Felipe Garrido
Toña abrió la puerta de
la cocina y entraron a un tiempo la tarde dorada, la lluvia en sordina y el
aroma del pato en salsa de mango y tejocote. Las primas memoriosas se quedaron
con la boca abierta y los brazos en alto. Martín echó hacia atrás el copete
rubio y se volvió a vernos, divertido con el asombro que cada quien iba
poniendo.
–Parece de oro –exclamó Fermín, arrodillado en la
silla para vigilar cómo la tía Celia cubría el muslo en turno con la bendición
de la salsa.
–Hoy todo es de oro –dijo la Beba mientras se
servía tepache, desde muy alto para que espumara.
–Házmela buena –gruñó el Nene, que andaba urgido
de fondos.
Toña apareció de nuevo, con la ensalada de yemas.
La tía Martucha le abrió espacio en la mesa y la aderezó con aceite y azafrán.
Antes de servirle a Fermín, rebañó la vertedera con un pedacito de pan.
–Volvió a subir… el oro –informó Celia, que es
contadora, con un trocito de tejocote ensartado en el tenedor.
–¡Quién tuviera unos patines de oro! –dijo
Fermín, que tomaba las yemas con la mano y se limpiaba los dedos en las
piernas.
–A veces –dijo Martucha, mordiendo un hueso– el
oro es peligroso –y el Nene la miró escéptico, pero no abrió la boca.
–Pero los Reyes –protestó Fermín–, los Reyes
Magos le llevaron oro al Niño.
–No todos –dijo Martucha con acento de misterio,
mientras nos veía con los ojos transparentes porque el sol le daba en la cara–;
algunos iban más bien buscándolo.
–Los Evangelios… –comenzó a decir la Beba, con
aire canónico, pero la tía no permitió que la interrumpiera. Tomó un cigarro
entre los dientes y le prendió en la punta una llamita dorada con su encendedor
de oro. A las primeras palabras dejó escapar una larga bocanada de humo que
subió entre los prismas de la lámpara.
–Hubo además –siguió Martucha–, pues los
Evangelios no lo cuentan todo, otros tres reyes que también vieron la estrella.
Pero eran tres reyes ambiciosos; creían que los regalos que le llevaran al Niño
les serían devueltos con creces y enseguida. Por eso querían verlo. Organizaron
largas caravanas de camellos, caballos y elefantes. Dormían durante el día y
por la noche avanzaban, con la mirada fija en la estrella y los pensamientos
perdidos en todo aquello que, según creían, el Niño les daría a cambio de sus
regalos.
Fermín hundió el índice en la salsa del pato; el
Nene volvió a servirse ensalada; Toña entreabrió la puerta de la cocina para
escuchar.
–Una noche, con las ansias por llegar, no
acamparon a tiempo y el sol los sorprendió antes de que se hubieran dormido.
Vieron, a mitad del desierto, despuntar la aurora sobre las dunas.
Enloquecieron con el resplandor de la arena. La creyeron de oro. No escucharon
las voces de sus acompañantes. Aguijonearon las monturas. Siguieron de frente.
Perdieron la estrella. Nadie los volvió a ver.
Un gran silencio, macizo como el oro, nos dejó
escuchar a los gorriones. Toña sacudió las áureas arracadas. Las primas
suspiraron. El Nene tomó un bolillo y lo partió en dos. La tía Celia se llevó a
la boca un pedazo de pato y puso los ojos en blanco.
(Tomado
de www.ficticia.com)
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