martes, 29 de septiembre de 2026

Rashomon

Ryunosuke Akutagawa

 

Era un frío atardecer. Bajo Rashomon, el sirviente de un samurái esperaba que cesara la lluvia. No había nadie en el amplio portal. Solo un grillo se posaba en una gruesa columna, cuya laca carmesí estaba resquebrajada en algunas partes. Situado Rashomon en la Avenida Sujaltu, era de suponer que algunas personas, como ciertas damas con el ichimegasa o nobles con el momiebosh, podrían guarecerse allí; pero al parecer no había nadie fuera del sirviente. Y era explicable, ya que en los últimos dos o tres años la ciudad de Kyoto había sufrido una larga serie de calamidades: terremotos, tifones, incendios y carestías la habían llevado a una completa desolación. Dicen los antiguos textos que la gente llegó a destruir las imágenes budistas y otros objetos de culto, y esos trozos de madera, laqueada y adornada con hojas de oro y plata, se vendían en las calles como leña. Ante semejante situación, resultaba natural que nadie se ocupara de restaurar Rashomon. Aprovechando la devastación del edificio, los zorros y otros animales instalaron sus madrigueras entre las ruinas; por su parte ladrones y malhechores no lo desdeñaron como refugio, hasta que finalmente se le vio convertido en depósito de cadáveres anónimos. Nadie se acercaba por los alrededores al anochecer, más que nada por su aspecto sombrío y desolado.

En cambio, los cuervos acudían en bandadas desde los más remotos lugares. Durante el día, volaban en círculos alrededor de la torre, y en el cielo enrojecido del atardecer sus siluetas se dispersaban como granos de sésamo antes de caer sobre los cadáveres abandonados.

Pero ese día no se veía ningún cuervo, tal vez por ser demasiado tarde. En la escalera de piedra, que se derrumbaba a trechos y entre cuyas grietas crecía la hierba, podían verse los blancos excrementos de estas aves. El sirviente vestía un gastado kimono azul, y sentado en el último de los siete escalones contemplaba distraídamente la lluvia, mientras concentraba su atención en el grano de la mejilla derecha.

Como decía, el sirviente estaba esperando que cesara la lluvia; pero de cualquier manera no tenía ninguna idea precisa de lo que haría después. En circunstancias normales, lo natural habría sido volver a casa de su amo; pero unos días antes éste lo había despedido, no obstante los largos años que había estado a su servicio. El suyo era uno de los tantos problemas surgidos del precipitado derrumbe de la prosperidad de Kyoto.

Por eso, quizás, hubiera sido mejor aclarar: “El sirviente espera en el portal sin saber qué hacer, ya que no tiene adónde ir”. Es cierto que, por otra parte, el tiempo oscuro y tormentoso había deprimido notablemente el sentimentalismo de este sirviente de la época Heian.

Habiendo comenzado la lluvia a mediodía, todavía continuaba después del atardecer. Perdido en un mar de pensamientos incoherentes, buscando algo que le permitiera vivir desde el día siguiente y la manera de obrar frente a ese inexorable destino que tanto lo deprimía, el sirviente escuchaba, abstraído, el ruido de la lluvia sobre la avenida Sujaku.

La lluvia parecía recoger su ímpetu desde lejos, para descargarlo estrepitosamente sobre Rashomon, como envolviéndolo. Alzando la vista, en el cielo oscuro se veía una pesada nube suspendida en el borde de una teja inclinada.

“Para escapar a esta maldita suerte –pensó el sirviente– no puedo esperar a elegir un medio, ni bueno ni malo, pues si empezara a pensar sin duda me moriría de hambre en medio del camino o en alguna zanja; luego me traerían aquí, a esta torre, dejándome tirado como a un perro. Pero si no elijo…”

Su pensamiento, tras mucho rondar la misma idea, había llegado por fin a este punto. Pero ese “si no elijo…” quedó fijo en su mente. Aparentemente estaba dispuesto a emplear cualquier medio; pero al decir “si no…” demostró no tener el valor suficiente para confesarse rotundamente: “no me queda otro remedio que convertirme en ladrón”.

Lanzó un fuerte estornudo y se levantó con lentitud. El frío anochecer de Kyoto hacía aflorar el calor del fuego. El viento, en la penumbra, gemía entre los pilares. El grillo que se posaba en la gruesa columna había desaparecido.

Con la cabeza metida entre los hombros paseó la mirada en torno del edificio; luego levantó las hombreras del kimono azul que llevaba sobre una delgada ropa interior. Se decidió por fin a pasar la noche en algún lugar que le permitiera guarecerse de la lluvia y del viento, en donde nadie lo molestara.

El sirviente descubrió otra escalera ancha, también laqueada, que parecía conducir a la torre. Ahí arriba nadie lo podría molestar, excepto los muertos. Cuidando de que no se deslizara su espada de la vaina sujeta a la cintura, el sirviente puso su pie calzado con sandalias sobre el primer peldaño.

Minutos después, en mitad de la amplia escalera que conducía a la torre de Rashomon, un hombre acurrucado como un gato, con la respiración contenida, observaba lo que sucedía más arriba. La luz procedente de la torre brillaba en la mejilla del hombre; una mejilla que bajo la corta barba descubría un grano colorado, purulento. El hombre, es decir el sirviente, había pensado que dentro de la torre solo hallaría cadáveres; pero subiendo dos o tres escalones notó que había luz, y que alguien la movía de un lado a otro. Lo supo cuando vio su reflejo mortecino, amarillento, oscilando de un modo espectral en el techo cubierto de telarañas. ¿Qué clase de persona encendería esa luz en Rashomon, en una noche de lluvia como aquélla?

Silencioso como un lagarto, el sirviente se arrastró hasta el último peldaño de la empinada escalera. Con el cuerpo encogido todo lo posible y el cuello estirado, observó medrosamente el interior de la torre.

Confirmando los rumores, vio allí algunos cadáveres tirados negligentemente en el suelo. Como la luz de la llama iluminaba escasamente a su alrededor, no pudo distinguir la cantidad; únicamente pudo ver algunos cuerpos vestidos y otros desnudos, de hombres y mujeres. Los hombros, el pecho y otras partes recibían una luz agonizante, que hacía más densa la sombra en los restantes miembros.

Unos con la boca abierta, otros con los brazos extendidos, ninguno daba más señales de vida que un muñeco de barro. Al verlos entregados a ese silencio eterno, el sirviente dudó que hubiesen vivido alguna vez.

El hedor que despedían los cuerpos ya descompuestos le hizo llevar rápidamente la mano a la nariz. Pero un instante después olvidó ese gesto. Una impresión más violenta anuló su olfato al ver que alguien estaba inclinado sobre los cadáveres.

Era una vieja escuálida, canosa y con aspecto de mona, vestida con un kimono de tono ciprés. Sosteniendo con la mano derecha una tea de pino, observaba el rostro de un muerto, que por su larga cabellera parecía una mujer.

Poseído más por el horror que por la curiosidad, el sirviente contuvo la respiración un instante, sintiendo que se le erizaban los pelos. Mientras observaba aterrado, la vieja colocó su tea entre dos tablas del piso, y sosteniendo con una mano la cabeza que había estado mirando, con la otra comenzó a arrancarle el cabello, uno por uno; parecía desprenderse fácilmente.

A medida que el cabello se iba desprendiendo, cedía gradualmente el miedo del sirviente; pero al mismo tiempo se apoderaba de él un incontenible odio hacia esa vieja. Ese odio –pronto lo comprobó– no iba dirigido solo contra la vieja, sino contra todo lo que simbolizara “el mal”, por el que ahora sentía vivísima repugnancia. Si en ese instante le hubiera sido dado elegir entre morir de hambre o convertirse en ladrón –el problema que él mismo se había planteado hacía unos instantes– no habría vacilado en elegir la muerte. El odio y la repugnancia ardían en él tan vivamente como la tea que la vieja había clavado en el piso.

Él no sabía por qué aquella vieja robaba cabellos; por consiguiente, no podía juzgar su conducta. Pero a los ojos del sirviente, despojar de las cabelleras a los muertos de Rashomon, y en una noche de tormenta como ésa, cobraba toda la apariencia de un pecado imperdonable. Naturalmente, este nuevo espectáculo le había hecho olvidar que solo momentos antes él mismo había pensado hacerse ladrón.

Reunió todas sus fuerzas en las piernas, y saltó con agilidad desde su escondite; con la mano en su espada, en una zancada se plantó ante la vieja. Ésta se volvió aterrada, y al ver al hombre retrocedió bruscamente, tambaleándose.

–¡Adónde vas, vieja infeliz! –gritó cerrándole el paso, mientras ella intentaba huir pisoteando los cadáveres.

La suerte estaba echada. Tras un breve forcejeo el hombre tomó a la vieja por el brazo (de puro hueso y piel, más bien parecía una pata de gallina), y retorciéndoselo, la arrojó al suelo con violencia:

–¿Qué estabas haciendo? Contesta, vieja; si no, hablará esto por mí.

Diciendo esto, el sirviente la soltó, desenvainó su espada y puso el brillante metal frente a los ojos de la vieja. Pero ésta guardaba un silencio malicioso, como si fuera muda. Un temblor histérico agitaba sus manos y respiraba con dificultad, con los ojos desorbitados. Al verla así, el sirviente comprendió que la vieja estaba a su merced. Y al tener conciencia de que una vida estaba librada al azar de su voluntad, todo el odio que había acumulado se desvaneció, para dar lugar a un sentimiento de satisfacción y de orgullo; la satisfacción y el orgullo que se sienten al realizar una acción y obtener la merecida recompensa. Miró el sirviente a la vieja y suavizando algo la voz, le dijo:

–Escucha. No soy ningún funcionario imperial. Soy un viajero que pasaba accidentalmente por este lugar. Por eso no tengo ningún interés en prenderte o en hacer contigo nada en particular. Lo que quiero es saber qué estabas haciendo aquí hace un momento.

La vieja abrió aún más los ojos y clavó su mirada en el hombre; una mirada sarcástica, penetrante, con esos ojos sanguinolentos que suelen tener ciertas aves de rapiña. Luego, como masticando algo, movió los labios, unos labios tan arrugados que casi se confundían con la nariz. La punta de la nuez se movió en la garganta huesuda. De pronto, una voz áspera y jadeante como el graznido de un cuervo llegó a los oídos del sirviente:

–Yo, sacaba los cabellos… sacaba los cabellos… para hacer pelucas…

Ante una respuesta tan simple y mediocre el sirviente se sintió defraudado. La decepción hizo que el odio y la repugnancia lo invadieran nuevamente, pero ahora acompañados por un frío desprecio. La vieja pareció adivinar lo que el sirviente sentía en ese momento y, conservando en la mano los largos cabellos que acababa de arrancar, murmuró con su voz sorda y ronca:

–Ciertamente, arrancar los cabellos a los muertos puede parecerle horrible; pero ninguno de éstos merece ser tratado de mejor modo. Esa mujer, por ejemplo, a quien le saqué estos hermosos cabellos negros, acostumbraba vender carne de víbora desecada en la Barraca de los Guardianes, haciéndola pasar nada menos que por pescado. Los guardianes decían que no conocían pescado más delicioso. No digo que eso estuviese mal pues de otro modo se hubiera muerto de hambre. ¿Qué otra cosa podía hacer? De igual modo podría justificar lo que yo hago ahora. No tengo otro remedio, si quiero seguir viviendo. Si ella llegara a saber lo que le hago, posiblemente me perdonaría.

Mientras tanto el sirviente había guardado su espada, y con la mano izquierda apoyada en la empuñadura, la escuchaba fríamente. La derecha tocaba nerviosamente el grano purulento de la mejilla. Y en tanto la escuchaba, sintió que le nacía cierto coraje, el que le faltara momentos antes bajo el portal. Además, ese coraje crecía en dirección opuesta al sentimiento que lo había dominado en el instante de sorprender a la vieja. El sirviente no solo dejó de dudar (entre elegir la muerte o convertirse en ladrón) sino que en ese momento el tener que morir de hambre se había convertido para él en una idea absurda, algo por completo ajeno a su entendimiento.

–¿Estás segura de lo que dices? –preguntó en tono malicioso y burlón.

De pronto quitó la mano del grano, avanzó hacia ella y tomándola por el cuello le dijo con rudeza:

–Y bien, no me guardarás rencor si te robo, ¿verdad? Si no lo hago, también yo me moriré de hambre.

Seguidamente, despojó a la vieja de sus ropas, y como ella tratara de impedirlo aferrándosele a las piernas, de un puntapié la arrojó entre los cadáveres. En cinco pasos el sirviente estuvo en la boca de la escalera; y en un abrir y cerrar de ojos, con la amarillenta ropa bajo el brazo, descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche.

Un momento después la vieja, que había estado tendida como un muerto más, se incorporó, desnuda. Gruñendo y gimiendo, se arrastró hasta la escalera, a la luz de la antorcha que seguía ardiendo. Asomó la cabeza al oscuro vacío y los cabellos blancos le cayeron sobre la cara.

Abajo, solo la noche negra y muda.

Adónde fue el sirviente, nadie lo sabe.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

La muerte de los Arango

José María Arguedas

 

Contaron que habían visto al tifus, vadeando el río, sobre un caballo negro, desde la otra banda donde aniquiló al pueblo de Sayla, a esta banda en que vivíamos nosotros.

A los pocos días empezó a morir la gente. Tras del caballo negro del tifus pasaron a esta banda manadas de cabras por los pequeños puentes. Soldados enviados por la Subprefectura incendiaron el pueblo de Sayla, vacío ya, y con algunos cadáveres descomponiéndose en las casas abandonadas. Sayla fue un pueblo de cabreros y sus tierras secas solo producían calabazas y arbustos de flores y hojas amargas.

Entonces yo era un párvulo y aprendía a leer en la escuela. Los pequeños deletreábamos a gritos en el corredor soleado y alegre que daba a la plaza.

Cuando los cortejos fúnebres que pasaban cerca del corredor se hicieron muy frecuentes, la maestra nos obligó a permanecer todo el día en el salón oscuro y frío de la escuela.

Los indios cargaban a los muertos en unos féretros toscos; y muchas veces los brazos del cadáver sobresalían por los bordes. Nosotros los contemplábamos hasta que el cortejo se perdía en la esquina. Las mujeres iban llorando a gritos; cantaban en falsete el ayataki, el canto de los muertos; sus voces agudas repercutían en las paredes de la escuela, cubrían el cielo, parecían apretarnos sobre el pecho.

La plaza era inmensa, crecía sobre ella una yerba muy verde y pequeña, la romesa. En el centro del campo se elevaba un gran eucalipto solitario. A diferencia de los otros eucaliptos del pueblo, de ramas escalonadas y largas, éste tenía un tronco ancho, poderoso, lleno de ojos, y altísimo; pero la cima del árbol terminaba en una especie de cabellera redonda, ramosa y tupida. “Es hembra”, decía la maestra. La copa de ese árbol se confundía con el cielo. Cuando lo mirábamos desde la escuela, sus altas ramas se mecían sobre el fondo nublado o sobre las abras de las montañas. En los días de la peste, los indios que cargaban los féretros, los que venían de la parte alta del pueblo y tenían que cruzar la plaza, se detenían unos instantes bajo el eucalipto. Las indias lloraban a torrentes, los hombres se paraban casi en círculo con los sombreros en la mano; y el eucalipto recibía a lo largo de todo su tronco, en sus ramas elevadas, el canto funerario. Después, cuando el cortejo se alejaba y desaparecía tras la esquina, nos parecía que de la cima del árbol caían lágrimas, y brotaba un viento triste que ascendía al centro del cielo. Por eso la presencia del eucalipto nos cautivaba; su sombra, que al atardecer tocaba al corredor de la escuela, tenía algo de la imagen, del helado viento que envolvía a esos grupos desesperados de indios que bajaban hasta el panteón. La maestra presintió el nuevo significado que el árbol tenía para nosotros en esos días y nos obligó a salir de la escuela por un portillo del corral, al lado opuesto de la plaza.

El pueblo fue aniquilado. Llegaron a cargar hasta tres cadáveres en un féretro. Adornaban a los muertos con flores de retama, pero en los días postreros las propias mujeres ya no podían llorar ni cantar bien; estaban roncas e inermes. Tenían que lavar las ropas de los muertos para lograr la salvación, la limpieza final de todos los pecados.

Solo una acequia había en el pueblo: era el más seco, el más miserable de la región por la escasez de agua; y en esa acequia, de tanto poco caudal, las mujeres lavaban en fila, los ponchos, los pantalones haraposos, las faldas y las camisas mugrientas de los difuntos. Al principio lavaban con cuidado y observan el ritual estricto del pinchk’ay; pero cuando la peste cundió y empezaron a morir diariamente en el pueblo, las mujeres que quedaban, aún las viejas y las niñas, iban a la acequia y apenas tenían tiempo y fuerzas para remojar un poco las ropas, estrujarlas en la orilla y llevárselas, rezumando todavía agua por los extremos.

El panteón era un cerco cuadrado y amplio. Antes de la peste estaba cubierto de bosque de retama. Cantaban jilgueros en ese bosque; y al medio día cuando el cielo despejaba quemando al sol, las flores de retama exhalaban perfume. Pero en aquellos días del tifus, desarraigaron los arbustos y los quemaron para sahumar el cementerio. El panteón quedó rojo, horadado; poblado de montículos alargados con dos o tres cruces encima. La tierra era ligosa, de arcilla roja oscura.

En el camino al cementerio había cuatro catafalcos pequeños de barro con techo de paja. Sobre esos catafalcos se hacía descansar a los cadáveres, para que el cura dijera los responsos. En los días de la peste los cargadores seguían de frente; el cura despedía a los muertos a la salida del camino.

Muchos vecinos principales del pueblo murieron. Los hermanos Arango eran ganaderos y dueños de los mejores campos de trigo. El año anterior, don Juan, el menor, había pasado la mayordomía del santo patrón del pueblo. Fue un año deslumbrante. Don Juan gastó en las fiestas sus ganancias de tres años. Durante dos horas se quemaron castillos de fuego en la plaza. La guía de pólvora caminaba de un extremo a otro de la inmensa plaza, e iba incendiando los castillos. Volaban coronas fulgurantes, cohetes azules y verdes, palomas rojas desde la cima y de las aristas de los castillos; luego las armazones de madera y carrizo permanecieron durante largo rato cruzados de fuegos de colores. En la sombra, bajo el cielo estrellado de agosto, esos altos surtidores de luces, nos parecieron un trozo del firmamento caído a la plaza de nuestro pueblo y unido a él por las coronas de fuego que se perdían más lejos y más alto que la cima de las montañas. Muchas noches los niños del pueblo vimos en sueños el gran eucalipto de la plaza flotando en llamaradas.

Después de los fuegos, la gente se trasladó a la casa del mayordomo. Don Juan mandó poner enormes vasijas de chicha en la calle y en el patio de la casa, para que tomaran los indios; y sirvieron aguardiente fino de una docena de odres, para los caballeros. Los mejores danzantes de la provincia amanecieron bailando en competencia, por las calles y plazas. Los niños que vieron a aquellos danzantes el “Pachakchaki”, el “Rumisonk’o”, los imitaron. Recordaban las pruebas que hicieron, el paso de sus danzas, sus trajes de espejos ornados de plumas; y los tomaron de modelos, “Yo soy Pachakchaki”, “¡Yo soy Rumisonk’o!”, exclamaban; y bailaron en las escuelas, en sus casas, y en las eras de trigo y maíz, los días de la cosecha.

Desde aquella gran fiesta, don Juan Arango se hizo más famoso y respetado.

Don Juan hacía siempre de Rey Negro, en el drama de la Degollación que se representaba el 6 de enero. Es que era moreno, alto y fornido; sus ojos brillaban en su oscuro rostro. Y cuando bajaba a caballo desde el cerro, vestido de rey, y tronaban los cohetones, los niños lo admirábamos. Su capa roja de seda era levantada por el viento; empuñaba en alto su cetro reluciente de papel dorado; y se apeaba de un salto frente al “palacio” de Herodes; “Orreboar”, saludaba con su voz de trueno al rey judío. Y las barbas de Herodes temblaban.

El hermano mayor, don Eloy, era blanco y delgado. Se había educado en Lima; tenía modales caballerescos; leía revistas y estaba suscrito a los diarios de la capital. Hacía de Rey Blanco; su hermano le prestaba un caballo tordillo para que montara el 6 de enero. Era un caballo hermoso, de crin suelta; los otros galopaban y él trotaba con pasos largos, braceando.

Don Juan murió primero. Tenía treintidós años y era la esperanza del pueblo. Había prometido comprar un motor para instalar un molino eléctrico y dar luz al pueblo, hacer de la capital del distrito una villa moderna, mejor que la capital de la provincia. Resistió doce días de fiebre. A su entierro asistieron indios y principales. Lloraron las indias en la puerta del panteón. Eran centenares y cantaron a coro. Pero esa voz no arrebataba, no hacía estremecerse, como cuando cantaban solas, tres o cuatro, en los entierros de sus muertos. Hasta lloraron y gimieron junto a las paredes, pero pude resistir y miré el entierro. Cuando iban a bajar el cajón de la sepultura don Eloy hizo una promesa: “¡Hermano –dijo mirando el cajón, ya depositado en la fosa– un mes, un mes nada más, y estaremos juntos en la otra vida!”

Entonces la mujer de don Eloy y sus hijos lloraron a gritos. Los acompañantes no pudieron contenerse. Los hombres gimieron; las mujeres se desahogaron cantando como las indias. Los caballeros se abrazaron, tropezaban con la tierra de las sepulturas. Comenzó el crepúsculo; las nubes se incendiaban y lanzaban al campo su luz amarilla. Regresamos tanteando el camino; el cielo pesaba. Las indias fueron primero, corriendo. Los amigos de don Eloy demoraron toda la tarde en subir al pueblo; llegaron ya de noche.

Antes de los quince días murió don Eloy. Pero en ese tiempo habían caído ya muchos niños de la escuela, decenas de indios, señoras y otros principales. Solo algunas beatas viejas acompañadas de sus sirvientas iban a implorar en el atrio de la iglesia. Sobre las baldosas blancas se arrodillaban y lloraban, cada una por su cuenta, llamando al santo que preferían, en quechua y en castellano. Y por eso nadie se acordó después cómo fue el entierro de don Eloy.

Las campanas de la aldea, pequeñas pero con alta ley de oro, doblaban día y noche en aquellos días de mortandad. Cuando doblaban las campanas y al mismo tiempo se oía el canto agudo de las mujeres que iban siguiendo a los féretros, me parecía que estábamos sumergidos en un mar cristalino en cuya hondura repercutía el canto mortal y la vibración de las campanas; y los vivos estábamos sumergidos allí, separados por distancias que no podían cubrirse, tan solitarios y aislados como los que morían cada día.

Hasta que una mañana, don Jáuregui, el sacristán y cantor, entró a la plaza tirando de la brida al caballo tordillo del finado don Juan. La crin era blanca y negra, los colores mezclados en las cerdas lustrosas. Lo habían aperado como para un día de fiesta. Doscientos anillos de plata relucían en el trenzado; el pellón azul de hilos también reflejaba la luz; la montura de cajón, vacía, mostraba los refuerzos de plata. Los estribos cuadrados, de madera negra, danzaban.

Repicaron las campanas, por primera vez en todo ese tiempo. Repicaron vivamente sobre el pueblo diezmado. Corrían los chanchitos mostrencos en los campos baldíos y en la plaza. Las pequeñas flores blancas de la salvia y las otras flores aún más pequeñas y olorosas que crecían en el cerro de Santa Brígida se iluminaron.

Don Jáuregui hizo dar vueltas al tordillo en el centro de la plaza, junto a la sombra del eucalipto; hasta le dio de latigazos y le hizo pararse en las patas traseras, manoteando en el aire. Luego gritó, con su voz delgada, tan conocida en el pueblo:

–¡Aquí está el tifus, montado en el caballo blanco de don Eloy! ¡Canten la despedida! ¡Ya se va, ya se va! ¡Aúúúú! ¡Aú ú!

Habló en quechua, y concluyó el pregón con el aullido final de los jarahuis, tan largo, eterno siempre:

–¡Ah… ííí! ¡Yaúúú… yaúúú! ¡El tifus se está yendo; ya se está yendo!

Y pudo correr. Detrás de él, espantaban al tordillo algunas mujeres y hombres emponchados, enclenques. Miraban la montura vacía, detenidamente. Y espantaban al caballo.

Llegaron al borde del precipicio de Santa Brígida, junto al trono de la Virgen. El trono era una especie de nido formado en las ramas de un arbusto ancho y espinoso, de flores moradas. El sacristán conservaba el nido por algún secreto procedimiento; en las ramas retorcidas que formaban el asiento del trono no crecían nunca hojas, ni flores ni espinos. Los niños adornábamos y temíamos ese nido y lo perfumábamos con flores silvestres. Llevaban a la Virgen hasta el precipicio, el día de su fiesta. La sentaban en el nido como sobre un casco, con el rostro hacia el río, un río poderoso y hondo, de gran correntada, cuyo sonido lejano repercutía dentro del pecho de quienes lo miraban desde la altura.

Don Jáuregui cantó en latín una especie de responso junto al “trono” de la Virgen, luego se empinó y bajó el tapaojos, de la frente del tordillo, para cegarlo.

–¡Fuera! –gritó– ¡Adiós calavera! ¡Peste!

Le dio un latigazo, y el tordillo saltó al precipicio. Su cuerpo chocó y rebotó muchas veces en las rocas, donde goteaba agua y brotaban líquenes amarillos. Llegó al río; no lo detuvieron los andenes filudos del abismo.

Vimos la sangre del caballo, cerca del trono de la Virgen, en el sitio en que se dio el primer golpe.

–¡Don Eloy, don Eloy! ¡Ahí está tu caballo! ¡Ha matado a la peste! En su propia calavera. ¡Santos, santos, santos! ¡El alma del tordillo recibid! ¡Nuestra alma es salvada!

¡Adiós millahuay, espidillahuay…! (¡Decidme adiós! ¡Despedidme…!).

Con las manos juntas estuvo orando un rato, el cantor, en latín, en quechua y en castellano.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

lunes, 28 de septiembre de 2026

El ubicuo

Moriz Winternitz

 

Al salir de la ciudad de Stravasti, el Buda tuvo que atravesar una dilatada llanura. Desde sus diversos cielos, los dioses le arrojaron sombrillas para resguardarlo del sol. A fin de no desairar a sus bienhechores, el Buda se multiplicó cortésmente y, cada uno de los dioses vio un Buda que marchaba con su sombrilla.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

Clarísimo

Jules Renard

 

Si no hay complicaciones, se va a morir.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

Agua de arroz

Enrique Lihn

 

Subió a la carrera los tres primeros pisos del edificio que lo absorbía con un dejo de hostilidad, como un arrendatario indeseable y luego, a semejanza de esos ágiles pasajeros que finalmente se resignan a perder el tren, enumeró los últimos tramos de la escalera con un lento paso evasivo. Solo eran las once y media de la mañana, buena hora para un día domingo, pero no para él, ese día único.

La puerta lo recibió fríamente infranqueable; un número de metal, el otro garabateado a mano. Todas sus dudas se agolparon contra ella. El timbre estaba seguramente malo. ¿Golpearía, o haría uso incorrecto de “su” llave?

La abrió por último como si fuera la suya una visita policial: allanamiento. Se sentía su propio detective privado en plena actividad vergonzante. Dos personas en una. Eficacia probada. Pero el total de su envilecimiento era mayor que la suma de sus partes.

–¿Usted?…

En sueños, la identidad de la segunda persona no prueba que no sea una tercera. Es menester interrogarla. También en la realidad cuando se despierta de una pesadilla…

–Yo… –y por un momento mintió al decirlo, para ganar tiempo.

Por un momento fue como si ambos se encontraran en la misma situación. Ni semejante, ni equivalente: idéntica. No había nadie en la pieza de recibo. Norma acababa de subir por otra escala, de abrir y cerrar, violenta y cautelosa, otra puerta de entrada. Una ciudad desdoblada, como frente a un espejo, era el escenario más vasto de esa escena simétrica.

–Lo estaba esperando.

Sus impresiones volvieron de golpe a su curso normal.

Se miraron a fondo, para no verse. Una mirada divisoria. De polo a polo.

En la habitación reinaba un orden conventual: el orden de Norma. Sobraba el orden en medio de toda esa pobreza orgullosamente impecable, casi cómica, como lo es una dignidad exagerada. En esa cama se habrían podido guardar tantos secretos como en una tumba; las manchas de humedad en las murallas formaban parte del decorado y todos los objetos, antes inútiles, perturbadores, “desaparecían” cada uno en su justo sitio, reducidos a su tamaño natural. Solo sus libros continuaban en el desorden en que los dejara. Hacían grupo aparte en sedicioso, lamentable aislamiento.

En cuanto a su mujer, se restablecía con avidez del matrimonio, pálidamente aún pero ya rebosante de una salud futura. Era una planta de invernadero expuesta al sol que todo lo alumbra, al fin y al cabo. Una planta carnosa, compacta, resistente. ¿No había envenenado ella misma la atmósfera porque le resultaba irrespirable?

“Atención –se increpó, mientras se desembarazaba del abrigo minuciosamente, en cámara lenta–, no se trata de volver sobre una vieja historia podrida a rescatar al inocente y condenar al culpable. Somos personas adultas, no ya los protagonistas de ese folletín. Y esto debe ser lo natural. Que ya la releve de su turno, una vez a la semana y ella aproveche la ocasión para visitar largamente, no importa a quién. Su presencia aquí puede irritarme”. Ah, bien sabía ella, cómo hacerlo. Saltaba a la vista que era libre para elegir sus amistades.

–Pensé que preferiría estar solo con ella y cómo…

–Bien pensado. No pido explicaciones. Gracias.

La agredía de palabra, pero el tono de la voz neutralizaba sus expresiones. Una canción con la letra cambiada.

Norma volvió de la cocinilla con un escrito en la mano. Otro de sus famosos escritos.

–Son las instrucciones.

–Ya lo veo.

–¿Me entenderá la letra?

Se la había entendido demasiado bien. Cada vez que en la exasperación de la incomunicabilidad oral, se “aclaraban” mutuamente por escrito, con una lógica tanto más absurda cuanto más rigurosa. Ella era particularmente afecta a tal género de correspondencia:

“Lo sé, lo he visto todo claro anoche, donde esa amiga suya sin la cual usted no puede vivir…” O bien:

“Fui una tonta. Creí que por lo menos me respetaba usted como a una persona cualquiera. Lo esperé toda la tarde, para despedirme”.

–¿Qué dice aquí?

–Cucharadita. Una cucharadita y media de azúcar.

Por lo demás, escribía con letra de imprenta y espaciaba las líneas de una irreprochable rectitud y subrayaba los párrafos importantes una o dos veces, según el caso, y era enternecedor ese prurito de claridad obsesiva como el de un niño extraviado que explica su dirección a los mayores o el de un poseso en trance de revelaciones o el de un agonizante desconocido en una casa de huéspedes. Como el de… nadie escapa a ese momento –único para cada cual– en el que se es reintegrado vertiginosamente al seno de su propio abismo y se toca el fondo de la intransferible, innumerable soledad del ser. No hay ya modo de romper el tórrido silencio aplastante, ni palabras ni gestos lo bastante explícitos. Perdidos todos, unos al lado de otros, en una inmensidad de pequeños abismos.

El texto era de una oficiosidad tan exagerada que se lo habría podido leer entre líneas: un documento sicológico. Pero a él lo conmovía otra circunstancia: la tinta de un verde ingrato, ácido, recalcitrante, inagotable, que ella se obstinaba en usar.

–¿Está claro?

Lo sorprendió esa voz viva. Los recuerdos no hablan.

–Creo que sí –buscaba dónde fijar la vista–. Es un manual perfecto –se iba a permitir una ironía–, podrías publicarlo –La fijó más allá de ella.

–Usted sabe lo delicada que es una guagua.

–Gracias. Pero no es la primera vez que…

–Fíjese bien, por favor. Hay algunos cambios. Ahora tiene seis meses.

–Sí, sí. Sé leer. Agua de arroz. Puedes irte tranquila.

Norma no se movía de su sitio, se desprendía de él con dificultad. Ambos actuaban como en el interior de un acuario, sin ninguna fluidez.

–Hay vino. Una botella en la cocina. Y un poco de pisco si usted quiere.

Por fin se decidía a ofenderlo con franqueza. Endureció el rostro para ocultarlo y la miró a la cara, vacía como la suya de cualquiera expresión.

Eran dos ciegos, el uno al acecho del otro, en un silencio vibrante.

“Encima de todo es un borracho”, agregaba ella cuando se quejaba de él entre sus conocidos más y más numerosos.

Había dicho vino y pisco alargando las “íes”, como en una clase de pronunciación.

Y luego, bebía raras veces, nunca sola. Se limitaba a tolerar los vicios ajenos y a compartirlos discretamente llegado el caso, reservándose el derecho a condenarlos después, como si en cierto modo no los hubiera fomentado. Al menos, era la conducta que había observado con él. Una trampa para el incauto oficiante que cree haber iniciado en su rito al asistente ideal, en el mejor de los medios posibles, cuando en realidad se presta a un experimento en la pieza de su futura esposa. A los hombres hay que conocerlos en la intimidad de sus debilidades. Para analizarlo, Norma lo había dejado diluirse en una solución de humores espirituosos.

En cualquier caso, la existencia de esas botellas allí delataba la asiduidad de un amigo de la casa. Su vacante, la habían colmado hasta los bordes. Y era exactamente lo que Norma le estaba diciendo, con el rostro en blanco.

–Hay vino, una botella en la cocina. Y un poco de pisco, si usted quiere.

Por el espacio de un momento se vio a sí mismo de pie –se había sentado al borde de la cama– con la mano alzada sobre ese eclipse de cara y se escuchó expresiones soeces como si alguien gritase a lo lejos, a destiempo. Oasis. Un juego de la imaginación, violento. Realmente, todo seguía en calma, con creciente naturalidad. El silencio runruneaba. Sí, también eso era lo natural. Que se lo reemplazara a fondo. Lo natural. La medida misma de la naturalidad. Su punto de concentración.

Salvado.

–Es un ofrecimiento. Lo tendré en cuenta. Gracias.

No se había traicionado y ya no tenía nada que traicionar.

–Bueno…

Era tan absurda que, a lo mejor, le tendía la mano.

–Bueno.

–… vuelvo a las ocho…

Casi, casi se la había tendido.

–Conforme.

Después de todo, no estaban de más unos vasos de vino.

Norma huyó hacia la puerta como si se hubiera declarado un incendio o temblara.

 

***

La niña no lo iba a reconocer con seguridad, pero acaso podía desconocerlo o simplemente extrañar a su madre y ver en él nada más que el vacío opaco, nebuloso, concentrándose en torno suyo, amenazante quizá, como todo lo indeterminado: el remedo usurpador de otra persona, la verdadera. Porque no tenía aún necesidad de hacer recuerdo alguno ni de sí misma, ni de nadie, ni de nada; o más bien, antes que innecesario era peligroso que lo hiciera, sí, una monstruosidad de su parte esperar de ella una señal de reconocimiento; sumamente peligroso que en esa cabecita –bastaba para contenerla el hueco de las manos– se abriera interiormente una fisura y madurara y se corrompiera en un punto, dando lugar a la piadosa, melancólica operación de la memoria, resumidero de ese otro mundo en el que éste termina por convertirse en último término.

Así y todo no se resignaba a ser un extraño, a parecerlo. Por lo menos, la niña –qué idea absurda– no advertiría al despertar que él estaba allí, de visita, aun cuando lo viera por primera vez. Nunca sabría –pero, ¿cómo iba a saber esto o lo otro?– que había sido ese un día domingo, como si las guaguas no vegetaran delicadamente en un perpetuo domingo innominado, inmemorial, irrecuperable.

De modo que procedió a caracterizarse de sí mismo, a encubrir y alterar su aspecto dominical, a semejanza de esos artistas de circo demasiado pobres, cuya elegancia, por desarrapados que sean, siempre será superior a la que lucen en público, bajo una luz parpadeante.

Él era, más bien, el tony del circo.

Y su hija, una de esas damas imponderables que asisten alguna vez irónicamente a un espectáculo grotesco.

A esos extremos de sentimentalismo barato podía llegar, también él. Y no solo fantasiosamente. Pero eso no era lo peor. ¿De qué extraña mezcla de sentimientos obtenía el amor paternal, químicamente puro?

Buscaba las zapatillas en el clóset, creando allí un caos a su imagen y semejanza.

Porque en esa escena inimaginable pero real, de una torpeza definitiva, no había actuado él con autenticidad. Cierto es que estaba algo bebido. Pero, ¿cuándo no estaba predispuesto a estarlo?

El caos se extendía ahora al cuarto de baño. Tampoco allí estaban las zapatillas.

Se disputaban con Norma a la guagua. En un momento en que a él le parecía lógico llevársela consigo.

Y en un momento de ofuscación mayor se la habían disputado… físicamente. Oh, nada más que una ligerísima sacudida al pasar de unos brazos a otros, la transmisión de un golpe en una mano, no enteramente reprimido, esa especie de ruido que se hace cuando se habla tácitamente a gritos, como si el cuerpo se cargara de energía centrífuga. Pero la guagua había soltado un llanto de segundos, más elocuente que cualquier sermón al respecto.

Las zapatillas.

Entonces, había renunciado a “su” derecho.

Hasta los doce años –recordó– los niños de una pareja separada pertenecen legalmente a la madre –expresiones sarcásticas– a menos que…

Y él no era sino el padre de la criatura. Solo el padre. Pero todos los límites se rompen alguna vez y “ello” vuelve a estar allí, en lugar de uno, como en el séptimo día de la creación. La posibilidad del hombre antecediéndolo furiosamente. Ni siquiera un animal. Algo más bestial aún que una pequeña fiera lúcida, agazapada en el barro. El barro mismo incorporándose lúcidamente erizado de miedo y de crueldad. Sin edad, ni sexo, ni condición, ni nada.

Un espectáculo deprimente.

No había renunciado al derecho de hacer una escena absurda de ésas que es posible sorprender cuando se espían distraídamente las ventanas del edificio vecino. Pero cuyo sentido debe escapársenos. La vista resbala por ese cuadro y busca otro de un significado inequívoco: una mujer que se desnuda frente al espejo del tocador.

Cómo duermen, qué minuciosamente duermen los recién nacidos. Un sueño en blanco donde empieza a formarse un remedo de imagen, como la nata en el tazón de leche. Profundo, pero sensible al menor ruido, como si la luz misma lo hiciera. Un sueño visible casi, que se puede tocar a distancia. Plegándose y desplegándose.

Y qué soledad era la suya ahora. Más absoluta y pasiva y sensible. Le parecía irradiarla: una señal de santidad: el signo de una gran desgracia.

Se tendió en la cama, junto a la cuna, en su féretro. Vestía una vieja bata de baño que compartiera con su mujer, parte esencial del disfraz con que engañaba apenas al tiempo. Encendió algo así como su último cigarrillo, a pesar de sus reiteradas advertencias a Norma en el sentido de que no fumara junto a la niña. Pero esos eran los recuerdos de otros días, un poco de humo en el interior de otros cuartos, la disipación de sus viejas obsesiones en una imperceptible corriente de sol y aire muertos.

¿Dónde estaría ella, que no lograba ponerlo en la situación aflictiva del celoso, a la espera?

En ninguna parte ya, para él. Con no importaba quién, en cualquier parte.

Y allí, de alguna manera, a su lado. Reducida a su expresión más tierna. Mínima. Para evitarle todo esfuerzo por recordarla que no fuera el simple refluir de ciertas imágenes indoloras, vacías y nítidas.

Sus encuentros, primeramente de azar. Luego, casuales. Por último, deliberados. Pero siempre un poco orgullosamente azarosos. Es que la desconfianza había sido el signo constante de su unión. Demasiado libre. Una lucha por romperla aquí y allá. Una guerra de nervios.

Se habían casado para prolongar esa lucha en un terreno más firme, donde los golpes dolieran más a fondo. Para asegurársela.

Y, naturalmente, sin tener él dónde caerse muerto. De no mediar la ayuda de su familia que llegaba a tierras inhóspitas. Misión en una isla de salvajes.

Ella trasladaba su cama al otro lado de la pieza. Cada uno en su ángulo. Y era capaz de espaciar un silencio rencoroso durante una semana seguida.

Él volvía a llegar tarde a esas malditas piezas de casas de huéspedes para romper ese silencio, arrojando al suelo la lámpara de velador con una violencia en la que no se reconocía. Y también, por cualquier motivo.

Cambios de palabras al amanecer, en una atmósfera lívida, como de tiza húmeda. Insultos de los que solo se escuchan al pasar, por una calle dudosa.

Había sido una broma esa, en principio. Luchar cuerpo a cuerpo, a la hora del té de las tres de la mañana, mientras cantaba un gallo poseso, demasiado próximo, en alguna parte. Pero la broma había empezado a adquirir una absurda, ridícula seriedad, como en un sueño pesado del que se despierta a gritos.

Y tantas otras cosas.

Todas ellas reducidas a simples imágenes entrecortadamente precisas, fluyendo a pedazos en la descomposición de un rompecabezas que no se pretende resolver.

Bostezó simbólicamente, apagando a tientas su cigarrillo en el suelo. Tenía un sueño de meses incorporado al cuerpo, como una enfermedad.

¿Por qué no dormir ahora que se vivía en paz? Unas cuantas escaramuzas, bien que se libraran aún aquí y allá. Cualquier batalla seria estaba perdida entre enemigos diezmados que ya ni siquiera se reconocen.

La niña lo estaba buscando con la vista.

Sintió un rápido peso en la boca del estómago, esa extrañeza de la propia respiración, una voz de alarma.

El canastillo crujió otra vez, lleno de vida y entre una miniatura de manos aferradas al borde, volvió a emerger, en un esfuerzo increíble el rostro casi entero de su hija, mirándolo despaciosamente, con inteligencia.

De pie, el gigante cubría ahora la cuna, inclinándose sobre ella, los brazos separados. La bata de baño semejaba las alas raídas de un viejo ángel de la guarda venido a menos. Trataba de sonreír con naturalidad, como si siempre hubiera estado allí, en su lugar. Era feliz de un modo torpe como si verdaderamente hubiese cometido errores imperdonables en el desempeño de su tarea y se lo llamara, sin embargo, a hacerse cargo de ella, inmerecidamente limpio de toda culpa.

La niña lo había reconocido, al parecer. Ni el menor gesto de extrañeza o de rechazo. Emitía una especie de canto hablador, informativo. Luego, emprendió metafóricamente el vuelo, desplegando los brazos y las manos en un aleteo.

A esa edad, son como los pájaros –le habían dicho– felices. Siempre que lo tengan todo a su hora. El hambre las hace desdichadas, a distancia. Su propia humedad mordiente. Un sí es no es de frío o de calor. La insistencia con que cierta mosca de torcidos instintos, vuelve a posarse imprudentemente en un mismo punto, sobre la piel. El llanto de otra guagua en la pieza vecina. Tantos accidentes infinitesimales confabulados en contra de esa inmensa alegría más frágil y liviana que una plumilla de cardo.

Y los grandes accidentes, siempre imprevisibles, de alguna manera.

¿Con qué derecho era tan desvalida?

Se había puesto repentinamente seria.

Ambos estaban serios, absorbidos el uno en el otro de modo tan distinto, pero con el mismo asombro que acompaña a una reflexión inexpresable.

En el séptimo día de la creación.

En la prehistoria del pensamiento.

En vísperas de la invención del lenguaje.

Es que ahora él, contra toda lógica, le reprochaba algo. Quizás el que no supiera llamarlo aún por su nombre y lo hubiese recibido como a cualquier otro gigante de buena voluntad.

La niña, por su parte, se había apoderado de una de sus manos, desprendiéndosela del resto del cuerpo y parecía querer examinar por dentro el mecanismo de ese juguete comestible.

Establecer con ella una relación “única, necesaria, insubstituible”.

Dobló el índice que la guagua había logrado llevarse a la boca, para que lo mordiera en la articulación.

Higiene. Uno no terminaba nunca de lavarse las manos cuando se era padre de familia.

Guardaría esa mordedura de recuerdo. Nunca se sabe a qué grado de insensibilidad puede llegarse, cuando uno lleva un monstruo adentro.

La niña lo miraba de soslayo, con malicia. ¿De dónde le venía esa inteligencia? Norma y él habían sido un par de estúpidos mientras la esperaban. Y era esa una pregunta: ¿te duele? Una respuesta: lo creo a medias. Una petición: ¿Puedo seguir haciéndolo? Una amenaza: lo haré de todos modos. Y una duda condescendiente, burlona: pero quizás, si es cierto que no puedes resistirlo…

Se estaba poniendo “chocho” al llegar a los treinta años. Él, que no había deseado nunca un hijo para sí mismo. La falta de nuevas amistades, a lo mejor. Ese vacío en su pieza cuando llegaba tarde a casa, peor que nada.

Con la niña en brazos recorría kilómetros en redondo. Y hasta cierto punto tenía la impresión de que no llegaban a ninguna parte, huyendo de quién sabe qué. O aventurándose en otro planeta, baldío. A su paso rodaban objetos familiares por el suelo, las cosas perdían algo de su utilidad y empezaban a vivir de una vida propia, inservible, como la suya. Su compañera de viaje, insistía en detenerse aquí y allá, para apoderarse de algún accidente del camino. Inservible todo. Nada para llevarse de veras a la boca. Frutos que no eran sino manchas en las paredes, fotografías que a ninguno de los dos le recordaban nada.

Hizo un alto para mudar a su jinete.

Operación muy delicada cuando se tienen cascos en lugar de manos y un miedo enfermizo a las corrientes de aire.

No se avergonzaba ya de hablar solo con ella, en voz alta: habían llegado juntos a otro planeta.

Pero, mientras le preparaba algo de comer –las instrucciones no le parecían ahora demasiado precisas, tan olvidadizo era– lo invadió súbitamente un cansancio horrible. Traspiés. Descendía a la realidad, como en un aterrizaje forzado, sin destino.

Cucharaditas. Dos cucharaditas y media de azúcar.

Limón. ¿Dónde lo había dejado en ese momento mismo?

Entretanto, su mujer…

Y era un día domingo, por la tarde. También para él que tampoco estaba dispuesto –menos que nadie– a…

Menudos objetos imprescindibles, escondiéndose entre platos sucios.

La leche lo salpicaba, como si alguien la pasara a llevar, una y otra vez.

Había dicho vino y pisco alargando las “íes”, insidiosamente.

Pues bien. Vino para él. A la salud de sus incontables errores. Para reanimar a los fantasmas.

Que ella no se pareciera a ninguno de los dos. Todavía era capaz de formular un verdadero deseo.

Que se le pareciera, a hurtadillas, en un solo sentido. Tal vez, el de su asombro irreductible frente a las cosas, por más que intentase entenderlas para controlarlo. Ese sombrío sentimiento de la impotencia exultante de todo conocimiento que no brotara del corazón, a merced de todas las contradicciones, sombrío y exultante.

Agua de arroz, doscientos gramos.

El terreno firme de la realidad. La continua proximidad del abismo, de nuestra única certidumbre, obtenida vertiginosamente como en los sueños. Ellos nos devuelven a la realidad original, esa especie de locura que se obtiene cuando la lógica es puesta a prueba, llevándosela hasta sus consecuencias extremas. El terreno firme.

Se tambaleaba a conciencia, ligeramente.

Moriría, no importa cuándo, antes de tiempo.

Los hijos deben enterrar a sus padres y emprender una vida de su exclusividad.

Sobre todo la niña, no ganaría nada con parecérseles.

Pero que algo suyo pasara a ella. Todavía era capaz de formular un verdadero deseo.

¿Cómo llamarlo?

Era apenas la murmuración de un impulso dudosamente generoso, en el que se abría ese silencio murmurador del día domingo, en cierto modo lesivo para él, que tampoco estaba allí en su verdadero lugar, convertido por obra y gracia de sus incontables errores en un pobre hombre que releva a su mujer, mientras ella… en una torpe niñera de sexo masculino.

Había roto un plato que pareció gritarle: “Estúpido”.

La guagua empezaba a llorar de hambre. Razonablemente.

Paternidad.

Buen tema para un pintor justamente olvidado. Posaba para él a un siglo de distancia, con la guagua en las rodillas, dándole la interminable mamadera. Los ojos de la niña eran de un azul inexpresivo, velados por un aliento lechoso. No lo veía ya. Se entregaba al placer de la succión. Solo las aletillas del respingo de nariz exteriorizaban su ávida actividad secreta.

Qué soledad la suya. La de un juguete viejo, en el cuarto de guardar. Le parecía irradiarla. Una señal de inutilidad, el signo de su condición absurda.

Gracias a esa botella de vino eran las cinco y media de la tarde.

Sus invenciones fracasaban, unas tras otras. Se distraía de ellas y la niña buscaba cómo entretenerse por su cuenta, de modo efectivo. La aburría con trucos gastados: haciendo sonar un cascabel, dibujando en el aire cualquier cosa, alzándola por encima de su cabeza. Ella quería arrojar al suelo objetos quebradizos o succionar objetos metálicos o destruir papeles que se conservan. Parecía molestarse con él, cuando se lo impedía a medias y si lograba ponerle las manos en la cara lo tironeaba de la nariz, de los labios, seriamente, como para desquitarse. No se dejaba acariciar. Prefería relacionarse con el mundo propinándole golpes finitos, llenos de vivacidad. Estaba irritada. Acaso tenía sueño. Él le era indiferente.

La acostó con prolijidad. El sueño que la rondaba, volvió a respirarse a su alrededor, casi visible, alejándolo de ella amablemente, como se hace salir a un visitante inoportuno con el pretexto de acompañarlo a su casa. ¿Por qué no le proporcionaba una diversión inolvidable, aguzando todo el ingenio de que era capaz?

Absurdo, absurdo.

Bebía ahora del fuerte, sin moderación, desesperado.

Empezó a atardecer copiosamente. La obscuridad entraba a sacos, como para hacerlo desaparecer, antes de que alcanzara a encender la luz. Y él no atinaba a moverse, paralizado por la tentación de incorporarse a la obscuridad, ayudándola a barrer con él.

¿Qué idea era ésa a la que pretendía darle forma, solo por hacer algo? Releyó su escrito hasta el cansancio y cada vez le resultaba más inmotivado, menos inteligible. Uno de esos poemas suyos que nacían muertos, en los que todas las palabras, trabajosamente ensartadas en un hilo de araña, se desprendían por fin, unas de otras, para mostrarse en su miserable abundancia. Ni un asomo de vida, nada más que el propósito de aprovechar el tiempo, ciertas lecturas, alguna ocurrencia, y alimentar su vanidad y ahuyentar sus obsesiones.

¿Pero cómo podía dar rienda suelta a todo eso, mientras se acercaba la hora de irse? No volvería a verla en varios días, y esos días sumarían años.

Todo por culpa de Norma.

Sí, sí. Había inocencia y culpabilidad en toda esa vieja historia podrida, como en un folletín. Y él era inocente, debía serlo. Estaba en desventaja.

Sus celos abstrusos, sus exigencias, su pretensión de estar siempre en lo justo. Esa nobleza de sentimientos de la que hacía alarde, en un silencio rencoroso, para abrumarlo. Su “feminismo”, como si el hombre y la mujer fueran ocasionalmente lo uno o lo otro, y luchasen con las mismas armas, disputándose el mismo pedazo de terreno, palmo a palmo. Su cara. Sí, todo entra en el juego, cuando se pasan a llevar sus reglas. Hasta los objetos toman un partido y participan en la lucha.

Se paseaba por la pieza como un animal enjaulado. Era injusto. Tenía que serlo. Se le iban las manos en todas direcciones.

Fue como si hubiera echado a correr, en la obscuridad. Porque tropezó de pronto violentamente con la cama y se desplomó sobre ella, acezante. La deshizo, apelotonándolo todo, como para dar cuerpo al enemigo. Y lo desbarató a golpes, lanzando sus restos al aire. Lo pisoteaba en el suelo, sin ruido. Pero la niña había despertado en la pieza vecina y daba señales de inquietud. La proximidad de un monstruo suelto, flotando en el aire. No podía acercarse a ella ahora. Se arrodilló blandamente en el suelo, conteniendo la respiración. Hasta que escuchó de nuevo solo voces en su conciencia, risas de extraños que lograban entrar allí, para burlarse de él, por una puerta falsa. Y muy a lo lejos, esa especie de llamado consolador que uno cree oír, cuando no se desea otra cosa que un poco de paz, a cualquier precio.

Lloraba.

¿Para qué negarlo?

Era un caso perdido.

 

(Tomado de www.lecturia.org)