Mostrando entradas con la etiqueta Giovanni Verga (Italia). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Giovanni Verga (Italia). Mostrar todas las entradas

viernes, 8 de agosto de 2025

Capricho

Giovanni Verga

 

Una vez, al pasar el tren por Aci-Trezza dijiste, asomándote a la ventanilla del vagón: “¡Quisiera que estuviésemos un mes aquí!”

Volvimos, y pasamos no un mes sino cuarenta y ocho horas. Los campesinos, que tanto abrían los ojos al ver tus grandes baúles, creían que ibas a quedarte allí dos años. A la mañana del tercer día, cansada de ver eternamente aquel verde y aquel azul, y de contar los carros que pasaban por el camino, estabas en la estación, y jugueteando impaciente con la cadenilla de tu frasco de olor, alargabas el cuello por divisar un tren que no llegaba nunca. En aquellas cuarenta y ocho horas hicimos todo lo que se puede hacer en Aci-Trezza: paseamos por el polvo de la carretera y trepamos a las rocas; con el pretexto de aprender a remar, te hiciste bajo el guante unas ampollitas que robaban los besos; pasamos en el mar una noche lo más romántica, echando las redes como para hacer algo que a los barqueros les pudiera parecer merecedor de pescar una reuma, y el alba nos sorprendió en lo alto del acantilado, un alba modesta y pálida, que aun me parece estar viendo, estriada de amplios reflejos violeta, sobre un mar verde profundo, como una caricia sobre aquel grupito de casuchas que dormían acurrucadas a la orilla, mientras en lo alto del promontorio destacábase tu figulina en el cielo transparente y límpido, con las sabias líneas, obra de tu modista, y el perfil elegante y fino, obra tuya. Llevabas un vestidito gris que parecía hecho aposta para entonar con los colores del alba. ¡Lindo cuadro en verdad! Y bien se adivinaba que tú lo sabías, según la manera de modelar a tu cuerpo el chal y el modo con que sonreías con tus ojazos muy abiertos y cansados ante el extraño espectáculo, al que se añadía lo extraño también de estar tú presente. ¿Qué pasaba entonces por tu cabecita frente al naciente sol? ¿Le preguntaste acaso en qué hemisferio te encontraría de allí a un mes? Dijiste tan solo ingenuamente: “No comprendo cómo se puede vivir aquí todo la vida.”

Y, sin embargo, ya ves: la cosa es más fácil de lo que parece. Basta, primero, con no poseer 100 mil liras de renta y, en compensación, pasar toda clase de trabajo entre aquellos peñascos gigantescos encuadrados en el azul que te hacían palmotear de admiración. Con eso poco basta para que aquellos pobres diablos que nos esperaban dormitando en la barca encuentren entre aquellas casuchas desquiciadas y pintorescas, que vistas de lejos parecían a su vez mareadas, todo lo que te afanas en buscar en París, Niza y Nápoles.

Es cosa singular; mas tal vez mejor que así suceda para ti y para todos los que son como tú. Aquel montón de casuchas está habitado por pescadores, “gente de mar” dicen ellos, como otros dirían “gente de toga”, que tienen el pellejo más duro que el pan que comen –cuando lo comen–; pues el mar no es siempre tan amable como cuando besaba tus guantes… En los días negros, en que rezonga y bufa, es menester contentarse con mirarlo desde la orilla, mano sobre mano o tumbado a la larga, que es mucho mejor postura para el que no ha almorzado. En esos días hay mucha gente a la puerta de la taberna; pero suenan pocos cuartos sobre la hojalata del mostrador, y los chiquillos que pululan por el pueblo, como si la miseria los engordara, chillan y se arañan cual si tuvieran el diablo en el cuerpo.

De cuando en cuando, el tifus, el cólera, el mal año o la borrasca dan un buen barrido en aquel rebullicio, que, a la verdad, parece que no debiera desear cosa mejor que ser barrido y desaparecer; y con todo, vuelve a rebullir en el mismo sitio, no sé decirte cómo ni por qué.

¿No te has entretenido nunca, después de una lluvia de otoño, en desbaratar un ejército de hormigas, trazando al descuido el nombre de tu última pareja en un baile, en la arena del paseo? Alguna de aquellas pobres bestiezuelas se habrá quedado pegada a la contera de tu paraguas, retorciéndose en espasmos; pero todas las demás, luego de cinco minutos de pánico y de vaivén, habrán vuelto a aferrarse desesperadamente a su tostado montecillo. Tú no volverías, ni yo tampoco; mas para poder comprender semejante terquedad, heroica en algunos aspectos, es menester hacernos pequeños también nosotros, limitar todo el horizonte entre dos peñascos y mirar al microscopio las pequeñas causas por las que laten los corazones pequeños. ¿Quieres mirar por esta lente, tú que miras la vida por el otro lado del anteojo? El espectáculo te parecerá extraño, y tal vez por eso te divierta.

Hemos sido muy amigos, ¿te acuerdas? Y me has pedido que te dedique esta página. ¿Para qué? A quoi bon?, como tú dices. ¡Qué puede valer lo que yo escribo para quien te conoce? Y para quien no te conoce, ¿qué significas? El caso es que me he acordado de tu capricho un día que he vuelto a ver a aquella pobre mujer a quien solías dar limosna con pretexto de comprarle las naranjas que tenía puestas en fila en un banquillo ante su puerta. Ya no existe el banquillo; han cortado el níspero del corral, y la casa tiene una ventana nueva. Únicamente la mujer no había cambiado, estaba un poco más allá tendiendo la mano a los carreteros, acurrucada sobre el montón de piedras que cierren el paso al antiguo “Puesto” de la guardia nacional; y yo, según iba con mi cigarro en la boca, pensé que también ella, en su pobreza, te había visto pasar blanca y magnífica.

No te enfades por haberme acordado de ti de tal suerte y con tal motivo. A más de los gratos recuerdos que me dejaste, tengo otros cien, vagos, confusos, dispares, recogidos aquí y allá, no sé dónde –acaso algunos son recuerdos de sueños tenidos con los ojos abiertos–, y en el revoltiño que hacían en mi memoria, al pasar yo por aquella calleja donde han transcurrido tantas cosas placenteras y dolorosas, la mantilla de aquella mujeruca temblorosa, acurrucada, ponía una nota triste y me hacía pensar en ti, en todo satisfecha, incluso de la adulación que ofrece a tus pies el periódico de modas, citándote, frecuentemente a la cabeza de la crónica elegante, y en el deseo de ver tu nombre en las páginas de un libro.

Cuando escriba el libro, acaso tú ya no pienses en ello; entre tanto, mi recuerdo, en todos sentidos tan lejos de ti, embriagado de fiestas y flores, te hará el efecto de una brisa deliciosa en medio de las ardientes veladas de tu eterno carnaval. El día que vuelvas allí, si es que vuelves, y nos sentemos otra vez el uno junto al otro a rodar pedruscos con el pie y fantasías con el pensamiento, hablaremos tal vez de las embriagueces que la vida ofrece en otras partes. Puedes también imaginar que mi pensamiento se ha acogido a aquel ignorado rincón del mundo porque en él se ha posado tu pie –por apartar mis ojos del brillo que por doquier te sigue, sea de gemas o de fiebre–, o porque te he buscado inútilmente por todos los lugares que la moda hace placenteros. Ve, pues, que aquí, como en el teatro, ¡siempre estás en el mejor sitio!

¿Te acuerdas del viejecillo timonel de nuestra barca? Le debes ese tributo de agradecimiento porque ha evitado diez veces lo menos que se te mojaran tus lindas medias azules. El pobre diablo ha muerto en el hospital, en un gran sala blanca, entre blancas sábanas, comiendo pan blanco, servido por las blancas manos de las hermanas de la Caridad, que no tenían más defecto que el de no comprender los míseros males que el pobrecillo balbucía en su semibárbaro dialecto.

Pero, de haber deseado algo, él habría querido morir en aquel rincón oscuro, junto al fuego, donde tantos años había sido su cama, “bajo las tejas”, tanto que, cuando se lo llevaron, lloraba quejándose mansamente, como hacen los viejos.

Había vivido siempre entre aquellas cuatro piedras, frente a aquel mar hermoso y traidor, con el que tuvo que luchar día tras día, para sacar con qué pasar la vida y no dejar en él el pellejo; y, con todo, en los momentos en que tomaba el sol tranquilamente, acurrucado en la barca, con las rodillas entre los brazos, no habría vuelto la cara para mirarte, y habrías buscado en vano en aquellos ojos atónitos el reflejo de tu belleza, como cuando tantas frentes altivas se inclinan a tu paso en los espléndidos salones y te miras en los ojos envidiosos de tus mejores amigas.

La vida es rica, como ves, en su inexhausta variedad, y puedes, por lo tanto, sin escrúpulos, gozar a tu manera de la parte de riqueza que te ha correspondido.

Aquella muchacha, por ejemplo, que asomaba la cabeza tras el tiesto de albahaca, cuando el rumor de tu vestido revolucionaba la calleja, si veía en la ventana de enfrente otro rostro para ella conocidísimo, sonreía, como si también ella estuviera vestida de seda. ¡Quién sabe cuán pobres glorias soñaba apoyada en la barandilla, tras la albahaca olorosa, fija la vista en aquella otra casa enguirnaldada con sarmientos de vid! La risa de sus ojos no habría acabado en lágrimas amargas, allá en la ciudad, lejos de las piedras que la habían visto nacer, y que la conocían, si su abuelo no se hubiese muerto en el hospital, si su padre no se hubiese ahogado, ni toda su familia se hubiera dispersado a un golpe de viento funesto, arrastrando a uno de sus hermanos hasta la cárcel de Pantelleria.

Mejor suerte les cupo a los que se murieron en la batalla de Lissa el uno, el mayor, aquel que parecía un David de cobre, erguido, guadaña en mano, e iluminado bruscamente por la llama de la yedra. Alto y robusto, encendíase en brasas cuando le miraste a la cara con tus ojos ardientes; murió como buen marinero, sobre la verga del trinquete, firme en la cuerda, agitando la gorra y saludando por última vez a la bandera, con su viril y salvaje grito de isleño; el otro, aquel hombre que en el islote no se atrevía a tocarte el pie para librarlo del lazo tendido a los conejos, y en el que te habías prendido de aturdida que eres, se perdió una tosca noche de invierno, solo, entre las olas desencadenadas separada su barca de la playa, donde le esperaban los suyos corriendo como locos de un lado a otro, en sesenta millas de tinieblas y tempestad. Tú no habrías podido imaginarte el desesperado y tétrico valor de que era capaz para luchar contra muerte tal el hombre que se atemorizaba ante la obra maestra de tu zapatero.

Mejor para los que se han muerto y no “comen el pan del rey”, como el pobrecillo que está en la cárcel, ni ese otro pan que come su hermana; ni andar como la mujer de las naranjas, viviendo de la gracia de Dios, una gracia harto exigua en Aci-Trezza.

¡Esos, al menos, no han ya menester nada! Así lo dijo también el chico de la tabernera la última vez que fue al hospital a preguntar por el viejo y llevarle a hurtadillas esos caracoles estofados, que son tan buenos de chupar para quien ya no tiene dientes, y halló la cama vacía, con la colcha extendida y muy limpia, hasta que husmeando por el patio dio con una puerta toda llena de pedazos de papel, y atisbó por el ojo de la cerradura una sala muy grande y sonora, y fría en verano, y el extremo de una mesa de mármol, sobre la cual había una sábana densa y rígida.

Y pensando que aquellos al menos ya no habían menester nada, se puso a chupar uno por uno, por pasar el tiempo, los caracoles que ya no servían.

Apretando contra tu pecho el manguito de zorro azul, te acordarás con gusto de haberle dado cien liras al pobre viejo.

Quedan los chiquillos que te escoltaban como chacales y asediaban las naranjas; siguen revoloteando en torno a la mendiga, levantándole las sayas, como si tuviese pan escondido, atrapando tronchos de coliflor, cáscaras de naranja y puntas de cigarro, todo lo que se tira, en fin, pero que aun debe tener algún valor, puesto que hay gente que de ello vive; vive tan bien, que aquellos desharrapadillos, gordos y hambrientos, crecerán entre el barro y el polvo de los caminos, y, fuertes y robustos como su padre y su abuelo, poblarán Aci-Trezza de otros tantos pilluelos; pasarán la vida alegremente, echando las muelas todo el tiempo que pueden, como el abuelo, sin desear más, rogando a Dios tan solo que les permita cerrar los ojos donde los abrieron, en manos del médico del pueblo, que llega todos los días en su borriquillo, como Jesús, para ayudar a la buena gente que se va.

–¡El ideal de la ostra! –dirás tú–. ¡El ideal de la ostra precisamente, y no tenemos más motivo para encontrarlo ridículo que el no haber nacido ostras a nuestra vez.

Por lo demás, el tenaz aferramiento de esa pobre gente al peñasco en que la fortuna los ha dejado caer, mientras sembraba príncipes aquí y duquesas allá, esa valiente resignación a una vida trabajosa, esa religión de la familia, que se refleja en el oficio, en la casa, en las piedras que las circundan, me parecen –al menos en este cuarto de hora– cosas muy serias y respetables.

Me parece que las inquietudes del pensamiento vagabundo se adormecerían dulcemente en la serena paz de aquellos sentimientos suaves y simples, que se sucedan inalterados, en calma, de generación en generación. Me parece que podría verte pasar al trote de tus caballos, con el alegre tintineo de sus cascabeles, y saludarte tan tranquilo.

Acaso porque he intentado ser demasiado en el torbellino que te rodea y te sigue, me ha parecido ahora leer una necesidad fatal en las tenaces afecciones de los débiles, en el instinto que tienen los pequeños de estrecharse unos con otros para resistir a las tempestades de la vida, y he intentado descifrar el drama modesto e ignorado que ha destrozado a los plebeyos actores que juntos conocimos. Un drama que tal vez algún día te contaré, y cuyo nudo me parece que ha de consistir en esto: que cuando uno de aquellos seres, más débil, más incauto, o más egoísta que los otros, quiso separarse de los suyos por deseo de lo ignorado, o por curiosidad de conocer el mundo, pez voraz se lo tragó, y con él a los suyos. Verás que bajo ese aspecto no le falta interés al drama. Para las ostras, el argumento más interesante debe ser el que trata de las insidias del cámbaro, o del cuchillo del buzo que las arranca de la roca.

 

(Tomado de www.ciudadaseva.com)

 

miércoles, 22 de mayo de 2024

Caballería rusticana

Giovanni Verga

 

Turiddu Macca, el hijo de la señora Nunzia, al regresar después de haber cumplido con el servicio militar, se pavoneaba todos los domingos en la plaza, enfundado en su uniforme de artillero y luciendo su gorra roja, parecida a la del hombre que decía la buena ventura por medio de canarios. Las muchachas se lo comían con los ojos y cuando iban a misa, ocultando sus caras entre las chalinas, y los rapazuelos zumbaban como moscas a su alrededor. Trajo también una pipa con un rey a caballo que parecía vivo, y encendía los fósforos sobre la parte trasera de su pantalón, levantando una pierna, como si diera una patada. Sin embargo, Lola, la hija del hacendado Angelo, no se apareció en misa ni en los portales, puesto que se había comprometido ya con uno de Licodia, un carretero que tenía cuatro mulos de Sortino en su establo. Tan pronto lo supo Turiddu, ¡santo diablote!, ¡quería sacárselas! Pero no hizo nada y sólo se desahogó cantando todas las canciones desdeñosas que sabía bajo el balcón de la Lola.

–¿No tiene nada que hacer Turiddu –decían los vecinos–, que se la pasa todas las noches cantando como gorriona solitaria?

Y al fin se topó con la Lola, que regresaba de la peregrinación a la Virgen del Peligro, y al mirarlo no se puso blanca ni roja, como si nada tuviera que ver con el asunto.

–¡Dichosos los ojos que la ven! –le dijo.

–Oh, compadre Turiddu; me han dicho que volvió a principios de este mes.

–A mí me han dicho muchas otras cosas –respondió él–. ¿Es cierto que piensa casarse con el amigo Alfio, el carretero?

–¡Si esa es la buena voluntad de Dios!

–¡La voluntad de Dios no es un estira y afloja! ¡Usted es convenenciera! Y la voluntad de Dios ha sido que yo volviera de tan lejos para encontrarme con tan buenas noticias, Lola.

El pobre hacía todo lo posible por portarse bien, pero la voz se le iba enronqueciendo. Caminaba tras la muchacha, y la borla de la gorra le bailaba aquí y allá, sobre los hombros. En el fondo, ella sufría mirándolo en aquel estado, pero carecía de ánimo para lisonjearlo con buenas palabras.

–Oiga, compadre Turiddu –le dijo al fin–; deje que alcance a mis compañeras. ¿Qué dirán en el pueblo si me ven con usted?

–Es justo no dar de qué hablar a la gente, sobre todo ahora que piensa casarse con el amigo Alfio, que tiene cuatro mulos en el establo. En cambio, mi madre, pobrecita, tuvo que vender nuestra mula baya y aquel pedazo de viña junto al camino real mientras anduve de soldado. Berta ya no podía hilar, y usted ya no se acuerda del tiempo en el que platicábamos desde las ventanas del patio, de cuando me regaló ese pañuelo, antes de que me fuera, en el que he llorado sabe Dios cuántas lágrimas al irme tan lejos, tanto, que hasta se perdía el nombre de nuestro pueblo. Adiós, Lola; hagamos de cuenta que llueve y aclara, y que nuestra amistad se acabó.

Lola se casó con el carretero. Los domingos se asomaba por el corredor, con las manos sobre el vientre, para que todos pudieran ver los gruesos anillos de oro que le había regalado su marido. Turiddu seguía pasando y pasando por el callejón, con la pipa en la boca y las manos en los bolsillos, fingiendo indiferencia y coqueteando con las muchachas; pero lo roía la idea de que el marido de Lola tuviera tanto dinero, de que ella fingiera no darse cuenta de él cuando pasaba.

Frente a la casa de Alfio estaba la de Cola el viñador, el cual era rico como un cerdo, se rumoreaba, y tenía una hija en su casa. Turiddu hizo hasta lo imposible hasta que logró ser guardia rural del viñador Cola, y comenzó a frecuentar esa casa y a decirle dulces palabras a la muchacha.

–¿Por qué no va a decirle estas cosas tan bonitas a la señora Lola? –respondía Santa.

–¡La señora Lola es una señorona! ¡La señora Lola se ha casado con un rey de corona!

–Yo no merezco a los reyes con corona.

–Usted vale más que cien Lolas, y conozco a alguien que dejaría de ver a la señora Lola y a su santo, porque existe usted, y la señora Lola no es digna de traerle los zapatos, no es digna.

–Cuando la zorra vio que las uvas estaban muy altas…

–Dijo: ¡qué bonita eres, uvita mía!

–¡Quieto con esas manos, compadre Turiddu!

–¿Tiene miedo de que me la coma?

–Ningún miedo a usted ni a su Dios.

–¡Vaya! ya sabemos que su mamá era de Licodia. ¡Qué sangre tan peleonera! ¡Ay, yo me la comería a usted con los ojos!

–Cómame pues con los ojos, que nunca haremos buenas migas. Suba acá ese manojo.

–Por usted subiría todita la casa, todita.

Ella, para no ruborizarse, le lanzó un raigón que traía bajo mano, y de puro milagro se lo asestó.

–Y dese prisa, que con los chismes nada se gana.

–Si fuera rico, me buscaría una mujer como usted, señora Santa.

–Yo no me casaré con un rey de corona, como la señora Lola, pero también tendré mi dote cuando Dios me conceda marido.

–¡Ya sabemos que usted es rica, ya sabemos!

–Si ya lo sabe, entonces apúrese, que mi papá no tarda en llegar y no quiero que me encuentre en el patio.

El papá empezaba a malhumorarse, pero la muchacha fingía no darse cuenta, pues la borla de la gorra le cosquilleaba en el corazón y no dejaba de bailarle frente a los ojos. Y como el papá lo puso de patitas en la calle, la hija le abrió la ventana y se pusieron a platicar todas las noches, y eran la comidilla de todo el vecindario.

–Estoy loco por ti –decía Turiddu –; por ti pierdo el sueño y el apetito.

–¡Chismes!

–Te comería como al pan, ¡te lo juro por la Virgen!

–¡Chismes!

–¡Te lo juro por mi honor!

–¡Ja, ja! ¡Sólo eso faltaba!

–Lola –que se ponía de todos los colores oyendo lo que decía noche tras noche, escondida detrás de una maceta–, le habló un día a Turiddu.

–¿Así que ya no se saluda a los viejos amigos, compadre Turiddu?

–¡Qué más quisiera yo! –suspiró el mocetón–. ¡Dichoso quien la saluda!

–Cuando tenga ganas de saludarme, pues venga que ya sabe dónde vivo.

Turiddu volvió a saludarla con tanta frecuencia, que Santa se apercibió de eso y le cerró la ventana en plenas narices. Los vecinos se lo mostraban con una sonrisa o con un movimiento de cabeza toda vez que pasaba el artillero. El marido de Lola andaba fuera por las ferias con sus mulas.

–El domingo voy a confesarme, pues esta noche soñé con uvas negras–dijo Lola.

–¡Olvídalo, olvídalo! –suplicaba Turiddu.

–No, y menos ahora que se acerca la Pascua; mi marido querrá saber por qué no he ido a confesarme.

–¡Ay! –murmuraba Santa, la hija del viñador Cola, mientras esperaba su turno arrodillada ante el confesionario en que Lola estaba lavando sus pecados–. ¡Por mi alma que no quiero mandarte a Roma a que hagas penitencia!

El compadre Alfio era uno de esos carreteros que llevan la gorra de lado, y cuándo oyó hablar de su mujer en semejante modo, cambió de color como si lo hubieran acuchillado.

–¡Santo diablote! –exclamó–. ¡Si no ha visto bien, le juro que no le dejaré ojos para llorar, a usted y a su parentela!

–No acostumbro llorar– repuso Santa–. No he llorado ni siquiera al ver entrar a Turiddu a la casa de su mujer por las noches.

–Está bien –respondió Alfio–. Muchas gracias.

Habiendo regresado el marido, Turiddu no andaba ya por el callejón durante el día, y se pasaba horas y horas en la hostería, con los amigos. La víspera de la Pascua tenía sobre la mesa un platón con salchichas. Al entrar el compadre Alfio, sólo con ver cómo le clavaba los ojos, Turiddu comprendió de qué cosa se trataba, y dejó el tenedor en su plato.

–¿En qué puedo servirle, compadre Alfio? –le dijo.

–Nada en especial compadre Turiddu. Hacía mucho que no lo veía, quisiera hablarle de lo que usted ya sabe.

Turiddu le alargó una copa, pero el compadre Alfio la esquivó con la mano. Entonces Turiddu se levantó y le dijo:

–Aquí estoy, compadre Alfio.

El carretero lo rodeó con sus brazos.

–Si quiere, mañana temprano no vemos en la nopalera de la Canziria, y hablamos de ese asunto compadre.

–Espéreme en el camino real al amanecer, y vamos juntos.

Con estas palabras intercambiaron el beso del desafío. Turiddu apretó con sus dientes la oreja del carretero, prometiéndole así que no faltaría.

Los amigos dejaron de comer las salchichas, calladitos, calladitos, y acompañaron a Turiddu hasta su casa. La señora Nunzia, pobrecita, todas las noches lo esperaba hasta muy tarde.

–Mamá –le dijo Turiddu–, ¿recuerda que cuando me fui de soldado usted creyó que nunca volvería? Déme un buen beso como entonces, porque mañana temprano me voy muy lejos.

Antes de que amaneciera tomó su navaja de muelle que tenía escondida bajo el heno desde que se fue de conscripto, y se puso en camino hacia la nopalera de la Canziria.

–¡Jesús, María y José! ¿Adónde va con tanta prisa? –lloriqueaba Lola, espantada mientras su marido se preparaba para salir.

–Voy aquí cerca –respondió el compadre Alfio–, pero para ti sería mejor que nunca volviera.

Lola, en camisón, rezaba al pie de la cama, apretando entre sus labios el rosario que le trajo de Tierra Santa el fraile Bernardino, y decía todas las avemarías de todas las cuentas.

–Compadre Alfio –comenzó a decir Turiddu después de haber caminado un buen trecho al lado de su compañero, quien guardaba silencio, con la gorra echada sobre los ojos–, como hay un Dios en el cielo, sé que la culpa es mía, y que me dejaría matar. Pero antes de venir he visto a mi vieja que se levantaba para verme venir, con el pretexto de arreglar el gallinero, como si el corazón se lo dijera; y como hay un Dios en el cielo, voy a matarlo como un perro para no hacer llorar a mi viejita.

–Mucho mejor –respondió el compadre Alfio–, así nos daremos duro y parejo.

Ambos eran buenos cuchilleros. Turiddu tiró la primera cuchillada, y la asestó en un brazo; luego le tiró otra a la ingle.

–¡Ah! ¡De veras que trae la intención de matarme, compadre Turiddu!

–Ya se lo dije. Después de haber visto a mi vieja en el gallinero no puedo apartarla de mi vista.

–¡Pues abra bien los ojos –le gritó el compadre Alfio–, que le voy a dar su merecido!

Como él estaba en guardia, todo encogido, cubriéndose con la mano izquierda la herida que le dolía, apoyando su codo en la tierra, rápidamente agarró un puñado de tierra y se lo arrojó a los ojos del adversario.

–¡Ah! –gritó Turiddu, cegado–. ¡Estoy perdido!

Y quería salvarse, dando desesperados saltos hacia atrás; pero el compadre Alfio le dio otra cuchillada en el estómago, y otra en la garganta.

–¡Y tres! Esta es por haberme adornado la casa. Ahora tu madre dejará en paz a las gallinas.

Turiddu se tambaleó aquí y allá, entre los nopales, luego cayó como un fardo. La sangre le borboteaba espumosa en la garganta, y ni siquiera pudo proferir: “¡Ay, madre mía!”

 

lunes, 4 de diciembre de 2023

La Loba

Giovanni Verga

 

Era alta, flaca, pero con los senos firmes y vigorosos, aunque ya no era joven; pálida, como si fuera víctima de la malaria, y sobre esa palidez dos ojos grandes y dos labios frescos y rojos, devoradores.

En el pueblo la llamaban La Loba porque nunca se saciaba de nada. Las mujeres hacían la señal de la cruz al verla pasar sola, como perra sarnosa, con el paso receloso y vagabundo de loba hambrienta. Con sus labios rojos devoraba a sus hijos y maridos en un abrir y cerrar de ojos, y los traía al trote con su sola mirada de Satanás, incluso cuando estaban ante el altar de Santa Agripina. Por fortuna, La Loba nunca iba a la iglesia en Pascua ni en Navidad, ni a oír misa ni a confesarse. El padre Angiolino de Santa María de Jesús, un verdadero siervo de Dios, perdió su alma por ella.

La pobre Maricchia, una buena muchacha, lloraba a escondidas porque, al ser hija de La Loba, ninguno querría casarse con ella, a pesar de tener un buen ajuar y su buena tierra soleada, como cualquier otra muchacha del pueblo.

Una vez, La Loba se enamoró de un hermoso joven que había sido soldado y segaba el heno con ella en las tierras del notario; pero lo que se llama enamorarse, sintiendo que las carnes le ardían bajo el fustán del corpiño, y sintiendo, al mirarlo a los ojos, la sed que se siente en las horas tórridas de junio, en medio de la llanura. Pero él seguía segando tranquilamente y, viendo los montes, le decía:

–¿Qué tiene, doña Pina?

En los campos inmensos, donde sólo se oía el revoloteo de los grillos, cuando el sol caía a plomo, La Loba hacinaba, montón tras montón, gavilla sobre gavilla, sin cansarse nunca, sin erguirse un solo momento, sin acercar sus labios a la garrafa, a fin de no alejarse de Nanni, que segaba y segaba, preguntándole de vez en cuando:

–¿Qué quiere, doña Pina?

Y una noche se lo dijo, mientras los hombres dormitaban en la era, cansados de la larga jornada, y los perros aullaban en el inmenso campo negro:

–¡Te quiero a ti! A ti, que eres hermoso como el sol y dulce como la miel. ¡Te quiero a ti!

–Pues yo quiero a su hija, que es soltera –respondió Nanni, sin aguantarse la risa.

La Loba se llevó las manos a la cabeza, se rascó las sienes y, sin decir palabra, se fue. No volvió a aparecer en la era. Pero en octubre, el mes en que se extrae el aceite, volvió a ver a Nanni, porque él trabajaba cerca de su casa y el ruido de la prensa no la dejaba dormir durante toda la noche.

–Coge el costal de aceitunas y ven conmigo –le ordenó a la hija.

Nanni empujaba las aceitunas con una pala, para que cayeran debajo de la muela, y le gritaba “¡Arre!” a la mula, para que no se detuviera.

–¿Quieres a mi hija Maricchia? –le dijo doña Pina.

–¿Qué le va a dar usted a Maricchia? –le preguntó Nanni.

–Tiene lo que le dejó su padre; además, le doy mi casa. A mí me basta con un rincón en la cocina, donde pueda tenderme en un jergón.

–De ser así, ya hablaremos de eso en Navidad –le dijo Nanni.

El joven estaba muy sucio y embarrado de aceite y de aceitunas puestas a fermentar, y Maricchia no lo quería bajo ningún aspecto; pero la madre la agarró por los cabellos, frente al fogón, y, rechinando los dientes, le dijo:

–¡O te casas con él o te mato!

La Loba estaba como enferma, y la gente andaba diciendo que cuando el diablo envejece se vuelve ermitaño. Ya no andaba aquí y allá, ya no se paraba bajo el umbral de su casa, con aquellos ojos de endemoniada. Cuando lo miraba cara a cara, su yerno se echaba a reír, sacaba la imagen de la Virgen y se santiguaba. Maricchia se quedaba en casa, amamantando a sus hijos, mientras su madre se iba al campo a trabajar con los hombres, como cualquiera de ellos, aunque soplara el cierzo en enero o el siroco en agosto, cuando los mulos andan con la cabeza gacha y los hombres duermen de bruces, al abrigo de los muros. En las horas que van de la víspera a la nona, en las que ninguna mujer buena sale de paseo, La Loba era la única alma que vagaba por el campo, sobre las piedras ardientes de los senderos, entre los rastrojos requemados, en la inmensa llanura que se perdía en el bochorno, lejos, lejos, hacia el Etna caliginoso, donde el cielo se aposentaba en el horizonte.

–¡Despierta! –le dijo La Loba a Nanni, que dormía en una zanja, al lado de un matorral polvoriento, con la cabeza entre los brazos–. Despiértate; te traigo vino para que te refresques la garganta.

–¡No! ¡No hay mujer buena entre la víspera y la nona! –gemía Nanni, metiendo la cabeza entre la hierba seca de la zanja, mesándose los cabellos–. ¡Váyase, váyase! ¡No vuelva nunca a la era!

Y La Loba se marchaba, amarrándose las trenzas soberbias, mirando fijamente el sendero y el rastrojo caliente, con sus ojos negros como el carbón.

Pero La Loba regresó a la era muchas veces, y Nanni dejó de protestar. Más aún, cuando ella tardaba en llegar, en las horas que van de la víspera a la nona, él la esperaba en lo más alto del sendero blanco y desierto, con la frente bañada en sudor. Después, volvía a mesarse los cabellos y a gritarle otra vez:

–¡Váyase, váyase! ¡No vuelva más a la era!

Maricchia lloraba noche y día, y miraba a la madre con ojos quemados por el llanto y los celos, como una lobezna, cuando la veía regresar del campo, pálida y muda.

–¡Malvada! –le decía–. ¡Madre malvada!

–¡Cállate!

–¡Ladrona, ladrona!

–¡Cállate!

–¡Voy a ir a la policía! ¡Voy a ir!

–¡Pues ve!

Y fue de verdad, cargando a los hijos, sin ningún miedo y sin derramar una lágrima, como una loca, porque ahora también amaba al marido que le habían impuesto, sucio y embarrado de aceite y aceitunas puestas a fermentar.

El sargento mandó a llamar a Nanni; lo amenazó con mandarlo a la cárcel y luego a la horca. Nanni se arrancaba los cabellos y sollozaba, pero ni siquiera intentó disculparse.

–¡Es la tentación! –decía–. ¡Es la tentación del infierno!

Se arrojó a los pies del sargento, rogándole que lo mandara a la cárcel.

–¡Por caridad, señor sargento, líbreme de este infierno! ¡Ordene que me maten o que me manden a prisión! ¡No deje que vuelva a verla otra vez! ¡Nunca!

–¡No! –contestó por su parte La Loba al sargento–. Sólo tengo un rincón en la cocina, para dormir. ¡Y la casa es mía! ¡Yo no me voy!

Días después, un mulo pateó a Nanni en el pecho y, pese a estar a punto de morir, el párroco no quiso llevarle los santos óleos. La Loba no salía de la casa, y cuando al fin se fue, Nanni pudo prepararse entonces para morir como buen cristiano; se confesó y comulgó, dando tantas muestras de arrepentimiento y contrición, que todos los vecinos y curiosos lloraban ante la cama del moribundo. Y más le hubiera valido morir ese mismo día, antes de que el diablo volviese a tentarlo y a clavársele en el alma y en el cuerpo cuando sanó.

–¡Déjeme en paz! –le decía a La Loba–. ¡Por caridad, déjeme en paz! He visto a la muerte con mis propios ojos. La pobre Maricchia está desesperada. ¡Ahora todo el pueblo lo sabe! Dejar de verla es mejor para usted y para mí…

Y él hubiera querido arrancarse los ojos para no ver los de La Loba, que, cuando se clavaban en los suyos, le hacían sentir que perdía el cuerpo y el alma. Ya no sabía qué hacer para librarse del hechizo. Mandó a decir misas en sufragio de las almas del Purgatorio; fue a pedir ayuda al párroco y al sargento. En la Pascua fue a confesarse, y lamió seis palmos del atrio, delante de todos, como penitencia. Después, dado que La Loba no dejaba de incitarlo, le dijo:

–¡Óigame bien! Que no se le ocurra venir a buscarme a la era, porque, como hay un Dios en el cielo, ¡la mato!

–¡Mátame! –le dijo La Loba–. No me importa, porque sin ti no quiero vivir.

Cuando volvió a divisarla a lo lejos, en medio del sembrado verde, dejó de escardar la viña y fue por el hacha que pendía de la rama de un olmo. La Loba lo vio llegar, pálido y trastornado, con el hacha que relumbraba con la luz del sol; pero ella no se detuvo ni bajó los ojos, y fue a su encuentro, llevando entre las manos un manojo de amapolas rojas y comiéndoselo con sus ojazos negros.

–¡Ay! ¡Maldita sea su alma! –murmuró Nanni.