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lunes, 22 de diciembre de 2025

Ruido adentro

Carlos García Miranda

 

En la madrugada ella sintió un ruido tras la puerta de su habitación. Un ruido en el corredor. Esperó unos segundos arropada en su cama. El ruido continuaba ahora en la sala. Estaba segura de que era en la sala. Entonces se levantó. Fue hacia la puerta. Se apretó contra ella. El ruido seguía. Esta vez en la cocina. Ella volvió a su cama. Sin éxito buscó algo en su velador. Insistió debajo de su cama, su almohada, entre sus sábanas. Nada. Luego, terminó quedándose mirando largamente la puerta. Al otro lado, el ruido proseguía en toda la casa.

Por la mañana ella estaba en la cocina. Sorbía lentamente su café. Sorbía mientras miraba al otro untar un pan con mantequilla.

–Te digo que ya no quiero permanecer un rato más aquí –dijo ella mirándolo por sobre la taza de café.

–No te asustes, ya pasará –arguyó el otro

–Jódete, yo me largo.

–¿Y esto?

–¡Que se lo lleve el diablo, no me importa!

–Eres una tonta, vas a dejar que se salgan con la suya.

Ella sintió su café frío. Puso la taza sobre la mesa húmeda y grasienta. El otro dejó de untar más mantequilla en su pan. Dio un mordisco. Desde la ventana caía un rayo de sol. El rayo llegaba hasta los pies de la muchacha.

–Entonces alquílalo –dijo el otro mordiendo su pan.

–¿Quién lo querría?

–Cualquiera que no les tema

–Todos les temen

–Yo no

Ella dejó de mirarlo. Sonrió. El rayo de sol encendía ahora su larga cabellera castaña.

–Estás loco –dijo

–No, únicamente no tengo miedo.

El otro la miraba mientras seguía mordiendo su pan. Ella no quería ceder, pero él continuaba insistiendo. A ratos era como un ruido en su cabeza. Un ruido que iba de un lado a otro, como aquel ruido de la madrugada anterior.

–¿Eras tú, no?

–¿Qué?

–No te hagas, eras tú el de los ruidos.

–¿Deliras?

–No, eras tú.

–¿Estás loca?

–¡Eras tú, maldito, tú!

Un poco turbado el otro dejó de morder su pan. Lo dejó a medio consumir sobre la mesa. Lo dejó y salió. Ella lo vio a cruzar a través de la puerta. Sintió sus pasos en el corredor, la sala, su habitación, el baño, nuevamente la sala, el corredor…

Había llegado la noche y ella seguía en la cocina. Estaba sola y temblaba. Sola y mordiéndose los nudillos. Mordiéndolos como si fueran un pan. Un pan ensalivado y lleno de mocos. Ella mordía sin dejar de mirar hacia la puerta. Detrás, el ruido, otra vez incesante, en toda la casa…

 

(Tomado de www.ficticia.com)

 

jueves, 11 de diciembre de 2025

Otelo

Carlos García Miranda

 

Bruno comenzó a sospechar que Amalia lo engañaba una noche mientras hacían el amor. En pleno acto, ella hizo algo inédito en los cinco años que llevaban juntos: lo cogió de las nalgas y las apretó violentamente contra sus caderas. Al principio, interpretó este evento como producto del vino que tomó durante la reunión de amigos que tuvieron horas antes. Amalia era de poco beber. Pero pocas noches después, sin licor ni nada, volvió a hacerlo. Y no solamente eso, sino también notó un cambio en la expresión de su rostro. Tenía la boca abierta, el ceño fruncido y los ojos blancos y vueltos hacia atrás. Nunca la había visto así. Era como si tratara de recuperar un placer perdido. Eso fue lo que pensó mientras la veía coger un trozo de papel higiénico y limpiarse la humedad vaginal. Y surgieron las dudas. Se le ocurrió que si ella trataba de recuperar un placer perdido, ¿entonces cuándo conoció tal placer? ¿O quién se lo hizo sentir?

Al día siguiente, en el desayuno, continuaban sus dudas. Inconscientemente, comenzó a fijarse en cada uno de sus gestos, miradas y comentarios, tratando de hallar algún indicio de su traición. Pero no descubrió nada extraño. Como todos los días, ella untaba su pan con mantequilla mientras veía el noticiero en el televisor. Cuando se marchó a dictar sus clases él se quedó sumido en una gran angustia. Volvió a recordar su rostro ansioso en la cama, también esas manos en sus nalgas. Debe tener otro, se dijo, y fue a la habitación a buscar entre las cosas de Amalia. De lo alto del guardarropa sacó varias cajas donde ella solía guardar algunos recuerdos. Encontró innumerables fotos de distintas épocas, tarjetas de Navidad, boletos de cine, postales y versos borroneados en hojas de cuaderno escolar. Buscó también en sus ropas, la mesa de noche, bajo el colchón, en el baño, y hasta tras los cuadros de la sala. Nada. Desalentado, se tendió sobre el sillón y comenzó a fumar. Veía el humo expandirse en el reducido espacio de la pieza. ¿Y si ahora está con él? pensó. Entonces la imaginó saliendo con uno de sus estudiantes del Conservatorio. Seguro que el muchacho estudiaba para pianista, se dijo. Ella siempre deseó serlo. Aún se emociona cuando habla de eso. ¿Pero por qué un estudiante? A lo mejor sale con un pianista de verdad. Podría ser ese tal Piero, al que siempre suele alabar. O también algún desconocido. Un tipo que toma el mismo microbús que ella, la corteja cuando se sientan juntos, y que ha terminado por llevársela a la cama.

Cerca de las diez salió a su trabajo. Era corrector de pruebas en un periódico conservador. En el trayecto se detuvo a llamarla por teléfono. Le dijeron que estaba dictando clases. Una hora más tarde volvió a hacerlo, pero esta vez desde la redacción. La voz en el auricular le dijo que había salido. Al colgar, imaginó el rostro de Amalia satisfecho de placer. Nuevamente la angustia se apoderó de él. Así comenzó a corregir la edición. Inútilmente trató de concentrarse en las notas. A cada rato tenía que iniciar la lectura. A eso de las ocho de la noche recién pudo tener un descanso. Y salió a tomar un poco de aire. Sentado en el sofá de la recepción, seguía con la angustia. Poco después decidió volver a llamarla. Esta vez lo hizo desde un teléfono público. El fono timbraba al otro lado de la línea. Nadie contestaba. Colgó. Lo intentó varias veces más, pero seguían sin atender. Al regresar, encontró la redacción alborotada. El jefe de edición daba órdenes apresuradas, los reporteros y fotógrafos iban de un lado a otro, y los teléfonos no dejaban de timbrar. Había ocurrido algo en una embajada. En la oficina todo se había detenido. Van a rehacer todo política, comentó Saúl, uno de sus compañeros de oficina. El jefe de la sección fumaba tras su escritorio, y los otros estaban excitados con la noticia. Un grupo de terroristas había tomado por asalto la residencia del embajador de Japón. Tenían más de trescientos rehenes. Para muchos, era el suceso periodístico del año. Para Bruno no era nada. Él sólo pensaba en Amalia, en lo que estaría haciendo en esos momentos, tal vez empiernada con otro hombre.

En las siguientes semanas sus dudas se intensificaron debido a otro descubrimiento. Nuevamente sucedió mientras hacían el amor. Esa noche, mientras ella se agitaba bajo su pecho, él comenzó a sentir que su vagina era más profunda que antes. Durante años de relaciones su penetración siempre había llegado a coparla, pero ahora sentía que dejaba un resto. Eso lo estuvo perturbando varios días. Al principio, pensó que se trataba de un desarrollo orgánico natural. Inclusive, llegó a comentárselo, pero ella lo miró como si la hubiera insultado, así que no insistió en el tema. Luego, viendo un programa de televisión sobre trasplantes de órganos, se le ocurrió la siguiente teoría: como él había sido el primer hombre de Amalia, entonces la profundidad de su vagina tendría que estar acorde con la extensión de su pene. Si ahora su vagina era más honda, eso podría significar que alguien la había penetrado. Alguien, obviamente, con un pene más grande. Cuando llegó a esa conclusión, las imágenes en el televisor se volvieron difusas. En realidad todo se volvió confuso. Sólo había algo nítido: Amalia lo engañaba.

Los días subsiguientes Bruno estuvo tentado a enfrentarla, decirle todo lo que sabía y obligarla a confesar. Pero como no tenía pruebas, pensó que ella podía negarlo, ponerse a llorar y dejarlo como una zapatilla. Sabía que no soportaría verla en ese estado, y terminaría dándole la razón. Además, podía ponerla sobre aviso, haciendo que fuera más cuidadosa con su infidelidad. Tenía que descubrirla con las manos en la masa. Para ello tramó un plan. Decidió realizar una reunión en su pieza. Ella no se podría negar, pues desde que vivían juntos siempre se lo había reclamado. Invitaría a todos aquellos que podrían ser sus amantes. Estaría Rubén, Adalberto, Juan Castro, Manuel y hasta ese engreído de Salomón. También vendría ese tal Piero. Amalia se sorprendió con su decisión, inclusive, se podría decir que no le gustó la idea. Eso lo alentó, y no le dio tiempo de negarse. Simplemente, le dijo que sería el fin de semana. Y así lo hizo.

El día de la reunión notó que ella se arregló con mucho cuidado. Generalmente, detestaba el maquillaje y los vestidos de noche. Bruno interpretó eso como un indicio de su infidelidad: quería estar bella para su amante. Cuando llegaron los invitados él ocupó el sillón central de la sala. Desde ahí comenzó a observarlos. Adalberto llegó con una amiga. Eso lo hizo descalificarlo desde el inicio. Pero luego pensó que era una buena coartada, así que no lo perdió de vista. Rubén estuvo muy cortés toda la noche, algo poco común en él. Bruno pensó que podría estar tratando de agradar a Amalia. Juan Castro pasó desapercibido. Desde que llegó se sentó en un extremo del salón y ahí permaneció toda la velada. Salomón parecía el dueño de la casa. Se la pasó piropeando a Amalia y ayudándole con los bocaditos. Era el primer candidato. Y el tal Piero se emborrachó hasta terminar vomitando en el baño. Amalia tuvo que llevarlo al cuarto a que descansara. Bruno estuvo tentado a ir tras ella. Pensó que todo eso podría ser una estratagema para meterse en su cama. Pero se contuvo. Su plan tenía otras fases.

Luego de terminada la reunión, ya de madrugada, Bruno pasó revista a sus candidatos. Estaba entre ese tal Piero y Salomón. A Salomón ambos lo conocían desde la universidad. Ellos eran amigos desde mucho antes de que Bruno los conociera. En algún momento pudieron tener un desliz amoroso, imaginó Bruno. Eso suele ocurrir. Con respecto al tal Piero, él estaba casi seguro que Amalia sentía algo más que amistad y admiración hacia él. Le gustaba. Lo notó cuando lo llevó al cuarto. Pero dudaba de que fuera recíproco. Le pareció que a Piero le gustaban los hombres. Finalmente, decidió jugársela por Salomón. Era un candidato demasiado fuerte como para dejarlo de lado. Además, con él sería más fácil llevar a cabo la otra parte de su plan.

Una semana después, Bruno llamó a Salomón. Le dijo que necesitaba conversar con él sobre algunos proyectos que tenía en mente. Le inventó algo sobre una revista literaria y unas conferencias. Al principio, Salomón dudó, pero cuando le mencionó algunos nombres que estarían involucrados en el proyecto, se entusiasmó y aceptó. Quedaron en encontrarse al día siguiente en su pieza a eso de las diez de la mañana. Su plan era el siguiente: Amalia estaría en casa toda esa mañana, él saldría antes de la cita con Salomón, y cuando éste llegara se encontraría con Amalia. Si son amantes no perderían la ocasión de meterse en su cama. Era un plan perfecto.

Esa mañana salió diciendo que había tenido una llamada urgente del periódico. No le dio tiempo a Amalia para que hiciera preguntas. Una vez afuera, cruzó la calle y se metió en un café. Se sentó en una de las primeras mesas, desde donde se veía la fachada de su edificio. Ahí aguardó la llegada de Salomón. Llegó pasadas las diez. Lo vio entrar al edificio. Esperó unos veinte minutos. Fueron veinte minutos terribles. Cientos de imágenes cruzaban por su mente. El rostro de ambos se le aparecía a cada rato. Se reían. Luego, se levantó y volvió a su pieza. Seguía con la imagen de ambos. Ahora los veía desnudos en un cuarto enorme. Al llegar metió lentamente la llave, la giró y empujó la puerta con los dedos. En la sala no había nadie. Descubrió la casaca de Salomón en el sillón. Había también dos copas en la mesa de centro. Avanzó hacia la cocina. Nadie. Entonces se dirigió al cuarto. En el pasillo escuchó murmullos. Siguió. Los murmullos se intensificaron. La puerta del cuarto estaba entreabierta. La empujó levemente. Luego se detuvo. Y vio en el enorme espejo del ropero la figura desnuda de ambos en su cama.

Nunca supo a ciencia cierta cómo fue que salió de su pieza. Estaba muy perturbado. En su mente la imagen de Amalia revolcándose con Salomón en su cama daba vueltas y vueltas. Cuando recobró el sentido de la realidad estaba en un microbús atravesando las costas de Magdalena. Inmediatamente pidió al chofer que se detuviera. Y bajó. Caminó a lo largo de la vía cerca de una hora o más. Mientras andaba lo primero que se le ocurrió fue vengarse. No sería muy difícil. Salomón era un tipo muy vulnerable. Ni siquiera necesitaba un revólver. Bastaría con esperarlo en su casa y matarlo a golpes. Lo esperaría con las luces apagadas. Seguro entraría al baño, luego al cuarto a cambiarse. Ahí lo atacaría. Era cuestión de torcerle el cuello, se decía. Nada más. También podría invitarle un trago envenenado. En realidad había una infinidad de maneras de acabar con él. ¿Y Amalia? ¿Podría matarla? En ese momento pensaba que sí sería capaz. Inclusive, hasta imaginó su hermoso cuello blanco cortado con una gillette. La degollaría como a un animal.

Con estos pensamientos llegó a Miraflores. Cuando dobló hacia Pardo comenzó a sentirse raro. Sentía que ya había matado a los dos infieles, y que sus ropas estaban manchadas de sangre. También tenía la impresión de que la gente lo sabía. Y que era el blanco de miles de miradas acusadoras. Estuvo dando vueltas por la avenida Larco y el parque Salazar hasta muy entrada la tarde. Un poco antes de que oscureciera decidió volver a casa.

El microbús se tomó todo el tiempo del mundo en llegar. Tras la ventanilla Bruno veía caer lentamente la garúa sobre las calles, plazas y la gente. Recordó un otoño memorable con Amalia. Hacía mucho frío en la ciudad. Ella le propuso ir a un café. Fueron. Hablaron de muchas cosas. Luego se miraron largamente. Entonces le inventó esa historia del ángel en las niñas de sus ojos. Le encantó. Y terminaron pasando la noche en una hermosa casona colonial. Era su hostal favorito.

Eso ocurrió hace muchos años. Otra vez pensó en matarlos e imaginó nuevas formas de hacerlo sin que lo atraparan. ¡Sin que lo atraparan!

Entró a su departamento casi dando tumbos. Las luces de la sala y comedor estaban apagadas, pero no las de la cocina. Atropelladamente se dirigió a ella. Ahí encontró a Amalia. Estaba de espaldas a él. Tenía el grifo abierto. Seguro lavaba platos. Bruno se sentó en la silla al lado de la mesa. Ella no volteó. Estuvieron en silencio varios minutos. Él jugaba con un vaso nerviosamente y ella seguía de espaldas. Era una situación bastante tensa. Finalmente, Bruno se le acercó y bruscamente la tomó de los hombros haciendo que volteara. Entonces vio su rostro invadido por abundantes lágrimas. Después ella se arrojó contra su pecho, dijo que lo amaba sobre todas las cosas, y que se había convertido en una basura, una mala mujer. Eso decía mientras lo abrazaba con desesperación. Luego le contó su historia.

Dijo que en la mañana había llegado Salomón a buscarlo, y que lo hizo entrar. Ella le explicó que él no estaba, y que no sabía a qué hora volvería. Salomón decidió esperar. En ese lapso se pusieron a conversar como los dos viejos amigos que eran. Y mientras tomaban una copa de vino ocurrió. Algo se removió dentro de su vientre y sus pechos. A él le sucedió lo mismo. Poco después estaban revolcándose en la cama. En medio de un mar de llanto ella le suplicó perdón, diciéndole que lo amaba, que lo de Salomón no tenía importancia.

Fue una confesión inesperada para Bruno. Tan inesperada que tardó varios segundos en reaccionar. Cuando lo hizo estaba abrazando a Amalia, que seguía llorando y pidiéndole perdón. Y, en verdad, en ese instante pensó en perdonarle, y más bien aceptar que la culpa fue suya, puesto que si no hubiera sido por su absurdo plan –ahora lo llamaba absurdo– nada de eso hubiera ocurrido. Pero después, luego de los besos y la reconciliación, se preguntó –en un momento que él calificó de lucidez– si podría ser cierto que sin su plan aquella traición nunca hubiera ocurrido. Y mientras miraba el techo de su habitación, con Amalia dormitando a su lado, se le ocurrió que podría ser que su plan no fuera más que una de las tantas posibilidades bajo las cuales ellos podían traicionarlo. En realidad, pensó, se deseaban recónditamente, y durante largos años estuvieron esperando una oportunidad, y desgraciadamente él se las dio. Pero lo cierto es que eso podría ocurrir en cualquier momento, bastaba un encuentro casual en un supermercado o una reunión a la que asistieran solos, y que al final de la velada Salomón se ofreciera llevarla a casa. Terminarían inevitablemente en la cama, tal como esa mañana. Entonces el recuerdo de ambos en su cama comenzó a crecer en su mente. Crecer hasta copar todo el techo y cada resquicio de su habitación.

Unos días después estaba en la puerta de su cocina otra vez. Veía a su mujer fregando los platos. Se sentó en la mesa, jugó con un vaso, esperó. Luego avanzó hacia ella. La tomó de los brazos y bruscamente la volteó hacia él. Ella sonrió. No logró interpretar su risa. No sabía si era una risa de felicidad o de burla. Se la jugó por la burla. Entonces cogió un cuchillo de carnicero. No lo cogió, apareció en sus manos. Y lo hundió en su vientre. Ella siguió sonriendo. Hundió otra vez el cuchillo. Seguía la sonrisa. Volvió a hacerlo y nada. La risa seguía ahí.

Al despertar encontró a Amalia dormitando a su lado. Esa imagen lo atormentó durante varias semanas. Una imagen que comenzó apareciendo sólo en sus pesadillas, pero luego fue una insistente escena surgiendo en su mente apenas cerraba los ojos. La veía mientras ella untaba su pan con mantequilla, también al llegar de la redacción o cuando intentaba hacerle el amor. Sí, después de esa mañana funesta de su traición no pudo volver a tener una erección con ella. Lo intentó, tal vez en un humano afán de perdonarla. Pero no pudo. Sus nalgas, sus redondas nalgas y su vientre cóncavo no pudieron avivar su sexo.

Ella hizo el papel de la esposa comprensiva. También hizo todo lo posible por lograr su erección. No es necesario contar los detalles, pero ni la mejor puta lo hubiera hecho mejor.

Además estaban los ruidos en las paredes. Eran unos quejidos. Unos quejidos de placer. Sus quejidos atormentándolo las mañanas en que ella se iba a dictar sus clases y él se quedaba solo en la pieza. La imaginaba en las piernas de Salomón. Seguro que él no tendría problemas con la erección. Le haría el amor plenamente, hasta dibujar en el rostro de su Amalia una sonrisa de placer.

Bueno, todo esto lo llevó a tramar su asesinato. No soportaba más esa situación. Al principio pensó en reventarla de un tiro en la frente. Lo haría mientras estuviera dormida. También podría hacerlo en el comedor, justo cuando levantara una cucharada de sopa. Muchas noches, mientras cenaban, imaginó ese instante. Y se preguntaba cómo caería. Podría caer de bruces al piso, sobre el plato de sopa o quedar reclinada sobre el respaldar de la silla con los brazos extendidos. En todos esos casos, la imaginaba con la boca y los ojos abiertos, totalmente sorprendida.

El problema de matarla de esa manera era que él terminaría en la cárcel. Un tiro en la frente en la recámara o en el comedor ¿Cómo lo explicaría? Lo culparían. Asesinato en primer grado y con alevosía. Veinte años o cadena perpetua. No lo soportaría. Además no sería justo, pensaba. En muchas culturas esto podría entenderse como un acto de moralidad, de justicia, y no habría condena. Pero aquí, sería un caso más para la estadística policial sobre los esposos que matan a sus mujeres. Eso era noticia de todos los días. Claro, podría ocultar el cadáver. Tal vez degollarla y deshacerse de ella trocito por trocito. Eso lo vio en una película hace muchos años. Era un tipo enorme y grasiento. Su mujer era una muchacha de pueblo. Tenía muchos admiradores. El marido descubre una infidelidad y la mata con un cordel de ropa mientras ella fregaba en el lavadero. Luego el tipo la degüella y cada una de sus partes las envuelve en una bolsa negra y las guarda en su congelador –era dueño de una carnicería–, y las va botando poco a poco junto con las vísceras de reses y carneros. Un día el perro de un vecino husmea en su basura y saca una mano. Alguien ve al animal mordiendo la mano en la entrada de la carnicería. Investigan. Lo descubren. Y es enviado a la silla eléctrica.

También pensó en un veneno. El arsénico. Si le daba una gotita diaria la mataría en unos meses. Le daría una especie de paro cardíaco y no quedarían rastros del veneno en su cuerpo. Nadie se enteraría. Pero Bruno pensaba que sería una muerte demasiado benévola para alguien que ha cometido esa traición. No, el arsénico no. Se le ocurrió también arrollarla con un coche alquilado, darle un somnífero y encerrarla en la cocina con el gas abierto, contratar a un matón, llevarla a nadar y ahogarla, drogarla con LSD y abandonarla en Matute o los barracones del Callao para que la violen y la maten los drogadictos.

Ninguna de estas muertes lo convencían. Cada una traía un inconveniente. Un atropello automovilístico puede ser fácilmente descubierto, hay casos a montones; envenenarla con gas y decir que fue suicidio es poco creíble, tendría que dar muchas explicaciones; un matón podría hacerlo y después chantajearlo de por vida; no la podría ahogar porque ella nadaba mejor que él; drogarla era una buena opción, aunque podría ser que la encontraran y le echaran la culpa de todo.

Con Salomón habría menos problemas. Él tenía muchos enemigos, así que si Bruno lo atropellaba con un auto alquilado o lo esperaba una madrugada a que saliera del bar Superba y le daba un tiro en el pecho, y después lo remataba con otro en la frente, habría decenas de sospechosos.

Durante meses estuvo pensando en todas estas cosas. Inclusive, hasta ya había conseguido un arma. Era una Colt antigua. La había adquirido en una tienda de antigüedades de la calle Paruro. Y bueno, en un alarde de morbosidad, había enseñado el arma a Amalia. Para él ese acto constituía una velada amenaza. Pero para ella se trataba sólo de un arma, que de inmediato, por su antigüedad –y era ella fanática de las antigüedades– pasó a ocupar un lugar en la pequeña colección que tenía en su sala. Y así, en una de las tantas reuniones que Bruno organizó en su casa con el fin de confirmar sus teorías con respecto a los traidores, a un grupo de invitados le llamó la atención la Colt y la tomaron del estante. Y comenzaron a jugar con ella, hasta que se les resbaló de las manos –o uno de ellos la soltó. Al caer, el arma se disparó. La bala cruzó la pequeña salita y fue a dar en la frente de Bruno. Nunca se supo a quién se le resbaló la Colt, ni quién le puso la bala, ni cómo fue que funcionaba siendo tan antigua. Lo cierto es que la viuda lloró desconsoladamente en el entierro. Y a nadie se le ocurrió pensar en un crimen, sino más bien en un accidente. Amalia vistió de riguroso luto durante mucho tiempo, encerrada y sola en su pieza. Hasta que, años después, un viejo amigo de ambos –Salomón– le pidió ser su compañero el resto de su vida. Y ella, no se sabe si satisfecha o resignada, aceptó.

 

(Tomado de www.museo.ficticia.com)

 

sábado, 29 de noviembre de 2025

Cazadores

Carlos García Miranda

 

Pienso en Pascual desde hace varios años. Pero nunca su imagen había sido tan nítida como aquella mañana en que recibí la llamada de la Academia Sueca. En un español bastante malo, uno de sus funcionarios me dijo que acababa de ganar el Premio Nóbel de Literatura. De inmediato se escucharon gritos en la casa. Eran mi esposa y algunos amigos con quienes desde la víspera esperábamos los resultados. Después de colgar, y mientras se sucedían los abrazos, llenos de emoción y lágrimas, yo no pude sacar de mi mente el rostro de Pascual en aquel bar hace unos cincuenta años. Vi la pavesa de su cigarrillo expandiéndose en el aire y escuché nuevamente su voz ofreciéndome publicar mi primer libro.

Corría el año de 1958 en Lima. Tenía veintidós años, una mujer y varios trabajos eventuales que me permitían vivir muy modestamente. A fuerza de pura voluntad, robándole horas al sueño y a mi mujer, había logrado reunir en un libro varios cuentos. Los llevaba a todos lados. Me gustaban mucho. Y eran buenos. Con uno de ellos gané un premio y me fui a Europa durante un mes. Me fui con mucha ilusión. Pensé, muy ingenuamente, que con sólo llegar las editoriales europeas caerían a mis pies y publicarían mi libro. No saben cuánto caminé por las calles de París yendo y viniendo con mi libro bajo el brazo. Les confieso que llegué hasta rogar –en mi pésimo francés– a uno de los organizadores del premio que me ayudara a conseguir editor. Fue una tarde de vinos en mi pieza de hotel. Me quedaban sólo unos días y estaba desesperado. Marcel, así se llamaba el funcionario, me prometió hacerlo. Pero no sucedió nada. Era una oportunidad perdida, una gran oportunidad que posiblemente nunca volvería a tener. En Lima me esperaban los trabajos y mi mujer. Y, sobre todo, un destino incierto. Pensaba que tal vez terminaría como tantos otros compatriotas míos, escritores de cafetín, frustrados y alcohólicos. Les juro que en la víspera estuve tentado a no volver. Pensé en perderme en los suburbios de París o en los bares de Madrid a esperar una oportunidad. No podría explicar por qué no lo hice. Tal vez fue por mi mujer, mis amigos o porque simplemente me moría de miedo.

A mi regreso evalué la experiencia y saqué algo en claro. Tenía que volver. Y la mejor manera –y única para mí– era consiguiendo una beca. Hice todo lo necesario y la conseguí ese mismo año. Fui a la Universidad de Madrid. Y seguí insistiendo en buscar un editor. Fue en ese momento en que apareció en mi vida Pascual. Me llamó una tarde a mi pensión de estudiante. Dijo que era editor, y que quería publicar mi libro. Y después de un breve intercambio de palabras, quedamos en reunirnos al día siguiente en un bar de la calle Alcalá. En la noche le di la noticia a mi mujer. Aún recuerdo su desesperación por ponerse inmediatamente a pasar a máquina mis últimas correcciones.

La reunión con Pascual duró apenas unos minutos. Fue muy concreto. Haría una edición de doscientos ejemplares, de los cuales me daría veinte como derechos de autor. Después de eso, me dejó su número telefónico y se fue. Si hubiera tardado unos minutos más de inmediato le hubiera entregado una copia de mi libro. Al día siguiente lo llamé y lo hice. Y cumplió. Me entregó los veinte ejemplares –que envié a Lima – y él se quedó con el resto. La edición era rústica, pero se dejaba leer, que era lo importante. No hubo presentación porque Pascual se negó a asumirla. Traté de hacer una por mi cuenta, pero ningún catedrático ni escritor reconocido aceptó presentarlo. Y fui el escritor más anónimo del mundo. Sólo un comentario al vuelo de mis amigos, ninguna nota en los diarios –a pesar de mi insistencia– y, sobre todo, nunca vi un ejemplar en las librerías. Varias veces fui a buscar a Pascual para reclamarle. Y siempre me salía con que los libros ya eran suyos y que haría lo que le diera la gana con ellos. Incluso, una vez le pedí comprarlos. Igual se negó.

Hasta ese momento no entendía cuál era el sentido de todo eso. ¿Por qué editar a un joven escritor y guardar los libros? Pascual nunca quiso explicarme. Poco después ganó un premio literario. Vendió miles de ejemplares en pocas semanas. Los suplementos literarios no dejaban de hablar de él. Se hizo exitoso de un día para otro. Y mientras tanto, yo seguía siendo el escritor más anónimo del mundo. Tanto lo era que –recuerdo– por esos años se editó en Lima una antología de narradores jóvenes. Y yo no existía, a pesar de que al antólogo le envié un ejemplar de mi libro. ¿Por qué? La respuesta obvia era que mi libro no valía nada. Pero en la literatura nada es obvio. Hay algo mágico en ella. Algo secreto. Aparte de eso, yo tenía la convicción de que mi libro no era basura. Otra debía ser la respuesta.

Un día, mientras esperaba en la recepción de una editorial una entrevista, conocí a un argentino llamado Horacio. Él también estaba esperando una entrevista. En las horas de espera entablamos una conversación. Ahí me enteré que Pascual también le había editado su primer libro. Y como ocurrió conmigo, nunca vio un ejemplar en las librerías ni en ninguna parte. El motivo, me dijo, es que él no edita los doscientos ejemplares, sino sólo los veinte que da al autor. Lo hace –agregó– en una pequeña imprenta portátil, que él llama “la máquina de hacer libros”. Él tampoco sabía por qué lo hacía. Suponía que era para pasar el tiempo, una maldita broma a escritores novatos.

Días después fui a buscar a Pascual. Pero estaba de viaje. Específicamente, de gira promocional de su última novela, que terminó siendo todo un best-Seller.

Poco después envié mi libro a un concurso y gané el primer premio. El libro se editó en Barcelona en 1959, y otra vez fui el escritor con libro y premio bajo el brazo más anónimo del mundo. Ni siquiera en Lima comentaron mi premio. No entendía nada. Los suplementos que me llegaban hablaban de escritores malos. Recuerdo a uno que en ese entonces, a pesar de su juventud, ya era profesor universitario en San Marcos. Había publicado un par de libros realmente malos, pero sin embargo era la promesa de la narrativa peruana última. Se llamaba Carlos, y según él, sus relatos partirían en dos la literatura peruana. Ahora no significa nada.

Decepcionado de España me fui con mi mujer, mi libro de cuentos y una novela inédita a París. Y la pasé peor. Vivía en una miserable buhardilla de un hotel y no tenía trabajo estable. Si bien es cierto que no llegué, como otros, a mendigar en el metro, aceptaba cualquier trabajo. En las noches regresaba a casa a seguir corrigiendo mi novela. A mi mujer ya casi se le había acabado la fe, y me pedía volver al Perú. Nunca acepté. Hubiera preferido el suicidio a regresar y perderme en uno de esos bares malolientes de Lima, haciéndola de escritor incomprendido y genial.

A pulso logré, meses después, conseguir algo mejor. Trabajé en la Agencia France Presse, y, más tarde, en la Radio-Televisión Francesa con un programa de entrevistas a escritores. Era un empleo muy codiciado, sobre todo por la colonia latina, pues te daba acceso a lo más graneado de la intelectualidad francesa y, aunque en menor medida, a la de toda Europa. Sin embargo, como escritor, todavía seguía siendo anónimo. Mi novela ya concluida y, por enésima vez, corregida y aumentada, esperaba su momento.

Su destino comenzó a delinearse cuando volví a encontrarme con Horacio, el argentino que conocí en España. Y por él conocí a Aureliano y a Artemio, colombiano y mexicano, respectivamente. Teníamos muchas cosas en común. Todos teníamos una novela bajo el brazo, éramos anónimos –aunque unos menos que otros– y habíamos sido editados por Pascual. Fundamentalmente lo último nos unía. En las pocas veces que pude asistir al café donde ellos se reunían siempre terminábamos hablando de Pascual. Tanto Horacio como Aureliano pensaban que era una maldición; Artemio y yo éramos escépticos. Nos cerrábamos en que se trataba de una maldita broma. Y mientras, la fama de Pascual crecía más y más. En algunos diarios ya hablaban de que era candidato al Nobel.

Poco después el grupo se disolvió. Sólo quedamos Horacio y yo. A pesar de mis desplantes, Horacio seguía invitándome, siempre para hablarme de la última de Pascual. Yo asumía eso como un pretexto. Tenía la impresión de que lo que buscaba de mí era una ayuda para entrar en la Radio-Televisión Francesa. Nunca me lo pidió, pero yo lo pensaba. Tal vez porque no lo entendía. Hablaba de mística y otros temas ligados a la filosofía oriental. Siempre andaba tratando de darle vuelta al mundo. Y su libro expresaba eso: una visión mística del mundo narrada desde una buhardilla de París y un sanatorio de Buenos Aires.

Un día Horacio apareció en la radio. No sé cómo lo dejaron entrar. Apenas me vio se me acercó, me tomó del brazo y me dijo que tenía un dato terrible de Pascual. Le dije que no podía atenderlo en ese momento, pero él insistió tanto, y se veía tan desesperado, que no tuve más remedio que salir con él, para evitar una posible escena desagradable. Me llevó a un café del Barrio Latino. No quiso ir a uno más cerca de la radio. Tenía que ser en ese café. Y ahí me contó una historia delirante. Dijo que ya sabía por qué Pascual nos había publicado. Era algo que tenía que ver con su pequeña imprenta portátil. “La máquina de hacer libros es mágica y maligna –susurró–. Tiene poderes. Cada vez que imprime libros de escritores jóvenes, ésta hace que los libros de Pascual tengan éxito, a cambio del fracaso y la ruina de los jóvenes. No me preguntes cómo me enteré, pero es cierto”.

“O sea que es una especie de maldición –dije, dándole por su lado”.

“Claro –contestó–, y es para toda la vida…”

En ese instante Horacio se puso a llorar. Según él había encontrado la respuesta a sus fracasos editoriales, a pesar de lo valioso de su obra. Después, enjugándose las lágrimas, me dijo que había una forma de liberarnos de esta maldición. “Hay que quitarle la máquina y hacer lo mismo con un escritor joven”. Las horas que siguieron fueron una retahíla de planes para apoderarnos de la “máquina de hacer libros”. Quedamos en reunirnos dentro de una semana para ir a Londres, donde estaba Pascual, a robarle la pequeña imprenta.

Nunca le conté nada de esto a mi mujer. Me pareció tan delirante, que pensé que no valía la pena. Y menos en la situación en que nos encontrábamos. Nada andaba bien entre nosotros. Ella había perdido la fe en mí, y no se cansaba de repetirme que teníamos que regresar al Perú. Tiempo después terminaríamos separándonos. Y no precisamente por ella. Podíamos seguir a pesar de las discusiones. Pero apareció otra, de la que me enamoré perdidamente. Otra que ahora es mi esposa y madre de mis hijos. Pero eso ocurrió mucho después de aquel encuentro con Horacio. Y, sobre todo, es otra historia.

Meses después me enteré que Pascual había sufrido un robo. Fue todo un revuelo en el mundillo literario hispano. Pascual, el nuevo Cervantes, autor de tal y cual novela, estaba en el hospital recuperándose del infarto que le produjo la pérdida de un objeto muy valioso, objeto que las notas de prensa no especificaban.

Cuando unos días más tarde Horacio me llamó intuí que él había sido el ladrón. Llevado por una inesperada curiosidad fui a buscarlo a su pieza del Barrio Latino. Era una habitación muy pequeña. En una de las paredes había una enorme plancha de cartón llena de recortes de periódicos y revistas. Los únicos muebles eran la cama de una sola plaza, el velador y el estante repleto de libros. Sobre el piso había pilas de libros, discos, y un gramófono. En medio, sobre el tapete azul, estaban sentados Horacio, Aureliano y Artemio. Rápidamente me pusieron al tanto de la situación. Narraron su encuentro en Londres, el seguimiento a Pascual a diferentes ciudades, y, finalmente, el robo. “¿Quieres verla? –dijo Horacio”. “A ver –respondí”. Y de debajo de la cama sacó una caja, muy parecida a un maletín James Bond, pero un poco más grande. Lo puso entre sus piernas y la abrió. Tenía una plancha de madera donde se colocaba y sujetaba la tipografía, unas cajitas con tipos, dos herramientas –componedor y rama, según Horacio– y unos pomitos con tinta. “Es similar a las del siglo XV, pero la tipografía es moderna –dijo Aureliano”. Cogí los instrumentos, y mientras los observaba Artemio me dijo. “Hay que buscar a un escritor joven para probarla…” “¿Conoces alguno? –intervino Aureliano”. “Es muy hermoso –dije, contemplando los grabados en la madera del instrumento” “¿Y? Qué quieres, el modelo es renacentista –explicó, riéndose Horacio”. “Bueno, conoces o no a uno –insistió Aureliano”. “Puede que sí – dije, cogiendo una de las cajitas con tipos–, pero antes quisiera saber por qué me buscaron. Ustedes pueden conseguir uno, no me necesitan” Al terminar la frase miré a Horacio. Éste sonrió y me dijo: “yo fui el de la idea de buscarte, y lo hice por cábala, creo que contigo las cosas saldrán mejor”. Los demás asintieron. Era una respuesta un poco extraña, pero viniendo de Horacio era creíble. ¡Creíble! Vaya palabra, tan lejana a todo lo que estaba pasando. Y terminamos la reunión acordando buscar al joven escritor y jurando no contar a nadie lo de la máquina. Y bueno, qué más daba, total, no creía posible que alguien se tragara el cuento.

Al salir decidí olvidarme del asunto. Era una estupidez. No tenía tiempo para estos locos de atar. Y durante la semana que siguió no tuve noticias de ellos. Tal vez ahí hubiera acabado todo. Pero no fue así. Y la culpa la tuvo Inocencio, a quien conocí fugazmente en Lima, una de las pocas tardes en que me animé a dar una vuelta por un bar llamado Palermo, punto de reunión de escritores condenados al fracaso. Recuerdo que fui con un amigo. Nos habíamos reunidos en su casa para planear editar una revista. Después de unas horas, y ya casi con la revista en las manos, me convenció a ir a celebrar a ese bar. Ahí se nos acercó Inocencio y nos habló de muchas cosas que ya no recuerdo. Bueno, él me envió con un amigo suyo su libro de relatos. Quería que lo ayudara a buscar editor. Suponía que por mi trabajo en la radio conocía la mar de editores. Y ocurrió que cuando salía de encontrarme con el amigo de Inocencio con su libro bajo el brazo, me topé con Artemio. Lucía la barba crecida y muy descuidada. Al verme lo primero que hizo fue arrancharme el manuscrito. “Lo sabía peruano, sabía que tú eras el hombre –dijo” Y casi a rastras me llevó a un teléfono a llamar al resto. De ahí fuimos a la pieza de Horacio.

Lo primero que hicieron fue someterme a un interrogatorio sobre el tal Inocencio. Querían estar seguros de que era joven. No sabía exactamente su edad, ni siquiera lo recordaba muy bien, pero igual les dije que era “el elegido”, sólo para salir del paso. Esa frase les gustó. Y convenimos en publicarlo.

De regreso a casa, con el cargo de editor responsable, me puse a pensar en la situación. Por un lado, si la cosa era una estupidez, qué más daba publicar el libro del tal Inocencio. Eso quería él ¿no? Se sentiría agradecido conmigo. Pero si el asunto era verdad, si realmente estábamos a punto de condenarlo al fracaso, ¿podría vivir con ese cargo de conciencia? ¿Podría hacerlo?… A pesar de mi juventud, yo ya había aprendido algo en esos años; aprendí que para lograr el éxito no bastaba ser un buen escritor, ni siquiera un genio, se necesitaba algo más. No sabía qué era. Pero era algo muy distinto al talento. Entonces me pregunté si de repente era esa máquina. Si eso era lo que me faltaba para convertirme en un escritor de éxito. En ese instante eso era una mera especulación. Podía resultar como no. Y decidí probar, y publicarlo.

Semanas después, cuando tuve los veinte ejemplares en mis manos, fui al correo con el fin de enviárselos a Inocencio. Pero no lo hice. Sentado en la oficina de correos, con los libros en mis piernas, decidí, llevado por no sé qué impulso, escribirle un telegrama diciendo que al final no se logró la publicación de su libro, como ya –obligado por mis socios– le había adelantado. Fue una suerte de abrupto arrepentimiento, movido por el presentimiento de que en verdad la máquina era mágica y maligna. Recuerdo que llegué a mi pieza con los veinte libros. Los puse en lo alto de uno de los anaqueles. Ahí permanecieron todo el tiempo que viví en París.

Inocencio nunca me contestó. Sé, por terceros, que al leer mi telegrama entró en una honda depresión. Superado ese estado, publicó por su cuenta el libro. Salvo en algunos corrillos limeños –o sea, en la provincia literaria– nadie se enteró. Y hasta ahora, a pesar de que ya lleva publicadas varias obras –la mayoría financiadas por él–, para el mundo literario de Europa y América no existe.

Claro, la maldita máquina funcionaba. A las pocas semanas de imprimir su libro, un editor me llamó al trabajo. Hacía varios meses le había dejado mi manuscrito en la recepción de su oficina. Los primeros meses iba a preguntar de vez en cuando. Nunca me recibió. Sólo su secretaria me decía que estaba en revisión. Y ahora me llamaba. Me recibió muy amablemente. Dijo algunas cosas sobre libro. Y terminó proponiéndome participar en el concurso de novela que su sello estaba lanzando. “Si no ganas, igual lo publicamos más adelante”, dijo. Obviamente, gané. Y de la noche a la mañana me convertí en una celebridad.

Los otros también, gracias a la máquina, se hicieron célebres. Era increíble.

Lo que vino después nos convierte en los seres más despreciables del planeta. Ebrios de éxito y dinero, comenzamos a publicar en la máquina a una cantidad enorme de jóvenes escritores que nunca vieron sus libros en las vitrinas. Durante los primeros cuatro años la pequeña máquina no paraba. Aureliano entró en sociedad con unos editores de su país y compró una editorial a la que llegaban cientos de manuscritos, muchos de ellos de jóvenes. Horacio, por su parte, se hizo fama de izquierdista y muy dado a apoyar a los jóvenes escritores, cosa que aprovechaba para “cazar” sus libros. Artemio como yo fuimos más selectivos. No publicábamos cualquier libro de jóvenes. Tratábamos que sean buenos libros, para así cerrar el paso a futuros competidores. Sí, nuestra meta era no sólo ganar premios, sino ser los mejores, todo un paradigma dentro de nuestras literaturas. Así, con mayor éxito que mi amigo Artemio, logré partir la narrativa peruana en dos. Un antes y un después de mí. Eso todos en mi país lo aceptan.

Pero no crean que fue fácil. En mi obsesión de “cazar” los mejores libros de jóvenes, tuve que armar una red en casi todos los departamentos. Primero lo hacía a través de amigos periodistas y profesores universitarios que me tenían al tanto del surgimiento de cualquier promesa. Más tarde tuve que contratar a un staff de secretarias para que se encargaran de leer todas las revistas de literatura, a la caza de cualquier joven con visos de buen escritor.

Con el tiempo, ya instalado en el jet set internacional de la literatura, me enteré que había varias “máquinas de hacer libros” en el mundo. La mayoría de escritores famosos, por no decir todos, tenía una, o como yo, pertenecían a un grupo que la tenía. Y eso lo sabían los grandes editores. Incluso, en círculos muy reservados –a los que pocas veces fui invitado– era una condición sine qua non tenerla. Y no sólo eso. En una de esas veladas, casi siempre en ciudades tan exóticas como las de Oceanía o el Tíbet, me enteré que hasta el mismo Cervantes y Shakespeare tuvieron una. En el caso de Cervantes, supe que se la robó a Lope de Vega. En una de las cárceles de Sevilla, donde estuvo preso por irregularidades en las cuentas presentadas como recaudador de impuestos, conoció la historia de la máquina y quién la tenía. Al salir contrató a un maleante para que haga el trabajo. Éste, aprovechando una de las borracheras de Lope de Vega, la robó. Antes, habían aprovechado la máquina otros escritores del Siglo de Oro, como Francisco de Quevedo y Fray Luis de León. Y en lo que respecta a Shakespeare, me enteré que la máquina la obtuvo de un enemigo de Dante, quien también la usó, y se la prestó un par de veces a Petrarca y Boccaccio.

Desde esa vez no han parado los éxitos. Tengo en Londres un departamento con dos cuartos llenos de títulos y medallas. Lo único que me faltaba era el Premio Nobel. Y ya lo tengo. No se imaginan cuántos escritores jóvenes me costó. Soy una mierda, lo sé… Hace unos años estuve a punto de renunciar a esto. Fue en una de mis visitas a Lima. Había sido invitado, una vez más, a un Congreso Internacional de Narradores en una universidad particular. Hablé de mis duros años de aprendizaje en Madrid y París –obviamente sin mencionar a Pascual ni a su máquina–, de cómo gané los premios y de mi perseverancia. Luego de cóctel, y ya rumbo a mi casa, me entró unas ganas enormes de visitar mi almacén. Entonces ordené al chofer que me llevara. No lo visitaba desde hacía unos veinte años. Ahí guardaba los miles de manuscritos impresos en la máquina. Era por mi maldita manía de no destruirlos, como hacían los otros. Al llegar dejé al chofer en el auto y entré. Fui directamente a los sótanos. Y Ahí estaban todos, en interminables y altos anaqueles, ordenados por años. Comenzaba en 1960 con el manuscrito de Inocencio, que de un modo u otro sospecha algo porque no pierde la ocasión para atacarme. También de un tal Villar, amigo de Inocencio, y otros, ya innumerables. Cuando llevaba recorrido varios anaqueles, tuve la impresión de que me encontraba en un cementerio. Y eso me quebró. Estuve varias horas en el piso, pensando. Ya en el carro, de regreso a casa, pensé por un instante en dejarlo todo. Pero al llegar y ver a mi mujer feliz porque se acababa de enterar que me habían nominado, por primera vez, al Premio Nobel, todo esos pensamientos se esfumaron. Total, me dije después, sé que un tal Romaña se ha conseguido una máquina, y anda también “cazando” jóvenes escritores. Así que si yo no lo hago, ese maldito lo hará. Y seguro no parará hasta el Nobel.

Y así fue que continué. Según mi secretaria privada llevo publicando a casi medio millón de jóvenes escritores que, por cierto, nunca se enteran de nada. Basta que manden sus libros a un concurso o a una editorial y ya son míos. Cazados.

 

(Tomado de www.ficticia.com)