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jueves, 23 de noviembre de 2023

El silencio de los cristales

Juan Villoro

A Jaime Nualart

 

El vaho se adhería al cristal como una membrana, una piel translúcida entre la densa calefacción del cuarto y el áspero viento del invierno.

Sofía se alejó de la ventana.

Estaba a gusto en ese hotel medio decrépito. La calefacción crujía con gárgaras resecas y las pantallas de tela verde le daban a la iluminación un tono siempre indirecto. Una habitación chorreada de sombras y olorosa a toallas húmedas.

No quiso llegar al Waldorf. La pura imagen del vestíbulo la hacía sentirse en un baño de burbujas (destellos en fuga, gotas luminosas en los candiles, el mapamundi en la pared con sus capitales encendidas, joyas auténticas y falsas, lentejuelas, bisutería).

Se quitó los zapatos y sintió un delicioso alivio al pasar sus pies sobre la alfombra. Corrió el zíper de una maleta y se asomaron varias lenguas de franela. Sólo llevó piyamas, sus camisones no tenían sitio en ese viaje.

Encontró una revista de espectáculos en la mesa de centro. No le importó que ya hubieran quitado la obra de teatro que tanto quería ver. Esta vez no iba de safari, no tenía a quien mostrarle sus trofeos disecados (la nueva, cachonda, coreografía de Bob Fosse, la deslumbrante retrospectiva de un maestro del cromatismo). Paco y los amigos habían quedado atrás, irremediablemente atrás. Llorarían su partida durante los gin tonics del viernes en la tarde.

Encontró una película que llevaba siglos sin ver. La daban en un cineclub al que nunca fue con Paco, un sitio que se remontaba a su otra encarnación en la ciudad, a los tres meses que pasó como estudiante de verano, y la expresión no era equivocada: si algo estudió fue el clima. Sintió una mezcla de nostalgia y pena ajena al recordar los tres meses que eran su símbolo de los años sesenta. Se vio despertando en una azotea colmada de gatos y botellas vacías, el sol caía a plomo sobre su cuerpo suavemente intoxicado.

Decidió ir en metro al cineclub. Le gustaba hacer conexiones, estar siempre a punto de tomar un tren equivocado, algún exprés que la podía depositar a cincuenta estaciones de su paradero.

En el vagón fue pensando en su irresponsable viaje a Nueva York, desde los rápidos preparativos para alejarse del sinnúmero de alfileres que la habían hostigado en los últimos tiempos hasta su hotel de tres estrellas en la avenida Lexington. Le tomó dos estaciones recordar esto; lo que en México le parecía un drama digno del más desesperado de los dramaturgos suecos, se comprimió sin trabas en el trayecto subterráneo. En unas cuantas escalas del metro, los sobresaltos de otras épocas perdieron su relieve.

Escuchó el sonido de sus tacones en la escalera de salida y luego el crujir del hielo en la banqueta. El invierno cobró forma en la tira de asfalto resbaloso, en el cielo blanco y duro, en las alas metálicas de las gaviotas.

Sorbió la humedad que ya se le empezaba a congelar bajo la nariz, se enrolló la bufanda sobre la boca y las orejas, siguió adelante. Su cara fue un reflejo rosado en el cristal de una pizzería, una mancha grasosa en un escaparate apagado.

Pasó junto a tres muchachos que le gritaron algo: el vaho creció en torno a sus bocas. Sintió las miradas llorosas que la desabotonaban. En el camellón de la avenida había dos ancianos noqueados por el alcohol. Parecía inverosímil que la vida continuara como si nada con ese frío.

Llegó al cine. Sus dedos entumidos no pudieron contar las monedas. Prefirió sacar un billete tibio de la bolsa. Calefacción, humedad, algo entre el olor de su hotel y un mingitorio. Había olvidado las paredes color flamingo, las butacas de pana raída, los candiles con velas de neón. Se dejó caer en un asiento. Se zafó las mangas del abrigo. Las luces se apagaron. No logró ver la película. Se quedó dormida, incómoda, la tela arrugada entre su espalda y el asiento. Cuando despertó, un hilillo de saliva le llegaba al cuello.

Afuera, el viento se coló bajo su abrigo. La ciudad tenía el aspecto de irrealidad que sólo puede tener un paisaje mil veces filmado. Cada objeto pertenecía a una toma cinematográfica: las escaleras contra incendios, una humeante alcantarilla, un taxi amarillo enfrenando frente a una masa de peatones. Sólo el viento era real. No pudo pensar en un nuevo recorrido en metro. Estiró un brazo, aleteó, estuvo a punto de golpearse con la puerta del taxi.

Antes de decir su dirección se volvió hacia el cine. Vio a un muchacho junto a la taquilla. La cara tenía una palidez artificial bajo la marquesina. Sus miradas se encontraron y por un momento sintió la incómoda chispa de un falso contacto. Abrió la ventanilla que la separaba del taxista y murmuró el nombre de su hotel.

 

Despertó con gripe. Las llaves de la tina, en forma de diminutos timones, reforzaron su sensación de mareo. Abrió el agua caliente y se arrodilló a respirar vapor. En eso sonó el teléfono. Hubiera querido aplastarlo. Sin embargo contestó con suavidad y no se arrepintió: del otro lado surgió un acento alegre y gutural, las palabras de Liza que se enroscaban como cuentas en la línea telefónica.

Le dio gusto que registrara su fecha de llegada en medio de los otros compromisos, los que convertían a Liza en una figura solitaria bajo el baño de los reflectores. La conoció en el festival que organizaba Paco, una mujer cálida que sabía olvidarse de su monstruoso virtuosismo en el escenario, con un acento deliciosamente emigrado que ahora le recomendaba ungüentos, jarabes, pastillas contra la tos, todo lo necesario para que estuviera sana y salva al día siguiente, es que preparé una cena para ti, nada del otro mundo, unos cuantos amigos, ah, me acordé de otras pastillas. Sofía siguió apuntando nombres hasta que de alguna manera colgó la bocina y se dio cuenta de la horrorosa nube que se había hinchado en su recámara.

Corrió al baño, se quemó con el agua, regresó a la recámara y se puso a hojear una revista húmeda.

De nada le sirvió tomar tres cafés en el desayuno; al entrar a la farmacia su cabeza seguía siendo un lingote insoportable. El dictado de Liza no era nada junto al despliegue de frascos y etiquetas, una cosmogonía del celofán. No supo qué fue lo que compró y tuvo miedo de confundir las dosis. Aun así tomó varias cápsulas de colores y unas horribles tabletas con sabor a yeso.

Una tranquilidad química la ayudó a visitar la exposición. No encontró pinceladas: los artistas vomitaban, orinaban, salivaban la pintura. Estuvo a punto de recordar lo que Paco dijo de la action painting en una cena con los Galván, pero se distrajo al ver a un muchacho que jugaba con una navaja de bolsillo. Oyó la vibración del resorte. No había nadie más en la sala que pudiera evitar que una joya del expresionismo abstracto se convirtiera en jirones de arte punk. Pero el muchacho se tardó tanto que ella pensó que también podía ser un destino para la navaja. Decidió salir. Él la siguió y la detuvo de un brazo antes de llegar a la puerta. Se le quedó viendo unos instantes, como si quisiera cerciorarse de qué color eran sus ojos, y la dejó ir, riéndose del susto que le había dado.

Tenía que ser más cuidadosa. La violencia era otro ingrediente cinematográfico de la ciudad, la helada barbarie que podía convertirla en una noticia de cuatro renglones en el periódico.

Al regresar al hotel tuvo ganas de encontrarse con Paco, de tenerlo tendido junto a ella, sin decir palabra, existiendo por una vez de un modo silencioso.

Se quitó los zapatos y encendió la televisión. Un partido de futbol americano: pasto esmeralda, la multitud echando vaho en las gradas, los pañuelos amarillos de los jueces, algo entre épico y falso, como ver una batalla célebre con lentes de tercera dimensión. Las reglas eran complicadísimas y los colores explosivos, manchas impresionistas cuando los jugadores se zambullían a capturar una bola perdida, pero le dio gusto terminar su día con una actividad que en México le hubiera parecido una pérdida de tiempo. Apagó las luces y la tele lanzó sombras moradas y naranjas sobre el techo. Las pastillas la fueron abandonando hasta dejarla en el torpor postmedicinal; la pantalla era un caleidoscopio, una linterna mágica, y ella se perdía en un repaso nocturno tan amorfo como los nerviosos reflejos que salían de la televisión.

Primero estaba en un restorán. Paco había escogido una mesa casi en el centro del local. Pocas personas tenían menos habilidad verbal que él. Casi nunca hablaba y de pronto decía algo que caía como un coctel de frutas entre la sopa y el plato fuerte. En realidad, su éxito en las reuniones se debía a una virtud tan rara como una pieza arqueológica: sabía escuchar. Le había dicho que la invitaba a cenar “porque tenían que hablar”, y ella se preocupó. A media cena dejó caer su coctel de frutas: estaba enamorado de Leonora.

Después siguieron escenas de película europea: sus amigos pretendieron que los silencios fueran más expresivos que las palabras, aparentaron no saber nada de Paco y Leonora, usaron las mismas evasivas con que ella fingió no saber que Magali Galván andaba con Felipe Osorio a espaldas de Toño. Cada pequeño acto le revelaba un nuevo engaño, las palabras de los amigos eran una monótona partitura minimalista, una y otra vez las mismas notas traicioneras.

Así transcurrían los días anteriores a su despegue a Nueva York, el punto de evasión al que ella y Paco recurrieron tantas veces. Sin embargo, entre las sacudidas del avión no pensaba en esos viajes repetidos tan difíciles de individualizar, sino en su primera visita a la ciudad, a los dieciocho años. El avión estornudaba entre las nubes y ella se sometía casi con gusto a la turbulencia que le impedía seguir pensando.

De repente estaba en una estación del metro. Un negro dormitaba en la taquilla. Una moneda en la cuenca de madera a cambio de una ficha ebria lanzada por el negro. El andén estaba vacío. Sofía se sentaba al lado de una máquina que vendía chicles endurecidos desde el invierno anterior.

Sólo se oía el rumor del viento entubado. Un papel giraba en el aire rumbo al túnel.

Cuando veía al muchacho era demasiado tarde: la tenía a su alcance en una diagonal de veinte pasos. Era el mismo que la jaloneó en la galería, tal vez incluso el mismo que la observó al salir del cine.

Él la veía con la calma de un cliente que duda del romance entre el precio y la calidad de un producto en el supermercado. Sacaba un encendedor de plástico y lo accionaba siete veces (Sofía contando los intentos como los latidos de su supervivencia) antes de obtener una débil flama. Finalmente se sentaba junto a ella, la mirada fija en la cavidad de los andenes, un perfil acariciado por el humo. Su gesto más vehemente: un rasposo movimiento sobre las mejillas sin rasurar.

–¿Por qué me estás siguiendo? –pero sus palabras eran barridas por el tren que entraba a la estación.

Lo veía confundirse con los otros pasajeros, manchas rumbo a la penumbra, una insensata carga de confeti.

Caminaba entre la nieve, una actividad fatal para su catarro. No encendía las luces de la recámara y su última imagen eran las lágrimas grises y entumidas de los cristales.

Despertó un momento en la madrugada, la televisión era un surtidor de puntos negros y blancos, y se volvió a dormir.

 

El teléfono y las noticias de la mañana se anudaron en un estruendo insoportable. Inició su jornada presionando el suitch de la televisión. Descolgó la bocina para cancelar el otro ruido: era Liza que le recordaba la cena de la noche. Sí, gracias, no me la pierdo por nada del mundo, ya estoy un poco mejor, chao.

Luego el delineador, la sombra, el lápiz labial, la acostumbrada negociación con sus facciones. Por primera vez en eras su rostro le pareció simpático, aún joven.

Caminar poco, procurar los espacios cerrados, el teatro, el bar a la salida, no preocuparse de mezclar el alcohol con las pastillas.

Regresó al hotel para cambiarse, ligeramente adormilada, un regusto a jarabe en el paladar. No se sorprendió al verlo en el vestíbulo. Más que nada le dio flojera deshacerse en inglés de ese encimoso. Él la siguió al elevador y apretó el botón del piso.

–¿Desde cuándo me estás siguiendo?

–Pensé que estarías en un mejor hotel –sus dientes brillaron bajo una capa de saliva.

Sofía esperó a que la puerta se abriera y se adelantó rumbo a su cuarto.

–Tengo que cambiarme, me esperan a cenar.

Cerró la puerta. Trató de distinguir la dirección que los pasos tomaban en el pasillo, pero las alfombras amortiguaban cualquier sonido.

No pudo dejar de pensar en él mientras se vestía. Tenía ganas de marcar el 0 de la recepción para pedir un guardia, pero en vez de eso se entretuvo poniéndose el único vestido que llevó al viaje, miró complacida la curva que formaban sus senos sin brasier, se acordó de los besos rápidos que Paco le daba en el cuello cuando se arreglaban para salir, su único recuerdo perdurable, una presencia húmeda sobre la piel. Volvió a la puerta.

–Creí que nunca ibas a abrir.

Pasó directamente al baño. Sofía escuchó el vigoroso chorro sobre el excusado. No era posible que lo siguiera tolerando.

Un movimiento de cadera al subirse el zíper. Después la mano repasando la quijada.

–¿Por qué no te rasuras? –Sofía interrumpió la cavilación del muchacho, segura de que se hubiera frotado la barbilla durante cinco años antes de encontrar algo que decir.

Tomó el rastrillo que dejó en la tina cuando se rasuró las piernas y se lo pasó a él.

Era más joven de lo que había pensado, su piel parecía casi depilada.

–Ya no se usan las patillas –Sofía le enjabonó las sienes.

En lo que terminaba fue a sacar una blusa con cuello, una corbata delgada, un pantalón de pinzas. La ropa le quedó mejor de lo que esperaba, incluso un poco guanga en la cintura. Revisó sus suéteres de corte masculino; prefirió pasarle un saco blanco. No le molestó que le diera un aire de bailarín de discoteca. Por lo demás, sus actos seguían igual de ásperos: abrió el bolso de lentejuelas, tomó el encendedor y unos billetes, vio su nombre en el pasaporte:

–Vámonos, Sofía.

En el trayecto a la cena se reprochó lo simple de su historia: la divorciada que mantiene a un gigoló. Sin proponérselo, se había ligado a un vividor de catarro crónico. Lo oyó estornudar y al pasarle un klínex sintió que sellaba para siempre esa historia común.

Llegaron al departamento de Liza. Entró sin presentarlo, que sufriera el muy cabrón. Pero él se comportó con la naturalidad de quien ha ido cientos de veces a esas cenas. Anticipó el desconcierto en las miradas al verla llegar con un muchacho tan joven y guapo. Sólo al saberse observada pensó en lo guapo que era.

A pesar de la amabilidad de Liza, que aceptó tocar dos sonatas sólo porque ella estaba en la ciudad, se arrepintió de haber ido a la cena. No habló con el muchacho en toda la noche, pero no lo perdió de vista. De pronto le recordaba otros rostros, entrevistos mucho tiempo atrás, falsos recuerdos, sin duda. Tenía ganas de estar a solas con él, de regresar al hotel a hacer el amor brutalmente, de rendirse a ese cuerpo sin nombre y sin historia de la ciudad desconocida.

Dilató mucho su partida. Le parecieron eternos los comentarios de un hombre de barba de candado sobre aquel importantísimo escritor rumano. Comió demasiado y pensó que difícilmente podría contribuir a la destreza del muchacho en la cama.

Se despidió de Liza con la promesa de no dejar Nueva York sin una tarde donde pudieran platicar a solas como en la época del festival. Liza se ofreció a acompañarla de compras a la calle 57, algo que en realidad detestaba, y Sofía trató de transmitir alguna efusividad al darle las gracias.

Liza la acompañó por el pasillo y ya junto al elevador le dijo que la había notado un poco rara, tal vez medio ida, como si mirara al vacío cuando le hablaban. Sofía le explicó que estaba confundida por la gripe, las pastillas, los recuerdos de Paco. Luego vio la sonrisa que transformaba por completo esas facciones acostumbradas a la rigidez frente a los pentagramas, el cuadro alegre y brillante que Liza formaba en el pasillo y que era guillotinado por la puerta del elevador.

Entonces sintió los dedos que le rozaban las costillas y subían a sus pezones. Quiso voltearse para abrazarlo, pero las palabras de Liza le llegaron de algún lado. Fue como si la luz del elevador se apagara. Los números disminuían sin sobresaltos –14, 13, 12–, pero sólo para engañarla. Pasó sus manos sobre los fríos costados del elevador.

Llegó a la planta baja. El vestíbulo tenía paredes de cristal. Le pareció que pasaba de un hueco a otro ampliado. El vaho en los cristales le impedía ver la calle y el taxi que la esperaba allá afuera. En algún lugar debía estar la salida, pero ella sólo vio un muro sin resquicios. Gritó con todas sus fuerzas. Las paredes se tragaron el alarido. Volvió a gritar. Una cámara sin eco. Los cristales se hacían cargo de sus palabras. El vaho se deslizó con suavidad sobre las ventanas, un desplazamiento gris, nuboso, que le hizo sentir que el suelo se movía.

En eso distinguió una silueta enmarcada en la tenue geometría de la puerta. Era absurdo no haberla visto antes. Corrió a su alcance para fundirse en un abrazo, pero sólo sintió un contacto helado. Sus manos chocaron con fuerza contra el vidrio. Frente a ella, la puerta se convirtió en una cascada de cristales. El viento que venía de afuera le produjo una doble irritación en las heridas. Sin embargo, no le parecieron graves esas cortadas que la devolvían a su propio cuerpo, casi agradeció las punzadas que le quitaban importancia al vacío de la calle. Sólo un taxi amarillo brillaba en el asfalto.

Oyó una voz a sus espaldas, pero no quiso volverse. Caminó rumbo a la calle, pisando con fuerza los trozos de cristal desperdigados en la banqueta.

 

miércoles, 22 de noviembre de 2023

La orilla equivocada

Juan Villoro

 

No recuerdo quién me recomendó como maestro. Una tarde estaba frente a la casa de Elena dispuesto a ejecutar mi acto rutinario, el índice en el timbre, los cinco segundos de insistencia digital que me conducen a las sesiones donde los alumnos atropellan a Schumann con mi ayuda.

La razón por la cual toco a puertas ajenas tiene su origen en un episodio ocurrido hace diez años: llegué al Conservatorio Chaikovski a “perfeccionarme” como concertista en el momento en que un virtuoso que casi podía ser mi hijo presentaba un examen de salida. El encuentro con ese espíritu incendiario me reveló hasta qué punto mis tentativas pertenecían a los hombres comunes. El virtuoso del que hablo se suicidó hace poco, genial y millonario. Yo seguí una módica trayectoria: demasiadas clases a la semana y de vez en cuando un concierto en una de esas salas de la ciudad de México que saben pactar tan bien con el misterio (nadie se entera de que toco, mis notas caen como hojarascas sobre la veintena de espectadores).

Mi situación era apremiante al llegar a casa de Elena. No esculco las fibras sensibles del lector; mis penurias eran de una crueldad objetiva: perdí tres alumnos aquella semana, la crisis económica se ha ensañado con una profesión cuyo único producto es una música a destiempo.

Cuando se abrió la puerta me encontré con una sirvienta envuelta en un rebozo de un incierto color morado. Pasamos por una sala atiborrada de objetos y subimos las escaleras hasta llegar a una puerta de madera pintada de gris. Se oyó una tos del otro lado.

Entramos a una habitación de buen tamaño. En el centro había un hombre encorvado sobre una mesa llena de tornillos y engranajes. Tenía una lupa de relojero en el ojo. Cuando se volvió hacia mí me encontré con una pupila tan hinchada que pensé en mariscos y desvié la vista hacia los cuadros en la pared. Hubiera sido necesaria una linterna para distinguirlos con precisión (fondos muy oscuros, apenas iluminados por los distantes rayos de soles mitológicos), pero me pude dar cuenta de que todos representaban abusos militares. A mi izquierda había una vitrina con uniformes, sables, una cantimplora atravesada por las balas.

–Le pegué a trescientos metros –el hombre se dio cuenta de que mi vista se detenía en el aluminio asesinado–. Soy el general Garmendia, para servirle.

Ya libre de su lupa, se levantó y caminó hacia mí. Esta ocupación debió durar unos segundos, pero él se encargó de que fuera larguísima. Se detuvo a toser, sacó un pañuelo, se lo llevó a la boca, desvió la vista a la ventana, le pidió a la sirvienta que cerrara las persianas.

–Mis ojos se debilitan, apenas resisto la luz del sol.

Parecía perdido en el centro de la habitación. Al cerrar los ojos produjo dos mínimas arrugas. Se pasó la lengua por los labios.

–Bienvenido, mi amigo –me dijo al fin, y el apretón fue muy breve a causa de la tos. El general era muy pequeño: sentí las salvas de su bronquitis en mi pecho. Tosía con las manos en la espalda, una postura ideal para desahogarse. Luego supe que ésta era una molestia independiente.

–Ay, el lumbago, ayúdeme, joven –mantuvo la mano izquierda en la espalda y con la derecha me señaló un sillón de cuero. Lo ayudé a sentarse. No quise perder más tiempo y le dije que estaba dispuesto a darle clases a su hija, tal y como me lo pidió por teléfono.

–No hable tan alto, ¿quiere?

–Si le parece podemos empezar con dos clases a la semana.

–Así está mejor –obviamente se refería a mi voz, cuando insistí en el tema de las clases me dijo:

–Esos problemas arréglelos con mi hija, yo ya no estoy para esos trotes.

Se sumió en el asiento, los ojos cerrados y las manos afianzadas a los bordes de cuero, como si esperara una repentina sacudida. Se diría que sus nervios se destrozaron con innumerables campañas militares, el hecho de que México fuera un país sin guerras parecía un asunto secundario. Mis palabras eran detonaciones de artillería, el sol reventaba en esquirlas frente a sus ojos. Quizá por alejarse tanto del prototipo militar me pareció simpático.

Estreché su mano en medio de un renovado ataque de tos y salí del cuarto.

–Siéntese, ahorita viene la niña –me dijo la sirvienta cuando llegamos a la sala.

Mi trabajo me reporta un beneficio secundario, acaso más importante que mi abreviado sueldo: la continua promesa de contactos con mujeres (la niña sentada en mi regazo, la blanda cuarentona siempre dispuesta a confundir el teclado con el muslo de su maestro, la adolescente nerviosa y sin embargo incapaz de los mismos errores). Lo primero que noté en Elena es que tenía una estrecha relación con el piano. En efecto: lo odiaba. Confieso que me dio gusto ser el responsable de ese aparato de tortura. Le dije que la clase costaba cuatrocientos pesos.

–Eso lo tiene que decidir mi papá.

Subió corriendo la escalera. El general demostró ser tan tacaño como hipocondríaco. Elena regresó con un papel garabateado: “125 pesos”. Hubiera preferido una cifra más redonda, digamos cien pesos, los veinticinco restantes delataban demasiado mi miseria.

Elena había tomado clases con alguien que la enseñó a leer partituras con fluidez, si así se le puede llamar a tocar a Haydn en tal forma que suene a Rachmaninof. Pasé semanas enteras tratando de revelarle alguna conexión entre el teclado y los pedales.

En mi primera visita me pareció que la sala estaba saturada de muebles. Después me di cuenta de que el mobiliario no era excesivo, pero seguía el criterio decorativo de un bazar. Le pregunté a mi alumna dónde habían comprado los sillones.

–Creo que en China. Mi papá trabajó en un chorral de embajadas.

La sala tenía, en efecto, el toque de confusión de una familia que ha vivido en demasiados países. Pude rastrear traslados de Pekín a Moscú y de Moscú a Nueva Delhi. Los muebles de madera prensada me hicieron dudar entre el socialismo y las ofertas norteamericanas. Todos los objetos se agredían. El samovar parecía una tosca fuente de plomo al lado del biombo de papel dorado, el Buda sonreía a duras penas sobre su meseta de aserrín.

Pensé en los efectos negativos de una disciplina militar aunada a la inestabilidad de los traslados, pensé en los ojos de Elena, que parecían esperar algo distinto de lo que veían. Como de costumbre, pensé demasiado. Elena mandaba en la casa con la más arbitraria soberanía. Su madre murió en Pekín y el general decidió regresar a México con su hija única, y más que a México a su cuarto (sólo su tos salía de la recámara como un rasposo contrapunto a nuestra música). Elena tiranizaba a la sirvienta y al soldado raso que iba a hacer la limpieza. Poco a poco su mirada me empezó a parecer regida por el reproche: las cosas se equivocaban mucho ante sus ojos.

Un martes en la tarde me encontré con el piano cerrado.

–Te hice unas galletas –Elena me tomó de la mano y me llevó a una mesa donde había pastelitos y galletas suficientes para alimentar a un regimiento (esto resultó literalmente cierto: muchos pasteles no se podían tocar porque tenían tarjetas con nombres y rangos militares). Al poco rato, el soldado que hacía las veces de mozo llegó por unas tartaletas de fresa para un teniente coronel y un sargento primero.

–¿Ya despachaste los otros?

–Sí, señorita.

Esa tarde no hicimos otra cosa que comer pasteles. Al fondo de la sala había unos grandes ventanales que daban a un jardín con jazmines y geranios. Elena no quiso encender la luz y pude ver las sombras ansiosas de las plantas alterando los disímbolos muebles de la casa; en la penumbra, todo cobraba la lujosa opacidad de la caoba. El vestido de Elena era lo único claro y distinto. La vi caminar a la cocina para buscar más té, unas galletas recién horneadas. La falda tableada color celeste, las calcetas blancas, las rodillas apenas más oscuras hicieron que mi mente deambulara por un vitaminado romanticismo. Imaginé un lirio quebrado en un estanque, una colina de nieve bañada por la luz que no derrite, un delgado charco en el centro del patio donde se refleja la luna.

El hecho de pensar que Elena podía ser algo hermoso si se veía desde la distancia adecuada fue, aunque suene paradójico, un acercamiento de mi parte. No lo he dicho: Elena era fea. En un principio me agradó maltratar con el piano a esa antipática criatura. A partir de la tarde de las galletas entreví otras posibilidades: el rostro paliducho, los ojos hundidos y los labios gruesos estaban en una peligrosa frontera: pronto sería un esperpento o una exótica belleza.

El soldado llegó por más pasteles. Elena le pidió que probara uno. Escuchamos un crujido que a mí me produjo escalofríos y a ella mucha risa. El soldado sacó un trozo de diente y una piedra de su boca.

–Pa’ que te pongas otro diente de oro –le dijo Elena.

En verdad tenía una dentadura blindada. Me fijé en esto cuando dijo:

–La voy a acusar con mi general.

–Ya sabes que no te recibe.

El soldado tomó los pastelitos. Sus ojos pulidos por el coraje brillaban en la penumbra. Salió del cuarto.

–¿Por qué sólo se lleva dos? –le pregunté a Elena.

–Son sus órdenes. Sólo puede repartir los pasteles de dos en dos.

–¿Por qué?

–Para fregar, ¿qué no entiendes?

La próxima vez mastiqué esperando encontrar vidrios. Pero ella había decidido perdonarme; me sobornaba con galletas y pasteles para aplazar las clases. Ejecutábamos un par de ejercicios, dejando un rastro pegajoso en el teclado.

Elena insistía en no prender la luz, abría las ventanas y la tarde se desintegraba en una penumbra perfumada y homogénea, sólo alterada por las ramas que vacilaban con el viento y la sombra morada de la sirvienta que llegaba a recoger los platos.

Muchas de mis lecciones terminan en una cercanía de la que, lo juro, casi nunca soy responsable. La filóloga de medias negras me obligó a poseerla desde la primera sesión en el banquillo del piano (demasiado ancho, quizá construido ex profeso), la voluptuosa inglesa me contrató para acompañarla mientras cantaba madrigales, un amplio escote frente a mis ojos, la piel pecosa enrojeciendo en tal forma que era menester estrecharla o desmayarse. Ninguna de mis alumnas es una belleza, la mejor puede ser descrita como “meramente guapa”, pero he llegado a un nivel de cómoda neurosis: me gusta que me acosen, las mujeres se orientan en mi vida como una conspiración necesaria. Si no añado un elemento la trama sería incomprensible: soy muy guapo. Es una confesión antipática, lo sé, pues odio a todos los hombres más guapos que yo.

Pensé que las galletas de Elena eran el primer signo de interés de su parte. Me resistí a creer que se trataba tan sólo de un truco para no tocar.

La tos del general descendía hasta nosotros; era obvio que él podía saber si tocábamos o no. A medida que los períodos de silencio se hicieron más extensos, empecé a sentir que traicionaba su confianza. Pero Elena se volvía cada vez más importante. Sus tartaletas eran excelentes. Su rostro en proceso de esperpento o belleza exótica me hacía pensar en la decepción o el orgullo con que el futuro iba a revalorar esa conquista. ¿Qué interés podía tener en aquellas facciones que tal vez sólo dentro de unos años revelarían su hermosa asimetría? El mismo que puede tener un virtuoso en volver a tocar con perfección una esquiva frase musical. Disfrutaba anticipando el acoso de Elena. La tos me parecía entonces un doble reproche a nuestro piano en silencio y a la conquista a punto de ocurrir.

Una tarde, entusiasmado por un repentino progreso de Elena al pasar con delicadez sobre Chopin, le dije que quería hablar con su padre.

–No sé si pueda recibirte.

Aprovechó para robarse quince minutos de clase. Finalmente regresó con un cacharro en la mano. Era un reloj a medio componer. Me tendió un papel con la enferma caligrafía del general: “¿Cómo quiere que termine con tantos problemas?”

Desde entonces no volví a importunar al relojero. Pasaron semanas sin que yo pudiera salvar la distancia, los infinitos tres metros que me separaban de Elena cuando tomábamos el té.

Cada vez tenía menos motivos para recibir mis ciento veinticinco pesos. Al general le importaba un bledo que tocáramos o no, los progresos de Elena eran engañosos (había acariciado a Chopin como a un amante al que se está a punto de traicionar una vez más), a cada rato me apretaba las manos, evitando que la corrigiera:

–Ya sé cómo es, no friegues –y el apretón iba seguido por otro en la mejilla que me dejaba la sensación de haberme rasurado frente al piano.

Además, nuestra relación empezaba a describir una ronda casi insoportable: mientras más difícil era acercarse a Elena, más me interesaba, y más me decepcionaba que no sintiera mi influjo, privándome de mi eterna revancha: ser al menos un virtuoso del banquillo.

Entonces apareció el otro.

La sirvienta abrió la puerta un jueves en la tarde y me condujo a la sala. Esperé diez minutos. Al asomarme a una de las ventanas del jardín entreví dos siluetas entre las sombras de los árboles. Se besaron. Fue un beso largo y despacioso, un desagradable adagio de las bocas. Me chocaron esas manos delgadas que tomaban la nuca de Elena como si fuera un pesado recipiente.

Del día sólo quedaba un listón anaranjado en el cielo; pronto se convirtió en una oscura ruina. Cuando volví a ver el jardín, Elena caminaba hacia la casa. El hombre debió salir por la puerta trasera.

–No sabía que estuvieras aquí.

No pude evitar la vista de sus labios, que me parecieron enrojecidos. En la clase acostumbro usar un lápiz para llevar el compás y tener las manos ocupadas. Esa tarde el lápiz fue a dar muchas veces a los pedales.

–¿Qué te pasa?

–Me siento mal. Ando un poco resfriado –y produje una mala imitación de la tos de su padre.

Elena no usaba esmalte de uñas. Lo extraño es que ese día tenía esmaltado el dedo meñique. Lo vi pasar sobre el teclado, un punto en flotación, un brillo tan molesto que al rato era lo único que veía. Elena se redujo a ser ese meñique desquiciado.

Esa tarde me dio helado en barquillo. Me gusta mucho la nieve de guanábana, pero por alguna razón no me supo a nada, era como sorber un hielo poroso. El que tomaba Elena parecía mejor. La vi extraer las últimas gotas con fruición, dejando el barquillo intacto. Luego sujetó el cono con los labios, como si le hubiera crecido un pico. Su cuerpo desembocaba en aquel pico intolerable.

Salí de su casa con mi tos fingida. Tomé un camión sin rumbo fijo. La ciudad me pareció una suma imperfecta de ciudades independientes. Me bajé en un barrio entre lunar y suburbano. Caminé entre lotes baldíos, de vez en cuando me encontraba con un búngalo que parecía tener media hora de construido. Acepté la cafetería como una afortunada imposición, un local de plástico y ventanas grandes como vitrinas que en otra ciudad hubiera sido un coágulo artificial pero que en aquel páramo resultaba un oasis.

Me extravié frente a una taza de café. De pronto oí una voz presurosa. Alcé la vista y me encontré con un compositor al que conocía superficialmente. Había interpretado algunas de sus obras. La música de vanguardia es para mí un escándalo distante, una tempestad que no me toca. Sin embargo a veces me veo obligado por instituciones entre culturales y de beneficencia a promover el estrépito de algún joven autor. Suelo aceptar con la misma resignación con que me pondría mi corbata de motas guindas para ir a una boda.

No esperó a que le ofreciera asiento, antes de bajarse el zíper de la chamarra ya me estaba impartiendo una conferencia. Sus piezas son muy breves, pero las explicaciones de por qué las notas suben y bajan como elevadores averiados pueden durar semanas. Traté de distraerme viendo a una atractiva muchacha con insólitos zapatos color de rosa. Al cabo de un rato sólo veía los zapatos. Estaba resuelto a no escuchar, no quería que su conversación se me impusiera como sus febriles composiciones. Pero cuando empezó a hablar del sueño dejé de ver las rosadas cristalizaciones en los pies de la muchacha. Abreviaré la pesadilla que me contó: yo le daba clases a una adolescente, me enamoraba de ella, pasión irrefrenable, taquicardia, forcejeos, mis labios vampirescos en pos de su cuello, empellones, Elena caía de espaldas, se desnucaba con el borde de una mesa, mi único heroísmo era no escapar, el padre me apresaba por la espalda.

Se me quedó viendo como si me hubiera hecho un regalo. Me impresionó menos que soñara conmigo a que los datos coincidieran con Elena. La despedida fue desagradable: el compositor suda en exceso, las gotas improvisan un bigote sobre sus labios y sus manos están tan húmedas que el día en que dirija un concierto la batuta saldrá disparada rumbo al público. Fui a la caja, salí a la oscuridad que casi me pareció protectora.

Cancelé la clase del martes. El jueves hablé para decir que seguía con gripe. Lo sé, estaba celoso de una mujer que sólo me gustaba a medias. ¿Qué mérito puede haber en conquistar a una muchacha probablemente destinada a perder la virginidad con un adolescente que se distingue por su apodo y sus dientes enfrenados o un cadete con el pelo cortado como un césped? Pensé en no volver. Me pagaban una bicoca por no hacer nada. Elena era tan indiferente a mis clases como a mis facciones. Sin embargo fue precisamente esto lo que al cabo de una semana me animó a regresar. Sentí un mórbido deseo de volver al sitio donde, pasara lo que pasara, yo existía sin consecuencias.

Desde mi llegada noté una obra extraña en el piano. Iba a preguntar por la partitura cuando Elena llegó con un pastel en forma de corazón. Me dijo que era 14 de febrero. Su coquetería me molestó, ¿qué necesidad tenía de fingir con esas galantes rebanadas?

La vista de un objeto untuoso en la mesa de centro interrumpió mis mordiscos. Tuve que acercarme para saber que se trataba de una muy gastada cartera de piel de cocodrilo. Por primera vez me di cuenta del ruido que ella hacía al comer. De pronto recordé la nerviosa masticación del compositor. La cartera en la mesa me pareció entonces un resultado de sus húmedos dedos. La vi a los ojos y su mirada no me pareció incierta, ahora era yo quien buscaba algo más en la sala (nunca las huellas digitales en la mesa de laca china me inquietaron tanto). Le pedí que tocáramos un rato.

Coloqué un nocturno sobre el piano, pero fue inútil. Había estrepitosos fragmentos insertados en la partitura.

Las notas cayeron sobre mí como la nieve que me hirió la cara al salir del Conservatorio Chaikovski, frías lentejuelas que se depositaban en mi rostro atractivo y fracasado.

Esa noche tuve una pesadilla demasiado vívida, de alguna manera yo sabía que soñaba. Avancé en mi sueño como en las aguas muertas de una alberca. Lo único importante era llegar al otro lado. Algo me retenía en ese denso elemento. Aguas sin contornos, la orilla que no llega. Vi a Elena en la dispar escenografía de su casa; por primera vez las luces estaban encendidas y pude contemplar las siniestras sombras de tantos objetos que se repudiaban entre sí. En realidad se trataba de una versión en interiores de la escena del jardín. De nuevo las bocas imantadas. Pero ahora podía ver con claridad que el hombre del jardín era el compositor. Supe que sólo llegaría al otro lado de mi sueño causando una disputa. Elena gritó mientras nosotros nos golpeábamos con la abusiva sobreactuación de las pesadillas. La mesa fatal del sueño del compositor también selló el mío, sólo que en este caso fue él el desnucado. Agradecí la progresiva oscuridad que eliminó las sombras y transformó el rostro de mi oponente en una mancha oscura, casi agradable. Desperté al fin, a salvo, exhausto, en la ansiada orilla de mi sueño.

El día me trajo algunos otros jirones de la pesadilla. El compositor aparecía con traje gris perla, muy a mi pesar trabajaba en su favor, mejorando su atuendo.

Llovió toda la tarde y llegué a casa de Elena con una gabardina que olía a rancio. Iba a decirle que era nuestra última clase. Tenía un aspecto tan descompuesto que la sirvienta dio un salto al abrirme la puerta. Me vi en un espejo de óvalo y traté de corregir el accidente que era mi pelo.

En la sala me encontré a Elena, descalza, las uñas con tierra delataban que había estado en el jardín. En su mano, brillaba el dedo meñique.

–Uy, estás helado, siéntate en lo que te hago un tecito.

Después de tres tazas tuve que ir al baño. Al regresar sentí una bofetada de aire frío. Las ventanas del jardín estaban abiertas, el viento entraba acompañado de hojas secas, revolviendo el pelo de Elena sobre el rostro del hombre que la besaba. El traje gris le quedaba tan bien como en mi sueño.

Un narrador más dotado sin duda hubiera dicho “fue más de lo que podía soportar”. En efecto, así fue. Corrí hacia Elena y la jalé del brazo. Me disponía a atacar al intruso (después de todo ésa era mi clase), cuando sentí las uñas de Elena en mi espalda. Me volví, tratando de esquivar sus rasguños, hasta que me libré de ella con un puñetazo que me dejó un eco en los nudillos. Este fue el contacto más estrecho entre nosotros. Elena se desplomó siguiendo una inevitable trayectoria. Me lancé para que no se golpeara contra la mesa, pero sólo logré caer sobre el tibio cadáver de mi alumna.

Lloré largo rato entre los disparatados objetos de la sala. No busqué al compositor. Salí de mi pesadilla pero sólo para alcanzar la orilla donde empezaba la del otro. ¿Hasta qué punto soy responsable de la insensata geografía de los muebles, de los relojes siempre descompuestos, de los cuadros que representan batallas oscuras y a los que la tos del general quita el polvo? Lo único seguro es que soy el autor de un crimen pasional. Nada más peligroso, a fin de cuentas, que el fuego pálido de una pasión indefinida. Durante el juicio un curioso pajarraco habló de falta de apego a la realidad. ¡Falso!, en todo caso padezco de un amor excesivo a la realidad: la he inventado. En el encierro uno se permite este tipo de frases. Son pocas las diversiones. Los jueves hay hígado de res; los viernes, peluquería.

Por lo demás, concluí mi actuación en casa de Elena con el humilde heroísmo que me atribuyó el improbable compositor: no hui. Me quedé arrodillado hasta que escuché una tos a mis espaldas.

 

lunes, 20 de noviembre de 2023

Pegaso de neón

Juan Villoro

 

No sé cómo pudo haber una época en la que nos gustaba pasar las vacaciones siempre en el mismo sitio. Es más: todo el sentido del viaje estaba en su carácter reiterativo. Había que ver si José Luis seguía siendo el mejor en turista. Había que cerciorarse de que ningún advenedizo hubiera comprado un lote en el fraccionamiento. Éramos una sociedad cerrada en torno a los meses de sol, las visitas al lago, las fogatas y el parkasé. De habernos frecuentado en la ciudad, las mamás hubieran perdido la sorpresa de ver qué alto estaba Juanito y los padres el gusto de criticar un año acumulado de desastrosa administración gubernamental. Pero esta historia no trata, por fortuna, de las insulsas tardeadas donde los malvaviscos chirriaban sobre las brasas. Sólo hay un personaje memorable de aquel grupo en el que los grandes necesitaban cuatro horas para pescar una trucha y los chicos se divertían pellizcándose las tetillas hasta que la víctima en turno recordaba cinco marcas de cigarros: Georgina.

Nos tardamos bastante en conocerla. Para llegar a su casa había que bordear el lago, atravesar las colinas que aun en verano se mantenían frescas, pobladas del bosque más denso que habíamos visto (bajo su sombra teníamos la misteriosa impresión de estar cerca de Suiza), hasta encontrar un fraccionamiento con campo de golf, lago artificial, alberca con agua templada y un bar donde los papás se quejaban de que el whiskey les salía carísimo.

La casa de Georgina era una cruza entre un chalet alpino y una sucursal bancaria: enormes vidrios polarizados bajo el techo de dos aguas. En el jardín había una mesa circular y oxidada. Sólo las caballerizas eran acogedoras, seis puertas pintadas de verde oscuro y rematadas por óvalos blancos donde una mano hábil había escrito los nombres de los caballos. Nos gustaba insolarnos entre las casas de lujo, merodear toda la tarde por aquel campo sin sombras, hasta que una vez Julito Ibarra recibió un pelotazo y se desmayó tres días.

No recuerdo el momento exacto en que Georgina se presentó en nuestro fraccionamiento. De pronto estaba ahí, a bordo de un musculoso caballo palomino. Siempre me gustó el color de ese caballo, casi tan claro como la camioneta color helado de vainilla en la que la mamá de Georgina iba al pueblo.

Georgina no era rubia. Tenía un pelo castaño que al recibir el sol se fundía en dorados resplandores. Sus ojos, naturalmente, eran color ámbar.

En la carretera al pueblo me divertía contando las cajas de madera de los apicultores. La miel de abeja no sólo era la blanda corona de los hot cakes de los domingos, sino también mi primer contacto con una incierta poesía. Pensar en la miel era pensar en los ojos de Georgina. Y también en la muerte: ¿cómo hacían las abejas para sacar a sus obreras hundidas en la miel?, me parecía imposible que el trabajo siguiera como si nada, la vida recreándose insaciable sobre un empalagoso cementerio. La aberración de las celdas de cera me hacía volver a los ojos que también transformaron a José Luis, Beto y Julito en poetas líricos de temporada.

Lo único extraño en Georgina, lo que la hacía sospechosa, era su falta de arrogancia. Me parecía estúpido que aceptara jugar a las vencidas o a los caballazos.

Por supuesto: los veranos se convirtieron en la evolución de la belleza de Georgina. Hubo uno en el que lo único verdaderamente de vida o muerte fue jugar a las preguntas indiscretas. Georgina le preguntó a Diana si ya le había bajado y a Beto si se hacía la chaqueta. Cuando alguien le preguntó con cuál de nosotros se casaría, ella me señaló a mí (aclaro que mi único triunfo es consignarlo dos décadas después). Me le declaré tres días seguidos. Me contestó que no tenía caso ser novios diez años antes de la boda.

Al verano siguiente Julio trajo una substancia de propiedades afrodisíacas. Me dijo que se llamaba yombina y costaba cincuenta pesos. Más trabajo me costó ponerla en el vaso del koool-aid de Georgina. Como siempre, ella estuvo muy alegre, pero en modo alguno se “derritió en mis brazos”, según prometió Julito.

Apenas se popularizó mi fracaso, Georgina volvió a ser un cuerpo colectivo. Beto fingía bucear en la alberca y le rozaba las nalgas. José Luis le pedía que le diera una vuelta en el caballo y aventuraba las manos más allá de la cintura. Ella hacía preguntas progresivamente indiscretas. Cuando nadábamos me fijaba en los movimientos de las mujeres al salir de la alberca, estirando sus trajes de baño para ocultar la raya del sexo. Georgina salía de la alberca sin más. La mágica hendidura seguía ahí, rodeada de gotas de agua.

En comparación con Georgina, que podía ir y venir según su antojo, yo era una princesa medieval. Mis papás se preocupaban de que me fuera a jorobar (me prohibían andar en bicicleta y me obligaban a caminar diez minutos diarios con una Biblia en la cabeza), me hacían tomar multivitaminas y calcio en polvo, me llevaban al ortodoncista a ver si no necesitaba una operación del frenillo. Sus papás, en cambio, tenían la virtud de casi no existir. La mamá era una mujer de una belleza marchita que parecía la abuela bien conservada de Georgina. Nos daba diez pesos por ayudarla a llenar de canastas y bolsas de legumbres su camioneta color helado de vainilla.

Cuando Georgina cambió de caballo, el padre entró en escena. Se acababa de retirar de los negocios y había recuperado su pasión de juventud: después de años casi ausente de la familia llegaba al comando de un encabritado alazán. Hasta entonces habíamos visto a Georgina trotar sin prisa en su palomino, conducirlo con destreza por los vericuetos del bosque y los meandros que iban a dar al lago. El nuevo caballo tenía un eléctrico nerviosismo. Georgina corría innecesariamente con él, lo llevaba a galope por laderas en las que siempre parecía a punto de despeñarse. Las piedras caían sobre nosotros, le gritábamos, los brazos sobre la cara para protegernos de la granizada. Atrás, en el caballo rojizo, iba su papá, gritando “¡así, así!” con tal pasión que dejábamos de llamar a Georgina.

En las mañanas se la pasaba saltando obstáculos en el club. En las tardes iba a vernos un rato, los pómulos aún encendidos por el sol de la mañana, algunas briznas de yerba en el pelo. Se despedía temprano porque tenía que entrenar al día siguiente.

En una ocasión nos encontramos a su papá en la plaza del pueblo. Aun a pie tenía los ojos entrecerrados de quien va a todo galope. Parecía esperar a alguien. Se pegaba nerviosamente con un fuete en sus botas de montar.

Me costó trabajo acostumbrarme a una Georgina sin el palomino. Cada vez que veía una heladería en la ciudad de México me acordaba de su teoría de que el palomino podía distinguir los sabores de los helados. A partir de su severo entrenamiento pasé a otra asociación urbana de Georgina. Frente a nuestra casa había un pegaso de neón. Debo aclarar las coordenadas: como todo en la ciudad de México, ese paisaje ha sido acuchillado en tal forma que resulta más fácil reconocer las cicatrices que las facciones originales. Me niego a dar un nombre propio que no evoca nada. Prefiero describir la antigua plaza, llena de palmeras y atravesada por tranvías. Un solo anuncio luminoso preside el escenario: el pegaso a veces azul, a veces rojo de una marca de aceites. Las alas vacilantes, los cascos empeñados en saltar rumbo al cielo sin estrellas de las ciudades, sintetizaban la imagen que me produjo el caballo de Georgina. El bronco emblema de la combustión me tenía cautivo horas y horas. A veces me levantaba de madrugada sólo para ver al caballo brillar en su angustiosa, intermitente, subida al cielo.

La entrega de Georgina a la equitación era tan total que me pareció irrelevante que ganara un campeonato juvenil.

El adiestramiento la separó para siempre de un mundo en el que las tareas disciplinarias se reducían a caminar diez minutos con una Biblia en la cabeza (en ocasiones los cuidados eran más violentos que los castigos: Beto se cortó con un machete y a todos nos vacunaron contra el tétanos). Además, hubo un acontecimiento que puso doble llave al exilio de Georgina: se hizo novia de José Luis, olvidando sus preferencias anteriores.

Beto, Julito y yo descubrimos innombrables defectos en José Luis. Nos negamos a escuchar sus lances. Bastante lo envidiábamos cuando ella le lamía la oreja. Después de que se acostó con ella y supo que no era virgen sentimos una utópica igualdad y le volvimos a hablar.

La vida seguía traicioneramente su curso entre las vacaciones. José Luis fue burlado por la existencia citadina de su novia y me alegré tanto como si el galán urbano fuera yo, el eterno escrutador del pegaso de neón.

Georgina interrumpió sus vacaciones para participar en un dual meet en Estados Unidos. José Luis se peleó con ella al poco tiempo. No sé cómo me enteré de esta noticia, pues sólo volví al pueblo varios años más tarde.

Para entonces ya estaba convencido de que el parkasé no era el centro del universo. Pasé al menos tres veranos seguidos en la ciudad y mis papás hicieron acopio de su lógica binaria: ellos se preocuparon siempre por mi calcio (si estaba jorobado era a pesar de sus cuidados): yo era un ingrato. La vida se aficionó al futbol americano en mi familia. Con frecuencia me sentí como un corredor que recibe el balón en tercero y diez y tiene que atravesar la línea de golpeo de los Acereros de Pittsburgh. Cuando mis papás olieron algo que no sabían si era mariguana o cigarros Carmelitas, recurrí a una patada de despeje: acepté volver al pueblo y fingí que aún me divertía jugando adivínalo con mímica.

Desconozco el efecto que la pérdida de mi pegaso puede tener en una mente que no ha estado presidida por los signos de neón. Un día antes de salir de vacaciones, el vibrante emblema del aceite bajó en trozos fundidos. Tres horas de andamios bastaron para convertirlo en un montón de vidrios y chatarra. Sé que hay hombres favorecidos por las premoniciones. Está claro que no soy uno de ellos. La bestia fulminada sólo me produjo una depresión elemental. Tuve que contemplar un nuevo animal incandescente para recuperar aquel episodio casi olvidado. Un centauro arde frente a mi ventana, convirtiendo mis hojas en rebanadas mercuriales.

El fraccionamiento cambió mucho en unos años. Las casas estilo colonial se sucedían unas a otras. En el pueblo había una discoteca con alfombra morada y meseros vestidos como invasores espaciales. Nuestra Suiza particular fue convertida en un fraccionamiento digno de su nombre: Villa Comanche.

Ese verano, José Luis también se vio forzado a vacacionar en el pueblo. Usaba lentes oscuros y un tímido bigote. Al calor de una botella de ron recordamos los aburridísimos tiempos pasados. Sentimos la solidaridad que da vomitar juntos en un bosque oscuro. Él no sabía nada de Georgina.

Decidí ir a su casa. También en el club de golf había cambios. Los caddies manejaban sus coches sobre el prado en un tráfico casi urbano.

La encontré en la terraza. La antigua mesa oxidada tenía un mantel de flores, una jarra con agua de naranja, un vaso a medio llenar. Georgina leía un libro demasiado grueso. Se volvió hacia mí y sentí al instante la poderosa atracción de sus ojos. Me pareció absurdo ausentarme tanto tiempo. Sin embargo, ella quiso liquidar mi admiración de una vez por todas: se puso de pie, apoyándose en una muleta que tenía junto a la silla y para mí había pasado inadvertida, y caminó a mi encuentro, moviendo la cadera en forma atroz. Su brazo derecho se había fortalecido por el uso de la muleta y su pierna izquierda tenía un aspecto inerte.

La mesa en el jardín, un objeto sedentario ninguneado en esa familia de nómadas, era el nuevo centro del mundo de Georgina. Cuando nos sentamos pensé que sólo cruzaríamos algunas desafortunadas frases. Pero Georgina estaba de muy buen humor. Habló sin parar y al cabo de un rato me pude enterar de la catástrofe con la calma de quien escucha la relación de un crucero en el Caribe. En sus labios, el fallido salto de caballo se convirtió en tragedia menor (“de chiripa no me maté” y otros optimismos que sonaban casi auténticos). Aún vivía bajo el signo de la caída (estaba a punto de ser operada por cuarta vez), pero el accidente era ya un lejano punto de su memoria.

A partir de entonces nos vimos casi todos los días. Hice bromas acerca de nuestra fecha de matrimonio que estaba por llegar. Ella fingió no acordarse (a fin de cuentas soy yo quien reconstruye la historia: me niego a aceptar este cabo suelto). Fuimos a remar y por poco vuelca la lancha con sus trastabilleos. Jamás le escuché un reproche. Llevaba su desgracia con la misma desaprensión con que antes indagaba el onanismo de Beto. Si una vez me impresionó la gratuita ronda de la vida y de la muerte en los panales de las abejas, ahora no entendía la naturalidad con la que Georgina aceptaba su vida a medias.

A veces salíamos a caminar muy temprano y veíamos a su papá galopando frenéticamente a la distancia. Georgina hablaba con tristeza de no poderle dar los trofeos que él habría querido.

Una mañana José Luis llegó a la casa sin sus lentes oscuros. Aún tenía puesta la camisa de la piyama. Me dijo que habían encontrado muerto al papá de Georgina. Un alambre, tendido entre dos árboles, lo había decapitado.

Cuando llegamos al lugar, la policía ya había retirado el alambre, pero pudimos ver las huellas en los árboles. El bosque era muy tupido en esa zona: la oscuridad debía ser casi total a eso de las cinco de la mañana.

El papá de Georgina dejó dicho que lo enterraran en el jardín de su casa. La ceremonia fue sencilla. Georgina se veía bien de negro. Lloró como ella siempre lo había hecho, en silencio y sin excesivas muecas, como si la filmaran para una escena triste pero hermosa.

La policía descubrió que el alambre era común y corriente y no encontró pistas ni rastros sospechosos. Quizá fuera otro el destinatario de la trampa, quizá se tratara de una maldad difusa, contra el primero que pasara por ahí.

Las vacaciones llegaban a su fin. Georgina se tardó en recuperar el ánimo. La veíamos caminar sin ritmo por algún camino. Nos saludaba a la distancia, vestida de negro.

La última vez que la vi, José Luis y yo jugábamos volibol. La pelota se nos escapó y rodó por una pendiente hasta llegar a los pies de Georgina. Se agachó a recogerla con mayor soltura de la que la creía capaz. Sopesó la bola entre sus manos y por unos segundos la sostuvo a la altura de la cara. Cuando la dejó pude ver una sonrisa rápida y fría que no iba dirigida a mí, una sonrisa hacia adentro, el breve tic con el que celebraba el salto de un obstáculo.

 

sábado, 18 de noviembre de 2023

El cielo inferior

Juan Villoro

 

Cada vez que hay un silencio absoluto pienso en el fuego. El aislamiento, las puertas que no rechinan, las alfombras mullidas me dan una impresión de gravedad.

Nací en una ciudad ruidosa. Cada tercer día había un choque en la esquina de mi casa; despertaba con el rechinido de las llantas sobre el asfalto y el encontronazo de hojalata. Me acostumbré a los cientos de platos y tenedores que crujen en las cafeterías. En el polígono, en cambio, no hay sonido que atraviese el aire por las noches. La lumbre se hace cargo de los entreactos de mis sueños, con la impertinente solicitud de la luz general que interrumpe el desarrollo de las óperas.

Los servicios de panadería han mejorado considerablemente. Antonio me trajo una canasta colmada de pan dulce, el migajón es parejo y blanco, el azúcar finísima. Sin decir palabra he conquistado esta dieta. Llegué al extremo de sólo comer los croutons de la sopa. Sé que mi alimentación es caprichosa, pero hay un oscuro dietista que me vigila. Los panes están saturados de vitaminas, hierro, calcio. Sólo así se explica la vitalidad que no he hecho nada para merecer y que sin embargo me acompaña a todas horas.

Acabo de rociar de migajas esta página. Muerdo con demasiada energía. Quizá hay una propensión psicológica a morder con fuerza en el encierro. Las bestias del zoológico se abalanzan con desesperación sobre su comida y yo le pego angustiosas dentelladas a los panqués que se podrían disolver con la lengua y el paladar.

Aurora llegó a mi tienda de antigüedades y éste fue el inicio de un tren de acontecimientos cuya última estación es mi furioso masticar sobre estas páginas. Estoy acostumbrado a tratar con clientes que anuncian sus colecciones en la cara. Cualquier rostro menor de cuarenta años es un verdadero acontecimiento. Al oír las campanas en la puerta y ver a alguien joven me levanto con un movimiento que juzgo atlético, hablo más de la cuenta y hago estúpidas rebajas (innecesarias, pues los jóvenes sólo entran a curiosear).

Creo que Aurora es la única muchacha que llegó a vender algo a la tienda: un camafeo de la época de Iturbide, un objeto vulgar sin otro mérito que su relativa antigüedad. Los ojos de Aurora tenían el brillo incierto de la desesperación. Dos detalles de su ropa terminaron por grabarla en mi mente: su extemporánea falda escocesa y su camiseta sin brassier (al menos así me la presentaron mi ansiedad y el frío de la tienda).

Me explicó que el camafeo era una herencia de su bisabuela. Siguió con esa historia común en los anales de la compraventa de antigüedades que en sus labios sonaba inverosímil. Desde un principio supe que lo había robado. Cuando sonrió vi que uno de sus dientes se superponía apenas sobre un incisivo. En mi profesión he aprendido a disfrutar el efecto que causa un finísimo cristal resquebrajado. La mentirosa sonrisa de Aurora tenía el mismo tipo de perfección.

Le pedí que dejara el camafeo para estudiarlo. Sabía tan poco de antigüedades que creyó que el trasto merecía una inspección. En su siguiente visita me enteró de los motivos para la venta. Me apresuro a consignarlos con el desagrado de quien escucha el chirrido de un tenedor sobre la porcelana: se quería ir de compras a Houston. La vi partir en su Volkswagen amarillo y pensé que no podía haber separación más definitiva.

Es cierto: compré el camafeo, y lo tiré a la basura. No sé con qué otros medios pensaba hacer el viaje, pero fracasó de cualquier forma. A la semana siguiente estaba en la tienda. Me dijo que su escuela quedaba por ahí cerca (la falda escocesa era el uniforme reglamentario) y que había entrado a matar el tiempo.

Le ofrecí del té que compro para los clientes y me preparé un café con leche. Hablamos durante media hora. Después se quedó dormida sobre una incómoda otomana. La cubrí con una delgada alfombra oriental. En medio del sueño entreabrió los labios y pude ver el diente encimado. Estuve a punto de tocarlo. Cuando despertó, los ojos interrogantes, asustados, me di cuenta de que habían transcurrido dos horas,

He ocultado un detalle que al fin tendrá que caer con la crueldad de un sable: mi edad. He llegado a lo que en un abuso de generosidad se llama “edad indefinida”. No soy un anciano, pero mis impulsos ya dependen demasiado de la aritmética: por lo menos le doblo la edad a Aurora. Aun así (debería decir “por eso mismo”, pero la frase me entristece) nunca antes sentí una atracción tan violenta por una mujer. Tal vez esto se explique recurriendo a mi arsenal psicosomático. Fui un hijo único y enfermizo y un adolescente hipocondriaco. Sólo desde hace unos años empecé a gozar de una cabal salud, como si mi organismo hubiera seguido un curso inverso al de la mayoría de los mortales. Me admira no tener retortijones ni urticarias, despertar sin las jaquecas que con tanta fidelidad me acompañaron en otras épocas. Tal vez la gente que no está llamada a las actividades prácticas sólo alcanza el cenit de su salud al aplacar las incontables enfermedades de la sensibilidad. En este sentido, puedo decir que he conquistado la plácida salud de los imprácticos. Es obvio que mi cuerpo se ha deteriorado con los años y mi sobrevaloración del pan, pero nunca he sentido tal cúmulo de energía como frente al sueño de Aurora. Estaba a punto de lanzarme sobre ella. Me bastó verme reflejado en sus ojos (de pronto mi edad perdía su decorosa indefinición) para seguir en mi silla estilo imperio.

He creado minuciosamente un espacio donde los únicos destellos provienen de los tibores chinos y la porcelana de Meissen repentinamente iluminados por un rayo de sol que cae del tragaluz, un mundo cerrado en sí mismo, de relojes con péndulos inertes, donde los ruidos capitalinos llegan sin mayores sombras: los escucho con la misma tolerancia con que un aficionado a los conciertos admite la tos de su vecino. En esas condiciones surgió Aurora, un inquietante destello entre las ruinas.

Cada una de sus visitas siguientes me perturbó en la misma forma. Invariablemente se quedaba dormida. Yo corría a cerrar la tienda para que nadie alterara aquel sueño impecable. A veces pensaba que el cansancio de Aurora se debía a una vertiginosa vida sexual. Me castigaba con esta suposición mientras los muebles hacían crujir su antigüedad.

En comparación con las siestas los momentos de plática eran escasos. Le gustaba contradecirme; subrayaba sus mentiras con una sonrisa, la punta de la lengua en el diente desviado. Me interesaba precisamente por estos trucos al descubierto: es obvio que alguien hermosa y estúpida como una modelo también habría alterado la precisión con que mis jornadas se calcaban, pero la idea de que ella tratara de engañarme le daba a su belleza, de por sí improbable entre mis cachivaches, un sentido: me convertía en su objetivo.

Siempre llegaba con un morral demasiado grueso, como si Aurora cargara un bulto. Durante una de sus siestas atisbé algo brilloso en el morral, no me atreví a hurgar pero pude distinguir un muñeco de peluche. Jamás vi que el morral adoptara la forma cuadrangular de los cuadernos, tampoco escuché el ruido familiar de las llaves o los útiles escolares. El peluche refulgía levemente en la penumbra de mi tienda.

Una tarde, al pasar junto a las vidrieras de la juguetería Ara, sentí un estremecimiento, pero no la vulgar taquicardia de quien es sorprendido en falta, sino una helada caricia en la espina dorsal. Los muñecos de peluche inflamaban el escaparate.

Cualquier cosa que tuviera que ver con ella me parecía digna de atención: estuve cinco ridículos minutos frente a las mascotas de colores.

Creo que al día siguiente llegó con un suéter negro de cuello de tortuga que la hacía verse aún más delgada y pantalones de mezclilla entalladísimos (busqué en vano la línea de sus calzones).

–Hoy tenemos cena en la casa.

Sus ojos brillaban más que en otras ocasiones. Me explicó que sus padres me invitaban esa noche. Estaba decidido a aceptar a Aurora sin reservas en mi tienda, no me parecía mal que compartiéramos ese espacio donde el objeto más reciente fue fabricado por alguien muerto décadas atrás, pero más allá de la puerta de madera me esperaba la ciudad con sus ruidosos predicamentos morales. Le dije que tenía otro compromiso. Ella rechazó una a una mis excusas, me pidió que cancelara mi presunto compromiso, insistió en que no era necesario llevar flores ni corbata, en fin: cedí.

Desde luego, los pruritos morales tenían que ser mayores de mi parte: yo era quien había buscado las líneas de su ropa interior. Dudo mucho que ella tuviera preocupaciones semejantes, y no me refiero a una ridícula constatación de mis obligadas camisetas de basquetbolista: Aurora no tenía que temer porque ya se había encargado de asignarme un papel en la cena familiar.

Insistió en que fuéramos en su coche. Atravesamos la ciudad en el bólido amarillo. Treinta colonias de mal gusto desfilaron por mi ventana hasta llegar a una que me pareció el resumen de todas las anteriores: techos de pizarra azul turquesa, ventanas de ojo de buey, un fraude parisino.

Aurora me presentó como su maestro de biología y no tuve fuerza para contradecirla. El sentido de la invitación quedó claro desde un principio: Aurora reprobó el examen de botánica. Nada me interesa menos que el universo crudo de las plantas; aun así logré elogiar la propiedades nutritivas de la sopa de acelgas y la ensalada de berros. Los padres de Aurora me pidieron mi opinión sobre clases privadas y, en un momento en que ella salió del comedor, me recordaron sus problemas psicológicos.

–Ya sabe que la pobre ha tenido que estar en curas de hospital. Tengo miedo de que la decepción de reprobar le provoque una recaída –dijo el padre y en mi calidad de botánico le señalé un trozo de espinaca en su barba (una barba obsesivamente bien cuidada, por cierto). Quizá fue al ver la barba con detenimiento que me di cuenta del orden que imperaba en la casa. No había un objeto sucio o fuera de lugar, tampoco una sola prueba de destreza humana en los adornos y los muebles. La disciplina y la vulgaridad son defectos que al unirse provocan desastres poderosos. Uno de ellos era la casa de Aurora.

No necesito decir que la mente de los padres era como su casa. En realidad parecían esperar que dictara estrictas medidas punitivas contra la loca de la casa. En estas circunstancias, las mentiras de Aurora me parecieron un saludable ejercicio de divagación. Tal vez por eso dije que no se preocuparan: en lo que a mí concernía, su hija se podía dar por aprobada, unas cuantas clases particulares la ayudarían a librar el examen extraordinario.

Aurora me llevó de regreso a la tienda.

–Gracias –fue todo lo que me dijo al despedirse.

Me dio un beso en la mejilla y yo tomé su palma sonrosada, sus dedos largos y blancos. No me atreví a alterar en otra forma la complicidad ganada esa noche.

Aurora siguió frecuentándome hasta una tarde en que llegó a la tienda con un vestido color crema abierto en una pierna. Llevaba aretes y un collar de perlas. Una botella de sidra la hacía inclinarse un poco a la derecha.

–No me alcanzó para champaña.

Me contó que iba a una fiesta de fin de cursos. Logró pasar el examen en un golpe de suerte. Por un momento pensé que me pediría que la acompañara, pero se despidió de mí con un “gracias, profesor” y la verdad es que me sentí aliviado.

Pasaron dos semanas en las que no supe de ella. Por primera vez la tienda me pareció vacía. Traté de imaginar sus siestas prolongadas. En vano. Quizá yo había dejado de serle útil una vez superado el examen. Quizá había tenido una nueva crisis nerviosa. Me avergüenza confesar que me alegré al saber que así era. Fui a casa de sus padres y me enteré de que su condición empeoró en los últimos días. Estaba en una clínica de reposo.

Esa misma noche hablé a la clínica. La llamada se convirtió en un abrir y cerrar de puertas que me devolvió al punto de partida. Los pacientes no podían hablar por teléfono, no se aceptaban visitas, cartas, flores, intermitencias del mundo exterior.

A pesar de todo al colgar la bocina estaba contento. Nunca disfruté en tal forma algo que ha sido una constante en mi vida: el gusto por lo inevitable. Me cuesta un trabajo enorme tomar decisiones. Las consecuencias de mi inseguridad en un mundo numeroso son obvias. Esta debe ser otra de las causas por las que he simplificado mi vida hasta conseguir una felicidad sin disyuntivas, semejante a la entropía.

El hecho de que Aurora estuviera en un sitio al que sólo se podía ingresar como médico o paciente me acercó a una decisión que en condiciones normales me hubiera tardado meses en tomar. Claro que un chequeo no me vendría mal. Como he dicho, de seguro con demasiada arrogancia, las enfermedades menores han emigrado de mi cuerpo; sin embargo desconozco las tramas que el cáncer, la diabetes y la insuficiencia cardíaca puedan estar tejiendo a mis expensas. Volví a llamar a la clínica y reservé un cuarto para un chequeo general.

El taxi me llevó por un barrio que además de miserable parecía infinito. Innumerables casas de un piso, trapos a manera de puertas o ventanas, láminas reforzando las grietas en el adobe y los tabiques. En alguna parte estaban poniendo tuberías y tomamos una desviación por calles lodosas. El chasís dio muchas veces contra los bordes de los baches. Conté tres perros callejeros muertos y otros veinte a punto de caer. Finalmente reptamos por una pendiente hasta alcanzar una calzada en la que encontramos los objetos más inesperados en ese desierto de piedra caliza: palmeras. Seguimos, escoltados por la verde demencia de las plantas, el césped que no por amarillo dejaba de ser lujoso en esa zona, las rejas que declaraban el uso privado del corredor de acceso a la clínica. El taxi me dejó al pie de una rampa de mármol. La clínica era un edificio pequeño, de forma piramidal.

Lo primero que me sorprendió al entrar al vestíbulo fue encontrar un espacio abierto. Normalmente, los hospitales rehúyen todo lo que no sean puertas, pasillos y cubículos. Este vestíbulo, en cambio, era una especie de plaza interior, rematada en lo alto por un domo de cristal. Quizá para aprovechar más el espacio, la construcción escapaba al convencional cubo de luz. En este caso se trataba de un polígono. Sentí vértigo ante tantas esquinas y no pude precisar si se trataba de un hexágono. La luz que caía hasta el piso jugaba con las lascas azules y blancas del mármol haciendo que pareciera la superficie de una alberca. He dicho que la construcción era pequeña. El inesperado vestíbulo la ampliaba en forma prodigiosa.

En cuanto uno entra al polígono no vuelve a ver el vestíbulo, al menos no completo; lo he atisbado por las ventanas: las gentes atraviesan el piso allá abajo como si nadaran sobre el mármol. Los pasillos parecen dispuestos en línea recta, pero a veces me descubro en otra cara del polígono. Para que una curva se presentara en la forma de una recta los corredores tendrían que ser inconmensurables. Mi hipótesis es que los cambios de orientación se realizan en los elevadores; todos tienen dos puertas, la de salida suele yuxtaponerse hacia un nuevo corredor.

Las tres enfermeras con las que traté el primer día estaban enteradas de mi llegada. En mi cuarto llené los formularios de inscripción. Tenía vista a la ciudad, o a lo que quedaba de ella: un mero amasijo, los restos de una nave incrustada en el desierto.

La primera visita del médico fue de una cortesía irreprochable. Me explicó los exámenes a los que me habría de someter. Algunos de ellos duraban varias semanas. Yo mismo podía escogerlos de acuerdo a una lista de precios. Me entregó un folleto en el que los análisis venían ordenados en “paquetes”, como si se tratara de programas turísticos.

Le pregunté por Aurora.

–No la conozco. Tenemos muchos pacientes. Es probable que esté en otro piso.

Lo mismo me dijeron las enfermeras con las que hablé al día siguiente. No me preocupé: estaba convencido de que la casualidad nos brindaría un encuentro al margen de las reglas de la clínica.

Los análisis se llevaron a cabo a un ritmo que sólo puedo calificar de aristocrático. Lo que en una institución de asistencia pública hubiera durado un par de días, aquí se dilató semanas enteras. Desde un principio me aclararon que esto no alteraría el precio de mi estancia; tenían demasiados pacientes y preferían trabajar con calma.

En ocasiones había cineclub. Seguramente eran pocos los pacientes que podían llegar por su propio pie a la sala de proyecciones, pues sólo encontré a otros dos espectadores. Nos pasaron una catástrofe americana. Cuando las luces se encendieron, vi las cabezas inclinadas de mis acompañantes; un enfermero tuvo que despertarlos.

La noche que siguió a mi primera visita al cineclub fue rociada con la gasolina de mis visiones. El silencio me preocupó más que los masivos accidentes de la película. La quietud me pareció abusiva, sospechosa. Pensé en el fuego. En vano traté de distraerme con la idea de que Aurora dormía en un cuarto cercano; tal vez nos encontraríamos pronto en la alberca hirviente de la fisioterapia o en algún elevador.

La comida tenía en un principio esa insulsa cualidad que los malos restoranes llaman “internacional”, platos neutros que jamás se comprometen con los sabores. Como ya he dicho, mis remilgos fueron elocuentes. Alguien detectó mis preferencias. En general, bastaba la mención de un deseo para verlo cumplido. Me proporcionaron revistas, televisión, una botella de vodka con pimienta, un tablero de ajedrez.

Más que nada decidí escribirle a Aurora por aburrimiento (me empezó a cansar la rutina donde una prueba de orina constituía el evento del día). Le di el sobre y quinientos pesos a una enfermera. Se limitó a salir como si le entregara una camisa para lavar. Uno de los médicos regresó con la carta y el dinero. Tuve que aceptar el cargo de soborno.

Durante una semana fui un enfermo modelo. Lo de “enfermo” no es casual: en una forma casi imperceptible el chequeo se fue convirtiendo en tratamiento. Cada vez tomaba más pastillas para ayudar o compensar los análisis.

En mis visitas al laboratorio o a la sala de rayos X busqué alguna flecha que me pudiera desviar a Neurología o Psicoterapia. También aproveché para ver el polígono desde nuevos ángulos. Al asomarme a una ventana (la enfermera preparaba una dosis de contrastante para la sesión de rayos X) alcancé a ver, en el piso de enfrente, un pájaro verde, sin duda un muñeco de peluche. De pronto noté otro pájaro oscilando en la ventana de enfrente y al cabo de unos segundos me convencí de que se trataba de un móvil con cuatro o cinco ejemplares de peluche. Por alguna razón pensé que los pájaros suspendidos correspondían más al pabellón de los psiquiatras que al de Pediatría.

–¿Qué hay allá enfrente? –le pregunté a la enfermera.

Se tardó medio minuto en contestar. Cuando al fin produjo la palabra “aves”, me dio coraje que esa estúpida fuera capaz de clavar agujas en mi carne.

Traté de hablar con otros enfermeros acerca de los pájaros. Todos mostraron la misma, estudiada, estupidez de la enfermera: los ojos hacia el techo, dos dedos sobre la sien, un movimiento como si quisieran que les saliera agua de las orejas. Nada. ¿Aves?

Recordé a Aurora durmiendo, el morral a modo de almohada (una fisura en la tela dejaba ver el brillo del peluche). Esta vez no sentí un frío sublime en la espalda. Regresé a mi cuarto pensando en la manera de registrar la clínica. En eso llegó un médico a decirme que estaba a cargo de mi “caso”.

Hasta entonces me había entrevistado con múltiples especialistas. El nuevo médico me explicó que mi diagnóstico aún no era definitivo, pero que convenía estar preparado para una operación, nada serio, desde luego, ya me explicaría. De todos los médicos éste fue el primero que me resultó antipático. Su pelo sin canas producía un efecto paradójico: lo avejentaba. Las arrugas bajo los ojos y la piel reseca y sonrosada le daban un aspecto artificial a su cabello; tal vez no se lo pintara, pero en cualquier caso la negrura trabajaba en su contra. También me molestaron sus modales, urbanos en exceso. Prefiero al médico que diagnostica con crueldad. La operación se convirtió en sus labios en un asunto de relaciones públicas. Después de unas horas de entrevista me dejó sin saber qué oscuro mal se había refugiado en mi organismo.

Con el médico llegó una nueva enfermera. “Lydia”, decía su gafete. Hasta entonces tomé como un hecho que el personal fuera relativamente estúpido; a fin de cuentas ésta es una de las razones que impulsan a alguien a pasar el día lavando vómitos ajenos. Pero en Lydia la estupidez hermanaba con la botánica. ¡Un día se quedó dormida en la silla de mi cuarto! Olvidaba las cosas que le pedía y confundía las dosis de mis pastillas, al menos eso fue lo que creí. Cuando me quejé con el médico, me explicó que había redoblado mi tratamiento para la operación.

–¿Y por qué no me lo dijo antes a mí?

–Las enfermeras de esta clínica han dado prueba de una entera competencia, usted está aquí para acatar sus prescripciones.

¡Prescripciones!, una palabra sublime para los mudos mensajes de Lydia: cinco cápsulas rojas en vez de dos y media. No soporté el alarde de cinismo, el pelo negro pareció brillar con mayor intensidad, y me lancé contra el médico. Mis manos dieron con torpeza en su rostro, me enredé con la bata y poco a poco me fui desvaneciendo sobre el piso de linóleo. Alguien agregó otra inyección al tratamiento.

Desperté en el cuarto en el que ahora escribo. No tengo ventanas. La verdad es que la vista de la ciudad se había vuelto intolerable, aun y cuando la distancia le diera una dignidad de ruina a esa miserable orilla de la capital.

Antonio llegó a ver si no se me ofrecía algo. Estoy acostumbrado a los movimientos del personal; mi nuevo enfermero carece de la condición vegetativa de Lydia, sin embargo me quejé con el médico.

–¿Quería otro enfermero, no? Comprendo que se altere con facilidad, de alguna manera nosotros hemos inducido esas reacciones, justamente estamos esperando que los efectos residuales de sus últimos análisis desaparezcan para poder operarlo.

Acepté la explicación del médico, justificando mi agresividad con una reacción química, por más que sabía que se trataba de un engaño. ¿Puede haber algo más desagradable que ponerse bajo el bisturí de un ser despreciado?

Decidí renunciar a la clínica al término de los análisis, llevaría los resultados a algún médico de mi confianza.

Antonio pagó las consecuencias de mi enojo. Me negué a hablar con él y no agradecí sus atenciones. Sin que se lo pidiera me trajo el papel en el que ahora escribo. Durante varios días las hojas permanecieron en blanco sobre el escritorio.

Una tarde estaba leyendo. Antonio me trajo el café y las galletas de las cinco, y creí oírlo salir de la habitación. Al voltear la hoja de mi revista distinguí una presencia junto a la cama. Era Antonio, sentado en el taburete que el médico usa para auscultarme. Movió la cabeza como si una mosca se le parara en la mejilla. Lo vi cabecear contra el sueño, a la manera de un pasajero involuntariamente dormido en un camión. Despertó con gran esfuerzo y salió de la recámara. No me molestó asociar su sueño con el de Lydia y los espectadores del cineclub sino a todos ellos con Aurora; por primera vez sus largas siestas me parecieron salidas del polígono, probablemente eran el efecto secundario de las operaciones. El interés de los médicos no era la curación sino el experimento, sólo así me explicaba esa legión de seres bostezantes.

Pensé en huir, aunque intuía que el polígono no permitiría fuga alguna. Sólo una operación me conduciría a Aurora, y quizá ni eso, tal vez ella estaba lejos, atrayendo al polígono a otro incauto.

La forma en que Antonio regresó al cuarto fue por demás extravagante. Estaba acostado, las letras de mi libro empezaban a vacilar bajo la luz del velador, cuando Antonio abrió la puerta.

–Disculpe que lo moleste a estas horas.

No fueron sus palabras sino lo que traía en las manos lo que me sacó de mi modorra. El peluche era muy morado.

–Un regalo de la administración –y sin decir más trepó a una silla y colgó el pájaro del techo con un hilo de nylon.

Salió del cuarto con la misma premura con que había entrado. Me acerqué a ver el pájaro, pero otro objeto atrajo mi atención. Sobre las hojas blancas había una credencial enmicada. Sé que Antonio la olvidó adrede. La fotografía mostraba a mi enfermero, levemente deslumbrado por el flash, pero el nombre no correspondía al de su gafete. Más que revelarme su identidad (el nuevo nombre no me dijo nada), Antonio me dio una oportunidad de seguirlo. Abrí la puerta, la credencial en la mano como un pasaporte, y ya en el pasillo experimenté una felicidad casi infantil: nunca había recorrido el polígono de noche. No sé qué hubiera pasado de querer abandonar mi habitación en noches anteriores. Imagino una puerta bien cerrada.

Caminé entre los indicadores fluorescentes de los pasillos. Mi pesquisa pactaba con la filosofía: tenía muchos motivos para encontrar algo que no sabía qué era.

Avancé hasta una esquina donde un resplandor morado partía la pared en forma vertical. Entré a un cuarto de tamaño regular, sumido en la atmósfera fantástica de un tubo de neón demasiado alto. Los bultos en la semioscuridad me sugirieron una bodega. Sin embargo, en la primera mesa a mi alcance encontré un objeto que rectificó salvajemente el curso de mis pensamientos: una bandeja con algo cuya forma no identifiqué pero que indudablemente pertenecía a un cuerpo, una masa fofa y sanguinolenta. Evitaré describir la compleja maquinaria del horror en la que ese residuo corporal equivalía a una rondana. No hubiera resistido más de un minuto en aquella cámara de las vivisecciones de no ser por los anaqueles que descubrí al fondo: ahí estaban los alarmantes tarros de formol.

Regresé a mi cuarto. Apenas había entrado cuando escuché la cerradura girando a mis espaldas. Preso. Vi el papel sobre el escritorio, empecé a escribir.

Sé que no saldré de aquí, al menos no como entré. Desconozco el interés que la secta quirúrgica pueda tener en mi inútil existencia. Tal vez resulte vanidoso, pero me niego a creer que estoy aquí por azar, ellos me rastrearon como yo lo hubiera hecho para conseguir una valiosa figura etrusca. Quizá mi atractivo radique precisamente en haber consagrado mi vida a un proyecto inservible y caprichoso, es probable que en una forma vaga sea una especie de enemigo.

Sin embargo, prefiero una opción aún más vanidosa: Aurora no fue un anzuelo de los otros, sino que me escogió por voluntad propia.

Las operaciones deben estar sujetas a errores. Antonio es la mejor prueba: me ha permitido enterarme de demasiadas cosas y seguramente hará llegar mi testimonio a otras manos. Anticipo un destino dichoso: hay alguien que lee esta línea.

Interrumpí el escrito. Desperté sobre las hojas, el cuello torcido. Cuando Antonio llegó con un vaso de agua y unas cápsulas pensé que me llevaría a la sala de operaciones. Me explicó que se trataba de un último análisis.

–Anoche traté de devolverle su credencial.

–Gracias –se la guardó en la bolsa de la camisa. No esperaba otra reacción de su parte, sin embargo noté un breve temblor en las comisuras de su boca al ver las hojas escritas sobre el escritorio; pensé en un bañista que al fin se topa con el manuscrito en la botella.

Fuimos al laboratorio. Por la ventana miré la alberca de mármol allá abajo. Había varias siluetas detenidas, como si tomaran el sol que caía del domo de cristal o como si fueran las figuras de algún juego; esto último parecía más probable: cada determinado tiempo se movían y adoptaban una nueva posición. Me pareció una manía agradable que cada quien llevara un bulto de peluche bajo el brazo. Contemplé las figuras durante un rato, sin buscar explicación para aquel juego incomprensible (confieso que me gustó que el peluche siempre apareciera en forma de pajarracos), hasta que distinguí una que casi me hizo precipitarme por la ventana: el pelo castaño de Aurora brillaba en el cielo azul improvisado por el mármol.

Cuando regresé al cuarto, el pájaro morado y las hojas, salvo una en blanco, habían desaparecido. Han pasado varias horas desde el último análisis. No me trajeron de comer. Allá afuera, debe oscurecer sobre la ciudad derruida y la calzada de palmeras.

No exagero si digo que soy feliz. Antonio traicionará la seguridad del polígono y yo me reuniré con Aurora. Desconozco las emociones que tendré al verla, pero aun si la decisión estuviera en mis manos, optaría por la felicidad de los durmientes.

Esta noche no pensaré en el fuego. Unas pisadas aniquilan la quietud, la puerta rechina por primera vez. No es la puerta: alcanzo a ver la camilla que me llevará al cielo de allá abajo.