viernes, 27 de marzo de 2026

La infancia de Zoroastro

Voltaire

 

En aquellos tiempos había muchos magos, muy poderosos, que vaticinaban que llegaría un día en que Zoroastro sabría más que ellos y los hundiría. El príncipe de los magos hizo que llevaran al niño a su casa con la intención de abrirle un canal, mas al iniciar esta operación se le secó la mano. Lo arrojaron al fuego para que muriera abrasado y el fuego se transformó para él en un baño de agua de rosas. Lo dejaron entre una manada de lobos y estos fueron a buscar dos ovejas que lo amamantaron toda la noche. Finalmente, comprendiendo que no podían quitarle la vida, lo devolvieron a su madre, la más excelente de todas las mujeres.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

El alma

Julio Garmendia

 

I

¿Qué viene a buscar el Diablo en mi aposento? ¿Y por qué se toma la molestia de tentarme? Me permito creer que es cuando menos una redundancia y una inconcebible falta de economía en la distribución de tentaciones entre los hombres, el hecho de que se me acerque Satán con el objetivo de rendirme a su poder. Nunca requerí su presencia para caer en el pecado. En cambio, seguramente viven a estas mismas horas personas suficientemente virtuosas para que pueda el Maligno ocuparse con fruto en inducirlas a pecar. Existen sin duda muchas gentes honradas que muy bien pudieran ser digna ocupación del Diablo…

En estas reflexiones me había engolfado, viendo cómo rondaba el Maligno alrededor de mi aposento. No se atrevía a penetrar todavía, pero acercábase a la ventana y enviaba hacia adentro miradas llenas de ternura e interés. Satán, no cabía duda, procedía conmigo a la manera que con una doncella a quien temía asustar y correr para siempre si le hacía violentamente sus proposiciones. Quise, pues, adelantármele, fui a llamarle y le hice entrar. Comprendió al punto la verdadera situación en que se hallaba y tomó asiento a mi lado sin inmutarse en lo mínimo.

–Caballero –me dijo–: aspiro a compraros vuestra alma.

No podía sorprenderme su propuesta, porque bien sabía yo que él se ocupaba desde tiempo atrás en esta clase de transacciones.

–¡Ah, caballero, –le dije– con cuánto gusto accedería a vuestra demanda! Pero, decidme, ¿acaso estáis seguro de que tengo alma?

–No, por cierto –me respondió–, y antes de cerrar el pacto tendríamos que averiguarlo a punto fijo. Trátase de una compraventa y cualquier abogado, aunque no sea de los más notables, os dirá que para que una cosa pueda venderse o comprarse, es preciso que exista. Averiguaremos si lleváis alma en vuestro cuerpo (porque hay muchos que no la tienen) y, en caso afirmativo, no temáis vendérmela en seguida.

–Tampoco temería vendérosla si no la tuviera. Y lo haría sin sombra de escrúpulo, porque, no poseyendo alma perdurable, ¿cómo podría castigarme en otra vida por una mala acción?

–Caballero –repuso el Maligno–: formalicemos nuestro negocio. Oíd: viviremos ambos como amigos y camaradas inseparables durante cierto tiempo, y, mientras tanto, os observaré cuidadosamente para ver si descubro en vos indicios de un alma libre y soberana.

Le estreché la mano con efusión.

–Si queréis –le dije– desde luego podemos empezar nuestras correrías y ver si nos presenta el azar circunstancias extraordinarias y trances excepcionales en los cuales haya ocasión de darse a conocer un alma verdaderamente inmortal.

 

II

–¿Podrías decirme, amigo Satán, si habéis descubierto un alma dentro de mí? Si la habéis hallado, decídmelo en seguida para que juntos determinemos su valor; y si creéis que no poseo ninguna, no temáis decídmelo francamente, porque no me ocasionaréis con ello ningún disgusto ni mucho menos me creeré ofendido porque me digáis desalmado, al contrario, el no poseer alma ninguna me librará de infinitas preocupaciones y responsabilidades molestas. Nuestro cuerpo es inofensivo y no pretende pasar de la tumba. Pero el alma nos expone a mil peligros e incertidumbres. Por lo pronto, la sola probabilidad de tenerla me hace ya andar en vuestra compañía.

–Amigo mío –me contestó Satán, poniéndome amistosamente la mano sobre el hombro–: me veo en la obligación de manifestaros, después de tantos ensayos y experimentos infructuosos, que aún no he podido averiguar con certeza si poseéis en vuestro cuerpo esa esencia inmortal. La averiguación del alma es asunto difícil y sólo dispongo de un medio que permita esclarecerlo en seguida. Es el siguiente, que os propongo como el mejor y más expedito, y de cuyos inequívocos resultados estoy seguro: os daré muerte (el género de muerte que queráis escoger) y pasado brevísimo tiempo os haré revivir mediante mi poder satánico y volveréis a ser idénticamente el mismo. El procedimiento, como podéis apreciarlo, es muy sencillo: durante el tiempo que permanezcáis muerto, si tenéis alma, ésta se expandirá en infinitas perspectivas extraterrenas y visiones celestes e infernales, de las cuales os acordaréis perfectamente después mediante una fórmula mágica que yo tendré cuidado de pronunciar al volveros a la vida. Si, por el contrario, carecéis de alma perdurable después de la muerte, esta se reducirá para vos a un sueño denso del que no conservaréis memoria. En cuanto a los medios más adecuados para daros muerte, opino que es preferible la cómoda estrangulación, procedimiento que no requiere instrumento ni aparato alguno.

Acepté el ingenioso expediente imaginado por Satán, quien me estranguló de manera afectuosa, en medio de la amistad más cordial y el compañerismo más estrecho, una noche del mes de enero, en el rincón de una plaza pública, a la sazón desierta bajo la luna clara y redonda. Recuerdo con exactitud minuciosa el sitio del crimen. A pocos pasos dormitaba un guardia envuelto en su gran capucha negra, y tuve el placer de dejarme estrangular a la vista de un guardia público, sin rebajarme a pedirle socorro.

–Os recomiendo encarecidamente mi cadáver. Miradlo con ojos paternales y cuidad de que no se estropee el rostro, pues ya lo fue bastante por la impía Naturaleza, con grave atropello de la perfección física.

Tales fueron mis últimas voluntades. Al extinguirme a manos de Satán, mi mirada recayó al azar en el claro disco de la luna, donde quedó fija hasta que perdí el conocimiento.

 

III

–Espero ansioso vuestro relato de ultratumba– fueron las primeras palabras que oí de Satán al volver de aquel sueño en el que nada me había sido dado contemplar ni sentir: seguramente por haber muerto con la mirada fija en la luna llena, mi permanencia en el reino ultramundano se redujo de manera lastimosa a ver una infinidad de globos que no expresaban ningún ingenio ni mucho menos podían ser indicios por donde se coligiera la presencia de un espíritu soberano.

–No cabe duda –razonaba yo en tan críticos instantes– que ha sido este un fallecimiento estúpido, propio más bien de alguien que hubiera muerto de fiebre delirando con globos de colores. ¡Ah, no! Satán no se desternillará de risa oyéndome contar semejantes sandeces, indignas y groseras manifestaciones del espíritu inmortal que indudablemente me anima. Porque ahora, después de este importante experimento y de tantos otros en que he dilapidado el tiempo y arriesgado la existencia, soy de opinión que no debo permanecer indiferente a los resultados, sino antes bien hacerme pasar como poseedor de un alma preciosísima, para resarcirme de este modo, con lo que Satán me entregue en cambio de ella, de las pérdidas cuantiosas que debo estar sufriendo en mis negocios durante el largo tiempo que llevo desatendiéndolos por andar con el Maligno en la averiguación de mi alma. Tanto más cuanto que muy bien pudiera ser que el propio Satán me haya adormecido fraudulentamente el espíritu perdurable, a fin de persuadirme de mi inferioridad y decidirme a venderle a precio vil un alma poco significativa.

Pero ya no era posible coordinar nada, y la voz del Maligno me apremiaba a contarle el resultado.

Resolvíme, pues, a abrir los ojos.

–Quisiera tener algún tiempo para coordinar mis ideas y mis recuerdos ¡oh Satán! –le dije– porque he visto cosas inverosímiles que no me atrevo a narrar en un lenguaje improvisado e inelocuente. Os prometería componer en breve una interesante memoria, que sometería a vuestro criterio y en la cual os narraría hasta los íntimos pormenores. Pero como seguramente estáis ya harto de este asunto, que os ha retenido bastante tiempo y que para vos debe carecer de novedad, os diré a grandes rasgos lo sucedido. Apenas muerto, pude ver astros que se alineaban en dos filas, como una soberbia iluminación para el paso de alguna gran Potestad. A poco me sentí impulsado por una fuerza desconocida y (cosa a que jamás me hubiese atrevido sin la intervención de un poder ajeno a mi voluntad) recorrí de manera lenta y ceremoniosa aquella galería astral y aun tuve calma para observar que, detrás de mí, las luminarias íbanse apagando sucesivamente a mi paso. Al final de la galería se abrió de pronto una puerta de oro macizo que arrojó hacia fuera una gran bocanada de luz aún más intensa. Por aquella preciosa puerta apareció un pontífice (así por lo menos lo supongo en mi ignorancia) que avanzó dos pasos hasta encontrarse conmigo. Tomándome de la mano, me condujo a la puerta y me mostró algo que seguramente debía ser admirable, pero que yo no pude ver a causa de la luz excesiva que reinaba en el recinto. Luego me atrajo suavemente e imponiéndome ambas manos sobre la cabeza se disponía a consagrarme sabe Dios de qué cosa; pero en aquel instante recordé bruscamente que no debía permitirme que se me consagrara en lo mínimo, en vista de nuestro pacto satánico. A la vez recordé en el propio instante que os había dejado en situación difícil, con un cadáver a pocos pasos de un guardia público, y que si este despertaba de pronto, para poneros en salvo os veríais en el caso de abandonar mi cadáver, el cual sería desdorosamente conducido a un hospital cualquiera. Así, pues, me dejé caer violentamente al suelo y me escurrí por entre las faldas del gran sacerdote, en momentos en que este tenía puestos los ojos en blanco por hallarse en éxtasis para atraer con su fervor la divina bendición sobre mi cabeza. El paso por debajo de aquel gran sacerdote fue largo y penoso, y sólo puedo deciros que durante el trayecto nada me indujo a recordar la ambrosía. En carrera fantástica llegué hasta aquí y penetré rápidamente en mi cuerpo, cuya boca, dicho sea sin intención de reprochároslo, os habíais olvidado de cerrar convenientemente.

Me incorporé sin dificultad y proseguí de este modo:

–Debo ahora manifestaros, ¡oh Satán!, la gratitud imperecedera que os guardo por haberme puesto en circunstancias apropiadas para comprobar patentemente que me hallo en posesión de un alma inmortal. Gustoso comparto ahora con los creyentes la desdeñosa lástima que les inspiran los materialistas y los impíos, que nunca gozaron el soberano orgullo de saberse dueños de un espíritu perdurable. Puedo regocijarme, además, de saber que esta alma no es en modo alguno un alma adocenada y de poca monta, sino antes bien un espíritu que goza de especial estimación en el reino ultraterreno y que, por consiguiente, es verdaderamente inapreciable. Me sentiría, pues, singularmente rebajado si consintiera en vendérosla por una suma cualquiera.

Satán me hizo notar que yo estaba comprometido formalmente a venderle el alma que tuviera.

–Considerad –me dijo– que un hombre de espíritu tan elevado como es el vuestro, según decís, no puede faltar a la palabra empeñada.

–¡Cuán cierto es eso! –le dije–, ¡oh, Satán! Pero yo no he pensado en quebrantar la palabra empeñada. Si rehúso cederos mi alma por dinero, es porque, siendo tan digna y preciosa, la considero invalorable. Pero no tengo ningún inconveniente en cambiárosla por algo que sea igualmente sin precio. Os cederé, pues, si me dais en cambio el don de mentir sin pestañear. Privado en adelante de toda alma y habiendo perdido ya de antemano el cielo, puede ser, sin embargo, que este pequeño don que os pido me sirva para hacerme con el tiempo de otra alma y otro cielo.

Satán se regocijó en extremo con esta noticia y me manifestó que, como señalada prueba de confianza y amistad, me había ya concedido de antemano el don que le pedía…

Así que no tuvimos nada más que tratar y continuamos nuestro paseo de aquella noche bajo la luna que iluminaba como una gran lámpara el jardín. Hablábamos de cosas indiferentes. Cuando pasamos junto al guardia, que seguía durmiendo profundamente, le decía yo a Satán estas palabras:

–Lamento no haber traído de mi celeste correría, como se acostumbra después de un viaje, algún pequeño recuerdo o reliquia. Por ejemplo, varios pedazos de oro arrancados de aquella preciosa puerta. A mi regreso, parientes y amigos se los hubieran disputado con fervoroso ardor, porque son sumamente cristianos, y todos de una gran piedad…

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

miércoles, 25 de marzo de 2026

Plazas llenas de gente

Jordi Cebrián

 

Las plazas siguen llenas de gente. Intolerable, claro. Pero las palomas mensajeras vuelan libres de balcón a balcón. “Quienes llenan el espacio público son distintos entre sí, tienen consignas diversas, piensan distinto unos de otros”, cuentan con horror los pregoneros. Ministros, emperadores y aspirantes al trono intercambian culpas, sin saber a quién pertenece toda esa gente, y en el fondo todos desean salir también a la calle, haciendo ver que ellos también son diferentes de los demás, de los suyos, e incluso de sí mismos si es necesario. Pero no se atreven. Las plazas siguen llenas de gente. Intolerable, claro.

 

(Tomado de www.cienpalabras.blogspot.com)

 

Asunto de familia

Salvador Garmendia

 

Por aquella época, se conocían los fotógrafos ambulantes que solían ser también barberos. Se decía que podían volar y tal vez por eso nadie los veía llegar a los lugares. Este era un hombrecito sonajoso, toda la ropa cubierta de santos y espejitos colgantes, que hacían un ruido menudo y alegre cuando caminaba. Parecía un caballo flaco, la cara de caballo y unos dientes largos y amarillos y la melena que parecía de almíbar, larga, amarillosa, tendida a la espalda.

Armó su cámara en el corredor y se pareció todavía más a un caballo cuando metió la cabeza y los hombros bajo el trapo negro. La caja se abría por un lado y adentro se veía un gusano negro lleno de arrugas.

Yo, que era un muchacho, me retraté sentado en un cojín, hincado mejor dicho y con las manos juntas, rezando y mi mamá que era gorda y llenaba toda la poltrona, me ponía una mano en la cabeza y me miraba como si de veras fuera un santo. Creí que iba a salir como Guido de Fongaland, todo brillante, de porcelana blanca acabada de frotar, pero salí amarillo y dormido, los ojos vacíos como si fuera un albino. Papá salió con una mano en el pecho mirándonos a todos con asombro y a mi tía Gardita, que se llamaba Hildegardis, el vestido de pinticas negras se le destiñó por completo y también le salió harina en la cabeza. Por último a mi tío Juan lo obligaron a retratarse, lo pararon en la pared con su banda negra de viudo en el brazo derecho y lo retrataron.

Al otro día por la mañana, cuando el fotógrafo paseaba por la plaza y todos los muchachos y los perros de la cuadra le andaban detrás, a mi tío le dio un síncope, se le rompió una bolsa de sangre en la cabeza y se murió. Cayó en el baño de un solo golpe, tieso como si la carne se le hubiera secado de golpe y el ruido que hizo fue tan grande que resonó en toda la casa. Mi tía Gardita que estaba cosiendo los libros del Registro, porque era encuadernadora, salió dando gritos y diciendo que lo había visto caer de largo a largo, como si se hubiera desprendido del techo en medio de aquella mesa grande donde trabajaba.

Lo enterraron. Al otro día llamaron al fotógrafo, que la noche anterior, mientras las personas rezaban en el corredor y yo estaba llorando en mi cuarto, montó los cascos delanteros en la ventana que daba al jardín y por allí asomó su cara de caballo, larga, llena de huesos. El fotógrafo se llevó el retrato de mi tío y como a la semana, cuando todavía los días eran largos y no se oían los pasos, regresó con una ampliación grande que colgaron de una vez en la sala.

Era un retrato de cuerpo entero; mi tío era gordo, rosado y había perdido la mitad del pelo. Estaba parado, vestido de blanco y los brazos pegados al cuerpo como un soldado.

Aquel día, el fotógrafo me puso una mano en la cabeza y era tan pesada que la estuve sintiendo, fría, en el pelo durante muchos días. No lo vimos más.

Un día, mi tía Gardita –tenía las manos pegajosas de cola y la nariz llena de venas–, dijo que el traje negro que llevaba mi tío en el retrato, lo mismo que el chaleco y los botines se los había puesto el día del matrimonio y que no los había usado nunca más. Ese traje estaba todavía en su cuarto, colgado detrás de la puerta: uno lo sacudía con miedo y de adentro salían cucarachas que corrían como ciegas por aquel paño negro y cubierto de polvo.

Con los meses, mi tío enflaqueció, además; la cara se le puso afilada y el pelo negro peinado a la pluma brillaba como aceite; vestía de dril oscuro y se le veían las manos largas y blancas. Mamá lo encontraba parecido a mi tío Roberto que murió muy joven; pero mi tío Roberto tenía la frente más despejada y el cuello más largo.

Un día apareció a caballo, de botas y polainas y un sombrero de fieltro. Se veía muy alto, duro, parecido a una estatua. Estaba más gordo y la cara se le había redondeado: mamá decía que mirando muy bien, se podía ver, apenas, en ese humo desteñido del fondo, a mi papá montado también a caballo; pero esto no fue posible verificarlo, de modo que después de un tiempo se olvidó. Por esa época, se apareció mi tía Servilia y despertó la casa. Viendo a mi tío en un sillón con aquel cuello enorme donde latía una vena y aquel pecho inflado y unas manos pesadas, dijo que era una lástima que hubiera muerto tan joven.

Mi tía Servilia caminaba todo el día por la casa, afanada y sin parar de hablar. Hablaba de nada, contaba las cosas que iba haciendo y a veces se reía de lo que pensaba. Por debajo del camisón le salían unos hombrecitos alocados que corrían delante de ella removiendo sillas y materos y todo lo que podían encontrar. Todo era ruido en la casa y el día se iba volando. Entonces inventó cambiar todo de sitio, vaciar los cuartos, todo. Cuando rodamos los escaparates, salieron las lagartijas en volandas y todos zapateábamos. Quedaba una mancha de polvo y aparecían cosas que se habían perdido hacía siglos.

Cuando fueron a quitar el retrato de mi tío, un pedazo del encalado se desprendió y el retrato se vino al suelo. Corrí a mirar. Estaba el vidrio hecho pedazos, ennegrecido por el polvo y el marco desclavado en una esquina. Mamá y mi tía gritaban. El retrato estaba tan oscuro, lleno de peladuras y lamparones, que apenas era posible distinguir la figura. Se veía un poco la cara de mi tío, pero como hacía ya mucho tiempo de su muerte, yo no lo recordaba.

Mi tía Servilia dijo que no valía la pena hacer nada por recuperarlo, y me mandó botarlo en el solar.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

domingo, 22 de marzo de 2026

Cuando nací…

Javier Adúriz

 

Cuando nací estaba muerto. Me sacaron con violenta cesárea, babeando un líquido verde y ahogado por el cordón umbilical. Todavía oigo a la enfermera mientras se quitaba los pirelli de látex: No es un dios, señora, este coso tiene pitito… aun así, me considero un afortunado de la vida, aunque me haya trabajado desde entonces una incómoda intimidad barroca, toda vez que vivir resulta estar muriendo. Pero para salir dignamente de esta melaza autobiográfica, declaro a la faz de la tierra que uso bufanda, no tanto por el fresquete matinal, sino atado a aquella noche de origen.

 

(Tomado de www.bibliotecaignoria.blogspot.com)

 

Mariposa

Ryunosuke Akutawaga

 

Una mariposa revoloteaba en el viento impregnado de olor a algas. Durante un instante, sintió cómo las alas de la mariposa acariciaban sus labios resecos. Y a pesar de todo, el polvo que las alas dejaron grabado sobre sus labios, todavía continuaba brillando después de tantos años.

 

sábado, 21 de marzo de 2026

El ausente

José Luis González

 

Muchos en el lugar lo recordaban. Y eso que hacía diez años que nadie lo veía. Diez largos años en los que doña Casiana había mantenido vivo, a fuerza de lágrimas, el recuerdo del hijo ausente.

Siempre pareció que el muchacho iba a darse bueno. A los once años dejó la escuela para ayudar al padre en las talas. El hombre iba delante, tras el arado y los bueyes lentos, viejos ya. El muchacho lo seguía, depositando la simiente en la húmeda desgarradura de los surcos.

Pero un día –“cosas que hace el diablo”– se fue a pescar camarones a la quebrada y se olvidó del trabajo. El padre lo aguardó con una soga doblada en tres. La zurra fue de las que no se olvidan.

Aquella misma noche, mientras los demás dormían, los pies descalzos de Marcial hollaron con rencorosa determinación el polvo todavía caliente del camino real. La madrugada lo sorprendió en la carretera.

Una tarde, meses después, al regresar sudoroso de las talas, el padre “cogió un aire”. Duró dos días con sus noches, recriminando al hijo ingrato en el delirio intermitente de la fiebre.

Casiana no quedó sola. Se fue a vivir, con el menor de sus hijos, a casa de un hermano.

Y un mediodía, al cabo de los diez años, uno de los muchachos de la casa llegó corriendo al batey:

–¡La procuran, tía!

Un hombre esperaba a la vera del camino. La vieja –vejez prematura de cuarenta y cinco años– salió al encuentro del desconocido. Los que estaban en la casa se alarmaron al oír el grito de la mujer. Desde la puerta la vieron exangüe en brazos del extraño, que la abanicaba con su sombrero. Cuando se allegaron y el hombre irguió la cabeza para saludar, un murmullo de admiración se desprendió del grupo. Bajo la barba de varios días, los más viejos reconocieron a Marcial.

El hombre –¡y qué hombre, membrudo y gallardo como un toro!, apreció con codicia el joven mujerío del barrio– empezó a contar sus andanzas un lunes a la prima noche y concluyó al amanecer del miércoles.

Cuando abandonó el hogar paterno, encontró trabajo de aguador en un cañaveral. Crecido ya, entró en el corte. Allí aprendió lo que es trabajar de seis a seis, con el sol o la lluvia sobre el cuerpo, las manos atadas sin piedad por la hoja filosa de la caña y el estómago aguijoneado por el hambre malamente satisfecha. Entonces no se conocía ese de “las ocho horas”. Se levantaba con el último temblor de las estrellas y salía de las piezas cuando el sol se dejaba contemplar sin lastimar los ojos. Se hastió de aquello.

Del cañaveral pasó a una cantera. Picar piedra no era trabajo menos duro, pero ya el primer oficio le había fortalecido el ánimo y los músculos. Y allí no se trabajaba como una bestia. A las cinco de la tarde sonaba un silbatazo que ponía fin a la jornada. Cerca de la cantera había un río y los hombres se bañaban al atardecer en una poza de agua transparente y mansa. Dormían frescos, sin la molestia del sudor resecado sobre la piel. Y lo mejor de todo: se comía caliente, con relativa abundancia.

Hizo amistad con un ingeniero que a veces, cuando quedaban solos, le hablaba de cosas que nunca llegaba a explicar bien, pero que sin duda le interesaban mucho, a juzgar por la pasión con que aludía a “las inconsecuencias del gallego Iglesias” y otros asuntos que solían despertar en Marcial una efímera curiosidad. Cuando el ingeniero se marchó a trabajar en una represa que estaban construyendo por Comerío, le insistió en que se fuera con él.

Salió ganando con el cambio. Al cabo de dos meses lo hicieron capataz. Comenzó a juntar plata. Conoció a una muchacha que vendía frituras en las obras, le robó la virginidad y después, cuando se enteró de que estaba embarazada, se casó con ella (no por obligación, sino porque descubrió que la quería). El vástago fue un varón, muy parecido a él según la opinión de todos. El ingeniero seguía protegiéndolo; las cosas no podían marchar mejor.

Pero aquella ventura fue solo un paréntesis. Cierto día una carga de dinamita mal colocada hizo trizas al ingeniero. Para Marcial fue como perder a un padre, un padre deparado por la vida en sustitución de aquel cuyos azotes él no había sabido perdonar. Poco después, para remate de desgracias, la mujer se alzó con otro, llevándose al hijo que aún no aprendía a caminar.

Entonces a Marcial le dio por pensar en lo que el paso de los años había ido convirtiendo en un recuerdo cada vez más débil: el primer hogar y la madre y el hermano abandonados. Casi con sorpresa vino a darse cuenta de que habían transcurrido diez años desde la noche en que el rencor y la amargura lo empujaron a la fuga.

Al día siguiente de una noche igual que aquella, no volvieron a verlo en la represa.

Ahora trabaja de nuevo en las talas, junto al hermano adolescente y el tío que va haciéndose viejo. Por las noches, los parientes y los vecinos se sientan en torno al fogón apagado que duerme su sueño de ceniza fría y él relata una vez más algún episodio de su vida errante. La chiquillería del lugar lo admira como a un héroe, y en más de una ocasión ha sido requerido como árbitro en las disputas de los mayores. Su reputación de hombre que “ha visto mundo” lo rodea de una aureola de prestigio y méritos con los que él no soñó jamás.

Pero se mentiría a sí mismo si afirmara que es feliz aquí. El monótono trabajo de las talas lo aburre sin llegar a fatigarlo. Le hace falta aquello otro: el ruidoso trajín de la maquinaria omnipotente, el horario regular y el seguro tiempo libre, la cercanía de la ciudad, el salario infalible cada sábado. Eso sobre todo. Aquí se trabaja para comer. Esta vida lo ahoga.

Una madrugada, el vecindario acudió a los gritos desesperados de doña Casiana. La pobre mujer extendía su brazo endeble en dirección del camino. Los que siguieron el ademán con la mirada, alcanzaron a columbrar la corpulenta figura que se iba borrando en la distancia.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)