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jueves, 3 de julio de 2025

La muy breve historia de Marco

María Eugenia Olguín Mejía

 

I

Marco nació en una esquina del cuarto alto, frío y oscuro de la casa, junto a la imagen de la virgen de Guadalupe rodeada de velas y flores siempre iluminadas; debajo del pequeño altar donde se hacía culto a la sombría madona. Era muy frágil, delgado y quejumbroso; se desprendió de la pared mohosa. Formaba parte de esa pared húmeda de hongos. Su identidad, verde, era de hongo.

Lanzó un corto quejido al cobrar forma de silueta humana y se desprendió de aquel muro luminoso de beatitud. Durante algunas horas nadie escuchó su llanto; sin embargo, cuando apenas se notaba la oscuridad de la tarde dentro de la casa, Milagros escuchó los sollozos. ¡Pobre Milagros! Siempre tan sola; vivía en medio de su prudente recato, tradición de familia. Ahora era la dueña y señora de la casa ancestral, de su frío, de sus sombras, de sus muebles toscos y de sus santos que, decía, la cuidaban de cualquier sorpresiva pestilencia que se quisiera arrastrar por los largos corredores.

Milagros entró y se santiguó ante la virgen verde y rota de tantos años incrustada en la pared, y cuando se arrodillaba, miró gemir al muro fangoso, como madre recién parida y, en el suelo, al pequeño, silueta de humano, verde, pálido como ella y como las ceras lloronas del altar. Tomó de la cama cercana un chal gris y envolvió cautelosamente al pequeño que dejó de llorar en sus brazos.

Tenía un hijo… no de su vientre, pero sí del vientre de la pared de su casa. ¡Un hijo no doloroso!

 

II

Los días se llevaron el encierro cotidiano de Milagros; a veces lluviosos, a veces con un sol tísico, pero siempre húmedos. Marco se fortalecía en esos días de claustro y entre los helados brazos de su madre distante por muchos cordones umbilicales no logrados.

Milagros tenía finalmente un niño; el que no le diera su difunto marido. Era un niño de musgos, extraño, quejumbroso, que se hacía mayor cada minuto, cada hora, cada día. Se llamaba Marco, igual que el difunto que no lo conocería jamás; igual que el apóstol del evangelio de la Biblia, porque a ése le recordaba. Marco sería como un apóstol. Era un hombre-hongo inteligente y dulce; tenía mirada de profeta, de apóstol, de santo.

Un domingo Milagros y Marco se arreglaron para asistir a misa. Marco no cabía de contento en su propio techo. ¡Conocería otro altar mucho más brillante que el del rincón de su cuarto! ¡Otro altar lleno de santos!

Pisaron orgullosos el jardín de la iglesia, ambos vestidos de negro; caminaron con alegría; saludaban con inclinaciones de cabeza a los demás feligreses.

Todos los conocidos se asombraban ante la delicadeza de Marco. Lo alababan por sus modales y felicitaban a la madre por su gran capacidad educadora.

Cada momento de la ceremonia fue excitante. Marco disfrutaba extasiado todos los ritos; las palabras del sacerdote eran savia que podía chuparse hasta que se anudaba en la sangre; savia solemne… alimento que fortalecía el conocimiento del mundo.

La vida de Marco transcurría como vértigo. Al salir de la iglesia decidió masticar los días con su nueva visión moral. El tiempo se hizo respiro de rezos, misas, paseos y frugales alimentos que Milagros seleccionaba para el delicado estómago de su hijo: leche y fruta se mezclaban, oraciones, caminatas, leyendas y ejemplos… hasta que llegaba la noche, recibida con nuevas plegarias e historias de santos y mártires, preludio del sueño quebradizo de madre e hijo.

 

III

Pero incluso las rutinas se mudan las ropas o cambian su casa, sus huéspedes y sus costumbres…

Marco rezaba una tarde opaca; rezaba con intensa furia, como su madre le había enseñado para alejar de sí al pecado, al mal sentimiento. Nunca lo había experimentado, pero era mejor no coquetear con un desconocido tirano; así pues, rezaba sudoroso cuando sus ojos se abrieron instintivamente, por el mismo cansancio de mantenerlos cerrados; no obstante, se abrieron y se fijaron en un punto de la pared: la esquina lo había engendrado. El muro desde el sitio de su nacimiento, respiraba inquieto y el moho se estremecía vaporoso, como si quisiera gritar.

Marco se inquietó. Algo así como un recuerdo que le despertó molestias en el pecho se apoderó de su cerebro, de su piel, de sus vísceras. Se preguntó si en ese momento y con esa rara sensación, se acercaba el pecado para destruirlo. Quiso llamar a su madre, pero no tenía voz. Se sintió encerrado en un huevo; tal parecía que los espacios del cuarto se reducían paulatinamente, mientras el muro de hongos respiraba más fuerte, hasta que el aire del cuarto se convirtió en intenso estertor que lo ensordeció y lo obligó a ponerse de pie.

Marco se adhirió al muro. Sudaba copiosamente y luchaba contra aquella agonía que lo absorbía sin remedio. Suplicaba entre dientes, en una plegaria angustiosa, un poco de paz que atenuara ese sentimiento raro. Nadie acudió en su ayuda.

Marco se fue desgastando minuto a minuto; se unía a la pared; su ropa caía a pedazos. Sus palabras finales llenaron las esquinas más húmedas y lejanas de la casa y envolvieron a Milagros cerca del jardín. Entre las flores la enlazó el desespero de su hijo moribundo.

La madre jadeante llegó al cuarto de Marco y sólo pudo contemplar la pared susurrante donde la silueta de su hijo se desbarataba en lamentos.

Las lágrimas empezaban a escurrir por los ojos de Milagros, cuando aparecieron pequeños hongos de lo que fuera Marco. Muchos honguitos comenzaron a gemir y a suspirar entre alboroto de manos débiles y frías. Unos minutos después comenzaron a caer al suelo. Se desprendían precipitadamente del muro y tomaban la forma de Marco; sus ojos reflejaban la misma ternura somnolienta del hijo desvanecido.

Milagros contaba emocionada: uno, dos, cuatro, seis, ocho, doce… ¡Muchos hongos-hombres habían nacido!

 

IV

Con la habilidad de Marco, con sus rostros de profeta, de apóstol, los honguitos formaban su propia ciudad-muro debajo del altar.

Milagros no los sacó más al sol, a las inciertas calles que todo lo podían destruir con un soplido. Sus hijos sabían de ceremonias y de ritos más que toda la ciudad junta. Ellos formaron su sociedad con todo e instituciones.

Milagros estaba muy contenta; orgullosa. Pocas mujeres podían jactarse de tener una familia de hongos con su moral… con sus instituciones.

 

domingo, 15 de junio de 2025

La tarea

María Eugenia Olguín Mejía

 

La tarde estaba brumosa. Los ojos de Gela se cerraban sin control; por más que buscaba abrirlos, había una pesadez en todo el ambiente. Miró lentamente a su compañero: Alfredo dormía en su sillón. El periódico había caído sobre su pecho.

La televisión bailaba con sus imágenes brillosas, coloridas. El calor se encerraba en la estancia oscura donde el matrimonio descansaba. Muchas lucecitas parecían acompañarlos. Entre los rayos del sol vespertino y las imágenes de mujeres y hombres pequeñitos, envueltos en un melodrama repetido, Alfredo y Gela lidiaban con su adormecimiento de todas las tardes.

No esperaban visitas; igual que otras tardes la casa esperaba únicamente los silencios picoteados por la televisión y por algún impertinente niño que tocaba el timbre y corría a esconderse. No obstante, aquella tarde el silencio se quebró con el chasquido de una llave en la puerta del jardín; enseguida un portazo, pasos y el cerrojo de la puerta de entrada a la cocina. Juan llegaba de la capital, como era costumbre, pero mucho más temprano de lo normal. Traía muchas cajas; las dejó caer con un golpecito hueco. Entró a la estancia y saludó a sus padres.

Ambos ancianos se sonrieron sin despertar lo suficiente como para entender las palabras atropelladas de su hijo; aunque Gela presumía un oído agudo, pareció entender “mamá, vengo de la Esmeralda y tengo que congelar la casa. Fíjate que me lo dejaron de tarea. Tú no te preocupes por nada. Yo lo voy a hacer todo solo. Pueden seguir con la televisión tranquilamente, mientras yo ordeno las cajas del congelamiento”.

Gela quiso echar una carcajada, pero seguía tan adormecida y se sentía tan peculiarmente débil… Además, Alfredo ya se había vuelto a dormir. No se preocupó entonces de la situación, sonrió y asintió. Luego volvió a cerrar los ojos y dijo entre dientes: “Juan, come; baja la comida y caliéntala. Hay tortas de papa, que tanto te gustan”.

Transcurrieron dos horas y la temperatura descendió gradualmente. La casa cálida y encerrada empezó a sentirse fría, húmeda y muy amplia, como si de pronto cada mueble hubiera sido quitado de su apretado sitio y arrastrado a las paredes y esquinas de corredores interminables que cada vez más, con el frío, se agrandaban.

Gela se quejaba del frío; sin embargo, por no perder la costumbre, escuchaba los comentarios contradictores de su esposo y de su hijo: “que no hace frío. Tú naciste fría, mamá” … “Pero, si el frío es más sabroso que el calor. Tu mamá siempre se queja del frío, aunque todos nos estemos derritiendo de calor” … “Sí, está loquita y se pone hasta seis suéteres cuando va a Acapulco”.

Los alegatos se hicieron cada vez más continuos y estridentes. Gela no pudo contra ellos y se arropó en sus chales y cojines. Luego se dejó vencer por el calor artificial de su ropa; sólo abrió los ojos para mirar muchas cajas blancas y pequeñas en todos los muebles, hasta en la televisión. La escarcha empezó a formarse sobre cada objeto; pisos, alfombras, paredes, cuadros, adornos… Todo se llenaba rápidamente. El hielo quebradizo invadía la casa y el frío era más punzante. Juan decía mientras se frotaba las manos: “¡Qué bien me está saliendo esta tarea! Puede ser que logre una buena exposición con este trabajo”.

Con la mañana, Gela abrió los ojos. No recordaba cuándo había cenado ni cómo había llegado a su cama la noche anterior. Ansiosa, se incorporó para ver si la casa estaba congelada. Todo parecía tranquilo, incluso el sol penetraba a través de la polvorienta persiana. Hacía calor y se miraba un vaporcillo emanar de los muebles y las cortinas, de las paredes, del techo.

Gela se levantó lentamente y salió al baño. La cama de Alfredo estaba arreglada como cada mañana cuando él salía para su trabajo. Juan ya estaría en el Distrito Federal, en su escuela, o quizá estaba por llegar. El reloj de pared marcaba las ocho. La sirvienta no tardaba en llegar. Era jueves y también vendría la lavandera. Lupe, su hija mayor, bajaría pronto de su habitación, pero esta vez Gela no tenía deseos de levantarse ni fuerzas para hacer algo. Volvió a su cama. Su hija atendió la casa y los demás afanes y compromisos rutinarios. Cuando llegó Alfredo encontró a su esposa postrada y abúlica; ella le pidió con voz lastimosa que llamara a su médico. Luego esperó en su cama, rodeada de atenciones, silencios y escarchas. Ya no había cajitas blancas por ningún lado, pero ella sentía escarchas alrededor de su cama, a pesar de que tenía la sensación de rechazar el sol.

El médico llegó, diagnosticó y recetó: “Fatiga, quizá por deshidratación. ¿Algo de diarrea?” Unos análisis eran convenientes, y absoluto reposo… sin exponerse a los rayos del sol.

Los días pasaron y Gela seguía débil ante la preocupación de la familia. A veces preguntaba a su esposo y a sus hijos por la escarcha en la casa, pero Alfredo no la escuchaba bien. Lupe la ignoraba y Juan solamente le decía que pronto sanaría y podría asistir a su próxima exposición.

Una mañana de lunes Gela decidió que abriría la persiana para calentarse un poco. Cuando ya habían transcurrido diez minutos, adormecida con el sol, descansando en su cama, empezó a experimentar mayor debilidad y sintió también un sudor copioso que escurría y bañaba su ropa. Abrió los ojos con sobresalto y miró su camisón que chorreaba algo espeso y blanco. Quiso levantarse, más la debilidad no se lo permitió. Así pudo ver su cuerpo diluido, corriendo líquidamente hacia los bordes de la cama. En el tiempo de un quejido, Gela se derramó totalmente.

Tuvieron que danzar tres horas para que su familia la mirara y Alfredo pudiera decir que “¡Ya ves! Es que no obedeces que no debes exponerte a los rayos del sol. El médico lo recomendó. Ahora ¡mírate! ¡va a ser difícil juntarte otra vez y acostarte!” Lupe la miró con fastidio y se fue para la cocina mientras repetía: “Ya se le pasará… ya se le pasará”. Juan la miró angustiado y expresó que no se preocupara, que “ya te vas a poner sana. Lo que pasa, mamá, es que tienes congelado el corazón, pero cuando te pongas bien, ya te llevaré a mi próxima exposición y verás que valió la pena que yo congelara todo”.

Gela sabía la última palabra de su médico: “La señora no debe exponerse al sol”. Pero también tenía miedo de que todo fuera cierto.

 

sábado, 26 de octubre de 2024

Neurosis o un descuido mental

María Eugenia Olguín Mejía

 

Todas las noches llegaba empapado y con el cuerpo humedecido y rígido por el continuo goteo del cielo. Cuando cerraba la puerta tras de sí, extendía su sonrisa común y satisfactoria; aunque este gesto se repitiera, daba seguridad al pequeño hijo que lo esperaba con las uñas ansiosas.

Fructuoso corrió a los brazos de su padre. Entonces giraron y giraron con muchas carcajadas y recorrieron la casa hasta la última recámara. Ahí descansaron jadeantes y se dejaron caer en la enorme cama de colcha espumosa y púrpura.

Fructuoso esperaba siempre la llegada del padre, como quien espera un premio que se sabe se recibirá, pero que se ignora en qué consiste.

Todo era contento cuando la oscuridad embellecía la fuerte cabaña donde Jerónimo y su hijo Fructuoso se guarecían de la interminable lluvia de todos los días en ese bosque estrecho donde únicamente crecían líquenes y enredaderas de florecitas voraces con dientes glotones y ávidos de cualquier cosa que se moviera. Jerónimo conocía los viejos trucos de las plantas que tupían los bosques alrededor de su casa; sabía que aquellas enemigas vigilaban y sorprendían a todo incauto visitante. Conocía las estrategias necesarias para defenderse y salir y entrar sin ser mordido y reducido a girones marchitos por los mañosos salvajes. Sin embargo, también conocía la necesidad diaria de ir por el alimento para que subsistiera su casa.

Esta no sería como las otras noches a su llegada, cuando Fructuoso lo esperaba adormecido, agotado por la falta de alimento. Ahora su hijo irradiaba vida; exhalaba mucho vigor y, además Jerónimo traía una presa grande para el festín: una vaca desmembrada que viva, había sido enorme.

Esta noche verdaderamente era distinta a otras. Jerónimo se dirigió a la entrada donde había dejado descansando el paquete alimenticio. Fructuoso ya no aguardó más a que su padre terminara de abrir el paquete y se lanzó sobre la carne aún enrojecida por la sangre fresca. Enseguida absorbió toda la sangre del alimento crudo, mientras su padre mordisqueaba la carne. Todavía tenía hambre el pequeño insaciable y el apacible padre casi terminaba con los despojos del animal. Pero, repentinamente el brazo derecho de Jerónimo cayó con suavidad sobre el festín del suelo y Fructuoso no esperó más: se volcó sobre él y lo comió; chupó luego, deteniéndolas con sus alas membranosas, velludas y negras, las arterias enrojecidas que pendían del hombro de su amado padre.

La sala se volvió roja de tanta sangre y algunos charcos escurrieron a la puerta de la entrada; por una rendija se colaron hasta el bosque y la tierra mojada se hizo roja. Las flores temieron cuando supieron de la insaciable sed del vampirito. No obstante, tú despertaste entonces bañado en sudor y con el corazón punzante.

Ya era de día y te levantaste de un sobresalto; hiciste tu rutina y no meditaste en los hijos que devoran a sus padres…

 

El día se hizo tarde y saliste de la oficina al gran centro comercial que se encuentra a un lado. Ahí tu ansiedad se convirtió en un corazón de chocolates que guardaste en el asiento trasero de tu automóvil. Te comiste a Jerónimo con toda su hambre y su sangre, en tanto regalabas a tu novia el corazón de chocolates de cereza en un café íntimo, romántico, atestado de humo, sudor, perfumes y voces oscuras y murmurantes. Ella, sonriente, platicaba sus planes sobre la escuela, su graduación y la boda.

Todo se volvió 14 de febrero en el bullicio penumbroso del tráfico y con tu máscara de San Valentín acudieron al autocinema, a la última función. La cinta era de esas antiguas: “El conde Yorga”… Cuando te enteraste sentiste escalofrío y te sudaron las manos. Ante esa reacción tu novia sonrió y se te acurrucó muy sensual, insinuante; esperaba tus besos y tus manos deseosas y burdas… Y tú te dejaste llevar; aunque al cerrar los ojos, mirabas el mar de sangre en el bosque empapado; la sangre de tu padre… “¡No te cases! ¿Por qué eres tan mediocre? Deberías titularte primero, pero, claro que ya te embruteció esa muchachita tonta”… Preferiste ahogar para la cama tu crimen oculto.

En el día tus vampiros descansan entre tu cerebro y tu pecho agitado. Tú no cavilas nada, pero tampoco puedes defecar tu culpa. Sigues el camino socialmente delineado. Pese a que el sueño se repite muchas veces, te casas; tu esposa ya no se gradúa porque espera un hijo, fruto de los autocinemas, y tú temes…

A los prematuros seis meses de la boda esperas ansioso; fumas tu enfisema latente hasta que la enfermera te dice que “señor Jerónimo García, puede usted pasar a ver a su esposa; acaba de tener un hombrecito, pero todo salió bien”.

Te vas del hospital porque afuera te esperan unos amigos que te van a festejar por ser padre afortunado. Al día siguiente corres al cuarto 401 (piso de Ginecobstetricia), y te encuentras a tu mujer regordeta y con la cara hinchada; la rodean tu suegra y una de tus cuñadas, quienes te reclaman porque no apareciste en el hospital y “¡tu pobre mujer pariendo sola!”. Pero tú estabas muy nervioso y sólo fuiste a enterarte que el parto salió normal. Tenías miedo de encontrar otra cosa… Ahora la enfermera te enseña rápidamente al recién nacido y se retira para llevarlo a donde están los otros bebés. Tú la persigues porque ni siquiera te dejó verle bien la cara. En el pasillo el niño levanta el rostro, te sonríe con su boquita abierta… Deja ver sus prominentes caninos y te susurra: “Papi… llámame Fructuoso”.

 

lunes, 27 de junio de 2022

Percepciones

María Eugenia Olguín Mejía

 

No me cansa la tarde y su lluvia. Más bien es el transcurrir gradual de los minutos y la somnolencia que me pellizca con sus pinzas de fierro.

La calle se ha hecho grande, prolongada, y algunas personas dispersas se mojan recargadas sobre muros sucios, como si valiera la pena. Parecen esperar algo importante, en tanto yo miro a través de cristales vaporosos.

Los carros estacionados aquí y allá parecen insectos metálicos y rígidos en columnas muy apretadas. De pronto el cielo se junta con el piso agrietado y la calle se cubre de una cortina blanca. Es bruma espesa que desciende como el telón en un teatro. Todo se ha vuelto blanco, muy pesado, parece terciopelo perforado que se mueve y cubre. Las calles mojadas han dejado de observarse; la gente tampoco se ve dispersa en sus afanes. Algo raro comienza a suceder. Tal parece que se trata de mi aburrimiento. ¡Más valdría no tener tantas vacaciones! Quizá son estos días de sueño los que me hacen padecer este letargo.

No miro por ningún lado los árboles que enfilan las banquetas ni se oyen los motores ni los cláxones de los automóviles; es más: no hay automóviles; no hay banquetas, pavimento, alumbrado, edificios… Todo absolutamente se tornó blanquecino y vaporoso. El aroma quemado de la ciudad ha sido sustituido por un olor acre, de animal encerrado.

Miro a los lados y no estoy más en mi automóvil. Me encuentro parado en un tubo metálico horizontal que me balancea monótona, pausadamente. Me rodean cristales en forma de abanicos que unidos, constituyen un cilindro con la base plana y la parte superior terminada en bóveda.

Descubro que el cilindro que me contiene se mueve completo; no es sólo el columpio metálico donde me recargo, el que se bambolea. Quiero mirar hacia abajo y distingo que mi cuello es muy débil, curvado y poco ágil; pero ya observé que la base de esta jaula o casa está llena de trozos de carne; carne cruda, huesos, excrementos y un hedor nauseabundo que surge seguramente de algunos pedazos en descomposición. Por fin consigo definir las siluetas que se mueven detrás del cristal. Oigo voces y es gente la que se acerca: mujeres, niños que comen golosinas, parejas de ancianos, familias completas. Y todos hacen alboroto cuando miran a través del cilindro. Además, también noto que estoy cerca de una especie de alambrado, como jaula gigante; pareciera ser una jaula enorme del zoológico, donde guardan las aves de rapiña.

No entiendo qué pasa. Verdaderamente no comprendo por qué la gente rodea el sitio donde me encuentro y profiere exclamaciones de asombro; algunas mujeres gritan y se cubren los ojos. Los niños lanzan dulces sobre el cristal: “y ese monstruo ¿qué es?, ¿cómo se llama?”…

“No sé, pero en el letrero debe decir buitre… No se distingue bien; está borrado. Dice algo así como buitre… fenómeno… deformación congénita… Quién sabe, hijo. Pero, vámonos de aquí. Está muy feo para que lo veas tanto”. Un hombre sonríe, abraza a la mujer que ha dejado de hablar y dice al niño: “Si seguimos aquí, vas a soñar con ese monstruo. Vas a tener pesadillas”.

Verdaderamente no entiendo qué ha sucedido. No es posible que de tanto pensar, fantasear, imaginar cosas, ahora todo esto que percibo, sea cierto. Sin embargo, vuelvo mis ojos hacia abajo y descubro que tengo patas callosas, parecidas a las de un gallo, con uñas que más bien son garras y se enroscan fácilmente en el barrote del columpio donde me sostengo. Mi cuerpo es negro, lleno de plumas gruesas. Tengo alas en lugar de brazos, las cuales se extienden tan fácilmente y son enormes; casi abarcan el cilindro (ahora entiendo que me encuentro encerrado en una jaula, en un zoológico), de lado a lado. Mi cuello está rodeado en su nacimiento, de una corona de plumas finísimas y blancas: es lampiño y calloso; muy largo y curvado. Mi cabeza parece ser pequeña y lampiña, pero tengo un pico enorme y terminado en punta hacia abajo; es de un color negro azuloso. Mas, observo que de mi cabeza brota una protuberancia, como un hueso, o tal vez un cartílago, enorme, agrietado y rugoso como la piel de un reptil, pero del color rosa de mi cuello. Soy un monstruo; ya me explico por qué la gente me mira tan horrorizada. Soy una especie de buitre grotesco, deforme; una aberración aun para los de mi propia especie.

Miro hacia el exterior y ciertamente hay una enorme jaula, un alambrado que encierra varias aves de rapiña, entre las que hay algunos buitres.

Soy un fenómeno monstruoso apartado de los de mi especie y estoy en un parque zoológico repleto de árboles. No sé cómo sucedió, cuando me encontraba en mi automóvil estacionado en una calle común de una ciudad como tantas.

Mientras pienso esas cosas vuelve la bruma blanca que transformó así las circunstancias. Envuelve la jaula y la gente en el exterior se pierde; no la distingo más. Algunos rayos de sol se filtraban a través de la sábana frágil y me permiten mirar nuevos rostros aglomerados alrededor de mi jaula. La tela blancuzca se disipa una vez más y miro humanoides, batracios del tamaño de hombres; todos iguales, con ojos saltones, fijos y hambrientos, con bocas sonrientes de labios abultados y amplios como el aire que me sofoca. Me contemplan extasiados. Sus manos membranosas se recargan en la jaula y la ensucian; la enturbian con sus alientos plomizos. Pero esos seres calvos, escamosos y desnudos no son mis únicas visitas. Otro público distinto me contempla. Son mucho más pequeños; son muy peludos y negros. Tienen alas transparentes y panzas abombadas. Platican entre sí, pero no logro entender su discurso. Me miro una vez más y ya no soy un buitre deforme. Ahora soy yo mismo; un hombre común, pero desnudo; estoy totalmente desnudo a la vista de tan extraños paseantes de un zoológico que… No entiendo otra vez. De pronto me siento indignado; muy indignado. Tengo coraje de que otros seres, irracionales y curiosos, me miren como si yo fuese algo novedoso; un animal gracioso. Te preguntaré a ti: ¿cómo te sentirías si de pronto, en un día como cualquiera, todo cambiara y te vieras convertido en un animal que se mira en un zoológico? ¿Qué harías si el destino mueve lo que parece sólido y cambia todas tus circunstancias?

Ciertamente no hay seguridad en nada. Y pienso esto mientras camino furioso, desnudo y avergonzado, por toda esta absurda situación. Ahora puedo afirmar con seguridad que en nada hay seguridad. La niebla de pus vuelve a invadir el lugar y a sofocarme. Quisiera luchar, dar golpes o… hacer algo para evitar otro de estos caprichos ambientales, mas reconozco mi impotencia y no puedo evitar lo que venga. Recibo la extraña sensación de hormigueo y somnolencia que me dará una nueva sorpresa. Ya estoy sentado en el asiento de mi automóvil, frente al volante, en la calle donde todo comenzó. Miro a mi alrededor: otra vez la calle lluviosa apilada de autos; otra vez gente con la cara aburrida en espera de quién sabe qué. Sin embargo, siento mucha rabia y miro despectivamente a todas esas personas. Me gustaría preguntarles cómo se pondrían si vivieran lo que yo acabo de vivir. No veo el reloj, pero sé que mi esposa no tarda en llegar. Llega muy apresurada; parece contrariada de haberme hecho esperar más de una hora, y me lo dice cuando abre la portezuela del carro y se sienta bruscamente a mi lado derecho.

–Te hice esperar mucho, ¿verdad? –exclama y al mismo tiempo revisa meticulosamente el interior del carro. Toma una franela y sacude las plumas negras y blancas, pegadas en los asientos.

 

jueves, 26 de mayo de 2022

Autorretrato

María Eugenia Olguín Mejía

 

Te diré cómo es mi piel:

Durante la madrugada exhala humo de humedad frágil e inolora. Pero muchos tallos empiezan a salir de mis poros recién inflamados. De los tallos crece fruta espumosa, híbrida, donde reposan setas pálidas que lloran como niños.

Las horas se diluyen y escurren por las esquinas de mi cama. Entonces se forman pequeños hilos de sangre aquí y allá. Ahí va mi piel florecida con los primeros rayos solares: quebradiza, membranosa y transparente. Forma una columna del suelo al techo y florece una vez más cuando escupe apretados manojos de algas fuera del más remoto mar que desconozco.

Las plantas verdes revientan el cielo de concreto y sus paredes saltan violentamente cuando el sol ha recorrido sus cotidianas y calientes horas. Pero me es vedada su luz pues solamente miro mi piel hecha palmera frondosa y robusta como las selvas de la primera edad que nunca fue.

Los rayos de un sol ambiguo me platican que todos los días, cuando mi piel evoluciona, vuelan mariposas nocturnas –víctimas ignorantes de supersticiones ancestrales–, a las que muchos llaman ratones viejos. En la copa de mi piel se estacionan –dicen los moribundos brazos del sol–, los vampiros frutales y algunas veces, cuando me deprimo y evoco los ecos de la muerte, es porque esas impertinentes aves-quirópteros se llevan mis frutos.

En las alturas de mi piel alguien se traga la tarde y todo se vuelve negro y giboso. En esos momentos me brotan en el cielo manos huesudas y se abren y cierran al ritmo del vientecillo que nunca siento y alcanzan también la luz acuosa de arcaicos planetas oscurecidos por los siglos de la vida imaginada y reptante de sirénidos blanquecinos que todavía lanzan gemidos de plañideras primordiales por el continuo devenir del duelo humano.

Si mi piel no creciera, yo no conocería tantos misterios no arrancados por comunidades multiplicadas en el asfalto de las destrucciones dogmáticas de una sociedad renacida y muerta; sepultada y germinada.

Pero la noche mordisquea su clímax y todos los tiempos se reúnen en un único y diminuto instante. En ese punto de oscuridad mi piel se absorbe a sí misma y recorre veloz e invertida los pasos de mi jornada, hasta llegar al sepulcro de mi cama vaporosa.

Una vez más se forjan remolinos de humo frío que se hierve progresivamente en la pócima del suelo debajo de mi lecho; las sábanas pegajosas cubren como velo elástico todo mi ser y me adormece el transpirar del cuarto, girando… girando… girando, igual que los motivos de un canto de cuna.

Luego no es fácil; sin embargo, cuando la madrugada vuelve, tengo la sensación de abrir los ojos de hierba y lucho por reencontrarme.

Mi piel se repite y me defino.