de piedra y los enormes rosales en flor donde antes era la cocina, porque el monte se come la casa.

Si apenas nos tardamos diez minutos en subir al mirador en el Inclinado, nos lleva el resto del domingo descender porque el camino es largo y retuerce mucho. A veces cruzamos las vías del tren o nos paramos para desarraigar alguna mata.

Todo el jardín de la casa de mi abuelo está sembrado con árboles que antes crecían en la montaña. Los maples del lado de la calle que se ponen rojos en el otoño, el sicomoro con sus hojas en forma de estrellas, el capulín que tanto les gusta a los pájaros, la acacia, los helechos, las violetas, la madreselvas. Solo la exótica mimosa con sus borlas rosadas no viene de la montaña porque es de China. Mi abuelo me enseña cómo se duermen sus hojuelas cuando uno les toca.

Tengo un escondite debajo del pinabeto a un lado del porche. Solo puedo entrar si me trepo encima del barandal junto a la puerta, y salto hasta abajo, nada más lo hago cuando mi mamá no me ve porque me regaña. Nadie me puede encontrar en este cuarto secreto que tiene como muros las tupidas ramas del árbol por un lado y la cimentación de la casa por el otro. Hasta una ventana tiene para asomarme al sótano.

Allí mi abuelo está lavando la ropa. Tenemos una máquina con rodillo y varias pilas de agua. Se llena la máquina de agua caliente con una manguera anaranjada y luego se le echa jabón y la ropa blanca. La máquina agita la espuma hasta que se escurre al piso y entonces mi abuelo la recoge y nos hacemos barbas blancas y nos miramos en el espejo. Mi abuelo me ha hecho también una casita para jugar junto a la mimosa. Es de ladrillo rojo y tiene una puerta y dos ventanas. Adentro pintó cada pared de un color diferente, como si fueran cuartos distintos. La cocina es de color plateado. También construyó una casita para él. Es su “despacho” y allí pone su silla de dentista que es muy cómoda porque tiene una palanquita para acostarla. Allí guarda mi abuelo su maletín de doctor y sus medicinas.

A veces voy con él a ver a los enfermos. Caminamos hasta el otro lado del río donde las casas están más chicas y más pegadas. Aquí viven María Ema y su madre José que trabajan en la posada que tienen los vecinos de mi abuelo. José se baña por la mañana y por la tarde, pero cuando nació María Ema tenía miedo de que se le fuera a disolver en el agua. María Ema es la única de sus bebés que vivió. María Ema y José toman agua de un bebedero que dice de color y no pueden lavar sus manos en el lavabo para los blancos. Mi abuelo es un médico con pacientes negros y pacientes blancos. A la enferma la han tapado con una sábana blanca blanca. Ven acá, hija, me dice José, y me lleva afuera, donde crecen las uvas. Son negras y saben a sangre y son para hacer vino. Después mi abuelo descansa en el porche y canta con José. De regreso a casa me deja cargar su maletín. Le han regalado una mata de uvas para sembrar.

Mi abuela se queja de que no tenemos dinero. Los pacientes pagan con gallinas o con jamones caseros o con cobertores acolchados que hacen con pedacitos de tela vieja.

La bebita de los chinos de la tiendita en la esquina tiene granitos en la cara. Mi abuelo la examina y pasa toda la noche hablando con el señor. A la mañana le regalan una latita de oro y laca adornada con dibujos de palacios, barcos de vela y dragones. Mi abuelo me confía que tiene té de jazmín adentro. Es para mi abuela porque a ella le gustan ese tipo de cosas, pero mi abuela lo regaña porque cómo pudiste haber pasado la noche con esa gente. Cuando se cura la bebita de los chinos nos regalan la mimosa y mi abuelo me pregunta en dónde la vamos a plantar.

Ya no cabe nada en el jardín de mi abuelo. Está lleno de hiedra, de varas de San José, de madreselva, lirios, violetas, rosales, el cerezo. La mimosa florea junto a la casita para jugar. El liquidámbar, el sicomoro, los maples, el nogal. Ahora mi abuelo está haciendo otro jardín en el callejón detrás de la casa y como siempre, subimos la montaña cada domingo para transplantar matas del monte.

Yo sé que algún día mi abuelo va a estar en su cama. Que me va a llamar y le voy a decir los nombres de los árboles en latín hasta que se duerma. Yo sé que mi abuela va a vender la casa al pastor metodista. Bien barata, porque es una buena cristiana, y él la va a dividir en departamentos.

Sé que algún día voy a venir por el callejón para asomarme al jardín que ya no será de mi abuelo y ya no estarán la casita para jugar ni la mimosa. Van a arrancar el pasto y la yerbabuena y los helechos y todo lo que trajimos para sentirnos con vida.

Van a asfaltar el jardín de mi abuelo y a sembrar un letrero que dirá: Estacionamiento por hora o por mes. Entonces vamos a pintar los zapatos de color amarillo y vamos a subir la montaña para vivir en el panteón junto al Tren Inclinado.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)