domingo, 13 de septiembre de 2026

Cuento

Ambrose Bierce

 

Se cuenta de Voltaire que una noche se alojó, con algunos compañeros de viaje, en una posada del camino. Después de cenar, empezaron a contar historias de ladrones. Cuando le llegó el turno a Voltaire, dijo:

–Había una vez un recaudador de impuestos –y se calló.

Como los demás lo alentaron a proseguir, añadió:

–Ese es el cuento.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

Fin

Fredric Brown

 

El profesor Jones trabajó en la teoría del tiempo, durante muchos años.

–Y he encontrado la ecuación clave –informó a su hija, un día–. El tiempo es un campo. Esta máquina que he hecho puede manipular, e incluso invertir, ese campo.

Oprimiendo un botón al hablar, prosiguió:

–Esto debe hacer correr el tiempo hacia tiempo el correr hacer debe esto.

Prosiguió, hablar al botón un oprimiendo.

–Campo ese, invertir incluso e, manipular puede hecho he que máquina esta. Campo un es tiempo el –día un, hija su a informó– clave ecuación la encontrado he y.

Años muchos durante, tiempo del teoría la en trabajó Jones profesor el.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

Mi padre

Manuel Toro

 

De niño siempre tuve el temor de que mi padre fuera un cobarde. No porque le viera correr seguido de cerca por un machete como vi tantas veces a Paco el Gallina y a Quino Pascual. ¡Pero era tan diferente a los papás de mis compañeros de clase! En aquella escuela de barrio donde el valor era la virtud suprema, yo bebía el acíbar de ser el hijo de un hombre que ni siquiera usaba cuchillo. ¡Cómo envidiaba a mis compañeros que relataban una y otra vez sin cansarse nunca de las hazañas de sus progenitores! Nolasco Rivera había desarmado a dos guardias insulares. A Perico Lugo lo dejaron por muerto en un zanjón con veintitrés tajos de perrillo. Felipe Chaveta lucía una hermosa herida desde la sien hasta el mentón.

Mi padre, mi pobre padre, no tenía ni una sola cicatriz en el cuerpo. Acababa de comprobarlo con gran pena mientras nos bañábamos en el río aquella tarde sabatina en que como de costumbre veníamos de voltear las telas de tabaco. Ahora seguía yo sus pasos hundiendo mis pies descalzos en el tibio polvo del camino y haciendo sonar mi trompeta. Era ésta un tallo de amapola al que mi padre con aquella su mansa habilidad para todas las cosas pequeñas había convertido en trompeta con solo hacerle una incisión longitudinal.

Al pasar frente a La Aurora me dijo:

–Entremos aquí. No tengo cigarrillos para la noche.

Del asombro por poco me trago la trompeta. Porque papá nunca entraba a La Aurora, punto de reunión de todos los guapos del barrio. Allí se jugaba baraja, se bebía ron y casi siempre se daban tajos. Unos tajos de machete que convertían brazos nervudos en cortos muñones. Unos tajos hondos de puñal por los que salía la sangre y se entraba la muerte.

Después de dar las buenas tardes, papá pidió cigarros. Los iba escogiendo uno a uno con fruición de fumador, palpándolos entre los dedos, llevándolos a la nariz para percibir su aroma. Yo, pegado al mostrador forrado de zinc, trataba de esconderme entre los pantalones de papá. Sin atreverme a tocar mi trompeta, pareciéndome que ofendía a los guapetones hasta con mi aliento, miraba a hurtadillas de una a otra esquina del ventorrillo. Acostado sobre la estiba de arroz veía a José el Tuerto comer pan y salchichón echándole los pellejitos al perro sarnoso que los atrapaba en el aire con un ruido seco de dientes. En la mesita de al lado tallaban con una baraja sucia Nolasco Rivera, Perico Lugo, Chus Maurosa y un colorao que yo no conocía. En un tablero colocado sobre un barril se jugaba dominó. Un grupo de curiosos seguía de cerca las jugadas. Todos bebían ron.

Fue el colorao el de la provocación. Se acercó donde papá alargándole la botella de la que ya todos habían bebido:

–Dese un palo, don.

–Muchas gracias, pero yo no puedo tomar.

Ah, ¿con que me desprecia porque soy un pelao?

No es eso, amigo. Es que no puedo tomar. Déselo usted en mi nombre.

Este palo se lo da usted o ca… se lo echo por la cabeza.

Lo intentó pero no pudo. El empellón de papá lo arrojó contra el barril de macarelas. Se levantó medio aturdido por el ron y por el golpe y palpándose el cinturón con ambas manos dijo:

Está usted de suerte, viejito, porque ando desarmao.

A ver, préstenle un cuchillo –yo no podía creerlo, pero era papá el que hablaba.

Todavía al recordarlo un escalofrío me corre por el cuerpo. Veinte manos se hundieron en las camisetas sucias, en los pantalones raídos, en las botas enlodadas, en todos los sitios en que un hombre sabe guardar su arma. Veinte manos surgieron ofreciendo en silencio de jíbaro encastado el cuchillo casero, el puñal de tres filos, la sevillana corva

Amigo, escoja el que más le guste.

Mire don, yo soy un hombre guapo pero usté es más que yo –así dijo el colorao y salió de la tienda con pasito lento.

Pagó papá sus cigarros, dio las buenas tardes y salimos. Al bajar el escaloncito escuché al Tuerto decir con admiración:

–Ahí va un macho completo.

Mi trompeta de amapola tocaba a triunfo. ¡Dios mío, que llegue el lunes para contárselo a los muchachos!

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

Maestro

Ryunosuke Akutagawa

 

Leyendo un libro del maestro bajo un gran roble. Bañado por la luz de un día de otoño, no se movía ni una sola hoja. En algún cielo lejano, una balanza de platillos de cristal mantenía un equilibrio perfecto… tal era la imagen que veía mientras leía el libro del maestro.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

Dios en la tierra

José Revueltas

 

La población estaba cerrada con odio y con piedras. Cerrada completamente como si sobre sus puertas y ventanas se hubieran colocado lápidas enormes, sin dimensión de tan profundas, de tan gruesas, de tan de Dios. Jamás un empecinamiento semejante, hecho de entidades incomprensibles, inabarcables, que venían… ¿de dónde? De la Biblia, del Génesis, de las Tinieblas, antes de la luz. Las rocas se mueven, las inmensas piedras del mundo cambian de sitio, avanzan un milímetro por siglo. Pero esto no se alteraba, este odio venía de lo más lejano y lo más bárbaro. Era el odio de Dios. Dios mismo estaba ahí apretando en su puño la vida, agarrando la tierra entre sus dedos gruesos, entre sus descomunales dedos de encina y de rabia. Hasta un descreído no puede dejar de pensar en Dios. Porque ¿quién si no Él? ¿Quién si no una cosa sin forma, sin principio ni fin, sin medida, puede cerrar las puertas de tal manera? Todas las puertas cerradas en nombre de Dios. Toda la locura y la terquedad del mundo en nombre de Dios. Dios de los Ejércitos; Dios de los dientes apretados; Dios fuerte y terrible, hostil y sordo, de piedra ardiendo, de sangre helada. Y eso era ahí y en todo lugar porque Él, según una vieja y enloquecedora maldición, está en todo lugar: en el siniestro silencio de la calle; en el colérico trabajo; en la sorprendida alcoba matrimonial; en los odios nupciales y en las iglesias, subiendo en anatemas por encima del pavor y de la consternación. Dios se había acumulado en las entrañas de los hombres como solo puede acumularse la sangre, y salía en gritos, en despaciosa, cuidadosa, ordenada crueldad. En el Norte y en el Sur, inventando puntos cardinales para estar ahí, para impedir algo ahí, para negar alguna cosa con todas las fuerzas que al hombre le llegan desde los más oscuros siglos, desde la ceguedad más ciega de su historia.

¿De dónde venía esa pesadilla? ¿Cómo había nacido? Parece que los hombres habían aprendido algo inaprensible y ese algo les había tornado el cerebro cual una monstruosa bola de fuego, donde el empecinamiento estaba fijo y central, como una cuchillada. Negarse. Negarse siempre, por encima de todas las cosas, aunque se cayera el mundo, aunque de pronto el Universo se paralizase y los planetas y las estrellas se clavaran en el aire.

Los hombres entraban en sus casas con un delirio de eternidad, para no salir ya nunca, y tras de las puertas aglomeraban impenetrables cantidades de odio seco, sin saliva, donde no cabían ni un alfiler ni un gemido.

Era difícil para los soldados combatir en contra de Dios, porque Él era invisible, invisible y presente, como una espesa capa de aire sólido o de hielo transparente o de sed líquida. ¡Y cómo son los soldados! Tienen unos rostros morenos, de tierra labrantía, tiernos, y unos gestos de niños inconscientemente crueles. Su autoridad no les viene de nada. La tomaron en préstamo quién sabe dónde y prefieren morir, como si fueran de paso por todos los lugares y les diera un poco de vergüenza todo. Llegaban a los pueblos solo con cierto asombro, como si se hubieran echado encima todos los caminos y los trajeran ahí, en sus polainas de lona o en sus paliacates rojos, donde, mudas, aún quedaban las tortillas crujientes, como matas secas.

Los oficiales rabiaban ante el silencio; los desenfrenaba el mutismo hostil, la piedra enfrente, y tenían que ordenar, entonces, el saqueo, pues los pueblos estaban cerrados con odio, con láminas de odio, con mares petrificados. Odio y solo odio, como montañas.

–¡Los federales! ¡Los federales!

Y a esta voz era cuando las calles de los pueblos se ordenaban de indiferencia, de obstinada frialdad y los hombres se morían provisionalmente, aguardando dentro de las casas herméticas o disparando sus carabinas desde ignorados rincones.

El oficial descendía con el rostro rojo y golpeaba con el cañón de su pistola la puerta inmóvil, bárbara.

–¡Queremos comer!

–¡Pagaremos todo!

La respuesta era un silencio duradero, donde se paseaban los años, donde las manos no alcanzaban a levantarse. Después un grito como un aullido de lobo perseguido, de fiera rabiosamente triste:

–¡Viva Cristo Rey!

Era un Rey. ¿Quién era? ¿Dónde estaba? ¿Por qué caminos espantosos? La tropa podía caminar leguas y más leguas sin detenerse. Los soldados podían comerse los unos a los otros. Dios había tapiado las casas y había quemado los campos para que no hubiese ni descanso ni abrigo, ni aliento ni semilla.

La voz era una, unánime, sin límites: “Ni agua”. El agua es tierna y llena de gracia. El agua es joven y antigua. Parece una mujer lejana y primera, eternamente leal. El mundo se hizo de agua y de tierra y ambas están unidas, como si dos opuestos cielos hubiesen realizado nupcias imponderables. “Ni agua”. Y del agua nace todo. Las lágrimas y el cuerpo armonioso del hombre, su corazón, su sudor. “Ni agua”. Caminar sin descanso por toda la tierra, en persecución terrible y no encontrarla, no verla, no oírla, no sentir su rumor acariciante. Ver cómo el sol se despeña, cómo calienta el polvo, blando y enemigo, cómo aspira toda el agua por mandato de Dios y de ese Rey sin espinas, de ese Rey furioso, de ese inspector del odio que camina por el mundo cerrando los postigos…

¿Cuándo llegarían?

Eran aguardados con ansiedad y al mismo tiempo con un temor lleno de cólera. ¡Que vinieran! Que entraran por el pueblo con sus zapatones claveteados y con su miserable color olivo, con las cantimploras vacías y hambrientos. ¡Que entraran! Nadie haría una señal, un gesto. Para eso eran las puertas, para cerrarse. Y el pueblo, repleto de habitantes, aparecería deshabitado, como un pueblo de muertos, profundamente solo.

¿Cuándo y de qué punto aparecerían aquellos hombres de uniforme, aquellos desamparados a quienes Dios había maldecido?

Todavía lejos, allá, el teniente Medina, sobre su cabalgadura, meditaba. Sus soldados eran grises, parecían cactus crecidos en una tierra sin más vegetación. Cactus que podían estarse ahí, sin que lloviera, bajo los rayos del sol. Debían tener sed, sin embargo, porque escupían pastoso, aunque preferían tragarse la saliva, como un consuelo. Se trataba de una saliva gruesa, innoble, que ya sabía mal, que ya sabía a lengua calcinada, a trapo, a dientes sucios. ¡La sed! Es un anhelo, como de sexo. Se siente un deseo inexpresable, un coraje, y los diablos echan lumbre en el estómago y en las orejas para que todo el cuerpo arda, se consuma, reviente. El agua se convierte, entonces, en algo más grande que la mujer o que los hijos, más grande que el mundo, y nos dejaríamos cortar una mano o un pie o los testículos, por hundirnos en su claridad y respirar su frescura, aunque después muriésemos.

De pronto aquellos hombres como que detenían su marcha, ya sin deseos. Pero siempre hay algo inhumano e ilusorio que llama con quién sabe qué voces, eternamente, y no deja interrumpir nada. ¡Adelante! Y entonces la pequeña tropa aceleraba su caminar, locamente, en contra de Dios. De Dios que había tomado la forma de la sed. Dios ¡en todo lugar! Allí, entre los cactus, caliente, de fuego infernal en las entrañas, para que no lo olvidasen nunca, nunca, para siempre jamás.

Unos tambores golpeaban en la frente de Medina y bajaban a ambos lados, por las sienes, hasta los brazos y la punta de los dedos: “a…gua, a…gua, a…gua. ¿Por qué repetir esa palabra absurda? ¿Por qué también los caballos, en sus pisadas…?” Tornaba a mirar los rostros de aquellos hombres, y solo advertía los labios cenizos y las frentes imposibles donde latía un pensamiento en forma de río, de lago, de cántaro, de pozo: agua, agua, agua. “¡Si el profesor cumple su palabra…!”

–Mi teniente… –se aproximó un sargento.

Pero no quiso continuar y nadie, en efecto, le pidió que terminara, pues era evidente la inutilidad de hacerlo.

–¡Bueno! ¿Para qué, realmente…? –confesó, soltando la risa, como si hubiera tenido gracia.

“Mi teniente.” ¿Para qué? Ni modo que hicieran un hoyo en la tierra para que brotara el agua. Ni modo. “¡Oh! ¡Si ese maldito profesor cumple su palabra…!”

–¡Romero! –gritó el teniente.

El sargento movióse apresuradamente y con alegría en los ojos, pues siempre se cree que los superiores pueden hacer cosas inauditas, milagros imposibles en los momentos difíciles.

–¿…crees que el profesor…?

Toda la pequeña tropa sintió un alivio, como si viera el agua ahí enfrente, porque no podía discurrir ya, no podía pensar, no tenía en el cerebro otra cosa que la sed.

–Sí, mi teniente, él nos mandó avisar que con seguro ai’staba…

“¡Con seguro!” ¡Maldito profesor! Aunque maldito era todo: maldita el agua, la sed, la distancia, la tropa, maldito Dios y el Universo entero.

El profesor estaría, ni cerca ni lejos del pueblo para llevarlos al agua, al agua buena, a la que bebían los hijos de Dios.

¿Cuándo llegarían? ¿Cuándo y cómo? Dos entidades opuestas enemigas, diversamente constituidas aguardaban allá: una masa nacida de la furia, horrorosamente falta de ojos, sin labios, solo con un rostro inmutable, imperecedero, donde no había más que un golpe, un trueno, una palabra oscura, “Cristo Rey”, y un hombre febril y anhelante, cuyo corazón latía sin cesar, sobresaltado, para darles agua, para darles un líquido puro, extraordinario, que bajaría por las gargantas y llegaría a las venas, alegre, estremecido y cantando.

El teniente balanceaba la cabeza mirando cómo las orejas del caballo ponían una especie de signos de admiración al paisaje seco, hostil. Signos de admiración. Sí, de admiración y de asombro, de profunda alegría, de sonoro y vital entusiasmo. Porque ¿no era aquel punto… aquél… un hombre, el profesor…? ¿No?

–¡Romero! ¡Romero! Junto al huizache… ¿distingues algo?

Entonces el grito de la tropa se dejó oír, ensordecedor, impetuoso:

–¡Jajajajay…! –y retumbó por el monte, porque aquello era el agua.

Una masa que de lejos parecía blanca, estaba ahí compacta, de cerca fea, brutal, porfiada como una maldición. “¡Cristo Rey!” Era otra vez Dios, cuyos brazos apretaban la tierra como dos tenazas de cólera. Dios vivo y enojado, iracundo, ciego como Él mismo, como no puede ser más que Dios, que cuando baja tiene un solo ojo en mitad de la frente, no para ver sino para arrojar rayos e incendiar, castigar, vencer.

En la periferia de la masa, entre los hombres que estaban en las casas fronteras, todavía se ignoraba qué era aquello. Voces solo, dispares:

–¡Sí, sí, sí!

–¡No, no, no!

¡Ay de los vecinos! Aquí no había nadie ya, sino el castigo. La Ley Terrible que no perdona ni a la vigésima generación, ni a la centésima, ni al género humano. Que no perdona. Que juró vengarse. Que juró no dar punto de reposo. Que juró cerrar todas las puertas, tapiar las ventanas, oscurecer el cielo y sobre su azul de lago superior, de agua aérea, colocar un manto púrpura e impenetrable. Dios está aquí de nuevo, para que tiemblen los pecadores. Dios está defendiendo su iglesia, su gran iglesia sin agua, su iglesia de piedra, su iglesia de siglos.

En medio de la masa blanca apareció, de pronto, el punto negro de un cuerpo desmadejado, triste, perseguido. Era el profesor. Estaba ciego de angustia, loco de terror, pálido y verde en medio de la masa. De todos lados se le golpeaba, sin el menor orden o sistema, conforme el odio, espontáneo, salía.

–¡Grita viva Cristo Rey…!

Los ojos del maestro se perdían en el aire a tiempo que repetía, exhausto, la consigna:

–¡Viva Cristo Rey!

Los hombres de la periferia ya estaban enterados también. Ahora se les veía el rostro negro, de animales duros.

–¡Les dio agua a los federales, el desgraciado!

¡Agua! Aquel líquido transparente de donde se formó el mundo. ¡Agua! Nada menos que la vida.

–¡Traidor! ¡Traidor!

Para quien lo ignore, la operación, pese a todo, es bien sencilla. Brutalmente sencilla. Con un machete se puede afilar muy bien, hasta dejarla puntiaguda, completamente puntiaguda. Debe escogerse un palo resistente, que no se quiebre con el peso de un hombre, de “un cristiano”, dice el pueblo. Luego se introduce y al hombre hay que tirarlo de las piernas, hacia abajo, con vigor, para que encaje bien.

De lejos el maestro parecía un espantapájaros sobre su estaca, agitándose como si lo moviera el viento, el viento, que ya corría, llevando la voz profunda, ciclópea, de Dios, que había pasado por la tierra.

 

(Tomado de Revueltas, José, Dios en la tierra, Ediciones El Insurgente, México, 1944)

 

sábado, 12 de septiembre de 2026

Sinfín

Pedro Durán

 

Un hombre se forma tras una larga cola. Desesperado, comienza por eliminar al que está antes de él –sigue con todos los de la fila–. Hasta que otro hombre se detiene a su espalda…

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

La ciudad enferma

Héctor Barreto

 

Su último sueño había comenzado a desmejorar. Quiso volver. Alzó la mano, el índice hacia la niebla. Era su gesto habitual. Después, rompió el velo.

Allí el disco (¡maldito disco!). Ya comprendió ayer que le cansaría. Pero, qué más daba; aquel era el día…; era lo mismo. No, no le haría cambiar, sería ocioso; además, siempre había la ventana. Pensó en el sueño, su último sueno; comprendió de repente su significado. Era lo mismo, ya lo sabía. No, no era lo mismo; era la confirmación del hecho. Aun no huía del todo del sueño. Estaba unido a él por las últimas telarañas.

De nuevo el disco. ¿Qué aspecto presentaría ahora la ciudad? Estaba elevada como cualquiera otra; ¿era posible que el alma de sus habitantes la hubiera llevado tan lejos de su asiento en su horrorosa simbiosis con ella? Era un dolor real. Y pensar que era aquel el día indicado. En fin, por lo menos sería un espectáculo digno.

Quiso proporcionarse una sensación. Estaba a punto de cortar la gelatina; pero aún no, felizmente.

Si apretara el botón, la luz del sol asaltaría la alcoba, subiría pegándose a su lecho hasta él, le escalaría los sentidos…y el sueño estaba aún patente, ¡ah!, produciría en su alma un caos amargo. ¿Qué sería entonces?, ¿tal vez terror? Viviría su último día, el último día; bueno, siendo el suyo, era siempre el último.

Un brazo pálido planeó en la semioscuridad de la pieza. Apretó el botón. Vino la sensación, una dura sensación, sensación ártica. Ahora el disco era de luz. Él era la causa del estado que lo revolvía, su luz o su color. La idea saltó afuera por el círculo; quizás allá le esperaba el mismo sentimiento.

Deseó levantarse, era necesario ver la ciudad, su gente, y sobre todo, iría a aquella casa. Era demasiado temprano aún; pero se iría lento, muy lento. La casa, el grupo, aquel grupo era el centro mismo de la ciudad. Solo eran once. Él era uno de ellos. El grupo era el alma de la ciudad. Que cosas más extrañas se podían en su época. Comprendió que al pensar así se salía de su tiempo. El alma de la ciudad… ¡Ah! Aquella ciudad tenía un alma. La sentían todos respirar, alentar, latir; jadeaba ahora último. ¡Horroroso individuo! Inconscientemente le había ido transmitiendo cada uno su alma. Nadie pensaba como otro y, sin embargo, sus almas se fueron fundiendo en una sola, todas. Era en verdad un gran dolor y un peligro. Nadie podía existir solo, de por sí. Y era más: todos sus pecados se aglomeraban formando un solo bloque. Todos formaban el alma de la ciudad. Pero más que todos, un grupo, el grupo…

Ya la sensación ártica lo abandonaba casi.

Levantarse. Nuevamente el brazo pálido. Un botón… Cinco sombras penetraron al cuarto. Salieron pasado un rato largo. Ahora, permanecía de pie; un espejo en la mano; estaba, al fin, vestido. Contempló su rostro blanco. Era un blanco puro, como de algodón o leche. Sintió pena de verse, se amó al mirarse. Todo esto, a pesar que se encontraba perfectamente. Tiró el espejo. De alguna parte sacó una cajita muy pequeña. Ingirió de ella algo que lo hizo tornarse bruscamente mucho más blanco. Sonrió. Buscó una de sus máscaras. Eligió la mejor; la que más le gustaba. Sabia él que el estilo de aquella máscara no era el último modelo, no estaba con la última moda. Era una innovación suya. Nadie tendría ahora tiempo de copiársela.

Salió a la calle. Las gentes circulaban silenciosas. Solo algunos borrachos conversaban entre sí haciendo gestos trágicos.

Él caminaba lentamente. Estaba contemplativo. Observaba los menores detalles porque una idea fija le atenazaba; una idea común, ciudadana en aquel día.

De repente notó que era objeto de la curiosidad general. Todos lo miraban con atención; él sabía por qué. Los demás llevaban las máscaras convencionales; en cambio él…

Quiso recorrer la ciudad, se internó por ciertos barrios. Le sobraba tiempo. Aquí algunos llevaban máscaras de ceremonia, máscaras dolorosas. Parecía como si las hubieran hecho especialmente para el día funesto. Aún había otros, groseros, enloquecidos, con el rostro descubierto, en una desnudez asquerosa. Apuró el paso, se sintió molesto, experimentó repulsión. Huyó. Anduvo mucho basta llegar a la Plaza Central.

Estaba rendido. Se sentó en un banco. Por primer a vez había caminado a pie desde hacía muchos años; a pie como los primeros caminantes y como los últimos mendigos…

Descansaba desde hacía largo tiempo. Bullía la espesa idea en él. Le era difícil aceptarla así, de plano. Fue a la Historia, caminando hacia los orígenes.

Olvidaba. Pero he aquí que comprendió de repente que ya sería la hora. De nuevo la idea. Entonces aceptó. ¡Era la hora! Y una gran tranquilidad lo lavó.

No lo había advertido. Un grupo de gente lo rodeaba. Cuando él los miró. comenzaron a conversarle, a interrogarlo. No contestó. Se cerró más el círculo. Luego hablaron casi todos a la vez, atropelladamente. Él permanecía siempre contemplándolos, mudo. Pronto los otros gesticularon y las voces se fueron haciendo más roncas. Continuaban interrogándolo y hasta quizás le hacían cargos. Pero él, en un momento dado, se irguió de improviso, los miró de uno en uno. Y les mostró sus manos. Entonces todos permanecieron en silencio. Él se alejó a pasos pausados.

Atardecía. El sol rojo-tibio se pegaba como un perro a las casas y a las calles; las lamía, era una luz molesta, deprimente. Los transeúntes pasaban lentos y silenciosos. Él también iba encerrado en sí, preocupado. Llegó a la casa. Igual que siempre, permanecía cerrada.

Dentro estaban todos reunidos. Lo esperaban. Saludó y se acercó a ellos, Parecían preocupados. Tal vez lo estaban. Alguien hizo la señal y se juntaron alrededor de la gran mesa. Discutieron. Terminaron por hablar desordenadamente. No había salida. No. La palabra estaba en el centro de la mesa horriblemente viva. Todos se miraron entre sí; los había helado la palabra; los consumía. Vino un gran silencio, un silencio que los ahorcaba prolongándose.

De improviso se oyó una risa aguda. Lo temían todos; alguien enloquecía tal vez. O tomaba una decisión. Se formó un pequeño grupo que acompañó al que reía. Después el grupo abandonó la sala siempre riendo entre dientes. Cuando salieron, se les oyó afuera reír con fuerza. Volvieron pasado un rato. Parecían ebrios. Venían alegres. Con una alegría franca. Solo los ojos les brillaban demasiado intensamente. Los otros se los quedaron observando. De improviso surgió un fatal contagio y los que observaban se arrancaron bruscamente las máscaras.

Fue trágico.

A él lo abordó una tristeza serena y cansada. Conservaba aun su máscara y retrocedió hasta un rincón.

Una mujer saltó bruscamente sobre un trípode. La cara desnuda. Comenzó a gritar y a gesticular invitándolos al final, a la consumación. Era la posesión del vértigo de lo trágico, de lo fatal, o el deseo de hundirse.

Aceptaron. Bajó la mujer del trípode y comenzó frenéticamente a romper sus vestiduras. Los demás la exhortaban. Quedó desnuda y huyó a ocultarse detrás de la cortina. Un instante después la tela roja se descorrió bruscamente.

Allí estaba la mujer en el gesto.

La saludaron con una carcajada. A él se le escapó un grito.

Ya no quedaba nada que esperar.

Al oír el grito, todos se volvieron mirándolo con admiración. Estaban decididos; lo habían resuelto. Parecían sobreexcitados, inconscientes. Comenzaron a reír y lo invitaron. Él no podía soportar. Se acercó a la puerta. Los otros, al verlo, le entonaron la canción de los sepultureros, terminando de cantar ahogados por las carcajadas.

Aquello era espantoso. Quiso abrir la puerta y empezó a sentir entonces, dentro y fuera de él, un mugido sordo, y, a la vez, un letargo profundo. Advirtió que los demás sentían lo mismo. Dejaron ya de reír, se quedaron mudos y cada uno ocupó una silla blanda.

Allí permanecieron inmóviles, con los ojos semicerrados, los párpados pesados. Los llamó. No le contestaron. Les gritó fuerte. Como toda respuesta, lo miraban y sonreían levemente. Lo invitaron a sentarse. Comprendió. No había más que esperar.

Huyó. En la calle tenían las mismas actitudes. También lo invitaban a imitarlos. Dejaría la ciudad. Contemplaría el final desde afuera. Aquello era la agonía, ulcerosa agonía.

El sol moría en el ocaso con una lentitud sonámbula. Las gentes todas tenían la cara descubierta. Apuró el paso. Percibió el suelo blando; le parecía pisar sobre seres vivos, adiposos y tibios.

Sintió los pies pesados de huir. Todos lo miraban con ojos vidriosos y sonrisas idiotas, tendiéndole los brazos.

Desesperado, comenzó a correr. Lo único que deseaba era huir. Pasó rápidamente por frente a su casa y sintió una aprensión en el corazón. Corría cada vez más rápido. Las hileras de casas huían vertiginosas a sus costados. Por fin llegó a las afueras. Divisó una prominencia de terreno a unos cuantos metros. Aquello sería su palco.

Era la antigua piedra blanca, patriarcal, que quedaba a la orilla de la ciudad. Estaba exhausto y se sentó sobre la roca.

Entonces se apoderó de él un letargo suave. Sintió los párpados pesados. Era aquello… igual que todo. Comprendió. Estaba incapaz de moverse. No lo deseaba tampoco desde que se sentó. Miró la ciudad. Densas nubes comenzaban a rodearla. Letargo. La sensación era como la introducción al sueño. Sueño. Dejó caer los pesados párpados, Desde la ciudad llegaban hasta él unas voces que lo llamaban todavía por su nombre, debilitadas, febles…

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)