Pedro Antonio de Alarcón
I
Méritos y servicios
Este era un pobre muchacho, alto, flaco, amarillo, con
buenos ojos negros, la frente despejada y las manos más hermosas del mundo, muy
mal vestido, de altanero porte y humor inaguantable… Tenía diecinueve años, y llamábase
Gil Gil.
Gil Gil era hijo, nieto, biznieto,
chozno y Dios sabe qué más, de los mejores zapateros de viejo de la corte, y al
venir al mundo causó la muerte a su madre, Crispina López, cuyos padres, abuelos,
bisabuelos y tatarabuelos honraron también la misma profesión.
Juan Gil, padre legal de nuestro
melancólico héroe, principió a amarlo, no desde que supo que llamaba con los talones
a las puertas de la vida, sino desde el instante en que compareció en el mundo,
por más que de esta comparecencia proviniese la viudez del maestro de obra prima,
circunstancia que induce a sospechar que Juan Gil y Crispina López fueron un modelo
de matrimonios cortos, pero malos.
Tan corto fue el suyo, que no pudo
serlo más, si tenemos en cuenta que dejó fruto de bendición… hasta cierto punto.
Queremos significar con esto que Gil Gil era sietemesino, o, por mejor decir, que
nació a los siete meses del casamiento de sus padres, lo cual no es ya la misma
cosa… sin embargo, y juzgando solo por las apariencias, Crispina López merecía ser
más llorada de lo que la lloró su marido, pues al pasar a la suya desde la zapatería
paterna, llevole en dote, amén de una hermosura casi excesiva y de mucha ropa de
cama y de vestir, un riquísimo parroquiano –¡nada menos que un conde, y conde de
Rionuevo!–, quien tuvo durante algunos meses (creemos que siete), el extraño capricho
de calzar sus menudos y delicados pies en la tosca obra del buen Juan, representante
el más indigno de los santos mártires Crispín y Crispiniano, que de Dios gozan…
Pero nada de esto tiene que ver ahora
con mi cuento, llamado El amigo de la muerte.
Lo que sí nos importa saber es que
Gil Gil se quedó sin padre, o sea sin el honrado zapatero, a la edad de catorce
años, cuando ya iba él siendo también un buen remendón, y que el noble conde de
Rionuevo, compadecido de su orfandad, o prendado de su peregrino talento, que lo
cierto no pudo averiguarse, se lo llevó en calidad de paje a su casa, no sin gran
repugnancia de su esposa la condesa, que ya tenía noticias del niño parido por Crispina
López.
Nuestro héroe había recibido alguna
educación –leer, escribir, contar y doctrina cristiana–; de manera que pudo emprenderla,
desde luego, con el latín, bajo la dirección de un fraile jerónimo que entraba mucho
en casa del conde; y en verdad sea dicho, fueron estos años los más dichosos de
la vida de Gil Gil; dichosos, no porque careciese el pobre de disgustos (que se
los daba y muy grandes la condesa, recordándole a todas horas la lezna y el tirapié),
sino porque acompañaba de noche a su protector a casa del duque de Monteclaro, y
el duque de Monteclaro tenía una hija, la hermosísima Elena, presunta universal
y única heredera de todos sus bienes y rentas habidos y por haber…
Rayaba Elena en los doce febreros
cuando la conoció Gil Gil, y como en aquella casa pasaba el joven paje por hijo
de una muy noble familia arruinada –piadoso embuste del conde de Rionuevo–, la aristocrática
niña no se desdeñó de jugar con él a las cosas que juegan los muchachos, llegando
hasta darle, por supuesto en broma, el dictado de novio, y aun a cobrarle algún
cariño cuando los doce años de ella se convirtieron en catorce, y los catorce de
él en dieciséis.
Así transcurrieron tres años más.
El hijo del zapatero vivió todo este
tiempo en una atmósfera de lujo y de placeres: entró en la corte, trató con la grandeza,
adquirió sus modales, tartamudeó el francés (entonces muy de moda) y aprendió, en
fin, equitación, baile, esgrima, algo de ajedrez y un poquito de nigromancia.
Pero he aquí que la Muerte vino por
tercera vez, y ésta más despiadada que las anteriores, a echar por tierra al porvenir
de nuestro héroe. El conde de Rionuevo falleció ab intestato, y la condesa
viuda, que odiaba cordialmente al protegido de su difunto, le participó, con lágrimas
en los ojos y veneno en la sonrisa, que abandonase aquella casa sin pérdida de tiempo,
pues su presencia le recordaba la de su marido, y esto no podía menos de entristecerla.
Gil Gil creyó que despertaba de un
hermoso sueño, o que era presa de cruel pesadilla. Ello es que cogió debajo del
brazo los vestidos que quisieron dejarle, y abandonó, llorando a lágrima viva, aquel
que ya no era hospitalario techo.
Pobre, y sin familia ni hogar a que
acogerse, recordó el desgraciado que en cierta calleja del barrio de las Vistillas
poseía un humilde portal y algunas herramientas de zapatero encerradas en un arca;
todo lo cual corría a cargo de la vieja más vieja de la vecindad, en cuya casa había
encontrado el pobre caricias y hasta confituras en vida del virtuoso Juan Gil…
Fue allá: la vieja duraba todavía;
las herramientas se hallaban en buen estado, y el alquiler del portal le había producido
en aquellos años unos siete doblones, que la buena mujer le entregó, no sin regarlos
antes con lágrimas de alegría.
Gil decidió vivir con la vieja, dedicarse
a la obra prima y olvidar completamente la equitación, las armas, el baile y el
ajedrez… ¡pero de ningún modo a Elena de Monteclaro!
Esto último le hubiera sido imposible.
Comprendió, sin embargo, que había
muerto para ella, o que ella había muerto para él, y antes de colocar la fúnebre
losa de la desesperación sobre aquel amor inextinguible, quiso dar un adiós supremo
a la que era hacía mucho tiempo alma de su alma.
Vistiose, pues, una noche con su
mejor ropa de caballero y tomó el camino de la casa del duque.
A la puerta había un coche de camino
con cuatro mulas ya enganchadas.
Elena subía a él seguida de su padre.
–¡Gil! –exclamó dulcemente al ver
al joven.
–¡Vamos! –gritó el duque al cochero,
sin oír la voz de su hija.
Las mulas partieron a escape.
El infeliz tendió los brazos hacia
su adorada, sin tener ni aun tiempo para decirle ¡adiós!
–¡A ver! –gruñó el portero–; ¡hay
que cerrar!
Gil volvió de su atolondramiento.
–¡Se van! –dijo.
–Sí, señor: ¡a Francia! –respondió
el portero secamente, dándole con la puerta en los hocicos.
El ex paje volvió a su casa más desesperado
que nunca, desnudose y guardó la ropa; se vistió lo peor que pudo; cortose los cabellos;
se afeitó un ligero bozo que ya le apuntaba, y al día siguiente tomó posesión de
la desvencijada silla que Juan Gil ocupó durante cuarenta años entre hormas, cuchillas,
leznas y cerote.
Así lo encontramos al empezar este
cuento, que, como ya queda dicho, se titula El amigo de la muerte.
II
Más servicios y méritos
Acababa el mes de junio de 1724.
Gil Gil llevaba dos años de zapatero;
mas no por esto creáis que se había resignado con su suerte.
Tenía que trabajar día y noche para
ganarse el preciso sustento, lamentando sobre todo el deterioro de sus hermosas
manos; leía cuando le faltaba parroquia, y ni por los padres de Gracia alargaba
sus paseos más allá de la esquina de su escondida calle.
Allí vivía solo, taciturno, hipocondriaco,
sin otra distracción que oír de labios de la vieja alguna que otra descripción de
la hermosura de Crispina López o de como aprendió a hablar y a andar el mismo que
la escuchaba…
Ahora, los domingos, la cosa variaba
completamente. Gil Gil se ponía sus antiguos vestidos de paje, cuidadosamente conservados
el resto de la semana, y se iba a las gradas de la iglesia de San Millán, la más
próxima al palacio de Monteclaro, y donde su inolvidable Elena oía misa antes de
marcharse de Madrid.
Allí la esperó un año y otro, sin
verla aparecer. En cambio, solía encontrar estudiantes y pajes que trató cuando
niño, y que le ponían ahora al corriente de cuanto sucedía en las altas esferas
que ya no frecuentaba… y por ellos precisamente estaba enterado de que su adorada
seguía en Francia… ¡por supuesto, nadie sospechaba en aquellos barrios que nuestro
joven fuese en otros un pobre remendón, sino que todos lo creían poseedor de algún
legado del conde de Rionuevo, quien manifestó en vida demasiada predilección al
joven paje, para que se pudiera creer que no había pensado en asegurar su porvenir!
Así las cosas, y por la época que
hemos citado al empezar este capítulo, hallándose Gil Gil un día de fiesta a la
puerta del susodicho templo, vio llegar dos damas lujosamente vestidas y con gran
séquito, las cuales pasaron lo bastante cerca de él para que reconociese en una
de ellas a su fatal enemiga, la condesa de Rionuevo.
Iba nuestro joven a esconderse entre
la multitud, cuando la otra dama se levantó el velo, y… ¡oh, ventura…! Gil Gil vio
que era su adorada Elena, la dulce causa de sus acerbos pesares.
El pobre mozo dio un grito de frenética
alegría y se adelantó hacia la beldad.
Elena lo reconoció al momento, y
exclamó con igual ternura que dos años antes:
–¡Gil!
La condesa de Rionuevo apretó el
brazo a la heredera de Monteclaro, y murmuró, volviéndose a Gil Gil:
–Te he dicho que estoy contenta con
mi zapatero… ¡yo no calzo de viejo!… Déjame en paz.
Gil Gil palideció como un difunto
y cayó contra las losas del atrio.
Elena y la condesa penetraron en
el templo.
Dos o tres estudiantes que presenciaron
la escena se rieron a todo trapo, aunque no la entendieron completamente.
Gil Gil fue conducido a su casa.
Allí le esperaba otro golpe.
La vieja que constituía toda su familia
había muerto de lo que se llama muerte senil.
Él cayó en cama con una fiebre cerebral
muy intensa, y estuvo, como quien dice, a las puertas de la muerte.
Cuando volvió en sí, se encontró
con que un vecino de aquella calle, más pobre aún que él, lo había cuidado durante
su larga enfermedad, no sin verse obligado, para costear médico y botica, a vender
los muebles, las herramientas, el portal, los libros y hasta el traje de caballero
de nuestro joven.
Al cabo de dos meses, Gil Gil, cubierto
de harapos, hambriento, debilitado por la enfermedad, sin un maravedí, sin familia,
sin amigos, sin aquella vieja a quien amaba ya como a una madre, y, lo que era peor
de todo, sin el dulce sueño de toda su juventud, que era Elena, abandonó el portal
(asilo de sus ascendientes y ya propiedad de otro zapatero) y tomó a la ventura
por la primera calle que encontró, sin saber adónde iba, ni qué hacer, ni a quién
dirigirse, ni cómo trabajar.
Llovía. Era una de esas tristísimas
tardes en que parece que hasta los relojes tocan a muerto; en que el cielo está
cubierto de nubes y la tierra de lodo; en que el aire, húmedo y macilento, ahoga
los suspiros dentro del corazón del hombre; en que todos los pobres sienten hambre,
todos los huérfanos, frío y todos los desdichados, envidia a los que ya murieron.
Anocheció, y Gil Gil, que tenía calentura,
acurrucose en el hueco de una puerta y se puso a llorar.
La idea de la muerte ofreciose entonces
a su imaginación, no entre las sombras del miedo y las convulsiones de la agonía,
sino afable, bella y luminosa, como la describe Espronceda.
El desgraciado cruzó los brazos contra
su corazón como para retener aquella dulce imagen que tanto descanso, tanta gloria
y tanta dicha le ofrecía, y, al hacer este movimiento, sintió que sus manos se posaban
sobre una cosa dura que tenía en el bolsillo.
La reacción fue súbita; la idea de
la vida, o de la conservación, que corría atribulada por el cerebro de Gil Gil huyendo
de la otra idea que hemos enunciado, asiose con toda su fuerza a aquel inesperado
accidente que se le presentaba en el borde mismo del sepulcro.
La esperanza murmuró en su oído mil
seductoras promesas que le indujeron a sospechar si aquella cosa dura que había
tocado sería dinero o una enorme piedra preciosa, o un talismán… algo, en fin, que
encerrase la vida, la fortuna, la dicha y la gloria (que para él se reducían al
amor de Elena de Monteclaro), y, diciendo a la muerte: aguarda… se llevó la mano
al bolsillo.
Pero, ¡ay!, la cosa dura era el barrilillo
de ácido sulfúrico, o, por decirlo más claramente, de aceite vitriolo, que le servía
para hacer betún, y que último resto de sus útiles de zapatero, se hallaba en su
faltriquera por una casualidad inexplicable.
De consiguiente, allí donde el desgraciado
creyó ver un áncora de salvación, encontraron sus manos un veneno, y de los más
activos.
–¡Muramos, pues! –se dijo entonces.
Y se llevó el bote a los labios…
Y una mano fría como el granizo se
posó sobre sus hombros, y una voz dulce, tierna, paternal, divina, murmuró sobre
su cabeza estas palabras:
–¡HOLA, AMIGO!
III
De cómo Gil Gil aprendió medicina en una hora
Ninguna frase pudiera haber sorprendido tanto a Gil
Gil como la que acababa de escuchar:
–¡Hola, amigo!
Él no tenía amigos.
Pero mucho más le sorprendió la horrible
impresión de frío que le comunicó la mano de aquella sombra, y aun el tono de su
voz, que penetraba, como el viento del polo, hasta la médula de los huesos.
Hemos dicho que la noche estaba muy
oscura…
El pobre huérfano no podía, por consiguiente,
distinguir las facciones del ser recién llegado, aunque sí su negro traje de caballero.
Lleno de dudas, de misteriosos temores
y hasta de una curiosidad vivísima, levantose Gil del tranco de la puerta en que
seguía acurrucado y murmuró con voz desfallecida, entrecortada por el castañeteo
de sus dientes:
–¿Qué me queréis?
–¡Eso te pregunto yo! –respondió
el ser desconocido, enlazando su brazo al de Gil Gil con familiaridad afectuosa.
–¿Quién sois? –replicó el pobre muchacho,
que se sentía morir al contacto de aquel hombre.
–Soy la persona que buscas.
–¡Quién!… ¿Yo?… ¡Yo no busco a nadie!
–replicó Gil queriendo desasirse.
–Pues ¿por qué me has llamado? –repuso
el otro, estrechándole su brazo con más fuerza.
–¡Ah!… Dejadme…
–Tranquilízate, Gil, que no pienso
hacerte daño alguno… –añadió el ser misterioso–. ¡Ven! Tú tiemblas de hambre y de
frío… allí veo una hostería abierta, en la que cabalmente tengo que hacer esta noche…
entremos y tomarás algo.
–Bien; pero ¿quién sois? –preguntó
de nuevo Gil Gil, cuya curiosidad empezaba a sobreponerse a los demás sentimientos.
–Ya te lo dije al llegar: somos amigos…
¡y cuenta que tú eres el único a quien doy este nombre sobre la tierra! ¡Úneme a
ti el remordimiento!… Yo he sido la causa de todos tus infortunios.
–No os conozco… –replicó el zapatero.
–¡Sin embargo, he entrado en tu casa
muchas veces! Por mí quedaste sin madre al tiempo de nacer; yo fui causa de la apoplejía
que mató a Juan Gil; yo te arrojé del palacio de Rionuevo; yo asesiné un domingo
a tu vieja compañera de casa; yo, en fin, te puse en el bolsillo ese bote de ácido
sulfúrico…
Gil Gil tembló como un azogado; sintió
que la raíz del cabello se le clavaba en el cráneo, y creyó que sus músculos crispados
se rompían.
–¡Eres el demonio! –exclamó con indecible
miedo.
–¡Niño! –contestó el caballero en
son de amable censura–. ¿De dónde sacas eso? ¡Yo soy algo más y mejor que el triste
ser que nombras!
–¿Quién eres, pues?
–Entremos en la hostería y lo sabrás.
Gil entró apresuradamente; puso al
desconocido delante del humilde farol que alumbraba el aposento, lo miró con avidez.
Era el caballero un hombre como de
treinta y tres años, alto, hermoso, pálido, vestido todo de negro con escrupulosa
elegancia. Sus cabellos, sus ojos y su luenga barba eran negros, y toda su persona
ofrecía un aire de singular tristeza, majestad y dulzura.
Sus ojos no tenían resplandor alguno.
Recordaban la negrura de las tinieblas. Eran, sí, unos ojos de sombra, unos ojos
de luto, unos ojos muertos… Pero tan apacibles, tan inofensivos, tan mudos, que
una vez mirados con atención no se podía apartar la vista de ellos. Atraían como
el mar; fascinaban como un abismo sin fondo; consolaban como el olvido.
Así es que Gil Gil, a poco que fijó
los suyos en aquellos ojos inanimados, sintió que un velo negro lo envolvía, que
el orbe tornaba al caos y que el ruido del mundo era como el de una tempestad que
se lleva el aire…
Entonces, aquel ser misterioso dijo
estas tremendas palabras:
–Yo soy la Muerte, amigo mío… yo
soy la Muerte, y Dios es quien me envía… ¡Dios, que te tiene reservado un glorioso
lugar en el cielo! Cinco veces he causado tu desventura, y yo, la deidad implacable,
te he tenido compasión. Cuando Dios me ordenó esta noche llevar ante su tribunal
tu alma impía, le rogué que me confiase tu existencia y me dejase vivir a tu lado
algún tiempo, ofreciéndole entregarle al cabo tu espíritu limpio de culpas y digno
de su gloria. El Cielo no ha sido sordo a mi súplica. ¡Tú eres, pues, el primer
mortal a quien me he acercado sin que su cuerpo se torne fría ceniza! ¡Tú eres mi
único amigo! Oye ahora y aprende el camino de tu dicha y de tu salvación eterna.
Al llegar aquí la Muerte, Gil Gil
murmuró una palabra casi ininteligible.
–Te he comprendido… –replicó la Muerte–.
Me hablas de Elena de Monteclaro.
–¡Sí! –respondió el joven.
–¡Te juro que no la estrecharán otros
brazos que los tuyos o los míos! ¡Y, además, te repito que he de darte la felicidad
en este mundo y la del otro! Para ello bastará con lo siguiente: Yo, amigo mío,
no soy la Omnipotencia… ¡mi poder es muy limitado, muy triste! Yo no tengo la facultad
de crear. Mi ciencia se reduce a destruir. Sin embargo, está en mis manos darte
una fuerza, un poder, una riqueza mayor que la de los príncipes y emperadores… ¡voy
a hacerte médico; pero médico amigo mío, médico que me conozca, que me vea, que
me hable! Adivina lo demás.
Gil Gil estaba absorto.
–¿Será verdad? –exclamó cual si luchara
con una pesadilla.
–Todo es verdad, y algo más que te
iré diciendo… por ahora solo debo advertirte que tú no eres hijo de Juan Gil. Yo
oigo la confesión de todos los moribundos, y sé que eres hijo natural del conde
de Rionuevo, tu difunto protector, y de Crispina López, que te concibió dos meses
antes de casarse con el infortunado Juan Gil.
–¡Ah, calla! –exclamó el pobre niño,
tapándose el rostro con las manos.
Luego, herido de una súbita idea,
exclamó con indescriptible horror:
–¿Conque tú matarás a Elena algún
día?
–Tranquilízate… –respondió la divinidad–.
¡Elena no morirá nunca para ti! Así, pues, ¡responde!… ¿Quieres o no quieres ser
mi amigo?
Gil contestó con esta otra pregunta:
–¿Me darás en cambio a Elena?
–Te he dicho que sí.
–¡Pues ésta es mi mano! –añadió el
joven alargándosela a la Muerte.
Pero otra idea más horrible que la
anterior le asaltó en aquel momento.
–¡Con estas manos que estrechan la
mía –dijo– mataste a mi pobre madre!
–¡Sí! ¡Tu madre murió!… –respondió
la Muerte–. Entiende, sin embargo, que yo no le causé dolor alguno… ¡yo no hago
sufrir a nadie! Quien os atormenta hasta que dais el último suspiro es mi rival
la Vida, ¡esa vida que tanto amáis!
Gil se arrojó en brazos de la Muerte
por toda contestación.
–Vamos, pues –dijo el ser enlutado.
–¿Adónde?
–A La Granja, a comenzar tus funciones
de médico.
–Pero ¿a quién vamos a ver?
–Al ex rey Felipe V.
–¡Cómo! ¿Felipe V va a morir?
–Todavía no; antes ha de volver a
reinar, y tú vas a regalarle la corona.
Gil inclinó la frente, abrumado bajo
el peso de tantas nuevas ideas. La Muerte lo cogió del brazo y lo sacó de la hostería.
No habían llegado a la puerta, cuando
oyeron a su espalda gritos y lamentaciones.
El dueño de la hostería acababa de
morir.
IV
Digresión que no hace al caso
Desde que Gil Gil salió de la hostería empezó a observar
tal cambio en sí mismo y en la naturaleza toda, que, a no ir asido a un brazo tan
robusto como el de la Muerte, indudablemente hubiera caído anonadado contra el suelo.
Y era que nuestro héroe sentía lo
que no ha sentido ningún otro hombre ¡el doble movimiento de la Tierra alrededor
del sol y en torno de su propio eje!
En cambio, no percibía el de su propio
corazón.
Por lo demás, cualquiera que hubiese
examinado a la esplendorosa luz de la luna el rostro del ex zapatero, habría echado
de ver que la melancólica hermosura que siempre lo hizo admirable había subido de
punto de una manera extraordinaria… sus ojos, de un negro aterciopelado, reflejaban
ya aquella paz misteriosa que reinaba en los de la personificación de la Muerte.
Sus largos y sedosos cabellos, oscuros como las alas del cuervo, adornaban una fisonomía
pálida como el alabastro de las tumbas, radiosa y opaca a un mismo tiempo, cual
si dentro de aquel alabastro ardiese una luz funeral que se filtrara tenuemente
por sus poros. Su gesto, su actitud, su ademán, todo él se había transfigurado,
adquiriendo cierto aire monumental, eterno, extraño a toda relación con la naturaleza,
y que indudablemente, dondequiera que Gil se presentase, lo haría superior a las
mujeres más insensibles, a los poderosos más soberbios, a los guerreros más esforzados.
Andaban y andaban los dos amigos
hacia la Sierra, unas veces por el camino y otras fuera de él.
Siempre que pasaban por algún pueblo
o caserío, lentas campanadas, vibrando en el espacio en son de agonía, anunciaban
a nuestro joven que la Muerte no perdía su tiempo; que su brazo alcanzaba a todas
partes, y que, no por sentirlo él sobre su corazón como una montaña de hielo, dejaba
de cubrir de luto y de ruinas todo el haz de la dilatada Tierra.
Grandes y peregrinas cosas iba contándole
la Muerte a su protegido.
Enemiga de la Historia, complacíase
en hablar pestes acerca de sus pretendidas virtudes, y para demostrarlo presentaba
los hechos tales como acontecieron y no como los guardan monumentos y cronicones.
Los abismos de lo pasado se entreabrían
ante la absorta imaginación de Gil Gil, ofreciéndole revelaciones importantísimas
sobre el destino de los imperios y de la humanidad entera, explicándole el gran
misterio del origen de la vida y el no menos temeroso y grande del fin a que caminamos
los mal llamados mortales, y haciéndole comprender, por último, a la luz de tan
alta filosofía, las leyes que presiden al desenvolvimiento de la materia cósmica
y a sus múltiples manifestaciones en esas formas efímeras y pasajeras que se llaman
minerales, plantas, animales, astros, constelaciones, nebulosas y mundos.
La Fisiología, la Geología, la Química,
la Botánica, todo se esclarecía a los ojos del ex zapatero, dándole a conocer los
misteriosos resortes de la vida, del movimiento, de la reproducción, de la pasión,
del sentimiento, de la idea, de la conciencia, de la reflexión, de la memoria y
de la voluntad.
¡Dios, solo Dios, permanecía velado
en el fondo de aquellos mares de luz!
¡Dios, solo Dios, era ajeno a la
vida y a la muerte; extraño a la solidaridad universal; único y superior en esencia;
solo como sustancia; independiente, libre y todopoderoso como acción! La Muerte
no alcanzaba a envolver al Criador en su infinita sombra. ¡Sobre Él era! Su eternidad,
su inmutabilidad, su impenetrabilidad, deslumbraron la vista de Gil Gil, el cual
inclinó la cabeza, y adoró y creyó, quedando sumido en mayor ignorancia que antes
de bajar a los abismos de la Muerte…
V
Lo cierto por lo dudoso
Eran las diez de la mañana del 30 de agosto de 1724
cuando Gil Gil, perfectamente aleccionado por su disfrazada amiga, penetraba en
el palacio de San Ildefonso y pedía audiencia a Felipe V.
Recordemos al lector la situación
de este monarca en el día y hora que acabamos de citar.
El primer Borbón de España, nieto
de Luis XIV de Francia, aceptó el trono español cuando no podía soñar con sentarse
en el trono francés. Pero fueron muriendo otros príncipes, tíos y primos suyos,
que le separaban del solio de su tierra nativa y, entonces, a fin de habilitarse
para ocuparlo, si moría también su sobrino Luis XV (que estaba muy enfermo y solo
contaba catorce años de edad), abdicó la corona de Castilla en su hijo Luis I y
se retiró a San Ildefonso.
En tal situación, mejoró algo de
salud Luis XV, y Luis I cayó en cama gravísimamente atacado de viruelas, hasta el
extremo de temerse ya por su vida… diez correos, escalonados entre La Granja y Madrid,
llevaban cada hora a Felipe noticias del estado de su hijo, y el padre ambicioso,
excitado además por su célebre segunda esposa. Isabel Farnesio (mucho más ambiciosa
que él), no sabía qué partido tomar en tan inesperado y grave conflicto.
¿Iba a vacar el trono de España antes
que el de Francia? ¿Debía manifestar su intención de reinar de nuevo en Madrid,
disponiéndose a recoger la herencia de su hijo?
Pero ¿y si no moría este?
¿No sería insigne torpeza descubrir
a toda Europa el oscuro fondo de su alma? ¿No era esterilizar el sacrificio de haber
vivido siete meses en la soledad? ¿No fuera renunciar para siempre a la dulce esperanza
de sostenerse en el solio de San Luis?
¿Qué hacer, pues?
¡Esperar equivalía a perder un tiempo
precioso!… La Junta de Gobierno lo aborrecía y le disputaba toda influencia en las
cosas del Estado…
Dar un solo paso podía comprometer
la ambición de toda su vida y su nombre en la posteridad…
¡Falso Carlos V las tentaciones del
mundo le asaltaban en el desierto, y pagaba harto cara, en aquellas horas de incertidumbre,
la hipocresía de su abdicación!
Tal era la circunstancia en que nuestro
amigo Gil Gil se anunciaba al meditabundo Felipe, diciéndose portador de importantísimas
noticias.
–¿Qué me quieres? –preguntó el Rey
sin mirarlo cuando lo sintió dentro de la cámara.
–Señor, míreme vuestra majestad –respondió
Gil Gil con desenfado–. No tema que lea sus pensamientos, pues no son un misterio
para mí.
Felipe V se volvió bruscamente hacia
aquel hombre, cuya voz, seca y fría como la verdad que revelaba, había helado la
sangre en su corazón.
Pero su enojo se estrelló en la fúnebre
sonrisa del Amigo de la Muerte.
Sintiose, pues, poseído de supersticioso
terror al fijar sus ojos en los de Gil Gil, y llevando una mano trémula a la campanilla
de la escribanía que adornaba la mesa, repitió su primera pregunta:
–¿Qué me quieres?
–Señor, yo soy médico… –respondió
el joven tranquilamente–, y tengo tal fe en mi ciencia que me atrevo a decir a vuestra
majestad qué día, a qué hora y en qué instante ha de morir Luis I.
Felipe V miró con más atención a
aquel niño cubierto de harapos, cuyo rostro tenía tanto de hermoso como de sobrenatural.
–Habla… –dijo por toda contestación.
–¡No tan así, señor Rey! –replicó
Gil con cierto sarcasmo–. ¡Antes hemos de convenir en el precio!
El francés sacudió la cabeza al oír
estas palabras, como si despertase de un sueño; vio aquella escena de otro modo,
y casi se avergonzó de haberla tolerado.
–¡Hola! –dijo, tocando la campanilla–.
¡Prended a este hombre!
Un capitán apareció, y puso su mano
sobre el hombro de Gil Gil.
Este permaneció impasible.
El Rey, volviendo a su anterior superstición,
miró de reojo al extraño médico… levantose luego trabajosamente, pues la languidez
que sufría hacía algunos años se había agravado aquellos días, y dijo al capitán
de guardia:
–Déjanos solos.
Plantose, por último, enfrente de
Gil Gil, cual si quisiera perderle el miedo, y le preguntó con fingida calma:
–¿Quién diablos eres, cara de búho?
–¡Soy el Amigo de la Muerte! –respondió
nuestro joven sin pestañear.
–Muy señora mía y de todos los pecadores…
–dijo el Rey con aire de broma a fin de disfrazar su pueril espanto–. ¿Y qué decís
de nuestro hijo?
–Digo, señor –exclamó Gil Gil dando
un paso hacia el Rey, quien retrocedió a su pesar–, que vengo a traeros una corona;
no os diré si la de España o la de Francia, pues este es el secreto que habéis de
pagarme. Digo que estamos perdiendo un tiempo precioso, y que, por consiguiente,
necesito hablaros pronto y claro. Oídme, por tanto, con atención. Luis I está agonizando…
su enfermedad es, sin embargo, de las que tienen cura… vuestra majestad es el perro
de la fábula…
Felipe V interrumpió a Gil Gil:
–¡Di!… ¡Di lo que gustes! Deseo oírlo
todo… ¡De todas maneras voy a tener que ahorcarte!…
El Amigo de la Muerte se encogió
de hombros y continuó:
–Decía que vuestra majestad es el
perro de la fábula. Teníais en la cabeza la corona de España; os bajasteis para
coger la de Francia; se os cayó la vuestra sobre la cuna de vuestro hijo; Luis XV
se ciñó la suya, y vos os quedasteis sin la una y sin la otra…
–¡Es verdad! –exclamó Felipe V, si
no con la voz, con la mirada.
–Hoy… –continuó Gil Gil recogiendo
la mirada del Rey–; hoy, que estáis más cerca de la corona de Francia que de la
de España, vais a exponeros al mismo azar… Luis XV y Luis I, los dos Reyes niños,
están enfermos. Podéis heredar a ambos; pero necesitáis saber con algunas horas
de anticipación cuál de los dos va a morir antes. Luis I está de más peligro; pero
la corona de Francia es más hermosa. De aquí vuestra perplejidad… ¡Bien se conoce
que estáis escarmentado! ¡Ya no os atrevéis a tender la mano al cetro de San Fernando,
temeroso de que vuestro hijo se salve, la historia os escarnezca y vuestros partidarios
de Francia os abandonen!… Más claro: ¡ya no os atrevéis a soltar la presa que tenéis
entre los dientes, temeroso de que la otra que veis sea una nueva ilusión o mero
espejismo!
–¡Habla… habla! –dijo Felipe con
ansiedad, creyendo que Gil había terminado–. ¡Habla! ¡De todos modos has de ir de
aquí a una mazmorra, donde solo te oigan las paredes!… ¡Habla!… ¡Quiero saber qué
dice el mundo acerca de mis pensamientos!
El ex zapatero sonrió con desdén.
–¡Cárcel! ¡Horca!… –exclamó–. ¡He
aquí todo lo que los reyes sabéis! Pero yo no me asusto. Escuchadme otro poco, que
voy a concluir. Yo, señor, necesito ser médico de cámara, obtener un título de duque
y ganar hoy mismo treinta mil pesos… ¿Se ríe vuestra majestad? ¡Pues los necesito
tanto como vuestra majestad saber si Luis I morirá de las viruelas!
–¿Y qué? ¿Lo sabes tú? –preguntó
el Rey en voz baja, sin poder sobreponerse al terror que le causaba aquel muchacho.
–Puedo saberlo esta noche.
–¿Cómo?
–Ya os he dicho que soy amigo de
la muerte.
–¿Y qué es eso? ¡Explícamelo!
–Eso… ¡yo mismo lo ignoro! Llevadme
al palacio de Madrid. Hacedme ver al Rey reinante, y yo os diré la sentencia que
el Eterno haya escrito sobre su frente.
–¿Y si te equivocas? –dijo el de
Anjou acercándose más a Gil Gil.
–¡Me ahorcáis!… para lo cual me retendréis
preso todo el tiempo que os plazca.
–¡Conque eres hechicero! –exclamó
Felipe por justificar de algún modo la fe que daba a las palabras de Gil Gil.
–¡Señor, ya no hay hechizos! –respondió
éste–. El último hechicero se llamó Luis XIV, y el último hechizado, Carlos II.
La corona de España, que os mandamos a París hace veinticinco años envuelta en el
testamento de un idiota, nos rescató de la cautividad del demonio en que vivíamos
desde la abdicación de Carlos V. Vos lo sabéis mejor que nadie.
–Médico de cámara… duque… y treinta
mil pesos… –murmuró el Rey.
–¡Por una corona que vale más de
lo que pensáis! –respondió Gil Gil.
–¡Tienes mi real palabra! –añadió
con solemnidad Felipe V, dominado por aquella voz, por aquella fisonomía, por aquella
actitud llena de misterio.
–¿Lo jura vuestra majestad?
–¡Lo prometo! –respondió el francés–.
¡Lo prometo si antes me pruebas que eres algo más que un hombre!
–¡Elena… serás mía! –balbuceó Gil.
El Rey llamó al capitán y le dio
algunas órdenes.
–Ahora… –dijo–, mientras se dispone
tu marcha a Madrid, cuéntame tu historia y explícame tu ciencia.
–Voy a complaceros, señor; pero temo
que no comprendáis ni la una ni la otra.
Una hora después el capitán corría
la posta hacia Madrid al lado de nuestro héroe, quien, por de pronto, ya había soltado
sus harapos y vestía un magnífico traje de terciopelo negro, adornado con encajes
vistosísimos.
Felipe V le había regalado aquella
vestimenta y mucho dinero, después que se hubo enterado de su milagrosa amistad
con la Muerte.
Sigamos nosotros al buen Gil Gil
por mucho que corra, pues podría acontecer que se encontrara en la cámara de la
Reina con su idolatrada Elena de Monteclaro, o con la odiosa condesa de Rionuevo,
y no es cosa de que ignoremos los pormenores de unas entrevistas tan interesantes.
VI
Conferencia preliminar
Serían las seis de la tarde cuando Gil Gil y el capitán
se apeaban a las puertas de palacio.
Un gentío inmenso inundaba aquellos
lugares, sabedor del peligro en que se encontraba la vida del joven Rey.
Al poner nuestro amigo el pie en
el umbral del alcázar dio de manos a boca con la Muerte, que salía con paso precipitado.
–¿Ya? –preguntó Gil Gil lleno de
susto.
–¡Todavía no! –respondió la siniestro
personaje.
El médico respiró con satisfacción.
–Pues ¿cuándo? –replicó al cabo de
un momento.
–No puedo decírtelo.
–¡Oh! Habla… ¡Si supieras lo que
me ha prometido Felipe V!
–Me lo figuro.
–Pues bien: necesito saber cuándo
muere Luis I.
–Lo sabrás a su debido tiempo. Entra…
el capitán ha penetrado ya en la regia estancia. Trae instrucciones del Rey padre…
en este momento te anuncian como el primer médico del mundo… la gente se agolpa
a la escalera para verte llegar… ¡vas a encontrarte con Elena y con la condesa de
Rionuevo!…
–¡Oh, dicha! –exclamó Gil Gil.
–Las seis y cuarto… –continuó la
Muerte, tomándose el pulso, que era su único e infalible reloj–. Te esperan… hasta
luego.
–Pero dime…
–Es verdad… ¡Se me olvidaba! Escucha:
si cuando veas al rey Luis estoy en la cámara su enfermedad no tiene cura.
–¿Y estarás? ¿No dices que vas a
otro lado?
–No sé todavía si estaré… yo soy
ubicua, y si recibo órdenes superiores, allí me verás, como donde quiera que me
halle…
–¿Qué hacías ahora aquí?
–Vengo de matar un caballo.
Gil Gil retrocedió lleno de asombro.
–¿Cómo? –exclamó–. ¡También tienes
que ver con los irracionales!…
–¿Qué es eso de irracionales? ¿Acaso
los hombres tenéis verdadera razón? ¡La razón es una sola, y esa no se ve desde
la Tierra!
–Pero dime –replicó Gil–: los animales…
los brutos… los que aquí llamamos irracionales, ¿tienen alma?
–Sí y no. Tienen un espíritu sin
libertad e irresponsable… pero, ¡vete al diablo! ¡Qué preguntón estás hoy! Conque,
adiós… me encamino a cierta noble casa… donde voy a hacerte otro favor.
–¡Un favor a mí! ¡Dímelo claramente!
¿De qué se trata?
–De frustrar cierta boda.
–¡Ah!… –exclamó Gil Gil, concibiendo
una horrible sospecha–. ¿Será acaso…?
–Nada más te puedo decir… –contestó
la Muerte–. Ve adentro, que se hace tarde, tarde. ¡Déjate llevar y lo pasarás mejor!
Tienes mi promesa de que llegarás a ser completamente dichoso.
–¡Ah! ¡Conque somos amigos! ¿No piensas
matarnos ni a mí ni a Elena?
–¡Descuida! –replicó la Muerte con
una tristeza y una solemnidad, con una ternura y una alegría, con tantos y tan distintos
efectos en la voz, que Gil renunció, desde luego, a la esperanza de comprender aquella
palabra.
–¡Espera! –dijo, por último, viendo
que el ser enlutado se alejaba–. Repíteme aquello de las horas, pues no quiero equivocarme…
si estás en la habitación de un enfermo, pero no lo miras, significa que el paciente
muere de aquella enfermedad…
–¡Cierto! Mas si estoy de cara a
él, fenece dentro del día… si yazgo en su mismo lecho, le quedan tres horas de existencia…
si lo encuentras entre mis brazos, no respondas sino de una hora… y si me ves besarle
la frente, reza un credo por su alma.
–¿Y no me hablarás ni una palabra?
–¡Ni una! Yo no puedo revelarte los
misterios del Eterno. Tu ventaja sobre los demás hombres consiste solamente en que
soy visible para ti. Conque adiós, ¡y no me olvides!
Dijo, y se desvaneció en el espacio.
VII
La cámara real
Gil Gil penetró en la regia morada ni arrepentido ni
contento de haber entablado relaciones con aquel personaje.
Mas no bien pisó las escaleras del
palacio y recordó que iba a ver a su idolatrada Elena, todas sus ideas lúgubres
desaparecieron, como huyen las aves nocturnas al despuntar el día.
Con lucido acompañamiento de servidores
y de personajes de la nobleza, atravesó Gil Gil galerías y salones, dirigiéndose
a la cámara real, y por cierto que todos admiraban la extraña hermosura y tierna
juventud del famoso médico que Felipe V enviaba desde La Granja como última apelación
del humano poder para salvar la vida de Luis I.
Allí estaban las dos Cortes: la de
Luis y la de Felipe.
Eran estas, por decirlo así, los
poderes rivales, que hacía una semana vivían en constante guerra; eran los antiguos
palaciegos de la casa de Borbón y los nuevos que el Regente de Francia, Felipe de
Orleans el Generoso, había agrupado alrededor del trono de España para evitar que
el ambicioso ex duque de Anjou saltase desde él al trono de su abuelo; eran, en
fin, los cortesanos del dócil niño que yacía moribundo, y los de su bella esposa,
la indomable hija del Regente, la renombrada duquesa de Montpensier.
Los allegados a Isabel de Farnesio,
madrastra de Luis I, deseaban que este muriese para que los hijos del segundo matrimonio
de Felipe V se hallasen más cerca de la corona de San Fernando.
Los partidarios de la joven Orleans,
de la Reina hija, deseaban que el enfermo se salvase, no por amor a los mal avenidos
esposos, sino en odio a Felipe V, a quien no querían ver reinar nuevamente.
Los amigos del desgraciado Luis temblaban
a la idea de que muriese, porque, habiéndole inducido ellos a sacudir la tutela
en que lo tenía el solitario de La Granja, sabían muy bien que al volver éste al
trono lo primero que haría sería desterrarlos o prenderlos.
El palacio era, pues, un laberinto
de encontrados deseos, de opuestas ambiciones, de intrigas y recelos, de temores
y esperanzas.
Gil Gil penetró en la cámara buscando
con la vista a una sola persona: a su inolvidable Elena.
Cerca del lecho del Rey vio al padre
de ésta, al grande amigo del difunto conde de Rionuevo, al duque de Monteclaro,
en fin, el cual hablaba con los arzobispos de Santiago y de Toledo, con el marqués
de Mirabal y con don Miguel de Guerra, los cuatro más encarnizados enemigos de Felipe
V.
El duque de Monteclaro no reconoció
al antiguo paje, compañero de infancia de su encantadora hija.
En otro lado, y no sin cierta impresión
de miedo, el Amigo de la Muerte vio, entre las damas que rodeaban a la joven y hermosa
Luisa Isabel de Orleans, a su implacable y eterna enemiga: la condesa de Rionuevo.
Gil Gil pasó casi rozando con su
vestido al ir a besar la mano a la Reina.
La condesa no reconoció tampoco al
hijo natural de su marido.
En esto se levantó un tapiz detrás
del grupo que formaban las damas, y apareció, entre otras dos o tres, que Gil Gil
no conocía, una mujer alta, pálida, hermosísima…
Era Elena de Monteclaro.
Gil Gil la miró intensamente y la
joven se estremeció al ver aquella fúnebre y bella fisonomía, cual si contemplara
el espectro de un difunto adorado: cual si tuviese ante sus ojos, no a Gil, sino
su sombra envuelta en la mortaja; cual si viese, en fin, un ser del otro mundo.
¡Gil en la Corte! ¡Gil consolando
a la Reina, a aquella princesa altiva y burlona que todo lo desdeñaba! ¡Gil, con
aquel lujoso traje, mirado y considerado de toda la nobleza!…
“¡Ah! ¡Sin duda es un sueño!”, pensó
la encantadora Elena.
–Venid, doctor –dijo en esto el marqués
de Mirabal–: Su majestad ha despertado.
Gil hizo un penoso esfuerzo para
sacudir el éxtasis que embargaba todo su ser al verse enfrente de su adorada, y
se acercó a la cama del virulento.
El segundo Borbón de España era un
mancebo de diecisiete años, flaco, largo y raquítico, como planta que crece a la
sombra.
Su rostro (que no había carecido
de cierta finura de expresión, a pesar de la irregularidad de sus facciones) estaba
ahora espantosamente hinchado y cubierto de cenicientas pústulas. Parecía un tosco
boceto de escultura modelado en barro.
Tendió el Rey niño una angustiosa
mirada a aquel otro adolescente que se acercaba a su lecho, y al encontrarse con
sus mudos y sombríos ojos, insondables como el misterio de la eternidad, dio un
ligero grito y ocultó el semblante bajo las sábanas.
Gil Gil, en tanto, miraba a los cuatro
ángulos de la habitación buscando a la Muerte.
Pero la Muerte no estaba allí.
–¿Vivirá? –le preguntaron en voz
baja algunos cortesanos, que habían creído leer una esperanza en el rostro de Gil
Gil.
Iba a decir que sí, olvidando que
su opinión debía darla solamente a Felipe V, cuando sintió que le tiraban de la
ropa.
Volviose, y vio cerca de sí a una
persona vestida toda de negro, que se hallaba de espaldas al lecho del Rey…
Era la Muerte.
“Morirá de las viruelas, pero no
hoy” –pensó Gil Gil.
–¿Qué os parece? –le preguntó el
arzobispo de Toledo, sintiendo, como todos, aquel invencible respeto que infundía
el rostro sobrehumano de nuestro joven.
–Dispensadme… –respondió el ex zapatero–.
Mi opinión queda reservada para el que me envía…
–Pero vos… –añadió el marqués de
Mirabal–, vos, que sois tan joven, no podéis haber aprendido tanta ciencia… Indudablemente,
Dios o el diablo os la ha infundido… Seréis un santo que hace milagros o un mago
amigo de las brujas…
–Como gustéis… –respondió Gil Gil–.
De un modo o de otro, yo leo en el porvenir; secreto por el cual dierais alguna
cosa, pues resuelve la duda de si mañana seréis el privado de Luis I o el prisionero
de Felipe V.
–¡Y qué! –balbuceó el de Mirabal,
pálido de ira, pero sonriendo levemente.
En esto reparó Gil Gil en que la
Muerte, no contenta con acechar al Monarca, aprovechaba su permanencia en la cámara
real para sentarse al lado de una dama… casi en su misma silla… y mirarla con fijeza.
La sentenciada era la condesa de
Rionuevo.
“¡Tres horas!” –pensó Gil Gil.
–Necesito hablaros… –seguía diciéndole,
entretanto, el marqués de Mirabal, a quien se le había ocurrido, nada menos que
comprar su secreto al extraño médico.
Pero una mirada y una sonrisa de
Gil, que adivinó los pensamientos del marqués, desconcertaron a este de tal modo
que retrocedió un paso.
Aquella mirada y aquella sonrisa
eran las mismas que habían dominado por la mañana a Felipe V.
Gil aprovechó aquel momento de turbación
de Mirabal para dar un gran paso en su carrera y fijar su reputación en la corte.
–Señor… –dijo al arzobispo de Toledo–.
La condesa de Rionuevo, a quien veis tranquila y sola en aquel rincón… (ya sabemos
que la Muerte solo era visible a los ojos de Gil), morirá antes de tres horas. Aconsejadle
que disponga su espíritu para el supremo trance.
El arzobispo retrocedió espantado.
–¿Qué es eso? –preguntó don Miguel
de Guerra.
El prelado contó a varias personas
las profecías de Gil Gil, y todos los ojos se fijaron en la condesa, que, efectivamente,
empezaba a palidecer horriblemente.
Gil Gil, entretanto, se acercaba
a Elena.
Elena estaba en medio de la cámara,
de pie sobre el mármol del pavimento, inmóvil y silenciosa como una noble escultura.
Desde allí, fanatizada, subyugada,
poseída de un terror y de una felicidad que no podían definirse, seguía todos los
movimientos del amigo de su infancia.
–Elena… –murmuró el joven al pasar
a su lado.
–Gil… –contestó ella maquinalmente–.
¿Eres tú?
–¡Sí, soy yo! –replicó él con idolatría–.
Nada temas…
Y salió de la habitación.
El capitán lo esperaba en la antecámara.
Gil Gil escribió algunas palabras
en un papel, y dijo al fiel servidor de Felipe V:
–Tomad… y no perdáis un momento.
¡A La Granja!
–Pero… ¿y vos? –replicó el capitán–.
Yo no puedo dejaros. Estáis preso bajo mi custodia.
–Lo estaré bajo mi palabra… –respondió
Gil con nobleza–. No puedo seguiros.
–Mas… el Rey…
–El Rey aprobará vuestra conducta.
–¡Imposible!
–Escuchad, y veréis cómo tengo razón.
En este momento se oyó en la cámara
real un fuerte murmullo.
–¡El médico! ¡Ese médico!… –salieron
gritando algunas personas.
–¿Qué ocurre? –preguntó Gil Gil.
–La condesa de Rionuevo se muere…
–dijo don Miguel de Guerra–. ¡Venid! Por aquí… Ya estará en la cámara de la Reina…
–Id, capitán… –murmuró Gil Gil–.
Yo os lo digo.
Y apoyó estas palabras con una mirada
y un gesto tales que el soldado partió sin replicar palabra.
Gil siguió a Guerra y penetró en
la cámara de la esposa de Luis I.
VIII
Revelaciones
–¡Oye! –dijo una voz a Gil Gil cuando caminaba hacia
el lecho en que yacía la condesa de Rionuevo.
–¡Ah! ¿Eres tú? –exclamó nuestro
joven, reconociendo a la Muerte–. ¿Ha expirado ya?
–¿Quién?
–La condesa…
–No.
–Pues ¿cómo la abandonas?
–No la he abandonado, amigo mío,
sino que, como ya te he dicho, yo estoy a un mismo tiempo en todas partes y bajo
diversas formas. Para ti, revisto la forma de un caballero joven y guapo, pero yo
no tengo sexo, ni edad, ni figura… yo tomo la figura de mis víctimas.
–Bien; ¿qué me quieres? –preguntó
Gil con cierto disgusto al oír aquella sentencia.
–Vengo a hacerte otro favor.
–¡Así será él! Habla.
–¿Sabes que vas faltándome al respeto?
–exclamó la Muerte con mucha sorna.
–Es natural… –respondió Gil–. La
confianza… la complicidad…
–¿Qué es eso de complicidad?
–¡Nada!… Aludo a una pintura que
vi cuando niño. Representaba a la Medicina. En una cama yacían dos personas, o,
por mejor decir, un hombre y su enfermedad. El médico había entrado en la habitación
con los ojos vendados y armado de un garrote, y una vez cerca de la cama había empezado
a dar palos de ciego sobre el enfermo y sobre la enfermedad… no recuerdo precisamente
quién fue antes víctima de los golpes… creo que fue el enfermo.
–¡Donosa alegoría! Pero vamos a cuentas…
–Sí… vamos… que todos se extrañan
de verme así, tan solo, parado en medio de la cámara.
–¡Déjalos! Creerán que meditas o
que aguardas la inspiración. Óyeme un momento. Tú sabes que lo pasado me pertenece
de derecho, y que puedo referírtelo… no así lo por venir…
–¡Adelante!
–¡Un poco de paciencia! Vas a hablar
por última vez con la condesa de Rionuevo, y es de mi deber contarte cierta historia.
–Es inútil. Yo perdono a esa mujer.
–¡Se trata de Elena, majadero! –exclamó
la Muerte.
–¡Cómo!
–Digo se trata de que seas noble
y puedas casarte con ella.
–¡Noble lo soy ya!… El Rey Felipe
V me hace duque.
–Monteclaro no se contentará con
un advenedizo… necesitas ascendientes.
–¿Y qué?
–Ya te tengo dicho que eres el último
vástago de los Rionuevo.
–¡Sí!… pero… adulterino.
–¡Te equivocas! ¡Natural… y muy natural!
–Sea… pero ¿quién prueba eso?
–Es precisamente lo que voy a decirte.
–Habla.
–Oye, y no me interrumpas. La condesa
es la tremenda esfinge de tu vida…
–Ya lo sé…
–¡Ella tiene en su mano toda tu felicidad!
–¡Lo sé también!
–Pues ha llegado la ocasión de arrancársela.
–¿De qué manera?
–Verás. Como tu padre te amaba tanto…
–¡Ah! ¿Me amaba mucho? –exclamó Gil
Gil.
–¡Te he dicho que no me interrumpas!
Como tu padre te amaba tanto, no se fue de este mundo sin pensar muy seriamente
en tu porvenir.
–¡Pues qué! ¿No murió ab intestato
el conde?
–¿De dónde sacas eso?
–Así consta en todas partes.
–¡Pura invención de la condesa para
apoderarse de todo el dinero del conde y dejar luego por heredero a cierto sobrino!…
–¡Oh!
–¡Calma, que todo puede arreglarse!
Tu padre poseía una declaración de Crispina López, otra de Juan Gil y además una
justificación facultativa en toda forma que acreditaban perfectamente que tú eres
hijo natural del conde de Rionuevo y de Crispina López, concebido cuando los dos
eran solteros. Esto mismo confesó tu padre a la hora de la muerte ante un cura y
un escribano que yo vi allí, y que conozco perfectamente… por cierto que el cura…
pero esto no puedo decírtelo. En fin, el caso es que el conde te nombró su único
y universal heredero, cosa que podía hacer con tanta mayor facilidad cuanto que
no tenía ningún pariente próximo ni lejano. Ni paró aquí la solicitud con que aquel
buen padre echaba los cimientos de tu felicidad futura desde el borde mismo del
sepulcro…
–¡Oh, padre mío! –murmuró Gil Gil.
–Escucha. Tú sabes la grande amistad
que unía de muy antiguo al honrado conde con el duque de Monteclaro, compañero suyo
de armas durante la Guerra de Sucesión…
–Sí, la sé.
–Pues bien –continuó la Muerte–:
tu padre, adivinando el amor que profesabas a la encantadora Elena, dirigió al duque,
pocos momentos antes de expirar, una larga y sentida carta en que se lo declaraba
todo, le pedía para ti la mano de su hija y le recordaba tantas y tan señaladas
pruebas de amistad como se habían dado en todo tiempo…
–¿Y esa carta? –preguntó Gil con
extraordinaria vehemencia.
–Esa carta sola hubiera convencido
al duque, y ya serías su yerno… hace muchos años…
–¿Qué ha sido de esa carta? –volvió
a preguntar el joven, trémulo de amor y de ira.
–Esa carta te hubiera ahorrado el
entrar en relaciones conmigo… –continuó la Muerte.
–¡Oh!… ¡No seas cruel!… ¡Dime que
la carta existe!
–Esa es la verdad.
–¿Conque existe?
–Sí.
–¿Quién la tiene?
–La misma persona que la interceptó.
–¡La condesa!
–La condesa.
–¡Oh!… –exclamó el joven, dando un
paso hacia el lecho de agonía.
–Espera –dijo la Muerte–. No he concluido
aún. La condesa conserva también el testamento de su marido, que casi me arrebató
de las manos…
–¿A ti?
–Digo a mí porque el conde estaba
ya medio muerto. En cuanto al cura y al escribano, yo te diré dónde viven, y creo
que declararán la verdad.
Gil Gil meditó un momento.
Luego, mirando fijamente al fúnebre
personaje:
–Es decir…–exclamó–, que si logro
apoderarme de esos documentos…
–Mañana puedes casarte con Elena.
–¡Oh, Dios! –murmuró el joven dando
otro paso hacia el lecho.
Allí se volvió de nuevo hacia la
Muerte.
Los cortesanos no comprendían lo
que pasaba en el corazón de Gil Gil. Creíanle solo, o luchando con la visión milagrosa
a que debía su peregrina ciencia; pero era tal el terror que ya les inspiraba, que
ninguno se atrevía a interrumpirlo.
–Dime –añadió el ex zapatero dirigiéndose
a su tremenda compañía–, y ¿cómo es que la condesa no ha quemado esos papeles?
–Porque la condesa, como todos los
criminales, es supersticiosa: porque temía arrepentirse algún día; porque adivinaba
que esos papeles podrían ser en tal situación su pasaporte para la eternidad… en
fin: porque es un hecho constante que ningún pecador borra las huellas de sus crímenes,
temeroso de olvidarlos a la hora de la muerte y de no poder retroceder por sus mismos
pasos hasta encontrar la senda de la virtud. Te repito, pues, que esos papeles existen.
–De modo que en consiguiéndolos Elena
será mía… –insistió Gil Gil, dudando siempre que la Muerte pudiera procurarle la
felicidad.
–Aún habría que vencer otro obstáculo…
–respondió la Muerte.
–¿Cuál?
–Que Elena está prometida por su
padre a un sobrino de la condesa, al vizconde de Daimiel.
–¡Cómo! ¿Ella le ama?
–No; pero es lo mismo, puesto que
hace dos meses contrajeron esponsales…
–¡Oh!… ¡Conque todo es inútil! –exclamó
Gil con desesperación.
–¡Lo hubiera sido sin mí! –replicó
la Muerte–. Pero ya te dije a las puertas de este palacio que trataba de frustrar
una boda…
–¡Cómo! ¿Has matado al vizconde?
–¡Yo!… –exclamó la Muerte con cierto
terror sarcástico–. ¡Dios me libre!… Yo no lo he matado… él se ha muerto.
–¡Ah!
–¡Chito!… Nadie lo sabe todavía…
su familia cree en este instante que el pobre joven está durmiendo la siesta. Conque…
¡a ver cómo te portas! Elena, la condesa y el duque se hallan a dos pasos de ti…
¡ahora, o nunca!
Y así diciendo, la Muerte se acercó
al lecho de la enferma.
Gil Gil siguió sus pasos.
Muchas de las personas que se hallaban
en el aposento, entre ellas el duque de Monteclaro, sabían ya el vaticinio de Gil
respecto a que antes de tres horas moriría la condesa de Rionuevo; así es que al
verlo casi cumplido, pues de buena y alegre que se hallaba la dama pocos momentos
antes, habíase convertido de pronto en un tronco inerte, que agitaban por intervalos
violentas convulsiones, empezaron todos a mirar a nuestro amigo con supersticioso
terror y fanática idolatría.
La condesa, por su parte, no bien
distinguió a Gil, tendió hacia él una mano trémula y suplicante, mientras con la
otra hacía seña de que los dejasen solos.
Alejáronse todos del lecho, y Gil
se sentó al lado de la moribunda.
IX
El alma
Aunque la condesa de Rionuevo, la terrible enemiga de
Gil Gil, hace tan odioso papel en nuestra historia, no era, como muchos habrán quizá
imaginado, una mujer vieja o fea, o fea y vieja a un mismo tiempo… la naturaleza
física es también hipócrita algunas veces.
La ilustre moribunda, que a la sazón
tendría treinta y cinco años, se hallaba en toda la plenitud de una magnífica hermosura.
Era alta, recia y muy bien formada. Sus ojos, azules como la mar, pérfidos como
ella, encubrían hondos abismos bajo su apariencia lánguida y suave. La frescura
de su boca, la morbidez de sus facciones revelaban que ni el dolor ni la pasión
habían trabajado nunca aquella insensible belleza. Así es que al verla ahora caída
y paciente, dominada por el terror y vencida por el sufrimiento, el alma menos compasiva
hubiera experimentado cierta rara piedad muy parecida al susto o al espanto.
Gil Gil, que tanto odiaba a aquella
mujer, no dejó de sentir esta complicada impresión de lástima y asombro, y cogiendo
maquinalmente la hermosa mano que le tendía la enferma, murmuró con más tristeza
que resentimiento:
–¿Me conocéis?
–¡Salvadme! –respondió la moribunda
sin escuchar la pregunta de Gil Gil.
En esto se deslizó por detrás de
las cortinas un nuevo personaje, y vino a colocarse entre los dos interlocutores,
apoyando su codo en la almohada y la cabeza sobre una mano.
Era la Muerte.
–¡Salvadme! –repitió la condesa,
a quien la intuición del miedo le había ya revelado que nuestro héroe la aborrecía–.
Vos sois hechicero… dicen que habláis con la Muerte… ¡salvadme!
–¡Mucho teméis el morir, señora!
–respondió el joven con despego, soltando la mano de la enferma.
Aquella estúpida cobardía, aquel
terror animal que no dejaba paso a ninguna otra idea, a ningún otro afecto, Gil,
por cuanto le dio la medida del espíritu egoísta de la autora de todos sus males.
–¡Condesa! –exclamó entonces–. ¡Pensad
en vuestro pasado y en vuestro porvenir! ¡Pensad en Dios y en vuestro prójimo!…
¡Salvad el alma, supuesto que el cuerpo ya no os pertenece!
–¡Ah, voy a morir! –exclamó la condesa.
–¡No… condesa… no vais a morir!
–¡No voy a morir! –gritó la pobre
mujer con una alegría salvaje.
El joven continuó con la misma seriedad:
–¡No vais a morir, porque nunca habéis
vivido!… Al contrario, ¡vais a nacer a la vida del alma, que para vos será un sufrimiento
eterno, como para los justos es una eterna bienaventuranza!
–¡Ah! ¡Conque voy a morir! –murmuró
la enferma nuevamente, derramando lágrimas por la primera vez de su vida.
–¡No, condesa, no vais a morir! –replicó
otra vez el médico con indecible majestad.
–¡Ah! ¡Tenedme compasión! –exclamó
la pobre mujer recobrando la esperanza.
–No vais a morir –prosiguió el joven–,
supuesto que lloráis. El alma nunca muere, y el arrepentimiento puede abriros las
puertas de una eterna vida…
–¡Ah, Dios mío! –exclamó la condesa,
rendida por aquella cruel incertidumbre.
–Hacéis bien en llamar a Dios. ¡Salvad
el alma!, os repito… ¡salvad el alma! Vuestro cuerpo hermoso, vuestro ídolo de tierra,
vuestro sacrílego existir han concluido para siempre. Esta vida temporal, estos
goces del mundo, aquella salud y aquella belleza, y aquel regalo y aquella fortuna
que tanto procurasteis conservar; los bienes que usurpasteis; el aire, el sol; el
mundo que hasta aquí habéis conocido, todo lo vais a perder; todo ha desaparecido
ya; todo será mañana para vos polvo y tinieblas, vanidad y podredumbre, soledad
y olvido: solo os queda el alma, condesa… ¡Pensad en vuestra alma!
–¿Quién sois? –preguntó sordamente
la moribunda, fijando en Gil Gil una atónita mirada–. Yo os he conocido antes de
ahora… vos me aborrecéis… vos sois quien me matáis… ¡ah!…
En este instante la Muerte colocó
su mano pálida sobre la cabeza de la enferma, y dijo:
–Concluye, Gil: concluye… que la
hora eterna se aproxima.
–¡Ah! ¡Yo no quiero que muera! –respondió
Gil–. ¡Aún puede enmendarse, aún puede remediar todo el mal que ha hecho!… ¡Salva
su cuerpo, y yo te respondo de salvar su alma!
–Concluye, Gil; concluye –repitió
la Muerte–, que la hora eterna va a sonar.
–¡Pobre mujer! –murmuró el joven
con piedad a la condesa.
–¡Me compadecéis! –dijo la agonizante
con inefable ternura–. Nunca he agradecido… nunca he amado… nunca he sentido lo
que por vos siento… ¡compadecedme!… ¡Decídmelo!… ¡Mi corazón se ablanda al escuchar
vuestra voz entristecida!
Y era verdad.
La condesa, exaltada por el terror
en aquel supremo trance, atribulada por los remordimientos, temerosa del castigo,
desposeída de cuanto había constituido su orgullo y sus aficiones sobre la tierra,
empezaba a sentir los primeros suspiros de un alma que hasta entonces había permanecido
escondida y silenciosa allá en los últimos ámbitos de su mente; alma siempre insultada,
pero rica en paciencia y heroísmo; alma, en fin, comparable a la triste hija de
padres criminales y viciosos que piensa, calla, se oculta de su vista y llora en
rincones de la casa, hasta que un día, al primer síntoma de arrepentimiento que
nota en ellos, recobra el valor, corre a sus brazos, y les deja oír su voz pura
y divina, cántico de alondra, música del cielo, que parece saludar el amanecer de
la virtud después de las tinieblas del pecado…
–¡Me preguntáis quién soy! –respondió
Gil comprendiendo todo esto–. ¡Ya no lo sé yo! Era vuestro mortal enemigo; pero
ahora ya no os odio. ¡Habéis oído la voz de la verdad… la voz de la muerte… y vuestro
corazón ha respondido! ¡Dios sea loado! ¡Yo venía a este lecho de dolor a pediros
la felicidad de mi vida… y ya me iría gustoso sin ella porque creo haber labrado
vuestra felicidad… porque he salvado vuestra alma! ¡Jesús divino: he aquí que he
perdonado las injurias y hecho el bien a mi enemigo!… Estoy satisfecho; soy feliz;
no pido más.
–¿Quién eres, misterioso y sublime
niño? ¿Quién eres tú, tan bueno y tan hermoso, que vienes como un ángel a la cabecera
de mi lecho de agonía, y me haces tan dulces mis últimos momentos? –preguntó la
condesa, cogiendo con ansia las manos de Gil Gil.
–¡Yo soy el Amigo de la Muerte!…
–respondió el joven–. No extrañéis, pues, que serene vuestro corazón. Yo os hablo
en nombre de la Muerte, y por eso me habéis creído. Yo he venido a vos delegado
por aquella divinidad piadosa que es la paz de la tierra, que es la verdad de los
mundos, que es la redentora del espíritu, que es la mensajera de Dios, que lo es
todo, menos el olvido. El olvido está en la vida, condesa, no en la muerte. Recordad…
y me conoceréis.
–¡Gil Gil! –exclamó la condesa, perdiendo
el sentido.
–¿Se ha muerto? –preguntó el médico
a la Muerte.
–No. Aún le queda media hora.
–Pero… ¿hablará todavía?
–¡Gil!… –suspiró la moribunda.
–Acaba… –añadió la Muerte.
El joven se inclinó sobre la condesa,
cuyo hermoso semblante resplandecía con una belleza nueva, inmortal, divina; y de
aquellos ojos, donde el fuego de la vida se quebraba en lánguidas y melancólicas
luces; de aquella boca anhelante y entreabierta que la fiebre coloreaba; de aquellas
manos suaves y ardorosas; de aquel blanco cuello que se extendía hacia él con infinita
angustia, recibió tan elocuente expresión de arrepentimiento y ternura, tan íntima
caricia y frenético ruego, tan infinita y solemne promesa, que, sin vacilar un instante,
apartose del lecho, llamó al duque de Monteclaro, al arzobispo y a otros tres nobles
de los muchos que había en la cámara, y les dijo:
–Escuchad la confesión pública de
un alma que vuelve a Dios.
Los personajes susodichos se acercaron
a la moribunda, arrastrados más por el inspirado rostro que por las palabras de
Gil Gil.
–Duque –murmuró la condesa al ver
a Monteclaro–, mi confesor tiene una llave… Señor… –continuó volviéndose al arzobispo–,
pedídsela… Este niño, este médico, este ángel, es hijo natural y reconocido del
conde de Rionuevo; mi difunto esposo, quien, al morir, os escribió una carta, duque,
pidiéndoos para él la mano de Elena. Con esa llave… en mi alcoba… todos los papeles…
¡Yo lo ruego!… ¡Yo lo mando!…
Dijo, y cayó sobre la almohada sin
luz en los ojos, sin aliento en los labios, sin color en el semblante.
–Va a expirar… –exclamó Gil Gil–.
Quedad con ella, señor… –añadió, dirigiéndose al arzobispo–. Y vos, señor duque,
escuchadme.
–Aguarda… –dijo la Muerte al oído
de nuestro joven.
–¿Qué más? –respondió este.
–¡No la has perdonado!…
–¡Gil Gil!… ¡Tu perdón!… –tartamudeó
la moribunda.
–¡Gil Gil! –exclamó el duque de Monteclaro–.
¿Eres tú?
–Condesa, ¡que Dios os perdone como
yo os perdono!… ¡Morid en paz! –dijo con religioso acento el hijo de Crispina López.
En esto se inclinó la Muerte sobre
la condesa y puso los labios en su frente…
Aquel beso resonó en el pecho de
un cadáver.
Una lágrima fría y turbia corrió
por el rostro de la muerta.
Gil enjugó las suyas y respondió
al de Monteclaro:
–Sí, señor duque; yo soy.
El arzobispo rezaba fúnebres oraciones
a la cabecera del lecho.
Entretanto, la Muerte había desaparecido.
Eran las doce de la noche.
X
Hasta mañana
–Buscad esos papeles, señor duque –dijo Gil Gil–, y
hacedme la merced de hablar con Elena.
–¡Venid, señor doctor, venid! El
Rey se muere… –exclamó don Miguel de Guerra interrumpiendo al Amigo de la Muerte.
–Seguidme, señor duque… –dijo el
joven con gran respeto–. Han dado las doce, y puedo comunicaros una noticia muy
importante, no sé si buena o mala. Esto es: puedo deciros si Luis I morirá o no
morirá durante el día que principia en este momento.
En efecto; ya había empezado el día
31 de agosto, en que Luis I debía entregar su espíritu al Criador.
Gil Gil tuvo la certeza de ello al
ver que la Muerte se hallaba de pie, en medio de la cámara, con los ojos fijos en
el regio enfermo.
–Hoy muere el Rey… –dijo Gil Gil
al oído de Monteclaro–. Esta noticia es el regalo de boda que hago a Elena. Si conocéis
el valor de tal regalo, guardadlo en secreto, y sírvaos de regla de conducta con
Felipe V.
–Elena está prometida a otro… –replicó
el duque.
–El sobrino de la condesa de Rionuevo
ha muerto esta tarde –interrumpió Gil Gil.
–¡Oh! ¿Qué es esto que nos pasa?
–exclamó el duque–. ¿Quién eres tú, a quien yo conocí niño, y que ahora me espantas
con tu poder y tu ciencia?
–La Reina os llama, padre mío… –dijo
en este momento una dama al duque de Monteclaro, que permanecía absorto.
Aquella dama era Elena.
El duque se acercó a la Reina, dejando
solos en medio de la cámara a los dos amantes.
No solos, pues a tres pasos de ellos
estaba la Muerte.
Elena y Gil Gil quedaron de pie mirándose,
sin acertar a decirse una palabra, como asustados de verse, como si temieran que
su mutua presencia fuese un sueño del que despertarían al tenderse la mano o al
lanzar el más leve suspiro.
Ya otra vez, aquella tarde, al encontrarse
en aquel mismo sitio, ambos experimentaron, en medio de su inefable alegría, cierta
secreta angustia, semejante a la que sentirían dos amigos que, al cabo de mucho
tiempo de total ausencia, se reconociesen en una cárcel, al clarear el día del suplicio,
cómplices sin saberlo de un delito fatal o víctimas ambos de idéntica persecución…
También pudiera decirse que el doloroso
júbilo con que se reconocieron Gil y Elena fue semejante al amargo placer con que
el cadáver de un marido celoso (si los cadáveres sintiesen) sonreiría dentro de
la tumba al oír abrir una noche la puerta del cementerio y comprender que era el
cadáver de su esposa el que llevaban a enterrar…
“¡Ya estás aquí!”, diría el pobre
muerto; “¡ya estás aquí!… Hace cuatro años que cuento solo las noches y los días,
pensando en lo que harías en el mundo, tú, tan hermosa y tan ingrata, que te quitarías
el luto al año de mi muerte. ¡Mucho has tardado!… Pero ya estás aquí. Si entre nosotros
no es ya posible el amor, en cambio tampoco son posibles las infidelidades, y muchísimo
menos el olvido… ¡nos pertenecemos negativamente! Aunque nada nos une, estamos unidos,
puesto que nada nos separa. A los celos, a la incertidumbre, a las zozobras de la
vida ha sustituido una eternidad de amor o de recuerdos. ¡Todo te lo perdono!”
Estas ideas, si bien dulcificadas
un tanto por la suavidad de los caracteres de Gil y Elena, por la inocencia de ella,
por la alta inteligencia de él y por la elevada virtud de ambos, lucían en el alma
de los dos amantes como fúnebres antorchas, a cuya luz veían un porvenir ilimitado
de pacífico amor, que nadie podría turbar ni destruir, a menos que todo lo que les
pasaba fuese un fugitivo sueño.
Miráronse, pues, mucho tiempo con
fanática idolatría.
Los ojos azules de Elena se abismaban
en los oscuros ojos de Gil Gil, como el alto cielo envía inútilmente sus claridades
a las tinieblas de nuestras noches, mientras que los ojos negros de Gil Gil se perdían
en la insondable diafanidad de los celestes purísimos ojos de Elena, como la vista
y la idea, y hasta el sentimiento, se fatigan inútilmente cuando miden la inmensidad
de los espacios infinitos.
Así hubieran permanecido no sabemos
cuánto tiempo, creemos que toda la eternidad, si la Muerte no hubiera llamado la
atención a Gil Gil.
–¿Qué me quieres? –murmuró el joven.
–¿Qué he de querer? –respondió la
Muerte–. ¡Que no la mires más!
–¡Ah! ¡Tú la amas! –exclamó Gil con
indecible angustia.
–Sí… –respondió la Muerte con dulzura.
–¡Piensas arrebatármela!
–¡No! Pienso unirte a ella.
–Un día me dijiste que no la estrecharían
otros brazos que los tuyos o los míos… –murmuró Gil Gil con desesperación–. ¿De
quién va a ser antes?
–¿Mía o tuya? ¡Dímelo!
–¡Tienes celos de mí!
–¡Haces mal!… –replicó la Muerte.
–¿De quién va a ser antes? –repitió
el joven cogiendo las heladas manos de su amigo.
–No te puedo responder. Dios, tú
y yo, nos la disputamos… pero no somos incompatibles.
–¡Dime que no piensas matarla!… ¡Dime
que me unirás a ella en este mundo!…
–¡En este mundo! –repitió la Muerte
con ironía–. Será en este mundo… yo te lo prometo.
–¿Y después?
–Después… será de Dios.
–¿Y tuya? ¿Cuándo?
–Mía… ¡Lo ha sido ya!
–Me vuelves loco. ¿Elena vive?
–¡Lo mismo que tú! –replicó la Muerte.
–Pero… ¿vivo yo?
–Más que nunca.
–¡Habla, por piedad!
–Nada tengo que decirte… todavía
no podrías comprenderme. ¿Qué es el morir? ¿Lo sabes tú acaso? ¿Qué es la vida?
¿Te la has explicado alguna vez? Pues si ignoras el valor de esas palabras, ¿a qué
me preguntas si estás muerto o vivo?
–Pero ¿las entenderé alguna vez?
–exclamó Gil Gil desesperado.
–Sí… mañana… –respondió la Muerte.
–¡Mañana! No te comprendo.
–Mañana serás esposo de Elena.
–¡Ah!
–Y yo seré el padrino –continuó la
Muerte.
–¡Tú! ¿Piensas acaso matarnos?
–Nada de eso. Mañana serás rico,
noble, poderoso, feliz… ¡mañana también lo sabrás todo!
–¿Conque me amas? –exclamó Gil Gil.
–¿Si te amo? –replicó la Muerte–.
¡Ingrato! ¿Cómo lo dudas?
–Pues hasta mañana… –dijo Gil Gil,
dando la mano a la terrible divinidad.
Elena seguía de pie delante de Gil
Gil.
–Hasta mañana… –respondió ella, como
si hubiese oído aquella frase, como si respondiese a otra secreta voz, como si adivinase
los pensamientos del joven.
Y se volvió lentamente y salió de
la cámara real.
Gil se acercó al lecho del Rey.
El duque de Monteclaro colocose al
lado de nuestro amigo y le dijo a media voz:
–Hasta mañana… si muere el Rey, mañana
se verificará vuestro enlace con mi hija. La Reina acaba de participarme la muerte
del vizconde de Rionuevo… yo le he anunciado vuestras bodas con Elena y las aplaude
con todo su corazón. Mañana seréis el primer personaje de la corte si efectivamente
baja hoy al sepulcro Luis I.
–¡Pues no lo dudéis, señor duque!
–respondió Gil Gil con acento sepulcral.
–Entonces ¡hasta mañana! –repitió
solemnemente Monteclaro.
XI
Gil vuelve a ser dichoso, y acaba la primera parte de
este cuento
Al día siguiente, el 1 de septiembre de 1724, a las
nueve de la mañana, paseábase Gil Gil por una sala del palacio de Rionuevo.
Aquel palacio le pertenecía, puesto
que ya era conde y estaba legitimado en virtud del testamento y demás papeles de
su padre, que el duque de Monteclaro y el arzobispo de Toledo encontraron en el
lugar que dijo la condesa.
Además, la noche antes un mensajero
le había entregado de parte de Felipe V, quien al fin se decidía a volver al trono
de San Fernando, un título de médico de cámara, el nombramiento de Duque de la Verdad
y treinta mil pesos en oro.
En fin: al otro día debía verificarse
su matrimonio con Elena de Monteclaro.
Por lo que respecta a la Muerte,
Gil Gil la había perdido completamente de vista desde la mañana anterior que salió
de palacio llevándose el alma de Luis I.
Sin embargo, nuestro joven recordaba
que su implacable amiga le había ofrecido apadrinarlo en su casamiento con Elena,
y ved la razón de que se paseara tan pensativo.
–¡He aquí –decía– que ya soy noble,
rico y poderoso! ¡Heme aquí dueño de la mujer que idolatro!… Y, sin embargo, no
soy feliz. Anoche, al mirar a Elena, y luego en mi última plática con la Muerte,
he creído entrever no sé qué pavorosos misterios. ¡Yo necesito romper mis relaciones
con el siniestro numen que me ha protegido!… Será una ingratitud… ¡que lo sea! ¡Ya
tendrá con el tiempo ocasión de vengarse! No… ¡no quiero ver más a la Muerte!… ¡Soy
tan feliz!…
El nuevo duque púsose a excogitar
la manera de no tener amistad con la Muerte sino en la última hora de su vida.
Es un hecho –continuaba– que yo no
me moriré hasta que Dios quiera. ¡La Muerte, por sí y ante sí, no puede hacerme
ningún daño, dado que no está en sus facultades acelerar mi fallecimiento ni el
de Elena! La cuestión, por tanto, es no verla, no oírla a todas horas. Su voz me
espanta, sus revelaciones me desconsuelan, sus discursos me inspiran desprecio a
la vida y a las cosas. ¿Cómo haré yo para que no siga siendo mi pesadilla? ¡Ah,
qué idea!… La Muerte no se presenta sino donde tiene algo que matar… ¡Viviendo en
el campo… sin ver gente… solo con Elena… mi enemiga me dejaría en paz hasta que,
por decreto del Altísimo, fuese directamente a buscarnos a uno de los dos! Y entretanto,
para no verla tampoco en Madrid, viviré con los ojos vendados…
Entusiasmado con este último pensamiento
nuestro joven radió de alegría como si acabara de salir de una larga enfermedad
y se creyese asegurado sobre la tierra hasta la consumación de los siglos.
A la tarde siguiente, a las seis,
Gil Gil y Elena de Monteclaro contrajeron matrimonio en una hermosa quinta situada
al pie del Guadarrama y perteneciente al nuevo conde y duque.
A las seis y media regresó a Madrid
la comitiva, y quedaron solos nuestros desposados en un frondosísimo jardín.
El antiguo Gil Gil no había vuelto
a ver a la Muerte.
Y aquí pudiera terminar la presente
historia, y, sin embargo, aquí es donde verdaderamente principiará a ser interesante
y clara.
XII
El sol en el ocaso
Amaba y era amada; adoraba y era adorada. Siguiendo
la ley de la naturaleza, las almas de los dos amantes al confundirse la una con
la otra, hubieran dejado de existir en la embriaguez de la pasión si las almas pudieran
morir.
–Lord Byron
Gil y Elena se amaban, se pertenecían, eran libres,
estaban solos.
Los recuerdos de su infancia, los
latidos de su corazón, la voluntad de sus padres, la fortuna, el nacimiento, la
bendición de Dios, todo los unía, todo los enlazaba.
Era uno del otro sin reserva, sin
temor, sin remordimiento.
Los que se vieron con placer desde
muy niños; los que se prendaron recíprocamente de su belleza cuando adolescentes;
los que habían llorado a unas mismas horas los tormentos de la ausencia, Gil y Elena,
Elena y Gil, aquellas dos almas inseparables por predestinación, perdían al fin,
en hora tan mística y solemne, su individualidad mísera y solitaria para confundirse
en un porvenir inmenso de ventura, como dos ríos nacidos en una misma montaña, y
alejados muchas veces en su tortuoso curso, se reúnen y se identifican en la soledad
infinita del Océano.
Era por la tarde, pero no parecía
la tarde de un solo día, sino la tarde de la existencia del mundo, la tarde de todos
los tiempos pasados desde la creación del universo.
El sol declinaba melancólicamente
hacia el ocaso. Las esplendorosas luces de Poniente doraban la fachada de la quinta,
filtrándose a través de los lujosos y verdes pámpanos de una extensa parra, especie
de dosel que cobijaba a los dos nuevos esposos. El aire sosegado y tibio, las últimas
flores del año, las aves inmóviles en las ramas de los árboles, toda la naturaleza,
en fin, asistía muda y asombrada a la muerte de aquel día, a aquella puesta del
sol, como si debiera ser la última que presenciasen los humanos; cual si el astro
rey no hubiera de volver al día siguiente tan generoso y alegre, tan pródigo de
vida y juventud como se había presentado tantas mañanas consecutivas durante tantos
miles de siglos…
Diríase que en aquel punto el tiempo
se había parado; que las horas, rendidas de su continua danza, se habían sentado
a descansar sobre la hierba y se contaban las patéticas historias del amor y de
la muerte, como jóvenes pensionistas que, fatigadas de jugar, hacen corro en el
jardín de un convento y se refieren las aventuras de su niñez y los delirios de
su adolescencia.
Diríase también que en aquel momento
terminaba un periodo de la historia del mundo; que todo lo creado se daba una despedida
eterna: el pájaro, a su nido; el céfiro, a las flores; los árboles, a los ríos;
el sol, a las montañas; que la íntima unión en que todos habían vivido, prestándose
mutuamente color o fragancia, música o movimiento, y confundiéndose en una misma
palpitación de la existencia universal, habíase interrumpido para siempre y que
en adelante cada uno de aquellos elementos quedaría sometido a nuevas leyes e influencias.
Diríase, en fin, que en aquella tarde
iba a disolverse la asociación misteriosa que constituye la unidad y la armonía
de los orbes; asociación que hace imposible la muerte de la más fútil de las cosas
creadas; que transforma y resucita continuamente la materia; que de nada prescinde;
que todo se lo identifica; que todo lo renueva y embellece.
Más que nada y más que nadie poseídos
de esta suprema intuición y de esta alucinación extraña, Gil y Elena, inmóviles
también, también silenciosos, cogidos de la mano, atentos a la augusta tragedia
de la muerte de aquel día, último de sus desventuras, mirábanse con hondo afán y
ciega idolatría, sin saber en qué pensaban, olvidados del universo entero, extáticos
y suspendidos, como dos retratos, como dos estatuas, como dos cadáveres.
Quizá creían estar solos sobre la
tierra; quizá creían haberla abandonado…
Desde que desaparecieron los testigos
de su casamiento; desde que expiró el rumor de sus pasos a lo lejos del camino;
desde que el mundo los abandonó completamente, nada se habían dicho, ¡nada!, absortos
en la delicia de mirarse.
¡Allí estaban, sentados en un banco
de césped; rodeados de flores y verdura; con un cielo infinito ante los ojos; libres
y solitarios como dos gaviotas paradas en medio de los desiertos del Océano sobre
un alga mecida por las olas!
Allí estaban, embebidos en su mutua
contemplación; avaros de su misma dicha; con la copa de la felicidad en la mano;
sin atreverse a llevar los labios a ella, temerosos de que todo fuera un sueño,
o no codiciando mayor ventura por miedo de perder la que ya sentían…
¡Allí estaban, en fin, ignorantes,
vírgenes, hermosos, inmortales, como Adán y Eva en el Paraíso antes del pecado!
Elena, la doncella de diecinueve
años, se hallaba en toda la plenitud de su peregrina hermosura, o, por mejor decir,
hallábase en aquel fugitivo momento de la juventud de la mujer, en que, poseedora
ya de todos sus hechizos, conocedora de su propia naturaleza, colmada de bendiciones
del cielo y de promesas de felicidad, puede sentirlo todo y aún no ha sentido nada,
es mujer y niña a un mismo tiempo… rosa entreabierta al generoso influjo del sol,
que ha desplegado ya todas sus hojas, muestra todos sus encantos y recibe los halagos
del céfiro, pero que aún conserva aquella forma, aquel color y aquel perfume que
solo guardan los púdicos pimpollos.
Elena era alta, de formas esbeltas
y esculturales, toda bella, artística y seductora. Su redonda cabeza, coronada de
cabellos rubios, dorados hacia las sienes y castaños en lo más recio de sus ondas,
se adelantaba valientemente sobre un cuello blanco y torneado como el de Juno. Sus
ojos azules parecían reflejar lo infinito del pensamiento increado. De aquellos
ojos podía decirse que, por mucho que se los miraba, nunca se acababa de verlos.
Tenían algo del cielo, además del color y de la pureza.
Y era así: en la mirada de Elena
había una luz de eternidad, de espíritu puro, de pasión inmortal, que no pertenecía
a la tierra. Su tez, blanca y pálida como el agua al anochecer, ofrecía la transparencia
del nácar, pero no reflejaba el rubor de la sangre: solo alguna delgada vena, de
color celeste, interrumpía tan serena y apacible blancura. Dijérase que Elena era
de mármol.
Su rostro de ángel tenía, empero,
boca de mujer. Aquella boca, bermeja como la flor del granado, húmeda y brillante
como la cuna de las perlas, estaba, si puede decirse así, anegada en un vapor tibio
y voluptuoso como el suspiro que la mantenía entreabierta. Hubiérase, pues, podido
comparar también a Elena a la estatua labrada por Pigmalión, cuando, por primera
vez y para besar al artista, movió los hechiceros labios…
Elena, en fin, vestía de blanco,
lo cual aumentaba la deslumbradora magnificencia de su hermosura. Sin embargo, era
una de esas mujeres que los atavíos nunca logran disfrazar. Acontecía con ella lo
que con las nobles Minervas paganas, que dejan adivinar, a través de sus vestiduras,
las purísimas formas de la belleza olímpica. La acabada y suprema beldad de la nueva
esposa se revelaba también en todo su esplendor, aun bajo la seda y los encajes.
Parecía como que su cuerpo radiaba entre los pliegues del vestido blanco, al modo
que las náyades y las nereidas iluminan con sus bruñidos miembros el fondo de las
olas.
Tal era Elena la tarde de sus bodas
con Gil Gil…
Y tal la miraba Gil Gil: ¡tal era
suya!
XIII
Eclipse de luna
Nunca pusieran fin al triste lloro / los pastores, ni
fueran acabadas / la canciones que solo el monte oía, / si mirando la nubes coloradas,
/ el transmontar del sol, bordadas de oro, / no vieran que era ya pasado el día.
/ La sombra se veía / venir corriendo apriesa, / ya por la falda espesa / del altísimo
monte…
–Garcilaso
¡Oh! Sí; el joven la miraba… como el ciego mira al sol;
que no ve el astro, pero siente el calor en las muertas pupilas.
Después de tantos años de soledad
y pena, después de tantas horas de fúnebres visiones, ¡él, EL AMIGO DE LA MUERTE,
contemplábase engolfado en un océano de vida, en un mundo de luz, de esperanza,
de felicidad!
¿Qué había de decir, qué había de
pensar el desventurado, si todavía no acertaba a creer que existía, que aquella
mujer era Elena, que él era su esposo, que ambos habían escapado a las garras de
la Muerte?
–¡Habla, Elena mía!… ¡Dímelo todo!
–exclamó al cabo Gil Gil, cuando ya se hubo puesto el sol y los pájaros interrumpieron
el silencio–. ¡Habla, bien mío!…
Entonces le contó Elena todo lo que
había pensado y sentido durante aquellos tres últimos años; su pena cuando dejó
de ver a Gil Gil; su desesperación al marchar a Francia; cómo lo divisó, al partir,
a la puerta de su palacio; cómo el duque de Monteclaro se había opuesto a este amor,
de que le enteró la condesa de Rionuevo; cómo gozó al encontrarlo en el atrio de
San Millán hacía tres días; cuánto sufrió al verlo caer herido por la terrible frase
de la condesa… ¡todo… todo se lo contó; porque todo había aumentado su cariño, lejos
de entibiarlo!
Caía la noche… y, a medida que se
espesaban sus tinieblas, calmábase la secreta angustia que turbaba la dicha de Gil
Gil.
“¡Oh!”, pensaba el joven atrayendo
a Elena sobre su corazón. “La Muerte ha perdido mi rastro, y no sabe dónde me encuentro…
¡no vendrá aquí, no!… ¡Nuestro amor inmortal la ahuyentaría! ¿Qué había de hacer
la Muerte a nuestro lado? ¡Ven, ven, noche tenebrosa, y envuélvenos en tu negro
velo!… ¡Ven, aunque hayas de durar siempre!… ¡Ven, aunque el día de mañana no amanezca
nunca!”
–¡Tiemblas… Gil!… –balbuceó Elena–.
¡Lloras!…
–¡Esposa mía! –murmuró el joven–.
¡Mi bien!… ¡Mi cielo! ¡Lloro de felicidad!
Dijo, y, cogiendo en sus manos la
hechicera cabeza de la desposada, fijó en sus ojos una mirada intensa, delirante,
loca.
Un hondo y abrasador suspiro, un
grito de embriagadora pasión, se confundió entre los labios de Gil y de Elena.
–¡Amor mío! –tartamudearon los dos
en el delirio de aquel primer beso, a cuyo regalado son se estremecieron los espíritus
invisibles de la soledad.
En esto salió súbitamente la luna,
plena, magnífica, esplendorosa.
Su fantástica luz, no esperada, asustó
a los dos esposos, que volvieron la cabeza a un mismo tiempo hacia el Oriente, alejándose
el uno del otro no sabemos por qué misterioso instinto, pero sin desenlazar sus
manos trémulas y crispadas, frías en aquel instante como el alabastro de un sepulcro.
–¡Es la luna! –murmuraron los dos
con enronquecido acento.
Tornaron a mirarse extáticamente,
y Gil extendió los brazos hacia Elena con un afán indefinible, con tanto amor como
desesperación…
Pero Elena estaba pálida como una
muerta.
Gil se estremeció.
–Elena… ¿qué tienes? –dijo.
–¡Oh, Gil!… –respondió la niña–.
¡Estás muy pálido!
En este momento se eclipsó la luna,
como si una nube se hubiese interpuesto entre ella y los dos jóvenes…
Pero, ¡ay! ¡No era una nube!…
Era una larga sombra negra, que,
vista por Gil Gil desde el césped en que se reclinaba, tocaba en los cielos y en
la tierra, enlutando casi todo el horizonte…
Era una colosal figura, que acaso
agrandaba su imaginación…
Era un hombre, envuelto en larga
capa oscura, el cual se hallaba de pie, a su lado, inmóvil, silencioso, cubriéndolos
con su sombra…
¡Gil Gil adivinó quién era!
Elena no veía al lúgubre personaje…
Elena seguía viendo a la luna.
XIV
Al fin… ¡médico!
Gil Gil estaba entre su amor y la Muerte, o sea entre
la muerte y la vida.
Sí; porque aquella lúgubre sombra
que se había interpuesto entre él y la luna, nublando en el semblante de Elena los
resplandores de la pasión, era la divinidad de las tinieblas, el enlutado caballero
que se le apareció en la noche en que pensó suicidarse.
–¡Hola, amigo! –le dijo como aquella
noche.
–¡Ah, calla!… –murmuró Gil Gil, tapándose
el rostro con las manos.
–¿Qué tienes, amor mío? –preguntó
Elena reparando en la angustia de su esposo.
–¡Elena!… ¡Elena!… ¡No te apartes
de mí! –exclamó el joven desesperadamente, rodeando con el brazo izquierdo el cuello
de la desposada.
–Tengo que hablarte… –añadió la Muerte,
cogiendo la mano derecha de Gil Gil y atrayéndolo con dulzura.
–¡Ah! ¡Ven!… ¡Entremos!… –decía la
joven, tirando de él hacia la quinta.
–¡No! ¡Ven!… ¡Salgamos!… –murmuraba
la Muerte, señalándole la puerta del jardín.
Elena no veía a la Muerte ni la oía.
Este triste privilegio era solo del
duque de la Verdad.
–Gil… ¡te estoy esperando!… –añadió
el siniestro personaje.
El desgraciado se estremeció hasta
la médula de los huesos. Copiosas lágrimas cayeron de sus ojos, que Elena enjugó
con su mano. Desprendiose luego de los brazos de ésta, y corrió desatentado por
el jardín, gritando entre desgarradores sollozos:
–¡Morir, morir ahora!
Elena quiso seguirle; pero fue tal
el terror que le causó el estado de su esposo, que, al dar el primer paso, cayó
sobre la hierba sin sentido.
–¡Morir, morir! –seguía exclamando
el joven con desesperación.
–No temas… –replicó la Muerte, acercándosele
con afabilidad–. Por lo demás, es inútil que huyas de mí; la casualidad ha hecho
que nos encontremos y no pienso abandonarte así como quiera.
–Pero ¿a qué has venido aquí? –exclamó
el joven con acento de furor, enjugándose las lágrimas, como quien renuncia a la
suplica, y quizá a la prudencia, y encarándose con la Muerte, no sin cierto aire
de desafío–. ¿a qué has venido aquí? ¡Responde!
Y giró en torno la irritada vista
como buscando un arma.
Cerca de él había un azadón perteneciente
al jardinero; cogiolo con mano convulsiva, lo levantó en el aire como si fuera débil
caña (que la desesperación había duplicado su fuerza), y repitió por tercera vez
y con más ira que nunca:
–¿A qué has venido aquí?
La Muerte lanzó una carcajada que
debiéramos llamar filosófica.
El eco de aquella risa se prolongó
por mucho rato, repercutiendo en las cuatro tapias del jardín y remedando con su
estridente son el chasquido de los huesos de muerto cuando dan unos contra otros.
–¡Quieres matarme! –exclamó por fin
el ser enlutado–. ¿Conque la Vida se atreve con la Muerte? Esto es curioso… ¡Luchemos!
Dijo, y echando atrás su larga capa
negra, mostró un brazo armado de otra especie de azadón (que más parecía una hoz
o guadaña) y se puso en guardia enfrente de Gil Gil.
Tomó la luna el color amarillento
de la cera que alumbra los templos el Viernes Santo; alzose un viento tan frío,
que hizo gemir de dolor a los árboles cargados de frutos; sintiose el lejano ladrido
de muchos perros, o más bien largos aullidos de funeral augurio, y hasta pareció
oírse allá, muy alto, en la región de las nubes, el destemplado son de innumerables
campanas que tocaban a muerto…
Gil Gil percibió todas estas cosas
y cayó de hinojos delante de su antagonista.
–¡Piedad! ¡Perdón! –le dijo con indescriptible
angustia.
–Estás perdonado… –respondió la Muerte,
ocultando su guadaña.
Y como si todo aquel fúnebre aparato
de la Naturaleza hubiera provenido del furor de la negra divinidad, no bien lució
una sonrisa en los labios de ésta, calmose el frío de la atmósfera, callaron las
campanas, dejaron de aullar los perros y brilló la luna tan dulcemente como al principio
de la noche.
–¡Has pretendido luchar conmigo!
–exclamó la Muerte con buen humor–. ¡Al fin, médico! Levántate, infeliz; levántate,
y dame la mano. Te he dicho ya que no temas nada por esta noche.
–Pero ¿a qué has venido aquí? –repitió
el joven con creciente zozobra–. ¿A qué has venido aquí? ¿Cómo te hallo en mi casa?
¡Tú solo entras donde tienes que matar a alguien!… ¿A quién buscas?
–Todo te lo diré… sentémonos un momento…
–respondió la Muerte, acariciando las heladas manos de Gil Gil.
–Pero Elena… –murmuró el joven.
–Déjala. En este momento está dormida;
yo velo por ella. Conque vamos a cuentas. Gil Gil… ¡eres un ingrato! ¡Eres como
todos! ¡Una vez en la cumbre, das un puntapié a la escalera por donde has subido!
¡Oh! ¡Tu conducta conmigo no tiene perdón de Dios! ¡Cuánto me has hecho padecer
en estos últimos días! ¡Cuánto! ¡Cuánto!
–¡Ay!… ¡Yo la adoro! –balbuceó Gil
Gil.
–¡Tú la adoras! ¡Eso es!… La habías
perdido para siempre; eras un miserable zapatero, y ella se iba a casar con un magnate;
me interpongo entre vosotros y te hago rico, noble, afamado; te libro de tu rival;
te reconcilio con tu enemiga y me la llevo al otro mundo; te doy, en fin, la mano
de Elena, y ¡he aquí que en este momento me vuelves la espalda, te olvidas de mí
y te pones una venda en los ojos para no verme!… ¡Insensato! ¡Tan insensato como
los demás hombres! ¡Ellos, que deberían estar viéndome siempre con la imaginación,
se ponen la venda de las vanidades del mundo y viven sin dedicarme un recuerdo hasta
que llego a buscarlos! ¡Mi suerte es bien desgraciada! ¡No guardo memoria de haberme
acercado a un mortal sin que se haya asustado y sorprendido como si no me esperase
nunca! ¡Hasta los viejos de cien años creen que pueden pasar sin mí! Tú, por tu
parte, que tienes el privilegio de verme con los sentidos físicos, y que no podrías
olvidarte de mí así como quiera, te pusiste el otro día ante los ojos un olvido
material, una venda de trapo, y hoy te encierras en un jardín solitario y te crees
libre de mí para siempre! ¡Imbécil! ¡Ingrato! ¡Mal amigo! ¡HOMBRE… y esto lo dice
todo!
–Y bien… –tartamudeó Gil Gil, a quien
la confusión y la vergüenza no habían hecho desistir de su recelosa curiosidad–,
¿a qué vienes a mi casa?
–Vengo a continuar la misión que
el Eterno me ha encomendado cerca de ti.
–Pero ¿no vienes a matarnos?
–De ninguna manera.
–¡Ah!… Entonces…
–Sin embargo, ya que logro verte,
o, por mejor decir, que tú me veas, necesito tomar ciertas precauciones a fin de
que no vuelvas a olvidarme.
–¿Y qué precauciones son esas? –preguntó
Gil temblando más que nunca.
–Necesito también hacerte ciertas
revelaciones importantísimas…
–¡Ah! ¡Vuelve mañana!
–¡Oh!… No. ¡Imposible! Nuestro encuentro
de esta noche es providencial.
–¡Amigo mío! –exclamó el pobre joven.
–¡Y tan amigo! –respondió la Muerte–.
Porque lo soy necesito que me sigas.
–¿Adónde?
–A mi casa.
–¡A tu casa! ¿Conque vienes a matarme?
¡Ah, cruel! ¡Y esa es tu amistad! ¡Espantoso sarcasmo! ¡Me haces conocer la ventura
y me la arrebatas en seguida!… ¿Por qué no me dejaste morir aquella noche?
–¡Calla, desgraciado! –replicó la
Muerte con solemne tristeza–. ¡Dices que conoces la felicidad!… ¡Cómo te engañas!
¡A eso propendo yo! ¡A que la conozcas!
–¡Mi felicidad es Elena! ¡Renuncio
a todo lo demás!
–Mañana verás más claro.
–¡Mátame, pues! –gritó Gil, con desesperación.
–Sería inútil.
–¡Mátala a ella entonces! ¡Mátanos
a los dos!
–¡Cómo deliras!
–¡Ir a tu casa, Dios mío! Pero ¡déjame
siquiera despedirme de mi adorada!… ¡Déjame decirle adiós!…
–Accedo a ello… ¡Despierta, Elena!
¡Ven! ¡Yo te lo mando! Mírala… Allí viene…
–Y bien: ¿qué le digo? ¿A qué hora
podré volver esta noche?
–Dile… que al amanecer os veréis.
–¡Oh! ¡No!… ¡Yo no quiero estar contigo
tantas horas!… ¡Hoy te tengo más miedo que nunca!
–¡Cuidado conmigo!
–¡No te enojes! –exclamó el desconsolado
esposo–. ¡No te enojes, y di la verdad!… ¿Nos veremos, en efecto, al amanecer Elena
y yo?
La Muerte levantó solemnemente la
mano derecha y miró al cielo, mientras que su triste voz respondía:
–Te lo juro.
–¡Oh! Gil… ¿qué es esto? –exclamó
Elena, avanzando por entre los árboles, pálida, gentil y resplandeciente como una
personificación mitológica de la luna.
Gil, pálido también como un desenterrado,
descompuesto el cabello, torva la mirada, anheloso el corazón, besó en la frente
a Elena y dijo con acento sepulcral:
–Hasta mañana. ¡Espérame, vida mía!
–¡Su vida! –murmuró la Muerte con
honda compasión.
Elena levantó al cielo los ojos,
bañados en dulces lágrimas; cruzó las manos poseída de misteriosa angustia y repitió
con voz que no era de este mundo:
–Hasta mañana.
Y Gil y la Muerte se marcharon, y
ella se quedó allí, entre los árboles, de pie, con las manos cruzadas y los brazos
caídos, inmóvil, magnífica, intensamente alumbrada por la luna.
Parecía una noble estatua sin pedestal,
olvidada en medio del jardín.
XV
El tiempo al revés
–Mucho tenemos que andar… –dijo la Muerte a nuestro
amigo Gil luego que salieron de la quinta–. Voy a pedir mi carro.
E hirió con el pie el suelo.
Un sordo ruido, como el que precede
al terremoto, resonó debajo de la tierra. Alzose luego alrededor de los dos amigos
un vapor ceniciento, entre cuya niebla apareció una especie de carro de marfil por
el estilo de los que vemos en los bajorrelieves de la antigüedad pagana.
A poco que reparase cualquiera (no
lo ocultaremos al lector), habría echado de ver que aquel carro no era de marfil,
sino pura y simplemente de huesos humanos, pulidos y enlazados con exquisito primor,
pero que no habían perdido su forma natural.
Dio la Muerte la mano a Gil y montaron
en el carro, el cual se alzó por el aire como los globos que conocemos hoy, con
la única diferencia de que lo dirigía la voluntad de los que iban dentro.
–Aunque tenemos mucho que andar –continuó
la Muerte–, ya nos sobra tiempo, pues este carro volará tanto como a mí se me antoje…
¡Tanto como la imaginación! Quiero decir que iremos alternativamente deprisa y despacio,
procurando dar una vuelta a toda la Tierra en las tres horas de que podemos disponer.
Ahora son las nueve de la noche en Madrid… caminaremos hacia el Nordeste, y así
evitaremos el encontrarnos desde luego con la luz del sol…
Gil permaneció silencioso.
–¡Magnífico! ¡Te empeñas en callar!
–prosiguió la Muerte–. Pues hablaré yo solo. ¡Verás qué pronto te distraen y te
hacen romper el silencio los espectáculos que vas a contemplar! ¡En marcha!
El carro, que oscilaba en el aire
sin dirección desde que nuestros viajeros subieron a él, púsose en movimiento casi
rozando con la Tierra, pero con una velocidad indescriptible.
Gil vio a sus plantas montes, árboles,
ríos, despeñaderos, llanuras; todo en revuelta confusión.
De vez en cuando alguna hoguera le
revelaba el albergue de sencillos pastores; pero más frecuentemente el carro pasaba
algo despacio por encima de grandes masas pétreas, hacinadas en formas rectangulares,
por entre las que cruzaba alguna sombra precedida de una luz… y al mismo tiempo
se oían tañidos de campanas que doblaban a muerto o daban la hora, lo cual es casi
lo mismo, y el canto del sereno que la repetía… reíase entonces la Muerte, y el
carro volaba otra vez sumamente deprisa.
A medida que avanzaban hacia Oriente
la oscuridad era más densa, el reposo de las ciudades más profundo, mayor el silencio
de la Naturaleza.
La luna huía hacia el ocaso como
una paloma asustada, mientras que las estrellas cambiaban de lugar en el cielo como
un ejército en dispersión.
–¿Dónde estamos? –preguntó Gil Gil.
–En Francia… –respondió la Muerte–.
Hemos atravesado ya mucha parte de las dos belicosas naciones que tan encarnizadamente
han luchado al principio de este siglo… hemos visto todo el teatro de la guerra
de Sucesión… vencidos y vencedores duermen en este instante… mi aprendiz, el sueño,
reina sobre los héroes que no murieron entonces en las batallas, ni después de enfermedad
o de viejos… ¡yo no sé cómo abajo no sois amigos todos los hombres! La identidad
de vuestras desgracias y debilidades, la necesidad que tenéis los unos de los otros,
la brevedad de vuestra vida, el espectáculo de la grandeza infinita de los orbes
y la comparación de estos con vuestra pequeñez, todo debía uniros fraternalmente,
como se unen los pasajeros de un buque amenazado de naufragar. En él no hay amores,
ni odios, ni ambiciones; nadie es acreedor ni deudor; nadie grande ni pequeño; nadie
feo ni hermoso; nadie feliz ni desgraciado. Un mismo peligro los rodea… y mi presencia
los iguala a todos. Pues bien: ¿qué es la Tierra, vista desde esta altura, sino
un buque que se va a pique, una ciudad presa de la peste o del incendio?
–¿Qué luces fatuas son esas que desde
que se ocultó la luna veo brillar en algunos puntos del globo terrestre? –preguntó
el joven.
–Son cementerios… estamos encima
de París. Al lado de cada ciudad, de cada villa, de cada aldea viva hay siempre
una ciudad, una villa o una aldea muerta, como la sombra está siempre al lado del
cuerpo. La geografía es doble, por consiguiente, aunque vosotros jamás habléis sino
de la mitad que os parece más agradable. Con hacer un mapa de todos los cementerios
que hay sobre la Tierra os bastaría para explicar la geografía política de vuestro
mundo. Sin embargo, os equivocaríais en la cuantía o número de la población: las
ciudades muertas están mucho más habitadas que las vivas: en estas hay apenas tres
generaciones, y en aquellas se hallan hacinadas a veces por centenares. En cuanto
a esas luces que ves brillar, son fosforescencias de los cadáveres, o, por mejor
decir, son los últimos fulgores de mil existencias desvanecidas; son crepúsculos
de amor, de ambición, de ira, de genio, de caridad; son, en fin, las últimas llamaradas
de la luz que se extingue, de la individualidad que desaparece, del ser que devuelve
sus sustancias a la madre tierra… Son, y ahora es cuando acierto con la verdadera
frase, lo que la espuma que forma el río al fenecer en el Océano.
La Muerte hizo una pausa.
Gil Gil sintió al mismo tiempo un
estruendo espantoso bajo sus pies, como el trote de mil carros sobre largo puente
de madera. Miró hacia la Tierra y no la encontró, sino que vio en su lugar una especie
de cielo movible en que se abismaban.
–¿Qué es eso? –preguntó asombrado.
–Es el mar… dijo la Muerte–. Acabamos
de cruzar la Alemania y entramos en el mar del Norte.
–¡Ah!… ¡No!… –murmuró Gil, poseído
de un terror instintivo–. Llévame hacia otro lado… ¡Quisiera ver el sol!
–Te llevaré a ver el sol aunque retrocedamos
para ello. Así verás el curiosísimo espectáculo del tiempo al revés.
Giró al carro en el espacio y empezaron
a correr hacia el Sudoeste.
Un momento después volvió a escuchar
Gil Gil el ruido de las olas.
–Estamos en el Mediterráneo –dijo
la Muerte–. Ahora cruzamos el estrecho de Gibraltar… ¡He aquí el océano Atlántico!
–¡El Atlántico! –murmuró Gil con
respeto.
Y ya no vio sino cielo y agua, o,
por mejor decir, cielo solamente.
El carro parecía vagar en el vacío,
fuera de la atmósfera terrestre.
Las estrellas brillaban en todas
partes: bajo sus pies, sobre su cabeza, en derredor suyo… dondequiera que fijaba
la vista.
Así transcurrió otro minuto.
Al cabo de él percibió a lo lejos
una línea purpúrea que separaba aquellos dos cielos, inmóvil el uno y flotante el
otro.
Esta línea purpúrea convirtiose en
roja y luego en anaranjada; después se dilató brillante como el oro, iluminando
la inmensidad de los mares.
Las estrellas desaparecieron poco
a poco…
Dijérase que iba a amanecer.
Pero entonces volvió a salir la luna…
Sin embargo, apenas brilló un momento,
cuando la luz del horizonte eclipsó su claridad…
–Está amaneciendo… –dijo Gil Gil.
–Al contrario… –respondió la Muerte–.
Está anocheciendo; solo que, como caminamos detrás del sol y mucho más deprisa que
él, el ocaso va a servirnos de aurora y la aurora de poniente… aquí tienes las Azores.
En efecto: un gracioso grupo de islas
apareció en medio del Océano.
La luz melancólica de la tarde, quebrándose
entre nubes y filtrándose por la tiniebla de los ríos, daba al archipiélago un aspecto
encantador.
Gil y la Muerte pasaron sobre aquellos
oasis de los desiertos marinos sin detenerse un momento.
A los diez minutos salió el sol del
seno de las olas, y levantose un poco en el horizonte.
Pero la Muerte paró el carro, y el
sol volvió a ponerse.
Echaron a andar de nuevo, y el sol
tornó a salir.
Eran dos crepúsculos en uno.
Todo esto asombró mucho a nuestro
héroe.
Anduvieron más y más, engolfándose
en el día y en el Océano.
El reloj de Gil señalaba, sin embargo,
las nueve y cuarto… de la noche, si así podemos decirlo.
Pocos minutos después la América
del Norte surgió en los mares.
Gil vio al paso los afanes de los
hombres, que ya labraban los campos, ya se deslizaban en buques por las costas,
ya bullían por las calles de las ciudades.
En no sé qué parte distinguió una
gran polvareda… se daba una batalla.
En otro lado le hizo reparar la Muerte
en una gran solemnidad religiosa… consagrada a un árbol, ídolo de aquel pueblo…
Más allá le designó a unos jóvenes
salvajes, solos en un bosque, que se miraban con amor… luego desapareció la Tierra
otra vez, y penetraron en el mar Pacífico.
En la Isla de los Pájaros era mediodía.
Mil otras islas aparecieron a sus
ojos por todos lados.
En cada una de ellas había costumbres,
religión, ocupaciones diferentes. ¡Y qué variedad de trajes y de ceremonias!
Así llegaron a la China, donde estaba
amaneciendo.
Este amanecer fue un anochecer para
nuestros viajeros.
Otras estrellas distintas de las
que habían visto con anterioridad decoraron la bóveda celeste.
La luna volvió a brillar hacia Levante,
y se ocultó en seguida.
Ellos continuaban volando con más
rapidez que gira la Tierra sobre su eje.
Cruzaron, en fin, el Asia, donde
era de noche; dejáronse a la izquierda las cordilleras del Himalaya, cuyas eternas
nieves brillaban a la luz de los luceros; pasaron por las orillas del mar Caspio;
viraron un poco hacia la izquierda e hicieron alto en una colina al lado de cierta
ciudad, donde era medianoche en aquel momento.
–¿Qué ciudad es esa? –preguntó Gil
Gil.
–Estamos en Jerusalén –dijo la Muerte.
–¿Ya?
–Sí… poco nos falta para haber dado
la vuelta a la Tierra. Me detengo aquí porque oigo las doce de la noche y yo no
dejo de arrodillarme nunca a esta hora.
–¿Por qué?
–Para adorar al Creador del Universo.
Y así diciendo, el enlutado descendió
del carro.
–Yo también quiero contemplar la
ciudad de Dios y meditar sobre sus ruinas –repuso Gil, arrodillándose al lado de
la Muerte y cruzando las manos con fervorosa piedad.
Cuando ambos hubieron terminado aquella
oración, la Muerte recobró su locuacidad y su alegría, y, entrando otra vez en el
carro precedida de Gil Gil, dijo de esta manera:
–Aquella aldea que ves sobre un monte
es Getsemaní. En ella estuvo el Huerto de las Olivas. A este otro lado distinguirás
una eminencia coronada por un templo que se destaca sobre un campo de estrellas…
¡es el Gólgota! ¡Ahí pasé el gran día de mi vida!… Creí haber vencido al mismo Dios…
y vencido lo tuve durante muchas horas… pero, ¡ay!, que también fue en este monte
donde, tres días después, me vi desarmada y anulada al amanecer de un domingo… ¡Jesús
había resucitado! También presenciaron estos sitios, en la misma ocasión, mis grandes
combates personales con la Naturaleza… aquí fue mi duelo con ella; aquel terrible
duelo… (a las tres de la tarde; me acuerdo perfectamente) en que, no bien me vio
blandir la lanza de Longinos contra el pecho del Redentor, empezó a tirarme piedras,
a desarreglarme los cementerios, a resucitarme los muertos… ¡Qué sé yo! ¡Creí que
la pobre Natura había perdido el juicio!
La Muerte reflexionó un momento;
y, alzando luego la cabeza, con más seriedad en el semblante, añadió:
–¡Es la hora!… Ha pasado la medianoche.
Vamos a mi casa y despachemos lo que tenemos que hablar.
–¿Dónde vives? –preguntó tímidamente
Gil Gil.
–¡En el Polo Boreal! –respondió la
Muerte–.
¡Allí donde nunca ha pisado ni pisará
pie humano!… ¡Entre nieves y hielos tan viejos como el mundo!
Dicho esto, la Muerte puso el rumbo
hacia el Norte, y el carro voló con más celeridad que nunca.
El Asia Menor, el mar Negro, la Rusia
y el Spitzberg desaparecieron bajo sus ruedas como fantásticas visiones.
Iluminose luego el horizonte de vistosísimas
llamas, reflejadas por un paisaje de cristal de roca.
Todo era silencio y blancura sobre
la Tierra…
El resto del cielo estaba cárdeno,
salpicado de casi imperceptibles astros.
¡La Aurora boreal y el hielo!… He
aquí toda la vida de aquella pavorosa región.
–Estamos en el Polo… –dijo la Muerte–.
Hemos llegado.
XVI
La muerte recobra su seriedad
Si Gil Gil no hubiera visto ya tantas cosas extraordinarias
durante su viaje aéreo; si el recuerdo de Elena no ocupase completamente su imaginación;
si el deseo de saber adónde le llevaba la Muerte no conturbase su contristado espíritu,
ocasión muy envidiable era en la que se veía para estudiar y resolver el mayor de
los problemas geográficos: la forma y la disposición de los polos de la Tierra.
Los límites misteriosos de los continentes
y del mar polar, confundidos por eternos hielos; la prominencia o el abismo que,
según opuestas opiniones, ha de señalar el paso del eje racional sobre el que gira
nuestro globo; el aspecto de la bóveda estrellada, en la cual distinguiría entonces
a un mismo tiempo todos los astros que esmaltan los cielos de la América del Norte,
de la Europa entera, del Asia, desde Troya hasta el Japón, y de la parte septentrional
de los dos Océanos; el ardiente foco de la aurora boreal, y, en fin, tantos otros
fenómenos como persigue la ciencia inútilmente hace muchos siglos a costa de mil
ilustres navegantes que han perecido en aquellas pavorosas regiones, hubieran sido
para nuestro héroe cosas tan claras y manifiestas como la luz del día, y nosotros
podríamos hoy comunicarlas a nuestros lectores…
Pero pues Gil no estaba para semejantes
observaciones, ni nosotros podemos hacernos cargo de cosa alguna que no tenga relación
con nuestro cuento, quédese el género humano en su ignorancia respecto al Polo,
y continuemos nuestra relación.
Por lo demás, con recordar nuestros
lectores que a la sazón eran los primeros días de un mes de septiembre, comprenderán
que el sol brillaba todavía en aquel cielo, donde no había sido de noche ni un solo
instante durante más de cinco meses.
A su pálida y oblicua luz descendieron
del carro nuestros dos viajeros, y cogiendo la Muerte la mano de Gil Gil, le dijo
con afable cortesía:
–Estás en tu casa: entremos.
Un colosal témpano de hielo se elevaba
ante sus ojos.
En medio de aquel témpano, especie
de muro de cristal clavado en una nieve tan antigua como el mundo, había cierta
prolongada grieta que apenas permitía pasar a un hombre.
–Te enseñaré el camino… –dijo la
Muerte pasando delante.
El Duque de la Verdad se paró, no
atreviéndose a seguir a su compañero.
Pero ¿qué hacer? ¿Adónde huir por
aquel páramo infinito? ¿Qué camino tomar en aquellas blancas e interminables llanuras
del hielo?
–¡Gil! ¿No entras? –exclamó la Muerte.
Gil dirigió al pálido sol una última
y suprema mirada, y penetró en el hielo.
Una escalera de caracol, tallada
en la misma congelada materia, condújole por retorcida espiral hasta un vasto salón
cuadrado, sin muebles ni adorno alguno, todo de hielo también, que recordaba las
grandes minas de sal de Polonia o las estancias de mármol de los baños de Ispahán
y de Medina.
La Muerte se había acurrucado en
un rincón, sentándose sobre las piernas como los orientales.
–Ven acá, siéntate a mi lado y hablaremos
–le dijo a Gil.
El joven obedeció maquinalmente.
Reinó un silencio tan profundo, que
se hubiera oído la respiración de un insecto microscópico si en aquella región pudiese
existir ser alguno que no contase con la protección de la Muerte.
Del frío que hacía, cuanto dijéramos
sería poco.
Imaginaos una total ausencia de calor:
una negación completa de vida; la cesación absoluta de todo movimiento; la muerte
como forma del ser, y aún no habréis formado idea exacta de aquel mundo cadáver;
o más que cadáver, puesto que no se corrompía ni se transfiguraba, y no daba, por
consiguiente, pasto a los gusanos, ni abono a las plantas, ni elementos a los minerales,
ni gases a la atmósfera.
Era el caos sin el embrión del universo;
era la nada bajo la apariencia de hielos seculares.
Sin embargo, Gil Gil soportaba aquel
frío gracias a la protección de la Muerte.
–Gil Gil… –exclamó esta con reposado
y majestuoso acento–, ha llegado la hora de que brille ante tus ojos la verdad en
toda su magnífica desnudez: voy a resumir en pocas palabras la historia de nuestras
relaciones y a revelarte el misterio de tu destino.
–Habla… –respondió Gil Gil denodadamente.
–Es indudable, amigo mío –continuó
la Muerte–, que quieres vivir; que todos mis esfuerzos, que todas mis reflexiones,
que las revelaciones que te hago a cada momento, son ineficaces para apagar en tu
corazón el amor a la vida…
–¡El amor a Elena querrás decir!
–interrumpió el joven.
–El amor al amor… –replicó la Muerte–.
El amor es la vida, la vida es el amor…: no desconozcas esto… y si no, piensa en
una cosa que habrás comprendido perfectamente en tu gloriosa carrera de médico y
durante el viaje que acabamos de hacer. ¿Qué es el hombre? ¿Qué significa su existencia?
Tú lo has visto dormir de sol a sol y soñar durmiendo. En los intervalos de este
sueño has contemplado poseedor de doce o catorce horas diarias de vigilia, que no
sabe en qué emplear. En una parte, lo has hallado con las armas en la mano matando
semejantes suyos; en otra lo has visto cruzar los mares a fin de cambiar de alimentos.
Quiénes se afanaban por vestirse de este o de aquel color; quiénes agujereaban la
tierra y extraían metales con que adornarse. Aquí ajusticiaban a uno; allí obedecían
ciegamente a otro. En un lado, la virtud y el derecho consistían en tal o cual cosa;
en otro lado, consistían en lo adverso. Estos tenían por verdad lo que aquellos
juzgaban error. La misma belleza te habrá parecido convencional e imaginaria, a
medida que hayas pasado por Circasia, por la China, por el Congo o por los esquimales.
También te será patente que la ciencia es un experimento torpísimo de los efectos
más inmediatos o una conjetura desatinada de las causas más recónditas, y que la
gloria es una palabra hueca añadida por la casualidad, nada más que por la casualidad,
al nombre de este o de aquel cadáver. Habrás comprendido, en fin, que todo lo que
hacen los hombres es un juego de niños para pasar el tiempo; que sus miserias y
sus grandezas son relativas; que su civilización, su organización social, sus más
serios intereses, carecen de sentido común; que las modas, las costumbres, las jerarquías,
son humo, polvo, vanidad de vanidades… mas ¿qué digo vanidad? ¡Menos aún! ¡Son los
juguetes con que entretenéis el ocio de la vida; los delirios de un calenturiento;
las alucinaciones de un loco! Niños, ancianos, nobles, plebeyos, sabios, ignorantes,
hermosos, contrahechos, reyes, esclavos, ricos, mendigos… todos son iguales para
mí: todos son puñados de polvo que deshace mi aliento. ¡Y aún clamarás por la vida!
¡Y aún me dirás que deseas permanecer en el mundo! ¡Y aún amarás esa transitoria
apariencia!
–¡Amo a Elena!… –replicó Gil Gil.
–¡Ah! Sí… –continuó la Muerte–. La
vida es el amor; la vida es el deseo… pero el ideal de ese amor y de ese deseo no
debe ser tal o cual hermosura de barro… ¡ilusos que tomáis siempre lo próximo por
lo remoto! La vida es el amor; la vida es el sentimiento; pero lo grande, lo noble,
lo revelador de la vida, es la lágrima de tristeza que corre por la faz del recién
nacido y del moribundo, la queja melancólica del corazón humano que siente hambre
de ser y pena de existir, la dulcísima aspiración a otra vida, o la patética memoria
de otro mundo. El disgusto y el malestar, la duda y la zozobra de las grandes almas
que no se satisfacen con las vanidades de la Tierra, no son sino un presentimiento
de otra patria, de una más alta misión que la ciencia y el poder; de algo, en fin
más infinito que las grandezas temporales de los hombres y que los hechizos deleznables
de las mujeres. Fijémonos ahora en ti y en tu historia, que no conoces; descendamos
al misterio de tu anómala existencia; expliquemos las razones de nuestra amistad.
Gil Gil, tú lo has dicho; de cuantas supuestas felicidades ofrece la vida, una sola
deseas, y es la posesión de una mujer. ¡Grandes conquistas he hecho en tu espíritu,
por consiguiente! Ni poder, ni riquezas, ni honores, ni gloria… nada sonríe a tu
imaginación… eres, pues, un filósofo consumado, un cristiano perfecto… y a este
punto he querido encaminarte… ahora bien, dime: si esa mujer hubiera muerto, ¿sentirías
el morir?
Gil Gil se levantó dando un espantoso
grito.
–¡Cómo! –exclamó–. ¿Elena…?
–Cálmate… –continuó la Muerte–. Elena
se halla tal como la dejaste… hablamos en hipótesis. Así, pues, contéstame.
–¡Antes de matar a Elena, quítame
la vida! He aquí mi contestación.
–¡Magnífico! –replicó la Muerte–.
Y dime: si supieras tú que Elena estaba en el cielo esperándote, ¿no morirías tranquilo,
contento, bendiciendo a Dios y encomendándole tu alma?
–¡Oh! Sí. ¡La muerte sería entonces
la resurrección! –exclamó Gil Gil.
–De modo… –prosiguió el tremendo
personaje– que, con tal de ver a tu lado a Elena, nada te importa lo demás…
–¡Nada!
–Pues bien: ¡sábelo todo! Hoy no
es en el mundo católico el día 2 de septiembre de 1724, como acaso te imaginas…
hace muchísimos más años que tú y yo somos amigos…
–¡Cielos! ¿Qué me dices? ¿En qué
año estoy?
–El siglo dieciocho ha pasado, y
el diecinueve, y el veinte, y algunos más. La Iglesia reza hoy por San Antonio,
y es el año de 2316.
–¡Conque estoy muerto!
–Hace muy cerca de seiscientos años.
–¿Y Elena?
–Murió cuando tú. Tú moriste la noche
en que nos conocimos…
–¿Cómo? ¿Me bebí el aceite vitriolo?
–Hasta la última gota. En cuanto
a Elena, murió del sentimiento cuando supo tu desgraciado fin. Hace, pues, seis
siglos que los dos os halláis en mi poder.
–¡Imposible! ¡Tú me vuelves loco!
–exclamó Gil Gil.
–Yo no vuelvo loco a nadie… –replicó
la Muerte–. Escucha, y sabrás todo lo que he hecho en tu favor. Elena y tú moristeis
el día que te digo; Elena, destinada a subir a la mansión de los ángeles el día
del Juicio Final, y tú, merecedor de todas las penas del infierno. Ella, por inocente
y pura; tú, por haber vivido olvidado de Dios y alimentando viles ambiciones. Ahora
bien: el Juicio Final se celebrará mañana, no bien den las tres de la tarde en Roma.
–¡Oh, Dios mío!… ¡Conque se acaba
el mundo! –exclamó Gil Gil.
–¡Ya era tiempo! –replicó el formidable
ser–. Al fin voy a descansar…
–¡Se acaba el mundo! –tartamudeó
Gil Gil con indecible espanto.
–¡Nada te importe! Tú no tienes ya
nada que perder. Escucha. Viendo hoy que se acercaba el Juicio Final, yo (que siempre
te tuve predilección, como ya te dije la primera vez que hablamos) y Elena, que
te amaba en el Cielo tanto como te había amado en la tierra, suplicamos al Eterno
que salvase tu alma. “Nada debo hacer por el suicida…” –nos respondió el Creador–:
“os confío su espíritu por una hora; mejoradlo si podéis”. “¡Sálvalo!” –me dijo
Elena por su parte–. Yo se lo prometí y bajé a buscarte al sepulcro, donde dormías
hace seis siglos. Senteme allí, a la cabecera de tu féretro, y te hice soñar con
la vida. Nuestro encuentro, tu visita a Felipe V, tus escenas en la corte de Luis
I, tu casamiento con Elena, todo lo has soñado en la tumba. ¡En una sola hora has
creído pasar tres días de vida, como en un solo instante habías pasado seiscientos
años de muerte!
–¡Oh!… No… ¡No ha sido un sueño!
–exclamó Gil Gil.
–Comprendo tu extrañeza… –replicó
la Muerte–. ¡Te parecía verdad!… ¡Eso te dirá lo que es la vida! Los sueños parecen
realidades, y las realidades, sueños. Elena y yo hemos triunfado. La ciencia, la
experiencia y la filosofía han purificado tu corazón, han ennoblecido tu espíritu,
te han hecho ver las grandezas de la tierra en toda su repugnante vanidad, y he
aquí que huyendo de la muerte, como lo hacías ayer, no huías sino del mundo, y que,
clamando por un amor eterno, como lo haces hoy, clamas por la inmortalidad. ¡Estás
redimido!
–Pero Elena… –murmuró Gil Gil.
–¡Se trata de Dios!… No pienses en
Elena. Elena no existe ni ha existido realmente jamás. Elena era la belleza, reflejo
de la inmortalidad. Hoy que el Astro de verdad y de justicia recoge sus resplandores,
Elena se confunde con Él para siempre. ¡A Él, pues, debes encaminar tus votos!
–¡Ha sido un sueño! –exclamó el joven
con indecible angustia.
–Y eso será el mundo dentro de algunas
horas: un sueño del Creador.
Diciendo así la Muerte, levantose,
descubrió su cabeza y alzó los ojos al cielo.
–Amanece en Roma… –murmuró–. Empieza
el último día. Adiós. Gil… ¡Hasta nunca!
–¡Oh! ¡No me abandones! –exclamó
el desgraciado.
–”¡No me abandones!”, dices a la
Muerte. ¡Y ayer huías de mí!
–¡Oh!… ¡No me dejes aquí solo, en
esta región de desconsuelo!… ¡Esto es una tumba!…
–¿Qué? –repuso la negra divinidad
con ironía–. ¿Tan mal te ha ido en ella seiscientos años?
–¿Cómo? ¿He vivido aquí?
–¡Vivido! Llámalo como quieras. Aquí
has dormido todo ese tiempo.
–¿Conque este es mi sepulcro?
–Sí… amigo mío… y, no bien desaparezca
yo, te convencerás de ello. ¡Solo entonces sentirás todo el frío que hace en esta
mansión!
–¡Ah!… ¡Moriré instantáneamente!
exclamó Gil Gil–. Estoy en el Polo boreal.
–No morirás, porque estás muerto;
pero dormirás hasta las tres de la tarde, en que despertarás con todas las generaciones.
–¡Amiga mía!… –gritó Gil Gil con
indescriptible amargura–. ¡No me dejes o haz que siga soñando! Yo no quiero dormir…
¡Ese sueño me asusta!… ¡Este sepulcro me ahoga! ¡Vuélveme a aquella quinta del Guadarrama,
donde imaginé ver a Elena, y sorpréndame allí la ruina del universo! Yo creo en
Dios, y acato su justicia, y apelo a su misericordia… ¡pero volvedme a Elena!
–¡Qué inmenso amor! –dijo la deidad–.
¡Él ha triunfado de la vida, y va a triunfar de la muerte! ¡Él menospreció la Tierra
y menospreciaría el Cielo! Será como deseas, Gil Gil… pero no olvides tu alma…
–¡Oh! ¡Gracias… gracias, amiga mía!…
¡Veo que vas a llevarme al lado de Elena!
–No; no voy a llevarte. Elena duerme
en su sepulcro. Yo la haré venir aquí, a que duerma a tu lado las últimas horas
de su muerte.
–¡Estaremos un día enterrados juntos!
¡Es demasiado para mi gloria y mi ventura! ¡Vea yo a Elena; óigala decir que me
ama; sepa que permanecerá a mi lado eternamente, en la Tierra o el Cielo, y nada
me importa la noche del sepulcro!
–¡Ven, pues, Elena; yo lo mando!
–dijo la Muerte con cavernoso acento, llamando en la Tierra con el pie.
Elena, tal como quedó, al parecer,
en el jardín del Guadarrama, envuelta en sus blancas vestiduras, pero pálida como
el alabastro, apareció en medio de la estancia de hielo en que ocurría esta maravillosa
escena.
Gil Gil la recibió arrodillado, inundado
de lágrimas el rostro, con las manos cruzadas, fija una mirada de profunda gratitud
en el apacible semblante de la Muerte.
–Adiós, amigos míos… exclamó esta…–.
–¡Tu mano, Elena! –balbuceó Gil Gil.
–¡Gil mío! –murmuró la joven, arrodillándose
al lado de su esposo.
Y con las manos enlazadas y los ojos
levantados al cielo, respondieron al adiós de la Muerte con otro melancólico adiós.
La negra divinidad se retiraba en
tanto lentamente.
–¡Hasta nunca! –murmuraba la Amiga
del hombre al alejarse.
–¡Mío para siempre! exclamaba Elena
estrechando entre las suyas las manos de Gil Gil–. ¡Dios te ha perdonado, y viviremos
juntos en el cielo!
–¡Para siempre! –repitió el joven
con inefable alegría.
La Muerte desapareció en esto.
Un frío horrible invadió la estancia,
e instantáneamente Gil Gil y Elena quedaron helados, petrificados, inmóviles en
aquella religiosa actitud, de rodillas, cogidos de las manos, con los ojos alzados
al cielo, como dos magníficas estatuas sepulcrales.
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Conclusión
Pocas horas después estalló la Tierra como una granada.
Los astros más próximos a ella atrajeron
y se asimilaron los fragmentos de la deshecha mole, no sin que la anexión les originase
tremendos cataclismos, como diluvios, desviaciones de sus ejes polares, etc.
La Luna, casi intacta, pasó a ser
satélite, no sé si de Venus o de Mercurio.
Entretanto se había verificado el
Juicio Final de la familia de Adán y Eva, no en el valle de Josafat, sino en el
cometa llamado de Carlos V, y las almas de los réprobos fueron desterradas a otros
planetas, donde hubieron de emprender nueva vida… ¿Qué mayor castigo?
Los que se purifiquen en esta segunda
existencia alcanzarán la gloria de volver al seno de Dios el día que desaparezcan
aquellos astros…
Los que no se purifiquen aún habrán
de emigrar a otros cien mundos, donde peregrinarán del mismo modo que nosotros peregrinamos
por el nuestro…
En cuanto a Gil y Elena, aquella
tarde entraron en la Tierra de Promisión, cogidos de la mano, libres para siempre
de duelo y penitencia, salvos y redimidos; reconciliados con Dios, partícipes de
su bienaventuranza y herederos de su gloria, ni más ni menos que el resto de los
justos y de los purificados, todos los cuales sumarían (exceptuando los niños y
los incapaces de sacramento) cosa de ocho mil almas; esto es, un alma y pico por
cada año que había existido en la Tierra… según el cómputo del Padre Petavio.
Por lo demás, yo puedo terminar mi
cuento del propio modo que terminan las viejas todos los suyos diciendo que fui,
vine y no me dieron nada.
(Tomado
de www.ciudadseva.com)