miércoles, 28 de octubre de 2026

Míster Taylor

Augusto Monterroso

 

–Menos rara, aunque sin duda más ejemplar –dijo entonces el otro–, es la historia de Mr. Percy Taylor, cazador de cabezas en la selva amazónica.

Se sabe que en 1937 salió de Boston, Massachusetts, en donde había pulido su espíritu hasta el extremo de no tener un centavo. En 1944 aparece por primera vez en América del Sur, en la región del Amazonas, conviviendo con los indígenas de una tribu cuyo nombre no hace falta recordar.

Por sus ojeras y su aspecto famélico pronto llegó a ser conocido allí como “el gringo pobre”, y los niños de la escuela hasta lo señalaban con el dedo y le tiraban piedras cuando pasaba con su barba brillante bajo el dorado sol tropical. Pero esto no afligía la humilde condición de Mr. Taylor porque había leído en el primer tomo de las Obras Completas de William G. Knight que si no se siente envidia de los ricos la pobreza no deshonra.

En pocas semanas los naturales se acostumbraron a él y a su ropa extravagante. Además, como tenía los ojos azules y un vago acento extranjero, el Presidente y el Ministro de Relaciones Exteriores lo trataban con singular respeto, temerosos de provocar incidentes internacionales.

Tan pobre y mísero estaba, que cierto día se internó en la selva en busca de hierbas para alimentarse. Había caminado cosa de varios metros sin atreverse a volver el rostro, cuando por pura casualidad vio a través de la maleza dos ojos indígenas que lo observaban decididamente. Un largo estremecimiento recorrió la sensitiva espalda de Mr. Taylor. Pero Mr. Taylor, intrépido, arrostró el peligro y siguió su camino silbando como si nada hubiera pasado.

De un salto (que no hay para qué llamar felino) el nativo se le puso enfrente y exclamó:

–Buy head? Money, money.

A pesar de que el inglés no podía ser peor, Mr. Taylor, algo indispuesto, sacó en claro que el indígena le ofrecía en venta una cabeza de hombre, curiosamente reducida, que traía en la mano.

Es innecesario decir que Mr. Taylor no estaba en capacidad de comprarla; pero como aparentó no comprender, el indio se sintió terriblemente disminuido por no hablar bien el inglés, y se la regaló pidiéndole disculpas.

Grande fue el regocijo con que Mr. Taylor regresó a su choza. Esa noche, acostado boca arriba sobre la precaria estera de palma que le servía de lecho, interrumpido tan solo por el zumbar de las moscas acaloradas que revoloteaban en torno haciéndose obscenamente el amor, Mr. Taylor contempló con deleite durante un buen rato su curiosa adquisición. El mayor goce estético lo extraía de contar, uno por uno, los pelos de la barba y el bigote, y de ver de frente el par de ojillos entre irónicos que parecían sonreírle agradecidos por aquella deferencia.

Hombre de vasta cultura, Mr. Taylor solía entregarse a la contemplación; pero esta vez en seguida se aburrió de sus reflexiones filosóficas y dispuso obsequiar la cabeza a un tío suyo, Mr. Rolston, residente en Nueva York, quien desde la más tierna infancia había revelado una fuerte inclinación por las manifestaciones culturales de los pueblos hispanoamericanos.

Pocos días después el tío de Mr. Taylor le pidió –previa indagación sobre el estado de su importante salud– que por favor lo complaciera con cinco más. Mr. Taylor accedió gustoso al capricho de Mr. Rolston y –no se sabe de qué modo– a vuelta de correo “tenía mucho agrado en satisfacer sus deseos”. Muy reconocido, Mr. Rolston le solicitó otras diez. Mr. Taylor se sintió “halagadísimo de poder servirlo”. Pero cuando pasado un mes aquél le rogó el envío de veinte, Mr. Taylor, hombre rudo y barbado pero de refinada sensibilidad artística, tuvo el presentimiento de que el hermano de su madre estaba haciendo negocio con ellas.

Bueno, si lo quieren saber, así era. Con toda franqueza, Mr. Rolston se lo dio a entender en una inspirada carta cuyos términos resueltamente comerciales hicieron vibrar como nunca las cuerdas del sensible espíritu de Mr. Taylor.

De inmediato concertaron una sociedad en la que Mr. Taylor se comprometía a obtener y remitir cabezas humanas reducidas en escala industrial, en tanto que Mr. Rolston las vendería lo mejor que pudiera en su país.

Los primeros días hubo algunas molestas dificultades con ciertos tipos del lugar. Pero Mr. Taylor, que en Boston había logrado las mejores notas con un ensayo sobre Joseph Henry Silliman, se reveló como político y obtuvo de las autoridades no solo el permiso necesario para exportar, sino, además, una concesión exclusiva por noventa y nueve años. Escaso trabajo le costó convencer al guerrero Ejecutivo y a los brujos Legislativos de que aquel paso patriótico enriquecería en corto tiempo a la comunidad, y de que luego luego estarían todos los sedientos aborígenes en posibilidad de beber (cada vez que hicieran una pausa en la recolección de cabezas) de beber un refresco bien frío, cuya fórmula mágica él mismo proporcionaría.

Cuando los miembros de la Cámara, después de un breve pero luminoso esfuerzo intelectual, se dieron cuenta de tales ventajas, sintieron hervir su amor a la patria y en tres días promulgaron un decreto exigiendo al pueblo que acelerara la producción de cabezas reducidas.

Contados meses más tarde, en el país de Mr. Taylor las cabezas alcanzaron aquella popularidad que todos recordamos. Al principio eran privilegio de las familias más pudientes; pero la democracia es la democracia y, nadie lo va a negar, en cuestión de semanas pudieron adquirirlas hasta los mismos maestros de escuela.

Un hogar sin su correspondiente cabeza teníase por un hogar fracasado. Pronto vinieron los coleccionistas y, con ellos, las contradicciones: poseer diecisiete cabezas llegó a ser considerado de mal gusto; pero era distinguido tener once. Se vulgarizaron tanto que los verdaderos elegantes fueron perdiendo interés y ya solo por excepción adquirían alguna, si presentaba cualquier particularidad que la salvara de lo vulgar. Una, muy rara, con bigotes prusianos, que perteneciera en vida a un general bastante condecorado, fue obsequiada al Instituto Danfeller, el que a su vez donó, como de rayo, tres y medio millones de dólares para impulsar el desenvolvimiento de aquella manifestación cultural, tan excitante, de los pueblos hispanoamericanos.

Mientras tanto, la tribu había progresado en tal forma que ya contaba con una veredita alrededor del Palacio Legislativo. Por esa alegre veredita paseaban los domingos y el Día de la Independencia los miembros del Congreso, carraspeando, luciendo sus plumas, muy serios, riéndose, en las bicicletas que les había obsequiado la Compañía.

Pero, ¿qué quieren? No todos los tiempos son buenos. Cuando menos lo esperaban se presentó la primera escasez de cabezas.

Entonces comenzó lo más alegre de la fiesta.

Las meras defunciones resultaron ya insuficientes. El Ministro de Salud Pública se sintió sincero, y una noche caliginosa, con la luz apagada, después de acariciarle un ratito el pecho como por no dejar, le confesó a su mujer que se consideraba incapaz de elevar la mortalidad a un nivel grato a los intereses de la Compañía, a lo que ella le contestó que no se preocupara, que ya vería cómo todo iba a salir bien, y que mejor se durmieran.

Para compensar esa deficiencia administrativa fue indispensable tomar medidas heroicas y se estableció la pena de muerte en forma rigurosa.

Los juristas se consultaron unos a otros y elevaron a la categoría de delito, penado con la horca o el fusilamiento, según su gravedad, hasta la falta más nimia.

Incluso las simples equivocaciones pasaron a ser hechos delictuosos. Ejemplo: si en una conversación banal, alguien, por puro descuido, decía “Hace mucho calor”, y posteriormente podía comprobársele, termómetro en mano, que en realidad el calor no era para tanto, se le cobraba un pequeño impuesto y era pasado ahí mismo por las armas, correspondiendo la cabeza a la Compañía y, justo es decirlo, el tronco y las extremidades a los dolientes.

La legislación sobre las enfermedades ganó inmediata resonancia y fue muy comentada por el Cuerpo Diplomático y por las Cancillerías de potencias amigas.

De acuerdo con esa memorable legislación, a los enfermos graves se les concedían veinticuatro horas para poner en orden sus papeles y morirse; pero si en este tiempo tenían suerte y lograban contagiar a la familia, obtenían tantos plazos de un mes como parientes fueran contaminados. Las víctimas de enfermedades leves y los simplemente indispuestos merecían el desprecio de la patria y, en la calle, cualquiera podía escupirle el rostro. Por primera vez en la historia fue reconocida la importancia de los médicos (hubo varios candidatos al premio Nobel) que no curaban a nadie. Fallecer se convirtió en ejemplo del más exaltado patriotismo, no solo en el orden nacional, sino en el más glorioso, en el continental.

Con el empuje que alcanzaron otras industrias subsidiarias (la de ataúdes, en primer término, que floreció con la asistencia técnica de la Compañía) el país entró, como se dice, en un periodo de gran auge económico. Este impulso fue particularmente comprobable en una nueva veredita florida, por la que paseaban, envueltas en la melancolía de las doradas tardes de otoño, las señoras de los diputados, cuyas lindas cabecitas decían que sí, que sí, que todo estaba bien, cuando algún periodista solícito, desde el otro lado, las saludaba sonriente sacándose el sombrero.

Al margen recordaré que uno de estos periodistas, quien en cierta ocasión emitió un lluvioso estornudo que no pudo justificar, fue acusado de extremista y llevado al paredón de fusilamiento. Solo después de su abnegado fin los académicos de la lengua reconocieron que ese periodista era una de las más grandes cabezas del país; pero una vez reducida quedó tan bien que ni siquiera se notaba la diferencia.

¿Y Mr. Taylor? Para ese tiempo ya había sido designado consejero particular del Presidente Constitucional. Ahora, y como ejemplo de lo que puede el esfuerzo individual, contaba los miles por miles; mas esto no le quitaba el sueño porque había leído en el último tomo de las Obras Completas de William G. Knight que ser millonario no deshonra si no se desprecia a los pobres.

Creo que con ésta será la segunda vez que diga que no todos los tiempos son buenos. Dada la prosperidad del negocio llegó un momento en que del vecindario solo iban quedando ya las autoridades y sus señoras y los periodistas y sus señoras. Sin mucho esfuerzo, el cerebro de Mr. Taylor discurrió que el único remedio posible era fomentar la guerra con las tribus vecinas. ¿Por qué no? El progreso.

Con la ayuda de unos cañoncitos, la primera tribu fue limpiamente descabezada en escasos tres meses. Mr. Taylor saboreó la gloria de extender sus dominios. Luego vino la segunda; después la tercera y la cuarta y la quinta. El progreso se extendió con tanta rapidez que llegó la hora en que, por más esfuerzos que realizaron los técnicos, no fue posible encontrar tribus vecinas a quienes hacer la guerra.

Fue el principio del fin.

Las vereditas empezaron a languidecer. Solo de vez en cuando se veía transitar por ellas a alguna señora, a algún poeta laureado con su libro bajo el brazo. La maleza, de nuevo, se apoderó de las dos, haciendo difícil y espinoso el delicado paso de las damas. Con las cabezas, escasearon las bicicletas y casi desaparecieron del todo los alegres saludos optimistas.

El fabricante de ataúdes estaba más triste y fúnebre que nunca. Y todos sentían como si acabaran de recordar de un grato sueño, de ese sueño formidable en que tú te encuentras una bolsa repleta de monedas de oro y la pones debajo de la almohada y sigues durmiendo y al día siguiente muy temprano, al despertar, la buscas y te hallas con el vacío.

Sin embargo, penosamente, el negocio seguía sosteniéndose. Pero ya se dormía con dificultad, por el temor a amanecer exportado.

En la patria de Mr. Taylor, por supuesto, la demanda era cada vez mayor. Diariamente aparecían nuevos inventos, pero en el fondo nadie creía en ellos y todos exigían las cabecitas hispanoamericanas.

Fue para la última crisis. Mr. Rolston, desesperado, pedía y pedía más cabezas. A pesar de que las acciones de la Compañía sufrieron un brusco descenso, Mr. Rolston estaba convencido de que su sobrino haría algo que lo sacara de aquella situación.

Los embarques, antes diarios, disminuyeron a uno por mes, ya con cualquier cosa, con cabezas de niño, de señoras, de diputados.

De repente cesaron del todo.

Un viernes áspero y gris, de vuelta de la Bolsa, aturdido aún por la gritería y por el lamentable espectáculo de pánico que daban sus amigos, Mr. Rolston se decidió a saltar por la ventana (en vez de usar el revólver, cuyo ruido lo hubiera llenado de terror) cuando al abrir un paquete del correo se encontró con la cabecita de Mr. Taylor, que le sonreía desde lejos, desde el fiero Amazonas, con una sonrisa falsa de niño que parecía decir: “Perdón, perdón, no lo vuelvo a hacer”.

 

(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)

 

Licantropía

Enrique Anderson Imbert

 

Me trepé al tren justo cuando arrancaba. Recorrí varios coches. ¡Repletos! ¿Qué pasaba ese día? ¿A todo el mundo se le había ocurrido viajar? Por fin descubrí un lugar desocupado. Con esfuerzo coloqué la valija en la red portaequipaje y dando un suspiro de alivio me dejé caer sobre el asiento. Solo entonces advertí que tenía al frente, sentado también del lado de la ventanilla, nada menos que al banquero que vive en el departamento contiguo al mío.

Me sonrió (“¡qué dientes!”, diría Caperucita Roja) y supongo que yo también le sonreí, aunque si lo hice fue sin ganas. A decir verdad, nuestra relación se reducía a saludarnos cuando por casualidad nos encontrábamos en la puerta del edificio o tomábamos juntos el ascensor. Yo no podía ignorar que él se dedicaba a los negocios porque una vez, después de felicitarme por el cuento fantástico que publiqué en el diario, se presentó tendiéndome una tarjeta:

Rómulo Genovesi, doctor en ciencias económicas

y me ofreció sus servicios en caso de que yo quisiera invertir mis ahorros.

–Usted –me dijo– vive en otro mundo; yo vivo en éste, que lo tengo bien medido a palmos; conque ya sabe, si puedo serle útil…

En otras ocasiones, mientras el ascensor subía o bajaba dieciocho pisos, Genovesi me habló de las condiciones económicas del país, de empresas, bancos, intereses, pólizas, mercados y mil cosas que no entiendo. Tal era el genio de las finanzas que me estaba sonriendo cuando me dejé caer sobre el asiento.

Yo hubiera querido olvidar mi pobreza, pero la sola presencia de ese especulador me la recordaba. Me había dispuesto a descansar durante el resto del viaje y de golpe me veía obligado a ser cortés. Si en la jaula del ascensor yo respetaba el talento práctico de mi vecino, ahora, en el vagón de ferrocarril, temía que ese talento, justamente por adaptarse a la realidad ordinaria –realidad que rechazo cada vez que invento una historia– me resultara fastidioso. Mala suerte. El viaje horizontal en tren más largo que el viaje vertical en ascensor, iba a matarme de aburrimiento. Para peor, el éxito que Genovesi obtenía en sus operaciones económicas no se reflejaba en un rostro satisfecho, feliz. Al contrario, su aspecto era tétrico.

Teníamos la misma edad, pero (si el espejo no me engañaba) él parecía más viejo que yo. ¿Más viejo? No, no era eso. Era algo, ¿cómo diré?, algo misterioso. No sé explicarlo. Parecía ¡qué sé yo! que su cuerpo, consumido, desgastado, hubiera sobrevivido a varias vidas. Siempre lo vi flaco, nunca gordo; sin embargo, la suya era la flacura del gordo que ha perdido carnes. Más, más que eso. Era como si la pérdida de carnes le hubiera recurrido varias veces y de tanto engordar y enflacar, de tanto meter carnes bajo la piel para luego sacarlas, su rostro hubiera acabado por deformarse. Todavía mantenía erguidas las orejas, prominente la nariz y firmes los colmillos, pero todo la demás se aflojaba y caía: las mejillas, la mandíbula, las arrugas, los pelos, las bolsas de las ojeras…

Desde sus ojos hundidos salía esa mirada fría que uno asocia con la inteligencia, y sin duda Genovesi debía de ser muy inteligente. No había razones para dudarlo, tratándose de un doctor en ciencias económicas. Lo malo era que esa inteligencia, ducha en números, cálculos y resoluciones efectivas, a mí siempre me aburre.

¡Ni que hubiera adivinado mi pensamiento! Abandonó esta vez su tema, la economía, y arrimó la conversación al tema mío: la literatura fantástica. Y del mismo modo que en el ascensor me había dado consejos para ganar dinero, ahora, en el tren, me regaló anécdotas raras para que yo escribiese sobre ellas “y me hiciera famoso…”

¡Como si yo las necesitara! Yo, que con una semillita de locura hacía crecer toda una selva de cuentos sofísticos o que con un suceso callejero construía torres de viento, palacios inhabitables y catedrales ateas; yo, veterano; yo, emotivo, fantasioso, arbitrario, espontáneo, grandilocuente y genial, ¡qué diablos iba a necesitar de ese vulgar agente de bolsa para escribir cuentos! Su fatuidad me sublevó, pero acallé la mía (por suerte, cuando me envanezco oigo en la cabeza el zumbido de una abeja irónica) y lo dejé hablar.

Su monólogo tuvo forma de espiral. Genovesi fue apartándose del punto central, exacto, lógico que hasta entonces yo suponía que era la residencia permanente de todas las profesiones técnicas. La primera vuelta de la espiral fue poco imaginativa. Se limitó a proponerme que yo escribiera un cuento sobre el caso “rigurosamente verídico” de dos hermanos siameses, unidos por la espalda, que fueron separados a cuchillo en el quirófano del sanatorio Güemes. Cada uno de ellos, para no sentir dolor durante la operación, había convocado por telepatía a un anestesista diferente. Uno de los siameses llamó a un hindú, que lo hizo dormir, y el otro llamó a un chino, que le clavó alfileres.

Desde luego que semejante truculencia a mí no me inspiró ningún cuento. Ni siquiera me asombré demasiado de que un doctor en ciencias económicas recontara en serio la atrocidad que le oyó a la cuñada del primo de la enfermera –después de todo la curación por acupuntura, hipnosis y parapsicología, aunque no ortodoxa, ha sido aceptada por algunos médicos– pero sí me asombré bastante cuando, en una segunda vuelta de la espiral, Genovesi dejó atrás a curanderos y manos santas y se apartó hacia la región de las conjeturas pseudocientíficas; una: la de que nuestro planeta ha sido colonizarlo por seres extraterrestres. ¡Nada menos! Y en una tercera vuelta se adhirió a la causa de brujos, chamanes, nigromantes y espiritistas.

Por rara coincidencia, a medida que Genovesi incurría en el obscurantismo, la obscuridad del anochecer iba borrándole la cara. Ya casi no se la distinguía cuando, en otra expansión de su fe, la palabra pasó del mito a la quiromancia y de la astrología a la metempsicosis. No paró allí. En las siguientes espiras de su monólogo Genovesi se alejó hacia lo que está oculto en el más allá.

Él, que como economista jamás hubiera firmado un cheque en blanco, extendía el crédito a cualquier milagrería. Aprovechándose de las críticas a la razón, que la limitan a conocer meros fenómenos, postulaba que debía de haber facultades irracionales y extrasensoriales capaces de conocer la realidad absoluta, y de su axioma deducía que hay que estar predispuesto a creer que aun lo increíble es posible. Posible era que el hombre pudiera vivir en tiempos cíclicos, paralelos o revertidos; posibles eran las reencarnaciones y las telekinesias, la premonición y la levitación, el tabú y el vudú…

Genovesi desenterraba los mismos fantasmas que yo he visto, vivido y vestido en mis propios cuentos, con la diferencia de que para él lo sobrenatural no era un capricho de la fantasía. Le faltaba el don de los poetas para convertir los sentimientos irracionales en bellas imágenes. ¿Cómo explicarle a ese crédulo que la única magia que cuenta es la de la imaginación, que impone sus formas a una amorfa realidad sin más propósito ni beneficios que el de divertimos con el arte de mentir? Y aun esa imaginación no es espontánea pues solo vale cuando se junta con la inteligencia. La razón es una débil, novata, vacilante y regañada sirvientita, recién advenida en la evolución biológica, pero que sin sus servicios no podríamos disfrutar del ocio, la libertad y la alegría. Ah, Genovesi sería muy hábil en sus tejemanejes con los bancos pero, en su comercio de ficciones conmigo, el pobre emergía de pantanosos sueños con el delirio de un neurótico, la inocencia de un niño y el miedo de un salvaje. Aceptaba todo menos la razón. Cuando por ahí, sin saberlo ni quererlo, merodeó por la frase unamuniana “la razón es antivital”, tuve que reprimir las ganas de retrucarle con la frase orteguiana: “El hombre salió de la bestia y en cuanto descuida su razón, vuelve a bestializarse”.

Gracias a que todavía no habían encendido las luces del vagón, la noche del campo, una noche sin Luna y sin estrellas, penetró por las ventanillas y reinó adentro tanto como afuera. De no ser por la voz, yo no habría estado seguro de que ese bulto enfrente de mí seguía siendo Genovesi, hasta que el tren se acercó a aquella ciudad perdida en la pampa y faroles a los lados de las vías empezaron a perforar la obscuridad. Cada destello alumbraba a Genovesi por un instante. Mientras el discurso continuaba desenvolviendo la espiral de supersticiones, su rostro reaparecía y desaparecía, y cuando reaparecía ya no era igual. Genovesi se transfiguraba. Los intermitentes resplandores que desde los costados del tren en marcha alteraban sus facciones coincidían con los saltos que la voz daba de una creencia a otra. Lo que yo veía y lo que yo oía se complementaban como en el cine, y el filme era una pesadilla.

En eso entramos en un túnel más tenebroso aún que la noche, y Genovesi fue solamente una voz que me sonó extrañamente ronca. Esa voz se puso a contarme que hay hombres que se convierten en lobos.

–Bah, el cuentito del licántropo –le dije–. Lo contó Petronio en el Satiricón.

–No, no –y su voz salió de la tiniebla misma–. Déjese de licántropos griegos. En la provincia de Corrientes los llamamos lobizones. Le aseguro que existen. Aúllan en las noches sin Luna, como ésta, y matan. Lo sé. Lo sé por experiencia. Créame. Matan…

Entonces sucedió algo espeluznante. Los pelos a mí, o a él, se me pusieron de punta cuando al salir del túnel y entrar en la estación, los focos iluminaron de lleno la cara de Genovesi.

Espantado, noté que mientras repetía “créame, lo sé, el lobizón existe”, se metamorfoseaba. Y cuando terminó de metamorfosearse vi que allí, acurrucado en su cubil, el genio de las finanzas se había convertido en un grandísimo tonto.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

lunes, 26 de octubre de 2026

Los hermanos Ayar

Abraham Valdelomar

 

El gran aposento incaico era de piedra, finamente labrado, y sus grises paredes de sillería estaban decoradas por chapas de oro y nichos en forma de alacenas, en las cuales brillaban innumerables objetos de oro representando animales fantásticos, y vistosos huacos, hechos de arcilla, dibujados con variadas figuras mitológicas. Contenían unos, polvos de colores, illas o piedras bezoares que se crían en el vientre de los llamas, amuletos contra la melancolía, remedios infalibles contra los venenos y las enfermedades. Guardaban otros, cubiertos con transparentes velos, la chicha preparada por las doncellas nobles. Corría por lo alto de toda la pieza y resaltaba entre los sombríos muros y las gruesas vigas que apoyaban la pajiza techumbre una cornisa de oro en la que se veían esculpidas serpientes y cabezas de pumas. Frente a la gran puerta de entrada que, a manera de trapecio, tenía el dintel más estrecho que el umbral y de la cual pendía un tapiz de lana de vicuña con figuras de colores, se alzaba el trono de oro macizo, banquillo trabajado y repujado con primor, a manera de dragón, incrustado de piedras preciosas y puesto encima de una gradería elevada y de un estrado rectangular.

En los escalones del trono, y como indicio de que el noble acababa de levantarse, yacía descuidadamente un aterciopelado manto de pieles de murciélago.

Un indio, vestido con el resplandeciente cumbi y las tornasoladas plumas de la servidumbre imperial, quemaba en un rincón de la pieza maderas fragantes y hierbas aromáticas en ancho brasero de plata que representaba monstruos marinos. Cubría las recias y cuadradas losas del pavimento una alfombra finísima hecha de pelo de alpaca.

En medio de la habitación, entre la puerta principal del trono y en tiara de oro menor que la del Inca, pero igualmente adornado con relieves y pedrerías, se sentaba el venerable Huillac-Umu y, cerca de él, Quespi-Titu, “el infante brillante y benéfico”. Obedeciendo a una señal del sacerdote, puso el siervo, en un sahumador de oro pequeño, algunos trozos de las maderas aromosas que ardían en el gran brasero azulado, colocó el sahumador en el centro de la estancia y se retiró en silencio. Entonces Mayta Yupanqui habló a su sobrino de esta manera.

–El magnífico pueblo que mañana verás desfilar ante la majestad del Inca, con sus vestidos suaves orlados de oro, en cuyas unjus ríe el color y brilla la luz, fue un día abominable muchedumbre de bárbaros, semejantes a los que aún se ocultan tras los bosques de los Antis. Cuando el Sol no había enviado aún las cuatro parejas al Mundo, los hombres no merecían el favor divino. Devorábanse unos a otros, hurtaban, asesinaban por los más fútiles motivos, embriagábanse hasta caer al suelo privados de sentido. En la tierra no tenían jefe y en el cielo no reconocían amo. Untábanse el cuerpo con grasa de cadáveres, alimentábanse con la carne de los vencidos y de los propios parientes, bebían sangre y aspiraban con ansia el olor de las víctimas humanas consumidas al fuego de las hogueras. Nada desperdiciaba en los prisioneros su infame industria. Hacían viandas de su carne, bebidas de su sangre, de los huesos flautas para animar los festines, con los dientes amuletos para los combates, con los cráneos vasos para las libaciones, con los cabellos cascos y hondas, y con la piel tambores para amedrentar a los enemigos. Deshonestos y crueles, engendraban hijos en las mujeres cautivas y los cebaban para comérselos. Cuando las hembras comenzaban a ser estériles, comíanlas asadas. No respetaban ancianos, padres, hermanos ni hijos. Carecían de Incas y de leyes, de afectos y de virtudes. No tenían curacas legítimos, y el más fuerte de la tribu se apropiaba de la hacienda común. Perecían prematuramente de males repugnantes y desconocidos. Sus almas obscuras descendían a las más tenebrosas regiones del Maschay. Tan viles eran que olvidaban a sus muertos.

El Sol estaba avergonzado de sus hijos.

Un día, al cabo, como una serpiente multicolor, apareció por la quebrada honda y riscosa la columna de una tribu en marcha. El conjunto de los vistosos trajes que agitaba el viento frío de la puna, y los arreos, los pesados pendientes, las duras mazas, las lanzas emponzoñadas, las huinchas de plata y las plumas leves y policromas, reían bajo la luz de un Sol viril. Rodeadas de los viejos de Pacarejtampu, iban las cuatro parejas de los hermanos Ayar. Llamas esbeltas de atrevido e inquieto mirar ondulaban bajo las cargas de vivos matices. Los hombres eran fornidos y recios, de graves rostros angulosos, barbas lampiñas, cuadradas y enérgicas.

Las mujeres llevaban en las espaldas a sus hijos y, sobre los duros senos, flotaban las trenzas brunas y largas. Los más fuertes llevaban las armas: ruedas estólicas, flechas de chonta de envenenados dardos, mazas de pocha, el palo piedra; hachas de granito y de cobre, pulidas y brillantes; cornetas, tambores, flautas y quenas. Así vinieron, a través de las quebradas y de las alturas, silenciosos. Habían salido de Pacarejtampu. Aquella mañana en el cerro de las tres ventanas, Tamputojo, habíase operado el prodigio. Al amanecer, mientras el pueblo despertaba, uno de los más ancianos de la tribu había visto salir de Capajtojo, la ventana del centro, un hombre luminoso al cual siguieron siete hermanos. Se dirigieron al pueblo y allí las cuatro parejas mostraron el símbolo de su señorío y los invitaron a dejar la tranquilidad de sus campos para ir en pos del Imperio del Sol. Las cuatro parejas las componían: Ayar Manco y Mama Ojllo, Ayar Auca y Mama Guaco, Ayar Uchu y Mama Ipacura, y Ayar Cachi y Mama Ragua. Ayar Manco, el elocuente, les dijo:

–Aquí tenéis vuestra tierra y vuestra familia, pobladores de Pacarejtampu. Sois de los más apacibles. El Sol, mi padre, os ama y por ello me envía a buscaros. Ved en mi mano su divino símbolo. Ved cómo las fieras nos siguen y obedecen, ved el cóndor y el puma que nos acompañan y respetan, ved el indi, el ave sagrada, que se posa voluntaria en mi mano. Mañana el Sol, mi padre, nos verá salir, y vosotros os quedaréis. Sois tranquilos y felices, pero no pensáis más que en el día que pasa. Aquí moriréis vosotros, pero el Sol no os recibirá. Nunca seréis más de lo que habéis sido. Las tribus vecinas vendrán un día en busca de vuestras sementeras y vosotros no tendréis quién os defienda. No abrigáis esperanzas, ni ambiciones, ni deseos, ni luchas. Sois como las aguas de una lagunilla, siempre encerrada entre las piedras de sus orillas inmutables, sin las mareas del Titicaca inmenso, sin el soberbio empuje del Urupamapa y del Apurímaj, que huyen espumosos y resonantes de sus lugares nativos y penetrando en los Antis montañosos van a fecundar magnánimos las extremidades del mundo. Venid, como ellos, con nosotros; obedeced las órdenes del Sol, y vamos en busca de la sagrada colina de donde irradiarán por las cuatro regiones, hasta el gran mar y los más remotos bosques, los beneficios de la religión. Edificaremos palacios de piedra y oro, tendremos leyes y riquezas, trabajo, orden y amor. Yo os haré nobles y os daré siervos, pero es necesario emprender la peregrinación hasta encontrar el lugar santo…

–Si no, iréis por la fuerza, o seréis muertos por mi mano –agregó Ayar Cachi, otro de los hermanos.

El pueblo reconoció en los ocho mensajeros a los hijos del Sol. Se reunió en Consejo, y en él la gente joven, deseosa de lucha y de gloria, acordó seguir a esos hombres a los cuales acompañaban las fieras y respetaban los cóndores. Algunos ancianos, encariñados con sus falsos dioses, quisieron resistir, y estando en la disputa de sus destinos, presentose ante ellos Ayar Cachi y les dijo:

–¿Qué habéis dispuesto?

–Seguiros –dijeron los mozos.

–¿Quiénes disputan?

–Algunos ancianos…

–¿Qué alegan?

–Sus dioses.

En un rincón, tres ancianos cebaban a gordos sapos en un pequeño pozo de piedra, porque aquellos pacarejtampus adoraban al sapo. Indignado, Ayar Cachi, les dijo:

–¡Ved lo que hago con vuestros dioses! –Y se acercó resuelto a la poza.

–¡No, Ayar Cachi, no! ¡Si los tocas morirás!

Mas Ayar Cachi, sin escuchar las voces de sus amigos ni ver la mirada de odio de los ancianos, se acercó y tomándolos de uno en uno arrojó con tal violencia a los ídolos, que se deformaron al caer. Un grito de espanto hizo vibrar la sala, y ante los ancianos y mozos, dijo el mensajero del Sol:

–Lo mismo haré con vosotros si no seguís al Sol, nuestro padre.

Los pacarejtampus levantaron los brazos, inclinaron la cabeza en señal de sumisión y siguieron al grupo de los ocho hermanos elegidos.

Aquella tarde, Mama Guaco, que era la más aguerrida y de mejor entendimiento, reunió a sus hermanos y les dijo:

–Hermanos: pues hijos somos del Sol, y hemos nacido para señores, salgamos ya a conquistar la tierra con amor o con sangre, que solo por ello se mueven los hombres…

Así salieron de la plaza de Pacarejtampu. A la cabeza iba Ayar Manco Cápaj, llevando en la izquierda el indi, el pájaro sagrado, y en la diestra el báculo de oro, símbolos de su señorío que recibiera en la Isla Solitaria del Lago Titicaca de manos de su padre el Sol, aquella mañana en la que, radiante y magnífico, bajó hasta la tierra el Padre de la Raza y queriendo hacer bien a los hombres, le dijo:

–Ve por el mundo, mi hijo predilecto, y lleva el ave sagrada y el báculo de oro; con él irás hincando la tierra, y en el punto donde el báculo se hunda, allí fundarás mi Imperio, porque ése será mi pueblo elegido. Yo velaré tu destino. Mis rayos iluminarán tus pasos, mi calor te infundirá vida en los fríos inexorables, y cuando sientas el cansancio de tu peregrinación, descansa que yo me ocultaré para darte sombra al cuerpo y paz al espíritu. Un pueblo y un Imperio serán fundados por tu mano sabia. Una generación de hombres poderosos y magníficos será tu generación, y a través del tiempo, a través de las sombras inertes, más allá de un espacio que tú no puedes contar, brillará tu nombre. Dispersos serán los hijos de tus hijos después de su grandeza, pero su espíritu vivirá eternamente y a la hora del crepúsculo, cuando yo me oculte, ellos siempre sentirán tu espíritu y el espíritu de su raza inmortal, y entonarán sus canciones sobre las ruinas de la grandeza caduca, cuando muera el Imperio. Porque todos mueren, hijo mío…

Y le dio por hermanos a siete príncipes del Sol.

Ayar Manco era el mayor. La prudencia se enseñoreaba en su frente serena. En sus ojos pequeños y profundos brillaba la energía, en sus salientes pómulos la severidad, y la justicia en sus gruesos y duros labios. La sonrisa vaga que envolvía su rostro, como la brisa en un lago sereno, acusaba la piedad y el amor. Su rostro anguloso, cubierto de una palidez de insomnio, se erguía sólido sobre los hombros. Tenía la mirada amplia e ilimitada de los que conquistan; y su continente noble, sus ademanes sencillos y solemnes, la dulce y honda tonalidad de su voz, tenían el sello de su estirpe luminosa.

Ayar Uchu era el alma contemplativa y honda; húmeda la mirada que se perdía en vagos sueños amables y en crepúsculos dorados; medroso, taciturno y enamorado. Decía que los árboles conversaban con él y que el río y el viento le cantaban canciones. Hablaba poco, pero su antara sonaba siempre a la luz de la luna, trágica y desolada. Miraba las estrellas y decía a sus hermanos que lo más bello que había hecho su Padre, el Sol, era el firmamento. Cuando en el camino, en la ruda peregrinación, deteníanse en alguna colina, cansados de la jornada, y caía la tarde, se recostaba al lado de sus llamas. Ayar Uchu empezaba a narrarles sus sueños de la víspera, e insensiblemente todos los hermanos y todas las mozas y todos los jóvenes iban agrupándose alrededor suyo. Hacía cantos y preces para el Sol. Olvidaba siempre las armas y los arreos, y sus hermanos se las procuraban nuevamente. Jamás hirió a un rebelde.

Ayar Auca, el tercero, era la fuerza reflexiva y calculadora. Tenía el culto de las armas; él combinaba los combates, indicaba las rutas, ordenaba los desfiles, cuidaba las armas. La justicia no tenía dominio en su espíritu; sabía que a veces era necesario prescindir de ella para asegurar más altos fines. Su mano férrea guiaba a las huestes incaicas por la línea donde era necesario pasar, aunque para ello marchitara sembríos bajo sus pies. Cuando, al cruzar un valle, encontraban obstáculos, sementeras y algunas veces casuchas de gentes sencillas y pacíficas, él arrasaba todo para abrirse paso, desafiando los consejos de Ayar Uchu para no matar los árboles ni dañar la ajena heredad. Gustaba siempre de tener las armas listas para el combate, así en los azarosos como en los días de sosiego. Sabía que el valor es el arma más temible en los combates, pero no olvidaba que las flechas debían hacer blanco y los dardos tener filo y ponzoña.

Ayar Cachi, el más joven, era la juventud irreflexiva y audaz. Apasionado y violento, generoso y pródigo, siempre dispuesto a la lucha y al combate, era él quien domeñaba a los pumas y a los cóndores. Detrás de él marchaba suelto un par de pumas, musculosos, flexibles y elásticos. Gustaba de luchar con las fieras y ejercitar con ellas su fuerza, don que había recibido del Sol. Con su honda arrojaba piedras que decapitaban montes, y abrían quebradas hondas. Desdeñaba las riquezas, pero le gustaba poseerlas para regalarlas. Amaba el poder y la sumisión de sus siervos. Creíase capaz de todas las empresas. Cantando, dueño de sí, seguro de su fuerza, iba con sus leones por los valles amenos. Defendía a los débiles, castigaba a los soberbios, era el primero en los combates. Soñaba con llegar a la colina deparada por el Sol, y ser el dueño de las más bellas mujeres, tener los más grandes tesoros, los más hábiles siervos, los más vistosos trajes. ¡Era la juventud! En él se reflejaba la más noble alegría del Sol, la más pujante virilidad, la más pura belleza.

Las siete mujeres eran el acopio de las virtudes, pero sobresalían entre ellas, Mama Ojllo, la laboriosa y discreta; Mama Guaco, audaz y temeraria; Mama Ipacura, por su conmovedora abnegación; y Mama Ragua, apasionada y triste.

La comitiva de las cuatro parejas caminaba en silencio a través de las abras y de los precipicios y de los llanos y de las cordilleras. A veces la lluvia detenía su paso; otras, el Sol se recreaba en sus arreos multicolores. Un día llegaron al cerro de Guanacancha, cuando el Sol declinaba. El cielo habíase encendido con una suave coloración que se acrecentaba por instantes. Jamás ellos habían visto más espléndido cielo. Ascendieron a la cumbre. Ayar Manco reunió al pueblo y le dijo:

–Veamos descender de su solio a nuestro padre y cantemos una oración para que nos proteja…

En la planicie, los peregrinos rodearon a Manco. A la derecha estaba Ayar Cachi con los jóvenes; a la izquierda, Ayar Uchu con las mozas y algunos mancebos; delante de todos se colocó Ayar Auca. Todo el pueblo rodeó a los hermanos elegidos. Surgían del conjunto policromo las nobles e inquietas cabezas de los llamas. Preso en las manos de Ayar Cachi abría sus enormes alas un cóndor, y a los pies del arrojado, los dos pumas, cruzadas las patas delanteras, miraban profundamente el Sol, que, occiduo, iluminaba de oro aquel grupo silencioso. En pie todos los peregrinos, alzaron los brazos al Sol y entonaron el sagrado himno que había compuesto Ayar Uchu.

Y aquella noche, oculto el Sol, descansaron por primera vez los fundadores del Imperio. En sus sueños vieron áureos desfiles de guerreros, calles de piedra en las cuales se elevaban palacios magníficos, fortalezas inaccesibles, pueblos sometidos, innúmeros rebaños, fiestas en las cuales al ritmo de danzas melancólicas giraban armoniosos los duros cuerpos de las jóvenes. Soñaban otros con sangrientos combates, con victorias y botines. Aquéllos con fiestas que presidía el Sol. Ayar Auca soñó que el Imperio era invadido por enemigos fuertes; y en medio de su sueño, en la paz de la colina, extendió los brazos y apretó las armas contra su corazón. Mama Ragua suspiraba dormida; a unos pasos, sobre una saliente, sonaba, en voz baja, la quena de Ayar Uchu y, en el centro de la colina donde reposaban Ayar Manco y Mama Ojllo, sonaron besos de pasión.

Los cóndores hacían coronas en el cielo y tendían sobre la cima y sobre el pueblo elegido sus alas dominadoras.

Al amanecer, el pueblo se levantó y se desgranó en el llano. Los días fueron sucediéndose. Los emigrantes caminaban febrilmente. De vez en cuando veíanse obligados a detenerse para sostener combates y reducir rebeldes. Pero emprendían de nuevo la marcha dejando detrás de sí cadáveres o trayendo nuevos sumisos. A cada jornada deteníanse los hombres de bronce y antes de la puesta del Sol invocaban al padre de la raza. Avanzaba Ayar Manco con el indi en la mano, y con la barra de oro tocaba el suelo repetidas veces, buscando el lugar elegido. La barra no se hundía. Era necesario seguir adelante hasta que se operase el prodigio. Entonces reposaban, para iniciar al día siguiente su peregrinación. Así llegaron, mucho tiempo después, a Tampuquiro. Allí detuviéronse algún tiempo en el clima suave y apacible. Mama Ojllo no era ya la animosa mujer de los primeros días, y había tardes en las que, pensativa, recostada en las telas suaves de las alpacas, hablaba largamente con Ayar Manco. Una mañana, al salir el Sol, ante la noble gente reunida, Ayar Manco abrió la puerta de su cabaña, en el cerro de Tampuquiro y elevó, en las manos, hacia el Sol, un niño, sobre cuyo ropaje el indi se posó. El niño fue Sinchi Roca, el heredero.

Pocos días después, cuando Mama Ojllo pudo caminar con el ánimo de los primeros días, iniciaron de nuevo la marcha y llegaron, muchos soles después, a Pallata. En Pallata, cuando hacía mucho tiempo de la salida de Pacarejtampu, y cuando los niños que habían salido en el regazo de las madres eran ya capaces de caminar delante de los soldados y de juguetear con los pumas de Ayar Cachi, encontráronse con una tribu fuerte y aguerrida, bárbara y sanguinaria. Cuando los conquistadores llegaron, los bárbaros celebraban un festín danzando al redor de una hoguera donde se embriagaban con el olor nauseabundo y penetrante de un cadáver tostado en las llamas. Atada sobre un tronco de árboles estaba una moza y en sus pies ardía el fuego de una hoguera. Era una cautiva y daba gritos fuertes, agudos y dolorosos. Al ver a los hijos del Sol detuvieron la fiesta para lanzarse sobre ellos, cogieron sus armas y atacaron. Ayar Cachi quiso lanzarse sobre ellos, pero Manco lo detuvo:

–No mates, hermano; déjame ir donde ellos…

Avanzó Ayar Manco, entre las flechas, algunas de las cuales atravesaron su vestido y la más fuerte se quebró en dos en su pecho; otra llegó más cruel a herirle el brazo, y manó sangre. Pero Ayar Manco avanzó. A despecho de su herida y sin dolerse de ella, entre las flechas que caían sobre él, llegó hasta donde la moza gemía. Los soldados en tanto acercábanse a cierta distancia, y ante la audacia de Manco, los bárbaros se detuvieron con curiosidad. ¿Quién era ese hombre que desdeñaba las flechas y ahora se detenía para desligar a la cautiva y curar sus llagas, mientras la sangre corría por su brazo fuerte?… Ayar Manco rasgó su túnica y con ella ató los pies de la muchacha, en tanto que ella decía:

–Tengo hambre, taita… Mátame si quieres, pero dame de beber…

–Mi padre el Sol –díjole Manco– me manda darte mi cancha y mi chicha. Bebe…

Y sacó de su bolsa la cancha y llamó a un siervo y ofreció con sus manos de beber a la cautiva. Los bárbaros estaban atónitos. Manco se dirigió a ellos y les dijo:

–¿Por qué matáis?… Yo no os haré daño. Yo puedo mataros a todos, puedo echar hacia vosotros los pumas, y puedo daros de cebo a mis cóndores… Pero vosotros sois mis hermanos, porque yo soy hijo del Sol que es el Padre del Mundo… seguidme, o moriréis… yo os defenderé porque sois mis hermanos, pero os mataré si sois mis enemigos…

Pero en el fondo del valle, lejos de Manco, estaba Ayar Cachi con los suyos dando guerra a los que no se habían apercibido. Y una voz ronca gritó desde lejos:

–¡Huayñuy! ¡Huayñuy! –¡Victoria! ¡Victoria!

Era Ayar Cachi que vencía al jefe de la tribu. Y una voz ronca gritó:

–¡Maldito seas, Ayar Cachi! ¡Maldito en nombre del puma, y de la serpiente, y del rayo, y del río, y de la araña y del sapo! ¡Maldito seas en nombre del sapo!… ¡Tú serás vencido!… ¡Serás vencido!

Ayar Cachi apareció, trayendo en la mano la cabeza del jefe rebelde y tras él, atada, a la hija.

Los conquistadores fueron seguidos por todos los de Pallata, a quienes se encargó Ayar Cachi de afeccionar y Ayar Auca de adiestrar en las armas. Así llegaron una mañana a Huaysquisrro, donde Ayar Cachi pensó en separarse del cortejo. Él quería avasallar a todos los pueblos e ir con su honda poderosa por los llanos y montes. Transformar la tierra que él creía mal distribuida. Echar abajo los montes y llenar con ellos las quebradas y hacer de la tierra una sola extensión llana y fértil. Pensaba luego en reunir a todos sus vencidos y levantar una gran ciudad de piedra con un templo para el Sol y con palacios y jardines. Y quería ser el único amo. Sentía que su espíritu era para dominar; tenía impaciencias violentas. Creía que sus hermanos no llegarían nunca a fundar el Imperio. Una vez había propuesto a Ayar Manco fundar el Imperio en cualquier valle, sin esperar encontrar el sitio donde se hundiera la barreta de oro. Desesperaba de la lentitud de la conquista, sentíase oprimido con las leyes y métodos de sus hermanos y con estar sujeto a ellas. Él deseaba hacer todo en el momento de concebirlo. No quería obedecer las leyes sino imponerlas. Matar rebeldes, perdonar infelices, tener riquezas y darlas a los siervos y a las mozas, dominar el mundo y hacerlo a su guisa, lleno de rebaños, de riquezas, de mujeres y de siervos. Era el más joven de los cuatro hermanos.

Pero los hermanos no pensaban así. Ellos veían que muchas veces cubría los valles fecundos donde era menester alimentarse. Y a veces dominaba a los rebeldes, pero muchas otras desposeía a labradores apacibles y sencillos, y detrás de él iba quedando un clamor de odios y de tristezas, y también de amores y de gratitudes. Además, Ayar Cachi no pensaba nunca en que un día podía faltarle esa fuerza extraordinaria y no sabía que ése era un don del Sol, pero, como todos, perecedero.

Un día presentose Ayar Cachi a los tres hermanos y les dijo lo que pensaba. Y los tres hermanos escucharon. Ayar Manco y Ayar Auca tuvieron después un consejo, y acordaron que Ayar Cachi era peligroso para la conquista. Y al día siguiente, al amanecer, ambos llamaron a Ayar Cachi y Ayar Manco le dijo:

–Hermano, en Capajtojo, allá en Pacarejtampu, el cerro de las tres ventanas, de donde salimos, se nos han quedado los vasos de oro. Tú sabes que no podemos seguir adelante sin los topacusi, porque ya se acerca el lugar elegido para la fundación del Imperio. Además nos hemos olvidado de tener el napa, que es nuestra insignia de señores. ¿Qué haremos si llegando al lugar que nuestro padre nos depara nos encontramos sin los topacusi y sin el napa, el llama blanco de gualdrapas rojas, sin sus orejeras y su petral de oro?… Nuestra conquista sin esos sagrados atributos fracasará, y el Sol no nos dará protección. Ve, pues, Ayar Cachi hasta Capajtojo y por el bien de todos y del Sol, trae ambas cosas…

–No iré hasta Capajtojo, hermano –respondió Ayar Cachi, resuelto–. Con mi honda y mi hacha y mis dos pumas, conquistaré todos los Imperios…

–¡Hermano –dijo iracunda Mama Guaco–, irás! Harás como se te ordena. ¿Un varón tan fuerte y esforzado como tú duda de ir a una comisión tan indispensable?… Por la boca de Manco te ordena el Sol… ¿de qué sirve a tu juventud tener el brazo fuerte si no tienes ley?…

Accedió Ayar Cachi y diéronle por compañero a Tampu Cachay, el más astuto de los guerreros. Pero antes de partir, Manco Cápaj llamó a Tampu Cachay y le dijo, grave y serenamente:

–Anda con él y vuelve solo…

Emprendieron animosos la vuelta. Ayar Cachi iba conversando alegremente con Tampu Cachay y éste lo escuchaba con tristeza. Por fin, llegaron a Tamputojo y Ayar Cachi entró en la cueva de las tres ventanas. En tanto, Tampu Cachay puso una piedra enorme en la puerta y sentose en ella. A poco, Ayar Cachi dijo desde el fondo de la cueva:

–¡Aquí están los topacusi y aquí está el napa, Tampu Cachay! ¿Por qué has cerrado la puerta?

–La he cerrado para que no salgas, Ayar Cachi. ¡Allí te quedarás!…

–Ábreme la puerta, Tampu Cachay, o haré caer el cerro y te mataré…

–¡No te abriré la puerta, Ayar Cachi!…

Entonces comenzó a temblar el cerro ante el impulso de Ayar Cachi, pero la puerta no se abría…

–¡Tampu Cachay, traidor! Ábreme la puerta. Iremos a fundar un Imperio y yo te daré riqueza y siervos y rebaños… Ábreme la puerta, Tampu Cachay…

–No te abriré la puerta. Allí perecerás. Yo me voy ahora a reunir con el pueblo… ¡Adiós, Ayar Cachi!…

–¡Maldito seas, traidor! ¡Maldito seas! ¡El Sol, mi padre, te convierta en piedra! ¡Que tu semilla no se propague! ¡Traidor, traidor, traidor!…

Convirtiose en piedra Tampu Cachay: allí está todavía.

Y los hermanos Ayar siguieron su camino hacia el norte, hasta que llegaron a Quirirmata. De allí pasaron al cerro Guanacaure y allí acordaron declarar a Ayar Manco, por tener descendencia, jefe de la familia, y a Sinchi Roca su heredero. Aquella tarde vieron por primera vez el arco iris: aquélla era la palabra del Sol. Muy cerca debían estar ya del lugar elegido. Quisieron seguir adelante, pero se encontraron con un cerro que les cortaba el paso. Instintivamente dijeron todos:

–¡Quítalo del camino con tu honda, Ayar Cachi!

Pero nadie respondió. Ayar Cachi no estaba. ¿Quién iría a luchar? Porque sobre el cerro había una figura monstruosa que desafiaba. Ninguno de los guerreros avanzó. Echaron de menos al hermano poderoso y fuerte: él los habría salvado del peligro. Allí estuvieron largo tiempo. Pero Ayar Uchu, viendo que nadie proponía un camino y que las huestes se aprestaban a la lucha, quiso ir, él mismo, a luchar con el espíritu de la huaca.

–¿Quién va?…

–¿Quién va?…

–¿Quién va?…

Nadie respondió. Entonces Ayar Uchu, en un ímpetu, se puso de pie y fue. Luchó con el cerro y lo apartó del camino, pero quedó preso entre sus bloques de granito. Entonces dijo:

–Hermano Manco, no me olvides. Yo te he acompañado. Ya nada se opone a tu paso; allí en el valle está el lugar elegido. Recuérdame…

Manco Cápaj estableció allí la orden del Guarachico, y el cerro se llamó Ayar Uchu Guanacaure, en su recuerdo.

–¡Nosotros no te olvidaremos nunca, hermano Ayar Uchu! Sobre ese cerro se establecerá la orden de Guarachico para todos los de nuestra sangre, y ninguno podrá ser heredero del trono si no se ordena en el cerro junto a tu cuerpo.

La voz de Ayar Uchu no respondió, y el joven quedose convertido en piedra. Solo quedaban de los cuatro hermanos, Ayar Manco Cápaj y Ayar Auca. Éste se encargó de la guerra y Manco de la religión. Manco Cápaj, seguido de su corte, fue tocando con la barreta de oro la cumbre del Guanacaure hasta que encontró un montículo donde la tierra era blanda como de barro y dijo:

–¡Aquí! ¡Aquí! ¡Aquí!

Rodeado de sus hermanos, sus tribus y rebaños, Manco Cápaj entonó el himno al Sol. Alzó en alto la barreta y la dejó caer sobre el montículo. La barra de oro se hundió aceleradamente en la tierra. Elevaron los brazos al Sol, que brillaba en el cenit con desusado fulgor.

Ayar Auca bajó al pueblo aquella tarde y alrededor suyo, medrosos, se agruparon los sencillos habitantes. Admiraron la rara belleza de sus trajes hilados de oro y la bruna palidez de sus armas. Algunos, tímidos, se mantenían a distancia. Ayar Auca les habló, les dijo que venía en nombre del Sol, y que si ellos estaban dispuestos a adorar al divino Padre, él se lo avisaría para que mandara a su hijo a fundar allí el gran Imperio.

–¿Y su hijo es como tú? –lo interrogaron.

–¿Quién puede ser como el Hijo del Sol? Él es luminoso, es hijo de la luz; si él quiere, se apaga el mundo; si quiere, lo ilumina. Mañana al clarear el día, yo vendré con el Hijo del Sol y vosotros, para convenceros, salid a verlo. Allí en lo alto del cerro Guanacaure, él aparecerá e iluminará el Mundo. Vosotros lo veréis… ha traído una barreta de oro; su padre le dijo dándosela: “donde se hunda la barreta fundarás mi Imperio”. Y allí en el cerro Guanacaure se ha hundido… Mañana la veréis…

Obsequió Ayar Auca armas y trajes a los sumisos y ascendió de nuevo, seguido de sus doce compañeros al cerro Guanacaure.

Muy de mañana, cuando la Naturaleza empezaba a despertar y de las sombras vacilantes comenzaban a destacarse los montes y las copas de los árboles, el pueblo se reunió en la gran pampa. Los padres alzaban a los hijos, hablándoles de la maravilla anunciadora, y los niños aguardaban absortos, con los ojos abiertos, el suceso fantástico. Había aquella mañana una inusitada alegría en el valle. De pronto, una vaga claridad se anunció detrás del cerro Guanacaure. Un nimbo opalino iba creciendo lentamente y por fin estalló en un golpe de luz. Entonces vieron, asombrados, la maravilla prometida. Sobre el cerro había un hombre cuyo cuerpo despedía rayos que cegaban la vista. Cambiantes reflejos se desprendían de su cuerpo divino. Arrojáronse al suelo las medrosas gentes y exclamaron:

–¡El Hijo del Sol, el Hijo de la Luz!… ¡El Hijo del Sol ha venido!

Una música jamás oída resonó en los aires, y a poco en la pampa, en la orilla derecha del arroyo que bañaba la aldea, apareció la tribu entera de los Incas inmigrantes, pueblo multicolor en que el oro, las plumas raras, las joyas magníficas y las armas poderosas resplandecían como en un incendio magnífico. Aquel lugar en que la tribu viajera se detuvo se llamó Josco, el centro.

Los fundadores se inclinaron ante Manco Cápaj y éste puso un instante en manos de su hijo, el ave sagrada. Sinchi Roca miró al Sol de frente, y así se fundó el Imperio de los Incas.

 

(Tomado de Valdelomar, Abraham, Cuentos completos, Good Press, Lima, 2023)

 

El niño de Junto al Cielo

Enrique Congrains Martín

 

Por alguna desconocida razón, Esteban había llegado al lugar exacto, precisamente al único lugar… Pero ¿no sería más bien que “aquello” había venido hacia él? Bajó la vista y volvió a mirar. Sí, ahí seguía el billete anaranjado, junto a sus pies, junto a su vida.

¿Por qué, por qué él?

Su madre se había encogido de hombros al pedirle él autorización para conocer la ciudad, pero después le advirtió que tuviera cuidado con los carros y con las gentes. Había descendido desde el cerro hasta la carretera y, a los pocos pasos, divisó “aquello” junto al sendero que corría paralelamente a la pista.

Vacilante, incrédulo, se agachó y lo tomó entre sus manos. Diez, diez, diez, era un billete de diez soles, un billete que contenía muchísimas pesetas, innumerables reales. ¿Cuántos reales, cuántos medios exactamente? Los conocimientos de Esteban no abarcaban tales complejidades y, por otra parte, le bastaba con saber que se trataba de un papel anaranjado que decía “diez” por sus dos lados.

Siguió por el sendero, rumbo a los edificios que se veían más allá de ese otro cerro cubierto de casas. Esteban caminaba unos metros, se detenía y sacaba el billete del bolsillo para comprobar su indispensable presencia. ¿Había venido el billete hacia él –se preguntaba– o era él el que había ido hacia el billete?

Cruzó la pista y se internó en un terreno salpicado de basuras, desperdicios de albañilería y excrementos; llegó a una calle y desde allí divisó el famoso mercado, el mayorista, del que tanto había oído hablar. ¿Eso era Lima, Lima, Lima?… La palabra le sonaba a hueco. Recordó: su tío le había dicho que Lima era una ciudad grande, tan grande que en ella vivían un millón de personas.

¿La bestia con un millón de cabezas? Esteban había soñado hacía unos días, antes del viaje, en eso: una bestia con un millón de cabezas. Y ahora él, con cada paso que daba, iba internándose dentro de la bestia…

Se detuvo, miró y meditó: la ciudad, el mercado mayorista, los edificios de tres y cuatro pisos, los autos, la infinidad de gentes –algunas como él, otras no como él– y el billete anaranjado, quieto, dócil en el bolsillo de su pantalón. El billete llevaba el “diez” por ambos lados y en eso se parecía a Esteban. Él también llevaba el “diez” en su rostro y en su conciencia. El “diez años” lo hacía sentirse seguro y confiado, pero solo hasta cierto punto. Antes, cuando comenzaba a tener noción de las cosas y de los hechos, la meta, el horizonte había sido fijado en los diez años. ¿Y ahora? No, desgraciadamente no. Diez años no era todo. Esteban se sentía incompleto aún. Quizá ahora mismo, con la ayuda del billete anaranjado.

Estuvo dando vueltas, atisbando dentro de la bestia, hasta que llegó a sentirse parte de ella. Un millón de cabezas y, ahora, una más. La gente se movía, se agitaba, unos iban en una dirección, otros en otra, y él, Esteban, con el billete anaranjado, quedaba siempre en el centro de todo, en el ombligo mismo.

 

Unos muchachos de su edad jugaban en la vereda. Esteban se detuvo a unos metros de ellos y quedó observando el ir y venir de las bolas; jugaban dos y el resto hacía ruedo. Bueno, había andado unas cuadras y por fin encontraba seres como él, gente que no se movía incesantemente de un lado a otro. Parecía, por lo visto, que también en la ciudad había seres humanos.

¿Cuánto tiempo estuvo contemplándolos? ¿Un cuarto de hora? ¿Media hora? ¿Una hora, acaso dos? Todos los chicos se habían ido, todos menos uno. Esteban quedó mirándolo, mientras su mano dentro del bolsillo acariciaba el billete.

–¡Hola, hombre!

–Hola… –respondió Esteban, susurrando casi.

El chico era más o menos de su misma edad y vestía pantalón y camisa de un mismo tono, algo que debió ser caqui en otros tiempos, pero que ahora pertenecía a esa categoría de colores vagos e indefinibles.

–¿Eres de por acá? –le preguntó a Esteban.

–Sí, este… –se aturdió y no supo cómo explicar que vivía en el cerro y que estaba de viaje de exploración a través de la bestia de un millón de cabezas.

–¿De dónde, ah? –se había acercado y estaba frente a Esteban. Era más alto y sus ojos, inquietos, le recorrían de arriba abajo–. ¿De dónde, ah? –volvió a preguntar.

–De allá, del cerro –y Esteban señaló en la dirección en que había venido.

–¿San Cosme?

Esteban meneó la cabeza negativamente.

–¿Del Agustino?

–¡Sí, de ahí! –exclamó sonriendo. Ése era el nombre y ahora lo recordaba. Desde hacía meses, cuando se enteró de la decisión de su tío de venir a radicarse a Lima, venía averiguando cosas de la ciudad. Fue así como supo que Lima era muy grande, demasiado grande tal vez; que había un sitio que se llamaba Callao y que ahí llegaban buques de otros países; que había lugares muy bonitos, tiendas enormes, calles larguísimas… ¡Lima!… Su tío había salido dos meses antes que ellos con el propósito de conseguir casa. Una casa. “¿En qué sitio será?”, le había preguntado a su madre. Ella tampoco sabía. Los días corrieron y después de muchas semanas llegó la carta que ordenaba partir. ¡Lima!… ¿El cerro del Agustino, Esteban? Pero él no lo llamaba así. Ese lugar tenía otro nombre. La choza que su tío había levantado quedaba en el barrio de Junto al Cielo. Y Esteban era el único que lo sabía.

–Yo no tengo casa… –dijo el chico, después de un rato. Tiró una bola contra la tierra y exclamó–: ¡Caray, no tengo!

–¿Dónde vives, entonces? –se animó a inquirir Esteban.

El chico recogió la bola, la frotó en su mano y luego respondió:

–En el mercado; cuido la fruta, duermo a ratos… –amistoso y sonriente, puso una mano sobre el hombro de Esteban y le preguntó–: ¿Cómo te llamas tú?

–Esteban…

–Yo me llamo Pedro –tiró la bola al aire y la recibió en la palma de su mano–. Te juego, ¿ya, Esteban?

Las bolas rodaron sobre la tierra, persiguiéndose mutuamente. Pasaron los minutos, pasaron hombres y mujeres juntos a ellos, pasaron autos por la calle, siguieron pasando los minutos. El juego había terminado, Esteban no tenía nada que hacer junto a la habilidad de Pedro. Las bolas al bolsillo y los pies sobre el cemento gris de la acera. ¿Adónde ahora? Empezaron a caminar juntos. Esteban se sentía más a gusto en compañía de Pedro que estando solo.

Dieron algunas vueltas. Más y más edificios. Más y más gentes. Más y más autos en las calles. Y el billete anaranjado seguía en el bolsillo. Esteban lo recordó.

–¡Mira lo que me encontré! –lo tenía entre sus dedos y el viento lo hacía oscilar levemente.

–¡Caray! –exclamó Pedro y lo tomó, examinándolo al detalle–. ¡Diez soles, caray! ¿Dónde lo encontraste?

–Junto a la pista, cerca del cerro –explicó Esteban.

Pedro le devolvió el billete y se concentró un rato. Luego preguntó:

–¿Qué piensas hacer, Esteban?

–No sé, guardarlo, seguro… –y sonrió tímidamente.

–¡Caray, yo con una libra haría negocios, palabra que sí!

–¿Cómo?

Pedro hizo un gesto impreciso que podía revelar, a un mismo tiempo, muchísimas cosas. Su gesto podía interpretarse como una total despreocupación por el asunto –los negocios– o como una gran abundancia de posibilidades y perspectivas. Esteban no comprendió.

–¿Qué clase de negocios, ah?

–¡Cualquier clase, hombre! –pateó una cáscara de naranja, que rodó desde la vereda hasta la pista; casi inmediatamente pasó un ómnibus que la aplastó contra el pavimento–. Negocios hay de sobra, palabra que sí. Y en unos días cada uno de nosotros podría tener otra libra en el bolsillo.

–¿Una libra más? –preguntó Esteban, asombrándose.

–¡Pero, claro; claro que sí!… –volvió a examinar a Esteban y le preguntó–: ¿Tú eres de Lima?

Esteban se ruborizó. No, él no había crecido al pie de las paredes grises, ni jugando sobre el cemento áspero e indiferente. Nada de eso en sus diez años, salvo lo de ese día.

–No, no soy de acá, soy de Tarma; llegué ayer…

–¡Ah! –exclamó Pedro, observándolo fugazmente–. ¿De Tarma, no?

–Sí, de Tarma…

Habían dejado atrás el mercado y estaban junto a la carretera. A medio kilómetro de distancia se alzaba el cerro del Agustino, el barrio de Junto al Cielo, según Esteban. Antes del viaje, en Tarma, se había preguntado: “¿Iremos a vivir a Miraflores, al Callao, a San Isidro, a Chorrillos; en cuál de esos barrios quedará la casa de mi tío?” Habían tomado el ómnibus y después de varias horas de pesado y fatigante viaje arribaban a Lima. ¿Miraflores? ¿La Victoria? ¿San Isidro? ¿Callao? ¿Adónde, Esteban, adónde? Su tío había mencionado el lugar y era la primera vez que Esteban lo oía nombrar. “Debe ser algún barrio nuevo”, pensó. Tomaron un auto y cruzaron calles y más calles. Todas diferentes, pero, cosa curiosa, todas parecidas también. El auto los dejó al pie de un cerro. Casas junto al cerro, casas en mitad del cerro, casas en la cumbre del cerro.

Habían subido, y una vez arriba, junto a la choza que había levantado su tío, Esteban contempló a la bestia con un millón de cabezas. La “cosa” se extendía y se desparramaba, cubriendo la tierra de casas, calles, techos, edificios, más allá de lo que su vista podía alcanzar. Entonces Esteban había levantado los ojos y se había sentido tan encima de todo –o tan abajo quizá–, que había pensado que estaba en el barrio de Junto al Cielo.

–Oye, ¿quisieras entrar en algún negocio conmigo? –Pedro se había detenido y lo contemplaba, esperando respuesta.

–¿Yo?… –titubeando, preguntó–: ¿Qué clase de negocio? ¿Tendría otro billete mañana?

–¡Claro que sí, por supuesto! –afirmó resueltamente.

La mano de Esteban acarició el billete y pensó que podría tener otro billete más, y otro más y muchos más. Muchísimos billetes más, seguramente. Entonces el “diez años” sería esa meta que siempre había soñado.

–¿Qué clase de negocios se puede, ah? –preguntó Esteban.

Pedro se sonrió y explicó:

–Negocios hay muchos… Podríamos comprar periódicos y venderlos por Lima; podríamos comprar revistas, chistes… –hizo una pausa y escupió con vehemencia. Luego dijo, entusiasmándose–: mira, compramos diez soles de revistas y las vendemos ahora mismo, en la tarde, y tenemos quince soles, palabra.

–¿Quince soles?

–¡Claro, quince soles! ¡Dos cincuenta para ti y dos cincuenta para mí! ¿Qué te parece, ah?

Convinieron en reunirse al pie del cerro dentro de una hora; convinieron en que Esteban no diría nada, ni a su madre ni a su tío; convinieron en que venderían revistas y que de la libra de Esteban saldrían muchísimas cosas.

 

Esteban había almorzado apresuradamente y le había vuelto a pedir permiso a su madre para bajar a la ciudad. Su tío no almorzaba con ellos, pues en su trabajo le daban de comer gratis, completamente gratis, como había recalcado al explicar su situación. Esteban bajó por el sendero ondulante, saltó la acequia y se detuvo al borde de la carretera, justamente en el mismo lugar en que había encontrado, en la mañana, el billete de diez soles. Al poco rato apareció Pedro y empezaron a caminar juntos, internándose dentro de la bestia de un millón de cabezas.

–Vas a ver qué fácil es vender revistas, Esteban. Las ponemos en cualquier sitio, la gente las ve y, listo, las compra para sus hijos. Y si queremos nos ponemos a gritar en la calle el nombre de las revistas, y así vienen más rápido… ¡ya vas a ver qué bueno es hacer negocios!…

–¿Queda muy lejos el sitio? –preguntó Esteban, al ver que las calles seguían alargándose casi hasta el infinito. Qué lejos había quedado Tarma, qué lejos había quedado todo lo que hasta hace unos días había sido habitual para él.

–No, ya no. Ahora estamos cerca del tranvía y nos vamos gorreando hasta el centro.

–¿Cuánto cuesta el tranvía?

–¡Nada, hombre! –y se rio de buena gana–. Lo tomamos no más y le decimos al conductor que nos deje ir hasta la Plaza de San Martín.

Más y más cuadras. Y los autos, algunos viejos, otros increíblemente nuevos y flamantes, pasaban veloces, rumbo sabe Dios dónde.

–¿Adónde va toda esa gente en auto?

Pedro sonrió y observó a Esteban. Pero, ¿adónde iban realmente? Pedro no halló ninguna respuesta satisfactoria y se limitó a mover la cabeza de un lado a otro. Más y más cuadras. Al fin terminó la calle y llegaron a una especie de parque.

–¡Corre! –le gritó Pedro, de súbito. El tranvía comenzaba a ponerse en marcha. Corrieron, cruzaron en dos saltos la pista y se encaramaron al estribo.

Una vez arriba, se miraron sonrientes. Esteban empezó a perder el temor y llegó a la conclusión de que seguía siendo el centro de todo. La bestia de un millón de cabezas no era tan espantosa como había soñado, y ya no le importaba estar allí siempre, aquí o allá, en el centro mismo, en el ombligo mismo de la bestia.

 

Parecía que el tranvía se había detenido definitivamente esta vez, después de una serie de paradas. Todo el mundo se había levantado de sus asientos y Pedro lo estaba empujando.

–Vamos, ¿qué esperas?

–¿Aquí es?

–Claro, baja.

Descendieron y otra vez a rodar sobre la piel de cemento de la bestia. Esteban veía más gente y la veía marchar –sabe Dios dónde– con más prisa que antes. ¿Por qué no caminaban tranquilos, suaves, con gusto, como la gente de Tarma?

–Después volvemos y por estos mismos sitios vamos a vender las revistas.

–Bueno –asintió Esteban. El sitio era lo de menos, se dijo, lo importante era vender las revistas, y que la libra se convirtiera en varias más. Eso era lo importante.

–¿Tú tampoco tienes papá? –le preguntó Pedro, mientras doblaban hacia una calle por la que pasaban los rieles del tranvía.

–No, no tengo… –y bajó la cabeza, entristecido. Luego de un momento, Esteban preguntó–: ¿Y tú?

–Tampoco, ni papá ni mamá –Pedro se encogió de hombros y apresuró el paso. Después inquirió descuidadamente–: ¿Y al que le dices “tío”?

–Ah… él vive con mi mamá; ha venido a Lima de chofer… –calló, pero en seguida dijo–: Mi papá murió cuando yo era chico…

–¡Ah, caray!… ¿Y tu “tío”, qué tal te trata?

–Bien; no se mete conmigo para nada.

–¡Ah!

Habían llegado al lugar. Tras un portón se veía un patio más o menos grande, puertas, ventanas y dos letreros que anunciaban revistas al por mayor.

–Ven, entra –le ordenó Pedro.

Estaban adentro. Desde el piso hasta el techo había revistas, y algunos chicos como ellos; dos mujeres y un hombre seleccionaban sus compras. Pedro se dirigió a uno de los estantes y fue acumulando revistas bajo el brazo. Las contó y volvió a revisarlas.

–Paga.

Esteban vaciló un momento. Desprenderse del billete anaranjado era más desagradable de lo que había supuesto. Se estaba bien teniéndolo en el bolsillo y pudiendo acariciarlo cuantas veces fuera necesario.

–Paga –repitió Pedro, mostrándole las revistas a un hombre gordo que controlaba la venta.

–¿Es justo una libra?

–Sí, justo. Diez revistas a un sol cada una.

Oprimió el billete con desesperación, pero al fin terminó por extraerlo del bolsillo. Pedro se lo quitó rápidamente de la mano y lo entregó al hombre.

–Vamos –dijo, jalándolo.

 

Se instalaron en la Plaza San Martín y alinearon las diez revistas en uno de los muros que circundan el jardín. “Revistas, revistas, revistas, señor; revistas, señora, revistas, revistas”. Cada vez que una de las revistas desaparecía con un comprador, Esteban suspiraba aliviado. Quedaban seis revistas y pronto, de seguir así las cosas, no habría de quedar ninguna.

–¿Qué te parece, ah? –preguntó Pedro, sonriendo con orgullo.

–Está bueno, está bueno… –y se sintió enormemente agradecido a su amigo y socio.

–Revistas, revistas; ¿no quiere un chiste, señor?

El hombre se detuvo y examinó las carátulas.

–¿Cuánto?

–Un sol cincuenta, no más…

La mano del hombre quedó indecisa sobre dos revistas. ¿Cuál, cuál llevará? Al fin se decidió.

–Cóbrese.

Y las monedas cayeron, tintineantes, al bolsillo de Pedro. Esteban se limitaba a observar; meditaba y sacaba sus conclusiones: una cosa era soñar, allá en Tarma, con una bestia de un millón de cabezas, y otra era estar en Lima, en el centro mismo del universo, absorbiendo y paladeando con fruición la vida. Él era el socio capitalista y el negocio marchaba estupendamente bien. “Revistas, revistas”, gritaba el socio industrial, y otra revista más que desaparecía en manos impacientes. “¡Apúrate con el vuelto!”, exclamaba el comprador. Y todo el mundo caminaba aprisa, rápidamente. “¿Adónde van, que se apuran tanto?”, pensaba Esteban.

Bueno, bueno, la bestia era una bestia bondadosa, amigable, aunque algo difícil de comprender. Eso no importaba; seguramente, con el tiempo, se acostumbraría. Era una magnífica bestia que estaba permitiendo que el billete de diez soles se multiplicara. Ahora ya no quedaban más que dos revistas sobre el muro. Dos nada más y ocho desparramándose por desconocidos e ignorados rincones de la bestia. “Revistas, revistas, chistes a sol cincuenta, chistes…” Listo, ya no quedaba más que una revista y Pedro anunció que eran las cuatro y media.

–¡Caray, me muero de hambre, no he almorzado!… –prorrumpió luego.

–¿No has almorzado?

–No, no he almorzado… –observó a posibles compradores entre las personas que pasaban y después sugirió–: ¿Me podrías ir a comprar un pan o un bizcocho?

–Bueno –aceptó Esteban inmediatamente.

Pedro sacó un sol del bolsillo y explicó:

–Esto es de los dos cincuenta de mi ganancia, ¿ya?

–Sí, ya sé.

–¿Ves ese cine? –preguntó Pedro, señalando a uno que quedaba en esquina. Esteban asintió–. Bueno, sigues por esa calle y a mitad de cuadra hay una tiendecita de japoneses. Anda y cómprame un pan con jamón o tráeme un plátano y galletas, cualquier cosa, ¿ya, Esteban?

–Ya.

Recibió el sol, cruzó la pista, pasó por entre dos autos estacionados y tomó la calle que le había indicado Pedro. Sí, ahí estaba la tienda. Entró.

–Deme un pan con jamón –pidió a la muchacha que atendía.

Sacó un pan de la vitrina, lo envolvió en un papel y se lo entregó. Esteban puso la moneda sobre el mostrador.

–Vale un sol veinte –advirtió la muchacha.

–¡Un sol veinte!… –devolvió el pan y quedó indeciso un instante. Luego se decidió–: Dame un sol de galletas entonces.

Tenía el paquete de galletas en la mano y andaba lentamente. Pasó junto al cine y se detuvo a contemplar los atrayentes avisos. Miró a su gusto y, luego, prosiguió caminando. ¿Habría vendido Pedro la revista que le quedaba?

Más tarde, cuando regresara a Junto al Cielo, lo haría feliz, absolutamente feliz. Pensó en ello, apresuró el paso, atravesó la calle, esperó que pasaran unos automóviles y llegó a la vereda. Veinte o treinta metros más allá había quedado Pedro. ¿O se había confundido? Porque ya Pedro no estaba en ese lugar ni en ninguno otro. Llegó al sitio preciso y nada, ni Pedro ni revista, ni quince soles, ni… ¿Cómo había podido perderse o desorientarse? Pero ¿no era ahí donde habían estado vendiendo las revistas? ¿Era o no era? Miró a su alrededor. Sí, en el jardín de atrás seguía la envoltura de un chocolate. El papel era amarillo con letras rojas y negras, y él lo había notado cuando se instalaron, hacía más de dos horas. Entonces, ¿no se había confundido? ¿Y Pedro, y los quince soles, y la revista?

“Bueno, no era necesario asustarse”, pensó. Seguramente se había demorado y Pedro lo estaba buscando. Eso tenía que haber sucedido obligadamente. Pasaron los minutos. No, Pedro no había ido a buscarlo: ya estaría de regreso de ser así. Tal vez había ido con un comprador a conseguir cambio. Más y más minutos fueron quedando a sus espaldas. No, Pedro no había ido a buscar sencillo: ya estaría de regreso de ser así. ¿Entonces?…

–Señor, ¿tiene hora? –le preguntó a un joven que pasaba.

–Sí, las cinco en punto.

Esteban bajó la vista, hundiéndola en la piel de la bestia, y prefirió no pensar. Comprendió que, de hacerlo, terminaría llorando y eso no podía ser. Él ya tenía diez años, y diez años no eran ocho ni nueve. ¡Eran diez años!

–¿Tiene hora, señorita?

–Sí –sonrió y dijo con una voz linda–: Las seis y diez –y se alejó, presurosa.

¿Y Pedro, y los quince soles, y la revista?… ¿Dónde estaban, en qué lugar de la bestia con un millón de cabezas estaban?… Desgraciadamente no lo sabía y solo quedaba la posibilidad de esperar y seguir esperando…

–¿Tiene hora, señor?

–Un cuarto para las siete.

–Gracias.

¿Entonces?… Entonces, ¿ya Pedro no iba a regresar?… ¿Ni Pedro, ni los quince soles, ni la revista iban a regresar entonces?… Decenas de letreros luminosos se habían encendido. Letreros luminosos que se apagaban y se volvían a encender; y más y más gente sobre la piel de la bestia. Y la gente caminaba más aprisa ahora. Rápido, rápido, apúrense, más rápido aún, más, más, hay que apurarse muchísimo más, apúrense más… y Esteban permanecía inmóvil, recostado en el muro, con el paquete de galletas en la mano y con las esperanzas en el bolsillo de Pedro… inmóvil, dominándose para no terminar en pleno llanto.

Entonces, ¿Pedro lo había engañado?… ¿Pedro, su amigo, le había robado el billete anaranjado?… ¿O no sería, más bien, la bestia con un millón de cabezas la causa de todo?… Y ¿acaso no era Pedro parte integrante de la bestia?…

Sí y no. Pero ya nada importaba. Dejó el muro, mordisqueó una galleta y, desolado, se dirigió a tomar el tranvía.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)