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lunes, 27 de enero de 2025

Irse

Juan José Delaney

 

Apenas tomó conciencia de la situación, ordenó le discontinuaran el servicio telefónico. Casi todos sus amigos habían muerto, a los parientes siempre los había considerado inexistentes y, encima, su hija única, entonces en el extranjero, hacía mucho que había dejado de comunicarse con él. Entonces estimó que lo mejor era retirarse sin decir nada, sin despedirse siquiera de la criada, único ser con quien compartía diariamente unas pocas horas y unas mínimas palabras. En verdad, la decisión era atinada como lo mostró el hecho de que la mujer, ocupada en ordenarle el living, ni se volvió cuando él cruzó el ambiente rumbo a la puerta de salida. Ya en la calle, enfiló hacia el destino desde siempre previsto. A las cinco cuadras se dio cuenta de que se había olvidado el reloj pulsera e inmediatamente reflexionó que no se trataba de un olvido casual y de que resultaba absurdo volver para buscarlo. Al cruzar el puente de la avenida General Paz se sintió cansado y detuvo la marcha para decirse que había caminado bastante, que desplazarse del barrio de Villa Urquiza hasta allí a pie no era poca cosa. Todo esto lo pensó sin darse vuelta, un poco porque su padre siempre le había enseñado que nunca había que mirar hacia atrás y otro poco porque ya tenía la vista fija en dirección al Partido de San Martín, su meta. A la media hora se detuvo en un boliche para pedir un vaso de agua. Pronto estuvo en el cementerio de San Martín, zona en la que estaba el objeto de la travesía. Había adquirido el sintético ambiente en cómodas cuotas. Ahora se instalaría entre esas cuatro desnudas paredes que sólo albergaban un lecho, un reclinatorio y un candelabro. Oportunamente había dejado de pagar el servicio eléctrico, por lo cual no tenía timbre. Llegaba a ese sitio tras un largo pero inexorable proceso en el que, poco a poco, más y más cosas habían ido perdiendo para él todo interés. Las palabras fueron lo último; por eso cuando les llegó el turno a ellas, sobrevino el aislamiento. Sin reloj, sin diarios, sin medios de comunicación, el tiempo parecía no existir. Acaso porque era lo que en rigor quería o porque había nacido para eso, nada le costó habituarse a su nueva condición. Innumerables días se concentraban en uno que algunas plantas y un poco de agua lograban sostener. Lo que más hacía era espiar por la vidriada puerta. Su mirada sorteaba los árboles para detenerse en las prolongadas hileras de tumbas, guardianas de secretos y misterios: cretinos que habían sido sepultados como santos, almas grandes que habían tenido que partir envueltas por la ignominia. Muy cerca, los mortales intentaban el saqueo último: flores, monumentos, placas… A veces recibía inesperadas visitas de conocidos que se habían preocupado por averiguar su nuevo domicilio. Como la puerta no tenía llave, entraban sin pedir permiso. Casi ninguno de esos visitantes abría la boca. Se limitaban a mirarlo un rato y, tras dejar un ramo, marcharse. Porque ya no tenía palabras, tampoco él decía nada. Una vez se apareció la hija. No estaba sola: un hombre y dos niños la acompañaban. Ella trató de expresarse. Primero lloró y después le salieron unas palabras. “Pensar que nunca pudimos hablar”, dijo. O algo parecido. Pero él no podía hacer nada, y en verdad ninguna de esas inesperadas visitas ejercía ningún efecto sobre él. En cambio se emocionó y conmovió cuando empezaron a llegar personas que él entendía habían muerto hacía años. Curiosamente –y pese a que tampoco mediaban palabras– lograba con ellas una secreta y armoniosa comunión, la certeza íntima de que siempre habían estado con él. En cierta oportunidad se apersonaron sus padres, que bien sabía habían muerto muchísimos años atrás. Parecían mucho más jóvenes que él. Esa vez, sí, quiso hablar, y la palabra fue un gemido. El gemido primero y final, el incomprensible, el de todos.

 

viernes, 17 de enero de 2025

El traje

Juan José Delaney

 

De los muchos velorios a los que asistí, el que más recuerdo es el de mi padre. Sonreía. Sonreía como feliz de haberse ido de este mundo infeliz.

A mí me tocó quemar sus pertenencias. Mejor dicho: inmediatamente después del entierro fui el único de los tres hermanos que, casi sin vacilación, dijo que no tenía dificultad en hacerlo, que no entendía cuál era el problema. En realidad lo que no entendía era que una fuerza oscura había determinado que fuera yo el que acabara de dar sepultura a la historia paterna.

Frente al ropero, me concentré en el sector del muerto; la otra puerta, la que corresponde a nuestra madre, estaba, como siempre, abierta, ostentando discretas prendas, algunas lociones, revoques, cajas de colores y, en fin, un desorden casi voluntario. Al tratar de abrir la hoja advertí que estaba cerrada con llave, la que encontré en un lugar recóndito de la mesita de luz.

Una vieja fotografía familiar color sepia me enfrentó desde la cara interior de la puerta del mueble. Allí estábamos los cinco, de pie, en Luján, un día que yo no registraba pero que la cámara había capturado por un tiempito más. La felicidad parecía estar ahí. Jóvenes e ingenuos, con una mirada de extrañeza, nosotros tres esperábamos el futuro. Inconscientemente, mamá sonreía. Papá era el típico empleado administrativo de los años cuarenta. Al fijarme en su rostro comprendí como nunca a los que tantas veces aseguraron que yo era el que más se parecía a él. Arranqué la foto y la pegué en mi placard.

Después supe que mi trabajo no habría de ser excesivo. Me conmovió, además, el hecho de que toda una vida se pudiera reducir a tan poca cosa: una hilera de corbatas deshilachadas, algunas camisas amarillentas, pañuelos, ropa interior y dos trajes oscuros y abrillantados por el abuso constituían el legado del ex oficinista recientemente jubilado. Había notas y cartas que provenían del remoto tiempo de estudiante en un pupilaje religioso. No me creí con derecho a espiar esa documentación íntima; sí leí y desprecié aquellas otras palabras –tarjetas, reconocimientos, placas– provenientes de la compañía en la que se había iniciado a la vida adulta y a la que había terminado donando su existencia. Esos textos, también redactados por muertos, habían constituido el pasaporte a lo real, el endeble reconocimiento primero de que estaba haciendo las cosas aparentemente bien y de que iba por la buena senda. Con esas felicitaciones, esos augurios, esos reconocimientos hipócritas y comerciales encendí la fogata; después vinieron fotografías habitadas por antepasados que ya no eran ni siquiera un nombre; la escasa ropa y los dos pares de zapatos contribuyeron a agrandar las llamas.

Habiendo dado por concluido mi trabajo, una última inspección al interior del ropero me permitió advertir que abajo, bien atrás, había una valija. Una pequeña valija de cartón con los ángulos reforzados, que ostentaba cerrojos incompatibles con la enclenque estructura general. Infructuosa resultó la búsqueda de la llave. Mordido por la curiosidad, me llevé la valija a mi cuarto. Allí mi hermano me hizo notar que era la misma que todos los viernes, desde que se jubilara casi un año atrás, el viejo se llevaba a sus misteriosas excursiones al centro. “¿No la vas a quemar?” -preguntó. La guardé sin saber exactamente por qué.

El viernes en que, solo en casa y sin razón aparente decidí faltar a mi empleo, fue, creo, el día que más me acerqué a la posibilidad, quizá única, de entender un sentido. Por ahora trato de recomponer secuencias que, intuyo, esconden una significación. La necesidad de un orden y la esperanza de una revelación me empujan a la escritura. Creo que aquella mañana no fui totalmente responsable de mi historia; ojalá el mismo secreto motor haga que broten las palabras que persigo.

El caso fue que nunca estuve tan lejos de la libertad como aquel día en que, tras tenue rebelión laboral, creí haber declarado la independencia de mis actos.

Cavilaba aún sobre el destino de las imprevistas horas libres cuando me poseyó la imagen de la valijita que, apenas unas semanas atrás, había incorporado a mi vida.

Para abrirla necesité hacer uso de cierta violencia.

Encontré un traje cuyo fondo oscuro aparecía atravesado por severas líneas blancas. Me hizo acordar a los que, según el cine, usaban los hampones neoyorquinos de los años veinte. Tal vez porque sentí que se trataba de una operación privada, recién me lo puse al anochecer, momento en que lo furtivo es de más fácil ejecución. Cuando lo hice, sentí que yo era otro. En el bolsillo derecho del saco encontré dos llaves. Para entonces me sabía víctima de una imposición que se iniciaba con la necesidad de salir. Para que no me vieran, lo hice por el pasillo, y aunque grité que volvería muy tarde, nadie me contestó. Un poco como esos turistas que ciegamente toman una senda porque la principal intención es pasear, me dejé conducir por la casualidad y así fui encaminándome hacia el centro. Pese al intenso frío y al cielo nublado que me hizo dudar sobre la conveniencia de volver por un piloto, no pude no recordar el chiste de mis hermanos según el cual los trajes de papá caminaban solos. Anduve por un oscuro Buenos Aires que me pareció antiguo, que nunca había transitado y que ahora apenas recuerdo. Registro, sí, caras de asombro y aun de perplejidad en cierto bar del sur, como si, con sólo verme, aquellos parroquianos hubieran visto a un resucitado. Lo mismo me pasó en un sótano, al que todavía no sé cómo llegué, y en donde se despachaban bebidas, se cantaban tangos y hombres y mujeres para mí anacrónicos bailaban al ritmo de un piano destartalado. Tal vez porque yo así lo acepté, mi ruta culminó en una zona muy poco iluminada de la calle Riobamba, no muy lejos de la avenida Corrientes. Recuerdo que sin razón aparente me detuve frente a un edificio de departamentos o de oficinas y que, como si se tratara de una operación habitual, extraje las llaves del bolsillo, una de las cuales abrió la puerta verde. El viejo ascensor me recordó mi condición de prisionero, prisionero de una situación que no podía controlar. En seguida me sentí empujado a una de las oficinas a la que, previsiblemente, la otra llave me permitió acceder. Un aroma de tabaco penetrante, de madera y de tiempo me envolvió inmediatamente. Lo que después me mostró la luz, superó a mi imaginación. En el breve ambiente, dos muñecos que alcanzaban a parecerse bastante a mis abuelos, le daban sentido a una escena familiar y arcaica prolijamente montada: él aparecía sentado a la humilde aunque digna mesa, sobre la que ella, de pie, apoyaba una sopera. Cuadros con fotografías de hombres y mujeres para mí desconocidos poblaban las paredes que cedían espacio a una biblioteca mínima: la Biblia, Platón, Tomás Moro, algunos ejemplares de la revista “Caras y caretas” y del diario “Crítica”. Muy cerca de mí había un sillón a cuyo lado imperaba la vieja radio “Capillita”, que según mi padre, tanto había entretenido al trío. Junto al aparato, una foto del abuelo me ayudó a entender algo más porque el muerto de la mirada optimista vestía un traje idéntico al que yo llevaba puesto. Me senté y traté de imaginar a mi padre disfrutando de la reconstrucción de su paraíso infantil al tiempo que fumaba los cigarrillos que apresuraron su muerte. En ese paraíso artificial (¿qué paraíso no lo es en este mundo?) él buscó un sedante a su soledad esencial, un remedo de la siempre esquiva felicidad. En un momento tuve la impresión fúnebre de que, en realidad, ese cuarto era una bóveda, y porque reparé que estaba dentro del traje del ausente, en el ámbito del ausente, lo reconozco, sentí miedo. Espantado, abandoné el lugar y corrí por las escaleras hacia la calle. Llovía cuando me situé fuera del edificio. Creyendo librarme de una historia y un destino que juzgué ajenos, a las dos cuadras me desprendí del saco con sus llaves, y antes de tomar un taxi arrojé el chaleco a un baldío mientras prometía reservar la experiencia. Cuando el auto me dejó en la esquina de casa, diluviaba. La oscuridad, el agua y la avanzada hora me permitieron quitarme los pantalones que, sin pudor, dejé en la vereda. Adentro, todos dormían.

El sábado me desperté muy tarde, frustrado en el intento por convencerme de que la experiencia de la víspera había sido un sueño. Al abrir mi placard volví a encontrarme con la fotografía tomada en Luján. Permanecí frente a ella unos minutos. No tardé en comprender que lo que me fascinaba del viejo era el traje. ¡Qué línea! ¡Qué distinción! Juré que algún día me haría confeccionar uno igual.