Manuel Toro
De niño siempre tuve el
temor de que mi padre fuera un cobarde. No porque le viera correr seguido de cerca
por un machete como vi tantas veces a Paco el Gallina y a Quino Pascual. ¡Pero era
tan diferente a los papás de mis compañeros de clase! En aquella escuela de
barrio donde el valor era la virtud suprema, yo bebía el acíbar de ser el hijo
de un hombre que ni siquiera usaba cuchillo. ¡Cómo envidiaba a mis compañeros que relataban
una
y otra vez sin
cansarse nunca de las hazañas
de sus progenitores! Nolasco Rivera había desarmado a dos guardias
insulares. A Perico Lugo lo dejaron por muerto en un zanjón con
veintitrés tajos de perrillo. Felipe
Chaveta lucía una hermosa herida desde la sien hasta el mentón.
Mi padre, mi pobre
padre, no tenía ni una sola cicatriz en el cuerpo. Acababa de comprobarlo con gran
pena mientras nos bañábamos en el río aquella tarde sabatina en
que como de costumbre veníamos de voltear las telas de tabaco. Ahora seguía yo sus
pasos hundiendo mis pies descalzos en el tibio polvo del camino y haciendo
sonar mi trompeta. Era ésta un tallo de amapola al que mi padre con aquella su mansa
habilidad para todas las cosas pequeñas había convertido en trompeta con solo
hacerle una incisión longitudinal.
Al pasar frente a La Aurora me dijo:
–Entremos aquí. No tengo cigarrillos para la
noche.
Del asombro por poco me trago la trompeta.
Porque papá nunca entraba a La Aurora, punto de reunión de todos los guapos del
barrio. Allí se jugaba baraja, se bebía ron y casi siempre se daban tajos. Unos
tajos de machete que convertían brazos nervudos en cortos muñones. Unos tajos hondos
de puñal por los que salía la sangre y se entraba la muerte.
Después de dar las buenas tardes, papá pidió
cigarros. Los iba escogiendo uno a uno con fruición de fumador, palpándolos
entre los dedos, llevándolos a la nariz para percibir su aroma. Yo, pegado al mostrador
forrado de zinc, trataba de esconderme entre los pantalones de papá. Sin atreverme
a tocar mi trompeta, pareciéndome que ofendía a los guapetones hasta con mi aliento,
miraba a hurtadillas de una a otra esquina del ventorrillo. Acostado sobre la estiba de arroz veía
a José el Tuerto comer pan y salchichón echándole los pellejitos al perro
sarnoso que los atrapaba en el aire con un ruido seco de dientes. En la mesita
de al lado tallaban con una baraja sucia Nolasco Rivera, Perico Lugo, Chus Maurosa
y un colorao que yo no conocía. En un tablero colocado sobre un barril se
jugaba dominó. Un grupo de curiosos seguía de cerca las jugadas. Todos bebían
ron.
Fue el colorao el de la provocación. Se
acercó donde papá alargándole la botella de la que ya todos habían bebido:
–Dese un palo, don.
–Muchas gracias, pero yo no puedo tomar.
–Ah, ¿con que me desprecia porque soy un pelao?
–No
es eso,
amigo. Es que no puedo tomar. Déselo usted en mi nombre.
–Este
palo se lo da usted o ca… se lo echo por la cabeza.
Lo intentó pero no pudo. El empellón de papá lo arrojó contra el barril de macarelas.
Se levantó medio aturdido por el ron y por el golpe y palpándose el cinturón
con ambas manos dijo:
–Está
usted de suerte, viejito,
porque ando desarmao.
–A
ver,
préstenle un cuchillo –yo no podía creerlo, pero era papá el que hablaba.
Todavía al
recordarlo un escalofrío me corre por el cuerpo. Veinte manos se hundieron en las camisetas sucias, en
los pantalones raídos, en
las botas enlodadas, en
todos los sitios en que un hombre sabe guardar su arma. Veinte
manos surgieron ofreciendo en silencio de jíbaro encastado el cuchillo casero, el
puñal de tres filos, la sevillana
corva…
–Amigo, escoja
el que más le guste.
–Mire
don,
yo soy un hombre guapo pero usté es más que yo –así dijo el colorao y salió de
la tienda con pasito lento.
Pagó papá sus cigarros, dio las buenas
tardes y salimos. Al bajar el escaloncito escuché al Tuerto decir con
admiración:
–Ahí va un macho completo.
Mi trompeta de amapola tocaba a triunfo. ¡Dios
mío, que llegue el lunes para contárselo a los muchachos!
(Tomado
de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)