Augusto Roa Bastos
Los
días de viento norte parece que estuviera
más cerca porque las ráfagas calientes lo arriman al villorrio en el ronquido de
los tronzadores. Con todo no dista más de media legua. Está en el mismo lugar donde
comenzaron a aserrar los primeros rollizos, poco después de la Guerra Grande, cuando
se subastaron las tierras del fisco dicen que para pagar las deudas a los vencedores
de la Triple. Lo que resulta divertido porque es como si los deudos del muerto,
a lo largo de diez generaciones, hubieran tenido que matarse trabajando para pagar
al matador los gastos de la muerte y del entierro, justo un cuento para velorio;
pero uno va y lo cuenta en un velorio y no se lo ríen ni a cañonazos porque a la
gente no le importa nada de nada, y menos desde luego lo que ha pasado hace mucho
tiempo. Así como tampoco le importa lo que ha pasado hace poco y lo que puede pasar.
No hay memoria para el daño, como no hay cosa buena que pase, pues la gente no se
acuerda de nada.
Tal vez esto después
de todo sea lo mejor. Y lo mejor de todo es que tal vez no pueda ser de otra manera,
porque esta tierra, al menos la que yo conozco de la región del Guaira donde nací,
ha quedado nomás como enterrada en el pasado. La tierra y los hombres. Y si me apuran,
yo diría que hasta los animales, no solo los de yugo y corral, sino hasta las fieras
del monte. Todo: las víboras, los insectos, hasta los pájaros que vuelan ladeados
como si fueran a caerse a cada momento al chocar contra la blanca pared del calor
que tapa el horizonte por donde se lo mire.
No hay más que
ver los ojos mortecinos, sin recuerdo; esos movimientos de no esperar nada, ni siquiera
que el tiempo pase y se lleve toda esta resaca amontonada hasta casi tocar el cielo
bajo y opaco del cerro; esta resaca que está allí aunque no se la vea porque más
que afuera está adentro de cada uno de nosotros y nos sale de seguro en las miradas,
en la respiración, en la manera que tenemos de andar como desandando y de hablar
en voz baja y torcida como para que nos entiendan del revés; esta resaca que va
enterita dentro de uno por lejos que uno haya creído escapar. Y más hablamos o pensamos
en ella, más se nos arresabia en la sangre.
Pero si hasta
las nubes son sucias, del color del algodón en rama entreverado de tierra; seguro
porque se llevan las aguas del estero que rodea nuestra región. Cada año, para San
Blas, cae una lluvia roja, y el año que no cae la gente se preocupa porque no cae,
igual que por la seguía, la langosta o las revoluciones. Y entonces van a pedirle
remedio al Cristo del cerrito, que ya debe estar cansado de este pueblo de pedigüeños,
de limosneros de la gracia divina.
Ahí, en las faldas
del cerro, comenzaban los montes vírgenes que se han ido talando de a poco, una
gran parte de los cuales, según las habladurías, fueron a parar a manos del mariscal
brasileño que mandaba las fuerzas de ocupación. Ahora los explota La forestal
Paraguayo-Brasileira S.A., si se ha de creer en los letreros pintados con alquitrán
en mojones y alzaprimas. Y ahí mismo está el aserradero como antes: un villorrio
más pequeño que el otro, sus chozas sin paredes, sin más que las cabriadas del techo
de paja de dos aguas, los caballetes y, debajo, las zanjas cuadradas como sepulturas.
Dos hombres por cada cobertizo trabajan de sol a sol: uno arriba, de pie sobre el
tronco, alza y baja pausadamente los brazos atornillados al mango del inmenso serrucho,
siguiendo pulgada a pulgada las líneas tiradas a negro de humo y apenas visibles
sobre la rugosa corteza; el otro con la cabeza fuera de la zanja, encaneciendo en
la llovizna de aserrín.
Todo está como
al comienzo, y de seguro nunca pondrán sierras movidas a vapor y menos a electricidad,
porque si bien los brazos de los obrajeros resultan más lentos, son también más
baratos. Pero aunque pusieran un aserradero mecánico no cambiaría gran cosa; queda
mucha selva virgen todavía, y con sierra a vapor, con energía hidráulica o el mero
pulmón de los hombres doblándose por la cintura a cada ronquido de la sierra bajo
el techo de paja podrida, sobra trabajo para mil años. Así que no hay apuro. No
importa el tiempo, pues qué ha de ser el tiempo para estos hombres sino esa selva
de nunca acabar que va pasando por el aserradero y en la que nadie piensa sino al
escupirse las manos, cada dos o tres jemes de corte, para aferrar de nuevo el mango
del tronzador y seguir dándole al palo.
–Volvió Eulogio –dijo el de arriba, un hombrecito
rechoncho; los brazos cortos le hacían doblar el espinazo más que a los otros.
–¿Quién? –preguntó
el de abajo.
–Eulogio Esquivel
–el retacón tuvo que elevar la voz y aprovechó para detener en lo alto al tronzador
y pasar el canto de la mano por el torso empastado; la sacudió con irritación, y
las salpicaduras se estrellaron contra las tablas. Al instante, las lechiguanas
hambrientas se empantanaron en ese plasto de madera y sudor.
–Eulogio Esquivel
–dijo como en un eco el hombre joven mirando a lo lejos.
–Al venir lo vi
junto al arroyo, dormido bajo un árbol. Tenía el sombrero sobre la cara. Pero estoy
seguro que era él. Por la manera que tenía Eulogio de mostrar que era él, aunque
estuviese borracho o dormido. Un tipo así era ese diablo de Esquivel.
–No puede ser
él. Hace mucho que está en la Argentina. ¿Para qué iba a volver? Allá hay trabajo
de todo y para todos.
–Nunca le importó
mucho el trabajo. Vendría buscando otra cosa, a saber qué, aunque más no sea para
refregarnos por las caras la ropa y los patacones alforzados que habrá traído de
allá.
–Hubiera aparecido
por el boliche de don Nicanor Balmaceda.
–Cierto –admitió
el hombrecito–. Clavado que ahí hubiera ido primero a picar del fuerte como siempre.
Me habré equivocado entonces. ¡La pucha con este calor! Y el locro de las doce todavía
está lejos… –se veía que trataba de prolongar la charla, hablar de cualquier cosa,
con tal de seguir ventilándose con el inmenso sombrero de paja, esparrancado sobre
el tronco. El otro no contestó pero también aprovechó la pausa para sacudirse el
barro de aserrín que le embadurnaba el pellejo.
–Me gustaría tumbarme
ahí mismo –continuó el otro–, y tomarme una cerveza bien helada como esa que te
sirven en el fondín de Itapé. ¡A la gran flauta! Estoy viendo el sudor helado que
escarcha la botella. No hay como la cerveza, socio. Me gustaría tomar una botella
tras otra, sin moverme, hasta tener hipo y sentir que te corre por dentro un río
de cerveza helada haciéndote cosquillas en la nariz con la espuma… yo también creo
que un día de éstos me voy a largar para la Argentina. A lo mejor, Manuel, nos va
bien allá. Dicen que por lo menos se come y se chupa bien.
–Vamos a meterle,
Perú. Estamos haciendo demasiado sebo y así no rinde el día.
El hombrecito
rechoncho se ensombreró otra vez hasta los ojos, y el tronzador volvió a zumbar
en la madera del timbó.
Eso fue por la
mañana, antes de que las mujeres llegaran con las ollitas de comida. A la caída
del sol, al golpe del capataz en el trozo de riel, los hombres bajaron de los caballetes
y salieron de los zanjones, apilaron las tablas y guardaron las herramientas al
apuro, entre bromas y gritos roncos que se apagaban sin ecos en las lomadas de aserrín.
Manuel Ramos se demoró más que otras veces numerando y cubicando las tablas. Después
se puso a afilar el tronzador remolonamente, tanto que el capataz se acercó y le
dijo:
–¿No vas a volver
a tu casa?
–Sí –dijo él sin
reparar en la cara de sorna del otro.
–Tu mujer te estará
esperando –y tras el silencio de Manuel–: si yo tuviera una mujer como la tuya,
no la dejaría ni a sol ni a sombra –dijo con un guiño que tampoco vio Manuel, agachado
sobre la hoja dentada que brillaba al rojo vivo en la última luz del ocaso.
Un rato después,
escorándose a cada paso sobre el pie flojo, Manuel Ramos regresaba hacia los ranchos,
invisibles más allá del arroyo, del otro lado de los palmares sobre los que floraban
chirriando las tijeretas en su vuelo sesgado. Iba aspirando con ansias el olor de
las guayabas maduras que llenaba la tarde y ese otro aroma metálico de las cigarras
enloquecidas por la proximidad de la noche: algo que se puede tocar con las manos,
¿no, Manuel?, como cuando éramos chicos y nos íbamos a nadar al arroyo. Me estarías
hablando, aún ahora, y aunque no me hablaras, lo mismo lo sabría con solo mirarte.
Y vendría todo lo que ocurrió después y yo no tendría que perderme en este cansancio
de andar a ciegas con lo tuyo y de tener que adivinarlo.
Mientras regresas
a tu rancho de seguro se te caen encima otras tardes de verano como ésta, cuando
comenzó tu rivalidad con Eulogio por el amor de Petronila Sanabria; una rivalidad
que, en lugar de separarlos, los unió más estrechamente en esa especie de mutuo
acecho que era no más un nuevo modo de camaradería, de esa camaradería peleada y
recelosa que venía arrastrándose entre ustedes desde los tiempos de la escuela en
Itapé. Dos hileras más adelante del tuyo estaba el banco de la Nila que coqueteaba
con los dos y aceptaba de los dos, sin aparente favoritismo, los coloreados huevos
de perdiz y las cotorritas cazadas con cimbra en el monte, lo que no conseguía sino
hacerles apretar más los puños y morderse los labios hasta sangrar. Estaban ya tan
cerca, tan pegados el uno al otro por el mismo amor, por el mismo odio, que no eran
más que labios y dientes de una misma boca.
Hubo un momento,
sin embargo, en que Eulogio Esquivel debió creer que triunfaba: fue cuando quedaste
impedido de un pie y comenzaron las burlas y las bromas que Eulogio más que nadie
azuzaba, sin darse cuenta de que esas bromas precisamente la estaban inclinando
a tu favor a Petronila, que no podía ver sufrir a nadie, ni siquiera a un bichito
golpeado. Luego la conscripción los llamó a los dos a Asunción, ¿Recuerdas que lo
sentiste casi como un alivio porque en todo ese tiempo tu amor por Petronila había
crecido y solo el defecto del pie te ayudaba a disimularlo por temor a humillarla
y a humillarte, porque no podías soportar su lástima?
Pero fue ese defecto
el que, al modo de un no buscado desquite, te libró del servicio y te devolvió al
pueblo. Eulogio tuvo que quedarse a tragar su encono y el polvo del cuartel a lo
largo de dos años interminables.
A su regreso vio
sus temores en el espejo de la realidad: encontró que te habías casado con Petronila.
Se sintió doblemente traicionado, en la amistad y en el amor. Pero nada te dijo;
pareció de pronto olvidado de todos esos años de rivalidad. Pareció de pronto como
si por primera vez fuese verdaderamente tu amigo, si bien –todo hay que decirlo–
al principio debiste sospechar que a él le costaba ahora disimular su fracaso tanto
como en un comienzo te costó disimular tu desesperación. Al final te convenciste
de que era sincero; es decir, te engañó por primera vez. Y te engañó porque ignorabas
lo que había hecho a tus espaldas. Tal vez en esto se equivocó Petronila en no contártelo.
Recordarás que, desde que llegó, Eulogio sentó plaza de vago en el pueblo; se pasaba
los días en el boliche de don Nicanor Balmaceda, y de allí, pesado de caña y despecho
solía llegarse a tu casa asediando a Petronila, a tu propia mujer, mientras te deslomabas
bajo los rollizos en el aserradero.
Petronila trató
de ahuyentarlo con buenas razones; pensó tal vez que era el mejor camino para alejar
a un hombre taimado como Eulogio. Pero él creyó que Petronila cedía. Una mañana,
envalentonado, quiso forzar la mano. Petronila –¡lástima que no lo supieras!– se
defendió con el cuchillo de la cocina y le marcó la cara de un tajo. Desde entonces
desapareció. Lo último que supiste de él fue que lo habían visto en el éxodo de
braceros que emigran todos los años para las cosechas, más allá de las fronteras.
Pero esta cálida y rosada tarde de enero, Eulogio
Esquivel ha vuelto a aparecer después de tres años de ausencia. Manuel lo ha visto
de lejos, lo ha adivinado casi, tumbado al borde del camino, entre los yuyos, el
sombrero puesto sobre la cara. Después se incorpora de golpe y se queda sentado,
apuntalado en un codo, mirando a Manuel con una gran risa:
–¡Gua, Manuel!
Está más negro
y flaco; quemado por soles aún más abrasantes que los del terruño, por distancias,
caminos y vaivenes; quemado por dentro sobre todo, con esa quemadura que se le nota
en los ojos, en la risa, en el pellejo curtido, seco, sin un gramo de grasa, adherido
a los huesos de la cara, a punto de partírsele en los pómulos puntudos. Está amable
y lejano todavía, como si no hubiera acabado de llegar o como sí de golpe hubiera
resucitado ahí bajo el guayabo y no pudiera encontrar rápidamente todo su cuerpo.
Pensando en hombres como Eulogio es como se me ocurrió lo que dije hace un momento
de esa forma de resaca, de limo seco, de vida al revés que hay en todos nosotros,
y que Eulogio no puede esconder ni siquiera con esa risa de huesos grandes con que
está mirando a Manuel.
–¡Eulogio! ¿Cuándo
volviste?
–Ahora –dice buscando
algo a su alrededor porque ya está en otra cosa y no ha visto siquiera o no ha querido
ver la mano que Manuel le ha tendido. Se levanta y arranca la fruta de un guayabo,
la aplasta contra los dientes y la va comiendo de a poco, arremoladamente, como
los chicos. Las semillitas le ponen overa la boca mientras vuelve a mirar a Manuel;
pero es como si no lo viera o no lo tuviera delante.
–Me contó Pedro
Orué que te vio esta mañana, y no lo podía creer…
Por un instante,
la expresión alegre, socarrona, de Eulogio, se cambia en una mueca de disgusto,
pero sobre el tajo de la boca la sonrisa vuelve a aflorar en seguida.
–Ahorita nomás
he llegado y no he pasado por el pueblo. No me pudo ver nadie –tira el resto de
la fruta, se limpia la boca con el revés de la mano, después la pone sobre el hombro
de Manuel, que no se fija en el hilo de la cicatriz a un costado de la cara, de
seguro porque no sabe que esa cicatriz está ahí, no en la sonrisa algo encanallada
y burlona, sino en la presencia del amigo que ha vuelto. No recuerda, o tal vez
quiere olvidar ahora todo lo malo que los unió en el pasado: la rivalidad por Petronila,
el empujón de Eulogio que lo volteó de un árbol para evitar que atrapara el pichón
de calandria, quebrándole el pie en la caída, las solitarias peleas a la salida
de la escuela en que se pegaban como a escondidas, entre los cocoteros, hasta sacarse
sangre, hasta caer sin aliento, todavía abrazados sobre la tierra caliente sembrada
de grandes espinas de coco, de esas espinas con las que los pobladores de Itapé
entretejen las coronas de los calvarios para Semana Santa. Me acuerdo de aquella
vez que te quiso ahogar en el remanso, aplastándote bajo unos raigones de ingá,
y tuvimos que ir entre todos a golpearle con palos y hasta con piedras para que
te soltara, y cuando te arrastramos sobre la arena tenías ya la cara musgosa de
los ahogados, mientras él se reía recostado contra un árbol, un poco rabioso y otro
poco satisfecho, acariciándose las partes y enseñándonos de pronto, con una mueca
soez, los testículos increíblemente hinchados, pavonados, por la presión de la mano.
Un gesto que no nos incluía, uno de esos rápidos y equívocos signos que confunden
o dejan afuera a los que no pueden comprenderlo, porque surgen reventados de un
sentimiento más fuerte y oscuro que la simple procacidad o el odio o la humillación.
–Vamos pues a
casa, Eulogio –de seguro le diría.
–Sí, pero primero
vas a acompañarme.
–¿Adónde?
La mano de huesudas
falanges se levanta hacia el cerro.
–Encontré un “entierro”
de la Guerra Grande.
–Estás mintiendo,
Eulogio –prueba a reír Manuel.
–No, cierto, como
que estamos el uno frente al otro. ¿Te acuerdas de don Casiano, el veterano de Isla-Valle?
–Sí, pero él murió
hace mucho.
–Encontré al hijo,
a Secundino, en Formosa. Se puso muy enfermo y yo lo atendí. Antes de morir, me
dio las señas del entierro…
–¿Tenía un entierro
aquicito y se fue allá lejos a dejar los bofes como peón golondrina? –lo interrumpe
Manuel, indignado no se sabe sí contra la idiotez del bracero o la patraña del recién
llegado.
–No me dejas hablar.
Yo le pregunté lo mismo y casi largué la risa sobre sus últimas boqueadas. Pero
entonces me dio a entender que habían cavado con el viejo en varias partes sin encontrar
nada, pero que con toda seguridad alguien con más suerte y que no estuviera impedido
lo encontraría. Yo acabé creyéndole porque ya estaba casi muerto, y un cristiano
en ese estado no miente ni por un casual. Quiso decir más cosas, pero ya no le salía
la voz y jedía más que un muerto porque las almorranas se le habían podrido de más.
Yo me vine, pues, Manuel, a probar suerte. Y como el perro come lo que la gata entierra,
me puse a cavar nomás al llegar. Pero la veta es grande y necesito un compañero
de confianza. Por eso he venido a buscarte.
–Vamos a ir mañana.
–No, tiene que
ser esta noche. Ya he peleado bastante y pueden descubrir el lugar. Se sabe que
el cerro guarda todavía muchas de estas butifarras… –la mano de Eulogio vuelve a
cerrarse sobre el hombro de Manuel–. ¡Manuel, vamos a hacernos ricos! Se van a caer
de culo cuando nos vean con los cántaros llenos de monedas y chafalonías. Le vamos
a comprar el boliche a don Nicanor y trabajaremos como socios. Vamos a poner también
un almacén y así vas a poder dejar el aserradero… –la risa muestra los dientes negros
de tabaco, mientras los ojos que no se mueven, que siguen serios, pulsan desde el
fondo de las cuencas la voluntad de Manuel y ya lo están empujando contra su voluntad.
Se van los dos
hacia el cerro, despeado el uno, flexible el otro, encorvado como bajo el peso de
esa expectativa de riqueza, de bienestar futuro, de paz, que parece llenarlo por
entero, hasta que las dos siluetas se hacen una sola y acaban perdiéndose en las
sombras del anochecer.
Pero Petronila no puede saberlo; no malicia siquiera
lo que ha podido ocurrirle a Manuel.
Como de costumbre,
ha comenzado a mirar el camino que lo estará regresando hacia ella, mientras apronta
el agua en la batea, la toalla, la camisa limpia que ella misma se la abotonará,
demorándose en cada botón, hasta quedársele recostada en el pecho, mientras los
dedos correosos y oliendo a madera le enredarán el negrísimo pelo de las trenzas
con las que él gusta juguetear. Si hasta le ha dicho más de una vez, para hacerla
enojar, que le gustaría morir ahorcado en una de esas trenzas. Y ella le ha contestado
riendo: “Pero si ya estás ahorcado, Manuel, desde que te casaste conmigo. Y yo también
me morí. Y porque estamos muertos es que no tenemos un hijo”. Esa vez Manuel anduvo
mustio y resentido varios días.
Ella sabe el momento
justo en que él suele aparecer por el recodo, después del algarrobo grande que está
casi enfrente del boliche de Nicanor Balmaceda. Pero ahora está tardando. Se ha
mirado en el agua de la batea, y desde esa cara que está debajo del agua morada
dos ojos juntos y ligeramente oblicuos la miran preocupados. Se ha puesto a trajinar
haciendo cualquier cosa, aferrándose con los ojos a los signos familiares: la silla
puesta bajo la parralera, la mesa con el mantel de mezclilla y los dos pares de
cubiertos de hojalata, ya bastante aporreados, que ella se ha propuesto reemplazar
la primera vez que vaya de compras al almacén de los turcos en Itapé. Manuel le
ha prometido llevarla al baile de la función patronal, y ya faltan pocos días. También
tiene que comprarse un vestido nuevo y los zapatos de tacos altos; porque a pesar
de su renguera, Manuel sabe darse maña para bailar sin que se le note y lo hace
mejor que ninguno. La casita entera respira tranquila en el vapor de la olla.
La oscuridad,
moteada por los puntitos fosfóricos de los gusanos de luz, ha ido tapando el camino,
que solo ha reaparecido más tarde con la luna. Sin dejar de mirarlo, Petronila se
ha acurrucado sin sueño en la silla recostada contra el horcón del rancho. El pueblo
está quieto. Solo de la otra parte, desde el paso del río donde está la casa de
María Dominga Otazú, el viento trae remezones de guitarras, de risas y voces de
hombres. Petronila se ha levantado, ha entrado el mortero a un rincón de la pieza
y ha encendido en el fondo una vela después de mojar el pabilo con la lengua. Se
ha incorporado más segura, como protegida por la agüería. La llamita de la vela
llama a su hombre, lo resguarda con el vapor de ese unto de saliva contra el poder
de mujeres como María Dominga, que atrae a hombres y guitarras al alero de su rancho.
Un remolino de
viento ha apagado la vela en la comba del mortero. Petronila no lo sabe porque ha
vuelto a salir, por centésima vez, a mirar el camino hinchado de luna.
Lentamente, tomándose
todo el tiempo, se ha preparado una infusión de curupá, el zumo de esa planta de
hojitas llovidas con olor a chinche de monte que tumbaba a su abuela como un tronco
en medio de sus peores insomnios. Petronila se ha acostado como a la medianoche,
mucho después que el camino se le ha ido borrando poco a poco gastado por las miradas
y éstas por el narcótico indígena.
Un ruido llega hasta ella atravesando el sueño en
medio del cual busca incorporarse por entre el matorral de mucílago en el que al
querer levantarse se hunde cada vez más.
–Ma… nuel… –tartamudea
con lengua de trapo.
–Sí… –le responde
en voz baja; hay cansancio, un cansancio de mucho tiempo, algo que viene de muy
atrás, en ese jadeo de animal acosado, en ese hilo de voz sibilante; pero también
la angustia de un apuro que lo empuja a anclar tropezando en la oscuridad.
–Voy a… servirte…
la comida…
–No quiero comer…
Silencio. Él se
deja caer en la cama. Está mojado de sudor. En su sueño, roto a medias, Petronila
se le aferra, lo acaricia maquinalmente con un mimoso reproche apenas burbujeado
como un estertor, y en el que no la cabeza sino el instinto ha de trabajar oscuramente.
Debe sentir que el cuerpo duro, húmedo, de su hombre, también se le aferra hasta
ahogarla casi en medio de la maleza gomosa de la que no puede zafar, urgido de feroces
y definitivas caricias que hacen crujir la trama de cuero del catre, que la hacen
gemir a ella mordiendo su nombre hasta el suspiro del espasmo final, hasta dejarla
como muerta junto a él.
Es inútil que a la mañana busquen a Manuel por todas
partes. Nadie sabe dónde está. No ha dicho a nadie que se iba. Ha desaparecido como
el humo. Petronila contará que lo ha sentido entrar en medio del sopor del curupá,
que ha dormido a su lado hasta muy cerca del amanecer. “Esta ha soñado”, dirá Pedro
Orué por lo bajo a los otros. Pero es cierto que hay una manchita de sangre en la
almohada como el borrón de una cara con desolladuras, y regada por el piso la arenilla
colorada del cerro.
Y nadie, ni los
baqueanos que han encontrado rastros como de dos hombres en lucha al borde de la
caverna del cerro cuya profundidad no se conoce, y que han descubierto al primer
golpe de ojo que esas pisadas con granitos de asperón en el piso del rancho no fueron
dejadas por las alpargatas de Manuel, querrá decir lo que piensa. Ni el propio Pedro
Orué, que ahora tendrá que buscarse otro compañero de sierra, se animará a contradecirla
ni a desalentarla con simples sospechas.
Para ella, Manuel
se ha largado también en el éxodo de braceros; no atina con el motivo, porque lo
sentía contento a su lado. Pero todo le parece extraño desde que le falta Manuel.
Nadie se atreverá,
ni entonces ni después, a emponzoñar la obstinada espera de Petronila, que tendrá
los ojos cada vez más ardidos y lejanos, sobre todo los días en que el viento norte
arrima el aserradero a la vueltita de su rancho; que irá de tarde en tarde hasta
el vado, a la casa de María Dominga, para mendigar noticias de su hombre a los troperos,
milicos y viajeros de paso por ahí, y donde por fin, a la vuelta de algún tiempo,
cuando ya la espera angustiada se ha cambiado, sin que nadie lo note, en esa locura
mansita y absorta que la ha fijado en el futuro, se quedará a acompañar a María
Dominga en la atención de su clientela nómade, con la sola paga de esos vagos rumores
que traen y llevan su esperanza y el fantasma de Manuel.
(Tomado
de www.literatura.us)