jueves, 3 de septiembre de 2026

¡Vamos al Gólgota!

Garry Kilworth

 

La Agencia de Viajes en el Tiempo ocupaba la tercera sala de una de las ramas de un edificio Banyan. Estaba muy arriba y Simon Falk tardó bastante en llegar hasta las puertas de vidrio rosado. Un cartel en el exterior decía:

¡PAN PACKAGE TOURS LE OFRECE LO EXTRAORDINARIO!
Esta es su oportunidad de presenciar
LA BATALLA DE MARATÓN
LA GUERRA DE LAS DOS ROSAS
EL PRIMER VUELO ESPACIAL TRIPULADO
ABSOLUTAMENTE NINGÚN RIESGO PERSONAL

Simon miró fijamente hacia el interior y luego entró, al parecer de mala gana. En cuanto estuvo dentro, un empleado se deslizó en silencio hasta su lado, con las manos entrelazadas ante sí en señal de deferencia hacia el cliente. Quizá estuviera pidiendo ayuda a las alturas, pensó Simon, para sacar adelante aquella posible venta.

–¿Puedo ayudarlo, señor?

Simon entrelazó a su vez los dedos a la espalda, para equilibrar la situación y sugerir con delicadeza que todavía no estaba dispuesto a comprar.

–Solo algunos folletos, por favor. ¿Puedo llevarme unos cuantos para, eh, estudiarlos con calma?

–Por supuesto, señor.

Los dedos se desenlazaron y empezaron a sacar con destreza hojas multicolores de los expositores, con la habilidad de un veterano recolector de fruta.

–Cuando usted y su…

–Familia –completó Simon.

–¡Precisamente! –Las palabras eran pulcras y estaban bien cuidadas. Recortadas a la longitud adecuada y separadas unas de otras por pausas calculadas para producir el efecto deseado–. Cuando hayan tomado una decisión –continuó–, quizá puedan llamarnos y veremos qué se puede organizar. No es necesario que vengan personalmente para hacer la reserva…

Simon se removió incómodo.

–Solo iba de camino a casa. Sé que podría haberlos pedido por correo, pero mi esposa es impaciente.

–Sí –respondió el vendedor con una sonrisa untuosa–. Eh, me temo que la Coronación de Isabel I está completamente reservada, y para la Revolución de Marte solo quedan unos pocos cupos.

–No creo que nos interesen demasiado esos acontecimientos –dijo Simon.

–¿Es la primera vez, señor?

–Sí, de hecho, así es.

–Entonces, ¿puedo recomendarle el Saqueo de Cartago? Nos mezclamos con la ralea que sigue al ejército en una ladera cercana. Aunque debo advertirle que no es apto para personas impresionables.

Simon preguntó:

–¿No es un poco peligroso?

–Eh, no, siempre que sigan nuestras sencillas instrucciones –el agente agitó un dedo con gesto juguetón–. Todavía no hemos perdido a ningún cliente.

Simon murmuró su agradecimiento y casi salió corriendo de la sala. Detestaba aquellas salidas previas a las vacaciones, pero le debía un viaje a su familia y estaba decidido a dárselo. Tendría que ser uno de esos viajes en el tiempo: no podía permitirse viajar por el espacio. No había otra opción. La Tierra era un bloque macizo de ladrillo y hormigón donde proliferaban los edificios Banyan, y los cruceros oceánicos mareaban a sus hijos. Salió del edificio e hizo señas a un vehículo flotante, esquivando la ráfaga de los purificadores de aire mientras cruzaba el tejado embaldosado para ir a su encuentro.

Mandy lo esperaba en la puerta del apartamento, adoptando la misma postura de mantis religiosa que empleaban los agentes de viajes.

–¿Conseguiste los folletos?

Él dejó escapar un suspiro de resignación.

–Sí, los conseguí.

Ella se abalanzó sobre el fajo.

–Maravilloso, déjame verlos. Oh, no pongas esa cara tan deprimida. Sabes que siempre terminas disfrutándolo en cuanto salimos de viaje. ¡Un viaje a través del tiempo! –Se apretó los folletos contra el pecho–. Voy a disfrutar cada minuto.

–Bueno, espero que esté a la altura de tus expectativas –dijo Simon con sequedad–. Nos va a costar bastante y mi negocio no marcha tan bien como debería.

Dejó la frase en el aire, se acercó al mueble bar y se preparó una copa.

–Bah –replicó ella–. Unas vacaciones te harán bien. Volverás lleno de ideas nuevas y completamente relajado –hojeó algunos de los folletos que tenía entre las manos–. No queremos nada demasiado violento. Podría alterar a los niños.

Simon soltó un bufido.

–Los niños se regodearían con eso. A James nada le gusta más que ver sangre, y Julie preferiría ver una película de guerra espacial antes que un ballet en vivo.

–No seas cínico, querido. En cualquier caso, esa es una razón más para sacarlos de aquí –protestó Mandy–. Hoy en día no tienen otra cosa que hacer que jugar en los tejados.

–¿Nada más que hacer? –exclamó él, exagerando el tono de incredulidad–. ¿Tenía yo ferias subterráneas de juegos gratuitos cuando era niño? ¿Los tenías tú…?

–Oh, no empieces otra vez. ¿Cuándo vas a entender que los niños no pueden apreciar lo que han tenido toda la vida? Que vean cómo vivían los niños en otras épocas, en otros países. –Mandy hizo una pausa. Luego continuó–: Deberíamos haberles mostrado esto antes. Quizá podríamos llevarlos a Esparta. ¿Sabías que a los niños de Esparta los enviaban a academias militares a los ocho años y les decían que robaran su comida o murieran de hambre? El delito era dejarse atrapar. Me pregunto qué pensarían nuestros hijos de aquel muchacho que dejó que un zorro le royera el abdomen antes que permitir que sus mayores descubrieran que lo había robado y escondido bajo la túnica.

Sus ojos azules buscaron en el rostro de Simon alguna señal de asentimiento.

–Probablemente pensarían que era un maldito idiota. Yo también lo creo –respondió Simon.

Ella lo intentó de nuevo.

–¿Quizá deberíamos llevarlos a Roma…?

–O a Pompeya el día antes de la erupción… y dejarlos allí.

–No seas desagradable. ¿Qué tal la Tierra Santa…?

–…en tiempos de las Cruzadas –completó James, de doce años, que entró en la cocina comiendo.

–Nada de comer antes de la cena, James –se quejó su madre–. Tu padre y yo decidiremos adónde vamos. Ve a lavarte las manos. ¿Dónde está Julie?

–Ya viene.

Aquella noche, Simon y Mandy Falk estaban sentados a la mesa, revisando atentamente los folletos y discutiendo sobre lugares, precios y fechas, hasta que la puerta de entrada canturreó suavemente para avisarles que sus amigos más cercanos esperaban para entrar en la casa. Simon pulsó un interruptor y poco después Harry y Sarah Tolbutt entraron en la habitación.

–Hola, hola. ¿Otra vez de vacaciones? –gorjeó Harry mientras se bajaba la cremallera del traje exterior.

Simon sonrió y se rascó el puente de la nariz.

–Sí. No logramos decidir adónde ir. ¿O debería decir cuándo ir? Es un poco confuso.

–Si están hablando de viajes en el tiempo, ¿por qué no vienen con nosotros? Vamos a ver la Crucifixión –dijo Sarah con un pequeño movimiento de cabeza.

–¿La qué? –exclamaron los Falk al unísono.

–La Crucifixión de Cristo –dijo Harry con indiferencia. Luego se puso serio–. Verán, pensamos que los niños necesitaban ver exactamente lo que ocurrió para comprender de verdad la religión y lo que significa. Ya saben cómo son los niños.

–Lo sabemos –dijo Simon con voz hueca.

Sarah continuó:

–Si pudieran ver exactamente cómo murió Jesús para salvarnos –o salvar nuestras almas, o lo que fuera–, podría tener un efecto profundo en ellos. Al menos eso esperamos.

Simon empezó a preparar las bebidas.

–¿No es un poco sacrílego? –dijo en voz baja–. Quiero decir, después de todo…

Harry volvió a hablar.

–Bueno, supongo que a primera vista parece un poco macabro y sanguinario, pero creo que está bien siempre que uno vaya con la actitud adecuada y tenga presente para qué está allí.

Mandy dijo:

–¿Saben una cosa? Eso es exactamente lo que yo estaba pensando antes de que vinieran. ¿Verdad, Simon?

–Sí, leo la mente –dijo él, guiñándole un ojo a Harry. Mandy lo ignoró.

–Nos estamos alejando demasiado de las cosas que importan en la vida, como la religión.

–Llevas diez años sin mencionar la iglesia –se burló Simon.

Mandy desechó el comentario con un gesto de la mano.

–Eso no es importante –replicó–. Un montón de viejos recitando monótonamente las Escrituras no es religión. Yo quiero ver lo auténtico. Creo que deberíamos ir, Simon.

Así lo decidieron Mandy y Sarah. Simon, su familia y sus amigos irían a ver la Crucifixión, al módico precio de un paquete turístico, por supuesto.

 

Pan Time-Tours Limited tenía sus oficinas en Southend High Square. Los Falk y los Tolbutt compartieron un vehículo flotante para ir a la charla previa al viaje y ahorrar en el pasaje. El día estaba inusualmente luminoso para la estación y, dentro del vehículo, a resguardo de la fresca brisa marina, viajaban abrigados y entusiasmados. Simon siempre se sentía bien los días en que el sol lograba abrirse paso entre las capas de nubes y podía verlo centellear sobre la gigantesca plataforma flotante que lanzaba las astronaves a lo alto del cielo. Nunca había estado en el espacio. En el fondo, Simon Falk era un hogareño empedernido.

Llegaron a la pequeña sala de conferencias y tomaron asiento. Simon miró a su alrededor.

–Hay bastante gente aquí –le susurró a Harry–. ¿Crees que todos van en el mismo viaje que nosotros?

–Deben de ir –dijo Harry–. Hoy no hay ninguna otra charla programada.

–¿Me prestan atención, por favor? –Un clérigo joven, de aspecto serio, estaba de pie ante ellos sobre el pequeño estrado. Los murmullos se apagaron. El vicario era un hombre bajo que llevaba unos anticuados lentes de cristal. Era una afectación propia del clero. Sus lentes destellaban como discos metálicos bajo la luz del sol, que caía en franjas por el lado este de la sala.

–Ante todo, bienvenidos a Pan Time-Tours. Soy uno de sus Oficiales de Preparación y estoy aquí para aconsejarlos sobre lo que pueden esperar y sobre cómo deben comportarse –sonrió–. No imponemos reglas, pero es importante que sepan cómo actuar porque en este viaje, como en muchos otros, se mezclarán con los lugareños. Deben pasar inadvertidos. Esa es la regla principal.

Una o dos manos se alzaron de inmediato, pero el clérigo les indicó que bajaran.

–Ahora bien, sé que muchos tendrán preguntas, pero debo pedirles paciencia. Al terminar la charla les daremos tiempo para que planteen sus dudas. Probablemente muchas de ellas queden resueltas a medida que avancemos. Ya hemos hecho todo esto antes.

Levantó la vista y volvió a sonreír. La luz del sol que entraba por la ventana le dio en la mejilla izquierda, tiñéndola de un dorado sagrado, y el público se acomodó en sus mullidos asientos.

–Antes de partir, todos recibirán la ropa adecuada y pasarán por nuestra sala de tratamiento para garantizar que su apariencia no desentone con la de los nativos. Es un procedimiento completamente inofensivo y fácilmente reversible cuando regresen de sus vacaciones. No podemos permitir que unas rubias nórdicas gigantescas sobresalgan como vikingas mal disfrazadas en una celebración del Ramadán. Unos días antes del viaje, todos serán invitados a visitar nuestro laboratorio de idiomas, donde aprenderán hebreo en una sola tarde mediante el principio de inyección de conocimientos. Como probablemente saben, esos conocimientos solo durarán alrededor de un mes antes de desaparecer por completo de sus cerebros. No podemos metérselos a la fuerza en dos o tres horas y esperar que permanezcan allí. De lo contrario, todos seríamos genios.

Soltó una risita suave.

–¿No puedo ser un soldado romano? –gritó desde detrás de Simon un joven con la cara llena de granos.

El clérigo reprendió al joven, alzando un dedo con severidad, y dijo gravemente:

–Señor, ya le advertí que no hiciera preguntas hasta el final. Entonces tendrá tiempo de sobra. Sin embargo, voy a responderle porque estaba a punto de explicar la importancia de ir como hebreos. El grupo debe permanecer unido. Uno o dos soldados romanos siguiendo a un grupo de civiles no se verían bien y, además, las tropas de ocupación tienen sus obligaciones. Podrían llamarlos de vuelta al cuartel con muy poca antelación. Podrían detenerlos por llevar los botones sucios o por cualquier otra cosa. Un soldado está demasiado expuesto. Aparte de todo eso, los soldados se comportan de una manera particular y tienen gestos y expresiones propios de su profesión. Sin duda acabaríamos delatándonos. Créanme, necesitamos ir como civiles.

–Yo no quiero ser judío –murmuró James. Simon le dio un codazo para que guardara silencio.

El orador continuó:

–Ahora bien, esta última parte es la más importante, y comprenderé si alguno de ustedes desea retirarse. Si lo hace –solo ahora, téngalo presente–, se le devolverá el depósito. Si alguno termina en prisión por cualquier motivo, quizá no podamos sacarlo a tiempo, es decir, antes de que desaparezca en las entrañas de una galera de esclavos o acabe en el fondo del foso de lapidación.

Entre el público se oyó un fuerte arrastrar de pies y un murmullo de voces, y el hombre esperó con la cabeza inclinada hasta que cesaron.

–No hay ningún riesgo –continuó–, siempre que hagan exactamente lo que se les diga. No puedo insistir lo suficiente en la importancia de esto. Ustedes saben lo que ocurrió y cómo ocurrió. Llegaremos el día en que Pilato pregunte a los habitantes de Jerusalén a quién debe poner en libertad, ya que a los ciudadanos se les permite conceder una amnistía a un prisionero durante la festividad de la Pascua. Cuando la multitud empiece a gritar “Barrabás”, como sabemos que debe ocurrir, ustedes también deben gritarlo. No deben diferenciarse en nada del resto de los ciudadanos. Esto es de vital importancia. Tienen que dar la impresión de estar de acuerdo con el resto de la multitud. Deben burlarse de Cristo y agitar los puños mientras arrastra la cruz por las calles. Deben recordar que las comunidades de aquella época no eran muy grandes y que, si un pequeño grupo permanece en silencio, los demás empezarán a preguntarse por qué y los interrogarán. Bajo presión terminarán delatándose, no porque sean idiotas, sino porque son inteligentes. Las personas de aquella época eran simples. Seguían a los cabecillas y miraban con gran desconfianza a cualquiera que no hiciera lo mismo. Resulta mucho más difícil pensar y hablar con sencillez bajo presión que hacer lo contrario, así que hagan lo que digo y todos estarán perfectamente seguros. Puede resultarles desagradable e incluso repugnar a su naturaleza, pero es necesario. Cuando claven el cartel “Jesús de Nazaret-Rey de los judíos”, deben reír. Quienes se queden sobrecogidos mientras el resto de la multitud baila y da brincos, grita y vocifera, solo llamarán la atención por su silencio. Repito: es por su propia seguridad. Ahora bien, ¿hay alguna pregunta?

El sermón había terminado. Solo dos parejas sin hijos pidieron que les devolvieran el depósito.

–¿Cómo pudieron hacer eso? –preguntó Julie como por quinta vez, poco antes de que partieran hacia Jerusalén–. ¿Cómo pudieron crucificarlo? Su propia gente. La misma gente que lo aclamó y arrojó hojas de palma a sus pies tan poco tiempo antes. Es como organizarle a alguien un desfile bajo una lluvia de papelitos y después ahorcarlo.

–Tampoco sería la primera vez –respondió Simon.

Los niños, después de su resistencia inicial a entusiasmarse con los preparativos de las vacaciones, habían acabado aceptando la idea y habían estado estudiando sus Biblias.

–No olvides lo que dijo el hombre. Era gente muy simple.

Simon estaba satisfecho con Julie. Iba con el propósito adecuado: estudiar a la gente que había ejecutado a Cristo e intentar analizar sus motivos.

Julie prosiguió:

–No puedo creer que tuvieran que hacerlo. Sé que Cristo tenía que morir para salvarnos a todos del pecado, pero…

–La culpa fue de la humanidad. Tienes que pensar en términos generales. No puedes culpar a naciones concretas, como los romanos o los judíos.

–Bueno, aun así me parece terrible la forma en que lo trataron.

Sí, Simon estaba muy satisfecho con Julie. Todavía no sabía muy bien qué pensar de James. James era más difícil de sondear que Julie y habría hecho falta observarlo durante más tiempo del que habían dispuesto.

La sala de tratamiento, tal como les habían prometido, era indolora, y el viaje en sí resultó casi placentero. Dejaba una ligera sensación de mareo, pero si uno mantenía los ojos cerrados era como deslizarse por un tobogán aparentemente interminable. En realidad, no era para tanto. Cuando Simon abrió los ojos, se encontró sentado sobre arena tibia junto a un estrecho sendero de cabras. Los demás estaban en las mismas posiciones que habían ocupado dentro de la sala temporal. Todos se pusieron de pie y avanzaron por el sendero hacia la ciudad, que se desdibujaba a lo lejos entre las ondas de calor. El sol les quemaba la nuca, y Simon rodeó a James con un brazo para evitar que tropezara. Ninguno estaba acostumbrado a caminar sobre un terreno irregular cubierto de piedras afiladas. Simon sintió lástima por algunos de los miembros de más edad del grupo.

El guía entró primero en la ciudad. Se le podía reconocer por el cabello apelmazado, los harapos y el antiguo bastón que llevaba, pero nadie debía hablarle salvo en caso de extrema necesidad. La caminata fue larga y las túnicas ásperas resultaban incómodas. Varios niños empezaban a quejarse del calor y de que la tela les irritaba la piel al rozarlos, pero entre los adultos reinaba una atmósfera general de entusiasmo. Al menos parecemos bastante auténticos, pensó Simon. Las túnicas y las sandalias eran de verdad, compradas en un viaje anterior por un Oficial de Preparación de Viajes. Algunos miembros del grupo habían optado por ir descalzos a petición de la empresa. Durante el proceso de la sala de tratamiento les habían endurecido las plantas de los pies. Aun así, pensó Simon, acabarán con los pies en carne viva cuando regresemos. Presumiblemente, Pan Time-Tours confiaba en que el sufrimiento de Cristo sobrecogiera a los visitantes y los hiciera avergonzarse de sus propios problemas triviales. Un perro correteaba ladrando entre sus piernas mientras avanzaban en fila por una estrecha calle polvorienta. Su primer encuentro con uno de los lugareños. Simon miró a Mandy. Sus nuevos ojos marrones destellaron al mirarlo y estaba muy hermosa, con cierto aire gitano.

–¿Te alegras de haber venido? –susurró ella en hebreo.

–Todavía no lo sé –respondió él con total seriedad.

Finalmente pasaron entre unas viviendas de barro endurecido y salieron a una plaza en el centro de la ciudad.

–Justo a tiempo –dijo el guía–. Dispérsense todos.

La turba era compacta, pero Harry consiguió hacerse un hueco justo pasado el borde de la multitud. Un hombre alto y delgado, de rostro inteligente, se dirigía a la gente desde los escalones de un edificio de piedra. Parecía agobiado y un poco enfermo. Hablaba en latín.

–¿Qué está diciendo? –le susurró Simon a Harry, que había estudiado los clásicos en su juventud.

–Nos pide que elijamos a quien debe quedar libre –respondió Harry–. Ya sabes, has leído el libro.

–Ah –dijo Simon.

La multitud se agitó, pero permaneció en silencio. Una mosca se posó en la punta de la nariz sudorosa de Simon y él la espantó con impaciencia. Dios, qué calor hacía, pensó. El romano repitió la frase anterior. De pronto, como si acabara de comprender la pregunta, James gritó con voz aguda:

–¡Barrabás!

Estaba distraído y la pregunta lo había tomado desprevenido, como tantas preguntas en latín en clase. El sonido resonó sobre la plaza reseca y endurecida por el sol, y James pareció un poco asustado por su propio grito. Entonces comenzaron los murmullos entre la multitud y pronto todos estaban gritando:

–¡Barrabás! ¡Barrabás!

Simon sintió alivio cuando empezaron los gritos. El alarido de su hijo lo había sobresaltado y temía que hubieran llamado la atención. Sin embargo, nadie los miraba.

–¿Por qué hiciste eso? –siseó entre el estruendo.

James estaba nervioso y tenso.

–Lo siento. Pensé que teníamos que hacerlo. Él nos preguntó y el hombre dijo… no sé.

–No importa –intervino Harry–. Habría ocurrido de todos modos. Solo te adelantaste, eso es todo. Pero no vuelvas a hacerlo o podríamos meternos en problemas.

James parecía abatido, pero Simon dejó el asunto ahí. No tenía sentido armar una escena y lo hecho, hecho estaba. Permanecieron cerca de una hora en la plaza sin que ninguno supiera con certeza qué estaba ocurriendo, hasta que Julie dijo que se sentía mal. Simon y Mandy la llevaron detrás de una de las casas de adobe, dejando a James con Harry, Sarah y sus hijos.

–Debe de ser el calor –dijo Mandy al cabo de un rato–. A mí también empieza a afectarme. ¿No podríamos sentarnos en algún lugar a la sombra?

Miró por la calle estrecha en busca de algún sitio donde descansar, pero no había nada a la vista. Entonces tuvo una idea, se acercó a una de las casas y miró desde la puerta abierta. Una familia hebrea estaba sentada en taburetes en medio de la habitación, con las manos entrelazadas ante sí. El anciano del grupo levantó los ojos con expresión interrogante. En el umbral se estaba fresco, pero era evidente que Mandy se estaba entrometiendo en algo muy privado.

–Perdón –dijo, y retrocedió hacia la calle.

El calor del suelo volvió a traspasar las suelas de sus sandalias, y Mandy siguió hasta la casa siguiente. También estaba ocupada. Y la siguiente, y la siguiente. Regresó al lugar donde estaban Simon y Julie.

–Aquí pasa algo raro –le susurró a Simon cuando llegó junto a él–. Hay gente dentro de las casas.

–¿Y? –dijo Simon con irritación.

–Bueno, cualquiera pensaría que en un día como hoy estarían fuera. ¿Por qué no están viendo a Cristo arrastrar la cruz por las calles? Todos los demás habitantes sí.

–Quizá estén… bueno, no lo sé. ¿A qué quieres llegar? –Entonces adoptó una expresión pensativa–. Sabes, puede que tengas razón. Miremos unas cuantas casas más.

Fueron de casa en casa, recorriendo docenas de calles, asomándose a las puertas y mirando tras las cortinas, hasta estar seguros de haber cubierto una gran parte de la ciudad. Lo suficiente para saber que algo iba terriblemente mal. La conciencia de qué era ese algo empezó a abrirse paso con rapidez y, por mucho que la mente de Simon intentara rechazarlo o inventar excusas para negarlo, aquel pensamiento espantoso no desaparecía. Julie seguía a sus alterados padres sin comprender nada y evidentemente indispuesta.

–Quiero beber algo –se quejó al fin.

–Pues no puedes –le espetó Mandy–. El agua no es potable. Tiene toda clase de gérmenes.

–A esta gente no le pasa nada –gimoteó Julie, pero nadie la escuchó.

Simon sintió una oleada de aire caliente pasarle por el rostro. Le ardían los ojos, tenía la boca seca y el polvo se mezclaba con el sudor de sus pies hasta formar una suciedad viscosa entre los dedos. Sin embargo, aquel malestar físico no era nada comparado con su tensión nerviosa. Tenía mucho miedo.

–¿No te resulta extraño que hubiera tanta gente? –preguntó mientras se secaba la frente con la manga.

La voz de Mandy estaba tensa.

–Bueno, los grupos que llegan del futuro han engrosado la multitud. No olvides que hay más de una agencia.

Simon temblaba visiblemente.

–Hay docenas de agencias –exclamó–. Y todos los habitantes de esta ciudad están dentro de sus casas, rezando. Rápido, tenemos que encontrar a Harry y a los demás.

Simon agarró a Julie y la subió a su espalda. Corrieron por las calles con el sudor resbalándoles por el rostro y los ojos irritados por la sal y el polvo. A lo lejos podían oír a la multitud coreando y abucheando. Oían chillidos de risa y gritos agudos de burla. Era un sonido feo, aterrador, como los chillidos de unos monos mientras un león merodea bajo sus árboles. Era la risa forzada de unas hienas que rodean la guarida del león a una distancia prudente mientras este yace, indiferente, bajo el sol tibio. Entonces, de pronto, se hizo el silencio.

Simon redujo la marcha, jadeando. Podía ver el surco que la esquina de la cruz había dejado serpenteando por la calle y perdiéndose a lo lejos. Un escalofrío lo recorrió.

–Dios mío –dijo entre sollozos a su esposa–, lo hemos matado.

Mientras corría, una sandalia se le salió del pie, pero no le prestó atención. No sintió las piedras afiladas que le cortaban las plantas y los talones.

Los dos avanzaron a trompicones, siguiendo la marca delatora en el polvo, hasta llegar a la multitud. Todos los rostros estaban vueltos en una misma dirección y mostraban una mezcla de horror y compasión. Simon no se atrevió a mirar hacia las cruces. Sabía que se desmayaría si lo hacía, y ya había visto las sombras por el rabillo del ojo. Era suficiente. Encontraron a Harry, Sarah y los niños en el borde de la multitud, tan silenciosos y atentos como los demás. Sarah tenía manchas blancas en las mejillas y Harry mantenía la boca entreabierta.

–Harry –dijo Simon con voz ahogada, atropellando las palabras–. Harry, tenemos que bajarlo.

La mente aturdida de Harry tardó unos instantes en darse cuenta de que Simon había vuelto. No apartó la mirada del hombre de la cruz central.

Se humedeció los labios y respondió, impotente:

–No podemos, Simon. Tiene que ocurrir, ya lo sabes. Las cosas son así, pero, Dios mío, ojalá no hubiéramos venido nunca. Me miró, ¿sabes? Mientras viva no olvidaré sus ojos. Eran tan… –hizo una pausa para encontrar la palabra–. Tan profundos.

Simon estaba desesperado.

–Harry. Harry. ¡Mira a la multitud! ¡Mira a tu alrededor! Aquí no hay judíos. No hay nativos. Aquí solo estamos nosotros. Los turistas. ¿Te das cuenta de la enormidad de lo que hemos hecho? Toda la culpa de la humanidad descansa sobre nuestros hombros.

Ahora sollozaba violentamente.

–Hemos crucificado al Hijo de Dios, y volveremos a hacerlo en el próximo viaje, y en el siguiente, y en el siguiente…

–Por los siglos de los siglos, por los tiempos sin fin, amén –concluyó Harry humildemente.

 

(Tomado de www.lecturia.org)

 

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