Ferenc Molnár
El señor Bayout, presidente del Banco Agrícola Nacional, mandó llamar a su Philibert, su secretario.
–Dígame, Philibert, ¿quién es un tal Floriot que está en nuestra sucursal de Perpiguan?
–¿Floriot?… Es el cajero. Funge como gerente provisional. Acuérdese usted, señor, de que Boucher, el último gerente, falleció y todavía no hemos
reclutado quien lo reemplace. Mientras tanto, Floriot está a cargo.
En Perpiguan hay pocos negocios.
El señor Bayout tomó una carta de su escritorio.
–Bueno, parece que Floriot nos roba. Recibí esta carta
de Perpiguan. Aunque es anónima, hay que reconocer, pero…
Le entregó a Philibert una hoja de papel
no muy pulcra, en la cual, con una caligrafía desastrosa, había escritas las siguientes
líneas:
“Al Presidente del Banco Nacional
Agrícola.
Estimado señor:
Los granjeros, o sea nosotros, estamos
depositando nuestros ahorros, difícilmente ganados, en su banco aquí en Perpiguan.
Y un mal día vamos a despertar con la noticia de que entró en quiebra y todos
nuestros ahorros se perdieron. A como van por acá las cosas eso es lo que va a
pasar. Probablemente usted ignora que el cajero, señor Floriot, durante los últimos meses ha malversado fondos. Ya había retirado un paquetito
mediano, pero de aquí a que usted, alto y poderoso caballero, se dé cuenta en
París de lo que está sucediendo, Floriot ya habrá volado con todo el dinero”.
–Comisione
usted a un auditor, que vaya mañana mismo a Perpiguan. Pero, Philibert, dígale que sea diplomático. No queremos
inquietar al cajero. Tal vez la carta no tiene bases.
El señor Floriot, gerente interino de la
sucursal de Perpiguan, miró al auditor, y puso
cara de pasmado, con horror. ¿Inspeccionar mis libros?, repitió como eco. ¿Qué?, ¿ahora?, ¿a la mitad del mes?, ¿sin que se me haya notificado? Es un poco raro, ¿no?
El auditor sintió pena por el agitado hombrecillo.
–No hay de
qué
preocuparse, señor Floriot, lo hacemos por rutina en todas las sucursales. El presidente tiene esas ocurrencias; es una mera formalidad; antes de una hora habré terminado.
–Pues sí, pero
la gente, sobre todo en un
pueblo así, chico, hablará –gimió Floriot–. Todos dirán que ando tramando algo turbio. Considérelo. ¡Qué desgracia!
–Nadie
tiene por qué decir nada de esto –el auditor
se impacientó ligeramente–. Es
decir,
a menos que usted mismo lo propale. Aclarado el punto, ¿puedo ver los libros ya?
Dos días más tarde Philibert entró en la oficina del presidente.
–Señor, puedo informarle sobre la visita del auditor a Perpiguan. Los libros están en un orden impecable. No se ha perdido
ni un centavito.
–Qué bien. En realidad, uno no debería prestar ninguna atención a esos remitentes de cartas anónimas tan desagradables. Muchas gracias, Philibert.
Antes de un mes, el presidente volvió a llamar a Philibert.
–Es ridículo –dijo, malhumorado–, recibí otra carta anónima sobre Perpiguan.
El chismoso afirma que los libros no fueron examinados apropiadamente. Al
parecer, Floriot hizo tanto tango sobre el arqueo, que un cómplice tuvo tiempo
de reponer el dinero robado. Creo que debimos meternos más a fondo en ese
asunto.
–¿Y tenemos que hacer otra investigación? –preguntó con desagrado
Philibert.
El presidente
tamborileó con las uñas sobre el escritorio.
–No
me
gusta hacerlo. De cualquier forma, es una obligación que tenemos hacia nuestra clientela. En caso de que haya
algo
de cierto, y después la gente se entera de que fuimos avisados, habría un escándalo. Me temo que lo único
por hacer será enviar de nuevo al auditor. Y
ahora sí, ordénele que
haga
su inspección a profundidad. Quiero aclarar esto de una
vez y para siempre.
El mismo día, tres de los auditores más
confiables del banco salieron a Perpiguan. Sorprendieron grandemente al señor Floriot. Uno de los funcionarios
lo custodió durante cuatro horas, mientras los otros le examinaban las cuentas.
Y no encontraron faltante alguno. Los libros guardaban una claridad intachable.
–Yo lo único que quisiera
es que
en todas
nuestras sucursales las
cosas fueran igual de satisfactorias
–dijo el auditor en jefe al despedirse de un Floriot agobiado.
A la siguiente semana, Philibert anunció: el señor Floriot, de Perpiguan, espera que usted lo reciba, señor.
Contra su costumbre, el señor Bayout se levantó y avanzó hacia el visitante con la mano extendida. Floriot, por el contrario, lo saludó
con
breve inclinación.
–Vengo a entregarle mi renuncia, señor.
–¿Su renuncia? No lo dirá
en serio, mi querido
Floriot. ¿Y a qué se debe?
–Señor, usted ha considerado pertinente ordenar el examen de mis libros dos veces seguidas. Naturalmente eso provocó habladurías. Y aunque eso demostró mi honradez, también causó mala impresión. La gente
dice ahora que, si
la oficina matriz ordenó doble auditoría a las operaciones a mi cargo, debe ser por una buena razón. Mi prestigio se ha perjudicado. Además, ya no soy joven, y tengo
que
proteger a mi esposa.
El señor Bayout
estaba conmovido profundamente.
–Yo
me responsabilizo de que su buen nombre quede restablecido. A ver. Espere… ¿todavía
está disponible el puesto de gerente en esa sucursal?, ¿le gustaría aceptarlo? Con eso nadie dudaría de su
honradez, ¿verdad
que no? Además, tendría usted un incremento salarial muy
sustancioso.
–¿Me
lo propone en serio o…? –tartamudeó Floriot.
–Claro, por
supuesto, querido compañero. El banco será muy afortunado al conservar los
servicios de un funcionario tan escrupuloso.
De regreso en su casa de Perpiguan, Pedro Floriot enfundó sus pies en las confortables
babuchas afelpadas que le dio su mujer.
–Por
fin –gruñó él con voz de buen humor–, ¿de qué sirve ser honrado si nadie se entera? Pude ser cajero años de años y la gente de la oficina matriz jamás hubiera sabido
qué tan probo era yo.
–Pues
ahora ya lo saben –sonrió alegre Madame Floriot mirando a su marido con admiración–, ideaste un plan brillantísimo al
enviar esas cartas.
(Tomado
de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)
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